viernes, 18 de noviembre de 2011

EROTEIDES EN EL PONTO

Eroteides en el Ponto

Por Federico Bello Landrove

     Una vida se desliza en Constanza (Rumanía), cual un trasunto de la del poeta clásico Publio Ovidio Nasón. Pero la casualidad y el remordimiento le jugarán una mala pasada al avatar del gran poeta, y una mujer condenada y olvidada le hará tragarse sus palabras “ni digna, ni útil”. Luego, continuará la vida o, por mejor decir, la espera de la muerte.



    1.  El desterrado



           Va para ocho años que permanezco aquí, en el puerto rumano de Constanţa (ciudad a la que, a partir de ahora, aludiré con la grafía española), por obra y gracia del capricho de los gobernantes de mi país y de mi mala cabeza. No me atrevo a dar más detalles de los responsables de mi destierro, por la obvia razón de que podría agravar mi estado. En cuanto a los motivos que ellos tuvieron para castigarme, sí que está en mi mano ser un poco más concreto aunque, después de todo, cualquier pretexto es bueno a los tiranos para fulminar a sus súbditos. No obstante, voy a ser explícito en lo posible, porque lo que me ha sucedido es en parte –como les decía- fruto de mi propia ligereza y falta de sintonía con la realidad. Eso es algo que puede suceder a cualquiera y bueno está escarmentar en cabeza ajena, si es que ello sea posible.

           Mi esposa no me ha seguido en la expatriación, con la razonable disculpa de que alguien de toda confianza ha de cuidar de nuestro patrimonio y hacer las gestiones encaminadas a poner fin a mi exilio. En un primer momento, también apoyó nuestra separación forzada el hecho de que tenemos una hija común y no era razonable apartarla de su ambiente y amistades para reunirnos en otra parte del mundo. Ahora, tantos años después, Camila es una jovencita que estudia en los Estados Unidos y a la que no le importaría mucho venir a vernos acá, o en las tierras que el Caribe baña. En cualquier caso, la situación es irreversible: Fabia, mi esposa, se ha acostumbrado a ella y mis castigadores me tienen de esa manera más cogido, teniendo en sus manos a mi familia y mis bienes.

           Me he llegado esta tarde, como tantas otras, hasta el antiguo casino, caminando junto al mar, aprovechando el tonificante sol otoñal. Tengo para mí que sea esta la mejor estación para el clima de Constanza, dorado preludio de un invierno mucho más frío y ventoso de lo que suele creerse. El largo camino, desde mi casa de Mamaia, me da la oportunidad de hacer ejercicio y pensar. Me siento en la terraza más próxima al ahora notable acuario y reposo unos minutos, ante un refresco o un café, con la mirada perdida en el mar, o contemplando los enjambres de turistas y de estudiantes (en esta época, más de estos que de aquellos) que vienen a deleitarse con la fauna marina, o a estudiarla. Luego, cansado y habitualmente triste, tomo el autobús para regresar. Es el momento más saudoso del día, que trato de paliar con el atractivo de una buena cena en un restaurante de mi barrio y una velada de lectura o televisión en mis habitaciones. Dicen que Mamaia ha albergado, y acaso todavía acoja, a huéspedes ilustres del mundo de la cultura. Yo, sin embargo, no he hecho amistades, ni resulta fácil, al ser una zona turística, bastante exclusiva y alejada del centro de la población.

      ***

           Arrastro los pies y pronto me canso, y es que no estoy ya lejos de la sesentena. Empiezo a sospechar que la muerte pueda llegarme antes que la libertad. No es que las inevitables goteras en el tejado de la salud presagien un colapso inminente, pero mi corazón va diciendo basta, entre pastillas, leves ahogos y arritmias. Mi hija pequeña, para la que he llegado a ser más un maestro en la distancia que un verdadero padre, me dice que eso es que me falla el corazón espiritual y que todo ha de cambiar a mejor en cuanto retorne. Retornar, sí, pero ¿a dónde? ¿Qué será de mis amigos temerosos de acogerme, de mi país arrodillado, de las censuradas obras de mi ingenio? Sueño con volver pero yo no tengo, como Ulises, unos compañeros que me urjan, ni una esposa cercada de malévolos pretendientes. En el fondo, si ella quisiera…, mas no, no he de censurarla. De hecho, me es fiel y, con mucho, la mejor de las tres mujeres que he tenido. Un día formé parte de la dorada juventud de mi patria; marcamos pautas y modas; arrebatamos la antorcha del relevo, quien con las armas, quien con las letras. Yo mismo fui distinguido, un hijo de la fortuna.

           Si miro en torno mío, si reflexiono sobre mi peripecia, tendría que decir con la gran chilena gracias a la vida. Claro que se suicidó y bastante más joven que yo: ¡vaya referencia que he escogido! Ella, con la política; yo, con la vena erótica. Dicen que el arte imita la naturaleza (o viceversa), que la fantasía se nutre con la experiencia. Cierto es que he amado a muchas mujeres o, por mejor decir, las he poseído y ellas a mí. Nunca pedí ni concedí el tributo de la constancia ni del romanticismo. Mi frontera era la carne; mi paga, la reciprocidad y la advertencia. Me han llamado de todo: frívolo, cruel, cínico, hipócrita. La verdad es que a ninguna reclamé lo que yo no estuviera dispuesto a darle; a ninguna mantuve engañada. Antes al contrario, mis relatos y mis versos han sido faro y trampolín para que las mujeres alcanzaran la libertad y la capacidad de seducción. En suma, viví y dejé vivir, sin tristezas, sin reproches, sin reservas, y solo a la literatura di el tono sentimental, ingenioso y dolorido que ella precisa para convertir en arte la vida, mediante la exageración y el artificio.

           Si erré o si mentí, en el pecado llevo la penitencia. El éxito genera envidia; el erotismo, escándalo; la política, incorrecciones. Primero triunfé en brazos del gusto popular; luego mi época pasó y los grandes me volvieron la espalda. Tal vez, no se consienta a quienes encanecen lo que se perdona y aún ríe a los jóvenes. Nadie me dio explicaciones ciertas y sinceras. No voy a negar que me entendía con algunas mujeres de maridos importantes, o, cuando menos, las frecuentaba y aleccionaba con indeseados consejos. Tampoco dejaré de reprocharme que, creyéndome más cauto o perspicaz de lo que soy, me dejé envolver en la sutil tela que tejen en los cenáculos los intelectuales metidos a políticos, los artistas que usan la crítica y la ironía con los poderosos, cuando estos dejan de encontrarlos divertidos o de sentirse tolerantes. En fin, aquí estoy, y gracias, pues no todos tuvieron la misma suerte. El dinero y los amigos suavizaron la condena, silente y fría, que me alejó de la patria sin motivación y sin fecha.

           Escogí Constanza. Era hermosa, temperada, antigua, turística. La feroz dictadura rumana acababa de caer; los precios eran razonables; el mar me abrazaba por doquiera. Y total, ¡qué más daba!, siempre podía cambiar, o eso creía yo. Finalmente, esta tierra me ha hecho su siervo; sus signos marcan mi vida: el faro genovés, el minarete de la mezquita de Mahmud, la estatua de Ovidio, la arena blanca, el mar y el lago. Apenas escribo, si no es para repetirme o suplicar. Las mujeres me venden sus encantos y siento apagarse mis ansias. Canté y erré; tal vez erré en cantar. ¡Ay, Constanza, no puedo vivir sin ti, ni contigo!     





      2. El encuentro



           No solía ocurrírseme visitar el puerto ni, menos aún, pasear en la estación veraniega por los lugares frecuentados de los turistas. A partir de la caída y ejecución del Conducător, la afluencia de cruceros era tal, que la ciudad se había vuelto incómoda. Yo había optado por cambiar en el estío la playa y las olas del mar, por los beneficios del termalismo en uno de los elegantes balnearios de los alrededores. En suma, no es extraño que la divina providencia –aunque fuese de rito ortodoxo- hubiese de echar una mano para que Valeria y yo nos encontrásemos al atardecer en la plaza, frente a la catedral de San Pedro y San Pablo.

           Valeria Falisco había sido mi primera mujer, hacía ya una eternidad. No he tenido nunca claro por qué me prendé de ella, hasta el extremo de tomarla en matrimonio. Yo era muy joven y quizá me encontrase algo estragado de tanto flirteo basado exclusivamente en el sexo. No dudo de que su procedencia europea, como hija de un inmigrante español, me atrajera por su exotismo. El caso es que, sin parar mientes en cuestiones tan significativas entonces, como su muy inferior nivel social, o el hecho de que contraía un vínculo de fidelidad, me casé con ella y punto. A las reticencias de mi padre, respondí con un chantaje: él pasaría de largo por las diferencias de clase y de educación, mientras yo transigiría con acabar la carrera de Derecho. Mi madre jugaba en favor de Valeria: imaginaba que el amor bendecido por el matrimonio me haría madurar o, como decía, sentar la cabeza.

           Por supuesto que todo aquel escenario se derrumbó a las primeras de cambio. El título de licenciado nunca lo obtuve; mi cabeza, ni se sentó –cosa antinatural-, ni se asentó, por lo que a amoríos se refiere; finalmente, la falta de un poso de estabilidad y de valores o intereses en común arruinó pronto nuestra vida de pareja. Apenas convivimos dos años, sin que tuviésemos descendencia, extremo este último que yo achaqué sin fundamento a esterilidad de Valeria. A fin de cuentas, los hijos me tenían entonces sin cuidado, pues no estaba afectado aún por el morbo capitalista de la herencia patrimonial, ni por el sentimental de la continuidad de las generaciones. Fue una mera disculpa, para justificar mínimamente el divorcio. La separación legal fue para mí un alivio, aunque no tardase mucho en reincidir; para ella debió resultar bastante más dolorosa, si bien, extranjera y de poca fortuna, no reaccionó con exigencias: más bien fue mi madre quien animó a mi padre para ser generoso en lo económico. Pronto la perdí de vista. Me informaron de que había aceptado una plaza de maestra en una escuela rural y ahí concluyeron mis noticias.

           Hasta aquí, puedo justificarlo todo o, cuando menos, hacerme entender de quienes quieran juzgarme. Lo que ahora considero inadmisible es haber vuelto al personaje de Valeria para protagonizar una de mis Amatorias, ya saben, mi primer libro de éxito, escrito todavía en plena juventud. Deformado y todo, el retrato hacía fácilmente reconocible a la modelo. Recuerdo aún la frase exacta con la que resumía su descripción: demasiado digna para ser útil; demasiado útil para ser digna; en consecuencia, ni digna ni útil. Aquello, en verdad, no era una exageración, ni un juego de palabras, sino una verdadera infamia. ¿Lo leyó ella? Alguna vez me lo pregunté, aunque nunca de la forma vehemente en que tuve que hacerlo aquella tarde.

      ***

           Quedamos en que, paseando por la plaza de la Catedral y buscando un banco en que reposar del calor del atardecer, casi choqué contra Valeria quien, en unión de tres o cuatro compañeros de crucero de ambos sexos, andaba fotografiando la fachada del templo e intentando encontrar alguna puerta abierta para acceder al interior. Aclarado a poca costa que éramos quienes habíamos supuesto, el saludo resultó más cordial de lo previsible, dados el tiempo y forma de nuestra última despedida. Recuerdo que tuve una salida, cuando menos, ocurrente:

      -          ¿Y qué, tenéis interés en visitar la catedral o solo de protegeros del calor?

