viernes, 20 de septiembre de 2013

RESÚMENES DE HISTORIA DE LA CIVILIZACIÓN (5ª ENTREGA)


LECCIÓN 9.  LA EUROPA FEUDAL

 

 

      El periodo cronológico a que se extiende esta lección abarca fundamentalmente los siglos VIII a XII y se refiere de manera especial a la Europa occidental. Al final de su exposición, se recogerán dos notas referidas a la España de esta época.

 

 

     1.  CAUSAS DEL FEUDALISMO.

 

     El feudalismo es un gran fenómeno histórico, que se ha dado (con más o menos variaciones) en diversas partes del mundo y en distintas fases de la Historia. En la Europa occidental y central surge hacia el siglo VIII como efecto de una serie de causas, entre las que pueden destacarse las siguientes:

 

  • Invasiones exteriores. Los reinos germánicos y otros ya establecidos sufren los embates muy violentos y peligrosos de otros pueblos, que tratan de saquear y/o conquistar esos Estados: los musulmanes, que presionan por el sur; los vikingos, desde el norte, se trasladan por mares y ríos a casi todas partes de Europa; los ávaros y luego los húngaros atacan por el este, procedentes de Asia.
  • Debilidad de los Estados germánicos. Para resistir y superar estos urgentes y gravísimos riesgos, los Estados germánicos (vale decir, sus reyes) carecen de medios económicos y militares, teniendo que abdicar en sus nobles la tarea defensiva.
  • Exigencias económico-sociales. Entre las primitivas condiciones precarias y las que imponen los peligros exteriores, la respuesta más factible que se encuentra es la de la ruralización, la autarquía de las diversas comarcas y el inmovilismo de los productores, que quedan ligados a la tierra que cultivan.

 

 

     2.  CARACTERES POLÍTICOS DEL FEUDALISMO.

 

  • Atribución a los señores de funciones públicas. Tal vez, la característica más definitoria del feudalismo es la confusión entre el dominio de la tierra por un señor y el ejercicio por este en su feudo de facultades consideradas históricamente propias de la soberanía de los reyes: establecer impuestos, acuñar moneda, administrar justicia, hacer la guerra.
  • Consiguiente debilidad política de los reyes. La atribución a los señores de casi todas las funciones regias deja a los monarcas en posición de personificar la soberanía de manera más nominal que efectiva. Incluso, algunos señores feudales pueden ser más poderosos que ellos. No obstante, al rey le quedan dos facultades que le colocan por encima de cualquiera: ser la personificación del reino y tener la posibilidad de infeudar a los grandes señores, mientras que él recibe sus títulos por mera herencia y coronación religiosa.
  • Escalonamiento feudal. En la sociedad feudal todos tienen su puesto prefijado y existe un escalonamiento de jerarquías y de infeudaciones, desde la un tanto nominal del Emperador (del Sacro Imperio Romano-Germánico), hasta el último vasallo con señorío, pasando por varios escalones de nobles de diverso rango.
  • Reciprocidad de derechos y deberes. Por más que la relación feudal sea desigual, las dos partes de ella deberán observar escrupulosamente sus deberes si pretenden que se respeten sus derechos. De otro modo, la ruptura bilateral será lógica y lícita. Y así, el señor de más categoría (o el rey) deberá a su vasallo la investidura en el feudo prometido o alcanzado por herencia y la protección en caso de ataque de terceros. Por su parte, el vasallo deberá a su señor ayudas diversas (en especial, económicas y militares), así como el pago de los tributos estipulados.
  • Fijeza de la posición social. En esta época no hay clases sociales, sino estamentos, a los cuales se pertenece por herencia y, salvo casos insólitos, no se puede ascender ni, menos aún, bajar. Cada estamento tiene su propio status jurídico, llamado privilegio, no tanto porque sea mejor que el de los demás, cuanto porque es propio suyo y distinto del de los pertenecientes a otros estamentos.
  • Feudalización de la Iglesia. Se plasma en la cuestión de las investiduras, es decir, en la pretensión de reyes y señores de designar y fidelizar a las jerarquías religiosas de su ámbito. Difícilmente podía hacerse tal cosa con los obispos (a su vez, señores feudales ellos), pero sí se pretende con párrocos, abades y, por supuesto, capellanes. La reacción del papado será muy dura, en especial, a partir del siglo XI y, como arma contra las investiduras rurales, se apoyará en las grandes órdenes religiosas que surgirán en este tiempo, bajo la regla benedictina: cluniacenses y cistercienses.

 

 

     3.  CARACTERES DE LA ECONOMÍA FEUDAL.

 

  • Ruralización. Ello quiere decir que la agricultura y la ganadería son absolutamente preponderantes dentro de las actividades económicas. Todo gira en torno a la tierra y lo que ella produce o puede alimentar.
  • Autarquía. La economía feudal no permite, ni especialización, ni grandes excedentes. En consecuencia, casi no hay comercio y cada comarca o feudo ha de producir todo lo necesario para subsistir.
  • Escalonamiento agrario. El poder está ligado a la tierra, como ya hemos indicado. En consecuencia, los señores ostentan el dominio de las grandes fincas, aunque no las exploten personalmente. Los vasallos libres son propietarios de los pequeños fundos. Los siervos, sin tierra propia, han de cultivar la ajena, a la que permanecen unidos (siervos de la gleba) sin posibilidad de marcharse.
  • Prestaciones al señor. Para compensarle por la infeudación, los vasallos deben al señor prestaciones personales (trabajar para él cierto número de días) y reales (pagarle impuestos y aceptar las tasas monopolísticas por el uso de máquinas y obras de ingeniería). Los siervos también estaban obligados a grandes prestaciones, aunque no a cambio de infeudación alguna, sino de seguir explotando con ciertas ventajas y vituallas las tierras de su señor.
  • Algunos progresos técnicos. No ha de pensarse que feudalismo sea sinónimo de atraso económico absoluto. De hecho, en esta época se hicieron algunos avances en la producción de las tierras, gracias a los barbechos, las mejoras en los arados, etc. También mejoraron mucho los molinos y, en ciertos lugares, las técnicas de riego.

 

 

4.      LA CULTURA.

 

     Como notas generales de la cultura de la época, podemos dar las de eclesiástica, señorial e internacional.

 

  • Eclesiástica, porque es la Iglesia la principal depositaria de los medios culturales (alfabetización, música, textos antiguos, scriptoria para redactar e ilustrar los manuscritos, buen conocimiento del latín, etc.).
  • Señorial, porque sólo los nobles tienen tiempo y dinero para adquirir la cultura y suelen ser sus hijos los únicos que se educan metódicamente, además de los eclesiásticos.
  • Internacional, lo que parece una paradoja en este tiempo de intercambios de corto radio, pero se explica por ser la Iglesia la principal fuente de la cultura y el latín la lengua culta de uso general.

