El misterio de la cafetera desubicada o Agatha Christie en Canarias
Por Federico Bello Landrove
Durante su breve y famoso viaje a Canarias en 1927, Agatha Christie conoce a un médico forense, con el que entablará una buena relación debida a su común dedicación al mundo criminal. La novelista pedirá al forense que le escriba acerca del caso más enrevesado que haya tenido en su todavía corta vida profesional. Ese caso será el llamado Misterio de la cafetera desubicada, que conforma la mayor parte de este extenso y verosímil relato.
Agatha Christie en el Hotel Taoro (ilustración con I.A.)
Una paciente muy especial
Una mañana del mes de febrero de 1927, el doctor Ramos Recondo, médico forense del juzgado de primera instancia e instrucción de La Orotava, recibió en su propio despacho oficial una llamada telefónica bastante sorprendente, no por el comunicante, sino por su contenido:
Aló, doctor Ramos. Aquí su colega John Lucas, desde La Palmas. ¿Puede concederme unos minutos?
Por supuesto. No creo que el caballero al que tengo que autopsiar esta mañana proteste por el retraso. ¿Qué se le ofrece?
Verá, tengo aquí a una paciente compatriota mía que tiene ya los billetes sacados para mañana en el correíllo[1] de Tenerife, pero se le ha producido una úlcera de laringe y no se atreve a viajar, si no tiene la garantía de ser atendida en esa isla por un médico de toda garantía. Naturalmente, yo he pensado en usted. ¿Podría encargarse de ella? Salvo su mejor criterio, ya lleva prescrito el oportuno tratamiento: nada especial, pues la dolencia es bastante ligera. Si le pasa visita, ella misma le hará llegar mi informe del caso.
Sin problema. Que cuando se haya instalado me avise telefónicamente y le daré cita inmediata para la consulta. ¿Cómo se llama la enferma?
Mistress Christie[2]... Me dice que piensa alojarse en el hotel Taoro de Puerto de la Cruz[3].
Conforme. No está lejos de La Orotava, como usted sabe[4]. Procuraré visitarla en su alojamiento.
***
El doctor acompañó a su paciente hasta la puerta de la consulta, cerciorándose al propio tiempo de que, contra lo que era habitual, no había nadie en la sala de espera, como no fuese la enfermera, en realidad, su hermana mayor, la señora Meek[5], quien, al enviudar, había seguido a su hermano a Canarias, reverdeciendo los conocimientos adquiridos como auxiliar de clínica en la Gran Guerra. La hermana preguntó con evidente retintín:
¿Qué, John, ya has dejado colocada en Tenerife a tu novelista?
En efecto, contestó el doctor, sonriendo. Se hará cargo de ella un antiguo condiscípulo mío en Barts[6].
No le arriendo la ganancia al pobre, sentenció su hermana, poniendo cara de circunstancias.
Lucas volvió a su despacho, cerró la puerta tras de sí y, como en él era habitual, se entregó a sus pensamientos, bisbiseando los comentarios. No dejaba de tener razón su hermana –reconocía- al considerar a la señora Christie un tanto exagerada. También él habría opinado lo mismo, de no haber sabido antes de ella y del motivo su rocambolesca desaparición, hojeando el Daily Mirror en diciembre pasado[7]. Luego, casualmente y contra toda probabilidad, se había dado de manos a boca con ella en el hotel Metropole[8], entablando fácilmente conversación, seguramente por la necesidad que la mujer sentía de encontrar a un compatriota médico en quien depositar inquietudes y confidencias. Era curioso –reconocía John Lucas entre dientes- cómo se habían hecho amigos ocasionales en apenas unos días, convirtiéndose para ella en mentor en tierra canaria y hasta en consejero sentimental[9], animándole a tomar las cosas como venían, recuperando entre tanto las fuerzas y el equilibrio a base de reposo, paseos y reconfortantes baños de mar. Todo parecía haber ido bien durante un par de semanas, con la ayuda de la pequeña Rosalind[10] y de la impagable Carlo, institutriz, secretaria y mecanógrafa, todo en una pieza[11]. Luego –tal vez, a raíz de ciertos comentarios jocosos de huéspedes británicos que la habían reconocido-, la buena de Agatha había empezado a ponerse mustia y agitada, quejándose del excesivo movimiento y jaleo del hotel y de aquella ciudad, recordando la necesidad en que se encontraba de concluir cuanto antes la novela que tenía entre manos desde hacía una eternidad, sin que le viera el fin y, con él, el cheque de la editorial, que tan necesario le era[12]. Total, que para evitar que su amiga cogiera el primer barco de regreso a Inglaterra, le sugirió la opción de la isla de Tenerife, aún más hermosa que Gran Canaria y con pequeñas ciudades, paraíso para el reposo y la calma. Agatha consultó una guía y aceptó encantada: ¡Oh, sí, la Orotava, el Teide, los acantilados sobre el mar bravío!, exclamó. ¡Un hotel –prosiguió-, un hotel en medio de ese edén y el maldito tren azul entrará en la estación de Collins[13]!-. Lucas le había recomendado al punto el hotel Taoro en Puerto de la Cruz y había acompañado a Carlo a comprar los pasajes para el Viera y Clavijo. Pero en esto que Agatha había amanecido con una fuerte disfonía compatible con una pequeña úlcera de laringe: Nada que no pasara en unos días de relativo silencio y algún antiinflamatorio. Así se lo hizo saber Lucas a su paciente, pero esta se mostró inflexible:
De ningún modo voy a poner en juego mi salud por visitar las tierras que recorrió Humboldt[14]. Si no puede recomendarme un buen médico británico o, cuando menos, que hable inglés, me vuelvo a Harrogate[15], que también allí se puede escribir con una buena manta, tomando vahos de manzanilla.
El doctor quedó pensando unos instantes y dio con la solución:
Tengo lo que usted exige: El doctor Ramos es un médico excelente, que estuvo un bienio de fellow[16] en Saint Bartolomew’s cuando yo ejercía allí como residente. Habla inglés correctamente y, además, supongo que será para usted un mérito adicional el que en Tenerife ejerce de médico principal en la oficina del coroner[17] de La Orotava.
A Águeda se le alegró el semblante al conocer esa interesante cualidad. Al punto, aseguró a Lucas:
De acuerdo. Si ese doctor acepta tomarme como paciente, no desharemos las maletas y cogeremos el vapor como estaba previsto.
Del resto, ya hemos tenido noticia al comienzo de este relato.
Hotel Taoro de Puerto de la Cruz (postal antigua)
***
Aurelio Ramos solía decir que, para bien y para mal, era un producto de Barts. Quería decir con ello que el ambiente reinante en aquella institución en los años de la posguerra europea lo había abducido hacia la farmacología de una manera irresistible. Era la última especialidad médica en que habría reparado al entrar por el pórtico clásico y subir la aparatosa escalinata que lo conducía al solemne Gran Pasillo, como en un sueño para aquel joven graduado en la universidad de Madrid que, bajo los auspicios del doctor Marañón[18], había conseguido una beca –demasiado modesta para mantenerse en Londres- de ampliación de estudios en el muy prestigioso hospital Saint Bartholomew de la capital británica. Es posible que esa misma penuria condicionase su futuro, llevándolo a emplearse por las tardes –y algunas noches- en la famosísima Pharmacopoeia del Barts, compatibilizando su formación general en esta institución con el trabajo de laboratorio a las órdenes del doctor Hamill[19]. Aurelio lo reflejaba así en una carta enviada a sus padres desde Barts en el otoño de 1923, procurando aunar la información precisa e inteligible con el disimulo del ímprobo trabajo al que se veía obligado para cumplir con sus objetivos formativos y de manutención:
Aquí está extraordinariamente avanzada la Terapéutica farmacológica, que es el ojito derecho de Sir Thomas Horder, médico de Su Majestad[20] y, como si dijéramos, una especie de vaca sagrada de la medicina inglesa, al estilo de nuestro Ramón y Cajal. Tendríais que verlo pasar consulta diaria por las salas, cuidando personalmente al grano[21] de que se administre a cada paciente la cantidad de medicación correcta. Y tiene muchisima razón, como comprenderéis, sobre todo cuando la sustancia puede tener efectos venenosos, caso de excederse. Tengo muy cerca de mí un buen ejemplo de ello pues me han confiado con otro compañero escocés la confección de preparados a base de digitalina, es decir, los principios activos que se obtienen de las plantas llamadas digitales o, vulgo, dedaleras. Vienen usándose desde hace mucho tiempo para tratar la hidropesía, entre otras dolencias, pero el doctor Horder ha implantado con éxito su empleo para combatir diversas enfermedades del corazón, como insuficiencias y arritmias[22]; solo que un pequeño exceso en la dosis puede mandar al enfermo al otro barrio. Así que figuraos la responsabilidad que asumimos y el cuidado que hemos de tener, si no queremos acabar entre rejas. Pero perded cuidado: Hacemos varias comprobaciones y, aunque pueda parecer vanidad, vuestro hijo se comporta de tal modo, que ha recibido un encargo especial de su jefe, el doctor Hamill, consistente en analizar las diferencias de contenido entre las digitales de Inglaterra y de Escocia, pues la naturaleza del terreno y el clima influyen notablemente en la “fuerza” de unas plantas y otras.
***
Aurelio regresó de Londres completamente transformado en lo relativo a sus inclinaciones médicas. Trató de conseguir una plaza en la farmacia del Hospital General madrileño, aunque fuese en régimen de interinidad, hasta que se sacara una plaza a oposición, pero su solicitud fue rechazada con el razonable argumento de que no le habían concedido una beca y esperado durante dos años para que ahora abandonase la atención directa a los enfermos por la elaboración de fórmulas magistrales[23], que podía realizar cualquier boticario o ayudante de laboratorio. Marañón, en tono de disculpa, le hizo ver que poco tenía que ver la espléndida Pharmacopoeia del hospital londinense con la rutinaria e infradotada que podía permitirse la Beneficencia madrileña, animándole a intentar un acercamiento en la Universidad al profesor Hernando[24]. No era una mala idea, pero Aurelio empezaba a estar cansado de situaciones de interinidad y de trabajos que dependían de decisiones de terceros, por muy famosos que fuesen. Acertó a convocarse en aquellos días oposiciones para médicos forenses, con todo un verano de por medio para preparar los exámenes. Nuestro médico se recluyó en las instalaciones del Instituto de Medicina legal[25] y, tras un ímprobo esfuerzo, logró aprobar con el penúltimo número. El secretario del tribunal –que, como tal, había tenido que recibir y leer la documentación aportada por los opositores- tuvo a bien, al felicitarlo por haber aprobado, hacerle la siguiente observación:
Habiendo trabajado con Marañón y teniendo formación en Inglaterra, supongo que procurará compatibilizar su trabajo en el juzgado con alguna tarea médica de más enjundia...
Veré qué plaza me adjudican –contestó Aurelio de mala gana- y luego ya se verá.
El destino que le cupo en suerte fue el juzgado de La Orotava, lo que no le dejó mejor salida para compatibilizar la labor de médico de muertos[26] con la de vivos que abrir consulta privada por las tardes. Mas, aconteciendo que la medicina hospitalaria y asistencial estaban muy bien atendidas en la villa orotavense[27] y que la escasa clientela de pago pasaba indefectiblemente por la consulta de los médicos establecidos de antiguo en la localidad, Aurelio tuvo la ocurrencia de abrir la suya en el Puerto de la Cruz, localidad muy cercana a La Orotava, donde paraba buena parte del turismo británico de la isla. Con su dominio del inglés y el título de posgrado del conocido hospital Saint Bartholomew’s, la iniciativa resultó todo un éxito, hasta el punto de permitirle en un par de años adquirir cierta nombradía y un modesto Citroën Trèfle, aquel simpático pequeño limón, que fue el favorito de los médicos españoles de la época[28].
Hasta aquí, cuanto ustedes necesitan saber, por ahora, acerca del doctor Ramos: sobre poco más o menos, lo mismo que conocía de él su colega de Las Palmas, John Lucas, cuando le confió la garganta de mistress Christie, de nombre Agatha.
Pórtico del hospital Saint Bartholomew’s de Londres
2. Un médico muy perspicaz
No sabe lo que le agradezco, doctor, su rapidez y amabilidad al venir a visitarme a domicilio –dijo Agatha-. Este hotel es bellísimo pero está condenadamente apartado del centro de la ciudad.
Crea usted –replicó Aurelio- que tengo mis razones para no haberla citado en mi consulta: Soy un médico de pocos posibles y mi modesta instalación en el Puerto[29] es poco más que un lugar donde colocar mi placa y recibir correspondencia... y facturas.
Agatha contuvo la risa y decidió seguir la exageración del galeno:
Tampoco vaya a creer que yo me gasto mucho en esta habitación –confesó-. Hemos cogido acomodo en el último piso[30]: Yo digo que para estar más alejada del bullicio, pero la verdad es que el alojamiento es así bastante más económico.
... Y con mejores vistas sobre el Teide y La Orotava –agregó el doctor-. Teniendo ascensor, creo que han hecho ustedes una buena elección. Como decimos en España: bueno, bonito y barato. Pero vamos a ver esa garganta.
Ramos pidió a Carlo que abriese la ventana; invitó a Agatha a acercarse al hueco y sentarse en un sillón. Ayudándose del laringoscopio y de una pequeña linterna, escudriñó las profundidades de la paciente, a la que pidió que intentase vocalizar el sonido e. Entre náuseas, Agatha hizo lo que pudo un par de veces, hasta que Aurelio le retiró el sencillo instrumento de tortura y dijo: Bien, bien; veamos el informe del doctor Lucas, para contrastar opiniones.
El diagnóstico del colega inglés coincidía con la opinión de Ramos, si bien los tres días transcurridos habían permitido una notable mejoría de la laringitis. Aurelio manifestó a la paciente:
Está usted mejorando a ojos vistas, lo que no es extraño, dada su edad y lo completo del tratamiento que le ha puesto Lucas. Espero que continúe cumpliéndolo al pie de la letra. Adicionalmente, voy a darle un consejo.
¿Aún más?, suspiró Agatha. Espero que no sea el de privarme de los paseos por los alrededores del hotel.
Aurelio sonrió:
Todo lo contrario: sol, aire puro y, si lo desea, baños de mar. Me temo que su pequeña ulceración pueda ser consecuencia de algo muy distinto. Para comprobarlo, voy a pedirle que procure hacer en los próximos días comidas ligeras y fáciles de digerir. Me temo que su laringe esté padeciendo una irritación debida al reflujo esofágico.
Explíquese, doctor, le rogó Agatha, que de esos reflujos estaba in albis.
Es lo que vulgarmente se llama venirse la comida, o los ácidos, a la boca –aclaró Ramos-. Los casos más sencillos se curan moderando la comida, sobre todo, en situaciones de excitación y de tensión nerviosa, que afectan al estómago y descontrolan la producción de jugo gástrico.
