viernes, 25 de noviembre de 2011

EL OFICIO DE ESCRIBIR


El oficio de escribir



Por Federico Bello Landrove

                                                                                        

     No es la primera vez que construyo un relato sobre la creación literaria y sus circunstancias. En este caso, me ayuda en el empeño algún episodio de la vida de Ernesto Sabato (1911-2011). Alguien podrá encontrar otros parecidos más cercanos a mí en los dos protagonistas del relato. Si lo toman a bien, lo agradezco. Y, si lo juzgan atrevido o pretencioso, les digo lo del famoso lema de un blasón inolvidable: Honi soit qui mal y pense.







    1.  El encuentro





           En Villafranca nos conocemos todos; por lo menos, a los que salen en los periódicos locales, tan pobres en noticias de enjundia, como abundosos en fotografías de notoriedades de todo tipo. Con tal motivo, por poco curioso o detallista que yo fuese, no había dejado de coincidir en la calle y de fijarme en aquella profesora universitaria que, al hilo de la manía presente, había publicado dos novelas históricas que se habían vendido bien. Luego, me fui enterando de que tenía obra literaria anterior bastante abundante y variada, mucho más interesante que la vida novelada de Torres Villarroel o las correrías de Aníbal por nuestras tierras. Tan fértil y de calidad como para que, unida a sus estudios didácticos, algunos académicos hubieran presentado su candidatura al sillón no sé qué minúscula de la Española. No faltó quien dijera que tenía buenas posibilidades por ser mujer y con una inmaculada biografía de izquierdas. Siempre hay envidiosos; en este caso, de notable miopía, pues su candidatura no obtuvo más que ocho votos. Y, dos días después de la susodicha votación, me la encontré en la cafetería donde, camino de mi trabajo, suelo desayunar.



           La conocerán ustedes, si han estado en Villafranca. Es una de esquina, con grandes miradores de cristal esmerilado, amplio interior con grata abundancia de madera clara y un buen servicio; todo ello, presidido –como en algún otro relato he dejado dicho- por un rótulo con el sonoro seudónimo Fígaro y el conocido retrato de Larra. Era la hora temprana en que el local nos acoge con el aroma del café y el entrañable olor del pan recién hecho, que disfrutamos media docena de clientes habituales, antes de que lo invadan las mamás que dejan a sus niños en los colegios de la acera de enfrente, a eso de las nueve.



           Había tan poquísima gente, que me sentí obligado a saludarla al pasar junto a su mesa, camino de la mía de siempre, cerca de la barra y de los periódicos de uso público. La ilustre escritora fijó en mí la mirada, como esperando hallar a alguien conocido. Aunque no fuese así, sonrió abiertamente y respondió a mis buenos días con un buenos nos los dé Dios, que no supe valorar, si como un arcaísmo, o una expresión de sorna o doble sentido.



           Nunca había tenido ocasión de contemplarla tan a mis anchas, en escorzo oportuno para ver casi todo sin ser, a mi vez, visto. Cabello en melena corta, escrupulosamente peinado; ojos grandes y vivos, de un negro intenso; nariz levemente aquilina; boca grande, con leve toque de rojo; perfil lleno, sin opulencia; blusa camisera beis y falda color chocolate, que conjuntaba con chaqueta de paño colgada del respaldo de la silla; collar de cuentas ambarinas y minigafas de lectora impenitente; edad lo suficientemente avanzada para adquirir carácter, sin perder por ello atractivo ni lozanía...; por lo menos, a la distancia que yo la contemplaba.



           Tal vez fuese el haberla escrutado de forma tan subrepticia o, tal vez, mi innato entremetimiento –ya censurado por mi  abuela-. El caso es que aceleré la ingestión de la tostada y logré levantarme cuando ella todavía estaba entregada a la lectura de unos folios. Dejé el importe sobre la mesa, sin esperar por las vueltas, e hice ademán de salir, con la secreta intención de detenerme, o no, en función de su gesto ante mi adiós. Comoquiera que aquel fuese amplio y expresivo, retrocedí un paso y le solté la frase preparada:



      -          Perdone, doctora, pero no quiero marchar sin manifestarle mi admiración por su obra, en estos momentos no fáciles para usted.

      -          ¿No fáciles? ¿Por qué?

      -          Porque no es plato de gusto que le pongan a uno en el candelero para que, en opinión del vulgo, acabe fracasando estrepitosamente.

      -          ¡Ah!, ya entiendo... Bueno, a decir verdad, le había comprendido desde un principio, pero le aseguro que este tema lo asumo como todo en la vida: aprender y pasar página.

      -          Bien, era cuanto quería decirle. No quiero molestarla.

      -          En absoluto. Le agradezco la interrupción, pues no es fácil leer de seguido una docena de comentarios de texto. ¿Ya se va usted o puedo invitarle a un segundo café?

      -          Quizá sea demasiado para mantener los nervios templados. En nuestra profesión...

      -          ¿También es usted profesor?

      -          ¡Qué va! Soy inspector de Policía.

      -          Bueno, algo tenemos en común. Hay ya algunos Institutos en que serían ustedes muy necesarios para mis colegas.



           Se echó a reír, al tiempo que me hacía ademán de tomar asiento. Obedecí y, seguramente por deformación profesional, me la quedé mirando con cierta fijeza. Ella lo captó:



      -          ¿Observa algo fuera de su lugar?, preguntó con sorna.

      -          Que es usted más guapa de lo que la sacan en los periódicos.

      -          Hombre, muchas gracias. A cierta edad, los piropos se convierten en un euforizante.



           Estuvimos charlando durante media hora de los temas más diversos. Era una excelente conversadora, detallada sin prolijidad, y con tanta capacidad para escuchar como para erigirse en protagonista. El tiempo se deslizó veloz y ambos comprendimos que se nos estaba haciendo tarde. Consintió en que fuese yo quien pusiera en manos del camarero el monto de lo consumido por ambos, pero estableció una deliciosa condición:



      -          Acepto por esta vez lo de yo invito y tú pagas, como si fuese un piropo más, pero la próxima será toda mía.

      -          ¿También como requiebro?, pregunté atrevido.

      -          Digamos que como tributo a un policía realmente simpático.



           Nos despedimos a la puerta, con un firme apretón de manos. La vi alejarse, calle abajo, con la sensación de que la próxima tardaría en llegar. En seguida, cogí el móvil y llamé al comisario:



      -          Son las nueve y diez. ¿Dónde demonios te metes?

      -          Perdona, Vicente, pero me he encontrado casualmente con una amiga, profesora de la Universidad, y me ha estado contando sobre un robo.

