sábado, 18 de febrero de 2012

NOVELA DE UNA VIDA


Novela de una vida
Por Federico Bello Landrove
     En la línea de la literatura dentro de la literatura (tan querida de Borges) y en la más personal de extraer de las canciones ejemplos y comparanzas, planteo este relato de amores antiguos y desamores trágicos, al son de dos canciones de siempre y al ritmo de las olas del mar del exilio espiritual. Espero que no les resulte triste en demasía.

     La cena de gala en el Ocean Club International  en honor de la escritora Violeta Cifuentes había llegado a los postres. Quiere decirse que faltaba por tomar el plato más indigesto, a saber, el de los discursos protocolarios en lecho de champán con un toque de cayena. Esta vez le había tocado a ella ser el centro de atención, en la medida en que el premio Tauro, ofrecido por la importante editorial del mismo nombre, había recaído sobre su novela El fuego del atardecer, publicada el otoño anterior con tal éxito, que iba ya por la tercera edición. Digamos, para quienes lo desconozcan, que era un 21 de abril, fecha señalada para la entrega anual de dichos premios, por cuanto que el signo zodiacal  de Tauro dicen que entra en tal día.
     Le había tocado asistir a muchas cenas parecidas a esta, solo que en honor de otros escritores o colegas; por tanto, siendo ella quien flotase en el lecho espumoso y pusiera el toque de pimienta sobre los lauros ajenos. Pero hoy, por más que tuviera la boca seca y sintiese la llamada del Pacífico desde los ventanales a su espalda, no tenía más remedio que mantenerse completamente sobria y prepararse para contestar a los ditirambos con su radicalidad proverbial.
     Y no es que fuese su primer premio, ni que la abrumase el lujoso vestido rozagante de seda cruda color terracota, con generoso escote palabra de honor y llamativa falda pantalón acampanada. Pero la profesora famosa, la inmigrante de fonética mestiza, la escritora de muchos libros de tirada corta, comprendía que había llegado a la meta, en más de un sentido: por no referirse a la edad –que siempre trae mala suerte-, aludamos al éxito de crítica y público en todo el ámbito centroamericano. Y no era más que el principio. Con la aquiescencia de la editorial panameña, ya había gestionado la publicación, a cargo de otras firmas, en Argentina y España, donde esperaba alcanzar una acogida igualmente halagüeña. Tan contenta estaba –y tan jugoso era el premio en lo económico: diez mil balboas-, que había tenido el arranque de mandar a sus padres los billetes de avión; y ahí los tenía, en la primera mesa a mano derecha, justo entre su amiga Bernardina y el profesor Agero, su segundo en la cátedra. Los años no pasaban en balde, pero aún se los veía lozanos y elegantes, orgullosos de… Un momento, dispensen, que está a punto de concluir su perorata el rector de la Universidad, presidente del jurado del premio y factótum de la editora convocante:
-          … Y así, la doctora Cifuentes, mi ilustre colega y amiga, nos ha dado, una vez más, una brillante lección de la forma más sencilla y personal de hacer literatura: escribir la novela de su vida.
     Los aplausos, entusiastas, acompañan el final del tópico discurso, enardeciéndose cuando el orador ha recibido de una azafata los símbolos del premio, incluido el talón bancario, que entrega al pie del atril de los oradores a Violeta, quien apenas ha tenido tiempo de llegar hasta ahí, víctima del nerviosismo y de los tacones. Acoge con agrado la medalla, el diploma y el cheque y, bastante menos efusiva, los besos rectorales. Luego, posa los dones en el lugar que hubiese correspondido a las cuartillas de la improvisada alocución y, según costumbre, inicia sin guión sus palabras, tomando pie en las finales de su predecesor:
-          Dice el profesor Rivarola que mi obra es el reflejo de mi vida y, por supuesto, tiene razón, salvo en un caso: el volumen de relatos eróticos que publiqué allá por 1987, el cual resultó fruto de la ensoñación y las lecturas ajenas, más que de la propia experiencia. Por lo demás, mi existencia ha sido tan dramática e intensa, que no he tenido que fantasear o exagerar mucho para convertirla en novelas. En cualquier caso, el libro que la editorial Tauro tan generosamente me ha premiado, y el público panameño –y de otros países- acogido, es algo más que una vida hecha argumento literario. He pretendido que resultase una reflexión dialogada sobre algunas cuestiones intemporales, en particular, la perennidad e irreversibilidad del amor…
     La escritora premiada prosiguió durante pocos minutos más. Su conclusión no dejó de llamar la atención, tanto del auditorio, como de los reporteros que cubrían el acto:
-          No soy quien para decir si el premio ha sido, o no, merecido pues nadie es buen juez de sí mismo. Pero lo que nadie negará es que resulta justo por un concepto: Tauro es mi signo zodiacal. Según una de tantas páginas web dedicadas a la astrología, el hombre que quiera a una mujer tauro la tiene que adorar y tratar como a una reina, ya que le gusta tener esa sensación. Yo la tengo en este momento por la gentileza de la editorial, por la acogida de los lectores, por la presencia cálida de ustedes. Así que –concluyo- soy una mujer escritora plenamente realizada, con arreglo a mi carta astral. Y ¿quién soy yo para llevar la contraria a los planetas?
