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jueves, 30 de julio de 2026

CONTEXTO DE LA PELÍCULA "EL PUENTE SOBRE EL RÍO KWAI"

 


Contexto de la película “El puente sobre el río Kwai”

Por Federico Bello Landrove

 

     En mi opinión, la película El puente sobre el río Kwai es una de las mejores de la historia, dentro del género de aventuras. Ahora bien, para comprenderla en profundidad, es necesario conocer su contexto histórico, en particular lo relativo a la novela en que se basa, a la construcción del ferrocarril de Birmania y a los hombres que la hicieron posible y que en dicho film son retratados al modo de Hollywood. A esa tarea se aplica el presente ensayo.

 

“El puente sobre el río Kwai”

 

  1. 1.  Tendido del ferrocarril de Birmania


     Durante el primer año de la II Guerra Mundial en el Extremo Oriente –coincidente casi exactamente con 1942-, las tropas japonesas, en arrollador avance, alcanzaron el territorio más oriental de la colonia británica de la India, adonde llegaron por la vía terrestre de la de Birmania, pese a la casi total carencia de infraestructuras de comunicación –carreteras, ferrocarriles-. Gracias, en buena parte, a esa grave limitación logística, el ejército nipón fue contenido por las tropas británicas, perdiendo así la oportunidad anhelada de levantar a la población india contra el controvertido dominio del Reino Unido, promoviendo un Estado soberano hindú aliado del Imperio japonés. El esfuerzo de guerra británico fue pronto apoyado por fuerzas especiales de los Estados Unidos, que trataban de mantener la línea de paso a través de la India y de Birmania, para permanecer conectados con las fuerzas armadas chinas, que luchaban contra los japoneses para evitar su avance por el interior de su país.

     En un reflujo lento y muy sangriento, pero imparable, los japoneses tuvieron que abandonar el territorio indio y retroceder en el norte de Birmania. Fue entonces cuando el alto mando militar nipón entendió que resultaba imprescindible establecer una línea rápida de comunicación y aporte de refuerzos, desde la costa tailandesa[1] hasta el interior de Birmania. De esa necesidad brotó la decisión de construir una línea férrea de 415 kilómetros, entre las capitales de Bangkok y Rangoon. El trazado de dicha vía presentaba grandes retos orográficos, al tratarse en buena parte de una zona montañosa, atravesada por numerosos ríos: Nada que los ingenieros militares japoneses no pudieran afrontar sin mayores dificultades teóricas, pero que complicaba mucho la obra, en términos de plazo de realización y cantidad de trabajadores precisos. De hecho, al ser conocedores de tal empeño, los expertos anglosajones calcularon que los trabajos les llevarían a sus enemigos ¡cinco años!

     De muy otra opinión eran los japoneses, cuyo estado mayor fijó inexorablemente el plazo de un año, a contar desde el inicio de la obra en octubre de 1942. Tan ambiciosa exigencia tenía como clave la movilización de una enorme mano de obra, calculada en no menos de cien mil personas trabajando simultáneamente, a partir de los dos extremos de la línea –el tailandés y el birmano-, hasta encontrarse en el centro del trayecto. Los trabajadores procederían de tres orígenes diferentes: 1º. Los prisioneros de guerra ingleses y holandeses, capturados previamente en las campañas de Malasia, Singapur, las Indias Holandesas y Birmania, obligados a trabajar para el esfuerzo de guerra de Japón. 2º. Los orientales oriundos de la zona –siameses y birmanos-, tomados como trabajadores forzados por su desafección a los japoneses o, simplemente, con la venia de las autoridades locales, amigas de los japoneses. 3º. Trabajadores de la zona, contratados al efecto, pero tratados cada vez más como lo eran los forzados.

     Los obreros fueron establecidos en poblados a todo lo largo del ferrocarril, con una separación aproximada entre sí de cinco kilómetros, lo que suponía establecer unos cien campamentos en toda la línea. El alojamiento consistía en barracones de madera con techo de paja resistente al agua, abiertos de todo su perímetro para permitir la ventilación y refrescar el interior. Los alojados dormían prácticamente en el suelo y hacinados, al ocupar cada construcción unas doscientas personas para una superficie aproximada de cincuenta o sesenta metros de largo por diez o quince de ancho. El número de trabajadores por establecimiento fue de una media de dos mil.

     La alimentación era mínima, consistente en arroz y verduras casi exclusivamente. La atención médica apenas existía, salvo para los militares prisioneros que tuviesen la fortuna de compartir encierro con algún médico militar. Estaba prevista la existencia de algunos campamentos-hospital, pero la calidad del alojamiento y del cuidado médico era poco mejor que en los ordinarios. Es de notar que los japoneses reducían el número de hospitalizados al mínimo, como también el de las bajas para el trabajo, fruto de heridas o de enfermedad.

     Con todo, las condiciones de vida habrían resultado tolerables, de no concurrir dos circunstancias agravantes: 1ª. La aparición de numerosas enfermedades y parasitosis endémicas de las zonas tropicales y/o agudizadas por la promiscuidad, la malnutrición y la falta de cuidados higiénicos. 2ª. La enorme severidad mostrada en general por los guardianes japoneses y coreanos, tanto a la hora de obligar a trabajar a quienes no podían hacerlo, como a la de exigir por la fuerza un mayor rendimiento por parte de los que no tenían fuerzas o medios para conseguirlo. Los castigos corporales eran crueles y desproporcionados y las fugas o su tentativa, así como el sabotaje, se castigaban con la muerte.

