viernes, 16 de diciembre de 2016

MI ANÉCDOTA PREFERIDA DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA


Mi anécdota preferida de la Guerra Civil española


 Por Federico Bello Landrove


     En su conocido Anecdotario de la Guerra Civil española[1], Fernando Díaz-Plaja recoge varios sucedidos, procedentes de las poco leídas Memorias de un comandante rojo[2], de las que es autor Rafael Miralles Bravo. Sorprendentemente, Díaz-Plaja se olvidó de la anécdota más jugosa -para mí- de las citadas Memorias. Una vez he divulgado la fuente, me permitiré dar al relato mayor amplitud y forma literaria, pero sin alterar en nada el fondo del suceso y respetando en lo esencial sus propias palabras.





1.      El contexto histórico-militar



     Para las tropas republicanas de Cataluña, los inicios del año 1937 significaron el cambio de rumbo de una guerra hasta entonces victoriosa, en el Frente de Aragón. El estancamiento en Belchite y la imposibilidad de conquistar Zaragoza y Huesca, desmintieron la superchería de la guerra fácil y revolucionaria. Los movimientos y avances se trocaron en una guerra de posiciones, con frentes definidos y escasamente alterables. El Gobierno de la Generalitat catalana, en buena coordinación con el P.S.U.C.[3], asumió la necesidad de conseguir la estructuración de las indisciplinadas Milicias, para darles la forma de un Ejército moderno, que se denominaría Ejército Popular de Cataluña[4]. Tras unos meses de denodados preparativos, el Ejército catalán republicano estaba listo para presentarse en sociedad, con sus efectivos, material, uniformes, insignias y símbolos. La fecha se haría coincidir con el 14 de abril de 1937, el sexto aniversario de la proclamación de la II República.

     Es de suponer que no todas las unidades recibirían la misma atención, a la hora de conseguir el máximo de prestancia y de eficacia. De hecho, no dejó de incurrirse en algún pecadillo de apariencias. Y es que las Autoridades implicadas en el esfuerzo se habían propuesto lograr la imponente y redonda cifra de DIEZ MIL voluntarios. Pese a la activa propaganda y al espíritu de la población, ni de lejos se llegó a conseguir dicho objetivo, entre otras cosas, por la oposición -incluso violenta- de los anarquistas a participar en la conversión de sus indisciplinadas columnas, en unidades de mayor organización y obediencia. Sin embargo, en aquel brillante miércoles de abril, desfilaron por las calles de Barcelona los consabidos diez mil -más o menos-: ¿Cómo se logró, por una vez, que las matemáticas no fueran una ciencia exacta? La respuesta la hallamos en nuestro amigo, Rafael Miralles:

     Para organizar el desfile de “nuevos reclutas” fue necesario traer del Frente a combatientes del primer día y disfrazarlos de civiles que habían respondido al llamamiento del Partido… Al día siguiente del desfile, los “voluntarios” eran devueltos secretamente a sus unidades de destino.

     Con unos cientos de oficiales, clases y tropa, ya fogueados previamente, se hizo un aparte para formar un Batallón de nuevo cuño, patrocinado por la Federación de Banca y Bolsa, la que -como es natural- no escatimó los medios para hacer de aquella unidad militar un modelo del Ejército Popular, que ahora se preconizaba: fusiles y ametralladoras de fabricación checa; pistolas de la Fábrica Nacional de Bélgica; nuevos uniformes, con los distintivos recién reglamentados; botas de media caña a la soviética; hermosas banderas de seda, bordadas en oro, y una amplia banda de música para realzar los sones del nuevo himno, si de tal podía calificarse un inocente plagio de los compases de La Internacional. Todo era poco para quienes iban a enfrentarse a los fascistas en el Frente de Teruel… y a competir en dotación y eficacia con la División Maciá-Companys, formada por Esquerra Republicana -partido mayoritario en la Generalitat y rival del P.S.U.C.-. Y así…

     Nuestro Batallón, según pudimos conocer unos pocos oficiales, tenía en el Frente de Teruel una misión más política que militar: la de transformar aquella División catalanista en una unidad al servicio del Partido (entiéndase, del P.S.U.C.), empleando para ello cuantos medios fuere necesario.

     Miralles concluye:

     Éramos los niños mimados del Partido y de la U.G.T…. Solo faltaba ver qué tal nos comportábamos en las llanuras de Martín del Río, sitio de destino de nuestra unidad.

     Dejaré ese comportamiento sin analizar. Para relatar lo que me propongo, bastará con reseñar la calurosa entrada del flamante Batallón en la ciudad turolense de Alcañiz. Demos paso para ello al segundo, y último, capítulo de este relato.




