lunes, 5 de marzo de 2012

EL EFECTO TELEMANN


El efecto Telemann
Por Federico Bello Landrove
     ¿Es bueno o malo repartir la atención y el trabajo entre múltiples sujetos y objetos? ¿Y los afectos? ¿Qué diremos de ventajas, inconvenientes, compatibilidades, herencia? Este relato trata de ilustrarlo, sin pretensiones científicas y con un fondo musical.

     Se llama Dorotea Velasco y los aficionados a la música de nuestra región la recordarán sin duda por su espléndido debut como solista en el precioso concierto para violonchelo y orquesta en Si bemol mayor, opus 34, de Boccherini. Fue en el Auditorio Delibes de Castellar, hace unos meses. Yo no tuve la fortuna de escucharla, entre otras cosas, porque soy un redomado perezoso para los viajes, aunque sean de poco más de una hora en coche. Además, había otros motivos, como ustedes deducirán si leen este relato.
     Dorotea –Doty, para los íntimos- aterrizó en Villafranca, como quien dice, por razones alimenticias. Acabada la carrera de Música, tenía que ampliar estudios en Madrid, para lo que precisaba de apoyo económico. Estando una y otra ciudad a casi la misma distancia de la capital, optó por aceptar un contrato como profesora interina de música en un Instituto villafranquino, con complemento de horario en las Jesuitinas, y se dispuso a vivir –como ella misma decía- en tres sillas y mal sentada. Yo había recorrido un camino parecido hacía diez años, antes de sacar la cátedra de Física y Química en el mismo Instituto, olvidándome de mi ciudad de origen y de las ínfulas de investigador en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Ello me costó romper con mi novia de toda la vida y con mis aspiraciones a un Nobel, o un Príncipe de Asturias. Luego, llegaron sin sentir los cuarenta y me volví demasiado mayor para casi todo.
     Así iban las cosas, cuando Dorotea se me presentó un septiembre, provista de la carta de presentación menos previsible para mi poco imaginativo cerebro:
-         ¿Luis del Campo? Encantada. Soy la nueva profesora de música. No conozco Villafranca y me ha dicho mi prima Dolores que te salude y pida consejo, para cualquier cosa que pueda necesitar.
-         ¿Dolores? No caigo.
-         Sí, hombre. Dolores Alpuente, tu antigua novia.
     No sé si era una buena recomendación, pero el caso es que me sentí obligado a servirle de introductor, tanto en el Centro, como en la búsqueda de alojamiento. Dudo que lo necesitara, pues era muy abierta y Villafranca muy accesible, pero supongo que se trataba más de tener compañía, que de precisar ayuda. Y, en lo tocante a compañía, en aquel momento nos venía muy bien a ambos, por motivos bastante diferentes.
     Cogió una buena habitación en las inmediaciones del Conservatorio que, según ella, iba a ser su principal centro de interés en Villafranca. Yo le aconsejé algún apartamento, pero lo descartó por dos razones:
-         Estoy a la cuarta pregunta y, además, los vecinos suelen poner bastantes peros a los ensayos. De esta otra forma, podré usar los medios del Conservatorio y ensayar con otros músicos. También he traído carta de recomendación para el profesor de mi instrumento.
-         ¿Te la dio, así mismo, mi exnovia?
-         ¡Qué cosas dices! Bueno, algo parecido: mi medio novio, que es profesor de música en Castellar y al que conocí durante mis estudios.
     Menos mal que solo era medio novio, pues Doty pronto pareció completar la unidad de la especie. Sociable, joven y atractiva, parecía el panal de miel de la fábula. Yo soy muy despistado para ciertas cosas, y hasta tímido para reconocer mi curiosidad hacia los demás, pero Avelina, la profesora de Naturales, me abrió los ojos enseguida, como casi siempre:
-         ¡Vaya éxito que tiene la nueva con nuestros colegas!
-         Sí, es muy abierta.
-         Y tanto. Sobre todo con el Jefe de Estudios.
-         Mujer, no creo. Siendo casado…
-         Ay, Luisito de mi vida, qué bien pensado eres. En fin, tiempo al tiempo.
***
     Yo soy muy aficionado a la música, tanto la clásica, como la que me recuerda mis años mozos. No me pregunten por qué: tengo una voz mediocre e ineducada, un oído pésimo; no sé qué hacer con un instrumento en las manos –cualquiera que sea su clase-, ni con mi cuerpo en una pista de baile; tampoco frecuento los conciertos, sino que me conformo con la música enlatada, que reproduce cualquier mediocre dispositivo. Sin embargo –insisto-, me encanta la música y admiro a sus autores e intérpretes. Tienen una magia que para sí quisieran los escritores. Comparto al cien por cien la opinión de Berlioz: la música y el amor son las dos alas del alma.
      Valga lo dicho, para justificar la ternura que sentí hacia Doty la tarde de principios de diciembre en que, paseando al atardecer, la vi portando a la espalda la voluminosa y pesada carga del violonchelo en su funda. La alcancé con facilidad y me ofrecí a hacer de porteador. Ella declinó el ofrecimiento, con una sonrisa:
-         Figúrate si estaré acostumbrada. Casi tengo tanto callo en las espaldas como en los dedos de la mano izquierda. Habitualmente, lo dejo a buen recaudo en el Conservatorio, pero estos días preparamos el concierto de Navidad y me lo llevo a casa para ensayar.
-         ¿No se molestan los vecinos?
-         Lo hago casi pianissimo y, además –modestia aparte- ya toco bastante bien. Algún día tienes que escucharme.
-         Pues en el concierto ese, sin ir más lejos.
-         De acuerdo. Te daré un par de entradas. Así podrá acompañarte Avelina.
-         Creo que está muy ocupada con los festejos de su parroquia, pero se lo diré.
     No fui con Avelina, ni con nadie. De hecho, solo le acepté una entrada. Doty sonrió con aires de suficiencia:
-         Me lo figuraba. Me consta que no le caigo bien, y hasta presumo por qué.
-         No pienses mal. Es la típica mujer que parece vivir solo para el trabajo. Ya sabes, su casa, atender a sus padres mayores, la parroquia, las clases, el cuidado del gabinete de animales y plantas…
-         Ya, el típico efecto Telemann. ¿Cuántos minutos te dedica a la semana?
-         ¿A mí? Solo somos compañeros que nos llevamos bien y tenemos bastantes cosas en común.
-         Y una buena química. De eso entiendes tú más que nadie. Anda que, si la tuvieses conmigo, te iba yo a dejar plantado por el párroco o por limpiar la avutarda.
     Escurrí el bulto, pues no me gustaban los derroteros que iba tomando la conversación. No presté atención al curioso efecto, que no había oído mencionar hasta entonces, y me dispuse a disfrutar del programa navideño que, como plato fuerte de Dorotea, incluía el quinteto para cuerda en Do mayor, opus 30 [1], de Boccherini, uno de mis compositores favoritos. El día antes del concierto, Doty me abordó reservadamente en el Instituto:
-         Tengo que cobrarte la entrada.
-         De acuerdo. ¿Cuánto cuesta?
-         No, tonto, no quiero que me la pagues, sino que me invites a comer antes. Estoy muy nerviosa y, tal vez por las fechas, me siento sola. Luego, podemos ir juntos hasta el Conservatorio. No te digo de ir a cenar, pues es costumbre que los intérpretes salgamos después de juerga…, si el concierto ha resultado exitoso.
-         No sé si te has dado cuenta de que mañana es el último día de clase y los profesores solemos ir a comer juntos.
-         Ya te he dicho que estoy muy nerviosa. No quiero una comida de cháchara y beber más de lo debido. Pero, si no puedes…
-         Sí, mujer. Cuenta conmigo. Beberemos tila o valeriana durante la comida.
-         Eres un encanto. Ya me había dicho mi prima, ya.
-         Un encanto, efectivamente. Pero debía ser más encantador el tipo con el que se casó después de dejarme.
-         Sobre eso habría mucho de qué hablar. Un día te contaré.
***
     Fui a la comida muy disgustado, pues me costó un morro de campeonato por parte de Avelina y –como ya suponía de antemano- un jolgorio general del claustro cuando comentaron en su convite general que me había dado de baja a última hora para hacer los honores a la violonchelista. Anticipando acontecimientos que no narraré en detalle, aquel incidente generó una tensión absurda con el Jefe de Estudios. Se ve que, como casi siempre, la profesora de Naturales tenía razón en sus sospechas.
     Si hacemos abstracción de cuando antecede (y ya es hacer abstracción), mi comida vis a vis con Doty resultó muy interesante. La chica me habló a corazón abierto; más, incluso, de lo que una persona como yo desearía. Para empezar, me confesó que su caída de ánimo parecía responder a un momento de crisis sentimental, en la que, junto al profesor de música de Castellar, se había cruzado el primer violín con el que tocaba en el Conservatorio de Villafranca. Era una situación que podía recordar, cambiando el sexo, a la de la canción de en cada puerto tengo una mujer. Yo, medio en serio, medio en broma, hurgué en la herida:
-         Me hablas de dos, pero yo sé bien que son tres.
-         ¿Tanto se me nota?, preguntó poniéndose roja como un tomate.
-         Yo no, que soy muy torpe para estas cosas, pero Avelina…
-         ¡Será chismosa la tía! –rugió-. Esa, como el perro del hortelano, que ni come, ni deja comer.
-         ¡Quiá! A ella el Jefe de estudios la trae al fresco.
-         ¡Cómo que el Jefe de Estudios! Eso es poco más que un flirteo, aunque él bien que se me arrima, incluso haciendo insinuaciones de tipo chantajista. Yo no me refería a él, sino… a ti.
     Ahora fui yo quien, aun sin ruborizarse, quedó atónito. Dejé que, tras un largo momento de silencio, se explicase:
-         Verás, Luis: Aunque no llegué a conocerte en Castellar, más que de vista, seguí de cerca todo lo de tu ruptura con Dolores. Mucho le influyó el tener que marcharse de su ciudad de toda la vida, para venirse a esta que, la verdad sea dicha, será muy bonita, pero no tiene ni punto de comparación en cuanto a vida y ambiente. Con todo, me consta que el distanciamiento venía de más atrás, de cuando empezaste a trabajar en Madrid, comiéndote el mundo, en el decir de mi prima. Ella no te perdonaba el efecto Telemann.
-         Demonios, ya salió. Avelina Telemann, Luis Telemann. ¿Puedes explicarte mejor?
-         Desde luego. Te sonará Telemann, el compositor alemán [2].
-         Por supuesto. ¿Qué tiene que ver él con Avelina y conmigo?
-         Le corresponde el dudoso honor de ser el más prolífico de los grandes compositores, a juzgar por el número de obras catalogadas: unas ochocientas. Y, sin embargo, ni una sola de ellas es famosa por sí, ni goza de un conocido favor popular. Podría decirse, seguramente, que el nivel medio de calidad es notable, pero que no fue capaz de crear ninguna obra maestra.
-         O sea, la viva ilustración personal del refrán quien mucho abarca poco aprieta.
-         Algo por estilo. Por lo menos, nuestro Boccherini tiene su minueto [3], lo que no es mucho, conservándose de él unas trescientas cincuenta partituras.
-         Vale, vale. Lo que Avelina tiene de Telemann ya me lo dijiste un día. Pero, ¿y yo?
-         Tendré que contestarte por boca de Dolores, pues yo no te conozco lo suficiente. Ella decía que eras como la representación infantil de una araña, que parece tener solo una enorme cabeza y unas cuantas patas filiformes. Tienes una formación enciclopédica, una curiosidad intelectual inagotable. Vives entre libros, discos, películas, periódicos y revistas. El trabajo te absorbe. No dejas cuestión sin plantear, ni duda sin tratar de despejarla. Viajas todo lo que puedes. Últimamente, practicabas la gimnasia y el footing. ¿Qué queda para ?, decía; y, sobre todo, ¿qué papel jugaré yo en su vida de concentración e inagotable inquietud intelectual? Ella echaba de menos la sensibilidad, la entrega, el amor tal cual, no el mero afecto, la fidelidad o la responsabilidad.
-         Ya. Precisamente, lo que debía de ofrecerle el gaznápiro diplomado con el que fue a toparse y a caer.
-         No seas cruel. Yo soy la primera en darme cuenta de que Dolores metió la pata; o la segunda, pues la primera ha sido ella misma. Pero tampoco te sulfures: seguro que, en todos estos años, has cambiado a mejor…; no mucho, pero a mejor. De no ser así, no me atraerías tanto.
-         Anda, déjate de monsergas, aunque agradezco tu inclinación. Tengo, muy a gusto, doce años más que tú y, por otra parte…
-         Por otra parte, ¿qué?, don Calendario Preciso.
-         Pues que tú también eres una chica Telemann, solo que, no en lo intelectual, como un servidor, ni en lo laboral, como la buena de Avelina, sino en las cosas del corazón. Así a bote pronto, han salido cuatro hombres a un tiempo en tu vida. ¿No habrá algún otro por ahí, escondido?
-         Anda, no seas guasón. Bastante desgracia tengo.
-         Pues no quieras hacerme partícipe de ella, Doty. Yo necesito una relación estable y tranquila…
-         Como la que Avelina puede ofrecerte, con permiso del párroco, sus padres y la avutarda.
-         Algo así, pero en mejor. De hecho, me lo sigo pensando.
-         Feliz tú. Yo cualquier día haré una bobada y luego me arrepentiré siempre.
-         Sólo si estás completamente segura y tiras por otro camino. Si el efecto Telemann puede vacunarnos contra algo, es contra los términos absolutos, como siempre. Y eso, no creas, no es mala cosa.
***
     Aquella noche, Doty tocó maravillosamente. Aún la recuerdo, con su corpiño blanco, ligeramente abullonado, y su acampanado pantalón de raso negro, apropiado para colocar amorosamente el violonchelo en la cuna de su cuerpo. Luego, al acabar, le hice de lejos el conocido gesto del pulgar enhiesto y le tiré un beso, esperando volver a verla después de las vacaciones. No fue así. No volvió por el Instituto y no creo que fuese culpa de la juerga que –según ella- suelen correrse tras un concierto los músicos triunfadores. Por eso me alegró mucho saber de su señalado éxito en el Auditorio de Castellar, al que al principio aludí. Desde el fondo de mi corazón deseo que haya superado el efecto Telemann y se haya pasado al síndrome de Boccherini: ya saben, una sola obra maestra conocida y reconocida por todos.
     ¿Cómo? ¿Qué qué fue de quién? Ah, ya les he oído. Avelina y yo seguimos siendo telemanianos y me temo que ello nos resulte irremediable. Se lo decía el otro día, mientras ella echaba no sé qué rayos de desinfectante a los mamíferos disecados:
-         Avelina, hija, ¿crees tú que el síndrome de Telemann será hereditario?
-         Si lo padecen ambos padres y es autosómico, la probabilidad mínima será del veinticinco por ciento.
-         Muy elevada –susurré-. Tengo que seguir pensándomelo.



