Crónicas de Tokio / Tokyo tsushin
Por Federico Bello Landrove
Un joven
californiano, minusválido de guerra, logra el puesto de corresponsal en Tokio
de un diario de Los Ángeles, sin tener ninguna experiencia periodística. Ello
le permitirá convertirse en cronista sui géneris de la apasionante época (1945-1946) en que Japón iniciaba su admirable
superación de la gran derrota bélica, todavía bajo la ocupación y tutela de los
Estados Unidos. Los hechos relatados son completamente verídicos, si bien el
narrador no estoy seguro de que también lo sea.
- De
cómo un cojo se convirtió en periodista
Muy apurado debía de estar en el feliz[1]
septiembre del 45 para que se me ocurriera responder por correo a la oferta de trabajo que apareció en las páginas
de Los Angeles Times, para cubrir una
plaza de ayudante de corresponsal en Tokio. Ni tenía experiencia ninguna de
periodista ni me agradaba la idea de viajar a miles de millas de mi casa
familiar en la californiana ciudad de Madera, para vérmelas de nuevo con
aquellos amarillos que año y medio
atrás me habían dejado la pierna izquierda hecha una lástima de un morterazo en
la campaña de Birmania, cuando yo andaba con los merodeadores de Merrill[2].
Pero el hecho es que llevaba más de un año viviendo con mis padres, cobrando
una modesta pensión como inválido de guerra, holgazaneando y compadeciéndome de
mí mismo, sin saber lo que hacer con los cincuenta o sesenta años que me
quedaban de vida. Y, por otra parte, leía y releía los términos de aquella
oferta y cada vez la encontraba más pintiparada para mis cualidades: Menor de treinta años… conocimiento básico
del japonés… preferencia de los veteranos de guerra… no se precisa experiencia
previa como periodista…
El caso es que me decidí a enviarles el currículo o, mejor dicho, me
animé a dar una vuelta por Los Ángeles, llevándoselo en mano. Y tuve la fortuna
de dirigirme a un tipo que entraba en el edificio a la par que yo,
preguntándole si trabajaba allí. Me contestó afirmativamente, a lo que le
expliqué que traía mi solicitud para corresponsal de Tokio y no tenía ni idea
de dónde ni a quién entregarla. El interpelado me contestó secamente:
-
Querrás decir para ayudante de corresponsal, y puedes entregármela a mí, que soy uno
de los editores del periódico.
De modo que no tuve otra que entregarle el documento, que traía metido
en sobre cerrado, dirigido al director del diario. Y aquel sujeto, cincuentón y
de gafas, sin decir una palabra, abrió el pliego y se puso a hojear el par de
folios en que yo había resumido los detalles de mi vida que podrían tener algún
interés para el caso. Iba yo a preguntarle irónicamente si era él el publisher[3] al que mi instancia iba dirigida, pero,
anticipándose a mi pregunta, sin levantar la vista del documento, me aclaró con
sorna:
-
No llego a tanto como a ser el director
general, pero tienes el honor de hablar con el editor-jefe del Times.
Ante tan concluyente respuesta, opté por aprovechar la oportunidad y le
pregunté si, con el currículo que estaba leyendo, podía tener esperanzas de
conseguir el puesto. Cortó en seco mi
lógica curiosidad y me apostrofó:
-
¡Eh, merodeador, ¿en dónde crees que estás?! No pretenderás conseguir la plaza sin hacer
una prueba previa… Anda, sube conmigo para el examen. Así evitarás tener que
venir otra vez desde el pueblo y gastarte la mitad de la pensión en el intento.
Subimos en el ascensor hasta la segunda planta, sin que interrumpiese la
lectura de los hechos recogidos en mi solicitud. Me guio por los pasillos hasta
un despacho, en cuya puerta figuraba estampada la siguiente leyenda: Kyle Palmer, editor político. Mi
acompañante entró sin llamar, saludó a la secretaria de la antesala y, abriendo
la puerta del despacho y casi sin entrar, exclamó mientras me devolvía la
solicitud:
-
¡Eh, Kyle, hazle una prueba a este
chico, que pienso que puede valer!
Me susurró un buena suerte y
siguió pasillo adelante. Para no haberse presentado siquiera, tuvo en mi futuro
una importancia decisiva.
Se ve que en el Times el
personal andaba deprisa, sin pronunciar una sola palabra de más. El tal Kyle,
por lo menos, me mandó sentar y se interesó por mis referencias:
-
Así que conoces a Hotchkiss –dedujo,
mientras cogía mi solicitud y empezaba su lectura, con bastante más
detenimiento que su colega-.
-
De ninguna forma, repliqué. Me lo
encontré en el hall hace un momento.
Kyle sonrió:
-
Este Eledé[4] –rezongó-. Aquí te pillo, aquí te
mato.
Se tiró sus buenos diez minutos para asimilar el par de hojas del
currículo. Su rostro parecía denotar satisfacción. Al acabar, me preguntó:
-
¿Tienes inconveniente en escribir algo
sobre un tema japonés en quinientas palabras? Más o menos, la extensión de la
instancia que nos has presentado.
-
Si me da una máquina de escribir y un
tema…, repuse con aplomo.
Cogió el teléfono y, al instante, apareció en la puerta la secretaria.
-
Lleva a este joven a la redacción y que
le dejen una máquina de escribir, una mesa y una silla, ordenó a su
subordinada. Tienes una hora como máximo para completar el trabajo, me indicó.
-
¿Tema a desarrollar?, pregunté con
displicencia, como se me diera igual sobre lo que tuviera que escribir.
Kyle reflexionó unos segundos:
-
¡Qué sé yo! Lo que se te ocurra… Por
ejemplo, sobre los famosos samuráis.
Y no lo debí de hacer del todo mal, pese a improvisar, pues conseguí el
puesto y, un mes más tarde, volaba hasta Honolulu y, desde allí, en un avión
militar con destino a una base aérea en las inmediaciones de Tokio. Pero, antes
de que me zambulla en el derrotado Imperio del Sol Naciente, permítanme que
recoja el contenido de mi exposición sobre los samuráis, así como los motivos por los que fui yo el escogido por
el Times para ser su hombre –no exageremos: uno de ellos-
en tierras japonesas.
***
Para decirlo breve y claro: Los
samuráis no fueron otra cosa para el Japón que los caballeros europeos de la
Edad Media en la etapa histórica del feudalismo, con una importantísima
corrección, y es que sobrevivieron a su época, cuando ya no tenían razón de ser
ni sentido social, convirtiéndose así en una pesada carga para sí mismos y para
la sociedad que hubo de sostenerlos. En efecto, desde que, a principios del
siglo XVII, Japón alcanzó una larguísima época de paz y de aislamiento
internacional, esos hidalgos guerreros, que eran los samuráis, ya no tuvieron
utilidad ni sentido, pese a lo cual el tradicionalismo nipón –que nosotros
llamaríamos atraso histórico- siguió respetándolos como estamento social,
reconociéndoles privilegios y obligando a los campesinos a alimentarlos
–literalmente, con no menos de 350 libras anuales de arroz limpio[5]-,
y así, hasta la llamada “revolución Meiji” de 1868, que restauró el poder del
emperador, acabando con el sistema de gobierno por los regentes o “shogunes” de
la familia Tokugawa, que habían gobernado Japón durante doscientos cincuenta
años. Entonces, de un plumazo –como si dijéramos- el Imperio japonés se
transformó en cosa de veinte años en una nación moderna y poderosa, que
pretendió con el tiempo convertirse en el ama de todo el Extremo Oriente, como
hemos tenido ocasión de comprobar, para nuestra
desgracia, en la guerra del Pacífico que acabamos de ganar.
A partir de la
citada revolución, desaparecieron teóricamente las clases privilegiadas de
Japón –nobles o “daymios” y samuráis-, siendo mediocremente compensados por el
gobierno mediante bonos del Estado con un interés entre el cinco y el siete por
ciento, con vencimiento del capital en un máximo de treinta años. Los samuráis
se sintieron indignados por la pérdida de sus privilegios –entre ellos, el de
portar armas en público- y por la estrechez económica a que se les sometía.
Muchos de ellos se sublevaron contra el gobierno, pero este ya había formado un
ejército imperial de conscripción nacional y los venció fácilmente. A partir de
entonces, los samuráis no tuvieron más remedio que olvidarse de sus viejas
ínfulas, incorporándose en lo posible a las nuevas fuerzas armadas,
aprovechando su disciplina y conocimientos, o convirtiéndose en gentes de la
industria o en pequeños propietarios rurales, invirtiendo en tales negocios el
precio de sus bonos, vendidos precipitadamente y a precio muy inferior a su
valor nominal.
¿Por qué,
entonces, seguimos hablando de los samuráis y llenando con ellos nuestra
imaginación? Sin duda porque hemos adquirido una visión romántica, basada en
viejas leyendas y nuevos libros[6],
que nos los han presentado como guerreros perfectos, cultivadores de las siete
virtudes recibidas del budismo, el confucianismo y el taoísmo, a saber:
rectitud, coraje, compasión, cortesía, sinceridad, honor y lealtad. Y, también,
porque algunas de esas cualidades se ha pretendido que pasaron a los oficiales
y soldados del ejército japonés, aunque exageradas y desprovistas de todo rasgo
de benevolencia o piedad, como hemos constatado en la pasada guerra con las
llamadas “cargas banzái”, los pilotos kamikaze, los suicidios “harakiri” o los
crímenes de guerra cometidos con los prisioneros que se habían rendido a su
merced. Pero quizás juzguemos injustamente a los samuráis también cuando los
censuramos, haciéndolos responsables de la crueldad y el imperialismo de los
militares, como el general Tojo[7]y
tantísimos otros, que posiblemente descienden, no de guerreros profesionales
más o menos cultos y honorables, sino de campesinos míseros e ignorantes[8],
que han hecho del uniforme su disfraz para esclavizar y enriquecerse.
Posiblemente haya más del viejo espíritu samurai en los líderes de los partidos
políticos y de los trusts llamados “zaibatsus”, núcleo y columna vertebral del
complejo militar-industrial que primero engrandeció al país para, seguidamente,
precipitarlo en la guerra y la catástrofe.
Samuráis
de la segunda mitad del siglo XIX
Con el informe que acabo de transcribir en la mano, me tocó esperar una
hora, hasta que el señor Palmer se liberó de sus ocupaciones y pudo atenderme y
leer mi redacción sobre los samuráis. Lo
hizo en un par de minutos, pero, en vez de darme su opinión, consultó la hora
en su reloj y me dijo:
-
¡Qué bárbaro, ya es la una! Supongo que
tendrás tanta hambre como yo y no es cosa de que te metas en cualquier tugurio
por aquí cerca. Vamos, te invito a comer. Conozco un mejicano que, como presume
su dueño, sirve bueno, bonito y barato, y, cosa muy importante, no lo
frecuentan mis compañeros del Times,
cuyos estómagos no los hizo Dios a prueba de chiles. Así podremos charlar en
privado de nuestras cosas.
***
-
Veo, amigo Richard –empezó Kyle la
conversación-, que te defiendes bastante bien con la ayuda de un bastón.
¿Tienes dolores? ¿Puedes hacer vida normal?
-
Si te refieres a mi capacidad para
viajar al Japón y desempeñar allí un trabajo de periodista –repliqué-, no creo
que tenga mayores problemas por la pierna. Un poco de descanso después de comer
y algún analgésico de uso normal es todo lo que necesito. En cualquier caso
–añadí con cierta suspicacia-, si veo que no puedo con la tarea, presento mi
dimisión, me vuelvo a casa y en paz. Te aseguro que no tendrás que pasar por el
mal trago de decirle a un inválido de guerra condecorado que no sirve para el
modesto puesto que le hayan asignado en el Times.
-
Estoy seguro de ello, repuso Kyle. Solo
quería cerciorarme de tu condición física antes de pensar en mandarte a territorio enemigo en un puesto de mucha
brega. No vayas a creer que un corresponsal es un tipo que va todos los días a
la oficina y se pone a la máquina a redactar memoriales y crónicas; máxime,
tratándose de un ayudante. Nuestra primera firma en Tokio va a ser Morris Sloane,
una buena persona pero con bastante antigüedad y galones, como para descargar en ti cuanto suponga viajar o hacer
gestiones o entrevistas con gente japonesa.
-
Dices que va a ser… ¿Quiere decirse que no está aún sobre el terreno?
-
¡Claro que no! La guerra del Pacífico
acabó hace menos de un mes y Sloane ha sido hasta ahora nuestro corresponsal en
París. Calculo que viajará a Japón en dos o tres semanas. Entre tanto, tendrás
que alquilar y montar nuestra oficina en Tokio y cubrir los acontecimientos más
importantes, hasta que llegue tu jefe… No te agobies: Chandler[9]
tiene mucho interés en que empecemos pisando fuerte en Oriente y no va a
escatimar medios económicos. Por otra parte, Sloane no sabe una palabra de
japonés; de modo que te sería de nula utilidad para estas primeras labores
logísticas.
-
No me importa bandearme yo solo,
siempre que tengáis para mí comprensión y buenos consejos. De todas formas,
estamos hablando en hipótesis pues, ni me has dicho que esté contratado, ni yo
voy a aceptar sin conocer las condiciones económicas.
