sábado, 15 de abril de 2017

ENTRE LOS PINOS (II). GUY FAWKES

Entre los pinos (II). Guy Fawkes

Por Federico Bello Landrove


     Desde finales del siglo XV, Valladolid se rodea de un cinturón de pinares, para compensar la deforestación anterior[1]. A principios del siglo XVII y por cinco años, la Ciudad será capital de la Monarquía hispánica[2]. Es el momento al que se refieren los tres relatos de esta serie, en que transitan por aquellos bosques de pinos ilustres viajeros ingleses. ¿Realidad o fantasía? Diré que me muevo entre lo cierto y lo posible. En este, sobre Fawkes[3], la Historia toma la palabra.



1.      Un capitán de iniciativa


     Corren los últimos días del año 1603. Embozado en una vieja capa militar, aquel sujeto, alto y apuesto, tocado con un sombrero de elevada copa y ala ancha, avanza lentamente, bien por asegurar el paso entre la nieve, bien por comprobar que nadie lo sigue. Ya no debe de estar lejos del pabellón de caza, a juzgar por las indicaciones garrapateadas en la cuartilla que le han entregado, la que, a cada poco, extiende ante sus ojos. Dicen que toda prevención es poca, ahora que, hasta esta pequeña Capital[4], afluyen agentes y diplomáticos extranjeros en pro o en contra del inminente Tratado de paz[5]. Por eso, después de mil evasivas y circunloquios, el Duque de Frías[6] lo ha citado en esta mañana gélida en su madriguera del Pinar, muy cerca del río Duero, donde acostumbra a retirarse para la práctica de la caza.

     Guido -como gusta ser llamado- se detiene unos momentos y contempla las hojas de los pinos, convertidas en agujas de hielo. Repasa mentalmente las razones que ha de trasladar al prócer para convencerlo de lo justo y factible de su argumento. Pero pronto estalla en una retahíla de reproches y exabruptos, mientras hace memoria de sus últimos diez años, una década entregada a los tercios españoles, combatiendo sin tregua en Flandes y Francia, hasta alcanzar el honroso grado de alférez y la propuesta de ascenso a capitán, que a saber en qué cajón de qué Consejo acabará perdiéndose, gruñe decepcionado.

-          “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe[7]. ¡Cuántas veces no habré puesto en peligro la vida, como tantos otros de mis compatriotas! Pero está visto que nuestra sangre es bien recibida, no las iniciativas para librar de la esclavitud y la herejía a aquellos hermanos. Y eso que no pedimos que manden más flotas: Somos nosotros quienes asumiremos la tarea, pero ¡por Dios!, que nos ayuden y secunden, en vez de traicionar la fe y la religión con esa vergonzosa paz.

     Pronuncia esta última palabra con desprecio. Y prosigue:

-          ¡Valiente hijo de su madre, ese escocés, tibio y taimado![8] Claro que, al lado de su predecesora, cualquiera parece un santo. Pero, ni es católico, ni consentirá en poner el riesgo su trono por concedernos la libertad de conciencia y de culto. Si, para el Otro, París bien valía una misa[9], para este, Londres bien vale perseguir a los católicos. Nada bueno podemos esperar de él. Si fuera de otro modo, a qué ton seguiríamos sufriendo todavía violencia y destierro.

     Reanuda su incierto camino, sin interrumpir su incontenible soliloquio:

-          Bien sé que no todos son iguales. Sin ir más lejos, el archiduque Alberto[10] me escuchó con atención y accedió a darme carta de presentación para ante su cuñado[11]. Es claro que yo no aspiraba a ser recibido por el Rey en persona, pero de eso a pasarme medio año en las antesalas de cortesanos y secretarios… En fin, hora es de que hayan encontrado alguien competente a quien remitirme, aunque mucho me temo que el tal Frías tenga más de diplomático ladino, que no de hombre de acción y firmeza.

