jueves, 13 de diciembre de 2012

TRES MUJERES DE LUTO




Tres mujeres de luto

Por Federico Bello Landrove

 

     Tengo la extraña manía de continuar las novelas que me gustan, ya para que no acaben tan pronto, ya para que concluyan a mi gusto. Después de haber perpetrado tal ultraje con El coloquio de los perros, La Regenta, Miau y Fortunata y Jacinta[1], le ha llegado el turno a mi querido Sacha Yegúlev, la casi olvidada –en España- novela de Leónidas Andréiev, cuyas últimas líneas encabezan este relato.

 

1.      La casa de la calle Pokrovskaia

 

     Las dos jóvenes turnábanse en la lectura; mientras una leía, la otra salía para llorar. Helena Petrovna se enjugaba los ojos bajo las gafas. Luego las guardaba en el estuche y decía suspirando:

-          Ahora nuestro Sacha estará bien. América es una hermosa tierra…, una hermosa tierra.

***

 

     Han pasado diez años, desde aquel 19 de octubre de 1911, en que mi amigo Andréiev terminara con ese párrafo su hermosa novela[2]. Tantos y tan graves sucesos se han producido con posterioridad, de los que sus personajes fueron protagonistas, que yo esperaba que Leonid hubiese añadido una tercera parte a su relato. A fin de excitar su celo literario, le envié incluso a Petrogrado varias reseñas periodísticas de La Voz del Volga, el conocido diario de Sarátov. Él nunca me contestó, ni tal vez recibiese siquiera mis cartas, de tan tormentosos como han sido estos tiempos y precarias su salud y relaciones con la Revolución. Hace un año, tuve noticias incidentalmente de su muerte en Finlandia, la cual cerraba de modo definitivo y desgraciado la posibilidad de que fuese el propio Andréiev quien concluyese su historia, de forma personal y artística.

     ¿Quién soy yo para hacerlo en su lugar? Un don Nadie, sin más título que haber nacido en Volsk[3] y haber coincidido un curso con tan notable escritor, cuando ambos estudiábamos Derecho en San Petersburgo. Tan escasos méritos iban ya a disuadirme de meter mis pecadoras manos en la vida de la familia Pogodin [4], cuando me vinieron a la mente tres sucesivas y oportunas preguntas: ¿Quién, sino yo, podría ya contar el final de la historia? ¿No era este verdaderamente emotivo y aleccionador? ¿Qué quedará, dentro de no muchos años, de la vida de mi patria antes de la Revolución?

     Las respuestas estaban en mi corazón, desde que supe de la muerte de Andréiev. No obstante, antes de decidirme, me encaminé a aquella casa de tres pisos en la calle Pokrovskaia, donde el escritor había dejado a aquellas tres mujeres de negro, madre, hermana y novia de Sacha[5]. Me constaba que, impiadosamente, el principal que antaño alquilara la generala lo ocupaba ahora un destartalado dispensario médico. Era a la caída de una tarde interminable de julio, bochornosa y de ventolera, que amenazaba tormenta de la parte del Volga. Subí casi a tientas los escalones y una enfermera, gris y sudorosa, me cerró el paso:

-          ¿Qué se le ofrece, profesor? El médico de guardia ha salido a una urgencia.

-          ¿Por qué me llama profesor: me conoce acaso?

-          En absoluto, pero como lleva un libro en la mano…

     Me percaté, solo entonces, de que llevaba bajo el brazo un ajado ejemplar del texto que me proponía proseguir, a duras penas conseguido en la librería pública del Teatro Dramático. Le sonreí y me disculpé:

-          En efecto, ¡qué tonto soy! Sólo quería echar un vistazo. Viví aquí de pequeño –mentía-.

     La sanitaria gruñó y apartó su oronda humanidad del umbral, permitiéndome el acceso. Con el libro abierto por sus últimas páginas, recorrí el irreconocible ámbito, imaginando el salón, con su pequeña librería, la mesa de trabajo y el piano; el dormitorio de Helena Petrovna; la alcoba de Lina y de Eugenia; la cocina, con la criada sacando brillo al samovar; al fondo, la habitación nunca ocupada por Sacha, pero llena de su espíritu y sus cosas. El quejido de un doliente me sacó de la ensoñación, de un modo casi espectral. Evité despedirme de la matrona y bajé hasta la calle como un sonámbulo. Junto a la catedral, me tropecé con Alexei Dóbrov, el catedrático del Liceo:

-          ¡Cuánto bueno por aquí! Hace tiempo que no nos vemos. Por lo menos, desde Pascua.

-          Casualidades, amigo Alexei. ¿Me creerás si te aseguro que el encuentro nos lo ha propiciado tu viejo condiscípulo Pogodin?

-          ¡Cómo!, exclamó, abriendo los ojos como platos. ¿Acaso ha vuelto a la ciudad?

     Iba a soltarle una fresca, por embromarme más de lo debido, cuando recordé lo incierto para muchos del final de Sacha. Me contenté con una respuesta sibilina:

-          En persona, no, pero no me extrañaría nada que, a poco tardar, tuviésemos noticias suyas.

     Volví a casa con la decisión tomada. Me acosté sin cenar apenas, hirviéndome el cerebro de personajes, sentimientos y peripecias. Poco a poco, me fui calmando. Yo no era Andréiev. Bastaría con un simple relato de los hechos, escueto aunque no frío, ceñido a la realidad, mas abierto a completarla plausiblemente. En la pared del fondo se me aparecían personas a quienes consultar, fuentes que leer, diarios a desenterrar de los archivos. Me quedé dormido con este reconfortante pensamiento: Concluiré como lo hizo Leonid: datando el final de la obra. Verán ustedes que, al menos en eso, he sido fiel a mi designio.

 

2.      La tranquila majestad del Volga


     Las tres mujeres seguían reuniéndose todas las tardes, a la caída del sol, para hablar de Sacha y de los tiempos pasados. El ritual era el mismo, pero ellas, ya no. Incluso en Helena Petrovna se cumplía la florida poética del gobernador Telépnev, en su discurso de despedida del cargo, referida a la áspera y polvorienta ciudad que abandonaba, para ocupar un alto puesto en San Petersburgo:

-          No es propio de vuestro espíritu el vuelo raudo del halcón, pero Sarátov y su provincia cambian y progresan con la tranquila majestad del Volga[6].

     Así, majestuosa, caminaba la generala las dos veces por semana que acudía al mercado del río, para hacer la compra semanal. En verdad, su cabello se había tornado entrecano y la espalda apuntaba una leve curvatura. El resto parecía responder al conocido dicho de que por alguien no pasa el tiempo. El velo sutil que colgaba del sombrero celaba las arrugas de sus ojos, como la negrura y amplitud del vestido disimulaba los inevitables estragos de la madurez en sus caderas. En todo parecía siempre la misma: el mismo orgullo de raza y de casta; la misma vana esperanza en el retorno de Sacha; la misma soledad cultivada con esmero. La misma, siempre la misma.

     Aunque no exactamente, reconozcámoslo. Aquella ciudad, rural y perezosa, se industrializaba; vale decir, gentes desconocidas y gárrulas, venidas de todas partes, levantaban míseros poblados de madera al otro lado del río; los precios subían, escaseaban las existencias y los tenderos se negaban a vender al fiado. Su otrora sólida pensión de viudedad ahora resultaba magra y hasta insuficiente. Aquella criada para todo, resto de su pasado en la casa del jardín grande, fue despedida o, mejor, reubicada como cocinera ayudante en casa de los Uvárov. Algunas de las joyas ostentosas, regalo del General, salieron camino de la casa de empeños, para nunca más volver. El samovar y el juego de té en plata y porcelana inglesa pasaron a adornar los aparadores de su casero, como la capa de cibelina sirvió para compensar el pasivo de su cuenta en la zapatería. Cuando iba a tocarle el turno al piano en que Eugenia ensayaba, Lina tomó la iniciativa, por primera vez en su vida:

-          De ninguna manera, mamá. Es tan imprescindible para Eugenia, como ella lo es para nosotras. Vengo pensando desde hace algún tiempo lo que voy a decirte. Te ruego me escuches atentamente hasta el final.

     La propuesta de Lina fue recibida con menos oposición de la esperada. En el fondo, no era sino el reconocimiento de la situación económica de la familia y la asunción por su parte de unas tareas artesanales, que convinieran a su formación femenina y a esas manos divinas, que la vida no le había permitido ejercitar en la música o la pintura. Su madre reaccionó de manera tópica:

-          ¿Modista? Pero, ¿qué sabes tú de eso? En fin, si es por distraerte y matar el tiempo... Con nuestras amistades de antaño podemos iniciar una clientela escogida.

     El plural utilizado presagiaba cierta colaboración. Conforme la empresa casera se ponía en marcha, Helena Petrovna pasó a ocuparse paulatinamente de las tareas domésticas –hasta entonces, solo se empleaba en mantener como una patena el cuarto de Sacha- y a platicar con las clientas, mientras Lina tomaba medidas y prendía las telas con alfileres. En ocasiones, Eugenia, para distraer a las visitantes, deslizaba los dedos por el teclado y entonaba viejas canciones con voz de contralto; pero su amiga no le permitía otra colaboración, mostrándose en ello inflexible:

-          Tú, a lo tuyo. ¿O es que no aportas bastante con tu sueldo del Conservatorio?

     ¡Lina!  El alma de la casa, el fuego del hogar, el cemento de unión de las tres mujeres. Conforme pasaban los años, sus formas se redondeaban, como en la edad infantil, clara herencia de su fornido padre. En cambio, su espíritu se ahusaba y volvía cada vez más punzante. No es que fuese dura, ni siquiera descortés: se había convertido en una mujer fuerte, llamada a tomar las decisiones en lugar de su madre. Las revistas de París y de Viena le aportaban patrones para los vestidos, pero también para su conducta, independiente y segura de sí. El misterio de Sacha, entregado a su misión mística y guerrera, la envolvía en su niebla y amenazaba con devorarla. ¿Habría ella de continuar su senda, de entregarse a los demás, sin dejar de ser la Lina Nicolaievna de siempre? Cosía y cosía, con prisa, casi con rabia, girando el pensamiento a tal velocidad, que acababa escapando por la tangente:

-          Ante la Virgen de Kazán, juro que nunca abandonaré a nuestra madre. Luego, Sacha querido, como tú, habré de encontrar mi camino.

Por de pronto, lo que tenía que encontrar eran los pespuntes del dobladillo. El trabajo y la poca luz apagaban sus ojos. Ignoraba cuál sería su destino final, pero el inmediato era evidente: tendría que acostumbrarse a usar gafas... en cuanto reuniera los ahorros precisos para mercarlas. Entre tanto, podían valerle las de su madre.

