sábado, 21 de marzo de 2015

EL SUICIDIO POR AMOR(II): EL BIZARRO GENERAL




Suicidio por amor (II): El bizarro general


Por Federico Bello Landrove


     El suicidio de este relato nos lleva de golpe a la alta política y, al propio tiempo, a uno de los más románticos y conocidos suicidios por amor de la Historia. No obstante, con fantasía y escepticismo, la anónima autora del texto, que yo solo transcribo, complicará las cosas y acabará poniendo en duda hasta la causa de tan trágico suceso. Como dejé claro en la Introducción a esta serie de historias, si alguno de mis lectores quiere saber de quiénes pueda tratarse, habrá de trasladar su atención a la séptima entrega de la serie (El desenlace).



1.   Un hombre para todas las estaciones[1]: Valencia


     El caballero, cincuentón, enjuto, rubio encanecido, con barba bien recortada y airoso mostacho, viste sobretodo caqui, bajo el que asoma terno avellana, y se toca con gorra de visera del mismo color. Camina a su lado y del brazo una dama –seguramente la esposa-,  quien apenas puede seguir el ritmo de su marcha, acelerado al acceder al gran vestíbulo y percatarse de la hora en el reloj que lo preside. Tras ellos, sobrepasan el soberbio pórtico de columnas dóricas un fornido treintañero, de parecida indumentaria a la de su precedente, que porta un amplio bolso de viaje de cuero ya ajado, y parece abrir paso e indicar el camino a un mozo, el cual arrastra un carrillo con media docena de maletas variopintas. Apenas faltan diez minutos para la salida del expreso de Madrid –vía Almansa- y la señora jadea:


-          Por favor, Jorge, acorta el paso, que tienes tiempo suficiente.

-          Es que no soy solo yo, querida, sino el equipaje, que no es precisamente ligero. No tenías que haberte empeñado en venir a despedirme.

-          ¡Estaría bueno! Te marchas a Madrid por una larga temporada y me iba a quedar en casa, sin darte un beso en el andén.

-          Mujer, los niños se han quedado llorando... Y lo de los besos, en presencia de mi ayudante...

-          ¡Al cuerno el ayudante! Un general marcha a ocupar un alto cargo en Madrid y no se dignan formar una guardia, ni una comisión para despedirlo.

-          He sido yo, Manoli, el que ha pedido discreción. Ya ves que visto de paisano. Además, supongo que habrá un policía esperando en el vagón.

-          Anda, anda, y no te agobies los primeros días que, si por ti fuera, dabas la vuelta al Ministerio, como a un calcetín... Y escribe a menudo, que te vamos a extrañar muchísimo...


     El caballero, entre hastiado y conmovido, abraza a su mujer, la besa con más pasión de la habitual y salta a la plataforma del coche de primera clase, sin preocuparse por los bultos ni de su acompañante. Éste, por la otra portezuela, resopla arrastrando maletas, cuando una mano vigorosa alza dos de ellas y la voz del cirineo musita:


-          Deje que lo ayude. Soy el inspector de escolta.


     Tres minutos después, el convoy inicia la marcha y la estación se escabulle. En el pasillo del vagón, acodado sobre la ventanilla bajada, el general Pombo pierde de vista a Manoli, entre adioses y humo. Su ilustre presente de segundo de a bordo en la Capitanía General va quedando atrás y el pasado y el futuro se entrecruzan en su mente, exaltada y confusa. Sigamos los pensamientos, que podremos intuir si conocemos su vida anterior, como afortunadamente sucede.


***


-          Esta Manoli, siempre igual: que no me agobie, que no me precipite, que las cosas son como son y no como las quisiéramos… Claro que el Capitán General, más de lo mismo, y no digamos mis compañeros. Tal parece que estemos en el mejor de los mundos y que hubiésemos ganado la guerra. Todo es abstracto: tradición, honor, patriotismo… ¡Monsergas! Hay que asumir nuestro papel y nuestras limitaciones –cierto-, pero también mejorar todo lo que se pueda, sacudir la galvana y los privilegios. Si no, ¿a qué partir para Madrid, dejando mi tierra, a mis hijos, mi cómodo segundo puesto en Capitanía? Ya lo tengo bien pensado: Lo primero, apresurar el pago de subsidios y pensiones de los repatriados. Luego, la Ley de Planta militar. Después, la mejora del armamento y las instalaciones, la puesta al día de las Ordenanzas, el tema de los ascensos y, por último, el servicio militar obligatorio. ¡Ahí es nada! Con que consiga la mitad de la mitad… Y eso que el Ministro parece animado de la mejor intención y es hombre de buen carácter. Todavía recuerdo lo que me dijo hace un mes, al ofrecerme el puesto: No le llamo como al héroe que ensalzaron los periodistas, sino como el general que plantó cara al enemigo con frialdad y buena estrategia. Aquella guerra, no obstante, se perdió. Ganemos ahora las batallas de la paz, para que en  la próxima contienda nos sonría la victoria. Muy bonito me parece, pero hay que intentarlo, ahora que las páginas encomiásticas de los periódicos aún no han amarilleado en las hemerotecas. Como dice mi cuñado, las hazañas pronto se olvidan y más aún, si van unidas a la derrota.


     El general hurga en los bolsillos, hasta dar con la cartera, de la que saca una fotografía de familia. Medita unos momentos y susurra para sí:


-          Mejor será dejarles terminar el curso y luego, ya veremos. Lo mismo me toca irme por donde he venido, dentro de unos meses. Además, Madrid…, la política…, el trabajo hasta las tantas… No creo que Manoli esté hecha para todas esas cosas.


     La herida de la pierna empieza a tirarle, como siempre que permanece en pie largo rato. Vuelve a guardar la cartera e ingresa en el compartimento donde esperan, ya instalados, el policía de escolta y su ayudante, el comandante Penella. Ambos cortan al punto su conversación y adoptan la posición de firmes, cuadrándose en señal de respeto. Pombo sonríe y pregunta:


-          ¿Interrumpo, señores?

-          En absoluto, mi general –responde Penella-. Ya está el equipaje colocado, sin novedad. Por cierto, permita que le presente al inspector de policía Ferrer, que nos escoltará hasta Madrid, por orden del señor Ministro.


***


     Si nuestro general no hubiese pasado más de media hora en el pasillo, a solas con sus pensamientos, el comandante y el inspector no habrían tenido oportunidad de mantener a su propósito la siguiente conversación, que inició el policía:


-          Así que el general Pombo marcha a Madrid, a ocupar un alto cargo. Bien merecido se lo tiene y, si me lo permite, aún diría que ya iba siendo hora, con el coraje y buen hacer que demostró durante la guerra.

-          Seguramente, está usted en lo cierto, pero la verdad es que yo no he coincidido con él hasta su destino en Valencia, después de la contienda. En fin, las cosas militares son así: los políticos, unas veces, nos ignoran y otras, nos reconocen y ensalzan. Hay que estar preparado para todo, con disciplina y discreción.

-          Ya, ya, pero el general…, ¡menudo puesto!: asesor del Ministro y Director General de no sé qué cosas importantes. Será un honor estar a su lado y moverse en tan altas esferas.

-          Cuanto más elevado es el cargo, mayor la responsabilidad y las dificultades. Menos mal que el general es todavía joven, pero le toca separarse de su familia y amistades, y conmigo sucede otro tanto.

-          Bueno, todo será sacrificarse un tiempo. Luego, si les pinta bien, podrán traer a sus familiares a Madrid. Y entretanto, la vida de soltero también tiene sus encantos.

-          Eso va con la forma de ser de cada cual –cortó secamente el comandante-.


