sábado, 10 de diciembre de 2011

LA CUARTA LEY DE MENDEL

La cuarta ley de Mendel



Por Federico Bello Landrove



     Dicen que la realidad supera la fantasía. Como cuando el gran compositor Janácek[1], todavía niño de coro, encontró en Gregorio Mendel reconocimiento y ayuda para su formación musical. ¿Halló en su relación con el famoso fraile agustino algo más relevante y duradero para su vida? Es una de las cosas que podrá llegar a saber quien lea la siguiente historia.







    1.  En un balneario moravo


           Como el buen soldado Svejk[2], fui llamado a las armas en la Gran Guerra, bajo las banderas del Imperio Austro-Húngaro; sólo que yo sí que llegué al frente y combatí fieramente durante casi tres años, hasta ser herido de gravedad en Caporetto, donde quedé cojo de por vida. Del hospital de campaña, retorné a mi ciudad natal de Písek y allí viví con gran emoción la independencia de mi patria y la constitución, un tanto forzada, del Estado checo-eslovaco. Dicen que los duelos, con pan, lo son menos: según eso, las alegrías tendrán que serlo más. Quiero decir que tener la carrera de maestro y el apoyo económico de mis padres –poseedores de una acreditada tienda de comestibles, junto al Puente de Piedra- me permitió superar aquella época de grandes mutaciones, con la seguridad que da tener un empleo fijo y la ayuda de una familia solvente y unida.



           Pero estaba la pierna, esa extremidad rígida y acortada por las heridas y la torpe cirugía militar; mi pierna derecha, fuente de constantes dolores, entre los que uno, y no menor, fue la ruptura con Jana. Bueno, ella no se atrevió a confesarlo -¡hasta ahí podíamos llegar, en una señorita educada y patriota!-, pero tengo para mí que sus fútiles y variadas disculpas para acabar con nuestro noviazgo, que venía desde la infancia, se resumían en un epíteto, que no escatimaban mis alumnos, con la impiadosa sinceridad  de los niños: el cojo.



           A estas alturas, ya saben ustedes tanto de mí, que había dado por cierto que no se necesitaban presentaciones. En cualquier caso, me llamo Vladislav Mládek y, cuando escribo estas líneas, tengo muchos más años de los que me agradaría confesar. Pero, en el verano de 1925, apenas rebasaba la treintena y, cuando iba a tomar las aguas a Luhacovice, todavía me ilusionaba tanto conseguir amistades femeninas, como encontrar alivio para mis dolores físicos.



            No les voy a hacer –ni sabría- la descripción del balneario, ni de su movido y abigarrado ambiente por aquella época. De hecho, mis repetidas estancias en él, año tras año, lo han convertido en mi memoria en una sucesión, neblinosa y entremezclada, de rostros desdibujados, habitaciones revestidas de papeles satinados, bañeras coronadas de vaho y espuma, platos indigestos e interminables partidas de billar. En suma, de multitudinaria soledad, soportada de buena gana por el relativo alivio de mis dolores y -¿por qué no decirlo?-, por no tener mejor alternativa para pasar un mes de verano lejos de mis alumnos y de mi pequeña ciudad, sin hacer excesivos dispendios.



           Con todo, me acuerdo muy especialmente del verano del 25, porque confluyeron en él diversos motivos que lo hicieron para mí muy especial. El arranque de todo fue coincidir, en la sala de música, con una señora joven, baja y algo regordeta, cuyo rostro me resultó familiar. Después de pensar durante un rato, di con su identidad: era la señora Stösslova, la mujer del anticuario de Písek al que, un par de años antes, había comprado un ejemplar de la edición princeps del Jiidische Stamm de Jellinek[3], tras arduo regateo. Dejé pasar ese momento, pues la dama, acompañada de un caballero, ya longevo, de hirsuta cabellera blanca, parecía muy interesada en el cuarteto que estaban tocando. Recuerdo que, al retirarme anticipadamente del concierto, eché un vistazo al programa situado en un atril de la entrada: Cuarteto nº 1, “Sonata a Kreutzer”, de Leós Janácek. El nombre del autor me resultaba familiar pero la obra, en absoluto. Incluso pensé para mí:



      -          Sonata a Kreutzer… Pero, ¿no era una obra para violín de Beethoven?



           …Lo que les pone a ustedes sobre la pista de mi ignorancia musical [4].



      ***



           Era evidente que, en aquella estación, la señora Stösslova no estaba acompañada de su marido, sino del señor de la blanca melena, de un niño de unos ocho años de edad y de una niñera o empleada suya, que pronto fue el blanco de mis miradas. A decir verdad, la mayor parte del tiempo el grupo se descomponía en dos parejas: la de la anticuaria y su añoso acompañante, que vivían plenamente la vida acuática y social del balneario, y, por otra parte, la criadita con el niño, que distraían el tiempo entre paseos, juegos infantiles y algún que otro rato de lectura. Sólo se reunían todos a la hora del almuerzo y a la caída de la tarde, momento en que se encaminaban a la capilla de la institución, en la que el caballero tocaba el armonio durante una media hora. No soy quien para juzgar, pero diría que lo hacía francamente bien y que sus acompañantes no formaban parte del público más interesado y atento a la ejecución.




           La soledad de Marie –que ése era el nombre de la niñera- y mis dotes profesionales para captar la atención de los niños fueron suficientes para que ella y yo trabásemos conocimiento. Por otra parte, nuestra común vecindad en Písek facilitó aún más las cosas, aunque yo decidí aparentar desconocimiento absoluto de su señora. Tampoco Marie era muy locuaz en lo referente a la familia para la que trabajaba, fuera ello efecto de la fidelidad o del deseo de aparecer ante mí como una persona con identidad propia, no como una asalariada al servicio de otros. El pequeño Otto, como cumple a su edad, era más propicio a las confidencias, incluso embarazosas. Yo entretenía su insaciable curiosidad con una paciencia que admiraba a su gentil cuidadora, tal vez temerosa de que tan absorbente carabina le acabase espantando mi compañía. Yo quitaba importancia a mi sacrificio:



      -          No se preocupe, Marenka, que estoy acostumbrado. Figúrese, con cuarenta muchachitos en mi clase…

      -          Ya, pero ahora está usted de vacaciones y Otto se pone muy cargante a veces.

      -          Bueno, ya sabe el dicho aquel de que quien algo quiere



           Marie se puso colorada como una amapola y replicó:



      -          ¿Dónde va a ir un señor maestro con una pobre sirvienta como yo?

