sábado, 9 de mayo de 2026

EL FAMILIAR DE LA INQUISICIÓN Y EL CONDE-DUQUE DE OLIVARES

 

 

El familiar de la Inquisición y el Conde-Duque de Olivares

Por Federico Bello Landrove

In memoriam, John Elliott (1930-2022)

 

     Un ocasional familiar de la Inquisición se ve involucrado a su pesar en los manejos del Santo Oficio contra el Conde-Duque de Olivares tras su caída política. De ello se derivarán diversas consecuencias, tan verídicas, en general, como el hecho de la persecución inquisitorial del Conde-Duque. Las notas al texto y el sentido común de los lectores permitirán discernir con claridad lo cierto en este relato de lo meramente verosímil.

 

Colegiata de Toro


1.      Donde Adrián Ocampo se presenta y narra sus años mozos

 

     Hoy, 21 de septiembre de 1665, festividad del apóstol San Mateo, me ha llegado la infausta noticia de la muerte del rey nuestro señor[1], acaecida en Madrid, cuatro días hace, a los sesenta años de su edad. Dícese que, más que el tiempo vivido, han acabado con su vida las malas costumbres y los muchos trabajos a que sometió su cuerpo desde que subió al trono con tan solo quince años. De una cosa en otra, he reparado en que no ando yo tan lejos de la sesentena, esa década funesta en que vienen a finar la mayoría de los mortales, por más que lleven una vida morigerada y virtuosa y no tengan mayores cuidados que los propios de una existencia laboriosa, como me atrevo a afirmar que es mi caso. Y burla burlando, de la suerte del rey he venido a parar en la de su valido, aquel Conde-Duque de Olivares, a quien conocí y traté en su destierro de Toro cuando, decaído de cuerpo y flaco de espíritu, corría a su acabamiento, aún más joven que a él ha llegado su señor.

     Aunque han pasado veinte años desde que se le diera sepultura en su villa de Loeches, muchos aún lo recuerdan, con un respeto que estuvo lejos de despertar en vida. Llegan algunos a jactarse de haberlo conocido cuando, todo lo más, lo vieron pasar en su carroza. No es ciertamente mi caso, aunque a estas alturas me puedan el remordimiento y la nostalgia, hasta el punto de desear no habérmelo encontrado, al menos, de la manera y con el efecto que fue. Seguramente debería dejar tales circunstancias en el fuero de la conciencia y llevármelas a la tumba, pero ahora soy incapaz de apartar los recuerdos de mi cabeza y una y otra vez torno a mi despacho, tomo asiento y cojo la pluma, como movido por una voz semejante a la que oyó el Santo de Hipona, impulsándolo a leer[2], solo que a mí me exhorta a escribir. ¡Bien está! No me resistiré y cumpliré la tarea con verdad y detenimiento, valga para lo que valiere y aunque solo aproveche para que mis deudos alimenten con los folios el fuego del hogar. Por más que no crean ustedes que habré de ponérselo fácil: Sepultaré el fruto de mi péñola entre los más escondidos y polvorientos legajos del archivo de la casa a la que sirvo desde hace más de un cuarto de siglo. Correré así el albur de que, si no sirve de pasto para los ratones, pueda ser descubierto por algún curioso que lo dé a luz cuando mis huesos se hayan convertido en polvo.

***

     Nací en Villalba del Alcor[3] el año del Señor de 1615, siendo bautizado en la iglesia de Santiago de dicha villa, con el nombre de Adrián. Era mi padre de la familia hidalga de los Ocampo, oriundos del reino de Galicia, y había casado con mi madre, quien, a falta de otros títulos de prosapia, tenía el de pertenecer a una familia de cristianos viejos, labradores acomodados, que la habían dotado ricamente al matrimoniar con alguien de rango superior quien, además de las rentas de sus tierras de linaje, ejercía el oficio de escribano del número de la villa. Esos buenos antecedentes, como también mi aprovechamiento en los estudios, animaron a mis padres a darme carrera universitaria, buscando preparar un futuro favorable para quien, en buena lógica, no tendría muchas posibilidades de medrar con el cultivo de la tierra. Por razón de cercanía, la academia elegida debía haber sido la de Valladolid, pero yo preferí la fama de Salamanca. Logré mi propósito de estudiar en la ciudad del Tormes tras conseguir una beca en su ilustre colegio de Fonseca, haciendo valer mi aplicación y origen gallego, aunque en mi caso fuese bastante remoto. Tras aprobar los cinco años reglamentarios, obtuve el grado de bachiller en leyes en su modalidad completa de utriusque iuris[4], cosa infrecuente en los colegiales que no pensaban en ordenarse, como precisamente era mi caso. Para mejor aprobar las materias del Derecho canónico, frecuenté el convento dominicano de San Esteban, lo que mucho me ayudó, no solo en ese empeño académico, sino para familiarizarme con las normas y práctica de la Santa Inquisición en la que, como es bien sabido, los dominicos ostentaban prácticamente el monopolio en España de la labor judicial y teológica de la institución.

     Sucedió que, a poco de concluir mis estudios y antes de buscar en firme, como era mi propósito, a algún abogado vallisoletano de prestigio con quien practicar, murió mi señor padre y, por lo pronto, no se halló candidato para ocupar su puesto de escribano en la pequeña y nada opulenta villa del Alcor. Imaginé que podría aspirar a él yo, pero no sería por lo pronto, dado que me faltaban dos años para cumplir los veinticinco[5]; ni tampoco disponía de los tres mil ducados que, como mínimo, podrían permitirme heredar el oficio paterno. Sin saber qué hacer por el momento, recordé que en el tribunal de Valladolid ejercía como inquisidor fray Juan de Porres, hombre ya mayor y muy experto en su oficio, a quien había tenido ocasión de conocer y tratar durante las visitas que hacía a sus hermanos de religión en el convento de San Esteban. Fray Juan, en un principio, me animó a entrar en religión, cosa que -dijo- me resultaría muy fácil, dada mi preparación teológica y buenas costumbres, por no aludir, además, a mi poco vehemente interés por las mujeres.

-          Podrías tomar los hábitos de nuestro padre Santo Domingo -agregó el buen fraile- en tan ilustre convento como es el de San Esteban de Salamanca y pronto estarías en condiciones de aspirar a un puesto de inquisidor en alguno de los tribunales menos anhelados por mis hermanos, como los de Llerena o Canarias, cuyas plazas permanecen vacantes durante largos periodos.

-          No me lo tome a mal su paternidad -le respondí-, pero no me llama Dios por la vía del sacerdocio y el hecho de que aún no haya tomado mujer, ni me halle comprometido con ninguna, no significa que no sea mi intención hacerlo más adelante, cuando pueda ofrecerle algo más que sotana y bonete.

     Fray Juan sonrió, al tiempo que se hacía cargo de mi confusión ante el futuro, fruto de la edad juvenil. Rectificando su consejo precedente, me sugirió:

-          Tal vez sea buena cosa que esperes a cumplir los veinticinco, pues es condición inexcusable para recibirte de escribano o de letrado, como también para aspirar a algún puesto en la Inquisición. Entre tanto, podrías tomar empleo en alguna casa noble como administrador o secretario. Tal vez, en tu mismo pueblo…

-          Mal sitio sería ese para mí, reconocí. En vida, mi padre se granjeó en el desempeño de su oficio muchas malquerencias y enemistades. Además, el señor de Villalba, el conde de Castilnovo, apenas para en la villa y no está bien visto por los lugareños. Si su paternidad pudiera darme carta de presentación para alguna otra familia de alcurnia, que pudiera precisar de mis servicios… De entrada, con ganar para mantenerme me daría por satisfecho.

     El fraile se quedó pensando unos momentos, que me parecieron días. Finalmente, encontró la salida en algo tan obvio como mi apellido:

-          Tu apellido es Ocampo. ¿No te tocarán los señores de Villagarcía?

-          Pues no lo sé -repuse-. Tendría que habérselo preguntado a mi padre, pero nunca hablamos con detalle de ello. Desde luego, hidalgos somos y nuestra casa ostenta un escudo jaquelado que, aunque, desgastado por los años, deja todavía ver lo que mi progenitor llamaba las quince piezas.

     Porres no se dio por satisfecho, mientras yo no le trajera, al menos, un esbozo del árbol genealógico de mi familia paterna. No obstante, me adelantó su propósito, para el caso de que los Ocampo de Villagarcía de Campos y de Villalba del Alcor estuvieran emparentados. Me dijo así:

-          Es la de Villagarcía una casa de probada nobleza y prestigio, evidenciado cuando, hace cosa de un siglo, el Emperador confió a su señor, Luis de Quijada, el cuidado de su hijo bastardo, el inolvidable don Juan de Austria[6]. De entonces acá, el señorío se ha ido engrandeciendo por sucesivos matrimonios, aunque corroído por el gusano insaciable de la Orden de los jesuitas, que han sorbido el seso a las mujeres de aquella estirpe, hasta el punto de levantar a sus expensas un enorme convento y colegio, que llaman de San Luis, que no ha cesado de crecer, tanto en extensión, como en la afluencia de novicios que acuden a sus aulas. Pero dejemos estas críticas, tan justas como poco fraternas, y atengámonos a lo que nos ocupa. Hace cosa de un par de años que murió viuda la anterior señora, doña Inés[7], dejando como heredera a una sobrina-nieta, llamada doña Elvira[8], casada con el conde de Peñaflor, quienes residen en tierras de Sevilla y no es nada probable que vengan asiduamente por Villagarcía a cuidar de sus posesiones -lo que tan necesario sería-[9]. En resumen, puede ser un buen momento para que te reciban al servicio de su administración, para lo cual tu apellido y la carta de presentación de un inquisidor del tribunal vallisoletano podrían obrar maravillas.

-          No lo dudo, padre, repuse esperanzado, pero no nos precipitemos. Conforme a lo que me ha sugerido, hablaré con un genealogista y, con lo que él tenga averiguado de nuestro linaje, volveré a visitarle y vuestra merced resolverá.

     Afortunadamente, nuestro árbol genealógico pareció corroborar la sospecha de que la rama del Alcor se rozaba con la de Villagarcía, si bien desconozco hasta qué punto agitó el perito los brazos de ambas para que se tocaran. Provisto de tan prometedor documento, ornado de sinople, gules y oros, regresé al padre, recibí de él la elogiosa recomendación prometida y acudí a dejar todo ello en Villagarcía, a la atención de su señora. Luego, regresé a Villalba a esperar acontecimientos. Mas, notando que mis hermanos censuraban mi obligada indolencia temiendo que me acostumbrase a la sopa boba, opté por aposentarme en un mesón cabe la puerta del Campo en Valladolid, pagando mi alojamiento y manutención fungiendo de pendolista.

Armas de los Ocampo, con los colores de sus ramas leonesas y castellanas

***

     No me fue difícil entrar al servicio de la señora de Villagarcía pues, como me había adelantado fray Juan de Porres, con la muerte de doña Inés, su anterior titular, y la nula vigilancia que sobre su patrimonio villagarciense ejercían la actual señora y su marido[10], todo parecía estar manga por hombro y resultaba poca cuanta ayuda y energía pudiera recabar el administrador de aquellas propiedades, a quien daré el nombre ficticio de Manuel Robles, para no manchar su memoria con las críticas que he de hacer a su labor. El caso es que el noviciado de la Compañía de Jesús hervía de aspirantes y, comoquiera que el Colegio inicial, aunque amplio, había venido a ser insuficiente, los poco escrupulosos padres se iban adueñando de dependencias anejas, pertenecientes al palacio de los señores, aunque estos, por su constante ausencia, no las habitaran. Sucedía además que parte de aquel gran caserón había aprovechado porciones del vetusto castillo allí levantado siglos atrás[11] y, al no cuidarse de realizar las obras mínimas para su conservación, amenazaban ruina y ponían en peligro a los servidores y lugareños que por allí transitasen. Añádase a todo ello que la capilla que la difunta doña Inés de Salazar había mandado levantar a los pies de la colegiata para enterrarse en ella llevaba la traza de convertirse en una nueva obra de El Escorial: todo eran presupuestos y proyectos, sin empezar a otra cosa que a generar facturas. Pero lo que acabó por exasperarme fue el constatar que padres y novicios iban despojando el palacio de sus mejores galas, que trasladaban a las estancias del Colegio, como si contasen con la venia de sus legítimos dueños. Y, a todo esto, Robles se encogía de hombros y dejaba hacer, con la peregrina explicación de que convento y palacio eran todo uno, pudiendo en todo caso retornar lo usurpado, si los señores, en visitando su palacio, lo echaran a faltar. Para mí que aquel administrador, aunque honrado, tenía en mucho más el agradar a los omnipresentes jesuitas que a los dueños ausentes. Unos me susurraban que a aquellos debía en realidad su cargo; otros murmuraban que don Manuel ya estaba achacoso y cumplía a rajatabla el dicho de vengan días y vayan ollas.

     Harto de contemplar impasible aquella situación, me confabulé con dos de los regidores más influyentes de la villa y logré que el concejo tomara por unanimidad la decisión de escribir a la señora de Villagarcía para exponerle la situación inveterada de ruina en que se hallaba el castillo y, sobre todo, la demora en comenzar las obras de la capilla funeraria para su difunta madre, doña Inés, a quien toda la villa recuerda con el mayor cariño y respeto. La misiva se envió a su destinataria a espaldas de Robles, su administrador en Villagarcía, aunque no dudo de que le llegase el rumor del acuerdo. A los seis meses de la remisión, la señora anunció su venida a la villa en compañía de su esposo, a fin de presentar formalmente a su hijo don Gaspar, heredero del señorío, a las buenas gentes del mismo[12]. Imagino yo que ese motivo fue un pretexto para enmascarar la verdadera razón de la visita, que no era otra que la de comprobar la veracidad de la denuncia concejil. Lo cierto es que muchas cosas cambiaron a partir de entonces: Los jesuitas devolvieron lo usurpado y, en lo sucesivo, menguaron su avidez y su soberbia; se emprendieron en serio las trazas de la capilla panteón de doña Inés de Salazar[13] y, en lo que más me atañía, Manuel Robles fue honrosamente jubilado de sus funciones, siendo yo promovido a la administración de aquella casa. No quiero recordar la conmoción que mi nombramiento produjo, no tanto por la retirada de quien ya estaba cargado de años y de achaques, cuanto por la vehemente sospecha de los jesuitas de que, en adelante, no podrían actuar en Villagarcía a su antojo. El propio rector del Colegio me convocó a su despacho, en principio, para acordar ciertas cuestiones que -según él- a ambos interesaban por igual, pero la plática acabó convirtiéndose en una admonición para el caso de que yo siguiera indisponiendo a doña Elvira contra los padres, que tan solo buscan la gloria de la casa de Quijada con la prosperidad y el brillo del Colegio de San Luis. Por respeto a sus canas y al lugar en que nos hallábamos no le respondí como merecía, aunque sí le dejé claro que la prosperidad y el brillo de la casa y el Colegio tendrían que marchar de consuno y no los del uno a costa de los de la otra. En fin, ya en mis aposentos, imaginé un adelanto del avispero en que se convertiría mi vida, si seguía en Villagarcía, sirviendo a unos amos ausentes y enfrentado a una de las comunidades más poderosas de Orden tan preeminente. Recordé que ya estaba a punto de cumplir los veinticinco años y contemplé la oportunidad de buscar un nuevo acomodo que pudiera proporcionarme más fortuna y menos tribulaciones. Pero, antes de tomar decisión tan aventurada, resolví acudir al padre Porres, todavía inquisidor en Valladolid, en busca de consejo y ayuda.

Colegiata de Villagarcía de Campos (gentileza de “Viajes y Rutas”)

 

2.       En el que Adrián de Ocampo cae en brazos de la Santa Inquisición

 

     Habían pasado dos años sin que hubiera vuelto a ver al inquisidor Porres y, al volver a tenerlo ante mí, me pareció un trasunto de la decadencia que aquejaba a España en aquel tiempo[14]. Con todo, su mente permanecía lúcida y sus ojos mantenían la mirada penetrante y escrutadora que les era habitual. Comenzamos nuestra conversación aludiendo a las agobiantes tareas que fray Juan decía que pesaban sobre él en el tribunal inquisitorial de Valladolid, sin que le tuvieran consideración ninguna por los muchos años que en él había servido[15].

-          Hay ocasiones -se me quejó- en que el tribunal tiene que funcionar con solo dos inquisidores y todavía nos recriminan porque no hacemos con mayor frecuencia visitas de inspección en las diócesis que forman parte de nuestro distrito[16]. Estoy por mandar mi renuncia a la Suprema[17] y retirarme al convento. Si no lo hago, es en consideración a Sotomayor, mi hermano de Orden, que con algunos años más que yo todavía soporta una carga mayor[18]. Pero abandonemos el relato de mis cuitas y sé tú quien me informe de tu vida y milagros… Algunas nuevas me han llegado de que cuentas con el aprecio de tus señores, pero también con la inquina de los hijos de San Ignacio.

     No dejó de admirarme la información con la que contaba Porres, aunque tuviera conciencia de que los ojos y los oídos del Santo Oficio llegaban a todas partes. En cualquier caso, libre ya de comunicarle generalidades, descendí a los detalles y le referí pormenor cuanto he dejado dicho al final del capítulo precedente, así como mi voluntad de abandonar el servicio de la casa de Villagarcía y dedicarme a otras ocupaciones menos conflictivas, ahora que estaba a punto de alcanzar la mayoría de edad y, con ella, la posibilidad de ejercer de escribano o de abogado, si hallaba oportunidad y medios para ello. El inquisidor, antes de darme su parecer, preguntome:

-          Si tuvieras a tu lado un poder que te mantuviese a salvo de la malevolencia de los jesuitas, ¿permanecerías en tu puesto de Villagarcía, al menos, durante un tiempo?

-          Padre, repliqué yo, los señores me tienen bien considerado y la paga es generosa, más que suficiente para mantenerme y ahorrar dos terceras partes de ella, pero en modo alguno me compensa de las asechanzas de aquellos clérigos pues ¿quién tendrá fuerza para librarme de ellos?

-          Los mismos -replicó Porres- que los ha mantenido a raya durante un siglo, domeñando su soberbia y vigilando muy de cerca sus inclinaciones a la herejía: la Santa Inquisición[19]. ¿De otro modo, quién sabe adónde habrían llegado en su egoísmo y su soberbia?

     Y, aplicando esas ideas generales a mi caso, fray Juan me hizo ver la preocupación que venía generando en la Inquisición vallisoletana la presencia en Villagarcía del noviciado de los jesuitas, cada vez más numeroso y boyante, como yo bien había tenido ocasión de constatar, hasta el punto de que, habiendo quedado pequeño el Colegio para tan numerosa congregación, esta se acogía parcialmente a las casas de la villa, llenándola toda de su influencia y cuantiosos recursos.

-          Y todo ello -concluyó el padre-, de forma casi descontrolada, pues habrás de saber que apenas tenemos en el pueblo dos o tres familiares, cuyo celo y preparación son muy insuficientes para la tarea de información y de vigilancia que allí se precisaría. Puedes creerme, aunque no considero oportuno revelarte ahora sus nombres.

     Dejó pasar el inquisidor cosa de un par de minutos en silencio, con las manos apoyadas en el entrecejo, como si meditara con cuidado lo que habría de decirme a continuación. A fe que habría de ser algo de gran importancia para mí.