      -          ¿Un robo? ¿En la Facultad o en su casa?

      -          En la Real Academia Española. Le robaron la medalla.



      ***



           Me equivoqué de medio a medio. El mismo día de la siguiente semana, Elvira entró por la cafetería, en ocasión de estar yo desayunando y leyendo el periódico. Por ello, me sobresaltó oír su voz:



      -          Caballero, lo prometido es deuda.



           Menos mal que, aunque un tanto pesimista, soy muy previsor. A la trágala, había leído en aquella semana el último libro de la escritora y repasado en Internet, hasta casi memorizar, la biografía y notas sobre su obra. Así que me encontraba en condiciones, no solo de aceptar la invitación, sino de mantener una conversación más personal que la vez pasada.



           No debería habérselo dicho, dado que en España hay cosa de un millón de personas, que se creen literatos por hilvanar algunos cuentos. Con todo, si no satisfacemos nuestro ego, ¿qué ventaja obtendremos de ciertos pasatiempos? Elvira me miró con cara de falsa sorpresa y repuso:



      -          ¿Que escribes? (a estas alturas, habíamos decidido tutearnos). Es increíble que no haya leído nada tuyo. No lo harás bajo seudónimo…

      -          Quita allá. Me han publicado tres relatos en la revista de la Policía. El resto he decidido colgarlos en un blog, a la espera de que los lectores resuelvan colgar a su autor.

      -          Es una idea estupenda, solo que de ese modo no te va a ser fácil vivir del cuento.

      -          Me da igual, ya tengo un sueldo fijo y suficiente. Así, gratis et amore, me resulta menos violento ocupar el tiempo ocioso de las guardias escribiendo, o documentándome para los relatos.

      -          ¿Son todos policiacos? Me encantan, siempre que tengan algo de psicológico y estén bien escritos, aunque pegados al lenguaje de la calle.

      -          Hay de todo. Si te atreves, te daré el título de mi famoso cuaderno de bitácora.



           Garrapateé en una hojilla de libreta el nombre de la página web y la deposité frente a ella. La leyó antes de cogerla y, al tiempo, me hizo una pregunta incisiva:



      -          La profesionalidad no cuenta: yo misma dedico más tiempo a la enseñanza y estaría aviada como tuviese que comer de los derechos de autor; pero ¿serías capaz de irte un día a la cama sin escribir o pensar una sola línea y no tener por ello mala conciencia?

      -          Apenas hace tres años que empecé, pero cada vez me absorbe más. Y tienes razón, siento necesidad de penitencia cada día que no hago gimnasia o dejo de ocuparme en alguna historia.

      -          Pues entonces, amigo Fabio, vete comprando algún protector gástrico, porque los críticos, el público o tú mismo acabarán haciéndote una úlcera. Es entonces cuando sentirás en tus carnes que te has convertido, quieras que no, en escritor [1].



           Concluimos el desayuno, justo a tiempo de eludir la invasión de las mamás. Esta vez, Elvira fijó el plazo:



      -          Dame algo de tiempo para que explore tu blog. Si me gusta lo que leo, te esperaré aquí a la misma hora, justamente dentro de quince días.

      -          ¿Y si no te agrada, como es lo más probable?

      -          Entonces no volveré a dirigirte la palabra. Soy implacable con quienes me hacen perder el tiempo.







        2.  Nacer y hacerse





               No les cuento el interés con que acudí el día prefijado al encuentro. Tal vez para ponerme nervioso, ella se presentó diez minutos más tarde, aunque con disculpas:



          -          Tienes que perdonarme. Ayer me acosté muy tarde por las dichosas correcciones de exámenes.

          -          Estás disculpada. Ya sabes lo que se dice: diez son los minutos de cortesía.



               Pedimos el desayuno. Ella no quería ser la primera en hablar y yo no me atrevía a inquirir. Al fin:



          -          Y bien, Elvira, ¿encontraste sin dificultad la página?

          -          Por supuesto.

          -          No está presentada con mucho requilorio, como comprobarías.

          -          Es innecesario. Lo importante es el contenido.

          -          Ya, y el contenido…

          -          Amplio y variado, como me anticipaste. Mucho, para ser obra de solo tres años. Escribes a velocidad de vértigo.

          -          Un poco. Tal vez soy un crítico demasiado cariñoso con mi trabajo.

          -          Claro. No dejan de ser tus criaturas y a los hijos se los quiere.

          -          Pero no creas. Repaso, corrijo, rectifico errores. Y diccionario, mucho diccionario.

          -          Se ve.

          -          Tal vez, un poco deslavazados.

          -          No va por ahí. Aunque sea de forma intuitiva, tienes técnica, sabes contar. Vamos, que tienes oficio.



               A estas alturas, yo estaba ya tan harto como ustedes; así que salté:



          -          Rapidez, técnica, oficio. Pero vamos a ver, ¿son buenos o no?

          -          No me gusta hacer crítica de las obras de los amigos.

          -          ¿Cómo?;  ¿qué? Pero me prometiste…

          -          Y lo cumplo. He venido, ¿no?

          -          Sí.

          -          Y ¿ves que haya traído algún látigo para flagelarte por hacerme perder el tiempo?

          -          No.

          -          Pues basta con eso…, salvo que quieras que desnude mi alma ante tus ojos.



               Aquello se ponía bien.



          -          ¿Desnudarte?

          -          El alma, tonto. Lo más íntimo de mi ser.

          -          Adelante, pues. Los policías sabemos ser, a las veces, un poco psicólogos.



              Terminó de deglutir la tostada, echó ligeramente para atrás la silla, bebió un sorbo del zumo de naranja y comenzó la anhelada valoración:



          -          Cuando te conocí, hace un mes aproximadamente, me caíste bien y me di perfecta cuenta de que nuestra buena química no procedía de las similitudes, sino de las diferencias razonables. Pero lo que he descubierto a través de tus relatos es que, al menos en ese aspecto, somos totalmente distintos…, para tu buena suerte.

          -          Mujer, bien está que quieras animarme, pero de eso a considerarme un escritor afortunado…

          -          Pues eso es lo que eres, en efecto, aunque ello no signifique que seas grande, ni tan siquiera bueno. Solo que tienes, al menos, un don que pocos poseen y, desde luego, casi nadie consigue con el esfuerzo: una gran imaginación, o inventiva, o como quieras llamarlo. Ya me gustaría a mí tenerlo a tu nivel, ya.

          -          Bah, seguro que eso que llamas imaginación no es sino culturilla, un poco de investigación y un chorro de experiencia.