     Concluido el sofocón, Violeta estuvo tentada de salir corriendo a la terraza buscando soledad y frescor, y a ver rielar entre las olas el ascua de luz que formaba la silueta del Tower Hotel. La tarea habría resultado imposible pues se le echaron encima amigos y periodistas. Así que, haciendo de la necesidad virtud, repartió por igual codazos y disculpas, se arrimó a duras penas hasta la mesa de sus padres y, con el razonable pretexto de su cansancio, tomaron los tres el camino de la salida, con la ayuda de algunos íntimos y de un par de policías francos de servicio, antiguos alumnos de la profesora Cifuentes. En la ostentosa limusina puesta a su servicio por la editorial, su madre, emocionada, le comentó:
-          Hija, esta es la noche de tu consagración. ¡Cuántos sinsabores y cuánta lucha para llegar hasta aquí! Tu padre y yo estamos emocionados y orgullosos.
-          Gracias, mamá, sí que ha merecido la pena; al menos, para teneros a mi lado. Pero siento que esta velada y el premio no son solo míos. Falta alguien y estoy en deuda con él.
***
     Apenas durmió aquella noche. El implacable y madrugador sol tropical se insinuó por entre las rendijas de la persiana con tal luminosidad, que saltó de la cama y, así como estaba, abrió de par en par los postigos, se protegió apenas con las gafas de sol y salió a la amplia terraza de su dormitorio, desde la que se avistaba el mar en la lejanía. Aspiró con deleite el aire matinal, aún fresco, y se acodó en la barandilla durante unos instantes. Luego sintió un escalofrío, entró en su cámara, cubrióse con una bata y se encaminó al salón, para hacer tiempo de preparar el desayuno familiar. Sobre la mesa baja que cerraba el tresillo aún permanecía el ejemplar de su premiada novela, plagado de señales y subrayados, presto a servir de material de trabajo para la edición corregida y prologada, que preparaba para el público de su nativa España.
     Se sentó con el libro entre las manos y le vino inmediatamente a la cabeza la afirmación del rector: la novela de su vida. Era cierto. Por más que hubiese utilizado la técnica de narrarla en primera persona, con un hombre como confidente de los lectores, aquel texto estaba amasado con las vivencias, los dolores y los combates de ella. Incluso, no acertaba a precisar la razón última por la que, colocando su personaje en un segundo plano hasta el final de la novela, había contado esta a través de su constante enamorado... Pero creo que es llegado el momento de dejar a Violeta con sus pensamientos y resumirles a ustedes el tema de El fuego del atardecer, entre otras cosas, por si quieren una introducción a ella antes de comprarla o de leerla.
     El libro trata de un tema muy trillado: Un amor juvenil contrariado y fallido que, por la fórmula de un clavo saca otro clavo, se convierte en una insensata carrera por salir del vacío y la tristeza con otras personas, en el fondo, meros sucedáneos de las iniciales. De ahí, en un conseguido giro narrativo, nos colocamos cuarenta años después, de la mano del doncel –ahora talludito médico de familia-, quien, por razones que no vienen al caso, decide aprovechar un congreso profesional en tierras americanas, para reencontrarse con su antiguo amor en términos de amistad. A fin de que tal encuentro sea posible y fructífero, el doctor pone en marcha los mecanismos oportunos para acopiar información  de la vida y milagros de su ex –llamada Margarita en la novela, en clara transposición de la Violeta de la realidad- y se le viene el mundo encima. Nuevo giro narrativo, en forma de sucesivos saltos atrás, para poner de manifiesto los episodios más dramáticos en la vida de la protagonista, todos ellos nacidos de la primitiva ruptura sentimental y de la alternativa amorosa elegida por ella. Como en el aleteo de la mariposa, de tan nimia causa, perdida ya en el tiempo, se van deduciendo efectos terribles, junto a otros afortunados, que la víctima parece haber superado con éxito, aunque a costa de su felicidad personal y familiar, así como de la acrimonia de su carácter. El narrador va contrayendo un pesado sentimiento de culpabilidad, tanto mayor, cuanto que su vida –por el contrario- ha sido francamente placentera en todos los sentidos, incluso el sentimental. De la culpabilidad, pasa al arrepentimiento y, de este, a una especie de compromiso moral de recuperar en lo posible el tiempo perdido y apoyar cuanto esté en su mano a la mujer ahora casi desconocida a la que, por error y cobardía, dejó marchar en su primera juventud.
