viernes, 18 de noviembre de 2016

EL PÚGIL Y EL ACTOR


El púgil y el actor

Por Federico Bello Landrove

    
     El boxeo y la interpretación han ido muchas veces de la mano, pero en pocas ocasiones con la originalidad, la reciprocidad y la relevancia personal que se dan en este caso. Yo lo calificaría de historia de la vida real, sin otro mérito del autor que el de fijar sus ojos y su afecto en ella.



1.      El primer café


     Ciudad de Nueva York, a comienzos de octubre de 1949.
-          ¿Qué, chaval, hace una taza de café?
-          ¿Por qué no? Muchas gracias.
     El chaval -que no aparenta los veinticinco años que tiene- abandona su inicial propósito de montar en su vieja moto Indian, sonríe al excampeón y se coloca a su lado, ligeramente rezagado, por respeto. Caminan unas yardas, con el paso elástico propio de deportistas recién entrenados y penetran en el Neutral Corner, abriéndose paso con dificultad hasta la barra. El café prometido se torna una cerveza, mientras el invitante enciende un cigarrillo y saluda a la interminable caterva de gentes del boxeo y aficionados, que muestran su afecto por él, The Rock. Luego se vuelve hacia el novato:
-          ¡Je, je! Hay veces que ya no sé ni cómo me llamo. Desde luego, es más fácil cambiar de nombre que de conducta. ¿No crees?
-          Supongo que sí, pero en mi caso casi todos me conocen por mi verdadero nombre. Solo los íntimos me llaman Bud.
-          Espero que sea por buddy[1], no por ser aficionado a las flores.
      La alusión maliciosa es acompañada de una carcajada cordial y un firme palmeo en la espalda. Bud se tranquiliza. Lo peor que podría pasarle en ese ambiente de las doce cuerdas es pasar por un capullo.
-          La verdad, chico, es que vas a tener que tomarte muy en serio los entrenos. Veo que has debido de perder la buena forma que seguramente tuviste. ¿Llevas mucho en Nueva York?
-          Cosa de un par de años -la ambigüedad encerraba mentira-.
-          Ya veo. Seguro que, entre hacerte a la gran ciudad y buscar trabajo, no has tenido mucho tiempo para el deporte. Pero no te preocupes, en Stillman te pondrás a hilo, a poco que trabajes duro y observes a los mejores.
     Ha dicho lo de observar recalcando mucho la palabra. Bud baja la vista, un tanto corrido:
-          Perdona si te he molestado con mi seguimiento, pero creo que, como modelo a imitar, no puedo encontrarlo mejor.
-          No me parece mal, ahora que me lo has confesado. Reconozco que ya me estabas poniendo un poco mosca, siguiéndome por todo el gimnasio y entrenando siempre tras de mí.
-          Lo siento. Procuraré…
-          Ya te he dicho que queda todo aclarado. Y, a propósito, he notado que no golpeas fuerte. Eso no puede aprenderse, solo mejorarlo. ¿Pretendes dedicarte al boxeo profesional?
-          No me vendría mal para cuadrar mi presupuesto, pero comprendo que me queda mucho camino por andar.
     Rock lo miró con tristeza. No creía que llegase a ninguna parte. Ni siquiera parecía encerrar la rabia que hace aguantar el dolor físico. Solo tenía pobreza. Bajó la vista hasta sus vaqueros recosidos y las zapatillas mugrosas. Encogiéndose de hombros, echó un trago largo a la botella y decidió cambiar de conversación:
-          ¿No te he contado cómo perdí el campeonato contra el Hombre de Acero?
-          Es la primera vez que hablamos.
-          Claro, ¡qué tonto soy! Pues verás: el combate hubo de suspenderse por la lluvia hasta el día siguiente y eso me descentró…
      Bud, que había visto la grabación del breve combate en el cine, no pudo menos de sonreír. A Rock le habían dado una paliza sin paliativos y había perdido el campeonato por K.O. en el tercer asalto, con desvanecimiento incluido. Luego, había estado todo un año sin combatir y -según decían- había vuelto para pelear con paquetes. El próximo evento sería con un contendiente notable, pero doce libras más liviano que él.
-          ¿Qué edad tienes, chaval?, preguntó de sopetón Rock.
-          He cumplido los veintitrés, repuso Bud, quitándose dos.
-          Yo ya he llegado a los treinta, pero estoy en plena forma. Me entreno a fondo y mi mujer me cuida que no veas. ¡Y pobre de mí como me desmande! Norma pega más fuerte que yo.
     Se despiden en el cruce de la 54 y la octava. El destronado campeón lo mira de hito en hito y suelta una de sus frases predilectas:
-          Por encima de todo, sé tú mismo. Si te limitas a copiar, nunca llegarás a nada.  



