viernes, 4 de septiembre de 2015

CRÓNICAS DE UN CLAUSTRO (I)


Crónicas de un claustro (I)

Por Federico Bello Landrove

     La jubilación de un bedel, con el ambiente etílico y evocador que provoca, da lugar a que los asistentes al homenaje cuenten pequeñas historias –casi siempre sentimentales o picantes-, que casualmente captará en su mayor parte un alumno que andaba por allí. Más de medio siglo después, cuando esté cierto de que todos los aludidos están ya criando malvas, aquel adolescente –ahora casi tan viejo como el entonces homenajeado- las dará a conocer, con todas las reservas que el caso requiere.




1.      El catedrático y la dependienta

     Don Orencio Ramírez de Acuña no era un profesor corriente; no, señor. Además de los méritos indiscutibles que suponía su bien ganada cátedra de Ciencias Naturales, aquel docente acreditaba una oratoria fluida, que la estirpe grecolatina de muchos de los vocablos empleados elevaba hasta la ininteligibilidad; una sólida formación investigadora, de la que daban fe un doctorado universitario y varios artículos publicados en revistas de renombre, y –lo que hacía nuestras delicias- la regencia de un modesto museo del que, de vez en cuando, afloraban huesos, rocas y especímenes disecados. Semejante alarde solo se producía de Pascuas a Ramos, pues lo usual era remitirse en lo gráfico a las páginas monocromas del libro de texto, o a las vetustas láminas que colgaban de las paredes del aula al alcance del puntero.
     El viejo Esiquio no tragaba con las exigencias de don Orencio, quien más de una vez se había quejado al Director de la falta de diligencia de los bedeles a la hora de quitar el polvo a los objetos más delicados del gabinete, tarea que las limpiadoras del Instituto se negaban a realizar por carecer de medios adecuados y el temor a causar un estropicio. Tengo para mí que, entre el catedrático y el bedel, había un motivo más antiguo y profundo de desavenencia pues –según un tío mío que lo había conocido cuando la República- Esiquio había sido un proletario concienciado, aunque sin afiliación política. Yo, en aquel entonces, apenas entendí tales palabras, pero creí entrever ciertas connotaciones políticas en aquella larvada batalla del polvo entre el jefe de los bedeles –impoluto uniforme azul oscuro con botones dorados; blanquísimos bigotes colgantes- y aquel catedrático, un tanto ampuloso y pagado de sí mismo, que un día habría de llorar abrazado a su irreductible antagonista.
***
     Para eso, tuvo que producirse el inesperado fallecimiento de la esposa de don Orencio, que sumió a su viudo en una depresión de la que daban fe constantes lagunas de memoria y lo arrugado de sus trajes, que otrora fueran el orgullo de la raya diplomática y el multicuadros a lo Príncipe de Gales. Dicen que fue en esa tesitura cuando, apreciando un lamparón en la indumentaria del catedrático, el jefe de bedeles se ofreció a limpiarlo. Ese rasgo, generoso e inopinado, provocó el abrazo sollozante de aquel orgulloso oscense, ahora abandonado y vulnerable.
     Si cuento esto, aún a riesgo de que sea apócrifo, es para explicar lo que vino después. Volvió a salir el sol, a afirmarse su voz, a ser planchados los ternos; las mejillas se sonrosaron y su abdomen aumentó la curvatura. Todos lo notamos, tanto más, cuanto que venía acompañado de una actitud más apacible y un talante casi comprensivo. Esiquio, convertido de pronto en inesperado confidente, lo podría haber explicado, más o menos, de esta forma:
-          Don Orencio, desconfiando de la honradez de su asistenta, empezó a ir de compras por la tarde a aquellas tiendas que había frecuentado su esposa. En particular, acudía a Ultramarinos Santa Rita, muy cerca de su casa en el Paseo. Allí, además del matrimonio de los dueños, atendía una familiar de estos, soltera y cuarentona, de cuyas cualidades no puedo opinar, salvo por referencias. El caso es que don Orencio, entre pedidos y consultas alimenticias, empezó a tirarle los tejos,  pese a la gran diferencia de edad entre ellos: pues fíjate, más de veinte años.
-          Buena compensación para la disparidad de clase social y el porqué del catedrático.
-          ¡Oye, mocoso, que no todas las mujeres humildes se dejan pescar por el interés! Don Orencio tenía aún buena presencia y una labia que no veas. Así que...
     … Así que la pareja de tronados tortolitos empezó a salir a hurtadillas y supongo que a convivir lo poco que permitía el rigor moral de aquel tiempo. Apenas llegó a haber habladurías por el Instituto, fuera de comentarios sobre lo bien que había superado, al fin, la viudedad el señor Acuña. De mutuo acuerdo, los novios pospusieron la boda a la jubilación del profesor, celebrando esta en la intimidad.
- ¡Qué remedio! Los hijos de don Orencio se indignaron de la rijosidad paterna y de la vergonzosa infidelidad al recuerdo de su madre, negando su asistencia a la ceremonia. De sus antiguos compañeros, pocos; los dueños de Santa Rita y algunos más.
-  ¿Y a ti, Esiquio, te invitaron?
-  ¡Qué ocurrencias tienes!
-  Hombre, después de haber llorado sobre tu hombro...