           La ausencia de presentaciones me hizo suponer que sus acompañantes no eran íntimos, ni le importaría mucho desprenderse de ellos. Se limitó a despedirse hasta la cena, colocándose decididamente a mi lado. Los otros inquirieron:

      -          ¿Es a las nueve, verdad?

      -          Sí, en el barco. Allí nos veremos. Me voy un rato con este amigo.

           Como es natural, me tocó hacer de anfitrión, cosa que me permitió ir entrando en materia, entre pinceladas monumentales y de color local. Antes de que se hiciera completamente de noche, embocamos el paseo del puerto, camino del inevitable Casino modernista. Yo hablaba de lugares y pensaba en personas; ella, seguramente, hablaba de personas pero se fijaba en las bellezas del entorno. Cuando, tras algunas paradas acodados en la barandilla sobre el mar, llegamos a nuestro destino, había caído la noche sobre Constanza y se había hecho la luz sobre nuestras vidas separadas. Yo le conté, con más o menos detalles, lo que ustedes ya conocen. Ella fue muy circunspecta, salvo en lo tocante a su vida profesional. De la escuelita rural, había pasado al colegio privado y, de este, a la Universidad, alcanzando alguna notoriedad en la especialidad de lenguas clásicas. En los últimos años, al socaire del enésimo giro de la rueda de la fortuna dictatorial, había sido la segunda mujer en ingresar en la Academia y alcanzado una importante posición en el Ministerio de Cultura:

      -          Pero no creas, agregó, no con dedicación exclusiva, pues la política no es lo mío, como tampoco lo tuyo, por lo que me has contado.

      -          No me digas, repliqué, que no te había llegado el rumor, al menos, de mi caída en desgracia y mi destierro.

      -          No, hasta hace poco. Supongo comprenderás que, durante mucho tiempo, ni supe de ti, ni quise que me dieran la menor información. Luego, el tiempo y los recuerdos todo lo allanan y acabé leyendo varias de tus obras. Te vas a reír, pero hasta me valí de los conocimientos que ellas atesoran, para desenvolverme en la vida, digamos, con más superficialidad.

      -          Me alegro de haberte sido útil, aunque solo haya sido en cosas menudas.

      -          No lo creas, no tan menudas. No sabes la de éxitos que una mujer experta y avisada puede conseguir, gracias a los hombres. Pero, en fin, chitón. No quiero dejarte con el buen sabor de boca de haberme pervertido…

           Se echó a reír de forma abierta y contagiosa. Verdaderamente, sin llegar al atractivo extremo de la perversión, Valeria resultaba mucho más agradable ahora que entonces.

           Nos sentamos en una terraza. Las manecillas marcaban ya las nueve. Le sugerí coger un taxi como única forma de llegar a tiempo a su cena colectiva. Ella lo desechó:

      -          ¿Qué te parece si tomamos aquí cualquier cosa? La brisa empieza a soplar deleitosa y aún tenemos bastante de que hablar. Luego, me acompañas hasta el barco y en paz. A medianoche zarpamos para Estambul.

           Dicho y hecho. Para hacer los honores a la Dobrudja, nos atrevimos con cordero asado al estilo local, regado con un mutfarlar. De postre, crepes con mermelada flambeados al vodka y la consabida copita (más de una) de tuica.

           Hablamos de todo un poco: de mi vida de expatriado y de los esfuerzos de mi mujer por lograr el perdón oficial; de mis libros más recientes, prohibidos por la dictadura de mi país, monocordes y suplicantes, cuya inspiración parecía agotada; de mis hijas y de sus alumnos; de la política cultural, si se me permite el oxímoron. Valeria me sugirió:

      -          Ya sé que no es hombre de gran influencia ante El Supremo, pero yo podría interceder ante el ministro por ti. Envíale por conducto mío un ejemplar dedicado de alguno de tus libros, junto con una carta manifestándole tu dolor por el exilio y tu compromiso de no reincidir en actos o escritos enfadosos. Yo apoyaría plenamente la justicia de tu petición y el propósito de enmienda…

      -          ¿Y en base a qué te presentarías como patrona de mi causa? No creo que fuera bien visto que me hubieses visitado aquí, aunque haya sido por casualidad.

      -          ¿Cómo que en base a qué? Pues a haber sido tu primera esposa, ¿te parece moco de pavo? Yo creo que ellos lo ignoran, pero no estoy dispuesta a ocultarlo, si se trata de poder serte útil. Ya me gustaría servirte de algo ahora, dado que entonces creo que no te fui de ninguna utilidad.

      -          Lo pensaré –concluí, un tanto corrido-. Y, de todas formas, gracias.

           Llamé al camarero para pagar la cuenta. Luego, rompí el silencio que se había hecho tras el diálogo transcrito:

      -          Verás, Valeria, si volvemos la vista atrás, solo podemos tener una cosa clara: que nos conocimos demasiado pronto. La primera juventud no es el mejor momento para convivir con los demás, ni para juzgarlos.

           Ella sonrió y cambió por completo de conversación:

      -          Se ha hecho muy tarde pero no quiero irme de Constanza sin hacerme una foto al pie del monumento a Ovidio. ¿Qué dirían, si no, mis alumnos?

          Un taxi nos trasladó a la plaza, en cuyo centro, con el Museo Arqueológico a la espalda y el Mar Negro en frente, se yergue el poeta, broncíneo sobre alto pedestal de piedra. Valeria pareció emocionada, se acercó al podio y lo acarició, mientras yo tomaba posición con la cámara y enfocaba a aquella mujer que, aun habiendo sido la mía, me parecía contemplar por primera vez. No era joven ni hermosa, pero el tiempo había obrado en ella la maravillosa metamorfosis que convierte el agraz en vino. El flash relampagueó hasta tres veces. Luego, se acercó a mí y tendió la mano para recuperar su máquina. Se la entregué, manteniendo por unos momentos el contacto de nuestros dedos. No sé cómo me atreví:

      -          No te vayas esta noche, Valeria. Pasémosla juntos y mañana volaremos a Estambul para alcanzar tu barco.

           Era un desahogo, un disparate que habría merecido la respuesta instantánea de una disculpa cualquiera. Pero, no, me miró hondamente, apretó un poco el contacto de nuestras manos y, lenta, como desgranando las palabras, me arrojó a la cara la dura realidad de nuestro encuentro:

      -          Pero, querido, si yo consintiera, ¿qué sería de mi dignidad?

           Quedé mudo y envarado, mientras Valeria, sola, regresaba al coche de alquiler que aguardaba. Entró, me tiró un beso desde la ventanilla y aún le oí su única palabra:

      -          ¡Escríbeme!

      ***

           Regresé al hotel caminando, lento y mohíno al principio. Luego, poco a poco, lo ocurrido en aquella velada fue tomando su verdadera forma, su exacta dimensión. El destino nos había dado una oportunidad de anudar lazos, de purificar y endulzar los recuerdos. A la postre, mañana sería una nueva jornada, yo seguiría en Constanza y el Poeta seguiría pensando, tal vez soñando, frente al mar azul cuyas olas nacen y mueren, indiferentes a su milenaria tristeza. Llegué a casa a la misma hora en que el crucero estaría zarpando con Valeria y otros innúmeros viajeros, cada uno con su vida y sus anhelos. Me senté en la penumbra y me entretuve en reproducir y comentar en voz alta lo sucedido aquella tarde, tal y como ahora, unos días después, lo he escrito, resumida y desmañadamente, para que me sirva de memorial, en el caso de que la senilidad me llegue antes de que el corazón se agote. No creo que así sea.

           Harto de cotorrear conmigo mismo y de pasear por la casa a oscuras, me fui a la cama. Me venció la madrugada y dormí hasta que el sol hirió la persiana. Me levanté somnoliento y, aún así, me dirigí con seguridad a la pila de ejemplares de autor de mi penúltimo libro, publicado en Méjico y prohibido en mi país. Tomé uno de los volúmenes, redacté una dedicatoria y lo incluí en un sobre, que cerré y rotulé: Para mi esposa Valeria, después de mi muerte.

           No copié la dedicación, ni tengo ganas ahora de abrir ese pliego casi testamentario; de modo que memorizo aquella, de forma aproximada. Decía:

           Los dos lo hemos perdido todo, menos la dignidad.

      viernes, 11 de noviembre de 2011

      LA OTRA VIDA



      La otra vida



      Por Federico Bello Landrove



      And I shall sleep in peace until you come to me



           ¿Qué significa la muerte para el amor y el amor para la muerte? ¿Puede una canción dar alguna respuesta a estas preguntas, que la ciencia sea incapaz de encontrar? De eso parece tratar esta historia, ambientada en la España de 1942, como lo podría estar en cualquier otra parte del mundo en que latan al unísono dos corazones, mecidos por una nostálgica melodía de amor.






        1.  El profesor represaliado





               En la España dura y gris de 1942, cualquier pequeño suceso podía ser motivo de distracción o, al menos, de curiosidad para quien, como yo, transitaba por la mitad de la carrera de Derecho y trataba de convivir con la penuria y el dolor. Algo así, como la llegada de nuevos inquilinos al piso de abajo de mi vetusta casa de Castellar de donde, en años anteriores, habían ido saliendo los hombres camino del frente o del campo de ejecuciones y las mujeres, hacia colocaciones improvisadas y prematuras, a fin de poder sobrevivir y dar estudios al hombrecito de la casa. Ese era yo, Daniel Blasco, un modelo de estudiante y de sujeto con suerte, demasiado joven para luchar, lo suficientemente adulto para encarnar las esperanzas de la familia (incluidas mis dos hermanas) en un mañana mejor. Una persona –y perdonen que me autodefina con prolijidad- tan egoísta, como para aceptar ser el centro de mi pequeño mundo y tan vital, como para practicar una dinámica de olvido o, cuando menos, de indiferencia. Después de todo, ¿qué otra cosa podía entonces hacer?



               Quedamos, pues, en que al piso de abajo –otrora ocupado por mi hermano mayor y los suyos- llegaron nuevos inquilinos que, como era costumbre entonces, subieron a presentarse. Yo no estuve en el ofrecimiento de respetos, pero durante la cena, mi madre comentó:



          -          Como sabéis, tenemos nuevos vecinos. Son un catedrático que viene de Madrid, su esposa y una hija jovencita. Creo que podremos hacer buenas migas con ellos. Por lo que me han dicho, a él lo han trasladado forzoso a la Facultad de Químicas de aquí.



               De momento, yo sentí mucha mayor afinidad con la hija que con el padre. Se llamaba Estela (a juzgar por las voces que me llegaban por el patio) y tenía más o menos mi edad. Cualquiera que fuera la adscripción socio-económica de su familia, la niña era en apariencia una chica-topolino, siempre maquillada, vestida y, por supuesto, calzada a la última –y un poco exagerada- moda de las películas de teléfonos blancos[1]. Luego, bien mirada, no pasaba de ser una morenita de buen ver, bien proporcionada y de talla más que mediana, gracias a la generosa plataforma de sus zapatos. No sé por qué, tras esa pantalla de superficialidad, para mí poco atrayente, supe encontrar a una joven que, como yo, trataba de alcanzar la normalidad propia de su edad, aunque por otros medios. Sea como fuere, venciendo mi timidez tras dos semanas de preparación y ensayos (desvelos incluidos), la abordé a la salida de la Universidad que compartíamos y me presenté:



          -          Lamento no haber estado en casa cuando os fuisteis a presentar...

          -          ¡Oh, no hay cuidado! De hecho, yo no acompañé a mis padres. Estas cosas protocolarias me revientan. Total, nos hemos visto y saludado varias veces en la escalera.

          -          Desde luego; ya me he fijado. Pero, en fin, me llamo Daniel y estudio tercero de Derecho.

