domingo, 13 de abril de 2014

ENSAYOS DE CINE (1): EL CINE NEGRO



ESQUEMA PARA UN ENTENDIMIENTO DEL LLAMADO CINE NEGRO AMERICANO


1.    PRECISIONES CONCEPTUALES Y CRONOLÓGICAS.


·         Los términos cine negro y novela negra parecen haber sido acuñados en Francia. De hecho, los americanos utilizan la expresión film noir como propia, sin traducción precisa al inglés.

·         Problema clave: ¿es el cine negro un género o un movimiento cinematográfico? Si se responde lo primero, puede aceptarse que no tenga límites temporales ni espaciales. Si lo segundo, ha de limitarse a los Estados Unidos, en un periodo aproximado que comprende los años treinta, cuarenta y cincuenta.

·         La opción por una u otra respuesta es muy discutible. En sentido amplio, se habla de cine negro internacional que llega hasta nuestros días. En todo caso, la ampliación del concepto lo difumina hasta términos de confusión (cine negro, como cine criminal, policiaco o meramente thriller).

·         En el resto de este esquema, optaremos decididamente por la tesis del cine negro como movimiento, sin perjuicio de aceptar una prologación o epígono hasta fechas muy recientes.



2.    CONDICIONAMIENTOS HISTÓRICOS.


·         Tras la Primera Guerra Mundial, los EEUU experimentan un gran crecimiento económico y una mayor permeabilidad social. En este ambiente, la Ley Seca (o Ley Volstead, 1919) provoca una corrupción generalizada: gran parte de la población infringe la Ley y surgen las bandas de gangsters para controlar el tráfico de licores y aprovecharse de las mayores ganancias.

·         En 1929 se produce la Gran Depresión, con su secuela de paro y pobreza. Se deroga la Ley Volstead en 1933 y las bandas de gangsters se reciclan como redes mafiosas, proyectadas hacia negocios ilícitos (drogas, prostitución) y lícitos. Se crea el FBI para luchar contra la delincuencia organizada y multiestatal.

·         El 1-VII-1934 entra en vigor el llamado código Hays o autocensura cinematográfica que, en materia de cine negro, supone cuatro prohibiciones específicas: 1ª. Presentar como simpáticos o sin castigo a los criminales. 2ª. Utilizar la venganza como forma usual de hacer justicia. 3ª. Mostrar explícitamente los métodos criminales. 4ª. Tratar del tráfico ilegal de drogas.

·         A partir de 1933, afluyen masivamente a EEUU directores, actores,  y técnicos cinematográficos de los países centroeuropeos, que huyen de la barbarie nazi. La mayoría de ellos son judíos alemanes y austriacos, que potenciarán el cine americano, en especial, el cine negro, que recibe la herencia del expresionismo germano de la época inmediata anterior.

·         Superada la Depresión, se produce la entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial (XII-1941), con su secuela de muerte, inquietud y temor. Aunque el final de la contienda supone el predominio mundial incontestable de EEUU, suscita una gran crisis de valores, un paro y desmoralización abundantes entre los excombatientes, y la dificultad para reciclar la economía de guerra en otra de paz. También influye la guerra fría, con su secuela de caza de brujas (senador Mc Carthy y Comité de Actividades Antinorteamericanas), de tan nefastos efectos en el mundo del cine.



3.    CONEXIÓN DEL CINE NEGRO CON LA NOVELA.


·         El cine negro conecta con la novela de tema policiaco o criminal de tono realista y con crítica social, que nace en Inglaterra y Francia a finales del siglo XIX y que da lugar a la serie negra hacia 1920, con ejemplares de baja calidad y presupuesto (pulps) en EEUU. Al alcanzar gran éxito de público, autores de nivel pasarán a cultivarla (Chandler, Hammett, Mc Coy, Thompson, Mc Cain, Woolrish; en Francia, Prévert) y su estilo, tipos y argumentos nutrirán las películas negras mejores y/o más influyentes.

·         La novela negra configura la iconografía que determina los protagonistas de las películas del género (el detective privado, la mujer fatal, el policía violento o corrupto…), por no hablar de su incidencia en la evolución de los temas y de los tratamientos (penetración psicológica, influjo del fatum), como veremos en apartados ulteriores de este esquema.

·         La mayor influencia se produce cuando los propios novelistas pasan a ser guionistas (sobre obras propias, o no) de las películas, lo que frecuentemente acaece, en especial, con algunos de los maestros (Chandler, Hammett, Mc Cain, Woolrish).



4.    LAS CARACTERÍSTICAS ESTÉTICAS.



·         El cine negro no es sólo definido por temas y tratamientos de fondo, sino por una estética, ciertamente ligada a aquellos, heredera del expresionismo y emparentada con la del cine de terror y de misterio de la época. Casi siempre, se expresa en blanco y negro, algo que llega a ser casi apodíctico y limitativo, cuando se generalice el gusto del público por las películas en color.

·         Las bandas sonoras son realistas y llenas de sonidos ambientales. La iluminación es de poca intensidad, con nítidos claroscuros y fuentes luminosas muy altas o muy bajas (incluso, intermitentes: luminosos de neón). Los encuadres utilizan ángulos oblicuos. Se rueda más bien en interiores, que tienen algo de claustrofóbico. En exteriores, se prefiere los urbanos, también distorsionados, y en ambientes nocturnos y lluviosos o de niebla.

·         Estas, y otras características estilísticas que pudieran citarse, responden a una ideología y unas caracterizaciones determinadas: angustia, desequilibrio psicológico, sociedad opresiva, sujetos complicados y de conducta dudosa, fatalidad, pobreza de medios o de sentimientos, etc., todo ello, muy enfatizado, con un tono de metáfora y hasta onírico, propio de la matriz expresionista.

·         Como técnicas narrativas muy características del cine negro se encuentran el flash back y la voz en off. No son exclusivas de este cine, pero se usan en él con tal profusión que, en ocasiones, llegan a resultar abusivas y contrarias a la claridad narrativa y al poder de la pura imagen.


