miércoles, 17 de junio de 2026

EL PURGATORIO DE UN POETA: JORGE GUILLÉN EN LA SEVILLA DE LA GUERRA CIVIL

 


El purgatorio de un  poeta: Jorge Guillén en la Sevilla de la guerra civil

Por Federico Bello Landrove

 

     Habiendo tratado recientemente de los actos del Día de la Raza de 1936 en la Universidad de Salamanca -con el famoso enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray-, he juzgado oportuno hacerlo también con los fastos de dicho Día en la Universidad de Sevilla, en los que el poeta Jorge Guillén tuvo un papel protagonista. De ahí a extender mi ensayo a otros muchos “hechos conexos” solo había un paso, que me he atrevido a dar con bastante estudio y no poca osadía. El hecho de ser vallisoletano yo mismo – como lo era Guillén- espero que me sirva de atenuante ante los lectores.

Jorge Guillén (1893-1984)

 

1.      Algunos antecedentes

      Por más que Jorge Guillén[1], catedrático de Lengua y Literatura española desde 1925[2], conociera la ciudad de Sevilla y pudiera sentir hacia ella una cierta atracción[3], parece obvio que su decisión de permutar con su amigo, Pedro Salinas[4], su plaza en la Universidad de Murcia[5] por la de Sevilla, que Salinas regentaba desde 1918, fue debida al proceso legal de inminente desaparición de la Academia murciana, acordada por el Gobierno de Primo de Rivera[6] con efectos de 30 de septiembre de 1929, aunque luego la decisión fuese pospuesta y, finalmente, rectificada por la II República[7]. Puede pensarse que, por parte de Salinas, la aceptación de la permuta era, a más de una muestra de amistad profunda, una temeridad, pero no debe olvidarse que el poeta madrileño no tenía ninguna intención de ejercer efectivamente la docencia en Murcia -de hecho, nunca lo hizo-, desempeñando en su lugar la plaza de profesor titular de Lengua y Literatura Españolas en la Escuela Central de Idiomas de Madrid. En resumen, Guillén aportó por Sevilla en 1930[8], más que nada, como un remedio in extremis de evitar su temporal cesantía como catedrático, o como un mal menor, antes de que lo destinasen forzoso a alguna otra Universidad menos conveniente para él.

     Acabo de indicar que el año 1930 supuso la incorporación administrativa de Jorge Guillén a la Universidad hispalense, pero su efectivo ejercicio como profesor hubo aún de esperar cosa de un año, pues tenía previa licencia ministerial para desempeñarse como lector de español en la Universidad inglesa de Oxford entre 1929 y 1931; de tal suerte que el primer curso en que Guillén ejerció su magisterio en la Universidad sevillana fue el 1931-1932. Según eso, cuando estalló nuestra guerra civil en julio de 1936, el profesor vallisoletano llevaba residiendo en Sevilla unos cinco años: casi exactamente los mismos que la República venía imperando sobre España.

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     Resumido el motivo principal que Guillén pudo tener para establecerse en Sevilla, queda por ver algunos aspectos de su estancia en esta ciudad; pero no pretendo llegar más allá -ni en extensión ni en profundidad- de lo que considero necesario que mis lectores sepan, a fin de entender la realidad y el alcance del purgatorio que le esperaba a partir del verano de 1936[9].

     Comenzando por su faceta de profesor universitario, no encuentro mejor ni más objetivo resumen que el ofrecido por el rector de Sevilla, en momento tan complicado como el de informar acerca de Guillén en su expediente de depuración política, instruido a partir del verano de 1936 y resuelto en diciembre de 1937[10]: fiel cumplidor de las obligaciones de su cargo. De manera más extensa y expresiva se pronunció al respecto uno de sus alumnos, que con el tiempo también sería poeta, cuando transmitía sobre quien fue su profesor en 1932 la siguiente semblanza[11], que creo merece recogerse aquí literalmente:

     Era un hombre bastante delgado, pero de recia osamenta, esbelto y bien vestido, de una natural elegancia y gran señorío en el trato. Tendría cerca de cuarenta años, y apuntaba en su cráneo una calvicie prematura, unas hebras de pelo, de un pelo fino, y aún negro, sobre la cabeza, ya un tanto monda. La nariz era aguileña, en un tris de ser ganchuda; encima de ella se sostenían unos lentes de oro; la boca, bermeja y humedecida, resultaba pequeña, además tendía a contraerse; la piel del rostro era pálida, casi amarillenta, descarnada, como de asceta; eran los ojos escrutadores e imperiosos, no obstante su grisácea miopía, los que aureolaban de una simpática nobleza al rostro marfileño. El conjunto causaba agrado e imponía respeto. Ya al entrar algunos muchachos que tenían aficiones literarias hablaban de él con admiración y decían que era muy buen poeta. (...) Cada lección guilleniana era una obra de creación. De su castellano de Valladolid, neto, nítido y exacto, brotaba una criatura de arte. (...) iCon cuánto sentimiento leía don Jorge! iCon qué respetuosa humildad se colocaba delante del poeta explicado! iCuánto ardor! Sí, ardía en los oyentes la llama de la poesía. A veces, aquella clase era todo espíritu, cosa etérea e impalpable, y aleteaba sonora la poesía.

     De manera más sucinta, Víctor Navarro, amigo de Guillén -profesor él mismo de Lengua y Literatura españolas en el Instituto Escuela sevillano- se expresaba así: Jorge Guillén era un hombre de elegantísimas maneras y esbelta figura, tanto que sus alumnos lo llamaban "don Jorge el exquisito"[12].

     Cierro esta semblanza del Guillén profesor con una anécdota que, además de ser sintomática del ambiente académico durante la guerra civil, puede desvirtuar las afirmaciones equivocadas de algunos, en el sentido de que Jorge Guillén hubiera sido suspendido de empleo y sueldo durante la tramitación de su expediente de depuración. Cruz Giráldez[13] la relata así:

     En un tribunal de exámenes que presidía Guillén, se presentó un alumno que -vestido con su uniforme militar- no acertaba a contestar las preguntas que el catedrático le formulaba. Como expediente definitivo, el examinando sacó su pistola reglamentaria y de forma amenazadora la puso sobre la mesa. No le quedó al profesor más opción que darle inmediatamente el aprobado.

Casa natal de Jorge Guillén en Valladolid

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     Unas líneas sobre la repercusión del Jorge Guillén poeta en sus peripecias vitales, a partir del estallido de la guerra civil. Sin llegar a los excesos críticos, por ejemplo, de Juan Ramón Jiménez[14], podemos aceptar que el poeta vallisoletano estaba considerado como un autor de poesía pura, de un gran rigor formal, alejada por entonces de la crítica social o de la politización, sin perjuicio de que su autor tuviera la vitola de persona liberal, moderada y humanista, habiendo asumido los ideales republicanos, aunque sin desmesura. Su magna obra de preguerra -el libro Cántico[15]- vio su segunda edición ya a comienzos de 1936, considerablemente aumentada con otros cincuenta poemas[16], bastantes de los cuales es obvio deducir, por puras razones cronológicas, que habrían sido elaborados en Sevilla. Las líneas generales de la poesía guilleniana se mantuvieron en esa edición sin cambios de especial relevancia en lo que calificaríamos de político.

     Con todo, no puede descartarse el efecto negativo para Guillén de ciertas concomitancias de su vida literaria anterior, a la hora de ser valorado por el bando nacional de nuestra guerra civil. Ese puede ser el caso de su conexión con la Institución Libre de Enseñanza desde que, entre 1910 y 1913, se alojó en la Residencia de Estudiantes. También pudo alcanzar cierta notoriedad su simpatía por Azaña en su faceta de intelectual, manifestada por la publicación de algunos poemas en la revista literaria La Pluma[17] y -con mucha menos notoriedad- en una amplia correspondencia, que nuestro poeta destruyó a toda prisa en el otoño de 1936[18]. Y, por descontado -y más, hallándose domiciliado en Sevilla-, se conocía la plena integración de Guillén en las ideas y trabajos de otros componentes de la Generación de 1927, caracterizados de izquierdistas. De hecho, este concepto fue empleado por el rector de la Universidad hispalense en el breve informe que sobre Guillén elevó a la Comisión que había de depurarlo como catedrático[19].

     En un orden inverso, favoreció a Guillén en la Sevilla de la guerra civil su amistad y sintonía con diversos poetas de la tierra, quienes luego lo protegerían y apoyarían en la medida de lo posible, cosa que reconoció, escueta pero sentidamente, el propio favorecido: Yo volví a Sevilla (para iniciar el curso 1936-1937). Los hijos se quedaron en Francia. En Sevilla estuvimos con muy buenos amigos, que se portaron muy bien conmigo. Ni uno solo hubo que fuera más político que amigo. Ni uno[20]. ¿Qué amigos eran esos en lo tocante a los poetas y otros escritores en Sevilla? La nómina es bastante extensa[21], destacando los jóvenes de vanguardia, que habían creado y nutrido la revista poética Mediodía[22]. Lo importante es que algunos de ellos, al estallar la guerra civil, se vincularon con el bando vencedor -incluso con Falange Española-, sin dejar por ello de proteger y aconsejar[23] en lo posible al Guillén en peligro[24]. Una fidelidad que evidentemente no dependió solo de la humanidad de los sevillanos, sino del afecto y el respeto que había logrado despertar el vallisoletano en ellos. Quizá lo que hasta ahora llevo escrito y lo que expondré a continuación expliquen el porqué de esa amistad, que ni la guerra civil pudo truncar.

***

     Algunos datos de la estancia de Guillén en Sevilla pueden estar detrás de la relativa benevolencia con que, para lo que se estilaba en la época, fue tratado en algunos aspectos y por ciertas personas de relevancia. No olvidemos que, en julio de 1936, Don Jorge no era un recién llegado a la capital hispalense pues llevaba residiendo en ella unos cinco años, durante los cuales ejerció con acierto el cargo ciertamente notable de catedrático de Universidad y confirmó su prestigio de poeta consagrado. De todas formas, por carácter y falta de arraigo familiar o histórico en la ciudad, su nivel de conocimiento por el público y su vida social se mantuvieron en lo que puede calificarse de nivel medio/bajo. En lo que sigue procuraré aportar algunas noticias sobre los años sevillanos de preguerra de Jorge Guillén, a modo de apuntes o notas relativamente inconexos[25].

     Comenzaré por recordar que la familia íntima que convivió con Guillén en Sevilla estaba formada por su primera mujer, la francesa Germaine Cahen, nacida en 1897, y por los hijos de ambos, Teresa y Claudio, nacidos respectivamente en 1922 y 1924. Para riesgo del poeta en la guerra civil, Germaine procedía de una familia judía y se afirmaba que su padre era masón. En cualquier caso, se trataba de una persona de cultura y afición literaria evidentes que, dentro de una completa normalidad conductual, había despertado algunos comentarios -al menos, en el Valladolid de sus suegros- por su elegancia a la francesa y por la costumbre de fumar en público con una larga boquilla. Pasando a precisiones menos insustanciales, Germaine se integró como profesora en el Instituto Escuela de Sevilla que, bajo la estructura de la Institución Libre de Enseñanza, funcionó en la capital hispalense entre 1932 y el comienzo de la guerra civil[26]. Y a dicho Instituto asistieron como alumnos los dos hijos de Guillén durante los cursos que funcionó.

     Es muy sintomático, en mi opinión, de la forma de ser de Jorge Guillén el que, cuando buscó vivienda en Sevilla para su familia y él mismo, no lo hiciera en casas de vecindad céntricas -lo que de seguro se habría podido permitir-, sino en una casa-chalé unifamiliar, en un barrio -como lo era entonces el de Nervión-, considerado como extrarradio sevillano, con calles sin asfaltar y sin nombre[27], aledañas a parcelas todavía dedicadas a la labranza. Alguna fotografía de la época permite columbrar el domicilio de Guillén, tras un cierre con zócalo de albañilería y reja sobre él, y una tupida cortina de follaje. Opino que ese tipo de alojamiento, mantenido -al parecer- a lo largo de toda su estancia en Sevilla, define a una persona más interesada por un entorno salubre e independiente, que no por mantener una vida social intensa ni por evitar los paseos para llegar al centro de la ciudad.

     Es obvio que el Guillén profesor y literato no podía encerrarse entre cuatro paredes ni hacer una vida bucólica. En su calidad de catedrático de la Universidad, se integró en los cursos y tareas de la Extensión Universitaria, siendo uno de sus más destacados intervinientes[28]. Llega a afirmarse la incorporación de Guillén a la llamada Universidad Popular, creada en Sevilla en 1933, bajos los auspicios del Rector, Francisco Candil Calvo[29].

     El sector de las tertulias, tan habitual entre los artistas e intelectuales de la época, como la forma de vida social más íntima y cotidiana, lo satisfacía Guillén acudiendo principalmente a la del café-confitería Nacional de la calle Sierpes y a la de la librería Internacional, que regentaba el dueño, don Lorenzo Blanco, en la calle Villegas. Sus contertulios destacaban del poeta vallisoletano, no solo su prudencia y cortesía, sino también la exactitud de su palabra y -cosa curiosa- un sentido del humor alimentado por una bien acreditada socarronería.

     Como resumen de este apartado, podría concluirse que la vida familiar y social de Guillén en la Sevilla de preguerra nada tenía de llamativo ni que permitiera dudar del juicio del rector Mota Salado, al reputarlo persona de buena conducta moral y fiel cumplidor de las obligaciones de su cargo. Claro que, con todo y con eso, Guillén, en vísperas de la guerra civil, había dejado dentro y fuera de Sevilla abundantes huellas de republicanismo e izquierdismo -aunque nada exagerados ni militantes-, según la valoración y sesgado discernimiento de quienes muy pronto dictarían ley en Sevilla, en Valladolid y en media España. Del choque de Guillén con ellos -o viceversa- pasaré a tratar en el capítulo siguiente.

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     El 18 de julio de 1936 sorprende a la familia Guillén en Valladolid donde, como en años anteriores, pasaba buena parte de las vacaciones veraniegas de don Jorge, debido a que en la capital castellana residía gran parte de su familia, incluidos sus padres. Como es sabido, en apenas unas horas Valladolid queda definitivamente por el bando nacional, lo que en principio no parece incomodar materialmente a los Guillén, no reputados como gente de izquierdas y con un buen arraigo burgués en la ciudad. En todo caso, será un episodio totalmente inesperado y sin relación con ellos el que impulse al matrimonio Guillén-Cahen a llevar a sus dos hijos a Francia, a casa de los padres de Germaine en Provins (departamento de Seine-et-Marne):  En los primeros días de agosto de 1936, la aviación republicana bombardeó la zona vallisoletana suburbial del Pinar de Antequera -donde veraneaban los Guillén-, con el frustrado propósito de destruir un gran polvorín allí existente, causando un total de más de 400 víctimas, de las que 84 fueron mortales[30]. Jorge y Germaine se dirigieron con sus hijos a la zona fronteriza para cruzar legalmente la frontera franco-española y cumplir su objetivo, que se reducía a pasar a Teresa y Claudio Guillén a Francia[31], cosa complicada entonces por el cierre de la frontera de Irún a consecuencia de operaciones bélicas[32], lo que los animó a intentar el paso por la frontera de Valcarlos (Navarra). Consumado su objetivo, el matrimonio Guillén se reunió en Pamplona. Estando allí, el 6 de septiembre -o, como mucho, el 5-, la pareja fue detenida como sospechosa de ejercer espionaje, con el indicio de los pases de frontera y de tratarse de un español de ideología comunista -¡pronto y equivocadamente se habían hecho las pesquisas policiales!- y de una francesa judía e hija de un masón. No es del caso para este ensayo analizar lo mucho y urgente que medió para que, en vez de ser fusilados, los Guillén quedasen en libertad el día 9 del mismo mes[33], pero sí reflejar dos notables consecuencias que aquella detención tuvo para la inmediata peripecia vital de Jorge Guillén en Sevilla: La negativa, de haber sido detenido bajo sospechas juzgadas entonces graves por los nacionales, y la positiva, de haber despertado un interés favorable por él del poderoso general Mola[34].