     Nina parecía inmutable, como Helena. Eugenia, por el contrario, convertida en una de las jóvenes más hermosas de Sarátov, era incapaz de domeñar la sangre, apasionada y práctica, de los Egmont[7].  Su familia no le había perdonado que los abandonase, para seguir el rumbo desquiciado de los Pogodin. ¿A ton de qué sentirse imaginariamente la prometida de un bandido y poner sus espléndidas cualidades al servicio de las parientas de él? No podían –o no querían- comprender que aquella  muchacha, inteligente y vigorosa, se hallara más a gusto en un mundo de sacrificio y dedicación, que entre banqueros chupasangre, llamada a convertirse para ellos en pulida moneda de intercambio matrimonial.

     A diferencia de Lina, Eugenia había seguido su camino vocacional. Tras haber logrado de sus padres una congrua para su manutención, siguió estudios en el prestigioso Conservatorio local, los cuales concluyó en apenas tres años, dada su notable formación inicial. Era comidilla en los círculos musicales que había obtenido enseguida plaza de profesora de piano gracias a los favores que prodigó al señor F., director de la institución. No diré yo ni sí, ni no, a tales habladurías, pero está claro que la joven vivió la bohemia de aquellos tormentosos años, sin guardar otro respeto por la memoria de Sacha Pogodin, que el de aparentar castidad absoluta ante su madre y su hermana. Después de todo, ella se había titulado novia y prometida de aquel, más como romántica autoafirmación, que por real promesa y sentimiento.

     Bastaba con verle corregir la digitación de sus alumnos, o desenvolverse en las veladas del Teatro Dramático, para constatar el aplomo y la serena belleza que irradiaba aquella figura alta y esbelta, de inmensos ojos negros a juego con su invariable vestimenta oscura. Con una ligera capa de maquillaje y un discreto colorete para avivar sus mejillas, Eugenia parecía una princesa que desafiaba a la sociedad y el tiempo, estableciendo una barrera invisible entre ella y sus admiradores. Dicen –una vez más, dicen- que tenía el aura de la conspiradora y la mala fama de amante de un escurridizo revolucionario. Yo la conocí y traté años más tarde, cuando las fuerzas de Denikin[8] amenazaron las tierras del Volga. Convaleciente de heridas recibidas en los combates de Tsaritsyn, recibí permiso para recuperarme en Volsk, junto a mi familia. Eugenia ejercía de enfermera en los hospitales de campaña, alternando imperitos auxilios médicos con vehementes euforizantes musicales. Las arrugas empezaban a surcar su rostro atezado y tenía las manos callosas y ajadas. Un día, la vi paseando con una niña como de diez años, junto al Museo[9]. Cojeaba ostensiblemente y me emocionó el cuidado con que la pequeña procuraba que Eugenia se apoyase sólidamente en su personita. No he vuelto a saber de ella.

     En fin, les ruego disculpen la digresión. Volveré inmediatamente a la casa de la calle Pokrovskaia. Con buen o mal tiempo, con o sin compromisos políticos o sentimentales, la señorita Egmont, a eso de las siete de la tarde, subía de dos en dos los escalones, tiraba sobre una silla del vestíbulo el sombrero y –si acaso- el abrigo y corría al salón, a sentarse en aquel ecléctico taller de costura. Helena Petrovna tomaba asiento entre las dos jóvenes y, alternativamente, la una leía, mientras otra le cogía las manos. El tiempo no pasaba en balde: ya no se estilaba la liturgia ni menudeaban los sollozos, que aún acertó a plasmar Andréiev. Los textos, empero, versaban siempre sobre la tierra de promisión y también los comentarios eran los mismos:

-          ¿Qué aires respirará nuestro Sacha?

-          América es una hermosa tierra…, una hermosa tierra.

Desde el aparador, cada vez más nítido, como una locomotora que se acerca, llegaba el bullir del agua en un cobrizo samovar.

 

 

3. Llega el héroe


     Pável Yúrevich, teniente de navío Sobínov, era pariente lejano de los Pogodin y primo carnal del gran Leonid, el famoso tenor[10]. Pero, por encima de todo, era un hombre capaz de estar en el momento oportuno en el sitio adecuado. No parece este tópico una forma correcta de aludir a quien se vio envuelto en una derrota naval, aunque fuera el combate heroico del crucero Variag[11]. Meses después, los supervivientes fueron recibidos en olor de multitud y condecorados colectivamente con la cruz de San Jorge. Llevar prendida de su uniforme esa presea marcó a partir de entonces la vida del marino Sobínov. Más adelante veremos que también influyó en su muerte.

     Aparte la susodicha cruz, Pável Yúrevich era un hombre corriente. Frío pero considerado con sus subordinados; poco decidido, aunque concienzudo; tímido y algo torpe en la vida de sociedad; un tanto achacoso para su edad, lo que él atribuía a las heridas y al prolongado chapuzón que sufrió durante la batalla. Con todo, su acendrado sentido de la justicia, le hacía ser respetuoso de los japoneses, reconociendo que su trato había sido razonablemente bueno. Era este el adverbio favorito de Sobínov, incluso cuando recibía una reprimenda injustificada. Recuerdo ahora una anécdota, que circuló por el Almirantazgo peterburgués, a raíz del enojo que nuestro teniente de navío provocó, al loar en la prensa que el capitán del Variag había sido condecorado por los propios japoneses, a causa de su valor:

-          Pero, hombre de Dios –rugió el contralmirante Dubinin-, ¿cómo se le ocurre destacar semejante rasgo de honor de nuestros antiguos enemigos?

-          Lo siento, señor, pero creí –y todavía creo- haber obrado razonablemente.

     Pese a todo, cuando el Ministerio tuvo la ocurrencia de crear en Sarátov una pequeña base naval fluvial, Dubinin se acordó de aquel oficial tan razonable y lo nombró jefe de la fuerza. Total, poca cosa: un par de cañoneras y unas cuantas lanchas de patrullaje. La cosa tenía su porqué, como el jefazo confesó al estupefacto Sobínov:

-          Como usted es de por allí, no tengo mucho que explicarle. Desde que se han instalado en Sarátov unos astilleros y una planta cementera, la ciudad se está convirtiendo en un nido de bolcheviques. Hay evidencias de contrabando de armas por el Volga.

-          Verá, señor, mi familia procede de Yaroslavl, no de Sarátov. Además, no tengo experiencia como comandante en jefe, ni sobre como tratar razonablemente a los activistas políticos.

-          Sobínov, por favor, que no se trata de gobernar Kronstadt, sino un simple puesto de control y vigilancia. Y, en cuanto a los esquiroles y guerrilleros, deje que se ocupen la Policía y el 108º [12]. Usted, a patrullar eficazmente el río. Y con mano dura, nada de razonablemente.

     Y para acá que se vino el teniente, como recogía la prensa local de la época:

     Sarátov, 15 de junio de 1912. Ha tomado posesión de la jefatura naval de la ciudad el teniente de navío, Pável Y. Sobínov. El teniente de navío Sobínov fue uno de los heroicos oficiales del crucero Variag, condecorado por tal motivo con la cruz de San Jorge.

     Yo me hallaba a la sazón en Moscú, razón por la cual no puedo reflejar el tono de la recepción a la nueva Autoridad de las fuerzas vivas y la buena sociedad de Sarátov. No tengo dudas de que sería invitado, agasajado y hasta banqueteado a modo, pues conozco bien la gentileza de mis convecinos. No obstante, lo único que a la postre trascendió fue la incorporación del oficial al exclusivo círculo de las mujeres de luto, seguramente por decisión de aquel. Parece lógico suponer que la iniciativa partiese del recién llegado, en su calidad de lejano pariente del general Pogodin. Tengo que confesar que la forma en que anudó relaciones con Helena Petrovna y las dos jóvenes es apenas conocida de mí, viéndome pues obligado a imaginar y deducir, en forma más o menos convincente. Ustedes sabrán comprenderlo.

     Es el caso que Sobínov, sin despojarse en ningún momento del uniforme blanco o azul oscuro que reglamentariamente le correspondía, abandonaba todos los martes, a eso de las cinco de la tarde, su residencia oficial en el Arsenal y se perdía en el dédalo de callejuelas sin asfaltar del centro urbano, hasta llegar a la calle Pokrovskaia. Dicen que eludía atravesar las avenidas y plazas más concurridas, aunque ello le obligase –sobre todo, en el tiempo frío- a sortear la oscuridad, mano en la pistolera, y a cubrir con amplios chanclos las finas botas de boxcalf. Si algún día le era imposible asistir a aquella obligada cita con el pasado, no dejaba de enviar recado de disculpa por medio de un propio a sus órdenes.

     El refrigerio era invariablemente un té bien cargado y pastas caseras, según receta de su madre, tal y como aseguraba Helena Petrovna, refiriéndose a los momentos en que habían coincidido ambas señoras en San Petersburgo. Si la memoria de Helena era fiel, hemos de convenir en que la señora Sobínova, unos diez años mayor que Helena, había sido un firme sostén para esta en los primeros tiempos de su matrimonio, borrando cualquier huella de xenofobia ante su procedencia griega e, incluso, echando en cara al adusto General el poco cariñoso trato que dispensaba a su joven esposa[13].

     Pável recibía, con una sonrisa paciente, el aluvión reiterativo de recuerdos de la matrona, haciendo los comentarios mínimos para denotar un cierto interés. Entre tanto, Lina se afanaba en su costura y limitaba su parte en la conversación a intentar cortar la inagotable fluencia de su madre, rogando a su interlocutor que narrase episodios de los años pasados en la Capital, que ella había olvidado por ser muy niña al partir. Su madre, entonces, volvía a la carga de su obsesión con el paradero de Sacha:

-          ¿No habrá coincidido usted con mi hijo? Voy a mostrarle sus últimas fotografías.

     O bien:

-          Ahora que caigo, Sacha era muy patriota. Es posible que se alistara para ir a Manchuria[14]. O, tal vez, en la marina. ¿No se enrolaría en el Variag? Dicen que usaba el apellido Yegúlev…

     El teniente hacía como si pensara. Repasaba las fotografías y siempre concluía de forma dubitativa:

-          Es posible. Los oficiales nos fijamos poco en los rostros de los marineros. Con uniforme, todos se parecen.

     Helena discrepaba, no sin cierto enfado:

-          No tal. Sacha era diferente a todos. ¿No es cierto, Lina?

-          Si mamá. Seguro que no se enroló, sino que marchó para América, por motivos políticos. Muchos lo hicieron, ¿verdad, Pável Yúrevich?