      -          Desde luego, no muy lejos, le repliqué con la mayor dulzura, palpando ostensiblemente mi lastimada pierna derecha.



      ***



           Mi asiduidad a Marie y a Otto terminó por hacerse notable a la señora Stösslova. No tuve, pues, más remedio que preparar mi presentación a ella y a su inseparable compañero. Para que la ocasión resultase lo mejor posible, pedí información a la chica sobre la pareja. Ella torció el gesto pero, ante lo razonable del motivo, me facilitó algunas claves, no siempre seguras ni totalmente comprensibles.



           Resultaba, según Marie, que el señor Leós Janácek –nombre del caballero de la rutilante cabellera blanca- era un famoso compositor que, años atrás, había hecho gran amistad con David Stössl, el anticuario, y su esposa Kamila. Siempre que podían (especialmente, en verano), se encontraban y pasaban amplios periodos juntos. Bueno, en particular, don Leós y Kamila, ya que el señor Stössl era una persona muy atareada y que no parecía disfrutar con los ambientes bucólicos o musicales de los encuentros. Otto completaba el grupo, al que era frecuente la incorporación de alguna niñera o señora de compañía. De esto último, Marie no podía aportar referencias añejas, dado que su vinculación con los Stössl databa apenas del otoño anterior. En fin, el balneario de Luhacovice era el lugar de predilección de la pareja: en él eran conocidos y agasajados, siendo tradición que allí se habían conocido bastantes años atrás.



           Pertrechado con este modesto arsenal de datos, hice mi presentación al día siguiente, aprovechando la hora del té. Fui muy bien recibido, tanto por mi procedencia, como porque –como ya había supuesto- la señora se había percatado de la atención que dedicaba a su hijo.



      -          Fíjate, Leós, qué suerte. Un maestro, y bueno además. Otto no hace más que hablar de usted, de su conocimiento de los animales y de los cuentos tan amenos que le relata.

      -          Pero, querida amiga -replicó el músico-, supongo que el señor Mládek no estará aquí para servir de preceptor a Otto quien, por cierto, es un diablillo de mucha consideración.

      -          Si me guardan el secreto –añadí-, compartiré con ustedes una confidencia. Tal vez, no me hubiera interesado por el pequeño, si no hubiese estado acompañado de una niñera tan encantadora.



           Mis interlocutores rieron de buena gana durante unos segundos y mi sinceridad pareció ganarles de manera instantánea. Me hicieron compartir su té y su conversación, hasta el momento en que Otto y Marie aparecieron con la exactitud de un reloj, anunciando el final de la merienda a tres. Kamila era poco habladora, pero Leós llevó la dirección de nuestra charla por los caminos más variados, con gracejo y soltura. Nunca le agradeceré bastante la gentileza –él, una gran figura de la cultura checa- para con un modesto profesor de primaria, cuando, al levantar el campo, camino de la capilla, dijo maliciosamente:



      -          Creo, Kamila, que, por hoy, podríamos pasarnos sin Marenka, hasta la hora de la cena.





        2.  Del patriotismo y sus formas



               Pronto pude constatar que la simpatía de Janácek hacia mí no era flor de un día. Desde luego, no sería por mi conocimiento de la música y de su obra, a pesar de mis indagaciones en la biblioteca del balneario y del vago recuerdo de su ópera Janufa, que una vez vi anunciada en el teatro de la Reduta de Brno. Sí podía jugar a mi favor el hecho de ser de Písek y el haberle dado de pasada algunas informaciones bursátiles que él ponderó, aunque eran poco más que los ecos de los buenos conocimientos económicos de mi padre. Pero, sobre todo, llegué a percatarme de que la llave para el corazón de Leós era el patriotismo.



               En ese punto yo tenía ganado un amplio trecho, aunque a muy corta velocidad. Me refiero, naturalmente a mi invalidez de guerra. Poco importaba que sufriese mis heridas  luchando por el Imperio subyugador de los checos durante tantísimo tiempo. El compositor era en este extremo de una objetividad sorprendente:



          -          En aquel entonces –decía- los checos habíamos de luchar bajo las banderas de Austria. Y no me vale lo que muchos hicieron, desertar o escurrir el bulto, con el pretexto de que aquella guerra les era extraña. Cumplió usted con su deber, teniente, y ello le honra. Además, su lucha no fue contra nuestros hermanos eslavos, sino contra los italianos y ya se sabe que…



               Y aquí se perdía en unos recovecos histórico-musicales que yo bien creo que hacían más referencia a la ópera, sus motivos y sus formas, que a que Janácek fuera un decidido paneslavista.



               El patriotismo del que iba convirtiéndose rápidamente en mi amigo tenía razones más vidriosas e inconfesables. Me di cuenta de ellas una tarde, cuando esperó la momentánea ausencia de la señora Stösslova, para decirme:



          -          Mládek, nos va a ser difícil a los checos, aunque seamos el corazón de Europa, alcanzar el grado de unidad preciso a toda gran nación.

          -          Se refiere usted a los eslovacos y demás minorías que se dicen irredentas, sugerí yo dubitativamente.

          -          ¡Quia, no señor! Aludo a esta plaga de germanos y judíos que corroe el alma checa hasta los tuétanos. Pero, ¿no se ha dado cuenta? Sin ir más lejos, ahí tiene usted a Kamila, Neumannova por nacimiento y Stösslova por matrimonio. Y ella, por lo menos, no se mete para nada en política. Pero la familia de mi esposa Zdenka eran, y son, una especie de prusianos venidos a menos, que nunca me han tenido en ninguna consideración. ¿Sabe cuál era su apellido de soltera? Schulz.



               Kamila reapareció y Leós concluyó precipitadamente:



          -          ¡Fuera complejos, Mládek! Los checos hemos sido la industria, la minería y hasta el pensamiento del Imperio austriaco. Un día llegamos a conquistar espiritualmente Viena: no nos dejemos ahora arrebatar Praga.



               Sonreí enigmáticamente y pensé para mí:



          -          ¡Anda que si se llega a enterar de que me apellido Engel por parte de madre!