-          Por lo que me has dicho -por fin reanudó el diálogo-, el mes que viene cumplirás veinticinco años. Doy por sentado, aunque habrá que hacer pesquisa de ello, que reúnes la condición de cristiano viejo y nadie en tu familia ha sido penitenciado por el Santo Oficio. Bien me consta que eres laico y de buena vida y costumbres. Tan solo nos falta que te decidas a matrimoniar con mujer casta y con tus mismas prendas[20], pero eso podría aplazarse por algún tiempo. ¿Estás ya en tratos honestos con alguna hembra en orden a formar una familia?

-          No así, padre, le contesté, pero esa es mi vocación y tenga por seguro que buenos partidos no me han de faltar cuando me decida a tomar estado; pero ¿a qué viene ahora animarme a cargar con una familia cuando peligran mi tranquilidad y mi acomodo?

     Fray Juan satisfizo mi curiosidad de una manera que yo estaba empezando a sospechar:

-          De eso se trata precisamente, Adrián. Ninguna forma mejor habrá de guardarte que la de que te acojas a la protección del Santo Oficio. ¿Qué me dirías, si te propusiera para familiar de la Inquisición? Ya sabes la de beneficios que ello encierra[21]. A cambio, bastaría con que siguieses avecindado en Villagarcía, cumpliendo con tus deberes de administrador de sus señores y celando sus propiedades de la rapiña de los jesuitas. ¡A buena hora se atreverían estos a molestarte, estando bajo el manto inquisitorial!

     Me jugaba mucho en la contestación que a tal propuesta le diera; de modo que decidí hablarle con franqueza:

-          Señor, gran compromiso es el de entrar al servicio del Santo Oficio, pues es obvio que, aunque Villagarcía sea un pueblo de gentes observantes y rústicas, la grey ignaciana es muy numerosa e influyente, por lo que mis deberes de vigilar e informar habrían de resultar abrumadores y preocupantes. Y, aunque vuestra paternidad me tratara con el afecto y la benignidad con que hasta ahora me viene distinguiendo, es ley de vida que otros inquisidores pronto hayan de sustituirlo… La verdad, no sé qué responderle y, como todavía menor de edad, es obligado que consulte a mi madre sobre este particular y solicite su venia para aceptarlo.

Retrato imaginario de un inquisidor

     Porres esbozó un rictus de desagrado, pero convino en ello:

-          Sea, trátalo con tu madre y piensa bien el paso que vayas a dar, pues es mucho lo que te juegas en el envite y en la Inquisición es difícil entrar[22], pero más aún salir. Te doy un mes para que te decidas y vuelvas a mí para darme contestación.

     No me parece que venga a cuento referir aquí los tratos y reflexiones que mediaron entre mi madre y yo acerca de la propuesta del fraile. Solo diré que acabé por aceptar su oferta. Y mucha mano debía de tener fray Juan en la Suprema, o mucho interés tendría la Inquisición en atar corto al Colegio de San Luis de Villagarcía, pues en seis meses recibí la credencial y juré el cumplimiento de mis deberes como familiar de la Inquisición. Recuerdo la fecha de mi compromiso ante Dios, hecho en el convento de San Pablo de Valladolid junto a otros siete aspirantes: el 8 de marzo de 1641. Si la Compañía de Jesús tuvo pronta constancia de ello, es algo que desconozco, aunque me parece muy probable.

***

     Los dos años siguientes discurrieron para mí bastante plácidamente. Decidí asumir mi nueva labor inquisitorial de manera poco comprometida: Yo dejaba hacer y opinar a los jesuitas, con tal que estos respetasen la integridad del patrimonio del que llevaba la administración. El nombramiento de un nuevo rector para el Colegio me permitió entablar unas relaciones de cooperación y respeto que con el anterior habrían sido imposibles. El bueno de fray Juan de Porres entregó su alma a Dios, al pie del cañón -como suele decirse-, pues la muerte le alcanzó ejerciendo todavía sus funciones de inquisidor[23]. Su pérdida fue para mí motivo de tristeza, pero también de alivio: Nunca más me llegarían sus constantes y breves notas, escritas con una letra temblorosa e ininteligible, exhortándome a contraer matrimonio a la mayor brevedad y a no perder ripio de las lecciones que los padres de la Compañía impartían a sus novicios, o de la ortodoxia de los nuevos libros que constantemente accedían a los anaqueles de la biblioteca de su Colegio. En cierto modo, salí de Málaga para entrar en Malagón, pues en lo sucesivo hube de responder y rendir cuentas ante el inquisidor Gerónimo Ramírez de Arellano[24], persona recta y muy instruida, que, si bien olvidó por el momento mi inconveniente soltería, no cejó en reclamarme una mayor diligencia en lo tocante a husmear en la ortodoxia de mis vecinos, los jesuitas.

     En lo que mejoró mucho mi situación fue en lo tocante a las relaciones con doña Elvira, mi señora, o, por mejor decir, con su marido, el conde de Peñaflor, en quien su esposa solía descansar la llevanza de sus asuntos. La visita que hicieron a Villagarcía en el año de 1640 los convenció de mi fidelidad y eficacia como administrador, hasta el punto de dejar hecho un poder a mi favor para que gestionase sus asuntos en el señorío. Durante aquella visita, parece que se fijó en mí una de las doncellas de la señora, lo que esta me hizo saber con finura, sugiriéndome la oportunidad de entablar una relación con ella, pues era una joven de excelentes prendas y que llevaría al matrimonio una dote de mil ducados. Yo, que en absoluto había reparado en dicha doncella durante su permanencia en nuestra villa, y que tampoco había recibido todavía el ofrecimiento de Porres, respondí muy cortésmente a doña Elvira, agradeciendo su interés por mi humilde persona e inventando a una supuesta vecina de Villalba del Alcor con la que mi madre estaba en ajustes, con vistas a un futuro enlace. Así quedó por entonces la cosa. Luego me enteré de que la joven de excelentes prendas había contraído matrimonio con un paje de otra casa de la nobleza sevillana, que supongo necesitaría los mil ducados de la dote bastante más que yo. En fin, lo que quiero poner de manifiesto es que fui dejando de ser un simple administrador comunicado por el correo, para convertirme en un hombre de confianza, que procuraba rendir cuentas personalmente a sus señores, aprovechando las frecuentes visitas que hacían a la Corte, ya que viajar hasta Sevilla me habría supuesto perder muchos días en el empeño.

***

     Entró el año de 1643 y con él la caída más anhelada por el común de los españoles, aunque muy pocos fuera de la Corte la imaginaran posible, de tanto como había durado aquel valimiento. Me refiero, claro está, a la destitución del Conde-Duque de Olivares[25], arrastrado finalmente por la suerte adversa en la guerra y la inquina de los grandes. La noticia me fue dada a conocer por el prior de los jesuitas de Villagarcía, seguida, días después, de la de que Olivares había abandonado Madrid, retirándose a su señorío en Loeches, alejamiento del rey[26] que tenía el tufo de un destierro.

     Si me detengo a relatar estos hechos, que todo el mundo hoy conoce, es por la importancia que tuvieron en mi vida ulterior. Bien lejos, empero, me hallaba yo de sospecharlo cuanto platicaba de aquellas vicisitudes con algunos profesores del Colegio, cuyo conocimiento de las mismas era tan preciso y puntual, como el vulgo supone en los hijos de San Ignacio. Los jesuitas -cuya identidad callaré para no dejarlos por indiscretos- se hacían lenguas de las injurias horribles que se decían del Conde-Duque, incluso por escrito, en forma de memoriales, que se hacían llegar hasta el mismo rey[27], no dudando en calificar a Olivares de hereje y partícipe en hechicerías de la peor especie. Los padres, aunque en general no fueran muy adictos al ministro caído, no dejaban de reconocer lo calumnioso de tales dicterios y lo injusto de hacer leña de aquel árbol gigante, que a nadie podía hacer sombra ya. Por otra parte, el ofendido estaba lejos de sufrir en silencio aquellas ofensas tremendas a su honor, reaccionando con apologías y réplicas, anónimas ciertamente, como solían serlo las filípicas a que respondían, pero cuya inducción o autoría todos conocían, o decían conocer. Y así, entre idas y venidas, dimes y diretes, se iba poniendo en solfa la dignidad del gobierno de España y comprometiendo la tranquilidad de un rey que entonces empezaba a regir por sí la monarquía y que tanto necesitaba de la colaboración de todos, y no de la formación de facciones que se tiraran a degüello.

     Movido tanto por una razonable curiosidad, cuanto por adquirir conocimientos, pedí a los padres que me permitieran acceder a su bien provista biblioteca para aclarar hasta qué punto habían pecado Olivares y sus próximos -entre los que ocupaba destacado lugar un tal Villanueva, a quien solían citar por su cargo de protonotario[28]-. No podía esperarse, creo yo, de un familiar de la Inquisición otra conducta. Amablemente, los padres concedieron la venia que les pedía y, a mayores, me buscaron los libros y manuscritos más pertinentes para encontrar los datos que me interesaban. Quedé, ciertamente, atónito de lo mucho que Olivares y otros más habían rozado, si no invadido, el terreno de lo sacrílego y lo herético, con aquella ligereza que brinda el sentirse a salvo de cualquier investigación. El escándalo era mayúsculo y creo que ni siquiera dejaba intacto al rey, sobre todo, en su juventud. Les manifesté mi sorpresa, de lo que hicieron chanza los jesuitas más avezados, que solo perdonaron mi candidez por mi edad infantil al momento de producirse sucesos tan repugnantes y escandalosos, como los llamados de las monjas de San Plácido, por cierto, bien investigados, pero torpemente resueltos, por el Santo Oficio[29]. En fin, para mi uso personal, copié buena parte de lo más sabroso de mis lecturas y guardé el resto en mi entonces sólida memoria. Y bien que ello me vendría para el momento en que me llegó una nota del inquisidor Arellano, ordenando que me presentase en el tribunal de Valladolid a la vuelta de tres días.

***

     Recibiome don Gerónimo en su despacho del tribunal con noticias que, también para la Inquisición, suponían un cambio de ciclo, alguna de las cuales me afectaba directamente:

-          Debes saber que fray Juan de Porres ha tres semanas que entregó su alma a Dios[30], por lo cual, a partir de este momento, estás bajo mis órdenes, debiendo rendirme cuentas a mí o, faltando yo por algún motivo, a mi compañero, fray Juan Santos[31]. Se diría que tu difunto benefactor ha esperado para morir a que abandonase su relevante puesto su amigo, nuestro hermano en la Orden fray Antonio de Sotomayor, quien ha dejado cargo y carga en manos del hasta ahora obispo de Plasencia, del que seguramente habrás oído hablar pues fue profesor de Leyes en Salamanca, aunque algo antes de que tú estudiaras allá[32].

-          Ya veo -me atreví a comentar- que la desgracia del Conde-Duque se ha extendido a buena parte de su entorno.

-          Se abre una nueva época -prosiguió Arellano- que, como tantas veces sucede, llega entre dolores de parto, hasta que los de la decaída se conformen y los que trae la nueva se asienten. Pero a ti y a mí no nos toca sino ver, obedecer y, si a mano viene, progresar en la nueva situación, pues oportunidades no han de faltar para los avisados… Sin ir más lejos, tienes ahora ocasión de prosperar, como siempre cumple a los familiares del Santo Oficio, a saber, dejándolo todo cuando se les requiere para ello.

     Quizá fuese el calor de aquel mediodía agosteño o, tal vez, la sensación de que se abría bajo mis pies un foso de profundidad desconocida, pero el hecho es que empecé a sudar copiosamente y me dio como un mareo, que a duras penas puede ocultar y superar. Entre tanto, el inquisidor hablaba y hablaba de algo que felizmente yo ya conocía pues, en siendo de otro modo, no habría entendido nada. El caso es que Arellano me hacía saber que, al ser defenestrado el Conde-Duque, gentes anónimas hasta entonces silenciadas por el miedo habían lanzado a los cuatro vientos contra él las peores acusaciones de herejía y nigromancia; y lo grave es que buena parte de ellas parecían fundadas, de tal modo que la Inquisición no podía pasarlas por alto sin investigarlas a fondo. El fraile hablaba y hablaba, hasta el punto en que, con la cabeza dándome vueltas, le espeté:

-          Puede abreviar su paternidad porque de cuanto está diciéndome estoy yo al cabo de la calle.

     Arellano calló, boquiabierto, lo que yo aproveché para explicarme respetuosamente:

-          Los jesuitas de Villagarcía ya me han puesto al corriente de cuanto se ha escrito sobre el Conde-Duque, por unos y por otros. Y yo, cumpliendo con mi deber de familiar del Santo Oficio, me he empapado de la poco edificante conducta del valido en los primeros años de su privanza.

     El inquisidor, entre enfadado y perplejo, inquirió:

-          ¡Toma! ¿Y cómo es que no has acudido al tribunal a exponernos tus saberes?

-          Porque bien los conocía el Santo Oficio, que actuó en varios de esos casos. Si no hizo más, no fue por ignorancia, sino por no alcanzar a tan poderosas personas como estaban implicadas.

     Yo esperaba un sofión por parte de Arellano, pero pasó por alto mi censura, al menos, aparentemente:

-          Pues ahora tenemos la oportunidad de obrar con diligencia en lo que antaño se despachó blanda y descuidadamente. Es más: se nos ha impuesto la obligación de hacerlo. Y tú, por pequeño que te creas, vas a tener un importante papel en esta pieza.

     ¡Habíamos llegado, por fin, al punto en que iba a dárseme la ocasión de prosperar antes aludida! Arellano no perdió la oportunidad de ejercitar su facundia, pero yo intentaré resumir brevemente sus palabras.

-          Por orden de Su Majestad, Olivares ha sido alejado de Madrid y él ha tomado la decisión de establecerse en Toro, donde reside una de sus hermanas, que ha enviudado recientemente. Correspondiendo dicha ciudad a nuestra jurisdicción, el tribunal de Valladolid ha recibido la orden de la Suprema de abrir pesquisa al Conde-Duque por motivos que se precisarán en su momento. Por ahora, lo más urgente es someterlo a una estrecha vigilancia, comprobando lo que hace, con quien se relaciona, los libros que lea y, en fin, hasta qué punto puedan recabarse contra él nuevas pruebas, a mayores de las que se tienen de antaño. Es de entender que quien lo vigile ha de ser lo bastante experto en leyes y en las cosas del Santo Oficio, pero desconocido en el lugar y sin que pueda revelar lo que hace ni por orden de quien. Hemos sometido la cuestión a examen y decidido que nadie está más indicado que tú para esa labor; tanto más, después de lo que acabas de decirme acerca de tu conocimiento del asunto, gracias a tus muchas lecturas. De modo que ve haciendo las necesarias prevenciones para trasladarte a Toro en no más de quince días, a contar desde hoy. Y pide cuanto necesites, que estamos prestos para atenderte.

     Quedé tan pasmado que apenas pude balbucir una inútil disculpa:

-          Pero Villagarcía…, mi trabajo de administrador…, desconozco completamente Toro, ni tengo noción de cómo acercarme al Conde-Duque…

     Arellano sonrió con suficiencia y replicó:

-          No creerás que en la Inquisición somos tan lerdos como para no prever las dificultades y mandar a nuestros agentes a la descubierta. En los próximos días se te informará de cuanto debas conocer. Y, de todos modos, no olvides que esperamos mucho de ti. Aguza al máximo tu ingenio, pues ya comprenderás lo que nos jugamos en el envite; tú, el primero.

 

 

3.      Adrián Ocampo cae de súbito en Toro, pero lo hace con buen pie


     De inmediato tuve ocasión de constatar la eficacia de la Inquisición. Advertidos por el Santo Oficio de que este precisaba de mis servicios por un tiempo fuera de Villagarcía, mis señores aceptaron mi marcha, con el compromiso de readmitirme cuandoquiera que concluyese mi prioritaria misión. Ignoro cómo se las arreglarían para buscarme un buen sustituto temporal. Tal vez se encargasen de proveerlo los propios inquisidores. El caso es que, a la vez que me desligaban de doña Elvira, me buscaban acomodo en una buena casa de Toro. Me lo explicó Arellano:

-          Tan pronto llegues a Toro, te presentarás a don Diego de Ulloa[33], regidor perpetuo de dicha ciudad, quien ya está acordado que te emplee en su secretaría durante todo el tiempo que residas allá. Evitarás toda alusión a los motivos por los que te vamos a enviar a la ciudad toresana y tampoco revelarás tu condición de familiar, ni siquiera a los que allí tienen tu misma condición.

-          Entonces, ¿cómo explicaré mi irrupción en Toro, sin dar ninguna razón? Ello será, sin duda, motivo de comentario y suspicacias en una ciudad pequeña[34].

-          De consuno con don Diego, puedes explicar sin mucho pormenor que, con la venia de tus anteriores señores, has optado por cambiar de casa tratando de mejorar tu fortuna. Te ayudará para que te crean el que, como sabes, la señora de Villagarcía está emparentada con los Ulloa de Toro[35].

     Muchas más preguntas pretendía hacerle a mi interlocutor, pero este me despacho incontinente con estas palabras:

-          Mañana recibirás instrucciones escritas, que en todo momento mantendrás secretas y cumplirás a rajatabla. En lo demás, hijo, usa de tu agudeza y buen juicio. Y, si te dieres buena mano jugando al hombre[36], tengo entendido que ha de serte muy útil.

     Y así, bien provisto de órdenes y de escudos[37], por no hablar de inquietudes y de añagazas, monté en el coche que puso a mi disposición el tribunal y en poco más de tres horas recorrí las doce leguas de buen camino, que separan Toro de Valladolid. Era la mañana del martes, 25 de agosto de 1643. Seguro que los jesuitas de Villagarcía tenían gran algazara aquel día, por ser la fiesta de San Luis, rey de Francia, el santo patrón de su Colegio.

Palacio de Alcañices de Toro, donde vivió y murió Olivares

***

     Como ya he dicho, de común acuerdo con el señor, la Inquisición me había colocado ficticiamente en la casa del marqués de Malagón, como uno de los secretarios del mismo.  Llamábase el marqués don Diego de Ulloa y Sarmiento[38] y era persona ya vieja, con abundantes achaques, que lo llevarían a la tumba pocos años después. Aunque ignoro hasta qué punto el ministro Arellano le habría puesto al tanto de mi cometido, tengo por cierto que el noble no le pondría obstáculos, debido a la opinión desfavorable que tenía del Conde-Duque, como puntilloso grande de España que él era. En su calidad de conde de Villalonso, Malagón tenía grandes propiedades en la comarca, lo que lo había animado a recogerse en Toro[39], de cuyo concejo era regidor perpetuo. En calidad de tal, antes de llegar yo, dicen que tuvo un motivo de roce con Olivares, cuando este acudió al ayuntamiento y, en su concepto -que seguía conservando- de regidor perpetuo de todas las ciudades de España, se le ofreció el puesto más preeminente en el consistorio, que hasta entonces ocupaba don Diego de Ulloa, quien incluso tomó la iniciativa de dicha pleitesía. El Conde-Duque declinó el honor entre muchas zalemas y así se evitó lo que hubiera sido motivo de resquemor entre ambos grandes. Con todo, el marqués no paraba de refunfuñar por la ocurrencia peregrina -decía- que Olivares había tenido de retirarse a Toro y no en sus tierras de Andalucía. No parecía, pues, mi improvisado señor el más indicado para facilitarme el acceso al círculo del Conde-Duque, no obstante lo cual, me aseguró que haría todo lo posible por franquearme la entrada del palacio de Alcañices[40], donde Olivares moraba junto a su hermana Inés[41], señora de la casa, como marquesa viuda de dicho título.