     Al fin, entre los arbustos, se columbra el famoso pabellón. No hay duda. Hasta el alférez llega el rumor de ladridos y su sexto sentido de hombre de guerra le advierte de que gente armada lo acecha entre los árboles. Nada extraño, por otra parte, pues el Duque le ha citado en su forestal guarida para darle una respuesta en nombre de la Corte. Guido, sin dejar de avanzar, atusa la barba y estira el jubón. No hay tiempo para más: dos guardias se acercan a galope. Susurra una jaculatoria y se detiene, esperando a ser conducido ante el Duque por quienes le salen al paso.



2.      La entrevista


     Apenas una hora más tarde, un decepcionado Fawkes sale del pabellón y emprende el camino de regreso hasta el mesón de las afueras de Valladolid en que, para mayor disimulo, había dejado su montura. Quizá, más que decepcionado, habría debido escribir confuso. No es fácil verter los sutiles matices de la diplomacia en los oídos de un militar que chapurrea un español con profusa mezcla del francés; ni convencer a un maduro diplomático de poner en peligro una negociación de paz por la quimera de un golpe de Estado, a cargo de desconocidos. Guido no deja de comprenderlo. Lo que no puede asumir es que los españoles se dejen embaucar por el Estuardo, como si en su pecho anidara el alma transparente y cándida de su madre.

-          No lo dude, Excelencia -le ha dicho al Duque-: El rey Jacobo se ha formado en un ambiente y un Reino severamente heréticos. Para asentarse en Inglaterra, que le está expectante, y aún hostil, tiene que apoyarse en la Iglesia anglicana, como fiel de la balanza de puritanos y católicos. Los escoceses de que se rodea no dejan lugar a dudas de sus creencias protestantes. Admito que, por principios, esté lejos de las formas rudas y sangrientas de Isabel, pero…

-          Y tanto -interrumpe Frías-. Apenas en el trono, afirmó su voluntad de paz y puso en libertad a los sacerdotes católicos que en prisión aguardaban el martirio.

-          Pero los ha expulsado de Inglaterra y sigue impidiendo los actos de nuestro culto.

-          En efecto, alférez, pero todo se andará. La seguridad y buenas relaciones que ha de traer la paz mejorarán sin duda la situación de vuestros compatriotas católicos. ¿O acaso suponéis que habríamos de abandonaros a vuestra suerte por el hecho de que desistamos de invadir las Islas?

-          ¿He de creer, señor, que Su Majestad, don Felipe, seguirá considerándose nuestro protector, de modo que el Tratado reconozca nuestra libertad de conciencia y la igualdad con nuestros conciudadanos protestantes?

-          Sois muy incisivo, señor oficial -respondió el Duque, sonriendo de manera un tanto enigmática-. Dentro de la prudencia que impone lo incipiente y secreto de la negociación, puedo tranquilizaros al respecto. Su Majestad no os abandonará a vuestra suerte y el Tratado lo recogerá en términos categóricos.

     Guido simuló una confianza que estaba lejos de sentir en su interior y emitió un suspiro de alivio. Su interlocutor lo aprovechó:

-          ¿Veis por qué os digo que, en este momento, son totalmente desaconsejables vuestros planes contra el rey Jacobo? Solo podrían entorpecer el camino de la paz y empeorar la condición de los católicos ingleses y de Irlanda. Dejad obrar a quienes tenemos el poder y la experiencia.

     La conversación parecía haber concluido pero, tras unos momentos en silencio, Fernández de Velasco agregó con cierta severidad:

-          Debe quedaros claro que España no apoyará de ninguna forma cualquier acto atentatorio contra vuestro rey, cosa que es totalmente inoportuna en estos momentos.

-          No es mi propósito, señor. Creía haber expuesto mis planes a Su Excelencia, los cuales son bastante más elaborados y ambiciosos que el mero hecho de dar muerte al Rey.

