domingo, 20 de enero de 2013

EL OBISPO Y EL GOBERNADOR




El obispo y el gobernador


Por Federico Bello Landrove



     Este es un relato basado estrictamente en hechos reales. Los protagonistas figuran bajo nombres supuestos, como también algunos lugares, mas no tendrán ninguna dificultad para identificarlos, si es que tienen la curiosidad de ello. El episodio central, producido en los inicios de nuestra Guerra Civil, pone bien de manifiesto que la estupidez y el encanallamiento no conocieron de bandos y, en ocasiones, se dieron la mano en el espacio y en el tiempo.




1. El mecanógrafo del Obispo



     Había llegado julio, pero don Frutos no daba señales de empezar las vacaciones. Es más que probable que intuyese la que se avecinaba, pero yo ya estaba ansioso por escapar al país de la neblina, para reunirme con mis padres. Y eso que no era nada grato el ambiente que habían dejado las terribles jornadas de la Revolución de octubre del 34[1]. De hecho, aunque yo fuera tan de Ujo como la iglesia de Santolaya, el año treinta y cinco me había sentido allí muy incómodo: me recluí en casa todo lo posible y, de tener que salir, prescindía de la sotana, aun sin licencias.  Total, el Caudal quedaba muy lejos del río Chico y yo estaba sometido a la disciplina del señor obispo de Murada, no del ovetense.


     La verdad es que la nostalgia del terruño nada tenía que ver con la ociosidad. Don Frutos, mi obispo, era un hombre infatigable. Con una salud excelente y una edad todavía dentro de la cuarentena, prestaba una atención especial a las tareas de despacho, que llevaba o dirigía férreamente. Ello daba lugar a que tuviera varios secretarios particulares para tales menesteres. Uno de ellos era yo.


     No me daré postín por tal destino. Años atrás, cuando mi Monseñor era el alma del seminario, había llegado yo a él, como acreditado profesor de Ciencias Naturales. Ambos éramos entonces muy jóvenes, de parecida edad y con formación en la Gregoriana (mucho más completa y provechosa la suya, por supuesto). Con todo, lo que más le llamó la atención fue mi dominio de la mecanografía. Por lo que me dijo, él era en tales tareas un negado absoluto. Admiraba mis pulcros catálogos de especímenes y mis apretadas fichas para las clases. Ponderaba:


-          ¡Y los latines, con letra cursiva! Admirable.


     Yo reía y aprovechaba su presencia para poner mi Underwood a toda velocidad. Don Frutos se colocaba tras de mí y acechaba la menor errata, la primera omisión de acento. Yo era muy pulcro, por lo que su satisfacción maliciosilla tardaba en llegar. Al fin:


-          Profesor, ha escrito usted  cotilefón.

-          ¡Qué se le va a hacer! Tiraremos de goma.


     Él escribía con letra menuda y fina, razonablemente legible, con notable rapidez, pero malamente podría competir con una máquina en manos de un casi profesional. El colmo de mi superioridad se alcanzaba cuando metía papel de calco y sacaba tres o cuatro copias, a base de aporrear el teclado hasta extremos dolorosos. Le sugerí que hiciera él lo propio, con una o dos, sujetando las hojas con clips. Resultó inútil, por su tendencia a deslizar la pluma rozando muy levemente el papel.


     Luego, yo seguí tecleando y desasnando cazurros –como decía mi hermana Telva-, mientras don Frutos ampliaba sus horizontes: canónigo; director diocesano de Acción Católica; consultor espiritual o capellán de diversos colegios y cofradías… El hecho es que, sin moverse de nuestra ciudad, fue preconizado obispo de Murada, con general beneplácito. Y entonces:


-          Braulio, hijo, ¿podrías ayudar en mi secretaría? No tengo, ni por asomo, un mecanógrafo tan diestro como tú. Además, eres discreto y conoces el italiano y el francés.

-          Pero, monseñor, mis clases del Seminario…

-          No será a tiempo completo. Y don Acisclo te liberará de las lecciones y estudios de la tarde.


     De modo que aquí me tienen ustedes, en el viejo e inmenso palacio episcopal, sujeto a una disciplina burocrática que me aherroja en vacaciones y me obliga a reemplazar La Creación[2] por el Boletín diocesano y la correspondencia con los arciprestes. Sin embargo, algunos hermanos me envidian la cercanía al prelado y las posibilidades –escasas- que mi destino brinda de estar bien informado. Como no soy ambicioso ni tampoco estoy pasando una buena temporada de fe, digamos que no aprovecho tales ventajas y aspiro, como el Santo[3], a no hacer mudanza en tiempos de tribulación.


     Ahora bien, una cosa es no hacer mudanzas y otra muy diferente, no disfrutar con las novedades que inexorablemente se producen. Como la llegada de un nuevo gobernador civil, por ejemplo. Y eso es lo que acaeció, en esta Murada de mis pecados, el día 5 de julio de 1936, precisamente cuando el señor obispo se disponía a partir para Villafranca, a dar unos Ejercicios espirituales, invitado por el Ordinario de esa diócesis, predecesor de don Frutos en la de aquí. Además, en lo que a mí respecta, el nuevo Poncio era una persona muy especial. Ustedes me perdonarán si, para explicarlo, retrocedo casi treinta años. Les prometo que no me demoraré demasiado en el viaje. Remontémonos, pues.  


***


     Tal vez hayan oído hablar de la Huelgona, un paro general de las minas y fábricas de Mieres, allá por la primavera de 1906[4], que duró más de dos meses y que acabó con el fracaso de las pretensiones de los trabajadores y el despido y la represión de cientos de ellos. Yo era entonces un chiquillo, que aún no había empezado el seminario, ni mi familia tenía mayores implicaciones con un conflicto que afectaba a la Fábrica de los Guilhou, no al imperio del Marqués de Comillas, al que Ujo pertenecía.


     Tenían mis padres, para ayudarse en la manutención de la familia, un pequeño negocio de cantina y fonda, a la vera de la estación, escaso en bebidas alcohólicas y presidido por una estampa del Sagrado Corazón, como convenía a las pías creencias del citado prócer y a las santas sugestiones de su sindicato. Por allí apareció, asendereado y ligero de equipaje, un señor, algo mayor a mi parecer, pero que ahora colijo apenas rebasaba la treintena. Espigado, vestido con un traje de paño basto, con gafas, gruesa nariz y belfo pronunciado. Su cabello, peinado hacia atrás con conspicua raya en medio, dejaba a la vista un soberbio par de orejas, perfectamente comparables con las de mi condiscípulo Ezequiel Solanes, alias Soplillo. Vamos que, aunque la global fisonomía no era desagradable, su rostro tenía poco de agraciado.


     Oteaba yo todo esto, a la caída de la tarde, desde el barandal del piso alto, mientras el caballero pactaba con mi madre las condiciones del hospedaje. No solo no puso inconveniente alguno al precio, sino que pareció sentirse aliviado de la acogida. Según contó mi madre en la cena, el señor –que se registró como Rafael Dijes- era un periodista de Madrid, que andaba husmeando por las cuencas, y por ende, no había sido bien recibido por los hosteleros mierenses[5].


     No paró muchos días el huésped en nuestra casa, pero fueron los suficientes para que charlara conmigo en algunas ocasiones, de manera que me hizo sentir importante. Recuerdo especialmente la vez en que me descubrió resolviendo problemas de matemáticas bajo el mostrador de la cantina. Comprobó la corrección de las soluciones, sonrió y comentó con mi padre:


-          Parece listo el chico y es capaz de concentrarse incluso en este ambiente. ¿Qué quiere ser de mayor?


     Mi padre se encogió de hombros, pero yo respondí muy seguro:


-          Yo quiero ser picador[6], pero mi madre dice que cura.

-          ¿Cura? ¿Irás al seminario de Oviedo?


