El purgatorio de
un poeta: Jorge Guillén en la Sevilla de
la guerra civil
Por Federico Bello
Landrove
Habiendo tratado recientemente de los actos del Día de la Raza de 1936
en la Universidad de Salamanca -con el famoso enfrentamiento entre Unamuno y
Millán Astray-, he juzgado oportuno hacerlo también con los fastos de dicho Día
en la Universidad de Sevilla, en los que el poeta Jorge Guillén tuvo un papel
protagonista. De ahí a extender mi ensayo a otros muchos “hechos conexos” solo
había un paso, que me he atrevido a dar con bastante estudio y no poca osadía.
El hecho de ser vallisoletano yo mismo – como lo era Guillén- espero que me
sirva de atenuante ante los lectores.
Jorge Guillén
(1893-1984)
1. Algunos antecedentes
Por más que Jorge Guillén[1],
catedrático de Lengua y Literatura española desde 1925[2],
conociera la ciudad de Sevilla y pudiera sentir hacia ella una cierta atracción[3], parece
obvio que su decisión de permutar con su amigo, Pedro Salinas[4], su
plaza en la Universidad de Murcia[5] por la
de Sevilla, que Salinas regentaba desde 1918, fue debida al proceso legal de
inminente desaparición de la Academia murciana, acordada por el Gobierno de
Primo de Rivera[6]
con efectos de 30 de septiembre de 1929, aunque luego la decisión fuese
pospuesta y, finalmente, rectificada por la II República[7]. Puede
pensarse que, por parte de Salinas, la aceptación de la permuta era, a más de
una muestra de amistad profunda, una temeridad, pero no debe olvidarse que el
poeta madrileño no tenía ninguna intención de ejercer efectivamente la docencia
en Murcia -de hecho, nunca lo hizo-, desempeñando en su lugar la plaza de
profesor titular de Lengua y Literatura Españolas en la Escuela Central de
Idiomas de Madrid. En resumen, Guillén aportó por Sevilla en 1930[8], más que
nada, como un remedio in extremis de evitar su temporal cesantía como
catedrático, o como un mal menor, antes de que lo destinasen forzoso a alguna
otra Universidad menos conveniente para él.
Acabo de indicar que el año 1930 supuso la incorporación administrativa
de Jorge Guillén a la Universidad hispalense, pero su efectivo ejercicio como
profesor hubo aún de esperar cosa de un año, pues tenía previa licencia
ministerial para desempeñarse como lector de español en la Universidad inglesa
de Oxford entre 1929 y 1931; de tal suerte que el primer curso en que Guillén
ejerció su magisterio en la Universidad sevillana fue el 1931-1932. Según eso,
cuando estalló nuestra guerra civil en julio de 1936, el profesor vallisoletano
llevaba residiendo en Sevilla unos cinco años: casi exactamente los mismos que
la República venía imperando sobre España.
***
Resumido el motivo principal que Guillén pudo tener para establecerse en
Sevilla, queda por ver algunos aspectos de su estancia en esta ciudad; pero no
pretendo llegar más allá -ni en extensión ni en profundidad- de lo que
considero necesario que mis lectores sepan, a fin de entender la realidad y el
alcance del purgatorio que le esperaba a partir del verano de 1936[9].
Comenzando por su faceta de profesor universitario, no encuentro mejor
ni más objetivo resumen que el ofrecido por el rector de Sevilla, en momento
tan complicado como el de informar acerca de Guillén en su expediente de
depuración política, instruido a partir del verano de 1936 y resuelto en
diciembre de 1937[10]: fiel
cumplidor de las obligaciones de su cargo. De manera más extensa y
expresiva se pronunció al respecto uno de sus alumnos, que con el tiempo
también sería poeta, cuando transmitía sobre quien fue su profesor en 1932 la
siguiente semblanza[11], que
creo merece recogerse aquí literalmente:
Era un hombre bastante delgado, pero de recia osamenta, esbelto y bien
vestido, de una natural elegancia y gran señorío en el trato. Tendría cerca de
cuarenta años, y apuntaba en su cráneo una calvicie prematura, unas hebras de
pelo, de un pelo fino, y aún negro, sobre la cabeza, ya un tanto monda. La
nariz era aguileña, en un tris de ser ganchuda; encima de ella se sostenían
unos lentes de oro; la boca, bermeja y humedecida, resultaba pequeña, además
tendía a contraerse; la piel del rostro era pálida, casi amarillenta,
descarnada, como de asceta; eran los ojos escrutadores e imperiosos, no
obstante su grisácea miopía, los que aureolaban de una simpática nobleza al
rostro marfileño. El conjunto causaba agrado e imponía respeto. Ya al entrar
algunos muchachos que tenían aficiones literarias hablaban de él con admiración
y decían que era muy buen poeta. (...) Cada lección guilleniana era una obra de
creación. De su castellano de Valladolid, neto, nítido y exacto, brotaba una
criatura de arte. (...) iCon cuánto sentimiento leía don Jorge! iCon qué
respetuosa humildad se colocaba delante del poeta explicado! iCuánto ardor! Sí,
ardía en los oyentes la llama de la poesía. A veces, aquella clase era todo
espíritu, cosa etérea e impalpable, y aleteaba sonora la poesía.
De
manera más sucinta, Víctor Navarro, amigo de Guillén -profesor él mismo de
Lengua y Literatura españolas en el Instituto Escuela sevillano- se expresaba
así: Jorge Guillén era un hombre de elegantísimas maneras y esbelta figura,
tanto que sus alumnos lo llamaban "don Jorge el exquisito"[12].
Cierro esta semblanza del Guillén profesor con una anécdota que, además
de ser sintomática del ambiente académico durante la guerra civil, puede
desvirtuar las afirmaciones equivocadas de algunos, en el sentido de que Jorge
Guillén hubiera sido suspendido de empleo y sueldo durante la tramitación de su
expediente de depuración. Cruz Giráldez[13] la
relata así:
En
un tribunal de exámenes que presidía Guillén, se presentó un alumno que
-vestido con su uniforme militar- no acertaba a contestar las preguntas que el
catedrático le formulaba. Como expediente definitivo, el examinando sacó su
pistola reglamentaria y de forma amenazadora la puso sobre la mesa. No le quedó
al profesor más opción que darle inmediatamente el aprobado.
Casa natal de Jorge Guillén
en Valladolid
***
Unas líneas sobre la repercusión del Jorge Guillén poeta en sus
peripecias vitales, a partir del estallido de la guerra civil. Sin llegar a los
excesos críticos, por ejemplo, de Juan Ramón Jiménez[14],
podemos aceptar que el poeta vallisoletano estaba considerado como un autor de
poesía pura, de un gran rigor formal, alejada por entonces de la crítica
social o de la politización, sin perjuicio de que su autor tuviera la vitola de
persona liberal, moderada y humanista, habiendo asumido los ideales
republicanos, aunque sin desmesura. Su magna obra de preguerra -el libro
Cántico[15]-
vio su segunda edición ya a comienzos de 1936, considerablemente aumentada con
otros cincuenta poemas[16],
bastantes de los cuales es obvio deducir, por puras razones cronológicas, que
habrían sido elaborados en Sevilla. Las líneas generales de la poesía
guilleniana se mantuvieron en esa edición sin cambios de especial relevancia en
lo que calificaríamos de político.
Con todo, no puede descartarse el efecto negativo para Guillén de
ciertas concomitancias de su vida literaria anterior, a la hora
de ser valorado por el bando nacional de nuestra guerra civil. Ese puede
ser el caso de su conexión con la Institución Libre de Enseñanza desde que,
entre 1910 y 1913, se alojó en la Residencia de Estudiantes. También pudo
alcanzar cierta notoriedad su simpatía por Azaña en su faceta de intelectual,
manifestada por la publicación de algunos poemas en la revista literaria La Pluma[17] y -con
mucha menos notoriedad- en una amplia correspondencia, que nuestro poeta
destruyó a toda prisa en el otoño de 1936[18]. Y, por
descontado -y más, hallándose domiciliado en Sevilla-, se conocía la plena
integración de Guillén en las ideas y trabajos de otros componentes de la
Generación de 1927, caracterizados de izquierdistas. De hecho, este
concepto fue empleado por el rector de la Universidad hispalense en el breve
informe que sobre Guillén elevó a la Comisión que había de depurarlo como
catedrático[19].
En
un orden inverso, favoreció a Guillén en la Sevilla de la guerra civil su
amistad y sintonía con diversos poetas de la tierra, quienes luego lo
protegerían y apoyarían en la medida de lo posible, cosa que reconoció, escueta
pero sentidamente, el propio favorecido: Yo volví a Sevilla (para
iniciar el curso 1936-1937). Los hijos se quedaron en Francia. En Sevilla
estuvimos con muy buenos amigos, que se portaron muy bien conmigo. Ni uno solo
hubo que fuera más político que amigo. Ni uno[20]. ¿Qué
amigos eran esos en lo tocante a los poetas y otros escritores en Sevilla? La
nómina es bastante extensa[21],
destacando los jóvenes de vanguardia, que habían creado y nutrido la
revista poética Mediodía[22]. Lo
importante es que algunos de ellos, al estallar la guerra civil, se vincularon
con el bando vencedor -incluso con Falange Española-, sin dejar por ello de
proteger y aconsejar[23] en lo
posible al Guillén en peligro[24]. Una
fidelidad que evidentemente no dependió solo de la humanidad de los sevillanos,
sino del afecto y el respeto que había logrado despertar el vallisoletano en
ellos. Quizá lo que hasta ahora llevo escrito y lo que expondré a continuación
expliquen el porqué de esa amistad, que ni la guerra civil pudo truncar.
***
Algunos datos de la estancia de Guillén en Sevilla pueden
estar detrás de la relativa benevolencia con que, para lo que se estilaba en la
época, fue tratado en algunos aspectos y por ciertas personas de relevancia. No
olvidemos que, en julio de 1936, Don Jorge no era un recién llegado a la
capital hispalense pues llevaba residiendo en ella unos cinco años, durante los
cuales ejerció con acierto el cargo ciertamente notable de catedrático de
Universidad y confirmó su prestigio de poeta consagrado. De todas formas, por
carácter y falta de arraigo familiar o histórico en la ciudad, su nivel de
conocimiento por el público y su vida social se mantuvieron en lo que puede
calificarse de nivel medio/bajo. En lo que sigue procuraré aportar algunas
noticias sobre los años sevillanos de preguerra de Jorge Guillén, a modo de
apuntes o notas relativamente inconexos[25].
Comenzaré por recordar que la familia íntima que convivió con Guillén en
Sevilla estaba formada por su primera mujer, la francesa Germaine Cahen, nacida
en 1897, y por los hijos de ambos, Teresa y Claudio, nacidos respectivamente en
1922 y 1924. Para riesgo del poeta en la guerra civil, Germaine procedía de una
familia judía y se afirmaba que su padre era masón. En cualquier caso, se
trataba de una persona de cultura y afición literaria evidentes que, dentro de
una completa normalidad conductual, había despertado algunos comentarios -al
menos, en el Valladolid de sus suegros- por su elegancia a la francesa y
por la costumbre de fumar en público con una larga boquilla. Pasando a
precisiones menos insustanciales, Germaine se integró como profesora en el
Instituto Escuela de Sevilla que, bajo la estructura de la Institución Libre de
Enseñanza, funcionó en la capital hispalense entre 1932 y el comienzo de la
guerra civil[26].
Y a dicho Instituto asistieron como alumnos los dos hijos de Guillén durante
los cursos que funcionó.
Es
muy sintomático, en mi opinión, de la forma de ser de Jorge Guillén el que,
cuando buscó vivienda en Sevilla para su familia y él mismo, no lo hiciera en
casas de vecindad céntricas -lo que de seguro se habría podido permitir-, sino
en una casa-chalé unifamiliar, en un barrio -como lo era entonces el de
Nervión-, considerado como extrarradio sevillano, con calles sin asfaltar y sin
nombre[27],
aledañas a parcelas todavía dedicadas a la labranza. Alguna fotografía de la
época permite columbrar el domicilio de Guillén, tras un cierre con zócalo de
albañilería y reja sobre él, y una tupida cortina de follaje. Opino que ese
tipo de alojamiento, mantenido -al parecer- a lo largo de toda su estancia en
Sevilla, define a una persona más interesada por un entorno salubre e
independiente, que no por mantener una vida social intensa ni por evitar los
paseos para llegar al centro de la ciudad.
Es
obvio que el Guillén profesor y literato no podía encerrarse entre cuatro
paredes ni hacer una vida bucólica. En su calidad de catedrático de la
Universidad, se integró en los cursos y tareas de la Extensión Universitaria,
siendo uno de sus más destacados intervinientes[28]. Llega
a afirmarse la incorporación de Guillén a la llamada Universidad Popular,
creada en Sevilla en 1933, bajos los auspicios del Rector, Francisco Candil
Calvo[29].
El
sector de las tertulias, tan habitual entre los artistas e intelectuales
de la época, como la forma de vida social más íntima y cotidiana, lo satisfacía
Guillén acudiendo principalmente a la del café-confitería Nacional de la
calle Sierpes y a la de la librería Internacional, que regentaba el
dueño, don Lorenzo Blanco, en la calle Villegas. Sus contertulios destacaban
del poeta vallisoletano, no solo su prudencia y cortesía, sino también la
exactitud de su palabra y -cosa curiosa- un sentido del humor alimentado por
una bien acreditada socarronería.
Como resumen de este apartado, podría concluirse que la vida familiar y
social de Guillén en la Sevilla de preguerra nada tenía de llamativo ni que
permitiera dudar del juicio del rector Mota Salado, al reputarlo persona de
buena conducta moral y fiel cumplidor de las obligaciones de su cargo. Claro
que, con todo y con eso, Guillén, en vísperas de la guerra civil, había dejado
dentro y fuera de Sevilla abundantes huellas de republicanismo e izquierdismo
-aunque nada exagerados ni militantes-, según la valoración y
sesgado discernimiento de quienes muy pronto dictarían ley en Sevilla, en
Valladolid y en media España. Del choque de Guillén con ellos -o viceversa-
pasaré a tratar en el capítulo siguiente.
***
El
18 de julio de 1936 sorprende a la familia Guillén en Valladolid donde, como en
años anteriores, pasaba buena parte de las vacaciones veraniegas de don Jorge,
debido a que en la capital castellana residía gran parte de su familia,
incluidos sus padres. Como es sabido, en apenas unas horas Valladolid queda
definitivamente por el bando nacional, lo que en principio no parece
incomodar materialmente a los Guillén, no reputados como gente de izquierdas y
con un buen arraigo burgués en la ciudad. En todo caso, será un episodio
totalmente inesperado y sin relación con ellos el que impulse al matrimonio
Guillén-Cahen a llevar a sus dos hijos a Francia, a casa de los padres de
Germaine en Provins (departamento de Seine-et-Marne): En los primeros días de agosto de 1936, la
aviación republicana bombardeó la zona vallisoletana suburbial del Pinar de
Antequera -donde veraneaban los Guillén-, con el frustrado propósito de
destruir un gran polvorín allí existente, causando un total de más de 400
víctimas, de las que 84 fueron mortales[30]. Jorge
y Germaine se dirigieron con sus hijos a la zona fronteriza para cruzar
legalmente la frontera franco-española y cumplir su objetivo, que se reducía a
pasar a Teresa y Claudio Guillén a Francia[31], cosa
complicada entonces por el cierre de la frontera de Irún a consecuencia de
operaciones bélicas[32], lo que
los animó a intentar el paso por la frontera de Valcarlos (Navarra). Consumado
su objetivo, el matrimonio Guillén se reunió en Pamplona. Estando allí, el 6 de
septiembre -o, como mucho, el 5-, la pareja fue detenida como sospechosa de
ejercer espionaje, con el indicio de los pases de frontera y de tratarse de un
español de ideología comunista -¡pronto y equivocadamente se habían
hecho las pesquisas policiales!- y de una francesa judía e hija de un masón. No
es del caso para este ensayo analizar lo mucho y urgente que medió para que, en
vez de ser fusilados, los Guillén quedasen en libertad el día 9 del mismo mes[33], pero
sí reflejar dos notables consecuencias que aquella detención tuvo para la
inmediata peripecia vital de Jorge Guillén en Sevilla: La negativa, de haber
sido detenido bajo sospechas juzgadas entonces graves por los nacionales,
y la positiva, de haber despertado un interés favorable por él del poderoso
general Mola[34].
