miércoles, 20 de junio de 2012

CIAO, AMORE, CIAO


Ciao, amore, ciao

Por Federico Bello Landrove

     En las primeras horas del 27 de enero de 1967, el excelente cantautor italiano Luigi Tenco encontraba la muerte, a los 28 años, en su habitación del Hotel Savoy de Sanremo. La investigación judicial de la época dictaminó: suicidio. Veinticinco años después, se descubría  la existencia de una amada del cantante, de presunto nombre Valeria, que cambiaba notablemente la perspectiva del óbito de aquél. En diciembre de 2005, el clamor popular forzaba una nueva investigación, ante la probabilidad de que se hubiese tratado de un homicidio. Este cuento versa sobre todas esas cosas, con una mezcla de indagación policiaca y fantástica historia de amor.




1.  Un encargo excepcional



     En tiempos, la noche de la final del Festival de Sanremo era de fiesta para el inspector de policía Arnoldo Fratini. No sólo era un musicómano empedernido, sino que había nacido en Imperia, capital de la provincia, y había hecho sus primeras armas como policía en prácticas en la comisaría sanremense. Claro que de todo ello hacía ya un montón de años: el siglo XXI había llegado y, con él, las vísperas de una jubilación, sin duda merecida, como comisario de la Policía Judicial en Génova. Hacía, pues, mucho tiempo que no tomaba su día de asueto con ocasión del Festival. Como él decía:

-          Hubo algunos años gloriosos pero, desde las desgracias del 66 y el 67, nada volvió a ser lo que había sido.

-          ¿Qué desgracias, comisario?, inquirió el joven subinspector De Santis quien, por supuesto, no había nacido aún en aquellas calendas.

     Y Fratini, por enésima vez, volvía a contar aquello de que el gran Modugno, después de ganar Sanremo junto con Gigliola Cinquetti, había vuelto del festival de Eurovisión del 66 con cero votos; y de que, en 1967, a raíz de ser eliminado en la fase previa, Luigi Tenco se había pegado un tiro en la habitación 219 del hotel Savoy.

-          ¿Y murió?, preguntó cándidamente de Santis.

-          Giulio, hay veces en que estoy por mandarte otra vez a la escuela, concluyó resignadamente el comisario.

     Claro que no todos eran tan ignorantes, o tan jóvenes, como De Santis. Estaba, por ejemplo, Valentina, Valentina Rivaldi, su vecina de la genovesa via Depretis, a la que había conocido unos diez años atrás, en los Parques de Nervi, a la orilla del mar. Ella paseaba un discreto teckel negro de pelo duro y él acababa de darse una sentada leyendo El oficio de vivir de Pavese. Tal vez, se levantó del banco demasiado aprisa. Lo cierto es que estuvo a punto de atropellar al pobre chucho y se trabó una pierna con la correa. Las consiguientes disculpas entre personas bien educadas, concluyeron con unas amistosas caricias a Bulletto, aceptadas con fruición por éste. Una terraza estratégicamente instalada entre los tamarises hizo el resto. Tras las oportunas presentaciones, los ojos de la señora se deslizaron hacia el libro, que Arnoldo había posado sobre el velador. Dijo:

-          ¡Cielos! Una primera edición de las memorias de Pavese.

-          Pues, no sé. Lo he sacado de la biblioteca pública…

-          A estas alturas, es una rareza bibliográfica. Y qué quiere que le diga. La edición de 1990 es la completa, pero yo prefiero ésta de 1952, más púdica y a cargo de Calvino y Natalia Ginzburg, nada menos.

     El aún subcomisario no sabía qué decir. Salió como pudo, cambiando de conversación:

-          No estoy muy al tanto. Lo mío es, más bien, la música.

     Resultó que la señora del perrito también sabía mucho de música, pero no hizo alarde de ello. Seguramente, había captado que su interlocutor no tenía una gran cultura, aunque podían adornarle otras cualidades. Como, en efecto, así era.

***

     Llegó diciembre de 2005. Por aquellas fechas, Arnoldo había ascendido profesionalmente, había ido y venido de Génova, había perdido casi todo el pelo y se había mudado a un ático de vía Depretis. Esto último nos pone sobre la pista de que Bulletto y su dueña habían ejercido sobre él una evidente fuerza atractiva. El comisario se decía que, puesto que cenaban juntos los jueves y se ayudaban en las tareas de la compra y del paseo perruno, lo mejor era vivir cerca uno de otro. Los años transcurridos les habían ido haciendo recíprocamente necesarios, que no imprescindibles, como recalcaba Valentina con una sonrisa. Pero una mano oculta parecía separarlos cada vez que se aproximaban más allá de lo aconsejable. Arnoldo era tímido y paciente; la señora Rivaldi, retraída y desengañada. El comisario, tal vez por deformación del oficio, se había preguntado muchas veces por las causas objetivas del modo de ser de su amiga, pero nunca había tratado de indagar en su vida pasada: algo le decía que, si husmeaba en la intimidad de Valentina, se enterase ella o no, se rompería el hechizo y el añoso príncipe se reconvertiría en sapo, o la gentil y talludita princesa, tan menuda como graciosa, desaparecería de su vida para siempre.

     No obstante, había ido sabiendo cosas de ella, de sus propios labios. Una juventud marcada por un desengaño amoroso impreciso; un matrimonio, ya mayor, diez años después; una hija que vivía en Roma y a la que veía de ciento en viento; el doctorado universitario y una plaza de profesora de Historia en la Universidad genovesa. En suma, una mujer corriente, si no fuera por su invencible repugnancia al compromiso sentimental y por haberle dado el tesoro de su tierna amistad a él, solterón irremediable, policía de dedicación plena y completamente vulgar en todos los sentidos.

     Rumiaba todas esas cosas, a la vez que ojeaba distraídamente las páginas de sucesos y de tribunales de Il Secolo XIX, cuando el Jefe Superior D’Andrea lo llamó a su despacho. Parecía más excitado que de costumbre:

-          Ciao, Arnoldo. Tengo un encarguito para ti, de parte de las altas esferas, dijo, mientras le tendía un oficio reservado, con el membrete de la Dirección Central de la Policía Criminal.  

     Fratini leyó:

     Habiéndose decidido por el Fiscal de la República en Sanremo la reapertura de la investigación preliminar por la muerte del Sr. Luigi Tenco, acaecida el 27 de enero de 1967, ordeno a Su Excelencia que, dada la dificultad y relevancia del caso, designe a un comisario de esa Jefatura, de su plena confianza, a fin de que asesore y supervise a la Policia Judicial sanremense en dicha investigación, dando inmediata cuenta a vuecencia y a esta Dirección Central de cuantas incidencias de importancia vayan produciéndose.

     Arnoldo, que inmediatamente percibió en el escrito que había gato encerrado, protestó:

-          ¿Por qué yo, Jefe? Ya estoy viejo para estos trotes y sabes que en los últimos meses he tenido serias alteraciones de hígado.