     La charla quedó suspendida por el momento, lo que el ayudante aprovechó para colocar minuciosamente los bultos y enfrascarse, aparentemente, en la lectura de Las Provincias. En realidad, dio rienda suelta mentalmente a su causticidad, sin duda provocado por las loas del inspector al general. He aquí su incompasiva crítica:


-          ¡El general Pombo, el gran estratega, el héroe de la barba rubia y el caballo ruano! ¡El valiente que, tomando de un soldado muerto su fusil con la bayoneta calada, atravesó a cinco enemigos, antes de caer herido en una pierna! ¡El alma del baluarte inexpugnable de San Juan! ¡A otro perro con ese hueso! La heroicidad se la inventaron los reporteros, ávidos de ofrecer al público algo parecido a una victoria, aunque solo fuera una resistencia de horas. El tipo no salió de su cómodo puesto de mando, conservando a su lado las tropas, en vez de lanzarlas contra el enemigo en el momento preciso. ¡A la bayoneta calada! Sí, sí, lo que es, si no llega a ser por los cañonazos de la artillería enemiga de largo alcance, ahora tendría la pierna tan aparente como la de una corista. ¡Pero si ordenó construir blocaos y cavar trincheras de tal modo, que era casi imposible disparar contra los asaltantes, colina abajo! ¡Valiente estratega! Eso sí, sonrisas a los periodistas, relamidas alabanzas a los soldados, afectado desprecio de los homenajes que le llovieron… Y no es malo el sujeto, todo hay que decirlo: considerado, de buena voluntad, con ganas de mejorar las cosas. Pero no sabe dónde se mete; en Madrid se lo van a comer crudo. ¡Cuánto mejor estábamos él y yo en Valencia! A él lo ha liado el Ministro con promesas y halagos, pero a mí… Eres oficial de Estado Mayor; has escrito sobre táctica militar; has sido adjunto del Agregado militar en Londres; no me puedes dejar solo ahora. ¡Pamplinas! En cuanto pasen unas semanas, me invento una enfermedad de mi mujer y regreso a Valencia. Que se busque otro ayudante en el Ministerio: Allí todos son unas lumbreras, y ambiciosos hasta decir basta…


-          Parece que tarda el general en entrar en el compartimento –dice el policía, rompiendo el hilo de los pensamientos del comandante-. Estoy por salir a ver…


     Penella levanta los ojos del diario y mira hacia el pasillo, en la dirección por la que ya se acercaba el general, harto –como hemos visto- de permanecer en pie. Responde:


-          No es necesario. Ya viene.


-          ¿Interrumpo, señores?


     Yo diría que no: Ya sabemos cuanto precisamos. Dejemos que el tren siga su perezosa andadura, llevando al glorioso general Pombo camino de la inmortalidad -histórica, naturalmente-.



2.  Un hombre para todas las estaciones: Madrid


-          General, le agradezco en mi nombre y en el de todo el Gobierno su aceptación del mando de la Capitanía General de Galicia. Sabemos el sacrificio que le comporta y, desde este Ministerio, apoyaremos todas sus iniciativas en interés de la Patria y del Ejército.

-          ¿Sacrificio, señor Ministro? Yo no calificaría de tal el ascenso a Teniente General y el poder salir del avispero –y perdone vuecencia- en que se ha convertido para mí esta casa y la capital de España, en su conjunto.

-          Otra cosa –prosiguió el ministro, eludiendo el anterior comentario-: procure abandonar Madrid sin avisar y de incógnito. Tenemos noticias de que se prepara una manifestación en la estación del Norte. Incluso, la Asociación de Madres de los Repatriados tiene decidido que varias de sus integrantes se tumben sobre las vías, para que no salga el tren que haya de llevarle fuera de la Capital.

-          ¡Cuánta abnegación mal empleada! Si se hubiesen tendido en la Carrera de San Jerónimo, o en la Plaza de Oriente, hace unos meses, habrían sido de mucha mayor utilidad para mí … y con menos riesgo de su parte.

-          Lo dudo –suspiró el ministro-. Lo que no se consiguió con los votos, las manifestaciones y la prensa, no lo habrían podido lograr esas pobre mujeres exaltadas.

-          Favor por favor, señor Ministro –dijo el general, bajando la voz-. Es mi intención elegir libremente quien haya de… acompañarme en La Coruña y no quiero que ello sea motivo de corrección o de censura pues, si ha de traernos sinsabores, desde este momento yo renuncio.

-          De acuerdo, de acuerdo. Se respetará plenamente su vida privada pero, por favor, actúe usted con prudencia. Con su edad y con su grado, hay cosas que la gente no comprendería.

-          Soy el primer interesado en evitar situaciones embarazosas a ciertas personas. Me lo imponen el afecto y el honor.

-          En ese caso, general Pombo, no me queda sino desearle suerte en su nuevo cargo.

-          Deseo que hago recíproco. Nadie conoce como yo la carga de ser Ministro de la Guerra en estos tiempos.


***


     Decía bien el general en eso de conocer el Ministerio. Desde que lo dejamos en el tren de Valencia a Madrid, hace tres años, la vida de Pombo ha sido como un rayo, o un viento huracanado, en la política mortecina de su País. Inicialmente apoyado por los políticos en el poder, ávidos de sacudirse el sambenito de ineficaces y derrotistas, casi todas las iniciativas que proponía fueron defendidas por el Ministro, con mayor o menor entusiasmo: Se agilizó el pago de pagas atrasadas y de pensiones a los soldados o sus familiares; mejorose la dotación de hospitales y lazaretos militares; se redujo la duración del servicio militar activo, activando en cambio la instrucción y el manejo de armas; la dotación de estas fue notablemente mejorada, como también el rancho y los acuartelamientos; la tropa vio dulcificado el régimen disciplinario y aumentados los permisos. Como Pombo argumentaba al Ministro, todo esto el pueblo lo aplaudirá con justicia y el Ministro de Hacienda podrá proveerlo con lo que ahorramos, al reducir efectivos y no tener que hacer frente a la guerra. Aunque no fuera inicialmente egoísta ni ambicioso, nuestro general no eludía lo que llamaba estar en primera línea. Quiere decirse: visitas a cuarteles y hospitales militares de todo el país, reuniones en las maniobras y los cuartos de banderas, discursos y conferencias, entrevistas y notas de prensa… Era, en términos físicos, la rama ascendente de la parábola, cuya aceleración inicial apenas era contrarrestada por la incipiente resistencia de envidiosos y criticastros.


-          Suave, suave –aconsejaba el ministro de entonces-. Apenas tengo tiempo de firmar las Órdenes que me propone. ¿No ve que estoy ya viejo para estas galopadas?

-          Señor Ministro, tiene razón pero, si no aprovechamos el momento, ¡quién sabe cuándo volverá a presentarse otra oportunidad!

-          En fin –concluía el anciano prócer, no muy convencido-, mientras nos apoye el Presidente del Gobierno y el valedor de usted, que controla a nuestros diputados en la Cámara…


     Notarán que es tiempo de presentarles al Valedor, don Jorge Clemencio, apodado el Tigre, cuyo carácter era lo menos acomodado a su apellido. Por una de esas casualidades que, de no ser rigurosamente ciertas, se dirían fruto de la imaginación literaria, Clemencio había sido condiscípulo escolar de Pombo a quien –un poco militar frustrado- profesaba inconfesa admiración. El Valedor contribuyó decisivamente al ascenso político de su tocayo, hasta el punto de catapultarlo al Ministerio, cuando se produjo la siguiente reorganización del Gabinete. Pombo, dudando aceptar, objetó:


-          Jorge, yo no soy orador, ni tengo talento político. ¿No sería mejor seguirse apoyando en el ministro actual?

-          ¿En el carcamal de Luis? ¡Valiente tientaparedes! Tienes que dar el paso al frente. ¡Ahora mismo, o te vuelves para Valencia con tu mujer, a pescar anguilas en la Albufera!


      La alternativa no dejaba de tener su encanto, salvo en lo referente a tu mujer. Fuerza es que retrocedamos de nuevo en el hilo de la pequeña Historia, para presentar a Margarita Cruzado, que soportaba en sociedad el remoquete de la Condesita de Buena Mano.




***


     La bella Margot –como otros la denominaban- era en aquellos tiempos una espléndida mujer de poco más de treinta años, con un rostro dulce y no muy expresivo, para tratarse de una actriz; de estatura poco menos que mediana y algo metidita en carnes de una sorprendente blancura, que contrastaba con el negro de sus ojos y cabellos. Hija de un magistrado andaluz, tenía una esmerada educación y una cultura notable, no obstante lo cual y la oposición familiar, había decidido seguir su vocación teatral, por más asendereada que esta fuese. Su belleza, talento y delicada voz le habían permitido alcanzar, aún muy joven, un puesto destacado de segunda dama en compañías de postín. Ello fue antes de que conociese al general, conde de Buena Mano, edecán y subjefe del Cuarto Militar de Su Majestad, riquísimo y experimentado viudo, con tantos espolones cuantas patas de gallo. Nadie sabe las artes de las que se valió el buen señor para engatusar y llevar al huerto a la aclamada actriz: los más, se inclinan por regalos e influencias; los menos apuntan vanas promesas matrimoniales o delirios de grandeza. De cualquier forma, no seamos mal pensados: Cuando Margarita fue contratada por Guerrero para la temporada inaugural del Teatro Español, por él reconstruido con mimo, el romance de la actriz y el general ya era agua pasada…, menos para los maldicientes de los mentideros.