2.      La entrada en Alcañiz


     Era una noche de finales de mayo, que el entonces capitán Miralles recuerda como espléndida y bañada por la luna. El novel Batallón[5], amadrinado por la Federación catalana de Banca y Bolsa, había llegado por ferrocarril a la estación de Alcañiz, donde concluía su traslado por vía férrea, antes de tomar los camiones hasta su destino en el frente. La ciudad alcañizana se divisaba en lontananza, sobre un altozano, nimbada por la luna. La localidad era un feudo irreductible de los anarquistas, a más de Cuartel General del Consejo de Defensa de Aragón. El caso es que, por unas razones u otras, el Comandante (o Mayor) que mandaba el Batallón decidió hacer en Alcañiz una entrada airosa. Dio unas breves y tajantes órdenes a los capitanes de las compañías, que estos hicieron correr entre todos sus hombres. Formaron todos en perfecto orden de desfile, con las banderas al viento y la banda atacando las notas y acordes del himno del Ejército Popular de Cataluña. Sin desordenarse en ningún momento, aquellos cientos de militares ascendieron por el empinado camino entre la estación y la ciudad, penetrando en las reviradas callejuelas de su caserío, que retumbaban al marcar el paso. Los alcañizanos, sorprendidos, se asomaron en buen número a puertas y balcones… Pero dejemos la voz a Miralles:

     Aquellas gentes acostumbradas a las columnas de milicianos desharrapados, marchando sin orden ni concierto, al vernos, debieron de creer que éramos fuerzas fascistas que habían liberado Alcañiz, pues muchos salieron a los balcones y puertas de sus casas, recibiéndonos a los gritos de Viva Franco y Arriba España.

     Se ve que aquellas buenas gentes, o eran unos fascistones de tomo y lomo, o de los de arrimarse al sol que más calienta (la luna, en este caso). Lo que sucedió después lo cuenta con gracejo el Comandante rojo; desde luego, con más del que yo podría tener:

     Al oír tales gritos, nuestra sorpresa fue tan grande como el desconcierto de los elementos izquierdistas de la ciudad, cundiendo la alarma de tal forma, que aquello se convirtió en un pandemónium. Los anarcosindicalistas se lanzaron a las calles arma en mano, disparando a diestra y siniestra. En el Cuartel General de la División “Maciá-Companys” la confusión fue indescriptible. El Jefe de la misma, el coronel Pérez Salas, despertado en pleno sueño, se lanzó de la cama en paños menores, dando a gritos órdenes y contraórdenes, solicitando de sus ayudantes que le pusieran inmediatamente en comunicación con el comandante Imbernon (jefe de las fuerzas que cubrían el frente de Utrillas). No pocos de los miembros del Cuartel General, temiendo caer en poder del enemigo, optaron por poner tierra por medio, huyendo en diversas direcciones, saliendo de estampida de tal forma, que nunca más se supo de ellos.

     Finalmente, pudo restablecerse la calma, gracias a la serenidad demostrada por nuestros mandos que, con desprecio de sus vidas, habían ordenado a nuestro Batallón se cubriera en los soportales, mientras ellos avanzaban a pecho descubierto hacia la plaza de la Catedral[6], donde se hallaba el Cuartel General de Pérez Salas, logrando identificarse y consiguiendo poner fin al anárquico tiroteo provocado por aquellos gritos de los que nos habían confundido con fuerzas nacionales.

     Claro es que esta anécdota bélica, para resultar redonda, tenía que tener su vertiente trágica, que no hurta Miralles, aunque sin mayores precisiones:

     Al restablecerse la calma, con un saldo de varios muertos y heridos entre la población civil (de nuestro batallón nadie había disparado un arma)…

     De modo que, en justo castigo a sus veleidades fascistas, fue la población civil quien sufrió las peores consecuencias. Las más leves fueron para los altivos militares que, de noche y sin avisar, entraron en Alcañiz a tambor batiente y banderas desplegadas. Cito por última vez a nuestro simpático cubano[7]:

     El coronel Pérez Salas, que había logrado ponerse los pantalones, en venganza se negó a recibirnos e incluso a darnos alojamiento, por el susto que le habíamos dado. Esta función fue delegada en el Comité del Pueblo, al que no vimos, indignado por los sucesos de que se nos hacía responsables, y que trató de vengarse de algún modo de aquella que calificaban absurda entrada nuestra en Alcañiz. La venganza consistió en no darnos albergue, por lo que, abandonados a nuestra suerte, no nos quedó más recurso que el pasar la noche en la derruida iglesia donde, sin apenas espacio para tendernos en el duro suelo, tuvimos que mal dormir con las espaldas apoyadas en la pared. Y, al día siguiente bien temprano en la mañana, tras una ligerísima colación mal llamada café con leche y unos cuantos chuscos floridos[8] y duros como piedras, facilitados por la Intendencia militar de la División, se nos ordenó el traslado al pueblo de Martín del Río, siendo conducidos en camiones hasta Montalbán, debiendo cubrir a pie los últimos quilómetros hasta nuestro destino en el frente, donde relevamos a un batallón catalanista…

***

     Hasta aquí, mi anécdota preferida sobre nuestra Guerra Civil. Yo creo que dice mucho sobre aquella contienda y sobre la condición humana; también, de mis gustos; y, desde luego, acerca de la magia y el hechizo de la bellísima Alcañiz, a la luz de la luna.




