viernes, 24 de junio de 2011

LA SEMILLA DE VALLEJO

La semilla de Vallejo

Por Federico Bello Landrove

     Nadie entre aquí sin haber leído el Paco Yunque de César Vallejo (1892-1938). Luego, podrá comprender –y, tal vez, paladear- el relato policiaco tejido en torno al cuento vallejiano y a la Revolución de Trujillo de 1932; conocer a algunos amigos del poeta, a su peculiar esposa Georgette y a Ciro Alegría; viajar por dos continentes sin pasaporte; en fin, elucubrar sobre la buena dosis de realidad que puede haber tras las más logradas fantasías literarias


1.       De poesía y justicia

     Soy nieto de Juan Domingo Córdoba Vargas, ministro de la Corte Suprema de Perú, buen amigo y conocedor de la vida y la obra del gran poeta César Vallejo, quien sacó en Versalles al vate y su novia entonces, Georgette, la famosísima foto de la mirada ceñuda y la mano en el mentón. Por cierto, siempre me ha extrañado que quien habitualmente andaba a la cuarta pregunta luciera tan espectacular solitario de estirpe florentina en la mano que sujetaba el bastón. Aquello fue en 1929; así que ya llovió.

     De tal palo, tal astilla. Mi padre, Ricardo Córdoba Céspedes, siguió la senda judicial de su progenitor y no hubiera tenido muchas dificultades en llegar a su misma categoría, pese a la difícil y cambiante situación del país; sin embargo, no pasó de magistrado en la Corte de Apelación de Trujillo, ciudad a la que había llegado de juez de instrucción en 1950, cuando yo tenía tres años. Mi señor padre sentía aversión por Lima, la ciudad de la indolencia, como él la llamaba, y mi madre se enamoró de la capital del norte, ciudad de la eterna primavera, cuyo clima y balnearios aliviaban mucho su prematuro artritismo.

     Con cierta pena de mi padre, yo no he seguido la carrera judicial: demasiados Córdobas en el escalafón. Pero no por ello he sido un hijo despegado. De hecho, cuando falleció mi progenitor en 1992 (centenario del Descubrimiento y de Vallejo), fui yo quien se encargó de ordenar sus papeles y objetos personales, tratando de cumplir con el dicho de mi madre: “nadie muere mientras se le recuerde”. Y que conste que lo de los papeles fue tarea hercúlea. Mi padre no era dado a llevar diarios, pero sí a guardar montones de documentos en carpetas de gomas (excepcionalmente, en ficheros), con tan curioso sentido del orden que, en el desván de la casa, compartía anaquel un rubro Homicidios, 1950, con una etiqueta Correspondencia de amigos limeños, 1968. Eso sí, el periodo cronológico siempre figuraba en la carátula. Otra cosa es que la realidad se ajustase en un todo con la datación.

     Gracias a esa referencia de las fechas, me acuerdo perfectamente de una modesta carpeta azul, que rezaba Casos importantes de 1952 (enero-marzo). Tan modesta era que, al tomarla con una mano y la gamuza en la otra, falló el cierre elástico y se desparramaron los diversos papeles: encartamientos, declaraciones, autos de prisión… y un cuaderno rayado en tono sepia cuya existencia llamó mi atención, tanto por el título, como por estar totalmente escrito de la mano de mi padre, con aquella letra clara, menuda y escasamente personal que le caracterizaba. En la portada, la siguiente intitulación: “Resumen de la instrucción 37/1952 (caso Paco Yunque[1]) y de la investigación personal ulterior”.  Y, por si fuera poca la sorpresa, una octavilla pegada con goma arábiga de la de entonces a la cara interna de la portada, signada por mi padre, venía a decir así:

     Se apremia a quienquiera que lea este texto para que no lo divulgue ni publique, antes del fallecimiento de cuantos en él son aludidos.

-          Mamá –le dije-, ¿sabes tú algo de un Paco Yunque real, que papá cita en sus papeles?

-          Desde luego –me repuso-. ¡Menudo interés se tomó tu padre con ese caso! Y, como no hay mal que por bien no venga,  pasamos en Puerto Rico unos días muy felices a costa del asunto. Nuestras únicas vacaciones durante vuestra infancia.

-          No me acuerdo yo de haber estado de niño en Puerto Rico.

-          Os quedasteis aquí, Laura y tú, con la abuela Matilde, ¿no te acuerdas? Claro que fuimos dos y volvimos tres.

-          ¿Y eso?

-          Aquel viaje fue en 1953, en febrero. Así que echa cuenta de la edad de tu hermana Matildina.

***

     Leí de cabo a rabo el vetusto cuaderno y ya sólo su contenido me dejó atónito y con ganas de contrastar los datos. Pero, junto a sus hojas, bajo la protección de un pliego de papel sellado, diversas cartas, artículos de revista y recortes de periódico completaban y hacían fe de lo preciso del resumen del caso por mi padre. No me preocuparé de hacer una enumeración exhaustiva, dado que los más importantes irán apareciendo sucesivamente en el decurso del relato. Pero, cuanto más leía, más impulsos me venían de repasar los obituarios para constatar si habían fallecido ya, o no, todos los personajes citados por mi padre. La cosa resultaba muy sencilla en casos tales, como los del propio Vallejo, Ciro Alegría, Juan Larrea o Georgette Vallejo, la esposa del poeta. Pero, ¿y Paco Yunque?  A tenor de los documentos del expediente, habría nacido en 1909 ó 1910. ¿Dónde estaría ahora, octogenario, o cuándo habría podido fallecer? ¿Cómo encontrar referencias de un quídam, bastante inclinado al nomadismo y poco dado a aparecer voluntariamente en la prensa? Manejé mis contactos y me llevé más de una sorpresa:

-          ¡Menudo mangante, el tal Yunque, jefe cocalero, sindicalista de pistolón y duro donde los haya! Tu padre le metió mano hace lo menos cuarenta años, pero no hubo forma de probarle nada. No tengo ni idea de dónde estará, ni si vive. Con la marcha que tenía, supongo que llevará mucho tiempo bajo tierra. (Esto me dijo, el comisario retirado Acebes, tomando un coñac en la Plaza de Armas).

-          Paco Yunque, ¿qué guasa no? Un pobre niño martirizado en el cuento y un tipo violento su homónimo de las calles. No le des más vueltas, Antonio, ese sujeto no ha vuelto por Trujillo desde el sesenta, por lo menos, y a saber adónde puede haberse marchado –me respondió el cronista de tribunales del diario “La Industria”, sin mayores precisiones-.

     Decidí tomar dos precauciones, para cumplir la voluntad de mi padre y garantizar mi integridad: constatar que en toda la provincia de Trujillo no hubiera un solo Yunque de la estirpe en los listines telefónicos y esperar al año en que el Paco primigenio hubiese cumplido el siglo de vida. Entre tanto, releí, refundí y resumí cuanto mi padre dejo sobre aquél escrito. El plazo se ha cumplido y ha llegado el momento de dar a la luz sus descubrimientos y lucubraciones. Espero que no venga ningún Yunque a exigirme responsabilidades por ello.



2.  Paco Yunque, al completo

         El grueso de la información que contenía el cuaderno se correspondía con lo que mi padre sacó a Yunque en persona, allá por 1952, y arrancaba de los oscuros sucesos que dieron lugar a la instrucción o expediente 37/1952 de su juzgado. Ustedes me perdonarán la licencia de que ahora utilice la primera persona para referirme a mi padre, por más que yo le retocara y abreviase el contenido de su narración. Habla, pues, don Ricardo Córdoba Céspedes, juez de instrucción del juzgado número 3 de Trujillo en las fechas de autos:

         En la madrugada del día 14 de febrero de 1952, aparecieron junto a la verja de la iglesia de Santo Domingo que da a la calle Ayacucho, los cuerpos salvajemente macheteados de dos individuos de mediana edad, que resultaron ser sindicalistas azucareros afines al APRA [2]. El asunto correspondió a mi juzgado y, en consecuencia, cambié impresiones con el comisario Cervera, que fungía de jefe de la Policía Judicial trujillana:

    -          Mal asunto, don Ricardo. Aquí impera la ley del silencio. No vamos a conseguir nada pero, si usted quiere, podemos detener a los sospechosos.

    -          ¡Claro que quiero! Y, ahora que lo pienso, ¿cómo tienen ustedes ya identificados a los sospechosos?

    -          Muy sencillo, le llevaré a los jefes del sindicato rival, unos amarillos que están a sueldo de los patronos: los hermanos Somoza y Paco Yunque.

         Por un momento, al colgar el teléfono, me quedé haciendo memoria. Llevaba poco tiempo en Trujillo; lo suficiente, empero, para saber quiénes eran los hermanos Somoza. Pero, ¿de qué rayos me sonaba el tal Paco Yunque? No sé por qué, lo asociaba en el subconsciente con mi padre. Lo llamé:

    -          Papá, ¿te suena el nombre de Paco Yunque?

    -          Claro que sí. Es el protagonista de un estupendo cuento de Vallejo que se publicó por vez primera en una revista, acá en Lima, el año pasado. ¿No recuerdas que te lo comenté?

