sábado, 21 de junio de 2014

CUANDO TODO DECLINA




Cuando todo declina



Por Federico Bello Landrove

 

In memoriam Constance Ockelman

 

 

     Un viejo y desmemoriado policía recuerda –o imagina-, al compás de viejas melodías que resuenan en su casa vacía. Una y otra vez, llegan hasta su dormitorio los ecos de pasos, que no es capaz de reconocer ni de rechazar. ¿Cuánto hay en esta historia, estremecida y sincopada, de representado o de vivido? Él no sabría decirlo, pero sus lectores pueden tener una idea, si reflexionan acerca de la dedicatoria que lo encabeza.

 

 


 

1.  En la soledad de la noche



     Siempre he pecado de lo mismo: actuar de día y pensar de noche. Y ahora, con lo que me advirtió el médico el mes pasado, vivo en una perpetua comezón memorística. ¿Cómo se llamaba aquél que...? ¿De quién es esa cara que se proyecta en la pantalla de mis párpados cerrados? ¿Quién era la protagonista de la película que vi...?  Es inútil. Me revuelvo furioso en la cama, hasta que la ropa es un rebujo; fuerzo el bostezo para provocar las lágrimas, que me traen nostalgia y autocompasión. Así que se me irán borrando los recuerdos, los rostros, las vivencias. Bueno, no muy aprisa. Además, como usted se ha mantenido tan activo hasta hace bien poco... Ya empezamos: la vecina de arriba vaciando la cisterna a las tantas; el rorro de los de al lado, segunda generación que me toca criar, con el berrinche nocturno. Menos mal que vivo solo y en casa grande. Andando, con el reloj y la linterna, a la cama de matrimonio de mis difuntos padres. ¡Cielos, algún desgraciado ha sacado el perro a ladrar al parque, a las tres de la madrugada!

 

     ¡Quién tuviera ahora la llave para abrir el arca de los recuerdos e ir cogiéndolos, uno a uno, para colocarlos, bien ordenados, sobre la colcha, como hacía mi abuela con las prendas y preseas del baúl! Pero ya solo tengo sensaciones, estremecimientos, pasos perdidos, rumorosos, de puntillas, que me angustian hasta el amanecer. Una llave, como la de cristal de roca, que ella llevaba al cuello, colgada de un leve cordón dorado, que yo adivinaba me podía revelar el arcano de su pasado:

 

-          ¿Qué puedes abrir con una llave de cristal?

-          Es la clave del reino de las maravillas, pero no es aconsejable usarla, por si se rompe y te quedas fuera por los siglos de los siglos.

-          Toma y, si no la empleas, ¿qué adelantas?

-          Mantener el control y la esperanza. Al menos, podrás mirar por el ojo de la cerradura.

 

     Eso fue a poco de conocerla, cuando apenas sabía de qué hablar con ella. Mucho más tarde, supe que aquella llave era símbolo de sus tiempos gloriosos, donada quizá por algún admirador. Ella ya había entrado en aquel reino, ágil y pícara, casi una niña, hasta poder percatarse que, bajo el expositor de los tesoros, hervía un nido de víboras.

 

-          Pero, al fin y al cabo, entraste y viste de cerca el paraíso. Es algo que otros no podremos tener nunca.

-          Entré, sí, y me mordió la serpiente. Seguramente es que yo no era merecedora de gozar de los frutos de la gloria.

 

     Decía, con sonrisa de suave ironía, mientras con su mano de finísimos dedos acariciaba el cuarzo hasta hacerlo refulgir.

 

***

 

     Aquello debió de ser allá por el año de 1970. Decían que había tenido suerte al conseguir un destino tan bueno, nada más ingresar, pero yo no las tenía todas conmigo. Para un antequerano, recriado en San Roque, no tenía nada de grato aterrizar en una ciudad castellana, con aspecto de poblachón, fría de clima y gélida de carácter. Mi natural timidez había tenido que templarse, mal que bien, con la expeditiva decisión que se le supone a un policía de la secreta, como decían entonces. Así que le pregunté a Viqui:

 

-          ¿Te parece que vaya buscando piso en Castellar y nos casemos en primavera?

-          ¿Y qué se nos ha perdido tan lejos? Esperemos hasta que consigas plaza por aquí cerca.

-          Eso puede tardar varios años y no creo que ni tú ni yo estemos dispuestos a esperar tanto.

-          Habla por ti, Benito. Yo prefiero pensármelo mejor. ¡Nos conocemos tan poco todavía!

 

     Con la experiencia –y la distancia- que dan los años, ahora pienso que debimos dejarlo en aquel mismo momento. No estoy hecho para confiar y esperar. Y, además, ella tenía razón: no nos habíamos tratado lo suficiente. De hecho, lo comprobé muy pronto, al encargarle un envío por Interflora. Lo recuerdo bien. Era una de mis primeras jornadas de faena y me tocó vigilar la plaza de la Universidad. Junto a la Catedral, la tienda lucía los modestos colores del invierno, pero fue lo suficiente para atraerme.

 

-          Así que media docena de rosas. ¿De qué color le gustan a la destinataria?, preguntó la rubia empleada.

-          Pues no lo sé.

 

     Se quedó mirándome con sus ojos azules de aguas tranquilas. Solo entonces me fijé en la gorra de terciopelo verde con lazo, lánguidamente vencida de un lado.

 

-          Podría aconsejarle conforme al lenguaje de las flores pero, claro, a lo mejor tampoco está muy seguro de sus sentimientos…

-          Amarillas –resolví tajante-. ¿Hay problema con ese color?

-          Aquí, probablemente, pero Andalucía es otra cosa.

-          Desde luego, suspiré. Allí ya es casi primavera.

 

     ¿Qué demonios me impulsaría a decidir un color tan ictérico? Entonces llegué a pensar que era la influencia de mi respetado García Márquez, cuyo Cien años de soledad llevaba bajo el brazo, con el pretexto de pasar más desapercibido entre los estudiantes levantiscos. Ahora, mientras me desespero con los ladridos nocturnos, imagino que algo tendría que ver también en ello el color pajizo de los cabellos de Connie.

 

***

 

     Puedes llamarme Connie… ¿O fui yo quien tuvo la idea? Mi padre era aduanero del Campo de Gibraltar y yo, de forma casi insensible, llegué a dominar aquel inglés de acarreo, con acento gaditano, que los llanitos alternaban con un español pobre en gramática. Ella era Constanza, Constanza Almaguer, a juzgar por las señas de las pocas cartas que recibía y por las facturas que el hotel le pasaba formalmente, cuando se retrasaba demasiado en el pago. Es verdad que suavizaba las erres y que, a veces, buscaba morosamente la palabra justa. Pienso yo que simulaba la dificultad con el idioma. ¿O no? Era tan celosa de su pasado...

 

-          Llegué aquí huyendo de un marido violento, bebedor y tuerto. Así que comprenderás que no entre en detalles.

-          ¿No tuvisteis hijos?

-          Por supuesto, galán, soy muy femenina. Maternal, lo que se dice una madraza, en absoluto. Estaba tan ocupada fuera de casa… En fin, ahora ya son mayores y no tenemos mucho contacto. Lo pasado, pasado está.

