viernes, 22 de marzo de 2013

¿TIENEN FUTURO CANCIONES DE AMOR?




¿Tienen futuro canciones de amor?

 

Por Federico Bello Landrove

 

     Muchísimas canciones cantan al amor como la panacea de todos los males y, por eso, instan a rendirle tributo, o a recuperarlo, para superar el dolor y la tristeza. Pero, ¿es eso cierto? ¿Qué sucedería si hiciésemos caso de lo que las baladas amorosas promueven y nos aconsejan? He aquí cuatro ejemplos, al hilo de otras tantas hermosas canciones de amor.

 

 

1. Bata blanca, corazón negro[1]

 

     Eran mis primeros días como galeno de Medicina general en el Centro de Salud de La Olmeda. Atrás habían quedado quince años, dando tumbos por los bacheados senderos de la sanidad rural. Por delante, poner rostro e historial a mil quinientos pacientes, cuyo bienestar físico se me encomendaba a partir de ahora. Se supone que la salud mental es cosa de médicos especialistas, aunque bien sabemos todos que no siempre los hay a mano, por no aludir a lo impreciso de la frontera entre cuerpos y almas, por parodiar a van der Meersch[2].

 

     En estas estaba, cuando el enfermo de las 09:40 horas de mi tercer día de consulta apareció por la puerta, provocando mi curiosidad. En realidad, debería haber sido su historial clínico el que la hubiese generado previamente, pero no era cosa de estudiar sobre el papel –de un día para otro- un voluminoso cartapacio, cuyo papeleo interior arrancaba de diez años atrás y había pasado por las manos de, al menos, los tres colegas que me habían precedido en el desempeño de la plaza.

 

     Les decía que aquel paciente despertó mi curiosidad. En efecto, entre tanto pensionista ajado y tanto inmigrante mal vestido, aquel sujeto de unos cuarenta años, elegantemente trajeado, oliendo a English Lavender y pidiendo permiso al entrar, era una rara avis. Tanta mayor sorpresa, cuanto que, aunque muy ceremonioso, me espetó sin dudar:

 

-          Bien, doctor, aquí me tiene, para la revisión trimestral. ¡Ah, y se me ha acabado el Placebil, 10 mg! Si me extiende una receta...

 

     Obviamente, el Placebil –llamémoslo así, para que no se ofenda ningún laboratorio- era el típico medicamento de pega, que se recetaba a los hipocondriacos y los palizas, para cumplir con el doble objetivo de estimular al enfermo imaginario y, de paso, quitárselo de delante el médico de turno. Pero lo de la revisión trimestral...; revisión, ¿de qué? Decidí hacerme de nuevas, con finura.

 

-          Bien, ¿qué tal vamos? Tiene usted buen aspecto.

-          ¡Hum!, la procesión va por dentro. Ya sabe que esto es crónico.

-          Esa ha sido la opinión de mis predecesores –que respeto en lo que vale-. No obstante, ya que voy a ser su médico a partir de ahora, me gustaría mucho que me hiciese un resumen de cómo ve usted los síntomas de su enfermedad y la evolución de la misma. En fin, lo que los profesionales llamamos la anamnesis.

 

     Me miró con aire escéptico y como de cansancio. No obstante, muy correcto, atendió mi solicitud y narró esquemáticamente lo que sigue:

 

-          Fui hijo de los porteros de un inmueble de lujo, en el centro de la ciudad. Con el esfuerzo de mis padres y el mío propio, cursé estudios universitarios, costeándomelos con mi trabajo como albañil y fontanero. En aquella época, alrededor de los veinte años, hice amistad con la niñera de una familia vecina, hasta el punto de enamorarme de ella, sin que pueda aseverar que mi cariño fuese del todo correspondido. Digo esto, porque aquella relación, un tanto platónica y romántica, duró solo unos meses: los que tardó la coyuntural aña en reconciliarse con sus padres y retornar al domicilio familiar y al pretendiente de su misma clase social, que le estaba predestinado. En fin, todo eso hube de saberlo tiempo después, ya que en aquel momento Enriqueta, mi amada, se apartó de mi lado sin avisarme, ni dar explicación ninguna.

-          Dramático. Y, claro, eso lo afectó profundamente…

-          Más de lo que es habitual en estos casos. La cosa es que, a fuerza de anhelar el reencuentro, empecé a sufrir una especie de alucinación, consistente en ver su rostro en el de cualquier chica mínimamente parecida a ella en algún aspecto. Figúrese la vergüenza que pasaba, siguiendo a las mujeres, acercándome a ellas para cerciorarme o, incluso, dirigiéndoles la palabra, creyéndolas la Enriqueta de mis amores.

-          Algo así como las alucinaciones ópticas de la esquizofrenia.

-          En efecto. Hube de ponerme en tratamiento médico, con nulos resultados, hasta el punto de que abandonaba las consultas a cada poco y rechazaba la medicación. A duras penas, acabé los estudios de aparejador, haciéndome la ilusión de que, si nuevamente la encontraba, sería esencial haberme convertido en una persona culta y buen profesional, lejos del patán con mono que ella había conocido. De ahí, pasé a convertirme en empleado y, luego, gerente de una empresa constructora importante. Esta es la fecha en que puedo considerarme rico, capaz de sufrir sin desdoro la comparación con la familia de Enriqueta, cualquiera que sea.

-          Creo entender que no tiene ningún dato para llegar hasta su adorada, ni conoce cuál pueda ser su familia, ni su paradero.

-          En efecto. Puede parecer absurdo en nuestros tiempos, pero todo se explica por el interés de ella en aquel momento por pasar desapercibida, de escapar de su pretendiente y, en fin, de no figurar como mujer de fortuna, sino chica de servir. Ni siquiera conmigo reveló rasgo alguno de su intimidad.

 

      Habían dado las diez y cuarto y la consulta iba con notable retraso. Decidí poner fin a la entrevista, con una pregunta final:

 

-          Así que, en lo social, ha superado usted con pleno éxito el problema. ¿Y en lo afectivo? ¿Se ha casado?

-          ¡Cómo puede preguntarme una cosa así! Yo no tengo corazón, ni paz, ni vida personal. Vivo arrastrando mi dolor y padeciendo las mismas visiones que hace casi veinte años. Ni sé por qué me pongo en manos de ustedes, los médicos, que nada consiguen y seguramente se burlan de mí.

 

     Me sentí molesto con tan peyorativo juicio de nuestra labor. En consecuencia, extendí la receta inocua que me había solicitado al principio y lo despedí con un desabrido hasta dentro de tres meses, si le parece bien.  El hombre, un poco corrido, recogió su prenda de abrigo y salió, balbuceando una fórmula de despedida.

 

***

 

     Al siguiente fin de semana, me llevé para casa el expediente clínico de aquel Leonel Sánchez, que en tan poco tenía a los médicos. El segundo de los que lo había tratado (por cierto, una mujer) recogía con sorprendente detalle y exactitud las visiones del paciente, con especial atención a los rasgos que podrían permitir la identificación de la tal Enriqueta, para el caso de coincidir la fantasía con la realidad. Llegué a preguntarme si aquella doctora había pensado en curar al enfermo de la manera más obvia, es decir, localizando al sujeto de sus amores.

 

     Y así, se documentaba parcialmente una entrevista médica de seis años atrás, de la siguiente forma: El paciente despertó muy sobresaltado de su sueño, al haber tenido durante el mismo la visión de una mujer vestida con una blusa blanca, en la que aparecían bordadas en rosa las letras E.M., de forma similar a las que había contemplado en una prenda de la tal Enriqueta, en su juventud. Asegura que se trataba de esas iniciales, ya que, nada más despertarse, anotó las mismas en una agenda, que me enseña en este acto.

 

     E.M. No era mucho para empezar. Por otra parte, me importaba un comino que Leonel hallase a Enriqueta, o no. Yo era médico, no alcahuete. No obstante, por la cabeza me iban rondando las imágenes desvaídas de mi colega y amigo, Tristán Azara, y su opulenta novia, Quety[3] Menéndez, tal y como yo las recordaba del día de su boda, en la iglesia de los Claretianos. Aquel solemne fiasco había venido precedido de ciertas habladurías, relativas a que la novia había realizado alguna escapada previa, tratando de eludir su destino manifiesto, marcado por la íntima amistad de ambas familias. Luego, la pronto infeliz pareja marchó a una ciudad del norte, donde Tristán ejercía exitosamente de médico privado y Quety veía volar sus atractivos personales y sus –no menos importantes- caudales de rica por su casa. Y es que, como es sabido, ni la juventud ni la industria azucarera duran siempre.

 

     Aquello parecía un disparate sentimentaloide, pero es deber de todo buen médico el de agotar las posibilidades de curación de sus enfermos. Así que busqué en mis álbumes una foto añeja, en la que Quety y Tristán posaban junto a otras parejas en un congreso médico y se la hice llegar a Leonel anónimamente, enviada desde Madrid, aprovechando una estancia mía en la capital de España. Contra lo que suponía, el resultado se hizo esperar. Al fin, dos meses más tarde, Leonel apareció por mi consulta. Reclamó mi consejo:

 

-          Verá, doctor, he logrado localizar a la mujer de que le hablé, pero ahora estoy como paralizado por el temor. ¿Y si ella me rechaza, o a estas alturas se ha convertido en una persona muy diferente de la maravillosa que conocí?

-          Señor Sánchez, no puedo contestarle como adivino, sino como hombre de ciencia. Si el problema de otros tiempos fue el de la diferencia de clase y de fortuna, no cabe duda de que ahora lo ha superado, gracias a su esfuerzo, y puede aspirar a lo mejor y más valioso que pueda encontrar.

-          Quizás esté usted en lo cierto, pero hay otra dificultad. Me he informado de que Quety está casada y tiene un hijo mayorcito.

-          ¿Se ha informado también sobre si le va bien con su marido y es feliz? Pienso que eso es lo que mayormente debería importarle.

 

     Leonel se quedó muy pensativo, frotándose las manos y rebullendo en la silla. Acabó por levantarse y, por todo saludo, me soltó:

 

-          Tendrá noticias mías.