     Entre el sofocón pamplonés y su retorno a Sevilla para comenzar el curso 1936-1937, el matrimonio Guillén permaneció en Valladolid con la familia de Jorge. Fue en aquellos momentos cuando, comprendiendo las sospechas que se cernían sobre él y cómo se las gastaban los combatientes de ambos bandos, el poeta -con harta pena- aceptó el consejo de su padre y procedió a destruir toda la correspondencia que guardaba de Azaña, considerando padre e hijo que una prueba documental semejante era suficiente para acarrear al destinatario de las misivas del político alcalaíno la pena de muerte[35].

     Algo parecido -si no más peliagudo- movió a Guillén a retornar a Sevilla con celeridad, temeroso de que la policía pudiera registrar su casa hispalense donde, entre otras cosas comprometedoras, guardaba un ejemplar, firmado por él, de un Manifiesto de intelectuales antifascistas, redactado por Azaña, y una pequeña pistola sin licencia[36]. Felizmente para él, Guillén llegó a tiempo de ocultar o destruir tan comprometedores objetos.

     Y así llegamos al momento en que Jorge Guillén, quizá por evitar la pérdida de sus derechos como catedrático, caso de exiliarse de España, vino a caer en la trampa sevillana[37], cosa que, de todos modos, su normal perspicacia bien pudo prever que resultaría ominosa y de difícil salida.

Jorge Guillén niño, con sus padres y hermanos

 

 

2.Guillén, Queipo de Llano y su esbirro más conspicuo


     La máxima figura del bando sublevado en el frente sur, o zona de Andalucía, era -y, por el momento, sin control ni superior alguno- el general de división, Quiepo de Llano[38], que se había hecho con el poder militar en Sevilla el 18 de julio de 1936 y días sucesivos, sin tener hasta entonces mayor vinculación con la ciudad ni haber ostentado en ella mando alguno[39]. Quiere decirse que, a tenor de esa ausencia de la ciudad, resulta lógico pensar que el general no habría conocido antes al catedrático Guillén, ni habría tenido relación alguna con él. Sin embargo, no puede obviarse que uno y otro eran oriundos de la provincia de Valladolid, siendo probable que don Julio Guillén, padre del poeta y persona bien conocida en la capital del Pisuerga, se relacionase con algunos parientes del general[40]. Tampoco puede olvidarse que, en las semanas álgidas para el triunfo del Alzamiento en buena parte de Andalucía, Guillén estuvo fuera de Sevilla, ciudad a la que regresó en septiembre de 1936[41], para incorporarse a sus tareas docentes. Me atrevo, pues, a sostener que, cuando el general y el poeta se encontraron en el paraninfo de la Universidad sevillana el 12 de octubre, no tendrían otro conocimiento mutuo que por referencias de terceros o por los medios informativos[42]. Por lo mismo, entiendo que el encargo a Jorge Guillén del discurso central del acto del 12 de octubre en modo alguno procedería de Queipo -sin perjuicio de que, en último extremo, lo aprobara-, sino del rector de la Universidad, como se ha venido generalmente sosteniendo.

     Una vez Queipo y Guillén en Sevilla, ¿hay base para afirmar ciertas relaciones entre ellos o, cuando menos, alguna protección por aquel a este, a fin de evitarle problemas por razones políticas? Me resulta difícil de creer que, cuando el general escuchó el discurso de Guillén, no extrajera a su respecto algunas conclusiones, o que no dejara de interesarse por aquel profesor-poeta que casi era conterráneo suyo. Pero lo cierto es que, ni para bien ni para mal, se tiene constancia de que Queipo se preocupase por el estado y las andanzas de Guillén en Sevilla, dejando en manos subalternas el control y las advertencias que fueran pertinentes para que el profesor no se desmandase. Y aquí es donde entra en escena Manuel Díaz Criado, considerado por todos el verdugo de Sevilla, al que aludiré seguidamente en sus discutidas intervenciones respecto de Guillén, tal vez ciertas en sí mismas, pero no en su alcance ni en el motivo de sus limitaciones.

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      Manuel Díaz Criado[43] era en julio de 1936 capitán de la Legión, siendo nombrado el día 25 de aquel mes Comisario de Orden Público para Andalucía y Extremadura -con sede en Sevilla- por el general Queipo de Llano. Máxima autoridad en las materias de su competencia, ejerció draconianamente las mismas sin apenas control o rectificación por parte del general, incluso en materia de imposición de penas de muerte sin previa sentencia en consejo de guerra, aprovechando las facilidades y resquicios que dejaba en tal sentido el Bando declarativo del Estado de Guerra suscrito por Queipo a 18 de julio de 1936[44]. De la ilegítima severidad de Díaz Criado da buena cuenta el que las ejecuciones sin previo juicio ascendieron en la zona de Sevilla a unas 3500[45], durante los menos de cuatro meses que ejerció la indicada Comisaría. Sería cesado en su cargo el 12 de noviembre de 1936 por el generalísimo Francisco Franco, no solo por motivo de su letal crueldad, sino por sus chantajes para conseguir favores económicos y sexuales de sus víctimas y familiares de estas[46]. Por tanto, la coincidencia en Sevilla del Díaz Criado comisario con Guillén alcanzaría menos de dos meses. Claro está que otros acompañaban o sucedieron a Díaz Criado de parecida catadura a la suya[47], pero ello queda fuera de lo que pretendo exponer en este ensayo.  

     Me interesa ahora tratar de poner algo de precisión en las afrentas y sanciones que Jorge Guillén pudo padecer en la Sevilla del otoño de 1936, que han sido constantemente atribuidas a la enemiga hacia el poeta del comisario Díaz Villegas. Señalemos algunas: detenciones, interrogatorios, arresto o vigilancia domiciliarios, corte de pelo al cero, suspensión de empleo y sueldo. Como contrapartida nacida del miedo, se apunta a que Guillén pudo tener hacía Díez Criado ciertas manifestaciones de consideración, que algunos se han apresurado a censurar al poeta. En cualquier caso, la casi absoluta reserva del afectado y la carencia de documentos probatorios aconsejan la prudencia y la humildad de reputar las opiniones como provisionales.

     Comenzando por las detenciones, se ha asegurado por algunos que Guillén pasó varios días detenido en la comisaría de Orden Público de Sevilla -se supone que por orden de Díaz Criado-, llegando hasta darse una dirección de la misma que, a la postre, era errónea. Tanto da, supuesto que tales señas nos son perfectamente conocidas. Lo cierto es que -en lo que yo sé- se ha carecido de testigos y de documentos que prueben esa diligencia policial privativa de libertad, más allá de una posible retención momentánea para tomarle declaración[48]. Incluso, es más que posible que haya llegado a confundirse la detención cierta de Pamplona con una hipotética en Sevilla que, de todos modos, habría sido de muy poca duración y que el poeta podría haber exagerado para explicar ante sus colegas del destierro sus mentiras necesarias, su puro teatro de supervivencia[49].

     Más probable -y menos necesitado de pruebas- resulta el que Guillén pudiera haber sido reclamado por la policía para prestar declaración, en especial, a raíz de su retorno a Sevilla hacia septiembre de 1936. Lo que ya resulta poco menos que inventado -aunque pueda ser ben trovato- es que Díaz Villegas hubiese aprovechado la ocasión para practicar personalmente la diligencia y haberla conducido de manera tan violenta o grosera, que durante ella hubiese insultado, amenazado o ridiculizado a Guillén. Que ello esté dentro de lo posible no quiere decir que pueda darse por sentado.

     Lo que sí resulta acreditado es que nuestro profesor tuvo un cierto conocimiento del capitán Díaz Criado -por sobrenombre, Criadillas-, al que dedicó de su puño y letra algunos libros o trabajos personales. Como decíamos, esto es lo que ha sido utilizado por algunos puros para reprochar a Guillén su falta de solidez o de carácter. Me parece que la conducta del poeta respondería al explicable deseo de aplacar a aquel temible verdugo, al que tal vez hubiera conocido vis a vis -no lo sabemos- en las oficinas de la comisaría, sitas entonces en la antigua residencia de los Jesuitas. También se ha apuntado que Guillén pretendiese que Díaz Criado examinase sus obras, para que se cerciorase de primera mano acerca de su contenido puramente estético.

     En cuanto a la probabilidad de que Jorge Guillén hubiera sido objeto de medidas tales, como arresto domiciliario, confinamiento parcial en su residencia o seguimiento por la policía, no parece ajustarse del todo a ciertos datos que se conocen de su vida en Sevilla. Como muestra del afecto sentido hacia él por amigos o colegas, se recoge que, durante sus frecuentes paseos por la ciudad hispalense, fue en ocasiones acompañado, o abordado, por otras personas, incluso de ideología falangista o similar. También debe recordarse que Guillén no era una persona ociosa, sino que proseguía con sus tareas docentes, que supondrían su diario desplazamiento a la Universidad. Cosa diferente es que el poeta tuviera ciertas limitaciones para salir de Sevilla, lo que ni afirmo ni niego, aunque no caeré en la confusión del confinamiento con el hecho de que tuviese que cumplir sus obligaciones académicas y, por supuesto, que no pudiera salir al extranjero, o pasar a zona roja, sin la pertinente y muy restringida autorización.

     Pasamos de aquí a la presunta suspensión de empleo y sueldo que habría sufrido el catedrático Guillén por motivos políticos. Lógicamente, tal suspensión habría de acordarse, como medida cautelar, en el seno del expediente administrativo de depuración que se había abierto contra él en agosto de 1936. Por tanto, aguardaré a tratar de ello hasta que, en un próximo capítulo, me refiera con cierto detenimiento a tal expediente, sus efectos y conclusión. Baste por ahora con sostener que es falso, contra lo frecuentemente afirmado, que Guillén fuese suspendido de empleo y sueldo por las autoridades competentes, sino que siguió impartiendo su docencia y cobrando por ello, con la regularidad permitida por la situación de guerra civil en que se hallaba inmerso.

     Llegamos ahora a un hecho tan poco conocido como razonablemente probado. Me refiero a que, en momento y circunstancias no precisadas -pero, en todo caso, ligadas a la guerra civil en Sevilla-, Jorge Guillén hubiese sido pelado al cero, para escarnio y humillación públicos. La fuente original es digna de todo crédito, como amigo y contertulio del poeta[50], y el suceso ha sido recogido así[51]:

     Don José Blanco -actual propietario de la Librería Internacional de Lorenzo Blanco- recuerda haber visto al poeta en la tertulia de su padre tocado con una gran boina negra con la que ocultaba el pelado al cero al que fue sometido.

Guillén con su esposa, Germaine Cahen

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     Desde hace tiempo, se reconoce la importancia que tuvo en la protección política de Jorge Guillén la acción del influyente general sublevado -inicial director de la conspiración-, Emilio Mola Vidal[52]. Su intervención parece acreditada y decisiva para salvar la vida del matrimonio Guillén-Cahen en Pamplona, cuando habían sido detenidos como sospechosos de espionaje. En cambio, la extensión de esa ayuda a los Guillén, una vez fueron liberados y se trasladaron a Sevilla, entiendo que no deja de ser una mera posibilidad, que bien merecería una indagación más profunda que la hecha hasta ahora. Veamos esquemáticamente lo que se sabe, se duda o se ignora de la relación entre Mola y Guillén, desde septiembre de 1936 hasta junio de 1937, momento en que el general falleció en accidente de aviación. Y comencemos por el incidente de Pamplona, entre el 6 y el 9 de septiembre de 1936.

     Los hechos de ese episodio están más o menos claros y pueden resumirse así: 1º. Al ser detenido, Guillén logra que le permitan telefonear a su amigo, Víctor Navarro, a quien cree de vacaciones en Pamplona[53], explicándole que está detenido en la cárcel pamplonesa, como también su esposa, de lo que debe avisar urgentemente a su padre, don Julio Guillén. 2º. Don Julio pone en marcha cuantas diligencias y recomendaciones puede aprestar para liberar a su hijo y nuera[54], entre ellas, la del general Mola, a quien accede con cierta facilidad, dado que tiene coyunturalmente su cuartel general en Valladolid y su despacho en el ayuntamiento de dicha ciudad[55]. 3º. Mola confirma las noticias recibidas de don Julio y, a la mayor brevedad, envía a las autoridades de Navarra el siguiente telegrama: Absténganse cualquier decisión sobre detenidos Jorge Guillén y Germaine Cahen hasta recibir mis órdenes. Mola. En paralelo entrega a don Julio Guillén las pertinentes órdenes de excarcelación y los pasaportes para Guillén y su esposa, a fin de que regresen a Valladolid. 4º. Don Julio viaja en la noche del 8 al 9 de septiembre a Pamplona en un taxi y, a la mañana siguiente logra felizmente su propósito.

El general Emilio Mola Vidal

     Si los hechos son evidentes, no lo es la razón -o razones- que pudo tener Mola para obrar tan tajante y benévolamente en favor de un poeta izquierdista al que no consta que conociera y que, a mayores, había sido detenido junto con su mujer por el crimen capital de espionaje. Si dejamos a un lado los convincentes argumentos de un padre influyente[56] y atribulado, así como la injusticia de la detención -cosa que bien poco valía en aquel tiempo-, parece que Mola estaba especialmente impresionado por el funesto destino de García Lorca -ejecutado en la provincia de Granada el 18 de agosto de 1936- y el desprestigio que había causado en el extranjero. El caso es que parece ser que dijo literalmente: Con un poeta ejecutado ya ha habido bastante. Cierto o probable, suficiente o meramente coadyuvante, lo cierto es que Guillén pudo haber tenido mucho peor destino, de no ser por el desgraciado que había tenido su admirado amigo Federico.

     Añadiré que la decisiva actuación de Mola bien pudo ser impulsada y cumplida por el comandante, Hilario Etayo Eparza, jefe de la sección de Inteligencia del Ejército del Norte. Etayo, más empresario que militar, era un importante hombre de negocios navarro, gerente de la empresa Irati, en buenas relaciones con el padre de Jorge Guillén, y que, a raíz del triunfo del Alzamiento en Navarra, asumió decididamente su estela, olvidando sus anteriores ideas[57], no muy acomodadas a las que radicalmente defendían los sublevados.

     Pasando ahora a tratar de la posible influencia de Mola en los avatares de Guillén en Sevilla hasta el fallecimiento de aquel, puede decirse que pasamos, de la relativa certeza, a la pura especulación. Todo resultaría más claro, de aceptar -como algunos sugieren- que el telegrama de Mola a las autoridades de Navarra acerca del Guillén detenido en Pamplona pudiera extrapolarse a la estancia de este en Sevilla; una cosa que yo rechazo por ilógica y contraria a la plena autoridad que tuvo Queipo de Llano, primero, absoluta y luego, -a partir de octubre de 1936- solo bajo las órdenes del Caudillo.

