viernes, 19 de junio de 2015

EL RETRATO DE YERG NAIROD




El retrato de Yerg Nairod



Por Federico Bello Landrove


     Nunca he sabido bien lo que es un cuento gótico, pero tal vez este lo sea, dado que arranca de un conocidísimo relato de este tipo, que primero fue cuento y luego, novela. A partir de esa fuente de inspiración, discurre por derroteros originales, entre otras cosas, porque son dos personas –mujer y hombre- quienes deciden hacer de la literatura el opio de su espíritu. Y claro, como en la mayoría de esos casos, la cosa no acaba bien para ellos (espero que sí para mis amables lectores).




1.  Autobiografía imaginaria


     La conocí una de esas interminables noches de hospital, cuando el velador se cansa de escrutar el gotero y escuchar la respiración ronca del familiar enfermo. Salí al pasillo y comencé a recorrerlo cansinamente, alargando cada vez más el radio del paseo. Y así, como sin querer, me hallé en la salita de estar, apenas amueblada con un par de mesas, unas sillas minimalistas y un sofá de tres plazas; ¡ah!, y con una estantería para colocar dos docenas de libros, una pila de revistas y los trebejos y el tablero de ajedrez. En alto, una televisión muda con subtítulos pasaba una película de Howard Hawks.


     Eché mano a un fatigado ejemplar en rústica de El enamorado de la Osa Mayor[1] y me marché con él hasta la puerta de la habitación doble en que yacía mi madre. Preocupada por molestar lo menos posible, allegué el sillón a la entrada, de modo que me diera en la falda la luz de neón del corredor, y comencé una desatenta lectura, tan preocupada de controlar a mamá, como de seguir las peripecias de Władek. Y supongo que fue tan original apostadero el que llamó la atención de aquella enferma cuarentona, maciza y de buen ver, que venía pasillo adelante empujando el gotero con una mano y llevando en la otra recado de escribir. Nuestras miradas se cruzaron –ella, centrándose en mi novela, momentáneamente cerrada, con el índice por marca-páginas;  yo, llevando la vista, de su mañanita fucsia de volantes, a su diario rojigualda con grabados geométricos y cierre metálico- y esbozamos un sonreído saludo de buenas noches. Ella siguió el recto sendero hasta la salita y yo acudí a la vera de mamá, alarmada por el agudo silbido amortiguado, que brotaba del cardiógrafo. Y, más o menos así, pasó una hora. Harta de interrumpir la lectura, me dirigí también al minúsculo cuarto de estar, para devolver a su lugar el libro. Allí, arrellanada en el sofá, con el dietario sobre las piernas, la escritora repasaba su contenido, con una cara tal de fruición, que no pude menos de detenerme un instante a contemplarla, antes de continuar con mi propósito. En eso estaba, cuando me sobresalté al escuchar una voz a mi espalda:


-          ¿Qué tal va pasando su madre la noche?

     Su timbre era melodioso, levemente nasal. Contesté:

-          No va mal..., pero ¡qué largo se hace el tiempo!

-          Y que lo diga. Eso que, con la lectura, se siente una más acompañada.

-          Me cuesta trabajo concentrarme en ella. Me va mejor con la música –dije, asomando el pequeño aparato de radio por el bolsillo del chaquetón-.


     Hizo un leve ademán, señalando el asiento a su lado. Acepté y, por unos momentos, no encontramos qué decirnos. Al fin, rompí el silencio:


-          Por lo que veo, a usted le da por la escritura... y en un primoroso libro, además.

-          ¿Le gusta? Lo compré en España, hace un montón de años.


     Me lo ofreció, tras cerrarlo, de modo que lo único que pude husmear es que llevaba escrita bastante más de la mitad, como acreditaban la textura y coloración de su corte. En tanto lo contemplaba, añadió, burlona:


-          Con una encuadernación así, ¿quién se resistiría a llenarlo de palabras?


     Por lo pronto eso fue lo único que supe de ella: enferma, española –su acento también lo delataba- y circunstancial escritora. Me despedí con afecto y retorné con mi madre. De soslayo, al salir, observé que reanudaba la escritura y sus ojos recobraban aquel brillo extático que había sorprendido al entrar.




***


     Como un sobrentendido, volvimos a coincidir todas las noches que duró su convalecencia. De mañana, huía yo de aquel inhóspito hospital, para atender a mi marido e hijos y dormir una larga siesta, que compensara el duermevela nocturno. Ella, entre tanto, se recuperaba de la cirugía e iniciaba el inmisericorde tratamiento que había de complementarla. Según mi hermana Marisa –que hacía la guardia diurna-, recibía frecuentes visitas de tarde, de esas de piedad o de compromiso, pero ninguna de permanencia, ni presuntamente familiar. Es inmigrante y tal vez soltera -me decía-; la frecuentaré por la noche, mientras sigamos por acá.


     No me fue difícil. Todas las noches, cuando descabezábamos el primer sueño, acudíamos a la salita de costumbre y, quien con el libro, quien con el diario, nos hacíamos compañía durante un buen rato. Por respetar su intimidad, empecé sentándome a una mesa para que ella disfrutase del sofá, sin riesgo de que le ojease lo escrito, pero pronto insistió en que me sentase a su lado,  para mayor comodidad. Decía:


-          Es una cosa intranscendente, lo primero que escribo; para mí, por supuesto. En algo hay que entretener el insomnio.

-          Pues mucho debes disfrutar, porque pones cara de arrobamiento.


     Se echó a reír de la hipérbole, pero lo acabó reconociendo:


-          Razón tienes, pues combato la soledad y el dolor echando a volar la imaginación por un mundo maravilloso, lleno de amor y felicidad. ¡Nada!, cuanto peor haya sido el día, mejor será lo que escriba de noche; tanto más felices las páginas, cuanto más desdichada haya sido la realidad.

-          ¿Sabes que me parece una buena terapia?

-          No muy distinta de la utilizada por el autor de tu libro, que escribió en la cárcel ese hermoso testimonio de vanagloria y libertad.

-          No lo sabía. A partir de ahora, tendré en mayor estima este texto.


     Por entonces nada más hablamos sobre el tema. Ahora, tantos años transcurridos, he llegado a conocer el secreto de aquel nocturno contrastante. Su contenido está al alcance de todos: ya va –si no me equivoco- por la tercera edición. El trasfondo me fue dado a conocer por una testigo excepcional de la vida panameña de Esperanza Valdés. He aquí sus claves.



***


-          Por las fechas que indicas –me dijo Adela Cifuentes, bibliotecaria de la Facultad de Biología-, tuvo que tratarse de su primera operación.

-          ¡No me digas que se le reprodujo el tumor!

-          Nada tuvo de extraño. Esperanza era muy reacia a ir al médico y, por otro lado, los tratamientos eran mucho menos eficaces que hoy día.


     Esas eran razones poderosas para una recidiva, pero había otras que Adela pasaba por alto, como el elevado coste de un tratamiento puntero y el temor de que una larga ausencia la privase de una cátedra recién ocupada. Mi informadora proseguía:


-          Fue un calvario: extirpaciones, efectos secundarios, recaídas. Sufrió hasta tres intervenciones, por no hablar de una grave fractura de fémur, seguramente debida a la osteoporosis por radiación. No sé de dónde sacó fuerzas para todo aquello. Menos mal que la Universidad se portó generosamente, pues la mantuvo en su plaza y pudo avalar un fuerte préstamo bancario con sus sueldos futuros y la hipoteca de su apartamento.