          -          Y yo, Estela y curso segundo de Letras. Así que vivo debajo de ti en casa y me tienes arriba en la Facultad.



               Rió francamente, lo que acabó de romper el hielo entre nosotros, hasta el punto de acompañarla hasta nuestra morada casi común. Al despedirse, se insinuó con elegancia:



          -          Mañana tengo clase de nueve con don Pedro. Chico, qué lata tener que levantarse tan temprano, ahora que empieza a hacer frío.



               Ni que decir tiene que, a las ocho y media del siguiente día, estaba yo entre las dos puertas del portal. Estela había resultado muy simpática y el aparente éxito despertaba en mí un grato remusguillo que, por el momento, soplaba, más que por afecto, por vanidad.



          ***



               Ahora que lo pienso, esto debió suceder, no en 1942, sino en el otoño de 1941, a poco de empezar el curso, pues don Felipe Chacón, el catedrático, hubo de incorporarse a la Universidad castellarense a tiempo para comenzar el año escolar. Como creo haberles dicho, venía de Madrid o, cuando menos, allí tenía su cátedra cuando, por aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas, se la canjearon por la de Castellar. Claro que en la recia ciudad castellana no había Facultad de Físicas; así que le hicieron un hueco en la asignatura de tal naturaleza que se impartía en Químicas. Ya había un catedrático de la materia, pero estaba excedente por motivos políticos de los buenos, es decir, por desempeño de un puesto destacado en el Ministerio de Educación Nacional. Así que, por razones políticas, pero de las malas, el profesor Chacón pasó a sustituir al absentista. Era algo bastante común, solo que los desterrados solían viajar dos o tres días a Castellar y dejaban casa y familia en Madrid, a donde retornaban a mitad de semana, hasta el lunes siguiente. Así lo hacían, por ejemplo, algunos de mis catedráticos, como don Emilio o don Teodoro, aunque en algunos casos la vis atractiva del Manzanares era casi irresistible y los veíamos muy poco por las aulas. Y no es que don Felipe fuese más cumplidor, sino que tenía una esposa abnegada:



          -          ¿Tú viajando todas las semanas, con lo cansado que es y las inclemencias del tiempo? ¡Ni hablar!

          -          Pero, mujer, nosotros nos acoplamos a cualquier sitio, pero la niña...

          -          La niña ya va crecidita y con muchos pájaros en la cabeza. Tal vez le venga bien un cambio de aires.

          -          Pero la casa...

          -          ¡Ah, eso sí! No vamos a meternos en cualquier sitio. Necesitamos algo céntrico y que no quede lejos de la Facultad. ¡Y con servicio!



               Y así fue como el doctor Chacón vino a habitar en Castellar, con sus dos mujeres, como él decía. A mí, la verdad, doña Candi no me caía bien: remilgada, mandona, un tanto áspera. Tal vez, si hubiese sabido desde un principio de su entrega a la familia y de lo bien que embridaba a Estela, la hubiese comprendido mejor y valorado más.



          ***



               Con todo, poco se me daba de la familia Chacón, pronto incrementada con Salud, fámula aún joven, condescendiente y charlatana. Mi interés, un tanto apasionado, se lo llevaba entero Estela; tan entero, que empecé a descuidar a mis amigos de siempre y a desentenderme de la vida universitaria más de lo que mi madre entendía razonable. En verdad, no dejaba de estudiar lo preciso, robando horas al sueño; y, desde luego, seguía dedicando dos o tres horas al día a los trabajos de mecanografía con que aportaba algún dinero al peculio familiar, si bien tenía que sacar atrasos los fines de semana. Yo creo que ella se organizaba mejor: no tenía necesidad de trabajar y los estudios nunca estuvieron entre sus preocupaciones más acuciantes, pero además, cultivaba a sus amistades y no le dolían prendas a la hora de llegar tarde o de cancelar una cita. A mí me escocía, como ustedes supondrán, pero no tenía motivos de enfado pues Estela sabía hasta donde tensar la cuerda y era una verdadera maestra del savoir faire:



          -          ¡Cuánto lo siento!, Dani, pero es que la vida de las chicas es muy complicada.

          -          ¿No será que tú quieres abarcar demasiadas cosas? Tal vez, un buen plan de prioridades...

          -          ¡Oh!, no se trata de eso. Ya sabes que, para mí, tú eres muy especial. Me refiero a que a las chicas, en cuanto salen con un muchacho, ya las marcan y las apartan, como si no tuvieran que hacer más que amar y esperar.



               Tenía que reconocer que yo era de esos monopolistas. ¡Cuánto me habría gustado que Estela no hiciese otra cosa que quererme y esperarme! Tal vez, la diferencia con otros chicos de mi edad y época es que yo habría estado dispuesto a pagarle con la misma moneda.



               Los padres de ella eran mucho más liberales que mi madre y mi tía. No ponían inconvenientes a mi entrada en su casa, ya para esperar a la joven, ya para intercambiar libros o escuchar púdicamente los últimos discos clásicos o populares. Se notaba que, a pesar de mudanzas y sanciones, su nivel de vida era muy superior al nuestro. No había visita mía que no ilustrasen con un cafetito con pastas o un chocolate a la francesa. Mi familia ardía, aunque más con los vecinos que conmigo:



          -          ¡Qué poca cabeza! ¿No comprenderán que comprometen a su hija?  Y eso, por no hablar de cosas más arriesgadas. Ya se sabe: entre santa y santo...



               Yo me permití un día una apostilla que me costó un soplamocos, ¡con veinte años!



          -          Claro, mamá. El hombre es fuego, la mujer estopa y viene el Caudillo y sopla.



               El día de Reyes, me invitaron a comer. Me costó Dios y ayuda lograr el beneplácito familiar. Afortunadamente, Salud estaba compinchada y subió a las dos:



          -          De parte de don Felipe, que estamos esperando al señorito Daniel para empezar a comer.



               Vamos, que no tuvieron más remedio que ceder. Y bien que me alegré de ello pues, además de una corbata azul medianoche con lunarcitos blancos, me regalaron la hermosa historia del profesor Chacón, tal vez un poco exagerada, pero se la voy a exponer tal como él me la contó en la sobremesa de aquel 6 de enero de 1942.



          ***



          -          Una copita no nos hará daño, ¿verdad Daniel?, sugirió el anfitrión a los postres.

          -          Lo siento, don Felipe, no tengo costumbre y temo que me siente mal.

          -          ¡Bah!, paparruchas. Nada como una ginebra para hacer bien la digestión. Cuando estuve en Cambridge…



               Se notaba que el profesor estaba deseando convertirse en el centro de mi admiración, pues la de sus mujeres ya la tenía agotada. Doña Candi hizo mutis por el foro y Estela, más gentil, me susurró con la mejor de sus mentiras:



          -          Voy a ayudar a Salud con el fregadero, que hoy tiene reuma.



               En fin, que puse mi mejor cara de atención y la verdad es que lo que escuché mereció la pena, aunque la Física me quedase tan lejana. Resultó que el profesor Chacón, apenas doctorado por Barcelona, marchó con una modesta beca de posgrado al Trinity College, donde mi trabajo y conocimientos llamaron la atención del profesor Blackett, quien me invitó a colaborar modestamente con él en sus tareas del Cavendish.



          -          Aunque seas un alevín de jurista, te sonará el sagrado nombre del Cavendish…

          -          Lo siento, don Felipe, ni soy científico, ni tengo idea de inglés.

          -          Pues el Cavendish, jovencito, ha sido, hasta que empezó esta maldita guerra, el laboratorio de Física teórica avanzada más importante del mundo. Sobre todo, desde que lo empezó a dirigir Rutherford.



               Nueva mirada inquisitiva del profesor y gesto de negación por mi parte. Me dejó por imposible y decidió monologar:



          -          Aquello era el sueño dorado, la oportunidad de toda una vida: Rutherford, Chadwick, Bohr, Oppenheimer, Kapitsa; Blackett, por descontado. Y ahí estaba yo. Es verdad, en un pequeño laboratorio, midiendo la desviación de los rayos X o, si se terciaba, siguiendo la senda de las partículas en una cámara de Wilson. Fueron los tres años más maravillosos de mi vida. Allí perdí mucha vista y me arriesgué con las radiaciones, pero era colega de los grandes genios, tratado con todo respeto y cordialidad. Para eso, el Cocodrilo era único.

          -          ¿El Cocodrilo?, pregunté por decir algo.

          -          Rutherford. Era grande: jovial, generoso, de mucho carácter y dotes de organización. Aún recuerdo sus palabras de despedida: Manténgase en contacto con nosotros. Un hombre de Cavendish lo es para siempre. Vuelva cuando quiera, y sin avisar.



                  Pese a las gafas, detecté la humedad de sus ojos, por no hablar del temblor en la voz. Echó un buen trago a su ginebra y cambió ligeramente de tema:



          -          ¿Querrás creer que toda aquella formación casi no me sirve de nada en esta raquítica Universidad española? Tardaron siete años en darme la Cátedra. Gracias a que Candi era de buena familia, nos pudimos casar sin estrecheces y criar a Estelita. Luego, con la República, todo fue fulminante: Zaragoza y, en un par de años, la Universidad Central. Lo gracioso del caso es que contara, tanto como el currículo, mi afiliación a Acción Republicana. Claro que me permití darles un buen baño a los envidiosos –el profesor se echó a reír-.  Coloqué en el tablón de anuncios de la Facultad de Madrid copia de los dos telegramas de felicitación que me enviaron Rutherford y Blackett, con una nota aclaratoria que decía: Estos dos caballeros carecen de afinidades políticas conocidas con el señor Azaña. ¡Ahí queda eso!

          -          ¿Y cómo ha llegado usted a Castellar –inquirí-, pues tengo entendido que ha sido consecuencia de una represalia política.

          -          Ciertamente, joven. Cuando estalló la guerra, estábamos veraneando en Zarauz. Madrid se convirtió pronto en zona de frente. Así que Candi viajó para recoger lo más valioso de nuestra casa en la calle Huertas, mientras yo conseguía un nombramiento de emergencia en la Universidad de Barcelona. No lo pasamos muy bien por allá, en especial Estela, que tuvo todas las dolencias infantiles habidas y por haber. Luego, a Francia, hasta que la familia de Candi, a base de influencias y sobornos, logró reducir mi sanción a este destierro castellarense.

          -          ¿No ha pensado usted en marcharse otra vez a Inglaterra?

          -          Tengo cuarenta y siete años, que ya es una edad para cualquiera, no digamos para un físico teórico. Y Candi nunca ha visto con buenos ojos abandonar España; claro que para ella es mucho más fácil: tiene una familia bien instalada y siempre fue apolítica. Y está Estelita –me miró con una mezcla de severidad y sorna-: ya viajó bastante de niña; ahora, como casi todas las chicas de su edad, solo piensa en tontear y, por lo que veo, te ha echado el ojo.



               Noté que me ponía colorado, sin saber dar la réplica. Don Felipe se levantó y desapareció camino de otra habitación, de donde vino trayendo una amplia fotografía de grupo en historiado marco de plata:



          -          Mira esta fotografía. ¿Qué me dices?

          -          No sé, no veo a nadie conocido.





               El profesor soltó una carcajada y puntualizó:



          -          Es la famosa foto del Congreso Solvay de 1927. Nunca se ha reunido, y dudo que el futuro me desmienta, una colección de sabios como esta. Y lo curioso es que la saqué yo. Bueno, hay alguna otra parecida, obra de fotógrafos profesionales llamados al efecto, pero esta la tomé yo con mi Leica, aprovechando mi estancia en Bruselas para saludar a los antiguos colegas y empaparme de teoría cuántica y del principio de incertidumbre.