     Si se acepta mi punto de vista, se necesitaría encontrar una comunicación de Mola a Queipo relativa al trato que merecería darse a Guillén en Sevilla. Que yo sepa, tal contacto no existe, por más que, haciendo uso de una inventiva poco coherente, se haya llegado a precisar que Mola impartió órdenes acerca de Guillén, no a Queipo, sino a su comisario de Orden Público, Díaz Criado; lo que sería una doble torpeza: no solo se desconocería la plena autonomía de Queipo, sino que se darían órdenes a un subordinado suyo, saltándose a la ligera la cadena de mando.

     Personalmente, entiendo que el comportamiento de Queipo y Díaz Criado con Guillén no fue influido por Mola. Si acaso, conocedores de lo sucedido en Pamplona y de la orden de Mola para entonces, podrían haber actuado en consecuencia. Pero, si alguien pudo interferir casualmente de modo favorable, sería el generalísimo Franco, al destituir a Díaz Criado en noviembre de 1936 y, sobre todo, al ordenar a Queipo el cese de las ejecuciones sin juicio por simple aplicación administrativa del Bando declarativo del estado de guerra, indicando -por el contrario- la celebración de los oportunos consejos de guerra.

 

 

3. El discurso de Guillén en el Día de la Raza de 1936

 

     Llego, por fin, a lo que -como he dejado dicho en la presentación de este ensayo- ha constituido el desencadenante de mi interés por el tema de Jorge Guillén en la Sevilla de la guerra civil. Afortunadamente, el texto íntegro del discurso guilleniano del 12 de octubre de 1936 fue recogido en diarios hispalenses del siguiente día[58] y, muchos años después, lo transcribió Guillermo Carnero[59], lo que me ha permitido reproducirlo cómodamente en el apéndice documental -apartado A)- de este trabajo. En consecuencia, aconsejo su lectura con carácter previo a la del presente capítulo, en el que abordaré diversas cuestiones que plantea el susodicho discurso, supuesto, con fundamento, que la versión que ha llegado a nosotros sea auténtica e íntegra.

Autoridades de Sevilla (entre otras, Quiepo de Llano, el arzobispo Segura y el rector Mota Lozano)

     Quiero primero consignar que la celebración del Día de la Raza de 1936 en la Universidad de Sevilla tuvo un carácter especialmente solemne, ya que se inscribió en los actos de homenaje al gran visir del Jalifa del Protectorado español de Marruecos[60], Sidi Ahmed al Ganmia. Su visita tenía todos los visos de constituir una ocasión de agradecer a las autoridades autóctonas sus facilidades a fin de que mercenarios marroquíes se alistasen para venir a luchar a España en favor del bando nacional, así como para seguir impulsando tan decisiva ayuda[61]. A título de muestra de la brillantez que las autoridades nacionales -en Sevilla, por supuesto, encabezadas por Queipo de Llano- querían dar a su acogida, se recuerda que el gran visir y todo su séquito fueron alojados en los Reales Alcázares sevillanos. Y, dentro de los actos a que asistirían las personalidades marroquíes, se decidió incluir el discurso del Día de la Raza en el paraninfo universitario.

     Ello sabido, se me ocurre preguntar con asombro: ¿Cómo es posible que se encargase la lección o discurso conmemorativo a Jorge Guillén que, por buen catedrático y orador que fuera, era persona tachada de izquierdista, expedientada y sospechosa para el orden público de la ciudad? Y, a mayores, ¿por qué endosar tan comprometido encargo a un profesor que, tras pasar por Valladolid, Provins y Pamplona, acababa, como quien dice, de llegar a Sevilla tras unas accidentadas vacaciones estivales? Estoy por aceptar la opinión de quienes vieron en ello una maniobra, algo arriesgada, para forzar a Guillén a que prestase su concurso, a regañadientes, a las autoridades alzadas y, al propio tiempo, para desprestigiar al profesor ante sus verdaderos compañeros y amigos. En suma, una operación de ludibrio y sumisión, que no sería la única vez que fuese utilizada en similar ocasión en otras universidades[62]. En fin, lo cierto es que Guillén recibió el encargo, con plena aquiescencia de los organizadores de los fastos.

     La segunda cuestión que se me ocurre es de quién partió el encargo de tal discurso al catedrático de Lengua y Literatura. Los que han estudiado el asunto responden unánimemente que del rector de la Universidad hispalense, D. José Mariano Mota Salado. Examinada la identificación desde un punto de vista formal, la respuesta es de Perogrullo. Nadie, sino la máxima autoridad académica, puede tomar decisiones sobre los actos de apertura del curso académico -que aquel año de 1936 se hicieron coincidir con la fiesta nacional del 12 de octubre- y encargar el discurso central a uno de los claustrales, aunque suele hacerse por un orden preestablecido. Pero en este caso se trataba de algo más que una solemnidad universitaria, por las razones internacionales antes indicadas. A tenor de ello, es obvio que Queipo de Llano conoció y aceptó el encargo a Guillén, si es que no fue él mismo -lo veo improbable- quien se lo sugiriese u ordenase al rector. En resumen, el rector Mota hizo el encargo a Don Jorge, pero Queipo tuvo que dar su aquiescencia previa a la decisión sobre tal mandato.

     Un punto de precisión sobre el quién y el porqué del encargo a Guillén podría aportarlo la indagación acerca de la personalidad del rector hispalense, Don José Mariano Mota. Consta que el señor Mota, a los 69 años de edad, fue designado rector de la universidad de Sevilla en agosto de 1936 directamente por Queipo de Llano. Persona más notable por su catolicismo practicante que por su fogosidad política, ha sido valorado de manera discrepante por quienes han juzgado su participación rectoral en la depuración del profesorado universitario hispalense[63]. En todo caso, no me parece del tipo de personalidad maliciosa, que hubiese pretendido con el encargo del discurso humillar a su autor e indisponerlo con sus amigos izquierdistas. Si es que fue el rector quien decidió al destinatario del mandado, me inclino por pensar que buscó en Guillén sus conocidas calidades lingüísticas y literarias, como para que la lección inaugural fuese una pieza oratoria elegante y digna, prefiriendo el prestigio de su universidad a la exageración y el extremismo que podrían haber cultivado otros oradores. Con todo, estoy convencido de que el borrador del discurso hubo de pasar por el control de la censura previa, de lo que puede ser indicio razonable el que tuviesen su texto íntegro los diarios sevillanos, que ya podrían publicarlo al día siguiente.

     Una cuestión que, implícita o expresamente, se ha suscitado es la de por qué Guillén no declinó el honor de discursear en aquella ocasión, de tanto relumbrón y compromiso[64]. Me parece que, en unos momentos tan peligrosos para él, Guillén optó por hacer méritos ante los amos de Sevilla, en vez de provocar su disgusto; eso sí, disertó en un acto académico y de manera digna, dadas las circunstancias, como opinaré más adelante y, sobre todo, como los lectores pueden juzgar por sí mismos leyendo el discurso en el Apéndice A). Tampoco puede olvidarse que, constituyendo también la disertación la lección de apertura de curso académico, era deber del catedrático Guillén aceptar la designación del rector para pronunciarla, tanto más en aquellas ominosas circunstancias.

     Sería inútil pretensión por mi parte intentar resumir el discurso del Día de la Raza, dado que es relativamente breve y, como digo, lo aporto íntegro en el Apéndice. Sí puede, en cambio, resultar pertinente el señalar, desde mi punto de vista, las claves ideológicas en torno de las cuales se monta toda la disertación. Dichos puntos esenciales podrían ser: 1º. La conformación de Hispania como una integración de pueblos, entre los que Castilla ha sido el mayor creador. 2º. La formación de un gran espacio de lo español, forjado por la conquista de América y la creación de una cultura común, con la lengua como integrador sustancial. 3º. La consiguiente aparición de una raza hispánica, alejada de toda unidad étnica, sino conformada por la cultura, por una cierta forma de ser. 4º. Perennidad y universalidad de España, que se ha mantenido y se conservará a base a fe, unidad y orden. 5º. Consideración de la contienda civil en curso como una forma, a través de la crisis y del caos, de alcanzar la continuidad y la superación de la realidad histórica española.

     ¿Qué aspectos del discurso pudieron ser más conflictivos, menos digeribles, para los que, abiertamente o in pectore, pertenecían al bando republicano? Sin duda, aquellos excesos forzados que su texto contiene al principio y en su final. En el comienzo aparecen las referencias a Al-Ándalus para halagar a los dirigentes marroquíes, que estaban allí porque este Islam, tan firmemente adicto a la causa española, estaba enviando miles de combatientes a luchar, a matar republicanos y a ayudar a ganar la guerra al bando nacional. Y también al principio, se halla el saludo respetuoso al general Queipo de Llano, presente en el paraninfo, seguramente excesivo y ditirámbico, incluso valorando los intereses personales de Guillén, ya citados antes.

     A final, hallamos una dilatada alusión al heroísmo de los defensores del Alcázar de Toledo, aunque pronto transformada en elogio de la Ciudad Imperial y de cuanto ha representado en la Historia española; hermosa coda que lleva a una conclusión bastante discreta, en la que el ¡viva España! no solo representa una forma obligada de concluir una pieza oratoria de las características de esta, sino un grito nacido, con mayor o menor convicción, de un español decente. Obsérvese que Guillén ahorró el viva a Franco y el arriba España, que eran los gritos de matiz político en aquel lugar y momento.

     Además de los extremos aludidos, no cabe duda de que pudieron doler a los republicanos las referencias a la guerra en curso como un episodio de crisis y de caos, poco menos que inevitable para el renacimiento de España; o las firmes alusiones a la necesidad de unidad y de orden para conservar Hispania que, por justas que fuesen, tenían el inocultable aroma de la ideología y la praxis de los nacionales.

     Pero el discurso tampoco estuvo exento de alusiones que pudieron no gustar a los oyentes por estimarlos no coincidentes con las ideas y valores que sostenían. Así, la insistente referencia a la raza como concepto ajeno -cuando menos, en España- a la etnología, sino de carácter cultural e histórico, compatible perfectamente con el cruce de sangres -no creo que, de estar presentes en el salón de actos autoridades o individuos nazis, estuvieran muy conformes con el conferenciante-. De igual modo, la repetida alusión a la diversidad de España, inevitable y enriquecedora, pero necesitada de lograr la unidad para prosperar, entiendo que no estaba acomodada al pensamiento de los nacionales más reaccionarios, empeñados en exaltar lo castellano, uniformizando el país en base a ello. En el mismo sentido, el elogio del Islam y de Al-Ándalus, rebasando los términos de lo obligado para complacer a los visitantes marroquíes, parecía pugnar con esa indisoluble unión de lo cristiano y lo español, sostenida mayoritariamente por los nacionales y más adelante defendida doctamente por Sánchez Albornoz frente a Américo Castro[65]. Y, finalmente, apunto a la insistencia de Guillén en considerar el Imperio español como un concepto meramente cultural o espiritual en pleno siglo XX, que debía aprovecharse, sobre todo, para progresar en el futuro.

     ¿Qué eco despertó el discurso de Guillén, que repercusiones tuvo para él? No es fácil detallarlo, fuera de algunas generalidades. Sería más fácil aludir a las consecuencias que para el poeta tuvo, en general, su presencia y participación -¿cooperación?-  en la vida de Sevilla a todo lo largo del tiempo de guerra que permaneció allí[66]. Con todo, diré algo sobre el particular, distinguiendo la recepción del discurso por los nacionales, los republicanos y por su propio autor.

Cátedra del orador en el paraninfo de la Universidad de Sevilla

     Se ha aludido a una cierta decepción de los nacionales presentes en el paraninfo con el contenido del discurso de Guillén y no dudo que así fuese pues la contención y el tono literario e histórico de sus palabras no eran habituales en aquella época de arengas exaltadas y violentas; pero ese posible disgusto por su tibieza no se manifiesta en la reacción oficial: Los periódicos de Sevilla dan cumplida cuenta de la lección guilleniana, además de ofrecer un resumen adecuado para ser recogido en otras publicaciones no hispalenses. Queipo de Llano no manifiesta ningún enfado. A partir de entonces, como veremos más adelante, menudean las peticiones a Guillén de conferencias o lecciones en ámbitos cercanos al poder en Sevilla -también aludiré a ello en el capítulo siguiente-. En resumen, el acto del Día de la Raza pudo suponer para el poeta una relajación de su miedo y del peligro que sufría y, para los nacionales sevillanos, la creencia en una aproximación del profesor de Lengua y Literatura a sus posturas y postulados, aunque solo fuera por sumisión: De hecho, la admisión de Guillén en la Guardia Cívica de Sevilla supone implícitamente que se depositaba en él una cierta confianza, dado el carácter armado y las competencias de tal institución, a lo que luego me referiré.

     Más difícil es valorar per se el efecto del discurso en el bando y zona republicanos, dado que, simultáneamente o con poca separación cronológica, Guillén escribió o actuó de manera bastante más dolorosa para aquellos. Recordemos la declaración de Jorge Guillén a propósito del Día de la Raza de 1936, recogida por la prensa sevillana -que pueden leer en el Apéndice C)-; las conferencias impartidas a la Sección Femenina de Falange y a los maestros de Sevilla, o la traducción del prefacio del libro de Paul Claudel, La persecution religieuse en Espagne, titulado autónomamente en castellano, A los mártires españoles[67]. En cualquier caso, el discurso del 12 de octubre de 1936 supone el primer paso conocido en los llamados por algún autor acontecimientos de triste recuerdo en la biografía de Guillén[68], desencadenantes de la hostilidad de muchos intelectuales de la República, que tuvieron en esos momentos al poeta vallisoletano como una especie de tibio o, incluso, de traidor a sus prístinos valores e ideas o, cuando menos, como alguien que, hallándose en tierra hostil, había actuado de tal manera, que no podía considerársele ya como persona afecta a la República -volveré sobre ello en el último capítulo de este ensayo-.

     Triste es la impresión que el propio Guillén recoge del evento en sus cartas. En la dirigida al profesor holandés, Jan Lechner, Don Jorge incluye el discurso del Día de la Raza en los actos de pluma sometida[69], que se vio forzado a protagonizar para salvar su vida. Supuesto que dicha carta fue escrita unos treinta años después de dichos actos, podemos fundadamente pensar que la valoración de Guillén puede resultar exagerada y auto exculpatoria. Pero no puede decirse otro tanto de la carta que escribió a su esposa Germaine poco después del acto del paraninfo[70], confesándole su desolación y dejando claro que cada palabra pronunciada por él en el acto del Día de la Raza había sido un acto de teatro necesario para no terminar en la fosa común de las murallas de la Macarena. Dicho queda y nos garantiza el sentimiento y objetivo del poeta, con independencia de que su percepción del peligro personal pudiera ser en su caso particular algo, o bastante, excesiva.

 

 

4.   Guillén, por caminos conflictivos


     Quiero referirme en este capítulo a algunos hechos de la vida de Jorge Guillén en la Sevilla de la guerra civil que, junto a su colaboración protagonista en el Día de la Raza de 1936, supusieron, en el pensar de las gentes del bando republicano, otras tantas bofetadas a su precedente adhesión a la República. Creo innecesario, por reiterativo, insistir en los motivos que pudo tener -y que alegó- el poeta para comportarse así. En consecuencia, me conformaré con relatar lo sucedido de la manera que juzgo más veraz, lo que no siempre es fácil, bien por la falta de fuentes, bien por el sectarismo de muchos que antes que yo han tratado del tema o bien, finalmente, por errores, frecuentemente repetidos. Iré tratando sucesivamente de los siguientes puntos: 1º. La conferencia sobre Santa Teresa del 20 de enero de 1937. 2º. Las lecciones sobre Fray Luis de León y San Juan de la Cruz impartidas en un cursillo sobre lírica española. 3º. La traducción del preámbulo del libro de Claudel[71], La persécution religieuse en Espagne, con el título de  A los mártires españoles. 4º. La incorporación de Guillén al cuerpo de la Guardia Cívica de Sevilla.

