El familiar de la
Inquisición y el Conde-Duque de Olivares
Por Federico Bello
Landrove
In memoriam, John
Elliott (1930-2022)
Un
ocasional familiar de la Inquisición se ve involucrado a su pesar en los
manejos del Santo Oficio contra el Conde-Duque de Olivares tras su caída
política. De ello se derivarán diversas consecuencias, tan verídicas, en
general, como el hecho de la persecución inquisitorial del Conde-Duque. Las
notas al texto y el sentido común de los lectores permitirán discernir con
claridad lo cierto en este relato de lo meramente verosímil.
Colegiata de Toro
1. Donde Adrián Ocampo
se presenta y narra sus años mozos
Hoy, 21 de septiembre de 1665, festividad del apóstol San Mateo, me ha
llegado la infausta noticia de la
muerte del rey nuestro señor[1],
acaecida en Madrid, cuatro días hace, a los sesenta años de su edad. Dícese
que, más que el tiempo vivido, han acabado con su vida las malas costumbres y
los muchos trabajos a que sometió su cuerpo desde que subió al trono con tan
solo quince años. De una cosa en otra, he reparado en que no ando yo tan lejos
de la sesentena, esa década funesta en que vienen a finar la mayoría de los
mortales, por más que lleven una vida morigerada y virtuosa y no tengan mayores
cuidados que los propios de una existencia laboriosa, como me atrevo a afirmar
que es mi caso. Y burla burlando, de la suerte del rey he venido a parar en la
de su valido, aquel Conde-Duque de Olivares, a quien conocí y traté en su
destierro de Toro cuando, decaído de cuerpo y flaco de espíritu, corría a su
acabamiento, aún más joven que a él ha llegado su señor.
Aunque han pasado veinte años desde que se le diera sepultura en su
villa de Loeches, muchos aún lo recuerdan, con un respeto que estuvo lejos de
despertar en vida. Llegan algunos a jactarse de haberlo conocido cuando, todo
lo más, lo vieron pasar en su carroza. No es ciertamente mi caso, aunque a
estas alturas me puedan el remordimiento y la nostalgia, hasta el punto de
desear no habérmelo encontrado, al menos, de la manera y con el efecto que fue.
Seguramente debería dejar tales circunstancias en el fuero de la conciencia y
llevármelas a la tumba, pero ahora soy incapaz de apartar los recuerdos de mi
cabeza y una y otra vez torno a mi despacho, tomo asiento y cojo la pluma, como
movido por una voz semejante a la que oyó el Santo de Hipona, impulsándolo a
leer[2], solo
que a mí me exhorta a escribir. ¡Bien está! No me resistiré y cumpliré la tarea
con verdad y detenimiento, valga para lo que valiere y aunque solo aproveche
para que mis deudos alimenten con los folios el fuego del hogar. Por más que no
crean ustedes que habré de ponérselo fácil: Sepultaré el fruto de mi péñola
entre los más escondidos y polvorientos legajos del archivo de la casa a la que
sirvo desde hace más de un cuarto de siglo. Correré así el albur de que, si no
sirve de pasto para los ratones, pueda ser descubierto por algún curioso que lo
dé a luz cuando mis huesos se hayan convertido en polvo.
***
Nací en Villalba del Alcor[3] el año
del Señor de 1615, siendo bautizado en la iglesia de Santiago de dicha villa,
con el nombre de Adrián. Era mi padre de la familia hidalga de los Ocampo,
oriundos del reino de Galicia, y había casado con mi madre, quien, a falta de
otros títulos de prosapia, tenía el de pertenecer a una familia de cristianos
viejos, labradores acomodados, que la habían dotado ricamente al matrimoniar
con alguien de rango superior quien, además de las rentas de sus tierras de
linaje, ejercía el oficio de escribano del número de la villa. Esos buenos
antecedentes, como también mi aprovechamiento en los estudios, animaron a mis
padres a darme carrera universitaria, buscando preparar un futuro favorable
para quien, en buena lógica, no tendría muchas posibilidades de medrar con el
cultivo de la tierra. Por razón de cercanía, la academia elegida debía haber
sido la de Valladolid, pero yo preferí la fama de Salamanca. Logré mi propósito
de estudiar en la ciudad del Tormes tras conseguir una beca en su ilustre
colegio de Fonseca, haciendo valer mi aplicación y origen gallego, aunque en mi
caso fuese bastante remoto. Tras aprobar los cinco años reglamentarios, obtuve
el grado de bachiller en leyes en su modalidad completa de utriusque iuris[4], cosa
infrecuente en los colegiales que no pensaban en ordenarse, como precisamente
era mi caso. Para mejor aprobar las materias del Derecho canónico, frecuenté el
convento dominicano de San Esteban, lo que mucho me ayudó, no solo en ese
empeño académico, sino para familiarizarme con las normas y práctica de la
Santa Inquisición en la que, como es bien sabido, los dominicos ostentaban
prácticamente el monopolio en España de la labor judicial y teológica de la
institución.
Sucedió que, a poco de concluir mis estudios y antes de buscar en firme,
como era mi propósito, a algún abogado vallisoletano de prestigio con quien
practicar, murió mi señor padre y, por lo pronto, no se halló candidato para
ocupar su puesto de escribano en la pequeña y nada opulenta villa del Alcor.
Imaginé que podría aspirar a él yo, pero no sería por lo pronto, dado que me
faltaban dos años para cumplir los veinticinco[5]; ni
tampoco disponía de los tres mil ducados que, como mínimo, podrían permitirme
heredar el oficio paterno. Sin saber qué hacer por el momento, recordé que en
el tribunal de Valladolid ejercía como inquisidor fray Juan de Porres, hombre
ya mayor y muy experto en su oficio, a quien había tenido ocasión de conocer y
tratar durante las visitas que hacía a sus hermanos de religión en el convento
de San Esteban. Fray Juan, en un principio, me animó a entrar en religión, cosa
que -dijo- me resultaría muy fácil, dada mi preparación teológica y buenas
costumbres, por no aludir, además, a mi poco vehemente interés por las mujeres.
-
Podrías
tomar los hábitos de nuestro padre Santo Domingo -agregó el buen fraile- en tan
ilustre convento como es el de San Esteban de Salamanca y pronto estarías en
condiciones de aspirar a un puesto de inquisidor en alguno de los tribunales
menos anhelados por mis hermanos, como los de Llerena o Canarias, cuyas plazas
permanecen vacantes durante largos periodos.
-
No
me lo tome a mal su paternidad -le respondí-, pero no me llama Dios por la vía
del sacerdocio y el hecho de que aún no haya tomado mujer, ni me halle
comprometido con ninguna, no significa que no sea mi intención hacerlo más
adelante, cuando pueda ofrecerle algo más que sotana y bonete.
Fray Juan sonrió, al tiempo que se hacía cargo de mi confusión ante el
futuro, fruto de la edad juvenil. Rectificando su consejo precedente, me
sugirió:
-
Tal
vez sea buena cosa que esperes a cumplir los veinticinco, pues es condición
inexcusable para recibirte de escribano o de letrado, como también para aspirar
a algún puesto en la Inquisición. Entre tanto, podrías tomar empleo en alguna
casa noble como administrador o secretario. Tal vez, en tu mismo pueblo…
-
Mal
sitio sería ese para mí, reconocí. En vida, mi padre se granjeó en el desempeño
de su oficio muchas malquerencias y enemistades. Además, el señor de Villalba,
el conde de Castilnovo, apenas para en la villa y no está bien visto por los
lugareños. Si su paternidad pudiera darme carta de presentación para alguna
otra familia de alcurnia, que pudiera precisar de mis servicios… De entrada,
con ganar para mantenerme me daría por satisfecho.
El
fraile se quedó pensando unos momentos, que me parecieron días. Finalmente,
encontró la salida en algo tan obvio como mi apellido:
-
Tu
apellido es Ocampo. ¿No te tocarán los señores de Villagarcía?
-
Pues
no lo sé -repuse-. Tendría que habérselo preguntado a mi padre, pero nunca
hablamos con detalle de ello. Desde luego, hidalgos somos y nuestra casa
ostenta un escudo jaquelado que, aunque, desgastado por los años, deja todavía
ver lo que mi progenitor llamaba las quince piezas.
Porres no se dio por satisfecho, mientras yo no le trajera, al menos, un
esbozo del árbol genealógico de mi familia paterna. No obstante, me adelantó su
propósito, para el caso de que los Ocampo de Villagarcía de Campos y de
Villalba del Alcor estuvieran emparentados. Me dijo así:
-
Es
la de Villagarcía una casa de probada nobleza y prestigio, evidenciado cuando,
hace cosa de un siglo, el Emperador confió a su señor, Luis de Quijada, el
cuidado de su hijo bastardo, el inolvidable don Juan de Austria[6]. De
entonces acá, el señorío se ha ido engrandeciendo por sucesivos matrimonios,
aunque corroído por el gusano insaciable de la Orden de los jesuitas, que han
sorbido el seso a las mujeres de aquella estirpe, hasta el punto de levantar a
sus expensas un enorme convento y colegio, que llaman de San Luis, que no ha
cesado de crecer, tanto en extensión, como en la afluencia de novicios que
acuden a sus aulas. Pero dejemos estas críticas, tan justas como poco fraternas,
y atengámonos a lo que nos ocupa. Hace cosa de un par de años que murió viuda
la anterior señora, doña Inés[7], dejando
como heredera a una sobrina-nieta, llamada doña Elvira[8], casada
con el conde de Peñaflor, quienes residen en tierras de Sevilla y no es nada
probable que vengan asiduamente por Villagarcía a cuidar de sus posesiones -lo
que tan necesario sería-[9]. En
resumen, puede ser un buen momento para que te reciban al servicio de su
administración, para lo cual tu apellido y la carta de presentación de un
inquisidor del tribunal vallisoletano podrían obrar maravillas.
-
No
lo dudo, padre, repuse esperanzado, pero no nos precipitemos. Conforme a lo que
me ha sugerido, hablaré con un genealogista y, con lo que él tenga averiguado
de nuestro linaje, volveré a visitarle y vuestra merced resolverá.
Afortunadamente, nuestro árbol genealógico pareció corroborar la
sospecha de que la rama del Alcor se rozaba con la de Villagarcía, si bien
desconozco hasta qué punto agitó el perito los brazos de ambas para que se
tocaran. Provisto de tan prometedor documento, ornado de sinople, gules y oros,
regresé al padre, recibí de él la elogiosa recomendación prometida y acudí a
dejar todo ello en Villagarcía, a la atención de su señora. Luego, regresé a
Villalba a esperar acontecimientos. Mas, notando que mis hermanos censuraban mi
obligada indolencia temiendo que me acostumbrase a la sopa boba, opté
por aposentarme en un mesón cabe la puerta del Campo en Valladolid, pagando mi
alojamiento y manutención fungiendo de pendolista.
Armas de los Ocampo,
con los colores de sus ramas leonesas y castellanas
***
No
me fue difícil entrar al servicio de la señora de Villagarcía pues, como me
había adelantado fray Juan de Porres, con la muerte de doña Inés, su anterior
titular, y la nula vigilancia que sobre su patrimonio villagarciense ejercían
la actual señora y su marido[10], todo
parecía estar manga por hombro y resultaba poca cuanta ayuda y energía pudiera
recabar el administrador de aquellas propiedades, a quien daré el nombre
ficticio de Manuel Robles, para no manchar su memoria con las críticas que he
de hacer a su labor. El caso es que el noviciado de la Compañía de Jesús hervía
de aspirantes y, comoquiera que el Colegio inicial, aunque amplio, había venido
a ser insuficiente, los poco escrupulosos padres se iban adueñando de
dependencias anejas, pertenecientes al palacio de los señores, aunque estos,
por su constante ausencia, no las habitaran. Sucedía además que parte de aquel
gran caserón había aprovechado porciones del vetusto castillo allí levantado
siglos atrás[11]
y, al no cuidarse de realizar las obras mínimas para su conservación,
amenazaban ruina y ponían en peligro a los servidores y lugareños que por allí
transitasen. Añádase a todo ello que la capilla que la difunta doña Inés de
Salazar había mandado levantar a los pies de la colegiata para enterrarse en
ella llevaba la traza de convertirse en una nueva obra de El Escorial:
todo eran presupuestos y proyectos, sin empezar a otra cosa que a generar
facturas. Pero lo que acabó por exasperarme fue el constatar que padres y
novicios iban despojando el palacio de sus mejores galas, que trasladaban a las
estancias del Colegio, como si contasen con la venia de sus legítimos dueños.
Y, a todo esto, Robles se encogía de hombros y dejaba hacer, con la peregrina
explicación de que convento y palacio eran todo uno, pudiendo en todo caso
retornar lo usurpado, si los señores, en visitando su palacio, lo echaran a
faltar. Para mí que aquel administrador, aunque honrado, tenía en mucho más el
agradar a los omnipresentes jesuitas que a los dueños ausentes. Unos me
susurraban que a aquellos debía en realidad su cargo; otros murmuraban que don
Manuel ya estaba achacoso y cumplía a rajatabla el dicho de vengan días y
vayan ollas.
Harto de contemplar impasible aquella situación, me confabulé con dos de
los regidores más influyentes de la villa y logré que el concejo tomara por
unanimidad la decisión de escribir a la señora de Villagarcía para exponerle la
situación inveterada de ruina en que se hallaba el castillo y, sobre todo, la
demora en comenzar las obras de la capilla funeraria para su difunta madre,
doña Inés, a quien toda la villa recuerda con el mayor cariño y respeto. La
misiva se envió a su destinataria a espaldas de Robles, su administrador en
Villagarcía, aunque no dudo de que le llegase el rumor del acuerdo. A los seis
meses de la remisión, la señora anunció su venida a la villa en compañía de su
esposo, a fin de presentar formalmente a su hijo don Gaspar, heredero del
señorío, a las buenas gentes del mismo[12].
Imagino yo que ese motivo fue un pretexto para enmascarar la verdadera razón de
la visita, que no era otra que la de comprobar la veracidad de la denuncia
concejil. Lo cierto es que muchas cosas cambiaron a partir de entonces: Los
jesuitas devolvieron lo usurpado y, en lo sucesivo, menguaron su avidez y su
soberbia; se emprendieron en serio las trazas de la capilla panteón de doña
Inés de Salazar[13]
y, en lo que más me atañía, Manuel Robles fue honrosamente jubilado de sus
funciones, siendo yo promovido a la administración de aquella casa. No quiero
recordar la conmoción que mi nombramiento produjo, no tanto por la retirada de
quien ya estaba cargado de años y de achaques, cuanto por la vehemente sospecha
de los jesuitas de que, en adelante, no podrían actuar en Villagarcía a su
antojo. El propio rector del Colegio me convocó a su despacho, en principio,
para acordar ciertas cuestiones que -según él- a ambos interesaban por igual,
pero la plática acabó convirtiéndose en una admonición para el caso de que yo siguiera
indisponiendo a doña Elvira contra los padres, que tan solo buscan la gloria de
la casa de Quijada con la prosperidad y el brillo del Colegio de San Luis. Por
respeto a sus canas y al lugar en que nos hallábamos no le respondí como
merecía, aunque sí le dejé claro que la prosperidad y el brillo de la
casa y el Colegio tendrían que marchar de consuno y no los del uno a costa de
los de la otra. En fin, ya en mis aposentos, imaginé un adelanto del avispero
en que se convertiría mi vida, si seguía en Villagarcía, sirviendo a unos amos
ausentes y enfrentado a una de las comunidades más poderosas de Orden tan
preeminente. Recordé que ya estaba a punto de cumplir los veinticinco años y
contemplé la oportunidad de buscar un nuevo acomodo que pudiera proporcionarme
más fortuna y menos tribulaciones. Pero, antes de tomar decisión tan
aventurada, resolví acudir al padre Porres, todavía inquisidor en Valladolid,
en busca de consejo y ayuda.
Colegiata de
Villagarcía de Campos (gentileza de “Viajes y Rutas”)
2. En el que Adrián de Ocampo cae en brazos
de la Santa Inquisición
Habían pasado dos años sin que hubiera vuelto a ver al inquisidor Porres
y, al volver a tenerlo ante mí, me pareció un trasunto de la decadencia que
aquejaba a España en aquel tiempo[14]. Con
todo, su mente permanecía lúcida y sus ojos mantenían la mirada penetrante y
escrutadora que les era habitual. Comenzamos nuestra conversación aludiendo a
las agobiantes tareas que fray Juan decía que pesaban sobre él en el tribunal
inquisitorial de Valladolid, sin que le tuvieran consideración ninguna por los
muchos años que en él había servido[15].
-
Hay
ocasiones -se me quejó- en que el tribunal tiene que funcionar con solo dos
inquisidores y todavía nos recriminan porque no hacemos con mayor frecuencia
visitas de inspección en las diócesis que forman parte de nuestro distrito[16]. Estoy
por mandar mi renuncia a la Suprema[17] y
retirarme al convento. Si no lo hago, es en consideración a Sotomayor, mi
hermano de Orden, que con algunos años más que yo todavía soporta una carga
mayor[18]. Pero
abandonemos el relato de mis cuitas y sé tú quien me informe de tu vida y
milagros… Algunas nuevas me han llegado de que cuentas con el aprecio de tus
señores, pero también con la inquina de los hijos de San Ignacio.
No dejó de admirarme la información con la
que contaba Porres, aunque tuviera conciencia de que los ojos y los oídos del
Santo Oficio llegaban a todas partes. En cualquier caso, libre ya de
comunicarle generalidades, descendí a los detalles y le referí pormenor cuanto
he dejado dicho al final del capítulo precedente, así como mi voluntad de
abandonar el servicio de la casa de Villagarcía y dedicarme a otras ocupaciones
menos conflictivas, ahora que estaba a punto de alcanzar la mayoría de edad y,
con ella, la posibilidad de ejercer de escribano o de abogado, si hallaba
oportunidad y medios para ello. El inquisidor, antes de darme su parecer,
preguntome:
-
Si
tuvieras a tu lado un poder que te mantuviese a salvo de la malevolencia de los
jesuitas, ¿permanecerías en tu puesto de Villagarcía, al menos, durante un
tiempo?
-
Padre,
repliqué yo, los señores me tienen bien considerado y la paga es generosa, más
que suficiente para mantenerme y ahorrar dos terceras partes de ella, pero en
modo alguno me compensa de las asechanzas de aquellos clérigos pues ¿quién
tendrá fuerza para librarme de ellos?
-
Los
mismos -replicó Porres- que los ha mantenido a raya durante un siglo, domeñando
su soberbia y vigilando muy de cerca sus inclinaciones a la herejía: la Santa
Inquisición[19].
¿De otro modo, quién sabe adónde habrían llegado en su egoísmo y su soberbia?
Y,
aplicando esas ideas generales a mi caso, fray Juan me hizo ver la preocupación
que venía generando en la Inquisición vallisoletana la presencia en Villagarcía
del noviciado de los jesuitas, cada vez más numeroso y boyante, como yo bien
había tenido ocasión de constatar, hasta el punto de que, habiendo quedado
pequeño el Colegio para tan numerosa congregación, esta se acogía parcialmente
a las casas de la villa, llenándola toda de su influencia y cuantiosos recursos.
-
Y
todo ello -concluyó el padre-, de forma casi descontrolada, pues habrás de
saber que apenas tenemos en el pueblo dos o tres familiares, cuyo celo y
preparación son muy insuficientes para la tarea de información y de vigilancia
que allí se precisaría. Puedes creerme, aunque no considero oportuno revelarte
ahora sus nombres.
Dejó pasar el inquisidor cosa de un par de minutos en silencio, con las
manos apoyadas en el entrecejo, como si meditara con cuidado lo que habría de
decirme a continuación. A fe que habría de ser algo de gran importancia para
mí.
-
Por
lo que me has dicho -por fin reanudó el diálogo-, el mes que viene cumplirás
veinticinco años. Doy por sentado, aunque habrá que hacer pesquisa de ello, que
reúnes la condición de cristiano viejo y nadie en tu familia ha sido
penitenciado por el Santo Oficio. Bien me consta que eres laico y de buena vida
y costumbres. Tan solo nos falta que te decidas a matrimoniar con mujer casta y
con tus mismas prendas[20], pero
eso podría aplazarse por algún tiempo. ¿Estás ya en tratos honestos con alguna
hembra en orden a formar una familia?