 

***

 

     La verdad es que las noticias no me llegaron de boca de Leonel, sino por un correo electrónico del doctor Azara, que me veo obligado a transcribir, en aras de la verdad del relato. Helo aquí:

 

     Querido colega y, sin embargo, amigo: Correspondo a tu felicitación navideña y de año nuevo, comunicándote al propio tiempo grandes novedades en materia familiar. Creo ya sabes que mi matrimonio llevaba muchos años naufragando, aunque ni Quety ni yo nos resolviéramos a romper, por diversas razones, entre ellas, la reacción de Paquito y lo costoso de un divorcio en mis circunstancias. Pero todo saltó por los aires al aparecer en escena un constructor muy pintoresco, con el que mi ex había mantenido relaciones de jovencita. Parece ser que, al reencontrarse por casualidad, él le perdonó el pretérito abandono y ella decidió repetir la fuga, esta vez, de mí. En fin, que la cosa les duró no más de seis meses, entre otras causas, porque él empezó a obsesionarse con que ella solo lo quisiera ahora por lo que tiene (el tío está forrado), no por lo que es. Y no anda descaminado el tipo, pues ya sabes que la familia de Quety está prácticamente arruinada. En fin, Alberto, que se han separado de forma tan airada y brusca, que no puedo menos que tenerles lástima, considerando lo mucho que han perdido por tentar la suerte de forma tan ilusa. Claro que yo sí he salido ganando: he conseguido el divorcio sin coste alguno y Paquito se ha quedado conmigo. Así que a ver si voy pronto por ahí y nos corremos una juerga como las de antaño, para celebrarlo.

 

     No he vuelto a ver a Leonel Sánchez, ni falta que me hace. Él sería un necio, pero había jugado honradamente la partida y la había perdido. En cambio yo había tirado maliciosamente de los hilos, quedándome entre bambalinas.  Tengo la bata blanca pero ¿y la conciencia?

 

 

2. La dama sin nombre[4]

 

     Todos la conocíamos por la Lady, apelativo que denotaba un exotismo mezcla de ridículo y desprecio. Por lo demás, no hacía falta mucha imaginación para inventarlo, ni de reflexión para explicárselo. Alguien puso un día letra y música a su paso por la calle Mayor y resumió de esta forma la apariencia de aquella señora que ya formaba parte de nuestro cotidiano paisaje:

 

Su pamela gris,

Su traje de almidón,

Perfume de jazmín,

Botines de charol…

Se pinta los ojos de azul,

Aunque hace mil años

Que dejó atrás su juventud.

 

     Yo no sería capaz de describirla mejor con tan pocas palabras. Solo discrepo en un aspecto: Para mí, el lugar de Lady era el Parque del Salón, entre la fuente de Hércules y el Teatro del Campo, sentada en un banco de la Rosaleda o extasiándose con el plumaje de los pavones y faisanes de la Pajarera. Me parece estar viendo a mi madre charlando con ella del tiempo o de los trabajos, mientras yo correteaba en torno a ambas espantando las palomas o dedicado a la vivisección de insectos.

 

-          ¡Jesús!, comentaba Lady fingiendo horror, ¡qué curioso es este niño!

-          No se crea, doña Manuela –replicaba mi madre-. También reparte el bocadillo, o los gofres, con los patos del estanque.

-          Eso está bien –apostillaba la señora, atusándome el flequillo-: tener buen corazón.

 

     Aquellas pláticas duraban poco. Lady se levantaba sin preámbulos, estiraba su falda e invariablemente se despedía, tomando el sendero hacia Paseo Central:

 

-          Es un poco tarde. Hasta otro día,… si Dios quiere.

 

     Era lo bastante para sentirla como algo común e inevitable, fruto de aquellas inolvidables tardes del buen tiempo de mi infancia: como los estridentes planeos de los vencejos o las nubes rojas del atardecer. Ella parecía estar siempre igual, mientras los niños crecíamos a ojos vistas y las madres –según ellas- se marchitaban:

 

-          Es increíble lo de la Lady. ¿Cuántos años tendrá?

-          Debe de ser el vestuario, intemporal y recatado, o los afeites.

-          O la eterna espera de su perpetuo amor –poetizaba doña Julia-.

-          Todo influye, concluyó mi madre, mirándome con aprensión.

 

     En efecto, tan pronto despedimos a doña Julia, surgió incontenible mi curiosidad:

 

-          Mamá, ¿qué es eso del amor perpetuo? ¿Es que la Lady está esperando a su novio?

-          Ya te explicaré cuando seas mayor. Y no me gusta que le digas Lady. Se llama doña Manuela.

 

     Como es natural, pronto me hice mayor, pero la información requerida no me llegó de labios de mi madre, sino de los mucho más atractivos de Rufina, mi primera novia, quien vivía dos plantas más abajo que la Lady:

 

-          ¡Uf!, hace un siglo que esa señora vive arriba, en una habitación realquilada a doña Emilia, la viuda del militar. ¿De qué la conoces?

-          Mi madre solía charlar con ella en el parque, cuando me llevaba de niño. Ahora hace bastante que no la veo.

-          Cada vez pasea menos. Deben ser los años. Bueno, los años y un ligue que le ha salido últimamente. Figúrate, a su edad.

 

     Por Navidad, nos dimos de manos a boca con Lady y su ligue en la calle Mayor. El acompañante era, más o menos, de su misma edad, alto, embutido en un abrigo tirolés azul marino, bastante encorvado y de rostro macilento. Se apoyaba en el brazo de ella, que estaba como siempre. Se protegía del frío con un chaquetón de garras de astracán y, sobre todo, reclinando con elegancia su cabeza en el hombro de él. Su gorrito de fieltro granate emanaba un halo de tenue luminosidad, a juego con su dulce mirada. Pensé: sería hermoso que Rufi y yo paseáramos así dentro de cincuenta años.

 

     Como si mi pensamiento hubiera tenido voz, Rufi comentó:

 

-          Ahí tienes a tu Lady. ¿Sabes que se ha ido a vivir con ese señor? Es un caso de lo más curioso. Fíjate que él la dejó a punto de casarse y desapareció de su vida hasta hace unos meses. Y la tonta de ella va y lo perdona…

-          Mujer, ¿tienes idea de por qué se fue? En aquella época hubo guerra, persecución política y todo eso. A  lo mejor tuvo que salir por pies, o anduvo prófugo…

-          Quizá. Mi madre dice que ha oído de todo. De todas formas, a buenas horas iba yo a esperar toda la vida a un novio que me dejase plantada ante el altar.

-          Eres muy imaginativa, Rufi, concluí. Y, mientras continuábamos el paseo, comprendí que ella y yo nunca llegaríamos a envejecer juntos. Mas, por ahora, se trataba de sacar entradas para el cine. ¡Ah, el cine de aquellos años! Apreté aún más la mano de mi chica y decidí olvidar mi incierto y lamentable futuro en el siglo XXI.

 

     A lo lejos, nos saludaban Sofía Loren y Marcello Mastroianni sobre un campo de girasoles, con la catedral de San Basilio al fondo[5].

 

***

 

     Seguí creciendo, ya sin Rufi y –poco después- sin mi madre. Me licencié en Medicina y, mientras preparaba el examen para M.I.R.[6], me ofrecieron hacer una sustitución en el asilo de ancianos (descarto eufemismos) de la Diputación. Y allí me la volví a encontrar. Como habría dicho mi madre, parecía una pavesa, toda arrugas y corcova, de pelo blanquísimo, aferrada a un bastón de puño horizontal. Sentada en uno de los bancos del pasillo, apenas se podía apreciar el brillo de sus ojos azules y el detalle coqueto de la gorguera de terciopelo con camafeo. Contra mi costumbre, me dio por pegar la hebra; me senté junto a ella y la saludé. Sorprendiose. Me vi obligado a refrescar su memoria:

 

-          Sí mujer, el hijo de la maestra; aquel que se pasaba la tarde destripando cochinillas.

-          ¡Ahora caigo! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué ha sido de su madre?

-          Murió hace un par de años.

-          Lo siento mucho. ¿Llegó a verlo a usted de médico?

-          Me licencié el mismo año. Ahora ando por aquí, a la espera de los exámenes para especialistas.

-          ¡Qué suerte! Si he de ponerme mala, aprovecharé mientras esté entre nosotras.

 

     Le estreché su mano sarmentosa, aún firme, como su cabeza. Debió entender mi admiración por lo bien que se conservaba, pues dijo simplemente:

 

-          Lo que me falla son las piernas. No puedo pedir más. Por San Marcos, cumplo noventa y dos.

 

     Me quedé a comer en el asilo, pues ese día tenía guardia diurna. Una monja enfermera me preguntó:

 

-          ¿Conoce usted a Manuela? Es un sol de anciana.

-          Un poco. ¿Lleva mucho tiempo ingresada?

-          Diez años, más o menos. Y eso que, al principio, lo pasó muy mal. Eran otros tiempos…

 

     Tenía ganas de explayarse. Resultó que la Lady y su compañero habían solicitado plaza, cuando él ya no estaba para que lo cuidase Manuela sola. Dejaron su pisito de pareja y lograron una habitación en el pabellón de matrimonios. Así fue… hasta que los papeles demostraron que no estaban casados, como se había supuesto. Los separaron inmediatamente y pasaron a salas colectivas diversas, coincidiendo solo en la capilla y, si acaso, a la hora del paseo. Él estaba para pocos trotes –no creo que la sor jugase con el doble sentido-; de modo que apenas podían encontrarse. Duró poco, el pobre. Aunque era ya muy añoso, quién sabe si la separación de Manuela aceleró su muerte.

 

     Suspiró. Pregunté:

 

-          Y a Manuela, ¿cómo la ve?

-          Orgullosa y feliz, como siempre. Orgullosa de haberlo esperado. Feliz, por haber compartido los últimos años con el hombre de su vida.

 

     La miré fijamente a los ojos, hasta hacérselos bajar. Comenté:

 

-          Está visto que a ciertas personas no las quiebran los desengaños.

 

     Ella replicó:

 

-          No puedo decirle. Yo he puesto mi amor en Alguien que no puede defraudarme.

 

     Yo era entonces un poquito cruel y no me privé de demostrarlo:

 

-          ¿Y viceversa?