     Mientras don Diego de Ulloa y sus mandados maniobraban para procurarme el acceso al Conde-Duque y a su entorno, yo ordenaba y ponía al día mis notas de Villagarcía acerca de los antecedentes de aquel en los procesos de la Santa Inquisición. Muy bien me vino que desde Valladolid me enviara el inquisidor Arellano un ejemplar impreso -naturalmente, sin indicar dónde ni por quién- del Nicandro[42], en el que gente anónima, por indicación del Conde-Duque y en defensa de su honor, había respondido a todas las acusaciones que se habían vertido contra él en el pasado, sobre todo, en los primeros meses de su forzado abandono de la privanza. Centré mi lectura, como era natural, en aquellas críticas que tocaban a temas interesantes para la Inquisición, siendo el primero de ellos el de tachar al Conde-Duque de hereje, aunque sin apoyar tan grave imputación en otros fundamentos que memoriales anónimos o dichos del vulgo, a lo que replicaba el defensor del valido que, si tan interesado estaba este en apoyar la herejía, no habría movido constantemente guerra contra los protestantes, y eso, de manera constante y más allá de cualquier interés o cálculo político, no como el ministro de Francia, Richelieu, quien, aun siendo cardenal de la Santa Iglesia, no dudó en tomar el partido de los enemigos de la fe católica, para lograr así poner en apuros a la Monarquía hispánica y conseguir ventajas en la guerra. Era este un argumento que, aunque muy general, obligaba a ser escrupuloso en la naturaleza y probanza de lo que contra Olivares levantara el Santo Oficio. Y, leyendo el Nicandro, solo se hallaban cosas dignas de consideración en sus observaciones finales[43], donde se apuntaba a la acción de mujeres devotas que, arguyendo falsas revelaciones, habían tratado de malquistar a Su Majestad con el privado, con el objeto de que lo echara de su lado.

     Más enjundia presentaban las acusaciones de hechicería, apoyadas en los contactos y la relación epistolar que el Conde-Duque había tenido con la monja Teresa Valle de la Cerda, priora del convento de San Plácido en Madrid. Ciertamente, el asunto había captado ya, muchos años atrás, la atención del Santo Oficio, que había instruido proceso contra la mayoría de las benedictinas de dicho convento, concluido con la imposición de penas leves[44] y, más tarde, con la revisión de la sentencia en términos absolutorios para todas las monjas -que ya habían cumplido la pena y se habían reintegrado a San Plácido-. Tan solo había sido severamente sancionado el prior del convento y capellán de las monjas[45], pero sus nefandas acciones nada tenían que ver con el Conde-Duque. Tenía, pues, yo aquí una tarea laboriosa que cumplir: Arrancando de los documentos de la Inquisición, habría de profundizar en los tratos de Olivares con San Plácido y su priora, evitando la admisión de patrañas, sobre todo, cuando pudieran complicar al Rey, como aquella del requerimiento de amores por su parte a una monja llamada Margarita, fracasado por la maña de fingirse esta fallecida, ante el espanto de Su Majestad. La clave para dar cierta solidez al proceso contra Olivares era, a mi parecer, el que pudieran aportarse las cartas que se hubieran cruzado entre él y sor Teresa, cuyo contenido se conocía en lo sustancial, pero sin que se hubieran encontrado las misivas de la priora.

     En cuanto a la posesión por el Conde-Duque de libros prohibidos[46], cometido de otros agentes inquisitoriales sería el expurgar de ellos las grandes bibliotecas que pudiera tener en sus casas de Madrid, Loeches o Andalucía, pero yo debería echar cata de las obras que hubiera mandado traer a Toro, donde era llano que, entre el abundante equipaje que iba llegando en carros, tendría que haber libros y, precisamente, aquellos cuya lectura o consulta le fuesen más queridos, o que pretendiera tener más a resguardo del Santo Oficio, una vez que había perdido el poder que tuvo otrora para mantenerse relativamente al margen de sus pesquisas. 

***

     Olivares había reunido en torno suyo en Toro un selecto grupo de personas[47], integrado por sus servidores más fieles, a los que se unían por las tardes personajes más o menos asiduos, que con sus visitas le rendían un tributo de pleitesía, que quizá le hubiesen escatimado cuando había gobernado España de manera tan imperiosa. Eran un grupo de nobles y caballeros a los que mi señor Ulloa calificaba despectivamente de la pequeña corte de don Gaspar. Además, casi todas las tardes, a eso de las cinco, se formaba en el palacio de Alcañices una especie de timba para jugar al hombre, cruzándose apuestas bastante elevadas. Olivares, muy aficionado a dicho juego, no participaba, sin embargo, en el mismo, limitándose a presenciar y comentar las partidas, en lo que hallaba un placentero entretenimiento. Y, fuera de esos grupos, el Conde-Duque no tenía trato más que con gentes del vulgo, como las vendedoras ambulantes o con puesto en el mercado, pues, por diversión, bajaba a veces a comprar con algún criado, recibiendo el homenaje de quienes, anonadados por su grandeza o compadecidos de su desgracia, le ofrecían los mejores frutos de sus tierras sin pedirle nada a cambio.

     Me hubiese sido fácil llegar hasta Olivares, si mi señor se hubiese dignado visitarlo acompañado por mí, pero don Diego era tajante en su rechazo de aquello que consideraba vergonzosa zalamería:

-          Una cosa es el respeto de las normas de cortesía -como las que yo observo con el Conde-Duque cuando coincidimos en las reuniones del concejo- y otra la de olvidar que se trata de una persona justamente despojada por Su Majestad de los cargos que durante tantos años detentó. Aquí no ha venido como visitante de honor, sino como un desterrado, que tiene prohibido ausentarse de Toro sin la previa venia real. Vergüenza me dio la conducta de nuestro corregidor[48] quien, habiendo sabido que Olivares había estado a saludarle, le faltó tiempo para correr en pos de él por toda la ciudad y, habiéndolo encontrado en el Espolón, besarle la mano y subir a su carroza, donde se empeñó en ocupar el último puesto… Así que no me pidas que te introduzca personalmente en su casa, ni aunque dependa de ello que se derrumbe el Santo Oficio. 

      No me quedó, pues, otra salida que la que me había insinuado el inquisidor Arellano: la de tratar de incorporarme a la partida de hombre. No era cosa de arriesgar en el envite mis ahorros, pero a mi petición de auxilio económico, el ministro me envió tan solo cien escudos, con una nota que rezaba así: Exprímelos bien pues en lo sucesivo habrás de jugar con el fruto de tu pericia o de tu trabajo.

     No era poca mi habilidad con los naipes -incluso sin necesidad de hacer trampas-, nacida en mi época de estudiante de Salamanca, donde llegó a conocérseme entre los colegiales del Fonseca como uno de sus tahúres más hábiles. En Villagarcía había mantenido la costumbre de jugar una partida casi todas las tardes con los lugareños o con los jesuitas más inclinados a la recreación moderada que, según ellos, recomendaban o, cuando menos, consentían las Constituciones de su Orden[49]. El juego del hombre no era de mis favoritos y, cuando participaba en él, evitaba pujar por ser el hombre[50], pues no me sentía tan seguro de mi maña, como para retar a los otros jugadores. Pero, ante la advertencia del inquisidor Arellano en el sentido de que podría facilitarme el acceso a Olivares, tomé unas lecciones intensivas de un secretario del tribunal de Valladolid, que era un gran experto en la materia. Y así, entre unas cosas y otras, dispuesto a no arriesgar más que los cien escudos recibidos de la Inquisición a fondo perdido, rogué al marqués de Malagón que me pusiera en relación con algunas de las personas que acudieran a jugar al palacio de Alcañices. Don Diego recibió mi solicitud con displicencia y me remitió a uno de sus criados, toresano de los de toda la vida, que maniobró para hacerme un hueco en una de las tres mesas que con el hombre se ocupaban a las cinco de la tarde en el salón de juego de Alcañices. Y, aunque yo entonces no me percatase, cuando entré en aquella casa por primera vez fue como si se me abriesen realmente las puertas de la ciudad y el Conde-Duque me ofreciese las llaves de la misma.

 

 

4.      En que Adrián empieza su misión mejor de lo que habría podido esperar

 

     Dos circunstancias, sin aparente relieve, dieron lugar a que mi participación en el juego del hombre que se desarrollaba en el palacio de Alcañices se convirtiera en asidua y no meramente ocasional, como hubiese sido lo normal, tratándose de un jugador mediano y de escaso rango en la escala social.

     Fue la primera que, por alguna razón que se me oculta, fijó en mí la atención un paje del Conde-Duque, del que luego supe que lo llamaban Burrigay[51] y que tenía como misión principal la de entretener a su amo, al modo de un bufón. ¡Menos mal que, curándome en salud, saludé con cortesía su entremetimiento en mi juego, invitándolo a que se sentara a mi lado y me recordara las normas particulares con que se jugaba en aquella casa, dado que yo era nuevo en ella! El paje así lo hizo durante unos minutos, pero pronto se aburrió del encargo y pasó a molestar y a mofarse de otros, con la tolerancia de todos y la diversión de Olivares. Acabada la partida de aquella mi primera tarde, resultó que había ganado unos cien escudos, lo que aproveché astutamente para acercarme reservadamente al tal Burrigay y decirle con mucha ceremonia:

-          Consienta vuesa merced en compartir conmigo las ganancias, pues que tanto bien me han hecho sus indicaciones.

     Y le puse en la mano diez escudos, agregando:

-          Poco es, pero sirva al menos para refresco, con mi agradecimiento.

El Conde-Duque de Olivares, por D. Velázquez

     Aceptó de buen grado el donatario que, cambiando al punto su parla mordaz y jocosa, se interesó por mi identidad y procedencia. Díjele yo mi nombre y que estaba por el momento al servicio de don Diego de Ulloa, si bien mi condición de hidalgo del ilustre linaje de los Ocampo, así como mi condición de bachiller utriusque iuris por Salamanca, me hacían aspirar a tiempos y ocupaciones mejores. El paje me contestó:

-          Pues vuelva por aquí siempre que quiera. No hay mejor lugar en todo Toro para prosperar, si se da maña en ello.

-          De mil amores -repuse-, si me dan permiso para volver, pues no tengo el honor de haber sido recibido formalmente en esta casa.

-          Yo me encargo, aseveró Burrigay, guiñándome un ojo y haciendo sonar los escudos en la faltriquera de sus calzas.

     La segunda circunstancia fue consecuencia de la primera. Aunque la siguiente partida no me había ido bien, al terminarla volví a acercarme a Burrigay con la intención de obsequiarle, pero él rehusó y, ante mi asombro, dijo:

-          Acompáñeme, que el Conde[52] desea conocerlo.

     Olivares se hallaba todavía en un rincón de la sala de juego, donde se habían acercado a la pared unos sillones en torno a una pequeña mesa redonda, dende se hallaban dispuestos dulces, frutas y varias copas en las que aparentemente se había escanciado vino y algunos licores. A ambos lados del valido en desgracia, tomaban asiento dos caballeros de edad parecida a la suya, entre los que me pareció reconocer a uno de ellos, de haberme cruzado con él por la calle en más de una ocasión. Aunque no me fueron presentados, pronto supe de quiénes se trataba: Francisco de Rioja y don Diego de Ulloa[53], el segundo de los cuales era mi conocido de vista. De manera llana y hasta afectuosa recibió el Conde-Duque la presentación que de mí había hecho su paje, así como mis turbados respetos, que afablemente corrigió con estas palabras:

-          No me trate de Excelencia que, a estas alturas y entre amigos, Señor Conde o Don Gaspar será suficiente.

     Luego, dirigiéndose a sus acompañantes, prosiguió:

-          El señor Ocampo tiene como mayor timbre de honor el de ser bachiller en leyes por mi alma mater salmantina y, como comprometida referencia, la de estar al servicio del marqués de Malagón.

     Los dos señores se miraron uno a otro sin decir palabra, pero bien comprendí que el marqués no les era bienquisto y, por tanto, yo habría de resultarles poco de fiar. No obstante, Olivares pareció hacer caso omiso de mi dependencia y, aun sin mandarme sentar, estuvo un buen rato haciéndome preguntas sobre la universidad de Salamanca, como si yo acabase de llegar de ella. Respondí escuetamente lo mejor que supe, destacando mi vinculación al colegio mayor de Fonseca y a la comunidad dominicana de San Esteban. Pareciéronle bien mis respuestas al Conde-Duque, quien recordó que había sido alumno-rector de la universidad de Salamanca durante un año[54], así como la emocionante reacción cariñosa de la Universidad cuando mandó una comisión a Toro para saludar respetuosamente a su antiguo alumno, ahora en triste circunstancia, y transmitirle el acuerdo de la academia de poner al pie de su retrato una leyenda en la que constase su probidad[55]. Olivares me despidió con estas palabras:

-          Eres bienvenido a esta casa, donde, al menos, has hecho ya un buen amigo.

     Dijo estas palabras refiriéndose al bueno de Burrigay, que seguía la conversación a unos pasos de su amo y que me acompañó hasta el zaguán, donde me despidió susurrándome:

-          El fuego aquilata el oro y la desgracia, a los hombres.

     (Se ve que el bufón había tenido una buena escuela)   

***

     Como es natural, las partidas vespertinas de hombre no me apartaban de cumplir con mis deberes hacia don Diego de Ulloa. La verdad es que mi amplia experiencia como administrador del señorío de Villagarcía me permitía despachar la tarea actual con bastante facilidad; más, teniendo en cuenta que yo era ahora un mero ayudante, pues había un administrador titular, hombre con mucho amor propio que, lejos de cargar sobre mis espaldas parte de su trabajo, optó por asignarme una labor concreta, de la que no me permitía excederme -seguro que para evitar rivalidades-. Conociendo que mi familia materna tenía en Villalba del Alcor varias viñas y un par de bodegas, me encargó la llevanza de lo relativo a los negocios que los condes de Villalonso[56] tenían en el ámbito del vino, que era muy pujante en aquella zona. La bondad del clima y la amenidad de aquellos parajes a la vera del Duero me animaban a abandonar cuanto antes el escritorio de la casa y a recorrer en mula las propiedades que tenía encomendadas, visitando y conversando con sus viñadores. No debían de estar acostumbrados a la presencia de los administradores del amo pues, en un principio, me miraban con recelo y contestaban con monosílabos; pero, poco a poco, mi amabilidad y buen conocimiento de sus problemas me fueron abriendo el camino de su afecto y confianza. Contra lo que yo habría imaginado, don Diego, aunque adusto y distante, ponderó mi cercanía con sus renteros, aunque bien se veía que opinaba así más por interés que por humanidad:

-          Haces bien, Adrián -me dijo una vez-, pues ya conoces el dicho: hacienda, tu dueño te vea. Yo mismo, si no estuviera tan viejo…

-          No tenga cuidado, señor marqués. Conmigo se sinceran los rústicos, que con su señoría no abrirían la boca -le repliqué-.

     Tanto o más que cumplir con mi actual señor, me preocupaba cómo hacerlo a pedir de boca con la Inquisición, que era un amo bastante más temible. Aparentando un fuerte catarro, allá por el mes de noviembre, dejé de darle al naipe y me encerré en casa dispuesto a completar el plan que tendría que desarrollar contra Olivares para que el Santo Oficio tuviese materia y pruebas con que poder acusarlo. Llegué a la conclusión de que podía haber -que yo supiera- dos puntos razonablemente útiles y en que merecería la pena mi esfuerzo. El primero y más sencillo era el de encontrar en la extensa biblioteca del Conde-Duque algunos libros prohibidos. Siendo Olivares un bibliófilo empedernido, parecíame que no habría hecho ascos a unos libros porque obtusos inquisidores los juzgasen heréticos; ni tampoco lo consideraba un hombre preocupado por conocer el Índice de libros prohibidos, ni capaz de expurgar su librería de ellos y echarlos a las llamas. En buena lógica, suponía que la mayor parte de la librería de don Gaspar seguiría en Madrid -donde continuaba morando su familia-, o en lugares más queridos para él que Toro, como Loeches, Olivares o Sanlúcar la Mayor. Con todo, me constaba que el Conde-Duque no pasaría una temporada en lugar alguno privado de sus queridos libros, los cuales seguramente habían sido parte del abundante equipaje que había ido llegando al palacio de Alcañices, traído en carros desde Madrid o Loeches. Era, pues, cosa de informarse in situ por los criados de la casa, pasando luego a maquinar algún arbitrio para llegar, como los ratones, a los tomos.

     Había otro punto de mucha mayor enjundia para hacer caer a Olivares en las redes de la Inquisición. Para mí, era la única prueba medianamente fuerte con que sostener una acusación de hechicería. En realidad -como ya he dejado dicho-, el Santo Oficio la había tenido a su alcance quince años atrás y la había dejado pasar, limitándose a una ligera admonición al Conde-Duque y, de paso, a don Jerónimo de Villanueva. Me refiero al comercio que, siendo ya valido de Su Majestad, había tenido con la priora de San Plácido, sor Teresa Valle de la Cerda. Algunas de las imputaciones más jugosas no pasaban del campo de la leyenda o, como mucho, se basaban en testimonios confusos y contradictorios de personas que, a estas alturas, podrían haber perdido la certeza de la memoria y hasta la vida. Tal acontecía con los requerimientos de amores a alguna monja por parte del rey, o a los esfuerzos del Conde-Duque por conseguir un heredero en lugar y circunstancias sacrílegas[57]. Pero, en cualquier caso, existía una indubitada correspondencia entre sor Teresa Valle y Olivares, plasmada en un buen número de cartas de aquella a este, que la Inquisición debió de tener en su poder años antes, puesto que se habían deslizado en sus documentos algunos fragmentos especialmente destacados de su contenido. De hecho, yo recordaba haber leído entre las promesas que la monja había hecho al Conde-Duque, la de conseguirle por su mediación, un heredero, hijo de carne y huesos, no meramente espiritual; o la de conservar en manos españolas, sin auxilio de ninguna clase, la plaza flamenca de Mastrique[58], por obra y gracia divina revelada a la visionaria benedictina. Todo ello prometía un sabroso contenido de todo aquel mazo de correo y yo tenía la convicción de que aquellas cartas, recobradas por Olivares de manos de los benévolos inquisidores, no andarían lejos de su destinatario; tanto más ahora que, achacoso y en desgracia, podía temer como nunca la incautación de sus papeles más íntimos y comprometedores. Sí, esa era mi convicción, pero comprobarla y, en su caso, demostrarla judicialmente era algo mucho más trabajoso.

     En fin, formulé por escrito mis opiniones y mis planes y los hice llegar al tribunal de Valladolid, a la atención del ministro Arellano. Nunca recibí de él una contestación tan favorable:

     Tengo por cierto que las enseñanzas de mis hermanos de Salamanca y las que de nosotros recibiste en esta ciudad de Valladolid han sido semilla sana y fecunda que, caída en la buena tierra de tu magín, no diré que el ciento por uno, pero si están dando el cincuenta. Sigue adelante en el camino que has trazado, el cual aprobamos plenamente, pero procura hacerlo de manera muy diligente pues el tiempo apremia y la acusación contra quien tú sabes es de todo punto perentoria… Recibe mi bendición…

     Tengo mis dudas de que puedan ni deban bendecirse acciones como las que yo iba a acometer. De todos modos, a la bendición acompañaba una buena bolsa con otros quinientos escudos, para gajes de este asunto. Ello me convenció, tanto como el benedícite, de que había alcanzado gracia ante Arellano. Ojalá esta fuese duradera…

***

     Nadie podía poner en duda que la señora en el palacio de Alcañices era la marquesa viuda, doña Inés de Guzmán, hermana del Conde-Duque. Habiendo fallecido su marido en febrero de aquel mismo año de 1643 y no teniendo hijos vivos, dicha señora recibió como una bendición la presencia de su hermano en desgracia, como la mejor de las compañías. Por su parte, Olivares, habiendo tomado la firme decisión de que su esposa e hijo adoptivo permanecieran en Madrid, para no abandonar sus cargos en la Corte, había preferido la compañía de su hermana Inés por encima de los lujos y la benignidad del clima en sus posesiones andaluzas. Pero la llegada del antiguo valido a Toro cambió por completo el orden en aquel palacio un tanto destartalado, dejado sin concluir un siglo antes. La marquesa puso su casa a disposición del Conde-Duque, cuya servidumbre y pertenencias la fueron llenando, formando en torno del magnate esa pequeña corte, en irónica y despectiva expresión de don Diego de Ulloa. En esa corte habría de moverme yo con destreza, si quería cumplir con el mandado de la Inquisición. Y para ello, lo primero sería ganarme la confianza de aquellos que la gobernaban en la práctica, tanto más, cuanto empeoraba la salud de don Gaspar y se alejaba la esperanza de regresar en triunfo a Madrid.

