viernes, 21 de octubre de 2011

EL VIAJE DE ESTUDIOS



Un viaje de estudios



Por Federico Bello Landrove



     Medio en serio, medio en broma, pasado y presente se funden en forma de dos amigas que, como suele ser habitual en lides de intromisiones sentimentales, consiguen lo contrario de lo que pretenden y fracasan, quien en el amor, quien en el odio. Y, en medio de ellas, un hombre torpe, que falló cuando quiso amar y tal vez acierte cuando se deje querer.







    1.  Apariencias en Europa


           Pudo ser por casualidad. El hecho es que la honorable Etelvina Cintrón, magistrada del Tribunal Superior del Distrito de Panamá, viajó hasta Villafranca, en enero de dos mil y pico, para asistir a los famosos cursos internacionales que todos los años organiza la Facultad de Derecho de su multisecular Universidad. Otros muchos jueces latinoamericanos habían tenido simultáneamente la misma idea, aunque ninguno de su país. Pero no era esa la única exclusividad de la señora Cintrón, ni la que hubo de dar lugar a este relato. A los dos días de estancia en la pequeña ciudad meseteña, doña Etelvina se encaminó a su Audiencia y solicitó ser recibida por el presidente. La pretensión que la llevaba a dicha autoridad era muy razonable, aunque no contase con el refrendo de los organizadores de aquel curso, de duración mensual:



      -          Verá, doctor, me gustaría cambiar impresiones con mis colegas españoles, en particular, con los que ejerzan mi especialidad.

      -          Ningún problema, magistrada. ¿Cuál es ella?

      -          La de familia.

      -          Pues entonces la pondré en contacto con el único juez que lleva en Villafranca esos asuntos. Es un magistrado veterano y muy bien considerado. Le telefonearé, anunciando su visita.



           Veterano y muy bien considerado. Era una manera, como otra cualquiera, de definir superficialmente al magistrado Eduardo Arribas. De otras maneras también podría haberlo caracterizado a priori la propia señora Cintrón, quien quedó muy satisfecha del resultado de su visita. Tanto, que declinó el ofrecimiento del presidente, en el sentido de animar a otros asistentes del curso para que conectaran con sus compañeros villafranquinos. Incluso, como si quisiera evitar habladurías o acompañamientos indeseados, dejó caer en el café de media mañana:



      -          Voy a tener que ir a saludar a un pariente lejano mío que vive acá. Los días pasan que es un gusto en esta ciudad de ensueño.



      ***



           Don Eduardo quedó agradablemente impresionado cuando tuvo ocasión de conocer personalmente a Etelvina, a quien se la habían anunciado como una juez de familia de Panamá. La primera razón de sentirse satisfecho era, sin duda, la apariencia de la señora, bastante más joven que él, simpática, bien conservada (¡horrible expresión!) y con esos atributos de presencia y ornato que suelen calificarse –también con dudoso acierto- como propios de una mujer con clase. El segundo motivo era como para orgullecer, si él hubiese sido capaz de tal sentimiento: la señora había leído su famosa tesis doctoral, adelantada a su tiempo, sobre el ejercicio compartido de la guarda y custodia por los padres separados. De hecho, según ella, era ese el motivo de haber querido conocerlo, aprovechando su estancia en Villafranca. Eduardo puntualizó:



      -          Entonces, ¿no está interesada en ver cómo se trabaja la materia en nuestro país?

      -          No particularmente, doctor. Ya nos agobian bastante en la Universidad con las conferencias, mañana y tarde.

      -          Sí, pero hay mucha diferencia de la teoría a la práctica.

      -          En efecto. Por eso me atrae el conocer los problemas e inquietudes de un magistrado español, más allá de la rutina del quehacer diario; desde la independencia, a los sueldos, todo lo que nos permita establecer los parecidos y diferencias en materia judicial entre nuestros dos países.

      -          Ya comprendo. Su interés coincide con el mostrado, en años anteriores, por colegas de otros países, de paso por los cursos de Villafranca: brasileños, colombianos, salvadoreños... Para mí fue muy estimulante.

      -          Pues espero que esta vez lo sea también. ¿Cuándo podríamos empezar?

      -          Estoy a su entera disposición.