          -          Claro, y asociación de ideas y capacidad de observación y lectura de obras ajenas y… ¡Paparruchas! Tú, con todo eso, creas un mundo, unos personajes, ambientes de lo más variado, en tanto que la mayoría solo logran rutina y erudición. Y, además, no me vengas con experiencia, lecturas y todo eso. Me da a mí que, salvo casuística forense, tú, experiencia, poca, y de lecturas, pues digamos aquello de Vallejo, que no leía mucho a otros para ser él más original.

          -          Bien, vale, tú eres la experta, aunque sesgada por la amistad. ¿En dónde está, según tu opinión, la radical diferencia entre nosotros?

          -          Pues en que a mí me sucede todo lo contrario. Tengo formación literaria, abundantes lecturas -¡qué remedio!-, mayor experiencia que tú, como de aquí a Lima. Llevo veinticinco años escribiendo pausadamente, sometiendo mi trabajo al juicio y la crítica de los sabios, los editores y el público. Construyo mejor que tú, escribo mejor, profundizo en mi pequeño mundo con mayor calado y perspicacia. Pero, con todo, está muy claro: yo solo hago un buen trabajo; tú sirves con eficacia a una inspiración.

          -          ¿Inspiración o transpiración, querida Elvira?

          -          ¡Vaya pregunta! ¿Naces o te haces? Todo es preciso, pero tu dosis de literatura natural, o inspirada, o como prefieras, es enormemente superior a la media. Si tú quisieras estudiar y trabajar en serio tu musa, podrías ser una figura.

          -          ¡Ah, no, profesora! Ya tengo mi trabajo. Esto, o es una tarea espontánea y gratificante, o no será.

          -          ¿Lo ves? Y luego alardeas de transpiración…  Seguro que ni tienes la llamada gastritis literaria.

          -          Al contrario. Es ponerme al teclado y se me olvidan todos los males.

          -          Pues nada, hijo, tú a lo tuyo, pero sigue mis consejos, al menos, en algunos aspectos de la tarea.

          -          Soy todo oídos.



          ***



               Hacía unos minutos que se había producido la invasión de las mamás, pero no era cuestión de levantar el campo. Pedí la venia a Elvira para llamar a la comisaría y disculpar mi retraso con cualquier pretexto verosímil. Ella sonrió y relajó la postura, al tiempo que soltaba un chascarrillo:



          -          Diles que se te ha despegado el tacón del zapato.



               Concluí en un momento y le sugerí una nueva ronda de cafés. Elvira asintió con el gesto y volvió al tema que nos ocupaba:



          -          Vistos el volumen y calidad de tus relatos, ni pensar en que te limites a guardarlos en un blog, donde casi nadie los lee y su gratuidad se toma por señal de insignificancia. Elige unos cuantos, o déjame que los escoja, y vamos a iniciar la escabrosa pendiente de la publicación. Conozco a críticos y editores de confianza que pueden ayudarte en este sentido.

          -          Verás, Elvira, a nadie le amarga un dulce y no soy desagradecido. Me parece muy bien lo que sugieres, si ha de ser en la línea de que no me produzca ninguna preocupación y pueda llegar a mucha más gente, ser conocido y todo eso. Pero, por lo demás, yo estoy a gusto así: las visitas al blog menudean, mis amigos y conocidos estiman en general mi trabajo y, por no tener enojosos efectos colaterales, ni siquiera suelo contestar a los mensajes que me dejan. Ahora que, si tú me encuentras alguien de plena confianza que me haga todo el trabajo adicional…

          -          Estás muy equivocado. No digo que no llegues a tener un agente modelo, o un editor honrado y leal, pero para eso te falta un largo trecho, si es que alguna vez alcanzas tales metas. Entre tanto, ya sabes lo que toca: llamar a la puerta de decenas de editoriales, buscar influencias, mandar manuscritos a todo quisque, participar en certámenes y concursos…

          -          ¿Certámenes, premios? No soy un caballo de carreras ni un semental charolés. Cada escritor tiene su valor y su estilo. Ignoro qué hacen los jurados para valorar magnitudes tan heterogéneas. Ya te cuesta a ti trabajo corregir los comentarios de texto, así que ya ves.

          -          ¿No será, Fabio, que tienes miedo de que te vapuleen, o que te hagan ver, aunque sea injusto, que vales para otros menos de lo que tú opinas?

          -          Por supuesto. Uno tiene el corazón sensible y ninguna gana de que lo desmerezcan.

          -          O de que el público deje que tus libros críen moho en los anaqueles de las librerías.

          -          O de que, por el contrario, otros vivan a mi costa, mientras me empeño en adivinar cuántos ejemplares se habrán vendido, en realidad, de mis obras.

          -          Vamos, que no estás dispuesto a salir de tu blog al aire fresco pero contaminado de la calle.

          -          En efecto. Soy de los pocos españoles a quienes no les interesa vivir del cuento.

          -          ¿Estás seguro, policía de mis pecados? ¿Y dejarías de vivir para escribir, lo mismo que desprecias escribir para vivir?

          -          No, mientras pueda. Creo que eso es lo que define a un escritor, según dicen que dijo Sabato.



               Elvira entornó por un momento sus ojos, que parecían desprender centellas durante nuestra conversación, y añadió:



          -          Sabato, mi argentino del alma [2]. Algún día te contaré, pero hoy no, que tengo el tiempo justo de llegar a mi clase de las diez.



               Salimos a la calle, sorteando las sillas de las numerosas clientas, apiñadas en torno de casi todas las mesas del café, en animadas tertulias. En la puerta, miré a Elvira a los ojos. La tempestad parecía haber pasado. No obstante, le rogué:



          -          No me tomes a mal el rechazo. No es por ingratitud, sino por indolencia. Dicen que todos los hombres tenemos un precio y el mío es la tranquilidad.

          -          Ve con Dios –replicó-, escritor afortunado. Y si cambias de opinión, ven a verme a la Facultad. Te enseñaré mis orquídeas.

          -          Y me contarás la historia de Sabato…

          -          Por supuesto.



               Echó a andar a toda prisa. La primavera iba ya avanzada y, por un  instante, pensé que iba a serme más difícil olvidar el brillo de sus ojos y el volante de su falda, que el contenido de sus admoniciones. Luego miré la hora y yo también salí escopetado, pero en sentido contrario. En el trayecto al trabajo fui ya imaginando el relato que tienen ustedes a la vista; solo que entonces carecía del final que ahora sí he podido agregarle.