 

5.    LA ICONOGRAFÍA BÁSICA.



·         Las características estéticas y la ideología se plasman en una iconografía a tenor de aquellas. Abundan los bares y garitos o salas de juego, los hoteles baratos y los moteles de carretera, las oficinas (más o menos siniestras), los parques de atracciones y las ferias.

·         Los objetos favoritos son los anuncios de neón, las gafas y espejos, los teléfonos, las armas (en especial, los revólveres y metralletas), las botellas de licor, los automóviles.

·         Como objetos de deseo, abundan los bancos y los grandes edificios o suntuosos despachos, aunque enfocados en términos de imagen tenebrosos o claustrofóbicos.



      6.   LOS PERSONAJES CARACTERÍSTICOS.


·         Seguramente, los protagonistas más característicos del cine negro son el detective privado, el policía y la mujer fatal. Su predominio y caracterización evolucionan con el movimiento, como tendremos ocasión de ver al tratar de las diversas épocas del estilo. A su lado, y como antagonistas, tras la decadencia del cine de gangsters, les dan la réplica malvados o criminales de escaso nivel humano, tales como los timadores, los políticos corruptos, los matones a sueldo o los mafiosos, caracterizados como sujetos de nulo atractivo y generalmente perdedores.

·         El detective privado del cine negro queda caracterizado de manera casi definitiva en El halcón maltés (1941): sagaces investigadores de carácter duro, atormentados por su pasado o sus sentimientos, que llegan a involucrarse personalmente en lo que debería ser un trabajo meramente profesional. Según avanza el movimiento, el detective se encamina hacia la total ausencia de certezas morales, lo que llega a afectar también a su propio esquema de valores: generalmente, esa evolución vendrá de la mano de la mujer fatal, que aparece como un prototipo de las falsas apariencias y del ambiente tentador en que el detective habrá de realizar su investigación.

·         El policía comparte con el detective privado el protagonismo masculino en el cine negro. Su evolución es obvia a través de las diversas etapas del movimiento, pero, en general, puede sostenerse su caracterización como un ser solitario, un superviviente nato, que no sólo trata de resolver los casos criminales, sino de solucionar sus problemas u obsesiones personales. Poco dado a seguir las normas y a respetar a sus jefes (y ello, por buenas razones), el empleo de la dureza y de métodos poco correctos irá avanzando en el devenir del estilo, aunque sin llegar a la corrupción que invade a muchos de sus jefes y compañeros.

·         En algunas películas muy destacadas (Forajidos, Retorno al pasado), junto al personaje policiaco o investigador (o en sustitución o unificación con él), aparece el protagonista-víctima que, como un héroe de tragedia, deberá afrontar las consecuencias de su pasado, llegando hasta el sacrificio de su vida si fuere necesario. En otros films (Senda tenebrosa), la propia víctima, como falso culpable, habrá de asumir la investigación, ante la imposibilidad de fiarse de policías o detectives para que hagan el trabajo.

·         Finalmente, se encuentran las protagonistas femeninas, aunque el cine negro pase por ser machista o incluso misógino. La más destacada es la mujer fatal, centro de un interés sexual más psicológico que físico, y que actúa como instrumento del fatum de sus oponentes masculinos, creando en estos un sentimiento creciente y corrosivo de culpabilidad. Cada vez más complejas psicológicamente, estas malas mujeres (no siempre mujeres malas) se enfrentan a otro modelo de mujer que el cine negro no desdeña: el de esposa o novia del héroe, imagen de la tranquilidad, del verdadero amor y de la vida de hogar. En ocasiones, la dualidad se desdibuja y unifica en personajes femeninos, a la vez, favorables y fascinantes, que aúnan la sexualidad y el verdadero amor (Tener y no tener).



      7.   PRINCIPALES ETAPAS EN SU EVOLUCIÓN.

 

  • La película de gangsters. Constituye la etapa-prólogo y los primeros pasos del movimiento, aproximadamente entre los finales de cine mudo y el ascenso de F.D. Roosevelt a la presidencia (1933). Dentro de su dinámica, se aprecia el paso desde un tratamiento objetivo o incluso encomiástico del gángster, hasta su presentación como el enemigo público número uno de la sociedad americana (influencia de la censura). Pasados estos años, el gángster no dejará de protagonizar esporádicamente el cine negro (por ejemplo, en las revisitaciones biográficas), pero con connotaciones bastante diferentes: transformación en mafioso inteligente, conversión del protagonista en gángster, gángster encarcelado, etc.
  • Ciclo presidiario y de denuncia social. Coincidiendo con el periodo anterior y continuándolo hasta la superación de la Depresión (finales de los años treinta), el cine negro trata extensamente de la injusta situación en las cárceles (presentadas como antros de maltrato y escuelas del crimen) y del camino a la delincuencia por el desempleo y la marginación; en resumen, del efecto positivo de la sociedad y del sistema penal para transformar al marginado en delincuente. Uno y otro subgéneros subsistirán en épocas muy posteriores, pero la evolución de las conciencias y la censura pondrán entonces el énfasis, no tanto en la crítica social global, cuanto en los temas del falso culpable y del efecto redentor del amor (y hasta de la religión) sobre los fuera de la ley.
  • Periodo clásico. Se caracteriza por pasar el protagonismo, del gángster y el delincuente, al policía o al detective privado que los investigan y combaten. La creación del FBI impulsa el nacimiento de esta etapa, hacia 1935, que inicialmente presenta a los policías como grandes y sacrificados luchadores contra el crimen, aunque tengan que superar los mayores obstáculos (incluso la corrupción judicial y de sus superiores). Hacia finales de los años cuarenta, el pesimismo predomina, y son ya los propios policías de calle quienes frecuentemente se dejan corromper o emplean métodos (violencia, manipulación) que no se diferencian mucho de los de sus antagonistas (“el fin justifica los medios”): Sed de mal (1958) cierra brillantemente este ciclo.
  • En lo que respecta al ciclo detectivesco, iniciado en 1941 con El halcón maltés, participa de algún modo de la citada evolución del ciclo policíaco, como se aprecia en las sagas de Sam Spade, Philip Marlowe o Micky Spillane. La integridad del personaje, aun con toda su carga de pasado y sus relaciones con las mujeres fatales, se va perdiendo en un mundo de violencia y crisis de valores, hasta diluirse el propio protagonista (inicialmente, orgulloso e independiente detective privado) en falsos culpables, detectives a la fuerza, o en la figura híbrida del detective-policía, que actúa por libre, al margen de sus dudosos compañeros.
  • La serie criminal. El tratamiento psicológico (muy significativo en el film noir clásico) llega a constituirse en decisivo, indagando en profundidad en la psicología del delincuente, presentado muchas veces como un enfermo mental, o en la de la mujer fatal, así mismo llena de paranoias. Este cambio del énfasis desliza insensiblemente el cine negro hacia el campo del thriller o del melodrama. F. Lang preludia estos cambios, cuyos maestros indiscutibles serán  A. Hitchcock y O. Preminger, que cerrará el subgénero (1959, Anatomía de un asesinato). A partir del agotamiento de este camino, el cine negro se mezcla inextricablemente con otros géneros y finalmente acabará por homenajearse a sí mismo.



