viernes, 10 de junio de 2011

HEILIGENSTADT (TERUEL)



Por Federico Bello Landrove

     Entre Oviedo y Teruel, un fotógrafo ejerce su profesión en tiempo de guerra, hasta que el drama se ceba en él –como en tantos otros- y le coloca en el fiel de la balanza, igual que a Beethoven en Heilingenstadt. Figuras señeras, como los generales Antonio Aranda (1888-1979) y Juan Hernández Saravia (1880-1962), u hombres y mujeres del montón, encauzarán su vida y harán de su experiencia bélica un mero paréntesis en su existencia sencilla, dedicada vocacionalmente a la fotografía



  1. El fotógrafo


     La necrológica de Anselmo Balbín era bastante más extensa de lo habitual. Tal vez El Diario no tenía mucho que contar ese día, o tal vez fuese que Balbín había llegado a ser una institución en el mundillo de Teruel. ¿Quién no había sido fotografiado de niño por él? ¿Qué pareja no lo había tenido revoloteando en derredor el día de su boda? ¿O qué turolense, ilustre o del montón, no había compuesto su figura cuando Selmo apuntaba hacia él el visor de su cámara en cualquier acto, oficial o mundano? Puede parecer exagerado pero, como concluía la referencia en el obituario, Teruel también existe, gracias al trabajo de personas como Anselmo Balbín.

     Y, sin embargo, Selmo había nacido muy lejos de las orillas del Alfambra. Para abreviar, sigamos la reseña periodística, con los necesarios cortes de lo superfluo:

     Este turolense de adopción, conocido y querido de todos, era natural de Pola de Siero (Asturias), habiendo llegado a nuestro solar en los terribles días de la batalla de 1937-38, cuando la guerra civil lo dejó, exhausto y mutilado, en un improvisado hospital de campaña en Corbalán. La benevolencia del general Aranda y el amor de Beatriz lo volvieron a la vida. Su devoción por la fotografía  y el reconocimiento de nuestros paisanos por el trabajo bien hecho hicieron el resto...

... ¿Quién no recuerda la magna exposición de sus fotografías de la primavera de 1988, en las salas de la Diputación, cuando nuestro Alcalde le entregó la medalla de oro de la ciudad y el título de hijo adoptivo de Teruel? Balbín contestó entonces al ofrecimiento con unas palabras que sonaron a lapsus, pero que algunos supimos entender: “Gracias por acordaros de que llevo cincuenta años viviendo en Heiligenstadt”....

     ...Ayer, Selmo nos dijo adiós, cargado de años y de obras. En su funeral, celebrado en la iglesia de San Martín, abarrotada como pocas veces se recuerda, fragmentos de la segunda sinfonía de Beethoven pusieron emoción y ternura en el acto...

     Creo que es suficiente, para deducir que Anselmo Balbín era una persona conocida y querida en su ciudad. Y, aunque fuera un hombre corriente, y hoy día seguramente olvidado, me ha parecido oportuno contar su historia, tal y como yo la escuché en Teruel, de labios de uno de sus nietos, en el verano de 2004, cuando se me ocurrió entrar en Fotografía Balbín a comprar dos carretes en color para mi veterana Agfa y comentar que venía de Salamanca y me apellidaba Saravia.

***

     ¿Qué pudo llevar al hijo de un tendero poleso de entonces a interesarse por la fotografía? Es un punto oscuro que no se me aclaró. El caso es que Oviedo estaba muy cerca y el chico se acogió a la hospitalidad de una tía carnal que, por módico estipendio, lo recibió en su casa del Vallobín. El marido de su parienta, ordenanza del Ayuntamiento, le buscó su primer trabajo, en la descarga de la estación, pero Selmo era demasiado joven y endeble para el esfuerzo requerido. Él mismo brujuleó y vino a dar en el estudio fotográfico de la familia Del Álamo, en la calle Canóniga, que, ya para entonces, tenía casi cincuenta años de historia a la espalda.

-          Pero, ¿a qué años estamos refiriéndonos?, pregunté a mi informador.
-          Hacia 1931. Mi abuelo solía decir que empezó a vivir con la República.
-          Tal vez quisiera decir otra cosa con esa expresión, sugerí.