 

     Las manos de Constanza. Menudita y ajada, pocos eran ya los restos de su antiguo esplendor, si es que un día lo hubo; pero las manos… Blancas, finas, transparentes, y aquellos dedos largos y ondulantes, sin huella apenas de nudosidad. Yo las miraba, admirativo, incansable, hasta que ella las posaba sobre las mías, para que las contemplara a mi sabor. Estaban siempre muy frías, manos de hielo, de hada del norte –le recitaba- y ella apretaba fuertemente mis palmas, como queriendo sorber mi cálida juventud. ¿Cuántos años tendría, cuarenta, cincuenta tal vez? Podría haber sido mi madre. Pero no. Nunca entonces pensé algo parecido. Tan independiente, tan sincera, tan optimista. Algunas tardes, en el buen tiempo, la recogía al cumplir su horario de florista y nos sentábamos en los jardines de Santa Cruz, entre escolares juguetones y palomas atrevidas. Estoy agotada –decía-; todo el día de pie, sin parar un momento. Agradezco las malas jornadas de clientela esquiva. Pero esto va a cambiar, va a cambiar muy pronto. Y hacía planes, entretejiendo su pasado ilustre y un futuro incierto, para el que hacía como si me pidiera consejo:

 

-          Verás, mi salud no es muy buena, que digamos, pero la gente me conoce y tengo experiencia y cualidades. Podría montar mi propia tienda. De flores, no, que ya estoy harta de riegos y pinchazos. ¿Querrás creer que, antes de la floristería, estuve confeccionando flores de fieltro? Servían de adorno para perchas de lencería y ropa infantil. Tengo muy buen gusto para los colores, ¿sabes? ¡Eso!, una casa de prendas íntimas, y complementos, y algo de perfumería.

 

     Y yo me dejaba hipnotizar por los arabescos de sus manos y adormecer con el ronroneo de su voz cálida y suavemente áspera, olvidando su ropa ajada, el pelo sin gracia, las bolsas bajo sus ojos, los excesos con la bebida. Luego, me despertaba del ensueño, con el frío de su mano sobre la mía, a punto para escuchar el inevitable final de su parloteo:

 

-          … Claro que tengo que cambiar algunas cosas. Cuidarme un poco más, alquilar un pisito en el centro, escribir a algunos amigos influyentes…

 

     Un día debió sorprender en mi mirada, invariablemente cansada o irónica, un toque de verdadera compasión. Me pagó con palabras que todavía recuerdo a la letra, tantos años después:

 

-          Aunque amigo, lo que se dice amigo, tú eres el mejor.

-          Anda, Connie, vámonos para el hotel, que está levantándose relente.

 

     Ahora, solo ahora, me estremezco por dentro. ¿Cuántas contestaciones, sinceras, poéticas, apasionadas he imaginado a su frase, que de momento corté en agraz? Buscando el sueño, me cobijo entre las sábanas de una cama grande y vacía. Como con ella, antaño, me estremece el frío, antes de recibir el premio de una dulce y compartida templanza.

 

 
2.  El paladín de la dama

 
 




     El Hotel. Me cuesta trabajo honrarle con la mayúscula. Levantado en tiempos de la República, el golpe militar llegó a tiempo de bautizarle con un nombre imperial, del que no quiero acordarme. Ocultaba su modesta alzada en una calle céntrica, de heroico rótulo, a la sombra de una iglesia con ínfulas góticas, que parecía amenazar constantemente con caer sobre él y hacerle trizas. De su pasado esplendor, guardaba un comedor notable, guarnecido con vitrinas y aparadores de nervios emplomados e historiadas molduras. Las arañas brillaban, cuanto la capa de polvo les permitía, y los pesados cortinones de terciopelo granate me recordaban el salón de baile del casino de La Línea. Decían que se comía bien allí, pero los camareros de librea me repelen, por no hablar de los precios. Aprovechando mi conocimiento del lugar y sus servidores, estuve allí yantando una sola vez, cuando Viqui y sus padres vinieron a la descubierta para acabar con nuestras relaciones. Estos eran amigos de mi familia y yo los consideraba porción entrañable de ella.

 

-          Beni –me dijo la madre, en un aparte-, yo creo que habéis confundido la intimidad y afecto de amigos con el amor y el sacrificio que el matrimonio exige. Eres un gran muchacho y mi hija no quiere hacerte daño: Por eso te dará largas con lo de por ahora; más adelante; quién sabe si… Pamplinas, a buen entendedor…

 

     Siempre le estaré agradecido a la señora por su franqueza, aunque no me confesara que su hija ya estaba saliendo con un farmacéutico de Málaga, cosa que supe poco después por mis padres. Nunca volví a entrar en aquel comedor. Cuando pasaba junto a él, miraba de soslayo los pesados cortinajes y me figuraba que, tras ellos, espiaba el boticario de marras, con una sonrisa sarcástica.

 

     Afortunadamente, el hotel tenía un gran salón polivalente, de amplios y diáfanos ventanales a la calle, que servía de bufé, cafetería y hasta salón de apresuradas lecturas. Una mínima barra en forma de ese, de madera color caoba, parecía el sinuoso contorno de una isla etílica, cuya tentadora promesa reposaba en anaqueles de luz y cristal, duplicados por un gran espejo, de contorno esmerilado y leves faltas de azogue.

 

     Una o dos veces por semana, Constanza suplía al camarero titular, por descanso o accidente. Era digno de ver cómo se transformaba, y no solo por fuera. Daba volumen y libertad a su cabello de media melena, con una graciosa onda hacia el ojo derecho. La capa de maquillaje y el discreto carmín de los labios infundían vida en aquella piel alba, que el neón habría convertido, de otro modo, en fantasmal. Las arrugas eran sabiamente ocultadas por el ceñido cuello alto del jersey negro que, con falda tubo del mismo color, constituían su discreto uniforme. En el tiempo frío, sobre el pulóver, la leve trama de una rebeca de encaje blanco remataba su indumentaria, con mucho menos abrigo que coquetería. Y, siempre a la mano, los impertinentes de plata, que solo usaba para comprobar las minúsculas cifras de los tiques de caja.

 

-          Pero, ¿qué demonios?..., pregunté a Severino, el recepcionista de noche, la primera vez que la vi de reina del ambigú.

-           Y qué quiere: apurado te veas. Se siente importante pues cree que los clientes se acuerdan de ella y la estiman. En el fondo es que anda tan alcanzada, que se le ocurrió al patrón. A cambio, le perdona el alquiler de una semana. Claro que hay que ir con ella muy cuidadosamente.

-          No me diga que sisa.

-          ¡Qué va! En eso es muy mirada. Con decir que ni siquiera se queda con las propinas… El problema es que se convierta en la mejor clienta del bar. Más de una vez la han sorprendido llevándose alguna botella a su habitación.

-          No creí que las cosas llegaran a tanto. Así que por eso…

-          Ciertamente. Ella aguanta mucho. Ya sabe, la costumbre; pero está hecha polvo por dentro: el hígado, los riñones… Hemos…, bueno, han tenido que ingresarla más de una vez. ¡Qué lástima! Quienes la conocieron de joven cuentan y no acaban.

 

     Estabas guapísima anoche, le solté a la mañana siguiente, tras buscar nuestra coincidencia en el desayuno. Se puso roja y me agradeció el cumplido, a su modo:

 

-          ¿Verdad que sí? Lo cierto es que disfruto mucho, charlando con la gente bien y ayudando a los del hotel de vez en cuando.