Trazado del “ferrocarril de la muerte” (Bannkok-Rangoon)

 

     Las condiciones de trabajo aún empeoraron cuando, hacia el mes de abril de 1943, las autoridades militares niponas constataron que la obra no estaría concluida en el plazo previsto de un año. Aumentaron los castigos, se obligó a trabajar a cuantos no fueran inválidos absolutos y las jornadas laborales se extendieron, como mínimo, a todas las horas de luz solar. En los casos en que había existido cierta tolerancia para excluir del trabajo físico a quienes las leyes de la guerra les excluían de él –oficiales, médicos-, tal exención se suprimió. Aquella terrible aceleración –llamada por los anglófonos speedo- duró hasta la finalización de los trabajos en octubre de 1943, logrando al fin cumplir con el plazo previsto.

     La culminación del ferrocarril Bangkok-Rangoon no fue el final de la presencia en aquella inhóspita zona de muchos de los que habían trabajado en su tendido. Los prisioneros de guerra siguieron ocupando muchos de los campamentos originales, dedicados a labores complementarias y de mantenimiento[2]. En todo caso, la zona permaneció en manos de los japoneses hasta el final de la guerra (agosto de 1945).

     Consecuencia de cuanto hemos expuesto fue el inmenso sufrimiento infligido a quienes, de un modo u otro, se vieron forzados a construir y mantener el ferrocarril de Birmania. Los heridos y mutilados fueron incontables, así como los afectados de perturbaciones mentales. Tampoco los muertos han sido contabilizados de modo preciso, pero sí aproximado. Las cifras manejadas alcanzan a unos trece mil prisioneros de guerra occidentales y más de cien mil orientales. Es un número más que suficiente para que la obra por cuya realización murieron haya sido llamada el ferrocarril de la muerte.

***

     Terminada la guerra, el gobierno británico decidió juzgar los crímenes de guerra cometidos en la construcción del ferrocarril de Birmania, a semejanza de lo que se había acordado por los aliados para los juicios de Núremberg y Tokio. Dichos procesos, llevados a cabo principalmente por el ejército británico, se celebraron entre 1946 y 1948 en las ciudades de Singapur y Rangoon, teniendo como acusados a ingenieros y logísticos militares japoneses, a médicos militares del mismo ejército y a guardias japoneses y coreanos de los campos, fundándose la acusación, respectivamente,  en la fijación de trabajos excesivos, en forzar a trabajar a personas enfermas o, incluso, amputadas, y en el maltrato y los castigos excesivos a los trabajadores. Unos doscientos acusados fueron hallados culpables de graves crímenes y condenados a la muerte por ahorcamiento. Otros recibieron penas de prisión de duración diversa. Otros, finalmente, resultaron absueltos.

     Del personal del campo de Tamarkán, el mayor castigo correspondió al guardia Takeshi Kaneshiro, que fue ahorcado por llevar a cabo torturas y palizas con resultado de muerte. De lo que sucedió con el segundo jefe del campo, sargento mayor Teruo Saito, trataremos en el capítulo 5 de este ensayo.

 

 


  1. 2.   El puente sobre el río Kwai: El autor y la obra


     El autor, Pierre Boulle.

     Un par de generaciones de la segunda mitad del siglo XX obtuvimos el conocimiento del ferrocarril de Birmania gracias a haber leído la novela El puente sobre el río Kwai o, más bien, por haber visto la película homónima, basada en dicho texto. El relato escrito es obra del escritor francés Pierre Boulle (1912-1994) y apareció publicado en el año 1952[3]. La película, dirigida por David Lean, se estrenó en el año 1957. Una y otra versiones de la historia alcanzaron notable éxito, pero la notoriedad mundial se la dio sin duda la película, que tuvo un gran éxito de crítica y público. Con todo, las modificaciones que el guión del film introdujo en el argumento de la novela enfadaron considerablemente al autor de esta, que se negó a colaborar en aquel y expresó públicamente su disconformidad con las licencias que los productores se habían tomado con su relato.

     No siendo el tema de este ensayo de carácter puramente cinematográfico, no voy a hacer hincapié en las divergencias entre el texto escrito y el film basado en él. Sí me interesa, en cambio, indicar las principales diferencias que entre la realidad y el libro han encontrado quienes vivieron los hechos que inspiraron al autor de este. Precisamente, creo oportuno referirme brevemente a la biografía de Pierre Boulle en sus años jóvenes, en concreto, aquellos que le sirvieron de base para escribir El puente sobre el río Kwai.

     El inicio de la II Guerra Mundial (1939) sorprendió al joven Boulle –de 27 años de edad a la sazón- ejerciendo su profesión de ingeniero agrónomo en una plantación de caucho en Malasia, entonces colonia británica. No cabe duda de que esto le facilitó un buen conocimiento de la mentalidad y del idioma ingleses, que luego vertería en su libro y en su vida. El hecho de que Francia entrase en la guerra desde sus primeros momentos no movió a Boulle, ni a regresar a Francia, ni a alistarse, pero al ser derrotada su patria y establecerse en ella el gobierno títere del mariscal Pétain en Vichy (año 1940), Boulle se afilió a las Fuerzas Francesas Libres del general De Gaulle, las cuales fracasaron en su intento de apartar la Indochina francesa de la lealtad al gobierno de la metrópoli. Iniciada la guerra en el frente del Pacífico (diciembre de 1941), los dirigentes franceses de Indochina, con el fin de mantener la soberanía gala en el territorio, mantuvieron una postura complaciente con el ejército japonés, lo que, entre otras cosas, supuso concederle libre paso para que atacara desde el norte las posesiones británicas de Malasia y Singapur, que pronto cayeron en manos niponas.

