domingo, 5 de junio de 2016

LOS ZORROS SIBERIANOS


Los zorros siberianos

Por Federico Bello Landrove

     No es el primer cuento en que tomo la Genética en broma, que no a broma. En este caso, el famoso y benemérito experimento de domesticación, iniciado por Belyaev en Novosibirsk, allá por 1959, me da pie para un relato con cierto regusto a moraleja zoofílica: Casi siempre los hombres son más egoístas y estúpidos que el resto de los animales. Si ello es cosa de los genes o del ambiente, de la naturaleza o de la cultura, es algo que no creo puedan aclarar los científicos.



1.      En busca de fondos

     Corría el año 1999, cuando en la cátedra de Genética de la Universidad de Villafranca se recibió una carta procedente de la lejana Novosibirsk. Se trataba de una petición de ayuda muy especial. Quizá lo más llamativo es que el escrito venía encabezado con la calificación de confidencial. Esas doce letras fueron las que me implicaron en el tema y generaron los múltiples quebraderos de cabeza que ahora me decido a hacer públicos. Habida cuenta de que los años transcurridos desde entonces no son muchos para la vida de los humanos -aunque sí para los zorros-, me permitirán ciertas alteraciones de hechos e identidades, a fin de que nadie pueda sentirse ofendido.
***
     El catedrático, Salvador Molero, me llamó a su despacho. Puso en mis manos la susodicha misiva y esperó a que la leyera. Al acabar, me quedé mirándolo y dije:
-          Nada que no suceda en otras partes del mundo, España incluida: Faltos de fondos para investigación, los científicos han de aguzar el ingenio. No veo que la iniciativa tenga que mantenerse en secreto.
-          Hombre, Enrique, ya sabes que la libertad académica en Rusia está todavía un poco en entredicho. Si las Autoridades supieran que algunos de los famosos zorros de Belyáev van a ser vendidos en Occidente, para poder seguir trabajando con los restantes, podrían acusar a Lyudmila Trut de especuladora o de algo peor.
-          Pues que la financien ellos… De cualquier modo, no nos queda más remedio que echarle una mano. Me acuerdo de cuando tuvo la gentileza de mandarnos unas cuantas parejas de ratas amables, para que verificásemos de manera independiente las conclusiones de nuestros colegas de Leipzig.
-          En efecto, no podemos negarnos. Bueno, más exactamente, no puedes negarte, ya que tendrás que ser tú quien reciba y atienda durante su estancia en España, al investigador que viene desde Siberia con los zorros… No puedes decir que no. Eres sumamente discreto y el único de nosotros que vive solo en un estupendo chalé con jardín, al lado del río para poder pasear. Es el entorno ideal para esos animales, según lo que he leído.
-          ¡Válgame el cielo, Salvador! Si llego a saber que el divorcio me iba a convertir en el anfitrión ideal para cualquier profesor que venga por Villafranca acompañado de animales, me lo habría pensado dos veces antes de dar el paso.
-          ¡Ánimo, que son unos animales muy dóciles y cariñosos, según dicen! En cualquier caso, solo serán dos o tres días.
***
     La aceptación del encargo por Salvador, a mi costa, fue seguida de una segunda carta, con lujo de detalles. El Jefe me la entregó y sigue en mi poder desde entonces. Les transcribo lo más relevante de su contenido:
     … Los zorros son dos, un macho y una hembra preñada. El primero ha sido adquirido por precontrato por un ciudadano de los alrededores de Madrid, por cuya razón será trasladado directamente del aeropuerto hasta su domicilio. La hembra va destinada a una granja de Miranda do Douro, en Portugal, especializada en la cría de mascotas y exposiciones de animales exóticos para turistas. Habida cuenta del estrés del viaje y del estado gestante de la citada hembra, se ruega permanezca en Villafranca unos días, para reponerse, en un recinto amplio y, a ser posible, con vegetación.
… Aunque la persona encargada de la operación conoce el idioma español, rogamos la ayuden en todo lo necesario para las gestiones bancarias y sanitarias que fueren menester, proporcionándole alojamiento en lugar inmediato al ocupado por la zorra.
***
     En el día prefijado, me personé en el aeropuerto madrileño, con un ridículo cartelito que rezaba Universidad Estatal de Novosibirsk. Para mi sorpresa, se me vino encima una atractiva rubia, que respiraba de modo entrecortado. Me tendió la mano, gesto al que no pude corresponder al tener las dos mías ocupadas con el letrero, en vista de lo cual, me dio tres besos y dijo agitadamente:
-          Espérame aquí, que los zorros tienen que pasar la maldita inspección veterinaria.
     Me dejó con su maletona y volvió a desaparecer por la zona de pasajeros.
    Hora y media más tarde, la vi venir muy sonriente, corredor adelante, empujando un carro con dos jaulas de llamativa madera verde, con tela metálica al frente.
-          Disculpa, profesor -me dijo-; tus compatriotas tienen poco que envidiar en lo lentos a los míos.
     Media hora más tarde, tras haber dado comida y agua a los animales, cogíamos mi coche, rumbo a una tienda de mascotas en la zona de la Glorieta de Quevedo. La cuidadora, que atendía por Anna, me explicó:
-          El macho ha sido adquirido por un señor que tiene una casa de campo en las afueras de Madrid, pero ha querido que lo revise antes un experto, para comprobar que está domesticado y en buen estado de salud. Hasta entonces, no lo adquirirá ni pagará.
     El experto resultó ser un individuo antipático que, con la disculpa de que se limitaba a cumplir las instrucciones del cliente, pretendía quedarse con el zorro durante unos días para hacerle pruebas, sin firmar nada ni desembolsar una peseta. Anna discutía en vano, desde la inferioridad de un idioma no bien conocido y de no saber qué hacer con el cánido, si se malograba la venta. Finalmente, me vi obligado a intervenir:
-          Yo creo que hay una solución muy sencilla y conveniente para ambas partes. Llame a su cliente y dígale que extienda un cheque posdatado en unos cuantos días. Si el animal es conforme, la señora lo cobra. Si hay algún problema serio, el cliente da orden al banco de no pagar y en paz. Todo, menos andar jugando con nosotros, cuando estamos en Madrid de paso y tenemos otro animal que gestionar.
-          ¿Tiene usted algo que ver con esta operación?, inquirió de forma desabrida.
-          Por supuesto. Soy el representante legal de las Universidades de Villafranca y Novosibirsk. Si le queda alguna duda, llame inmediatamente al Consulado ruso. En otro caso, póngase inmediatamente en contacto con el caballero que quiere comprar, que tenemos prisa.
     Nos costó un par de horas, entre que el tendero examinó al zorro -que se portó de lo más cariñoso-, nos desplazamos hasta el chalé del comprador y este libró el talón, por importe de unos dos millones y medio de pesetas. Anna me susurró:
-          ¿Coincide el importe con 1.500 dólares?
-          Chica, no estoy muy al tanto de las cotizaciones.
    El señor, sin dejar de acariciar al animal, intuyó la pregunta y nos ofreció un periódico del día, abierto por la página pertinente. En efecto, el dólar andaba por las ciento sesenta pesetas.
     Anna se tranquilizó y dedicó un buen rato a explicar al comprador y su familia las normas generales de cuidado de Cóstier, lo que completó finalmente con un folleto en inglés, con traducción mecanografiada al español. Se despidió efusivamente de los niños de la casa, que ya retozaban alegremente con su nueva mascota. Al volver al coche, hubo que atender otra vez a la zorra. Anna abrazó al animal y lo besó en el hocico. Recuerdo que pensé: En casa tendré que ponerlos en la misma habitación. ¡Menuda carabina peluda se ha agenciado la siberiana!