Pues va a tener usted razón, apuntó Agatha. Llevo una temporada de digestiones muy pesadas, pero no a causa del mucho comer, sino del malcomer. Y la culpa de todo la tiene un maligno microbio llamado Archibaldus infidelis[31].
La incontenible carcajada de Carlo, al escuchar el nombre del microorganismo aguzó el ingenio de Aurelio –ignorante aún de los entresijos del matrimonio de Agatha-, si bien optó por hacerse el longuis, aparentando la mayor seriedad:
Es probable que ande alguna bacteria de por medio, pero yo no me arriesgaría aún a ponerle nombre.
En esto que abrió la puerta de la habitación una niña de melena rubia, como de siete años de edad, e interpeló a Agatha, sin cortarse ante la presencia de un extraño:
Mamá, ya he terminado de leer el cuento. ¿Qué hago?
Aurelio debía de tener su día bueno pues inmediatamente captó lo que sucedía: La niña y Carlo ocupaban una habitación contigua y durante la visita del doctor Agatha había querido que la niñera estuviese presente por si se la necesitaba o, simplemente, por una cuestión de remilgos, al ser el médico un hombre; con lo que Rosalind hubo de quedarse sola. El hecho es que la madre hizo las presentaciones:
Doctor, esta es mi hija Rosalind. Nena, este señor es el médico que ha venido a curarme la garganta.
Y, consultando su reloj de broche, agregó:
Van a dar las cinco. Bajemos a la terraza a tomar el té. ¿Nos acompaña, doctor?
Lo siento –se excusó Ramos-. Tengo que pasar todavía otro par de consultas, precisamente, de huéspedes de este hotel. Volveré pasado mañana para ver cómo se encuentra.
El deber es lo primero –apostilló Agatha-. Y, hablando de deber, dígame lo que le debo por su visita.
***
La siguiente visita la preparó Aurelio de forma que dispusiera de suficiente tiempo como para tomar el té con Agatha y charlar distendidamente, pues imaginaba que la laringe de su paciente ya no precisaría de consultas programadas. Hizo bien pues esta vez la escritora se había desembarazado de Rosalind y de Carlo y, tras ser reconocida y recibir el alta del doctor, salvo recaídas, le preguntó con cierta sorna:
¿Está usted menos sobrecargado de trabajo que el día anterior?
En efecto –sonrió el médico-, hoy puedo aceptar su invitación para el five o’clock tea[32].
La primera parte de la fluida charla que entablaron estuvo dirigida a comentar y orientar la estancia de Agatha y sus acompañantes en Puerto de la Cruz. Aunque la señora se había hecho muy pronto a recorrer los lugares próximos de mayor atractivo, Aurelio le dio amplia información suplementaria acerca de los sitios más hermosos del Puerto y los caminos más pintorescos que llevaban a ellos, como la casa Cólogan[33] y el sitio Litre y sus magníficos jardines[34]. El doctor se ofreció a servirle de cicerone en una próxima visita a La Orotava, que juzgaba imprescindible para cualquier viajero en Tenerife, aunque, lamentablemente:
Tengo un coche francés de tan solo tres plazas, por lo que me resultará imposible servirles de conductor, si vienen ustedes tres.
¡Oh, muchas gracias, pero no se moleste: En el hotel organizan diariamente excursiones. Además, usted estará lógicamente ocupado con su trabajo y yo, ¡al fin!, parece que voy encontrando fuerzas e inspiración para terminar la novela que tengo entre manos y corregirla. De todas formas –añadió pensativa-, no estoy segura de seguir en esta isla durante toda mi estancia canaria... Tal vez opte por regresar a Las Palmas.
¿Y eso?, inquirió Aurelio. Tengo entendido que la ciudad palmeña le había resultado muy agobiante y aquí, por lo que me cuenta, ha recuperado su creatividad.
Es verdad, reconoció Agatha. En lo tocante a tranquilidad e inspiración para escribir, este lugar es inigualable; pero hemos venido a Canarias principalmente para fortalecer mi salud y gozar del sol y el ejercicio junto al mar, y eso...
Agatha expresó a Aurelio la ingrata sorpresa que se había llevado con el tiempo en el norte de Tenerife que, por el relieve y los alisios, se entoldaba con la neblina casi todas las tardes. Y no digamos las pequeñas playas, cercadas por las rocas volcánicas y cubiertas de una arena negra, gruesa y cortante, que hacía poco agradable permanecer en ellas. ¡Y lo bravío del mar que, según le habían contado, se llevaba de vez en cuando la vida de los que se aventuraban a nadar en él, aunque fueran buenos nadadores! Por no imaginar siquiera el hacer surf[35], al que ella era aficionada. Además, le gustaba mucho jugar al tenis y, precisamente en Las Palmas, tenía un buen amigo que era excelente con la raqueta[36]. En fin, fueron tantas las pegas, que el doctor se echó a reír y le suplicó en broma:
Mistress Christie, por favor, no vaya usted por ahí contando sus experiencias tinerfeñas, no sea que nos quedemos sin el turismo británico.
Agatha le siguió la broma hilarante, para luego hacerle, a su vez, una petición más formal:
En el peor de los casos, todavía estaremos unos días por aquí. Me gustaría hablarle un poco de mi ocupación literaria y, a cambio, que usted me contara algunas experiencias profesionales que pudieran servirme para ambientar mis novelas... Pero no hoy y aquí, rodeados de vulgares cumplidores de la ley y a los acordes de una música dulzona. Antes de marchar, le prometo una visita en su oficina de La Orotava para ponernos en situación.
Aurelio le contestó con una de sus frases macabras favoritas:
Excelente, nos sentaremos a la mesa... A la mesa de autopsias[37].
Hotel Metropole de Las Palmas (vista antigua)
***
Debieron de pasar un par de semanas antes de que Agatha rindiese en La Orotava la prometida visita al médico forense de su juzgado[38]. Conociendo a ambos, puede darse por seguro que no se perderían el examen de la mesa de autopsias, que el doctor Ramos utilizaba para su pública función y que, a falta de dependencia adecuada en el juzgado, se hallaba en la improvisada morgue que le prestaba el hospital de la Santísima Trinidad de la villa orotavense[39]. Con todo, es seguro que Aurelio y Agatha se sentarían para yantar a otra mesa muy distinta, en alguna de las típicas casas de comidas próximas al edificio del juzgado[40]. Y, si bien es cierto que la pequeña historia no recuerda el nombre del restaurante, sí tiene memoria de buena parte de lo que hablaron los dos comensales en aquella fausta ocasión.
Para relativa sorpresa de Aurelio[41], Agatha le confesó su dedicación a escribir novelas y relatos cortos de tema policiaco, cosa que estaba llamada a convertirse en su modus vivendi, una vez se consumara el divorcio de su marido, que parecía próximo e inevitable. Era un momento decisivo de su vida; tanto más, cuanto que, rompiendo con su anterior editorial, había firmado un prometedor contrato con la importante casa Collins[42], que podía sacarla definitivamente de apuros financieros, siempre que su magín produjera obras en cantidad y calidad suficientes.
Y ahí es donde entra usted, querido doctor, que me ha venido como llovido del cielo... Porque supongo que, aunque joven, ya tendrá una amplia experiencia en crímenes truculentos o enrevesados, que hagan las delicias de los lectores, con la ventaja adicional de ser auténticos. Naturalmente –agregó con prudencia-, introduciría las modificaciones precisas para mantener a salvo su deber profesional de reserva.
Aurelio, con sinceridad casi absoluta, le quitó de la cabeza semejante colaboración:
¡Qué más quisiera yo –exclamó Ramos- que tener una práctica forense tan interesante y variada, como para trasladarla a las páginas de los British Trials[43]!; pero La Orotava es un juzgado pequeño y tranquilo, que casi nunca rebasa los límites de las riñas de vecinos y los crímenes pasionales, que no presentan ninguna dificultad para descubrir sus móviles e identificar a los autores. Amiga mía –concluyó el forense-, mi modestísima opinión es la de que solo un crimen entre cien merece la atención de los escritores y, aún eso, a base de echarle una buena dosis de misterio y picante de su cosecha.
El doctor se había expresado con tal seguridad y aplomo, que Agatha no se atrevió a rebatirle abiertamente. A fin de cuentas, su todavía corta práctica de creadora de crímenes se había nutrido de fantasía más que de erudición. Pese a todo, insistió:
Es cierto que la variedad de los delitos y la dificultad para dar con sus autores son mayores en las grandes ciudades, pero estoy convencida de que también en los pequeños pueblos crecen pasiones e intereses que nada tienen que envidiar al mundo urbano. De hecho, la vecindad tan íntima que se establece en el campo es caldo de cultivo para odios y rencillas profundísimos[44].
No lo pongo en duda –admitió Aurelio-. De hecho, me está dando vueltas en la cabeza un caso de cuya resolución estoy bastante orgulloso, aunque yo no había llegado a La Orotava cuando se produjo. No sé si le interesará –apuntó con malicia-, pero para mí es un buen ejemplo de lo que puede conseguirse con un noventa por ciento de estudio y un diez por ciento de casualidad.
¡Cómo no va a interesarme! –exclamó Agatha-. Cuente, cuente –suplicó-. Lástima que no haya traído mi libreta de notas para recoger lo más interesante de su narración.
No hará falta, amiga mía, repuso gentilmente el forense. Yo mismo redactaré el relato y se lo haré llegar dondequiera me me indique, supuesto que van ustedes a partir del Puerto en unos pocos días.
Todavía pasaremos algunas jornadas en Las Palmas, aclaró Agatha, en el hotel Metropole, pero será más seguro que me lo envíe a mi casa familiar en Torquay[45], cuya dirección le ruego que apunte.
Poco más medió entre Agatha y Aurelio, que yo sepa. Por otra parte, milagro sería que pudiera estar a la altura de la carta y testimonio que este remitió a aquella, conforme a lo prometido. El doctor Ramos no puso al relato un título, pero yo, al darlo por primera vez al público, me voy a atrever a ponerle un nombre, tan lógico, como atrayente: El misterio de la cafetera desubicada. Ojalá que el contenido sea de su agrado.
Composición fotográfica con periódicos ingleses acerca de la desaparición de Agatha Christie (XII-1926)
3. El misterio de la cafetera desubicada (capítulo primero)
La carta que escribió Aurelio para acompañar su relato decía así:
Estimada Mistress Christie:
He tardado algo más de lo previsto en tener preparado el envío prometido, pero al fin lo pongo en el correo, esperando que le llegue puntualmente y sin ningún menoscabo.
He procurado resumir la narración lo necesario para no hacerla enfadosa y, a la vez, recoger en ella todos los detalles que puedan servir para la perfecta comprensión de lo sucedido y del camino que nos fue llevando hasta desentrañar lo acaecido e identificar a los responsables. Cuando me ha parecido conveniente, he realizado aclaraciones para la mejor comprensión del derecho y la práctica criminal españoles, al no coincidir precisamente con los ingleses.
Cuando lea mi versión del caso, observará que el mismo no resiste la prueba de convertirse en el argumento de un buen relato policiaco, de esos que ustedes pergeñan a base de múltiples sospechosos, recónditos motivos psicológicos y grandes golpes de efecto. En cambio, sí que me parece significativo de la conveniencia de mezclar esos ingredientes de técnica literaria con el estudio de los motivos del criminal y los conocimientos científicos y sociológicos precisos para descubrir los medios que ha utilizado para consumar su propósito. A fin de cuentas, lo que le sugiero no tiene nada de novedoso: El estudio de los motivos y métodos del delincuente son las vías que nos llevarán a comprenderlo y descubrirlo. Verá que esas fueron las claves para resolver el caso que a continuación le expongo.
Dos cosas más, todavía. La primera es que el suceso ha sido lo bastante divulgado en la prensa española, como para no pedirle que observe otra discreción, que la de no aludir a su fuente de conocimiento. A mayor abundamiento, he recibido una invitación formal del Instituto de Medicina Legal de Madrid para disertar en profundidad sobre los aspectos toxicológicos del caso, lo que he aceptado sin vacilar, contando con la autorización del juez de instrucción y del Ministerio de Justicia.
Y la segunda cosa es que también en esta investigación se ha cumplido lo que le afirmé en Canarias, sobre ese “diez por ciento” que el éxito debe a la casualidad, cualquiera que sea la forma que esta revista. ¡Ya me dirá si no es casualidad que el recién llegado forense de la Orotava hubiese estudiado a fondo las Digitalis y sus principios terapéuticos en el más avanzado hospital del mundo en estas materias!
Le ruego transmita mis afectuosos recuerdos a Rosalind y a la señorita Fisher[46] y usted reciba el afecto y los mejores deseos de su buen amigo
Aurelio Ramos.
***
Hace poco más de tres años, como una semana o diez días antes de que tomara posesión del cargo de médico forense del juzgado de La Orotava, había fallecido en su domicilio del barrio orotavense de La Florida, la señora Candelaria Oramas, soltera, de 57 años de edad. El médico de cabecera certificó fallecimiento por infarto agudo de miocardio y el óbito se inscribió sin mayores comprobaciones en el Registro Civil. Es de notar que doña Candelaria era mujer obesa, padecía de asma y un par de años atrás había sufrido una angina de pecho[47], razones por las cuales a nadie extrañó el hecho ni la causa de su muerte.
Según eso, el primer motivo de sorpresa que provocó la defunción de la señora Oramas hubo de ser el de que, al hacerse público el testamento que había otorgado ante un notario de Santa Cruz de Tenerife, cinco meses antes de fallecer, resultó que en él designaba como heredera universal a su criada de toda la vida, Carmen Marrero, quien, según justificaba la testadora, la había cuidado a ella y a su madre, mientras vivió, con tal generosidad y entrega, que ninguna manda económica podía recompensar, sino solo expresar la gratitud y el cariño que Candelaria sentía hacía ella. La heredera solo tendría que asumir la carga de cubrir los gastos de entierro y funerarios de la causante y entregar a su hermana Concha la recogida de las ropas y efectos propiedad de la madre, que todavía permanecían en la casa de La Florida, pese al tiempo transcurrido desde su muerte; objetos que se describían en el testamento con todo detalle, para evitar toda confusión o demasía.
No recuerdo todos estos datos sino por lo que luego me contaron, pero sí estaba presente cuando, a poco de abrirse el testamento, llegó al juzgado, dirigida al señor juez, una carta anónima, escrita a máquina, con matasellos de la localidad tinerfeña de La Laguna, en la que se decía lo siguiente:
Es cosa sabida en La Florida y en La Orotava toda que la Carmen Marrero tiene conocimientos de herborista y ha andado siempre en contacto con curanderos, gracias a lo cual y a la confianza que la tenía su señora, administró a esta un café bien cargado, que era en realidad un cocimiento de polvos de crestagallo[48], que la buena mujer bebió sin saber lo que era y de eso fue de lo que murió, aunque el médico lo confundiese con un ataque al corazón. Si miran bien por la casa de la difunta Candelaria, es probable que todavía encuentren alguna huella de lo que allí realmente sucedió y descubran la culpa de esa mala mujer que no quiso esperar unos años a disfrutar de la herencia, o trató impedir que su señora se volviera atrás del testamento, recuperando la libertad y el sentido.