-          Habrás observado, Fratini (mal asunto, cuando se dirigía a él por el apellido), que me piden que designe “a un comisario de mi plena confianza”. Pues bien, para mí, nadie más adecuado que tú. Además, ¿no eres de por allá?

-          De Imperia, exactamente.

-          Pues no se hable más. Conoces perfectamente la zona y así no resultará tan extraño que aparezca un comisario de Génova husmeando en las indagaciones. Te asignaré dietas máximas y un ayudante, si lo deseas.

     Nuestro comisario comprendió que no tenía más remedio que aceptar. Sólo agregó:

-          Dame una semana, para ponerme al día del caso. En cuanto al ayudante, una vez en el ajo, te haré saber si lo preciso. 



2.  Un suicidio prejuzgado



     Arnoldo Fratini pasó una semana completa poniéndose al día del caso Tenco, ya casi por él olvidado, y profundizando en sus muchos y variados interrogantes, que habían generado una verdadera y sorda tensión entre partidarios de la tesis del suicidio y la del homicidio. La cosa se complicaba por los casi cuarenta años transcurridos desde la muerte del cantautor y por las implicaciones políticas derivadas de la reapertura, literalmente, a tumba abierta de una investigación desarrollada y archivada demasiado aprisa, así como de los rumores sobre una gestión diplomática secreta de Tenco en Argentina y la reacción ante ella de la logia masónica P2 y de sus sicarios, el llamado Clan de los Marselleses. Entre tesis enfrentadas, motivaciones inexplicables o muy dudosas, jóvenes inmaduros y mujeres fatales, había brotado, justo a los veinticinco años de la muerte, la figura misteriosa y romántica de Valeria, la verdadera amada de Tenco, descubierta por su hermano Valentino cuando, en el aniversario del óbito, iba a poner unas flores en la tumba de Luigi.

     Lo que ya sacó al comisario de sus casillas fue la declaración a la prensa del Fiscal sanremense, al comunicar su decisión de reanudar la investigación. Más o menos, había dicho:

-          No cabe duda de que la indagación anterior se cerró de forma precipitada y se practicó con numerosas deficiencias, pero tampoco resulta seriamente discutible la conclusión del suicidio. No obstante hay muchas personas que reclaman un nuevo esfuerzo de aclaración, adecuado a la grandeza de la persona desaparecida. Así que, aunque rompamos la paz y el reposo de Luigi Tenco, he decidido que merece la pena prestar este servicio a la historia de la música.

     Fratini espetó a su jefe una verdadera filípica:

-          Pero, ¿de qué va ese procuratore? Reconoce fallos e insuficiencias, pero dice tener una opinión inmodificable. No parece importarle tanto la verdad, como la opinión pública y la historia de la música. ¡Esto es el colmo! Vamos a trabajar para dar pasto a periodistas y a fans del señor Tenco.

-          Calma, hombre –replicó D’Andrea-. Se trata de cubrir el expediente y de tranquilizar a quienes han llegado con sus peticiones hasta la Cámara de Diputados, el Ministerio de Justicia y el Consejo Superior de la Magistratura. Aunque, la verdad, el Fiscal de Sanremo podía haber sido un poco más circunspecto en sus declaraciones.

-          Acabáramos –arguyó el comisario, entre enfadado e irónico-. Así que mi cometido en toda esta farsa es que no vaya demasiado lejos y concluya como está previsto.

-          Más o menos, amigo Arnoldo. Así que, como ya te has dado cuenta, no hace falta que te dé las últimas instrucciones, concluyó D’Andrea con tono distendido.

***

     En vísperas de Navidad, Valentina y Arnoldo se encontraron en la cafetería del hotel Villa Bonera, en lo que resultó ser una despedida temporal. La profesora Rivaldi iba a pasar sus vacaciones a Roma, “más que nada, para ver a mis nietos”. Un tanto mohíno, el comisario se resistía a dar cuenta a su amiga de la gestión que también le obligaría a ausentarse, en parte por reserva y en otra, por vergüenza; pero no tuvo más remedio que sincerarse, cuando Valentina le pidió:

-          Arnoldo, ¿te sería mucha molestia ocuparte del viejo Bulletto durante mi ausencia?

-          ¡Cuánto lo siento, querida! Precisamente acaban de comisionarme la supervisión de un caso, que me va a tener fuera de Génova una temporada.

-          Descuida, encargaré a mi vecina Anselma, pero Bulletto lo va a sentir. ¡Está tan encariñado contigo!

     Entre oportunista y mimoso, Arnoldo se atrevió:

-          ¡Cuánto me gustaría que el ama me quisiera tanto como el perro!

     Los ojos de Valentina brillaron por un momento. Luego, se repuso y acertó a decir:

-          Hay cosas, Arnoldo, que no pueden medirse. Que tengas una feliz Navidad. Te echaré de menos.

***

     El día de Inocentes de 2005, Arnoldo Fratini se presentaba en la comisaría de policía de Sanremo y entraba en contacto con su Jefe. Ambos habían coincidido, hacía muchos años, en Ancona y, la verdad sea dicha, no habían congeniado. El desapego entre ambos se evidenció vigente, tan pronto cruzaron las primeras palabras. Era obvio que el comisario sanremense desaprobaba la intromisión oficial del genovés, por más que acatara las órdenes y compartiese las consignas. Lo pinchó sin ningún motivo:

-          No te preocupes, Fratini, actuaremos al modo de Arrigo Molinari, que en paz descanse. Después de todo, ¿a quién le importa un caso oscuro de cuarenta años atrás?

     Arnoldo se sulfuró, al oír el nombre de Molinari, policía en entredicho y número 767 de los afiliados a la ominosa logia P2. No obstante, medio se contuvo:

-          No tengo nada que decirte: la investigación la ha decidido y la dirige el procuratore Gagliano. Y, en cuanto a la antigüedad del caso, ya sabes que los asesinatos no prescriben.

-          Entonces, ¿nos autorizas a partir de cero e investigar a fondo?

-          Yo no dirijo la investigación, sino que la superviso. Allá tú y el fiscal. Avísame con tiempo de todas las diligencias que os encomienden y dame cuenta semanal de los avances. Te daré el número de mi móvil.

-          ¿En dónde vas a quedarte? Ya sabes que el viejo Hotel Savoy lleva treinta años cerrado.

-          Buscaré algún sitio tranquilo y donde no dé el cante. No quiero estorbar.

     Declinó la formularia invitación de su colega para almorzar. Paseó como un turista más: la catedral, el casino, los jardines del entonces medio abandonado Savoy, escenario de la tragedia. Comió solo en el majestuoso restaurante Biribissi del casino y se las arregló para colarse en el teatro, que no tardaría en acoger –como todos los años- la correspondiente edición del Festival de la Canción. Un ujier le echó el alto y Arnoldo tiró de carnet profesional. El empleado se disculpó, le enseñó obsequiosamente las dependencias más lujosas y le aseguró:

-          ¿Sabe, excelencia? Este año hemos celebrado el centenario del Casino. ¿Cuánto dinero no se habrá perdido en él a lo largo de un siglo?

