viernes, 13 de mayo de 2016

LA VEJEZ DE PETER PAN

La vejez de Peter Pan
Por Federico Bello Landrove

     Muchas veces me he hecho la pregunta de si Peter Pan, el eterno niño, no tendrá tanto de fantasía, cuanto de realidad. Con la ayuda de un grupo escultórico existente en un parque de Oviedo (España), nos asomaremos a los milagros y desventuras de uno de los muchos ciudadanos de Nunca Jamás, que viven entre nosotros.


     
     Pedro Zato había pasado la vida aprendiendo a no comprometerse. No es disciplina sencilla, pero había tenido para ello ciertas facilidades. Unos padres abnegados y curtidos en el sacrificio lo habían preservado de las contrariedades e instilado en su espíritu el sano egoísmo. Una mente despierta y una salud envidiable le ahorraron dolores y franquearon la senda cómoda del estudio. Su cultura y carácter acomodaticio le abrieron las puertas de una pocas y buenas amistades, así como el afecto y adhesión de su familia. Claro que no todo habían sido rosas en el camino de la vida, pero él había aprendido a sacar de tristezas y fracasos la provechosa lección de que la retirada a tiempo es una victoria. Así, cuando sus primeras relaciones sentimentales terminaron en dolorosos tropiezos, Pedro concluyó que él no estaba hecho para tomarse el amor tan en serio; al menos, mientras la edad y la experiencia de la vida no le permitieran estar preparado.
     En eso no le llevaron sus padres la contraria, pero sí cuando, después de licenciarse en Químicas, desechó cualquier idea de colocarse en la industria o ejercer como profesor y aceptó la oferta de un amigo farmacéutico, de colocarlo de mancebo en su establecimiento. Su progenitor puso el grito en el cielo y, durante un tiempo, las relaciones entre ellos se volvieron tirantes. Luego, las aguas volvieron a su cauce y Pedro no tuvo -como había temido- que marcharse de la casa paterna. Después de todo, como argumentaba su madre, el chico gana lo suficiente para vivir bien. A lo que su hermana Silvia maliciosamente añadía: Sobre todo, comiendo la sopa boba.
-          No pretenderás que le cobremos, como si estuviese de pensión en nuestra casa, replicaba la señora.
-          Claro que no, mamá, pero a vosotros no os sobra el dinero. Podía salir de él fijar una cantidad para cubrir gastos, replicaba la hija.
     Luego, los padres fueron envejeciendo y Pedro se convirtió para ellos en lo que todo anciano de salud mediocre anhela: un consultor cercano, relativamente ducho en Medicina; no digamos si, como era el caso, les recetaba sin salir de casa y les llevaba a esta los medicamentos. Mas, con específicos y sin ellos, todos morimos y, en el caso de sus padres, demasiado pronto, en opinión de Pedro. Así, frisando la cincuentena, nuestro amigo quedó solo, en el viejo piso familiar.  
***
     La verdad es que fue poco más que el espacio lo que sus hermanos le consintieron conservar de la casa paterna. Entre la pasividad consustancial a Pedro y las ganas que le tenían de hacerle pagar lo comido durante tantos años, muebles y alfombras, libros y cuadros salieron rumbo a otros domicilios, o se hizo almoneda de ellos. Cuando acabó el expolio, el mancebo se sentó en un sillón desfondado, en el centro de la sala y suspiró:
-          Menos mal que el piso está alquilado, que, si llega a ser en propiedad, me ponen en la calle.
     Sobre un pequeño velador desencolado, lo contemplaba su madre, en la flor de la edad, sosteniendo a un niñito de pololos, jinete en un brioso corcel de cartón piedra, con fondo de frondosa arboleda. Otrora, en el salón poblado de ajuar y de recuerdos, el retrato le pasaba casi inadvertido; pero ahora, náufrago en un mar de vacío, despertó la ternura de una compartida soledad.
-          ¿Qué habrá sido de La Torera?, se preguntó en voz alta, recordando aún el apodo de la fotógrafa de calle, ante la que había posado tanto tiempo atrás.
     Días después repitió la misma pregunta en la farmacia. El boticario se burló:
-          ¡Estás en Babia, Perico! Esa señora murió hace un montón de años. En el Diario ha venido que le van a levantar una estatua en el Campo, justo donde se ponía para sacar las fotos… No tiene el Ayuntamiento mejor cosa en que gastar el dinero.
     Pedro se encogió de hombros y no hizo comentarios. Lo cierto es que a él no debió de parecerle mal la idea pues, a los pocos días de que finalmente se inaugurase el sencillo memorial, lo visitó y tomó unas instantáneas. No le fue fácil evitar que saliera algún chiquillo, caballero en el broncíneo corcel que una vez fue suyo.
***
     Al quedarse solo en aquel piso despojado, Pedro tuvo que empezar a tomar las pequeñas decisiones cotidianas de todo buen amo de casa. Para librarse de tan pesada carga, decidió trasladarla a los hombros de quienes, por profesión, estaban preparados para asumirla. Una asistenta se encargaría de las tareas de la casa, incluida la comida de mediodía. Unos grandes almacenes correrían con el amueblamiento y puesta a punto de la vivienda, hasta convertirla de nuevo en un hogar confortable. Sus ahorros de toda la vida y lo que de la herencia le repartieron sus hermanos bastó para cubrir gastos.
     Con todo, no fueron pocos los quebraderos de cabeza, de organización y económicos, que le trajo su vida en soledad. Desacostumbrado a tomar decisiones, se le hacía un mundo que, de día, provocaba enojosos olvidos y confusiones en la farmacia y, por la noche, insomnios que lo tenían en vela hasta las tantas. Por si fuera poco, la criada le salió rana, además de respondona, y, sobre saquearle la vivienda, lo demandó luego por despido improcedente. Se puso a buscar alguna ayudante honrada, a más de eficaz, pero el tiempo pasaba y Pedro se encontraba agobiado y desasistido. Llegaba la noche y, después de cenar cualquier cosa, sacaba los abundantes atrasos de las tareas domésticas. Después, agotado, se iba a la cama, para encontrarse con que no había forma de conciliar el sueño. El farmacéutico, un tanto molesto con el creciente desaseo y despistes de su otrora fiabilísimo mancebo, le aconsejaba:
-          Lo que tienes que hacer es casarte. Y no te lo digo por la ayuda que una mujer pueda reportar, sino porque está visto que no eres para vivir solo. No sabes sacar partido a la soltería -concluía con malicia-.
     Pero el aconsejado pensaba para sí que, antes de tomar esposa, convendría explorar otras alternativas. Lo primero tenía que ser el recuperar las horas de sueño y, para ello, aunque no era nada partidario de las píldoras, cogió de la farmacia un somnífero no muy potente. Una vez más, su principal volvió a la carga:
-          Acabarás dependiendo de los medicamentos. Lo mejor es dar un buen paseo antes de irse a la cama. Tú vives bien cerca del Campo. Es el sitio ideal. Hasta es posible que encuentres a alguna buena moza por el Paseo de los Tilos.
-          ¡Qué cosas tienes, Matías! En fin, seguiré tu consejo…, hasta cierto punto.
***
     Los pies lo llevaron inconscientemente hasta el monumento a La Torera. Aunque ya era tarde, estaba cansado y se dejó caer en la silla enrejillada, dejando que la mano izquierda de la fotógrafa le oprimiera el hombro, con un contacto que, lejos de resultarle frío, le pareció reconfortante. Entornó los ojos y se dejó estar, hasta que la pesadez de los párpados devino insuperable. Imágenes de las inquietudes de aquel día fluían en tropel hasta el alero de su memoria y emprendían el vuelo hacia el horizonte del olvido. Los dedos de la retratista tomaban vida y le imbuían un fluido cálido, que poco a poco se repartía por todo el cuerpo. Una voz susurrante, trasunto de la de su madre, lo acunaba con su nana favorita. Y Pedro, sin razón y sin palabras, volaba también en brazos de la fe, con la seguridad de la infancia y una música ya casi olvidada:
All my trials, Lord,
soon be over[1]