-          Solo te suplico una cosa, Connie. Disfruta, sí, pero no demasiado.

 

     Entendió perfectamente lo que quería decirle y, por toda respuesta, extendió sus brazos hacia mí, menudos, rígidos, sin asomo de temblores. Le pasé la jarra del café, para disimular ante los circunstantes. Luego, nos quedamos en silencio, mirando al unísono hacia los ventanales. El enlosado estaba mojado y la mole blanca de Santiago parecía más ominosa que nunca.

 

-          Hay algo de este hotel a lo que no me acostumbraré jamás –me dijo-. Lo pasé tan mal de niña en un sitio parecido, que detesto su cercanía… Un día, me expulsaron del colegio de monjas; ahora, de tan cerca que me tienen, parecen querer engullirme.

 

***

 

     Ya estoy completamente desvelado y solo los rosados dedos de la Aurora podrán cerrar mis párpados y hacerme descabezar un sueño por agotamiento. Pero, ¿por dónde estábamos? ¡Ah, sí! El famoso hotel. ¿Qué le hizo a Constanza suplicar, hasta convertirme en huésped del mismo establecimiento y empeñarse luego en que ocupase una habitación frente por frente con la suya?

 

      Estaba yo tan tranquilo en una pensión junto al Gran Teatro, a tiro de piedra de la Comisaría. No era mi ideal, pero había que buscar bien un piso de alquiler y ahorrar para los muebles. Ya saben, era mi época de Nuestra Señora de la Victoria. Luego…

 

-          ¡Uf!, no sabes lo difícil de los alquileres, con tantos estudiantes. ¡Y los muebles! Eso, para que, según me cuentas, puedan trasladarte en cualquier momento por necesidades del servicio. ¿Por qué no haces lo que yo? Un poco más caro, pero te lo dan todo hecho, como a una señora.

 

     Me complació y desagradó, a un tiempo, el entremetimiento. ¿Sería que yo le interesaba? Sin duda, era un poco mayorcita, pero a uno sin mundo siempre le gusta agradar. Para cuando di con el verdadero motivo, me había convertido ya en un fijo, es decir, uno de los huéspedes del hotel que vivían allí establemente, pagando por meses una cantidad moderada, en comparación con los visitantes ocasionales. Éramos como una docena, entre ellos Connie, pero me desmarqué del conjunto, poniendo mis condiciones:

 

-          Estoy sujeto a horarios varios y a emergencias constantes. Ya sabe, exigencias de mi profesión. Me conformo con alojamiento y desayuno.

-          Veremos qué puede hacerse. Aquí tenemos en mucha consideración a los señores de la Policía.

 

     ¡Qué tiempos aquellos, en que un funcionario era alguien, aunque para ello tuviese que llevar pistola! Porque el arma, por lo visto, era esencial; también para Constanza:

 

-          Beni, tú llevas siempre pistola, ¿no es cierto?

-          Pues no. Tenemos ordenado dejarla en la Comisaría cuando acabamos el servicio.

-          Entonces, por la noche, no…

 

     Percibí que algo la inquietaba y le conté una patraña.

 

-          Te lo confesaré. Yo tampoco estoy muy tranquilo yendo desarmado y guardo en el armario un pequeño revólver, que compré en Gibraltar hace años. Por mi profesión, puedo temer algún atentado, pero tú, ¿qué narices puede temer una florista?

 

     Me dejó patidifuso. Según ella, estando de veraneo en sus buenos tiempos, se había percatado de que la seguían. Hizo averiguaciones, contrató a un detective privado y, finalmente, dio con la respuesta. ¡La estaba siguiendo el F.B.I.!

 

-          Mujer, me resulta difícil de creer.  Que fuese alguien de los nuestros, pase, pero los federales americanos… ¿Fue antes o después de los tratados de 1953?

-          ¡Y yo qué sé! No me acuerdo, después de tantos años. El caso es que entonces era muy conocida y, según decían, mi influencia no era buena para las chicas del montón.

-          En fin –suspiré-, ¿qué quieres que haga? ¿Montar guardia armada junto a tu puerta?

-          Bastará con una discreta vigilancia, antes de irnos a dormir. Si necesito algo durante la noche, te llamaré por el teléfono interior o con cuatro golpes secos en la puerta. Tú ten el arma a punto.

-          Por supuesto, bajo la almohada. Por tu parte, procura no equivocarte de habitación. Sería muy embarazoso.

-          ¿Por quién me tomas?, protestó. De parecerse a algo mi vida, es a un film de cine negro, no a una comedia de Lubitsch.

 

 

***

 

     ¿Qué oscuros secretos guardaba Constanza en su mente? Como ahora mis memorias, brotaban, se mezclaban y desaparecían, en tal confusión, que era inútil buscar el hilo de Ariadna. Solo una cosa parecía tener clara: siempre había una explicación exótica, una disculpa plausible, una culpa ajena. Su infancia era recordada como penosa. Huérfana de padre a los nueve años, había ido de internado en internado, con experiencias traumáticas y muy escasa formación intelectual. El segundo matrimonio de la madre, convirtió las relaciones entre ellas en un infierno, a causa de los celos enfermizos que doña Constanza experimentaba, al notar cómo su adolescente y hermosa hija se alejaba de ella e intimaba con el amable padrastro, viejo amigo de la familia. El brillo rutilante de su vida en el espectáculo había sido un mero oropel de desprecios y desencuentros, que ella –demasiado joven- había tratado de paliar con un matrimonio de conveniencia, embarazos apenas deseados y grandes dosis de alcohol. La fama había durado no mucho y el dinero, menos aún. Y ahí estaba ante mí, inocente y experta, niña otoñal, provinciana cosmopolita, acogedora y distante, desabrida y delicada.

 

-          Pero contigo soy siempre la misma, ¿no es cierto? Me haces sentir tan a gusto.

-          Nada de eso, Connie: si fueses siempre igual, resultarías muy aburrida. Eres…, no sé cómo decirlo, eres…

-          Como el Doctor Jeckill y Mister Hyde, completó, echándose a reír.

-          Como el concierto para oboe de Bellini. ¿Quieres venir a mi cuarto a escucharlo?

 

     Curiosa, se dejó llevar de la mano hasta sentarse en la única butaca del modesto dormitorio. Seleccioné el disco prometido, cuya funda posé en sus manos y del tocadiscos surgieron los primeros acordes del maestoso. Fijó sus ojos en la colcha de la cama y no los levantó en los casi diez minutos que dura la pieza. No dijo nada, hasta que fui a retirar el disco de la platina.

 

-          ¿Me ves así realmente?, preguntó.

-          Tal cual, Constanza. Mudabilísima y única. ¿Qué sería un brillante si no tuviera decenas de facetas?

 

     ¡Claro que exageraba, pero están entre las palabras que me siento más orgulloso de haber pronunciado jamás! Y no cayeron en saco roto. Una noche soñé con Constanza. Estaba en una habitación como la mía de entonces, solo que con ventanas enrejadas y una enfermera de rostro adusto. Debía ser la enésima visita de mi amiga a una clínica de reposo, tal vez aquella de la que ya no volvió más. Y sonaba el larghetto cantabile, que ella seguía con sus manos de cisne. No estoy esquizofrénica –susurraba-, es solo que soy un brillante.

