sábado, 1 de febrero de 2014

KANT Y LA CIENCIA MODERNA: ¿REFUTADO O CORROBORADO?



KANT Y LA CIENCIA MODERNA: ¿REFUTADO O CORROBORADO?



“Zurück zu Kant”

(Otto Liebmann, 1865)


     Este ensayo, breve y sin pretensiones, parte de la pregunta que engloba en su título. La respuesta obliga a darse un paseo por muy diversas Ciencias (en especial, Física, Psicología y Biología), hasta llegar a una respuesta un tanto discutible: Para mí, doscientos y pico años de progreso científico avalan la conclusión de que Kant, en general, acertó.





I.                    KANT Y LA CIENCIA: LO QUE EL FILÓSOFO NO QUISO VER O NO PREVIÓ.


  • Kant tuvo una importante formación científica en su juventud[1], hasta el punto de no decidirse por la dedicación profesional a la Filosofía hasta una edad bien adulta[2]. Ya como profesor ordinario, impartió numerosos cursos y materias que tenían relación con lo que entonces y ahora se denominan “Ciencias”[3].
  • Su modelo de ciencia, para distinguir esta de otros conocimientos racionales, eran las Ciencias Exactas, es decir, estrictamente matematizables: las Matemáticas y la Física newtoniana[4]. En ellas encuentra dos notas que las definen y diferencian: la demostración y la experimentación[5]. Sin excluir del todo la intuición o el apriorismo, su método y su objeto marcan claras diferencias con todo aquello que queda más allá de la Ciencia, incluida la Metafísica en sentido estricto.
  • Ya en su época, tal reduccionismo de la Ciencia era miope e injusto. Poco tiempo después (Romanticismo), la situación había cambiado aún más radicalmente: se reconoció el carácter indudablemente científico de la Química (Lavoisier), Medicina y Biología, Humanidades (Historia, Geografía, Psicología, Sociología, Antropología). Kant no lo ignoraba, pero pareció menospreciarlo metodológicamente[6]. Véase la diferencia, por ejemplo, entre las actitudes de Kant y de Hegel ante la Historia[7].
  • Mucho después (en general, en el siglo XX), también se ha refutado a Kant, al cambiar radicalmente el concepto de exactitud y matematización de la Ciencia: geometrías no euclidianas (Riemann, 1826-1866), teoría de cuantos (Planck), relatividad (Einstein[8]), continuo espacio-tiempo (Einstein), conversión de materia en energía (Lorentz, Einstein), mecánica cuántica y ondulatoria (Schrödinger), dualidad onda-corpúsculo (de Broglie), incertidumbre (Heisenberg), teoría de cuerdas y supercuerdas (Kähler, Calabi, Yau, Witten) y otras del campo unificado (Einstein, Kaluza, Glashow, Rubbia)... ¿Quién diría que todo eso es ciencia exacta, demostrable en la cátedra y comprobable en el laboratorio? Y, sin embargo, es Ciencia, continuación y desarrollo de lo que Kant consideraba como tal.
  • Un cambio tan radical está ligado, en parte, a algo que Kant juzgaba imposible para la Ciencia (no para la Metafísica): tratar de alcanzar un conocimiento testado del Universo, del mundo en general[9]. Pues bien, tratar de llegar científicamente a lo infinitamente grande y a lo infinitamente pequeño es lo que ha desencadenado esa revolución en la forma de entender las Ciencias y validar sus leyes y conocimientos. Incluso, ha planteado vivamente el problema de cómo poder establecer un proceso claro y preciso de comprobación (y constatación del falseamiento, en su caso) de las hipótesis científicas: la citada teoría de supercuerdas es un buen ejemplo de ello.




II.                  ...Y KANT TENÍA RAZÓN: RELEVANCIA DEL SUJETO DEL CONOCIMIENTO.


  • Una de las claves de la Filosofía del conocimiento kantiana (y de lo más valorado por las posteriores) es el valor dado al sujeto del conocimiento, tan esencial como el objeto para alcanzar la versión racional y fenoménica de este[10]. En su tiempo, tal importancia se hacía basar en la necesidad de que los objetos fueran captados por los órganos sensoriales, con todas sus peculiaridades y limitaciones para conocer las cosas. En la época kantiana existían, es obvio, aparatos o artefactos para potenciar el sensorio (telescopios o microscopios, por ejemplo), pero era insólito adquirir datos sin aplicar a ellos los sentidos de un hombre determinado.
  • Actualmente, podríamos casi afirmar lo contrario: el conocimiento del hombre se ha multiplicado, gracias a aparatos y artefactos, en los que no cuentan ni se aplican sus sentidos, sino los medios tecnológicos que previamente ha inventado la inteligencia humana. Es más, con ellos se consiguen referencias y se captan magnitudes y cualidades que nuestros sentidos son incapaces de detectar.
  • Esa capacidad para llegar a objetos y cualidades desconocidos sensorialmente podría llevar, tal vez, a la creación de objetos de conocimiento prácticamente virtuales o inexistentes en la práctica (pensemos en elementos químicos absolutamente inestables y no existentes en la Naturaleza, o en partículas subatómicas solo producibles instantáneamente con aplicación de grandes cantidades de energía).
  • En suma, la mente del sujeto revoluciona la captación del objeto y su propia existencia. Nada mejor, para poner de manifiesto la relevancia subjetiva en el conocimiento empírico, que Kant tanto ponderó.