8.        CONTINUACIÓN  DEL CINE NEGRO.


·         Dejando a un lado la estéril discusión de si existe o no el cine negro más acá de 1960, se hace inevitable aludir a numerosas películas que se pretenden (o los críticos así las consideran) continuadoras del cine negro de los años treinta a cincuenta. Su número relativamente abundante permite una cierta caracterización de tales películas a través de las décadas totalmente transcurridas desde entonces.

·         Años sesenta. En esta década se vivió la crisis del sistema de Estudios y la desaparición total del mundo reflejado por los films noirs de pasadas épocas. Se hizo un esfuerzo por actualizar el género, mediante historias y personajes actuales y relativamente nuevos, aunque esto último se evidenció imposible. La desaparición de la censura facilitó el mayor empleo explícito del sexo y la violencia. Se mantuvieron los detectives privados (Harper, 1966) y continuó el mestizaje del cine negro con el thriller y el cine de acción (A quemarropa).

·         Años setenta. Fue una década de resurrección del cine negro, aunque en color. Reaparecieron Marlowe y las adaptaciones de otras obras de R. Chandler; resurgió el cine de gangsters (saga de El Padrino) y los ambientes y estéticas continuistas (Chinatown). El policía se caracteriza con violencia: Harry el Sucio.

·         Años ochenta. El interés por el cine negro se acusa en los remakes (El cartero siempre llama dos veces) y los pastiches nostálgicos (W. Wenders, J.L. Garci). Más interés tienen obras originales, como Sangre fácil, Fuego en el cuerpo o Blade runner, que engarzan el cine negro con la violencia desmedida o el futurismo.

·         Años noventa. El retorno al cine negro se toma con voluntad de homenajear, con máximo respeto y cierta pretensión de fidelidad: El ojo público, L.A. Confidencial. Se retoman obras inéditas de Chandler o J.M. Cain. El director J.M. Dahl mantiene viva la llama de la mujer fatal, en obras como The last seduction.


 

APÉNDICE: GRANDES PELÍCULAS DE CINE NEGRO.


  • Cualquier selección tiene mucho de caprichosa, en especial, por el número de películas que la compongan. J.C. Paredes (Enciclopedia Universal DVD Micronet) ha ofrecido una, con alrededor de una cincuentena de films noirs (hasta 1960), que me parece digna de confianza. Él la ordena cronológicamente. Yo la incluyo seguidamente por orden alfabético, indicando año de estreno y director.

-          Abrazo de la muerte, El (R. Siodmak, 1948)

-          Al rojo vivo (R. Walsh, 1949)

-          Alma en suplicio (M. Curtiz, 1945)

-          Anatomía de un asesinato (O. Preminger, 1959)

-          Ángel o diablo (O. Preminger, 1945)

-          Ángeles con caras sucias (M. Curtiz, 1938)

-          Atraco perfecto (S. Kubrick, 1956)

-          Beso mortal, El (R. Aldrich, 1955)

-          Brigada 21 (W. Wyler, 1951)

-          Cara de angel (O. Preminger, 1952)

-          Cartero siempre llama dos veces, El (T. Garnett, 1946)

-          Casa de bambú, La (S. Fuller, 1955)

-          Ciudad desnuda, La (J. Dassin, 1948)

-          Crepúsculo de los dioses, El (B. Wilder, 1950)

-          Dama de Shangai, La (O. Welles, 1948)

-          Dama del lago, La (R. Montgomery, 1946)

-          Dama desconocida, La (R. Siodmak, 1944)

-          Demonio de las armas, E. (J.H. Lewis, 1949)

-          Deseos humanos (F. Lang, 1954)

-          Encrucijada de odios (E. Dmytrik, 1947)

-          Encuentros en la noche (F. Lang, 1952)

-          Enemigo público, El (W. Wellman, 1931)

-          Escalera de caracol, La (R. Siodmak, 1945)

-          Extraños en un tren (A. Hitchcock, 1951)

-          Forajidos (R. Siodmak, 1946)

-          Furia (F. Lang, 1936)

-          Gilda (C. Vidor, 1946)

-          Halcón maltés, El (J. Huston, 1941)

-          Hampa dorada (M. LeRoy, 1930)

-          Historia de un detective (E. Dmytrik, 1944)

-          Jungla de asfalto, La (J. Huston, 1950)

-          Laura (O. Preminger, 1944)

-          Ley del hampa, La (J. von Sternberg, 1927)

-          Ley del hampa, La (B. Boetticher, 1960)

-          Manos peligrosas (S. Fuller, 1953)

-          Más allá de la duda (F. Lang, 1956)

-          Mientras Nueva York duerme (F. Lang, 1956)

-          Mujer del cuadro, La (F. Lang, 1944)

-          Perdición (B. Wilder, 1944)

-          Perversidad (F. Lang, 1945)

-          Relato criminal (J.H. Lewis, 1949)

-          Retorno al pasado (J. Tourneur, 1947)

-          Scarface, el terror del hampa (H. Hawks, 1932)

-          Sed de mal (O. Welles, 1958)

-          Senda tenebrosa, La (D. Daves, 1947)

-          Sobornados, Los (F. Lang, 1953)

-          Sólo se vive una vez (F. Lang, 1937)

-          Sombra de una duda, La (A. Hitchcock, 1943)

-          Sueño eterno, El (H. Hawks, 1946)

-          Último refugio, El (R. Walsh, 1941)

-          Violentos años veinte, Los (R. Walsh, 1939)

-          Yo creo en tí (H. Hathaway, 1948)




BIBLIOGRAFÍA.