 

 

3.  El aprendizaje de un policía
 

 

     ¿Qué teníamos en común, Constanza y yo, para hacer tan buenas migas? ¡Ah, querido, los pequeños detalles! Si yo te contara...

 

     ¡Qué razón tenía! El amor por las flores; una voz cálida, vagamente gutural; los paseos entre la niebla, aquel tremendo invierno de la cencellada... Eso que resultas un poco alto para mí…  Y me contaba aquella manida historia de dos artistas, unidos por su breve estatura y su cabello rizado, color de lino. Nunca he logrado compartir las grandes cosas –decía-, guerra, política, cultura. Eso lo llevamos dentro, nos grita, nos posee, nos quiere con exclusividad. Solo se puede compartir lo pequeño.

 

-          Pequeño, según se mire.

-          Cierto, Beni. Pero, si algún día me pongo solemne, dame unos buenos azotes.

 

There goes my only possession,

There goes my everything[1]

 

     Una y otra vez, esta balada me martillea las sienes y hasta acompaso a su ritmo equino mis pasos por el corredor.

 

Now the love that kept this whole heart beating

Has been shattered by the closing of the door[2]

 

     Todo fue uno. La ruptura de Viqui, la intimidad con Connie y aquellas inolvidables cintas musicales de Humperdinck o de Jones[3]. Nunca lo he apreciado mejor que en este caserón familiar, en que solo convivo con un canario, por aquello de no desahuciar a un inquilino de tiempos de mi madre. ¡Si hasta me parece oír los pasos que en el pasado fueron de mi amada y ahora son de la memoria que se me escapa, poco antes que la vida!

 

I hear footsteps slowly walking

As they gently walk across de lonely floor[4]

 

     Constanza tenía soluciones para todo, con tal que yo no sufriera:

 

-          Y tú, ¿escuchas las canciones o solo las oyes?

-          Explícate mejor, Connie.

-          It’s sad, so sad to watch love go bad /but a true love would not have gone wrong.[5]

-          ¡Eso es un sofisma! Además, soy yo quien ha quedado burlado, roto, vacío.

-          Pues tendrás que sacar fuerzas de esa flaqueza..., a no ser que te busques pronto una farmacéutica. ¿Quieres que te ayude yo en la curación?

 

     Era la monda. Me dejó en el corredor de nuestras habitaciones, con la palabra en la boca. Tan solo un guiño y una voz, baja y cálida que cantaba alejándose:

 

I’m just thankful for the good times we’ve had

For without them I could not go on[6]

 

     Y, contra su inveterada costumbre, dejó tras ella la puerta entreabierta.

 

***

 

     No me he tenido nunca por importante y, en cualquier caso, casi siempre ha sido más abultado mi debe que el haber. Aquellos dos años que pasé junto a Connie contraje con ella una deuda impagable, que solo mucho más tarde he llegado a apreciar. En aquel entonces, yo creía darle juventud, protección, buenos consejos. En el fondo, migajas de las sobras en el banquete de la vida. Ella agradecía, manteniéndose en un discreto segundo plano; eso sí, solo hasta que sus problemas o sus recuerdos la retornaban a sus pretéritas glorias o la hundían en el infierno de la depresión. Entonces reclamaba atención imperiosamente o se enroscaba como una gatita en busca de caricias. ¡Cuán bien se me ha dado siempre escuchar y qué mal demostrar cariño!

 

     Deseoso de dormir sin ruidos, había elegido yo una modesta habitación interior, que daba a un patio agobiante e irregular, que el hotel compartía con una casa aledaña. En cambio, Constanza disfrutaba, con la amable tolerancia de la dirección, de una cámara con balcón a la calle, frente por frente a uno de los cubos que enmarcaban la portada de los pies de la Iglesia. En aquella época, la calle aún tenía tráfico rodado, cuyo ruido multiplicaban los muros fronteros, elevados y pétreos. Siempre supuse que ello no perjudicaba el sueño de Connie, ayudado como lo estaba de alcohol y barbitúricos.

 

     En aquel recinto, desordenado y cálido, sobre la mesa que presidía un enmarcado cheque por cincuenta mil pesetas, donativo generoso y no cobrado de un amante compasivo, improvisábamos la merienda de los sábados, cuando el tiempo era inclemente y no teníamos otros compromisos. Luego, nos encaminábamos a alguna sala próxima, para la inexcusable película en sesión vermú. Ella me parecía una crítica muy sólida y bastante ácida de las cintas que veíamos, y acompañaba frecuentemente sus opiniones de anécdotas y reflexiones muy divertidas, camino de regreso al hotel. Su tema favorito era el de los excesos del amor y sus concomitancias con la desgracia y el delito. Tengo para mí que trataba de aprovechar mi desengaño amoroso y la dedicación profesional, para darme lecciones o ejemplos de provecho. Eso sí, lo hacía como si fuese ella la que se preguntara y reflexionase, dejando que su palabra calara en mi mente de manera suave, casi insensible.

 

-          Nunca olvidaré, Beni, la impresión que sufrí con lo de mi amiga Doris. Se había casado muy joven con el dependiente de una tienda de muebles, muy guapo, aunque algo perturbado por los traumas de nuestra guerra. La casualidad hizo que su principal, dueño de la fábrica de los muebles que él vendía, conociese en una fiesta social a mi amiga y –en fin- ella se dejó arrastrar por el vigor masculino y el patrimonio del jefe. Hasta aquí, nada que no suceda todos los días. Lo curioso es que el marido de Doris, enterado de todo, acabase cayendo en los brazos de una hermosa rubia que un día se pasó por la tienda para encargar un comedor.

-          Pues yo no veo la curiosidad por ninguna parte.

-          Espera, que me falta un dato importante por revelar. Aquella rubia era la esposa del dueño de la fábrica. Así que puedes figurarte…

-          Parejas cruzadas.

-          … El marido de Doris perdió el empleo, se separó de ella y marchó a otra ciudad. Mi amiga aceptó el papel de querida oficial, con piso y gastos pagos a cargo de su amante. Pero disfrutó por poco tiempo de un estado tan conveniente, pues un atracador entró de noche para robarla; ella se resistió y la estranguló.

-          ¡Caramba!  ¿Y qué fue de los de la fábrica de muebles?

-          También acabaron rompiendo. Me contaron que la rubia hizo lo indecible para encontrar a su amado, pero este no quiso complicarse la vida con ella. Tal vez, se sintiese un poco culpable por haber abandonado a Doris. En fin, querido, desde que supe todo esto, me hice un firme propósito.

-          El de vivir en un país que admita el divorcio, para acabar civilizadamente con estos enredos.

-          Eso ayudaría –sonrió-. Como también dar por sentado que podemos equivocarnos en la elección de pareja, o encontrar después otra mucho mejor. Es una realidad a abordar con armonía y tranquilidad, no por la violencia y la precipitación. ¿No crees?