     Tres personas descollaban en el entorno del Conde-Duque. A dos de ellas las había conocido el segundo día en que visité aquella casa. Era, sin duda, la primera Francisco de Rioja, sevillano, afamado poeta, de una edad próxima a la del Conde-Duque, quien mucho tiempo atrás había vinculado su fortuna a servirle con absoluta fidelidad en los más variados oficios, convirtiéndose en su secretario y en el custodio de su amada biblioteca. Con el tiempo, Rioja había llegado a ser confidente de su señor en el más amplio sentido de la palabra secretario, a saber, conocedor de secretos. Al ser apartado Olivares de la Corte, lo había seguido sin vacilar, primero a Loeches, luego a Toro. Corría por los mentideros la muy probable especie de que fuera Rioja el autor del malhadado Nicandro, redactado a instancias de su señor[59]. En mi opinión, era la persona clave a la que arrimarme para conseguir el acceso a la biblioteca que Olivares estaba reuniendo en Toro.

     El segundo miembro importante de la corte olivariana era don Luis de Ulloa, toresano, escritor de cierta fama y persona de alcurnia, que había ejercido cargos importantes, como los de corregidor de Logroño y de León. En esta última ciudad recibió de Su Majestad el encargo de convertirse en ayo o tutor de su hijo ilegítimo, habido con la cómica llamada la Calderona[60], deber que llevó a cabo con tal esmero que, en 1642, cuando Juan José tenía trece años, fue reconocido por su padre como hijo suyo, habiendo recibido desde entonces cargos y mercedes sin cuento, los que ha sabido asumir y desempeñar de manera harto notable. Habiendo cometido el error de seguir la estrella de Olivares, acabó por perder el favor del rey y vino en retornar a su Toro natal, donde coincidió con el Conde-Duque, al que llegó a ofrecer como alojamiento provisional su propia casa. No andaba tampoco lejos de la edad de don Gaspar, a quien acompañaba asiduamente en el palacio y en las salidas del mismo, a que luego me referiré. Era la persona indicada para intentar llegar hasta la persona de Olivares, pero no sería fácil para mí ganarme su confianza, principalmente por estar al servicio del marqués de Malagón, lejano pariente suyo, con quien estaba enemistado por razones políticas y de influencia en la ciudad.

      Al tercer personaje de aquella corte en miniatura no lo había conocido de primeras ya que, por su condición religiosa, se abstenía de asistir a las sesiones vespertinas de cartas. Se trataba del confesor del Conde-Duque, el padre Ripalda[61], a quien yo, buen estudiante en mi infancia del Catecismo, imaginé que podría tratarse de dicho autor, cosa equivocada pues el Ripalda del Catecismo[62] era un pariente de este Ripalda de ahora, hombre todavía joven y nacido poco después de publicarse el Catecismo del anterior. Por el momento, no sentía la necesidad de acercarme expresamente al jesuita, aunque, de precisarlo, pensaba invocar mi fluida relación de los últimos tiempos con sus hermanos del Colegio villagarciense de San Luis.

 

 

5.      En que Adrián tiene acceso al Conde-Duque y le cobra afecto


     He llegado a escuchar que Olivares fue enloqueciendo durante su destierro en Toro y que sus delirios y desvaríos terminaron por apagar sin remedio aquella mente preclara, que gobernó España durante veinte años. No soy quién para opinar sobre demencias, pero sí admitiré que Don Gaspar fue perdiendo la salud a ojos vistas durante el tiempo que yo lo traté y que sus padecimientos -fruto de la edad, las desgracias y, tal vez, los excesos de la gula- afectaron de manera notable a su entendimiento y memoria[63]. Y no llegaré más allá en mis comentarios sobre estas cuestiones que, a pesar de los años transcurridos, me siguen resultando harto penosas de recordar. Quiero creer que, si el Conde-Duque acabó por resultarme grato y yo a él, sería por otros motivos que el de haber perdido el seso.

     Lo cierto es que Olivares llevaba en Toro una vida muy rutinaria y ordenada. Dedicaba la primera hora de la mañana a cumplir con los deberes religiosos, a lo que entonces era muy adicto, aunque ignoro si esa fue la constante de su vida o -como suele suceder- extremó su religiosidad al encontrarse abandonado de los hombres y no lejos de la muerte. Desechando por razones que él conocería la asistencia a la Santísima Trinidad, que era la parroquia que correspondía al palacio de Alcañices, el Conde-Duque acudía a oír misa diaria en el convento de San Ildefonso de los padres dominicos[64], donde se le preparó un pequeño recinto con una mampara, para que pudiese permanecer sin sufrir la curiosidad de la gente. Tal predilección no excusaba que Don Gaspar visitase la mayoría de las iglesias y conventos de la ciudad, que eran muy numerosos[65], comenzando por la Santa Iglesia Colegial, a la que se decía que hacía importantes donativos. Apenas dejaba pasar un solo día sin pasear por la ciudad y echarse al campo circundante, donde la atraían de modo especial las amenas orillas del Duero. Según el tiempo y su gusto, el Conde-Duque cabalgaba o se dejaba transportar en carroza. Esos recorridos campestres los realizaba por la mañana o por la tarde, según las visitas y ocupaciones que tuviese previstas para la jornada. Y, como ya he dejado dicho, era frecuente ver a Don Gaspar en el mercado o recorriendo en coche las calles toresanas, hasta llegarse al Ayuntamiento o a casa de algún noble de nota, si bien lo usual era, por el contrario, que fuese él visitado en su palacio. Acompañaba su deambular con la famosísima muletilla[66], a la que el vulgo miraba con temerosa reverencia, creyendo que encerraba poderes mágicos, hasta el punto de que alguno osara tocarla para conseguir buena fortuna. De la diversión que procuraba a Olivares el presenciar las partidas de hombre solo reiteraré que nunca vi que participara en ellas, lo que no empece para que lo hiciera de manera más reservada o en familia.

     Si he narrado tantos particulares que parecen no venir al caso, es porque gracias a conocerlos pude llegar a tratar al Conde-Duque, aunque ello no me fuese sencillo, ni lo consiguiera por de pronto. Explicaré cómo lo logré al fin y la importancia que ello tuvo en que me franqueara, no solo las puertas de su casa, sino el acceso a lo que yo entonces más quería: su biblioteca. Hubo de pasar más tiempo para que en aquel palacio apareciera algo que llegase a desear mucho más, pero bueno será que prosiga el relato por su orden.

Doña Inés de Zúñiga, esposa del Conde-Duque de Olivares

*** 

     Cuando vuelvo la vista atrás, me percato de la importancia que para estos asuntos míos tuvo la casualidad. Tal fue el haberme congraciado con Burrigay, que me abrió de par en par las puertas del palacio de Alcañices. Y otro tanto supuso mi encuentro casual con el Conde-Duque en la vega de Toro una mañana de principios octubre de 1643, cuando yo recorría las tierras de mi señor a punto para ser vendimiadas. Junto a la fuente de Baldeví se hallaba estacionada la carroza del Conde-Duque y él platicando con don Luis de Ulloa. Aunque no andaba muy sobrado de tiempo, decidí acercarme para darles los buenos días. Tras el saludo, que Olivares recibió con mucha mejor cara que el de Ulloa, aquel me preguntó por lo que menos podía esperar:

-          Buena mula traéis. ¿La habéis mercado aquí, en Toro?

-          No señor -respondí-, que me la ha facilitado el marqués de Malagón para que pueda trasladarme por estos contornos a inspeccionar sus tierras.

     (Díjele una mentira, pues la cabalgadura era de las cuadras de la señora de Villagarcía de Campos, cosa que me interesaba ocultar para no divulgar mi anterior oficio)

-          Pues tiene gran alzada y muy buenas proporciones -prosiguió Don Gaspar- y aparenta ser dócil, lejos del carácter rudo y caprichoso de muchas de su especie.

-          Razón tiene el señor Conde, respondí. Lo del buen genio, de su natural y educación será, pero sus cualidades corporales son sin duda consecuencia de haber sido su padre un burro zamorano[67].

     Comoquiera que Olivares mostrase curiosidad por lo que acababa de escucharme, le expliqué que el gran tamaño de los asnos de esta tierra daba lugar a que, cruzados con yeguas, procreasen mulas grandes y fuertes, como la que ante sus ojos tenía. Se dirigió a Ulloa y le soltó una parrafada de la que yo no entendí ni una palabra:

-          Fíjese, don Luis, que teníamos la solución delante de nuestras narices y no habíamos dado con ella. El transporte queda asegurado. Solo nos faltan los caballos, pero malo será que, de aquí a Valladolid, no logremos levantar unos trescientos.

     Me pareció que Ulloa no estaba muy interesado en seguir la conversación por ese derrotero pues, cambiando de tema, se dirigió a mí y, en la forma algo desabrida que solía, me preguntó:

-           ¿Y adónde se dirige el caballero a lomos de una mula tan lucida? ¿Dónde lo lleva el servicio del marqués, mi pariente?

     Expliqué que andábamos muy atareados con la vendimia, siendo mi encargo el de comprobar que los obreros contratados para dicha tarea, a más de los llevadores, estaban todos trabajando en orden. Olivares, que de natural era curioso y muy aficionado a las cosas del campo, se empeñó en acompañarme, aunque tuvo que desistir pues no eran las sendas entre las fincas adecuadas para meter una carroza. Pronto hubo de parar, lo que aprovechó para asaetearme a preguntas sobre el vino que allí se producía, tan distinto de los caldos de la Baja Andalucía, que él conocía muy bien. No era yo buen informador en tales consultas, al estar recién llegado a la zona, por lo que me atreví a replicar:

-          Repare el Señor Conde que soy un advenedizo. Seguramente don Luis podrá responderle con mucho mayor conocimiento, como natural de Toro que es.

-          En efecto -reconoció Olivares-. Anda y sigue tu trabajo, que ya te he entretenido demasiado.

-          Nada de eso, señor. Para mí es un honor servir al Señor Conde y, si a mano viene, acompañarle en alguna de sus paseos; mejor, cuando salga a caballo, que los coches no se prestan para transitar por estos vericuetos.

-          De mil amores -aceptó el Conde-Duque-, aunque, dado lo avanzado del año, me temo que no me apartaré ya mucho de la ciudad. Dicen que el clima de aquí es muy riguroso en invierno y mi salud ya no se presta a excesos.

     Todavía coincidí con el Conde en algunos de sus paseos, tanto en aquel otoño, como al año siguiente. Como él no me avisaba, era yo mismo quien se hacía el encontradizo, sabiendo los caminos que solía llevar en sus salidas. Y siempre fui bien recibido por Don Gaspar, aunque su salud y su talante del día no fuesen buenos. Me convertí para él en el bachiller campestre y fui distinguido cuando aparecía por su casa con esa cortesía de buen tono que los verdaderamente grandes dispensan a quienes saben estar en el puesto que les corresponde, sirviendo sin servilismo.

     No quiero dejar en el olvido la frase sibilina que Olivares dirigió a Ulloa a propósito de mulas y caballos. Me la aclaró Burrigay, tiempo después:

-          Mucho sufre mi amo con los asuntos de Portugal[68], quizá porque se sienta responsable de sus comienzos. Creo que llegó a escribir al rey para ofrecer sus servicios como defensor de la frontera en estas tierras de Zamora. En sus sueños se veía de general, reclutando hasta trescientos hombres a caballo para asegurarlas frente a las incursiones de los portugueses. ¡Pobre señor mío! Poco imaginaba en lo poco que se le tenía en la Corte, aunque bien pronto tendría noticia de ello.

***

     Todos mis intentos por ganarme a don Luis de Ulloa resultaron infructuosos: Era mucha la inquina que parecía tener a su pariente, mi actual señor. Creo que sospechaba que yo fuese un espía suyo para husmear cuanto se cociera en el entorno de Olivares. De hecho, la presencia de don Luis fue bastantes veces razón para que el Conde-Duque no se demorase más en mi compañía. Y eso que empleé el cebo que dicen es irresistible para que piquen los escritores de poco éxito: mostrarles conocimiento y aprecio de sus obras. Pues don Luis era poeta de medio pelo, que había encubierto sus versos bajo el seudónimo de Lisardo, cuando estaba dedicado a la política[69].  Harto trabajo me dio el tratar de pescarlo, pues la mayor parte de sus obras no estaban aún impresas y su estilo literario era rebuscado y muy oscuro. Finalmente, entre unas cosas y otras, desistí de halagarlo y me dediqué a complacer a otros miembros de la corte de Olivares, que habrían de resultarme más acogedores.

     Fue el más importante de ellos Francisco de Rioja, al que ya antes me referí. En su caso, el cebo de la vanidad de escritor tenía poco de excesivo pues, en efecto, era un poeta de nota[70]. Aunque de entrada no pareciera un eclesiástico, lo cierto es que había sido ordenado y ocupado una canonjía en la catedral de Sevilla. A mí me interesaba en su condición de bibliotecario del Conde-Duque, pero una nueva casualidad vino a abrirme las puertas de aquella librería, por la Inquisición y por mí tan anhelada. Pues aconteció que, tras haberla ordenado en lo fundamental durante unos meses, Rioja se retiró a su Sevilla natal, dejando a su señor privado de su consejo y labores como secretario. Perdí, por tanto, el trabajo que me había dado para ganármelo, aunque lo diera por muy bien desperdiciado. Mucho lamentó Olivares aquella marcha por lo que suponía de desafección y pérdida de ayuda, pero a mí me vino de perlas pues, carente de una persona que verdaderamente gobernara aquel paraíso de los libros, pude yo, con servicios y ardides, entrar a él y tomar lo que pretendía. Más adelante expondré los términos en que lo conseguí.    

     Poco tiempo llevaba el padre Ripalda siendo confesor del Conde-Duque. Yo diría que el buen jesuita había recogido a su penitente de manos de otros hermanos de Orden, porque había aceptado el sacrificio de abandonar los prometedores viveros de la Corte para recluirse en la minúscula ciudad toresana, a fin de acompañar y reconfortar a quien ya era una lamentable caricatura de lo que otrora fue. Poco más podía hacer por él que animarlo a cultivar aquella religiosidad exacerbada de sus últimos tiempos, que lo llevaba a pasarse horas rezando y a visitar por orden las parroquias y conventos de Toro y sus alrededores. Yo le había caído bien a Ripalda, de una parte, por mi conocimiento del Colegio de la Compañía en Villagarcía de Campos y, de otra, por el respeto que mostraba hacía Olivares y lo que lo entretenía con mis disertaciones agrarias durante los paseos en que coincidíamos. En cambio, no le agradaba mi frecuente presencia en las partidas de hombre, en las que -según el padre- perdía tiempo y dinero, de los que no andaba sobrado. Yo le replicaba que maña y prudencia me bastaban para no perder este y, en cuanto a aquel, era aún sobradamente joven y brioso, como para dedicar al naipe los momentos de asueto, no los de faena. Dígole a Su Reverencia -le aclaré a Ripalda un día, con cierta sequedad- que tomo el juego de tal guisa, que hago en él compañeros, no enemigos. Cierto estoy de que por eso he hallado gracia a los ojos de Su Excelencia. El jesuita aceptaba a regañadientes mis disculpas pues sabía que en el palacio de Alcañices cualquier objeción a la partida de la tarde era esfuerzo baldío[71]. En cualquier caso, alcancé ante el padre Ripalda la consideración y el respeto que podrían llevarme en el futuro a conversar con él sobre temas de superstición y hechicería, que me permitieran llevar la cuestión al caso particular del Señor Conde.

     Entre los criados del Conde-Duque, pronto fijé mi atención en un ayuda de cámara, llamado Diego Llamazares. Con evidente exageración, blasonaba de ser hidalgo de la familia de su apellido, una de cuyas ramas se había avecindado en Cangas de Tineo[72], de donde él era natural. Lo cierto es que era sujeto de buen natural y mediana cultura, que llevaba más de quince años al servicio de su señor y, ahora que este tanto decaía en salud y seso, contaba con la plena confianza de doña Inés de Zúñiga, para programar las salidas de su marido, acompañarlo en muchas de ellas y darle noticia de las incidencias notables que se produjeran. Las excursiones campestres y las partidas de cartas me permitieron entablar una amistosa relación con Diego, al que halagaba con un trato de igual a igual, así como algún regalo de buen vino de las bodegas de mi marqués. Aunque no tenía muy suelta la lengua, sí se me confiaba lo suficiente como para tenerme informado de las novedades de su señor y franquearme el acceso a dependencias del palacio que, de otro modo, me habrían sido vedadas. Fue precisamente él quien me puso al corriente de algo que yo, con mi lógica ignorancia de la Corte, no había siquiera imaginado. Díjome un día:

-          El Conde-Duque sigue carteándose con el rey. Podría suceder que, a no tardar, retornáramos a Madrid y con más brillo que otrora.

     Me faltó tiempo para poner esa nueva en conocimiento del tribunal de la Inquisición de Valladolid, por si procedía actuar respecto de Olivares con mayor comedimiento, pero mi advertencia cayó en saco roto pues me ratificaron las órdenes precedentes. Bien orientado estaba en Santo Oficio porque, si es que se cruzaron correos desde Toro entre el Conde-Duque y el rey, ni significaron la recuperación del favor real, ni permitieron el retorno de Su Excelencia a orillas del Manzanares[73]. Antes bien, por el contrario, avanzado el otoño de 1643, cuando ya los vinos toreses envejecían en las bodegas, cayó sobre el palacio de Alcañices una tormenta que todo lo trastocaría, empezando por mi propia situación.

Retrato imaginario de Aguedilla

***

     Fue en noviembre de aquel año cuando la precaria salud de don Gaspar experimentó un súbito agravamiento, por una erisipela[74] que obligó a sangrarle tres veces. El doctor Medina[75], que le practicó las sangrías, especuló con que aquel hervor hubiese sido efecto de la lamentable noticia que Su Excelencia acababa de recibir, a saber, la de que su mujer también había sido despedida de sus cargos en la Corte[76] y exhortada por orden de Su Majestad a encaminarse a Toro para hacer compañía a su marido en desgracia. Yo no supe pormenor de aquel forzado reencuentro, dado que la enfermedad del Conde-Duque había suspendido las veladas de naipes y limitado al máximo las visitas al palacio, pero desde mi ignorancia me permitía suponer que la presencia y compañía de la nueva doña Inés[77] habrían de ser muy favorables para que su marido recobrase el ánimo y cuidase mejor de la salud del cuerpo. Con el tiempo, así acaeció, pero por el momento primó el dolor porque la presencia de la señora en el palacio de su cuñada fuera debida al desprecio del rey quien -como luego diré- no respetó la palabra dada a Olivares de mantener en sus puestos a ella y a don Enrique[78], el joven a quien aquel había reconocido como hijo propio apenas un año antes.