El juez de instrucción, como primera providencia, me mandó llamar e hizo leer el anónimo recibido. No quería, con tan endeble base, poner en marcha la máquina de la justicia y provocar la lógica alarma entre la población y el descrédito de la criada Carmen. Por mi parte, no necesitaba apenas tiempo ni comprobación para responder a las dudas que se suscitaban acerca de las digitales más habituales y sus posibles efectos mortales, caso de excederse en la dosis. En cambio, mi conocimiento de la Digitalis canariensis era nulo, hasta el punto de no reconocerla si la viera. Me encerré en la biblioteca de la entonces naciente facultad de La Laguna[49] y no ocultaré que buen dinero me gasté en conferencias telefónicas con el Instituto de Medicina Legal de Madrid y la Pharmacopoeia del Barts. Finalmente, puede presentar al juez las siguientes conclusiones:
1ª. La Digitalis canariensis tiene un parentesco no muy claro con otras digitales, hasta el punto de que estuvo en tiempos incluida en el género Isoplexis, de donde deriva el nombre de su principio activo más potente y mortífero: los isopléxidos, unos glucósidos que tienen efectos cardiotónicos similares a los de la digoxina de la Digitalis lanata y a los de la digitoxina de la Digitalis purpurea, si bien su composición es bastante diferente. En cualquier caso, los efectos farmacológicos de todos esos glucósidos son muy similares en todos los supuestos. Si acaso, los de la digital canaria son más potentes, ya que la planta, debido el estrés que sufre por el suelo volcánico y la sequía de Canarias, produce mucha más toxina para así defenderse mejor de las condiciones ambientales y de la depredación de los animales.
2ª. Todas las digitales son complicadas de administrar a los pacientes por el gran amargor que presentan, hasta el punto de provocar frecuentemente vómitos y diarreas. Esto se acusa más en la variedad canaria, que además es fuertemente astringente, produciendo gran sequedad y aspereza en la boca; todo lo cual la hace en verdad nauseabunda. Por esos motivos, la presentación de los productos digitálicos para ser ingeridos suele evitar la dilución del polvo en agua o tisanas, prefiriéndose la administración en gotas en solución alcohólica, en la que se disuelven con facilidad y, si el licor es dulce, disimulan su amargor y astringencia.
Digitalis canariensis
3ª. Como es natural, una limpieza a fondo de los recipientes impide constatar que estos hayan contenido anteriormente los derivados de las digitales; pero nada impide que el fregado no haya sido perfecto, incluyendo todos los recovecos del objeto, en cuyo caso un buen análisis podría detectas sus trazas. Si se ha tratado, por ejemplo, de una taza, no será fácil que su aclarado deje restos, pero sí podría suceder en utensilios más anfractuosos, como podría ser una cafetera.
4ª. El tiempo que tarda en producirse un efecto mortal por ingestión de glucósidos de las digitales es variable en función del paciente, pero podrían transcurrir dos horas o más. En cambio, los efectos más evidentes, como vómitos y dolores de vientre, son poco menos que instantáneos.
5º. La presencia de digoxina, digitoxina o isoplexina en el cadáver depende de su estado de conservación, pero una autopsia podría detectarla durante semanas o unos pocos meses. Si se practica embalsamamiento, el plazo se extiende a varios años. Los tejidos corporales en que se encuentra con más facilidad los restos de estas sustancias tóxicas son el humor vítreo, el miocardio, los riñones y el tejido muscular próximo a los huesos.
Mientras yo me devanaba los sesos indagando acerca de la famosa cresta de gallo el juez no perdía el tiempo y encargaba con toda reserva a la Guardia Civil que averiguase lo que podía haber de cierto en aquello de que la Carmen Marrero tiene conocimientos de herborista y ha andado siempre en contacto con curanderos. Resultó ser cierto, aunque un poco exagerado. Carmen era una mujer de campo y, por tanto, estaba al tanto de los usos populares de aquella planta, así como de las personas que la recogían y preparaban en forma de polvos o de hojas para infusiones, con indicaciones tan variadas, como la diabetes, hidropesía, para purgarse, para calmar el mal de pecho o para curar ciertas úlceras y heridas externas. Incluso los animales de carga eran atendidos con ella de algunas dolencias externas. En consecuencia, la familiaridad de aquella criada con la cresta de gallo no tenía nada de particular, aunque despertase ciertas sospechas. Como me temía, el juez volvió a llamarme y, suavemente, me ordenó:
Lo siento, Aurelio, pero tendremos que exhumar y practicar la autopsia. Ya me he informado de que la difunta no tiene más pariente próximo conocido que su hermana Concha, que vive en Las Palmas. Me he puesto en contacto con ella y no ha formulado la menor objeción. De hecho, me ha dicho que intentará asistir.
¡Pues qué pena que no pueda practicar ella la necropsia!, exclamé enfadado. Ni que fuera plato de gusto.
Razón tienes –me concedió el juez con una sonrisa-. Es tu primera autopsia de un cadáver exhumado, ¿verdad? Valor y estómago, hijo mío –agregó con sorna-. Te prometo asistir a cierta distancia y ya he avisado a un colega tuyo de La Laguna para que te acompañe[50].
¿No ha informado a la criada?, pregunté.
Lo he estado dudando, ya que es su heredera, pero he preferido mantenerla por ahora al margen y, a ser posible, en secreto, para evitar alarmarla y que tome medidas.
***
El juez estuvo varias veces a punto de perder la paciencia: El análisis y dictamen sobre las muestras que yo había tomado en la autopsia se demoraba, mes tras mes. Yo comprendía las dificultades que esa labor pericial suponía, incluso para los expertos de una entidad tan acreditada, como el Instituto de Toxicología. Era en vano que tratase de aliviar al instructor de su mayor preocupación, a saber, que mientras tanto se echasen a perder los restos que pudieran haber quedado en la cafetera que había contenido el famoso café bien cargado, al que aludía el anónimo. La verdad es que, de haberlos, existía peligro de que se degradasen a medio plazo. Y no contribuía a tranquilizar al juez la impertinencia con que nos estaba saliendo la hermana de la difunta. Finalmente, había optado por no presentarse en la exhumación, pero, alertada sobre un posible envenenamiento, no pasaba semana que no se dirigiese al juzgado, telefónicamente o por carta, urgiendo una respuesta categórica a de qué había muerto su queridísima hermana mayor Candelaria. Finalmente, amenazó con nombrar abogado y procurador y personarse en el sumario para que no se le diesen más largas. El juez estaba hasta la coronilla:
¡Habráse visto, la hipocritona de la hermanita! No se preocuparía tanto de la difunta en vida cuando esta la olvidó en el testamento y le dejó todo a la criada que –esa sí- había vivido con ella y cuidado toda la vida. Para mí que va detrás de la herencia, la cual no parece ser muy cuantiosa, pero tampoco es desdeñable.
¿Detrás de la herencia?, pregunté, demostrando una supina ignorancia del Derecho civil.
¡Claro!, me informó el juez. Si se demuestra que la criada mató a su señora, perderá todo derecho a la herencia[51], que pasará a su hermana, como pariente más cercano.
¡Tate!, exclamé. Así que no es solo cuestión de justicia o de venganza, sino que hay un interés económico de por medio.
Finalmente, la tal Concha Oramas presentó una queja en la Audiencia Provincial por el retraso en el asunto de la muerte de su hermana. El juez estalló y yo no tuve más remedio que coger el barco para la Península y presentarme en Madrid para hablar personalmente con el director del Toxicológico, profesor Maestre[52]. El bueno de don Tomás revolvió Roma con Santiago y pudo darme, al fin, la anhelada respuesta: Efectivamente, las muestras de tejidos de la difunta Candelaria presentaban trazas del glucósido digoxina, en cantidad suficiente como para paralizar en cuarenta segundos el corazón de la rana que había sido empleada en el experimento[53].
Perdone que insista, profesor –dije-. ¿Seguro que es digoxina, que no se trata de isoplexina, que es lo que nosotros esperábamos?
En efecto, digoxina. Ni isoplexina, ni digitoxina, insistió. De modo que se puede asegurar que lo que le administraron a la pobre señora, y en buena cantidad, fue extracto de Digitalis lanata. Lo siento –bromeó-, pero es un caso de envenenamiento vulgar y corriente: Tendrán que seguir esperando en Tenerife para reportar una muerte comprobada por su peligrosa Digitalis canariensis.
Me despedí del profesor con su compromiso de remitirnos el informe completo y por escrito en no más de quince días e inmediatamente telefoneé a mi juez para darle la feliz noticia. Al punto, saltó:
¡Por fin! Voy a tomar de inmediato todas las providencia necesarias; entre ellas, la entrada y registro en el domicilio de la difunta, a ver si encontramos la dichosa cafetera. Tú vuelve aquí de inmediato, no te me entretengas por los Madriles[54], que te está esperando el trabajo.
Una semana más tarde, me hallaba departiendo con el juez a propósito de los datos que me había adelantado el profesor Maestre.
Así que tenemos un caso de asesinato mediante veneno –resumía el instructor-. Ahora solo nos queda averiguar y probar quién fue y cómo lo hizo. Claro está que no es un caso abierto pues, salvo sorpresa mayúscula, la autora tuvo que ser la criada y el cómo, ese café bien cargado, por citar el anónimo que tan exacto está resultando.
Yo no diría tanto –le rebatí-. Para mí, el empleo de la Digitalis lanata, no de la canariensis, cambia por completo la identidad de la sospechosa. Recuerda que la nota que recibimos aludía al conocimiento que la tal Carmen tenía de la farmacopea vulgar de estas tierras y de algunos herbolarios que la practican. Pero, en tratándose de la lanata...
Que sea una digital u otra, ¿qué más da? –trivializó el juez-. La difunta vivía solamente con la criada y, en buena lógica, esta es la única que estaba en condición de echarle el veneno en las infusiones que tomaba. Además, motivos no le faltaban...
Según se mire –me atreví a contradecirle-. Puede que la criada temiese un cambio del testamento o pretendiera gozar cuanto antes de la herencia, pero también cabe que le estuviera muy agradecida a la señora Oramas por su rasgo y nada quedase más lejos de su imaginación que cargarse a su benefactora. Pero, claro, todo esto de los motivos y los posibles culpables te toca a ti discernirlo. Lo mío es la farmacología y, basándome en ella, tengo que contradecirte: ¡Claro que sí importa la digital empleada! Y no solo porque sea la cresta de gallo la única que recogen y mercadean los curanderos, sino porque la Digitalis lanata es imposible de conseguir como no sea en farmacia, y eso, con receta especial de las que usan los médicos para prescribir sustancias peligrosas o potencialmente letales.
El juez se quedó pensativo durante unos instantes. Luego, intentó rebatir mi argumento:
No es la primera vez que, paseando por los alrededores, he dado con una planta de flores muy llamativas y mi mujer dijo que era la dedalera púrpura...
Y llevaba razón seguramente. La Digitalis purpurea no es propia de Canarias, pero se ha introducido aquí, vaya usted a saber cómo y cuándo. Pero es que la digoxina no la produce la digital púrpura, sino la lanata y esta, amigo mío, es propia de la Europa oriental y, que yo sepa, no se encuentra por aquí en la naturaleza.
El instructor, por el momento, se dio por vencido y salió por la tangente:
Bueno, bueno. Por ahora lo que tienes que hacer es ponerte cara a cara con la cafetera y analizar si hay en ella restos del mismo veneno que se encontró en el cadáver.
No va a ser fácil determinarlo –anticipé-. Es más, apostaría un día de sueldo a que el veneno no se añadió a un café bien cargado, por la sencilla razón de que las digitalinas en general tienen un sabor muy amargo, lo que no es lo más indicado para echar a una tisana ya amarga de por sí.
Mi juez estaba aquel día peleón:
El amargor del café enmascararía el del veneno y santas pascuas.
Me eché a reír y volví a contradecirle:
Todos los que lo han probado dicen que el amargo de esos glucósidos es muy diferente a los que toleramos habitualmente, como el del café; muy diferente y mucho más fuerte. Lo normal es que la buena señora, al probarlo, lo escupiese y, si es que tomó un sorbo, acabase vomitando. De todas formas, te doy la razón en un punto: Si alguien es capaz de tomarse una taza de café con polvos o gotas de digoxina, tiene más posibilidades de diñarla pues, aunque de efectos diferentes, la cafeína y la digoxina predisponen de consuno el corazón para ciertas alteraciones o arritmias, haciéndolo más propenso a sufrir una parada mortal.
Acabamos la discusión de forma muy civilizada:
Está bien –concluyó el juez-. Analicemos primero la cafetera y comprobemos si tiene restos del veneno. Luego seguiremos elucubrando.
Pues cuenta que tenemos por delante otros cuantos meses –me lamenté-.
De eso nada, señor forense –repuso muy serio Su Señoría-. Esta vez coge usted la cafetera y se va de inmediato a ver a su venerado profesor Maestre... Y no sale del Instituto deToxicología hasta que tenga una respuesta a nuestra pregunta. Estoy harto de que la Audiencia me hinche las narices pidiéndome partes de adelanto del sumario [55].
De acuerdo –suspiré-. No estaría de más que, mientras voy y vengo a la Península, procures informarte en las farmacias de la isla sobre las recetas de digoxina que hayan despachado y por cuenta de quién.
Citroën Trèfle, el “pequeño limón”
4. El misterio de la cafetera desubicada (capítulo segundo)
Por fin la tenía ante mí y la verdad es que, de entrada, no me produjo emoción estética ninguna. Era una cafetera de porcelana blanca, estriada, ligeramente panzuda, decorada con flores de un azul cobalto, cuya especie fui incapaz de descifrar. La cerraba una tapadera de casquete esférico coronado por un asa cuya pequeñez hacía imaginar la finura de unos dedos femeninos adecuados para sujetarla. Un sello estampado en tinta negra daba cuenta de su origen y prosapia: Royal Worcester England[56]. No me extrañó la presencia de aquella pieza ilustre de porcelana inglesa en una casa canaria de clase modesta, por la constante presencia e influjo de todo lo inglés en aquellas islas. De hecho, el juez me había advertido de que la cafetera se había encontrado junto a un juego de café completo que, además de ella, integraban la lecherita, el azucarero y doce tazas con sus platos. Por ahora –me embromó- no te cargaré con todo el juego, me dijo.