          ***



               Con harta generosidad, Janácek me consideraba un poco colega suyo, dado que en su juventud había estudiado para maestro y, desde siempre –solía decir- había ejercido la docencia musical, a título particular o en conservatorios públicos. Disfrutaba oyéndome relatar anécdotas de mi todavía corta experiencia profesoral, en la medida en que intuía por ellas el afecto que sentía hacia mis alumnos. También eso era para él motivo patriótico. Los maestros y, en particular, los que enseñaban en lengua checa tenían en sus manos el destino de las nuevas generaciones y, por ende, el futuro del país. Al menos, así lo veía el ilustre compositor.



          -          … Y no sólo yo. Hablando un día con Masáryk…



               Aunque me sintiese reconfortado por la supuesta grandeza de mi misión docente y hasta moderadamente inclinado a estudiar la antigua lengua eslavónica, veía yo con aprensión que mi mes de vacaciones tocaba a su fin y la dedicación a Janácek me impedía hacer nuevos avances con Marie. El hombre no parecía ser consciente de que lo uno excluía lo otro. De su buena intención daban fe los elogios que dispensaba a Marenka:



          -          Es una chica estupenda, bohemia de pura cepa y con buena formación. Pero ya sabe, la guerra y la depresión económica ulterior –que usted explica tan bien- dejaron a su familia en la ruina y la forzaron a colocarse como sirvienta. El interés que siente por ella evidencia su talento y buen corazón.



               Me sentí halagado y con argumentos para replicarle:



          -          Amigo Leós, apenas queda una semana para que expire mi estancia en el balneario. ¿Sería mucho pedir que se las arreglase para que Marenka y yo nos viésemos a solas todo el tiempo posible?

          -          Pero, ¿no se van a reencontrar en Písek?, arguyó Janácek con afectada seriedad.

          -          Ya sabe usted, por experiencia propia, que las aguas de este balneario, o tal vez su aire, son muy propicias para el amor.



               El músico se echó a reír y, utilizando mi nombre por primera vez, prometió:



          -          Descuide, Vladislav. Si es preciso, yo mismo meteré en la cama al chiquillo y lo arroparé.





            3.  Las enseñanzas de un fraile agustino


                   Janácek cumplió su palabra. Marie disfrutó aquella semana de una inusitada libertad, cuya causa desconocía. Kamila, aunque me echaba algunas miradas preocupantes, no se atrevió a desautorizar al león de la melena blanca [5].  Yo llegué a sentirme tan eufórico –vale decir, tan enamorado-, que hasta me atreví a alquilar dos bicicletas para hacer una excursión con Marenka hasta Vizovice. Innecesario es decir que la cosa no fue a mayores. La joven deshizo el conato con un dulcísimo argumento:



              -          Te acepto encantada tal y como eres, pero no estoy segura de mis sentimientos si te empeñas en empeorar.



                    Sin necesidad de emplear bicicletas, dos días antes de mi partida, Janácek insistió en que diéramos un paseo hasta las colinas. Aunque ya rebasaba los setenta años y tenía una corpulencia notable, me dejaba atrás con facilidad y ascendía sin aparente esfuerzo. Si no pretendía ponerme en ridículo –lo que no creo en absoluto-, es que estaba deseoso de entablar conversación pausada conmigo lo antes posible.



                   Tras haber caminado alrededor de una hora, nos sentamos, por fin, a la vera de unos abedules próximos al camino. De su pequeña mochila, sacó Leós unos sándwiches; comimos un par de ellos con buen apetito y sin ayuda de líquido alguno. Me interpeló:



              -          Luego nos llegaremos a una fuente que queda muy cerca de aquí. Pero ahora, antes de seguir, quiero que me responda, por favor, a una pregunta. ¿Qué tal van las cosas con Marie?



                   Aunque no poco molesto por la intromisión –que, por otra parte, no pretendía sino la confirmación de lo evidente-, respondí de forma educada:



              -          Perfectamente. Por cierto que he de darle las gracias por su cooperación de los últimos días.

              -          Tonterías. Ha sido un placer. Pero permítame que insista. ¿Marcha todo bien? ¿No se ha encontrado con dificultades, con vacilaciones?

              -          En absoluto. ¿Acaso tendría que tropezar con dudas o problemas? En fin, más adelante, seguro que así será, pero ahora lo veo todo claro y hermoso ante nosotros.



                   Janácek sonrió y decidió explicarse:



              -          Amigo Mládek, no me considere un meticón ni me juzgue un aguafiestas. Es sólo que…, en fin, que hace muchos años…

              -          ¿Sí?

              -          ¡Qué demonios! Tenemos tiempo y quizás a usted no le venga mal una cura de inseguridad. Me parece que le veo muy firme, demasiado para mi gusto.



                   Se levantó y estuvo tanteando el terreno, hasta encontrar asiento no demasiado incómodo. Luego, puso su chaqueta en el suelo, sentóse encima, se atusó el bigote y comenzó su historia.



              ***



                   Fui el noveno hijo de una modesta familia de trece, establecida en una aldea, en los confines con Polonia. Amantes de la enseñanza y deseosos de que no se perdieran mis apenas apuntadas cualidades, mis padres me enviaron a estudiar con los Agustinos de Brno, cuando yo tenía once años de edad. En aquel mundo recoleto, de música y estudio científico, viví hasta que, a los diecinueve años, pasé a estudiar órgano al Conservatorio de Praga.



                   Entre las personas que más influyeron en mí en aquella lejana etapa de mi vida, se me aparece con frecuencia la imagen, baja y  rechoncha, de un fraile de aquella abadía de Santo Tomás, profesor también en el Instituto de la ciudad. Aún de buena edad, aunque maltratado en su salud, nada parecía destacar en él hasta que te fijabas en su cara, o él posaba en ti la mirada. Entonces captabas su ancho rostro de facciones pronunciadas y firmes; la amplia frente, sobre la que raleaban sus ondulados cabellos pardos; los ojos serenos y profundos, que apenas perdían viveza tras las gafas de miope, montadas, a su vez, en el caballete de una nariz ancha y recta; la boca, amplia y levemente oblicua, cuyas comisuras dibujaban permanentemente una levísima sonrisa; el mentón pronunciado, como centro de una mandíbula poderosa. Era la viva imagen de la firmeza de carácter y de la agudeza intelectual. Era el padre Gregorio, era… el gran Johann Mendel.