 

     Pasando a aludir telegráficamente a las artes, podemos indicar lo siguiente:

 

  • Literatura. A partir del siglo XI, se produce la transformación del latín degradado en lenguas nacionales. Los cantares de gesta son habitualmente el género más apreciado y el vehículo de ese cambio lingüístico a nivel popular.
  • Arquitectura. A finales de este periodo, la confusa y balbuciente arquitectura de tipo carolingio o pre-románico, deja paso al primer gran estilo europeo de la Edad Media, el románico, que dedicará sus mayores esfuerzos constructivos a perfeccionar los elementos curvos: la bóveda y la cúpula.
  • Escultura. Si la arquitectura románica nos emociona, no sucede otro tanto con la escultura del mismo estilo, que nos parece tosca y de extremada rigidez. Es, sobre todo, una actividad de función docente, que decora los templos y, al propio tiempo, ilustra a sus iletrados observadores sobre los personajes y hechos de la religión.
  • Pintura. La pintura románica que ha llegado hasta nosotros (bastante más viva que la escultura) se reduce, principalmente, a frescos y miniaturas de los códices.

 

 

5.      DOS NOTAS SOBRE EL ÁMBITO HISPÁNICO.

 

     ¿Triunfó el feudalismo en España?  Suele sostenerse que, salvo en Cataluña, el feudalismo no llegó a triunfar en nuestro país, por dos razones: 1ª) Por la necesidad de monarcas fuertes para luchar contra los musulmanes en la Reconquista. 2ª) Por la existencia de tierras abundantes para repoblar y colonizar, según se retiraban los musulmanes al ser derrotados militarmente.

 

     Precisión en materia de cultura.  Hay que destacar en España la influencia musulmana, a través de los mozárabes (cristianos formados en Al Ándalus que regresaban a los reinos del Norte) y mudéjares (musulmanes que trabajaban, temporal o permanentemente, para los señores cristianos o para la Iglesia).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LECCIÓN 10.  LA CIUDAD MEDIEVAL

 

 

      Esta lección se refiere principalmente al ámbito temporal de los siglos XIII y XIV. ¿Y por qué tiene tanta importancia en este periodo la existencia y la vida de las ciudades? Procuraremos dar una respuesta a esta pregunta, pero antes fijaremos los caracteres generales de la época, que constituye el momento central de la llamada Baja Edad Media.

 

 

1.      CARACTERES GENERALES DE LA ÉPOCA.

 

     La Baja Edad Media supone una ampliación y un mejoramiento de los horizontes vitales respecto a los de la Alta, en casi todos los aspectos. Entre otros, pueden destacarse los siguientes:

 

  • Ampliación del marco geográfico. El ámbito geográfico suroccidental de Europa entra en contacto, cada vez más profundo y frecuente, con el norte y el este del continente, así como con Oriente y con el norte de África. Ello se refleja, no sólo en el comercio, sino también en la diplomacia y en los intercambios culturales.
  • Mejor situación sociopolítica en Europa. Las guerras se hacen menos frecuentes (al menos, como estados sociales cronificados). Aumentan casi por doquier la población y la productividad.
  • Expansión económica. La ruralización europea va remitiendo y surgen de manera cada vez más potente los sectores económicos industrial y comercial. Incluso renace el comercio internacional.
  • La burguesía. Se produce el ascenso de una nueva clase social, la burguesía, integrada sobre todo por industriales y comerciantes de cierto nivel. Esta clase va compartiendo cada vez más el poder político con la nobleza y con el rey.

 

 

2.      REFERENCIA ESPECIAL A LAS CIUDADES.

 

    Antes de dar respuesta al interrogante que al comienzo de la lección nos planteamos, sería acaso necesario definir lo que se debe entender por ciudad y, sobre todo, por ciudad libre o de realengo, pues sólo en esta se dan en su plenitud las notas que vamos a definir a continuación. Pero, dando por supuestos ciertos conocimientos básicos al respecto, entremos sin más dilación a señalar cuáles son las notas o caracteres de una ciudad bajomedieval tipo:

 

  • La ciudad es el centro de la producción industrial. En esta época, las industrias o talleres se instalan dentro de las ciudades o, como mucho, en los burgos o arrabales circundantes. Los gremios, formados por los maestros, oficiales y aprendices de cada profesión importante, rigen la vida de los distintos sectores artesanales, dando acceso al trabajo en los mismos y fijando su producción y precios.
  • La ciudad es el centro del comercio. La ciudad es el mercado diario o semanal para sus habitantes y los de la comarca; el centro de las ferias anuales, incluso internacionales; el puerto fluvial o marítimo por el que circulan y acceden las mercaderías; el cruce de caminos que llevan a todas las latitudes.
  • La ciudad dirige la vida del campo. Las ciudades suelen contar con un alfoz, es decir, una amplia extensión rural, cuyos productos agrícolas y ganaderos se destinan al consumo de los ciudadanos. La ciudad rige la vida de los pueblos dependientes, cuyos habitantes sólo en parte gozan de las libertades y la participación política que tienen los ciudadanos.
  • La ciudad es un espacio de relativa libertad. La ciudad tiene sus fueros, gracias a los cuales disfruta de un amplio autogobierno y de privilegios, a nivel comarcal o del reino. Sus señores (sea el rey, o un noble o eclesiástico de importancia) han de respetar los fueros y los suelen amejorar para concitarse el mayor favor (y atención tributaria) de los ciudadanos. En ciertos lugares de Europa (Italia, Flandes) vuelve a resucitarse el régimen de polis, es decir, de ciudades libres, dotadas de soberanía y que a duras penas reconocen en ocasiones el señorío eminente del papa, de un rey o del emperador.
  • La ciudad es un canal de participación política. Los ciudadanos participan en los asuntos de la ciudad a través de los ayuntamientos, a los que envían sus representantes, elegidos de forma más o menos libre y corporativa. Pero, además, en los parlamentos o Cortes que van surgiendo a partir de finales del siglo XII, las ciudades más importantes alcanzan representación política, siendo sus procuradores reunidos periódicamente por el rey, con los objetivos esenciales de reconocer los cambios constitucionales y acordar los impuestos ordinarios y los subsidios extraordinarios.
  • La ciudad es el centro de la cultura de la época. Los monasterios van cediendo la primacía a los grandes centros de cultura de las ciudades, a saber, las escuelas catedralicias y las universidades. Estas últimas proliferarán por toda Europa a partir del siglo XIII y se constituirán en luminarias de la educación y del saber, desde entonces, hasta el presente.