-          Muy cierto, aseveraba mecánicamente el aludido, como quien dice, en la inopia.

     A las seis en punto, Sobínov sacaba el reloj del bolsillo y, casi sin abrir la tapa, daba por terminada la visita, con una frase estereotipada:

-          No las molesto más. Es una hora razonablemente avanzada.

     Besaba la mano a las dos mujeres y tomaba el camino de salida, sin aguardar a ser acompañado. Lina enrojecía ante la caricia, no logrando, por el nerviosismo, limpiar antes los dedos con el delantal de costura. Por su parte, Helena comentaba al verlo partir, calle adelante:

-          Es todo un caballero y apuesto, además. Un poco mayor, pero sería para ti un partido muy conveniente.

     Lina se tragaba la bilis, por no echar en cara a su madre que, a causa de ella, otros muchos partidos más atractivos habíanse perdido. Por más que… el héroe del Variag provocaba en su encarrilada vida una cierta perturbación.
 

***

     Entre tanto, ¿dónde estaba Eugenia Egmont? Probablemente, en el Conservatorio, donde tenía compromisos docentes hasta las seis; o, tal vez, en algún café, conspirando; o en aquel ático de la plaza Stolypin, lugar de sus encuentros furtivos, luego maliciosamente aireados por las comadres. Por obvios motivos de seguridad política, no tenía ningún interés en coincidir con el jefe de la base naval, ni la ligaba a él vínculo parentelar, como era el caso de las Pogodin. A lo más que llegaba era a aceptar las confidencias de Lina, no exentas de sentimentalismo:

-          Te equivocas en no querer conocerlo, Eugenia. Es un buen hombre, sensato y dotado de sensibilidad.

-          No lo dudo, Linochka, pero, por principio, no me agradan los militares. Y tú harías bien no ilusionándote con ese marinero de agua dulce.

     Era una provocación evidente, que hizo saltar a la dulce modista:

-          ¡Ni siquiera lo conoces y ya te permites ridiculizarlo y, de paso, inventarte mis sentimientos! ¡Es el colmo!

     Eugenia comprendió que había ido demasiado lejos. Decidió disculparse, sin dejar por ello de mostrar todas sus cartas:

-          ¡Qué cosa más natural que encariñarse a tu edad de un hombre agradable, como debe serlo Pável Yúrevich, no te lo discuto! Pero, en cuanto a mi exabrupto a su respecto, tengo motivos para que no me resulte especialmente simpático. Presta atención.

     Y, con lujo de detalles, fue deslizando en los oídos de Lina el divorcio, pocos años antes, de nuestro teniente de navío; la finalidad represiva de la pequeña fuerza naval a sus órdenes, así como  la severidad con que se había comportado con los huelguistas de los astilleros, cuando habían tratado de entrar en la zona militar para confraternizar con los marineros. Lina escuchaba con disgusto y, al concluir las confidencias, no pudo menos de preguntar a Eugenia:

-          ¿Y cómo te has enterado de todo eso?

-          Lo de Moscú, por medio del tenor Sobínov, que conoce bien a Dóbrov, el catedrático del Liceo, y a Natalia Ribakovska, mi antigua profesora de canto. De lo de aquí..., tengo mis contactos.

-          No lo dudo, replicó con segundas Lina.

     Por el motivo que fuese, el martes siguiente Eugenia se recogió en casa a la hora de comer y, pretextando una fuerte jaqueca, decidió no ir a trabajar por la tarde. Si Lina o nosotros tuviéramos alguna duda de los incipientes sentimientos de la costurera, quedaría despejada por aquel encogimiento angustioso en su pecho, mezcla de disgusto y premonición.

     Como un clavo, a las cinco en punto llamó el marino a la puerta. Como otro clavo, Eugenia –repuesta del dolor de cabeza y primorosamente vestida de calle- se sentó al piano y arrancóse con la airosa marcha del Crucero Variag[15], en forte. Lina, que había ido a abrir, enrojeció de indignación. Pero Pável, tras despojarse de los chanclos y del tabardo militar, lo tomó muy en serio –ignorando aún las manos ejecutantes- y avanzó erguido por el pasillo, acompasando la andadura con la música, disimulando un escalofrío. Mientras colocaba la prenda de abrigo en el perchero, Lina Nicolaievna lo vio perderse en la penumbra del largo corredor y pensó que nunca lo había encontrado tan viril.  

 

 
4.      Los juegos del amor


     El 6 de diciembre de 1913, día de San Nicolás y, por consecuencia, onomástica del zar [16], amaneció con ese tono apagado y quieto, que anuncia nevada. Para Lina, sin embargo, no era el cielo lo más urgente de contemplar o, por mejor decir, ya casi estaba en él. Cosa de un mes antes, el teniente de navío, cruz de San Jorge, Pável Yúrevich Sobínov, había tenido el honor de solicitar su compañía para el baile de gala en la residencia del Gobernador. Al menos, así rezaba la invitación que, con membrete del Ministerio de Marina, le había entregado en mano el talludo galán, aprovechando un momento en que se habían quedado solos, entre maniquíes y patrones. Susurrando, apostilló:

-          Me haría muy feliz, señorita Lina, muy feliz.

     La joven leyó la tarjeta y se quedó mirándolo, atónita, como pidiendo una explicación.

-          Verá usted –prosiguió-, por timidez, se me dan mal estas cosas y, por otra parte, no sabía si llegaríamos a quedarnos a solas.

-          Caramba, teniente de navío Sobínov, nunca creí que fuese una picardía invitar a una joven soltera al baile en honor del zar.

     Aunque no fuera nada digno de ocultar, Lina guardó la cartulina en un número atrasado de Vogue y eludió dar explícita contestación al solicitante, como castigo de su excesivo formalismo. Pero aquella noche, con la disculpa de concluir un traje de la boticaria Rubliova, evitó acostarse junto a Eugenia y, al ritmo de las puntadas, dejó volar sus pensamientos, buscando un rigor lógico poco compatible con la calentura que afloraba a sus mejillas. En un momento dado, soltó la labor, apagó el quinqué y pegó la frente al cristal de la ventana, sintiendo el alivio momentáneo del frescor invernal. ¿Quién podrá entrar en su mente ni en su corazón? Con todo, hagamos un pequeño esfuerzo:

-          ¡Vaya plancha que me he tirado! ¡Pues no había creído que este pánfilo estaba por Eugenia! Si la mira como un carnero a medio degollar… Y ella, jugando al ratón y al gato: que si romanzas al piano; que si llegar a casa a la crítica de marcharse él, para coincidir en el portal… No, ya sé: estoy empezando a fabular y, tal vez, a coger el rábano por las hojas. Bueno, al grano: voy al baile, ¿sí o no? A fin de cuentas, ni a él ni a mí nos compromete a nada. ¿A él? El tío cínico aún no me ha dicho una palabra de su divorcio, ni del hijo que parece que tiene con esa pelandusca aprovechada, como le ha escrito su madre a la mía. Vale, vamos al baile. Punto primero: a ver con qué cara se lo digo a Eugenia y a mamá. Una se reirá de mí y la otra…, por menos de nada me hace ir a la iglesia a pedir perdón por mi liviandad. ¡Bah!, ya lo arreglaremos. Punto segundo: el vestido. Es la fiesta más grande del año y apenas falta un mes. ¡A saber cómo irán las señoronas! Ninguna de mis clientas me ha encargado nunca un vestido de gala. ¡Pero qué idea! Creo que acabaré convenciendo a mamá…

     Se retiró de los visillos como por un resorte, encendió el quinqué y buscó afanosamente entre las revistas un número atrasado de Garn und nagel.¡Ahí estaba! La princesa Irene de Hesse, hermana de la Emperatriz[17], con su dulzura y distinción y, sobre todo, con esos sobrios y hermosos atuendos negros, que a Lina le parecían el colmo de la elegancia y –para ella- del más natural saber llevar. El luto iba a transmutarse en júbilo y fiesta.

 

     La tos de su madre por el pasillo la sacó de su ensoñación. Comprendiendo que lo mejor era tomar la iniciativa, salió a su paso y la acompañó hasta la cocina, donde esperaba a la matrona su tisana de melisa con unas gotas de láudano. Lina le sirvió el cocimiento bien caliente y esperó el momento oportuno para deslizar la noticia.

-          ¡Ay, hija! Cada vez duermo peor. Entre ahogos y toses se me pasan las noches de claro en claro. ¿No podías echarme unas gotitas más?

-          Claro que no mamá: el médico te las tiene tasadas, con su cuenta y razón. No creas, también yo ando un poco desvelada. Figúrate que Pável se ha ofrecido para llevarme al baile en honor del zar y me ha parecido una buena idea asistir. Irán todas nuestras clientas importantes y sería una buena oportunidad de demostrar que valemos para algo más que coser trajes de calle y vestidos para el té.

-          ¡Qué duda cabe, hija! Tienes unas manos divinas y la elegancia innata de la buena cuna. Eso no se pierde jamás.

-          Así pienso yo. Pero no me va a ser fácil encontrar telas adecuadas y algunas joyas discretas. Con todo…

-          No se hable más: para eso tenemos unos ahorros y yo conservo todavía algunas buenas piezas salvadas del empeño. Además, debemos corresponder a la gentileza y la posición de Pável. ¡Qué muchacho! Para mí, que tuvo que conocer a Sacha, aunque no lo quiera reconocer, por razones políticas. Si no, ¡de qué su afición por esta casa!

-          ¿Qué crees, mamá, que lo trae por aquí tan a menudo? Yo digo que Eugenia…

-          Esa es tarea tuya, querida. Aprovecha esta ocasión y, desde luego, no le insinúes siquiera a Pável que vas a ir al baile, como si dijésemos, por hacer una inversión.

-          ¡A quién se le ocurre!, exclamó Lina sofocando una carcajada. Anda, vuelve a la cama y ya hablaremos mañana con más detenimiento las dos, a solas.

     Helena Petrovna volvió a su dormitorio. Lina estaba tan excitada, que no pasó de recostarse en el diván del salón, creyendo que dormir le sería imposible. Pero la naturaleza es implacable y sabia: en pocos minutos se le cayó la revista de las manos y empezó a soñar. O mejor, reanudó sus sueños.