2.      El chaval mejora de fortuna


     The Rock se convirtió por otros quince días más en el padrino de Bud, dirigiendo sus progresos. A mayores, lo invitaba cuando coincidían. Años más tarde, escribió en sus memorias:
     Siempre que salíamos por una taza de café o cualquier otra cosa, yo pagaba también lo suyo.
     Al cabo de un mes de entrenar en el gimnasio Stillman, el chico, muy ufano, dijo al acabar la sesión:
-          Vamos a comer. Hoy pago yo, que he cobrado.
     Rock lo miró de arriba abajo: las mismas zapatillas deshilachadas; el mismo pantalón remendado. No era cosa de meterlo en excesivos gastos.
-          Vamos a un italiano de la 55. Está limpio y sirven la pasta fresca y bien hervida.
     El chaval se empeñó en que comieran con vino Chianti, en su tradicional envase panzudo con cesta de mimbre. El campeón olvidó sus aprensiones e hizo los honores a la botella, lo que aumentó en extremo su natural locuacidad:
-          … Y tienes que tener cuidado en este mundillo nuestro. En cuanto comprendan que llevas unos dólares en el bolsillo, se apresurarán a camelarte y a hacerse invitar. Yo he cumplido ya siete años de profesional, la mitad de ellos entre los punteros, y apenas si me queda para vivir bien, que mis hijos vayan a buenos colegios y tener unos ahorros en el banco para cuando esto se acabe, que la gloria dura poco y, luego, tienes que vivir de las rentas el resto de tu vida. Tengo pensado montar un restaurante o dos. Nada elegante: decente y con buena comida.
-          Eres muy popular y todo el mundo te quiere. Seguro que, en cuanto pongas tu nombre en el rótulo, se llena el local.
-          La fama y las palmaditas en la espalda, según vienen, se van y si te he visto, no me acuerdo. Claro que yo pongo de mi parte lo que puedo. Sigo viviendo en mi barrio, frecuentando a los amigos de siempre y ayudando a los que lo necesitan.
No creo que llegues muy lejos, Bud, pero, estés donde estés, nunca olvides ser tú mismo y mandar al cuerno a pedigüeños y aduladores.
     Acabaron el almuerzo y, cortando con donosura la perorata del boxeador, Bud pagó la cuenta y dijo:
-          Yo sé bien a qué te dedicas y dónde te ejercitas. Ahora quiero llevarte al lugar en que trabajo. Está a bastante distancia de aquí, pero nos vendrá bien dar un paseo después de la comida.
     Echaron en dirección al centro de la ciudad y, al llegar a la calle 47, Bud señaló desde lejos la portada del teatro Ethel Barrymore y dijo:
-          Ahí es donde estoy trabajando yo desde hace casi dos años.
     Rock preguntó:
-          ¿De qué: taquillero, tramoyista, acomodador…?
     Bud hubo de contener la risa, pero no contestó. Llegaron frente a la fachada y, señalando la marquesina, apuntó hacia el segundo nombre en la lista de actores principales:
-          Mira, ese soy yo… Es mi nombre, mi verdadero nombre.
     El boxeador se quedó mirándolo con cara de guasa; luego, de incredulidad. El presunto actor insistió:
-          Tendré mucho gusto en regalarte dos entradas, para que tu esposa y tú vengáis una noche a verme. Dicen que no lo hago del todo mal.
     Rock no contestó, presa aún de la extrañeza. El actor suspiró y cambió de registro:
-          Quiero darte las gracias por todo lo que me has enseñado y por lo bien que te has portado conmigo. No lo olvidaré nunca.
     El púgil, no sabiendo aún qué decir, gruñó nasalmente, como solía:
-          ¿No te estarás quedando conmigo, verdad?



3.      Los extremos se tocan


     Unos meses después, ya entrado el año 1950, el púgil y el actor volvieron a encontrarse, solo que por televisión. Nadie mejor que The Rock para contarlo, con su lenguaje desenfadado y su exuberancia:
     Estoy viendo la tele y hete aquí que presentan un nuevo programa, que va sobre boxeo, y que sale su nombre en la pantalla. Empieza el telefilm y ¡soy yo!¡ El hijo de puta está hablando como yo, andando como yo y pegando como yo! ¿Puedes creerlo? Con su motocicleta de segunda mano y sus vaqueros raídos, el tipo me había engañado para que le enseñara a representar su papel.
     Ya fue casualidad que nuestro atareado boxeador -participó en nada menos que nueve combates, a lo largo de aquel año- viese el programa piloto de la frustrada serie Come out fighting!, porque fue el único que se rodó o, al menos, que llegó a salir por la pequeña pantalla. Lo que resultó menos casual es que le entrara el gusanillo de la popularidad y el caché televisivos. Tan pronto se retiró, dos años después, se embarcó en el rodaje de campañas publicitarias y series, luciendo músculos y simpatía, y lanzando a las ondas su voz inconfundible y su genuino acento del East End neoyorquino. Vamos, haciendo de sí mismo o -lo que era igual- remedando a su vez a aquel condenado chaval del teatro Ethel Barrymore, que se había convertido en una leyenda de la gran pantalla y no parecía haber olvidado del todo su experiencia boxística.
     También el amigo Rock tuvo, por activa y por pasiva, sus experiencias cinematográficas. Así, entre unas cosas y otras, mantuvo una popularidad que le hacía muy feliz y que ha llegado hasta nuestros días; una fama menor -no cabe duda- que la de los actores que lo imitaron, pero -¡qué demonios!- lo verdaderamente importante es ser uno mismo. Y eso solo él podía decirlo.

***

     Si han llegado leyendo hasta aquí -y si han dejado lo último para el final-, pueden tener algunas dudas sobre la identidad del púgil y del actor que protagonizan el relato. No les voy a dejar con la incertidumbre. Ni ustedes, ni los personajes, merecen que me ande con más tapujos, para mantener el interés literario.
·         El púgil se llamó Thomas Rocco Barbella, pero en el ring y en sociedad fue Rocky Graziano, uno de los más carismáticos campeones de boxeo de todos los tiempos; por cierto, convecino, compañero de reformatorios y buen amigo de Jake LaMotta, que no le fue a la zaga, ni como púgil, ni como personaje mediático.
·         El actor era Marlon Brando quien, durante dos años, representó en el teatro Ethel Barrymore de Nueva York el papel de Stanley Kowalski en la obra de Tennessee Williams, Un tranvía llamado Deseo. Años después, en La ley del silencio, tendría ocasión de encarnar a un frustrado boxeador, retirado antes de tiempo por un tongo impuesto mafiosamente.
·         En 1955, con el apoyo literario del escritor Rowland Barber, Rocky Graziano publicó la primera parte de sus memorias, que sirvió de base para el guión de la película Marcado por el odio. Paul Newman hizo en ella el papel del boxeador biografiado, quien tuvo la oportunidad de conocer y orientar al actor de Ohio, para que lograse el que sería su primer éxito importante en el mundo del cine. Si el gran Newman se hizo con el papel, no fue por otro motivo que el del fallecimiento en accidente de coche de otra gran estrella, James Dean, cuando estaba empezando a meterse en el personaje.
     Lo menos que se merecía The Rock es que le ofrecieran, a su vez, la oportunidad de aprender interpretación en el Actor’s Studio; y, en efecto, Paul Newman lo llevó, como quien no quiere la cosa, a una de las clases, invitándole a tomar lecciones. Rocky se dio la vuelta y dijo con cierta displicencia:
-          ¿Y para qué? Todo el mundo está intentando hablar y actuar como yo.