            3.  El viejito de Santos Lugares





                    El curso académico tocaba a su fin. Aunque mi ánimo estuviera muy lejos de seguir el camino indicado por la profesora Valladares, ardía en deseos de volver a charlar con ella, ardor no del todo achacable a la temperatura ambiente. Así que, después de mucho pensarlo, la telefoneé a su extensión en la centralita de la Facultad, esperando cualquier cosa. Fue lacónica:



              -          Perdona, pero estamos en una reunión de seminario. Vente por aquí pasado mañana a esta misma hora (eran las diecisiete y catorce).



                   Dos días más tarde, tras mucho recorrer pasillos que, por lo monótono de las puertas y la abertura central al vacío me recordaban las cárceles antiguas, di con el despacho de Elvira, marcado con el número diecisiete. Llamé a la puerta, escuché el pase de una voz amiga, abrí con parsimonia y pregunté dulcemente:



              -          ¿La chica del 17 [3]?



                   El despacho de la doctora, forrado hasta el techo de atestadas librerías, ofrecía, sin embargo, una viva imagen de claridad y orden, a la que no era ajena la gran mesa casi vacía y la simetría de sillas y macetas. Yo, la verdad, no acerté a descubrir las prometidas orquídeas, pero sí calas, bromelias y begonias, entre otras. En el centro, con el gran ventanal a su espalda, velado por un estor limón, Elvira parecía irradiar claridad de su niqui color pistacho y su cabello con mechas. Su réplica a mi broma inicial fue contundente:



              -          ¡Hombre, don Fabio! No me digas que has publicado tu primera novela.

              -          Estoy en ello –dije, siguiéndole la corriente-, pero a lo que venía es a que me enseñases las orquídeas.

              -          Mala suerte. Requieren tantos cuidados, que han pasado a mejor vida. Si te vale con un anthurium



                   Dedicó unos instantes a guardar documentos en una gaveta. Luego, cogió de un armario una bolsa de tela plastificada relativamente voluminosa y me la indicó:



              -          Nuestra merienda campestre. ¿Qué te parece?

              -          Mujer, no tenías que molestarte. Podríamos haber tomado algo en una cafetería del campus.

              -          Vamos, vamos. Aunque no lo creas, soy un ama de casa de primera y tenemos aquí cerca un prado arbolado que se sale del mundo.



                   Insistí caballerosamente en portar el bulto, mientras Elvira me dirigía por un vericueto de pasillos, vestíbulos y patios interiores, para alcanzar un suave talud que llegaba hasta el río, cubierto de hierba y sombreado por plátanos y tilos. Algunos bancos de piedra facilitaban el reposo. Ante uno de ellos paró, se volvió hacia mí y comentó:



              -          En otro tiempo, hubiera venido de falda y me hubiese sentado en el césped. Hoy he creído más prudente portar vaqueros y que nos acomodemos en forma respetable.

              -          Sea como tú quieras. En cualquier caso, tenías razón: el sitio es muy agradable; con hierba y todo, lo que en Castilla y a finales junio no deja de ser un lujo.

              -          Pues ya verás la tortilla. Esa sí que está tan apetitosa como las de nuestros años mozos.



                   Aún recuerdo el menú: tortilla de patata, regada con sangría fresquita; tarrina de helado de vainilla y chocolate, y café con leche. Una mininevera y un termo mantuvieron las temperaturas adecuadas para los postres.



                   Noté a Elvira tan efervescente, que por un momento me la imaginé en su época de colegiala, flirteando con sus condiscípulos y bailando cualquier ritmo de moda. Casi pensando en voz alta, dije:



              -          ¿Cómo será posible que algunas personas cambiéis tan poco al cabo de los años? Cualquiera diría que tienes veinte años.

              -          Eso es porque, más o menos, eres de mi quinta y me instalas en tus propios recuerdos. Para mis alumnos y profesores ayudantes, soy un carcamal, a quien respetan, pero con quien jamás se les ocurriría irse de vacaciones o salir a tomar una copa.

              -          ¿No será que ante ellos apareces en tu versión más seria y rigurosa?

              -          No siempre, desde luego, pero pobre de mí si no lo hiciera por sistema.



                   Nos contamos historias y anécdotas de infancia y juventud. Algo dijimos también de la elección y acceso a nuestras respectivas profesiones. Como si tuviéramos un tácito acuerdo, eludíamos toda referencia a aspectos sentimentales. Yo sabía cosas de ella y, tal vez, Elvira conociese fragmentos de mi titubeante matrimonio. Era como si dos niños hubiesen encontrado un juguete atractivo para ambos, con el cual divertirse un tiempo, sin discutir qué hacer al final de él. El hechizo terminaría tan pronto pretendiésemos convertir esa amistad tan peculiar en un sentimiento arraigado. La golondrina no debía transformarse en paloma doméstica.



                   El sol iba ya de caída y los cafés ponían el punto final al ágape. Bruscamente, cortó la alusión a su inoportuna operación de apendicitis, treinta años atrás, y saltó:



              -          ¡Si todavía no te he contado lo de mi relación con Sabato!

              -          Tiempo habrá. De otra parte, no es que me diga mucho tan ilustre y comprometido literato.

              -          ¡Cómo que no! ¿Acaso tú, bloguero compulsivo, ignoras que fue el primer escritor en lengua española que publicó gratis en Internet un libro, antes de editarlo en papel?

              -          Mujer, perdona. No tenía ni idea de que don Ernesto fuese mi padre espiritual.

              -          Pues sí. Sucedió el año dos mil y se trató de su última obra larga, La Resistencia. Bien es cierto que, entre Internet y las librerías, mediaron escasamente dos semanas, con lo que…

              -          … Con lo que no sabemos hasta qué punto fue un rasgo de altruismo del autor o una técnica de marketing por parte de su editorial.

              -          Más me inclino yo por reputarlo un espaldarazo a las nuevas tecnologías, en cuanto tienen de más humano y generoso. Así es Sabato, por más que, con casi noventa años entonces, uno se vuelve más manipulable.



                   Dejó en el aire tan riguroso adjetivo y, como arrepentida de haberlo usado con persona tan admirada, volvió sobre el autor de Abaddón el exterminador:



              -          Lo conocí allá por 1984, cuando vino a recoger el premio Cervantes. Casualmente, yo había publicado un artículo en la revista literaria La pluma sobre los aspectos filosóficos de su primera novela publicada, El túnel, y obtuve una recensión elogiosa en la influyente revista argentina El Sur. De modo que, cuando acudí a los actos relacionados con el premio, Sabato –memorioso y agradecido- tuvo la insigne atención de tomarse un café con servidora y facilitarme sus señas, para que pudiese mantener con él la correspondencia que juzgase oportuna. Verdad es que, viéndolo tan ocupado como estaba entonces y ya longevo, apenas hice otra cosa que felicitarle por su cumpleaños –el día de San Juan- y mandarle dedicados todos mis libros, salvo alguno que me pareció indigno. Él nunca dejó de contestar rápida y detenidamente a estos envíos. Recuerdo aún su disculpa por no felicitarme en mis días: ¿Quién se atrevería a preguntar a una dama la fecha de su nacimiento, sin quebrar con ello las normas de la cortesía?