 

 

 

3. El futuro en sus manos[7]

 
     Mi edad y posición en la oficina hacen de mí un poco el confidente para los compañeros. Tal vez influya el carácter, o ese sexto sentido que ahora se llama química. Con todo, hay ocasiones en que uno se asombra de la sinceridad y falta de reserva de la gente; como cuando, hace ya bastantes años, una auxiliar bastante mona, de unos treinta años, me preguntó:

 

-          Gabriel, ¿no te has fijado en cómo me mira Felipe?

 

     Creí que la pregunta encerraba un sentido de reproche, que pretendía que yo hiciera de intermediario para embridar al atrevido. Ella se percató y aclaró conceptos:

 

-          ¡Oh, no es que me desagrade! Simplemente, quería saber si lo habías notado. Como es tan tímido…

 

     Yo no compartía despacho con los aludidos, ni tenía un especial olfato para percibir sentimientos reprimidos. Opté, pues, por lo más fácil. Cecilia era mujer observadora y prudente, compañera de despacho del vergonzoso Felipe y de la perspicaz Rebeca. Decidí interrogarla.

 

-          Cecilia, reina, tú que lo sabes todo, ¿hay algo entre Rebeca y Felipe?

-          ¡Huy!, menudo tema has tocado. Empieza a ser un tópico en el café. Como casi siempre, eres el último en enterarte.

-          No me digas que también Felipe está al tanto.

-          Bah, lo que es, tratándose de él, no sería al tanto, sino al tonto. Yo creo que se hace el ídem.

 

     Ceci ya estaba embalada y me costó muy poco trabajo que me pusiera al día de lo que prometía ser la típica historieta entre compañeros, que acaba teniendo ribetes psicoanalíticos. Juzguen ustedes, si no.

 

     Todo comenzó como suelen estas cosas, cuando media una cierta atracción o, cuando menos, un poco de aburrimiento: una frase amistosa; alguna pregunta intencionada; una miradita a las piernas o un poco más arriba… Lo curioso es que Felipe era de los que usaba hasta tal punto del disimulo, que nadie habría dicho que sentía interés por Rebeca, más allá de lo mínimo que se espera en un –digamos- heterosexual. Nadie, decía, … salvo la propia Rebeca.

 

     Según Cecilia, la convicción de sentirse admirada despertó en ella sentimientos encontrados. La chica estaba acostumbrada a despertar general afecto y, además, acababa de romper con un novio que le había durado un par de años. Por si fuera poco, Felipe era un soltero vocacional al que, pese a sus treinta y tantos, no se le conocían relaciones anteriores y…

 

-          Perdona, Ceci, -interrumpí-. Nuestro compañero acaba de llegar a esta ciudad; con lo que me parece muy normal que no se le conozcan relaciones anteriores.

-          Hombre, si me lo tomas al pie de la letra… Pero eso es una cosa que se nota. Nosotras, cuando menos, la notamos. Y ahora, si me dejas seguir…

 

     La dejé o, tal vez, me lo contó en otro momento posterior. Lo cierto es que Rebeca mejoró mucho de carácter y –dentro de lo que entonces no se juzgaba descoco- también de apariencia y vistosidad. Fue famoso en la oficina el escote corazón con el que apareció en la comida de navidades. Ningún vestido verde fuera más celebrado. Pero aquella etapa gloriosa pasó y fue sustituida por otra de enfados y morros, que yo achacaba a la parquedad de su sueldo, pero que seguramente tenía orígenes más viscerales. Finalmente –siempre según Ceci- llegó la fase lacrimosa y depresiva, ante la inamovilidad de Felipe, a quien ya empezaban a apodar Marmolillo y Don Tancredo [8]. Fue entonces cuando –como antes dije- Rebeca acudió a mí, como último y desesperado recurso. Uno tiene su corazoncito y tenía su prestigio entre los colegas. Así que me lancé al ruedo, y no como Don Tancredo precisamente:

 

-          Ceci, amiguísima, ¿crees que se podría hacer algo para aclarar las cosas entre Felipe y Rebeca?

-          Gabriel, eres un cielo, pero yo creo que ambos están al cabo de la calle. De todas formas, si decides actuar en pro de la buena convivencia oficinesca, ándate con pies de plomo.

 

    Un día que Rebeca entró en mi despacho para hacerme una consulta, enlacé con su visita anterior:

 

-          ¿Qué tal van las cosas, Rebeca? ¿Se van aclarando?

-          Para mí están clarísimas, transparentes. Basta con tener un mínimo de experiencia y de psicología.

-          ¿Entonces, qué? ¿No se te ha declarado aún?

 

     Me miró con cierta displicencia, se sentó con la mesa de por medio, suspiró y dijo así:

 

-          No solo no se declara, sino que parece darme a entender que no me ama, que se siente molesto con mi interés. La cuestión es que no sabe mentir. Mil cosas denotan su cariño: me habla con una severa cortesía, que pretende enmascarar el temblor de su voz; pregunta por mí, cuando llego tarde o no vengo a la oficina; se cala las gafas al ir a hablarme, para que no aprecie los matices de su mirada; me espía cuando más concentrada estoy en mi trabajo; se le aflojan también los esfínteres (literal) cuando yo me levanto para ir al servicio; se le arrebolan las mejillas cuando le sonrío. En fin, Gabriel, estoy segura de que me quiere, pero su amor es un secreto, que guarda en su mente.

-          Y, según tú, ¿que puede impulsarle a provocar la infelicidad de ambos? Porque supongo que tampoco él estará a gusto con esta situación.

-          Al principio creí que sería timidez o, más bien, algún fracaso amoroso anterior. Yo también he pensado varias veces que el mundo se había acabado para mí, al romper con mis novios. Pero no; ahora ya tengo la respuesta.

-          ¡Estupendo! La causa es…

-          La pillé la otra noche en un libro de psicología amorosa. Lo llaman el síndrome de Polonio. Es una manera especial de amar: detrás de las puertas, como un ladrón. Unas veces, el enfermo se conforma con espiar y ver la felicidad ajena. Otras, pierde la confianza en sí mismo y en su amada, y no se atreve más que a permanecer cerca de ella, sin destacar, pasando desapercibido.

-          ¡Arrea! Nos las habemos con un enfermo mental. ¿Qué remedio aconseja ese libro para el síndrome de Laertes, perdón, de Polonio?

-          Ahí está el problema. La amada tiene que seguirle la corriente: llevar la relación como un misterio, como si ella fuese una clave secreta para acceder a la eterna ocasión; vamos, llevarlo al huerto, pero por un pasadizo oscuro, de noche y lejos de las miradas de otras personas.

-          Ya caigo. Pues, nada, Rebeca, a ensayar la visión nocturna y, si a mano viene, usar luz de infrarrojos.

 

     Se levantó echando rayos por los ojos –y no infrarrojos, precisamente-, me soltó un hideputa a la moderna y salió dando un portazo que hizo temblar los muros. Seguramente, me lo tenía merecido.

 

***

 

     Cada vez que me tropezaba con Rebeca, me remordía la conciencia. Por otro lado, el aire de la oficina se me estaba tornando irrespirable.  Cada ceño del jefe, cada desplante de Cecilia o de Rebeca, los asumía inmediatamente como un castigo bíblico de mi perversidad. Tenía que hacer algo y se me ocurrió ir directamente al fondo del problema. Abordé a Felipe de manera brusca y agresiva, para atraparlo alevosamente:

 

-          Felipe, el ambiente de la oficina, antaño tan amable, se ha vuelto ominoso y todo por tu culpa.

 

     El pobre –que seguramente desconocía el significado de ominoso- balbuceó lo que parecía una disculpa. Bajé efectistamente la voz y proseguí:

 

-          Cuando uno siente interés por una compañera de trabajo, lo menos que puede hacer es decírselo francamente y no andar con subterfugios y medias tintas, entorpeciendo el quehacer de toda la plantilla.

 

     Felipe bajó los ojos, silente. Me hizo la gracia de no tener que dar detalles personales. Concluí:

 

-          En nombre de todos los compañeros, te conmino a que me confieses si amas, o no, a Rebeca y, en caso afirmativo, que me reveles las razones de tu abominable falta de franqueza.

 

     El pobre hombre, abrumado, se tomó unos momentos de respiro, tragó saliva y declaró:

 

-          ¡Cuánto lamento que mi llegada a esta oficina haya ocasionado perturbaciones! Lejos de mi intención usar de astucia o de malicia en las cosas del amor. No te ocultaré mi afición a Rebeca y la ternura que provocan en mí sus atenciones. Mas no puedo entregarme al deseo, ni quiero –por otra parte- traicionar mis sentimientos.

-          Pues, si eso no es doblez, amigo mío, que venga Dios y lo vea.

-          No, no lo es en modo alguno. Se trata de que me es imposible asegurar la realidad y pureza de mi inclinación hacia ella, porque… porque… me recuerda a alguien.

-          Ese es un truco muy manido, Felipe; solo que se suele usar para acercarse a las mozas, no para alejarse de ellas.

-          Es que, en mi caso, no es ninguna táctica, sino la más estricta verdad. Hace muchos años, cuando era un adolescente, me enamoré perdidamente de una colegiala; tanto, que mi timidez y su gran valía me impidieron durante mucho tiempo hacer otra cosa que adorarla en silencio. Finalmente, cuando ya parecía decidido a confesarle mi amor, pasó lo que en esos casos suele: la moza se ennovió con otro. Luego debió mudarse de ciudad, pues no la volví a ver, aunque sí al chico que me la birló.

-          Y, según dices, Rebeca te la recuerda intensamente, por así decir.

-          En lo físico, salvando la diferencia de edad, sin ninguna duda. Pero, sobre todo, se trata de una sensación extraña: la de haberla conocido en otro tiempo; la de que ella y Aurora compartiesen algo más, mucho más, que un mero parecido corporal.

-          Así que se llamaba Aurora… -aventuré, para ganar tiempo-. Hermoso nombre para el primer amor.

 

     Me dio la impresión de que el bueno de Felipe estaba a punto de sollozar. Decidí mantener las riendas en mis manos.