[1]  Suele ser conocido, en todo o en parte, como Música nocturna de las calles de Madrid y se ha hecho muy famoso para el gran público internacional, a partir de su uso como ilustración musical de las películas Master and Commander (2003) y Conocerás al hombre de tus sueños (2010). En España, donde la obra se compuso y está ambientada, fue utilizada como sintonía de la serie de Televisión Española, Goya (1985).
[2]  A mi sí y a ustedes seguro que también. Se trata, por supuesto, de Georg Philipp Telemann (1681-1767), uno de los más destacados compositores del Barroco.
[3]  Minueto del quinteto en Mi mayor, catálogo Gérard, nº 275. Dicho minueto, ciertamente bellísimo, no se hizo realmente famoso hasta 1874, fecha en que empezó a interpretarse como pieza suelta en los conciertos.

sábado, 25 de febrero de 2012

EL ANIVERSARIO


El aniversario
Por Federico Bello Landrove
     Esta es una historia de amor en tiempo pasado, hecha de casualidades y de recuerdos. El hilo conductor es la cháchara impertinente de un camarero y su leit-motiv, la conocida canción de Mecano, El siete de septiembre. Con tales mimbres, he confeccionado este cesto, que espero lean sus involuntarios protagonistas, Luisa y Santi, sacando de ello la pertinente, y prudente, lección.

     La música ambiental nos traía las notas y palabras de la grata canción de Mecano. En aquel tiempo, el famosísimo grupo de los años ochenta había pasado a la historia, pero los allí presentes recordábamos aún con nitidez sus más famosas canciones. De hecho, Paco, el camarero, mientras me servía el chocolate a la francesa de la tarde, pronunció estas cuatro palabras:
-         El dieciséis de abril.
-         Querrás decir El siete de septiembre [1].
-         Quiero decir lo que he dicho. Para mí, es el dieciséis de abril y lo será siempre.

     Me picó la curiosidad y quise tirarle de la lengua, pero Paco era inflexible cuando había parroquianos a quienes atender:

-         ¡Marchando!... Lo siento, don Felipe, si quiere que le dé tema para otro cuento, venga mañana a eso de las diez y le atenderé con mucho gusto.