     En esta situación, Boulle fue reclutado y entrenado por los servicios secretos del Reino Unido para que llevara a cabo labores de cooperación con los movimientos de resistencia antijaponesa en la zona[4]. Al cabo de un año, en 1943, cuando descendía en una balsa por el río Mekong, fue detenido por fuerzas francesas. Juzgado por traición, fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad. Sin embargo, la condena se redujo en la práctica a estar encarcelado en Hanoi, primero, y en Saigón, después. Durante su cautiverio Boulle refirió haber sufrido torturas y maltrato psicológico, de lo que dejó cuenta puntual en un diario escrito en la prisión, que pudo ocultar a los registros de sus guardianes.

Pierre Boulle

 

     El 1944, gracias a la ayuda encubierta de algunos funcionarios de la cárcel de Saigón favorables a la Resistencia, Boulle consiguió escapar y llegar a territorio ocupado por los británicos. De allí, fue trasladado a Calcuta, donde colaboró con las fuerzas especiales británicas[5], realizando trabajos de interpretación de las fotografías de objetivos nipones, tomadas desde el aire. Es posible que algunas de esas imágenes correspondieran al ferrocarril de Birmania y hasta al puente que luego se haría famoso.

     Concluida la guerra, Boulle retornó a la Francia metropolitana, donde recibió la condecoración de la Croix de Guèrre y fue nombrado caballero de la Legión de Honor. Poco después iniciaría una brillante carrera literaria, cuyos principales best sellers fueron el citado Puente… y El planeta de los simios, así mismo popularizado por su notable transposición al cine[6].

     A la vista de lo expuesto, queda claro que –contra lo que algunos afirman- Pierre Boulle, ni estuvo cautivo de los japoneses ni tuvo nada que ver directamente con el ferrocarril de la muerte. Con todo, nadie puede dudar de que la inspiración del relato, así como su realismo y notable color local, deben mucho a la experiencia de su autor acerca del sureste asiático en guerra. También la personalidad de sus protagonistas –el coronel nipón, Saito, y el teniente coronel inglés, Nicholson- pretenden reflejar la idea que Boulle tenía acerca de lo absurdo de la guerra, la exagerada disciplina militar y el choque de mentalidades entre Oriente y Occidente. Ahora bien, ¿coincide la visión del escritor con la de quienes vivieron o han estudiado la tragedia de aquel ferrocarril? ¿Hasta qué punto las exigencias de un relato novelado llevaron a Boulle a no ser fiel a la realidad? Veámoslo a continuación.

 

     La obra y la realidad.

     Partamos de una doble premisa: 1ª. La reacción y las opiniones respecto a la fidelidad de El puente sobre el río Kwai para con los hechos reflejados se refieren a la película mucho más que a la novela: Prueba de ello es que las críticas arrancaron por lo general del momento (1957) en que la cinta fue estrenada. 2ª. Las opiniones fundadas en la memoria de los testigos directos no tienen por qué ser totalmente fieles a los hechos y entre ellas surgen discrepancias inevitables, pues no todos vivieron los mismos sucesos, ni de la misma manera.

     Esto sentado, creo que las divergencias más aludidas entre la obra de Boulle y lo que realmente acaeció se centran en los siguientes aspectos: 1º. Rigor de los carceleros. 2º. Trabajo de los oficiales prisioneros. 3º. Competencia de los ingenieros militares nipones. 4º. Niveles de colaboracionismo. 5º. Destrucción del puente.

     Rigor de los carceleros.

     Muchos de los trabajadores forzados del ferrocarril –en especial, prisioneros de guerra-, al ver la película, manifestaron que el trato cruel y los castigos que ellos presenciaron o sufrieron eran mucho más graves que en el relato, por más que este ya fuera de por sí muy impactante. Yo opino que el nivel y el carácter explícito de las violencias estuvo sujeto en la época del rodaje a la vigencia del Código Hays de censura cinematográfica[7] y a la sensibilidad de los espectadores del momento. Y, en todo caso, no creo que hubiese más divergencia relevante que la de la frecuencia con que los castigos reales suponían la muerte de los prisioneros, ya fuese por agotamiento, maltrato con efecto mortal o ejecución sin necesidad de juicio. La cosa pudo tener su importancia en lo referente al empecinamiento del personaje de Nicholson en no trabajar manualmente, ni él ni sus oficiales, cuestión de gran importancia en el relato. En la realidad, es obvio que alguien tan severo y confrontado como el coronel Saito habría acabado en un momento con la rebeldía, ejecutando al teniente coronel británico y, de persistir la negativa, a todos los oficiales reluctantes.

     El trabajo físico o manual de los oficiales.

     El artículo 27 de la Convención de Ginebra establece que no se puede obligar a los oficiales prisioneros a realizar trabajos físicos. Lo contrario supone un crimen de guerra lo suficientemente relevante –por nimio o clasista que nos parezca-, como para haber sido uno de los que fueron objeto de acusación en los juicios de Tokio[8]. Los japoneses en guerra nunca se sintieron obligados a respetar dicha norma, por la sencilla razón de que, tras firmar en su momento la Convención de Ginebra, ni su gobierno ni su parlamento ratificaron tal acuerdo. No obstante, perece claro que esta infracción, tan importante en la novela y en la película, tuvo un escaso interés real en el ferrocarril de Birmania, salvo alguna excepción, resuelta por los japoneses con la ejecución de los oficiales que se negaron a trabajar.

     La historia distingue varios casos a este respecto, lo que evidencia poco rigor a la hora de reclamar y de rechazar el privilegio de los oficiales:

     Primer caso. Campamentos cuyos jefes dieron la orden concreta de que los oficiales trabajaran físicamente. En ellos la oposición de los oficiales presos fue tan severamente castigada que, viendo que negarse equivalía a una sentencia de muerte, acabaron por ceder  en todos los casos conocidos, entre los que el más famoso fue el del campo de trabajo de Thanbyuzayat, en el extremo birmano de la línea férrea.

