domingo, 19 de mayo de 2019

HISTORIAS DE TRAICIÓN (X). JUICIO Y CONDENA DE CRISTO




Historias de traición (X). Juicio y condena de Cristo



     ¿Cómo podría haber conocido y vivido los últimos tiempos de Jesús de Nazaret un romano de cierta calidad humana y social, sin creencias religiosas definidas? Este relato de ficción especula acerca de ello, sobre la base fáctica de los Evangelios canónicos, con las matizaciones o correcciones que resulten del mero sentido común e histórico. No se olvide, por otra parte, que dichos Evangelios presentan a este respecto diversas divergencias y que su traducción también ofrece ciertas dudas a los intérpretes.







1.      Carta de Séptimo Marcio Vero (primera parte)



     Séptimo Marcio Vero saluda a Anco Pompilio Pulcher, su amigo carísimo. No sabes la alegría que me produjo recibir tu carta, alejado definitivamente, como estoy, de Roma, en esta ciudad de Caesar Augusta[1], a la que -como sabes- me retiré con mi esposa, cuando el divino Claudio tuvo a bien destituirme del cargo de legado de la Legión Victrix[2], por razones que él conocerá y que a mí prudentemente, por desconocerlas, me han invitado a permanecer lejos del Tíber. De eso hace ya cuatro años, apenas nada en comparación con las dos décadas transcurridas desde que se produjeron los hechos por los que has tenido a bien interrogarme[3]. Es un tiempo más que suficiente para que mi memoria, ya poco feliz, arroje un manto de niebla sobre la luz de los hechos. No obstante, voy a procurar complacerte, no solo por amistad, sino para servir a tu deseo de ser justo con los cristianos, informándote en todo lo posible acerca de esa secta, antes de que aconsejes al César sobre la forma de comportarse con ellos[4].

***

     Estás en lo cierto, amigo Pulcher, cuando crees recordar que yo conocí personalmente al Chrestus[5] al que esas gentes adoran; y aún he de confesarte que todavía me siento insatisfecho por la forma en que se le trató, así como por no haber indagado más a fondo sobre el destino de su cadáver. He de decir en mi descargo que mi superior, el prefecto Pilato[6], no era hombre de carácter prudente, que se dejase aconsejar por otras personas, siquiera de cierta calidad, como era mi caso. Por otra parte, ¿quién habría pensado entonces que aquel hombre de tan pobre apariencia habría de concitar tan gran número de seguidores? Pues has de saber, Pulcher, que hasta esta misma ciudad ha llegado la semilla de esos cristianos, a juzgar por las noticias que me llegan por diversas fuentes[7]; de suerte que lo que se acuerde respecto de ellos en Roma tal vez no resulte inane en la pacífica existencia de esta ciudad a orillas del Ebro, desde la que te escribo.

***

     Todo comenzó para mí cuando un centurión a mis órdenes me relató ocasionalmente un hecho sorprendente, que él tenía por milagroso. Corrían los años centrales del mandato del divino Tiberio[8], cuando yo había sido nombrado tribuno angusticlavio[9] de la Legión VI Ferrata[10]. Como sabes, mi familia procede de los Bruttii[11], como la de Pilato, siendo ambas del orden ecuestre[12]. Por estos y otros motivos, él -ya en el ejercicio del cargo de Prefecto de Judea desde dos años antes de llegar yo allá[13]- me confió el mando de las dos cohortes de ciudadanos[14] que, desde la fortaleza llamada Torre Antonia[15], constituían la guarnición de la conflictiva ciudad de Jerusalén. Yo asumí el cargo, pese a mi juventud, con prudencia y cierta astucia, intentando cumplir el mandato imperial de evitar confrontaciones con los judíos y respetar en lo posible sus tradiciones y a sus autoridades, lejos del patrón de conducta inicial del Prefecto[16], acomodándome por el contrario a las directrices recibidas de Roma.

     Pues bien, uno de los centuriones a mis órdenes[17], llamado Casio Longino[18], fue quien primero me instruyó de la existencia de aquel Chrestus o Cristo, a quien él tenía en gran consideración, por haber atendido su petición de sanarle a un esclavo o criado que se hallaba muy enfermo, y eso, sin necesidad de tenerlo presente ni tocarlo para lograr la curación[19], como se dice que lo hacen los magos y taumaturgos, cosa que yo nunca he visto, ni comprobado por mí mismo. Longino afirmaba que el suceso había acaecido en la ciudad de Cafarnaún, en Galilea, junto al Mar de Tiberiades, donde estaba entonces destacado por los desórdenes y levantamientos que se estaban produciendo en aquella región, gobernada por un Tetrarca, de nombre Herodes, al que luego habré de referirme[20].

     En mi deseo de suavizar asperezas y congeniar con los judíos, se me aconsejó por algunos buenos conocedores de la ciudad jerosolimitana que entrase en contacto con un sacerdote, llamado Anás, quien, aunque no era el Sumo Sacerdote de los judíos desde los tiempos de Valerio Grato, seguía conservando gran autoridad entre los suyos[21], para lo que contaba -según me dijeron- con el control de los cuantiosos ingresos del Templo. Anciano y astuto, era buen conocedor de nuestra lengua y leyes, lo que me facilitó aún más el mantener con él una buena relación.




***

     Pocos días antes de las calendas de febrero del año 783 de la fundación de la Ciudad[22], en el consulado de Marco Vinicio y de Lucio Casio Longino, el centurión de guardia en la Torre Antonia me anunció la presencia del sacerdote Anás y su deseo de que le diese audiencia inmediata. Muy grave y urgente había de ser el asunto que lo traía, pues, por razones políticas o religiosas, los judíos no juzgaban oportuno acceder a la fortaleza, ni permitían que los romanos entrásemos en el recinto de su templo[23], razón por la cual yo tenía con él la gentileza de entrevistarme en la sede del Sanedrín. En efecto, con gran excitación y enfado, Anás me relató el grave incidente que acababa de ocurrir en el patio de columnas del Templo, cuando un individuo, que se dice profeta y frecuentemente injuria a los sacerdotes y a los legistas, había hecho un vergajo de cuerdas y se había dedicado a golpear a quienes en aquel lugar se dedicaban pacíficamente a cambiar moneda y a la venta de animales para las ofrendas, al tiempo que les desbarataba sus tenderetes y jaulas, diciendo que todos ellos eran una banda de ladrones y sacrílegos[24]. Comoquiera que yo le hiciese ver que el suceso, por su índole religiosa y haberse producido dentro del recinto del Templo, era de su competencia, mi interlocutor argumentó que, de repetirse, la conducta del Profeta podría generar desórdenes o revueltas en la Ciudad, ahora que se acercaba la Pascua y, con ella, la habitual venida del Prefecto a Jerusalén. Añadió que el individuo levantisco, un tal Joshua, era también enemigo de los romanos, puesto que se arrogaba el título de rey de los judíos y rechazaba el pago por estos del tributo al César.

     Comprenderás, estimado amigo, que inmediatamente me percaté de lo que tanto excitaba el celo de Anás, a saber, la posible pérdida de beneficios por las actividades mercantiles que en el Templo se desarrollaban; como también, la razón de no haber ejercido personalmente las labores de policía, que no era otra que la de evitar el enfrentamiento con los seguidores del tal Joshua. No obstante, en parte por devolverle algunos favores, en parte por curiosidad hacia su antagonista, opté por complacer a Anás y lo despedí con el compromiso de detener a Joshua y advertirle severamente de que cesara en sus actitudes violentas.

     No me fue difícil dar con él, pues casi todas las mañanas acudía al Templo para proclamar sus enseñanzas[25]. La decuria apostada a la puerta del recinto me lo trajo conducido, al día siguiente de haberles dado la orden. Un grupo numeroso de discípulos permanecieron a la entrada del pretorio, mientras yo escuchaba su declaración. Pero, para mi sorpresa, antes se coló de rondón el centurión Longino -del que antes te he hablado- para advertirme de que Joshua era el mismo Chrestus o Iesus que había sanado a su criado, y que él mismo, muy gustoso, nos serviría de intérprete, dado que los varios años pasados en la zona le habían permitido un buen conocimiento de la lengua aramea, usual en la región[26]. Accedí a ello y ordené que trajesen a Joshua a mi presencia, no sin antes indicar a un amanuense que estuviera preparado para recoger las palabras del detenido.

***

     Compareció ante mí un hombre todavía joven[27], modestamente vestido, que se expresaba con claridad en latín[28] y que con toda sencillez reconoció los sucesos de días atrás en el Templo, que me había denunciado Anás, si bien aclaró que no había sido su pretensión azotar a vendedores o cambistas, limitándose a volcar algunos de sus puestos. ¿A qué, entonces, proveerse de un atado de cuerdas?, pregunté. Su respuesta fue la de que lo había hecho meramente para intimidar. Luego aclaró los motivos de su comportamiento, que no se compaginaba con su habitual mansedumbre, y que tenían que ver con el apasionado amor que sentía por el Templo[29], al que tenía por la casa de su padre. Yo le pregunté cómo podía ser eso, si no se trataba de una casa particular, pero no me contestó. Seguidamente le pedí aclaración a su consideración como ladrones de quienes allí negociaban conforme a lo acostumbrado. Su respuesta me pareció tenía que ver más con reputar indigno que se ejerciera allí el comercio, que con que los mercaderes fuesen especialmente inmorales. Es una casa para la oración, me contestó textualmente.

     No creyendo oportuno profundizar más en una cuestión que cada vez me parecía más nimia y estrictamente religiosa, despedí al Profeta, requiriéndolo a que se abstuviese en el futuro de nuevas demostraciones de fuerza contra los cambistas y vendedores, a lo que asintió, no tanto por temor -en mi opinión-, sino por haber hecho ya el alarde de vehemencia preciso para que lo presenciara el vulgo. Seguidamente, escribí un breve correo para Anás, dándole cuenta de mi gestión.

***

     Por aquellos días, se presentó un mensajero de Pilato, anunciando su próxima llegada a Jerusalén, para vigilar personalmente el desarrollo de la festividad llamada de la Pascua, la mayor de los judíos, que tiene lugar en la primera luna llena después del equinoccio de primavera[30]. Comprendiendo que podrían producirse acontecimientos que aconsejasen estar lo mejor informados posible sobre Joshua -pues el Sumo Sacerdote Caifás había sido confirmado en su cargo por Pilato y estaba en buenas relaciones con él-, decidí acudir de incógnito a algunas de las predicaciones del Profeta. De modo que, en unión y de acuerdo con Longino y dos triarios[31] con las espadas ocultas, nos vestimos al modo judío y acudimos al Templo para escuchar las palabras de Joshua.