     Ni que decir tiene que hice un hueco en mi agenda y acudí a la cita. La cafetería estaba prácticamente vacía y los camareros holgaban a modo. Paco me sugirió una mesa al fondo del local, medio oculta por un machón, y dio comienzo a su relato, mientras yo daba cuenta de café y cruasán.

***

-         Ya sabe usted que soy camarero de toda la vida. Quiere decirse que, antes de ejercer aquí, he pasado por otros cuatro negocios, si no me falla la memoria. En el que más tiempo estuve fue en la cafetería Salanova, en los soportales, con fachada en chaflán al lateral del Ayuntamiento. La recordará, sin duda: era grande, luminosa, con dos plantas, muy concurrida…
-         Lo siento, Paco, no creo haberla conocido. Sólo hace seis años que vivo en Castellar.
-         Claro, siendo así, no pudo. Cerró hace cosa de diez años. Luego pusieron una sucursal bancaria y ahora…
-         Quedábamos en que habías trabajado durante muchos años en esa empresa.
-         Cierto. Era muy frecuentada por los estudiantes, en especial, por las tardes. Allí fue donde los conocí. Claro, al principio no me fijé, y eso que soy buen fisonomista, pero luego, al convertirse en parroquianos…
-         O sea, que eran un par de universitarios.
-         No me interrumpa, don Felipe, por favor, que pierdo el hilo. En efecto, era una parejita muy apañada. Él, estudiante de Medicina, vasco, algo rubio, espigado, muy serio. Ella, poquita cosa, pero muy guapa, de Filosofía y Letras, como casi todas en aquella época. No sé si decirle los nombres auténticos…
-         Como quieras, Paco. En cualquier caso, cuenta con mi discreción. Yo no los haré constar en mi historia.
-         Vale. Pues Santi y Luisa venían por aquí, vamos, por Salanova todas las tardes, no siendo en época de vacaciones y los fines de semana. Ella era, o es, castellarense, pero el chico viajaba con frecuencia a las Vascongadas –como entonces se las llamaba- para visitar a su familia y acopiar provisiones. Debía sentir nostalgia de su tierra, del verde, como él decía. Se les veía muy enamorados, pero muy serios. Ya sabe, un cafetito corto, haciendo manitas por debajo de la mesa, y poco más. Muy educados. Con decirle que me trataban de usted y me dejaban propina, cosa insólita en los estudiantes…
-         Abreviando, Paco, que tengo una visita a las once. Y perdona que yo no sea tan mirado como Santi y Luisa.
-         Pero me deja buenas propinas, así que no me voy a disgustar con usted. Bien, a lo que iba. Un buen día, al empezar el curso, apareció por aquí Santi solo; y así, otro día, y otro… Luego, vino con chicos. La tarde que apareció con una moza, desconocida para mí, no pude más y le abordé cuando ella se levantó al servicio: Pero, Santi, ¿qué ha sido de Luisa?  Las cosas del querer –me contestó, así como suena-. Lo hemos dejado pero estate tranquilo: de forma muy correcta y hemos quedado a bien. No necesité más para darme cuenta de que había sido ella quien había cortado y que Santi todavía no se había percatado de lo grave de la situación…
-         ¡Caramba, Paco! Eso sí que es tener pesquis. Ni que fueras psicólogo.
-         Ya verá, ya. El caso es que me atreví a decirle: No te precipites, Santi. Volvedlo a hablar. Se os veía muy unidos. Iba a contestarme, cuando regresó su acompañante y, como es lógico, me retiré acto seguido. No debió sentarle bien mi observación porque no volvió por la cafetería.
-         Elemental, Paco; aunque tal vez lo hiciese, no por tu entremetimiento, sino porque le recordabais, el lugar y tú, su amor perdido.
-         Va a resultar que el psicólogo es usted, don Felipe. El caso es que Santi estaba en su último curso. Así que lo acabó, desapareció de Castellar. A Luisa la vi por la calle en alguna ocasión, pero hizo como si no me conociera. Da igual. El hecho es que ella sí ha seguido viviendo en Castellar todo el tiempo, o casi.
-         ¿Y es eso todo? Pues vaya birria de cuento que me va a salir con semejante argumento.
-         Pero si apenas estamos empezando –replicó con una sonrisa maliciosa-. Claro que, si tiene que marcharse…
-         Son las once menos veinte. Te daré de margen hasta las once y que Dios me ampare contra la bronca de mi jefe.
-         Espero que le merezca la pena.

