lunes, 8 de junio de 2015

EL MUNDO DE LAS AMAZONAS


 

El mundo de las amazonas

Por Federico Bello Landrove

 

     El mundo onírico y el de mis convicciones se alían para dar un tono fantástico al tema de las relaciones entre los sexos en el futuro de la Humanidad. Claro que no hay por qué pensar que el porvenir resulte seguro, ni muy distinto de nuestro presente. El relato, con un punto de humor, les pondrá al tanto de todas estas cosas.

 


1.      El doble cromosoma X

     Pertenezco a una generación de hombres que ha visto con agrado la justa superación de las desigualdades sociales de la mujer y hasta en algunos casos la ha apoyado activamente. Claro es que en tan razonable equiparación no han dejado de producirse errores y excesos, que no es del caso exponer aquí. No querría que mis lectoras –seguramente más numerosas y fieles que los varones- pudieran ofenderse por mis especulaciones de diletante. No entraré, pues, en mayores honduras, pero sí voy a presentarles a la persona que desencadenó las visiones fantásticas que expongo en este relato. Tratándose de una mujer y catedrática de Antropología, espero la consideren digna de crédito y nada sospechosa de eso que llaman machismo. A mí, desde luego, me produjo una profunda impresión.

***

     La doctora Cristina Regis había completado el amplio preámbulo de su conferencia, arrumbando las mil y una razones por las que las mujeres han sido consideradas inferiores a los hombres, desde la menor fuerza bruta, hasta su presunta inferioridad para el pensamiento abstracto. Sus conquistas crecientes en los campos del arte, la política y la ciencia evidenciaban –según ella- que la inferioridad femenina era mero efecto de siglos de trato social discriminado. Algo así parecía suceder también con los hombres, menos inclinados a tareas como las familiares, tuitivas y del lenguaje verbal, sin que en ello existiesen argumentos biológicos convincentes. En fin, yo contemplaba arrobado el rostro encendido y el atractivo perfil de la doctora, arrullado por su voz cantarina y absorto en sus gráciles paseos, de la cátedra a la pantalla de proyección. Pero eso solo era, como digo, el preámbulo.

     El nudo de conferencia, con mucho de representación teatral, parecía inferirse del título de aquella: El doble cromosoma X. Ya se sabe que las mujeres tienen una par de ese cromosoma, mientras que los hombres solo poseen uno, dado que su pareja no es homóloga, sino el pequeño cromosoma Y, el mini cromosoma o cromosoma genéticamente birrioso, como doña Cristina humorísticamente lo calificó. Y, claro, teniendo dos cromosomas homólogos, la mujer tenía ventaja para superar las mutaciones desfavorables que pudieran aparecer en uno de ellos. Y no se crean que es moco de pavo –argumentaba-, pues el importantísimo cromosoma X tiene no menos de mil cien genes activos.

     Por importante que fuese ese cromosoma sexual, la Doctora se perdía seguidamente en los vericuetos de otras diversas causas genéticas y fisiológicas para las evidentes ventajas comparativas de las féminas. Mitocondrias, estrógenos, telómeros, factores oxidativos y requerimientos nutricionales iban desfilando por la pantalla, al ritmo implacable del cañón de proyección, con una consecuencia uniforme e inevitable: la mujer había alcanzado, a través del ciclo evolutivo de nuestra especie, ciertas ventajas comparativas muy interesantes en la etapa de la Humanidad que estaba a punto de iniciarse, caracterizada por la escasez de alimentos y la crisis medioambiental. Pero ahí acababa el nudo, para dejar paso al desenlace.

     El desenlace despertó a aquella parte del público –entre la que yo me encontraba-, que se había adormecido por los andurriales genético-antropológicos, en los que estábamos tan poco avezados. Con todo, la doctora Regis hacía gala en esta parte de su disertación de una claridad deslumbrante:

     Observen ustedes. La mujer tiene un desarrollo más rápido que el hombre; tiene menores requerimientos nutricionales (salvo en los periodos de embarazo y lactancia); presenta una inexplicable, pero cierta, capacidad de superación de las enfermedades más graves; evita engendrar a edades inadecuadas, gracias a la menopausia; alcanza una mayor longevidad. Pero, sobre todo…, sobre todo…, ¿cómo lo diría sin que los caballeros del auditorio se incomodasen conmigo?

     Ni que decir tiene que, con semejante exordio, los caballeros del auditorio habían recobrado el interés y estaban sobre ascuas. Doña Cristina, por fin, encontró la expresión adecuada:

     Desde el punto de vista de la conservación de la especie, no tiene sentido incorporar a la sociedad a tantos hombres como mujeres. Si estas lo hacen todo igual o mejor que los varones y con menor gasto y mayor eficacia fisiológica, bastaría con procrear un número de hombres suficientes para la fecundación, según las tasas que se juzgasen precisas. Claro que eso lo digo como antropóloga y doctora en Biología. Como mujer, estoy encantada con tener para mí sola un marido y tres preciosos hijos. Y, en todo caso, la cosa no va a discutirse de hoy para mañana. Como en el caso del apagamiento del Sol, no es algo por la que tengan ustedes, amables oyentes, de qué preocuparse… por el momento.

***

     Salí de la conferencia un tanto meditabundo; tanto es así, que no me apeteció encerrarme en casa sin hacer antes un alto en mi cafetería favorita, pese a lo tardío de la hora. Acepté de buen grado la invitación de sentarme a la mesa de unos tertulianos poco conocidos y enseguida traje a colación la tesis de la profesora Regis, sin abundar en sus preámbulos y detalles científicos. Matías Santos, el boticario de la Plaza del Poeta, captó al punto el lado chistoso de la tesis y concluyó, el muy sinsorgo:

-          ¡Pero si eso ya lo defendía mi abuela, que se las tuvo tiesas con un padre senil, un marido abrazafarolas y siete diablillos que comían por los pies al mismísimo rey Creso! ¡Cuánto habría dado ella por vivir su vida o, cuando menos, haber podido cambiar a los chicos por chicas… de las de entonces! Lo que sugiere esa catedrática no es otra cosa que el efecto gallinero.

     En fin, ¡qué les voy a contar que no hayan experimentado ustedes muchas veces! Por envidia o por falsa agudeza, algunos convierten las más sesudas teorías científicas en objeto de chanzas. Forma parte de lo que ahora llaman risoterapia.

 


2.  Viajando en el tiempo

     Me encontré de pronto en aquella calle, larga, empinada y gris de mi costumbre. Sería la hora de acudir al trabajo, pues toda ella estaba salpicada de grupos de muchachas y señoras que, con paso rápido, seguían el sentido de la Plaza, portando bolsos, carteras o mochilas, según su presunta ocupación doméstica, profesional o estudiantil. Sentí la incómoda sensación de ser escrutado y de no llegar a tiempo a mi destino. La rúa parecía interminable y no hallaba en ella las referencias inmobiliarias de sobra conocidas. Es más, el enlosado pavimento se estrechaba paulatinamente y el tropel de las féminas se adensaba, impidiéndome avanzar con fluidez. En esto, vi entre la multitud un rostro conocido, que remedaba los gestos y facciones de la profesora Regis. Entre disculpas y empujones me abrí paso hacia ella, pero la presunta Cristina entró súbitamente en un portal y la perdí de vista por el momento.