-
Sobre el sueldo y las dietas, tendrás
que tratar con Hotchkiss y los de tesorería, pero insisto en que no vas a tener
queja. Y, en cuanto a quedarte con el puesto, L.D. y yo no tuvimos la menor duda desde que leímos en tu currículo
que habías aprendido lo que sabes de japonés a través de tus amigos niséis de la infancia[10].
Eso significa que conocías bien el alma y las costumbres japonesas antes que te
dedicaras a matar japoneses durante la guerra. Vamos, que conoces el paño y tienes una visión equilibrada
sobre el país del sol naciente, sin romanticismo ni odio. Tu artículo sobre los
samuráis lo demuestra, como también
que eres un joven culto y que escribe elegante y claro.
-
Dejé a medias mis estudios en la USC[11]
cuando me alisté –expuse-. Tal vez los reanude cuando termine el trabajo del Times, con los bolsillos llenos de
dinero y de experiencias.
Kyle se echó a reír:
-
Por lo que yo sé del periodismo, te
llenarás de experiencia, pero lo que es de dinero… De todos modos, te tomo la
palabra: Hoy pagaré yo la comida, pero la próxima correrá a tu costa, para
aligerar un poco el peso de tu billetera.
- Primeros pasos de un periodista que se cree historiador
Buena parte de mi vida se explica por encuentros casuales. Ya he
relatado el que tuve con Hotchkiss, que me abrió las puertas del L.A. Times. Poco después, en el avión
que me llevaba al Japón, la coincidencia con Barnard Rubin[12]
condicionó mi actividad periodística, dándole el sentido y la firmeza que me
convertirían, en opinión del susodicho L.D.,
en el mejor aficionado que ha trabajado
para el Times. Pero vamos con la narración del susodicho encuentro.
Ignoro los medios de que se valieron mis jefes para conseguirme plaza en
un avión militar que hacía sin escalas el vuelo desde Hawai hasta la base de Yokota,
cercana a Tokio. El hecho es que yo era el único civil del pasaje, a juzgar por
la indumentaria. Ya en el avión, al verme rodeado de tantos uniformes, sentí
por una vez la nostalgia de mi atuendo de sargento, con el corazón púrpura[13] prendido de la guerrera. Pero, en mi
actual circunstancia de civil que se había colado
en aquel aparato militar, opté por tomar asiento al lado del individuo de menor
graduación que encontré: un cabo, más o menos de mi edad, que portaba una
cartera de piel henchida de lo que quiera que fuese. Me limité, de entrada, a
saludarlo y enseguida me enfrasqué en la lectura del libro de Hearn[14],
que me había ocupado desde que salí de Los Ángeles. A su vez, tan pronto
despegamos, mi compañero de asiento abrió su cartapacio y sacó del interior un
mazo de folios; de un bolsillo de la chaqueta extrajo un lápiz y empezó a
subrayar, tachar o apostillar lo previamente escrito a máquina. Las hojas
tenían un membrete oficial, ornado con la bandera americana, que yo no acertaba
a leer, pese a mis esfuerzos. El cabo se percató de ello, sonrió y puso ante
mis ojos una de ellas, a la vez que pronunciaba tres palabras: Barras y estrellas[15]. Luego añadió:
-
Se trata de la edición del Pacífico,
pero todavía no tenemos nuestra propia cabecera. Acabamos de abrir la edición
de Tokio[16].
-
Según eso –inquirí- ¿trabajas en Japón
para ese diario militar?
-
Soy uno de los columnistas, respondió con modestia. Me encargo de una sección de
actualidad, llamada Japan today.
-
Pues yo viajo comisionado por Los Angeles Times, como avanzadilla de
una corresponsalía en Tokio, pero solo soy un ayudante. Mi jefe, un periodista
profesional, se incorporará no tardando.
Mi interlocutor mostró interés por lo que yo acababa de indicar:
-
Entonces, ¿tú no eres un profesional
del periodismo?
-
¡Qué va!, exclamé jovialmente. Yo ya
tengo mi corazón púrpura y mi pensión
como inválido de guerra, uno más de los perjudicados por aquella escabechina
que fueron los merodeadores de Merrill.
Por cierto, agregué, no me he presentado: Sargento Richard Atkins, licenciado
con honores, de Madera, California.
-
Yo me llamo Barnard Rubin, pero casi
todos me llaman Rub.
Cabecera
del diario Barras y Estrellas
Ambos dejamos nuestras respectivas tareas y nos enfrascamos en una
animada conversación acerca de nuestra vida en el ejército y lo que a uno y a
otro podría depararnos nuestra bastante improvisada estancia en Japón. Pronto
nos percatamos de la posición tan diversa en que nos encontrábamos. Él, todavía
bajo las armas, al servicio de una publicación de enorme difusión, pero muy
limitada en su libertad por los mandos del ejército; experto yo en teoría
histórica nipona, mientras que él empezaba a moverse por el día a día de aquel
Japón ocupado, como pez en el agua; en fin, interesado yo en reflejar cuanto
viera, sin prejuicios ni intereses políticos, en tanto que Rub –aunque no lo confesara abiertamente- se inclinaba hacia lo que
ambiguamente calificaré de socialismo[17]. Mas, por esa misma oposición, podíamos
llegar a ser complementarios. Barnard lo vio claro y me lo propuso con toda
sinceridad:
-
Voy a hacerte una proposición que puede
interesarte y puede facilitar mucho tu desembarco
en Tokio. Yo puedo tocar las teclas para orientarte en esa ciudad, facilitarte
medios e información para tu trabajo y, por encima de todo, acceso a personas y
lugares que solo son alcanzables con uniforme. A cambio, y con el mayor secreto
en cuanto a la fuente, tú publicarás en las columnas de tu diario aquellas
noticias que a mí no me dejen divulgar Mac Arthur[18]
y sus secuaces. ¿Qué te parece la oferta?
-
Muy atractiva, por supuesto, contesté.
De hecho, la acepto, en la medida en que pueda ocultársela a mi jefe cuando se
incorpore al trabajo. El Times no es
como tus Stars, pero la jerarquía no
diverge mucho en uno y otro.
-
No sabes lo que dices, sonrió Rub. En fin, podemos empezar y ya
veremos lo que pasa.
En eso quedamos pero, como suele decirse, nadie sabe lo que deparará el
mañana. El anunciado Sloane acabó por no aparecer en Tokio, por lo que recibió
el castigo de Chandler, que lo trasladó de París a Berlín. Y al astuto y osado
Rubin apenas le quedaban tres meses para que lo echaran del Stars por falta de integridad y dar un
tono comunista a sus crónicas. Pronto verán las consecuencias de lo uno y
lo otro en la vida y obra de este humilde periodista amateur.
***
No fueron fáciles mis primeros tiempos de corresponsal en Tokio. El Times escatimaba el dinero para
establecer una modesta oficina y pagar a un par de empleados que me ayudaran en
el trabajo. Mi japonés dejaba mucho que desear en cuanto salía de la media
docena de frases trilladas y, por supuesto, mis antiguos amigos niséis de América no se habían ocupado
de enseñarme ni los rudimentos de la endiablada grafía japonesa, por lo que mis
lecturas no pasaban del Nippon Times[19]y
del Barras y Estrellas. Rubin me dio
un consejo, que encontré acertado y seguí al pie de la letra:
-
Olvídate de la logística y empieza a
mandar buenas crónicas a Los Ángeles, que para eso solo necesitas una máquina
de escribir y una línea telefónica. Si gusta tu trabajo y aumenta las ventas,
verás como los moguls[20]empiezan
a tomarte en serio.
Como casi todos los novatos, decidí para mi primera crónica un tema
espectacular, apoyado en la información y las sugerencias de Rubin. La titulé El emperador del Japón: un dios baja a la
tierra y tenía como clave un acontecimiento producido unas semanas antes:
La entrevista entre el emperador Hiro-Hito y el general Mac Arthur, que
resultaría decisiva para que aquel continuara en su puesto, como cabeza del
Estado y fundamento de la autoridad del gobierno nipón. Seré lo bastante
engreído, como para dejar aquí constancia literal de mi opera prima:
A las diez de la mañana del pasado
27 de septiembre, un caballero de mediana edad[21],
menudo, impecablemente vestido de
etiqueta, entraba en nuestra embajada de Tokio, convocado por el general Mac
Arthur. Se trataba de Su Majestad Imperial Hiro-Hito, el 124º emperador del
Japón. Cuarenta minutos después, la
entrevista había concluido y se tomaban las fotografías que recogieron los
diarios de todo el mundo. Nadie conoce con certeza, por ahora, de qué hablaron
tan ilustres personas, pero es de imaginar, aunque solo sea por el hecho de que
Su Majestad continúa sentado en el trono del crisantemo. Es de esperar que,
tras la victoria de nuestras armas y la pleitesía rendida al jefe de las
fuerzas de ocupación, el emperador alegue mejores razones para seguir en su
puesto que la de ser lejanísimo descendiente y sucesor de la diosa del sol,
Amaterasu. Por ejemplo, la de dirigir a su pueblo por el camino de la paz y la
libertad, bajo la tutela, por ahora, de los Estados Unidos y sus aliados. Y para
eso no hace falta inventarse parentescos divinos: Basta con ser un hombre, un
gran hombre o, cuando menos, un hombre bueno.
El
emperador Hiro Hito en traje ceremonial
Soy de la
opinión, como muchísimos japoneses, de que, si los últimos emperadores nipones
hubiesen cumplido con su deber a tenor de la constitución de 1889, la devoción
del pueblo hacía ellos no habría acabado en el militarismo, la autocracia y la
guerra. Recuerden nuestros lectores que, desde mediados del siglo pasado, Japón
dejó de ser un país arcaico y cerrado al resto del mundo, para transformarse
con inusitada rapidez en un Estado homologable en lo esencial con las grandes
potencias mundiales. Y no olvidemos tampoco que la constitución de que se
dotaron fue inspirada por la alemana de su tiempo, reservando al emperador
grandes poderes, pero no el de encabezar, aunque no siempre fuera de su gusto,
una violenta autocracia imperialista.
A sus cuarenta y
cuatro años, Su Majestad Imperial es un experto hombre de estado, que está
desde 1926 al frente de su país. Ignoro si esa experiencia ha hecho de él la
persona indicada para encabezar ahora a su nación por la senda de la democracia
y el respeto de la legislación internacional. Me gustaría creerlo -¿a quién
no?-, como a sus súbditos, como a los americanos y a tantos asiáticos que hemos
sufrido el azote de su ejército, sin compasión y sin respeto de las reglas
civilizadas de la guerra. ¿De cuántos de esos desmanes no habrá sido
responsable en última instancia el emperador con cuyo nombre y a cuya gloria se
cometieron? Espero que nuestro gobierno tenga la respuesta a esta pregunta
antes de mantener al emperador en su trono.
Por lo que luego he constatado, mi respetado Kyle Palmer –quien
curiosamente sería luego calificado de kingmaker[22]- no dejó de meter baza, y tijera, en mi
crónica, así como de dividir los párrafos –esa
endemoniada manía tuya de olvidar que existen los puntos y aparte, me dijo
más de una vez-, pero lo cierto es que salió en una buena página y me
telegrafió de forma muy amable: Felicitaciones.
Esperamos la siguiente. Me alegró el elogio, pero más aún el que fuera
acompañado de un giro para gastos de instalación y de una autorización para
contratar a una secretaria y un ayudante a tiempo parcial, con conocimientos de
reportero gráfico. El aficionado llevaba
camino de convertirse en todo un jefe de corresponsalía.
Si mi primer artículo gustó a los barones
del Times, también hizo la felicidad
de Rub, cuya animadversión hacía el
emperador era notoria, aunque tratase de embridarla su oficial al mando, el
mayor Jack Giddings[23].
De hecho, mi amigo estaba convencido de que mucha gente japonesa, no solo no
reverenciaba a Hiro-Hito, sino que se oponía a que siguiera al frente del
Estado, por ser actualmente una rémora para el progreso del país:
- Mac Arthur lo está
protegiendo porque le resulta más cómodo gobernar un Japón en el que todo siga
igual, que no otro realmente democrático y progresista –me decía-. Tenían que
estar aquí nuestros políticos de Washington para comprobar que el clasismo y el
militarismo siguen instalados en la Dieta.
-
Tú sigue chinchando a tus jefes –le advertí- y verás como te pasaportan para
los Estados Unidos de modo fulminante. Sería una pena –bromeé- que echaras a
perder tu carrera militar: No has cumplido los treinta y, fíjate, ¡ya cabo!
-
No te preocupes por mí, replicó algo
molesto. Las opiniones más peligrosas dejaré que las publiques tú en mi lugar.
Esa colaboración me estaba resultando bastante satisfactoria. Rub era un comunicador nato, que sabía
llegar a los soldados más obtusos, sin dejar por ello de ser incisivo e
interesante. Su sección Japan today era,
con diferencia, lo más entretenido y profundo de Barras y Estrellas, de la que era considerado su columnista
estelar. Para mí fue un modelo de periodismo accesible y comprometido, capaz de
husmear en los lugares más recónditos y de estar al tanto de la vida de un país
sin conocer su idioma ni apenas su historia. Su despacho de la revista en las
inmensas instalaciones de Hardy Barracks[24]
fue mi albergue y mi refugio, hasta que logré montar mi propia oficina, y eso
que su alma gemela, el redactor jefe,
sargento Kenneth Pettus, me advirtió un día:
-
No te dejes ver mucho por aquí, amigo Dick, que tanto Rub, como yo, estamos mal vistos en las altas esferas.