-          ¿Y su familia? ¿No la ayudó?

-          Los de acá se portaron fatal. Acababa de divorciarse de su marido, abogado, quien no quiso saber nada de ella. Tenían un hijo, que continuó viviendo con él y rompió toda relación con su madre, hasta muchos años después. Y, en lo que respecta a los de España, no quiso informarles de nada y nos prohibió a sus amigos que lo hiciésemos. ¡Menuda era! Nos decía: No les pedí permiso para marchar y vaya si les hice sufrir con mi partida. No es justo que ahora, ya mayores, les haga pechar con las consecuencias.

-          Con razón no venía ningún familiar a verla...

-          ... Ni familiares, ni otros tales. Ella era inteligente y atractiva –como sabes- y no le faltaron amantes; pero lo que se dice pretendientes, solo supe de uno. Era compañero suyo en la Facultad y estuvo enamoradísima de él... El caso es que, a raíz de la enfermedad y todo lo que vino después, la dejó tirada como a una colilla. Yo creo que tan inesperado desengaño la marcó todavía más que el fiasco de su matrimonio.

-          Vaya, vaya. Ya voy viendo que muy rosa tenía que ser la novela que contrarrestase tal cúmulo de desgracias.

-          ¿Novela, dices?  ¡Ah, ya!, te refieres al que ella llamaba mi diario imaginado. Apareció póstumamente y ha tenido mucho éxito, para lo que se estila en este país nuestro. En realidad, la protagonista es ella misma y la peripecia, lo que supone habría acaecido de seguir en España, rodeada de su familia y sus conocidos. Vamos, una continuación lógica y amorosa de cuanto vivió, hasta que conoció allá a su futuro marido panameño, que había ido a estudiar en Salamanca.

-          De modo que paliaba su dolor real, imaginando una vida feliz para ella y los suyos.

-          Bueno, no tan feliz ni edulcorada. Al superar lo peor de sus sufrimientos, fue dejando de escribir el diario y dedicándose a disfrutar de verdad –así decía-. Pero le había entrado el gusanillo de la escritura y creía tener un deber de gratitud hacia aquel hijo espiritual, que tantas horas le había entretenido. Dedicó años a matizarlo, pulirlo y gestionar una edición de postín, ilustrada y todo. Lo que ha resultado está lejos de ser una simple novela romanticona..., pero ¿por qué no lo lees y juzgas por ti misma? Tenemos varios ejemplares aquí, en la Biblioteca.

-          Lo compraré hoy mismo –repliqué-. Considero un deber contribuir a su éxito. Solo lamento que no pueda dedicármelo.

-          Claro. No obstante, lee el ofrecimiento general –concluyó Adela-.


     Tenía razón. El libro era ofrendado a mis compañeros de la noche. Quiero creer que me incluye.


2.  Sorpresa de cumpleaños


-          Como aquel año su aniversario cayó en jueves, decidimos celebrarlo dos días más tarde, para disfrutar de asueto –empezó su relato Adela-. Creo que cumplía cincuenta y cinco pero, en todo caso, fue un periodo de relativa felicidad para ella, con el cáncer controlado, refrenado el corazón y con aquella famosa investigación en marcha. Ya sabes, un estudio sobre los crotópteros[2], que le confió la Universidad Católica.

-          No tenía ni idea, confesé.

-          Fue un trabajo providencial, que le dio fama, dinero y, sobre todo, viajes y contacto con la Naturaleza, tan conveniente para su salud y el olvido de sus cuitas. En fin, a lo que iba; el sábado muy de mañana apareció por mi casa, con su famosa cartera de la mano. Le pregunté en broma si había olvidado que era día festivo pero ella, muy misteriosa, tiró pasillo adelante y no paró hasta dejar sobre la mesa del saloncito un paquete ya abierto, que contenía un montón de folios escritos a máquina, de las de toda la vida. Venían sin título, ni referencia de autor, remitidos por una persona anónima de Madrid, con una escueta nota: Cumpliendo la última voluntad del autor, remito a Vd. el contenido de este paquete. Vamos, que lo único claro era la villa de procedencia y que se trataba del legado de una persona, seguramente recién fallecida.

-          ¡Caramba! Pues sí que era un regalo sorpresa, aunque un poco macabro.

-          Simplemente, mortuorio. Esperanza se empeñó en que lo leyese cuanto antes, pero me puso en antecedentes de manera muy escueta. Recordarás –me dijo- que tengo entre manos, a punto de publicación, mi diario al revés. Pues bien, mira tú por dónde alguien se ha empeñado en que no olvide la triste realidad. He aquí la otra cara de la moneda, mi cruz, por así decir.

-          Supongo que lo leerías de un tirón. ¿Qué impresión sacaste?

-          Me quedé tan asombrada como ya lo estaba mi amiga. El narrador –siempre en tercera persona-, aunque de manera afectuosa hacia la protagonista, contaba su vida panameña con toda suerte de detalles, sin olvidar uno solo de sus sufrimientos y desamores. La técnica –si me permites usar una palabra tan poco adecuada para este caso- era en cierto modo la de una balanza en busca de equilibrio. Cuanto más bajaba el platillo del dolor y la desgracia, más subía el de la personalidad y los logros, y así hasta nivelarse. Cuando la aguja quedaba fija en el fiel, al final del texto, Esperanza –a quien se llamaba en él Elpidia[3]- había sufrido lo que nadie sabe y, por lo mismo, se había transfigurado en una mujer fuerte, plena, superior, capaz de dar cima a una gran labor docente y de alcanzar tal fortaleza y autoestima, que sin las pruebas sufridas habrían resultado imposibles.

-          Y el autor, ¿se limitaba meramente a narrar, o asomaba la oreja de algún modo?

-          Eso, querida, es lo que trató de descubrir Esperanza, como pronto te contaré. Desde luego, se quedaba en un discreto segundo plano y hacía gala de una aparente imparcialidad. Por lo demás, como novela, no era nada del otro mundo, pero para su protagonista tenía el superlativo interés de reflejar la realidad de modo preciso y con tal finura psicológica, que inducía a suponer un conocimiento personal del personaje central.

-          Supongo que Esperanza tendría algún sospechoso de ser el autor de su real biografía.

-          En efecto. Aunque más por alusiones que por indicios racionales, se inclinaba por una persona en particular.

-          ¿Por alusiones? ¿Qué quieres decir con eso?

-          Pues que ella, al elegir el protagonista masculino de su diario al revés, se inclinó por el chico español que había sido su amor primero. Total, como ella decía, no había sido más que un relámpago, cálido y brillante, pero efímero. No obstante, puesta a imaginar una vida normal y corriente en su Castellar nativo, pensó en él y lo construyó literariamente como marido afectuoso y un tanto anodino, que se hacía simpático al lector por su grata insignificancia. Yo le decía a Esperanza que el tal Gabriel era un mero catalizador literario, casi casi un Mac Guffin[4], de muy poco empaque para darle la réplica; pero ella respondía: ¿Y qué quieres que haga, si apenas me acuerdo  de cómo era él físicamente?