     Tanteó en sueños, hasta dar con las enhiestas orejas del caballo de juguete. Como Iris a Morfeo, la voz de su madre lo impulsaba a cabalgar de nuevo el colorido caballo de su infancia. Si la silla encantada de adulto había expulsado sus penosas vacilaciones, ¡qué no haría el fuste de aquel humilde nieto de Pegaso para retornarlo al mundo mágico de la irreflexión y la inocencia! Así pues, aún en sueños, Pedro fue deslizando su cuerpo desde la silla, cuello abajo del cuadrúpedo, hasta quedar malamente a horcajadas, con las rodillas casi en el suelo. Se abrazó al corcel y posó la barbilla sobre las crines. El frío húmedo del bronce le hizo abrir los ojos, cuando a punto estaba de emprender la galopada hacia Neverland[2].
     Una aguda voz femenina que demandaba auxilio acabó por traerlo a Vigilia. Se puso en pie atropelladamente y acudió en defensa de aquella desconocida que estaba siendo agredida por un individuo medio borracho. Se interpuso entre la pareja y recibió la paliza que, de otro modo, habría sufrido la joven. Cuando recobró el conocimiento, uno y otra habían desaparecido. Pedro se puso en pie y, como buenamente pudo, llegó hasta la silla de sus ensoñaciones, tratando de recuperar fuerzas y restañar con el pañuelo la sangre que manaba generosamente de su nariz.
     Josefa, La Torera, meneó la cabeza, al contemplar la ropa embarrada, sus labios tumefactos, el cabello apelmazado de cuajarones. Posó la pesada mano sobre su hombro y le susurró:
-          La próxima vez que vayas a hacer de San Jorge, por lo menos monta en el caballo.






[1]  Versos de un canto espiritual, traducibles así: Todas mis preocupaciones, Señor, / pronto quedarán atrás.
[2]  Es decir, lo que nosotros conocemos como El País de Nunca Jamás.

sábado, 16 de abril de 2016

EL SECRETO DE JOHN FIELD


El secreto de John Field
Por Federico Bello Landrove



     El reducido grupo que había acompañado el cadáver hasta el cementerio de Vedenskoye fue disgregándose. El día declinaba y el frío de enero aconsejaba retirarse con toda la urgencia que permitía el suelo cubierto de nieve helada. Haciendo esfuerzo, un caballero de recia complexión y edad mediana alcanzó a una joven vestida de negro, le rozó el brazo y dijo:

-          María Dimitrievna, si ha venido sola, podríamos regresar juntos en mi trineo.
     La joven se volvió, sonrió afectuosamente y respondió:
-          Con mucho gusto, profesor N., y muy agradecida.
     El camino de vuelta hasta el centro de Moscú no era corto. Ambos interlocutores se abrigaron con las mantas. Durante un rato permanecieron en silencio. Al fin, el profesor comentó:

      -    El pobre Field ya descansa en paz. No fue sencilla la última fase de su existencia: penuria económica, abuso de la bebida, cáncer. Y, para concluir, esa ridícula pantomima de no saber donde enterrarle, al no tener claro qué religión profesaba.

     La joven asintió con el gesto, pero no pronunció palabra alguna. El profesor continuó:

-          Menos mal que personas como usted le fueron fieles hasta el último momento. Tengo entendido que incluso estaba presente cuando murió.

     Nuevo asentimiento mudo de la acompañante, esta vez, llevándose fugazmente un pañuelo a los ojos. Fue suficiente para que el profesor, tras apretar levemente el brazo de María, no volviera a dirigirle la palabra, por respeto, en todo el trayecto. Ante la catedral de San Basilio, el trineo se detuvo, la joven bajó, se despidió cortésmente y perdióse de vista junto a los muros del Kremlin.

     La noche y la neblina cayeron sobre la ciudad antes de que María llegase a su casa. La oscuridad  tuvo en la mente de la joven el efecto de una metáfora de lo que sería, no tardando mucho, el recuerdo del músico al que acababan de dar sepultura. Apresuró el paso para llegar cuanto antes al hogar, como si tuviera miedo de perder –también ella- la memoria del difunto. Subió las escaleras desalada. Afortunadamente, su madre tenía calientes casa y cena. Le relató brevemente lo más destacado del entierro, cenó de manera frugal y se retiró a su habitación. Una vez en ella, preparó recado, se sentó al escritorio y, durante toda la noche, con una creciente paz interior, redactó el documento que se transcribirá más adelante.