-
No
así, padre, le contesté, pero esa es mi vocación y tenga por seguro que buenos
partidos no me han de faltar cuando me decida a tomar estado; pero ¿a qué viene
ahora animarme a cargar con una familia cuando peligran mi tranquilidad y mi
acomodo?
Fray Juan satisfizo mi curiosidad de una manera que yo estaba empezando
a sospechar:
-
De
eso se trata precisamente, Adrián. Ninguna forma mejor habrá de guardarte que
la de que te acojas a la protección del Santo Oficio. ¿Qué me dirías, si te
propusiera para familiar de la Inquisición? Ya sabes la de beneficios
que ello encierra[21]. A
cambio, bastaría con que siguieses avecindado en Villagarcía, cumpliendo con
tus deberes de administrador de sus señores y celando sus propiedades de la
rapiña de los jesuitas. ¡A buena hora se atreverían estos a molestarte, estando
bajo el manto inquisitorial!
Me
jugaba mucho en la contestación que a tal propuesta le diera; de modo que
decidí hablarle con franqueza:
-
Señor,
gran compromiso es el de entrar al servicio del Santo Oficio, pues es obvio
que, aunque Villagarcía sea un pueblo de gentes observantes y rústicas, la grey
ignaciana es muy numerosa e influyente, por lo que mis deberes de vigilar e
informar habrían de resultar abrumadores y preocupantes. Y, aunque vuestra
paternidad me tratara con el afecto y la benignidad con que hasta ahora me
viene distinguiendo, es ley de vida que otros inquisidores pronto hayan de
sustituirlo… La verdad, no sé qué responderle y, como todavía menor de edad, es
obligado que consulte a mi madre sobre este particular y solicite su venia para
aceptarlo.
Retrato imaginario de
un inquisidor
Porres esbozó un rictus de desagrado, pero convino en ello:
-
Sea,
trátalo con tu madre y piensa bien el paso que vayas a dar, pues es mucho lo
que te juegas en el envite y en la Inquisición es difícil entrar[22], pero
más aún salir. Te doy un mes para que te decidas y vuelvas a mí para darme
contestación.
No
me parece que venga a cuento referir aquí los tratos y reflexiones que mediaron
entre mi madre y yo acerca de la propuesta del fraile. Solo diré que acabé por
aceptar su oferta. Y mucha mano debía de tener fray Juan en la Suprema,
o mucho interés tendría la Inquisición en atar corto al Colegio de San Luis de
Villagarcía, pues en seis meses recibí la credencial y juré el cumplimiento de
mis deberes como familiar de la Inquisición. Recuerdo la fecha de mi
compromiso ante Dios, hecho en el convento de San Pablo de Valladolid junto a
otros siete aspirantes: el 8 de marzo de 1641. Si la Compañía de Jesús tuvo
pronta constancia de ello, es algo que desconozco, aunque me parece muy
probable.
***
Los dos años siguientes discurrieron para mí bastante plácidamente.
Decidí asumir mi nueva labor inquisitorial de manera poco comprometida: Yo
dejaba hacer y opinar a los jesuitas, con tal que estos respetasen la
integridad del patrimonio del que llevaba la administración. El nombramiento de
un nuevo rector para el Colegio me permitió entablar unas relaciones de
cooperación y respeto que con el anterior habrían sido imposibles. El bueno de
fray Juan de Porres entregó su alma a Dios, al pie del cañón -como suele
decirse-, pues la muerte le alcanzó ejerciendo todavía sus funciones de
inquisidor[23].
Su pérdida fue para mí motivo de tristeza, pero también de alivio: Nunca más me
llegarían sus constantes y breves notas, escritas con una letra temblorosa e
ininteligible, exhortándome a contraer matrimonio a la mayor brevedad y a no
perder ripio de las lecciones que los padres de la Compañía impartían a sus
novicios, o de la ortodoxia de los nuevos libros que constantemente accedían a
los anaqueles de la biblioteca de su Colegio. En cierto modo, salí de Málaga
para entrar en Malagón, pues en lo sucesivo hube de responder y rendir
cuentas ante el inquisidor Gerónimo Ramírez de Arellano[24],
persona recta y muy instruida, que, si bien olvidó por el momento mi
inconveniente soltería, no cejó en reclamarme una mayor diligencia en lo
tocante a husmear en la ortodoxia de mis vecinos, los jesuitas.
En
lo que mejoró mucho mi situación fue en lo tocante a las relaciones con doña
Elvira, mi señora, o, por mejor decir, con su marido, el conde de Peñaflor, en
quien su esposa solía descansar la llevanza de sus asuntos. La visita que
hicieron a Villagarcía en el año de 1640 los convenció de mi fidelidad y
eficacia como administrador, hasta el punto de dejar hecho un poder a mi favor
para que gestionase sus asuntos en el señorío. Durante aquella visita, parece
que se fijó en mí una de las doncellas de la señora, lo que esta me hizo saber
con finura, sugiriéndome la oportunidad de entablar una relación con ella, pues
era una joven de excelentes prendas y que llevaría al matrimonio una dote de
mil ducados. Yo, que en absoluto había reparado en dicha doncella durante su
permanencia en nuestra villa, y que tampoco había recibido todavía el
ofrecimiento de Porres, respondí muy cortésmente a doña Elvira, agradeciendo su
interés por mi humilde persona e inventando a una supuesta vecina de Villalba
del Alcor con la que mi madre estaba en ajustes, con vistas a un futuro enlace.
Así quedó por entonces la cosa. Luego me enteré de que la joven de
excelentes prendas había contraído matrimonio con un paje de otra casa de
la nobleza sevillana, que supongo necesitaría los mil ducados de la dote
bastante más que yo. En fin, lo que quiero poner de manifiesto es que fui
dejando de ser un simple administrador comunicado por el correo, para
convertirme en un hombre de confianza, que procuraba rendir cuentas
personalmente a sus señores, aprovechando las frecuentes visitas que hacían a
la Corte, ya que viajar hasta Sevilla me habría supuesto perder muchos días en
el empeño.
***
Entró el año de 1643 y con él la caída más anhelada por el común de los
españoles, aunque muy pocos fuera de la Corte la imaginaran posible, de tanto
como había durado aquel valimiento. Me refiero, claro está, a la destitución
del Conde-Duque de Olivares[25],
arrastrado finalmente por la suerte adversa en la guerra y la inquina de los grandes.
La noticia me fue dada a conocer por el prior de los jesuitas de Villagarcía,
seguida, días después, de la de que Olivares había abandonado Madrid,
retirándose a su señorío en Loeches, alejamiento del rey[26] que
tenía el tufo de un destierro.
Si
me detengo a relatar estos hechos, que todo el mundo hoy conoce, es por la
importancia que tuvieron en mi vida ulterior. Bien lejos, empero, me hallaba yo
de sospecharlo cuanto platicaba de aquellas vicisitudes con algunos profesores
del Colegio, cuyo conocimiento de las mismas era tan preciso y puntual, como el
vulgo supone en los hijos de San Ignacio. Los jesuitas -cuya identidad callaré
para no dejarlos por indiscretos- se hacían lenguas de las injurias horribles
que se decían del Conde-Duque, incluso por escrito, en forma de memoriales, que
se hacían llegar hasta el mismo rey[27], no
dudando en calificar a Olivares de hereje y partícipe en hechicerías de la peor
especie. Los padres, aunque en general no fueran muy adictos al ministro caído,
no dejaban de reconocer lo calumnioso de tales dicterios y lo injusto de hacer
leña de aquel árbol gigante, que a nadie podía hacer sombra ya. Por otra
parte, el ofendido estaba lejos de sufrir en silencio aquellas ofensas
tremendas a su honor, reaccionando con apologías y réplicas, anónimas
ciertamente, como solían serlo las filípicas a que respondían, pero cuya
inducción o autoría todos conocían, o decían conocer. Y así, entre idas y
venidas, dimes y diretes, se iba poniendo en solfa la dignidad del gobierno de
España y comprometiendo la tranquilidad de un rey que entonces empezaba a regir
por sí la monarquía y que tanto necesitaba de la colaboración de todos, y no de
la formación de facciones que se tiraran a degüello.
Movido tanto por una razonable curiosidad, cuanto por adquirir
conocimientos, pedí a los padres que me permitieran acceder a su bien provista
biblioteca para aclarar hasta qué punto habían pecado Olivares y sus
próximos -entre los que ocupaba destacado lugar un tal Villanueva, a quien solían
citar por su cargo de protonotario[28]-. No
podía esperarse, creo yo, de un familiar de la Inquisición otra
conducta. Amablemente, los padres concedieron la venia que les pedía y, a
mayores, me buscaron los libros y manuscritos más pertinentes para encontrar
los datos que me interesaban. Quedé, ciertamente, atónito de lo mucho que
Olivares y otros más habían rozado, si no invadido, el terreno de lo sacrílego
y lo herético, con aquella ligereza que brinda el sentirse a salvo de cualquier
investigación. El escándalo era mayúsculo y creo que ni siquiera dejaba intacto
al rey, sobre todo, en su juventud. Les manifesté mi sorpresa, de lo que
hicieron chanza los jesuitas más avezados, que solo perdonaron mi candidez por mi
edad infantil al momento de producirse sucesos tan repugnantes y escandalosos,
como los llamados de las monjas de San Plácido, por cierto, bien
investigados, pero torpemente resueltos, por el Santo Oficio[29]. En
fin, para mi uso personal, copié buena parte de lo más sabroso de mis lecturas
y guardé el resto en mi entonces sólida memoria. Y bien que ello me vendría
para el momento en que me llegó una nota del inquisidor Arellano, ordenando que
me presentase en el tribunal de Valladolid a la vuelta de tres días.
***
Recibiome don Gerónimo en su despacho del tribunal con noticias que,
también para la Inquisición, suponían un cambio de ciclo, alguna de las cuales
me afectaba directamente:
-
Debes
saber que fray Juan de Porres ha tres semanas que entregó su alma a Dios[30], por lo
cual, a partir de este momento, estás bajo mis órdenes, debiendo rendirme
cuentas a mí o, faltando yo por algún motivo, a mi compañero, fray Juan Santos[31]. Se
diría que tu difunto benefactor ha esperado para morir a que abandonase
su relevante puesto su amigo, nuestro hermano en la Orden fray Antonio de
Sotomayor, quien ha dejado cargo y carga en manos del hasta ahora obispo de
Plasencia, del que seguramente habrás oído hablar pues fue profesor de Leyes en
Salamanca, aunque algo antes de que tú estudiaras allá[32].
-
Ya
veo -me atreví a comentar- que la desgracia del Conde-Duque se ha extendido a
buena parte de su entorno.
-
Se
abre una nueva época -prosiguió Arellano- que, como tantas veces sucede, llega
entre dolores de parto, hasta que los de la decaída se conformen y los que trae
la nueva se asienten. Pero a ti y a mí no nos toca sino ver, obedecer y, si a
mano viene, progresar en la nueva situación, pues oportunidades no han de
faltar para los avisados… Sin ir más lejos, tienes ahora ocasión de prosperar,
como siempre cumple a los familiares del Santo Oficio, a saber,
dejándolo todo cuando se les requiere para ello.
Quizá fuese el calor de aquel mediodía agosteño o, tal vez, la sensación
de que se abría bajo mis pies un foso de profundidad desconocida, pero el hecho
es que empecé a sudar copiosamente y me dio como un mareo, que a duras penas
puede ocultar y superar. Entre tanto, el inquisidor hablaba y hablaba de algo
que felizmente yo ya conocía pues, en siendo de otro modo, no habría entendido
nada. El caso es que Arellano me hacía saber que, al ser defenestrado el Conde-Duque,
gentes anónimas hasta entonces silenciadas por el miedo habían lanzado a los
cuatro vientos contra él las peores acusaciones de herejía y nigromancia; y lo
grave es que buena parte de ellas parecían fundadas, de tal modo que la
Inquisición no podía pasarlas por alto sin investigarlas a fondo. El fraile
hablaba y hablaba, hasta el punto en que, con la cabeza dándome vueltas, le
espeté:
-
Puede
abreviar su paternidad porque de cuanto está diciéndome estoy yo al cabo de la
calle.
Arellano calló, boquiabierto, lo que yo aproveché para explicarme
respetuosamente:
-
Los
jesuitas de Villagarcía ya me han puesto al corriente de cuanto se ha escrito
sobre el Conde-Duque, por unos y por otros. Y yo, cumpliendo con mi deber de familiar
del Santo Oficio, me he empapado de la poco edificante conducta del valido
en los primeros años de su privanza.
El
inquisidor, entre enfadado y perplejo, inquirió:
-
¡Toma!
¿Y cómo es que no has acudido al tribunal a exponernos tus saberes?
-
Porque
bien los conocía el Santo Oficio, que actuó en varios de esos casos. Si no hizo
más, no fue por ignorancia, sino por no alcanzar a tan poderosas personas como
estaban implicadas.
Yo
esperaba un sofión por parte de Arellano, pero pasó por alto mi censura, al
menos, aparentemente:
-
Pues
ahora tenemos la oportunidad de obrar con diligencia en lo que antaño se
despachó blanda y descuidadamente. Es más: se nos ha impuesto la obligación de
hacerlo. Y tú, por pequeño que te creas, vas a tener un importante papel en
esta pieza.
¡Habíamos llegado, por fin, al punto en que iba a dárseme la ocasión
de prosperar antes aludida! Arellano no perdió la oportunidad de ejercitar
su facundia, pero yo intentaré resumir brevemente sus palabras.
-
Por
orden de Su Majestad, Olivares ha sido alejado de Madrid y él ha tomado
la decisión de establecerse en Toro, donde reside una de sus hermanas, que ha
enviudado recientemente. Correspondiendo dicha ciudad a nuestra jurisdicción,
el tribunal de Valladolid ha recibido la orden de la Suprema de abrir pesquisa
al Conde-Duque por motivos que se precisarán en su momento. Por ahora, lo más
urgente es someterlo a una estrecha vigilancia, comprobando lo que hace, con
quien se relaciona, los libros que lea y, en fin, hasta qué punto puedan
recabarse contra él nuevas pruebas, a mayores de las que se tienen de antaño.
Es de entender que quien lo vigile ha de ser lo bastante experto en leyes y en
las cosas del Santo Oficio, pero desconocido en el lugar y sin que pueda
revelar lo que hace ni por orden de quien. Hemos sometido la cuestión a examen
y decidido que nadie está más indicado que tú para esa labor; tanto más,
después de lo que acabas de decirme acerca de tu conocimiento del asunto,
gracias a tus muchas lecturas. De modo que ve haciendo las necesarias prevenciones
para trasladarte a Toro en no más de quince días, a contar desde hoy. Y pide
cuanto necesites, que estamos prestos para atenderte.
Quedé tan pasmado que apenas pude balbucir una inútil disculpa:
-
Pero
Villagarcía…, mi trabajo de administrador…, desconozco completamente Toro, ni
tengo noción de cómo acercarme al Conde-Duque…
Arellano sonrió con suficiencia y replicó:
-
No
creerás que en la Inquisición somos tan lerdos como para no prever las dificultades
y mandar a nuestros agentes a la descubierta. En los próximos días se te
informará de cuanto debas conocer. Y, de todos modos, no olvides que esperamos
mucho de ti. Aguza al máximo tu ingenio, pues ya comprenderás lo que nos
jugamos en el envite; tú, el primero.
3.
Adrián Ocampo cae de súbito en Toro, pero lo
hace con buen pie
De
inmediato tuve ocasión de constatar la eficacia de la Inquisición. Advertidos
por el Santo Oficio de que este precisaba de mis servicios por un tiempo fuera
de Villagarcía, mis señores aceptaron mi marcha, con el compromiso de
readmitirme cuandoquiera que concluyese mi prioritaria misión. Ignoro cómo se
las arreglarían para buscarme un buen sustituto temporal. Tal vez se encargasen
de proveerlo los propios inquisidores. El caso es que, a la vez que me desligaban
de doña Elvira, me buscaban acomodo en una buena casa de Toro. Me lo explicó
Arellano:
-
Tan
pronto llegues a Toro, te presentarás a don Diego de Ulloa[33],
regidor perpetuo de dicha ciudad, quien ya está acordado que te emplee en su
secretaría durante todo el tiempo que residas allá. Evitarás toda alusión a los
motivos por los que te vamos a enviar a la ciudad toresana y tampoco revelarás
tu condición de familiar, ni siquiera a los que allí tienen tu misma
condición.
-
Entonces,
¿cómo explicaré mi irrupción en Toro, sin dar ninguna razón? Ello será, sin
duda, motivo de comentario y suspicacias en una ciudad pequeña[34].
-
De
consuno con don Diego, puedes explicar sin mucho pormenor que, con la venia de
tus anteriores señores, has optado por cambiar de casa tratando de mejorar tu
fortuna. Te ayudará para que te crean el que, como sabes, la señora de
Villagarcía está emparentada con los Ulloa de Toro[35].
Muchas más preguntas pretendía hacerle a mi interlocutor, pero este me
despacho incontinente con estas palabras:
-
Mañana
recibirás instrucciones escritas, que en todo momento mantendrás secretas y
cumplirás a rajatabla. En lo demás, hijo, usa de tu agudeza y buen juicio. Y,
si te dieres buena mano jugando al hombre[36], tengo
entendido que ha de serte muy útil.
Y
así, bien provisto de órdenes y de escudos[37], por no
hablar de inquietudes y de añagazas, monté en el coche que puso a mi
disposición el tribunal y en poco más de tres horas recorrí las doce leguas de
buen camino, que separan Toro de Valladolid. Era la mañana del martes, 25 de
agosto de 1643. Seguro que los jesuitas de Villagarcía tenían gran algazara
aquel día, por ser la fiesta de San Luis, rey de Francia, el santo patrón de su
Colegio.
Palacio de Alcañices
de Toro, donde vivió y murió Olivares
***
Como ya he dicho, de común acuerdo con el señor, la Inquisición me había
colocado ficticiamente en la casa del marqués de Malagón, como uno de los
secretarios del mismo. Llamábase el
marqués don Diego de Ulloa y Sarmiento[38] y era
persona ya vieja, con abundantes achaques, que lo llevarían a la tumba pocos
años después. Aunque ignoro hasta qué punto el ministro Arellano le habría
puesto al tanto de mi cometido, tengo por cierto que el noble no le pondría
obstáculos, debido a la opinión desfavorable que tenía del Conde-Duque, como
puntilloso grande de España que él era. En su calidad de conde de Villalonso,
Malagón tenía grandes propiedades en la comarca, lo que lo había animado a
recogerse en Toro[39], de
cuyo concejo era regidor perpetuo. En calidad de tal, antes de llegar yo, dicen
que tuvo un motivo de roce con Olivares, cuando este acudió al ayuntamiento y,
en su concepto -que seguía conservando- de regidor perpetuo de todas las
ciudades de España, se le ofreció el puesto más preeminente en el consistorio,
que hasta entonces ocupaba don Diego de Ulloa, quien incluso tomó la iniciativa
de dicha pleitesía. El Conde-Duque declinó el honor entre muchas zalemas y así
se evitó lo que hubiera sido motivo de resquemor entre ambos grandes. Con
todo, el marqués no paraba de refunfuñar por la ocurrencia peregrina -decía-
que Olivares había tenido de retirarse a Toro y no en sus tierras de Andalucía.
No parecía, pues, mi improvisado señor el más indicado para facilitarme el
acceso al círculo del Conde-Duque, no obstante lo cual, me aseguró que haría
todo lo posible por franquearme la entrada del palacio de Alcañices[40], donde
Olivares moraba junto a su hermana Inés[41], señora
de la casa, como marquesa viuda de dicho título.