    





[1] Editado por Plaza y Janés (colección “Así Fue”), en Barcelona, año 1996.
[2] Editorial San Martín, Madrid, 1975. La anécdota que me sirve de punto de partida para el relato está recogida en las páginas 87 y siguiente. El libro es de interesante y amenísima lectura: Lo recomiendo.
[3] Siglas del Partit Socialista Unificat de Catalunya, en que se habían fusionado, a nivel catalán, el Partido Socialista Obrero Español y el Partido Comunista, amén de otras agrupaciones y partidos menores.
[4]  Esta referencia literal en cursiva, como las que la siguen, proceden del capítulo X del libro de Rafael Miralles Bravo, citado en la introducción del relato y en su nota 2.
[5]  Su filiación completa era: Batallón 526 de la 132 Brigada Mixta, de la 30ª División. Lo mandaba en aquel momento el comandante José Aliranguis.
[6] Supongo que el autor querrá aludir a la magna iglesia (otrora colegiata) de Santa María la Mayor, pues es notorio que Alcañiz no ha sido, ni es, sede episcopal.
[7] Rafael Miralles Bravo (1911-1983) había nacido en Guanabacoa (provincia de La Habana). Permaneció en España entre 1932 y 1939 (alcanzó en el Ejército de la República en grado de teniente coronel) y -no sé si ininterrumpidamente- desde 1947 hasta su muerte, producida en Madrid. Su presencia en la España franquista fue posible, entre otras cosas, porque mantuvo su nacionalidad cubana, ejerció para esta República diversos cargos diplomáticos y periodísticos menores y, desencantado de la práctica marxista en la España de la Guerra y en la Unión Soviética de Stalin, se dedicó a la propaganda anticomunista, según la ficha que de él ha confeccionado la Fundación Pablo Iglesias (consultada en Internet, año 2016).
[8]  Es decir, enmohecidos.

viernes, 9 de diciembre de 2016

CUANDO LAS PALABRAS MATABAN

Cuando las palabras mataban

Por Federico Bello Landrove

Se puede morir por las ideas pero nunca matar por ellas.
Melchor Rodríguez García (1893-1972)


   ¡Cuántas veces las palabras matan! Pero en pocas ocasiones de manera tan literal y frecuente, como en las guerras[1]. Escribo pegado a una realidad que acaeció en Sigüenza y Guadalajara, entre julio y diciembre de 1936. Con todo, este no es un ensayo histórico, sino una elaboración literaria muy cercana a la realidad.




1.      Los protectores del Señor Obispo


     Santiago y Santa Ana tendrán, si acaso, apuntados los nombres de quienes urdieron esta añagaza. Lo digo porque los hechos sucedieron los días 25 y 26 de julio, en los que se celebran las solemnidades de dichos santos. En cuanto al año, como en todas las demás fechas de este relato, fue el de 1936. El lugar, la ciudad de Sigüenza, a la que algunos atribuyen en aquel entonces notable valor estratégico, en tanto otros le asignan un significado meramente propagandístico, como sede episcopal y ciudad levítica por antonomasia[2]. En cualquier caso, una vez dominada la sublevación militar en Guadalajara, las milicias de la zona se apresuraron a tomar posesión efectiva de la ciudad seguntina, para lo que no tuvieron dificultad ninguna: la Guardia Civil había sido llamada para defender la capital provincial[3] y las fuerzas militares alzadas estaban aún lejos de la Roma de la Serranía.
     Al parecer, la primera fuerza republicana en llegar a Sigüenza fue de la C.N.T.[4], al mando del respetado dirigente Cipriano Mera[5] quien, después de haber reconocido las proximidades del frente -en la zona de Medinaceli- y dar las oportunas indicaciones estratégicas, retornó a Guadalajara para implementar los medios oportunos. Con todo, otros milicianos -seguramente, de la comarca o la localidad- se le habían adelantado, a juzgar por lo que el señor Mera recoge en sus Memorias:
-          El obispo[6] ya se encontraba detenido, como pude comprobar, y tuve que cortar de raíz el conato de un miliciano de matarlo allí mismo, cuando apuntaba a su cabeza con un arma.
     La premura de Mera por llegar a Guadalajara hace suponer que el episodio del juicio del obispo, realizado en plena calle[7] y recogido por numerosos testigos, corriera ya a cargo de la primera verdadera columna en llegar a la localidad, la de la C.N.T.-F.A.I. al mando del comandante Feliciano Benito[8]. La principal acusación contra el prelado fue la de esconder armas en el Palacio Episcopal o en el Seminario[9]. Comoquiera que el registro había resultado negativo, quien presidía el acto despidió al obispo y a sus familiares, con estas, o parecidas, palabras:
-          Bien, pueden marcharse, pero que no haya la más mínima resistencia. ¡Ni la más mínima! Las fuerzas del Gobierno están al llegar y, si hubiera alguna resistencia, entonces no puedo responder de lo que ocurriría.
      Ese mismo día 25 de julio, unas horas después de la columna de la C.N.T., llegó otra del Batallón Pasionaria, formada por comunistas, al mando del comandante Castro[10]. Conjuntamente, las dos columnas contaban con unos quinientos milicianos.