     Como los lectores no encontrarán  los datos  en Internet, resumiré en dos palabras el destino ulterior de lo que María Dimitrievna Efímkina escribió aquella noche del 25 al 26 de enero de 1837. El documento permaneció en poder de su autora hasta que, al morir en 1876, lo legó al Conservatorio Superior de Música de Moscú. Considerado “de interés menor”, fue archivado para mero uso de especialistas, en el edificio número 64 de la calle Tvérskaya, que sufrió saqueo e incendio parcial durante los sucesos revolucionarios de 1917. Se sabe por tradición oral, que Scriabin, cultivador tardío del género del nocturno, conoció aún el manuscrito original y mandó sacar una copia literal del mismo. Por último, y sin que nadie haya sido capaz hasta ahora de establecer pruebas concluyentes de autenticidad, una versión inglesa  del testimonio Efimkin fue remitida desde Bruselas, en 1968, al Trinity College dublinés por una persona anónima, que decía ser descendiente de un hijo ilegítimo de John Field, deseoso de que su genio recibiera en Irlanda la consideración debida.

     En fin, sea vero o, simplemente, ben trovato, he aquí el texto íntegro de dicha versión inglesa, en traducción libre, cuya fidelidad al original es de mi exclusiva responsabilidad.

***

     Conocí al compositor Field hace poco más de un año, cuando la princesa Rajmánova lo encontró en un hospital de Nápoles y lo trajo de vuelta a Rusia, pagando los gastos del viaje y su instalación en Moscú, en un modesto segundo piso de la calle Donskoi. Yo estaba a punto de concluir la carrera de piano con notas excelentes y dudaba en dedicarme profesionalmente a la música. Consulté sobre ello al profesor N. –mi mejor maestro del Conservatorio-, quien me respondió:

-          Nadie sabe, querida, lo que la profesión musical pueda depararnos. En todo caso, tiene usted tres de las cuatro cosas que pueden hacer el éxito de una pianista: vocación, sensibilidad y notable formación musical. Siga mi consejo: perfeccione la cuarta, es decir, la técnica. Aquí en Moscú hay notables profesores para ello. Precisamente, ha regresado hace unas semanas el señor Field. Nadie mejor que él para el caso. Si usted quiere, le puedo dar una carta de presentación…

      La fama de Field como concertista y compositor era grande en toda Europa. En otro tiempo, los mejores estudiantes y los miembros de las familias más selectas se habían disputado, a precio de oro, sus servicios magistrales. Pero, en 1835, cincuentón, alcohólico y gravemente enfermo, sus alumnos eran pocos y sus honorarios, algo más que simbólicos. Me di cuenta de todo ello en nuestra primera entrevista; como también de que mi cabello pelirrojo y mis ojos verdes suponían para él una recomendación tan valiosa, como los elogios de la carta del profesor N. Pero mis suspicacias se vinieron abajo cuando el maestro, tras leer la misiva, me dijo sonriendo:

-          María Dimitrievna, los elogios hacia usted del profesor N. me obligan a hablarle con total sinceridad, pues a fe mía que el colega no se prodiga en hacerlos. Yo no soy ya quien fui. Mis manos tiemblan, mis dedos acusan los efectos del artritismo y, desde luego, mis conceptos pianísticos hoy no se llevan. Es la hora del sentimentalismo con escasa formación de Chopin, o del aporreo de las teclas de Liszt. Se lo digo a fuer de honrado, pues la verdad es que ni los alumnos ni el dinero me sobran. En fin, tal vez sea que el color de su pelo me ha hecho recordar mi Irlanda natal.

     Aquellas palabras –que rememoro punto por punto- fueron suficientes para reafirmar mi decisión y, al mismo tiempo, me hicieron comprender que estaba ante un hombre muy especial.  Ambas cosas acabaron por convertirnos, no sólo en profesor y alumna, sino en amigos y confidentes. Pero el objeto de este testimonio no es relatar intimidades banales para terceros, sino legar a la posteridad una parte del testamento artístico del músico John Field, tal y como él quería que se conociera, haciendo de mí –como si dijéramos- su albacea.

***

     Un día de noviembre, dos meses antes de su muerte, tras pasar a limpio las poco legibles partituras del maestro, ejecuté ante él sus dos últimos Nocturnos –ambos en mi mayor-. Dados los dolores que le provocaba el cáncer, no dejaba de extrañarme que fuera capaz de seguir componiendo. En particular, me llamaba la atención su interés por los nocturnos en la última etapa de su vida, tras haberlos descuidado durante una década. No recuerdo qué comentario me atreví a hacerle al respecto. El caso es que, un tanto misteriosamente, me dijo:

-          La cuenta, por fin, está cobrada. Dieciocho; ni uno más, ni uno menos.

      Por el momento, el tema quedó así. Pero, dos semanas más tarde, debiendo de sentir que se le acababa la vida, pidió que me aproximara al sofá donde, reclinado o echado bajo una manta de viaje, pasaba la mayor parte del día. Me rogó que tomara asiento junto a él e, intentando esbozar una sonrisa, confesó:

-          Querida amiga, ignoro si alguien –además de usted y pocos más- se acordará de mi música, digamos, dentro de cincuenta años; pero en conciencia creo que, de ser famoso por algo, debería serlo por mis nocturnos. Y no lo digo porque sean hermosos y variados –que creo lo son-, sino porque fui yo quien, allá por 1812, publicó los primeros verdaderamente modernos y líricos, mal que le pese a mi buen polaco afrancesado.
-          No tengo duda de ello –le respondí-, ni la tiene nadie medianamente versado en música. De hecho, su polaco afrancesado no ha tenido ningún rubor en reconocer la influencia de usted sobre él.
-          …Por más que –prosiguió el maestro, como si no hubiera escuchado mis palabras- tal vez yo hubiera seguido imitando a Mozart, de no ser por una noche mágica que cambió mi forma de sentir la música. La noche de los dieciocho rublos.

     Su sonrisa de oreja a oreja, y hasta el guiño que creí adivinar en sus ojos, tuvieron que contrastar sobremanera con mi cara de estupor. Se echó a reír tanto, cuanto le permitían sus dolores. Después, pasando bruscamente a su tesitura más dramática, me tomó la mano, como gesto para que inclinara mi oído hacia él, y añadió:

-          María Dimitrievna, mi vida concluye y no es del caso plasmar ante un notario sentimientos ni cuestiones musicales. Prométame que, cuando yo muera -no antes-, transcribirá usted cuanto voy a decirle y procurará que el documento quede depositado en los archivos del Conservatorio de mi querido Moscú.

     Y, sin esperar siquiera mi indudable respuesta afirmativa, John Field abrió su corazón.