                   Es posible que, en tan elogioso retrato –que no sé hasta qué punto radica desde entonces en mi memoria, o es el fruto de la contemplación de innúmeras imágenes posteriores-, en tal retrato, digo, mis condiscípulos más maliciosos encontrasen algo a faltar. Me refiero a un cigarro entre sus dedos o pendiente de sus labios. Y no es que exhibiese ese hábito en sus clases, que escrupulosamente mantenía libres de humo. Pero todos sabíamos de qué pie cojeaba nuestro profesor de física e historia natural, quien por ello se había ganado el mote de la locomotora.



                   Seguramente, estoy empezando a aburrirle con mi premiosidad. Ahorraré detalles. Sólo diré del padre Gregorio y de mí, que me animó en todo momento a seguir estudios musicales y que, mientras fui niño del coro, nunca me faltó su apoyo y recomendación con el fraile director. En fin, curioso sino el suyo, convertido en genio reconocido de la ciencia tantos años después de su muerte. Hace quince, cuando por fin le levantaron un monumento junto al huerto de sus guisantes, tuve el honor de contarme entre los asistentes y ¿sabe una cosa? Yo tenía entonces cincuenta y cinco años y era como él a esa edad: un profesor respetado en Brno y perfectamente desconocido fuera de Moravia. Él hubo de esperar a los homenajes post mortem. Cuando menos, yo he alcanzado la fama en vida, aunque seguro que menos merecida que la suya.



                   Pues bien, vamos ya con la enseñanza que a usted, querido Vladislav, le imparte el padre Gregorio por mi boca. Cuando yo fui alumno suyo en el liceo, había ya concluido los experimentos que luego lo hicieron famoso y publicado sus resultados, entonces tan poco conocidos y aceptados. Como profesor suplente que era, el titular le confiaba impartir ciertas lecciones de sus asignaturas, que él desarrollaba ágil y comprensiblemente, de manera que siempre le sobraban un par de clases, que dedicaba a presentarnos sus experiencias con los guisantes. Con precisión matemática, iba desgranando las fases de su estudio empírico; las conclusiones a que había ido llegando; las razones numéricas simples establecidas entre las diversas clases de semillas obtenidas; finalmente, las leyes que parecían inferirse de todo el trabajo. Ya se sabe, el principio de uniformidad de la primera generación, el de segregación en la segunda, el de la combinación independiente de los caracteres. Todavía me acuerdo como si fuera la primera vez que lo vi, tan gracioso, con su delantal blanco sobre el hábito negro, resaltando su abultado vientre de hidrópico, y un sombrero de paja para resguardarse del sol, con esa naturalidad que sólo se adquiere por lo vivido en la familia.



                   Perdone, volvamos al aula. Expuestas las tres leyes que le digo, el padre Gregorio fingía un gesto prolongado de compunción. Luego pasaba a resumirnos en un vuelo sus frustrantes experiencias con las abejas y, más o menos, concluía su exposición del siguiente modo:



                   De donde se deduce un principio que ningún científico querría tener que admitir, pero que a mí, como sacerdote, no me resulta difícil de aceptar: Mis leyes sobre la herencia de los caracteres no son aplicables al sexo, ni a las variaciones ligadas al sexo. En resumen, queridos alumnos, que el sexo me ha resultado demasiado complejo para explicarlo de acuerdo a proporciones matemáticas.





              ***



                   Janácek quedó callado durante unos momentos, mirándome fijamente, como si esperase por mi parte alguna reacción o comentario.  Al ver que era en vano su silencio, pareció algo decepcionado y concluyó con sorprendente brevedad:



              -          En fin, joven, ésta ha sido para mí la mayor y más certera enseñanza del padre Gregorio. Nunca he sido capaz de entender ni ordenar mi vida con las mujeres, pero lo he considerado algo completamente natural. No me he sujetado a modelos sociales de comportamiento, ni me ha preocupado el qué dirán. Si en gustos musicales nada hay escrito, menos aún en temas, digamos, de sexo. Es algo científico, es… es… la cuarta ley de Mendel.



                   En un momento, me percaté de que habíamos ido hasta allí, no para que Janácek, o Mendel, me contase una historia o me comunicase una enseñanza sino, en el fondo, para que el buen anciano quedase ante mí científicamente impoluto, libre por naturaleza de críticas o habladurías. En suma, yo le importaba, en la medida en que pudiera juzgarle un viejo verde, o alguna cosa peor. Sentí ternura por él. Me incorporé más ágilmente que de costumbre y ayudé al compositor a alzarse del suelo, mientras le sugería:



              -          Y ahora, querido Leós, vamos a buscar la fuente que me ha prometido.



              ***



                   Por mutuo acuerdo, Marie y yo evitamos volver a coincidir en el balneario en años ulteriores. Quiere decirse que no volví a encontrarme con Janácek y, sólo ocasionalmente, con su amada Kamila, cuya casa abandonó dos años después Marenka, para casarnos y fijar nuestra residencia en Kolín, donde me habían ofrecido una plaza de profesor ayudante en el Gimnasio de la ciudad. Desde ella escribo, precisamente, este relato, que iba a intentar publicar por considerarlo no irrelevante para la Historia, dada la calidad de sus personajes. Pero, después de leérselo a mi esposa y recibir su opinión, tengo un motivo aún más poderoso. Ella me ha dicho:



              -          Querido, ¿estás seguro de que ese Mendel tenía razón en cuanto al sexo? A mí siempre me ha parecido algo sencillo, siempre que aceptes sus propias reglas.



                   ¡Pues no es nadie mi Marie! Sin saber una palabra de genética, había superado a Mendel y estaba aproximándose a Morgan[6].



                      







              [1]  Con todo respeto para el público y la ortografía checos, manifiesto desde ahora mi propósito de usar en  el cuento la grafía y signos hispánicos más habituales para trasladar los nombres checos a nuestra lengua.
              [2]  Alusión a la obra de Jaroslav Hásek, resumidamente titulada en español El buen soldado Svejk, publicada en los años 1921 y 1922. Habiendo quedado incompleta por muerte de su autor, el protagonista no tuvo ocasión en el relato de llegar al frente y luchar en la Gran Guerra. ¡Afortunado él!
              [3]  Der jidiische Stamm, de Adolph Jellinek, es una destacada y relevante obra de pensamiento acerca del mundo y la forma de ser judíos, cuya primera edición data de 1869.
              [4]  Ignorancia, por demás, obvia. La Sonata a Kreutzer beethoveniana es una composición para violín y piano.
              [5]  Apelativo dado a Janácek por obvios motivos físicos y por no tan evidentes atributos de su carácter.
              [6] Thomas Hunt Morgan (1866-1945), pionero y gran figura en el estudio de la herencia ligada al sexo.

              viernes, 2 de diciembre de 2011

              CUATRO PIEZAS MUSICALES

              Cuatro piezas musicales

              Por Federico Bello Landrove



                   Una mujer y un hombre cualesquiera, sucesivamente unidos y separados por la vida y el amor, repasan su existencia con el fondo de cuatro obras musicales señeras. Y es que la música es una de las mayores y más hondas experiencias vitales, así como el camino más seguro para llegar al fondo de los sentimientos y expresarlos.