     Sea como fuere, aquel estudio se había ido adocenando. Con una clientela segura y un equipo pesado y clásico, los descendientes del fundador se limitaban a poco más que retratar a parejas de novios, profesionales en traje de gala y familias numerosas de las de antaño. Claro está que, de vez en cuando, había que hacer reportajes sobre el terreno, pero para eso estaba Manolín, joven nieto de la estirpe alameña, unos años mayor que mi abuelo. Entre él y Selmo, cargaban el equipo a costillas o en bicicleta, y allá que se iban a poner “el arte al alcance de la vida”. Vamos, que la montaña había de ir a Mahoma, ya que éste no siempre podía ir a posar a la calle Canóniga.

     Compañeros de fatigas y de alardes técnicos, Manolín y Selmo hicieron una buena amistad y, por consecuencia, se convirtieron en cómplices de la necesaria renovación del estudio. Lectores empedernidos de las revistas del ramo, con las últimas novedades de Europa y América, los jóvenes se confabularon un día en que tenían que reportar el desfile del Primero de Mayo:

-          ¡Estamos hasta las narices de cargar con equipo del siglo pasado, gravoso, lento e inadaptado a las condiciones ambientales! -exclamó Manolín, utilizando su más florido vocabulario-. ¡Nos negamos a salir con estos cachivaches!

     Naturalmente, salieron, ¡vaya si salieron!; pero la amenaza y la razón cumplieron su objetivo. En un par de años, varias cámaras portátiles, ligeras y adaptables fueron adquiridas por el estudio y, como es natural, puestas a disposición de Manolín y Selmo, únicos interesados y capacitados para usarlas. Todavía recordaba Balbín, muchos años después, nombres y modelos. Ya se sabe, aquellos prodigios de fuelle, o en forma de caja, o incluso con ese diseño plano, ligeramente abombado en los costados para albergar las bobinas, que pervivió durante más de cincuenta años; y los primeros carretes de 35 milímetros, que “fueron a las cámaras, lo que los fusiles de repetición a la guerra”.

***

     La Revolución del 34 puso a prueba el acierto en la renovación del material fotográfico del estudio Del Álamo. Jugándose a veces el pellejo, Manolín y Selmo recogieron en vívidas instantáneas mucho del horror y la violencia de aquellos terribles días de octubre. Fue, sobre todo, espectacular su trabajo de captación de los desastres inmobiliarios. La Universidad, el teatro Campoamor, la Catedral y tantos otros monumentos quedaron perpetuados en su estado de ruina y desolación. El propio Víctor Hevia felicitó al estudio por sus excelentes fotografías, que podían ayudar a una más fiel reconstrucción de la Cámara Santa. Ello fue   buen motivo para hacer una espicha en el lagar de Gayola del Campo de los Patos, en el curso de la cual Manolo sacó a sus mayores una buena cantidad para novedades y una subida de categoría y de sueldo para Selmo, que no dejó de acompañarse de las consabidas bromas:

-          Anda, Selmo, que ahora no tienes excusa para pedir relaciones a la dependienta de Camilo de Blas.
-          Nada de eso. A mí la que me gusta es tu prima Inesina.
-          Pero a esa la vi yo primero, así que ni se te ocurra.

     Pocos meses más tarde, Selmo recibió uno de sus primeros encargos en solitario, como oficial del estudio:

-          Selmo, ve a casa de don Telesforo Cueli, que quiere que se le saquen unas fotos en su casa, con un invitado especial.

     Cogió Selmo su querida Kodak 620, con el correspondiente repuesto de flashes de bombilla, y tomó el camino del viejo caserón de la calle Argüelles, donde moraba el señor Cueli, dentista y conocido maestro de la logia masónica existente en el número 3 de dicha vía. En aquella ocasión estaba acompañado por un caballero aún joven, algo rechoncho, de amplio rostro agradable, adornado de bigotito y velado por gafas de evidente miopía. Selmo hizo su labor, como acostumbraba, ágil y rápidamente, tratando de evitar cualquier asomo de pose o nerviosismo de los retratados. El forastero, que le fue presentado como don Antonio, le pidió una tarjeta del estudio, al cantarle su anfitrión las excelencias de su trabajo:

-          Son gente seria y competente, y estos chicos hicieron un esfuerzo espléndido para reflejar lo del pasado octubre.

     Dos meses más tarde, a punto de llegar el verano, se presentó en el estudio el caballero del bigotito y las gafas, pero esta vez, con coche oficial a la puerta, chófer, ordenanza de servicio y uniforme de coronel.