Entre el sofocón pamplonés y su retorno a Sevilla para comenzar
el curso 1936-1937, el matrimonio Guillén permaneció en Valladolid con la
familia de Jorge. Fue en aquellos momentos cuando, comprendiendo las sospechas
que se cernían sobre él y cómo se las gastaban los combatientes de ambos
bandos, el poeta -con harta pena- aceptó el consejo de su padre y procedió a
destruir toda la correspondencia que guardaba de Azaña, considerando padre e
hijo que una prueba documental semejante era suficiente para acarrear al
destinatario de las misivas del político alcalaíno la pena de muerte[35].
Algo parecido -si no más peliagudo- movió a Guillén a retornar a Sevilla
con celeridad, temeroso de que la policía pudiera registrar su casa hispalense
donde, entre otras cosas comprometedoras, guardaba un ejemplar, firmado por él,
de un Manifiesto de intelectuales antifascistas, redactado por Azaña, y una
pequeña pistola sin licencia[36].
Felizmente para él, Guillén llegó a tiempo de ocultar o destruir tan
comprometedores objetos.
Y
así llegamos al momento en que Jorge Guillén, quizá por evitar la pérdida de
sus derechos como catedrático, caso de exiliarse de España, vino a caer en la trampa
sevillana[37],
cosa que, de todos modos, su normal perspicacia bien pudo prever que resultaría
ominosa y de difícil salida.
Jorge Guillén niño,
con sus padres y hermanos
2. Guillén, Queipo
de Llano y su esbirro más conspicuo
La
máxima figura del bando sublevado en el frente sur, o zona de Andalucía,
era -y, por el momento, sin control ni superior alguno- el general de división,
Quiepo de Llano[38],
que se había hecho con el poder militar en Sevilla el 18 de julio de 1936 y
días sucesivos, sin tener hasta entonces mayor vinculación con la ciudad ni
haber ostentado en ella mando alguno[39]. Quiere
decirse que, a tenor de esa ausencia de la ciudad, resulta lógico pensar que el
general no habría conocido antes al catedrático Guillén, ni habría tenido
relación alguna con él. Sin embargo, no puede obviarse que uno y otro eran
oriundos de la provincia de Valladolid, siendo probable que don Julio Guillén,
padre del poeta y persona bien conocida en la capital del Pisuerga, se
relacionase con algunos parientes del general[40].
Tampoco puede olvidarse que, en las semanas álgidas para el triunfo del
Alzamiento en buena parte de Andalucía, Guillén estuvo fuera de Sevilla, ciudad
a la que regresó en septiembre de 1936[41], para
incorporarse a sus tareas docentes. Me atrevo, pues, a sostener que, cuando el
general y el poeta se encontraron en el paraninfo de la Universidad sevillana
el 12 de octubre, no tendrían otro conocimiento mutuo que por referencias de
terceros o por los medios informativos[42]. Por lo
mismo, entiendo que el encargo a Jorge Guillén del discurso central del acto
del 12 de octubre en modo alguno procedería de Queipo -sin perjuicio de que, en
último extremo, lo aprobara-, sino del rector de la Universidad, como se ha
venido generalmente sosteniendo.
Una vez Queipo y Guillén en Sevilla, ¿hay base para afirmar ciertas
relaciones entre ellos o, cuando menos, alguna protección por aquel a este, a
fin de evitarle problemas por razones políticas? Me resulta difícil de
creer que, cuando el general escuchó el discurso de Guillén, no extrajera a su
respecto algunas conclusiones, o que no dejara de interesarse por aquel
profesor-poeta que casi era conterráneo suyo. Pero lo cierto es que, ni para
bien ni para mal, se tiene constancia de que Queipo se preocupase por el estado
y las andanzas de Guillén en Sevilla, dejando en manos subalternas el
control y las advertencias que fueran pertinentes para que el profesor
no se desmandase. Y aquí es donde entra en escena Manuel Díaz Criado,
considerado por todos el verdugo de Sevilla, al que aludiré seguidamente
en sus discutidas intervenciones respecto de Guillén, tal vez ciertas en sí
mismas, pero no en su alcance ni en el motivo de sus limitaciones.
***
Manuel Díaz Criado[43] era en
julio de 1936 capitán de la Legión, siendo nombrado el día 25 de aquel mes Comisario
de Orden Público para Andalucía y Extremadura -con sede en Sevilla- por el
general Queipo de Llano. Máxima autoridad en las materias de su competencia,
ejerció draconianamente las mismas sin apenas control o rectificación por parte
del general, incluso en materia de imposición de penas de muerte sin previa
sentencia en consejo de guerra, aprovechando las facilidades y resquicios que
dejaba en tal sentido el Bando declarativo del Estado de Guerra suscrito por
Queipo a 18 de julio de 1936[44]. De la
ilegítima severidad de Díaz Criado da buena cuenta el que las ejecuciones sin
previo juicio ascendieron en la zona de Sevilla a unas 3500[45],
durante los menos de cuatro meses que ejerció la indicada Comisaría. Sería
cesado en su cargo el 12 de noviembre de 1936 por el generalísimo Francisco
Franco, no solo por motivo de su letal crueldad, sino por sus chantajes para
conseguir favores económicos y sexuales de sus víctimas y familiares de estas[46]. Por
tanto, la coincidencia en Sevilla del Díaz Criado comisario con Guillén
alcanzaría menos de dos meses. Claro está que otros acompañaban o sucedieron a
Díaz Criado de parecida catadura a la suya[47], pero
ello queda fuera de lo que pretendo exponer en este ensayo.
Me
interesa ahora tratar de poner algo de precisión en las afrentas y sanciones
que Jorge Guillén pudo padecer en la Sevilla del otoño de 1936, que han sido
constantemente atribuidas a la enemiga hacia el poeta del comisario Díaz
Villegas. Señalemos algunas: detenciones, interrogatorios, arresto o vigilancia
domiciliarios, corte de pelo al cero, suspensión de empleo y sueldo. Como
contrapartida nacida del miedo, se apunta a que Guillén pudo tener hacía Díez
Criado ciertas manifestaciones de consideración, que algunos se han apresurado
a censurar al poeta. En cualquier caso, la casi absoluta reserva del afectado y
la carencia de documentos probatorios aconsejan la prudencia y la humildad de
reputar las opiniones como provisionales.
Comenzando por las detenciones, se ha asegurado por algunos que Guillén
pasó varios días detenido en la comisaría de Orden Público de Sevilla -se
supone que por orden de Díaz Criado-, llegando hasta darse una dirección de la
misma que, a la postre, era errónea. Tanto da, supuesto que tales señas nos son
perfectamente conocidas. Lo cierto es que -en lo que yo sé- se ha carecido de
testigos y de documentos que prueben esa diligencia policial privativa de
libertad, más allá de una posible retención momentánea para tomarle declaración[48].
Incluso, es más que posible que haya llegado a confundirse la detención cierta
de Pamplona con una hipotética en Sevilla que, de todos modos, habría sido de
muy poca duración y que el poeta podría haber exagerado para explicar ante sus
colegas del destierro sus mentiras necesarias, su puro teatro de
supervivencia[49].
Más probable -y menos necesitado de pruebas- resulta el que Guillén
pudiera haber sido reclamado por la policía para prestar declaración, en
especial, a raíz de su retorno a Sevilla hacia septiembre de 1936. Lo que ya
resulta poco menos que inventado -aunque pueda ser ben trovato- es que
Díaz Villegas hubiese aprovechado la ocasión para practicar personalmente la
diligencia y haberla conducido de manera tan violenta o grosera, que durante
ella hubiese insultado, amenazado o ridiculizado a Guillén. Que ello esté
dentro de lo posible no quiere decir que pueda darse por sentado.
Lo
que sí resulta acreditado es que nuestro profesor tuvo un cierto conocimiento
del capitán Díaz Criado -por sobrenombre, Criadillas-, al que dedicó de
su puño y letra algunos libros o trabajos personales. Como decíamos, esto es lo
que ha sido utilizado por algunos puros para reprochar a Guillén su
falta de solidez o de carácter. Me parece que la conducta del poeta respondería
al explicable deseo de aplacar a aquel temible verdugo, al que tal vez
hubiera conocido vis a vis -no lo sabemos- en las oficinas de la
comisaría, sitas entonces en la antigua residencia de los Jesuitas. También se
ha apuntado que Guillén pretendiese que Díaz Criado examinase sus obras,
para que se cerciorase de primera mano acerca de su contenido puramente
estético.
En
cuanto a la probabilidad de que Jorge Guillén hubiera sido objeto de medidas
tales, como arresto domiciliario, confinamiento parcial en su residencia
o seguimiento por la policía, no parece ajustarse del todo a ciertos datos que
se conocen de su vida en Sevilla. Como muestra del afecto sentido hacia él por
amigos o colegas, se recoge que, durante sus frecuentes paseos por la ciudad hispalense,
fue en ocasiones acompañado, o abordado, por otras personas, incluso de
ideología falangista o similar. También debe recordarse que Guillén no era una
persona ociosa, sino que proseguía con sus tareas docentes, que supondrían su
diario desplazamiento a la Universidad. Cosa diferente es que el poeta tuviera
ciertas limitaciones para salir de Sevilla, lo que ni afirmo ni niego, aunque
no caeré en la confusión del confinamiento con el hecho de que tuviese que
cumplir sus obligaciones académicas y, por supuesto, que no pudiera salir al
extranjero, o pasar a zona roja, sin la pertinente y muy restringida
autorización.
Pasamos de aquí a la presunta suspensión de empleo y sueldo que habría
sufrido el catedrático Guillén por motivos políticos. Lógicamente, tal
suspensión habría de acordarse, como medida cautelar, en el seno del expediente
administrativo de depuración que se había abierto contra él en agosto de 1936.
Por tanto, aguardaré a tratar de ello hasta que, en un próximo capítulo, me
refiera con cierto detenimiento a tal expediente, sus efectos y conclusión.
Baste por ahora con sostener que es falso, contra lo frecuentemente afirmado,
que Guillén fuese suspendido de empleo y sueldo por las autoridades
competentes, sino que siguió impartiendo su docencia y cobrando por ello, con
la regularidad permitida por la situación de guerra civil en que se hallaba
inmerso.
Llegamos ahora a un hecho tan poco conocido como razonablemente probado.
Me refiero a que, en momento y circunstancias no precisadas -pero, en todo
caso, ligadas a la guerra civil en Sevilla-, Jorge Guillén hubiese sido pelado
al cero, para escarnio y humillación públicos. La fuente original es digna de
todo crédito, como amigo y contertulio del poeta[50], y el
suceso ha sido recogido así[51]:
Don
José Blanco -actual propietario de la Librería Internacional de Lorenzo Blanco-
recuerda haber visto al poeta en la tertulia de su padre tocado con una gran
boina negra con la que ocultaba el pelado al cero al que fue sometido.
Guillén con su
esposa, Germaine Cahen
***
Desde hace tiempo, se reconoce la importancia que tuvo en la protección
política de Jorge Guillén la acción del influyente general sublevado -inicial director
de la conspiración-, Emilio Mola Vidal[52]. Su
intervención parece acreditada y decisiva para salvar la vida del matrimonio
Guillén-Cahen en Pamplona, cuando habían sido detenidos como sospechosos de
espionaje. En cambio, la extensión de esa ayuda a los Guillén, una vez fueron
liberados y se trasladaron a Sevilla, entiendo que no deja de ser una mera
posibilidad, que bien merecería una indagación más profunda que la hecha hasta
ahora. Veamos esquemáticamente lo que se sabe, se duda o se ignora de la
relación entre Mola y Guillén, desde septiembre de 1936 hasta junio de 1937,
momento en que el general falleció en accidente de aviación. Y comencemos por
el incidente de Pamplona, entre el 6 y el 9 de septiembre de 1936.
Los hechos de ese episodio están más o menos claros y pueden resumirse
así: 1º. Al ser detenido, Guillén logra que le permitan telefonear a su amigo,
Víctor Navarro, a quien cree de vacaciones en Pamplona[53],
explicándole que está detenido en la cárcel pamplonesa, como también su esposa,
de lo que debe avisar urgentemente a su padre, don Julio Guillén. 2º. Don Julio
pone en marcha cuantas diligencias y recomendaciones puede aprestar para
liberar a su hijo y nuera[54], entre
ellas, la del general Mola, a quien accede con cierta facilidad, dado que tiene
coyunturalmente su cuartel general en Valladolid y su despacho en el
ayuntamiento de dicha ciudad[55]. 3º.
Mola confirma las noticias recibidas de don Julio y, a la mayor brevedad, envía
a las autoridades de Navarra el siguiente telegrama: Absténganse cualquier
decisión sobre detenidos Jorge Guillén y Germaine Cahen hasta recibir mis
órdenes. Mola. En paralelo entrega a don Julio Guillén las pertinentes
órdenes de excarcelación y los pasaportes para Guillén y su esposa, a fin de
que regresen a Valladolid. 4º. Don Julio viaja en la noche del 8 al 9 de
septiembre a Pamplona en un taxi y, a la mañana siguiente logra felizmente su
propósito.
El general Emilio
Mola Vidal
Si
los hechos son evidentes, no lo es la razón -o razones- que pudo tener Mola
para obrar tan tajante y benévolamente en favor de un poeta izquierdista al
que no consta que conociera y que, a mayores, había sido detenido junto con su
mujer por el crimen capital de espionaje. Si dejamos a un lado los convincentes
argumentos de un padre influyente[56] y
atribulado, así como la injusticia de la detención -cosa que bien poco valía en
aquel tiempo-, parece que Mola estaba especialmente impresionado por el funesto
destino de García Lorca -ejecutado en la provincia de Granada el 18 de agosto
de 1936- y el desprestigio que había causado en el extranjero. El caso es que
parece ser que dijo literalmente: Con un poeta ejecutado ya ha habido
bastante. Cierto o probable, suficiente o meramente coadyuvante, lo cierto
es que Guillén pudo haber tenido mucho peor destino, de no ser por el
desgraciado que había tenido su admirado amigo Federico.
Añadiré que la decisiva actuación de Mola bien pudo ser impulsada y
cumplida por el comandante, Hilario Etayo Eparza, jefe de la sección de
Inteligencia del Ejército del Norte. Etayo, más empresario que militar,
era un importante hombre de negocios navarro, gerente de la empresa Irati,
en buenas relaciones con el padre de Jorge Guillén, y que, a raíz del triunfo
del Alzamiento en Navarra, asumió decididamente su estela, olvidando sus
anteriores ideas[57],
no muy acomodadas a las que radicalmente defendían los sublevados.
Pasando ahora a tratar de la posible influencia de Mola en los avatares
de Guillén en Sevilla hasta el fallecimiento de aquel, puede decirse que
pasamos, de la relativa certeza, a la pura especulación. Todo resultaría más
claro, de aceptar -como algunos sugieren- que el telegrama de Mola a las
autoridades de Navarra acerca del Guillén detenido en Pamplona pudiera
extrapolarse a la estancia de este en Sevilla; una cosa que yo rechazo por
ilógica y contraria a la plena autoridad que tuvo Queipo de Llano, primero,
absoluta y luego, -a partir de octubre de 1936- solo bajo las órdenes del
Caudillo.
Si
se acepta mi punto de vista, se necesitaría encontrar una comunicación de Mola
a Queipo relativa al trato que merecería darse a Guillén en Sevilla. Que yo
sepa, tal contacto no existe, por más que, haciendo uso de una inventiva poco
coherente, se haya llegado a precisar que Mola impartió órdenes acerca de
Guillén, no a Queipo, sino a su comisario de Orden Público, Díaz Criado; lo que
sería una doble torpeza: no solo se desconocería la plena autonomía de Queipo,
sino que se darían órdenes a un subordinado suyo, saltándose a la ligera la
cadena de mando.