 2.  Geografía e Historia

     En la segunda época de Esiquio –que fue también la mía-  la coeducación era un crimen de lesa pedagogía. Ello puede explicar que cada sexo tuviese puntual conocimiento de sus cojeras y tendencias desviadas pero, al propio tiempo, desconociese a tope las peculiaridades análogas del sexo opuesto. Es una obviedad, cuya referencia hallará explicación en lo que sigue.
     Ambas andaban por los treinta y tantos y se repartían las dos mitades de una misma asignatura. Geografía era alta, esbelta, de hermosos ojos verdes, expresión imperativa y constantemente vestida de oscuro. Historia era menuda, morena, suave de voz y apagada de genio, aunque de carácter firme. Probablemente habían llegado al liceo en la misma época, en concepto de profesoras adjuntas –que mantenían- y se conservaban solteras y sin aparente interés por dejar de serlo.
     Una reciente desgracia familiar dio lugar a que un sobrino de Geografía trasladase su matrícula a nuestro Instituto, mediado el bachiller de entonces –es decir, cuando andábamos por los trece o catorce años-. Los enterados, tan abundantes en una pequeña ciudad, comentaban que acababa de fallecer el padre de aquel sobrinísimo, y su tía profesora lo había acogido bajo su amparo. Y empleo el superlativo precedente con precisión y cierta malicia: Aquel muchachote, a quien llamaré Antonio, algo mayor que nosotros y con una estatura prócer, era intelectualmente torpe y poco aficionado al estudio, viéndose doña Geografía obligada a dedicarle una atención en clase, que el resto de los alumnos juzgábamos enchufe y el afectado, insoportable tutela.
     A partir de aquí, la narración se oscurece, pese a la colaboración de Esiquio y a retazos tomados aquí y allá de rumores y confidencias. En lo que todos coincidían era en que Geografía, muy preocupada por el bajo rendimiento de Antonio, había pedido a otros profesores que le diesen algunas clases particulares en sus domicilios, siendo Historia una de las solicitadas.
-          Pero, Esiquio, ¿qué sentido tenía que le pidiera tal cosa a la señorita Historia? ¿No podía darle clase su tía de esa asignatura?
-          Puedes pensar lo que quieras, pero así fue. Sus razones tendrían.
     Sus razones tendrían…, muy en especial el mozo, que adelantó tanto en Historia, que algunos creen no pudo ser más. Otros dicen que solo llegó al sobresaliente.
     Vuelve a caer la niebla sobre el escenario. Cuando se levantó, a principios del siguiente curso, ni la señorita Geografía, ni su sobrino Antonio aparecieron por el Instituto. La mayoría del alumnado apenas se preguntó por la ausencia. Tuve que ser yo, admirador precoz del color esmeralda, quien trajese a colación el tema, con la oportunidad que ha solido caracterizarme:
-          Esiquio, ¿qué ha sido de la señorita Geografía? Aunque seria y exigente, era una buena profesora. A mí me caía bien.
-          Se trasladó a otro Instituto. No siempre la Geografía casa bien con la Historia.
     Cuando, haciendo valer esta información, lo expuse así ante un grupo de condiscípulos, Antolín Recio, el Abuelo -¡nos llevaba cuatro años!- se echó a reír y me espetó:
-          ¡Todo lo contrario, chaval! Lo que se llevaban era demasiado bien.
     Gracias, en parte, a la lejanía académica del sexo femenino, tardé algún tiempo en comprender perfectamente lo sugerido por el Abuelo. Para entonces, la señorita Historia era solo un grato recuerdo en la corta nómina de mis maestros. Tanto mejor.