Hasta entonces, los auxiliares del juzgado no habían tomado otra medida para la conservación de la cafetera que la de envolverla en papel de embalar y guardarla en la caja fuerte. Evitando enmendarles la plana, por aquello de que lo mejor puede ser contrario de lo bueno, me limité a envolver la tapadera por separado y meter las dos piezas en una caja de cartón de tamaño apropiado. Supuse que ya sería tarde para evitar posibles daños en los hipotéticos restos del café bien cargado. Y así, nueva llamada telefónica al profesor Maestre y al barco. En Madrid ya empezaban a tomarse el asunto a chirigota y el propio catedrático me aseguró que, antes de tres semanas, tomaríamos café servido en la que ya era, en su más estricto sentido, la famosa cafetera. El juez consintió en que me quedase en Madrid hasta que tuviera el resultado del análisis. Eso sí, todo lo que excediera de siete días me lo descontaría de las vacaciones.
El Toxicológico cumplió con el plazo que había pronosticado su director y en quince días emitieron el informe oficial: La cafetera conservaba abundantes trazas de digoxina. Habría que fregarla con lejía antes de volver a usarla, como dijo el profesor Maestre, a quien ya llamaba Don Tomás, apeando en parte los formalismos académicos.
A mi regreso, ya tenía el juez el informe de todas las farmacias de Tenerife. En el año anterior al envenenamiento de Candelaria solo dos médicos se habían atrevido a pedirles que elaborasen fórmulas magistrales a base de Digitalis lanata: uno, para tratar la hidropesía, y otro, unas extrasístoles auriculares. Ambos pacientes eran de Santa Cruz y no tenían nada que ver con la familia Oramas ni con su criada. Así pues –decidió el juez-, había llegado el momento de dar la cara con Carmen Marrero y apretarle las clavijas. Mi parte en la investigación había concluido, aunque mantuviese el interés por ir conociendo sus progresos y quedara a disposición del instructor para cuanto pudiera necesitarme.
La declaración de la criada no aportó nada positivo en lo tocante a reconocer que hubiese sido ella quien suministrase a la difunta la pócima, de cuya existencia dijo no tener ni idea. Admitió que sí había oído hablar de las crestas de gallo, si bien nunca había comprado ni usado sus peligrosos derivados. Como era de esperar, encareció el cariño y la dedicación hacia su señora, lo que hacía imposible y absurdo que la hubiese envenenado, ni siquiera por accidente. Y, en lo concerniente al testamento, admitió que doña Candelaria algo le había insinuado, pero no de manera concluyente; de modo que no le extrañó el que figurase como heredera, aunque no tuvo confirmación hasta que se lo manifestó el notario.
¿Cuándo le dijo su señora –preguntó el juez- que tenía pensado acordarse de usted en el testamento?
¡Huy!, lo menos un par de años antes de que muriese.
¿Sabe usted, o lo supone, que doña Candelaria dijo a otras personas lo que pensaba disponer en el testamento?
No creo, ella era de poco hablar y menos de esas cosas tan personales.... Pero, aguarde, por lo menos debió de decírselo a su hermana, doña Concha, con la que tenía muy poco trato por vivir ella en Las Palmas y no congeniar en absoluto. Sucedió que doña Candelaria se rompió una pierna al resbalar por las escaleras de casa; se lo escribió a su hermana y esta no se dignó visitarla ni llamarla por teléfono. Esta se va a enterar, dijo mi señora. Si no es de mi sangre en lo malo, no va a ver un céntimo cuando yo muera antes que ella, como es ley de vida.
¿Le dijo esto mismo doña Candelaria a su hermana, o algo parecido?
Desde luego. Primero se lo escribió por carta y luego personalmente. El año pasado, de manera inopinada, apareció doña Concha por casa el 2 de febrero, cuando mi señora celebraba su santo[57]. Venía muy zalamera, con unos dulces y todo. Doña Candelaria la alojó con nosotras y habló con ella largo y tendido, no siempre de manera amistosa, a juzgar por el tono de algunas conversaciones. El hecho es que, cuando la hermana se marchó, me dijo la señora: Por la memoria de mi madre, le he perdonado su abandono, a mamá y a mí, pero lo que es de la herencia, no verá ni un céntimo. Bien que me ha preguntado qué pensaba entonces hacer con la casa y demás bienes, pero yo le he respondido, a lo zorro, que siempre habrá quien se lo merezca y lo necesite.
¿No volvió doña Concha por La Orotava después de aquello?
Creo que escribió para anunciar otra visita, pero la señora lo rechazó, con el pretexto de que estaba enferma y muy cansada para recibir visitas en casa. No tengo ganas de seguir dándole vueltas al pasado y al destino de la herencia, me confesó. Así que yo no la volví a ver hasta que vino al funeral de la señora, de cuyo fallecimiento la avisé yo misma pues me pareció que era lo adecuado.
¿Guarda usted las cartas que recibía su señora; en concreto, las que le envió su hermana?
No señor. Por extraño que parezca en una mujer mayor, mi señora no era de guardar la correspondencia, de no ser importante. Por lo que toca a las poquísimas cartas de su hermana, las rompía tan pronto las había leído. ¿A qué perderá el tiempo escribiéndome?, me decía. Y es que, desde que Concha se casó y se fue a vivir a Las Palmas, no se preocupó de su madre hasta que murió; y eso mi señora no se lo perdonó nunca.
Acaba de decir que doña Concha Oramas vino al entierro de su hermana, avisada por usted. Déme algunos detalles de su estancia aquí.
Aunque yo la telefoneé enseguida, tenía que coger el correíllo y, luego, la guagua desde Santa Cruz. Llegaron a la crítica para asistir al funeral y al entierro.
¿Llegaron, dice usted?
Vino con su marido, al que yo no conocía. Estuvieron en la iglesia y el cementerio. Yo les serví un refrigerio y les invité a que se quedaran en la casa, pero no aceptaron. Eso sí, descansaron en ella hasta la caída de la tarde y, con el pretexto de reverdecer los recuerdos y de que su esposo conociera el lugar, anduvieron por todas las habitaciones, abriendo y cerrando los muebles que les vino en gana. Me sentí tan incómoda, que decidí encerrarme en mi habitación hasta que les diera por marcharse.
¿Le dio la sensación de que estuvieran buscando algo, o de que se llevaran alguna cosa del interior de la vivienda?
No puedo decirle. Desde luego, si con algo arramblaron, sería de poco volumen porque no lo aparentaban... ¡Por cierto, qué tonta soy! Olvidaba la visita que doña Concha y su marido, don Justo, hicieron después, a cuenta de la voluntad de la señora de que se llevaran todo lo que quisieran que fuese propiedad de su madre y figurase recogido en el testamento.
Cuénteme cómo se desarrolló esa diligencia tan peliaguda. ¿Hubo discrepancias entre ustedes?
Señor juez, aunque me esté mal el decirlo, yo soy pacífica, pero no tonta. Quiero decir que, para evitar discusiones y problemas, les entregué una lista de ropas y objetos, copiada de la del testamento, y me retiré prudentemente, ni sin advertirles que no se propasaran. Pero, antes, ya me había encargado yo de llevar de tapadillo a casa de mi hermana Gertrudis todas las cosas de valor que conservaba doña Candelaria y que no estaban en la lista del testamento, incluido el juego inglés de café. Así que, si se llevaron algo de más, no sería de precio, a mi parecer. Desde luego, todo lo que estaba en la lista y reclamaron se lo entregué. Aquí está la prueba.
Y, según me dijeron, al momento sacó del bolso la famosa lista, con cruces marcadas en todo lo que Concha se llevó, fechada y firmada por ella y por Carmen, con el marido de aquella como testigo. Apenas había media docena de ítems sin marcar. El juez ordenó que la susodicha relación se uniera a los autos.
Por motivos que él tendría, el instructor había terminado la declaración con las preguntas relativas a la muerte de doña Candelaria, que para mí eran las más interesantes. Según la criada, la noche aquella su señora había cenado, como era su costumbre en los últimos años, una escudilla de leche de cabra con tres cucharadas de gofio y un engañito de queso tierno, con una agüita de hierba luisa, que otras noches alternaba con menta poleo. Seguidamente, había estado leyendo durante un rato una novela de Pérez Galdós, que era su autor favorito, y se había retirado a acostarse a eso de las nueve y media. Carmen precisó al juez:
No señor, la señora era muy suya y no consentía en que la ayudase a desvestirse o con el aseo personal. Yo me limitaba a abrirle la cama, dejarle sobre ella el camisón y un vaso de agua de la talla[58] en la mesilla. Mientras la señora leía, a mí me daba tiempo de recoger la cocina y dar una escobada; de modo que las dos nos retirábamos, más o menos, a la misma hora.
Por lo que veo, su señora era muy rutinaria con la comida y la bebida, al menos, en la cena. ¿Tomaba café para desayunar, después de comer o en la merienda?
Fue bastante cafetera hasta que, hace cosa de cinco años, empezaron sus desarreglos de corazón. Los médicos le prohibieron el café y ella respetó el mandado al pie de la letra. Yo misma, para no darle envidia, deje de desayunar café con leche. El único café que volvió a consumirse en esta casa fue para agasajar a los pocos invitados que doña Candelaria recibía en ocasiones señaladas, pero ella no lo probaba.
¿Dormían ustedes en la misma habitación o en dormitorios próximos?
Pues no, señor. Doña Candelaria no era miedosa y solía dormir bien; de manera que, salvo en ocasión de enfermedad suya, ella dormía en la planta principal y yo en el desván, escaleras arriba, en la que siempre fue mi habitación, vamos, la de la criada.
Y aquella noche, ¿no oyó usted nada extraño?
No señor. No hubo nada fuera de lo normal, hasta que a las ocho de la mañana, como era costumbre, entré en el cuarto de la señora, abrí las contraventanas y ella no se movió... Todo estaba como siempre. Si acaso, la ropa de la cama más revuelta. ¡Ah!, y el vaso de agua, hasta arriba: No había bebido nada.
Tal vez habría merecido la pena que las preguntas sobre estos últimos extremos hubiesen sido más amplias e incisivas, pero yo lo dejé estar, en el convencimiento de que, no habiendo practicado la autopsia a doña Candelaria hasta varios meses después de su muerte, no cabía ninguna confrontación en temas tales, como lo que había cenado, los síntomas de dolores o de vómitos, o la hora de la muerte. Poco iba a poder ayudar en adelante yo –o eso pensaba- para aclarar un crimen que parecía tener que resolverse mediante el argumento de exclusión, que tan poco nos gusta a los profesionales: el de que las cosas fueron así, porque no pudieron ser de otra manera.
Juego de café del estilo del aludido en este relato
5. El misterio de la cafetera desubicada (capítulo tercero)
Aquella mañana estaba el juez de mal humor. Acababa de informarle la Guardia Civil de que, en efecto, en ninguna de las dos tiendas en que compraban Candelaria Oramas y su criada les habían vendido café en los últimos años. Pero no era eso lo que traía de cabeza a Su Señoría, sino el no tener ya más remedio que admitir que se personara en el sumario la hermana de la víctima, en calidad de acusación particular, con el consiguiente derecho irrestricto de enterarse de cuanto se cociera en las actuaciones, así como de intervenir en todas las diligencias por medio de su abogado y procurador[59].
Soy el primero en admitir –me decía- que este crimen es cosa de una de dos, la criada o la hermana; pero, así como tengo indicios racionales de criminalidad para procesar a aquella, solo hay un motivo para sospechar de esta, que es lo bien que le va a venir la condena de Carmen desde el punto de vista de la herencia. Hasta ahora, he podido actuar, como quien dice, jugando con dos barajas, pero con el abogado de Concha metiendo las narices, estaré atado de pies y manos.
¿Puedo hablarte con claridad?, le pregunté por fórmula. Nadie puede matar a otro, si no tiene ocasión para ello. Eso es evidente, por muchas ganas que tenga de hacerlo. Concha no pudo matar a su hermana y no hay más vueltas que darle. Otra cosa es que te fastidie decidir contra Carmen con el solo argumento de que fue la única que, en buena lógica, tuvo la ocasión de hacerlo. Yo, desde luego, no la veo en plan de asesina, y con un veneno muy difícil de adquirir, además. Si el caso llega al tribunal del jurado, me huele a absolución.
Eso es lo último que me preocupa –aseguró el juez-. ¡A saber por dónde te va a salir un jurado[60]! Lo que me inquieta es mi conciencia: procesar por asesinato sin estar convencido de la culpabilidad[61].
Seguro que el abogado defensor recurre a la Audiencia Provincial y, en último extremo, tiene la oportunidad de convencer al jurado de la inocencia –repuse, tratando de animarlo-. ¿Sabes lo que se me ocurre? Deja caer a los magistrados de la Audiencia que te has visto obligado a procesar por entenderlo inevitable, pero que tienes muchas dudas sobre la culpabilidad de la criada.
El juez me miró de arriba abajo con cierto desprecio y me fulminó:
Eso ya lo verán ellos en cuanto hojeen el sumario, sin que yo les haga la putada de trasladar a su conciencia las dudas con las que yo debo apechugar, sin repartirlas con nadie.
***
Aquella misma noche me asaltó el insomnio, quizá por la bronca que había recibido de Su Señoría. Entre unas cosas y otras –la mayoría relacionadas con el proceso que nos obsesionaba-, fijé mi atención en que no habíamos llevado la indagación sobre las fórmulas magistrales a base de digoxina más allá de las farmacias de la isla de Tenerife. Claro está que no era cosa de investigar en media España, pero ¿por qué no hacerlo en Gran Canaria, que tenía tantas o más boticas que Tenerife? Es más, Concha Oramas vivía en Las Palmas, por lo que, caso de tener algo que ver con el envenenamiento, era bastante lógico que se hubiera aprovisionado en alguna oficina[62] de aquella ciudad. Se me ocurrió que podría producirse alguna sorpresa grata para el juez, al que, de todas formas, le debía una satisfacción. De modo que, haciendo uso de mi papel con membrete oficial y diciendo actuar de conformidad a lo que me había sido indicado para avanzar en la instrucción del sumario 13/1926 del juzgado de La Orotava, me dirigí a la jefatura de Farmacia de Gran Canaria para pedirle relación de todas las recetas despachadas en los tres años anteriores a base de extractos de Digitalis lanata y purpurea. Resultó un total de siete, de las que cinco procedían de farmacias de Las Palmas. Y, en dos de ellas figuraba como técnico de laboratorio un tal Justo Benítez, con la supervisión del farmacéutico que regentaba la botica[63], lo que –como yo bien sabía por experiencia- era tanto como que el mancebo actuaba y el farmacéutico firmaba, fiado de la sapiencia y el cuidado de su subordinado. ¿Sería aquél Justo Benítez el marido de Concha Oramas? Me faltó tiempo, a la mañana siguiente, de comprobarlo en la documentación que Concha había presentado para personarse en el sumario[64]: En efecto, se trataba de la misma persona, dado que en la acta notarial de apoderamiento para juicios, el señor Benítez se presentaba como oficial de farmacia. ¡Cómo se nos habría pasado por alto una circunstancia tan significativa!