***

     Estuvo nevando casi toda la jornada. Aparentemente ajena a todo aquel ajetreo, Helena atendía con normalidad las faenas domésticas. En cambio, Eugenia, disfrutando del día festivo, colaboraba con Lina en la compleja puesta a punto del vestuario y el ornato, evidenciando que ni la aguja, ni la plancha eran su fuerte. Al final, desistió y sentóse frente al espejo, para juzgar y aconsejar las probaturas de Lina, charlando de todo y de nada, a fin de suavizar la tensión de su amiga. Después de comer, su ayuda pasó a ser, en cambio, decisiva, encargándose de peinar, maquillar y perfumar a la ilusionada debutante, sin escatimar consejos ni préstamos de graciosas fruslerías. Tantas atenciones emocionaron a Lina quien, sin malignidad ninguna, comentó:

-          ¡Qué arte te das para todo! Y seguro que estás al día de los bailes. ¿Querrás creer que mi última fiesta fue en casa de Dobrovolski, cuando estudiábamos cuarto curso?

-          Ya me acuerdo, picarona. ¡Bien que te cortejaba Mijail Sternberg! En fin, yo tampoco me he prodigado mucho desde entonces, no creas las habladurías.

-          Si no es eso, Eugenia querida, que ni sé cómo puedes sufrir voluntariamente la asfixia de esta casa. Es que no acabo de hacerme a la idea de que Pável Yúrevich me haya elegido como pareja de baile, en vez de..., bueno, en lugar de...

-          ... En mi lugar, ¿no es eso? Querida Lina, los hombres tienen sus gustos y no es cosa de contrariarlos. Si él te interesa, déjate llevar y no opongas reflexión, sino sentimientos. No vaciles y olvídate de mí, que el marinero de agua dulce está lejos de ser mi tipo.

     Lina sonrió pero insistió todavía, tratando de absorber la jovial seguridad de su amiga:

-          Pero, ¿no crees que él...? Y, además, está su matrimonio anterior.

     Eugenia le dio un buen tirón de pelo y apeló al sarcasmo:

-          Lina Nicolaievna: le ruego se percate de que va a un baile como tantos otros, no a celebrar su boda.

     La interpelada bajó la cabeza y no replicó. Su improvisada peinadora, contemplando su rostro en el espejo, comprendió que era una manera demasiado abrupta de despedir a su amiga camino del baile. La besó y dejó caer al oído un consejo:

-          Sobre todo, mi reflexiva Cenicienta, no pienses en la medianoche, ni se te ocurra salir huyendo del baile. Recuerda que vas a vivir toda tu juventud en unas horas.

     Dejó de nevar. Helena Petrovna le dio admirativamente su visto bueno. Un trineo se detuvo, tintineando, junto al portal. Eugenia posó sobre los hombros de Lina su mejor capa de pieles y casi la echó escaleras abajo, con una última exhortación:

      -    Te lo suplico, ¡no pienses: siente! Hazlo por tu madre y por ti. Hazlo por nosotras tres.


***

     Después de varios bailes y un par de tazas de ponche, Lina flotaba en el paraíso. Ciertamente, no todas las piezas habían sido con Pável, obligado como estaba a cumplir con los compromisos propios de una Autoridad local. Tampoco ella había perdido ripio: se ve que el vestido y su contenido habían sido del agrado de los caballeros, aunque bien habría querido ella concitar la atención de las señoras, posibles clientas. Pasó sin sentir más de una hora y el flamante teniente de navío volvió a puerto, como si dijéramos. Por si fuera poco, parecían tocar en su honor el vals Sobre las olas. La joven pareció apreciar un rictus de dolor en su pareja, en una de las vueltas:

-          Es esta condenada rodilla –gruñó Pável-. Desde lo del Variag me incordia cada vez más.

-          Descansemos, pues, sugirió Lina.

     No era cosa fácil. La escapatoria lógica del jardín era imposible con aquella friura. Sobínov parecía no querer revelar su debilidad y no tenía suficiente confianza con el Gobernador, como para colarse en alguna de las habitaciones particulares del palacio. La joven tuvo una inspiración:

-          Diré que no me encuentro bien y podrás disculparte con llevarme a casa. Luego, no creo que reparen en tu ausencia.

     Así hicieron. Una vez en el trineo, Pável preguntó:

-          ¿Adónde quieres que vayamos?

-          Me apetece mucho enseñarte la casa en que pasé mis mejores años. ¡Hace siglos que no he vuelto por allí!

     La casa del jardín grande apenas era un bulto en la nieve. Parecía un barbudo anciano canoso, que solo asomara los ojos de las ventanas cimeras, espiando tras la cerca desportillada y el herrumbroso portón de volutas. Lina quedó sobrecogida: nunca se había parado a pensar que aquel nido de ternuras y dolorosos recuerdos podría ser abandonado de los hombres, como un lugar inhabitable, pasto de la soledad y de la ruina. Con todo, balbuceó:

-          Vamos adentro. Quiero enseñarte el jardín. Era lo mejor de la casa.

     Bien sabía ella que el sudario níveo convertiría los arbustos en descarnados dedos engarfiados y los árboles, en quebradas líneas de hielo que señalaban las casi invisibles estrellas. Al menos, aquí la decrepitud sería para ella menos conspicua: no en vano, aquel recinto, inmenso en su infancia y deliciosamente salvaje para la mocedad, siempre se había resistido a la mano severa del leñador y la geométrica del jardinero. Pável estaba sobrecogido en aquel mundo, extraño y rebelde. Casi sin pensar, le tomó la mano. Lina se volvió y lo miró con ternura:

-          Mi buen amigo, este fue mi mundo. Aquí crecí y casi me hice mujer. Cada árbol tiene mi marca; cada habitación, mis escondites. He aquí el edén por el que suspiraban Eugenia y los demás amigos; el que, sin embargo, despreció la pureza y el sacrificio, sangriento y absurdo, de mi hermano, Sacha Yegúlev.

     Pareció escupir con desprecio aquel apellido inventado, provocando la pregunta de Pável:

-          Lina, razonablemente, ¿qué ha sido de él? He oído las más peregrinas historias.

     Por un momento, la joven intuyó que valdría más que fuese discreta, pero aquella noche llevaba en los labios el corazón:

-          Nada de cierto sabemos, ni tenemos una tumba a la que ir a llorarlo, pero algo sí es seguro a estas alturas: el verdadero Sacha Yegúlev, mi hermano Sacha Nicoláievich Pogodin, murió a manos de la Policía, o del Ejército, hace casi diez años. Incluso, tuvieron expuesto públicamente su cadáver tres días en la aldea que lo mataron.

-          Entonces, América…

-          El paraíso inventado, para evitar a mi madre la muerte o la locura.

-          Y los crímenes que le achacan como capitán de los Hermanos de los Bosques…

-          Tómalos como quieras –respondió Lina, encogiéndose de hombros-. Algunos hasta lo tildan de asesino [18].

-           ¿Y Eugenia?

-          Nunca fue verdaderamente novia ni prometida de Sacha. Ahora, mantiene las apariencias con nosotras, pero podríamos decir que vive su vida.

     Lina notó como una sacudida eléctrica en el brazo de Pável, quien bruscamente le soltó la mano, que hasta entonces había estrechado. Lo miró de hito en hito y, pese a la escasa y fantasmal claridad reinante, apreció en él un gesto de sorpresa y disgusto, que la abofeteó en lo más íntimo de su amor propio. Su voz sonó como un estallido:

-          Pável Yúrevich, razonablemente, lléveme a casa.

     El teniente trató de disculparse de lo que solo había imaginado:

-          Pero, Lina, deje que le explique…

-          ¡Inmediatamente! Todo está muy claro: como la nieve que nos envuelve, solo que mucho más sucio.

     El cochero avivó la marcha cuanto pudo. En apenas cinco minutos estaban ante el portal de la casa de las Pogodin. Sobínov, hasta entonces mudo, hizo un último y torpe intento de reconciliación, volviendo a coger la mano de Lina. Esta la retiró con fuerza, bajó del trineo sin esperar su ayuda y exclamó:

-          ¡No le se ocurra volver por esta casa nunca más! ¡Nunca más!

 
***


     Subió la escalera desalada, tropezando a cada momento, arrastrando el pesado abrigo prestado por Eugenia. Tomó aire para serenarse, antes de intentar abrir la puerta sin despertar a nadie. Descalzóse con sigilo y, pasillo adelante, fue a arrojarse sobre el sofá de la cámara de sus trabajos forzados, rompiendo en sollozos, ahogados por el brazo blando y acogedor del veterano mueble. Al poco, oyó marchar tintineando el trineo de Pável, señal inequívoca de que este había vacilado durante un rato sobre el camino a seguir, en las calles o en la vida. Aquel titubeo la reconfortó. Como desde la infancia, contó hasta veinte mientras hacía inspiraciones profundas. Luego, encendió a tientas el quinqué y, sabe Dios por qué insólito arranque, tomó la luz en su mano y fue a colocarse frente a la vítrea luna de las pruebas.

     Confidente veraz, el espejo le devolvió en un instante la medida de todas las cosas: de su figura de danzarina descompuesta y descalza, a lo Isadora Duncan[19]; de su rostro, húmedo y desencajado, que la contemplaba obtuso y expectante; del taller de costura, donde esperaba la labor de mañana y de muchos mañanas más, hasta el día del Juicio. De los costados en penumbra, asomaban las imágenes presentidas de Pável y Eugenia, casi rozándose, que sonreían con una mezcla de ironía y compasión. En el fondo, junto a la ventana, iba perfilándose sobre el rojo de las cortinas, la silueta de Sacha, puro y etéreo cual un ángel, que tendía hacia ella las manos como en las noches de antaño, cuando se ofrecía para protegerla del miedo ante el aullido del viento entre los árboles.

     Era tan solo un espejo, un cristal que podía romper con un simple golpe seco del quinqué; un plano brillante al que volver desdeñosamente la espalda, sin temer que la llamase o siguiera. No obstante, allí estaba ella, inmóvil, indefensa, aterrada, como si esperase el veredicto de la conciencia, el augurio de su destino. Callaba y esperaba, aun siendo una mujer fuerte; precisamente porque lo era. Aquella luna, tenuemente iluminada, aunque con las rojeces de la vejez y la niebla de la plata perdida, era la verdad y la vida: su vida. Y –cada vez estaba más segura de ello- su muerte.

      Los pasos inseguros de su madre la volvieron a la irreal realidad. Esta vez, dejó que fuese Helena quien la descubriera y rompiese el hechizo con sus palabras:

-          Hija, ya has vuelto. No te sentí llegar. ¿Cómo ha ido todo?

     Lina pasó por sus hombros el brazo desembarazado del quinqué y, sin contestar, la acompañó a la cocina, sintiendo la tibieza de aquel cuerpo, gemelo del suyo, cansado y perdido en un mundo periclitado y devorador. Juntas habían llegado hasta allí; juntas tenían que emprender el viaje más allá.