***

-         Pasaron ocho o nueve años y, una tarde de primavera, ¿quién dirá usted que reapareció?
-         Santi el vasco. Y hasta estoy por asegurar que era el 16 de abril.
-         ¡Corcho, don Felipe! Es usted un lince. Efectivamente, Santi y en 16 de abril. Solo que yo entonces no paré mientes en la fecha, sino en la persona. Como sería, que hasta nos dimos un abrazo. Estaba bastante más grueso y empezaba a ralearle el cabello. Por lo demás, tal cual, como de estudiante. Me contó que ejercía de pediatra en Baracaldo, que se había casado y tenía dos niños. Sin que yo le preguntase nada al respecto, me dijo que había vuelto a Castellar para saludar a algunos profesores y condiscípulos, aprovechando para visitar algunos lugares de su predilección. Ya sabes, el Campo, la calle Santiago y, por supuesto, el Salanova y a mi buen amigo Paco. Eran poco menos de las cinco; así que la cafetería estaba prácticamente llena. Procuré acomodarle en una mesa cerca de la de antaño y tuve que dejarlo, pues la clientela urgía. Estaría cosa de una hora, leyendo y releyendo un ABC que traía. Cuando le pareció, se levantó y vino hacia mí; me pidió el número de teléfono de la cafetería, que anotó en el periódico, me dio otro abrazo y con un hasta más ver, salió a la calle y desapareció durante un tiempo.
-         ¿Hasta el siguiente dieciséis de abril?
-         Justamente. ¿Fácil, no? Lo que seguro no adivina es que, un par de días antes, me telefoneó para que le reservase la mesa suya de estudiante para las cinco de la tarde, más o menos. Caprichoso –pensé-.
-         Sí, un verdadero sentimental  -apostillé, fingiendo un bostezo-.
-         Ese día estaba el negocio menos movido que el año anterior y decidí observar a Santi a mi sabor. Para empezar, me percaté de que lo del periódico era una manera de fingir. A cada momento, bajaba el ABC y escrutaba todo el primer piso de la cafetería, mirando finalmente hacia la puerta de entrada. Y, para esto último, la mesa estaba perfectamente situada.
-         Concluyendo, Santi era un sentimental práctico y el ABC su diario de camuflaje, no por ideología, sino por facilidad de manejo.
-         ¡Cómo es usted, don Felipe! Lo ha resumido en dos palabras.
-         Lo que tú no eres capaz de hacer, ni aunque te maten. En fin, estoy dispuesto a llegar hasta el fin, cueste lo que cueste. Con tal que hagan lo mismo los futuros lectores de tu historia interminable…

***

-         Lo del 16 de abril se convirtió en una rutina. El año en que se puso de moda la canción de Mecano que oímos ayer, me dio pie para atreverme a lo que no había intentado hasta entonces, por respeto a Santi, ya todo un don Santiago, y porque él no me había dado ninguna oportunidad. Me acerqué con un café no solicitado y se lo puse sobre la mesa, a la vez que retiraba la taza vacía. Invita la casa, le dije. Y luego: Don Santiago, tal vez tendría usted más éxito si, en vez de venir por aquí el dieciséis de abril, se pasase el siete de septiembre. Me miró con cara de bobo, como si no entendiese. Sí, hombre, sí, el siete de septiembre, como en la canción de Mecano. Entonces pareció comprender, sonrió y me replicó, literalmente: Hay llamas que ni con el mar [2]. Pero se ve que el río de Castellar es más poderoso que el Cantábrico.
-         Muy metafórico, Paco. ¿Y cuántos años estuvo viniendo por Castellar el frustrado apagafuegos eróticos?
-         Yo calculo, así a ojo, que unos dieciocho o veinte. No recuerdo cuál fue el primero. El último fue cuando lo de Vicentín.
-         ¿Vicentín? ¿Qué pinta ese tipo en nuestra inacabable historia?
-         Vicentín era un camarero de la cafetería; bueno, en realidad, un estudiante amigo de uno de los hijos del jefe que, en momentos de apuro, ayudaba y se sacaba unos buenos duros. Supongo que sería, más por darse caprichos, que por necesidad. El hecho es que, ese último año, el 16 de abril cayó en Viernes Santo y se puede figurar el follón que teníamos, de turistas y amigos de las procesiones. Vicentín vino a echarnos una mano y se me ocurrió comentar con un compañero veterano lo de don Santiago y el día de marras. Vicente debió de cogerlo al vuelo y así quedó la cosa. Así, hasta el día siguiente, cuando recibí una llamada en la cafetería, de parte de la madre del muchacho. ¿Quién dirías que resultó ser?
-         Tengo una ligera sospecha.
-         Exacto: Luisa, la antigua novia de Santi. Según ella, se trataba de darme las gracias por lo bien que me portaba con su hijo pero, en el fondo, lo segundo era lo primero: sonsacarme acerca del caballero del 16 de abril. Yo le dije: Luego tú también te acuerdas de la fecha. Y ella: Ese también me basta. No necesitas aclararme más. ¿Qué le parece?
-         Me parece que la cosa, por fin, se está poniendo muy bien para el año siguiente.
-         Lo que pasa es que no hubo año siguiente.
-         ¿Cómo?
-         Bueno, haberlo lo hubo. Pero ya no estaba la cafetería Salanova.