Personalmente, entiendo que el comportamiento de Queipo y Díaz Criado
con Guillén no fue influido por Mola. Si acaso, conocedores de lo sucedido en
Pamplona y de la orden de Mola para entonces, podrían haber actuado en
consecuencia. Pero, si alguien pudo interferir casualmente de modo
favorable, sería el generalísimo Franco, al destituir a Díaz Criado en
noviembre de 1936 y, sobre todo, al ordenar a Queipo el cese de las ejecuciones
sin juicio por simple aplicación administrativa del Bando declarativo del
estado de guerra, indicando -por el contrario- la celebración de los oportunos
consejos de guerra.
3. El discurso de
Guillén en el Día de la Raza de 1936
Llego, por fin, a lo que -como he dejado dicho en la presentación de
este ensayo- ha constituido el desencadenante de mi interés por el tema de
Jorge Guillén en la Sevilla de la guerra civil. Afortunadamente, el texto
íntegro del discurso guilleniano del 12 de octubre de 1936 fue recogido en
diarios hispalenses del siguiente día[58] y,
muchos años después, lo transcribió Guillermo Carnero[59], lo que
me ha permitido reproducirlo cómodamente en el apéndice documental -apartado
A)- de este trabajo. En consecuencia, aconsejo su lectura con carácter previo a
la del presente capítulo, en el que abordaré diversas cuestiones que plantea el
susodicho discurso, supuesto, con fundamento, que la versión que ha llegado a
nosotros sea auténtica e íntegra.
Autoridades de
Sevilla (entre otras, Queipo de Llano, el arzobispo Segura y el rector Mota
Lozano)
Quiero primero consignar que la celebración del Día de la Raza de 1936
en la Universidad de Sevilla tuvo un carácter especialmente solemne, ya que se
inscribió en los actos de homenaje al gran visir del Jalifa del Protectorado
español de Marruecos[60], Sidi
Ahmed al Ganmia. Su visita tenía todos los visos de constituir una ocasión de
agradecer a las autoridades autóctonas sus facilidades a fin de que mercenarios
marroquíes se alistasen para venir a luchar a España en favor del bando nacional,
así como para seguir impulsando tan decisiva ayuda[61]. A
título de muestra de la brillantez que las autoridades nacionales -en
Sevilla, por supuesto, encabezadas por Queipo de Llano- querían dar a su
acogida, se recuerda que el gran visir y todo su séquito fueron alojados en los
Reales Alcázares sevillanos. Y, dentro de los actos a que asistirían las
personalidades marroquíes, se decidió incluir el discurso del Día de la Raza en
el paraninfo universitario.
Ello sabido, se me ocurre preguntar con asombro: ¿Cómo es posible que se
encargase la lección o discurso conmemorativo a Jorge Guillén que, por
buen catedrático y orador que fuera, era persona tachada de izquierdista,
expedientada y sospechosa para el orden público de la ciudad? Y, a
mayores, ¿por qué endosar tan comprometido encargo a un profesor que,
tras pasar por Valladolid, Provins y Pamplona, acababa, como quien dice, de
llegar a Sevilla tras unas accidentadas vacaciones estivales? Estoy por aceptar
la opinión de quienes vieron en ello una maniobra, algo arriesgada, para forzar
a Guillén a que prestase su concurso, a regañadientes, a las autoridades
alzadas y, al propio tiempo, para desprestigiar al profesor ante sus verdaderos
compañeros y amigos. En suma, una operación de ludibrio y sumisión, que no
sería la única vez que fuese utilizada en similar ocasión en otras
universidades[62].
En fin, lo cierto es que Guillén recibió el encargo, con plena aquiescencia de
los organizadores de los fastos.
La
segunda cuestión que se me ocurre es de quién partió el encargo de tal discurso
al catedrático de Lengua y Literatura. Los que han estudiado el asunto
responden unánimemente que del rector de la Universidad hispalense, D. José
Mariano Mota Salado. Examinada la identificación desde un punto de vista
formal, la respuesta es de Perogrullo. Nadie, sino la máxima autoridad
académica, puede tomar decisiones sobre los actos de apertura del curso
académico -que aquel año de 1936 se hicieron coincidir con la fiesta nacional
del 12 de octubre- y encargar el discurso central a uno de los claustrales,
aunque suele hacerse por un orden preestablecido. Pero en este caso se trataba
de algo más que una solemnidad universitaria, por las razones internacionales
antes indicadas. A tenor de ello, es obvio que Queipo de Llano conoció y aceptó
el encargo a Guillén, si es que no fue él mismo -lo veo improbable- quien se lo
sugiriese u ordenase al rector. En resumen, el rector Mota hizo el encargo a
Don Jorge, pero Queipo tuvo que dar su aquiescencia previa a la decisión sobre
tal mandato.
Un
punto de precisión sobre el quién y el porqué del encargo a Guillén podría
aportarlo la indagación acerca de la personalidad del rector hispalense, Don
José Mariano Mota. Consta que el señor Mota, a los 69 años de edad, fue
designado rector de la universidad de Sevilla en agosto de 1936 directamente
por Queipo de Llano. Persona más notable por su catolicismo practicante que por
su fogosidad política, ha sido valorado de manera discrepante por
quienes han juzgado su participación rectoral en la depuración del profesorado
universitario hispalense[63]. En
todo caso, no me parece del tipo de personalidad maliciosa, que hubiese
pretendido con el encargo del discurso humillar a su autor e indisponerlo con
sus amigos izquierdistas. Si es que fue el rector quien decidió al
destinatario del mandado, me inclino por pensar que buscó en Guillén sus
conocidas calidades lingüísticas y literarias, como para que la lección inaugural
fuese una pieza oratoria elegante y digna, prefiriendo el prestigio de su
universidad a la exageración y el extremismo que podrían haber cultivado otros
oradores. Con todo, estoy convencido de que el borrador del discurso hubo de
pasar por el control de la censura previa, de lo que puede ser indicio
razonable el que tuviesen su texto íntegro los diarios sevillanos, que ya
podrían publicarlo al día siguiente.
Una cuestión que, implícita o expresamente, se ha suscitado es la de por
qué Guillén no declinó el honor de discursear en aquella ocasión, de
tanto relumbrón y compromiso[64]. Me
parece que, en unos momentos tan peligrosos para él, Guillén optó por hacer
méritos ante los amos de Sevilla, en vez de provocar su disgusto; eso sí,
disertó en un acto académico y de manera digna, dadas las circunstancias, como
opinaré más adelante y, sobre todo, como los lectores pueden juzgar por sí
mismos leyendo el discurso en el Apéndice A). Tampoco puede olvidarse que,
constituyendo también la disertación la lección de apertura de curso
académico, era deber del catedrático Guillén aceptar la designación del rector
para pronunciarla, tanto más en aquellas ominosas circunstancias.
Sería inútil pretensión por mi parte intentar resumir el discurso del
Día de la Raza, dado que es relativamente breve y, como digo, lo aporto íntegro
en el Apéndice. Sí puede, en cambio, resultar pertinente el señalar, desde mi
punto de vista, las claves ideológicas en torno de las cuales se monta
toda la disertación. Dichos puntos esenciales podrían ser: 1º. La conformación
de Hispania como una integración de pueblos, entre los que Castilla ha
sido el mayor creador. 2º. La formación de un gran espacio de lo español,
forjado por la conquista de América y la creación de una cultura común, con la
lengua como integrador sustancial. 3º. La consiguiente aparición de una raza
hispánica, alejada de toda unidad étnica, sino conformada por la cultura,
por una cierta forma de ser. 4º. Perennidad y universalidad de España, que se
ha mantenido y se conservará a base a fe, unidad y orden. 5º. Consideración de
la contienda civil en curso como una forma, a través de la crisis y del caos,
de alcanzar la continuidad y la superación de la realidad histórica española.
¿Qué aspectos del discurso pudieron ser más conflictivos, menos digeribles,
para los que, abiertamente o in pectore, pertenecían al bando
republicano? Sin duda, aquellos excesos forzados que su texto contiene
al principio y en su final. En el comienzo aparecen las referencias a
Al-Ándalus para halagar a los dirigentes marroquíes, que estaban allí porque este
Islam, tan firmemente adicto a la causa española, estaba enviando miles de
combatientes a luchar, a matar republicanos y a ayudar a ganar la guerra al
bando nacional. Y también al principio, se halla el saludo respetuoso
al general Queipo de Llano, presente en el paraninfo, seguramente excesivo
y ditirámbico, incluso valorando los intereses personales de Guillén, ya
citados antes.
A
final, hallamos una dilatada alusión al heroísmo de los defensores del Alcázar
de Toledo, aunque pronto transformada en elogio de la Ciudad Imperial y de
cuanto ha representado en la Historia española; hermosa coda que lleva a una
conclusión bastante discreta, en la que el ¡viva España! no solo
representa una forma obligada de concluir una pieza oratoria de las
características de esta, sino un grito nacido, con mayor o menor convicción, de
un español decente. Obsérvese que Guillén ahorró el viva a Franco y el arriba
España, que eran los gritos de matiz político en aquel lugar y momento.
Además de los extremos aludidos, no cabe duda de que pudieron doler a
los republicanos las referencias a la guerra en curso como un episodio de
crisis y de caos, poco menos que inevitable para el renacimiento de España; o
las firmes alusiones a la necesidad de unidad y de orden para conservar Hispania
que, por justas que fuesen, tenían el inocultable aroma de la ideología y la
praxis de los nacionales.
Pero el discurso tampoco estuvo exento de alusiones que pudieron no
gustar a los oyentes por estimarlos no coincidentes con las ideas y valores que
sostenían. Así, la insistente referencia a la raza como concepto ajeno -cuando
menos, en España- a la etnología, sino de carácter cultural e histórico,
compatible perfectamente con el cruce de sangres -no creo que, de estar
presentes en el salón de actos autoridades o individuos nazis, estuvieran muy
conformes con el conferenciante-. De igual modo, la repetida alusión a la
diversidad de España, inevitable y enriquecedora, pero necesitada de lograr la
unidad para prosperar, entiendo que no estaba acomodada al pensamiento de los nacionales
más reaccionarios, empeñados en exaltar lo castellano, uniformizando
el país en base a ello. En el mismo sentido, el elogio del Islam y de
Al-Ándalus, rebasando los términos de lo obligado para complacer a los
visitantes marroquíes, parecía pugnar con esa indisoluble unión de lo cristiano
y lo español, sostenida mayoritariamente por los nacionales y más
adelante defendida doctamente por Sánchez Albornoz frente a Américo Castro[65]. Y,
finalmente, apunto a la insistencia de Guillén en considerar el Imperio español
como un concepto meramente cultural o espiritual en pleno siglo XX, que debía
aprovecharse, sobre todo, para progresar en el futuro.
¿Qué eco despertó el discurso de Guillén, que repercusiones tuvo para
él? No es fácil detallarlo, fuera de algunas generalidades. Sería más fácil
aludir a las consecuencias que para el poeta tuvo, en general, su
presencia y participación -¿cooperación?-
en la vida de Sevilla a todo lo largo del tiempo de guerra que
permaneció allí[66].
Con todo, diré algo sobre el particular, distinguiendo la recepción del
discurso por los nacionales, los republicanos y por su propio autor.
Cátedra del orador en
el paraninfo de la Universidad de Sevilla
Se
ha aludido a una cierta decepción de los nacionales presentes en el
paraninfo con el contenido del discurso de Guillén y no dudo que así fuese pues
la contención y el tono literario e histórico de sus palabras no eran
habituales en aquella época de arengas exaltadas y violentas; pero ese posible
disgusto por su tibieza no se manifiesta en la reacción oficial: Los periódicos
de Sevilla dan cumplida cuenta de la lección guilleniana, además de
ofrecer un resumen adecuado para ser recogido en otras publicaciones no
hispalenses. Queipo de Llano no manifiesta ningún enfado. A partir de entonces,
como veremos más adelante, menudean las peticiones a Guillén de conferencias o
lecciones en ámbitos cercanos al poder en Sevilla -también aludiré a ello en el
capítulo siguiente-. En resumen, el acto del Día de la Raza pudo suponer para
el poeta una relajación de su miedo y del peligro que sufría y, para los nacionales
sevillanos, la creencia en una aproximación del profesor de Lengua y
Literatura a sus posturas y postulados, aunque solo fuera por sumisión: De
hecho, la admisión de Guillén en la Guardia Cívica de Sevilla supone
implícitamente que se depositaba en él una cierta confianza, dado el carácter
armado y las competencias de tal institución, a lo que luego me referiré.
Más difícil es valorar per se el efecto del discurso en el bando
y zona republicanos, dado que, simultáneamente o con poca separación
cronológica, Guillén escribió o actuó de manera bastante más dolorosa para
aquellos. Recordemos la declaración de Jorge Guillén a propósito del Día de la
Raza de 1936, recogida por la prensa sevillana -que pueden leer en el Apéndice
C)-; las conferencias impartidas a la Sección Femenina de Falange y a los
maestros de Sevilla, o la traducción del prefacio del libro de Paul Claudel, La
persecution religieuse en Espagne, titulado autónomamente en castellano, A
los mártires españoles[67]. En
cualquier caso, el discurso del 12 de octubre de 1936 supone el primer paso
conocido en los llamados por algún autor acontecimientos de triste recuerdo
en la biografía de Guillén[68],
desencadenantes de la hostilidad de muchos intelectuales de la República, que
tuvieron en esos momentos al poeta vallisoletano como una especie de tibio o,
incluso, de traidor a sus prístinos valores e ideas o, cuando menos, como
alguien que, hallándose en tierra hostil, había actuado de tal manera, que no
podía considerársele ya como persona afecta a la República -volveré sobre ello
en el último capítulo de este ensayo-.
Triste es la impresión que el propio Guillén recoge del evento en sus
cartas. En la dirigida al profesor holandés, Jan Lechner, Don Jorge incluye el
discurso del Día de la Raza en los actos de pluma sometida[69], que se
vio forzado a protagonizar para salvar su vida. Supuesto que dicha carta fue
escrita unos treinta años después de dichos actos, podemos fundadamente
pensar que la valoración de Guillén puede resultar exagerada y auto
exculpatoria. Pero no puede decirse otro tanto de la carta que escribió a su
esposa Germaine poco después del acto del paraninfo[70],
confesándole su desolación y dejando claro que cada palabra pronunciada por él
en el acto del Día de la Raza había sido un acto de teatro necesario
para no terminar en la fosa común de las murallas de la Macarena. Dicho queda y
nos garantiza el sentimiento y objetivo del poeta, con independencia de que su
percepción del peligro personal pudiera ser en su caso particular algo, o
bastante, excesiva.
4. Guillén, por caminos conflictivos
Quiero referirme en este capítulo a algunos hechos de la vida de Jorge
Guillén en la Sevilla de la guerra civil que, junto a su colaboración
protagonista en el Día de la Raza de 1936, supusieron, en el pensar de las
gentes del bando republicano, otras tantas bofetadas a su precedente
adhesión a la República. Creo innecesario, por reiterativo, insistir en los
motivos que pudo tener -y que alegó- el poeta para comportarse así. En
consecuencia, me conformaré con relatar lo sucedido de la manera que juzgo más
veraz, lo que no siempre es fácil, bien por la falta de fuentes, bien por el
sectarismo de muchos que antes que yo han tratado del tema o bien, finalmente,
por errores, frecuentemente repetidos. Iré tratando sucesivamente de los
siguientes puntos: 1º. La conferencia sobre Santa Teresa del 20 de enero de
1937. 2º. Las lecciones sobre Fray Luis de León y San Juan de la Cruz
impartidas en un cursillo sobre lírica española. 3º. La traducción del
preámbulo del libro de Claudel[71], La
persécution religieuse en Espagne, con el título de A los mártires españoles. 4º. La
incorporación de Guillén al cuerpo de la Guardia Cívica de Sevilla.