     Cuando recuperé su visión, estábamos sentados a la mesa de mi despacho judicial, en el que ella ocupaba la cátedra. A cada poco entraban y salían de la habitación mujeres para mí ignotas, cuya ocupación y sentido no parecían ser otros que tenerme vigilado. La profesora, por el contrario, se mostraba acogedora y proclive a exponerme la situación:

-          Las necesidades simultáneas de controlar la natalidad y de optimizar los recursos llevaron a la Organización Ecológica Mundial, hace más de un siglo, a establecer la proporción de un hombre por cada diez mujeres. ¿Dónde estabas tú en 2408, que no te enteraste de tal acuerdo? Pues anda, que no se discutió largo y tendido antes de adoptarlo.

-          Tan solo recuerdo tu conferencia de 2015 sobre El doble cromosoma X. En ella ya se apuntaba algo, al considerar que las mujeres habían igualado o superado en todo a los hombres, menos en la fuerza física.

-          ¿Para qué rayos se precisa la fuerza bruta? –inquirió despectivamente mi interlocutora-. Toda violencia individual y espontánea es inútil, cuando no contraproducente. Y, para otros tipos de acción, tenemos máquinas y armas, que manejamos nosotras certeramente.

-          ¿Y los hombres se dejaron comer la tostada así como así?

     Cristina sonrió displicente:

-          ¿Qué otra opción les quedaba? Nuestra superioridad acabó siendo aplastante, gracias a ejercitar y potenciar las ventajas comparativas durante muchos siglos, mientras vosotros os dejabais deslizar por la pendiente de la inacción y la condescendencia.

-          Entonces, los hombres de hoy día...

-          Los hombres, querido, habéis quedado reducidos al papel de agentes reproductores, sin otro cometido que el de aportar variabilidad genética, ni otra tarea diaria que la de mejorar en lo posible vuestras habilidades para ello. Tan es así que, cuando juzgamos que estáis en trance de perder salud y energía para tal fin, sois eutanasiados.

-          ¡Cáspita! ¿A qué edad habéis juzgado oportuno dar el letal pasaporte?

-          A los cuarenta años. Pero no creas, con una adecuada preparación mental, habéis terminado por aceptar la compensación de una vida más corta, a cambio de una existencia de ocio y cobertura social de vuestras necesidades.

-          ¡Cuarenta años!, repetí mentalmente, sin percatarme de las ventajas que Cristina apuntaba. ¿Qué hago yo aquí, entonces?

     La doctora Regis no juzgó oportuno contestarme y prosiguió:

-          Naturalmente, este programa ha elevado hasta la cima social el trabajo de quienes, como yo, nos venimos dedicando desde siempre a la Genética. Gracias a esta ciencia, la selección de sexo y la elección de los gametos mejor dotados resulta hoy coser y cantar.

     La claridad ambiente empezó a disminuir, como si la visión vacilase. A punto de recobrar mi vigilia, debí introducir un componente voluntarista, pues Cristina, antes de desvanecerse, aún susurró:

-          Veo que, como jurista que eres, te ha sabido a poco mi resumen. Llamaré a alguien para que haga de guía y te explique con detalle la regulación de nuestra sociedad.

     Mi duermevela llegó así a su fin. La última imagen que recuerdo es la de un calendario electrónico, con la fecha 2515 como indicativo del año. Desperté del todo y comenté en voz alta:

-          Quinientos años para llegar ahí. Mucho me parece.

***

 
     Caí de nuevo en la sima del sueño y allí me topé con una dulce imagen de mi juventud. Vestía una túnica blanca ceñida con un cinturón dorado y, tan pronto llegué a su lado, me tomó de la mano y dijo:

-          Me llamo Hipólita[1] y he sido comisionada por la profesora Regis para explicarte la organización de nuestra sociedad, muy similar, por otra parte, a todas las demás del Mundo. A fin de cuentas, se trata de precisar científicamente el reparto y acceso a los hombres en función de su número y disponibilidad, así como de impedir que nazcan entre ellos y nosotras aquellos lazos sentimentales que en tu época generaron tanta violencia y tristeza, en forma de posesión, celos y despechos.

     Nos trasladamos como por ensalmo ante un gran edificio al modo de nuestros hospitales, rodeado de jardines y zonas recreativas, a cuya vista cercana me explicó:

-          Nuestros niños son fruto de una cuidadosa fecundación in vitro y, tan pronto nacen, son separados de sus madres de alquiler y confiados al cuidado de la Comunidad en lugares como este que ves, donde permanecerán haciendo vida en común hasta cumplir los dieciocho años. Las niñas, en cambio, son fruto de relaciones sexuales naturales y permanecen para lactancia con sus madres durante el primer año de vida, momento en que pasarán así mismo a vivir en grandes residencias comunales, donde la Sociedad les procurará cuanta educación e instrucción precisen.

-          ¿Hay diferencias en la formación de hombres y mujeres?, pregunté.

-          Por supuesto, dado que está en función de lo que de unos y otras se espera. Los hombres son preparados exclusivamente para la procreación y su etapa formativa se da por terminada cuando te he dicho. Las mujeres prosiguen sus estudios hasta los veintitrés años, por término medio, edad que también se considera óptima para la primera maternidad.

-          ¿Cuántos embarazos suelen consentirse?, pues supongo que eso también estará reglamentado.

-          En efecto. La indicación de la O.E.M. es un máximo de tres, cifra que permite un crecimiento moderado de la población y a la que nos ajustamos aquí. Otros países, más pobres y superpoblados, rebajan el número en consecuencia.

-          Me has dejado claro, amable Hipólita, que existe una razonable restricción de la natalidad. Supongo que también os será impuesto mantener relaciones sexuales fecundas, hasta conseguir el número máximo de hijos.

-          En efecto, toda mujer ha de cumplir con su cuota de fertilidad. Claro que bastantes de ellas tienen tendencias lesbianas. Estas habrán de acatar la ley mediante inseminación artificial.

-          Según me parece entender, habéis retornado a la primitiva idea cristiana de que las relaciones sexuales deben tener un objetivo genésico. Vamos, que los anticonceptivos os están vedados.

-          No en todos los casos, pues hacemos uso de ellos –y ni te figuras la variedad y exactitud de los que ahora tenemos- en algunos casos, como el de las relaciones consentidas antes de llegar a la edad lícita de nubilidad, o en los coitos de premiación, de los que en otro momento te hablaré. Desde luego, no usamos barreras para evitar el contagio sexual: Los hombres con enfermedad venérea son inmediatamente eliminados y las mujeres en análoga situación quedan ipso facto fuera de la comunicación sexual.

     Mientras me ponía al corriente de las ordenanzas sexuales de aquella sociedad, nos íbamos alejando de aquel gigantesco e impoluto falansterio juvenil masculino, para hacerme conocer las zonas residenciales en que convivían los adultos, también separados por sexos. Me atreví a preguntarle:

-          ¿Y qué? ¿Resulta suficiente la proporción de un hombre por cada diez mujeres?

-          En nuestro país, sí. Otros Estados aumentan o disminuyen tal proporción, en función de sus apetencias. Es más, si me permites una observación personal, yo reduciría todavía más el número de hombres. Fíjate –sonrió- si les sobrarán fuerzas a los machos, que frecuentemente practican la homosexualidad. Claro está que se tolera solo si siguen rindiendo correctamente con las mujeres.