-          Ya. Ahora entiendo lo de las alusiones. Esperanza lo creó y él se despachó escribiendo presuntamente su biografía real. La cuestión respondida nos lleva, empero, a otra pregunta: ¿Cómo estaba tan al tanto de la vida y milagros de su esposa imaginaria?

-          A ello voy, pero dejemos por el momento a nuestra bióloga en el aeropuerto de Tocumen[5] y vayamos a tomar algo. Tanto hablar me ha despertado el apetito.




***


-          Al llegar las vacaciones de verano –prosiguió Adela-, Esperanza hacía lo posible por pasar un mes con sus padres en Castellar, su ciudad natal. Al principio, era cada dos años, junto a su marido e hijo. Hubo un año en que viajó con el pretendiente oficial del que antes te hablé. Si no podía por motivos de salud, ponía cualquier pretexto plausible y trataba de visitarlos en Navidades. En fin, aquel año de sus cincuenta y cinco, tenía un objetivo adicional. Metió el original anónimo en la maleta y voló con el designio de averiguar la identidad de su celado autor.

-          No creo que le fuese difícil dar con él –comenté-, sabiendo tanto de ella. Por lo que me cuentas, es imposible que un escritor de poca monta pueda meterse en el fondo de una vida tan intensa y trágica como la de Esperanza, por meras habladurías o referencias aisladas de terceros.

-          Sí y no. Observa que había un dato esencial desconocido en España, cual era el de la enfermedad de Esperanza. Todo lo demás era mejor o peor conocido de sus padres y, a través de ellos, podía serlo de sus familiares y amigos; pero ¿de donde salía ese puntual conocimiento del cáncer y sus consecuencias? ¿Cómo penetrar en la personalidad de aquella mujer tan reservada, descubrir sus grandes cualidades y prever su triunfo final? Es algo que, desde un principio, yo tuve por arte diabólica y que me colocó en una sorprendente disyuntiva: O el autor era un recopilador del saber de muchas personas, panameñas inclusive, o era la propia Esperanza...

-          ¿Esperanza?

-          ... La propia Esperanza que estaba detrás de las dos versiones de su biografía  –la real y la imaginada-, escribiendo aquella por medio de un negro.

-          No veo yo a nuestra amiga chupando del sudor de otros.

-          Ni yo, pero una cosa tenía por segura, o mi experiencia como crítica literaria no me servía de nada: el léxico y la forma de escribir ambas biografías tenían poco en común. De hecho, la real y anónima contenía un fiel trasunto de la vida y la geografía panameñas, pero su vocabulario era genuinamente español.

-          Está bien. Sigamos con las indagaciones de Esperanza sobre el terreno.

-          Empezaré por el final: volvió como se fue. Resultó que el Gabriel de la biografía imaginaria hacía un montón de años que había emigrado a Sevilla y no se le conocían contactos ni relaciones como la familia y las amistades de Esperanza. El veterano galán –era un par de años mayor que ella- no había escrito una sola línea, fuera de los informes forenses que firmaba como abogado. Y, para mayor alejamiento de veleidades sentimentales, había llevado con su esposa una vida fiel y anodina, como la que mi amiga imaginó a su lado.

-          O sea, que nada que lo relacionase con el proyecto de libro...

-          ... Como no fuese la fecha de recepción del mismo, pues el abogado sevillano había fallecido justo un mes antes de que Esperanza recibiera el paquete de Madrid.

-          Hum, ese sí que es un dato relevante, pero no suficiente. Si, por lo menos, el remitente hubiese actuado desde Sevilla... En fin, ¿cómo volvió ella? ¿Abandonó las indagaciones?

-           Mal la conociste, si supones que un primer fracaso la detuviese. De regreso a Panamá, vino a visitarme y me dio el siguiente encargo, ponderando mis conocimientos e invocando nuestra íntima amistad: Adela, tengo una intuición machacante pero, para confirmarla, necesito que leas con todo cuidado el libro anónimo, suponiendo que su autor lo hubiese escrito como yo el mío, es decir, como evasión, para huir de la realidad y superar así un dolor o una culpa insuperables.

-          ¡Córcholis! ¿Y qué pecado podía haber cometido el bueno de Gabriel, que resultase tan nefando como para escribir la biografía de Esperanza?

-          Tienes razón al bromear con el caso. ¡Valiente castigo, escribir un libro como penitencia! ¡Qué sinsentido aparente el de escapar de la realidad, exponiéndola tal y como sucedió! Así pensaba yo, hasta que comprendí que la clave de la biografía no estaba en los dolores de Esperanza, sino en su gloria final; un triunfo impensable –por no decir imposible-, de haber tenido una vida cómoda a la sombra de su marido, o entre algodones en su ciudad de España, o –incluso- sin el estoicismo y la energía vital con que afrontaba una enfermedad despiadada. ¡Ahí estaba la clave! Gabriel trataba de justificar sus errores y su inacción, al modo del refrán bien está lo que bien acaba. Con él y en Castellar, Esperanza habría sido una señora, rutinaria ama de casa y mamá feliz de familia numerosa. En Panamá se había convertido en una mujer indestructible y una profesora de fama internacional.

-          ¡Pues qué bien! Por esa regla de tres, acabaremos llamando generosidad al desapego y altruismo a la inactividad. ¿Quién puede engañarse con una justificación tan mendaz?

-          Objetivamente, tienes razón. No obstante, yo inferí de su posición como narrador una faceta menos insensible, de mayor humildad. Algo así como si Gabriel dijera: Ella era una mujer superior, que yo no merecía; una heroína casi bíblica, que para nada precisaba de mi modestísimo apoyo y cooperación.

-          Con todo y eso, yo no trago, Adela. Hasta estoy por afirmar que el tal Gabriel valía tanto como Esperanza, según acredita la calidad de su libro, para ser obra de un escritor novel. Ya voy viendo por dónde fueron los tiros: Una pareja de chicos que el Destino reunió en un mismo espacio y tiempo; dos jóvenes hechos el uno para el otro, que lo tiran todo por la borda, vaya usted a saber por qué estúpidos motivos.

-          Muy romántica te veo, a más de atrevida. ¿Por qué sostienes que ambos fueron culpables de aquel error inicial de tan funestas consecuencias? Mira que el único que ha escrito un texto de justificación es Gabriel –suponiendo que haya sido él su autor...-.

-          Te responderé en dos palabras -le dije-. No creo que la fijación de Esperanza en su primer amor fuese gratuita. Hizo de él su compañero en el diario al revés y fue la única persona en quien pensó como probable autor de su biografía verídica. No me cabe duda de que también ella se sentía responsable de la ruptura, si bien las desgracias que de ella le derivaron las juzgó suficiente penitencia. Ahí es donde sus caminos literarios divergen, hasta tomar aparentemente sentidos inversos. Ella fabulaba dichas y dulzuras para soportar el dolor, en parte provocado por sí misma, al apartarse de Gabriel y de Castellar. Él transfiguró su inútil arrepentimiento por todo lo que tuvo que sufrir Esperanza, convirtiendo a esta en una mujer excelsa, poco menos que impasible, tan inalcanzable y lejana, que solo la muerte podría reunirlos de nuevo. Tal vez por eso esperó a morir, para hacerle llegar el testimonio de su interés y reverencia.

