viernes, 22 de julio de 2011

LA TAQUIGRAFÍA DE LA EMOCIÓN

La taquigrafía de la emoción

Por Federico Bello Landrove

     Si, como aseveraba Newton, él avanzaba en el conocimiento científico subiéndose a hombros de gigantes, no veo la razón por la que no podamos construir nuevas ficciones tomando como punto de partida las de los grandes literatos, hasta desarrollar los sentimientos y reflexiones que en nosotros producen. Este es un modestísimo intento mío, sobre la Sonata a Kreutzer (1889) de León Tolstói.



    1.   Un libro y dos viajeros

           Habiendo nacido en la época de los trenes a vapor y viajado con botijo, gallinas en jaula y fiambrera de filetes y tortilla, me permitirán que manifieste mis reticencias hacia estos sus nietos de alta velocidad, alimentados con electricidad, de vagones diáfanos y deslumbradores. Aunque, tal vez como contrapartida, los usuarios –antaño participativos y dialogantes- deciden aislarse de los demás viajeros con ordenadores, mini-equipos musicales y espantosos teléfonos móviles.

           Por lo expuesto, me produjo una reconfortante mezcla de sorpresa y atavismo oír la voz de mi compañera de asiento, quien, a poco de arrancar el convoy de la estación de S., me decía:

      -          Mmm, la Sonata a Kreutzer. No es poca cosa este libro.

           Efectivamente, sobre mi mesita abatible, yacía un ejemplar de esa novela, con una portada tan vehementemente colorida, que no me extrañó provocase el inesperado comentario. Apenas volví cortésmente el rostro hacia mi vecina de plaza y, casi sin pensar, repuse:

      -           Aunque el viaje no es largo, en algo hay que entretener el tiempo.

          Ambos permanecimos en silencio, circunstancia que aproveché para fijarme, de reojo, en la señora. Edad, como de unos cincuenta; bien vestida; discreto perfume; físico de matrona, sin excesos; rostro agradable, por no decir, francamente bello. Sobre su mesita, un bolso marrón de tamaño mediano y un pen-drive con curioso dibujo de lirios negros sobre fondo blanco. Para completar la descripción, un breve equipaje consistente en una maleta pequeña (que yo le había ayudado a subir al portaequipajes) y una bolsa de papel grueso con distintivo de una conocida librería de nuestra ciudad.

           El silencio duró lo bastante, como para hacerse notar, pero no tanto, como para entender cortado el hilo de la conversación. Mi compañera volvió a la carga:

      -          He creído captar un cierto desdén en su comentario anterior acerca de la novela.

      -          ¿En qué sentido?

      -          En lo de considerarla un entretenimiento de viaje un tanto casual.

      -          ¡Oh, no quería molestar al señor Tolstói! Y, después de todo, no es pequeño homenaje exhibir su libro, con esa cubierta tan abigarrada…

      -          …Aunque no sea, precisamente, la mejor de sus traducciones. Pero permítame que me presente, Celia del Amo.

      -          Joaquín Romero. Encantado.

           Como era de prever por el comentario sobre la traducción, doña Celia resultó ser profesora de Literatura en uno de los Institutos de S. Durante unos minutos, nuestra charla derivó por los caminos trillados de la problemática educativa. Noté que no le agradaba mucho esa materia, así que volví sobre la Sonata, dando un giro al tema:

      -          No sé si sabe que la relación entre música y literatura tuvo en este caso un excepcional recorrido de ida y vuelta. Es probable que Beethoven ejerciera algún influjo sobre Tolstói, pero de lo que no cabe duda es de que el novelista ruso, a su vez, fue decisivo en el cuarteto de cuerdas de Janáček, también conocido como Sonata a Kreutzer.

           Celia debía ser mucho mejor conocedora de la escritura que de la música, pues mostró sorpresa y me permitió explayarme sobre un tema que conozco bien, por ser un estudioso de la vida del compositor moravo[1]. Mas, tan pronto le informé de que Kamila, la amada de Janáček, mostraba escaso interés por la música y despotricaba cada vez que el músico ensayaba al armonio por las noches, la profesora de literatura se desligó del ejemplo y volvió sobre Tolstói y la Sonata beethoveniana, aseverando:

      -          Siempre hay excepciones en eso de la música y el corazón, pero creo que el escritor ruso estaba en lo cierto cuando afirmó que la música es la taquigrafía de la emoción; en el caso de su novela, del amor.

           Como quiera que mostrase mi escepticismo a este respecto, llegando hasta sostener que tal mensaje podría ser tolstoyano, pero no deducirse de su Sonata, Celia me miró muy seria, con sus vivísimos ojos negros, y me confió:

      -          Si estuviese segura de contar con su discreción, no me importaría apoyar la tesis con un ejemplo que me ha tocado muy de cerca y que explica mi viaje a V. Pero, ahora que caigo, siendo usted un profesional del foro, no habrá dejado de enterarse del caso de Leticia Riesco.

      -          ¿La última víctima en S. de la  llamada violencia de género?

      -          En efecto. Era compañera y buena amiga mía. En cierto modo, un caso no muy diferente del de la señora Pozdnishev [2].

      -          Pues no tenía ni idea de la similitud. Y eso que –confidencia por confidencia- llevé durante una guardia los primeros momentos del caso.

      -          Siendo así, no hay ninguna razón para que, como en el fondo deseo, no le revele las intimidades de aquel terrible suceso. En lo relativo a Leticia, usted está obligado a hacer un uso estrictamente profesional de los datos. Y, en lo que a mí concierne, tendría merecido convertirme en el hazmerreír de mis conocidos.

      -          No así, Celia, no así. Sé guardar un secreto y agradecer la confianza y el placer de escuchar una buena historia.



        2.   Vida y muerte de Leticia Riesco

               Ha de saber usted –comenzó Celia su relato- que Leticia pasó su infancia y juventud en la ciudad de V., donde había nacido. Allí continúa viviendo su familia y, desde luego, en V. estudió la carrera de Historia y conoció a Alfredo, nombre ficticio que usaré para no revelar su identidad, dado que ignoro si él aprobaría, o no, mis confidencias.

               Cuando yo coincidí con Leticia en el Instituto, hace cosa de diez años, ambas teníamos tras de nosotras, como puede suponerse, nuestra vida sentimental ya hecha, con sus alegrías y sus miserias. La mía no viene al caso. Sólo le diré que, por buenas o no tan buenas razones, era y sigo soltera, circunstancia que parece invitar a la sociedad y la sana envidia de las malcasadas, como con Leticia vine a comprobar.

               Ella, en cambio, tenía marido y tres hijos. Nada traslucía que fuese desgraciada. Los chicos, ya mayores, estaban escolarizados en nuestro Instituto y contaban entre los alumnos más destacados. En cuanto al esposo, nos era totalmente desconocido, toda vez que trabajaba –como usted, sin duda, sabe- en una fábrica de harinas, a bastantes kilómetros de la capital de la provincia, y jamás asistía a las pocas comidas y reuniones informales que celebrábamos los profesores colegas de su mujer.

               Hubo de ser el cambio de impresiones acerca de la marcha académica de uno de sus hijos, el origen de la revelación del drama familiar de Leticia y de su ulterior confianza hacia mi persona. Yo era a la sazón tutora de su hijo mediano y había percibido últimamente un notable descenso de su rendimiento y cierto desprecio hacia su madre.  Preferí tratar con ella la cuestión fuera del Instituto y quedamos citadas en una cafetería, en la que sería la primera de una serie de entrevistas, que cimentaron entre nosotras una buena amistad.

               No necesité de mucha psicología para lograr que me descubriese el fondo de la cuestión. Su marido era un caso típico de complejo de inferioridad hacia su mujer. Dotado de menores cualidades intelectuales que ella y en posición socialmente inferior por razón de su trabajo, había pasado la primera etapa de su matrimonio en una ambivalente relación de adoración y desprecio hacia su esposa, inicialmente larvada por la presencia de los hijos y por cierto temor a la reacción de Leticia. Mas, una vez que los hijos fueron creciendo y desmadrándose –en el sentido natural del término-, y qué él constató que su esposa no tomaba medidas drásticas ante sus desplantes, fue aumentando la animadversión, hasta desembocar en lo que ahora se denomina maltrato psicológico, y que, entre ellos, implicaba celos, sentimiento posesivo, menoscabo.

          -          Y, curiosamente –me adujo Leticia-, la ambivalencia sigue existiendo. De cara a los de fuera, me pondera hasta el ditirambo y dice ser dichoso con tan sólo estar a mi lado. Pero, dentro de casa, me critica constantemente y todo su empeño es el cerrarme cada vez más las ventanas al exterior.

               En fin, no descartaré –aunque ella nada me dijo- que pudiese haber habido ya malos tratos de obra. En todo caso, lo que acababa de acaecer en aquel entonces era que la celotipia, enfermiza y, por lo que yo sé, injustificada, había desembocado en conminación a que abandonase el trabajo de profesora que, según él, Leticia aprovechaba para flirtear con alumnos y compañeros, y para hacerle de menos, con su superioridad económica y profesional. Por primera vez en su vida en común, ella se había resistido y la tensión familiar subsiguiente no había dejado de causar su efecto nocivo en los hijos, utilizados por el marido como ariete para derribar su negativa.