 

-          Mira, voy a hablarte como decano de este centro de trabajo y buen compañero vuestro. Muéstrate simpático con Rebeca; busca una ocasión favorable y revélale cuanto me has confesado a mí. Que sea ella la que decida si le merece la pena ser el avatar de Aurora y aceptar tu cariño por delegación. La sinceridad es siempre mucho mejor que el paternalismo.

-          ¿Tú crees? Me da miedo del futuro.

-          ¿Y a quién no, mi buen amigo? Pero, si la vida tiene lógica, irás olvidando a Aurora según intimes con Rebeca. Seguro.

 

     Así quedaron las cosas. De su continuación, hube de saber –como casi siempre- por medio de Cecilia:

 

-          Bueno, Gabriel, las cosas marchan viento en popa. No me extrañaría que hubiese boda este mismo año.

-          Pero, ¿le dijo él lo de que le recordaba a su amor primero y todo eso?

-          Tal cual, pero ya sabes cómo es Rebeca. Le pareció un cuento chino, una pobre disculpa para explicar su timidez en temas amorosos. A lo más que ha llegado es a admitir que Felipe sea tan parado a causa de algún desengaño precedente.

-          Y, claro, nada de eso la ha disuadido de aceptarlo.

-          ¡Quiá! Literalmente, me dijo: ¡Con parados a mí, con la marcha que yo tengo!

-          Sí, redaños no le faltan… Oye, Ceci, ¿tú te creíste lo del parecido, el recuerdo del pasado y toda esa historia?

-          Querido Gabriel, ya soy mayorcita para esas patrañas. Por cierto, ¿no te acuerdas de que, a poco de llegar yo aquí, me dijiste que era clavada a Meg Ryan[9]?

 

     Creo que me puse colorado, aunque –como ustedes comprenderán- mi búsqueda de parecidos razonables está muy lejos de ser una táctica de aproximación.

 

***

 

     Al día siguiente de la boda, con Felipe y Rebeca tomando el sol en Punta Cana, entró Cecilia en mi despacho, presa de gran agitación.

 

-          Gabriel, ¿te fijaste en una amiga de Rebeca, muy guapa, rubia y con un vestido malva?

-          No caigo. Ya sabes que soy muy distraído. ¿Por qué me lo preguntas?

-          Pues porque se trataba de la famosa Aurora. ¡Así que era cierto!

-          ¡Arrea! Y amiga de Rebeca…

-          Íntimas, desde el colegio, aunque hace bastantes años que la otra vive en Málaga. Está divorciada y sin hijos.

-          ¿Y qué tal fue la cosa? ¿Cómo se comportó Felipe?

-          Hombre, no soy tan indiscreta. Me limité a charlar un rato con Aurora y, por lo que pude percatarme,  no tiene ni idea de haber conocido o visto a Felipe antes de ayer.

-          Claro, como entonces era tan tímido…

-          En efecto, entonces. Pero, ¿y ahora?

 

     No sé ustedes, pero yo no supe qué responderle.

 

 

4. De ida y vuelta[10]





     ¿Qué habría pasado si la cosa hubiese sido al revés? Lo digo porque las infidelidades pasajeras de los hombres (otrora llamadas canas al aire) suelen pasar mucho más desapercibidas y tolerarse con bastante mejor ánimo. De su respectiva frecuencia nada diré, pues el mundo moderno iguala los sexos, sobre todo en lo peor, que diría mi madre.

 

     El caso es que Conchita, la que fue nuestra vecina, era secretaria de dirección en una empresa de importación de maquinaria. Hubo un tiempo en que a mí me hacía tilín, con sus grandes ojos azules, el dulce acento gallego y sus formas generosas y un tanto mórbidas. Nuestras familias se conocían y ello me inducía a andar con pies de plomo. Luego, los padres de mi vecinita marcharon a Madrid y ahí acabó todo. Miento: hice por verla, bastantes años después, cuando hacía mis primeras armas como juez en prácticas. Me recibieron con los brazos abiertos. La niña era ya, por supuesto, toda una mujer, mucho más alta y estilizada de lo que la recordaba, con ese tono decidido y desenvuelto que da la vida en una gran ciudad. Como dije, era entonces secretaria, algo que a la sazón se juzgaba no exento de ciertos peligros. La mamá así parecía también reconocerlo:

 

-          Fíjate, Goyo, Conchitina, en ese mundo de extranjeros, yendo y viniendo, un poco de chica para todo. ¡Qué bien le vendría cambiar de aires y un trabajito menos aperreado!

 

     Vamos, blanco y migado: ¡Qué bien le vendría un matrimonio conveniente!

 

     Yo partí; ella quedó; el tiempo discurrió rápido e inexorable. Un verano, mamá me hizo saber que Conchita se casaba y nos había invitado a la boda. Naturalmente, declinamos con una disculpa tópica y un regalito. Un par de años más tarde, en mi visita navideña a la casa familiar, mi madre me tenía preparada una noticia bomba, en su opinión:

 

-          ¿No sabes lo más gordo? Conchita y su marido se han separado.

-          ¿Ah, sí? No acertaría en la elección del marido.

-          Nada de eso. Por lo que me cuenta su madre, debió de tener una aventura pasajera con algún jefe de la empresa, o con algún cliente importante, durante un viaje de trabajo.

-          Que se convirtió en algo más que de trabajo, al parecer.

-          ¡Qué bruto eres, Goyo! No eras tan insensible con ella cuando erais críos.

 

     En fin, ya conocen ustedes a las madres. Por mi parte, archivé la información en lo más superficial de mi memoria y pasé a dedicarme a montar el tren eléctrico de mis retoños. Sin embargo, con inducción materna o sin ella, algo impediría que aquella ruptura sentimental cayese en la sima de mi olvido.

 

     Recibí la carta, reexpedida por medio de mi madre. En ella, tras una breve introducción o presentación de doña Concha, su hija tomaba la pluma y me pedía consejo, como juez y como amigo. Alguien diría que ambas cosas son incompatibles. Más o menos, era así:

 

     Estimado Gregorio: Hace unos años, tuve un desliz con un directivo de mi empresa, durante un viaje de negocios. La cosa llegó a oídos de mi marido y, aunque le pedí perdón infinidad de veces, se marchó inmediatamente de casa, sin darme razón de su paradero. Yo, la verdad, lo quiero muchísimo y lo que más deseo en el mundo es que vuelva conmigo. Incluso, me despedí de la empresa y me puse a trabajar como auxiliar de clínica con mi hermano Ángel, que es dentista, como sabes. Bien, el caso es que, hace cosa de una semana, he recibido una carta del abogado de Julián, mi marido, anunciándome su propósito de divorciarse y su deseo de que fuese de mutuo acuerdo. Yo no quiero romper definitivamente con él, de ninguna manera. Por eso, acudo a ti para pedirte consejo. ¿Puedo negarme al divorcio? ¿Qué ventajas tiene el acuerdo mutuo? ¿Me perjudica el haber sido yo la culpable? En recuerdo de nuestra vieja amistad, etcétera, etcétera.

 

     Claro está, la respondí casi a vuelta de correo, en lo tocante a las preguntas legales. Y ahí debería haber terminado. No obstante, el prólogo de su madre y el epílogo de la mía, me llevaron al campo del consejo, un terreno abonado, no por el Derecho, sino por la cautela y la experiencia. Consideré que, dando una de cal y otra de arena, sería difícil no acertar y, más aún, que alguien me echase la culpa por haber metido la pata. He aquí, a la letra, mi sabia, aunque breve, disertación:

 

     De tu carta colijo que has vivido un poquito obsesionada por reencontrarlo y hasta has organizado tu vida en torno a ese anhelo. Yo creo que, entre tanto, puedes haber estado perdiendo nuevas oportunidades de conocer a otros hombres y ser feliz con ellos. Pero, de otra parte, comprendo y apoyo que hayas querido expiar tu trágico error y ser perseverante en tu cariño, sublimando así tu vida y tu amor.

 

     Vamos que, como diría mi esposa, áteme esa mosca por el rabo.

 

***

 

     Quiero creer que mi epístola contribuyó al asesoramiento jurídico de Conchita, pero no a sus decisiones sentimentales. Digo esto, por lo que acaeció a continuación y tuve noticia a través de mi madre, bastante tiempo después.

 

     Una vez más, era Navidad, aunque mis hijos ya no jugaban con trenecitos. Llegó de Madrid la consabida felicitación pascual de doña Concha y ello motivó mi inocente pregunta:

 

-          ¿Qué tal le iría a Conchita con lo del divorcio?

 

     Mamá respondió, ligeramente enfadada:

 

-          Si fuera por ellas, no podría contestarte. ¡Menuda grosería, con la lata que te dieron!

-          No fue para tanto, ni mucho menos. Además, es lógico que quieran mantener ciertas cosas en la intimidad.

-          Eso que yo he logrado enterarme, no hace mucho –adujo mamá, con sorna-, gracias a Benita, la tía de Conchitina, que sigue viviendo aquí, como sabes.

 

    Y, quieras o no, mi madre me repitió punto por punto la retahíla de su conocida quien, como ustedes constatarán, no se llevaba muy bien con sus parientes madrileños:

 

-          No, si tiene hasta su gracia. Verás, Conchitina no es muy lista, pero lo que es tenaz… Y, en cuanto a Julián, su marido, no sé si juzgarlo un imprudente o un listillo. Bien, el caso es que, con el pretexto de tratar del divorcio sin la presencia de los picapleitos, mi sobrina citó a su todavía esposo, en la consulta de Angelito, su hermano dentista. El bueno de Julián acudió, muy confiado, encontrándose con que la clínica estaba desierta y, por lo que he oído, Conchita con un vestido muy provocativo. Vamos, tú ya me entiendes. Así que, que si qué guapa estás, que cuánto te he echado de menos, la pareja acabó en la camilla, haciendo de todo. Y –no te lo pierdas-, de la consulta, pasaron días después a un hotel y acabaron encamándose en la misma casa de mi cuñada. ¿Te figuras? Tiene la cara de decirme que ella no sabía nada y que volvió a casa de sopetón, encontrándose con el pastel. ¡Venga ya! En fin chica, que se hizo un niño y se deshizo un divorcio.

