sábado, 19 de abril de 2014

ENSAYOS DE CINE (3): BOXEO Y CINE




INTRODUCCIÓN AL CINE AMERICANO SOBRE BOXEO


(CON UNA REFERENCIA AL DE OTRAS NACIONALIDADES)

 

 
Por Federico Bello Landrove

 


 




CINE AMERICANO Y BOXEO: UNA PAREJA FECUNDA.

 

      El boxeo en el cine americano está de moda. Sin remontarnos más allá de 1999, encontramos notables films boxísticos, con una frecuencia llamativa: Huracán Carter (1999), El snatch. Cerdos y diamantes (2000), Alí (2001), Million dollar baby (2004), Cinderella man (2005); a los que habría que añadir documentales de largo metraje, como el discutido The ring of fire. The Emile Griffith Story (R. Berger y D. Klores, 2005), que nos recuerda, entre otras cosas, que en los Estados Unidos se prohibieron las retransmisiones televisivas de boxeo durante diez años, a raíz de la muerte, casi en directo, del boxeador Benny “Kid” Paret, en 1962.

 

      Mas la moda boxística no hace sino continuar una larga y brillante tradición. En 1895, ya se filmó y proyectó en Berlín una pelea “de boxeo”, ¡entre un hombre y un canguro! Por las mismas fechas, Thomas Alva Edison rodó con kinetoscopio algún combate del campeón mundial de los pesos pesados, Jim Corbett (el auténtico “Gentleman Jim”), quien perdería el título en 1897, a manos de Bob Fitzsimmons, en una pelea ya íntegramente registrada en el celuloide. Y, años más tarde, genios del cine, como Chaplin (The champion, 1915) o B. Keaton (Battling butler, 1925), prestaron atención directa al boxeo; por no hablar de Hitchcock, que puso su suspense en el ámbito pugilístico en The ring (1927), simultáneamente al rodaje por el belga Charles de Keukeleire de la notable Combat de boxe (1927).

 

      Tal vez esta tradición tenga mucho que ver con el gusto del público. Suponiendo que aceptemos la inclusión de las películas de boxeo en el cine sobre deportes, es llamativo que los votantes (decenas de miles) en una relevante página web americana especializada, para una encuesta sobre películas deportivas, colocaron en los siete primeros lugares de su predilección películas de boxeo (Raging bull, Million dollar baby, Cinderella man, The set-up, Body and soul, Snatch y Rocky). Ello nos pone sobre la pista de un dato decisivo, que merece alguna explicación: ¿Por qué “da tan bien” el boxeo en el cine?

 

 

ALGUNAS NOTAS SOBRE EL BOXEO Y LA ESTÉTICA CINEMATOGRÁFICA.

 

      No es fácil de rodar un combate de boxeo, ni profundizar fílmicamente en ese mundo. El gran entrenador americano Eddie Futch, al ser preguntado, tras ver Rocky IV, si creía que debería prohibirse el boxeo, respondió: “No, pero ciertamente yo apoyaría un movimiento para prohibir las películas sobre el boxeo”.

 

      Ahora bien, el pugilismo tiene a su favor bastantes motivos para que el cine lo pueda reflejar de manera acertada, si no para los profesionales del boxeo, sí para los entusiastas del cine. Entre otras razones, se han esgrimido las siguientes:

 

  • Desde el punto de vista visual, un combate de boxeo (o su entrenamiento) tiene muchas analogías con la estética fílmica tradicional: es activo, rítmico, en constante movimiento, y se presta a múltiples variantes de filmación (cámara fija, lateral, cenital o en plano inferior; varias cámaras; cámara en mano, etc.).
  • En el aspecto sonoro, casi todas las alternativas pueden ser válidas: el silencio (el boxeo es paradigma de la acción sin palabras); el sonido-ambiente (golpes, gritos de “segundos” y de espectadores); música que acompañe el “baile” de los boxeadores, o música evocadora de lugares o de personas (Miles Davis para Jack Johnson –W. Cayton, 1971-,  Bob Dylan en Huracán Carter, o Perry Como para Marcado por el odio).
  • Desde el punto de vista ideológico (en el que más tarde insistiré), el cine acompaña de manera excelente lo que denominaríamos la “ética” del boxeo: la violencia física, el suspense del resultado, la superación del dolor y de la fatiga, la derrota y el triunfo; todo ello, aparentemente condensado en el corto tiempo de los asaltos de un combate. El boxeo parece revestir unas notas de rapidez, fisicidad, sencillez y maniqueísmo, muy apropiadas para ser captadas por los medios, directos y simplificadores, del cine.
  • Finalmente, en un sentido psico-sociológico, resulta evidente que el boxeo (al menos, el que ha concitado el interés del cine, es decir, el profesional, o el de ambientes míseros) es mucho más expresivo que  casi cualquier otro deporte. A la violencia, el dolor y las secuelas psico-físicas (cuando no la muerte), se añade la presencia de condicionantes espectaculares (pobreza, tongo, odio, compañerismo, concomitancias con la delincuencia, catarsis de las ambiciones y fobias populares, apuestas), gracias a lo cual el cine (como otras artes), indagando en el boxeo, hace, en realidad, una alegoría (o una parodia) de la sociedad y sus personajes.