     Intervino mi padre, un poco molesto por la intromisión del forastero:


-          Es que va al colegio de los Hermanos[7] y ellos dicen que tiene buena cabeza.

-          Desde luego, mejor que la mina ya será, concluyó su interlocutor, de forma probablemente irónica.


     Días después, nuestro huésped se despidió –quizás, a instancias de mis padres-. Me buscó a la salida de la escuela y puso en mis manos una espléndida peseta.


-          Para una cartera nueva –destinó-. En el seminario te será muy necesaria.



2.  El inquilino del palacio de Revenga



     Lo habíamos comentado más de una vez en el obispado: Aquel gobernador, hechura de Azaña –según decían- era lo menos parecido a un político que habíamos tenido por Murada. Claro que esa crítica podía tener su lado positivo, si bien se mira. El caso es que era un hombre muy viajado, poeta vanguardista, colaborador en revistas y periódicos y hasta biógrafo de Luis Candelas. Había llegado a la ciudad con el viento del Frente Popular y, cuatro meses después, la tramontana se lo llevaba para Baleares. Personalmente, a mí me daba lo mismo, siempre que el poncio [8] que lo sucediera no fuese demasiado sectario en materia de religión –el trasladado, señor Cortina, no lo había sido-. Al decir de don Matías, verdadero Secretario del señor obispo, había pasado sin pena ni gloria. Otro vendrá que bueno me hará, repliqué yo.


     El que vino después constituía, parafraseando la famosa sentencia, la continuación de la incapacidad por otros medios. Por cierto, la similitud era chocante pues el recién venido, bastante mayor que el anterior, era también periodista y escritor destacado, amigo de Azaña –por descontado- y, curiosamente, había empezado su carrera como gobernador… en Baleares. Claro que, en su caso, había ido de más a menos: Baleares, Santander, Lugo y, ahora, Murada. Se ve que había alcanzado a la primera el límite de su –lógica- incompetencia.


     El Diario de Murada publicó la noticia sin aparato gráfico, pese a lo cual no tuve duda sobre la identidad del gobernador, pues mantenía muy vivo su recuerdo de mi infancia. Habría sido insólito –por no decir contraindicado- que un sacerdote asistiese a la toma de posesión de un político de Izquierda Republicana. Mas, como quiera que le guardara afecto desde Ujo, hice por coincidir con don Frutos y le comenté, como quien no quiere la cosa:


-          Otro periodista y literato. Dicen de él que es bastante moderado; vamos, que le han hecho gobernador por ser amigo de don Manuel, para que saque adelante holgadamente a su numerosa familia.

-          Lo de moderado lo dirás tú. Menuda novelita anticlerical despachó en mis años mozos.


     Sin duda se refería a El coadjutor, que se publicó poco antes del reportaje sobre la Huelgona, aunque yo la leí mucho después. En cualquier caso, de la respuesta del obispo deduje que, en principio, no íbamos a coincidir en el juicio acerca del señor Dijes.


     Como creo haber dicho antes, Don Frutos marchó a los pocos días para Villafranca, a dar unos Ejercicios espirituales, dejándonos a todos trabajo encargado. Que Dios me perdone pero, como en la fábula de los ratones cuando falta de casa el gato, lo primero que resolví fue saludar al señor gobernador. Estuve dudando si ir en persona –y de seglar- o pedir audiencia por teléfono. Finalmente, decidí esto último, pero desde el Seminario, en la discreción de cuyos telefonistas confiaba más que en la de sus colegas del Obispado. Al otro lado de la línea, se puso alguien de la secretaría de Dijes:


-          … Dígale que soy un viejo amigo ujense…¡ujense!, que tengo que verlo para devolverle una peseta.


     Le faltó tiempo al bueno de don Rafael para ponerse al teléfono y, una vez aclarado que yo también estaba en Murada, quedar para tomar café, que pagarás tú con la peseta de marras.


***


     La verdad es que el café no lo tomamos en público, sino en sus habitaciones del Gobierno Civil, que como caserón destemplado e inhóspito, no le iba a la zaga al palacio episcopal. Nos sirvió una criada. Don Rafael me explicó:


-          Estoy casado y tengo tres mozalbetes y una chiquilla, aquí donde me ves, con los sesenta y tres cumplidos. Pero, ¿y tú? Por lo que me dices, el meapilas del Marqués de Comillas se salió con la suya.

-          No crea, que su trabajo le costó. Mucho pensé y vacilé, tras leer su Coadjutor.


     Dijes se echó a reír:


-          Pero si es una obrita de juventud, hombre. Lo verdaderamente bueno mío son los reportajes periodísticos. ¿No has leído el que publiqué sobre la Huelgona?

-          A duras penas, don Rafael. Ya sabrá que todos los ejemplares que llegaron a Asturias los compró Fábrica de Mieres, para retirarlos de la circulación y que no se supieran ciertas cosas…

-          Ya decía yo que había tenido un gran éxito de ventas, repuso mi interlocutor, haciéndose de nuevas y riendo incontenible.

    

     Lo miré de hito en hito. Sus pronunciados rasgos faciales apenas se habían dulcificado con los años, pero el cabello, entrecano, dejaba al descubierto la mitad frontal del cráneo y su magra silueta había recrecido un tanto. Elegante sin afectación, su indumentaria y gafas le daban una imagen de profesor, más que de hombre de acción. Se lo dije y sonrió:


-          Azaña es bastante más duro que tú: dice que tengo pinta de encargado de  Tejidos La Esfera o de Almacenes El Águila. Claro que me aprecia y me respeta, hasta el punto de querer hacer de mí un burócrata distinguido. Ya ves, estoy en el machito desde febrero del treinta y tres, con un par de meses de descanso. Baleares, Santander, Lugo, Murada. A juzgar por los destinos, y con pleno respeto a esta tierra, creo que voy a menos[9]. No es nada extraño, pues me siento viejo.

-          La edad no perdona, es cierto, pero también lo es que las cosas de la política se están poniendo cada vez más difíciles.

-          Y que lo digas, Braulio, y que lo digas.


     Y, acercando su butacón a mi sofá, con voz queda, me contó algunas anécdotas, que yo celaré por respeto a su memoria. En Santander, sobre todo, el pobre señor las había pasado de a quilo, sin poder meter en cintura en modo alguno a tirios ni a troyanos. Bueno, algún modo sí habría tenido, pero el respeto de las leyes, y lo incierto y pusilánime de las órdenes que recibía, le habían vedado toda eficacia, o así lo entendía él. Agregó:


-          Han sido tan solo tres meses y pico, pero agotadores. Estaba decidido a tirar la toalla, pero don Manuel no abandona a los suyos –bromeó-. Me prometió un destino más sencillito y mandóme a Lugo pero, apenas habíamos deshecho el equipaje, cuando nos ha lanzado a esta altísima ciudad, cuna de caballeros y de santos. Cortina, mi buen amigo y colega de pluma, ha salido de aquí harto de bostezar y supongo que yo acabaré por hacer otro tanto, si es que la situación general no nos da una desagradable sorpresa.


     El tema me resultaba vidrioso; así que trasladé la conversación a las familias respectivas:


-          Los suyos, ¿se quedarán en Madrid o piensan instalarse en este caserón?

-          No sabes como es mi Consuelo, firme y sólida, de las de donde tú vayas, iré yo. En cuanto a los chicos, no es mal sitio este para pasar el verano, fresquito y con la sierra cerca. Así que los tendré aquí en unos días. ¿Y tus padres, viven aún?

-          Están buenos, a Dios gracias y, al saber que haría por verle, me han dado recuerdos para usted –mentira piadosa-.

-          Se los devuelves. Por cierto, aunque no debiera preguntártelo, ¿qué tal es el ilustrísimo señor obispo?

-          Un hombre santo y muy ponderado. Con todo, tiene sus limitaciones, como la de no caerle muy bien mi visita de hoy, si llegara a enterarse.