-          ¡Cuánto bueno!, no pudo por menos de exclamar mi madre.- Y doña Benita:

-          Espera, espera, hija, que no he acabado todavía. Se conoce que los años no habían pasado en balde, o que los recuerdos y la ausencia habían deformado la realidad y cambiado la forma de ser de los dos –porque yo no pongo la mano en el fuego por mi sobrina, no vayas a creer-. El caso es que, a los seis meses de nacer la criatura, han vuelto a las andadas, quiero decir, a romper y divorciarse. Solo que esta vez va en firme y ahora con un hijo que sufrirá las consecuencias.

 

     Hasta aquí, doña Benita. Hubo de ser mi madre quien, sin querer –estoy seguro- me diese la puntilla:

 

-          Ya ves, Goyo, salieron de Málaga y fueron a meterse en Malagón… Por cierto, ¿qué le dijiste a Conchitina cuando te pidió consejo? Nunca me lo revelaste, con el cuento de que era secreto profesional.

-          No es cuento, mamá, y el motivo para la reserva sigue en pie.

 

     Entonces –se dirán-, ¿por qué nos lo ha referido a nosotros? La respuesta es clara: porque muchos de ustedes son Julián, o Conchita y, tal vez, puedan sacar alguna lección con este ejemplo. O, quizá, porque me sienta culpable y, con la confesión, pretenda purgar mi pecado.

 
 

      

 



[1]  Relato inspirado en la famosa aria para tenor de la ópera Martha (1847), conocida por las palabras iniciales en italiano (M’appari), aunque el texto original, debido al libretista F.W. Riese, es alemán (Ach  so fromm). El compositor de esta ópera fue Friedrich von Flotow.
[2]  Maxence van der Meersch (1907-1951), novelista en lengua francesa, cuya obra Cuerpos y almas (1943) es una de las más universalmente conocidas sobre temas médicos.
[3]  Para los lectores poco avezados en español, recuerdo que Quety y Queta son sinónimos familiares de Enriqueta.
[4]  Relato inspirado en la canción Lady, lady (música de Amaia Saizar, letra de Miguel Blasco), que representó a España en el certamen de Eurovisión de 1984, quedando en tercera posición. Fue cantada por el Grupo Bravo.
[5]  Este guiño para cinéfilos nos permite situar esta parte de la historia en el año 1970, fecha de estreno de Los girasoles (Vittorio de Sica) en España (en concreto, el 16 de octubre de dicho año).
[6]  Conocidas pruebas para acceder a la formación especializada de los médicos en el sistema público de sanidad español. Dicho examen comenzó en 1978 y continúa convocándose al presente (2013).
[7]  Historia sugerida por la canción Tu amor es un secreto (1985), popularizada casi en exclusiva por el Grupo Bravo, ya aludido en la nota 4.
[8]  Para los poco aficionados a la tauromaquia: Don Tancredo era un personaje de las corridas de toros bufas, que trataba de evitar la embestida de los astados, a base de mantenerse erguido e inmóvil, como una estatua. La Real Academia reconoce la palabra dontancredismo en la 23ª edición de su Diccionario.
[9]  Nombre artístico de Margaret Mary Emily Anne Hyra (1961), actriz de cine estadounidense, que saltó a la fama con la película Top Gun (1986).
[10]  Relato inspirado en la canción Vuelve conmigo (letra y música de José Mª Purón) que, cantada por Anabel Conde, representó a España en el Festival de Eurovisión de 1995, alcanzando el segundo puesto y la victoria moral (por motivos que no juzgo necesario exponer aquí).

viernes, 15 de marzo de 2013

EL AMOR IMPOSIBLE




El amor imposible

Por Federico Bello Landrove

Yo soy un sueño, un imposible…

-¡Oh, ven; ven tú!

 

     Una reflexión sobre el amor imposible y sus víctimas, de la mano de una pareja arquetípica de tan terrible dolencia. No voy a dar más detalles, que luego todo se sabe y se tergiversa. No obstante, si localizan el conocidísimo poema al que pertenecen las palabras que introducen este relato, tendrán mucho camino andado.

 

 

1.      El monumento del parque

 

     Hube de hacerme mayor para comprender que es consustancial con los adultos la más perfecta incongruencia. En cambio, los niños son más intuitivos y globales en sus juicios: es o no es; me gusta o me disgusta. A mí, en la infancia, mi madrina me gustaba. Y eso que la diferencia de edad era tan inmensa, que tardé algún tiempo en poseer los rudimentos aritméticos para calcularla.

     Mi tía abuela Julia era pequeña, morena, pulida, nerviosa. Aparentemente perdida entre la estéril soltería, heredada de su pasado, y el retiro, que la edad y la vida acomodada de presente le imponían, sujetaba su jornada a una planificación casi cuartelera. Aseo y devociones, lecturas y paseos, visitas y juegos de sociedad, todo tenía momento, duración y hasta atención determinados. Los habituales placeres de la senectud, el sueño y la mesa, eran mantenidos a raya con la ayuda de un hígado protestón y un terne insomnio.  Así era ella, tal como yo la recuerdo, tantos años después de haberla perdido.

     Es probable que la disponibilidad de Julia para amadrinar fuese consecuencia de su soltería, infrecuente en las mujeres de mi familia. Con todo, algo tendría que ver su natural niñero, que los pequeños tan bien captábamos. No trataba de abrumarnos con cursiladas y carantoñas, sino de compartir un mundo de sorpresa, fantasía y pequeños obsequios. Aquella armonía casi milagrosa de camaradería y respeto había resultado acertada, desde los ya lejanos tiempos en que Julia llevó a cristianar a mi madre. Primos de todas las edades tenían su lugar en el corazón de Madrina, como ella en el suyo, pero yo quiero creer, para mi orgullo y mi dolor, que fui su ojito derecho, la niña que pondría fin a su madrinazgo sobre la tierra. Y me duele porque, como casi siempre, el reconocimiento y la efusión del cariño llegan, por mi parte, demasiado tarde.

***

     Corría la tarde del 14 de diciembre de 1911. Recuerdo que era jueves y que, por algún motivo, nos habían dado vacación en el colegio. Como era de monjas teresianas, cabe la posibilidad de que celebrásemos a San Juan de la Cruz. Yo tendría siete u ocho años  -bien podría precisarlo, pero no me apetece ahora hacer la resta-. El hecho es que, pese a lo desapacible del día, Madrina sentenció de modo inapelable:

-          Elvira, prepara a la niña, que me la voy a llevar de paseo.

     La preparación, aparte la indumentaria, consistió en coger mi muñeca favorita –si es que tenía entonces más de una- y dejar que la tata echara al bolso de mi abrigo un par de galletas caseras de miel y ajonjolí. Mi madre inquirió:

-          ¿Qué, vais a la Alameda?

     Tía abuela Julia rezongó:

-          No sé; no lo he pensado.

     Para no haberlo pensado, Madrina me llevó de la mano con decisión y rapidez inusitadas. Algo debió decir para despertar mi interés, pero yo solo recuerdo ahora que el camino se me hizo larguísimo. Al fin, accedimos a un parque que no había visitado nunca. La cortedad del día invernal y la propia confusión de Julia dio lugar a que cayera la tarde, y con ella la neblina del río, antes de llegar al lugar buscado. Incluso hubo de preguntar a un guarda por el monumento al Poeta y aquel, muy atento, nos acompañó un buen trecho.

     La pequeña glorieta parecía un fantástico decorado de mazapán y algodón, dormido entre los brazos de un árbol gigantesco, cuyo follaje se fuera perdiendo entre las bambalinas. Tía Julia me invitó a jugar sin alejarme, mientras se acercaba al monumento y lo contemplaba. Accedí mientras me duraron las galletas y la seguridad de mi muñeca. Luego, la oscuridad, que iba adueñándose del espacio, también se apoderó de mi alma. Corrí hasta tomar la mano de Madrina, que apenas paró mientes en mi presencia. Entonces lo vi y dejé escapar un grito. Una figura oscura, retorcida y yacente, tenía un puñal clavado en el dorso.

     Julia me atrajo hacía sí y me rodeó con sus brazos. Besó repetidamente mis mejillas y pronunció unas palabras que quedaron grabadas para siempre en mi memoria:

-          Querida Adelaida, todo esto es fantasía, como en los cuentos. De todos modos, hasta que seas mayor, cuando pases cerca de aquí, conténtate con mirar el árbol. Es lo más noble de todo…; lo más noble y lo único sincero.

     En efecto, la impresión había sido tan aguda, como para obedecer a Madrina sin rechistar. Tardé mucho en volver por aquella glorieta y mirar al Poeta a los ojos. Y, cuando lo hice, sentí un hondo estremecimiento, pero no por él, ni por mí, sino por Julia.

 

 

2.  El monumento funerario



     Tía Julia nos dejó en el año trece. Mamá siempre sostuvo que lo que acabó con ella fue el ver pasar el coche fúnebre con los restos de él bajo su balcón. Yo pensé entonces, y sigo opinando lo mismo ahora, que Madrina había concluido su ciclo, que sus ochenta años y la rutinaria espera habían colmado el vaso de la amargura y el hastío. Se echaron las persianas de su habitación y la casa se llenó de susurros. No me dejaron entrar a verla, sino cuando ya estaba de cuerpo presente, encuadrada por los cirios y rodeada del aroma dulzón de las flores y los rosarios. Aferrada a la mano de mi madre, bajé la cabeza ante el cadáver y cerré los ojos. A la salida, desde la puerta, osé mirar de soslayo hacia el lecho realzado y comprendí sin esfuerzo que aquel rostro afilado y lívido, que aquellas manos descarnadas, no eran sino el colofón a tantos momentos vividos juntas que, lejos de extinguirse, podría recuperar si lo deseaba con suficiente fuerza. Fue entonces cuando empecé a firmar todas mis pertenencias con mi nombre completo, Adelaida Julia, proclamando nuestra continuidad de recuerdos y experiencias.

     He de reconocer que, por unas u otras causas, no visité el panteón que alberga los restos del Poeta, hasta que falleció, tan joven aún, su autor, el escultor Muñoz. Los diarios encarecieron la buena factura y el acierto del monumento funerario y allá que me fui, reticente y curiosa. Habían pasado veinte años de la dedicación, pero mi madre aún conservaba de aquel momento un folleto conmemorativo que, entre otras lindezas, proclamaba:

     El Ángel de los Recuerdos es todo un poema romántico en la encarnación, la síntesis de los versos del poeta, de sus sueños de adolescente, de sus aspiraciones juveniles, de sus deseos, de sus tristezas, de sus desalientos y amarguras; de sus desengaños, que parece llorar sin que las lágrimas asomen a los ojos; llanto que el corazón devora en silencio al ver por tierra aquellos ídolos de un día trocados en vil escoria.  

