sábado, 18 de junio de 2011

SUPERVIVIENTES


Supervivientes

Por Federico Bello Landrove

     Pocos aspectos de la Guerra Civil española son tan trágicos y denigrantes, como los sacrilegios y ejecuciones a mansalva de religiosos, por el mero hecho de serlo. Basado en hechos reales, acaecidos en Alcalá de Henares, el relato trata de imaginar las consecuencias del caso en dos presuntos protagonistas, uno de los cuales tiene nombre y apellidos, así como una memoria muy flaca y un prestigio moral totalmente infundado. ¡Y no me tiren de la lengua, que me conozco!



1.      El camino de la santidad

     El calor apretaba de firme aquella tarde de julio. El joven Enrique, harto de pasear como un león enjaulado por el largo pasillo de su casa, tuvo un pronto. Rebuscó en el armario su ropa de años atrás, cargó en la cartera las notas y apuntes en que estaba ocupado una semana antes y dijo junto a la puerta de entrada:

-          Madre, me voy a la biblioteca. Hasta luego.

-          Biblioteca, ¿qué biblioteca?

-          A la de la Magistral. ¿Cuál, si no?

-          ¡Pero tú estás loco! ¿No ves cómo están las calles?

-          Pues vacías. Asómate y verás. Anda, quédate tranquila, que voy vestido de seglar.

     Aunque, mientras se desarrollaba este diálogo, Ángeles –la madre- había llegado a toda prisa al pequeño vestíbulo y se había interpuesto entre su hijo y la puerta, aquél mantuvo inflexible su decisión. Apartó a su progenitora, al tiempo que la abrazaba, y aseguró:

-          Vamos, vamos. Ya tenemos aquí las tropas del Gobierno y ayer se rindieron los militares sublevados. No hay nada que temer.

     Resignada, Ángeles lo dejó ir, aún dubitativa y sin cerrar la puerta. Estaba llegando Enrique al portal, cuando acertó a decirle:

-          ¡Vente para casa, en cuanto oigas o notes algo extraño!

     Su hijo se encogió de hombros, por terquedad o indiferencia. Los soportales le protegían de la canícula y de la vista de la poca gente que circulaba a las cuatro de la tarde. Al cruzarse con un grupo de jóvenes con aspecto de milicianos, apuró el paso y medio ocultó su cartera de intelectual. En un par de minutos más alcanzó la plaza en que se alzaba el gran templo. Llamó convenientemente a una puerta excusada que daba al claustro ajardinado. Le abrió Tomás, el sacristán, más receloso que de costumbre:

-          ¿Se ha atrevido, don Enrique?

-          Por supuesto, hombre. No me voy a quedar en casa hasta que termine toda esta gresca. Voy a la biblioteca. Si viene don Pablo, me avisas, que quiero hablarle.

     En la gran sala de lectura, sobre la mesa que habitualmente usaba, aún le esperaba abierta la parte segunda del Decreto de Graciano. Lo suyo era la Teología, pero los cánones eran un peaje a pagar para doctorarse. Así que se zambulló en las causas que aludían al tema: si, padeciendo violencia, puede perderse la virtud. Por un momento, sonrió y dijo con voz apenas audible:

-          ¡Qué cosa más tonta! Hoy nadie dudaría de que no.

***

     Un par de horas más tarde, unos fuertes golpes sobresaltaron a Enrique. Por un momento, se le hicieron presentes las advertencias de su madre, pero se contuvo. ¿A dónde ir, suponiendo que la cosa fuera seria? Mejor quedarse al resguardo en la biblioteca y procurar pasar desapercibido.

     Minutos más tarde, cuando apenas se habían apagado los ecos de los impactos, se abrió de golpe la puerta de la sala y, por un momento, vio la cara desencajada de Tomás:

-          ¡Escape, don Enrique, que han entrado los milicianos!

     El sacristán desapareció a la carrera, dejando la puerta abierta. A través de ella, llegaban confusos ruidos de voces, pasos y golpes de objetos contra el suelo. Enrique, por fin, decidió actuar. Recogió aprisa los documentos personales, los metió en la cartera y, cautelosa pero raudamente, embocó la escalera de bajada al claustro. No llegó muy lejos. Un par de sujetos armados le dieron el alto:

-          ¿Quién demonios eres tú? ¿Dónde te crees que vas?

-          Soy estudiante. Estaba en la biblioteca…

     No le valió la excusa. A punta de fusil, lo condujeron a la gran nave de la iglesia. El espectáculo era ya dantesco. Imágenes y objetos litúrgicos por el suelo; altares desencajados; la sillería del coro con evidentes visos de ir a convertirse en pasto del fuego. Grupos de individuos armados, en su mayoría muy jóvenes, iban de acá para allá, gritando y destrozando, o acopiando lo que mejor les parecía. Por un momento, Enrique creyó ver a su admirado don Pablo, el magistral, sentado en un banco, bajo vigilancia, pero no: era don Marcial, el beneficiado que fungía de maestro de ceremonias. Hicieron como si no se vieran, pero fue inútil. Llevaron casi en volandas a Enrique hasta él, con el consiguiente jolgorio:

-          ¡Ya hemos cazado a otro, sólo que éste va de paisano!

-          Que os he dicho que soy un estudiante, osó todavía decir el aludido, con una evidente reserva mental.

-          ¡Y un cuerno! ¡Tú! –se dirigieron al beneficiado-, ¿conoces a éste? ¿A qué también es cura?

     Don Marcial miraba al suelo, sin decir palabra. Le aplicaron un culatazo en la nuca, para espabilarlo. Enrique no resistió más:

-          Está bien, soy sacerdote y estoy estudiando el doctorado en Teología. Y ustedes, ¿puedo preguntar quiénes son?

     A una miliciana debía de haberle caído bien el joven ordenado, ya que se dignó responderle:

-          Somos del batallón Libertad, para servir a Dios y a ustedes.

      Una carcajada general respondió a la humorada. Enrique decidió que lo mejor era sentarse junto a don Marcial y guardar silencio en adelante. Cuando le pareció que se habían olvidado de él, rozó con la mano el brazo de su compañero de banco. Don Marcial volvió el rostro, con evidentes muestras de dolor y tumefacción. Por un momento, primó la edad y el cuarentón aconsejó a su joven colega:

-          Rece usted, Enrique, que de ésta no salimos.

***

     Cual si viviese el momento como una ensoñación, despertó los sentidos de Enrique una voz conocida, con acentos de mando. Levantó la vista y, por más que la luz fuese insuficiente, creyó reconocer la figura de quien parecía mandar en aquel pandemónium de estrépito y destrucción. Decidió tentar su suerte:

-          ¿Fernando?

     Efectivamente, el interpelado se volvió y caminó unos pasos hacia él. Exclamó:

-          ¡Coño, si es el curita, el hijo de la señora Ángela!

     De manera jocosa le tendió la mano. No era mala mano para aquel momento, la del secretario de las Juventudes Socialistas Unificadas en la ciudad. Pero el gestó quedó bruscamente cortado por el griterío de un grupito de milicianos, que habían dado con uno de los tesoros de aquella iglesia:

-          ¡Fernando, Fernando, las hostias!

     En un historiado copón, se guardaban las formas que se decían incorruptas desde finales del siglo XVI, las Santas Formas, objeto de gran veneración en toda la comarca. Fernando tomó el vaso sagrado y volcó su contenido sobre un banco adyacente al que ocupaban don Marcial y Enrique. Por unos momentos, pareció pensar el mejor destino del pan consagrado, mientras sus compañeros más próximos acallaban sus voces y miraban expectantes a su compañero y jefe por el momento. Finalmente, decidió:

-          Vamos a ver si estos curas son tan espirituales como presumen.