    
 3.  Los ministros del Señor

     Nunca recibí mayor muestra de afecto y respeto por parte de Esiquio, que cuando me fue a buscar al patio de recreo y me llevó a su legendaria vivienda en la torre derecha del edificio –fue su último ocupante, felizmente consentido aún después de la jubilación-. Apenas me permitió traspasar el umbral, pero la intimidad era suficiente para lo que tenía que decirme:
-          Delgado, le tengo calado a usted: es un alumno estudioso pero muy inexperto en las cosas de la vida... ¿Tiene buena voz?
     Me quedé de piedra, entre otras cosas porque nunca había calibrado mi calidad vocal.
-          Pues no sé –respondí-. Fuera de tocar la guitarra de oído, no tengo mayor inclinación por la música.
     Esiquio me miró fijamente durante unos momentos. Luego, agregó:
-          Le voy a dar un buen consejo. Cuando don Filomelo le haga la prueba para el coro, desafine cuanto pueda.
     El tal Filomelo era sacerdote, uno de los profesores de Religión del Centro y buen conocedor de las técnicas del armonio y la música coral.
     El bedel-jefe concluyó:
-          Ea, ya está todo dicho. Hágame caso y, si tiene alguna duda, no lo comente con nadie de aquí: Hable con sus padres, que todavía se acuerdan de mí.
     Esta vez, no necesité de mayores aclaraciones. Don Filomelo empezaba a ser famoso por los pellizcos en los mofletes y los paseos con el brazo echado al cuello. Personalmente, lo rehuía, pues me desagradaban su voz meliflua y sus perdigones salivares. Por otra parte, no tenía interés alguno en perder el tiempo –así opinaba- cantando Con flores a María o Adiós con el corazón. De modo que hice la prueba y fui reprobado, sin gran esfuerzo por mi parte. Todos mis compañeros más queridos también fracasaron. Se ve que no estábamos unidos por la voz ni por el oído, sino por el corazón.
     No duró mucho más la estancia de aquel director de coro en el Instituto. Tal vez se trasladase a uno femenino, cuyas voces fueran de mejor afinación. Alterando un poco el conocido verso del Ariosto,
Forse altra canterà con miglior tatto[1]
***
     La jubilación de Esiquio casi coincidió con la promoción de otro de los profesores de Religión a uno de los cargos directivos del Centro. Este docente, así mismo sacerdote, era persona de talante progresista, formación en parte francesa y, que se sepa, no le daba por el toque musical, como a otros. Por lo demás, era tan laborioso y competente, como para ser merecedor del cargo. Y, sin embargo:
-          ¿Qué te parece Manolín –diminutivo nada irrespetuoso por el que lo llamábamos-, cómo va sacando los pies del tiesto?, preguntó uno de los profesores. Mucha bicicleta y mucha prédica obrera pero, al final, todos se agarran a la ubre.
-          Hombre -respondió el de Filosofía-, no ha quitado a nadie el puesto, que estaba vacante por jubilación.
-          Ya, ya –insistió el primero-, pero por algo se empieza. Que si son tan profesores como todos; que si ganan menos que las limpiadoras. Al final, aún sin oposición, nos merendarán a los demás, solo porque llevan sotana.
-          Pues este, de vez en cuando, va de clergyman, precisó la señorita Historia, tratando de evitar una discusión.
-          Fíate de los curas progres –intervino otro-. Apenas nombrado para el cargo, creo que ha propuesto al Director hacer obligatoria la asistencia a Misa. Y bien sabes tú cómo las gasta cuando nota que a alguien no le gustan sus homilías.
     La señorita Historia enrojeció. Había sido la interpelada por Manolín a la salida de Misa, por habérsele escapado un gesto de desagrado durante su prédica.
     Por fin, el Director –algo mosca con las críticas, pues él había propuesto el discutido nombramiento- terció contemporizando:
-          Señores, no exageremos. El puesto de Jefe de Estudios no lo quería nadie, que bien que lo ofrecí antes de encasquetárselo a don Manuel. Y lo de la Misa, ya se verá. Por de pronto, los padres algo tendrán que decir al respecto.
     Allí fue Troya. Galdós, el represaliado adjunto de Matemáticas, rugió:
-          ¡Los padres, los padres...! ¿Quién va a atreverse a dar un paso en este País? ¡Lo que hay que decirle a ese cura es que, si se encuentra la capilla vacía, se pregunte por los motivos!
-          Quizá sea la hora. Estos chicos no están acostumbrados a madrugar, a diferencia de los aprendices y dependientes de su edad. De modo y manera que habrá que robustecer su hombría. Eso forma parte de nuestro deber como educadores.
     Quien así había hablado era el ínclito Manolín, que se había incorporado tardíamente al ágape y acercado sigilosamente al corro de los discutidores. Estos, aún rezongando, callaron o desviaron la conversación. Todavía escuché una coda entre el Director y su flamante Jefe de Estudios, contra cuya resolución habría de revolverme días después, con toda la decidida fiereza de un tímido de dieciséis años:
-          Don Manuel –decía el Dire-, todos los alumnos serían demasiados para los bancos de la capilla. Tal vez, si lo hiciésemos por turno de los distintos cursos…
-          Bueno. Podemos empezar por eso y luego, más adelante, tal vez…
     No hubo un más adelante. O, tal vez, sí: Cincuenta y tantos años después, cuando escribo estas letras, todavía seguimos en España mareando la perdiz de la legalidad y el estatus de la enseñanza de la Religión y de sus profesores. Pocos de ellos, desde luego, tan buenos y controvertidos como Manolín, el cura del ciclomotor desvencijado y la Misa de las ocho y media, de los Ejercicios Espirituales y las excursiones de bajo presupuesto. ¡Todo un hito en la formación de nuestro carácter!
***
     Con el tercer personaje sacerdotal, Esiquio nada tuvo que ver, pues vivió y ejerció en lejanas tierras. Con todo, bebo la anécdota en fuentes tan limpias y frescas como las de mi entrañable bedel; de manera que pueden creerme, si no rechazan la verdad, aunque la hallen en un cuento.
     Don Benedicto Sobrino era toda una autoridad en el mundo académico de aquella provincia. Lo de sacerdote, por así decir, era en él lo de menos. Doctor universitario, catedrático de Latín, inspector –no sé si Jefe- de Enseñanzas Medias, carácter severo y genio endemoniado, tenía todas las cualidades para imponer su criterio y voluntad en el profesorado público. No digamos en el de los Centros privados, tan dependientes de sus decisiones, avaladas en el caso de los religiosos por la sotana del ilustre dómine.
    Un buen día, hubo que llevar documentación de un Colegio o Instituto rural hasta la Inspección de la capital. Asumió la tarea doña Angelita, señora metida en años y en carnes, todavía de buen ver, que apenas conocía al gran Benedicto de las visitas de inspección y algunos actos oficiales. Llegada a las oficinas de destino, se hizo anunciar al inspector y guardó antesala durante una media hora. Durante este intervalo, el visitado se asomó a la puerta del despacho, echó una mirada envolvente a la profesora y, con su mejor sonrisa, le aseguró:
-          Solo un momentito, hija.
     Aunque el momentito valiese diez minutos más, Angelita esperó ya más conforme. Al cabo, don Benedicto volvió a salir, la invitó a entrar y cerró tras ambos la puerta de acceso. Seguidamente, en lugar de tomar asiento a un lado y otro del buró, el inspector se arrellanó en el sofá de las visitas distinguidas y señaló un sillón del mismo tresillo, para que lo ocupase la profesora.
-          Angelita, ¿verdad? Pues bien, Angelita, ve ordenando las actas por orden cronológico y de asignaturas… No te apures, que tenemos tiempo.
     Mientras la señora se concentraba en la ordenación sugerida, don Benedicto se levantó, desplazó su humanidad hasta quedar a espaldas de Angelita y, acto seguido levantó la faldamenta de su sotana y desabrochó la bragueta del pantalón. Y así, volvió a tomar asiento en el sofá, cogió de la mano a su visitante y trató de llevarla a sus partes pudendas, acompañando el ademán de estas –o parecidas- palabras:
-          Hija, no sabes el bien que puedes hacerme; y tú, al fin y al cabo, no pierdes nada.
     La profesora, atónita y horrorizada, liberó su mano, se puso en pie de un salto y salió del despacho como alma que lleva el diablo, tras abrir la puerta con la llave que había dejado echada el prudente inspector. Atrás quedaban como mudo testigo las actas de marras, bastante menos ordenadas de lo que don Benedicto había aconsejado.
***
     Por muy vergonzosa que fuese Angelita y por mucho que necesitase su empleo, no se privó de alertar a las compañeras, tan pronto regresó a su colegio. Para su sorpresa, todas la creyeron, se sorprendieron pocas y hasta algunas retozaron de risa:
-          Angelita, mujer, pero ¿no sabes como llaman a don Benedicto abreviadamente?... Pues don Pene.