     Segundo caso. Campos de trabajo en que los japoneses hicieron la vista gorda en esta materia hasta que, a mediados de 1943, el retraso en la construcción del tendido del ferrocarril obligó  a los nipones a acordar la orden tajante de todos a trabajar (el llamado speedo), enfermos y oficiales incluidos, no teniendo estos otro remedio que acatar la orden.

     Tercer caso. Oficiales que voluntariamente asumieron el trabajo, como forma de ayudar y de sentirse solidarios con sus soldados. Ello estaba permitido por la Convención, que solo prohibía el forzar a trabajar, no el asumirlo voluntariamente.

     Cuarto caso. Acuerdos tácitos entre prisioneros y guardianes, por los que los oficiales considerados importantes fueron exonerados del trabajo por los japoneses, a cambio de otro tipo de tareas más útiles, como las encaminadas a ordenar y dirigir a sus hombres en el trabajo forzado.

     Competencia de los ingenieros militares japoneses.

     Uno de los puntos menos felices del relato de Boulle, hasta el punto de rozar el ridículo, fue el de considerar a los ingenieros militares japoneses incapaces de construir el puente en un lugar adecuado para encontrar un buen firme bajo el río. De hecho, una de las críticas más ácidas que la película recibió en Japón fue precisamente esta; una censura perfectamente justificada, como lo demuestra el tendido de la línea férrea de Birmania.

     En efecto, la abundancia de corrientes de agua en la zona, obligó a construir un gran número de puentes –se ha dado la cifra de seiscientos- a lo largo de los 415 kilómetros de trayecto. Como ya he dicho antes, toda la obra del ferrocarril se concluyó en trece meses (octubre de 1942 – octubre de 1943), lo que denota una competencia fuera de toda duda. Nada puede explicar, por tanto, que ingenieros sumamente expertos en todo el trazado se volviesen lerdos al construir el puente al que alude la novela. De hecho, los dos puentes que efectivamente se levantaron –uno de madera y otro de hormigón y acero- funcionaron perfectamente y hasta ofrecieron una resistencia parcial a los bombardeos aéreos sufridos[9]. Nada induce a pensar, por otra parte, que militares ingleses asesoraran a los japoneses en el trazado de este puente precisamente. En un capítulo posterior volveremos sobre el tema, cuando glosemos la figura del teniente coronel real, en el que parece que Boulle pudo inspirarse a la hora de inventar a su Nicholson.

     El colaboracionismo y sus niveles.

     La novela de Boulle no se había difundido en el Reino Unido entre lo que llamaríamos el gran público. Fue la proyección de la película basada en ella la que despertó entre los británicos una considerable irritación, por la presentación del teniente coronel Nicholson como un palmario colaboracionista con los japoneses, aunque llegara a esa situación por una vía paradójica y hasta desapercibida para él mismo hasta los momentos finales de la película. Pero esas menudencias psicológicas, tan importantes literaria y cinematográficamente, no fueron aceptadas por quienes se sintieron directamente aludidos: los antiguos prisioneros de guerra que habían trabajado forzosamente en el ferrocarril de Birmania, particularmente quienes lo habían hecho en el campo de Tamarkán –en siamés, Tha Mae Kham-, a unos cinco kilómetros de la capital de provincia tailandesa de Kanchanaburi- para levantar el famoso puente. El enfado se convirtió en indignación ante la circunstancia de que el autor de la novela fuese un francés –se imaginó un componente xenófobo-, así como por la esencial participación en la película de ciudadanos británicos –el director, David Lean, y el actor Alec Guinness, que encarnó el personaje de Nicholson-. Uno y otro tuvieron que justificarse, señalando el actor que también él se había sentido afectado por la imagen que había dado su personaje, hasta el punto de que –dijo- estuvo a punto de incumplir su contrato, al leer detenidamente su papel. La polémica duró unos cuantos años pues todavía en 1974 la BBC emitió un documental señero[10], que en algún caso echaron más leña al fuego del enfado de los excombatientes, agravado por la circunstancia de que el teniente coronel real que había servido supuestamente de base para construir a Nicholson tenía poco o nada en común con el complejo personaje de ficción. Más adelante –en el capítulo 4- tendremos ocasión de comprobarlo.

     Desde un punto de vista objetivo, entiendo que las airadas protestas que levantó la película en ciertos ambientes de excombatientes británicos tenían un escaso fundamento, debido a que: 1º. Ni la película ni la novela pretendían aludir a un campo de concentración determinado, ni a un militar inglés concreto. 2º. Entre los miles de oficiales e individuos de tropa prisioneros, es obvio –incluso por cálculo de probabilidades- que tuvo que haber numerosos casos de colaboracionismo puro y duro con los severísimos guardianes. En este sentido, creo que la vigorosa protesta levantada por El puente… derivó, más bien, del juicio de intenciones –de malas intenciones, diríamos- que se hizo respecto de un novelista que era francés y unos cineastas que eran mayoritariamente norteamericanos[11].

     La destrucción del puente.

     Evidentes necesidades literarias y fílmicas aconsejaron que el puente levantado “gracias al colaboracionismo británico” tuviese que ser destruido por comandos aliados venidos expresamente para ello a través de la selva. La cumbre del efectismo la supone el que la voladura del puente se produzca cuando está pasando por él el primer tren de la línea Bangkok – Rangoon y que la destrucción de la obra de ingeniería sea completa[12].