-          No le parezca mal –dijo al Del Álamo que salió a cumplimentarle-, pero quiero que me fotografíe el chico que hizo el reportaje en casa del señor Cueli. Quedamos muy contentos con su labor.




     En fin, que el abuelo, más ancho que un ocho, tomó solemnemente, con las viejas y pesadas maquinonas, las fotos de estudio del Comandante Militar de Asturias, don Antonio Aranda Mata, mientras platicaban como viejos amigos. “Yo no recuerdo haberlas visto”, pues sólo tengo en la memoria a Aranda ya de general, pero hay quien las vio colgadas en casa del viejo militar y le encantaron por lo espontáneas. Es lo que tenía Balbín, que fotografiaba como si mantuviera con el sujeto de su atención una charla amistosa.

***

     No todo iban a ser parabienes y ascensos en la vida de Selmo. El estudio le ahogaba y su íntimo Manolín cada vez llevaba más camino de convertirse en don Manuel y dejar la cámara por el violín. Javier Bueno, el director del periódico socialista Avance, le ofreció el puesto de redactor gráfico, con sueldo y “aire libre” superiores a los del estudio. La despedida fue bastante tensa, incluso con veladas alusiones a peligros políticos. No obstante, Manolín le apoyó:

-          No hagas caso de mi familia. Lo tuyo es ser un gran profesional y labrarte un porvenir. En todo caso, siempre tendrás mi amistad, y la de Inesina, si se tercia.

     Desgraciadamente, todo fue por poco tiempo, pues hablamos de finales de 1935.

-          O sea, que su abuelo estuvo en el Avance unos meses, nada más. ¿Y cómo salió con bien del Alzamiento?
-          Pues porque estaba pasando unos días de vacaciones en Villaviciosa. De todas formas, no creo que Aranda hubiera consentido que le hiciesen nada, a juzgar por lo que sucedió después. Aunque no sabe uno nunca donde la tiene. Y, si no, he ahí el caso de Manolín.
-          ¿Qué le pasó al fotógrafo metido a violinista? ¿Acaso no era de derechas?
-          Aquí, derechas e izquierdas estaban separadas por unos metros. Murió en noviembre de 1936, defendiendo la posición de los Carmelitas, durante el asedio.
-          Ya. ¿Y qué fue de su abuelo?
-          Veo que tendremos que abreviar, salvo que quiera usted pasarse todo el día en la tienda, en vez de visitar Teruel. Si le parece, haremos una elipsis y nos colocaremos en el momento en que el abuelo vino a parar a tierras turolenses. Eso fue a finales de 1937, cuando la famosa batalla.



  1. En el fiel de la balanza

         Para finales de 1937, la Subsecretaría de Propaganda del Gobierno republicano convocó a Balbín a Valencia. Según su nieto, Selmo se había hecho un nombre como reportero gráfico de guerra, en particular en el Frente Norte. Además, entre las figuras de la cámara que pululaban por nuestros campos de batalla, era de los pocos españoles profesionales y perfectamente equipados.

-          Vea, todavía conservamos algunas de aquellas máquinas, tal y como el abuelo las dejó.


     Balbín nieto me hizo pasar al sancta sanctórum de la tienda y me explicó, ante las vitrinas correspondientes, historias y detalles que me sonaron a chino, dado mi desconocimiento previo en la materia:

-          Mire, mire, la Kodak 620, modelo D,  que el abuelo compró con su primer sueldo del Avance, más moderna que la que manejaba en el estudio Del Álamo.  Esta otra es una Brownie Seis, una portátil en forma de caja, algo pesada, pero ideal para las fotos fijas. Aquí, una Leica II, la joya de los reporteros de la época, por su versatilidad y la comodidad de su cartucho. Y ésta…
-          Déjelo, amigo Balbín, soy un zote para estas cosas.
-          No me prive de enseñarle esta joya de museo. Una Kodak Argus, modelo A, de 1936, color verde oliva, con película de 35 milímetros. Con ella sacó el abuelo la foto del general Saravia, con chaquetón de cuero y gorra de plato, en el frente de Teruel, famosa en todo el mundo. Creo que fue el 5 de enero del 38.
-          ¡Hombre, el general Saravia! Nació en Ledesma, en mi tierra, pero no tengo ningún parentesco con él, que yo sepa.
-          Pues lo siento. Al oír su apellido y que venía de Salamanca, llegué a pensar… Pero, en fin, acabemos con las presentaciones, que luego habrá tiempo de seguir con el relato.