     Aquella revolución doméstica estuvo a punto de perturbar mis pesquisas en la biblioteca del Conde-Duque, que hasta entonces iban viento en popa para mis pretensiones. La hasta entonces señora de la casa, la marquesa de Alcañices, solo se ocupaba de mantener en buen orden el palacio, lo que no era fácil desde que su hermano lo había convertido en su pequeña Corte, y descuidaba la llevanza de cuanto atañía directamente a don Gaspar, como podía ser sus libros e indumentaria, todo lo cual quedaba a cargo de los criados del Conde-Duque, a las órdenes exclusivas de este. No me fue difícil conseguir libre acceso a su biblioteca, con el pretexto de ayudar en su buen orden y conservación, una vez que el poeta Rioja la había abandonado al partir hacia Sevilla. Además, como si el diablo hubiera vestido el hábito de jesuita, recibí el inesperado e impagable apoyo del padre Ripalda, un día que me sorprendió husmeando en las cartas que sor Teresa Valle había escrito a Olivares muchos años atrás, cuando se había convertido en su consejera política y en su intercesora para que Dios bendijese su matrimonio con un nuevo hijo[79]. El jesuita, creyéndome ajeno al interés por tales misivas y desconocedor de su contenido, me aclaró:

-          No siempre ha sido el Conde-Duque tan prudente como era aconsejable en un personaje de su elevación, ni con una religiosidad tan pura que no rozase la superstición y aún la magia[80]. ¡Qué no daría la Inquisición, ahora que está caído y enfermo, por apropiarse de estas cartas y darles injusto marchamo de hechicería! Guárdalas, hijo, a buen recaudo, y no sería yo quien te reprobase porque las dieses a las llamas.

-          Pero eso no puede hacerse -repliqué- sin el beneplácito de Su Excelencia, como destinatario y dueño de esta correspondencia… Si le parece oportuno, padre, puede sugerírselo a él, aunque me parece que el Santo Oficio está muy lejos de ocuparse por cuestiones tan antiguas y que ya fueron examinadas por el tribunal en su momento.

-          ¡Cómo se nota que estás ayuno de cuanto se está cociendo en el alcázar de Madrid! Muchos allí no perdonan la gloria pasada del Conde-Duque y siguen haciendo cuanto pueden por enlodarla, induciendo a Su Majestad a que lo trate con el mayor vilipendio. Claro está -añadió Ripalda en voz baja y como para sí- que no dejará de llegar también a sus oídos la voz de mi conciencia.

     No entendí por entonces lo que había querido decir el confesor con estas últimas palabras, pero sí comprendí que yo tenía la oportunidad de hacerme con las cartas que tanto anhelaba el inquisidor Arellano, lo que al punto cumplí de un doble modo, aunque lo ocultase en parte a aquel para evitarme serios problemas. De una parte, copié literalmente aquellas ochenta y tantas cartas, incluso las muchas que ni por asomo afectaban a la ortodoxia de Olivares. De otra, las reuní en una bolsa de cuero negro, que oculté en lo más recóndito del techo de la librería, no atreviéndome a llevarme aquel correo conmigo, al ser el primer sospechoso en caso de descubrirse la sustracción. Al ministro Arellano decidí entregarle todo lo copiado, asegurándole mendazmente que no me era posible, por el momento, apoderarme de los originales. A fin de cuentas, llegado el caso y si tanto interesaba al Santo Oficio, ya sabrían -y podrían- incautarse de esas pruebas.

     El año 1643 llegaba a su fin y la nieve empezaba a cubrir las cumbres y enlodar los caminos. Con una disculpa cualquiera tomé la vía de Valladolid, por no considerar prudente enviar por un propio tan comprometidos documentos. Secretamente, tenía la esperanza de que Arellano y los demás jueces dieran con ello terminada la comisión y autorizaran mi regreso a Villagarcía. Pero me equivocaba de medio a medio. Lo curioso es que la culpa parecía tenerla el bueno del padre Ripalda que, queriendo descargar su conciencia, había puesto en la picota a su egregio penitente y, de paso, sobrecargado mis sufridos hombros de familiar de la Inquisición. Así me lo explicó el inquisidor:

-          Ese necio de jesuita se ha propasado, nada menos que a enviar a Su Majestad un memorial de agravios, echándole en cara el no haber mantenido su palabra de respetar la posición de la familia de Olivares[81]. Puede que tenga razón, pero ya te figuras cómo ha afectado al ánimo del rey e indignado a toda la Corte, empezando por don Luis de Haro, avergonzado de que su ilustre pariente[82] siga causando problemas, aunque sea por persona interpuesta. El Santo Oficio, ante tamaña desfachatez, ha resuelto acabar con cualquier dilación o benevolencia, abriendo proceso al Conde-Duque. Así pues, necesitamos todas las pruebas que podamos aportar. No es, por tanto, el momento de que te retires de Toro. Por el contrario, vuelve allí y continúa tu buen trabajo y servicio a la vera de Olivares… Si cumples como los buenos, la Inquisición sabrá recompensarte como merezcas.

     Esto dicho, me despidió, entregándome solo cien escudos para gastos de viaje, dado que, en su opinión, el marqués de Malagón ya pagaba mis servicios de manera harto generosa.

 

 

6.      En que el deber se cruza con los buenos sentimientos

 

     Si bien se mira, la llegada a Toro de la familia más próxima del Conde-Duque -a saber, su esposa, su hijo reconocido y la esposa de este[83]- de por sí no cambió gran cosa mi acceso y asiduidad a aquella casa. Acaso supuso para mí mayores ventajas pues doña Inés de Zúñiga confió ampliamente en Llamazares el cuidado y la compañía de su achacoso marido, hasta el punto de ordenarle la vigilancia del plan diario de vida y comunicarle a ella cuantas novedades de interés se produjesen. Como ya he dejado dicho, dicho criado y yo habíamos congeniado, hasta el punto de que él hablase a su señora de mi humilde persona, como alguien que complacía al Conde-Duque y lo acompañaba y distraía en muchas de sus excursiones campestres. Quiso doña Inés conocerme y, una vez a su presencia, me asaeteó a preguntas sobre mi relación con su esposo -que ella temía fuese de excesiva familiaridad-. Le respondí de manera respetuosa, pero desenvuelta, no dejando de mostrarle el afecto que había ido cogiendo a Don Gaspar, como persona enferma, envejecida y maltratada. Le agradó mi contestación y me despidió de forma amable, con el vehemente ruego de que en lo sucesivo lo frecuentase más como diestro compañero en las salidas al campo, que no como tafur en las partidas vespertinas. Llegó hasta aclararme:

-          Aunque se me tiene por salmantina, habéis de saber que nací en Villalpando[84] y, por ende, conozco y tengo en mucho la belleza y feracidad de estas tierras.

-          Pues yo, señora -repuse con cierto orgullo-, aunque modesto hidalgo lugareño de Villalba del Alcor, tengo también lazos con la reina del Tormes[85], en cuya universidad estudié no hace mucho, graduándome de bachiller utriusque iuris.

-          Ello, sin duda, os permitirá tener buen cuidado de los libros que mi esposo tanto quiere y que han caído en este caserón de forma tan brusca y desatentada como sus dueños. Llamazares me ha informado de vuestros desvelos por ellos. Desde ahora, tenéis mi licencia para conservarlos con el mayor esmero.

     Y, extrayendo del nutrido manojo de llaves que portaba sobre la halda la propia de la biblioteca, me nombró tácitamente gobernador de sus tesoros.

     En buen momento fui investido del señorío de la librería del Conde-Duque, pues por entonces recibí cartas del tribunal de Valladolid, en que el Santo Oficio me apremiaba a completar mis pesquisas de los fondos bibliográficos de Don Gaspar en Toro. El ministro, fray Juan Santos, reconocía que entre los llevados allí había numerosos volúmenes que infringían la prohibición del Índice, pero no era bastante para aquellos sabuesos de la ortodoxia. Fray Juan me explicaba:

     Bueno es que tengamos con qué agarrar a quien tú sabes por sus partes de indisciplina para con sus deberes de expurgo y sus veleidades de faltar a la recta doctrina, pero la mayoría de esos libros prohibidos son antiguos y no incurren en graves herejías. Has de esforzarte por encontrar libros o manuscritos que versen sobre delitos y hechicerías propias de los nigromantes, lo que no habrá de resultarte difícil, a juzgar por cuanto se ha dicho, con más o menos fundamento, del objeto de nuestro interés, desde sus malas costumbres de estudiante en Salamanca, digno sucesor del marqués de Villena[86], hasta las múltiples y muy graves imputaciones publicadas sobre él, hace apenas unos meses[87]. No necesito encarecerte la importancia del empeño que te ordeno, pues resultaría vano procesar a nuestro hombre por nigromancia y hechicerías, si no se hallaren en su biblioteca los libros mágicos que guarden sus fórmulas y hechizos[88].

     No me placía el aceptar las indicaciones que recibí, pero tampoco me sentía con fuerzas para resistirlas. Por tanto, ejecuté un completo examen de los fondos de la librería del Conde-Duque, teniendo la satisfacción de no encontrar ningún libro sobre hechicerías, aunque sí varios escritos por protestantes y un ejemplar del Corán.. Al punto se lo hice saber al tribunal de Valladolid, sugiriéndoles con cierta malicia que indagasen en la biblioteca de Olivares en Madrid, o en Loeches o Andalucía, donde tal vez podrían tener mayor suerte con sus pesquisas. La verdad es que cada vez sentía yo menos interés en perjudicar a Don Gaspar, ahora que lo sentía enfermo y agotado; hasta tal punto que, tomándome una atribución impertinente, me hice el encontradizo con el confesor Ripalda y le hice a mi manera una seria advertencia:

-          Sabrá Su Paternidad que no ha caído nada bien en los círculos de la Corte su memorial, criticando a Su Majestad por el comportamiento hacia la esposa y el hijo del Conde-Duque…

-          ¿Cómo es -preguntó asombrado- que conoces ese documento y el efecto que haya podido producir en su elevado destinatario?

     Opté por descubrirme a medias, al no encontrar por lo pronto explicación mejor:

-          Mi señor, el marqués de Malagón, hace negocios con muchas personas por intermediación mía. Entre ellas, hay varios familiares de la Inquisición que, como es de suponer, están muy bien informados de cuanto tratan los clérigos de nota, como es su caso… En fin, según mi modesta opinión, debierais ser más comedido en vuestra defensa de la casa de Guzmán[89], no machacando el hierro frío y exponiendo al Señor Conde a mayores castigos.

-          Pero mi protesta es signo de humanidad y está plenamente justificada…, replicó el jesuita.

-          No obstante, Reverencia -concluí-, tened la pluma, no vayáis además a dañar a vuestra Orden, ahora que está bajo sospecha por las cosas de Portugal[90].

     Ignoro si mis palabras me hicieron ganar respeto o recelo a los ojos de Ripalda, quien no volvió -que yo sepa- a llevar hasta tales extremos la defensa de su penitente. Pero en aquel momento los ojos de que yo más me preocupaba eran los de otra persona, que había llegado a Toro en el séquito de doña Inés de Guzmán. Nadie sabía a ciencia cierta de quién se trataba, pero todos la conocían con el cariñoso nombre de Aguedilla.

***

     Llamazares satisfizo mis primeras curiosidades respecto de ella:

-          Ya en Madrid ingresó en nuestra casa cuando era una niña y de siempre la ha tratado doña Inés con un afecto y consideración especial. Unos la tienen por criada de honor. Otros la consideran dama de confianza o de entretenimiento de la duquesa…

-          Pero ¿y tú? ¿Qué puedes decirme de ella, según tu docta opinión?

     Diego sonrió con socarronería y me respondió:

-          Digo que mi señora es muy piadosa y tolerante con los deslices de juventud de su esposo… Muy interesado te veo por Aguedilla. Modera tus anhelos pues para mí que sería picar demasiado alto. Además, creo que la joven se guarda para el Señor y no me extrañaría que, cuando doña Inés se lo autorice, acabe por entrar en un convento.

     Ciertamente, la muchacha había conmovido desde el primer momento mi poco sensible corazón. Menuda, pero bien proporcionada, morena de ojos expresivos y muy negros, vestía casi siempre de negro, ataviada con sedas y otras telas costosas, si bien rehuía afeites y adornos llamativos que pudieran confundirla con una dama de la nobleza. Acompañaba constantemente a doña Inés y, por descontado, tenía libre acceso a los aposentos privados. Fue, precisamente, en la biblioteca donde tuve oportunidad una mañana de conversar por vez primera con Aguedilla, quien acudió allí para llevar a su señora un ejemplar de La perfecta casada[91]. La ayudé a encontrarlo y ello me dio pie para hacer mi presentación como bibliotecario provisional de aquel enorme amasijo de libros, en trance de ordenación -le dije textualmente-. Ella ponderó mi esfuerzo, tanto más valioso, cuanto que la lectura y la bibliofilia habían sido de los mayores placeres del señor Conde-Duque. De unas cosas, pasamos a otras, hasta el punto de que hubo de interrumpir ella nuestra plática, no fuera que se impacientase por su tardanza la señora. Le aseguré que me tenía a su disposición para cuanto se la ofreciera en aquella ciudad, nueva para ella, que ya tenía yo por la mía, y nos despedimos por el momento.

      Si a juramento me tomasen, no sería ahora capaz de recordar en detalle lo que Aguedilla y yo nos dijimos en aquel primer encuentro. Supongo que, por mi parte, encarecería mis méritos y ponderaría mi actual ocupación y expectativas de futuro. De cuanto ella me reveló, solo se me grabó su semblante sereno, al explicar la dolorosa precipitación con que doña Inés había tenido que soportar, primero, la separación de su marido y, poco después, ser desterrada a Toro, privada de sus oficios en la Corte, en particular, del cuidado y educación del príncipe heredero, del que había sido aya durante los catorce años que este llevaba vividos. Tal sentimiento me fue confirmado por Llamazares, añadiendo:

-          La señora no es de trato fácil, de tan rígida y religiosa como la educación y la vida la han hecho, pero tiene un corazón de oro. No siempre lo entendían así en la Corte, pero basta con ver el trato que da a su criadilla… Ándate con tiento -bromeó-, que, si algún defecto tiene doña Inés, es el de ser muy casamentera[92].

     Si algo justificaba la opinión de Llamazares sobre doña Inés de Zúñiga era el comportamiento hacia su marido, dispensándole los mayores cuidados y atenciones. Fomentaba, si es que era necesario, sus devociones, tanto en lo referente a las misas y visitas de iglesias y conventos, como en las largas oraciones de la tarde, para facilitar las cuales se redujeron las partidas de hombre, cosa que yo agradecí pues me hacían perder tiempo y dinero, una vez que, famosas en toda la comarca, empezaron a ser trufadas por las trampas y habilidades de sujetos poco recomendables, traídos al palacio por criados del Conde-Duque, que luego partían con ellos los beneficios. Claro que, en todo lo posible, evité incorporarme al rezo del rosario con todos sus misterios, que reemplazó la devoción del naipe. No debió de agradar mi ausencia a la señora quien, por medio de Aguedilla, me trasladó la pregunta de si tanto era mi trabajo para el marqués de Malagón, que había de descuidar mis oraciones. Por afecto a la criadita, le di toda clase de explicaciones y, suponiendo que la justificación agradaría al padre Ripalda[93], tan importante en aquella casa, le contesté:

-          No anda desencaminada tu señora cuando achaca mi ausencia a las muchas ocupaciones. Con todo, me siento más inclinado a las obras de misericordia que no a los rezos. Mi padre así me enseñó y debo a mi madre el convencimiento de que vale tanto una oración mental de comunicación con Dios, como una retahíla de letanías, cuyas palabras son otros quienes las han concebido.

     Quedó Aguedilla suspensa, como si sopesara mis alegaciones. Aproveché el momento para hacerle la pregunta que me quemaba desde que Llamazares me expuso su probable profesión religiosa:

-          Óyeme, Águeda, para el caso de que -como hago todas las noches- rece por el bien de tu alma, ¿habré de pedir a Dios que excite en ti la vocación religiosa o, por el contrario, que te bendiga con un buen marido?

     La interpelada se arreboló, bajó los ojos y, según se alejaba de mí, musitó:

-          De cualquiera manera que sea, habrías de pedir para mí un esposo[94].

     De lo que se infiere que yo quedé tan dudoso como estaba antes, pero Aguedilla pudo colegir con certeza mi interés hacia ella.

***

     La verdad es que no me explicaba la lentitud con que la Inquisición parecía haberse tomado el enjuiciamiento de Don Gaspar, supuesto que el monarca le había retirado toda benevolencia a ese respecto[95]. A mí me quemaba ya el asunto pues resultaba de vez en vez más probable que se acabara descubriendo el que actuaba como esbirro del Santo Oficio, traicionando la amistad y confianza con que se me recibía en aquel palacio. Cierto era que, cada día que pasaba, era una oportunidad de estar junto a Aguedilla, lo que a ambos iba proporcionándonos un mayor contento. Mas ¿qué pensaría ella de mí si supiera de mi traición a sus señores, ni qué oportunidad tendría yo de conseguir su afecto?

      Algo debieron hablar entre sí a este respecto los dos esposos, pues un día de febrero del año 1644, cuando me disponía a acompañar al Conde-Duque en su paseo matutino a fin de mostrarle las tareas de poda de las viñas, Su Excelencia excusó mi presencia, con estas o parecidas palabras, que me dejaron atónito:

-          Quédate en palacio y haz por ver cuanto antes a doña Inés, mi esposa, que ha de manifestarte algo de importancia, y sábete que cuanto ella te exponga tiene mi beneplácito.

     Recibiome la señora en su cuarto de costura y, dando a suponer que la plática sería larga, me mandó sentar en un escabel a su vera. Sus primeras palabras, yendo de inmediato al asunto -como ella usaba- mostraron su inclinación de tercera, de la que Llamazares me había advertido:

-          Vengo notando -me vino a decir- tu interés por mi servidora Aguedilla, cosa que no me extraña, y aún diría que me agrada, pues ella es muy honesta y graciosa y tú siempre te has mostrado como un hidalgo respetuoso y servicial… No obstante, antes de que las cosas entre vosotros pasen adelante, he de explicarte ciertos puntos de gran importancia, que sabrás entender y aceptar si, como ella me ha dado a entender, te le has acercado con honradas intenciones.

     Sin apenas dejarme afirmar que esas eran, en efecto, mis pretensiones, doña Inés me hizo saber, con buenas aunque ambiguas palabras, lo que yo ya conocía u otros me habían dado a entender: Que la joven, más que una criada, era para ella una dama de compañía, que había entrado de muy niña en su casa y a la que quería casi como a una hija; que, hasta entonces, había mostrado más inclinación por la vida religiosa que por la matrimonial; que, siendo esta última su vocación, no la apartaría de ella, pues bien sabía de la dulzura del amor de los esposos y de la ternura del amor de madre, como también de sus numerosos sinsabores; en fin, que Aguedilla, para el caso de darle estado de matrimonio, recibiría dote, ajuar y otras mandas, como correspondía a una pupila o criada de su cámara.