Quizá preocupado por esa advertencia, recibí con los brazos abiertos el
ofrecimiento de Rub de ponerme en
contacto con un periodista japonés que podría ayudarme sobremanera en mis
esfuerzos por abrir la corresponsalía del Times.
-
Está empleado en el Asahi Shimbun[25]-me
explicó-, pero gana poco y teme que lo despidan porque ya sabes que ese diario
está en la cuerda floja, al no sernos nada favorable. Le he hablado de ti y de
tus ambiciosas empresas y se ha mostrado interesado en conocerte.
-
Pues, nada, chico, adelante.
Precisamente me han enviado el otro día un auxilio económico que, para la
medida japonesa, supone nadar en la abundancia.
Nos encontramos los tres en uno de esos bares americanos que a toda
prisa estaban montando avispados vividores
nipones en el barrio de Roppongi. Rub me
lo presentó como Saburo Ueda, natural de Kobe, de cuarenta años de edad,
periodista de raza. Me empeñé en
hablarle en japonés, aprendido de los niséis
de mi patria, y solo por eso le caí simpático. Él me contestó en un inglés
bastante mejor que mi jerga nipona y, en media hora, habíamos concertado
nuestras relaciones y compromisos. Él buscaría un piso en lugar céntrico, lo
suficientemente amplio como para servirme de oficina y residencia. Yo lo
contrataba a media jornada,
respetando sus compromisos en el Asahi. Y,
en cuanto a lo demás:
-
No hay problema, me aseguró. Conozco a
una señora que fue secretaria en la Mitsui,
que habla inglés y anda buscando trabajo. Le aseguro que es de toda confianza.
-
¿Y cómo anda usted de conocimientos de
reportero gráfico?, pregunté.
-
La fotografía no tiene secretos para mí
–respondió sonriendo-. Ponga en mis manos una Kodak y verá de lo que soy capaz. Claro que me manejo mejor con una
Nikon: nada como lo de la tierra de
uno.
***
Muy ilusionado por la buena recepción que había tenido mi primera
crónica, me puse cuanto antes a redactar la segunda que, en la misma línea de
mezclar historia y presente, trataba de la constitución japonesa de 1889 y de
la necesidad de modificarla para lograr su adaptación a un régimen democrático,
como querían Truman[26],
Mac Arthur y compañía, a fin de homologar el Japón con los países occidentales,
y como se suponía que era también el deseo de los japoneses, como forma de
pasar página a una etapa gloriosa de su historia, que había ido degradándose
hasta acabar prácticamente en un protectorado
militar y la derrota más terrible y dolorosa que pudiera imaginarse.
La titulé La constitución del Japón, al compás de los nuevos tiempos y decía
así:
No crean nuestros lectores que el
Japón fue siempre el de Pearl Harbor y el primer ministro, general Tojo[27]. Con su emperador Mutsu-Hito al frente
–abuelo de Hiro Hito-, un país atrasado y encerrado en sí mismo supo
convertirse en apenas un cuarto de siglo en un Estado moderno, llamado a ocupar
un puesto destacado entre las grandes potencias. No resultó fácil ni sin
oposición, incluso armada, pero el pueblo nipón sacó lo mejor de sí mismo
–ingenio, disciplina, sacrificio- y se dotó de todos los instrumentos
necesarios para triunfar como nación; entre ellos, una constitución, aprobada
en 1889.
En aquella época,
Japón carecía de tradición y experiencia democrática, por lo que tuvo que tomar
modelo de otros países; en el caso de la constitución, adaptando a sus
necesidades la alemana de aquel tiempo.
Ciertamente, sus carencias y limitaciones nos resultan hoy ostensibles:
Los poderes del emperador eran demasiado amplios; el senado o cámara alta no se
cubría por elección, sino por designación imperial, con amplio predominio de
los aristócratas; la cámara de representantes era elegida por un número
realmente exiguo de ciudadanos con derecho a voto (cuatrocientos mil en un país
de cuarenta millones); el ejército era prácticamente un feudo del emperador,
con demasiado orgullo y desprecio de las autoridades civiles… Pero se
reconocían las libertades cívicas y la división de poderes; se iban
consolidando modernos partidos políticos en lugar de los viejos clanes
nobiliarios y el texto constitucional era lo bastante flexible como para que la
política progresara al ritmo creciente de la economía y del comercio
internacional.
No caigamos,
pues, en el error de que los muchos yerros y crímenes de los gobiernos del Japón se debieron a que
sus leyes fueran primitivas, ni a que su pueblo fuese cruel y aborregado, sino a que grandes
cárteles imperialistas y mandos militares sin respeto a sus gobiernos y al
margen de las más elementales leyes de la guerra, condujeron al país por el
sendero de la opresión y la violencia, asesinando incluso a los ministros que
se les enfrentaban con la sola fuerza de su autoridad y sus convicciones.
¿A dónde quiero
llegar con mi argumentación? Sencillamente, a que el pueblo japonés y sus
autoridades civiles solo necesitan –como en 1889- que leyes justas, modernas y
democráticas organicen efectivamente su laboriosa convivencia y sus
relaciones con los demás países. Los Estados Unidos y las demás potencias
aliadas que forman parte del Mando Conjunto tienen ahora la grande y hermosa
ocasión de ayudar a Japón a salir de su marasmo económico y a dotarse de una
nueva constitución, que ponga al día y democratice la anterior. De que se
consigan esos objetivos depende la prosperidad del país, el prestigio de sus
vencedores, ahora ocupantes, y la satisfacción de la Humanidad, al constatar
que de una guerra terrible puede surgir una paz justa y duradera.
Esta vez la felicitación más efusiva corrió a cargo de Saburo –conforme
a la campechanía americana, mi ayudante había aceptado de buen grado que lo
llamase por su nombre, sin aditamento alguno-. Claro que era un japonés de pura
cepa y mostraba sus sentimientos de manera indirecta. En este caso, me dijo
tras leer el original:
-
¿Está seguro que su periódico va a
publicar su colaboración?
-
Por supuesto –respondí, sorprendido de
que lo pusiera en duda-. Claro que los editores no se privarán de meter la
tijera y el lápiz bicolor para demostrarme su superioridad.
-
Siendo así –concluyó-, voy a avisar en
el Asahi. Mantenemos una sección de
prensa extranjera y, en lo sucesivo, les aconsejaré que revisen sus crónicas
para el L.A. Times.
Tuve una idea que en aquel momento me pareció acertada:
-
No tengo inconveniente en que les
entregues una copia de mis artículos, una vez publicados. Seguramente, les será
de interés lo que piensa un corresponsal americano sobre el Japón del pasado en
relación con el actual.
-
No les demos tantas facilidades –opinó
Saburo en contrario-. Que se molesten en leer las crónicas en su diario, tal y
como en él se recogen.
El
emperador Mutsu Hito (Meiji Tenno)
Tenía razón en no compartir mi deseo de hacerme accesible y popular en
Tokio. Después de todo, lo mejor que podía sucederme en aquel mundo bicéfalo y
convulso era pasar desapercibido. Y, de todos modos, el Asahi acabó por darme una notoriedad evidente entre los que yo
empezaba a llamar mis colegas, con el
enviado del Herald Tribune a la
cabeza[28].
Precisamente, la primera vez que me citó la prensa de Tokio fue a propósito de
mi tercera gran crónica para el Times. La titulé Un imperialismo oriental y decía así:
Japón tiene la
poca fortuna de ser un país pequeño[29] y
de recursos naturales modestos, en comparación con su elevada población[30]y la ambición de sus dirigentes. Hubo
un tiempo en que las limitaciones niponas primaron sobre sus aspiraciones. Fue
la época medieval, en que el archipiélago hubo de defenderse de las invasiones
de sus vecinos, ya fuesen chinos, coreanos o mongoles. Y hubo otra época,
coincidente con la edad moderna en Europa, en que los gobernantes del Japón
cerraron su país a cal y canto para evitar que sufriese las influencias
religiosas y políticas de las gentes venidas de las potencias navales europeas
–españoles, portugueses, holandeses, ingleses-. Ese total aislamiento exterior
tuvo el beneficio de mantener a Japón pacificado y plenamente independiente,
pero a costa de un enorme atraso económico, científico y cultural. No es
extraño, pues, que la fulminante apertura del Japón al resto del mundo, simbolizada
por los cañones de la escuadra de nuestro comodoro Perry fondeada en la rada de
Yokohama[31], haya sido considerada por muchos
japoneses y por todos los “occidentales” como uno de los hechos más relevantes
y positivos de la historia del mundo en el siglo XIX.
Puede decirse que
ni los gobernantes del Japón ni las potencias occidentales pudieron imaginar la
revolución que tal apertura representaría. En el curso de los siguientes
cincuenta años, las autoridades niponas condujeron agitadamente a su pueblo
hasta la modernidad de que disfrutaban las grandes potencias, y los políticos y
comerciantes europeos y norteamericanos aprendieron a tratar de igual a igual
con el Imperio del Sol Naciente, abandonando los iniciales tratados desiguales
y las usurpaciones de soberanía que implicaban las concesiones, puertos
abiertos y legaciones o consulados, que tanto daño han seguido haciendo en las
relaciones con China.
Desgraciadamente,
los fulminantes progresos de Japón se concretaron en una visión imperialista de
su entorno geográfico, que nada tenía que envidiar a las ansias expansionistas
de las potencias coloniales históricas. Prevalidos de su superioridad económica
y militar, los japoneses se fueron extendiendo por Corea y la China del norte,
sin otros objetivos que el de superar su penuria de materias primas y el de
abrir mercados “cautivos” para sus productos industriales. Incluso Rusia tuvo
que experimentar la fuerza expansiva nipona, chocando ambas naciones como las
únicas capaces de alimentar veleidades imperiales en Extremo Oriente.
En tiempos del
anterior emperador, Yoshi Hito, el imperialismo se convirtió en el motor del
Japón, infectando su vida interior y sus relaciones exteriores con el virus del
militarismo y su enfermedad derivada, la guerra, como la forma de solucionar
conflictos y alcanzar ambiciones. Fue entonces cuando los políticos nipones de
la época encontraron la falacia que encubriría sus intenciones de dominio: El
Panasiatismo, es decir, el resurgimiento del gran continente asiático unido y
fuerte, pero bajo la hegemonía de Japón. Las demás potencias, que tenían
colonias en Asia –Inglaterra, Holanda, Francia- serían expulsadas del área de
expansión japonesa, que incluso alcanzaba territorios de los Estados Unidos,
considerados como la nación más peligrosa para las ambiciones de Japón, no
tanto por ser imperialista, como por su riqueza en todos los aspectos y sus
buenas relaciones con Estados rivales del gobierno nipón.
La guerra
chino-japonesa, primero, y el primer año de la guerra mundial, después,
desenmascararon el rostro expansionista de Japón que –por si fuera poco-
caminaba del brazo de la Alemania nazi, que utilizaba medios y argumentos muy
parecidos. Nadie puede dudar –y a las pruebas me remito- de que Japón practicó
los mismos métodos racistas, supremacistas y violentos de los que antaño acusó
a sus rivales. Es de esperar que tales procedimientos hayan pasado a la historia
y no vuelvan nunca más. Y para ello nada mejor que el ejemplo que las potencias
ocupantes pueden dar al gobierno y al pueblo nipón, huyendo de toda inclinación
a tratarlos con desprecio o codicia. La ocupación debe dar lugar, no tardando,
al regreso soberano del Japón al concierto de las naciones y, para ello nuestra
presencia tan especial e intensa de ahora ha de contribuir de la forma más
efectiva posible a dejar al partir un pueblo próspero y un Estado democrático.
No sé si fue por un cambio en los gustos
de mis jefes o por ser yo en exceso pesado con los temas históricos. El caso es
que recibí un rapapolvos a la manera de Hotchkiss: Abandona los temas históricos y cíñete a las cuestiones de actualidad. Estaba
preparado para ello.
- Navegando
en un mar proceloso
En febrero de 1946 estalló en Barras
y Estrellas el conflicto que se venía barruntando desde que Pettus, Rubin y
otros decidieron luchar por la independencia de su labor, en lugar de cumplir
servilmente la consigna de Mac Arthur para el periódico: mantener alta la moral
de las tropas de ocupación y actuar como la voz del ejército para sus muchos
lectores civiles –americanos y japoneses que supieran inglés-. En un santiamén,
tras varias advertencias amenazadoras, el mayor Giddings, por orden del SCAP[32],
expulsó del periódico a su redactor jefe, el sargento Kenneth Pettus, y a su
mejor columnista, mi amigo el cabo Rub. El
fulminante despido provocó una pequeña rebelión entre el resto de la plantilla,
personificada por once de sus quince redactores, que firmaron un manifiesto
denunciando que el mando militar estaba amordazando
la libertad de prensa del diario de
los soldados. El conflicto escaló hasta el Congreso de los Estados Unidos,
con bastante ruido y ninguna nuez: Mac Arthur era entonces mucho Mac Arthur y la libertad de prensa no podía jugar en contra
de la jerarquía militar. Rubin me lo explicó a su modo, cuando vino a
despedirse de mí en mitad de la noche, como si de una reunión de delincuentes
se tratase:
-
Desengáñate, Dick, -me aseguró-. De lo que se trata es de reaccionar contra
nuestra posición contraria a las viejas élites japonesas, a las que Mac Arthur
trata de atraerse para así gobernar el Japón sin encontrar apenas resistencia.