               Se disponía don Felipe, al parecer, a darme el nombre, uno por uno, de todos los grandes cerebros del conjunto, cuando me salvo la presencia de sus dos mujeres. Estela no debía de haber estado mucho tiempo en la cocina porque lucía sus mejores galas. Estaba guapísima.



          -          Bueno, Felipe, ya has entretenido al chico bastante y seguro que quiere estirar las piernas y bajar el cordero.

          -          Es cierto, mujer. Cuando me embalo, no hay quien me pare.



               Aprovechando la oportunidad, me levanté y miré circunspecto a Estela. Ella reaccionó inmediatamente:



          -          Vamos a dar una vuelta, a ver si encontramos todavía a un Rey Mago por ahí. Y, a propósito de Reyes, Daniel, coge la corbata; o mejor, la recoges al subir, cuando volvamos.



               Nada más salir a la calle, comenté con Estela:



          -          Estoy abochornado. No sabía que tus padres me iban a regalar nada y…

          -          ¡Chist! Ni se te ocurra. El regalo ha sido cosa mía, pero mi padre ha pensado que era demasiada familiaridad para quienes aún no somos novios ni –como dice Salud- siquiera acompañantes.

          -          ¿Entonces?

          -          Entonces, el señorito Daniel se guarda la corbata hasta el Domingo de Ramos y pobre de él como se le ocurra contar a su familia la procedencia. No todos saben entender lo que los jóvenes sentimos antes de tiempo. Y yo por ti siento algo muy hondo.

          -          Yo también, Estela.

          -          Pues no se hable más. Invítame a merendar en el Suizo, si tus trabajos de máquina permiten el gasto, y todos contentos.







            2.  La refugiada



                   Lo lamento por quienes entre ustedes gusten de los amores felices pero, cuando llegó el susodicho Domingo de Ramos, no estaba yo para muchos estrenos de corbatas. No sé si es que Estela se había pasado con sus alternancias de intimidad y vida social, o si yo resultaba demasiado absorbente y acaparador. Lo cierto es que, allá por carnavales, las cosas empezaron a írsenos de las manos y no por falta de cariño. Supongo que Estela lo sentiría más de lo que aparentaba; yo estaba enfadado y deprimido a la vez. Un domingo, la situación hizo crisis (como dicen los médicos), tras media hora de retraso por su parte y una parada de más de cuarto de hora en los soportales con un grupito de compañeros de su curso. Pasamos el resto de la tarde sin cruzar casi palabra. Ya cerca de casa, convertí en torpes frases las vueltas que me llevaba dando la cabeza desde la paradita de marras. Más o menos, la conversación se desarrolló así:



              -          Estela, no podemos seguir como esta tarde. Es absurdo y lo estamos echando todo a perder.

              -          Ya te pedí perdón por el retraso, Dani, y no veo que, porque salga contigo, no pueda saludar a unos amigos.

              -          No es sólo hoy. Las cosas no marchan bien entre nosotros en las últimas semanas y no veo que trates de poner remedio.

              -          ¿Yo? Ya veo. Yo me retraso; yo me entretengo con otros; yo me acicalo demasiado; yo no estudio lo bastante ni estoy a tu altura...

              -          Nunca he dicho eso. Pero, desde luego, si hemos de seguir adelante, no puedes –digamos- dispersarte tanto. Lo nuestro tiene que ser para los dos lo más importante.

              -          ¿Y crees que no lo es para mí? ¿Qué más puedo decirte y darte, a nuestra edad y sin ser todavía novios, como dice mi madre y piensa toda tu familia? La verdad, Dani, somos muy diferentes. Es posible que yo sea abierta por demás, o que quiera divertirme en exceso. Pero soy como soy, y así debes tú quererme, no dándome la vuelta como a un calcetín.

              -          Lo siento, Estela, novios o no novios para los demás, yo no veo ni siento más que por ti; pero, claro, si tú no piensas lo mismo, o si no estás dispuesta a vivir en consonancia, voy a sufrir lo indecible y acabaremos destrozando nuestra relación.

              -          Según eso, ¿qué es lo que sugieres?

              -          Pues que dejemos de salir durante un tiempo, hasta que cambies de opinión o sea el momento para ese noviazgo al que te referías.



                   Entre dimes y diretes, habíamos llegado al portal. Ninguno daba el paso de despedirse y subir las escaleras. Yo ya estaba arrepentido de buena parte de lo dicho y Estela tenía la cara baja y en tensión, como nunca la había visto. Finalmente, fue ella quien rompió el silencio:



              -          ¿No cabría un término medio? Podríamos seguir saliendo menos a menudo y, por supuesto, siendo amigos.

              -          Yo no puedo ser sólo amigo tuyo, ni quiero un término medio que me haga sufrir horrores, de esos de ni atrás ni adelante. Mejor, decidir a fondo y ya veremos el día de mañana.

              -          Bien, adiós.



                   Ella subió primero. Según se empeñó en contarme la charlatana de Salud, le costó una llorera de campeonato. Yo subí después y nadie necesita recordarme que maldije aquella tarde y mi torpeza; pero pudo más el orgullo y el deseo de intentar no sufrir más. Vana tarea, a fin de cuentas, pero propia del vitalismo de la juventud.



              ***



                   No le deseo a nadie una ruptura sentimental con la vecina de abajo. Y, si además ha sido traumática (como dicen ahora) y poco convencida, el problema es de órdago: cómo evitar verse; qué decir al cruzarse; qué cara poner a los familiares; cómo no sentir celos ante la presencia de otros galanes (de las mozas no hay caso: entonces había que ir a buscarlas). Mas el tiempo hace costumbre y la buena educación ha de estar por encima de todo. Así que hola y adiós, rostro impasible y vías abiertas a una eventual reconciliación. Bueno, eso es lo que yo ahora reflexiono. Entonces todo era por intuición y buenos consejos de los mayores.



                   Yo tenía un tábano, como la madre de Épafo[2], y el tal era Salud. La pobre estaba convencida de que Estela y yo estábamos hechos el uno para el otro o, cuando menos, de que nadie debía desairar y hacer sufrir a su señorita. Por aquella benevolente criada supe yo de los insomnios de la joven, los chicos que bullían en torno suyo, los elogios que en secreto me dispensaba. En fin…



                   No les cansaré con los comentarios y sugerencias de mi familia, tan abundantes y poco seguidos como es habitual en estos casos. Sorprendentemente, a largo plazo, la más perspicaz fue la benjamina, Dolores, aprendiz de costurera y peinadora en sus ratos libres. La pobre, por animarme, me aconsejó:



              -          Toma el aire todo lo que puedas. Ve al cine. Trátala con frialdad y cortesía: no hay cosa que más nos encocore. Si está por ti, es un remedio infalible; si no, quedarás como un caballero.



                   De los señores de abajo, doña Candi –por lo que luego supe- no llevaba nada bien que un muchacho normalito hubiese plantado a su hija, por así decir, pero en el fondo achacaba todo a la topolinez de la muchacha y se lo recordaba oportuna e inoportunamente:



              -          A ver si te tomas más en serio la vida, que ya vas cumpliendo años y tienes que formalizar. Y si no, mira lo de Daniel.



                   Así que un servidor era un buen modelo para la madre, lo que es tanto como decir que resultaba una pesadez para la hija. Casi nunca Pigmalión resultó ser un buen Romeo.



                   En cuanto a don Felipe, su comportamiento conmigo era tan invariablemente afable, como en los buenos tiempos. Incluso, se tomaba la molestia de pararme y hacer las tópicas preguntas de los padres:



              -          ¿Qué tal los estudios? ¿Y la salud? Pásate por casa una tarde… Mis respetos a tu madre.



                   Vamos, que seguíamos tan amigos, cosa que tuve ocasión de constatar muy pronto, como podrán comprobar, si tienen la paciencia de seguir con la lectura del relato.



              ***



                   No me acuerdo del día, pero tuvo que ser a primeros de mayo, pues caían los primeros calores y los exámenes finales. Un bedel me pasó el recado:



              -          Señor Blasco, de parte de don Felipe, el catedrático de Física, que pase usted a verlo por su laboratorio en cuanto pueda.



                   La Facultad de Químicas ocupaba la parte trasera de nuestro mismo edificio; así que diez minutos después me hallaba en presencia de mi vecino, algo preocupado por la apremiante convocatoria. Él lo notó y disculpose inmediatamente:



              -          Nada, nada, Daniel, tranquilo. Se trata de un asunto un poco urgente y que quería tratar contigo en privado.



                   La cosa resultó alejadísima de cualquier premonición por mi parte. El profesor acababa de recibir una carta de un antiguo colega de Cambridge, ahora en Londres, rogándole acogiese en Castellar, durante todo el verano, a una hija suya adolescente, cuya salud física y mental se había resentido seriamente por los bombardeos y el ambiente bélico. De aceptar la petición, la chica llegaría a primeros de junio, una vez superados sus exámenes en convocatoria especial. En todo caso, el profesor Donegall, en previsión, ya tenía hechos los preparativos complejos precisos entonces para viajar entre Inglaterra y España.



                   Yo seguí atentamente la exposición, sin tener idea de dónde quería llegar. Captó mi perplejidad y añadió:



              -          Verás, abusando de tu amabilidad y si piensas pasar en Castellar el verano, pretendía que me echases una mano con la jovencita. Vamos, que hicieses de cicerone y acompañante. Si no, en casa, entre dos personas mayores, se va a sentir sola y deprimida. No te preocupes de nada. Yo te pagaría la molestia y los gastos.

              -          ¡Por Dios, don Felipe! Pues sólo faltaría. No nos sobra el dinero, pero un favor a un amigo…

              -          Perdona, no he querido ofenderte. No obstante, insisto, por supuesto, en correr con cualquier gasto que se te irrogue y, además, te compensaré por el trabajo que no puedas hacer por atenderla.



                   Convine en todo el planteamiento, pero había algo que no cuadraba:



              -          ¿Y Estela? ¿No estará aquí durante el verano?

              -          No. Teníamos ya programada una estancia en Toulouse, para mejorar su francés y visitar a sus antiguas amigas de cuando mi destierro. Por cierto, la hija de Donegall habla bien el francés y de ti conozco tu dominio de esta lengua. Así que no tendréis problemas en principio. Al final, supongo que ella hablará español como una cotorra y tú chapurrarás el inglés, cuando menos.

              -          Está bien. Avíseme cuando llegue y, tan pronto acabe los exámenes, repasaré la guía de Castellar para estar preparado.

              -          Eres un fenómeno, Daniel, pero no la agobies. Vendrá cansada y algo enferma. Mejor terrazas y aire libre.



                   Así que tomar el aire. Se ve que el profesor y mi hermana eran de la misma escuela de higienistas.



              ***



                   Sí que me acuerdo, perfectamente, del día en que mi protegida llegó a la estación del Norte, procedente de Madrid, acompañada ya por el profesor Chacón y un equipaje bastante más reducido de lo que yo había supuesto. Fue la propia Estela quien me invitó, por medio de Salud, a acompañarla a la estación, no parando durante el camino de cantarme las excelencias de Francia y de lo bien que pensaba pasárselo a orillas del Garona. Tanto es así que, con más ironía que acritud, le pregunté:



              -          Entonces, ¿no tienes como objetivo mayor el aprendizaje del idioma?

              -          Y tú, querido, replicó, ¿piensas aprender mucho inglés con la dulce irlandesa?