 4.  El matrimonio tardío

     Tampoco esta historia tiene nada que ver con la jubilación de Esiquio, ni con el Instituto de Castellar. Una vez más, retornamos a esa provincia norteña de cuyo nombre no quiero acordarme, donde no ha mucho vivía una pareja de profesores de lo más dispar. Él, temido y un tanto adocenado catedrático de Física –y Química-, era conocido por su sonoro apellido gallego, Vilaboa, y su recalcitrante soltería nada había tenido que ver con el apartamiento del sexo opuesto, sino todo lo contrario. Ella, modesta, laboriosa y exigente adjunta de Matemáticas, era generalmente llamada Lucita, y su celibato sí tenía bastante relación con haber frecuentado al sexo masculino en plan estrictamente profesional. Añádase, aunque poco o nada tenga que ver con el relato, que Lucita había conseguido notoriedad y una pequeña fortuna como regente de una academia de clases particulares, remedio casi infalible para sus alumnos del suspenso y la supuesta aridez de las Ciencias Exactas.
     A lo largo de su ya dilatada vida académica, Vilaboa y Lucita habían coincidido en más de un Instituto y se decía que en tales encuentros habían fermentado sentimientos heterogéneos y confusos, fruto de caracteres fuertes, inclinaciones muy dispares y espíritus independientes. Las amigas de ella –a quienes yo frecuenté- acababan por reconocer que Lucita había estado enamorada de Vilaboa, pero el orgullo despectivo y la ligereza de cascos del galán habían apagado el fuego, hasta límites de mero rescoldo. Lo cierto era que, en los últimos años, ambos profesores habían evitado coincidir en el mismo Centro o, dicho de otro modo, esta no es una crónica de un claustro, sino de dos.
     Pero los años no pasan en balde y aquél catedrático fue perdiendo fuerzas y atractivo, hasta ese punto en que muchos galanes se estremecen al mirar hacia el futuro. Tampoco habían pasado de balde para Lucita las hojas del calendario, pero ella lo llevaba mucho mejor, incluso físicamente. He aquí un perfecto caldo de cultivo para aproximar posturas y rememorar los días pasados. Eso hubo de pensar Vilaboa, cuyo renacido interés por Lucita fue bien recibido de esta, hasta el extremo de que, pasando por alto edad, mañas y buenos consejos, la pareja tomó –sin pasión pero sin pausa- la senda de la vicaría.
     Todo marchaba viento en popa, cuando de pronto la prometida pareció empalidecer. Las compañeras y amigas, aunque pesimistas acerca del futuro de la pareja, se compadecieron de Lucita y decidieron, individualmente o de consuno, echarle una mano con el problema, cualquiera que fuese. Mas, en llegados a este punto, la novia sonreía de medio lado, quitaba importancia, cambiaba de conversación, o meramente reconocía la existencia de ciertas cosillas y daba las gracias por el interés. Vamos, todo menos cantar la gallina, como drásticamente le exigió Ana, su bragada compañera de Literatura, soltera como ella.
     Al fin, quien logró llevarse el gato matemático al agua de la confesión fue Marita, la astuta profesora de Francés, tocando la casi infalible tecla del amor propio:
-          ¡Deja de hacerte la interesante, con tantas ojeras y suspiros! Lo que pasa es que Vilaboa ha vuelto por sus fueros y te está poniendo los cuernos. ¡Si hasta me han dicho con quién! –mentira absoluta-.
-          ¡De eso nada! Más bien, todo lo contrario –replicó Lucita, un tanto confusamente-.
-          ¿Cómo, que eres tú la que se los pones? Nunca lo creí de ti.
     Y así, primero forzada y tímidamente, luego con toda suerte de detalles –que les ahorraré por razones de buen gusto-, Lucita relató lo siguiente:
     Con escasísima experiencia en materia sexual, la profesora de Ciencias Exactas había decidido ponerse al día de cuanto debe conocer al respecto una mujer casada. Adquirió el famoso Libro de López Ibor[2] y se empapó de sabiduría teórica y práctica, hasta donde pudo llegar. Entra dentro de lo probable –en esto Lucita fue muy ambigua-, que la cultura libresca fuese ampliada o, al menos, ilustrada con la cooperación de Vilaboa, a quien el famoso psiquiatra valenciano tenía poco que enseñar. Pero, poco antes de la boda y con la prometida en condiciones de sacar notable en la asignatura de educación sexual, el novio se desmandó.
-          ¡Ay, Marita, si vieses las cosas que me ha enseñado en revistas que, según él, ya se venden en los quioscos! Y lo malo es que pretende que yo le haga otro tanto. Chica, yo ya no tengo edad ni mentalidad para tanto, por no decir que algunas técnicas, como él dice, me dan náuseas.
-          ¡Claro!, el caballero tiene mucho mundo y no poco rostro. Quiere que por el día des tus clases, lo cuides a cuerpo de rey, lleves la casa y atiendas la academia y luego, por la noche… ¡juerga!
-          Mujer, creo que exageras un poco, pero lo cierto es que estoy muy preocupada. ¿Tú qué harías en mi lugar? 
-          ¿Yo? ¡Meterme monja!
***
     Me consta que Lucita desoyó tal consejo y contrajo matrimonio con Vilaboa, como estaba programado. Incluso, estoy cierto de que el novel matrimonio llevó a vivir con ellos a la anciana madre del catedrático de Física. Cualquier otro dato adicional sobre el caso tendrán ustedes que fiarlo a su fértil imaginación.


    

     








[1]  Literalmente: Quizás alguna cantará con mejor tacto. Creo que la alusión a los tocamientos lascivos o ligeros del susodicho director de coro es evidente.
[2]  El afamado psiquiatra Juan José López Ibor (1908-1991) publicó su conocido y muy reeditado El libro de la vida sexual en 1968 (editorial Danae, Barcelona). Se trataba de un texto de alrededor de 650 páginas.

viernes, 3 de julio de 2015

EL NÚMERO 250, O LAS REFLEXIONES DE UN GRAFÓMANO


 

El número 250, o las reflexiones de un grafómano

Por Federico Bello Landrove

 

     Haber llegado a publicar 250 cuentos en este blog, en tan solo cinco años escasos, lleva a preguntarme –y a preguntarles- qué es lo que puede mover a un aficionado a tan hercúlea tarea. Pero no se inquieten, pues no voy a hacer introspección: Este cuento se etiqueta como literario y acabará parodiando un retazo de Las mil y una noches. Así pues, ¿pretexto o parábola? Juzguen de ello los lectores.

 
 

1.      Introducción

 

     He aquí el cuento número doscientos cincuenta de este blog, gestados todos ellos en poco más de seis años y publicados en él en menos de cinco. Semejante productividad me convierte –no hay duda- en un grafómano; tanto más, cuanto que mis relatos entran por lo general en la categoría de extensos. Es, pues, el momento de preguntarse –preguntarme- qué motivos pueden llevar a una persona corriente a convertirse en un maniático de la escritura. ¿Existe un porqué, o varios? Otros podrían escribir un sesudo estudio psicológico o sociológico sobre el tema. Pero yo, como buen cuentista (que no es lo mismo que cuentista bueno), prefiero convertir la respuesta en un relato fantástico, aunque sea de tesis. Vamos con ello.

 

 

2.      Historia del cadí de Shiraz y el cuervo

 

     En tiempos del Califa Al Mutasim, ejerció en la ciudad de Shiraz un cadí llamado Abú Hassán, famoso por su rigor y probidad. Llegada, junto con la ancianidad, la hora del retiro, aquel señalado juez en las cosas ajenas volvió la mirada hacía sí mismo y se dijo:

-          Hasta llegar al día de hoy, he vivido las dos primeras fases de mi vida, de manera que fuesen coherentes y fructíferas. En mi infancia y adolescencia, dediqué casi todo el tiempo a la lectura de cuantos buenos libros pude conseguir, gracias a lo cual adquirí una notable cultura, así como la sabiduría precisa para ejercer dignamente mi profesión. Durante mi juventud y madurez, me ocupé en viajar y trabajar, adquiriendo la mayor experiencia posible sobre las tierras y los hombres que las habitan. Ahora, llegado a la edad de la vejez, ¿qué cosa mejor podría hacer que escribir, para trasladar todo mi saber a la posteridad y, al mismo tiempo, mantener despiertas y lúcidas mis facultades mentales?