-          Lo sé, lo sé. No lo digo precisamente por vos, sino para que no os dejéis embaucar por otros compatriotas vuestros que, fiados en una ayuda que ya no os podemos brindar, andan tratando de sublevar a los católicos ingleses, más allá de toda esperanza razonable. No os mezcléis con ellos. Es más, si pensáis regresar a Flandes y reintegraros a vuestras banderas, recordad mis palabras y prodigad este consejos: Vuestra salvación está en la paz.


-          Nuestra salvación está en el Señor[12], replicó Guido.

-          Sí, pero el Señor bendice a su pueblo con la paz[13], concluyó el Duque.



3.      Epílogo


     Corre el mes de abril de 1604. Tres hombres están sentados a la mesa, en el reservado de una taberna de Dunquerque. Uno de ellos nos es conocido: se trata de Guido Fawkes, que ha vuelto con su tercio. Los otros dos habrá de presentárnoslos la Historia. Se trata del galés Hugh Owen, espía al servicio de España, y del inglés Thomas Wintour[14]. Es este último quien está en el uso de la palabra, que dirige a Guido:

-          Como te ha dicho Hugh, el año pasado me entrevisté con Tassis[15], el embajador extraordinario que el Rey de España mandó a Inglaterra para iniciar las negociaciones de paz, y le hice saber que, con la debida financiación, podría levantarse un ejército de tres mil católicos dispuestos a todo. Quedó en trasladar mi oferta a España y darme contestación, pero ha pasado el tiempo sin cumplir su promesa, lo que sin duda implica una negativa.

-          Es lo mismo que yo obtuve del Duque de Frías quien, finalmente, ha resultado ser quien encabece por España las negociaciones del Tratado. Todo lo supeditan a la paz y mucho me temo que, por conseguirla, nos abandonen a nuestra suerte.

-          Así que ya habéis conocido a Don Juan -respondió Wintour, con una amarga sonrisa-. Entonces no hará falta que os diga que se me mostró más amigable que comunicativo, y aun lo poco que me concretó lo rebozó de prudencia, pues está aún en Flandes, a la espera de pasar a Inglaterra con toda la delegación que preside.

     Quedaron en silencio por unos instantes. Luego, Wintour prosiguió:

-          Mucho me temo que las buenas y confusas palabras de los españoles solo sean una distracción, no una respuesta… Con su ayuda o sin ella tendremos que hacer algo en Inglaterra.

     Terció Owen:

-          ¿No convendrá posponer la decisión a la firma del Tratado? Tal vez se incluyan cláusulas favorables para nuestros hermanos católicos.

-          Eso me aseveró el Duque, valga su palabra lo que valga -apostilló Guido-.

-          Está bien, concluyó Wintour. Habré de consultar con mis amigos pero, por lo que a mí respecta, esperaré a conocer los términos de ese maldito Tratado.

-          Comparto tu parecer -aseguró Fawkes-. Regresaré contigo inmediatamente a Inglaterra y, si la paz se hace a costa nuestra, me uniré a vosotros.


***


     Finalmente, el Tratado de Paz, contra lo dictaminado por el Consejo de Estado español y las buenas -y, tal vez, sinceras- palabras del Duque de Frías, fue aprobado sin ninguna referencia a los católicos súbditos de Jacobo I. La conspiración se pondría, pues, en marcha, con nefastas consecuencias para aquellos en cuyo favor e interés obraban los conjurados.

  Tales consecuencias, discriminatorias y represivas de los católicos ingleses, duraron aproximadamente dos siglos. La Paz de 1604, apenas veinte años.