                   Bien se ve que estábamos un poco picados. Por lo menos, supe de entrada que la jovencita sería devota de San Patricio. Lo de la dulzura me pareció un lugar común.



                   El tren llegaba, oficialmente, a las nueve y media de la noche. Ese día, solo cogió veinte minutos de retraso. Cansados y todo, hubo las obligadas presentaciones y las no menos imperiosas contemplaciones recíprocas. Yo cumplí con un nice to meet you y un apretón de manos, a partir de lo cual, dejé hacer, y hablar, al profesor. La habitual ausencia de taxis fue obviada por el encargo al mozo de cordel de que llevara los bultos a casa. Formamos al regreso un grupo levemente espaciado, lo que me permitió una detallada contemplación de la viajera: estatura más que mediana; pronunciada delgadez, que apenas marcaba las formas femeninas; cabello castaño, formando una larga melena lisa, para admiración y envidia de las repeinadas españolitas de la época; ojos gris azulado, que proyectaban una mirada transparente y profunda; nariz recta, muy levemente respingona; labios finos, delineando una boca amplia, sin resultar grande; barbilla ligeramente prominente, que no obstaba al perfecto óvalo de su rostro, despejado y triste; y la marca de la raza, las pecas que, aunque pequeñas y claras, se repartían por toda la cara. Bueno, es obvio que varios de esos rasgos no me fueron visibles de noche y con la modesta iluminación de la acera de Agustinos, pero no quiero privarles de una casi completa descripción. En conjunto, la mocita, que me presentaron como Shibón, aunque luego supe que la grafía era, más bien, Siobhán, aparentaba más edad de la de sus dieciséis primaveras. Y, en cuanto a la voz, algo grave y sin estridencias, concitaba atención y respeto…, o eso me pareció.



                   En cualquier caso, hice bien en fijarme detenidamente en ella entonces pues, durante los siguientes quince días, apenas tuve ocasión de volverla a ver. Estela seguía en Castellar y no era cosa de duplicar servicios ni exponerse a malos entendidos. Dos días antes de partir, doña Candi tuvo el acierto de invitarme a tomar una leche merengada con el resto de la familia, para despedida de Estelita e introducción oficial de un servidor como acompañante de la damisela británica. En la terraza de la Granja Terra, con un calor asfixiante, yo resultaba un extraño, después de las buenas migas que los españoles parecían haber hecho en aquella quincena con Siohbán. No sé si para compensar, los tres se volcaron con mi persona, poniendo por las nubes mi educación, cultura y éxitos académicos. Me sentí halagado, pero decidí rebajar las loas, en francés y con cierto sentido del humor:



              -          Mademoiselle, solo les ha faltado decir que soy un excelente mecanógrafo y que no conozco una palabra de inglés. ¡Ah! y que los quiero a todos entrañablemente, siendo, a lo que se ve, muy bien correspondido.



                   Ignoro si Estela le habría contado algo de nosotros a su huésped, pero ambas se miraron y rompieron a reír inconteniblemente. Don Felipe, tan circunspecto como casi siempre, replicó:



              -          Puedes decir todas esas finezas, que agradecemos, en español, pues Shibón se está soltando en nuestro idioma a ojos vistas. De hecho, ya entiende cuanto se le diga, si se habla despacio.

              -          No le haga caso, Daniel –replicó Siobhán en francés-. Pero sí espero hablar un poco el español cuando el verano termine. De hecho, le estoy muy agradecida por aceptar…

              -          Amiga Siobhán, repuse, si te parece podemos tutearnos a partir de ahora. Estoy encantado de acompañarte y seguro que yo también aprenderé muchas cosas de ti. ¡Ah!, me llamo Daniel, pero suelen llamarme Dani, casi como en inglés.

              -          Danny, Danny –repitió ella con ternura-. ¡Cuántos recuerdos…!



                   Estela interrumpió nuestro diálogo, para darme algunos consejos sobre lugares a visitar y los gustos de su amiga. El profesor insistió en que no había que abrumarla con caminatas y recorridos turísticos. Siobhán protestó:



              -          Pero si estoy muy bien. Desde que he llegado, entre el sol y las comidas, he engordado y estoy muy morena. No sé si me valdrán los pantalones.

              -          ¡Ni se te ocurra!, clamó doña Candy. Aquí en España las chicas no llevan pantalones más que si…, si…

              -          Si están haciendo gimnasia, concluyó prudentemente Estela, entre la hilaridad de todos.

              -          Bien –dije yo, lamentando sinceramente tener que ausentarme-, he de ir a teclear, y no precisamente al piano. Buen viaje, Estela.

              -          ¿Quieres que te traiga alguna cosa de Francia?, preguntó zalamera.

              -          Un disco con La Marsellesa, respondí bromeando.

              -          En cuanto a Siobhán –proseguí-, en el momento que quieran estoy dispuesto a tomar el relevo de Estela, aunque me costará mucho estar a su nivel.



                   Me levanté y, contra todo pronóstico, mi vecinita hizo lo propio, me echó los brazos al cuello y me dio dos besos de los denominados sonoros, al tiempo que me susurraba:



              -          Eres un maravilloso zopenco… A lo mejor te escribo.



                   Un tanto corrido, hice un gesto más de despedida y me perdí, soportales adelante, irguiendo mi anatomía y pisando fuerte. ¡Ay, las chicas…!







              3.  De acompañante



                   Dicen los que saben que, por aquellos tiempos, la palabra acompañante tenía un especial significado, como amigo predilecto de una chica, con ciertos derechos y exclusividad. Yo tenía esa consideración con Siobhán, salvo, naturalmente, en lo de ser un paso previo para el noviazgo. Y, a propósito del nombrecito, bueno será que nos olvidemos de él por un rato, ya que la irlandesa me dijo en seguida:



              -          Para mayor facilidad, puedes llamarme Joan, como mis amigos ingleses, o Juana, si lo deseas. En gaélico eso es lo que Siobhán significa.

              -          Pero bueno, ¿tú eres irlandesa o inglesa?

              -          Tengo la nacionalidad inglesa, como mi padre, y nací en Cambridge, pero toda mi familia procedía de Irlanda y en el condado de Galway viven mis abuelos, tíos y primos.

              -          ¿Y tu madre?

              -          Murió al darme a luz. Soy hija única. Mi padre no se ha vuelto a casar.



                   Esas tres frases, dichas de forma opaca y telegráfica, demudaron su rostro, habitualmente sereno y suavemente expresivo, de modo que cambié al punto de conversación. No me fue difícil, pues Joan –la llamaré así- era una fuente inagotable de temas de charla. Por las mañanas, a eso de las diez, la iba a buscar al piso de abajo, donde indefectiblemente, al entrar yo, se sentaba unos segundos al piano y tocaba los mismos compases, pausados y nostálgicos, de una melodía cuyo nombre y procedencia nunca me reveló. Seguidamente, en una bolsa de lona verde con grandes asas para colgar del hombro, metía un par de libros; un bloc de dibujo, lápices de colores, carboncillo y difumino; dos bocadillos de jamón y queso preparados por Salud, que eran la envidia de aquella ciudad en subdesarrollo, y, en ocasiones, recado de escribir, lápiz con goma encajada al extremo, y unos sellos. Finalmente, se despedía de sus anfitriones y volvía junto a mí, de pinote en el vestíbulo, diciendo con su mejor sonrisa y acento castellano:



              -          La niña ya está lista para el paseo.



                   Los niños se encaminaban al maravilloso Parque Grande, aún tibio y limpio a aquella hora, paseaban hasta la barquillera de junto al estanque, servidor compraba un par de gofres o media docena de canutos de barquillo, y nos íbamos a sentar a la Pérgola o en la Fuente de la Fama. Un tiempo de diálogo daba paso paulatinamente a las tareas artísticas de mi amiga, que pronto simultaneé yo con lecturas, más prosaicas, de algún texto del curso siguiente o del manuscrito cuya mecanografía tuviese entre manos. De vez en cuando, nos mirábamos o intercambiábamos algún comentario. Yo, además, contemplaba de reojo sus dibujos, generalmente del natural. Ella lo percibía casi siempre y hacía a un lado el brazo para que su obra quedase totalmente al descubierto. Solía decirme, con sorna:



              -          ¿Por qué, en vez de distraerme, no escribes un cuento o un poema? Seguro que eres grande para la literatura.



                   O bien,



              -          Un día, en vez de dibujar los patos, voy a hacerte un retrato de tres cuartos.

              -          ¿Te refieres a su valor o a la postura?



                   Pero ella no entendió la anfibología. Otro día le pedí:



              -          Cuando acabe el verano te irás y yo quiero que te quedes conmigo. Tienes que regalarme un autorretrato.

              -          ¿Para qué, Danny? ¿Crees que no he de volver?

              -          ¡Lo deseo tánto!, pero en absoluto estoy seguro.

              -          Yo tampoco, darling, pero haré todo lo posible.



                   Por las tardes, superado el bochorno del mediodía y la inevitable tormenta subsiguiente, llegaba el mejor momento de la jornada. Joan había descansado gracias a la reconfortante siesta –el reposo de Churchill la llamaba- y yo me había quitado de encima buena parte de mi trabajo tecleante. Vestidos con nuestras mejores galas (lo que ni en ella ni en mí era mucho decir), nos dábamos un par de vueltas por los soportales y aterrizábamos indefectiblemente en alguna de las terrazas de la Plaza Mayor o de la Fontana de Oro, para degustar la leche merengada de rigor. No debiera decirlo, pues puede sonar a excusa o autobombo, pero en más de una ocasión sentamos a la mesa a alguno de los pilletes que, de manera disimulada, pedían limosna. Joan iba captando el ambiente y la intrahistoria de aquella ciudad, marcada por el odio, y de nuestras familias, aplastadas por una paz que, según la famosa frase, en realidad no era sino victoria. Una tarde, me pidió:



              -          Danny, ¿por qué no vamos a esperar a tu hermana a la salida del trabajo? Está colocada en una perfumería cercana, ¿verdad?



                   Se refería a mi hermana mediana, Victoria, que se había empleado en La Moderna, por analogía con los estudios de farmacia que un día había soñado cursar.



              -          No sé si será buena idea. No sale hasta las ocho.

              -          Bueno, avisaré mañana en casa que regresaré un poco más tarde. Pero no le digas nada a Vicky. Quiero que sea una sorpresa.



                   Y así fue. Por una tarde, Victoria se sintió una auténtica señorita, apreciada por su hermano, cuyos estudios pagaba en parte, sin una queja. No le quitaba ojos a mi irlandesa de la melena pajiza, y eso que ella era una estilizada belleza de ojos azules. Ya en casa, me soltó su habitual miscelánea de golpes y caricias:



              -          ¡Vaya chica simpática y con clase! No sé qué demonios ven en ti todas las mozas interesantes del vecindario. ¿Y dices que tiene dieciséis años? Pues te da sopas con honda en conversación y salero. Tonto serás si la dejas escapar. O mejor, si no te vas a Inglaterra tras ella. Matarías dos pájaros de un tiro: huirías de esta cloaca y habría una boca menos en casa… No me hagas caso, Dani, sabes lo que necesitamos un hombre entre cuatro mujeres.

              -          No, si tienes razón en todo. Joan es un encanto y lo de marcharme de España no me desagradaría, una vez termine la guerra; pero, ¿qué va a hacer un abogado español en Londres y sin tener ni idea de inglés? Eso, si el Führer no da el salto del Canal.

              -          Está fresco. Esos ingleses son duros como rocas y tienen el Imperio detrás. En fin, que entre Estelita y esta muchacha, yo no lo dudaría, aunque tuviera que partirme el pecho por conseguirla.