 

 

APROXIMACIÓN AL SUBGÉNERO DE LAS PELÍCULAS SOBRE BOXEO.


 

      En mi opinión, cualquier intento de calificar al boxeo como soporte de un género cinematográfico está condenado al fracaso. Sí puede, en cambio, sostenerse con fundamento que las películas sobre boxeo tienen una conexión cierta con determinados géneros o movimientos cinematográficos, como el cine negro y el neorrealismo, cuyos temas y estéticas acogen, con más facilidad que otras, los requerimientos estéticos del boxeo, antes apuntados. Con todo, no conviene exagerar, como tal vez lo hiciera M. Scorsese al rodar en blanco y negro su espléndida Toro salvaje,  nada menos que en 1980.

 

      Es obvio, por otra parte, que no toda película en que aparezcan boxeadores o combates de boxeo merece la consideración de “película de boxeo”. La cuestión puede ser cuantitativamente discutible, pero nadie puede dudar del fondo de verdad de esta aseveración. Películas como Pulp fiction (Q. Tarantino, 1995), El colegial (B. Keaton, 1927), El hombre tranquilo (J. Ford, 1952), La leyenda del indomable (S. Rosenberg, 1967), De aquí a la eternidad (F. Zinnemann, 1953), La culpa ajena o Lirios rotos  (D.W. Griffith, 1919), Rocco y sus hermanos  (L. Visconti, 1960), El beso del asesino (S. Kubrick, 1955) u Ojos de serpiente (B. De Palma, 1998), cuentan entre los films importantes en que el boxeo juega un cierto papel, pero no hasta el punto de “protagonizar” o definir el tema de la película.

 

      Una evolución cuantitativamente insensible se produce, también, entre la película documental sobre boxeo, y los films “de imaginación” que tienen como base a un determinado boxeador, al que biografían más o menos fielmente. Lo cierto es que no puede entenderse el cine de boxeo sin el ingrediente documentalista. Títulos como el ya citado The ring of fire, The legendary champions (H. Chapin, 1968), Day of the fight (S. Kubrick, 1951), The greatest (W. Klein, 1974, sobre el gran Mohamed Alí), Requiem for a heavyweight (R. Nelson, 1962), When we were kings (L. Gast, 1996), ilustran decisivamente el tratamiento documental del boxeo por el cine que, en insensible camino hacia el biopic de creación, encuentra el tratamiento pseudo-documental, en cuanto no le importe preferentemente la fidelidad a la verdad: The Joe Louis Story (1953), o Knock-out (sobre el campeón alemán del mundo de los pesos pesados, Max Schmelling).

 

 

      En conjunto, pienso que tienen razón los que opinan, aunque simplificando mucho, que el cine sobre boxeo constituye un subgénero de las películas sobre tema deportivo. En cualquier caso, las mejores películas de boxeo suelen ser mucho más que films sobre un deporte o un ambiente deportivo particular, pero eso ya es otra historia, que en el apartado precedente hemos apuntado y en los siguientes trataremos de desentrañar.

 

 

ENSAYO DE TIPOLOGÍA DE PELÍCULAS SOBRE BOXEO. LAS BIOGRÁFICAS.

 

     Una primera aproximación a este tema nos coloca ante la dicotomía de películas más o menos biográficas de personajes conocidos, frente a películas dramatizadas o de guion puramente imaginario. Por supuesto, que el cuanto de verdad que la película posea puede no tener mucho que ver con la subdivisión en que la encasillemos.

 

     En general, los films biográficos se refieren a grandes boxeadores, con amplio predominio de los campeones del mundo. No se trata de documentales, ni de películas necesariamente veraces, pero están ancladas a una peripecia vital y una época determinadas. Entre las más famosas obras de este tipo, se hallan Gentleman Jim (R. Walsh, 1942), sobre el campeón del mundo de los pesos pesados de finales del siglo XIX, Jim Corbett;  Marcado por el odio (R.Wise, 1956), sobre Rocky Graziano; La gran esperanza blanca (M. Ritt, 1970), sobre Jack Johnson; Toro salvaje (M. Scorsese, 1980), sobre Jake la Motta; Alí (M. Mann, 2001), sobre el genial Cassius Clay o Mohamed Alí; Huracán Carter (N. Jewison, 1999), sobre el malogrado y judicialmente maltratado Rubin Carter; o Cinderella man (R. Howard, 2005), acerca de Jim Braddock.

 

     La mayor parte de estas películas tiene su mensaje o su leit motiv, en general, en la línea del cine negro o de los combates que el protagonista ha de librar “fuera del ring”. Así, en Cinderella man parece resaltarse el torvo ambiente de la Gran Depresión, el valor de la familia y la importancia de las ansias de vencer (“tarde o temprano, gana quien sube al ring con la voluntad de ganar”). Huracán Carter resalta los peligros del racismo en la América de los sesenta, al enfrentarse el protagonista con una acusación por asesinato (es, tanto una película de boxeo, como de cine judicial). La gran esperanza blanca recoge también la incidencia racial en la vida del campeón Jack Johnson, que lo fue de los pesos pesados entre 1909 y 1915. Marcado por el odio es una película más (y de las mejores) en analizar la influencia y el control del boxeo profesional por los bajos fondos, así como su utilización del boxeo por un gran púgil (Rocky Graziano) para salir de su vida miserable... y el precio que ha de pagar por ello. Toro Salvaje analiza el descenso a los infiernos de la violencia y de la degradación moral y física de muchos boxeadores profesionales, ejemplificada en el gran fajador Jake la Motta. Y The ring of fire. The Emile Griffith story bucea en el tema de la homosexualidad de los púgiles y de los resultados letales de ciertos combates, a través de un  documento biográfico sobre ese campeón mundial de los welters en los años sesenta.