[1]  Buddy es un sustantivo coloquial, equivalente a amigo, compinche, colega…, en tanto bud puede ser, tanto un apócope del anterior, como significar, entre otras cosas, capullo de una flor.

sábado, 12 de noviembre de 2016

EL REENCUENTRO


El reencuentro

Por Federico Bello Landrove

     Este cuento, que mezcla realidad y fantasía sobre el tema del suicidio, tiene su fundamento y sentido en un suceso de la vida real.



     Juraría que llevaba puestos los calcetines altos del uniforme colegial y, sin embargo, siente un frío glacial que le sube por las piernas, hasta las rodillas. No es posible que haya incurrido en un olvido tan absurdo, ni la tata habría dejado de percatarse, a pesar de todo el desbarajuste en que ha caído la casa. Su abuela Concha la coge de la mano y la ayuda con suavidad a pasar el resalte del portón de la iglesia. Es verano -seguro que sí, porque fue cuando murió mamá- y sin embargo va con el abrigo azul marino que un día tiró en el vestíbulo de la casa de Pontevedra, como grito de ruptura y libertad. El pasillo del templo se le hace interminable; bancos semivacíos a ambos lados, en insólita penumbra, dado que le funeral fue a mediodía y el sol -lo recuerda bien- perlaba de sudor su frente y humedecía sus cabellos trigueños, bajo el tupido velo preconciliar.
     Alguien parece acercársele, pero cierra los ojos entreabiertos, para concentrarse en las palabras del predicador, desde el púlpito. No es el párroco, que dice la misa de las nueve y media los domingos, cuando acude con papá, siempre al mismo sitio, ese que ella escogió tras leer en un devocionario aquella anécdota piadosa de la madre que iba al mercado con su hijo pequeño:
-          Niño mío, si alguna vez te sueltas de mi mano y no me ves, espérame en el rincón del fondo, a la derecha.
     Y el crío, despidiéndose de su madre, tras fulminante enfermedad:
-          Mamá, no llores, que no he de perderme. Te esperaré en el rincón del fondo, a la derecha del Cielo.
     ¡Qué ridículo, cuán simplón le resulta ahora el relato! ¿Dónde va a encontrarse ella con su madre? Incluso su padre parece aborrecer aquel lugar tan alejado del altar y tan propicio para cogerse un catarro. Más de una vez la ha invitado, infructuosamente, a cambiarlo por otro próximo al banco centrado donde, como siempre, ha creído reconocer a Salvadora, esa señora viuda que le pregunta a papá por su esposa, a la salida de la iglesia, solo que esta vez no va acompañada de sus dos hijos.
     Alguien ha entrado en la habitación; es un hombre, a juzgar por el timbre de su voz. Como por ensalmo, repite la cantilena del sacerdote de la homilía, canónigo amigo de su padre, que con tal motivo se empeñó en ser oficiante principal, y hasta pontífice, a juzgar por el símil, que en aquel entonces le había pasado inadvertido:
-          … ¿Quién nos dice que, en ese instante fatídico, en ese breve espacio entre el puente y el río, no estaba presente el arrepentimiento del desgraciado y la misericordia de Dios?

***

     Habían cambiado Galicia por Madrid, a fin de que su madre tuviese los mejores médicos. Poco o nada había sabido ella, tan niña, de las dolencias maternas, sin duda psíquicas, que se evidenciaban en un constante vaivén entre la alegría y el llanto, la actividad intensa y la depresión en lo hondo de un dormitorio, con las contraventanas  cerradas. Imágenes fugaces surgen y se alejan, en sucesión intermitente, incoloras, como las fotografías que un día fueron: con su padre y ella, en la playa; camino del colegio, de punta en blanco; empujando el cochecito de su hermano Luis; en foto de estudio, tan hermosa…
     Alguien, entre la niebla de la sedación, se mueve en derredor, mulle la almohada, inyecta quién sabe qué por la vía abierta en su muñeca… Ella -afortunadamente- no lo vio, ni nadie se lo contó entonces, pero ha llegado a saber, tiempo después, que por las venas se le fue a su madre la vida, recostada en la bañera, al alivio y protección casi fetal del agua tibia. Fue un fin de semana. En la clínica autorizaron que lo pasara en familia, como otras veces. ¿Eligió el lugar y el momento para poder despedirse en silencio, para que compartieran su decisión? Papá nunca se perdonaría no haber puesto las cuchillas de afeitar a buen recaudo. Y el doctor -bata blanca, pelo blanco, sonrisa blanca- hubo de recordarle que quien tiene la firme intención de acabar con su vida lo logra en todo caso, y vale más no convertirlo en un esclavo, en un objeto, pues no hay vida sin libertad y sin sosiego.
     Oye susurros a los que intenta contestar, como aquel día. La noche anterior había estado dialogando con su padre, en penumbra: ella, acostada; él, sentado en el sofá del dormitorio. Según el padre, la explicación para todo lo sucedido había estado en la mente enferma de mamá, en sus trastornos afectivos, en la angustia vital, tan de moda en la filosofía y la psiquiatría de entonces. El doctor se lo va a explicar muy bien: ya ha pedido consulta para ella. Es una eminencia y seguro que aclara todas sus dudas y así tranquiliza su espíritu.
     Nunca podrá olvidar aquella encerrona. La eminencia penetró en su conciencia como el bisturí en la carne y la fue envolviendo en su pegajosa tela, como la araña al moscón. Se contempló a sí misma siguiendo el rastro de su madre, aquella cadena perpetua de psicoanálisis, pastillas, consultas semanales e ingresos periódicos en el sanatorio. ¡Nunca más!, gritó a su padre en el portal, haciéndole una escena tremenda. Todavía se estremece al recordarlo. En efecto, nunca más volvió a abrir su alma a presuntos sanadores, ni a confiar en la honradez de los galenos. Lo que es su cuerpo, sí que ha tenido que entregárselo más de una vez, para esa angustiosa faena de cortar y coser, tan inútil y sofisticada.
     Como quien trata de huir de un lugar ominoso y sin esperanza, se revuelve en el lecho, pero no halla fuerzas para levantar el cuerpo; sí el espíritu, que revolotea por la habitación y se siente transportado sin transición al cansino tren que un día la llevó de vuelta a su amada Galicia, en plena adolescencia; ceremonia iniciática de una vida propia, de una libertad adulta, auspiciada por su abuela materna, que nunca comulgó con el segundo matrimonio de papá y la mezcolanza de sangres y de estirpes de aquella familia hecha de retales, en la que su niña se ahogaba.