-          Dinero y lo que no es dinero, replicó Fratini de modo sugerente.

-          ¡Si yo le contara! Pero, claro, siendo el señor policía…

     Al caer la tarde, el comisario llegaba a Bordighera, donde había decidido hospedarse. El Hotel Astoria le esperaba, respondiendo a la recomendación del subinspector De Santis. Los jardines rodeaban el coqueto edificio de ladrillo con grandes balcones blancos, desde los que se divisaba el solario y, al fondo, una vista amplísima de la Riviera. A la mañana siguiente, nada más asearse y desayunar, adquirió en recepción una postal, que rellenó, con su letra regular y clara, en la  gran terraza, recostado en una silla extensible:



     Querida Valentina: Trabajo y placer no tienen por qué ir separados. Así que te escribo desde el Hotel Astoria de Bordighera, deseando estés disfrutando de unas felices vacaciones. Con cariño, Arnoldo.

     Pensó en mandársela a Roma, pero ¿dónde diablos vivía la hija de Valentina, si es que ésta no había optado por irse a un hotel? En fin, más pronto o más tarde, regresaría a su casa de Génova. Así que estampó las señas de la vía Depretis, mientras rezongaba:

-           Nos conocemos desde hace diez años y no sé casi nada de ella. Voy a tener que hablarle seriamente un año de éstos.



3.  La investigación y la espontánea

     Aunque la Fiscalía de Sanremo esperó tácticamente al verano para dar cuenta pública de sus conclusiones, lo cierto es que las nuevas diligencias de investigación duraron sólo un par de meses: los suficientes para exhumar al pobre Luigi y hacerle la autopsia que había estado esperando durante treinta y ocho años; realizar las pruebas del guante de parafina, para comprobar si sus manos habían estado impregnadas de pólvora, como corresponde a los suicidios con arma corta de fuego; realizar una esencial caligráfica sobre la nota presuntamente autógrafa en que el cantante había explicado su despedida, y poco más. Arnoldo supervisó cautelosamente la marcha de los acontecimientos y hasta tuvo la ocasión de compartir mesa y mantel con el procuratore Gagliano. Acababan de darle a éste las conclusiones de la autopsia y estaba radiante: no había la menor duda de que las heridas, por su naturaleza y trayectoria, eran las propias de un suicidio de manual. Por lo demás, ni él ni el comisario esperaban mucho de la prueba caligráfica, habida cuenta del carácter indubitado de parte de la nota de despedida y de la posibilidad de argumentar con la tensión nerviosa y la incidencia del alcohol y de los tranquilizantes, a la hora de sortear cualquier duda sobre el final del breve texto y la sorprendente firma.

     Con todo, cualquier farsa que se precie ha de tener algún ingrediente de sorpresa. En la que Fratini estaba tomando parte, se produjo al conocer de primera mano (estaba casualmente en Sanremo aquella mañana) los resultados de la prueba del dermo-test, que así mismo llegaba con casi cuarenta años de retraso. Arnoldo no tenía ni idea de que un cadáver mantuviese durante tanto tiempo los vestigios de la pólvora, pero los expertos de la sección de Policía Científica de la comisaría de Sanremo, apoyados por colegas venidos de Milán, eran tajantes:

     Aprécianse en la mano derecha del cadáver del señor Luigi Tenco restos de antimonio, señal inequívoca de la deflagración de pólvora, consecuente con haber realizado un disparo con dicha extremidad.

-          ¿Sólo antimonio?, inquirió Fratini. ¿Nada de plomo o de bario?

-          Nada, comisario, respondió el subcomisario de Policía Científica.

-          ¿Y en la mano izquierda?

-          No extendimos a ella el análisis. Como, de dispararse, lo hizo con la mano derecha…

     El Jefe de Sanremo terció, cortando el interrogatorio, que empezaba a ponerse, para su gusto, un poco comprometido:

-          Bueno, chicos, todo en orden. Vamos a llevar el informe al fiscal y asunto terminado.

     Arnoldo se marchó sin una palabra. Mientras conducía hacia el hotel, martillaban en su cabeza las últimas palabras del comisario sanremense: “asunto terminado” o, como si dijéramos, finita est comoedia; vamos, se acabó la farsa. En su mente, aunque un poco desmemoriada, aún estaba fresca la conexión tabaco-antimonio, como también los apuntes que estudió en su día sobre el guante de parafina: indicativo de la presencia de nitratos de antimonio, plomo y bario, siendo precisa la presencia de al menos dos de dichos elementos, para entender positiva la prueba a la presencia de pólvora; tanto más, cuanto que el antimonio es el elemento de los tres que está presente en menor cantidad en la deflagración de la pólvora, al disparar un arma.

     Debió de cometer media docena de infracciones de tráfico, por empeñarse en conducir y pensar al mismo tiempo. No obstante, llegó ileso y sin multas al aparcamiento del Hotel Astoria. Salió como alma que lleva el diablo camino de su habitación, dispuesto a confirmar en Internet lo que él ya creía saber. A la altura de la recepción, una voz femenina le hizo pararse en seco:

-          ¡Arnoldo, hombre, que he hecho el viaje para encontrarte!

     El interpelado se giró, aunque no precisaba de la vista para identificar a quien lo llamaba. Era Valentina, seguramente algo preocupada por su dilatada ausencia de Génova sin más noticias que la postal de marras, quien aprovechaba el inmediato fin de semana para conocer este paraíso, según su divertida expresión al constatar la sorpresa de Arnoldo.





4.  Algunas verdades salen a la luz


      Lo vio tan acelerado, que Valentina despidió a Arnoldo hasta la hora de cenar, momentos aprovechados por el policía para comprobar en su ordenador todo cuanto había venido reflexionando durante el trayecto desde Sanremo hasta allí. Una duda le asaltaba, supuesto que había visto numerosas fotografías de Tenco fumando: ¿hasta qué punto era frecuente en él ejercer ese hábito, entonces todavía no mal visto? Y, a mayor abundamiento, ¿solía sostener el cigarrillo con la mano izquierda –como era lo más frecuente en los diestros-, o lo hacía con la mano derecha?  Iba a encender nuevamente su PC y consultar en imágenes, pero se contuvo: eran las ocho y media, la hora pactada para encontrarse con su profesora. Por cierto, ¿no era emocionante que hubiese ido en su busca? Recordó su frase sobre conocer el paraíso. Le había faltado agilidad para responderle lo que ahora pensaba sonriendo para sí: para ser un paraíso, hasta ahora le faltaba Eva.