     Abrió una vitrina y extrajo de ella una cámara de cine, con su correa de cuero para portar al hombro. Se trataba de una Double Run de 8 milímetros, de la Bell & Howell, llena de abollones y rozaduras, cuyas excelencias de pequeñez y adaptación a las condiciones meteorológicas y de iluminación cantó mi interlocutor. Luego, en voz baja, me reveló el secreto:

-          Es una cámara que apenas circuló por España, pero se la facilitó a mi abuelo en Valencia el famoso André Malraux, cuando supo que había sido comisionado para cubrir la ofensiva turolense. Se conoce que ya estaba preparando, o ideando, la película Sierra de Teruel y encargó a mi abuelo que tomara planos y secuencias, en especial, de aeródromos y aparatos en vuelo.


     Eran las dos de la tarde y no había entrado un alma en el comercio. Balbín me dijo:

-          Espere un momento, que cierro la tienda, aviso a mi mujer que no iré a comer y nos vamos a tomar un refrigerio junto a la iglesia del Salvador. Termino de contarle y luego le haré de guía por el resto de la tarde.
-          ¡Caramba, no hace falta tanto! ¿Quién va a quedarse en el establecimiento?
-          Hoy le toca a mi hijo Vicente, que se llama como yo. Las tardes de verano suelo dedicarlas al placer de la siesta y la lectura. Hoy lo cambiaré por el de la conversación.

***

     Después de casi año y medio de guerra civil, Balbín estaba harto de aire libre. Por muy profesional que fuese, había captado y hecho suyo todo el sufrimiento y la atrocidad que podía soportar; también heroísmo, y hasta humor, que todo hay que decirlo. Afortunadamente, “le habían respetado las lesiones”, en frase de su admirado Lángara, de suerte que casi todas sus dolencias eran espirituales. Aceptó la cobertura de la campaña de Teruel prometiéndose que sería la última como reportero; pero el deber era el deber y le picaba la ilusión desde que había oído comentar al general Rojo:

-          Ahora estamos bien preparados. Se van a enterar esos fascistas.

     El 15 de diciembre, el abuelo estaba en Barracas, donde el todavía coronel Saravia había ubicado el puesto de mando, en las instalaciones de un aeródromo, que Balbín barrió con su cámara, según lo que Malraux le había pedido. Pero aquello estaba lejos del frente, para la mentalidad de un reportero de guerra.  Se sumó a la 68ª división y con ella avanzó, Turia arriba, hasta Villastar. Allí le esperaba el encuentro con su destino.

          El día 18, a primera hora de la tarde, “a muy bajo cero” y con nubes de tormenta en el horizonte, aparecieron por el oeste aviones enemigos de caza y bombarderos, pronto interceptados por los aparatos republicanos. Selmo recordó el compromiso contraído, agarró la Double Run y filmó cada vez más en descubierta. Un Fiat CR-32 –según le dijeron- picó para librarse del acoso de un Mosca (“ya sabe, un Polikarpov I-16”) y, de paso, ametralló cuanto tenía al alcance. El atrevido reportero, que sólo veía por el visor de su cámara, fue alcanzado por dos proyectiles en una pierna. Cayó al suelo con la tibia destrozada. Una hora más tarde, fue recogido por los sanitarios republicanos, sin conocimiento y con síntomas de congelación. Los médicos le hicieron una cura y entablillado de urgencia. Pasó la noche en medio de fuertes dolores, apenas a cubierto de la feroz ventisca que se había desatado. A la mañana siguiente, lo evacuaron al hospital de campaña en Corbalán. El herido sólo parecía acordarse, en medio del delirio, de sus queridas cámaras. Un sargento le recogió el petate, que puso sobre la camilla, al tiempo que le decía:

-          ¡Qué pena, muchacho! A ver si te repones pronto y nos sacas una foto en la plaza del Torico.

***

     Contaba la abuela Beatriz –quien había hecho de enfermera en el hospital de Teruel durante el cerco- que la sanidad de aquellos días recordaba a la labor de las modistas: cortar y coser. Con razón o sin ella, a su futuro marido le amputaron la pierna izquierda por la rodilla. ¿Qué pudo sentir o pensar, si es que le dieron oportunidad de ello? ¿Qué experimenta un joven cuando, de golpe y porrazo, le fuerzan a escoger entre perder la vida o echarla a perder? Pero, ¿acaso hay elección o, más bien, eligen por ti?