-          Lina, ponme alguna gotita más, que la angustia me agobia esta noche. Será por la inquietud de tu salida.

-          Descuida, mamá, ya no tendrás que inquietarte más por mí. En efecto, te echaré unas cuantas gotas más, y yo te acompañaré.

       Bebieron sendas tisanas, bien cargadas de melisa y láudano. Helena Petrovna trataba de volver, una y otra vez, al tema del baile, mientras Lina le cogía las manos y miraba inquisitivamente a los ojos. Finalmente, ambas mujeres se levantaron y, lentamente, avanzaron por el pasillo de su vida hasta los dormitorios. La joven ayudó a su madre a recostarse y la arropó amorosamente. Luego, aunque se percató de que Eugenia estaba ausente, pasó de largo y fue a yacer sobre la cama de Sacha, con el vestido negro cuidadosamente extendido y las manos cruzadas sobre el pecho, sintiendo cada vez menos el frío de su encadenada cruz de oro y ónice. Aún tuvo fuerzas para susurrar:

-          Sacha, Sachenka, heme aquí, entre tus cosas…, como una más de ellas. Llévame contigo donde quiera que estés,… aunque no sea al cielo. Estoy tan cansada…

 

 

5.      Los caminos de la venganza



     El terrible golpe alcanzó a Eugenia en plena tormenta emocional. Aquel curtido y escurridizo activista, al que permanecía unida desde años antes, había resultado ser un confidente de la policía. Kuzmíchev, el jefe del soviet de los astilleros, se lo había echado en cara el pasado octubre:

-          Así que no te había resultado extraño que saliese con bien de todas las redadas y detenciones, pese a ser más conocido en Sarátov que la catedral de la Trinidad. Vamos, el colmo de la buena suerte… Y me figuro que tampoco te habrá llamado la atención que no haya preparado un solo atentado contra alguien medianamente importante…

     Eugenia enrojeció. Solo le falta recordar que la buena suerte de Vaska Solóviev también la había protegido a ella, que igualmente había salido incólume de los muchos golpes policiacos contra la Organización. Con todo, Eugenia era pugnaz y tenía mucho amor propio:

-          Te respeto, Rustam Denísovich, pero habrás de darme alguna prueba de lo que me dices. De otra forma, comprenderás que no puedo aceptar la supuesta perfidia de Vaska.

     Kuzmíchev suspiró, se arrellanó en el sillón y resumió cuanto puede conocer quien haya leído la novela de Andréiev[20]:

-          Tu amiguito Solóviev se unió de corazón, cuando la guerra japonesa, a los Hermanos del Bosque. Sin embargo, le iba mucho mandar y poco sacrificarse. Al cabo de unos meses traicionó a los suyos y montó su propia banda. En realidad, a cambio de delatar a los patriotas a la Policía, esta le permitía dar buenos golpes, con espléndido botín. La naturaleza humana es débil y ni que decir tiene que Vaska se llevó de calle a la mayoría de los guerrilleros y de los campesinos adictos. El dinero todo lo corrompe.

-          Todo lo que me cuentas tiene una base bien débil. Podría responderte con aquella frase del Evangelio: todo reino dividido perecerá. Así que, según tú, la propia Policía favorecía a algunos guerrilleros, Vaska entre ellos…

-          Claro, querida: a cambio de repartirse las ganancias. Pero tu protector no tenía bastante con medrar; tenía que alcanzar fama y ajustar cuentas. Vamos, quitar de en medio al mejor atamán[21] que había en aquellos tiempos: Sacha Yegúlev.

     Eugenia sintió que el salón del Conservatorio le daba vueltas y estaba a punto de desmayarse. Kuzmíchev se percató de ello, pero le pareció un rasgo de sospechosa debilidad y, tras unos momentos, prosiguió:

-          Supongo que, aunque hace muchos años, habrás oído hablar de él. Pues bien, tu Vaska se apoderó del nombre de Yegúlev, se hizo pasar por él ante las gentes, usurpó su fama y, finalmente, compró a sus hombres y prácticamente lo entregó a las tropas zaristas. Fue en la aldea de Kamenka.

     Eugenia conocía aquel nombre fatídico. Apuró la coincidencia:

-          ¡Un detalle! ¡Tan solo dame un detalle! De otro modo, nunca te creeré.

-          Te lo daré, Zenechka. Hace un momento has recordado el Evangelio; ahora lo haré yo: lo colgarán de un madero pero, al tercer día, resucitará. Pues bien, ese fue el destino del verdadero Yegúlev, solo que, como él no era Dios, no pudo resucitar [22].

     Eugenia se levantó penosamente y, con las escasas fuerzas que pudo acopiar, exclamó:

-          ¡Sacha! Tal vez Solóviev lo traicionara, pero vosotros no le llegáis ni a la altura de las rodillas.

     Fueron estas, precisamente, las que le fallaron. Se agarró al brazo del asiento y allí quedó, genuflexa y llorando en silencio, mientras Kuzmíchev, indiferente, se alejaba.

 
***

 
     Aún dubitativa, pero ya rumiando una venganza, Eugenia no desenmascaró a Vaska, ni rompió del todo con él. Se limitó a apartarse de su lado con pretextos:

-          Tengo mucho trabajo esta temporada en el Conservatorio. Además, Helena Petrovna está cada día más delicada.

-          No me importa tanto por mí –que también-, sino por los camaradas, replicó Solóviev. Ya sabes que lo primero es la Causa.

     La joven, asqueada, cortó toda intimidad con su amante y resolvió entenderse en secreto con los bolcheviques de Kuzmíchev, más por táctica personal, que por afinidad ideológica. Y, en esas estaba, cuando la sorprendió la muerte simultánea de Lina y de su madre. Un suceso ciertamente muy sospechoso, pero que no mereció la atención de la Policía. Aquellas mujeres, familiares de un terrorista, no justificaban, a lo que parece, los gastos judiciales y de autopsia. Tengo a la vista El Eco del Volga, cuya única referencia al doble óbito es la siguiente:

     Sarátov, 8 de diciembre. A las tres de la tarde de hoy, se llevará a cabo el sepelio de la señora Helena Petrovna, viuda Pogodin, y de su hija, Nina Nicolaievna Pogodin. Ambas señoras eran muy conocidas y respetadas en esta ciudad, de la que habían sido vecinas durante más de veinte años. Las exequias religiosas tendrán lugar mañana, a las diez, en la iglesia de la Santa Trinidad.

     Al parecer, fue a la salida de esta última ceremonia cuando Pável Sobínov abordó a Eugenia, para ofrecerse incondicionalmente en cuanto necesitara. Aunque la joven le estuviera agradecida por el protagonismo asumido en la preparación de las honras fúnebres, no las tenía todas consigo. Por ello, a renglón seguido de manifestarle su sincero agradecimiento, le espetó:

-          Por cierto, Pável Yúrevich, tengo un favor muy especial que pedirle.

-          Lo que usted quiera, Eugenia.

-          Se trata de que, durante un tiempo, no vuelva usted por casa. Ya sabe, el luto…, las habladurías, tratándose de una mujer sola…

     Era la segunda expulsión del paraíso que sufría en tres días y, seguramente, la más dolorosa, pero comprendió y transigió:

-          Hágase su voluntad, Eugenia. Tal vez podría verla en algún otro lugar. Quizás a la salida del Conservatorio.

     Eugenia sonrió, eludiendo contestar. En aquella época, se sentía sola y vulnerable, pero ese hombre, maduro y anodino, apenas le templaba con su presencia el corazón. Lo miró a los ojos, con esa profundidad que desarmaba, y Pável bajó la cabeza. Uno y otra comprendieron, instantáneamente y sin palabras. Con todo, Eugenia quería estar segura. Por seguir con los símiles bíblicos, había de apurar el cáliz; aunque mejor otro día.

***

     La primavera los sorprendió, sin que hubieran tenido aún aquella entrevista que una y otro temían, si bien por diferentes motivos. Pável daba mil vueltas a la situación, sin encontrar una salida conveniente. Su silencio y alejamiento habían convertido el incipiente amor en una sensación dolorosa y constante, pero paralizaba toda iniciativa el temor a precipitarse y a descubrir la relación entre la noche de San Nicolás y la muerte de Lina. ¿Era él culpable? Es más, ¿qué había llevado a la joven al suicidio? ¿O habría sido la madre la causante de todo? Daba igual: Pável se sentía responsable y estaba seguro de que, si Eugenia llegaba a la misma conclusión, sus relaciones serían imposibles.

     Vestido de civil, espiaba a Eugenia, cosa no difícil en aquellos momentos: de la calle Pokrovskaia, al Conservatorio; de este, al café Zakat o, como mucho, a esa casa en la plaza del Teatro, de la que todo el mundo murmuraba que era un nido de bolcheviques. Pável suspiraba aliviado, al constatar que en ningún caso se veía con aquel sujeto pelirrojo que, según el jefe de la Okhrana[23] en Sarátov, hábilmente interrogado, era el amante de la profesora Egmont, individuo nebuloso y de malas costumbres.

     Cuando el viento del oeste empezó a traer efluvios de guerra, Eugenia se hallaba deshaciendo la antigua casa de las tres mujeres de luto. Al amor de la herencia, habían aparecido varios parientes de las finadas, que cogieron cuando les vino en gana, sin que la señorita Egmont les pusiera el menor impedimento. Poco a poco, la casa había quedado como un cascarón de nuez. Lo poco que los parientes desecharon lo consideró interesante el casero, para cobrarse las mensualidades que se le adeudaban. El piano, lo último notable en desaparecer, fue invertido por Eugenia en una buena sepultura para Lina y Helena. Hecha tal compra, había tenido el valor de presentarse al Gobernador de la provincia, para pedirle que hiciera las averiguaciones pertinentes, a fin de localizar la última morada de Sacha, con objeto de que descansara junto a su madre y su hermana. La Autoridad, longevo seguidor del conde Witte [24], hizo las oportunas indagaciones ante la Policía, con el resultado que era de esperar: fracaso, a la hora de encontrar los restos de Yegúlev, y éxito, en lo referente a robustecer la animadversión policial hacia Eugenia. 

     Esta trasladó sus lares a una pensión confortable, próxima al Conservatorio, y creyó oportuno no demorar más su cara a cara con Pável. Para darle mayor espontaneidad, resolvió usar el factor sorpresa y se dirigió francamente hacia él, uno de tantos días en que la acechaba al final de sus clases:

-          ¡Qué casualidad, Pável Yúrevich! Precisamente llevaba un tiempo haciendo por verlo, pues he de comentar con usted algunas cuestiones, que no admiten demora.