***

     En el camino hasta Villafranca, Anna me explicó que era nieta de un niño de la Guerra Civil, de los que habían salido de España en el año treinta y seis, huyendo de la represión y la miseria de nuestra contienda. Fue mi abuelo materno; así que he perdido su apellido. El mío es Lebédeva. En su casa todavía se hablaba algo de español, gracias a lo cual se defendía oralmente, pero lo escribía con extrema imperfección y dificultad. También me puso en antecedentes precisos de la gran labor que llevaban a cabo con los zorros y algunos otros animales -detalles que les ahorraré, al poderlos encontrar ahora sin dificultad en Internet-; una tarea que, desde la crisis política y económica desencadenada por la caída del Régimen comunista, había quedado prácticamente paralizada. Apenas contaban con cien animales domesticados, frente a los quinientos de las épocas más boyantes. Yo la animé:
-          Mujer, a 1.500 dólares la pieza, según parece, a pocos que vendáis, podéis sobrevivir con holgura.
     Se indignó:
-          ¿Acaso crees que no nos duele convertirnos en vendedores de animales de compañía, que a saber cómo y para qué serán empleados? Es una vergüenza para los científicos y un terrible trauma para los animales.
-          Bueno, bueno… Tal vez podríais cederlos a instituciones universitarias, como habéis hecho con las ratas.
-          ¿Sabes lo que valen? No sé si debería decírtelo, pero, en fin, los estamos vendiendo por 5.000 dólares. Y por una hembra gestante, como Sbesdá, nos llegan a pagar ocho mil.
-          ¡Caramba!, como no sea a Universidades americanas…
-          La verdad es que tampoco nos gusta dejarlos aislados para que experimenten con ellos. Para eso, lo hacemos nosotros, en grupos y en su ambiente. Pero en una familia cariñosa, con espacio y con niños, ¡ahí sí que pueden ser felices!
     A media tarde, llegamos a Villafranca. Fuimos directamente a mi casa. Anna abrió ojos como platos cuando vio el tamaño y distribución del chalé, con su jardín periférico y el río a un tiro de piedra. Sacó a Sbesdá de su caja, sin ninguna preocupación, pues el animal la seguía como un perrito faldero. Subí su equipaje a la habitación que había sido de mis hijos -ahora convivían con la madre-. Como me temía, Lebédeva ronroneó:
-          Enrique, ¿no te importaría que durmiese aquí conmigo? Bastaría con que nos dieses un cacho de manta vieja, por si se le escapa la orina. Desde que está embarazada, controla peor. ¿Sí? Ya decía yo que eres un hombre sensible y comprensivo. Como le dice mi madre al hijo de mi hermano, ¡eres un sol!
     Así pues, Anna y Sbesdá habían tomado posesión de su casa.




2.      Dificultades y contratiempos

     Al día siguiente, llamamos a la empresa lusa de exhibición de animales, a fin de asegurarnos de que tenían todas las licencias de importación precisas para que Sbesdá pasara la frontera. La respuesta fue negativa, con la justificación de que, conforme a lo acordado con la Universidad siberiana, esta era la encargada de hacer tal gestión. De todos modos -añadieron- no tendríamos mucho problema en obtener la licencia en la misma Villafranca, dado que radicaba aquí un consulado portugués. Anna, no obstante, me comentó preocupada:
-          Más valdrá que actuemos con rapidez, no sea que, en vez de un permiso, necesitemos cinco o seis.
-          ¿Y eso?
-          Porque Sbesdá está preñada, como sabes, y lo habitual es que dé a luz cuatro o cinco zorrinos. Claro que se han dado casos de hasta doce.
-          ¡Dios mío! ¿Y cuánto hace que se quedó embarazada?
-          A título orientativo, diría que unas cuatro semanas. Si es así, nos quedan tres semanas y media.
     Ni que decir tiene que me presenté ese mismo día en el Consulado, exhibiendo la credencial de profesor de mi centenaria Universidad y presentando el caso como de la máxima urgencia. El funcionario, muy atentamente, me informó:
-          Verá, doctor, si la empresa compradora está autorizada para exhibir animales salvajes, no hay ningún problema legal. La dificultad estriba en que no se nos ha dado otro caso igual y carecemos de impresos y de protocolo para tramitar su solicitud.
-          ¿Sería más fácil y usual, suponiendo que el animal fuese doméstico?
-          Por supuesto. Si, por ejemplo, fuese un perro, bastaría con el carnet de vacunaciones y un informe veterinario de no padecer enfermedad contagiosa.
-          Bien, pues delo por hecho, ya que la zorra en cuestión es un espécimen perfectamente domesticado por el grupo científico más famoso del mundo en su género.
-          ¿Un zorro doméstico? ¿Y cómo pongo yo eso a la firma del señor Cónsul? No es que sepa mucho de animales, pero…
-          No hay problema, amigo. Presente usted al animalito como cánido y cosa resuelta.
-          ¿Está usted seguro de que no me estoy jugando el puesto afirmando que un zorro es un cánido?
-           Tan seguro como que me llamo Enrique, dije, volviendo a mostrar mi carné universitario.
     Entre el amigo -a estas alturas ya casi lo era- Bermudes y yo rellenamos los impresos pertinentes, a reserva de que le llevara cuanto antes los certificados veterinario y de vacunaciones. Al despedirme, mostró curiosidad por aquello de la urgencia:
-          ¿A qué tanta prisa? Supongo que en Miranda habrán visto ya muchos zorros.
-          No como este, amigo. Saluda dando la patita y, si se descuida, le besa en la boca.
-          Creía que los siberianos eran más fríos, rezongó con un mohín de disgusto en los labios.
***
     Los certificados estuvieron en seguida, pero la autorización de entrada en Portugal llevó más tiempo. El Cónsul insistió en que se trataba de un caso especial, para el que precisaba un visto bueno del Distrito de Bragança, al que pertenecía Miranda. Total, unos días, no había de qué preocuparse -aseveró-.
     Si las gestiones internacionales y la supervisión del animalito me estaban correspondiendo en exclusiva, he de reconocer que mis colegas de Cátedra se encargaron de atender y hacer los honores a la doctora Lebédeva. Bastó con que la mujer apareciese por la Facultad a presentarse al Catedrático y saludar a los profesores, para que se produjese un movimiento unánime de entusiasmo hacia ella, incluyendo unos vivos deseos de agradarla que, desde mi punto de vista, resultaban un tanto excesivos. Mi joven colega de Hematología, al que someramente aludiré con la letra S., hizo denodados esfuerzos por monopolizar a nuestra huésped, no sin antes dejarme caer una extraña pregunta:
-          Enrique, tú que la tienes en tu casa, ¿sabes si Anna está casada?
-          Pues no se lo he preguntado. Me parece que no lleva alianza.
     Quiere decirse que vi mis deberes de anfitrión cada vez más limitados a la tierna Sbesdá, la cual, tal vez por su estado gestante, se mostraba conmigo muy cariñosa, como también más y más acostumbrada a su hogar provisional, cuya exploración llevaba a extremos progresivamente más amplios y detallados. Anna, cuyas ausencias del chalé empezaban a menudear, no dejaba de dorarme la píldora:
-          Eres un cuidador nato. A nuestros zorros no se les engaña y ya ves cómo te quiere el animalito. Vas a acabar por darme celos.
     No eran lo peor los celos de la cuidadora, ni lo intensamente que había entrado ella en aquella vida de invitaciones, asistencia a espectáculos y requiebros junto al termociclador. Yo lo comprendía y, desde mi visión aldeana del mundo, me decía que era lógico que Anna quisiera aprovechar la oportunidad de resarcirse del frío y la tristeza de Siberia. No, lo peor fue la confianza que fui tomando con el amistoso cánido, que me llevó a dejarle que campase a sus anchas por la parcela y a llevarlo a todas partes sin correa. Y, al final, pasó lo que tenía que pasar.
***
     La misma mañana en que me llamaron a la Facultad desde el Consulado portugués, para darme la buena noticia de que el cánido había sido autorizado para cruzar la frontera, la buena de Sbesdá desapareció de su recinto acotado. Pueden figurarse la desazón que nos entró a Anna y a un servidor, al regresar al chalé para comer y no encontrar la zorra. Pasamos toda la tarde preguntando a los vecinos, ensayando todas las técnicas de llamada conocidas por Anna y, finalmente, pidiendo la intervención de la Policía local. Todo en vano. Al llegar la noche, se suspendieron las tareas de búsqueda. Anna tenía el rostro congestionado y lacrimoso. Yo, temiendo lo peor, avisé al Catedrático, por si tenía alguna idea que no se nos hubiese ocurrido. Valía más que se hubiese callado:
-          ¿Habéis mirado en el río? Como está tan cerca de tu casa…
     En aquel momento, llamaron al móvil de Anna, que casi se desmaya del susto, para seguidamente iniciar una discusión a gritos con su interlocutor. Este debió de cortar, en vista de la bronca.
-          Era el comprador de Cóstier. Que lo ha atropellado un coche y que, no solo no va a pagar el plazo que falta, sino que pide la devolución de lo ya abonado, porque el animalito no era tan casero como le quisimos hacer creer.
-          Está visto que estos pobres zorros extrañan su antiguo hogar y no se aclimatan a las viviendas particulares. Pero, ¿qué es eso de que faltaba un plazo?
     Entre suspiros, Anna me precisó que por el difunto Cóstier se había fijado un precio de cinco mil dólares: mil, como señal, para tener la opción de compra y costear los gastos de viaje; mil quinientos, a la entrega satisfactoria, y otros tantos al cabo de un mes, por si el animal no cumplía las expectativas de domesticidad y mansedumbre prometidas.
-          He fracasado completamente -lamentó Anna-. No puedo volver a Rusia y presentarme con solo mil quinientos dólares, y aún estos, sujetos a reclamación. ¿Qué va a ser de mí, Enrique?, preguntó echándose a llorar.
     Uno tiene cierta experiencia en consuelos:
-          Primero: llama mañana a la profesora Trut y exponle fríamente la situación, ahorrándole por ahora las peores perspectivas.  Segundo: cancela el viaje de vuelta y quédate aquí hasta que se resuelva todo. Tercero: entiendo que el señorón de Madrid no tiene razón ninguna para reclamar o no pagar; llamaré a un amigo mío abogado para que le haga entrar en razón, aunque sea rebajando un poco el importe de lo pendiente. Cuarto: demos tiempo a Sbesdá de que se lo piense y regrese, pues tengo entendido que todos los zorros que se os han escapado en Novosibirsk han vuelto al poco tiempo… Y quinto: te vas a tomar un somnífero y te voy a meter en la cama; espero que duermas sin necesidad de que te arrulle el gruñido de esa desagradecida.
     Tengo que reconocer que estuve superior. A su debido tiempo, todos y cada uno de mis puntos se fueron cumpliendo. El cuarto fue el más duro de pelar pero ¿quién iba a pensar que intervendría la Protectora de Animales Villafranca Acoge? Tan inesperada intromisión bien merece que le dediquemos un capítulo de esta dramática historia.