     La novela –como si sugiriese una improbable continuación- concluye subiendo el médico al avión para el vuelo transoceánico, que puede cambiar, para bien o para mal, esas vidas en su ocaso (de aquí, lo del fuego del atardecer), mientras en perfecta sincronía, Margarita, ya convertida en una señora profesora y literata, monta en la limusina que ha de llevarla a Ciudad de Panamá para recibir el premio que la consagra como escritora grande y famosa. Su sangre se ha hecho tinta y su vida, novela. Es obvio que no habría pasado lo uno sin lo otro. La cuestión es –y así concluye la novela- ¿ha merecido la pena?   
     Hasta aquí, mi digresión, seguramente inoportuna. Sigamos ahora, por unos momentos, con las lucubraciones de la Cifuentes, que, por concentración o soledad, van convirtiéndose en soliloquio:
-          No sé hasta qué punto tiene sentido que retoque la edición española, a fin de que él no se sienta aludido, ni nos identifiquen los conocidos. Nada creo reflejar en la novela que lo perjudique o censure, aunque pueda estar felizmente casado. Y, de otra parte, ¿quién me conoce ya a mí por aquellas tierras, hasta el punto de atar cabos? Con todo, algo he de hacer. No me parece de recibo que sepa de mí por la novela, ni que pueda entender esta como un mensaje de socorro o una llamada a mi lado. ¿Qué hacer? Sí, decididamente, dejaré el libro como está; lo contrario llamaría aún más la atención. Lo mejor va a ser escribirle unas letras, en plan amistoso y distendido, anunciándole la aparición de la novela en España y recomendándole que la tome como una ficción fantasiosa o, cuando menos exagerada... Sí, sí, exagerada; todavía me he dejado en el tintero un montón de cosas y eso que tiene 438 páginas... En fin, está decidido: carta simpática y, si acaso, una cita para cuando vaya a España a presentar la novela; claro, solo lo dejaré caer, no vaya a sentirse obligado él, que antes era tan tímido...
-          ¿Decías algo, hija? –apareció su padre en la puerta, sobresaltándola-.
-          Nada, papá, pensaba en voz alta en todo lo de anoche. ¿Qué tal habéis dormido?
-          A ratos. Fueron muchas emociones... y demasiado cansancio.
     Al dúo se incorporó en unos minutos la madre. Violeta no perdió el tiempo.
-          Mamá, ¿sabes algo de Guillermo? Creo que os habéis seguido carteando.
-          Apenas en Navidades y eso hasta hace un par de años, que ya no recibimos su felicitación. No tengo aquí sus señas pero, si te urge, puedes dirigirte al Centro de Salud San Carlos de Villafranca.
-          Bah, no tiene importancia. Había pensado en mandarle un ejemplar de la novela.
     La madre sonrió:
-          Haces bien, hija. Muy merecido tiene el que se la dediques.
     Dicho y hecho. Al día siguiente, tomó de su despacho universitario uno de los ejemplares de autor, lo dedicó y lo puso en el correo, con la dirección conocida. Estuvo pensando mucho la dedicatoria. Finalmente, le vino a la cabeza el DVD con música de Amadeo Vives, que estuvieron escuchando sus padres y ella la noche anterior. Recordó que a él le gustaba mucho la música de siempre. Tomó su arcaica pluma estilográfica y escribió:
De la infantesa qui s’enfila,
de la vellura qui se’n va,
la Balanguera fila, fila,
la Balanguera filarà.[1]
     De Violeta la Balanguera a Guillermo Céspedes, como testimonio de amistad imperecedera. Ciudad de Panamá, 23-IV-2009.
***
     Le extrañó no recibir respuesta en un par de meses. A punto de acabar el curso y tomar vacaciones, recibió al fin carta de España, en sobre tamaño folio, acompañada de un folleto meramente impreso en forma casera. La misiva, escrita a mano, decía así:
     Apreciada Violeta: Tengo que ser yo, la hija de Guillermo Céspedes, quien responda agradecida a tu envío, por la triste razón de que él falleció, va para tres años, víctima de una enfermedad cardiaca. Estoy segura de que para él, como para mí, habría sido una gran alegría sentirse recordado por alguien a quien él amó entrañablemente. Esto último me ha quedado claro cuando tu novela ha completado el puzle que con otras muchas piezas había ido conformando para mí el cuadro de sus primeros años. Es algo que quedará entre tú y yo, pues amores y desdichas son para vivirlos en la intimidad.
     En la dedicatoria del libro, aludes a una hermosa canción ilustrativa de tus sentimientos y tu propósito. Permíteme que yo haga lo propio con otra, que sin duda conoces, la cual para mi padre simbolizó a no dudar el recuerdo del tiempo pasado y de un cariño que no pasó jamás. Estoy segura de que él, de vivir y haberse atrevido, la hubiese puesto en tus manos.
     Te ruego me cuentes, en adelante, como la más devota de tus amigas en España. A fin de cuentas, bien pudiste haber llegado a ser mi madre.
     Con todo cariño,
     Violeta Céspedes.
     Con las gafas levemente empañadas, Violeta Cifuentes extrajo del sobre el folleto, obra de Guillermo y símbolo de su callada entrega. La carátula llevaba el siguiente texto:
Glosa y experiencia de
El amor de mi vida
(Camilo Sesto, 1971)
     Aún antes de leer el contenido, la escritora comprendió que no tendría más remedio que escribir la segunda parte de El fuego del atardecer, aunque solo fuera porque él ya no podría hacerlo. Iba a tener razón el pelmazo del rector: vivía para novelar. ¿O, más bien, novelaba para vivir? [2]
    