     Tomando, al fin, la palabra, le mostré con brevedad mi desinterés por todos aquellos gajes, que, aunque generosos y muy justos, no podían parangonarse con las muchas prendas de tan encantadora muchacha. En todo caso, le hice ver que no pretendía que mis aspiraciones casaderas se efectuaran antes de hallarme en una posición en cierto modo similar a la que habría de alcanzar Águeda. Añadí, aunque con temor de descubrirme, que, antes de venir a Toro, había tenido una ventajosa posición como administrador del señorío de Villagarcía de Campos, al que tendría ocasión de volver, una vez cumpliese en la ciudad toresana un encargo de conciencia, tan imposible de soslayar, como de confesar sus motivos. La señora hizo memoria y dijo:

-          Creo haber conocido en la Corte a la titular del señorío y, si afirmas que es esposa del conde de Peñaflor, tengo por cierto que lo ha de conocer el Conde-Duque, pues que reside de fijo en Sevilla. Es, desde luego, buena carta de presentación la que me ofreces, apoyada, si ella poco fuese, por la buena relación que dices haber tenido con los jesuitas del aquel Colegio famoso. Pero, siendo todo como dices, es triste punto de honor el de que hayas tenido que abandonar por el momento tan buen puesto, para venir a aposentarte con el marqués de Malagón, a quien mi marido reprueba por muy buenas razones, como a grande que nunca le mostró amistad ni apoyo. Tan es así, Ocampo, que la decisión del Conde-Duque, que yo hago mía, es esta: Si quieres cortejar a Aguedilla, habrás de abandonar previamente el servicio de don Diego de Ulloa[96] y entrar al de alguien que no nos sea desfavorable.

     Tras unos momentos de sorpresa, iba a responderle que me colocaba en situación económica muy difícil, de aceptar tal exigencia, pero doña Inés se me adelantó:

-          Mi esposo te profesa afecto por tu respeto y atención hacia él, a lo que yo añado la razón del cariño que ambos sentimos por Aguedilla. Según eso, tan pronto hayas abandonado la casa del marqués, tendrás abiertas las puertas de la nuestra en calidad de bibliotecario de mi marido… Espero que llegues a serle más fiel en su desgracia que el canónigo Rioja, cuya defección causó al Conde-Duque tanto disgusto.

 

 

7.      Donde se aprecia que  en Toro, como en Roma, no se paga a traidores

 

Villalonso (Zamora). Castillo.

     Fue una conversación bisbiseante entre Olivares y su confesor, que captaron mis entonces agudos oídos cuando estaba esperando al Conde-Duque en el zaguán del palacio, para acompañarlo en uno de sus paseos matinales:

-          El señor protonotario -explicaba el padre Ripalda- está profundamente conmocionado, pues él creía ya definitivamente superados sus pleitos con la Inquisición[97].

-          Y después de tantísimos años -apostillaba Don Gaspar-. No me cabe duda, padre Juan: Esos miserables vienen por mí, siendo Villanueva solo el preámbulo.

     Ya fuese por el berrinche, ya porque había otras personas presentes, Olivares se despidió de Ripalda y subió al coche en que se proponía hacer su salida. Mientras subía trabajosamente las dos gradas del carruaje, se volvió hacia mí y me despidió. Hoy no saldré al campo -explicó-; me encuentro algo resfriado. Me pareció una disculpa que encubría su desánimo por la noticia que acababa de serle dada.

     Como es de suponer, el anuncio y la reacción de Olivares me preocuparon, por lo que al punto acudí a la casa del Santo Oficio en Toro[98], que apenas frecuentaba para evitar que se me asociase con mis colegas. En todo caso, era seguro -y constancia tenía yo de ello- que el Comisario[99] toresano había recibido desde Valladolid noticia de mi presencia en Toro, así como la orden de socorrerme en todo aquello que necesitase. Por esta vez, decidí acudir a él, mas, no habiéndole hallado en la casa y sabiendo que era presbítero de San Lorenzo el Real, acudí a su encuentro al terminar la misa de once para recabarle cuanta información tuviese del tropiezo de Villanueva con la Inquisición. Me contestó lo siguiente:

-          Por lo que yo sé, los diablos de San Plácido están de nuevo rondando por la Corte o, por mejor decir, alrededor de quienes no son bienquistos en ella. Pronto te ha llegado el tufo del asunto, pues todavía, que yo sepa, no se ha abierto causa contra el protonotario, pero se da por cierto que llegue tal momento no tardando, una vez que se ha quedado sin el resguardo del Conde-Duque… Por cierto, yo que Don Gaspar me tentaría la ropa, que en aquellos episodios de Madrid tuvo él que ver tanto o más que Villanueva.

     Salí de aquella entrevista con la convicción de que podía ser inminente que se procesara a Olivares, momento este en que lo mejor que yo podía hacer era desaparecer de Toro, una vez hubiese cumplido con cuanto pudiera satisfacer al tribunal de Valladolid. Y, supuesto que los cargos contra el Conde-Duque se centrarían, como el comisario me había dado a entender, en las hechicerías de San Plácido, poco más podía aportar que las cartas de Sor Teresa, la priora, cosa que ya había hecho en cuanto pude. De suerte que tomé la pluma aquella misma tarde y escribí a mi mandante, el ministro Arellano, una misiva un tanto alarmista, afirmando falsamente que en casa de Olivares me encontraba bajo sospecha, al haber echado en falta las cartas que yo había sustraído en favor del Santo Oficio. Añadía que mi completa pesquisa de la biblioteca del Conde-Duque no había arrojado ningún otro resultado positivo en materia de hechizos. Concluía:

     En esta tesitura, señor, no tengo otro remedio que solicitar de ese tribunal que se me autorice a despedirme del marqués de Malagón con cualquier pretexto, abandonando Toro, y poder regresar así a mis ocupaciones en Villagarcía de Campos, o doquiera se me reciba de buen grado con la poderosa recomendación del Santo Oficio. Permanecer un tiempo más en esta ciudad solo puede redundar en mi daño y alarmar a quienes están bajo sospecha, previniéndolos aún más en contra mía y de quienes me han enviado.

     En una posdata, le hacía saber que Olivares ya tenía noticia de cuanto se estaba preparando contra el protonotario Villanueva, lo que le había provocado el consiguiente sobresalto.

***

     Tal vez fuese esa alarma y el disgusto que le causara lo que dio lugar a que Don Gaspar enfermara gravemente en abril de 1644 del mismo mal que lo había aquejado en noviembre anterior. Nuevamente trató de remediarse la erisipela con sucesivas sangrías, que lo dejaron sumamente debilitado. Se habló de hacer venir a buenos médicos de Valladolid u otros lugares, visto que -a diferencia de lo que de antaño se contaba- el rey no le había ofrecido los servicios de sus médicos de cámara, suponiendo que estuviera avisado de los males de Don Gaspar. No hubo necesidad al fin de llegar a tanto, pero durante muchos días la casa fue un constante ir y venir de profesionales, amigos y curiosos, un hervidero de rumores y lamentos, un zumbido de rezos y plegarias. Vi en ello, si no la ayuda de Dios, sí la oportunidad de alejarme del palacio sin que nadie parase mientes en mi ausencia. Pero, antes, había una persona con quien tendría que hablar sobre mi marcha, preparándola para una temporal despedida.

     Pasé mucho tiempo y desvelos en decidir qué y cómo presentaría a Aguedilla mi intención de abandonar Toro, con cuanto ello suponía, para retornar a mi plaza de Villagarcía, en el supuesto de que se me volviera a recibir en la misma. Hubo momentos en que pensé en sincerarme con ella hasta el extremo, reconociendo mi infidelidad hacia el Conde-Duque, aunque viniera forzada por el vínculo con la Inquisición; pero ¿cómo iba a reconocer aquella traición a quien muchos decían que era hija, aunque ilegítima, de Don Gaspar? Sería tanto como tranquilizar mi conciencia a costa de romperle el corazón y forzarla a que me abandonara con el mayor de los desprecios. En el extremo opuesto, podría alegar pretextos que me convirtieran en víctima, como el de ser despedido de su casa por mi señor, el de Malagón, o que la pusieran a ella como causa, tal como tomar un nuevo rumbo en mi vida para poder aspirar a su mano con una mejor posición. En todo caso, cualquiera que fuera mi excusa, siempre quedaría al descubierto en el caso de que el Santo Oficio acusara a Olivares y me propusiera como testigo de cargo y exhibiera las cartas de la priora de San Plácido.

     Finalmente, opté por ofrecerle una explicación que, al menos de momento, no supusiera el perder toda esperanza de conservar su afecto. De modo que, aprovechando el agobio en que la tenían los cuidados por la enfermedad de Don Gaspar, me limité a hacer un aparte con ella y, de manera un tanto confusa, le expuse que tendría que ausentarme de Toro por algún tiempo, dado que mi madre se encontraba enferma y el marqués de Malagón me había concedido la venia para visitarla. Agregué que mi propósito era el de regresar cuanto antes, no por el marqués, ni por la benevolencia que me mostraban Doña Inés y su marido, sino porque estaba prendado de sus encantos. Acabé preguntándole si ella sentía por mí un especial afecto y, de ser así, si me esperaría hasta mi regreso.

     Entre la sorpresa por mis confidencias y lo urgente y poco adecuado del lugar y el momento, Águeda quedó como asombrada, inmóvil, con la mirada baja, azorada, en silencio. Finalmente, alzó los ojos hacia mí y, tomando pie en mi alusión a la espera, dijo con suavidad y parsimonia:

-          Mi voluntad no puede ser otra que la de hacer lo que parezca bien a mis señores, pero tienes mi beneplácito para exponerles tus sentimientos e intenciones hacia mi humilde persona. Yo esperaré hasta que ellos decidan.

     Aquellas palabras suyas me hicieron comprender que solo un milagro podría unirnos: el de que la Inquisición desistiera de seguir causa a Olivares. Y en ese milagro perdí toda esperanza cuando, dos días más tarde, recibí del tribunal de Valladolid la siguiente carta del inquisidor Arellano, cuyo original aún conservo:

     … Harta inquietud me ha provocado tu aseveración de encontrarte bajo sospecha entre la gente de quien tú sabes, por lo que ello podría suponer, no solo de peligro para tu vida, sino de cautelas o actuaciones contrarias a los preparativos de la acusación contra él. La importancia que concedemos al asunto nos ha movido a evacuar consulta con el Inquisidor General y su respuesta para ti ha sido la siguiente: Te apartarás inmediatamente de aquella casa y evitarás el contacto con sus moradores, pero no abandonarás Toro, por lo que ello supondría de escándalo y de pérdida nuestro control sobre esas personas y ambiente, que solo tú conoces en profundidad. Así pues, seguirás al servicio del marqués de Malagón y sus exigencias de una mayor dedicación por tu parte a sus encargos servirá para que puedas explicar tu repentino alejamiento de esa casa que, hasta ahora, has frecuentado con tanto aprovechamiento para nosotros.

     La misiva también respondía a mis sugerencias, de una forma poco satisfactoria para mis anhelos de seguridad y retorno a anteriores ocupaciones:

     … Sabes que el Santo Oficio nunca abandona a quienes bien lo sirven, como lo has hecho tú hasta ahora. Ello ha de ser bastante para tranquilizarte ante la noticia que he de darte, que es la de que la señora de Villagarcía ya ha designado a un nuevo administrador en tu lugar, al no poder dejar por más tiempo la plaza en manos interinas y poco hábiles.

     Arellano concluía fijando un plazo incierto para permitirme abandonar mi destierro toresano:

     Tus servicios en esa ciudad habrán concluido, por lo que a mí respecta, cuando se abra causa contra la persona que tú conoces. A partir de ese momento, si tuvieses que seguir apoyando la actividad de la Inquisición, podrás hacerlo eficazmente desde Valladolid, donde habrá de seguirse el oportuno proceso.

***

      Como era de esperar en ciudad tan reducida como Toro, no tardé en encontrar -o ellos hicieron por toparse conmigo- con servidores de Olivares, en concreto, con el paje Burrigay. Con su jovialidad acostumbrada me abordó y echó en cara haber olvidado el camino del palacio de Alcañices. Sin embargo, su rostro no se compadecía con la voz y mostraba un gesto de reproche, que parecía reclamar una buena explicación. De entrada, yo le di la recomendada por el Inquisidor General, es decir, el mucho trabajo que tenía, según se acercaba el verano y menudeaban los preparativos de la cosecha. El paje se encogió de hombros y me confió -verdad o mentira, él lo sabría- que el Conde-Duque me había echado de menos. Al despedirnos, me hice el firme propósito de que, si volvía a producirse una ocasión semejante, daría la cara y resolvería de una vez por todas el equívoco. ¡Allá el Santo Oficio, si con ello perjudicaba las maniobras contra Don Gaspar!

     Con todo, evité el enojoso momento saliendo de Toro camino de Villalonso, donde mi señor el marqués tenía abundantes tierras de pan llevar, que ya aguardaban las hoces. Pero la siega concluyó y no tuve más remedio que regresar. En el ínterin, había vuelto a escribir a los inquisidores, encareciéndoles la mayor diligencia en la instrucción de la causa contra Olivares. Estando de vacaciones Arellano, me contestó su compañero, Juan Santos, de manera lacónica y desabrida, haciéndome saber que el momento que yo urgía estaba muy próximo, pero que no iba a adelantarse porque yo tuviese interés en ello. Así, el día de Santiago de aquel año 1644, hallándome en el mercado, me di de manos a boca con Llamazares, el criado de Su Excelencia, quien me echó mano por si pretendía escabullirme y dijo:

-          ¡Cuánto bueno, compadre! Hace tiempo que quería dar contigo, pero hay que ver qué caro te vendes.

     Me sentí molesto por la sorna que evidenciaban sus palabras y respondí con descaro:

-          Pues ya sabes dónde me tienes, que yo también tengo señor de alcurnia y resido en un palacio de esta ciudad.

     El criado de Olivares, sintiéndose ofendido, echó mano a la ropera[100], al tiempo que me increpaba como la urraca que se había llevado al nido ciertas cartas personales de la biblioteca de su señor. Comprendí que no tenía más remedio que contemporizar y suavemente repliqué:

-          Repare el señor Llamazares que, habiendo venido a comprar y en día de precepto, he dejado los hierros en casa… Mal lugar es este para que dos hidalgos discutan, a la vista de toda la ciudad. Véngase a un lugar donde podamos hablar como dos personas de las mejores casas de Toro.

     Accedió el criado del Conde-Duque y me acompañó hasta la bodega que entonces existía a la vera del hogar de la Inquisición -situación que pareció aplacarlo un tanto-; pedimos dos jarras de lo de la tierra y, tras haber remojado el gaznate, di por sentado que estaba al tanto de todo y le confesé:

-          No voy a negar el escamoteo de que me acusas, ni dejaré de reconocer que es una conducta poco digna hacia el Conde-Duque, que tan generosamente me trató siempre, pero has de saber, y decírselo a él, que no he obrado por cuenta propia, sino por orden o encargo del Santo Oficio, del que soy familiar.

     No pareció extrañarse Llamazares de la implicación inquisitorial en el asunto, pero su reconocimiento por mi parte le obligaba a observar una contención que hasta entonces no había mostrado. Farfulló unas palabras de las que no hice caso y proseguí:

-          Las cartas a que aludías antes y los informes confidenciales del caso ya obran en poder de mis mandantes; de modo que no os queda más remedio, a tu señor y a ti, que obrar con cautela y que el Conde-Duque vaya preparándose para capear el temporal que, no tardando, va a caer sobre su caduca persona… Conste que lo afirmo con el mayor de los respetos, pues nunca complació a un hidalgo de bien el que hagan leña del árbol caído quienes, en otro tiempo, se acogieron a su sombra y aún puede que recogiesen sus frutos.

     Poco más teníamos ya que hacer en aquella taberna, como no fuese llegar al fondo de las jarras. Pero se me ocurrió, de repente:

-          Por cierto, Llamazares, ¿me harías el favor de llevar una carta mía a una persona muy querida de Don Gaspar y Doña Inés, para la que puede servirle de consuelo?

-          Estoy dispuesto a ello -contestó el asturiano-, siempre que la entrega se haga con el conocimiento de mi señor.

     Acepté la condición; pedí al cantinero recado de escribir y escribí unas líneas para Aguedilla, explicando con notable hipérbole la necesidad en que me había visto de comportarme de tal modo, por exigencias imperiosas de mi deber para con la Inquisición. Le reiteré mi cariño y, en consecuencia, el profundo dolor que me producía el haberla perjudicado, aun sin mala intención, y el despedirme ahora de ella, cosa inevitable puesto que nada podría borrar mi desafuero a las personas que ella tenía como a padres. Finalmente, improvisé un sobre, en el que estampé solo dos palabras: Para Aguedilla. Al leerlas, Llamazares volvió a remontarse: Malhadado seas: Has ido a lacerar al mayor bien de los duques.

     Se levantó, tomó la carta y arrojó unas monedas de vellón sobre la mesa.

-          Nada quiero de ti -explicó-, no siendo tu sangre, pero esa la Inquisición me impide derramarla pues sería en perjuicio de mi amo.

***

     Estaban a punto las uvas toresanas de ser vendimiadas aquel año de 1644, cuando llegó al fin la noticia de que el protonotario Villanueva había sido detenido en Madrid por orden del Santo Oficio y trasladado a su cárcel toledana para iniciar el proceso[101]. Era el mosquetazo que anunciaba el inmediato procesamiento de Olivares, como en efecto acaeció. Al propio tiempo, era un aldabonazo para mí, que ya no hallaría en Toro tranquilidad ni buen ánimo. En el colmo de mi indignación, me dispuse a escribir una carta al inquisidor Arellano, manifestándole mi intención de abandonar Toro, incluso sin su permiso, toda vez que mi tarea había sido cumplida y ningún acuerdo del Santo Oficio me había desterrado ni acordado mi confinamiento. Luego, lo pensé mejor y opté por hacer la gestión cara a cara, evitando los malentendidos de una escritura en estado de excitación. En consecuencia, y aunque la fecha era muy inconveniente para ello, me presenté al marqués y le pedí permiso para viajar a Valladolid, regresando a la mayor brevedad posible. No tuve más remedio que explicarle los motivos, al escuchar los cuales Don Diego sonrió de oreja a oreja y preguntó con regocijo:

-          Conque ¿has tenido que ver en la desgracia que va a cernerse sobre ese pavo real con muleta?

-          Y no poco, señor -respondí-. Si algún día llega a ser condenado por hechicería, tenga por cierto que me corresponderá buena parte de mérito en ello.

Inquisidor General, Diego de Arce

     El de Ulloa empezó a sonsacarme, hasta llegar a una correcta conclusión: Que yo estaba deseando marchar de Toro por miedo y vergüenza hacia Olivares y tristeza y dolor por haber perdido el cariño de Aguedilla, su presunta hija. Ahora bien, abandonar las orillas del Duero en esas condiciones sería para mí tanto como quedar pronto en la miseria, sin trabajo y víctima de la ojeriza de la Inquisición.

     El marqués, que no cabía en sí de contento por el infortunio del Conde-Duque, al que detestaba cordialmente de antiguo, por motivos que él conocería, me tranquilizó de la siguiente forma:

-          Como sabes, tengo tierras y señoríos en diversos lugares del reino de Castilla, entre otros, en La Mancha. Honrado administrador eres y conocedor laborioso del cuidado de las viñas, que tanto abundan también por allá. Voy a mandarte incontinente a Malagón o a Fernán Caballero[102], con el encargo urgente de que te hagas cargo de mis propiedades, reemplazando al que, por su edad, ya precisa de un sucesor. Y nada temas de los inquisidores de Valladolid, pues me une buena amistad con Diego de Arce, su jefe supremo, que apoyará mi decisión, sin más que comparezcas ante el tribunal que ha de juzgar a Olivares, cuando para ello seas requerido.