 

      Así pues, el que una película de boxeo biografíe a un púgil no es garantía de veracidad, ni supone que se limite a las anécdotas personales. Lo bueno y lo malo de estos biopics estriba en que no nos narran sólo, ni fielmente, la historia: a fin de cuentas, para eso están los buenos documentales.

 

 

LAS PELÍCULAS SOBRE BOXEO MERAMENTE IMAGINARIAS.

 

      Frente a las películas biográficas, se sitúan las aproximaciones al boxeo puramente imaginarias. Ello no quiere decir que “cualquier parecido con la realidad sea meramente casual”, sino que el argumento les permite gozar de libertad para construir los personajes, ambientes y época. El resto, es decir, la fidelidad en el reflejo del natural, queda a elección de los responsables de la película, desde los autores de la historia, al productor. Y la verdad es que las mejores películas sobre boxeo nos parecen muy realistas (algunos han insinuado una cierta vía de relación entre el cine de boxeo y las corrientes neorrealistas), aunque esta valoración no sea compartida por los profesionales del pugilismo.

 

     El cine americano nos ha venido ofreciendo estereotipos estables de temas y de personajes en el tratamiento del boxeo. La impresión de conjunto es francamente pesimista (se ha dicho que el boxeo tiene un estrecho lazo con el “cine negro”). El mundo del boxeo profesional se entrecruza con la miseria y las conductas mafiosas. Los boxeadores lo son con la esperanza de salir de la marginación y la pobreza, aunque pocas veces lo logran, y eso, a costa de los mayores sacrificios y secuelas físicas y morales. En torno a ellos, pululan personajes (entrenadores, managers, árbitros, promotores, periodistas, etc.) que parasitan a los púgiles, cuando no constituyen parte de mafias. Las apuestas alteran y amañan los resultados de los combates. Políticos, mujeres-fatales, capitostes de la delincuencia organizada, se codean con los campeones y los llevan a la ruina.

 

     Ese trasfondo socio-económico predomina, por más que, a nivel de protagonistas, existan dos grandes alternativas. De una parte, el boxeador profesional y consciente, que supera la violencia ciega, el tongo y los placeres inmorales (incluso, el alcohol y las drogas), gracias al apoyo de su familia, de buenos entrenadores y managers y de su propia autoestima. De otra parte, está el púgil que, por unos motivos u otros, se deja llevar por la pendiente del dinero fácil, la vida disipada y los sujetos que viven de él, hasta caer en los abismos de la miseria, la degradación y la delincuencia, no muy distintos, por otra parte, de aquellos de los que intentó salir (pues pocos boxeadores pudieron llamarse a engaño, incluso en su inexperta juventud, sobre la naturaleza del mundo en que se metieron).

 

      Dentro de este escenario general, cada película asume su propio camino, tanto en lo que destaca, como en lo que oculta; pero no deja de haber ciertas sendas mucho más transitadas que otras. Recorramos algunas, de la mano de unas pocas películas destacadas.

 

·         Boxeo y racismo. Durante mucho tiempo (tal vez, hasta la consolidación de Joe Louis como campeón mundial de los pesos pesados de 1937 a 1948), el boxeo catalizó muchas de las tendencias racistas en los EE.UU. La gran esperanza blanca refleja el momento álgido de dicha catálisis, reflejada en la figura señera y provocativa del campeón de los pesados (el primer negro que lo consiguió), Jack Johnson, y su rocambolesco tongo (La Habana, 1915), para conseguir –infructuosamente- el perdón judicial que le permitiera retornar indemne a los Estados Unidos. En una línea más claramente mixta (cine de boxeo y cine judicial), Huracán Carter plasma, en la América de los sesenta, la incidencia del racismo en la carrera de un prometedor peso medio, a través del error judicial (con amaño de pruebas incluido) en un caso de triple asesinato.

·      Boxeo y tendencias sexuales “impropias”. También La gran esperanza blanca refleja la indignada reacción social ante los reiterados matrimonios (y devaneos) de un boxeador negro con mujeres blancas. Por su parte, The ring of fire. The Emile Griffith story bucea documentalmente en el caso de este peso welter de tendencias homosexuales, inadmisibles de reconocer en el pugilismo americano de los años sesenta.

·         Boxeo femenino. Million dollar baby ha dado carta de naturaleza (tras algún escarceo anterior, tanto en films dramatizados como documentales: recordemos Girlfight, película del año 2000, dirigida por Karyn Kusama) al tema del boxeo femenino que, tras ser considerado como un espectáculo poco digno, parece estar a punto de ser reconocido como deporte olímpico.