***

     A raíz del veredicto favorable, el obispo se retiró, con algunos sacerdotes y familiares, al magno conjunto arquitectónico que formaban el Palacio Episcopal y el Seminario Diocesano. Sin embargo, bastantes milicianos desoyeron la decisión de libertad de su jefe y procedieron a seguir a Su Ilustrísima[11] al interior del edificio, controlando sus movimientos y haciéndole víctima de diversas vejaciones y amenazas. En vista de ello, al siguiente día, 26 de julio, aprovechando la distracción de sus vigilantes, muy ocupados en el saqueo de las dependencias[12], el obispo y un sacerdote regular, el padre Conceso, se refugiaron en una habitación disimulada, existente sobre la bóveda de la iglesia del Seminario, con una mínima provisión de alimentos y agua.
      Percatados de la desaparición del prelado, los milicianos presentes lo buscaron afanosamente e intentaron con amenazas que otros sacerdotes y empleados del Seminario revelaran su paradero. Al resultar infructuosa la pesquisa, estuvieron a punto de abandonarla, con el siguiente o parecido fundamento:
-          Bien, si está escondido aquí, ya saldrá, o se morirá de hambre.
     No hubo que esperar tanto. Al anochecer del mismo día, un grupo de individuos se presentó en los calabozos municipales, donde estaban detenidos varios sacerdotes[13], y -con verdad o sin ella- hicieron alarde ante los milicianos de un mandato oficial:
-          Nos envía el señor Ministro de la Gobernación[14] para proteger al obispo y conducirlo a Madrid. Vienen también para custodiarlo dos policías.
     A continuación, se dirigieron expresamente a los religiosos, en particular a uno de ellos, el padre Porras, y le dijeron:
-          Véngase con nosotros y avísele. Dígale que es usted, que no tema nada, que nos urge que salga para trasladarle a Madrid y salvarle la vida.
     Porras creyó en la verdad del mensaje y, conocedor como era del paradero del obispo, fue con ellos hasta la entrada del escondrijo e hizo cuanto le aconsejaban, con insistencia y -según algunos- con voz suplicante:
-          ¡Salga, Ilustrísima! Soy el padre Porras. No tema nada. ¡Vienen a salvarle la vida!
     El obispo y Conceso salieron cándidamente…
     El resto es muerte y fuego[15].



2.      Con mejor voluntad que acierto


     El día 28 de julio, hacían su entrada en Sigüenza otras dos columnas de milicianos favorables a la República -que se trasladaron hasta allí por ferrocarril-, con un total de cuatrocientos a quinientos combatientes, mandadas ambas por el comandante Martínez de Aragón[16]: una, de las Juventudes Socialistas Unificadas y otra, del Sindicato de Ferroviarios de la U.G.T. Por su graduación y la importancia de las fuerzas a sus órdenes, será el citado comandante quien ejerza teoricamente la jefatura militar en Sigüenza durante algo más de dos meses, a las órdenes del coronel Jiménez Orge[17], máxima autoridad del Ejército gubernamental en la provincia de Guadalajara. Pero en la práctica, cada fuerza se gobernaba a sí misma, sin reconocer superior en la ciudad; tanto más, al ir llegando otras unidades, como una de militantes del P.O.U.M.[18], de unos ciento cincuenta efectivos, al mando del capitán Francisco Martínez Vicente.
     Los repetidos fracasos sufridos al tratar de recuperar terreno ocupado por el enemigo y los bombardeos -tanto por el aire como por la artillería, según el Ejército de los sublevados iba aproximándose a la ciudad seguntina-, generaron desconfianzas y rencillas entre las diversas milicias. En algunas ocasiones, los enfrentamientos pusieron en peligro la vida de Martínez de Aragón, amenazado de fusilamiento por su evidente moderación para con los civiles tildados de derechistas, así como por su supuesta ineficacia a la hora de encabezar ataques victoriosos.
     Bien fuese por responder a esas tachas de lenidad, bien indignado por el bombardeo a mansalva de Sigüenza por la Legión Cóndor[19], el comandante Martínez de Aragón reaccionó de forma muy vigorosa, contraria a las primeras sugerencias que recibió para abandonar Sigüenza y acogerse a una línea de frente más defendible:
-          Camaradas -dijo a sus hombres-, tenemos el deber de quedarnos aquí, de combatir en la ciudad, de defenderla calle por calle y, cuando se haya perdido el último palmo de terreno, nos encerraremos en la Catedral, que es una fortaleza inexpugnable. Mirad a los fascistas que han resistido en el Alcázar de Toledo y el prestigio que eso vale a su causa. Nuestra página de gloria será la Catedral de Sigüenza. Entre sus muros aguardaremos a las tropas que mandará Madrid para salvarnos. ¡Confianza, camaradas, y viva la República!
     En previsión de esa eventualidad, el citado comandante ordenó que “todo, víveres, ropa, explosivos y objetos de valor que conservan las distintas columnas me sean entregados, para depositarlos en la Catedral”.
     Entre esas vibrantes palabras y el efectivo encierro de los resistentes en la Seo, cercados por las tropas que ya podían calificarse de franquistas[20], mediaron muy pocos días; los suficientes, no obstante, para que Martínez de Aragón cambiase de opinión y se ausentase definitivamente de la ciudad, el día 5 de octubre. Aunque no sea esencial para este relato, no he de dejar a mis lectores ayunos de información al respecto.