     No pude menos de pensar que –al menos en vida- bien necesitó el Poeta de un ángel de la guarda con buena memoria, para tener presentes y distintas a las muchas mujeres que dijo amar, de entre las cuales, aunque solo fuera por razones estadísticas, alguna tendría que fallarle, por desprecio o a traición. Y, mientras subía las escaleras de la cripta, se me apareció entre las sombras la imagen del Amor herido, como aquella tarde invernal, pero con el perfil afilado y marfileño de mi Madrina.

***

     Ha pasado tanto tiempo desde entonces, que ahora soy yo quien se ha convertido, a todos los efectos, en la madrina de esta generación. Mi nieta Elisa se doctoraba en Bellas Artes y tuvo la gentileza de invitarme al acto. Concluido este, se me ocurrió aprovechar la oportunidad y descender hasta el panteón de antaño. Un bedel, compadecido de mi ancianidad, tuvo la gentileza de acompañarme e iluminar el recinto. Por romper el silencio, le comenté:

-          Hacía cincuenta años que no venía por aquí. Ahora está mucho más cuidado y limpio.

     El empleado rezongó:

-          No crea, que desde que se ha puesto de moda lo de los papelitos…

     Avanzamos hasta la tumba del poeta y quedé atónita. No solo las cardinas del pedestal angélico, sino el frontis berroqueño que circundaba la figura, aparecían tachonados de lamentaciones, súplicas y suspirillos, garrapateados, pegados o colgados, cual si de un santo laico se tratara. Exageré mis exclamaciones de asombro, para congraciarme con el atribulado guardián del recinto, quien se encogió de hombros y sentenció:

-          Es que lo llaman el poeta del amor, ¿sabe usted?

-          Sobre todo, del amor imposible, repliqué. Dicen que era su especialidad.

     Lo dije de la forma más desdeñosa que pude. Hoy me lo pensaría dos veces antes de pontificar sobre el tema. ¿Quién puede definir, juzgar o despreciar la imposibilidad del amor? Desde luego, no lo haré yo, aunque solo sea en memoria de Julia Cabrera, mi Madrina.

 

 

    

 

viernes, 8 de marzo de 2013

LAS MUJERES DE LA CASA




Las mujeres de la Casa

Por Federico Bello Landrove


     Un escritor y su biógrafo; cinco mujeres en estado de cuerpos astrales; un modesto misterio de provincias y el policía llamado para desentrañarlo. ¿Todo fantasía? Para ustedes, tal vez. Para mí, en absoluto, pero los espíritus y sus descendientes me imponen ciertas pautas de discreción.



1.      El misterio de la Casa del Poeta


     La calle de la Ceniza tiende su estrecho arco entre el antiguo Hospital de Orates y la esbelta torre de la Catedral de N., la pulcra y gélida ciudad mesetaria que, en aquella noche de mediados de octubre, ya empezaba a adornarse de niebla y cierzo. Apostado en la penumbra, al resguardo de un acceso de vehículos, un caballero no quitaba ojo a la entrada de la casa de enfrente, un inmueble de planta y piso, con el empaque de grandes herrajes de forja, prolongada por un muro enlucido, al que se abría solemne portón de madera, enmarcado por un ancho medio punto de blanca sillería. Sobre la tapia, esta escueta leyenda: Casa de Morilla. Sí, de Morilla, sin más precisiones. Y es que en N. todo el mundo sabe –o sabía, hasta hace no mucho- que Maximiano Morilla es la gran figura literaria de la que la ciudad se enorgullece, el símbolo de su genio dramático, el poeta por antonomasia.

     Decía que, en la acera opuesta a la casa-museo, un señor parece montar guardia. No nos equivocamos: en eso consiste su oficio y su misión. Se trata del inspector de policía Ricardo Alpuente, de cincuenta y cuatro años de edad, divorciado, veterano en la plantilla de la localidad y hombre de confianza del comisario jefe Casares. Un par de meses atrás, tomando el vermú no lejos de su actual apostadero, Alpuente había metido la pata por tomarse las cosas demasiado en serio:

-          ¿Visteis ayer noche la televisión?, preguntó erga omnes un colega. Volvieron a dar la matraca con los fenómenos paranormales de la Casa del Poeta.

-          ¡Qué ganas tienen de hacerse publicidad!, comentó otro. Con esa historia de los espíritus, están teniendo más visitantes que nunca.

-          No sé, no sé, gruñó nuestro inspector. Algo debe haber. De otro modo, no creo que las propias empleadas de la Casa reconozcan que pasan cosas extrañas. Y, además, dicen tomarlo como un gaje del oficio o un entretenimiento más. No parecen nerviosas ni, menos aún, atemorizadas.

     Por aquella vez, las cosas no pasaron de ahí, pero la conversación quedó archivada en la mente del comisario. Lo digo porque, un mes más tarde, este llamó a Alpuente a su despacho:

-          Ricardo, el fantasma de la Casa del Poeta ha vuelto a hacer de las suyas.

-          ¿Y?

-          Solo que esta vez, se ha pasado de la raya. Ha hecho trizas un espejo del siglo XIX, que valía una pasta. Vamos a tener que hacer algo. La directora del museo ha venido a verme un poco preocupada.

-          No pretenderá que detengamos al espíritu que, por más señas, dicen que es la abuela del poeta.

-          No, hombre, claro que no. La cuestión es que, bajo apariencia de magia o de espiritismo, no ande por ahí algún gracioso alterando el normal funcionamiento de la casa, o se nos cuele algún ratero. Hay cosas de mucho valor y conviene cerciorarse.

-          Vamos, que ya no están tan seguros de que sea una inquilina del más allá.

-          Eso es lo que tendrás que averiguar. Actúa con la máxima discreción y me haces un informe.

-          ¿Y si, a la postre, resulta que se trata de un fantasma juguetón?

-          Ricardo, seriedad, que ya somos mayorcitos y tenemos que evitar, por encima de todo, hacer el ridículo.  


***

      En su larga trayectoria profesional, Ricardo había visto de todo. Por tanto, no era hombre que descartase de entrada la hipótesis más aceptada para un misterio, por el hecho de que resultara ridícula para los racionalistas. En consecuencia, decidió dar carrete a los trabajadores de la Casa, dando por bueno que se tratara de probables fechorías de una señora de alrededor de doscientos años de edad. Gracias a tal apertura mental, se llevó una sorpresa de aúpa:

-          ¡Pero si no es una cosa nueva!, protestó la directora. El propio poeta lo cuenta en sus Memorias. Tome, cerciórese por usted mismo.

     Se levantó y echó mano en la estantería a un voluminoso infolio cargado de años, de fatigada encuadernación en piel burdeos. Lo abrió por las primeras páginas y lo tendió a Ricardo. Este echó un vistazo y volvió a cerrar el volumen:

-          Si no le importa, me lo quedaré para leerlo con detenimiento.

-          En ese caso –respondió la directora-, le facilitaré una edición más moderna y manejable, en dos tomos. Bastará con que lea lo relativo a la infancia y adolescencia del autor.

     Lo que el inspector Alpuente aprendió resultaba altamente instructivo. Cuando el poeta contaba cinco o seis años de edad, había tenido un amable y vívido encuentro con su abuela paterna, doña Liberata, en la habitación que le había servido de alcoba años atrás. La señora había abrazado tiernamente a su nieto, lo había sentado en el regazo y le había hecho toda clase de dulces consideraciones. Muchos años después, el poeta recordaba apenas un par de ideas:

     Me encareció fuera muy bueno y que la recordase con cariño. Estaré siempre a tu lado, no lo olvides, niño mío –dijo-. Emocionado, me desprendí de su abrazo y corrí a contárselo a mi madre. Esta se sorprendió mucho y, al punto, me tomó de la mano y corrió a la habitación donde le dije se había producido el encuentro. La amable anciana había desaparecido. Al llegar padre a casa, mi madre le refirió el suceso. Él se enfadó mucho y ordenó cerrar la pieza con llave, prohibiéndome con severidad que volviese a entrar solo en ella.

     Llevando la lectura adelante, Ricardo había encontrado la explicación a la sorpresa de la madre y al enfado paterno: Y es que aquel dormitorio, a la sazón destinado a los huéspedes, había estado ocupado por mi abuela paterna hasta que esta falleciera, a las pocas semanas de nacer yo.

     Y dos capítulos más allá, el poeta acababa de perfilar lo insólito del suceso: Nunca he dudado de que padecí una alucinación infantil, mas no por ello he de ocultar que, rebuscando en el desván de la casa natal de mi padre en Osorno, di con un par de lienzos enrollados. Al extender uno de ellos, me encontré con la descomunal sorpresa de que se trataba de un retrato de la señora de la visión, vestida con la mismas ropas con que se me había presentado. Sin entrar en explicaciones, pregunté a mi padre por la identidad de la retratada y me respondió: Es tu abuela materna. Por ahí andará el cuadro gemelo de mi padre, don Antonio.

     Intrigado por todo aquel episodio, el inspector decidió rebasar los límites aconsejados por la directora y leer –o, al menos, hojear- el íntegro contenido de las Memorias. Se trataba de dar respuesta al doble interrogante que brotaba de los hechos, a poco que se tomaran los mismos en serio: ¿Qué sentido tenía que doña Liberata se tomase la molestia de visitar y mimar a su nieto, aunque solo hubiera sido por una vez? Y, si era una simple alucinación del niño, ¿por qué, precisamente, esa fijación en la desconocida abuela paterna, cuando tenía a la materna, viva y relativamente próxima?