     ¿Cómo se conocieron Jorge y Margot? Lo único que sé de cierto es que no fue en el teatro. En aquellos días, el general no estaba para muchas diversiones, ni la actriz se prodigaba en los escenarios, a raíz de ciertos desarreglos de salud, que habían dado al traste con la impostación de su voz. Mas, dondequiera que fuese, ambos congeniaron al instante, no solo por sus respectivas prendas, sino por un imponderable: El hermano menor de ella había servido en las colonias a las órdenes de Pombo y, de regreso a la metrópoli, había transmitido a toda su familia la admiración que sentía por el general. Por si fuese poco, la bella actriz estaba al corriente de la cruzada que desde el Ministerio llevaba el general en pro de los militares más necesitados. Ello fue suficiente, de entrada, para que Margarita le abriese su corazón. En cuanto a él…, yo creo que basta con contemplar algún retrato de la dama en aquella época. Por lo demás, ¡Manoli estaba tan lejos!


     La relación duraba ya dos años, cuando a Jorge le fue ordenado cambiar de aires. A juzgar por la admonición del Ministro, era generalmente conocida y oficialmente reprobada. A falta de divorcio, el general había promovido judicialmente la separación de su mujer, en un pleito conflictivo, que todavía coleaba en el momento de subir al tren –de tapadillo, como sabemos-, camino de La Coruña. Margarita, entregada y cada día más débil, dependía en todo de su amante, y este… Creo que nadie mejor que El Tigre había resumido la influencia de Margot sobre el bizarro general:


-          Estoy seguro de que, para no perderla nunca de vista, Jorgito lleva un retrato de su amante prendido de la camiseta.


     Por lo que luego se comprobó, o Clemencio tenía una intimidad muy particular con su condiscípulo, o poseía increíbles dotes adivinatorias.


***


     De todas formas, no fue el amancebamiento la causa de la desgracia política de Pombo, sino su decidido abordaje de la segunda fase de la reforma militar. ¡Ahí es nada!, mandar la mitad del generalato al retiro, implantar el servicio militar obligatorio o meter mano en las sacrosantas Ordenanzas Militares de Carlos III. El cascado Presidente Silva lo llamó al orden en varias ocasiones pero nada, Pombo era tan terco e iluminado como un profeta del Antiguo Testamento. Con el apoyo del Tigre y demás fieras de la bancada republicana y progresista, los ambiciosos proyectos de ley accedieron al Parlamento y allí fue Troya. Era cosa sabida. Pero lo que más abatió al Ministro fue la feroz acometida de sus compañeros de armas, encabezados -¡oh casualidad!- por el Conde de Buena Mano y el funesto Capitán General Keller, cuyas diferencias con Pombo en la guerra colonial habían sido estridentes. Parece ser que fue este último quien, con voz de su tierra andaluza, tildó a nuestro general de Garabito, para afearle su baja extracción social y el buen trato al enemigo. Las discordias tuvieron eco en Palacio, donde poca duda podía caber sobre la predilección por los Condes y Espadones de prosapia, frente a un Garabito. Los Partidos del turno se pusieron de acuerdo en devolver la reforma militar al Gobierno para su mejor estudio y valoración y, en cuanto al resto, se infiere de la conversación entre Pombo y el Ministro que lo sucedió: dimisión irrevocable del primero, seguida de su ascenso para acallar las muchas voces populares que lo apoyaban, en la prensa y en la calle, con términos tan apasionados y violentos como los de sus antagonistas.


     Así pues, una vez más hemos de hallar al general Pombo en una estación, también en atuendo de paisano, pero con algunos bultos y escoltas más, y unos mostachos de menos –hubo de pasar por el barbero para alterar su conocida apariencia-. Tan pronto se aposenta en el compartimento, ordena a uno de sus ayudantes:


-          Capitán, vaya a ver si ya se ha acomodado la Señora.


     El interpelado recorre el coche hasta el penúltimo departamento. En efecto, allí está la Señora, acompañada de su fiel criada Amalia y de un policía de servicio. Regresa para dar la novedad a su superior. Este respira aliviado: El melón del comisario de Policía se había empeñado en que llegaran a la estación separadamente, por razones de seguridad. Suena el pito del jefe de estación y le contesta, atronador, el de la locomotora. Silba el vapor y gruñen las bielas. El tren inicia perezoso la marcha. Tan pronto queda atrás el andén, el general insiste:


-          Capitán, acompañe a la Señora hasta mi compartimento.


     El oficial sale rezongando:


-          ¡Qué mundo este! Los tenientes generales tienen que esconderse y los capitanes, hacer de celestinas.





3.  Un hombre para todas las estaciones: París


     ¡Las vueltas que da el mundo! Lo que Pombo nunca se habría atrevido a hacer en Madrid estuvo a punto de asumirlo en La Coruña o, como decía el tragasantos del coronel Malvido, in partibus infidelibus. Pero vayamos por orden.


     Los primeros meses de estancia en Galicia fueron deliciosos. Contra todo compromiso, el general había aposentado a su sobrina Margot en las palaciegas dependencias de Capitanía, entre la indiferencia, o la tolerancia, de una ciudad no bien informada del pasado de la Condesita. La salud de esta había experimentado una notable mejoría, gracias a los baños de asiento en Riazor y los largos periplos por los mil y un balnearios de la región. Ello permitía al general visitar todas las guarniciones a su mando, corrigiendo deficiencias, proveyendo a las necesidades más perentorias y derrochando simpatía y familiaridad por doquier. El bizarro general Pombo, a lomos de su caballo Tizón fue una estampa popular, aparecida en la famosa revista La Ilustración Nacional.


     Mientras la felicidad envolvía a la pareja en tierras gallegas, en Madrid se descubría un escándalo, que estuvo a punto de dar al traste con la precaria y mortecina normalidad de la vida política. Se constató que un yerno del Presidente del Gobierno había estado haciendo tráfico durante años con las condecoraciones militares pensionadas. La indignación fue mayúscula en el Ejército, y disidentes y descontentos de los Partidos turnantes –un diario deslizó la intencionada errata tunantes- se pusieron de acuerdo con los republicanos para promover un golpe de Estado. El Tigre, a la cabeza de los levantiscos, rugió una vez más y trató de ganar a Pombo para su causa:


     No necesito encarecer la injusticia y venalidad de estos profesionales del desgobierno, que has sufrido en tus carnes tantas veces, ni apelar a la imperiosa necesidad de reformar toda la vida pública de la Nación, pues me llegan sobradas muestras de que ya lo has emprendido en la Capitanía de Galicia. Basta con que te diga que eres el militar más prestigioso y popular de España y que contamos contigo para la jornada que se avecina. Tan pronto te haga llegar el telegrama cifrado con la fecha acordada, declara la ley marcial en tu Región, deja al frente de ella a un general de tu confianza y ven al punto para Madrid, a hacerte cargo de los Ministerios de Guerra y Marina en el Gobierno provisional. El movimiento es masivo y entusiasta, por lo que no dudamos de su triunfo. El propio Rey está al corriente y, de manera discreta, ha manifestado que no pondrá traba ninguna, siempre que el Ejército garantice el orden y la unidad. ¡Ahora o nunca, querido Jorge! La hora de la regeneración nacional ha llegado.


     Pombo vaciló durante un par de semanas. Una cosa era mejorar el rancho de los soldados y pasearse a caballo por los Cantones, descubriéndose ante los aplausos, y otra jugarse el todo por el todo, comprometiendo a sus compañeros, y correr el riesgo de una contienda civil. Además, Margarita estaba ultimamente más decaída y su tos era ya frecuente y agobiadora. A fin de cuentas, parece que fue ella quien lo impulsó, sin pretenderlo, a sumarse a la rebelión:


-          Querido, dice el doctor Linares que en Bélgica están aplicando un novísimo tratamiento de mi enfermedad. Debería partir para allá, abandonando esta ciudad tal húmeda e insana.


    Desolado, Pombo hubo de convenir en el viaje, prometiendo visitarla tanto como pudiese. Fueron a postrarse juntos ante el Apóstol en Compostela para impetrar la gracia de la salud. Al salir de la Catedral, se les acercaron a pedir limosna dos individuos mutilados, demacrados y barbudos, vestidos con harapientos uniformes de rayadillo. Margot abrió el bolso y puso en sus manos todo el dinero que llevaba. Su amante sintió entonces la voz de la conciencia:


-          ¿Y tú? ¿No vas a dar por estos abandonados cuanto tienes? Ella se va, liberándote de cualquier consideración de altruista prudencia. Ahora te quedarás a solas con el deber y con tu honor.