 
     Se citan, exclusivamente, obras en español y de carácter general.

  • R. Borde y E. Chaumeton, Panorama del cine negro americano, París, 1955 (trad. Edit. Losange, Buenos Aires).
  • J. Coma, Diccionario del cine negro, edit. Plaza y Janés, 1990, 1995.
  • J. Coma, Luces y sombras del cine negro, edic. Fabregat, 1985, 1990.
  • P. Duncan y Jürgen Müller, Cine negro, edit. Taschen, 2017 (contiene también una selección de 50 películas representativas y de calidad).
  • F. Guérif, El cine negro americano, edic. Martínez Roca, 1988, 1994.
  • C.F. Heredero y A. Santamarina, El cine negro. Maduración y crisis de la escritura clásica, edit. Paidos, 1998.
  • J.A. Hurtado Álvarez, Cine negro, cine de género, edit. Nau Llibres, 1986.
  • J.C. Paredes, Cine negro, Enciclopedia Universal Micronet, 1995-2003.
  • J.L. Sánchez Noriega, Obras maestras del cine negro, Edit. Mensajero, 1998.
  •  A. Santamarina, El cine negro en 100 películas, Alianza edit., 1999.  

sábado, 12 de abril de 2014

AL FUEGO DEL AMOR




Al fuego del amor

Por Federico Bello Landrove


…dar la vida y el alma a un desengaño,
esto es amor, quien lo probó lo sabe.
Lope de Vega


     Si el amor es metafóricamente fuego, bien pueden algunos amantes ser comparados a la polilla que, atraída por él, se quema; o con la salamandra, de quien se dice resiste el fuego, entre el que sin cuidado vive; o con el fénix, que voluntariamente se abrasa para renacer de sus cenizas. Tres seres simbólicos, como las tres mujeres de mi cuento. ¿O podría tratarse de la misma?




1.      La polilla


     Han llamado para que baje a cenar, pero apenas si tiene apetito. Claro, ¡con este calor! Ni siquiera la puesta del sol parece aliviar el bochorno que trae el viento del este desde el cercano mar. Todo le resulta desagradable: la noche que ha caído bruscamente sobre sus pensamientos, ya de por sí bastante tétricos; los hilillos de sudor que siguen los pliegues de su piel hasta perderse en la urdimbre de la muselina malva; los efluvios de la fritura de pescado que suben desde la cocina hasta la terraza en que se halla acodada. Y ahora, esa luz de neón que, amarillenta y todo, habrá de atraer a los cínifes hasta su lecho sin mosquitera.

-          Lupe, por favor, ¿no tendría algo para resguardarme de los bichos?

-          ¡Claro, señora! Ahora mismo le subo un repelente.

     ¿Cómo replicar a la buena de la hostelera que los insecticidas le provocan disnea, por muy suaves y bien perfumados que sean? Además, justo en aquel momento –apenas un par de horas antes-, había sonado el teléfono. Era Víctor, para soltarle la andanada:

-          ¿Clara? Es para decirte que no voy a llevarte a los niños. Toño ha estado vomitando desde que almorzó y Vitín ya sabes que no va a ninguna parte sin su hermano.

-          ¿Y no has podido avisarme hasta ahora? Como supondrás, ya estoy en la casa rural y he contratado la excursión a las cuevas para mañana.

-          Lo siento. He esperado hasta ver si se le pasaba. Supongo que no será demasiado trastorno y, en cualquier caso, no querrás que lo lleve así a ese poblacho que apenas tiene atención médica.

-          Bien, vale. Pero si mejora, podrías traerlos mañana…

-          De eso, ni hablar. Tengo programadas dos reuniones con clientes y, además, conviene afianzar la recuperación y controlar la evolución entre tanto. Si quieres venir por aquí y visitarlos en casa…

-          No, deja. ¿Puedes ponérmelos al teléfono, que hable con ellos?

-          Toño descansa. Veré si está Vitín por ahí… Que dice que está viendo los dibujos animados por la tele y no le apetece. Llama mejor mañana, a la hora de comer.

     De buena gana, le habría armado un expolio, pero tenía las de perder. Había de seguir los consejos de su asesor legal: Su marido, como abogado, tiene todas las ventajas. Además, usted se marchó de casa y está sin trabajo fijo. Deje estar las cosas, al menos, hasta que el juez los divorcie y fije las medidas definitivas.

     Aguantar, sí, pero ¿hasta cuándo? El tiempo pasaba, los niños se iban distanciando de ella y no podía hacer planes sólidos para el futuro. De día, agobiada de estudios y trabajos, imaginaba salir adelante y sufrirlo todo por llegar a tenerlos a su cuidado. Por la noche, apenas lograba dormir con las pastillas, despertando a cada poco, oprimida y angustiada. Y así, quincena a quincena, hasta la siguiente visita de los niños, semillero mixto de frustración y de esperanza.

     Es demasiado tarde para regresar a Santiago, y más, con este ánimo, entre la indignación y la congoja. Cancela el resto del programa de estancia pero mantiene la reserva para esta noche. Lupe hace lo que puede, como siempre:

-          Por el hospedaje, ni mencionarlo siquiera. En cuanto a la excursión a las cuevas, hablaré con el guía para que se la aplace a otro fin de semana. ¡Merece tanto la pena!