***

     Hay dos versiones principales sobre la causa de que Martínez de Aragón abandonase Sigüenza. La primera -en mi opinión, muy débil, a modo de pretexto- es la de ir a pedir ayuda personalmente, ante la falta de medios materiales de combate[21], así como de tropas más profesionales y fogueadas. La segunda razón esgrimida, mucho más sólida, es la de que los superiores de Martínez Aragón, general Asensio Torrado[22] y coronel Jiménez Orge, le habían dado la orden de abandonar Sigüenza y retirarse a la primera línea del frente, con arreglo a comunicaciones cursadas el día 5 de octubre.
     De aceptar esta segunda versión, está claro que el Comandante no se ausentaría solo, sino a la cabeza de las columnas que mandaba personalmente[23]. Ello está en consonancia con el hecho de que el número de milicianos que se acogieron a la defensa de la Catedral fue de quinientos a setecientos (además de doscientos civiles), cifra que habría tenido que ser muy superior de persistir en la tesis numantina todos los combatientes republicanos. Surge de aquí la siguiente pregunta: ¿Por qué no acataron las órdenes superiores los milicianos anarquistas, comunistas y del P.O.U.M.?
     Indudablemente, cabe la posibilidad de que desobedeciesen tal mandato: No era infrecuente a la sazón la indisciplina miliciana. Pero surge poderosa otra versión: Que Martínez de Aragón no transmitió las órdenes recibidas o, cuando menos, no lo hizo con la claridad suficiente, para demostrar que se retiraba por obediencia y no por cobardía. Lo cierto es que la defensa de la plaza quedó coordinada bajo la autoridad de Feliciano Benito[24] y los combatientes que el día 8 se encerraron en la Catedral eran anarquistas en su mayoría.
     Hay un argumento de efecto retardado, que induce a pensar en una presunta mala práctica de Martínez Aragón, disculpada por el Mando militar republicano, pero no por sus compañeros y tropas, junto a los que luchó en el frente de Madrid, a partir del mes de noviembre de 1936. El citado Comandante, ahora al mando de la 2ª Brigada Mixta, fue repetidamente motejado de flojo y aún de cobarde, a cada acción en que no alcanzaba el éxito inmediato. Tanto así, que su muerte en acción de guerra tuvo ciertos visos de valor suicida o, cuando menos, de intento de reivindicarse de una vez por todas ante a sus detractores[25].
     En cualquier caso, fue la sugerencia de Martínez de Aragón la que prendió en los ánimos de quienes, desde la Catedral de Sigüenza, ofrecieron la última resistencia a la toma de la ciudad por los franquistas, hasta la tarde del 15 de octubre[26]. Para entonces, el número de bajas entre los defensores y refugiados en la Seo ascendía a unas trescientas, con alto porcentaje de muertos, habida cuenta de la falta casi total de sanitarios, medicamentos e higiene[27]. De otras muertes que vendrían después, tendremos ocasión de tratar en el siguiente capítulo. Este concluye con un breve epílogo:
     El día 17 de octubre, al fin, estaba preparada a unos veinte kilómetros de Sigüenza una poderosa fuerza militar republicana: el socorro que, tal vez, Martínez de Aragón había ido a pedir. Pero ya era demasiado tarde.



3.      Las condiciones del sochantre




     Se llamaba Galo de Badiola y era canónigo sochantre y sagrarero de la Catedral seguntina. Por unas razones u otras, durante la ocupación de Sigüenza por las milicias republicanas, había recibido amistad y protección por parte del comandante Martínez de Aragón y de la escolta de este -formada en parte por Guardias de Asalto-. De ese modo, cuando llegó el momento de recluirse en el edificio de la Seo, era ya un sacerdote conocido y tolerado, cuya vida fue respetada, bien que a duras penas y con numerosas vejaciones. Él mismo llegó a contar que el archifamoso monumento funerario de Gaspar Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza, no fue destruido por algunos milicianos, gracias a su documentada y vigorosa intercesión[28].
     A partir del día 11 de octubre -cuarto del asedio-, las carencias angustiosas de los cercados y los bombardeos a que la Catedral era sometida habían minado la esperanza y combatividad de los milicianos. Empezaba a hablarse de rendición y don Galo se ofreció a hacer de intermediario, como eclesiástico conocido y de cierta relevancia. La noticia se difundió y, por el momento, la mayoría de los asediados la rechazó con violencia, estando a punto de costarle la vida al canónigo. Mas el tiempo jugaba a favor de abandonar la resistencia: bombardeos, escasez de municiones, bajas, inclemencia del tiempo… La exitosa huida, en la noche del día 10, de unos ciento cincuenta milicianos de la columna de la C.N.T., con su jefe al frente[29], había dejado descabezado el mando de los defensores. Mal que bien, ahora lo desempeñaba un teniente del Batallón Pasionaria, herido de cierta gravedad.
     Pasan los días y menudean los intentos de deserción. Finalmente, el día 15 acuerda el Comité rector de la defensa el cesar en la misma. Se acuerdan del sochantre y lo mandan llamar para que salga a parlamentar con los sitiadores y negocie la rendición. Don Galo pregunta por las condiciones. Ellos las formulan ambiguamente:
-          A ver si consigues que nos saquen adonde están nuestras líneas y nos dejen llevar a nuestras familias.
     El canónigo sale con bandera blanca, entre los disparos de los milicianos que se oponen minoritariamente a la rendición y los de respuesta de los franquistas. Finalmente, logra alcanzar los puestos avanzados y ser llevado hasta el comandante Sotelo[30], quien lo interroga:
-          ¿Qué es lo que quieren?
-          Pues, mire usted, lo han dejado en mis manos. Como sacerdote que soy, yo pido que los traten con toda la benevolencia que sea posible.
-          ¿A todos?
-          Sí, a todos.
     Sotelo telefonea al general Moscardó[31], quien felicita a don Galo por su acción y, seguidamente, conversa con Sotelo. Al concluir, este asegura al canónigo:
-          Bien, padre, ya está decidido. Baste que se trate de un sacerdote y que es natural que pida por todos ellos, hemos considerado con mucho cariño su petición. Y vamos a acceder a ella en parte. A los que no hayan sido delatores o criminales, no importa que hayan llevado fusil o pertenecer al partido que sea, si se entregan, nada les ocurrirá. ¿Está usted conforme?
-          ¡Estoy de acuerdo!
     Se hizo entonces un escrito. Lo firmamos…[32] El canónigo quería llevarlo en mano, de regreso a la Catedral. El comandante se opuso y ordenó lo portasen dos combatientes enemigos presos, que fueron recibidos a tiros. Con todo, sin esperar las condiciones, los sitiados habían empezado a salir, manos en alto y tirando las armas. Quizás por ello, la versión que de la rendición figura en los documentos la califica de incondicional.
     Fueron saliendo casi todos, setecientos treinta y ocho, de los cuales eran combatientes unos quinientos[33]. El resto, unos cincuenta dinamiteros asturianos, aprovechando el descuido y lanzando cartuchos en dirección opuesta a la que iban a tomar, lograron escaparse. Tampoco esa actitud favorecería el cumplimiento por los vencedores de las condiciones de la rendición.