 

 

3.      ESPIRITUALIDAD Y CULTURA.

 

  • La Iglesia mantiene su gran influencia religiosa y política. La mayor novedad de esta época es la aparición de las Órdenes mendicantes (franciscanos, dominicos), que se instalan en las ciudades y tienen una masiva presencia en las Universidades. Por su parte, el Papado impone la unidad y la obediencia en toda la cristiandad occidental, antes de que se produzca el cisma de Avignon.
  • Literatura. Se consolida el auge de las lenguas nacionales, que van alcanzando su mayoría de edad literaria, con nuevos géneros: la fábula, el cuento, la poesía profana...
  • Arquitectura. Surge un nuevo estilo internacional, el gótico, que desplaza al románico, por su mayor amplitud, luminosidad y riqueza decorativa.
  • Escultura y pintura. En estas artes, la superación del románico implica la tendencia a un mayor realismo y naturalidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

LECCIÓN 11. LA CRISIS DE LOS SIGLOS XIV Y XV

 
 

     En realidad, sería mejor hablar de crisis del siglo XIV y de recuperación en el siglo XV. Lo cierto es que la Baja Edad Media, que tan favorablemente se estaba desarrollando, sufre un brusco frenazo y retroceso en muchos órdenes durante el siglo XIV, si bien la recuperación de la centuria siguiente será igualmente espectacular.

 

 

1.      LA CRISIS DEL SIGLO XIV.

 

     La crisis de siglo XIV presenta diversas vertientes, pero la mayoría de ellas giran en torno a la catastrófica pandemia que se conoció con el nombre de la Peste negra.

 

  • Catástrofe natural. La primera mitad del siglo XIV fue una época de clima excepcionalmente frío y húmedo. Ello trajo consigo, en una sociedad tan poco familiarizada con el tratamiento médico e higiénico de las enfermedades, una proliferación de epidemias, la peor de las cuales fue la peste negra (en realidad, tifus exantemático), que azotó prácticamente toda Europa entre los años 1348 y 1350, con los terribles resultados demográficos que se exponen a continuación.
  • Crisis demográfica. Se calcula que, por término medio, la peste negra se llevó por delante a un tercio de la población de Europa. Naturalmente, hubo regiones aún más castigadas, en donde la mortandad pudo superar el cincuenta por ciento. Tal vez no se tratara de una sola epidemia y, desde luego, parte de los fallecimientos se debieron al consiguiente abandono y desnutrición.
  • Crisis económica. Como consecuencia de la despoblación y de la desconfianza, se vino abajo la economía, en particular, en aquellos sectores más deudores de la demanda inmediata (agricultura) o del nivel de vida (industria textil).
  • Crisis política. La pérdida de valor de las tierras y la falta de manos para cultivarlas determinaron la total decadencia del feudalismo como sistema económico y político. Los monarcas salieron fortalecidos y, en ocasiones, esta fuerza fomentó guerras muy largas y agotadoras, como la llamada de los Cien Años (que en efecto los duró pero, por supuesto, no de forma constante) entre Inglaterra y Francia. 
  • Crisis cultural. Al despoblarse las ciudades, las Universidades se cerraron durante un tiempo. Pero lo más espectacular fue la decadencia del prestigio eclesiástico, por efecto del Cisma de Avignon, y la crisis de la filosofía tradicional de corte religioso (la Escolástica), perdida en un nominalismo estéril y sofisticado.

 

 

2.      RECUPERACIÓN EN EL SIGLO XV.

 

     Esta rápida e importante recuperación tuvo diversas causas y manifestaciones, entre las cuales pueden destacarse las siguientes:

 

  • Nuevas rutas y zonas comerciales. Desarrollaremos esta idea en la lección 12. Constatemos ahora que, como consecuencia de ello, resurgieron las ciudades (ver lección 10) y se iniciaron los grandes descubrimientos geográficos.

 

  • Aparición de un capitalismo incipiente. Al reanudarse con pujanza la vida ciudadana, empresarios fuertes desbancaron a los gremios del control de la producción y el comercio. En paralelo a importantes comerciantes e industriales, aparecen de manera profesional los banqueros, como grandes prestamistas, de quienes van a depender cada vez más los empresarios y los reyes.
  • Recuperación demográfica. En el siglo XV la población europea remonta y hasta supera las cifras más altas del siglo anterior. En consecuencia, la producción no siempre está al nivel necesario, los precios aumentan y también los márgenes de ganancia empresariales.
  • Formación de la monarquía autoritaria. Decaídos los nobles de tipo feudal, los reyes tienen la oportunidad (apoyados en la burguesía) de constituirse en monarcas de tendencias absolutistas. El sostén de esa autoridad, cada vez más fuerte e indiscutida, lo constituyen un ejército permanente, una amplia burocracia y una diplomacia cuasi-profesional.
  • Gótico flamígero. El estilo gótico se mantiene como dominante en el siglo XV, pero en términos mucho más decorativos y lujosos, que no siempre corren parejos con el buen gusto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 14 de septiembre de 2013

RESÚMENES DE HISTORIA DE LA CIVILIZACIÓN (4ª ENTREGA)


LECCIÓN 6.  EL IMPERIO BIZANTINO

 

 

1.      GENERALIDADES.

 

     El Imperio romano de Oriente sobrevivió a los embates de las invasiones germánicas e, insensiblemente, fue adquiriendo fisonomía y función propia, dando lugar al llamado Imperio bizantino, por el nombre griego de su capital. Su papel civilizador, a veces poco reconocido, fue de primera magnitud, al menos, para la Europa oriental. Bien merece, pues, que se le dedique cierta atención, comenzando por fijar algunas ideas generales que nos permitan perfilar su dilatada historia:

 

·         Enorme duración.  El Imperio bizantino desenvuelve su existencia histórica a lo largo de unos mil años: los que van desde comienzos del siglo V (definitiva separación del Imperio romano de Oriente), hasta 1453 (toma de Constantinopla-Bizancio por los turcos). Esa longevidad (aunque en su último cuarto de milenio fuese  poco más que una reliquia histórica) merece una explicación, que apuntaremos en el epígrafe siguiente.

·         Graves dificultades de subsistencia. La existencia del Imperio bizantino, aunque larga, no fue en absoluto fácil. Situado en la encrucijada de dos continentes, tuvo que mantenerse a la defensiva, capeando como pudo las sucesivas invasiones, cediendo casi constantemente terreno desde la época de Justiniano I (527-565).

·         Extraordinaria obra civilizadora.  Los bizantinos ejercieron una fundamental tarea de aculturación sobre muy diversos pueblos a lo largo de su historia. Merece destacarse la labor llevada a cabo con los musulmanes y los eslavos, pero no podemos desdeñar su influjo en la civilización de la Europa occidental.

·         Incidencia religiosa. En el Imperio bizantino se incubó la primera gran separación definitiva entre cristianos. El Cisma de Oriente (provisional en el siglo IX, definitivo en el XI) dio lugar a la Iglesia Ortodoxa, que arrastró tras de sí a la mayor parte de la Cristiandad oriental (Rusia, Rumanía, Bulgaria, Grecia...).

 

 

2.      PRINCIPALES NOTAS DISTINTIVAS.

 

     Nos interesa, sobre todo, definir las fuentes de poder y de superioridad que el mundo bizantino tuvo, durante muchos siglos, sobre sus vecinos y Europa en general.

 

·         Un régimen absoluto. En una época en que no les era fácil a los monarcas gobernar, Bizancio se configuró como un régimen político absoluto, con el emperador como fuente de poder y centralización. Eso no quiere decir que el gobierno no tuviese graves limitaciones, pero eran más bien prácticas que constitucionales: conspiraciones palaciegas, revueltas en la Polis y dificultades sucesorias (el gran problema pendiente de los emperadores de Bizancio).