-          No están mal tus deducciones, repuso Adela. De hecho, poco más adelanté yo, pese a haber leído el texto a fondo y recibido las confidencias de Esperanza. Nunca sabremos de fijo si fue Gabriel el autor, pero me consta que nuestra amiga estaba convencida de ello. Y pienso que esa seguridad tuvo algo que ver con el desdichado fin del libro y de ella.



3.  Holocausto en Chiriquí

-          Dicen que los de Ciencias tienden a desentenderse de las cosas inexplicables, mucho más que nosotras –prosiguió Adela-. Yo, en cambio, no hacía más que dar vueltas al tema de la autoría de aquel extenso texto anónimo y, suponiendo que fuese Gabriel, a la forma que este habría tenido de conocer la vida y milagros de Esperanza.

-          Vete a saber si lo lograría de una forma tan sencilla como Internet –repliqué-.

-          Ya lo he pensado yo también, pero he acabado por descartar ese método. Nuestra amiga era muy poco proclive a divulgar sus interioridades. Además, hablamos de sucesos acaecidos muchos años atrás, cuando dudo de que existiese la red, al menos, con la masiva información de hoy en día. En fin, fuimos dejando atrás el asunto, hasta el momento en que Esperanza decidió publicar su obra.

-          ¡Milagro que se resolviese a hacerlo! A mí me dijo en el hospital que escribía solo para sí misma.

-          Yo tuve una buena parte de culpa en ello. El diario al revés me parecía una forma excelente de animar a otros muchos como ella, para utilizar tan atractiva y eficaz terapia: Un buen prólogo explicativo pondría a muchos enfermos y desgraciados en el camino de la catarsis por la escritura. El caso es que me ofrecí a retocarle el original y corregir las pruebas. Busqué a un editor escrupuloso y de toda confianza, que nos pudiese garantizar una impresión excelente y una distribución de solvencia. Finalmente, Esperanza aceptó, con el compromiso de que el diez por ciento del montante de las ventas se destinase a una asociación de mujeres víctimas de cánceres específicamente femeninos.

-          Todo un detalle. Así me explico su decisión.

-          No creas que fue fácil el camino. Un buen día, con el trabajo en marcha, se me presentó en la biblioteca y me expuso un imprevisto dilema. Adela –me dijo-, estoy dudando entre dar a la imprenta el libro sobre mi vida imaginada, o bien, la tremenda verdad que me hicieron llegar desde España. Primero, me quedé de piedra; luego, me enfadé, pues ya tenía casi corregido su original y, por supuesto, ni pensaba en meter mi pluma en la obra de un fantasma.

-          ¿Y por qué no editar los dos?, inquirí yo. No creo que fuesen incompatibles.

-          En eso creo que llevaba razón Esperanza -me contestó Adela-. Decía que, si publicaba la cruz de su moneda, nadie se iba a creer que era la obra de un autor desconocido, sino que pensarían que ella se estaba escudando en el anonimato para poner de vuelta y media a más de uno y más de dos panameños de relumbrón. Así que dejó en mis manos la decisión de editar uno u otro, valorando su respectiva calidad, me dijo la muy cuca.

-          Ya sé cuál fue tu opción, pues nadie ha oído hablar del paquete de Madrid, mientras que la hermosa novela de Esperanza la ha leído un montón de gente.

-          En efecto, eso lo sabes de fijo. Lo que no sé si conocerás es el desastrado fin de la obra de Gabriel y su relación con la trágica muerte de Esperanza.

-          Ni idea, chica. Así que soy todo oídos.

-          Pues en este momento yo soy todo estómago. Vamos a comer en la cafetería, que me aguarda una tarde de intenso trabajo.


***


-          Esperanza se había alquilado una casita en Gualaca de Chiriquí –empezó Adela, a los postres-, al pie del Cerro Hornito. Aunque llevaba muchos años en Panamá, no se acostumbraba a nuestro perverso calor húmedo; de modo que, desdeñando las playas, buscaba las zonas altas, donde corriese el aire y refrescara por las noches.

-          Conozco superficialmente el lugar –comenté-. Hace años tomé las aguas en el balneario de Los Cangilones, un lugar paradisiaco, aunque demasiado trotado por los turistas.

-          Pues bien, acababa de entregar al editor la versión definitiva de su Biografía de esperanza (nota el juego de palabras) y, como quien se quita un gran peso de encima, se despidió de mí y partió para pasar en tierra gualaqueña un largo descanso, del que nunca volvió.

-          Conozco el triste suceso. Dicen que se adormeció con la chimenea encendida y el fuego prendió en la casa y se abrasó. ¡Qué horror, tanto luchar con la enfermedad para morir de un absurdo accidente!

-          En efecto, y mira que tuvieron que acumularse elementos contrarios: una casa alejada y llena de muebles y cachivaches; un viento helado de la montaña, que obligó a encender el fuego, y, por si fuera poco, aquel malhadado escrito de Gabriel, que hubo de emocionarla y hacerle perder la atención debida.

-          ¿El libro de Gabriel?

-          Si, hija, sí. Te expondré mi opinión, con base en lo que los bomberos encontraron, que fue un montón de folios esparcidos a todos los niveles posibles de ignición, desde las pavesas, a una quemazón incipiente. Tengo para mí que Esperanza estaba pasando la tarde releyendo la historia de su vida y echando a la hoguera las páginas, según iba rememorando los episodios narrados en cada una. Ya fuese por la emoción, ya por falta de control del fuego encendido, el caso es que este saltó al ajuar de la sala, ayudado por los folios en llamas. El resto ya lo sabes: el humo debió asfixiarla y el incendio se propagó a toda la casa y abrasó a su única moradora.




     Quedamos por un tiempo en silencio, conmovidas, recordando sin duda la imagen poderosa y trágica de nuestra amiga. No sé qué impulsó mi mente, ni cómo me atreví a llevar el pensamiento a la voz. Lo cierto es que dije:


-          Está visto que no podemos matar el pasado sin destruirnos a nosotros mismos.


     Adela se encogió de hombros antes de resumirme su propia tesis:


-          No creo que Esperanza fuese infiel a su historia. Simplemente se enfrentó con una fuerza más poderosa aún que el fuego, con una persona que la convocaba desde el Más Allá a través de sus páginas.

-          No creo que ni Gabriel, ni nadie, tenga de muerto el valor y la energía que en vida le faltó, repliqué.


     La bibliotecaria sacó de su amplio bolso un ajado ejemplar de aquel libro del que llevábamos días hablando y que yo apenas había saboreado, de tan rápida y emocionada como había sido su primera lectura. Superviviente de la primera edición, mostraba, sobre fondo sepia, la imagen fotográfica de Esperanza de busto, con el mar al fondo, tal vez al atardecer. Adela fijó su índice en el título y sus ojos en los míos, para decir con solemnidad:


-          Nadie sabe si fue un milagro, la última voluntad de Esperanza, o la obra de un editor demasiado perspicaz, o misteriosamente aconsejado. El hecho es que la Biografía de esperanza apareció en las librerías, y desde entonces así ha sido conocida, como El retrato de Yerg Nairod.




