sábado, 14 de diciembre de 2013

AYÚDAME, RONDA


 

¡Ayúdame, Ronda!

Por Federico Bello Landrove

     Con base en la conocida canción de los Beach Boys, titulada Help me, Ronda[1], una joven homónima desarrolla su cruzada de fe y fortaleza, muy en la línea del triunfo de la voluntad y de su moderna versión, el principio de atracción universal. ¿Logrará alcanzar sus propósitos? De algo podemos estar seguros: el triunfo o el batacazo serán mayúsculos.

 


1.      Una vecinita muy especial


     Alguna vez he definido mis años universitarios como de apuntes, cine y rock and roll. En lo que a mí respecta, bien podría haber sucedido que el rock tuviese más de pop que de energía roquera. En cuanto al cine, prefería bocadillo y programa doble, a las salas de arte y ensayo. Lo relativo a apuntes nada tiene que ver con esta casi verídica historia.

     Mi afición al cine tenía el curioso efecto de asociar imágenes fílmicas y reales, hasta el punto de encontrar con frecuencia en las chicas parecidos con las estrellas de la pantalla. Consecuencia de ello, perdían al punto su carácter anónimo, para alcanzar el honroso patronímico de sus bellas parecidas: Deborah, Nancy, Donna. No es extraño, pues, que al cruzarme en la escalera con aquella joven desconocida la bautizase, al punto, como Emmanuelle[2].

     Su efigie se me ha desdibujado mucho con los años, pero lo esencial permanece: alta, delgada, rostro anguloso, media melena y un halo de tristeza o, al menos, de profunda seriedad. Vamos, una chica, si no atractiva, sí interesante a primera vista. Con el trato, habría de corroborar esa impresión inicial.

***

     Emmanuelle no venía de París, desde luego, sino de Rioseco, histórico poblachón con agricultura de secano, y era hija única de una típica coyunda de las de entonces, entre un mando de la Guardia Civil y una señorita de familia de terratenientes. Aunque esto no lo supe hasta mucho más tarde, les anticiparé que en aquella pareja regía una armoniosa distribución de funciones entre ambos progenitores: la madre imponía sus decisiones en casa, en tanto el teniente hacía valer sus estrellas entre los tricornios.

     A poco de cruzármela por primera vez en la escalera, estaba ya al corriente de lo esencial respecto de ella. El marido de la portera era hermano del susodicho teniente, siendo la razón de acoger en su casa a la joven, mientras cursara en Castellar los estudios universitarios. La carrera elegida había sido la de Filosofía y Letras, muy acomodada a lo que entonces se juzgaba propio de su sexo. Yo andaba a la sazón por la mitad de la de Derecho, que cursaba con soltura, y no tenía con la de Letras otra relación que esporádicos contactos con los compañeros del bachiller, que se habían aventurado en aquel culto y femenino ámbito. No obstante, durante la comida de Todos los Santos, mi madre intercedió:

-          David, me ha pedido la portera que te hable de su sobrina, Ronda[3]. Parece que la chica está muy desorientada en sus primeros momentos de Universidad y en esta ciudad. Ya sabes, que la aconsejes sobre formas de estudiar, bibliotecas y todo eso. Y, a ser posible, que la presentes a algunos amigos tuyos.

-          Pero, mamá, ¿qué puedo aconsejarle yo para una carrera que desconozco? Y, en cuanto a lo de las presentaciones, no lo veo muy factible, dadas las circunstancias.

     Por supuesto, mi señora madre conocía perfectamente las circunstancias. Mis mejores amigos estaban en la etapa de noviazgos más o menos estables, la cual había recorrido yo prematuramente y con peores resultados. Tímido y escaldado, me había retraído a estudios y aficiones que vivía en solitario. Los insoslayables anhelos juveniles de compañía quedaban satisfechos por mis compañeros de facultad, con los que mantenía un trato afectuoso, pero superficial y pragmático. Es posible que la sugerencia de mi madre pretendiera servir, más que a la portera de toda la vida, al deseo de hacer salir a su retoño de aquel temporal y voluntario caparazón.