Mientras don Diego de Ulloa y sus mandados maniobraban para procurarme
el acceso al Conde-Duque y a su entorno, yo ordenaba y ponía al día mis notas
de Villagarcía acerca de los antecedentes de aquel en los procesos de la Santa
Inquisición. Muy bien me vino que desde Valladolid me enviara el inquisidor
Arellano un ejemplar impreso -naturalmente, sin indicar dónde ni por quién- del
Nicandro[42],
en el que gente anónima, por indicación del Conde-Duque y en defensa de su
honor, había respondido a todas las acusaciones que se habían vertido contra él
en el pasado, sobre todo, en los primeros meses de su forzado abandono de la
privanza. Centré mi lectura, como era natural, en aquellas críticas que tocaban
a temas interesantes para la Inquisición, siendo el primero de ellos el de
tachar al Conde-Duque de hereje, aunque sin apoyar tan grave imputación en
otros fundamentos que memoriales anónimos o dichos del vulgo, a lo que
replicaba el defensor del valido que, si tan interesado estaba este en apoyar
la herejía, no habría movido constantemente guerra contra los protestantes, y
eso, de manera constante y más allá de cualquier interés o cálculo político, no
como el ministro de Francia, Richelieu, quien, aun siendo cardenal de la Santa
Iglesia, no dudó en tomar el partido de los enemigos de la fe católica, para
lograr así poner en apuros a la Monarquía hispánica y conseguir ventajas en la
guerra. Era este un argumento que, aunque muy general, obligaba a ser
escrupuloso en la naturaleza y probanza de lo que contra Olivares levantara el
Santo Oficio. Y, leyendo el Nicandro, solo se hallaban cosas dignas de
consideración en sus observaciones finales[43], donde
se apuntaba a la acción de mujeres devotas que, arguyendo falsas revelaciones,
habían tratado de malquistar a Su Majestad con el privado, con el objeto de que
lo echara de su lado.
Más enjundia presentaban las acusaciones de hechicería, apoyadas en los
contactos y la relación epistolar que el Conde-Duque había tenido con la monja
Teresa Valle de la Cerda, priora del convento de San Plácido en Madrid. Ciertamente, el
asunto había captado ya, muchos años atrás, la atención del Santo Oficio, que
había instruido proceso contra la mayoría de las benedictinas de dicho
convento, concluido con la imposición de penas leves[44] y, más
tarde, con la revisión de la sentencia en términos absolutorios para todas las
monjas -que ya habían cumplido la pena y se habían reintegrado a San Plácido-.
Tan solo había sido severamente sancionado el prior del convento y capellán de
las monjas[45],
pero sus nefandas acciones nada tenían que ver con el Conde-Duque. Tenía, pues,
yo aquí una tarea laboriosa que cumplir: Arrancando de los documentos de la
Inquisición, habría de profundizar en los tratos de Olivares con San Plácido y
su priora, evitando la admisión de patrañas, sobre todo, cuando pudieran
complicar al Rey, como aquella del requerimiento de amores por su parte a una
monja llamada Margarita, fracasado por la maña de fingirse esta fallecida, ante
el espanto de Su Majestad. La clave para dar cierta solidez al proceso contra
Olivares era, a mi parecer, el que pudieran aportarse las cartas que se
hubieran cruzado entre él y sor Teresa, cuyo contenido se conocía en lo
sustancial, pero sin que se hubieran encontrado las misivas de la priora.
En
cuanto a la posesión por el Conde-Duque de libros prohibidos[46],
cometido de otros agentes inquisitoriales sería el expurgar de ellos las
grandes bibliotecas que pudiera tener en sus casas de Madrid, Loeches o
Andalucía, pero yo debería echar cata de las obras que hubiera mandado traer a
Toro, donde era llano que, entre el abundante equipaje que iba llegando en
carros, tendría que haber libros y, precisamente, aquellos cuya lectura o
consulta le fuesen más queridos, o que pretendiera tener más a resguardo del
Santo Oficio, una vez que había perdido el poder que tuvo otrora para
mantenerse relativamente al margen de sus pesquisas.
***
Olivares había reunido en torno suyo en Toro un selecto grupo de
personas[47],
integrado por sus servidores más fieles, a los que se unían por las tardes
personajes más o menos asiduos, que con sus visitas le rendían un tributo de
pleitesía, que quizá le hubiesen escatimado cuando había gobernado España de
manera tan imperiosa. Eran un grupo de nobles y caballeros a los que mi señor
Ulloa calificaba despectivamente de la pequeña corte de don Gaspar. Además,
casi todas las tardes, a eso de las cinco, se formaba en el palacio de
Alcañices una especie de timba para jugar al hombre, cruzándose
apuestas bastante elevadas. Olivares, muy aficionado a dicho juego, no
participaba, sin embargo, en el mismo, limitándose a presenciar y comentar las partidas,
en lo que hallaba un placentero entretenimiento. Y, fuera de esos grupos, el
Conde-Duque no tenía trato más que con gentes del vulgo, como las vendedoras
ambulantes o con puesto en el mercado, pues, por diversión, bajaba a veces a
comprar con algún criado, recibiendo el homenaje de quienes, anonadados por su
grandeza o compadecidos de su desgracia, le ofrecían los mejores frutos de sus
tierras sin pedirle nada a cambio.
Me
hubiese sido fácil llegar hasta Olivares, si mi señor se hubiese dignado
visitarlo acompañado por mí, pero don Diego era tajante en su rechazo de
aquello que consideraba vergonzosa zalamería:
-
Una
cosa es el respeto de las normas de cortesía -como las que yo observo con el
Conde-Duque cuando coincidimos en las reuniones del concejo- y otra la de
olvidar que se trata de una persona justamente despojada por Su Majestad de los
cargos que durante tantos años detentó. Aquí no ha venido como visitante de
honor, sino como un desterrado, que tiene prohibido ausentarse de Toro sin la
previa venia real. Vergüenza me dio la conducta de nuestro corregidor[48] quien,
habiendo sabido que Olivares había estado a saludarle, le faltó tiempo para
correr en pos de él por toda la ciudad y, habiéndolo encontrado en el Espolón,
besarle la mano y subir a su carroza, donde se empeñó en ocupar el último
puesto… Así que no me pidas que te introduzca personalmente en su casa, ni
aunque dependa de ello que se derrumbe el Santo Oficio.
No me quedó, pues, otra salida que la que me había insinuado el
inquisidor Arellano: la de tratar de incorporarme a la partida de hombre.
No era cosa de arriesgar en el envite mis ahorros, pero a mi petición de
auxilio económico, el ministro me envió tan solo cien escudos, con una nota que
rezaba así: Exprímelos bien pues en lo sucesivo habrás de jugar con el fruto
de tu pericia o de tu trabajo.
No
era poca mi habilidad con los naipes -incluso sin necesidad de hacer trampas-,
nacida en mi época de estudiante de Salamanca, donde llegó a conocérseme entre
los colegiales del Fonseca como uno de sus tahúres más hábiles. En Villagarcía
había mantenido la costumbre de jugar una partida casi todas las tardes con los
lugareños o con los jesuitas más inclinados a la recreación moderada que, según
ellos, recomendaban o, cuando menos, consentían las Constituciones de su Orden[49]. El
juego del hombre no era de mis favoritos y, cuando participaba en él,
evitaba pujar por ser el hombre[50], pues
no me sentía tan seguro de mi maña, como para retar a los otros jugadores.
Pero, ante la advertencia del inquisidor Arellano en el sentido de que podría
facilitarme el acceso a Olivares, tomé unas lecciones intensivas de un
secretario del tribunal de Valladolid, que era un gran experto en la materia. Y
así, entre unas cosas y otras, dispuesto a no arriesgar más que los cien
escudos recibidos de la Inquisición a fondo perdido, rogué al marqués de
Malagón que me pusiera en relación con algunas de las personas que acudieran a
jugar al palacio de Alcañices. Don Diego recibió mi solicitud con displicencia
y me remitió a uno de sus criados, toresano de los de toda la vida, que
maniobró para hacerme un hueco en una de las tres mesas que con el hombre se
ocupaban a las cinco de la tarde en el salón de juego de Alcañices. Y, aunque
yo entonces no me percatase, cuando entré en aquella casa por primera vez fue
como si se me abriesen realmente las puertas de la ciudad y el Conde-Duque me
ofreciese las llaves de la misma.
4. En que Adrián empieza
su misión mejor de lo que habría podido esperar
Dos circunstancias, sin aparente relieve,
dieron lugar a que mi participación en el juego del hombre que se
desarrollaba en el palacio de Alcañices se convirtiera en asidua y no meramente
ocasional, como hubiese sido lo normal, tratándose de un jugador mediano y de
escaso rango en la escala social.
Fue la primera que, por alguna razón que se me oculta, fijó en mí la
atención un paje del Conde-Duque, del que luego supe que lo llamaban Burrigay[51] y que
tenía como misión principal la de entretener a su amo, al modo de un bufón.
¡Menos mal que, curándome en salud, saludé con cortesía su entremetimiento en
mi juego, invitándolo a que se sentara a mi lado y me recordara las normas
particulares con que se jugaba en aquella casa, dado que yo era nuevo en ella!
El paje así lo hizo durante unos minutos, pero pronto se aburrió del encargo y
pasó a molestar y a mofarse de otros, con la tolerancia de todos y la diversión
de Olivares. Acabada la partida de aquella mi primera tarde, resultó que había
ganado unos cien escudos, lo que aproveché astutamente para acercarme
reservadamente al tal Burrigay y decirle con mucha ceremonia:
-
Consienta
vuesa merced en compartir conmigo las ganancias, pues que tanto bien me han
hecho sus indicaciones.
Y
le puse en la mano diez escudos, agregando:
-
Poco
es, pero sirva al menos para refresco, con mi agradecimiento.
El Conde-Duque de
Olivares, por D. Velázquez
Aceptó de buen grado el donatario que, cambiando al punto su parla
mordaz y jocosa, se interesó por mi identidad y procedencia. Díjele yo mi
nombre y que estaba por el momento al servicio de don Diego de Ulloa, si bien
mi condición de hidalgo del ilustre linaje de los Ocampo, así como mi condición
de bachiller utriusque iuris por Salamanca, me hacían aspirar a tiempos
y ocupaciones mejores. El paje me contestó:
-
Pues
vuelva por aquí siempre que quiera. No hay mejor lugar en todo Toro para
prosperar, si se da maña en ello.
-
De
mil amores -repuse-, si me dan permiso para volver, pues no tengo el honor de
haber sido recibido formalmente en esta casa.
-
Yo
me encargo, aseveró Burrigay, guiñándome un ojo y haciendo sonar los escudos en
la faltriquera de sus calzas.
La
segunda circunstancia fue consecuencia de la primera. Aunque la siguiente
partida no me había ido bien, al terminarla volví a acercarme a Burrigay con la
intención de obsequiarle, pero él rehusó y, ante mi asombro, dijo:
-
Acompáñeme,
que el Conde[52]
desea conocerlo.
Olivares se hallaba todavía en un rincón de la sala de juego, donde se
habían acercado a la pared unos sillones en torno a una pequeña mesa redonda,
dende se hallaban dispuestos dulces, frutas y varias copas en las que
aparentemente se había escanciado vino y algunos licores. A ambos lados del
valido en desgracia, tomaban asiento dos caballeros de edad parecida a la suya,
entre los que me pareció reconocer a uno de ellos, de haberme cruzado con él
por la calle en más de una ocasión. Aunque no me fueron presentados, pronto
supe de quiénes se trataba: Francisco de Rioja y don Diego de Ulloa[53], el
segundo de los cuales era mi conocido de vista. De manera llana y hasta
afectuosa recibió el Conde-Duque la presentación que de mí había hecho su paje,
así como mis turbados respetos, que afablemente corrigió con estas palabras:
-
No
me trate de Excelencia que, a estas alturas y entre amigos, Señor Conde o Don
Gaspar será suficiente.
Luego, dirigiéndose a sus acompañantes, prosiguió:
-
El
señor Ocampo tiene como mayor timbre de honor el de ser bachiller en leyes por
mi alma mater salmantina y, como comprometida referencia, la de estar al
servicio del marqués de Malagón.
Los dos señores se miraron uno a otro sin decir palabra, pero bien
comprendí que el marqués no les era bienquisto y, por tanto, yo habría de
resultarles poco de fiar. No obstante, Olivares pareció hacer caso omiso de mi
dependencia y, aun sin mandarme sentar, estuvo un buen rato haciéndome
preguntas sobre la universidad de Salamanca, como si yo acabase de llegar de
ella. Respondí escuetamente lo mejor que supe, destacando mi vinculación al
colegio mayor de Fonseca y a la comunidad dominicana de San Esteban.
Pareciéronle bien mis respuestas al Conde-Duque, quien recordó que había sido
alumno-rector de la universidad de Salamanca durante un año[54], así
como la emocionante reacción cariñosa de la Universidad cuando mandó una
comisión a Toro para saludar respetuosamente a su antiguo alumno, ahora en
triste circunstancia, y transmitirle el acuerdo de la academia de poner al pie
de su retrato una leyenda en la que constase su probidad[55].
Olivares me despidió con estas palabras:
-
Eres
bienvenido a esta casa, donde, al menos, has hecho ya un buen amigo.
Dijo estas palabras refiriéndose al bueno de Burrigay, que seguía la
conversación a unos pasos de su amo y que me acompañó hasta el zaguán, donde me
despidió susurrándome:
-
El
fuego aquilata el oro y la desgracia, a los hombres.
(Se ve que el bufón había tenido una buena escuela)
***
Como es natural, las partidas vespertinas de hombre no me
apartaban de cumplir con mis deberes hacia don Diego de Ulloa. La verdad es que
mi amplia experiencia como administrador del señorío de Villagarcía me permitía
despachar la tarea actual con bastante facilidad; más, teniendo en cuenta que
yo era ahora un mero ayudante, pues había un administrador titular, hombre con
mucho amor propio que, lejos de cargar sobre mis espaldas parte de su trabajo,
optó por asignarme una labor concreta, de la que no me permitía excederme
-seguro que para evitar rivalidades-. Conociendo que mi familia materna tenía
en Villalba del Alcor varias viñas y un par de bodegas, me encargó la llevanza
de lo relativo a los negocios que los condes de Villalonso[56] tenían
en el ámbito del vino, que era muy pujante en aquella zona. La bondad del clima
y la amenidad de aquellos parajes a la vera del Duero me animaban a abandonar
cuanto antes el escritorio de la casa y a recorrer en mula las propiedades que
tenía encomendadas, visitando y conversando con sus viñadores. No debían de
estar acostumbrados a la presencia de los administradores del amo pues, en un
principio, me miraban con recelo y contestaban con monosílabos; pero, poco a
poco, mi amabilidad y buen conocimiento de sus problemas me fueron abriendo el
camino de su afecto y confianza. Contra lo que yo habría imaginado, don Diego,
aunque adusto y distante, ponderó mi cercanía con sus renteros, aunque bien se
veía que opinaba así más por interés que por humanidad:
-
Haces
bien, Adrián -me dijo una vez-, pues ya conoces el dicho: hacienda, tu dueño
te vea. Yo mismo, si no estuviera tan viejo…
-
No
tenga cuidado, señor marqués. Conmigo se sinceran los rústicos, que con su señoría
no abrirían la boca -le repliqué-.
Tanto o más que cumplir con mi actual señor, me preocupaba cómo hacerlo
a pedir de boca con la Inquisición, que era un amo bastante más temible.
Aparentando un fuerte catarro, allá por el mes de noviembre, dejé de darle al
naipe y me encerré en casa dispuesto a completar el plan que tendría que
desarrollar contra Olivares para que el Santo Oficio tuviese materia y pruebas
con que poder acusarlo. Llegué a la conclusión de que podía haber -que yo
supiera- dos puntos razonablemente útiles y en que merecería la pena mi
esfuerzo. El primero y más sencillo era el de encontrar en la extensa
biblioteca del Conde-Duque algunos libros prohibidos. Siendo Olivares un
bibliófilo empedernido, parecíame que no habría hecho ascos a unos libros
porque obtusos inquisidores los juzgasen heréticos; ni tampoco lo consideraba
un hombre preocupado por conocer el Índice de libros prohibidos, ni capaz de
expurgar su librería de ellos y echarlos a las llamas. En buena lógica, suponía
que la mayor parte de la librería de don Gaspar seguiría en Madrid -donde
continuaba morando su familia-, o en lugares más queridos para él que Toro,
como Loeches, Olivares o Sanlúcar la Mayor. Con todo, me constaba que el
Conde-Duque no pasaría una temporada en lugar alguno privado de sus queridos libros,
los cuales seguramente habían sido parte del abundante equipaje que había ido
llegando al palacio de Alcañices, traído en carros desde Madrid o Loeches. Era,
pues, cosa de informarse in situ por los criados de la casa, pasando
luego a maquinar algún arbitrio para llegar, como los ratones, a los tomos.
Había otro punto de mucha mayor enjundia para hacer caer a Olivares en
las redes de la Inquisición. Para mí, era la única prueba medianamente fuerte
con que sostener una acusación de hechicería. En realidad -como ya he
dejado dicho-, el Santo Oficio la había tenido a su alcance quince años atrás y
la había dejado pasar, limitándose a una ligera admonición al Conde-Duque y, de
paso, a don Jerónimo de Villanueva. Me refiero al comercio que, siendo ya
valido de Su Majestad, había tenido con la priora de San Plácido, sor Teresa Valle de la Cerda. Algunas de las imputaciones más jugosas no pasaban del campo
de la leyenda o, como mucho, se basaban en testimonios confusos y
contradictorios de personas que, a estas alturas, podrían haber perdido la
certeza de la memoria y hasta la vida. Tal acontecía con los requerimientos de
amores a alguna monja por parte del rey, o a los esfuerzos del Conde-Duque por
conseguir un heredero en lugar y circunstancias sacrílegas[57]. Pero,
en cualquier caso, existía una indubitada correspondencia entre sor Teresa Valle y Olivares, plasmada en un buen número de cartas de aquella a este,
que la Inquisición debió de tener en su poder años antes, puesto que se habían
deslizado en sus documentos algunos fragmentos especialmente destacados de su
contenido. De hecho, yo recordaba haber leído entre las promesas que la monja
había hecho al Conde-Duque, la de conseguirle por su mediación, un heredero, hijo
de carne y huesos, no meramente espiritual; o la de conservar en manos
españolas, sin auxilio de ninguna clase, la plaza flamenca de Mastrique[58], por
obra y gracia divina revelada a la visionaria benedictina. Todo ello prometía
un sabroso contenido de todo aquel mazo de correo y yo tenía la convicción
de que aquellas cartas, recobradas por Olivares de manos de los benévolos
inquisidores, no andarían lejos de su destinatario; tanto más ahora que,
achacoso y en desgracia, podía temer como nunca la incautación de sus papeles
más íntimos y comprometedores. Sí, esa era mi convicción, pero comprobarla y,
en su caso, demostrarla judicialmente era algo mucho más trabajoso.
En
fin, formulé por escrito mis opiniones y mis planes y los hice llegar al
tribunal de Valladolid, a la atención del ministro Arellano. Nunca recibí de él
una contestación tan favorable:
… Tengo
por cierto que las enseñanzas de mis hermanos de Salamanca y las que de
nosotros recibiste en esta ciudad de Valladolid han sido semilla sana y fecunda
que, caída en la buena tierra de tu magín, no diré que el ciento por uno, pero
si están dando el cincuenta. Sigue adelante en el camino que has trazado, el
cual aprobamos plenamente, pero procura hacerlo de manera muy diligente pues el
tiempo apremia y la acusación contra quien tú sabes es de todo punto
perentoria… Recibe mi bendición…
Tengo mis dudas de que puedan ni deban bendecirse acciones como las que
yo iba a acometer. De todos modos, a la bendición acompañaba una buena bolsa
con otros quinientos escudos, para gajes de este asunto. Ello me
convenció, tanto como el benedícite, de que había alcanzado gracia ante
Arellano. Ojalá esta fuese duradera…
***
Nadie podía poner en duda que la señora en el palacio de Alcañices era
la marquesa viuda, doña Inés de Guzmán, hermana del Conde-Duque. Habiendo
fallecido su marido en febrero de aquel mismo año de 1643 y no teniendo hijos
vivos, dicha señora recibió como una bendición la presencia de su hermano en
desgracia, como la mejor de las compañías. Por su parte, Olivares, habiendo
tomado la firme decisión de que su esposa e hijo adoptivo permanecieran en
Madrid, para no abandonar sus cargos en la Corte, había preferido la compañía
de su hermana Inés por encima de los lujos y la benignidad del clima en sus
posesiones andaluzas. Pero la llegada del antiguo valido a Toro cambió por
completo el orden en aquel palacio un tanto destartalado, dejado sin concluir
un siglo antes. La marquesa puso su casa a disposición del Conde-Duque, cuya
servidumbre y pertenencias la fueron llenando, formando en torno del magnate
esa pequeña corte, en irónica y despectiva expresión de don Diego de
Ulloa. En esa corte habría de moverme yo con destreza, si quería cumplir
con el mandado de la Inquisición. Y para ello, lo primero sería ganarme la
confianza de aquellos que la gobernaban en la práctica, tanto más, cuanto
empeoraba la salud de don Gaspar y se alejaba la esperanza de regresar en
triunfo a Madrid.