     



[1]  La traducción castellana podría ser, más o menos: De la infancia que crece / de la vejez que se va / la Balanguera hila que te hila / la Balanguera hilará.
[2]  Parte del sentido del relato se halla en el texto de las dos bellísimas canciones citadas en él, por lo que su audición tiene el valor doble de precisar las ideas y cultivar la sensibilidad. El amor de mi vida es obligado escucharlo al propio Camilo Sesto. La Balanguera, sugiero que al Orfeó Català o a María del Mar Bonet. Por cierto, que, desde 1996, La Balanguera es el himno oficial de la isla de Mallorca.

sábado, 11 de febrero de 2012

LA UTILIDAD DEL QUIJOTE


La utilidad del Quijote
Por Federico Bello Landrove
     Anécdota real, convertida en breve cuento, sin otra pretensión que la de retratar a dos hombres buenos y grandes artistas, que se encontraron en momentos bien difíciles de sus vidas. Y, si les anima a escuchar L’emigrant, mejor que mejor.

     Ya les he manifestado a ustedes en otras ocasiones mi afición por los libros antiguos. Se trata de un vicio menor del que no creo tenga que pedir perdón a nadie, dado que lo ejercito de tarde en tarde y pongo límite razonable a mi dispendio. Pero, sobre el vicio, se añade una manía: no adquirir ningún Quijote por el mero hecho de lo arcaico de su edición. Un psicoanalista hispanohablante podría encontrar la causa en la veneración por la obra cervantina: un libro tal jamás puede valer por su edad o encuadernación, sino por su maravilloso contenido. Yo, menos perspicaz, lo achaco al temor de convertirme en coleccionista de Quijotes, una cofradía de locos egregios, bastante más numerosa y extendida de lo que se cree.
     Quiere decirse que, pese a lo nutrido de mi biblioteca, casi puedo decir aquello del crítico de la quixotofilia: “No, si tenerlo ya lo tengo. Ahora lo que me falta es leerlo”.
     En tales circunstancias, extrañó a quienes me conocen que adquiriese por correo, de una importante librería egarense, un Quijote in-quarto, con cierto alarde de grabados y buena encuadernación, editado en Barcelona el año 1881. El precio anduvo por los doscientos euros, aunque lo curioso es el valor que tuvo para mí: valor sentimental, nacido de una curiosa anécdota, de la que asimismo supe por una biografía ya agotada[1]; valor hipotético, suficiente para despojarme, por una vez, de mi aversión al coleccionismo quijotesco. He aquí el origen y raíz de la compra.
***
     Sucedió en Barcelona, allá por 1894. Un joven, bohemio y en la miseria, se decidió a visitar a una figura consagrada de las letras que, ya en el ocaso de su no larga existencia, pasaba sus días enfermo, en la penuria y el descrédito, apenas atendido por sus antiguos mecenas. La visita no era ociosa ni mendicante. El veinteañero iba a presentar ante el vate el fruto de su ingenio, que había brotado al calor de los versos inspirados y doloridos del mestre en gay saber. El anfitrión lo recibió muy amablemente y procedió a leer, tranquilo y –al punto- emocionado, la obra juvenil que, a no dudar, enriquecía y podría hacer aún más popular su poema. El cuarto de estar, sombrío y destartalado, pareció iluminarse con la comunicación armoniosa entre los dos artistas, bajo la común dedicación a la palabra y la predilección por el divino Juan de Yepes.
     La conversación languideció, pues atardecía y el escritor famoso se distraía pensando de qué manera premiar el esfuerzo y la visita de aquel joven, cuya apariencia dejaba bien a las claras su miserable condición. Disimuladamente, rebuscaba en los profundos bolsos de su vestidura talar, aunque bien sabía que unas tres pesetas eran todo su capital por el momento. Levantó la vista hacia la librería de junto a la puerta y, al fin, sonrió aliviado. Había hallado algo de lo que podía despojarse sin ofender al joven ni atentar contra su propio sustento. Se levantó, esbozando una despedida, y encaminóse hacia la estantería. Su departidor también se puso en pie y recogió su mugriento bombín de la silla inmediata, aguardando.
-          Poco valgo y tengo menos aún, pero no quiero que se vaya sin una muestra por mi parte de la alegría que me ha proporcionado con su visita.
-          De ninguna manera, mosén. No puedo permitir que…
-          No me hará usted el feo de rehusarlo, impidiéndome corresponder a su gentileza para con mi poema.
     El visitante tomó el voluminoso y pesado don, sin apenas enterarse de su naturaleza, se despidió con todo respeto y embocó la estrecha escalera de aquella casa de la calle Aragò, en casi absoluta oscuridad. Al salir a la calle, examinó lo recibido. Se trataba de un Quijote, de lujosa edición, con sentida y respetuosa dedicación al famoso y gentil literato. El joven no lo dudó: su hambre y numerosas deudas no le permitían ser sensible hasta extremos conservadores. Dirigió sus pasos a la librería de lance en que era más conocido y cambió la excelsa obra por unos duros, no menos excelsos para su baja clase social. Por unos momentos, el bolsillo de la chaqueta pareció reventar con el peso y arder en la opulencia. El sonriente artista no dejó de imaginar:
-          Anda que si el buen poeta se entera de lo que acabo de hacer con su obsequio…
     Y el poeta, que en aquel momento acababa de bendecir su paupérrima mesa, presto a cenar, fijaba los ojos en el hueco dejado en el anaquel por el Quijote ausente y murmuraba:
-          … y bendice también los alimentos que la largueza del señor marqués haya proveído a mi joven orquestador[2].
***
     Y yo, que soy bastante imaginativo y tengo el estómago más saciado que el hoy día admirado orquestador, he adquirido este Quijote con la esperanza de que pueda haber sido el que materializó ese rasgo de pudorosa caridad.