     Fratini era circunspecto en las cosas de su profesión, pero desconectaba mal cuando estaba intranquilo o alterado y, aquella noche, ese era su estado de ánimo. Valentina no tuvo que insistir, para que Arnoldo se franqueara:

-          Parece que no te has alegrado mucho de verme.

-          Perdona, querida, pero es que…

     Y, de pe a pa, aunque bastante desordenadamente, el comisario resumió a su acompañante cuanto nosotros ya sabemos, con esa omnisciencia propia de los que ya han estado allí. Para sorpresa de Arnoldo, Valentina puso desde el principio del relato un gesto de estudiada indiferencia y siguió imperturbable la narración. Sólo cuando su interlocutor pareció haber terminado –cosa que coincidió con el postre-, le dijo, como si fuese lo más natural del mundo:

-          Luigi Tenco… lo conocí en Roma…hace muchos años. Un gran chico… en un mundo que le venía grande y ajeno.

     A cada pausa de Valentina, el comisario abría más y más la boca, entre la sorpresa y la creciente estimación de su buena suerte. La profesora aún agregó:

-          Yo tenía entonces veintidós años, así que ya llovió.

     Este último tópico pareció animar a Arnoldo a plantear las grandes preguntas:

-          No te acordarás de si fumaba mucho…

-          Como una máquina de vapor, dijo sonriendo vagamente Valentina.

-          ¿Con la mano derecha o con la izquierda?

     La signora Rivaldi se echó a reír. Pensó unos segundos y respondió sin vacilación:

-          Con la derecha. Una vez comentó que la izquierda para la política y la derecha para las cosas importantes.

     Esta vez, fue Fratini quien sonrió. Tomó por sobre la mesa, con su mano derecha, la izquierda de Valentina y concluyó:

-          Ya lo creo que es importante. Se van a enterar esos cretinos. Gracias, querida, no creí que tuvieses tan buena memoria.

***

     Al día siguiente, sábado, la pareja se desplazó hasta Sanremo, en plan turístico. No obstante, Arnoldo llevaba un voluminoso sobre, medio oculto por el abrigo. A Valentina le extrañó:

-          ¿Llevas algo de contrabando?, preguntó en broma.

     El comisario no contestó, pero dirigió los pasos de ambos a la central de correos, donde certificó y depositó su envío. Al salir, tenía una sonrisa de oreja a oreja, pero no soltó prenda hasta que hubieron completado el recorrido y recalaron para reposar en los jardines, ante la fachada principal del casino. El día era tibio y sólo había habido una nube, cuando Arnoldo había sugerido pasar ante el Hotel Savoy, por aquello del morbo.

-          Ni hablar, saltó Valentina. Me parece que tus investigaciones están calando demasiado hondo para una mera policía aficionada, como yo.

     Acodados en la balaustrada que separa el jardín de la avenida, entre palmeras y hortensias, en flor pese a lo temprano de la estación, él aclaró lo sucedido:

-          Lo que iba en el sobre era la justificación de que el presunto antimonio de la pólvora es, con toda probabilidad, la sencilla e inocente consecuencia de haber sido un fumador impenitente. Cuando la carta llegue al club de fans de Tenco, se va a armar.

-          Pero, Arnoldo, ¿no trascenderá a tus superiores y te buscarán las vueltas?

-          ¡Quia! No les doy detalles de la investigación. Simplemente he impreso unas páginas muy aleccionadoras de Internet, para que ellos puedan replicar a los farsantes de Sanremo y de Roma, cuando hagan públicas las luminosas conclusiones de su encuesta.

-          Eres un hombre honesto, dentro de lo que cabe, comentó Valentina, aunque todavía no sé lo que significaría para ti desvelar las causas y circunstancias de la muerte de Luigi.

-          En el fondo, querida, y a estas alturas, muy poco. Que descanse en paz y que Dios le premie por las maravillosas canciones que nos ha dejado. ¿Qué mejor destino podemos desear para un artista?

     Y, de forma casi inconsciente, Arnoldo tarareó, con más sentimiento que afinación, los compases que acompañan los versos de la canción Ragazzo mio:

Se vuoi amar l’amore,

tu non gli chiedere

quello che non può dare[1]

      Miró de soslayo el rostro de Valentina y sorprendió por un instante una lágrima al borde de sus párpados. Aunque sin ganas, bromeó:

-          No creí cantar tan mal, como para hacerte llorar.

***

     Bajaron la escalinata, Valentina en primer lugar. Un relámpago cruzó de parte a parte el cerebro de Arnoldo, iluminándolo con una luz cegadora, irresistible. Susurró:

-          Valeria…

     Valentina quedó clavada en el penúltimo escalón y giró la cabeza. Su amigo del alma nunca había visto en su rostro el aura de entonces.

     Así que, después de todo, la farsa no había sido en vano, ni tenía su final ya escrito[2].





    

    



[1]  Más o menos traducible por: Si quieres amar el amor, no le pidas aquello que no puede dar.
[2]  No quiero terminar este cuento sin animar a mis lectores para que escuchen algunas de las canciones de Luigi Tenco, seguro de que me agradecerán el consejo. De las asequibles por medio de Internet, mis favoritas son éstas cuatro: Ho capito que ti amo; Mi sono innamorato di te; Lontano, lontano, y la que, por buenas razones, da título al presente relato: Ciao, amore, ciao.  

viernes, 15 de junio de 2012

LAS TRES EDADES DEL DESAMOR




Las tres edades del desamor

Por Federico Bello Landrove



     El presente relato tiene buena parte de biografía y no menos de ejemplo o modelo. Sus personajes, por tanto, son arquetipos, al tiempo que mujeres de carne y hueso. Tras ellas, se perfilan en segundo plano los hombres con los que han vivido el cariño y sufrido el desamor. ¿Son estos opuestos y prescindibles, o las dos caras inevitables de un mismo sentimiento, imperfecto y finito? A ustedes corresponde responder, si se atreven.



1.      Las antiguas alumnas



     Y ahora, queridas señoras y señoritas, antiguas alumnas del liceo Nuñez de la Encina, nos trasladaremos al restaurante Oriental, para concluir el programa de actos de esta emocionante jornada. Por mi parte, tengo un ruego que hacerles. Comprendo su deseo de colocarse, por amistad o por edad, con sus compañeras de promoción. No obstante, les pido que hagan grupo, como manifestación de unidad, y se mezclen en las mesas unas con otras, sin distinción alguna. Creo que con ello rendiremos un modesto tributo a quienes fijaron el lema del Instituto y entregaron su vida a él: Scientia concordiam generat. Muchas gracias y hasta dentro de un rato.