     Dicho y hecho. Durante diez años, el cadí  se encerró en su casa y escribió y escribió, hasta dejar constancia pormenorizada de su vida y obras. Las amplias estancias de su morada se fueron llenando con pliegos y rollos de su menuda y regular escritura y de la de los amanuenses, a los que hubo de contratar para que lo ayudasen en su ímproba tarea. Los mejores ebanistas de la ciudad confeccionaron las estanterías en que los escritos fueron colocados ordenadamente, con marbetes alusivos a su data y contenido. Al fin, el autor se dijo:

-          Allah ha sido misericordioso conmigo, al concederme una larga vida. He podido concluir la tarea asignada a la tercera etapa de ella. A partir de ahora, los años que su bondad quiera otorgarme los ocuparé en repasar cuanto he leído, escrito y hecho durante mi existencia. Así recordaré todo lo pasado y será como volver a vivirlo.

     Mas no era ese el designio del Todopoderoso, pues la senilidad alcanzó al cadí tan pronto hubo tomado tal decisión, bien porque fuese lo propio de su avanzada edad, bien porque Allah juzgase pretenciosa la idea de de revivir un dichoso pasado en vez de afrontar el incierto porvenir. El hecho es que Abú Hassán constató día a día que su memoria era más flaca y su entendimiento menor. Los libros que había leído en su primera época eran en su cabeza poco más que títulos y retazos inconexos. Olvidaba las leyes que había aplicado, ya en sus palabras, ya en su recta intención y sentido. Los casos en que había intervenido se mezclaban unos con otros de forma inextricable para su mente. Entristecido, se decía:

-          Al menos, cuanto he escrito ha quedado grabado para siempre. Lo leeré y ello despertará los recuerdos. ¡Tal vez los avive, hasta el punto de hacerme recuperar la memoria!

     No hubo tal. Pasaba los ojos por los textos y no encontraba en ellos la huella de su paso. Era como si hubiesen sido obra de personas desconocidas, que narraran episodios de otras vidas y otros mundos. Y, si tan extraños resultaban para él, ¡qué no serían para quienes, en el porvenir, lo ignorasen todo acerca de su vida y su persona! Desazonado por tan tristes pensamientos, salió de su casa y, por primera vez en muchos años, recorrió las principales calles de Shiraz y se sentó en los parques más amenos. Lo que allí vio solo sirvió para acrecentar su tristeza. Los niños jugaban; estudiaban y se solazaban los jóvenes; los adultos comerciaban, se afanaban en los talleres o salían para los campos. ¿Qué quedaba por hacer a los ancianos? Los vio torpes, descuidados, distraídos, claudicantes. Frecuentó a sus amigos coetáneos y los halló encerrados en sí mismos, agriados, sin ternura hacia lo pasado ni interés por el porvenir. Anunció su visita a los cadíes y ulemas del día, pero todos se excusaron de atenderlo, pretextando imperiosos deberes forenses. Finalmente, acudió a sus familiares más propincuos, mas estos eran -¡ay!- mucho más jóvenes que él y desecharon atenderlo, ya que los medios económicos de un cadí jubilado se consideraban suficientes para poder recibir cuidados y compañía de sirvientas y criados.

     Volvió, pues, a sus libros –cada vez menos inteligibles para él- y a sus paseos por amenos jardines. En uno de ellos, encontró a un mendigo, que pedía limosna, y lo atendió con su generosidad acostumbrada y con un afecto del que nunca usó cuando era más joven y afortunado. El mendigo besó las monedas, lo miró hasta ver su alma y dijo:

-          Llegados a tu estado, unos se dejan morir y otros se limitan a ver pasar la vida a su lado. No seas como ellos.

     El cadí se extrañó de recibir consejo de un patán andrajoso:

-          ¿Y eso lo predicas tú que, no solo te sientas a la vera del camino, sino que pasas la vergüenza de mendigar?

-          No desdeñes la verdad, aunque la oigas de labios de un miserable –fue la respuesta del viejo pordiosero-.

     Durante toda la mañana rumió Abú Hassán las palabras de aquel indigente filósofo. Al llegar a su casa, ya tenía tomada la resolución pertinente:

-          Viviré en el presente y adaptaré mis quehaceres a las facultades que Allah quiera respetarme en cada momento.
 
***

     Mas la voluntad de Allah no es sencilla de captar salvo –si acaso- para los santones y los mendigos. Esperando su divina inspiración, el cadí pasaba las horas y los días devanándose los sesos, sobre cómo interpretar las palabras del limosnero. Cotidianamente, recorría calles y parques, con la esperanza de reencontrarlo y pedirle mayor precisión en su consejo, pero era vana su búsqueda. Finalmente, se sentaba junto a alguna fuente buscando aliviar el calor y el agotamiento; adormecido por el rumor del agua, dejaba vagar su pensamiento, que inevitablemente volaba a los tiempos de su infancia. El cadí se decía:

-          ¿Será que, en verdad, los viejos acabamos volviéndonos niños?

     En cierto modo, era así. Falto de fuerzas y de memoria, el anciano Abú Hassán estaba cada vez más en manos de sus criados, que habían de satisfacer hasta sus necesidades primarias y acompañarlo a todas partes, por temor a que se perdiese o lo asaltaran los ladrones. El fiel Nureddín –casi tan viejo como su señor- rezongaba cada mañana cuando el cadí le ordenaba vestirlo para salir a la calle y que lo siguiera:

-          Mi pobre amo –susurraba- de mañana recorre la ciudad como un mercader ambulante y, por las tardes, se encierra en su biblioteca hasta la noche, intentando escribir sus memorias. Vano intento de seguir siendo el que era. Tan solo conseguirá sudar el turbante y perder el seso.

     Un día, el cadí tomó asiento junto a una madre que entretenía a sus dos hijos pequeños contándoles historias. Cerró los ojos y abrió los oídos al relato, pero la voz de la mujer fue perdiéndose en su sopor, como desaparecen las gotas de lluvia entre las arenas del desierto. Pasado un rato, volvió del sueño con la caricia de una brisa fresca, viento rumoroso en cuyas alas le llegaba otra voz femenina y, con ella, confusamente, el recuerdo de un caso penal, fallado en los primeros tiempos de su actuación como juez itinerante. Abú Hassán antaño había tratado de olvidarlo. En los registros de la ciudad de Sarvestán se hallan los autos, cuyo contenido no siempre coincide con la memoria de los hechos que todavía conservan quienes los conocieron.

***

     Era Faribá una joven campesina de familia pobre, que hacía honor a su nombre[1]. Hermosa e inteligente, cautivó los sentidos de Amir, rico comerciante a quien su padre debía cien dinares de oro. Hubo, pues, boda y pronto el marido reveló la maldad de su corazón. Sospechando injustamente que su esposa habría de serle infiel, toda vez que él era mayor y poco agraciado, la encerró en casa, rodeada de criadas encargadas de espiarla. Dicen que una de ellas, por envidia hacia Faribá o por hacerse valer ante Amir, la denunció por tener comercio carnal con un joven eunuco etíope de la servidumbre. Amir ordenó inmediatamente arrojar al eunuco al pozo. Todas las noches privaba a su mujer de la cena y, antes de dormir, le propinaba veinte azotes. Faribá, siempre bondadosa, preguntaba antes de retirarse a su aposento, afligida y doliente:

-          ¿Me dirá hoy mi señor el motivo de su enojo?