     Y, tirando al suelo la mayor parte de las hostias, se dirigió a don Marcial y dijo:

-          Tú, a mear encima. Si lo haces, te dejamos marchar.

     Don Marcial no se movió. Fernando empuñó la pistola y volvió a la carga:

-          O meas encima, o te paseamos esta misma tarde.

     El beneficiado pareció reaccionar. Se incorporó y, agachándose bruscamente, cogió la mayor cantidad de formas que pudo y se las metió en la boca. Fernando le golpeó violentamente en los dientes con la pistola, forzándole a escupir entre sangre las formas medio deshechas. Otros milicianos levantaron puños y fusiles.

-          ¡Quietos–ordenó Fernando-! Cada cosa a su tiempo y en su lugar. Lleváoslo al cuartel de milicias. O mejor, esperad un momento.

     Fernando se dirigió a Enrique, que estaba a punto de desmayarse, entre la tensión y el flujo de sangre de don Marcial. Le conminó:

-          Ahora te toca a ti, curita de mierda. ¡A mear, o ya sabes lo que te espera!

     Enrique, a lo largo de su vida, mantuvo que lo único que en aquellos momentos había pasado por su cabeza, había sido la parte segunda del Decreto gracianense y su discusión del valor de los actos realizados bajo violencia. ¡Vaya usted a saber! Lo cierto es que se puso en pie y, vuelto de espaldas al maestro de ceremonias, orinó cuanto tenía dentro. Le pareció que el tiempo se detenía y que el ruidillo del líquido llenaba toda la iglesia. Fernando permaneció escrutador y silencioso. Al concluir el chaparrón, sentenció:

-          Puedes irte a casa, y no por lo que acabas de hacer, sino por el hambre que nos ha quitado tu madre, a mí y a mi familia. Y lárgate de la ciudad, antes de que nos arrepintamos.

     Enrique salió presuroso a través de la puerta echada abajo por la soldadesca. No se atrevió a mirar atrás ni una sola vez; menos aún, a despedirse de don Marcial, testigo mudo de su aparente cobardía. El joven sacerdote lo lamentó muchas veces pues, al día siguiente, el cadáver del beneficiado apareció en el Paseo de la Estación, con cuatro heridas de bala. Dicen que, ese mismo día, corrió igual suerte su padre, pero eso puede interesar a la Historia, no a nuestra narración. Tal vez, para ésta tenga mayor interés el tema de la tesis doctoral que Enrique leyó en 1942, en la Universidad Pontificia: “Los caminos a la santidad según el Memorial de la Vida Cristiana, de Fray Luis de Granada”. Caminos, que él había estudiado y procuraría practicar. Lo de don Marcial había sido, más que un camino, un atajo.


  1. Medida por medida

      Fernando Chaparro libró la pena de muerte, al concluir la Guerra Civil, en parte por ser menor de edad, en parte por no haberse encontrado a la sazón testigos más contundentes de sus barbaridades. A lo mejor, por encima y más allá de tales razones lógicas o legales, pudiese influir, para su indulto, el que tardaran en juzgarlo cuatro años, durante los cuales permaneció en prisión preventiva y sufrió más de una tortura y más de dos. En fin, ¿quién sabe lo que pasa por la cabeza de un caudillo y de sus adláteres jurídicos, cuando ejercen de señores de las vidas ajenas?

     Es lo cierto que, para encerrar sus siguientes treinta años de vida, eligieron para Fernando la cárcel de una ciudad famosa por lo crudo de su clima y las bellezas de su catedral. Una catedral en la que acababa de ganar brillantemente la plaza de canónigo magistral nuestro Enrique –ahora, para los no íntimos, don Enrique-, a los treinta y dos años de edad. El día de su posesión, comentó a su madre, con tristeza:

-          ¡Qué pena que no esté aquí don Pablo, para verlo!

     Como recordarán, el aludido fue en vida canónigo magistral en la ciudad cuna de Enrique. Una vida segada un mes después de la de don Marcial, por otros cuatro tiros de fusil, en la calle de Santiago. Al menos, allí había aparecido el cadáver. Así que un clérigo más que había tomado el atajo.

     Doña Ángeles corrigió a su hijo:

-          No estará aquí, pero verlo, ya lo creo que lo ha visto. Desde arriba.

***

     Entre la catedral y la cárcel había una distancia insondable, pero el amor de una madre dicen que todo lo puede. Un mediodía, al volver del oficio de coro, don Enrique halló soliviantada a doña Ángeles:

-          ¿A qué no sabes a quién tenemos en la sala?... Pues a Ana, nuestra asistenta de antes de la guerra.

     Enrique  se quedó de piedra. Era Ana, la madre de Fernando Chaparro, su verdugo de antaño. Pronto tuvo un segundo motivo de estupor: habían pasado ocho o nueve años, pero para aquella señora parecía haber transcurrido un siglo. Si la hubiera visto por la calle, no la habría reconocido.

     Comieron el cocido de los lunes, en amor y compañía. Ana quería y admiraba desde siempre a Enrique y adoraba a Ángela. Por si fuera poco, el guiso estaba delicioso. Pero no había sido eso lo que había traído a Ana tan lejos de casa y, como ella decía, a importunarles con mi presencia.

-          Es por mi Fernando. Era muy joven y con mala cabeza. Anduvo, como saben, por nuestra ciudad hasta que cumplió los dieciocho y, luego, marchó al frente. Lo detuvieron al terminar la guerra. Que si había hecho no sé qué fechorías, que si se escapó o se enfrentó con los que lo detuvieron… El hecho es que le han caído treinta años, y con suerte, que estuvo condenado a muerte. Lo han traído para acá, a que cumpla condena y aquí me tienen, viniendo, cuando tengo para el billete, a verlo y a traerle lo que puedo, quitándonoslo de la boca. Si pudieran hacer algo por él… Aquí, don Enrique, es ahora una persona importante de iglesia. Si quisiera ir de vez en cuando a visitarlo, o mejor, a hablar con los de la cárcel para que no lo traten mal y le reduzcan la condena por el trabajo…

-          Mujer –replicó Enrique-, lo de ir a verlo no me parece muy oportuno, dado mi cargo. En cuanto a la redención por el trabajo, la aplican sistemáticamente.

-          Pero no sabe cómo se ha vuelto este hijo mío –insistió Ana-. No calla, no consiente; dicen que malmete a los otros presos; que anda publicando panfletos o periodicuchos en la prisión. No lo doman, ni las palizas, ni los castigos. A este paso, no va a salir vivo de allí.

          Doña Ángeles terció:

-          Está bien, Ana. Queda tranquila. Enrique procurará hablar con el capellán de la cárcel y, si es posible, visitará a Fernando alguna vez. En cuanto a ti, ya sabes donde tienes tu casa, cada vez que vengas. Y yo le haré llegar algo de comer, que pasan mucha hambre, según dicen.

Ana no sabía si reír o llorar. Enrique se emocionó por un momento:

-          Anda, ven, que te llevo en coche. La prisión está lejos y hace un frío del demonio.

     Pero después lo pensó mejor. Llamó un taxi y dijo al conductor:

-          Lleve a la señora hasta la cárcel, espere a que concluya la visita y la trae luego de vuelta a casa. Yo le pagaré la carrera.

***

     Enrique hacía por no pensar en Fernando, ni en las razones recónditas que tenía para no querer verlo. En último extremo, volvía la oración por pasiva y decíase:

-          No creo que estuviera cómodo, teniéndome frente a él y habiendo de dar las gracias a quien maltrató en otro tiempo.