     Nutridos aplausos acogieron estas palabras del director, que ponían fin a los actos matinales del Día de las Antiguas Alumnas, que el susodicho liceo celebraba a finales de abril, con misa, vino de honor (o español, como entonces se calificaba) y acto académico. Aquel año de 197..., la disertación se había encomendado a Cecilia Viesques, poetisa local que acababa de obtener la flor natural y diez mil pesetas, como ganadora del Premio Carolina Coronado del Ateneo Almendralejense. Por cierto, el catedrático de Historia, el veterano don Demetrio, alias Ripperdá, había hecho un afectuoso aparte a la salida con una hermosa y distinguida dama, de fácil risa y cutis atezado, para invitarla:



-    Para el rollo del año que viene, contamos contigo, Carmen.

-    Pero, don Demetrio, si a mí no me conoce ya en Castellar ni el gato.

-    Pamplinas, que bien que te homenajearon tus condiscípulas hace un año.

-    Favor que me hacen. Mas, aparte de ellas –que bueno sería-, mi familia y poco más.



     Así quedó el asunto, por el momento, aunque la señora se sentía íntimamente halagada. No era poco, después de casi treinta años en los Estados Unidos, que se acordasen de ella para bien, por más que fuese proponiéndole trabajos no retribuidos. Y en esas estaba, cuando alcanzó en las escaleras de la entrada a una señora, casi una anciana, todavía de buen ver e impecablemente maquillada, que también se había rezagado de la masa, en su caso, saludando pacientemente a un bedel jubilado. Carmen hizo intención de seguir adelante, para alcanzar a su grupo de coetáneas, pero la detuvo una pregunta:



-          ¿No eres tú Carmen Uceda, que vivía en la calle de la Victoria?

-          Pues sí. Su cara me resulta familiar, pero ahora mismo no caigo...

-          Claro, como que te llevo unos veinte años. También yo me llamo Carmen. Vivía junto al Casino; de modo que estoy cansada de verte pasar camino del Instituto.



     No hubo, pues, más remedio que seguir juntas hacia el Oriental. Y a fe que ninguna de las dos tuvo de qué arrepentirse. La conversación era fluida por parte y parte, con esa mezcla de recuerdos y anécdotas propia de quienes han compartido lugares y vivencias. En la puerta del restaurante, Carmen segunda había caído ya en el tuteo y miraba con simpatía a aquella pionera de la abogacía castellarense, de quien había oído hablar elogiosamente a su madre. No hubo dudas cuando divisaron desde la entrada del comedor aquel mar de mesas blancas para ocho servicios. Ambas, del brazo, se sentaron juntas en una de las más cercanas a la puerta, sin importarles la identidad de las demás comensales. El lugar fue elegido por Carmen primera:



-          Es que tengo que ir a recoger a un nieto a la salida del colegio y, como esto suele alargarse tanto con los discursos y los brindis...

-          Ya se sabe –bromeó la Uceda-. Los postres suelen ser el reino de la brevedad y la espontaneidad, debidamente regadas con los caldos del país.

-          ¿Has venido en años anteriores?

-          No he podido. Estando tan lejos... Pero estos actos suelen ser muy similares, aquí o en Urbana [1].



     Una jovencita, como de veinte años, las interrumpió:



-          Perdonen, ¿está ocupada?

-          No, no. Puedes sentarte, si lo deseas, contestó la señora.

-          Gracias. Me he retrasado un poco y ya está casi todo cogido.

-          No me digas que también tú eres una vieja alumna, ironizó Uceda. Te había hecho hija de algún profesor.

-          Pues ya acabé el bachiller hace tres años. Por cierto, no me he presentado. Me llamo Carmen...



     La señora y la dama [2] se echaron a reír, dejando a la chica un tanto corrida. La dama aclaró:



-          Es que también nosotras nos llamamos así. Debe ser una exigencia de esta mesa.

-          En mi época, apostilló la señora, era el nombre más corriente en España, junto con el de Pilar. En cambio ahora, de Estefanía o Nayara no bajamos.



     La joven tomó, pues, asiento de forma cordial y así fue discurriendo la comida. Con todo, según se aproximaba la sobremesa, Carmen tercera parecía descomponerse por momentos. La dama se percató de ello y le hizo una pregunta inocente:



-          ¿Te sienta mal la comida? Te noto pálida y como agitada.

-          No debí venir, pero pensé que así pasaría el tiempo más aprisa. No es la comida, es otra cosa peor y muy distinta, pero no sé si debo...

-          Si crees que puede valerte de algo nuestra atención o nuestra ayuda, estamos a tu disposición –repuso la señora-.



     La joven Carmen titubeó por unos momentos, suficientes para que sus ojos se humedecieran. El sexto sentido de la historiadora Uceda dio con el consejo correcto:



-          ... Pero no aquí. Retirémonos solapadamente y vayamos a algún sitio tranquilo, donde podamos charlar con intimidad.

-          La cafetería Rívoli –sugirió la señora-. Está muy cerca y conozco a los camareros. Nos procurarán una mesa aislada, o un reservado, si se tercia.



     ¿Quién será capaz de juzgar sobre la lógica de los actos humanos, o pontificar sobre la veracidad de un relato? Por lo que yo sé –de fuentes totalmente fiables-, las tres Cármenes desnudaron aquella tarde su alma o, al menos, su experiencia amorosa. Si buscaban consejo, consuelo o ejemplo, es cosa que ustedes podrán valorar más adelante. Por mi parte, ordenaré un poco mis notas y, al modo de las series de cuentos clásicas, iré presentando cada relato por separado, en función de su protagonista.







2.      Chubascos en la mañana



     Carmen la joven inició su historia de la siguiente manera:



-          Es el caso que, a los catorce años, me enamoré perdidamente de un chico algo mayor que yo, al que conocí años atrás, por razón de estudios y de la vecindad de nuestras familias. Aunque reservado y tímido, se atrevió a dar el paso de declarárseme inesperadamente, sin preguntar por mis sentimientos, ni pedirme en consecuencia ningún tipo de relaciones. Desde luego, no hicieron falta tales cosas pues, implícitamente, quedó establecido que yo compartía su cariño y estaba dispuesta a anudar de manera paulatina los dulces y fugaces contactos que nuestra muy joven edad y las exigencias académicas permitieran.

La inocencia y torpeza del primer amor habrían sido superadas, sin duda, por nuestra seriedad y buen natural, a no ser por las ingerencias de ambas familias, que actuaron férreamente sobre nosotros de forma contraria y con la mejor intención. Quiero decir que la familia de él, severa y contundente, se empleó en desaconsejarle un noviazgo que juzgaban fruto demasiado temprano del trato vecinal y de la impetuosidad sentimental del muchacho. Por su parte, mi familia lo estimaba muchísimo y no dejaba de insistirme en que no lo dejara escapar, al tiempo que mostraba hacia nosotros una libertad y condescendencia, que chocaban abiertamente con la prudencia y rigor de la otra parte.

-          Vamos, el típico tira y afloja de nuestros mayores que, con la mejor voluntad e impulsados por una sociedad aún basada en represiones y apariencias, pretenden poner puertas al campo, o mediatizar lo que debería ser estrictamente personal e íntimo –glosó la dama-. ¡Qué distinto de lo que yo veo por el campus de mi Universidad americana!