3.      Con la Protectora hemos topado


     Al tercer día de la desaparición, tuvimos noticias de la Policía Local:
-          Por fin hemos dado con la zorra. Alguien la recogió junto al río y la llevó a la Protectora de Animales. Hemos intentado devolvérsela, pero la Presidenta se ha negado. Dice que son ustedes unos maltratadores y que lo que va a hacer es ponerse en contacto con una Asociación para la recuperación de animales salvajes, y que ellos vean de soltarla en algún hábitat adecuado.
-          ¡Pero si es un animal doméstico, siberiano y, para colmo, está preñada! Además, aquí la profesora tiene certificado de propiedad, con todos los sacramentos.
-          Hablen ustedes con doña Reces. Nosotros no podemos entrar en cuestiones jurídicas.
     Ya había yo oído citar a doña Recesvinta Recuenco, una extremista de la protección animal, que había participado en más de una manifestación de protesta ante nuestra Facultad. Se lo comenté a Salvador, quien acabó por alarmarme:
-          ¡Huy, la Recesvinta! Buena me la montó el día que la recibí para limar asperezas en el tema de los ratones y cobayas del laboratorio. Es una tía loca que tiene en más la felicidad de los roedores que el progreso de la Medicina humana. Así que no te digo nada, tratándose de una zorra muy cariñosa y, además, preñada.
     El juicio del Catedrático resultó ser una exacta premonición. Reces nos echó a Anna y a mí una bronca de tomo y lomo. Según ella, éramos unos corruptos, que pretendíamos forrarnos con la disculpa de un experimento científico. Rechazó la validez de los títulos de propiedad, cuando no habíamos sido capaces de cuidar del animalito, que se había visto obligado a huir -según ella-, para que sus hijos pudieran tener un futuro mejor. Cuando me calenté y la amenacé con denunciarla por apropiación indebida, ella replicó con hacerlo por maltrato animal y acudir a los periódicos, para que los villafranquinos supieran de los negocios inmorales que enriquecían a los profesores de su Universidad. La cosa pintaba mal y Anna parecía al borde de la depresión. Decidí plegar velas:
-          Por lo menos, déjenos estar unos momentos con el animal, para que la cuidadora compruebe su estado de salud y le dé unos mimos.
-          ¡Quia! No me fío de ustedes. Tiempo tuvieron de hacerlo y la dejaron abandonada.
-          ¡Oiga, oiga!, que el bicho escapó y se extravió, como pasa con tantos otros bien atendidos.
-          El bicho, el bicho. Ni nombre le han puesto.
-          Claro que sí -refutó Anna-. Se llama Sbesdá, Estrella en español.
-          Pues aquí la hemos llamado Ribereña, por el sitio donde la encontraron abandonada.
     Estaba harto de la cerrilidad de aquella señora. Cogí del brazo a Anna y nos encaminamos hacía el portón de salida. Según nos lo abría, le dije para que lo oyera Reces:
-          Esta gente no sabe con quién se mete. Están provocando nada menos que un incidente internacional. Vamos inmediatamente al Juzgado a pedir un habeas corpus.
     Como es frecuente, el latinajo surtió efecto, pero a medias. Dos días después se recibió en la Cátedra un oficio de la Dirección Provincial de Medio Ambiente, en que se decía:
     Pongo en su conocimiento que el ejemplar de género hembra, perteneciente a la especie Vulpes vulpes, variedad gris o siberiana, que atiende por Ribereña, ha sido confiado en la mañana de ayer por la Protectora de Animales Villafranca Acoge, a la Asociación Recuperadora Amanecer Radiante, colaboradora de esta Administración, domiciliada en la localidad de San Antón de las Altas Cumbres.
     Lo que le comunico, a los efectos oportunos.

***

     Pocas cosas hay más sensibles ante la maternidad, que la burocracia. Puestos en contacto con los responsables de las Altas Cumbres, y tras enviarles toda la documentación de que disponíamos, aquellos llegaron a la irrefutable conclusión de que Sbesdá era irrecuperable para la vida salvaje y que, como animal doméstico, era susceptible de dominio y compraventa privados. Con todo, pusieron una objeción para su entrega inmediata: La zorra llevaba su gestación muy avanzada y existían riesgos en caso de viajar desde San Antón hasta Villafranca. Anna no pudo resistir más y me conminó:
-          O me llevas a verla en tu coche, o voy yo por mis medios.
-          Mujer, está a más de cien kilómetros y los últimos, por vericuetos sin asfaltar, bordeados de precipicios.
-          Me da lo mismo. Y, donde no llegue el vehículo, iré yo andando.
     ¡Qué remedio! Conseguimos que nos prestaran un todo-terreno de la Delegación medioambiental y tuvimos el privilegio de asistir al feliz parto de los cinco zorrillos de Sbesdá, con Anna como comadrona. ¡Ay!, tuvimos que volvernos de vacío pues, ante la falta de precedentes en España, decidieron los responsables que los recién nacidos habían de fortalecerse y pasar una cuarentena, antes de viajar por el territorio nacional.
     Fue aquella una época que recuerdo con espanto. No había día que no trajese una mala noticia. Primero fueron los compradores lusos quienes, en vista del gran retraso que estaba sufriendo la entrega, decidieron rescindir la operación. No contentos con ello, insistieron en que se les devolviera la cantidad inicial, entregada como señal. Anna se desesperaba:
-          ¿Dónde voy yo a encontrar mil quinientos dólares? ¿No podrías cargárselos a la Consejería de Medio Ambiente esa? Ellos han tenido la culpa.
-          No creo que sea una buena idea, respondí. En cualquier caso, esperemos a tener con nosotros a Sbesdá y su camada, no sea que se arrepientan.
     El segundo golpe nos vino de Madrid. Mi amigo abogado llamó para informarnos:
-          Chico, el contrario es un tipo terco y adinerado, muy difícil de tratar. Con decirte que ha hablado de pediros daños y perjuicios, por el sufrimiento que el atropello causó a sus hijos.
-          O sea, Miguel, que todavía vamos a ser nosotros los paganos.
-          La ocurrencia de ese tipo no creo que prospere pero, ahora que hablas de pagar, voy a tener que pasarte una minuta de gastos. Lo mínimo, claro. Los amigos son los amigos.
     Decidí mantener esta conversación en secreto. No era cosa de compungir más a mi huésped.
     La tercera andanada fue, con mucho, la peor de todas. La tal Reces logró desencadenar una fuerte campaña de prensa contra los profesores de Villafranca que, según decía, estaban en la cúspide del maltrato animal y del ánimo de lucro en la investigación zoológica. Salvador montó en cólera y su indignación me alcanzó de lleno, como era de esperar:
-          ¡Menuda la has armado! ¡A quién se le ocurre encabronar a esa loca! ¡Conste que ya te avisé sobre cómo las gastaba!
-          Hombre, jefe, tampoco la íbamos a dejar que se saliera con la suya y regalase la zorra a quien le viniera en gana. Anna no podía consentirlo.
-          ¡Haz el favor de no meter a Anna en el ajo, que bastante mal lo está pasando la pobre! Solo tú eres responsable. Con los niveles que está alcanzando el escándalo, la Embajada de Rusia ha tomado cartas en el asunto e, informalmente por ahora, me han pedido una explicación. Así que adiós a la colaboración con Novosibirsk y veremos cómo les va a ellos con los esbirros de Yeltsin.
     La cosa acabó como suele, en este país de componendas y corrección política. Por decisión del Decano, nuestra Cátedra emitió una nota de prensa, disculpándose con los ciudadanos que se hubieran sentido ofendidos por la cautividad de las ratas mansas y asegurando que ninguna participación tenían los profesores de Villafranca en el beneficio económico que se obtuviese de los zorros domesticados. Seguidamente, las cuatro jaulas de roedores amables del laboratorio fueron confiadas a las manos, prudentes y expertas, de las Autoridades medioambientales. De lo que hicieron con ellas tendrán noticia, si continuaren leyendo esta verídica historia.