           Y así fue como entró en juego la tercera y más poderosa razón de atractivo para el magistrado Arribas, verdadero adicto al arte de aprender de todo sin salir de su ámbito, así como de mostrar a los forasteros las bellezas de la ciudad que había elegido para vivir muchos años atrás, no lejos de donde había nacido.



      ***



           El mes de enero en Villafranca invita a permanecer en ámbitos cerrados. De aquí que, rendida visita a los monumentos más espectaculares, Eduardo y Etelvina se convirtieron en asiduos de cines y cafeterías. El interés por sus respectivas vidas había dejado ya muy atrás los aspectos profesionales, para pasar a una intimidad general. No se me ocurre una descripción más escueta que la de que se sentían muy a gusto juntos. Hasta el día 19 del mes, sin embargo, no llevaron su convivencia a horas genuinamente nocturnas. El juez de familia invitó a su huéspeda a cenar en un restaurante de la Plaza Mayor. Al concluir, Eduardo, con su sonrisa más ingenua, sugirió:



      -          Es costumbre muy española la de invitar a los amigos a conocer la casa. Yo lo he ido demorando contigo, más allá de toda cortesía, por tenerla un tanto abandonada. ¡Como vivo solo! Pero no creo que sea razón suficiente. Así que, si no te vence el sueño, podríamos llegarnos hasta allí y tomar una copita. No nos llevaría más de diez minutos.

      -          ¿Tan rápida será la copa?, bromeó Etelvina.

      -          Me refería a la duración del trayecto –replicó Eduardo, simulando seriedad-. La copa puede ser tan larga como tú quieras.





        2.  Realidades en América

             


          -          Así que por fin te saliste con la tuya y lo conociste –la voz de Cecilia sonaba a forzado reproche-.

          -          Desde luego; no me iba a quedar con las ganas, después de viajar cinco mil millas –replicó Etelvina-.

          -          Está bien. Cuenta todo lo que quieras. Supongo que para eso habrás venido.

          -          Chica, no seas tan displicente, que te estás muriendo de ganas por saber.



               La conversación se desarrollaba en el minúsculo jardín del chalet que en Costa del Este ocupaba la profesora Cecilia de la Bárcena, titular de Literatura en la Universidad Católica. Quien no estuviera al tanto de sus relaciones de mera amistad, nacida de una vecindad de más de quince años, hubiera podido pensar que Telva –nombre familiar de la magistrada- y Cecilia fueran parientes: tal era el aire de familia que les confería su tez morena, ojos oscuros y muy vivos, complexión fuerte, cabello entre corto y media melena y vestuario conjuntado e informal. Pero mi sabiduría ha de llegar a más, si quiero responder a las realidades que ofrece la rúbrica de este capítulo. Así que, por unos dólares –o balboas, que tanto da-, me permití comprar las confidencias de Francisco, uno de los jardineros de la urbanización Las Gaviotas, aunque, como él mismo me dijo:



          -          ¡Por favor, señor, si no lo vale! Con placer le diré cuanto quiera acerca de las señoras, porque lo son de verdad. Sólo con que me hubiese invitado a un ronsito... Claro que no es fácil encontrar por aquí un buen bar. En fin, ¿qué quiere usted saber, dentro de lo que no ofenda a la intimidad que un trabajador, como yo, debe respetar?

          -          Hombre, he venido de tan lejos, que... Bien, para empezar, ha hablado usted de señoras. ¿Están casadas?

          -          Doña Telva, no. Y mire usted que lo tiene todo para agradar: buena, simpática, buen tipo..., aunque lo que se dice guapa, para mí que... En fin, con un cargazo, que hasta podría mantener a su marido, si se terciase...

          -          ¿Y la otra, la profesora?

          -          Ella está divorciada. De vez en cuando, vienen los hijos a verla, pues no viven en Panama City. No debería decírselo, pero me ha caído usted bien y más, que me huele a mí que pueda ser conocido suyo, ya que ella es española, aunque lleva en Panamá un montón de años... En fin, que tuvo alguna aventurilla y, hace algún tiempo, estuvo a punto de volver a casarse, pero nada. Es lástima que siga sola una mujer como ella.

          -          ¿Como ella?