-          La intervención de las dos familias –prosiguió Carmen tercera- acabó por minar nuestra espontaneidad y autonomía. Ricardo –ese es su nombre-, que sufría la peor parte, me planteó drásticamente la necesidad de cortar la relación, hasta que la edad nos permitiera plantar cara y decidir sin interferencias acerca de nuestro futuro. Por mi parte, sufrí lo indecible en un primer momento, exagerando sin duda su desapego y malinterpretando lo que era fruto, no de falta de cariño, sino del deseo de alejarse de conflictos. Más tarde, la distancia me permitió contemplar con precisión lo incipiente de mi amor y las grandes limitaciones de cómo lo vivía él. Reaccioné de forma rebelde ante la insistencia familiar en que le guardase la ausencia y en que aquel muchacho era el alevín de un posterior gran hombre. Y así, él y yo vinimos en perder el trato cordial y relajado, a sentirnos extraños y a disgusto; en suma, a convertir el non ho l’età [3]  en una definitiva ruptura.

-          ¡Qué lástima!, comentó la señora. Aunque no conozco al muchacho, y a ti, solo de unos momentos, juraría que ese primer amor podría haber sido el definitivo; vamos, el amor de vuestras vidas.

-          No hable en tiempo pasado, doña Carmen, pues eso va a resolverse esta tarde. En efecto, después de muchos avatares, Ricardo me llamó ayer por teléfono, me dio claramente a entender que se sentía equivocado y arrepentido, y me ha pedido una cita para aclarar la situación y abordar el futuro –fueron sus exactas y nada sibilinas palabras-. Eso es lo que me tiene sobre ascuas y sobre lo cual aún no he decidido qué hacer.



     La muchacha calló al fin, y se recostó en el diván de cuero rojo, como esperando que sus palabras calasen en el ánimo de las otras dos Cármenes y provocaran sus comentarios y consejos. La primera en reaccionar, tras un buen trago de gin-tonic, fue la dama, con la decisión firme y tajante que la había hecho famosa entre sus conocidos:



-          Querida niña –si me permites llamarte así-, no me parece muy oportuno aconsejarte sobre el caso, habida cuenta de lo que ya te ha tocado sufrir a consecuencia de las intromisiones ajenas. No obstante, me voy a permitir pensar en voz alta, como si tratara de aplicar mi voluntad en un asunto que me concerniera de modo personal. Has sufrido intensamente por la falta de madurez y de afecto del tal Ricardo. Has podido superar el episodio, gracias al tiempo y a tu energía personal. Tu antiguo amor parece no haber aprendido nada del pasado, pues vuelve a irrumpir en tu vida de manera descompuesta y sin la menor consideración a sus pasados errores. Y, por encima de todo ello, tú dudas. No se puede, mejor dicho, no se debe dudar en el amor: o estás segura y decidida, o vale más dejar las cosas como están y no exponerte a nuevos sufrimientos. Yo lo pondría a prueba o le mandaría directamente a paseo. Todo, menos acudir a su llamada como una perrita faldera.

-          Mujer –intervino la señora-, a ciertas edades, casi todo es disculpable. Tanto más, cuanto que se trata de reverdecer a tiempo el primer amor y rendir tributo al hermoso ideal del cariño para toda la vida, que todas hemos anhelado en la juventud y que tiñe de nostalgia nuestra vejez. Yo iría, escucharía lo que tuviera que decir y, si es preciso, le pondría las peras a cuarto, dejando claras mis vacilaciones y mis sentimientos. Si Carmen, como ambas opinamos, ha alcanzado madurez y fuerza, no tiene por qué dar la callada por respuesta, como si nada le importase o tuviera que salir huyendo.



     La joven miró su reloj, experimentó un evidente escalofrío y observó alternativamente a sus acompañantes, como esperando sus confidencias. Llegó a reclamárselas, en prueba de confianza y buena voluntad:



-          Gracias por vuestros consejos. ¿Qué tal si, para afianzarlos, me contáis vuestras experiencias vividas en casos de crisis amorosa, como la que yo estoy pasando?



     Dama y señora se miraron, como preguntándose qué hacer y en qué orden. Esta resolvió las dudas:



-          Se me está haciendo un poco tarde para ir a recoger a mi nieto; de modo que, si Carmen Uceda no se opone, seré yo quien empiece. Además, por absurdo que para mi edad parezca, también yo estoy padeciendo una cierta crisis amorosa, como Carmencita ha dicho textualmente.





3. El fuego del atardecer



-          De la misma forma que todos hemos sido jóvenes alguna vez, casi todos hemos tenido la oportunidad, como Carmen, de sentir y vivir el primer amor; ese del que se dice que su única peculiaridad es que ignoramos que puede acabar. Yo, desde luego, tuve la oportunidad de experimentarlo, de la forma habitual y triste de la mayoría, es decir, como una vivencia fallida y pasada a la historia. Luego, ya se sabe, nuevos amores, algunos noviazgos y el consabido matrimonio, que en España solo rompe la muerte [4]. En mi caso –quizá Carmen Uceda sepa algo de ello-, la dedicación profesional a la abogacía me permitió mirar el estado de casada como una opción del corazón, no como un estado natural ni un modus vivendi. Contraje matrimonio, traje al mundo a tres hijos y me quedé viuda, va para cuatro años. Todo normal: no es de ello de lo que quiero hablaros. Aunque pueda resultar llamativo a mis años, no rememoro el pasado, sino la tensión y vacilaciones del momento presente.

-          Amiga Carmen –interrumpió la dama-, no sé por qué intuyo que estás un poco obsesionada por la edad y dejas que esta te condicione en exceso. Por esa vía –perdona que te diga-, acabarás en la depresión o enterrándote en vida.

-          Te equivocas –repuso la señora-. Mi trabajo y aceptable salud han sido elementos decisivos para afrontar con buen ánimo y sin obsesión la inminencia de la ancianidad, de la que buena prueba son los chequeos periódicos y mis cuatro nietos. Pero una cosa es no comportarse como una vieja de antaño y otra, muy distinta, pasear por la calle Santiago del bracete, con un novio a punto de jubilarse.

-          ¡Uf!, bromeó la joven, ¡vaya cura de rejuvenecimiento!

-          El caso es –prosiguió Carmen primera- que, si así puede decirse, no tengo ninguna culpa de ello. Se trata de un veterano secretario judicial, con el que he coincidido en sala cientos de veces, sin cambiar más que saludos o fórmulas forenses. Pero fue enterarse de que había quedado viuda y pasado el luto, y empezar él con atenciones y encuentros casuales, de modo cada vez más notorio e insistente. Nunca me han gustado esas asiduidades equívocas y más, si se mezclan con actividades profesionales. Pero la mayor sorpresa y embarazo vinieron para mí de donde menos lo esperaba...