III.                ... Y KANT TENÍA RAZÓN: LAS ESTRUCTURAS O JUICIOS SINTÉTICOS A PRIORI.


  • Tal vez sea este el punto más debatido y censurado de la Crítica kantiana de la Razón Pura[11]. Seguramente faltaba en su época base científica para justificarlo y el propio Kant jugó fuerte, haciendo apelación solo a factores innatos (hoy diríamos genéticos), sin aludir precisamente a la influencia de lo social y de lo experimental.
  • Como él ya apuntaba, la Biología ha venido a darle la razón, sobre todo, en lo relativo a anatomía y fisiología cerebral[12]. Los órganos de los sentidos captan sensaciones que se transmiten neurológicamente y que el cerebro procesa e instala en el consciente o el subconsciente. Las estructuras nerviosas (en especial, las centrales) convierten las sensaciones en conocimiento, dentro de sus condiciones, límites y memoria[13]. Sin ello, no hay conocimiento válido y racional. Y ello no procede de fuera, sino de dentro del hombre (o ser vivo de que se trate) y tiene un carácter estructural.
  • Complementariamente, la Medicina ha descrito enfermedades que, por morbilidad de los sentidos o del sistema nervioso, producen perturbaciones o distorsiones de la realidad o de su interpretación. Sin llegar a tanto (y sin jugar al relativismo), cada persona tiene sus peculiaridades cognoscitivas, fruto de sus propios órganos, cerebro y (adelantémoslo) experiencia y socialización.
  • Por su parte, la Anatomía y Fisiología Comparadas reflejan paladinamente la distinta percepción de la realidad, en función de las diversas especies de seres vivos, con su propia y peculiar posesión de sentidos y estructuras nerviosas, metabolismo, etc. Hay muchos puntos en común en todos los seres vivos (por ejemplo, la percepción de la luz o de algunos estímulos químicos), pero un mismo sentido (por ejemplo, el ojo) capta de manera muy diversa los estímulos (araña, abeja, pez...). Cada especie tiene, pues, su marco cognitivo, sus estructuras y sus categorías.
  • Finalmente, la Psicología Evolutiva (Piaget) ha demostrado que, dentro de nuestra misma especie, las estructuras mentales (y la propia anatomía de los sentidos y  del sistema nervioso) evolucionan entre el nacimiento y la adolescencia (por no hablar del estadio uterino, o de la edad provecta), captando e interpretando la realidad de manera francamente diversa y reaccionando de manera distinta. Sin perjuicio del valor dado a la experiencia y a la socialización, es evidente que tenemos una pauta onto-filogenética, que va modificando (¿perfeccionando?) las estructuras hasta, más o menos, los 16 años de nuestra edad[14].



IV.               EN RESUMEN


  • Las Ciencias evolucionan (y muy rápidamente en los últimos dos siglos[15]). Cuando la Filosofía trata de perfilarlas o de apoyarse en ellas, es inevitable que sufra el desgaste de lo cambiante. Contra lo que quizá pensaba Kant, se ha evidenciado que las Ciencias más exactas también sufren alteraciones: leyes, hipótesis o métodos, si no desvirtúan lo anterior, sí lo amplían para absorber nuevos campos conceptuales. Pocos hoy serían kantianos, a la hora de sobrevalorar la Física y las Matemáticas como únicas Ciencias, minusvalorando el resto, o estableciendo diferencias radicales y caracteres inmutables en unas u otras. En esto (tal vez, secundario para la Filosofía kantiana), el filósofo de Königsberg se equivocó.
  • Por el contrario, puntos claves de la Filosofía de Kant (relevancia del sujeto del conocimiento; juicios sintéticos a priori) han sido robustecidos y/o valorados positivamente por la evolución de las Ciencias posterior a él. No quiere ello decir que sus razonamientos o condiciones hayan sido validados, pero sí sus conclusiones. Eso es lo que hemos querido poner de manifiesto al afirmar (quizá muy drásticamente) que Kant tenía razón[16].



ADDENDA al apartado III.