2.      Carta de Séptimo Marcio Vero (segunda parte)

    

     Conforme íbamos entrando en el patio del Templo, coincidimos con numerosos grupos de judíos, algunos de los cuales -según entendió el centurión Longino- iban hablando de las predicaciones de Joshua y del escándalo que habían producido en buena parte de sus oyentes, por las diatribas que había pronunciado contra los sacerdotes y sus secuaces[32], así como por la agudeza de las respuestas dadas a las preguntas maliciosas que se le habían formulado, y la falta de contestación de los sacerdotes y legistas a las que Él les hacía. Animé a Longino a que, fingiéndose judío de Egipto para justificar sus errores lingüísticos, pidiese algunas aclaraciones a un grupo de personas de apariencia culta, que iban a escuchar al Profeta. Estos destacaron, sobre todo, la inteligencia con que había salido del paso ante las cuestiones engañosas que se le habían hecho, en particular, una sobre el pago de impuestos al fisco del César por parte de los habitantes de Judea. Como es natural, pusimos mucha atención en la contestación que, sin embargo, nos dejó perplejos, pues tenía que ver con que la moneda en que se pagaba tuviera la efigie e inscripción del divino Tiberio[33]. En ese momento, uno de los discípulos que siguen a Joshua se volvió a nosotros y explicó que Aquel había querido dar a entender que su mensaje iba dirigido a mostrar el camino de los hombres hacia el Dios de los judíos, no a dar consejos sobre cosas humanas. Eso ya me pareció más claro y tranquilizador, para el caso de que Anás volviera con sus quejas y tratara de engañar a Pilato sobre el verdadero alcance de sus motivos.

     Tengo que decirte, ilustre Pulcher, que los discursos de aquella mañana me dejaron confuso y frío, pues el Profeta pasó horas discutiendo sobre el fin del mundo[34], algo que yo supongo resultará inevitable un día, pero que no entra dentro de mis inquietudes más inmediatas. Por otra parte, el Maestro mezclaba la destrucción del mundo con la del templo de Jerusalén y la de esta misma ciudad, dando como próxima la fecha y aconsejando vigilancia y resignación. En suma, Joshua se presentó ante mis ojos como uno de esos profetas de catástrofes y escatologías, que suelen asustar a sus oyentes para luego venderles remedios mágicos y fórmulas de protección. No llegó a eso Joshua, por cierto, pero para mí fue suficiente con lo que le había escuchado hasta entonces. Pese a las sugerencias de Longino, que comprendió mi decepción y valoraba en mucho a aquel judío, deseché el propósito de repetir la experiencia y me conformé con someter al Profeta a una discreta vigilancia en tanto permaneciera de Jerusalén, encargando a los celadores que me comunicasen lo principal de sus discursos y movimientos.

***

     La venida de Pilato a Jerusalén tuvo aquel año la novedad de que llegó acompañado de su esposa, Claudia Prócula[35]. Después de rendirle honores e informarle ampliamente sobre la situación en Jerusalén, opté por solicitarle licencia para ausentarme dos semanas de la Ciudad, a fin de inspeccionar el acuartelamiento de Megiddo[36]. La concedió el Prefecto, que había sido acompañado desde Cesarea por un numeroso cortejo, por lo que no era de esperar que precisara de mi compañía. Ahora no lo recuerdo con la seguridad precisa para afirmártelo, pero creo haberle hecho alguna alusión al Profeta, así como a la conveniencia de dejarlo estar, ya que su mensaje era puramente religioso y solo por eso había chocado con los poderes e intereses de los sacerdotes de Israel.

***

     A mi regreso de Megiddo, en vísperas de la Pascua, me aguardaban los soldados a quienes había dado el encargo de vigilar al Profeta, para referirme una noticia sorprendente: Dos días antes, cuando iba a entrar en Jerusalén con sus discípulos, procedente de un pueblo próximo, un grupo numeroso de judíos de Jerusalén y de forasteros venidos para la fiesta, lo habían recibido en triunfo, entre la indignación de los sacerdotes y sus secuaces, que habían intentado en vano acallar las aclamaciones[37]. Al parecer, la admiración de las gentes por Joshua era debida a que había resucitado a un muerto, amigo suyo[38], prodigio admirable que mis informadores no pudieron confirmar, al haberse producido el dudoso episodio fuera de la Ciudad[39].

     Al presentarme ante Pilato, este se me congratuló de la manera relativamente pacífica en que iba discurriendo el periodo pascual, si bien no dejaba de haber -debido a la gran cantidad de gente venida de fuera y malamente hospedada- trifulcas y motines, en uno de los cuales se había producido una muerte[40]. También me comentó que, entre los peregrinos llegados a Jerusalén, se encontraba el Tetrarca de Galilea[41], al que el Prefecto tenía en no buen concepto y que, aún anunciándole su presencia, no se había dignado hasta entonces visitarlo en la Torre.

     A los dos días de mi retorno, volvieron a presentárseme los celadores de Joshua, para comunicarme que el Profeta estaba siendo seguido también por guardias del Sanedrín, que parecían actuar confabulados con algún discípulo de su entorno[42]. Ello me hizo suponer que los sacerdotes habrían llegado al colmo de su paciencia, decidiendo tomar medidas y castigarlo. Longino confirmó mis sospechas pues había estado presente, de manera oculta, en algunos de sus discursos en el Templo, comprobando que cada vez trataba con más desprecio a los sacerdotes y a otra secta influyente de los judíos, llamados farisii [43], como si quisiera provocarlos a que lo matasen. El Centurión dijo que, en efecto, Joshua había profetizado su propia muerte, si bien aseguró su resurrección al tercer día. Como esto último era muy poco probable y Longino apreciaba a Joshua, estaba muy preocupado por el destino de ese Hombre; tanto, que hube de recordarle que, estando en Jerusalén el Prefecto, era improbable que los judíos ejecutasen formalmente a uno de los suyos, sin consultarlo previamente con Pilato[44].

***

     El día anterior a la celebración de la Pascua judía, me levanté muy temprano y, en unión de los primipilos[45], procedí a visitar y reforzar los puestos y las patrullas que habrían de vigilar la Ciudad en evitación de desórdenes. Me hallaba en el destacamento del monte Ophel[46], cuando me vino a avisar un decurión de que Pilato requería mi presencia en el pretorio. Casualmente, aquella jornada la fuerza armada de la Torre se hallaba al mando inmediato del centurión Marco Batiato.




     Al llegar a la Torre, encontré una muchedumbre congregada ante su puerta. En el patio interior, se hallaba un grupo de judíos con las vestimentas de los sanedritas, encabezados por Anás y Caifás, que parecían aguardar algo. Aunque aquel hizo ademán de avanzar hacia mí, no detuve mi marcha y me dirigí a Batiato, que me esperaba al pie de la escalinata para hacerme saber el motivo de la llamada del Prefecto: El Sanedrín había juzgado a Joshua según su ley y lo habían condenado a muerte por impiedad, que ellos llaman blasfemia. El Profeta aguardaba en los calabozos del Sanedrín, hasta que Pilato decidiera confirmar, o no, la pena capital, que habría de ejecutarse por lapidación[47]. El Prefecto no parecía dispuesto a concederles lo que pedían pero, sabiendo que yo era mejor conocedor del caso y de la situación, había decidido que lo aconsejara.

     Encontré a Pilato paseando arriba y abajo del litóstrotos[48]. Pareció alegrarse de verme. Volvió a sentarse en la silla curul[49] y, tras ponerme brevemente en antecedentes de la pretensión de Caifás, requirió mi informado consejo. Naturalmente, desaconsejé al Prefecto que ratificase tan tremenda condena, tanto por la personalidad del reo, como por cuanto significaba de intromisión del poder romano en cuestiones meramente religiosas, que el propio César[50] había ordenado dejar en manos de las autoridades judías. Pilato objetó que eso sería tanto como reconocer al Sanedrín el derecho a ejecutar sin control suyo las penas de muerte, a lo que yo respondí que, por lo que a este concreto asunto atañía, me parecía obvio que el tribunal judío se había excedido en la gravedad de la sanción.

     No pareció muy convencido Pilato del acierto de mi consejo, en lo que no lo culpo, pues el conocimiento y aplicación de las leyes civiles no era -ni es hoy en día- mi fuerte. No obstante, mandó subir a estrados al Sumo Sacerdote, Caifás, con el que mantenía una relación amistosa, y le transmitió su decisión de no inmiscuirse en un supuesto delito religioso, ni aprobar la ejecución del culpable, quien no había dado motivos de alarma para el Imperio. El Sacerdote, al oír esto, prorrumpió en exclamaciones de sorpresa porque el Prefecto desconociera que el tal Joshua era un grave peligro para la tranquilidad de aquella provincia, ya que se hacía llamar el Rey de los Judíos, habiendo llegado en su insolencia a incitar a no pagar el tributo al César. Pilato acogió la nueva denuncia con escepticismo, pues ya estaba informado por mí del tema del tributo y no veía seriedad ninguna en la descabellada auto atribución por un profeta inerme de un título real. Con todo, la acusación venía de una persona de calidad y los hechos revestían la apariencia de un crimen de lesa majestad, que un magistrado romano no podía pasar por alto. Ordenó, pues, que se trajera inmediatamente a Joshua a su presencia, enviando a tal efecto una guardia armada al palacio del Sanedrín. Yo corrí a transmitir el mandato a la tropa, en tanto Caifás, con apariencia satisfecha, retornó al patio y cuchicheó largo tiempo con Anás y los otros sanedritas. Afuera, la multitud seguía aumentando -probablemente, convocada por los contrarios al Profeta-, lo que me inquietó ya que, al celebrarse el juicio en público, los judíos tendrían derecho de entrar en el patio al que daba el litóstroto. En consecuencia, mandé recado a toda la fuerza presente en la Torre para que estuviese prevenida y, por de pronto, doblé la guardia, hasta alcanzar aproximadamente los efectivos de dos manípulos[51], que puse al mando del primipilo Aurelio Cotta, hombre valiente y justo, encareciéndole que hermanara la prudencia con la firmeza y estuviera en todo momento atento a mis indicaciones.

***

     Muy pronto retornó la guardia, llevando a Joshua con ellos. La muchedumbre fue entrando en buen orden al patio de la fortaleza, hasta cubrir todo el espacio que lindaba con la balconada del litóstroto. No obstante, una doble fila de soldados los alejó sin contemplaciones del muro, para evitar cualquier tentativa de asalto a la zona superior. El Profeta fue llevado a presencia de Pilato y, ante este, también comparecieron Caifás y Anás en calidad de acusadores. El Prefecto rechazó, en principio, que acudieran testigos, deseoso de acabar pronto con un juicio que, en el fondo, tenía como intranscendente en sí mismo, aunque la afluencia de una multitud le aconsejara celeridad y prudencia.

     El juicio comenzó como cualquier otro[52]. Los sacerdotes insistieron en que el acusado se hacía llamar Rey de los Judíos y en que ponía en duda la autoridad del César de fijar impuestos, si bien mezclaban constantemente estas denuncias con la de blasfemia, por considerarse Hijo de Dios. Pilato interrogó a Joshua con cierto detenimiento, pero no obtuvo de él más que el reconocimiento de su condición regia[53]. En esos momentos, se acercó repentinamente al Prefecto una doncella de su esposa para hacerle llegar un urgente mensaje de esta, al parecer relacionado con una petición a su marido para que fuese clemente con el reo[54]. Simultáneamente, intervino Anás, insistiendo en que Joshua había empezado su misión en Galilea, desde donde había venido hasta Jerusalén, soliviantando al pueblo durante todo el recorrido[55]. En virtud de esta última consideración, Pilato tomó una resolución acomodaticia, a saber, la de declararse incompetente para juzgar el caso, habida cuenta de que Joshua, como galileo que había actuado principalmente allí, era de la jurisdicción del Tetrarca, Herodes Antipas[56]. Y, siendo así que Herodes se encontraba en Jerusalén por la Pascua, el Prefecto se volvió a mí, ordenándome llevar al Profeta adonde se hallara el Tetrarca con su séquito, debiendo hacerlo yo personalmente, como deferencia a la categoría de la persona a visitar.