Tres personas descollaban en el entorno del Conde-Duque. A dos de ellas
las había conocido el segundo día en que visité aquella casa. Era, sin duda, la
primera Francisco de Rioja, sevillano, afamado poeta, de una edad próxima a la
del Conde-Duque, quien mucho tiempo atrás había vinculado su fortuna a servirle
con absoluta fidelidad en los más variados oficios, convirtiéndose en su
secretario y en el custodio de su amada biblioteca. Con el tiempo, Rioja había
llegado a ser confidente de su señor en el más amplio sentido de la palabra secretario,
a saber, conocedor de secretos. Al ser apartado Olivares de la Corte, lo había
seguido sin vacilar, primero a Loeches, luego a Toro. Corría por los mentideros
la muy probable especie de que fuera Rioja el autor del malhadado Nicandro,
redactado a instancias de su señor[59]. En mi
opinión, era la persona clave a la que arrimarme para conseguir el acceso a la
biblioteca que Olivares estaba reuniendo en Toro.
El
segundo miembro importante de la corte olivariana era don Luis de Ulloa,
toresano, escritor de cierta fama y persona de alcurnia, que había ejercido
cargos importantes, como los de corregidor de Logroño y de León. En esta última
ciudad recibió de Su Majestad el encargo de convertirse en ayo o tutor de su
hijo ilegítimo, habido con la cómica llamada la Calderona[60], deber
que llevó a cabo con tal esmero que, en 1642, cuando Juan José tenía trece
años, fue reconocido por su padre como hijo suyo, habiendo recibido desde
entonces cargos y mercedes sin cuento, los que ha sabido asumir y desempeñar de
manera harto notable. Habiendo cometido el error de seguir la estrella de
Olivares, acabó por perder el favor del rey y vino en retornar a su Toro natal,
donde coincidió con el Conde-Duque, al que llegó a ofrecer como alojamiento
provisional su propia casa. No andaba tampoco lejos de la edad de don Gaspar, a
quien acompañaba asiduamente en el palacio y en las salidas del mismo, a que
luego me referiré. Era la persona indicada para intentar llegar hasta la
persona de Olivares, pero no sería fácil para mí ganarme su confianza,
principalmente por estar al servicio del marqués de Malagón, lejano pariente
suyo, con quien estaba enemistado por razones políticas y de influencia en la
ciudad.
Al tercer personaje de aquella corte en miniatura no lo había
conocido de primeras ya que, por su condición religiosa, se abstenía de asistir
a las sesiones vespertinas de cartas. Se trataba del confesor del Conde-Duque,
el padre Ripalda[61],
a quien yo, buen estudiante en mi infancia del Catecismo, imaginé que
podría tratarse de dicho autor, cosa equivocada pues el Ripalda del Catecismo[62] era un
pariente de este Ripalda de ahora, hombre todavía joven y nacido poco después
de publicarse el Catecismo del anterior. Por el momento, no sentía la necesidad
de acercarme expresamente al jesuita, aunque, de precisarlo, pensaba invocar mi
fluida relación de los últimos tiempos con sus hermanos del Colegio
villagarciense de San Luis.
5.
En que Adrián tiene acceso al Conde-Duque y
le cobra afecto
He
llegado a escuchar que Olivares fue enloqueciendo durante su destierro en Toro
y que sus delirios y desvaríos terminaron por apagar sin remedio aquella mente
preclara, que gobernó España durante veinte años. No soy quién para opinar
sobre demencias, pero sí admitiré que Don Gaspar fue perdiendo la salud a ojos
vistas durante el tiempo que yo lo traté y que sus padecimientos -fruto de la
edad, las desgracias y, tal vez, los excesos de la gula- afectaron de manera
notable a su entendimiento y memoria[63]. Y no
llegaré más allá en mis comentarios sobre estas cuestiones que, a pesar de los
años transcurridos, me siguen resultando harto penosas de recordar. Quiero
creer que, si el Conde-Duque acabó por resultarme grato y yo a él, sería por
otros motivos que el de haber perdido el seso.
Lo
cierto es que Olivares llevaba en Toro una vida muy rutinaria y ordenada.
Dedicaba la primera hora de la mañana a cumplir con los deberes religiosos, a
lo que entonces era muy adicto, aunque ignoro si esa fue la constante de su
vida o -como suele suceder- extremó su religiosidad al encontrarse abandonado
de los hombres y no lejos de la muerte. Desechando por razones que él conocería
la asistencia a la Santísima Trinidad, que era la parroquia que correspondía al
palacio de Alcañices, el Conde-Duque acudía a oír misa diaria en el convento de
San Ildefonso de los padres dominicos[64], donde
se le preparó un pequeño recinto con una mampara, para que pudiese permanecer
sin sufrir la curiosidad de la gente. Tal predilección no excusaba que Don Gaspar
visitase la mayoría de las iglesias y conventos de la ciudad, que eran muy
numerosos[65],
comenzando por la Santa Iglesia Colegial, a la que se decía que hacía
importantes donativos. Apenas dejaba pasar un solo día sin pasear por la ciudad
y echarse al campo circundante, donde la atraían de modo especial las amenas
orillas del Duero. Según el tiempo y su gusto, el Conde-Duque cabalgaba o se
dejaba transportar en carroza. Esos recorridos campestres los realizaba por la
mañana o por la tarde, según las visitas y ocupaciones que tuviese previstas
para la jornada. Y, como ya he dejado dicho, era frecuente ver a Don Gaspar en
el mercado o recorriendo en coche las calles toresanas, hasta llegarse al
Ayuntamiento o a casa de algún noble de nota, si bien lo usual era, por el
contrario, que fuese él visitado en su palacio. Acompañaba su deambular con la
famosísima muletilla[66], a la
que el vulgo miraba con temerosa reverencia, creyendo que encerraba poderes
mágicos, hasta el punto de que alguno osara tocarla para conseguir buena
fortuna. De la diversión que procuraba a Olivares el presenciar las partidas de
hombre solo reiteraré que nunca vi que participara en ellas, lo que no
empece para que lo hiciera de manera más reservada o en familia.
Si
he narrado tantos particulares que parecen no venir al caso, es porque gracias
a conocerlos pude llegar a tratar al Conde-Duque, aunque ello no me fuese
sencillo, ni lo consiguiera por de pronto. Explicaré cómo lo logré al fin y la
importancia que ello tuvo en que me franqueara, no solo las puertas de su casa,
sino el acceso a lo que yo entonces más quería: su biblioteca. Hubo de pasar
más tiempo para que en aquel palacio apareciera algo que llegase a
desear mucho más, pero bueno será que prosiga el relato por su orden.
Doña Inés de Zúñiga,
esposa del Conde-Duque de Olivares
***
Cuando vuelvo la vista atrás, me percato de la importancia que para
estos asuntos míos tuvo la casualidad. Tal fue el haberme congraciado con
Burrigay, que me abrió de par en par las puertas del palacio de Alcañices. Y
otro tanto supuso mi encuentro casual con el Conde-Duque en la vega de Toro una
mañana de principios octubre de 1643, cuando yo recorría las tierras de mi
señor a punto para ser vendimiadas. Junto a la fuente de Baldeví se hallaba
estacionada la carroza del Conde-Duque y él platicando con don Luis de Ulloa.
Aunque no andaba muy sobrado de tiempo, decidí acercarme para darles los buenos
días. Tras el saludo, que Olivares recibió con mucha mejor cara que el de
Ulloa, aquel me preguntó por lo que menos podía esperar:
-
Buena
mula traéis. ¿La habéis mercado aquí, en Toro?
-
No
señor -respondí-, que me la ha facilitado el marqués de Malagón para que pueda
trasladarme por estos contornos a inspeccionar sus tierras.
(Díjele una mentira, pues la cabalgadura era de las cuadras de la señora
de Villagarcía de Campos, cosa que me interesaba ocultar para no divulgar mi
anterior oficio)
-
Pues
tiene gran alzada y muy buenas proporciones -prosiguió Don Gaspar- y aparenta
ser dócil, lejos del carácter rudo y caprichoso de muchas de su especie.
-
Razón
tiene el señor Conde, respondí. Lo del buen genio, de su natural y educación
será, pero sus cualidades corporales son sin duda consecuencia de haber sido su
padre un burro zamorano[67].
Comoquiera
que Olivares mostrase curiosidad por lo que acababa de escucharme, le expliqué
que el gran tamaño de los asnos de esta tierra daba lugar a que, cruzados con
yeguas, procreasen mulas grandes y fuertes, como la que ante sus ojos tenía. Se
dirigió a Ulloa y le soltó una parrafada de la que yo no entendí ni una
palabra:
-
Fíjese,
don Luis, que teníamos la solución delante de nuestras narices y no habíamos
dado con ella. El transporte queda asegurado. Solo nos faltan los caballos,
pero malo será que, de aquí a Valladolid, no logremos levantar unos
trescientos.
Me
pareció que Ulloa no estaba muy interesado en seguir la conversación por ese
derrotero pues, cambiando de tema, se dirigió a mí y, en la forma algo
desabrida que solía, me preguntó:
-
¿Y adónde se dirige el caballero a lomos de
una mula tan lucida? ¿Dónde lo lleva el servicio del marqués, mi pariente?
Expliqué que andábamos muy atareados con la vendimia, siendo mi encargo
el de comprobar que los obreros contratados para dicha tarea, a más de los
llevadores, estaban todos trabajando en orden. Olivares, que de natural era
curioso y muy aficionado a las cosas del campo, se empeñó en acompañarme,
aunque tuvo que desistir pues no eran las sendas entre las fincas adecuadas
para meter una carroza. Pronto hubo de parar, lo que aprovechó para asaetearme
a preguntas sobre el vino que allí se producía, tan distinto de los caldos de
la Baja Andalucía, que él conocía muy bien. No era yo buen informador en tales
consultas, al estar recién llegado a la zona, por lo que me atreví a replicar:
-
Repare
el Señor Conde que soy un advenedizo. Seguramente don Luis podrá responderle
con mucho mayor conocimiento, como natural de Toro que es.
-
En
efecto -reconoció Olivares-. Anda y sigue tu trabajo, que ya te he entretenido
demasiado.
-
Nada
de eso, señor. Para mí es un honor servir al Señor Conde y, si a mano viene,
acompañarle en alguna de sus paseos; mejor, cuando salga a caballo, que los
coches no se prestan para transitar por estos vericuetos.
-
De
mil amores -aceptó el Conde-Duque-, aunque, dado lo avanzado del año, me temo
que no me apartaré ya mucho de la ciudad. Dicen que el clima de aquí es muy
riguroso en invierno y mi salud ya no se presta a excesos.
Todavía coincidí con el Conde en algunos de sus paseos, tanto en aquel
otoño, como al año siguiente. Como él no me avisaba, era yo mismo quien se
hacía el encontradizo, sabiendo los caminos que solía llevar en sus salidas. Y
siempre fui bien recibido por Don Gaspar, aunque su salud y su talante del día
no fuesen buenos. Me convertí para él en el bachiller campestre y fui
distinguido cuando aparecía por su casa con esa cortesía de buen tono que los
verdaderamente grandes dispensan a quienes saben estar en el puesto que les
corresponde, sirviendo sin servilismo.
No
quiero dejar en el olvido la frase sibilina que Olivares dirigió a Ulloa a
propósito de mulas y caballos. Me la aclaró Burrigay, tiempo después:
-
Mucho
sufre mi amo con los asuntos de Portugal[68], quizá
porque se sienta responsable de sus comienzos. Creo que llegó a escribir al rey
para ofrecer sus servicios como defensor de la frontera en estas tierras de
Zamora. En sus sueños se veía de general, reclutando hasta trescientos hombres
a caballo para asegurarlas frente a las incursiones de los portugueses. ¡Pobre
señor mío! Poco imaginaba en lo poco que se le tenía en la Corte, aunque bien
pronto tendría noticia de ello.
***
Todos mis intentos por ganarme a don Luis de Ulloa resultaron
infructuosos: Era mucha la inquina que parecía tener a su pariente, mi
actual señor. Creo que sospechaba que yo fuese un espía suyo para husmear
cuanto se cociera en el entorno de Olivares. De hecho, la presencia de don Luis
fue bastantes veces razón para que el Conde-Duque no se demorase más en mi
compañía. Y eso que empleé el cebo que dicen es irresistible para que piquen
los escritores de poco éxito: mostrarles conocimiento y aprecio de sus obras.
Pues don Luis era poeta de medio pelo, que había encubierto sus versos bajo el
seudónimo de Lisardo, cuando estaba dedicado a la política[69]. Harto trabajo me dio el tratar de pescarlo,
pues la mayor parte de sus obras no estaban aún impresas y su estilo literario
era rebuscado y muy oscuro. Finalmente, entre unas cosas y otras, desistí de
halagarlo y me dediqué a complacer a otros miembros de la corte
de Olivares, que habrían de resultarme más acogedores.
Fue el más importante de ellos Francisco de Rioja, al que ya antes me
referí. En su caso, el cebo de la vanidad de escritor tenía poco de excesivo
pues, en efecto, era un poeta de nota[70]. Aunque
de entrada no pareciera un eclesiástico, lo cierto es que había sido ordenado y
ocupado una canonjía en la catedral de Sevilla. A mí me interesaba en su
condición de bibliotecario del Conde-Duque, pero una nueva casualidad vino a
abrirme las puertas de aquella librería, por la Inquisición y por mí tan
anhelada. Pues aconteció que, tras haberla ordenado en lo fundamental durante
unos meses, Rioja se retiró a su Sevilla natal, dejando a su señor privado de
su consejo y labores como secretario. Perdí, por tanto, el trabajo que me había
dado para ganármelo, aunque lo diera por muy bien desperdiciado. Mucho lamentó
Olivares aquella marcha por lo que suponía de desafección y pérdida de ayuda,
pero a mí me vino de perlas pues, carente de una persona que verdaderamente
gobernara aquel paraíso de los libros, pude yo, con servicios y ardides, entrar
a él y tomar lo que pretendía. Más adelante expondré los términos en que lo
conseguí.
Poco tiempo llevaba el padre Ripalda siendo confesor del Conde-Duque. Yo
diría que el buen jesuita había recogido a su penitente de manos de otros
hermanos de Orden, porque había aceptado el sacrificio de abandonar los
prometedores viveros de la Corte para recluirse en la minúscula ciudad
toresana, a fin de acompañar y reconfortar a quien ya era una lamentable
caricatura de lo que otrora fue. Poco más podía hacer por él que animarlo a
cultivar aquella religiosidad exacerbada de sus últimos tiempos, que lo llevaba
a pasarse horas rezando y a visitar por orden las parroquias y conventos de
Toro y sus alrededores. Yo le había caído bien a Ripalda, de una parte, por mi
conocimiento del Colegio de la Compañía en Villagarcía de Campos y, de otra,
por el respeto que mostraba hacía Olivares y lo que lo entretenía con mis
disertaciones agrarias durante los paseos en que coincidíamos. En cambio, no le
agradaba mi frecuente presencia en las partidas de hombre, en las que
-según el padre- perdía tiempo y dinero, de los que no andaba sobrado. Yo le
replicaba que maña y prudencia me bastaban para no perder este y, en cuanto a
aquel, era aún sobradamente joven y brioso, como para dedicar al naipe los
momentos de asueto, no los de faena. Dígole a Su Reverencia -le aclaré a
Ripalda un día, con cierta sequedad- que tomo el juego de tal guisa, que
hago en él compañeros, no enemigos. Cierto estoy de que por eso he hallado
gracia a los ojos de Su Excelencia. El jesuita aceptaba a regañadientes mis
disculpas pues sabía que en el palacio de Alcañices cualquier objeción a la
partida de la tarde era esfuerzo baldío[71]. En
cualquier caso, alcancé ante el padre Ripalda la consideración y el respeto que
podrían llevarme en el futuro a conversar con él sobre temas de superstición y
hechicería, que me permitieran llevar la cuestión al caso particular del Señor
Conde.
Entre los criados del Conde-Duque, pronto fijé mi atención en un ayuda
de cámara, llamado Diego Llamazares. Con evidente exageración, blasonaba de ser
hidalgo de la familia de su apellido, una de cuyas ramas se había avecindado en
Cangas de Tineo[72],
de donde él era natural. Lo cierto es que era sujeto de buen natural y mediana
cultura, que llevaba más de quince años al servicio de su señor y, ahora que
este tanto decaía en salud y seso, contaba con la plena confianza de doña Inés
de Zúñiga, para programar las salidas de su marido, acompañarlo en muchas de
ellas y darle noticia de las incidencias notables que se produjeran. Las
excursiones campestres y las partidas de cartas me permitieron entablar una
amistosa relación con Diego, al que halagaba con un trato de igual a igual, así
como algún regalo de buen vino de las bodegas de mi marqués. Aunque no
tenía muy suelta la lengua, sí se me confiaba lo suficiente como para tenerme
informado de las novedades de su señor y franquearme el acceso a dependencias
del palacio que, de otro modo, me habrían sido vedadas. Fue precisamente él quien
me puso al corriente de algo que yo, con mi lógica ignorancia de la Corte, no
había siquiera imaginado. Díjome un día:
-
El
Conde-Duque sigue carteándose con el rey. Podría suceder que, a no tardar,
retornáramos a Madrid y con más brillo que otrora.
Me
faltó tiempo para poner esa nueva en conocimiento del tribunal de la
Inquisición de Valladolid, por si procedía actuar respecto de Olivares con
mayor comedimiento, pero mi advertencia cayó en saco roto pues me ratificaron
las órdenes precedentes. Bien orientado estaba en Santo Oficio porque, si es
que se cruzaron correos desde Toro entre el Conde-Duque y el rey, ni
significaron la recuperación del favor real, ni permitieron el retorno de Su
Excelencia a orillas del Manzanares[73]. Antes
bien, por el contrario, avanzado el otoño de 1643, cuando ya los vinos toreses
envejecían en las bodegas, cayó sobre el palacio de Alcañices una tormenta que
todo lo trastocaría, empezando por mi propia situación.
Retrato imaginario de
Aguedilla
***
Fue en noviembre de aquel año cuando la precaria salud de don Gaspar
experimentó un súbito agravamiento, por una erisipela[74] que
obligó a sangrarle tres veces. El doctor Medina[75], que le
practicó las sangrías, especuló con que aquel hervor hubiese sido efecto
de la lamentable noticia que Su Excelencia acababa de recibir, a saber, la de
que su mujer también había sido despedida de sus cargos en la Corte[76] y
exhortada por orden de Su Majestad a encaminarse a Toro para hacer compañía a
su marido en desgracia. Yo no supe pormenor de aquel forzado reencuentro, dado
que la enfermedad del Conde-Duque había suspendido las veladas de naipes y
limitado al máximo las visitas al palacio, pero desde mi ignorancia me permitía
suponer que la presencia y compañía de la nueva doña Inés[77] habrían
de ser muy favorables para que su marido recobrase el ánimo y cuidase mejor de
la salud del cuerpo. Con el tiempo, así acaeció, pero por el momento primó el
dolor porque la presencia de la señora en el palacio de su cuñada fuera debida
al desprecio del rey quien -como luego diré- no respetó la palabra dada a
Olivares de mantener en sus puestos a ella y a don Enrique[78], el
joven a quien aquel había reconocido como hijo propio apenas un año antes.