     Un poco a regañadientes, quedé con Ronda para el siguiente fin de semana. Y, para empezar, noté algo que no había percibido hasta entonces. Al acompañarla, aprecié que cojeaba de manera ligera, pero ostensible. De modo inocente, le pregunté:

-          ¿Algún esguince?

-          ¡Ojalá! Una fractura mal consolidada. A estas alturas, ya es irreversible… y bastante dolorosa con los cambios de tiempo.

     No me gusta ser determinista pero, desde la reflexión y la distancia, creo que, sin ese defecto físico, nada habría sido igual.

***

     Ronda María Padilla tenía muchas cosas peculiares. Para empezar, su nombre, terco empeño de sus padres, quienes se habían declarado su amor después de ver una película de la bellísima Rhonda Fleming[4]. Luego, su amplia cultura literaria, fruto de una biblioteca familiar bien surtida y de una vida inevitablemente sedentaria. Y, por descontado, aquel percance sufrido a los nueve años, que le había hecho pasar un calvario de escayolas, operaciones y dolores sin cuento. A ella no le gustaba dar detalles al respecto, pero su tía, agradecida de mis atenciones, no cejaba ante mí en sus loas y confidencias:

-          ¡Qué chica! No la hay mejor ni más valiente. ¡Lo que le ha tocado sufrir, sin una queja, luchando con toda la fe del mundo por curarse! Ahora ya ha pasado lo peor y, aún así, ya ves, siempre con dolores, sin poder hacer la vida propia de las jóvenes. Y luego, los chicos, superficiales y crueles, despreciándola por su defecto, como si no tuviese otras muchas cualidades para hacer feliz a quien la quiera.

     Aquella monserga, la verdad, era excesiva. El calzado tobillero o las medias compresivas disimulaban su leve deformidad articular, que apenas había alterado la simetría de las pantorrillas. Y, por lo que hace a las limitaciones funcionales, yo tampoco le veía la gracia a la bicicleta, el baile o las caminatas por los pinares. En cierto modo, aquella superación del ejercicio físico –voluntaria en mí; forzosa para ella- nos acercaba en óbices y aficiones.

     Por lo demás, Ronda era tranquila y paciente. Sin necesidad de compromisos ni confidencias, íbamos abriendo en nuestras vidas un hueco para el otro, cada vez más amplio y necesario. Ella curaba el desarraigo y yo el desengaño. Todo era armonioso y placentero, sin exclusividades ni etiquetas. Y así siguió por un corto tiempo, hasta que Álex vino a romper el hechizo.

 


    
2.  Un amigo necesita ayuda

     El tal Alex había sido mi mejor amigo en la adolescencia, hasta que los amoríos y los diferentes estudios nos distanciaron. De vez en cuando, nos cruzábamos por la calle, él casi siempre acompañado de su novia quien, por las apariencias y los años de relación, me figuraba que llegaría a ser su esposa. Por ello, me llevé la sorpresa del siglo cuando la vi muy del brazo de otro joven por la calle de Santiago. Yo soy circunspecto y un poco indiferente por la vida ajena. Quiero decir que no se me ocurrió llamar a Alex, ni hacerme el encontradizo, para confirmar lo que tan a la vista estaba.

     Pero en una pequeña ciudad todos nos vemos al cabo de cierto tiempo. Avanzado el curso de mi conocimiento de Ronda, coincidimos Álex y yo sacando las entradas para el cine y entretuvimos la espera charlando de nuestras cosas. Ahí tomó él pie para revelarme lo que, aunque le doliera, juzgaba que no me podía ocultar.

-          ¿Vas a sacar dos entradas? –preguntó-. Pues yo con una tengo bastante.

-          ¿Has roto con Elvira?