     Clara se ha encogido de hombros, para acabar asintiendo. Ella ya conoce el lugar, que visitó con Víctor a poco de llegar a Panamá, pero los niños… Se había hecho la ilusión de que disfrutarían con la aventura. Lupe, incluso, les había organizado para el domingo la asistencia a un partido de béisbol. Y ahora…

     Desde la ominosa oscuridad ambiente, le llega el suave gorgoteo del arroyo Gamboa, antes de perderse del todo entre las oquedades calizas. Entra en la cámara y, de la mesita de noche, toma un frasco y engulle dos comprimidos con un buche de agua. Se reclina en una tumbona a esperar que le venga la modorra, buscando la protección del haz de luz ictérica, que supuestamente repele los mosquitos. Una miríada de polillas revolotea en círculos en torno al foco, danzando alocadamente hasta chocar con él y caer al suelo, inertes. Más cerca, cada vez más cerca…, susurra, imaginando que forma parte de aquel ritual de atracción y de muerte. Más lejos, cada vez más lejos, replica el somnífero, llevando su mente por una espiral nacida de la luz, con destino al agujero negro del sueño. En el camino, a cada espira, se aleja y sueña, o imagina, o recuerda, más y más pesada, siguiendo el camino de su vida marcha atrás en el tiempo…

***

     La mariposa de la noche se aleja de la luz y torpemente remonta el vuelo. En los bucles se enredan los años de la infamia, según ella ha titulado una novela que todavía se halla en los primeros capítulos. El doble salto mortal adelante de la emigración transoceánica, recién licenciada en Letras, sin raíces, sin trabajo, con un hijo ya en el vientre. El marido, discutidor y dominante, con el que pronto constató que poco o nada tenían en común, fuera de la exhibición social y de los hijos. La casa en las afueras de Colón, sin servicio y sin coche. La familia de él, sencillos y buenos a su modo, pero ignorantes y viéndolo todo con sus ojos: Víctor dice; Víctor hace; hija, tienes que hacerle muy feliz. El corazón se le rebela y le va plantando cara. Él exige cada vez más, sin ayudarla, regateándole hasta lo más nimio. Los niños, por los niños: Sí, pero ellos crecen y se dan cuenta de todo; ya empiezan a estar tensos, a tomar partido, a jugar con los padres a su conveniencia. Estudia a hurtadillas. Cultiva amistades a escondidas. Pide a sus padres que depositen en un banco de España lo que por generosidad quieran donarle: No es por nada: es que aquí el dinero se deprecia más rápido. La mariposa siempre voló sigilosamente.

     Un giro más amplio y le ha quedado pequeño el mar. Se ve en la ciudad castellana, bailando en sus brazos, abandonada, alegre, un poco achispada quizás. ¡Dios mío, cómo puede tratarse del mismo Víctor! A ella nunca le pudo engañar sobre ser inculto y posesivo, pero parecía tan abierto, tan apasionado, tan insistente... Era meloso, atlético, buen estudiante, con esa vitola de exótico que tanto apreciaban las chicas de antaño. Y su experiencia en las lides amorosas, que contrastaba clamorosamente con su propio candor...

     Clara titubea: es eso y no es eso. De tanto volar en círculos, ha perdido la trayectoria. Puede que las mariposas se guíen por las estrellas, pero la culpa no es de las estrellas, sino nuestra. Abre la perspectiva, se aleja en el tiempo y se ve una niña, dominada por su familia, encasillada en los estudios, juguete sentimental de un pretendiente tímido y en exceso cerebral. La mariposa, a duras penas, elude la red y escapa, alocada y zigzagueante, aprendiendo con el desconcierto, la rebeldía y, por el dolor, la independencia. Inexorablemente, la atrae el agujero de gusano, en el que entra convertida en larva, perdidas las alas, para salir convertida de nuevo en mariposa de luz, falena de la noche, desdichada polilla que ha confundido el mísero brillo de una bujía con el magno fulgor lunar.

     Clara se alza, entumecida y sudorosa. Fija la mirada por última vez en el desenfreno alado del farol y penetra titubeante en el dormitorio. Pudo ser de otra manera, bisbisea. Bosteza, consulta el reloj, retoma el frasco del hipnótico. Le vienen a la mente las eternas palabras: Morir, dormir, tal vez soñar. Vuelca los pequeños comprimidos en la palma de la mano y se queda mirándolos, como si les suplicara ayuda o les pidiera una respuesta.

     El primer soplo de brisa fresca bate suavemente las cortinas.  



2.  La salamandra


   El bisoño subteniente de la Policía Nacional, Roberto Argimiro de Céspedes y Talabarte llevaba destinado en Santiago de Veraguas apenas tres meses, lo justo para empezar a rellenar con soltura los atestados y adquirir cierta desdeñosa rudeza para tratar al ganado que le tocaba en suerte. Al menos, así dijo el mayor Martínez, al hacerle la presentación criminológica de los santiagueños el día de su toma de posesión:

-          Hasta hace pocos años, aquí nos conocíamos todos. Pero ahora, con el turismo y la Panamericana, nos llega un ganado que no veas. De modo que mano dura y sin contemplaciones. Los jueces de aquí son buena gente: no andan con demasiado garantismo y, ante todo, quieren eficacia.

     Aquella mañana, le esperaba una encomienda de cierta importancia. El mayor Martínez se la presentó así:

-          La noche pasada, han asaltado en su casa a una profesora de la Normal. Creo que todavía está hospitalizada. Echa un vistazo al lugar y, en cuanto le den el alta, le tomas declaración. Tengo mucho interés en que se hagan bien las cosas, pues se trata de una escritora de renombre, que dio clase a mi esposa. Llévate al cabo primero Rosas, que es vecino de la señora y conoce perfectamente toda la zona.

     El domicilio de la doctora radicaba junto a la Carretera Panamericana, de la que apenas la separaban la vía de servicio, unos metros de descuidado césped y un muro discontinuo tapizado de madreselvas. Tras él, el anodino edificio, oblongo y funcional, de una sola planta, con pequeño jardín delantero, a base de macizos de hibiscos y hortensias, salpicado aquí y allá de frondosos arbustos de camelia y de peonía, jarrones y macetas pénsiles para las bromelias y un modesto cenador, sombreado con rosales. A ambos lados y en fondo, otras propiedades similares inducían a pensar en una urbanización de otros tiempos, modesta en su construcción pero recoleta y holgada en las zonas verdes.