[1] Para interesados, Bartolomé Benassar, Valladolid en el Siglo de Oro, edit. Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 1983, págs. 36-42.
[2] Entre enero de 1601 y marzo de 1606.
[3] Guy (Guido) Fawkes (1570-1606), militar católico inglés, el más famoso de los participantes en la Conspiración de la Pólvora (1605), serio intento de atentar contra el rey Jacobo I, haciendo explotar las Casas del Parlamento en el solemne acto inaugural del mismo, previsto para el 28 de julio de 1605, pero que hubo de retrasarse hasta el 5 de noviembre de dicho año, por la epidemia de peste que sufría Londres.
[4] Valladolid, capital de la Monarquía Hispánica desde enero de 1601, contaba en aquellas fechas con poco más de cincuenta mil habitantes.
[5] Entre España e Inglaterra. En octubre de 1603, el Consejo de Estado español había emitido las Instrucciones para el mismo.
[6]  Don Juan Fernández de Velasco y Tovar (1550-1613), Condestable de Castilla, cabeza de la delegación española que firmaría el Tratado de paz de Londres, en agosto de 1604.
[7]   San Pablo, Segunda Carta a Timoteo, capítulo 4, versículo 7.
[8]  Obvia alusión al rey Jacobo I, cuya madre (María I de Escocia) murió católica (1587), ejecutada por conspirar contra su prima, Isabel I de Inglaterra.
[9]   Frase atribuida con fundamento a Enrique IV de Francia (1553-1610), al convertirse formalmente al catolicismo para poder alcanzar la corona de Francia (1593).
[10]  Alberto de Austria (1559-1621), Soberano de los Países Bajos y Duque de Borgoña entre 1598 y 1621.
[11] Felipe III de España (rey entre 1598 y 1621) era cuñado del archiduque Alberto por el matrimonio de este con Isabel Clara Eugenia, media hermana de Felipe III.
[12] Comienzo del salmo 26: El señor es mi luz y mi salvación.
[13] Estribillo del salmo 28.
[14] Thomas Wintour, o Winter (c. 1571-1606), quien, junto con su hermano mayor Robert, su medio hermano John y su primo Robert Catesby, formarán el núcleo director de la Conspiración de la Pólvora. Véase la nota 3.
[15] Juan de Tassis y Acuña (c. 1550-1607), primer Conde de Villamediana. Además de la embajada aludida (iniciada en agosto de 1603), formó parte de la delegación española para el Tratado de paz de Londres (1604), presidida por el Condestable de Castilla, Duque de Frías y Conde de Haro, citado en la nota 6.

viernes, 7 de abril de 2017

ENTRE LOS PINOS (I). CHRISTOPHER MARLOWE

Entre los pinos (I). Christopher Marlowe

Por Federico Bello Landrove

     Desde finales del siglo XV, Valladolid se rodea de un cinturón de pinares, para compensar la deforestación anterior[1]. A principios del siglo XVII y por cinco años, la Ciudad será capital de la Monarquía hispánica[2]. Es el momento al que se refieren los tres relatos de esta serie, en que transitan por aquellos bosques de pinos ilustres viajeros ingleses. ¿Realidad o fantasía? Diré que me muevo entre lo cierto y lo posible. En este, sobre Marlowe[3], estamos más cerca de la leyenda que de la historia.