               Ignoro qué me impulsó a implicarme en aquella disputa, primero, sirviendo a Leticia de compañía y paño de lágrimas, después, aconsejándole resistir y aún separarse, por su bien y, bien mirado, por el de sus hijos. La consecuencia no se hizo esperar, en forma de desapego hacia mí del hijo que había tomado el partido de su padre, y de éste mismo, que me hizo una escena a la salida del Instituto, de la que le ahorraré los detalles, pero que motivó que lo considerase un energúmeno capaz de todo, si no se ponía freno eficazmente a sus arranques violentos.

               La situación que fría y escuetamente le he descrito, duró todo un curso. Hace cosa de cinco años, al volver de vacaciones de verano, el director nos informó de que Leticia no se incorporaría a las clases, ya que había pedido la excedencia, por razones médicas. No puede menos de exclamar al oírlo: ¡y un cuerno! Serafín, el jefe de estudios, me llamó a capítulo aparte:

          -          Celia, por favor, no seas tan impulsiva. Muchos sabemos lo que realmente pasa, pero creo que lo mejor que podemos hacer por Leticia es aceptar su decisión y no interferir en su vida.

               Le contesté que dudaba mucho de que tal cosa fuese lo mejor que un compañero o una amiga pudieran hacer por ella, pero lo cierto es que lo dejé estar y me limité a llamarla por teléfono y ponerme a su disposición para lo que necesitara. Ella se echó a llorar, me dio las gracias entrecortadamente y colgó. Desde entonces, hola y adiós por la calle y nada más. El marido, a partir de esa época, monopolizó las relaciones con los profesores de sus hijos. Felizmente para mí, no me volvió a tocar darles clase. En más de una ocasión llegue a sospechar que en secretaría manipulaban la atribución de grupos, a tal fin.

          ***

                Con semejante preámbulo, no le extrañará que alucinase cuando una tarde, en mayo hará dos años, recibí en el móvil un mensaje de Leticia, citándome para tomar café en la misma cafetería de antaño. Sospeché, incluso, una maniobra de su marido, por lo que la llamé directamente. Me contestó:

          -          Perdona que me limitara a mandarte un mensaje de texto, pero es que me daba un poco de vergüenza llamarte, sin más, después de tres años. Mañana te explico.

               ¡Vaya si se explicó! Para empezar, me reveló la existencia del así llamado Alfredo, que completaba, de forma muy importante, el rompecabezas del pasado de Leticia. En resumen, resultaba que el tal había sido novio de ella en la Universidad y, por unas u otras razones, se habían distanciado, incluso físicamente, de manera que –como ella decía- sólo dos tontos, o dos tipos que se creen muy listos, pueden ser tan ciegos para la felicidad y tan obstinados en el fracaso. Según parece, el chico hizo Medicina y sacó plaza en un hospital de Granada. Luego, total ignorancia de su vida, hasta que apareció por V., ciudad natal de Leticia y de él, casado y con dos niños. De Leticia, qué le voy a contar que usted ya no sepa. Sí puede ser interesante reseñar que, por lo que ella me relató, coincidieron una vez en V. con sus respectivos cónyuges e hijos, y habían ido a tomar unas cervezas a un aguaducho del parque, mientras las criaturas campaban a sus anchas. Luego, en casa y como lo más normal, Leticia había comentado a su marido que ella y Alfredo habían tonteado muchos años atrás, y aquél le había hecho una escena de campeonato. ¿Quién sabe si la imagen de aquel médico, prestigioso y de buen ver –decía Leticia- no habría alimentado los incipientes celos, más allá de toda lógica?

               Pero lo más llamativo de todo, era que el tal Alfredo había salido del baúl de los recuerdos, año y pico antes de nuestra cita, con una carta de felicitación navideña y un humilde obsequio adjunto. La carta, que Leticia me hizo leer, era poco más que un bla-bla-blá sobre el pasado, las familias respectivas y demás lugares comunes. Vamos, una vulgar felicitación de Pascuas, muy superficial, pero con una carga de profundidad que hizo blanco en la pobre exprofesora, sumergida en la más absoluta y tolerada miseria: el digestólogo –con perdón- se había divorciado hacía un par de años, una vez que su ruinoso matrimonio ya no servía de amparo y hogar a sus hijos, hechos y derechos. Pero, aunque la carta tuviera segundas intenciones y llegase en un momento propicio, Leticia no le prestó mucha atención: de hecho, ni la contestó, por más que la guardara –según me dijo- en el tomo segundo del Manual de Aguado Bleye, a la altura del retrato ecuestre de don Juan José de Austria, de Ribera.

               En fin, amigo Joaquín (¿me permitirá considerarle tal?), que la misiva, mal que le pese a la literatura, no tuvo consecuencias. ¡Pero el anejo! ¡Este humilde pen-drive que tiene ante sus ojos! ¡Ese sí que realizó la eficaz labor de zapa y derribo, que la música es capaz de consumar en los corazones más reticentes! Y aquí enlazamos con la Sonata a Kreutzer. Pero vamos por orden, que ya dicen mis alumnos que, cuando me embalo, no hay quien me siga.

               Pues bien, esta coqueta memoria portátil era introducida en la carta de marras con una escueta posdata: No sé qué regalarte, que sea mínimo y de valor meramente sentimental. Se me ocurre que unas cuantas canciones de nuestra época pueden resultar apropiadas. De hecho, yo las escucho con gran frecuencia y me ayudan a recordar.

               No diré yo que sean unas cuantas canciones, sino varios cientos de ellas, apenas ordenadas, de los más diversos géneros y procedencias, sin cebarse en lo romántico o sentimentaloide. Desde luego, en la carpeta de “música clásica”, figura el primer movimiento de la beethoveniana Sonata a Kreutzer, por Ughi y Sawallisch, es decir, por dos caballeros, para que no digan que Tolstói mueve los hilos.

               A partir de ese momento, Leticia me confesó que la audición de aquella música llenó su vida. Llegó a aprender de memoria el orden de piezas e intérpretes. Se pertrechó de los artilugios electrónicos precisos para escuchar, en todo momento y circunstancia, las notas con las que su propia y libre personalidad volvía a su interior y se adueñaba de su ser. No vamos a negar que el pasado vivido y el futuro posible con Alfredo ayudasen a tan notable transformación. Pero, por encima de todo, Leticia había conseguido con la música, con su música, el valor, la decisión y la fuerza para afirmarse y, desde ahí, cambiar o, quien sabe, volver atrás.

               La tarde que vivimos juntas, me hizo resumen de sus propósitos: separarse de su marido; explicarse y ofrecerse a sus hijos; reanudar los lazos con su familia y amigos; volver a ejercer la enseñanza. Todo ello, sin descartar la marcha a otra ciudad para ella menos conflictiva, o enlazar el futuro con el pasado, aunque fuera vano intento repetirlo. Lo que más me hizo creer en ella, fue la despedida. Me dijo:

          -          ¿Sabes una cosa, Celia? He llegado a pensar que dependo en exceso de este pen-drive, que la música se está convirtiendo en una droga. Toma, quédatelo. Después de todo, la selección es muy buena y tenemos, más o menos, la misma edad.

               El resto es historia y usted la conoce perfectamente. Incapaz de aceptar la situación, el marido, ese miserable Pozdnishev II [3], la fue a buscar a la puerta del Instituto y le seccionó la yugular. Hace de ello seis meses y aún están ustedes remoloneando con la tramitación del asunto.

          ***

               Eludí cualquier excusa o explicación y salí por una tangente propicia:

          -          Celia, usted me dijo al principio que este viaje suyo tenía que ver con el pen-drive obsequiado a Leticia por Alfredo. ¿En qué sentido, si se me permite preguntarlo?

          -          Suponía que él estaría al corriente de la muerte de Leticia y podría querer conservar algo suyo. Le escribí hace quince días, armándome de valor, y le hice saber, sin detalles escabrosos, lo mucho que su música había significado para ella. Nos hemos citado en la estación de V. que, por cierto, no está ya lejos. Es curioso: como no nos conocemos, hemos quedado en el andén y le he dado una referencia –y señaló la bolsa de la librería, junto a su maleta-.

               La siguiente media hora pasó muy lenta, sin una palabra, como si ya nos hubiésemos dicho todo lo que podía honestamente expresarse. Yo, como quizás ustedes, empezaba a sospechar que Celia tuviese en el viaje otros intereses que el de la mera devolución de la memoria portátil. Llegando a V., al aminorar la velocidad del tren, con el pretexto de despedirme y ayudarla con su pequeño equipaje, la acompañé hasta la puerta del vagón y, a la desenfilada, miré arriba y abajo, mientras Celia avanzaba, paraba, soltaba el equipaje. El andén estaba desierto y así permaneció hasta que el tren arrancó, y yo con él, camino de su estación de término.



              





          [1] Leoš Janáček (1854-1928), sobre cuya peripecia vital amenazo con fantasear algún día no lejano.
          [2] La protagonista de la Sonata a Kreutzer tolstoyana.
          [3]  Recordar la nota 2. Se trata del apellido del uxoricida de la Sonata a Kreutzer.

          sábado, 9 de julio de 2011

          RETRATO-ROBOT DE UN POLÍTICO



          Retrato-robot de un político



          Por Federico Bello Landrove



               De una discusión académica, brota un experimento que, a su vez, da la oportunidad de acercarnos a la peripecia vital de un famoso político, cuya identidad no se revela, para que el lector haga un sencillo ejercicio de indagación personal. La moraleja del cuento no es en absoluto imaginaria: el borreguismo y la globalización pueden acabar en la implantación de políticos clónicos o de diseño, tanto más exitosos, cuanto menos originales.