***

     Toda su vida ha estado marcada por aquel suceso sangriento. Sus once años de entonces hicieron tal huella inevitable. Su padre había tratado de reconducirla a términos de razón y de sosiego, pero ella ha sido incapaz de entender el sentido de aquella muerte inesperada, de un delirio de aniquilación que podría haberse transmutado en mares de solidaridad y de afecto. De afecto, ¡ahí estaba el detalle! No podía aceptar que el amor a los hijos fuera compatible con su abandono, por mucha angustia vital que el psiquiatra adujese. No había explicación convincente ni equilibrio posible en dejar a unos niños sin madre. Charo siempre se había rebelado contra aquel acto contra natura. En el fondo, su deseo de saber, de conocer los motivos, encerraba una condena. No podía perdonar a mamá. Y es que, por mucho que la repugnase, estaba hecha de la misma pasta de sor Teodosia, su prototipo de la soberbia y la crueldad.
     Tampoco para el rasgo de aquella monja ha encontrado en su vida una justificación. Fue a los pocos días del suceso, cuando todavía este le era oscuro. Regresaba al colegio, envuelta en una nube de tristeza y de confusión. Sabe Dios -o el Diablo- lo que movió a la Madre Superiora a convocarla a su despacho y soltarle de sopetón aquella frase, que todavía resuena en sus oídos al pie de la letra:
-          Tu madre se ha muerto y va a ir al infierno, porque se ha suicidado.
     ¡Cuántas veces ha repasado la definitiva sentencia!; una resolución judicial en toda regla, con los hechos, los fundamentos jurídicos y la pena, tácitamente eterna. Tan perfectamente formulada, que la guardó en su corazón por muchos años, sin revelarla ni discutirla. Quizás ella también la habría suscrito, si no en términos de inapelable silogismo, sí por lo que la acción había significado en su vida y en la de su hermano Luis. De hecho, le parecía mejor construida que la hipótesis de todo un Dios a mitad de camino entre la puente y el río, aquel paño caliente del canónigo pontífice.
     En este momento, siente que se ahoga en las ondas grises y bravas de La Lanzada. Sus ojos lanzan una última mirada hacia la playa, mientras su ánima asciende, pausada y continuamente, hacia la luz, buscando afanosamente un rincón en el fondo del Cielo.

***

     El pitido se torna constante y el electrocardiógrafo traza una perfecta línea horizontal.



martes, 1 de noviembre de 2016

BLAS DE LEZO, O HISTORIA DE UNA LEYENDA


Blas de Lezo, o historia de una leyenda

Por Federico Bello Landrove

     Mi afición por la Historia me lleva a defender su verdad, por más que frecuentemente sea discutible o esquiva. Pero hay casos en que, leyendo ciertos libros o artículos históricos, no puedo menos de pronunciar la sarcástica frase: Así se escribe la Historia. Tal sucede con mucho de lo historiado acerca de Blas de Lezo. En consecuencia, he resuelto despacharme con este relato, retando a que se me desmienta en lo esencial.

Retrato de la época de D. Blas de Lezo

1.      El monumento

     Tomábamos el cotidiano café de sobremesa, cuando la tertulia de aquel día de finales de noviembre de 2014 se centró en la enésima polémica entre Madrid y Barcelona, que tenía como pretexto una cuestión histórica. Unas fechas antes, concretamente el 15 de aquel mismo mes y año, se había inaugurado en la capital de España un monumento a la memoria del teniente general de la Armada, don Blas de Lezo y Olavarrieta[1], fallecido para la Biología doscientos setenta y tres años antes; y, cuatro días después, el Ayuntamiento barcelonés había aprobado una moción, solicitando del madrileño la retirada de dicha memoria, con el argumento de que Lezo había participado en el bombardeo naval de la Ciudad Condal durante el año 1714. Como era de esperar, siendo casi todos los tertulianos naturales de Castellar, los comentarios eran unánimes a favor de rechazar tal solicitud; tan unánimes en el fondo -no en forma y razones-, que decidí abstenerme de intervenir. No me sentía cómodo en una cuestión cuyos datos desconocía y, de otra parte, tengo una peligrosa inclinación de enfrentarme a las tesis defendidas por una clamorosa mayoría. Sorprendentemente, vino en ayuda del equilibrio y la matización nuestro contertulio Evaristo, profesor de Historia y tan castellarense como el que más. Para empezar, dejó caer esta sorprendente comparación:
-          Amigos, decir que Lezo ganó la batalla naval de Cartagena de Indias, o que salvó la españolidad de dicha plaza, es tan cierto como sostener que el general Saint-Hilaire, no Napoleón, fue el vencedor en Austerlitz.
     El nombre de la gran batalla tuvo la virtud de hacer el silencio. El profesor lo aprovechó para añadir:
-          Y decir que en Cartagena de las Indias decidió la Marina española es una falsedad, además de una ofensa a las fuerzas que combatieron en tierra, las que -como es lógico- eran del Ejército en su mayor parte.
     Nemesio, el boticario, quiso arrimar el ascua a su sardina:
-             Hombre, la Marina o el Ejército, ¿qué más da? El caso es que Lezo era el general en jefe.
     Evaristo replicó, entre el enfado y la displicencia:
-          Eso es más falso aún que lo anterior. ¿No has oído hablar del virrey Eslava[2]? ¿No? ¿Tampoco los demás? Pues, cuando volváis a casa, consultad Internet; claro está, haciendo caso omiso de los cantamañanas que allí pontifican y tocan de oído.
     Por el momento, la cosa quedó así. A la salida, aprovechando mi gran amistad con el regañón de Evaristo, me atreví a pedirle directamente su versión del tema. Aceptó, con una condición:
-          Recoge en esquema las principales razones y méritos del homenajeado, tal y como se han aducido para levantar el monumento de la madrileña plaza de Colón. Luego, me presentas el resumen y yo lo contestaré punto por punto. ¡Ah!, y no comentes nada a los demás, pues no quiero que confundan mi defensa de la verdad histórica con la de los desvaríos anacrónicos de quienes ponen la Historia a los pies de sus intereses políticos.