     Se encaminaron hacia el café Zakat. En el trayecto, Eugenia le habló del cambio de casa, le interrogó sobre las probabilidades y rumores de guerra [25], y le expuso sus intentos de localizar la tumba de Yegúlev para traer sus restos a Sarátov. Pável fue entrando en la conversación, más y más tranquilo y sosegado. Al llegar al café y sentarse en uno de los divanes alejados de la entrada, parecía haber olvidado el peligro que lo acechaba, como los niños que no dejan de jugar con la cometa cuando ya ruge a lo lejos la tormenta.
     Eugenia fue buscando la confesión de Pável en tono indiferente y con su mejor sonrisa, empleando ya la complicidad del tuteo:

-          Te he hablado de la tumba de Sacha Pogodin como si estuvieses al corriente de su muerte. La verdad, no recuerdo si sabes…

-          Por vosotras no, desde luego. Lo llevabais con mucho sigilo, para ocultársela a su madre; pero la Policía la daba por segura y así me lo hizo saber el comisario Strélkov, cuando le informaron de que yo os frecuentaba.

-          Claro, la Policía… No obstante, nunca lo tuvieron muy claro: hubo otros bandidos que, aprovechando el nombre de Yegúlev, prolongaron la apariencia de su vida. De hecho, yo misma sufrí el infierno de no saber si tenía que seguir siendo fiel a su memoria.

-          Y eso mismo, querida Eugenia, es lo que forzaba mi cautela, pues me daba cuenta de que debías guardar su ausencia.

-          Muy considerado de tu parte. Y ¿qué es lo que te llevó a pretenderme abiertamente desde el momento en que murió Lina? El mismo día del funeral ya te insinuaste.

     Es muy probable que Pável alcanzara a comprender la importancia de su respuesta, pero ya era tarde para fingir. Eugenia lo miraba con el brillo malicioso que reflejan los ojos de los gatos cuando creen tener un ratón a su merced.

-           Lina me lo dio a entender en el baile de San Nicolás. Me aseguró que eras una mujer libre y que nada tenía que oponer a nuestras relaciones.

-          ¿Nada que oponer? ¿Es que había algo entre vosotros? ¿Le habías hecho concebir esperanzas? Ella era tan sensible y tan considerada…

     Pável reaccionó como Eugenia esperaba: con la excusatio non petita[26]:

-          No supondrás que fui yo el culpable moral de su muerte. Todo mi pecado es quererte y no haber sido capaz de ocultarlo a sus ojos.

     Eugenia sonrió y posó su mano en el antebrazo del marino:

-          Por supuesto. Eres un hombre puro. Sacha también era puro. ¿Qué mujer podrá haceros responsables de su desgracia?

     El tono parecía sincero, mas Sobínov no sabía cómo tomar la pregunta. Balbuceó, con su adverbio favorito:

-          Razonablemente, creo que ninguna.

     Eugenia miró hacia los ventanales. Iba oscureciendo, pero la noche estaba aún por caer.

 
***

 
     Podría contar los luctuosos sucesos de aquel comienzo del verano, del modo personal que he venido utilizando para los anteriores. Sin embargo, son tan trágicos los eventos y tan grave la culpa que puedo arrojar sobre personas posiblemente inocentes, que prefiero encadenar las noticias con la prosa objetiva y fría de los periodistas. He consultado varios diarios de la época, cuyos nombres no considero preciso enunciar, aunque sí las fechas en que fueron publicados.

     San Petersburgo, 7 de julio.

    Ha provocado gran indignación en todo el Imperio el prepotente y vergonzoso ultimátum que Austria-Hungría ha dirigido a nuestros hermanos y aliados de Serbia. Grandes manifestaciones espontáneas se han producido en San Petersburgo y otras numerosas ciudades rusas. Nuestras guarniciones militares han sido invitadas por las Autoridades civiles a participar con paradas y demostraciones, para mostrar a la población su preparación y entusiasmo.


     Sarátov, 12 de julio.

     Pasado mañana, 14 de julio, coincidiendo con la fiesta nacional de nuestros aliados franceses, se celebrará en el paseo del Volga un acto patriótico, en el que el Gobernador de la Provincia y el Alcalde de la ciudad se dirigirán a los ciudadanos, para explicarles las justas razones de nuestro apoyo a los eslavos de Serbia. A continuación desfilarán los infantes del 108º Regimiento y una sección de marineros del Arsenal.


     Sarátov, 15 de julio.

     Un incomprensible y trágico suceso se produjo en la mañana de ayer, durante la manifestación patriótica convocada en el paseo del Volga. Mientras pronunciaba su alocución el Gobernador de la provincia, un pistolero se acercó a la tribuna y disparó cinco veces contra las Autoridades que presidían el acto, alcanzando tres de las balas al jefe del Arsenal, teniente de navío Pável Y. Sobínov, quien falleció en el acto. Agentes de Policía persiguieron inmediatamente al asesino quien, al sentirse acorralado, recargó su arma y disparó contra los policías. Estos respondieron al fuego y mataron al terrorista. Hasta el momento de cerrar la edición, se desconoce la identidad del criminal. El Teniente Sobínov, muy apreciado por todos los que lo conocimos, era uno de los héroes del crucero Variag, sospechándose que sea ese el motivo por el que fue tomado como objetivo del atentado, a fin de que alcanzase una mayor notoriedad.

 
     Sarátov, 17 de julio.

     Tras un brillante servicio de identificación, la Policía y la Justicia han dado por concluida la averiguación del nombre del terrorista del paseo del Volga. Se trata de un tal Vaska Solóviev, delincuente común, natural de Ubek, que se había instalado en los últimos tiempos en nuestra ciudad, sin dar motivo para sospechar el terrible crimen que preparaba. La Policía tiene el convencimiento de que Solóviev, aunque actuó en solitario, podría haber tenido el apoyo de algunos bolcheviques y cabecillas de las huelgas de los meses pasados.

     Este diario está seguro de que nuestros soldados y la población en general no se dejarán intimidar por provocaciones como esta y cumplirán con sus deberes patrióticos, a las órdenes de nuestro amado Zar y de sus Autoridades.

 


6.      Epílogo


     Ha entrado agosto y, pese al corto intervalo, el caso Sobínov ya está enterrado en las hemerotecas. Las tropas del zar combaten contra los alemanes en Masuria y la gloria del triunfo empapa sus banderas. No hay espacio ni momento para otros hombres ni otras gestas [27]. Solo el calor y el Volga parecen indiferentes a tanto y tan vacío ardor guerrero. El clima, el gran río y, tal vez, esa mujer joven, vestida de negro, que acaba de sentarse en un banco del Parque, no lejos del Conservatorio. El sol se pone; por un momento, el tiempo se detiene y ella, al fin, puede pensar. Del fondo de su memoria, llega una cantinela lejana, que sus labios apenas se atreven a alterar:

-          Rusia es una hermosa tierra…, una hermosa tierra.

     19 de octubre de 1921.

 

 

 



[1]  Estos crímenes se titulan, respectivamente, Habla Cipión, Veinte años después, Marramiáu y Ansias de maternidad. Pueden encontrar los córpora delicti entre los cuentos de tema literario de este blog.
[2] Recuerdo que la referencia alude al escritor Leonid Andréiev (1871-1919) y a su novela Sacha Yegúlev (1911), con numerosas ediciones en español, a partir de 1919. Por supuesto, la ulterior cita de la Revolución hace referencia a la producida en Rusia a partir de 1917, que dio lugar a la implantación del Régimen comunista.
[3]  Localidad de cierta importancia, en la provincia (óblast) de Sarátov. En la época a la que se contrae esta historia, contaría con unos 30.000 habitantes.
[4]    Ese es el apellido auténtico del personaje real, aunque novelesco. Yegúlev fue un pseudónimo, asumido al echarse al bosque como guerrillero en 1905, como todo el mundo sabe hoy. Como consecuencia de su pronunciación rusa, otros prefieren la grafía Pagodin.
[5]  Desde el punto de vista fonético, sería más oportuna la grafía española Sashka o Sasha, para el correspondiente diminutivo ruso de Alexándr. No obstante, por prioridad en la traducción española, he decidido respetar la forma Sacha. Que me perdonen los puristas.
[6]  Vaya usted a saber en qué pensaba el negro que le hizo este discurso al prócer. Lo del Volga, parece claro, a juzgar por el río que baña y delimita Sarátov. La referencia al ave rapaz posiblemente aluda a una de las probables etimologías de ese topónimo: Saryk Atov, o Isla del Halcón (en turco).
[7]  No son de extrañar los apellidos germánicos, frecuentes en la novela de Andréiev. Sarátov y la vecina Pokrovsk, eran urbes ampliamente pobladas por alemanes, inicialmente llamados por los zares para colaborar en el desarrollo agrícola de la zona. Estos rusos de estirpe alemana alcanzaron en las tierras del Volga la cifra de unos 800.000, a comienzos del siglo XX.
[8] Antón Ivánovich Denikin (1872-1947), uno de los principales generales de los Ejércitos blancos, contrarios a los comunistas o rojos. El autor parece aludir a su ofensiva del verano de 1919.
[9]  Se lo conoce como Museo Radíschev y fue promovido por el pintor Alexei Bogolyúbov (nieto del epónimo), inaugurándose en 1885.
[10]  Leonid Sobínov (1872-1934), figura de la ópera rusa y de la política artística bolchevique. Hombre encantador de trato, fueron famosos sus múltiples amoríos, hasta que contrajo segundo y feliz matrimonio en 1915.
[11]  Primer combate naval de la guerra ruso-japonesa, producido el 9 de febrero de 1904 en aguas de la bahía coreana de Chemulpo (hoy, Inchón o Incheón). Tras desigual batalla, el citado crucero fue hundido por sus propios tripulantes, con resultado de unos 40 muertos, alrededor de 130 heridos y el resto, hechos prisioneros, retornaron a Rusia, tan pronto estuvieron curados todos sus compañeros.
[12]  Kronstadt: gran base naval próxima a San Petersburgo. 108º: regimiento de infantería del III Cuerpo de Ejército, creado para luchar en la guerra ruso-japonesa, llamado Regimiento Sarátov.
[13]  Para quienes no hayan leído Sacha Yegúlev, considero oportuno informarles de que, por su afición a la bebida, el general Pogodin era muy áspero de trato, llegando a provocar el aborto de su esposa por una violencia doméstica. También es de la cosecha de Andréiev el origen griego de Helena Petrovna.
[14]  Junto con Corea, Manchuria fue el principal escenario terrestre de la guerra ruso-japonesa de 1904-1905.
[15] Dicha marcha, obra del compositor A.S. Turischev, es contemporánea (1904) de la heroica gesta. Curiosamente, el poema musicalizado era alemán, siendo posteriormente traducido al ruso. Existe una versión orquestal, basada en aquella, por N. Ivánov Radkévich (1943). Actualmente (2012), es famosa la versión a cargo de los Coros del Ejército Ruso.
[16]  Obviamente, Nicolás II (1868-1918), que accedió al trono en 1894 y abdicó en 1917.
[17]  Alusión a Irene de Hesse y Rhein (1866-1953), hermana de la última emperatriz consorte de Rusia, Alejandra (1872-1918).
[18]  De hecho, Andréiev subtituló la novela Sacha Yegúlev de esa forma: La historia de un asesino.
[19]  Famosísima bailarina de la época (1877-1927), que acostumbraba a danzar desnuda de pie y pierna.
[20]  Véase, Sacha Yegúlev, segunda parte, capítulo X y siguientes.
[21]  Palabra aquí usada genéricamente, como jefe militar. En puridad, es un título entre los cosacos.
[22]  Sarcástica alusión al hecho –recogido también por Andréiev- de que las Autoridades militares tuvieron expuesto tres días el cadáver de Sacha Yegúlev (Pogodin), atado a un poste, pasado cuyo periodo lo enterraron en un lugar, hasta ahora desconocido.
[23]  Rama de la Policía zarista rusa, de clara vocación secreta y anti disidentes políticos, fundada en 1866 y potenciada tras los sucesos revolucionarios de 1905.
[24] Serguei Y. Witte (1849-1915), diplomático y político ruso, uno de los más liberales y preparados de su tiempo.
[25] Referencia indudable a la I Guerra Mundial, o Gran Guerra o Guerra Europea, que estallaría finalmente en agosto de aquel año de 1914.
[26] Primera parte del conocido aforismo latino medieval: excusatio non petita, accusatio manifesta, es decir, quien se disculpa sin que se lo pidan, está reconociendo su culpa, al menos, de conciencia.
[27]  Como se sabe, bastante efímeras. Remito a la espléndida y extensa recreación literaria, Agosto, 1914, de Alexandr I. Solzhenitsyn (1918-2008), aparecida en 1971, revisada y ampliada en 1983.