 

***

 

     Mi primer caso importante –desde luego, a las órdenes de un comisario- fue el de un sicario que se había cargado, no a la persona escogida, sino a quien había venido haciéndole los encargos, mediante precio. Recuerdo que me había llamado la atención, no solo la identidad de la víctima, sino la rudeza con que el matón la había ejecutado, a martillazos. En fin, ahorremos detalles morbosos. Lo cierto es que siempre nos quedó la duda de si había sido una represalia por impago de servicios, o una venganza por alguna delación. La verdad es que no me importaban mucho los detalles: ni el ejecutor ni el capitalista asesinado disfrutaban de mi simpatía.

 

     Mi ocupación en investigar el asunto durante unas semanas debió dar lugar a que Connie me notase preocupado, o a que yo le contase algo sobre el caso. Su comentario me impactó:

 

-           Siempre me han llamado la atención los tipos que matan fríamente, por precio, no por odio. En los años del estraperlo supe de un sujeto así. Se llamaba Felipe y había sido boxeador. Hacía de guardaespaldas de un mafioso y usurero al que llamaban El Cuervo, dando por su cuenta palizas y hasta algo más. Mi padre lo conocía desde niño, pues eran del mismo barrio. Se había quedado sin padres durante la guerra y lo acogió un pariente, quien le hizo trabajar duramente en una carbonería, entre ignorancia y miseria. Un día, le pilló hurtándole unas monedas y lo molió a golpes. Felipe cogió una pala de acarrear carbón y le hizo una brecha en el cráneo. De allí pasó incontinente al tribunal de menores y, por tres años, a un reformatorio, con las consecuencias que te puedes figurar. Luego, el boxeo de mala muerte y el servicio a El  Cuervo. ¿Qué se podía esperar?

-          Sinceramente, Connie, que ese sujeto no hiciera a otros los mismos males que le habían hecho a él. No me convencen esos determinismos lacrimógenos.

-          Tal vez tengas razón pero yo, cada vez que veía a Felipe, recordaba lo que de su infancia había contado mi padre, y me hacía esta pregunta: ¿No podría remansarse la violencia ciega de este hombre, mediante el ejemplo y el cumplimiento de unas mínimas reglas del juego?  

 

     Después de uno de esos ejemplos, tan al hilo de mis casos, daba yo en pensar si aquellos eran verdaderos o inventados. No obstante, nunca le pedí a Connie que me sacara de dudas. Quizás, porque ya entonces pensaba que, en el amor y en el crimen, todo es posible y nada cierto.

 

     Todavía me viene a la cabeza la historia de Juanita Enríquez. En aquellos años finales del franquismo, no fueron infrecuentes los escándalos, con suicidios sospechosos y cadáveres en la ducha. Sin llegar a tanto, había habido en Castellar un tema de familia, entre un terrateniente podrido de millones y su yerno diputado en Cortes. Las relaciones del político con su acaudalada esposa pasaban por malos momentos, tanto por la discapacidad mental de su único hijo, como por la pasión que había incubado hacia una psicóloga infantil que atendía al niño, antítesis de la madre de este, por cultura, carácter y modestia de vida. No quiero dar más detalles, por aquello de la reserva profesional, pero sí diré que el asunto acabó con un sospechoso accidente de circulación, en que perdió la vida muy oportunamente la esposa del político, entre el escándalo y los más variados rumores. No obstante, el comisario actuó con la mayor indiferencia y circunspección:

 

-          Si nos metemos en medio, nos van a triturar como a trigo candeal. Así que quien se empeñe en que no ha sido un accidente, que lo investigue y nos lo demuestre.

-          Tal vez sea esa misión nuestra, repliqué titubeando.

-          De eso nada. Ya verás cómo todo se arregla por sí mismo.

 

     No le faltaba razón. Para empezar, el político perdió su carrera, su fortuna y su novia. Años después, me enteré desde Granada de que el exdiputado había fallecido en accidente de caza en una montería. La escopeta letal había sido disparada por el hermano de su difunta esposa. Me encogí de hombros y pensé: En otros tiempos, a ciertos políticos de embestida ciega los llamaban jabalíes; así que cabe la confusión.

 

     ¿Qué comentó Connie de este caso? Sinceramente, ya no me acuerdo, pero sí tengo grabadas estas palabras suyas, que pueden venir al pelo:

 

-          Beni, el amor es una planta que crece en cualquier parte, pero más valdría que no pudiera brotar en ciertos terrenos o en algunas personas.

 

 

***

 

     Los rayos del sol hieren al fin las ventanas y el canario gorjea convocándome a la cocina para el desayuno. Por el pasillo, en penumbra, aún creo ver una pequeña figura vestida de gris, con una gran dalia azul aplicada en la cintura. Agota sus pocas energías en sonreír y darme un último adiós, que ahora yo inevitablemente comparto: A pesar de todo –dice-, ha valido la pena.

 

     No es polvo de años lo que cubre mis recuerdos. Son las cenizas enamoradas de Connie.

 

 
 

      

 



[1]  En traducción algo libre: Allá va mi única posesión/allá va cuanto yo tenía.
[2]  Más o menos: Ahora el amor que hacía latir mi corazón/se ha destrozado al cerrar la puerta.
[3]  Obvia alusión a los famosos cantantes Engelbert Humperdinck y Tom Jones, que cuentan entre los mejores intérpretes de las canciones aludidas: Funny, familiar, forgotten feelings y There goes my everything.
[4] Algo así como: Oigo pasos caminando lentamente/mientras andan con suavidad por el piso solitario.
[5] Es triste, tan triste ver que un amor se vaya/pero un amor verdadero no habría salido mal.
[6]  Estoy agradecido a los buenos momentos que tuvimos/porque sin ellos no podría seguir adelante.

miércoles, 4 de junio de 2014

REGRESO AL PARAÍSO






Regreso al Paraíso


Por Federico Bello Landrove


     Estoy convencido de que el Paraíso existe: Basta con tener buen ojo y, si acaso, saltar la tapia que lo encierra. Claro, y aprovechar nuestra presencia en él –forzosamente temporal-, no nos vaya a pasar como a mi amigo David, que no supo gozar de su Eva, ni osó probar el fruto del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Menos mal que sí cató el del árbol de la Vida. Tal vez por todo ello, indiferente ante el ángel de la espada flamígera, se atrevió a volver, cosa que no suele ser recomendable. Esta es su historia, narrada confusamente por él mismo.



1.  La última morada


-          ¿Cómo no me avisaste de que estaba muy enferma? Me habría gustado mucho despedirme personalmente de ella...

-          Estamos tan lejos... Además, ella nunca quiso hacerte sufrir. De hecho, me dictó sus últimas cartas, alegres e intranscendentes, cuando ya ni podía sentarse al ordenador. Comete errores y algunas faltas –me decía-, no vaya a sospechar que eres tú la mecanógrafa.


     Yo, la verdad, no la creí. Habían sido muchos años de indiferencia y de silencio. Con todo, no dejaba de resultar coherente su relato, pues no era probable que aquella hermosa octogenaria pudiera haber fungido de corresponsal hasta el fin, entre dolores y diarreas. Di por buena su versión, coincidente con el mensaje que me remitió, tres meses atrás, sin una sola nota íntima o sentimental que lo personalizara:


     Lamento comunicarte que mi mamá falleció, día 21 del actual. Acompaño esquela, con los actos funerarios que se celebrarán ahí. Para más detalles, contacta con mi hermano.


-          ¿Está muy lejos el cementerio?