A la hora de relativizar las categorías de los diversos seres vivos a nivel específico, convendría no olvidar los instintos (reproducción, supervivencia, defensa, etc.), que pueden ser comunes a la mayoría de ellos en cuanto a su existencia, pero difieren mucho en sus formas de manifestación. Podría aquí aludirse también a la intensa corrección/matización/superación de los instintos en la especie humana (y en otras de vida muy socializada), a través de la moral en todas sus manifestaciones, desde la conciencia religiosa a la imposición de sanciones por conductas consideradas ilegales o antisociales.







[1]  Tratan del tema, tanto las biografías de Kant, como las exposiciones extensas de la obra kantiana. Entre las primeras, he manejado en Internet el delicioso texto histórico, Vida de Kant, de Kuno Fischer, traducción española anónima para la Revista Contemporánea, tomo I, volumen I (Madrid, 1875), pp. 98/120; tomo I, volumen II (Madrid, 1875), pp. 233/241, y tomo I, volumen III (Madrid, 1876), pp. 370 a 382. Edición moderna de dicha obra, en su original alemán: Kuno Fischer, Kants Leben und Charakter, Schutterwald/Baden, 2001.  La biografía actual de referencia es: Manfred Kuehn, Kant, traducción de Carmen García-Trevijano Forte, editorial Acento, Madrid, 2003 (original: Kant. A biography, Cambridge University Press, 2001). Esta última obra aborda el tema de la formación de Kant a lo largo de las pp. 57/105 (“Infancia y primera juventud”) y 106/150 (estudiante universitario).
[2]  Tal vez, hasta 1770, al ser nombrado profesor ordinario de la cátedra de Lógica y Metafísica de la Universidad de Königsberg, cuando contaba 46 años de edad.
[3]   Según Kuno Fischer (Vida de Kant, cit, pág. 112), “el círculo obligado de su enseñanza comprendía las asignaturas que (Kant) había profesado: matemáticas, física, lógica y metafísica, y además, derecho natural, moral, teología natural, geografía física y antropología”. Se ve que la especialización –incluso para un catedrático- era muy relativa.
[4]   Sigo la excelente (al menos, por lo comprensible) exposición de Emerich Coreth y Harald Schöndorf, La filosofía de los siglos XVII y XVIII, traducción española de C. Gancho, editorial Herder, Barcelona, 1987,  titulada Immanuel Kant, disponible como separata en Internet, cuya paginación sigo; sobre lo que era Ciencia para Kant, pp. 7/9.
[5]  Véase José Mª Romero Baró, El concepto de ciencia en Kant y en Heidegger, Anales del Seminario de Metafísica, nº 25 (1991), pp. 243/247. Con mucho mayor detalle y matización, Pedro Jesús Teruel Ruiz (editor), Kant y las Ciencias, editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2012.
[6]  Mis apreciaciones pueden parecer simplistas y bastante injustas. Para profundizar en el tema, véanse Eugenio Moya, Kant y las Ciencias de la Vida (Naturlehre y filosofía crítica), editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2008; Pedro Jesús Teruel Ruiz, Mente, cerebro y antropología en Kant, editorial Tecnos, Madrid, 2008.
[7]  Muy recomendable en esta materia: Salvador Rus Rufino, Estudio Preliminar a G.W.F. Hegel, Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal, editorial Tecnos, Madrid, 2005. Existe separata en la web campus,usal.es.
[8]  La influencia de Kant en Einstein es un tema inabarcable. Algunas citas, un poco al azar: Alfred Elsbach, Kant und Einstein. Untersuchungen über das Verhältnis der modernen Erkenntnistheorie zur Relativitätstheorie, editorial Walter de Gruyter, Berlin/Leipzig, 1924; Friedel Weinert, Einstein and Kant, en Philosophy, Cambridge University Press, volumen 80, nº 314 (octubre 2005), pp. 585/593; Michael Friedman, Einstein, Kant and the relativized A Priori, separata en www.rehseis.cnrs.fr, pp. 253/267; Don A. Howard, Einstein Philosophy of Science, en la Stanford Encyclopedia of Philosophy, spring 2004 (versión definitiva, summer 2010).
[9]  Véase Coreth y Schöndorf, Immanuel Kant, separata citada, pp. 23/27.
[10]  Íbidem, pp. 11/14.
[11]  Íbidem, pp. 16/22; M. Kuehn, Kant, 339/380.
[12]  Antonio Batro, Las Neurociencias y su impacto en la educación, Conferencia de Apertura a los Cursos de Actualización Docente, 2º semestre de 2006, Universidad de San Andrés (Escuela de Educación), disponible en Internet.
[13]  En sede de memoria, está demostrada la existencia de patrones y de plantillas (chunks and templates) para captar y reproducir recuerdos y situaciones complejos, por ejemplo, las posiciones en el ajedrez: Leontxo García, Ajedrez y ciencia, pasiones mezcladas, editorial Crítica, Barcelona, 2013, pp. 116 y siguiente.
[14]   Sobre las relaciones entre Kant y Piaget: Marta Abergo Moro, Moral y relaciones sociales. Heteronomía y autonomía: de Kant a Piaget, en Espacios de crítica y producción, nº 39 (2008), Universidad de Buenos Aires, pp. 58/64; Carlos Arturo Londoño Ramos, Avatares del Constructivismo: de Kant a Piaget, en Revista de Historia de la Educación Latinoamericana, nº 10 (2008), Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, pp. 73/96; Melita, Schiavello, Fernández Salazar, Neri, El esquema como organizador de lo diverso, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Psicología, X Jornadas de Investigación (exposición en Internet).  De lectura obligada, Jean Piaget, Psicología evolutiva, traducción española, editorial Paidos, Madrid, 1986.
[15]  Recordemos que Kant vivió entre 1724 y 1804.
[16]  Confrontar con: Coreth y Schöndorf, Immanuel Kant, cit. pp. 41/49.