     Leída la autobiografía, Ricardo aplicó a las claves de aquella una pequeña dosis de sensibilidad e imaginación. Un padre áspero, hasta límites de rigor e incomprensión  hacia su hijo, a todo lo largo de su vida en común en este mundo; una abuela, imposibilitada por la muerte de suavizar la conducta de su hijo y endulzar la vida de su pequeño nieto; un niño perdido en los vericuetos de un mundo de adultos, en una casa enorme para sus medidas infantiles, con la fantasía desbordante como vía de escape y de comprensión. Alpuente se dejó llevar por un ilimitado y absurdo deseo de saber. Una noche se dejó caer a eso de las doce y engañó al vigilante:

-          Pasaba casualmente por aquí y me ha parecido oír un ruido en el jardín.

     Mientras el agente se perdía, linterna en mano, entre los cipreses, nuestro inspector subió de dos en dos los peldaños de la escalera interior y se deslizó a oscuras en la habitación de la aparecida. Sacó un sobre y lo depositó bajo la almohada de la cama. Luego, volvió a bajar y esperó el retorno del vigilante:

-          ¿Nada, eh? Falsa alarma. Acabaremos por ver todo un aquelarre en la rosaleda.

El guarda jurado se echó a reír, aunque maldito si sabía lo que era un aquelarre.

     Menos mal que nosotros sí estamos en condición de saber, no solo el significado de las palabras, sino el contenido misterioso de la misiva alpontina. El sobre iba dirigido, nada menos, a doña Liberata Caballero. La esquela del interior decía así:

     Estimada señora: Aprecio tanto como el que más su cariñoso gesto de otro tiempo, que seguramente dotó a su nieto Maximiano del calor humano y la inventiva, que luego habrían de convertirlo en hombre de bien y escritor de talento. Mi deber, como policía, es custodiar y preservar el legado del gran poeta en esta su casa-museo. Me dicen que la presencia de usted está perturbando–seguramente, de modo involuntario-  la quietud del lugar y provocando una insana afluencia de curiosos y malintencionados. Le ruego me conceda una cita, para poder platicar con usted acerca de todos estos extremos. Dadas las circunstancias, me permitiré ser yo quien concierte día y hora para vernos, pues el lugar parece obligado sea en esta su casa. De modo que…

     En fin, he ahí el motivo de que, llegado el día de autos, Ricardo Alpuente estuviera de vigilancia. Para mayor intimidad –y muestra insólita de confianza en sí mismo-, había ordenado al vigilante:

-          Esta noche, te quedas todo el tiempo en la biblioteca, hasta que yo te avise. Como se te ocurra husmear por la casa y echarme a perder el soplo que me han dado, hago que te despidan.

     Y aquí estamos.




2.  Una reunión muy particular


     A eso de las dos de la mañana, una figura menuda, cubierta de una larga capa oscura que parecía flotar con el relente nocturno, arrimose al gran portón del jardín de la casa. Se detuvo un momento mirando en su torno, como si buscase algo o a alguien. Luego, sin que se hubiese apreciado que abriese la puerta, desapareció tras ella.

    El inspector Alpuente no podía estar seguro de que aquella fuese la persona que esperaba. No obstante, comoquiera que la probabilidad jugaba a su favor, corrió hasta la tapia, abrió con su llave y entró. La persona que lo había precedido se hallaba aún en el jardín, junto al arriate de yedra que trepaba hasta las ventanas de la planta noble. Tragó saliva, se armó de valor y susurró:

-          Doña Liberata, doña Liberata.

     La figura volviose hacia él y le hizo ademán de seguirla. Entraron sucesivamente en la casa y fueron a encontrarse en la cocina, cuya luz se encendió a un leve toque de la señora. Esta se sentó en el escaño y se quedó mirando con afecto al policía que había osado interrumpir su tranquilo regreso de la vigilia catedralicia de las Marías de los Sagrarios. Entre tanto, Ricardo permanecía en pie, contemplando aquella cara de leve sonrisa, que parecía brotar del cuello de encaje de una blusa color avellana, que una falda verde prolongaba hasta los chapines negros. La capa parda que hasta entonces le había servido como sobretodo, yacía junto a ella, perfectamente plegada. Tras aceptar el visual escudriño policial durante unos segundos, doña Liberata rompió el silencio:

-          Como verá, no he cambiado mucho desde el día en que acuné a mi nieto entre mis brazos. Si acaso, he reemplazado la blusa blanca que él recordaba por otra más acorde con los gustos actuales. O, tal vez, haya tenido que sustituirla por el uso.

     Dijo esto último con irónico retintín. Alpuente decidió seguirla por el mismo camino:

-          Comprenderá, señora, que el color de su blusa no es de las cosas que más me admiran de usted en este momento.

     La abuela del poeta cambió de registro. Invitó a su interlocutor a sentarse en una silla de anea con torneado respaldo, y habló así:

-          Caballero, es usted, a un tiempo, hombre de fe y de rectas intenciones. Digo esto porque solo a quienes reúnen esas dos condiciones les es dado entrar en contacto con las almas que ya pasaron a la vida eterna. De su fe me cabía poca duda, desde el momento en que leí su carta. De sus buenos propósitos, tengo alguna noticia por mi presencia en esta casa, pero habrá de ser usted mismo quien me ponga plenamente al corriente de ellos.

-          Señora, como sin duda sabe, su estancia en esta casa está siendo motivo de escándalo y perturbación. Las personas más nobles entienden su presencia como muestra de fidelidad y apego al pasado, pero los más la aprovechan para chancearse al respecto, o hacer una publicidad escandalosa e interesada de este lugar. Mis superiores han llegado a temer que, so capa de historias de fantasmas, los ladronzuelos y gentes de baja estofa tomen la casa de su familia por fuente de botín o sede de francachelas. Evitar esto es el motivo de mi presencia aquí aunque, en realidad, había un previo objetivo de indagación de la verdad, que su amable manifestación ha aclarado en toda su integridad.

-          ¿Está seguro de esto, señor policía? Tal vez resulte difícil de digerir su visión para quienes sean menos sencillos y abiertos que usía. Recuerde la parábola de Nuestro Señor, que tanto viene al caso: si no hacen caso a Moisés y a los profetas, no se dejarán convencer aunque resucite un muerto.

-          No me cabe duda, doña Liberata, pero deje al comisario de mi cuenta. Lo que necesito vehementemente es que usted…

-          Sé lo que necesita y estoy dispuesta a concedérselo. Obraré con prudencia, llevaré una vida nocturna y procuraré no tropezar con los espejos, ni dejar los cajones abiertos por inadvertencia. Pero espero no pretenda que me aleje de esta casa, donde conseguí del Señor que me pusiera, para cuidar de mi querido nieto y de sus inspiradas y buenas obras.

-          Lejos de mí importunar a quien tiene más derecho de permanecer en este lugar que cualquiera de nosotros. No obstante, se me hace extraño que se prolongue esa tarea, cuando va para ciento veinte años que el Poeta pasó a mejor vida.

-          ¿Tánto? Jesús, cómo corre la terrena existencia. Claro, ya comprenderá que nosotros, cuerpos ultraterrenos, estamos fuera del tiempo y tan solo tomamos un momento en consideración: aquel en que seamos convocados al Juicio Final, para recibir el premio o el castigo eternos. En fin, hace los años que usted sabrá, recibí la autorización y el encargo que le he dicho. Poner fin a mi presencia en esta casa y su entorno es algo que no me corresponde decidir: he de aguardar la divina contraorden.

***

     Disponíase tan extraña pareja a despedirse, cuando del primer piso llegó el sonido ruidoso y distinto de correr unas sillas. Atónito, pero fiel cumplidor de su deber, el inspector se levantó e inició la salida de la cocina. Doña Liberata se puso como por ensalmo delante de él y frenó su ímpetu:

-          Sosegaos, que nada hay de extraño en cuanto habéis oído y aún habréis de contemplar. No recordaba que hoy es último viernes de octubre y, como cada año, tenemos en el salón de esta casa una pequeña reunión. ¿Seréis capaz de guardar un secreto y de asumir una grave responsabilidad?

-          Señora, si he llegado hasta aquí, bien puedo pasar adelante. El destino ha querido que nuestra cita fuera en este día. Cuente, pues, con mi discreción y vamos arriba.

     El salón del piso principal lucía toda su iluminación, que refulgía en los pulimentos de espejos, mármoles y maderas nobles. Rompiendo la habitual uniformidad de la sala, que dejaba despejado su centro para el paso inmisericorde de los rebaños de visitantes, varias sillas isabelinas ocupaban ahora el núcleo del ámbito, como si esperasen el momento de ser ocupadas para una charla coloquial. Dos mujeres recomponían el tocado ante el espejo; otra acariciaba el bastidor dorado de un arpa; una cuarta, sentada al piano, parecía improvisar unos acordes como digitación.

     Al ver llegar a Liberata y su terrenal acompañante, no parecieron sufrir ninguna perturbación. Nada hacía suponer que este fuese capaz de verlas, ni de percatarse de su presencia, como no fuese por las alteraciones de la materia. En consecuencia, solo la pianista cesó en su fraseo musical. Las otras tres, fueron hacia Liberata con expresión y ademán de cariñoso saludo. La recién llegada hubo, pues, de explicarse:

-          Mis queridas amigas, permitid que os presente a don Ricardo Alpuente. Don Ricardo es el ángel de la guarda de esta casa y ha obtenido la gracia de comunicarse con nosotras esta noche.

     Las cuatro invitadas parecieron titubear durante unos momentos. Seguidamente, de modo ceremonioso pero nada afectado, fueron haciendo una inclinación de cabeza, según Liberata las iba nombrando y, a una señal de esta, tomaron asiento en el corro. Ricardo acercó una silla más y se sentó un poco retirado, a fin de contemplar simultáneamente y a su sazón al quinteto. Haciendo de anfitriona, la abuela del Poeta, explicó:

-          Estimado amigo, aunque las presentaciones habrán dejado clara la vinculación de estas almas con la casa en que nos encontramos, forzoso me será exponer que hay algo más que relación familiar o sentimental con los grandes hombres a quienes honra este museo: mi nieto, el gran escritor, y su mayor y más generoso biógrafo. Grandes hombres, repito, pero que poco o nada habrían sido, sin apoyarse en las mujeres que, generosamente, les abrieron su corazón. Preste, pues, atención a cuanto ellas quieran confesarle y juzgue por sí mismo si es razonable y justo que nos visiten, al menos, una vez al año, en amor y compañía.