     Quiero creer, ilustre amigo, que el Tetrarca no entendió este hecho como la necesidad de juzgar a un delincuente, pues estaba fuera de Galilea y la presencia de Joshua le era totalmente inopinada. Lo cierto es que se comportó como un personaje en vacaciones presenciando un espectáculo. Todo se le volvía pedir al acusado que hiciese ante él y su cortejo algún prodigio o milagro, como aquellos de que había oído hablar. Joshua nada dijo, ni prestó atención a las indicaciones de Herodes quien, cansado de insistir y no lograr, decidió tomar al compareciente por loco o algo parecido, ya que, entre burlas, le puso sobre sus modestas ropas una túnica brillante y me indicó que volviese a llevarlo ante Pilato, agradeciéndole su deferencia[57].





3.      Carta de Séptimo Marcio Vero (tercera parte)



     Comprenderás, ilustre Pulcher, que no gustase a Pilato el retorno de Joshua a sus manos para continuar un juicio que, al tiempo que repugnaba a su conciencia, se le estaba complicando por la creciente excitación de la multitud, sin duda atizada por los sanedritas y sacerdotes. El Prefecto tornó a lanzar una sarta de preguntas al Profeta, que este siguió sin contestar, una vez había confesado que era Rey de los Judíos, sea lo que fuere lo que él entendiera por tal dignidad. Cansado y enfadado por la situación, tomó Pilato la palabra y, tras reconocer que no había hallado en el acusado motivo para una sanción capital, ordenó como castigo de su ligereza e insolencia que fuera objeto de una correctio grave, a saber, la flagelación[58]. Me cabe la duda, hoy como entonces, de si Pilato quería castigarlo efectivamente o, más bien, aplacar a la multitud y hasta moverla a piedad pues, tan pronto hubieron concluido los soldados su severo cometido, hizo comparecer a Joshua ante la multitud, tan sangriento y lacerado, como el flagrum taxillatum suele conseguir[59]. Pero la multitud no se compadeció, forzando al Prefecto a adoptar un acuerdo, cuya posibilidad conocía bien, por llevar varios años a cargo de aquella provincia. Dirigiéndose a mí, inquirió sobre el nombre de algún preso en la cárcel de la Torre, cuyos delitos fueran lo suficientemente graves, como para alarmar a la población y hacerlo poco grato a la misma. Recordé que, pocos días antes, habíamos detenido a un verdadero energúmeno, al que llamaban Barrabás, quien había matado a un hombre y provocado un verdadero disturbio, antes de que los soldados lograsen arrestarlo[60]. Quedó satisfecho el Prefecto con mi selección y, al punto, ofreció a la gente la alternativa de liberar a Barrabás o a Joshua. Nuevamente la multitud mostró su hostilidad orquestada contra el segundo, reclamando la libertad del criminal[61]. Era un enfrentamiento cada vez más insoluble entre la muchedumbre y el Pilato. Me di cuenta de ello e hice una señal a los soldados de la guardia para que colocasen las lanzas en posición de alerta. No sé lo que habría sucedido, de no alzar la voz Caifás para apostrofar a Pilato: ¡Este individuo -dijo- dice ser nuestro rey, pero nosotros no tenemos otro que el César! ¡Si no lo crucificas, no eres amigo del César[62]! La multitud repitió sus palabras y Pilato resolvió aceptar finalmente su petición y falló que Joshua fuera crucificado[63].

     Los acusadores se retiraron y la multitud fue saliendo del patio de la fortaleza, seguramente con intención de ocupar sitio en el camino hasta el Monte Gólgota, donde había de producirse la crucifixión del Profeta. El propio Pilato, antes de retirarse del tribunal, ordenó que se aprovechara el acto para crucificar también a dos ladrones, a los que había juzgado y condenado poco antes, para así dejar la sentencia cumplida antes de la Pascua judía[64].




     Por mi parte, felicité a los soldados de la guardia por la tranquilidad y firmeza demostradas ante la multitud y, acompañado de los primipilos, me encaminé al acuartelamiento para compartir el rancho de aquel día con la tropa. Por eso no tuve constancia en el momento de los excesos y mofas a que se entregaron los legionarios en el pretorio con el profeta, con el beneplácito del centurión Batiato que los mandaba y que, incluso, reunió a toda la centuria para participar del escarnio[65]. Su colega Longino, quejoso, me lo hizo saber, por lo que resolví que fuese el propio Longino quien dirigiera a la fuerza aprestada para el cortejo y la crucifixión. Desde ese momento, Batiato me tomó ojeriza, por lo que, en su día, solicité y obtuve de Pilato su cese en el destacamento de Jerusalén, siendo trasladado a Cesarea.

***

     En realidad, querido amigo, aquí terminó mi relación con el Maestro o fundador de la secta de los cristianos, pero no voy a privarte de la relación de algunos hechos misteriosos o sobresalientes, que siguieron a su crucifixión. Pues habrás de saber que, pasadas las fiestas pascuales, Pilato y su séquito retornaron a Cesarea, dejándome nuevamente como la máxima autoridad romana de Jerusalén. Fue ese el momento que aprovechó el centurión Longino para acudir a mí y exponerme una circunstancia que juzgó debía conocer alguien superior a él, ya por aliviar su conciencia, ya por confirmar la realidad de lo acaecido. Fue ello que algunos amigos de Chrestus, habiendo pedido y obtenido de Pilato que les entregase su cuerpo para enterrarlo dignamente[66], colocaron el cadáver en un sepulcro excavado en una roca, en las inmediaciones de la Ciudad[67]. Sabedores de ello, los que habían sido sus acusadores y reclamado su muerte se presentaron también a Pilato, para rogarle que colocara una guardia ante la sepultura durante los siguientes tres días, a fin de evitar que los seguidores del difunto robasen su cuerpo e hicieran correr la especie de que Joshua había resucitado, según había profetizado repetidas veces. Aunque creo que el Prefecto juzgaría necia la petición, accedió a ella y ordenó directamente a Longino -centurión de guardia en aquel día- que designara a seis soldados para que, por turno y en parejas, vigilaran la tumba. En esa tarea colaboraron algunos guardias del Sanedrín, tras haber sellado sus jefes la piedra que cerraba el sepulcro[68]. Pasaron con creces los tres días para los que se había montado el servicio y los legionarios encargados no comparecían ante Longino para darle cuenta de su resultado y finalización. El centurión imaginó que la rendición de cuentas la habrían hecho a otro oficial, por lo que no verificó indagación ninguna. Pero, unas semanas más tarde, empezaron a llegar a sus oídos rumores de que el Profeta había resucitado efectivamente y lo habían visto algunos de sus discípulos, con cuyo entorno Longino mantenía cierta relación. Fue entonces cuando convocó a los soldados para ordenarles que le informasen de lo sucedido durante los tres días de vigilancia. Tras muchas vacilaciones, le confesaron que, por sueño o alguna deficiencia en su servicio, se encontraron con que, al amanecer del segundo día, la sepultura estaba abierta y el cuerpo había desaparecido. Longino se indignó por el fallo y, sobre todo, por la ocultación del mismo. Consideró que los culpables merecían una severa sanción y, por ello, aunque era comprensivo y afectuoso con sus hombres, me lo hizo saber, a fin de que fuese yo quien, con mi superior autoridad, decidiese el castigo pertinente.

     En consecuencia, hice una discreta indagación de lo sucedido, tomando declaración o entrevistándome con los soldados de vigilancia, el sacerdote Anás y ciertos seguidores de Joshua, que Longino me presentó. La conclusión a la que llegué fue la de que los soldados se habían tomado el servicio a chacota, por juzgar estúpido su motivo -algo que también yo, estimado Pulcher, compartía-, y luego, por temor a ser reprendidos, habían optado por el silencio ante sus superiores. Hubo, no obstante, una cosa que llamó mi atención, a saber, que Anás parecía perfectamente al corriente de lo acaecido, hasta el punto de darme una versión más detallada que los propios legionarios. Según él, aprovechando el sueño de los soldados, los discípulos de Joshua habían corrido la piedra de cierre y robado el cuerpo, para hacer creer en su resurrección. A mí me pareció que era la única forma sensata de interpretar los hechos, aunque se me hacía difícil admitir el testimonio de individuos que estaban dormidos[69]. En cualquier caso, en lo que a la falta grave de los guardianes respecta, resolví no dar cuenta a Pilato y me limité a ordenar su traslado por un año al destacamento de Masada[70].




     Por lo demás, mis pesquisas cerca de los seguidores del difunto Chrestus no dieron otro resultado que el de recoger el rumor de que su Maestro había sido visto por algunos de los suyos, después de su crucifixión. Uno de ellos afirmó haberlo contemplado personalmente, aunque dudaba de su corporeidad o, incluso, daba como posible que se hubiese tratado de un espíritu o fantasma. Intenté, ciertamente, la comprobación por mí mismo, pero todos me hicieron saber que el supuesto resucitado había partido para Galilea, desde donde había de ascender prontamente a los cielos, para sentarse junto al Dios de los judíos, al que llamaba su padre. Comprenderás, mi dilecto amigo, que abandonase al punto todo esfuerzo destinado a perseguir fantasmas y rastrear patrañas[71].

***

     Todavía permanecí, insigne Pulcher, dos años más en Jerusalén, como tribuno de la VI Legión[72], continuando Poncio Pilato en la sede de Cesarea, como Prefecto. En una de las visitas que le rendí en esa ciudad, resolví cumplir el encargo que me había dado el centurión Longino para un compañero suyo allí destinado, llamado Cornelio[73], de quien tenía noticia de que había pasado a ser seguidor de Chrestus. Entiendo que Longino, muy próximo a los discípulos de Aquel, recordaba mi relativo interés por su persona y enseñanzas.

     Una vez en la ciudad aludida, llamé a mi presencia al centurión y obtuve la confirmación de cuanto Longino me había anunciado. Tanto Cornelio, como su familia y amigos íntimos, se habían hecho cristianos, gracias a la predicación de un importante discípulo de Joshua, llamado Pedro, y a la acción de un numen, al que llamaban el Espíritu Santo. Mucho me habló el militar de la acción de ese Espíritu, que decía inflamaba los corazones e impulsaba a dar gloria y alabanza a su Dios, en toda clase de lenguas, incluso las que para ellos eran extrañas. Pienso que mi interlocutor me creía interesado en su religión, pero mi verdadero interés era el de comprobar si él había tenido personalmente alguna experiencia de Joshua después de su crucifixión. Una vez que constaté que no había sido así, despedí amablemente a Cornelio, no sin antes aconsejarle que no hiciera proselitismo entre los soldados, dejando que ellos mismos decidieran sus creencias, sin la presión o influjo de sus jefes. Ignoro si cumpliría o no mi admonición pero lo cierto es que, como sin duda sabes, la simiente de Chrestus parece germinar con abundancia entre los legionarios, incluso en esta tierra de Hispania.

***

     Esto es todo cuanto tengo que exponerte, en contestación a tu amable requerimiento de información, esperando te resulte de utilidad y sirva para que aconsejes al César con tu sabiduría y prudencia acostumbradas.

     Mi esposa te envía sus saludos, que hacemos extensivos a tu familia y a los amigos comunes de Roma. Que los dioses os sean a todos propicios.