sábado, 18 de enero de 2014

EL AMIGO DE LA FAMILIA


 

El amigo de la familia

Por Federico Bello Landrove

 

     En ocasiones –menos de las que sería de desear- los cuentistas tenemos el santo de cara y nos viene por el aire, inopinadamente, una buena historia, lista para redactar. La que sigue me la contó, tal cual, una vieja señora, muchos años después de que sucediera. Sus protagonistas ya no están entre nosotros, no obstante lo cual tomaré algunas precauciones para preservar su honor e intimidad de ultratumba.

 
 


1. Todo, con medida


     La primera parte de esta verídica historia la conocí de propia mano, aunque me sea inevitable acudir a la valoración de mis padres, que la completaban en sus antecedentes y la juzgaban con su experiencia:

-          Quiera Dios –decían- que un día no acaben mal. Tanto entremetimiento no es bueno. Cada quien debe vivir su propia vida.

     Y eso que las dos hermanas que protagonizaban tan amoroso ejemplo de simbiosis no eran en absoluto parecidas. Es más, nadie habría sido capaz de detectar en ellas el parentesco, de no conocerlas. La mayor, Herminia, fornida y con evidente tendencia a la obesidad, era mucho más lucida que hermosa, pero una verdadera fuerza de la naturaleza: saludable, charlatana, trabajadora, enérgica y sincera. Alma de su casa y de su negocio, formaba una buena pareja con su marido, fuerte y simpático, pero mucho más tranquilo y suave que ella. Aquella pareja bien avenida y cariñosa no había engendrado hijos. Cuando yo los conocí, frisaban la cuarentena y habían perdido la esperanza de tener descendencia.

     La hermana menor, Sofía, era unos cinco años más joven que Herminia, con la que apenas compartía otro rasgo que la nariz respingona de la familia. Elegante, esbelta y muy bella, guardaba la compostura y la reserva que su hermana con frecuencia daba de lado. Algo delicada de salud, laboraba con sosiego y eludía en lo posible los trabajos de notable esfuerzo físico. Con su esposo constituía una extraña pareja, inevitablemente distanciada por formación y horarios de faena, aunque –en mi opinión- sólidamente cimentada en la confianza mutua y la atracción física. Tenían una pareja de hijos, también muy diversos en el carácter, aunque similares en la buena capacidad intelectual.

     Los avatares de una dolorosa y difícil posguerra civil unieron a las dos hermanas, no solo en el sentir y el resistir, sino en levantar y sacar adelante un mismo negocio, como medio de sustento. Por las razones expuestas al principio, me veo obligado a cambiar el ramo de aquel, aún a riesgo de desenfocar la situación y hacerla menos agobiante. Es igual, convirtámoslo en una tienda de comestibles de las ahora llamadas de barrio, lo que, ya de por sí, da la idea de dedicación constante y de escasa consideración social, cualidades que yo querría vincular al comercio emprendido en común por Herminia, Sofía y sus maridos respectivos, para hacer así más comprensible lo sucedido.

     He aquí el escenario que yo conocí, digno de las Escenas de la vida en provincias de Balzac. Aquella tienda en una calleja del centro de la ciudad, destartalada y fría, con su laberinto de almacenes en la trastienda; el indefinible olor de ultramarinos; los clientes, variopintos y locuaces, con predominio de la compra al fiado y las cantidades mínimas. Con todo, Serafín –el esposo de Sofía-, buen conocedor del paño, laborioso y ordenado donde los haya, gobernaba aquel complejo mundo de sacos, cajones y latas con mano de ángel, en tanto Herminia fungía de rostro amable del establecimiento, locuaz, dominante, infalible. Sus respectivos cónyuges bastante hacían con cubrir ausencias, atender a representantes y, si acaso, realizar aquellas interminables gestiones y pagos en el Ayuntamiento y la delegación de Hacienda. Y así, lo que desde fuera podría parecer un pandemonio, funcionaba en realidad como un mecanismo de relojería, que dejaba buenas ganancias.