     Ricardo, aunque mediano conocedor de la historia de aquella casa embrujada, prestó la mayor atención a lo que aquellas señoras tuvieran a bien revelarle, sin entrar en discriminaciones acerca de lo arcano o lo conocido que para él fuera. Tomó, pues, la palabra la primera mujer del Poeta, la cual se expresó así:

-          Yo soy Florencia, la primera esposa a quien Maximiano, muy joven y aún poco conocido, llevó viuda al tálamo y al altar. He de decirlo por ese orden pues, siendo yo la madre de su mejor amigo, me sedujo y amó hasta tal punto, que me entregué a él y quedé embarazada. Dieciséis años le llevaba y no era yo especialmente agraciada. Con todo, tuvo mi amante el valor y la generosidad de despreciar la severa opinión paterna y hacerme su esposa. Para nuestra desgracia, el fruto de nuestros amores non sanctos murió a los tres meses de nacida. Ello y la terrible inquina de mi hijo envenenó unas relaciones que, poco a poco, fueron tormento para nosotros. Huyó él y dicen que yo lo perseguí. Digan más bien que durante más de veinte años no fui ni casada ni viuda, sino abandonada y coronada con las espinas de toda clase de infidelidades. Bien, él pasó a la gloria de este mundo y yo al purgatorio que sin duda me espera, para el caso de que Dios misericordioso no decida prolongar en la vida eterna el infierno que sufrí en la terrena.

     Un angustioso sollozo puso fin a la exposición de doña Florencia, que a todos dejó entristecidos. Pasados unos momentos, la bella joven que se sentaba a su izquierda tomó y besó su mano, en señal de solidaridad y respeto. Su rostro parecía blanco como el mármol, pero sus ojos abrasaban y el revoloteo de sus manos y su cabello tenía algo de teatral:

-          Heme aquí, Patricia, la segunda esposa del Poeta. Yo fui, según dicen, gloria juvenil de la escena española y bella entre las bellas, pues así plugo a Nuestro Señor. Maximiano se prendó de mí, al verme en el teatro representando sus obras, y yo de él, cubriendo cada arruga suya con un verso y cada década de demasía con un drama. Más de treinta años me llevaba de edad y, con todo, fui feliz con él, le di la hija que antes se le malograra y estuve a su lado en los buenos y malos momentos de su ancianidad. Tan inicuo es el oficio de escribir, que hube de atenderlo con mis ganancias de actriz, antes que él a mí con los honorarios de su talento. Amo esta casa, que yo no conocí junto a él, pero a la que entregué parte de su ajuar y sus recuerdos, cuando sus conciudadanos resolvieron rescatarla para honrarse honrándolo. Los ultrajes del tiempo y la incuria de los próceres han dejado ruinas y cicatrices, pero hoy luce gloriosa y bien merece que usía la guarde y proteja, y que en el estío resuene en su jardín el eco del torrente de sus versos, declamados con el corazón, tanto y más que con los labios.

     Tocaba el turno a la señora de negro, un tanto rebozada en toquilla de lana de tiempos de nuestras abuelas. Todas sus compañeras volvían la vista hacia ella, dulcemente, sin decir nada, como dando ánimos más que órdenes. Tosió, balbuceó una disculpa y, de forma un tanto inconexa, musitó, con los ojos fijos en los rojos ladrillos del pavimento:

-          Yo no soy nadie, no era nadie, una pobre mujer viuda de junto al Caño Arenales. En mis tiempos cosía, lavaba y planchaba, lo que fuera preciso para sacar adelante a mis hijos. Él me vería alguna vez que trabajé para su casa, o en la iglesia, o quién sabe dónde. Se fijó en mí. Decía que le gustaba mi voz y mi manera de afanarme. Estaba también viudo, ¿sabe usted? El caso es que me dijo: Manuela, ¿podría ir algún día a cenar a tu casa? Fíjese, a cenar, nosotros que todas las noches, pues sopas de ajo o las sobras del cocido. Tuve que comprar dos rajas de merluza y algo de vino, aunque luego resultó que no bebía. Claro, me da vergüenza. Cenaba, leía –me leía- algo. Una noche me dijo: Manoli, mete a tus hijos en la cama antes de que yo llegue. Esa noche fue la primera. Era como si fuera un rey, fíjese, un señor tan importante en mi cama. Siempre tan pulcro y tan puntual. ¿Qué vería en mí, Señor? No, si no duró mucho. Por mí, lo que hubiera sido, y aunque no hubiera sido tan cumplido. No se crea, para la cena, algún regalo y poco más. Bueno, una beca para mi Ignacio, que era muy torpe el pobre y de poco le sirvió. Luego, vino la República…; miento, fue antes, ya no sé lo que me digo. ¡Qué casualidades tiene la vida! Aquí, doña Liberata dice que, en los años en que teníamos relaciones, don Jacinto escribía y escribía como un loco sobre su nieto, y todo eso. Bueno, pues, que Dios me perdone: ni hablamos de casorio, pero fue todo limpio y hermoso. Y que esta señorita también me perdone, que la pobre, cuando supo lo de su padre conmigo, le dio un vahído.

     La señorita sonrió tristemente. Vestía al modo casi actual, que dejaba traslucir una silueta atractiva. Su rostro tenía la nobleza de la entrega, pero resultaba abotagado e inexpresivo, con una nariz aquilina como seña de identidad. Fijó su mirada en Ricardo y le preguntó:

-          ¿No habrá sido alumno mío? Por la edad, podría ser. Yo daba clase, precisamente, en el Instituto Morilla, donde la Plaza de Palacio.

-           Lo siento, señora, yo hice el bachiller en Zaragoza.

-          Casi mejor –sonrió ella-. Mis clases no eran lo que se dice muy plácidas. En fin, si no me conoce, le reitero que soy –o mejor, fui- hija de ese señor al que se acaba de aludir, de un modo que, si no fuera por la imposibilidad de mentir en que estamos, diría que no puede ser el mismo que yo conocí… Por más que, aquel hombre, grande y bueno, estudioso y tan generoso con esta casa, aquel hombre –digo- arruinó mi vida y la puso a su servicio. No hace mucho que pasé a mejor vida, no mucho más tarde que él, por lo que mis expresiones pueden tener la viveza de lo inmediato. Pero tengo claro que viví la vida que él quiso para mí y no la que yo habría deseado. No ha tenido la oportunidad de escucharme ante el piano, pero puedo asegurarle que esa era mi vocación y mi mayor aptitud. Es verdad que la carrera de concertista era ardua y larga, pero ningún sentido tenía cortarla en plena juventud, para sepultarme en una adjuntía de francés, ayuna para ello de interés y de carácter. La falta de ambos cegó la carrera profesoral que mi padre me tenía reservada. Su viudez y el egoísmo de mis hermanos hicieron el resto. Yo, patito feo, sin talento, modosita y cariñosa, habría de ser el ama en aquella siniestra casona, que acabé por ver como una cárcel. Alguna gracia había de poseer, puesto que tuve pretendientes. La Guerra y la familia acabaron por espantarlos. Sin duda yo también tuve la culpa, por ser selecta sin convicción, puritana sin modestia, fría por torpeza. De la calle de la Cárcava pasé a la del Puente; de la juventud, a la madurez; de la indignación, a la indiferencia. Hija, cuánto he abusado de tu altruismo, me dijo demasiado tarde. Pero, de cara al pueblo, a sus amigos, a sus alumnos, el generoso, el entregado, el altruista era él. Aquí abajo está la muestra: una biblioteca, la suya, que es la joya de la casa. Bueno, digámoslo así. Yo bien sé que la joya son las obras del Poeta… y las mujeres que, en leyéndolas, vivan para ellas mismas y para el Amor, como nosotras ahora. Mas ¡qué hermoso habría sido tener un anticipo del Amor en este tu mundo, policía que me escuchas!



3.  Epílogo


     Fuese por el fresco de una noche sin calefacción, fuera por cuanto acababa de escuchar, Ricardo estaba un poco sobrecogido. Y eso que aún le faltaba lo más amenazador. Le llegó de quien menos lo esperaba: de doña Liberata, que le había llamado estimado amigo. Dando por terminada la reunión, se dirigió a él y mirándolo con fijeza, le espetó:

-          Quedamos en que no habrá de salir de su boca, ni de su pluma, una palabra de cuanto en esta sala ha oído. Sus conocimientos y sus enseñanzas quedarán en su corazón como…

-          Como un privilegio, acertó a completar Alpuente.

-          No tan privilegio, como usted piensa –rectificó Liberata-. Hay un grave riesgo para quienes entran en comunicación con los espíritus o fantasmas, como en el mundo suele llamársenos. Es tal la sensación de realidad e intimidad que se establece entre vosotros y nosotros, que resulta muy frecuente la creación de vínculos de dependencia, afecto y aún amor por parte de los vivos, como usted, hacia los que han pasado el río de la muerte. ¿Se imagina? No depender del espacio ni del tiempo; amar a cualquier persona, más allá de límites de época; conocer a cuantos grandes en el mundo han sido; saber del más allá, sin haber tenido que fallecer. En suma, un trampantojo, hecho de humo y sueños. ¡Huya de él, mi buen amigo! Confórmese con su visión de hoy y siéntase afortunado. Para el futuro, que le basten Dios y su propia valía. Y, si nuestro recuerdo lo reconforta, que sea para anhelar la vida eterna, no la algarabía de los cuerpos astrales y de la comunicación con ellos, ominosa o aberrante.

     Ricardo asintió y se retiraba pensativo. Liberata tuvo un pálpito:

-          Apague la luz según sale. Bien mirado, nosotras no la necesitamos.

     Al pie de la escalera, lo esperaba, linterna en mano, el guarda jurado:

-          Perdone que le haya desobedecido, inspector, pero me pareció ver luz en el salón y como si usted hablase con alguien.

-          Claro que sí, mi indisciplinado vigilante: conmigo mismo. ¿O es que usted no hace lo propio, cuando está montando guardia o haciendo la ronda?

     Y, dicho esto, se encaminó a la biblioteca. Esta vez, sí que mantenía un soliloquio:

-          A ver como rábanos le cuento yo todo esto al comisario, sin que me tome por loco.