4.      Un romance de ida y vuelta, o viceversa

    
     Dicen que nada une tanto como la desgracia. Así debe ser pues, en el tiempo de la cuarentena y la cruzada contra el maltrato animal que he dejado dichas, Anna y yo nos enamoramos perdidamente. Se ve que el atractivo de nuestra soledad en el chalé y mis esfuerzos por llevar a un relativo buen fin la peripecia zorruna, valieron para ella más que la juventud y brillantez de algunos de mis colegas. El caso es que finalmente fui yo quien le hizo la pregunta trascendental:
-          Anna, querida, ¿estás casada?
     La respuesta no resultó sencilla de entender, tal vez, por mi desconocimiento del Derecho ruso. Al parecer, Anna se había casado con un médico de Kazán, con el que las relaciones fueron deteriorándose. Tal vez por librarse de él, en 1993 Anna había presentado una solicitud para la Granja de Belyaev, como graduada con honores en la Academia de Medicina Veterinaria de la Universidad kazanka. La petición fue aceptada y desde entonces -¿separada o divorciada?-, Anna había vivido en Siberia muy lejos del doctor Lébedev, cuyo apellido empero conservaba. Yo insistí:
-          ¿Tienes hijos?
     Ella se echó a reír:
-          Tenía siete, pero a uno me lo atropelló un coche.
     De mutuo acuerdo, empezamos a hacer planes de estable vida en común. A mí me parecía mentira tener a mi lado una mujer tan hermosa y joven como ella. Anna seguía pensando que no podía regresar a Siberia con la bolsa vacía, y hasta con deudas inasumibles para ella. Por otra parte, el ambiente y el clima de Villafranca le encantaban. Así que llegó el momento de plantearse una ocupación. En la Facultad todo fueron buenas palabras, pero resultaba imposible encontrar de momento una plaza libre de profesora, teniendo además en cuenta su nacionalidad ajena a la Unión Europea. Ella era de buen conformar y, en principio, aceptó colocarse de ayudante de veterinario en una acreditada tienda de mascotas de la ciudad. Fue el primer peldaño de un progresivo ascenso a la cima, en que la imaginaba vestida de blanco en la Catedral, o preparándome stróganov y vatrushka en mi cocina -¡y buena mano que tenía!-.
     El segundo escalón fue la llegada de Sbesdá, seguida de sus cinco retoños, que complicó y encareció bastante nuestra vida en común, pero hizo la mayor felicidad de Anna, verdadera abuela de aquella deliciosa familia de cánidos. Yo le sugerí entregar alguno de los pequeños a mis amistades, pero ella gruñó al estilo zorruno; luego me dio largas:
-          Habrá que esperar unos meses hasta ver si salen a su madre, o son más agresivos. Esto es cosa de los genes, más que de la educación que reciban.
     El tercer hito lo constituyeron sucesivos éxitos de mi amigo abogado, gracias a su paciencia benedictina y a que fui yo quien puso el dinero necesario: ¡Qué menos, teniendo ya el estatus de novio formal de Anna! Y así, los portugueses renunciaron a la señal, a cambio de la rescisión del contrato; la compungida familia madrileña pagó solo la mitad de lo adeudado, y el letrado me pasó una minuta equivalente a lo pagado por el ricacho madrileño, más gastos.
     Finalmente, alcanzamos la cumbre, de pura casualidad. Había llegado el otoño y, por muy dulces que fueran, los jóvenes zorros habían alcanzado la madurez y organizaban unas peleas de todos los demonios para lograr los favores de Sbesdá y de su única hija, Dorita. Estaba claro que eran ellos o nosotros. A la ceremonia de apertura de Curso, vino como invitado el recientemente elegido Rector de la Universidad privada de B., profesional y apasionado cultivador de la Etología animal. En el convite oficial, salió la conversación sobre el desdichado episodio de las ratas. Salvador suspiró:
-          Lo que son las ratas ya han pasado a la historia. Ahora, en lo tocante a los zorros siberianos, aquí tienes al pobre Enrique haciendo de Belyáev.
-          ¿Cómo? ¿Tenéis zorros de esos por aquí?, preguntó el citado Rector, con los ojos como platos.
-          Por supuesto. Anda, Enrique, ¿por qué no se los enseñas?
     En aquella misma tarde quedó cerrada la venta de toda la familia de zorros a la Facultad de Biología de B., en una cantidad de pesetas equivalente a 12.000 dólares, instrumentada en un pagaré a treinta días. El feliz comprador no cabía en sí de gozo:
-          ¡Qué honor para la Universidad! ¡Y qué decir de nuestros mecenas! Ya estoy viendo a sus señoras paseando los animales en el acto de la presentación.
-          Con tal que no lleven abrigos de piel de zorro…, me susurró Anna a la oreja.

***

     Anna llevaba unos días muy seria y poco habladora. Yo no entendía el porqué y me dio en pensar que echaba de menos a sus animalitos. Pensé: tal vez debimos quedarnos con alguno.
     En la fecha convenida, el Rector de B. nos giró el cheque prometido. Yo exulté:
-          Espléndido, Anna. Escribe enseguida a la doctora Trut y, para mayor seguridad, dile que te facilite un número de cuenta para transferirle el dinero.
-          Quizá sería mejor que fuera yo personalmente. Después de tantas censuras y ridículos, creo que me deben un homenaje público.
-          Estamos ya en puertas de la Navidad occidental y me gustaría que la pasáramos juntos por primera vez. Además, el billete de avión cuesta un pico.
-          Tengo dinero ahorrado de mis salarios… Anda, Quique, compréndelo. Siento un poco de nostalgia de todo aquello.
     Quique fue comprensivo. Más difícil de tragar fue el segundo acto de aquella despedida:
-          Estoy harta de recetar pastillas para el mal aliento de los perros y poner inyecciones para que las gatas no queden preñadas. Compréndelo, Quique, yo en Novosibirsk era alguien.
     Intentaba ponerme en su lugar, pero no lo lograba, tal vez, por egoísmo. Pensaba yo que, con tal de estar toda la vida junto a Anna, no me importaría mucho decir adiós a Salvador y a la PCR, y dedicarme a criar champiñones, pongo por ejemplo. En fin, si solo era por un tiempo…
     El tercer y último acto del drama se desarrolló ya en el aeropuerto de Madrid, donde nos habíamos conocido, diez meses atrás. Me besó interminablemente y me dejó el abrigo húmedo de lágrimas y los oídos rebosantes de promesas de volver. Un sexto sentido me advertía: Si está segura de regresar, ¿a qué tiene que prometerlo tantas veces? Y una voz dentro de mí repetía retozona: Compréndelo, Quique.