     Un engranaje esencial de ese mecanismo era el amor y la dedicación que Herminia profesaba por los hijos de Sofía, como si fuera su segunda madre. Por un lado, asumiendo una carga adicional de trabajo, permitía a la madre biológica dedicar a sus retoños una atención, que de otro modo hubiera sido imposible. Por otro, los trataba como si fuesen hijos propios, llegando con ellos hasta el despilfarro y la abnegación. Yo diría que, en estos aspectos, el niño era ampliamente preferido a su hermana pero, a fin de cuentas, suele aceptarse que las mujeres antepongan a las criaturas del sexo opuesto.

     Aquella completa e íntima vinculación entre ambas hermanas parecía haber llegado a asfixiar sus respectivos matrimonios. Era habitual verlas juntas los fines de semana y, cuantas veces mis padres coincidían con ellas por la calle o en el cine, iban solas o con los niños. Era entonces cuando mi padre, que pocas veces salía sin mi madre, movía la cabeza y reflexionaba:

-          No es normal tanta asiduidad, tal prescindencia de los maridos. ¡Y esa dedicación de Herminia a los hijos de su hermana! Esto no va a acabar bien. Ya se sabe: todo, con medida.

     En efecto, no acabó bien. El primer paso en la mala dirección fue la muerte repentina del marido de Herminia, todavía joven, lo que, lejos de echar más aún a esta en brazos de su hermana y sobrinos, pareció alterarla mentalmente y romper su equilibrio vital. Yo no soy psicólogo, ni conocí profundamente el alma de la viuda, ni la intimidad de su relación con el difunto. No tengo, por tanto, explicación plausible para un hecho evidente: Herminia pareció distanciarse de su familia y asumir un cierto rol de viuda alegre, como sintiéndose sola y presta para pasar incontinente a segundas nupcias. Como es natural, reacción tan explosiva no fue bien vista por sus próximos, que veían en ella, no solo un injustificado alejamiento, sino el riesgo de un himeneo con persona interesada o inconveniente. El ominoso presagio no tardó en hacerse realidad, en opinión de Sofía, dado que el caballero elegido era bastante añoso y con cuatro talludos retoños a su alrededor, fruto de un anterior matrimonio. Ya se sabe: cuando alguien no traga con una decisión ajena, siempre encuentra peros que poner a su ejecución.

     Yo –ignorante de mí- entendía la debacle fraternal que vino después, como fruto de aquella boda tan mal recibida. Me faltaba un importante dato de hecho, acaecido poco antes de ella; un acaecimiento que, décadas después, me refirió una amiga común y que abrió una nueva y un tanto novelesca perspectiva: la intromisión en el curso de los sucesos de un amigo de la familia.

 

 

2.  Historia de una frivolidad


-          ¡Qué desastradamente terminaron las dos hermanas!, ¿verdad, Merce?

-          Y que lo digas. Con decirte que Sofía no fue al entierro de Herminia, pretextando un fuerte catarro…

-          Ya se sabe, su segundo matrimonio rompió la unidad de la familia; y luego, los líos del testamento y la herencia…

     Mi longeva amiga me miró de hito en hito, como si escrutara el archivo de mi memoria. Cerciorada intuitivamente de mi ignorancia, agregó:

-          No, las cosas ya estaban mal desde mucho antes. No sé si debería contarte…

-          Como quieras, pero ya conoces que soy muy discreto (como están viendo ustedes).

-          Bien, vamos allá. Debió de suceder por el tiempo que Herminia pasó entre un matrimonio y otro, es decir, cuando estaba viuda. Salieron de compras las dos hermanas y se encontraron con…, bueno, con un amigo de la familia. El caballero las cumplimentó muy obsequioso y, usando de la mayor cortesía, se brindó a acompañar a Herminia hasta su casa, a fin de llevarle los paquetes, más voluminosos que los de Sofía. Ya para entonces, ambas vivían en casas diferentes…

-          Cierto, que durante un tiempo vivieron pared por medio. Luego Herminia se fue a la calle San Juan y dejó la anterior vivienda para su sobrino del alma.

-          Bien, a lo que iba. Llegados al portal, el amigo insistió en subir la carga al piso, a pesar de la facilidad del ascensor. Y, una vez allí, pues… se propasó.

     Me quedé mirándola asombrado, como esperando ulteriores detalles o aclaraciones. Sin embargo, no obtuve otra cosa que: la abrazó… la tocó por todo el cuerpo… Merce difícilmente me ampliaría la información. Así que le dejé continuar:

-          Finalmente, logró echarlo con cajas destempladas y cerrar la puerta. Como comprenderás, pasado el sofocón inicial, lo primero que hizo fue coger el teléfono y contarle a su hermana lo sucedido. Y allí fue ella.