-           ¿Por dónde se supone que entraron, cabo?, inquirió el subteniente, extrañado de no encontrar huellas de fuerza alguna.

-          Mientras no podamos preguntar a la señora… Para mí que el ladrón era alguien conocido y vete a saber si no estaba ya dentro de la casa.

-          ¿Imagina lo que pudo llevarse?

-          Debió de ser una cosa muy concreta, si es que arrambló con algo –aventuró Rosas-. Lo que es dentro, no se aprecia nada descompuesto ni fuera de su sitio.

-          ¿Pero es que ya ha entrado usted por su cuenta y sin permiso?

     El cabo se encogió de hombros:

-          Como vecino, llegué aquí inmediatamente, alarmado por la sirena de la ambulancia. Ya se la estaban llevando, pero la puerta aún estaba abierta. Así que eché un buen vistazo, por si acaso, y me encargué luego de cerrar y poner unos precintos en las puertas de entrada. Mire… ¡caramba!, este lo han roto… A ver…, ¡ah, sí!, ahí está Alicia, la criada.

     Roberto resopló mientras columbraba al otro lado de los cristales a una mujer de mediana edad aspirando una alfombra. Estuvo a punto de gritar, pero se contuvo. Tres meses de experiencia ya dan para bastante:

-          Ande, Rosas, vamos a inspeccionar el escenario del crimen –recalcó irónicamente estas últimas palabras-, en todo lo que nos haya dejado sin aspirar la asistenta.

***

     La visita a la casa no aportó nada útil con medios criminalísticos. Céspedes decidió apelar a los métodos de toda la vida, vale decir, a charlar con la criada.

-          ¿Lleva mucho tiempo colocada en esta casa?

-          ¡Uy!, doce años para Pascua Florida: desde que la señora se vino con los niños para Santiago.

-          Ya. Y, claro, no sabrá usted nada de este robo. La cosa está difícil incluso para nosotros...

     Alicia lo miró con sorna, picada en su amor propio.

-          No me extraña que no den pie con bola: Si esto ha sido un robo, que se me contagie la fiebre amarilla.

-          No lo quiera Dios, pero ¿en qué se basa para excluir esa hipótesis?

     Debidamente aclarado para la sirvienta lo que hipótesis significaba, aquella se dirigió al cenicero y señaló un par de generosas colillas de purito:

-          Ahí está la prueba –pontificó-. El señorito Fernando hará otras cosas pero, lo que es robar, no roba.

     Inútiles fueron los esfuerzos del subteniente por conseguir una mayor precisión, ni siquiera amenazando a Alicia con llevársela detenida por encubrimiento. Roberto porfiaba, cada vez más excitado, hasta que notó que Rosas le tiraba suavemente de la camisa. Déjela –susurró-; ya luego le explicaré.

     Las aclaraciones fueron una mezcla de datos y suposiciones, que no dejó muy satisfecho a su superior:

-          La profesora lleva muchos años divorciada y, conforme a su libertad, lleva una vida sentimental un poco –ejem- movida, sobre todo, desde que se independizaron los hijos. Es posible que el tal Fernando sea uno de los que la frecuentan y la trifulca no fuera a causa del robo, sino por algo más... espiritual.

-          ¿Y de dónde ha sacado la asistenta la identidad del agresor?

-          He observado que señaló un cenicero con dos puritos consumidos solo hasta la mitad. Será una seña de identidad del tipo.

-          Ya; pues recoja las colillas para que analicen el ADN los de la Científica.

     Rosas hizo como le ordenaba, no sin rezongar algo relativo a los policías de academia. Roberto hizo como si no lo oyese y concluyó:

-          Creo que aquí hemos terminado. Quite los inútiles precintos de las puertas y pasémonos un momento por el hospital en que esté la víctima. Quiero informarme de primera mano sobre la naturaleza y entidad de sus lesiones.

***

     Un par de días después, a la caída de la tarde, la doctora Blanca de la Fuente, se hallaba sirviendo un aromático café al subteniente Céspedes, en el salón de su casa. En el velador, ante el sofá que así mismo compartían, unos exóticos polvorones enviados por mis padres, desde España, junto al cenicero que al policía le traía el recuerdo de los puritos y de Alicia, quien daba el último pasavolante del día en la cocina, antes de marchar. Una férula nasal y el labio superior hinchado dejaban constancia de la agresión sufrida por doña Blanca.

-          Así que Céspedes. ¿No será familia del catedrático de Historia de la Universidad Católica?, aventuró la profesora.

-          No, no, señora. Por aquí es un apellido muy corriente.

-          Fue de los que más me apoyó en mi tesis doctoral –prosiguió ella-, aunque esta versara sobre Ana Isabel Illueca, la poetisa campesina, recién fallecida por entonces.

-          También usted escribe, según me han dicho.

-          En efecto: doy clases en la Normal y voy publicando lo que me dejan las editoriales. ¿Has leído algo mío?

     El policía se sintió cómodo con el tuteo. A fin de cuentas, ella era mucho mayor, aunque muy peripuesta y todavía de buen ver.

-          He tenido una época muy agobiada –repuso-: examen de ingreso, academia, adquirir los rudimentos de mi profesión... Pero las cosas van a cambiar. Me hecho socio de la Biblioteca Pública. 

-          Tenemos una muy buena en la Normal. Si quieres, puedo sacarte... Perdona, estamos divagando y seguro que quieres ir al grano.

-          Gracias por su franqueza. Usando de ella, le pregunto directamente: ¿Quién es ese don Fernando al que todos achacan haber sido su agresor?

      La jugada de farol tuvo un acierto pleno, por coger totalmente desprevenida a la profesora. Esta enrojeció, bajó los ojos y, durante unos segundos, pareció buscar una salida, o bien una explicación a la ciencia del policía. De repente, oyó a Alicia que se despedía desde la cocina: Con Dios, señora. Hasta mañana. A Blanca se le hizo la luz: Seguro que todo era cosa de la chismosa de la asistenta, que no tragaba al susodicho. Decidió devolver la pelota al subteniente:

-          Fernando… ¿qué Fernando?