·          Gran poder de la Iglesia. Con numerosos ribetes de cesaropapismo, la Iglesia bizantina sufrió la intromisión regia, pero también atesoró un enorme poder económico, social y espiritual. Al separarse del papado romano, se configuró, incluso, como una institución de representación nacional. Tal vez, el mayor límite a su poder le vino del ámbito religioso, al sufrir numerosas herejías y cismas internos. Sabida es la importancia que la querella de la iconoclastia tuvo a escala eclesiástica y política en todo el Imperio.

·         Una economía avanzada y diversificada. Frente a la ruralización casi absoluta en la Europa occidental altomedieval, Bizancio presenta una notable diversificación, con el comercio y el artesanado en primera línea económica. En el Imperio, la servidumbre del mundo occidental se convirtió (pese al cristianismo) en esclavitud, como una de las bases de su economía.

·         Superioridad cultural. El Imperio ejerció durante casi toda su historia una evidente superioridad científica y cultural sobre el resto de Europa y sobre los países de su entorno afroasiático. En concreto, en relación con nuestro mundo occidental, el magisterio de Bizancio se ejerció de las más variadas formas, según las épocas: embajadas, comercio, Cruzadas y –finalmente- el Renacimiento.

 

 

3.      ALGUNAS MANIFESTACIONES CULTURALES.

 

·         Arquitectura. La mayor aportación bizantina fue el triunfo de la cúpula, como el elemento arquitectónico fundamental, en especial, en las iglesias. Tal logro se obtuvo en época temprana, pues recordemos que Santa Sofía data de mediados del siglo VI.

·         Escultura y pintura. La escultura y pintura religiosas alcanzan el estereotipo de los iconos, tal vez demasiado repetitivo, pero en cualquier caso de altísima calidad, espiritualidad y permanencia en toda la Europa oriental.

·         Mosaico. El mundo bizantino supone el apogeo del mosaico, muy importante ya en Grecia y Roma clásicas, pero que en este Imperio alcanza un nivel de riqueza y extensión deslumbrantes. También en este aspecto los mayores logros son bastante tempranos: los mosaicos de las iglesias de Rávena datan de los siglos VI y VII.

·         Recopilación del Derecho romano. Probablemente, el Derecho romano se hubiera perdido casi en su totalidad sin la magna obra recopiladora bizantina: el Corpus Iuris Civilis de Justiniano I. En él destaca la parte denominada Digesto, extenso y sistemático resumen de los más relevantes textos de los juristas clásicos, en particular, de los cinco grandes: Papiniano, Paulo, Ulpiano, Gayo y Modestino.

    

 

 


 

 

 


LECCIÓN 7.  EL OCCIDENTE GERMÁNICO


 

 

     Esta lección tiene un ámbito temporal un tanto impreciso, que podemos situar entre los siglos V y IX, es decir, en plena Alta Edad Media. La desarrollaremos en tres epígrafes. El primero se dedica a “los grandes problemas” con los que se encuentra Europa ante la caída del Imperio Romano de Occidente y el establecimiento de los reinos germánicos. El segundo apunta una secuencia histórica de los “avances y retrocesos” en la solución de los problemas indicados antes. Finalmente, el tercer epígrafe es una breve alusión al principal reino germánico hispano, bajo el título de “los visigodos en España (siglos V a VIII)”.

 

 

1.      LOS GRANDES PROBLEMAS.

 

  • El reparto del territorio. Durante décadas (cuando no siglos) la distribución entre las naciones germánicas del espacio del Imperio de Occidente será objeto de incesantes conflictos, hasta que se consoliden determinadas zonas o reinos, de manera bastante débil. Y así, los ostrogodos ocuparán la mayor parte de Italia; los visigodos, la antigua Hispania; los francos se asentarán en la Galia; las tribus anglosajonas pasarán a Inglaterra; los vándalos formarán reino en el norte de África.
  • La organización política. Una vez ocupado el territorio y dominada la población autóctona, se estará en el caso de formar un Estado y gobernar de manera estable. La opción será a favor de la monarquía, que en general resultará demasiado endeble. También será insuficiente y rudimentaria la corte y los funcionarios de que se rodee.
  • Relaciones con la población romanizada. Habrá grandes dificultades para la integración de los germanos con los romanizados, como consecuencia del expolio de tierras y de una concepción racista de la sociedad (derechos distintos, prohibición inicial de matrimonios mixtos, etc.). La consecuencia de todo ello será una mayor debilidad aún de los Estados.
  • Colapso económico. Las invasiones caen sobre un Imperio empobrecido y decadente (véase lección 4). La falta de programa y de acción eficaz empeorará todavía más las cosas. Europa se ruralizará durante siglos y habrá un retroceso en todos los órdenes de la vida, especialmente, en el cultural.

 

 

     2.  AVANCES Y RETROCESOS.

 

  • El papel unificador y civilizador de la Iglesia. Dentro de la división y retroceso que para Europa suponen las invasiones germánicas y el colapso consiguiente, la Iglesia cumple el más importante papel unificador y de civilización, cuando menos, custodiando el acervo cultural anterior. Los obispos actúan preferentemente en los núcleos urbanos, en tanto que los monasterios se expandirán por las zonas rurales. Por su parte, ante la crisis política, el Papado paralelamente se fortalece, en especial, en lo relativo al efectivo gobierno y control de toda la Iglesia. El papa modelo de este robustecimiento es San Gregorio I el Grande.
  • Reconstrucción del Imperio. En torno al poderoso rey franco Carlomagno, que conquista buena parte de la Europa occidental, renace la idea imperial. El papa le corona emperador en el año 800 y, durante un tiempo, existe la ilusión de recrear el Imperio romano a pequeña escala. El intento tendrá escaso éxito a corto plazo (división del imperio entre los nietos de Carlomagno; desaparición de la idea imperial en la siguiente generación), pero se habrán sentado las bases para resucitar la idea posteriormente: una cristiandad unida en torno a una especie de monarquía bicéfala, encarnada por el papa y el emperador.
  • Avances culturales. En la corte imperial se produce un retorno a los conocimientos clásicos y surgen algunas figuras intelectuales de relevancia: es el llamado Renacimiento carolingio. Tal vez su efecto más duradero sea la implantación de un plan de estudios riguroso (el trivium y el cuadrivium), que se aplicará en las escuelas palatinas y religiosas, tratando de extender la escolarización, al menos, a los hijos de la nobleza.
  • Ataques exteriores. Si todo lo anterior implica avances, genera retrocesos para los reinos germánicos la competencia internacional, que trata de conquistar por la fuerza los territorios ocupados por dichos reinos. Así, el emperador bizantino Justiniano I acaba con los reinos de los ostrogodos y de los vándalos (siglo VI), mientras que los musulmanes harán lo propio con el de los visigodos (siglo VIII).