     Ciertamente, vi los cielos abiertos, por más que eran los manchegos pagos para mí desconocidos y en los que nada se me había perdido. Don Diego comprendió sin palabras mis escrúpulos y aún me ofreció otra salida:

-          Si no te pinta bien en aquellas tierras, pasado un tiempo, puedes renunciar a tu puesto. Si Dios me da vida -que ya voy anciano-, ya te buscaré otro que sea digno del servicio que hasta entonces me hayas prestado.

***

     En honor a la verdad, he de confesar que no salí de la triquiñuela del marqués del todo incólume, pues, pese a la benevolencia del Inquisidor General, el tribunal de Valladolid me retiró la credencial y privilegios de familiar de la Inquisición, sin que yo me revolviese contra ello ni solicitase entrar al servicio del de Toledo[103]. Terminaba así mi compromiso de familiar de la Inquisición. Y, habida cuenta de que este relato no ha pretendido otra cosa que narrar curiosos sucesos de esa corta época de mi vida, bueno será que ponga fin a la relación, deseando a vuesas mercedes un oficio menos santo que el que yo asumí en aquellos tiempos.

 

 

8.      Apéndice, a cargo del editor

 

     Adrián (de) Ocampo no fue en sus memorias más allá de 1644. En consecuencia, me siento obligado con los lectores a concluir brevemente algunas de las biografías que él dejó incompletas, añadiendo algunos datos históricos que las lleven hasta su conclusión.

     Comenzando por el Conde-Duque de Olivares, ciertamente la Inquisición le abrió procedimiento por tenencia y lectura de libros prohibidos, sospechas de cripto judaísmo y prácticas de magia y hechicería. En el fondo, el Santo Oficio estaba siendo manipulado por sus opositores, que no le perdonaban su autoritarismo y reformas, y buscaron el procesamiento inquisitorial para arruinar su reputación por completo. Pero la acción inquisitorial no se caracterizaba, precisamente, por su rapidez, máxime en casos como este de tanta notoriedad personal. De otra parte, el Inquisidor General, Diego de Arce, era hombre templado y había mantenido buenas relaciones con el Conde-Duque. En conclusión, la muerte le llegó a Don Gaspar el día 22 de julio de 1645, sin que hubiera tenido que sufrir el desdoro de verse acusado de todos aquellos crímenes, aunque sí supiera de las maquinaciones e inculpación inicial. El fallecimiento del magnate trajo aparejado el archivo de aquella causa[104].

     La gentil Aguedilla, fallecido su padre putativo, obrando de acuerdo con Doña Inés de Zúñiga, tomó el hábito de las dominicas en el monasterio de la Inmaculada Concepción de Loeches y allí permaneció como monja hasta su fallecimiento, en fecha indeterminada, a la vera del panteón que guardaba -y todavía lo hace- los restos del Conde-Duque y de la expresada, Doña Inés. En el testamento de esta, otorgado el 8 de septiembre de 1647, la duquesa prohijó a Aguedilla, le otorgó una cuantiosa dote de dos mil ducados -que ya no serviría para otra cosa que para enriquecer al convento que la había acogido- y le legó numerosos objetos personales, confirmando así -en opinión de los historiadores- la sospecha popular de que la joven era hija biológica de Olivares.

     En cuanto a don Diego de Ulloa, marqués de Malagón, no tardó en seguir al sepulcro a su némesis olivariana, pues falleció en 1647, sucediéndole en sus títulos y patrimonio su hermana Francisca, la cual pronto finó, abriendo la herencia a otros parientes en línea colateral[105]. Es de suponer que todos ellos confirmasen en su puesto a Adrián Ocampo, a juzgar por lo que él ha escrito al inicio de estos recuerdos.

     A Adrián Ocampo parece habérselo tragado la tierra, incluso antes de que lo cubriese para siempre. Este humilde editor ha tenido que conformarse con desempolvar el relato que ahora ofrece a los pacientes lectores, no habiendo sido capaz de hallar sobre el autor noticias adicionales.

***

     He decidido ofrendar esta narración al historiador británico, Sir John Elliott, que dedicó buena parte de su vida a la vida y la obra del Conde-Duque de Olivares. Sin embargo, el contenido y tono de mi relato no han hecho preciso que consultara sus obras hasta el punto de citarlas al margen[106]; pero sería injusto no recoger las principales de entre las que dedicó a Don Gaspar de Guzmán, como muestra de mi admiración y ánimo de divulgar su existencia entre los aficionados a la historia. He aquí la lista impresionante de las mismas, con la que cierro el relato -como lo empecé- recordando al hispanista de Reading.

·         La rebelión de los catalanes, 1598-1640, Madrid, Siglo XXI, 1977.

·         El Conde- Duque de Olivares y la herencia de Felipe II, Valladolid, Universidad, 1977

·         J. Elliott y J. F. de la Peña, Memoriales y cartas del Conde Duque de Olivares, Madrid, Alfaguara, 1978- 1981, 2 vols.

·         J. Brown y J. Elliott, Un palacio para el rey. El Buen Retiro y la corte de Felipe IV, Madrid, Alianza, 1981

·         El programa de Olivares y los movimientos de 1640, en J. M. Jover (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, vol. XXV, Madrid, Espasa Calpe, 1982

·         Richelieu y Olivares, Barcelona, Crítica, 1984J. Elliott, El Conde- Duque de Olivares, Barcelona, Crítica, 1990

·         J. Elliott y A. García Sanz (ed.), La España del Conde Duque de Olivares, Valladolid, Universidad, 1990º

·         España y su mundo 1500-1700, Madrid, Alianza, 1990, caps. 8 y 9J.

·         El Conde-Duque de Olivares: el político en una época de decadencia, Barcelona, RBA, 2005.

Vega de Toro, regada por el río Duero

    

    


[1] Se trata de Felipe IV (1605-1665), rey de España entre 1621 y 1665.

[2] Alusión a la conocida anécdota (tolle, lege) de que San Agustín fue urgido por un ángel a que leyera la Biblia, que abrió casualmente por las epístolas de San Pablo.

[3] Del texto del relato se infiere que se alude a la pequeña villa vallisoletana de dicho nombre que, para evitar confusión con la mucho más poblada onubense de igual denominación, pasó en 1916 a denominarse Villalba de los Alcores.

[4] Es decir, en Derecho civil y canónico, a la vez.

[5] Edad mínima para presentarse a los exámenes correspondientes ante el Consejo de Castilla, al ser la de la mayoría de edad en el Derecho castellano de aquella época, situación que se mantuvo hasta el Código civil de 1889, que la rebajó a 23 años.

[6] Esta situación se mantuvo entre 1554 y 1559, cuando su hermano de padre, Felipe II, lo reconoció por hermano suyo y lo incorporó a la Corte.

[7] Doña Inés de Salazar enviudó en 1623 del titular del señorío de Villagarcía, don Juan de Quijada de Ocampo y, al no tener hijos, fungió de titular de dicho señorío hasta su muerte, acaecida en 1636.

[8] Doña Elvira Antonia Quijada de Ocampo y Villamizar fue la titular del señorío de Villagarcía entre 1636 y 1658, en que se dice que falleció. Dicho señorío pasó a tener el rango de marquesado en 1655.

[9] Tal vez ese absentismo denunciado por fray Juan de Porres estuviese un tanto exagerado pues consta que el heredero de doña Elvira nació en Valladolid, no lejos, pues, de Villagarcía de Campos.

[10] Sobre la señora, véase la nota anterior. Su marido era don Pedro Clemente de Villacís y Saavedra, segundo conde de Peñaflor de Argamasilla.

[11] Ciertas referencias precisan el año 1183 como fecha de su edificación inicial, cuando se levantó como baluarte en la frontera entre los reinos de Castilla y de León. Aunque fue ampliado y transformado en palacio en siglos posteriores (siglos XIV-XVI), los mínimos restos visibles actuales datan mayoritariamente del siglo XV.

[12] En realidad, se ignora la fecha del nacimiento de dicho hijo, sosteniendo algunos que pudo ser alrededor de 1645. Yo rechazo tal conjetura por inverosímil, ya que su madre, nacida en 1599, no estaría ya en condiciones normales de tener hijos; tanto más, cuanto que todavía tuvo el matrimonio otros tres hijos más: Véase, José Miguel de Mayoralgo y Lodo, Conde de los Acevedos, El linaje sevillano de Villacís, Boletín de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, volumen IV (1996-1997), pp. 7-120, especialmente pp. 21-23 (accesible por la www.ramhg.es). Resulta curioso constatar (íbidem, pp. 21-22) que el futuro señor -luego marqués- de Villagarcía de Campos era el sexto de los hijos de la unión de sus padres: los tres primeros murieron niños y las dos hermanas siguientes no heredaron el señorío por ser mujeres y haber profesado en el convento dominicano de Santa Catalina de Siena de Valladolid.

[13] Es posible que el relato de Adrián de Ocampo sea demasiado optimista. En realidad, la capilla relicario con el sepulcro de doña Inés de Salazar no se concluyó en lo fundamental hasta 1666 y los últimos detalles hubieron de esperar hasta 1692.

[14]  Aunque Ocampo no precisa el bienio de que se trata, está claro que fueron los años alrededor de 1640, en que España empezaba a experimentar el sabor de la derrota en la Guerra de los Treinta Años, así como una fuerte descomposición interna, con la sublevación de Cataluña y el inicio de la separación del reino de Portugal.

[15] Puede que no fueran muchos menos de cuarenta. Consta que, antes de Valladolid, Porres desempeñó el puesto de inquisidor en Córdoba, donde ya lo ejercía, por lo menos, en 1599.

[16] El tribunal de la Inquisición de Valladolid tenía jurisdicción en el siglo XVII sobre un total de once diócesis: León, Astorga, Zamora, Salamanca, Valladolid, Palencia, Burgos, Osma, Segovia, Ávila y Oviedo. Véase sobre diversos aspectos del funcionamiento del tribunal vallisoletano de la Inquisición y, en particular, sobre sus visitas e inquisidores: María del Carmen Sáenz Berceo, La visita en el tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Valladolid (1600-1658), Revista de la Inquisición, número 7 (1998), pp. 333-387, espec. para Juan de Porres, p. 374 (accesible íntegramente en Internet: dialnet.unirioja.es).

[17] Forma abreviada de referirse al Consejo de la Suprema y General Inquisición, órgano colectivo máximo de esta, que radicaba en Madrid y que, en lo que a inquisidores respecta, estaba formado por seis inquisidores apostólicos y presidido por el Inquisidor General.

[18] Antonio de Sotomayor (1557-1648), dominico portugués, fue Inquisidor General entre 1632 y 1643, así como confesor de Felipe IV entre 1616 y 1643. Su cese en ambos cargos suele relacionarse con la caída en desgracia del valido, conde duque de Olivares, de quien era muy afecto.

[19] Dejando de lado exageraciones nacidas de la inquina entre Órdenes religiosas y del excesivo celo del Santo Oficio, es llano que los jesuitas -incluido el propio San Ignacio de Loyola- estuvieron muchos años bajo el escrutinio y la sospecha inquisitoriales, como presuntamente proclives al alumbradismo y los excesos místicos, así como excesivamente entregados a la obediencia papal y contrarios a los privilegios inquisitoriales en materia de jurisdicción propia y limpieza de sangre. Uno de tantos acercamientos a estas cuestiones, accesible por Internet (Hispania.revistas.csic.es), puede ser: Doris Moreno Martínez, Obediencias negociadas y desobediencias silenciadas en la Compañía de Jesús en España, ss. XVI-XVII, Hispania, 2014, vol. LXXIV, nº. 248, septiembre-diciembre, págs. 661-686 (bibliografía en pp. 684-686).

[20] Era requisito casi obligado que los familiares de la Inquisición fuesen casados o viudos.

[21] Se opina que ser familiar de la Inquisición, pese a su rango inferior dentro de la institución, era un cargo muy atractivo ya que, entre otros privilegios, contaba con una general inmunidad ante la jurisdicción ordinaria, numerosas exenciones fiscales, derecho de portar armas y credencial de limpieza de sangre.

[22] Lo cierto es que era muy numeroso el contingente de familiares de la Inquisición, calculándose en varios miles para toda España. Por distritos, cada uno de los once tribunales de Castilla podría tener una media de quinientos cada uno.

[23] La fecha de defunción de fray Juan de Porres es incierta, pero, en cualquier caso, anterior a 1644, año en que la Suprema se dirigió a sus herederos reclamándoles la importante cantidad de 400 ducados, por presuntas apropiaciones o exceso de gastos que el citado ministro del Santo Oficio había dejado de reintegrar en vida. Esa cantidad venía su suponer el 45% de todo lo que el personal del tribunal vallisoletano adeudaba, lo que bien podía deberse a los muchos años que Porres sirvió en el mismo. Véase, María del Carmen Sáenz Berceo, La visita en el tribunal del Santo Oficio…, citado en la nota 15, p. 374.

 [24] Apenas se tienen noticias de este inquisidor, de apellidos bien conocidos entre los ministros del Santo Oficio. La razón de tal penuria es sin duda la desaparición en 1809 de los archivos del tribunal de Valladolid, que apenas ha podido ser paliada posteriormente. Véase: Ángel Laso Ballesteros, Los documentos sobre la Inquisición en el Archivo Histórico Provincial de Valladolid, Investigaciones Históricas, 36 (2016), Universidad de Valladolid, pp. 281-291. 

[25]  La privanza del Conde-Duque databa aproximadamente de 1621. La licencia del Rey para que el Conde-Duque pudiera jubilarse del gobierno se produjo el 13 de enero de 1643.

[26] No muy grande, ciertamente, pues Loeches distaba de Madrid unas 5 leguas, que podían recorrerse en alrededor de una hora, en coche o a caballo.

[27] En el siglo siguiente, buena parte de ellos, así como de las réplicas a los mismos, se recopilaron en un manuscrito, que se conserva en la Biblioteca Nacional de España, con el título de Papeles satíricos sobre el Ministerio del Conde Duque de Olivares, en el reinado de Felipe IV. Consta de 246 hojas, de las que hacen al caso de lo indicado en el relato las numeradas del 109 al 182.

[28] Jerónimo de Villanueva y Díez de Villegas (1594-1653), uno de los más constantes y eficaces apoyos políticos del Conde-Duque de Olivares, conocido como el Protonotario, por serlo durante muchos años de la Cancillería de Aragón. Véase ficha biográfica, a cargo de Juan Francisco Baltar Rodríguez, en el boletín de la Real Academia de la Historia (historia-hispanica.rah.es). Tuvo varios encontronazos con el Santo Oficio que, unidos a la caída en desgracia de Olivares, motivaron su retirada de la vida política, falleciendo poco después.

[29] El llamado caso de las Monjas de San Plácido, convento benedictino de Madrid, fue el más escandaloso de cuantos conoció la Inquisición en tiempos de Felipe IV, por más que el Santo Oficio tuviera en el mismo una actitud de gran benevolencia, acabando por exonerar a las monjas y manteniendo solo la condena del prior, fray Francisco García Calderón, quien libró con reclusión a perpetuidad en un convento, junto a otras penitencias. Del fondo del caso se irán dejando pinceladas a lo largo de este relato. Véanse: Carlos Puyol Buil, Inquisición y política en el reinado de Felipe IV: Los procesos de Jerónimo de Villanueva y las monjas de San Plácido, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1993, accesible por Internet (interesan especialmente las pp. 71-180 y, en lo tocante a la acción inquisitorial, las pp. 181 y sigtes.); Laura S. Muñoz Pérez, Poder y escritura femenina en tiempos del Conde-Duque de Olivares (1621-1643). El desafío de Teresa Valle, Tamesis Books, Rochester (U.S.A.), 2015, con apéndice documental y bibliografía; Shai Cohen, El poder de la palabra: la sátira política contra el Conde-Duque de Olivares, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2019, espec. capítulo II. De manera más general, véanse el libro clásico de Modesto Lafuente, Historia general de España, vol. XVI, Parte tercera (Edad moderna), Libro IV (Reinado de Felipe IV), Capítulo IV (Interior. Administración: política: costumbres. De 1626 a 1638), accesible por Internet en la www. filosofía.org., así como la siguiente biografía: Gregorio Marañón, El Conde-Duque de Olivares, Espasa-Calpe, 9ª edición, Madrid, 1956, pp. 141-150 (la primera edición de este libro data de 1936).

[30] Véase antes la nota 21.

[31] Juan Santos de San Pedro, inquisidor de Valladolid a la sazón.

[32] El nuevo inquisidor general era Diego de Arce y Reynoso (1585-1665), que desempeñó dicho cargo entre 1643 y 1665, cuando falleció. Arce había abandonado el profesorado de Salamanca en 1623, años antes de que Adrián Ocampo iniciase allí sus estudios de leyes. Véase, Isabel Mendoza García y Teresa Sánchez Rivilla, nota biográfica de Diego de Arce y Reynoso en Historia Hispánica de la Real Academia de la Historia (historia-hispanica.rah.es).

[33] Diego de Ulloa Sarmiento (†1647), III conde de Villalonso y II marqués de Malagón, había heredado sus títulos en 1640. Tenía casa en Toro, donde residía en aquel tiempo.

[34] Se han barajado para aquella época cifras entre 800 y 1500 vecinos, lo que supondría una población entre 2.500 y 5.000 habitantes. Se calcula que Toro había alcanzado en 1571 su población máxima para la Edad Moderna: 3.000 vecinos, equivalentes a unos 10.500 habitantes. Véase: María Isabel Pérez López, Población y estructura socio-profesional de la ciudad de Toro (siglos XVI-XVII), Anuario del Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo, volumen 17 (2000), pp. 381-429, espec. p. 389.

[35] Tal vez, a través de doña Magdalena de Ulloa, que contrajo matrimonio en 1559 con don Luis Méndez de Quijada, señor de Villagarcía de Campos (los ya citados tutores o cuidadores de Don Juan de Austria).

[36] Juego de cartas, relativamente parecido al tresillo, que hacía furor en la España de aquel tiempo, siendo muy aficionado a él el Conde-Duque de Olivares.

[37] Moneda de oro acuñada en España a mediados del reinado de Carlos I, desplazando el ducado a mera unidad de cuenta. De todas formas, el valor nominal de uno y otro era sensiblemente igual.

[38] Era, en efecto, además de marqués de Malagón -con grandeza de España-, Mariscal de Castilla, conde de Villalonso y otros muchos títulos. Falleció en 1647 sin hijos, dejando como heredera a su hermana, doña Francisca, y a sus descendientes. Véase también antes, nota 33.

[39] Seguramente viviría en el palacio de Ulloa, más conocido por de las Leyes, por haberse celebrado en él las Cortes de Castilla de 1505, en que se juró como reina a Juana I y se aprobaron las famosas 83 Leyes de Toro, texto legal clave en el Derecho histórico castellano (en especial, matrimonial, nobiliario y sucesorio). Un incendio producido en 1923 destruyó totalmente este palacio, salvo la portada principal, que aún (2026) se conserva.

[40] Residencia del Conde-Duque de Olivares durante su destierro de Toro (1643-1645). Véase sobre él: Luis Vasallo Toranzo, La casa de los Marqueses de Alcañices en Toro. Nuevos Datos, Anuario de 2010 del Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo, pp. 173-190 (accesible en Internet). En este palacio, entonces recién construido, se celebró en 1550 la boda por poderes entre los infantes Juan Manuel de Portugal y Juana de Austria, de cuyo enlace nacería el rey Don Sebastián de Portugal: Véase, Esther Rubio, La tristeza de Juana de Austria, la infanta engañada por Portugal para casarse con un príncipe moribundo, en hispaniaplusultra.wordpress.com, entrada de 27 de julio de 2018.