Aquella revolución doméstica estuvo a punto de perturbar mis pesquisas
en la biblioteca del Conde-Duque, que hasta entonces iban viento en popa para
mis pretensiones. La hasta entonces señora de la casa, la marquesa de
Alcañices, solo se ocupaba de mantener en buen orden el palacio, lo que no era
fácil desde que su hermano lo había convertido en su pequeña Corte, y
descuidaba la llevanza de cuanto atañía directamente a don Gaspar, como podía
ser sus libros e indumentaria, todo lo cual quedaba a cargo de los criados del
Conde-Duque, a las órdenes exclusivas de este. No me fue difícil conseguir
libre acceso a su biblioteca, con el pretexto de ayudar en su buen orden y
conservación, una vez que el poeta Rioja la había abandonado al partir hacia
Sevilla. Además, como si el diablo hubiera vestido el hábito de jesuita,
recibí el inesperado e impagable apoyo del padre Ripalda, un día que me
sorprendió husmeando en las cartas que sor Teresa Valle había escrito a
Olivares muchos años atrás, cuando se había convertido en su consejera política
y en su intercesora para que Dios bendijese su matrimonio con un nuevo hijo[79]. El
jesuita, creyéndome ajeno al interés por tales misivas y desconocedor de su
contenido, me aclaró:
-
No
siempre ha sido el Conde-Duque tan prudente como era aconsejable en un
personaje de su elevación, ni con una religiosidad tan pura que no rozase la
superstición y aún la magia[80]. ¡Qué
no daría la Inquisición, ahora que está caído y enfermo, por apropiarse de
estas cartas y darles injusto marchamo de hechicería! Guárdalas, hijo, a buen
recaudo, y no sería yo quien te reprobase porque las dieses a las llamas.
-
Pero
eso no puede hacerse -repliqué- sin el beneplácito de Su Excelencia, como
destinatario y dueño de esta correspondencia… Si le parece oportuno, padre,
puede sugerírselo a él, aunque me parece que el Santo Oficio está muy lejos de
ocuparse por cuestiones tan antiguas y que ya fueron examinadas por el tribunal
en su momento.
-
¡Cómo
se nota que estás ayuno de cuanto se está cociendo en el alcázar de Madrid!
Muchos allí no perdonan la gloria pasada del Conde-Duque y siguen haciendo
cuanto pueden por enlodarla, induciendo a Su Majestad a que lo trate con el
mayor vilipendio. Claro está -añadió Ripalda en voz baja y como para sí- que no
dejará de llegar también a sus oídos la voz de mi conciencia.
No
entendí por entonces lo que había querido decir el confesor con estas últimas
palabras, pero sí comprendí que yo tenía la oportunidad de hacerme con las
cartas que tanto anhelaba el inquisidor Arellano, lo que al punto cumplí de un
doble modo, aunque lo ocultase en parte a aquel para evitarme serios problemas.
De una parte, copié literalmente aquellas ochenta y tantas cartas, incluso las
muchas que ni por asomo afectaban a la ortodoxia de Olivares. De otra, las
reuní en una bolsa de cuero negro, que oculté en lo más recóndito del techo de
la librería, no atreviéndome a llevarme aquel correo conmigo, al ser el primer
sospechoso en caso de descubrirse la sustracción. Al ministro Arellano decidí
entregarle todo lo copiado, asegurándole mendazmente que no me era posible, por el momento, apoderarme de los originales. A fin de cuentas, llegado el caso y si tanto
interesaba al Santo Oficio, ya sabrían -y podrían- incautarse de esas pruebas.
El
año 1643 llegaba a su fin y la nieve empezaba a cubrir las cumbres y enlodar
los caminos. Con una disculpa cualquiera tomé la vía de Valladolid, por no
considerar prudente enviar por un propio tan comprometidos documentos.
Secretamente, tenía la esperanza de que Arellano y los demás jueces dieran con
ello terminada la comisión y autorizaran mi regreso a Villagarcía. Pero me
equivocaba de medio a medio. Lo curioso es que la culpa parecía tenerla el
bueno del padre Ripalda que, queriendo descargar su conciencia, había puesto en
la picota a su egregio penitente y, de paso, sobrecargado mis sufridos hombros
de familiar de la Inquisición. Así me lo explicó el inquisidor:
-
Ese
necio de jesuita se ha propasado, nada menos que a enviar a Su Majestad un
memorial de agravios, echándole en cara el no haber mantenido su palabra de
respetar la posición de la familia de Olivares[81]. Puede
que tenga razón, pero ya te figuras cómo ha afectado al ánimo del rey e
indignado a toda la Corte, empezando por don Luis de Haro, avergonzado de que
su ilustre pariente[82] siga
causando problemas, aunque sea por persona interpuesta. El Santo Oficio, ante
tamaña desfachatez, ha resuelto acabar con cualquier dilación o benevolencia,
abriendo proceso al Conde-Duque. Así pues, necesitamos todas las pruebas que
podamos aportar. No es, por tanto, el momento de que te retires de Toro. Por el
contrario, vuelve allí y continúa tu buen trabajo y servicio a la vera de
Olivares… Si cumples como los buenos, la Inquisición sabrá recompensarte como
merezcas.
Esto dicho, me despidió, entregándome solo cien escudos para gastos de
viaje, dado que, en su opinión, el marqués de Malagón ya pagaba mis
servicios de manera harto generosa.
6. En que el deber se
cruza con los buenos sentimientos
Si
bien se mira, la llegada a Toro de la familia más próxima del Conde-Duque -a
saber, su esposa, su hijo reconocido y la esposa de este[83]- de por
sí no cambió gran cosa mi acceso y asiduidad a aquella casa. Acaso supuso para
mí mayores ventajas pues doña Inés de Zúñiga confió ampliamente en Llamazares
el cuidado y la compañía de su achacoso marido, hasta el punto de ordenarle la
vigilancia del plan diario de vida y comunicarle a ella cuantas novedades de
interés se produjesen. Como ya he dejado dicho, dicho criado y yo habíamos
congeniado, hasta el punto de que él hablase a su señora de mi humilde persona,
como alguien que complacía al Conde-Duque y lo acompañaba y distraía en muchas
de sus excursiones campestres. Quiso doña Inés conocerme y, una vez a su
presencia, me asaeteó a preguntas sobre mi relación con su esposo -que ella
temía fuese de excesiva familiaridad-. Le respondí de manera respetuosa, pero
desenvuelta, no dejando de mostrarle el afecto que había ido cogiendo a Don
Gaspar, como persona enferma, envejecida y maltratada. Le agradó mi
contestación y me despidió de forma amable, con el vehemente ruego de que en lo
sucesivo lo frecuentase más como diestro compañero en las salidas al campo, que
no como tafur en las partidas vespertinas. Llegó hasta aclararme:
-
Aunque
se me tiene por salmantina, habéis de saber que nací en Villalpando[84] y, por
ende, conozco y tengo en mucho la belleza y feracidad de estas tierras.
-
Pues
yo, señora -repuse con cierto orgullo-, aunque modesto hidalgo lugareño de
Villalba del Alcor, tengo también lazos con la reina del Tormes[85], en
cuya universidad estudié no hace mucho, graduándome de bachiller utriusque
iuris.
-
Ello,
sin duda, os permitirá tener buen cuidado de los libros que mi esposo tanto
quiere y que han caído en este caserón de forma tan brusca y desatentada como
sus dueños. Llamazares me ha informado de vuestros desvelos por ellos. Desde
ahora, tenéis mi licencia para conservarlos con el mayor esmero.
Y,
extrayendo del nutrido manojo de llaves que portaba sobre la halda la propia de
la biblioteca, me nombró tácitamente gobernador de sus tesoros.
En
buen momento fui investido del señorío de la librería del Conde-Duque, pues por
entonces recibí cartas del tribunal de Valladolid, en que el Santo Oficio me
apremiaba a completar mis pesquisas de los fondos bibliográficos de Don Gaspar
en Toro. El ministro, fray Juan Santos, reconocía que entre los llevados allí
había numerosos volúmenes que infringían la prohibición del Índice, pero
no era bastante para aquellos sabuesos de la ortodoxia. Fray Juan me
explicaba:
Bueno
es que tengamos con qué agarrar a quien tú sabes por sus partes de
indisciplina para con sus deberes de expurgo y sus veleidades de faltar a la
recta doctrina, pero la mayoría de esos libros prohibidos son antiguos y no
incurren en graves herejías. Has de esforzarte por encontrar libros o
manuscritos que versen sobre delitos y hechicerías propias de los nigromantes,
lo que no habrá de resultarte difícil, a juzgar por cuanto se ha dicho, con más
o menos fundamento, del objeto de nuestro interés, desde sus malas
costumbres de estudiante en Salamanca, digno sucesor del marqués de Villena[86],
hasta las múltiples y muy graves imputaciones publicadas sobre él, hace apenas
unos meses[87].
No necesito encarecerte la importancia del empeño que te ordeno, pues
resultaría vano procesar a nuestro hombre por nigromancia y hechicerías, si no se hallaren en su biblioteca los libros mágicos que guarden sus fórmulas
y hechizos[88].
No
me placía el aceptar las indicaciones que recibí, pero tampoco me sentía con
fuerzas para resistirlas. Por tanto, ejecuté un completo examen de los fondos
de la librería del Conde-Duque, teniendo la satisfacción de no encontrar ningún
libro sobre hechicerías, aunque sí varios escritos por protestantes y un ejemplar del Corán.. Al punto se lo hice saber al tribunal de Valladolid,
sugiriéndoles con cierta malicia que indagasen en la biblioteca de Olivares en
Madrid, o en Loeches o Andalucía, donde tal vez podrían tener mayor suerte con
sus pesquisas. La verdad es que cada vez sentía yo menos interés en perjudicar
a Don Gaspar, ahora que lo sentía enfermo y agotado; hasta tal punto que,
tomándome una atribución impertinente, me hice el encontradizo con el confesor
Ripalda y le hice a mi manera una seria advertencia:
-
Sabrá
Su Paternidad que no ha caído nada bien en los círculos de la Corte su memorial,
criticando a Su Majestad por el comportamiento hacia la esposa y el hijo del
Conde-Duque…
-
¿Cómo
es -preguntó asombrado- que conoces ese documento y el efecto que haya podido
producir en su elevado destinatario?
Opté por descubrirme a medias, al no encontrar por lo pronto explicación
mejor:
-
Mi
señor, el marqués de Malagón, hace negocios con muchas personas por
intermediación mía. Entre ellas, hay varios familiares de la Inquisición que,
como es de suponer, están muy bien informados de cuanto tratan los clérigos de
nota, como es su caso… En fin, según mi modesta opinión, debierais ser más
comedido en vuestra defensa de la casa de Guzmán[89], no
machacando el hierro frío y exponiendo al Señor Conde a mayores castigos.
-
Pero
mi protesta es signo de humanidad y está plenamente justificada…, replicó el
jesuita.
-
No
obstante, Reverencia -concluí-, tened la pluma, no vayáis además a dañar a
vuestra Orden, ahora que está bajo sospecha por las cosas de Portugal[90].
Ignoro si mis palabras me hicieron ganar respeto o recelo a los ojos de
Ripalda, quien no volvió -que yo sepa- a llevar hasta tales extremos la defensa
de su penitente. Pero en aquel momento los ojos de que yo más me preocupaba
eran los de otra persona, que había llegado a Toro en el séquito de doña Inés
de Guzmán. Nadie sabía a ciencia cierta de quién se trataba, pero todos la
conocían con el cariñoso nombre de Aguedilla.
***
Llamazares satisfizo mis primeras curiosidades respecto de ella:
-
Ya
en Madrid ingresó en nuestra casa cuando era una niña y de siempre la ha
tratado doña Inés con un afecto y consideración especial. Unos la tienen por criada
de honor. Otros la consideran dama de confianza o de entretenimiento de
la duquesa…
-
Pero
¿y tú? ¿Qué puedes decirme de ella, según tu docta opinión?
Diego sonrió con socarronería y me respondió:
-
Digo
que mi señora es muy piadosa y tolerante con los deslices de juventud de su
esposo… Muy interesado te veo por Aguedilla. Modera tus anhelos pues
para mí que sería picar demasiado alto. Además, creo que la joven se guarda
para el Señor y no me extrañaría que, cuando doña Inés se lo autorice, acabe
por entrar en un convento.
Ciertamente, la muchacha había conmovido desde el primer momento mi poco
sensible corazón. Menuda, pero bien proporcionada, morena de ojos expresivos y
muy negros, vestía casi siempre de negro, ataviada con sedas y otras telas
costosas, si bien rehuía afeites y adornos llamativos que pudieran confundirla
con una dama de la nobleza. Acompañaba constantemente a doña Inés y, por
descontado, tenía libre acceso a los aposentos privados. Fue, precisamente, en
la biblioteca donde tuve oportunidad una mañana de conversar por vez primera
con Aguedilla, quien acudió allí para llevar a su señora un ejemplar de La
perfecta casada[91]. La
ayudé a encontrarlo y ello me dio pie para hacer mi presentación como
bibliotecario provisional de aquel enorme amasijo de libros, en trance de
ordenación -le dije textualmente-. Ella ponderó mi esfuerzo, tanto más
valioso, cuanto que la lectura y la bibliofilia habían sido de los mayores
placeres del señor Conde-Duque. De unas cosas, pasamos a otras, hasta el punto
de que hubo de interrumpir ella nuestra plática, no fuera que se impacientase
por su tardanza la señora. Le aseguré que me tenía a su disposición para cuanto
se la ofreciera en aquella ciudad, nueva para ella, que ya tenía yo por la mía,
y nos despedimos por el momento.
Si a juramento me tomasen, no sería ahora capaz de recordar en detalle
lo que Aguedilla y yo nos dijimos en aquel primer encuentro. Supongo
que, por mi parte, encarecería mis méritos y ponderaría mi actual ocupación y
expectativas de futuro. De cuanto ella me reveló, solo se me grabó su semblante
sereno, al explicar la dolorosa precipitación con que doña Inés había tenido
que soportar, primero, la separación de su marido y, poco después, ser
desterrada a Toro, privada de sus oficios en la Corte, en particular, del
cuidado y educación del príncipe heredero, del que había sido aya durante los
catorce años que este llevaba vividos. Tal sentimiento me fue confirmado por
Llamazares, añadiendo:
-
La
señora no es de trato fácil, de tan rígida y religiosa como la educación y la
vida la han hecho, pero tiene un corazón de oro. No siempre lo entendían así en
la Corte, pero basta con ver el trato que da a su criadilla… Ándate con
tiento -bromeó-, que, si algún defecto tiene doña Inés, es el de ser muy
casamentera[92].
Si
algo justificaba la opinión de Llamazares sobre doña Inés de Zúñiga era el
comportamiento hacia su marido, dispensándole los mayores cuidados y
atenciones. Fomentaba, si es que era necesario, sus devociones, tanto en lo
referente a las misas y visitas de iglesias y conventos, como en las largas
oraciones de la tarde, para facilitar las cuales se redujeron las partidas
de hombre, cosa que yo agradecí pues me hacían perder tiempo y dinero,
una vez que, famosas en toda la comarca, empezaron a ser trufadas por las
trampas y habilidades de sujetos poco recomendables, traídos al palacio por
criados del Conde-Duque, que luego partían con ellos los beneficios. Claro que,
en todo lo posible, evité incorporarme al rezo del rosario con todos sus
misterios, que reemplazó la devoción del naipe. No debió de agradar mi
ausencia a la señora quien, por medio de Aguedilla, me trasladó la
pregunta de si tanto era mi trabajo para el marqués de Malagón, que había de
descuidar mis oraciones. Por afecto a la criadita, le di toda clase de
explicaciones y, suponiendo que la justificación agradaría al padre Ripalda[93], tan importante
en aquella casa, le contesté:
-
No
anda desencaminada tu señora cuando achaca mi ausencia a las muchas
ocupaciones. Con todo, me siento más inclinado a las obras de misericordia que
no a los rezos. Mi padre así me enseñó y debo a mi madre el convencimiento de
que vale tanto una oración mental de comunicación con Dios, como una retahíla
de letanías, cuyas palabras son otros quienes las han concebido.
Quedó Aguedilla suspensa, como si sopesara mis alegaciones.
Aproveché el momento para hacerle la pregunta que me quemaba desde que
Llamazares me expuso su probable profesión religiosa:
-
Óyeme,
Águeda, para el caso de que -como hago todas las noches- rece por el bien de tu
alma, ¿habré de pedir a Dios que excite en ti la vocación religiosa o, por el
contrario, que te bendiga con un buen marido?
La
interpelada se arreboló, bajó los ojos y, según se alejaba de mí, musitó:
-
De
cualquiera manera que sea, habrías de pedir para mí un esposo[94].
De
lo que se infiere que yo quedé tan dudoso como estaba antes, pero Aguedilla
pudo colegir con certeza mi interés hacia ella.
***
La
verdad es que no me explicaba la lentitud con que la Inquisición parecía
haberse tomado el enjuiciamiento de Don Gaspar, supuesto que el monarca le había
retirado toda benevolencia a ese respecto[95]. A mí
me quemaba ya el asunto pues resultaba de vez en vez más probable que se
acabara descubriendo el que actuaba como esbirro del Santo Oficio, traicionando
la amistad y confianza con que se me recibía en aquel palacio. Cierto era que,
cada día que pasaba, era una oportunidad de estar junto a Aguedilla, lo
que a ambos iba proporcionándonos un mayor contento. Mas ¿qué pensaría ella de
mí si supiera de mi traición a sus señores, ni qué oportunidad tendría yo de
conseguir su afecto?
Algo debieron hablar entre sí a este respecto los dos esposos, pues un
día de febrero del año 1644, cuando me disponía a acompañar al
Conde-Duque en su paseo matutino a fin de mostrarle las tareas de poda de las
viñas, Su Excelencia excusó mi presencia, con estas o parecidas palabras, que
me dejaron atónito:
-
Quédate
en palacio y haz por ver cuanto antes a doña Inés, mi esposa, que ha de
manifestarte algo de importancia, y sábete que cuanto ella te exponga tiene mi
beneplácito.
Recibiome la señora en su cuarto de costura y, dando a suponer que la
plática sería larga, me mandó sentar en un escabel a su vera. Sus primeras
palabras, yendo de inmediato al asunto -como ella usaba- mostraron su
inclinación de tercera, de la que Llamazares me había advertido:
-
Vengo
notando -me vino a decir- tu interés por mi servidora Aguedilla, cosa
que no me extraña, y aún diría que me agrada, pues ella es muy honesta y
graciosa y tú siempre te has mostrado como un hidalgo respetuoso y servicial…
No obstante, antes de que las cosas entre vosotros pasen adelante, he de
explicarte ciertos puntos de gran importancia, que sabrás entender y aceptar
si, como ella me ha dado a entender, te le has acercado con honradas
intenciones.
Sin apenas dejarme afirmar que esas eran, en efecto, mis pretensiones,
doña Inés me hizo saber, con buenas aunque ambiguas palabras, lo que yo ya
conocía u otros me habían dado a entender: Que la joven, más que una criada,
era para ella una dama de compañía, que había entrado de muy niña en su casa y
a la que quería casi como a una hija; que, hasta entonces, había
mostrado más inclinación por la vida religiosa que por la matrimonial; que,
siendo esta última su vocación, no la apartaría de ella, pues bien sabía de la
dulzura del amor de los esposos y de la ternura del amor de madre, como también
de sus numerosos sinsabores; en fin, que Aguedilla, para el caso de
darle estado de matrimonio, recibiría dote, ajuar y otras mandas, como
correspondía a una pupila o criada de su cámara.