***

     Con ayuda de crónicas periodísticas y de referencias en Internet, preparé una breve nota informativa sobre Blas de Lezo, que rezaba así:
     Lezo es el modelo del marino español experto y valiente, que nunca fue derrotado en combate, sufriendo en cambio la pérdida total o parcial de un ojo, una pierna y un brazo, por lo que fue apodado respetuosamente Pierna de palo y Mediohombre. Su mayor y más relevante hazaña fue la defensa de la plaza de Cartagena de Indias, frente a una gran escuadra inglesa, en la primavera de 1741. Al mando de fuerzas muy inferiores en número y medios, preparó y dirigió los combates con tal tenacidad y acierto, que evitó la invasión, la cual habría supuesto el comienzo de un gran Imperio británico en América del Sur. Sin embargo, sus méritos no le fueron reconocidos, ni en vida (murió a los pocos meses de su gran victoria, quizás a resultas de las heridas sufridas en batalla), ni a su muerte. Su nombre ha permanecido olvidado de la generalidad de nuestros conciudadanos y jefes políticos, siendo una víctima más de la ingratitud hispánica, favorecida en este caso por el deseo inglés de ocultar una derrota, vergonzosa por muchos motivos.
     Pertrechado con esas referencias, acudí a la cita con Evaristo, quien la leyó e hizo el siguiente comentario:
-          Más o menos, es la versión general que circula, pero me gustaría que hubieses puntualizado más… ¡Bah!, no importa; ya añadiré yo algunas cuestiones, si bien evitaré alargar innecesariamente la exposición. No se trata de darte una conferencia, sino de dejar claro que estamos ante un caso significativo de lo que decía aquel: Así se escribe la Historia.
      Nos arrellanamos en los cómodos sillones del Casino y Evaristo comenzó su explicación. La voy a reproducir tal y como la recuerdo, pues no tomé notas, ni creo que él me lo hubiera permitido.



2.      Verdades a medias y mentiras enteras

Fortificaciones cartageneras y monumento a Blas de Lezo en la actualidad

-          Comenzaremos por un hecho que puede parecer baladí, pero que, a más de llamativo, lo considero esencial para valorar las cualidades de Lezo como marino. Me refiero al hecho de que toda su formación como militar del mar la hizo en la Armada francesa.
-          ¿Qué me dices?
-          Como lo oyes. Por proximidad geográfica -su familia era guipuzcoana- o por las afinidades políticas nacidas de la Guerra de Sucesión española, el niño Blas fue enviado a estudiar a un colegio de Francia y, a eso de los doce años, ya estaba embarcado como guardiamarina en un navío francés.
-          Estamos hablando del año…
-          1701. Y hasta 1714 Lezo no se incorporó formalmente a la Armada española. Para entonces, había alcanzado el grado de capitán naval, amén de perder una pierna y un ojo. Hay constancia de su participación en varias acciones de guerra importantes y del prestigio que tenía entre sus superiores, en especial, el almirante, Conde de Toulouse.
-          Has citado el año 1714, o sea, el del bombardeo naval recordado por los munícipes barceloneses de ahora mismo.
-          En efecto; firmado el tratado de Utrecht, los marinos españoles al servicio de Francia pasaron a depender directamente de la Armada española. En tal concepto, al mando del buque de línea Nuestra Señora de Begoña, Lezo participó, como un capitán de navío más, en las acciones que culminaron con la toma de Barcelona y la rendición de Mallorca.
-          Es decir, que don Blas estuvo unos doce años bajo las banderas francesas…
-          Así es, hasta los veinticinco de edad. La verdad es que aprendió muy aprisa y, gracias a sus méritos de guerra, ascendió rápidamente.

***

-          De buena gana -prosiguió mi amigo- pasaría ya a los hechos de Cartagena de Indias, pero me parece oportuno antes aludir a una circunstancia en que, dado su subjetivismo, puedes creerme o no. Me refiero a que Lezo fuese en vida una víctima de la pequeñez de espíritu de sus superiores; vamos, el sujeto pasivo de la envidia de los mediocres. La verdad es que él mismo tenía un mal carácter que rozaba la indisciplina, como quedó demostrado en los años que nuestro marino pasó en el Mar del Sur -como entonces llamaban al Pacífico-, como segundo jefe de dicha Armada, con base en El Callao. Fueron ocho años duros -de 1720 a 1728-, en que Lezo combatió especialmente el contrabando y el corso, amén de contraer matrimonio y tener a sus primeros hijos. Pero, sobre todo, evidenciaron el comportamiento intemperante de don Blas, que chocó repetidamente con los mandos del Ejército de Tierra y con el virrey Armendáriz. No digo yo que careciese de razones, pero sí que la situación se hizo tan insostenible, que Lezo renunció al mando y regresó a la Península.
-          Eso le haría perder el favor de la Corte y de los mandos de la Marina…
-          En absoluto. Felipe V lo apreciaba sinceramente desde los años de la Guerra de Sucesión, tal vez, por su dominio del francés y su formación en la Marina gala. El caso es que, tras un merecido descanso, Lezo fue puesto al frente de la Escuadra del Mediterráneo, en 1731. Su ejercicio fue brillante, de modo que le significó el ascenso a teniente general de la Armada y, ante ciertos problemas de salud, pasó al cargo, importante y más tranquilo, de Comandante General del Departamento de Cádiz.
-          Ya voy entendiendo. Da la impresión de que don Blas se desempeñaba mucho mejor cuando estaba al mando pleno, sin subordinación ni coparticipación alguna.
-          Es lógico, dado su carácter vivo y dominante. Lo que resulta ridículo es loar y disculpar sus excesos y llamar envidia o desprecio a los de los demás, sobre todo, cuando estos tenían igual o superior rango que nuestro pasaitarra.