          -          Ya me entiende... Quiero decir que no me parece una persona para estar sola. Y tiene su genio pero, bien llevada, es un encanto de señora.



               Así que vecinas, amigas y libres. No hacía falta ser muy imaginativo para plantearse mentalmente la escena del jardín, antes dialogada. Un poco más difícil era encontrar las causas y los objetivos que habían impulsado el viaje de Telva a Villafranca y su búsqueda del juez de familia del partido. ¿Hasta qué punto había estado Cecilia al corriente de todo? ¿Había sido solo curiosidad femenina –con perdón- o actuación estudiada? Y, de resultar esto último, ¿se había desarrollado todo conforme a lo previsto o un servidor había alterado sin querer alguna parte del argumento?



               Algo de todo eso podría quedar más claro, si les hago llegar un dato relevante. Cecilia y yo, en nuestros lejanos buenos tiempos, habíamos sido medio novios y, de aquel corto idilio de adolescentes, como del aleteo de la mariposa, vino a resultar un cambio drástico y terrible en la vida de ella. Lo drástico consistió en que, un poco de rebote, se casó con un estudiante panameño de medicina y tuvo que irse a vivir a tan lejano país. Lo terrible, que el matrimonio resultase un desastre y, según mis menguadas referencias (en las que no figuraba con seguridad su divorcio), ella las pasase de a kilo para reordenar su complicada existencia, con éxito, desde luego.



               Repasaba yo todo esto tumbado en la cama de mi habitación del coqueto hotel Bristol, a donde había ido a parar como miembro de una excursión a Ciudad de Panamá y Cartagena de Indias. Desde luego, mi intención principal era la de contactar por sorpresa con mi admirada Telva, cosa que les pondrá a ustedes sobre la pista de mi romanticismo, por no llamarlo de otro modo peor. Ello no es óbice para reconocer que, en mi humilde opinión, las dos ciudades susodichas bien justificaban un viaje organizado, con su aditamento de contacto con la naturaleza tropical y facilidades idiomáticas.



               Eso fue ayer, como si dijésemos. Como también sucedió ayer que, presa de la nostalgia, cogiera la guía telefónica para llamar a Cecilia para verla y charlar del pasado…, encontrándome con la casualidad, nada casual, de que tenía su domicilio en la misma urbanización que Telva y con casi las mismas señas. Se hizo la luz y comprendí al momento los motivos por los que mi gentil panameña me había elegido como acompañante y guía a primera vista, pues lo de que ella también era magistrada de familia se me hacía ahora un poco indigesto.



               Decía que eso fue ayer. Hoy de mañana, buscando las horas en que mis dos mujeres estuviesen probablemente en su trabajo, me dejé caer por Las Gaviotas y saqué al jardinero toda la información que me quiso dar. Y ahora, con la cabeza a pájaros, trataba de montar la estrategia para enterarme de todo, a ser posible, de forma cordial y sincera. El tiempo discurría con desesperante lentitud, sin que me decidiera acerca de la puerta que tendría la prioridad de mi llamada. Al fin, resolví dejarlo al albur y abordar en primer lugar a aquella que primero llegase a su casa.



          ***



               Quiso la fortuna que, camino de la calle de su común residencia, me topase con Francisco, que ya marchaba a comer, cumplida su jornada matinal de trabajo. Me sonrió de oreja a oreja:



          -          ¡Ay qué bueno, señor! Precisamente acaba de llegar doña Cecilia y le he dicho que la buscaba un compatriota.

          -          Gracias, Francisco. ¿Y qué ha dicho ella?

          -          Me pidió que lo describiera, pero no le sirvió de nada, según me dijo.

          -          Menos mal –pensé-. No querría perder el factor sorpresa; y aún así…



               Se ve que hoy estaba de suerte. Apenas había llamado al interfono de la puerta del jardín, un espléndido carro frenó chirriante tras de mí y la voz de Telva llegó cantarina e inconfundible a mis oídos:



          -          ¿Es una aparición o es mi amigo de Villafranca?



               Tuve el tiempo justo de volverme y hacerle una seña de saludo. Una voz, que yo ya no supe reconocer, me pidió identificación desde la casa. Acerqué mi rostro a la pequeña videocámara y le solté, así como sueña:



          -          Profesora, el pasado llama a su puerta.