-          Descuida, nada sabrá por mí, aunque no sé si olfateará el olor a azufre azañista.

-          Está en Villafranca, dando unas conferencias. Antes de que regrese, daré mi ropa a lavar.


     Ambos rompimos a reír y nos despedimos con un vigoroso apretón de manos. De haberse mostrado él más efusivo,  tal vez lo habría abrazado…, a pesar del azufre.


    

3.  La feroz siega de aquel año



     No es mi intención, al redactar estas páginas, la de narrar la forma en que Murada vivió la tragedia del verano del 36, entre otras cosas, porque mi visión de la misma habría de ser necesariamente sesgada y fragmentaria. Quiso Dios traer con nosotros de vuelta a don Frutos, quien osadamente retornó desde Villafranca, tan pronto se enteró de que el Alzamiento fructificaba en Castilla. En nuestra provincia, la división fue, en principio, notoria. Doce arciprestazgos de la diócesis quedaron en territorio nacional, en tanto otros seis habrían de permanecer, por poco tiempo, en poder de los partidarios de la República. Sería lo suficiente para que veintiocho sacerdotes y religiosos fueran martirizados, entre ellos, un hermano mayor de don Frutos, párroco de una importante villa en el sur de la provincia. Plugo a la Divina Providencia que nuestro obispo, en vez de tomar vacaciones, hubiese ido a predicar, pues la población de Navazo de Pinares, lugar favorito para el reposo veraniego de los prelados de Murada, permaneció durante varios meses sin ser liberado. No creo sea una vana presunción la de que, de caer en manos de las milicias libertarias, habría seguido el sino mortal de tantos otros hermanos suyos en el episcopado[10].


     Pero no adelantemos acontecimientos, ni nos demos a la digresión. Es lo cierto que, tan pronto regresó a Palacio, don Frutos dio absoluta prioridad a la protección de sus sacerdotes e iglesias, así como al socorro de los detenidos y desplazados. A tal fin, repartió tareas y destinos concretos a todos los integrantes de su secretaría. Yo hube de fungir de protector del Seminario, a la sazón casi abandonado por vacaciones, y visitador de los colegios y residencias docentes de diversas Órdenes, repartidas por toda la ciudad. No era tarea cómoda, aunque felizmente el orden y la tranquilidad reinaran en Murada, bajos sus nuevos gobernantes.


     En ello estaba cuando el día 24 de julio, al concluir el almuerzo de mediodía, me avisaron de una visita, que me esperaba a la puerta del seminario. Por su nombre, Alfredo Dijes, supuse se tratara de un pariente del gobernador, probablemente hijo suyo. Estaba en lo cierto. Un mozo, como de dieciséis años, me saludó con esta presentación:


-          Soy el hijo mayor de don Rafael, el exgobernador, y vengo a verlo de parte de mi padre, para decirle que está detenido en casa y que le agradecería cuanto pudiera hacer por su familia y por él mismo.


     El pobre chico, ante la falta de libertad de su padre y el riesgo para las mujeres, era –según me dijo- quien iba de la ceca a la meca, tratando de que conocidos y autoridades ampararan su causa. Supongo que, en un principio, se habría tratado, además, de recibir noticias y contactar con sus correligionarios pero ya, a estas alturas, Murada y su entorno estaban totalmente en manos de los alzados.


     Le pregunté sobre el estado de su familia y, llegándome a la cocina, hice un pequeño paquete con fruta y carne. Lo despedí con ello y con una promesa:


-          Di a tu padre que hablaré con el señor obispo y, si me es posible, iré a verlo, ya que le tienen cortado el teléfono.


     Entre el sosiego de la ciudad y el temor de desagradar a don Frutos, demoré cualquier gestión durante dos o tres días. Hube, al fin, de decidirme pues, de ida y vuelta al frente del Alto del Aguilón, tropas y voluntarios pasaban por Murada y cada vez se tensaba más el ambiente. Algunos oficiales y falangistas de relieve morían en los combates y empezaba a respirarse aire de venganza. Por si fuera poco, se hablaba y no se acababa de matanzas por los milicianos. Y, entre tanto, Dijes seguía detenido en el palacio de Revenga, en la curiosa situación de ocupar la vivienda oficial, mientras otros ejercían el cargo. El caso es que, cuando me decidí a abordar a don Frutos, fue en el peor momento. O eso me figuré yo.


     Estaba sentado en su despacho, rodeado de sacerdotes que le daban el pésame por el fallecimiento de su hermano párroco, asesinado en una carretera no lejos de su sede. El prelado parecía abatido, pero no abrumado. Al verme, aprovechó para cortar la retahíla de condolencias, se levantó y dijo:


-          Braulio, hijo, ¿qué noticias me traes? Pero espera: Vamos antes a rezar unos momentos en la capilla.


     La verdad es que don Frutos era un hombre de fe.


     A la salida, se libró de los demás orantes, me tomó del brazo y nos apartamos por una de las crujías del patio. Le di las novedades propias de las instituciones a mi cuidado y, poco a poco, lo llevé a mis inquietudes:


-          Entre la dureza de los combates y la crueldad de esos verdugos, mucho me temo que acabe por contagiarse esta ciudad y la parte de la provincia controlada por los militares. Tengo miedo por algunas personas significadas, que no tienen otra falta que la de ser de izquierdas.


     Don Frutos trató de tranquilizarme. Los mandos que lo visitaban o con los que estaba en contacto le aseguraban normalidad y protección.


-          Pero esos energúmenos que vienen de Castellar… –repliqué-. Creo que en su provincia están campando por sus respetos y se rumorea que ha habido fusilamientos.

-          Rumores, rumores… Procuremos que aquí no se conviertan en noticias. ¿Estás preocupado, en particular, por alguien?

-          Pues ya que Su Ilustrísima me pide una opinión personal, me preocupa el antiguo gobernador. Es hombre de bien, poco político y algo conocido de mi familia. Si pudiera levantarse su detención o canjearle por alguien importante de derechas…

-          Vete a verlo de mi parte, sin muchas alharacas, e infórmate de su estado y el de su familia. Por mi parte, intentaré algunas gestiones.


     Lo dicho: el obispo, en cualquier estado y situación, era una excelente persona.


***


    Con las debidas licencias y el pretexto –no del todo inexacto- de dar a la familia Dijes  consuelo espiritual, pude constituirme en su forzada residencia, en la tarde del 28. En apenas dos días, la situación en la ciudad había empezado a volverse ominosa, con detenciones masivas y grupos armados de paisanos, que desfilaban agresivos. Don Rafael y su familia se habían visto reducidos a unas pocas habitaciones de la descomunal vivienda oficial. En un pequeño estudio-despacho, él y yo mantuvimos una breve conversación, procurando no ser escuchados del resto de la familia. El ex gobernador tenía un aspecto muy cansado y parecía haber envejecido varios años en unos días. Me sorprendió mayormente la cita de un nombre por su parte:


-          El general Franco… Si pudiera ponerme en contacto con él… Coincidimos en Baleares durante un año y tuvimos buena relación; hicimos cosas juntos, la lucha contra el contrabando, las medidas de Azaña para defender las islas de las apetencias de Mussolini y cosas así.

-          Hombre, Franco sería una recomendación muy notable, pero debe de andar por Marruecos o quién sabe dónde. ¿Alguna otra influencia más cercana que mover?


     Aquí, don Rafael me citó dos o tres nombres, que no juzgo prudente expresar, ya que sí se les tocó  y no hicieron nada, o su esfuerzo resultó baldío. Añadió:


-          ¿Y el señor obispo no querría hacer…?

-          Todo lo humanamente posible, pero bastante tiene el pobre con sus sacerdotes.