              ***



                   Los domingos íbamos juntos a Misa, procurando alternar la asistencia a las más hermosas iglesias de Castellar. Yo era poco o nada religioso, pero me plegaba de buen grado a las necesidades de Joan. A la salida, íbamos a buscar a los Chacón y tomábamos con ellos el vermú en La Ideal. Por cierto que nuestra irlandesa era una forofa de las aceitunas con anchoa.



                   Entre Joan y yo, contra lo que Victoria sugería, no brotaba un sentimiento amoroso, hecho de dolor y obsesión, como el que yo había sentido por Estela. Era un estado de comunicación constante, fruto de pequeños gestos y silencios, tanto como de palabras, que impedía mantener secretos y sentir ausencias. En cada momento, parecíamos saber lo que pensaba o sentía el otro y nos bastaba con estar juntos, compartiendo el tiempo y el trabajo. Ni ella ni yo entrábamos en esa dinámica de requiebros, ocultaciones y medias tintas, por mí ya conocida, pero seguramente ignorada de origen por Joan. Todo era natural y abierto a todos: gestos, dulzuras, humor, pequeñas o grandes críticas, preocupaciones y alegrías. Como es lógico, estábamos muy a gusto solos y teníamos hacia los demás ámbitos de intimidad y de reserva, pero no precisábamos aislarnos ni alejarnos para sentirnos seguros y próximos. ¡Señor!, qué lejos quedaban mis ansias de exclusivismo y monopolio, mis celos y mi timidez.



                   A finales de julio, Salud tuvo una idea que dio un nuevo giro a nuestra relación. La amable sirvienta nos invitó a pasar un domingo en su casita familiar de Puente Nuevo. Para llegar allí, el autobús, renqueante y abarrotado, atravesaba un extenso pinar centenario, que era el pulmón y el recreo para los castellarenses, de mayo a octubre. A Joan se le iban los ojos al contemplarlo desde la ventanilla del ómnibus. Fue en vano que, fiel a mi pesimismo, le encareciese los defectos de aquel bosque, ralo, caluroso y polvoriento, tan distinto de los de sus islas. Insistió una y otra vez, como una niña caprichosa. Incluso implicó a don Felipe:



              -          Hijo, se le ha metido en la cabeza el Pinar y no vas a tener más remedio que llevarla. Me he estado informando y en verano hay un autobús cada dos horas.

              -          Pero, don Felipe, ahora allí no hay más que calor, piñones y saltamontes.

              -          Y mucho oxígeno, que es lo que Siobhán necesita. Precisamente, un colega mío de la Facultad tiene por allí un chalecito.

              -          De ninguna manera, don Felipe; yo me encargo de todo. Pero, a lo mejor, algún día tenemos que quedarnos allí a comer.

              -          Por eso no hay problema. Salud os hará una tortilla y bocadillos. Y ya sabes que en el Pinar hay varios quioscos de bebidas, con bancos y toda la pesca.



                   Joan, una vez más, tuvo buena mano para convertir la necesidad en virtud. Al cabo de una semana, estábamos tan contentos pasando casi todo el día en tierra pinariega. El equipaje era impresionante: la consabida bolsa de lona verde; dos fiambreras para la comida; mi cartera con el trabajo; un termo de café con leche; un pequeño botijo (que decidimos dejar escondido entre los árboles y llenar en la fuente pública del Pinar) y, al fin, una guitarra española, préstamo de Vicky, que mi amiga tañía con mano maestra  para acompañar sus canciones. Era todo un espectáculo vernos camino del Campillo para coger el autobús. Afortunadamente, el transporte era poco utilizado los días de diario y los grandes equipajes no eran inusuales, por más que el cobrador se sonriese y dijera:



              -          Ustedes, los extranjeros, necesitan ir a las excursiones muy bien equipados.



                   Extranjeros, así, en plural, pues en público hablábamos casi siempre en francés y, en raras ocasiones, en inglés, por mí asesinado sin dolor alguno. Era una de las maravillas de estar con Joan: parecer ajeno a este mundo nuestro de opresión y violencia, del que tantos querían escapar, a juzgar por las miradas de envidia que nos lanzaban.



              ***



                   Si recuerdo ahora con emoción nuestras cotidianas excursiones al Pinar no es tanto por lo que allí hiciésemos, como por las confidencias de Joan, seguramente inspiradas, no por el encanto del lugar, sino por la inexorable proximidad de su marcha. Al menos, yo entonces lo entendía así. Con lo que luego he llegado a saber, puedo ahora sospechar otros motivos.



                   Todo debió de empezar por ciertos desarreglos momentáneos de mi acompañante, tan pronto sofocos, como suaves desvanecimientos. Yo salpicaba su rostro con el agua del botijo, aplicaba un pañuelo mojado a su frente o la abanicaba con los folios de mis manuscritos. Ella reclinaba su cabeza sobre mi hombro o, echada en el suelo, la reposaba en mi regazo, mientras mecánicamente le acariciaba los cabellos. Nada había en todo eso de sentimental ni de mórbido. Al menos, ella me hacía entenderlo así:



              -          Estos calores del mediodía me agotan.



                   O bien,



              -          Perdona, Danny, pero estoy con la regla y ya se sabe.



                   Lo cierto es que, encunada entre mi seno y las redondas copas de los pinos, Joan monologaba con voz tenue y, en ocasiones, con no mucho sentido. Sus reflexiones se deslizaban invariablemente a la inanidad de la vida personal y a la importancia de valorizarla mediante los hijos, las obras, el recuerdo… Me parecían unas ideas bastante deprimentes y poco acordes con su actividad y juventud. Pronto, sin embargo, me dio una de sus claves:



              -          Mi madre murió al traerme al mundo. Fui el único fruto de su amor. Mi padre ha dedicado su vida a cuidarme y educarme. ¿Y yo? ¿Cómo corresponderé? ¿Qué haré?

              -          Caramba, Joan, tienes dieciséis años y eres encantadora. Si es por cualidades, resultas casi perfecta. Y, si es por amores o por hijos, no tendrás más que elegir: los hombres se pegarán por ti.



                   Joan apenas sonrió ante mis evidentes hipérboles.



              -          ¿Y si yo no pudiese corresponder a tantos dones, a cariños tan apasionados? ¿Y si mi destino fuera, simplemente, pasar como una promesa, una esperanza, un sueño?

              -          ¡Eso nunca! Tú eres espléndidamente real. Realzas cuanto tocas y enamoras con solo mirar. ¡No me vengas con languideces de zangolotina!



                   Aunque yo seguía exagerando y tratando de quitar hierro a sus cuidados, me respondió totalmente en serio:



              -          No te enfades conmigo, ni me halagues sin verdad. Tú hablas de amor, de cualidades, de futuro. ¿Qué has hecho de todo ello con Estela? ¿O cómo puedo saber yo si me mimas como a una niña angustiada, o si estarías dispuesto a entregarme tu vida y tu ser?

              -          ¿A qué viene ahora acordarse de Estela? Es agua pasada. Y, en cuanto a nosotros, me ofende que dudes o, por mejor decir, creo que me preguntas lo que tú ya sabes. ¿O es que no estamos unidos como sólo el cariño puede lograrlo?

              -          ¡Oh, Danny!, necesito oírlo, quiero tu promesa y tu compromiso. No sabes lo que eso significa para mí. ¿Me quieres como yo te quiero? ¿Serás mío si yo te lo pido?



                   Soy, y entonces era, muy amigo de las palabras, pero no salió ninguna de mi boca. Sencillamente la abracé y nos quedamos con las caras muy juntas durante unos momentos. Los justos para que una pelota saliera a toda velocidad de entre los troncos y dos chicos tras ella. Nos miramos atónitos, como si fuéramos los únicos habitantes de este mundo. Hice un chiste con mi gesto más serio:



              -          Cariño, ¿decías que los niños eran necesarios para alegrar la vida?



                   Joan pensó en la frase unos instantes y rompió a reír. Yo me levanté y di un puntapié a la pelota. Regresé al lado de la señorita Donegall y traté de reanudar la conversación, pero no me dio lugar:



              -          Tienes razón, Danny, entre nosotros huelgan las palabras.



                   Tomó la guitarra y la pulsó mientras tarareaba la melodía con que saludaba al piano mi presencia matinal. Esta vez, la llevó hasta el final, subiendo de tono con su educada voz de mezzo soprano. Luego sugirió:



              -          Oh Danny boy, vamos al quiosco a comer. Seguro que el fútbol te ha abierto el apetito.







              4.   Entre dos mujeres



                   Agosto iba mediado. Ya había tenido referencia de otras cartas de Estela, dirigidas a sus padres, en que me recordaba con más o menos detalle y afecto. Pero aquel día, al presentarme para recoger a Joan, don Felipe me llamó e hizo pasar al despacho.



              -          He recibido una carta de Estelita, que me ha dejado muy preocupado. Parece que está medio mezclada con la Resistencia.

              -          ¿Qué me dice, don Felipe? ¿Estelita con los maquis?

              -          No hombre, tanto no, pero ha debido de contactar con algunos españoles de Toulouse y no me gusta el cariz que puede tomar la cosa. No, si ya me había advertido Candi del riesgo que corría, pero, en fin, siendo como es esta chica, yo nunca creí…

              -          ¿Y qué puedo hacer yo en este caso? ¿Qué quiere que haga?

              -          Que le escribas en seguida. Ella te tiene en mucha estima. Dile algo que la estimule a ser prudente y a volver cuanto antes. Desde luego, yo también voy a escribir al profesor Sintes, en cuya casa está, para que la ponga en el tren rápidamente. Pero, claro, Estelita es muy suya y seguro que a ti te hace más caso que a mí, no vaya a cometer algún disparate.



                   Sin dudarlo ni pensar mucho en su contenido, redacté y le envié una misiva relativamente breve, cuyo esquema era: me acuerdo mucho de ti; Siobhán también te echa de menos; Castellar está más animado que otros veranos; las ferias están al caer y podríamos ir juntos al teatro. Como una cuestión incidental –que luego resultó ser decisiva- añadía:



                   La Francia de Vichy será un hervidero de intrigas y tensiones, que tal vez te haga –como a cualquiera en tu situación- más rica en experiencia y en conciencia del valor de la libertad; pero ten cuidado. Te quiero más responsable, pero tan viva y alegre como siempre. Yo también he aprendido en estos meses, si no de la experiencia, sí de la reflexión.



                   La operación regreso inmediato, quiérase o no, afectó a nuestro pequeño mundo. Joan se preocupó sinceramente; yo vi avanzar hacia el proscenio de mi memoria a una figura entrañable, que ya creía definitivamente tras el escenario; los Chacón parecían preocupados tan solo por el retorno de su hija. Hasta las tortillas de Salud parecían más secas y pequeñas. Y, por si fuera poco, mi madre nos dio el golpe de gracia:



              -          Daniel, hijo, me he encontrado con el abogado Merediz, ya sabes, el penalista que fue algo amigo de tu hermano, que en paz descanse. Me ha preguntado por ti y, al saber que ya has acabado tercero y con muy buenas notas, me ha ofrecido que vayas por su bufete a partir del uno de septiembre, que tendrá trabajo para ti, más útil y mejor pagado que el de las copias a máquina.

              -          Pero mamá, en los ambientes del foro se comenta que no es un buen abogado, sino un poco fantoche y con ardides muy poco decentes.

              -          Paparruchas y envidias de sus enemigos. Y, en cualquier caso, tú vas a aprender y para ganar un dinerito, que buena falta nos hace.