    -          Perdona, papá, pero estoy tan agobiado de trabajo que ni para leer el diario saco tiempo. Verás, resulta que tengo aquí medio detenido a un tipo que se llama como el del cuento. ¿No podrías mandarme una copia del relato, para la remota posibilidad de que Vallejo se hubiese inspirado en un personaje real? Claro que él marchó de aquí hace casi treinta años y su protagonista tendría ya que ser un señor demasiado mayor.

    -          No lo creas, Ricardo, el personaje del cuento era un niño de primero de primaria. Enseguida te mando un número de la revista, con la contrapartida de que me informes de esa sorprendente reencarnación.

    -          Bah, papá, seguro que es una mera coincidencia nominal. En fin, leeré, le tomaré declaración y ya te contaré.

         En aquellos tiempos, las leyes eran de una flexibilidad extraordinaria para los derechos de los pobres. Me tomé, pues, el tiempo necesario para que llegase a mis manos el cuento y leerlo a mi sabor. En honor a la verdad, no me pareció de lo mejor de Vallejo –por decirlo con finura-, pero no dejó de emocionarme esa primera experiencia escolar de un niñito, desplazado y sumiso, en la vorágine de un gran colegio, sin duda, el trujillano de San Juan. Por un momento, pensé que, si el Yunque era uno y el mismo, no era de extrañar cómo había terminado, aunque sí dónde. Hubiera parecido más lógico que se convirtiera en un revolucionario de corte popular.

         En fin, asumido el Paco Yunque literario, había llegado el momento de abordar al de carne y hueso. La policía preparó a mi instancia una ficha del sujeto: cuarenta y tres años de edad, nacido en la provincia de Huamachuco, chino cholo[3], con un historial criminal variado y extenso.  Me lo trajeron a declarar cuando llevaba ya unos quince días detenido en el cuartel policiaco. Su catadura no era desagradable y la complexión podía calificarse de mediana. Quizá lo más llamativo de su físico era la nariz, y no porque desentonara con su raza o demás rasgos, sino porque me recordó inmediatamente a la de Vallejo, que algún español chistoso[4] calificó de boxeador. Después de la quincena de plantón por mi parte, me pareció justo mandarle sentar, quitarle los grilletes y llevar el interrogatorio con exquisita corrección. Y lo curioso es que el sujeto pareció agradecerlo, respondiendo con educación y respetando mi tratamiento. Claro que eso no quería decir que la verdad adornase sus corteses respuestas…

    ***

         Lo relativo al crimen de la calle Ayacucho se acabó en un santiamén. Al decir de Yunque, él era un sindicalista de orden, muy alejado de sus violencias de antaño y que apenas conocía a los finados. Por otra parte, había pasado todo el día anterior en el balneario de Huanchaco, tomando las aguas con su mujer y dos amigos (estuve a punto de indignarme por lo ridículo de la coartada) y no había regresado a Trujillo antes que los policías encontrasen los cadáveres.

    -          Estoy limpio, señor, se lo juro. ¿Qué podría ganar yo haciendo algo que me destrozase la vida, ahora que me van bastante bien las cosas?

         Conforme hablaba Yunque, yo iba perdiendo interés por aquellos dos sindicalistas, que seguramente habían sido tan buenas piezas como Paco y los Somoza. En último extremo, el hombre que tenía ante mí no era sino un sospechoso, con casi nulas posibilidades de inculparlo con pruebas sólidas. Me salió la vena literaria y, de sopetón, le pregunté:

    -          Oiga, Paco, ¿usted fue al colegio de San Juan en los años diez, junto con otro niño –inglés por más señas- del que era su muchacho?

         Yunque se quedó petrificado. Se apreciaba en él una total descolocación mental y absoluta perplejidad en cuanto a qué contestar. Resolví darle apoyo y abreviar trámites:

    -          Escúcheme bien, Yunque. Culpable o no, tengo lo suficiente para meterle en prisión preventiva hasta que la instrucción acabe, lo que puede tardar muy a gusto un par de años. Y también puedo soltarlo, con una fianza razonable, hasta que meta la pata de forma que podamos pillarle. Así que escoja.

    -          Por Dios, señor, soy inocente. No me meta en la cárcel. Pagaré la fianza y le prometo que no saldré de Trujillo en lo que dure la investigación.

    -          Eso me temo –pensé para mí-. Y, en voz alta: Pero, a cambio, tendrá usted que hacerme un completo resumen de su vida, si es que fue usted el niño del que habla este famoso cuento.

         Le tendí la revista y lo dejé leyendo el Paco Yunque vallejiano. Para mi sorpresa, pese a la notable extensión del cuento, lo terminó inusitadamente pronto. El interés y hasta la emoción resplandecían en su cara, cuando volví a sentarme junto a él.

    -          ¿Qué me dice? ¿Es usted el Yunque del cuento?

    -          Lo soy, señor. Hay muchas mentiras e inventos, pero puedo asegurarle que sí.

    -          Adelante, Paco, vamos a ver lo que hay de fantasía o de realidad.

         Entre él y yo, fuimos releyendo el cuento y destacando coincidencias y contradicciones. A estas alturas, no tenía sentido seguir dando a la conversación el marchamo de un acto procesal. Así que despedí a los funcionarios y –con gran sorpresa de ellos y de los policías que aguardaban a la puerta de mi despacho- me quedé a solas con Yunque, me puse a la máquina, metí en su carro folios de papel ordinario y me dispuse a tomar las pertinentes notas.

         Desde luego, me centré en resaltar las diferencias entre el personaje real y el del cuento. Para empezar, estaba claro que mi Paco no había conocido a su padre; de modo que la venida familiar a Trujillo había sido para que la madre sola se colocara al servicio de una rica familia extranjera que, ni se apellidaba Grieve (alusión obvia de Vallejo a su comportamiento con Paco[5]), ni se ocupaban en ferrocarriles, sino en el comercio de azúcar. No recordaba, tampoco, Yunque que su maestro de primaria fuera el sujeto frío y mayor que parecía reflejar el cuento, aunque no fue capaz de dar con el nombre del tal profesor, al que recordaba con cierto cariño: “él hizo lo que pudo por mí, pero tampoco se la iba a jugar por un mocoso desconocido”.

         Lo que sí había sido real, y bien real, había sido el malvado Humberto, el niño que usaba y abusaba de Paco. “Sí, el nombre era ese. Menudo cabrón. Y cuanto mayor, peor”. También era cierto que el maestro había confiado a Paco a otro niño, que le había servido de paño de lágrimas en cuanto pudo. “Pero no se llamaba Paco Fariña, ni mucho menos. Me acuerdo de su nombre como si fuera ayer: Ciro Alegría”.

         Esta vez fui yo quien dio un respingo al oír el nombre del importante novelista, de quien bien se sabía que había sido discípulo de Vallejo durante un curso, como él mismo recordó pormenorizadamente en un artículo aparecido en una revista mejicana. ¡Vaya, vaya! De escritor a escritor, el filón parecía no agotarse. Por entonces, me conformé con lo dicho y, haciendo un alto, dije a Yunque:

    -          La cosa se está alargando. Vamos a pedir unos cafés y luego me cuenta su vida, desde que salió del cuento, hasta ahora.

    -          Pero es que… -Paco palideció y se puso a la defensiva-.

    -          Tranquilo, hombre, no le pediré detalles. Y, a fin de cuentas, para eso está la prescripción.

         Yunque sonrió y preguntó:

    -          ¿Dónde puede comprarse este cuento?

    -          Lo siento. Se escribió hace unos veinte años, pero aún no se ha publicado formalmente, fuera de un adelanto en una revista el año pasado. Ya ve, Paco, los amarillos matan sindicalistas y, entre todos, procuramos matar a los escritores.

    ***

         Concluido el café, Paco me pidió de fumar. Seguidamente, se arrellanó un tanto en la silla de brazos y recordó su vida pasada, de forma general y con algunas interrupciones mías:

    -          Pues sí, parecía que mi vida hubiera de estar ligada para siempre a la familia Harrison y a aquel sádico de Humberto, que disfrutaba golpeándome y haciéndome víctima de sus caprichos y travesuras. Mi madre aguantaba y me pedía paciencia. ¡Pobre mujer! Si también ella tenía que sufrir lo suyo, trabajando de la mañana a la noche, y aún de noche. No debería contárselo, pero el administrador de los Harrison, un escocés pelirrojo y seco como un palo, tenía predilección por las indias –como él decía- y acabó por convertirla en su capricho nocturno.

    -          ¿Vive todavía su madre?, inquirí.

    -          No señor, la enterramos, por La Candelaria hará tres años. Afortunadamente, vivió para que yo pudiera darle todo lo que necesitaba y se merecía, aunque ella era un lince. Sabía de dónde venía aquella abundancia y no comulgaba con mi forma de vida.

    -          Ya. Continúe. Decía que las pasaron ustedes de a quilo en casa de los Harrison.