***

     Ha pasado un año. Anna me escribe muy afectuosa cada cierto tiempo, diciendo que me quiere mucho, que soy un hombre estupendo y que está pensando en venirse para España, pero que no la agobie, que le dé tiempo, que no se me ocurra aparecer por Siberia, que para el matrimonio hay que estar muy seguros. Yo comparto cada vez más el punto de vista de Salvador, cuya sinceridad está a la altura de su ciencia:
-          Consuélate, Enrique, con haber vivido una experiencia emocionante y disfrutado de una mujer de bandera. No sabes la envidia que te tenían varios de nuestros colegas. Ahora, déjalo estar y tiempo al tiempo.
-          Ya, apostillé. Fue bonito mientras duró.
     Ese mismo día, me quedé trabajando hasta muy tarde. Era más de medianoche cuando salí del laboratorio, con los ojos viendo fosfenos. Al salir de la Facultad, todavía en el recinto de soportales y césped, aprecié lo que me parecían unas formas oscuras y menudas, apelotonadas junto a un cubo de desperdicios. No sé por qué me acerqué, aun experimentando un escalofrío. En efecto, ¡eran ratas!, seguramente hambrientas y hostiles. Me disponía a alejarme rápidamente, cuando varias de ellas corrieron hacia mí, olisquearon mis zapatos y alguna hasta trepó por las perneras. No eran unos roedores cualesquiera, sino algunos de los especímenes de ratas amistosas, con las que yo conviví en el laboratorio y que, desahuciadas por obra y gracia de la Reces y la Administración, habían sido lanzadas a la calle, para que se buscaran la vida y dejasen de ocupar las páginas de los diarios. Me agaché, acaricié a las más próximas y dije, o pensé:
-          Vosotras sí que sois unas amigas, sensibles, memoriosas, sinceras, inasequibles al egoísmo, sin doblez ni medias tintas. Sois lo mejor de este campus, de esta ciudad, ¡de este pícaro mundo!
     Y me alejé de ellas con el firme propósito de volver cada noche y llevarles comida, por lo menos hasta gastarme con ellas tanto, como lo invertido para Anna y los zorros. Las ratas están siempre esperándome y me saludan con sus agudos chillidos. Yo dejo el alimento en recóndito lugar y marcho, sin prometerles volver. Quien tiene la intención de regresar no necesita prometerlo.



lunes, 30 de mayo de 2016

VIUDAS DE GUERRA


Viudas de guerra
Por Federico Bello Landrove

     Tres viudas de nuestra Guerra Civil, cuentan su vida a un periodista. Casos y personajes son reales en lo sustancial, pero no deseando hacer biografía sino, si acaso, tipología, me he permitido cuantas licencias y fantasías me ha parecido oportuno, sin llegar a alterar radicalmente peripecias ni personajes.