            1.  Un ejercicio académico



                   Todo empezó durante una rutinaria explicación en clase, a mis alumnos de primer curso de Derecho Político. En una de esas salidas de tono, especialmente válidas para concitar la atención del auditorio, dije, más o menos, lo siguiente:



                   Afirman que la Historia se repite, gracias a lo cual se la considera maestra de la vida. Pues bien, si la Historia es un poco repetitiva, la Política es cansinamente reiterativa. Los políticos profesionales se parecen mucho entre sí. No digamos, si comparten unas mismas creencias o las mismas siglas políticas: entonces sus actitudes coinciden y hasta tienen a gala parecerse a su líder lo más posible.



                   Para mi sorpresa, un brazo se levantó al fondo del aula, solicitando el uso de la palabra. Se lo concedí y el estudiante entró en polémica:



                   Perdone, profesor, pero para mí, eso de que la Historia y la Política se repiten es un tópico inventado por los mayores y por los profesionales metidos a hacer pronósticos. Cada época tiene sus condicionantes y cada generación ha de buscar sus propias soluciones.



                   Me quedé pegado, por lo valiente y bien traída que había resultado la interrupción. Por otra parte, me di cuenta de que buena parte de mis jovencísimos alumnos se regodeaban porque uno de ellos me llevase la contraria y abogara por el derecho a afirmar aquello de que no está el mañana en el ayer escrito. Así que decidí, a un tiempo, contemporizar y aprovechar la ocasión  para abrir un debate académicamente provechoso. Concluí:



                   Está bien: hagamos una prueba. Imaginen ustedes un político de los que llamamos avanzados o progresistas. Piensen en él como hombre público y también como persona. Los que quieran participar en el experimento, entréguenme el próximo día de clase una octavilla con una breve semblanza del personaje imaginario, con un sólo rasgo de su carácter o un único episodio de su vida. Por sorteo, elegiremos diez de esas notas, con las que yo haré una refundición, a modo de biografía. Luego, gracias a mi portentosa erudición –bromeé- verán cómo soy capaz de encontrar a ese sujeto inventado un parecido muy razonable con algún político real de los últimos cien años. Si lo logro –y ustedes serán jueces de ello-, quedará demostrado que la Historia se repite y, por tanto, estas clases sirven para mucho. Si fracaso, dedicaremos el resto del curso a comentar los noticiarios políticos de actualidad y les daré aprobado general. ¿Hace la propuesta?



                    Hizo y heme aquí recogiendo, dos días después, las cincuenta y siete aportaciones de los alumnos participantes en la prueba y recibiendo, de una mano inocente, las diez seleccionadas de entre ellas para ser refundidas. Un poco preocupado por mi osadía, sugerí que fuesen doce y me dejasen excluir dos, a voluntad. Mi petición fue rechazada por unanimidad, con la consabida frase:



                   Nada de rajarse, profesor. No nos venga ahora con que tiene miedo.



                   Por supuesto que lo tenía. Y no es que los alumnos hubieran sido especialmente retorcidos, ni que me pusiesen las cosas demasiado difíciles. Haciendo un  breve resumen de los diez rasgos o peripecias vitales, esto es lo que yo tenía que refundir en una biografía imaginaria, comparable a la de un político real:



              • El personaje ha de ser de extracción humilde, pero una relación familiar ventajosa  compensará sus dificultades iniciales.
              • Debe ser un hombre contradictorio, avanzado y altruista en sus ideas, pero egoísta y hasta sibarita en sus gustos y patrimonio.
              • Como los progresistas españoles de la Segunda República, deberá tener obsesión por los problemas de la educación y la reforma agraria.
              • Será un hombre que no haga ascos a las acciones violentas y, al propio tiempo, rechazará la intromisión de los militares en la vida pública, incluso a su favor.
              • Un episodio de carácter heroico marcará de forma indeleble la adhesión popular y estará en la base de su actitud ante los políticos y el pueblo, nada contemporizadora.
              • Valorado y hasta aclamado por los jóvenes, será sin embargo muy difícil la relación con sus hijos, cumpliendo aquello de que el profeta, en su casa, carece de prestigio.
              • Vivirá en el exilio sin abdicar de sus principios pero, rebasado por su envejecimiento y las nuevas ideas, no conseguirá triunfar, ni siquiera entre sus correligionarios.
              • Su imagen de hombre de partido no destruirá su independencia, en ocasiones muy dañina para el triunfo de sus propias ideas.
              • Será querido y odiado a partes iguales, llegando a ser, según los opinantes, un mito valioso o el causante de los mayores males.
              • Finalmente, siendo uno de los grandes hombres de Estado de su país y de su tiempo, no llegará a alcanzar los grandes resortes del poder ni el apoyo de las masas a nivel nacional.





                   Pedí quince días para confeccionar la que denominé Vida imaginaria de don Ignoto Progresista y, seguidamente, localizar un personaje real comparable. El plazo me fue concedido. Así que me puse inmediatamente manos a la obra y procuré continuar con las clases, sin traslucir en las palabras o los gestos preocupación o cansancio. Una semana me bastó para ordenar y dar ilación al relato biográfico del señor Progresista. No me pareció en exceso difícil: de hecho disfrutaba poniendo cara y detalles a las escasas páginas de mi empeño, del que dejo fiel reflejo en el capítulo siguiente. Pero lo de encontrarle un hermano muy parecido en este mundo prosaico fue harina de otro costal. ¿Lo conseguí? ¿Me validaron los alumnos el resultado del experimento? Eso sólo lo sabrán –o no-, si leen hasta el final cuanto aquí dejo escrito. Así que decidan ustedes o, como ahora se dice, ustedes mismos.





                2.  Biografía imaginaria de un político a la carta



                       Don Ignoto Progresista (¡cuánto se habría reído, de ver el don delante de su nombre!) nació en plena campiña, en el seno de una familia de agricultores humildes. A poco de nacer, su padre fallecía en acción de guerra, en el curso de las luchas civiles entre federalistas y partidarios de un Estado más fuerte y cohesionado. Pese a la penuria económica y a la orfandad, el niño era inteligente y disciplinado, pudiendo seguir con provecho sus estudios, hasta licenciarse en una carrera técnica, que nunca habría de ejercer.



                       En efecto, el gusanillo de la política lo infectó desde época muy temprana, en lo que seguramente influiría el ejemplo de su padre, como también el proceder de una zona del país intensamente polarizada en la vida pública y con destacados prohombres políticos, entre los cuales halló eco y protección. Muy probablemente, fuese decisivo su matrimonio con la hermana de uno de aquellos destacados dirigentes. Ella también contribuyó a consolidar su vocación pública ya que, con independencia de su apellido, doña Conocida (llamémosla así) era señora de buena formación, muy implicada en temas sociales y firmemente entregada a la vida familiar. En honor a la verdad, hay que decir que don Ignoto mantuvo el cariño y una razonable fidelidad a su esposa durante toda la vida de ésta, por más que el matrimonio tuviese bastantes visos de haber sido de conveniencia. En cualquier caso, tan pronto falleció doña Conocida, su esposo, ya septuagenario, enlazó sentimentalmente con una mujer bastante más joven que él, con la que convivió cuasi-maritalmente hasta el fin de sus días.



                       Por acabar con los aspectos familiares, digamos que don Ignoto y doña Conocida tuvieron tres hijos, dos varones y una hija, cuya relación con el padre fue muy diversa, antes y después de morir la madre. El hijo menor medró a la vera paterna, siguiendo sólo en parte su senda y dedicándose finalmente al mundo de los negocios. El mayor dedicóse a la política, pero fue distanciándose en ese aspecto, hasta militar en distinto partido y tener con don Ignoto espectaculares discusiones y enfrentamientos, incluso ante las cámaras de televisión. Por su parte, la hija primogénita resultó ser la típica niña de papá, indolente y consentida. Intentó con poco éxito ser cantante ligera. Posó, asimismo muy ligera, para revistas de amplia tirada y acabó enganchada a las drogas, convirtiéndose en una cruz para sus padres.



                  ***



                        Sus cualidades personales y el apoyo de los dirigentes nacionales del partido en el poder lo catapultaron a puestos destacados, en el Parlamento y en la Administración. Diputado estatal y federal, gobernador de su Estado natal, tomó como piezas clave de su programa y ulterior acción política la enseñanza pública y la reforma agraria.  Como es lógico, le resultó más difícil influir y actuar en ésta que en aquélla. En cualquier caso, como gobernador, promovió amplios programas de reparcelación y distribución de tierras, así como de valorización de los productos agrarios y forestales de su Estado, si bien algunos le ponen el pero de haber favorecido a los campesinos de raza blanca, sin importarle desahuciar a los indígenas de sus reservas y territorios ancestrales.



                       En cuanto a las escuelas, el señor Progresista realizó una ingente labor de alfabetización de la infancia y de formación de los maestros. Las especiales características climáticas del país y las tradiciones de muchos de sus inmigrantes, le impulsaron a crear aulas prefabricadas de madera, tan sólidas y eficientes, que todavía hoy, tantos años después, quedan algunas en pie y en uso, aunque no tanto por vestigio histórico, cuanto por dejadez e incuria de los mandatarios actuales. Muchos años más tarde, ya regresado del exilio y constituido en gobernador de otro Estado, de aquellas escuelas bucólicas y provisionales, pasó a crear a una red de Centros integrados, donde los niños y adolescentes convivían la mayor parte del día, recibiendo, no sólo formación intelectual, sino atención sanitaria, alimentación y cultura física. Se trataba de notables realizaciones arquitectónicas, diseñadas por el más grande de los artistas del país, que no dejaron de ser criticadas por su elevado coste y su apariencia de escaparate publicitario, al estar situadas junto a las autovías. Pocas se han librado de la especulación o de la degradación funcional, buena muestra de que se conserva mejor la humilde barraca de madera que la golosa edificación de hormigón.