***

      Corría uno de aquellos años felices que precedieron a la invasión napoleónica. Sería 1808 ó 1809, pues todavía no me había casado con mi francesita ni fijado la residencia en San Petersburgo. La vida me sonreía: joven, famoso y en buena posición, alternaba mis clases magistrales con conciertos en la capital y en Moscú. Es posible que, entre tanta felicidad, hubiera adquirido un toque de extravagancia. ¡Qué quiere usted! Siempre me ha gustado vivir bien y, visto lo visto, no me arrepiento.

     Era huésped del conde Golovin. Dimitri Ivánovich Golovin era un gran señor, que no me hacía sentir como un mercenario. En cambio, su hijo mayor, Piotr Dimítrovich, era un joven de mi misma edad, frívolo, vicioso y brutal, que ejercía sobre cuantos le rodeaban un dominio irresistible, mezcla de carácter imperativo y magnetismo personal. Yo congeniaba con él por juventud y amor a los placeres. Con todo, su falta de escrúpulos y de límites no dejaba de producir en mí cierta animosidad.

     Una noche blanca de principios de agosto, Piotr Dimítrovich decidió rondar a una de tantas bellezas como momentáneamente le interesaban. No crea que quiero ocultarle su nombre, es que realmente no me acuerdo. Lo cierto es que el condesito contrató la orquestina que solía para tales menesteres. Luego, en la jerga franco-rusa que utilizábamos para entendernos, me propuso:

-          No hay cosa más divertida que una serenata por San Petersburgo en una noche blanca. Anda, anímate y acompáñanos.
-          Sin duda sería un compañero ideal –le contesté irónicamente-: ningún interés por la joven y arrastrando el piano por la calle.
-          Hombre, John, no seas así. Estoy muy interesado en quedar bien con la bella y mis músicos desafinan muy a menudo. Tú podrías dirigirles disimuladamente, sin necesidad de tocar instrumento alguno. Te pagaré con esplendidez y te aseguro que, después de la ronda, nos divertiremos a lo grande.

     Sabía que era inútil resistirse, además de poco cortés. Así que, a regañadientes, tomé un violín de la sala de música del palacio y, sin dejar de pensar en mi padre (que tanto y tan bien tocó ese instrumento), repenticé unos aires de serenata nocturna, claramente inspirados en  Scarlatti y Mozart, y me dispuse a pasar unas horas tan poco agradables como inútiles, salvo –claro está- para el bolsillo, como groseramente se había encargado de advertirme mi mecenas.

     He de reconocer que la velada no se ajustó a los malos presagios. Aunque menos opulenta y populosa que ahora, San Petersburgo era una ciudad con encanto (si acaso, un tanto artificiosa, lo que en mi opinión la hace inferior a Moscú). Las noches blancas son algo mágico y aquella, en concreto, era de temperatura suave y ligera brisa. Mi conde tuvo la gentileza de hacerme los honores de su carruaje, y la casa o palacio de su amiga no quedaba lejos. Para colmo de dichas, mis compañeros instrumentistas no estaban aún demasiado bebidos y sus desacuerdos no resultaron ostensibles para los profanos.  En fin, mis solos de violín fueron alegres y ligeros, para sorpresa de Piotr Dimítrovich, que desconocía tales habilidades.

     Terminada la serenata, el conde pagó a los músicos (quienes no se fiaban mucho de su memoria del día después). Con cierto retintín, yo también me puse a la cola y reclamé la soldada. Golovin hizo ademán de pasar adelante, pero yo insistí. Me dijo:

-          ¿Pero qué demonios pretendes? ¿No vas a venir conmigo a casa de X., para seguir la fiesta?
-          Lo siendo, Piotr Dimítrovich, he tocado mucho y me encuentro cansado. No estoy, pues, para juergas. Págueme y acabemos.

     Por un momento, creí que me iba a acometer. Finalmente, sonrió, me pasó un brazo por los hombros y me dijo:

-          Tienes razón. Has tocado como los propios ángeles y te mereces una buena gratificación. Sólo que tendrás que regresar a casa andando, pues me llevo el carruaje y no voy a pasar por ella.

     Y, tras anunciarme lo que él juzgaba un desaire o, cuando menos, una mala pasada, deslizó en mi mano cuatro brillantes monedas de oro de a cinco, subió a la calesa y me dejó solo, en medio de la calle, con un violín y veinte rublos. Nunca me sentí más rico que aquella noche.

     Emprendí el camino de vuelta, paseando despaciosamente y pulsando el violín en  pizzicato. Media versta más allá, una taberna –sorprendentemente abierta y animada tan tarde- llamó mi atención y entré. Mis compañeros musicales de serenata se habían concentrado allí, para saciar la sed y dar buen fin al generoso salario del conde. Me saludaron efusivamente y me felicitaron de manera sincera: nunca habían visto a nadie improvisar una música de noche tan inspirada. Agradecido por los elogios, convidé a todos a unas rondas, abonando al tabernero dos rublos por todos los conceptos, propina incluida. El sujeto debió de poner unos ojos como platos cuanto viera relucir la dorada moneda de a cinco en el sucio mostrador. Lo cierto es que recogí la vuelta, me despedí de los colegas y, un poco achispado, reanudé el camino de retorno.



***

     La necesidad de tomar aire fresco me impulsó a desviarme y coger el paseo a lo largo del Neva. Lentamente fui avanzando, en la tenue claridad anaranjada de la noche blanca, hacia el Palacio Imperial. Los muelles se insinuaban como una zona oscura y ominosa entre la Perspectiva y las rizadas aguas del estuario. Sentí un escalofrío y, no obstante, avancé oblicuamente hacia los malecones, impulsado por una irresistible curiosidad. Y entonces los vi.

     Vi un conjunto amorfo de cuerpos que, poco a poco iban tomando individualidad y forma. De toda edad, sexo y fisonomía. Sentados y yacentes; borrachos y sobrios; aseados y astrosos; curiosos y huidizos; sanos y enfermos. Decenas de ellos, cientos de ellos. Solos en su multitud; indiferentes hacia los padecimientos ajenos y, tal vez, ante los propios; ciudadanos de la nada; derrotados sin lucha aparente; necesitados de todo, sin pedir cosa alguna.

     No era, ciertamente, mi primer contacto con la miseria y el sufrimiento, pero nunca lo había percibido de manera tan física y visceral.  Sentí que tenía que hacer algo. De forma inconsciente, coloqué el violín en posición y toqué. Ignoro qué, ni cómo, ni durante cuánto tiempo. No hubo aplausos ni ninguna otra reacción aparente: no me importó. Simplemente, di algo de mí y seguí mi camino, pausado, sin un gesto, mirando a los ojos de quienes quisieron mirarme.