En la documentación que aquí traigo encontrarás las pruebas de lo que te digo y
que quizás no quieras creer.
Sólo entonces me percaté de que, bajo su trinchera beis, llevaba aquella
cartera con la que yo lo había conocido en el avión, tan llena de papeles como
entonces. Añadió:
-
Comprenderás que no pueda arriesgarme a
llevarla conmigo pues me la incautarían en el aeropuerto. Quédate con ella,
guárdala cuidadosamente, y aprovecha su información para tus trabajos
periodísticos.
-
Te lo agradezco mucho –reconocí-. Me va
a venir de perlas para darle a mi jefe la satisfacción de abandonar mis pinitos
historicistas y centrarme en los problemas actuales de este país.
-
No lo dudes y haz lo posible por
continuar denunciando lo que a mí no me han dejado: la vergonzosa restauración
del emperador y de sus camarillas políticas y económicas; el clasismo y el
militarismo que rezuma la Dieta; la demora de una reforma agraria que acabe, a
un tiempo, con el hambre del país y la miseria de los campesinos; los negocios
fáciles de muchos de nuestros oficiales, y tantos temas más. Desde que llegue a
la patria, no dudes de que seguiré tus crónicas en el L.A. Times y espero que me den más satisfacciones que enojos.
Nos despedimos con un abrazo. Ignoro si él seguiría mi labor, como había
prometido, ni si esta le agradaría. Yo sí procuré estar al tanto de su trabajo
periodístico en el Daily Worker[33]
y mucho me apenó que falleciese tan joven, a los treinta y dos años. No tengo
motivos para pensar tal cosa, pero entonces me asaltó la sospecha de que los
inescrupulosos esbirros de la caza de
brujas[34] hubieran tenido algo que ver en una
muerte, por lo que yo sé, tan inesperada.
***
No les he dicho todavía una palabra de mi secretaria, Noriko Akagi, que
contraté para la oficina del Times en
Tokio, fuera de que me la buscó mi ayudante, Saburo. En efecto, como me había anunciado, resultó una trabajadora
fiel y eficiente a la que, tan pronto pude, la apalabré a tiempo completo, para
que también me echara una mano en la casa, dado que esta formaba un todo con
las oficinas. En cualquier caso, me puso la condición de no pernoctar en mi
domicilio, sino que se retiraría al suyo no más tarde de las cinco. Pensé que
trataría con ello de mantener su respetabilidad, pero Noriko me hizo saber que
tenía que cuidar de su hijo, de seis años de edad, que había tenido de su
matrimonio con un joven alférez de marina, fallecido en la batalla del Mar del
Coral[35].
Durante el día, el pequeño asistía a un colegio en el que, gracias al sueldo
que ahora cobraba su madre, le daban la comida y lo guardaban hasta que iba a
recogerlo. Durante todo el tiempo que permanecí en Japón, Noriko fue para mí el
enlace con la vida real de las calles, de la que me informaba, no en su
excelente inglés de grato acento gutural, sino en idioma japonés, a fin de que
yo acabara por entender –ya que no hablar- el vocabulario y los giros propios
de la lengua del pueblo. Así, poco a poco, me fui volviendo autónomo,
atreviéndome a acudir solo a las tiendas y los espectáculos nipones, acabando
por ser conocido y respetado entre mis vecinos, para quienes era Atkin-San, si eran adultos respetuosos,
o Bikko-San[36],
para los niños y para quienes no tragaban a los americanos, aunque gozásemos
ante sus ojos de la respetabilidad que implicaba el ser minusválido de guerra.
***
Lo más cerca que estuve de conseguir una primicia periodística digna del
premio Pulitzer[37] fue en enero de 1946, cuando Mac Arthur
envió a su compañero Eisenhower[38]
el luego famoso telegrama del 25 de dicho mes, oponiéndose a que se juzgase al
emperador Hiro Hito como criminal de guerra, como parecía opinión mayoritaria
en Washington, lo que habría supuesto su previa destitución fulminante como
jefe de Estado nipón.
Todo había tenido su origen
cuatro meses antes, cuando la ya aludida entrevista del general Mac Arthur y el
emperador, impulsada por aquel y celebrada en la embajada recién abierta de los
Estados Unidos en Tokio. Entre los papeles que había heredado de Rub figuraba uno, en que se resumía la
conversación entre ambos estadistas. Se ve que, en un principio, el general
había estado dispuesto a forzar la abdicación del emperador, para lo cual no
escatimó desaires y atentados al protocolo: La entrevista había sido fijada manu militari –nunca mejor dicho- por
Mac Arthur, señalando día y hora para ella y estableciendo como ámbito, no el
palacio imperial, sino la recién reabierta embajada americana. A mayores, el
general esperaba a Hiro Hito en mangas de camisa militar, sin guerrera ni chaqueta,
dispuesto a hablarle de manera hostil y desabrida acerca de lo que le esperaba
al Japón de la ocupación americana. Pero todo cambió cuando el emperador, de
manera aparentemente sincera y humilde, asumió personalmente la responsabilidad
de los yerros cometidos por su país y se manifestó dispuesto a arrostrar las
consecuencias. El general quedó cortado y, de improviso, comprendió la
trascendencia que la sumisión imperial podía tener para su arduo cometido como
jefe de las tropas y de las tareas de la ocupación. Aún mejoró el clima de la
entrevista cuando el emperador se mostró conforme con el general en el grave
peligro que para su país y para el orden mundial suponía la expansión del
comunismo, que ya amenazaba por el norte a Japón –Sajalín, islas Kuriles, Hokkaido-.
Finalmente, ambos gerifaltes constataron su voluntad de cooperar amistosamente
para cuanto pudiera redundar en pro de la democratización de Japón y la
reanudación de su prosperidad. Y así, cuando concluyeron los cuarenta minutos
que duró el encuentro, la atmósfera era lo suficientemente distendida, como
para que ambos mandatarios se fotografiaran juntos, en lo que se dice que fue
la primera vez que lo consintió el emperador en el ejercicio de su labor
oficial.
Hiro Hito y Mac Arthur (Tokio, 25-9-1945)
Hasta
aquí, los términos de aquella decisiva reunión, producida a los veintitrés días
de la rendición incondicional del Japón, en la que los aliados no habían
aceptado el término, solicitado por los negociadores nipones, de que se
respetase a la persona y el reinado del emperador. Rub hacía por escrito el comentario de que fue Mac Arthur quien
deliberadamente rompió con ese criterio, que llevaba aparejada la voluntad de
los gobiernos aliados –principalmente de China- de juzgar al emperador, una vez
depuesto, como criminal de guerra. Ahora bien, ¿qué impulsaba a Mac Arthur a
cambiar de actitud y asumir que Hiro Hito continuase reinando y se evitara el
juzgarlo como partícipe en los delitos de su gobierno y sus ejércitos? A
arrojar luz sobre esa incógnita ayudaba sobremanera saber el contenido del
telegrama de Mac Arthur a Eisenhower, que mi amigo de Barras y Estrellas había conocido en lo sustancial por uno de sus
codificadores, al que llamaba Fox en
sus papeles. El SCAP exponía a su colega, entonces general jefe del Estado
Mayor norteamericano, un argumento puramente práctico y verdaderamente
alarmista:
Caso de destituir al emperador y de juzgarlo por crímenes de guerra, se
desintegrará toda la nación y se precisará de no menos de un millón de efectivos
para gobernar y dominar el caos y el levantamiento armado subsiguiente. Cuando
tal alzamiento haya concluido, muchos millones de japoneses se hallarán en la
indigencia, a mayores de los que lo están ahora por efectos de la guerra.
Y Rub añadía: Eisenhower ha sido el destinatario del telegrama para que este siga la cadena de
mando. En realidad, el mensaje tendrá que ser entregado en la Secretaría de
Estado[39] y, de allí, con el pertinente estudio e
informe, llegará al presidente Truman. Es de desear que nuestras autoridades
civiles sean menos acomodaticias y tolerantes que las militares de ocupación y
no perdonen los muchos desmanes de Hiro Hito, cuando se está dispuesto a
sancionar severamente a los criminales que estuvieron a su servicio.
Aquel material era dinamita para
una crónica en L.A. Times. Inquieto
por ello, telefoneé a Hotchkiss, pero se encontraba en aquellos momentos
disfrutando de un permiso en Palm Springs. Fue Palmer quien calmó mi
excitación:
-
Tranquilo, Dick. Mándame tu crónica cifrada con la clave que obra en tu poder
y, si tanto interés tiene lo que cuentas, ten por seguro que se publicará,
moleste a quien molestare, Yo mismo me encargaré de defender tu trabajo, pero
sé prudente y no olvides que contamos contigo en Tokio para una larga
temporada.
Puse manos a la obra y, cuando ya estaba a punto de concluirla, descubrí
en el pozo sin fondo de la cartera de Rub
una hoja que titulaba: Las
responsabilidades de Hiro Hito. Aunque no reseñaba las fuentes, el
contenido me pareció muy verosímil, por lo que decidí incorporarlo también a la
crónica, que cifré con la ayuda de Noriko y titulé, La delgada línea entre la prudencia y la justicia. Tras pasar por
la lima de los redactores del Times, fue publicada en este como sigue:
Hace unos días,
el New York Times publicaba un editorial lamentando que, pasados cuatro meses
de la entrevista habida en Tokio entre el emperador Hiro Hito y el general Mac
Arthur, continuara el silencio oficial sobre lo hablado y decidido en la misma,
obligando así a los medios informativos a acudir al mal sucedáneo de las
hipótesis y los rumores. Sin ánimo de llevar la contraria a tan ilustre colega,
nos parece preferible acudir a los hechos y sacar de ellos las pertinentes
conclusiones por medio del sentido común del que goza todo ciudadano, mejor que
con el olfato y la perspicaz imaginación que se presumen en los hombres de los
medios de información. He aquí los hechos:
Hecho primero: El
pasado mes de noviembre ha comenzado en Núremberg (Alemania) el juicio contra
los criminales de guerra nazis, entre cuyos acusados no se encuentra Adolph
Hitler, por la única y poderosa razón de que se quitó la vida en los últimos
días de la guerra en Europa.
Hecho segundo: No
hay duda de que el presidente Truman y su gobierno están decididos a hacer otro
tanto con los criminales de guerra japoneses. De hecho, han comenzado los
preparativos legales y logísticos para ello. Pero hay una muy notable
diferencia con el juicio en Alemania: El emperador del Japón se encuentra vivo
y sigue al frente del Estado en cuyo nombre se cometieron los delitos que los
Estados Unidos y sus aliados se proponen juzgar y castigar.
Conclusión que el
sentido común deduce de los dos hechos anteriores: La permanencia del emperador
en su trono, con los deberes de fidelidad y obediencia que irradia sobre todas
las autoridades niponas, evidencia que, por ahora, no se ha decidido acusarlo
junto a sus subordinados civiles y militares, que en muchos casos ya se hallan
en prisión, como medida preventiva en espera de juicio.
Claro está que la
decisión de no juzgar al emperador puede repensarse o, por mejor decir, puede
que acabe imponiéndose la opinión de quienes creen que el emperador no merece
mejor trato que el que están recibiendo otros que estuvieron a sus órdenes en
los diecinueve años que hasta ahora lleva reinando. Y no seré yo quien ponga en
duda la importancia y la buena voluntad, tanto de quienes piensan que la ley
debe ser igual para todos y que a mayor autoridad mayor responsabilidad, como
de aquellos otros que se ciñen a las ventajas prácticas de la decisión que se
adopte, resolviendo las dudas con pragmatismo y visión de futuro. A fin de
cuentas, tanto la justicia que invocan unos, como la prudencia a que apelan
otros, son virtudes cardinales de similar importancia, que deben cultivarse de
manera simultánea y armónica.¡ Ahí esta el quid!, en marcar la frontera entre
ambas virtudes, esa delgada línea que ninguna de ellas debe sobrepasar en el
terreno de la otra.
Quienes pretende
exonerar al emperador de sus responsabilidades de guerra no deberían olvidar
que tuvo conocimiento y autorizó, entre otros, los siguientes hechos: 1º La
invasión del norte de China y su conversión en el Estado títere de Manchukuo,
sin otra razón que la de aprovechar en favor de Japón las grandes riquezas del
territorio. 2º. La no ratificación de los convenios de Ginebra, que dio lugar a
masacres de poblaciones civiles y al tratamiento inhumano de los prisioneros de
guerra, entre ellos, miles de americanos capturados en las Filipinas. 3º. El
ataque a Pearl Harbor en diciembre de 1941, sin previa declaración de guerra.
4º. La firma de la alianza tripartita con los regímenes dictatoriales
belicistas de Alemania e Italia. 5º. La expansión militar de Japón por todo el
Sudeste asiático, sometiéndolo a un trato colonial basado en el expolio y los
trabajos forzados. 6º. La aprobación de métodos de guerra biológica y química,
así como de experimentación y vivisección con seres humanos –“maderos” los
llamaban[40]- concediendo recompensas a sus más
destacados “científicos”.
¿Puede quedar
todo eso sin castigo? ¿Debe ser su máximo responsable el jefe del Estado del
nuevo Japón que todos esperamos salga de nuestra ocupación? Bueno sería que
nuestros conciudadanos ayudasen a las autoridades en Washington y Tokio a dar una respuesta pronta y
categórica a dichas preguntas.