     Le conté lo del hermano de su ilustrísima y tantos otros pastores asesinados. Bajó la cabeza, o triste, o abochornado:


-          Si las cosas se ponen así, nadie estará seguro. Y además, la muerte de ese abogado, jefe de Falange de Castellar[11]

-          En fin, don Rafael, si no tiene más que encomendarme...

-          Mi familia, Braulio. Al fin y al cabo, yo soy casi un viejo y tengo lo que me he buscado[12]. Procure echar una mano a Consuelo y a mis hijos.

-          De eso, puede estar seguro. Afortunadamente, no tienen aún edad de ir al frente. Y trasladaré esta petición suya especial al señor obispo.


     A la salida, se hizo la encontradiza doña Consuelo:


-          Muchas gracias por las provisiones de hace unos días. Afortunadamente, no nos han requisado el dinero que hay en casa.

-          Si tienen alguna dificultad para ir a comprar, avísenme por alguno de los muchachos.


     Salí al bochorno de la calle. Volví la vista atrás y, en el balcón principal del palacio, me pareció ver al comandante que había sucedido a Dijes. Me sentí como niño pillado en falta, humillé la cabeza y me pregunté si habría sido buena idea la de haber acudido con sotana a tratar de redimir al cautivo.


***


     Los días sucesivos pasaron entre brillantes acciones de guerra –según el Diario de Murada- y menos esplendorosas operaciones de retaguardia, pese a que el dominio de la ciudad por los alzados estaba plenamente consolidado. Bastante tenía yo con cumplir las órdenes de don Frutos y sufrir con las tristes nuevas del sur provincial. Pero tenía también otros motivos para ponerme las orejeras y pasar corriendo y de puntillas por las calles, camino de mis destinos eclesiales. Mi amigo, Jesús Arribas, lo ha resumido acertadamente así:


     La llegada de las escuadras falangistas de Castellar marca un punto de inflexión en el estilo de vida de la ciudad (Murada), que había aceptado la sublevación sin que hubiera derramamiento de sangre. Comienzan las “operaciones de limpieza”, se producen los primeros fusilamientos en el patio de la cárcel, se cambian los rótulos de las calles y se encienden las hogueras de siempre para quemar libros y cualquier impreso que se pueda relacionar con la izquierda[13].


     El 4 de agosto, martes, el hijo mediano de don Rafael, logra encontrarme en plena plaza de San Pedro y, casi sin aliento, me espeta:


-          Han llevado a mi padre a la cárcel, de orden de la Autoridad militar.


     Durante unos momentos, no supe qué hacer ni decir. En el mejor de los casos, aquello era un empeoramiento de la situación, si no el preámbulo de algo mucho más trágico. Al cabo, despedí al muchacho –viva imagen de su padre cuando joven- y me dirigí incontinente al palacio episcopal. Don Frutos estaba reunido y era imposible, por el momento, interrumpirlo. Rellené una octavilla con la noticia e hice que se la pasaran, mientras me ausentaba para visitar la residencia de las teresianas de Poveda. Después, me dirigí al Seminario para comer. Allí me llamó don Matías, para confirmar que, en efecto, Dijes estaba en la Prisión provincial, por orden del Comandante Militar, pero que no había nada que temer. La frase, por oposición a lo afirmado por el Comandante, a mí me escamó mucho, pero la verdad es que no pensé en un desenlace tan rápido. ¡Cuántas veces don Frutos y yo lamentamos nuestro error de cálculo!


     El resto, con muchas lagunas intermedias, es tristemente conocido. Vuelvo a dejar al señor Arribas el uso de la palabra:


     En la madrugada del día 5 (de agosto) el cadáver de Dijes aparecía con un tiro en la cabeza cerca del cementerio de la ciudad. Era el comienzo de la oleada de violencia y venganza que ensangrentó Murada durante todo aquel verano.


     Me armé de valor y fui a reclamar de don Frutos una réplica condigna a la gravedad del crimen cometido y, conjuntamente, al engaño vergonzoso del Comandante Militar. Era demasiado pedir. El prelado, por toda respuesta, me ordenó:


-          Es la hora de la caridad, no todavía de la justicia. Ve al cementerio: que pongan una cruz sobre su tumba y le rezas un responso. Luego acude al palacio de Revenga, o dondequiera que esté la familia de don Rafael, y tráelos a mi presencia. Diles que mi palacio es desde ahora su casa, hasta que encuentren un acomodo mejor.



4.  Consideraciones finales



     Los papeles de don Braulio Friera terminan aquí. Ignoro los motivos por los que estableció tan abrupto final, máxime conociendo –como yo lo sé- que sus problemas de fe concluyeron emigrando a Francia y colgando los hábitos, algunos años después. Yo, por mi cuenta y riesgo, he decidido agregarles unas apostillas, con la ayuda de don Jesús Arribas, al que agradezco vivamente la cooperación. Helas aquí:


  • Doña Consuelo, esposa del señor Dijes, y su hija Pura fueron acogidas por don Frutos, permaneciendo bajo su protección hasta la conclusión de nuestra Guerra Civil. Los tres hijos varones fueron internados en el colegio de San Antonio de Murada, donde el trato les fue, con toda probabilidad, bastante menos humano y protector que el dispensado a su madre y su hermana.
  • Dicen que, cuando Franco se enteró del asesinato del exgobernador de Murada, lamentó no haberlo sabido a tiempo de impedirlo. En cualquier caso, al concluir la Guerra, dio instrucciones para que a la familia Dijes se les facilitara una vivienda en Vallecas, en condiciones que lamento no haber podido investigar[14].
  • La saca del señor Dijes de la cárcel, camino del paredón, tuvo el siguiente soporte documental: Es entregado este sujeto al Teniente de Seguridad para conducción a esta Comandancia Militar, en virtud de orden de dicha Comandancia, que se une. Y, a continuación: Es puesto en libertad el individuo a quien este expediente se refiere en virtud de orden que se une.- Se acusa recibo. Todo ello, con fecha 4 de agosto de 1936.
  • En la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre de 1936, fue asesinada en una cuneta (kilómetro 6) de la carretera Madrid-Toledo, la Hija de la Caridad, sor Modesta M., hermana menor del obispo de Murada. La ejecución corrió a cargo de milicianos del Ateneo Libertario de Vallecas. Sor Modesta y una hermana que la acompañaba, fueron sorprendidas cuando, desde su pensión madrileña, se desplazaban a la Casa de su Orden, para celebrar en debida forma la liturgia del día de Todos los Santos.
  • El obispo de Murada, don Frutos Moral, tras ciertos rasgos de independencia y magnanimidad malquistos por el Gobierno, continuó rigiendo la misma modesta diócesis, hasta su jubilación en 1968. Dicho sea ello, en favor de los méritos y virtudes del susodicho prelado, fallecido en 1980.


    