***

     A partir de aquí, la Historia ha de dejar paso a la Aritmética. El comandante Sotelo, fiel en principio a las condiciones de rendición pactadas, confeccionó una detallada lista de los prisioneros, los clasificó y liberó a ancianos, mujeres y niños. Los presuntos combatientes, en número de 490, fueron trasladados en camiones hasta Soria[34], quedando a disposición judicial en su cárcel provincial, a fin de instruir una información para averiguar las responsabilidades en que hubiera podido incurrir cada uno de ellos[35].
     Sin explicación jurídica ninguna, tres meses más tarde se emite por el Director de la Prisión soriana una relación nominal de los mismos prisioneros de guerra[36], en la que figuran catorce presos nuevos y faltan ciento cincuenta y siete de los comprendidos en la lista del comandante Sotelo. ¿Qué había sucedido entre tanto? Como las Matemáticas suelen ser exactas, la explicación debe buscarse fuera de ellas. Por ejemplo, en los altos de Barahona, límite entre las provincias de Guadalajara y Soria, donde fueron ejecutados por el camino varios de los presos, sin que conste el pretexto. Pero, sobre todo, hay que achacarlo a las sacas ilegales de presos, producidas en la cárcel de Soria en los meses de noviembre y diciembre de 1936[37].
     Para concluir este capítulo: Es obvio que las condiciones de la rendición de los combatientes de la Catedral seguntina no eran sino la aplicación de las leyes básicas de la guerra y la humanidad. No obstante, ¿tuvieron algún papel para acelerar la decisión de rendirse? ¿Qué habría pasado si hubiesen resistido algunos días más? ¿Habría prosperado el socorro que para ellos ya estaba en marcha? En suma, ¿habrían podido salvarse muchos milicianos, de no acogerse a las buenas palabras de Badiola y Sotelo?
     Desde luego, yo no tengo la respuesta.






4.      La muerte llega volando


     El día 1 de septiembre de 1936 se produjo el primer bombardeo aéreo de la ciudad de Guadalajara por aparatos al servicio de los nacionales. Lo siguió una manifestación en que, de manera diáfana, se conectó la repetición de aquel luctuoso suceso con la supervivencia de los presos políticos ingresados en los establecimientos carcelarios. De una parte, se obligó a formar parte del cortejo a las mujeres que conocidamente tenían algún familiar en tal situación. De otra, la demostración de hostilidad concluyó ante la Cárcel Central[38], con varios conatos de asalto al edificio. En aquella ocasión, los desmanes no pasaron a mayores por la previsión del Gobernador Civil[39], quien hizo proteger la Prisión con dos compañías de Guardias de Asalto. Con todo, se atribuye al Alcalde de la ciudad[40] la siguiente advertencia pública:
-          Una sola bomba que vuelva a caer sobre Guadalajara determinará la muerte de todos los presos[41].
     La ominosa advertencia cayó para los nacionales, al parecer, en saco roto, pero no para los milicianos. El 6 de diciembre de 1936, la ciudad arriacense fue de nuevo víctima de un ataque aéreo, aún más numeroso y mortífero que el precedente. Veintitrés bombarderos arrojaron sobre algunas zonas urbanas casi trescientas bombas -muchas de ellas, incendiarias-, causando dieciocho muertos y alrededor de una cincuentena de heridos. La respuesta no se hizo esperar, sin que mediase ningún obstáculo por parte de las Autoridades[42]. También se debate sobre la mayor responsabilidad por la reacción, si de los anarquistas o de los comunistas[43].
     Lo cierto es que, tomada la cárcel, los milicianos procedieron a apartar a los presos comunes, respetando su integridad, y se dedicaron durante horas (toda la noche del 6 al 7 de diciembre y la mañana de este día) a exterminar a cuantos presos políticos hallaron. Cumplieron con la tarea casi a la perfección, pues solo consta que lograse burlarlos uno de los presos, escondido durante varios días en la leñera de la cárcel[44]. El número total de detenidos y presos asesinados rebasó los trescientos[45].