[1]  Novela del autor polaco Sergiusz Piasecki (1899-1964), aparecida en 1937. Creo que la primera edición en español data de 1955. Más adelante queda claro que su protagonista es llamado Władek.
[2]  Chrotopterus auritus, falso vampiro orejón o falso vampiro lanudo, es un murciélago relativamente grande, nativo de América Central y del Sur.
[3]  Etimológicamente, Elpidia es sinónimo de Esperanza.
[4]  Referencia a una persona u objeto carente de relevancia por sí mismo, pero que motiva a los personajes de un relato y hace avanzar el argumento. La expresión y el concepto se hicieron populares a raíz de su asunción por el cineasta Alfred Hitchcock (1899-1980).
[5]  Como en otros cuentos míos, las alusiones topográficas de este corresponden a Panamá. Ahorraré mayores precisiones, por resultar innecesarias a los efectos del relato. Los interesados pueden acudir a Internet.

lunes, 8 de junio de 2015

EL MUNDO DE LAS AMAZONAS


 

El mundo de las amazonas

Por Federico Bello Landrove

 

     El mundo onírico y el de mis convicciones se alían para dar un tono fantástico al tema de las relaciones entre los sexos en el futuro de la Humanidad. Claro que no hay por qué pensar que el porvenir resulte seguro, ni muy distinto de nuestro presente. El relato, con un punto de humor, les pondrá al tanto de todas estas cosas.

 


1.      El doble cromosoma X

     Pertenezco a una generación de hombres que ha visto con agrado la justa superación de las desigualdades sociales de la mujer y hasta en algunos casos la ha apoyado activamente. Claro es que en tan razonable equiparación no han dejado de producirse errores y excesos, que no es del caso exponer aquí. No querría que mis lectoras –seguramente más numerosas y fieles que los varones- pudieran ofenderse por mis especulaciones de diletante. No entraré, pues, en mayores honduras, pero sí voy a presentarles a la persona que desencadenó las visiones fantásticas que expongo en este relato. Tratándose de una mujer y catedrática de Antropología, espero la consideren digna de crédito y nada sospechosa de eso que llaman machismo. A mí, desde luego, me produjo una profunda impresión.

***

     La doctora Cristina Regis había completado el amplio preámbulo de su conferencia, arrumbando las mil y una razones por las que las mujeres han sido consideradas inferiores a los hombres, desde la menor fuerza bruta, hasta su presunta inferioridad para el pensamiento abstracto. Sus conquistas crecientes en los campos del arte, la política y la ciencia evidenciaban –según ella- que la inferioridad femenina era mero efecto de siglos de trato social discriminado. Algo así parecía suceder también con los hombres, menos inclinados a tareas como las familiares, tuitivas y del lenguaje verbal, sin que en ello existiesen argumentos biológicos convincentes. En fin, yo contemplaba arrobado el rostro encendido y el atractivo perfil de la doctora, arrullado por su voz cantarina y absorto en sus gráciles paseos, de la cátedra a la pantalla de proyección. Pero eso solo era, como digo, el preámbulo.

     El nudo de conferencia, con mucho de representación teatral, parecía inferirse del título de aquella: El doble cromosoma X. Ya se sabe que las mujeres tienen una par de ese cromosoma, mientras que los hombres solo poseen uno, dado que su pareja no es homóloga, sino el pequeño cromosoma Y, el mini cromosoma o cromosoma genéticamente birrioso, como doña Cristina humorísticamente lo calificó. Y, claro, teniendo dos cromosomas homólogos, la mujer tenía ventaja para superar las mutaciones desfavorables que pudieran aparecer en uno de ellos. Y no se crean que es moco de pavo –argumentaba-, pues el importantísimo cromosoma X tiene no menos de mil cien genes activos.

     Por importante que fuese ese cromosoma sexual, la Doctora se perdía seguidamente en los vericuetos de otras diversas causas genéticas y fisiológicas para las evidentes ventajas comparativas de las féminas. Mitocondrias, estrógenos, telómeros, factores oxidativos y requerimientos nutricionales iban desfilando por la pantalla, al ritmo implacable del cañón de proyección, con una consecuencia uniforme e inevitable: la mujer había alcanzado, a través del ciclo evolutivo de nuestra especie, ciertas ventajas comparativas muy interesantes en la etapa de la Humanidad que estaba a punto de iniciarse, caracterizada por la escasez de alimentos y la crisis medioambiental. Pero ahí acababa el nudo, para dejar paso al desenlace.

     El desenlace despertó a aquella parte del público –entre la que yo me encontraba-, que se había adormecido por los andurriales genético-antropológicos, en los que estábamos tan poco avezados. Con todo, la doctora Regis hacía gala en esta parte de su disertación de una claridad deslumbrante:

     Observen ustedes. La mujer tiene un desarrollo más rápido que el hombre; tiene menores requerimientos nutricionales (salvo en los periodos de embarazo y lactancia); presenta una inexplicable, pero cierta, capacidad de superación de las enfermedades más graves; evita engendrar a edades inadecuadas, gracias a la menopausia; alcanza una mayor longevidad. Pero, sobre todo…, sobre todo…, ¿cómo lo diría sin que los caballeros del auditorio se incomodasen conmigo?

     Ni que decir tiene que, con semejante exordio, los caballeros del auditorio habían recobrado el interés y estaban sobre ascuas. Doña Cristina, por fin, encontró la expresión adecuada:

     Desde el punto de vista de la conservación de la especie, no tiene sentido incorporar a la sociedad a tantos hombres como mujeres. Si estas lo hacen todo igual o mejor que los varones y con menor gasto y mayor eficacia fisiológica, bastaría con procrear un número de hombres suficientes para la fecundación, según las tasas que se juzgasen precisas. Claro que eso lo digo como antropóloga y doctora en Biología. Como mujer, estoy encantada con tener para mí sola un marido y tres preciosos hijos. Y, en todo caso, la cosa no va a discutirse de hoy para mañana. Como en el caso del apagamiento del Sol, no es algo por la que tengan ustedes, amables oyentes, de qué preocuparse… por el momento.

***

     Salí de la conferencia un tanto meditabundo; tanto es así, que no me apeteció encerrarme en casa sin hacer antes un alto en mi cafetería favorita, pese a lo tardío de la hora. Acepté de buen grado la invitación de sentarme a la mesa de unos tertulianos poco conocidos y enseguida traje a colación la tesis de la profesora Regis, sin abundar en sus preámbulos y detalles científicos. Matías Santos, el boticario de la Plaza del Poeta, captó al punto el lado chistoso de la tesis y concluyó, el muy sinsorgo:

-          ¡Pero si eso ya lo defendía mi abuela, que se las tuvo tiesas con un padre senil, un marido abrazafarolas y siete diablillos que comían por los pies al mismísimo rey Creso! ¡Cuánto habría dado ella por vivir su vida o, cuando menos, haber podido cambiar a los chicos por chicas… de las de entonces! Lo que sugiere esa catedrática no es otra cosa que el efecto gallinero.