Tomando, al fin, la palabra, le mostré con brevedad mi desinterés por
todos aquellos gajes, que, aunque generosos y muy justos, no podían
parangonarse con las muchas prendas de tan encantadora muchacha. En todo caso,
le hice ver que no pretendía que mis aspiraciones casaderas se efectuaran antes
de hallarme en una posición en cierto modo similar a la que habría de alcanzar
Águeda. Añadí, aunque con temor de descubrirme, que, antes de venir a Toro,
había tenido una ventajosa posición como administrador del señorío de
Villagarcía de Campos, al que tendría ocasión de volver, una vez cumpliese en
la ciudad toresana un encargo de conciencia, tan imposible de soslayar, como de
confesar sus motivos. La señora hizo memoria y dijo:
-
Creo
haber conocido en la Corte a la titular del señorío y, si afirmas que es esposa
del conde de Peñaflor, tengo por cierto que lo ha de conocer el Conde-Duque,
pues que reside de fijo en Sevilla. Es, desde luego, buena carta de
presentación la que me ofreces, apoyada, si ella poco fuese, por la buena
relación que dices haber tenido con los jesuitas del aquel Colegio famoso.
Pero, siendo todo como dices, es triste punto de honor el de que hayas tenido
que abandonar por el momento tan buen puesto, para venir a aposentarte con el
marqués de Malagón, a quien mi marido reprueba por muy buenas razones, como a grande
que nunca le mostró amistad ni apoyo. Tan es así, Ocampo, que la decisión
del Conde-Duque, que yo hago mía, es esta: Si quieres cortejar a Aguedilla, habrás
de abandonar previamente el servicio de don Diego de Ulloa[96] y
entrar al de alguien que no nos sea desfavorable.
Tras unos momentos de sorpresa, iba a responderle que me colocaba en
situación económica muy difícil, de aceptar tal exigencia, pero doña Inés se me
adelantó:
-
Mi
esposo te profesa afecto por tu respeto y atención hacia él, a lo que yo añado
la razón del cariño que ambos sentimos por Aguedilla. Según eso, tan
pronto hayas abandonado la casa del marqués, tendrás abiertas las puertas de la
nuestra en calidad de bibliotecario de mi marido… Espero que llegues a serle más
fiel en su desgracia que el canónigo Rioja, cuya defección causó al Conde-Duque
tanto disgusto.
7. Donde se aprecia
que en Toro, como en Roma, no se paga a
traidores
Villalonso (Zamora). Castillo.
Fue una conversación bisbiseante entre Olivares y su confesor, que
captaron mis entonces agudos oídos cuando estaba esperando al Conde-Duque en el
zaguán del palacio, para acompañarlo en uno de sus paseos matinales:
-
El
señor protonotario -explicaba el padre Ripalda- está profundamente
conmocionado, pues él creía ya definitivamente superados sus pleitos con la
Inquisición[97].
-
Y
después de tantísimos años -apostillaba Don Gaspar-. No me cabe duda, padre
Juan: Esos miserables vienen por mí, siendo Villanueva solo el preámbulo.
Ya
fuese por el berrinche, ya porque había otras personas presentes, Olivares se
despidió de Ripalda y subió al coche en que se proponía hacer su salida.
Mientras subía trabajosamente las dos gradas del carruaje, se volvió hacia mí y
me despidió. Hoy no saldré al campo -explicó-; me encuentro algo
resfriado. Me pareció una disculpa que encubría su desánimo por la noticia
que acababa de serle dada.
Como es de suponer, el anuncio y la reacción de Olivares me preocuparon,
por lo que al punto acudí a la casa del Santo Oficio en Toro[98], que
apenas frecuentaba para evitar que se me asociase con mis colegas. En
todo caso, era seguro -y constancia tenía yo de ello- que el Comisario[99]
toresano había recibido desde Valladolid noticia de mi presencia en Toro, así
como la orden de socorrerme en todo aquello que necesitase. Por esta vez,
decidí acudir a él, mas, no habiéndole hallado en la casa y sabiendo que era
presbítero de San Lorenzo el Real, acudí a su encuentro al terminar la misa de
once para recabarle cuanta información tuviese del tropiezo de
Villanueva con la Inquisición. Me contestó lo siguiente:
-
Por
lo que yo sé, los diablos de San Plácido están de nuevo rondando por la Corte
o, por mejor decir, alrededor de quienes no son bienquistos en ella. Pronto te
ha llegado el tufo del asunto, pues todavía, que yo sepa, no se ha
abierto causa contra el protonotario, pero se da por cierto que llegue tal
momento no tardando, una vez que se ha quedado sin el resguardo del
Conde-Duque… Por cierto, yo que Don Gaspar me tentaría la ropa, que en aquellos
episodios de Madrid tuvo él que ver tanto o más que Villanueva.
Salí de aquella entrevista con la convicción de que podía ser inminente
que se procesara a Olivares, momento este en que lo mejor que yo podía hacer
era desaparecer de Toro, una vez hubiese cumplido con cuanto pudiera satisfacer
al tribunal de Valladolid. Y, supuesto que los cargos contra el Conde-Duque se
centrarían, como el comisario me había dado a entender, en las hechicerías de
San Plácido, poco más podía aportar que las cartas de Sor Teresa, la priora,
cosa que ya había hecho en cuanto pude. De suerte que tomé la
pluma aquella misma tarde y escribí a mi mandante, el ministro Arellano, una
misiva un tanto alarmista, afirmando falsamente que en casa de Olivares me
encontraba bajo sospecha, al haber echado en falta las cartas que yo había
sustraído en favor del Santo Oficio. Añadía que mi completa pesquisa de la
biblioteca del Conde-Duque no había arrojado ningún otro resultado positivo en materia de hechizos.
Concluía:
En
esta tesitura, señor, no tengo otro remedio que solicitar de ese tribunal que
se me autorice a despedirme del marqués de Malagón con cualquier pretexto,
abandonando Toro, y poder regresar así a mis ocupaciones en Villagarcía de
Campos, o doquiera se me reciba de buen grado con la poderosa recomendación del
Santo Oficio. Permanecer un tiempo más en esta ciudad solo puede redundar en mi
daño y alarmar a quienes están bajo sospecha, previniéndolos aún más en contra
mía y de quienes me han enviado.
En una posdata, le
hacía saber que Olivares ya tenía noticia de cuanto se estaba preparando contra
el protonotario Villanueva, lo que le había provocado el consiguiente
sobresalto.
***
Tal vez fuese esa alarma y el disgusto que le causara lo que dio lugar a
que Don Gaspar enfermara gravemente en abril de 1644 del mismo mal que lo había
aquejado en noviembre anterior. Nuevamente trató de remediarse la erisipela con
sucesivas sangrías, que lo dejaron sumamente debilitado. Se habló de hacer
venir a buenos médicos de Valladolid u otros lugares, visto que -a diferencia
de lo que de antaño se contaba- el rey no le había ofrecido los servicios de sus
médicos de cámara, suponiendo que estuviera avisado de los males de Don Gaspar.
No hubo necesidad al fin de llegar a tanto, pero durante muchos días la casa
fue un constante ir y venir de profesionales, amigos y curiosos, un hervidero
de rumores y lamentos, un zumbido de rezos y plegarias. Vi en ello, si no la
ayuda de Dios, sí la oportunidad de alejarme del palacio sin que nadie parase
mientes en mi ausencia. Pero, antes, había una persona con quien tendría que
hablar sobre mi marcha, preparándola para una temporal despedida.
Pasé mucho tiempo y desvelos en decidir qué y cómo presentaría a Aguedilla
mi intención de abandonar Toro, con cuanto ello suponía, para retornar a mi
plaza de Villagarcía, en el supuesto de que se me volviera a recibir en la
misma. Hubo momentos en que pensé en sincerarme con ella hasta el extremo,
reconociendo mi infidelidad hacia el Conde-Duque, aunque viniera forzada por el
vínculo con la Inquisición; pero ¿cómo iba a reconocer aquella traición a quien
muchos decían que era hija, aunque ilegítima, de Don Gaspar? Sería tanto como
tranquilizar mi conciencia a costa de romperle el corazón y forzarla a que me
abandonara con el mayor de los desprecios. En el extremo opuesto, podría alegar
pretextos que me convirtieran en víctima, como el de ser despedido de su casa
por mi señor, el de Malagón, o que la pusieran a ella como causa, tal como
tomar un nuevo rumbo en mi vida para poder aspirar a su mano con una mejor
posición. En todo caso, cualquiera que fuera mi excusa, siempre quedaría al
descubierto en el caso de que el Santo Oficio acusara a Olivares y me
propusiera como testigo de cargo y exhibiera las cartas de la priora de San
Plácido.
Finalmente, opté por ofrecerle una explicación que, al menos de momento,
no supusiera el perder toda esperanza de conservar su afecto. De modo que,
aprovechando el agobio en que la tenían los cuidados por la enfermedad de Don
Gaspar, me limité a hacer un aparte con ella y, de manera un tanto confusa, le
expuse que tendría que ausentarme de Toro por algún tiempo, dado que mi madre
se encontraba enferma y el marqués de Malagón me había concedido la venia para
visitarla. Agregué que mi propósito era el de regresar cuanto antes, no por el
marqués, ni por la benevolencia que me mostraban Doña Inés y su marido, sino
porque estaba prendado de sus encantos. Acabé preguntándole si ella sentía por
mí un especial afecto y, de ser así, si me esperaría hasta mi regreso.
Entre la sorpresa por mis confidencias y lo urgente y poco adecuado del
lugar y el momento, Águeda quedó como asombrada, inmóvil, con la mirada baja,
azorada, en silencio. Finalmente, alzó los ojos hacia mí y, tomando pie en mi
alusión a la espera, dijo con suavidad y parsimonia:
-
Mi
voluntad no puede ser otra que la de hacer lo que parezca bien a mis señores,
pero tienes mi beneplácito para exponerles tus sentimientos e intenciones hacia
mi humilde persona. Yo esperaré hasta que ellos decidan.
Aquellas palabras suyas me hicieron comprender que solo un milagro
podría unirnos: el de que la Inquisición desistiera de seguir causa a Olivares.
Y en ese milagro perdí toda esperanza cuando, dos días más tarde, recibí del
tribunal de Valladolid la siguiente carta del inquisidor Arellano, cuyo
original aún conservo:
…
Harta inquietud me ha provocado tu aseveración de encontrarte bajo sospecha
entre la gente de quien tú sabes, por lo que ello podría suponer, no
solo de peligro para tu vida, sino de cautelas o actuaciones contrarias a los
preparativos de la acusación contra él. La importancia que concedemos al
asunto nos ha movido a evacuar consulta con el Inquisidor General y su
respuesta para ti ha sido la siguiente: Te apartarás inmediatamente de aquella
casa y evitarás el contacto con sus moradores, pero no abandonarás Toro, por lo
que ello supondría de escándalo y de pérdida nuestro control sobre esas
personas y ambiente, que solo tú conoces en profundidad. Así pues, seguirás al
servicio del marqués de Malagón y sus exigencias de una mayor dedicación por tu
parte a sus encargos servirá para que puedas explicar tu repentino
alejamiento de esa casa que, hasta ahora, has frecuentado con tanto
aprovechamiento para nosotros.
La misiva también
respondía a mis sugerencias, de una forma poco satisfactoria para mis anhelos
de seguridad y retorno a anteriores ocupaciones:
…
Sabes que el Santo Oficio nunca abandona a quienes bien lo sirven, como lo has
hecho tú hasta ahora. Ello ha de ser bastante para tranquilizarte ante la
noticia que he de darte, que es la de que la señora de Villagarcía ya ha
designado a un nuevo administrador en tu lugar, al no poder dejar por más
tiempo la plaza en manos interinas y poco hábiles.
Arellano concluía
fijando un plazo incierto para permitirme abandonar mi destierro toresano:
…Tus
servicios en esa ciudad habrán concluido, por lo que a mí respecta, cuando se
abra causa contra la persona que tú conoces. A partir de ese momento, si
tuvieses que seguir apoyando la actividad de la Inquisición, podrás hacerlo
eficazmente desde Valladolid, donde habrá de seguirse el oportuno proceso.
***
Como era de esperar en ciudad tan reducida como Toro, no tardé en
encontrar -o ellos hicieron por toparse conmigo- con servidores de Olivares, en
concreto, con el paje Burrigay. Con su jovialidad acostumbrada me abordó
y echó en cara haber olvidado el camino del palacio de Alcañices. Sin embargo,
su rostro no se compadecía con la voz y mostraba un gesto de reproche, que
parecía reclamar una buena explicación. De entrada, yo le di la recomendada por
el Inquisidor General, es decir, el mucho trabajo que tenía, según se acercaba
el verano y menudeaban los preparativos de la cosecha. El paje se encogió de
hombros y me confió -verdad o mentira, él lo sabría- que el Conde-Duque me
había echado de menos. Al despedirnos, me hice el firme propósito de que, si
volvía a producirse una ocasión semejante, daría la cara y resolvería de una
vez por todas el equívoco. ¡Allá el Santo Oficio, si con ello perjudicaba las
maniobras contra Don Gaspar!
Con todo, evité el enojoso momento saliendo de Toro camino de
Villalonso, donde mi señor el marqués tenía abundantes tierras de pan llevar,
que ya aguardaban las hoces. Pero la siega concluyó y no tuve más remedio que
regresar. En el ínterin, había vuelto a escribir a los inquisidores,
encareciéndoles la mayor diligencia en la instrucción de la causa contra
Olivares. Estando de vacaciones Arellano, me contestó su compañero, Juan
Santos, de manera lacónica y desabrida, haciéndome saber que el momento que yo
urgía estaba muy próximo, pero que no iba a adelantarse porque yo tuviese
interés en ello. Así, el día de Santiago de aquel año 1644, hallándome en el
mercado, me di de manos a boca con Llamazares, el criado de Su Excelencia,
quien me echó mano por si pretendía escabullirme y dijo:
-
¡Cuánto bueno,
compadre! Hace tiempo que quería dar contigo, pero hay que ver qué caro te
vendes.
Me
sentí molesto por la sorna que evidenciaban sus palabras y respondí con
descaro:
-
Pues
ya sabes dónde me tienes, que yo también tengo señor de alcurnia y resido en un
palacio de esta ciudad.
El
criado de Olivares, sintiéndose ofendido, echó mano a la ropera[100], al
tiempo que me increpaba como la urraca que se había llevado al nido ciertas
cartas personales de la biblioteca de su señor. Comprendí que no tenía más
remedio que contemporizar y suavemente repliqué:
-
Repare
el señor Llamazares que, habiendo venido a comprar y en día de precepto, he
dejado los hierros en casa… Mal lugar es este para que dos hidalgos
discutan, a la vista de toda la ciudad. Véngase a un lugar donde podamos hablar
como dos personas de las mejores casas de Toro.
Accedió el criado del Conde-Duque y me acompañó hasta la bodega que
entonces existía a la vera del hogar de la Inquisición -situación que pareció
aplacarlo un tanto-; pedimos dos jarras de lo de la tierra y, tras haber
remojado el gaznate, di por sentado que estaba al tanto de todo y le confesé:
-
No
voy a negar el escamoteo de que me acusas, ni dejaré de reconocer que es una
conducta poco digna hacia el Conde-Duque, que tan generosamente me trató
siempre, pero has de saber, y decírselo a él, que no he obrado por cuenta
propia, sino por orden o encargo del Santo Oficio, del que soy familiar.
No
pareció extrañarse Llamazares de la implicación inquisitorial en el asunto,
pero su reconocimiento por mi parte le obligaba a observar una contención que
hasta entonces no había mostrado. Farfulló unas palabras de las que no hice
caso y proseguí:
-
Las
cartas a que aludías antes y los informes confidenciales del caso ya obran en
poder de mis mandantes; de modo que no os queda más remedio, a tu señor y a ti,
que obrar con cautela y que el Conde-Duque vaya preparándose para capear el
temporal que, no tardando, va a caer sobre su caduca persona… Conste que lo
afirmo con el mayor de los respetos, pues nunca complació a un hidalgo de bien el que hagan leña del árbol caído quienes, en otro tiempo, se
acogieron a su sombra y aún puede que recogiesen sus frutos.
Poco más teníamos ya que hacer en aquella taberna, como no fuese llegar
al fondo de las jarras. Pero se me ocurrió, de repente:
-
Por
cierto, Llamazares, ¿me harías el favor de llevar una carta mía a una persona
muy querida de Don Gaspar y Doña Inés, para la que puede servirle de consuelo?
-
Estoy
dispuesto a ello -contestó el asturiano-, siempre que la entrega se haga con el
conocimiento de mi señor.
Acepté la condición; pedí al cantinero recado de escribir y escribí unas
líneas para Aguedilla, explicando con notable hipérbole la necesidad en
que me había visto de comportarme de tal modo, por exigencias imperiosas de mi
deber para con la Inquisición. Le reiteré mi cariño y, en consecuencia, el
profundo dolor que me producía el haberla perjudicado, aun sin mala intención,
y el despedirme ahora de ella, cosa inevitable puesto que nada podría borrar mi
desafuero a las personas que ella tenía como a padres. Finalmente, improvisé un
sobre, en el que estampé solo dos palabras: Para Aguedilla. Al leerlas,
Llamazares volvió a remontarse: Malhadado seas: Has ido a lacerar al mayor
bien de los duques.
Se
levantó, tomó la carta y arrojó unas monedas de vellón sobre la mesa.
-
Nada
quiero de ti -explicó-, no siendo tu sangre, pero esa la Inquisición me impide
derramarla pues sería en perjuicio de mi amo.
***
Estaban a punto las uvas toresanas de ser vendimiadas aquel año de 1644,
cuando llegó al fin la noticia de que el protonotario Villanueva había sido
detenido en Madrid por orden del Santo Oficio y trasladado a su cárcel toledana
para iniciar el proceso[101]. Era
el mosquetazo que anunciaba el inmediato procesamiento de Olivares, como
en efecto acaeció. Al propio tiempo, era un aldabonazo para mí, que ya
no hallaría en Toro tranquilidad ni buen ánimo. En el colmo de mi indignación,
me dispuse a escribir una carta al inquisidor Arellano, manifestándole mi
intención de abandonar Toro, incluso sin su permiso, toda vez que mi tarea
había sido cumplida y ningún acuerdo del Santo Oficio me había desterrado ni
acordado mi confinamiento. Luego, lo pensé mejor y opté por hacer la gestión
cara a cara, evitando los malentendidos de una escritura en estado de
excitación. En consecuencia, y aunque la fecha era muy inconveniente para ello,
me presenté al marqués y le pedí permiso para viajar a Valladolid, regresando a
la mayor brevedad posible. No tuve más remedio que explicarle los motivos, al
escuchar los cuales Don Diego sonrió de oreja a oreja y preguntó con regocijo:
-
Conque
¿has tenido que ver en la desgracia que va a cernerse sobre ese pavo real
con muleta?
-
Y
no poco, señor -respondí-. Si algún día llega a ser condenado por hechicería,
tenga por cierto que me corresponderá buena parte de mérito en ello.
Inquisidor General,
Diego de Arce
El
de Ulloa empezó a sonsacarme, hasta llegar a una correcta conclusión: Que yo
estaba deseando marchar de Toro por miedo y vergüenza hacia Olivares y tristeza
y dolor por haber perdido el cariño de Aguedilla, su presunta hija.
Ahora bien, abandonar las orillas del Duero en esas condiciones sería para mí
tanto como quedar pronto en la miseria, sin trabajo y víctima de la ojeriza de
la Inquisición.
El
marqués, que no cabía en sí de contento por el infortunio del Conde-Duque, al
que detestaba cordialmente de antiguo, por motivos que él conocería, me
tranquilizó de la siguiente forma:
-
Como
sabes, tengo tierras y señoríos en diversos lugares del reino de Castilla,
entre otros, en La Mancha. Honrado administrador eres y conocedor laborioso del
cuidado de las viñas, que tanto abundan también por allá. Voy a mandarte
incontinente a Malagón o a Fernán Caballero[102], con
el encargo urgente de que te hagas cargo de mis propiedades, reemplazando al
que, por su edad, ya precisa de un sucesor. Y nada temas de los inquisidores de
Valladolid, pues me une buena amistad con Diego de Arce, su jefe supremo, que
apoyará mi decisión, sin más que comparezcas ante el tribunal que ha de juzgar
a Olivares, cuando para ello seas requerido.