               Momentos después, Telva se me venía encima, con un torrente de besos y zalamerías, mientras Cecilia, bastante más lentamente, abría la puerta del porche e iniciaba, camino abajo, la travesía de su pequeño jardín. De esas cosas que le quedan a uno grabadas, recuerdo que me fijé en su falda color malva, con volantes, y en una hamaca azul celeste que colgaba de dos de los tres árboles que daban sombra a la fachada principal de la casa.





               Dicen que la suerte es esquiva o, en todo caso, inconstante. Cuando, a la caída de la tarde, me despedí de mis dos amigas, estaba claro que, aunque sabía bastante más que al principio, no pisaba terreno firme. Por decirlo de otro modo, más expresivo, no había ningún motivo para alargar o repetir mi estancia en Panamá. Les juro que todo fue sin mala intención y que ellas se portaron muy educadamente, pero… En fin, juzguen ustedes mismos.



               Resultó que, de tantas cosas como comentan dos amigas íntimas, Cecilia había contado a Telva nuestro malhadado flirteo juvenil y, bien por lo malo que vino después, bien por lo que suelen ennoblecerse algunos recuerdos, el hecho es que me puso bastante mejor de cuanto yo merecía. Internet y los cursos de invierno para posgraduados latinoamericanos hicieron el resto. El problema, como en la fábula del perro del hortelano, vino del hecho de que la magistrada invadió el terreno que la profesora consideraba de su exclusivo recuerdo y delectación. Yo conocía lo suficiente a Cecilia, como para comprender que no iba a olvidar desliz tan imperdonable: ¡haber aprovechado Telva sus confidencias para abordar a Eduardo! Anda, que si llega a tener noticias ciertas del resultado del abordaje…



               Me sentía a disgusto, de modo que decliné los ofrecimientos de ambas amigas de llevarme hasta el casco antiguo. En el hotel inicié un extenso soliloquio, que es mi forma de ordenar y fijar los hechos que me duelen, seguramente, intentando también excusar mi responsabilidad en ellos y hallar el rayo de luz del relativismo del mal. Bajé a cenar porque lo teníamos incluido en el precio y para cambiar de interlocutores. Iba por mi segundo bocado de la reina de postre, cuando reclamaron mi presencia en recepción. ¡Era Etelvina!



          -          Querido, no quiero que te marches de Panamá sin saber lo que voy a decirte. Fui a buscarte a España dispuesta a hacerte pagar lo mucho que Cecilia ha sufrido por culpa tuya, pero qué quieres, me caíste bien, decidí darme la oportunidad de conocerte y ya no fui capaz de vengarme por ella. ¡Qué diablos, que cada cual ajuste sus propias cuentas! Total, después de esta tarde, dudo que siga siendo mi amiga.

          -          Eso es lo que más me duele, Telva. Primero causé un desastre a Cecilia, por pura estupidez o torpeza de chiquillo. Ahora te origino un daño a ti, por inadvertencia y excesiva sinceridad. No sabes lo mal que me encuentro esta noche.

          -          Pues veamos, doctor, si soy capaz de quitarle la tristura, de hoy para mañana.

          -          ¿Y si repite mañana?

          -          Vamos, vamos, no seas mimosón.



               Así que el relato de mis desventuras tendrá que esperar algún tiempo. Después de todo, como les decía, Ciudad de Panamá es preciosa.






              





              

          EL POETA Y EL GUERRERO


          El poeta y el guerrero

          Por Federico Bello Landrove

          Es lebe das heilige Deutschland!



               La lectura acerca de la vida y relaciones del poeta Stefan George (1868-1933) y del militar Claus von Stauffenberg (1907-1944) inspiran este relato y plantean un interrogante general: ¿hay, o debe haber, dualidad personal entre el hombre de acción y el de pensamiento? La respuesta o, cuando menos, una respuesta puede deducirse del ejemplo que ambos sellaron con su muerte.



               Nadie sino tú, cuando apenas era un adolescente, se atrevió a descubrir mi alcurnia, a predecir mi destino:

          Para algunos eres un niño;

          para otros, un amigo; para mí,

          el dios al que adiviné

          y al que tiemblo al adorar.