-          Vas a llevarte una desilusión. Dejó ordenado que la incinerásemos, como a papá. Es apenas un lucillo entre la hierba, junto a otros muchos casi iguales.

-          Me lo imagino. Los cementerios nuevos de España suelen ser así, cuando no se apila a los difuntos en columbarios. Resulta más acogedor.


     Tal vez no haya sido el epíteto adecuado, a juzgar por la sonrisa sarcástica con que lo recibe. Añade:


-          Si esperas a que termine mis clases, puedo acompañarte.

-          No, gracias, no te molestes. Además, no sé cómo decirlo, pero me gustaría estar a solas.

-          Como quieras. Pide un taxi y que te espere: No son caros. Quedamos a eso de la una para comer.

-          Iré un rato antes a buscarte en la Facultad. Me gustaría verte en tu ambiente.

-          No tiene nada de particular, pero es bonito el entorno. Dejaremos la visita para la tarde, después de la sobremesa.


     No ha manifestado mucha emoción, pero estoy seguro de haber acertado. Tiene un alto concepto de sí misma y nada mejor que su cátedra para manifestarse. Cuando me mandó por e-mail la oración fúnebre que leyó en el funeral de su padre, no pude menos que pensar: trata de la oradora, tanto o más que del finado. Claro que con la edad me he vuelo un crítico muy suspicaz. A fin de cuentas, ¿no es lógico desvelar datos y vivencias en ocasiones así, ante un auditorio que lo desconoce todo sobre su juventud? Justo lo contrario que yo, o eso me creo.


     Todavía sigo ensoñando, cuando oigo que la puerta se cierra y su figura maciza y erguida se aleja por el jardín, hacia la cerca. Me observo, todavía en bata y pijama, con el café a medio beber. Imagino el traje marengo, la corbata azul marino de lunares blancos, el alfiler dorado con circonita, que Rebeca tanto alababa: Qué elegante. Mi pobre padre tenía uno muy parecido. Cuando, después de fregar el servicio, emboco la escalera al piso superior, me acuerdo de que no le he pedido a Micol[1] el número del teletaxi. ¿Y la ubicación de la sepultura? Estoy lelo y ella, poco menos.


     Al entrar en mi dormitorio de circunstancias, observo una nota sobre la cómoda. Tiene todos los extremos precisos para la visita fúnebre. ¡Dios, y qué desconocida me resulta su letra! No es hermosa, pero sí regular y clara. Un buen símil para lo que yo pienso de ella.   


***


     Micol no le ha hecho justicia al camposanto. La carreterita sinuosa asciende con relativa brusquedad, hasta una despejada meseta, cuyo telón de fondo es de cielo y mar. En la cota más alta, una capilla enjalbegada mira con piadosa indiferencia las edificaciones, inferiores y rosadas, que constituyen el encristalado tanatorio. La luz de la mañana arranca destellos del mármol pulido o del bronce joven de las tumbas, horizontales, reposadas, que ya van buscando las sombras protectoras de úcares y ceibas.  Confuso y emocionado, reposo en uno de los bancos de forja, cuya albura deslumbra. Si seré torpe que, en media hora, no he sido capaz de encontrar la lápida deseada.  ¿Es un triste sino o la parábola de mi relación con Rebeca? Rebeca, Rebeca, siempre he llegado tarde a tu cita, como el planeta que pasa los evos orbitando en torno a su estrella sin abrasarse nunca en ella. Nacido tarde para amarte. Tardo en reconocerte como madre y modelo. Lánguido en caricias, flácido en ternura. Frío, en la mañana; al mediodía, esquivo; en el atardecer, lejano. Y sin embargo...


     Sin embargo, heme aquí, cuando de nada sirve, buscándote entre las flores, y en mi mente, y en el canto del jilguero posado en el maricao que me guarece del sol. ¡Qué me importa encontrar tus cenizas, tocar la lápida, leer los nombres añorados! Hasta dudo si debí haber venido, pues son otras calles y otros templos los que me avivan tu memoria. Tú abriste mi corazón y mis ojos a la vida y yo solo me ocupo de aparentar duelo y de rezar responsos.


-          Señor, ¿no ha encontrado la tumba que busca?, inquiere oficioso un empleado.


     Será por las rosas que, posadas junto a mí en el banco, ya han comenzado a llorar sus pétalos.


-          Solo estaba reposando un poco; ahora que, si fuese tan amable..., no acabo de orientarme.


     Me lleva casi de la mano hasta el lugar indicado. Se siente obligado a entretenerme en el camino:


-          Viene de lejos, ¿no es cierto? Claro, no me extraña que se sofoque un poco, con esa ropa tan elegante, pero inapropiada para nuestra tierra. Lo que menos pensaría usted es que, en octubre…


     Me deja solo. Soy animal de costumbres. Me santiguo y, entre dientes, bisbiseo el padrenuestro. De pronto, sonrío y me escucho recitando madre nuestra, que estás… En efecto, nuestra, el lazo de unión entre todos nosotros, el ama de la casa, la reina del Jardín, alfa de dolor y omega de vida. Pero ahora se ha ido y yo, angustiado, huérfano, no puedo aceptarlo.


     Dejo caer, una a una, sobre el mármol, las seis rosas rojas que –una vez más- me traen el recuerdo de presentes de visita, ritos de amor; gotas de sangre en aquella madrugada tan fría, también de octubre. Como impulsado por una fuerza invisible, me agacho y rozo la piedra con mi mano. Adiós, Rebeca; cuanto fuiste, aquí queda; cuanto hiciste, va conmigo.



2.  Aquel destartalado Paraíso



       ¡Hombre!, eso sí: ha tenido un detalle. Tan pronto se enteró de que paraba en un hotelito próximo, me censuró, tajante:


-          Ya estás cogiendo la maleta y viniéndote para casa. No consiento que ningún amigo ande por ahí de hospedaje, máxime, por la razón que aquí te trae.


     La verdad es que es una casa preciosa: grande, rodeada de jardín, alhajada con los muebles y recuerdos que trajeron de allá. Algo caduca, tal vez, que los chalés modernos no están hechos para perdurar. Claro que nada que ver con el caserón de la calle de Ferrari. Vamos, la cueva de Montesinos, como la llamaba Rebeca.


     Me echo a reír y, mientras se hace la hora de ir a buscar a Micol, me sirvo un zumo de lima de la nevera y, vaso en mano, recorro con despacio la casa vacía. No sé por qué –sí lo sé, en realidad-, me entretengo pasando la mano por el edredón aguamarina de su cama, alisando sus invisibles arrugas, y contemplo los retratos que salpican burós y veladores, colocándolos mentalmente en orden cronológico. ¡Cuarenta años me contemplan! ¿Habrá alguno de nuestra época? ¡Quia! La conocida foto de la mano de su mamá, que yo llamaba jocosamente la de los calcetines blancos. Luego, en un salto casi mortal, la de fin de carrera, de toga y severidad fingida, con esa muceta roja que puede decirse coloqué yo sobre sus hombros. ¿Y el caserón, y su madre esplendorosa, y la tienda familiar, y aquella panda de adolescentes que un día fuimos? Dormitarán en los álbumes de blanco y negro, que aquellas no eran épocas de cámaras digitales ni instantáneas retocables. Las de estudio, claro, para bodas y poco más. Por cierto, ¡qué frío, qué niebla, que oscura iglesia la de la suya!