-          Di mejor que ella ha roto conmigo.

     Continuamos la charla en una cafetería próxima, aunque el tema no daba para mucho: La típica pelea de novios; solo que, en este caso, la chica se había dejado querer por un médico recién licenciado, amigo de su hermano mayor. La posibilidad de que se casaran de forma inmediata había dejado a mi amigo sin capacidad de contraataque:

-          Fíjate, aún me quedan tres años largos para acabar la carrera, y lo que te rondaré después, hasta colocarme. Yo creo que eso es lo que ha llevado a Elvira a comportarse así. Tres años de novios y todo lo que teníamos por delante. Ha debido parecerle demasiado. En cambio, con este, es llegar y besar el santo.

-          Pues lo siento, Álex. Se os veía tan unidos…

-          Y lo peor de todo es que ha sido fulminante y sin una explicación.

     Lo vi tan alicaído, que decidí cambiar de conversación o, al menos, de sujeto:

-          A mí, en cierto modo, me está pasando lo contrario. Ya sabes lo escarmentado que quedé de lo de Mary Luz. Me prometí no volver a ir en serio con una chica hasta acabar los estudios. Sin embargo, me lo estoy pensando. He conocido a una…

-          ¿Una morena, alta y un poco coja? Te he visto un par de veces con ella.

-          Pues sí. Estudia Letras y es vecina mía. Por ahora, nada serio.

     Nada serio. Es que la displicencia con que Álex había hecho la descripción de Ronda me había cohibido, o avergonzado. Tenía que pensármelo mejor, ser más objetivo, no volver a tropezar en la misma piedra… Nos despedimos:

-          Ahora que estamos más libres, podríamos salir juntos los fines de semana, como antaño.

-          Claro, Álex, cuenta con ello. Y ánimo. Acertar a la primera es casi imposible.

***

     Pocas cosas unen tanto como la desgracia; cuando menos, si se es de buen natural. Yo estaba convencido de que, de no ser por su limitación física, no me habría interesado tanto por Ronda. A ella le pasó lo propio con el desengaño de Álex. Así que la culpa fue mía por contarle aquel sucedido.

-          Y dices que ha quedado sin capacidad de reacción –me comentó Ronda-.

-          Pues sí. Como le ha pillado por sorpresa y el otro es bastante mayor…

-          Pamplinas –enfatizó, ruborizándose-. Eso no es más que falta de fe y de convicción.

-          Mujer, hay quien prefiere aceptar y olvidar. Tal vez sea mejor para todos así.

     Como si nada, se descolgó con un tercetillo, cuyo recuerdo tal vez sea infiel:

Para vivir el amor

Hay que gozar el placer

Y hay que tener valor

-          ¿Qué te parece?, inquirió.

-          Una reflexión digna de Campoamor, repuse.

     Pero resultó que era suya propia y no tomó a bien mi humorada[5].

***

     Dije antes que Álex y Ronda acabaron entendiéndose como compañeros en la desgracia. Presentarlos y leerle la cartilla ella a él, fue todo uno. Aquella muchacha, crecida en el dolor y su superación, estaba convencida de que todo podía lograrse con fe y con fortaleza. No las tenía Álex todas consigo. Es más, intuyo que iba incubando en su alma perversa muy otros propósitos. Digo esto, a juzgar por la pregunta que me hizo, días después de conocerla:

-          David, me dijiste que no ibas en serio con Ronda…

-          Si te refieres a si somos novios o lo pretendo, seguro que no.

-          Me parece lo más sensato. Es una chica muy extraña. No sé qué mosca le ha picado para andar todo el tiempo animándome a recuperar a Elvira.

-          Pues aprovecha sus consejos, que sabe mucho de superar dificultades. Ya sabes, help me, Ronda[6].

     Álex sonrió:

-          No, si estoy convencido de que puede ayudarme. La cuestión es fijar el objetivo.