 

 

     3.  LOS VISIGODOS EN ESPAÑA.

 

     Después de ciertos titubeos sobre dónde ubicarse, la derrota a manos de los francos impulsa a los visigodos a instalarse en Hispania, donde constituirán el reino hegemónico durante unos 300 años (principios del siglo V – comienzos del siglo VIII). Demos unas pinceladas sobre los visigodos y su tiempo.

 

  • Dificultades políticas. Los visigodos tendrán rivales a la hora de enseñorearse de toda la península. Los suevos formarán en la zona noroeste un importante reino, que mantendrá su independencia hasta mediados del siglo VI. Los bizantinos se instalarán temporalmente en parte de la zona mediterránea. Pero las mayores dificultades provendrán de la religión arriana de los visigodos que, hasta su conversión al catolicismo (finales del siglo VI), les apartará decisivamente de la población hispano-romana.
  • Relaciones conflictivas. A los iniciales enfrentamientos con la población autóctona (expoliaciones de tierras, cierta intolerancia religiosa), sucederá una lenta aproximación, tanto en lo religioso (conversión de Recaredo, año 589), como en lo jurídico (relativa unificación del status legal, con el Fuero Juzgo, en el siglo VII).
  • Realizaciones artísticas. Los visigodos contaban entre los germanos más romanizados. Ello se aprecia en diversas aportaciones artísticas estimables, tanto en la arquitectura (San Juan de Baños), como en la orfebrería (tesoro de Guarrazar).
  • Problemas insolubles. Dos cuestiones se enconaron con el tiempo y no encontraron solución satisfactoria: los problemas dinásticos, que hacían la sucesión monárquica tormentosa, y las cuestiones étnicas, donde nunca se llegó a una igualdad entre visigodos e hispano-romanos. Ello puede explicar, en parte, la rápida caída del reino visigodo ante la invasión musulmana, iniciada en el año 711.

 

 

 

 

 

LECCIÓN 8.  EL ISLAM


 

    

      El objetivo de esta lección es presentar el Islam como un fenómeno histórico concreto, que constituye uno de los episodios de conquista más rápidos y trascendentales de la Historia. Dicho episodio, coetáneo de una relativa unidad política del mundo islámico (Califato) corresponde a los siglos VII a XI. Pero antes de abordar ese momento histórico, se considera útil hacer una presentación general e intemporal del Islam como fenómeno religioso.

 

 

1.      EL ISLAM COMO RELIGIÓN.

 

     Hace años, se dio la noticia de que el Islam había desbancado al cristianismo como la religión con más seguidores en el mundo; y ello no era sólo debido al crecimiento demográfico de los países tradicionalmente musulmanes, sino al auge del islamismo en lugares donde había tenido una escasa implantación. La pregunta, entonces, podría ser: ¿cuál es la clave del éxito del Islam, tanto más difícil, cuanto que la nuestra es una época poco propicia a las religiones? Tal vez esté la respuesta en algunas de las notas o características del islamismo, que resumimos a continuación:

 

·         Sencillez de creencias. El Islam está muy lejos de tener una complicada teología o un conjunto extenso de dogmas. Lo esencial se puede resumir en cuatro ideas: 1ª. Hay un único Dios (Allah), señor de todas las cosas. 2ª. Se ha comunicado con los hombres a través de una serie de profetas (incluidos Abraham, Moisés y Jesús), el último y más grande de los cuales es Mahoma. 3ª. Los designios de Allah para con los hombres están plasmados en un libro, el Corán, que aquel inspiró y prácticamente dictó a Mahoma. 4ª. Según se obedezca o no los mandatos del Corán en este mundo, nos espera una vida eterna de premio (Paraíso) o castigo (Infierno).

·         Escaso compromiso moral básico. Si las creencias son pocas y claras, otro tanto sucede con los cinco mandamientos fundamentales, que pueden resumirse en tres hábitos virtuosos: la oración, la limosna y la frugalidad.

·         Hilo directo entre los creyentes y Dios. En el Islam tradicional, no existían sacerdotes, ni jerarcas religiosos. Desaparecido el califato, tampoco hay un gran jefe religioso de la comunidad. El Islam está abierto a todos, es espiritualmente igualitario y sus ritos o ceremonias (salvo las de la peregrinación a La Meca) resultan sumamente sencillos: lectura, oración y –si acaso- predicación.

·         Fundamentalismo o teocracia. Es el punto más difícil de digerir en nuestros días. Para los musulmanes, el Corán es el único libro, para todo y para siempre. En un principio, el Califa aglutinaba las dos jefaturas del pueblo, la civil y la religiosa; hoy, la pretensión es más bien que los jefes religiosos ejerzan directa o indirectamente el supremo poder político. Y queda un aspecto de interpretación conflictiva, pero que la Historia deja muy claro: el uso de la guerra santa para defender y extender la religión islámica.

·         Relativa tolerancia y respeto. Este es un aspecto que actualmente ha quedado del todo desfasado, pero que fue rigurosamente cierto en los primeros tiempos islámicos: los musulmanes fueron más tolerantes con otras religiones que muchos no musulmanes de su época. La tolerancia se convertía en un respeto especial hacia los judíos y cristianos (las gentes del libro), como seguidores de grandes profetas reconocidos como tales en el Corán.

 

 

     2.  EL ISLAM, FENÓMENO POLÍTICO Y CULTURAL.

 

     Como se dijo al principio de esta lección, nos referimos al periodo de los siglos VII a XI, dentro, pues, de la Alta Edad Media. Durante ese periodo los musulmanes llevaron a cabo los siguientes hechos políticos y culturales:

 

  • Formación de un gran imperio. Se corresponde con los llamados califatos de Damasco y de Bagdad. En un siglo, se realizan inmensas conquistas territoriales en Asia y África, domina España y sólo se frena la expansión acelerada por Europa tras la derrota a manos de los francos en Poitiers (732). Pero, tan rápida como la conquista, fue la desintegración en el siglo XI de ese gran imperio, que se fragmentó en diversas unidades políticas, sin perder por ello casi ninguno de los territorios antes conquistados.
  • Una organización política moderada. Tan extenso imperio se tenía que organizar de forma bastante descentralizada, aunque con un eficaz poder central. Este estaba a cargo del Califa y sus visires, en tanto los emires o gobernadores regían las provincias del imperio. El régimen no era despótico ni demasiado gravoso y en él se daba una amplia participación (sobre todo, si mediaba la conversión religiosa) a las poblaciones conquistadas (sirios, judíos, beréberes, etc.).
  • Una cultura sincrética y superior a las demás de la época. En este sentido, el Islam de los primeros tiempos ejerció una inestimable labor de intermediación entre Oriente (China, India, Persia) y Occidente, en lo comercial y en lo estrictamente cultural.
  • Progreso económico. La vida diaria y práctica era más sencilla y avanzada en el Islam, para casi todos los aspectos. La agricultura de regadío era la mejor de la época. El artesanado estaba bien organizado y tenía amplios conocimientos profesionales. Los musulmanes eran expertos en el comercio y controlaban una gran parte del de tipo internacional.
  • El arte. El arte islámico tiene una fuerte personalidad, basada en la espiritualidad y la armonía de sus diversas influencias. Existe, de todas formas, un gran predominio de la arquitectura (palacios, mezquitas), sobre la pintura y la escultura, muy condicionadas por exigencias religiosas. En cambio, las artes decorativas son insuperables (azulejos, yeserías, ilustraciones de libros).