-          Será que les dais bien de comer –bromeé-.

-          Por supuesto. Precisamente, mira a tu derecha, hacia esos bloques de tres alturas, con avenidas arboladas y una gran zona deportiva en el centro… He ahí un modelo algo anticuado de viviendas protegidas para hombres. Se trata de pequeños apartamentos con servicios y dependencias comunes, en que todo les resulta extremadamente barato. Gracias a tal generosidad estatal, sus inquilinos viven estupendamente con el salario básico que se les abona. Claro que también pueden habitar en otros barrios, o en el centro de las ciudades, pero entonces tienen dificultades para llegar a fin de mes. No se trata solo de economizar, sino de que estén localizados y poderlos controlar mejor. Con los hombres nunca se sabe.

-          Sí, concedí, lo mejor es atarnos corto. Pero, ¿qué me dices de vosotras?

-          ¡Ah, nosotras somos el alma y la vida de la Sociedad! Razón es que vivamos de una manera radicalmente distinta. Cobramos según el trabajo que realicemos y la mayoría de nosotras tenemos hogares individuales libremente escogidos, pues podemos permitírnoslo en todos los sentidos. Aunque, no creas, también existen muchísimos gineceos, que es como llamamos a las residencias de mujeres adultas.

-          ¿Tan gregarias os habéis vuelto?

     Me pareció que Hipólita se sonrojaba al responder:

-          Hay quien sostiene –yo no lo afirmo ni lo niego- que esos gineceos son lugares ideales para intimar amorosamente y llevar una vida sexual muy promiscua. ¿Qué quieres? Las mujeres jóvenes tenemos que compensar la escasez de relaciones con el sexo opuesto y vivir una sexualidad más personal y menos volcada en la maternidad.

     Estábamos llegando a los arrabales de una pequeña ciudad. Hipólita calló durante un buen trecho, como si hubiese hecho alguna revelación impertinente. En efecto, sus últimas palabras me habían producido la sensación de que aquel mundo reglamentado no era tan feliz ni tan sólido como parecía, si sus mayores beneficiarias –las mujeres- lo encontraban -¿cómo diría yo?- … aburrido. Iba a hacerle alguna observación al respecto, cuando sonrió y, por fin, rompió su silencio:

-          Mira, esa es mi casa. ¿Te apetece que entremos un momento?

     No sé qué me impulsó a responder sin reflexionar:

-          Lo que me apetece es que me regales ese maravilloso cinturón de oro.

     Hipólita se puso roja como la grana; apretó mi mano como si quisiera reducirla a polvo y replicó con voz ronca:

-          ¿Para qué quieres mi ceñidor? ¿Acaso crees que vas a tener un mejor destino que los hombres de este tiempo?

-          Perdóname, niña. Tu rostro es igual a otro que amé antaño y el viaje en el tiempo me ha hecho rememorar la pasada juventud.

-          La hora del esplendor en la hierba[2], recitó ella, como si se sumiera también en un sueño vivido y lejano.

     Hipólita, quizás, empezaba a soñar. Yo, por el contrario, desperté y me sentí solo.

 

 

3.  La excepción arruina la regla


     ¡Cuánto me habría gustado volver a encontrarme con Hipólita y escuchar su prometida explicación del sexo entendido como premio, para las mujeres distinguidas de su tiempo! Mas el sueño tiene sus reglas y una de ellas es la imprevisibilidad. Así que de día me enfrasqué, quisiéralo o no, en la persecución de las corruptelas de los políticos, con la música de fondo de sus mensajes y promesas durante cierta campaña electoral. Y en esto –y, tal vez, por esto-, llegóme la hora y volví a caer en el mundo de los sueños del futuro.

     Me llevó hasta allí un ceñidor de oro, a cuya punta me así con fuerza tal que, arrastrado por él, recorrí el túnel del tiempo. Desdichadamente, quien tiraba del otro extremo no era la gentil Hipólita, sino una especie de arpía con rasgos de candidata a alcaldesa, quien me hizo sentar en un banco de la ergástula y tendiome con displicencia un diario, similar a los de nuestro tiempo, pero datado en Castellar a no sé cuantos de mayo de 2516. En su primera página leí:

     Los motines y manifestaciones de meses precedentes, motivados por los privilegios sexuales que, bajo cuerda, venían auto concediéndose las directivas de nuestro País, así como las premiadas por méritos más que discutibles, han tenido finalmente su efecto legal. La Comisión formada para encontrar respuesta a tan justas demandas ha decidido en el día de ayer no acabar con las discriminaciones positivas, pero sí extender a todas nosotras la tolerancia de las relaciones sexuales puramente placenteras. La fórmula sugerida –que no se duda sea aprobada por el Parlamento y ratificada por la O.E.M.- se resume en los siguientes cuatro puntos:

     1º. Se autoriza la implantación de la prostitución masculina, lo que obligará a elevar la proporción de hombres a 1:9, en vez de la de uno a diez vigente.

     2º. El “hombre de más” ejercerá de prostituto a la demanda, si bien se fijarán unas tarifas relativamente altas (se sugiere la equivalente a medio mes de salario mínimo por acto), a fin de evitar el desmoronamiento del sistema sexual felizmente vigente.

     3º. La decisión de prostituirse será tomada libremente por los hombres al cumplir los 18 años de edad. Para compensar su posibilidad de vivir mejor y más libres, los prostitutos serán eliminados a los treinta años, es decir, diez años antes de lo previsto para el resto de los varones.

     4º. Las relaciones sexuales en el ámbito de la prostitución se llevarán a cabo empleando dos medios anticonceptivos homologados, bajo sanción de inmediata ejecución del varón infractor.

     Al concluir la lectura, y pese a lo ominoso de mi situación, me carcajeé de buena gana. El vestiglo que tenía por carcelera me escupió con desprecio:

-          Con todo lo que sabes, no vas a salir vivo de aquí; ¿y aún tienes ganas de reír?

-          Perdone, es que constato que el paso del tiempo no ha cambiado el egoísmo de los políticos ni la ingenuidad de los juristas. Pese a todas esas cautelas, se ha introducido en el sistema una pequeña concesión que, a la postre, lo derribará y no dejará de él ni los cimientos.

     Imprevistamente, mi guardiana mostró vivo interés por mis palabras:

-          ¡Demonios!, no tienes mala intuición para ser un hombre y sin conocimiento de nuestro mundo. Hasta ahora, estás acertando de medio a medio.

-          ¿Cómo? ¿Es que tiene usted dotes de adivinación?

-          No tal, sino que el periódico que acabas de leer era atrasado. Ahora vivimos en el 2520 y, en los últimos cuatro años, están pasando cosas que han convertido nuestra bien organizada sociedad en un verdadero pandemonio.

     No debía tener muchas ganas de hablar. Se limitó a gruñir y sacó del seno unos recortes impresos, que dejó caer junto a mí, sobre el escaño. No me acuerdo ahora de todos, pero sí de varios, que pueden constituir una muestra suficientemente expresiva.