     4.1. La conferencia sobre Santa Teresa del 20 de enero de 1937.

     El día 20 de enero de 1937[72], Jorge Guillén impartió en los locales de la Sección Femenina sevillana -entonces en la Casa de los Pinelo, habitual sede de la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla- una conferencia titulada, al parecer, El estilo de Santa Teresa, de la que la referencia a la misma del periódico ABC, edición de Sevilla, destaca la elocuencia y profundidad con que el catedrático analizó la prosa teresiana, considerándola como un modelo de la lengua castellana. Aunque de iniciativa de la Sección Femenina, la entrada debía de ser libre pues se ha hecho constar la presencia de numerosos militares en la sala, cosa que yo no acabo de explicarme.

     La invitación, más o menos insistente, corrió a cargo de la entonces destacada falangista de la Sección Femenina, Mercedes Formica[73], entusiasta de la figura de Guillén como profesor y como poeta[74], esposa del falangista, Eduardo Llosent Marañón, también poeta y defensor en Sevilla del catedrático. Por ello, la presentación del conferenciante corrió a cargo de la señora Formica, aunque Guillén, que no quiso recordar más el acto, llegó hasta negar que hubiera sido presentado por ella. En vista de la amnesia del disertador, dejemos que sea Mercedes Formica la que nos transmita su recuerdo del acto que, sin pretensión de literalidad, podríamos resumir así:

     Formica estaba presa de un gran nerviosismo, dado el conocido tinte izquierdista del conferenciante, a quien había de presentar ante un auditorio que estaba lleno de falangistas de ambos sexos y de militares. Se hallaba temerosa de que Guillén, por su pasado y su rigor intelectual, dijera algo que fuese malinterpretado y el público reaccionase con hostilidad. Lejos de ello, Guillén, con sus proverbiales elegancia y dignidad, dio en completo silencio su lección literaria, pura, abstracta y profunda, sin necesidad de doblegarse o de mostrarse servil. Le verdad -asevera Formica- es que la profundidad del análisis de Guillén dio lugar a que gran parte del auditorio, poco preparado para tal elevación, no entendiese nada. Ello no empeció para que la conferencia consiguiese el propósito deseado por la promotora y su marido, a saber, el de que pasara a juzgarse al poeta como un intelectual de altura, sin reparos para disertar ante la gente del régimen, suavizando así los peligros que corría. Claro que otra cosa sucedería en el bando republicano que, al enterarse de la intervención de Guillén, no preguntaron por su contenido, ni pararon mientes en el tema, sino que solo tuvieron en cuenta el lugar y el público de la conferencia, despotricando contra Don Jorge en consecuencia.

     4.2.  Las lecciones de un cursillo sobre lírica española

   La conferencia guilleniana sobre Santa Teresa debió de juzgarse un éxito por las autoridades sevillanas de Falange pues, en los meses sucesivos, apalabraron a Guillén para que colaborase en un cursillo sobre lírica española que tenía como destinatarios a maestros. Solo he visto algo detallado el episodio en el inmisericorde J.A. Fortes[75], que lo presenta así:

     las conferencias de don Jorge «sobre figuras religiosas», bien Fray Luis de León y San Juan de la Cruz en un cursillo sobre ‘Lírica española’ dedicado a los Maestros Nacionales durante los meses de Febrero, Marzo y Abril del año1937, o bien en los locales de la Sección Femenina de la Falange–¿sevillana, sólo? ¿sólo en Sevilla?– sobre la figura de Santa Teresa de Jesús, patrona de las fuerzas de choque femeninas del fascismo.

     En la medida en que Guillén recogió tales conferencias como elemento a su favor en el pliego de descargos de su expediente depurador, parece obvio que, con independencia de quién partiera la iniciativa, así como de los sentimientos que el poeta experimentara al asumir el encargo, este fue entendido como una forma de beneficiar al profesor vallisoletano para dulcificar sus probables sanciones y reducir sus posibles peligros vitales. En cualquier caso, a juzgar por los literatos analizados por Guillén, está claro que el conferenciante parecía condenado a disertar sobre literatura religiosa, brotada de muy notables clérigos escritores de nuestro siglo XVI.

     4.3. La traducción del poema de Paul Claudel “A los mártires españoles”[76]

     En el mismo año 1937, Jorge Guillén realizó la primera traducción al español del prólogo del libro La persécution religieuse en Espagne, que tenía la forma de un extenso poema del que era autor el poeta y dramaturgo francés, Paul Claudel. De por sí, el hecho no encerraba otra repercusión política que la de que los aludidos crímenes contra religiosos eran cometidos por sujetos que actuaban en la zona republicana como presuntos adeptos de la República. Pero, adicionalmente, Guillén aceptó el encargo hecho por las autoridades de Sevilla, seguramente, pertenecientes a Falange Española. De hecho, la traducción apareció como folleto de 14 páginas con el sello de la Secretaría de Ediciones de Falange. No cabe duda de que todo ello otorgó a nuestro poeta una pátina de respetabilidad para el nuevo orden político del Movimiento pero, en paralelo, el rechazo y la indignación del bando republicano. De lo que le produjo al propio traductor no tenemos -que yo sepa- referencias inmediatas, pero tiempo después, haría comentarios del tipo de humillación impuesta, peaje moral, traducción que no le expresa ni define o haberse visto obligado a poner en español unos versos que no sentía como propios, para salvar la piel. Demasiadas disculpas -me parece a mí- para ser el contenido del texto de Claudel un reflejo fiel de los acontecimientos narrados, si se excluye la referencia a dieciséis mil religiosos muertos, cuando luego se ha sabido que la cifra fue solo de unos siete mil -tal vez la mayor masacre de clérigos por motivos de religión en toda la Edad Contemporánea; no digamos, en Europa-[77]. Así pues, cabría preguntarse qué es lo que avergonzaba a Guillén de su labor: si haber servido a la divulgación de una terrible verdad, incómoda para algunos, o el haberlo hecho bajo los auspicios del yugo y las flechas que figuraban en la portada de su traducción.

El poeta Pedro Salinas

     4.4. La incorporación de Jorge Guillén a la Guardia Cívica de Sevilla.

   La Guardia Cívica -llamada en ocasiones Milicia Ciudadana- fue una organización armada paramilitar, creada por ciertas autoridades nacionales con el confesado objetivo de ayudar a mantener el orden y control de las mismas en la retaguardia del territorio por ellas dominado. Su personal solía estar formado por personas de cierta edad y de orden, componentes de la clase media y leales indudablemente al Movimiento Nacional; todos ellos, voluntarios. En el ejercicio de sus funciones vestían un sencillo uniforme -generalmente, un mono azul-, con brazalete y gorra, y portaban las armas de fuego, cortas y largas, que les fueran asignadas. Su labor de orden podía incluir vigilancia de edificios u otros lugares, detención de sospechosos, patrullas de guardia -principalmente, nocturna- y evitación de acaparamientos y disturbios. Como es natural, dada la época, eran frecuentes los excesos de cumplimiento, que algunos aseveran llegaron a alcanzar a paseos o ejecuciones sin juicio previo.

     En la ciudad de Sevilla, donde la resistencia abierta o larvada al alzamiento fue muy notable, la Guardia Cívica tuvo la posibilidad y la necesidad de ser numerosa y actuar ampliamente, aunque tanto menos, cuanto más se consolidó el poder de Queipo y los suyos en la ciudad[78].

     Pues bien, por sorprendente que parezca, puede afirmarse que Jorge Guillén se incorporó a la Guardia Cívica, aunque -en lo que yo sé- no puedan acreditarse extremos tan relevantes como las razones del criterio tan laxo que hubo para aceptar su solicitud; quiénes estuvieron detrás de su propuesta y aceptación; la fecha de su incorporación a la Guardia[79]; el tiempo en que permaneció en ella, o los servicios y acciones concretos en que interviniese. Pero no hay duda de lo esencial: El propio Guillén lo alegó como mérito en su pliego de descargos para su expediente de depuración, haciéndolo suyo el rector de la Universidad al afirmar: En la actualidad, adherido al Movimiento Salvador, prestando servicios como Guardia cívico. Existe también una fotografía conocida y publicada -que yo no he sido capaz de encontrar en Internet, para incluirla como ilustración de este ensayo-. Dicha foto parece haber sido tomada en un servicio de guardia, de lo que algunos -sin duda, bienintencionados, pero de imaginación reñida con la historia- han querido inferir que Guillén se limitó a ejercer servicios meramente rutinarios, aunque solo fuera por la desconfianza que lógicamente despertaría al moverse en tales ambientes.

     ¿Por qué se le buscó para la Guardia Cívica y por qué fue aceptado en ella? ¿Por qué presentó Guillén la solicitud pertinente y qué pretendía? Creo que cualquier lector medianamente perspicaz puede responder a esas preguntas sin necesidad de mi ayuda. En todo caso, el hecho me parece una ignominiosa demasía.

 

 

5.   Jorge Guillén, expedientado y sancionado

 

     La depuración del catedrático Jorge Guillén ha sido objeto de un perfecto desconocimiento -o tergiversación- hasta tiempos recientes. Aún hoy sigue sosteniéndose por algunos que el profesor fue suspendido de empleo y sueldo desde el principio del Alzamiento y que su expediente depurador concluyó con su expulsión del Cuerpo de Catedráticos de Universidad. La publicación de las dos partes locales de dicho expediente -la sevillana y la zaragozana- de forma completa[80] nos permite, cuando menos, desmentir a los ignorantes y a los mentirosos, de forma documentalmente incontestable. Pero vayamos por partes…

     Las primeras investigaciones depuradoras contra Guillén, como respecto del resto del personal docente de todos los niveles dependiente del rectorado sevillano, se producen al amparo de lo ordenado por la Junta de Defensa Nacional el 11 de septiembre de 1936, creándose unas así llamadas Comisiones de Cultura y Enseñanza, que habrían de ser, previos los informes del rector y del gobernador civil competentes, las que sancionasen o no al personal con carácter definitivo, pudiendo los rectores acordar cautelarmente la medida de suspensión de empleo y sueldo. Es en ese expediente colectivo, en el que el rector de Sevilla, Mota Salado, no acuerda la suspensión de Guillén y eleva a su respecto un informe moderadamente favorable -que recojo literalmente en el Apéndice D de este ensayo-, sin perjuicio de reputarle simpatizante de las izquierdas pero en la actualidad adherido al Movimiento salvador[81].  Es esta una etapa incipiente de la depuración, proceso que solo se consolidará con el Decreto número 66, de 8 de noviembre, del que emanará en su desarrollo la famosa Circular firmada por José María Pemán[82] el 7 de diciembre de 1936[83], creándose específicas Comisiones Depuradoras, en total cuatro, denominadas con las letras A, B, C y D. Adelantemos que a Guillén le correspondió el juicio de la Comisión A, que funcionaba en Zaragoza.

     La Comisión A, como era preceptivo, recabó los pertinentes informes de Guillén y, no entendiéndolos lo bastante favorables, optó por seguir el expediente, entendiendo que había contra él evidencias sancionables, como eran las siguientes:  1ª. Ser simpatizante de las izquierdas y militante de Acción Republicana (el partido fundado por Manuel Azaña). 2ª. Su participación en el ámbito cultural republicano, dando conferencias en el Instituto Hispano-Cubano en unión de otros catedráticos militantes de izquierdas. 3ª. Tener una avanzada ideología en el orden político y religioso, que lo alejaba por completo de los valores exigidos por el Movimiento Nacional. 4ª. Durante su estancia en Madrid, formar parte del grupo vanguardista de intelectuales, en su mayoría de izquierdas. A mayores, se recogieron las sospechas de deslealtad y desafección: Su situación familiar (con sus hijos refugiados en Francia y una esposa de origen francés que cruzaba la frontera con frecuencia) levantaron suspicacias entre las autoridades franquistas, que llegaron a sospechar de posibles labores de información o propaganda contrarias al Movimiento. Estas fueron las bases del oportuno pliego de cargos, que se remitió a Guillén en junio de 1937, vía rectorado de Sevilla, generando hartas complicaciones logísticas, ya que el interesado se hallaba de vacaciones veraniegas autorizadas en la localidad francesa de Provins (Seine-et-Oise) junto a su mujer, hijos y suegros, sufriendo, al parecer, una enfermedad hepática pasajera.

     Finalmente, Guillén volvió a Sevilla un tanto precipitadamente y, el 3 de agosto de 1937, entregó en el rectorado su descargo, negando todas las imputaciones del pliego de cargos, incluso la de ser simpatizante de las izquierdas o marxista, ya que se consideraba adicto al Movimiento Nacional[84]. La exculpación guilleniana incluía una declaración de apoliticismo y antimarxismo previos a la guerra civil, afirmando que siempre había sido apolítico, radicalmente antimarxista y opuesto al Frente Popular. Una vez iniciado el Movimiento, Guillén se consideraba afín al mismo, invocando como pruebas su discurso del Día de la Raza de 1936, demostración pública de su verdadera manera de sentir la Patria española, así como el haberse adherido formalmente a las fuerzas nacionales de retaguardia, prestando servicio como guardia cívico en Sevilla.

     Como justificación de sus viajes a Francia, explicó que su estancia en Provins obedecía estrictamente a unas vacaciones estivales para ver a sus hijos. Para justificar que no regresara de inmediato al ser llamado, alegó y certificó motivos de salud, concretamente una congestión hepática de la que tuvo que recuperarse antes de emprender el viaje de vuelta. Como máxima prueba de lealtad, argumentó el hecho de haber regresado por su propia voluntad a la España nacional, tanto al estallar la guerra en 1936, como en ese agosto de 1937, cuando perfectamente habría podido quedarse en Francia a salvo, en el exilio.

     Para reforzar este descargo, incorporó testimonios que le describían como una persona de buena conducta moral y religiosa y recordaban que, tras el inicio de la contienda, se había adherido efectivamente a la Guardia Cívica sevillana.   

Mercedes Formica

     El expediente sancionador seguiría su curso y, con fecha 4 de octubre de 1937, la Comisión depuradora lo concluiría proponiendo las sanciones para Guillén de inhabilitación para cargos directivos y de confianza y la suspensión de empleo y sueldo por dos años. Esta propuesta fue parcialmente corregida por la Junta Técnica del Estado, retirando la sanción de suspensión de empleo y sueldo. Y así, el Presidente de dicha Junta Técnica emitió resolución del expediente, de fecha 13 de diciembre de 1937 -la recojo literalmente en el Apéndice E-, sancionando a Guillén con inhabilitación para el desempeño de cargos directivos y de confianza en Instituciones Culturales y de Enseñanza. De forma, tal vez, ilegalmente ambigua, no se fijaba el tiempo de dicha sanción, ni se hacía saber expresamente que fuese perpetua. Con todo, el profesor debió de juzgarse razonablemente juzgado, dadas las circunstancias de aquella época, y no recurrió ni pidió aclaración de la sanción impuesta.