     No obstante, muchas veces, paseando por el Espolón o por Miraflores, le venía a la mente la comparación entre su espléndida libertad y la dilatadísima reclusión de su conocido; por no hablar de las noches de invierno cuando, cálidamente embozado, imaginaba el frío que sufrirían quienes estaban a la intemperie o mal abrigados. Pero no pasaba de ahí. Como mucho, alguna pregunta cuando casualmente se encontraba con el capellán de prisiones, o una mayor tolerancia con las atenciones de su madre, inicialmente desaconsejadas:

-          Pero madre, que está muy lejos. ¿No conoce a alguien que vaya a ver a otro preso y pueda llevarle el paquete?

-          Sí, ya. Yo hago el esfuerzo y el gasto, para que otro se aproveche de él.

     Una vez, cada dos o tres meses, recibían la visita de Ana, que solía pernoctar con ellos, ante la imposibilidad de hallar combinación de ferrocarril. Cada vez estaba más demacrada y volvía de la visita con mayor tristeza. Ángeles procuraba acompañarla, ante el temor de que desfalleciese en el camino. Una tarde, allá por febrero de mil novecientos cuarenta y muchos, Ana acudió sola a la visita. Ángela estaba griposa y Enrique le dio para el taxi, pese a las insistentes protestas de su huésped. Cayó la noche y Ana no regresaba. A eso de las nueve, presa de la preocupación, nuestro canónigo se atrevió a llamar a la cárcel. Un funcionario de guardia, a regañadientes, consultó el libro de visitas: Ana Castro no figuraba en el registro de ese día.

     Por insistencia de su madre, maldiciendo la circunstancia, Enrique tomó un taxi y rogó al conductor que hiciese muy despacio el camino de la cárcel. Nada de nada. Al regreso, por fin, se aclararon las cosas. En una zanja, junto a la carretera, un bulto les llamó la atención. Era el cadáver, ya frío pero aún sin rigidez, de Ana. En su bolsillo, según les contó luego la Policía, el duro recibido para el taxi. Se ve que tendría cosas más necesarias en que invertirlo. A fin de cuentas, su vida –si es que pensó en ella- tenía escaso valor.

     Enrique pasó una de las peores noches de su vida. Avisar e informar a los policías, identificar el cadáver, la funeraria, su madre, el lugar del enterramiento… Esto fue lo más sencillo de todo, pues Ángela no lo dudó:

-          Si estuvo conmigo en vida, bien podremos estar juntas después de muertas.

     Con tantos requilorios, olvidaban lo principal. Doña Ángeles fue la primera en repararlo:

-          ¡Dios mío, pues no se nos olvidaba avisar al hijo!

     Por primera vez en su vida, Enrique puso los pies en la Prisión Central. Introducido por el capellán, expuso al Subdirector-Administrador la petición de que el preso asistiese al sepelio:

-          Lo siento, Fernando Chaparro está sancionado treinta días por mal comportamiento. Además, me avisan ustedes con muy poco tiempo. Imposible excarcelarlo, y con la vigilancia precisa para un individuo tan escurridizo.

-          ¿No sería posible una excepción? Yo me responsabilizo, argumentó el canónigo.

-          Imposible. Lo más que puedo hacer por usted es darle la noticia al recluso y concederle un tiempo para que acuda a la capilla a rezar por su madre.

-          Gracias, pero no –Enrique estaba muy molesto y casi no pensó lo que decía-. El recluso es amigo mío y yo me encargo de informarle del fallecimiento de su madre. Pero déjelo por hoy. Mañana, cuando esté enterrada, volveré para decírselo.

     A la salida, el capellán, por comentar algo, inquirió:

-          Así que amigo…; ¿de la infancia, tal vez?

-          De cuando la guerra. Fuimos tal para cual.





  1. De los tiempos, el presente


     Mientras vivió doña Ángeles, Enrique no volvió a poner los pies en la prisión. Aunque Fernando había estado comedido, y hasta cortés, cuando fue a darle la noticia de la muerte de su madre, se le habían revuelto el cuerpo y el alma al tenerlo frente a frente. Además, Ángeles se había tomado el asunto como si se tratase de un hijo. El canónigo sospechaba que algún compromiso habría contraído en vida de Ana y sólo rezongaba por rutina cuando, cada jueves, su madre cogía el hato y marchaba a la cárcel. Afortunadamente, el Ayuntamiento había puesto ahora una línea de autobús, que ahorraba a la ya claudicante benefactora la alternativa de penosa caminata o costoso taxi. Al regreso, casi indefectiblemente, doña Ángeles se encerraba un rato en el cuarto de baño y en su propio dormitorio; según ella, para despiojarse. Su hijo creía que podía haber otras razones.

     Una tarde de miércoles, la madre llamó a Enrique a capítulo:

-          Hijo, ¿cómo es que no me acompañas nunca a ver a Fernando? ¿Pasó algo malo entre vosotros durante los primeros días de la guerra?

-          No, madre, qué va a pasar. Simplemente, me deprime el ambiente de la prisión y no está bien que, con mi puesto, me ande yo mezclando con cierta gente. Para eso están los capellanes.

-          Pero es que un día, no tardando, yo puedo faltar y entonces... Ana y yo... En fin, que...

-          Descuide, madre. Tiene usted mucha vida por delante. Y, en faltando, ya veré qué pueda hacerse.

     Ángeles se levantó, acarició el cabello de su hijo y marchó para la cocina. Por el momento, ya había logrado bastante.

***

     Nadie tiene la vida segura y, menos que nadie, los ancianos. Doña Ángeles se marchó casi sin avisar. Un infarto fulminante dio con su cuerpo junto al de Ana y con su alma, en el cielo, a juzgar por la opinión de cuantos la conocían y por las misas y oraciones que se ofrecieron por su alma. Enrique pasó algunos días, desorientado y como perdido, tratando de hacerse con la casa y retirando respetuosamente los objetos personales de su madre. En un armario de la cocina, halló la bolsa que solía llevar a la cárcel y, en su interior, las viandas preparadas para el jueves siguiente a su fallecimiento. Ello le sirvió de recuerdo de su  implícito compromiso; de modo que, el inmediato día de visita, se presentó en el centro penitenciario, después de haber meditado cuidadosamente lo que había de decirle a Fernando.

     Éste, que ya sospechaba alguna desgracia ante la ausencia de doña Ángeles durante varias semanas, estuvo cariñoso, para lo que él era. Recordó lo mucho que Ángela había hecho por su familia, en especial, por su madre y por él mismo. Llegó a reconocer lo máximo de que su cuadriculado cerebro era capaz:

-          Con muchas personas así, el mundo sería muy distinto.

     Aquella tarde, Enrique no fue capaz de despedirse hasta más ver. Dejó pasar un par de jueves y, al tercero, con un caja bien repleta de ropa y comida, le soltó a Fernando lo que tenía pensado:

-          Verás, estoy muy ocupado y no voy a poder venir con asiduidad, como mi madre. Así que te he traído bastantes cosas, para que te apañes una temporada. Si necesitas algo, ya sabes que sólo tienes que avisarme.

     Fernando miró a Enrique con una mezcla de sorna y comprensión, que sintonizó con la mala conciencia de éste. No pudo ser más escueto:

-          Lo entiendo. No te preocupes. Estaré bien. Llevo doce años y pico en la trena, así que figúrate si no voy a estar acostumbrado a todo.

     Aliviado, Enrique hizo ademán de estrecharle la mano. El otro le pasó un papel muy doblado, le guiñó el ojo y salió del locutorio.

      El Subdirector-Administrador se hizo el encontradizo a la salida:

-          Me dispensará su ilustrísima si me meto donde no me llaman, pero no mime usted tanto a su amigo Fernando. Es lo que le faltaba para volverse aún más soberbio y levantisco.

-          ¿Y eso? ¿Tan malo es su comportamiento?