Por vez primera, una de mis crónicas retuvo la atención de “las
autoridades en Washington y Tokio”. El L.A.
Times recibió por conducto extraoficial algún toque de la Secretaría de Estado, que motivó, a su vez, el que
Hotchkiss me reclamara un informe acerca de las pruebas en que había basado mis
afirmaciones acerca de Hiro Hito y sus concesiones a los criminales de guerra
que iban a ser procesados. De inmediato se me ocurrió remitirle un resumen de
la documentación que Rub me había
facilitado al respecto, pero opté finalmente por enviarle un informe cifrado lo
más aproximado posible de los puntos que nuestras autoridades estaban empeñadas
en poner en duda u ocultar. Lo firmé maliciosamente con el nombre de Barnard
Rubin II. Hotchkiss entendió perfectamente la indirecta y me contestó en un
telegrama de cinco palabras de texto: Explicación
apabullante. No acallarán Times.
Por si acaso, decidí no tentar a la Providencia y dediqué las semanas
siguientes a conocer y abordar un tema bien distinto y mucho menos conflictivo.
Mis auxiliares en Tokio me sugirieron la materia.
Representación
imaginaria del desembarco del comodoro Perry en Yokohama
- Preparando
la reforma agraria
Mi padre sostenía a la familia regentando una estación de servicio que,
además de expender combustibles, reparaba toda clase de averías en los
vehículos y vendía neumáticos de segunda mano en buen estado. En el trabajo de
mecánico le ayudaba un empleado, puesto que durante muchos años ocupó Kantaro,
un inmigrante japonés que, aunque nacido en la prefectura nipona de Mie, había
venido con sus padres a California cuando tenía tres años de edad, en tiempos
del presidente Theodore Roosevelt[41].
De él y de sus hijos aprendí cuanto sabía de Japón antes de aterrizar en Tokio
como enviado del Times. De su madre,
que chapurraba un divertido japanglish,
tuve las primeras noticias de la escasa productividad de la mayoría de la
tierra de su país y de lo duro que era arrancarle una mediana cosecha, máxime
tratándose de parcelas tan minúsculas, que era impensable emplear en ellas la
costosa maquinaria que ya en su época exhibían los almacenes de Tsu, la capital
de prefectura.
Aparte de los recuerdos que guardaba de las remembranzas de la madre de
Kantaro, tenía alguna información libresca sobre la primera reforma agraria,
que se llevó a cabo a comienzos de la era Meiji
[42],
cuando se parcelaron buena parte de los antiguos feudos de los nobles y de las
tierras comunales, que se vendieron a bajo precio a sus cultivadores, a razón
de una hectárea por familia. Aún así, muchos campesinos no tenían dinero en
efectivo para comprarlas, lo que aprovechó el Gobierno para ofrecer esos
predios a los samuráis, a mitad de precio, tratando de animarlos a hacerse
agricultores, cambiando la katana por
la azada; una operación que tuvo escaso éxito, al considerar aquellos
orgullosos guerreros que el trabajo de la tierra era muy poco digno para
quienes, hasta unos años antes, habían vivido a costa de quienes la cultivaban.
Repasaba yo todo esto según me llevaba un taxi hasta las oficinas del
servicio de agricultura del GHQ[43],
donde mi ayudante Ueda me había concertado una entrevista con un civil, Wolf
Ladejinski[44],
a quien el Asahi Shimbun tenía
conceptuado como un peligroso
socialista, empeñado en hacer la reforma agraria en un país que apenas conocía.
No era mala carta de presentación ante mí, que siempre andaba buscándome
complicaciones o, cuando menos, temas conflictivos de que tratar en mis
crónicas.
En un primer momento, creyendo hallarse ante un corresponsal escasamente
interesado por los temas agrarios, Wolf me soltó un manido discurso sobre lo
importante que era promover la reforma agraria, no solo en Japón, sino en
Taiwán y Corea del Sur, donde los Estados Unidos también se habían implicado en
la reconstrucción:
-
Observe –me decía- que todos estos
países han sido devastados por la guerra y sus poblaciones pasan hambre. Es el
momento de quemar etapas y cambiar rápidamente sus estructuras agrícolas, sobre
la base de repartir la tierra a los campesinos y facilitarles los conocimientos
y maquinaria para emprender una actividad moderna y rentable. Eso sería
maravilloso para los pueblos y justificaría nuestra ocupación temporal de su
territorio. Simultáneamente, descuajaríamos las estructuras antidemocráticas y
cerraríamos el paso a los comunistas, sin violencia y definitivamente.
-
Todo eso está muy bien –repliqué- y se
acomoda al trabajo que usted realizó en los Estados Unidos en los tiempos del New Deal de Roosevelt[45],
pero yo quiero que me explique sus propósitos con mayor profundidad. Por
ejemplo, ¿con qué apoyo de las autoridades y expertos japoneses cuenta? ¿Cómo
piensa implementar sus reformas? Estoy al corriente de la reforma agraria
nipona de 1871[46],
que produjo bastante buenos resultados en términos de productividad y armonía
social. ¿Piensan basarse en ella para esta segunda reforma agraria?
Ladejinski quedó atónito. Luego se recompuso y transformó el monólogo
inicial en un vivo diálogo, aportándome una considerable información en
primicia. Ciertamente, la famosa reforma agraria estaba dando sus primeros
pasos, pero ya estaban fijados muchos de los parámetros que marcarían su
naturaleza y dificultades. Resumiendo mi
conversación con el experto, mandé una crónica al Times, titulada La verdadera
democracia, que decía así:
El próximo mes de abril se
celebrarán en Japón las primeras elecciones generales de la posguerra. Dice
mucho en favor de nuestra ocupación y del buen hacer de quienes la dirigen el
que tales elecciones se celebren apenas siete meses después de la rendición
nipona y, sobre todo, que lo hagan de manera libre y por sufragio universal. Es
notable esto último pues el derecho de voto hasta ahora correspondía en Japón
solo a los varones mayores de 25 años y con determinadas condiciones de fortuna
o de cultura; y eso tan solo para la Cámara baja o de representantes, pues la
Cámara alta o Senado se componía de nobles y personas notables nombradas por el
emperador de modo generalmente vitalicio. Adelantando una reforma que debe
preceder a la aprobación de la futura Constitución, la nueva norma electoral,
promulgada por decisión de las potencias vencedoras, concede el derecho a voto
para ambas cámaras de la Dieta a todos los japoneses –hombres y mujeres-
mayores de 21 años. Ello supondrá que el censo electoral subirá, de unos tres
millones de ciudadanos a más de treinta y seis millones. Por supuesto, las
mujeres también podrán ser candidatas para cualquiera de ambas cámaras. Se
garantizará la libertad de la campaña electoral y del sufragio, así como la de
participación de los partidos políticos, incluido el comunista.
Cuanto acabo de
exponer sin duda enorgullece a quienes lo promueven y ha sido muy bien recibido
por la gran mayoría de sus beneficiarios, pero no creo que se juzgue suficiente
por los amantes de la paz y la democracia, mientras millones de japoneses pasen
hambre y los campesinos carezcan de derechos sobre las tierras y de los medios
suficientes para alimentar a sus compatriotas. La verdad es que algo parecido,
aunque mucho menos generalizado, venía sucediendo antes de la guerra, teniendo
el Japón que importar buena parte de los alimentos y materias primas que
necesitaba, bien mediante compra o bien incautándolo en los países que iba
sometiendo. Hoy no será posible felizmente tal cosa y las autoridades de
ocupación y el gobierno nipón habrán de llevar a cabo las reformas precisas
para que el campo japonés sea autosuficiente para abastecer, cuando menos, el
mercado interior.
La reforma
agraria es, por tanto, urgente e indispensable en este país. A ella se aplican
con admirable celo técnicos y juristas americanos y japoneses, con tal unidad y
decisión, que muchos lo ven aquí todavía con recelo porque pueden resultar
perjudicados sus egoístas intereses o porque consideran que los campesinos
deben seguir sujetos a un injusto sistema de impuestos y rentas, en beneficio
de quienes viven de la tierra sin
trabajarla y, a veces, dejándola inculta.
Los más atrevidos
–que naturalmente comen muy bien todos los días- dicen que todo eso lleva al
comunismo. Por el contrario, una reforma agraria generosa y bien resuelta es el
mejor antídoto contra las revoluciones totalitarias y la más palmaria condición
para que reine en un país la base de la democracia: La de que todos los
ciudadanos puedan con su trabajo subvenir a sus necesidades y servir a la
nación.
Y es que nuestros
lectores coincidirán con quienes preparan la reforma agraria japonesa en que la
democracia es más, mucho más, que poder votar cada pocos años para elegir a
nuestros representantes.
***
Había pasado una semana de mi entrevista con Wolf Ladejinski, cuando
recibí una llamada telefónica de este, que me sorprendió gratamente. Para la
preparación del proyecto de reforma agraria, Wolf estaba realizando viajes a
puntos diversos y estratégicos del campo nipón. Ahora se trataba de visitar la
prefectura norteña de Miyagi y me proponía que lo acompañase para ver sobre el
terreno los estudios que se realizaban.
-
El viaje es largo y los trabajos nos
llevarán alrededor de una semana; de modo que no tomaré a mal que decline mi
invitación.
-
Voy a consultar mi agenda y le daré
contestación en un par de horas.
Tan pronto colgué, hice a Noriko la indicación de que cancelase mis
próximos compromisos, alegando una momentánea indisposición, y que me pasara
aviso de las novedades al hotel de Miyagi que enseguida le indicaría. Mi
secretaria sonrió:
-
Miyagi es bastante grande –objetó- y
supongo que habrá numerosos hoteles, por más que ahora no es una provincia de
mucho movimiento. ¿En qué ciudad de la prefectura de Miyagi piensa parar? ¿En
la capital, tal vez?
¡Vaya por Dios! La capital de Miyagi no se llamaba como la provincia,
sino Sendai. Le expliqué mi ignorancia, aduciendo que iba invitado por un amigo
que se había encargado de todo, alojamiento incluido. Pero resultó que ese
amigo tampoco estaba muy enterado:
-
¿Hotel en Sendai? –dijo Wolf,
repitiendo mi pregunta-. Bueno, supongo que pararemos allí alguna noche, pero
mis viajes son para visitar la mayor cantidad de lugares posible. Lo mejor será
que te envíen los avisos a la delegación de Agricultura de la capital de la
provincia. Ya nos buscarán ellos.
-
Eso me suena a novelas de exploradores
–bromeé-. Tendré que preparar un voluminoso equipaje…
Wolf se echo a reír y repuso:
-
Por eso no te preocupes: Llevamos un jeep para los equipajes y el
instrumental necesario para agrimensura.
Resultó ser completamente cierto, por lo que todo el amplio Buick oficial en que íbamos a hacer el
viaje quedó libre para las cuatro personas que subimos a él: el chófer que nos
facilitaba el GHQ, tan americano como el coche que pilotaba, Wolf, yo mismo y
un fornido japonés de unos cuarenta años de edad, que me fue presentado como
Hiroo Wada[47],
quien se empeñó en sentarse delante, junto al conductor, alegando que, siendo
el único pasajero que conocía el largo camino y la escritura nipona, sería de
más utilidad como copiloto que no como conversador.
Con el tiempo, llegaría a conocer y apreciar a ese ilustre japonés, cuya
brillante carrera política posterior pronto iba a empezar, como ministro de
Agricultura y Silvicultura en el gobierno que saldría de las urnas tras las
elecciones de abril de aquel año 46. Hasta entonces, Wada había visto su
ejecutoria truncada por el gobierno imperial, que no había recibido con
tolerancia su oposición a la política agraria del momento, hasta el punto de
encarcelarlo en 1941. Esta disidencia y su castigo sirvieron a Wada de
credencial ante las autoridades aliadas de ocupación, las cuales tal vez le
habrían sido menos favorables de conocer su inclinación por el socialismo,
aunque estuviese exenta de todo extremismo y, por descontado, de afinidades
comunistas. Ladejinski lo admiraba y tenía plena confianza en él, hasta el
punto de formar ambos un tándem indestructible, al que debe el Japón la
consecución de su segunda reforma agraria.
El viaje hasta Sendai, de casi 400 kilómetros, nos llevó todo el día,
por carreteras muy perjudicadas a causa de la guerra. Esta era la razón de que
no se pudiera viajar en ferrocarril –opción que habría resultado más cómoda-,
cuya línea había sido destruida en varios tramos por los bombardeos aéreos. Una
vez en la capital de Miyagi, Ladejjnski y Wada ocuparon los siguientes cinco
días en recorrer la prefectura y tomar los datos y mediciones que tuvieron por
conveniente. Yo, una vez que vi en las dos primeras jornadas cómo trabajaban,
opté por no castigar en exceso mi pierna mala y permanecí en Sendai, preparando
mis siguientes crónicas para el Times.
Apenas salí del hotel, por consejo muy razonable de Wada:
-
En julio pasado, la ciudad fue
brutalmente bombardeada por la aviación americana, incluso con bombas
incendiarias, ocasionando miles de muertos y la destrucción de casi todo el
centro de la ciudad y su puerto[48].
Queda muy poco que ver y es comprensible que los sendayeses no sean muy
amistosos con los americanos que vean por la calle.
Aparte del fiasco de mi turismo en Sendai, tampoco obtuve mucha
información acerca de la reforma agraria que estaban preparando con tanto
estudio y cuidado. Un poco compungido, Wolf me explicó las reticencias en
divulgar lo que todavía era un proyecto, que estaba contando con gran oposición
entre la clase dirigente nipona.