Cuando fui con mi descubrimiento al juez, pareció interesado durante unos momentos, volviendo de inmediato al escepticismo:
Bien, ¿que sacamos de ello? Que, si el marido colabora y el farmacéutico no tiene bien contadas sus existencias, la señora Oramas puede haberse hecho con unas cuantas gotas de digoxina, sin necesidad de receta médica: las suficientes para poder mandar a su hermana al otro mundo. ¡De acuerdo! Pero ¿quieres decirme cómo le administró el veneno? En el fondo, nada ha cambiado. ¿O es que pretendes culpabilizar de asesinato a doña Concha por el tremendo indicio de estar casada con un empleado de farmacia?
Una cosa es que no tomase en serio mi indagación y otra, que me tomase el pelo. Me contuve y, aún así, le repliqué:
Para envenenar a alguien no hace falta estar presente ni verterle la pócima en la comida o la bebida. ¡Anda, que no ha habido casos de acción a distancia! Ahora ya tenemos, no solo el posible móvil, sino la facilidad para hacerse con el tósigo. ¿Es que no merece la pena que des una vuelta más al caso y extiendas las averiguaciones a la posibilidad de que Concha enviase a su hermana algún comestible o bebida envenenados?
El instructor me miró dubitativo. Le estaba picando la curiosidad de explorar nuevos caminos.
En mi opinión profesional –me indicó-, la principal línea de prueba es la de la cafetera contaminada, por más que se asegure que la difunta no tomaba café por prescripción facultativa. Claro que, si encontrásemos algún otro objeto o producto que contenga digoxina, las cosas podrían cambiar..., siempre que proceda de persona distinta de la criada..., como, por ejemplo, de Concha Oramas. ¡Demonios, Aurelio! ¿No comprendes que es punto menos que imposible?
La clave –respondí calmadamente-, si la tiene alguien, está en Carmen, que es quien puede saber si llegó algo extraño a la casa en las fechas anteriores a la muerte. Si tú la llamas a declarar, en presencia de toda la cohorte de abogados y demás curiales, se te va a cerrar en banda o se negará a declarar. ¿Por qué no me das la oportunidad de ser yo quien te prepare el camino? Total, si no saco nada en limpio, no habremos perdido nada.
El juez sonrió y aceptó mi sugerencia, aunque con obvias limitaciones:
Eres un metomentodo incorregible. Ve, pero ándate con pies de plomo, que, como el abogado defensor se entere de que andamos sonsacando a su clienta sin estar él presente, nos tumbará la instrucción y capaz es de presentar una denuncia contra nosotros.
Vieja oficina de farmacia
***
Carmen Marrero, pese a que no le había anunciado mi visita, me recibió de modo abierto y amistoso:
No sabe lo que agradezco –confesó- poder hablar de este triste asunto sin tener que hacerlo en el juzgado, en presencia de un montón de señores vestidos con toga[65].
De todos modos –le aclaré- tiene perfecto derecho de no hablar conmigo, si no es en presencia de su abogado.
¡Huy, mi abogado! Será por ser de oficio o porque esté muy ocupado, pero lo cierto es que siempre que le llamo o voy a verlo dice que que solo tiene unos minutos y que no me preocupe, que las cosas van bien. Además, vive en La Laguna.
Usted verá –la aconsejé-, pero, si el asunto sigue adelante, quizá sería mejor que se buscase un abogado particular con experiencia.
¿Es que las cosas van tan mal para mí? –inquirió lamentándose-. ¡A quién se le ocurre que yo pudiera hacerle mal a la señora, con el tiempo que llevaba con ella y lo que laapreciaba... Y ella a mí!
No dude de que ese es un argumento muy importante a su favor –admití-, pero reconocerá que las pruebas están ahí: No hay duda de que doña Candelaria murió envenenada y de que ese mismo veneno estaba en la cafetera. Comprenderá que...
¡Pero si la señora no probaba el café, al tenerlo prohibido por el médico!, exclamó.
Decidí dejarle las cosas claras y llevar la conversación a donde yo pretendía:
Mire, Carmen, el problema no está en que fuese o no el café lo envenenado, sino en que su señora murió atosigada estando las dos solas en la casa; de manera que, salvo que ella se suicidara, solo usted pudo hacerlo.
Carmen quedó callada y bajó la cabeza, como comprendiendo al fin en dónde radicaba su problema. Había llegado mi momento:
Claro que si doña Candelaria hubiese cenado en su última noche algo que otra persona le hubiese hecho llegar preparado o cocinado por ella... Y quien dice alguna comida, también podía tratarse de una bebida... Incluso podría ser que la señora lo tomase aquella noche, pero lo hubiesen recibido algún tiempo antes...
Mi interlocutora apenas se quedó pensando unos momentos:
No –rechazó abatida-. En casa solo se comía lo guisado por mí, con los ingredientes que compraba en las tiendas y puestos del mercado de confianza. No vamos a imaginar que nos querían matar; porque, además, tendríamos que haber caído las dos, pues lo habitual es que tomásemos lo mismo. Ya le conté al señor juez lo que era para cenar; siempre igual.
Seguí insistiendo y, por el sexto sentido que me había dado la Farmacología, acabé por dar en el clavo:
Quizás algún regalo. Por ejemplo, alguna bebida: anisette, por ejemplo.
Carmen me miró como pasmada. ¿O licor de plátano?, acertó a decir.
Cualquier bebida alcohólica. ¿Es que acaso...?
Sí seré boba, que se me había olvidado por completo, o no lo relacionaba con lo sucedido –explicó-. El caso es que las Navidades pasadas recibimos por correo un obsequio de doña Concha: la botella de licor de plátano que le decía. La señora se quedó boquiabierta y luego reaccionó con enfado:
¿Se habrá creído la hipócritilla que a mí se me compra con regalitos?, dijo. Y no te creas, Carmen, que no es lista esta lagarta, pues bien se acuerda que mamá solía tomar antes de irse a la cama una copita para que le ayudase a dormir –decía ella- y a veces yo la acompañaba. Pero eso se acabó cuando murió mi madre y no voy a reanudar la costumbre porque a Concha le venga ahora en gana.
Carmen prosiguió:
La señora se levantó del sillón, abrió el aparador más cercano y, haciendo un hueco, guardó allí la botella de licor. Luego, me dijo con desprecio: aquí se queda y, cuando te parezca, lo tiras, que no queremos nada de ella.
Y usted la tiraría, claro –deduje con malicia, imaginando que se estaba inventando un cuento en su favor-.
No, señor, no me pareció oportuno al no ser el regalo para mí. Debió de ser la señora quien lo hiciese, aunque no lo sé con certeza pues nada me dijo.
O sea, que la botella ha desaparecido –insistí con cierto sarcasmo-. ¿Cuándo cree que pudo suceder tal cosa?
No puedo decirle. Desde luego, antes de que doña Concha y su marido viniesen por casa a recoger las ropas y objetos que les autorizaba el testamento... Lo digo porque ella me preguntó expresamente por la botella para llevársela, dado que había sido un regalo suyo. Por supuesto, no le puse ningún inconveniente. Abrí el armario... Y allí solo estaba el hueco. Doña Concha pareció muy enfadada y se empeñó en sacar todo lo que contenía la vitrina, sin resultado. Estaba dispuesta a seguir revolviendo, pero el marido le dijo algo al oído y ella, de malos modos, abandonó la búsqueda. Estuve por explicarle que doña Candelaria había hablado de tirar la botella, no fuera a creer que yo me la había bebido, pero dejé que pensara lo que mejor le pareciera. A fin de cuentas, era un obsequio de tres perras gordas y ya sabe lo que dice el refrán sobre los regalos[66].
Esto fue todo lo que hablamos Carmen y yo aquella mañana. Al despedirme, le pregunté:
No le importará a usted repetir todo lo que me ha dicho, si el señor juez la vuelve a llamar a declarar... Creo que le conviene que se sepa.
Lo repetiré las veces que haga falta –afirmó- porque es la pura verdad, aunque preferiría que me sacasen una muela antes que volver a pasar por el juzgado.
Código civil abierto por el artículo 756
***
Me faltó tiempo para ir con el relato al juez y a este, para quitar importancia a las novedades.
En el mejor de los casos –opinó- tenemos una sospecha más, que se desvanece como humo, en vista de que la botella ha desaparecido –no por culpa de doña Concha, desde luego- o acabó en la basura por el malhumor de la difunta. Además, entre el envío navideño del licor y la muerte de doña Candelaria pasaron dos meses: mucho tiempo para tenerla sin abrir, supuesto que –según tú- la difunta acabó por sucumbir a la tentación.
Bien sabes –protesté- que yo no digo que el veneno estuviera en la bebida: Solo sostengo que es una posibilidad con la que antes no contábamos, y un dato a favor de la hipótesis de culpabilidad de Concha. Ya conoces –proseguí- que la mejor forma de administrar digoxina, para curar o para matar, es diluirla en alcohol y a ser posible azucarado, para encubrir el amargor.
Pues si es por azúcar –convino el juez-, nada mejor que el licor de plátano, que no puede ser más empalagoso[67], si bien debes saber que en Canarias, por ahora, no se fabrica en destilerías, sino que se elabora caseramente. No se te ocurriría preguntar a tu confidente si la botella era anónima o de alguna marca de importación[68], ¿verdad?
Perdone, Señoría –me disculpé en tono jocoso-. Llevo muy poco tiempo en Canarias y no me ha dado por los licores autóctonos, pero no voy a tardar en ponerme al día de todos los datos que nos puedan ser de interés.
No se moleste, doctor –me siguió la guasa-, que ya me encargo yo, como es mi oficio. Primero, me dirigiré al servicio de correos para que nos precise todos los detalles del supuesto envío de la botella. A continuación, tomaré declaración a Carmen Marrero, apretándole las clavijas más que usted, sin duda. Y, tan pronto me dé pie para que el licor haga acto de aparición en el sumario, ordenaré una nueva entrada y registro en la casa de La Florida y te aseguro que, si la botella está todavía allí –lo que parece harto improbable-, aparecerá, ¡vaya que aparecerá!
6. El misterio de la cafetera desubicada (capítulo cuarto)
El juez se vio obligado a acelerar la instrucción del sumario. El abogado que llevaba los intereses de Concha Oramas presentó una petición de prisión preventiva contra Carmen Marrero, alegando que había pruebas suficientes para considerarla autora de asesinato. Tenía más razón que un santo, pese a las dudas morales del instructor, que yo compartía plenamente, como ya he dicho. Para retrasar la respuesta a tal petición, se pidió el parecer del fiscal jefe provincial quien, como era habitual, estaba tranquilamente en su despacho de Santa Cruz, recibiendo los informes del fiscal comarcal y las noticias que por teléfono le enviaba el juez desde La Orotava[69]. Entre tanto, el juez aceleró al máximo la práctica de las diligencias que tenía pensadas y, en menos que canta un gallo, se presentó en la casa de La Florida, dispuesto a revolver Roma con Santiago, hasta encontrar la botella de licor de plátano o, al menos, a quedar totalmente seguro de que la misma no se encontraba en la casa. Decidí sumarme a la amplia comisión judicial que se organizó, de la que, entre otros, formaban parte los abogados de las partes, un sargento y tres números de la Guardia Civil y el secretario judicial que, para amenizar la búsqueda, prometió un duro[70] a quien encontrase la botella anhelada.
Mientras se practicaba el registro, el instructor hizo un aparte conmigo y me puso en antecedentes de lo que había resultado de su comunicación a correos. Efectivamente, el día 15 de diciembre del año anterior, Concha Oramas había depositado en la oficina de Las Palmas un paquete postal con destino a su hermana Candelaria, con domicilio en La Orotava. Como contenido del envío se había hecho constar obsequio navideño. No era una referencia muy explícita. De hecho, si Concha negaba haber remitido una botella de licor, solo se contaría con la declaración interesada de Carmen. Pero el juez contaba con que fuese la propia obsequiante quien se acabara delatando, debido a su interés por recuperar lo regalado. De hecho, su abogado no había dicho ni pío cuando supo lo que se iba a buscar.
El duro del secretario tardó apenas una hora en tener ganador. Uno de los guardias encontró, no solo la botella, sino un vasito de los empleados habitualmente para servir bebidas espirituosas. Una y otro se hallaban en un chiribitil anejo al dormitorio de doña Candelaria, detrás de varios tomos encuadernados de La Ilustración Española y Americana[71]. Al recoger el hallazgo en el acta levantada de la diligencia, se describía la botella de la siguiente forma:
... Una botella de una pinta de capacidad[72], etiquetada como liqueur de banane de la casa Marie Brizard[73], con la cápsula de sellado y el sello fiscal rasgados, cerrada con su tapón y a falta de una pequeña cantidad del contenido, más o menos, el equivalente al que cabe en el vaso que se ha encontrado junto a la botella, con restos visibles de haber sido usado sin enjuagarlo posteriormente.
Apenas había terminado el secretario de recogerlo en acta, cuando el abogado de doña Concha se dirigió al juez, reclamando la entrega –al menos, en depósito- de la botella, dado que era un regalo hecho por su cliente. El juez cortó en seco tan peregrina solicitud, de una forma que dejó al pobre letrado en la más completa evidencia ante los presentes:
Repare el señor letrado que los regalos, una vez entregados, son de la propiedad del donatario y, habiendo fallecido este, de sus herederos. Por otra parte, la botella, el vaso y su respectivo contenido constituyen cuerpo del delito y habrán de quedar en poder del juzgado, hasta la conclusión del proceso. De cualquier forma, constará en acta su reclamación, así como la afirmación rotunda de que la botella de licor constituía el objeto enviado por su cliente desde Las Palmas para obsequiar a su hermana Candelaria.
El abogado se mordió los labios y puso un gesto hosco. Hasta ese momento no se debía de haber percatado de la posibilidad de negar que era una botella el contenido del paquete postal mandado por Concha a su hermana. A partir de ahora ya no habría duda de ello, y por el propio reconocimiento de su abogado, nada menos.
Una vez en el juzgado, el juez decidió mostrarse generoso:
Digo, Aurelio, que esta vez no voy a atormentarte con un viaje a Madrid, sino que yo mismo llevaré el cuerpo del delito al Toxicológico, aprovechando que no he cogido aún las vacaciones de este año. De modo que empaquétame botella y vaso en debida forma y avísales de que voy para allá con la misma encomienda de las ocasiones anteriores. Seguro que el presidente de la Territorial me felicita por mi destacada entrega al servicio.