               Ahora yaces inerte sobre un túmulo erigido en tierra extranjera, sobriamente ornado de laureles, con la guardia, orgullosa y compungida, de tus Doce. Hemos coronado tu frente como a un héroe romano y al alcance de tu mano izquierda yace el ajuar de tus joyas de oro, como en las exequias de un príncipe germano. A la capilla acuden, respetuosos, convecinos que apenas te conocen, quienes, respetando los símbolos de Apolo, depositan flores a tus pies, sin llegar a vislumbrar tu nívea cabellera. Nosotros, en vida, te rodeábamos hasta tocar tu cuerpo y beber tus palabras; recitábamos los versos y cantábamos los himnos, guardando en la memoria ideas y cadencias. Pero, ¿verdaderamente comprendíamos su valor y significado? ¿Estábamos realmente más cerca de ti de lo que esta viejecita que se aproxima temblorosa, hasta rozar con su velo las ramas de Dafne?

               Sí, en verdad, nos hemos empapado de tus gestos, hemos formado piña en las escalinatas del castillo de Heidelberg, en el salón empapelado de tu casa de Berlín. Hemos comprendido el valor de tu ejemplo y asumido la gloria de las obras de la cultura y del espíritu. Aunque, después de todo, ¿qué dejas tras de ti, o qué te debo realmente? Shakespeare y Goethe te han precedido en mi recuerdo; mi madre recitaba a Hölderlin y yo he pisado los escenarios de niño, representando a Schiller. Antes de conocerte, me ejercitaba con el violoncelo y ya había oteado el mar de hayas desde las rocas de Torfelsen. ¿Qué te debe mi antepasado Gneisenau, o qué era de ti cuando los Schenk servían a la casa de Suabia? ¿Acaso necesité de tu autoridad para entronizar la excelencia, o de tu consejo para hacer mía la impasibilidad? Yo soy el Caballero de Bamberg; en mi pecho palpita el servicio a Alemania, sin necesidad de adivinanzas, ni de arcanos. Y, sin embargo, estoy llorando por tu partida y ante tu muerte me siento huérfano. Mis hermanos son tus albaceas y yo, depositario de tu legado. Las generaciones se encuentran, los contrarios se unen, ciencia y acción se besan. Un día te juré fidelidad y no he de traicionarte. Ya llegan otras fidelidades, ya nos imponen nuevos servicios: nada importa. Tu compromiso ha sido el primero: tiempo y religión lo exigen. Ningún hombre es mayor que mi conciencia; lo fácil no tiene cabida en nuestras vidas. Cuanto más me alejo de ti, mejor te conozco; cuanto más fiel soy a mí mismo y a mi estirpe, en más te estimo. No es maestro quien adoctrina, sino quien ilumina; discípulo es quien escucha, no necesariamente el que sigue. Quede para otros el servilismo y la entrega incondicional. Yo te honraré sirviendo a mi país y a mis iguales.

          ***

               ¿Por qué te alejaste de nosotros, qué te hizo tan escurridizo? Sí, bien lo sé, ahora que yo también sufro y vacilo. ¿Es posible que nuestra Alemania Secreta haya sido la matriz del oscurantismo nazi, que tu führer haya alumbrado al Anticristo? Tal vez transigimos en exceso; quizá no fue bastante retirarte a Suiza, desoyendo el te daré del demonio pardo. Mi cabeza da vueltas. La noche en vela pesa en mis párpados y me ahoga el humo de los cirios. Versalles y Núremberg, Escila y Caribdis, indolencia culpable y cascos de acero. Pero no temas, tu voluntad será ley, yo me encargaré de ejecutarla. Ocultaremos tu sepelio, no admitiremos la espuria esvástica. Dormirás en paz en esta tierra de paso; solo las rosas harán pesada la tierra sobre ti, como a huésped de Algabal. Sí, los más jóvenes desconocen el fondo de tu corazón y mezclan las tradiciones. Mira, lo presiento, alzan rígidos sus brazos y se saludan al modo imperial. Pero tú y yo nos encontraremos al  final de mis días y nos reconoceremos por las doradas alianzas, que cierran también el círculo de su leyenda: finis initium.