     Firmada y sellada en Cesaraugusta, en el día cuarto anterior a los idus de octubre del año décimo de gobierno del divino Tiberio Claudio César[74], siendo cónsules Gayo Antistio Vétere y Marco Suilio Nerulino[75].






4.      Apéndice



     Para los amantes del detalle, informaré de que la carta del tribuno Vero, que he transcrito y traducido más arriba, se encuentra en un códice que cayó en mis manos, junto a un ejemplar de los Hechos de Pilato[76]. Dicho volumen en pergamino podría datarse en el siglo V, según la docta opinión de quienes conocen bien los tipos de letra y los giros del latín tardío. Yo solo puedo asegurar que, cuando lo leí y copié, estaba entre los fondos de la Biblioteca Laurenciana[77], en donde ingresó desde sus orígenes, procedente de las adquisiciones de Lorenzo el Magnífico[78].

     Y, si algún lector se preguntare por qué Jesús puede entrar en el numeroso elenco de personas relacionadas con la traición, quizá pueda contestarle que lo fue por partida doble: A los romanos, por atentar contra la majestad del César; a los judíos, por apartarse de su religión, que formaba un todo indisoluble con la pertenencia a su Nación. Claro es que esos son -o pudieron ser- los puntos de vista de sus jueces y de sus acusadores. A diferencia de lo acaecido con el rótulo de la Cruz, en mi relato domina el criterio de los victimarios, no el de la víctima[79]. Pero, a fin de cuentas, la conclusión será la misma, pues yo también afirmo: Lo escrito, escrito está[80].









[1] Obviamente, se alude a la Colonia Caesar Augusta (hoy, la española Zaragoza), fundada hacía el 14 a.C.  para el retiro de los soldados veteranos de las Guerras Cántabras de Augusto. Véase Francisco Beltrán Lloris, Colonia Caesar Augusta: el impacto sobre el territorio y las comunidades indígenas, Revista de Historiografía, 25 (2016), pp. 301-315 (accesible por Internet). Por la expansión y progreso de la Colonia, es probable que tenga razón esta carta al calificarla de Civitas, ya en pleno gobierno de Claudio.
[2] Debe tratarse de la Legio VI Victrix, o Hispaniensis, gemela de la VI Ferrata, cuyo campamento estaba a la sazón en Legio (León), siendo sus retirados enviados frecuentemente a la Colonia cesaraugustana.
[3] Dando por buena la opinión contemporánea de que la pasión y muerte de Jesús se produjeron en la Pascua judía del año 30, la misiva que en el relato se traduce debería datarse hacia el año 50, lo que coincide con las referencias al final de aquella.
[4] El emperador Claudio ya adoptó algunas medidas poco favorables a los cristianos, recogidas en ciertos historiadores romanos y en los Hechos de los Apóstoles. Véanse en el blog, historicidaddelnuevotestamento.blogspot.com, los artículos de Álvaro Arditi, El Decreto de Nazaret y El Emperador Claudio y los Cristianos, entradas ambas del 20 de abril de 2008.
[5] Tanto Suetonio como, parcialmente, Tácito utilizan la raíz chrest- para referirse a Cristo y a los cristianos. Puede haber en ello razones fonéticas, de deficiente información y/o de ser el nombre de Chrestus relativamente frecuente en la Roma de la época en que escribieron aquellos historiadores (finales del siglo I y comienzos del siglo II).
[6] Lucio Poncio Pilato, Prefecto romano de Judea (26-36). Los datos -discutibles o seguros- que del mismo tenemos se recogen, casi exclusivamente, en los Evangelios y en los historiadores Filón de Alejandría y Flavio Josefo.
[7] Aunque sea una leyenda, y tardía, puede recordarse la presencia del apóstol Santiago el Mayor en Cesaraugusta hacia el año 40, con la consiguiente aparición al mismo de la Virgen, en carne mortal, para exhortarle a proseguir su obra evangelizadora.
[8] Tiberio gobernó el Imperio Romano entre septiembre del año 14 y marzo del año 37.
[9] Uno de los mandos del segundo nivel de la legión romana, tras el legado. En cada legión solía haber un tribuno laticlavius, de orden senatorial, que sustituía al legado en ausencia, y cinco tribunos angusticlavii, de orden ecuestre, que solían mandar cada uno dos cohortes (casi mil infantes). El calificativo respondía a la banda púrpura que llevaban como distintivo en sus togas, ancha la del laticlavius y estrecha la de los angusticlavii.
[10] Una de las legiones acuarteladas a la sazón en Siria -su cuartel radicaba en Antioquía- y parte de cuyos efectivos estaban destacados en Palestina, para controlar el orden en la zona. Tales destacamentos radicaban en Cesarea (Marítima), capital de la Provincia, en Jerusalén y en algunas otras ciudades importantes o estratégicas, como Megiddo.
[11] Zona de los Abruzzos, en la actual región italiana de Calabria.
[12] Estamento romano intermedio en poder y categoría entre el senatorial o patricio y el plebeyo. Originalmente había consolidado su fuerza en el ejercicio del comercio, alcanzando a partir de los últimos años de la República marchamo administrativo y luego -podríamos decir- constitucional.
[13] Pilato era Prefecto desde el año 26; por tanto, Vero ejercería de tribuno en Palestina a partir del año 28.
[14] Quiere decir que todos sus soldados ostentaban la ciudadanía romana, cosa que ya no era muy frecuente en la época. Probablemente, se trataría de militares itálicos, pertenecientes a las cohortes I y II Italicae Civium Romanorum.
[15] Fortaleza-palacio construida por Herodes el Grande entre los años 37 y 35 a.C., así llamada en honor del triunviro Marco Antonio. Era adyacente del Templo de Jerusalén, así mismo levantado parcialmente por el citado rey.
[16] Vero alude a las constantes tensiones y violencias de Pilato hacia los judíos que, pese a las órdenes de Tiberio y a cierta suavización de los excesos iniciales, se mantuvieron a todo lo largo de su mandato, determinando finalmente su destitución.
[17] Habida cuenta de que dos cohortes comprendían un total de doce centurias, es de suponer que los centuriones a las órdenes del tribuno Vero fueran una docena, entre los cuales habría dos primi pili, para mandar cada una de las dos cohortes. Se recuerda que la centuria legionaria solía comprender ochenta soldados, no los cien que su nombre da a entender.
[18] Ciertos Evangelios apócrifos dan como nombre completo del centurión el de Lucio Casio Longino, nombre coincidente con el del destacado político que, precisamente, ocupó el consulado en el año 30. A este centurión se atribuye la resolución de traspasar con una lanza a Jesús para comprobar su previo fallecimiento (Juan, 19, 34), aunque el Evangelio alude simplemente a un soldado. Más fundamento evangélico tiene la asignación al centurión del acto de fe en que Cristo era, como Él decía, Hijo de Dios (por ejemplo, en Mateo, 27, 54).
[19] Véanse Mateo, 8, 5-13 y Lucas, 7, 1-10.
[20] Se trata del evangélico Herodes Antipas, gobernante de Galilea y Perea entre el año 4 a.C. y el 39 d.C., en que falleció. Era hijo de Herodes el Grande y contó con el apoyo de los Príncipes de Roma, hasta que Calígula lo desterró a la Galia, donde falleció a poco de llegar, contando unos sesenta años de edad.
[21] Anás fue Sumo Sacerdote entre los años 6 y 15, confirmado por el Gobernador de Siria, Sulpicio Quirino. Cesado por el Prefecto de Judea Valerio Grato, mantuvo su ascendiente, al ser nombrado Sumo Sacerdote su yerno, Yosef ben Caifás, quien se mantuvo en el cargo entre el 18 y el 36, cuando cesó casi al mismo tiempo que Pilato. Parece ser, a tenor de los Evangelios, que Anás mantuvo, junto a Caifás, la prerrogativa de presidir el Sanedrín, máximo Órgano judicial y religioso judío de la época, formado por el Sumo Sacerdote y setenta otros personajes distinguidos (sabios) más.
[22] Equivale a decir: en los últimos días de enero del año 30 de nuestra Era. Parto de la base de que el llamado ministerio de Jesús en Jerusalén no se limitó a unos pocos días, sino que duró, al menos, varias semanas. De otro modo, parece difícil que las autoridades judías llegasen a tal nivel de indignación y preparasen su prendimiento y juicio. En cualquier caso, se trata de una licencia literaria de mi relato.
[23] Nuestro protagonista, Vero, parece olvidar que en el Templo herodiano de Jerusalén había un área o patio en que podían entrar los gentiles; pero otra cosa -naturalmente, mal vista- es que lo hicieran los soldados y funcionarios romanos en el ejercicio de sus funciones.
[24] Véase, por ejemplo, Marcos, 11, 15-19.
[25] Véase Marcos, 14, 49. Es otro argumento más en favor de una estancia más prolongada de Jesús en Jerusalén en vísperas de su Pasión, como apunto en la nota 22.
[26] Sigo en ese punto la opinión general acerca del idioma habitualmente utilizado por Jesús, en vez del hebreo, con el que el común de la población de Palestina estaba ya poco familiarizada.
[27] La edad de Jesús, aunque imprecisa, suele establecerse en aquel momento alrededor de los 35 años.
[28] Con independencia de posibilidades milagrosas (don de lenguas, entendimiento universal de lo que decía), cabe la posibilidad de que Jesús conociera el latín hasta cierto punto, como lengua de uso frecuente en Palestina (probablemente, en Galilea se usara más el griego).
[29] Véanse, Juan, 2, 17 y Salmos, 69 (68), 10.
[30]  La fijación estricta de la Pascua en esos términos, aunque coincidente con el judaísmo, fue realizada en el Concilio de Nicea (año 325), naturalmente desplazando del sábado al domingo el día grande. La oscilación del domingo de Pascua es de treinta y cuatro días: entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Su exceso respecto del mes lunar (unos 29 días) es para que no coincida la Pascua cristiana con la judía.
[31] Los soldados de infantería más veteranos de la legión romana.
[32] Parte de ellas iba encaminada contra los saduceos, lo que venía a ser parecido a meterse con los sacerdotes, ya que la mayor parte de los del Templo eran de la secta de aquellos. Sobre las predicaciones y juegos de preguntas y respuestas de aquellos días, véase Marcos, capítulos 11, 12 y 13.
[33]  Según Mateo, 22, 19, se trataba de un denario.
[34] Véase Marcos, capítulo 13. Este discurso sobre el fin del mundo y el de Jerusalén lo colocan los Evangelios a la salida de Jesús del Templo, contemplando la magnífica fábrica de este. De ser así, Vero y sus compañeros debieron de mezclarse entre los discípulos del Maestro y captar lo que Este dijo a ese respecto mientras salía de Jerusalén.
[35] El nombre de la mujer tiene cierto fundamento; no así el considerarla -como a veces se hace- nieta de Augusto.
[36] Distaba unos noventa kilómetros de Jerusalén, en el valle de Jezrael, en los confines de Samaria y Galilea.
[37] El episodio de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén está recogido en los cuatro Evangelios canónicos. Los Sinópticos lo colocan al comienzo de la misión en Jerusalén, sin darle fecha precisa. San Juan (12, 1-22) da el día exacto, pero no lo ubica con base en el inicio de la misión jerosolimitana, sino de la unción en Betania (al día siguiente). Comoquiera que esa unción (por ejemplo, en Marcos, 14, 3-9) fue posterior a la misión en Jerusalén, detecto una contradicción cronológica que, en cualquier caso, me autoriza a narrar estos hechos con la secuencia temporal que en ellos se refleja.
[38] Se trataba de Lázaro. Juan, 12, 10, da el detalle de que, para ocultar el milagro, los jefes de los sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro.
[39] En concreto, en Betania: San Juan, capítulo 11.
[40] Introducción al tema del personaje de Barrabás, desarrollado más adelante. Considero que el incidente se había producido por aquellos días, basándome en que la estancia en la cárcel de la Torre Antonia implicaba prisión preventiva en espera de juicio, no el cumplimiento de una pena definitivamente impuesta.
[41] Véase la nota 20.
[42] Seguramente, se trataba del Apóstol traidor, Judas Iscariote.
[43] Obvia alusión a los que en español se denominan fariseos.
[44] Como se sabe, uno de los puntos más conflictivos del proceso a Jesús es el de la necesidad de que el Sanedrín tuviera que pedir la conformidad de la Autoridad romana para aplicar la pena de muerte. No se ha encontrado hasta ahora documento alguno que lo pruebe, pero los Evangelios son unánimes y la proposición resulta verosímil. En consecuencia, asumo su veracidad, rodeándola, no obstante, de las salvedades que Vero recoge en su carta.
[45] Véase nota 17.
[46] Elevación estrecha al sur del Templo de Jerusalén, que domina el Tyropeón y el torrente Cedrón. Era un punto estratégico para dominar la zona sureste de la Ciudad.
[47]  Era la forma usual de ejecutar la pena de muerte por delito religioso. Para la blasfemia, véase Levítico, 20, 10-16.
[48]  O patio enlosado a más alto nivel, cara al pueblo, que se utilizaba para administrar justicia o arengar.
[49]  Sitial de asiento mullido y patas en tijera pero que, al carecer de brazos y respaldo, era deliberadamente incómodo. En Roma solo se usaba por magistrados de alto nivel, pero en provincias era privilegio de los gobernadores, prefectos, etc. que tenían el mando supremo de ellas.
[50]  Es decir, el Emperador Tiberio.
[51] Equivalentes a cuatro centurias, es decir, unos 320 soldados.
[52] Así era, en efecto. Concluidas las declaraciones de los acusadores y acusados, se abría la doble opción de llevar el proceso como quaestio ordinaria, practicando pruebas adicionales (en especial, la de testigos) conforme a la ley, o como quaestio extra ordinem, según el libre arbitrio del magistrado. Pilato, tratándose de un acusado no ciudadano romano, en un tribunal de provincia y con la presencia de una multitud un tanto airada, optó obviamente por el proceso extra ordinem.
[53] Esto es lo que se recoge en los Evangelios de Mateo (27,11), de Marcos (15,2) y de Lucas (23,3). Juan amplía considerablemente las contestaciones de Jesús (18, 33-38), si bien admite también su reticencia (19, 8-11). Por razones que no creo necesario exponer aquí -por tratarse de un relato sin pretensiones de científico-, he decidido seguir en este punto la versión de los Sinópticos.
[54]  Su contenido lo recoge solo San Mateo (27,19) y tenía que ver con una pesadilla que Claudia Prócula había tenido la noche anterior, soñando con Jesús, al que lógicamente no conocía de antes.
[55]  En esta ocasión, la alusión a este episodio, así como al envío de Jesús a Herodes Antipas que siguió, se recoge solo en el Evangelio según San Lucas (23, 5-12).
[56]  Véase nota 20.
[57] Según San Lucas (23,12), el incidente supuso que Pilato y Herodes Antipas se hiciesen amigos, superando su previa enemistad. Desde el sentido común, me permito dudarlo, pues creo que no agradaría mucho al Prefecto la vuelta a sus manos de aquella patata caliente.
[58] Tuve ocasión hace años de pronunciarme en un breve artículo, sobre las razones y consecuencias de mi entendimiento de la flagelación de Cristo como una pena en sí misma, no como un preparativo o medida añadida a la crucifixión. A los interesados sobre este tema remito a Federico Bello, Notas sobre la flagelación de Cristo, Pasión en Salamanca, Semana Santa, 2005, Nº 12, pp. 18-20.
[59] Dicho flagrum estaba formado por un mango de madera y tres correas cortas de cuero, con piezas de plomo o tabas de carnero en los extremos. El número de azotes no tenía un límite absoluto en el Derecho penal romano, debiendo acordarlo el tribunal en función de la gravedad del delito y de la probable resistencia del reo.
[60] El personaje de Barrabás, aunque recogido de forma bastante coincidente en los cuatro Evangelios, ha sido objeto de lucubraciones sin cuento. Los propios Evangelistas discrepan en el punto clave de los motivos de imputación a Barrabás: Mateo solo dice que era famoso; Marcos y Lucas lo califican de asesino, habiendo matado a una persona en un motín, junto con otros sediciosos; y Juan lo califica de bandido o bandolero. Una cosa me parece diáfana, por puro sentido común: Que Pilato no iría a poner en libertad a alguien que tuviese cuentas pendientes con el Imperio, en concepto de sedicioso o rebelde contra el mismo. Por eso redacto este pasaje en los términos que arriba quedan dichos.
[61] De todos modos, lo más probable es que Barrabás estuviese en prisión preventiva, en espera de juicio. El Derecho penal romano de la época no solía imponer penas privativas de libertad en cárcel, sino en galeras, minas u otros trabajos forzados.
[62] Tal vez la traducción mejor sería: no mereces ser Amigo del César, pues no se trataba de una simple consideración afectiva, sino de un título honorífico que el Princeps concedía a algunos de sus fieles y que, en concreto, Tiberio había otorgado a Poncio Pilato. Tal vez por eso, Pilato acusó el golpe y decidió no resistirse más a la petición.
[63]  La crucifixión era la forma usual de ejecutar a los reos de lesa majestad que no fueran ciudadanos romanos. Paso por alto el pasaje del lavatorio de las manos, no tanto por ser un acto simbólico judío, fuera de lugar en un magistrado romano, sino, más bien, porque solo lo recoge un Evangelio: el de Mateo.
[64] Es de suponer que los ladrones (Mateo, 27, 37; Marcos, 15, 27; Lucas, 23, 39-43) lo fueran con algún tipo de agravante o violencia, para recibir tan severa sanción. Juan (19, 18) no precisa el delito cometido. La fiesta de la Pascua en particular, como el Sabbat en general, eran días inhábiles para llevar a cabo el cumplimiento de penas, incluida la de muerte.
[65] Véase, por ejemplo, el Evangelio de San Mateo, capítulo 27, versículos 27-31.
[66] No era infrecuente que los cadáveres de los crucificados permaneciesen expuestos varios días en el lugar de la ejecución -a veces, picados de las aves carroñeras-, para escarmiento en cabeza ajena, siendo después arrojados a cualquier descampado, apenas cubiertos por tierra o cal.
[67]  Véase, por ejemplo, Evangelio de Lucas, 23, 50-56.
[68] El Evangelio de Mateo es el único que narra estos hechos (Mateo, 27, 62-66), con bastante imprecisión acerca de la parte que en los mismos tocó a soldados romanos o a individuos del entorno de sacerdotes y fariseos.
[69] Véase el Evangelio según San Mateo, 28, 11-15.
[70] Fortaleza levantada por Herodes el Grande en el desierto de Judea, a unos cinco kilómetros de la ribera suroccidental del Mar Muerto.
[71] Obviamente, ese era el punto de vista del tribuno Vero, que para nada prejuzga el del narrador de este relato.
[72] Véase la nota 2.
[73] Todo lo que sigue tiene su correlato en el capítulo 10 de los Hechos de los Apóstoles.
[74] Tiberio Claudio César Augusto Germánico, es decir, el Emperador Claudio
[75] Los datos coinciden con el año 50 de nuestra Era.
[76] Las Acta Pilati forman parte del Evangelio apócrifo de Nicodemo, y pueden leerse íntegramente en Internet.
[77] Magna biblioteca pública de Florencia, abierta en 1571 tras largos años de atormentada construcción. Guarda los fondos que la familia Médicis fue atesorando desde finales de la Edad Media.
[78] Lorenzo de Médicis (1449-1492), mecenas y gobernante florentino.
[79] Sobre dicho rótulo, véanse Mt., 27, 37; Mc., 15, 26; Lc., 23, 38; Jn., 19, 19-22.
[80] Juan, 19, 22.