-          De tu propia familia, aseveró la dama. Bueno, eso es, cuando menos, lo que he oído en ocasiones comentar a mi madre.

-          La cual, como siempre, ha dado en el clavo. En efecto, chica, lejos de incomodarse, mis hijas han empezado a darme la matraca: que si la soledad es mala; que si el hombre tiene buena facha y parece un caballero... Yo he llegado a pensar que quieren librarse de mí y echarme en los brazos de alguien que me acompañe en la vejez. En fin, por ese y otros motivos, decidí darle al galán algo de cancha. Y, como suele acontecer en estos casos, la tolerancia se volvió afecto y lo provisorio, costumbre. En fin, aquí tienes que, contra toda lógica, el amigo se ha convertido en pretendiente y ya va para tres meses que me ha pedido matrimonio.

-          ¿Es viudo también él?, preguntó la chica.

-          Y de carrera larga. Su mujer falleció hace casi veinte años, de la famosa gripe del año 57. Tiene dos hijos varones, que viven lejos de Castellar, y él se ha bandeado aseadamente con una criada de toda la vida y una limpiadora. Vamos, que no me quiere precisamente como fámula, ni necesita mi dinero para vivir con holgura. Todo parece ser una cuestión de... de afinidades electivas [5].

-          ¡Olé; así me gusta!, exclamó jovialmente Carmen segunda. ¿Y qué ha contestado la novia? ¿O es que todavía te lo estás pensando?

-          La novia no se ha atrevido a dar el paso o, por mejor decir, ha sopesado pros y contras y ha encontrado estos más graves que aquellos. Vamos que, con la mejor de las sonrisas y de las ofertas de amistad sincera, ha dado calabazas al amante impertinente.   

-          ¿Cree correcto, en cosas del cariño, enumerar ventajas e inconvenientes y sopesarlos para decidirse?, inquirió Carmencita.

-          Niña mía –repuso la señora-, quizás los jóvenes podáis, o debáis, deslindar los campos de la cabeza y del corazón. En mi caso, es obvio que no puedo imaginar felicidad o amor, más allá del sentido común y la experiencia. Así que, demos tiempo al tiempo, y poco hará falta que pase para que no estemos ya para veleidades sentimentales, sino para cuidarnos y, si acaso, reunirnos a tomar un café dos veces al mes.

-          Vaya, vaya, con la defensora del amor y las segundas oportunidades, interpeló la dama. Me suena tu comportamiento a aquello de consejos vendo y para mí no tengo.



     La anciana Carmen pareció incomodarse y, por un momento, sus ojos relampaguearon. Sin embargo, se contuvo, miró la hora y despidióse:



-          Creo haber sido sincera y respetuosa en todo momento. De cualquier forma, mi nieto, que no mi amigo, me llama a su lado. Así que tendréis que disculparme. Ha sido un placer compartir con vosotras el día. Ojalá volvamos a reunirnos el año que viene. Y, en cuanto a ti –se dirigió a la joven-, que tengas pleno acierto en lo que decidas y, sobre todo, que no sufras más de lo inevitable.



     Los consabidos besos y rechazo a que la que marchaba pagase las consumiciones. Luego, Carmen tercera suspiró y dijo:



-          Faltan cinco minutos para las cinco. Me parece que, a este paso, la decisión va a ser meramente cosa de dejar pasar el tiempo.

-          ¿Cuánto crees que te esperará?, inquirió la dama, con segundas.

-          Lo ignoro, pero no creo que mucho. Ricardo valora al máximo la puntualidad y se vuelve muy vergonzoso cuando tiene que esperar en público a alguien.

-          Pues mejor que mejor, querida, porque no me vas a dejar con la palabra en la boca. Y también yo tengo una historia que narrar..., si puedo contar con auditorio, naturalmente.



     Carmencita decidió tirar la toalla. Bajó la manga de la blusa, hasta cubrir la esfera del reloj y miró fijamente a la dama, con una sonrisa. Esta se la devolvió y comenzó el relato de sus cuitas.







4. Tormentas a mediodía



-          Como bien sabe la amiga que acaba de dejarnos, yo soy una de tantas víctimas indirectas de la guerra civil en esta ciudad de fachas. Mal que bien, con la ayuda de una mínima beca y los esfuerzos de mi maltratada familia, simultaneé estudios con la colocación en una librería y logré licenciarme en Historia allá por el año 50. Preparé mi doctorado sobre la Guerra de Cuba y el director de la tesis, el benemérito profesor Montalbán, revolvió Roma con Santiago para que pudiese investigar las fuentes americanas sobre el terreno. Un colega suyo se había exiliado y era docente en la Universidad de Illinois. Montalbán le escribió en mi favor; el destinatario se sintió solidario con mi apellido paterno y allá que cruce el Atlántico en vísperas de los acuerdos hispano-americanos [6]. Yo bien creí que me facturaban a algún suburbio de Chicago, pero Urbana resultó ser una preciosa pequeña ciudad en medio del campo y, desde luego, me ganó desde el primer momento y supe que un día volvería allí para quedarme.

-          Lo que, en efecto, sucedió…

-          Claro, tras muchas vacilaciones, pues soy la única hija de mis padres y me tocaba cargar más adelante con ellos, conforme al machismo que impera en este país. Mi hermano no dejó de echarme en cara que les pagase así todo lo que se habían sacrificado por mí, como si él no los hubiese sangrado para montar una pequeña perfumería en los soportales. En fin, cada familia tiene sus cosas, que no es cuestión de airear. El hecho es que, a las bellezas del lugar y la admirable organización y medios de mi Facultad, pronto se añadió un motivo más para quedarme: un motivo llamado Edgar, un ingeniero que daba allá clases de Química Técnica.

-          Bien, suspiró Carmen tercera, ya tenemos los personajes. Veamos ahora el desarrollo de la trama.

-          ¡No me digas que te has dado cuenta de que estoy siendo deliberadamente prolija!, confesó la dama, echándose a reír. Como ya son las cinco y diez, estoy en condiciones de abreviar, no sin demostrarte que, a diferencia de nuestra vieja amiga, yo pongo en práctica lo que aconsejo.

-          Adelante, pues. Soy todo oídos y hasta estoy dispuesta a tomarte apuntes.

-          Vamos allá. Los primeros tiempos con Edgar fueron muy satisfactorios. Cada uno se ocupaba en sus estudios y tareas, compartíamos las labores de la casa y comunes aficiones y, en fin, tuvimos dos hijos encantadores. Eso duró lo que mi esposo tardó en empeñarse en convertirme en ama de casa con dedicación exclusiva y, sucesivamente, en aislarme de las pocas amistades que había ido haciendo y en tontear o intimar con las alumnas más proclives a ello.

-          O sea, interpretó la joven, una especie de sátrapa celtibérico con pasaporte americano.