[1]  En los sucesos de Asturias (5/18-X-1934) fueron asesinados 33 religiosos: 3 canónigos, 7 párrocos, 17 clérigos regulares y 6 seminaristas. El total de civiles muertos fue, como mínimo, de 855 y de 1.449 el de heridos (Sección de Estadística de la Dirección General de Seguridad, documento de 3-1-1935).
[2]  Supongo que don Braulio aludiría aquí a la siguiente gran obra: Dr. A.E. Brehm, Historia Natural. La Creación, edición española de Montaner y Simón, Barcelona, 1893 y sucesivas. La obra comprende 9 tomos en 8 volúmenes.
[3]  San Ignacio de Loyola.
[4]  En realidad, la huelga comenzó en el mes de febrero. Disculpemos este lapso de nuestro narrador, que parece escribir de memoria, muchos años después de los sucesos de 1906.
[5]  En realidad, Ujo forma parte del concejo mierense, de cuya capital dista unos cinco kilómetros, lejanía suficiente para sentirse distintos, por no hablar de las históricas diferencias patronales y de empresa, entre Fábrica de Mieres y Hullera Española, que se deducen de la narración.
[6]  De carbón en las minas, por supuesto: de tauromaquia, nada de nada.
[7]  La afinidad religiosa del Marqués de Comillas dio lugar –según refieren- a que se instalaran en sus posesiones asturianas los Hermanos de las Escuelas Cristianas, para encargarse de la enseñanza de los hijos de los mineros.
[8]  La insistencia de D. Braulio en esta palabra me impulsa a definir su significado, dado que no figura en el diccionario de la Real Academia: vulgarmente, sinónimo de gobernador, por el nombre de Pilato, el famoso Gobernador (recte, Procurador) de Judea, en tiempos de Jesucristo.
[9]  Esta apreciación no parece del todo exacta. Se dice que Azaña ya tenía pensado el siguiente destino para el señor Dijes: nada menos que el de embajador de España en Cuba. Quienes hayan dado con la real identidad de Dijes, podrán intuir el porqué.
[10]  En total, doce obispos y un administrador apostólico en sede vacante.
[11]  Muy probable alusión a Onésimo Redondo Ortega (1905-1936), caído en la tarde del 24 de julio, en Labajos.
[12]  Un juicio de sí mismo duro en exceso. Lo cierto es que un total de 18 gobernadores civiles de la República fueron asesinados o ejecutados –prácticamente, da igual- por los alzados.
[13]  Citas de elblogdejesusarribas.blogspot.com. No incluyo el título del artículo concreto, para respetar las reservas de D. Braulio en cuanto a nombres.
[14]  Datos suministrados al señor Arribas por el hijo segundogénito de Dijes, que alcanzó notoriedad como actor.

sábado, 19 de enero de 2013

LAS FLORES DEL CAMPOSANTO




Las flores del camposanto



Por Federico Bello Landrove


     Empecé a pensar en este cuento a raíz de la muerte de la cantante Chavela Vargas, que hizo mundialmente famosa la canción La llorona, la cual alude a las flores del título. Pero las flores dan mucho de sí y, de la mano de mi admirado poeta John Keats, este relato ha acabado convirtiéndose en una representación de la famosa verdad filosófica: las cosas son lo que son, pero también lo que captamos de ellas con nuestros sentidos y lo que las incorporamos  con nuestros sentimientos. En todo caso, ¡va por ti, Chavela!




1.  Se marchitó la flor [1]


     La noticia pareció llegarle en alas del viento cálido de los últimos días de mayo:


-          ¿No lo sabes? Ha muerto don Elías.

-          ¿Qué Elías?

-          ¿A cuántos Elías conoces?, ironizó su madre. Pues tu profesor del Instituto. Viene la esquela en el periódico.


     Por fortuna, a sus dieciocho años no había tenido aún la experiencia de la muerte cercana. Quiero decir, que se entremetiera en sus hermosos recuerdos y le hiciera clamar por su dolor y su injusticia. ¡Claro que había muerto su abuela, y el vecino de al lado, y aquel laureado poeta local cuyos versos declamó un día en clase de Literatura! Pero don Elías tenía treinta y tantos años y, sobre todo, formaba parte de su vida. Tendría que acostumbrarse a vivir sin él, a no encontrarlo algunas mañanas, camino de clase, con ese paso elástico que a ella tanto le costaba seguir, al caminar juntos en el trayecto común. Cuando hablase de sus profesores decisivos, tendría que hacerlo de él –el que más- con un que en paz descanse. Al consultar sus apuntes de aula, tendría la sensación de tener entre las manos una obra póstuma. En resumen: algo de ella se había ido con aquel óbito. Se sintió triste y supo que tenía que hacer algo.


     No había mucho tiempo, pues el entierro sería aquella misma tarde, acto seguido del funeral por su eterno descanso, como pautadamente advertía la esquela. Dejó un par de avisos telefónicos para antiguas condiscípulas, que también lo habían admirado. A otras tres o cuatro habría de verlas en clase, pues compartían estudios. A la salida de Latín, las convocó:


-          Ha muerto Elías, el de Historia del Arte. Esta tarde es el entierro.


     Hubo un silencio respetuoso. Luego, quien más, quien menos, se desentendieron del protocolo funerario, por indiferencia o compromisos previos. Livia estuvo a punto de soltar alguna fresca, pero se contuvo. Después de todo, hay muy diversas formas de encajar las malas noticias. Pero el caso es que la descolocaron:


-          Y yo que pensaba en comprar a escote una corona o, al menos, un ramo de flores –pensó-. Hasta tenía en mente  la dedicatoria. ¡Qué desapego tiene la gente! No hace ni dos años que éramos sus alumnas. Pues lo que es a mí no me vuelven a sorprender. Que Elvira y Carmina hagan lo que quieran. Yo voy a tomar mis propias decisiones.


     Sus propias decisiones no contaban con muchos medios. Escudriñó el monedero y vio que apenas le quedaba para dos cafés y el cine del domingo. Es lo que tiene recibir la propina como mesada y hallarse a día 26. ¡Qué curioso! Precisamente le había comentado a Elías, en el viaje de estudios, aquella costumbre de su padre, para procurar la previsión y proveer a la pecuniaria prudencia. Y el profesor se había echado a reír de muy buena gana:


-          Tienes un padre que, no solo es economista, sino todo un poeta. ¡Qué aliteración!


      Es probable que su padre –también con pe- le hiciese un adelanto, si lo pedía. Incluso tomaría la resolución de pagar él aquel detalle floral, dadas las circunstancias, pero eso es lo que no deseaba ella. Tenía que ser algo personal. Estuvo pensando en cambiar las flores por alguna otra cosa, pero desistió. ¡Qué ridículo, dejar sobre la tumba el rimero de apuntes de Arte, envueltos en papel de regalo, o la felicitación que le había mandado desde Arezzo, al saber que le habían dado matrícula de honor en COU! Tuvo una idea genial, que se lo fue pareciendo menos, según abandonaba la Facultad y avanzaba en el camino del viejo Instituto de su niñez.


     Al embocar la portilla lateral del gran recinto, con la mole de caliza y ladrillo al fondo, titubeaba sobre lo que hacer. En el vestíbulo se decidió a dar la vuelta, pero...


-          ¡Señorita Velarde, cuánto bueno por aquí! Eso que es un mal día. Ha fallecido don Elías de la Calle. Un infarto, según venía ayer para el Instituto. A usted la apreciaba mucho.

    

     A Livia se le hizo un nudo en la garganta. Quizá gracias a ello, se atrevió:


-          Señor Eugenio, ¿sigue usted cultivando esas flores tan bonitas en el huerto de su casa? Lo digo porque había pensado...


     El viejo bedel sonrió de oreja a oreja:


-          No sabe el gusto que me da lo que propone. Ya se me había ocurrido a mí, no crea, pero me daba cosa llevarlas yo mismo. Desde que murió mi mujer, estoy solo y, como hombre... Pero podría ofrendarlas usted. A él le habría encantado.


     Pasaron al plantel. Las flores eran sencillas y en su mayor parte inodoras. Cuidadosamente, el señor Eugenio fue cortando una a una y posando en brazos de la joven la polícroma cosecha. Livia, finalmente, suplicó:


-          Por favor, no corte más. No quiero que el ramo resulte muy voluminoso.


     Todavía siguió erre que erre el jardinero aficionado, durante unos momentos. Luego, recuperó las flores, se sentó en un taburete y procedió a enrasar, limpiar y ordenar los elementos florales, que sujetó con una varita de mimbre tierna. Se alzó y pareció encaminarse hacia su casa, en busca de algún envoltorio apropiado. Livia protestó:


-          Deje que sea yo quien busque y provea un papel conveniente. Algo tiene que llevar el ramo que sea mío.


     El ordenanza se detuvo, sonrió y retornó el ramo a Livia. Esta, según iba a despedirse, le advirtió:


-          Señor Eugenio, para que las flores no se marchiten antes de tiempo, las llevaré directamente al cementerio.