1.      Acto primero
    
     Febrero de 1602. Los colegiales de San Albano pasean por el pinar, acompañados de dos jesuitas profesores[4]. Después de rezar en grupo el rosario, se dispersan para hacer meditación. De buena gana, Christopher -alias John, o viceversa- se aleja de sus compañeros y se pierde entre la niebla[5]. No está lejano el momento de ordenarse y los hábitos que ha llevado durante casi tres años le queman en el alma como una túnica de Neso. Nervioso, agitado, camina a zancadas, frotándose las manos, tratando de combatir el helor de esta niebla, tan confusa y sombría como ahora ve su propia vida.
     Fue el fruto de aquella época convulsa, o de las dificultades económicas para seguir los estudios universitarios o, tal vez, la forma de escapar al castigo por sus violencias. El hecho es que había acabado en Francia, en las redes del espionaje inglés, haciendo algo similar a lo de ahora: fingirse católico con ansias de acceder al sacerdocio, para así descubrir a quienes, en los seminarios de Reims o Saint Omer, velaban su vocación de presbíteros para tierra inglesa. Era entonces poco más que un chiquillo que, alegre y afortunado con ese juego, había logrado, en un envite, la licenciatura en Cambridge[6] y el mecenazgo de Walsingham[7]. Tal vez aquellas movedizas y oscuras facilidades habían hecho de él un joven desmesurado y cínico, amoral y descreído, agresivo y lenguaraz. La vida le sonreía y su talento de poeta y dramaturgo le había abierto las puertas de la fama. Protegido y admirado, se creyó por encima del bien y del mal, hasta cansar a los poderosos y ganarse la envidia de sus iguales.  
     Al final, pudo salvar la vida, a costa de perder todo lo demás[8]. Hubo de llevar durante seis años una existencia itinerante y escondida por media Europa, ofreciéndose como escritor para otros[9], a fin de ganarse la vida y no embotar el espíritu. Finalmente, como única salida para volver a su patria y ser él mismo, hubo de vender el alma -como el Fausto de su drama[10]-. ¿A qué se había comprometido? Nada menos que a simular espiritualidad y vocación para aspirar al sacerdocio, y a traicionar así a sus compañeros de Colegio, revelando sus nombres y delatándolos cuando viajasen a Inglaterra.
     En un principio todo había sido fácil. Lo sagrado se le daba un ardite; tanto más, si era católico y jesuítico. No conocía a sus profesores ni compañeros. A fin de cuentas, estos bien sabían lo que arriesgaban y no parecían hacer ascos al martirio. Pero de los comienzos lo separaban más de dos años de estudio, oración y convivencia. Aquellos bultos vestidos de negro tenían ahora rostro, voz, familia, sueños. Católico o anglicano, estaba ligado por un juramento a su comunidad[11]. Y, a mayores, ahora todo está casi a punto para ordenarse, para convertirse en un hombre de Dios, en soldado de Cristo, al decir de Ignacio de Loyola; sacerdote él, que carece de fe, de espíritu de sacrificio, de vocación, de disciplina. Sí, en estos momentos en que ha logrado burlarse de todo y de todos; cuando el diablo está presto a pagarle los réditos de su engaño, el pequeño Kit[12] se desprecia a sí mismo y duda sobre qué hacer, para ante Dios y los hombres.
     El sol rasga lentamente la niebla y las voces de los profesores convocan a los desperdigados seminaristas. Marlowe siente deseos de correr, de ocultarse, de no volver a verlos más, pero puede más la inercia de su vida, la cojera de la pierna, taladrada por la humedad[13]. Renqueando, se incorpora a las filas en que, de dos en dos, los colegiales se ordenan para tomar el camino de vuelta.