***

     Me apetece concluir este relato de palabras de muerte con voces de vida. Pertenecen al Ángel Rojo y fueron de las muchas que empleó para salvar la vida de 1.532 presos a punto de ser masacrados en Alcalá de Henares, dos días más tarde de los asesinatos de Guadalajara, y en muy similar ocasión de represalia por un bombardeo[46]. Las recordaba el director teatral, Luca de Tena[47]:
-          Se plantó en la puerta de los talleres de la Prisión, donde nos habíamos refugiado los presos, y consiguió frenar a la masa que pretendía lincharnos. Les dijo que eran unos cobardes, que matar presos desarmados era muy fácil y que, si tanto querían matar fascistas, que podían ir al frente.









[1]  El libro clave que he consultado para este relato es: Juan Antonio Pérez Mateos, Entre el azar y la muerte. Testimonios de la Guerra Civil, editorial Planeta (colección Espejo de España), Barcelona, 1975.
[2]  Baste decir que la ciudad seguntina, episcopal y ricamente dotada de clero regular y secular, tenía en 1936 una población de alrededor de 4.500 habitantes, no muy diferente, por cierto, de la actual, ochenta años después.
[3]  En efecto medió tal orden del Gobernador Civil republicano, con independencia de que, una vez en su destino, los guardias civiles no mantuvieran en todo caso la fidelidad al Gobierno legítimo.
[4]  Es decir, de ideología anarquista.
[5]  Cipriano Mera Sanz (1897-1975), anarco-sindicalista, que tuvo destacada intervención en la Guerra Civil española. Escribió unas memorias, con el título de Guerra, exilio y cárcel de un anarcosindicalista (editorial Ruedo Ibérico; París, 1976), donde refleja su intervención en el episodio que aquí reseño.
[6]  Eustaquio Nieto Martín (1866-1936), titular de la diócesis seguntina desde 1916, de setenta años de edad a la sazón.
[7]  Diversas fuentes aluden a una plaza importante, que pudo haber sido la de Telégrafos o de Guadalajara.
[8]  Feliciano Benito Anaya (1894-1940). Murió fusilado en Guadalajara el 26 de octubre de 1940.
[9]  También se le reprochaba resistencia ofrecida a la ocupación de determinados edificios religiosos, aunque solo fuera por el hecho de no haberse abierto sus puertas a las primeras llamadas.
[10]  Enrique Castro Delgado (1907-1965), organizador y primer comandante del famoso Quinto Regimiento.
[11] Tratamiento civil de los obispos de la época. El Franquismo lo elevaría a Excelencia.
[12] Incluido el hecho, bien significativo desde el punto de vista intelectual, de tirar y quemar -al menos, en parte- los libros religiosos de la biblioteca.
[13] Que, a su vez, no tardarían en ser asesinados.
[14] A la sazón, Sebastián Pozas Perea (1876-1946), militar de carrera, cuya ejecutoria hace totalmente improbable que participase de la criminal superchería que estaba a punto de consumarse.
[15] O fuego y muerte, pues hay algunas dudas de si se empleó la gasolina con el obispo para quemar parcialmente su cadáver, o para quemarlo vivo. La autopsia induce a creer lo primero, pero hay algún testimonio -presencial o indirecto- de lo segundo (véase el libro de Pérez Mateos citado en la nota 1, páginas 134 a 142).
[16]  Jesús Martínez de Aragón y Carrión (1899-1937), político alavés y abogado, que moriría en acción de guerra en el frente de Madrid, en abril de 1937. De su eficacia militar existe disparidad de opiniones, pero en general suele convenirse en su talante humanitario y valentía personal.
[17]  Francisco Jiménez Orge, nacido en 1877 (no he sido capaz de encontrar el dato de la fecha de su óbito).
[18]  Siglas del Partido Obrero de Unificación Marxista, organización de inspiración trotskista fundada en 1935, poderosa especialmente en Cataluña, hasta su aniquilación en mayo de 1937.
[19]  Importante unidad predominantemente aérea, procedente de la Alemania nazi, que colaboró con el bando alzado contra la II República Española durante la Guerra Civil. Se calcula que, en los primeros meses de la guerra -a los que este relato se contrae- contaba con unos ochenta bombarderos. El bombardeo aludido en el relato se produjo el 29 de septiembre de 1936 y en él falleció el capitán Martínez Vicente, jefe de la citada columna del P.O.U.M.
[20]  El mando supremo, político y militar, de los sublevados le fue conferido formalmente al general Francisco Franco Bahamonde (1892-1975) el 1 de octubre de 1936; el asedio a la Catedral seguntina se inició el día 8 del mismo mes y año, durando hasta el siguiente día 15, en que los milicianos cercados se rindieron.
[21] Desde luego, insuficientes para permitir a las milicias poner en acción toda su fuerza personal, con un número de combatientes ampliamente superior al de sus contrarios. La insuficiencia de armamento no fue subsanada. La de municiones lo fue in extremis, al llegar un pequeño tren blindado, el 2 de octubre, con abundante munición.
[22]  José Asensio Torrado (1892-1961), militar de carrera, entonces Jefe del Teatro de Operaciones del Centro.
[23]  O, al menos, de buena parte de sus efectivos. Digo esto porque, en la lista final de milicianos que se rindieron en la Catedral seguntina figuran 123, pertenecientes al Batallón Ferroviario.