[41] Inés de Guzmán y Pimentel (1585-1652), una de las hermanas mayores del Conde-Duque. Casada con don Álvaro Enríquez de Almansa, VII marqués de Alcañices, enviudó en 1643, sin dejar hijos legítimos (hasta seis tuvo, pero todos fallecieron durante la infancia).

[42] Su título completo es: Nicandro o antídoto contra las calumnias que la ignorancia y embidia (sic) ha esparcido por deslucir y manchar las heroicas e inmortales acciones del Conde Duque de Olivares después de su retiro. Al Rey Nuestro Señor. Se trata de un impreso de catorce hojas, accesible, por ejemplo, en la www.bibliotecadigitaldeandalucia.es. El nombre de Nicandro parece corresponder al de un médico griego del siglo II antes de Cristo, autor de Alexipharmaca, un estudio general de los venenos y de sus antídotos. Edición facsimilar moderna, edit. Arcadia, Madrid, 1950, 59 pp., con prólogo de Agustín González de Amezua.

[43] En concreto en sus folios 12 vto. a 14 recto.

[44] En concreto, traslado y reclusión durante cuatro años en otro convento de la Orden que, en el caso de Teresa de Valle de la Cerda, fue en Toledo.

[45] En cualquier caso, las penitencias y la reclusión perpetua en un convento de la Orden -al parecer, el de Osma- parecieron muy benévolas para el estilo de la Inquisición y la gravedad de los hechos probados.

[46] La Inquisición española tuvo su propio Índice de libros prohibidos desde 1559 (Índice promulgado por el Inquisidor General, Fernando de Valdés). En los momentos a que se contrae este relato, acababa de publicarse el Índice expurgatorio del Inquisidor General, Antonio de Sotomayor, aparecido en 1640.

[47] Cuanto se recoge en este relato a propósito de la persona, la estancia y el personal cercano al Conde-Duque en Toro ha procurado ser veraz, salvo -naturalmente- lo que se refiere a sus relaciones con Adrián Ocampo, protagonista imaginario de la historia. Mis fuentes principales en esta materia han sido las dos siguientes: Gregorio Marañón, El Conde-Duque de Olivares, Espasa-Calpe, 9ª edición en la Colección Austral, Madrid, 1956, pp. 239-262. Carlos Domínguez Herrero, Toro, 1643-1645, El “retorno” de un noble andaluz, Anuario de 1990 del Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo, pp. 555-593, espec. pp. 581 y siguientes (accesible por Internet).

[48]  Unos dicen que lo era a la sazón Baltasar de Mendoza y otros afirman que se trataba de Juan de Isunza. Carezco de información sobre dichas personas.

[49]  Pueden consultarse: Manuel Cuenca Cabeza, en Manuel Cuenca Cabeza y Magdalena Izqguirre Casado (edit.), Ocio y juegos de azar, Universidad de Deusto, Bilbao, 2010, pp. 9-23 (accesible por Internet). Gerardo Remolina, S.J., La IV Parte de las Constituciones de la Compañía de Jesús y la ratio studiorum, Santiago de Cali, 1999, 16 pp. (también accesible por Internet).

[50] Para los lectores curiosos, remito para conocer las reglas e historia de este juego, a la www.parletgames.uk, bajo el epígrafe de OMBRE (sic). The original bidding game.

[51] Algunas fuentes lo citan como Burrugay, con dos úes. Burrigay es la grafía empleada por Adrián de Ocampo y a ella se atiene el relato.

[52] Forma de referirse a Olivares sus próximos, eludiendo el compuesto Conde-Duque, como también su superior condición ducal.

[53] Francisco de Rioja (1583-1659), sevillano, notable poeta y escritor, al servicio de Olivares en calidad de secretario, bibliotecario, etc., quien pasa por ser el más probable redactor de su apología Nicandro. Luis de Ulloa Pereira (1584-1674), toresano, también poeta bajo el seudónimo de Lisandro; corregidor de Logroño y de León; preceptor o ayo de don Juan José de Austria, hijo bastardo de Felipe IV. Caído en desgracia al tiempo que Olivares, tuvo cordial relación con él durante su coincidencia en Toro (1643-1645).

[54] Fue nombrado rector por sus compañeros en noviembre de 1603 y abandonó el cargo cuando tuvo que hacerlo también con la Universidad en 1604, debido a la decisión de su padre, por haber fallecido el hermano mayor de Olivares y tener este que asumir los deberes de heredero del título.

[55] Véase, Gregorio Marañón, El Conde-Duque de Olivares, 9ª edición en la Colección Austral de Espasa-Calpe, p. 103. La visita tuvo lugar el 9 de julio de 1643 y los emisarios de la Universidad fueron los maestros Merino y Aguilar y los doctores Ramos y Hontiberos.

[56] Se recuerda que a la sazón el marqués de Malagón era también conde de Villalonso.

[57] Se trata de la conocida leyenda -tal vez, con base de verdad-, según la cual el Conde-Duque y su esposa tuvieron comercio sexual en el convento de San Plácido, durante la Santa Misa y en presencia de varias monjas orantes, tratando de conseguir por medios sobrenaturales tener descendencia. Recoge estos presuntos hechos, por ejemplo, Gonzalo Torrente Ballester, en su novela El rey pasmado, edit. Planeta, Barcelona, 1989. Sobre el tema volverá Adrián Ocampo en otro lugar de este relato.

[58] Nombre en español de la época de la ciudad neerlandesa de Maastricht, de gran valor estratégico, la cual, al no ser auxiliada a tiempo por orden de Olivares, se perdió definitivamente para España en 1632.

[59] La cuestión sigue siendo debatida a la fecha. Otros probables autores o colaboradores en la confección de dicho memorial son el jurista José González y el jesuita Juan de Ahumada. Desde luego, no se puede descartar que algunos pasajes sean de la mano de Olivares o hayan sido dictados por él.

[60] María Calderón (1611-1646), actriz y cantante, amante de Felipe IV, con quien tuvo un hijo en 1929, ingresando posteriormente en un convento por orden del rey, hasta su fallecimiento. Juan José de Austria (1629-1679), hijo ilegítimo de Felipe IV con María Calderón, fue reconocido por su padre en 1642. Su importante carrera política y militar incluye el valimiento y gobierno de España entre 1669 y 1679, es decir, ya en el reinado de su hermanastro, Carlos II.

[61] Juan Martínez de Ripalda (1594-1648), jesuita, confesor de Olivares. Fue el autor de un Memorial justificativo (1644), dirigido al rey para afearle con toda franqueza el trato denigrante dispensado a la esposa e hijo adoptivo del Conde-Duque, pese a las promesas hechas inicialmente por Felipe IV de mantenerlos en la Corte con los cargos de que hasta entonces habían gozado. En un lugar posterior de este relato se tratará expresamente de dicho Memorial.

[62] El Ripalda del Catecismo fue el jesuita Jerónimo de Ripalda (1535-1618). Su conocido y archieditado Catecismo se publicó por vez primera en 1591.

[63] El libro clave para conocer las enfermedades de Olivares es el de Gregorio Marañón, El Conde-Duque de Olivares, citado en la nota 54, en especial los capítulos VI (“El humor”), XXIV (“El crepúsculo de Toro”) y XXV (“Enfermedad y muerte”). Aunque el síndrome psicofísico llamado de Tourette ya fue descrito en 1885, lo cierto es que Marañón no lo aludió en el caso de Olivares, para el que parece ser una opción muy pertinente: véase, Domenico Inzitary & Vladimir Hachinski, History and the Tourette syndrome: The case of Conde Duque de Olivares, World Neurology, December, 2023, pp. 5 y sigtes (accesible por Internet en la web, worldneurologyonline.com). Sobre el síndrome de Tourette en general, véase: Comings D. & Comings B., A controlled study of Tourette Syndrome I-VII, Am J Hum Gen, 1987, 41: 701-866.

[64] De este importante convento, que fue capitular de la Orden, apenas se conservan ruinas, pero su portada principal fue aprovechada para la iglesia toresana de San Julián de los Caballeros.

[65] Se ha dado la cifra para entonces de diecisiete parroquias, siete conventos masculinos y otros siete femeninos. Véase, María Isabel Pérez López, Población y estructura socio-profesional de la ciudad de Toro (siglos XVI y XVII), Anuario de 2000 del Instituto de Estudios Zamoranos “Florián de Ocampo”, volumen 17, CSIC, pp. 381-429; en particular para este dato, véase la p. 426 (artículo accesible en Internet).

[66] La muleta -en realidad, múltiples muletas, algunas muy lujosas y hasta regaladas por Felipe IV y su esposa- era una ayuda para andar, soportando el dolor de la gota. Sus presuntos poderes mágicos están aludidos con censura en el Nicandro y la osadía de tocarla, en Gregorio Marañón, El Conde-Duque de Olivares, citado en la nota 54, p. 140 (“muletilla maravillosa”).

[67] En realidad, la raza se denomina hoy zamorano-leonesa porque también se extiende por la provincia de León. Véase, J.E. Yáñez García, Razas asnales españolas autóctonas, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, Madrid, 2005

[68] Obvia alusión a la independencia de Portugal y a la intermitente contienda que la siguió (1640-1668), en la que Olivares sentía una especial responsabilidad, no solo por sus errores políticos y militares cuando era valido, sino por el apoyo que la misma recibió de sus próximos parientes, los Guzmanes de la casa de Medina Sidonia.

[69] La opinión crítica de Adrián Ocampo parece en este caso harto peyorativa, influida, sin duda, por el poco aprecio que tenía de Luis de Ulloa como persona. Véase la biografía de Josefina García Aráez, Luis de Ulloa y Pereira, CSIC, Madrid, 1952.

[70] Lo sigue siendo, incluso después de haber dejado de atribuírsele la elegía A las ruinas de Itálica y la Epístola moral a Fabio, obras esenciales en nuestra literatura. Véase la nota biográfica a cargo de Begoña López Bueno, en el boletín de la Real Academia de la Historia (accesible por Internet en la web, historia-hispanica.rah.es). Según dicha nota, Rioja no acompañó a Olivares a Toro en ningún momento, pero no seremos nosotros quienes enmendemos la plana a Adrián Ocampo.

[71] Es tradición que el interés de Olivares, no por jugar, sino por ver jugar y comentar, arrancó tempranamente en su vida, por obedecer -a medias- las reglas que su padre le impuso cuando lo envió de estudiante a Salamanca: prohibición absoluta de jugar a los naipes. El joven lo acató, pero en lo sucesivo satisfizo su inclinación haciendo de mirón en las partidas, que llegó a organizar con ese único fin. Véase sobre la estancia de Olivares en Salamanca entre 1601 y 1604, Marañón, El Conde-Duque de Olivares, cit., pp. 33-36, en especial, p. 34.

[72] Diego Llamazares es un personaje real, aunque escasamente documentado. Cangas de Tineo fue el nombre hasta 1927 del actual concejo asturiano de Cangas del Narcea.

[73] Suele achacarse a la influencia de Sor María de Ágreda la postura contraria de Felipe IV al retorno de Olivares a la Corte, llegando, por el contrario, a la expulsión de sus familiares más próximos (mujer e hijo reconocido). Véanse: Gregorio Marañón, El Conde-Duque de Olivares, cit, pp. 222-223; José Javier de Azanza, La correspondencia entre Felipe IV y Sor María de Ágreda: lectura e interpretación a la luz de Empresas Políticas de Saavedra Fajardo, Potestas, nº 8 (2015), pp. 195-240, espec. 204-207 y 227 (accesible en Internet).

[74] A la letra, una erisipela es una mera inflamación y enrojecimiento de la dermis, generalmente de origen infeccioso. En opinión de Gregorio Marañón, El Conde-Duque de Olivares, cit., pp. 251-252, se trataría de lo que modernamente se denomina linfangitis, es decir, una inflamación de los vasos linfáticos.

[75] Francisco Medina, médico ejerciente en Toro, que lo fue de cabecera de Olivares durante su estancia en dicha ciudad, asistido por su colega, Lázaro de la Fuente, que lo veía en consulta. Véase, Gregorio Marañón, El Conde-Duque de Olivares, cit., p. 254.

[76] Eran estos los de camarera mayor de la reina Isabel y aya del príncipe heredero, Baltasar Carlos.

 [77] Sin duda que Adrián Ocampo alude a la circunstancia de que se llamasen Inés, tanto la hermana de Olivares en Toro (Inés de Guzmán), como la esposa de este (Inés de Zúñiga).

[78] El conocido inicialmente como Agustín Valcárcel, tras el reconocimiento por Olivares pasó a llamarse Enrique Felípez de Guzmán (1613-1646), también citado por su flamante título de marqués de Mairena.

[79] Sobre las indicadas cartas, véanse los textos citados en la nota 29 y, además: Laura S. Muñoz Pérez, Desvelos en el convento: La escritura de Teresa del Valle y su relación con el Conde-Duque de Olivares, Pictavia Aurea, Presses Universitaires du Midi, Poitiers, 2011, pp. 1249-1256 (accesible por Internet). Tales cartas, un total de ochenta y nueve, fechadas entre 1626 y 1628, se conservan en el Archivo Histórico Nacional: referencia AHN, Sección Inquisición, legajo 3692/1, folios 478 r-626 v.

[80] Eso, por no aludir a la tan manida como discutida alcahuetería del Conde-Duque, a la hora de complacer los juveniles anhelos de Felipe IV y, de paso, los suyos propios -cuando menos, hasta 1626-. Alude a estas cuestiones, por ejemplo, R.A. Stradling, Felipe IV y el gobierno de España (1621-1665), Cátedra, Madrid, 1989, pp. 91-93.

[81] Contexto y resumen del contenido del Memorial del Padre Ripalda, en Marañón, El Conde-Duque de Olivares, cit., pp. 241-244. El texto completo se recoge en el apéndice XXXI de la versión original y extensa de esa biografía, editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1936.

[82] Luis Méndez de Haro y Guzmán (1603-1661), sobrino de Olivares por línea materna, fue entre 1643 y 1661 el principal ministro (puede llamársele valido, aunque no en los términos absolutos de su augusto tío) de Felipe IV. Resumen biográfico a cargo de Rafael Valladares Ramírez, en la web, historia-hispanica.rah.es.

[83] Las dudas existentes sobre que acompañasen a Toro a la esposa de Olivares el hijo reconocido de este y su esposa (fruto de que Felipe IV no les había vedado a estos dos últimos la permanencia en Loeches), son rechazadas por Marañón, El Conde-Duque de Olivares, cit., pp. 192 y 243, quien los ubica en la ciudad toresana hasta la muerte del Conde-Duque.

[84] A la sazón, Villalpando era villa de la provincia y jurisdicción de Toro, de donde distaba como cinco leguas.

[85] Es decir, Salamanca.

[86] Enrique, marqués de Villena (1384-1434), famoso autor de libros de magia negra, presunto jefe de una escuela de nigromantes que tenía por centro la llamada Cueva de Salamanca, todavía hoy existente.

[87] Véase: Delitos y hechicerías que se imputan al Conde Duque de Olivares, valido del Rey Felipe IV, año 1643, Biblioteca Nacional de España, manuscrito 11.052, folios 101 recto a 105 recto.

[88] Sobre estas cuestiones, véase: Eva Lara Albareda, El Conde-Duque de Olivares: Magia y política en la Corte de Felipe IV, Studia Aurea, vol. 9 (2015), pp. 565-594, espec. pp. 578-584 y 591, con bibliografía en pp. 592-594 (artículo accesible en Internet).

[89] A una de sus ramas mayores pertenecían Olivares y sus familiares.

[90] El gran poder de los jesuitas en la primera etapa del reinado de Felipe IV (1621-1640) se vio muy perturbado, tanto por la caída de Olivares (1643), como por considerárseles partidarios y promotores de la independencia de Portugal (1640, en adelante).

[91] El más famoso de los libros de moralidad sobre dicho tema, escrito por Fray Luis de León y publicado por vez primera en Madrid en el año 1583.

[92] Confirma todo ello -incluso lo de casamentera- Marañón, en El Conde-Duque de Olivares, cit., pp. 177-180 y, espec., p. 109.

[93] Adrián Ocampo podría aludir aquí al hecho de que la devoción del rosario fue fundada y extendida por los dominicos, así como a que los jesuitas prístinamente se inclinaron más por las obras de caridad que por la abundancia en la oración. Con todo, estaba próximo entonces el momento en que se impondría en muchas ciudades de España e Hispanoamérica el rezo público y colectivo del rosario por las calles, en procesión, con estandartes y faroles decorados.

[94] Recuérdese que, místicamente, se dice que las monjas tienen a Jesucristo por esposo.

[95] Algunos detalles a este propósito, en Marañón, El Conde-Duque de Olivares, cit., pp. 243-244 y 252.

[96] Se recuerda que ese era el nombre del entonces marqués de Malagón, grande de España.

[97] Véase antes, nota 28. Además: Álvaro Sánchez Durán, Gobierno y redes clientelares en la Monarquía Hispánica de Felipe IV: el protonotario Jerónimo de Villanueva y la Corona de Aragón (1626-1643), Pedralbes, 36 (2016), pp. 249-299, espec. pp. 251 y 254.

[98] Indudablemente existió, pero es poco seguro que radicase en el actualmente llamado palacio de la Inquisición de la calle Antigua.

[99] La existencia de un comisario del Santo Oficio en Toro a la sazón es meramente especulativa. De manera general, sobre los comisarios inquisitoriales, véase: Consuelo Juanto Jiménez, Los Comisarios del Tribunal de la Inquisición y sus clases (siglos XVI-XIX), Anuario de Historia del Derecho Español, tomo LXXXVIII-LXXXIX (2018-2019), pp. 283-323, espec. pp. 301-303 y 305-306.

[100] Se diría que la Real Academia Española es de las pocas personas, físicas o jurídicas, que ignoran aparentemente el significado de (espada) ropera, como el arma civil por excelencia del Siglo de Oro español (siglos XVI y XVII). Recibe este nombre porque se diseñó para llevarse a diario con la "ropa" de vestir, y no sobre la armadura de guerra. En una época de constantes duelos de honor, era el accesorio indispensable para cualquier hombre de noble cuna.

[101] La detención tuvo lugar el 30 de agosto de 1644 y del proceso saldría indemne el acusado, aunque no recuperaría sus cargos y se retiraría a Zaragoza, donde falleció en el verano de 1653. Véase, Juan Francisco Baltar Rodríguez, nota biográfica de Jerónimo de Villanueva y Díez de Villegas, Real Academia de la Historia, en la web, historia-hispanica.rah.es.

[102] Localidades del antiguo Campo de Calatrava del señorío del marquesado de Malagón, distantes entre sí como una legua y media.

[103] Que era el entonces competente en las tierras del marquesado de Malagón.

[104] Véase, Marañón, El Conde-Duque de Olivares, cit., pp. 244 y 252.

[105] Fueron los primeros don Fernando Miguel Arias de Saavedra y Ulloa y doña Teresa María Arias de Saavedra. Véase, Antonio Sánchez González, Documentos de los Ulloa. El archivo de los Condes de Villalonso, Cuadernos de Estudios Gallegos, LXVIII, número 134 (2021), pp. 187-211, espec. p.195 (accesible por Internet).

[106] La lista de las mismas fue confeccionada por el propio Elliott en su nota biográfica del Conde-Duque de Olivares, redactada para la Real Academia de la Historia en la web historia-hispanica.rah.es.