              -          ¿Cuál de tus obras fue la que más pareció gustarle?

              -          Olvida eso. Decía que mis contactos con Sabato fueron epistolares, pero verdaderamente muy gratos. Y así siguieron las cosas, hasta el año pasado [4], en que me sucedió algo de lo que no sé si sentirme ufana o pesarosa… Pero te estoy aburriendo seguramente.

              -          En modo alguno, querida amiga. Eso sí, levantémonos del banco, que ya tengo las nalgas cuadradas, y pongamos tierra entre nosotros y los hambrientos mosquitos del atardecer.

              -          Perfecto. Volvamos a mi despacho. Tengo allí un oporto que está pidiendo a voces dos paladares selectos.



              ***



                  

              -          Por terceras personas y los periódicos, nunca por él mismo, supe del inevitable proceso de decrepitud de don Ernesto y su consiguiente reclusión en la localidad de Santos Lugares, junto a Buenos Aires. Allí ha ido perdiendo, al menos, la vista y parte de la movilidad. Dicen que ya no lee ni escribe, que pinta cuando puede, que está en manos de enfermeras y asistentes, comandados por su colaboradora y compañera, Elvira González Fraga.

              -          Elvira, como tú.

              -          Y esa casualidad no deja de tener un papel importante en esta historia, como el hecho de que ambas fuésemos escritoras. Ya en algunas de las contestaciones de Sabato, naturalmente dictadas a sus mecanógrafos, su Elvira había añadido algunas líneas manuscritas, tipo gracias por su atención, o bien, Ernesto, en verdad, quedó complacido de la lectura parcial que le pudimos hacer de su obra. Yo me sentí halagada y, aprovechando nuestra común onomástica, le envié una historia de Toro, espléndidamente editada, con una dedicatoria alusiva a la vinculación de la ciudad zamorana con la infanta doña Elvira. A partir de entonces, quedó cimentada entre nosotras una buena relación, con independencia de nuestra común admiración por el escritor.

              -          Estás llena de pequeños detalles, profesora. En lo que a mí concierne, tampoco olvidaré este oporto Soalheira de diez años, aunque dudo que pueda cimentar sobre él nada sólido, como siga trasegando.

              -          No temas: pediremos un taxi. Bien, te decía que había anudado ciertos lazos con la compañera de Sabato. Pues bien, el año pasado hice una estancia, o stage, en la Universidad de Puerto Rico, con motivo de un intercambio de profesores de literatura con esta de Villafranca. En una comida en Río Piedras, abierta a las fuerzas vivas, tuve a mi lado a una política que resultó pertenecer al Partido Independentista Puertorriqueño, el P.I.P., y salió la conversación de mi relativa amistad con Sabato. La joven –pues relativamente lo era- me contó que en noviembre del mismo año 2006, se iba a celebrar un gran congreso en Panamá, uno de cuyos principales objetivos era el de promover el apoyo latinomericano general al objetivo de la independencia de Puerto Rico. Sugirió que contribuyese a hacer llegar al insigne escritor y activista político la petición y el deseo de que agregase su firma a la amplísima lista de prominentes figuras de toda América, sostenedoras de la causa justa y lógica de la independencia de la isla.

              -          ¿Qué edad tenía entonces Sabato?

              -          Como noventa y cinco años. Figúrate. También yo dudo de que pudiese tomarse muy en serio su punto de vista, suponiendo que, en efecto, fuera suyo. No obstante, me cayó bien la idea y su promotora. Así que, aprovechando el envío a Santos Lugares de mi novela histórica sobre Torres Villarroel, rompí mi asepsia como corresponsal y le hice llegar la petición de adhesión, junto al folleto oficial sobre la historia y el futuro de la independencia borincana. Ignoro la relevancia de mi iniciativa, pues no sería la única en pulsar la misma cuerda, pero sí conozco el final del asunto. Elvira me confirmó la adhesión de Sabato, al acusarme recibo de mi novela. Por lo demás, los documentos del congreso panameño lo prueban. Así que ahí tienes, yo metida en plena política internacional… y en contra del Imperio. Eso sí, tocando de oído y con un nonagenario muy enfermo como público. No es como para sentirme orgullosa.

              -           Puerto Rico… ¡Qué tierra, qué mar, qué pueblo,… qué ron!

              -          Creo que con el oporto de junto al Duero ya has tenido bastante por hoy.



                   Se ve que, lamentablemente, la historia de Ernesto Sabato y la profesora Valladares había concluido, por más que no me atreva a asegurarlo. Tengo un recuerdo muy borroso de aquella noche.





              [1]  En esto sigo de cerca la entrañable anécdota que ha relatado Germán Yanke, relativa a su único encuentro personal con Ernesto Sabato. Supongo que el notable polígrafo bilbaíno disculpará la intromisión.
              [2]  Dos observaciones. La primera, ortográfica: El apellido Sabato es de pronunciación esdrújula, pero respeto el criterio del gran escritor de no acentuarlo, sin duda por su procedencia italiana, en cuyo idioma no llevan tilde las palabras proparoxítonas. La segunda, cronológica: La peripecia de este relato sucede con anterioridad al 30 de abril de 2011, en que falleció Ernesto Sabato, a dos meses escasos de cumplir los cien años. En consecuencia, es inevitable que Elvira se refiera a su argentino del alma como a una persona viva y yo así lo recojo.
              [3]  Alusión perfectamente comprensible para gente mayor, a un conocido cuplé que, entre otras, cantaron Libertad Lamarque, Olga Ramos, Lilián de Celis y Lina Morgan. De su tono picante, dan idea estos pésimos versos: ¿Dónde se mete / la chica del diecisiete? / ¿De dónde saca / pa tanto como destaca?
              [4]  Nuestra conversación se producía en junio de 2007; luego he de colegir que Elvira se refería como el año pasado, al de 2006.

              viernes, 18 de noviembre de 2011

              EROTEIDES EN EL PONTO

              Eroteides en el Ponto

              Por Federico Bello Landrove

                   Una vida se desliza en Constanza (Rumanía), cual un trasunto de la del poeta clásico Publio Ovidio Nasón. Pero la casualidad y el remordimiento le jugarán una mala pasada al avatar del gran poeta, y una mujer condenada y olvidada le hará tragarse sus palabras “ni digna, ni útil”. Luego, continuará la vida o, por mejor decir, la espera de la muerte.