4.1.
La conferencia sobre Santa Teresa del 20 de enero de 1937.
El día 20 de enero de
1937[72], Jorge
Guillén impartió en los locales de la Sección Femenina sevillana -entonces en
la Casa de los Pinelo, habitual sede de la Real Academia de Buenas Letras de
Sevilla- una conferencia titulada, al parecer, El estilo de Santa Teresa,
de la que la referencia a la misma del periódico ABC, edición de Sevilla,
destaca la elocuencia y profundidad con que el catedrático analizó la
prosa teresiana, considerándola como un modelo de la lengua castellana. Aunque
de iniciativa de la Sección Femenina, la entrada debía de ser libre pues se ha
hecho constar la presencia de numerosos militares en la sala, cosa que yo no
acabo de explicarme.
La
invitación, más o menos insistente, corrió a cargo de la entonces
destacada falangista de la Sección Femenina, Mercedes Formica[73],
entusiasta de la figura de Guillén como profesor y como poeta[74], esposa
del falangista, Eduardo Llosent Marañón, también poeta y defensor en Sevilla
del catedrático. Por ello, la presentación del conferenciante corrió a cargo de
la señora Formica, aunque Guillén, que no quiso recordar más el acto, llegó
hasta negar que hubiera sido presentado por ella. En vista de la amnesia del
disertador, dejemos que sea Mercedes Formica la que nos transmita su recuerdo
del acto que, sin pretensión de literalidad, podríamos resumir así:
Formica estaba presa de un gran nerviosismo, dado el conocido tinte
izquierdista del conferenciante, a quien había de presentar ante un auditorio
que estaba lleno de falangistas de ambos sexos y de militares. Se hallaba
temerosa de que Guillén, por su pasado y su rigor intelectual, dijera algo que
fuese malinterpretado y el público reaccionase con hostilidad. Lejos de ello,
Guillén, con sus proverbiales elegancia y dignidad, dio en completo silencio su
lección literaria, pura, abstracta y profunda, sin necesidad de doblegarse o de
mostrarse servil. Le verdad -asevera Formica- es que la profundidad del
análisis de Guillén dio lugar a que gran parte del auditorio, poco preparado
para tal elevación, no entendiese nada. Ello no empeció para que la conferencia
consiguiese el propósito deseado por la promotora y su marido, a saber, el de
que pasara a juzgarse al poeta como un intelectual de altura, sin reparos para
disertar ante la gente del régimen, suavizando así los peligros que corría.
Claro que otra cosa sucedería en el bando republicano que, al enterarse de la
intervención de Guillén, no preguntaron por su contenido, ni pararon mientes en
el tema, sino que solo tuvieron en cuenta el lugar y el público de la
conferencia, despotricando contra Don Jorge en consecuencia.
4.2. Las lecciones de un cursillo sobre lírica española.
La conferencia guilleniana sobre Santa Teresa debió de
juzgarse un éxito por las autoridades sevillanas de Falange pues, en los meses
sucesivos, apalabraron a Guillén para que colaborase en un cursillo sobre
lírica española que tenía como destinatarios a maestros. Solo he visto algo
detallado el episodio en el inmisericorde J.A. Fortes[75], que lo
presenta así:
… las
conferencias de don Jorge «sobre figuras religiosas», bien Fray Luis de León y
San Juan de la Cruz en un cursillo sobre ‘Lírica española’ dedicado a los
Maestros Nacionales durante los meses de Febrero, Marzo y Abril del año1937, o
bien en los locales de la Sección Femenina de la Falange–¿sevillana, sólo?
¿sólo en Sevilla?– sobre la figura de Santa Teresa de Jesús, patrona de las
fuerzas de choque femeninas del fascismo.
En
la medida en que Guillén recogió tales conferencias como elemento a su favor en
el pliego de descargos de su expediente depurador, parece obvio que, con
independencia de quién partiera la iniciativa, así como de los sentimientos que
el poeta experimentara al asumir el encargo, este fue entendido como una forma
de beneficiar al profesor vallisoletano para dulcificar sus probables sanciones
y reducir sus posibles peligros vitales. En cualquier caso, a juzgar por los
literatos analizados por Guillén, está claro que el conferenciante parecía condenado
a disertar sobre literatura religiosa, brotada de muy notables
clérigos escritores de nuestro siglo XVI.
4.3. La traducción del poema de Paul Claudel “A los mártires españoles”[76] .
En el mismo año 1937, Jorge Guillén realizó la primera traducción al
español del prólogo del libro La persécution religieuse en Espagne, que
tenía la forma de un extenso poema del que era autor el poeta y dramaturgo
francés, Paul Claudel. De por sí, el hecho no encerraba otra repercusión
política que la de que los aludidos crímenes contra religiosos eran cometidos
por sujetos que actuaban en la zona republicana como presuntos adeptos de la
República. Pero, adicionalmente, Guillén aceptó el encargo hecho por las
autoridades de Sevilla, seguramente, pertenecientes a Falange Española. De
hecho, la traducción apareció como folleto de 14 páginas con el sello de la
Secretaría de Ediciones de Falange. No cabe duda de que todo ello otorgó a
nuestro poeta una pátina de respetabilidad para el nuevo orden político del
Movimiento pero, en paralelo, el rechazo y la indignación del bando
republicano. De lo que le produjo al propio traductor no tenemos -que yo sepa-
referencias inmediatas, pero tiempo después, haría comentarios del tipo de humillación
impuesta, peaje moral, traducción que no le expresa ni define o haberse
visto obligado a poner en español unos versos que no sentía como propios,
para salvar la piel. Demasiadas disculpas -me parece a mí- para ser el
contenido del texto de Claudel un reflejo fiel de los acontecimientos narrados,
si se excluye la referencia a dieciséis mil religiosos muertos, cuando luego se
ha sabido que la cifra fue solo de unos siete mil -tal vez la mayor
masacre de clérigos por motivos de religión en toda la Edad Contemporánea; no
digamos, en Europa-[77]. Así
pues, cabría preguntarse qué es lo que avergonzaba a Guillén de su labor: si
haber servido a la divulgación de una terrible verdad, incómoda para algunos, o
el haberlo hecho bajo los auspicios del yugo y las flechas que figuraban en la
portada de su traducción.
El poeta Pedro
Salinas
4.4. La incorporación de Jorge Guillén a la Guardia Cívica de Sevilla.
La
Guardia Cívica -llamada en ocasiones Milicia Ciudadana- fue una organización
armada paramilitar, creada por ciertas autoridades nacionales con el
confesado objetivo de ayudar a mantener el orden y control de las mismas en la retaguardia
del territorio por ellas dominado. Su personal solía estar formado por
personas de cierta edad y de orden, componentes de la clase media y
leales indudablemente al Movimiento Nacional; todos ellos, voluntarios.
En el ejercicio de sus funciones vestían un sencillo uniforme -generalmente, un
mono azul-, con brazalete y gorra, y portaban las armas de fuego, cortas y
largas, que les fueran asignadas. Su labor de orden podía incluir
vigilancia de edificios u otros lugares, detención de sospechosos, patrullas de
guardia -principalmente, nocturna- y evitación de acaparamientos y disturbios.
Como es natural, dada la época, eran frecuentes los excesos de cumplimiento,
que algunos aseveran llegaron a alcanzar a paseos o ejecuciones sin
juicio previo.
En
la ciudad de Sevilla, donde la resistencia abierta o larvada al alzamiento fue
muy notable, la Guardia Cívica tuvo la posibilidad y la necesidad de ser
numerosa y actuar ampliamente, aunque tanto menos, cuanto más se consolidó el
poder de Queipo y los suyos en la ciudad[78].
Pues bien, por sorprendente que parezca, puede afirmarse que Jorge
Guillén se incorporó a la Guardia Cívica, aunque -en lo que yo sé- no puedan
acreditarse extremos tan relevantes como las razones del criterio tan laxo que
hubo para aceptar su solicitud; quiénes estuvieron detrás de su propuesta y
aceptación; la fecha de su incorporación a la Guardia[79]; el
tiempo en que permaneció en ella, o los servicios y acciones concretos en que
interviniese. Pero no hay duda de lo esencial: El propio Guillén lo alegó como
mérito en su pliego de descargos para su expediente de depuración, haciéndolo
suyo el rector de la Universidad al afirmar: En la actualidad, adherido al
Movimiento Salvador, prestando servicios como Guardia cívico. Existe
también una fotografía conocida y publicada -que yo no he sido capaz de
encontrar en Internet, para incluirla como ilustración de este ensayo-. Dicha
foto parece haber sido tomada en un servicio de guardia, de lo que algunos -sin
duda, bienintencionados, pero de imaginación reñida con la historia- han
querido inferir que Guillén se limitó a ejercer servicios meramente rutinarios,
aunque solo fuera por la desconfianza que lógicamente despertaría al moverse en
tales ambientes.
¿Por qué se le buscó para la Guardia Cívica y por qué fue aceptado en
ella? ¿Por qué presentó Guillén la solicitud pertinente y qué pretendía? Creo
que cualquier lector medianamente perspicaz puede responder a esas preguntas
sin necesidad de mi ayuda. En todo caso, el hecho me parece una ignominiosa
demasía.
5. Jorge Guillén, expedientado y sancionado
La
depuración del catedrático Jorge Guillén ha sido objeto de un perfecto
desconocimiento -o tergiversación- hasta tiempos recientes. Aún hoy sigue
sosteniéndose por algunos que el profesor fue suspendido de empleo y sueldo
desde el principio del Alzamiento y que su expediente depurador concluyó con su
expulsión del Cuerpo de Catedráticos de Universidad. La publicación de las dos
partes locales de dicho expediente -la sevillana y la zaragozana- de forma
completa[80]
nos permite, cuando menos, desmentir a los ignorantes y a los mentirosos, de
forma documentalmente incontestable. Pero vayamos por partes…
Las primeras investigaciones depuradoras contra Guillén, como respecto
del resto del personal docente de todos los niveles dependiente del rectorado
sevillano, se producen al amparo de lo ordenado por la Junta de Defensa
Nacional el 11 de septiembre de 1936, creándose unas así llamadas Comisiones
de Cultura y Enseñanza, que habrían de ser, previos los informes del rector
y del gobernador civil competentes, las que sancionasen o no al personal con
carácter definitivo, pudiendo los rectores acordar cautelarmente la medida de
suspensión de empleo y sueldo. Es en ese expediente colectivo, en el que el
rector de Sevilla, Mota Salado, no acuerda la suspensión de Guillén y
eleva a su respecto un informe moderadamente favorable -que recojo literalmente
en el Apéndice D de este ensayo-, sin perjuicio de reputarle simpatizante de
las izquierdas pero en la actualidad adherido al Movimiento salvador[81].
Es esta una etapa incipiente de
la depuración, proceso que solo se consolidará con el Decreto número 66, de 8
de noviembre, del que emanará en su desarrollo la famosa Circular firmada por
José María Pemán[82]
el 7 de diciembre de 1936[83],
creándose específicas Comisiones Depuradoras, en total cuatro, denominadas con
las letras A, B, C y D. Adelantemos que a Guillén le correspondió el juicio de
la Comisión A, que funcionaba en Zaragoza.
La
Comisión A, como era preceptivo, recabó los pertinentes informes de Guillén y,
no entendiéndolos lo bastante favorables, optó por seguir el expediente,
entendiendo que había contra él evidencias sancionables, como eran las
siguientes: 1ª. Ser simpatizante de las
izquierdas y militante de Acción Republicana (el partido fundado por Manuel
Azaña). 2ª. Su participación en el ámbito cultural republicano, dando
conferencias en el Instituto Hispano-Cubano en unión de otros catedráticos
militantes de izquierdas. 3ª. Tener una avanzada ideología en el orden político
y religioso, que lo alejaba por completo de los valores exigidos por el
Movimiento Nacional. 4ª. Durante su estancia en Madrid, formar parte del grupo
vanguardista de intelectuales, en su mayoría de izquierdas. A mayores, se
recogieron las sospechas de deslealtad y desafección: Su situación familiar
(con sus hijos refugiados en Francia y una esposa de origen francés que cruzaba
la frontera con frecuencia) levantaron suspicacias entre las autoridades
franquistas, que llegaron a sospechar de posibles labores de información o
propaganda contrarias al Movimiento. Estas fueron las bases del oportuno pliego
de cargos, que se remitió a Guillén en junio de 1937, vía rectorado de Sevilla,
generando hartas complicaciones logísticas, ya que el interesado se hallaba de
vacaciones veraniegas autorizadas en la localidad francesa de Provins
(Seine-et-Oise) junto a su mujer, hijos y suegros, sufriendo, al parecer, una
enfermedad hepática pasajera.
Finalmente, Guillén volvió a Sevilla un tanto precipitadamente y, el 3
de agosto de 1937, entregó en el rectorado su descargo, negando todas las
imputaciones del pliego de cargos, incluso la de ser simpatizante de las
izquierdas o marxista, ya que se consideraba adicto al Movimiento Nacional[84]. La
exculpación guilleniana incluía una declaración de apoliticismo y antimarxismo
previos a la guerra civil, afirmando que siempre había sido apolítico,
radicalmente antimarxista y opuesto al Frente Popular. Una vez iniciado el
Movimiento, Guillén se consideraba afín al mismo, invocando como pruebas su
discurso del Día de la Raza de 1936, demostración pública de su verdadera
manera de sentir la Patria española, así como el haberse adherido
formalmente a las fuerzas nacionales de retaguardia, prestando servicio
como guardia cívico en Sevilla.
Como justificación de sus viajes a Francia, explicó que su estancia en
Provins obedecía estrictamente a unas vacaciones estivales para ver a sus
hijos. Para justificar que no regresara de inmediato al ser llamado, alegó y
certificó motivos de salud, concretamente una congestión hepática de la que
tuvo que recuperarse antes de emprender el viaje de vuelta. Como máxima prueba
de lealtad, argumentó el hecho de haber regresado por su propia voluntad a la
España nacional, tanto al estallar la guerra en 1936, como en ese agosto
de 1937, cuando perfectamente habría podido quedarse en Francia a salvo, en el
exilio.
Para reforzar este descargo, incorporó testimonios que le describían
como una persona de buena conducta moral y religiosa y recordaban que,
tras el inicio de la contienda, se había adherido efectivamente a la Guardia
Cívica sevillana.
Mercedes Formica
El
expediente sancionador seguiría su curso y, con fecha 4 de octubre de 1937, la
Comisión depuradora lo concluiría proponiendo las sanciones para Guillén de
inhabilitación para cargos directivos y de confianza y la suspensión de empleo
y sueldo por dos años. Esta propuesta fue parcialmente corregida por la Junta
Técnica del Estado, retirando la sanción de suspensión de empleo y sueldo. Y
así, el Presidente de dicha Junta Técnica emitió resolución del expediente, de
fecha 13 de diciembre de 1937 -la recojo literalmente en el Apéndice E-,
sancionando a Guillén con inhabilitación para el desempeño de cargos directivos
y de confianza en Instituciones Culturales y de Enseñanza. De forma, tal vez,
ilegalmente ambigua, no se fijaba el tiempo de dicha sanción, ni se hacía saber
expresamente que fuese perpetua. Con todo, el profesor debió de juzgarse razonablemente
juzgado, dadas las circunstancias de aquella época, y no recurrió ni pidió
aclaración de la sanción impuesta.
¿Qué suponía la indicada inhabilitación? Principalmente, no poder ser
nombrado rector de Universidad, decano de Facultad y, al parecer, no formar
parte de tribunales para la designación de nuevos profesores. Algunos han
entendido que tal sanción suponía un baldón o menoscabo intolerable para
Guillén, algo así como someterlo a desconfianza y sospecha permanentes, siendo
una de las razones para que decidiera, no tardando, ausentarse de España y
pasar, poco después, a la situación de catedrático excedente. Yo creo que tenía
ya tomada la decisión de desterrarse desde el año precedente y dudo
mucho de que, aunque no hubiera sido sancionado, hubiese cambiado de criterio[85].