***

-          ¿Qué te parece, Evaristo, si nos centramos ya en la defensa de Cartagena de Indias[3], la mayor acción bélica y mérito histórico de Lezo?
-          Me parece muy bien. Todo ello fue precedido del nombramiento, tan apetecido, de primer jefe de la Flota de Indias, producido en 1736, cuando don Blas había cumplido los 48 años de edad. Realizó el viaje al año siguiente y, apenas dos después, España entraba en guerra con Inglaterra, conflicto conocido con el curioso nombre de la Guerra de la oreja de Jenkins.
-          Recuerdo tal apelativo y sus razones. También creo recordar que, al hilo de esta guerra, los ingleses concibieron el magno propósito de sustituir a España en el dominio de América del Sur.
-          Nada menos… Fue una idea acaudillada políticamente por el primer ministro, Pitt el Viejo, y, en lo militar, por el influyente y pretencioso vicealmirante Vernon, el gran antagonista de Lezo en Cartagena.
-          ¡Por fin hemos llegado a la hermosa ciudad, ahora colombiana! Céntrate -te lo ruego- en lo que atañe a los errores y falacias que se han ido deslizando sobre el episodio.
-          Está bien. Veamos. ¿Qué te parece empezar por la mayor quimera, el disparate mayúsculo? Me refiero, por supuesto, a considerar que fue Lezo el comandante en jefe de los defensores de Cartagena. A eso me referí el otro día en la tertulia, cuando dije que era lo mismo que tratar de escamotear a Napoleón el mando supremo en Austerlitz.
-          ¡Arrea! ¿Quién tuvo, según tú, el mando supremo?
-          Según yo, no: según la Historia. Es cierto que, en momentos previos, por vacante o ausencia, Lezo ejerció poderes mayores, que aprovechó para mejor preparar la ciudad a su esperado asedio; pero, cuando este empezó en marzo de 1741, y a todo lo largo de los dos meses que duró, el jefe supremo fue el virrey, Sebastián de Eslava, y, bajo su autoridad inmediata, los mandos en tierra fueron el coronel, Melchor de Navarrete, y el ingeniero jefe de las fortificaciones, Carlos Desnaux. Blas de Lezo fue el comandante de las fuerzas navales españolas, surtas en las bahías de Cartagena[4], a las órdenes  supremas de Eslava.
-          Bueno, ya se sabe que una cosa es la teoría y otra la práctica. Seguro que el tal Eslava era un burócrata apergaminado, que descansó en Lezo el mando efectivo de todas las fuerzas.
-          Pues te equivocas de medio a medio con ese virrey. Eslava era teniente general del Ejército, con sobrada experiencia militar, y ejerció su mando durante el asedio con tal decisión y presencia, que el propio Lezo se quejó amarga y repetidamente de que lo marginaba y reducía a la inoperancia. Y ello fue a más, según avanzaba el cerco inglés, por la elemental razón de que Lezo se quedó sin barcos que mandar.
-          ¿Me puedes explicar esto? Tenía entendido que en Cartagena de Indias jugó un papel decisivo la flota española, al mando de don Blas.
-          Otra vez, no das una. Para empezar, los seis navíos de guerra con que Lezo contaba inicialmente poco podrían haber hecho contra los treinta y seis barcos de línea británicos, sin contar fragatas y otras embarcaciones menores y de transporte, hasta un total de más de ciento ochenta unidades. Pero es que, con mejor o peor acuerdo, los seis barcos españoles fueron deliberadamente averiados o hundidos, para dificultar el acceso de los ingleses por las dos bocas de la Bahía Exterior cartagenera, y sus cañones y tripulaciones fueron convertidos con gran acierto en tropas y medios de guerra para actuar en tierra, a las órdenes de Eslava y los mandos del Ejército.
-          ¡Vaya faena para el pobre Lezo, dejarlo sin fuerzas que mandar!
-          En eso puedes tener algo de razón. De hecho, nuestro marino se quejó amargamente de que hundieran varios de sus buques -no siempre de forma efectiva-, pero lo cierto es que él tomó la iniciativa en algunos casos y, sobre todo, fue el artífice de la decisión de privarlos de buena parte de su artillería, llevándose los cañones a las fortificaciones de tierra. ¿Me quieres decir que podría haber hecho con sus últimos cuatro barcos, desartillados a medias? Haciendo pasar estas medidas por una mera afrenta a Lezo y a la Marina, no solo se olvida que aquel participó de ellas, sino que se priva a los militares españoles de una de sus glorias mayores en aquel sitio: haber considerado que se trataba de una operación anfibia en gran escala, en la que la Marina solo podía tener -al menos, de la parte hispana- un papel auxiliar y de transporte.
-          Así que lo de que la batalla de Cartagena fue naval, nada de nada.
-          En lo que respecta a los españoles, desde luego. Mira tú si es por ahí, por donde se ha deslizado parte de la falacia histórica: la Marina española, colgándose unos laureles que eran casi exclusivamente mérito del Ejército.
-          Humm, no me gustan esas consideraciones tan ruines. Sigamos con la batalla de Cartagena. Ya que no como mando supremo, ni como jefe de una verdadera y efectiva flota, no me negarás que Lezo jugó un papel muy importante en la defensa de las fortificaciones. He oído que…
-          Sé por dónde vas -sonrió Evaristo- y no te lo reprocho, pues es uno de los fiascos más famosos y decisivos en la historia de la poliorcética. Pero, antes de llegar a él, es de justicia reconocer que, aunque sin mando directo sobre los fuertes, Lezo apoyó su mejora, contribuyó a artillarlos con los cañones de marina y discrepó en alguna ocasión del criterio del virrey de abandonar algunos, para concentrar fuerzas. De todas formas, el hombre decisivo en materia de fortificaciones fue el coronel ingeniero Desnaux, a quien me he referido antes.
-          De acuerdo. Vamos ya con el asunto de las escalas para asaltar el grande y decisivo fuerte o castillo de San Felipe de Barajas.
-           Todo partió de una decisión de última hora, atribuida a Lezo -no sé con qué fundamento probatorio-, de dificultar el asalto a sus muros mediante la excavación de un foso seco. Los ingleses desconocían tal refuerzo y, por ende, al hacer desde la lejanía los pertinentes cálculos trigonométricos, dieron una altura para sus escaleras de asalto insuficiente, en unos dos metros. Y así, cuando se lanzaron al precipitado y decisivo asalto, se encontraron con que no podían alcanzar lo alto de las murallas. Sin saber qué hacer, en terreno despejado y con gran impedimenta, fueron masacrados con armas de fuego y a la bayoneta, en la acción definitiva de toda la campaña. A partir de ella, la toma de Cartagena era imposible por el momento, y hubieron de retirarse, con toda la lentitud y tranquilidad que quisieron, pues las fuerzas españolas no eran suficientes a entorpecérselo. De este modo, lo que había sido solo una buena idea -excavar un foso- se convirtió en la clave de la batalla, más por errores ajenos que por méritos propios. En cualquier caso, la suerte es de quien la persigue. Sabido es que, en el ajedrez y en la guerra, suele ganar quien mejor aprovecha los fallos del contrario.