          ***

               El poeta es enterrado en tierra sagrada, en el pequeño cementerio. El guerrero es esparcido al viento, tras dar el amigo por él su vida y disparar los soldados hermanos la ráfaga mortal. ¿Qué gritó el discípulo en la noche, en aquél cuadrilongo de granito, al dar su espíritu al éter? El maestro aguzó el oído desde las estrellas, pero no llegó hasta él nítido el mensaje. Quizá fue el deseo, no el viento, el que le trajo confusas palabras:

          Es lebe unser geheime Deutschland!

               En cualquier caso, y como el maestro había definido, yo soy la unidad y la dualidad. Al volar hacia el cielo las cenizas por las chimeneas del campo de concentración de Sachsenhausen, nadie habría podido asegurar si eran restos de guerrero o de poeta, de discípulo o de maestro. O, tal vez, de ambas cosas:

          Soy el símbolo y el significado,

          soy el altar y la plegaria,

          soy el fin y el comienzo.




          viernes, 14 de octubre de 2011

          NOCHE DE LUNA LLENA



          Noche de luna llena



          Por Federico Bello Landrove



               No está el mañana en el ayer escrito, dijo el poeta. ¿Y el hoy? Si en muchas ocasiones somos estúpidos al torcer el guión de nuestra vida, es de suponer que en otras –por pocas que sean- no nos apartemos de él. La cuestión es saber leer dicho guión y extraer de ello nuestra fuerza y breve ración de felicidad. El presente cuento roza todas esas cosas.




               Conste que me lo advirtió, mientras cenábamos solos aquella noche en el restaurante del hotel:



          -          Hay ciertas cosas que, no solo están fuera de lugar, sino que pueden hacernos aún más daño.



               Pero yo, erre que erre, como si hubiese hallado una gracia irresistible en la manida frase:



          -          ¿En tu casa o en la mía?



               Y, al fin, su respuesta, que me supo a gloria, pese al deje resignado de su voz:



          -          Sea. Llamaré a mis padres, para que no estén preocupados.



               De donde se infiere que había optado por mi casa, por llamarla de este modo.



          ***



               Hay cosas que solo se confiesan por escrito y en la confianza de que los lectores no te conozcan. Y aún así... La verdad es que me da un poco de vergüenza reconocer que, ya entonces, tenía yo cincuenta y tantos y ella, alguno menos. Y no responde el pudor al hecho de  sentir el amor a flor de piel a tal edad, sino a no haber sido capaz de decidirme hasta entonces a manifestarle tan francamente que seguía amándola. Tuvieron que pasar más de treinta años, con sus dolores y sus desengaños, para que aceptásemos lo que cualquiera de nuestro entorno había comprendido en nuestra adolescencia: que estábamos hechos el uno para el otro; que lo aceptásemos y que obráramos en consecuencia, o más sencillo aún, que nos dejásemos llevar.



               La inexperiencia de la juventud nos había alejado. Cuando echaba la vista atrás, me sentía culpable por ello: ni la había sentido como la mujer de mi vida, ni había intentado luchar contra las nimiedades que habían obstaculizado antaño nuestra relación, tan incipiente. Ignoro si ella también se sentía a disgusto o frustrada, por no haber sabido tampoco enfrentarse a las dificultades de otrora, ni haberme ayudado a reconocerla como necesaria. Lo cierto es que, en aquella cena, recibió mi confesión de errores y la consiguiente petición de perdón, como algo natural y conveniente. A fin de cuentas, ella era, con mucho, quien más había sufrido por la ruptura y el distanciamiento. Yo, sin ella, había llegado a sentir nostalgia y vacío, pero ella –bueno, Alicia- tenía tras de sí toda una vida de frustración y soledades.



          ***



               Nos volvimos a encontrar casi por casualidad. Se celebraba en la Facultad el homenaje (naturalmente, póstumo) a uno de nuestros pocos grandes maestros. Había varios oradores, en nombre de diversos estamentos e instituciones. La voz de los discípulos la llevaba Alicia. No en vano, desde la Universidad Autónoma de Méjico, simbolizaba la escuela viva del profesor Bances y varias de sus novelas presidían los expositores de nuestras librerías, con cierto éxito de ventas.