     ¿Qué suponía la indicada inhabilitación? Principalmente, no poder ser nombrado rector de Universidad, decano de Facultad y, al parecer, no formar parte de tribunales para la designación de nuevos profesores. Algunos han entendido que tal sanción suponía un baldón o menoscabo intolerable para Guillén, algo así como someterlo a desconfianza y sospecha permanentes, siendo una de las razones para que decidiera, no tardando, ausentarse de España y pasar, poco después, a la situación de catedrático excedente. Yo creo que tenía ya tomada la decisión de desterrarse desde el año precedente y dudo mucho de que, aunque no hubiera sido sancionado, hubiese cambiado de criterio[85].

     En todo caso, concluyamos: Ni suspensión de empleo y sueldo, ni expulsión del Cuerpo de catedráticos; algo que pareció no gustar a los republicanos de entonces ni, a lo que parece, a los actuales tergiversadores de la verdad histórica.

 

 

6.   Entrando y saliendo de España


     Uno de los puntos de la vida de Guillén durante la guerra civil que ha sido más resaltado por ambos bandos de la misma es el de la aparente facilidad con que se movía en la zona nacional y pasaba a Francia. Ese extremo ha tenido diversas interpretaciones. Los nacionales, en un principio, lo juzgaron indiciario de una actividad de información o espionaje para los republicanos, para luego pasar a tratarlo como la conducta normal en un profesor que, trabajando en Sevilla, tenía a su mujer y/o sus hijos en Francia y el resto de su familia más allegada -padres, hermanos-, mayormente en Valladolid. Los republicanos siempre sospecharon que la libertad de movimientos de Guillén -sobre todo, sus salidas a Francia- era sintomática de que el poeta se había pasado al enemigo, que se lo premiaba de esa manera, entre otras. Pero dejemos por ahora los juicios y limitémonos a los hechos.

     Como ya hemos expuesto, el Alzamiento sorprendió a Guillén con su esposa y e hijos veraneando en el chalé que sus padres tenían en el suburbio vallisoletano de El Pinar de Antequera. Se hallaban en plenas vacaciones de verano, que el poeta decidió, en principio, proseguir en el mismo lugar. Fueron los bombardeos de la aviación republicana de los primeros días de agosto los que provocaron la decisión de que los hijos pasaran a Francia, yendo a vivir con sus abuelos maternos durante un tiempo -seguramente, hasta que acabase la guerra-. Es ese el objetivo del viaje hasta Navarra y de los cruces de frontera que llamaron la atención de las autoridades nacionales, que no los impidieron de antemano, al tratarse de ciudadanos franceses, salvo Jorge Guillén, quien considero probable que no pasara la frontera todas las veces, al serle ello más difícil, por ser español. El hecho es que, entregados al fin los muchachos a sus abuelos de Francia, Jorge y Germaine regresaron a Pamplona, estando hospedados en el hotel Cisne de la Plaza del Castillo. Allí fueron detenidos por agentes de la autoridad, pasando a la cárcel de Pamplona durante unos tres días, como sospechosos de espionaje, siendo liberados sin cargos el día 9 de septiembre. De Pamplona, regresaron a Valladolid y, tras un periodo breve en esta ciudad, pasaron a Sevilla, a tiempo de comenzar el curso y pronunciar el famoso discurso del Día de la Raza, al que me he referido por extenso en el capítulo 3.

     La siguiente salida al extranjero de los Guillén de la que tengo noticia es la que permitió a su esposa Germaine volver a Francia y reunirse con sus hijos. Pese a ser ciudadana francesa, parece que tuvo bastantes dificultades para lograrlo. Lo cierto es que su salida de España tuvo lugar a través de la colonia británica de Gibraltar -mucho más próxima a Sevilla, como es sabido, que la frontera de Irún-, el día 13 de marzo de 1937[86]. A partir de ese momento, el profesor quedará sin familia en Sevilla y se afirmará en él la decisión de reunirse fuera de España con su esposa e hijos. Pero lo cierto es que, cuando vuelva a tener la ocasión de viajar a Francia, acabará por retornar a España, como veremos a continuación.

     En efecto, llegadas las vacaciones académicas del verano de 1937, el profesor obtiene expresa licencia de su rector para viajar fuera de Sevilla y se las apañará para que las autoridades de orden público le autoricen para cruzar la frontera. Tenemos constancia de que, a comienzos de julio de dicho año, se encuentra en casa de sus suegros en Provins (Seine-et-Oise), curiosamente con la voluntad de volver a España para el curso siguiente. La razón, por nimia que nos parezca, resulta ser esta: Pretende que su marcha de España no sea impreparada ni susceptible de sanción por las autoridades universitarias. Su voluntad es conseguir una excedencia administrativa en su cátedra, tener ya apalabrado un trabajo de profesor en el extranjero y lograr transferir a Francia sus ahorros de España -o bien, que le dejen sacar materialmente el numerario del que es titular-[87]. Es en ese momento cuando le llega la noticia de que en el procedimiento de depuración que se ha abierto contra él[88] se ha llegado al trámite de pliego de cargos, que ha de entregársele y, si a su derecho conviene, formular la oportuna contestación o descargo. Estas diligencias motivan que, adelantando su regreso, Guillén ya se encuentre en Sevilla a comienzos de agosto de 1937, pues el día 3 de dicho mes entrega personalmente en el rectorado hispalense su respuesta al pliego de cargos, en los términos ya esquematizados en el capítulo anterior. En los dos meses que faltan para el comienzo del curso 1937-1938, Guillén ya no volverá a salir de España, pese a que sigue vigente su licencia por vacaciones.

     Su siguiente salida conocida hacia Francia no se consumará hasta comienzos de julio de 1938 y tendrá carácter definitivo: el poeta asumirá voluntariamente su destierro -como él lo llamaba- y no restablecerá su residencia habitual en España hasta 1977. No se trata, como a veces se ha dicho, de una huida, sino que está debidamente legalizada, tanto en lo académico, como en lo policial. Académicamente, Guillén contará con autorizaciones de su rector para pasar las vacaciones veraniegas de 1938 en Valladolid y, posteriormente, para estancia en el extranjero[89]. Así mismo recibe el debido apoyo del Ministerio de Educación para suspender el ejercicio de sus actividades docentes, si bien no cursará formalmente una petición de excedencia en su cargo hasta abril de 1939 -ya desde los Estados Unidos y con un contrato como profesor-, que le será aceptada[90] y dará lugar a que, en lo sucesivo, figure en el Cuerpo de Catedráticos de Universidad con el carácter de excedente[91]. En lo policial, Guillén contará con el preceptivo pase de frontera, expedido por el mismísimo ministro de Orden Público, el general Martínez Anido.

Puente internacional sobre el río Bidasoa (Irún)

     Se viene sosteniendo unánimemente, sobre la declaración del propio Guillén[92] , que toda la tramitación necesaria para salir legalmente de España, sin perder la condición de catedrático, no hubiera podido lograrse sin la decisiva intervención del ministro de Educación, Pedro Sáinz Rodríguez, a quien el poeta fue a visitar personalmente para que actuase e intercediese en su favor. Se sabe que, como mínimo, a partir de 1925[93], Sáinz Rodríguez y Guillén se conocían y mantenían buenas y variadas relaciones, considerando este a aquél un buen amigo. Es comprensible que Guillén necesitara del apoyo ministerial para mantener incólume su condición de catedrático. Menos obvio parece que también necesitase tan potente recomendación para conseguir un pase que había logrado el año anterior, sin necesidad de mover tales influencias. Puede ser que, de un año para otro, se hubiesen endurecido los requisitos reglamentarios, o que un Guillén ya sancionado administrativamente -aunque de modo bastante leve- estuviera ahora marcado. El hecho es que el profesor, según él, logró el pase para cruzar la frontera por intercesión de Sáinz Rodríguez, recibiéndolo en Vitoria, donde se encontraba en espera anhelante de conseguirlo.

     Guillén, en posesión de toda la documentación pertinente, cruzó a pie la frontera hispanofrancesa. Lo expresa así: No me acuerdo muy bien si fue el 8 o el 9 de julio de 1938 cuando atravesé el puente sobre el Bidasoa. Yo no quería mirar hacia atrás por si acaso me llamaban: “¡Que falta una firma…!” Una vez en el otro lado del río, vino el porteur, el facchino, el mozo y me cogió la maleta.

 

 

7.   Guillén, ante los intelectuales de aquella época guerrera


     En capítulos anteriores, hemos tenido ocasión de aproximarnos de manera amplia y precisa a la conducta de Jorge Guillén en la Sevilla de la guerra civil hasta mediados de 1938. También hemos apuntado sus posibles motivaciones, de la forma dubitativa en que podemos llegar a comprender las acciones de una persona concreta en un contexto del que ya nos separan tantos años. Pero, por encima de las vacilaciones que necesariamente nos afectan a la hora de valorar la conducta guilleniana, se han ido superponiendo prejuicios e incomprensiones que ponen de manifiesto actitudes deliberadamente defensivas o de censura, en función de la afinidad que se tenga con el enjuiciado.

     Los intelectuales -principalmente, literatos- que convivieron con Guillén en la Sevilla de su tiempo, a los cuales tan favorablemente valoró el poeta[94], llegaron a la guerra civil con un conocimiento del mismo que les permitió compartir el juicio siguiente: Se trataba de una buena persona, excelente poeta y buen profesor, sin filiación ni actividad política definidas, cuya inclinación por la República nada tenía de sectaria ni violenta. En consecuencia, llegada la contienda, varios de ellos -hombres de derechas y hasta falangistas- formaron piña para protegerlo de la mejor forma que se les ocurrió: No abandonándolo socialmente, aconsejándolo para evitar peligros y ofreciéndole oportunidades para que hiciese lo que mejor sabía y más decente era. Conferencias y lecciones o la traducción de Claudel nada tenían de indigno ni de contrario a su conciencia. Más complejo es el tema del discurso del Día de la Raza de 1936, pero esta no era una encomienda de sus iguales, sino un encargo imperativo del rector, que Guillén procuró desarrollar con aseo y de la forma más decorosa posible. Mas, por encima y más allá de lo razonablemente explicable, está la incorporación del profesor a la Guardia Cívica -muy probablemente promovida por algunos de esos amigos-, por más que no tengamos la menor prueba de que el ejercicio de sus funciones supusiera participar en alguna de las brutalidades que se atribuyen a la institución.

     No les cabía duda a los protectores y consejeros del poeta de que este aceptaba los encargos por la misma razón que se le hacían, es decir, para salvar el pellejo, incluyendo en tan vulgar expresión, no solo la vida, sino la libertad de movimientos y su misma profesión. Tampoco debemos olvidar que Guillén se sentiría responsable de su esposa, también bajo sospecha de las autoridades nacionales, que permaneció en España hasta marzo de 1937. Por eso, los amigos de antaño de Sevilla se mostraron comprensivos cuando, ya a salvo en el exilio, Guillén empezó a exagerar la nota acerca de la violencia que sobre él se había ejercido para las reseñadas colaboraciones, aunque acabaron por dolerles ciertas afirmaciones de don Jorge que los dejaban en mal lugar. Algunos -como Mercedes Formica- no tomaron a mal que el poeta los dejase por mentirosos, fingiendo no conocerlos, al modo de las negaciones de San Pedro. Pero otros, que habían estado entre los amigos y defensores más entregados de Guillén, acabaron por reaccionar con disgusto. Es el caso del ya citado, Manuel Díez Crespo, quien, en fecha indeterminada pero muy alejada de la guerra civil, confesaba a Fernando Ortiz[95] lo siguiente:

     Nadie le obligó a nada -a Guillén-. Él quería colaborar con la Falange, y un pequeño número de falangistas amigos se lo impedimos. “Usted dedíquese a lo suyo, a su poesía, a sus clases, don Jorge”.

     Y, a propósito de la traducción del Canto a los mártires de España de Claudel, que se publicó con el yugo y las flechas en la portada, Díez Crespo señalaba que, de algún modo, Guillén renegó de esa edición, pero insistía: Nadie le obligó a hacerla.

     Me parece una diatriba excesivamente fuerte y aislada, como para tomarla en su rigor y llegar a pensar que Guillén actuaba a la sazón con completa libertad y hasta pidiendo más. Pero esa es la consecuencia de exagerar por el lado contrario, cosa comprensible en Guillén para no verse proscrito en un mundo -el del destierro derivado de la guerra civil- que había llegado a considerarlo como un traidor a la causa republicana o, como mínimo, como débil y tibio. Ya es menos admisible que le hagan eco de manera acrítica quienes dicen contar su historia, muchos años después.

***

     La polarización y la intransigencia no fueron patrimonio exclusivo de los nacionales, como tuvo ocasión de comprobar Jorge Guillén, tanto durante la guerra civil, como durante su larga etapa de destierro -cuando menos, en los primeros años- que, felizmente para él, no se desarrolló en los puntos calientes del exilio republicano -Méjico y Argentina, sobre todo-, sino en Canadá y los Estados Unidos. El propio Guillén confesaba a Pedro Salinas su sensación de que la República no le había apoyado de manera apreciable. Antes bien, calificativos como los de tibio y traidor menudearon en su contra, lo que llevó al poeta a sentirse cada vez más ajeno a ambos bandos contendientes. Es llamativo que, por unas razones u otras, el aprecio mostrado por sus compañeros de Universidad y de dedicación literaria en Sevilla se hubiese tornado en resquemor por parte de muchos colegas republicanos, que no vacilaron en cerrarle las puertas cuando precisó de un trabajo académico en el año 1938, a raíz de su auto destierro. Guillén opinaba que se trataba equivocadamente a profesores y literatos en términos políticos, cuando él creía entender que, cuando menos los componentes de su generación, supieron seguir cada uno su rumbo poético, sin politización ni enfrentamientos. Pero esa visión angelical era muy discutible, en especial cuando se aludía a los miembros del 27 que, por unos motivos u otros, se habían quedado en la España franquista (Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Aleixandre…).

     Llegó un momento en que el sectarismo de muchos republicanos exiliados impulsó a Jorge Guillén a formular un segundo pliego de descargos -el primero fue, obviamente, el del verano de 1937 para el expediente de depuración, ya aludido-. Algunos lo han denominado declaración jurada o descargo moral. El poeta vallisoletano procuró explicar por carta su conducta durante la guerra civil en Sevilla, dirigiéndose a diversos colegas de relevancia en el exilio norteamericano. Con todo, la misiva esencial fue la que escribió a Pedro Salinas el 31 de octubre de 1938. Se trata de una extensa carta, remitida desde el Middlebury College (Vermont, EE.UU.), en que le explica con detalle los traumáticos sucesos que se vio obligado a vivir y por qué tuvo que simular adhesión al régimen franquista para salvar su vida. No me parece del caso recoger aquí las disculpas guillenianas sino, por el contrario, poner de manifiesto la incomprensión y las críticas negativas poco humanas que le impulsaron a cantar una palinodia que perfectamente podía haberse evitado. Salinas, como siempre, acogió amistosamente la explicación de su compañero y amigo e hizo lo posible para que figuras tales, como Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda, aceptaran a su modo la versión de Guillén y lo integraran en los círculos académicos del exilio. La sinceridad del dolor del poeta por lo vivido acabaría por reflejarse en varios de los poemas de su siguiente libro, Clamor[96], que supuso el punto de partida para formas más sociales y comprometidas de enfrentarse como poeta con el mundo.