[1]  No hablo a humo de pajas. El Quijote aludido salió de las prensas de Salvador Ribes, en dos tomos (mi ejemplar lo está en un solo volumen), con ilustraciones de Ramón Puiggarí. De la biografía trataré en nota al final de este relato, para mantener por ahora, para quien lo desee, el relativo interés del mismo.
[2]  Diáfana alusión a don Antonio, segundo Marqués de Comillas, y a la musicalización del poema L’Emigrant; diafanidad, si se sabe que el cuento envuelve a Jacinto Verdaguer (1845-1902) y a Amadeo Vives (1871-1932). La anécdota está tomada de la biografía de este último por Florentino Hernández Girbal, Amadeo Vives, el músico y el hombre, edit. Lira, Madrid, 1971, pág. 85.

sábado, 4 de febrero de 2012

RELACIONES DE TRANSFERENCIA


Relaciones de transferencia

Por Federico Bello Landrove

     Para intentar comprender las relaciones de transferencia hay varias formas, casi todas abstrusas. La que les propongo en este cuento, con la inestimable ayuda de dos famosas canciones, me parece relativamente fácil de entender. Si, además, les resulta amena, me sentiré muy complacido.



      Aunque hubiese procurado mantenerlo en secreto, en una ciudad como Castellar tal cosa era imposible; todavía más, siendo él una persona relativamente notoria, catedrático de Filosofía en uno de los Institutos y adjunto de la asignatura en la Universidad. De forma que lo sucedido durante el verano era ya de dominio público en vacaciones de Navidad: su esposa le había abandonado, en unión de sus pequeños hijos.

     No sería por falta de advertencias; incluso él mismo había reflexionado sobre su futuro matrimonio hasta la extenuación, conforme a su costumbre de argumentar en voz baja, tomando la noche como momento y la cama como palestra. Era –y él lo sabía- la mejor forma de engolfarse en el hallazgo y ponderación de los pros y los contras, para acabar repitiéndose las mismas ideas, medio mareado y sentado en el sillón del cuarto de estar. Al final, la filosofía –con minúscula- acabaría imponiéndose: aquella de tomar la casualidad por la voz de la sabiduría y la experiencia como marchamo del acierto. Sabía mejor que nadie aquello de la incomprensión racional de las razones del corazón.

     Sin necesidad de estar doctorada en su asignatura, la madre del profesor ya le había advertido: con treinta y tantos años y su posición, le sobraban pretendientes mucho más próximas e inexpertas que aquella profesora de matemáticas de Múnich, más o menos de su edad, físicamente seductora en verdad, pero escasamente preparada para adaptarse al papel de ama de casa en una pequeña ciudad española de principios de los setenta –del siglo XX-. Comprendiendo que era inútil tratar de disuadir a su hijo, doña Blanca le aconsejó:

-         Por lo menos, tened niños cuanto antes. Ya no sois ningunos críos y los hijos entretienen mucho.
-         Y también unen mucho, agregó Víctor, el profesor.
-         Eso depende, replicó su madre, que había conocido de todo a este respecto.

     Tuvieron dos hijos en dos años, pero había podido más la asfixia que Katharina sufría en tierras castellanas, sin otros horizontes que la casa y algunas clases particulares que se había ido agenciando entre los vecinos. Víctor era poco sociable y su familia no congeniaba con la alemana, como generalmente la llamaban. Las relaciones conyugales se habían ido agriando, entre reproches y desamor: que si Víctor se entretenía demasiado en las clases y ello sería por alguna alumna en exceso amistosa; que si Katharina tomaba ir de compras por distracción habitual y eso era cosa que ni un buen sueldo podía soportar; que si los niños habían de ser educados así o asá, a la española o a la europea. Víctor se sentía abrumado y sin capacidad de respuesta; tan pronto optaba por minimizar la importancia de las desavenencias, como se dejaba absorber por el trabajo como terapia, o entraba al trapo de la alemana y discutían cada vez con mayor virulencia. Tras algunos avisos en tal sentido, que él no tomó muy en serio, ella partió, como todos los años, hacia Baviera tan pronto el niño mayor acabó el colegio y, desde allí, le mandó una carta de su puño y letra pero claramente dirigida por algún abogado, comunicándole su voluntad de poner fin al matrimonio y quedarse con la custodia de los hijos.