     En fin, ¡qué les voy a contar que no hayan experimentado ustedes muchas veces! Por envidia o por falsa agudeza, algunos convierten las más sesudas teorías científicas en objeto de chanzas. Forma parte de lo que ahora llaman risoterapia.

 


2.  Viajando en el tiempo

     Me encontré de pronto en aquella calle, larga, empinada y gris de mi costumbre. Sería la hora de acudir al trabajo, pues toda ella estaba salpicada de grupos de muchachas y señoras que, con paso rápido, seguían el sentido de la Plaza, portando bolsos, carteras o mochilas, según su presunta ocupación doméstica, profesional o estudiantil. Sentí la incómoda sensación de ser escrutado y de no llegar a tiempo a mi destino. La rúa parecía interminable y no hallaba en ella las referencias inmobiliarias de sobra conocidas. Es más, el enlosado pavimento se estrechaba paulatinamente y el tropel de las féminas se adensaba, impidiéndome avanzar con fluidez. En esto, vi entre la multitud un rostro conocido, que remedaba los gestos y facciones de la profesora Regis. Entre disculpas y empujones me abrí paso hacia ella, pero la presunta Cristina entró súbitamente en un portal y la perdí de vista por el momento.

     Cuando recuperé su visión, estábamos sentados a la mesa de mi despacho judicial, en el que ella ocupaba la cátedra. A cada poco entraban y salían de la habitación mujeres para mí ignotas, cuya ocupación y sentido no parecían ser otros que tenerme vigilado. La profesora, por el contrario, se mostraba acogedora y proclive a exponerme la situación:

-          Las necesidades simultáneas de controlar la natalidad y de optimizar los recursos llevaron a la Organización Ecológica Mundial, hace más de un siglo, a establecer la proporción de un hombre por cada diez mujeres. ¿Dónde estabas tú en 2408, que no te enteraste de tal acuerdo? Pues anda, que no se discutió largo y tendido antes de adoptarlo.

-          Tan solo recuerdo tu conferencia de 2015 sobre El doble cromosoma X. En ella ya se apuntaba algo, al considerar que las mujeres habían igualado o superado en todo a los hombres, menos en la fuerza física.

-          ¿Para qué rayos se precisa la fuerza bruta? –inquirió despectivamente mi interlocutora-. Toda violencia individual y espontánea es inútil, cuando no contraproducente. Y, para otros tipos de acción, tenemos máquinas y armas, que manejamos nosotras certeramente.

-          ¿Y los hombres se dejaron comer la tostada así como así?

     Cristina sonrió displicente:

-          ¿Qué otra opción les quedaba? Nuestra superioridad acabó siendo aplastante, gracias a ejercitar y potenciar las ventajas comparativas durante muchos siglos, mientras vosotros os dejabais deslizar por la pendiente de la inacción y la condescendencia.

-          Entonces, los hombres de hoy día...

-          Los hombres, querido, habéis quedado reducidos al papel de agentes reproductores, sin otro cometido que el de aportar variabilidad genética, ni otra tarea diaria que la de mejorar en lo posible vuestras habilidades para ello. Tan es así que, cuando juzgamos que estáis en trance de perder salud y energía para tal fin, sois eutanasiados.

-          ¡Cáspita! ¿A qué edad habéis juzgado oportuno dar el letal pasaporte?

-          A los cuarenta años. Pero no creas, con una adecuada preparación mental, habéis terminado por aceptar la compensación de una vida más corta, a cambio de una existencia de ocio y cobertura social de vuestras necesidades.

-          ¡Cuarenta años!, repetí mentalmente, sin percatarme de las ventajas que Cristina apuntaba. ¿Qué hago yo aquí, entonces?

     La doctora Regis no juzgó oportuno contestarme y prosiguió:

-          Naturalmente, este programa ha elevado hasta la cima social el trabajo de quienes, como yo, nos venimos dedicando desde siempre a la Genética. Gracias a esta ciencia, la selección de sexo y la elección de los gametos mejor dotados resulta hoy coser y cantar.

     La claridad ambiente empezó a disminuir, como si la visión vacilase. A punto de recobrar mi vigilia, debí introducir un componente voluntarista, pues Cristina, antes de desvanecerse, aún susurró:

-          Veo que, como jurista que eres, te ha sabido a poco mi resumen. Llamaré a alguien para que haga de guía y te explique con detalle la regulación de nuestra sociedad.

     Mi duermevela llegó así a su fin. La última imagen que recuerdo es la de un calendario electrónico, con la fecha 2515 como indicativo del año. Desperté del todo y comenté en voz alta:

-          Quinientos años para llegar ahí. Mucho me parece.

***

 
     Caí de nuevo en la sima del sueño y allí me topé con una dulce imagen de mi juventud. Vestía una túnica blanca ceñida con un cinturón dorado y, tan pronto llegué a su lado, me tomó de la mano y dijo:

-          Me llamo Hipólita[1] y he sido comisionada por la profesora Regis para explicarte la organización de nuestra sociedad, muy similar, por otra parte, a todas las demás del Mundo. A fin de cuentas, se trata de precisar científicamente el reparto y acceso a los hombres en función de su número y disponibilidad, así como de impedir que nazcan entre ellos y nosotras aquellos lazos sentimentales que en tu época generaron tanta violencia y tristeza, en forma de posesión, celos y despechos.

     Nos trasladamos como por ensalmo ante un gran edificio al modo de nuestros hospitales, rodeado de jardines y zonas recreativas, a cuya vista cercana me explicó:

-          Nuestros niños son fruto de una cuidadosa fecundación in vitro y, tan pronto nacen, son separados de sus madres de alquiler y confiados al cuidado de la Comunidad en lugares como este que ves, donde permanecerán haciendo vida en común hasta cumplir los dieciocho años. Las niñas, en cambio, son fruto de relaciones sexuales naturales y permanecen para lactancia con sus madres durante el primer año de vida, momento en que pasarán así mismo a vivir en grandes residencias comunales, donde la Sociedad les procurará cuanta educación e instrucción precisen.

-          ¿Hay diferencias en la formación de hombres y mujeres?, pregunté.

-          Por supuesto, dado que está en función de lo que de unos y otras se espera. Los hombres son preparados exclusivamente para la procreación y su etapa formativa se da por terminada cuando te he dicho. Las mujeres prosiguen sus estudios hasta los veintitrés años, por término medio, edad que también se considera óptima para la primera maternidad.

-          ¿Cuántos embarazos suelen consentirse?, pues supongo que eso también estará reglamentado.

-          En efecto. La indicación de la O.E.M. es un máximo de tres, cifra que permite un crecimiento moderado de la población y a la que nos ajustamos aquí. Otros países, más pobres y superpoblados, rebajan el número en consecuencia.

-          Me has dejado claro, amable Hipólita, que existe una razonable restricción de la natalidad. Supongo que también os será impuesto mantener relaciones sexuales fecundas, hasta conseguir el número máximo de hijos.

-          En efecto, toda mujer ha de cumplir con su cuota de fertilidad. Claro que bastantes de ellas tienen tendencias lesbianas. Estas habrán de acatar la ley mediante inseminación artificial.

-          Según me parece entender, habéis retornado a la primitiva idea cristiana de que las relaciones sexuales deben tener un objetivo genésico. Vamos, que los anticonceptivos os están vedados.