viernes, 7 de diciembre de 2012

LA ÚLTIMA MORADA


La última morada

Por Federico Bello Landrove


     Un cementerio con mala suerte en un pueblo de los llamados de mala muerte. Suena a algo macabro y no parece que el tema pueda dar mucho de sí. No obstante, verán que, con un poco –o mucho- de conocimiento de causa, humor y sensibilidad, puede salir un cuento medianamente pasable. O eso creo.




I


-          Válgame Dios, señor cura, qué gente más envidiosa. Al paso que vamos, todo lo holgados que estamos en este pueblo los vivos van a estar de apretados los difuntos.

-          Quita allá, hija, que la Santa Madre Iglesia tiene sitio para todos, bien colocaditos, unos junto a otros, bajo tierra y a la sombra de la cruz, signo de redención. Pero esos cementerios modernos son a los de antes, lo que las ristras de adosados a las viejas casas de campo: colmenas de tumbas, cuanto más pequeñas e impersonales, mejor.


     Tía Dorotea no comprendió del todo lo que significaba la impersonalidad, pero se hizo cuenta de que don Jesús aludía a lo mismo que cuando habló en una homilía de los cuerpos convertidos en humo de chimenea. El caso es que ella no se refería a eso, ni se le daba un ardite de las colmenas y las casas de campo. Lo que la traía a mal traer era la perra que había cogido el Isaías con lo de la distancia de la tapia del camposanto a la pared de su casa y con que las aguas del regato podían contaminarse con el zumo de los muertos. Eso, y la chufla de los del pueblo de Genciana, de que no había sitio más sano en España que Casillas, dado que el cementerio llevaba construido diez años y todavía no se había enterrado en él a nadie.


     Seguro que la cosa merece una explicación, para que ustedes la entiendan. Es el caso que el viejo camposanto de Casillas, situado junto a la iglesia en medio del pueblo, se había quedado pequeño, dijera don Jesús lo que dijere. A regañadientes, el párroco anterior había tenido que transigir con los nichos murales, y las familias casillanas habían de compartir fosa con sus convecinos, por mal que se hubieran llevado en vida. En un inexorable ejercicio de une, dole, tele, catole, los nuevos inquilinos se distribuían por las sepulturas existentes, repartiendo los turnos la mano de la Muerte. Aún con ese comunismo post mortem, llegó un momento en que el corral de la Parca no fue capaz para nuevas admisiones. Hubo de intervenir el Ayuntamiento, que erigió otra instalación mortuoria con todos los adelantos, incluidas las previsiones de incineración. Se pintó la valla perimetral de un verde esperanza y un herrero de Robledo forjó una hermosa puerta monumental, con el año 1996 en la cartela. Pero el Ayuntamiento propone y el Isaías dispone. ¡Qué le vamos a hacer!


     Isaías Rincón, el del Ventorro, era uno de tantos labriegos acomodados, que miman su tierra hasta extremos de humanizarla: en eso todos estaban de acuerdo y la mayoría compartía ese sentimiento. Más discutible era el uso que hacía de la ley, apoyado en una firme voluntad de pleitear hasta conseguir sus propósitos o aburrir a los antagonistas. Y así, ya por legalismo a ultranza, ya por evitar un supuesto desvalor de sus propiedades, denunció al municipio por no respetar la distancia entre la esquina más cercana de la pared del cementerio y la más lejana de su casa. Vinieron los agrimensores oficiales y confirmaron la medida del quejoso: el camposanto habría de desplazarse catorce metros hacia el oeste. Como quiera que trasladar un inmueble no es cosa fácil, salvo en los cuentos orientales, los ediles aceptaron el tirón de orejas y resolvieron recortar el recinto por el viento oriental. Todo fuera por evitar litigios y no aplazar más aún la puesta en uso del enterramiento.


     Todavía tuvo que volver la burra al trigo, o séase, el Isaías a ponerle la proa al camposanto. Esta vez, adujo que el regato de Mataburras captaba las escorrentías de la zona destinada a sepulturas y, claro, no era cosa de que el agua llevase fósforo y calcio de humana procedencia. ¡Vuelta otra vez a denuncias y recursos! En este caso, la decisión administrativa fue salomónica: adelante con el cementerio, pero sin sepulcros en tierra. ¡Todos contra la pared! Unos, enteritos, en sus cajas; otros, en nichos justos para urnas cinerarias. Isaías hubo de ceder aunque, por si acaso, la apertura oficial del camposanto se demoró hasta expirar el plazo en el que el pugnaz labrador podía acudir a los tribunales.


     El día de la inauguración amaneció radiante –como correspondía al evento-. Presidían el alcalde y el diputado provincial de la zona, con una bambolla directamente proporcional al tiempo que el acto se había hecho esperar. Para no faltar a la costumbre, hubo ciertas dificultades con el párroco, que se negó a bendecir unas instalaciones que no presidía la cruz sobre la puerta y que no daban opción alguna a los tradicionales partidarios de la inhumación. El primer edil hizo uso de su exquisito tacto, para convencer al sacerdote:


-          No sea usted así, don Jesús. Recuerde que lo de prohibir las tumbas bajo tierra ha sido cosa de Sanidad, provocada por ese mulo del Ventorro. Además, después de bendecir las instalaciones, vamos a comer al Hotel Colón de Piedrabuena.

-          Que conste que lo hago por no desairarte, replicó muy serio el párroco, con un ojo puesto en la opinión del obispo y otro, en un arroz con bogavante que se salía del mundo.


     Así pues, hubo bendición, discurso del diputado y recorrido por las instalaciones, todo con austera brevedad. Aún tuvo tiempo el padre de soltar una pulla, ante la chimenea troncopiramidal de ladrillo, destinada a lo que todos suponemos:


-          Impresionante. Como en las películas de Auschwitz.


     A partir de aquella misma noche, el Isaías tuvo que dormir con la luz encendida. Al fin se descubrió el pastel. Nada de escrúpulos legales, de sanidad,  ni de pérdida de valor de las tierras: lisa y llanamente, tenía un miedo a los muertos, que se iba por la pata abajo, si se levantaba de noche a oscuras. Su madre, mucho más entera, predicaba en el desierto:


-          Pero vamos a ver, cacho bobo, ¿a qué van a venir a visitarte los difuntos por la noche, como si no tuvieran cosa mejor que hacer?

-          Que sí, madre, que sí. ¿No ve que los tuvimos diez años sin dejar enterrar y, por mi culpa, tendrán que descansar malamente en estanterías, como las legumbres?



II


     Si el Isaías iba de arrogante por la vida, Vicentín, apodado Asfixia, pecaba de lo contrario, entre otras cosas porque toda su ya larga existencia se la había pasado trabajando de sol a sol, y aún más allá, sin salir de pobre. Tenía una mano excelente con el ganado, desde los lejanos tiempos juveniles de pastor, y no había parto difícil ni modorra a que no lo llamaran, para ver qué podía hacerse. Con esas y otras muchas tareas, poco y mal retribuidas, se había ganado el apodo y el dinero preciso para sacar adelante a dos hijos y la compra del terrenito en que se hizo la casa –caseto la llamaba su suegra, despectivamente-, con corral y huerta anejos. Todo -ya es casualidad-, justo enfrente del cementerio recién inaugurado, solo que al otro lado de la carretera.


     Ni a Vicentín, ni a su mujer, Elvira, les había importado nada la próxima vecindad de los difuntos. Antes al contrario, con profunda emoción, habían visto crecer, expandirse y aletargarse el cementerio, al hilo de las faenas del Isaías. Vicentín no podía entenderlo, como casi nadie:


-          Con la de sinvergüenzas vivos que andan por ahí sueltos, ¿quién se preocuparía de los muertos.


     Así decía y miraba con tristeza a su mujer, como lamentando aquel inútil dispendio. Cuando venía de la sierra el hostigo y rompía contra la pared verde esperanza y la puerta de forja, se revolvía en la cama, levantábase en gayumbos y miraba por el ventanuco frontero, meneando la cabeza y repitiendo: este Isaías, este Isaías. Y así, diez largos años, en que vieron acercarse la vejez, los hijos marcharon a trabajar a las Quimbambas y a la Elvira le dio por ir de casa en casa, cuidando a los pocos vecinos que no marchaban a Madrid, o a la residencia de Piedrabuena. La mujer era trabajadora, cariñosa y cobraba poco. En un lustro sacó más en limpio que su marido en toda la vida. La cartilla engordaba y su esposo le guiñaba el ojo:


-          ¿En qué va a gastar el dinero mi ricachona?