                1.  El desterrado



                       Va para ocho años que permanezco aquí, en el puerto rumano de Constanţa (ciudad a la que, a partir de ahora, aludiré con la grafía española), por obra y gracia del capricho de los gobernantes de mi país y de mi mala cabeza. No me atrevo a dar más detalles de los responsables de mi destierro, por la obvia razón de que podría agravar mi estado. En cuanto a los motivos que ellos tuvieron para castigarme, sí que está en mi mano ser un poco más concreto aunque, después de todo, cualquier pretexto es bueno a los tiranos para fulminar a sus súbditos. No obstante, voy a ser explícito en lo posible, porque lo que me ha sucedido es en parte –como les decía- fruto de mi propia ligereza y falta de sintonía con la realidad. Eso es algo que puede suceder a cualquiera y bueno está escarmentar en cabeza ajena, si es que ello sea posible.

                       Mi esposa no me ha seguido en la expatriación, con la razonable disculpa de que alguien de toda confianza ha de cuidar de nuestro patrimonio y hacer las gestiones encaminadas a poner fin a mi exilio. En un primer momento, también apoyó nuestra separación forzada el hecho de que tenemos una hija común y no era razonable apartarla de su ambiente y amistades para reunirnos en otra parte del mundo. Ahora, tantos años después, Camila es una jovencita que estudia en los Estados Unidos y a la que no le importaría mucho venir a vernos acá, o en las tierras que el Caribe baña. En cualquier caso, la situación es irreversible: Fabia, mi esposa, se ha acostumbrado a ella y mis castigadores me tienen de esa manera más cogido, teniendo en sus manos a mi familia y mis bienes.

                       Me he llegado esta tarde, como tantas otras, hasta el antiguo casino, caminando junto al mar, aprovechando el tonificante sol otoñal. Tengo para mí que sea esta la mejor estación para el clima de Constanza, dorado preludio de un invierno mucho más frío y ventoso de lo que suele creerse. El largo camino, desde mi casa de Mamaia, me da la oportunidad de hacer ejercicio y pensar. Me siento en la terraza más próxima al ahora notable acuario y reposo unos minutos, ante un refresco o un café, con la mirada perdida en el mar, o contemplando los enjambres de turistas y de estudiantes (en esta época, más de estos que de aquellos) que vienen a deleitarse con la fauna marina, o a estudiarla. Luego, cansado y habitualmente triste, tomo el autobús para regresar. Es el momento más saudoso del día, que trato de paliar con el atractivo de una buena cena en un restaurante de mi barrio y una velada de lectura o televisión en mis habitaciones. Dicen que Mamaia ha albergado, y acaso todavía acoja, a huéspedes ilustres del mundo de la cultura. Yo, sin embargo, no he hecho amistades, ni resulta fácil, al ser una zona turística, bastante exclusiva y alejada del centro de la población.

                  ***

                       Arrastro los pies y pronto me canso, y es que no estoy ya lejos de la sesentena. Empiezo a sospechar que la muerte pueda llegarme antes que la libertad. No es que las inevitables goteras en el tejado de la salud presagien un colapso inminente, pero mi corazón va diciendo basta, entre pastillas, leves ahogos y arritmias. Mi hija pequeña, para la que he llegado a ser más un maestro en la distancia que un verdadero padre, me dice que eso es que me falla el corazón espiritual y que todo ha de cambiar a mejor en cuanto retorne. Retornar, sí, pero ¿a dónde? ¿Qué será de mis amigos temerosos de acogerme, de mi país arrodillado, de las censuradas obras de mi ingenio? Sueño con volver pero yo no tengo, como Ulises, unos compañeros que me urjan, ni una esposa cercada de malévolos pretendientes. En el fondo, si ella quisiera…, mas no, no he de censurarla. De hecho, me es fiel y, con mucho, la mejor de las tres mujeres que he tenido. Un día formé parte de la dorada juventud de mi patria; marcamos pautas y modas; arrebatamos la antorcha del relevo, quien con las armas, quien con las letras. Yo mismo fui distinguido, un hijo de la fortuna.

                       Si miro en torno mío, si reflexiono sobre mi peripecia, tendría que decir con la gran chilena gracias a la vida. Claro que se suicidó y bastante más joven que yo: ¡vaya referencia que he escogido! Ella, con la política; yo, con la vena erótica. Dicen que el arte imita la naturaleza (o viceversa), que la fantasía se nutre con la experiencia. Cierto es que he amado a muchas mujeres o, por mejor decir, las he poseído y ellas a mí. Nunca pedí ni concedí el tributo de la constancia ni del romanticismo. Mi frontera era la carne; mi paga, la reciprocidad y la advertencia. Me han llamado de todo: frívolo, cruel, cínico, hipócrita. La verdad es que a ninguna reclamé lo que yo no estuviera dispuesto a darle; a ninguna mantuve engañada. Antes al contrario, mis relatos y mis versos han sido faro y trampolín para que las mujeres alcanzaran la libertad y la capacidad de seducción. En suma, viví y dejé vivir, sin tristezas, sin reproches, sin reservas, y solo a la literatura di el tono sentimental, ingenioso y dolorido que ella precisa para convertir en arte la vida, mediante la exageración y el artificio.

                       Si erré o si mentí, en el pecado llevo la penitencia. El éxito genera envidia; el erotismo, escándalo; la política, incorrecciones. Primero triunfé en brazos del gusto popular; luego mi época pasó y los grandes me volvieron la espalda. Tal vez, no se consienta a quienes encanecen lo que se perdona y aún ríe a los jóvenes. Nadie me dio explicaciones ciertas y sinceras. No voy a negar que me entendía con algunas mujeres de maridos importantes, o, cuando menos, las frecuentaba y aleccionaba con indeseados consejos. Tampoco dejaré de reprocharme que, creyéndome más cauto o perspicaz de lo que soy, me dejé envolver en la sutil tela que tejen en los cenáculos los intelectuales metidos a políticos, los artistas que usan la crítica y la ironía con los poderosos, cuando estos dejan de encontrarlos divertidos o de sentirse tolerantes. En fin, aquí estoy, y gracias, pues no todos tuvieron la misma suerte. El dinero y los amigos suavizaron la condena, silente y fría, que me alejó de la patria sin motivación y sin fecha.