     A punto de abandonar los muelles para retomar el camino del palacio Golovin, con la madrugada –luz y frío- en los ojos y en el alma, me pareció oír unos pasos y que alguien suavemente me chistaba. Volví la vista atrás y divisé una escuálida figura de mujer, a unos pasos de mí. Detuve mi marcha y ella avanzó hasta hacerme visible su rostro, no exento de gracia, aunque demacrado, cuya palidez contrastaba con lo oscuro de sus ropas, holgadas y raídas.

-          ¿Qué deseas, madrecita?, pregunté, en vista de su persistente silencio.
-          Darte las gracias por tu música. En el pasado, asistí a muchos conciertos y oí tocar a afamados artistas. Todos ponían en ello lo mejor de su técnica, pero tú transmites a quien te escucha  la bondad de tu corazón.

     Recorrí lentamente los pasos que ella no se había atrevido a dar hasta mí, posé el violín a sus pies y saqué del bolsillo los dieciocho rublos con que el crápula me había pagado. Tomé una de las manos de la mujer, puse en ella las monedas y se la cerré con dulzura. Recogí el violín y me alejé sin una palabra.

     Como sabes –concluyó el maestro- en 1812 publiqué mis tres primeros nocturnos, a los que, a lo largo de mi vida, han seguido quince más. Mi medida está colmada. Aquella noche de agosto compré con los dieciocho rublos de la música nocturna, festiva y callejera, la inspiración tenue y sutil de mis nocturnos. Ojalá su lirismo, amatorio y nostálgico, llegue a todos los muelles del dolor y la soledad del mundo. En cualquier caso, ahora estoy en paz.

***

     Hasta aquí, la traducción libre de la presunta confesión musical de John Field, también llamada el testimonio Efimkin. Como han podido comprobar, se trata de un texto “de interés menor”, como antaño fue calificado por los responsables del Conservatorio Superior de Moscú. Aunque tal vez algunos de ustedes –al igual que yo- no opinen lo mismo.


  





sábado, 30 de enero de 2016

UNA CARTA DE IDA Y VUELTA


Una carta de ida y vuelta
Por Federico Bello Landrove

     El Cielo está poblado de ángeles y el Infierno, empedrado de buenas intenciones. Pero, ¿y la Tierra? ¿Hay cabida en ella para espíritus puros y altruismos perfectos? La historia que sigue, tan real como la vida misma, trata sobre ello, sin la pretensión de dar una respuesta.



1.      El reencuentro


     Esta es la historia de una carta de amor que un hombre dirigió a otro. Ninguno de ellos era homosexual. Entonces, ¿cómo es ello? Lean y lo sabrán.

***

     Mi amigo Mario es un hombre afortunado en amores. Siempre que ha perdido a una mujer, ha encontrado a otra que lo ha hecho feliz. Claro que eso tiene una pequeña contrapartida, que no les ocultaré. Las mujeres que lo han dejado han sido luego profundamente infelices en sus matrimonios. Mario, entre la ironía y la mala conciencia, llama a eso el principio de compensación de los afectos. Yo no lo llamo de esa manera, sino casualidad. Si una golondrina no hace primavera, unos cuantos episodios amorosos no hacen estadística, ni prueban nada. Y es que Mario es una persona criada entre leyes y contratos, mientras que yo soy un narrador muy objetivo.
     Pues bien, hace algunos meses el principio mariano de compensación experimentó una profunda crisis. Ni más ni menos que reapareció en su vida una de esas mujeres del pasado que, tras haber roto con él, vivieron el drama del fracaso amoroso y el infierno matrimonial. Reapareció. No detallemos cómo, que luego todo se sabe. Pongamos que, de forma inocente, coincidieran en un congreso, o ella estuviera destinada en una lejana oficina de su misma empresa, o que las redes sociales facilitaran su encuentro. Cualquier medio es válido para que mi amigo sintiese nacer en su corazón ese sentimiento, mezcla de utopía y compasión, llamado en ocasiones regreso al pasado. Pronto se demostraría equivocada –relativamente- esa primera impresión.
    Mario, felizmente casado, como les decía, tuvo a las primeras de cambio la sorpresa de que la reaparecida –llamémosla Concha- había rehecho su vida amorosa y mantenía una relación, peculiar pero satisfactoria, con un caballero también renacido de los restos de un naufragio matrimonial. Aquello cambiaba de una vez y para siempre el sino o mal fario del que mi amigo se sentía culpable. ¡Era posible su felicidad, sin hacer la tragedia de sus viejos amores! Ahí estaba la prueba. Como buen racionalista, recordaba aquello de que bastaba una excepción para invalidar una ley natural; que lo negativo nada prueba, pero aquel precioso positivo sí.
     Nada y mucho cambió aquel retorno, en la vida de Mario y Concha. Ahí seguían sus diferencias, sus votos, sus amores, pero también resurgieron los recuerdos, las nostalgias, la recíproca admiración. Las almas elevadas, los caracteres fuertes son capaces de enlazar pasado y presente; de volar alto, para no ver calvas ni patas de gallo; de gozar los frutos del espíritu sin carnalidad alguna. Eran ángeles en medio de un mundo de hombres, al que sin duda pertenecía Rafael, el amante de Concha, dotado de muchas y buenas cualidades terrenales, pero desprovisto, al parecer, de ese maravilloso don que Mario habría llamado elevación mística y su amiga platónica, amor por la literatura.
     Mi amigo, iluso y cabal donde los haya, resolvió tomar al demonio por los cuernos. ¿Por qué no reaparecer ante Rafael y acariciar su frente con alas angélicas, alejando de su mente posibles suspicacias o enconos? A fin de cuentas, in illo tempore habían tenido algunas curiosas coincidencias, que Rafael recordaba y Mario juzgaba lazos de seda, favorables a su decisión.
     Decisión… ¿Qué decisión? La de escribir a Rafael, lejano en el espacio, una carta sentimental y memoriosa. La paloma mensajera portaría en su pico una rama de olivo.