    -          Si yo le contara… En fin, Humberto y yo crecimos. No voy a escudarme en culpas ajenas. Ambos nos convertimos en unos golfos. Hasta que un día, allá por nuestros dieciséis años, por broma o por vicio, bueno, el caso es que abusó de mí. Lo que parecía el colmo de mi degradación lo convertí en tema de ventaja. Bajo el chantaje de divulgar su inclinación sexual, logré que me respetara de alguna forma y me convirtiera en partícipe de sus juergas y francachelas. La vida me fue fácil desde entonces y me convertí en la prolongación indígena y sin conciencia de los Harrison y su cuadrilla. Es más, el señor Harrison, el jefe, se percató de la ventaja de tener un íntimo de mi ralea y me hizo los peores y más peligrosos encargos para suavizar a clientes, atemorizar a obreros y castigar a servidores rebeldes. No le daré detalles, pero en aquella época sí que hubiera merecido mil veces la cárcel y aún la muerte.

    Ya sabe usted la que se armó aquí en el año treinta y dos[6]. Yo estaba al tanto de lo que se preparaba, pero no alerté a mi jefe. Qué quiere usted, encanallado y todo, yo era un cholo de la chusma, que no tenía más fortuna que el pago de mis crímenes. Eso y ciertas cuentas pendientes, que bien que me cobré en la revolución de julio. No me importa confesárselo porque estará en los papeles de la policía y porque ya han pasado muchos años. Me sumé a los francotiradores de Carlos Cabada y, a la primera oportunidad, con un grupo de camaradas, busqué a los Harrison y a su administrador donde sabía que se escondían y los ejecuté con mis propias manos. Sí, ejecuté, no se merecían otra cosa.

    Entre la venganza y la derrota, no me quedó más remedio que huir. Mi madre dice que me pregonaron y pusieron precio a mi cabeza, como asesino e insurrecto. Por eso le digo que la Policía debió averiguar algo, pues testigos hubo. El hecho es que, como tantos otros, obtuve ayuda y franquía de los apristas para viajar al sur, hasta Huánuco. Peor lo pasó mi vieja, que estuvo encarcelada y la torturaron para que revelase mi paradero. Ignoro por qué no la mataron, como a tantas otras.

    -          ¿Cómo se llamaba su madre, que en gloria esté?

    -          María Rosa. María Rosa Yunque, natural de Huamachuco. Allí nací yo y de allí vinimos a Trujillo, para nuestra desgracia.

    -          ¿Quién sabe? En fin, decía usted que le tocó huir a Huánuco, en el sur.

    -          Efectivamente. Allí no me conocía nadie y las contiendas políticas parecían algo lejano. Lo que son las cosas: yo, nacido para ser campesino, pero que nunca hasta entonces había empuñado la esteva, me vi forzado para sobrevivir a emplearme como jornalero en las grandes plantaciones de coca. En aquel entonces recién se iniciaba el comercio, digamos, maligno de la hoja, para convertirla en cocaína y enviarla a las grandes ciudades y a los Estados Unidos. Yo era más hombre de pistola que de azada. Me di a conocer como tal entre los grandes cocaleros y pronto volví a las andadas. Mis días de aprista revolucionario habían pasado. Por hábito y por economía, me tiraba más venderme al mejor postor; aunque ahora, si había que sufrir y humillarse, no sería yo quien lo hiciera.

    -          ¿Y cómo es que volvió usted al norte, si tan bien le iba en el negocio de la coca?

    -          Ya ve. Querencia de la madre y de la tierra, que viene a ser  todo uno.

    Es ello que, hace cinco o seis años, me presenté por aquí, con la esperanza de que aquello se hubiese olvidado. Me instalé primero en Salaverry, donde había posibilidades de colocación a la vera del puerto. Luego, lo uno lleva a lo otro, y he vuelto a recalar en los sindicatos del azúcar, como en los viejos tiempos, aunque más impersonal. Ahora ya no hay Harrisons, sino Sugarsa, United Sweet y cosas así. Pero la capacidad de convencer y de intimidar sigue siendo necesaria. Y las pistolas o los machetes, para cuando las cosas se ponen feas o la competencia achucha.

    -          Pero, hombre, Yunque. Ya cuarentón, ¿no se le ha ocurrido invertir los ahorros, formar una familia y dejar de jugarse la vida, o de quitársela a otros?

    -          ¿Y quién le ha dicho a usted que yo no he hecho previsiones y que no tenga un par de chinas esperándome, con un bebé en cada brazo?

    -          Ya, o en las carpetas de una clase de primaria en el colegio de San Juan.

    -          Tal vez, pero ellos no serían los muchachos de ningún cabrón inglés.

    ***

         Entendí que debía dar la conversación por terminada. De hecho, Paco parecía cansado y los policías de custodia ya habían entreabierto un par de veces la puerta de mi despacho. Llamé a los oficiales para que redactaran el mandamiento de libertad bajo fianza. Lo firmamos y le dije:

    -          Puede usted marchar y espero no volver a verlo por aquí, si es que no le llamo.

    -          Descuide. Y gracias, de verdad, tanto por la libertad, como por lo que me ha hecho recordar.

         El sujeto parecía sincero, aunque yo estaba vacunado de mentiras y argucias de los pacoyunques. Sin embargo, la vida te da sorpresas. Llegó hasta la puerta, fue a abrir, pero volvió sobre sus pasos y dijo:

    -          Por cierto, lo de los dos compadres de la calle Ayacucho fue obra de Dositeo Somoza. Los estuvo esperando en el bar “Las tres copas”. El encargado le dará razón.

         Ante mi estupefacción, hizo una mueca parecida a un guiño y salió.

    ***

         A la caída de esa misma tarde, llamé a mi padre a Lima y le conté todo lo sucedido. Pareció interesadísimo:

    -          ¿Y qué vas a hacer, Ricardo, a partir de este momento?

    -          ¿Cómo que qué voy a hacer? Seguir la investigación y trincar al Dositeo Somoza ese. No pretenderás que convierta la instrucción criminal en un ensayo literario.

    -          No seas cretino. Tenemos entre manos una bomba, tal vez la posibilidad de aportar un dato esencial en la vida y la obra del pobre Abraham[7]. Abre en la instructoria una pieza separada, arrancando de la declaración de Yunque, y vete haciendo en ella lo que yo te diga, o tu magín te sugiera. Cuando esté concluida, la das formalmente de baja y en paz.

    -          Pero, papá, ¿no sería mejor llevar la investigación literaria por métodos estrictamente académicos?

    -          Tú hazme caso. El trabajo puede ser difícil y costoso. Vale más que nos apoyemos en tus resortes como juez. No te preocupes, yo te cubro. Voy a pensar más detenidamente en los pasos a seguir. Ya te llamo.



    3.  El protector de Paco Yunque

           Permítanme que, desplazando a mi padre, vuelva a tomar las riendas de narrador. En la carpeta de marras figuraba una carta de mi abuelo Juan Domingo, fechada el 3 de abril de 1952, en la que le marcaba tres jalones sucesivos en la investigación. Primero, hablar con Ciro Alegría. Segundo, entrevistarse con la viuda de Vallejo. Tercero, pedir aclaraciones a Juan Larrea. Y añadía: El resultado de cada paso puede resultar decisivo para abordar el siguiente o, incluso, para cambiar de camino. Yo te ayudaré en lo que pueda. Con Larrea no hay problema. Ciro será más difícil, pues no lo he tratado, ni me gusta su manera de ser. Georgette, la viuda, es cosa tuya.

           Como mi abuelo era hombre muy lúcido, voy a seguir su orden de marcha, abandonando el cronológico. Quiero decir que, por cosas de la vida, mi padre tuvo que vérselas con Georgette Vallejo antes que con Ciro Alegría. No obstante, coloco antes en la narración la secuencia alegre, o sea, aquella de la que mi madre –según decía- volvió de Puerto Rico con exceso de equipaje. Bien, basta de excursos y dejo otra vez a mi padre en el uso de la palabra.

           Llevarle a Ciro a temas de Perú, y más un magistrado, era tarea difícil. A cada momento temía ser víctima de algún atentado y, por otra parte, no era lo que se dice un tipo locuaz. Mi padre tuvo que valerse de los buenos oficios de Luis Hernández Aquino, profesor y poeta borincano, que había tenido su parte de culpa en que Alegría se desempeñase como profesor de la Universidad puertorriqueña durante cuatro años, que iban tocando a su fin. En los recintos de Mayagüez y Río Piedras, don Ciro ejerció su magisterio con solvencia y cierta implicación: prueba de ella, su matrimonio con su colega Ligia Marchand y las colaboraciones en periódicos y revistas de la isla. Por fin, en las navidades de 1952, mi padre recibió el plácet y yo me dispuse a viajar a la isla, aprovechando el periodo vacacional veraniego en el hemisferio sur. Le dije a Matilde, mi mujer:

      -          Querida, Puerto Rico es una belleza y te debo varios años de vacaciones. ¿Qué tal si me acompañas? Podríamos dejar a los niños con tu madre.

      -          No lo dirás en serio. Veo que vas allí a trabajar y me vas a dejar más sola que la una.

      -          De ningún modo. En dos o tres semanas hay tiempo para todo. Y además, así te libras del calor de febrero.