-          No en todos los casos, pues hacemos uso de ellos –y ni te figuras la variedad y exactitud de los que ahora tenemos- en algunos casos, como el de las relaciones consentidas antes de llegar a la edad lícita de nubilidad, o en los coitos de premiación, de los que en otro momento te hablaré. Desde luego, no usamos barreras para evitar el contagio sexual: Los hombres con enfermedad venérea son inmediatamente eliminados y las mujeres en análoga situación quedan ipso facto fuera de la comunicación sexual.

     Mientras me ponía al corriente de las ordenanzas sexuales de aquella sociedad, nos íbamos alejando de aquel gigantesco e impoluto falansterio juvenil masculino, para hacerme conocer las zonas residenciales en que convivían los adultos, también separados por sexos. Me atreví a preguntarle:

-          ¿Y qué? ¿Resulta suficiente la proporción de un hombre por cada diez mujeres?

-          En nuestro país, sí. Otros Estados aumentan o disminuyen tal proporción, en función de sus apetencias. Es más, si me permites una observación personal, yo reduciría todavía más el número de hombres. Fíjate –sonrió- si les sobrarán fuerzas a los machos, que frecuentemente practican la homosexualidad. Claro está que se tolera solo si siguen rindiendo correctamente con las mujeres.

-          Será que les dais bien de comer –bromeé-.

-          Por supuesto. Precisamente, mira a tu derecha, hacia esos bloques de tres alturas, con avenidas arboladas y una gran zona deportiva en el centro… He ahí un modelo algo anticuado de viviendas protegidas para hombres. Se trata de pequeños apartamentos con servicios y dependencias comunes, en que todo les resulta extremadamente barato. Gracias a tal generosidad estatal, sus inquilinos viven estupendamente con el salario básico que se les abona. Claro que también pueden habitar en otros barrios, o en el centro de las ciudades, pero entonces tienen dificultades para llegar a fin de mes. No se trata solo de economizar, sino de que estén localizados y poderlos controlar mejor. Con los hombres nunca se sabe.

-          Sí, concedí, lo mejor es atarnos corto. Pero, ¿qué me dices de vosotras?

-          ¡Ah, nosotras somos el alma y la vida de la Sociedad! Razón es que vivamos de una manera radicalmente distinta. Cobramos según el trabajo que realicemos y la mayoría de nosotras tenemos hogares individuales libremente escogidos, pues podemos permitírnoslo en todos los sentidos. Aunque, no creas, también existen muchísimos gineceos, que es como llamamos a las residencias de mujeres adultas.

-          ¿Tan gregarias os habéis vuelto?

     Me pareció que Hipólita se sonrojaba al responder:

-          Hay quien sostiene –yo no lo afirmo ni lo niego- que esos gineceos son lugares ideales para intimar amorosamente y llevar una vida sexual muy promiscua. ¿Qué quieres? Las mujeres jóvenes tenemos que compensar la escasez de relaciones con el sexo opuesto y vivir una sexualidad más personal y menos volcada en la maternidad.

     Estábamos llegando a los arrabales de una pequeña ciudad. Hipólita calló durante un buen trecho, como si hubiese hecho alguna revelación impertinente. En efecto, sus últimas palabras me habían producido la sensación de que aquel mundo reglamentado no era tan feliz ni tan sólido como parecía, si sus mayores beneficiarias –las mujeres- lo encontraban -¿cómo diría yo?- … aburrido. Iba a hacerle alguna observación al respecto, cuando sonrió y, por fin, rompió su silencio:

-          Mira, esa es mi casa. ¿Te apetece que entremos un momento?

     No sé qué me impulsó a responder sin reflexionar:

-          Lo que me apetece es que me regales ese maravilloso cinturón de oro.

     Hipólita se puso roja como la grana; apretó mi mano como si quisiera reducirla a polvo y replicó con voz ronca:

-          ¿Para qué quieres mi ceñidor? ¿Acaso crees que vas a tener un mejor destino que los hombres de este tiempo?

-          Perdóname, niña. Tu rostro es igual a otro que amé antaño y el viaje en el tiempo me ha hecho rememorar la pasada juventud.

-          La hora del esplendor en la hierba[2], recitó ella, como si se sumiera también en un sueño vivido y lejano.

     Hipólita, quizás, empezaba a soñar. Yo, por el contrario, desperté y me sentí solo.

 

 

3.  La excepción arruina la regla


     ¡Cuánto me habría gustado volver a encontrarme con Hipólita y escuchar su prometida explicación del sexo entendido como premio, para las mujeres distinguidas de su tiempo! Mas el sueño tiene sus reglas y una de ellas es la imprevisibilidad. Así que de día me enfrasqué, quisiéralo o no, en la persecución de las corruptelas de los políticos, con la música de fondo de sus mensajes y promesas durante cierta campaña electoral. Y en esto –y, tal vez, por esto-, llegóme la hora y volví a caer en el mundo de los sueños del futuro.

     Me llevó hasta allí un ceñidor de oro, a cuya punta me así con fuerza tal que, arrastrado por él, recorrí el túnel del tiempo. Desdichadamente, quien tiraba del otro extremo no era la gentil Hipólita, sino una especie de arpía con rasgos de candidata a alcaldesa, quien me hizo sentar en un banco de la ergástula y tendiome con displicencia un diario, similar a los de nuestro tiempo, pero datado en Castellar a no sé cuantos de mayo de 2516. En su primera página leí:

     Los motines y manifestaciones de meses precedentes, motivados por los privilegios sexuales que, bajo cuerda, venían auto concediéndose las directivas de nuestro País, así como las premiadas por méritos más que discutibles, han tenido finalmente su efecto legal. La Comisión formada para encontrar respuesta a tan justas demandas ha decidido en el día de ayer no acabar con las discriminaciones positivas, pero sí extender a todas nosotras la tolerancia de las relaciones sexuales puramente placenteras. La fórmula sugerida –que no se duda sea aprobada por el Parlamento y ratificada por la O.E.M.- se resume en los siguientes cuatro puntos:

     1º. Se autoriza la implantación de la prostitución masculina, lo que obligará a elevar la proporción de hombres a 1:9, en vez de la de uno a diez vigente.

     2º. El “hombre de más” ejercerá de prostituto a la demanda, si bien se fijarán unas tarifas relativamente altas (se sugiere la equivalente a medio mes de salario mínimo por acto), a fin de evitar el desmoronamiento del sistema sexual felizmente vigente.

     3º. La decisión de prostituirse será tomada libremente por los hombres al cumplir los 18 años de edad. Para compensar su posibilidad de vivir mejor y más libres, los prostitutos serán eliminados a los treinta años, es decir, diez años antes de lo previsto para el resto de los varones.

     4º. Las relaciones sexuales en el ámbito de la prostitución se llevarán a cabo empleando dos medios anticonceptivos homologados, bajo sanción de inmediata ejecución del varón infractor.

     Al concluir la lectura, y pese a lo ominoso de mi situación, me carcajeé de buena gana. El vestiglo que tenía por carcelera me escupió con desprecio:

-          Con todo lo que sabes, no vas a salir vivo de aquí; ¿y aún tienes ganas de reír?