     Víctor, con la sensación de estar viviendo una pesadilla, se desplazó hasta Múnich inmediatamente, pero encontró un muro de terquedad y reserva, favorecido por la decisión de Katharina de encontrarse lo menos posible a solas con él. A cambio de no reclamarle otra compensación económica que la congrua para sostener a sus hijos, hubo de transigir con la tramitación del divorcio en tierras alemanas –dado que en España no existe, hoy por hoy- y visitar a los niños en tierra materna, ante la desconfianza manifestada hacia la patriarcal legislación española. Una de las pocas veces que pudo hablar francamente con Käthe, le hizo la pregunta que le venía quemando desde que supo de su huida:

-         ¿Es por algo que he hecho mal, o es que hay alguien más?

     Katharina pareció sentirse conmovida por la primera parte de la pregunta y contestó educadamente:

-         No te reproches lo sucedido. Simplemente, se acabó. Todo tiene su fin.

     Víctor se quedó rumiando el final de la frase, sin ganas de insistir en lo de que existiera otra persona. No quería dar la falsa sensación de sentir celos y, además, tiempo habría de enterarse.

     Cuando subió al autobús en la estación muniquesa, sentía por encima de todo haber cedido tanto, que habría de arrepentirse de su condescendencia. Luego, en aquel habitáculo atestado de emigrantes en vacaciones, fue relajándose y valorando los efectos positivos de su batacazo, principalmente, las amplias posibilidades  de volver a empezar, dando tiempo al tiempo y aprovechando la experiencia. Cierto: ahora andaba por los cuarenta y cinco y los rostros de sus hijos parecían asomarse, una y otra vez, al cristal de la ventanilla; pero, por encima de todo, cuatro palabras martilleaban en su cerebro, como si no las hubiese oído hasta entonces: todo tiene su fin. Verdad incontestable, que él, por muy profesor de Filosofía que fuese, siempre había dejado fuera de su propia vida y de su no menos ineluctable muerte; verdad que parecía no encajar con el amor, al menos, a título de valor y de concepto. Y es que él era bastante dado a mezclar la lógica con el romanticismo.

     El vecino de asiento, con un día entero de viaje por delante, no resistió más el silencio; bruscamente se dirigió a Víctor:

-         ¿Qué, de vacaciones a España?
-         Más o menos; vuelvo a Castellar.

     Un buen bocadillo de chorizo supuso el comienzo de una efímera amistad.

***

     Inmaculada Valdoviño era una alumna aventajada del Instituto Bachiller Honduras. Allí había coincidido con el profesor Víctor Alpuente, cuando su vida alcanzaba la edad poética de los quince años, es decir, en el último curso de su bachiller. Ella era una gran aficionada a la literatura y la historia, que no concedía mayor interés a los silogismos, la esencia y los valores, que la indispensable para no estropear su expediente. Por otra parte, don Víctor –por otro nombre, Ferio- era a su parecer envarado y con una evidente inclinación a la ironía, aunque explicaba bien y procuraba hacer su materia lo más clara y práctica posible. Pero era en el curso siguiente, Historia de la Filosofía, donde Ferio daba lo mejor de sí mismo: huyendo del memorismo y de las ideas que llovían de la mente de los grandes filósofos como si fueran infusas y aleatorias, el catedrático relacionaba a cada pensador con su tiempo, a cada filósofo con sus ilustres predecesores y a cada escuela o figura del pensamiento con las necesidades y problemas de nuestro tiempo, resaltando el carácter práctico y condicionado de la especulación filosófica. Inmaculada había guardado como oro en paño los apuntes del curso preuniversitario, encabezadas por las palabras profesorales del exordio: Este es un curso de historia de las ideas filosóficas, no de biografías de hombres ilustres. El hilo conductor habrán de ser los grandes conceptos (el conocimiento, la justicia, la sociedad), no los grandes hombres.  Seis años después, se sentía aún más atraída por aquella idea de que los hombres pueden pasar y fallar: su aportación a los demás es lo único importante. Ergo había madurado y su experiencia vital no había resultado particularmente feliz.

     No era fácil la vida para la hija de unos drogueros orensanos, trasplantada a la árida meseta por obra y gracia de la pobreza y de una tía suya, que había aceptado darle pensión completa en Castellar a cambio del escuálido importe de una beca. Tampoco ayudaba el que su dulce acento y sus no menos azucarados ojos azules hubieran de compartir apariencia con unos rasgos impersonales, un cabello sin gracia y una silueta rectilínea en exceso. Aunque afectuosa y sociable en su ambiente, en la ciudad de adopción se encastillaba –según su expresión literal- y se volcaba en el estudio, la lectura y el cine de fin de semana. Su tía, de pocas palabras y que no la tenía en mucho, solía decirle:

-         Bueno está lo bueno, pero la vida es algo más que estudiar. ¿No hay ningún  chico que le haga tilín?
-         Siempre hay alguien, tía. La cosa es que yo le haga tilín a él.

     Aunque no fuese muy dada a la filosofía, no dejaba de sufrir alguna noche de insomnio y alguna etapa de hastío o de enamoramiento. Echábase entonces una chaqueta por cima del camisón, abría el balcón de su cuarto –que daba frente al lateral del Ayuntamiento- y dejaba que el relente enfriara su ardor y sosegase su turbación. Invariablemente, al cerrar las hojas y encaminarse al lecho, pensaba o musitaba las mismas palabras de conformidad:

-         Tiempo al tiempo. Lo importante es que, cuando llegue el amor, sea para siempre.