     Dos días después, El Tigre recibió un telegrama de La Coruña. Decía así: Acepto e inicio preparativos. Jorge.


***


     Con la bisoñez propia de su corta talla de conspirador y la desgana de quien veía languidecer y alejarse al amor de su vida, Pombo inició, no obstante, los preparativos comprometidos. Afortunadamente, los generales y jefes consultados respondieron a una y con entusiasmo a la idea del pronunciamiento. La Guardia Civil, muy considerada por el General durante su etapa en el Ministerio, se puso incondicionalmente a sus órdenes. Las Autoridades civiles y la Policía parecían ignorantes o miraban para otro lado. De otras Capitanías llegaban rumores de parecida situación de unánime complicidad.


     Comoquiera que la alarma de El Tigre se demorase y fuera ya inminente la partida de Margot hacia Bruselas, los dos enamorados decidieron trasladarse al balneario de Brión a pasar su último fin de semana juntos. Una decisión equivocada, sin duda, pues el viaje en coche de caballos no era corto y la carretera, sinuosa y bacheada. No es de extrañar que la enferma llegase derrengada y, tan pronto se acostó en la habitación, le sobrevino una hemoptisis.


     A eso de la medianoche, el galope de unos caballos despertó a Pombo, que se había quedado traspuesto junto a Margot, atendida a la sazón por una enfermera de la estación termal. Unos discretos golpes a la puerta hicieron salir al general, para darse de  manos a boca con uno de sus ayudantes y otro oficial, de guardia en Capitanía. Le tendieron un despacho urgente, cuyo contenido intuyó el destinatario antes de abrirlo. En efecto, era la orden en clave de la sublevación: Calen bayonetas, Clemencio. Genio y figura…


     Los minutos siguientes fueron un infierno para nuestro general. El estado de Margarita hacía inviable un inmediato regreso ni le permitía moralmente dejarla sin su apoyo y compañía. Lanzar a sus partidarios a la calle, sin dirigir él la operación, le parecía peligroso, a más de contrario al honor militar. Finalmente adoptó la decisión que hubo de considerar más equilibrada. Tomó recado de escribir y garabateó para el Gobernador militar de La Coruña el siguiente mensaje:


     Mantenga a las tropas en estado de alerta, hasta mi regreso o nueva orden. No abandonen los acuartelamientos ni hagan fuego, de no ser expresamente provocados, Pombo.


     Los mensajeros hicieron el camino de vuelta a galope tendido, por orden del General. Dicen que, cuando los conjurados coruñeses leyeron la esquela de su Capitán General, se sintieron profundamente frustrados. Uno de ellos gruñó:


-          Señores, son las tres de la mañana. Hace, pues, tres horas que nuestra sublevación ha empezado a fracasar.


     Todos participaban de ese parecer pero, no obstante, se atuvieron a las órdenes recibidas. De madrugada, se recibió en Capitanía una de las primeras llamadas telefónicas de su historia. El comunicante, desde Madrid, rugía:


-          ¡Pero cómo que están acuarteladas todavía las tropas! ¿Y el general Pombo? ¿Ha cogido ya el tren para Madrid?

-          Pues no, está en el balneario de Brión, junto a Santiago. Suponemos que no tardará en llegar.

-          ¡Maldita sea mi estampa! Dígale de mi parte que así se ahogue tomando las aguas.

-          ¿De parte de quién, decía usted?


     El Tigre soltó un exabrupto y colgó con rudeza el auricular. Luego, dirigiéndose a los circunstantes, con un gesto sardónico:


-          Señores –dijo-, el golpe de Estado ha fallecido de hidropatía.

-          ¿Hemos sido derrotados?

-          Quia. Simplemente, hemos estado de maniobras.


***

     
    

     Hallamos, una vez más, al general Pombo en una estación, esta vez, de París; tal vez, en la de Austerlitz. ¿Qué ha sucedido para que, quien no se personó en la del Norte madrileña –donde tan anhelosamente lo aguardaron-, esté esperando el expreso de Bruselas allende nuestras fronteras? Tomemos el hilo del relato donde lo dejamos, un par de meses atrás.


     Margot no estuvo para viajar en tres días, durante los cuales Jorge no se apartó de su lado, negándose a recibir visitas y no abriendo los telegramas que le llegaban. Podemos imaginar la agonía que libraban en su ánimo los compromisos políticos y los deberes sentimentales. Se dice que, en la mañana del segundo día, envió un despacho al Gobernador Militar coruñés, del siguiente o parecido tenor: Actúen ustedes como les dicten el buen sentido y el honor. Yo refrendaré y me haré responsable de cuanto decidan hacer u omitir. Como es natural, entre la orfandad en que el General los dejaba y las noticias confusas del resto del país, los conspiradores decidieron omitir y, de modo informal, relajaron el acuartelamiento de las tropas y dieron contraorden a los jefes y oficiales conjurados.


     Al fin, el General se reincorporó a su puesto, Margarita partió hacia el Brabante y España siguió con la modorra y el Gobierno de costumbre. Pombo estaba cada día más decaído, y no solo por la ausencia y dolencia de su amada, sino por el desprestigio en que había incurrido, rayano en el deshonor. Pocos de los suyos, en Galicia y –no digamos- en Madrid entendían su apartamiento como otra cosa que una defección, fruto de la flojedad o la cobardía. Abandonó los viajes y su airoso caballo de capa negra, y se recluyó en Capitanía, entregado exclusivamente a las tareas más burocráticas. Su antesala ya no hervía de compañeros y en el correo abundaban las cartas y anónimos reprensivos o burlones. El tratamiento de Margot y el pleito de Valencia sangraban sus ya menguados ahorros, y varias veces hubo de contenerse para que un desaire ostensible o alguna ironía sangrienta no acabasen en duelo. Todo lo sufría con resignación por ella y contaba los días hasta el permiso que lo habilitaría para salir al extranjero, a verla y pasar un par de semanas a su lado.


     Pero la licencia no llegaba. Lo que sí lo hizo fue una breve carta de El Tigre, remitida a través de un propio. Decía así:


     Por nuestra vieja amistad, que no por tu conducta en los últimos tiempos, me cumple informarte de que el Gobierno ha tenido conocimiento de tu conato de levantamiento y el Ministro ha ordenado al Consejo Supremo de Guerra y Marina incoar causa criminal contra ti, por tentativa de rebelión. Mi recomendación es que te marches de España por un tiempo. De esa forma, no creo que se atrevan a dar publicidad a sus designios, ni mandar requisitorias para tu busca y captura. Es lo mejor para tu honor e integridad personal, pues ya sabes que las sentencias del susodicho Consejo no destacan, precisamente, por su justicia ni independencia de criterio. Atentamente, J.


     Post data: Por favor, quema inmediatamente esta carta.


     Pombo dedujo acertadamente de la misiva que iba a ser el cabeza de turco de la nonata sublevación y que –de no aceptar el consejo- sus amigos lo iban a dejar en la estacada. De modo que, so pretexto de una audiencia con el Ministro, empaquetó todas sus cosas, liquidó sus cuentas, vendió en oculto sus más valiosas posesiones personales y tomó el expreso nocturno a la Capital. Al llegar a Venta de Baños, transbordó al tren de Hendaya y despidió a sus ayudantes:


-          Señores, en nombre de la disciplina y del respeto que me deben, les doy una última orden: Regresen a La Coruña y, solo una vez allí, pongan mi marcha en conocimiento del general Taboada.


     Pues bien, hemos cerrado el círculo. Nuestro general ha llegado a París, solo y más ligero de equipaje que en estaciones precedentes, según vimos. Su estado anímico es angustioso. ¿Razón? En el bolsillo interior de su chaqueta porta un telegrama de anteayer, remitido por el sanatorio en que se halla Margot. Lo ha recibido el día antes de su partida de La Coruña, y dice así: Grave empeoramiento señora Cruzado. Aconsejable su presencia mayor brevedad. Doctor Delorme.



4.  Estación Terminus

     La gravedad de Margot era irreversible. La presencia de su amado apenas sirvió para mejorar su estado de ánimo. Parecía resignada con sus sufrimientos y preparada a su último viaje. Tan solo le suplicó:


-          Aquí me ahogo y ya nada me pueden hacer. Por favor, Jorge, sácame del sanatorio y llévame al campo.


     Ante la pertinente consulta, el doctor Delorme aconsejó:


-          No tengo nada que objetar al deseo de la enferma. Ahora bien, lo procedente es que no se alejen mucho del Hospital, para que podamos tratar a tiempo las peores crisis de la enfermedad.