lunes, 13 de mayo de 2019

HISTORIAS DE TRAICIÓN (IX): DOCTOR ZHIVAGO




Historias de traición (IX). Doctor Zhivago

Por Federico Bello Landrove



     La publicación de la gran novela de Boris Pasternak[1], Doctor Zhivago[2], representó un ejemplo sobresaliente de cómo la libertad de expresión puede convertirse en una traición para los enemigos de la autonomía de la voluntad. El escritor Pasternak y el editor Giangiacomo Feltrinelli[3] se convirtieron sucesivamente en felones para las Autoridades soviéticas y para el Partido Comunista Italiano, respectivamente. Sin ánimo de exactitud ni de perfección, esta es la historia.







1.      La forja de un disidente



     Examinando a posteriori la biografía de Pasternak, éste parecería predestinado a permanecer un tanto apartado de la vida social en casi cualquier país y, desde luego, en la Rusia en que le tocó vivir, al menos, a partir de 1914. Procuraré justificar en este capítulo mi precedente aseveración.

     Podemos empezar por recordar que nuestro escritor nació en la ciudad de Odesa, ya entonces solo en parte rusa, tanto por sus antecedentes ucranianos, como por el cosmopolitismo que le brindaba su carácter de puerto frecuentado, no solo por la flota de guerra rusa, sino por los navíos de múltiples nacionalidades. Verdad es que, cuando menos a partir de 1904 -cuando contaba con catorce años-, Boris abandonó de modo definitivo su residencia odesita, pero no lo es menos que su partida fue rumbo a un centro docente en la provincia de Ternopol, mucho más ucraniano de lo que lo era Odesa. Dicho centro, la Laura de la Dormición de la Virgen de Pochaiv, tenía otra peculiaridad, perfectamente ligada a la presente y futura personalidad de Pasternak: la de ser un cenobio ortodoxo, aunque con todas las matizaciones derivadas de hallarse a comienzos del siglo XX[4].

     La conexión del literato con el cristianismo resulta tanto más llamativa, cuanto que su familia era de origen judío, al parecer, sefardí y de alcurnia[5]. Su progenitor se había apartado del judaísmo, abrazando el cristianismo ortodoxo. Boris seguiría su senda, como se refleja en el tipo de humanismo y espiritualidad que impregnaría toda su vida y se reflejaría en su obra escrita.

     He aludido al padre del escritor, Leonid Pasternak[6], uno de los más famosos pintores e ilustradores rusos de su generación. También hay que referirse a su madre, Rosa Kaufman, notable concertista de piano, de la que bien pudo su hijo recibir el influjo y la herencia biológica para apasionarse por la música, carrera que inició en el Conservatorio de Moscú, para abandonarla después. Al domicilio moscovita de los Pasternak acudían asiduamente personajes del nivel del novelista León Tolstoi, del poeta Rainer Maria Rilke, y de los compositores Scriabin y Rachmaninov; excelente caldo de cultivo para un futuro artista, pero muy alejado -por supuesto- del que vivía la inmensa mayoría de los jóvenes coetáneos de Boris.