***

     En los cursos comunes de Letras, había vuelto a recibir algunas clases de don Víctor, quien en la Universidad –como hemos dicho- era un simple adjunto, es decir, un doctor contratado quinquenalmente por un sueldo mísero, para encargarse de alguna parte del programa de la asignatura y de las eventuales sustituciones del catedrático.  En segundo de carrera, Inmaculada había presentado un trabajo sobre el Sic et non de Abelardo, que había motivado una felicitación de Víctor. Ella le recordó:

-         Fui alumna suya en el Bachiller Honduras.
-         Lo recuerdo. Era usted una buena alumna y, por lo que veo, sigue en la misma línea.

     Luego, más años de estudio, hasta situarse en el último de la licenciatura. Para ella era un momento crucial, el de procurarse un puesto becado de profesora ayudante, a fin de hacer la tesis e iniciar el camino profesional de la docencia universitaria. Es lo que más le gustaba y a ello sacrificaría cualquier capricho personal, como el que sentía hacia la Arqueología. Sus primeros movimientos y solicitudes habían sido baldíos: era una buena alumna, desde luego, pero ni su brillantez ni sus influencias bastaban para situarla.

     No eran, pues, tiempos para ocuparse en habladurías, como la que había empezado a circular por el claustro y que a Adita le llegó vía Aurelio Platas, un joven encargado de curso de Paleografía y Diplomática, que mostraba cierto interés por ella, hasta el punto de ir y venir juntos de la Facultad, cada vez que coincidían en el camino.

-         Dicen que la mujer de Alpuente se ha ido a Alemania con los hijos y le ha dejado tirado. Se habla, incluso, de divorcio.
-         ¡Cuánto lo siento! Sobre todo, por los niños. Algunas veces los he visto por la calle y aún eran pequeños.
-         Cosas de la vida, bromeó Aurelio. Ya hay que tener cuidado con las españolas, así que figúrate con las alemanas.

     Para vacaciones de Semana Santa, Víctor regresó a Munich y firmó de conformidad todo el papeleo que implicaba el divorcio. Por su parte, Adita pasó unos días en Allariz, sin lograr quitarse de la cabeza el tema de su postgrado. Cada vez se le cerraban más los caminos hacia la meta universitaria. Era terca, pero también sabía ceder sabiamente cuando se topaba con lo imposible. ¿Y si preparase oposiciones para enseñanzas medias a la vera de sus padres? Sitio más tranquilo para concentrarse en el estudio no lo había y su madre ya iba alcanzando edad de tener una ayuda y una compañía femenina a su lado. Y, en la Gestoría Sigüeiro le habían ofrecido trabajo, al menos, durante el verano. Eran conocidos de sus padres y Mundín Sigüeiro no le quitaba ojo en paseos y romerías. ¿Podría ser el hombre de su vida? De nuevo la asaltaba el mismo pensamiento, ahora en forma musicalizada:

... que nuestro amor jamás tendrá fin

     Regresó a Castellar con una sensación nueva: la de provisionalidad, de desconcierto. Los soportales en que se apoyaba la casa de su tía le parecieron más desplomados, la casa más corcovada que nunca. ¿O era su perspectiva la que había cambiado?

***

     Coincidieron desayunando en una cafetería de la Plaza Mayor. Adita había trasnochado preparando un examen final y no quería importunar a su tía en la cocina tan a deshora. Víctor tenía esa costumbre desde que lo dejaron solo: almorzar fuerte fuera de casa y leyendo el periódico. El profesor le hizo desde su mesa un gesto amistoso de acercamiento y ella consintió.

-         ¡Qué casualidad! Vengo por aquí todas las mañanas y nunca te había visto.
-         Pues vivo aquí mismo, pero siempre desayuno en casa. Hoy me he retrasado tanto que...
-         Yo no tengo la primera clase hasta las once; así que me sobra tiempo.

     Fuese la inusual locuacidad de Víctor aquella mañana, o el particular brillo que el sol casi veraniego ponía en el cutis y los cabellos de Inmaculada, hasta el punto de arrancar destellos a sus ojos, es ello que el profesor encontró a la antigua alumna hermosa y atractiva. Siguiendo el método filosófico, del fenómeno del desayuno en el café, había que remontarse a sus causas:

-         No sé si sabes que ahora estoy solo. Mi esposa y yo nos hemos divorciado en Alemania y, en principio, se ha quedado con los niños por allá.
-         Algo había oído. Lo siento.
-         Gracias. No es algo fácil ni agradable, pero hay que sobreponerse y seguir adelante. Ya sabes: todo tiene su fin.
-         Supongo que sí, aunque yo... en estas cosas..., la verdad, no sé que decir, no tengo experiencia.
-         Claro. Y a ti, ¿qué tal te va? ¿Ya has pensado qué hacer al acabar la carrera?