     Pombo –nunca más consintió que lo llamasen general- pagó la elevada cuenta y alquiló seguidamente un pequeño palacete en el encantador pueblecito de Ixelles, en los linderos del bosque de La Cambre, a corta distancia de uno de las pintorescas lagunas y a un kilómetro de la Abadía. Allí pasó la pareja sus últimos tres meses, sin otra compañía que la de una enfermera, recomendada por el Doctor, y una criada mediocre de la localidad, único servicio que pudieron encontrar, por el visceral miedo a un contagio. Un médico ayudante, el doctor de Bruin, era la única visita asidua, pues los frecuentaba una vez por semana, aportando cuidados y recetas.


     No soy buena para conmover las emociones de quienes me escuchan, ni tengo de los últimos días de Margot y de los de duelo que siguieron, más que referencias inconcretas y dispares. Es seguro que ella murió a mediados de julio, siendo enterrada en el cementerio de la localidad. También doy por cierto que Jorge quedó sumido en una depresión sin esperanza –tal vez, la neuropatía a que alude el señor Durkheim en este libro-, hasta el punto de no salir de la casa sino para llevar diariamente flores a la tumba de su amada. Consta que escribió varias cartas a diversos destinatarios –incluida su esposa Manoli-, cuyo texto o sentido presagiaba la decisión de suicidarse en breve. En todo caso, pagó antes sus deudas y escribió la conocida frase que había de servirle de epitafio [2]. Para el resto,  dejo el uso de la pluma al cronista de El País:


     Bruselas, 1 de octubre de 1891.


        En el día de ayer, se produjo un hecho trágico en el cementerio del pueblo de Ixelles, muy próximo a esta capital. El famoso Teniente General, don Jorge Pombo, héroe de la guerra colonial, antiguo Ministro de la Guerra y Capitán General de Galicia hasta hace unos meses, se quitó la vida con su revólver reglamentario, ante la tumba de su amada, la señorita Margarita Cruzado, que fuera distinguida actriz de la compañía del Teatro Español y de otros elencos. Al parecer, el General Pombo había quedado muy afectado por la muerte, el pasado mes de julio, de la señorita Cruzado, a la edad de 35 años, víctima de la tisis. Todo hace pensar que el finado actuase a impulsos de una depresión, de manera fulminante, sin que las personas presentes en el camposanto pudieran hacer nada para evitarlo.


     Al día siguiente, el mismo diario recogía, entre otras referencias, que:


     La muerte del General Pombo ha sido unánimemente sentida. El Ministro de la Guerra ha enviado un telegrama de pésame a su viuda... El Vicepresidente del Congreso de los Diputados, don Jorge Clemencio, amigo personal del difunto, ha recordado los muchos y destacados servicios que la Patria debe a tan ilustre hijo, que ha muerto a los 54 años, cuando aún eran de esperar grandes cosas de él. El Capitán General Weyler...


     En fin, por una vez, parecería que El Tigre no había rugido. Nada más lejos de la verdad. Su juicio sobre Pombo, que ha pasado indeleble a la posteridad, fue el siguiente: Ha muerto, como murió: como un tenientillo, como un  héroe de café cantante.


***


     En resumen, ¿qué provocó el suicidio del general Pombo: el fracaso, el amor, la pobreza, el destierro..., o todas esas cosas juntas? No sé por qué, cuando me hallo buscando la respuesta, oigo en mi mente el sabio consejo de mi madre:


-          Hija, lejos de nosotras la funesta manía de pensar.


    



    


    

    




    




    




[1]  Me atrevo a tomar prestado, haciendo un juego de palabras, el hermoso título de la obra de Robert Bolt, A man for all seasons (guión para la radio en 1954 y obra teatral estrenada en 1960). En España se hizo famosa cuando sirvió de argumento a la película Un hombre para la eternidad (Fred Zinnemann, 1966), premiada con 6 Óscar, entre ellos, el de mejor película en lengua inglesa.
[2]  Nota del transcriptor.- De ser ciertas mis sospechas sobre la identidad real del general Pombo y de Margot, aquel ordenó grabar en vida sobre la lápida de su amada las palabras À bientôt (Hasta pronto, en español). El epitafio que Pombo dejó escrito para la que ya sería común sepultura de Margot y suya, fue: Ai-je bien pu vivre deux mois et demi sans toi!, que me atrevo a traducir, con cierta libertad, así: ¡Cómo he podido vivir dos meses y medio sin ti! Ambos textos pueden leerse todavía con claridad en la tumba de los dos amantes, en el cementerio de Ixelles, junto a Bruselas.

sábado, 7 de marzo de 2015

EL SUICIDIO POR AMOR (III): EL DESTERRADO FIEL




El suicidio por amor (III): El desterrado fiel

Por Federico Bello Landrove


     El prototipo del suicidio por amor es el que desencadena el abandono por la persona amada. Es el caso de este relato, no carente de originalidad en los detalles y, sobre todo, destacado por la fuerte y conocida personalidad del protagonista, Carlos Martín, cuya identidad será desvelada en el último episodio de la serie.





1.      Del Caribe, a Castellar


     Cierro los ojos y me parece estar viéndolo tal y como, de forma más o menos fidedigna, lo retrataban los grabados de La Ilustración: menudo, moreno, bien proporcionado, amplia frente, airoso bigote y aquellos ojos negros, tan vivos y brillantes, que presagiaban genio y agudeza, a más de encandilar a las mujeres.

     Hoy Carlos Martín es famoso. Su vena literaria y, sobre todo, su muerte, todavía joven, lo han convertido en un hombre respetado de este lado del Océano y en un mártir por la independencia entre los suyos. Pero no es de su faceta pública de la que quiero escribir hoy, sino del episodio de su juventud que por unos meses le unió a María Granados, de la manera trágica e irreversible que sabrán quienes llegaren a leer estas páginas.

***

      Es sobradamente conocido que Carlos Martín abrazó desde su adolescencia la causa de la rebelión, con la convicción y la valentía que correspondían a su carácter y cultura. Así, cuando ingresó en la Universidad habanera para estudiar Leyes, era ya un activista integrado en grupos que mezclaban la propaganda con la violencia, para conseguir sus objetivos de independencia.

     Aunque, en aquellas fechas, la paz antaño pactada continuaba vigente, las luchas, represalias y odios envenenaban la vida de la colonia y sembraban la muerte en la manigua. Cualquier pretexto era bueno para hacer alarde de desprecio y de bravura. En el caso de Carlos fue un confuso episodio de cementerio, al profanar un grupo de patriotas la tumba de un afamado periodista contrario, recientemente fallecido. Las milicias adictas a España pidieron una justicia ejemplar y en ella cayeron varios estudiantes, entre ellos, nuestro protagonista. Le impusieron diez años de reclusión en el siniestro presidio de La Cabaña, donde estuvo a punto de morir de enfermedad y maltrato. Y es aquí donde se incorpora a nuestro relato la enérgica Carmen quien, pocos años después, se convertiría en la esposa de su protegido.

     Quiero decir que, aunque casi una niña y con una educación muy elemental, la joven visitó a Carlos en la prisión tanto cuanto le permitieron, llevándole consuelo y toda clase de socorros. Hay quien dice que, habiéndose conocido de niños por vivir sus familias muy cerca una de otra, Carmen ya lo había auxiliado anteriormente, escondiéndolo en su casa de la policía española. Lo cierto es que, entre aquellos adolescentes, habían nacido firmes sentimientos de afecto y compañerismo, que cristalizaron en el compromiso de fidelidad que he querido reflejar en el título de este relato.

     En efecto, las súplicas de su familia y la política más benevolente del Gobierno liberal vaciaron las cárceles cubanas de los presos políticos más jóvenes e ilustrados, conmutando la privación de libertad por el destierro en la metrópoli. Así sucedió con Carlos Martín quien, antes de tomar el barco hacia la Península, se comprometió con Carmen a regresar lo antes posible y contraer matrimonio con ella. Dicen que lo que en ella era amor, en él era mera gratitud. Resulta muy fácil hacer conjeturas cuando se conoce el desenlace de una relación y, sobre todo, tratar de justificar las malandanzas de un hombre como poco menos que el fruto de un lance de honor.

     Llegado Carlos a España, manifestó ante las autoridades su deseo de proseguir la carrera de Derecho. A tal fin, se le asignó como obligado lugar de residencia alguna pequeña ciudad universitaria que tuviera dicha Facultad. Así vino a dar en este Castellar de mis entretelas, con el menguado estipendio que le enviaban sus padres y unas ganas de adquirir cultura y saberes profesionales, en modo alguno reñidas con las de divertirse y vivir la buena vida en sociedad.