                       No podemos olvidar, en cualquier caso, la consigna favorita de don Ignoto, que paseó por toda la nación, con una mezcla de justicia y populismo: nacionalización de las riquezas estratégicas del país y limitación de los rendimientos exportables. Nada, desde luego, distinto de lo propuesto por los jefes de su partido, pero que él tuvo la energía y la firmeza de llevar a cabo en su propio Estado, con expropiaciones llamativas y sin ninguna compensación (es decir, incautaciones) de activos patrimoniales de empresas extranjeras, algunas muy destacadas, tanto por su grandeza, como por su nacionalidad.



                       Todo lo anterior lo hizo popular, o peligroso, para muchos de sus conciudadanos, pero la gloria como héroe la alcanzó enfrentándose, con un micrófono por arma, al intento de muchos de los mandos militares, de descabezar el poder político y propiciar un golpe de estado blando, a favor de gobernantes menos avanzados. Desde los sótanos del palacio presidencial de su Estado, llamó por radio a las armas y a la toma de las calles en todo el país, para parar los pies a los golpistas. Su voz fue, por unos días, la conciencia y la dignidad de la nación. Es cierto que tuvo a su lado a militares leales, que defendieron su reducto y abochornaron con su ejemplo a quienes –como a veces se ha dicho- hicieron de la cualidad de militar la degradación de la de soldado. El golpe de Estado fracasó y el señor Progresista recibió el reconocimiento de la ciudadanía y de la clase política vejada, aunque no consiguiese las cuotas de poder a que creía tener derecho, para poder cambiar las cosas.



                  ***



                       La popularidad no es, a veces, buena consejera para los políticos. Al señor Progresista lo convirtió en una estrella, una especie de mesías más allá de la disciplina de partido y de la marcha al compás de sus propios camaradas. Andando el tiempo, fundaría y refundaría partidos políticos, tratando de armonizar infructuosamente la tradición de siglas consagradas, con sus propias iniciativas sin consultar a nadie. Curiosamente, este hombre independiente y un poco autista, a fuerza de resistir y permanecer, acabó recibiendo el espaldarazo internacional y, poco antes de abandonar esta vida, recibió el honroso título de presidente de honor de una de esas organizaciones que aúnan a los partidos hermanos a nivel mundial.



                       El tiempo y el éxito no sólo hicieron de don Ignoto una persona escasamente compatible con la mayoría de sus correligionarios, sino un hombre dispuesto a usar en la política las armas de la violencia que contra él y los suyos se habían esgrimido. Es probable que pensase que el fin justifica los medios, o que la mejor defensa es un buen ataque. Es lo cierto que se rodeó de guardaespaldas y matones y que él mismo, así verbal como físicamente, no prescindió de la violencia en las instituciones y frente a sus adversarios. Fueron proverbiales sus trifulcas parlamentarias y lo afilado de su lengua para el insulto. Vino así, y no sin razón, a constituirse en piedra de toque de pasiones desatadas, en el hombre público más odiado y, al propio tiempo, más amado de su país. Llegó a erigirse a sí mismo en la medida y la personificación de la conciencia política, sin ponerse límites ni prudencia, aunque sólo fuera para evitar la lógica reacción de sus rivales, bajo el temor o el pretexto del contenido de sus palabras.



                       Sucede, sin embargo, que son muchos más los golpes de Estado involucionistas que las revoluciones de progreso. A fin de cuentas, la profesionalidad y los medios suelen contar más que el número. El héroe Progresista acabó siendo el acicate y el espantajo para desatar una reacción, contra la que ahora nada pudieron sus llamamientos a la lucha armada. Hubo de huir del país, como tantos otros, y comer durante muchos años del amargo fruto del exilio. Pero era hombre más apropiado para resistir y ser visto de lejos, que para abrasarse bajo su acción y su presencia. Convertido en voz de la diáspora, en irreductible luchador contra la dictadura, templó su fogosidad y debeló a sus enemigos. Aglutinó adhesiones y acuñó programas para un futuro de esperanza, yendo de país en país, de continente en continente, según soplaba el viento de la tolerancia y de la historia.



                  ***



                       No hay mal que cien años dure y el curtido político exilado pudo, tras muchos años, pero todavía no viejo, volver a su tierra y reanudar la acción política, con parecidos bríos, con renovados objetivos, con mayor experiencia y cierta suavización de modales. Era el candidato natural a dirigir a su nación en la nueva época. Desgraciadamente para don Ignoto, había mucho que olvidar de lo que a él le importaba recordar y mucho que recordar de lo que él deseaba que se hubiese ya olvidado. El pueblo, a nivel general, le fue volviendo la espalda, como a una vieja gloria cuya luz resultase demasiado fúlgida y su calor, quemante en exceso. Hubo de circunscribirse a puestos menores de responsabilidad, volver a las gobernaciones de su juventud, con vigor y riesgo dignos de mayores causas. Una vez más, iniciativas osadas, populismo bienintencionado, anteposición de la justicia al orden, le fueron convirtiendo en el personaje incómodo, excesivo y polémico, soslayado por los amigos y causa de todos los males para sus enemigos. A nivel local, en las distancias cortas, el pueblo parecía estar con él. En la inmensa distancia de un gran país, llegaban sólo los ecos distorsionados de su voz, su rostro desfigurado por la calumnia, las buenas intenciones convertidas en fachada de la corrupción y el crimen.



                       No vamos, con todo, a negar que el señor Progresista careciese de esa humana incoherencia, de aquella imperdonable contradicción que puede permitir la convivencia en una misma persona del progresista de carnet con un corrupto y un sibarita. Dicen que quien vive en un ambiente pestilente termina contaminándose; que quien trabaja profesionalmente para los demás acaba pagándose a sí mismo el servicio harto generosamente; que quien ha vivido la penuria del exilio y el riesgo del atentado se vuelve timorato y procura financiarse un futuro de seguridad y amplia solvencia. Seguramente, este fue el caso de nuestro señor Progresista, despreocupado administrador de subvenciones altruistas pero severo acaparador de patrimonio personal y familiar, dentro y fuera de su país, con la conocida disculpa de la riqueza de su esposa y de su milagrosa capacidad para multiplicar sus panes y sus peces. En fin, la eterna cuestión: si un gran novelista puede ser un estafador y un pederasta oficiar en los templos, ¿por qué un excelente político no puede ser un poco corrupto, y un progresista va a privarse de ser un rico opulento?





                    3.  La confirmación del experimento



                           Se habrán percatado ustedes de que la integración en la biografía imaginaria de los diez rasgos o datos sobre don Ignoto Progresista tiene algo más que una moderada tendencia a convertirse en el germen de una novela. Sus detalles, como quien dice, tiran con bala a un determinado personaje real. Como es lógico, la versión final de la Vida Imaginaria del personaje sólo la concluí en la madrugada del día en que debía presentarla al tribunal inapelable de mis alumnos, cuando ya tenía en la mente, por fin, al político real perfectamente parangonable con don Ignoto. Al final, aunque mi buen trabajo me costó, creo que había dado con una figura importante y relativamente bien conocida a nivel internacional.



                          En la clase del día D, me permití una pequeña diablura. Tras la lectura de cuanto queda escrito en el capítulo precedente, mis alumnos aprobaron el texto, como comprensivo de los diez puntos que constituían su pie forzado. Seguidamente, de manera afectadamente solemne, me dirigí a ellos, más o menos, de la siguiente manera:



                           La validación de los experimentos científicos ha de hacerse por técnicos imparciales, al menos, de dos procedencias independientes entre sí. No obstante, mi confianza en ustedes es tan grande, que estoy dispuesto a renunciar a tales ventajas y que sean mis jueces las mismas personas que fijaron las diez condiciones que habría de cumplir la prueba. Ahora bien, esta benevolencia tiene como contrapartida la de hacerles trabajar a ustedes un poco más de lo habitual. No les daré el nombre y apellidos del político real a comparar con el imaginario, sino sólo su fotografía y el dato de que su nombre es prácticamente desconocido. Ustedes me concedieron dos semanas para completar mi trabajo. Yo sólo les daré dos días para cumplir con el suyo, ya que no precisan usar del cerebro, sino sólo de la informática.



                           Así dije y así concluyo mi relato, pues no pienso dar a los lectores más facilidades que a mis alumnos. Después de todo, y pese a todo, los quiero a ellos más que a la mayoría de ustedes. Sólo les haré una pequeña gracia, consistente en insertar una fotografía, cuyo fondo es mucho más ilustrativo que el de la que yo entregué en su día a los estudiantes. Al final del relato la encontrarán.





                          Seguro que no les cuesta ningún trabajo dar con la identidad del personaje. Tan es así, que me replicarán: ¿Cómo dice este necio que su nombre es prácticamente desconocido?