-
Recibimos buen apoyo por parte de las
autoridades de Washington y del propio Mac Arthur –me confesó-, pero el actual
gobierno nipón no comparte nuestras ideas, que tilda de socialistas y
desconocedoras de la sociedad japonesa. Casi todo va a depender del cariz
político del gobierno que se forme tras las elecciones del próximo abril. En
fin, no está la cosa tan madura como para transmitirla a la prensa. Yo te
contaría algo, pero Wada me lo ha
desaconsejado terminantemente.
-
Lo comprendo –respondí decepcionado-,
aunque no lo comparta, pues la prensa podría ayudaros mucho. De todos modos,
cuento contigo para que, cuando las cosas estén a punto, me concedas la primicia. Entre tanto, seguiré apoyándoos
en el Times y destacando el gran
esfuerzo que estáis haciendo para que la reforma responda a la situación real
del campo japonés.
***
Shigeru
Yoshida
Las elecciones generales del 10 de abril 1946 –primeras celebradas en el
Japón de la posguerra- supusieron un completo éxito de participación
democrática, como tuve ocasión de trasladar en su día a los lectores del Times. Como ahora me estoy refiriendo a
la reforma agraria, creo que no es del caso el que reproduzca aquí mi crónica,
pero sí que haga un resumen de los datos de aquellas elecciones, que tan
importantes fueron para que dicha reforma saliera adelante.
Sobre casi 37 millones de electores inscritos, votaron unos 26,6
millones, es decir, hubo un 72% de participación –la de las mujeres alcanzó el
67%-. De los 468 escaños de la Cámara baja, el partido liberal de Japón obtuvo
141; el partido progresista, 94; el partido socialista, 93; otros partidos
nacionales, 19. Los partidos regionales y los candidatos independientes
consiguieron 121 escaños. Los comunistas solo obtuvieron cinco diputados. Como
dato curioso, 39 mujeres accedieron a la Cámara.
Aunque el resultado dejaba otras alternativas, todos aceptaron que el
partido liberal había sido claro ganador y no hubo vacilación a la hora de
investir como primer ministro a su líder, el excelente político Shigeru Yoshida[49].
Yo bien temí que el triunfo liberal fuera el acta de defunción de la reforma
agraria, pero estaba muy equivocado. Yoshida era un hombre de Estado y un gran
patriota, que no vaciló a la hora de implementar lo que creía más necesario
para su país, más allá de intereses partidistas: Que el campo nipón alimentara
adecuadamente a la población, como base para el relanzamiento industrial y la
consolidación de un nuevo Japón unido y próspero. Para sorpresa de casi todos,
Hiroo Wada fue nombrado ministro de Agricultura, con pleno apoyo para continuar
y concluir su reforma. En octubre de 1946 se aprobaba la Segunda Ley de Reforma Agraria, de lo que me hice eco en la crónica
publicada en L.A. Times con el
título, Despega la reforma agraria
japonesa, en el que escribía entre otras cosas:
… Tras la primera
reforma agraria de 1871, la superficie de tierras explotadas en Japón en
régimen de arrendamiento se redujo extraordinariamente, calculándose que, a día
de hoy, alcanza el 28,7% del total cultivable. Con la presente reforma, se
calcula que solo el 5% de las parcelas seguirán estando arrendadas[50]. La reforma limita en estos casos la renta a
percibir por los propietarios a entre un 15 y un 25% del valor de la cosecha
anual, pagadero en yenes, no en especie. Recordemos que, hasta el momento, lo
usual era que la renta alcanzase a la mitad de la cosecha, pagada en los frutos
que produjera la tierra.
La nueva reforma
implica que, a los propietarios absentistas, que no vivan en el municipio en
que tengan sus tierras, estas les sean expropiadas obligatoria e íntegramente,
abonándoles una indemnización equivalente al precio de una cosecha media anual,
pagadera en bonos amortizables a treinta años, con un interés anual de 3,6%. Es
una compensación tan pequeña, que ha despertado una gran indignación entre los
propietarios y las clases altas, que la consideran una auténtica confiscación,
máxime cuando quedará durante treinta años a merced de la inflación que se vaya
produciendo. Sin duda, los terratenientes recuerdan lo sucedido a sus abuelos
con los bonos de la primera reforma agraria, que perdieron con el tiempo casi
todo su valor.
A los
propietarios no absentistas se les expropiarán igualmente sus tierras, pero
tendrán la opción de conservar una parcela del tamaño legal, para cultivarla
directamente en beneficio de su familia.
Las tierras
expropiadas se parcelarán en lotes de una hectárea –salvo en la isla norteña y
fría de Hokkaido, que serán de cuatro- y se ofrecerá su compra a los actuales
arrendatarios o, en su defecto, a campesinos de la localidad dispuestos a
comprar. El precio será exactamente el mismo que el de la indemnización abonada
a los dueños, es decir, una anualidad de la cosecha media. Los que no puedan
pagar de golpe el precio podrán hacerlo hasta en 24 años, abonando un interés
del 3,2% anual. Esta última posibilidad, a la inversa que a los dueños,
permitirá a los campesinos beneficiarse de la depreciación de la moneda debida
a la inflación.
Se calcula que la
reforma agraria alcance a más de dos millones de hectáreas, lo que viene a
suponer la conversión en propietarios de casi otros tantos campesinos.
Estas son las
grandes líneas de la Ley de reforma agraria. Por más que sea necesaria y
responda a la tradición establecida por la de 1871 y a la justicia debida a los
sufridos campesinos nipones, parece claro a nuestros ojos de americanos que las
ideas socialistas han llegado a términos de verdadera injusticia. Claro que sus
promotores –japoneses y americanos- seguramente no han pretendido hacer una ley
justa, sino una norma que descuaje los restos del feudalismo en las clases
altas niponas, cree unos cuantos millones de trabajadores del campo agradecidos
al actual gobierno, cierre la tierra al auge del comunismo y, en fin, ayude a
acabar de inmediato con el hambre en el país. Como suele decirse, a grandes
males, grandes remedios.
No es extraño que mi artículo no fuera bien recibido por Ladejinski y
Wada, pero siempre he procurado manifestar mi opinión sin miedo al qué dirán.
Buena es la amistad, pero no a costa de la verdad. Una verdad que, aunque
tardíamente, acabó por ser reconocida por el gobierno nipón, que a la sazón era
del Partido Liberal Democrático, sucesor desde 1955 del Liberal de Yoshida. Les
contaré brevemente cómo sucedió.
Muchos propietarios de tierras expropiadas, considerando que las
indemnizaciones habían supuesto en la práctica un atentado al derecho de
propiedad, apelaron a los tribunales. Tras un largo recorrido de discusión
jurídica y apelaciones, el pleno del Tribunal Supremo japonés, por sentencia de
23 de diciembre de 1953, validó el sistema de indemnizaciones de la Ley de
reforma agraria como conforme a la constitución[51].
Pero en junio de 1965, en pleno boom del
llamado “milagro japonés”, el Parlamento, a propuesta del gobierno
liberal-democrático, entendió de justicia mejorar y ampliar la vieja
indemnización de 1946, concediendo a todos los propietarios expropiados una
cantidad equivalente a otro tanto de la indemnización ya percibida, pagadera en
metálico y de una sola vez. Dicha cantidad era de diez mil yenes de la época –o
su equivalente, 27,7 dólares[52]-
por cada hectárea expropiada, sin que en ningún caso el montante rebasara el
millón de yenes -2.777 dólares- por persona-. El promedio recibido por cada
propietario fue de 72.000 yenes -200 dólares-.
La modesta compensación fue muy tardía, pero aún llegó a tiempo de que
la conociésemos en esta vida Yoshida, Wada, Ladejinski y el autor de estas
páginas.
- El
cronista se despide (o es despedido)
Reconozco que los conocidos como juicios
de Tokio tuvieron la desventaja histórica de organizarse y celebrarse
después de los de Núremberg. De esa forma, los procesos contra criminales de
guerra nazis concitaron una atención y un revuelo crítico del que carecieron
los dirigidos a sus homólogos nipones. Pero no fue esa la única razón de que
los juicios de Tokio resultasen menos redondos
que los de Núremberg. Pienso que hubo, al menos, tres motivos para
considerar aquellos menos asumibles que estos: 1º. El papel tan absoluto y
dominante que tuvo un solo hombre –el general Mac Arthur- en su regulación y
decisiones. 2º. La duración desmesurada del todo el proceso, de casi dos años y
medio –mayo del 46 a octubre del 48[53]-,
frente al año exacto –de noviembre del 45 a octubre del 46- que había durado el
de Núremberg. 3º. El escándalo provocado por no juzgar al emperador, ni hacer
el menor examen judicial de los holocaustos nucleares de Hiroshima y Nagasaki. A algunas de esas cuestiones me fui
refiriendo en las crónicas que mandé al L.A.
Times. Por ejemplo, a propósito del poder casi omnímodo de Mac Arthur iba
dedicado mi primer artículo sobre los juicios, elaborado a raíz de la
publicación de la Carta Orgánica de creación del Tribunal el 19 de enero de
1946. Decía así:
En su condición de Comandante
Supremo de las Potencias Aliadas, el general Mac Arthur acaba de dar a conocer
la Carta Orgánica que regirá el funcionamiento del así llamado “Tribunal Penal
Militar Internacional para el Lejano Oriente”, encargado de juzgar los crímenes
contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad[54]cometidos
por las máximas autoridades civiles y militares de Japón durante la guerra,
exceptuado el emperador, cuya inmunidad ha quedado finalmente reconocida. El
Tribunal estará formado por once jueces, en representación de todas las
naciones afectadas por dichos crímenes –Estados Unidos, Unión Soviética, Reino
Unido, China, Francia, Países Bajos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, India y
Filipinas-. El Tribunal podrá imponer penas de prisión, incluida la cadena
perpetua, así como la pena de muerte.
No puedo por
menos de reconocer con inquietud que el general Mac Arthur esté investido de
tales poderes sobre el Tribunal, que las competencias de este sufren
interferencias y restricciones que pueden viciar su verdadera independencia.
Aunque estemos hablando de un tribunal militar, creo que pocas veces se habrán
aceptado tales rasgos de personalismo e influencia de un solo hombre, a la hora
de conformar un órgano de justicia en el ámbito de naciones democráticas.
En efecto, Mac
Arthur ha sido investido del poder de redactar y proclamar la Carta Orgánica
que crea y regula el funcionamiento del tribunal. Es él quien elegirá a los
once jueces, entre una lista que le ofrecerán los países a los que representan.
El general decidirá unilateralmente quiénes serán juzgados y quienes no –el
emperador, no, por supuesto-. Y tendrá el poder personal de conmutar y reducir
todas las condenas, sin más limitación que la de no aumentar su gravedad.
Es de suponer que
el general Mac Arthur hará un uso prudente y mesurado de sus grandes poderes,
teniendo como guía la manera como se viene actuando en Núremberg. Con todo,
muchos piensan aquí que los poderes que se ha auto concedido en la Carta no son
un buen principio. Yo creo que lo que ha sido un mal principio, en Núremberg y
en Tokio, es que los tribunales tengan la consideración jurídica de “militares”;
un vicio o defecto de origen, tanto más incomprensible, cuanto que la mayoría
de los jueces son civiles[55],
como civiles son las nuevas leyes llamadas a aplicar y civiles buena parte de
quienes son enjuiciados. Eso, por no aludir al hecho de que los militares
acusados no pertenecen a los ejércitos que los juzgan, sino al de otro país,
que fue nuestro enemigo pero con el que ahora estamos en paz.
General
Hideki Tojo
Me consta que esta crónica fue mal recibida por nuestro gobierno, al
poner el dedo en una llaga que no era
de las más manidas –como no juzgar las brutalidades nuestras o aplicar leyes
nuevas con efectos retroactivos-, sino en el punto del carácter militar de los
tribunales, carente de sentido jurídico y de homologación con el Derecho
interno de los Estados Unidos y otros países aliados[56].
Ese desagrado me fue comunicado por Kyle Palmer, a indicación del publisher Chandler, lo que me dejaba
bien a las claras que se trataba de una advertencia encubierta de que, en lo
sucesivo, contuviera la pluma. Del enfado del propio Mac Arthur tuve noticia
por personas interpuestas, que estoy convencido de que obraban por indicación
del general, tan dado al orgullo como a no sancionar sin previo aviso. El general –me hicieron saber- no se ha sentido molesto por sí mismo, sino
por lo que das a entender sobre la justicia militar. Mi contestación fue
todo menos prudente y mesurada, de lo que me he arrepentido luego, por las
consecuencias que me trajo:
-
Puedes decir al general que nadie mejor
que él, con su experiencia, para conocer los defectos insoslayables de la
justicia castrense. Por eso no ha querido que su amado emperador tuviera que
someterse a ella.
En fin, se ve que también un periodista, aunque sea aficionado, debe de vez en cuando contener la pluma, como el kingmaker
Palmer me había sugerido.