-          Según se mire. Desde luego, no es violento ni grosero, pero nos harta con reclamaciones, quejas, escritos y recursos. Y, por si fuera poco, es el gallito de los políticos. Los solivianta, les pasa consignas comunistas y, últimamente, ha llegado al colmo.

-          ¿El colmo?

-          Si, don Enrique, lo nunca visto. ¿Quiere creer que anda escribiendo poesías subversivas en cualquier cacho de papel y se las arregla para sacarlas fuera de la prisión, a fin de que se publiquen clandestinamente?

     Enrique temió delatarse con el gesto o el rubor. Decidió hacerse el bueno:

-          Agradecido por sus consejos. Sí, tiene usted razón. Espaciaré las visitas, de ahora en adelante.

     En el autobús de vuelta a casa, se atrevió a desdoblar el papelito. En efecto, se trataba de un poema, y bastante inspirado, en su opinión. En el mínimo margen, una especie de dedicatoria o consejo filosófico, que Enrique no entendió del todo:

De los tiempos, el futuro

***

     Un día tras otro, pasaron años sin que volvieran a encontrarse. Allá por 1953, el canónigo recibió una sorprendente citación de la Auditoría militar de la región. Una vez más, el pasado llamaba a su puerta, en forma de petición de indulto de Fernando, para la que había ofrecido, entre otros, el posible aval de Enrique. El comandante jurídico fue al grano:

-          Mire, estamos al cabo de la calle de este frescales y sus manejos, pero nunca había llegado a mezclar a alguien como usted en sus peticiones. La clave de la cuestión es el requisito de tener o no tener delitos de sangre.

-          Creo haber entendido, comandante, que Fernando Chaparro fue condenado por asesinato.

-          Más o menos, pero ya sabe usted que, en los juicios de entonces, dominaba la prisa y no siempre las pruebas eran concluyentes. Si lo he mandado llamar es con un objetivo bien concreto. Usted era sacerdote en esa ciudad en los primeros días del Alzamiento. ¿Qué oyó del tal Chaparro? ¿Intervino o no en la muerte de don Marcial y de su padre? Contésteme en conciencia, como si estuviese bajo juramento.

-          No hace falta que insista. No oí, vi. Ese hombre tiene las manos manchadas de sangre. Entonces era casi un niño, pero lo malo es que no creo se haya arrepentido hasta ahora.

-          Gracias, padre. Es todo lo que quería saber. No le haré firmar nada, para no comprometerlo pero, con lo que me ha dicho, puede dar por seguro que el indulto será denegado.

     De vuelta a la catedral, se dio de manos a boca con el arzobispo, que acababa de celebrar la misa de diez:

-          ¿Qué hay, Enrique? Te veo un poco mustio.

-          Y no es para menos, monseñor.

-          Vente para Palacio y charlamos mientras desayuno, que tengo un hambre de canónigo.

     Su excelencia reverendísima era un portento de simpatía y listeza. Enrique le contó de pe a pa –salvo lo de las Santas Formas- su relación con Fernando, a quien en mala hora había conocido. Monseñor discrepó:

-          ¿Por qué en mala hora? En el mundo hay de todo y nuestro deber es amar y ayudar al prójimo, empezando por los más necesitados. No digo yo que ese Chaparro no sea un buen pájaro, un criminal, incluso. Por lo que me cuentas, entonces era casi un niño y el error y la violencia lo desbordaban todo. Apuesto a que tú y yo, cuando la guerra, hicimos más de una cosa de la que tendríamos que arrepentirnos seriamente.

     Enrique habría jurado que el arzobispo intuía que su relato precedente estaba incompleto.  Calló, asintiendo. Monseñor concluyó:

-          Esta mañana, en Auditoría, has hecho lo que debías hacer. A partir de ahora, toma por modelo a tu madre. Ayúdalo en lo que sea menester, de forma prudente. Todavía hay muchos resquemores y denuncias de aquella época y no quiero que te salpiquen. Te esperan grandes responsabilidades y sería una lástima que se acabara mezclando la política.

***

      Las grandes responsabilidades se concretaron, tres años después, en la promoción de Enrique al episcopado en una pequeña diócesis del sur de España. Estuvo dudándolo hasta el último momento. Al fin, con la intermediación del capellán, consiguió una visita con Fernando fuera de hora. Las cosas parecían cambiar para mejor allá adentro. Nuestro conocido Subdirector-Administrador, a punto de jubilarse, besó el anillo del nuevo obispo y le dio la consabida información no pedida:

-          La edad todo lo puede, eminencia. Hasta El Soplillo va dando su brazo a torcer. Pasa el día leyendo, se aísla más de los otros presos políticos y nos cansa menos con reclamaciones y protestas.

-          ¿El Soplillo? No sabía yo que...

-          ¡Huy, desde el primer día! ¿No se ha fijado en las orejotas separadas que tiene?

     Enrique y Fernando estuvieron charlando unos diez minutos. Los silencios menudeaban y existía cierta tirantez en el ambiente, después de tanto tiempo sin verse. El obispo decidió poner fin a la entrevista de manera elegante. De entre los hábitos, como de tapadillo, sacó una pluma estilográfica y un grueso cuaderno de pastas duras.

-          Supongo –dijo, poniendo ambas cosas en la mesita de centro- que todavía habrá árboles que añorar y libertades por las que clamar.

-          Por supuesto. Y mucho tiempo para hacerlo.

-          Adiós,... Soplillo.

-          Salud, monseñor.

***

     Eran vísperas de la Navidad de 1961. Monseñor Enrique Herrero recibió un  paquete mediano, procedente de Madrid, remitido por un tal P.C.E. Abrió el envío y halló el cuaderno de pastas duras de antaño, lleno de una escritura menuda y regular, plasmada en poemas, relatos, reflexiones, pensamientos... Junto a él, una cuartilla con apenas unos renglones, sin fecha ni nombre de destinatario:

     He cumplido la tarea que me pusiste y te la envío para que la corrijas. Me da igual la nota que te merezca pues, a estas alturas, voy camino de Francia, a seguir mi lucha, como espero que hagas tú, con tu prudencia y tu valía. Echarás en falta la pluma, pero ésa la necesito para seguir escribiendo, pues aún tengo mucho que decir. El pasado queda atrás y el futuro, ¿quién sabe lo que ha de depararnos? Así que corrijo mi consejo de antaño. De los tiempos, el presente.

   

EL TEATRO MALDITO




Por Federico Bello Landrove

   

      Historia y leyenda se dan la mano, con tanto de una como de otra, teniendo como ambiente de la peripecia un famoso teatro de una ciudad castellana. En el relato, decidí utilizar la consonante inicial, pero no me importa reconocer aquí que se trata de mi patria chica, Valladolid. ¡Larga existencia a su renacido Teatro Zorrilla, vuelto a la vida en 2009! 






     En la principal avenida de la zona moderna, en la ciudad castellana de V., se levanta desde hace años el gran convento de los frailes hijos de Francisco de Asís. Unos pocos padres lo habitan hoy y atienden el culto, así como las necesidades espirituales de una numerosa feligresía. Pero ni la actual ubicación, ni la penuria de vocaciones, pueden hacernos olvidar su pasado, glorioso y multisecular, bruscamente truncado en el siglo XIX, en un caos de destrucción y de signos sobrenaturales, de los que todavía dejan constancia leyendas y consejas que van cayendo en el olvido de las nuevas generaciones.



     Este tema salió a colación cuando, hace unos meses, charlaba yo con fray Pedro de la Concepción, de la comunidad franciscana de V., acerca de la inauguración del nuevo teatro Zorrilla, completa reconstrucción del que, durante un siglo, ilustró la vida cultural y profana de la ciudad desde su emplazamiento en la misma Plaza Mayor. Ante mi sorpresa, fray Pedro me corrigió:



-          Perdone, pero puede que no se trate de la segunda edificación del teatro, sino de la tercera.