     Conociendo a las dos hermanas, no necesitó mi informadora entrar en más detalles conmigo. Perfectamente imaginé la sorpresa de Sofía, hasta términos de incredulidad. El amigo de la familia parecía tener la vitola de respetabilidad que a su hermana le faltaba desde su reciente viudez. Vaya usted a saber si, incluso, no comprendió la explosividad del hombre, ante la etapa, un tanto desatada y provocativa, por la que estaba pasando Herminia. En fin, el sentido práctico y prudente de una hermana vino a chocar con la indignación y apasionamiento de la presunta víctima, que juzgaba intolerable lujuria, lo que la otra veía como simple frivolidad. Mi imaginación llegaba hasta pergeñar algunas hipotéticas frases de aquel diálogo:

-          Mujer, de tanto hablar de soledad, y habiéndolo invitado a entrar, no sé, tendría un pronto o se imaginaría vete a saber qué…

-          Sofía, que no te estoy hablando de una caricia o un beso cariñoso; que el tío me manoseó por salvas sean las partes.

-          ¿Estás segura de acordarte bien? En momentos así una no sabe…

-          Pero bueno, ¿Vas a poner en duda lo que te estoy diciendo? Pues, si eso es lo que puedo esperar de alguien de mi sangre, te puedes ir a la mierda.

     En fin, a buen entendedor, con pocas palabras basta. Algo importante, sin embargo, me quedaba oscuro, dado que el amigo de la familia permanecía anónimo y yo no tenía ni idea de quién podría ser. Inquirí:

-          ¿Quién fue el abusador? Tal vez lo conocí por aquella época.

-          No lo sé –mintió m iinterlocutora con cierta torpeza-. Lo que sí me confesó Herminia es que, cuando falleció bastantes años después, Sofía y su marido fueron a su entierro.

-          Y seguro que mantendrían la relación con la viuda y los hijos, aventuré para tirar de la lengua a Merce.

-          Eso lo ignoro. Como te he dicho, nunca llegué a saber quién era. Herminia, para ni siquiera mencionar su nombre, lo llamaba el Salvaje.

-          Así que El amigo Salvaje –bromeé-. Buen título para una novela antitética de la de Galdós.

-          No tan opuesta –replicó mi ilustrada amiga-. También este se quedó sin conseguir sus pretensiones[1].

 

 
 



 



[1] Obvias alusiones al título y argumento de la novela de Benito Pérez Galdós, El amigo Manso (1882).

martes, 31 de diciembre de 2013

LA VIOLINISTA DE JUILLIARD


 

La violinista de Juilliard

(Un cuento de Navidad)

Por Federico Bello Landrove

 

     Todo cuento de Navidad que se precie ha de contener equilibradas dosis de magia y sentimentalismo. En el que les ofrezco me parece que hay bastante más de este que de aquella. Y es que, de Dickens hasta nuestros días, el Otro Mundo y este han ido perdiendo comunicación. Tampoco es que hayamos progresado mucho con los buenos sentimientos pero, si también nos los cargamos, ¿qué quedaría de Navidad?

 

     Así la llamábamos los amigos, con cierta envidia y retintín: la violinista de Juilliard. Para todos nosotros, esa celebérrima academia musical nos era desconocida, hasta que Leticia marchó a los Estados Unidos para concluir sus estudios musicales. Su primer destino había sido, en realidad, el famoso conservatorio Peabody[1]. De allí, tras los exigentes exámenes de rigor, había pasado al fin a la Escuela Juilliard[2], en calidad de estudiante de posgrado. Eso había sido el año anterior; de modo que, en el tiempo de este relato, llevaba curso y pico de permanencia allí.

     Como de costumbre, Lety había venido a Castellar para pasar las vacaciones navideñas con su familia. Aunque estuviera acostumbrada al frío neoyorkino, no dejaría de traspasarla la rasca de aquellos días finales de 1970, cuando empezó una ola de frío de diez días, con temperaturas gélidas[3], niebla y cencellada en el ambiente y el suelo convertido en una pista de patinaje sobre hielo. Habíamos hablado los de la panda de reunirnos para celebrar la Nochevieja, pero uno tras otro fueron excusándose. Leticia, Fabio y yo, menos drásticos, decidimos reemplazar la velada por un cafetito caliente antes de cenar. No sin dificultades y deslices, fuimos llegando a la cafetería a la hora prefijada; Fabio el último, como siempre. Antes de su llegada, Leticia me comentó:

-          Vengo asombrada. ¿Quieres creer que en los soportales estaba Plácido tocando el acordeón como si tal cosa?

-          Es decir, plácidamente –bromeé-. Tendrá que hacerlo con guantes.