                           Pues no soy tan necio como ustedes pueden creer. Si indagan en la biografía del gran político, aunque sólo sea un poquito, hallarán el porqué.


                      viernes, 1 de julio de 2011

                      TRES ENCUENTROS



                      Tres encuentros



                      Por Federico Bello Landrove



                           De este relato, podría decir, como de El censor y la palabra, que cierra cronológicamente la referencia bélica, más acá en el tiempo, pero con base en el terrible daño que la Guerra y su pervivencia en los corazones causó en una generación que empezaba a vivir, crear y amar. Es casi un cuento de amor, del amor que, como en la parábola evangélica del sembrador, cayó entre zarzas; y es que, muchísimos de los llamados adultos responsables, convirtieron entonces a España en un cardal.







                      Mil novecientos cuarenta y tres



                                En la ciudad de Valladolid, se vivía una curiosa coeducación por motivo de penuria inmobiliaria: los respectivos Institutos masculino y femenino habían de compartir el mismo edificio, aunque en horarios separados de mañana y tarde. Como en ciertos países lo provisional es lo que más dura, tal situación se prolongó durante unos treinta años, a contar desde la guerra civil. Pero, si dejamos constancia de este hecho, es por la influencia que tuvo en que se conocieran Isabel y Ricardo, gracias a un intercambio de notas depositadas en el buzón del pupitre que ambos compartían en momentos diversos, en la clase de Historia. Y no es que los chicos (dieciséis años él, casi quince ella) fueran unos lanzados. De hecho, Ricardo era un estudiante formal y aplicado, que necesitó tres misivas muy convincentes para lograr contestación de su destinataria, con la consiguiente cita a ciegas. Y, en lo que concierne a Isabel, era una jovencita tímida y sin experiencia en estas lides. Así pues, echemos la culpa al destino de sus atrevidas decisiones.



                           Cuando, tras cuidadosa planificación, el encuentro tuvo lugar al fin, los mozos descubrieron que ya se conocían de vista. Sus respectivas viviendas estaban próximas, entre sí y al parque más frecuentado por la juventud local. Ricardo tenía la imagen de una casi niña, morena, de cara dulce y pequeña estatura, acompañada de dos presuntas hermanas mayores, aún más bajas que ella, y de una imponente señora de pelo entrecano y luto riguroso, sin duda, la madre de todas ellas. E Isabel creía identificar en su acompañante al chico espigado y sonriente que, en unión de otros tales, cargaba con mochila, correaje e impoluto uniforme azul mahón, rumbo a los heroicos fines de semana y campamentos que el Frente de Juventudes programaba para la sana y bien adoctrinada muchachada de espíritu imperial.



                           La primera tarde no fue especialmente brillante. Cuando menos, la pareja rompió el hielo con un paseo por el Campo Grande y un helado de tutti frutti en el Salón Ideal. Ricardo no dominaba la situación tanto como le habría gustado, pero valoraba la cortesía y correctas proporciones de su acompañante. Esta, por su parte, agradecía dulcemente el interés de Ricardo por su modesta personita y sentía, por primera vez en su vida, que el silencio no tiene que vivirse siempre como falta de comunicación. En fin, repasados a fondo los socorridos temas académicos de sus respectivos sexto y cuarto cursos, y agotados los helados y lugares habituales de honesto paseo por el parque, Isabelita sugirió una razonable retirada, antes que sus amigas habituales recelaran por su excesiva tardanza. La despedida tuvo lugar en el terreno neutral de los límites del Campo con la transitada Acera de Recoletos. Ricardo preguntó, con muestras de vivo interés:



                      -          ¿Lo has pasado bien?

                      -          Claro que sí, pero tengo que ver a mis amigas y hacer los problemas de matemáticas para el lunes.

                      -          Entonces, ¿quedamos el próximo sábado por la tarde, a la misma hora?

                      -          Si tú quieres y no tienes otras cosas que hacer…

                      -          Creo que tenemos reunión de centuria en el Pinar, pero será el domingo por la mañana.

                      -          Entonces, hasta el sábado, y gracias.



                           Ricardo se quedó rumiando la cortesía final de la jovencita. La verdad es que no era corriente que las chicas agradecieran la atención de los muchachos sino, aparentemente, todo lo contrario. Y, mientras veía alejarse a Isabel, sentía que le había entrado un poquito por los ojos pero, sobre todo, que había acelerado los latidos de su corazón.



                      ***



                           Más allá de que el sueño fuera sustituido parcialmente por el ensueño, Isabel no experimentó ningún otro de los síntomas que ella había leído acompañaban al amor. Estudiaba con provecho y atención; no rompía la vajilla al poner la mesa ni al fregarla y –lo que era aún más importante- nadie en su familia parecía adivinar el inicio de un romance. Eso sí, estaba mucho más locuaz que de costumbre y miraba con más franqueza y aplomo al resto de las mujeres de la familia. Su hermana mayor, Ana, había logrado con notable esfuerzo económico terminar la carrera de Filosofía y Letras y había empezado a ejercer su fuerte carácter y su más fuerte conocimiento de lenguas clásicas como profesora en un colegio de religiosas. A Brígida, la mediana, simpática y nerviosa, la había sorprendido la guerra civil terminando el bachillerato y no había tenido otra opción que la de colocarse de oficinista en una empresa local de venta al mayor de coloniales. Gracias a esos dos sueldecitos, doña Amparo, la matriarca, había podido pagar sus deudas por “responsabilidades políticas” y cuadrar la economía doméstica, junto con la modesta pensión de su difunto esposo, sin necesidad de mantener la penosa actividad de acogida de huéspedes en su semivacío caserón. En tal escenario, Isabel tenía, por ahora, muy poco papel y aún  no sabía el que había de depararle el futuro. Su madre, severa y todavía con ínfulas de gran señora, le había comentado las navidades pasadas:



                      -          Isabelita, aplícate mucho este curso y saca todas las asignaturas en junio. Si es así, tal vez podamos darte la carrera de magisterio. Si no, tendrás que dedicarte a la casa, pues yo ya voy estando muy cascada y tus hermanas bastante hacen con trabajar fuera.

                      -          ¿Y no podríamos tener alguna chica que nos ayudara, como doña Mary, la de abajo?

                      -          Pero niña, ¿tú sabes cómo se ha puesto el servicio? Y, además, no quiero tener a nadie en casa fisgando y sisando, como suelen hacer las sirvientas jóvenes de ahora.



                           En fin, que el futuro se presentaba dudoso para la niña, en parte, por llevarse tantos años con sus hermanas y, también, por la dependencia material que ellas y la madre empezaban a tener de sus dotes innatas de limpieza y disposición para la cocina. No hay bien que por mal no venga.



                      ***



                           Al sábado siguiente, las cosas pintaron mucho mejor para Ricardo e Isabel. Aquel hablaba y hablaba, animado por la atención que le prestaba su amiga, mucho más inclinada a escuchar. Sustituyeron los helados por chocolatinas y se atrevieron a sentarse en un banco en la frondosa zona de la Pérgola. El tiempo pasaba muy aprisa y los temas de conversación eran de lo más variado. A eso de las seis de la tarde, se suscitó el de las familias respectivas:



                      -          Así que tienes madre y dos hermanas –dijo Ricardo-. ¿No hay hombres en vuestra casa?

                      -          No, repuso Isabel. Mi padre, que era empleado de Hacienda, murió cuando yo tenía cinco años. Y a mi hermano mayor, Fernando, lo mataron a poco de empezar la guerra.

                      -          ¿En el frente? También un hermano mío murió en el Alto del León.

                      -          No, no. Lo fusilaron. Estaba estudiando Derecho y creo que tenía ideas socialistas.

                      -          ¡Qué burrada!  A mi padre lo metieron en la cárcel antes de la guerra, por falangista. Menos mal que fue aquí, en Valladolid, y le soltaron cuando empezó el Movimiento.



                           Por unos momentos, los dos quedaron en silencio, con la mirada perdida en el triste pasado, todavía reciente, aunque para ellos más contado que vivido. Por fin, Ricardo dijo unas palabras que se le quedaron grabadas para siempre a su compañera:



                      -          Isabel, ¿tú crees que nos dejarán en paz? Mi padre dice que todavía hay mucho que hacer.

                      -          No sé, Ricardo. A mí la política no me importa ni la entiendo.

                      -          A nosotros, en el Frente de Juventudes, nos explican muchas cosas, pero a mí lo que más me gusta es ir de acampada con los amigos. Bueno, me gusta más estar contigo y estudiar Ciencias Naturales.

                      -          ¡No me digas que te agradan los bichos!

                      -          Me interesa más el estudio del cuerpo humano. Dice mi hermano Alfredo que voy para médico.



                           Y así fue transcurriendo la tarde, hasta la hora en que Isabelita fue a decir hola y adiós a sus sorprendidas amigas. Antes de despedirse, notó que Ricardo trataba de cogerle la mano. Ella no supo qué hacer.



                      ***



                           Tres sábados y dos besos después, doña Amparo estaba esperando a Isabelita. Ambas pasaron al salón de la casa –algo insólito- y la madre estalló:



                      -          Pero, bueno, niña. ¿Te parece bonito mentirme, diciendo que vas con las amigas, y luego irte por ahí con un chico?

                      -          Perdona, mamá. Tienes razón en lo de que está feo no haberte dicho la verdad, pero se trata de un buen muchacho, que estudia en el Instituto y sólo hemos salido un par de veces.

                      -          ¿No te he dicho que debes olvidarte de todo lo demás y dedicarte a sacar el curso? ¿No sabes el esfuerzo que yo y tus hermanas estamos haciendo para darte estudios?