-          No hay cuidado, señorita, estando recién cortadas.

-          Ya. La verdad es que a mí los funerales me dan grima y, si son de cuerpo presente, más aún.


     Eugenio asintió:


-          Es cierto. Y, por otra parte, al profesor Calle no le llamaba Dios a las iglesias. Mejor se las lleva al camposanto.


     A mediodía, ayudada por su madre, revolvió Roma con Santiago para encontrar celofán y un papel de seda que resultara idóneo. Fue a comprar a toda prisa un lazo. Cuando lo vio, a la señora casi le da un soponcio:


-          ¡A quién se le ocurre, un lazo rojo! El morado es lo suyo.


     Livia se mantuvo en sus trece, con cierta aspereza:


-          Era su color favorito. Anda, deja de criticarme y mete las flores en agua hasta la tarde.


     Nada le reveló acerca del presunto favoritismo, pero conmigo tuvo cierto día un momento de confidencias. Dos años antes, a primeros de mayo, había aparecido con una cinta escarlata en el pelo. Don Elías bromeó en un aparte al final de la clase:


-          Señorita Velarde, veo que mis lecciones de Arte, con usted, no son en vano. El lazo rojo de su melena es el perfecto complemento de los tonos fríos de su vestido estampado.


***


     Tomó el autobús a tiempo de llegar antes que el cortejo del duelo. Con aquel ramo y su tristeza no se sentía inclinada a incorporarse al entierro antes del final. Mentalmente, recordaba aquellas hermosas películas americanas en que, uno a uno, los asistentes echan sobre el féretro un puñado de tierra o una flor. Entró y preguntó a un empleado por el cuadro de la tumba de Elías. El sol, inclemente, caía sobre los paseos, apenas sombreados por las enhiestas líneas de los cipreses. Al lado de la tierra abierta, la lápida con una retahíla de nombres de familiares, entre los que no les había dado tiempo de ingresar al profesor.


     Apenas se había apostado en una umbría, llegó el cortejo, precedido por el coche fúnebre. Junto a personas enlutadas y desconocidas, empezaron a aproximarse rostros amigos, marcados por esa solemnidad, sincera o forzada, que a todos inspira la cercanía de la muerte: el director del Instituto; la profesora de Ciencias; alumnas de promociones anteriores a la suya; un buen grupo de chavalas más jóvenes, algunos padres. Nadie de su curso. Sus llamadas no habían sido atendidas.


      Por timidez o por vergüenza, se alejó hasta situarse tras el lloroso angelote de un panteón, que le permitía ver sin ser vista. Entre el grupo estaba también Eugenio, que parecía mirar en derredor, buscándola. Por asociación de ideas, bajó la vista hacia el ramo de flores muertas. También ellas le parecieron mustias, decaídas, prematuramente ajadas, con la belleza perdida. Aquella misma mañana lucían en todo su esplendor. Ahora -muerte para los muertos-, habían perdido su vida, en aras de una pretensión imposible: traer la lozanía al reino de la podredumbre; simbolizar el recuerdo de quienes seguían su camino, indiferentes.


     Firme en su primer impulso, esperó a que todo hubiese concluido, para quedarse a solas con el maestro que le hizo comprender y amar la belleza de las creaciones de los hombres. La fosa había sido tapada provisionalmente. Coronas, ramos y palmas la rodeaban, sin dejar apenas un hueco para sus flores:


-          Don Elías, profesor, amigo, he aquí las flores del Instituto. Ya están un tanto ajadas; se marchitarán cuando las roce con sus dedos la fría oscuridad de la noche. Se disiparán sus encantos, arrancados cuando apenas se habían abierto los capullos. Más o menos, como tú, paradójico maestro, que ahora descansas y duermes, en tanto tu esposa, tus hijos, tus alumnas, ayunamos de ti y rezamos por tu alma.


     No eran malos pensamientos, incubados al abrigo del ángel pétreo, protector de los difuntos de una familia de postín. Sin duda, un poco altisonantes las palabras para un profesor de tantos, que se habría reído del verbo apasionado, aunque no de sus lágrimas.


     A la puerta del cementerio, a punto de cerrar, oyó tras ella una voz conocida:


-          La llevo en el coche, señorita.


     Era Eugenio, que se había resistido a ignorar qué fuera de sus flores. Era lo último que Livia deseaba, pero no pudo decirle que no. Por cortesía, al poco de viajar en silencio, le comentó:


-          Qué calor hacía en el cementerio. Hasta las flores, pese a ser tan frescas, estaban ya medio mustias.


     El bedel-jardinero dejó pasar unos momentos, antes de contestar:

-          Las arrimaría muy cerquita del corazón. Es que las flores son muy sensibles, ¿sabe usted? Donde hay dolor, enseguida pierden la lozanía.




2.  Lloran mecidas del viento[2]


     Había llegado a conocer muy bien aquel cementerio en que entrara veintitantos años atrás con un ramo de flores en los brazos. Claro que ahora pasaba de corrido, insensible, por la parte antigua, para perderse entre aquel bosque de cruces de albo mármol impoluto, que prolongaban el enorme osario –ahora, también, cinerario-, para acoger a los recién llegados. Como su hijo Pablo, ahogado a los catorce de su edad, por empeñarse en cruzar el río por su parte más traicionera. ¿A quién habría salido, tan atrevido y tan terco? Bueno, lo de meter la cabeza por un muro le venía de los genes maternos. La osadía puede que fuera de parte de padre, aunque no era defecto que ella recordara en Ricardo, entre los muchos que este evidenció, antes de que se casara con una alumna pizpireta y afortunada –financieramente hablando- y se fuera a explicar Platón y Kant a Barcelona.


     Recién llegados, decía. Eso depende. Para mí, que había cubierto la información del accidente, se trataba de un suceso en la página 44 de mi periódico, dos veranos atrás. Para Livia supongo que sería muy diferente, a juzgar por la de veces que coincidíamos en la Vereda del Carmen. Me había quedado con su cara y ya casi nos habíamos hecho amigos:


-          ¿Tú por aquí, otra vez?

-          Ya ves. Entre los famosos que fallecen y las inauguraciones de reformas y ampliaciones, no pierdo la ida por la venida. Y tú...

-          ¿Qué más da andar por un sitio o por otro? Y este paseo decimonónico tiene su encanto.

-          Claro y, por lo que veo, te entretienes en coger flores por el camino.


     Me miró con una mezcla de severidad y sonrojo. La verdad es que yo era entonces demasiado irónico.


     Era ya otoño. Como casi todos los jueves –día del baño fatal de Pablo-, Livia caminó hasta la tumba. Al coincidir también el mismo día del mes, decidió hacer un extra y comprar un buen centro de flores en alguno de los puestos del cementerio: así no tendría que ir cargada desde su floristería habitual de junto a la Catedral. Al aproximarse, echó mano al bolso y se quedó lívida. Por olvido o por sustracción, el caso es que dentro no estaba el billetero. Se sentó en un banco y registró cuidadosamente todas las pertenencias. Confirmado. Estaba sin blanca.


     Quedó tan avergonzada, que estuvo a punto de darse la vuelta, sin más. Pero sus pies la llevaban forzadamente al andén principal, con sus solemnes mausoleos y los cipreses, que cimbreaban sus ápices en gesto de saludo. Todavía iba pensando qué habría sido de los dineros y en el ridículo que iba a hacer ante Pablo, ella, su madre, la persona que tiene de todo, como él contestaba a sus reproches por pedirle lo que debería poseer. Pero también Livia podía darle réplica. Memorizaba la frase en el recordatorio de su abuela Justa: Una lágrima se evapora; una flor se marchita; una oración la recoge Dios. Eso, supuesto que... ¡Quita!, no nos metamos ahora en honduras, y menos, en este recinto consagrado.