 

 

     3.  EL ISLAM EN ESPAÑA: AL ANDALUS.

 

     No podemos olvidar que el Islam dominó la mayor parte de la Península Ibérica entre los siglos VIII y XI, y que continuó controlando alguna parte de nuestro territorio hasta finales del siglo XV. De hecho, el fenómeno de la Reconquista, no sólo define y condiciona la Edad Media en España y Portugal, sino que ha dejado una huella indeleble en nuestra cultura e imaginario colectivo.

 

 

     Principales etapas del proceso de confrontación cristianos-musulmanes.

 

  • Primera etapa: superioridad musulmana. Se desarrolla entre los siglos VIII y XI, en los cuales el Islam español mantiene un alto grado de unidad y autonomía. Es la época del emirato (al final, independiente) y del Califato de Córdoba, que duró aproximadamente un siglo.
  • Segunda etapa: superioridad cristiana. Se inicia al desaparecer el califato, hacia 1030, dividiéndose Al Ándalus en multitud de pequeños reinos de taifas, y dura hasta la conquista del valle del Guadalquivir (primera mitad del siglo XIII). La superioridad cristiana (ya, no sólo militar y política, sino social en general) sólo fue paliada por sucesivas invasiones de musulmanes africanos (almorávides, almohades), que reunificaron coyunturalmente Al Ándalus y lograron algunas victorias.
  • Tercera etapa: residualidad musulmana. Comprende los siglos XIV y XV, en que como reliquia histórica, se mantiene el reino musulmán de Granada, apoyado en su fuerte demografía, escabrosidad del terreno y relativa indiferencia o cansancio del reino castellano.

 

     Influencia cultural musulmana.

 

     La influencia musulmana fue muy considerable en la España cristiana, dada su indudable superioridad, hasta la Baja Edad Media, en riqueza y cultura. Este influjo no se ejerció sólo sobre los reinos cristianos españoles, sino sobre buena parte de la Europa occidental, actuando nuestro país como intermediario, tanto en los aspectos artísticos, como en la transmisión escrita de muchas obras científicas y filosóficas rescatadas del olvido por los musulmanes: recordemos el trabajo importante realizado, en tal sentido, por la Escuela de traductores de Toledo.

 

 

 

 

 

 

viernes, 6 de septiembre de 2013

EL CARÁCTER Y EL GENIO






El carácter y el genio

 

Por Federico Bello Landrove

    

     Una atrevida comparación entre literatura y música pone en evidencia que una cosa es adquirir carácter y otra, domar el mal genio. Es más, con frecuencia no sabemos fortalecer aquel sin incrementar este. El obispo Acuña, el alcalde Ronquillo y el genial violinista Paganini son traídos a cuento, mal que bien, para ilustrar todas estas cosas.

 

 


 

1.  Espadas y violines

 

     Había otras muchas razones para que me hubiera fijado en ella, pero lo que más me había llamado la atención era que, cuantas veces la había visto fuera del Instituto, iba siempre en compañía de un violín, convenientemente enfundado en un estuche negro, un tanto raído. Bueno, lo de siempre no deja de ser una exageración, pues en aquella ciudad mesetaria, era fácil encontrarse por casualidad y ya iba para cinco años que Carmina y yo compartíamos claustro. Me acuerdo bien de la presentación que le hizo el director, la primera vez que tomó asiento entre todos nosotros:

 

-          A los que todavía no la conocéis, os presento a Carmen Villalón, la nueva catedrática de Lengua y Literatura. Viene de Albacete, pero nació en este Castellar de nuestros desvelos. Seguro que habréis leído u oído hablar de alguno de sus libros.

 

     La verdad sea dicha, a mí la tal escritora no me sonaba de nada, bien por mi poca afición literaria, bien por la diferencia generacional; un concepto que mi juventud de entonces ligaba al simple hecho de que una persona me resultase claramente mayor en edad. Con todo, no dejaban de agradarme ciertas prendas de aquella señora: sus grandes ojos negros, su media melena tan rebelde, la voz fresca y bien timbrada. Hasta llegaba a encontrar atractivo su tipo, que iba ya perdiendo la esbeltez juvenil, si bien lejos aún de la inevitable y monótona macicez.

 

     Pues bien, a la tercera vez que la vi acompañada del endiablado instrumento[1], no pude menos de pararla y hacerle un comentario, más o menos jocoso:

 

-          ¡Caramba, colega, cuánto arte tiene usted! No le basta con la literatura. Ahora, también, la música.

 

     Aunque forzosamente extrañada de que me propasase a llevar el saludo más allá de un “adiós” –como era mi lacónica costumbre-, Carmen reaccionó ágilmente:

 

-          Estimado profesor, no confundamos la dedicación con la belleza.

-          ¿Hace mucho que practicas?

-          ¡Uf! Lo menos sesenta años.

 

     Sin duda, advirtió mi perplejidad, pues ella ni por asomo alcanzaba tal edad. Según se alejaba, se despidió misteriosa:

 

-          Tengo prisa. Otro día te contaré.

 

     De aquello, pasaron unos meses; los suficientes para hallarme enfrascado en la preparación del tema de los Comuneros[2], en aquella época lejana en que no contábamos con la inestimable ayuda de Internet. En aras de despertar la curiosidad de mis alumnos, se me ocurrió centrar el debate en la vida y relaciones del obispo Acuña y el alcalde Ronquillo, tema dramático y atrayente donde los haya[3]. Como es sabido, además del tratamiento histórico, dichas figuras han sido centro de numerosas leyendas y de no pocas visitaciones literarias. Y por ahí, buscando ayuda, vine a dar en la profesora violinista. Se prestó gustosa:

 

-          Dame un par de días, para buscar algunos textos.

-          Por supuesto, pero no te afanes en exceso. Ya sabes, Zorrilla, Hartzenbusch... Vamos, los más famosos.

-          Descuida, sé bien hasta donde llegan la atención y el interés de nuestros alumnos.

 

     Expirado el breve plazo, Carmen me abordó en la sala de profesores:

 

-          Creo que ya tengo lo que me pediste pero, si quieres que te haga alguna acotación o comentario, preferiría que nos reuniéramos fuera del Instituto. Aquí, cualquier intento de concentrarse resulta casi imposible.

-          De acuerdo. Fija tú el cuándo y el dónde.

-          ¿Te parece bien mañana por la tarde, a las cinco?

-          Perfecto.

-          Entonces, en El Suizo. Nos queda cerca a los dos.