-          ¿Tercera? No tenía ni idea de que hubiera habido alguna anterior a 1884.

-          Pues sí, aunque casi todos lo ignoran y muchos de los que lo saben se niegan a dar crédito a la especie. Si tiene tiempo, podría ponerle al corriente de ella, sin que eso signifique que yo tome partido por su veracidad.

-          Encantado, padre. Comience usted cuando quiera y permita que tome algunas notas de su relato, por si me decido a publicarlo.



     Fray Pedro consintió y lo que sigue es –con muy pocas aportaciones mías- su narración.



***



     Desde el siglo XIII, en que se fundó nuestra Orden, los franciscanos han estado presentes en esta ciudad, para bien de las almas de sus moradores. Dicen que fue doña Violante, esposa del Rey Sabio, quien dotó y mandó erigir el convento de San Francisco en lo que entonces eran las afueras de la población, pero con el tiempo se constituiría en Plaza Mayor de la villa. El cenobio creció y evolucionó con esta, hasta llegar a ser cabeza de nuestra provincia de la Inmaculada Concepción (cuya advocación me honro en llevar) y uno de los más amplios y numerosos de la Orden en Castilla. En el siglo XVIII, los padres llegaron a superar el centenar y se celebró en el monasterio el capítulo para elegir al General. Corría el año de 1740 y nada hacía presagiar que, algunas décadas después, aquel soberbio convento llegaría a su fin.



     Pero, más que la gloria terrena de San Francisco, importa reseñar que fue fuente y luminaria de la piedad y el fervor de los fieles. Muchos de ellos lo distinguieron con su favor y donaciones, fundando capillas y cofradías y solicitando ser enterrados en él. Mis antecesores no hicieron acepción de personas. Tan es así, que una de las más ilustres hermandades que allí encontraron su sede, la de la Pasión de Nuestro Señor y San Juan Bautista Degollado, tenía como uno de sus fines la recogida de los cadáveres y restos de los ajusticiados, que eran sepultados cristianamente, oficiándose funerales y rezos por sus almas. La Capilla de los Ajusticiados estaba situada a los pies de la iglesia, dato que conviene recordar para lo que más adelante he de contarle.



     La Guerra de la Independencia estuvo a punto de dar el golpe de gracia al convento, que hubo de ser abandonado durante varios años. No obstante, la destrucción del mismo y la dispersión de sus moradores se produciría tiempo después, en 1836, a consecuencia del proceso llamado de la Desamortización de Mendizábal. Al año siguiente, todo el conjunto amplísimo de sus edificaciones sería demolido, sin apenas salvar elementos u obras de arte, y saldría a subasta, dividido en parcelas, para edificar sobre su solar lo que los promotores tuvieran por conveniente.



     En su mayor parte, los adquirentes no fueron insensibles al respeto debido a la memoria del convento y de los muertos a él acogidos, y se limitaron a levantar viviendas o a abrir calles, desde las más modestas, a las ostentosas, como fue el caso del palacete ajardinado de don  Antonio Ortiz Vega, todavía hoy presente en forma de presuntuosa oficina bancaria. Pero otros no tuvieron consideración ninguna del antiguo carácter sagrado del espacio y decidieron dedicarlo a ocupaciones non sanctas. Este fue el caso, singularmente, del llamado “Círculo de Recreo”, eufemismo por casino, como todo el mundo en V. conocía “ese antro de lujuria y económica perdición”, como lo definió un diario local a raíz de su inauguración, allá por el año de 1860. Pero permítame que me detenga un momento en el destino y triste fin de aquel primer casino, porque puede servir de símil con los del teatro, que seguidamente abordaré.



***



     Refieren las crónicas de la época que la construcción del casino se desarrolló de forma muy lenta y plagada de percances. Tres obreros fallecieron al caer de los andamios. Dos albañiles y un encargado murieron por derrumbamientos y desplomes. El presidente de la sociedad promotora del Círculo de Recreo encontró su fin en la calle de la Constitución, atropellado por un carruaje, cuando acudía a inspeccionar la marcha de las obras. En fin, males sin cuento, que tal vez fueran ordinarios en una construcción de tal envergadura en aquella época…, si no fuera por ir acompañados de visiones y sueños, que acabaron por divulgarse en forma de rumores y bulos.


     Es lo cierto que, al cimentar el edificio, se desenterraron numerosos esqueletos, cuyos huesos fueron llevados a fosa común del cementerio municipal, tras las oportunas diligencias judiciales. Conectando este hecho con las desgracias reseñadas, el vulgo estableció una relación de causalidad entre lo uno y lo otro. De ahí, a propalar historias de aparecidos y amenazas del más allá, había apenas un paso, que la credulidad y los ánimos visionarios dieron sin pudor. El tiempo pareció confirmar esa opinión. Aquel lujoso edificio se arruinó relativamente en pocos años y hubo de abandonarse y demolerse antes de que acabara el siglo en que se erigió. Efectivamente, el casino que, tercamente, volvió a levantarse en el mismo lugar y que hoy conocemos, se inauguró en el año –no diré del Señor, dada su dedicación- de 1901.



     Tal vez se pregunte usted qué tiene el moderno caserón que le faltase al antiguo, toda vez que su longevidad es ya evidente. Yo no sabría contestarle. Un cínico aseveraría que mejores cimientos y técnica más depurada. Lo que sí estoy en condiciones de afirmar es que los nuevos socios del Círculo de Recreo aprendieron de los errores de sus predecesores. La primera piedra fue bendecida por un párroco de buenas tragaderas, con discreta asistencia del exorcista diocesano. En el proyecto arquitectónico, se reservó lugar noble para instalar una capilla, que dudo haya llegado alguna vez a usarse como tal. Finalmente, la Junta directiva se comprometió en acta a no consentir juego ni baile durante la Semana Santa ni en los dos primeros días de noviembre; una promesa que, por lo que al juego respecta, se cumplió exactamente a la inversa en los años de su prohibición por el franquismo, como los numerosos semanasanteros de V. y sus alrededores sin duda recordarán.



     Para concluir con el casino, sus avatares fueron bien conocidos en el V. de la época y seguro que sacarían buenas enseñanzas de ellos los osados que se atrevieran a emprender obras tan profanas como aquel. Como lo era un teatro, en la mentalidad clerical y de la sociedad de su tiempo.



***



     Don Luis Revilla y Zúñiga era un acaudalado terrateniente, que invirtió y sacó sustancioso partido a su fortuna en las subastas de bienes desamortizados y el ulterior trazado de las vías férreas. Allá por 1853 –cuando se decidió la erección del malhadado primer casino-, Revilla era vicepresidente de la sociedad Círculo de Recreo y, por tanto estuvo en un tris de ser él quien muriera bajo las ruedas de la calesa en la calle de la Constitución. Bueno, ironías al margen, don Luis aprendió de los errores ajenos y, antes de resolverse a acometer la  obra de su vida, decidió informarse.



     Lo que aprendió le puso los pelos de punta, como quien dice. El amplio solar franciscano de su propiedad, entre la Plaza Mayor y la calle de la Constitución, se correspondía con la entrada principal del antiguo convento y los tramos de los pies de su iglesia…, donde nada menos había radicado la Capilla y cementerio de los Ajusticiados. Ya se veía el pobre señor visitado por espectros sin cabeza y asediado por informes cadáveres descuartizados. Se dice que llegó a recibir en sueños las severas admoniciones de don Álvaro de Luna.