     Desde bastantes años atrás, mi amigo era más alto, más guapo y más rico que yo. A juzgar por mi perplejidad ante aquella salida de tono, supongo que también había llegado a ser más listo.

***

     Aquel final de curso se convirtió en una especie de comedia de las equivocaciones, que a punto estuvo de hacernos perder a los tres el año y la cabeza. Tal como ahora lo recuerdo, cada uno de nosotros empezó ocupando una posición o buscando un objetivo, para terminar consiguiendo algo muy diferente de lo intentado. Eso sí, a diferencia de la citada forma de comedia, sin que su final pudiera considerarse feliz.

     Empezando por Álex, ya fuese por admiración sincera, ya por buscarse una alternativa razonable, acabó por seguirle la corriente a Ronda y hasta por hacerle la corte. Claro que él estaba lejos de reconocérmelo, pero su asiduidad y comportamiento así lo corroboraban. Y, después de todo, ¿a qué, si no, su interés por conocer mis intenciones con la chica?

     Siguiendo con esta, su afán por instilar en el alma de Álex sus consejos y su consuelo la había convertido en una pigmaliona[7] enamorada de su obra, con el secreto, pero evidente, anhelo de hacer suya a aquella criatura modelada a su imagen.

     Y yo, entre celos y suspicacias, contemplaba aquella compleja trama psicológica, cada vez más irritado de no poder, ni comprenderla, ni impedirla. La amistad con Álex y el afecto tan particular hacia Ronda se convertían en nostalgia y reconcomio.

     He ahí los tres personajes de la minúscula farsa, sumidos en una vorágine de sucesos y sentimientos. Pero falta por intervenir una cuarta persona. Y en esto, llegó el verano.

 
 

 

3.  Las aguas vuelven a su cauce


     Felizmente, diversos compromisos familiares y de aprendizaje de idiomas me mantuvieron alejado de Castellar en aquellos meses. A mi regreso, Ronda debía de estar todavía en casa de sus padres, puesto que aún faltaba un mes para empezar las clases. Otros conocidos, en cambio, estaban bien presentes en la ciudad.

     Fue una tarde de ferias, de esas bochornosas y multitudinarias de septiembre. Me había quedado contemplando la barroca silueta del teatro Pradera, que cerraría sus puertas a finales de aquel mes, cuando me adelantó una parejita, que subió las escaleras y se encaminó a la puerta de entrada. Fueron unos momentos y de espaldas, pero no me cabía duda: eran Álex y Elvira. ¡Después de todo, el programa de fe y fortaleza había cubierto el objetivo inicialmente previsto!

     Me consumía la curiosidad pero no era cosa de preguntar directamente a Álex, tras aquel periodo de distanciamiento. Vino en mi ayuda el 23 de aquel mes, cumpleaños de mi amigo, que celebrábamos con merienda y regalo desde siete años antes, cualquiera que fuera el tiempo que hiciese sobre nuestra relación. Me armé de valor y compre Today!, el LP de los Beach Boys que –como ustedes saben- traía Help me, Ronda en el quinto corte de la cara A[8]. Salido al mercado dos años atrás, bien podía suceder que lo tuviera ya en su discoteca. Resultó que no y lo recibió con muy buena cara. Al percatarse del famoso quinto corte, me miró de hito en hito y se echó a reír.

-          ¡Cielos, menos mal que no está Elvira aquí! Porque no sé si sabes que volvemos a ser novios.

-          No estaba enterado. Como he pasado todo el verano fuera…

-          Pues, sí, chico, ha sido una suerte. De una parte, al matasanos le dieron trabajo en un pueblo perdido de la provincia de León y pretendía casarse en seguida y llevársela para allá, cosas a las que Elvira no estaba dispuesta. Y, de otra…

     Para abreviar: La relación veraniega de Álex y Ronda había progresado hasta el punto de salir juntos con frecuencia y ello le dio celos a su predecesora en el puesto, hasta el punto de hacerle recapacitar:

-          Fíjate, David: lo que más le dolió es que la reemplazara por una coja.