-          Lo primero, echar una mano a Elvirita, mientras su marido siga en el paro. Y lo que sobre, para lo que yo me sé, que va siendo hora de ir pensando en ello.


     Vicentín lo achacaba a la cercanía del cementerio nuevo y a la ilusión por estrenarlo. Vamos, no ellos –que todavía eran más jóvenes que la mayoría del pueblo-, pero sí para cumplir la voluntad de Elvira, que él también compartía, aunque la embromara. Acudieron a la inauguración con sus mejores ropas y se extasiaron con la blanca simetría de los nichos, todavía cerrados con chapas sujetas al muro con silicona. Se hicieron los remolones cuando acabó el acto y abordaron al alguacil:


-          Severo, somos los vecinos más cercanos al camposanto. Si quieres dejarnos una llave, podemos vigilarlo y abrirlo cuando sea menester, sin que tengas que venir tú desde Robledo.

-          Hace. No tardará en acercarse por aquí gente, para ver de comprar las sepulturas.


     No hubo día que el recinto no recibiese la visita del matrimonio. Con ojos escrutadores, tomaban nota de todos los detalles para escoger el nicho que los acogiera hasta el fin de los tiempos. Bueno, tanto, tanto, no, porque la compra era por 99 años; algo que preocupaba seriamente a Vicentín, que no entendía bien ni mal eso de ser propietario sujeto a plazo y desahucio. Severo le dio la solución:


-          Puedes hacer un “fideocomisario”[1]; vamos, poner el dinero en manos de un banco, o una persona de confianza para que, llegado el día de la renovación de la compra, pague y prorrogue tu derecho. Claro que, con tanto tiempo por delante…


     Con la que estaba cayendo, Vicentín no veía que la Caja de ahorros mereciese ninguna confianza. Elvira dio con la solución:


-          Dejamos el dinero por testamento y que se encarguen nuestros biznietos.


     Su marido, sonrió de oreja a oreja, aliviado. Había que dar el paso siguiente:


-          Vamos a escoger el mejor nicho, antes de que se nos adelante nadie.


     La selección no fue difícil, ya que eran una pareja muy bien avenida. Lo primero, un muro bien orientado, es decir, con vistas a Genciana, ya que de la parte de la sierra era de donde venían los temporales y las tormentas. Ya se sabe lo mala que es la humedad para la piedra, que luego no hay quien limpie las escurriduras. De las cuatro filas de nichos, mejor la segunda, empezando por arriba, que a las más altas se llega mal y las bajas hay que agacharse y se ensucian cantidad. ¿Del rincón o de la esquina?, porque del medio, ni hablar: poco aparentes y con vecinos por ambos lados. Elvira impuso su criterio, con un argumento irrebatible:


-          Hijo, el rincón está siempre sombrío y seguro que se llena de telas de araña. Mejor la esquina, soleada y con acceso más fácil.


     Dijo acceso con tal convicción y lujo de guturalidad, que Vicentín no pudo sino acceder.


     Los pasos siguientes fueron un poco peliagudos. Elvira tomaba al pie de la letra lo de la resurrección de la carne y no le cuadraba con la cremación. De hecho, cada vez que pasaba junto a la chimenea y caía su sombra sobre ella, sentía un escalofrío. Con todo, Vicentín se llevó en esto el gato al agua:


-          Es la única manera de estar juntos en el mismo nicho, para siempre… y nos ahorramos quinientos euros y las cajas.


     No se hable más. La pareja se constituyó al lunes siguiente en el ayuntamiento. La secretaria los escuchó, divertida, acerca de la elección del nicho y sus motivos. Marcó con  una cruz el lugar correspondiente del columbario y les entregó la libranza para que la hiciesen efectiva, en el plazo de diez días hábiles, en la cuenta del Ayuntamiento en la Caja de Ahorros de… Orgulloso, Vicentín concluyó:


-          No necesitamos plazo. Vamos a pagar ahora mismo.


     Y salió de la oficina más ufano que un brigadier. Elvira comprendió que no era tanto por pagar al contado, como porque, por única vez en su vida, habían podido ser los primeros en algo; en algo muy –pero que muy- importante.



III


       Había llegado meses antes a Robledo, con un hijito de dos años. A Severo le habían hecho tilín sus ojos color aguamarina, aunque él dijese que la ayudaba porque le daba pena de que hubiese tenido que venir sola desde tan lejos y con una criatura, además. La ayudó con los papeles del empadronamiento y, tan pronto empezó a trabajar de asistenta, le procuró la cartilla del seguro. La verdad es que a la mujer, aunque parecía tener cierta cultura -¡hasta sabía francés!-, no se le daban mal el cepillo y la fregona. Ella hablaba poco, con la excusa del idioma, pero se daba por cierto que venía del Este y que, por el motivo que fuera, no aguardaba la llegada del marido –para el caso de que realmente lo tuviese-.


     Un día de mercado, Severo presentó a Elvira a la del Este, con el ruego de que la avisara si en Casillas o en Genciana sabía de alguna casa que precisara de servicio. A la interpelada no le hizo maldita la gracia, pues ella tenía aún algunas horas libres y –ya se sabía- las extranjeras cobraban poco y no eran de fiar. En esto que dio la una y la forastera se despidió a toda prisa.


-          Es que le sale de la guardería a esta hora un niño que tiene, explicó Severo.


     Elvira se ablandó y le prometió  sinceramente llamarla, si sabía de algo.


     Precisamente, ese algo salió en casa del Isaías, cuya madre cada vez estaba más impedida de la artrosis. A  Elvira no le agradaba aquel tipo, por los motivos que sabemos, ni tampoco la madre, tacaña y exigente. Decidió pasarle a la extranjera el regalito: Si tan necesitada estaba, no debería andarse con remilgos. Lo malo es que en Casillas no había guardería, ni escuela, ni nada por el estilo, desde hacía veinte años. La ilustre fregona torció el gesto:


-          Parece una buena casa, pero no sé qué voy a hacer con mi niño.

-          ¿No puede quedarse jugando afuera, mientras limpias?

-          La señora dice que me pasaría el tiempo cuidándolo, en vez de trabajar. Además, me da miedo del río.


     Elvira se echó a reír: nunca había oído llamar río al arroyo Mataburras. De todas formas, cuando se le hinchaban las narices, era en verdad peligroso. Además, el Isaías –tan mirado con las distancias y la pureza de las aguas- había metido en su propiedad toda la orilla limítrofe, sin respetar la servidumbre de ribera. ¡Qué contradictorios son los hombres!


     Mientras conversaban, el niño correteaba tras Tunante, el perro de Vicentín. De tan rubio y transparente, a Elvira le recordaba a los querubines del retablo de la Asunción. Pensó: sí, sí, transparente; lo que tiene es que come menos que una hormiga. Le dio lástima. En su calenturiento imaginario, el querubín de los pies de María empezaba a tener los rasgos de su nieto Fernando. Se lanzó:


-          Mira, empieza a trabajar y que el niño se quede aquí por la mañana con Vicente. Si las cosas te pintan bien, pues lo dejas a comer, más adelante, en la guardería de Robledo y lo recoges por la tarde.


     Cuando se lo comentó a Vicente como una posibilidad, este la tachó de loca. Elvira, no obstante, lo dio por hecho:


-          Solo un par de semanas, hasta que le paguen el primer sueldo.

-          Estás tú buena –rezongó el marido-. Tal y como son esos, la pagarán por meses y lo más vencidos que puedan.

-          No te dará trabajo, aseveró Elvira. Le das el desayuno, te lo llevas a la huerta y en paz.

-          ¡Toma, el desayuno! ¿Y por qué no, también, el almuerzo?


     La discusión no dio para más. En tres días, Dani era uno más de la familia y, en una semana, el centro de ella. Su madre, entre tanto, aguantaba lo indecible a los del Ventorro, con la tranquilidad de que el niño estaba feliz y bien cuidado, hasta que iba a recogerlo. Se lo entregaban con la comida ya hecha, que Liberata insistía en pagar, pese al indignado rechazo de Vicente.  Lo intentó con Elvira:


-          Anda, anda, ¿qué vas a pagar? Nos haremos la idea de que tenemos un nieto en casa. Lo que me apena es que no veo que engorde. Claro que lo importante es que esté sano.


     Liberata se echó a llorar. Elvira trató de calmarla y de sacar algo en claro. Al parecer, el niño padecía una enfermedad muy grave de la sangre. Tratarla había sido el motivo de que uno y otra hubiesen venido a España, aunque tampoco aquí les habían dado muchas esperanzas. Estaba en lista de espera para un trasplante de no sé qué. Elvira insistió:


-          ¿Pero cómo de grave?


     Liberata bajó los ojos, por toda contestación.


     Tres semanas después, la espera concluyó y Dani marchó a Madrid, para ese trasplante mágico de la médula de su madre. Vicente y Elvira se ofrecieron para lo que fuera; los quemaba no acompañarlos pero, al parecer, las prescripciones médicas en contra eran tajantes. Por teléfono, les llegaban en principio buenas noticias; más tarde, se produjo el rechazo; luego…


     Liberata llegó con la urna y el propósito de llevarse las cenizas a Rumania, con ella. Elvira la notó tan desencajada, que trató de disuadirla:


-          Claro, mujer, es muy lógico, como madre; pero ahora no estás en condiciones y seguro que te ponen dificultades en la frontera. Deja por un tiempo al niño con nosotros y, cuando estés restablecida, nos lo reclamas.


     Vicente era algo corto, pero no dejó de notar que su mujer estaba hablando de unas cenizas como si fuesen un  niño vivo y, de paso, disponiendo de una de las dos plazas para su espera del Juicio Final. Calló y aguardó.


     Sepultaron los restos y despidieron al siguiente día a Liberata, en la seguridad de que sería hasta pronto. Al menos, por insistencia y buena voluntad, no había de quedar. Por la noche, al acostarse, Vicentín sugirió:


-          Digo que, aunque sea por poco tiempo, no es justo que el niño esté sin lápida, como si no lo conociese nadie. Mañana hablaré con Severo.


     Elvira, medio dormida, gruñó una ambigua contestación. Su marido volvió a la carga:


-          Y digo yo que, mientras Dani esté en el nicho, no conviene que nos muramos los dos, porque tendríamos que estar separados.


     Esta vez, había ido demasiado lejos. Su mujer replicó con sorna:


-          Yo no tengo ninguna prisa; de modo que puedo esperar lo que sea menester.





     

        



[1] Seguro que Severo quiso decir fideicomiso, institución jurídica que, en este caso, supone que un difunto imponga por testamento a sus herederos el destino de una parte de la herencia.