En
todo caso, concluyamos: Ni suspensión de empleo y sueldo, ni expulsión del
Cuerpo de catedráticos; algo que pareció no gustar a los republicanos de
entonces ni, a lo que parece, a los actuales tergiversadores de la verdad
histórica.
6. Entrando y saliendo de España
Uno de los puntos de la vida de Guillén durante la guerra civil que ha
sido más resaltado por ambos bandos de la misma es el de la aparente facilidad
con que se movía en la zona nacional y pasaba a Francia. Ese extremo ha
tenido diversas interpretaciones. Los nacionales, en un principio, lo
juzgaron indiciario de una actividad de información o espionaje para los
republicanos, para luego pasar a tratarlo como la conducta normal en un
profesor que, trabajando en Sevilla, tenía a su mujer y/o sus hijos en Francia
y el resto de su familia más allegada -padres, hermanos-, mayormente en
Valladolid. Los republicanos siempre sospecharon que la libertad de movimientos
de Guillén -sobre todo, sus salidas a Francia- era sintomática de que el poeta
se había pasado al enemigo, que se lo premiaba de esa manera, entre
otras. Pero dejemos por ahora los juicios y limitémonos a los hechos.
Como ya hemos expuesto, el Alzamiento sorprendió a Guillén con su esposa
y e hijos veraneando en el chalé que sus padres tenían en el suburbio
vallisoletano de El Pinar de Antequera. Se hallaban en plenas vacaciones de
verano, que el poeta decidió, en principio, proseguir en el mismo lugar. Fueron
los bombardeos de la aviación republicana de los primeros días de agosto los
que provocaron la decisión de que los hijos pasaran a Francia, yendo a vivir
con sus abuelos maternos durante un tiempo -seguramente, hasta que acabase la
guerra-. Es ese el objetivo del viaje hasta Navarra y de los cruces de frontera
que llamaron la atención de las autoridades nacionales, que no los
impidieron de antemano, al tratarse de ciudadanos franceses, salvo Jorge
Guillén, quien considero probable que no pasara la frontera todas las veces, al
serle ello más difícil, por ser español. El hecho es que, entregados al fin los
muchachos a sus abuelos de Francia, Jorge y Germaine regresaron a Pamplona,
estando hospedados en el hotel Cisne de la Plaza del Castillo. Allí
fueron detenidos por agentes de la autoridad, pasando a la cárcel de Pamplona
durante unos tres días, como sospechosos de espionaje, siendo liberados sin
cargos el día 9 de septiembre. De Pamplona, regresaron a Valladolid y, tras un
periodo breve en esta ciudad, pasaron a Sevilla, a tiempo de comenzar el curso
y pronunciar el famoso discurso del Día de la Raza, al que me he referido por
extenso en el capítulo 3.
La
siguiente salida al extranjero de los Guillén de la que tengo noticia es la que
permitió a su esposa Germaine volver a Francia y reunirse con sus hijos. Pese a
ser ciudadana francesa, parece que tuvo bastantes dificultades para lograrlo.
Lo cierto es que su salida de España tuvo lugar a través de la colonia
británica de Gibraltar -mucho más próxima a Sevilla, como es sabido, que la
frontera de Irún-, el día 13 de marzo de 1937[86]. A
partir de ese momento, el profesor quedará sin familia en Sevilla y se afirmará
en él la decisión de reunirse fuera de España con su esposa e hijos. Pero lo
cierto es que, cuando vuelva a tener la ocasión de viajar a Francia, acabará
por retornar a España, como veremos a continuación.
En
efecto, llegadas las vacaciones académicas del verano de 1937, el profesor
obtiene expresa licencia de su rector para viajar fuera de Sevilla y se las apañará
para que las autoridades de orden público le autoricen para cruzar la
frontera. Tenemos constancia de que, a comienzos de julio de dicho año, se
encuentra en casa de sus suegros en Provins (Seine-et-Oise), curiosamente con
la voluntad de volver a España para el curso siguiente. La razón, por nimia que
nos parezca, resulta ser esta: Pretende que su marcha de España no sea
impreparada ni susceptible de sanción por las autoridades universitarias. Su
voluntad es conseguir una excedencia administrativa en su cátedra, tener ya
apalabrado un trabajo de profesor en el extranjero y lograr transferir a
Francia sus ahorros de España -o bien, que le dejen sacar materialmente el
numerario del que es titular-[87]. Es en
ese momento cuando le llega la noticia de que en el procedimiento de depuración
que se ha abierto contra él[88] se ha
llegado al trámite de pliego de cargos, que ha de entregársele y, si a
su derecho conviene, formular la oportuna contestación o descargo. Estas
diligencias motivan que, adelantando su regreso, Guillén ya se encuentre en
Sevilla a comienzos de agosto de 1937, pues el día 3 de dicho mes entrega
personalmente en el rectorado hispalense su respuesta al pliego de cargos, en
los términos ya esquematizados en el capítulo anterior. En los dos meses que
faltan para el comienzo del curso 1937-1938, Guillén ya no volverá a salir de
España, pese a que sigue vigente su licencia por vacaciones.
Su
siguiente salida conocida hacia Francia no se consumará hasta comienzos de
julio de 1938 y tendrá carácter definitivo: el poeta asumirá voluntariamente su
destierro -como él lo llamaba- y no restablecerá su residencia habitual
en España hasta 1977. No se trata, como a veces se ha dicho, de una huida,
sino que está debidamente legalizada, tanto en lo académico, como en lo
policial. Académicamente, Guillén contará con autorizaciones de su rector para
pasar las vacaciones veraniegas de 1938 en Valladolid y, posteriormente, para
estancia en el extranjero[89]. Así
mismo recibe el debido apoyo del Ministerio de Educación para suspender el
ejercicio de sus actividades docentes, si bien no cursará formalmente una
petición de excedencia en su cargo hasta abril de 1939 -ya desde los Estados
Unidos y con un contrato como profesor-, que le será aceptada[90] y dará
lugar a que, en lo sucesivo, figure en el Cuerpo de Catedráticos de Universidad
con el carácter de excedente[91]. En lo
policial, Guillén contará con el preceptivo pase de frontera, expedido
por el mismísimo ministro de Orden Público, el general Martínez Anido.
Puente internacional
sobre el río Bidasoa (Irún)
Se
viene sosteniendo unánimemente, sobre la declaración del propio Guillén[92] , que
toda la tramitación necesaria para salir legalmente de España, sin perder la
condición de catedrático, no hubiera podido lograrse sin la decisiva
intervención del ministro de Educación, Pedro Sáinz Rodríguez, a quien el poeta
fue a visitar personalmente para que actuase e intercediese en su favor. Se
sabe que, como mínimo, a partir de 1925[93], Sáinz
Rodríguez y Guillén se conocían y mantenían buenas y variadas relaciones,
considerando este a aquél un buen amigo. Es comprensible que Guillén
necesitara del apoyo ministerial para mantener incólume su condición de
catedrático. Menos obvio parece que también necesitase tan potente
recomendación para conseguir un pase que había logrado el año anterior,
sin necesidad de mover tales influencias. Puede ser que, de un año para otro,
se hubiesen endurecido los requisitos reglamentarios, o que un Guillén ya
sancionado administrativamente -aunque de modo bastante leve- estuviera ahora marcado.
El hecho es que el profesor, según él, logró el pase para cruzar la
frontera por intercesión de Sáinz Rodríguez, recibiéndolo en Vitoria, donde se
encontraba en espera anhelante de conseguirlo.
Guillén, en posesión de toda la documentación pertinente, cruzó a pie la
frontera hispanofrancesa. Lo expresa así: No me acuerdo muy bien si fue el 8
o el 9 de julio de 1938 cuando atravesé el puente sobre el Bidasoa. Yo no
quería mirar hacia atrás por si acaso me llamaban: “¡Que falta una firma…!” Una
vez en el otro lado del río, vino el porteur, el facchino, el
mozo y me cogió la maleta.
7. Guillén, ante los intelectuales de
aquella época guerrera
En
capítulos anteriores, hemos tenido ocasión de aproximarnos de manera amplia y
precisa a la conducta de Jorge Guillén en la Sevilla de la guerra civil hasta
mediados de 1938. También hemos apuntado sus posibles motivaciones, de la forma
dubitativa en que podemos llegar a comprender las acciones de una persona
concreta en un contexto del que ya nos separan tantos años. Pero, por encima de
las vacilaciones que necesariamente nos afectan a la hora de valorar la
conducta guilleniana, se han ido superponiendo prejuicios e incomprensiones que
ponen de manifiesto actitudes deliberadamente defensivas o de censura, en
función de la afinidad que se tenga con el enjuiciado.
Los intelectuales -principalmente, literatos- que convivieron con
Guillén en la Sevilla de su tiempo, a los cuales tan favorablemente valoró el
poeta[94],
llegaron a la guerra civil con un conocimiento del mismo que les permitió
compartir el juicio siguiente: Se trataba de una buena persona, excelente poeta
y buen profesor, sin filiación ni actividad política definidas, cuya
inclinación por la República nada tenía de sectaria ni violenta. En
consecuencia, llegada la contienda, varios de ellos -hombres de derechas y
hasta falangistas- formaron piña para protegerlo de la mejor forma que
se les ocurrió: No abandonándolo socialmente, aconsejándolo para evitar peligros
y ofreciéndole oportunidades para que hiciese lo que mejor sabía y más decente
era. Conferencias y lecciones o la traducción de Claudel nada tenían de
indigno ni de contrario a su conciencia. Más complejo es el tema del discurso
del Día de la Raza de 1936, pero esta no era una encomienda de sus iguales,
sino un encargo imperativo del rector, que Guillén procuró desarrollar con aseo
y de la forma más decorosa posible. Mas, por encima y más allá de lo
razonablemente explicable, está la incorporación del profesor a la Guardia
Cívica -muy probablemente promovida por algunos de esos amigos-, por más
que no tengamos la menor prueba de que el ejercicio de sus funciones supusiera
participar en alguna de las brutalidades que se atribuyen a la institución.
No
les cabía duda a los protectores y consejeros del poeta de que este aceptaba
los encargos por la misma razón que se le hacían, es decir, para salvar
el pellejo, incluyendo en tan vulgar expresión, no solo la vida, sino la
libertad de movimientos y su misma profesión. Tampoco debemos olvidar que
Guillén se sentiría responsable de su esposa, también bajo sospecha de las
autoridades nacionales, que permaneció en España hasta marzo de 1937.
Por eso, los amigos de antaño de Sevilla se mostraron comprensivos cuando, ya a
salvo en el exilio, Guillén empezó a exagerar la nota acerca de la violencia
que sobre él se había ejercido para las reseñadas colaboraciones, aunque
acabaron por dolerles ciertas afirmaciones de don Jorge que los dejaban en mal
lugar. Algunos -como Mercedes Formica- no tomaron a mal que el poeta los dejase
por mentirosos, fingiendo no conocerlos, al modo de las negaciones de San
Pedro. Pero otros, que habían estado entre los amigos y defensores más
entregados de Guillén, acabaron por reaccionar con disgusto. Es el caso del ya
citado, Manuel Díez Crespo, quien, en fecha indeterminada pero muy alejada de
la guerra civil, confesaba a Fernando Ortiz[95] lo
siguiente:
Nadie
le obligó a nada -a Guillén-. Él quería colaborar con la Falange, y un
pequeño número de falangistas amigos se lo impedimos. “Usted dedíquese a lo
suyo, a su poesía, a sus clases, don Jorge”.
Y,
a propósito de la traducción del Canto a los mártires de España de
Claudel, que se publicó con el yugo y las flechas en la portada, Díez Crespo
señalaba que, de algún modo, Guillén renegó de esa edición, pero insistía: Nadie
le obligó a hacerla.
Me
parece una diatriba excesivamente fuerte y aislada, como para tomarla en su
rigor y llegar a pensar que Guillén actuaba a la sazón con completa libertad y
hasta pidiendo más. Pero esa es la consecuencia de exagerar por el lado
contrario, cosa comprensible en Guillén para no verse proscrito en un mundo -el
del destierro derivado de la guerra civil- que había llegado a considerarlo
como un traidor a la causa republicana o, como mínimo, como débil y tibio. Ya
es menos admisible que le hagan eco de manera acrítica quienes dicen contar su
historia, muchos años después.
***
La
polarización y la intransigencia no fueron patrimonio exclusivo de los nacionales,
como tuvo ocasión de comprobar Jorge Guillén, tanto durante la guerra civil,
como durante su larga etapa de destierro -cuando menos, en los primeros años-
que, felizmente para él, no se desarrolló en los puntos calientes del
exilio republicano -Méjico y Argentina, sobre todo-, sino en Canadá y los
Estados Unidos. El propio Guillén confesaba a Pedro Salinas su sensación de que
la República no le había apoyado de manera apreciable. Antes bien,
calificativos como los de tibio y traidor menudearon en su
contra, lo que llevó al poeta a sentirse cada vez más ajeno a ambos bandos
contendientes. Es llamativo que, por unas razones u otras, el aprecio mostrado
por sus compañeros de Universidad y de dedicación literaria en Sevilla se
hubiese tornado en resquemor por parte de muchos colegas republicanos, que no
vacilaron en cerrarle las puertas cuando precisó de un trabajo académico en el
año 1938, a raíz de su auto destierro. Guillén opinaba que se trataba
equivocadamente a profesores y literatos en términos políticos, cuando él creía
entender que, cuando menos los componentes de su generación, supieron
seguir cada uno su rumbo poético, sin politización ni enfrentamientos. Pero esa
visión angelical era muy discutible, en especial cuando se aludía a los
miembros del 27 que, por unos motivos u otros, se habían quedado en la
España franquista (Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Aleixandre…).
Llegó un momento en que el sectarismo de muchos republicanos exiliados
impulsó a Jorge Guillén a formular un segundo pliego de descargos -el
primero fue, obviamente, el del verano de 1937 para el expediente de
depuración, ya aludido-. Algunos lo han denominado declaración jurada o descargo
moral. El poeta vallisoletano procuró explicar por carta su conducta
durante la guerra civil en Sevilla, dirigiéndose a diversos colegas de
relevancia en el exilio norteamericano. Con todo, la misiva esencial fue la que
escribió a Pedro Salinas el 31 de octubre de 1938. Se trata de una extensa
carta, remitida desde el Middlebury College (Vermont, EE.UU.), en que le
explica con detalle los traumáticos sucesos que se vio obligado a vivir y por
qué tuvo que simular adhesión al régimen franquista para salvar su vida. No me
parece del caso recoger aquí las disculpas guillenianas sino, por el contrario,
poner de manifiesto la incomprensión y las críticas negativas poco humanas que
le impulsaron a cantar una palinodia que perfectamente podía haberse
evitado. Salinas, como siempre, acogió amistosamente la explicación de su
compañero y amigo e hizo lo posible para que figuras tales, como Juan Ramón
Jiménez y Luis Cernuda, aceptaran a su modo la versión de Guillén y lo integraran
en los círculos académicos del exilio. La sinceridad del dolor del poeta por lo
vivido acabaría por reflejarse en varios de los poemas de su siguiente libro, Clamor[96], que
supuso el punto de partida para formas más sociales y comprometidas de
enfrentarse como poeta con el mundo.
Quizá el segundo purgatorio de Guillén, tras el de la guerra en
Sevilla, se explica por su especial situación, dos años viviendo en la zona nacional
-aunque con alguna salida a Francia-, con los gravísimos peligros que ello
suponía para un profesor y poeta de sus antecedentes. De hecho, sus compañeros
escritores no se atrevían a incluirlo en ninguna de las dos listas -escritores
afectos y desafectos a la República-, no solo por tener dudas de su
adscripción, sino por evitarle el peligro de señalarlo, encontrándose en
la zona nacional. Luis Cernuda presentó en agosto de 1937 una lista de poetas
en la España leal, en el ámbito del Congreso Internacional de Escritores en
Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia, en la que no figura Guillén, pese
a recoger los nombres de algunos ausentes del Congreso, como Vicente
Aleixandre, que se hallaba en Madrid (zona republicana)[97].