-          Castellar, 15.- La oleada de atracos que viene padeciendo nuestra ciudad en los últimos meses ha desembocado en la detención de una banda dirigida por Margarita F.D., de la que formaban parte otras siete profesionales de clase media, entre 28 y 43 años de edad. Fuentes judiciales han informado de que todas ellas eran clientes habituales del prostíbulo La verga salaz, cuyos prostitutos han alcanzado tal fama por sus habilidades sexuales, que ciertas mujeres parecen estar dispuestas a llegar a todo, con tal de tener bastante dinero con el que pagar sus servicios...

-          Villafranca, 4.- La conocida profesora de nuestra Universidad, Cristina Regis, ha sido condenada a cuatro años de prisión por mantener en la cátedra doctrinas contrarias a la seguridad del Estado. Dicha genetista y antropóloga es, además, fundadora y presidenta de la Sociedad para la Promoción de la Sexoterapia Homeopática (S.P.S.H.), que ha estado propalando la tesis de que practicar sexo sin trabas mejora y alarga la expectativa de vida, incluso entre las mayores de sesenta años. En la última sesión del juicio, al concedérsele la última palabra, la señora Regis exclamó: ¡Viva el sexo libre!, siendo muy aplaudida por el público asistente.

-          Magerit, 30.- Ha presentado la dimisión de todos sus cargos (y mira que son muchos) la vicepresidenta del Parlamento y del Partido Prudencial, Esperanza de la Huerta. Como recordarán nuestros lectores, hace una semana se practicó una entrada y registro en el chalet de la señora Huerta en término de Valhondo, hallándose ocultos en la bodega a dos prostitutos mayores de treinta años, que prestaban desde hacía tiempo servicios exclusivos a doña Esperanza, quien se prestó a esconderlos al llegar a la edad de su eutanasia, a causa de lo que la Policía calificó como adicción sexual. Es que los había cogido cariño, explicó la vicepresidenta en la rueda de prensa durante la que presentó su dimisión.

-          Alacant, 27.- Contra el parecer de la fiscal, el juzgado de lo Civil número 34 de esta ciudad ha admitido a trámite la demanda de paternidad de un hombre, respecto de una pareja de mellizos habidos de sus relaciones con A.M.H., fisioterapeuta de Campello. A preguntas de nuestros reporteros, el varón, P-5.217-JB, manifestó su pleno convencimiento de ser el padre de las criaturas: No me pregunten de que artes se valió la madre para que yo le tocara siempre en suerte, pero el hecho es que ella copuló solo conmigo durante los tres meses anteriores al comienzo del embarazo. El caso, de llegar a sentencia, sentará jurisprudencia, pues no hay regulación precisa sobre los efectos de una paternidad demostrada. Pues, si existe ese vacío legal, que apliquen las normas sobre deberes de los propietarios de perros, que ahí sí que la ley no distingue en razón del sexo del dueño, apostilló P-5217-JB.

-          Azemur, 10.- Tres hombres han sido eutanasiados antes de tiempo por reclamar ilegalmente dinero a las mujeres con quienes iban a mantener coyunda, como si de prostitutos se tratase. Al parecer, la razón de reclamar un precio por lo que debían haber dado gratis era la de compensar el plus de satisfacción que aseguraban. Mujeres consultadas por este diario, afirman que los hombres se esfuerzan cada vez menos durante las relaciones reglamentadas, que desarrollan de manera veloz y rutinaria. No me extraña que algunas transijamos con sus peticiones de dinero, con tal de pasarlo medianamente bien cuando nos toca, manifestó una de ellas.

***

     Apenas hube acabado la lectura, la arpía con cara de alcaldesa me arrebató los recortes y preguntó con el mayor interés:

-          Ahora, que ya sabes como estamos, exprímete el cerebro y aventura un pronóstico sobre nuestro futuro.

-          Respetada celadora –repliqué con fingida cortesía-, no hace falta ser mujer culta para comprender que la conjunción de poder político, sexo y dinero es una mezcla fatal. Esta su sociedad perfecta lleva, pues, dentro de sí el germen de una pronta disolución, si no le ponen inmediato y radical remedio.

-          ¿Cuál se te ocurre?

-          Más de uno, desde luego. Pero ya que mi deseo de saber parece haberme condenado al presidio y, tal vez, a la muerte, justo será que satisfacer tu anhelo de conocimiento me libre de tales tormentos y permita que retorne a mi mundo del siglo XXI.

-          No soy quien para aceptar ningún trato, pero conozco a la que tiene autoridad para negociar. No obstante, si quieres que actúe de intermediaria, habrás de ofrecerme un anticipo de tus soluciones.

     Por unos momentos, reflexioné sobre el origen de aquellos problemas y comprendí que no estaban tanto en la perversión de las normas, como en la funesta mezcla inicial de las leyes naturales y los excesos de la así llamada cultura o civilización. Me puse en pie, atusé mis cabellos, sacudí los harapos que medio me cubrían e imposté la voz, de manera que retumbó la bóveda de la celda:

-          El gran libro siempre abierto, que hay que esforzarse por leer, es el de la Naturaleza. Los demás libros están sacados de él y en ellos están las equivocaciones e interpretaciones de los hombres[3].

     La arpía nada dijo. Salió del calabozo, al tiempo que por el ventanuco reaparecía el extremo fulgente del ceñidor. Lo sujeté con todas mis fuerzas y reemprendí el viaje de retorno a mi dormitorio, sin llegar a saber qué misteriosa persona o fuerza me traía hacia la libertad. Solo sé que, cuando desperté, tenía entre las manos el cinturón amarillo de judo de Samuel, mi nieto.

 

 

   



[1]  Evidente conexión onírico-subconsciente del relato con el personaje mitológico de Hipólita, una de las reinas de las Amazonas, dueña del cinturón de oro del que hubo de apoderarse Hércules en uno de sus famosos doce Trabajos.
[2]  The hour of the splendor in the grass, conocido fragmento del poema de William Wordsworth (1770-1850), conocido como la Oda a la Inmortalidad.
[3]  Famoso pensamiento del arquitecto Antoni Gaudì (1852-1926) que, por lo que se ve, tomé prestado en el sueño.

sábado, 23 de mayo de 2015

EL SUICIDIO POR AMOR (VII): EL RETORNO DE LAS GOLONDRINAS. CONCLUSIÓN DE LA SERIE




El suicidio por amor (VII):



El retorno de las golondrinas. Conclusión de la serie


Por Federico Bello Landrove


     Esta tormentosa serie de relatos sobre el suicidio de etiología presuntamente amorosa llega a su fin. En primer lugar, las injerencias paternas y las golondrinas becquerianas llevarán a atormentado final un prometedor idilio juvenil. A continuación, nuestros conocidos Joaquín y Federico –servidor de ustedes- darán sus respuestas u opiniones sobre la identidad de los protagonistas de la serie. Sin ninguna ironía, deseo que hayan disfrutado con estos suicidios, tan reales como literarios.




1.  El retorno de las golondrinas


     No me fue dado conocerlo, pero mi madrina guardaba una añeja fotografía, en la que lucía el porte y la seriedad que resaltaba las pocas veces que de él me habló. Se llamaba Rodolfo, Rodolfo Sigler, y por los días en que empezó esta historia era un muchacho de dieciséis años, buen estudiante, a punto de ingresar en la Universidad de Castellar para cursar la carrera de Derecho. Madrina, llegada a este punto, invariablemente señalaba el retrato que colgaba de su alcoba y recordaba nostálgica:


-          Ahí me ves con trece años, una niña. Estudios, los propios de una señorita de buena familia. Ni pensar en licenciarse.