-          O el típico marido absorbente de cualquier parte del mundo, que no resiste la tentación de hacer de menos a su esposa por todos los medios, para encumbrarse él artificiosamente. Y lo curioso es que no se trataba de un don nadie, a quien yo pudiera eclipsar… La cosa es que yo aguanté cuanto pude, en interés de los niños, hasta que constaté que mi paciencia era contraproducente, pues los chicos se percataban de la tensión doméstica, tomaban partido por su padre o por mí y, en resumen, empezaban a reproducir en ellos lo que yo detestaba en Edgar. Así que tomé por la calle del medio y solicité el divorcio.

-          Feliz tú, que vives en un país que lo permite.

-          Divorcio, separación, mandar a paseo… Para los efectos, es lo mismo. Lo que yo quiero recalcar es que no hay unión en el mundo, bendecida o no, que merezca sobrevivir a la dignidad personal y a la irreversible pérdida del amor y la confianza mutua.

-          Vamos, que lo importante no es que la persona amada sea la primera o la diecisiete, sino que efectivamente la quieras y viceversa.

-          Algo por el estilo. No te ocultaré que tal independencia de criterio y valor frente a la adversidad sentimental cursan con dolor y dureza. A la postre, empero, es la única forma sabia y decente de afrontar una verdad indudable, conocida –pero escondida- desde que el mundo es mundo: que la existencia del amor implica la del desamor; que lo usual es que el tiempo pueda con el cariño y no viceversa.

-          Verdades que yo ya he conocido en mi propia vida y que tú estás definiendo esta tarde y pidiéndome que asuma con total normalidad.

-          Querida –matizó la Uceda, con afecto casi maternal-, no siempre amor y desamor se deslindan nítidamente, ni se sabe qué capacidad de aguante y sufrimiento podemos generar. Solo estoy segura de algo, que desearía transmitirte, al menos, para que reflexiones sobre ello: La duración del amor ha de ser un contraste del mismo, no una exigencia servil.

-          Pero, ¿no merecerá algún sacrificio, o algún atento cuidado?

-          Eso, Carmen, solo tú puedes contestarlo. Tú y Ricardo, por supuesto.



     Como se ve, el diálogo empezaba a perderse en vericuetos inextricables. Las dos mujeres lo comprendieron así y, de forma concorde, hicieron el gesto de llamar al camarero para que les trajera la cuenta. Lógicamente, Carmen Uceda impuso su ley y cerró la conversación de forma abierta, si vale la paradoja:



-          A ver si el año que viene podemos continuar la charla. A poco que podamos, niña mía, tendremos algún hombre a nuestros pies. Falta por ver si el tuyo se seguirá llamando Ricardo.



     Se despidieron cariñosamente a la puerta del Rívoli y siguieron rutas opuestas, sin volver la vista atrás.





5. Una conclusión



     La profesora Uceda notó que le daban un golpecito en el costado, a la vez que susurrábanle al oído:



-          Carmen, despierta, que está acabando el rollo de la poetisa.



     Recuperó la conciencia a duras penas y respondió:



-          Gracias, Lola. Con esto de los viajes en avión  y el cambio de hora, me quedo traspuesta en cualquier parte.

-          Y más, si te sueltan una conferencia intragable. ¡Cincuenta minutos!



     Carmen acabó de despertar justo a tiempo de participar en la ovación de circunstancias que siguió al final de la exposición pública. Se unió a la corriente de condiscípulas que desalojaba el salón de actos del Instituto, pero la paró un sujeto de unos cuarenta años, que se le presentó como catedrático de Historia:



-          Profesora Uceda, es un placer saludarla. En nombre de la Dirección del  Centro y del claustro de profesores, quiero invitarla a que dé la conferencia del próximo año. Su ejecutoria es un honor para la Asociación de Antiguas Alumnas y para el “Núñez de la Encina” en general...



     La invitada tuvo la impresión de protagonizar un déjà vu [7], aunque su interlocutor presente no tuviera la imagen del viejo Ripperdá. Le respondió de forma breve y ambigua, no sin manifestar su agradecimiento por la oferta. Bajó las escaleras con más prisa de la que aconsejaba la evidente torpeza por su artritis y, ya en el zaguán, algo le hizo mirar en derredor, en busca de un rostro anciano y amigo. Efectivamente, lo encontró, pero no en la persona de una vecina olvidada, sino de sus compañeras de curso, Lola y Feli, que la esperaban, para ir juntas hasta el restaurante. Sus siluetas le quedaban de perfil, con la estatua de Felipe II al fondo. Carmen no pudo menos de pensar que la antigüedad del monarca hacía juego con la vejez de aquellos rostros ajados, de aquellos bustos lacios, que una vez pasearon su lozanía con orgullo por la Acera de Recoletos. Y sus amigas no eran otra cosa que el espejo de su propia decrepitud, largas sombras que trazaba el sol poniente, al hundirse de modo irremisible en el horizonte.



     Simuló recomponer por unos momentos su peinado, para apaciguar aquel corazón suyo, tan explosivo, que parecía querer salírsele por la boca. Y entonces vio, tan claro como el agua de sus ojos, que el sueño del paraninfo no era otra cosa que la película de su vida, apenas alterada por el simbolismo onírico o, tal vez, por su propensión innata a la fabulación. Pero ella era fuerte y aquel, un día de fiesta. Se acercó sonriendo a las expectantes y tarareó maquinalmente:



...Porque todo llega a su fin.

Después de un día triste

Llega otro feliz [8].





[1]  Una de las sedes principales de la Universidad estatal de Illinois (EE.UU.). La alusión de Carmen Uceda nos permite ya suponer con fundamento que ella fuese profesora de tan ilustre Centro docente.
[2]  A efectos de diversificar las alusiones, me refiero también a Carmen primera  como la señora; a Carmen segunda, como la dama, y a Carmen tercera, como la joven, la chica o Carmencita.
[3]  Obvia alusión a la canción del mismo título, con la que Gigliola Cinquetti ganó los festivales de San Remo y Eurovisión en 1963, unos años antes de los hechos relatados por Carmen tercera. El texto de esa pieza hace alusión a la conveniencia de esperar unos años, para vivir un amor pleno y adulto.
[4]  Como es conocido, el divorcio no se reimplantó en España, hasta 1981. Recuérdese que nuestras Cármenes estaban viviendo en el año 197...
[5]  Alusión de Carmen a la famosa novela de J.W. Goethe (1809), en mi opinión, traída un poco por los pelos.
[6]  Con casi total seguridad, Carmen Uceda alude al Tratado de amistad y cooperación entre España y EE.UU., de septiembre de 1953.
[7]  Me permito aclarar que se trata de la paramnesia, o sensación –real o puramente imaginaria- de haber vivido o conocido ya lo que se está experimentando en el presente.
[8]  Fragmento de la letra de la canción  El baúl de los recuerdos (1969), de Tony Luz, que popularizó la cantante Karina.