·        Boxeo y comedia. La utilización del boxeo como mecanismo de triunfo, incluso mediante el tongo o los trucos ilegales, se ha enfocado en ocasiones con tono humorístico, desde las formas hilarantes de Chaplin o Keaton, hasta otras más  elaboradas y sardónicas, de las que puede ser ejemplo Snatch.Cerdos y diamantes (N. Jewison, 2000).

·         Boxeo y sentimentalismo. Utilizo este ambiguo epígrafe, para referirme a películas que parecen pretender, más el análisis de personajes y de sus sentimientos, que la descripción épica del mundo del boxeo. Podrían incluirse aquí films muy heterogéneos en su calidad y concepción, desde Rocky (J. Avildsen, 1976), hasta Million dollar baby (C. Eastwood, 2004). Esta última también ejemplifica el tratamiento de un tema esencial del mundo del boxeo: el de las consecuencias físicas del mismo para los púgiles, y la forma de abordarlas.

·         Boxeo y familia. La incidencia, generalmente negativa, del boxeo en la vida familiar; el apoyo o el rechazo familiares a la profesión boxística; la necesidad de boxear para sacar adelante a la familia (o para escapar de ella), son aspectos frecuentemente abordados en las películas sobre boxeo. Recordemos, con muy diversos registros, los films Marcado por el odio (R. Wise, 1956), con tonos biográficos sobre el peso medio Rocky Graziano, Toro Salvaje (M. Scorsese, 1980), trasunto biográfico de Jake la Motta, o Cinderella man (R. Howard, 2005), sobre el campeón de los pesados, Jim Braddock.

·       Mujeres, managers y tonos épicos. El entorno histórico y subjetivo del boxeador, sin eludir la influencia adicional de la casualidad y del ambiente hostil en el hacerse de un púgil, alimentan títulos como Kid Galahad (M. Curtiz, 1937), Gentleman Jim (R. Walsh, 1942) o El ídolo de barro (M. Robson, 1949).

·        Los grandes temas negativos: lesiones y tongos. Algunas de las mejores películas sobre boxeo profundizan en esos dos terribles handicaps del boxeo profesional. Nadie puede vencerme (R. Wise, 1949) es modélica en su estudio del “tongo”, como también (con análisis adicional de la avaricia y el abandono de las relaciones personales) Cuerpo y alma (R. Rossen, 1947). Más dura será la caída (M. Robson, 1956), además de un estudio excelente del papel de managers, promotores y periodistas deportivos, examina a fondo la decadencia psicofísica de los boxeadores (en especial, los de mala técnica) y sus terribles secuelas, con retazos que recuerdan la peripecia del famoso Primo Carnera.

·        Un todo confuso e influyente: la saga de Rocky. Por más que no goce, en general, de buenas críticas, la saga de Rocky, compuesta por cinco películas (Rocky, 1976, J. Avildsen; Rocky II, 1979, S. Stallone; Rocky III, 1981, S. Stallone; Rocky IV, 1985, S. Stallone; Rocky V, 1990, J. Avildsen), es el esfuerzo más caro y dilatado del mundo del cine por reflejar el del boxeo. Lástima que, sobre todo, los guiones de S. Stallone determinaran una superficialidad, una sensiblería y una reiteración que seguramente tengan que ver con la configuración de la serie “a la mayor gloria de su protagonista”. Con todo, nadie puede negar la influencia de esta saga en la renovación de la estética y del interés por el mundo del boxeo, ni tampoco algunos hallazgos más o menos originales: la pobre personalidad y la influencia de la suerte en algunos púgiles; la camaradería entre púgiles noveles y veteranos; la importancia del apoyo de “segundos”, de la familia y del entorno social; el orgullo patriótico, que transforma el ring en un trasunto del campo de batalla; la tendencia de los nuevos entrenamientos a convertir a los boxeadores en hombres-máquina; la segunda paternidad que llega a suponer el entrenamiento comprometido… Por lo demás, y a título de valoración global, tal vez valga la ingeniosidad de un crítico cuando vino a decir que el primer título de la serie es O.K.; los dos siguientes pierden el combate a los puntos, y los dos últimos, por K.O.





EL CINE DE BOXEO EN OTRAS CINEMATOGRAFÍAS.

 

      El cine boxístico no parece haber concitado tanto interés fuera de los Estados Unidos. Es muy probable que ello se deba a una menor repercusión del pugilismo de las doce cuerdas en otras sociedades. En ocasiones, se apuntan razones muy concretas: por ejemplo, en la España franquista no estaba bien vista la plasmación cinematográfica de los tongos y las actividades de corte mafioso, lo que limitaba las posibilidades de reflejar la realidad y de mimetizar la temática de las películas homólogas norteamericanas: valga, a título de ejemplo, que nunca se estrenara en nuestro país (en circuitos comerciales) The set-up (que incluso tiene una vacilante transcripción española como Tongo, Nadie puede vencerme o Nadie puede vencernos).