     La chica le contó sus cuitas. Se le habían ido cerrando todas las puertas para acceder a su vocación universitaria. Víctor la animó:

-         Podrías empezar por una cátedra de Instituto, simultaneando la preparación de la tesis. Luego, todo es cosa de constancia y de dar con el catedrático adecuado.
-         Sí, ya lo había pensado, pero sacar las oposiciones puede llevar un par de años, en el mejor de los casos. Como no me vaya a casa de mis padres, no tengo medios para ello.
-         Dame unos días. Tengo algunos conocidos en colegios privados y en el Instituto José Moral he oído que va a pedir una baja por larga enfermedad la auxiliar de Geografía. ¿Qué tal la Geografía?
-         Total, si he de empollármela para las oposiciones de Instituto...

     Víctor sonrió, echó una mirada rápida al reloj y se levantó bruscamente, a fin de adelantarse y pagar la doble consumición. Adita contempló su silueta, esbelta, ligeramente cargada de hombros, con incipiente calvicie. No era gran cosa, pero, por el momento, personificaba su esperanza.

***
    
     La tertulia iba llegando a su fin, más por agotamiento del tema que por avance de las agujas del gran reloj que parecía presidir aquél café retro, hecho de madera y espejos, con toques de mármol y terciopelo. El extenso relato del catedrático universitario de Filosofía, jefe de Víctor Alpuente, resultaba en exceso prolijo para ser, a fin de cuentas, una comidilla de seminario. El narrador percibió cansancio, pese a estar un tanto achispado –como de costumbre- y decidió abreviar:

-         En fin, el apoyo moral devino físico y el amor al fin llegó a la vida de la señorita Valdoviño -¡Jesús, qué hermoso apellido!-, a su debido tiempo. Para ella venía envuelto en papel de celofán y con un lazo rojo. Para Víctor era el tren de la tarde, la llamada de la hora oncena, el rayo verde del atardecer. Quiero decir que mi colega contrajo la enfermedad con tal fiebre, que el apasionamiento parecía desesperación. Aunque era bastante reservado, me permitía las confianzas propias de un superior franco y sin mala intención. Un día le pregunté cómo pensaba enfocar su nueva relación, no siendo válido el divorcio en España. No sé en qué demonios estaría pensando, pues se despachó con un paralelismo sobre Eloísa y Abelardo, totalmente fuera de lugar. Y, para concluir, arguyó: En cualquier época, el verdadero amor llega hasta la muerte y más allá. Lo he aprendido de ella.

     El profesor se echó a reír de tan buena gana, que todos sus contertulios (y algunos parroquianos próximos) fijaron nuevamente la atención en él. Agotó la risotada entre toses y jadeos y concluyó:

-         Al año siguiente, la joven sacó las oposiciones y marchó a no sé qué destino en la provincia de Málaga. Él quiso seguirla, pero ella le fue dando largas y, finalmente, le dio a entender con cariñosas palabras que no anduviese de cotarro. Ni corto ni perezoso, Víctor se constituyó en Antequera, justo a tiempo de asistir a la pedida de la Valdoviño por un farmacéutico de la localidad. Dicen que el profesor, de acuerdo con la novia, hizo de tripas corazón y estuvo presente en la ceremonia, como íntimo amigo de la familia de aquella. Supongo que la diferencia de edad obró de credencial. En último extremo, dado el lugar donde se encontraban, bien pudo decir Víctor aquello de salga el sol por Antequera y póngase por dondequiera.

     Fueron levantándose los amigos y, dos a dos o de tres en tres, tomaron el camino de la calle. Vicente, el empleado de Obras Públicas, hombre algo tardo pero muy concienzudo, se arrimó a Matías, médico de niños, y le susurró:

-         ¿Qué movería a Inmaculada a abandonar a don Víctor, así, de repente?
-         Y yo que sé. Lo que ha querido sugerir nuestro amigo el filósofo es que bien pudo producirse un intercambio de ideas o de valores.
-         ¿Intercambio?, insistió Vicente, instando a Matías a ser más explícito.
-         Sí, hombre, sí. Como si fueran Los Módulos y Fórmula V.

     Y, señalando hacia la gramola del fondo, le dio una palmada en la espalda y se esfumó. Vicente se arrimó a la espléndida Seeburg roja y negra, cuya luz violeta parecía llamar a las monedas. Nuestro probo empleado empezó a leer la amplísima lista de canciones y ya desistía de enterarse de algo, cuando se le acercó obsequioso Manolo, el camarero que habitualmente los atendía:

-         ¿Alguna canción en especial, don Vicente?
-         Algo de Módulos y de Fórmula V.
-         ¡Huy, están de moda! Habrá entre los dos no menos de quince.
-         Entonces déjelo. ¡Cualquiera adivina los gustos de un filósofo![1]



    


[1]  Mis lectores son, sin duda, mucho más instruidos y perspicaces que Vicente. En todo caso, mi deber es ayudar y sugerirles que escuchen con atención dos de las canciones más atractivas de comienzos de los setenta en España, de estilos totalmente diferentes. Se trata de Todo tiene su fin (Los Módulos, 1970) y de Ahora sé que me quieres (Fórmula V, 1971). Mi relato puede ser malo, pero mi consejo no.