Ciertamente, vi los cielos abiertos, por más que eran los manchegos
pagos para mí desconocidos y en los que nada se me había perdido. Don Diego
comprendió sin palabras mis escrúpulos y aún me ofreció otra salida:
-
Si
no te pinta bien en aquellas tierras, pasado un tiempo, puedes renunciar a tu
puesto. Si Dios me da vida -que ya voy anciano-, ya te buscaré otro que sea
digno del servicio que hasta entonces me hayas prestado.
***
En
honor a la verdad, he de confesar que no salí de la triquiñuela del
marqués del todo incólume, pues, pese a la benevolencia del Inquisidor General,
el tribunal de Valladolid me retiró la credencial y privilegios de familiar de
la Inquisición, sin que yo me revolviese contra ello ni solicitase entrar al
servicio del de Toledo[103].
Terminaba así mi compromiso de familiar de la Inquisición. Y, habida cuenta de
que este relato no ha pretendido otra cosa que narrar curiosos sucesos de esa
corta época de mi vida, bueno será que ponga fin a la relación, deseando a
vuesas mercedes un oficio menos santo que el que yo asumí en
aquellos tiempos.
8. Apéndice, a cargo del
editor
Adrián (de) Ocampo no fue en sus memorias más allá de 1644. En
consecuencia, me siento obligado con los lectores a concluir brevemente
algunas de las biografías que él dejó incompletas, añadiendo algunos datos históricos
que las lleven hasta su conclusión.
Comenzando por el Conde-Duque de Olivares, ciertamente la Inquisición le
abrió procedimiento por tenencia y lectura de libros prohibidos, sospechas de
cripto judaísmo y prácticas de magia y hechicería. En el fondo, el Santo Oficio
estaba siendo manipulado por sus opositores, que no le perdonaban su
autoritarismo y reformas, y buscaron el procesamiento inquisitorial para
arruinar su reputación por completo. Pero la acción inquisitorial no se
caracterizaba, precisamente, por su rapidez, máxime en casos como este de tanta
notoriedad personal. De otra parte, el Inquisidor General, Diego de Arce, era
hombre templado y había mantenido buenas relaciones con el Conde-Duque. En
conclusión, la muerte le llegó a Don Gaspar el día 22 de julio de 1645, sin que
hubiera tenido que sufrir el desdoro de verse acusado de todos aquellos crímenes,
aunque sí supiera de las maquinaciones e inculpación inicial. El fallecimiento
del magnate trajo aparejado el archivo de aquella causa[104].
La
gentil Aguedilla, fallecido su padre putativo, obrando de acuerdo con Doña Inés
de Zúñiga, tomó el hábito de las dominicas en el monasterio de la Inmaculada
Concepción de Loeches y allí permaneció como monja hasta su fallecimiento, en
fecha indeterminada, a la vera del panteón que guardaba -y todavía lo hace- los
restos del Conde-Duque y de la expresada, Doña Inés. En el testamento de esta,
otorgado el 8 de septiembre de 1647, la duquesa prohijó a Aguedilla, le
otorgó una cuantiosa dote de dos mil ducados -que ya no serviría para otra cosa
que para enriquecer al convento que la había acogido- y le legó numerosos
objetos personales, confirmando así -en opinión de los historiadores- la
sospecha popular de que la joven era hija biológica de Olivares.
En
cuanto a don Diego de Ulloa, marqués de Malagón, no tardó en seguir al sepulcro
a su némesis olivariana, pues falleció en 1647, sucediéndole en sus
títulos y patrimonio su hermana Francisca, la cual pronto finó, abriendo la
herencia a otros parientes en línea colateral[105]. Es de
suponer que todos ellos confirmasen en su puesto a Adrián Ocampo, a juzgar por lo que él ha escrito al inicio de estos recuerdos.
A
Adrián Ocampo parece habérselo tragado la tierra, incluso antes de que lo
cubriese para siempre. Este humilde editor ha tenido que conformarse con
desempolvar el relato que ahora ofrece a los pacientes lectores, no habiendo
sido capaz de hallar sobre el autor noticias adicionales.
***
He
decidido dedicar esta narración al historiador británico, Sir John Elliott, que
dedicó buena parte de su vida a la vida y la obra del Conde-Duque de Olivares.
Sin embargo, el contenido y tono de mi relato no han hecho preciso que
consultara sus obras hasta el punto de citarlas al margen[106]; pero
sería injusto no recoger las principales de entre las que dedicó a Don Gaspar
de Guzmán, como muestra de mi admiración y ánimo de divulgar su existencia entre los
aficionados a la historia. He aquí la lista impresionante de las mismas, con la
que cierro el relato -como lo empecé- recordando al hispanista de Reading.
·
La
rebelión de los catalanes, 1598-1640, Madrid, Siglo XXI, 1977.
·
El
Conde- Duque de Olivares y la herencia de Felipe II, Valladolid, Universidad,
1977
·
J.
Elliott y J. F. de la Peña, Memoriales y cartas del Conde Duque de Olivares,
Madrid, Alfaguara, 1978- 1981, 2 vols.
·
J.
Brown y J. Elliott, Un palacio para el rey. El Buen Retiro y la corte de Felipe
IV, Madrid, Alianza, 1981
·
El
programa de Olivares y los movimientos de 1640, en J. M. Jover (dir.), Historia
de España de Menéndez Pidal, vol. XXV, Madrid, Espasa Calpe, 1982
·
Richelieu
y Olivares, Barcelona, Crítica, 1984J. Elliott, El Conde- Duque de Olivares,
Barcelona, Crítica, 1990
·
J.
Elliott y A. García Sanz (ed.), La España del Conde Duque de Olivares,
Valladolid, Universidad, 1990º
·
España
y su mundo 1500-1700, Madrid, Alianza, 1990, caps. 8 y 9J.
·
El
Conde-Duque de Olivares: el político en una época de decadencia, Barcelona,
RBA, 2005.
Vega de Toro, regada
por el río Duero
[1]
Se trata de Felipe IV
(1605-1665), rey de España entre 1621 y 1665.
[2]
Alusión a la conocida anécdota (tolle,
lege) de que San Agustín fue urgido por un ángel a que leyera la Biblia,
que abrió casualmente por las epístolas de San Pablo.
[3]
Del texto del relato se infiere
que se alude a la pequeña villa vallisoletana de dicho nombre que, para evitar
confusión con la mucho más poblada onubense de igual denominación, pasó en 1916
a denominarse Villalba de los Alcores.
[4]
Es decir, en Derecho civil y
canónico, a la vez.
[5]
Edad mínima para presentarse a
los exámenes correspondientes ante el Consejo de Castilla, al ser la de la
mayoría de edad en el Derecho castellano de aquella época, situación que se
mantuvo hasta el Código civil de 1889, que la rebajó a 23 años.
[6]
Esta situación se mantuvo entre
1554 y 1559, cuando su hermano de padre, Felipe II, lo reconoció por hermano
suyo y lo incorporó a la Corte.
[7]
Doña Inés de Salazar enviudó en
1623 del titular del señorío de Villagarcía, don Juan de Quijada de Ocampo y,
al no tener hijos, fungió de titular de dicho señorío hasta su muerte, acaecida
en 1636.
[8]
Doña Elvira Antonia Quijada de
Ocampo y Villamizar fue la titular del señorío de Villagarcía entre 1636 y
1658, en que se dice que falleció. Dicho señorío pasó a tener el rango de
marquesado en 1655.
[9]
Tal vez ese absentismo
denunciado por fray Juan de Porres estuviese un tanto exagerado pues consta que
el heredero de doña Elvira nació en Valladolid, no lejos, pues, de Villagarcía
de Campos.
[10]
Sobre la señora, véase la
nota anterior. Su marido era don Pedro Clemente de Villacís y Saavedra, segundo
conde de Peñaflor de Argamasilla.
[11]
Ciertas referencias precisan el
año 1183 como fecha de su edificación inicial, cuando se levantó como baluarte
en la frontera entre los reinos de Castilla y de León. Aunque fue ampliado y
transformado en palacio en siglos posteriores (siglos XIV-XVI), los mínimos
restos visibles actuales datan mayoritariamente del siglo XV.
[12]
En realidad, se ignora la fecha
del nacimiento de dicho hijo, sosteniendo algunos que pudo ser alrededor de
1645. Yo rechazo tal conjetura por inverosímil, ya que su madre, nacida en
1599, no estaría ya en condiciones normales de tener hijos; tanto más, cuanto
que todavía tuvo el matrimonio otros tres hijos más: Véase, José Miguel de
Mayoralgo y Lodo, Conde de los Acevedos, El linaje sevillano de Villacís, Boletín
de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, volumen IV
(1996-1997), pp. 7-120, especialmente pp. 21-23 (accesible por la www.ramhg.es). Resulta curioso constatar (íbidem,
pp. 21-22) que el futuro señor -luego marqués- de Villagarcía de Campos era el
sexto de los hijos de la unión de sus padres: los tres primeros murieron
niños y las dos hermanas siguientes no heredaron el señorío por ser mujeres y
haber profesado en el convento dominicano de Santa Catalina de Siena de
Valladolid.
[13]
Es posible que el relato de
Adrián de Ocampo sea demasiado optimista. En realidad, la capilla relicario con
el sepulcro de doña Inés de Salazar no se concluyó en lo fundamental hasta 1666
y los últimos detalles hubieron de esperar hasta 1692.
[14] Aunque
Ocampo no precisa el bienio de que se trata, está claro que fueron los años
alrededor de 1640, en que España empezaba a experimentar el sabor de la derrota
en la Guerra de los Treinta Años, así como una fuerte descomposición interna,
con la sublevación de Cataluña y el inicio de la separación del reino de
Portugal.
[15]
Puede que no fueran muchos menos
de cuarenta. Consta que, antes de Valladolid, Porres desempeñó el puesto de
inquisidor en Córdoba, donde ya lo ejercía, por lo menos, en 1599.
[16]
El tribunal de la Inquisición de
Valladolid tenía jurisdicción en el siglo XVII sobre un total de once diócesis:
León, Astorga, Zamora, Salamanca, Valladolid, Palencia, Burgos, Osma, Segovia,
Ávila y Oviedo. Véase sobre diversos aspectos del funcionamiento del tribunal
vallisoletano de la Inquisición y, en particular, sobre sus visitas e
inquisidores: María del Carmen Sáenz Berceo, La visita en el tribunal del
Santo Oficio de la Inquisición de Valladolid (1600-1658), Revista de la
Inquisición, número 7 (1998), pp. 333-387, espec. para Juan de Porres, p. 374
(accesible íntegramente en Internet: dialnet.unirioja.es).
[17]
Forma abreviada de
referirse al Consejo de la Suprema y General Inquisición, órgano colectivo
máximo de esta, que radicaba en Madrid y que, en lo que a inquisidores
respecta, estaba formado por seis inquisidores apostólicos y presidido
por el Inquisidor General.
[18]
Antonio de Sotomayor
(1557-1648), dominico portugués, fue Inquisidor General entre 1632 y 1643, así
como confesor de Felipe IV entre 1616 y 1643. Su cese en ambos cargos suele
relacionarse con la caída en desgracia del valido, conde duque de Olivares, de
quien era muy afecto.
[19]
Dejando de lado exageraciones
nacidas de la inquina entre Órdenes religiosas y del excesivo celo del Santo
Oficio, es llano que los jesuitas -incluido el propio San Ignacio de Loyola-
estuvieron muchos años bajo el escrutinio y la sospecha inquisitoriales, como
presuntamente proclives al alumbradismo y los excesos místicos, así como
excesivamente entregados a la obediencia papal y contrarios a los privilegios
inquisitoriales en materia de jurisdicción propia y limpieza de sangre. Uno de
tantos acercamientos a estas cuestiones, accesible por Internet (Hispania.revistas.csic.es),
puede ser: Doris Moreno Martínez, Obediencias negociadas y desobediencias
silenciadas en la Compañía de Jesús en España, ss. XVI-XVII, Hispania,
2014, vol. LXXIV, nº. 248, septiembre-diciembre, págs. 661-686 (bibliografía en
pp. 684-686).
[20]
Era requisito casi obligado que
los familiares de la Inquisición fuesen casados o viudos.
[21]
Se opina que ser familiar de
la Inquisición, pese a su rango inferior dentro de la institución, era un cargo
muy atractivo ya que, entre otros privilegios, contaba con una general
inmunidad ante la jurisdicción ordinaria, numerosas exenciones fiscales,
derecho de portar armas y credencial de limpieza de sangre.
[22]
Lo cierto es que era muy
numeroso el contingente de familiares de la Inquisición, calculándose en
varios miles para toda España. Por distritos, cada uno de los once tribunales
de Castilla podría tener una media de quinientos cada uno.
[23]
La fecha de defunción de fray
Juan de Porres es incierta, pero, en cualquier caso, anterior a 1644, año en
que la Suprema se dirigió a sus herederos reclamándoles la importante
cantidad de 400 ducados, por presuntas apropiaciones o exceso de gastos que el
citado ministro del Santo Oficio había dejado de reintegrar en vida. Esa
cantidad venía su suponer el 45% de todo lo que el personal del tribunal
vallisoletano adeudaba, lo que bien podía deberse a los muchos años que Porres
sirvió en el mismo. Véase, María del Carmen Sáenz Berceo, La visita en el
tribunal del Santo Oficio…, citado en la nota 15, p. 374.
[25]
La privanza del Conde-Duque databa aproximadamente de 1621. La licencia
del Rey para que el Conde-Duque pudiera jubilarse del gobierno se
produjo el 13 de enero de 1643.
[26] No muy grande, ciertamente, pues
Loeches distaba de Madrid unas 5 leguas, que podían recorrerse en alrededor de
una hora, en coche o a caballo.
[27]
En el siglo siguiente, buena
parte de ellos, así como de las réplicas a los mismos, se recopilaron en un
manuscrito, que se conserva en la Biblioteca Nacional de España, con el título
de Papeles satíricos sobre el Ministerio del Conde Duque de Olivares, en el
reinado de Felipe IV. Consta de 246 hojas, de las que hacen al caso de lo
indicado en el relato las numeradas del 109 al 182.
[28]
Jerónimo de Villanueva y Díez de
Villegas (1594-1653), uno de los más constantes y eficaces apoyos políticos del
Conde-Duque de Olivares, conocido como el Protonotario, por serlo
durante muchos años de la Cancillería de Aragón. Véase ficha biográfica, a
cargo de Juan Francisco Baltar Rodríguez, en el boletín de la Real Academia de
la Historia (historia-hispanica.rah.es). Tuvo varios encontronazos
con el Santo Oficio que, unidos a la caída en desgracia de Olivares, motivaron
su retirada de la vida política, falleciendo poco después.
[29]
El llamado caso de las Monjas de
San Plácido, convento benedictino de Madrid, fue el más escandaloso de cuantos
conoció la Inquisición en tiempos de Felipe IV, por más que el Santo Oficio
tuviera en el mismo una actitud de gran benevolencia, acabando por exonerar a
las monjas y manteniendo solo la condena del prior, fray Francisco García
Calderón, quien libró con reclusión a perpetuidad en un convento, junto a otras
penitencias. Del fondo del caso se irán dejando pinceladas a lo largo de este
relato. Véanse: Carlos Puyol Buil, Inquisición y política en el reinado de
Felipe IV: Los procesos de Jerónimo de Villanueva y las monjas de San Plácido,
Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1993, accesible por
Internet (interesan especialmente las pp. 71-180 y, en lo tocante a la acción
inquisitorial, las pp. 181 y sigtes.); Laura S. Muñoz Pérez, Poder y
escritura femenina en tiempos del Conde-Duque de Olivares (1621-1643). El
desafío de Teresa Valle, Tamesis Books, Rochester (U.S.A.), 2015, con apéndice
documental y bibliografía; Shai Cohen, El poder de la palabra: la sátira
política contra el Conde-Duque de Olivares, Consejo Superior de
Investigaciones Científicas, Madrid, 2019, espec. capítulo II. De manera más
general, véanse el libro clásico de Modesto Lafuente, Historia general de
España, vol. XVI, Parte tercera (Edad moderna), Libro IV (Reinado de Felipe IV), Capítulo IV
(Interior. Administración: política: costumbres. De 1626 a 1638), accesible por
Internet en la www. filosofía.org., así como la siguiente biografía:
Gregorio Marañón, El Conde-Duque de Olivares, Espasa-Calpe, 9ª edición,
Madrid, 1956, pp. 141-150 (la primera edición de este libro data de 1936).
[30]
Véase antes la nota 21.
[31]
Juan Santos de San Pedro,
inquisidor de Valladolid a la sazón.
[32]
El nuevo inquisidor general era
Diego de Arce y Reynoso (1585-1665), que desempeñó dicho cargo entre 1643 y
1665, cuando falleció. Arce había abandonado el profesorado de Salamanca en
1623, años antes de que Adrián Ocampo iniciase allí sus estudios de leyes.
Véase, Isabel Mendoza García y Teresa Sánchez Rivilla, nota biográfica de Diego
de Arce y Reynoso en Historia Hispánica de la Real Academia de la Historia
(historia-hispanica.rah.es).
[33]
Diego de Ulloa Sarmiento
(†1647), III conde de Villalonso y II marqués de Malagón, había heredado sus
títulos en 1640. Tenía casa en Toro, donde residía en aquel tiempo.
[34]
Se han barajado para aquella
época cifras entre 800 y 1500 vecinos, lo que supondría una población entre
2.500 y 5.000 habitantes. Se calcula que Toro había alcanzado en 1571 su
población máxima para la Edad Moderna: 3.000 vecinos, equivalentes a unos 10.500
habitantes. Véase: María Isabel Pérez López, Población y estructura socio-profesional
de la ciudad de Toro (siglos XVI-XVII), Anuario del Instituto de Estudios
Zamoranos Florián de Ocampo, volumen 17 (2000), pp. 381-429, espec. p. 389.
[35]
Tal vez, a través de doña
Magdalena de Ulloa, que contrajo matrimonio en 1559 con don Luis Méndez
de Quijada, señor de Villagarcía de Campos (los ya citados tutores o cuidadores
de Don Juan de Austria).
[36]
Juego de cartas, relativamente
parecido al tresillo, que hacía furor en la España de aquel tiempo, siendo muy
aficionado a él el Conde-Duque de Olivares.
[37]
Moneda de oro acuñada en España
a mediados del reinado de Carlos I, desplazando el ducado a mera unidad de
cuenta. De todas formas, el valor nominal de uno y otro era sensiblemente
igual.
[38]
Era, en efecto, además de
marqués de Malagón -con grandeza de España-, Mariscal de Castilla, conde de
Villalonso y otros muchos títulos. Falleció en 1647 sin hijos, dejando como
heredera a su hermana, doña Francisca, y a sus descendientes. Véase también antes,
nota 33.
[39]
Seguramente viviría en el
palacio de Ulloa, más conocido por de las Leyes, por haberse celebrado
en él las Cortes de Castilla de 1505, en que se juró como reina a Juana I y se
aprobaron las famosas 83 Leyes de Toro, texto legal clave en el Derecho
histórico castellano (en especial, matrimonial, nobiliario y sucesorio). Un
incendio producido en 1923 destruyó totalmente este palacio, salvo la portada
principal, que aún (2026) se conserva.
[40]
Residencia del Conde-Duque de
Olivares durante su destierro de Toro (1643-1645). Véase sobre él: Luis
Vasallo Toranzo, La casa de los Marqueses de Alcañices en Toro. Nuevos Datos,
Anuario de 2010 del Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo, pp.
173-190 (accesible en Internet). En este palacio, entonces recién construido,
se celebró en 1550 la boda por poderes entre los infantes Juan Manuel de
Portugal y Juana de Austria, de cuyo enlace nacería el rey Don Sebastián de
Portugal: Véase, Esther Rubio, La tristeza de Juana de Austria, la infanta
engañada por Portugal para casarse con un príncipe moribundo, en hispaniaplusultra.wordpress.com,
entrada de 27 de julio de 2018.