               Por cierto, fue -¡quién lo habría dicho!- una operación mercantil la que nos unió. Yo también había decidido asistir al homenaje, aunque viajando desde una ciudad cercana y sentado entre el público. El añorado diario de Castellar traía la noticia en quinta página:



               En la mañana de hoy, de once a dos, en “El Corte Inglés”, firmará ejemplares de sus obras la conocida escritora castellarense, Alicia Campuzano.



               Escogí, por amor al título, Cuentos de la luna llena, y me puse en la cola, no muy larga. Sin levantar la vista de la mesa, la autora me preguntó:



          -          ¿Su nombre, por favor?

          -          Ricardo Lafuente, para servir a Dios y a usted.



               Alicia alzó su rostro como por ensalmo. ¡Señor!, cuan duro es el paso del tiempo sobre la piel. Sonrió y escribió, tal vez más de lo habitual para una dedicatoria formal. Luego,



          -          Espero que le guste. El siguiente.



               Algo mustio, busqué en el libro el lenitivo para tan superficial encuentro. Lo hallé en el autógrafo de la guarda:



          De la autora del libro, al autor de sus  mejores recuerdos.

          Castellar, 597-236-021



               Lo encontré un poco exagerado, la verdad. Tanto, que musité al salir a la calle:



          -          Muy mal ha tenido que irle para que nuestro dolor juvenil sea su mejor recuerdo.



               Luego paré mientes en la inusitada fecha que cerraba la dedicatoria. No ofenderé la agudeza de ustedes, explicándoles que se trataba de un número de teléfono móvil, el cual me he permitido alterar, como única licencia a todo lo largo del relato.



          ***



               La firma de libros concluía a las dos y estaba claro que mi recuperada amiga quería que fuese el teléfono nuestra vía de comunicación. En consecuencia, a las dos y diez, desde una cafetería frontera a los almacenes, hice la llamada que mi corazón y mis piernas esperaban temblando. Su voz sonó fresca, aunque para mí casi desconocida:



          -          Lo siento, Ricardo, voy ya camino de la comida protocolaria con los organizadores del homenaje y los demás intervinientes. Como supongo que asistirás al acto de la tarde en la Facultad, llámame como una hora después de que termine y podríamos ir a cenar, si es que te quedas en Castellar esta noche.

          -          Por supuesto. No me gusta conducir de noche y, además, no me perdería tu oferta por nada del mundo.

          -          ¡Eh!, que de oferta nada. Pagaremos a la romana. Así que vete pensando en un sitio acomodado al sueldo de una profesora.

          ***

              

               Les ahorraré la descripción del acto en homenaje al profesor Bances. Cuando a un gran hombre se le deja vivir en el ostracismo y morir en el olvido, no deja de ser superfluo hacer necrofilia con su persona. A fin de cuentas, los muertos ilustres no necesitan de honras: somos nosotros quienes nos engrandecemos honrándolos. Bien, algo de eso dijo Alicia cuando la dejaron perorar, tras casi una hora de breves intervenciones de políticos y claustrales de lo más variopinto. Yo me entretuve refrescando la memoria con los óleos y molduras del salón de actos y tratando de identificar a algún antiguo compañero entre la concurrencia. No digo que ninguno asistiese, pero yo no vi a nadie conocido. Claro que después de treinta años…



               Por lo demás, mi amiga estuvo muy bien: sentimental, florida, no muy prolija. En verdad, el tema, en lo estrictamente técnico, me resultaba extraño. Aquella no era mi especialidad y yo estaba muy lejos de pertenecer a la escuela lingüística heredera del profesor Bances, ni a ninguna otra.



               Abandoné el paraninfo pensando más en decidir el lugar de la cena, que en el contenido del acto recién concluido. De pronto, tuve una maliciosa iluminación, que asumí al punto: ¡Qué mejor que el restaurante del hotel en que me alojaba! Era elegante, de buena fama gastronómica, próximo a la casa de los padres de Alicia y con alguna otra ventajilla que, si ustedes no se la imaginan, no tardarán en descubrir.



               A la hora en punto desde la conclusión del acto, llamé al número indicado. Para entonces, había cambiado mi traje y corbata por un atuendo informal, repetido el afeitado y usado generosamente mi colonia predilecta. Con todo, el espejo no me permitía abrigar grandes esperanzas de seducción. Me enfadé conmigo mismo: qué diablos, también ella había perdido mucho en la corta distancia. La cuestión era que me resultaba imposible desligarla de los recuerdos juveniles, valorarla con la objetividad de un desconocido.