Tampoco lo recogió Ramón Gaya en octubre de 1937, en su muy reducida nómina de
escritores desafectos a la República, que solo incluía a Pemán, Muñoz Seca[98] y
García Sanchiz, olvidando a otros muchos, como Gerardo Diego, Manuel Machado,
Luis Rosales, Dionisio Ridruejo y Miguel de Unamuno -entonces-[99]. Para
entendernos: Por unas u otras causas, Guillén no aparecía, ni como afecto ni
como desafecto a la República. El purgatorio se había convertido en limbo.
***
¿Merece la pena que el autor de este ensayo dé una breve opinión sobre
lo tratado en este capítulo? Hela aquí. La conducta de Jorge Guillén en la
Sevilla de 1936-1938 apenas merece reproche ninguno, en atención a las
circunstancias que le tocó vivir. En situaciones tales, y mientras no se sepa
de nuevos hechos reprochables realizados por Guillén, no hace falta
exagerar los términos ni tergiversar u ocultar los datos para consolidar el
respeto y la benevolencia que el poeta -como otras muchas personas en su
situación- merece. Solo desde la humanidad y la empatía pueden valorarse los
estados de necesidad, completos o incompletos. Y, si ahorramos juicios de valor
para tales momentos, mejor que mejor.
APÉNDICE DOCUMENTAL
A) Discurso de Jorge
Guillén en la Universidad de Sevilla, el 12 de octubre de 1936[100]
Bienvenidos sean a esta Universidad Su Excelencia, el Gran Visir, y los
dignatarios de su séquito. En Sevilla han entrado por vez primera como si
hubiesen vuelto a una ciudad conocida de antiguo, entrañablemente ligada a la
memoria del mejor tiempo pasado. No es otra la verdad: Andalucía cala siempre
y, en esta ocasión, con la más complacida conciencia, hasta su etimológico
Al-Ándalus. El rey Almotasin entró una vez en casa de un súbdito suyo y
preguntó a su hijo pequeño, Al-Fath: “¿Qué casa es más hermosa, la del Príncipe
de los Creyentes o la de tu padre?”. El muchacho contestó: “La casa de mi padre
es más hermosa ya que el Príncipe de los Creyentes está ahora el ella”.
Asimismo, la mansión más hermosa y más sonriente de Sevilla es ahora la
Universidad, porque el ella están Su Excelencia, el Gran Visir, y los
dignatarios de su séquito. Apoyándose en esta anécdota clásica, valga esa
hipérbole arábigo-andaluza para declarar la reverencia, el respeto, la
admiración con que son aquí recibidos los representantes de este Islam tan
íntimamente vinculado al solar español, tan firmemente adicto a la causa
española.
Y,
ahora, un saludo respetuoso, pero también muy respetuosamente cordial y
entusiasta, al Excelentísimo Señor General[101], si
tan admirado en todo el territorio de la nueva España, más querido aún en
Sevilla, donde el corazón de cada habitante le dedica un afecto que parece ya
el resultado de un trato personal.
Señores: Nada podría honrar a la Universidad de Sevilla como el acoger y
reunir en este salón de actos a las ilustres autoridades aquí presentes para
celebrar, con su venia y en su honor, la Fiesta de la Raza[102] de
este año de 1936. ¡Año memorable! A todos nosotros, españoles y amigos de
España, esta fecha nos asocia en la unanimidad más grave que sin duda nos ha
conmovido y removido dentro del ámbito hispánico. Y ya este adjetivo, este
simple adjetivo “hispánico”, nos sitúa en la plena celebración de nuestra
solemnidad.
No
nos basta el término “español”. Si Castilla hizo a España, España ha hecho a
Hispania. No hubiera bastado instituir el 12 de Octubre una fiesta de la
Patria. Era menester ampliarla y magnificarla hasta las anchuras y las alturas
-reales y, sin embargo, ya fabulosas- de la Raza. Solo esta imagen casi mítica
pone de manifiesto la transformación ingente que el 12 de Octubre se festeja:
la transformación de lo español en lo hispánico, la afirmación de un pueblo como
creador de pueblos. Porque “Raza” no significa, naturalmente, una figura
etnológica. Nadie ha pensado que el cruce de tantas sangres, tras tantas
invasiones de la Península Ibérica, pueda conciliarse con un concepto de raza
-pura o impura- definido por la etnología. El sujeto España rompe y sobrepuja
todo límite de carácter físico: es sujeto de Historia, de Cultura. Para
nosotros, la raza no significa sino espíritu: la originalidad irreductible de
nuestro espíritu. Y como decir “espíritu” es suponer “creación” y exigir
“continuidad”, el 12 de Octubre implica, pues, la exaltación de España en los
dos supremos valores: impulso creador de Historia, y de Historia que continúa
viva.
Existe una cultura española. Existe una civilización española. Existe un
modo culto, civilizado, de ser hombre, que se llama ”ser español”. Todas estas
afirmaciones, controvertidas antaño, ahora nos suenan a verdades de Perogrullo.
En efecto, no son más que evidencias, absolutas evidencias. ¡Tanto más grato
recordarlas hoy! Ante todo, quede bien asentado que lo español no constituye
solo un motivo de orgullo, de amor y de canto -en suma, de pasión- para los herederos
de un pasado famoso. Lo español se nos impone a nosotros y al resto del mundo
como una cualidad que vale objetivamente entre las más espléndidas calidades
humanas. No hay más remedio que rendirse ante la fuerza del espíritu creador
que ha soplado y se ha expresado en España en castellano.
¡Y
qué mayor culminación creadora que esta lengua castellana, a lo largo de ocho
siglos de una gran literatura! Pero obsérvese que “castellano”, aplicado al
idioma, ha llegado a ser insuficiente, mezquino, provincial. España no se
contentó, no se ha contentado jamás, con delinearse a modo de país cerrado y
pleno, dentro de sus fronteras geográficas y morales. ¿Será posible, además,
que una efectiva plenitud no se desborde, no salga de su equilibrado egoísmo,
no trascienda? España realiza mejor que ningún otro pueblo moderno -en la
Antigüedad, Roma-, el tipo de patria que engendra otras patrias.
A
España no la rodean sus colonias. España se yergue sobre el coro de otras
muchas naciones libres que ella ha formado con su sangre y su lengua, con su
religión y su ley, con su alma. Este es el caso único del Imperio español.
Celebrar la Fiesta de la Raza obliga a celebrar, sobre todo, sus virtudes
universales: ese su extraordinario ímpetu de ensanchamiento, de aireación y
ventilación en el profundo espacio, a la intemperie de un gigantesco Imperio.
España se ha logrado a fuerza de asimilar y dominar las más reñidas
confrontaciones. Hispania se ha logrado a fuerza de integrar en su espíritu
creador -que es algo más fuerte y más duradero que un poder político- una
muchedumbre de “hechos diferenciales”, de nobles rasgos locales. “En la
monarquía de España -escribe Baltasar Gracián-, donde las provincias son
muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones
opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para
conservar, así mucha para unir”.
La
Fiesta de la Raza es la fiesta de la universalidad de España. ¡Perenne
universalidad! El espíritu creador no perece, no debe perecer. Para ninguno de
nosotros resurgen como un recreo arqueológico o una nostalgia esas evocaciones
de la tradición imperial. España no quiere rememorar sus glorias más que cara
al futuro. “Quien no se considere ante todo como eterno -proclamaba Fichte en
sus Discursos a la Nación Alemana- no puede sentir amor y no puede amar a su patria.
¿De dónde procedía, si no, el entusiasmo del carácter romano -cuyo pensamiento
y cuyos esfuerzos han sido causa de que perduren vivos entre nosotros sus
monumentos eternos-, aquel entusiasmo que le llevaba a sufrir con paciencia por
la Patria todos sus trabajos? Los hechos todos lo manifiestan: de su creencia
firme en la duración eterna de Roma, de su espíritu siempre despierto para
prolongar su existencia a través de los siglos. Mientras duró aquella sincera
fe, mientras aquellos romanos fueron capaces de mantenerla mirando a lo más profundo
de su ser, aquella fe no los engañó nunca”.
Tampoco Fichte engañaba con estas frases a su pueblo alemán. No hay vida
verdadera sin fe en la propia vida. La fe nace fatalmente de las entrañas de
toda vitalidad. A través de tantas vicisitudes, el espíritu español -decaído en
la superficie política- no ha dejado nunca de dar fe de vida perenne. La Fiesta
de la Raza viene a ser, considerada así, un acto de confianza en el porvenir
español. ¡Cómo se robustece esta confianza durante los actuales días de crisis,
tal vez la crisis más crítica que ha padecido España desde hace muchos años!
No, no importa. Sin caos previo no hay creación. ¿A qué orden que valiese la
pena se ha llegado jamás sino entre los tumbos y los desgarramientos de un
desorden precursor? Todos los augurios son favorables a este renacer de la
confianza.
“¿Cómo es posible que un pueblo tan belicoso como el español -preguntó a
Fernando el Católico Guicciardini, entonces embajador- haya siempre sido
conquistado, del todo o en parte, por galos, romanos, cartagineses, vándalos,
moros?” Y respondió el gran Rey: “La Nación es bastante apta para las armas,
pero desordenada, de suerte que solo puede hacer con ella grandes cosas el que
sepa mantenerla unida y en orden”. ¡Magníficas palabras, proféticas palabras,
hoy más pertinentes que nunca! La Nación española va a desenlazar su drama en
un Estado muy unido dentro de un orden. He aquí, por de pronto, a España en
pie. Es la misma Raza de siempre: esa Raza fiel a sí misma, que enaltecemos el
12 de Octubre.
La
Fiesta de la Raza es la fiesta de la continuidad de España. Y todos concordes,
con la concordia impuesta por los grandes trances, advertimos que nos une a
todos una especie de instinto elemental, es decir, fundamental: el instinto de
la continuidad histórica. España tiene que seguir siendo España. No hay otra
salida para un pueblo en que alienta el espíritu creador. ¿Hace falta una
manifestación significativa? Ahí está, en ruinas pero eterno, el Alcázar toledano.
¿Cómo no mencionar, en esta Fiesta de 1936, el acontecimiento más reciente que
mejor patentiza la inextinguible fortaleza de una raza inextinguible? Ese
heroísmo no podía estar realzado por un fondo más capital. Toledo es la
síntesis española. Por su posición, por su atesoramiento de lo que fue allí
concentrado y petrificado en señales indelebles de tantos siglos, con tales
tránsitos de creencias y empresas, Toledo resulta la capital de España o, más
exactamente, de la Historia de España. Por algo se ha dicho que, si un exatranjero
hubiera de pasar un día en la Península, esa única jornada debería ser
consagrada a Toledo[103]. En la
ciudad por excelencia imperial, “en la sublime cumbre del monte”, cantada por
su poeta Garcilaso, en “aquella ilustre y clara pesadumbre”, los muy gloriosos
y ya fabulosos defensores del Alcázar de Toledo han celebrado la óptima Fiesta
de la Raza. Defender la cumbre de nuestra cumbre equivalía a defender y
mantener la perennidad de España como espíritu creador. ¡Toledo, baluarte de
universalidad hispánica! Allí se afrontaron o se sucedieron las civilizaciones
que se han fundido en el crisol de España.
¡Qué mirada de secular amistad dirige Toledo al Norte de África, a la
fiel colaboración del Islam! Pues bien, con los defensores y ganadores de
Toledo se sienten unidos en la más honda, más grave, más decisiva unanimidad
todos los defensores y ganadores de la España que no quiere perecer. La Fiesta
de la Raza se resume en una sola voz. Señores, ¡Viva España!
B) Resumen del susodicho
discurso en la prensa sevillana del día siguiente [104]
Excelentísimos Señores: En nombre de la
Facultad de Filosofía y Letras de esta Universidad de Sevilla, cumplo con el
honor de sumarme a este acto conmemorativo del Día de la Raza. Una fecha que
hoy adquiere un sentido más profundo y vibrante. España, en su historia, ha
tenido siempre una misión de universalidad, y esa misión es la que hoy se está
defendiendo en las trincheras. Nuestra lengua, la lengua de Castilla, es el
vínculo que une a este Imperio espiritual que hoy se reafirma. Como
universitarios, nuestra labor es mantener encendida la antorcha de la cultura
que es, en esencia, la cultura de la Hispanidad. Una cultura que no se rinde y
que, bajo el mando de las jerarquías del Movimiento, sabrá encontrar de nuevo
su lugar en el mundo. ¡Viva España!
C) Declaración de Jorge
Guillén a propósito del Día de la Raza de 1936, recogida por la prensa
sevillana[105]
España es una unidad de destino. En la
hora presente el destino de España se decide por las armas. Yo, que no soy un
hombre de armas, pero que me siento entrañablemente unido a la suerte de mi
patria, quiero hoy, 12 de octubre, día del descubrimiento de América, expresar
mi adhesión al Movimiento Nacional. Mi fe en España me obliga a esperar que de
esta lucha surja la Patria entera, libre y grande que todos deseamos.
Memorial a Jorge
Guillén (Parque del Poniente de Valladolid)
D) Informe del rector de
la Universidad de Sevilla[106]
sobre el catedrático Jorge Guillén, a la Comisión competente para instruir su
expediente de depuración.
Simpatizante con las izquierdas, sin
manifiestas actuaciones políticas. En la actualidad, adherido al Movimiento
Salvador, prestando servicios como Guardia cívico. De buena conducta moral y
fiel cumplidor de las obligaciones de su cargo.
E) Orden de la
Presidencia de la Junta Técnica del Estado, decisoria del expediente depurador
de Jorge Guillén[107]
Excmo. Sr: Visto el expediente instruido a D. Pedro Jorge Guillén
Álvarez, Catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de
Sevilla, de conformidad con la propuesta de la Comisión de Cultura y Enseñanza,
y con arreglo a lo dispuesto en el Decreto de 8 de noviembre de 1936 y Órdenes
de 10 del mismo mes y año y 17 de febrero pasado para su aplicación, he
resuelto:
Inhabilitar para el desempeño de cargos directivos y de confianza en
Instituciones Culturales y de Enseñanza a D. Pedro Jorge Guillén Álvarez.
Dios guarde a V.E. muchos años. Burgos, 13 de diciembre de 1937. II Año
Triunfal.
Francisco G. Jordana.
Sr. Presidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza.
F) Carta de Jorge
Guillén a Pedro Salinas, sobre la salida de España de su esposa Germaine[108]
Mi
querido Pedro:
Recibo tu carta del 22 de junio, que me ha conmovido. ¡Cuán lejos
estamos y qué difícil se hace todo! Mi situación es la misma: aquí, solo.
Germaine y los niños están en Francia, como sabes. Germaine salió por Gibraltar
el 13 de marzo. No hace falta que diga lo que fue aquel día y lo que han sido
estos meses.
Yo
sigo en mi puesto de la Universidad, esperando el momento de poder reunirme con
ellos. Pero ese momento no llega, y la espera se hace interminable. Trabajo
algo, pero con poca alma. La vida es aquí de una monotonía terrible, bajo un
sol de fuego, y con el pensamiento siempre puesto en el otro lado de la
frontera.
¿Cuándo nos veremos? ¿Cuándo terminará esta pesadilla? Escríbeme siempre
que puedas a esta dirección de Sevilla. Tus noticias son para mí el único lazo
con el mundo que de verdad me importa.
Un
abrazo muy fuerte de tu viejo amigo,
Jorge
G) El tema de su salida
de España, narrado por el propio Jorge Guillén[109]
… Yo volví a Sevilla.