Mes y pico después, estaban de vuelta el cuerpo del delito y el entregado servidor de la justicia. Este último traía consigo el resultado de los análisis llevados a cabo en el líquido de la botella de licor y en los residuos del vaso. Como me temía, eran positivos a la digoxina, con una dosis más que suficiente para producir en menos de una hora el paro cardiaco. Añadían que el tósigo, a juzgar por su perfecta disolución, había sido incorporado al licor en forma líquida, lo que habría permitido a una persona experta el inyectarlo, aun estando la botella precintada. El juez estaba exultante:
Lo de la inyección les pedí expresamente que lo recogieran, aunque tu amigo, el profesor Maestre, estuvo muy reticente pues decía que no era cuestión farmacológica, sino de criminalística. La verdad es que hace falta ser un manitas para poner esta inyección...; el marido de Concha, seguramente.
Y, como si fuera un comisario dando una lección de policía científica, me explicó:
La botella intacta tiene dos precintos: la faja de papel que sella con la marca fiscal el tapón al cristal de la botella, y el anillo de plomo que forma una cápsula alrededor del cuello de la botella, entre el tapón y el cristal. Para meter algo dentro de la botella sin romper ninguno de los precintos, el manipulador calienta el plomo hasta ablandarlo por su parte inferior y, por ahí –entre el cristal y el plomo blando- mete una aguja de las llamadas de carga, utilizadas en farmacia para extraer o inyectar medicamentos en las jeringas u otros recipientes. La aguja habrá de ser lo suficientemente fuerte, como para perforar y atravesar el tapón de corcho en sentido transversal, hasta poder inyectar en el interior el veneno. Luego, se saca la aguja antes de que el plomo se enfríe y santas pascuas. ¡A ver quien es el guapo que va a fijarse en una levísima muesca en el precinto de plomo!
La lección me resultó interesante, aunque fuera de lugar para un forense avezado, como yo me consideraba. Así que contesté a lo del guapo de manera un tanto mordaz:
Desde luego que no, si quien abre la botella es una señora mayor, miope, que no sospecha nada, siendo de noche y con ganas de echar un lingotazo de licor de plátano a escondidas. Vamos, como para andarse con sutilezas que dejarían estupefacto a Sherlock Holmes[74].
El juez, algo amostazado, se explicó:
Hay que estar en todo. No sabes a que detalles se agarran los abogados defensores para tumbar una acusación en un juicio con jurado.
Yo le seguí castigando:
Si de defensa a ultranza se trata, bien fácil lo tendrá el abogado de doña Concha y su esposo, si es que llegan a sentarse en el banquillo. Con decir que ellos regalaron una botella sin ponzoña y que fue la criada la que echó el veneno después de morir doña Candelaria...
Pero –objetó el instructor-, si la digoxina se hubiera echado al licor después de morir la señora, ¿de qué murió?
Pues pongamos que del matarile que Carmen le dio con el café, cuyos restos se han encontrado en la cafetera –respondí-. Según eso –concluí muy ufano-, echar el veneno en el licor sería la forma empleada por la criada para ampliar en su beneficio el número de sospechosos de asesinato.
El juez intentó una última jugada antes del jaque mate:
Si las cosas fueran así, ¿a qué tanto interés en encontrar la botella, primero, y en recuperarla, después?
Porque iba a ser el clavo ardiendo al que podría agarrarse Carmen para embrollar los hechos y, de paso, enturbiar su culpabilidad. ¡Y fíjate si lo ha conseguido!
Mi antagonista tiró su rey sobre el tablero y, abatido, reconoció:
Dicen que no hay nada peor para un juez que no dar con el autor de un asesinato. ¡Pues nosotros tenemos tres donde elegir y tampoco nos va muy bien, que digamos!
Reconozco que me ensañé con él, al replicarle:
No emplee el plural, Señoría, que la instrucción es solo suya. Los demás no somos sino modestos cooperadores en su labor.
Vieja botella de licor de plátano de la marca Marie Brizard
7. El misterio de la cafetera desubicada (capítulo quinto y último)
Estaba claro, al menos, para el juez y para mí. Mientras la cafetera continuase envenenando nuestros pensamientos, no había nada que hacer. La cafetera era el nudo gordiano del caso. Si nos hubiese dado por escribir una novela policiaca, la habríamos llamado, sin vacilar, El misterio de la cafetera.
El instructor, entre deprimido y desesperado, optó por reducir el misterio a una serie de preguntas sucesivas relativas a aquella indescifrable pieza de porcelana inglesa. Me trasladó tales preguntas, rogándome que le ayudara a darles respuesta o, en su caso, a buscársela.
La primera pregunta abría nuevos horizontes al caso, por impertinentes que pudiesen parecer: ¿Cuándo y cómo había llegado la cafetera y –por extensión- las otras veintiséis piezas del juego[75] a la casa de doña Candelaria? Parecía una curiosidad inútil pues nadie ponía en duda que aquel juego de café estaba en la casa, se supone que lícitamente, desde mucho antes de que la señora fuese envenenada. Pero el juez seguramente esperaba que en la adquisición de la cafetera y las demás piezas hermanas hubiese alguna clave que se pudiese aprovechar para resolver el crimen.
La segunda pregunta parecía tener más miga, aunque apuntaba una posibilidad remotísima: ¿Cuándo y donde se echó el veneno en la cafetera? Si había sido fuera de la casa, se abría la oportunidad de que no hubiese sido Carmen la responsable y, si había sido después de morir doña Candelaria, ese veneno no habría causado su muerte.
Y la segunda pregunta llevaba a la tercera: Para el caso de que el veneno se echase en la cafetera fuera de la casa, ¿quién y cuándo habría tenido ocasión de volverla a colocar en La Florida junto al resto del juego de café?
Era evidente que la respuesta a la primera pregunta podía tenerla Carmen mejor que nadie. El juez me confió la gestión de hablar con ella, manteniéndose él a la expectativa, hasta ver si lo que supiese la criada nos llevaba a algún sitio. Como la vez anterior, Carmen se mostró conmigo amable y colaboradora. Y, desde luego, tenía buena memoria:
Hará unos quince años que ese juego de café está en casa. Fue un regalo para doña Candelaria de parte de su tía Rosario, que era su madrina de bautismo. Le había tocado un buen pellizco en la lotería y quiso tener un detalle con su sobrina ahora que había salido de pobre, como ella decía, exagerando... No, no llegó por correo, sino por un recadero de Santa Cruz quien nos dijo que lo había recogido en el correíllo de Las Palmas y lo trajo ¡en un carro tirado por un mulo! Claro, eran otros tiempos... El embalaje era muy bueno, de madera, que mi trabajo me costó deshacerlo sin que se rompiera ni una pieza... No sé si lo encajonarían en fábrica o en alguna tienda o almacén de Las Palmas, que es donde vivía doña Rosario y debió de comprar la porcelana... A doña Candelaria le gustó muchísimo el regalo y decidió colocarlo de exposición en un aparador del salón, pero su mamá empezó a usarlo casi a diario. Me parece estar oyéndole decir: Niña, las cosas buenas son para disfrutarlas. Doña Candelaria cedió y, cuando murió su mamá, va para ocho años, siguió con la costumbre de la difunta. Bueno, así hasta que le prohibieron el café los médicos, por lo que tenía de corazón... ¿Doña Rosario? La pobre no disfrutó casi del premio de la lotería, pues murió un par de años después de tuberculosis... No me pregunte nada más, que no sabría que decirle y lo mismo le confundo... Oiga, doctor, las cosas están muy mal para mí, ¿verdad?
La segunda pregunta tenía una contestación muy sencilla, aunque bastante poco útil. Era evidente que la cafetera podía haber sido impregnada con el veneno en cualquier lugar y en cualquier momento anterior a haberla recogido el juzgado para analizarla, cosa que se había demorado mucho por culpa de lo lento que había ido el análisis toxicológico de las muestras obtenidas en la autopsia de doña Candelaria. Se entraba en territorio de conjeturas, pero tanto el juez, como yo considerábamos lo más probable que la contaminación de la cafetera se hubiera hecho antes de morir la señora –si es que había sido la causa de su fallecimiento- o muy poco después, si es que se había querido preparar una prueba contra Carmen. En lo tocante al lugar, lo más sencillo habría sido hacerlo dentro de la casa: Apenas bastaban unos momentos para dejar caer una gotas de veneno en la cafetera con una jeringa.
Enlazando esas conjeturas que el juez y yo teníamos, con la respuesta a la tercera pregunta, estaba claro que la ocasión pintiparada para contaminar a cafetera había sido la de acudir a la casa doliente al morir doña Candelaria, hallándose esta de cuerpo presente en su dormitorio[76]. De hecho, si aceptábamos lo declarado por Carmen, Concha y su marido habían permanecido en la casa más tiempo que el resto de los asistentes, merodeando por las habitaciones con el pretexto de reverdecer viejos recuerdos. Carmen había sido muy expresiva, aunque de dudosa veracidad: Me sentí tan incómoda, que decidí encerrarme en mi habitación hasta que les diera por marcharse. Más circunspecta se había mostrado cuando se le preguntó sobre si podrían haberse llevado algo de la casa: No puedo decirle. Desde luego, si con algo arramblaron, sería de poco volumen porque no lo aparentaban. Al juez y a mí nos parecía el momento adecuado para que la pareja de sospechosos –por no referirse a cualquier otro visitante de la casa en aquella luctuosa ocasión- hubiese hecho de las suyas. Ya no tuvieron ocasión, un par de meses después, cuando fueron a recoger lo que les autorizaba el testamento, pues, por precaución, el juego de café era de las cosas de valor que Carmen había llevado a casa de su hermana Gertrudis, para evitar cualquier tentación por parte de Concha de escamotearlo.
En resumidas cuentas, recapitulando nuestras reflexiones, estábamos como al principio. Todo era posible, pero nada seguro: tan seguro, como para que ningún jurado pudiera dudar de que Carmen no era la envenenadora de la cafetera. ¿Qué haría falta –pensábamos- para descartar a la criada como alternativa a la culpabilidad de Concha y Justo? Por decir algo, solté lo primero que me vino a los labios:
Que la cafetera envenenada no fuese la del juego de café de doña Candelaria.
Parecía una estupidez. Carmen no lo había puesto jamás en duda y, objetivamente, no cabía duda de que, por dibujo y apariencia, nuestra cafetera era la hermana mayor las otras veintiséis piezas de porcelana Royal Worcester. Sin embargo, muy desesperado debía estar el juez para agotar la investigación hasta ese extremo. Con la mayor flema del mundo, consintió:
De acuerdo. Busquemos un experto que nos saque de dudas.
Se quedó pensativo y esbozó una sonrisa cuando me dijo:
No será fácil encontrar por estos parajes un perito oficial en porcelana inglesa, pero tal vez la persona indicada sea un testigo-perito[77]. ¡Y quién mejor que el titular de la tienda o almacén de Las Palmas que vendió al juego de café a la hermana de doña Candelaria... Empezaremos como una gestión no oficial, sin comprometer al juzgado. Luego, si damos con algo, lo tomaremos más en serio... ¿Qué te parecería, Aurelio, si...?
¿... Si te tomas un par de días de permiso y te das una vuelta por Las Palmas?, completé la frase.
Cada vez nos entendemos mejor, concluyó el juez, conteniendo la risa.
***
La razón social Sucesores de Adeje y Bermúdez, con almacén en el puerto de Las Palmas y edificio de tienda y oficinas en la calle Mayor de Triana de dicha ciudad, tenía la licencia de Royal Worcester para vender sus porcelanas en toda Canarias. No me costó mucho trabajo, pues, decidir con quién tratar del asunto que me había confiado el juez. Provisto de la famosa cafetera y de una taza y un plato del mismo juego, facilitados por Carmen, me presenté como enviado del juez de instrucción de La Orotava, para conseguir algunas aclaraciones sobre unas piezas de la famosa marca inglesa, que precisábamos para una investigación en curso. Escuchar lo de juez de instrucción y pasarme al despacho del gerente fue todo uno. Una vez ante él, le expliqué sucintamente que se trataba de informar sobre la venta de un juego de café, que Adeje y Bermúdez había realizado unos quince años antes. Inmediatamente, el gerente cortó la entrevista, con estas palabras:
Naturalmente, podríamos buscar en los libros de la empresa de aquellos años, pero será más rápido que le pase con el señor Santana. Lleva trabajando para nosotros más de cuarenta años y es la memoria viva de la empresa. Tiene una memoria increíble.
En efecto, don Emiliano Santana ocupaba una oficina de la planta baja, a cuyas paredes estaban adosados ficheros y estanterías cargadas de libros de comercio y archivadores, hasta el techo. Hizo un hueco en la gran mesa de trabajo para que colocase yo las piezas que llevaba. Él mismo, apartándolas de mi mano, procedió a abrir los paquetes con esa mezcla de mimo y precisión que da una dedicación de decenios. Mientras tanto, inicié la explicación del encargo que traía. Apenas aludí a doña Candelaria Oramas, paró en su manipulación, me miró por encima de sus lentes de miope, y me dijo de corrido:
No me diga más, la sobrina de doña Rosario Clavijo. Fue muy famosa el día que tocó en Las Palmas el tercer premio de la lotería en el sorteo de Navidad. Eso fue el año... 1909. Se decía que le habían tocado a ella cincuenta mil pesetas[78], aunque vaya usted a saber. El caso es que vino por esta casa, dispuesta a hacerle un buen regalo a su sobrina Candelaria, ahijada suya, ahora que la suerte la había favorecido. La atendí yo mismo y le sugerí que la obsequiara con una vajilla completa de Worcester. Doña Rosario replicó que no quería gastarse tanto, que bastaría con un bonito juego de café... Escogió uno que acababa de llegarnos de Inglaterra..., azul y de flores, creo recordar. Pagó, se le embaló y lo mandamos a casa de la sobrina.
Calló y terminó de abrir los paquetes. Se le iluminó el semblante con una sonrisa seráfica:
¡Justamente, ese era el juego! No obstante, siendo para el juzgado, vamos a asegurarnos con los papeles.
Como en un automatismo, abrió el fichero correspondiente al apellido Clavijo y extrajo la cartulina correspondiente, que leyó:
Aquí está. Día 14 de junio de 1910. Juego de café salido de fábrica en 1910, etcétera, etcétera. Decoración impresa, floral, color azul. Precio, 150 pesetas. Portes, hasta La Florida, en La Orotava, 10 pesetas. Pagó al contado. Entregado de conformidad el 5 de julio de 1910.
Pese a tan informado convencimiento por parte de don Emiliano, me atreví a insistir, ya que para eso me había enviado el juez:
¿Seguro que la cafetera es la original? ¿No cabe alguna duda a despejar mediante una comprobación?