3.      Fabricando una víctima y creando una leyenda

Medalla acuñada en Inglaterra para celebrar su "victoria" en Cartagena de Indias

     Nos tomamos un respiro. Evaristo desplegó sobre la mesa algunos planos explicativos del asedio de Cartagena de Indias en 1741, a fin de aclararme ciertos puntos. Luego, retomando el hilo del relato, prosiguió:
-          Vamos con el aspecto lacrimógeno del asunto, a saber, la conversión de Blas de Lezo en la víctima de una confabulación de ingratitud y olvido, que habría surgido en su época y continuado, hasta que ciertos tratadistas de vía -y vista- estrecha intentaran repararla, con ditirambos y monumentos.
-          Bueno, no sería nada diferente de lo acaecido con tantos otros personajes históricos. Tal vez el olvido sea injusto y mal consejero, pero, con el tiempo, se hace casi inevitable.
-          Coincido contigo. No obstante, te diré algunas cosas concretas sobre el caso Lezo. Y, ante todo, veamos la supuesta victimización primaria, es decir, la marginación o el desconocimiento de los méritos de don Blas por el Gobierno de su tiempo. Debería recordar aquí, de nuevo, su mal carácter y poca disciplina. Y así, apenas concluida la campaña, envió una extensa misiva -junto con su diario del asedio- al Secretario de Estado, marqués de Villarías, poniendo de vuelta y media al virrey, con toda clase de reproches, entre injustos y desproporcionados. Y, en lo que respecta a la actuación bélica de los demás mandos, su valoración puede concretarse en la siguiente infamia: El éxito de las armas españolas solo pudo deberse a los efectos de la Divina Providencia. Claro está -añadía- que él en nada había podido participar, en cuanto que el virrey y los mandos de su predilección lo habían impedido. La carta concluía pidiendo la venia de Madrid para regresar a Europa, ya que no me queda qué hacer con oficiales, tropa y gente de mar de mis navíos, por haber reunido en sí Don Sebastián de Eslava todas mis facultades. Es obvio que, perdidos todos sus barcos y con la gente de los mismos convertida en tropa de tierra, nada tenía que hacer, con Eslava y sin Eslava.
-          Ya veo. ¡Menudos exabruptos, habiendo vencido! No sé qué habría dicho de haberse producido una derrota. No obstante, me gustaría saber cómo le contestó el Ministro.
-          Ni falta que hace saberlo, ya que Lezo murió a los cuatro meses de levantado el asedio por los ingleses, al parecer, por enfermedad contagiosa. De modo que, si te parece, vamos a trasladarnos al presunto proceso de victimización secundaria, o negativa a sus descendientes de títulos y prebendas; algo a lo que, para vivir en los tiempos actuales, las plañideras de don Blas dedican una importancia superlativa.
-          Creo que casi todo gira en torno a las dificultades para la concesión del título de marqués a sus descendientes.
-          En efecto. Dicho título[5] fue otorgado a petición de su hijo primogénito en el año 1760, cinco meses después de la concesión de otro análogo al virrey Eslava, fallecido el año anterior. Creo que, para tratarse de una víctima de la inquina de otros, y sujeto de hipotéticas órdenes reales condenatorias, la equiparación de Eslava y Lezo es sorprendente. Yo creo que no deja lugar a dudas de la realidad de los hechos, por mucho que se haya escrito por personas entendidas, incluso almirantes. En esta materia, almirante rima muy oportunamente con ignorante.
-          Sí, pero todo eso que me cuentas data del siglo XVIII. El olvido pudo producirse posteriormente y ser intencionado…
-          Como comprenderás, todo es relativo. Voy a responderte, recordando las palabras de algunos de los hagiógrafos de don Blas, que decían -y dicen- que su nombre está olvidado en el País que él defendió con su sangre. Estudios históricos, biografías, relatos novelados, rótulos de calles, monumentos, buques de guerra, sellos, etc. se le han dedicado o llevan su nombre[6]. Tanto a nivel de la sociedad española, como de su Marina, Blas de Lezo ha estado constantemente presente, como ahora puede decirse que está de actualidad. Lástima que, como hemos visto, mucho de lo que se le ha dedicado cumpla un objetivo de mitificación, que te he resumido con algún detalle y que me abstendré de ponerle nombre y apellidos, o de explicar. Como modesto historiador, me conformo con ridiculizarlo y despreciarlo.
-          Entonces, ¿no me darás tu opinión sobre el porqué de la leyenda histórica, o la historia legendaria, de Blas de Lezo?
-          Ese, por bien fundado que se pretenda, es terreno abonado para las conjeturas. Lo dejo para aficionados a la Historia, como es tu caso.

***

     Así que, por obra y gracia de mi amigo el profesor, heme aquí, a cara descubierta, imaginando motivos plausibles que puedan haber tenido tantas personas para construir la leyenda de Blas de Lezo, con fraude o por buena intención. Se me ocurren, al menos, cuatro, que podamos calificar de respetables.
     El primero de ellos es el de la conmiseración admirativa que produce su invalidez física. Recuerda de cerca el caso del vicealmirante Nelson, también tuerto y con un brazo perdido, a lo que Lezo agregaba una pierna cortada por la rodilla. Con independencia de otras consideraciones, hemos de convenir en el valor y la energía que suponen el superar tales limitaciones, en particular, para la gente de mar de la época. Adicionalmente, suscribo las consideraciones de los marineros de la flota comandada por Nelson, cuando encarecían la valentía de este, por cuanto es insólito que sean los almirantes, no los marineros, quienes pierdan sus miembros y órganos en combate.
     El segundo ya fue apuntado por Evaristo -y por otros muchos- y hace alusión a la competencia y rivalidad entre los militares de mar y de tierra. En una gran operación anfibia, como la de Cartagena de Indias, es inevitable comparar méritos y defectos, relevancia y accesoriedad. La Marina española tomó a Blas de Lezo como su paladín en la gesta histórica cartagenera y así lo sigue manteniendo, contra viento y marea -nunca mejor dicho-. Extraña, en cambio, que el Ejército no haya hecho lo propio con Eslava, Desnaux, Navarrete y otros de los suyos. Ojalá que, si en el futuro se deciden a hacerlo, se guíen por el respeto a la verdad histórica, no de corporativismos legendarios.
     Un tercer motivo puede ser el que Lezo falleciera apenas cuatro meses después de la retirada inglesa, sin que exista una constancia clara de las causas de tal óbito. Aunque se dice que la etiología más probable es la contracción de una epidemia, o peste -debida a la multitud de cadáveres insepultos o arrojados al mar en aguas interiores y someras-, existe también la opinión de que don Blas pudiese haber muerto a resultas de heridas recibidas en combate, hallándose a bordo de su buque insignia Galicia, el 4 de abril de 1741. De ser así, resultaría una similitud más con la biografía de Nelson, aunque con un dramatismo mucho menor.
     He dejado para el final el fundamento más llamativo, que bien merece se le dedique un apartado propio en este relato.