      -          De acuerdo. Pero sólo quince días. Los niños son aún muy pequeños.

           La decisión fue todo un acierto. Resultó que Ligia y mi mujer congeniaron al momento. Aquella fue la más amable anfitriona para Matilde, quien correspondió obsequiándole una espléndida ajorca de oro, réplica de artesanía chimú, de la que la mujer de Alegría se había encaprichado al vérsela puesta a mi esposa. A partir de ese momento, la fraternidad reinó entre ellas y, por contagio, la cordialidad entre Ciro y yo. Por eso lamenté que el matrimonio naufragara poco después, a raíz de la marcha del novelista a Cuba y de un matrimonio ulterior.

           Pero, a lo que vamos: Ciro fue confirmando, punto por punto, la historia de Paco Yunque, tal y como este me la había contado y yo expuse al novelista, mediante copia de mis notas.

      -          Ya sabe, Córdoba, que va para diez años que publiqué en Cuadernos Hispanoamericanos unas extensas notas sobre mis recuerdos escolares de Vallejo. Tal vez, el paso del tiempo y el aplicar a entonces lo luego sabido, alteraron un poco la realidad y dieron a la narración un tono levemente hagiográfico de César.

      -          Conozco perfectamente esas páginas de que me habla. Son muy hermosas y reflejan cariño y admiración hacia su profesor, cosa que le honra. Pero el tema es ahora, para mí, si Paco Yunque fue real y cuáles fueron sus relaciones con Vallejo y con usted.

      -          De la realidad de Paco no debe tener ninguna duda. Existió (bueno, existe, según lo que usted sabe), y su personalidad y circunstancias escolares son precisamente las reflejadas en el cuento. También es cierto que yo debí de ser Paco Fariña, a juzgar por la procedencia y comportamiento del niño. Es verdad que Vallejo me encomendó, de manera más o menos sutil, que fuera compañero y sostén de Paco, cosa que creo hice lo mejor que pude en aquel curso. Luego, el poeta dejó el colegio y la ciudad, y Yunque y yo nos fuimos distanciando. De hecho, no lo recuerdo más acá de tercero de primaria. Ignoro si abandonaría los estudios o lo cambiarían de clase.

      -          ¿Y las relaciones de Yunque y Vallejo?

      -          Pues las normales entre un profesor populista y sensible, y un niño necesitado de ayuda y maltratado por motivos de clasismo. Yo creo que hizo cuanto pudo, pero castigar o meter en razón a Humbertito era tarea inútil. Ya se infiere eso del cuento, con la intervención del director del colegio, por muy nacional que este fuera. Y ¿quiere que le confiese una cosa? Para mí que, en la marcha fulminante de Vallejo al acabar el curso, tal vez  tuvieran que ver las presiones del padre de Humberto y de otros.

      -          Entonces, ¿cree usted que el caso de Paco Yunque afectó mucho a Vallejo? Quiero decir, más de lo normal en un profesor sensible.

      -          No me cabe duda. Yo diría que Yunque  era como la personificación de cuanto César quería hacer con y por nosotros, fracasando en gran parte en el empeño.

      -          Pero suele pensarse que el magisterio fue una actividad alimenticia para Vallejo, vamos, que no tenía continuidad y vocación. ¿No habría, pues, algo especial entre él y Paco, algo que rebasara los términos de una relación ordinaria profesor-alumno?

      -          No lo crea usted. Yo pienso que Vallejo era un notable profesor y que hubiera llegado a ser algo grande como docente, si no se hubieran mezclado otras muchas cosas. Y, decía usted… ¡ah, sí!, una relación peculiar. Tal vez, por piedad o por similitud de orígenes.

      -          ¿No se le notaba un cariño especial? En las excursiones o fuera de clase, por la calle, ¿no había algo más que con los restantes alumnos?

      -          No tengo idea. Yo era un niño de siete años y hablamos de cosas sucedidas hace casi cuarenta. De lo que no me cabe duda es que Vallejo sufrió una gran frustración por no poder acabar en su clase con la injusticia que Yunque sufría. Y yo también, desde mi alma infantil. En fin, creo que el haber escrito el cuento y el conservar el nombre real del protagonista son buena muestra de ello.

           Bien, mucho o poco, cuanto Alegría tenía que decirme había concluido. Cerré mi bloc de notas. La tarde empezaba a caer. Abandonamos el saloncito de mi coqueto hotel, el Plaza de Armas (me abruma llamarlo el Howard Johnson Old San Juan) y salimos a las calles de San Juan, en busca de nuestras señoras, que esperaban en el Parque de las Palomas. Alegría me aconsejó:

      -          El recinto universitario de Río Piedras es muy hermoso, un poco a la yanqui. Pero déjense de academicismos y vayan a tomar el sol y el mar a la zona de Isla Verde, aunque no sea el mejor momento del año. ¡Ah! y visiten el bosque pluvial de El Yunque, ya que su mujer parece muy inclinada a la contemplación de la naturaleza.

      -          El Yunque. ¿Pero también aquí hay un Yunque, profesor Alegría?

           Y ambos rompimos a reír inconteniblemente.



      4.  La mujer del poeta

             Georgette Philippart, viuda de Vallejo, había llegado a Perú, procedente de Francia, a mediados de 1951 y se había establecido precariamente en Lima, de la mano de algunos amigos y admiradores de la obra de su difunto esposo. Andando el tiempo, publicaría aquí y en Caracas toda la obra vallejiana; entre ella, el Paco Yunque literario, que nació para el mundo en 1967, aunque hubiera tenido aquella aparición fugaz para iniciados que ya ha quedado indicada.

             Más adelante, Georgette sentaría cátedra de mal carácter y visceralidad, pero, en junio de 1952, cuando mi padre le pidió audiencia, por intermediación de Raúl Porras, era una persona deseosa de abrirse camino en la sociedad peruana y lograr el apoyo económico de quienquiera que pudiese ayudarla. No es dudoso que, al ver que su solicitante era magistrado, hijo de un ministro de la Corte Suprema y recomendado de Porras (su principal introductor en el Perú), decidiera colaborar de manera franca, aunque implícitamente interesada.

             En el cuaderno sepia puede leerse, entre líneas, que mi padre no estaba muy seguro de cómo llevar la entrevista, la cual, por otra parte, no dejó transcrita sino mediante algunas notas y un resumen. Yo voy a permitirme dramatizarla un poco, aunque pudiera incurrir en algunas inexactitudes. A fin de cuentas, este relato no es un ensayo, sino la primicia de una interesante investigación. Concedamos, una vez más, a mi progenitor el protagonismo narrativo.

        -          En mi condición de juez instructor de Trujillo, he tomado contacto con un tal Paco Yunque, que anda blasonando de haber sido alumno de Vallejo y desencadenante del famoso cuento que lleva su nombre. Es de mi interés profesional preguntarle sobre todo cuanto pueda confirmar o desmentir tales aseveraciones.

        -          Es la primera noticia que tengo de la existencia real de Paco Yunque. Todo lo que puedo decirle es que Vallejo llevaba ese cuento escrito en el corazón desde su juventud. De hecho, cuando en 1931 le pidió un editor español una narración para niños, esa fue la que le ofreció, aunque finalmente no se la aceptaran por su tristeza.

        -          Pero, ¿la escribió entonces o la tenía ya redactada?

        -          No puedo asegurarlo. En cualquier caso, llamó al editor para entregársela apenas un par de días después de la petición. Mi marido estaba muy interesado en darse a conocer en España por algo más que su poesía, cosa que quedó definitivamente lograda, al publicar en ese mismo año El Tungsteno.

        -          Y, al rechazarle el editor el cuento, ¿hizo su marido algún comentario?

        -          Bueno, algo así como que era demasiado triste para leerlo, pero no para vivirlo; y añadió, “tal vez yo sea el menos indicado para andar haciendo denuncia social sobre la infancia”. Yo entendí el comentario como una ironía por su abandono de la docencia, o tal vez, por su intransigente postura ante la paternidad.

        -          Me alegro, doña Georgette, que toque ese tema. ¿Por qué no quería tener hijos su marido? ¿No contrariaba con ello los sentimientos de usted?

        -          Para bien o para mal, Vallejo se fue convirtiendo en un revolucionario, carente de tranquilidad, tiempo y fortuna. Decidió que no era esa la mejor forma de recibir y educar a un hijo. Ya sabe, los argumentos de Lenin y tantos otros. En cuanto a mi propia opinión, permítame que me la reserve. No creo que tenga relevancia para su investigación.

        -          No estoy tan seguro, pero dejémoslo así. ¿Está usted también cierta de que Vallejo no tuvo descendencia de otras mujeres? No siempre abrazó la postura revolucionaria que usted dice. Y, de hecho, cuando pasaron ustedes a vivir juntos, el tenía más de 35 años. ¿No podía ser que…?

        -          Nunca me hizo al respecto comentario alguno, lo que yo debo entender como negativo. Vallejo era tierno y sensible. Si hubiera sido consciente de haber sido padre, hubiera ofrecido a sus hijos su recuerdo, su ayuda, su calor…

        -          Entonces, bien pudiera ser que hubiese algo anterior y más profundo que su talante revolucionario para negarse a ser padre. Por otra parte –y usted me perdonará por traer a colación en tema-, llevó sus ideas tan a punta de lanza, que llegó hasta la inducción al aborto.