     Lo cierto es que los dos puentes –de madera, uno, y de acero y hormigón, el otro- estuvieron en perfecto uso durante dos años, hasta que fueron atacados por bombardeos de la aviación aliada. De las resultas, el puente de madera fue totalmente destruido, pero el de hormigón y acero fue reparado antes de que acabara la guerra y todavía hoy sigue prestando servicio, tras las consiguientes reparaciones. Por cierto que, de tratarse de los puentes aludidos por Boulle, los mismos no salvan el río  Kwai –Kwae Yai en siamés- sino el río Klong -Mae Klong-, en las inmediaciones de Kanchanaburi (Tailandia). Pero el impacto y el aliciente turístico de la película llegaron a tales extremos, que el gobierno del país permitió el cambio de nombre del río –de Klong, a Kwai-, al menos, a efectos políticos.

Puente de madera del río Kwai antes de su destrucción

 

 

  1. 3.   El salto de la fantasía a la realidad (y viceversa)


     La novela de Boulle no pretendía fundarse en la historia de un concreto campo de trabajo del ferrocarril de Birmania. De hecho, no hay constancia de que el autor visitase la zona, ni de que tuviera un conocimiento específico de las peripecias acaecidas en ningún campamento en los años de la construcción de la línea férrea. Fue, más bien, a la inversa: La lectura de la novela y las escasas alusiones concretas en la misma a lugares y personas fue lo que animó a los lectores a buscarle un específico color local. De hecho, había algunas referencias en la novela que podían ajustarse a la realidad: Había un río Kwai y un jefe de campo apellidado Saito, tan novelescos como reales. Ahora bien, como referencias eran imprecisas: El río Kwai fluye durante bastantes kilómetros en paralelo a la línea del ferrocarril –que, por cierto, no lo cruza con el puente de marras- y el apellido Saito es lo suficientemente corriente en japonés, como para no despertar sospechas de existencia real de un personaje. Así pues, todo inducía a pensar que Boulle había fabulado sobre hechos reales, sin pretensión identificadora. Pero he aquí que surgió la película homónima y el puente sobre el río Kwai alcanzó caracteres míticos, que movían desesperadamente a encontrarle señas precisas y reales de identidad. ¡Y algunas parecía haber! Eran pocas, pero llamativas.

     La primera era la existencia de un puente de acero y hormigón de la época del ferrocarril de la muerte que, no solo se mantenía en pie, sino que continuaba prestando servicio una década después, debidamente reparado, incluso con la obligada cooperación del gobierno japonés de posguerra[13]. Ciertamente, no era su predecesor, el puente de madera[14], destruido completamente por un bombardeo, pero si databa del año 1943 y también había sido atacado desde el aire con escaso resultado –pudo repararse de manera rápida-. Tampoco parecía importar que el río a sus pies fuera el Klong y no el cercano Kwai: A fin de cuentas, Boulle podía haberse equivocado al consultar el mapa…

     La segunda –y quizá más importante-: Había un campo de trabajo, conocido por los ingleses con el nombre de Tamarkán, junto al río Klong, en que las condiciones de vida de los prisioneros –la mayoría, militares de la guarnición de Singapur- habían sido mucho mejores que en los demás campos. Se tenía constancia de que el oficial de mayor graduación había sido un teniente coronel, que con su inteligencia y dotes de mando, había logrado un modus vivendi con los japoneses, basado en un cambalache: mayor rendimiento laboral a cambio de mejores condiciones de vida y trabajo (descansos, medicinas, alimentos, menores castigos). Había sido un acuerdo en buena medida tácito y que no le había librado al jefe británico de castigos y sinsabores. Y la persona con la que mejor se había entendido y alcanzado ventajas era un militar japonés, apellidado Saito.

     Esta era la tercera coincidencia: el apellido del jefe japonés. Tanto daba para los buscadores de parecidos el que el Teruo Saito real fuese un simple sargento primero –no un coronel, como en la ficción-, ni que no fuese el jefe del campo –cargo que correspondía a un oficial con rango de teniente-, sino el segundo jefe, o jefe operativo, que era quien tenía que organizar y distribuir el trabajo y lidiar con las condiciones del trato a los prisioneros. A fin de cuentas, era con Saito con quien el teniente coronel británico había tenido mayormente que entenderse.

     Suficientes o no los parecidos, lo cierto es que se ha llegado a formar la convicción generalizada de que la peripecia de El puente sobre el río Kwai y sus dos personajes centrales –el británico Nicholson y el japonés Saito- están basados en concretos hechos reales sucedidos en el campo de trabajo de Tamarkán, a unos cinco kilómetros de la ciudad tailandesa de Kanchanaburi. Supongo que semejante creencia no puede –ni debe- quitarse de la cabeza a quienes así opinan. En consecuencia, mi objetivo a partir de ahora es el de narrar sustancialmente la biografía de las personas reales que inspiraron el relato de ficción. Con ello, no solo cumplo con lo pretendido en este ensayo, sino que creo trasladar a mis lectores unos hechos de tal interés humano, que bien podrían ilustrar el famoso dicho de que “la realidad supera a la fantasía”.  Juzguen ustedes.

 

 

4.   El teniente coronel Nicholson se apellidaba Toosey


      El oficial británico de mayor graduación en el campo de trabajo de Tamarkán fue el teniente coronel Philip John Denton Toosey (1904-1975) y es la persona en quien supuestamente pudo haberse inspirado el escritor Pierre Boulle a la hora de describir a su criatura literaria del teniente coronel Nicholson en la novela El puente sobre el río Kwai. En realidad, es poco probable que Boulle conociera de la existencia y personalidad de Toosey antes de escribir su libro, pero, de hecho, entre Nicholson y Toosey existen, al lado de diferencias abismales, grandes parecidos. Expongamos una breve biografía del personaje real, centrándonos en los años de la II Guerra Mundial.