     Parecía ya inclinado el prócer a abandonar su proyectado teatro para la ciudad (el histórico de la Comedia daba por entonces sus boqueadas y aún estaban en el mundo de los futuribles los teatros Lope de Vega y Calderón, hoy felizmente existentes). No quería pagar la iniciativa, por positiva que fuese, con su tranquilidad o, tal vez, con su vida. En esto que, una mañana de 1854, recibió en su mansión de la calle Torrecilla la inesperada visita de quien le pasó para ser atendido, la siguiente tarjeta:



Pedro Botero Fogoso

Arquitecto Teatral



     Este último adjetivo impresionó vivamente a Revilla, quien inmediatamente acudió al vestíbulo e hizo pasar al visitante al salón de la casa. Entre tanto, iba captando los rasgos externos del sedicente arquitecto: impecable vestimenta negra, algo anticuada, rematada por capa del mismo color con forro escarlata; elevada estatura; complexión fornida; cabello y ojos negrísimos; barba corta, perfectamente recortada, con bigote de puntas enhiestas. Vamos, una presencia imponente, que su voz y su perfume –un sí es no es sulfúreo- no hicieron sino corroborar:



-          Señor Revilla, he tenido conocimiento de su propósito de levantar un teatro en esta ciudad y, abusando de su amabilidad, he venido a ofrecerle mis servicios.

-          Verá, señor Botero, no voy a ocultarle que tal era mi designio, pero he decidido cancelarlo por razones que me permitirá no haga explícitas.

-          Ni falta que hace, don Luis, ya que las conozco perfectamente, hasta el punto de considerarlas totalmente infundadas…

-          Pero, ¿cómo demonios?...

-          … Infundadas, siempre que me encomiende la dirección técnica de la obra y siga escrupulosamente mis indicaciones –concluyó el arquitecto, que pareció sentirse halagado por el exabrupto anterior de Revilla-.



          El arquitecto y el empresario se pusieron pronto de acuerdo. En realidad, las condiciones de aquel eran inmejorables. Trabajaría por una sola moneda de oro, por aquello de que algo debía remunerar a todo profesional. Se encargaría de contratar y pagar todo lo necesario. El proyecto era fascinante, a tenor de los planos que sacó de una carpeta rotulada “Capilla de los Ajusticiados”. Finalmente, el plazo de realización era el casi increíble de seis meses, “por no llamar excesivamente la atención, ya que no tendría dificultad para erigirlo en una noche”. El señor Revilla, que no era tonto y empezaba a sospechar con quién tenía que vérselas,  preguntó:



-          ¿Y qué beneficio saca usted de este trabajo? ¿No vendrá luego con la conocida historia de pedirme el alma?

-          De ningún modo –replicó el señor Botero, tras una carcajada-. Se trata de hacer un favor a mis amigos, los ajusticiados de V., que –como comprenderá- están casi todos haciéndome compañía. Son muy mirados con eso de la conservación de sus huesos y yo mismo comparto su interés. No es adecuado que el Día del Juicio me encuentre con que no tengo cuerpos que chamuscar, o con que los han asperjado con agua bendita, lo que –como usted sabe- dificulta muchísimo nuestra labor, allá abajo.

-          Y ese es el motivo de dos de sus condiciones: la de que no se bendigan las obras y la de que no se toquen las tumbas ni se trasladen los restos a otro lugar.

-          Efectivamente. Lo primero corre de su cuenta. De lo segundo, me encargo yo, puesto que mi proyecto no implica tocar el subsuelo del solar para nada.

-          ¿Y los cimientos? Mire que no puedo arriesgarme a que el teatro se desplome sobre los espectadores.

-          Descuide. Como sabe, el terreno mana constantemente agua, de los afloramientos del río Esgueva. Haré una edificación sobre sólidos pilotes de madera, como los palafitos de la Edad de Piedra, que resistían centenares de años.

-          Bien, quedan aclaradas –y concedidas por mi parte- esas dos condiciones. Pero la tercera no la entiendo. ¿Por qué amenazar con la destrucción total del teatro, el día en que se ocupen todas las localidades?

-          Podría decirle, amigo Revilla, que por razones de seguridad arquitectónica, pero no sería toda la verdad. Es, más bien, la justa compensación al ridículo coste para usted del teatro. No es justo que mi interés por los ajusticiados hinche su codicia. Si le dijese que dejara libres diez localidades, o cincuenta, o cien incluso, todavía saldría usted ganando. En cambio, no le pongo tasa fija. En usted está poner límite al riesgo y a la ambición. Pero entiéndalo bien, la ocupación de todas las plazas, cualquiera que sea el motivo, provocará la ruina total del edificio, con cuantos se encuentren dentro de él.



     Don Luis pareció echar cuentas durante unos momentos y, finalmente, dio su conformidad a la tercera condición.


-          Magnífico, dijo el arquitecto, vamos a firmar el clausulado del contrato.



***



     Los trabajos se realizaron con limpieza y rapidez maravillosas, de forma casi oculta para los curiosos, dado el carácter predominantemente interior del solar. Por las noches, se realizaban las obras y cada mañana el feliz empresario constataba sus avances. A los seis meses del inicio, conforme a lo pactado, el teatro estaba concluido. Revilla no pudo sino sentirse satisfecho. No era un local grande ni ostentoso, pero lucía como un ascua de luz, con sus terciopelos rojos; sus revocos en color marfil; los vivos de capiteles, máscaras y letreros, de oro; las férreas columnillas, en negro. Las luces dispersas y la gigantesca araña central brillaban con la moderna fuente del gas, hasta entonces desconocido en V.  Constaba de patio de butacas, palcos y dos pisos de localidades, protegidos por bellos antepechos labrados en bronce y cobre dorados. Como hasta el diablo puede equivocarse, algunas localidades resultaron ser ciegas, pero ello no era especialmente sensible, si tenemos en cuenta la tercera condición del pacto fundacional.



     Decidió don Luis ponerle al teatro su propio apellido, orgulloso de su iniciativa y de la calidad del resultado. En cuanto a la función inaugural, habida cuenta de que corría septiembre, resolvió celebrarla el día 1 de noviembre, con la famosa obra Don Juan Tenorio, muy popular desde que se estrenara diez años antes.



     Muchos preparativos había que hacer para convertir la efeméride en un día glorioso para V. y, por supuesto, para la familia Revilla toda. No me detendré en ello. Solamente he de recordar lo último que decidió don Luis, tras sesuda meditación, días antes de la solemnidad, hablando con el taquillero:



-          Felipe, bajo ningún concepto ponga usted en venta una de las localidades del teatro.

-          ¿Y cuál retiro de la venta, don Luis?

-          ¡Qué más da! La butaca número trece de la fila trece. Así evitamos el mal fario.



***



     A las ocho de la tarde de aquél 1 de noviembre de 1854, empezó el gran evento. Estaba presente la flor y nata de la sociedad de V., con sus mejores joyas y galas, incluidos todos los miembros de la familia Revilla. Pronunciaron solemnes e interminables discursos el propio don Luis, uno de los vates locales, en representación de Zorrilla, y el alcalde de la ciudad. Algunos echaron en falta la bendición religiosa, que bien sabemos era imposible. Finalmente, con el teatro abarrotado (salvo la butaca exenta) y el consabido no hay localidades, empezó la función.



     El drama avanzaba y el calor se hacía sentir. Los abanicos funcionaban a pleno rendimiento en manos de las damas y los caballeros enjugaban con los pañuelos el sudor de sus frentes. La emoción del argumento aceleraba los corazones y aumentaba el ardor corporal. El Comendador daba los tremendos toques de su llamada postrera y en el reloj las agujas estaban a punto de marcar las doce de la noche. El viejo Anselmo, antiguo caballerizo de la casa de Revilla y ahora jefe de acomodadores, no pudo sostener por más tiempo la bipedestación. Escudriñó la sala y, ya estaba a punto de sentarse en el suelo, cuando observó que una butaca estaba vacía. Se acercó hasta la fila trece y preguntó en voz baja al caballero de la localidad número quince:



-          ¿Está libre la butaca de su derecha?