                      -          Lo sé y me estoy aplicando mucho. De hecho, soy la tercera de la clase por notas. Pero también tengo que salir algún día, con las amigas o con algún chico. Ya tengo quince años.



                           Indignada por la resistencia inesperada de su hija, doña Amparo entró a fondo:



                      -          ¿No sabes con quién estás saliendo? Ese chico es de la familia Villar, esos falangistas criminales. ¿Es que no te importa lo que le hicieron a tu hermano?

                      -          ¿A mi hermano?

                      -          Sí, sí. Fueron ellos los que declararon haber visto a Fernando empuñando una pistola y el hermano mayor formó parte del pelotón de fusilamiento en San Isidro.

                      -          ¡Dios mío! –Isabelita estaba a punto de desmayarse-. No tenía ni idea. En todo caso, Ricardo es un buen muchacho y en el treinta y seis era un niño, como yo.

                      -          Niño o no niño, tiene la sangre y las ideas de esos canallas. Te prohíbo que lo vuelvas a ver. Si no, soy capaz de encerrarte hasta que te olvides incluso de su nombre.



                           Isabel se retiró a su habitación, con el corazón encogido y la mente en blanco. Le parecía estar viviendo una pesadilla, pero sus lágrimas y los ecos de la voz de su madre eran bien reales. No salió a cenar ni nadie la llamó para ello. No obstante, al cabo de un  buen rato, Ana y Brígida aparecieron por su cuarto. Mientras esta se fundió con Isabel en un interminable abrazo sembrado de caricias, Ana fue a lo práctico, diciendo –como siempre- lo justo:



                      -          Isabelita, tienes que obedecer en todo a mamá, te guste o no. Lo primero es que te calmes y tengas una explicación con ese chico. Luego, a acabar el curso y ya veremos. Si de verdad te interesa, y tú a él, por esperar un tiempo no va a pasar nada, que sois un par de críos.



                      ***



                           Propiciada y controlada por Brígida, la despedida de Ricardo e Isabel fue más fácil de lo que esta suponía. El muchacho había sido puesto al corriente de lo sustancial por la hermana mediana, que se había hecho la encontradiza en la calle. Por su parte, Ricardo, indignado y deprimido a su vez, había tenido confesión con su madre, como siempre que realmente le importaba recibir consuelo y consejo:



                      -          Hijo, hay que comprender la postura de la madre de Isabel. Al menos, tu hermano Miguel murió con las armas en la mano y, aún así, yo no puedo perdonar a quienes lo mataron. Pero eso no quiere decir que nosotros seamos unos criminales, ni que el odio tenga que ser eterno. Al hermano de esa chica lo condenaron a muerte en un juicio y sus motivos habría. Quiénes ejecutaran la sentencia, no tiene importancia. Y ni tú ni ella sois responsables de nada. Da tiempo al tiempo y, si os seguís queriendo cuando seáis mayores, nadie podrá impedir vuestra unión. De todas formas, tú eres un chico guapo, listo y con futuro y, por lo que yo sé, Isabel no es nada extraordinario. Más vale que te des un respiro, no tanto por lo que diga su madre, cuanto por confirmar tus sentimientos. Y, por supuesto, que no la agobies ni la presiones: Con eso, sólo la harías sufrir y vacilar en su afecto hacia ti. ¿Me comprendes?



                           Ricardo había comprendido. Su mamá sabía tocar siempre la cuerda exacta. El tiempo y las acampadas bajo los luceros harían el resto. Pero las familias solían ayudar a las estrellas a la hora de decidir por los adolescentes, ayudándoles por su bien. Así que, aprobado el curso, Isabelita fue enviada a La Coruña, a casa de su tío Ernesto, afamado anticuario, hermano de su madre. Se trataba de pasar con él el verano; un verano que duró dos años. Ignorando, por supuesto, que el estío fuera a ser tan largo, Ricardo e Isabel coincidieron en la Acera de Recoletos un día de finales de junio y, pese a la tensión y las vacilaciones, él la abordó y dijo:



                      -          ¿Has aprobado todo el curso?

                      -          Sí, y dentro de unos días marcho para La Coruña, a pasar las vacaciones.

                      -          Yo también he aprobado todo, pero todavía no tengo planes, aparte del mes de campamento en Santander.



                           Embarazoso silencio.



                      -          Bueno, me voy, que he quedado con mi madre para hacer unas compras.

                      -          Adiós, Ricardo.

                      -          Hasta la vista, Isabel.



                           Isabel, tan detallista ella, pensó que, hasta que se vieran, no habría estado mal que él le hubiera pedido su dirección de La Coruña para mandarle alguna carta. ¿O tal vez debió dársela ella espontáneamente? Sí, eso es lo que haría, tan pronto lo viera. Pero, para que tal cosa aconteciera, hubieron de pasar más de veinte años.





                      Mil novecientos sesenta y cuatro



                           En el cuarto de estar del caserón de las Copín, se desarrollaba una tensa discusión, a propósito del deseo de Isabelita de tener su primera semana de vacaciones en solitario, al cabo de tantísimos años de ejercer de ama de casa y cuidadora de su madre. Las interlocutoras nos son ya conocidas, pese a que el tiempo no pasa en vano. El caserón, en cambio, lucía deslumbrante, con su ajuar de antigüedades de todo tipo y calidad, heredadas del tío Ernesto. Cuadros y figuras, muebles y miniaturas, armarios y vitrinas, convertían la vivienda en un verdadero museo, en el que no faltaba ni el consabido retrato atribuido a Goya. Muchas veces había pensado Isabelita si no hubiera sido mejor ir vendiendo tan abundante acervo y permitirse algunos pequeños placeres, como el de tener una asistenta; pero pronto volvía a la realidad de la gamuza y el plumero. En fin, la susodicha conversación tirante estaba llegando a su fin, con la voz cantante de mamá y de Ana, como era habitual:



                      -          Mira, mamá, no se hable más. Yo me comprometo a hacer la comida y la limpieza, y Brígida hará la compra y te sacará de paseo. Las dos estamos de vacaciones y no tenemos otra cosa que hacer.

                      -          Pero tú tienes las clases particulares y cocinas muy mal…

                      -          Tengo tiempo para todo y no creo que por una semana te vayan a producir mis comidas úlcera de estómago.

                      -          ¿Y por qué no voy a poder ir yo también con Isabelita al viaje?

                      -          Esa sí que es buena, mamá. A tus años y con tus creencias, viajando a Roma a ver al Papa. ¿Y tus piernas? ¿Cómo te las ibas a arreglar para subir y bajar del autobús y cargar con la maleta?



                           La polémica acabó con el triunfo del bando filial. Días más tarde, Isabelita tomaba el autobús con destino a Roma, en unión de otras cincuenta personas, feligreses todos de su parroquia de los Capuchinos. A ella no le emocionaba la idea de ser recibida en audiencia por Su Santidad y, desde luego, le traían al fresco los supuestos Veinticinco Años de Paz, campaña que financiaba parcialmente el viaje. Se trataba de contemplar la Ciudad Eterna antes de cumplir los cuarenta. Después de todo, su único devaneo de los últimos veinte años se había producido con un mercero al que había conocido en un viaje a Salamanca con Brígida. Claro está que, una vez en Valladolid, las atenciones y esperas de su enamorado habían empezado a resultarle embarazosas y hasta cargantes. No obstante, la posibilidad de formar su propia familia llevaba camino de superar la falta de amor, hasta que su madre sufrió –o lo aparentó- una angina de pecho y la propia Ana, tan seria y comedida, había hecho uso de una demoledora ironía:



                      -          Hija, Isabel, muy enamorada debes de estar para cambiar una exposición de antigüedades por una mercería. Claro que puede ser muy divertido cantar a las clientas las excelencias de las medias de nylon.



                           En fin, como Isabelita no estaba enamorada, decidió dejar la venta de medias para otro momento.



                      ***



                           A la audiencia papal, los romeros fueron acompañados por el agregado cultural de la embajada española ante el Vaticano. Isabelita, por razón de estatura, se procuró un puesto de vanguardia a base de leves empujones y suaves codazos, suficientes para deslizar su breve anatomía por casi inapreciables entresijos. La verdad es que se conservaba esbelta y juvenil pero, a fin de cuentas, se conservaba.



                           La ceremonia se celebró como suele, entre la emoción  y la curiosidad. Isabel, sin embargo, apenas se fijó en el níveo y espiritual Pablo VI, sino en el caballero embutido en un impecable frac que hizo la presentación del grupo de peregrinos y cantó muy brevemente las excelencias de la paz y la religiosidad que se vivían en España. Y es que nuestra amiga se había percatado de que el diplomático no era otro que el Ricardo de su adolescencia, aunque con gafas, incipientes canas y unos cuantos kilos más.



                           Concluida la audiencia, Isabelita –aún con un asomo de duda acerca de la identidad del caballero- se acercó a este por detrás y, en voz baja, dijo:



                      -          ¿Señor Villar?

                      -          ¿Sí?



                           Ricardo se volvió y quedó estupefacto, al ver ante él a la dulce alegoría de su pasado. Reconoció inmediatamente a Isabel, la cogió de la mano y le estampó dos sonoros besos en las mejillas, aprovechando el barullo y la aglomeración. Luego, apresuradamente, le susurró casi al oído:



                      -          Tengo que acompañar a los Gobernadores Civiles que han venido  con la delegación de Andalucía. Dime en qué hotel te hospedas y te llamo a la hora de comer.