     Yo deslizaba la mirada al desgaire hacia el óleo, recorriendo las graciosas cocas; la nariz levemente aguileña; el firme mentón, que el tópico califica de voluntarioso; los ojos, vivos y negrísimos, que me hacían desviar los míos; su busto, levemente alzado, velado apenas por un cendal de seda blanca, que iba a reposar sobre el corpiño turquí. Las encarnaciones de sus antebrazos, asentados sobre la invisible falda, recogían el reflejo del sol de la tarde en el marco, compitiendo con el brillo, artificioso y muerto, de una ajorca que –según ella- nunca llevó.


     Madrina –mi tía Lavinia- me miraba de reojo, complacida de mi secreta admiración por quien fue cuando tenía mi edad de entonces, y declamaba el primer verso del famoso poema,


Cendal flotante de leve bruma…[1]


     Luego, acariciaba mis manos, o alisaba mi rebelde melena, y repetía complacida:


-          Te pareces mucho a mí.


     Y, entre sarcástica y misteriosa, concluía:


-          Ojalá sea solo en lo físico.


***


     Mi abuelo materno –a quien apenas conocí- era uno de los magistrados de la Audiencia Territorial, que los castellarenses de pura cepa todavía llamaban la Chancillería. No se contaba mi ilustre y solemne ancestro entre aquellos, pues era el prototipo de funcionario traído y llevado de acá para allá, a embates de traslados y ascensos. Había llegado a nuestra ciudad ya talludo y en ella vino a matrimoniar con mi abuela Joaquina, mucho más joven que él, y de estirpe lo suficientemente conocida en aquella buena sociedad provinciana, como para que su apellido envolviera a la nueva pareja y a sus tres retoños, pasando por encima del patronímico del cabeza de familia. Y así, Lavinia hubo de transigir gustosa con el apelativo Espinosa, dejando el Marcos paterno reducido a una M en las tarjetas de visita.


     Si en algo estuvieron de acuerdo el magistrado y su joven esposa fue en abandonar la vecindad en la casona familiar del Corrillo y acoger su hogar a la divisa verde y oro de los edificios de nueva planta, que se estaban construyendo a la sazón en los terrenos del viejo Hospital. Eran ideales para criar a los niños –como premonitoriamente aducía mi abuela-, bañados por el sol y ceñidos de parques y alamedas.


-          Sin duda que lo eran –confirmaba Madrina-: Para los niños y también para las golondrinas.


     Yo asentía, sin captar el trasfondo de la frase, tan solo imaginando las grandes balconadas, guarnecidas de historiadas molduras y sostenidas por gigantescos atlantes, bajo cuyos perfiles anidaban cientos de aquellas gárrulas avecillas, cuya brusca desaparición otoñal presagiaba el regreso de otras bandadas, igualmente ruidosas, de chiquillos uniformados camino del colegio.  


     Es posible que Lavinia y Rodolfo se conocieran de los juegos infantiles en el Campo Umbroso, pues sus familias eran amigas y sus respectivas niñeras lo sabían. En todo caso, llegados a la edad fijada para siempre en la fotografía y el retrato que he dejado descritos, aquella pareja predestinada a la felicidad vivía ese amor sencillo y absorbente que brota del corazón la vez primera. Mi tío Ernesto, coetáneo de Rodolfo y condiscípulo suyo en el Colegio de los Jesuitas, era también su amigo íntimo, lo que facilitaba el acceso casi diario de este a la casa de los Espinosa, así como los ensimismados paseos de la pareja con el hermano de ella como tolerante carabina, presto a desaparecer en cuanto perdían de vista la casa paterna. Y así, frente a aquel mundo pequeño y cerrado en que todos se conocían y se tropezaban, aquellos dos niños vivían su casta y tierna felicidad, a la que alguien comenzó a poner la comprometida etiqueta de noviazgo.


     He de confesar mi ignorancia de los detalles, pero no es difícil entender que los padres de ambos, hasta entonces proclives a ver con agrado su relación, se preocupasen por los rápidos avances de la misma, dada la corta edad de los chicos y la cruda severidad del qué dirán. De forma paulatina e inexorable, los Sigler y los Espinosa se concertaron para poner más y más cortapisas a los encuentros de sus hijos, hasta entonces tan francos y abiertos. Muchos años más tarde, Lavinia dejó escrito en su diario:


     Hay dos argumentos que los mayores usamos con cinismo para impedir, en vez de orientar, los tiernos y mágicos amores juveniles. No tenéis aún la edad adecuada, reza uno. El amor verdadero vence al tiempo, asegura otro. Y así, matamos el primer amor de nuestros adolescentes, cuando no son ellos mismos los que con sus errores o torpezas le ponen fin. ¡Y todavía nos sentimos satisfechos, por haberles evitado la ocasión de pecar o de sufrir… todavía más!  


     Se ve que mi tía respiraba por la herida. Con todo, décadas atrás, al ser fémina y casi niña, tengo para mí que habría de aceptar sin rechistar las imposiciones de sus padres y fiar al mayor y más maduro Rodolfo el tesoro y la custodia de sus mutuos sentimientos.


     Desdichadamente para ambos, Rodolfo resultó ser más estudioso que inteligente, menos firme que severo. Al menos, es lo que yo opino, pues Madrina siempre lo justificaba:


-          ¡No sabes tú lo que podía llegar a ser entonces la confabulación de las dos familias! Me consta que llegó a discutir ásperamente con su padre. Tal vez yo debí secundarlo desde esta casa, a la que, siempre que podía y de las formas más peregrinas, me hacía llegar una rosa roja. ¡Ah, mi angustia inútil de sentir amor y no expresarlo!

-          ¿Sabes lo que pienso, tía? ... Que tu galán era bueno para el amor fácil, pero no para penar y esperar por ti.

-          ¿Y quién era yo, niña, para que aquel gran muchacho hubiera de sufrir por mí? Además –puntualizaba con ironía-, hubo una buena amiga que...


     ¡Ay, Señor, la mujer –siempre la mujer-  es la culpable! La verdad es que, en este caso, algo de razón se tiene, pues ella, Carolina, era inseparable de la hermana mayor de Lavinia y, en consecuencia, no debió interferir por propio interés en las dificultades que estaba pasando la pareja. Por más que, tal vez fuese Rodolfo quien...  En fin, también en esto salía al paso Madrina con sus disculpas:


-          Ella era un año mayor que él y ciertamente más experta. Dadas las circunstancias, era razonable hasta cierto punto que Rodolfo se dejara enredar y aceptase vivir una fácil aventura.


     Yo preguntaba maliciosamente, provocando el rubor de mi tía:


-          ¿Y cuándo duró aquella aventura?

-          Dos años; los más tristes de mi vida..., hasta entonces.


     No era para menos. Lavinia sufría intensamente y en silencio aquel primer desengaño amoroso, sintiéndose culpable, en parte, del desvío de su amado. Su padre callaba también, pero mi abuela, comida del honor familiar, evidenciaba su indignación por el hecho de que su hija hubiese sido postergada ante una chica de cualidades muy inferiores, aunque mayor y más asequible.