     No le agradó la guasa a mi amiga, pero hizo gala de su paciencia habitual y decidió pagarme con un cuento, mientras hacíamos tiempo para la llegada del ausente. La verdad es que la historia no me era del todo desconocida, pero la escuché con agrado, dadas las fechas navideñas. Espero que a ustedes les pase lo mismo:

-          Seguramente conoces a Plácido, el acordeonista que, acompañado de un perro callejero, pide musicalmente limosna: en el verano, en la Acera o en el Campo y, en el invierno, por los soportales. No lo hace mal y, sobre todo, siempre me agradó la amplitud y variedad de su repertorio, inasequible a la rutina y la indiferencia de los transeúntes. El caso es que, desde que dispuse de propina, reservaba unas pesetas para echarle cuando lo viera. Él se limitaba a esbozar una sonrisa, sin dejar de tocar. Casi me mostraba más interés el perro, seguramente por ser yo portadora de los efluvios de mi perra Triki. Por eso, me extrañó la reacción de Plácido, una vez que lo socorrí camino del Conservatorio, llevando mi inseparable violín.

Señorita –me dijo- no me pague la interpretación con dinero. Hágalo con la misma moneda. Sorprendida y avergonzada, me quedé inmóvil. Él insistió: Vamos, señorita, aunque sea a dúo. Ya ve que no pasa casi nadie. En fin, haciendo de tripas corazón, desenfundé el violín y el arco, los puse en posición y aguardé a que él se arrancara con la pieza que se le ocurriese. Recuerdo que pensé: Con tal que la conozca de memoria…

Atacó el tango La cumparsita. Le tengo cariño pues es una de las canciones favoritas de mi madre. Así que pulsé con decisión, mientras Plácido pasaba a hacerme solo el acompañamiento. La tocamos de cabo a rabo, mientras iban formando corro unas cuantas personas de edad, que se rascaban el bolsillo modestamente, a juzgar por el tintineo de las pequeñas monedas. Dio lo mismo: ese no era por el momento el pago que más me interesaba. Aún arrebolada, guardé el Palatino[4] y recogí mi primer sueldo, de manos del mendigo: Toma este duro y guárdalo como recuerdo de tu primer concierto. Seguro que, si no abandonas, vendrán luego otros muchos.

Seguí viendo y oyendo de vez en cuando a Plácido con un nuevo perro, sin intercambiar con aquel una palabra, hasta que empezaron a menudear mis ausencias de Castellar y sus achaques de salud. Abreviando, lo he vuelto a encontrar al venir para acá, en la Plaza Mayor, y no he podido menos de acercarme a él para felicitarle el año nuevo, en esta tarde tan heladora. Casi me desmayo al verlo…

-          Me lo imagino. Con la que está cayendo y al sereno…

-          No es solo eso. Se abrigaba con un jersey de cuello vuelto y una gorra de visera. Tenía la cara terriblemente macilenta y apenas contenía la tos. Por si fuera poco, solo tenía en el sombrero unas pocas monedas. Con decirte que hasta el perro lo había abandonado…

-          A lo peor es que ha fallecido.

-          No. Plácido me lo dijo desgarradamente: Señorita, no hace una noche como para que los perros anden pidiendo por la calle. Me conmovió hasta el punto de hacerle un ofrecimiento irresistible, del que ahora empiezo a arrepentirme.

-          ¿Tocar a dúo otra vez?

-          Peor aún. Le eché una buena bronca por jugar con su salud de esa manera y él me salió con que tenía que llevar algo a casa y que la Nochevieja era buena para conseguir una aceptable recaudación. A fin de cuentas, ¿quién era yo, la señoritinga de Juilliard, para gobernar la miseria ajena? Me sentí tan falta de autoridad moral, que se me ocurrió hacer algo fuera de lo común.

-          ¿Como soltarle las doscientas cincuenta pesetas que nos iba a costar el cotillón?, inquirí, creyéndome en posesión de la verdad.

-          ¡Algo así es lo que tendría que haber hecho, pero no! La hija de mi madre tenía que darse pote. Me ofrecí nada menos que para sustituirle esta noche. Así que, tan pronto nos tomemos el café, a casita corriendo, cenar, coger el violín y a ganarse las pesetas.

     Fabio –que había llegado poco antes- terció muy caballero:

-          Aquí me tienes, para pasar el sombrero entre la concurrencia.

-          Y a mí, para llevarte las uvas a las doce –agregué yo, un poco picado-.

     Leticia sonrió:

-          Nada de eso. El compromiso es mío y solo mío. Le pediré a mi abuela unos mitones.
 

 
***

      La bondad humana no conoce límites y la fanfarronería juvenil, tampoco. La noticia corrió entre los amigos, vía telefónica, y todos nos concitamos para aparecer por la Plaza Mayor después de las campanadas y dejar en el sombrero de Leticia cien pesetas por cabeza. Luego, le quitaríamos de las manos el violín y nos la llevaríamos a cualquier discoteca para que echase el frio afuera, a costa de alcohol y brincos.