     A lo que Amir respondía:

       -      Busca mis razones en el pozo.

     Faribá, ignorante de lo acaecido con el eunuco, se sentaba todas las mañanas en el brocal y se desojaba buscando en lo hondo la explicación al enfado de su marido. Cierto día, se posó en el arco de la polea un cuervo sediento y la joven, apiadada, le dio de beber. Agradecida, el ave, graznó de forma inteligible para su bienhechora:

-          En tu bondad, has saciado mi sed y salvado mi vida. Pídeme a cambio lo que quieras.
 
     Faribá aprovechó la ocasión:

-          Dime, ¿qué hay en el pozo que pueda explicar el maltrato de mi marido?

     Bien sabía el cuervo lo que en el fondo yacía, pero resolvió no ser cruel con Faribá, sino solo benéfico.

-          Lo que Amir desea que comprendas no se halla dentro del pozo, sino en torno de él. Mira a tu alrededor y dale lo que encuentres, sin que él se percate.

     Faribá contempló en derredor del pozo un corro de bellas adormideras de hojas garzas y grandes flores blancas. El cuervo prosiguió:

-          Todas las noches, después de la cena, ofrecerás a tu esposo una copa de vino con unas gotas de la virtud de estas plantas. ¡Recuerda!, solo unas pocas gotas. Y bajo ningún concepto reveles a nadie que he sido yo quien te lo he aconsejado, o esa indiscreción tendrá para ti funestas consecuencias.

     Así lo hizo la joven y, hasta el momento en que la poción hacía efecto en su marido, le contaba toda o parte de una de las leyendas del Hazar afsana[2], por ella bien conocidas, pero ignoradas de su esposo, nada dado hasta entonces a perder su valioso tiempo con cuentos y consejas. Y, de esa suerte, Amir, no solo dejó de golpearla en castigo de su supuesta infidelidad, sino que se tornó con ella mucho menos adusto y avaro. Mas toda fortuna, favorable o adversa, llega a su fin y la de Faribá llegó al cabo de tres años, al agotar el millar de relatos que contenía aquel bendito texto. De modo que, agotadas las leyendas, la compungida mujer se dijo:

-          No puedo resistir el retorno a la desgracia. Antes prefiero morir. ¿Qué haré para no volver a incurrir en la violenta cólera de mi esposo? He de hallar algún remedio antes de que llegue la noche.

     Olvidando la advertencia del cuervo, Faribá optó por la solución más fácil. Así pues, administró a su marido doble ración de opio en el vino generoso de la sobremesa, con el fin de que se durmiese al punto, sin necesidad de entretenerle la velada con historias. En efecto, Amir cayó de modo instantáneo en un sopor, del que no se recobró, falleciendo a las pocas horas.

     Al nacer el siguiente día, se apareció el cuervo de antaño a la ya viuda, que sollozaba en su cámara presa de la culpa y del temor, y le dijo:

-          Mal cumpliste, mujer, mi primera advertencia, de administrar con parsimonia el licor de la adormidera. Con todo, tendré piedad de ti por lo mucho que te hizo  sufrir en vida tu marido. Pero recuerda la segunda: bajo ningún concepto reveles que fui yo quien te aconsejó que le administrases el opio que ha acabado por llevarle a la muerte. No he de perdonarte una segunda desobediencia y, de producirse, ella te llevará a la perdición.

***

     La muerte tan repentina de Amir, todavía en buena edad, no despertó empero las sospechas de las buenas gentes de la aldea, ni nadie pudo imaginar que una esposa tan bondadosa y fiel como Faribá tuviese nada que ver con el triste suceso. No participaba de semejante ingenuidad Golpar, la malvada sirvienta que calumnió a Faribá ante Amir, la cual recogió la copa en la que este bebió por última vez y, tan pronto se hubieron celebrado su entierro y exequias, se presentó con ella ante el alcalde del pueblo y formuló una denuncia contra Faribá, por ser la autora de la muerte de su marido.

     Correspondió el conocimiento del asunto al cadí Abú Hassán, quien comprobó sin lugar a dudas que la copa conservaba posos donde el vino aparecía mezclado con opio. Seguidamente, sin advertencia previa a la sospechosa, practicó un registro de sus pertenencias y halló entre ellas un pomo de vidrio que contenía también el jugo refinado de la adormidera. Comoquiera que los médicos declararan que la muerte de Amir presentaba los síntomas propios de la intoxicación que se denunciaba, el cadí abrió juicio público ante todo el pueblo, que presidió en unión de los ulemas consejeros.

     Como era de esperar de sus virtudes, Faribá no negó haber suministrado el narcótico a su marido, si bien expuso con toda suerte de detalles los maltratos que había sufrido de él y cómo había acudido a tan extremo remedio, como forma de evitarlos. Igualmente, expuso el valor casi mágico de los cuentos para distraer de la crueldad a Amir y el error accidental que desdichadamente sufrió, al administrarle por primera vez una dosis mayor de la pócima.

     La sinceridad y las desgracias de Faribá movieron a piedad a casi todos los asistentes. Algunos de ellos declararon espontáneamente, confirmando cuanto la muchacha había reprochado de su esposo. El propio Abú-Hassán, entonces joven y sensible, no dejaba de sentirse atraído por la belleza e inteligencia que mostraba aquella campesina, cuya desgracia primera había sido la de ser vendida por su familia a un hombre mayor, rico pero malvado.

     Concluyeron las pruebas y estaba a punto de levantarse la sesión para dictar una sentencia benévola, cuando uno de los ulemas bisbisó al oído del cadí unas palabras. Éste se hizo eco de ellas y preguntó a Faribá:

-          Dinos, mujer, si eras tan inocente y respetuosa de tu marido, ¿cómo se te ocurrió la idea de administrarle opio y cómo te hiciste con esa droga? ¿No había tribunales en Sarvestán, que pudieran haberte protegido y autorizado para repudiar a tu esposo?

     Faribá, muy poco ducha en mentir y creyendo que su respuesta hallaría favor ante los jueces, respondió:

-          Un cuervo mágico, a quien yo había auxiliado, se apiadó de mí, me mostró el lugar donde florecían las adormideras y me aconsejó usar su jugo con Amir, así como la forma y dosis para ello.