        -          ¿Qué está insinuando usted? –la señora echaba fuego-

        -          No me refiero a su caso, sino al de una limeña, muy anterior a usted, llamada Otilia Villanueva. Se dice que…

        -          ¿Y a mí que me importa, ni qué puedo saber de lo que pasó en Perú muchos años antes de que yo conociera a Vallejo? Señor magistrado, me parece que debemos ir dando por terminada esta entrevista.

        -          Le suplico que me conceda un momento más. Lo que quería indagar es la influencia de Paco Yunque en su difunto marido. Si no sería el caso de él, y otros similares, los que le llevaran a una conciencia de culpabilidad con la infancia desprotegida y, en consecuencia, a desechar a todo trance su paternidad. Vamos, algo más esencial y constante, que las veleidades revolucionarias.

             La palabra “veleidades” fue el detonante. Georgette se levantó del asiento, echó a mi padre una mirada fulminante y salió de la habitación sin cuidarse de él. Medio a oscuras, el flamante juez de instrucción de Trujillo tanteó el camino de salida, estuvo a punto de pisar un gato y logró dar con el picaporte de la puerta de entrada. En el camino, perdió una de las cuartillas en que había estado tomando notas del cara a cara con la explosiva francesa. Desde luego, no se le ocurrió volver a buscarla.


          5.  Aquí, un amigo

                  Mientras mi padre se las tenía con doña Georgette y, meses después, viajaba a Puerto Rico a charlar con Ciro Alegría,  mi abuelo se dirigía a quien había sido el mejor amigo de Vallejo en Europa, a la sazón profesor de Literatura española en Nueva York, don Juan Larrea.

                 Como esta narración ya va resultando larga, me voy a limitar a transcribir la carta de contestación de Larrea, expurgándola de cuantas referencias y alusiones no vengan al caso o tengan un mero carácter familiar. Estaba fechada en la ciudad de los rascacielos, a 12 de diciembre de 1952, y decía así:

                 “… No sabes la grata sorpresa que me ha producido el inesperado encuentro de tu hijo con el Paco Yunque que dio lugar al espléndido cuento de nuestro amigo. Y lo digo, no sólo a título de mera curiosidad, sino porque hace buena una premonición mía: la de que algo muy especial tuvo que sucederle a Vallejo, para mostrar tal rechazo a la paternidad y semejante hostilidad a regresar a las tareas docentes, una vez en Europa. Sí, ya sé la influencia que pueden haber tenido el carácter y la evolución política del poeta, pero tenía que existir algo más profundo y antiguo, experiencias vitales como la que debió suponer para él el calvario de Paco Yunque, vivido día a día y sin tener éxito en ponerle fin…

                 “No tengo la menor duda de que, sin tragos tan amargos como los que vivió en el colegio San Juan, en el Padrós, en el Guadalupe, Vallejo hubiese contemplado la infancia de muy otra forma. Pero el caso de Paco Yunque tiene algo de singular. Yo creo que se trata de la edad tan tierna del niño, por no hablar de la común procedencia serrana y de los abusos llenos de sadismo que sufrió. En cambio –y lamento echar agua a vino tan generoso-, puedes decirle a tu hijo que la nariz de boxeador puede haber sido una coincidencia, pero que nada induce a pensar en un César Abraham quinceañero haciéndole un chino a una presunta indiecita, llamada María Rosa. En fin, para el muy improbable caso de que tal hubiera sucedido, todavía estaría más justificada la inquina de Vallejo, aunque debería volverla en gran parte hacía sí mismo, por permitir y permitirse semejante canallada.

                 “… Así pues, querido amigo, dejémoslo así. En todo caso, si el Paco Yunque de carne y hueso no hubiera existido, no por ello sería menos triste y apodíctico el personaje del cuento. Y, a la inversa, que Vallejo haya tenido tan cerca la realidad, no hace menos sensible y hermoso su trasunto literario…

                 “Diga lo que quiera esa zorrilla[8], tuvo varios abortos provocados y estuvo a punto de sufrir graves consecuencias por ello. César y ella tuvieron una tremenda experiencia, más digna de lástima, que de censura. Pero está visto que Georgette no puede reconocer fallos humanos, y menos, si afectan a su querido galán que –como se sabe-, ni bebía, ni iba con furcias, ni debía a nadie un franco o una peseta. Desengáñate, Domingo[9], esa mujer acabará por poner a César en la capilla de los Santos Peruanos de la Catedral de Lima.

                 “Felicita a tu hijo por sus hallazgos y hazle saber que cumpliré –mal que me pese- su voluntad de no divulgarlos hasta recibir su autorización. Por su parte, él puede hacer de mi modesta aportación el uso que tenga por conveniente, incluso de lo referente a la viuda de Vallejo, por otro nombre, la desmemoriada.”


              
             





            [1] Aunque de todo punto innecesario, no me privaré de refrescar la memoria a mis lectores, recordándoles que ese es el nombre de uno de los cuentos más famosos de César Vallejo (1892-1938), cuyo texto ha llegado a ser de lectura obligada –según me refieren- en las escuelas peruanas. Otros diversos detalles de Paco Yunque pueden espigarse en las páginas que siguen.
            [2]  Alianza Popular Revolucionaria Americana, inicialmente un movimiento de pretensiones continentales, nacionalistas y socializantes, nacido en Perú, y reducido finalmente a importante partido político de ese país.
            [3]  Expresión típica peruana para referirse al mestizo de blanco e indígena. En otros países americanos, es lo habitual referirse a cholo, lo que en Perú supondría mestizaje de razas negra e indígena.
            [4]  César González Ruano (1903-1965), quien seguramente tenía muchísimo más de ingenioso que de chistoso.
            [5]  Ya que el verbo inglés, en su sentido transitivo, se traduce por agraviar, afligir, apenar, apesadumbrar.
            [6]  Paco Yunque alude a la revolución de Trujillo, en julio de 1932, dirigida por el APRA, y que, entre los enfrentamientos con el ejército y la represión ulterior, generó miles de muertos.
            [7]  Segundo nombre de César Vallejo, utilizado en ocasiones por sus amigos para aludirle.
            [8]  Apelativo ocasional que le daba el propio Vallejo. Quedémonos con el más literario de L’hirondelle, es decir, la golondrina.
            [9]   Mi abuelo tenía el nombre compuesto de Juan Domingo, pero habitualmente prescindía del Juan.

            PERSONAJES DE UN DRAMA

            Por Federico Bello Landrove

                 Empecé este relato como una especie de almoneda, donde colocar y dar salida a algunos prototipos de la Guerra Civil, no recogidos en cuentos anteriores: el político desplazado en un ambiente cada vez más violento y pre-bélico; el anticlerical visceral y convencido que acepta, no obstante, dogmas y mesianismos bastante más violentos y menos acreditados; la madrina de guerra; los delatores… Al final, los hechos y los personajes cobrarán pulso y carácter, gracias a basarse en la realidad, y la ficción, inicialmente de circunstancias, obtendrá mi interés y aprecio. Ójala que también los de ustedes, amigos lectores



            1.      Prólogo. Abril de 1964

                 Quienes tengan la suerte, o el infortunio, de avanzar con pie ágil camino del siglo XXI no imaginarán la importancia y la intimidad, alcanzadas por los cafés de la posguerra civil. Claro está que, allá por 1964, la cosa ya no era lo que había sido. La televisión se generalizaba en los hogares y hacía de ventana electrónica, a la que los clientes de los bares levantaban la vista, con caras objetivamente de imbéciles. ¡Y qué decir de las cafeterías de aquí te bebo, aquí te pago! O de las barras de qué va a ser y consumo meteórico. Pero, con todo, aún bienvivían los cafés de toda la vida, como aquél “Español” de la Plaza Mayor de Castellar, reino de las mesas de mármol, de los divanes tapizados en terciopelo rojo, de las esbeltas columnas soportando techos supremos, con espejos afrontados que replicaban imágenes hasta el infinito, y un gran reloj de numeración a la romana, como árbitro y señor del paso indiferente del tiempo.

                 Lo habrán sospechado. Yo vestí chaquetilla blanca y pantalón negro en aquella solemne sede de la cita y la tertulia, del enroque y el chamelo, del arrumaco y del trato. Llevé, sin orgullo y sin desdoro, la pajarita al cuello, los zapatos como espejos, el paño al brazo y la bandeja en equilibrio inverosímil. Hasta es posible que algunos de ustedes aún se acuerden de mí: Paco Camarzana, para servirles. Me despidieron en el año ochenta y cuatro, cuando desbarataron impiadosamente el café, para ubicar un banco y una boutique. Todavía tuve tiempo y gana de echar mi cierre, unos años más tarde, en la cafetería del hotel “Abolengo”. Fue lo más tranquilo que encontré para mis últimos años de brega, y lo más impersonal. A ciertas edades, uno rehúye hacer nuevos amigos, encariñarse con personas de otra generación. Así que, si son turistas o están de paso, mejor que mejor.