-          ¿Quién va a ser? El que estuvo aquí la noche de la golpiza. Si tiene usted amnesia postraumática, puedo hacer averiguaciones…

     La señora recogió velas –el policía estaba resultando duro de pelar-:

-          Golpiza, golpiza… No voy a negarle (el tuteo desapareció bruscamente) que discutimos, pero somos buenos amigos y se trató de un accidente. Él se marchaba muy enfadado y precipitadamente. Yo salí tras él para cerrar la puerta con llave y me llevé en las narices el portazo con que cerró. Ya ve, cuestión de mala suerte, pues seguro que él no quiso alcanzarme. Eso es lo que pasó y lo que mantendré dondequiera, contra los bulos que, al parecer, han circulado por ahí.

-          No me opongo a que quiera preservar su intimidad y el buen nombre de sus amistades. En todo caso, expondré su versión a mis superiores. Eso sí: por si la cosa sigue adelante, necesito que me dé el nombre del caballero, a no ser que quiera que lo investiguemos nosotros y le tomemos declaración.

-          Reinares, Fernando Reinares. Le sonará el nombre. Vive en Ciudad de Panamá.

     El bueno de Céspedes estaba in albis, pero se abstuvo de manifestarlo. Tiempo habría de aclarar la identidad. Comprendió que era prudente no insistir con las indagaciones.

-          Se está haciendo tarde –dijo-. Sería bueno que, durante unos días, no dé muchas explicaciones a terceros sobre la forma de lesionarse.

-          Descuide; mientras esté como un eccehomo, procuraré salir de casa y recibir lo menos posible. Pero, ahora que caigo, tómese el café, si no se le ha quedado frío, y pruebe los polvorones de España. Están sabrosos de veras.

     Roberto Argimiro sonrió y la miró a los ojos. Intuyendo que se daría carpetazo al asunto, le dio con sorna un consejo:

-          En el futuro, tenga cuidado con los portazos.

     Blanca se echó a reír:

-          Tendré que seguir a los hombres más a distancia.

     Al salir, el subteniente constató que la puerta de la casa, como todas, cerraba hacia afuera.

***

     Como Céspedes suponía, el caso de la nariz de Blanca se perdió en los archivos de la Comisaría. No obstante, su natural curiosidad fue satisfecha por la esposa del mayor, la noche que lo invitó a cenar a su casa para conocerlo, como solía agasajar a los nuevos oficiales. Al concluir el ágape, la anfitriona lo tomó del brazo y se empeñó en mostrarle su espléndida colección de polleras tradicionales. Subieron al piso alto y, entre falda y falda, le contó:

-          Blanca de la Fuente es una gran profesora y una mujer excepcional, pero ha quedado marcada por un matrimonio nefasto y un divorcio muy conflictivo. Yo diría que se ha impuesto, a la vez, la independencia profesional y la soledad afectiva. Su inteligencia y atractivo no pasan desapercibidos para los hombres con que se relaciona, pero ella nunca los ha tomado en serio. Tengo para mí que, desde que se afianzó como profesora y los hijos la abandonaron, no ha hecho ascos al flirteo o, incluso, a relaciones pasajeras. Con todo, en Santiago la juzgamos como una persona superior e inasequible a los hombres que la pretenden.

-          Sin embargo, ese Fernando no sé cuantos… Tengo entendido que han mantenido una relación… volcánica.

     La esposa del mayor rió de buena gana con epíteto tan ardiente. Le explicó:

-          Tienes razón. Por una vez, doña Blanca se encontró con la horma de su zapato. Él es un galán de mucha consideración: de buena familia; poeta y dramaturgo afamado; guapo y conquistador. Solo un pequeño defecto: casado y con hijos todavía adolescentes. Bueno, somos un país moderno y a la gente bien se les consienten muchas cosas. El hecho es que la relación entre Fernando y Blanca fue a más y empezaron a dejarse ver en sociedad y hasta se rumoreó que él iba a divorciarse. En fin, no sé por menudo lo que pasaría entre ellos; el caso es que rompieron, a lo que parece, de forma brusca. Y ahí viene el escándalo. ¿No has leído Tiempo de hombres?

-          Pues no, aunque el título me suena.

-          Por supuesto. Es una novela de Blanca, que se publicó en vísperas de Navidad, para mayor venta. Aunque con nombres ficticios, queda muy clarito que es autobiográfica y que el gallo de largos espolones y corta hombría es Fernando Reinares, quien no tuvo valor para apoyar a Blanca y seguir los dictados de su corazón. El escándalo ha sido de época; claro que aquí, en Veraguas, la cosa ha trascendido mucho menos que en la capital.

-          Ahora empiezo a atar cabos –confesó el policía-. El tal Fernando vendría a pedir explicaciones o a tomar cumplida  venganza por la sátira.

-          Seguramente, concedió su interlocutora. La verdad es que mientras transfigure el dolor en poesía y la decepción en novelas, bien merece que se la deje tranquila, a ella y, si no hay más remedio, también a la bestia parda de su antiguo amador.

-          Vamos, que la Justicia debe inclinarse ante la Literatura –dedujo Roberto-.

-           Ojalá no tuviera que inclinarse ante cosas peores –concluyó la anfitriona-. Anda, bajemos, que nos estarán echando de menos.



3.  El ave fénix




     Doña Luz durmió a duras penas hasta las cuatro y media de la mañana, y eso que a medianoche se preparó una tisana relajante. De la habitación contigua le llegaba el rumor sordo y acompasado de la respiración de su madre, dormida. Sonrió. Con casi noventa años y parecía no haber nada que le quitase el sueño. Tiempo atrás, al morir su padre, se empeñó en compartir dormitorio con ella, para hacerle compañía. Apenas se lo consintió durante unas semanas:

-          Hija, tienes que volver a tu cuarto. Tienes el sueño muy ligero y me consta que ronco.

-          No es tu respiración lo que me desvela, mamá. Es este maldito insomnio.