1.      La soledad y el amor

-          Me casé a los diecinueve años con Zósimo, que iba a cumplir por entonces los veintiséis. Nos habíamos conocido dos años antes en casa de mis tíos, que ejercían sobre mí la tutela, al haber quedado huérfana de padre y madre con catorce años. Me pareció un señor muy viril y bien parecido. Fíjese usted, lo conceptué un señor: siete años, a esa edad, es todo un mundo y, además, yo era una pipiola que acababa de terminar el bachiller en un colegio de monjas, mientras que él era ya un abogado bastante famoso, que andaba metido en política, por lo que me dijo mi tío. Yo luego me fui un año entero a Francia, para ampliar estudios y perfeccionar el idioma. Me valió de mucho como experiencia. Por allí estaban bastante más adelantados que en España; no digamos las mujeres.
-          Demasiado adelantadas tal vez, ¿no cree?
-          ¡Je! No sabría decirle, pues yo estaba interna en el colegio y apenas me relacionaba con nadie más que mis compañeras y algunas de sus familias, que tenían a bien invitarme. Pero bastaba con leer los periódicos, ir al cine o darse una vuelta por los bulevares parisinos, para comprender que allí las mujeres contaban; trataban con los hombres de igual a igual y estudiaban para ejercer luego como profesionales. Un mundo muy distinto, vamos. No digo que mejor ni peor, aunque opino que un término medio habría sido lo más adecuado.
-          Claro, usted compara la Francia de los años veinte con la España de la misma época; pero justamente un par de años después advino la II República y todo cambió.
-          Demasiado rápido y, en general, para peor. Yo me casé un par de meses antes del catorce de abril y, cuando me quise dar cuenta, tenía tres hijos que criar, y casi sola, porque mi marido…
-          … Empezó a significarse mucho y a tener problemas serios.
-          Sí, en efecto. Cuando el golpe fallido de Sanjurjo tuvo que exiliarse el Portugal, de donde regresó al cabo de año y medio. Luego, ya se sabe, el activismo político, el periódico que dirigía, la labor sindical y jurídica y, finalmente, la cárcel. Ya me dirá qué ayuda podía prestarme en casa. Aunque no crea, era muy cariñoso y un padre ejemplar. Desde luego, influyó muchísimo en mí; me marcó para siempre.
-          Pero para usted, enamorada y madre, no sería plato de gusto pasarse la vida de zozobra en zozobra: amenazas, manos armadas, la prisión…
-          Eran malos tiempos, pero inevitables. Zósimo estaba muy lejos de ser violento por naturaleza. ¿Para qué, si era culto, inteligente, gran orador, buen abogado? En los atentados y la guerra que se veía venir, no podía sino perder. Pero no había otro remedio: eso, o la sumisión a la Unión Soviética, y las purgas y servidumbre mísera que vendrían después.
-          Ya veo que usted compartía el ideario y la conducta de su marido. Pero no es de eso de lo que querría que habláramos. Si acaso, dos palabras sobre la muerte de su esposo en acción de guerra.
-          Fue en los primeros días de la contienda. Unos lo han llamado asesinato, pues lo remataron ya herido y a sangre fría. Otros lo consideran un desafortunado encuentro con fuerza enemiga, en momentos sin estabilidad del frente. Yo -no sé si debo decirlo-…
-          Mujer, eso ya es historia. Relate su impresión como le venga a la boca y luego la matizaremos, antes de publicarla.
-          Tiene razón, a estas alturas… Bien, escriba literalmente: En aquellos terribles y violentos días, eran muchas las rencillas y las ambiciones. Alguien pudo irse de la lengua o dar un chivatazo al enemigo. Lo cierto es que pareció preparado, como una emboscada. En fin, es un misterio, que el tiempo no ha logrado desvelar.
-          Sería terrible para usted. De hecho, tengo oído que de la impresión perdió el hijo que esperaba.
-          Así fue… La verdad es que la muerte ha perseguido a mi familia sañudamente. Mi padre y mi madre murieron jóvenes. Aborté de mi primer hijo. Luego, lo de mi esposo y el segundo aborto a que usted alude. Más tarde, el fallecimiento de mi único hijo varón, de un cáncer en plena adolescencia. Aquí acabó mi vida pública o política, podría decirse. Era demasiado sufrir.
-          Verdaderamente, todos la consideran una mujer enérgica y fuerte. Si me lo permite, no lo compagino con esa imagen en las fotos de la época, de mujer sufriente, enlutada de pies a cabeza, con velo, como un alma en pena.
-          Tenía veinticinco años cuando me quedé viuda, con tres criaturas. Mi dolor fue inmenso, se puede figurar. Además, los lutos eran así entonces y no le ocultaré que lo llevé más a rajatabla, para dar ejemplo y respeto ante tantos camaradas y gente corriente, que idolatraban a Zósimo. Inmediatamente me volqué con la acción benéfica y social, que usted conoce y está suficientemente descrita, aunque no reconocida. Dolor y luto no fueron contradictorios con un agotador trabajo. Digamos que, gracias a este, superé aquellos con mayor resignación.
-           Lo comprendo. Además, aquí es donde entra la relación con Manuel, su segundo marido.
-          No exactamente. Manuel ya era entusiasta y colaborador, incluso secretario, de Zósimo. Nos conocíamos desde el año treinta y uno en que él, con apenas diecisiete de edad, vino a estudiar Derecho a Castellar. También conocíamos a su familia, que vivía en el Norte. Así pues, su colaboración estrecha y fiel en mis iniciativas benéficas fue lógica y casi diría que inevitable.
-          Por lo que me indica sobre edades, don Manuel debía ser más joven que usted.
-          Dos años y pico. Con todo, tenía una excelente formación como político y abogado, así como experiencia en Alemania sobre proyectos similares a los que iniciábamos entonces en España.
-          Estoy seguro de que esta será la pregunta del millón para los lectores de El Noticiero: ¿Cuándo se enamoraron ustedes? ¿Cuándo se produjo su petición de mano?
-          Lamento no poder contestar a la pregunta millonaria pues el amor entre muy buenos amigos y compañeros no nace, sino que se transforma o trasciende. Yo me daba cuenta de que Manuel me iba queriendo cada vez más íntimamente, según colaborábamos y estábamos más tiempo juntos, pero ambos íbamos con pies de plomo, por temor al qué dirán y a echar a perder nuestros afanes sociales por un imprudente sentimiento egoísta. Y no crea usted que el obstáculo principal fuera la memoria de Zósimo.
-          ¿No?
-          En absoluto. Tenía su vida tan amenazada, que más de una vez me animó a pasar a segundas nupcias, caso de quedarme viuda. Figúrese, sola y con tres niños. Yo hacía como si me enfadara ante la sugerencia y, muy femenina, le preguntaba: ¿Quién iba a querer casarse conmigo y con tres criaturas? A lo que Zósimo, levantaba la mano en el gesto de juntar las yemas de los dedos y replicaba: ¡Así los tendrías! Yo lo tomaba como un elogio a mi carácter y atractivo, como mujer joven y no fea, aunque también podría entenderse como el interés malsano que despertaría la viuda famosa y bien situada de un héroe de guerra.
-          Entiendo. Así que el romance se fue gestando poco a poco. Pero supongo que en algún momento concreto le pediría relaciones don Manuel, o se declararía…
-          Así es, y es curioso lo que tiene el cariño. Fíjese que durante dos años trabajamos codo con codo, muchas veces solos y en mi casa. Sin embargo, se produjo en el momento en que le ofrecieron un importante cargo político y hubo de marchar a Burgos. Fueron apenas tres meses, pero nos extrañamos tanto -sobre todo, él, que yo estaba acompañada por mis hijos-, que, al volver a vernos en Barcelona, cuando su liberación, le faltó tiempo para declararme su amor y pedirme en matrimonio.
-          Y usted, ¿qué le respondió?
-          Pues que era una locura, que le iba a parecer muy mal a casi todo el mundo, por lo que mi anterior marido había simbolizado en una guerra que aún estaba por finalizar. Él insistía. Y yo: fíjate que tengo tres hijos. Pero nada: Que eran hijos de Zósimo y que nada le gustaría más que ayudarme a sacarlos adelante. En fin, le prometí pensarlo, cosa que ya era decir bastante, dadas las circunstancias.
-          ¿Tardó mucho en decidirse?
-          La verdad es que no. Tenía veintiocho años y me sentía terriblemente sola como mujer, a pesar de los niños y del trabajo. Sentí que, después de tres años de viudez, había llegado el momento de ordenar definitivamente mi vida. Me ayudó mucho la cariñosa reacción de sus padres, que bien podrían haber puesto el grito en el cielo, porque él era más joven y podía aspirar a una muchacha sin pasado y sin compromisos. Por lo demás, yo era, y soy, muy independiente y temía no ser comprendida. Quiero decir que lo consulté con mi confesor y pocos más. Finalmente, le di el sí de una forma que siempre me hace sonreír. Le dije: Manuel, he pensado que podríamos comprar una casa junto al mar. Yo sabía que era su ilusión desde niño. Era como cumplir su sueño, entrar a formar parte de él.
-          Tengo entendido que se casaron en el otoño del treinta y nueve.
-          Así es, en la capilla del palacio arzobispal, en la más estricta intimidad, como suele decirse. No nos escondíamos, pero tampoco nos gustaba hacer fiesta u ostentación de algo tan personal y que cayó como una bomba entre mucha gente.
-          Gente que les haría saber su disgusto por la boda…
-          No crea. Dar la cara, pocos, pero el vacío y los comentarios fueron de órdago. Conmigo se atrevieron menos: Quizá se comprendía entonces mejor la debilidad en la mujer, o temían la acritud de mis desplantes. Además, yo podía vivir de mis tierras, sin necesidad de regalos ni pensiones, y a fe que lo hice. Pero Manuel…
-          Se cebaron con él, según tengo entendido.
-          De la noche a la mañana perdió sus cargos y el trabajo que se había agenciado con su talento como escritor; así, sin una explicación, por grosera que fuese. Se quedó en la calle. Como quien dice, tuve que alimentar cuatro bocas, en vez de tres. Por poco tiempo, claro, pues él era muy inteligente y con iniciativa. Pronto se colocó como periodista, empezó a escribir ensayos y novelas; hasta llegó a hacer el guión de una película sobre toros. Bueno, eso fue poco a poco, con los años, cuando al público ya no le decía nada el apellido Fernández de Echániz.
-          De todas formas, doña Dolores, alguien estaría a favor de ustedes, los apoyaría.
-          Tiene razón. Hasta es posible que buena parte de las diatribas tuvieran origen en la pequeña política y en la envidia hacía nuestras personas. Vieron en la boda la oportunidad de desembarazarse de nosotros y de la originalidad de las ideas sociales y femeninas que llevamos a la práctica. Pero también hubo mucho de lo otro. Como ha escrito mi viejo amigo Patricio Antruejo, hicieron de mí un mito y de mi segundo matrimonio, un escándalo, algo así como una violación. Suena muy fuerte, pero creo que está en lo cierto.
-          Vamos terminando ya, que no quiero cansarla. Con la perspectiva que dan los años y fallecido hace poco don Manuel, ¿cree usted que su decisión fue acertada?
-          Desde luego, no pudimos actuar mejor. Tuvimos un hijo y no iba ahora a renegar en público de mi matrimonio, pero puede creerme. Fuimos enormemente felices, sin olvidar para nada a Zósimo y su legado personal. Eso nos mantuvo firmes y es el mayor mentís para quienes quisieron convertirme en estatua de un mausoleo. Manuel y yo seguimos la senda y la tarea del Héroe. Son otros, que antaño se rasgaron las vestiduras, quienes con el tiempo lo olvidaron o traicionaron. Pero esa ya es otra historia.
-          En efecto, y que podría irritar y dividir a muchos castellarenses. Dejemos las confidencias en el plano, digamos, sentimental. Ese es el sentido de nuestra serie de reportajes sobre viudas de guerra. Muchas gracias, doña Dolores, y muy honrados porque aceptara protagonizar la primera entrega.
-          Ha sido una satisfacción. A los ochenta y tantos años, que se acuerden de una y la escuchen es muy de agradecer.