 

     Asentí y le di las gracias. Recuerdo que pensé:

 

-          No tengo ni idea de dónde vive. ¿Cómo conocerá ella dónde moro yo?

 

     Ya se sabe: las mujeres suelen ser más detallistas... y estar mejor informadas de ciertas cosas.

 

***

 

     Compareció en la cafetería provista de tres libros decimonónicos y algunas fotocopias, amén de su consabido violín. Les haré gracia de su fluida explicación acerca de aquellos bártulos deslucidos[4], así como del curioso recorrido por las leyendas del ciclo acuño-ronquillano, desde Los cofres del obispo a El diablo en Valladolid [5]. Yo tomaba breves notas y ya me relamía, imaginando el éxito de mi disertación ante los alumnos. El tiempo volaba y Carmen miró un par de veces la hora. Finalmente, cuando me disponía a corresponder a su lección literaria con otra histórica a mi cargo, se disculpó:

 

-          Me vas a perdonar. Todo esto es interesantísimo, pero tengo clase de música dentro de un cuarto de hora.

-          Desde luego. Ha sido un abuso en toda regla por mi parte. ¿Te importa que te acompañe?

-          Claro que no. Así podemos seguir charlando.

 

     El paseo fue breve: apenas lo justo para pasar de los libros al violín. Entonces recordé:

 

-          Por cierto, me debes una explicación sobre aquello de que tocas el violín desde hace sesenta años.

 

     Sonrió, rozó mi brazo derecho, cargado de literatura, y musitó: Otro día.

 

     El zaguán de su academia era escalonado. Me detuve, mientras ella subía los pocos peldaños. Desde el rellano, volvióse y dijo:

 

-          ¿Podría asistir a tu clase sobre los Comuneros? Así me devolverías el favor.

-          No creo que merezca la pena, pero lo dejo a tu criterio.

-          Pues avísame unos días antes. Podemos reunir a nuestros muchachos en el salón de actos.

 

     Ni que decir tiene que preparé la clase a conciencia. Tenía datos de sobra. El problema era otro: ¿Qué destacar entre tanta maraña; qué hilo conductor ofrecer; qué antagonismo psíquico destacar de nuestros enfrentados personajes? Buena o mala, la respuesta determinó el nacimiento de esta historia: el carácter de Acuña, el genio de Ronquillo... y el violín de Paganini.

 

***

 

     El boca a boca –por no decir a oreja- llevó al paraninfo a cuatro grupos de alumnos y media docena de profesores, que no tenían cosa mejor que hacer. Afortunadamente, mi puesta en escena fue concienzuda y reputada como atractiva por el auditorio. ¡Con decir que hasta me ovacionaron al final! Vamos, un éxito por todo lo alto.

 

     Es inevitable que les resuma mi charla, si quieren enterarse medianamente del relato. Contra lo que suele afirmarse, presenté al torvo y violento Acuña como un modelo de sujeto adaptable a cada momento y con la sinuosa astucia del clérigo curtido en la diplomacia vaticana. Su violencia no era otra cosa que la última razón a la que apelar cuando se le habían acabado las razones; eso sí, empleada con firmeza y eficacia para conseguir los resultados apetecidos. En fin, en mi discutible opinión, un tipo de carácter.

 

     De la otra parte, el llamado Ronquillo[6], obediente al poder y leguleyo abusivo, que fracasa una y otra vez cuando, saliendo de su ámbito y corriendo riesgos, pretende transformar la espada de la justicia en mandoble de combate; con ambiciones de autonomía y dominio pero, al fin, servidor del poder y sumiso a la reprimenda. El exceso es la fuente de su fama y confianza. En suma: demasiado riguroso para ser justo; en exceso legalista, para ser hombre de acción. Es lo que yo presenté como un sujeto de genio, en el sentido peyorativo de la expresión.

 

     Por último, aquel choque reiterado y fragoroso de personalidades no era para mí un ejemplo de venganza, sino la inevitable consecuencia de sus diferencias de temperamento, en un mundo de recíprocas hostilidades, de guerra civil. El trágico desenlace de Simancas significaba la inquina del Emperador y el servilismo del alcalde esbirro, ayuno de cualquier atisbo de vindicativa grandeza.

 

     Así pues, el carácter y el genio. No me gustan las moralejas, pero me encantan las comparaciones atrevidas. De modo que concluí, más o menos, de esta guisa:

 

     Como personas en constante formación, debemos todos fortalecer el carácter y domar el genio. Suele ser más fácil aquello que esto, de modo parecido a como el violinista es capaz de mejorar extraordinariamente la digitación de la mano izquierda, pero no siempre puede superar la debilidad o la dureza de la diestra, que con el arco pulsa las cuerdas.

 

     Ignoro lo que al respecto habría opinado mi admirado Paganini, pero no tardé en conocer la reacción de la violinista aficionada de la tercera fila, que, aun sin yo pretenderlo, se sintió interpelada o, cuando menos, aludida.

 

 

2.  Pulsando las cuerdas de la vida

 



-          No estuvo mal lo del otro día, señor historiador. Solo le faltó invitarme a subir al estrado para tocar El trino del diablo[7], a fin de ilustrar su disertación.

 

     Menos mal que el humo de los cafés –y de los cigarrillos, entonces fumados en interiores- velaba sus ojos, pues Carmen me estaba lanzando la más intensa andanada de ellos, mientras valoraba mi charla comunera.

 

-          Mujer, no supondrás que mi alusión musical estuvo hecha en consideración a ti. Si me permites la humorada, entre Paganini y tú no creo haya más similitud que la del amor por el violín.

 

     Carmen sonrió, no sin un rictus de amargura:

 

-          Lo del amor no deja de ser una forma poética de hablar.

 

     Para provocar las confidencias, me retrepé y fijé mis ojos en su rostro, como aquel que espera escuchar una larga historia. La suya no fue tal, aunque seguramente mucho más amplia que el resumen que seguidamente les ofrezco:

 

-          No me ha llamado Dios por la senda de la música. De hecho, mi oído es mediano y mi digitación, bastante torpe. Puede decirse que busco en el violín, más que el deleite personal, la intimidad con mi padre.

Observo tu perplejidad, inevitable en quien, aunque no tan alejado de mis años, pertenece en el fondo a otra generación, que no vivió la Guerra Civil y ha crecido pobre en libertades –es cierto-, pero no en medios materiales ni en afecto.

No tengo contigo aún la suficiente confianza como para contarte mi vida, ni abrumarte con mi dolor ni mi amargura. Baste decir que mi padre era concertino de la Sinfónica de Castellar –nombre en exceso pomposo, seguramente, para tan humilde orquesta- y, aunque lo mataron cuando yo tenía solo siete años, mis mejores recuerdos infantiles lo incluyen a él, violín en ristre, ensayando, enseñando a sus alumnos o, simplemente, tocando para alegrarme o llamarme al sueño.