     Balbín no soltó en adelante prenda sobre todo esto, como, seguramente, tampoco entonces. Nada se sabe de sus sentimientos, pero sí de su reacción visceral. Era la noche de año nuevo de 1938. Ya había tenido ocasión de explorar los alrededores, ayudado de una muleta, que manejaba más para levantarse del suelo que para avanzar sobre él. Un pozo con brocal de arenisca y arquillo de hierro servía a la provisión de agua no potable del hospital. Selmo se dirigió hacia él, tratando de alcanzarlo con las aviesas intenciones que son de suponer en un desesperado. La capa de nieve era tan alta, que su progreso resultaba lentísimo. Un par de sanitarios, medio borrachos, se percataron de su presencia y le echaron el alto, con una mezcla de piedad y de escarnio:

-          ¿Adónde vas, cacho loco, con la que está cayendo? ¿Tan necesitado estás de agua?
-          Vamos, vamos, soldadito, ven a beber con nosotros, que es Nochevieja. ¿Dónde has dejado a la novia?

     Resultó que uno de los sanitarios era gijonés. Balbín, emocionado  por el paisanaje y el trasiego de coñac, le soltó la famosa bravata de Belarmino Tomás, aunque no viniese a cuento:

-          El que mire al mar es un traidor.

     Al enterarse de que el soldadito era fotógrafo, se organizó un zafarrancho de imágenes. Le trajeron el petate al cuerpo de guardia y pasaron un buen rato posando en las más extrañas formas. El abuelo no se preocupaba de si tenía película, ni le importaba el enfoque. La trompa era soberana, y más para él, que no estaba acostumbrado. Por una vez en su vida, las cámaras quedaron por el suelo, mientras él se amodorraba cantando el Axuntábense. En honor a la honradez de sus compañeros, hay que decir que, a la mañana siguiente, el equipo estaba completo e intacto, dentro del saco de campaña, amarrado a los pies de la cama de Selmo. Bueno, el equipo, una baraja, medio chorizo y un culo de botella de Anís del Mono. Y, a partir de ese día, Rufo, el Moreno, Piojo y demás compañeros de farra no lo dejaron a sol ni a sombra. Al abuelo siempre se le humedecían los ojos, cuando recitaba sus nombres, como si fueran los de Lángara, Herrerita y Emilín. Invariablemente, tomaba entonces su muleta (más tarde, flamante y frío bastón inglés) y daba con ella unos pases taurinos, al modo de Rufo, cuando decía imitar a su paisano, Bernardo Casielles. ¡Pobre Rufo, seguro que no miró al mar cuando lo atravesó una bala en la sierra de Espadán!

***

     El día 5 de enero, dieron el alta a Balbín, tal vez, como regalo de Reyes. Abrazó a sus salvadores y montó en la camioneta que habría de llevarle de regreso a Segorbe. En esto que se forma un revuelo cuando, de entre la nieve y la niebla, aparece un convoy motorizado. Corre el rumor: ¡es Saravia! ¡El general Saravia! Y no sólo él. También Walter, el famoso comandante de las Brigadas Internacionales, y el mítico Líster. La camioneta se desocupa de los heridos que aún pueden moverse por sí mismos. Selmo vuelve en sí, recuerda quién es, y casi se tira al suelo, con la muleta en una mano y su amada Argus en la otra. Es la oportunidad de su vida. Pero nadie le espera, nadie posa, nadie llega siquiera a percatarse de la presencia de ese fotógrafo lisiado, que a duras penas se tiene en pie, con la muleta apoyada en la axila y las dos manos en la cámara. ¿Nadie? El Moreno se atreve a dirigirse a Saravia, que departe con los oficiales médicos y parece disponerse a revistar las instalaciones del hospital, aunque sólo sea como caridad, a mayor gloria de la Virgen del Carmen, de cuya Orden Tercera es miembro con votos.