     El paso siguiente en la excepcionalidad de Pasternak fue el de abandonar sus estudios en Moscú, para desplazarse a la Universidad alemana de Marburgo, corazón entonces de la tendencia filosófica del neokantismo, en la que, a partir de 1910, siguió las clases de los grandes profesores de tal escuela, Hermann Cohen, Nicolai Hartmann y Paul Natorp. Allí se licenciará en Filosofía, en vísperas de la Gran Guerra Europea, pero declinará la oferta de continuar en Marburgo para doctorarse[7]. De tierras alemanas ya trajo Pasternak su primer libro de poemas, El gemelo entre las nubes, que publicó en Rusia a su regreso, en 1914.

     Lógico es suponer que resultara decisivo para la formación de la mentalidad del escritor el que, a partir del año últimamente citado -cuando él tenía 24-, se viese inmerso en una nación en guerra, en revolución o en brutal dictadura. Recordemos que Rusia participó en la llamada Gran Guerra Europea entre 1914 y 1917. En este año, se inició la Revolución rusa que, con la guerra civil e internacional subsiguiente, se prolongó hasta 1923. La férrea dictadura soviética posterior (que, como mínimo, puede llevarse hasta la muerte de Stalin, en 1953) fue acompañada con la participación rusa en la Segunda Guerra Mundial (1941-1945). Los años que Pasternak sobrevivió a Stalin (hasta 1960) la violencia y el rigor dictatoriales se suavizaron (etapa de Kruschev), aunque no lo bastante, como para que los escritores -Boris en particular- dejasen de cumplir su maldición histórica, el quevediano sentir siempre lo que se dice, y Pasternak, en concreto, cometer el crimen de ganar el Premio Nobel de Literatura[8].

     Algo que, tal vez, podría haber servido para integrar al joven Pasternak en el agitado y cambiante mundo ruso en que hubo de vivir, habría sido participar activamente en alguna de las guerras de su tiempo, como le tocó hacer a su criatura, el Doctor Zhivago. No fue así. Logró librarse de la conscripción de la guerra de 1914, gracias a asumir un puesto burocrático en fábricas de interés militar en los Urales[9]. Luego, la rendición de Rusia le llegó con la edad de 27 años, momento en que retornó a Moscú, no empuñando tampoco las armas en la guerra civil que siguió. Es bastante probable que, por su humanismo, Pasternak se hubiese alistado como médico, si -como Zhivago- hubiera tenido los debidos conocimientos, pero nuestro literato no era sino un hombre de artes y letras, poco inclinado y apto para combatir, aunque su reconocida incapacidad física para hacerlo no fuese entonces[10] sino una añagaza, urdida al amparo de un condescendiente médico militar[11]. En resumen: Pasternak maniobró para mantenerse al margen de las violencias de la Rusia de su juventud, cosa sana y razonable, sin duda, pero también favorable a hacer de él una persona fuera de lo corriente.

     Concluiré este apartado del capítulo aludiendo a las peculiaridades que parecen desprenderse de los amores de Pasternak, a juzgar por las mujeres a las que conocidamente amó, incluida Olga Ivinskaya[12], su gran amor de madurez (1946-1960). Me refiero, en particular a la circunstancia de que se tratara de jóvenes a las que había conocido de manera bastante íntima -no me refiero a la intimidad sexual-, antes de pasar a sentir por ellas un interés sentimental, como es el caso de su prima, Olga Freidenberg, o de Ida Wissotzkaya, hija de unos adinerados amigos de sus padres. Es muy probable que, Boris, pese a su indudable atractivo como persona y como poeta, fuese un individuo notablemente tímido, bastante moderado en sus pulsiones sexuales y con tendencia a derivar con las mujeres hacia el amor platónico, el monólogo y un cierto narcisismo. Tal vez, esto tenga relación -o haya que ponerlo en contacto- con otra evidencia: la notable diferencia de edad entre Pasternak y varias de las mujeres por las que se interesó, incluidas sus dos esposas y su amante definitiva. El escritor contrajo primer matrimonio, a los 32 años de edad, con Evgenia Lurye, una estudiante de veintitrés. Diez años después, con cuarenta y dos años, se casó con Zinaida Neuhaus, una pianista de treinta y cuatro. Cuando Boris inició su relación con Olga Ivinskaya, tenía 56 años y su amante, treinta y cuatro. Por el contrario, durante su estancia en los Urales, un Pasternak joven, de veintiséis años, intimó hasta un punto no bien conocido con Evgenia Zbarskaya, seis años mayor que él, casada con un ingeniero químico[13] y madre de dos hijos, familia con la que convivía Boris como huésped habitual, durante su estancia en Perm, en 1916-1917.

***

     Como hemos visto, Pasternak tenía a priori bastantes razones objetivas para apartarse del tipo medio de ciudadano soviético, adicto al Régimen o, cuando menos, condescendiente con el mismo. No obstante, si examinamos su vida, comprobaremos que tampoco fue un rebelde, irreductible en sus posturas y despreocupado en confrontarlas con la dictadura bajo cuya férula se hallaba. En diversas ocasiones, el escritor hubo de plegarse -o así lo entendió oportuno- a las directrices y circunstancias que le venían impuestas. El motivo principal de ello no deja de ser llamativo, para un artista muy poco identificado con las ideas comunistas y abierto -por ambiente y poliglotismo- a otros países: Me refiero a su negativa frontal a exiliarse de la Unión Soviética.

     La primera ocasión clara que se le ofreció de ello data de 1921, cuando el padre de Boris obtuvo autorización del Gobierno soviético para desplazarse hasta Alemania, a fin de someterse a una cirugía ocular complicada. Es probable que Leonid Pasternak hiciera la elección, no solo en bien de su salud, sino para alejarse definitivamente de la Rusia bolchevique, por él muy poco deseada. Prueba de ello es que viajó con su mujer y sus dos hijas, dejando atrás a sus vástagos varones, Boris y Alexandr. Todas las invitaciones posteriores para que -como era factible- Boris siguiera a su familia a Alemania o, ulteriormente, al Reino Unido, fueron rechazadas por el escritor, como lo serían las del gobierno de Kruschev, muchos años después[14].

     Dejaré clara mi opinión de que Pasternak -como su padre- saludó la caída del Zar con satisfacción y esperanza, pero ligadas a las expectativas de la República de Kerenski, no a la Revolución leninista de Octubre. Todavía esta concitó en el escritor ciertas expectativas favorables. Sabido es que su amigo de entonces, Boris Zbarsky, lo puso en contacto en agosto de 1917 con algunos personajes que estaban preparando la revolución bolchevique, si bien no parece que congeniase con ellos. Son también conocidas -por haber tenido reflejo en la misma redacción de Doctor Zhivago- sus primeras valoraciones de las brusquedades y excesos revolucionarios, como una cirugía, necesaria para acabar con los muchos y crónicos males de la política rusa; como también el respeto que mantuvo hacia Lenin durante toda la vida de este[15]. Todos estos matices no creo que empañen la impresión fundada de que Pasternak, como su Zhivago, sufrieron un irreversible proceso de desilusión revolucionaria todavía en el periodo de la guerra civil (1917-1923), tanto por la violencia y derroteros de la Revolución, como por la hambruna y grandes carencias generales a que aquella obligaba a la población.



     Hechas estas consideraciones globales, apuntaré a continuación los principales momentos de tensión conocida entre Pasternak y el Régimen a que estaba sometido, así como las formas de corregirlos o paliarlos que el literato utilizó.

     Aludiré, en primer lugar, a la disidencia pasternakiana respecto del servilismo de Vladimir Mayakovski y otros escritores y artistas, que se habían puesto al servicio del Gobierno comunista, abdicando de sus convicciones y valores personales, en favor de lo que ellos presentaban como las exigencias y necesidades del pueblo. La ruptura, escenificada hacia 1927, fue especialmente dolorosa para Pasternak, habida cuenta de que se alejaba de buenos amigos y de poetas con los que había compartido el espíritu de vanguardia, por ejemplo, el futurismo[16]. Con todo, nuestro escritor comprendió que había de plegarse a ciertas exigencias políticas, en la medida en que no repugnaran a su conciencia. De aquí, su cambio de estilo poético, evidenciado hacia 1930, adoptando las formas más claras y accesibles al gran público, que a partir de entonces lo caracterizarían. Sin embargo, la mutación no parece haber sido percibida o, por mejor decir, recibida por los críticos y mentores de dentro de Rusia: Ya hacia 1932, la poesía de Pasternak era objeto de una mayor audiencia en el extranjero, entre los émigrés, es decir, los numerosísimos rusos exiliados por motivos políticos.

     La disonancia pasternakiana no tardaría en atronar en la mefítica atmósfera de la literatura soviética, a raíz del asunto Mandelshtam[17], en 1934. El moderado apoyo de Pasternak a su citado colega provocó la reacción de Stalin, que telefoneó personalmente al escritor para escuchar de su voz los términos de tal apoyo y, de paso, afearle su comportamiento. Que el Dictador no llegase a más entra dentro de los enigmas de su mente, por más que él lo explicara por la nimiedad y la inconsistencia de la solidaridad del escritor. La verdad es que no es fácil de entender cómo Pasternak pudo salvar con vida y sin entrar en prisión la etapa estalinista, máxime no habiendo relación personal entre ellos, ni aprecio de Stalin por su condición de escritor[18]. Más adelante veremos que Stalin se valió de Olga Ivinskaya a modo de chivo expiatorio de su díscolo amante.

     La Gran Purga estalinista (1937-1938) fue la ocasión de un nuevo encontronazo de Pasternak con el Régimen soviético. Esta vez, Boris fue colocado en el disparadero por sus serviles colegas de profesión, al presentarle a la firma una petición de pena de muerte para numerosos disidentes, que Pasternak no suscribió. La airada censura de su esposa, entonces embarazada, movió al escritor a dirigir una carta a Stalin, disculpándose en términos apaciguadores, recordándole que era contrario a la pena capital desde los lejanos tiempos en que su familia le había inculcado convicciones tolstoyanas. El Dictador paró los ominosos designios de la Policía política (K.G.B.) con estas palabras, que el propio Pasternak recoge: No toquéis a ese nefelibata[19].  

     Los terribles años de la Segunda Guerra Mundial, considerada en Rusia la Gran Guerra Patriótica, fueron una época de cierre de filas y suavización de los rigores represivos, en aras de la unión de todos los ciudadanos contra el nazismo. Pasternak, por convicción o por táctica, participó a su modo del esfuerzo de guerra. En 1943, se ofreció voluntario a viajar al frente, incluso en primera línea, para brindar a los soldados soviéticos su apoyo moral y la lectura de sus obras. No parece que ello conmoviese a los responsables de la política literaria en Rusia, hasta el punto de permitir a Pasternak la publicación de nuevos trabajos creativos[20]. El escritor era consciente de ello, por lo que fue polarizándose hacia trabajos literarios esencialmente biográficos, un tanto objetivos e historicistas. El final de la guerra, con la reaparición de los más negros rasgos de la dictadura -entre ellos, los famosos gulags[21]-, impulsó a Pasternak a abandonar aparentemente sus obras personales y volcarse en la traducción al idioma ruso de literatos extranjeros, aprovechando su conocimiento de lenguas. La tarea, ardua y poco gratificante, le permitió algunas ligerezas peligrosas, como la de introducir en la traducción de Hamlet algunos versos de cosecha propia, alusivos a los gobiernos tiránicos -veleidad que pasó desapercibida a los censores[22]-. Finalmente, la labor de traductor, alimenticia pero muy digna, acabó trayéndole un disgusto, en 1950, cuando su versión del Fausto de Goethe fue repudiada oficialmente por una supuesta espiritualidad excesiva, que no se correspondía con la obra original. Se ve que los censores rendían un mayor tributo al materialismo -histórico o no- que a la fidelidad de las traducciones.