-          No me extraña –gruñí entre dientes-, siendo las piernas lo mejor que tiene ella.

***

     Pasé las jornadas siguientes pensando en cómo sería mi reencuentro con Ronda y en la actitud que debería tomar en el futuro. En el fondo, las dudas eran más de forma que de fondo. Ni quería volver a pasar por aquellos tragos tan dolorosos, ni estaba dispuesto a ser plato de segunda mesa. El círculo se había cerrado y, a fin de cuentas, yo me había quedado como estaba. ¡Lástima que la vecindad próxima impusiera encuentros e inevitables explicaciones!

     Sin embargo, llegaron el Pilar y Santa Teresa[9] y Ronda no apareció. Extrañado, lo comenté con mi madre, con aparente desgaire. La respuesta me vino días después, a través de la portera: Su sobrina había conseguido una beca en un colegio mayor de Madrid, con lo que estudiaría la carrera, a partir de ahora, en la capital de España. La niña, y toda su familia, agradecían mis atenciones para con ella y esperaba que pudiéramos vernos en alguna de las visitas que hiciera a sus tíos más adelante.

     Lo cierto es que nunca más volví a verla, ni a comunicarme con ella. Como nos cambiamos de casa por aquellos días, no estoy seguro de que Ronda hubiera mejorado de sensatez, aun a costa de aminorar su confianza en el poder de la fe y la fortaleza. A fin de cuentas, eso es lo que denominamos madurar, fruto habitual y a veces amargo del paso del tiempo.

***

     La historia, evidentemente, se ha acabado. No obstante, hace unos años cayó en mis manos un libro –de esos que llaman best sellers-, llamado El secreto, inextricable mezcla de tópicos, aciertos y disparates, cuyo núcleo parece ser el poder de la voluntad o, dicho de manera pseudocientífica, el principio de atracción. Me lo habían recomendado algunos amigos –les prometo que Álex no estaba entre ellos- y acudí a la librería con el recuerdo de Ronda María en la mente. Después de todo, hay personas inolvidables, por mucho que uno viva.

     Eché un vistazo a los expositores, hasta dar con el famoso libro. Lo tomé en las manos y se me escapó una exclamación, entre el asombro y el júbilo. ¡La autora se llamaba Rhonda[10]!

     Como me he vuelto bastante pérfido, adquirí un par de ejemplares, por si se terciaba regalar uno de ellos a alguien.

 
 





[1]  También conocida como Help me, Rhonda, fue grabada y publicada en 1965. Pese a la aparente claridad de su letra, tengo mis dudas sobre si la ayuda pedida a Ronda era para olvidar a la ingrata novia anterior, o para darle achares y provocar su retorno. Ronda/Rhonda es un nombre femenino gaélico, que significa Lanza.
[2]   Obviamente, en alusión a la actriz francesa Emmanuelle Riva. La procaz película Emmanuelle (cuya estrella se llamaba Sylvia) se estrenó en 1974; por tanto, con posterioridad a la trama de mi relato, ambientado en 1967.
[3]  Insisto en emplear la grafía más propia del español, en lugar de la de Rhonda, habitual en inglés. La falta de un santo o santa de dicho nombre dio lugar a la cristianización de nuestra protagonista como  Ronda María, inevitable en los registros civiles y de bautismos en la España de la época.
[4]  Famosa actriz, nacida en Hollywood en 1923, con el nombre de Marilyn Louis. Su belleza y fotogenia le valieron el apodo de Reina del Technicolor.
[5]  Juego de palabras evidente, al cultivar el poeta Ramón de Campoamor (1817-1901) un género, por él bautizado como Humorada. Por lo demás, es conocido el juicio generalmente adverso que como poeta viene sufriendo Campoamor, desde hace más de un siglo.
[6]  Véase nota 1. Help me, Ronda equivale en español a ayúdame, Ronda, lógico título de este relato.
[7]  Discutible feminización del personaje mitológico de Pigmalión, que se utiliza como símbolo de quien realiza una imagen tan perfecta, que acaba enamorándose de ella y logrando dotarla de vida.
[8]  Más precisamente, The Beach Boys Today!, editado por la discográfica Capitol en 1965, alcanzando el número 4 en las listas de Billboard. Help me, Ronda fue número 1 en las mismas durante dos semanas (finales de mayo y principios de junio de 1965).
[9]  Es decir, el 12 y el 15 de octubre, en que se celebran en España tales festividades.
[10]  Se trata de Rhonda Byrne, escritora, guionista y productora de televisión, nacida en Australia en 1951. Pido disculpas a la infinidad de lectores de la señora Byrne que, obviamente, no comparten mi pobre impresión acerca de su libro –y documental cinematográfico-, aparecido en 2006.