2.      Las buenas intenciones


     ¿Supo Concha de los buenos sentimientos de Mario hacia Rafael? Sin duda. ¿Los juzgó totalmente sinceros? Muy probablemente. ¿Aprobó el vuelo de la paloma de la paz de espíritu? Tengo en mucho su buen criterio, como para aseverarlo. Pero el hecho es que el ave remontó el vuelo, con la misiva más sensata, cariñosa y altruista que su autor dirigió a un hombre en toda su vida.
     ¡Y dale con el hombre y el cariño! Por ahí empezamos y, a estas alturas, ustedes ya han comprendido perfectamente que el amor que inspiró la misiva y que rezumaba el sobre no era, desde luego, para Rafael, sino hacia Concha, tratando de franquearle el camino del espíritu; de asumir Mario eventuales culpas y excesos; de permitirle armonizar con mayor facilidad las obras del alma con las delicias del amor humano. El bueno de Mario me insistía: De verdad, yo quiero a Rafael. ¿Cómo no voy a quererlo si él ha hecho feliz, al fin, a Concha? Vamos, la típica propiedad transitiva de los afectos: Si A quiere a B y B quiere a C, se infiere que A quiere a C. Claro que no se nos dice que la relación sea recíproca y reversible: Para entendernos, A quiere a C pero ¿C querrá por ello a A?
     Pues no. C no quiso a A. Mejor dicho, no se dio ni la posibilidad de comprobar los afectos. La paloma posó la carta en el alféizar de la ventana de Rafael y ¡menos mal que reemprendió el vuelo al instante! El destinatario, comprobada la procedencia de la epístola, montó en cólera y, sin rasgar siquiera su envuelta, telefoneó a Concha para que fuese a recoger aquel filtro sorprendente e indeseado, juzgando a la pobre mujer inductora o cómplice de tal correo. El hombre fue tajante: No conozco a la persona que me remite esta carta[1]. No voy a abrirla. Tómala y se la devuelves.
     Ser tajante significa de ordinario ser injusto. ¿Lo era Rafael? ¿Fue Mario tan prudente cuanto bien intencionado? ¿Abrió y conservó Concha la carta o se la haría llegar tal cual a Mario, como correspondencia rehusada?
     Todo eso son zarandajas. Estoy seguro de que, si este relato ha despertado su interés, la pregunta que me hagan habrá de ser esta otra: ¿Qué va a pasar entre Rafael, Concha y Mario, a partir de esa frustrada carta? Yo no soy un experto en el tema de ángeles y de hombres. Tal vez consiga Concha que Rafael lea la carta y se ablande. Quizá Concha tenga que elegir –más tarde o más temprano- entre las alas libres del espíritu y el fuego esclavo de la carne. O, posiblemente, Concha comprenda que está muy por encima de esos dos caprichosos paladines y los perdone, o los borre de su vida. Si yo fuese Mario, me importaría mucho el desenlace. Mas, siendo solo un narrador, les digo:
-          Me encantan los finales abiertos. Si no conocemos bien las causas ni las circunstancias, ¿por qué habríamos de saber a ciencia cierta sus consecuencias? 






[1]  No sé a ustedes. A mí la escena me recuerda un poco la de las negaciones de San Pedro.

domingo, 17 de enero de 2016

LA ESPINA DE NACOR


La espina de Nacor

Por Federico Bello Landrove

In memoriam, Antonio Machado (1875-1939)


     La fidelidad a uno mismo y al prójimo es equivalente al respeto del propio pasado, es decir, de la memoria. No cabe duda de que la excesiva fidelidad y la mucha memoria pueden ser contraproducentes –como en el caso del Nacor de este relato-, pero tampoco hemos de amilanarnos por el sufrimiento que comporten, como el poeta al que recuerdo in memoriam plasmó en su maravilloso poema Yo voy soñando caminos.


1.  El juramento

     En tiempos de los Apóstoles, vivía en la aldea de Zeboím un matrimonio de mediana edad, cuya felicidad veíase turbada por el extraño comportamiento del marido, que provocaba el asombro de sus convecinos y el desasosiego de la esposa. Esta, sabedora de que el Apóstol[1] se hallaba en Jericó, a un día de camino de su pueblo, se encaminó allí y, ofreciendo un cordero recental, pidió a los discípulos ser recibida de su maestro. Consintió este y la mujer fue llevada hasta su presencia. Una vez ante él, besó la orla de su manto y relató lo que sigue:

-          Señor, llevo cinco años casada con Nacor, hijo de Misael, benjaminita. Desde su infancia, es mi esposo celoso cumplidor de la Ley e intolerante con cuantos en su entorno la infringen. Pues bien, tuvo mi marido por padre a un hombre de tan lasciva condición, que pretendía a todas las mujeres hermosas de su aldea y alrededores, y frecuentaba a rameras y cortesanas, privando a su esposa legítima y a sus hijos de la atención y el sustento que les eran debidos. Finalmente, abandonó a su familia, tomó concubina en Segor y allí vino a finar perdidamente.
Viendo mi esposo –a la sazón, adolescente- el sufrimiento de los suyos y temiendo que la mala sangre de su padre pudiese infectar también su corazón, tomó el último cabrito de su rebaño, lo sacrificó a Yahveh y, sobre el fuego que consumía a la víctima, pronunció el siguiente juramento: Por Dios Todopoderoso y por su sagrado Templo, juro que nunca abandonaré a la mujer que ame en esta vida, hasta que Él me recoja misericordioso en el Seno de Abraham.
Mas, si el espíritu es decidido y poderoso, la carne es débil. Mi esposo estaba entonces enamorado, por vez primera en su vida, de una piadosa niña, llamada Sara, que compartía los mismos sentimientos. Bien hubiesen deseado ambos unirse en matrimonio, pero Nacor era muy pobre y había de sacar adelante, como primogénito, a todos los de su casa. El orgullo del joven pobre y los deseos de la familia de Sara para procurarle una vida desahogada, acabaron por entregarla en casamiento al primo de un comerciante de su aldea, cuyas ricas tierras radicaban en Galilea. Allí se asentó tras la boda la pareja, y allí dicen que continúa Sara viviendo, infeliz y repudiada.
Años después, en el vigor de su juventud, mi esposo logró sacar de la pobreza a su familia y aspiró justamente a formar la suya propia. Casó con la dulce Esther, hija de un carpintero de Adama, y fueron felices durante siete años, en los que Yahveh quiso bendecirlos con próspera fortuna y cuatro hijos. Pero la peste azotó la comarca y el Ángel de la muerte vino a visitar aquella casa para llevarse con él a la esposa. Imagine, mi señor, la desolación que cubrió con su sombra la vida de mi marido, quien no obstante supo sobreponerse a tan terrible prueba, poniendo su corazón transido en el regazo de sus hijos y en el cuidado y crecimiento de su hacienda.