Los hijos se quedaron en Francia. En Sevilla estuvimos con muy buenos amigos,
que se portaron muy bien conmigo. Ni uno solo hubo que fuera más político que
amigo. Ni uno. Y entonces, en 1938, me decidí a pedir los documentos necesarios
para irme de España. En Sevilla me los dieron. Pero me faltaba uno: el pase de
frontera. Un documento clave que había entonces. Como no me lo daban, fui a ver
a Pedro Sáinz Rodríguez, que había sido siempre un buen amigo (era entonces
Ministro de Educación, luego estuvo enseguida en contra de Franco), y le pedí
el documento en cuestión. Fue a un Consejo de Ministros, se lo sacó a Martínez
Anido[110]
y me lo trajo. Había allí un señor cuando me lo dieron -estábamos en Vitoria-,
que me dijo, un tanto cínico: “Qué contento debe estar uno con un documento de
estos”. Yo no me atreví a contestar, porque había otro señor cerca. Por si
acaso…[111]
No me acuerdo muy bien si fue el 8 o el 9
de julio de 1938 cuando atravesé el puente sobre el Bidasoa. Yo no quería mirar
atrás por si acaso me llamaban: “¡Que falta una firma…!”
[1]
Pedro Jorge Guillén Álvarez,
profesor y poeta (1893-1984).
[2]
La oportuna oposición se
desarrolló en Madrid en el citado año y en ella obtuvo Guillén el número uno,
eligiendo la plaza de Murcia, y Ángel Valbuena Prat (1900-1977) sacó el número
dos, siendo destinado a la de La Laguna. Véase: Jorge Guillén, Cienfuegos y
otros inéditos (1925-1939). Edición y estudio a cargo de Guillermo Carnero, Cátedra
Jorge Guillén, Valladolid, 2005.
[3]
Es inevitable recordar que la
famosa celebración del tercer centenario de la muerte de Luis de Góngora,
considerada como la partida de nacimiento de la Generación literaria de
1927, tuvo lugar en el Ateneo de Sevilla en diciembre de dicho año,
participando en ella, entre otros poetas, Pedro Salinas y Jorge Guillén.
[4]
Pedro Salinas Serrano
(1891-1951) fue catedrático numerario de Sevilla desde 1918 hasta 1929, con el
paréntesis 1922-1923, como lector de español en la Universidad inglesa de
Cambridge.
[5]
Guillén tomó posesión como
catedrático en Murcia el 1 de febrero de 1926.
[6]
Real Decreto de 28 de enero de
1929, cuya eficacia fue aplazada por Real Orden de 21 de septiembre del mismo
año. La Universidad de Murcia había sido creada en 1915 y su supresión fue
decidida, sobre todo, por el escaso número de alumnos matriculados. Véase:
Julián Gómez de Maya, La Universidad no puede morir. Conatos de supresión de
la Academia murciana, Cuadernos de Investigación Histórica, núm. 32 (2015),
pp. 345-362 (accesible por Internet en la web, www.fuesp.com).
[7] Al amparo del Decreto de reforma y
autonomía universitaria, de 21 de mayo de 1931.
[8] Aprobada la susodicha permuta de
cátedras por Real Orden, Guillén se posesionó de la de Sevilla el 7 de octubre
de 1930.
[9]
Para un mayor detalle
biográfico, remito a las siguientes obras: Joaquín Caro Romero, Jorge
Guillén, Epesa, Madrid, 1974; Antonio Piedra, Jorge Guillén, Junta
de Castilla y León, Valladolid, 1986; Vicente Llorca, Jorge Guillén:
Biografía y obra poética, Hiperión, Madrid, 1995; Guillermo Carnero,
Introducción biográfica a la obra citada supra en la nota 2.
[10] Véase más adelante, Apéndice, documento
C.
[11] Véase: Joaquín Caro, Jorge Guillén,
cit. en la nota 9, p. 20. Se trataba de Juan Ruiz Peña, que asistía en 1932 al
aula de Literatura de la antigua Universidad, cuyos alumnos no superaban la
docena
[12]
Juicio transmitido oralmente y
recogido por Miguel Cruz Giráldez, Jorge Guillén y Sevilla (Nuevas notas),
Archivo Hispalense, tomo LXVII, núm. 209, año 1985, pp. 83-113 -en concreto, p.
89-.
[13]
Véase: Miguel Cruz Giráldez, Jorge
Guillén y Sevilla, citado en la nota 12, p. 105. La anécdota le fue
referida por don José Manuel Laffón, que la sabía por su padre, Rafael Laffón.
Rafael Laffón Zambrano (1895-1978) fue un reconocido poeta y crítico literario
sevillano, vinculado con la Generación de 1927.
[14]
Conocida es la animadversión de
Juan Ramón Jiménez hacia el Guillén poeta, a partir de la ruptura del vate de
Moguer en 1933 con la Generación del 27. Algunas censuras de Juan Ramón al
poeta Guillén: el vate oficial de la nada; el catedrático; un
imitador frío y académico; perfección de aire acondicionado; sacristán
mayor de la iglesia de los curas de Góngora… Véase, principalmente,
Juan Ramón Jiménez, Españoles de tres mundos, edit. Losada, Buenos
Aires, 1942, caricatura número 35.
[15]
Su primera edición, con 75
poemas, había aparecido en la editorial de la Revista de Occidente, en Madrid,
año 1928.
[16]
La segunda edición de Cántico
apareció en enero de 1936, con un total de 125 poemas, editada en Madrid
por Cruz y Raya.
[17]
Revista literaria mensual
fundada y dirigida por Manuel Azaña y su cuñado, Cipriano Rivas Cherif, que se
publicó entre 1920 y 1923.
[18]
Trato de esta cuestión más
adelante, en este mismo capítulo del presente ensayo.
[19]
Simpatizante con las
izquierdas sin manifiestas actuaciones políticas. Véase infra, Apéndice, apartado
C.
[20]
Véase: Jorge Guillén, Más
allá del soliloquio, revista Poesía, nº 17, Ministerio de Cultura, Madrid,
primavera de 1983, pp. 5-44; la cita literal se halla en la p. 13.
[21] A título orientativo, puede incluirse
en ella a Luis Cernuda -también de la Generación de 1927-, Rafael Porlán,
Joaquín Romero Murube, Eduardo Llosent, Alejandro Collantes y Manuel Díez
Crespo.
[22]
Esta revista se publicó entre
1926 y 1929 (14 números), en 1933 (2 números) y 1939 (3 números).
[23]
Por ejemplo, en lo tocante a afiliarse
a la Guardia Cívica o a dar alguna conferencia sobre temas literarios en
ámbitos más o menos vinculados a Falange Española - como más adelante
desarrollaré-.
[24]
Puede destacarse, por su aprecio
por Guillén y su afortunada vinculación con la Falange, a Manuel Díez
Crespo y Eduardo Llosent Marañón, que promovieron incluso un homenaje en su
honor en diciembre de 1937. Véase: Ramón Freire Gálvez, El ecijano Manuel
Déz Crespo (1910-1993), afamado poeta y periodista en la España del siglo XX,
en www.ecija7dias.eu, diciembre 2017. Llosent Marañón era
marido de la destacada miembro de la Sección Femenina, Mercedes Formica, a la
que se aludirá infra.
[25]
La verdad parece ser que no son
muchos los datos de esta época recogidos por las biografías de Jorge Guillén.
Yo me he servido principalmente del artículo de Miguel Cruz Giráldez citado en
la nota 12, en sus pp. 97-102.
[26]
Supongo que la señora Cahen
impartiría esencialmente clases de francés. Sobre el citado Instituto Escuela
véase: Carlos Algora Alba, El Instituto-Escuela de Sevilla (1932-36). Una
proyección de la Institución Libre de Enseñanza, Servicio de Publicaciones
de la Diputación Provincial, Sevilla,
1996.
[27]
La calle era conocida entonces,
simplemente, por un número: el 16. El chalé era conocido como Villa
Guadalupe, habiendo sido alquilado por Guillén a la familia Romero
Martínez.
[28]
Se le suele citar como tal junto al economista e historiador Ramón
Carande, quien defendía firmemente la extensión universitaria como vía para
revitalizar la sociedad. La labor de Guillén se mantuvo siempre en un plano
intelectual -ciclos de conferencias, lecturas poéticas públicas y seminarios
abiertos-, pero que rompía con el elitismo académico tradicional de las
universidades, como la de Sevilla hasta el advenimiento de la II República.
[29]
Las principales características
de esta Universidad, que funcionó en Sevilla entre 1933 y 1936, fueron: La
divulgación de la cultura, al estar dirigida especialmente a las clases
obreras, sectores populares y personas del ámbito rural que, por barreras económicas,
no tenían acceso a la educación superior formal; la gratuidad de la enseñanza,
tanto en la matrícula como en el acceso a todas sus actividades formativas e
instructivas; la autonomía, basada en democrática organización, con una estructura de gobierno mixta en la
que participaban tanto el profesorado seleccionado como los propios estudiantes
[30] La ciudad de Valladolid fue
bombardeada por la aviación republicana en los días 1, 3 y 5 de agosto, con
resultado total de 84 muertos y 356 heridos (cifras aproximadas).
[31]
Me atrevo a insistir en esta
limitación del objetivo pues algunos han dicho, erradamente, que el poeta
pretendía huir de España, lo que dicen que no pudo conseguir por la acción de
las autoridades nacionales.
[32]
La conquista de Irún por las
tropas nacionales, mandadas sobre el terreno por el coronel Alfonso Beorlegui
Canet (1888-1936), se produjo el 5 de septiembre de 1936, tras un asedio de
diez días.
[33]
Valga una auto cita: He tratado
con bastante detenimiento de la cuestión en mi relato Con un poeta ejecutado
ya ha habido bastante, publicado en este mismo blog bajo la etiqueta
de “cuentos literarios”, con fecha 25 de marzo de 2017.
[34]
Volveré con más detalle sobre la
probable relación Mola-Guillén en el capítulo siguiente de este ensayo.
[35]
Lo refiere el propio Jorge
Guillén en el artículo citado antes en la nota 20, p. 13.
[36] Así lo recoge textualmente Miguel
Cruz Giráldez, Jorge Guillén y Sevilla, ya citado en nota 13, p. 102.
[37]
Expresión empleada por Guillermo
Carnero en la obra citada en la nota 2 para referirse a lo que fue la Sevilla
en guerra para Guillén, si bien este no consta que la emplease, al menos, por
escrito.
[38]
Gonzalo Queipo de Llano y Sierra
(1875-1951), natural de Tordesillas (Valladolid). El artículo anónimo a él
dedicado por la Wikipedia puede ser suficiente para tener una buena base
acerca de este complejo personaje y de su actuación en Sevilla durante la
guerra civil.
[39]
Los puestos de mayor poder hasta
entonces ocupados por Queipo habían tenido que ver con el Cuerpo de Carabineros
(Director General, primero, e Inspector General, después), con sede en Madrid.
[40]
Se ha apuntado esa posibilidad
en relación con el arduo y exitoso esfuerzo realizado por don Julio Guillén
para sacar de la cárcel de Pamplona a su hijo a y su nuera, con la evidente
pretensión de que tales parientes de Queipo recomendasen a este el asunto.
Entiendo que no hay base para sostener tal hipótesis y que, en cualquier caso,
Queipo de Llano nada tuvo que ver con que Guillén y su esposa saliesen indemnes
del inminente peligro mortal que los acechaba.
[41]
Me inclino a que lo hiciera en
el mes de septiembre, al menos, por dos razones: 1ª. La ya aludida ansia del
poeta por expurgar su domicilio de documentos y objetos comprometedores.
2ª. El que el rector le encomendara la lección de apertura de curso (Día de la
Raza), con tiempo mínimamente suficiente para cumplir encargo tan relevante con
la oportuna preparación.
[42]
Obligado es recordar aquí el uso
por Queipo de Unión Radio Sevilla para emitir sus charlas y
soflamas, que la historia y la leyenda han convertido en mundialmente famosas.
[43]
Su vida se extendió de 1898 a
1947.
[44]
Su versión documental canónica
apareció en las páginas del diario ABC de Sevilla, el 20 de julio
siguiente.
[45]
En estos momentos (2026), la
fuente más detallada y precisa es la publicación Todos los nombres. Víctimas
de la represión militar en la provincia de Sevilla (www.todoslosnombres.org),
que expone los datos de Sevilla capital en las pp. 391-449, con una interesante
introducción.
[46]
De todas formas, se cita como
decisivo el maltrato hacia un vicecónsul de Portugal, que resultó que estaba a
favor de los sublevados. Y, de cualquier modo, las causas del cese -como es
habitual- no se recogieron en el texto del mismo.
[47]
Entre los colaboradores,
se citan especialmente a José Cuesta Monereo y Francisco Bohórquez. El
siguiente Comisario de Orden Público, que también nombró Queipo, fue el
Comandante de la Guardia Civil, Santiago Garrigós Bernabéu.
[48]
Con todo, algunos insisten en
una detención de Guillén por orden de Díaz Criado en octubre de 1936 que, al
ser de corta duración, el poeta habría agradecido a la salida, refiriéndose a la
clemencia que para con él había tenido. De ser así, es obvio que Guillén
usaba del halago para tratar de aplacar a aquel verdugo inmisericorde.
[49]
Sería necesaria una lectura crítica
del epistolario de Guillén que yo, ciertamente, no he realizado para
confeccionar este modesto ensayo.
[50]
Se trataba de Lorenzo Blanco,
propietario de la Librería Internacional, sita en la sevillana calle
Villegas. Dicha librería, fundada en 1924, se cerró, como más tarde, en 1984.
[51] De labios de José Blanco, hijo y
librero sucesor de Lorenzo Blanco, que a su vez lo relató a Miguel Cruz
Giráldez, quien lo narra en su artículo Jorge Guillén y Sevilla, citado
en la nota 13, p. 102.
[52]
Para los temas de este ensayo y
otros más o menos conexos, tengo especial predilección por las obras del
secretario de Mola, José María Iribarren: Con el general Mola. Escenas y
aspectos inéditos de la guerra civil, Librería General, Zaragoza, 1937, y Mola,
Datos para una biografía y para la historia del Alzamiento Nacional,
Librería General, Zaragoza, 1938. Sobre estos libros y los inéditos de
Iribarren sobre el tema Mola, véase: Vicente Cacho Viu, Los escritos
de José María Iribarren, secretario de Mola en 1936, Cuadernos de Historia
Moderna y Contemporánea, vol. 5, Edit. Univ. Compl., Madrid, 1984, págs.
241-250 (puede leerse y descargarse por Internet).
[53]
No está claro si Navarro seguía
en Pamplona o, acabadas sus vacaciones, había emprendido ya viaje en tren hasta
Sevilla. En cualquier caso, le llegó el mensaje de Guillén y actuó con
celeridad en consecuencia.
[54]
Muchos pudieron ser los tocados
por don Julio Guillén en pro de su hijo. Entre ellos, pudieron figurar
algunos parientes del Queipo de Llano residentes en Valladolid, o el navarro,
Hilario Etayo Eparza, del que luego se trata en el texto. En cambio, en modo
alguno pudo abordar al arzobispo de Valladolid, Remigio Gandásegui y
Gorrochategui -como algunos sostienen- pues se hallaba a la sazón preso de los
republicanos en San Sebastián, con grave peligro para su vida, que finalmente
salvó gracias a la intermediación de autoridades del Partido Nacionalista
Vasco.
[55]
Mola permaneció en Valladolid
entre el 20 de agosto y el 30 de octubre de 1936, en que trasladó su cuartel
general a Ávila.
[56]
Don Julio Guillén era un
conocido empresario de Valladolid, con larga carrera política a nivel local,
senador con la monarquía y, últimamente, representante del Partido Radical de
Alejandro Lerroux en la provincia. Esto último no era, precisamente, una buena
carta de presentación para ante los sublevados, como lo comprobaría meses
después el interesado, al ser molestado y detenido brevemente por falangistas y
otros adláteres.