domingo, 1 de diciembre de 2013

LA HISTORIA SE REPITE



¿La historia se repite?

Por Federico Bello Landrove


     Muchas personas, en momentos cruciales de su vida, cambiaron –o parecieron cambiar- de modo de pensar y, a veces, de actuar. ¿Es esto bueno o malo? ¿Las denigra o las ensalza? Como el profesor que narra esta historia, yo no tengo respuestas generales, pero sí algunos ejemplos, tan diversos como señeros.     




1.      Hombres de una pieza

     La segunda ponencia de la mañana había resultado bastante conflictiva o, cuando menos, polémica. La disertación había corrido a cargo del profesor y publicista don Pío Roa, famoso por su enfoque peculiar y heterodoxo de muchos temas de nuestra Guerra Civil. El título ya prometía: Del no es esto[1], al cambio de chaqueta. Ya digo, prometía bastante; tanto, que yo –riguroso por naturaleza- había decidido ocupar su hora paseando por el parque. No había regresado a Compostela para escuchar ocurrencias y broncas, sino para aprender algo de los especialistas serios.

     Como había quedado para comer con unos colegas de Castellar, de paladar menos exquisito que el mío para las conferencias, me tocó sufrir las secuelas de la de marras, en forma de extractos y comentarios, a los que procuré hacer oídos de mercader y dedicar toda mi atención a las vieiras rebozadas de mi plato y a los espléndidos ojos de la profesora granadina que se había agregado a nuestra mesa, sin saber de cierto en donde se metía. Pero el hombre propone y…:

-          El tío podrá ser borde y mal intencionado, pero lo que es, informado está un rato. ¿Te acuerdas de cómo le respondió a Julito Valdosón? Vamos, que lo dejó planchado. 

-          Poco imaginaba Julio que Roa conocía tan de cerca a los personajes castellarenses de aquella época.

-          Por cierto, Lorenzo, que uno de los casos que recordó fue el de un pariente tuyo…

-          … Y el del testamento del alcalde Fontana.

     Sin duda, estaban tirándome de la lengua; así que, con cierto esfuerzo para contenerme, les repliqué:

-          No hay forma más sutil de ser injusto que la de hacer comparaciones odiosas, metiendo a todos en el mismo saco. Por lo demás, rectificar es de sabios y arrepentirse, de santos. Eso es lo que tendríais que hacer vosotros, que os estáis perdiendo unas vieiras de muerte por unos crustáceos que son todo cáscara.

     La conversación cambió de rumbo y pude llegar al final del almuerzo sin una excesiva secreción de bilis. Me disponía a retirarme para la siesta, cuando la bella granadina me abordó:

-          Te invito a una copa… La verdad es que tengo que preguntarte algo.

-          Que sea una copita de chinchón. Ello te dará derecho a formular tres preguntas –bromeé-.

-          Con una me conformo.