 Pasados otros siete años, Nacor prendose de una joven muy hermosa, llamada Isabel, a la que conoció en el mercado de Jericó, comprando higos. La muchacha acogió favorable, en un principio, el afecto e interés que el viudo le demostraba. No obstante, cuando Nacor le confesó su amor y propuso nupcias, ella no se sintió capaz de aceptar la diferencia de edad entre ellos, ni de asumir el cuidado y gobierno de su casa. Separáronse tristes y mi esposo, no sintiéndose capaz de vivir en la misma aldea deseando a Isabel infructuosa y cotidianamente, vendió cuanto allí tenía, cogió a sus hijos y vino a residir en Zeboím, mi aldea natal, donde se estableció prósperamente.
Yo, señor, me llamo Adamit. Conocí a Nacor cuando por mi edad desesperaba de hallar un varón a la altura de mis  merecimientos; sin presunción lo digo, pero ha de saber que tuve otros varios pretendientes antes que él y a todos rechacé, superando las presiones de mi padre con la amenaza de hacer voto como nazarea.  Abrí, en fin, mi corazón a Nacor y, aunque Yahveh no se ha dignado darme hijos, a los de mi marido tengo por propios y la felicidad bendice nuestro hogar.

-          Siendo así, mujer –inquirió el Apóstol-, ¿qué es lo que te conturba y te hace venir a mí, en busca de consejo o de remedio?

-       -  Es el hecho, maestro -prosiguió Adamit-, que por encima de cualquier otro deber y sin consentir acomodamiento, Nacor ha venido cumpliendo el juramento de fidelidad perpetua a la amada, puntilloso como buen fariseo. Habiendo contraído el compromiso de no separarse de la mujer a quien amase, no toma en consideración que ya vienen siendo cuatro. En su día mandó confeccionar unas figuras articuladas de tamaño natural, con imagen de Sara y de Isabel, vistiéndolas al modo de ellas, con prendas y adornos prestados por sus respectivas familias. Con cera les ha formado una careta que imita sus rasgos y sobre el pecho llevan colocado un cartel con su nombre. En el caso de Esther, tomó su representación del natural, haciendo venir de Egipto a un embalsamador, que formó con su cadáver lo que en las tierras del Nilo denominan momia y, sobre las vendas del rostro, cubrió este con una máscara de oro, ónice y lapislázuli, que es la envidia de todos los ambiciosos de la comarca.
Tenemos esas tres figuras sentadas en una cámara especial de nuestra casa, a donde acude mi esposo tres veces al día, para saludarlas al nacer el sol, poner ante ellas al mediodía una muestra de las viandas que hayamos de comer y, al anochecer, retirar los platos de comida, desearles las buenas noches, y platicar con ellas durante unos momentos. Son instantes de intimidad, que él vive en privado, a puerta cerrada y sin revelar sus detalles, pero yo le he espiado en ocasiones por el ojo de la cerradura y pegando la oreja a la puerta, habiendo alcanzado a ver y oír lo que he dejado dicho.
Todo ello no deja de ser el fruto de una promesa poco meditada, que yo conocí antes de casarme con él y que en nada ha afectado hasta ahora al cariño que ambos nos profesamos. Yo, como mujer enamorada y sumisa, nada tengo que oponer o criticar del talante de mi marido, aunque no coincida con el mío. Mas existen momentos en que el voto se torna muy penoso y provoca el escándalo y el ludibrio de las buenas gentes, que nos tienen por locos.
Ello sucede cada vez que hemos de abandonar nuestra casa más de un día, por cualquier motivo. Nacor entonces apareja tres jumentos, coloca sobre ellos los espantajos –que Yahveh perdone la palabra- y, formando una reata con su cabalgadura, nos desplazamos así hasta el lugar de destino, donde las tres efigies quedan instaladas en la posada o la morada que nos acoja por huéspedes. Tanta es mi vergüenza, que he optado en lo posible por quedarme siempre en casa, como prisionera, sin viajar fuera de la aldea, no siendo al Templo de Jerusalén, por Pascua.
Según todo eso, dime, señor, si existe algún remedio para tal obsesión y desmesura que, en todo caso, no aflija a mi amado esposo ni haga caer sobre nuestra casa la ira de Dios.

-          -   Pides, mujer, remedio para un sufrimiento baladí –contestó el Apóstol-, nacido de un juramento que, aunque excediese de lo que un hombre puede prometer, fue ratificado con un holocausto y aceptado por Dios. No obstante, mi Maestro –el único que merece ese nombre- nos enseñó que Yahveh no quiere sacrificios sino misericordia, así como que el Templo está en cualquier lugar donde se reúnan dos o más en su nombre, porque en cualquier parte puede rendirse culto a Dios en espíritu y en verdad. Así pues, me retiraré a rezar por ti y pediré al Altísimo que exonere a tu esposo de ese voto enfadoso e inane, si a su misericordia pluguiere.

     Así dijo el Apóstol y, conforme a lo prometido, oró a Dios y Él lo escuchó. Llamando de nuevo a Adamit, le reveló su inapelable decisión:

-          -   Mujer, recuerda que no debes tentar al Señor, tu Dios. Mas, si te llega a ser insoportable el voto de tu marido, cuando vayáis por Pascua a Jerusalén, al regreso, salid de la ciudad por la Puerta de la Aguja. Y no olvides cubrir antes tu cuerpo con un manto negro, o te sucederá lo mismo que pueda acaecer a las imágenes de tus predecesoras  y al corazón de Nacor.




2.      La dispensa

     La Pascua del año siguiente resultó agotadora para la pareja de Nacor y Adamit, más los cuatro hijos de aquel y las tres acompañantes en efigie. Las plazas libres escaseaban en las posadas de Jerusalén y sus alrededores. Nacor no aceptaba que sus imágenes votivas pernoctasen al raso o en el patio de un caravasar. Al final, llevados de los demonios, los hijos de Nacor hubieron de velar a los pies de mulas y rucios, mientras los trasuntos compartían una pequeña celda en el desván. Adamit decidió que era el momento de hacer efectiva la posibilidad transmitida por el Apóstol y, cumplidos en el Templo los rezos y ofrendas pertinentes, sugirió a su marido salir de la Ciudad Santa por la Puerta de la Aguja.