                   ¡El dinero! Razón suprema e inapelable en aquellos tiempos. La verdad es que Merediz resultó –como mamá suponía- más inteligente y afable de lo que se rumoreaba. En cuanto a lo de las malas artes, ya me gustaría, después de casi veinte años de ejercicio, haberme encontrado con diez abogados decentes y absolutamente de fiar.



              ***



                   Informada de todas estas novedades, Joan, seria como pocas veces, me adoctrinó:



              -          En mi opinión, es una gran oportunidad para tu futuro. No solo vas a ganar un sueldo fijo, aunque pequeño, sino que metes la cabeza en un despacho de categoría. Es lo menos que te mereces y la forma más digna de ayudar a tu familia.

              -          ¡Futuro! ¿Y si yo quisiera compartirlo contigo y marchar a Londres, si es preciso?

              -          No digas eso. No sabes cómo está Londres, ahora y por Dios sabe cuántos años. Y yo soy una niña y tú un chaval, como decís en Castellar. Si hemos de compartir nuestras vidas, seguramente será aquí y dentro de muchos años. Entre tanto, a estudiar como tú puedes y a ganar para vivir… y para invitarme a comer en un buen restaurante y no en el quiosco de Machote en el Pinar.



                   Y es que, en el fondo, todas las chicas son iguales, que decía mi tía Rosa.



                   Más problemático resultaba el tema de Estela. Según avanzaba agosto, Joan parecía perder color y lozanía, por no hablar de peso. Salud se percató la primera y empezó a atiborrarla a cocidos -¡en pleno verano!-. Todo era en vano. Por si se trataba del excesivo calor, convinimos en retornar al Parque Grande y sustituir el Pinar por el Paseo del Río. Solo vi llorar abiertamente una vez a mi querida amiga y fue en nuestro último día pinariego. Hasta cogió varias piñas como recuerdo. Yo estaba angustiado y no sabía cómo consolarla. Al fin, acercándonos a la parada del autobús, terminó de serenarse y, como si viniese a cuento, me espetó:



              -          Danny, por lo que yo sé Estela es una buena chica. En cualquier caso, si decides dejarla, que sea con pleno convencimiento, no porque no la comprendas o no sepas luchar por ella.

              -          Pero, Joan, ¿no quedamos en que tú y yo…?

              -          ¿Crees que no tendrías que luchar y sufrir por mí? ¿Crees que para mí es fácil amarte y, sin embargo, decirte todo esto?

              -          ¿Luchar? Pero si lo que más me gusta de nosotros es que estamos hechos el uno para el otro…

              -          A veces, saber eso es lo que más me hace sufrir.



                   Y es que, en el fondo, Joan era diferente a las demás chicas, dijera lo que dijese mi tía Rosa.



                   El 27 de agosto, jueves, el cartero trajo, por fin, la feliz noticia. ¡Estelita volvía! Y volvía con toda urgencia, como le habíamos pedido. Tenía billetes para el veintinueve. Si se llega a descuidar el correo, se encuentra sola en la estación del Norte.



                   La venida de Estela pareció desencadenar la partida de Joan, aunque ya se sabe que las coincidencias suelen ser falaces. En este caso, parece ser que el profesor Chacón había acordado con su colega Donegall que la estancia se prolongaría hasta finales de septiembre. No obstante, decidió adelantarse la fecha al día quince. Doña Candi insistía, con mi apoyo in pectore:



              -          Pero niña, ¿cómo te vas a marchar tan pronto, ahora que regresa Estela y las ferias están encima?



                   Sorprendentemente, fue don Felipe quien atajó la sugerencia, siendo la primera vez que yo le oía contradecir abiertamente a su consorte. Recuerdo que me quedé cortado, pero la mirada que cruzó el profesor con Joan aún me extrañó más: parecía como si esta agradeciese a aquel, no sólo el adelanto de la marcha, sino el no haber tenido que explicarlo.



              ***



                   ¡Quién me iba a decir a mí que recibiría aliviado el deber de personarme en el bufete del señor Merediz todos los días laborables, a partir del 1 de septiembre! Y es que un corazón joven puede resistir casi todo, menos estar dividido entre dos mujeres y, además, a punto de perder en la lejanía a la más amada. Quiere decirse que el domingo, 30 de agosto, abandonando el sagrado deber de comer con mi familia en la onomástica –en aquel entonces- de mi tía Rosa, me encontré prácticamente por última vez con mis dos amores a un tiempo. Debía de haber una inusitada armonía entre ellas porque, de forma sincera y al unísono, me alabaron y embromaron como en la terraza de la Granja Terra, hacía ya una eternidad.



                   Estela estaba cambiadísima: morena, pelo mucho más corto, vestuario informal, muy delgada; pero, sobre todo, firme en sus opiniones, precisa en sus relatos, comedida en el gesto. Se diría que aquella breve estancia en Francia la hubiera dado esa vuelta del calcetín, que un día me había reprochado. No dejaba de ser una impresión, pero la chica topolino parecía hacer mutis y, tal vez, yo no había sido ajeno a tal mudanza, ni lo sería a sus efectos.



                   Joan se apoyaba en ella y le dejaba la iniciativa. Una y otra vez, la conversación oscilaba entre la estancia en Toulouse y mi ya inmediata pasantía. Aunque con la situación dominada, no las tenía todas conmigo en cuanto a meter la pata con una chica u otra. Así que se impuso la prudencia y, alegando justamente el santo de mi tía, me despedí sin sobremesa y sin fecha fija de retorno, dado que –como dije, más o menos- estando ya aquí Estela, no tendré más remedio que cambiar a Donegall por Merediz, que también suena a irlandés.



                   El ánimo se me conmueve, aún hoy, cuando recuerdo el sábado, 12 de septiembre de 1942. Con cierto esfuerzo, logré que mi madre invitase a Joan a comer en casa, como gesto de amistosa despedida. Yo contaba con prolongar la reunión a solas con la invitada, libres de la concurrencia de Estela y familia. A los postres, el trío de mujercitas tomó derroteros musicales y, con más o menos fortuna y protagonismo, entonaron canciones clásicas o populares, que no ofendieran el luto que mi madre estaba dispuesta a llevar a perpetuidad. Esa fue la última vez que escuché, a petición propia, aquella canción que, cual leit motiv, tocaba o entonaba Joan ante mi presencia. Pasadas las cinco, logramos desprendernos de mis hermanas y, en forma deliberadamente queda, bajamos las escaleras, pasamos de largo ante la puerta de los Chacón y nos perdimos en el bullicio de la ciudad ya medio en fiestas. Joan me rogó:



              -          No tengo muchas ganas de ver gente. Vamos a la cascada.



                   Aquel era uno de los más escondidos lugares del Parque Grande. Recuerdo que pensé: qué ocurrencia, y a las cinco de la tarde; pero, naturalmente, no puse ninguna objeción. Llegamos caminando lentamente. Al principio del parque, Joan se cogió de mi brazo. Yo hubiese deseado que fuera sólo por ternura, pero parecía muy cansada. Elegimos banco, nos sentamos y, al punto, susurró:



              -          Danny, quiero que sea esta la última vez que estemos juntos. Cuanto más cerca está mi marcha, más tristeza siento y no quiero que me recuerdes así. Menos aún, que me acompañes a la estación: ya lo harán Estela y sus padres. Don Felipe me llevará hasta Madrid.

              -          Está bien, querida, pero eso de la última vez será por este año…

              -          Claro. Y otra cosa: mi mundo está en guerra y yo necesito paz para ordenar los sentimientos de mi corazón. No me escribas o, en todo caso, si decides hacerlo, sábete que no contestaré. Y así será hasta sea el momento de encontrarnos, o de no encontrarnos más.

              -          ¿Cómo dices eso? Con guerra o sin guerra, nos volveremos a unir y será para siempre.

              -          Tal vez, querido. Pero no me gustan las palabras nunca y siempre. No somos dueños de nosotros mismos y ni siquiera el amor es capaz de superarlo todo.

              -          Tú me has enseñado a esperar y a luchar. Tal vez no podamos tener certeza absoluta de todo, pero yo sí la tengo de una cosa: si no vuelves, te iré a buscar.



                   Reclinó su cabeza en mi hombro y yo pasé mi brazo en torno a ella. Afortunadamente, no apareció un guardia en toda la tarde…, ni tampoco ningún niño con pelota.



              ***



                   A fines de enero de 1943, recibí un recado del profesor Chacón para que, como en mayo del año anterior, pasase a visitarlo en su despacho. Su rostro crispado no auguraba nada bueno. Dudó si empezar a hablar pero optó por tenderme una cuartilla, diciendo solo dos palabras: de Siobhán.



                   La cuartilla también era lacónica, pero mucho más expresiva:



                   Querido Danny: Cuando leas estas líneas yo habré muerto de la leucemia que he venido padeciendo desde el otoño de 1941. Dicen que ni el amor puede con la muerte. En todo caso, el tuyo es lo más hermoso que me ha pasado en la vida. El mío te acompañará siempre, para devolverte la fortaleza y la ternura que hiciste brotar en mí. Vive tu vida pero, por favor, no me olvides nunca.



                   Alcé la mirada hacia el profesor, con una mezcla de estupor e indignación. Él se adelantó a mi filípica:



              -          En efecto, Dani, solo yo sabía en Castellar que Siobhán estaba gravemente enferma y por eso me esforcé, todavía más, en hacerla feliz el pasado verano. Luego, al marchar, me hizo prometer que seguiría guardando el secreto. No quería hacer sufrir, ni siquiera que la compadeciesen. Pero la juventud…

              -          ¿Qué quiere decir, profesor, que se olvidaron del amor en el programa de esparcimiento?

              -          No me lo reproches. Para ella fue lo más hermoso. ¿No lo fue para ti?



                   Me levanté sin responder y abrí la puerta para salir. Todavía escuché su voz:



              -          Estela solo sabrá de esto lo que tú quieras contarle. Y perdón.







              5.   Las gaitas están tocando



                   Para bien y para mal, han pasado otros cuatro años de mi vida. Reanudo el relato en un momento espectacular para mí. Licenciado y con la debida preparación práctica en el conocido bufete de Merediz, decidí cortar el cordón umbilical e instalarme por mi cuenta en un despacho con secretaria de la calle de la Pasión. Era el momento oportuno para tomar estado y más teniendo con quien. Seguro que lo han adivinado: con una señorita de buena familia, licenciada en Filosofía y Letras, llamada Estela Chacón. La decisión no ha sorprendido a nadie, aunque preocupa a mi madre, que ve esfumarse la reciprocidad anhelada, pues el casado casa quiere y Estela, aunque de costumbres más morigeradas e ideología más comprometida que antaño, no parece dispuesta a llevar una vida austera, cargando con una familia adventicia y mirando al pasado. Yo me sentía apenado pero, a fin de cuentas, Victoria acababa de casarse con un empleado de la Electra, no muy ilusionada, pero sí convencida de la bondad del muchacho (en realidad, un hombre hecho y derecho). Por su parte, Dolores había montado un buen taller de costura y estaba ennoviada con un carnicero del Campillo. Desde luego, no eran las profesiones ni los matrimonios que papá hubiese imaginado, pero no iba yo a interferir en sus corazones ni a darles carrera de la noche a la mañana. En cuanto a tía Rosa, me abordó con su proverbial energía:



              -          Mira, Daniel, si te hemos salvado de la quema, eso que tenemos ganado. Con el sueldo de maestra de tu madre, tenemos bastante para vivir. Tus hermanas han tomado ya su senda. Así que será suficiente con que eches una mano si es preciso y te muestres digno de nuestro apellido.