2.      Acto segundo


    
     Parece que la suerte está echada. Christophorus Marlerus se ha ordenado sacerdote y, pese a sus razonables intentos por quedarse un tiempo en Valladolid, ha tenido que dejar San Albano a comienzos de la primavera de 1603, con destino Inglaterra[14]. En la ciudad flamenca de Douai, sus compañeros y él han tenido ocasión de conocer la nueva jubilosa del fallecimiento de la reina Isabel[15]. Ya en el barco que lo traslada a Inglaterra, Marlowe -bajo la identidad de John Matthews-, no recata su presencia y pasea por cubierta, con la seguridad de quien va, no a la oculta predicación y al martirio, sino a recobrar su vida y personalidad. Claro que ello será a costa de delatar a esos compañeros sacerdotes que lo acompañan en la travesía y a otros que, en años anteriores, salieron de su Colegio, o desde él habrán de llegar a las Islas.
     Cae la noche y se reúne con los demás presbíteros para compartir la cena, frugal y comunitaria. Se siente un Judas entre todos ellos, quienes ponen en peligro sus vidas y a los que él va a traicionar. Aunque la mar está picada y el viento ulula en las jarcias, se aparta de aquellos cuerpos, vencidos de la fatiga, que se mecen al cabeceo del barco, y se acoge a la protección del bauprés, perforando con la mirada las sombras que celan la ansiada línea de tierra de su patria.
     A la mortecina luz del farol de trinquete, con las nubes de tormenta como telón de fondo, Marlowe retorna al pasado y, entornando los ojos, intenta imaginar el teatro The Rose la noche del estreno de su Doctor Faustus[16]. Mefistófeles tiene el rostro de su mecenas, Walsingham[17]. Por más que lo intenta, la imagen de Edward Alleyn[18] se confunde con la suya. Él es quien se ha vendido para recuperar una vida que, a la postre, tendrá perdida. ¿No es hijo de  Ignacio de Loyola? Pues habrá de recordar la admonición predilecta de éste: ¿De qué te sirve ganar todo el mundo, si pierdes tu alma?[19].
     La duda lo corroe. Aunque desvía la vista del horizonte, no deja de vislumbrar el fantasma de Fausto. Como su personaje, trata de pactar con Dios y regatear sobre el alcance de su castigo. ¿Y si no delata más que a los compañeros del barco? ¿No logrará con ello evitar la condena eterna? ¿Y si excluye a algunos? ¿Y si solo denuncia a quienes hayan sido ya descubiertos? ¿Cuántos años habrá de purgar por cada hermano traicionado? ¿No hallará misericordia si, despojándose de estos sacrílegos hábitos, practica no obstante la caridad y la abstinencia?
     No hay respuesta. Marlowe siente que tendrá que apostar su vida. Eterno Padre, si no hay alternativa a la condena eterna, perdona mi inmenso pecado y, antes que permitir que lleve a término mis crímenes, abre para mí los abismos del mar y que este trague mi cuerpo y ponga mi eternidad en tus manos.
     Es entonces cuando recibe la contestación que esperaba, paternal e incierta:
-          Hijo, esa tempestad que me pides habrá de levantarse en tu alma.


3.      Acto tercero