2.      Apuesta contra la miseria

-          Debió de ser algo así como lo que noveló Arniches en La Señorita de Trevélez… ¿Que no la ha leído? Al menos habrá visto Calle Mayor, que es su versión cinematográfica.
-          ¡Ah, sí! -respondo-. Esa película que rodaron en Palencia. Era de Berlanga, ¿no?
-          De Bardem, hombre, de Bardem.
     Son los inconvenientes de ser demasiado joven y no muy instruido. Pero a lo que vamos. Ahora entiendo por qué la señora Lafuente me ha citado en la cafetería del Casino para la entrevista sobre Viudas de Guerra. Su madre hace treinta años que murió y es ella -profesora de Lengua en el Instituto Marsilla, a punto de jubilarse- quien se ha ofrecido a darme su versión del calvario por el que pasó doña Práxedes, su mamá, en los primeros años de viudedad.
-          Toda la ciudad quedó sobrecogida por la ejecución de mi padre. Era un hombre extraordinario y, como alcalde, nadie lo había hecho mejor; pero, sobre todo, se trataba de una persona equilibrada y noble, abierto a todos y muy caritativo. Eso que no nos sobraba el dinero. Antes los políticos vivían de su profesión y lo poco que cobraban por la función pública iba a parar a las arcas de su Partido. Es el pecado capital de los politicastros de ahora: abandonan su trabajo para vivir a cuerpo de rey, a costa del presupuesto.
     Doña Carmen se embala, si se la deja. Pero no es de política comparada de lo que hemos venido a tratar.
-          Son otros tiempos -apostillo ambiguamente-. Pero hábleme de esa apuesta.
-          Nos lo contaron muchos años más tarde de haberse cruzado. Fue en una tertulia de las muchas de la Pecera -ya sabe, la gran cafetería del Casino, con amplias vistas encristaladas a la calle-. El tal don Veremundo comentaría que la viuda del difunto alcalde estaba en vías de alquilar una de sus muchas casas y tal vez hiciese algún comentario procaz sobre las prendas físicas de mi madre. Sí, seguro que así empezó todo.
-          ¿De qué edades estaríamos hablando?
-          Mi madre tendría… cuarenta años. En cuanto al sinvergüenza, pongamos unos diez años más. No sé. En El Noticiero andará su esquela, a toda página desde luego. Murió en el cincuenta y tantos.
-          ¿Tiene usted algún retrato de su madre?
-          Desde luego, pero no aquí. Si me lo dice por lo de las prendas, le resumo: No era guapa, pero sí alta, bien plantada, algo metida en carnes. Era un tipo de mujer que se llevaba entonces mucho más que ahora. De todos modos, estoy segura de que tan inmoral envite no tuvo su origen en el deseo, sino en las ganas de apuntarse un tanto a costa de una persona famosa en la ciudad, y muy necesitada.
-          ¿Y que apostaron?
-          Una nadería para ellos: un año de alquiler. Así no sale de tu bolsillo la rebaja, si cae la viuda, parece que dijeron los apostadores a favor de mi madre, como si dijéramos.
-          Explíquese, por favor, para que nuestros lectores lo comprendan.
-          Voy a ello. Con la muerte de mi padre, nos quedamos en la calle de la noche a la mañana, pues ocupábamos una vivienda de empresa de La Unión y El Fénix, amplia y céntrica. Éramos seis de familia: mi madre, sus tres hijos menores -yo, todavía una niña-, un tío soltero y la criada de toda la vida. Nos habían dado un mes para abandonar la casa, que se logró prorrogar por otro más. Ya se figurará a mi madre, buscando piso como un alma en pena, sin apenas dinero y dándole con la puerta en las narices por motivos políticos, sobre todo miedo. Finalmente, aunque sus casas tenían mala fama de calidad, fue a ver a don Veremundo. Muy taimado él, le dio el pésame, encareció en voz muy baja los méritos de mi padre y le ofreció un auténtico tabuco, aunque muy céntrico, por un alquiler razonable, aunque todavía alto para nuestros medios. Mi madre le pidió unos días para decidir y él no puso inconveniente; incluso le insinuó que, negociando algunos puntos, podría rebajar un poco el precio.
-          ¿Seguro que empleó ya esa frase en el primer momento?
-          Si lo sabré yo, que fui con ella. No habían empezado todavía las clases y es posible que mamá tratara de inspirar compasión, acompañándose de una niña.
-          Entiendo. Y, entre la primera visita y la siguiente, sería cuando se gestó la apuesta.
-          Me gusta eso de se gestó. No le habrá dado yo clase… Perdone, es una broma de profesional. Pues seguramente tendrá usted razón. El caso es que mi madre estaba muy interesada en aquel piso. No era solo por tener dónde meterse, sino porque, al estar en pleno centro, era lo indicado para lo que ella tenía ya en el magín para ganarse la vida: montar un taller de costura. En fin, fue a la segunda entrevista con don Veremundo -esta vez, sola- y vino bastante emocionada. Aquel sujeto, por consideración a mi padre, rebajaba un poco lo apuntado la primera vez. A todo esto -fíjese cómo estaban las cosas entonces-, no conocíamos a fondo la casa, más allá de lo que el dueño nos había expuesto. Así que este se ofreció para enseñársela al día siguiente, a primera hora de la noche, a fin de pasar desapercibidos a los vecinos y curiosos. La disculpa no era dudosa, por lo que le llevo dicho. ¡Ah!, en la misma línea el granuja encareció a mi madre que acudiese sola. Yo la esperaré con mi empleada Angelines, para redactar y firmar el contrato, si todo estuviere a su satisfacción.
-          ¡Vaya!, no se lo montó mal el tal Veremundo, con promesa de carabina y todo.
-          Una promesa que, como comprenderá, estaba muy lejos de cumplir… El caso es que mi madre acudió y pasó lo que puede usted figurarse. El tipo se la insinuó de modo insistente y, por último, apagó la luz y la abrazó con lasciva intención. La cosa no fue a mayores porque mi madre era fuerte y supongo que gritaría para alertar a los vecinos…
-          Ha dicho que supone. ¿No se lo contó ella?
-          A mí, no, desde luego, ni a nadie en aquellos momentos. Como tantas veces sucede, sufre mayor vergüenza la mujer solicitada que el macho acometedor. Andando el tiempo, mi hermana mayor -que era muy parecida a ella en carácter y apariencia- tuvo cumplido conocimiento de lo acaecido. Yo, ni me atreví a preguntar, ni mi madre me habló nunca de ello. Lo único de lo que me enteré es de que aquel piso no se alquiló y que tuvimos que pasar un par de meses recogidos en casas de los parientes de mi madre, en el pueblo del que era natural. Al cabo de ese tiempo, con la ayuda de un concejal de derechas de la época de mi padre, logramos hacernos con una vivienda, así mismo céntrica y, según mi madre, un poco mejor y más grande que la de don Veremundo. Allí montamos el taller familiar y fuimos saliendo adelante como Dios quiso, si es que se puede meter a Dios en sucesos tan lamentables.
-          Según eso, Veremundo perdió la apuesta. ¿Qué es lo que tuvo que pagar a sus contrarios?
-          Una cena a todo meter, aquí en el Casino. Según un camarero que conocimos, se habló de la mariscada durante mucho tiempo. Figúrese, langosta en tiempos de guerra. Pero no fue eso lo único que perdió aquel Don Juan de pacotilla. Su hijo pequeño cayó en la Batalla del Ebro y él mismo sufrió de entonces a poco un atropello y perdió una pierna. Son cosas que pasan, pero a mí me consuela el pensar que fueron el justo castigo de su perversidad, como suele decirse.
-          Entonces, doña Carmen, ¿qué podríamos destacar a nuestros lectores? En todo esto veo abuso, desprecio, aprovecharse de la triste situación de una viuda de guerra…
-          También algo más profundo. Es posible que don Veremundo fuese un sátiro o que persiguiera cualquier cosa con faldas, pero también pudo suceder que se encaprichase de una mujer mártir, de alguien que tenía el prestigio intangible de la moralidad, el sufrimiento y - ¿por qué no decirlo? – del respeto de la buena gente. Todo eso, amigo mío, también atrae, bien para poseerlo, bien para profanarlo, o para ambas cosas. ¿Quién sabe?
-          Bueno, muchas gracias por haber compartido sus recuerdos. No sé si quiere decir algo más.
-          Acabo de aludir a la buena gente. No dudo de que la hubiera entonces, como la hay ahora; pero, ¡qué difícil nos fue encontrarla! Solo muchos años después han ido saliendo de sus conchas, como los caracoles cuando cesa el aguacero. Pero lo que es cuando los necesitamos… En fin, don Veremundo pecó por acción, como otros muchos; el resto lo hizo por omisión, incluso algunos que ahora ponen el nombre de mi padre en libros, calles y monumentos… Por cierto, ¿estás seguro -permíteme el tuteo- de que no te he dado clase? ¿No será que suspendiste y no quieres ni recordarlo?