                 Cuando me retiré, con los sesenta y cinco bien cumplidos, ni se me hubiera ocurrido escribir unas memorias, por respeto al personal y por torpeza propia. Lo pensaba y lo pienso, aunque vaya ahora a hacer una pequeña excepción. Y es que mi buen amigo y antiguo cliente tertuliano, don Sebastián Codoñer, me ha dado a leer, para entretener las horas en este asilo que llaman residencia, unos espléndidos cuentos sobre la Guerra Civil, que me han traído a la memoria un sucedido, allá por el 64, cuando nos dieron la matraca durante meses con lo de los veinticinco años de paz. Contárselo a don Sebastián y ponerse éste a tomar notas fue todo uno, sin que yo pudiera negarme, con lo bien que se estaba portando conmigo. Así que sólo le puse dos condiciones: cambiar nombres y algunos detalles demasiado precisos, y no publicar nada hasta que estuviese yo criando malvas. Me lo ha prometido y no me cabe duda de que cumplirá su palabra. De todas formas, tendrá que inventarse bastante porque, como es natural, yo cogí los relatos al vuelo, mientras hacía mi trabajo, y sin tener la caradura de pararme abiertamente a escuchar.

                 No he sido capaz de saber por qué se reunieron los cuatro amigos aquella tarde, ni qué les llevó a contarse sus historias, como en los libros antiguos. Pongamos que fueran viejos camaradas, reunidos al llamado de la citada efeméride franquista, y que estuvieran recordándose mutuamente personajes que hubieran tenido un importante significado en sus vidas. Yo sólo sé lo que cuento… y que, al marchar, me dejaron una buena propina. Todo lo demás, redacción culta incluida, se lo dejo al señor Codoñer. Él sabrá lo que hace. A mí –como se figurarán- ya no me importa nada.



              2. El gran dimitente

                     Como sabéis, Dionisio González era mi tío, y fue conocido en toda la ciudad cuando se convirtió en el primer presidente de la Diputación con la República. En mi casa nunca se ha hablado con claridad de la cosa, pero creo que su ideología política limitaba, por la derecha, con Azaña y, por la izquierda, con Indalecio Prieto. En cualquier caso, el 14 de abril se acostó envuelto en la bandera tricolor y, gustosamente o a disgusto, fue promovido a la presidencia con el voto unánime de las izquierdas y el apoyo personal de los socialistas.

                     Sé, por referencias e indirectas, que mi tío no era una persona acomodaticia ni simpática. Vamos, que no valía para político. Pero, en ciertos momentos, se asume una responsabilidad pública estrictamente por afirmación de unos valores y espíritu de servicio. Sí, ya lo comprendo, todo eso parece una milonga, pero mi pariente lo rubricó de una manera tan reiterada y decidida, que mi familia lo pone como modelo de honestidad. Yo, aún admirándolo, lo considero, más bien, un ejemplo de persona desplazada o desengañada. Os voy a contar, brevemente y por lo poco que sé, el contenido y las causas de las dimisiones que jalonaron su vida política, a razón de una por año, entre 1932 y 1934.

                     Cuentan que la situación de las entidades locales en aquella época era desesperada en lo económico, en parte, por la crisis, y en parte, por la necesidad de atender multitud de servicios y necesidades públicas, que el nuevo régimen político había traído como bandera de su carácter social. Los presupuestos eran insuficientes y se imponía buscar el crédito dondequiera que fuese. No todos los diputados lo veían con buenos ojos. Surgían, con mayor o menor sinceridad, voces contrarias a lo que consideraban despilfarro, mala administración, entreguismo a las entidades crediticias. En Castellar llegó a echarse en cara –y no sólo en la Diputación- favoritismos en los destinos del dinero y componendas non sanctas con las fuentes de aquél. Mi tío no llevaba nada bien esas murmuraciones, pero lo que no pudo soportar fue el no ser apoyado plenamente por sus propios correligionarios.

                     Añádase a ello, la postura intolerante y patrimonialista de los sindicatos. No había peticiones: todo eran exigencias; no había instituciones públicas al servicio de todos, sino abiertas sólo para ellos. La República era de los trabajadores, en el sentido más clasista y sectario del término. Llegó un momento –por lo que se dice- en que los edificios públicos eran el destino de los vociferantes y la sede factual de los sindicalistas menos laboriosos. En ocasiones, la actividad de la Diputación resultaba imposible. Despachos, pasillos, salón de plenos, eran invadidos y profanados. Para un demócrata de izquierdas de los de entonces, era impensable apoyarse en la fuerza pública y desalojar a aquellos energúmenos.

                     Resultado: mi tío dimitió a los nueve meses de su nombramiento. Ahora que lo pienso, la permanencia en el cargo se presta a la ironía fácil. Lo curioso es que la segunda dimisión debió resultar sietemesina.

                     O don Dionisio seguía estando bien visto, o le dieron una patada hacia arriba, pues le propusieron ser Director o Subdirector General de no sé qué relacionado con la enseñanza; algo que convenía bastante mejor a su vocación y dedicación docentes. Corría aún el año 32 y mi tío mordió el anzuelo. Comenzó estrellándose contra cierta maestra muy bien apoyada pero poco cumplidora de su deber, a quien mi pariente sancionó sin contemplaciones, asumiendo las denuncias existentes contra ella. De esas cosas ha habido siempre, no es algo exclusivo de nuestro tiempo. Me figuro que quedaría tocado del ala (izquierda, por supuesto) lo suficiente, como para no resistir el segundo choque con la Superioridad.

                     Es el caso que, en algún remoto lugar del sur –mi familia apunta a la provincia de Jaén-, funcionaba como institución docente necesaria un antiguo colegio de monjas reconvertido, por imposición de la Ley de Congregaciones, en una especie de cooperativa laboral, formada por sus maestros de siempre. Las fuerzas de progreso del pueblo exigían el cierre, pese a que no había plazas escolares mínimamente suficientes para todos los niños. Y allí que fue mi tío, acompañando al Subsecretario, para cerciorarse de la situación. La encuesta resultó altamente favorable para la calidad de la enseñanza en el colegio clerical y rotundamente contraria a la posibilidad de reemplazarlo a corto plazo. No obstante, el Subsecretario trató de imponer a mi pariente la decisión de cierre fulminante de la institución, que era incómoda para los nuevos caciques del pueblo. Mi tío presentó incontinenti su dimisión y pidió un último favor a su superior: que el coche oficial le llevara de regreso hasta Madrid, aunque él ya no fuera cargo público. Fue uno de los pocos viajes en que utilizó el privilegiado medio y supongo que de los más felices.

                     La tercera dimisión provocó una pequeña tormenta política en Castellar. Con terquedad digna de mejor causa, el Partido socialista se empeñó en presentar a mi tío como candidato en las elecciones generales de noviembre de 1933. Salió elegido y ejerció como diputado hasta la revolución de octubre del 34. Aquél estallido de violencia, desorganización y antidemocracia fue demasiado para él. Entregó su acta de diputado al mes siguiente y dijo definitivamente adiós a la política, y ésta a él. Creo que muchos de los suyos no lo entendieron, incluso en su propia familia. Otros, sí: de hecho, si no lo fusilaron al estallar el Movimiento, es de suponer que fuera por eso. En todo caso, ya sabéis que la alternativa fue la cárcel y el sobrevivir, por poco tiempo, a la desgracia del país y de los suyos. He oído decir muchas veces que murió profundamente arrepentido de haber caído en la tentación de la política y por haber inoculado ese virus a sus hijos. Yo, tal vez por mi formación, contemplo su caso como un ejemplo darwiniano de inadaptación al medio. No te metas en un mundo que no seas capaz de asumir o de transformar. Y, ya que caigas en un ambiente mefítico, sal cuanto antes de él y no vayas dando tropezón tras tropezón, en la misma piedra.



                  3.  El ilustrado

                         Conocéis que procedo de Valhondo, pequeña ciudad junto a la cordillera, donde un abuelo mío fue elegido alcalde pocos días después de la proclamación de la República y, con el obligado intervalo de la suspensión de los ayuntamientos democráticos  por los acontecimientos revolucionarios a que ha aludido Germán, presidió el municipio hasta que los falangistas dieron con sus huesos en alguna ignorada fosa de la comarca; y digo los huesos, porque no fueron capaces de sepultar su alma, es decir, de hacer olvidar su memoria. De vez en cuando, vuelvo por aquellas tierras y constato que, ahora que empieza a poderse hablar, el apellido Cifuentes sigue siendo querido y recordado.

                         No es extraño. Mi abuelo paterno fue una de esas escasas personas que, en tiempos de ira y división, supo ganarse a todos, cualesquiera que fuesen sus ideas, con honradez, tolerancia e imparcialidad. Acepto, con Germán, que su recuerdo pueda ser mejor que su ejecutoria o, como dice el otro, su sombra mayor que su estatura. Pero todavía quedaría lo bastante, como para poder afirmar que fue un hombre bueno y un político digno; lo cual ha servido de honor y lenitivo a su familia pues a él, el pobre, no lo libró del martirio.