     Era ello más fácil de desear que de lograrlo. El dinero que le giraban era lo justo para pagar la matrícula y acogerse a una modesta pensión de la calle Talabarteros. Los compañeros de alojamiento y de escuela no veían con buenos ojos al cubano de cerrado acento caribeño y ejecutoria antiespañola. Finalmente, la policía no le facilitaba las cosas, imponiéndole quedas y presentaciones. Sin embargo, en sus futuras Memorias, el confinado recordaba con agrado aquella época de su vida en que, pese a todas esas dificultades y limitaciones –como también, a los achaques y dolencias que le habían dejado sus días carcelarios-, completó sus estudios y, en fin, se abrió a la vida sexual y a la bohemia. No diré que él no tuviese mérito en ello, pero sí que, una vez más, fue una mujer quien hizo de Némesis, a más de posadera.

     Quiero decir que la dueña de la pensión, viuda y aún de buena edad, se encaprichó de aquel joven culto, sin duda apasionado y con un deje tan dulce y musical, entregándole su persona y ayuda económica, sin más exigencia que la de dejarse querer. Como es natural, los condiscípulos –comenzando por los allí alojados- fueron abriéndose a su simpatía y pecunia, terminando por aceptarlo, tanto en los cenáculos intelectuales, como en las farras de la académica bohemia. En honor a la verdad, he de reconocer que, ya por su buen natural, ya por la vigilancia policiaca, Carlos nunca se excedió en su comportamiento y fue aprobando puntualmente los cursos de la Carrera.  


2.      La Niña de Castellar





     Hace un cuarto de siglo, Castellar era una pequeña ciudad de las llamadas de Cátedra y Catedral, es decir, volcada casi exclusivamente en la vida académica y religiosa. En obsequio de aquella, eran relativamente frecuentes los bailes de disfraces, diversión con mucho de estética y algo de desenfado. Las mejores familias rivalizaban en la música y el refresco, como los invitados lo hacían en el lujo y originalidad de sus atuendos. No así, ciertamente, los jóvenes y tronados estudiantes quienes, a falta de textiles galas, aportaban –si lograban ser convidados o colarse- su gracia para el baile y los requiebros.


     No era muy dado a organizar tales saraos el general Granados, competente militar que había dado sobradas muestras de su bizarría en tres continentes. La nota necrológica de aquel famoso soldado en El Noticiero de Castellar enumeraba batallas, ascensos y heridas, desde la campaña contra los Matiners hasta la Guerra Grande cubana, pasando por Marruecos, Méjico y la tercera Guerra Carlista. Su admiración por Prim –recordaba el periódico-, le había llevado a sumarse a la Revolución del 68 y a apoyar activamente a los Progresistas. Desencantado de la política, o por los nuevos vientos alfonsinos –eso, como es natural, no lo desvelaba el diario-, el ya brigadier se había embarcado para Cuba, muy poco antes de la Paz del Zanjón. Allí contrajo la fiebre amarilla que arruinó su salud y le obligó a regresar a España y pedir el retiro. Los sagastinos trataron entonces de recuperarlo para la progresía militante, pero él prefirió entregarse al cuidado de las encantadoras hijas adolescentes de su matrimonio y a la administración de las propiedades rústicas de su mujer. No me lo tomen a reproche: El General –como todos seguían llamándolo- mantenía una vigorosa vida social y estaba al día de los problemas políticos de su tiempo, impartiendo entre el senado que frecuentaba su palacete sensatos consejos de justicia social y desengaño de aquellos principios patrioteros, que muchos daban en llamar el honor nacional.


     El habanero Carlos Martín fue introducido en aquella casa por un asiduo de la misma, su condiscípulo David Macías, quien le hizo de la mansión y de sus moradores un retrato irresistible:


-          Son el colmo de la amabilidad y la esplendidez por estos lares. El general no lo parece y tiene dos hijas que son una preciosidad.


     La verdad es que semejante presentación tenía algunas deficiencias. Para empezar, el cabeza de familia no era un militarote, pero sí se le notaba a la legua su amor por las armas y la disciplina. Y, lo que era más importante, las hijas eran poco más que unas niñas para aquel caribeño de veintidós años cumplidos. Pero quiso el destino que tales errores de presentación se transmutaran en aciertos para su interés: Aquel desengañado general estaba muy bien dispuesto a conversar del tema colonial con un hijo de Cuba, convaleciente y desterrado. Por su parte, ¿quién sabe si la gentil Marita habría sucumbido a los modestos encantos de Carlos, de no contemplarla este desde su evidente superioridad en experiencia y edad?


     El hecho es que nuestro estudiante empezó a frecuentar al general Granados cada vez más asiduamente. Además de las pláticas cubanas, los entretenían reñidas partidas de ajedrez, arte en el que el colonial era mucho más experto que su anfitrión, al que tenía que permitir varias rectificaciones de jugadas en cada partida para mantener una cierta igualdad. La amistad cortés fue tornándose en familiaridad afectuosa, en parte, por la buena sintonía entre ambos hombres y, en otra, por el benéfico ascendiente que Carlos empezó a ejercer sobre María y su hermana menor –carabina que ni pintiparada-, gracias a su superior cultura y la magia tropical de las anécdotas que salpicaban su deslumbrante conversación.


     Temo no haberme explicado bien. No es que Marita fuese una muchacha inculta y con el pavo propio de sus dieciséis años; antes al contrario, había recibido esmerada educación de manos de preceptores e institutrices, cuidadosamente seleccionados por su madre. Sus lecturas, aunque censuradas y un tanto pacatas, eran variadas y abundantes. Escribía con pulcritud y hermosa caligrafía; y, aprovechando su sensibilidad y los estímulos paternos, había alcanzado una indudable maestría como pianista y actriz aficionada.


     Carlos no había de ser insensible a tales prendas, aunque el mayor atractivo de María para los jóvenes que la conocían era su opulenta belleza. Empleo a posta tan manido epíteto. Sus facciones eran regulares; brillantes y graciosos sus ojos; negra y ensortijada su frondosa melena. Con todo, lo que llamaba la atención en ella, aún menuda y adolescente, eran sus formas firmes, rotundas, sólidas, más propias de una madamisela, que no de una escolar que apenas empezaba a levantar el vuelo.


     No tengo por qué dudar de que, aun sin abandonar del todo las atenciones a su posadera, Carlos puso en Marita todo el cariño del que era capaz su natural poético y apasionado. Dan prueba de ello los encendidos versos que, a lo largo de su vida, dedicó a la Niña de Castellar, por más que no debamos fiarnos mucho de la lírica y, menos aún, si está matizada por la nostálgica neblina de los recuerdos de juventud. Jacinta, prima y confidente de María, me lo resumía así muchos años después:


-          ¿Cómo te diría yo, o cómo podría definirlo?... Llamémoslo la vitola tropical; una mezcla embriagadora de exotismo, pasión y vitalidad, que resultó irresistible para Marita, al mezclarse con la superioridad de los seis o siete años que Carlos le llevaba. Yo misma, mayor que ella y ya medio ennoviada con tu tío Sebastián, no dejaba de sentir el ascendiente y la atracción de Carlos. Cuando los veía juntos, tan felices y amartelados, experimentaba a un tiempo envidia y aprensión.

-          ¿Y todo este idilio se desarrollaba en la casa, a la vista de todos?


     Jacinta sonrió a mi pregunta:


-          Como sabes, la casa de mis tíos era muy grande y no eran ellos de los padres que atan corto a sus hijas. Cualquier disculpa era buena para que, de consuno, los tortolitos pasaran solos a la sala de música, la biblioteca o el jardín. Ello era suficiente para las palabras melosas al oído, las caricias y hasta los besos robados. Pero donde las cosas podían llegar a mayores era en la finca La Galana que, como sabes, tenía mi tía entre la orilla del río y el camino a la ermita del Carmen. Aquello fue en la primavera del setenta y siete. Yo no vi otra cosa que -¿cómo te diré?- abrazos y ciertos escarceos en la fronda. ¡Ah, sí, y que una vez se bañaron desnudos en el río! Ya sabes lo peligrosa que es la corriente, que además venía bastante crecida. Al día siguiente, le eché una bronca y la amenacé con contárselo a sus padres. Ojalá lo hubiese hecho: tal vez así...


     Es cuanto Jacinta me contó, en principio, como cierto y yo así puedo trasladarlo. Lo que siguió lo ha narrado Carlos en sus Memorias, a saber con qué fiabilidad. De la conducta de Marita no tenemos otras referencias que las que puedo deducir en una joven enamorada… y de lo que trágicamente sucedió muy poco después.