               Su voz sonaba fatigada, con un fondo de guirigay:



          -          Voy a librarme de estos pesados. ¿Dónde has decidido?

          -          En el restaurante del hotel Picavea, junto a tu antigua casa.

          -          Chico, qué detalle. Espérame ahí. Estaré en un cuarto de hora.

          ***

               Dos horas y botella y media de vino después, habíamos llegado a un grado de intimidad y armonía, como para permitirme el lanzamiento a tumba abierta con que he iniciado el relato. A qué entrar en detalles. Fue como si el tiempo hubiese pasado en vano, dejándonos uno frente al otro, sin reservas ni acritudes. Tal vez quedase mucho por decirse pero, sin palabras, entendimos que el reloj sí gobernaba el presente y había aún mucho por hacer aquella noche.



               Abrí la habitación y busqué a tientas la ranura en que embutir la tarjeta magnética que cerraba el circuito eléctrico. Ella me rozó la mano:



          -          Deja; estamos bien así.

               Se dirigió decidida a la ventana, descorrió las cortinas y pareció mirar al cielo:



          -          Ven, acércate y contempla qué belleza.

               Miré al frente. Tras el oscuro proscenio del parque en penumbra, lucía el decorado de la catedral, iluminada con una luz blanca y precisa, casi fantasmagórica. Pasé mi brazo por su hombro y rocé su cabello con los labios:



          -          En efecto –dije, jugando a los equívocos-. Una belleza maravillosa, que supera ufana el paso del tiempo.

               Ella sonrió.



          -          Y hay luna llena.

               Se apartó de la ventana. Me hizo sentar con firmeza en la butaca junto al velador:



          -          No te muevas o la visión se desvanecerá.

               Fue retirando de sobre su seno la chaqueta del traje sastre, la blusa satinada que yo había admirado; finalmente, el sujetador. Luego, volvió a acercarse a la ventana y se colocó de tres cuartos. El resalte, turgente aún, del lado derecho no tenía la esperada correspondencia simétrica en el izquierdo. Hizo ademán de volver a vestirse.



          -          Quédate, por favor, Alicia. Haremos lo que tú quieras, pero no echemos a perder esta noche. Nos la merecemos. Y la he esperado treinta años.

               Parecía como si una voz interior me dictase cuanto había de hacer. La ternura guiaba mis manos. Completé su desnudez, abrí la cama y la arropé como antaño hacía mi madre, como tantas veces imaginé hacer con ella antes de perderla. Luego arrimé al lecho una butaca, tomé su mano y hablé; hablé sin parar, sin pensar, de todo: de ayer y de hoy, de la verdad y la ficción, del frío y del amor eterno, del seno mutilado y el alma enhiesta, del mundo y de mí, sobre todo de mí, que siempre ha sido mi tema favorito. Ella apretaba mi mano y no decía nada, nada… y no me importaba.



               No sé cuánto tiempo pasó, ni los motivos, pero mis palabras, como un cuento, acunaron su sueño. Deposité su mano sobre la cama, me alejé quedo de su lado y volví a contemplar la catedral y la luna. Aquella estaba donde siempre; esta había girado y proyectaba su tenue luz espectral sobre la mesita velador, donde yo había puesto por la tarde el libro dedicado por mi amada. Volví varias veces hasta ella, para contemplar su sueño. Finalmente, la besé en la frente y, vestido como estaba, me eché sobre la cama contigua y, ya de madrugada, quedé profundamente dormido.



               Amanecí justo a tiempo de empacar mis cuatro cosas y abandonar la habitación antes de mediodía.  Ella  había desaparecido.



          ***



               No pasó de la tarde siguiente que iniciara la lectura del primer cuento del libro de Alicia, que daba título a la colección: La luna llena. Reproducía, con total fidelidad, punto por punto, cuanto habíamos vivido la noche anterior. Solo en un pequeño detalle se apartaba de nuestro encuentro: La protagonista, en lugar de un libro, dejaba a su amado una rosa. Pero ese cambio a mí no me importó en absoluto.