              1.      Invitación al baile

                   El paraninfo del Instituto registra una modesta entrada para el experimento. Me refiero al denodado intento de que unos adolescentes imaginen y escriban lo que les sugiera una audición musical, en concreto, la Sinfonía Fantástica de Berlioz. Ya gira el disco de vinilo en el sobrio pick-up estereofónico, cuyos dos altavoces cableados parecen abrazar el micrófono instalado entre ellos. Los alumnos del Conservatorio –que dirigen el conato, en unión de un par de beneméritos profesores del liceo- parecen ignorar que la vocación literaria de muchos no despertará ni aunque le toquen diana a los potentes e inspirados acordes del compositor francés.    

                   Al menos, eso parece pensar el muchacho sentado en la quinta fila de la izquierda, que ha acudido a la llamada porque le gusta la buena música y es lo que se dice un alumno participativo. No le llama Dios a la vocación poética –el joven, de dieciséis años, ni se imagina escribiendo novelas y cuentos-; de modo que, con cierta timidez y a falta de alguien en torno con quien conversar, posa los ojos en tres muchachas, que reconoce como de cursos inferiores al suyo, muy armadas de bloc y bolígrafo, quienes toman notas al compás de las ensoñaciones opiáceas del artista. La que está en medio de las tres le resulta de grata contemplación. De forma más o menos elevada, se ve sucesivamente bailando con ella el vals en un salón palaciego y compartiendo merienda de tortilla y bocadillo de chorizo a la orilla del río. Más complicado le resulta matarla para protagonizar el camino del cadalso y no digamos, convertirla en una bruja y gozar con ella de las delicias de un aquelarre; entre otras cosas, porque su personita le está pareciendo cada vez más atrayente y ya ha tenido que desviar la mirada un par de veces, al cruzarse con la de sus amigas, menos absortas que ella en la música.  

                   La audición sinfónica concluye y nadie responde a la invitación de sus organizadores para leer o recitar lo que aquella haya engendrado en su numen. De hecho, tardan más en hacer por dos veces esa sugestión, que la treintena de asistentes en desalojar la sala. Ya afuera, por los amplios pasillos en penumbra, los individuos se agrupan y conversan, valorando el acto de la manera radical y desenfadada que suelen los jóvenes. El chico se deja llevar del deseo y retiene su marcha hasta quedar por detrás de las muchachas, a corta mas prudencial distancia. Ellas todavía comentan sobre la música que acaban de escuchar:

              -          A mí lo que más me ha gustado ha sido el vals, dice una.

              -          Yo prefiero el de la Bella Durmiente, asevera la de en medio.

              -          La Invitación al Vals es mi preferido, osa interferir el chico, avanzando hasta ponerse casi a su par.

                  Ha sido un atrevimiento, lo sabe. Hace un ademán de saludo, sonríe y alarga el paso. Ha de detenerse, pues le llega la pregunta de los labios que ha estado contemplando todo el concierto:

              -          ¿Qué le encuentras para que te guste tanto?

                  No le ha pillado en falso de milagro. Responde:

              -          La historia que va contando mientras ellos bailan. Yo la tengo en piano, por Yvonne Lefébure.

                  El nombre de la intérprete, pronunciado en el correcto francés de otros tiempos docentes, es bastante para tranquilizar a la niña y desinteresar a sus compañeras, que los dejan ir delante, no sin cuchichear.

                  Los pasillos y escaleras concluyen antes que su silencio. ¡Tímidos! El atardecer, oscuro y ventoso, se abre a un escenario de verja de hierro con gran palacio al fondo. Ambos se paran sin saber qué decirse. Las amigas pasan adelante y esperan, respetuosas, al pie de la escalinata de entrada.

              -          ¿Has escrito algo inspirada por la música?

              -          Poca cosa, unas notas que procuraré pasar a limpio en casa esta noche. ¿Y tú?

              -          Nada. Me pasé toda la sinfonía mirándote.

                   Le había salido sin pensar. Estaba a punto de morir de vergüenza. Ella, rojo sobre fondo negro, respondió, deliberadamente quedo:

              -          Los estudiantes de la academia de ballet Giselle nos juntamos todos los sábados para bailar a lo moderno. Podrías venir…



                2.  Música para una fiesta acuática

                       A las consabidas  protestas por la frialdad del agua, responden los fisios con el humor negro acostumbrado:

                  -          Pues, si tanto frío tenéis, salid corriendo.

                       No es una piscina como todas; eso se ve a la legua. Sus usuarios no se sueltan de la barra, o se dejan sostener y llevar por sólidos enfermeros. Salvo algunos afortunados, ni pensar en nadar: con chapotear y sostenerse hay de sobra. Las sillas de ruedas han quedado en la orilla; las muletas, adosadas a las paredes azulejadas en blanco, o apoyadas en las sillas de plástico verdoso, que menudean por el recinto.

                       No sabe si sentirse víctima o una mujer afortunada. Ha sufrido de esa ambivalencia desde el primer día que aceptó el ofrecimiento de completar la terapia con ejercicios en el agua. Al salir a la pileta, con su traje de baño a rayas albicelestes y el bastón de puño nacarado, tiene la misma sensación que antaño al levantarse el telón o hacer su entrada en escena: opresión del pecho y una tenue nube en los ojos. Luego, deja bastón y toalla siempre en la misma silla, se sienta al borde de la alberca y deja que el agua engulla su cuerpo, menudo y fibroso, hasta tocar el fondo con los pies.

                       Mientras Lucía trabaja con brazos de acero todos los músculos de su cuerpo, se deja estar, con esa relajación profunda que dan muchos años de experiencia; solo que hoy no es capaz de poner la mente en blanco. Es su último día de piscina y no puede abstraerse de la verborrea de la enfermera, que tan pronto canta las excelencias de un cosmético, como la poca afición de sus hijos por el estudio. Yo no los he tenido –piensa- y mira ahora para qué. Una de las ventajas de estar en el agua es la de no saber si la que te corre por la cara brota de tus ojos o, cuando menos, que lo ignoren los demás. La perorata sigue: Has mejorado mucho… Ahora, a seguir trabajando por tu cuenta… En cuanto puedas, fuera ese bastón. ¿Será cierto que tanto dolor y tanta renuncia servirán para algo?