                         Según me contó hace unos años un anciano del lugar, sólo un pero, una crítica, hacían en su momento los adversarios de la gestión de mi abuelo. Era la de ser inflexible en el rechazo de todo lo que oliera a Iglesia. Claro que él se apoyaba en la restrictiva legislación vigente, pero actuaba con un rigor rayano en la intolerancia, con una vehemencia cercana al sectarismo. Por sus palabras y escritos, se deduce que esa fobia anticlerical tenía una causa patente: su amor por la racionalidad y la cultura, su creencia en la enseñanza laica como la llave de la igualdad y del progreso. Su mente de hombre ilustrado le hacía ver la actitud y la trayectoria de la Iglesia y de la mayoría de sus rectores y ordenados, como contraria a los ideales que para la humanidad él defendía. Nunca era más feliz que cuando cerraba un colegio religioso para abrir una escuela laica. Procesiones y actos públicos de culto no tenían cabida en Valhondo, aun respetando a las personas y las creencias.

                         Paradójicamente, aquel tragacuras amparaba las iglesias, conocía a los místicos y murió aconsejando a su familia seguir a Cristo y repudiar la política. ¿Paradójicamente? Tal vez no. Quizá la paradoja esté en haber rechazado un oscurantismo, una superstición, un totalitarismo y, sin embargo, haber comulgado o transigido con las utopías políticas violentas, con la lucha de clases, con la verdad ovejuna de los partidos, con la destrucción y la antorcha.  ¿Qué diferencia, en el fondo, los ideales, si no es su posibilidad de plasmarlos y los medios para conseguirlo? Al menos, para mí, mediocre imitador de las cualidades de mi abuelo, me traen sin cuidado los epítetos y las posiciones relativas: progresista o reaccionario, confesional o laico, izquierda y derecha. Cuanto más vivo, aunque sea en este país de oscurantismo y de opresión, más me reafirmo en valorar a las personas por sus obras y a las ideas por sus resultados. Así que cuando últimamente retorno a Valhondo, a mis orígenes, me dicen muy poco los ditirambos de mi antepasado y –mal que le pese a mi padre- no me interesa en qué lugar se hayan podrido sus carnes.



                      4.  La madrina de guerra


                             Si llego a saber que os ibais a poner tan trascendentes y paradójicos, no hubiera aceptado la invitación de Celso para acompañaros en esta tarde de remembranzas. La verdad es que mi historia, aunque más ligera, tiene la ventaja de que yo fui su protagonista. Es el inconveniente de llevaros unos años de edad. A mí, la guerra me pilló en Castellar, con diecisiete primaveras. Mi familia, por unas u otras razones, era de ideología opuesta a las de Germán y Alfredo, pero la política me traía al fresco. Como señorita de posibles y de solera, no me faltaban ocupaciones: piano, estudios universitarios, francés y aquellas prácticas piadosas de las que no pudiera escaquearme. No era agraciada ni decidida; así que no puede decirse que entre mis tareas usuales estuviese la de tontear con los chicos ni andar a la caza de ellos.

                             Con el visto bueno de mi madre, asumí el papel de madrina de guerra para un soldado cualquiera del frente, naturalmente, de nuestro bando. Me molestaban los comentarios e ironías de otras amigas mías, que ejercían el mismo oficio generoso, y tampoco quería tener que enfrentar a un soldadito desconocido, cada vez que le dieran un permiso. Opté por dar el nombre y dirección de una amiga mía, con el beneplácito de ésta. En definitiva, se trataba de hacer caridad sin contraer compromisos. Una carta al mes, un paquete de comida bimestral, alguna prenda de abrigo para el invierno…

                             El chico, que respondía al corrientísimo nombre de José García González, daba muy poca guerra a su madrina, la verdad. Sus cartas eran breves y escasas. Sus permisos, de existir, vividos no lejos del frente. Mi amiga Victoria decía que, entre tantos soldados interesantes, habíamos tropezado con un sieso. No era para tanto: mi ahijado era correcto y mostraba agradecimiento pero, por el motivo que fuese –y muchos tendría en el frente-, no era prolijo ni efusivo.

                             En noviembre de 1938 –me acuerdo bien, aún después de tantos años-, acabó la batalla del Ebro y se conoce que dieron un permiso muy general y prolongado. El hecho es que, por primera vez en casi dos años, Victoria y yo nos encontramos con el problema: José se animaba a venir por Castellar y se proponía conocer a su benefactora. Me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero echamos a suertes cuál de las dos pondría la cara como madrina y ella salió perdiendo, o sea, tuvo que asumir la tarea. Todavía me acuerdo del enfado victoriano y de su frase lapidaria: Será hola y adiós. ¡Que pasee al soldadito su abuela!

                             ¡Sí, sí! El tal José García resultó ser un muchacho encantador: serio, educado, bastante guapo y con una cultura que evidenciaba su condición de persona con estudios. Victoria tuvo, pese a todo, la gentileza de presentármelo en el Salón Ideal. Yo tenía la secreta esperanza de que mi ahijado sintiera la fuerza del parentesco espiritual y me reconociese. ¡Hasta empleé durante la conversación alguna frase literal de las de mis cartas! Pero el chico no tenía ojos ni oídos más que para mi amiga quien, fuerza es reconocerlo, era un auténtico bombón, aunque no solfeara ni supiese el significado de bonjour.

                             El permiso del soldado pasó en un vuelo. Victoria y él sabrán lo que hicieron con el tiempo. Pero a lo que voy es a que por fin dimos con muchas de las claves del comportamiento de Pepe. El joven era hijo de una familia de izquierdas, de tantas como fueron destrozadas por la guerra. Hombres, patrimonio, quehaceres, todo se fue como en un trágico sueño. Pepe, estudiante de Letras y miembro destacado de la FUE, tuvo que salir huyendo de Castellar y alistarse voluntario en León, desde donde le mandaron a pegar tiros al frente norte de aquella provincia. Luego, batallas, penalidades, heridas… y cartas. Según me contó Victoria, mis cartas y mi despreocupada dedicación al madrinazgo le habían servido de mucho. A lo mejor, le dijo bastante más pero, naturalmente, si así fue, ella no me lo reveló.

                             No era nada probable que el soldadito volviese por Castellar, ni vestido de cabo, ni terminada la guerra. Había muchas cuentas pendientes y muchos dispuestos a cobrárselas. Si yo quería decirle la verdad y tentar al destino, éste era el momento. Pasaba, como dijo el clásico, las noches de claro en claro y los días, de turbio en turbio. Era incapaz de decidirme. ¿Y si el tal Pepe era un mal bicho, o un individuo poco de fiar? Mi hermano mayor tal vez habría oído hablar de mi corresponsal:

                        -          ¿José García González, dices? ¿No se tratará de Pepe Gegé, el hijo del tesorero de la Casa del Pueblo? Menudo cabrón. Se nos escapó por los pelos. Dicen que lo han visto por ahí de uniforme: eso le salva; pero, cuando acabe la guerra, no le va a ser tan fácil.

                             Después de esto, ¿qué iba a hacer yo, dubitativa y a mi edad? Le pasé el ahijado a Victoria a todos los efectos. Todavía tuvo el rostro de pedirme que siguiera yo escribiendo las cartas, que ella tenía faltas de ortografía y una letra muy distinta de la mía. ¡Y un cuerno!

                             Mi historia podría acabar aquí, pero le faltaría algo. Acabada la guerra, Victoria desapareció de Castellar, después de una boda casi secreta con Pepe, y fueron a vivir de tapadillo, por razones políticas, Dios sabe dónde. Yo casi olvidé el episodio y, en el cuarenta y cinco, me casé con Celso, aquí presente, que supo ver en mí virtudes ocultas, o una dote suculenta (es broma, querido). Dos años después, me encontré en la calle de Santiago con Victoria. Iba acompañada por dos niños, hijos suyos. Vivía habitualmente en Lugo, donde regentaba una panadería. Le pregunté:

                        -          ¿Y nuestro Pepe?

                        -          No pudo resistir la tensión de sentirse en peligro, ni el ambiente de hostilidad y opresión. Con lo que habíamos ahorrado, marchó para Venezuela. Quedó en reclamarnos cuando se estableciera, pero no sé… Va para un año que no me escribe.

                             No supe qué decirle. Iba yo a improvisar una disculpa, basada en la censura del correo, pero el colofón de Victoria me llegó antes:

                        -          Tal vez habría sido mejor que hubieras perdido tú aquella maldita tarde.




                          5.  La delatora


                                 Mi esposa, Fina, con su experiencia de madrina de guerra, ha cambiado radicalmente el registro de vuestros relatos anteriores. Yo también voy a transmitiros una anécdota vivida en primera persona, en mi consultorio. Habiendo muerto hace años la paciente y cambiando algunos detalles, espero no atentar contra el secreto que me impone Hipócrates.