     Quizá el segundo purgatorio de Guillén, tras el de la guerra en Sevilla, se explica por su especial situación, dos años viviendo en la zona nacional -aunque con alguna salida a Francia-, con los gravísimos peligros que ello suponía para un profesor y poeta de sus antecedentes. De hecho, sus compañeros escritores no se atrevían a incluirlo en ninguna de las dos listas -escritores afectos y desafectos a la República-, no solo por tener dudas de su adscripción, sino por evitarle el peligro de señalarlo, encontrándose en la zona nacional. Luis Cernuda presentó en agosto de 1937 una lista de poetas en la España leal, en el ámbito del Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia, en la que no figura Guillén, pese a recoger los nombres de algunos ausentes del Congreso, como Vicente Aleixandre, que se hallaba en Madrid (zona republicana)[97]. Tampoco lo recogió Ramón Gaya en octubre de 1937, en su muy reducida nómina de escritores desafectos a la República, que solo incluía a Pemán, Muñoz Seca[98] y García Sanchiz, olvidando a otros muchos, como Gerardo Diego, Manuel Machado, Luis Rosales, Dionisio Ridruejo y Miguel de Unamuno -entonces-[99]. Para entendernos: Por unas u otras causas, Guillén no aparecía, ni como afecto ni como desafecto a la República. El purgatorio se había convertido en limbo.

***

     ¿Merece la pena que el autor de este ensayo dé una breve opinión sobre lo tratado en este capítulo? Hela aquí. La conducta de Jorge Guillén en la Sevilla de 1936-1938 apenas merece reproche ninguno, en atención a las circunstancias que le tocó vivir. En situaciones tales, y mientras no se sepa de nuevos hechos reprochables realizados por Guillén, no hace falta exagerar los términos ni tergiversar u ocultar los datos para consolidar el respeto y la benevolencia que el poeta -como otras muchas personas en su situación- merece. Solo desde la humanidad y la empatía pueden valorarse los estados de necesidad, completos o incompletos. Y, si ahorramos juicios de valor para tales momentos, mejor que mejor.

    

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

A)      Discurso de Jorge Guillén en la Universidad de Sevilla, el 12 de octubre de 1936[100]

     Bienvenidos sean a esta Universidad Su Excelencia, el Gran Visir, y los dignatarios de su séquito. En Sevilla han entrado por vez primera como si hubiesen vuelto a una ciudad conocida de antiguo, entrañablemente ligada a la memoria del mejor tiempo pasado. No es otra la verdad: Andalucía cala siempre y, en esta ocasión, con la más complacida conciencia, hasta su etimológico Al-Ándalus. El rey Almotasin entró una vez en casa de un súbdito suyo y preguntó a su hijo pequeño, Al-Fath: “¿Qué casa es más hermosa, la del Príncipe de los Creyentes o la de tu padre?”. El muchacho contestó: “La casa de mi padre es más hermosa ya que el Príncipe de los Creyentes está ahora el ella”. Asimismo, la mansión más hermosa y más sonriente de Sevilla es ahora la Universidad, porque el ella están Su Excelencia, el Gran Visir, y los dignatarios de su séquito. Apoyándose en esta anécdota clásica, valga esa hipérbole arábigo-andaluza para declarar la reverencia, el respeto, la admiración con que son aquí recibidos los representantes de este Islam tan íntimamente vinculado al solar español, tan firmemente adicto a la causa española.

     Y, ahora, un saludo respetuoso, pero también muy respetuosamente cordial y entusiasta, al Excelentísimo Señor General[101], si tan admirado en todo el territorio de la nueva España, más querido aún en Sevilla, donde el corazón de cada habitante le dedica un afecto que parece ya el resultado de un trato personal.

     Señores: Nada podría honrar a la Universidad de Sevilla como el acoger y reunir en este salón de actos a las ilustres autoridades aquí presentes para celebrar, con su venia y en su honor, la Fiesta de la Raza[102] de este año de 1936. ¡Año memorable! A todos nosotros, españoles y amigos de España, esta fecha nos asocia en la unanimidad más grave que sin duda nos ha conmovido y removido dentro del ámbito hispánico. Y ya este adjetivo, este simple adjetivo “hispánico”, nos sitúa en la plena celebración de nuestra solemnidad.

     No nos basta el término “español”. Si Castilla hizo a España, España ha hecho a Hispania. No hubiera bastado instituir el 12 de Octubre una fiesta de la Patria. Era menester ampliarla y magnificarla hasta las anchuras y las alturas -reales y, sin embargo, ya fabulosas- de la Raza. Solo esta imagen casi mítica pone de manifiesto la transformación ingente que el 12 de Octubre se festeja: la transformación de lo español en lo hispánico, la afirmación de un pueblo como creador de pueblos. Porque “Raza” no significa, naturalmente, una figura etnológica. Nadie ha pensado que el cruce de tantas sangres, tras tantas invasiones de la Península Ibérica, pueda conciliarse con un concepto de raza -pura o impura- definido por la etnología. El sujeto España rompe y sobrepuja todo límite de carácter físico: es sujeto de Historia, de Cultura. Para nosotros, la raza no significa sino espíritu: la originalidad irreductible de nuestro espíritu. Y como decir “espíritu” es suponer “creación” y exigir “continuidad”, el 12 de Octubre implica, pues, la exaltación de España en los dos supremos valores: impulso creador de Historia, y de Historia que continúa viva.

     Existe una cultura española. Existe una civilización española. Existe un modo culto, civilizado, de ser hombre, que se llama ”ser español”. Todas estas afirmaciones, controvertidas antaño, ahora nos suenan a verdades de Perogrullo. En efecto, no son más que evidencias, absolutas evidencias. ¡Tanto más grato recordarlas hoy! Ante todo, quede bien asentado que lo español no constituye solo un motivo de orgullo, de amor y de canto -en suma, de pasión- para los herederos de un pasado famoso. Lo español se nos impone a nosotros y al resto del mundo como una cualidad que vale objetivamente entre las más espléndidas calidades humanas. No hay más remedio que rendirse ante la fuerza del espíritu creador que ha soplado y se ha expresado en España en castellano.

     ¡Y qué mayor culminación creadora que esta lengua castellana, a lo largo de ocho siglos de una gran literatura! Pero obsérvese que “castellano”, aplicado al idioma, ha llegado a ser insuficiente, mezquino, provincial. España no se contentó, no se ha contentado jamás, con delinearse a modo de país cerrado y pleno, dentro de sus fronteras geográficas y morales. ¿Será posible, además, que una efectiva plenitud no se desborde, no salga de su equilibrado egoísmo, no trascienda? España realiza mejor que ningún otro pueblo moderno -en la Antigüedad, Roma-, el tipo de patria que engendra otras patrias.

     A España no la rodean sus colonias. España se yergue sobre el coro de otras muchas naciones libres que ella ha formado con su sangre y su lengua, con su religión y su ley, con su alma. Este es el caso único del Imperio español. Celebrar la Fiesta de la Raza obliga a celebrar, sobre todo, sus virtudes universales: ese su extraordinario ímpetu de ensanchamiento, de aireación y ventilación en el profundo espacio, a la intemperie de un gigantesco Imperio.

     España se ha logrado a fuerza de asimilar y dominar las más reñidas confrontaciones. Hispania se ha logrado a fuerza de integrar en su espíritu creador -que es algo más fuerte y más duradero que un poder político- una muchedumbre de “hechos diferenciales”, de nobles rasgos locales. “En la monarquía de España -escribe Baltasar Gracián-, donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para conservar, así mucha para unir”.

     La Fiesta de la Raza es la fiesta de la universalidad de España. ¡Perenne universalidad! El espíritu creador no perece, no debe perecer. Para ninguno de nosotros resurgen como un recreo arqueológico o una nostalgia esas evocaciones de la tradición imperial. España no quiere rememorar sus glorias más que cara al futuro. “Quien no se considere ante todo como eterno -proclamaba Fichte en sus Discursos a la Nación Alemana- no puede sentir amor y no puede amar a su patria. ¿De dónde procedía, si no, el entusiasmo del carácter romano -cuyo pensamiento y cuyos esfuerzos han sido causa de que perduren vivos entre nosotros sus monumentos eternos-, aquel entusiasmo que le llevaba a sufrir con paciencia por la Patria todos sus trabajos? Los hechos todos lo manifiestan: de su creencia firme en la duración eterna de Roma, de su espíritu siempre despierto para prolongar su existencia a través de los siglos. Mientras duró aquella sincera fe, mientras aquellos romanos fueron capaces de mantenerla mirando a lo más profundo de su ser, aquella fe no los engañó nunca”.

     Tampoco Fichte engañaba con estas frases a su pueblo alemán. No hay vida verdadera sin fe en la propia vida. La fe nace fatalmente de las entrañas de toda vitalidad. A través de tantas vicisitudes, el espíritu español -decaído en la superficie política- no ha dejado nunca de dar fe de vida perenne. La Fiesta de la Raza viene a ser, considerada así, un acto de confianza en el porvenir español. ¡Cómo se robustece esta confianza durante los actuales días de crisis, tal vez la crisis más crítica que ha padecido España desde hace muchos años! No, no importa. Sin caos previo no hay creación. ¿A qué orden que valiese la pena se ha llegado jamás sino entre los tumbos y los desgarramientos de un desorden precursor? Todos los augurios son favorables a este renacer de la confianza.

     “¿Cómo es posible que un pueblo tan belicoso como el español -preguntó a Fernando el Católico Guicciardini, entonces embajador- haya siempre sido conquistado, del todo o en parte, por galos, romanos, cartagineses, vándalos, moros?” Y respondió el gran Rey: “La Nación es bastante apta para las armas, pero desordenada, de suerte que solo puede hacer con ella grandes cosas el que sepa mantenerla unida y en orden”. ¡Magníficas palabras, proféticas palabras, hoy más pertinentes que nunca! La Nación española va a desenlazar su drama en un Estado muy unido dentro de un orden. He aquí, por de pronto, a España en pie. Es la misma Raza de siempre: esa Raza fiel a sí misma, que enaltecemos el 12 de Octubre.

     La Fiesta de la Raza es la fiesta de la continuidad de España. Y todos concordes, con la concordia impuesta por los grandes trances, advertimos que nos une a todos una especie de instinto elemental, es decir, fundamental: el instinto de la continuidad histórica. España tiene que seguir siendo España. No hay otra salida para un pueblo en que alienta el espíritu creador. ¿Hace falta una manifestación significativa? Ahí está, en ruinas pero eterno, el Alcázar toledano. ¿Cómo no mencionar, en esta Fiesta de 1936, el acontecimiento más reciente que mejor patentiza la inextinguible fortaleza de una raza inextinguible? Ese heroísmo no podía estar realzado por un fondo más capital. Toledo es la síntesis española. Por su posición, por su atesoramiento de lo que fue allí concentrado y petrificado en señales indelebles de tantos siglos, con tales tránsitos de creencias y empresas, Toledo resulta la capital de España o, más exactamente, de la Historia de España. Por algo se ha dicho que, si un exatranjero hubiera de pasar un día en la Península, esa única jornada debería ser consagrada a Toledo[103]. En la ciudad por excelencia imperial, “en la sublime cumbre del monte”, cantada por su poeta Garcilaso, en “aquella ilustre y clara pesadumbre”, los muy gloriosos y ya fabulosos defensores del Alcázar de Toledo han celebrado la óptima Fiesta de la Raza. Defender la cumbre de nuestra cumbre equivalía a defender y mantener la perennidad de España como espíritu creador. ¡Toledo, baluarte de universalidad hispánica! Allí se afrontaron o se sucedieron las civilizaciones que se han fundido en el crisol de España.

     ¡Qué mirada de secular amistad dirige Toledo al Norte de África, a la fiel colaboración del Islam! Pues bien, con los defensores y ganadores de Toledo se sienten unidos en la más honda, más grave, más decisiva unanimidad todos los defensores y ganadores de la España que no quiere perecer. La Fiesta de la Raza se resume en una sola voz. Señores, ¡Viva España!


B)      Resumen del susodicho discurso en la prensa sevillana del día siguiente [104]

     Excelentísimos Señores: En nombre de la Facultad de Filosofía y Letras de esta Universidad de Sevilla, cumplo con el honor de sumarme a este acto conmemorativo del Día de la Raza. Una fecha que hoy adquiere un sentido más profundo y vibrante. España, en su historia, ha tenido siempre una misión de universalidad, y esa misión es la que hoy se está defendiendo en las trincheras. Nuestra lengua, la lengua de Castilla, es el vínculo que une a este Imperio espiritual que hoy se reafirma. Como universitarios, nuestra labor es mantener encendida la antorcha de la cultura que es, en esencia, la cultura de la Hispanidad. Una cultura que no se rinde y que, bajo el mando de las jerarquías del Movimiento, sabrá encontrar de nuevo su lugar en el mundo. ¡Viva España!  


C)     Declaración de Jorge Guillén a propósito del Día de la Raza de 1936, recogida por la prensa sevillana[105]

     España es una unidad de destino. En la hora presente el destino de España se decide por las armas. Yo, que no soy un hombre de armas, pero que me siento entrañablemente unido a la suerte de mi patria, quiero hoy, 12 de octubre, día del descubrimiento de América, expresar mi adhesión al Movimiento Nacional. Mi fe en España me obliga a esperar que de esta lucha surja la Patria entera, libre y grande que todos deseamos.

Memorial a Jorge Guillén (Parque del Poniente de Valladolid)


D)     Informe del rector de la Universidad de Sevilla[106] sobre el catedrático Jorge Guillén, a la Comisión competente para instruir su expediente de depuración.

     Simpatizante con las izquierdas, sin manifiestas actuaciones políticas. En la actualidad, adherido al Movimiento Salvador, prestando servicios como Guardia cívico. De buena conducta moral y fiel cumplidor de las obligaciones de su cargo.


E)      Orden de la Presidencia de la Junta Técnica del Estado, decisoria del expediente depurador de Jorge Guillén[107]

     Excmo. Sr: Visto el expediente instruido a D. Pedro Jorge Guillén Álvarez, Catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla, de conformidad con la propuesta de la Comisión de Cultura y Enseñanza, y con arreglo a lo dispuesto en el Decreto de 8 de noviembre de 1936 y Órdenes de 10 del mismo mes y año y 17 de febrero pasado para su aplicación, he resuelto:

     Inhabilitar para el desempeño de cargos directivos y de confianza en Instituciones Culturales y de Enseñanza a D. Pedro Jorge Guillén Álvarez.

     Dios guarde a V.E. muchos años. Burgos, 13 de diciembre de 1937. II Año Triunfal.

     Francisco G. Jordana.

     Sr. Presidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza.


F)      Carta de Jorge Guillén a Pedro Salinas, sobre la salida de España de su esposa Germaine[108]

     Mi querido Pedro:

     Recibo tu carta del 22 de junio, que me ha conmovido. ¡Cuán lejos estamos y qué difícil se hace todo! Mi situación es la misma: aquí, solo. Germaine y los niños están en Francia, como sabes. Germaine salió por Gibraltar el 13 de marzo. No hace falta que diga lo que fue aquel día y lo que han sido estos meses.

     Yo sigo en mi puesto de la Universidad, esperando el momento de poder reunirme con ellos. Pero ese momento no llega, y la espera se hace interminable. Trabajo algo, pero con poca alma. La vida es aquí de una monotonía terrible, bajo un sol de fuego, y con el pensamiento siempre puesto en el otro lado de la frontera.

     ¿Cuándo nos veremos? ¿Cuándo terminará esta pesadilla? Escríbeme siempre que puedas a esta dirección de Sevilla. Tus noticias son para mí el único lazo con el mundo que de verdad me importa.