 

      La afirmación recurrente de que el boxeo tiene conexión con el neorrealismo, se sostiene con dificultad, por lo que al italiano se refiere. Dentro del cine transalpino, apenas se recuerda otra cosa que la incidencia del boxeo en Rocco y sus hermanos (llamativo resulta que el pugilismo tenga muy diversa repercusión en los dos hermanos que lo practican, lo que parece indicar que importa más lo que uno es que lo que hace) y el film genuino de boxeo Su mejor victoria (M. Bonnard, 1939), en la línea de la superación y del éxito, a costa de remontar los desafíos y sacrificios que tan dura actividad comporta.

 

      Fuera de Italia, hay que aludir al cortometraje belga Combat de boxe (de Keukeleire, 1927), recordado por su innovadora y arriesgada forma de rodar una pelea, recogiendo todo su dramatismo; el ya citado film de A. Hitchcock, The ring (1927), integrando un triángulo amoroso en el mundo boxístico; la notable película mejicana Campeón sin corona (A. Galindo, 1945), sobre la vida de Rodolfo “El Chango” Casanova, con los problema del alcoholismo y el ascenso social inalcanzable; o la destacada película temprana del realizador polaco J. Skolimovsky, Walkover (1965), en la que volcó su conocimiento personal del trasmundo del pugilismo, con escepticismo y amargura.

 

      Más modernamente, habría que recordar, entre otras, la película japonesa Kids return (T. Kitano, 1996); la interesante británica Shiner (J. Irvin, 2001), que aborda el tema de la sucesión filial en el deporte del pugilismo; o la famosa película irlandesa The boxer (J. Sheridan, 1997), una curiosa incursión en el boxeo como forma de amistad o de redención social, con el trasfondo del terrorismo norirlandés.

 

     En lo que a España se refiere, se recuerdan tres películas sobre boxeo, ya relativamente antiguas y de registros bastante diferentes: El tigre de Chamberí (P.L. Ramírez, 1958), en la línea de la casualidad y la comedia para tratar los temas tradicionales de la explotación, los managers sin escrúpulos y el boxeo como medio de atraer la atención de la amada; Young Sánchez (M. Camus, 1963), que suele considerarse la mejor película sobre boxeo de nuestro cine, en la que el pugilismo sirve para salir de la pobreza, a costa de perder la inocencia y generar odio, a la vista de los oscuros manejos que hay tras este duro deporte; y Cuadrilátero (E. de la Iglesia, 1969), con la intervención del púgil profesional José Legrá, en la que se entrecruzan las manidas ideas de la amistad entre boxeadores y la venganza sentimental a través del enfrentamiento entre ellos. A estas películas, podría añadirse la hilarante Yo hice a Roque III (M. Ozores jr., 1980), parodia al hilo de la moda de la saga de Rocky.

 

      En conjunto, parece que no hay ninguna otra cinematografía que la americana, capaz de haber sostenido una tradición constante de películas sobre boxeo, con una calidad elevada y creando personajes y ambientes que forman parte del imaginario mundial de este subgénero.

 

 

UNA SELECCIÓN DE PELÍCULAS SOBRE BOXEO.

 

      Tengo el atrevimiento de sugerir diez títulos (ni uno más, ni uno menos), con la pretensión de que se resuma en ellos la calidad y la variedad temática de la que el cine boxístico es capaz. He procurado excluir los films que, aun abordando el boxeo, no lo tienen como tema principal. La lista se ordena alfabéticamente:

 

-          Campeón, El (K. Vidor, 1931)

-          Ciudad dorada (J. Huston, 1972)

-          Cuerpo y alma (R. Rossen, 1947)

-          Gentleman Jim (R. Walsh, 1942)

-          Gran esperanza blanca, La (M. Ritt, 1970)

-          Ídolo de barro, El (M. Robson, 1949)

-          Más dura será la caída (M. Robson, 1956)

-          Million dollar baby (C. Eastwood, 2004)

-          Nadie puede vencerme (R. Wise, 1949)

-          Toro salvaje (M. Scorsese, 1980)

 

     ¿Y cuál es, de entre ellas, la mejor de todas? Los críticos suelen dividirse entre Cuerpo y alma y Toro salvaje. Yo no descartaría, según mi peculiar gusto, la candidatura de Más dura será la caída o de Gentleman Jim.

 

 

APÉNDICE. REGLAS PARA UN CAMPEÓN NEGRO DE BOXEO.

 

     Después del caso Jack Johnson y del ulterior retorno a los campeonatos mundiales de boxeo por razas, todos los “campeones del mundo” de los pesos pesados fueron blancos, hasta que, en 1937, el gran Joe Louis derrotó a Jim Braddock y mantuvo el título durante once años. Estas fueron las siete condiciones que, al parecer, se le pusieron para conservar su título y contentar a la América blanca: 1ª. No permitir jamás que le fotografiaran con una mujer blanca al lado. 2ª. No ir nunca solo a los clubes nocturnos. 3ª. No aceptar ninguna pelea “blanda”. 4ª. No aceptar ninguna pelea amañada. 5ª. No adoptar posturas arrogantes ante un rival caído, ni hablar despectivamente de un oponente, antes o después del combate. 6ª. Mantener una actitud pasiva ante las cámaras. 7ª. Llevar una vida y una carrera inmaculadas.