El señor Santana me miró de hito, sin pronunciar una palabra. Giró la cafetera hasta tener a la vista el sello de fábrica de su base. Un gesto de perplejidad asomó en su rostro. Miró y remiró, al tiempo que contaba no sé qué en voz baja. Abrió un cajón de su mesa y sacó una lupa, que colocó a unos centímetros del sello. Seguía su desconcierto, aunque no me explicase aún el porqué. Tan solo me aclaró:
Vamos a ver la taza y el platillo que ha traído usted. Vendrán también de la misma casa, ¿verdad?
Desde luego, aseveré. Se supone –añadí recalcando las palabras- que cafetera, taza y plato son del mismo juego.
Repitió con platillo y taza la misma operación que con la cafetera. Vaya, vaya, musitó, moviendo la cabeza. Finalmente, me soltó la sorpresa:
Lamento decirle que la cafetera y las otras dos piezas no son del mismo juego. Es más, puedo asegurarle que la cafetera no es la que en su día vendí a doña Rosario.
En otras circunstancias habría quedado atónito, pero, tras tanto cavilar anteriormente, la noticia me produjo simplemente una íntima satisfacción: La de que, al fin, estábamos a punto de que el misterio de la cafetera dejase de ser insondable.
Si tiene la bondad de explicarse..., le contesté.
Acérquese, tenga la bondad, y coloque la lupa sobre el sello de la cafetera, me pidió. ¿Cuántos puntos cuenta usted debajo de la palabra WORCESTER?
Ocho, desde luego. Están suficientemente claros.
Pues ahí está el detalle, que ese número de puntos indica que la cafetera salió de fábrica un año después de que yo se la vendiera a doña Rosario.
¡Pero eso no es posible!, deduje. ¿Cómo es usted capaz de afirmar tal cosa con plena certeza?
Luego se lo aclaro. Pase ahora a mirar con lupa los sellos de la taza y el plato, a ver cuántos puntos cuenta.
Sello de Royal Worcester de siete puntos (1910)
Así lo hice y llegué a la misma conclusión que Santana: En ambos casos, los puntos eran siete. Me preguntó muy interesado:
¿Han comprobado si las demás piezas tienen siete u ocho puntos?
Pues no, la verdad, pero le prometo hacer la cuenta tan pronto regrese a Tenerife y le informaré del resultado.
Espero que tengan siete. De otro modo, esto sería un galimatías. En fin, voy a explicarle lo de los puntos.
Nos volvimos a sentar en nuestros asientos respectivos. Le pedí lápiz y papel para ir apuntando cuanto me dijera, a fin de transmitirlo tal cual al juez. Don Emiliano tomó la palabra y me dijo:
Royal Worcester ha tenido desde tiempo inmemorial mucho interés en reflejar en sus piezas el año de fabricación[79]. A partir de 1892, el año de fabricación se determina por el número de puntos que se pintan o imprimen en el reverso de las piezas. Estos puntos se han ido colocando, los doce primeros, a ambos lados de la corona, y los restantes, centrados y al pie de la marca ROYAL WORCESTER ENGLAND. Cada año, un punto más. Si echamos la cuenta desde 1892, al año 1910 le corresponden diecinueve puntos, de los que siete han de figurar debajo de la marca. Así sucede con la taza y el platillo que me ha traído para confrontar con la cafetera, pero esta tiene un total de veinte puntos, de los que ocho figuran debajo de la palabra WORCESTER. En consecuencia, salvo error mayúsculo de los ceramistas, esa cafetera no salió de fábrica ni, menos aún, llegó a Canarias en la fecha en que la adquirió doña Rosario.
Me quedé pensando unos instantes, hasta que hilé la revelación del experto con la posibilidad de que Concha o su marido hubiesen dado un cambiazo; pero esa posibilidad sería una quimera, de no poder acreditar una casualidad fuera de toda lógica: La de que tuvieran en su poder un juego de café exactamente igual que el de casa de doña Candelaria.En fin, por probar, que no quedase. De forma que pregunté a don Emiliano:
¿Hay alguna otra empresa en España que comercialice la porcelana Royal Worcester?
Por supuesto, muchas, pero en Canarias solo estamos autorizados nosotros.
Según eso, de haberse vendido un juego de café igual, pero del año siguiente, también tendrían documentación en Adeje y Bermúdez...
Mi interlocutor puso cara de circunstancias y rehusó cooperar:
Lo siento, pero esos datos no están basados en las piezas que usted ha traído. En consecuencia, forman parte de la reserva que la empresa debe a sus clientes. De todas maneras, hable usted con el señor gerente, a ver qué opina él.
Me sentía tan cerca de descubrirlo todo, que me entró una prisa loca. Me levanté de un salto y convine en la sugerencia de Santana:
De acuerdo, vamos inmediatamente a ver al gerente.
Como me figuraba, el mandamás apoyó el circunspecto punto de vista de su empleado. No se me ocurrió otra cosa que hacer valer los imponentes derechos de un juez de instrucción:
Le ruego que me pongan con el juzgado de La Orotava, para que sea el señor juez quien les reclame su cooperación en un asunto de asesinato. El número es el...
Creo que, después de escuchar lo del asesinato, tanto habría dado que no hubiésemos encontrado al juez, pero lo cierto es que este apretó las clavijas a fondo: Ahora mismo –dijo- les mando un telegrama, ordenando dar al señor Ramos cuantos datos considere precisos para la instrucción.
A su disposición, señor juez –balbuceó el gerente-. Empezaremos sin necesidad de haber recibido todavía su telegrama, pero comprenda que la búsqueda puede ser laboriosa, pues tenemos cientos, si no miles, de clientes en nuestros archivos.
Don Emiliano, al oír a su principal, le susurró:
No hará falta que busquemos mucho. Tengo en la memoria los datos que exige el señor juez.
En efecto, salió del despacho del gerente y, al cabo de un par de minutos, regresó con la ficha de doña Rosario Clavijo nuevamente en las manos. Sin leer esta vez los datos, nos expuso de memoria:
Al año siguiente, es decir, 1911, doña Rosario aportó nuevamente por la tienda y, dirigiéndose expresamente a mí, me encargó otro juego de café idéntico al que había regalado a su sobrina Candelaria. No lo teníamos en ese momento, por lo que tuvimos que pedirlo a Inglaterra, de donde afortunadamente nos lo mandaron. La clienta me dio la explicación de que, cuando su sobrina Concha –hermana de Candelaria- se enteró del regalo hecho a esta, se había enfadado mucho porque con ella no hubiese tenido una atención similar. Las dos somos tus sobrinas y no vas a arruinarte por hacerme también un obsequio –parece que le dijo-. Fue inútil que le recordara que Candelaria era su ahijada y ella no: siguió erre que erre. De modo que doña Rosario cedió y se dio el capricho de que el regalo fuera exactamente igual. Así no podrá decir que la hago de menos, me aclaró.
Santana concluyó:
Como el segundo juego de café se pidió en 1911, sus piezas podrán tener ocho puntos bajo la marca, como la cafetera que tenemos ante nosotros... Lo que no quiere decir que sea, precisamente, la del juego regalado a doña Concha Marrero.
Se me nubló la vista ante la posibilidad de que apareciese un tercer juego de café igualito a los de las Marrero. Por eso, preocupado, pregunté a don Emiliano:
¿Es que en sus archivos figura vendido algún otro juego igual?
En el año 1910 y en alguno de los años anteriores, seguro que sí, porque tuvo bastante éxito, pero estoy por asegurar que, al menos, en Canarias no se vendió ninguno como estos en 1911, porque me escribieron desde Inglaterra que lo habían encontrado de milagro, dado que ese modelo llevaba ya cinco años fabricándose y habían decidido retirarlo de mercado.
Me volvió el alma al cuerpo. Suspiré aliviado y dije:
Ahora, señor Santana, dejemos la buena memoria a un lado y veamos en la ficha todos los datos de la venta del segundo juego.
Sello de Royal Worcester con ocho puntos (1911)
***
El relato de este caso va llegando a su fin. Dos días después se practicó un registro en la casa del matrimonio de Justo y Concha y, como era de esperar, su juego de café tenía en todas sus piezas los ocho puntos, salvo en la cafetera, que tenía uno menos. ¡Habíamos dado con la auténtica cafetera de doña Candelaria y, de paso, quedaba claro quiénes habían llevado a la casa emponzoñada la gemela, para hacer caer sobre Carmen la falacia del café bien cargado. Por supuesto, las piezas del juego de La Florida que faltaban por reconocer tenían todas siete puntos.
Un año más tarde, Justo Benítez y Concepción Marrero fueron juzgados como autores del asesinato de su cuñada y hermana –respectivamente- Candelaria Marrero, siendo condenados a muerte, al concurrir como agravante el parentesco que tenían con la víctima[80]. Al año siguiente, el Tribunal Supremo confirmó la condena y las penas de muerte. No obstante, algún ángel de la guarda tendrían los asesinos en las alturas de Madrid porque un indulto parcial conmutó las penas capitales por las de treinta años de reclusión.
Para entonces, tanto el juez como yo habíamos dejado La Orotava por nuevos y menos excéntricos destinos; pero seguro que ninguno de los dos olvidará mientras viva el caso de la cafetera desubicada.
Primera edición inglesa de El misterio del Tren Azul
[1] Nombre coloquial que se daba al vapor que diariamente hacía el periplo entre las islas, llevando el correo, pasajeros y mercancías. Uno de ellos se llamaba Viera y Clavijo, como más adelante se cita.
[2] Es decir, la Señora Christie. A efectos literarios, Agatha Christie (1890-1976), de soltera Miller, mantuvo en todo momento el apellido de su primer marido, aunque se divorciaron en 1928.
[3] El Gran Hotel Taoro, considerado “de lujo” por aquellas fechas, había sido inaugurado en 1890. Cerrado en 2006, ha sido reabierto en 2026, con la consideración de “cinco estrellas de lujo”.
[4] La Orotava y Puerto de la Cruz distan entre sí unos seis kilómetros.
[5] Acojo, a efectos del relato, la versión que del doctor Lucas ofrece Derek Winterbottom, en Agatha Christie in the Canary Islands, publicado en la web englishlibrarytenerife.org.Según este autor, Lucas (al que yo atribuyo el nombre de John) era inglés y convivía en Las Palmas con su hermana mayor, de apellido Meek, por su marido. La nacionalidad británica de Lucas es afirmada por casi todos los que han abordado el tema, pero hay excepciones notables, como la de Javier Campos Oramas en su relato novelado, Crimen en El Confital by Agatha Christie, edit. Adarre, Madrid, 2017, que se refiere al doctor como don Lucas Apolinario, natural de la isla de La Palma.
[6] Apócope por el era generalmente conocido el gran hospital londinense Saint Bartholomew’s, al que más adelante se alude repetidamente en el relato.
[7] El diario citado fue uno de tantos que concedió en el Reino Unido la consideración de noticia de primera plana al episodio de la desaparición de Agatha Christie en diciembre de 1926, como se refleja en la composición fotográfica que ilustra el presente relato.
[8] El hotel Metropole de Las Palmas tuvo su origen en 1889, siendo frecuentado por numerosísimos turistas británicos. Cerrado a resultas de nuestra guerra civil, fue adquirido en 1940 por el ayuntamiento palmeño, realizándose una profunda reforma estructural para albergar, a partir de 1960, las oficinas centrales del municipio.
[9] Aludo al esfuerzo, finalmente exitoso, que hizo el doctor Lucas para convencer a Agatha C. de que, llegadas las cosas al estado en que se encontraban, con el marido firmemente decidido a divorciarse a y casarse con su amante estable, lo mejor que podía hacerse era llegar a un divorcio de mutuo acuerdo, dejando a la hija Rosalind al cuidado de su madre.
[10] Rosalind Christie (1919-2004), hija única de Agatha que, cuando el viaje a Canarias de 1927, tenía 7 años de edad.
[11] Charlotte Fisher (1895-1976), contratada en 1924 como institutriz de Rosalind –quien fue, al parecer, la que le puso el apodo cariñoso de Carlo-, se convirtió rápidamente en la persona más cercana a Agatha, como amiga, mecanógrafa y secretaria, permaneciendo así hasta 1976, año en que murieron la novelista y Charlotte. Esta no se casó nunca ni parece que tuviese descendencia.
[12] Sin exagerar, Agatha Christie estaba pasando por una época precaria en lo económico en 1927, debido a los gastos irrogados por la herencia de su madre y a la parsimonia de su marido. Además, la escritora había roto con su anterior editorial, Bodley Head, y la nueva, Collins, remoloneaba a la hora de hacerle anticipos por su prometida novela, El misterio del Tren Azul, que finalmente seria publicada en 1928.
[13] Alusión metafórica a que la novela (El misterio del Tren Azul) entrase en los locales de la editorial Collins.
[14] Referencia al gran naturalista y geógrafo prusiano, Alexander von Humboldt (1769-1859) quien, en su famosa expedición a América de 1799, hizo escala en Tenerife, que le dejó un recuerdo imborrable del Teide y el valle de La Orotava, donde un famoso mirador sigue llevando su nombre.
[15] Localidad termal y turística del condado inglés de Yorkshire, donde Agatha Christie se refugió con nombre supuesto y acabó por ser localizada en diciembre de 1926.
[16] Es nombre empleado en Inglaterra, entre otras cosas, para referirse a los posgraduados extranjeros que practican como médicos internos en los hospitales ingleses.
[17] La comparación con el Reino Unido y Los Estados Unidos no es apropiada, pues allí el coroner es un funcionario que tiene facultades mucho más limitadas que el juez de instrucción español, siendo las principales las de averiguar las causas y circunstancias de las muertes en circunstancias confusas o presuntamente criminales.
[18] Gregorio Marañón y Posadillo (1887-1960), insigne médico y escritor español, que en 1911 fue nombrado Jefe del Servicio de Patología Médica del Hospital General de Madrid, dependiente de la Junta de Beneficencia de la Diputación de Madrid, puesto en el que permaneció hasta el comienzo de nuestra guerra civil (1936).
[19] Philip Hamill (1883-1959), famoso farmacólogo británico, que permaneció al frente de la Pharmacopoeia del hospital londinense de St. Bartholomew entre 1914 y 1950.
[20] Sir Thomas Horder (1871-1955), médico ordinario de los reyes del Reino Unido entre Eduardo VII y los comienzos del reinado de Isabel II, así como de tres primeros ministros británicos. Habiéndose formado como médico en Barts, mantuvo un contacto asiduo con este hospital en calidad de visitador, dando un formidable impulso a la terapéutica farmacológica en dicha institución. Véase en Internet, R.J. Huxtable, Breve historia de la farmacia, la terapéutica y el pensamiento científico, Actas de la Sociedad de Farmacología Occidental, 1999.