-          Pues mejor habría hecho la abuela dejándolo estar –protestaba yo-, dado que tenía mucha culpa en lo que había pasado.

-          Ya ves –disculpaba Madrina-. La cegaba el amor de madre pues, lo que es yo, en aquel entonces era el patito feo, frente a los espléndidos diecisiete años de Carolina.


***


    

     A juzgar por el cuento de Andersen, los patitos feos se convierten en cisnes. Eso debió descubrir Rodolfo en el baile anual con que el Círculo de Recreo celebraba la apertura del curso universitario. Dos años habían pasado desde la aciaga intromisión paterna en los amores del estudiante y Lavinia, suficientes sin duda para que el cariño oportunista de Carolina se enfriase y Rodolfo, más capaz de reflexión, llegase a comprender que la jovencita Espinosa era el amor de su vida. Pero, sobre todo, tiempo suficiente para que mi tía se hubiese desarrollado espectacularmente, tanto en lo físico, como en lo espiritual[2]. Ella lo recordaba así:


-          Rodolfo acudió al baile con Carolina como pareja. Yo lo hice con mi hermano Ernesto. La situación fue lo suficientemente embarazosa, como para que nos hiciéramos los distraídos y ni nos saludásemos. Yo bailé cuanto pude con todo aquel que anotó su nombre en mi carné. Él –por lo que recuerdo- solo danzó con su novia.

-          ¡Qué fidelidad la suya!, exclamé sarcástica.


     Madrina se echaba a reír, pues ella y yo sabíamos lo que seguía:


-          Más que fiel, formal –replicaba Lavinia-. Por fas o por nefas, el caso es que, apenas quince días más tarde, tu tía Elisa me dio la noticia de que Carolina y Rodolfo habían roto. Según esta, se había cansado de su galán, estudioso y taciturno hasta decir basta. Yo quiero creer que también Rodolfo pondría bastante de su parte en el adiós, a juzgar por lo que pasó después…

-          ¡Pues claro, tía! Seguro que lo deslumbraste y ya no tuvo ojos más que para ti, desde que la orquesta atacó la Invitación al vals[3].


     En fin, volviendo a lo que pasó después, ello fue que, con la complicidad de mi tío Ernesto, Rodolfo empezó a encontrar a Lavinia con sospechosa frecuencia y menudeó sus visitas a casa de los Espinosa, con los propósitos más variados e inocentes. Lo cierto era –por supuesto- que abrigaba la esperanza de que los padres ya no pondrían obstáculo a sus cada vez más evidentes designios, habida cuenta del tiempo transcurrido. Implícitamente, parecía juzgar que su previo alejamiento moral de aquella familia tenía que ser comprendido y olvidado.


     Si solo hubiese dependido de ella, Lavinia seguramente habría disculpado los pasados desdenes, pues no había dejado de querer al galán, por más que le hubiera apeado del pedestal en que antaño lo colocó. La madurez que generan los desengaños la había convencido de que el amor también está hecho de caídas y perdones. Aquellos dos años de dolor le habían dado la fortaleza que mira con tolerancia la debilidad ajena y la inteligencia, que sabe desechar lo secundario para salvar lo principal.


     Curiosamente, mis abuelos –en mi opinión, responsables de lo acaecido, junto a los padres de Rodolfo- reaccionaron a las primeras ternuras de su hija, echándole en cara aquella indigna condescendencia. Lavinia, ya escarmentada, no estaba dispuesta a ceder esta vez o, cuando menos, no a hacerlo sin lucha. Mi abuelo, jurista a fin de cuentas, llevó la discusión por los derroteros de la prueba:


-          Ya confiaste una vez en su cariño y saliste escaldada. ¿Por qué crees que ahora va a ser todo distinto? No te pedimos que lo rechaces: A fin de cuentas, no es mal chico, sino un tanto veleta. Se trata de que no cedas inmediatamente a sus requerimientos, de que le pongas algunas dificultades como prueba.


     Lavinia seguía terne. Al fin y al cabo, pensaba que los años pasados habrían contribuido a que Rodolfo fuese más firme y sensato. Fue entonces el turno de mi abuela:


-          No te entiendo, Lavinia. ¿Qué pensarías si Rodolfo se hubiera comportado así con tu hermana y hubieses tú de aconsejarla? ¿Qué le dirías de un chico que, a las primeras dificultades, la hubiese abandonado y se marchara con una de sus amigas? Un chico que, al cabo de dos años, se cansa de su novia y, a los cuatro días, está llamando a la puerta de nuestra casa, como si se pudiera cambiar de amor como de casaca. Y una chica que, al punto, cae arrobada en sus brazos y no toma la menor precaución, ni por ella misma, ni ante los demás. ¿Qué consejo le darías a Elisa? ¡Di!

-         

-          Callas porque estás pensando lo mismo que yo: que, comportándose así, tu hermana se estaría haciendo pasar por una chica fácil, que, más que perdonar, todo lo olvida. Tú, que eres buena, no le aconsejarías que hiciese sufrir a Rodolfo por su incomprensible veleidad, pero sí le pedirías que no cayese absurdamente en mayores sufrimientos… Él se ha tomado más de dos años para dejar a esa pécora de Carolina y volver a ti. Tomate tú algún tiempo para pensar y hacerle reflexionar a él. Date un respiro y ponlo a prueba; pero –eso sí- como cosa tuya y sin darle a entender que sigue siendo el dueño de tu corazón.

-          Entonces –preguntó Lavinia, casi convencida o, al menos, vencida- ¿habré de dejarlo ir sin una esperanza?

-          Solo si ves que te sigue y suplica, constante y dispuesto a todo por ti. Entonces le darás alguna señal, o un plazo. Y, si todo sale como esperamos –concluyó el magistrado-, lo daremos por bien empleado y, no tardando, brindaremos por vuestra felicidad.



***


      Finalmente, Lavinia aceptó e hizo propias las indicaciones de sus padres y rechazó la petición de Rodolfo de reanudar formalmente las relaciones y salir con él en términos de noviazgo. Júzguese la sorpresa de este, cuando ya se creía perdonado y aceptado. Cualquiera más decidido que él lo habría pasado mal. En su caso, débil como era, quedó hundido anímicamente…


-          Yo no diría débil –puntualizaba Madrina-, pues en otros aspectos tenía una notable fuerza de voluntad. Creo más bien que era una persona insegura en lo sentimental, un tanto pesimista en lo concerniente a los motivos de los demás y a sus virtudes como amante, por así decir. Lo cierto es que, sin pestañear ni pedirme una explicación, Rodolfo se tragó su desolación y decidió salir de mi vida con la misma premura con que había reaparecido. Desde luego, ni sospechó que yo actuase por táctica, sino porque no lo quería. O era yo muy convincente interpretando, o él poco sagaz como espectador.


     Tampoco mi tía Lavinia era especialmente hábil en los enredos, ni proclive a dar su brazo a torcer. Si él no tiene nada que decir o hacer, no voy a ser yo quien le abra los ojos –decía-. Así que hubo de ser un tercero quien pusiera al despechado galán en el camino correcto. La joven se enteró de que Rodolfo y Ernesto andaban de cabildeos cuando este, ajeno a los entresijos del distanciamiento, preguntó a su hermana:


-          Lavinia, ¿estás interesada por algún muchacho?