                           A eso de las cuatro y media, Ricardo, vestido de manera informal y con su mejor sonrisa, se presentaba en la recepción del hotel Terme Romane, donde ya le esperaba Isabelita, con el corazón a cien y su bello vestido de la audiencia papal recién planchado para la ocasión. El pelo recogido en cola de caballo, el collar de perlas auténticas, los zapatos de más tacón del equipaje y unas gotas de Maderas de Oriente completaban el aderezo. Ricardo encajó el golpe pues, después de mirarla de arriba abajo, le dijo con emoción:



                      -          Chica, estás preciosa, tal y como yo te recordaba. Sólo que has cambiado de peinado.



                           Bien empezaba, pues, la tarde y mejor continuó. Comprendiendo que Isabel estaría un poco harta de monumentos, Ricardo la llevó a los jardines de Villa Borghese y allí, entre fuentes, estatuas y maravillosas vistas de la Ciudad, repasaron veinte años de recuerdos compartidos y de personales vivencias. Las del agregado cultural eran las más movidas, aunque vulgares, después de todo. Concluido el bachillerato, sus padres le habían enviado a Madrid, a estudiar Derecho y Filosofía y Letras (al parecer, su incipiente vocación médica tenía poco predicamento entre los gerifaltes del Régimen). Había sacado las oposiciones a Cátedras de Historia de Enseñanza Media -¡oh duendes del aula del Instituto!-, aunque nunca había ejercido como profesor. Se casó con una hija del Subsecretario de Comercio, a quien había conocido en una recepción en la embajada argentina, y con la que tenía dos hijos, de once y nueve años. No había sido un  matrimonio de conveniencia, pero el caso es que no se llevaban bien desde hacía tiempo y él, después de dar algunos tumbos por los aledaños del poder, había solicitado la plaza de agregado cultural de embajada, para librarse de la constancia en la vida de familia y de lo que, sin ambages, reconocía como ese asfixiante tufo de revolución pendiente y posguerra eterna, que seguía viviéndose en España. En fin, tras un par de años, nada menos que en Ankara, llevaba ahora uno en el Vaticano, gracias a la chiripa de haber seguido unos cursos de teología en la Pontificia y a la recomendación del arzobispo de Valladolid. Y ahora, a sus treinta y siete añitos, vivía el día a día, sin tener nada claro su futuro, ni familiar, ni profesional. Todo lo tengo confuso, menos la decepción política y el daño que te hice, no volviendo a ocuparme de ti, concluyó Ricardo.



                      -          ¡Oh, por eso no te inquietes!, respondió Isabel. Lo nuestro eran cosas de chiquillos y seguro que lo habríamos pasado muy mal, con nuestros padres en contra. Es cierto que yo no me he casado y que, por lo que dices, tú no has acertado en tu matrimonio; pero nada de eso estaba escrito en nuestra ruptura. Y, después de todo, tú tienes a tus hijos y yo lleno mi vida cuidando de mi madre y de mis hermanas.

                      -          ¡Qué conformista eres, querida Isabel! A mí me siguen llevando los demonios cuando recuerdo el daño que nos hicieron, por no respetar mínimamente nuestra personalidad y nuestra inocencia. Y tienes razón en lo mío, pero permíteme dudar de que tu soltería no haya tenido nada que ver con la tremenda presión que siempre ejerció sobre ti tu madre.

                      -          Bah, dejemos lo que pudo ser y no fue, y pasemos una buena tarde. Después de todo, también nosotros tuvimos algo de culpa, no luchando con constancia por nuestro futuro juntos. Yo creo que hubiéramos podido ser felices pero, ¿quién sabe? A lo mejor, si hubieras estado casado conmigo, habrías pedido la agregación cultural en Buenos Aires, como más cerca. ¿Sabes que yo estuve a punto de decir que sí al dueño de una mercería de la Fuente Dorada?



                           Ricardo se echó a reír y concluyó el repaso al pasado con estas palabras:



                      -          Touché, Isabelita. Olvidemos frustraciones y mercerías y aprovechemos esta maravillosa casualidad. ¿Cuántos días os vais a quedar en Roma?

                      -          Me temo, Ricardo, que tenemos sólo esta tarde, pues mañana salimos para Florencia, iniciando ya el regreso a España.

                      -          Bueno, la noche romana es maravillosa, y –como diría Bogart- este puede ser el principio de una buena amistad. Por cierto, ¿seguís viviendo en la misma casa en Valladolid?

                      -          Así es. ¿Recuerdas las señas?

                      -          Por supuesto. Incluso, alguna vez que he ido por allí, he pasado intencionadamente por delante del portal y me ha dado un vuelco el corazón.

                      -          Lástima no haberme percatado. Habría bajado a darte una tacita de tila, bromeó Isabel, entre inocente e irónica.



                           Ricardo rió. La chica –ahora, mujer- seguía siendo dulce, pero había adquirido un sentido del humor que él desconocía.



                      ***



                           Cenaron en un restaurante típico del Trastévere y Ricardo se empeñó en tomar un coche de caballos hasta el hotel. El conjunto de Roma, la noche y el cariño iba produciendo efecto por momentos. Dejaron el vehículo ante las Termas de Caracalla y recorrieron el tramo final paseando, cogidos de la mano y besándose tiernamente. Aunque sacaron al trayecto el partido posible, todo camino tiene final y el hotel apareció ante ellos, macizo y con algunos compañeros de excursión a la puerta, lo que aconsejó a Isabel deshacerse con suavidad de los lazos de Ricardo. Este parecía no encontrar el momento de despedirse; así que ella le dio un beso de cortesía y entró en la recepción. Desdramatizó todo lo posible y dijo:



                      -          Bueno, Ricardo, ya sabes dónde me tienes. He pasado un día maravilloso, que me ha compensado de muchas cosas. Te deseo lo mejor y, por favor, no dejes de escribirme alguna vez, para que pueda saber de ti sin necesidad de esperar veintiún años.

                      -          Escribirte, irte a ver y lo que haga falta. Esta vez no te me escapas. Y ya no somos los chiquillos de antaño: ahora sabemos lo que queremos y cómo conseguirlo.

                      -          ¿Estás seguro? En fin, querido, cuídate y no te olvides de mandarme las fotos que nos hicimos en el parque y el restaurante.

                      -          Descuida. Que tengas buen viaje. Hasta pronto. Te quiero.



                           Isabel, por muchos motivos, se alejó un tanto precipitadamente. Por ello, apenas acertó a escuchar las dos últimas palabras de Ricardo. En cambio, el padre Cebreros, párroco de los Capuchinos, las oyó perfectamente y, muy sorprendido, miró a Isabelita. Esta, como un tomate, se metió en el ascensor, sin pedir siquiera al recepcionista la llave de su habitación.



                           Una hora más tarde, ya en la cama y soñando despierta, Isabelita creyó escuchar unos toques en la puerta de la habitación. Prestó atención. Sí, no había duda. Seguro que sería Amalia, su compañera de asiento en el autocar, para pedirle el dentífrico, como otras veces. Por más que ya era la una y mañana –bueno, hoy- había que madrugar. En fin, se levantó, fue al baño y cogió la pasta dental. Se encaminaba hacia la puerta, cuando volvió a oír el golpeteo y la voz de Ricardo, que decía “Isabel, por favor, abre”. Ella se quedó de piedra y, durante los segundos más largos de su vida, pensó la decisión y la respuesta:



                      -          Isabel, ábreme.

                      -          Estás loco, Ricardo. Vete o llamo a recepción.

                      -          Abre. No me iré con un no por respuesta.

                      -          Claro que te irás. No pretenderás arruinar este día tan feliz.

                      -          Pero, ¿es que no me quieres? ¿No te atraigo?

                      -          Por eso mismo no voy a abrirte. ¿O es que crees que nuestro amor es cosa de una noche, de aquí te pillo y aquí te mato?



                           Nuevos segundos interminables de silencio y, por fin, unos pasos que se iban alejando. Isabel fue lentamente hacia su cama y, como volviendo en sí de forma repentina, se arrojó sobre ella y se echó a llorar.



                      ***



                           A la mañana siguiente, la signorina tenía en el casillero de recepción una nota de Ricardo, malamente legible, que decía así:



                           Queridísima: Perdona mi atrevimiento, fruto, no sólo de la pasión, sino del justo deseo de gozar –aunque un tanto precipitadamente- de lo que el destino y nuestras familias nos negaron. Pero tienes razón: vivamos el momento y dejemos abierto el futuro. Aún somos jóvenes y no nos ata otro pasado que el de los momentos vividos en el Campo Grande. Hasta muy pronto. Con todo mi amor, R.



                           Isabelita –que se había pasado toda la noche dudando si había hecho lo acertado o, simplemente, lo correcto- sonrió con cierta amargura. “El pasado no nos ata”: Este Ricardo vivirá en Roma pero está en Babia. Releyó la nota y se echó a reír: firmada R., como las del instituto. ¡Otra más para la colección que conservaba entre las páginas de las matemáticas de cuarto curso de Rey Pastor!  Guardó la octavilla en el bolso, recogió la maleta y salió rumbo al autocar. El padre Cebreros la saludó con una sonrisa pícara. Isabel le devolvió el saludo y mantuvo la mirada. Después de todo, no tenía de qué avergonzarse.







                      Mil novecientos setenta y siete



                            Ana llegó casi corriendo a su nueva casa, en el Paseo de Zorrilla, y a voz en grito convocó a sus hermanas. Era mediodía de una jornada vacacional de Semana Santa. Corría el primer año de la Transición.