                       Sí, es una privilegiada. Como fin de fiesta, unos largos a braza, como en las tardes del Instituto, cuando levantaron aquél pabellón con piscina de veinticinco metros. Era la chica de mejor estilo, aunque siempre había preferido Esther Williams a Dawn Fraser, como lamentaba su profesor de natación. ¡Qué lejos iban quedando aquellos tiempos y aquella inhóspita ciudad mesetaria, vista ahora desde la capital del Principado! Pues va a tener razón Lucía, apenas me duele al flexionar la rodilla.

                        Termina, como siempre, con los cien metros libres, a su máxima velocidad. ¿Qué haces, loca? Ahora hay que relajar los músculos. Lucía le dice lo mismo que el entrenador de antaño, pero ella es terca y no cede: Ya relajaré en el vestuario. Y, mientras bate el agua con los brazos y la golpea frenéticamente con su pie bueno, siente que se le viene encima aquel coche azul marino, que el fantoche de su marido (más estúpido que nunca, después de una fiesta) da un volantazo hacia la izquierda, que su costado derecho queda franco para la embestida. El recuerdo la ahoga y se libera volando sobre el líquido, ignorando el peso muerto de la pierna. Y así, hasta el ritual final, hoy, más que nunca, definitivo.

                       De un pomposo radio-casete niquelado, brotan los acordes broncíneos de la obtertura de la Música Acuática. Es el regalo para ella de Severo, el musculoso dueño y señor de la piscina probática del Hospital General, desde que se enteró que ella era…, bueno, que había sido bailarina de ballet y le encantaban las fanfarrias de entrada en escena. Pero basta, que ya las cuerdas cantan el adagio. La mujer hace mutis con una cadencia solemne, como corresponde a Haendel. Cuando llega al vestuario, aún con la música en sus oídos, se percata de que ha olvidado el bastón. Se viste; duda si volver para recuperarlo. Afuera, la primavera la llama desde el verde tierno de las ramas de los árboles, en que anidan hogaño pájaros, aunque obviamente no son los de antaño.



                    3.  La muerte del cisne

                           Siempre le ha desagradado dejar casa y familia para asistir a cursillos o congresos, que celebran en los lugares más rebuscados, con el pretexto de que son turísticos. Los hijos, ya mayores, no son el obstáculo, pero su esposa trabaja y no puede acompañarlo. Sí, desde luego, el hotel es soberbio; su empresa se ha excedido. La habitación es lo de menos: todas son iguales, impersonales y solitarias. Pero esos patios conventuales cubiertos, convertidos en vestíbulos y salones para el descanso o el coloquio; el gran claustro, pavimentado de pizarra, con sus zapatas de roble, rústicas y bruñidas por la lluvia; la armoniosa capilla, de sala de reuniones; los pasillos, llenos de objetos artísticos, sin agobio ni ostentación…

                           Es lo habitual en él, recoger la documentación en recepción e ir a repasarla junto al piano, usualmente tan inútil, del salón principal de cada hotel. Hay gente, pero apenas se aprecia en espacio tan amplio, casi sepultada en los sofás de respaldo capitoné. Pide una tónica y comienza la lectura, solo por un momento. El hilo musical transmite las notas, conmovedoras y pasionales, de La Muerte del Cisne. Eso no es música ambiental, es un suspiro del pasado, piensa, levantando con lánguido enfado la vista de los folios. Y entonces la ve.

                           O cree verla. Tantos años desfiguran. Y sus ojos, cansados y con incipientes cataratas. Pero, sí…, o no. Tal vez haya sido la sinestesia con la música de Tchaikovsky. Haré como si… y me acercaré…esperaré un poco…creo que también ella me está mirando…

                      -          ¿Academia Giselle?

                      -          ¿Promoción del sesenta y cuatro?

                           Tras los saludos, él hace intención de regresar a su mesa, para recoger los documentos. Ella se disculpa, con ironía de apócrifo Groucho Marx:

                      -          Perdone, señor, que no me levante.     

                      -          Lo sé, recalca él, queriendo abarcarlo todo con esas dos palabras.

                      -          ¿Todo?, replica ella cuando el caballero del pelo blanco, cargado de hombros, ha dado unos pasos.

                           Él regresa, reanudando la conversación en el mismo punto.

                      -          Te he seguido la pista cuanto he podido. Supe de tu accidente, como antes, de tus éxitos y de tu matrimonio.

                      -          Pon el matrimonio junto al accidente, no entre los éxitos. En cambio yo, de ti, no sé nada. Así que ya puedes ir empezando.

                      -          Está bien –sonríe-. Ya que la música nos ha dado pie, me remontaré a la muerte del cisne.

                      -          Eso ya lo conozco. Entonces estábamos juntos, ¿recuerdas? Aunque no por mucho tiempo.

                           Hablan de recuerdos, de fechas y datos, de sentimientos. A ella se le hace insoportable el dolor de la pierna. Se levantan y caminan del brazo. Como en otro tiempo, abandona el bastón, ahora, a sabiendas. Duele, pero no se ahoga; sufre, pero no en el corazón; ya no. Será solo un instante y luego volverá a hundirse, mas ahora toma fuerzas, respira hondo, se deja llevar.

                      -          Hace una semana que mi marido se fue de casa.

                      -          Lo siento. No sabía…

                      -          ¡Qué más da! Si acaso, sentir físicamente la soledad, la casa vacía…

                      -          De soledad, nada, prenda. ¿Para qué estamos los amigos?

                      -          Para que quienes lo seamos de verdad no los carguemos con nuestros propios problemas.

                      -          Siempre fuiste muy sufrida. A lo que se ve, con el tiempo te has vuelto dura.

                      -          No has cambiado: eres todo candidez y psicoanálisis.

                           Él titubea y ella le aprieta el brazo con firmeza. No sabe si busca recibir su fuerza  o transmitírsela. Regresan al sofá de partida, pero ella recoge el bastón y se encamina al piano. No es una profesional mas algo ha tenido que aprender para acompañar la danza de sus alumnos. Tampoco el piano está muy afinado, que digamos, pero es lo suficiente para emocionarlo.