     Nacido en 1904 en Birkenhead –localidad del condado inglés de Merseyside-, Toosey ejerció la profesión de economista en el importante banco comercial Baring Brothers, a la vez que siguió la carrera militar en las tropas auxiliares del Ejército Territorial (T.A.), en el arma de Artillería, en el que alcanzó la condición de oficial. Al estallar la guerra en 1939, Toosey –ya casado y con dos hijas- fue movilizado y combatió en Bélgica y Francia, hasta ser evacuado en Dunkerque (1940). Tras seguir los cursos de oficiales superiores, en 1941 fue ascendido a comandante y poco después (1941), a teniente coronel. Al mando de un regimiento fue enviado a Extremo Oriente, participando en la defensa de Singapur, en la que obtuvo la condecoración de la Orden de Servicios Distinguidos. A punto de tener que abandonar dicha isla ante la inminente victoria japonesa, sus superiores le ofrecieron ser evacuado (12 de febrero de 1942), lo que rechazó Toosey, que prefirió permanecer con sus hombres durante el inminente cautiverio.

     Al ser hechos prisioneros, Toosey y sus hombres fueron transportados hasta Tailandia, para participar en la construcción del ferrocarril Bangkok – Rangoon, correspondiéndoles la construcción de un puente sobre el río Mae Klong. A tal fin, fueron alojados en un campamento llamado Tamarkán (Tha Mae Kham), a unos cinco kilómetros de la pequeña ciudad de Kanchanaburi, capital de la provincia tailandesa del mismo nombre, donde habían de trabajar forzosos unos dos mil soldados prisioneros de guerra. Toosey, como militar de mayor graduación, asumió la dirección o jefatura de todos ellos. Su labor resultó decisiva para asegurar un relativo bienestar y lograr que la mayoría de ellos sobreviviese. Para ello, sin perjuicio de la firmeza frente a sus guardianes –que le obligó a soportar varias palizas muy severas-, estableció una relación de reciprocidad, fundada en la urgencia que los japoneses tenían de que la línea férrea se concluyera en el escasísimo tiempo prefijado. Según eso, Toosey asumió la dirección y control moral y disciplinario del trabajo de los militares a sus órdenes, logrando que fuera ordenado y eficaz, a cambio de lo cual, los nipones concederían importantes favores en términos de alimentación, descanso, atención sanitaria, medicinas –que los británicos compraban a un siamés amigo, llamado Boonpong Sirivejjabhandu- e, incluso, asistencia los domingos a actos religiosos y distracciones organizadas por los propios prisioneros. Durante todo este tiempo, las fugas –aunque permitidas por los superiores- fueron mínimas y castigadas con la muerte de los que las intentaban y grandes palizas a quienes los ayudasen.


Philip J.D. Toosey

 

     La buena disposición de Toosey no llegó a alcanzar claros términos de colaboracionismo, pues permitía a los soldados ciertas formas de sabotaje, que pasaron bastante desapercibidas para los guardianes, tales como mezclas imperfectas del hormigón o la recogida de grandes cantidades de termitas, que procuraban introducir en los maderos del puente. Lo cierto es que el trabajo en Tamarkán resultó satisfactorio para los japoneses, que juzgaban este campo como uno de los mejores de toda la línea férrea.

     En lo referente al trabajo físico de los oficiales presos, el campo de Tamarkán fue ejemplo del cuarto caso que describimos en el capítulo 2, es decir, el de aquellos campamentos en que los oficiales se limitaron a dirigir moralmente la labor de sus hombres y a resolver los conflictos que se presentaran; algo que los japoneses supieron valorar como más útil para ellos que el agregar un centenar de pares de brazos al esfuerzo manual de construcción. Desde luego, así sucedió con Toosey, sin que este tuviese que negarse frontalmente a trabajar.

     Tras la finalización de los dos puentes –de madera y de hormigón y acero- para salvar el mismo paso fluvial (hacia octubre de 1943), los hombres de Toosey fueron enviados a trabajar a otros campos. Tamarkán se convirtió en campamento-hospital y los japoneses dieron a Toosey la orden de organizarlo, lo que hizo lo mejor que pudo, habida cuenta de las grandes carencias en personal y suministros médicos. Puesto el hospital en funcionamiento en pocos meses, los japoneses –que ya consideraban a Toosey un oficial muy competente, al que dotaban de cierta dosis de autonomía- enviaron al teniente coronel a gestionar otro campo, el de Nong Pladuk (diciembre de 1943). Un año más tarde (diciembre de 1944), Toosey fue trasladado al campo de concentración de oficiales aliados presos sito en Kanchanaburi, siendo nombrado oficial de enlace entre ellos y los japoneses. Su última etapa bélica la pasó Toosey en el campo de Nakhon Nayok, en unión de otros oficiales relevantes, en calidad de rehenes. Allí continuaban cuando la rendición del ejército japonés de la zona (agosto de 1945). Al ser liberado, Toosey viajó por propia iniciativa unos 500 kilómetros, para reunirse con sus hombres en los campos en que se encontraban y supervisar su liberación.

     Después de la guerra, Toosey volvió a trabajar en la banca Baring y prosiguió su carrera militar en el Ejército Territorial, del que se retiró en 1954 con el grado de brigadier, siendo distinguido con el título de caballero (Sir). Simultáneamente, trabajó para los veteranos de guerra, convirtiéndose en 1966 en presidente de la Federación Nacional de Prisioneros de Guerra del Lejano Oriente.

     Cuando se estrenó en 1957 la película El Puente..., muchos excautivos británicos asociaron de inmediato al personaje del teniente coronel Nicholson con Philip Toosey y reaccionaron airadamente, considerando calumnioso el trato de colaboracionista que se daba a aquel. Algunos se dirigieron al propio Toosey pidiéndole que se pronunciase públicamente contra la película, pero él lo rechazó, quizá por evitar toda polémica y notoriedad. Finalmente, accedió a enviar una carta aclaratoria al Daily Telegraph y, seguidamente, a conceder una extensa entrevista de dos horas a un profesor llamado Peter Davies. Todo ello fue origen de una indeseada popularidad por parte de Toosey y, a un tiempo, de que se asociase la película con una persona y un campo de trabajo determinados, cosa que Boulle y, por supuesto, Lean estaban muy lejos de sospechar.