***

     A estas alturas, las once habían pasado, pero no era cosa de dejar a Paco con el desenlace en la boca. Hice, pues, acopio de paciencia y le dejé proseguir.

-         … Pero, antes, he de informarle de lo que sonsaqué a Vicentín, como quien no quiere la cosa. Resultó que su madre, Luisa, después de quince años de matrimonio y tres hijos, se divorció de su marido, un mal bicho que la tenía con la pierna quebrada y en casa; literalmente, pues la pegaba con frecuencia. La pobre mujer, en cuanto los hijos fueron un poco mayores, se divorció y sacó a la familia adelante, dando clases particulares y cuidando ancianos. Luego, aprobó las oposiciones de maestra y se empeñó en dar carrera a los hijos. A juzgar por Vicente, le salieron buenos y responsables.
-         Ahí tienes la razón de su empleo eventual en la cafetería.
-         Por poco tiempo pues, de la noche a la mañana, los Salanova recibieron una millonaria oferta del Banco Leonés y cerraron el negocio, poniéndonos a los empleados en la calle con una modesta indemnización.
-         ¡Vaya por Dios! Entonces, Santiago y Luisa…
-         Todo lo que sé es que él me llamó en abril, como todos los años, y hube de decirle que la cafetería había cerrado y andaban de obras para convertirla en una oficina bancaria. Colgó en el acto y hasta ahora.
-         Pero, alma de cántaro, ¿no le dijiste nada de lo de Luisa? Estoy por asegurar que ella se apostó en la acera de enfrente el 16 de abril a las cuatro y media, y estuvo soñando y suspirando por él hasta las tantas.
-         Puede darlo por hecho, porque, al estar aún en paro, yo me pasé por los soportales y la vi. Bastante estropeada, pero era ella, sin duda ninguna.
-         Desde luego, Paco, tienes la sangre de horchata.
-         ¿Y quién me manda a mí meterme a redentor en la vida de nadie? Yo ya conocía la situación de Luisa, pero no la de Santi. Lo más probable es que siguiese casado y con una familia que dirigir.
-         Eso no es inconveniente. Ya has oído a Mecano: los lazos están rotos y la relación se acabó, no obstante lo cual, se siente ilusión ante el aniversario y algo sigue vivo en el amor. Eso es lo civilizado, mi carpetovetónico camarero.
-         Ay, don Felipe, que me quiere usted liar. Eso que cantan no es otra cosa que vivir con los recuerdos. Eso podemos hacerlo todos sin vivir de los recuerdos, que es algo muy distinto y, a mi parecer, muy peligroso.
-         ¿Y si yo descubro el pastel, en el improbable caso de que Santi y Luisa  lean mi cuento?

     Paco se levantó, guiñó un ojo y, ¡al fin!, concluyó, con estas palabras:

-         Eso es problema suyo. Yo ya he cumplido con mi parte.





[1]  Título de una de las más conocidas creaciones de Mecano, aparecida en 1991, poco antes de la casi definitiva disgregación del trío (1992). Su autoría precisa se asigna a Nacho Cano, uno de los dos hermanos compositores del conjunto.
[2]  Verso de la canción aludida, más comprensible si lo unimos a toda la estrofa: Y, aunque la historia se acabó,/hay algo vivo en ese amor;/que, aunque empeñados en soplar,/hay llamas que ni con el mar.