                      -          Caballero, solo para usted, la Invitación al vals, por Giselle Boiteuse.

                           Cenan juntos. Luego, ella se pierde en la neblina, hacia el Campo de San Francisco. Él se sorprende a sí mismo pensando qué hubiera pasado si… Pero a qué reescribir la historia. El presente es lo que importa. Aunque él no lo sepa, ella ha encontrado ánimos para dejar la habitación del hotel y regresar a su casa vacía. Por si acaso, ha dejado el equipaje en recepción. No se ha llevado nada, ni siquiera el somnífero. En la intimidad del parque, se atreve a hacer planes, en voz alta, para romper el silencio:

                      -          Tendré que levantarme temprano. He de avisar a todos los alumnos de que reanudo las clases y, si me llama él –que me llamará-, enseñarle la ciudad. ¡Señor, que agobio de vida!



                        4.  El finale de Giselle

                               La residencia de ancianos yace en las afueras de la ciudad, junto a una carretera que lleva a ninguna parte. Macizo edificio rectangular de tres plantas, que van acercando al cielo según se asciende en ellas. Él, ya viudo y deseando no molestar, se recluyó allí hace cinco años y todavía no ha pasado del primer piso en esa ascensión en vida. De hecho, aún baja para hacer las comidas y pasear con el andador por el cemento salpicado de árboles, llamado pomposamente zona verde o, simplemente, jardín.

                               Lee, aunque apenas recuerde lo qué. Come y duerme, por cuanto está vivo. Saluda con cordialidad a las extranjeras que lo cuidan y le llaman cariño. Huye, por lo general, del salón de televisión, que constituye el núcleo de ese ámbito, decrépito y autista, al que de vez en cuando se asoma el mundo exterior, en forma de parientes y artistas aficionados. El deporte más practicado, no siendo la brisca, es contar los días que faltan para la Navidad, o el santo patrón del hogar, o para el próximo cumpleaños. La mayor emoción, la muerte del vecino de mesa, o el cambio de gobernanta de la institución.

                               Él ha mantenido el ánimo y la fe. Ciertamente, a ello ayuda la habitación individual y el teléfono móvil, por no hablar del ordenador portátil que se trajo al deshacer la casa. Pero bien sabe que su sostén en todo este tiempo ha sido ella. Sus llamadas, sus cartas, sus mensajes. No voy a verte, ni quiero que tú vengas. Ya no estamos para esos trotes. Es, por así decir, una amiga virtual, como él lo fue en otro tiempo. No ha hecho falta más. Después de todo, ¿quién ha visto a un ángel o puede afirmar su existencia?

                               Hojea sus misivas y sus e-mails. Breves, asiduos, tajantes. Consejos, chismes, recuerdos. Sobre achaques, poco, casi nada: estoy como siempre; nada de particular; revisión rutinaria. Él bromea: algo tendrás, no vas a ser eterna. Pero, en el fondo, quiere creerlo así, porque lo desea.

                               De casualidad ha llegado a un mensaje del verano de 2008. O sea, hace…, hace…; sí el verano en que se casó mi nieto Fernando. Está inusualmente impreso, con la ayuda del pen drive y de Liliana, su cuidadora de noche. Nunca creí poder volver a bailar Giselle, pero me ha tocado hacerlo, coja y todo, contigo como duque Albrecht. Te he ayudado en el camino de la noche y dado fuerzas hasta el amanecer. ¿De dónde las tomé? Sí, amigo mío, tienes razón, de ti. Luego es justo que te devuelva el favor o, por así decir, el cariño. Pero no confíes en exceso: ya sabes en qué acaba la obra.

                               La obra ha concluido. Ha bajado el telón. Giselle desciende lentamente al sepulcro y Albrecht queda, arrodillado y hundido, en el centro del proscenio. Un antiguo alumno de ella le ha traído algunas cosas, por su encargo póstumo. Hay un DVD de su ballet, con Alessandra Ferri en el papel estelar. Y más cosas. Ni una nota de despedida. No hace falta. Él ya sabe lo que quiere, lo que ambos han anhelado tanto tiempo. Sabe dónde encontrarla. Pero todavía no corre prisa.

                               Y, penosamente, viste su traje marengo, con la corbata de aquellos días en la capital del Principado –última vez que la viera en persona-, se sienta al ordenador y escribe un título, sin duda, provisional y emprestado:

                          Memorias de un ochentón

                               Luego, inicia su vida por donde primero le viene a la mente: El paraninfo del Instituto registra una modesta entrada para el experimento…

                               Se siente desfallecer pero Giselle sigue estando allí para sostenerlo.


                          EL ARMARIO



                          El armario

                          Por Federico Bello Landrove

                               ¿Sobre qué y para qué se escribe? Supongo que cada cual tendrá sus respuestas, pero yo me encuentro cercado de vivencias y recuerdos, por más que deje volar la imaginación. Será cosa de la edad.



                               He cumplido dos años escribiendo cuentos, para mí y algunos pocos amigos, no diré que escogidos, para evitar malas interpretaciones. Cuando pienso en ellos, o los releo con vistas a necesarios retoques, percibo que los más personales tienen mucho más de recuerdo que de imaginación, de confesión que de fantasía. Es como si escribir no fuese otra cosa que rememorar. La creación queda reducida a elegir las situaciones, como si quisiera afianzarse, atar cabos sueltos y hasta exorcizar los demonios del error y el sufrimiento.

                               Comentaba yo todas estas cosas con mi corresponsal Matthieu R., con la sorpresa del escritor bisoño, que tiende a creer nuevas las experiencias de su recién aprendido oficio. El amable renés contestó a mi mensaje con una extensa carta, que tengo por una de las más interesantes que he recibido en los últimos meses. He aquí su texto, una vez traducido al español.

                          ***

                               Amigo Federico:

                               Tengo la costumbre de dedicar una tarde al mes para recorrer las librerías de viejo de la ciudad en que vivo, abundante en ellas, dado su carácter netamente universitario. Algunos de sus regentes ya me conocen y buscan para mí ejemplares interesantes, sin pasarse de precio. Uno de esos profesionales, entre el negocio y la cultura, buen conocedor de su oficio, con tienda abierta en la rue de Penhoët, me esperaba un día de marzo con un libro in octavo, impreso en 1749 en París por Babuty, titulado Cuentos e historias de autores diversos, recopilados por Monsieur de Frontenac, de la Academia de Bellas Letras de Dijon. El libro estaba bastante bien conservado, por más que la encuadernación presentara agujeros y galerías de insectos y algunos de los cuadernillos estuviesen manchados de humedad o levemente comidos por quemaduras. Regateé como de costumbre, aunque inclinado desde un principio a rematar la operación, pues ya sabe usted que los cuentos son una de mis debilidades.