-          Pues razón de más. Estando sola, puedes dar la luz, levantarte o ponerte a leer: Lo que se te antoje. Durmiendo conmigo, no te mueves por no despertarme.

     A ella le encantaba esa independencia materna, hecha a partes iguales de un carácter férreo y del anhelo de no molestar. El undécimo, no estorbar, como tantas veces repetía. Con todo, los años no pasan en balde y Luz echaba la vista atrás y comprendía que le era cada vez más necesaria, para hacerle compañía, para cuidarla, para dirigirla incluso. Eso sí, con ternura y mano izquierda, cosas que nunca habían sido su fuerte.

     Por enésima vez, repasó mentalmente el discurso que tenía preparado para la ocasión. Como literata de campanillas, se suponía que poseía el don de la palabra; pero lo de hablar en público en el acto de su jubilación eran palabras mayores, sobre todo, por aquello de ser la despedida, la última vez. Y se había impuesto la carga adicional de hacerlo de memoria, sin chuleta, como decían los de su generación. Así que vamos a repasar…

     Repasar, repasar. Vamos con lo de los agradecimientos. En la penumbra soporosa, se siente llegar al andén de la estación, con sus hijos, portando el ligero equipaje que en su huída ha acertado a embaular. Cree percibir aún el abrazo de sus padres, como el del hijo pródigo, tan expatriado y miserable como ella. Siempre le gustó aquel símil de parábola. A fin de cuentas, también ella había partido llena de orgullo y autosuficiencia; ella también había decidido desandar el camino para escapar de la miseria y del dolor; igualmente, se le habían abierto las puertas y el corazón de la casa paterna, con las reticencias y la incomprensión de su hermano.

     ¡Qué época aquella, de sacrificios, de tensiones, de abajamiento! Todo, por un poco de paz y de seguridad, por la limosna de la ayuda y el pan del consuelo. El tiempo todo lo cura o, al menos, lo mitiga. ¿Cuál fue la clave? No es ociosa la pregunta, para cimentar el dichoso discurso. Luz bien conoce la respuesta; hasta recuerda el momento y el lugar en que la halló. Se cruzaron en los soportales, un Jueves Santo. Ella iba de compras con Toñín. Él, del brazo de una señora, con una parejita. Por un momento, parecieron reconocerse; luego, cada uno siguió su camino.

-          Mamá, me ha parecido ver a Enrique Beltrán por los soportales. ¿Sabes si está por aquí?

-          No sé, Luz, hace mucho que no sé de él. Es posible que haya venido a ver a sus padres, aprovechando estos días de fiesta.

     ¡Veinte años! ¡Ni reconocerla siquiera! ¿O tal vez sí? En todo caso, carpe diem, arrumba el pasado, busca dentro de ti, ¡renace!

     ¿Fue todo tan sencillo? Ella así lo cree: sencillo, sí, pero no fácil. Tan simple, como una revolución copernicana. Hasta entonces, a sí misma se emplazaba –y se engañaba- para el feliz momento en que llegara a ganarse la vida y los hijos se hicieran mayores. Olvidar el amor, olvidarme de mí, hasta… Ahora ya lo tenía claro: es imposible dar marcha atrás en el tiempo, revivir el pasado. En consecuencia, nada hay que aplazar, sino empezar, reanudar, aprender.

     ¿Es posible que el divorcio viniese con un pan debajo del brazo? Fue dejarla en paz el ultramarino –como lo llamaba su padre-, y sentirse volar, con aquella cabeza firmísima y brillante, tan desaprovechada hasta entonces. Las oposiciones a Institutos. Las carreras de los hijos. Por fin, aquella famosa novela, Atando cabos –era su título-, ajuste de cuentas con el pasado y con el género masculino, en general. Trabajo y fama. El vuelo del fénix.

     Si el fénix vuela, ella –su trasunto- camina pasillo adelante, con ese anadeo que ya no nace de la coquetería, sino de la artrosis. Sentada en el escusado, reflexiona y sonríe. Aquel fénix sexagenario habrá sido, al modo lopesco, de los ingenios porque, lo que se dice del amor, de renacimiento nada. A no ser que, al suave sol del atardecer, se llegare a fijar en ella –y viceversa- algún jubilado de vejez vehemente y viril.

     Retorna al lecho riéndose sofocadamente. Al pasar frente a la puerta de la alcoba, su madre la interpela:

-          ¿Te pasa algo, hija? Me pareció oírte llorar.

-          ¡Qué va, mamá! Me reía de mi misma. Ya ves, desde mañana, a vivir de pensionista.

***

     El salón de actos –otrora denominado paraninfo- está de bote en bote. El cansancio ante los discursos, cargados de metáforas y ditirambos, se hace patente en el auditorio. Luz ya está harta de repasar mentalmente su inmediata contestación. Transpira y vaga con la mirada y el pensamiento por aquellas filas que están al alcance de sus gafas. Es como una resucitación de espectros, algunos de los cuales ya creía extintos. Su madre; su hermano; los hijos, venidos de lejos; el nieto mayor; antiguos alumnos, viejos compañeros, amigas del alma, su abnegada editora… Sí, en tercera fila, arrinconado, aquel Enrique Beltrán, amistosamente recuperado hace unos años. Es el sino del ave fénix: Ella puede renacer, pero no está en sus alas, ni en el fuego purificador, que sus próximos rejuvenezcan con ella. Pero no: son el espejo de la verdad; ellos no mienten. Tendré que apresurarme a concluir mi obra maestra, por si las moscas –se aconseja, sintiendo un escalofrío-.

     Los aplausos brotan con cierto entusiasmo. El director, en pie, la mira sonriente, expectante. Vuelve a sí y comprende que le toca. Se levanta, imposta la voz, aguarda el silencio y empieza:

-          Queridos, hoy se apaga una presencia, una voz se extingue entre estas paredes, pero no tengo cuidado, ni siento nostalgia. Clara, y Blanca, y Luz, y tantas otras vivirán mientras alguien sienta con su amor o sufra con sus decisiones. Cual el Fénix, purificada por el fuego, renazco en vosotros, hijos, alumnos, lectores. Ese es mi legado o, al menos, mi esperanza…