-          Perdone, es que constato que el paso del tiempo no ha cambiado el egoísmo de los políticos ni la ingenuidad de los juristas. Pese a todas esas cautelas, se ha introducido en el sistema una pequeña concesión que, a la postre, lo derribará y no dejará de él ni los cimientos.

     Imprevistamente, mi guardiana mostró vivo interés por mis palabras:

-          ¡Demonios!, no tienes mala intuición para ser un hombre y sin conocimiento de nuestro mundo. Hasta ahora, estás acertando de medio a medio.

-          ¿Cómo? ¿Es que tiene usted dotes de adivinación?

-          No tal, sino que el periódico que acabas de leer era atrasado. Ahora vivimos en el 2520 y, en los últimos cuatro años, están pasando cosas que han convertido nuestra bien organizada sociedad en un verdadero pandemonio.

     No debía tener muchas ganas de hablar. Se limitó a gruñir y sacó del seno unos recortes impresos, que dejó caer junto a mí, sobre el escaño. No me acuerdo ahora de todos, pero sí de varios, que pueden constituir una muestra suficientemente expresiva.

-          Castellar, 15.- La oleada de atracos que viene padeciendo nuestra ciudad en los últimos meses ha desembocado en la detención de una banda dirigida por Margarita F.D., de la que formaban parte otras siete profesionales de clase media, entre 28 y 43 años de edad. Fuentes judiciales han informado de que todas ellas eran clientes habituales del prostíbulo La verga salaz, cuyos prostitutos han alcanzado tal fama por sus habilidades sexuales, que ciertas mujeres parecen estar dispuestas a llegar a todo, con tal de tener bastante dinero con el que pagar sus servicios...

-          Villafranca, 4.- La conocida profesora de nuestra Universidad, Cristina Regis, ha sido condenada a cuatro años de prisión por mantener en la cátedra doctrinas contrarias a la seguridad del Estado. Dicha genetista y antropóloga es, además, fundadora y presidenta de la Sociedad para la Promoción de la Sexoterapia Homeopática (S.P.S.H.), que ha estado propalando la tesis de que practicar sexo sin trabas mejora y alarga la expectativa de vida, incluso entre las mayores de sesenta años. En la última sesión del juicio, al concedérsele la última palabra, la señora Regis exclamó: ¡Viva el sexo libre!, siendo muy aplaudida por el público asistente.

-          Magerit, 30.- Ha presentado la dimisión de todos sus cargos (y mira que son muchos) la vicepresidenta del Parlamento y del Partido Prudencial, Esperanza de la Huerta. Como recordarán nuestros lectores, hace una semana se practicó una entrada y registro en el chalet de la señora Huerta en término de Valhondo, hallándose ocultos en la bodega a dos prostitutos mayores de treinta años, que prestaban desde hacía tiempo servicios exclusivos a doña Esperanza, quien se prestó a esconderlos al llegar a la edad de su eutanasia, a causa de lo que la Policía calificó como adicción sexual. Es que los había cogido cariño, explicó la vicepresidenta en la rueda de prensa durante la que presentó su dimisión.

-          Alacant, 27.- Contra el parecer de la fiscal, el juzgado de lo Civil número 34 de esta ciudad ha admitido a trámite la demanda de paternidad de un hombre, respecto de una pareja de mellizos habidos de sus relaciones con A.M.H., fisioterapeuta de Campello. A preguntas de nuestros reporteros, el varón, P-5.217-JB, manifestó su pleno convencimiento de ser el padre de las criaturas: No me pregunten de que artes se valió la madre para que yo le tocara siempre en suerte, pero el hecho es que ella copuló solo conmigo durante los tres meses anteriores al comienzo del embarazo. El caso, de llegar a sentencia, sentará jurisprudencia, pues no hay regulación precisa sobre los efectos de una paternidad demostrada. Pues, si existe ese vacío legal, que apliquen las normas sobre deberes de los propietarios de perros, que ahí sí que la ley no distingue en razón del sexo del dueño, apostilló P-5217-JB.

-          Azemur, 10.- Tres hombres han sido eutanasiados antes de tiempo por reclamar ilegalmente dinero a las mujeres con quienes iban a mantener coyunda, como si de prostitutos se tratase. Al parecer, la razón de reclamar un precio por lo que debían haber dado gratis era la de compensar el plus de satisfacción que aseguraban. Mujeres consultadas por este diario, afirman que los hombres se esfuerzan cada vez menos durante las relaciones reglamentadas, que desarrollan de manera veloz y rutinaria. No me extraña que algunas transijamos con sus peticiones de dinero, con tal de pasarlo medianamente bien cuando nos toca, manifestó una de ellas.

***

     Apenas hube acabado la lectura, la arpía con cara de alcaldesa me arrebató los recortes y preguntó con el mayor interés:

-          Ahora, que ya sabes como estamos, exprímete el cerebro y aventura un pronóstico sobre nuestro futuro.

-          Respetada celadora –repliqué con fingida cortesía-, no hace falta ser mujer culta para comprender que la conjunción de poder político, sexo y dinero es una mezcla fatal. Esta su sociedad perfecta lleva, pues, dentro de sí el germen de una pronta disolución, si no le ponen inmediato y radical remedio.

-          ¿Cuál se te ocurre?

-          Más de uno, desde luego. Pero ya que mi deseo de saber parece haberme condenado al presidio y, tal vez, a la muerte, justo será que satisfacer tu anhelo de conocimiento me libre de tales tormentos y permita que retorne a mi mundo del siglo XXI.

-          No soy quien para aceptar ningún trato, pero conozco a la que tiene autoridad para negociar. No obstante, si quieres que actúe de intermediaria, habrás de ofrecerme un anticipo de tus soluciones.

     Por unos momentos, reflexioné sobre el origen de aquellos problemas y comprendí que no estaban tanto en la perversión de las normas, como en la funesta mezcla inicial de las leyes naturales y los excesos de la así llamada cultura o civilización. Me puse en pie, atusé mis cabellos, sacudí los harapos que medio me cubrían e imposté la voz, de manera que retumbó la bóveda de la celda:

-          El gran libro siempre abierto, que hay que esforzarse por leer, es el de la Naturaleza. Los demás libros están sacados de él y en ellos están las equivocaciones e interpretaciones de los hombres[3].

     La arpía nada dijo. Salió del calabozo, al tiempo que por el ventanuco reaparecía el extremo fulgente del ceñidor. Lo sujeté con todas mis fuerzas y reemprendí el viaje de retorno a mi dormitorio, sin llegar a saber qué misteriosa persona o fuerza me traía hacia la libertad. Solo sé que, cuando desperté, tenía entre las manos el cinturón amarillo de judo de Samuel, mi nieto.

 

 

   



[1]  Evidente conexión onírico-subconsciente del relato con el personaje mitológico de Hipólita, una de las reinas de las Amazonas, dueña del cinturón de oro del que hubo de apoderarse Hércules en uno de sus famosos doce Trabajos.
[2]  The hour of the splendor in the grass, conocido fragmento del poema de William Wordsworth (1770-1850), conocido como la Oda a la Inmortalidad.
[3]  Famoso pensamiento del arquitecto Antoni Gaudì (1852-1926) que, por lo que se ve, tomé prestado en el sueño.