     Un abrazo muy fuerte de tu viejo amigo,

     Jorge


G)     El tema de su salida de España, narrado por el propio Jorge Guillén[109]

… Yo volví a Sevilla. Los hijos se quedaron en Francia. En Sevilla estuvimos con muy buenos amigos, que se portaron muy bien conmigo. Ni uno solo hubo que fuera más político que amigo. Ni uno. Y entonces, en 1938, me decidí a pedir los documentos necesarios para irme de España. En Sevilla me los dieron. Pero me faltaba uno: el pase de frontera. Un documento clave que había entonces. Como no me lo daban, fui a ver a Pedro Sáinz Rodríguez, que había sido siempre un buen amigo (era entonces Ministro de Educación, luego estuvo enseguida en contra de Franco), y le pedí el documento en cuestión. Fue a un Consejo de Ministros, se lo sacó a Martínez Anido[110] y me lo trajo. Había allí un señor cuando me lo dieron -estábamos en Vitoria-, que me dijo, un tanto cínico: “Qué contento debe estar uno con un documento de estos”. Yo no me atreví a contestar, porque había otro señor cerca. Por si acaso…[111]

     No me acuerdo muy bien si fue el 8 o el 9 de julio de 1938 cuando atravesé el puente sobre el Bidasoa. Yo no quería mirar atrás por si acaso me llamaban: “¡Que falta una firma…!”



[1] Pedro Jorge Guillén Álvarez, profesor y poeta (1893-1984).

[2] La oportuna oposición se desarrolló en Madrid en el citado año y en ella obtuvo Guillén el número uno, eligiendo la plaza de Murcia, y Ángel Valbuena Prat (1900-1977) sacó el número dos, siendo destinado a la de La Laguna. Véase: Jorge Guillén, Cienfuegos y otros inéditos (1925-1939). Edición y estudio a cargo de Guillermo Carnero, Cátedra Jorge Guillén, Valladolid, 2005.

[3] Es inevitable recordar que la famosa celebración del tercer centenario de la muerte de Luis de Góngora, considerada como la partida de nacimiento de la Generación literaria de 1927, tuvo lugar en el Ateneo de Sevilla en diciembre de dicho año, participando en ella, entre otros poetas, Pedro Salinas y Jorge Guillén.

[4] Pedro Salinas Serrano (1891-1951) fue catedrático numerario de Sevilla desde 1918 hasta 1929, con el paréntesis 1922-1923, como lector de español en la Universidad inglesa de Cambridge.

[5] Guillén tomó posesión como catedrático en Murcia el 1 de febrero de 1926.

[6] Real Decreto de 28 de enero de 1929, cuya eficacia fue aplazada por Real Orden de 21 de septiembre del mismo año. La Universidad de Murcia había sido creada en 1915 y su supresión fue decidida, sobre todo, por el escaso número de alumnos matriculados. Véase: Julián Gómez de Maya, La Universidad no puede morir. Conatos de supresión de la Academia murciana, Cuadernos de Investigación Histórica, núm. 32 (2015), pp. 345-362 (accesible por Internet en la web, www.fuesp.com).

[7] Al amparo del Decreto de reforma y autonomía universitaria, de 21 de mayo de 1931.

[8] Aprobada la susodicha permuta de cátedras por Real Orden, Guillén se posesionó de la de Sevilla el 7 de octubre de 1930.

[9] Para un mayor detalle biográfico, remito a las siguientes obras: Joaquín Caro Romero, Jorge Guillén, Epesa, Madrid, 1974; Antonio Piedra, Jorge Guillén, Junta de Castilla y León, Valladolid, 1986; Vicente Llorca, Jorge Guillén: Biografía y obra poética, Hiperión, Madrid, 1995; Guillermo Carnero, Introducción biográfica a la obra citada supra en la nota 2.

[10] Véase más adelante, Apéndice, documento C.

[11] Véase: Joaquín Caro, Jorge Guillén, cit. en la nota 9, p. 20. Se trataba de Juan Ruiz Peña, que asistía en 1932 al aula de Literatura de la antigua Universidad, cuyos alumnos no superaban la docena

[12] Juicio transmitido oralmente y recogido por Miguel Cruz Giráldez, Jorge Guillén y Sevilla (Nuevas notas), Archivo Hispalense, tomo LXVII, núm. 209, año 1985, pp. 83-113 -en concreto, p. 89-.

[13] Véase: Miguel Cruz Giráldez, Jorge Guillén y Sevilla, citado en la nota 12, p. 105. La anécdota le fue referida por don José Manuel Laffón, que la sabía por su padre, Rafael Laffón. Rafael Laffón Zambrano (1895-1978) fue un reconocido poeta y crítico literario sevillano, vinculado con la Generación de 1927.

[14] Conocida es la animadversión de Juan Ramón Jiménez hacia el Guillén poeta, a partir de la ruptura del vate de Moguer en 1933 con la Generación del 27. Algunas censuras de Juan Ramón al poeta Guillén: el vate oficial de la nada; el catedrático; un imitador frío y académico; perfección de aire acondicionado; sacristán mayor de la iglesia de los curas de Góngora… Véase, principalmente, Juan Ramón Jiménez, Españoles de tres mundos, edit. Losada, Buenos Aires, 1942, caricatura número 35.

[15] Su primera edición, con 75 poemas, había aparecido en la editorial de la Revista de Occidente, en Madrid, año 1928.

[16] La segunda edición de Cántico apareció en enero de 1936, con un total de 125 poemas, editada en Madrid por Cruz y Raya.

[17] Revista literaria mensual fundada y dirigida por Manuel Azaña y su cuñado, Cipriano Rivas Cherif, que se publicó entre 1920 y 1923.

[18] Trato de esta cuestión más adelante, en este mismo capítulo del presente ensayo.

[19] Simpatizante con las izquierdas sin manifiestas actuaciones políticas. Véase infra, Apéndice, apartado C.

[20] Véase: Jorge Guillén, Más allá del soliloquio, revista Poesía, nº 17, Ministerio de Cultura, Madrid, primavera de 1983, pp. 5-44; la cita literal se halla en la p. 13.

[21] A título orientativo, puede incluirse en ella a Luis Cernuda -también de la Generación de 1927-, Rafael Porlán, Joaquín Romero Murube, Eduardo Llosent, Alejandro Collantes y Manuel Díez Crespo.

[22] Esta revista se publicó entre 1926 y 1929 (14 números), en 1933 (2 números) y 1939 (3 números).

[23] Por ejemplo, en lo tocante a afiliarse a la Guardia Cívica o a dar alguna conferencia sobre temas literarios en ámbitos más o menos vinculados a Falange Española - como más adelante desarrollaré-.

[24] Puede destacarse, por su aprecio por Guillén y su afortunada vinculación con la Falange, a Manuel Díez Crespo y Eduardo Llosent Marañón, que promovieron incluso un homenaje en su honor en diciembre de 1937. Véase: Ramón Freire Gálvez, El ecijano Manuel Déz Crespo (1910-1993), afamado poeta y periodista en la España del siglo XX, en www.ecija7dias.eu, diciembre 2017. Llosent Marañón era marido de la destacada miembro de la Sección Femenina, Mercedes Formica, a la que se aludirá infra.

[25] La verdad parece ser que no son muchos los datos de esta época recogidos por las biografías de Jorge Guillén. Yo me he servido principalmente del artículo de Miguel Cruz Giráldez citado en la nota 12, en sus pp. 97-102.

[26] Supongo que la señora Cahen impartiría esencialmente clases de francés. Sobre el citado Instituto Escuela véase: Carlos Algora Alba, El Instituto-Escuela de Sevilla (1932-36). Una proyección de la Institución Libre de Enseñanza, Servicio de Publicaciones de la Diputación Provincial, Sevilla, 1996.

[27] La calle era conocida entonces, simplemente, por un número: el 16. El chalé era conocido como Villa Guadalupe, habiendo sido alquilado por Guillén a la familia Romero Martínez.

[28]  Se le suele citar como tal junto al economista e historiador Ramón Carande, quien defendía firmemente la extensión universitaria como vía para revitalizar la sociedad. La labor de Guillén se mantuvo siempre en un plano intelectual -ciclos de conferencias, lecturas poéticas públicas y seminarios abiertos-, pero que rompía con el elitismo académico tradicional de las universidades, como la de Sevilla hasta el advenimiento de la II República.

[29] Las principales características de esta Universidad, que funcionó en Sevilla entre 1933 y 1936, fueron: La divulgación de la cultura, al estar dirigida especialmente a las clases obreras, sectores populares y personas del ámbito rural que, por barreras económicas, no tenían acceso a la educación superior formal; la gratuidad de la enseñanza, tanto en la matrícula como en el acceso a todas sus actividades formativas e instructivas; la autonomía, basada en democrática organización,  con una estructura de gobierno mixta en la que participaban tanto el profesorado seleccionado como los propios estudiantes

[30] La ciudad de Valladolid fue bombardeada por la aviación republicana en los días 1, 3 y 5 de agosto, con resultado total de 84 muertos y 356 heridos (cifras aproximadas).

[31] Me atrevo a insistir en esta limitación del objetivo pues algunos han dicho, erradamente, que el poeta pretendía huir de España, lo que dicen que no pudo conseguir por la acción de las autoridades nacionales.

[32] La conquista de Irún por las tropas nacionales, mandadas sobre el terreno por el coronel Alfonso Beorlegui Canet (1888-1936), se produjo el 5 de septiembre de 1936, tras un asedio de diez días.

[33] Valga una auto cita: He tratado con bastante detenimiento de la cuestión en mi relato Con un poeta ejecutado ya ha habido bastante, publicado en este mismo blog bajo la etiqueta de “cuentos literarios”, con fecha 25 de marzo de 2017.

[34] Volveré con más detalle sobre la probable relación Mola-Guillén en el capítulo siguiente de este ensayo.

[35] Lo refiere el propio Jorge Guillén en el artículo citado antes en la nota 20, p. 13.

[36] Así lo recoge textualmente Miguel Cruz Giráldez, Jorge Guillén y Sevilla, ya citado en nota 13, p. 102.

[37] Expresión empleada por Guillermo Carnero en la obra citada en la nota 2 para referirse a lo que fue la Sevilla en guerra para Guillén, si bien este no consta que la emplease, al menos, por escrito.

[38] Gonzalo Queipo de Llano y Sierra (1875-1951), natural de Tordesillas (Valladolid). El artículo anónimo a él dedicado por la Wikipedia puede ser suficiente para tener una buena base acerca de este complejo personaje y de su actuación en Sevilla durante la guerra civil.

[39] Los puestos de mayor poder hasta entonces ocupados por Queipo habían tenido que ver con el Cuerpo de Carabineros (Director General, primero, e Inspector General, después), con sede en Madrid.

[40] Se ha apuntado esa posibilidad en relación con el arduo y exitoso esfuerzo realizado por don Julio Guillén para sacar de la cárcel de Pamplona a su hijo a y su nuera, con la evidente pretensión de que tales parientes de Queipo recomendasen a este el asunto. Entiendo que no hay base para sostener tal hipótesis y que, en cualquier caso, Queipo de Llano nada tuvo que ver con que Guillén y su esposa saliesen indemnes del inminente peligro mortal que los acechaba.

[41] Me inclino a que lo hiciera en el mes de septiembre, al menos, por dos razones: 1ª. La ya aludida ansia del poeta por expurgar su domicilio de documentos y objetos comprometedores. 2ª. El que el rector le encomendara la lección de apertura de curso (Día de la Raza), con tiempo mínimamente suficiente para cumplir encargo tan relevante con la oportuna preparación.

[42] Obligado es recordar aquí el uso por Queipo de Unión Radio Sevilla para emitir sus charlas y soflamas, que la historia y la leyenda han convertido en mundialmente famosas.

[43] Su vida se extendió de 1898 a 1947.

[44] Su versión documental canónica apareció en las páginas del diario ABC de Sevilla, el 20 de julio siguiente.

[45] En estos momentos (2026), la fuente más detallada y precisa es la publicación Todos los nombres. Víctimas de la represión militar en la provincia de Sevilla (www.todoslosnombres.org), que expone los datos de Sevilla capital en las pp. 391-449, con una interesante introducción.

[46] De todas formas, se cita como decisivo el maltrato hacia un vicecónsul de Portugal, que resultó que estaba a favor de los sublevados. Y, de cualquier modo, las causas del cese -como es habitual- no se recogieron en el texto del mismo.

[47] Entre los colaboradores, se citan especialmente a José Cuesta Monereo y Francisco Bohórquez. El siguiente Comisario de Orden Público, que también nombró Queipo, fue el Comandante de la Guardia Civil, Santiago Garrigós Bernabéu.

[48] Con todo, algunos insisten en una detención de Guillén por orden de Díaz Criado en octubre de 1936 que, al ser de corta duración, el poeta habría agradecido a la salida, refiriéndose a la clemencia que para con él había tenido. De ser así, es obvio que Guillén usaba del halago para tratar de aplacar a aquel verdugo inmisericorde.

[49] Sería necesaria una lectura crítica del epistolario de Guillén que yo, ciertamente, no he realizado para confeccionar este modesto ensayo.

[50] Se trataba de Lorenzo Blanco, propietario de la Librería Internacional, sita en la sevillana calle Villegas. Dicha librería, fundada en 1924, se cerró, como más tarde, en 1984.

[51] De labios de José Blanco, hijo y librero sucesor de Lorenzo Blanco, que a su vez lo relató a Miguel Cruz Giráldez, quien lo narra en su artículo Jorge Guillén y Sevilla, citado en la nota 13, p. 102.

[52] Para los temas de este ensayo y otros más o menos conexos, tengo especial predilección por las obras del secretario de Mola, José María Iribarren: Con el general Mola. Escenas y aspectos inéditos de la guerra civil, Librería General, Zaragoza, 1937, y Mola, Datos para una biografía y para la historia del Alzamiento Nacional, Librería General, Zaragoza, 1938. Sobre estos libros y los inéditos de Iribarren sobre el tema Mola, véase: Vicente Cacho Viu, Los escritos de José María Iribarren, secretario de Mola en 1936, Cuadernos de Historia Moderna y Contemporánea, vol. 5, Edit. Univ. Compl., Madrid, 1984, págs. 241-250 (puede leerse y descargarse por Internet).

[53] No está claro si Navarro seguía en Pamplona o, acabadas sus vacaciones, había emprendido ya viaje en tren hasta Sevilla. En cualquier caso, le llegó el mensaje de Guillén y actuó con celeridad en consecuencia.

[54] Muchos pudieron ser los tocados por don Julio Guillén en pro de su hijo. Entre ellos, pudieron figurar algunos parientes del Queipo de Llano residentes en Valladolid, o el navarro, Hilario Etayo Eparza, del que luego se trata en el texto. En cambio, en modo alguno pudo abordar al arzobispo de Valladolid, Remigio Gandásegui y Gorrochategui -como algunos sostienen- pues se hallaba a la sazón preso de los republicanos en San Sebastián, con grave peligro para su vida, que finalmente salvó gracias a la intermediación de autoridades del Partido Nacionalista Vasco.

[55] Mola permaneció en Valladolid entre el 20 de agosto y el 30 de octubre de 1936, en que trasladó su cuartel general a Ávila.

[56] Don Julio Guillén era un conocido empresario de Valladolid, con larga carrera política a nivel local, senador con la monarquía y, últimamente, representante del Partido Radical de Alejandro Lerroux en la provincia. Esto último no era, precisamente, una buena carta de presentación para ante los sublevados, como lo comprobaría meses después el interesado, al ser molestado y detenido brevemente por falangistas y otros adláteres. 