     La reacción social ante la polémica fue totalmente favorable a Toosey, que recibió diversos cargos honoríficos y fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Liverpool (1974). Se le dedicaron programas de televisión y biografías, ya después de su muerte[15].

     Toosey falleció el 22 de diciembre de 1975, siendo incinerado. Su tumba se halla en el cementerio Landican, en las afueras de su Birkenhead natal.

 

 

5.   El verdadero coronel Saito


     En el campo de trabajo de Tamarkán existió efectivamente un guardián japonés apellidado Saito, pero ni era coronel ni ostentaba la comandancia del mismo. Se llamaba Teruo y su rango era el de sargento mayor. Ejercía sus funciones a las órdenes directas de un teniente[16] jefe del campo, siendo su segundo en el mando. Como tal, estaba encargado de la administración diaria –al modo de un jefe operativo- y de las relaciones con la mano de obra para la construcción de los puentes sobre el río Mae Klong, que luego sería rebautizado como río Kwai.

Teruo Saito ante la tumba de Toosey (1984)

 

     Como es natural, Saito estaba totalmente condicionado por cumplir a rajatabla los ritmos y el avance del trabajo que tenía encomendado. Por ello, su relación con Toosey fue haciéndose más y más correcta y respetuosa. En realidad, Saito era naturalmente una persona normal, a la que su papel en Tamarkán no volvió especialmente injusta ni violenta. De hecho, los prisioneros a sus órdenes lo conceptuaban como riguroso pero justo, relativamente moderado para los que se estilaba en las obras de la línea. Habida cuenta de su responsabilidad y de su modesto rango, es muy probable que, de haber sido más tolerante o benévolo, hubiese sido inmediatamente destituido.

     Una prueba de lo que acabo de decir es la explicación dada a un episodio en que Saito golpeó personalmente a Toosey, hasta propinarle una gran paliza. Luego se supo que estaba en el campo una patrulla de la Kempeitai, o policía política japonesa, la cual quedó satisfecha del correctivo, lo que ahorró a Toosey una probable ejecución, de haberlo tomado en sus manos los policías para castigarlo.

     Saito estaba al corriente de las pequeñas trampas de Toosey, como la de adquirir de fuera alimentos y medicinas, lo que toleró. También permitía actividades religiosas y teatrales para mantener la moral de los prisioneros.

     Al finalizar la guerra, Saito fue uno de los muchos guardianes japoneses del ferrocarril de Birmania que fue detenido por los británicos e inculpado de crímenes de guerra, con vista a su acusación y juicio[17]. Enterado de ello, el teniente coronel Toosey hizo cuanto estuvo en su mano para evitarle el proceso, testificando a su favor y poniendo de relieve su comportamiento personal relativamente correcto. Finalmente, Saito fue absuelto de los cargos graves, pudiendo regresar a Japón tempranamente.

     El conocimiento de Toosey y las excelentes cualidades de este conmovieron a Saito –según su propia confesión-, hasta el punto de convertirse al cristianismo y trabajar desde su país en la superación de los resquemores y heridas dejados por la guerra.

     La gratitud hacía Toosey se mantuvo durante toda la vida de Saito. Jubilado y ya anciano, viajó expresamente hasta Inglaterra (1984) para visitar la tumba de aquel y rezar ante ella. En cartas que había enviado a la familia de Toosey antes y después de este viaje, Saito escribió que Toosey le había enseñado lo que significaba ser un verdadero hombre y que su ejemplo había cambiado por completo su vida espiritual en la posguerra.

 

 

6.  Apéndice: ficha de la película El puente sobre el río Kwai (1957)

 

Ficha técnica[18]

Dirección: David Lean

Producción: Sam Spiegel

Guion: Michael Wilson y Carl Foreman

Basada en: “El puente sobre el río Kwai”, de Pierre Boulle

Música:           Malcolm Arnold

Maquillaje      Stuart Freeborn

Fotografía       Jack Hildyard

Montaje          Peter Taylor

Protagonistas:

William Holden (Comandante Shears)

Alec Guinness (Teniente Coronel Nicholson[19])

Jack Hawkins (Mayor Warden)

Sessue Hayakawa (Coronel Saito)

James Donald (Mayor Clipton)

Geoffrey Horne (Teniente Joyce)

André Morell (Coronel Green)

Peter Williams (Capitán Reeves)

John Boxer(Mayor Hughes)

Otros datos:

Países: Coproducción del Reino Unido y los Estados Unidos

Año de estreno: 1957

Duración: 161 minutos

Idioma: Inglés

Compañía Productora: Horizon Pictures

Distribución: Columbia Pictures

Presupuesto    3.000.000 de dólares[20]

Recaudación   30.600.000 dólares (estreno inicial)[21]

Galardones principales: Siete Oscar (mejor película, mejor director, mejor actor protagonista, mejor guion adaptado, mejor fotografía, mejor banda sonora y mejor montaje), 3 Globos de Oro (mejor película, mejor director y mejor actor protagonista) y premio Bafta a la mejor película. El actor galardonado fue Alec Guinness.