     Por más que se tomara su tiempo, hubo de llegar al fin junto a Pablo. ¡Oh sorpresa! Sobre la lápida, un hermoso ramo de flores frescas, envueltas en papel de celofán y de seda, realzado con una ancha cinta roja. ¿Pero quién? Sí, seguro que mi madre, que más de una vez viene por aquí sin revelármelo. Mas, el lazo rojo, y esas gruesas y rotundas margaritas[3], con detalle de pensamientos y dalias...


     No quiso confesarse la revelación, pero la taladró el recuerdo. Se sentó sobre la tumba, tomó el ramo entre sus brazos y lloró, como no lo hacía desde haber quedado seca la fuente, al morir él. El tiempo parecía haberse detenido en un globo de silencio, en el que solo cabían los reflejos dorados del sol, las flores húmedas y su llanto dolorido. Habría deseado que aquel magma de quietud se solidificara para siempre. La desaparición del sol tras un ciprés la volvió a la realidad exterior. Colocó el ramo en la lápida, acariciado por sus manos y por la brisa de la tarde. Pensó: Aquí os quedáis, con mis lágrimas, meciendo mi congoja, como mi avatar.


     Era tarde, pero no quería marchar sin visitar a Elías. ¡Años que no lo hacía! Tomó una margarita del ramo y, ligera, fue en busca de su profesor, con el angelote de marras como faro de su periplo.


***


     A la salida, entre la calígine del atardecer, enceguecida por los rayos del sol poniente, le pareció ver una silueta que, tras una fugaz sonrisa, le dio la espalda y se alejaba. Tuvo un presentimiento:


-          ¡Eugenio!


     El bulto se detuvo un instante. Habría dicho que le hacía ademán de adiós.


-          ¡Señor Eugenio!


      No hubo respuesta. Con todo, no pudo menos, ya en voz baja, de decir –de decirse-:


-          Gracias por las flores.


     Cuando llegó a casa, aún impresionada, halló a su madre en la cocina. Casi sin querer, le vino a los labios:


-          Esta tarde he visto al señor Eugenio, el bedel del Instituto.


     La madre la miró de hito en hito:


-          ¿No te habrás confundido? Eugenio murió hace mucho tiempo, cuando andabas todavía por Canarias. Tu padre y yo fuimos al entierro, porque ya era ordenanza  del Instituto en nuestros años escolares.


    



[1]  Alusión al verso Faded the flower and all its budded charms, del soneto LIX de John Keats (“The day is gone...!”).
[2]  La versión más conocida de la Llorona contiene la siguiente estrofa: No sé qué tienen las flores, llorona, / las flores del camposanto / que, cuando las mueve el viento, llorona, / parece que están llorando.
[3]  En realidad, esas margaritas gigantes son crisantemos (Chrysanthemum maximum).

MORIR, DORMIR, TAL VEZ SOÑAR


 

Morir, dormir, tal vez soñar

Por Federico Bello Landrove

 

     Las vidas más profundas y llenas parecen venirse abajo en un instante. ¿Qué hacer, cómo responder al reto? Escuchemos las reflexiones y asistamos a los proyectos de un hombre mayor en esa tesitura. La historia se inspira en la de un personaje real[1], pero pretende trascender la biografía, con un mensaje general de respeto y esperanza.

 

     Don Anselmo Cifuentes de Pruneda y Arambarri descendía de los primeros Trastámaras o, como decía su aña Baldomera, de la pata del Cid. Sin embargo, nunca había creído que un pasado glorioso justificara su existencia en este mundo. Su padre, gentilhombre de cámara de doña Isabel II, infanzón de Vergara y caballero de varias Órdenes Militares, le había legado, junto a un saneado patrimonio, una comprometedora consigna:

-          Dios y la tierra. No hay otros señores a quienes servir sin riesgo de indignidad.

     Y qué bien sabía de lo que hablaba, él, buen conocedor de los entresijos de Palacio. Tanto que, cuando Madoz desamortizó los montes comunales, se animó a pujar por uno de más de quinientas hectáreas, llamado muy descriptivamente El Roquedal. Y eso que ya le advirtió Máximo, su mayoral asturiano de toda la vida, cuando le comentó:

-          Maxi, voy a comprar ese monte. Tiene más de ochocientas fanegas.

-          No, si lo que es piedra no le va a faltar. En vez de llevadores, le vendrán bien canteros.

     Don Anselmo padre había reído la ocurrencia, pero tenía otras perspectivas. Como hombre de su tiempo, comprendía que sus tierras de Asturias estaban lejos de la Capital, donde se fraguaban los negocios y las relaciones convenientes. Tenía ya dos niñas y nuestro Anselmo anidaba en el vientre de su madre, como cumplida respuesta a las oraciones de los padres para tener un hijo varón. Así que puede decirse que Anselmito –Selmo para los suyos- nació entre riscos y se crió junto a los rebaños de ovejas y las vacadas que su padre trataba de aclimatar en aquella subsierra de tremendos contrastes. Creció al compás de los pinos y de los fresnos, con que su progenitor intentaba proteger su casa y ganados del sol de justicia, en los largos veranos. ¿Qué de extraño, pues, en la inclinación del muchacho a interesarse por las más modernas publicaciones en materia agropecuaria, o a retozar en despoblado con las chicas del servicio o las mozas de los contornos? Su madre, trataba de suavizar su indómito natural, moviéndolo a piedad y veneración, en particular por la Virgen del Milagro, a la que había ofrecido a Selmo cuando niño. Si no por su madre, el ofrecido le tenía ley a la Virgen por los buenos frailes de la Casa provincial de Nava, quienes siempre lo habían impresionado por su austeridad y bellos cánticos. Siendo aún un chiquillo, había prometido a fray Pascualón:

-          Cuando sea mayor, te voy a hacer un convento junto a mi casa, para que me cuentes esas historias tan bonitas de don Pelayo y de Bernardo del Carpio.

-          ¿Un convento para mí solo?

-          Claro, eres tan grandón.

     El niño hacía ademán de tocarse la tripa a distancia y el fraile reía y reía, agitando rítmicamente su panza.

***

     Acodado en el pretil granítico del mirador, Selmo, ahora septuagenario, perdía la mirada en el embalse que había surtido de agua a todos aquellos contornos. Llevaba su nombre, que era también el de su padre, y ello le hacía bajar la cabeza, avergonzado. Era el símbolo de una traición, el puñal de Vellido Dolfos, que su padre, si vivido hubiera, no le habría podido perdonar. Había muerto relativamente joven –eso pensaba ahora, cuando su edad excedía en mucho a la que llegó el finado- y no había alcanzado a ver cómo la obra de sus amores, hecha para llevar bebida al ganado y riego a las mieses, se había convertido en la llave para parcelar sus fincas y llenar el valle de chalés y veraneantes. En defensa del honor de Anselmo junior, bien podríamos recordar los primeros tiempos de aquella hermosa lámina de agua, que reflejaba, junto a juncos y riscos, las tiernas imágenes de sus cuatro hijas y que había abierto sus ondas, tanto a las mozas garridas que junto a él se bañaban, como a las plateadas truchas, también ávidamente pescadas por su caña.

     Fueron sus mejores tiempos en la sotosierra, cuando la bonanza económica y el ímpetu empresarial hacían fructificar los empeños más sorprendentes y ambiciosos. Las ovejas manchegas pastaban junto a los corderos del astracán; las vacas avileñas mugían junto a las casinas; las abejas destilaban su miel no lejos de los inmensos ponederos de las gallinas Leghorn. Aquel orondo general, venido a más, no había podido decirlo de forma más expresiva:

-          Señor Cifuentes, todos en la capital nos comemos sus huevos y sus pollos.

-          Y mis pollas, general. No olvide vuecencia las pollas.

     Dicho sea en aras de la verdad histórica y desprovistos de la maliciosa sonrisa que esbozaba don Anselmo, al recordarlo.