[57] Etayo había profesado ideas nacionalistas, promoviendo infructuosamente la unión política del País Vasco y de Navarra en un mismo Estatuto. Véase, con acceso libre en culturanavarra.es, Víctor Manuel Arbeloa, Notas sobre el PNV y el Estatuto Vasco-Navarro (1931-1933), entrega II, Príncipe de Viana, año 62, núm. 222, Pamplona, 2001, pp. 199-211, espec. p. 201.

[58] En particular, F.E., p. 5. Se ha dicho que también lo transcribió completo el ABC, edición sevillana.

[59] Primero lo recogió en el libro, Jorge Guillén. Cienfuegos y otros inéditos (1925-1939). Edición, estudio Preliminar y notas De Guillermo Carnero, Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 2005; luego, en Guillermo Carnero, Palabras a su vuelo (de Jorge Guillén a Pablo García Baena), Universidad de Valladolid, 2020, pp. 50-53, de donde yo lo he recogido.

[60] Gran visir era un título homologable con el de primer ministro en un país europeo. El Jalifa era el máximo representante del Sultán de Marruecos en el Protectorado español, lo que le convertía en una especie de regente del territorio.

[61] He tratado detalladamente de este tema en mi ensayo “Con babuchas de oro”. Los mercenarios de Franco, en este mismo blog, entrada de 16 de marzo de 2020.

[62] Me consta que así fue en el caso del catedrático de Derecho Político, D. Teodoro González García, en su discurso inaugural del curso académico 1939-1940 en la Universidad de Oviedo. Véase: Leopoldo Tolivar Alas, D. Teodoro González García, treinta años de pavor y cuatro testimonios de privilegio, en el libro colectivo “Pasión por Asturias”, Universidad de Oviedo, 2013, pp. 955-973, espec. pp. 963-975. Me honro de haber sido alumno de Don Teodoro.

[63] Volveré sobre ello más adelante, al tratar del expediente de depuración administrativa de Jorge Guillén. Me parece ilustrativo el siguiente artículo periodístico: Javier Ramajo, Mota, el sevillano “ilustre” enterrado con honores un mes antes que Queipo y partícipe de la depuración universitaria, www.eldiario.es/sevilla, 1 de noviembre de 2023. Es llamativo que Mota (1867-1951) mantuviese el rectorado de forma vitalicia, hasta fallecer catorce años después de la edad de jubilación.

[64] Así se manifiesta, con severidad irreflexiva a mi parecer: J.A. Fortes, Papeles peligrosos, El fingidor, revista de cultura, núms. 33-34 (julio-diciembre de 2007), Universidad de Granada, pp. 31-32 (accesible por internet: editorial.ugr.es).

[65] Aludo, tal vez extemporáneamente, a la polémica de la cuestión de España, que sostendrían como paladines, Américo Castro (La realidad histórica de España, 1954) y Claudio Sánchez Albornoz (España: un enigma histórico, 1957), a propósito, entre otras cosas, del valor de lo cristiano, lo musulmán y lo judío en la conformación del ser español.

[66] Ello será el objeto del último capítulo del presente ensayo.

[67] De todo ello trataré con cierto detenimiento en el capítulo siguiente de este ensayo.

[68] Véase: José María Barrera López, Poesía nacionalista en Sevilla (1936-1939), Philologia Hispalense, núm. 5, Sevilla, 1990, pp. 9-20, espec. pp. 14-15 (accesible por Internet en la web idus.us.es.

[69] Véase: Jan Lechner, El compromiso en la poesía española del siglo XX (Parte I. De la generación de 1898 a 1939), Universidad Pers Leiden, 1968, pp. 213 y 236.

[70] Indirectamente, esta carta pone de manifiesto que la esposa de Guillén estaba fuera de Sevilla el 12 de octubre de 1936 y en días ulteriores, seguramente, en casa de sus suegros en Valladolid.

[71] Paul Claudel (1868-1955), diplomático, dramaturgo y poeta francés, autor de La persécution religieuse en Espagne, Plon, Paris, 1937.

[72] Insisto en la corrección de esta fecha pues autores bastante acreditados equivocan el día y el mes -por entender que la conferencia tuvo que ver con la celebración del día de Santa Teresa, 15 de octubre-, bien el año, creyendo que fue 1938, algo disparatado pues, para el 15 de octubre de 1938, Guillén llevaba ya tres meses en el exilio francés. La data que sostengo tiene, entre otros, el apoyo de la referencia periodística del evento en el diario ABC de Sevilla, ejemplar del 21 de enero de 1937.

[73] Mercedes Formica-Corsi Hezode (1913-2002), notable feminista, escritora y jurista española, que bien pronto imprimiría a su carrera política nuevos caminos, aunque nunca alejados del todo de su primitiva matriz joseantoniana.

[74] Así lo manifestó en el primer volumen de sus Memorias, Visto y vivido (1931-1937). Pequeña historia de ayer, Planeta, Barcelona, 1982, en que recordaba de Guillén, entre otras cosas, sus magníficas clases de Literatura española, que la autora siguió hacia 1932, marchando seguidamente a Madrid, donde iniciaría estudios de Derecho, que interrumpiría la guerra civil.

[75] Véase J.A. Fortes, Papeles peligrosos, cit., p. 32. Curiosamente, fue el propio Guillén quien aludió a esas conferencias en el pliego de descargos de su expediente depurador. Véase, J. Guillén, «Pliego de descargos remitido a la Comisión Depuradora del Profesorado Universitario, Sevilla, 3 de agosto de 1937», en Cienfuegos y otros inéditos, cit., pp. 53-55.

[76] Véase antes, la nota 71. El fragmento traducido por Guillén constituye el poema que sirve de prólogo al libro La persécution religieuse en Espagne, siendo dicha versión al castellano la primera y quizá la mejor de dicho texto. Por cierto, el libro, en su conjunto, tuvo su primera traducción íntegra al español en Argentina (Editorial Difusión, Buenos Aires, 1937), datando de 1939 o 1940 la de edit. Casulleras de Barcelona, primera española en nuestro país. Se hace la advertencia de que la crítica moderna entiende que, salvo el prólogo de Claudel, el resto del libro fue escrito por Joan Estelrich. En Internet puede consultarse la traducción guilleniana, así como otras varias que se han hecho posteriormente.

[77] Véase: Stanley G. Payne, 40 preguntas fundamentales sobre la Guerra Civil, Madrid, 2006, pp. 141-150. Las cifras irrebatibles de Antonio Montero Moreno, mínimamente rectificadas por Ángel David Martín Rubio, son de 6.788 muertos, aproximadamente el 10% de todos los clérigos de España, incluidos los de la zona nacional. Los casos probados de clérigos asesinados por los nacionales alcanzan una veintena.

[78] De hecho, Queipo de Llano pasa por ser pionero en la creación de las que llamó Fuerzas Cívicas al Servicio de España, creadas por un bando suyo de 24 de julio de 1936. Véase: Julio Prada Rodríguez, Las milicias de segunda línea en la retaguardia franquista, Cuadernos de Historia Contemporánea, vol. 33 (2011), Universidad Complutense de Madrid, pp. 255-273, además de las obras generales de Francisco Espinosa Maestre, tales como El golpe militar de julio de 1936 en Sevilla y La justicia de Queipo.

[79] En este punto tenemos un dato sustancial: Por precipitado que parezca, Guillén ya estaba incorporado a la Guardia Cívica el 28 de septiembre de 1936, momento en que el Rector eleva al Gobernador Civil un informe del profesor en que ya alega en su favor el que está prestando servicio como guardia cívico.

[80] La consulta de los documentos obrantes en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares permitió a Guillermo Carnero conocer el expediente instruido por la Comisión A de Zaragoza, trasladando parte de él a la citada obra, Jorge Guillén. Cienfuegos y otros inéditos (1925-1939). Por su parte, lo instruido por el rectorado de la Universidad de Sevilla ha sido publicado en Internet por dicha universidad: expobus.us.es, que remite y enlaza con archive org. (expediente personal de Pedro Jorge Guillén Álvarez) y en ahus.us.es, donde se encuentra la “Relación de personal docente dependiente del rectorado de la Universidad de Sevilla, propuesta a la Comisión de Cultura y Enseñanza para que sean sancionados”.

[81] Véase, en ahus.us.es, la Relación de personal docente dependiente del Rectorado de la Universidad de Sevilla, propuesto a la Comisión de Cultura y Enseñanza para que sean sancionados, p.27. Esta relación fue enviada al Gobierno civil por el rector con fecha 28 de septiembre de 1936.

[82] José María Pemán y Pemartín (1897-1981), además de poeta oficial del bando nacional (Poema de la Bestia y el Ángel, publicado en 1938), desempeñó cargos políticos menores, entre ellos, el de Presidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza de la Junta Técnica del Estado entre octubre de 1936 y enero de 1938.

[83] Recogida en el BOE del 10 de diciembre de 1936.

[84] Hay autores (como Guillermo Carnero, en su ya citado Jorge Guillén. Cienfuegos y otros inéditos), que juzgan la afirmación de adhesión al Movimiento como apócrifa, debiendo entenderse que se autoafirmó solo como apolítico pero, a mi entender, no ofrecen pruebas o explicación suficiente de sus dudas sobre la autenticidad del texto. Con todo, no puedo menos de remitirme a dicho autor como quien más detenidamente ha tratado del tema del expediente depurador de Guillén, con un detalle que yo no puedo permitirme en este ensayo: véase, Guillermo Carnero, Palabras en su vuelo (de Jorge Guillén a Pablo García Baena), Universidad de Valladolid, 2020, pp. 25-64, espec. pp. 36-40, 43-49 y 54-58 (accesible por Internet, lo que es muy de agradecer).

[85] Algunos sostienen que la depuración de Guillén implicaba, además, el dejarlo bajo una estrecha vigilancia que haría insostenible su permanencia en España. Es algo a tener en cuenta, pero, desde luego, se trataría de una medida tomada policialmente y de modo temporal, no por efecto de la decisión administrativa de depuración.

[86] Es la fecha que recuerda el propio Guillén en carta a su gran amigo, Pedro Salinas. La correspondencia entre ambos poetas ha sido objeto de varias ediciones, por ejemplo: Pedro Salinas/Jorge Guillén, Correspondencia (1923-1951), Tusquets, Barcelona, 1992.

[87] Miguel Cruz Giráldez, Jorge Guillén y Sevilla, cit., p.102, indica que, para conseguir ese objetivo, Guillén contó con el apoyo técnico de Juan Sierra, funcionario de la Delegación de Hacienda de Sevilla. No sería cosa fácil pues, por razones de seguridad ante la guerra, no estaba permitido sacar numerario de España.

[88] No creo que Guillén ignorase que estaba siendo sujeto pasivo de expediente de depuración pues ello era casi obligado para todo el profesorado del Estado y en todos los niveles y grados de enseñanza.

[89] Véanse ff. 48-50 del expediente personal de Jorge Guillén en el archivo de la Universidad de Sevilla, ya citado y accesible por Internet.

[90] Por el rectorado hispalense, en octubre de 1939, con su consiguiente cese como profesor de esa Universidad. Véanse ff. 52 y 62 del expediente personal aludido en la nota anterior.

[91] Así figura en el escalafón aprobado en 1947, con el número 121.

[92] Jorge Guillén, Más allá del soliloquio, cit., p. 13. Las otras citas de Guillén en este párrafo del texto y en el siguiente corresponde a la misma obra y página.

[93] En ese año, Guillén ganó las oposiciones a cátedras universitarias de Lengua y Literatura Españolas, siendo Sáinz Rodríguez vocal-secretario del tribunal que las juzgó, aprobando a don Jorge con el número uno.

[94] En Sevilla estuvimos con muy buenos amigos, que se portaron muy bien conmigo. Naturalmente, otros habría menos amistosos, pero Guillén tenía, en general, una opinión favorable, como vemos.

[95] Véase: fernandoortizreflexiones.blogspot.com, entrada de 10 de enero de 2014, titulada Díez Crespo, siempre ya en el Sur.

[96] El primer volumen de los tres que finalmente compondrían Clamor. Tiempo de historia, se publicó con el nombre de Meremágnum en 1957 (editorial Sudamericana, Buenos Aires).

[97] Véase: Hora de España, VIII, agosto 1937, pp. 73-75, accesible en Internet (por ejemplo, en vivaldi.gva.es).

[98] La sensibilidad de Ramón Gaya queda de manifiesto, si se piensa que Pedro Muñoz Seca llevaba diez meses fallecido, al ser asesinado tras una saca carcelaria, en Paracuellos del Jarama, el 28 de noviembre de 1936. 

[99] Véase, Hora de España, X, octubre 1937, pp. 29-35, accesible por Internet (por ejemplo, en hemerotecadigital.bne.es.

[100] Texto íntegro recogido en: Guillermo Carnero, Palabras en su vuelo (de Jorge Guillén a Pablo García Baena), Universidad de Valladolid, 2020, pp. 25-89 (el discurso en pp. 50-53). Me he permitido introducir varios puntos y aparte para hacer su lectura menos agobiante.

[101] Doy por supuesto que se trata de Queipo de Llano.

[102] Con el nombre de Fiesta (o Día) de la Raza, se instituyó como Fiesta Nacional el 12 de octubre de cada año, por Real Decreto de 8 de mayo de 1918, manteniéndose tal denominación hasta el Decreto de 10 de enero de 1958, que lo cambió por el de Día de la Hispanidad, confirmado en Real Decreto 3217/1981, de 27 de noviembre. Finalmente, la Ley 18/1987, de 7 de octubre, la ha denominado, sin más, Fiesta Nacional de España, cosa que ya era desde el citado Real Decreto de 1918.

[103] Se alude al escritor francés Maurice Barrès (1862-1923), en su obra de 1912, Greco ou le secret de Tolède.

[104] Pueden tomarse como modelo los diarios ABC (edición se Sevilla) y F.E., periódico de Falange Española.

[105] Periódico F.E. (“Falange Española”) del 12 de octubre de 1936, p. 8 (contraportada). Las palabras de Guillén figuraban entre las declaraciones de otros escritores, con el mismo motivo. Nótense las concomitancias de las palabras guillenianas con la definición de patria de José Antonio Primo de Rivera (unidad de destino en lo universal) y con el lema España, una, grande y libre, que se haría proverbial en el régimen franquista y desencadenante de los llamados “gritos de ritual” en los actos públicos de su primera época.

[106] Se trataba de Don José Mariano Mota Salado (1873-1951), titular de la cátedra de Química General. Su informe acerca de Jorge Guillén, en Relación de personas dependientes del rectorado de la Universidad de Sevilla, propuestas a la Comisión de Cultura y Enseñanza para que sean sancionados, p. 27, obrante en el Archivo Histórico de la Universidad de Sevilla (ahus.us.es).

[107] Boletín Oficial del Estado número 422, de 16 de diciembre de 1937, pp. 4885-4886.

[108] En Pedro Salinas / Jorge Guillén. Epistolario. Correspondencia con León Sánchez Cuesta, 1925-1974, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, núm. 12, Madrid, 2017.

[109] En Jorge Guillén, Más allá del soliloquio, Poesía, núm. 17 (1983), Ministerio de Cultura, Madrid, pp. 5-44 (lo reproducido en el texto, en las pp. 12-13). El relato recogido por mí se inicia en el momento en que el poeta y su esposa son liberados en Pamplona a comienzos de septiembre de 1936.

[110] Severiano Martínez Anido (1862-1938), a la sazón ministro de Orden Público en el Gobierno franquista.

[111] Los puntos suspensivos se incluyen en la narración de Guillén.