-          Quita allá. ¿Por qué me lo preguntas?

-          No sé. Como has dado calabazas a Rodolfo…


     Tan breve diálogo fue bastante para hacer comprender a la joven que aquel había dado por supuesto ser esa la causa de lo acaecido entre ellos. Al punto, aprovechó la ocasión y tomó la decisión de la que tanto habría de arrepentirse:


-          Mira, Ernesto, puedes decirle a tu amigo que, si tiene algo que preguntar a mi respecto, no se ande con intermediarios.


     Eso fue por San Andrés[4]. Rodolfo, vergonzoso y desesperanzado, dejó llegar los días de la Navidad, en que invariablemente acudía a felicitar las Pascuas a la familia Espinosa, cualquiera que fuese la relación actual con su benjamina. Aquel año pareció como si todos se hubieran concitado para proporcionarle la ocasión que había ido a buscar, vale decir, poder hablar con Lavinia a solas. Mi tía, con la relativa frialdad que da el paso de los años, lo contaba así:


-          Rodolfo volvió a la carga con que me seguía queriendo y que me rogaba accediese a reanudar nuestras relaciones. Viéndolo más decidido que de costumbre, titubeé por un momento, antes de reiterarle la negativa. Debió de notar él mi vacilación pues se puso muy serio y solemne para pedirme la máxima sinceridad a la hora de responderle a esta pregunta, que recuerdo textualmente: ¿Puedo tener alguna esperanza de que vuelvas a quererme?  Estuve en un tris de echarme en sus brazos, de no ser por sus palabras introductorias, que me parecieron inconvenientes: De una vez por todas… Figúrate, como si yo cambiase de opinión a cada momento, o como si él no estuviese dispuesto a seguir esperando e insistiendo.

-          ¡Menudo brete! Mentir o confesar lo que debía permanecer oculto. ¿Cómo te las arreglaste para encontrar una salida aceptable?

-          Pues poniendo fin a aquel disparatado embrollo que habían tramado mis padres. Entendí que ya había tenido bastante periodo de prueba y, con toda la claridad que juzgué adecuada al caso, le respondí: Te aceptaré cuando vuelvan las oscuras golondrinas.

-          ¡Como en la rima de Bécquer![5]

-          Si, niña mía, sí. ¡En mala hora fui a acordarme del poeta sevillano!


     Efectivamente, Rodolfo entendió el plazo que se le daba como una flagrante negativa. ¿Acaso no había escrito el Poeta que las golondrinas que habían visto sus amores, ¡esas no volverán! Así pues, ella nunca lo perdonaría, nunca lo acogería cariñosa, nunca habría de amarlo. Fijó los ojos en el rostro de Lavinia y creyó hallar en su mirada el brillo de la malicia, el esbozo de una sonrisa vengativa. Se apartó de ella y, sin una palabra, salió precipitadamente de la sala. Ya en la Acera del Hospital volvió la vista a la casa: los nidos pardos, escamosos, vacíos, esperaban el retorno de la primavera y de sus gráciles heraldos que, lejos de contemplar su dicha y aprender sus nombres, trisarían incesantemente al viento nunca, nunca, jamás.


     Desesperado por haber perdido estúpidamente a la mujer de su vida, en la Nochevieja de aquel año Rodolfo cogió el frasco del somnífero[6] de su madre y se suicidó ingiriendo la totalidad de su contenido. Sobre la mesita de noche, una esquela manuscrita por él decía:


Parto en busca de las golondrinas de antaño


     Nadie sino Lavinia comprendió su significado y, por lo que yo sé, a nadie sino a mí lo reveló muchos años después, bajo promesa de guardarle el secreto. Solo el cariño puede explicar que me eligiese como depositaria fiel.


***


     Cuando Lavinia se hubo enterado de lo sucedido, acudió sola y desolada a la tumba de Rodolfo y, ante ella, prometió solemnemente guardarle la ausencia y desposarlo en la otra vida, si Dios nuestro Señor permitía tal cosa a quienes hubieran desaprovechado en este mundo el don, escaso e inapreciable, de vivir el amor por Él predestinado. Tan solemne voto me pareció incongruente con lo expresado por Lavinia en aquella lejana Navidad, por lo que le pregunté:


-          Querida Madrina, si tú lo entendías así, ¿por qué generaste la desesperación de Rodolfo, remitiendo vuestra unión a un momento imposible?

-          Niña mía, has caído en el mismo error que hizo la perdición –espero que no eterna- de Rodolfo. Las golondrinas habrían regresado en apenas tres meses, y solo ese era el tiempo que aún había de durar su penitencia.

-          Pero, tía, las golondrinas de vuestro amor no habrían ya de volver más.

-          ¿Quién hizo tal precisión, querida? ¡Ah, ya, el famoso poeta! Pero ni siquiera habría sido así en nuestro caso, dado que llevábamos dos años de ruptura. ¿Y no sabes que las golondrinas viven cuatro o cinco años? Bien lo sabía yo, que llegué a conocer algunas, a fuerza de contemplarlas desde mi balcón. Así que, en cierto modo, mi desventurado Rodolfo murió…, murió…

-          Por no saber zoología.

-          Mi pequeña Elisa, eres un diablillo juguetón e irreverente… Ojalá no cambies nunca.


***


     No estoy muy segura de haber cumplido con ese deseo de Lavinia. En cuanto a ella, ya descansa en paz y, en efecto, nunca se casó, ni amó con pasión a nadie, fuera de Rodolfo. Vivió para su recuerdo y para nosotros, sus sobrinos y sobrinos nietos, hasta que la visitó la muerte, a los ochenta y dos años de su edad.


     Y aun así, Lavinia permanece viva en mi alma, y sucesivas generaciones de golondrinas siguen llamando a su balcón, rozando levemente los cristales con sus alas albinegras, cual contrastado airón de los primeros amores perdidos.





2.   Conclusión de la serie[7]



     Seis meses, menos dos días, habían transcurrido desde el reto de Joaquín, que yo había aceptado. Verdaderamente no fue tiempo perdido. Copié –y amplié, he de confesarlo-  los relatos de la desconocida escritora cubana trasplantada a Castellar, puse al día mi modesta erudición sobre los casos de suicidio más famosos y, en suma, preparé una divulgación que ustedes han tenido ahora la oportunidad de paladear. Pero, así y todo, no estaba seguro de aprobar el examen de mi amigo:


-          Bien, Federico, vamos con el primer relato. ¿Qué tienes que decirme?

-          Espero superar esta primera pregunta. Con todos los rebozos propios de quien conoció de cerca la guerra de independencia de Cuba, no dudo de que su protagonista es el famoso general Boulanger[8]. Coinciden los datos políticos y, muy especialmente, los referentes a su muerte y epitafio.

-          Concuerdo contigo. Por otra parte, el caso es sobradamente conocido, hasta por la Historia general, donde Boulanger se ha hecho con un lugar no pequeño. Vamos, pues, con el siguiente relato: ya sabes, el de Carlos Martín y María Granados. Supongo que tampoco habrás tenido dificultad para identificarlos.

-          En este caso, nuestra amiga escritora nos ha proporcionado una clave muy poderosa, al contar los antecedentes caribeños del protagonista y las razones de su destierro a España. Y, habiendo dado con el amante, resulta fácil hallar a la amada. Concluyo, pues, que se trata de José Martí y de su Niña de Guatemala, que no de Castellar[9].