     Así lo hicieron, no sin que la esposa echara sobre su cabeza el negro manto preparado al efecto. Para estupefacción de Adamit y de sus hijos, las tres representaciones desaparecieron como por ensalmo, quedando los asnos como mudos testigos de lo que hubo sobre sus lomos. Con todo, lo más llamativo es que, cuando uno de los muchachos dio un grito de sorpresa y alertó a su padre, Nacor volvió la cabeza y replicó distraídamente:

-         -   Ya veo. Nos han quitado la albarda de Balam. Ya me parecía a mí que la posada era una cueva de ladrones.

     Adamit estaba boquiabierta pero la luz se hizo como un relámpago en su mente. Hizo breve ademán de silencio a sus hijastros y susurró:

-            -    Tal vez, vuestro padre bendice este prodigio y no quiere hablar más de ello.

     En efecto, así fue en lo sucesivo. Nacor parecía haber olvidado repentinamente a sus amores perdidos y las imágenes con que los había reemplazado. Su mujer y sus hijos imponían silencio a quienes trataban de refrescarle la memoria. Poco a poco, el tema se cerró y la cámara de las figuras se convirtió en depósito para el aceite. Adamit cantaba con júbilo, mientras tendía la ropa:

La boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares…
El Señor ha sido grande con nosotros
y estamos alegres.




     Pero ¡cuán poco dura la alegría en la casa de los pobres! A la Pascua siguiente, una compungida Adamit se presentaba a la puerta de la casa donde el Apóstol estaba celebrando la Pascua jerosolimitana, en unión de sus discípulos. Movido de la curiosidad, el maestro la recibió inmediatamente.

-         -   ¿Qué, buena mujer, salió todo como tú querías?

-        -   En un principio, sí, mi señor. Las otras mujeres se esfumaron y, lo que es más grande, desaparecieron en ese mismo instante de la cabeza de mi marido.

-         -  Demos gracias a Dios. Entonces, ¿a qué vienes de nuevo a mí? ¿Para darme las gracias, tal vez? Solo Yahveh las merece.

-         -  No solo a eso. Resulta que mi marido se ha olvidado de las mujeres a las que amó antes que a mí, así como de su desatentado juramento. Mas, al propio tiempo, sufre amnesia de los hechos y los sentimientos que vivió en aquellas épocas y que inspiraron su juventud. Nada sabe, sino desde el momento en que llegó a nuestro pueblo y me conoció. ¡Ay, señor! El Nacor que me enamoró, el que todo lo podía con su fortaleza y me conmovía con su ternura ya no existe. Ha de aprender ahora a cantar y bailar, a recitar versos amorosos, a prodigarme hábiles caricias, a besar entre bromas a sus hijos. ¿De qué me sirve que no haya otras mujeres antes de mí, que lo tenga a mis pies como mi alumno, que sienta como yo siento y viva lo que yo vivo? ¡Devuélveme, señor, al Nacor de antaño, aunque no sea enteramente mío, aunque haya vivido una vida sin mí, aunque eche sobre sus hombros la imagen de amores perdidos y los bese en la frente para desearles una buena noche! ¡Yo misma les serviré la comida, aparejaré los jumentos y cantaré y tañeré para ellas las estrofas de Míriam, hija de Amram! Todo eso haré y te daré cuanto pidas, con tal que me devuelvas a Nacor, a mi Nacor.

     El Apóstol la miró con gesto severo y rechazó su súplica, con estas palabras:

-          -  Mujer, te advertí de la nimiedad de tus motivos y del riesgo de tentar al Señor, tu Dios. Yahveh, en su infinita sabiduría, ha aplicado a cada acto humano su consecuencia. En nosotros está actuar con la prudencia de quien, antes de cimentar una casa, calcula si tiene dinero para construirla, o antes de entablar batalla, si tiene los soldados suficientes para vencerla. Ve, pues, en paz, procura el bien de tu marido y, si sales por la Puerta de la Aguja, recuerda lo advertido.

     Marchó Adamit como alma que lleva el diablo, censurando acremente la conducta de aquel siervo de Dios, tan necio como para no haberla avisado de los peligros de dispensar el juramento, y tan insensible como para no interceder ahora por Nacor y por ella ante el Altísimo. En su ceguedad, echaba en cara al propio Yahveh el haber aceptado en su día el sacrificio que consagrara tan insensato juramento. Y así, de denuesto en denuesto y de culpación en culpación, vino a pasar bajo la Puerta, sin acordarse de cubrir su cabeza con el manto. Al punto su figura se convirtió en humo y su alma, cual una sombra tenue, ascendió suavemente al encuentro de su Creador.

     En ese mismo instante, Nacor perdió del todo la memoria y, cual niño que empieza vivir, buscó a la madre en torno suyo y, no hallándola, rompió a llorar inconteniblemente.

***


     El Apóstol del Señor pasó un día por la aldea de Zeboím, camino del Mar Muerto. A la vera del camino, a la salida del pueblo, un hombre, avejentado y harapiento, se afanaba en trenzar guirnaldas de rosas silvestres, que ofrecía a los viajeros por unos cuartos. Sus manos encallecidas apenas notaban los picotazos de las afiladas espinas. El siervo de Dios lo miró a los ojos y, sonriendo, tomó una de las coronas, la bendijo y se la encajó en la frente. Y las espinas ni la piel laceraron. Luego dijo al discípulo que portaba la bolsa:

-          -  Págale dos cuartos, que su familia halle beneficio en su labor y le dé de cenar esta noche.

     Y, desde aquel mismo día, hasta que Nacor fue llamado por el Señor a su Gloria, los escaramujos de Zeboím tuvieron las espinas tan blandas como lo había pedido el Apóstol al bendecir la obra del desmemoriado artífice: Dios Padre haz, en tu providente misericordia, que las espinas de las guirnaldas que trence este desdichado hijuelo tuyo sean tan suaves como Tú habrías querido lo fuesen las de la corona de Jesucristo, nuestro Señor.

     Por eso, y hasta el presente, los habitantes de aquella aldea recitan los versos de un dicho, cuyo sentido han perdido con el paso del tiempo:

De Zeboím las espinas,
te penetran tiernamente,
con el dolor de la vida.
Ni el corazón ni la frente
Sufren con tan dulce herida.








[1]  El papiro que he consultado para transcribir este relato no precisa de qué Apóstol se trata, seguramente, por figurar su identificación en otro fragmento del texto, hasta ahora perdido. Quede para los expertos elucubrar sobre este extremo, poco relevante para mi propósito divulgador.