 

     La verdad es que, salvo la primera, tales reglas podrían ser suscritas, no sólo para cualquier boxeador, sino para un ciudadano modelo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    

 

domingo, 13 de abril de 2014

ENSAYOS DE CINE (2): EL WESTERN


 

UNA APROXIMACIÓN AL WESTERN
 

 


 

      ORIGEN DEL WESTERN.

 

      Suele entenderse que el western tiene su origen en el deseo de reflejar en el cine la realidad histórica y social norteamericana del siglo XIX, entendiendo que la colonización de nuevos territorios al oeste de los Apalaches constituía una verdadera epopeya y, en cierto modo, el periodo más característico y creador de la historia de los EE.UU. De hecho, la necesidad de tener una historia, aunque no muy larga ni antigua, parece encontrarse en el fenómeno de la espectacularización del “salvaje Oeste”, que se plasmó en el famosísimo circo de Buffalo Bill (el Wild West Show) del periodo de entre-siglos XIX y XX.

      Como luego veremos con más detalle, es muy temprana la incorporación del western al cine americano (como mínimo, de 1903), si bien puede decirse que durante un periodo de unos 20 años, se plasmó en films menores, para el lucimiento de las habilidades de ciertos personajes. Sólo a partir de 1923-24, aparecieron los westerns de gran vuelo artístico, que incorporaron un tono épico a tenor con la necesidad histórica que hemos indicado.

 

 
      EL WESTERN, GÉNERO CINEMATOGRÁFICO. TEMAS O SUBGÉNEROS.

 
      Aunque difícilmente pueda llevarse más allá de los EEUU, ni mantenerse más acá de 1960, es lo cierto que el western suele ser calificado como auténtico género cinematográfico (por tanto, sin coordenadas espacio-temporales obligadas), tal vez, el más característico y personal de la filmografía norteamericana. Quede esto dicho, sin ánimo de polémica y admitiendo todas las excepciones que cada cinéfilo razonablemente quiera establecer.

      Dentro de un género que, en lo esencial, abarca la realidad histórica y social americana en el Oeste de los EEUU en la segunda mitad del siglo XIX, sus diversos motivos históricos permiten diferenciar varios subgéneros, entre los que se encuentran:

·         La colonización, que puede hacer remontar el periodo histórico hasta las primeras décadas del siglo XIX.

·         La cuestión india, sobre la que volveremos en la última parte de esta “Aproximación”.

·         La delincuencia, con su tema derivado de la justicia en el Oeste.

·         La Guerra de Secesión, aunque su espacio fundamental no llegó a cruzar el Mississippi.

·         La fiebre del oro, como modelo de problemas socio-económicos concretos (también podría aludirse a la cuestión ganadera o al tendido del ferrocarril).

 

 

      ALGUNOS MOTIVOS TEMÁTICOS. UNA CIERTA FILOSOFÍA.

 

      Aunque deudor de una determinada Historia, el western no deja de reflejar las ideas del tiempo en que fue rodado. Como ejemplo de ello, trataremos más adelante de la cuestión india. Algunos autores llegan incluso a señalar el valor del western como alegoría de una realidad contemporánea que no se quiere plasmar sincrónicamente. Así, se ha sostenido que la persecución de cierto tipo de cine negro por el Comité de Actividades Antinorteamericanas aumentó considerablemente el interés por el western, el número de estas películas y la variedad y complejidad de sus planteamientos (recuérdese el caso de Solo ante el peligro).

      Formulado muchas veces en términos de buenos y malos, el western desarrolla de manera dicotómica irreductible una serie de conflictos globales, entre los que se hallan:


·         El conflicto entre el bien y el mal morales, personificados en unos protagonistas antagónicos y sin fisuras ni medias tintas.

·         El conflicto entre el pasado y el presente, propio de un mundo en cambio brusco, que avanza incluso más deprisa que el relevo generacional.

·         El conflicto entre civilización y barbarie, personificando esta en quienes se oponen al “progreso” (los indios, por ejemplo), o en los que no son capaces de someterse a las leyes de la convivencia (forajidos).

 
      Estos conflictos tratan de resolverse a base de ciertas ideas-fuerza que dotan al western de dos de sus caracteres más estables: el empleo de la violencia  y la confianza en el progreso. La violencia iguala a buenos y malos, sin más matizaciones que los fines y el extremo a que se lleva su empleo. Y la esperanza de progreso permite llegar casi inevitablemente al happy end, por muchas que sean las dificultades que hayan de superarse.

 

 
      UNA GALERÍA DE PERSONAJES ESTEREOTIPADOS.

 
      Si algo define al western es la existencia de una serie de personajes característicos, con frecuencia tipos sin personalidad propia, que cumplen su función en la trama más por lo que hacen que por lo que son. Su número es bastante amplio, como corresponde a un género con tantos subgéneros. Entre los más frecuentes, podemos encontrar a los siguientes:

·         Los pioneros, ya sean cazadores, agricultores, mineros o viajeros.

·         Los indios.

·         Los soldados, en especial, los que mantienen la paz frente a los indios en los fuertes.

·         Los hombres de la burguesía, entre los que abundan los empresarios sin escrúpulos.

·         Los vaqueros, como modelo de hombres del Oeste integrados en el medio y curtidos por la naturaleza.