     ¿Por qué me empeño en comparar la montesina Cueva con el Paraíso? Pues, está claro, porque para mí lo fue. A fin de cuentas, el Edén es la percha para colgar nuestros sueños, los más valiosos recuerdos, lo mejor que nosotros tuvimos. ¡Jesús, qué metáfora tan pobre, que definición más poco ambiciosa! Para mí, el perchero fue un destartalado caserón, habitado por viejos fantasmas de la guerra civil y voces amigas que se abrían a la vida. Yo –y no solo; nunca solo- alisé su pavimento con mi recién estrenada libertad. Purifiqué aquel aire mefítico con los sonidos armoniosos que han dado sentido a mi vida desde entonces. Colgué de sus balcones reposteros con mis emblemas de mente y de carácter. Y, sobre todo, empapelé sus paredes con el primer amor.


     Me descubro con el vaso de zumo junto a la cristalera, con la mirada perdida en las buganvillas del cenador. Empiezan a entristecerme los recuerdos, a marearme las preguntas sin respuesta. ¿Qué se hizo de tantos sueños y esperanzas? ¿Dónde estarán ahora los amigos que las compartíamos? ¿Por qué abandoné a Rebeca?  ¿Por qué perdí a Micol? Busca, David; busca un subterfugio, algún laberinto en que perder esos torvos pensamientos. ¿No has venido a rendir tributo a una reina muerta? Dejemos, pues, el pretérito pluscuamperfecto y, si acaso, busquemos algunas claves para el presente.


     Miro el reloj: mediodía. ¡Qué lento discurre el tiempo! Me da por pensar en que, en Ferrari, casi no había otros libros que los de texto: la biblioteca no se repuso del fuego y del expolio. En cambio, aquí..., aquí se nota la dedicación de la casera. Seguro que tiene ejemplares de todos los suyos, que nunca se dignó hacerme llegar, ni por reciprocidad siquiera. Veamos –y, si están repetidos, a lo mejor le afano alguno-.


***


     Muchos de léxico y preceptiva; cantidad de literatura iberoamericana; historia contemporánea de España -¡qué remedio!-; los clásicos; escultismo y gimnasia; su miajita de psicología… Si me dedicase a la inducción, seguro que algo sacaría en limpio, pero no estoy por la labor. Busco los suyos; empiezo a desesperarme; revuelvo y extraigo con menos cuidado del que sería menester. Ahora sí que el tiempo corre deprisa. ¿Los habrá escondido por si…? ¡Bah!, tonterías; los dedos se me vuelven huéspedes. A lo mejor los tiene… ¡Justo! Apilados cuidadosamente, nuevos como recién salidos de la imprenta, aparecen ante mis ojos tan pronto abro las puertas del cuerpo inferior. Los hay de todas las fechas, dentro de los últimos veinte años. Desecho los que me suenan a erudición y tomo algunas muestras de los que parecen literarios. Uno me llama particularmente la atención por su título. Pequeño y a la rústica, debe de tratarse de una edición de autor. Unos grabados a plumilla lo embellecen, pero la rúbrica es lo que me deslumbra: Eva sin Paraíso. ¡Mira tú por dónde! Con las vueltas que vengo dando a eso del Edén en las últimas horas. Así que de Micol a David, pasando por Carmen Conde[2]. ¡A ver si vamos a ser almas gemelas, después de todo!


     Veamos el índice. Se trata de relatos sueltos: el prólogo los explica y concatena. Lo leo por encima: Lo de siempre, la milonga feminista. Las mujeres sin voz y los hombres sin sentimientos. El Paraíso perdido y solo excepcionalmente recobrado. Vuelvo al catálogo de historias. ¡Cáspita! David, o lo vivo lejano. Resulta que, sin saberlo, ya soy conocido en el Caribe.


     Busco ese séptimo relato y devoro su contenido, con olor al mar de Alberti[3] y del océano que separa nuestras tierras. Soy tan narcisista que indago ante todo si salgo bien parado. Bueno…, no está mal para lo que con toda justicia pudo haber dicho de mí, aunque lo habría preferido escuchar cara a cara. Respiro aliviado y trato de encontrar lo personal, lo racional: los ques y los porqués. Es en vano; la envoltura de lo ficticio enmascara la realidad que yo querría tragarme en un instante, las respuestas a cuatro décadas de silencio. El reloj de péndola emite, solemnemente, una campanada. ¡Ya tenía que estar a las puertas de la Facultad!


     Me apropio del libro, ordeno precipitadamente los restantes y corro escaleras arriba para asperjarme con colonia y esconder mi botín bajo la almohada. Repito maquinalmente una ocurrencia que acabo de leer, mejor que la mía del perchero, desde luego: El Paraíso no es un lugar, sino una estrella fugaz.


     Al salir, me enredo los pies con la gata, a la que había olvidado casi tanto como ella a mí. Me viene a la mente un recuerdo que me hace reír, para sorpresa del taxista. Aquella Eva-Micol, cuando supongo que se sentía en el Edén, encareció tanto ante su novio la forma de ser de los gatos, que aquel aprendió a maullar con mucha propiedad en su obsequio.


-          Pero –el hermano de Micol retozaba de la risa, al contármelo mucho tiempo después- lo que verdaderamente se le daba bien era el ronroneo.


     Algo así como lo que yo hube de hacer cuando tuve delante a Micol, tras llegar con media hora de retraso; con más sinceridad seguramente que aquel simulacro gatuno que, la sacó del paraíso de la calle Ferrari y le destrozó la vida mientras ella se lo sufrió, y aún más allá.



3.  Del Bien y del Mal


     Verdaderamente, me lo ha puesto a tiro:


-          ¿No querías tanto conocerlo? Pues bien, he aquí mi paraíso.

-          ¿Solo tuyo? No sé si no andará por ahí Adán, escondido entre los ficus y los palmitos.


     Replica entre risas:


-          Seguro que te ha visto llegar y ha corrido a buscar las hojas de parra.


     Me había hecho una imagen del despacho por las referencias de Rebeca: amplio, despejado, ordenado hasta el esmero y con una llamativa frondosidad que forma dosel sobre la cátedra, extendiéndose en disminución con bromelias y dracenas. Grandes estores crema tamizan la violenta luz tropical, tornándola acogedora penumbra. Por entre las rendijas, se adivina el paseo ajardinado que acabamos de recorrer, tras dejar el coche en el aparcamiento de la biblioteca. En las paredes, diplomas y vistas castellanas. Sobre la gran mesa de despacho color caoba con tapa de cristal, una orquídea rosada y su retrato con toga e insignias de académica, de bastantes años atrás.


-          Lo he sacado del cajón en tu honor –bromea-. No me gustan las fotografías en un despacho oficial. Además, estorban.


     Me doy un respiro para acomodar las pupilas y memorizar los detalles. Micol posa las gafas, se repantiga en el sillón, frente a mí, y comenta:


-          He comido demasiado, tratando de hacerte los honores. Me parece que estás un tanto desganado.

-          Será el calor. No he traído ropa adecuada para la estación.

-          Pues estás teniendo suerte con el tiempo. Octubre suele ser el mes más lluvioso del año… Espero que tengas más apetito al cenar: Voy a hacerte tortilla de patata, con la receta de mi madre. Seguro que ella te la habría cocinado, si hubieses venido antes a verla.