                      -          ¡Brígida! ¡Isabelita! ¿Sabéis lo que pasa en la Plaza Mayor? ¡Corred, id a verlo!

                      -          ¿Pero de qué se trata? Ni que hubieran aterrizado los marcianos.

                      -          ¡Mucho mejor! ¡Han quitado el yugo y las flechas de la fachada del Ayuntamiento! ¡Dios mío!, si mamá hubiera podido vivir este momento.



                           Las tres hermanas, sobrecogidas de emoción y por los gritos de la mayor, guardaron un respetuoso silencio. Mucha agua había tenido que correr bajo los puentes del Pisuerga para que hubieran retirado de la torre del reloj consistorial aquel emblema de partidismo y opresión. Para muchos, pasaba ya desapercibido, después de tantos años de presencia y falta de pintura. Pero para las Copín, y para tantos otros, era un símbolo lleno de ominoso significado. Doña Amparo, al pasar frente a él, volvía ostensiblemente la mirada hacia la acera opuesta, con tanta energía que un día le gastó una broma su hija Brígida:



                      -          Pero mamá, no gires la cabeza con tanta fuerza, que te va a dar tortícolis. ¡Y mira que si te da hacia la derecha!



                           La mirada de su madre la traspasó. Tal vez por eso, la mediana fue la primera en romper el silencio reverencial del momento:



                      -          Y hace cuarenta años, casi día por día, que condenaron a muerte a Quintana. ¡Ojalá pudiera ver ahora su Ayuntamiento limpio de mierda.

                      -          Voy a hacer unas llamadas a los amigos para que disfruten, si no se han percatado todavía –dijo Ana-.



                           Isabelita no comentó nada. Simplemente, se vistió, cogió la cámara de fotos y se plantó en un santiamén en la Plaza Mayor. Había que inmortalizar el gran día. Enfocó, con el Conde Ansúrez a la izquierda, la torre limpia y disparó. El último disparo de la guerra incivil. Así tenían que haber sido todos, musitó. Algunos transeúntes la miraron, curiosos.



                           Se  disponía a regresar a su museo doméstico cuando, en la iniciación de la calle Santiago, se dio de manos a boca con Ricardo.



                           Como sabemos, habían transcurrido trece años desde su encuentro de Roma. Desde entonces, diez o doce cartas del galán, tan seguidas y apasionadas, que a Isabel le dieron miedo. Bueno, la verdad es que, en un principio, decidió prudentemente demorar la contestación para probar la profundidad de los sentimientos de su amado, a través del tan femenino contraste de la insistencia. Luego, reemplazando la táctica por la estrategia, empezó a imaginar lo que sería su vida junto a un hombre sin posibilidad legal de divorcio; en las consecuencias para sus hijos, y, no en último lugar, en la inevitable ruptura para ella de una vida familiar, que había llegado a parecerle sólida y reconfortante. ¡Hasta había accedido mamá a contratar una asistenta tres veces por semana, cuando ella cumplió los cuarenta y aparecieron los primeros síntomas de artritis! En fin, de hoy para mañana, fue aplazando la contestación, aunque bien sabía que eso no era, ni equilibrado, ni correcto. Así es que, al cabo de medio año, Ricardo dejó de escribir, bien es verdad que sin un reproche, ni una formal despedida. Todavía recordaba las últimas palabras de la carta del 23 de diciembre de 1964, ya desde Madrid: ¡Ah!, y te deseo –os deseo- unas felices navidades y un año 1965 mejor que el anterior. Para mí, dudo que sea así pero, en fin, siempre nos quedará Roma, que diría Alberto Sordi. Con todo mi amor, Ricardo Corazón de Palomo. Será por aquello de la fidelidad, pensó a la sazón Isabelita, antes de guardar la carta en la caja de dulce de membrillo, en lo alto de su armario ropero. La verdad es que los libros de Rey Pastor  ya no daban para más.



                      ***



                           Isabel le fue contando su safari fotográfico, mientras se encaminaban a tomar un café en Maga, a pocos metros del punto de su encuentro. Ricardo volvió la cabeza mecánicamente para comprobar la desaparición del recuerdo falangista y, con un resto de humor, comentó:



                      -          ¡Qué detalle! Menos mal que todavía quedamos algunos que sabemos apreciarlo.



                           Sentados frente a frente, la dulce Copín pudo percatarse con dolor y ternura de los estragos del tiempo en el profesor Villar, tanto más visibles cuando se quitó las grandes gafas de sol. Pero había algo más: su mirada era triste; su voz, fatigada; su cabello, débil y ralo. Al sentarse, se hundió en el sillón y la cabeza marcó un signo inequívoco de notable encorvamiento.



                           Isabel sentía necesidad de explicarse por su silencio epistolar. Con total sinceridad, le reveló las razones que ya conocemos y algunas otras que respetaremos por mor de la intimidad. Los ojos de Ricardo transmitían nostalgia, pero seguía con ciertas ausencias la conversación y no parecía mostrar mucho interés por la apariencia de su querida amiga, ciertamente en el límite de la cincuentena, pero un poco más redondita y “de buen ver”, como le decía el bruto de Carlos, su médico de cabecera, cuando ella le relataba sus múltiples síntomas y achaques.



                           Aunque era cada vez más locuaz y menos tímida, no pudo por menos de concluir con cierta rapidez su explicación. Ricardo le preguntó cortésmente por su madre y hermanas, dándole el pésame por la muerte de aquella, con aparente sinceridad. También se mostró interesado por saber de su salud y le aconsejó controlar al máximo sus pequeñas dolencias, abandonando preocupaciones y trabajos.



                           Hizo ademán de mirar la hora, revolviéndose en su asiento. Isabel aún intentó la aproximación a su amado, preguntándole por su familia y ocupaciones. Ricardo fue casi telegráfico. Se había separado judicialmente de su mujer, tan pronto el segundo de sus hijos alcanzó la mayoría de edad. El mayor había hecho Medicina –por fin, un Villar médico-. El pequeño estaba acabando Derecho y le había salido “comunista o poco menos”. Su padre había fallecido años atrás (afortunadamente para él, viendo todavía el yugo y las flechas en las fachadas de los edificios públicos). Su madre estaba “como una chiquilla” y vivía con su hermano Alfredo en Valencia.



                      -          ¿Y tú? ¿Qué haces ahora?

                      -          Pues aquí me tienes. Desde que se me acabaron las agregadurías culturales y demás prebendas políticas, ejerzo como profesor de Historia en Cuenca. No debo de ser muy malo porque me apodan Jenofonte. No sabes lo difícil que está empezando a ser el dar clase. En nuestra época hacíamos –o hacían- lo que nos permitían los profesores sin carácter; pero ahora, hay Institutos en que para impartir las clases hay que entrar con casco y porra. ¡Qué país, o qué humanidad: no hay manera de dar con el término medio!



                           Agotado por la parrafada y el énfasis, Ricardo cayó en una plácida languidez. Isabel no pudo menos de preguntarle:



                      -          ¿Te pasa algo, Ricardo? ¿Quieres que salgamos, si te molesta la gente, o el humo?

                      -          No, no, querida. No es nada. Sólo que, de algún tiempo a esta parte, me canso mucho. Hasta he tenido que pedir en el trabajo una licencia por enfermedad.

                      -          Luego, ¿estás enfermo de cuidado?

                      -          El corazón. Pero no es nada grave. Un poco de reposo y a seguir. Ya sabes que tengo un corazón muy constante, aunque algunas se hayan empeñado en rompérmelo.



                           Isabelita no pudo más. Intuyendo algo grave, o jugándose la vida a una carta, dijo:



                      -          Ricardo: me he pasado la vida arrepintiéndome. Que si debí enfrentarme a mi madre; que si debí aceptarte en Roma; que si debería haber contestado a tus cartas, aunque sólo fuera para moderar tus ímpetus y atar cabos de amistad y de ayuda. Esto es demasiado. Tú me necesitas y siempre has sido el hombre de mi vida. Quédate en Valladolid o déjame que te acompañe a Cuenca, o donde quiera que vayas.



                           Ricardo tomó su mano derecha, la besó y repuso:



                      -          Gracias, querida, pero ya es demasiado tarde; no para ti, pero sí para mí. Después de todo, el pasado sí nos ha atado, aunque, en una última jugada favorable, me hayas dado la mayor satisfacción el mismo día en que ese maldito tiempo de cólera parece haber quedado atrás.



                           Se levantó con un resto de fuerza, depositó en la mesa el dinero de las consumiciones, dio un beso en la frente a Isabel e, irguiendo orgullosamente su frágil anatomía, salió a la calle y se perdió entre la gente.



                      ***



                           Una semana más tarde, El Norte de Castilla traía la esquela de Ricardo Villar. Isabelita, sin informar de ello a sus hermanas, asistió al funeral, procurando pasar desapercibida. A la salida, se acercó a uno de los familiares del finado y preguntó:



                      -          ¿Cómo es que Ricardo murió de manera tan repentina? No hace ni una semana que lo vi paseando por la calle.

                      -          Tenía cáncer desde hacía un año. Los médicos lo trataron pero no pudieron hacer nada por él y, en sus últimos momentos, vino a Valladolid, como él decía, a acabar en donde empezó. ¿Lo conocía usted mucho?

                      -          Bastante, aunque mucho menos de lo que hubiera deseado.