                       Escogí Constanza. Era hermosa, temperada, antigua, turística. La feroz dictadura rumana acababa de caer; los precios eran razonables; el mar me abrazaba por doquiera. Y total, ¡qué más daba!, siempre podía cambiar, o eso creía yo. Finalmente, esta tierra me ha hecho su siervo; sus signos marcan mi vida: el faro genovés, el minarete de la mezquita de Mahmud, la estatua de Ovidio, la arena blanca, el mar y el lago. Apenas escribo, si no es para repetirme o suplicar. Las mujeres me venden sus encantos y siento apagarse mis ansias. Canté y erré; tal vez erré en cantar. ¡Ay, Constanza, no puedo vivir sin ti, ni contigo!     





                  2. El encuentro



                       No solía ocurrírseme visitar el puerto ni, menos aún, pasear en la estación veraniega por los lugares frecuentados de los turistas. A partir de la caída y ejecución del Conducător, la afluencia de cruceros era tal, que la ciudad se había vuelto incómoda. Yo había optado por cambiar en el estío la playa y las olas del mar, por los beneficios del termalismo en uno de los elegantes balnearios de los alrededores. En suma, no es extraño que la divina providencia –aunque fuese de rito ortodoxo- hubiese de echar una mano para que Valeria y yo nos encontrásemos al atardecer en la plaza, frente a la catedral de San Pedro y San Pablo.

                       Valeria Falisco había sido mi primera mujer, hacía ya una eternidad. No he tenido nunca claro por qué me prendé de ella, hasta el extremo de tomarla en matrimonio. Yo era muy joven y quizá me encontrase algo estragado de tanto flirteo basado exclusivamente en el sexo. No dudo de que su procedencia europea, como hija de un inmigrante español, me atrajera por su exotismo. El caso es que, sin parar mientes en cuestiones tan significativas entonces, como su muy inferior nivel social, o el hecho de que contraía un vínculo de fidelidad, me casé con ella y punto. A las reticencias de mi padre, respondí con un chantaje: él pasaría de largo por las diferencias de clase y de educación, mientras yo transigiría con acabar la carrera de Derecho. Mi madre jugaba en favor de Valeria: imaginaba que el amor bendecido por el matrimonio me haría madurar o, como decía, sentar la cabeza.

                       Por supuesto que todo aquel escenario se derrumbó a las primeras de cambio. El título de licenciado nunca lo obtuve; mi cabeza, ni se sentó –cosa antinatural-, ni se asentó, por lo que a amoríos se refiere; finalmente, la falta de un poso de estabilidad y de valores o intereses en común arruinó pronto nuestra vida de pareja. Apenas convivimos dos años, sin que tuviésemos descendencia, extremo este último que yo achaqué sin fundamento a esterilidad de Valeria. A fin de cuentas, los hijos me tenían entonces sin cuidado, pues no estaba afectado aún por el morbo capitalista de la herencia patrimonial, ni por el sentimental de la continuidad de las generaciones. Fue una mera disculpa, para justificar mínimamente el divorcio. La separación legal fue para mí un alivio, aunque no tardase mucho en reincidir; para ella debió resultar bastante más dolorosa, si bien, extranjera y de poca fortuna, no reaccionó con exigencias: más bien fue mi madre quien animó a mi padre para ser generoso en lo económico. Pronto la perdí de vista. Me informaron de que había aceptado una plaza de maestra en una escuela rural y ahí concluyeron mis noticias.

                       Hasta aquí, puedo justificarlo todo o, cuando menos, hacerme entender de quienes quieran juzgarme. Lo que ahora considero inadmisible es haber vuelto al personaje de Valeria para protagonizar una de mis Amatorias, ya saben, mi primer libro de éxito, escrito todavía en plena juventud. Deformado y todo, el retrato hacía fácilmente reconocible a la modelo. Recuerdo aún la frase exacta con la que resumía su descripción: demasiado digna para ser útil; demasiado útil para ser digna; en consecuencia, ni digna ni útil. Aquello, en verdad, no era una exageración, ni un juego de palabras, sino una verdadera infamia. ¿Lo leyó ella? Alguna vez me lo pregunté, aunque nunca de la forma vehemente en que tuve que hacerlo aquella tarde.

                  ***

                       Quedamos en que, paseando por la plaza de la Catedral y buscando un banco en que reposar del calor del atardecer, casi choqué contra Valeria quien, en unión de tres o cuatro compañeros de crucero de ambos sexos, andaba fotografiando la fachada del templo e intentando encontrar alguna puerta abierta para acceder al interior. Aclarado a poca costa que éramos quienes habíamos supuesto, el saludo resultó más cordial de lo previsible, dados el tiempo y forma de nuestra última despedida. Recuerdo que tuve una salida, cuando menos, ocurrente:

                  -          ¿Y qué, tenéis interés en visitar la catedral o solo de protegeros del calor?

                       La ausencia de presentaciones me hizo suponer que sus acompañantes no eran íntimos, ni le importaría mucho desprenderse de ellos. Se limitó a despedirse hasta la cena, colocándose decididamente a mi lado. Los otros inquirieron:

                  -          ¿Es a las nueve, verdad?

                  -          Sí, en el barco. Allí nos veremos. Me voy un rato con este amigo.

                       Como es natural, me tocó hacer de anfitrión, cosa que me permitió ir entrando en materia, entre pinceladas monumentales y de color local. Antes de que se hiciera completamente de noche, embocamos el paseo del puerto, camino del inevitable Casino modernista. Yo hablaba de lugares y pensaba en personas; ella, seguramente, hablaba de personas pero se fijaba en las bellezas del entorno. Cuando, tras algunas paradas acodados en la barandilla sobre el mar, llegamos a nuestro destino, había caído la noche sobre Constanza y se había hecho la luz sobre nuestras vidas separadas. Yo le conté, con más o menos detalles, lo que ustedes ya conocen. Ella fue muy circunspecta, salvo en lo tocante a su vida profesional. De la escuelita rural, había pasado al colegio privado y, de este, a la Universidad, alcanzando alguna notoriedad en la especialidad de lenguas clásicas. En los últimos años, al socaire del enésimo giro de la rueda de la fortuna dictatorial, había sido la segunda mujer en ingresar en la Academia y alcanzado una importante posición en el Ministerio de Cultura:

                  -          Pero no creas, agregó, no con dedicación exclusiva, pues la política no es lo mío, como tampoco lo tuyo, por lo que me has contado.

                  -          No me digas, repliqué, que no te había llegado el rumor, al menos, de mi caída en desgracia y mi destierro.