-          Sí, replicó molesto el interpelado, retirando de ella el programa de mano.

-          Muchas gracias, es que no me encuentro bien.



     Anselmo pasó entre la fila doce y el extremo lateral de la trece. Alcanzó el asiento de dicho número y se sentó jadeando.



     Al punto, con un ruido pavoroso, desapareció el teatro y cuantos lo ocupaban, volviendo el terreno a su prístina naturaleza de solar.



***



-          Pues, a lo que se ve, fray Pedro, no sólo desapareció el teatro, sino la memoria del suceso. Y, por supuesto, V. debió de vivir a la sazón un periodo espectral, pues nadie echó en falta a los cientos de espectadores que tenían que haber desaparecido…

-          Hombre, don Federico, si empezamos a exigir a las leyendas la coherencia de una investigación judicial… Aunque no crea usted que no me ha hecho pensar un dato descubierto a raíz de la reconstrucción del Teatro Revilla (luego, Zorrilla) en estos últimos años.

-          Explíquese, por favor. Soy todo oídos.

-          Verá. Como es sabido, la primera edificación, racional y comprobada, de un teatro en terreno de San Francisco fue la de 1884, que pervivió aproximadamente un siglo. Pues bien, cuando los técnicos actuales vaciaron el solar para construir el que ha sido inaugurado en 2009, hallaron que el anterior edificio apenas tenía cimientos y se soportaba exclusivamente sobre pilares de excelente madera, estratégicamente colocados en el entorno prácticamente lacustre de los manantiales próximos al antiguo cauce del Esgueva.

-          ¿Y…?

-          No le diré a usted que aquellos arquitectos estudiaran con el señor Botero, pero respetaron las tumbas de los ajusticiados y utilizaron el mismo método que él.

-          Cosa que no han hecho, en absoluto, los técnicos actuales y, que yo sepa, la construcción se ha desarrollado dentro de términos de normalidad, aunque el tiempo dirá si su resultado es efímero o duradero.

-          Efectivamente, amigo, el tiempo dirá. Tal vez lo sobrenatural, o lo diabólico, tendrá menos poder y predicamento en tiempos venideros, por no hablar de los actuales.

-          Y, seguramente, eclesiásticos y demonios tienen hoy mejor opinión del teatro que hace siglo y medio.

-          Todo es posible, sentenció ambiguamente fray Pedro, poniendo fin a nuestra conversación.









viernes, 10 de junio de 2011

LA SINFONÍA FANTÁSTICA


Por Federico Bello Landrove

     ¿Qué vivencias y sentimientos impulsaron la creación de la espléndida Sinfonía Fantástica de Berlioz? ¿Por qué no dejamos que sea él quien intente aclarárnoslo? Eso, suponiendo que el compositor lo tenga claro para sí mismo, cosa que quizá no sea posible. Y es que, entre el amor y el arte hay tantos lazos concretos y precisos, como azares y nieblas inexplicables. Quedémonos, pues, con algo menos sutil y más asequible: la música del amor y el amor a la música.



     Hace dos días, he recibido la carta de pésame de Liszt por la muerte de mi esposa Henriette. El bueno de Franz, con tal de consolarme, incluye en su misiva una frase terrible: Ella te inspiró, tú la cantaste; por tanto, su tarea está hecha. En el fondo, nada diferente de lo que, entre líneas, ha podido leer nuestro hijo Luis en el mensaje que envié al Luisiana, para informarle de la muerte de su madre. En él, responsabilizaba a mi esposa del auge de mi carrera como compositor y, en particular, de haberme inspirado algunas de mis mejores obras: la Sinfonía Fantástica, Romeo y Julieta, La muerte de Ofelia y varias más. Pero, ¿es verdad todo eso? Y, más allá de que sea justo o inicuo que la vida de una persona se justifique por los efectos producidos en otra, ¿hasta qué punto Henriette ha sido decisiva en mi dedicación musical? Creo que merece la pena reflexionar un poco sobre estas cosas, con prudencia y con sigilo. Más adelante decidiré si el resultado de mi meditación debe, o no, ser publicado.


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     Así comienza el Cuaderno secreto que, un día de finales del siglo XIX, o principios del siguiente, sustrajo un bibliotecario infiel del recién creado “Museo Héctor Berlioz” en Côte Saint-André, aprovechando la primera catalogación de sus archivos y el hecho de que el difunto compositor había ordenado finalmente que su contenido permaneciera secreto, hasta cincuenta años después de su muerte. El documento se mantuvo, al parecer, en poder de la familia del sustractor hasta mayo del 68, perdiéndose la noción de su valor, conforme pasaban las generaciones. En tan afamado mes, un tío mío, estudiante a la sazón en la Universidad de Grenoble, fue invitado por uno de sus compañeros a pasar unos días en su casa, mientras permanecían cerradas las residencias universitarias y los estudiantes extranjeros eran “invitados” a abandonar Francia, en tanto duraran las algaradas y las huelgas. Fruto de esa convivencia episódica, fue un curioso intercambio de presentes: mi tío regaló a F. una primera edición inglesa de El hombre unidimensional de Marcuse, y, a cambio, su amigo le autorizó a coger de la biblioteca familiar el libro que quisiera. Mi tío, ya entonces aficionado a las viejerías  bibliográficas, escogió el Cuaderno de marras, sin tener en cuenta otra cosa que su datación (1854). En fin, de tío a sobrino, y heme aquí en posesión, desde 1997, de un manuscrito del gran Berlioz, de superlativo interés para la historia de la música. La voluntad de mi causante era la de que el texto se quedara en nuestra familia, pero yo acabé rechazando esa intención: me parecía injusto mantenerlo oculto y muy arriesgado darlo a la luz. Así que, al cumplirse en 2003 el bicentenario del nacimiento del músico, tomé el camino de los Alpes franceses y deposité el Cuaderno en manos del bibliotecario-jefe del Museo Berlioz. Sólo puse una condición, que fue aceptada: su publicación por vez primera correría a mi cargo. Y esta es la tarea que, por fin, culmino hoy, tras larga indecisión por mi parte y reiteradas conminaciones de la entidad museística. De todas formas, he decidido hacer un relato parcial, comprensivo únicamente de las primeras páginas del folleto; en concreto, de lo que se refiere a la Sinfonía Fantástica. ¿Razón? Adoro esa obra y creo que no hace falta más para resumir y comprender el pensamiento del gran Héctor. Así que, en cuanto al resto del Cuaderno, que lo divulgue el Museo, cuando y como lo estime oportuno.



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     Para empezar –escribe Berlioz-, creo en la predestinación del genio, con pequeñas ayudas o, al menos, con tal que no se le ahogue en el alma. Dicen de mí –no en Francia, mi país- que soy un gran músico, original como pocos y modelo para muchos. Y, sin embargo, no pasé en mi infancia de ser un razonable intérprete de flauta y guitarra, sin maestros ni formación musical. Mi voz es lo suficientemente buena para cantar a coro, no más. Con todo, mi mente adolescente bullía de melodías. El paisaje alpino de mi comarca natal me entraba no tanto por los ojos, cuanto por los oídos. Trataba de concitar el interés de las jovencitas mediante tonadillas y serenatas, en vez de con una conversación ingeniosa. ¡Señor!, ¿qué será de aquella deliciosa Estela Duboeuf, con la que tonteé a la vista de todos? En fin, ¿quién o qué imbuyó en mi ser el don de la composición, el deseo de ser un artista?