3.      Viaje de ida y vuelta





      Al llegar las vacaciones de verano de aquel idílico curso del setenta y siete, Carlos sintió la llamada de su familia y solicitó, tras dos años de destierro, un permiso temporal para regresar al Caribe y pasar unos meses entre los suyos. No era empresa fácil, pero el estudiante logró su salvoconducto gracias a los buenos oficios del general Granados. Es de suponer que su hija estaría menos conforme con aquella separación, siendo el verano el mejor momento para estar juntos el mayor tiempo posible, en alguna de aquellas fincas en que solían descansar los Granados en los meses estivales. En cualquier caso, algo debió revolverse en el ánimo del galán, ante la expectativa de un próximo reencuentro con sus parientes y amigos pues, según Jacinta,…


-          Nunca me fie del cubano pero en aquella tesitura he de reconocer que se portó bien. Según me contó Marita muy compungida, unos días antes de partir, con el pasaje ya en el bolsillo, Carlos le confesó que estaba comprometido con una chica cubana, si bien estaba decidido a que se devolvieran la palabra dada, habida cuenta del tiempo transcurrido y de que él estaba enamorado de la Niña de Castellar. Fíjate, me acuerdo como si fuese ayer. El mozo le lanzó a mi prima esta desvergonzada confidencia: Si no hubiese sido por lo que acabo de confesarte, hace tiempo que habrías sido mía. ¡Que no era engreído el pollo ni nada! ¡Como si el pudor y la voluntad de ella no contasen para el empeño!

-          Mucho me temo, Jacinta, que Carlos era en esto más realista que fatuo.

-          No te adelantes a los acontecimientos, niña, que pareces una profetisa, me replicó risueña.


     Mi interlocutora no sabía si achacar lo siguiente a una pasión angustiada o a una estrategia riesgosa. La versión más plausible –según ella- era la de que Marita tenía confianza en que sus propios encantos y las ventajas de la vida en España habrían de mover a Carlos hacia la ruptura de su compromiso y el regreso definitivo a la Península. Con todo, no debía de tenerlas todas consigo y concibió la peregrina idea que tantas, antes y después de ella, han imaginado para su mal:


-          No querría equivocarme, pero pienso que fue mi prima la que lo provocó a que llevara a término sus confesados anhelos, sin esperar la confirmación de la ruptura. ¡Poco necesitaba el fogoso cubano para pasar a mayores! Así que te puedes figurar y yo le disculpo: al fin y al cabo, el había cumplido con su conciencia, siendo franco.

-          Ignoraba yo  –repliqué- que Marita hubiese llegado hasta esos extremos. ¿Cómo lo llegaste tú a saber? ¿Te lo reconoció ella?

-          No hubo lugar, pero se me reveló de forma mucho más trágica. No sé si debería contártelo pues es un secreto de familia…

-           Sabes que soy una tumba para estas cosas.

-          Con que nada reveles mientras yo viva, me conformo. Después de todo, los rumores existen y las Memorias de Carlos no han hecho sino extenderlos. Así que vamos a dar cuenta de estos deliciosos mojicones y luego te sigo contando.


***


     Abreviando un tanto la narración de Jacinta, les pondré al corriente de los prolegómenos del drama: Sucedió que, durante aquel verano en Cuba, Carlos debió ser requerido para cumplir su palabra de matrimonio, a lo que no supo o quiso negarse, y se celebró la boda. Supongamos que el retorno avivara su vocación de rebelde, llamado a una vida azarosa en su patria, que era imposible de compartir con su amada española. O, más prosaica, concluiré que el apoyo económico de las familias de ambos contrayentes fuese indispensable para que Carlos pudiera mantenerse en su temporal destierro y acabar la Carrera. En todo caso, la luna de miel tenía que ser corta, pues el destierro seguía vigente y le faltaban dos cursos para licenciarse: no había otra opción que la de regresar a España y su esposa Carmen se empeñó en acompañarlo. Suponía Jacinta que el recién casado habría sido muy reluctante a la solicitud de su esposa, entre otros motivos, porque ello le obligaba a romper brusca y definitivamente con su Niña castellana. Finalmente, se decidió por lo más directo y valiente: regresar a Castellar, explicar lo sucedido y presentar a su esposa. Jacinta lo justificaba con argumentos que bien podían haber salido de labios de Carlos:


-          Debió de pensar que mi prima Marita, tan joven y con tanto éxito entre los hombres, pronto le olvidaría. Al menos, ella comprendería que sus vidas habían de discurrir por caminos muy diferentes, ya que él no podía soslayar el compromiso con la independencia de su patria.


     La pareja cubana apareció por Castellar a finales de agosto, cuando la familia Granados tomaba los baños en Santander. Creo que fue entonces cuando Marita tuvo plena confirmación de su embarazo, que en todo momento mantuvo en secreto. No sabemos cómo ni cuándo se enteró del regreso de Carlos, pero sí que, tan pronto retornó ella a Castellar, le escribió e hizo llegar una esquela, comunicándole que ya había vuelto a casa y que esperaba anhelosa su visita. Ello dio lugar al primero de esos tres terribles momentos que escalofriaban a Jacinta cuando me los contó, muchos años después:


-          Él era muy directo. De todos modos, imagino que tomó la decisión apurado y confuso, porque de otra forma no se explica… Bien, a lo que iba. Carlos acudió a los pocos días en compañía de Carmen -¡imagínate!- y se la presentó a Marita como lo que era, es decir, la joven de cuyo compromiso le había hablado y que ahora se había convertido en su mujer. No quiero ni pensar en la terrible decepción de mi prima, pues ella debió imaginar que Carlos había vuelto a España principalmente por ella. La entrevista a tres quedó bruscamente interrumpida por un vahído de Marita, que forzó la presencia de sus padres y la conclusión incontinenti de la visita. Carlos se despidió farfullando buenos deseos y propósitos de volver a los pocos días. Como es natural, lejos de ello, trasladó a toda prisa su matrícula a la Universidad de Zaragoza, con la aquiescencia de las Autoridades. Supongo que, de una manera u otra, Carmen habría comprendido los motivos de todo aquello. Desde luego, mis tíos los captaron tan pronto su hija les informó de que la joven acompañante de Carlos era su esposa. Imagino que el General maldeciría el momento en que franqueó las puertas de su casa a aquel cubano, que tan gran desengaño acababa de provocar a su amada primogénita.




4.      La pálida evidencia de la muerte



     Marita quedó deshecha. Durante unos días permaneció postrada, como ajena a cualquier necesidad, estímulo o consuelo. Apenas aceptaba la presencia a su lado de Lucía, la hermana menor, y de su prima, conocedoras de la ruptura con Carlos, pero todavía no del estado de gestación de la dolorida joven. Comprendiendo que esta anhelaba soledad y que podría venirle bien como lenitivo el contacto con la naturaleza, Jacinta se ofreció a pasar unos días con ella en La Galana, la finca de sus arrobos de antaño (tan lejano le parecía ya lo acaecido pocos meses antes). Mi narradora lo contaba más o menos así:


-          Una vez en aquella propiedad, Marita pareció recuperarse bastante. Dábamos largos paseos, ponía cierto interés en la charla intranscendente con los guardeses y respondía con un asomo de ilusión a los planes que yo le proponía, con vistas a rehacer su vida. Mas una tarde en que había venido a acompañarnos su hermana Lucía, encareció lo caluroso de la jornada y le pidió que la acompañara a darse un baño en el cercano río. Ambas eran buenas nadadoras, cualidad de la que yo siempre he carecido, hasta el punto de que solían burlarse de mi miedo al agua. Consiguientemente, despedí a mis primas, con el ruego de que no se demorasen mucho, y me quedé en la casa con una labor de macramé. Estaba a punto de producirse el segundo momento terrible de los que te he hablado, el más funesto y horrendo de todos.


     De las circunstancias de aquel instante solo Lucía pudo dar razón y eso de manera dubitativa y fragmentaria. Estaba claro que las dos hermanas se habían desvestido y entrado en el río, nadando sin contratiempos. Al cabo de un rato, Lucía, cansada y destemplada, ganó la orilla, se secó y vistiose. Por el contrario, Marita continuó el baño, alejándose de su hermana hasta perderla de vista. Pasó una media hora y Lucía, preocupada, empezó a llamarla, recorriendo arriba y abajo la ribera. Al fin, como otra media hora después, apareció Marita, ganando penosamente la margen, y se desmayó apenas estuvo en tierra. Lucía trató inútilmente de reanimarla y luego, dejándola desnuda, corrió desalada el no corto sendero que llevaba hasta La Galana, pidiendo auxilio infructuosamente. Cuando el guardés y Jacinta llegaron hasta Marita, esta había recobrado la conciencia y se había medio vestido. Estaba empapada, lívida y respiraba fatigosamente. En fin, ya se sabe el desenlace: A la noche entró en un estado de fiebre alta y de delirio y, a pesar de todos los cuidados de los médicos, se fue apagando y falleció tres días después.