-          Tienes razón. Debí visitarla mucho antes, pero…

-          A ella y a mi padre, que también te quería o, más propiamente, te admiraba: el Fenómeno, solía llamarte.

-          Lo sé y su sentimiento era correspondido, pero no sé cómo decirte, siempre en la tienda, tan volcado en el negocio, con aquellos horarios agotadores… No pude adquirir intimidad con él. No participaba de nuestras vivencias, o yo así lo entendía.

-          Sí. En cierto modo, papá hizo posible nuestro paraíso, pero quedó fuera de él.


     Me siento abatido y molesto. Fijo la mirada en la policromía de una maranta y dejo que sea Micol quien marque la derrota. Tras unos instantes, vuelve a la carga:


-          ¿Sabes, David, que llegué a sentirme celosa de mi madre? Me parecía ser el premio de consolación para ti y el patito feo ante todos.

-          Pues estabas completamente equivocada, al menos, en lo que a mí respecta. Y, si puedo jactarme de algo a tu respecto, es haber adivinado el cisne.

-          Eso lo sé y siempre procuré emularte y ser digna de tu valoración. Pero, en cuanto a tus sentimientos, nunca estuve segura. De ahí, mi rebeldía y el desapego final.

-          Seguramente haya sido culpa mía: manifestar cariño nunca ha sido mi fuerte. Y, luego, la torpeza e inconstancia de aquella temprana edad. En fin, lamento todo el daño que te hice y las tremendas consecuencias que vinieron después.

-          Ahí te equivocas. La rebeldía y el error fueron exclusivamente míos. Comí del Árbol del Bien y del Mal y escuché la voz artera de la serpiente. Tú te conformaste con el Árbol de la Vida, gracias a lo cual has podido seguir habitando en el Paraíso.

-          Eso creía yo –bromeé-, hasta que entré en este lujuriante despacho.

-          No lo tomes a guasa –sonrió Micol-. Al revés de lo que pensé de niña, ahora he llegado a sospechar si tu repentina y tardía dedicación a mi madre no habrá sido una forma de llegar, serpentinamente, a mi corazón.


     Un trueno gruñó en la lejanía y los goterones empezaron a tabletear en la cristalera. Nos miramos y, al unísono, alzámonos, dando por terminada la plática. Junto a la puerta, se hizo a un lado para dejarme pasar y cerrar con llave. Rocé su cabello con los labios y musité:


-          Me alegro de haber venido.

-          No cantes victoria, hasta haber probado mi arroz con dulce para el postre de esta noche.


***


     Con el paso de las horas,  voy perdiendo el dominio de la situación. El suave chismorreo con que Micol acompaña su ir y venir por la cocina se va convirtiendo en un monólogo. Las regletas luminosas y el foco directo sobre el hogar me traen las sombras de antaño, el recuerdo de un amor confesado entre fogones. Trajina incansable, habla sin parar, ríe con el timbre cantarín y un poco estridente que llevo clavado en la memoria. El golpeteo de la lluvia canta un dúo con el aceite en la sartén. Tengo la angustia asida de la garganta y el corazón enloquecido.


-          Micol, ¿te acuerdas de la vieja cocina de la calle Ferrari, donde…?

-          ¡Quita, por Dios, no me recuerdes aquel antro! ¿Cómo se te ocurriría declararte precisamente allí? Nunca he podido explicármelo.

-          Mujer, no querrías que lo hiciese en el salón, en familia. Así que aproveché que estabas preparando la merienda.

-          ¡Ah, pillín! La verdad es que, de entrada, pensé que venías a ayudarme con los bocadillos. Eras tan amable…

-          ¿Puedo ayudarte con la tortilla?, inquirí maliciosamente.

-          No te lo aconsejo. Podrías quemarte. Mejor pon la mesa. Ya está todo casi a punto.


     El acarreo de cubiertos y vajilla suaviza el efecto de la indirecta. En otro tiempo, habría bastado: ¡pues menuda timidez y amor propio tenía el chico! Ahora, mi acrisolada madurez aconseja un segundo intento:


-          En la Facultad hablaste de tus sospechas de que hubiese estado tratando de llegar a tu corazón, serpentinamente. ¿Y si yo te lo confesara de manera clara y apasionada?


     Micol me toma de la mano y, con una ternura que hasta ahora no le había llegado a conocer, enfatiza:


-           Diría que me has hecho el gran regalo de un cariño imperecedero… y que estás loco de remate. ¡A quién se le ocurriría, morando en el Paraíso, tirar los tejos a una mujer caduca que vive al otro lado del muro! ¡El Ángel percutiente[4] no lo permita!


     Debió notar mi desilusión pues agrega:


-          También yo estoy encantada de haber recordado y aclarado tantas cosas. A partir de ahora, aunque nos separen un océano y la muralla del Edén, seguro que encontraremos algún medio para comunicarnos. Y, en cualquier caso, siempre nos quedarán Ferrari y este encuentro.


     Conforme a una inveterada tradición, me empeño en fregar el servicio. Micol lo acata, risueña:


-          De acuerdo. Entre tanto, iré a abrirle la cama al señor.


***


-          ¿Y así se acaba la historia?, pregunto a David, en el camino de regreso del aeropuerto.

-          Ya sabes cómo es Micol, me responde. Parece que no ha pasado día por ella.

-          Explícate.


     En lugar de hacerlo, rebusca en el bolso de mano y me tiende un librito escrito por nuestra común amiga de los tiempos del Edén: el consabido Eva sin Paraíso.


-          Lee la dedicatoria, me indica.


     Obedezco: A Ignacio, de Tula.


-          ¿Qué te parece?, y me guiña el ojo.

-          Me parece que descubrió tu hurto y quiso probártelo de esta guisa. Por lo demás…

-          … Por lo demás, amigo, el mensaje es claro y la comparación, certera.

-          ¿No podrías ser un poco más explícito?

-          No puedo. Si Tula no ha querido serlo, no seré yo quien incumpla su designio[5].








    


    

  



[1]  Mi amigo David utilizó, por supuesto, un seudónimo para su heroína. Según me confesó más tarde, lo extrajo de la famosa novela El jardín de los Finzi-Contini (Giorgio Bassani, 1962). Yo lo encuentro muy apropiado, pero no esperen que les explique el porqué: Lean esa obra, que tenemos traducida al español desde 1963.
[2]  Sabido es que Carmen Conde (1907-1996) es autora de un famoso libro de poemas, titulado Mujer sin Edén (primera edición, 1947).
[3]  Rafael Alberti (1902-1999) escribió Retornos de lo vivo lejano, libro de poemas “del destierro”, publicado en Buenos Aires, en 1952.
[4]  Angelus percutiens, espíritu citado en múltiples documentos e inscripciones medievales y que, más que con el Guardián del Paraíso, parece tener que ver con el Ángel Exterminador del Libro del Éxodo.
[5]   He llegado a la conclusión de que se alude a la poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873) y a su amado Ignacio de Cepeda y Alcalde (1816-1906), de cuya relación da interesante y hermoso testimonio el epistolario de ella (quien era conocida entre sus íntimos por Tula), publicado en 1907, con el título de Autobiografía y Cartas.