                  -          No, hasta hace poco. Supongo comprenderás que, durante mucho tiempo, ni supe de ti, ni quise que me dieran la menor información. Luego, el tiempo y los recuerdos todo lo allanan y acabé leyendo varias de tus obras. Te vas a reír, pero hasta me valí de los conocimientos que ellas atesoran, para desenvolverme en la vida, digamos, con más superficialidad.

                  -          Me alegro de haberte sido útil, aunque solo haya sido en cosas menudas.

                  -          No lo creas, no tan menudas. No sabes la de éxitos que una mujer experta y avisada puede conseguir, gracias a los hombres. Pero, en fin, chitón. No quiero dejarte con el buen sabor de boca de haberme pervertido…

                       Se echó a reír de forma abierta y contagiosa. Verdaderamente, sin llegar al atractivo extremo de la perversión, Valeria resultaba mucho más agradable ahora que entonces.

                       Nos sentamos en una terraza. Las manecillas marcaban ya las nueve. Le sugerí coger un taxi como única forma de llegar a tiempo a su cena colectiva. Ella lo desechó:

                  -          ¿Qué te parece si tomamos aquí cualquier cosa? La brisa empieza a soplar deleitosa y aún tenemos bastante de que hablar. Luego, me acompañas hasta el barco y en paz. A medianoche zarpamos para Estambul.

                       Dicho y hecho. Para hacer los honores a la Dobrudja, nos atrevimos con cordero asado al estilo local, regado con un mutfarlar. De postre, crepes con mermelada flambeados al vodka y la consabida copita (más de una) de tuica.

                       Hablamos de todo un poco: de mi vida de expatriado y de los esfuerzos de mi mujer por lograr el perdón oficial; de mis libros más recientes, prohibidos por la dictadura de mi país, monocordes y suplicantes, cuya inspiración parecía agotada; de mis hijas y de sus alumnos; de la política cultural, si se me permite el oxímoron. Valeria me sugirió:

                  -          Ya sé que no es hombre de gran influencia ante El Supremo, pero yo podría interceder ante el ministro por ti. Envíale por conducto mío un ejemplar dedicado de alguno de tus libros, junto con una carta manifestándole tu dolor por el exilio y tu compromiso de no reincidir en actos o escritos enfadosos. Yo apoyaría plenamente la justicia de tu petición y el propósito de enmienda…

                  -          ¿Y en base a qué te presentarías como patrona de mi causa? No creo que fuera bien visto que me hubieses visitado aquí, aunque haya sido por casualidad.

                  -          ¿Cómo que en base a qué? Pues a haber sido tu primera esposa, ¿te parece moco de pavo? Yo creo que ellos lo ignoran, pero no estoy dispuesta a ocultarlo, si se trata de poder serte útil. Ya me gustaría servirte de algo ahora, dado que entonces creo que no te fui de ninguna utilidad.

                  -          Lo pensaré –concluí, un tanto corrido-. Y, de todas formas, gracias.

                       Llamé al camarero para pagar la cuenta. Luego, rompí el silencio que se había hecho tras el diálogo transcrito:

                  -          Verás, Valeria, si volvemos la vista atrás, solo podemos tener una cosa clara: que nos conocimos demasiado pronto. La primera juventud no es el mejor momento para convivir con los demás, ni para juzgarlos.

                       Ella sonrió y cambió por completo de conversación:

                  -          Se ha hecho muy tarde pero no quiero irme de Constanza sin hacerme una foto al pie del monumento a Ovidio. ¿Qué dirían, si no, mis alumnos?

                      Un taxi nos trasladó a la plaza, en cuyo centro, con el Museo Arqueológico a la espalda y el Mar Negro en frente, se yergue el poeta, broncíneo sobre alto pedestal de piedra. Valeria pareció emocionada, se acercó al podio y lo acarició, mientras yo tomaba posición con la cámara y enfocaba a aquella mujer que, aun habiendo sido la mía, me parecía contemplar por primera vez. No era joven ni hermosa, pero el tiempo había obrado en ella la maravillosa metamorfosis que convierte el agraz en vino. El flash relampagueó hasta tres veces. Luego, se acercó a mí y tendió la mano para recuperar su máquina. Se la entregué, manteniendo por unos momentos el contacto de nuestros dedos. No sé cómo me atreví:

                  -          No te vayas esta noche, Valeria. Pasémosla juntos y mañana volaremos a Estambul para alcanzar tu barco.

                       Era un desahogo, un disparate que habría merecido la respuesta instantánea de una disculpa cualquiera. Pero, no, me miró hondamente, apretó un poco el contacto de nuestras manos y, lenta, como desgranando las palabras, me arrojó a la cara la dura realidad de nuestro encuentro:

                  -          Pero, querido, si yo consintiera, ¿qué sería de mi dignidad?

                       Quedé mudo y envarado, mientras Valeria, sola, regresaba al coche de alquiler que aguardaba. Entró, me tiró un beso desde la ventanilla y aún le oí su única palabra:

                  -          ¡Escríbeme!

                  ***

                       Regresé al hotel caminando, lento y mohíno al principio. Luego, poco a poco, lo ocurrido en aquella velada fue tomando su verdadera forma, su exacta dimensión. El destino nos había dado una oportunidad de anudar lazos, de purificar y endulzar los recuerdos. A la postre, mañana sería una nueva jornada, yo seguiría en Constanza y el Poeta seguiría pensando, tal vez soñando, frente al mar azul cuyas olas nacen y mueren, indiferentes a su milenaria tristeza. Llegué a casa a la misma hora en que el crucero estaría zarpando con Valeria y otros innúmeros viajeros, cada uno con su vida y sus anhelos. Me senté en la penumbra y me entretuve en reproducir y comentar en voz alta lo sucedido aquella tarde, tal y como ahora, unos días después, lo he escrito, resumida y desmañadamente, para que me sirva de memorial, en el caso de que la senilidad me llegue antes de que el corazón se agote. No creo que así sea.

                       Harto de cotorrear conmigo mismo y de pasear por la casa a oscuras, me fui a la cama. Me venció la madrugada y dormí hasta que el sol hirió la persiana. Me levanté somnoliento y, aún así, me dirigí con seguridad a la pila de ejemplares de autor de mi penúltimo libro, publicado en Méjico y prohibido en mi país. Tomé uno de los volúmenes, redacté una dedicatoria y lo incluí en un sobre, que cerré y rotulé: Para mi esposa Valeria, después de mi muerte.

                       No copié la dedicación, ni tengo ganas ahora de abrir ese pliego casi testamentario; de modo que memorizo aquella, de forma aproximada. Decía:

                       Los dos lo hemos perdido todo, menos la dignidad.