-          Excelente. Pasando al siguiente relato, no me dirás que su autora no fue transparente en su identificación, aunque no en las localizaciones…

-          Por supuesto. Se diría que, siendo ella misma escritora, no ha querido privar al poeta mejicano de que lo conociesen de primera mano los españoles, aunque no pueda decirse que lo consiguiera. En fin, el autor del Nocturno es Manuel Acuña y su musa fue Rosario de la Peña[10]. Tampoco resulta difícil rastrear los verdaderos nombres de los demás personajes históricos, entre los que volvemos a encontrar a José Martí, con el mismo sobrenombre –Carlos Martín- del relato precedente.

-          Hasta ahora, estás calificado de aprobado alto. Vamos con el enfermero, Manuel Rojo. Supongo que no habrás tenido muchas dificultades para descubrir la novela de la que el cuento pretende ser continuación o, cuando menos, inspirarse.

-          Pues te equivocas, profesor. La novela está hoy casi olvidada y no diré yo que haya sido injusto el veredicto de la posteridad. No obstante, las alusiones regeneracionistas me pusieron sobre una pista segura. Luego, todo fue leer una sinopsis del argumento y comprobar que mi primera impresión había sido cierta. He dado con la respuesta, que espero valides. La novela es La Tierra de Campos y su autor, Ricardo Macías Picavea[11], a quien nuestra autora pudo conocer en Castellar, como es bien sabido.

-          Correcto. Según eso, Manuel Rojo resultaría ser un personaje estrictamente de ficción, frente a los de las precedentes historias.

-          Así lo creo. Si Macías hizo de Manuel Bermejo el arquetipo para una novela de tesis sobre las miserias campesinas, su alter ego, Manuel Rojo resultaría ser modelo o ejemplo de tantos compatriotas que entregaron en Cuba su vida por necesidad o por virtud, o haciendo de aquella esta.

-          Te ruego omitas las opiniones personales, que pueden desmerecer de tus objetivos conocimientos. Pasemos al penúltimo supuesto del examen, el del soldado Ricardo Ferrer y las incidencias casi policiacas que provocó.

-          La benevolencia de la escritora muestra el cabo del hilo por el que he llegado al ovillo. Su fidelidad a los nombres de los periódicos y a la fecha de los sucesos me llevó a la fuente: diario El Globo de Madrid, número de 24 de mayo de 1899. El soldado que se suicidó en Sevilla fue Ricardo Ferreas y su nota explicativa está recogida en el cuento con bastante fidelidad[12]. A partir de ahí, creo que la autora ha construido un relato de ficción, para arrimar el ascua de la realidad a la sardina de sus opiniones; nada diferente, por otra parte, de lo que ella critica en los periodistas acomodaticios.

-          Basta. Si tu respuesta a mi siguiente pregunta es satisfactoria, puedes contar con el sobresaliente[13].

-          Temo que mi contestación no sea sólida. He repasado la hemeroteca de El Noticiero de Castellar y nada he encontrado sobre el suicidio con veneno, o por sobredosis medicamentosa, de un joven estudiante, ni tampoco acerca de la escueta nota sobre las golondrinas. Tampoco he hallado nada entre los legajos del Archivo Histórico de la Audiencia. Así pues, he de concluir provisionalmente que la escritora de la familia Zorita inventó el relato y, por tanto, ese suicidio nunca tuvo lugar.

-          ¿Y si el tal Sigler no hubiese sido castellarense, sino mejicano o guatemalteco, como otros personajes del manuscrito, que la autora transterró a otro continente?

-          Chico, de ser así, encontrar la respuesta segura podría llevar toda una vida, no los pocos meses que me concediste.


    Joaquín sonrió:


-          Esa es una disculpa de mal estudiante. Lamento no poder concederte la máxima nota.

-          No importa –repliqué, un poco molesto-. De todas formas, estoy seguro de que el profesor tampoco tiene todas las respuestas.

-          Por supuesto, concedió, aunque no sabes lo mucho que he aprendido en el Paseo del Hospital, estudiando el vuelo de las golondrinas[14].             






[1]  Perteneciente a la Rima XV (60) de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870).
[2]  Nota del transcriptor. Llegada a este punto, la autora del manuscrito detalla los progresos literarios de Lavinia, que habrían de convertirla con el tiempo en una de las glorias poéticas de Castellar. He decidido omitir este fragmento del relato para mantener incólume el compromiso de secreto que la Autora expone más adelante.
[3]  Bella partitura de Karl Maria von Weber (1786-1826), orquestada por Hector Berlioz (1803-1869), que solía ejecutarse como obertura o intermedio en los bailes de gala, o como primera pieza para abrir estos.
[4]  Es decir, hacia el 30 de noviembre.
[5]  Como es sabido, se trata de la que lleva el número LIII de la edición impresa y el 38 en el manuscrito conocido por El libro de los gorriones.
[6]  En la familia nunca supimos de qué específico se trataba. La frecuencia con que se dispensaba entonces me inclina a suponer que se tratase de láudano. Es más, elucubrando con que la abuela paterna de Rodolfo padecía a la sazón fuertes dolores cancerosos, es probable que ingiriese el analgésico de la anciana, cuya proporción de opiáceos sería mucho más elevada (Nota de la Autora).
[7]  Este capítulo enlaza con el primer relato (I) de la serie El suicidio por amor, que habrá de ser conocido para comprender bien el sentido de lo que sigue.
[8]  Georges Boulanger (1837-1891), militar y político francés, cuyo suicidio por amor se considera prototipo de la exaltación romántica, aunque en El suicidio por amor (II): El bizarro general su autora ponga en duda el tópico.
[9]  José Martí (1853-1895), escritor y político cubano, héroe de la independencia de su país. La Niña de Guatemala, apelativo poético que Martí dio a la joven guatemalteca María García-Granados y Saborío (1860-1878).  Véase El suicidio por amor (III): El desterrado fiel.
[10]  Manuel Acuña Narro, poeta mejicano (1849-1873); Rosario de la Peña y Llerena, mejicana (1847-1924). Véase El suicidio por amor (IV): Una mujer marcada.
[11]  La Tierra de Campos, novela en dos partes, publicadas sucesivamente en Madrid, en 1897 y 1898. Ricardo Macías Picavea (1847-1899), su autor, vivió en Valladolid, de manera casi continua, entre 1874 y 1899, año de su muerte. Véase, El suicidio por amor (V): La oblación.
[12]  La referencia a esta noticia ha sido recogida, entre otros, por el historiador Manuel Tuñón de Lara (1915-1997), en su libro España: la quiebra de 1898 (edit. Sarpe, Madrid, 1986). Véase El suicidio por amor (VI): … Y volvieron cantando.
[13]  Todo lo que sigue hace referencia, además de a la primera entrega de esta serie, al capítulo primero del presente relato: El suicidio por amor (VII): El retorno de las golondrinas.
[14]  Nota del editor –seguramente superflua e innecesaria-: Probable alusión de Joaquín al augurio, tradicional técnica adivinatoria, consistente en deducir expectativas y verdades, entre otras cosas, por la forma y dirección del vuelo de ciertas aves.