     Concluyo este capítulo, inevitablemente, con la alusión a la condena de la amante de Pasternak, Olga Ivinskaya, a cinco años de internamiento en Gulag, por complicidad en actividades de espionaje[23]. La sanción, impuesta en 1949, fue generalmente entendida como una forma indirecta de castigar a Pasternak, que tenía entonces en Olga, no solo a su amor, sino a una colaboradora excepcional. Parece indudable que la reclusión influyó en el aborto de una criatura de Olga y Boris. Este se esforzó infructuosamente por evitar o reducir la sanción, cuya eficacia final fue de cuatro años, aunque no por las peticiones del escritor, sino por el fallecimiento de Stalin.





2.      El traidor en su rincón







     Se calcula que Pasternak invirtió unos diez años en la redacción de su extensa y famosa novela Doctor Zhivago: los que van desde el inicio de sus relaciones con Olga Ivinskaya (1946), hasta sus intentos de publicación oficial en la Unión Soviética (1956). Su trabajo no mantuvo un ritmo constante. Se cree que la primera parte de la obra pudo llevarle hasta el año 1953, en tanto que la segunda se redactó en dos o tres años[24]. Lo cierto es que fue en 1956 cuando Boris presentó el manuscrito en la editorial Novy Mir[25]. La respuesta no resultó del todo descorazonadora para aquel país y momento: Los editores no se negaron a publicarla, pero sí condicionaron su edición a que el autor revisara el manuscrito íntegramente y suprimiera o corrigiera varios pasajes. La intención era siempre la misma: adaptar la obra a los parámetros del realismo socialista, en vez de a la preocupación por el bienestar de los personajes individuales, que obraban al margen del progreso de la sociedad. Dentro de los pasajes a eliminar, se hallaban los más críticos con el estalinismo, la colectivización, la Gran Purga y los gulags[26]. Corresponde a la faceta firme y digna del escritor el que no se plegase en absoluto a las exigencias editoriales, prefiriendo implícitamente que su obra permaneciese desconocida, antes que bastardeada. Y así habría continuado durante bastantes años[27], de no intervenir inopinadamente dos italianos comunistas: el periodista -corresponsal en Moscú- Sergio D’Angelo y el editor milanés Giangiacomo Feltrinelli. Veamos brevemente el desarrollo de los acontecimientos, salvando en lo posible las discrepancias de detalle.

     La línea editorial de Feltrinelli le había impulsado a solicitar de su compatriota D’Angelo que hiciese indagaciones cerca de escritores rusos, con vistas a publicar obras suyas de relevancia. Consciente de la fama de Pasternak -entre otras cosas, por haber sido candidato al Nobel de Literatura en varias ocasiones- y, tal vez, sabiendo de la existencia inédita de Doctor Zhivago, D’Angelo visitó al autor, con el que congenió, y le hizo saber el interés de Feltrinelli por publicar alguna creación suya. Pasternak le habló de su libro maldito y facilitó la lectura del mismo al periodista. A este le encantó la novela y le hizo llegar a Feltrinelli la noticia, de lo que derivó la oferta formal de un contrato de edición en Occidente, en condiciones que Pasternak juzgó económicamente muy interesantes[28]. Simultáneamente, Pasternak y Feltrinelli idearon un sencillo y eficaz sistema para burlar las interferencias y presiones de las Autoridades soviéticas que, a no dudar, habrían de producirse: El editor milanés no haría caso de otras comunicaciones y demandas del escritor que no fueran las que le llegaran en idioma francés. De esta forma, Feltrinelli hizo caso omiso de requerimientos, incluso imperativos, que Boris hizo para que no publicara su novela, por amenazas y exigencias de los dirigentes soviéticos.

     Desconocedores de esa clave idiomática y confiados en exceso en la eficacia de las presiones que el Partido Comunista Italiano ejercería sobre Feltrinelli a instancias de su homólogo de la URSS, las Autoridades soviéticas no pasaron a la acción sobre Pasternak, quien incluso aceptó los buenos oficios de una profesora francesa de visita en Rusia, Madame de Proyart[29],  para que intentara la publicación de Doctor Zhivago en ruso y en Francia, aunque, finalmente, se llevaría a cabo por la editorial Mouton de Amsterdam[30]. Por último, Doctor Zhivago vio la luz en italiano, el 23 noviembre de 1957, a tiempo para que una primera edición en ruso no privase a editor y autor de sus derechos, conforme a las leyes internacionales[31]. Esa primera edición fue un éxito considerable, al lograr vender treinta mil ejemplares, cifra que puede parecer ridícula contemplada al cabo de los años. La primera traducción al español apareció en Montevideo en 1958[32].

     Las reacciones hostiles en Rusia no se hicieron esperar. Pasternak fue expulsado de la oficial e influyente Unión de Escritores Soviéticos (1958), insultado en actos públicos[33] (cerdo que, a diferencia de los animales del mismo nombre, defeca en el comedero), tildado de traidor y merecedor de ser expulsado de la URSS, si no de cosas peores[34]. La campaña se recrudeció cuando el escritor alcanzó el Premio Nobel de Literatura de 1958, una circunstancia que bien merece el siguiente apartado de este capítulo.

***

     Pasternak había sido candidato al Nobel de Literatura en varias anualidades, entre 1946 y 1950, obviamente en su calidad de excelente poeta. Hacia 1955, sus posibilidades parecían haber declinado, tras varios años de presentación infructuosa y de ulterior ausencia en las candidaturas. Uno de sus más conspicuos valedores había sido Albert Camus, Nobel de 1957, es decir, en el año anterior a la premiación de Pasternak.

     Se ha discutido mucho -y obtenido escasas conclusiones ciertas- acerca de la relevancia en la obtención del premio de los méritos de Doctor Zhivago y del calvario que para su autor supuso la publicación de la novela. Me parece obvio -incluso, por las razones dadas para la concesión[35]- que una cosa y otra fueron los detonantes para la concesión, como lo es que la CIA norteamericana hizo todo lo posible por traducir al ruso y divulgar la gran novela pasternakiana, tanto por perturbar a los soviéticos, como para que el posible Premio Nobel recayera en el escritor en desgracia[36]. En cualquier caso, es obvio que el anuncio de la concesión del Nobel a Pasternak, hecha el 23 de octubre de 1958, provocó un alud de declaraciones politizadas, de uno y otro signo. Las procedentes de la URSS eran tajantes, en un doble sentido: Contra lo manifestado en el primer y espontáneo telegrama de aceptación de Pasternak, el novelista debería rechazar el premio. Y, caso de no hacerlo y de viajar a Estocolmo para recibirlo, no volvería a ser recibido en la Unión Soviética[37].

     La reacción del escritor estuvo en la línea de precedentes acatamientos parciales de las imposiciones políticas -como vimos en el capítulo precedente-. De forma muy educada, declinó el honor del Nobel o, cuando menos, de viajar a Suecia para recibir el dinero y símbolos del mismo[38]. Ante el temor de ser expulsado de la URSS, escribió una carta a Kruschev, en la que emotivamente afirmaba que desterrarlo de Rusia sería para él tanto como matarlo. Miembros de su familia aseveraron que las tensiones de aquellas fechas colocaron al escritor al borde del suicidio. Quizás por suerte para él, le quedaba poco tiempo de vida: Un cáncer de pulmón acabó con ella el 30 de mayo de 1960, a los setenta años de edad.

     La muerte le impidió conocer la última consecuencia desfavorable que Olga Ivinskaya hubo de sufrir por su relación con él. Al parecer, tanto aquella, como la viuda del escritor, tejieron una red de maniobras para importar en la URSS una parte de los beneficios económicos por las obras de Pasternak. Encarcelar a la viuda pareció excesivo, pero no así hacerlo con la amante y, al propio tiempo, con su hija Irina. Ambas fueron condenadas en 1961 a ocho años de prisión, de los que Irina solo cumplió uno, y tres su madre[39], que salió en libertad en 1964, el mismo año de la caída del máximo dirigente soviético de entonces, Nikita Kruschev[40].

     Cierro este apartado recordando que, finalmente, en diciembre de 1989, el Gobierno de la declinante URSS autorizó al hijo de Pasternak, Yevgenii, a que viajase a Estocolmo para recibir la medalla Nobel que su padre no había podido recibir treinta y un años antes.





3.      El cómplice de Milán



     Evidentemente, Giangiacomo Feltrinelli no era un hombre, ni un editor, corriente. De buena familia lombarda y rico por su casa, su ideología era muy de izquierdas. Había participado en la Resistencia contra Mussolini y los nazis y, a la altura de los años cincuenta del siglo XX, era un militante conocido del Partido Comunista Italiano (en lo sucesivo, PCI). En 1954, por decisión y con medios de fortuna propios, así como con el beneplácito inicial del Partido, Feltrinelli fundó en Milán la casa editorial de su apellido, pronto famosa y de éxito por la cuidada publicación, a precio moderado, de obras atractivas, por su contenido o por la notoria actualidad de sus autores[41]. En esa línea se inserta el acercamiento a Pasternak, a través del periodista D’Angelo, que culminó en el acuerdo para publicar Doctor Zhivago en Italia y vender los derechos de edición en los demás países occidentales.

     En aquellos momentos (1956-1957), Feltrinelli era ya un verso libre en el PCI. Amparándose en las declaraciones -hechas seguramente con la boca pequeña- del líder del Partido, Palmiro Togliatti[42], mantenía una posición de relativa autonomía, que se manifestaba, así en el orden estrictamente político, como en el de su profesión editorial. Quizá esa independencia de criterio fue menospreciada por las Autoridades soviéticas cuando -como he dicho en el capítulo anterior- creyeron que podrían parar, a través del PCI, la publicación de la denostada novela.


     Es obvio que Feltrinelli resistió todas las presiones hechas desde su Partido para que no editase Doctor Zhivago. El hecho de que la publicación se demorase alrededor de un año tuvo mucho más que ver con las dificultades inherentes al caso[43], que con vacilaciones del editor, entusiasmado con la novela y con el deber, legal y moral, de hacérsela conocer al mundo.


     Cinco días antes de salir al mercado la novela, el PCI abrió expediente a Feltrinelli (18 de noviembre de 1957), en razón de su comportamiento general como miembro del Partido: Había que enmascarar el motivo concreto por ser demasiado vergonzoso, ya en aquellos tiempos[44]. Veinte días más tarde, el 8 de diciembre de 1957, apareció el informe que, con ciertos matices, era negativo en la valoración de la conducta política de Feltrinelli, aunque con algunos matices. Contra lo que generalmente viene siendo afirmado, los instructores no proponían su expulsión del PCI, ni esta llegó a decretarse formalmente. Solo se reprobaba con dureza el comportamiento del editor y se sostenía que el mismo resultaba incompatible con la línea ortodoxa del Partido. A buen entendedor… Feltrinelli entendió que era la despedida de facto de él como miembro del PCI y procedió a devolver su carné y considerarse fuera de la organización. El traidor abandonaba el barco. Su vida política posterior aún traería espectaculares avatares, hasta acabar lacerado de muerte por el explosivo que manipulaba, a fin de provocar el corte de una línea eléctrica de alta tensión en las inmediaciones de Milán (14 de marzo de 1972).