     Fuimos llegando a partir de las doce y media, salvo los locos de Cristina y Javier que, caldeados por su recién estrenado amor, se atrevieron a escuchar las campanadas en el reloj del Ayuntamiento. Y fue gracias a ellos como llegamos a saber lo sucedido, porque Leticia brillaba por su ausencia cuando nosotros llegamos. Dejemos pues que sea Cris, como mejor amiga de Lety, quien nos narre los acontecimientos, con su miajita de preámbulo, dado que pocos de ustedes estarán al corriente de lo acaecido antes de aquella noche.

-          Cuando Javier y yo llegamos a la Plaza, allí estaba Leti, medio acogida a la protección del zaguán del Teatro, tocando maravillosamente. La poca gente que afluía hacia el centro de la Plaza apenas se detenía, entre el frío y la prisa por colocarse ante el reloj. No obstante, el sombrero presentaba un buen aspecto, sobre todo, cuando nosotros dos le echamos las doscientas pesetas convenidas. Lety nos hizo el mohín de un beso y siguió con Vivaldi. Javi le advirtió: Algo más popular, Lety, que en Nochevieja la gente no está para clasicismos. Acabó, pues, la pieza y, tras un instante de vacilación, se lanzó con Y volvamos al amor[5]. Ya sabéis por qué digo que se lanzó…

-          Ni idea, contestó Fabio. ¿Es que tenía algo que ver esa canción con ella?

-          Y tanto –prosiguió Cris-. Bailando esa canción se le había declarado Fran, su primer novio, del que seguramente os acordaréis, un chico con el que estuvo saliendo un par de años, hasta que a ella le dio la ventolera de tomarse la música tan en serio, como para irse a estudiar a Madrid y, luego, a Norteamérica. El caso es que, en mi opinión, el título y la letra de esa canción les venía como anillo al dedo pues la ruptura fue una torpeza de chavales, con más amor propio que sentido común. Bueno, el caso es que llevaba la interpretación mediada, cuando ¿quién diréis que apareció?

-          ¡El novio!, exclamamos casi todos al unísono.

-          ¡En efecto! Pero ¿cómo habéis acertado?... En fin, que Fran la saludó con una inclinación de cabeza, tras echar un billete en el sombrero; ella, demudada y casi sin aliento, dejó de tocar y allí que tuvimos que intervenir nosotros -¿verdad, Javi?- para saludarlos y hacerles reaccionar, que se habían quedado como pasmarotes.

-          Bueno pero ¿a dónde han ido? ¿Dónde están ahora?, inquirió Fabio, en mi opinión con una cara que trasparentaba cierta decepción sentimental.

-          ¡A vosotros os lo voy a decir, para que rompáis el hechizo!, replicó Cris, muy en su papel de amiga del alma, un poco celestina. Dejad que aprovechen el poco tiempo que les queda de estar juntos y sacar los atrasos.

     Nos quedamos en silencio; tanto, que la narradora se explicó:

-          Es la última noche de Fran en España durante un tiempo. Mañana tiene que coger el tren para París. Parece ser que está practicando como interno en un hospital de allá.

-          Pues ya fue casualidad que Cris sustituyese al músico callejero –comenté-. Por cierto, ¿cómo le damos ahora las cien pesetas por barba?

-          ¡De eso nada!, rugió Fabio. Hemos venido a buscarla, ¿no? No estaba en la Plaza, ¿no es así? Pues no sé vosotros pero, lo que es yo, me voy a fundir las pelas a la boîte más próxima.

     La moción fue aprobada por unanimidad. De camino, alguien se arrancó con el estribillo de la canción de marras, coreado a voz en cuello por los demás:

-          Lalalá, lalala, lalalá… lalalá, lalala, lalalá…

     Dicen que aquella noche los termómetros de Castellar bajaron hasta diez bajo cero, o más. ¡Pues nosotros no lo notamos y supongo que Leticia tampoco!

 
 



 



[1] El Instituto Peabody fue fundado en 1857 en la ciudad de Baltimore (Maryland, USA). Institución muy prestigiosa, desde 1977 (es decir, después de graduarse allí Leticia) ha pasado a integrarse formalmente en la Universidad John Hopkins.
[2] Instituto de Arte Musical de fama mundial, fundado en la ciudad de Nueva York en 1905. El ingreso en él de Leticia coincidió con el traslado de sus instalaciones al Lincoln Center (1969).
[3] En los primeros días de enero de 1971, en Castellar bajaron las mínimas hasta los -13⁰ y en su aeropuerto, hasta -18,8⁰.
[4]  Conocida marca estadounidense de violines con buena relación calidad/precio, especialmente idóneos para estudiantes.
[5]  Original francés, titulado Les vendanges de l’amour (1963), de Daniel Gérard y Michel Eugène Jourdan. Fue muy popular en ese año y el siguiente en España, bajo el título reseñado en el texto y la interpretación vocal, en castellano, de Marie Laforet.