·         Los fuera de la ley, forajidos de toda laya y motivación.

·         Los que implantan la ley, como los sheriffs y los jueces o jurados.

 
      Aunque por diversos motivos (entre los cuales, su escasa presencia histórica) las mujeres no suelen jugar un papel muy relevante en los westerns (se suele definir al género como machista, reducto de directores un tanto misóginos), es lo cierto que solemos encontrar en estos films dos tipos de mujeres, también un tanto estereotipadas:


·         La mujer de familia (madre, novia, etc.), que cumple sus funciones dentro del normal contexto social y de la que suele destacarse su valor pacificador y su esfuerzo colonizador.

·         La mujer liberada, de vida airada o empresaria de negocios más o menos turbios, que suele actuar de detonante del argumento o, incluso, de mujer fatal.

 

 
      ENSAYO DE UNA EVOLUCIÓN CRONOLÓGICA.

 
      Al momento presente (2005), el género del western parece haber cerrado en lo fundamental su evolución. En consecuencia, resulta posible enfrentarse a esta como una sucesión de periodos cronológicamente fijados, desde su nacimiento hasta su cuasi-abandono.

·         Nacimiento del género. Como antes indicamos, el western nace como una forma de lucimiento de las habilidades vaqueras de sus actores. En este periodo, se construyen historias sencillas, frecuentemente en corto o mediometraje, teniendo como centro el enfrentamiento entre uno o varios buenos (en general, cow-boys) y uno o varios malos (de ordinario, forajidos o out-laws). Podemos fijar cómodamente como duración de esta fase unos veinte años, que van de 1903 (proyección del primer western notable conocido: Asalto y robo al tren, de E.S. Porter), hasta 1923 (estreno de La caravana de Oregón, de J. Cruze).

·         Formación del género. En este periodo, el western toma su tendencia épica característica, gracias a la universalización de los temas, la ampliación del elenco de personajes y al aprovechamiento para el rodaje de los grandes espacios naturales. El comienzo de esta fase suele fijarse en 1923, como antes decíamos, o en 1924 (estreno de El caballo de hierro, de J. Ford), y entra decididamente en el sonoro, hasta 1939, aproximadamente.

·         Periodo de plenitud. Se profundiza en el estudio social y la caracterización de los personajes: Llega hasta hablarse de westerns psicológicos. Gracias a ello, aparecen las grandes películas del género, cada vez más complejas y con mayor riqueza de matices. Los grandes directores no desdeñan filmar westerns, aunque sólo algunos de ellos (J. Ford, A. Mann, D. Daves, etc.) llegan a especializarse en el género. Esta época de apogeo se inicia hacia 1939 (La diligencia, de J. Ford) y puede darse por concluida en los años sesenta (1960, Los siete magníficos, de J. Sturges).

·         Época de decadencia. Los grandes directores del western van retirándose y los que les suceden (como S. Peckinpah) toman un camino de manierismo formal y abuso de la violencia explícita. Se aprecia un cierto hastío del público y se reduce considerablemente el número de films de este género que se ruedan. La influencia de la televisión polariza el western cinematográfico hacia temas más intimistas y espacios más cerrados o, por el contrario, hacia el empleo de nuevas técnicas de ampliación de pantalla y relieve (cinemascope, vistavisión, etc.), de las que puede ser ejemplo La conquista del Oeste (J. Ford, G. Stevens y H. Hathaway, 1962). Comprende este periodo los años sesenta y setenta, pudiendo darlo por concluido hacia 1980 (Forajidos de leyenda, de W. Hill).

·         Periodo de esporádico renacimiento. Algunos directores del Neo Hollywood retoman el western, de forma puntual y con cierta mezcolanza de géneros. Obras de tesis y remakes reemplazan la frescura y originalidad de tiempos pasados. Se hibrida el género western con el melodrama (Sommersby,1993), la comedia (Maverick, 1994) o la parodia (Rápida y mortal, 1995). Algunos directores hacen intentos infructuosos de revitalizar el género: L. Kasdan, K. Costner. Cumbre de esta época es Sin perdón (C. Eastwood, 1992). En este periodo se acuña el término de western crepuscular, para denotar, no sólo el ocaso del género, sino sobre todo el tono nostálgico y anacrónico de películas y personajes.

 

 

      UN MODELO DE LA EVOLUCIÓN: EL INDIO EN EL WESTERN.

 
      Los inicios del western son casi sincrónicos del mundo que reflejaban, pero setenta o más años de evolución del género dan para mucho cambio social e ideológico; un cambio del que el western puede haberse beneficiado, sin necesidad de cambiar los temas ni los personajes. Un buen ejemplo de ello es analizar brevemente el significado del indio en las películas americanas.

      En un primer momento, el indio es tratado con una mezcla de tipismo exótico (a modo de complemento del paisaje) o como uno de los estereotipos de malos, por su salvajismo formal y su oposición al progreso. Se utiliza a los indios como telón de fondo de la peripecia o como desencadenantes de la violencia y el heroísmo de los blancos. Apenas se resalta al individuo indio sobre el conjunto tribal de los indios, en el que cada uno de ellos se integra como las hormigas en su hormiguero.