Resumen argumental[22]

     En el invierno de 1943, en Birmania, durante la II Guerra Mundial, un grupo de prisioneros británicos construye un puente, para enlazar Bangkok y Rangún por ferrocarril, bajo el mando del coronel británico Nicholson (Alec Guinness) y obedeciendo órdenes del tiránico coronel japones Saito (Sesue Hayakawa). El día de la inauguración, mientras pasa un importante convoy militar enemigo, el soldado norteamericano Shears (William Holden), el comandante británico Warden (Jack Hawkins) y el teniente canadiente Joyce (Geoffrey Horne) logran volarlo, con la incomprensión del coronel Nicholson. Con esta historia, extraída de una novelita de Pierre Boulle, convertida en excelente guion por Michael Wilson y Carl Foreman, pero que firma el propio escritor por estar los guionistas represaliados por el Comité de Actividades Antinorteamericanas, el director David Lean hace una brillante superproducción sobre lo absurdo de la guerra. Gana siete importantes Oscar, tiene un enorme éxito, pone de moda la marcha militar de la gran Guerra, Colonel Bogey y cambia por completo el rumbo de la carrera de Lean, convirtiéndolo en director de superproducciones de amplio presupuesto.

 

Puente del Kwai en hormigón y acero, actualmente



[1] Por entonces, Japón podía tener cómodo acceso hasta el golfo de Siam (hoy, golfo de Tailandia), debido a su superioridad marítima. Bangkok es capital establecida muy cerca de dicho golfo.

[2] Pronto este mantenimiento supondría reparar el ferrocarril de los cada vez más frecuentes bombardeos aéreos de las fuerzas inglesas y estadounidenses.

[3] Pierre Boulle, Le pont sur la rivière Kwai, edit. Julliard, 1952. La primera traducción al español data de 1958 (edit. Emecé, Buenos Aires), es decir, al año de estrenarse la versión cinematográfica.

[4] Boulle recibió el nombre de guerra de Peter John Rule, pretendiendo enmascarar su origen francés con ese seudónimo anglófono.

[5] En particular, la famosa Force 136.

[6] Me refiero a la primera versión, es decir, la película El planeta de los simios, dirigida por Franklin J. Schaffner en 1968.

[7] Estrictamente, Motion Pictures Production Code, que rigió para las películas estadounidenses y coproducidas por los Estados Unidos, entre 1934 y 1968.

[8] Desarrollados en Tokio, entre 1946 y 1948, contra los principales criminales de guerra japoneses.

[9] Así sucedió con el puente de acero y hormigón que, debidamente reparado, continúa en funcionamiento. Véase la ilustración fotográfica que figura en el texto.                      

[10] El documental llevaba por título Return to the river Kwai, realizado por el ex prisionero de guerra John Coast. Al ser emitido el 26 de diciembre de 1974, provocó todavía una gran controversia.

[11] Obsérvese a este respecto la radical diferencia entre el teniente coronel británico, Nicholson, tan excesivo y absurdo, y el norteamericano comandante Shears –encarnado por William Holden-, tan exitoso y heroico, aunque dentro de sus simpáticas limitaciones y engaños de vividor y de superviviente nato. 

[12] El productor Sam Spiegel procuró exagerar cuanto pudo las dificultades y gastos de la construcción del puente de la película, afirmando que había sido el decorado más grande jamás levantado para una película hasta entonces y que el puente había costado unos 250.000 dólares de la época (unos 3 millones de 2026). Esto último fue desmentido por el diseñador de producción de la cinta, Donald Ashton, reduciendo el costo a poco más de 50.000 dólares de entonces, equivalentes a poco más de 600.000 de 2026.

[13] Anecdóticamente, se señala que parte de las barandillas de acero del puente fue restaurada con los elementos que se enviaron desde Japón, una vez acabada la guerra.

[14] El puente de madera se acabó unos tres meses antes y solo sirvió para el paso de convoyes ligeros que, más que nada, transportaban materiales para el trazado de la línea. El de acero y hormigón es el que tenía objetivos permanentes y soportaba trenes de mucho mayor peso.

[15] Son numerosos los libros que se han ido escribiendo sobre “el puente sobre el río Kwai” y el teniente coronel Toosey. Uno de los primeros data de 1962 y fue escrito por Ernest Gordon, superviviente del ferrocarril de Birmania, con el título en español de A través del valle del Kwai. Las entrevistas de Toosey con el profesor Davis no pudieron ser emitidas hasta la muerte de aquél, por expresa imposición del propio entrevistado (lo fueron en BBC Timewatch). Sobre su contenido, el propio Peter Davis publicó en 1991 la biografía, El hombre detrás del puente. La nieta de Toosey, Julie Summers, publicó en 2005 la biografía de este, titulada The colonel of Tamarkan (título erróneo, pues Toosey era entonces solo teniente coronel).

[16] Se citan los apellidos de dos tenientes que sucesivamente comandaron el campo: Kasakata y Takasaki, apodado la Rana. Véase: Tha Makhan, en la web, britishatwar.org.uk (hay traducción al español).

[17] Véase antes, capítulo 1, al final.

[18] Fuente consultada: Wikipedia.

[19] Dejemos definitivamente aclarado: La graduación de Nicholson era la de teniente coronel, no la de coronel, como el rodaje en castellano ha dejado creer. Prueba evidente: la placa que Nicholson clava en un pilar del puente pocas horas antes de ser trágicamente inaugurado. El texto dice así, en su inglés original:This bridge was designed and constructed by soldiers of the British Army.-  Feb.-May 1943.- Lt.Col. L. Nicholson A.S.D. commanding. “Lt.Col.” se traduce como “Tte.Col.”, es decir, teniente coronel.

[20] Viene a equivaler a unos 37 millones de dólares actuales (2026).

[21] Equivalentes a unos 44 millones de dólares actuales (2026)

[22] Fuente: Augusto M. Torres, Diccionario Espasa del cine mundial, Espasa-Calpe, Madrid, 2001, p. 723.