     Tras unos momentos de silencio, el público estalló en una gran carcajada, seguida de una rechifla general. Los ulemas enrojecieron y cubrieron sus rostros, para no ser partícipes de aquel atentado contra el honor del tribunal y de la sagrada Sharia que aplicaban. Abú-Hassán se puso en pie, ordenó a los alguaciles que aplacasen la hilaridad de la multitud y, hecho por fin el silencio, ordenó tajante:

-          Por el crimen hacia tu marido y por la ofensa gravísima a nosotros, tus jueces, el tribunal te condena a ser lapidada. Cúmplase la sentencia mañana a mediodía, junto al pozo donde –según tú- se te apareció el cuervo que te mal aconsejó.

     Así se cumplió lo fallado, según consta en los registros oficiales. Algunos de los que presenciaron la ejecución, o participaron en ella, sostienen, bajando la voz y la mirada, que, al morir Faribá, vino por el oriente un cuervo tan grande como nunca se había visto; se posó sobre el cadáver, bebió de su sangre y remontó el vuelo, tras emitir un espantoso graznido.
 
***

     No tenía el viejo cadí un recuerdo tan fresco y preciso del caso como los registros judiciales. No obstante, del hondón de su memoria, afloraba cada vez más vívida la imagen y la voz de aquella mujer que él envió al foso[3] en un rapto de indignada racionalidad. De hecho, llevaba siempre consigo un amuleto de ónix, tan negro y brillante como el plumaje de aquel pajarraco fantasmal. Así pues, se levantó del banco del parque acariciado por el viento y se encaminó lentamente hacia su casa, rumiando la idea que iba apoderándose de su pensamiento:

-          Un cadí adulto no podía dar oídos a lo fantástico, pero ¿por qué no un anciano que vuelve a la infancia? ¡Tal vez sea esa la voluntad de Allah!     

     Esa misma tarde se encerró en la biblioteca con su amanuense y, acariciando constantemente el negro talismán, fue dictando la historia del imponente y perverso marido y la valiente y astuta esposa, que lo entretenía con sus relatos y sus encantos. Pero su imaginación –altiva y pudorosa- trasladó a los personajes del cuento a un mundo áulico y le dio un final feliz. Cuando fue llegada la noche, su tarea estaba conclusa. El cadí despidió al escribiente y guardó celosamente el manuscrito en una disimulada oquedad del muro, no juzgando sensato que ficción y realidad se rozaran. Satisfecho de sí mismo, cenó imaginando mil nuevas historias, cuyos protagonistas todavía lo asaltaban en el dormitorio, antes de que lograra penosamente conciliar el sueño. Su último pensamiento fue para la madre que en el parque entretenía a sus pequeños con fragmentos del Hazar afsana. Musitó:

-          Mañana reuniré en torno a mí a todos los niños del jardín y les recitaré mi cuento... Y, por la tarde, dejaré volar nuevamente la imaginación por cima de las nevadas cumbres de los Zagros y aún más allá.

     Pero la mañana no llegó para el cadí Abú Hassán. Allah recibió su alma y el fiel Nureddín recogió el talismán de cuentas de ónice, que el difunto tenía en la mano derecha cuando entró en su último sueño.

***

     Los herederos de Abú Hassán vendieron su casa con cuanto contenía a un rico mercader, que hizo almoneda de todos los libros y rollos acopiados o escritos por el cadí y convirtió las grandes estancias librescas en almacén de granos. Por casualidad, en los trabajos de acomodación a su nuevo destino, los albañiles hallaron el manuscrito con la historia inspirada en la de Faribá y el alarife, hombre culto y aficionado a los cuentos, lo leyó con fruición e hízolo llegar a un conocido, llamado Al-Gahshigar[4], de quien sabía por su madre que recorría el país recopilando leyendas y tradiciones.

     Congratulose sobremanera el destinatario de aquel obsequio, pues su cosecha literaria iba ya muy avanzada, pero le faltaba un hilo conductor que enlazase todo el acervo de sus historias. Cambió, pues, algún nombre, retocó ciertos detalles y, finalmente, el cuento del cadí de Shiraz y el cuervo se convirtió en el relato de Shariar y Sherezada, origen y núcleo de toda la recopilación. Habían nacido Las mil y una noches, tal y como las conocemos hoy en las tierras por donde se pone el Sol.

     Y así, aquel cadí, sin piedad y sin memoria, sigue viviendo entre nosotros, a través de Faribá, su víctima, de quien acabó haciendo el dechado de las mejores virtudes de la mujer –imaginación, talento, atractivo- o, por mejor decir, de cualquier persona.

 


 
3.  Reflexión final del grafómano


     Amigos lectores, ¿les ha sido posible deducir de esta historia los motivos por los que escribo, incansable, vehementemente? Si su respuesta es negativa, no me importará lo más mínimo: El cuento doscientos cincuenta ha nacido y espero haya sido de su agrado. Pero si me dicen que sí, que han comprendido el apólogo, les confesaré que lo pongo en duda pues yo, a diferencia del cadí Abú Hassán, no me limito a afeitar la realidad que me atañe, sino que directamente la escondo.

 

    

      

 

 

 

    

 

 

 



[1]  Los conocedores del persa o farsi, traducen el nombre por encantadora, atractiva o seductora.
[2]  Colección así llamada (Las mil leyendas), recopilada en Persia, a más tardar, en el siglo IX.
[3]  Usualmente, la persona a lapidar era semienterrada o, al menos, arrojada a un hondón del terreno, para facilitar la ejecución y evitar la posible huida.
[4]  Abu Abd-Allah Muhammad el-Gahshigar, personaje real pero de vida muy poco conocida, que vivió hacia el siglo IX, a cuya labor se atribuye la traducción al árabe de las fuentes floklóricas, que darían origen con el tiempo a Las mil y una noches.

viernes, 26 de junio de 2015

EL PÁJARO QUE HABLA




El pájaro que habla

 

Por Federico Bello Landrove

 

     Este no es un cuento maravilloso, pues todo el mundo sabe que la Naturaleza nos habla a través de sus criaturas, con independencia de que podamos entenderlas o las queramos escuchar. Sí es un relato alegórico sobre los últimos tiempos de una dama, a quien un humilde pájaro guiará con su presencia –y también con su ausencia- por ese camino inevitable que unos llaman  ley de vida y otros califican de bien morir.