     Como ya sospechaba, la cuestión tenía que ver con los supuestos voltafaccia[2] a que se había aludido durante la comida. Algo me inducía a creer en la buena fe de su curiosidad, pero la verdad es que yo seguía poco proclive a improvisar sobre un tema tan personal. Así que nos arrellanamos en un sofá y, tras el primer sorbo de anís, rectifiqué mi primitiva oferta:

-          Amiga Carmen, permite que sea yo quien protagonice ahora un voltafaccia, mucho más indiscutible que los que te traen a mal traer. No voy a despachar en dos palabras, y bajo los efectos de un bien regado banquete, episodios tan complejos y dolorosos, como aquellos por los que preguntas. Tiempo habrá de meditar sobre ellos y -¿quién sabe?- de puntualizar y tratar de explicarlos. Entre tanto, ya que no con respuestas, te pagaré la invitación con un cuento.

-          ¿Un cuento?, inquirió Carmen, entre la curiosidad y la decepción.

-          Bueno, un cuento de historiador; es decir, de los que tienen nueve partes de verdad y una de fantasía. Como el caso se ha reabierto no hace mucho, y en los Estados Unidos, no creo que lo conozcas. En todo caso, coincidirás conmigo en que tiene bastante que ver con los episodios españoles de tu interés, y por más de un concepto.

-          Está bien, docto profesor, puede usted comenzar cuando guste.

***

     Érase una vez un país muy lejano, en que hace muchísimo tiempo hubo una terrible guerra civil. Y, entre tantos energúmenos y arribistas como participaron en ella, había un sabio y ponderado militar, un tanto viejo para aquella época, que tenía el  ánimo dividido. Su mente y su conveniencia le llevaban a encabezar un bando, mientras su corazón y sus próximos lo impulsaban a dirigir el otro. Al fin, ganó el corazón, pero aquel general se puso una condición a sí mismo: luchar con honor y sin odio, para poder volver a hermanarse con todos sus compatriotas, tan pronto concluyera la guerra.

     Supo llevar tan a rajatabla su compromiso, que personificó uno de los más asombrosos ejemplos en la vida militar: ser querido y obedecido a cierra ojos por los suyos y contar con el respeto y el temor reverencial de sus enemigos. Finalmente, llegó a personificar cuanto de respetable y honroso hubo en quienes lucharon en aquella contienda, larga y sangrienta, que al cabo le tocó perder.

     Aquellos americanos debían ser menos crueles que nosotros, los españoles de muchos años después. Menos crueles, pero igualmente sádicos y estúpidos. Quiero decir que respetaron la vida del héroe vencido, pero lo trataron como a un apestado y, entre otras sanciones, le privaron de su nacionalidad, condenándole a la apatridia, a menos que jurase fidelidad y apoyo a las normas que habían dado lugar a la contienda civil y contra las que él había luchado con todo su valor y ciencia.

     Una vez más, hubieron de enfrentarse en su ánimo fuerzas y valores opuestos, mas ahora su corazón no tenía motivos para domeñar su mente: desde el fondo de aquel, sentía que, acabada la guerra, era llegada la hora de la verdadera paz y la concordia. Es de suponer que muchos tratarían de disuadirlo de suscribir formalmente el juramento para la amnistía. Fue en vano. Acudió prontamente ante el notario público y suscribió con letra amplia y clara el documento, que probaba ante el mundo que las furias de la posguerra no harían presa en él.

-          Aleccionador, en verdad –comentó Carmen, confundiendo mi pausa con el final del relato-, aunque no muy similar a los casos que esta mañana se comentaron.

-          Espera a conocer el final de mi historia, pues pienso que todavía nos falta lo mejor y más curioso de ella.