-          ¿Qué opinas tú de lo sucedido?, pregunté a mi interlocutora. Esta me devolvió el interrogante.

-          Con todo lo que ya sabes, ¿qué podrías pensar? … Pues claro, lo que pensaron mis tíos y todos cuantos sabíamos de su tremendo desengaño amoroso. Lo que, a fin de cuentas, no dejó de creer Carlos, como ha dejado reflejado en la dolorida niebla de sus poemas. Marita era una nadadora excelente; conocía el río y las limitaciones de su estado. Yo creo que se dejó llevar por la corriente con ánimo de suicidarse, volviendo de su resolución cuando ya era demasiado tarde…

-          … O cuando comprendió que su muerte era inexorable y no merecía la pena acelerarla, llevando la vergüenza a sus padres y la deshonra espiritual a ella misma.

-          Me parece demasiado sofisticado. Claro que, en esa misma línea un poco rebuscada, yo aventuro una sugerencia poco probable, pero no imposible: Que, en el último momento e infructuosamente, hubiera cambiado la decisión, tratando de conservar la vida del hijo que esperaba.

-          ¡Uf!, me parece que vas muy lejos. A fin de cuentas, aunque entre sospechas y bochornos, el General y su esposa sostuvieron durante toda su vida que a su hija le había sentado mal el baño y que había muerto de una neumonía. Para nada aludieron a un embarazo.

-          Sí, ya sé que eso es lo que certificaron los médicos y no dudo de que tendrían razón, pero tampoco de que pasaron piadosamente por alto el estado gestante de Marita, que tanto pudo influir en su voluntad, como en su salud. No olvides que yo estaba allí y pude ver y escuchar ciertas cosas que no dejaban lugar a dudas.


     Jacinta calló y comprendí que nada podría sonsacarla sobre lo visto y oído por ella en aquellos días tan lejanos. Opté, pues, por llevar el relato hacia otros derroteros:


-          Me decías que había habido tres momentos terribles. ¿Cuál fue el tercero?

-          Al lado del segundo, el tercero palidece y hasta puede resultar trivial, pero tiene para mí un motivo de ser doloroso e inolvidable: que en él me toco ser protagonista.



5.      La llamada de la tumba





-          Llegó el invierno –prosiguió Jacinta- y, con él, la primera capa de polvo del olvido sobre el féretro de Marita. Aquellas Navidades fueron aún de luto en mi casa, sin aguinaldos, visitas de Pascua ni Misa del Gallo. Al comenzar el año setenta y ocho, me llegó de manos de un propio la misiva que dio principio a ese tercer momento terrible del que te hablo. Eran apenas unas líneas, pero la firma al pie me produjo una profundísima alteración. Entre disculpas y protestas de gratitud eterna, más o menos se decía: Me he enterado del triste fin de María y, dejándolo todo, he venido hasta Castellar para rendirle mi último tributo de amor. Te suplico me acompañes al cementerio pues desconozco la ubicación de la tumba y necesito en este trance una mano amiga que evite que cometa algún disparate. Solo puedo contar contigo a tales propósitos, etc., etc. Y firmaba Carlos.

-          ¡Vaya sorpresa… y qué desfachatez! Supongo que para ti sería muy difícil tomar una decisión.

-          Y tanto. Despedí sin respuesta al mensajero y pasé dando vueltas toda la noche, entre la indignación y la piedad. Finalmente, resolví actuar como me figuraba lo habría hecho Marita de haber podido volver a este mundo. Me levanté muy temprano, oí Misa y manifesté a mi madre el propósito de ir a rezar a la tumba de mi prima, con el pretexto de que se cumplían ese día cuatro meses de su muerte. Rechacé su ofrecimiento de acompañarme, pretextando lo gélido de aquella mañana. Seguidamente, me presenté en la fonda donde se alojaba Carlos y reclamé su presencia. Te juro que, de no haberse encontrado en la casa, me habría vuelto a la mía, sin darle otra oportunidad. Pero no, el infame  –como lo nombraba mi tía- pareció que me esperaba y apareció al punto, perfectamente vestido para la ocasión. Me saludó con muestras de afecto y agradecimiento, como si no hubiera pasado nada, y se adelantó a la Plaza para alquilar un coche. En él nos desplazamos hasta el camposanto, aprovechando yo la niebla y el helor para embozarme y tratar de pasar inadvertida.

En el trayecto, Carlos me hizo algunas preguntas, de las que colegí que tenía o aparentaba ignorancia sobre los detalles de la muerte de Marita. Apenas le respondí, más allá de que se había bañado en el río y contraído acto seguido una pulmonía mortal. Él puso mucho interés en asegurarme que estaba destrozado, hasta el punto de no poder concentrarse en sus estudios y no haberse presentado a ciertos exámenes  importantes. También afirmó que su visita a Castellar era en contra de la opinión de su mujer, a la que había dejado en Zaragoza sola y muy enfadada. Andando el tiempo, cuando se ha ido conociendo la tempestuosa relación ulterior entre él y su esposa, he dado en pensar que aquella visita fúnebre pudo ser el comienzo de sus desavenencias.

¡Qué diré de su actitud en el cementerio! Como sabes, mi prima está sepultada en el panteón familiar, historiado y ostentoso, como corresponde a la época romántica en que fue erigido. Estaba cerrado con llave, de la que ni los sepultureros ni yo disponíamos. Hubo de permanecer a la puerta, agarrado a las rejas, taladrando con la mirada el cristal y la oscuridad interior, tratando de percibir la tumba de Marita, cuya situación yo le indicaba. Por conmiseración, hice de guía, describiéndole los pormenores de la lápida, su epitafio y ciertos detalles de aquel entierro, que solo por referencias conocí. Lejos de su presagio de cometer un disparate, su actitud fue en todo momento digna y mesurada. Rezó, lloró en silencio y concluyó estampando un beso en la cadena que cerraba la pequeña capilla fúnebre. Salimos en silencio del recinto y, a su puerta, me despidió, con el ruego de que regresara sola en el coche de punto, mientras él desandaba a pie el largo Camino del Cementerio. No lo volvimos a ver por esta ciudad.

Años más tarde, el tal Carlos, convertido en un literato y un revolucionario, con muchos desengaños políticos y matrimoniales a sus espaldas, transcribió en poesías y narraciones esos recuerdos de juventud, que yo viví o conocí. En sus escritos reconoce su parte de responsabilidad en el funesto fin de la Niña de Castellar y, con mayor o menor sinceridad, lamenta haber sido tan cumplidor con su esposa y tan esquivo con aquella. La verdad es que yo me fío muy poco de lo que tan lamentosamente declama.

-          Entonces, no crees que el sentimiento de culpa y las desilusiones sean ciertos…

-          Cuando menos, muy exagerados; cosméticos y afeites de poeta que escribe para su público. ¿No has leído cómo presenta él la visita a la tumba de Marita, que acabo de contarte? Pues nada menos que como si hubiese asistido al entierro y la hubiese despedido en soledad, con un apasionado abrazo bajo la misma bóveda del panteón. Es el colmo, pretende haber sido el primero en amor y en sacrificio, y el último en abandonarla y cubrirla de besos y lágrimas. Ya ves, tan fiel a sus compromisos e ideales y tan poco para con el auténtico amor y la verdad.


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     Para Jacinta, la historia de Carlos Martín terminaba aquí y así. Es comprensible, dada su relación con ella. Pero yo, mucho más joven y objetiva, no puedo menos de recordar que el patriota, todavía joven, fue a morir en una absurda escaramuza bélica, en la que nunca debió haber estado. ¿Fue por pura tozudez o, a su vez, entregó la vida porque la muerte había llegado a resultarle menos penosa o más gratificadora? Una vez más, la perplejidad ante lo sucedido impide, como en el caso de Marita, llegar a conclusiones sólidas, que yo me atrevo a sustituir por una moraleja que Jacinta encontraba acertada: Cómo lo aparentemente bueno (ser fiel a la prometida esposa y a la llamada de la Patria en armas) se convierte en dañino, si falta la coherencia o se lleva hasta el extremo. Carlos sacrificó a María por fidelidad a Carmen y acabó por perder a esta, por fidelidad a Cuba. ¡Cuánta gloria al final! ¡Y cuánto dolor en el camino!