     Marlowe ha renunciado a sus esperanzas de recobrar lo que un día creyó su vida. Llegado a Inglaterra no se ha puesto en contacto con Walsingham, ni con los oficiales del Rey, como se había convenido. Lejos de ello, el sedicente John Matthews, a las órdenes de Henry Garnett[20], ha misionado y ejercido su salvífico ministerio en el sur de la Isla, hasta ser inexorablemente detenido en Londres, a comienzos de agosto de 1604. En aquel año y cuarto, la tempestad de su alma ha rugido y se ha calmado. Conforme a su conciencia, se ha puesto en las manos de Dios.
     Esa mano divina ha dispuesto que, en sus primeros momentos como rey, Jacobo I esté usando de benevolencia con los sacerdotes católicos descubiertos en sus reinos. A mayores, se anuncia el probable fin del estado de guerra con España. Precisamente, en los días que Marlowe pasa en la prisión de Gatehouse, se reunen en Somerset House las delegaciones de Inglaterra, España y los Países Bajos españoles para fijar los términos del Tratado, que finalmente se firmará en Londres, el 28 de agosto de 1604.
     Tal vez ello haya llegado a oídos de nuestro preso, o tal vez no. Encerrado desde el 3 de agosto de aquel mismo año, nada más contestó a sus carceleros, sino que se llamaba John Matthews y era sacerdote católico. Cualesquiera que fuesen las consecuencias, asumió su incierto destino y ni se le ocurrió aludir a precedentes componendas o pedir entrevistarse con su amigo Walsingham. Con todo, las habilidades del espionaje inglés de la época eran espectaculares, incluso sin usar -como es el caso- de la tortura. Tal vez otros lo delataran, pero el hecho es que, en los libros de cuentas de la prisión, hay un apunte que, literalmente traducido al español, dice:
     Encarcelado por mí, el Lord Chief Justice[21], Christopher Marlowe, alias Mathews, sacerdote católico[22]. Adeuda por siete semanas y dos días, siendo preso bajo estricta vigilancia[23], a razón de 14 chelines por semana, 5 libras y 2 chelines. Por lavandería, 2 chelines y dos peniques. (Total) 5 libras, 4 chelines y 4 peniques.
     En efecto, aquella detención que podría haberle sido fatal, concluyó el 23 de septiembre de 1604, a los cincuenta y un días de iniciada. Tal vez Marlowe bendijo a Dios al volver a la libertad, o quizás habría preferido ofrendar su vida en expiación de sus pecados. En cualquier caso, su Creador no usó con él de una particular benevolencia. Consta que Jacobo I, luego de su plácida subida al trono, se limitó a expulsar de sus reinos a treinta sacerdotes que aguardaban su ejecución. Así siguió sucediendo, hasta la nefasta Conspiración[24].
     Sin duda, el mismo destino de extrañamiento aguardaba a Marlowe. Otro barco lo llevaría de regreso a la seguridad de Flandes, en parecida compañía pero ¡con qué otro ánimo, ahora casi beatífico!
     Ni siquiera altera su calma la confirmación de que Shakespeare ilumina la escena londinense, con la compañía de Los Hombres del Lord Chambelán[25], estrenando hermosas obras, en las que aprovecha y sublima sus enseñanzas. El ilustre predecesor sonríe y musita: Lo que de balde recibisteis, dadlo gratis[26].
     Y, mientras Marlowe se pierde definitivamente en las sombras de la leyenda, su corazón queda en paz.
      