4.      Epílogo



     Hagamos un ejercicio de cinismo y preguntémonos si los dirigentes soviéticos tenían verdaderos motivos para oponerse tan descaradamente a la publicación de Doctor Zhivago. Con frecuencia se elude dar una respuesta a tal interrogante, invocando la falacia, a medias, de que los mayores opositores no habían leído la novela y se limitaban a reproducir críticas sesgadas de quienes sí lo habían hecho, así como clichés deducidos de la personalidad y antecedentes de Pasternak. En mi opinión, cualquier contestación tiene que partir del contexto soviético de aquella época, así como de la situación de guerra fría en que se sentían inmersos rusos y americanos. No olvidemos, respecto de estos últimos, la vehemencia con que la CIA apoyó la concesión del Nobel a Pasternak, entre otras cosas, mediante la publicación de una edición pirata de Doctor Zhivago en idioma ruso.

     Con estos parámetros, no puedo sino convenir en que la gran obra narrativa de Boris Pasternak era un torpedo en la línea de flotación de la ideología soviética, pero no por los motivos concretos y explícitos de ciertos pasajes discordantes con aquella, sino por dos poderosas razones, que se deslizan, brillantes e implícitas, a lo largo de la novela: el individualismo irreductible y el humanismo cristiano. Zhivago era un trasunto de Pasternak, aunque más heroico y mucho más imitable. Por eso había que ejecutarlo de la drástica y sencilla manera con que pueden hacerlo las dictaduras con las criaturas de ficción: impidiéndoles nacer. 





    

[1] Boris Leonidovich Pasternak (1890-1960), escritor ruso, Premio Nobel de Literatura de 1958.
[2] Dicha publicación se produjo en noviembre de 1957, a cargo de la editorial Feltrinelli de Milán. Acepto la ortografía habitual de los editores, aunque la pronunciación del apellido del protagonista sería, aproximadamente, Yivago.
[3] Giangiacomo Feltrinelli, editor y activista político italiano. Nació en 1926 y murió en 1972, mientras preparaba unos explosivos en las inmediaciones de Milán, para volar una línea eléctrica de alta tensión.
[4]  Pasternak permanecería en la Laura de Pochaiv entre 1904 y 1907.
[5]  El padre de Pasternak blasonaba de contar entre sus antepasados con miembros de la histórica familia   Abravanel, en concreto, de la rama portuguesa.
[6] Leonid Osipovich Pasternak (1862-1945), considerado como pintor de estilo postimpresionista.
[7] Al parecer, el ofrecimiento provenía concretamente del profesor Hermann Cohen.
[8] Aludo al conocido chiste gráfico de Bill Mauldin en el New York Times, por el que ganó el Premio Pulitzer en 1958.
[9] Los detalles rebasarían los límites de este relato. Me remito a Christopher J. Barnes, Boris Pasternak: A literary biography, vol. I (1890-1928), Cambridge University Press, 1992 (reimpresión de la primera edición de 1989), capítulo 8, págs. 174-211. Puede consultarse en Internet.
[10] Posteriormente, padecería lesión en una pierna, con discreta cojera.
[11] En diciembre de 1916, Pasternak fue eximido del servicio militar por razones médicas. Todo indica que el autor del informe, el médico militar, Dr. Morev, lo exoneró por razón de su apellido, por el que reconoció su filiación paterna, siendo dicho doctor un muy probable conocido y/o admirador del pintor, padre de nuestro escritor.
[12] Los críticos creen ver su influjo en la protagonista de Doctor Zhivago, Larissa (Lara).
[13] Se trataba de Boris Illich Zbarsky (1885-1954), luego famoso por su decisiva participación en el embalsamamiento del cadáver de Lenin, aún hoy (2019) expuesto a la curiosidad y homenaje públicos en un mausoleo de la Plaza Roja de Moscú. Su esposa, de soltera Zilbermann, era conocida como Fanny; había nacido en 1884, se divorció de Zbarsky y volvió a casarse, falleciendo en 1971.
[14] El pintor Leonid Pasternak había ampliado estudios en Munich, en su juventud. Tras la operación de la vista en 1921, permaneció con su mujer e hijas en Alemania hasta la llegada al poder de Hitler, tomando entonces la decisión de establecerse en Oxford (Reino Unido), donde fallecería en 1945. En el capítulo siguiente de este relato detallaré la forma y motivos de la admonición gubernamental para que Boris Pasternak viajase a Suecia, sin posibilidad de regresar a Rusia.
[15] Recuérdese que Lenin falleció en enero de 1924. Por lo demás, quizá pueda traerse aquí a colación el conocido refrán, otros vendrán que bueno me harán.
[16] Pasternak formó parte de uno de los grupos más notables del futurismo ruso: Tsentrifuga, con centro en Moscú.
[17]  Osip Emílievich Mandelshtam (1891-1938), poeta ruso, amigo de Pasternak. En 1934, osó publicar un epigrama, justamente considerado antiestalinista, lo que le supuso privación de libertad hasta su muerte, seguramente adelantada por las malas condiciones del cautiverio.
[18] Tampoco lo entendía Olga Ivinskaya, que calificó las relaciones entre Stalin y Pasternak de duelo increíble y silencioso.
[19] Otros dan esta versión: ¡Dejad en paz a ese insigne tonto!
[20] Muchos ejemplares de sus obras de juventud habían sido retirados y destruidos -incluso por el fuego- en los primeros años del estalinismo.
[21] Especie de campos de concentración y trabajo, a los que solían ir a parar los disidentes políticos. Se construían generalmente en lugares inhóspitos y alejados, siendo los presos sometidos a vejaciones y carencias muy graves.
[22]  Puede resultar llamativo que los editores oficiales de las traducciones de Pasternak pasaran por alto la llamada pasternakización de Shakespeare, abusando del tono coloquial y la modernización de los diálogos. Seguramente lo consintieron para poner más al alcance del pueblo al Cisne del Avon. Por lo demás, la fidelidad a la letra no fue, en general, una de las notas distintivas de las traducciones de Pasternak (entre ellas, las de Calderón de la Barca), muy bien recibidas por el público ruso de la época.
[23] La decisión provino del Consejo Especial del NKVD, es decir, el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos.
[24] Aludo a las dos partes de la novela, conforme a la edición prínceps italiana. La cesura se encuentra entre el viaje y la llegada a Varykino.
[25] También presentó la novela a la editorial Literaturnaya Moskva. La respuesta definitiva, a la que seguidamente se hace alusión, procedió de la Goslizdat, es decir, la Editora Estatal.
[26] Véase “Doctor Zhivago”: Letter to Boris Pasternak from the Editors of Novyi Mir. Daedalus, Vol. 89, Nº 3, The Russian Intelligentsia (Summer, 1960), pp. 648–668.
[27] Nótese que Doctor Zhivago no fue editada en Rusia hasta 1988, precisamente por Novy Mir. Se afirma que, antes de entrar en contacto con D’Angelo en mayo de 1956, Pasternak había hecho llegar varias copias de su libro a amigos en el extranjero, pero lo cierto es que -de ser así- estos no impulsaron su publicación, quizá porque el autor no se lo hubiese autorizado.
[28] A grandes rasgos, incluían un 15% del valor de los libros vendidos en idioma italiano, así como el 50% del precio de venta de los derechos de autor en los demás países signatarios del tratado de Berna sobre tales derechos. En pocos meses, Feltrinelli gestionó dicha venta en dieciocho lenguas diferentes.
[29] Jacqueline de Proyart (1927-2019). Los entresijos de esta relación, así como de las negociaciones entre Pasternak y Feltrinelli, se recogen en un libro del hijo de este: Carlo Feltrinelli, Senior Service. Biografía de un editor, Univ. Econ. Feltrinelli, publicado en italiano en 1999 y, en traducción española, por la Editorial Anagrama, en su Biblioteca de la Memoria.
[30] Parece claro que la Agencia Central de Inteligencia estadounidense estuvo detrás de otra edición temprana de esta novela en ruso, en formato de bolsillo y papel biblia, a fin de introducir el mayor número posible de ejemplares en la URSS con la menor dificultad.
[31] Según Carlo Feltrinelli (véase obra citada en la nota 29), la no aplicación por el Gobierno soviético de la normativa internacional sobre los derechos de autor implicaba que, de publicarse la novela primeramente en ruso, se perderían todos los derechos de autor al cabo de un mes sin editarla en cualquier otro idioma.
[32] Editorial Minerva. La primera edición en España fue la de editorial Noguer, Barcelona, 1959. La primera versión al español directamente desde el ruso, hubo de esperar hasta 2010 (editorial Círculo de Lectores).
[33] Se atribuyen a Kruschev algunos de los epítetos más gruesos, aunque en público los vertió por boca de terceros. En sus Memorias, el dirigente tuvo posteriormente la desfachatez de justificar su oposición a la publicación de la novela en la falta de una correcta información, pues no la había leído y se le había pasado por los encargados de ello información y resúmenes sesgados. Es obvio que no juzgaba vergonzosa la práctica, por su parte, de golpear primero e informarse después.
[34] Algo que Pasternak había supuesto cuando dijo a D’Angelo, al darle el ejemplar de Doctor Zhivago para la publicación, que, desde ese momento, quedaba invitado a su ejecución.
[35] La concesión del premio se justificaba por la contribución de Borís Pasternak a la poesía lírica rusa y en la continuación de la gran tradición épica rusa. La alusión a Doctor Zhivago era, pues, evidente.
[36] Las cosas han quedado definitivamente claras a partir del 11 de abril de 2014, cuando se desclasificaron los pertinentes documentos, el primero de los cuales data de 12 de diciembre de 1957. Parece indiscutible que Pasternak fue completamente ajeno a la instrumentación que de él hizo la CIA.
[37] Se afirma que los soviéticos no llegaron más allá con las represalias, gracias a que el influyente Primer Ministro indio, Jawaharlal Nerhu, advirtió por carta a Kruschev que, si la persecución a Pasternak se enconaba, él mismo promovería una campaña internacional en pro del escritor.
[38] Esta concesión al Gobierno fue muy criticada por algunos colegas, como Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008), a su vez Premio Nobel de Literatura de 1970.
[39] Aunque de dudosa fiabilidad para otros aspectos, esta etapa de los sufrimientos de Pasternak e Ivinskaya está bien descrita en el libro que esta última escribió: Olga Ivinskaya, A Captive of Time; My Years with Pasternak, Doubleday, New York, 1978.
[40]  Empleo la ortografía habitual en español, aunque la pronunciación sería, aproximadamente, Jrushchov.
[41] Me remito a la biografía del editor, obra de su hijo Carlo, recogida en la nota 29.
[42] Palmiro Togliatti (1893-1964), Secretario General del PCI entre 1927 y 1964.
[43] Principalmente,  recibir y tener en cuenta las opiniones de Pasternak, así como conseguir una buena traducción de la novela al italiano, cosa que se logró gracias a la labor del traductor, Pietro Zveretemich.
[44] No puede disociarse el expediente de la publicación por el hecho de que aquel precediera a esta: Feltrinelli ya había advertido a los rusos de que editaría de inmediato Doctor Zhivago, lo que Pasternak había aceptado en carta fiable del 2 de noviembre de 1957.