-          Mi general, hay un herido que quiere sacarle una foto. Es profesional…

     Saravia se percata. Lo deja acercarse. Mete las manos en los bolsillos de su chaquetón de cuero. La gorra de plato apenas lo libra del sol bajo en la mañana invernal. Gira suavemente la cabeza y sonríe con pose de hombre cansado y bueno, como él era. Balbín comprueba la película, regula la obturación, calcula mentalmente la exposición y dispara. El general rectifica levemente la postura y espera una segunda instantánea. Selmo, avergonzado, le dice:

-          Perdón, general, se ha acabado el carrete. Pero no se preocupe, soy bueno y la máquina, mejor todavía. Con una vez, basta.
-          ¿Cuándo te hirieron, hijo?
-          Va para veinte días. Un avión. En Villastar. También para mí, con una vez ha sido suficiente.
-          ¿A qué te dedicabas, antes de esto?
-          Era fotógrafo profesional. Reportero gráfico. Pero se acabó.
-          ¿Cómo que se acabó? ¡La vida sigue y la fotografía también! ¿O es que la foto que acabas de sacarme no significa nada?
-          Perdón, no le entiendo.
-          Quiero decir que, si tú no puedes ir a ciertas realidades, otras vendrán a ti. Si verdaderamente amas lo que haces, si tienes arte y virtud, superarás los contratiempos y hallarás nuevos caminos.
-          ¿Contratiempos? ¿A perder una pierna lo llama el general contratiempo?
-          ¿Y cómo llamarías tú a que Beethoven perdiera el uso del oído?

     Los circunstantes empezaban a impacientarse. Saravia lo captó, puso su mano sobre el hombro de Balbín y dijo:

-          Heiligenstadt. Busca tu Heligenstadt. Suerte, hijo. Y ahora tengo que irme. Las cosas se están poniendo feas en Teruel y me va a tocar hacer allí de guardia de la porra.

     El general le guiñó imperceptiblemente el ojo y, volviéndose a sus acompañantes, concluyó:

-          Y ahora, vamos a ver un momento a esos muchachos.


     Selmo se quedó como petrificado por unos instantes. Luego, a toda la velocidad que le permitía su cojera, regresó a la camioneta y pidió que le tiraran abajo el petate. El cabo que acompañaba al conductor le preguntó extrañado:

-          ¿Pero no vienes con nosotros a Segorbe?
-          No, me quedó con Saravia. Aquí está mi puesto. Aquí está mi…, mi…. Heiligenstadt.



  1. Cambio de bando

     Cuando Selmo reveló la foto y se la hizo llegar a Saravia, el general ordenó poner un vehículo a su disposición, con salvoconducto para moverse libremente por toda la zona. Así que aún pudo fotografiar a los milicianos en la plaza del Torico. Pero por poco tiempo. Los nacionales contraatacaron y Teruel se convirtió en una ratonera. Balbín fue de los últimos en escapar, muy poco antes que las tropas de El Campesino, quien tan criticado fue luego por su retirada.

     La gasolina escaseaba en su bando y la aviación adversaria era cada vez más dueña del cielo. El abuelo decidió no moverse de Villastar, en parte, porque ya sería mala suerte que le volvieran a dar en el mismo sitio, y en parte, porque rimaba con Heiligenstadt. Un sargento le conminó a que desalojara:

-          ¡Pero vamos, hombre! ¿O es que quieres que te fusilen los fascistas?
-          Tanto me da. Para mí se acabó la guerra. Podréis arreglaros sin este inválido.

     Era el 21 de febrero, por la tarde. Balbín se sentó en un poyo junto a la carretera de Ademuz, con el petate a los pies, y esperó bajo el frío la llegada del destino. Tal vez volviera a rondarle la idea del suicidio, o tal vez no. Lo cierto es que el hado llegó en forma de batallón de la 83ª división del Ejército de Galicia.

-          ¡Manos arriba, paisano, o disparo!
-         
-          ¡Ponte de pie!
-          Malamente. ¿No ves que me falta una pierna?

     El cabo le miró, estupefacto. El resto de la sección hizo círculo.

-          ¡Mi teniente, que aquí hay un civil sin una pierna!
-          ¿Tendrá, por lo menos, una muleta?
-          Sí, mi teniente.
-          Pues conducidlo al pueblo para interrogarlo.

     Vicente, el nieto, casi se reía al recordar el incidente. Seguramente que su abuelo se divirtió menos pues, al comprobar el carácter militar del petate y su contenido fotográfico, pudieron suponer que se trataba de un espía y pasarlo por las armas.

-          ¿Y esto?
-          Soy fotógrafo profesional, reportero gráfico de guerra. Por aquí tengo mi credencial.
-          ¡Carallo, y la foto de un general! ¿Saravia, tal vez?
-          Desde luego.  Es que yo sólo retrato a la gente importante.
-          ¡Te vas a chotear de…!