2.  El veredicto de la Historia


     Has de saber –proseguí- que, contra lo que habría sido de esperar, los vencedores no airearon aquel juramento de fidelidad, tal vez, prefiriendo, al baldón de la renuncia, el placer de una más cumplida venganza. El hecho es que sepultaron la solicitud de amnistía del general en los registros públicos y aquella simbólica firma pasó al olvido. En consecuencia, el héroe fue durante lo poco que le quedaba de vida un extranjero para su patria. El orgullo lo impulsó a no preguntar nunca por el destino de su pública promesa, ni a reclamar las legítimas consecuencias de la misma.

     Afortunadamente para el país, si no para él, el respeto al hombre primó sobre la rigurosa observancia de la ley. Quiere decirse que, disponiendo de inclinación y experiencia, aceptó el rectorado de un modesto –aunque histórico- colegio superior en las inmediaciones de su domicilio. Durante los cinco años que lo rigió, instiló en su espíritu tales dosis de diálogo armonioso y de democrática desenvoltura, que lo convirtió en una institución modélica de enseñanza. Todavía hoy, la Universidad que alumbró lleva ufana su nombre y procura seguir las normas y el ejemplo de quien, hace más de un siglo, la gobernó y en ella está enterrado.

     Ahora sí que podemos dar por acabado en cuento. Pero, antes del colorín colorado, permite que saque de la chistera un final todavía más feliz, al menos, desde el punto de vista de un historiador. Sucedió hace pocos años, cuando uno de esos ratones de bibliotecas y registros, desempolvó en los archivos centrales de la capital de la Nación el famoso documento, firmado por el general, más de cien años antes. ¡Oh maravillosa sorpresa! ¿Llegó a tanto la reverencia a su signatario, que los escamoteadores no se atrevieron a destruirlo? ¿O será que, a la postre, todo fue obra de la incuria de un empleado negligente, o de un pudoroso azar? Bien, como es lógico, el historiador, más contento que unas castañuelas, publicó el hallazgo e hizo pasar aquella oscurecida hoja de papel a los honores de una vitrina de relevancia.

     Cinco años más tarde, una comitiva de políticos dudosamente dignos de honrar al héroe recorría las estancias académicas de su Universidad. El Presidente de la Nación pronunciaba en loor del gran general un breve discurso, para ofrendarle la concesión por el Senado de aquella nacionalidad perdida ciento diez años atrás. El narrador imagina la estatua funeraria esbozando una sonrisa, irónica y ligeramente despectiva, al contestar a tan oportunistas ditirambos:

-          Señor Presidente, yo soy un gran americano, no por obra y gracia de los políticos, sino por el veredicto de la Historia.

***

-          Amigo narrador, este cuento no paga tu deuda conmigo –protestó Carmen-, ni aunque me tengas la amabilidad de poner nombre a su noble protagonista.

-          Tal vez, una vez en casa, me atreva a rendir tributo a tu curiosidad y a la memoria de mis deudos. En cuanto a la identidad de nuestro héroe, te diré que su espíritu late en toda persona que diga con verdad, al concluir una guerra civil, que es deber de todos el unirse en la restauración del país y el restablecimiento de la paz y la armonía[3]… Y no creo que puedas pedirme más a cambio de una copita de chinchón.










[1]  “No es esto, no es esto”, severa crítica de Ortega y Gasset a los radicalismos de ciertos partidarios de la II República española, en un artículo publicado en la revista Crisol del 9 de septiembre de 1931. Pasa por ser el primer paso atrás famoso de un prócer, partidario inicialmente del advenimiento de la República en España.
[2]  Vocablo italiano de uso universal (tal cual, o en su versión francesa volte face), empleado para designar los cambios radicales y rápidos en la forma de pensar o de actuar.
[3]  Seré menos circunspecto con mis lectores, que el profesor Lorenzo Vidarte con su bella colega granadina. El protagonista de su cuento es sin duda el general estadounidense Robert Edward Lee (1807-1870). Su juramento de amnistía lleva fecha de 2 de octubre de 1865. El documento reapareció en 1970. La recuperación plena de la nacionalidad  por el General se produjo en 1975.