                   Con este breve preámbulo bastará para situarnos en el viernes, 14 de marzo de 1947, día previo a la petición de mano de mi novia. Con todos los preparativos hechos y los nervios en tensión, llamé a Estela desde el bufete y le sugerí una sesión de cine y una cena fría ulterior. Aunque algo reticente, aceptó bajo condición:



              -          De acuerdo, pero que sea una película divertida, una comedia. Estoy harta de guerras y de gangsters.

              -          ¿Qué te parece una de Diana Durbin, que echan en el Roxy?



                   A ella le pareció bien y yo encantado. Aquellas películas no eran nada del otro mundo, pero la moza estaba estupenda para mi gusto y cantaba de fábula. Creo que fue una de las últimas cintas de su brillante y olvidada carrera: Su primera noche. No tenía ni idea de su calidad, pero la presencia del gran Charles Laughton y del antifascista Franchot Tone me daba garantías adicionales[3].



                   Todo fue más o menos bien, hasta que Diana se lanzó a cantar una melodía tierna y lenta que conmovió el corazón de Laughton… y no digamos el mío, ya que aquella balada, nunca cantada mejor, era nada menos que ¡mi leit motiv!, la canción de Siobhán, las notas que ella nunca quiso convertir en palabras sino, todo lo más, tararear. ¿Qué canción era aquella y qué diantres decía de emotivo?



                   Salí del cine demudado; tanto así, que Estela lo percibió y me preguntó la causa. No era el día más a propósito para tales confidencias pero teníamos una cena por delante; así que supe que se lo revelaría todo y, cuanto antes y más sencillamente, mejor:



              -          Querida, ¿te acuerdas de Joan?

              -          ¡Cómo voy a olvidarla! Morir tan joven y con lo bien que congeniamos los tres.

              -          Bien, pues una de las dos canciones que cantaba la Durbin era la favorita de ella.

              -          ¡No me digas! Vaya casualidad.



                   Ahora el que tarareaba sin parar era yo, hasta donde permitían mi mediocre voz y pésimo oído. Estela sonreía un poco forzadamente, pero aguantó el rollo con paciencia. Puede que, de saber lo que vendría después, habría sido menos tolerante.



              ***



                   Pasó la pedida como era habitual por aquellas calendas: formalismos, regalos, comida pantagruélica y alguna lágrima que otra. Yo, la verdad, estaba coladito por Estela, con esa tranquila suficiencia que da la costumbre y el saberse amado. ¿Lo llamaré predestinación, amor de nuestra vida, hechura del uno para el otro? Pongan lo que ustedes quieran que, por esa vía, seguro que llegan a buen puerto.



                   Pero, por más fiel y rendido que esté uno, lo pasado deja poso y la dulcísima canción despertaba en mí una insuperable curiosidad. Al lunes siguiente, ya estaba pidiendo ayuda a mi eficiente secretaria Tinita, cuarentona que conocía a todo el mundo en Castellar. En este caso, la cuestión era mucho más difícil entonces que lo que lo ha sido después: hallar una persona que supiese el suficiente inglés como para conocer y traducir la letra de aquella canción. En seguida dio con la persona indicada y preparó la estrategia:



              -          Una profesora de Medicina, amiga mía, estuvo con una beca en Canadá. La invitaré a ver la película y ya me contará.



                   Dos días después, tenía todas las respuestas:



              -          Es una canción conocidísima en todo el mundo de habla inglesa. De hecho, pasa por ser el himno sentimental de Irlanda. Se llama Oh Danny boy y tiene más de una letra, pero la más conocida, que canta Diana Durbin, es esta, una vez traducida.



                   Sacó una cuartilla, escrita con bella letra, pese a ser de galeno. Dos estrofas, dieciséis versos. Así la había transcrito la profesora de Medicina:



              ¡Oh joven Daniel!, las gaitas, las gaitas están tocando

              de cañada en cañada y por la falda de la montaña.

              El verano ha terminado y todas las hojas están cayendo.

              Tú, tú tienes que irte y yo debo quedarme.

              Pero vuelve cuando sea verano en el prado, o cuando el valle

              esté silencioso y blanco por la nieve.

              Yo estaré aquí, que brille el sol o  haya  penumbra.

              ¡Oh joven Daniel, oh joven Daniel, te quiero tanto!



              Y si cuando vengas todas las flores se estuvieran muriendo,

              si yo misma estuviese muerta, pues tal puede suceder,

              ven a buscar el lugar donde yo yazca

              y, arrodillándote allí, reza por mí un Avemaría.

              Y yo te oiré, por suave que pises sobre mí,

              y, ¡oh!, mi tumba se volverá más cálida y dulce.

              Si tú te inclinas y dices que me quieres,

              yo dormiré en paz hasta que vengas conmigo.



              ***



                   Pasé dos días rumiando cómo se lo diría a Estela, pues la decisión estaba tomada desde que leí el poema. Finalmente, pedí a mi prometida que viniese a recogerme por la tarde al despacho, despedí a mi secretaria y, una vez sentados en el sofá, le pasé la cuartilla original y le dije:



              -          Este es el texto de la canción que me dedicaba Joan y que nunca quiso vocalizar ante mí ni, menos aún, revelarme su contenido. ¿Qué crees que debo hacer?



                   Estela leyó y releyó los versos, mientras dos lágrimas empezaban a correr por su rostro. Luego se sonó, enjugando al propio tiempo con disimulo aquellas dos perlas, me devolvió el papel y, mirándome con una penetración que me asombró, repuso:



              -          Supongo que harás lo que creas justo pero, si de mí dependiese, podríamos pasar la luna de miel en Irlanda. Dice mi padre que es una maravilla. Muy húmeda, pero una maravilla.

              -          ¿Y por qué en Irlanda, querida? ¿No estará en Londres?

              -          No, desde luego. Todos los años enviamos un ramo de flores por su aniversario. Es en un sitio de nombre rarísimo pero, desde luego, en Irlanda.



                   Comprenderán ustedes que aquella tarde me excediese en las manifestaciones de cariño hacia Estela, si es que en tal materia existe el exceso. Luego, paseando por los soportales cogidísimos del brazo, le pregunté:



              -          ¿Cómo es que no me habías comentado nada?

              -          Supongo que no quería recordarte cosas tristes.

              -          ¿Solo por eso, mi vida?

              -          Querido –replicó con fingida seriedad-, hay personas a las que no se desea compartir con otras, por mucho cariño que les tengas. ¿Recuerdas? Creo que ese fue el motivo de nuestra primera pelea de enamorados, solo que entonces eras tú el intransigente.



              ***



                   Nos casamos a finales de mayo pero, por motivos que no quisimos revelar, demoramos el viaje de novios hasta el mes de agosto. El pretexto eran mis inaplazables asuntos profesionales, pero el motivo silenciado era preparar toda la documentación para el viaje internacional y hacer las últimas averiguaciones acerca del paradero de nuestra dulce amiga. Muchos se hicieron lenguas –y no cortas- de la originalidad de la idea. La propia Salud, con su espíritu práctico, gruñó:



              -          A ver si vas a quedar embarazada y no podéis ir de luna de miel.

              -          Querida tata –bromeó Estela-: donde caben dos, caben tres.



                   Salimos, por fin, el mismo día primero de agosto, a lo que parece, sin tercer pasajero. Volamos directamente a Londres, donde, pese a las vehementes sugerencias de mi suegro, decidimos no intentar siquiera la visita al profesor Donegall. Estela y yo no nos sentíamos deseosos de avivar en el pobre padre el recuerdo de su hija, con la presencia de personas tan queridas por ella. Sí que nos animamos a llegar hasta Cambridge, tomando fotografías de los lugares más entrañables para el profesor Chacón. Luego, regreso a la capital inglesa y, de ahí, a Dublín. En fin, no es del caso contar nuestro recorrido turístico hasta llegar al pintoresco pueblo de nombre rarísimo, como lo llamaba Estela, y con razón para alguien no gaélico. Se trataba de Ballinasloe, en el condado de Galway, lindando con el de Roscommon. Nos aposentamos en el grato hotel Gullane y, chapurrando en recepción, con la ayuda de la dirección escrita y de la amabilidad de la empleada, me quedó clara la ubicación del cementerio, que resultó ser uno de los más históricos de Irlanda, llamado de Creagh. Subí a nuestra habitación y dije a Estela, que se las estaba habiendo con el vaciado de las maletas:



              -          Querida, no te importará que te deje aquí. Hay cosas que entiendo debo hacer yo solo.

              -          ¿Ya tienes los detalles sobre la ubicación precisa de la tumba?

              -          Pues no y aún no sé cómo obtenerlos.

              -          Veo que te vendrá bien una ayudante y, de todos modos, Joan era tan amiga mía como tuya. ¿O no?



                   En fin, he aquí una pareja de españoles, a primera hora de la tarde, presentándose en un bello camposanto irlandés, con un ramo de flores en las manos, en busca de una tumba de situación completamente desconocida. Afortunadamente, tras una media hora de emocionada busca, apareció una señora enlutada, con quien nos hicimos los encontradizos para preguntarle por la sepultura de Siobhán Donegall. Aunque intrigada, sin duda, por lo exótico de nuestro acento, tuvo la gentileza de acompañarnos hasta el lugar donde yacía nuestra amiga. Estela posó el ramo a los pies de la lápida de granito, rezamos juntos un padrenuestro y, como si tuviese prisa, me dijo te espero fuera y se retiró.



              ***



                   ¿Quién podría, de no ser un gran poeta, o un enamorado en estado de gracia, superar a mi colega togado, Frederick Weatherley [4], en su descripción del encuentro de Danny boy con su innominada amante? Yo no, desde luego. Solo soy un contador de historias y no figuran entre mis favoritas las que me tocan tan de cerca. Si Joan y yo hemos de encontrarnos un día para nuestra felicidad, es algo que no sé si creer ni desear. Tal vez para los aún vivos y amados sea más fácil el escepticismo que para los moribundos. En cualquier caso, y por lo que a mí respecta, una seguridad les doy: Joan duerme en paz.



                   Encontré a Estela en la cancela, cara al sol poniente. Tomé su mano y, sin una palabra, regresamos al hotel. Esa noche, en el calor del lecho, me hizo la pregunta que yo mismo me había formulado mil veces con la mayor seriedad:



              -          Querido, si existe otra vida, ¿de quién seréis los que tuvisteis en esta la suerte inmensa de amar y ser amados más de una vez?

              -          San Mateo, capítulo 22, versículos 23 y siguientes, respondí.



                   De donde se infiere que cualquier pregunta hecha con el corazón puede ser respondida con la cabeza. Al menos, en un primer momento.



                  







              [1]  Para todas las alusiones a modas y usos sociales de las parejas de la época, me remito de modo general a la siguiente obra, atractiva y fácilmente accesible: Carmen MARTÍN GAITE, Usos amorosos de la postguerra española, edit. Anagrama, Barcelona, 1987, y ediciones sucesivas.
              [2]  Alusión al mito de Zeus e Io, encontrable en cualquier mitología mínimamente informada.
              [3]  Su primera noche (Because of him), película de 1946, dirigida por Richard Wallace. Diana Durbin (en inglés, Deanna Durbin). Franchot Tone fue uno de los más distinguidos actores extranjeros antifranquistas o, por mejor decir, a favor de la II República durante nuestra Guerra Civil.
              [4]  Frederick Edward Weatherley (1848-1929), abogado de profesión, autor del poema Oh Danny boy,  traducido más arriba al español, y musicalizado con una anterior melodía de autor ignoto, conocida por Londonderry (o Derry) Aire (o Air) y, antes aún, como Aislean an Oigfear (The young man’s dream).