      En una segunda fase, se modera el racismo socio-económico de la época anterior. El indio es tratado de forma más matizada; surgen los caracteres individuales y los biopics de ciertos jefes indios; se reflejan la rapacidad y falta de respeto a la palabra dada de los blancos; se manifiesta la culpa de algunos blancos en la forma de ser de los indios, al suministrarles armas, bebidas alcohólicas, etc.; se pone en duda la superioridad del progreso yanky frente a la forma de vida natural y menos esquilmadora de los aborígenes.

      Finalmente, en una tercera fase, por influencia del ecologismo y la mala conciencia blanca, el indio empieza a ser considerado el bueno de la película, maltratado (cuando no masacrado) alevosamente por los blancos. Se sobrevalora la forma india de vida, que se juzga más sensata que la de muchos blancos, hasta el extremo de que algunos protagonistas de los westerns toman el camino de defender a los indios o de integrarse con ellos, sin que por eso se les estigmatice como renegados.

      Resulta un tanto caprichoso citar algunos films característicos de esta evolución ideológica, tan ligada a la producida en la intelectualidad de cada época. Una referencia mínima podría contener las siguientes películas:

·         Los inconquistables  (C.B. de Mille, 1947) y Tambores lejanos (R. Walsh, 1951), como ejemplo del efecto nocivo de algunos blancos en la hostilidad de los indios.

·         Flecha rota (D. Daves, 1950) con la presencia del personaje real de Cochise, o El valle del fugitivo (A. Polonski, 1969) con la de un protagonista indio de ficción.

·          Río de sangre (H. Hawks, 1952), Yuma (S. Fuller, 1957) y Bailando con lobos (K. Costner, 1990), como modelos de integración voluntaria de blancos en tribus indias, y Un hombre llamado caballo (E. Silverstein, 1970) que ejemplifica el paso de un blanco, de prisionero, a compañero de los indios. En tono más paródico, puede citarse Pequeño gran hombre (A. Penn, 1970).

·         La torpeza, cuando no brutalidad, del trato de los militares hacia los indios se ejemplifica en la ya citada Pequeño gran hombre, como también en El gran combate (J. Ford, 1964) y en Soldado azul (R. Nelson, 1970).

·         Centauros del desierto (J. Ford, 1956), Los que no perdonan (J. Huston, 1960) y Dos cabalgan juntos (J. Ford, 1961), sobre el tema, casi siempre conflictivo y de malos resultados, del mestizaje entre las dos razas.

·         Fuera ya del campo natural del western, diversas películas de los años noventa han presentado a los indios contemporáneos como poseedores de una intuición espiritual superior a la de los blancos: The doors (1990), Asesinos natos (1994) y Giro al infierno (1997), las tres de O. Stone, o Corazón Trueno (M. Apted, 1992) son ejemplos de ello.

 

 
  EXPORTACIÓN DEL GÉNERO: EL SPAGHETTI WESTERN.

 

      La crisis del sistema de grandes Estudios impulsó el rodaje en Europa por parte de numerosos productores, a fin de aprovechar los bajos costes salariales. El western pasó, de California o de Monument Valley, a tierras de Almería. Pero lo que, en un principio, era un producto genuinamente americano, pronto se hibridó por la presencia de actores y técnicos europeos y, finalmente, con directores de este continente. Surgió así el caprichosamente llamado spaghetti western que, por la vía del bajo presupuesto, la violencia paroxística y un cierto tono de parodia (incluso, de humor) dotó a los mejores productos de esta corriente de un cierto aire renovador. S. Leone como director y C. Eastwood como actor fueron las cumbres del movimiento (El bueno, el feo y el malo, 1966; Hasta que llegó su hora, 1968).

 


      EL WESTERN, EN LA HISTORIA DEL CINE.

 

      De género menor y de entretenimiento, el western ha pasado a valorarse como el más representativo y personal del cine norteamericano. Aparte de ello, es lo cierto que bastantes films del Oeste han pasado a integrarse en las selecciones de las N. mejores películas de la Historia del Cine. De mi personal selección de las trescientas mejores películas del primer siglo de cine (1895-1995), entresaco seguidamente las que pertenecen sin duda al género western. Para mayor facilidad de consulta, empleo el orden alfabético, por su título en español:

 

·         Bailando con lobos (K. Costner, 1990)

·         Centauros del desierto (J. Ford, 1956)

·         Diligencia, La (J. Ford, 1939)

·         Dos hombres y un destino (G.R. Hill, 1969)

·         Grupo salvaje (S. Peckinpah, 1969)

·         Hasta que llegó su hora (S. Leone, 1968)

·         Hombre que mató a Liberty Valance, El (J. Ford, 1962)

·         Johnny Guitar (N. Ray, 1954)

·         Juntos hasta la muerte (R. Walsh, 1949)

·         Pasión de los fuertes (J. Ford, 1946)

·         Raíces profundas (G. Stevens, 1953)

·         Río Bravo (H. Hawks, 1959)

·         Río Rojo (H. Hawks, 1948)

·         Siete magníficos, Los (J. Sturges, 1960)

·         Sin perdón (C. Eastwood, 1992)

·         Solo ante el peligro (F. Zinnemann, 1952)

·         Tierras lejanas (A. Mann, 1955)