3.      La réproba

     Quedo citado con doña Jacinta en el reservado del Café Suizo y me la encuentro muy bien acompañada de otras tres amigas, más o menos de su edad, muy atildadas, tomando café y jugando a las cartas. Una de ellas, al acercarme, bromea:
-          Aquí tienes a tu pretendiente, Jaci. ¡Qué callado te lo tenías!
     Otra me dice:
-          No le haga mucho caso, que últimamente se le olvida hasta cantar las cuarenta.
     Nos apartamos a una mesa aislada, al otro lado del saloncito, y un poco corrida por las pullas de sus amigas, me pone en antecedentes:
-          No vaya a creer que ha sido así toda mi vida, jugar y tomar café. Saqué adelante con esfuerzo a mis dos hijos y he tenido que lidiar con dos maridos. Ahora, gracias a Dios, aquí me tiene, otra vez viuda, con una salud de la que no puedo quejarme, dada mi edad, y una pensión con la que voy tirando, gracias a que la casa es propia. En fin, usted dirá. No sé muy bien de qué quiere que hablemos.
-          Pues, para empezar, cuénteme algo sobre su primer marido. Decía usted que tuvo que lidiar con él. ¿A qué se refería exactamente?
-          ¡Jesús!, es una manera de hablar. Quería decir que tenía mucho carácter y le gustaban las cosas muy en su punto, no como ahora, que veo a mis nietas repartiendo las tareas de la casa con sus esposos y dejando el fregadero hasta el día siguiente, si se tercia. Mi primer marido, Francisco, era apoderado de la Azucarera, todo un cargazo para su juventud. No sabe lo que le tocó pelear con los obreros, que miraban mal todo lo que hacía la empresa por aquello de que era un monopolio, según decían. Yo creo que eso fue lo que le marcó en lo político, pues él era hijo de ferroviario y todo se lo había ganado como becario y con su esfuerzo. Los de la UGT se la tenían jurada; así que gracias a Dios que en Castellar se impusieron las derechas, que si no…
-          Para cuando estalló la Guerra, ya tenían los dos hijos de que antes me hablaba...
-          Sí, claro. Vivíamos en una casa de la calle de la Estación: nosotros en el segundo y mis suegros en el primero, con sus hijos solteros. Era una distribución muy conveniente; hacíamos nuestra vida, pero nos ayudaban en todo. Idolatraban a los nietos, sobre todo, a la niña. En fin, de la noche a la mañana todo se puso patas arriba. A mi suegro lo llevaron detenido por frecuentar la Casa del Pueblo, pero intervino mi marido, movió influencias, y lo dejaron tranquilo. Eso fue poco antes de que le diese la ventolera y nos sorprendiera con que se iba voluntario al frente.
-          ¿Es que no le correspondía por la edad?
-          Claro que no. Había cumplido ya los veintinueve. Con esa edad y dos hijos al cargo, habría podido pasarse tranquilamente en casa toda la guerra.
-          ¿Y que lo llevaría a tomar una decisión así?
-          Yo creo que lo que pasaba con su familia. Los hermanos, solteros y más jóvenes, eran llamados al frente por obligación. Luego, los favores que le hicieron cuando lo de su padre. También, que era simpatizante de Falange. A poco de empezar la contienda, se hizo del Movimiento y no era persona para estar emboscado, como tantos otros. El caso es que, pasada la Navidad del treinta y seis, apareció por casa vestido de soldado y me soltó la andanada: que se iba al frente. No te preocupes -me dijo-, por mi edad y preparación, me han reclutado en Intendencia. Lo mismo me dan un destino de retaguardia. ¡Bien sabía él que no iba a ser así, pero a todos nos doró la píldora!
-          Entonces, no le respetaron el compromiso…
-          Sí, sí; a Intendencia lo mandaron, pero con los camiones del frente de Madrid. Y allí se estuvo los seis meses que le quedaban de vida. En julio del treinta y siete se dio la sangrienta batalla de Brunete, como usted sabrá y, precisamente el día 18, aniversario del Movimiento, fue a caer mi Francisco en Quijorna, un pueblo perdido de la provincia de Madrid. Una bomba de la aviación cayó sobre su convoy y murió en el acto.
-          Sería un golpe tremendo para todos ustedes.
-          Figúrese, a mis veintisiete años, viuda, sin trabajo y con dos hijos pequeños. Solo tenía una luz de esperanza: la de que la familia de mi difunto esposo siguiera tan unida a mí como hasta entonces. Y, en un principio, así fue, no voy a negarlo.
-          Y usted, ¿no tenía familia?
-          Eran gente pobre, que vivía en un pueblo muy lejos. Yo preferí seguir como hasta entonces, en Castellar. Eso sí, tenía algunos estudios y aprendí mecanografía. En la Azucarera me dieron trabajo, en memoria de mi Francisco.
-          Trabajo y una pensión, me figuro.
-          Pues se figura mal. Él llevaba pocos años trabajando y la muerte había sido en acción de guerra. El subsidio tenía que venir del Gobierno y mi marido había sido un simple soldado. Así que me despacharon con cuatro perras, ni para el alquiler. Eso sí, me ofrecieron plaza para los niños en un colegio de Auxilio Social en Medina. ¡Lo que faltaba!; que me llevaran a las pobres criaturas a una especie de orfanato, como si también les faltase yo. El caso es que, de mutuo acuerdo, mis suegros y yo decidimos juntarnos y tirar para adelante, compartiendo la pena y la penuria. 
-          Hasta ahí, doña Jacinta, todo normal, dentro de lo que cabe. ¿Qué pasó, para que todo cambiase a peor, al poco tiempo?
-          Pues que empezó a pretenderme un compañero de oficina, soltero, bastante mayor que yo. A mí, la verdad, me extrañó porque andaba por los cuarenta, tenía tierras en Navarra y fama de buen vividor. No parecía lo más lógico que tirara los tejos a una viuda pobre y con dos hijos. Además estaba el hecho poco respetuoso de que no hubiera pasado ni un año desde la muerte de Francisco. Yo era muy franca; así que decidí aclarar las cosas, no fuera a ir él en plan de aventura, y tuvimos una conversación en serio. El hombre se explicó a plena satisfacción mía: que me quería como esposa; que les tenía afecto a mis hijos y no pretendía tener otros conmigo; y que, por supuesto, el matrimonio nos sacaría de la pobreza y empezaríamos una nueva vida en Pamplona, tan pronto acabara la guerra, pues su estancia en Castellar no le estaba resultando grata y menos lo sería para nosotros, a la vera de la familia de mi marido.
-          Veo que ya se olía la tostada el aspirante…
-          Cierto, joven. No en vano era una persona con experiencia. El caso es que yo decidí, de acuerdo con él, no adelantar las noticias a mis suegros y esconder también nuestra relación a los compañeros de la oficina, algo más fácil de decir que de hacer. Como él no era fogoso ni yo estaba realmente enamorada, conseguimos seguir haciendo la misma vida de antes, hasta concluir la guerra. ¡No vea cómo se puso la familia de Francisco por no haberlos informado a su debido tiempo, como decían! Me cerraron las puertas de su casa -los niños bajaban solos a visitarlos, pese a lo pequeños que eran-. No volví a ver una peseta suya, si bien tengo que reconocer que siguieron atendiendo y obsequiando a sus nietos, pero siempre en especie. En fin, cuando al fin nos casamos, no vinieron a la boda y me retiraron la palabra. Así que fue una bendición el marchar para Navarra y no volverlos a ver. Por algunos amigos comunes, me consta que me llamaban falsa, ligera, vendida y no sé cuántas lindezas más. Allá ellos.
-          ¿Y así siguieron las cosas hasta el final?
-          Conmigo y con mi Serafín, desde luego. Mis hijos, cuando estuvieron en edad de viajar, venían con cierta frecuencia por acá, dado que yo siempre procuré que mantuvieran las relaciones; pero llegó un momento que se dieron cuenta de la inquina que me tenían sus tíos y abuelos, y ellos mismos fueron espaciando las visitas. Más tarde, mi hija se casó con un castellarense y trabaja aquí en una inmobiliaria; yo, al morir Serafín, hice de tripas corazón y seguí sus pasos; y en esta ciudad me tiene desde hace casi diez años.
-          Tengo que preguntarle dos cosas para acabar, doña Jacinta. La primera, si no habría cierto antagonismo político de su segundo marido con la familia del primero. Sabido es que, en casos así, el nuevo matrimonio solía ser visto como una especie de traición al difunto.
-          Sí, conozco casos, pero el mío no fue de esos. No veo otra razón para su inquina que el que pretendiesen que yo siguiera viuda por los siglos de los siglos. Ya sabe la mentalidad que había entonces: Los padres eran los guardadores de la memoria de sus hijos y las mujeres, unas casquivanas que, tan pronto se las dejaba a su aire, se liaban con otro por liviandad o por dinero.
-          No sé, usted sabrá. Yo no viví aquellos tiempos… Bien, la segunda pregunta -que hago a todas las entrevistadas de la serie, por curiosidad de los lectores-: ¿Qué tal le fue en su segundo matrimonio?
-          Muy bien, tanto a mí, como a mis hijos. Es usted muy joven todavía, pero algún día aprenderá que una buena receta para la felicidad conyugal puede ser la de ayudarse, respetarse y quererse, sin llegar a enamorarse perdidamente. A nosotros nos fue muy bien hasta el final.
-          Entiendo: equilibrio entre el corazón y la cabeza.
-          Me ha comprendido perfectamente… Así que el reportaje saldrá en el suplemento del próximo domingo… Anda que no van a echar bilis los pocos que quedan de la familia de Francisco de aquellos tiempos… ¡Que se fastidien, por lo mucho que me hicieron sufrir a mí!