                               Gran parte de los relatos venían atribuidos a autores que el tiempo ha olvidado; otros eran fruto del genio de escritores para los que la posteridad ha guardado un modesto recuerdo; pero el cuarto de los cuentos despertó mi atención y mis sospechas. Supuestamente, era obra del afamado Charles Perrault y llevaba por título El armario de madera de cerezo. No figuraba en ninguna de las compilaciones de cuentos del famoso parisino, ni parecía responder a su estilo. Inicié una indagación, empezando por el librero que me había vendido la obra y siguiendo por conocidos, a quienes juzgo expertos. Hasta ahora, no he obtenido ningún resultado, lo que me induce a considerar improbable la atribución. Si le hablo del tema es porque sus reflexiones acerca de su propia obra me han recordado inmediatamente el cuento del armario. No hace falta bucear mucho en la literatura para dar con el tópico de escribir es recordar, o bien, se cuenta lo que se ha vivido; pero siempre tiene gracia hallar a un colega de menester que lo expone de forma metafórica o, por mejor decir, mediante una alegoría. Así pues, le transcribo El armario de madera de cerezo, en la seguridad de que ha de resultarle jugoso, como precedente bastante exacto de la introspección o psicoanálisis que se ha hecho usted, a propósito de sus relatos.

                          ***

                               Hace muchos años, en una remota ciudad de provincias, falleció un boticario, dejando la herencia a sus tres hijos. El primero recibió en testamento la farmacia, con cuanto ella contenía. El segundo, la casa familiar, con su ajuar y menaje. Al tercero cupo en suerte un viejo armario de cerezo, arrumbado en el desván desde los tiempos de sus tatarabuelos.

                               Sabiendo el hijo menor el cariño que su padre le profesaba, no dudó de que la razón de tan insólito reparto sería alguna cualidad mágica del mueble que le había correspondido. Ante todo, lo llevó a su modesta casa y pasó todo el día rebuscando en su interior, con la esperanza de hallar algún tesoro oculto. Sus anhelos no se vieron correspondidos, ni fue tampoco capaz de descubrir otros poderes que el armario pudiese tener. Airado, maldijo la ocurrencia de su padre y estuvo a punto de convertir su  partija en un montón de astillas, pero su esposa lo contuvo:

                          -          Déjalo, que para deshacerlo y calentarnos con él siempre habrá tiempo. Su madera es buena y su tamaño, bastante capaz. Lo usaremos para guardar trastos.

                               Y así fue. Al armario iban a parar cuantas prendas y trebejos desechaban, y eran no pocos, ya que la familia era numerosa y pobre, por lo que no tiraban casi nada, en previsión de necesitarlo más tarde. Todo era meter y guardar, sin orden ni medida, tanto el matrimonio, como sus pequeños hijos. El armario abría las fauces y se las arreglaba para acomodar en estantes y cajones cuanto a él arrojaban.

                               Ningún problema, pues, para recibir. Mas el día en que, por vez primera, la mujer de su dueño quiso sacar del mueble una cazuela guardada en él años atrás, le resultó imposible: tal era la barahúnda de objetos de la más variada procedencia, metidos allí sin orden alguno. Intentó la señora sacar afuera todo el contenido, a fin de hallar lo que buscaba y colocar luego con cuidado el resto, pero le fue imposible: los cachivaches parecían formar cuerpo entre sí y con el mueble, de manera que no había fuerza humana que los desplazase; y si alguno, por levedad o por ventura, caía fuera de su recinto, al punto se levantaba del suelo y retornaba a su lugar primero. La mujer, muy intrigada, refirió a su marido, al regresar este a casa, cuanto le había sucedido en su ausencia. El esposo hizo la prueba y no encontró más dificultad para recuperar la cazuela, que la inherente al desorden en que el contenido del armario se hallaba. La mujer concluyó:

                          -          Está visto que te reconoce como dueño. En adelante, te llamaré cuantas veces precise sacar algo de él.

                          ***

                               Pasaron los años, marcharon los hijos y el matrimonio, ya viejo, se encontró en la indigencia. Cada vez era menos lo que en el armario guardaban y más lo que sacaban de él para remediar, mal que bien, sus necesidades. A fin de encontrar más fácilmente lo que buscaba, el dueño vació el armario, tiró todo aquello cuyo origen y finalidad había olvidado y colocó el resto cuidadosamente en las baldas y gavetas, después de limpiarlo e inventariarlo con esmero. Su esposa asintió:

                          -          Has hecho bien. Si hubieses obrado así desde un principio, habríamos obtenido una mayor utilidad.

                          -          Antes no tenía mucho sentido elegir y esmerarse tanto. Ahora, que bien sabemos lo que hemos menester y carecemos de casi todo, es el momento de seleccionar y ordenar los restos de nuestro pasado.

                               Al cabo de unos días, cuando fueron a buscar una vieja escoba, el interior del armario parecía un ascua de luz. Todo el, ahora, breve contenido había trocado su prístina materia en gemas y metales preciosos. La esposa lamentó entonces que su marido hubiese eliminado poco antes la mayor parte del contenido del mueble y, codiciosa, trató de guardar en él lo poco que halló por la casa. Su sorpresa fue grande, al comprobar que los objetos desaparecían, tan pronto los colocaba en el armario. No tuvieron, pues, más remedio que conformarse con lo ya almacenado, suficiente para subvenir holgadamente a sus necesidades mientras viviesen.

                          ***

                               Así pues, amigo Federico –concluía la carta de Matthieu R.-, el apócrifo Perrault ya había convertido en apólogo sus reflexiones de usted. Basta con sustituir armoire por memoire y encontrará la clave. Solo espero que sea usted más generoso con sus cuentos que el hijo menor del boticario con sus cacharros y nos permita paladearlos sin egoísmo alguno por su parte.

                               Ni que decir tiene que le contesté a vuelta de correo: No sé de qué van a servir mis recuerdos a otros pero, en cualquier caso, sírvase usted mismo.