     ¡Qué tiempos aquellos! Pero tuvo que venir, tras el lenguaraz general, la República violenta y envidiosa. La capital seguía consumiendo sus productos, y los pollitos y sus madres viajaban a toda España, pero la importación de incubadoras decaía y los salarios se ponían por las nubes. Fue cuando tuvo la feliz idea de parcelar parte de la finca y poner en valor las aguas del embalse y los cien mil pinos que había repoblado. No tuvo tiempo. La guerra los pilló veraneando en Biarritz –afortunadamente- y el Instituto de Reforma Agraria le expropió El Roquedal, sin ofertar una sola peseta a cambio. Así, cualquiera llega a propietario, aunque sea para tumbarse a la sombra de un árbol o saquear y maltratar la tierra y las casas. Pero aquello no había sido nada, comparado con las brutalidades de Asturias, donde habían quemado El Milagro y fusilado a los frailes, entre ellos, al bueno del padre Pascualón. Dicen que su cadáver estuvo flotando tres días en el Río de la Cueva, hasta que lo sacaron y dieron sepultura en un corral de cerdos. Por lo menos, aquí no creo que vengan a profanarlo, comentó el practicante de aquella obra de misericordia.

     Debió de ser entonces, cuando Selmo se hizo meapilas, como de modo acre tildaba su manía el conde del Regajo, su yerno. Bien sabía él que todo aquello de levantar conventos, erigir capillas y dotar seminarios era menos por beatería, que por responder a su alcurnia y su blasón. Los años pesaban y la eternidad parecía abrirse ante sus males presentes y pecados pretéritos. El dinero no le dolía, porque sabía ganarlo, y esas liberalidades rentaban en aquel país de misa y muerte. Volvieron las gallinas ponedoras y los obreros obedientes. Menudeaban las condecoraciones y sus huevos volvían a cabalgar. Pero aquel paraíso, cual una nueva Zamora, era prietamente cercado de masas de veraneantes y casas de campo, cada vez más soberbias y numerosas. El administrador, aunque comía de su pan y dormía cabe su puerta, no dejó de advertirle:

-          Don Anselmo, ¿no le beneficiaría más parcelar y vender una buena parte de la finca? Con un quinto tendríamos bastante para las gallinas.

     ¿Qué sabría aquel plebeyo, qué sabrían los nuevos ricos, los gerifaltes del Régimen, que visitaban ávidamente su casa-palacio? ¿O qué sabría él mismo, despojado de la más dulce de sus hijas, a los veintisiete años, con tres hijitos por criar? Maldita suerte y maldito dinero, que para nada sirve, si no es para mercar ataúdes lujosos y encargar sepulcros blanqueados.

***

      Y llegó el año cuarenta y siete. Mentar en aquella casa ese año era ver temblar las vigas y oscilar las berroqueñas paredes maestras. Fue el año de la peste aviar; bueno, el año en que empezó, porque estuvo azotando hasta el cuarenta y nueve, cuando ya ni dinero ni ganas tenían para insertar aquel anuncio –falso- en el ABC:

     “El Roquedal”, granja avícola, asegura a sus clientes, bajo certificación veterinaria pública, que no existe ni ha existido durante el presente año peste de Newcastle, ni ninguna otra enfermedad infecto-contagiosa ni parasitaria en su población aviar.

     No hubo modo de evitarlo. Las gallinas morían a cientos semanalmente y el contagio a la población no aviar amenazaba. Hubo que sacrificar todas las aves y poner en venta la maquinaria e instalaciones mobiliarias. Él luchó con todas sus fuerzas por reponer la situación, pero era en vano. En otro tiempo se había enfrentado a un dictador, en nombre de los empresarios del ramo, para conseguir un arancel favorable a la producción nacional; pero el dictador de ahora era un tipo de mucho más cuidado y parecía dársele un ardite que los huevos fueran españoles o franceses, siempre que estuvieran sanos y fuesen baratos. Había que vender y, como Dios aprieta pero no ahoga, hete aquí que surgió la panacea universal:

     Vendemos salud para su futuro. Disfrute de un bellísimo paisaje en un terreno de condiciones saludables, con propiedades radioactivas, que proporciona un clima muy regularizado en verano e invierno.

     Claro que, afortunadamente, la radiactividad no tenía en este caso nada que ver con las modernas bombas de fisión, sino con los archiconocidos rayos ultravioleta, el colmo de la época para luchar contra las infecciones y hacer que los chiquillos medrasen. El grueso de El Roquedal se vendió satisfactoriamente a los promotores y nació la Colonia Salud y Alegría. Saneó las finanzas de la familia y todavía salvó del naufragio el núcleo de la finca, el entorno inmediato de la casona y sus dependencias anejas: lo suficiente para veranear y recordar mejores tiempos, aunque solo fuera porque eran más jóvenes. Pero ahora…

     El anciano se da la vuelta, baja penosamente los rústicos escalones del mirador y se encamina a la casona de piedra gris, con vanos enmarcados de pino rojo. Mañana ya no será suya. Esos buitres del Instituto Nacional de Industria, que ya le compraron el rebaño de caracul para entretenerse destrozándolo, esos ladrones que tiran con pólvora ajena, ahora le van a despojar por cuatro perras del sueño de su padre, de la casa solar de su infancia, de la habitación donde exhaló el último suspiro su hija Concha. Ganas le dan de agarrar el viejo Studebaker y huir sin tiento, hasta perderse o matarse. Pero ya está aquí el notario, ese pájaro de mal agüero que lo mismo vale para una escritura de dote que para un testamento. No hay nada que hacer. Acabemos.

***

     El conde del Regajo no dejaba de dar la matraca a su esposa Isabel, que pocas veces lo había visto tan alterado, desde que se casaran en el año treinta y cinco:

-          Esto de tu padre pasa de castaño oscuro. Al paso que vamos, de puro chocho, va a acabar con el patrimonio familiar.

-          Comprende, querido, va camino de los ochenta y hace lo posible por sentirse útil y complacer a quienes quiere y lo quieren.

-          ¿Pretendes que nosotros no le queremos? Primero, dona los pocos terrenos que faltaban por vender de El Roquedal, a los frailes de Nuestra Señora del Milagro. Ya te digo, lo menos cuatro millones de pesetas. Luego, va y se despacha instituyendo un trofeo taurino que vale sesenta mil duros. Y, no contento con ello, se pone en ridículo y, con él, a todos nosotros.

-          ¿A qué te refieres querido? ¿Qué es lo que ha hecho papá ahora?

-          Casi nada. Con un grupo de lunáticos como él, se ha propuesto levantar o restaurar todos los molinos de viento de La Mancha, a mayor honra y gloria de…

-          ¿De Don Quijote?

-          Nada de eso, Isa. Si así fuere… Pero, no, es como modelo de negocio y ejemplo de emprendedores.

-          Explícate, querido.

-          ¡Es la monda, la gran promoción familiar, la palanca del turismo! Cuando los tengan terminados y a punto de usarse, serán asignados a familias del lugar, quienes, ataviadas con el traje regional, molturarán el grano y recibirán a los visitantes, obsequiándolos con los productos típicos de la tierra, según las recetas tradicionales, a ser posible, ya recogidas por Cervantes.

     Al borde de la risa, Isabel se contiene, deja correr su mirada por las nubes que enmarca la ventana y dice lo primero que se le viene a la cabeza:

-          Señor, que no son molinos, sino gigantes.

     Luego, mientras su marido sale del salón dando un portazo, Isa repara en que tal vez su padre no esté tan lejos de ser un gigante; al menos, en comparación con su marido.

   

 



[1] Lo reconozco, para dar a la Historia la parte que le corresponde, pero me abstengo de ofrecer más detalles, por respeto a la memoria del difunto. Por lo demás, en esta época de Internet, no les será difícil a mis lectores curiosos dar con la identidad del personaje y con su reseña biográfica.