[41]
Inés de Guzmán y Pimentel
(1585-1652), una de las hermanas mayores del Conde-Duque. Casada con don Álvaro
Enríquez de Almansa, VII marqués de Alcañices, enviudó en 1643, sin dejar hijos
legítimos (hasta seis tuvo, pero todos fallecieron durante la infancia).
[42]
Su título completo es: Nicandro
o antídoto contra las calumnias que la ignorancia y embidia (sic) ha
esparcido por deslucir y manchar las heroicas e inmortales acciones del Conde
Duque de Olivares después de su retiro. Al Rey Nuestro Señor. Se trata de
un impreso de catorce hojas, accesible, por ejemplo, en la www.bibliotecadigitaldeandalucia.es.
El nombre de Nicandro parece corresponder al de un médico griego del siglo II
antes de Cristo, autor de Alexipharmaca, un estudio general de los
venenos y de sus antídotos. Edición facsimilar moderna, edit. Arcadia, Madrid,
1950, 59 pp., con prólogo de Agustín González de Amezua.
[43]
En concreto en sus folios 12
vto. a 14 recto.
[44]
En concreto, traslado y
reclusión durante cuatro años en otro convento de la Orden que, en el caso de
Teresa de Valle de la Cerda, fue en Toledo.
[45]
En cualquier caso, las
penitencias y la reclusión perpetua en un convento de la Orden -al parecer, el
de Osma- parecieron muy benévolas para el estilo de la Inquisición y la
gravedad de los hechos probados.
[46]
La Inquisición española tuvo su
propio Índice de libros prohibidos desde 1559 (Índice promulgado por el
Inquisidor General, Fernando de Valdés). En los momentos a que se contrae este
relato, acababa de publicarse el Índice expurgatorio del
Inquisidor General, Antonio de Sotomayor, aparecido en 1640.
[47]
Cuanto se recoge en este relato
a propósito de la persona, la estancia y el personal cercano al Conde-Duque en
Toro ha procurado ser veraz, salvo -naturalmente- lo que se refiere a sus
relaciones con Adrián Ocampo, protagonista imaginario de la historia. Mis
fuentes principales en esta materia han sido las dos siguientes: Gregorio
Marañón, El Conde-Duque de Olivares, Espasa-Calpe, 9ª edición en la
Colección Austral, Madrid, 1956, pp. 239-262. Carlos Domínguez Herrero, Toro,
1643-1645, El “retorno” de un noble andaluz, Anuario de 1990 del Instituto
de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo, pp. 555-593, espec. pp. 581 y
siguientes (accesible por Internet).
[48] Unos
dicen que lo era a la sazón Baltasar de Mendoza y otros afirman que se trataba
de Juan de Isunza. Carezco de información sobre dichas personas.
[49] Pueden
consultarse: Manuel Cuenca Cabeza, en Manuel Cuenca Cabeza y Magdalena
Izqguirre Casado (edit.), Ocio y juegos de azar, Universidad de Deusto,
Bilbao, 2010, pp. 9-23 (accesible por Internet). Gerardo Remolina, S.J., La
IV Parte de las Constituciones de la Compañía de Jesús y la ratio studiorum,
Santiago de Cali, 1999, 16 pp. (también accesible por Internet).
[50]
Para los lectores curiosos,
remito para conocer las reglas e historia de este juego, a la www.parletgames.uk, bajo el epígrafe de OMBRE (sic).
The original bidding game.
[51]
Algunas fuentes lo citan como Burrugay,
con dos úes. Burrigay es la grafía empleada por Adrián de Ocampo y a
ella se atiene el relato.
[52]
Forma de referirse a Olivares
sus próximos, eludiendo el compuesto Conde-Duque, como también su superior
condición ducal.
[53]
Francisco de Rioja (1583-1659),
sevillano, notable poeta y escritor, al servicio de Olivares en calidad de
secretario, bibliotecario, etc., quien pasa por ser el más probable redactor de
su apología Nicandro. Luis de Ulloa Pereira (1584-1674), toresano,
también poeta bajo el seudónimo de Lisandro; corregidor de
Logroño y de León; preceptor o ayo de don Juan José de Austria, hijo bastardo
de Felipe IV. Caído en desgracia al tiempo que Olivares, tuvo cordial relación
con él durante su coincidencia en Toro (1643-1645).
[54]
Fue nombrado rector por sus
compañeros en noviembre de 1603 y abandonó el cargo cuando tuvo que hacerlo
también con la Universidad en 1604, debido a la decisión de su padre, por haber
fallecido el hermano mayor de Olivares y tener este que asumir los deberes de
heredero del título.
[55]
Véase, Gregorio Marañón, El
Conde-Duque de Olivares, 9ª edición en la Colección Austral de
Espasa-Calpe, p. 103. La visita tuvo lugar el 9 de julio de 1643 y los
emisarios de la Universidad fueron los maestros Merino y Aguilar y los doctores
Ramos y Hontiberos.
[56]
Se recuerda que a la sazón el
marqués de Malagón era también conde de Villalonso.
[57]
Se trata de la conocida leyenda
-tal vez, con base de verdad-, según la cual el Conde-Duque y su esposa
tuvieron comercio sexual en el convento de San Plácido, durante la Santa Misa y
en presencia de varias monjas orantes, tratando de conseguir por medios
sobrenaturales tener descendencia. Recoge estos presuntos hechos, por ejemplo,
Gonzalo Torrente Ballester, en su novela El rey pasmado, edit. Planeta,
Barcelona, 1989. Sobre el tema volverá Adrián Ocampo en otro lugar de este
relato.
[58]
Nombre en español de la época de
la ciudad neerlandesa de Maastricht, de gran valor estratégico, la cual, al no
ser auxiliada a tiempo por orden de Olivares, se perdió definitivamente para
España en 1632.
[59]
La cuestión sigue siendo
debatida a la fecha. Otros probables autores o colaboradores en la confección
de dicho memorial son el jurista José González y el jesuita Juan de Ahumada.
Desde luego, no se puede descartar que algunos pasajes sean de la mano de Olivares
o hayan sido dictados por él.
[60]
María Calderón (1611-1646),
actriz y cantante, amante de Felipe IV, con quien tuvo un hijo en 1929,
ingresando posteriormente en un convento por orden del rey, hasta su
fallecimiento. Juan José de Austria (1629-1679), hijo ilegítimo de Felipe IV
con María Calderón, fue reconocido por su padre en 1642. Su importante carrera
política y militar incluye el valimiento y gobierno de España entre 1669 y
1679, es decir, ya en el reinado de su hermanastro, Carlos II.
[61]
Juan Martínez de Ripalda
(1594-1648), jesuita, confesor de Olivares. Fue el autor de un Memorial
justificativo (1644), dirigido al rey para afearle con toda franqueza el
trato denigrante dispensado a la esposa e hijo adoptivo del Conde-Duque, pese a
las promesas hechas inicialmente por Felipe IV de mantenerlos en la Corte con
los cargos de que hasta entonces habían gozado. En un lugar posterior de este
relato se tratará expresamente de dicho Memorial.
[62]
El Ripalda del Catecismo fue el jesuita Jerónimo de Ripalda
(1535-1618). Su conocido y archieditado Catecismo se publicó por vez primera en
1591.
[63]
El libro clave para conocer las
enfermedades de Olivares es el de Gregorio Marañón, El Conde-Duque de
Olivares, citado en la nota 54, en especial los capítulos VI (“El humor”),
XXIV (“El crepúsculo de Toro”) y XXV (“Enfermedad y muerte”). Aunque el síndrome
psicofísico llamado de Tourette ya fue descrito en 1885, lo cierto es
que Marañón no lo aludió en el caso de Olivares, para el que parece ser una
opción muy pertinente: véase, Domenico Inzitary & Vladimir Hachinski, History
and the Tourette syndrome: The case of Conde Duque de Olivares, World
Neurology, December, 2023, pp. 5 y sigtes (accesible por Internet en la web, worldneurologyonline.com).
Sobre el síndrome de Tourette en general, véase: Comings D. &
Comings B., A controlled study of Tourette Syndrome I-VII, Am J Hum Gen,
1987, 41: 701-866.
[64]
De este importante convento, que
fue capitular de la Orden, apenas se conservan ruinas, pero su portada
principal fue aprovechada para la iglesia toresana de San Julián de los
Caballeros.
[65]
Se ha dado la cifra para
entonces de diecisiete parroquias, siete conventos masculinos y otros siete
femeninos. Véase, María Isabel Pérez López, Población y estructura
socio-profesional de la ciudad de Toro (siglos XVI y XVII), Anuario de 2000
del Instituto de Estudios Zamoranos “Florián de Ocampo”, volumen 17, CSIC, pp.
381-429; en particular para este dato, véase la p. 426 (artículo accesible en
Internet).
[66]
La muleta -en realidad,
múltiples muletas, algunas muy lujosas y hasta regaladas por Felipe IV y su
esposa- era una ayuda para andar, soportando el dolor de la gota. Sus presuntos
poderes mágicos están aludidos con censura en el Nicandro y la osadía de
tocarla, en Gregorio Marañón, El Conde-Duque de Olivares, citado en la
nota 54, p. 140 (“muletilla maravillosa”).
[67]
En realidad, la raza se denomina
hoy zamorano-leonesa porque también se extiende por la provincia de León.
Véase, J.E. Yáñez García, Razas asnales españolas autóctonas, Ministerio
de Agricultura, Pesca y Alimentación, Madrid, 2005
[68]
Obvia alusión a la independencia
de Portugal y a la intermitente contienda que la siguió (1640-1668), en la que
Olivares sentía una especial responsabilidad, no solo por sus errores políticos
y militares cuando era valido, sino por el apoyo que la misma recibió de sus
próximos parientes, los Guzmanes de la casa de Medina Sidonia.
[69]
La opinión crítica de Adrián
Ocampo parece en este caso harto peyorativa, influida, sin duda, por el poco
aprecio que tenía de Luis de Ulloa como persona. Véase la biografía de Josefina
García Aráez, Luis de Ulloa y Pereira, CSIC, Madrid, 1952.
[70]
Lo sigue siendo, incluso después
de haber dejado de atribuírsele la elegía A las ruinas de Itálica y la Epístola
moral a Fabio, obras esenciales en nuestra literatura. Véase la nota
biográfica a cargo de Begoña López Bueno, en el boletín de la Real
Academia de la Historia (accesible por Internet en la web, historia-hispanica.rah.es).
Según dicha nota, Rioja no acompañó a Olivares a Toro en ningún momento,
pero no seremos nosotros quienes enmendemos la plana a Adrián Ocampo.
[71]
Es tradición que el interés de
Olivares, no por jugar, sino por ver jugar y comentar, arrancó tempranamente en
su vida, por obedecer -a medias- las reglas que su padre le impuso cuando lo
envió de estudiante a Salamanca: prohibición absoluta de jugar a los naipes. El
joven lo acató, pero en lo sucesivo satisfizo su inclinación haciendo de mirón
en las partidas, que llegó a organizar con ese único fin. Véase sobre la
estancia de Olivares en Salamanca entre 1601 y 1604, Marañón, El Conde-Duque
de Olivares, cit., pp. 33-36, en especial, p. 34.
[72]
Diego Llamazares es un personaje
real, aunque escasamente documentado. Cangas de Tineo fue el nombre hasta 1927
del actual concejo asturiano de Cangas del Narcea.
[73]
Suele achacarse a la influencia
de Sor María de Ágreda la postura contraria de Felipe IV al retorno de Olivares
a la Corte, llegando, por el contrario, a la expulsión de sus familiares más
próximos (mujer e hijo reconocido). Véanse: Gregorio Marañón, El Conde-Duque
de Olivares, cit, pp. 222-223; José Javier de Azanza, La correspondencia
entre Felipe IV y Sor María de Ágreda: lectura e interpretación a la luz de Empresas
Políticas de Saavedra Fajardo, Potestas, nº 8 (2015), pp. 195-240,
espec. 204-207 y 227 (accesible en Internet).
[74]
A la letra, una erisipela es una
mera inflamación y enrojecimiento de la dermis, generalmente de origen
infeccioso. En opinión de Gregorio Marañón, El Conde-Duque de Olivares, cit.,
pp. 251-252, se trataría de lo que modernamente se denomina linfangitis, es
decir, una inflamación de los vasos linfáticos.
[75]
Francisco Medina, médico
ejerciente en Toro, que lo fue de cabecera de Olivares durante su estancia en
dicha ciudad, asistido por su colega, Lázaro de la Fuente, que lo veía en
consulta. Véase, Gregorio Marañón, El Conde-Duque de Olivares, cit., p.
254.
[76]
Eran estos los de camarera mayor
de la reina Isabel y aya del príncipe heredero, Baltasar Carlos.
[78]
El conocido inicialmente como
Agustín Valcárcel, tras el reconocimiento por Olivares pasó a llamarse Enrique
Felípez de Guzmán (1613-1646), también citado por su flamante título de marqués
de Mairena.
[79]
Sobre las indicadas cartas,
véanse los textos citados en la nota 29 y, además: Laura S. Muñoz Pérez, Desvelos
en el convento: La escritura de Teresa del Valle y su relación con el
Conde-Duque de Olivares, Pictavia Aurea, Presses Universitaires du Midi,
Poitiers, 2011, pp. 1249-1256 (accesible por Internet). Tales cartas, un total
de ochenta y nueve, fechadas entre 1626 y 1628, se conservan en el Archivo
Histórico Nacional: referencia AHN, Sección Inquisición, legajo 3692/1, folios
478 r-626 v.
[80]
Eso, por no aludir a la tan
manida como discutida alcahuetería del Conde-Duque, a la hora de complacer los
juveniles anhelos de Felipe IV y, de paso, los suyos propios -cuando menos,
hasta 1626-. Alude a estas cuestiones, por ejemplo, R.A. Stradling, Felipe
IV y el gobierno de España (1621-1665), Cátedra, Madrid, 1989, pp. 91-93.
[81]
Contexto y resumen del contenido
del Memorial del Padre Ripalda, en Marañón, El Conde-Duque de
Olivares, cit., pp. 241-244. El texto completo se recoge en el apéndice
XXXI de la versión original y extensa de esa biografía, editorial Espasa-Calpe,
Madrid, 1936.
[82]
Luis Méndez de Haro y Guzmán
(1603-1661), sobrino de Olivares por línea materna, fue entre 1643 y 1661 el
principal ministro (puede llamársele valido, aunque no en los términos
absolutos de su augusto tío) de Felipe IV. Resumen biográfico a cargo de Rafael
Valladares Ramírez, en la web, historia-hispanica.rah.es.
[83]
Las dudas existentes sobre que
acompañasen a Toro a la esposa de Olivares el hijo reconocido de este y su
esposa (fruto de que Felipe IV no les había vedado a estos dos últimos la
permanencia en Loeches), son rechazadas por Marañón, El Conde-Duque de
Olivares, cit., pp. 192 y 243, quien los ubica en la ciudad toresana hasta
la muerte del Conde-Duque.
[84]
A la sazón, Villalpando era
villa de la provincia y jurisdicción de Toro, de donde distaba como cinco
leguas.
[85] Es decir, Salamanca.
[86]
Enrique, marqués de Villena
(1384-1434), famoso autor de libros de magia negra, presunto jefe de una
escuela de nigromantes que tenía por centro la llamada Cueva de Salamanca,
todavía hoy existente.
[87]
Véase: Delitos y hechicerías
que se imputan al Conde Duque de Olivares, valido del Rey Felipe IV, año
1643, Biblioteca Nacional de España, manuscrito 11.052, folios 101 recto a 105
recto.
[88]
Sobre estas cuestiones, véase:
Eva Lara Albareda, El Conde-Duque de Olivares: Magia y política en la Corte
de Felipe IV, Studia Aurea, vol. 9 (2015), pp. 565-594, espec. pp. 578-584
y 591, con bibliografía en pp. 592-594 (artículo accesible en Internet).
[89] A una de sus ramas mayores pertenecían Olivares y sus familiares.
[90]
El gran poder de los jesuitas en
la primera etapa del reinado de Felipe IV (1621-1640) se vio muy perturbado,
tanto por la caída de Olivares (1643), como por considerárseles partidarios y
promotores de la independencia de Portugal (1640, en adelante).
[91]
El más famoso de los libros de
moralidad sobre dicho tema, escrito por Fray Luis de León y publicado por vez
primera en Madrid en el año 1583.
[92]
Confirma todo ello -incluso lo
de casamentera- Marañón, en El Conde-Duque de Olivares, cit., pp.
177-180 y, espec., p. 109.
[93]
Adrián Ocampo podría aludir aquí
al hecho de que la devoción del rosario fue fundada y extendida por los
dominicos, así como a que los jesuitas prístinamente se inclinaron más por las
obras de caridad que por la abundancia en la oración. Con todo, estaba próximo
entonces el momento en que se impondría en muchas ciudades de España e
Hispanoamérica el rezo público y colectivo del rosario por las calles, en
procesión, con estandartes y faroles decorados.
[94]
Recuérdese que, místicamente, se
dice que las monjas tienen a Jesucristo por esposo.
[95]
Algunos detalles a este
propósito, en Marañón, El Conde-Duque de
Olivares, cit., pp. 243-244 y 252.
[96]
Se recuerda que ese era el
nombre del entonces marqués de Malagón, grande de España.
[97]
Véase antes, nota 28. Además:
Álvaro Sánchez Durán, Gobierno y redes clientelares en la Monarquía
Hispánica de Felipe IV: el protonotario Jerónimo de Villanueva y la Corona de
Aragón (1626-1643), Pedralbes, 36 (2016), pp. 249-299, espec. pp. 251 y
254.
[98]
Indudablemente existió, pero es
poco seguro que radicase en el actualmente llamado palacio de la Inquisición
de la calle Antigua.
[99] La existencia de un comisario del Santo Oficio en Toro a la sazón es meramente especulativa. De manera general, sobre los comisarios inquisitoriales, véase: Consuelo Juanto Jiménez, Los Comisarios del Tribunal de la Inquisición y sus clases (siglos XVI-XIX), Anuario de Historia del Derecho Español, tomo LXXXVIII-LXXXIX (2018-2019), pp. 283-323, espec. pp. 301-303 y 305-306.
[100]
Se diría que la Real Academia
Española es de las pocas personas, físicas o jurídicas, que ignoran
aparentemente el significado de (espada)
ropera, como el arma civil por
excelencia del Siglo de Oro español (siglos XVI y XVII). Recibe este
nombre porque se diseñó para llevarse a diario con la "ropa" de
vestir, y no sobre la armadura de guerra. En una época de constantes duelos de
honor, era el accesorio indispensable para cualquier hombre de noble cuna.
[101]
La detención tuvo lugar el 30 de
agosto de 1644 y del proceso saldría indemne el acusado, aunque no recuperaría
sus cargos y se retiraría a Zaragoza, donde falleció en el verano de 1653.
Véase, Juan Francisco Baltar Rodríguez, nota biográfica de Jerónimo de
Villanueva y Díez de Villegas, Real Academia de la Historia, en la web, historia-hispanica.rah.es.
[102]
Localidades del antiguo Campo
de Calatrava del señorío del marquesado de Malagón, distantes entre sí como
una legua y media.
[103]
Que era el entonces competente
en las tierras del marquesado de Malagón.
[104]
Véase, Marañón, El
Conde-Duque de Olivares, cit., pp. 244 y 252.
[105]
Fueron los primeros don Fernando
Miguel Arias de Saavedra y Ulloa y doña Teresa María Arias de Saavedra. Véase,
Antonio Sánchez González, Documentos de los Ulloa. El archivo de los Condes
de Villalonso, Cuadernos de Estudios Gallegos, LXVIII, número 134 (2021),
pp. 187-211, espec. p.195 (accesible por Internet).
[106]
La lista de las mismas fue
confeccionada por el propio Elliott en su nota biográfica del Conde-Duque de
Olivares, redactada para la Real Academia de la Historia en la web historia-hispanica.rah.es.