 

 


 

     Todos los días de su estancia en aquellas tierras, tan distintas y lejanas de las de sus raíces, la vieja dama había procurado salir al jardín de la casa, sentarse en una silla blanca de forja, con cojín bordado de su mano, y dejar volar la imaginación, queriendo creer que aquellas frondas tropicales eran las del ameno Gran Parque de su ciudad natal. Eran otros los sonidos, los aromas, los colores, pero con los ojos entornados, aún creía transitar paseos enarenados de la mano de su padre, escuchar las voces infantiles de sus hijos en la rosaleda, estar sentada a la vera de él en la pérgola.  

 

     Así había sido cada mañana, mientras su hija la dejaba momentáneamente sola y partía al trabajo, con una preocupación que la dama tildaba de aprensiva. Ella se sentía todavía firme y segura de sí,  no un embeleco que privase a su maduro retoño de libertad de movimientos. Con todo, notaba día a día el declive de sus fuerzas y la agobiante tristeza de la soledad, al faltarle él. Por eso consultaba con frecuencia el reloj que regía las ausencias filiales y volvía cada vez con mayor presteza y tristura de sus viajes a lo remoto lejano.

 

     Pero un día, desde el ramaje siempre verde de un cupey de la heredad vecina, le llegó el canto en libertad de un pájaro, apenas entrevisto, pero sin duda hermoso. Era tal la belleza y armonía de sus trinos, que la señora quedó sobrecogida. Como si la canción fuese solo a ella dedicada, el ave apenas mudó de posadero y estuvo gorjeando hasta que la anciana se retiró del jardín, siguiendo su horario acostumbrado.

 

     ¡Qué bueno sería que el pájaro volviera cada mañana!, suspiró la dama, al sentarse al día siguiente en el sitio acostumbrado. Como inmediata respuesta a su deseo, le contestó un canto aún  más suave y melodioso que el día anterior, el cual así mismo duró todo el tiempo que la señora permaneció, arrobada, en el jardín.

 

     A partir de aquel momento, ni un solo día faltó el pájaro a la tierna cita, ni la dama dejó de acudir a su encuentro, aunque se encontrase indispuesta. En sus soliloquios, ella lo convertía en su confidente y, al partir, dejaba sobre el velador alguna pequeña golosina que juzgaba podía ser de su agrado. Él no se le presentaba nunca, mas, quimérica, la anciana lo vestía del polícromo ropaje de los radiantes pavones de su niñez.

 

     Día a día y sueño a sueño, el ave fue mezclando sus trinos inefables a palabras directas al corazón. Sin pasar por el oído, aquella voz casi humana respondía a sus cuidados y preguntas, convirtiéndose en el párvulo engarce con el pasado, ya triste, ya glorioso, y con la tierra y los seres queridos que había dejado atrás. ¿Cómo lo sabes?, preguntaba; y él: vuelo de noche –respondía-.

 

     Notó la hija que su madre ahora aguardaba anhelosa y contenta el momento de quedarse a solas. Apreció en sus palabras conocimientos e intuiciones sorprendentes, en que se mezclaban imaginación y realidad, pero que invariablemente la dama tomaba por ciertos. Sus preguntas eran contestadas con evasivas; el pájaro se guardaba y enmudecía tan pronto no se hallaba su amiga sola en el jardín. Hubieron de ser los pequeños dones ofrendados los que la alertaran acerca del pequeño cantor. Así pues, despidiose una mañana e hizo como si marchara a la tarea, pero se quedó escondida en la casa, acechando desde los calados visillos de su dormitorio. Nada de particular observó. La madre tomó asiento y, acunada por el melodioso trino de un pájaro, se quedó traspuesta durante un buen rato. Al despertar, se encaminó a la cocina, de donde salió con un platito de uvas y moras, que posó en la mesa del jardín, junto a un vaso de agua azucarada. ¡Bah, un sopor y un jilguero!, susurró la espía, lamentando haberse retrasado en el trabajo por tan poca cosa.

 

     En vista de ello, resolvió seguirle la corriente, pensando que no tenía sentido objetar a una fantasía onírica, más o menos afortunada. Sin embargo, no dejaba de producirle zozobra que su madre estuviese tan al corriente de hechos actuales que, por la distancia y la falta de comunicación, era imposible que le llegasen por las vías racionales.

 

***

 

     Cierta tarde de otoño, el vecino taló el cupey, para combatir el comején que lo había enfermado. La dama pasó la noche en vela, preocupada por el destino del pájaro, rogando a Dios que no tuviera en aquel árbol su nido. Por la mañana, se cumplieron los funestos presagios. En vano aguardó la anciana la aparición de su cantor; en vano trató de atraerlo con regalos y reclamos; inútilmente salió en su busca por los alrededores de la casa. Los días pasaron y su confidente no volvió. Trató de recuperar el sosegado descanso de antaño, pero la recobrada soledad embotaba los recuerdos y la música extinguida helaba el conocimiento y el sentido del presente. Al fin, vino en comprender y aceptar que la caída del árbol era el anuncio de su muerte inminente y resolvió no salir más al jardín, recluyéndose en su habitación. Allí se recogió con sus recuerdos y su conciencia, preparándose para bien morir, y rehusando cortésmente la compañía y los cuidados médicos que por piedad se le ofrecían.

 

     Día tras día, al atardecer, un cuervo venía a posarse sobre el alféizar de su ventana, a contraluz del mar y del sol poniente. El animal picoteaba el cristal y la dama, por toda respuesta, abría el postigo y posaba a su lado un vaso de lágrimas, con el llanto vertido durante el día, de arrepentimiento y penitencia. El cuervo probaba el agua doliente y emprendía el vuelo, reapareciendo a la siguiente tarde.

 

     Un buen día, la señora apreció con sorpresa que se le había secado la fuente del llanto, venturoso presagio de impasibilidad y perdón. Aquella tarde, al aparecer el alado mensajero, la anciana le presentó el vaso vacío y dijo: estoy presta. El cuervo graznó, mañana.

 

     En efecto, al día siguiente se encontraba tan exhausta, que no podía levantarse del lecho. Desde él, mantenía sus ojos vidriosos fijos en la ventana, aguardando paciente y serena la llegada del cuervo, mientras su hija velaba con compungida solicitud la agonía. Pero quien apareció al caer la tarde fue el humilde y colorido pájaro de antaño que, con su mejor melodía, cantó: es hora. Venciendo su flaqueza, la dama se levantó y llegó hasta la ventana, la abrió, tomó al jilguero en sus manos y lo besó.

 

     Su hija, que por un momento había abandonado la vigilancia y salido al jardín para despejarse, miró a lo alto y vio volar juntos un pajarillo finamente colorido y una tórtola blanca. Cuando regresó a la habitación de la madre, esta yacía en el suelo, junto a la ventana, con los ojos cerrados y una dulce sonrisa en los labios.