[24]  Véase nota 8.
[25]  Las versiones del luctuoso suceso son varias. La más conocida es la de Julián Zugazagoitia, en su libro Madrid, Carranza 20 (capítulo Bordados de Sangre), cuyo lirismo no siempre es fiel a la verdad.
[26]  No sin numerosas deserciones. Su jefe, Feliciano Benito, logró huir en la noche del 10 de octubre, junto con unos 150 efectivos de su columna. Esta acción, si significase algo más que instinto de conservación, indicaría que eran conscientes de que tenían, no ya permiso, sino orden superior de retirarse de Sigüenza.
[27]  A 300 muertos se refiere el General de División, Luis de Sequera Martínez, en su artículo Una aproximación a la Batalla de Sigüenza, en la Revista de Historia Militar, nº 102 (año 2007), páginas 11/65, fuente con la contrastar cualesquiera otros datos militares apuntados en este relato.
[28]  Obra citada en la nota 1, páginas 158 y 160.
[29]  Feliciano Benito. Véase la nota 8.
[30] Alfonso Sotelo Llorente, comandante del Regimiento América nº 23, encuadrado en las Brigadas de Navarra, cuyo batallón estaba formado por requetés.
[31]  José Moscardó Ituarte (1878-1956), a la sazón, jefe de la División de Soria. Alcanzó su mayor fama y gloria al comandar la victoriosa resistencia del Alcázar de Toledo (julio-septiembre de 1936).
[32]  Versión literal de los hechos por don Galo de Badiola: obra citada en la nota 1, páginas 184 y siguiente.
[33]  Son las cifras que ofrece el coronel José María Manrique García, en su libro Sangre en La Alcarria. Guerra en Sigüenza (1936-1939), Galland Books, Valladolid, 2009. Pronto veremos que el total no coincide con el ofrecido por otras fuentes.
[34]  Con alguna llamativa excepción. El capitán del Ejército republicano, instructor de milicias, Pedro Hernández Rivero, fue ejecutado para ejemplaridad de todos, según reza el motivo formalmente dado para asesinarlo, en el patio del Castillo de Sigüenza, donde también fue enterrado.
[35]  Fue nombrado Juez Instructor el teniente coronel José Gómez Layna, entonces jefe de la Caja de Recluta de Soria.
[36]  A la letra, Relación nominal de los individuos prisioneros de guerra, procedentes de Sigüenza, detenidos en esta prisión a disposición del Exmo. Señor general Jefe de la División de Soria, con expresión de su naturaleza, vecindad, edad y profesión de los mismos, ingresados en la misma el 17 de octubre de 1936.
[37]  Véanse:  Gregorio Herrero Balsa y Antonio Hernández García, La represión en Soria durante la Guerra Civil, Ingrabel, Soria, 1982 (en especial, tomo II, páginas 164/168 y 267/273); Foro por la Memoria de Guadalajara, El Foro por la Memoria busca a familiares de 157 republicanos desaparecidos de Sigüenza, Guadalajara, 16-10-2016.
[38] En los primeros meses de la Guerra, funcionaron en la ciudad de Guadalajara dos cárceles masificadas: la Central o De arriba y la Prisión Provincial propiamente dicha. El asalto principal se produjo en la primera de ellas, pero también alcanzó a un tercer establecimiento, la Prisión Militar.
[39] Miguel Benavides Shelly, de Izquierda Republicana, que ejerció tal autoridad en los periodos noviembre de 1932-septiembre de 1933 y febrero-diciembre de 1936.
[40] Antonio Cañadas Ortego (1892-1939).
[41] No dejaba de ser una práctica monstruosa, pero de la que hicieron frecuente uso ambos bandos en guerra. La mejor fuente al respecto es en este momento (2016) el libro de Joan Villarroya y Josep María Solé i Sabaté, España en llamas: la Guerra Civil desde el aire, ediciones Temas de Hoy, Madrid, 2003.
[42]  Esta impresión de pasividad es la dominante. Solé y Villarroya, en la obra citada en la nota 41, la achacan a no haber contado el Gobernador Civil con fuerzas minimamente suficientes para impedir la matanza.
[43]  Mayor responsabilidad anarquista, en especial, del fogueado Batallón Rosenberg, en opinión de los aludidos Villarroya y Solé. Protagonismo comunista, de los mismos que dos días más tarde intentarían otra masacre carcelaria aún mayor en Alcalá de Henares, es el parecer de Paul Preston, El holocausto español, ediciones Debate, 2011, páginas 503 y 504. La Causa General implica al Batallón Rosenberg, no en las ejecuciones, sino en la decisión de enterrar in situ y en fosa común los cadáveres que habían permanecido insepultos.
[44]  Llamado Higinio Busóns. Su peripecia está contada en las páginas 13/54 del libro Entre el azar y la muerte, citado en la nota 1.
[45]   El benemérito Delegado de Prisiones, Melchor Rodríguez García (1893-1972), da la cifra de 319; La Causa General (legajo 1.071), la de 303 (283 en la Prisión Central y 20 en la Militar).
[46] El Ángel Rojo fue el sobrenombre dado al anarquista Melchor Rodríguez (véase nota 45): Álvaro Domingo Alfonso, El ángel rojo. La historia de Melchor Rodríguez, el anarquista que detuvo la represión en el Madrid republicano, editorial Almuzara, Córdoba, 2009. Breve semblanza del personaje en el libro citado en nota 1, páginas 55/71.
[47] Cayetano Luca de Tena y Lazo, nacido en Sevilla en 1917 y fallecido en Madrid en 1997.