***

     La precipitación presuntuosa del vicealmirante Vernon le llevó a incurrir en un fiasco imperdonable, que figura en los anales de la Historia a un nivel similar al de las escalas de longitud insuficiente. Es ello que, desembarcadas sus tropas de tierra, con parte de las defensas españolas acalladas o destruidas y habiendo podido franquear con parte de sus naves la Bahía Exterior del puerto cartagenero, el comandante en jefe británico creyó indudable su triunfo, a juzgar por la disparidad de fuerzas y la marcha de los combates. En consecuencia, despachó correos a su rey, anunciándole haber alcanzado el triunfo definitivo. Cortesanos oficiosos rindieron tributo al gran Vernon -tan militar, como político- acuñando diversas medallas conmemorativas de la victoria. En algunas de ellas, se aludía al triunfo sobre Lezo (o Don Blass -sic-) y se representaba a este arrodillado, en ademán de rendición y pleitesía. Así, por causas imprecisas, los propios ingleses de Inglaterra sirvieron a la leyenda de Lezo, por más que Vernon y sus hombres supieran muy bien quiénes mandaban en Cartagena de Indias y qué jerarquía poseía cada uno.
     Cuando, finalmente, Vernon hubo de explicarse ante su monarca, Jorge II, el escándalo fue de tal magnitud, que perdió inmediatamente su mando y no se le concedió ningún otro hasta su fallecimiento. Llamativamente, el rey inglés se sintió corresponsable del error y, deseando superar el ridículo mediante el fraude, prohibió expresamente a sus cronistas que aludieran a tal hecho de armas, o que se diese explicación oficial alguna de la desaparición de los diez mil soldados y hombres de mar que aproximadamente Inglaterra perdió en la empresa, por todos los conceptos[7]. Finalmente, al fallecer Vernon, se le enterró con honores de héroe en la abadía de Westminster, como si efectivamente hubiese sido el vencedor de Cartagena.
      Ante tamaña desvergüenza por parte de la Corte británica, las falacias españolas sobre Blas de Lezo parecen realmente mínimas. Tal vez de aquellas puedan haber surgido estas: ¿quién sabe?



4.      Epílogo

     Expuse mis conclusiones a Evaristo, que se mostró sustancialmente de acuerdo con ellas:
-          Habrás observado -añadió- que la verdadera víctima del caso Lezo es la verdad histórica, truncada por la exageración, la leyenda o la franca falsedad.
-          Yo creo -repuse- que, entre las víctimas, ocupa un lugar destacado el virrey Eslava, privado -él sí- de fama y consideración por la posteridad.
     Mi amigo quedó mirándome con una media sonrisa, como dudando en decir algo más. Finalmente, agregó:
-          Fíjate lo que son las cosas. Muerto ya Lezo, al año siguiente del gran asedio de 1741, volvió a presentarse Vernon con sus fuerzas ante Cartagena, dispuesto a hacer un último intento por convertir en verdad su supuesta victoria. Buen conocedor ya de la zona, fue a tiro fijo, a examinar el estado de los fuertes y baluartes exteriores que defendían la ciudad. Desembarcó exploradores técnicos, quienes volvieron asombrados a él. El virrey Eslava[8] había dirigido tales y tan rápidos trabajos de reconstrucción, que las fortificaciones estaban de nuevo en condiciones de buen servicio. Irritado y escaldado, Vernon bombardeó la ciudad desde el océano y definitivamente se alejó. Como es natural, los turiferarios de Lezo pasan por alto esta segunda parte de la historia, o no explican la pronta retirada británica.
     Tomó un sorbo de café y concluyó, malicioso:
-          Así que el gran Blas de Lezo consiguió lo que el también legendario Cid Campeador, muchos siglos antes: ganar batallas después de muerto.


Retrato del virrey Eslava






[1] Nació en Pasajes (Guipúzcoa), el 6 de febrero de 1689, y falleció en Cartagena de Indias (actual Colombia), el 7 de septiembre de 1741.
[2]  Sebastián de Eslava y Lasaga (1684-1759), virrey de Nueva Granada de 1740 a 1749.
[3]  Dicha defensa, o batalla, se desarrolló entre el 20 de marzo y el 20 de mayo de 1741.
[4] Su cargo militar naval durante el asedio fue, precisamente, el de Comandante de la Escuadra de Cartagena (de Indias).
[5]  En concreto, el de Marqués de Ovieco. El concedido a los descendientes del virrey Eslava fue el de Marqués de la Real Defensa, coincidente con los planteamientos de este relato histórico.
[6]  Para los reconocimientos a Blas de Lezo, hasta el año 2011, me remito al resumen de Manuel Gracia Rivas, en el artículo En torno a la biografía de Blas de Lezo, publicado en Itsas Memoria. Revista de Estudios Marítimos del País Vasco, San Sebastián, 2012, páginas 487-522. La enumeración de reconocimientos está en las pp. 488 a 490.
[7] La mayoría de las bajas inglesas fue a causa de enfermedades carenciales y epidemias, en particular, la fiebre amarilla o vómito negro.
[8] Ya entonces ascendido al máximo rango de Capitán General del Ejército, sin duda, por méritos de guerra.