[21] Véase, a propósito del peligro de excederse en la dosis de digitalina: John Emsley & Anthony E. Hargraves, More molecules of murder, Popular Science, 2017, capítulo 10, pp. 129-142 –accesible por Internet-.
[22] Combinando los principios activos de la digital con insulina.
[23] En terminología clásica, se diferencian las fórmulas magistrales, preparadas para enfermos y casos concretos, a partir del estudio y decisión de un médico determinado, de las fórmulas oficinales, ya preparadas de antemano para casos generales. Estas últimas han dado lugar a los modernos fármacos que ya vienen elaborados y envasados por los laboratorios, sin que en las farmacias se haga otra cosa que expenderlos y comprobar, en su caso, las recetas.
[24] Teófilo Hernando Ortega (1881-1976), catedrático de la disciplina de Terapéutica Clínica en la Universidad de Madrid desde 1912, gran figura española de la Farmacología experimental.
[25] El Instituto de Medicina Legal, Toxicología y Psiquiatría fue creado en Madrid en 1914 a iniciativa del catedrático Tomás Maestre Pérez (1857-1936), convirtiéndose en 1929 en la Escuela oficial del mismo nombre, dependiente del Ministerio de Justicia.
[26] Epíteto reduccionista con el que trata de caracterizarse peyorativamente a los médicos forenses, dada la relevancia penal de las necropsias que aquellos realizan.
[27] Gracias al Hospital de la Santísima Trinidad y al esmero con que el ayuntamiento atendía los servicios públicos y gratuitos de los médicos de socorro.
[28] También conocido por Citroën C3 5HP, su apelativo trèfle (trébol) aludía a la disposición en triángulo de sus tres plazas –dos delante y otra en posición central trasera-, a fin de usar los dos huecos laterales traseros para un modesto equipaje. Su denominación coloquial “pequeño limón” se fundaba en el tamaño y la mayor frecuencia con que se pintaba de amarillo chillón. Ilustro el texto con una fotografía moderna de un superviviente de ese modelo, que se fabricó entre 1922 y 1926.
[29] Acortamiento habitual en la conversación del topónimo Puerto de la Cruz.
[30] Las 217 habitaciones con que contaba el hotel Taoro se distribuían en cuatro plantas, siendo la última abuhardillada. Agatha Christie escogió alojamiento en un piso superior, pero ignoro si era el de buhardillas. Y, en efecto, el hotel ya disponía entonces de servicio de ascensor.
[31] Maliciosa alusión a Archibald Christie (1889-1962), esposo a la sazón de Agatha, cuyas infidelidad e intención de divorcio –comunicadas en 1926- provocaron una intensa perturbación en la escritora.
[32] Conocida expresión en inglés para referirse a la costumbre de tomar el té a las cinco de la tarde, acompañado de dulces y sándwiches, por lo que constituye una verdadera merienda.
[33] La Casa Cologan, o Calogan, es una casa señorial del siglo XVIII, levantada a modo de quinta de recreo por una familia irlandesa de dicho apellido en la zona de La Paz, en Puerto de la Cruz.
[34] El Sitio Litre es una mansión colonial de mediados del siglo XVIII, levantada en Puerto de la Cruz por la familia británica Little, famosa por su Jardín Histórico y de Orquídeas abierto al público.
[35] Aunque se da como seguro que Agatha Christie no surfeó en Canarias, lo cierto es que era muy aficionada en su juventud al llamado paddle surf o SUP (stand-up paddleboarding), que se practica de pie sobre una tabla de gran tamaño con ayuda de un remo.
[36] Uno de los anfitriones de Agatha en Canarias fue su compatriota, Sidney Montague Head, residente en Las Palmas, excelente jugador de tenis, que ganó en 1906 y 1907 las primeras ediciones del Concurso Internacional de Madrid, disputado en el Madrid Lawn Tennis Club.
[37] Mesa rectangular, entonces de mármol o piedra no porosa, con soporte de acero y mecanismos de aporte de agua y de desagüe, en la que se colocaban los cadáveres que eran autopsiados en el depósito.
[38] Se da por seguro que Agatha, su hija y Carlo estuvieron en la isla de Tenerife entre el 4 y el 27 de febrero de 1927.
[39] Centenaria institución fundada, tras la desamortización de Mendizábal (1835), en el antiguo convento de San Francisco, del siglo XVI. En 1927, fungía de verdadero hospital general, regentado por una fundación específica y por la Orden de las Hermanas de la Caridad. Actualmente es una residencia para personas mayores, a las que también presta asistencia socio-sanitaria.
[40] El juzgado orotavense radicaba –y ahí continúa en 2026- en una parte de las dependencias del convento de San Agustín, fundado para dicha Orden en el siglo XVI y desamortizado en 1835, sirviendo luego a usos docentes, judiciales y administrativos.
[41] Debemos recordar que las obras de Agatha Christie no empezaron a traducirse al español hasta 1934 (La muerte de Lord Edgware), por la editorial Molino de Barcelona.
[42] Importante editorial británica fundada en 1819, con la que Agatha Christie firmó contrato para la impresión y difusión de sus obras en 1926, manteniendo la relación hasta su muerte en 1976. El 1990, Collins se fusionó con la estadounidense Harper&Row, dando lugar al gigante editorial HarperCollins, que sigue teniendo (2026) los derechos de publicación de las obras de Agatha Christie.
[43] Alusión a la colección de Notable British Trials Series que, entre 1905 y 1959, se publico en el Reino Unido por la editorial William Hodge & Co. Cada volumen trataba monográficamente de un solo caso, de manera documentada y rigurosa y con enfoque primordialmente judicial.
[44] Aún sin ser un experto, me parece que esas convicciones de Agatha Christie están detrás de los numerosos relatos suyos que protagoniza Miss Jane Marple, el primero de los cuales aparecería en diciembre de 1927, si bien la primera novela, Muerte en la vicaría, data de octubre de 1930.
[45] La mansión victoriana donde nació y se crió Agatha Chrisrie se llamaba Ashfield y radicaba en Barton Road, Torquay (condado de Devon). Agatha la vendió en 1938 y fue derruida en 1962 para levantar un conjunto de viviendas.
[46] Ese era el apellido de Carlo. Por cierto, el de soltera de Agatha Christie era Miller.
[47] O dolor en el pecho debido a una isquemia cardiaca, es decir, una falta parcial o por corto tiempo del flujo sanguíneo al corazón, que no llega a provocar daño irreversible en el tejido, como el infarto.
[48] Con los nombres de cresta de gallo, crestagallo o melera se conoce en Tenerife la planta arbustiva Digitalis canariensis (Linneo, 1753), endémica del archipiélago pero que apenas se da fuera de la isla de Tenerife, donde es frecuente.
[49] La universidad de La Laguna fue fundada como tal en 1927, con facultades de Derecho y Ciencias, no iniciando los estudios de licenciatura en medicina hasta 1968. No obstante, como colegio universitario dependiente de la universidad de Sevilla, impartía los cursos preparatorios para Medicina y Filosofía y Letras desde los años de 1920, lo que implicaba que poseyera una razonable biblioteca sobre estas materias.
[50] Los artículos 343 y 459 de nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal establecen con carácter general y para las autopsias el sistema de doble perito que, en caso de médicos, en principio deben ser los forenses.
[51] Según el artículo 756 del Código civil, es causa de indignidad para suceder el haber sido condenado en sentencia firme por haber atentado contra la vida del causante.
[52] Véase antes, la nota 24. El profesor Tomás Maestre fue catedrático de Medicina Legal y Toxicología de la Universidad de Madrid entre 1903 y 1929.
[53] La prueba de la rana, o método de Focke-Houghton, era uno de los más utilizados en la época para determinar la presencia y cantidad de glucósidos digitálicos en una muestra. Consistía en extraerlos del tejido humano e inyectarlos en el torrente circulatorio de una rana. La muerte de esta en sístole cardiaca indicaba la presencia del glucósido, y la rapidez con que se producía el óbito indicaba grosso modo su cantidad.
[54] No dudo de que Aurelio Ramos tendría que aclarar a Agatha Christie lo que es completamente innecesario que yo les explique a ustedes: Que los Madriles es una forma castiza de aludir a la villa de Madrid.
[55] Un parte de adelanto es un documento o notificación procesal que sirve para informar de manera provisional y urgente a una autoridad superior sobre un hecho o una evolución relevante dentro de una investigación criminal en curso. En este caso, la Audiencia Provincial se lo pedía al juez de instrucción de La Orotava para que este explicase lo que se iba haciendo en el sumario por la muerte de Candelaria Oramas y aclarando, en su caso, los motivos del retraso en que se incurriese.
[56] Una de las fábricas de porcelana más antiguas y distinguidas del Reino Unido. Fue fundada en 1751 en la ciudad inglesa de Worcester, desapareciendo por absorción en 2009. El Royal Worcester Museum trata de preservar in situ el legado de la empresa, constituyendo uno de los museos de cerámica mayores del mundo.
[57] La aclaración no es ociosa pues las celebraciones de la Candelaria en Canarias tienen dos fechas señaladas: el 2 de febrero y el 15 de agosto, por motivos socio-religiosos que no es del caso detallar.
[58] Para la cena, el agua se solía beber en aquella época directamente de la talla o bernegal (vasijas tradicionales de barro arcilloso, al modo de los más extendidos botijos). Este material filtraba y mantenía el agua fresca de forma natural, dándole un sabor muy característico y limpio.
[59] Hasta 1948, la Ley de Enjuiciamiento Criminal prohibía el secreto total o parcial de las actuaciones para las partes personadas, fueran estas acusaciones o defensas. Su artículo 302 decía así: “Las diligencias del sumario serán secretas hasta que se abra el juicio oral, con las excepciones determinadas en esta Ley; pero los abogados y procuradores de los querellantes y del procesado o querellado podrán presenciar todas las diligencias de la instrucción y examinar el sumario en el acto.” Es decir, el secreto solo regía para la sociedad en general, no para las partes del proceso penal.
[60] Por muy diversas razones, es un hecho que los jurados de aquella época absolvían a los acusados de homicidio o asesinato entre la mitad y un tercio de los casos. Actualmente, las absoluciones no llegan al diez por ciento.
[61] La pena para los autores de asesinato oscilaba entre veinte años y un día de reclusión mayor y la muerte.
[62] Aurelio Ramos emplea esta palabra en su acepción, hoy en desuso, de laboratorio de farmacia.
[63] En el primer tercio del siglo XX, aunque los mancebos u oficiales de farmacia no tenían que cursar estudios universitarios ni poseían una titulación técnica oficial, sí podían elaborar fórmulas magistrales, siempre bajo la dirección y responsabilidad del farmacéutico titular. La profesión de los oficiales de farmacia (conocidos popularmente como mancebos) se regulaba mediante un sistema gremial tradicional de aprendizaje práctico, combinado con las normativas sanitarias e inspectoras de la época.
[64] En aquel tiempo, la mujer casada, para actuar ante los tribunales, necesitaba de la autorización marital.
[65] En aquella época era costumbre vestir toga en todas las actuaciones procesales que se practicaban en el juzgado, a diferencia de ahora, que la toga solo se usa para los juicios y contadas vistas o audiencias.
[66] Supongo que Carmen se referiría a lo de Santa Rita, lo que se da no se quita.
[67] Un licor de plátano de Canarias, de los comercializados actualmente, tiene un 17% de contenido en azúcares naturales del fruto, a lo que suele añadirse otros azúcares, hasta un porcentaje entre el veinticinco y el cuarenta por ciento. Su graduación alcohólica es de unos treinta grados.
[68] Se dice que la primera destilería industrial de licor de plátano de Canarias y de mistelas de dicho fruto empezó su trabajo en 1948.
[69] La opinión de Aurelio Ramos se ajusta bastante a la realidad de la intervención del fiscal en los sumarios de aquellos años, si bien era de esperar una participación más activa en un caso de asesinato, aunque solo fuese por las prevenciones de la Ley del Jurado de 1888. He tratado en general de estos temas en un ensayo, que pueden encontrar en este blog (entrada de 14 de noviembre de 2022): Prehistoria del Fiscal instructor en España, capítulo 1.
[70] Es decir, cinco pesetas. Si la oferta del secretario era algo más que una broma, resultaba generosa pues cinco pesetas de entonces eran poco menos que el salario básico de un peón madrileño, que oscilaba entre las seis y las siete pesetas diarias. Supongo que en Canarias el salario sería bastante menor.
[71] Famosa revista semanal ilustrada que se publicó en Madrid entre 1869 y 1921. La propia revista proporcionaba las tapas que realizar la encuadernación de los ejemplares. La dimensiones de las hojas -40 x 30, aproximadamente- hacían muy propicios los tomos para ocultar tras ellos objetos de medianas dimensiones.
[72] La medición de las destilerías de Marie Brizard seguía el sistema estadounidense de capacidad, conforme al cual una pinta equivale a 473 centímetros cúbicos, es decir, algo menos de medio litro.
[73] Totalmente verosímil. La medida solía reflejarse en unidades de capacidad anglosajonas –una pinta, media pinta- y el nombre del licor se presentaba como liqueur de banane (licor de plátano) o charleston de banane, aludiendo al baile de moda en la época.
[74] Las obras de Arthur Conan-Doyle que tenían a Sherlock Holmes como protagonista alcanzaron amplia fama en Inglaterra hacia 1890 y en España se popularizaron al ser editadas en castellano a partir de 1900.
[75] A saber, lecherita, azucarero, doce tazas y doce platos.
[76] No viene al caso detallar los usos y costumbres fúnebres de la época. Me basta con recordar que lo habitual era tener el cadáver amortajado en una habitación presentable de la casa –dormitorio o salón- hasta que llegaba el momento de meterlo en la caja y llevarlo a la iglesia –funeral de cuerpo presente- o al cementerio, en comitiva. A la casa doliente acudían familiares, vecinos y amigos, para dar el pésame y rezar, siendo costumbre en muchos lugares, que los que se quedaban a velar el cadáver fueran agasajados con dulces y bebidas alcohólicas (!).
[77] Testigo-perito es una figura procesal en que, contra lo generalmente admitido, presta declaración sobre hechos que conoce y, al mismo tiempo, perita sobre cuestiones relacionadas con los mismos. En el caso del relato se verán posteriormente esas dos caras del vendedor de porcelana de Las Palmas, don Emiliano Santana.
[78] Se calcula que el valor en moneda actual (2026) sería de no menos de 100.000 euros, ni más de 167.000.
[79] Detalladamente sobre este particular: Royal Worcester factory marks, en la página web, museumofroyalworcester.org.
[80] Tanto el Código penal de 1870 (artículo 10-1ª), como el de 1928 (artículo 69-3ª) incluían entre los parientes alcanzados por esta circunstancia, no solo a los parientes consanguíneos o adoptivos, sino a los afines, como es el caso de los cuñados en sentido propio (no los concuñados).
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