                                 Poco a poco, la especialidad de Psiquiatría se va generalizando en nuestro país, pero hace unos diez años éramos los médicos de cabecera quienes lidiábamos con las enfermedades de la mente, hasta que la cosa se ponía tan seria, que el famoso doctor Villacieros tenía que tratarla en el Psiquiátrico de allende el Puente Colgante. Eso fue lo que motivó que apareciese por mi consulta una señora de unos cincuenta años de edad, de la que, en principio, me sorprendió que viniese sola a visitarme. Pero, cuando me contó, comprendí que no quisiera testigos de sus confidencias. Para dar más dramatismo al asunto, lo pondré en primera persona. Pues bien, más o menos, me dijo así:

                            -          Allá por el año 36, yo era una mujer aún joven, entregada a mi familia, que componían mi marido y una hija de catorce años de edad. Yo era modista y completaba con mi trabajo el corto salario de mi esposo, que trabajaba en los talleres del “Diario de Castellar”. Vivíamos en un segundo piso de la céntrica calle de…, justo enfrente de otra costurera, de mucha mayor fama que yo, prima del diputado Montejo, que salió elegido por las listas del Frente Popular. Le cuento todo esto, para que comprenda lo que viene después. Tampoco estará de más que le diga –por si usted no es castellarense- que el periódico en que trabajaba mi marido fue muy maltratado en la época de la República. Más de un incidente tuvo él que aguantar con los sindicalistas de la CNT, de modo que me tenía sobre ascuas cada día que llegaba muy tarde a casa, por necesidades de composición y tirada del Diario.

                            Una noche de octubre del 36, mientras entre visillos oteaba la posible llegada mi marido, en la casa de la modista de enfrente aprecié un movimiento sospechoso. Una sombra, aparentemente masculina, se deslizaba hasta el mirador y se envolvía en las pesadas cortinas de protección, quedando totalmente oculto a la vista de todos. Poco después, se encendió la luz de aquella estancia y varias personas iban y venían por ella, como buscando algo. Luego, la luz se apagó y, en unos minutos, tres individuos, que me parecieron uniformados, salieron del portal a la calle y se perdieron de vista, hablando en tono elevado. Finalmente, la vecina apareció por el mirador y las cortinas dejaron paso a la sombra de marras, de quien entonces percibí claramente que se trataba de un hombre vestido con una bata de andar por casa.

                            Como usted comprenderá, me picó la curiosidad, aunque no comenté nada con mi esposo. Abrí los ojos y los oídos al vecindario y en las tiendas próximas, pudiendo enterarme de que la visita que yo había columbrado, y otras que se habían ido produciendo periódicamente con antelación, obedecían a la búsqueda policiaca del diputado Montejo, al ser la casa de su prima costurera uno de los lugares en que podría estar escondido, si es que seguía en Castellar.

                            Desde esa noche, no perdí oportunidad de situarme resguardada ante el balcón cerrado, para comprobar mi sospecha. Le aseguro, doctor, que lo hacía más por curiosidad, que con el propósito de denunciarlo. Yo era una persona de derechas y, como le he dicho, mi marido no tenía motivos para apreciar a los del bando contrario pero, a fin de cuentas, aquel diputado nada tenía que ver con los anarquistas, ni era persona de mala fama entre sus adversarios.

                            Finalmente, una noche de fines de enero, volvió a repetirse la operación de escondite, con el mismo resultado que la vez pasada. Pero ahora yo había visto una foto del diputado, en un periódico atrasado que pedí a mi marido, y, con eso y la luz indirecta del pasillo del fondo, fue bastante para identificarlo. Tuve una sensación como de ahogo por la emoción del descubrimiento y no pude por menos de contárselo a mi marido cuando llegó a casa, poco después. No imaginaba cuál sería su reacción, pero lo cierto es que me echó una bronca por mi insana curiosidad y, acto seguido, me conminó para que me presentara a la mañana siguiente en la Comisaría y denunciara lo que acaecía en la casa de enfrente.

                            El resto, doctor, se lo puede usted figurar. Aunque a regañadientes, me di el sofoco de ir y contarle a la Policía lo que creía saber. Los agentes estuvieron muy amables. Me prometieron no contar a nadie mi patriótica acción (así la llamaron), para evitarme problemas con los vecinos. Según los periódicos, a la noche siguiente detuvieron al diputado, escondido una vez más entre las cortinas del mirador. Creo que a la prima modista también la llevaron a la cárcel, pero la soltaron a los pocos días. Mucho peor fue lo del pobre señor Montejo: ya sabe, hubo juicio y lo fusilaron meses después. Es algo que siempre he tenido sobre la conciencia, pero eran tiempos duros y yo no hice otra cosa que cumplir con mi deber cívico y obedecer a mi marido. ¡A saber lo que nos hubiera pasado si callamos! Por otra parte, más tarde o más temprano, lo hubieran cogido. Es lo que pasó con casi todos los que no pudieron escapar en los primeros días del Movimiento.

                            Hasta ahí, nada que me hiciese venir a visitarle. Pero es que, desde hace un par de años, es un no vivir. Constantemente veo el rostro del diputado fallecido y el mío propio. Viven junto a mí, me abrazan y me besan, juegan entre ellos, se pelean o se adoran. Crecen y se identifican cada vez más con las personas de quienes son imagen. ¡Dios mío!, tengo constantemente presente aquel malhadado episodio de mi vida, duermo con su trasunto, me siento culpable, me juzgo odiosa, maldigo a mi marido por haberme hecho pecar. La confesión no ha tranquilizado mi alma y, en el colmo del horror, he imaginado dar muerte a esos dos rostros queridos, a esas dos figuras tiernas, que perpetúan mi vergüenza y echan en cara inconscientemente mi perversidad.

                            -          Señora –dije yo-, ¿por qué no quiere acabar con ese tormento o destruir la imagen de su culpa? ¿No comprende que esa es la única forma de liberarse; que, en último extremo, los que la persiguen no tienen cuerpo ni realidad?

                            -          ¡Qué dice usted, desgraciado! ¡Acabar con esas criaturas que son sangre de mi sangre! ¿No comprende que le estoy hablando de mis nietos?

                                 Y es que, amigos míos, luego pude saber que, ignorándolo todo, incluso su respectiva progenie, la única hija de esta señora había casado con el hijo mayor del diputado Montejo. Claro que obtuve esa información de otras fuentes, pues aquella paciente no volvió por mi consulta. La ingresaron en el Psiquiátrico y murió, como os dije, hace unos años, tirándose al río desde el Puente Colgante.





                            6.  Epílogo


                                   Hasta aquí, el relato de mi buen amigo, el camarero Paco Camarzana (que en paz descanse), según las notas que yo le tomé y él se empeñó en prologar. Si sólo hubieran sido las historias, no me habría sentido autorizado para hacerles apostilla alguna. En cambio, el prólogo incurre en tantas inexactitudes, que no puedo por menos de advertirles de ellas, aunque sólo sea por respeto hacia ustedes y para que juzguen sobre la credibilidad del narrador. Fui su amigo, pero recuerdo la frase atribuida a Aristóteles: Amicus Plato, sed magis amica veritas.



                                   Ni el café “Español” se desmanteló en 1984 –como los castellarenses, sin duda, recuerdan-, ni Paco trabajaba en aquella fecha, toda vez que murió en 1992, a los ochenta y cinco años de edad. No se empleó nunca en aquel ilustre recinto, ni llevó pajarita, que yo sepa. Yo lo conocí atendiendo a los clientes de aquel modesto, aunque famoso, establecimiento llamado “La Viña” – o La viña del Señor, según bromeaban sus propios dueños, porque de todo había en él-, cuya mayor relación con el “Español” era la de estar separados apenas por doscientos metros de distancia. Los camareros de “La Viña”, por supuesto, llevaban corbata vertical y no de lazo. Finalmente, Camarzana no tuvo más contacto con el hotel “Abolengo”, que el trabajar allí su esposa de limpiadora.



                                   Pillado el osado prologuista en tantos renuncios, ¿quién nos dice que las cuatro historias que me trasladó no sean obra de su cacumen y no de las vivencias de cuatro amigos sentados en torno a una mesa de café? O, más probable aún, ¿no hablaría Paco por boca de Germán, Alfredo, Fina y Celso?



                                   Me están dando ganas de contarles algo de mi camarero favorito. De cómo salió por pies de su Benavente del alma cuando el Movimiento, para eludir las peligrosas consecuencias de haber estado afiliado a la UGT, como bueno y concienciado mecánico. De cómo malvivió (él y su familia) en mil oficios en esta áspera ciudad de Castellar, que él odiaba cordialmente. De la mano tendida que, en su madurez, halló en otra familia represaliada, que le dio trabajo y cariño aunque poco o nada necesitara de sus servicios. De cómo Paco se convirtió en el mejor cliente del bar de su desempeño. De cómo yo lo conocí cuando era, no un ilustre tertuliano del “Español”, sino un pobre estudiante de Derecho, al que él reservaba una mesa en el sitio más recoleto y abrigado de “La Viña”, para que estudiase con buena luz y calefacción en las tardes de invierno, a cambio de un café que, en ocasiones, se olvidaba de cobrar. De cómo… De cómo…



                                   Pero este relato ya va largo. Así que mejor les hablo de Paco Camarzana otro día. Que es lo que suele decirse cuando uno sabe que de alguien, o de algo, no tratará jamás.