[57]
Etayo había profesado ideas
nacionalistas, promoviendo infructuosamente la unión política del País Vasco y
de Navarra en un mismo Estatuto. Véase, con acceso libre en culturanavarra.es,
Víctor Manuel Arbeloa, Notas sobre el PNV y el Estatuto Vasco-Navarro
(1931-1933), entrega II, Príncipe de Viana, año 62, núm. 222, Pamplona,
2001, pp. 199-211, espec. p. 201.
[58] En particular, F.E., p. 5. Se
ha dicho que también lo transcribió completo el ABC, edición sevillana.
[59]
Primero lo recogió en el libro, Jorge
Guillén. Cienfuegos y otros inéditos (1925-1939). Edición,
estudio Preliminar y notas De Guillermo Carnero, Fundación Jorge Guillén,
Valladolid, 2005; luego, en Guillermo Carnero, Palabras a su vuelo (de Jorge
Guillén a Pablo García Baena), Universidad de Valladolid, 2020, pp. 50-53,
de donde yo lo he recogido.
[60]
Gran visir era un título
homologable con el de primer ministro en un país europeo. El Jalifa era el
máximo representante del Sultán de Marruecos en el Protectorado español, lo que
le convertía en una especie de regente del territorio.
[61]
He tratado detalladamente de
este tema en mi ensayo “Con babuchas de oro”. Los mercenarios de Franco,
en este mismo blog, entrada de 16 de marzo de 2020.
[62]
Me consta que así fue en el caso
del catedrático de Derecho Político, D. Teodoro González García, en su discurso
inaugural del curso académico 1939-1940 en la Universidad de Oviedo. Véase:
Leopoldo Tolivar Alas, D. Teodoro González García, treinta años de pavor y
cuatro testimonios de privilegio, en el libro colectivo “Pasión por
Asturias”, Universidad de Oviedo, 2013, pp. 955-973, espec. pp. 963-975. Me
honro de haber sido alumno de Don Teodoro.
[63]
Volveré sobre ello más adelante,
al tratar del expediente de depuración administrativa de Jorge Guillén. Me
parece ilustrativo el siguiente artículo periodístico: Javier Ramajo, Mota,
el sevillano “ilustre” enterrado con honores un mes antes que Queipo y
partícipe de la depuración universitaria, www.eldiario.es/sevilla, 1 de noviembre de 2023. Es llamativo
que Mota (1867-1951) mantuviese el rectorado de forma vitalicia, hasta fallecer
catorce años después de la edad de jubilación.
[64]
Así se manifiesta, con severidad
irreflexiva a mi parecer: J.A. Fortes, Papeles peligrosos, El fingidor,
revista de cultura, núms. 33-34 (julio-diciembre de 2007), Universidad de
Granada, pp. 31-32 (accesible por internet: editorial.ugr.es).
[65]
Aludo, tal vez
extemporáneamente, a la polémica de la cuestión de España, que
sostendrían como paladines, Américo Castro (La realidad histórica de España,
1954) y Claudio Sánchez Albornoz (España: un enigma histórico, 1957), a propósito, entre otras cosas, del valor
de lo cristiano, lo musulmán y lo judío en la conformación del ser español.
[66]
Ello será el objeto del último
capítulo del presente ensayo.
[67]
De todo ello trataré con cierto
detenimiento en el capítulo siguiente de este ensayo.
[68]
Véase: José María Barrera López,
Poesía nacionalista en Sevilla (1936-1939), Philologia Hispalense, núm.
5, Sevilla, 1990, pp. 9-20, espec. pp. 14-15 (accesible por Internet en la web idus.us.es.
[69]
Véase: Jan Lechner, El
compromiso en la poesía española del siglo XX (Parte I. De la generación de
1898 a 1939), Universidad Pers Leiden, 1968, pp. 213 y 236.
[70]
Indirectamente, esta carta pone
de manifiesto que la esposa de Guillén estaba fuera de Sevilla el 12 de octubre
de 1936 y en días ulteriores, seguramente, en casa de sus suegros en
Valladolid.
[71]
Paul Claudel (1868-1955),
diplomático, dramaturgo y poeta francés, autor de La persécution religieuse
en Espagne, Plon, Paris, 1937.
[72]
Insisto en la corrección de esta
fecha pues autores bastante acreditados equivocan el día y el mes -por entender
que la conferencia tuvo que ver con la celebración del día de Santa Teresa, 15
de octubre-, bien el año, creyendo que fue 1938, algo disparatado pues, para el
15 de octubre de 1938, Guillén llevaba ya tres meses en el exilio francés. La
data que sostengo tiene, entre otros, el apoyo de la referencia periodística
del evento en el diario ABC de Sevilla, ejemplar del 21 de enero de 1937.
[73]
Mercedes Formica-Corsi Hezode
(1913-2002), notable feminista, escritora y jurista española, que bien pronto
imprimiría a su carrera política nuevos caminos, aunque nunca alejados
del todo de su primitiva matriz joseantoniana.
[74]
Así lo manifestó en el primer
volumen de sus Memorias, Visto y vivido (1931-1937). Pequeña historia de
ayer, Planeta, Barcelona, 1982, en que recordaba de Guillén, entre otras
cosas, sus magníficas clases de Literatura española, que la autora siguió hacia
1932, marchando seguidamente a Madrid, donde iniciaría estudios de Derecho, que
interrumpiría la guerra civil.
[75]
Véase J.A. Fortes, Papeles
peligrosos, cit., p. 32. Curiosamente, fue el propio Guillén quien aludió a
esas conferencias en el pliego de descargos de su expediente depurador. Véase,
J. Guillén, «Pliego de descargos remitido a la Comisión Depuradora del
Profesorado Universitario, Sevilla, 3 de agosto de 1937», en Cienfuegos y
otros inéditos, cit., pp. 53-55.
[76]
Véase antes, la nota 71. El
fragmento traducido por Guillén constituye el poema que sirve de prólogo al
libro La persécution religieuse en Espagne, siendo dicha versión al
castellano la primera y quizá la mejor de dicho texto. Por cierto, el libro, en
su conjunto, tuvo su primera traducción íntegra al español en Argentina
(Editorial Difusión, Buenos Aires, 1937), datando de 1939 o 1940 la de edit.
Casulleras de Barcelona, primera española en nuestro país. Se hace la
advertencia de que la crítica moderna entiende que, salvo el prólogo de
Claudel, el resto del libro fue escrito por Joan Estelrich. En Internet puede
consultarse la traducción guilleniana, así como otras varias que se han hecho
posteriormente.
[77]
Véase: Stanley G. Payne, 40
preguntas fundamentales sobre la Guerra Civil, Madrid, 2006, pp. 141-150.
Las cifras irrebatibles de Antonio Montero Moreno, mínimamente rectificadas por
Ángel David Martín Rubio, son de 6.788 muertos, aproximadamente el 10% de todos
los clérigos de España, incluidos los de la zona nacional. Los casos probados
de clérigos asesinados por los nacionales alcanzan una veintena.
[78]
De hecho, Queipo de Llano pasa
por ser pionero en la creación de las que llamó Fuerzas Cívicas al Servicio de
España, creadas por un bando suyo de 24 de julio de 1936. Véase: Julio Prada
Rodríguez, Las milicias de segunda línea en la retaguardia franquista,
Cuadernos de Historia Contemporánea, vol. 33 (2011), Universidad Complutense de
Madrid, pp. 255-273, además de las obras generales de Francisco Espinosa
Maestre, tales como El golpe militar de julio de 1936 en Sevilla y La
justicia de Queipo.
[79]
En este punto tenemos un dato
sustancial: Por precipitado que parezca, Guillén ya estaba incorporado a la
Guardia Cívica el 28 de septiembre de 1936, momento en que el Rector eleva al
Gobernador Civil un informe del profesor en que ya alega en su favor el que
está prestando servicio como guardia cívico.
[80] La consulta de los documentos
obrantes en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares
permitió a Guillermo Carnero conocer el expediente instruido por la Comisión A
de Zaragoza, trasladando parte de él a la citada obra, Jorge Guillén.
Cienfuegos y otros inéditos (1925-1939). Por su parte, lo instruido por el
rectorado de la Universidad de Sevilla ha sido publicado en Internet por dicha
universidad: expobus.us.es, que remite y enlaza con archive org.
(expediente personal de Pedro Jorge Guillén Álvarez) y en ahus.us.es,
donde se encuentra la “Relación de personal docente dependiente del rectorado
de la Universidad de Sevilla, propuesta a la Comisión de Cultura y Enseñanza
para que sean sancionados”.
[81]
Véase, en ahus.us.es, la Relación
de personal docente dependiente del Rectorado de la Universidad de Sevilla,
propuesto a la Comisión de Cultura y Enseñanza para que sean sancionados,
p.27. Esta relación fue enviada al Gobierno civil por el rector con fecha 28 de
septiembre de 1936.
[82]
José María Pemán y Pemartín
(1897-1981), además de poeta oficial del bando nacional (Poema de la
Bestia y el Ángel, publicado en 1938), desempeñó cargos políticos menores,
entre ellos, el de Presidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza de la Junta
Técnica del Estado entre octubre de 1936 y enero de 1938.
[83] Recogida en el BOE del 10 de diciembre
de 1936.
[84]
Hay autores (como Guillermo
Carnero, en su ya citado Jorge Guillén. Cienfuegos y otros inéditos),
que juzgan la afirmación de adhesión al Movimiento como apócrifa, debiendo
entenderse que se autoafirmó solo como apolítico pero, a mi entender, no
ofrecen pruebas o explicación suficiente de sus dudas sobre la autenticidad del
texto. Con todo, no puedo menos de remitirme a dicho autor como quien más
detenidamente ha tratado del tema del expediente depurador de Guillén, con un
detalle que yo no puedo permitirme en este ensayo: véase, Guillermo Carnero, Palabras
en su vuelo (de Jorge Guillén a Pablo García Baena), Universidad de
Valladolid, 2020, pp. 25-64, espec. pp. 36-40, 43-49 y 54-58 (accesible por
Internet, lo que es muy de agradecer).
[85]
Algunos sostienen que la
depuración de Guillén implicaba, además, el dejarlo bajo una estrecha
vigilancia que haría insostenible su permanencia en España. Es algo a tener en
cuenta, pero, desde luego, se trataría de una medida tomada policialmente y de
modo temporal, no por efecto de la decisión administrativa de depuración.
[86]
Es la fecha que recuerda el
propio Guillén en carta a su gran amigo, Pedro Salinas. La correspondencia
entre ambos poetas ha sido objeto de varias ediciones, por ejemplo: Pedro
Salinas/Jorge Guillén, Correspondencia (1923-1951), Tusquets, Barcelona,
1992.
[87]
Miguel Cruz Giráldez, Jorge
Guillén y Sevilla, cit., p.102, indica que, para conseguir ese objetivo,
Guillén contó con el apoyo técnico de Juan Sierra, funcionario de la Delegación
de Hacienda de Sevilla. No sería cosa fácil pues, por razones de seguridad ante
la guerra, no estaba permitido sacar numerario de España.
[88]
No creo que Guillén ignorase que
estaba siendo sujeto pasivo de expediente de depuración pues ello era casi
obligado para todo el profesorado del Estado y en todos los niveles y grados de
enseñanza.
[89]
Véanse ff. 48-50 del expediente
personal de Jorge Guillén en el archivo de la Universidad de Sevilla, ya citado
y accesible por Internet.
[90]
Por el rectorado hispalense, en
octubre de 1939, con su consiguiente cese como profesor de esa Universidad.
Véanse ff. 52 y 62 del expediente personal aludido en la nota anterior.
[91] Así figura en el escalafón aprobado
en 1947, con el número 121.
[92]
Jorge Guillén, Más allá del
soliloquio, cit., p. 13. Las otras citas de Guillén en este párrafo del
texto y en el siguiente corresponde a la misma obra y página.
[93]
En ese año, Guillén ganó las
oposiciones a cátedras universitarias de Lengua y Literatura Españolas, siendo
Sáinz Rodríguez vocal-secretario del tribunal que las juzgó, aprobando a don
Jorge con el número uno.
[94]
En Sevilla estuvimos con
muy buenos amigos, que se portaron muy bien conmigo. Naturalmente, otros habría menos amistosos,
pero Guillén tenía, en general, una opinión favorable, como vemos.
[95]
Véase: fernandoortizreflexiones.blogspot.com,
entrada de 10 de enero de 2014, titulada Díez Crespo, siempre ya en el Sur.
[96] El primer volumen de los tres que
finalmente compondrían Clamor. Tiempo de historia, se publicó con el
nombre de Meremágnum en 1957 (editorial Sudamericana, Buenos Aires).
[97]
Véase: Hora de España, VIII,
agosto 1937, pp. 73-75, accesible en Internet (por ejemplo, en vivaldi.gva.es).
[98]
La sensibilidad de Ramón
Gaya queda de manifiesto, si se piensa que Pedro Muñoz Seca llevaba diez meses
fallecido, al ser asesinado tras una saca carcelaria, en Paracuellos del
Jarama, el 28 de noviembre de 1936.
[99]
Véase, Hora de España, X,
octubre 1937, pp. 29-35, accesible por Internet (por ejemplo, en
hemerotecadigital.bne.es.
[100]
Texto íntegro recogido en:
Guillermo Carnero, Palabras en su vuelo (de Jorge Guillén a Pablo García
Baena), Universidad de Valladolid, 2020, pp. 25-89 (el discurso en pp.
50-53). Me he permitido introducir varios puntos y aparte para hacer su lectura
menos agobiante.
[101]
Doy por supuesto que se trata de
Queipo de Llano.
[102]
Con el nombre de Fiesta (o Día)
de la Raza, se instituyó como Fiesta Nacional el 12 de octubre de cada año, por
Real Decreto de 8 de mayo de 1918, manteniéndose tal denominación hasta el
Decreto de 10 de enero de 1958, que lo cambió por el de Día de la Hispanidad,
confirmado en Real Decreto 3217/1981, de 27 de noviembre. Finalmente, la Ley
18/1987, de 7 de octubre, la ha denominado, sin más, Fiesta Nacional de España,
cosa que ya era desde el citado Real Decreto de 1918.
[103]
Se alude al escritor francés
Maurice Barrès (1862-1923), en su obra de 1912, Greco ou le secret de
Tolède.
[104]
Pueden tomarse como modelo los
diarios ABC (edición se Sevilla) y F.E., periódico de Falange
Española.
[105]
Periódico F.E. (“Falange
Española”) del 12 de octubre de 1936, p. 8 (contraportada). Las palabras de
Guillén figuraban entre las declaraciones de otros escritores, con el mismo
motivo. Nótense las concomitancias de las palabras guillenianas con la
definición de patria de José Antonio Primo de Rivera (unidad de
destino en lo universal) y con el lema España, una, grande y libre,
que se haría proverbial en el régimen franquista y desencadenante de los
llamados “gritos de ritual” en los actos públicos de su primera época.
[106]
Se trataba de Don José Mariano
Mota Salado (1873-1951), titular de la cátedra de Química General. Su informe
acerca de Jorge Guillén, en Relación de personas dependientes del rectorado
de la Universidad de Sevilla, propuestas a la Comisión de Cultura y
Enseñanza para que sean sancionados, p. 27, obrante en el Archivo Histórico
de la Universidad de Sevilla (ahus.us.es).
[107]
Boletín Oficial del Estado
número 422, de 16 de diciembre de 1937, pp. 4885-4886.
[108]
En Pedro Salinas / Jorge
Guillén. Epistolario. Correspondencia con León Sánchez Cuesta, 1925-1974,
Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, núm. 12, Madrid, 2017.
[109]
En Jorge Guillén, Más allá
del soliloquio, Poesía, núm. 17 (1983), Ministerio de Cultura, Madrid, pp.
5-44 (lo reproducido en el texto, en las pp. 12-13). El relato recogido por mí
se inicia en el momento en que el poeta y su esposa son liberados en Pamplona a
comienzos de septiembre de 1936.
[110]
Severiano Martínez Anido
(1862-1938), a la sazón ministro de Orden Público en el Gobierno franquista.
[111]
Los puntos suspensivos se
incluyen en la narración de Guillén.