***
Por fin, se hizo pública la lista de personas que iban a ser juzgadas:
en total, veintiocho. Era opinión común que había sido elaborada
unilateralmente por el general Mac Arthur, conforme a un criterio que aunaba
razones jurídicas –la gravedad de los crímenes de los que cada uno era
presuntamente responsable-, con las políticas –evitar que el enjuiciamiento de
algunos resultase contraproducente para la estabilidad del Japón o la
pacificación de los ánimos del pueblo-. Este era el caso del emperador Hiro
Hito, como ya he dejado dicho, pero también de algunos otros que indudablemente
merecían figurar entre los acusados. Y aquí es donde me vino a la cabeza algo
que había leído en la documentación facilitada por Barnard Rubin: el caso del Escuadrón 731, una unidad del ejército
japonés que, a las órdenes del general y profesor de bacteriología, Hiro Ishii[57],
había mantenido una gran base en las proximidades de la ciudad manchú de Harbin, desde la que durante toda
la guerra habían realizado espeluznantes experimentos con seres humanos vivos,
vivisecciones y estudios de guerra bacteriológica, que luego habían concretado
en ataques sobre ciudades de China. El resultado numérico había sido de cientos
de miles de víctimas mortales[58].
Pero lo que más llamó mi atención al releer las notas de Rub fue la siguiente consideración:
Se rumorea que el general Ishii y
sus principales colaboradores médicos están en tratos con nuestras autoridades
para conseguir inmunidad legal, a condición de entregarles todos los datos de
sus criminales experimentos y colaborar con ellos en los trabajos de guerra
bacteriológica, en los que los Estados Unidos están muy atrasados, al no poder
realizar la experimentación sobre humanos vivos, que Ishii y sus monstruos
pudieron llevar a cabo con la autorización del Estado Mayor japonés y la
connivencia del emperador, que llegó a condecorar a muchos de ellos. Estos
rumores me parecen bastante fundados, pero pronto podrá tenerse la
confirmación, si los jefes del escuadrón 731 son excluidos de la acusación en
el proceso contra criminales de guerra nipones que pronto se publicará.
No cabía duda: La confirmación que Rub
esperaba se había producido, dado que el general Ishiii y sus principales
colaboradores no figuraban entre los acusados ante el Tribunal Internacional.
¡Y esa omisión no podía justificarse, como la del emperador, por razones de
alta política! No podía haber otra razón que la de que nuestro gobierno se
hacía encubridor de aquellos asesinos en masa, para preparar a nuestro país
para perpetrar futuras atrocidades semejantes. Pese al evidente riesgo de desagradar a nuestras autoridades
–empezando por el propio Mac Arthur-, envié al Times una crónica sobre el tema, titulada ¿Hasta dónde la inmunidad de los criminales de guerra?
Contra
lo que me temía, el diario la publicó sin ninguna modificación, indignados sus
responsables de lo que yo hacía constar. Ello les honra, como me honra a mí el
que creyesen en mi palabra acerca de la exactitud de lo que escribía. He aquí
la crónica:
La moralidad y la justicia del
juicio contra criminales de guerra que se abrirá el mes que viene[59]en la capital de Japón dependen, no solo de
que los acusados lo estén con fundamento, sino de que no se deje sin castigo a
quienes presumiblemente son tan criminales, o más, que ellos. Bajo ningún
concepto se debe ser caprichoso o tolerante con esta exigencia. De todas
formas, este corresponsal no es tan lerdo como para ignorar que pueden existir
razonables motivos de alta política, como para crear un estado de necesidad
entre las exigencias de justicia y las de la paz. Se ha dicho que son tales
razones las que concurren para que no se juzgue al emperador Hiro Hito. Bien
está, aunque podamos divergir de esa postura que, a iniciativa del general Mac
Arthur, ha acabado por aceptarse por los gobiernos de Estados Unidos y de sus
aliados. Pero, ¿me quiere alguien decir las razones que concurren en que no se
acuse a sujetos, como el general Ishii, cuyos crímenes rebasan todo lo
imaginable en crueldad y extensión?
¿Quién es el
general Ishii?, se preguntarán ustedes. Pues bien, Ishii es el científico y
militar que el ejército nipón puso al frente de toda una extensa organización
dedicada a la guerra bacteriológica en gran escala, así como a los experimentos
biológicos con seres humanos y a la vivisección, es decir, a mutilar y
diseccionar sin anestesia a personas vivas, con el fin de estudiar los efectos
en el cuerpo humano de enfermedades, que les habían sido previamente
inoculadas. Ishii y sus subordinados llamaban despectivamente a esas pobres
víctimas “maruta”, es decir, maderos o troncos de leña: Hasta ese punto estaba
envilecida su conciencia. Y muchos de esos canallas, incluido Ishii, han sido
localizados y detenidos por nuestras fuerzas armadas, por lo que pueden estar a
disposición del Tribunal Internacional para ser juzgados y castigados como se
merecen. Entonces, ¿por qué el general Mac Arthur y nuestro gobierno han
decidido que no sean acusados?
Razones de alta,
e incomprensible, política, se dirán ustedes, sobre la base de que sus víctimas
no fueron americanos, sino chinos, mongoles o rusos. Pero resulta que esas
razones no son altas, ni incomprensibles: Solo son ocultas. Me creo en el
derecho de arrojar a la cara de los lectores y de todo el mundo civilizado el
motivo más probable de que esos criminales puedan dormir en paz. Y, si me
equivoco, que me saquen del error quienes callan los delitos y ocultan sus
razones para no perseguirlos, haciendo un flaco favor, no solo a la justicia,
sino a la democracia.
Entre tanto, yo
sostengo que Ishii y sus colaboradores no son ni serán juzgados porque han
llegado a un acuerdo con las autoridades de los Estados Unidos: Su impunidad, a
cambio de informarles detalladamente sobre los “extraordinarios avances” que
realizaron en materia de técnicas para convertir a los hombres en “maderos” y a
las poblaciones civiles en pasto de las enfermedades contagiosas y la muerte.
Y quedo a la
espera de que los responsables se expliquen y, si pueden, evidencien que estoy
equivocado. Por el honor de nuestro país, de veras que me gustaría estarlo.
La verdad difícilmente puede ser negada cuando es tan terrible y
evidente. Nuestro gobierno, en lo que yo sé, le limitó a seguir callando o, en
el peor de los casos, a considerar afirmaciones como las mías fruto de rumores
y falta de información. Pero, bajo cuerda, me consta que los medios que se
hicieron eco del contubernio entre el gobierno de los Estados Unidos y los
criminales nipones sufrieron avisos y advertencias de que serían demandados por
difamación y propaganda contraria a los intereses nacionales. Tal vez esas
advertencias fueron las que me impulsaron a tomar la medida que hizo rebosar el
vaso de la tolerancia de Mac Arthur y, de paso, puso fin a mi estancia en Japón
y a mi trabajo en el Times. Les
contaré lo que sucedió.
***
Todos los jueces del Tribunal Internacional habían ido llegando a Tokio.
Me interesaba entrevistar al que representaba a China o, en su defecto, al de
la Unión Soviética. Este último era de los pocos cuya extracción era
estrictamente militar[60]
y, por otra parte, no me agradaba aportar el punto de vista de un personaje
comunista. Opté, pues, por pedir audiencia al juez chino, Mae Ju-ao[61],
para hacerle una entrevista, en mi calidad de corresponsal de un importante
diario norteamericano. Previamente, me había informado de la personalidad del
señor Ju-Ao, llegando a la conclusión de que, si aceptaba mi solicitud, podría
confiar en que se mostrase abierto y sincero. A fin de cuentas, ninguna nación
había sufrido más que China el azote de la crueldad japonesa, en especial, de
la Sección 370.
El juez Ju-Ao me concedió la entrevista solicitada, recibiéndome en una
de las salitas reservadas para huéspedes en el hotel de Tokio en que el GHQ le había reservado una suite. Faltaban apenas tres días para la
apertura de las sesiones del Tribunal Internacional, por lo cual era
comprensible que me hubiese dedicado apenas unos minutos, pero su cortesía era
exquisita y tal vez le impresionó favorablemente mi forma de aproximarme a su
persona. Para algo había de servirme el preparar a fondo la conversación como
solía hacerlo, cosa que extrañaba entre mis colegas corresponsales, que eran un
poco de aquí te pillo, aquí te mato.
Pero a lo que voy. Tras tocar varios temas relacionados con el próximo
juicio y con lo que China –tan sufriente por aquellos crímenes- esperaba de él,
le planteé la cuestión sorprendente de
que, a juzgar por la identidad de los acusados, no se fuese a tocar el tema de
los experimentos con seres humanos y de la guerra bacteriológica llevados a
cabo por la Sección 370, la Sección 100 y otras. Comoquiera que el
juez, tratando de dejar en buen lugar a los organizadores del juicio, eludiera
el dar una opinión categórica, apuntando a que podría haber juicios ulteriores
en que sí se abordasen, yo le repliqué tajantemente:
-
No será ese el caso, Señoría, pues no
se trata de que de posponga el juicio, sino de que no habrá juicio, porque las
autoridades americanas consideran que todo aquello es un bulo montado para
criticar la tolerancia de los Estados Unidos con unos supuestos responsables. Un bulo –añadí- de cientos de miles de
víctimas, de compatriotas suyos, a los que el olvido arrebatará doblemente la
vida.
Y, de manera escueta, le hice ver la actitud agresiva que ciertas
autoridades americanas estaban teniendo hacia los medios informativos que
afirmaban la realidad de aquellos crímenes, así como las sospechas de que
hubiese un acuerdo de inmunidad con Ishii y sus inferiores, si colaboraban en
los proyectos estadounidenses de guerra bacteriológica. Durante casi un minuto,
el juez Ju-Ao mantuvo un tenso silencio, una lucha interior entre la discreción
y la rabia. Finalmente, se limitó a responderme:
-
Mientras yo esté aquí, representando a mi país en el Tribunal, no puedo
hacer otra cosa que confirmarle bajo mi palabra que cuanto acaba usted de
manifestar es completamente cierto.
- ¿Podría acogerme a su
autoridad en el caso de que alguien pusiera oficialmente en duda la existencia
y los crímenes de la Sección 370, inquirí?
- Lo refrendaré, si usted lo
juzga indispensable. Si así fuere, me vería obligado a apartarme del proceso,
para evitar el incidente de recusación que, a no dudar, formularía a mi
respecto el fiscal estadounidense.
- No será necesario –le
prometí-. Cumpla aquí con su misión, como yo lo haré con la mía, mientras me
dejen.
Una sesión de los juicios de Tokio (1948)
Pero no me dejaron. Como era de esperar, el juez Ju-Ao, como todos los
demás colegas del Tribunal Internacional, tenían vigilancia militar más o menos
camuflada para evitarles toda clase de contratiempos,
como el de un periodista sonsacador que ya estaba debidamente avisado por Mac Arthur. En cuarenta y
ocho horas me retiraron la credencial de periodista en el Japón ocupado y se me
concedió el plazo de una semana para abandonar voluntariamente el país, bajo
apercibimiento de que, caso de no hacerlo, se me abriría proceso por
actividades contrarias al honor del ejército y del gobierno de los Estados
Unidos y de acoso a un juez del
Tribunal Militar Internacional. Por un mero formulismo, telefoneé a Hotchkiss,
para comunicárselo y pedirle consejo. Su respuesta corroboró la eficacia de
nuestras autoridades y el valor de la libertad de prensa:
-
Ayer le llamaron de la Secretaría de
Estado a Chandler para comunicárselo. Está que echa chispas.
-
¿Con la Secretaría de Estado?, pregunté
sarcásticamente.
-
Contigo, pequeño mastuerzo –contestó
con cierta ternura-. Anda, haz la maleta y vuelve acá, que, para actuar de
manera tan decidida e indisciplinada, hay que haber ganado antes uno o dos
premios Pulitzer.
-
Para eso, todavía me faltan unos cuantos siglos –repliqué-. Además, si
alguna vez llego a estar tan galardonado, L.A.
Times sería poco para mí.
Así pues, de entrada, no volví a Los Ángeles, sino a mi familiar
estación de servicio en Madera, dispuesto a continuar mi vida tan lejos del
periodismo como me permitieran el sentido común y un inmarcesible anhelo de
libertad.
Imperio japonés en su máxima extensión (1942)
***
Pese al gobierno de los Estados Unidos, no tardó mucho en saberse de
manera irrefutable la terrible verdad de lo sucedido en Manchuria y en China
propiamente dicha con las Secciones 730 y
100. Corrió a cargo de los soviéticos
el preparar y celebrar en la ciudad siberiana de Jabárovsk –muy cerca de la
frontera con China-, los días 25 a 30 de diciembre de 1949, un juicio para
sacar a la luz y castigar los crímenes cometidos por responsables de dichas secciones. Naturalmente, por la negativa
norteamericana de entregarlo a las autoridades soviéticas, el general Hiro
Ishii no formó parte del grupo de doce acusados. Solo uno de ellos, el general
Otozo Yamada, era un militar no vinculado directamente con los experimentos y
prácticas biológicas de las secciones. Los otros once eran
integrantes de los servicios médicos, veterinarios y de laboratorio
directamente implicados. Las sesiones del juicio duraron unas veintidós horas,
en el curso de las cuales los acusados confesaron en lo sustancial los crímenes
de los que eran acusados –hecho poco de fiar en los grandes procesos de los
países comunistas-. Todos los acusados fueron condenados a penas entre 3 y 25
años de trabajos forzados[62],
no obstante lo cual, al normalizarse las relaciones diplomáticas entre la Unión
Soviética y Japón en 1956, la mayoría de los prisioneros supervivientes fueron
repatriados a su país.