     Bien, un determinista negativo diría: la propia dificultad de la tarea, el espíritu de contradicción a los mayores. Y podría tener razón porque ¡anda que mi padre no me puso dificultades! Primero, que tenía que seguir su tradición, estudiando medicina o –a la desesperada- derecho. Luego, que no me compraba un piano, ni me pagaba las clases musicales. Finalmente, me bajó la asignación económica a límites de mera supervivencia; hasta tal punto, que tuve que completar ingresos cantando de noche por los locales de diversión. Vamos, que sólo le faltó lo decisivo: haberme hecho volver de París, el centro del mundo, la ciudad donde todo puede aprenderse y casi todo conseguirse. Entonces, convengamos en que la dificultad y la oposición potencian y hacen aflorar el talento. ¿O no?

      Porque también tuve la fortuna de cara. El movimiento romántico estaba en sus brillantes inicios, los de la conflagración parisina del genio, sin lo cual me hubiera sido casi imposible estrenar escandalosamente en 1830 la primera versión de mi Fantástica. El excelente profesor Le Sueur me tuteló en el Conservatorio, abriendo a mi memoria infalible y mi infatigable curiosidad un enorme acervo de partituras. La matriculación en dicho Centro me dio entrada libre para toda clase de espectáculos dramáticos y musicales. La piedad de mi padre y mi buena voz me mantuvieron durante casi cuatro años, hasta ganar el Premio de Roma, que cambió mi vida. Y Shakespeare, que, junto con Beethoven, fue mi verdadero maestro: precisamente entonces fue cuando conquistó París, con la compañía de William Abbot, de la que formaba parte Henriette. Así pues, ¿fue el ambiente favorable, las excelentes amistades, lo que fortaleció mi vocación y alumbró mi genio? ¿En qué quedamos?

     Yo creo que quedamos en que siempre hay argumentos para cada una de las dos tesis. El genio precisa, a partes variables, de trabajo e inspiración. En unos casos, la tranquilidad y la fortuna darán facilidades y dedicación para alcanzar el éxito. En otros, los reveses y la miseria serán el acicate para seguir adelante. En mi vida, hasta ahora, he tenido de todo. Pero de nada me hubiera servido si no hubiera confiado totalmente en mis posibilidades y ejercido una gran firmeza de carácter. ¡Cuántos artistas no se habrán perdido, incluso en mi propio entorno, por falta de confianza y de fortaleza! Ahí están las auténticas palancas del ambiente creativo. Y no es fácil mantenerse impasible, contra viento y marea. A fin de cuentas, los más grandes sólo han sido reconocidos póstumamente. A mí me ignoran en Francia, desde los tiempos en que Cherubini enseñoreaba el Conservatorio. ¡Allá ellos! Ese es mi grito de afirmación y de desprecio.

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     Y voy con mi Sinfonía Fantástica. A estas alturas de la vida, empiezo a sospechar que será mi obra más conocida por la posteridad. Razones, ciertamente, hay. Es grande, original, pintoresca, escandalosa para en su momento, de orquestación brillante y perfectamente comprensible para el gran público. Tal y como se estrenó en 1830, ya constituyó un manifiesto romántico, al modo del Hernani de Hugo. En su versión definitiva de 1832, era una obra redonda, fruto granado de cuanto había aprendido y reflexionado en Italia. Pero, ni un autor es buen juez de sí mismo, ni es eso lo que me lleva a tratar el tema en este Cuaderno. La cuestión es otra: ¿quién inspiró la Fantástica? ¿Para quién, o contra quién, estaba dedicada? ¿Se encontraba mi Henriette detrás de ella, como la Amada, adorada y odiada al mismo tiempo?



     Mucho la amé en mi juventud y mucho sufrimos juntos después, hasta la separación. Le debo la explosión amorosa (aunque la verdad es que yo he sido –y sigo siendo- bastante inflamable), el descubrimiento de Shakespeare, el interés por la lengua y la cultura inglesa, pero ciertamente ella no es la mujer detrás de la partitura. Tal vez no lo sea ninguna en particular o, quizás, haya más de una. Pero, si se ha de atribuir a una mujer concreta, ella sería la encantadora Camille, Camille Moke, que me hizo olvidar a Henriette, después de tantos excesos por mi parte y de tan grandes rechazos por la suya. Camille, casi una niña, excelente pianista, pronto sacrificada al Moloch del dinero y el prestigio social. Nunca estuve más cerca del asesinato que cuando su madre me comunicó por sorpresa su matrimonio con Pleyel. Si no hubiera yo estado en Roma y ellos en París, es probable que la guillotina hubiera puesto fin a mis días. Eso explica el cuarto movimiento de la sinfonía. En cuanto al quinto, tiene su sentido por la traición de la amada: Henriette no me había ofendido, aunque me rehuyera y fuera un poco casquivana; pero Camille me hizo apurar hasta las heces el cáliz de la decepción y la soledad.

     ¿O fue de otra manera? ¿Tal vez en 1830 yo quería vengarme de la esquiva y no abochornar a la débil víctima de los manejos de su familia? Mi memoria se pierde en los vericuetos del sentimiento. ¿Cómo hacer la crónica y el análisis de un corazón atormentado, más de veinte años después? Y, a fin de cuentas, ¿qué más da? Quizás en 1830 yo despreciase a Henriette y en 1832 no pudiera perdonar a Camille. Por otra parte, ¿qué mujer hubiera podido inspirar la idea matriz de una sinfonía programática sobre Episodios de la vida de un artista, o los Ensueños y pasiones del esencial movimiento inicial? ¿Incluiremos entre el personal responsable a una vendedora de opio? ¿Y por qué el vals, o la escena campestre, que nunca antes tuvieron lugar con la amada?

     Me duele la cabeza y no encuentro respuestas. O tal vez las preguntas sean retóricas e insolubles. Pero todavía hay algo más: la melodía de la amada. Tengo la sensación de que esta idea aglutinante y proteica hará fortuna. Pues bien, esas notas sencillas y nostálgicas fueron la reconversión de una cancioncilla de adolescente, dedicada a mi dulce Estela. Así que la amada no sería Henriette ni Camille, sino una tercera persona, familiar y lejana, a quien perdí por la torpeza de mis quince o dieciséis años.

     ¿Qué quiero significar con todo esto? Pues que mi buen Liszt puede que tenga razón, pero de forma muy transfigurada. Henriette me reveló la grandeza del universo de Shakespeare, como más adelante insistiré. Fue el instrumento que integró mi pensamiento y mi música en el mundo inmenso y revelador del gran dramaturgo. Así pues, ella me inspiró y yo la canté, pero ¡de qué manera tan sutil y enrevesadamente diferente de lo que muchos piensan! Si su tarea ya está hecha, será porque vivió, es decir, amó y trabajó. Afortunadamente, en buena parte, para mí y conmigo. Cuando, a mi vez, me llegue la hora, también yo querría que escribieran sobre mi tumba, con razón, ese mismo epitafio: Héctor Berlioz. Su tarea ya está hecha. La tarea de la música y la tarea del amor.

***

     Hasta aquí, el contenido de las ocho primeras páginas del Cuaderno Secreto de Berlioz. ¿Confusas o clarificadoras? Cada cual dirá. Pero lo cierto es que, durante toda su vida, el gran artista jugó con las mismas ideas y se esforzó por llegar a conclusiones, yo diría que infructuosamente. Nadie mejor que él para cerrar este relato. Escribe en sus Memorias:

     ¿Cuál de las dos fuerzas, Amor o Música, puede elevar al hombre hasta las cimas más sublimes? Hay un gran problema, en el que me parece reside la respuesta: el amor no puede dar idea de la música; la música puede dar una idea del amor. ¿Por qué separarlos? Ellos son las dos alas del alma.