[1] Para interesados, Bartolomé Benassar, Valladolid en el Siglo de Oro, edit. Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 1983, págs. 36-42.
[2] Entre enero de 1601 y marzo de 1606.
[3] Christopher Marlowe (1564-1593), gran dramaturgo inglés. La fecha de su muerte es controvertida, pues muchos no aceptan la del 30 de mayo de 1593, en una especie de pelea tabernaria, y prolongan su vida, al menos, hasta 1607.
[4] El Real Colegio de San Albano fue fundado en Valladolid, en 1590, bajo patrocinio de Felipe II, por jesuitas ingleses, a fin de seguir formando sacerdotes católicos de esa nacionalidad y mantener vivo el catolicismo en Inglaterra. Siguió regentado por dicha Orden hasta su expulsión de España, en 1767.
[5] Según los archivos del Real Colegio de San Albano, un Johannes Matheus (John Matthew o Matthews), alias Christophorus Marlerus (apellido tomado de oído y latinizado), natural de Cambridge (Cantabrigensis. Marlowe era de Canterbury, pero había estudiado en el Corpus Christi College de Cambridge), ingresó en dicho Colegio en mayo de 1599, cursó estudios en él hasta su ordenación (septiembre de 1602) y salió con destino a Inglaterra, en la primavera de 1603. El uso de seudónimos era común en aquella época y ambiente, a fin de preservar la seguridad propia y familiar, ante probables pesquisas de los espías de Isabel I de Inglaterra.
[6] Marlowe estuvo a punto de ser rechazado por falta de asistencia a las clases, pero la Reina forzó al claustro a que le otorgara la licenciatura, por los servicios prestados: Carta del Consejo Privado de 29 de junio de 1587.
[7]  Nuestro dramaturgo gozó del apoyo de Thomas Walsingham (1561-1630), primo de Francis Walsingham (1530-1590), influyente Secretario de Estado y jefe de los Servicios de espionaje de Isabel I de Inglaterra.
[8]  De ser cierta la hipótesis del relato, Marlowe tendría que fingir su muerte, expatriarse, adoptar nuevas identidades y hacer pasar por ajenos los frutos de su ingenio; todo ello, para burlar el castigo de sus crímenes (blasfemia, homosexualidad activa, posible traición a la Corona) o, cuando menos, hacerse perdonar por ellos.
[9]  Conocida es la llamada teoría, o leyenda, marloviana, según la cual la mayoría de las obras atribuidas a Shakespeare habrían sido escritas, en realidad, por Marlowe. Lo único que ahora se da por cierto (Canon Shakesperiano de la Universidad de Oxford, de octubre de 2016) es que Marlowe colaboró en las tres partes del drama histórico Enrique VI, escritas hacia los años 1590-1592 y estrenadas en este último año.
[10] The tragical history of the life and death of Doctor Faustus, magno drama en un prólogo coral y catorce escenas, que Marlowe escribió hacia 1592 (fecha probable de su estreno teatral), no conociéndose texto impreso anterior a 1604.
[11] El presunto Marlowe (ver nota 5) prestó juramento de fidelidad ante el Colegio de San Albano el 2 de febrero de 1600.
[12] Marlowe era de baja estatura y comúnmente apodado Kit. El dato de la estatura coincide con el de su trasunto del Colegio vallisoletano; no así el de la edad, nueve años superior en Marlowe, si hubiese vivido en 1599, y suponiendo que el aspirante a colegial hubiese dicho la verdad.
[13] Se da como muy probable este defecto físico del literato, aunque se desconoce su origen.
[14] Según la documentación del citado Colegio, la ordenación sacerdotal se produjo en septiembre de 1602 y la salida con rumbo a Inglaterra, en la primavera de 1603.
[15] Isabel I de Inglaterra falleció el 24 de marzo de 1603. A las pocas horas, el Consejo Privado, efectivamente dirigido por Robert Cecil, confirmaba al monarca escocés, Jacobo VI, como rey de Inglaterra (Jacobo I, reinante entre 1603 y 1625).
[16]  Véase nota 10. La obra presenta dos versiones impresas fundamentales (1604 y 1616). Ambas, así como material complementario, son de fácil acceso en español, por Internet: Doctor Faustus, edición del Dr. Simon Breden (16-02-2012), Fundación Siglo de Oro, www.fundacionsiglodeoro.org.
[17]  Ver nota 7. Algunos han querido ver en este amigo y mecenas de Marlowe a un amante del mismo y, finalmente, a alguien que tuvo que ver con su muerte, o con el simulacro de esta.
[18]  Primer actor de la compañía The Admiral’s Men, que representó el papel del Doctor Fausto en su estreno (1592) y en otras muchas ocasiones.
[19] Advertencia inicialmente hecha al futuro San Francisco Javier (1506-1552), que constituye una paráfrasis del texto evangélico recogido en los Sinópticos (por ejemplo, en Mateo, 16, 26).
[20]  Superior de los Jesuítas ingleses en la época a que se contrae el relato. Juzgado por presunta participación en la Conjuración de la Pólvora (1605), fue ejecutado al año siguiente. Fue canonizado por la Iglesia Católica en 1970.
[21] Lo era a la sazón Sir John Popham, en el cargo entre 1592 y 1607.
[22] A la letra, seminarie priest, es decir, sacerdote que había sido formado y ordenado en los seminarios del Continente, a fin de pasar luego subrepticiamente a Inglaterra. Es una muestra más de la completa información de que disponían las Autoridades inglesas acerca de nuestro protagonista.
[23]  Literalmente, close prisoner.
[24]  Intento de un grupo de católicos de matar al Rey y, de paso, al Parlamento reunido, mediante un gran almacenamiento de pólvora en un sótano, bajo las edificaciones de aquel. Todo fue descubierto en la noche del 4 al 5 de noviembre de 1605, apenas horas antes del momento previsto para la explosión. Con bastante fundamento, las Autoridades entendieron que había habido implicación o connivencia de la Embajada española y de los Jesuítas ingleses, produciéndose un gran endurecimiento de la política inglesa hacia sus súbditos católicos, en especial, los sacerdotes.
[25] Al subir al trono Jacobo I (1603), pasó a ser el mecenas de la compañía, llamada a partir de entonces The King’s Men (Los Hombres del Rey).
[26] Frase evangélica (Mateo, 10, 8).