Aquel violín no era precisamente un Stradivarius, pero mi madre lo escondió en la carbonera, evitando que los energúmenos nos lo incautaran. Para nosotras era mucho más que un instrumento: era una parte de mi padre, una seña de identidad, un arma de vida y de belleza. El pobre hizo compañía a la antracita y las telarañas, esperando a que cesara la violencia y su dueño fuera un pálido recuerdo. Entonces pasó a ocupar lugar de honor en la sala, hasta que yo hube de marchar de la casa natal, rumbo a mi primer destino profesoral.

Mi madre, entonces ya gravemente enferma, insistió en que incluyera el violín en mi equipaje, como raíz y como enseña. Y yo, aunque talludita y sin dotes para ello, me empeñé en aprender a tocarlo, como si buscase el tiempo perdido o pudiera resucitar a mi padre. Y así, hasta ahora; o sea, contando los de mi padre, sesenta años de ejecución, más o menos. ¡Esta sí que es una ejecución lenta!

 

     Así dijo, tratando de ocultar con el humor más melancólicos sentimientos. No andaba yo muy lejos de compartir la sospechosa humedad de sus ojos, cuando vino en mi ayuda la vena de historiador:

 

-          Con lo que me has revelado, estimada amiga, se aclara lo de la sesentena, pero no me has despejado un interrogante… ¿Qué había en mi comparación de Acuña y Ronquillo con las dos manos de un violinista, para sentirte aludida o, por lo menos, reflejada en el símil?

 

     Dejó pasar unos segundos antes de contestar, no sé si ordenando las ideas o poniendo límites a sus recuerdos. Luego, suspiró y dijo:

 

-          La profesora que vino de Albacete, la escritora que publica en Seix Barral [8], tiene tras de sí una vida mucho más tensa y sufrida de lo que mis modestos triunfos académicos o literarios han podido darte a entender. Aquella niña llamada a la dicha, a la que su padre hacía reír con sus pizzicatos, ha tenido que soportar pobreza, muerte, enfermedad, desprecios… He aquí mi mano izquierda, larga, ágil, firme, que ha aprendido a pulsar la vida con precisión y fortaleza. Pero tú tenías razón: Cuanto más fuerte, me he hecho más insensible; a más sufrida, más severa. Es el precio que ha tenido que pagar mi mano derecha, que maneja el arco a modo de látigo o de férula. Dura y fría, cada vez me parezco más a la imagen que en apariencia ofrezco; hiero las cuerdas de quienes me quieren, arrancando sonidos chirriantes, desafinados. Claro, no todos hemos nacido con un violín en la mano, viviendo para él, transmitiendo por intermedio suyo nuestro ser y nuestro amor. En resumen, muy pocos elegidos pueden ser como Paganini.

-          Mi querida y pesimista amiga, dicen que a Niccolò le ayudó mucho el diablo. No pretenderás que…

-          El diablo, estimado colega, parece que no era otra cosa, sino el síndrome de Marfan[9]

-          … Del que probablemente no estuvo libre mi obispo Acuña, a juzgar por algunas descripciones fidedignas[10].

 

     Carmina enarcó las cejas y, cogiendo el rimero de exámenes por corregir que tenía a su vera, concluyó:

 

-           Pues lo que Marfan ha unido, que no lo separen los hombres.

 

     
 



 



[1]  El irrespetuoso epíteto endiablado alude, no solo a sus grandes dificultades, sino a la presunta colaboración del diablo con el gran violinista y compositor Niccolò Paganini (1782-1840), como más adelante se dirá.
[2]  Rebeldes castellanos a la autoridad del rey Carlos I (emperador Carlos V), que mantuvieron contra su gobierno lucha armada (1520-1521), hasta su derrota en Villalar y la ulterior toma de Toledo (1522).
[3]   No creo que haya buenas biografías generales sobre el alcalde Ronquillo (¿1471?-1552), aunque sí obras de polémica o reivindicación: Lorenzo del Fresno Garcia, Controversia histórica o el Alcalde Ronquillo, imprenta de A. Avrial, Madrid, 1895; Eduardo Ruiz Ayúcar, El Alcalde Ronquillo. Su época. Su falsa leyenda negra, librería Senén Marín, Ávila, 1958 (nueva edición, 1997). Sobre el obispo Acuña (¿1459?-1526), he manejado la siguiente obra: Alfonso M. Guilarte, El obispo Acuña. Historia de un comunero, 1ª edición, edit. Miñón, Valladolid, 1979.  Para el dramático episodio de la fortaleza de Simancas (febrero-marzo de 1526), es del todo recomendable la obra de Matías Sangrador y Vítores, Causa formada en 1526 a D. Antonio de Acuña, obispo de Zamora, por la muerte que dio a Mendo de Noguerol, alcaide de la fortaleza de Simancas, imprenta de D.M. Aparicio, Valladolid, 1849.
[4]  Sin duda, Carmina Villalón sería portadora, al menos, de las siguientes obras: Patricio de la Escosura, El bulto vestido de negro capuz (1835); Juan Eugenio de Hartzenbusch, El Alcalde Ronquillo (c. 1848), fragmento Muerte del obispo de Zamora; José Zorrilla, El Alcalde Ronquillo o El Diablo en Valladolid (1845); Manuel Fernández y González, El Alcalde Ronquillo (Memorias del tiempo de Carlos V) (1868).
[5]  Las leyendas sobre Acuña y Ronquillo integran un verdadero ciclo del que, además de las dos citadas en el texto, podrían añadirse las relativas a la violación del Viernes Santo por el obispo Acuña, en la catedral de Toledo (o de Zamora); la de su resurrección tras la hipotética decapitación (¿) en Simancas, o las muy numerosas que presentan su ejecución como una venganza de Ronquillo, ejecutada de propia mano.
[6]  El llamado… Seguramente, el autor alude al llamativo cambio del apellido Velázquez de Cuéllar por el más vulgar de Ronquillo, producido en tiempos de su padre (seguramente por un defecto de fonación de este). El apodo pasó a sustituir al primitivo apellido. Algunos suponen una imaginaria (y absurda) procedencia de una familia del valle del Roncal.
[7]  Nombre dado, por lo menos, a dos composiciones violinísticas (de Tartini y de Paganini), sin duda, por el virtuosismo de que ha de hacer gala un buen intérprete de las mismas.
[8]  Famosa editorial barcelonesa, fundada en 1911, con dedicación preferente a la novelística y la narración breve. Desde 1982, se ha integrado en el Grupo Planeta.
[9]  Síndrome que, entre otras cosas, se caracteriza por la excesiva longitud de las extremidades, la aracnodactilia y una insólita flexibilidad articular, todo lo cual pudo contribuir a la gloria de Paganini, si es que lo padeció, como parece.
[10] Antonio Cabezudo, Antigüedades de Simancas, manuscrito de 1580, que se conoce por transcripciones posteriores, presenta la siguiente imagen literaria de Acuña: alto, seco, moreno, de dedos largos y ojos saltones y feroces. El autor de este cuento formula aquí una hipótesis, cuya plausibilidad queda al criterio de los lectores.