Habiéndose producido el juicio de Jabárovsk en plena guerra fría, ante
un tribunal exclusivamente ruso y avergonzando a los Estados Unidos por la
impunidad concedida a Ishii y otros colaboradores, los periódicos occidentales
tildaron el proceso de propaganda
comunista y adujeron la falta de credibilidad de las confesiones y
testimonios. Yo, que vivía por aquel entonces en Washington, escribí una carta
a la dirección del Washington Post,
en la que irónicamente escribía que, por
experiencia propia, me consta que los hechos recogidos en la sentencia son
completamente ciertos, así como que
me ofrecen la misma credibilidad las confesiones de los acusados en Rusia, que
las disculpas y negaciones de nuestras autoridades en esta materia. Todavía
estoy esperando la publicación de mi carta o, en su defecto, que el diario
capitalino me diera una disculpa o explicación de su rechazo. No me pilló de
sorpresa: También tenía experiencia personal de la cobardía de nuestra prensa
en la materia.
Nota del editor de esta
historia.- La vida de Richard Atkins se extinguió en 1974. He de ser yo,
por tanto, quien aporte algunos datos más sobre la verdad de lo narrado por él
en este último capítulo. Lo resumo de la siguiente forma:
-
Con el paso de las décadas, la
desclasificación de documentos obrantes en los archivos oficiales de los
Estados Unidos y de Rusia ha permitido que las actuaciones procesales del
juicio de Jabárovsk sean consideradas una fuente documental irrefutable
del horror biológico causado por los japoneses en Asia.
-
Instituciones gubernamentales de China
e historiadores de varias nacionalidades han completado la traducción
exhaustiva de las grabaciones de audio originales del juicio de Jabárovsk,
aportando nuevas evidencias sólidas sobre la red criminal de experimentación
japonesa con seres humanos.
Valga lo expuesto como tributo de respeto a la memoria de Dick Atkins, periodista aficionado de Los Angeles Times y buen amigo de la verdad.
[1] Feliz por
ser el mes en que los norteamericanos ganaron la guerra mundial en el Pacífico,
al producirse la rendición del Japón -2 de septiembre de 1945-.
[2] Unidad de fuerzas especiales -unos
tres mil efectivos-, al mando del general de brigada Frank Merrill, que luchó
valientemente en Birmania a lo largo de 1944, sufriendo enormes bajas: apenas
unos 200 hombres resultaron incólumes.
[3] Apelativo usual del editor y director
general de un diario estadounidense.
[4] Hotchkiss se llamaba Loyal Durand,
nombres que todos resumían en L.D.
[5] Era la cabida aproximada de un koku,
o medida del arroz considerado suficiente en Japón para alimentar a una persona
durante un año (aproximadamente, medio kilo al día).
[6] El conocimiento occidental de los
samuráis se obtenía de una vieja leyenda -el Hagakure,
compendiado por Tsunetomo Yamamoto en 1716- y de un libro relativamente
moderno: Bushido: El alma de Japón, publicado por Inazo Nitobe en 1899.
[7] Hideki Tojo (1884-1948) fue primer
ministro de Japón entre octubre de 1941 y julio de 1944, siendo considerado el
prototipo del militar imperialista nipón. Fue ejecutado en octubre de 1948 por
criminal de guerra.
[8] La visión de Richard Atkins coincide
con la reflejada por Roger Bersihad en su Historia del Japón, edit. Luis
de Caralt, Barcelona, 1969.
[9] Norman Chandler (1899, 1973), editor y
presidente de Los Angeles Times entre 1941 y 1960.
[10] Plural de la palabra nisei, que
define en japonés a los integrantes de la primera generación de japoneses
nacidos en el extranjero. En los Estados Unidos, dada su Constitución, tenían
nacionalidad americana por el solo hecho de haber nacido en su territorio (ius
soli).
[11] Siglas de Universidad del Sur de
California, centralizada en la zona de Los Ángeles, que mantiene notable
rivalidad con la UCLA (Universidad de California en Los Ángeles). Fue fundada
en 1880 y sus alumnos reciben el apodo de troyanos.
[12] Barnard Rubin (1919-1951), el más
famoso de los redactores de Barras y Estrellas, edición del Pacífico. Al
ser expulsado del citado diario, colaboró en diversos periódicos de los Estados
Unidos, sobre todo, en el Daily Worker (1924-1958), órgano oficial del
Partido Comunista de los Estados Unidos.
[13] Prestigiosa condecoración militar
estadounidense, cuya concesión tiene como requisito necesario el de haber sido
herido o muerto en combate.
[14] El
narrador debe de referirse a la siguiente obra: Lafcadio Hearn, Japan: An attempt to interpretation, Macmillan,
New York, 1904. Por cierto, el autor se nacionalizó japonés, con el nombre de
Yakumo Koizumi (coloco, a la española, el nombre antes que el apellido, a
diferencia de la costumbre nipona).
[15] Periódico de las fuerzas armadas
norteamericanas, publicado desde 1942 y distribuido gratuitamente entre sus
miembros para su información y esparcimiento, sobre todo, durante los periodos
de guerra y operaciones militares en el extranjero.
[16] El
primer número de dicha edición apareció el 3 de octubre de 1945. Anteriormente,
el Pacific Stars and Stripes se editó
en Honolulu, a partir del 14 de mayo de dicho año 45.
[17] Más adelante, quedaría de manifiesto
su simpatía por el comunismo, lo que le concitó la enemiga del Comité de
Actividades Antinorteamericanas.
[18] Douglas Mac Arthur (1880-1964), muy distinguido militar
estadounidense que, en lo que aquí importa, ejerció el mando supremo (SCAP)
de todas las fuerzas armadas aliadas en el Japón ocupado entre 1945 y 1951.
[19] Importante diario japonés en lengua
inglesa fundado en 1897 como Japan Times, que cambió por Nippon Times
entre 1943 y 1946.
[20] Apelativo, entre admirativo y
peyorativo, que se usa en los Estados Unidos para referirse a los grandes
magnates de la prensa y otros muchos negocios.
[21] El
emperador Hiro-Hito tenía a la sazón cuarenta y cuatro años.
[22] Kyle Palmer sería así llamado cuando,
en la década de 1950, se dedicó a promover con éxito la carrera de varios
políticos republicanos de los EE.UU., singularmente, la del futuro presidente
Richard Nixon.
[23] Personaje
real.
[24] Principales instalaciones del GHQ, o
Cuartel General Supremo de las Fuerzas Aliadas en Japón.
[25]Gran diario japonés, fundado en 1879
en Osaka y pronto trasladado a Tokio. Su ideología es considerada como liberal
y de tendencia de centro-izquierda.
[26] Harry S. Truman (1884-1972),
presidente de los Estados Unidos entre 1945 y 1953.
[27] Véase antes la nota 7.
[28] Se alude al New York Herald Tribune
(1924-1966), gran periódico estadounidense.
[29] Cuando menos, en comparación con otras
grandes potencias y, sobre todo, en relación con su población. La superficie
nipona es actualmente de 378.000 km2, similar a la histórica.
[30] A la conclusión de la II Guerra
Mundial, era de unos 70 millones de habitantes.
[31] El ultimátum de Perry forzó al shogún
a firmar el acuerdo de Kanagawa (1854), que abría el país a las relaciones
económicas y diplomáticas con otros Estados, singularmente, las potencias
occidentales.
[32] Siglas para el Supreme Commander
for the Allied Powers (en español: Comandante Supremo de las Potencias
Aliadas). El cargo fue ostentado únicamente por el general Mac Arthur.
[33] Órgano oficial del Partido Comunista
de los EE.UU., que circuló entre 1924 y 1958.
[34] Conocida expresión para referirse a
las actuaciones del Comité de Actividades Antinorteamericanas.
[35] Batalla aero-naval desarrollada entre
el 4 y el 8 de mayo de 1942, en que las fuerzas armadas estadounidenses y
australianas frenaron el avance japonés en el Pacífico, en dirección a Nueva
Guinea y Australia.
[36] Bikko en japonés significa cojo. La
palabra sufijo san es un tratamiento medio de respeto, análogo a nuestra
palabra prefijo señor.
[37] El premio periodístico más prestigioso
de los EE.UU., que viene concediéndose desde 1917.
[38] Dwight David Eisenhower (1890-1969),
militar y político estadounidense, presidente de los EE.UU. entre 1953 y 1961.
Acabada la guerra en Europa, ostentó el cargo de Jefe de Estado Mayor del
Ejército de los Estados Unidos (1945-1948).
[39] Era secretario de Estado a la sazón
James F. Byrnes.
[40] Más
adelante se insiste en esta cuestión, a propósito del Escuadrón 731 y de los llamados Juicios
de Jabárovsk (1949). Véase, Juan Carlos Gómez Acevedo, Unidad 731: La guerra biológica del Imperio del Japón, trabajo de
fin de grado, Universidad de Sevilla, curso 2020-2021, espec. pp. 21-37 y
43-48, con bibliografía en pp. 54-58 (es plenamente accesible por Internet).
[41] Theodore Roosevelt fue presidente de
los EE.UU. entre 1901 y 1909.
[42] La era Meiji o reinado del
emperador Mutsu Hito se extendió de 1868 a 1912.
[43] Siglas
por las que era conocido el Cuartel General Supremo de las Fuerzas Aliadas en
Japón, al frente del cual se encontraba el general Mac Arthur.
[44] Wolf Ladejinski (1899-1975), destacado
economista y agrónomo estadounidense de origen ruso.
[45] Política socioeconómica implementada
entre 1933 y 1939 por el presidente Franklin D. Roosevelt para contrarrestar
los perniciosos efectos de la Gran Depresión, iniciada en 1929.
[46] Muy
interesante –y suficiente como introducción- es el siguiente artículo: Tsutomo
Takigawa, Historical background of
agricultural land reform in Japan, www.ide.go,jp,
pp. 290-310.
[47] Hiroo (o Hiro) Wada (1903-1967),
ministro japonés de Agricultura y Silvicultura en el periodo 1946-47.
[48] El bombardeo tuvo lugar el 10 de julio
de 1945.
[49] Shigeru Yoshida (1878-1967), primer
ministro de Japón en 1946-1947 y 1948-1954.
[50] El
cálculo era demasiado optimista. Al final del proceso de reforma, las tierras
que continuaban arrendadas se acercaba al 10%. Pero la escasa renta fijada por
ley significó que arrendar tierras a los campesinos no fuese un buen negocio,
lo que determinó que el volumen de tierras arrendadas pronto llegase a ser
meramente testimonial.
[51] El
realidad, la vigente constitución japonesa de 1947 era posterior a la Ley de
Reforma Agraria de 1946, pero se entendía de aplicación retroactiva, en la
medida en que reconocíera derechos fundamentales de los ciudadanos y, por
tanto, era aplicable al caso por el principio de mayor favorabilidad.
[52] Lo
que viene a equivaler a 300 dólares actuales (2026), calculando que un dólar de
1965 permitía comprar lo que 11 dólares actualmente.
[53] Ampliable hasta el 23 de diciembre de 1948, fecha en que se cumplieron las siete sentencias de muerte.
[55] Solo dos de ellos -el de la URSS y el
de los EE.UU. que reemplazó al primeramente nombrado- eran militares de
carrera.
[56]
Nuestro narrador, Richard Atkins, estaba en lo cierto. Sabido es que los
tribunales penales internacionales vienen teniendo, en lo sucesivo, un carácter
estrictamente civil.
[57] Shiro
Ishii (1892-1959), profesor y militar, experto bacteriólogo, que aplicó sus
conocimientos sobre seres humanos vivos, dentro de políticas de experimentación
y de guerra biológica. Dotado de inmunidad por los norteamericanos a cambió de
transmitirles su voluminosa experiencia al respecto, siguió viviendo en Japón,
hasta morir en 1959 de un cáncer de laringe. Hay quien dice que llegó a
trasladarse a los Estados Unidos para cooperar en ensayos de su especialidad. Otros, por el contrario,
sostienen que Ishii cambió radicalmente de conducta después de la guerra,
abriendo en Tokio una clínica médica de atención gratuita y convirtiéndose al
catolicismo.
[58] Dado
que la mayoría de ellas fueron consecuencia del lanzamiento aéreo de armas biológicas sobre diversas ciudades
de China, los datos admiten una gran variabilidad: entre 200.000 y 500.000
muertos.
[59] Mayo
de 1946.
[60] Haciendo
una valoración aproximada, puede decirse que solo los jueces Zaryanov –el de la
URSS- y Cramer –el estadounidense que reemplazó a su compatriota Higgins, una
vez empezado el juicio- eran exclusivamente militares. Otros dos –el filipino
Jaranilla y el francés Bernard- habían desempeñado anteriormente funciones
civiles y militares. Los de las otras siete naciones representadas en el
tribunal eran exclusivamente civiles –magistrados y profesores-, incluido su
presidente, el australiano, Sir William Flood Webb. Como puede verse, no era
una proporción adecuada para un tribunal que se consideraba militar.
[61] Mae Ju-Ao (1904-1973), excelente
jurista chino formado también en universidades norteamericanas. Es autor de
unos Diarios de los juicios de Tokio, editados por el gobierno chino en
1988 (idioma chino) y 2019 (en inglés).
[62] Dado
que la Unión Soviética había abolido la pena de muerte en 1947, 25 años de
trabajos forzados eran la máxima pena posible en aquel momento y país.