     Está visto que Balbín se codeaba, efectivamente, con la gente importante. No había terminado el interrogador de pronunciar su amenazadora frase, cuando un revuelo de taconazos y “a sus órdenes” se oyó a la puerta de la escuela y Aranda en persona compareció en el improvisado puesto de mando. Es de suponer la sorpresa de todos y la alegría de Selmo, aunque, según su nieto, se limitó a ponerse en pie sin hacerse notar. Pero Aranda –como los republicanos habían aprendido demasiado tarde- era un lince:

-          Pero, ¿tú no eres el fotógrafo de Oviedo?
-          Así es, general. Con algunos años más y una pierna menos.

     Aranda miró y comprendió. Podía ser insensible, pero esta vez le tocó la fibra piadosa.

-          ¿Qué ha hecho?
-          Mi general, lo pillamos con un petate militar lleno de cámaras.
-          Hombre, siendo fotógrafo no lo iba a tener lleno de biblias. Déjenlo descansar y que se presente mañana a mí, al alba.

     La del alba sería cuando Selmo, bien lavado y desinsectado, se presentó a Aranda.

-          Balbín, ¿está usted decidido a mantenerse fiel a la República?
-          Tanto como lo estuvo vuecencia en julio del 36.
-          Pues entonces sígueme, que vas a hacer el reportaje de mi entrada triunfal en la gran ciudad de los amantes.
-          A sus órdenes, siempre que me provean de carrete.
-          Alguno habrá por ahí.



***

     El camarero llegó con los postres. Teruel y su mudéjar esperaban nuestra visita. Vicente Balbín tenía una evidente intención de abreviar.

     Aranda se portó muy bien con el abuelo. “Hicieron juntos”, como bromeaba Selmo, la campaña de ruptura, en la que, de modo fulminante, los nacionales deshicieron el ejército que se les oponía y, el 15 de abril, alcanzaban el Mediterráneo por Vinaroz, cortando así en dos el territorio republicano. La guerra parecía totalmente decidida.

     El general y Selmo tuvieron una última conversación, vis a vis, que éste relataba, más o menos, de la siguiente forma:

-          Bueno, Selmo, ahora, ¿al norte o al sur?
-          Si me lo permite, mi general, yo me retiro. Necesito una pierna nueva y vuecencia, fotógrafos nuevos. Es demasiado ajetreo para mí.
-          No me parece mal que digas adiós a las armas. Pero, ¿dónde pararás, por si necesito un día un retrato como Dios manda?
-          En Heiligenstadt, mi general. Vuelvo a Heiligenstadt.

     Aranda no quiso reconocer su ignorancia y dio por bueno el nombrecito.

-          Bien, pero de regresar a Asturias, ni hablar.

     Ahora fue Balbín  quien se quedó en la inopia; pero pronto se le aclararon las cosas. Aranda le mandó salir y esperar un momento en el antedespacho. Entró un escribiente. Al rato, apareció con un sobre cerrado:

-          Con los atentos saludos del general y que mucha suerte.

     Era un salvoconducto firmado por el traidor de Oviedo. ¡Qué digo un salvoconducto: un seguro de vida! En él, entre otras cosas, se decía:

     El portador del presente, Anselmo Balbín, es persona afecta al Movimiento Nacional, de toda confianza y fotógrafo excelente, como he podido comprobar durante el tiempo que ha estado a mi servicio…

-          Así que no es extraño –agregó Vicente, acabando su helado de tres gustos- que en casa se haya tenido a Aranda por una buena persona. Mi abuelo le felicitaba las Pascuas y por San Antonio, y se alegraba de la senda que el general tomó después de la guerra civil. También le felicitó cuando el Rey lo promovió, en desagravio, a Teniente General. Aunque Aranda nunca le contestó. Tal vez Selmo era demasiado poco para él, o tal vez no quiso comprometerlo. ¡Qué más da! Lo que tuvo que hacer por él, lo hizo y en paz.

***

     Esbocé un ademán de pagar, que Vicente deshizo con una mirada severa:

-          En Heiligenstadt, pago yo. ¡Pues estaría bueno!
-          Vamos a ver. Ya tengo una idea de lo que esa palabra significa: el testamento de Beethoven, su superación de la idea del suicidio y todo eso. Pero ¿cuándo llegó su abuelo a conocimiento de lo que este lugar significaba?
-          Pues por mi abuela. En fin, son las cuatro y media. Diez minutos más y se acabó el cuento.

     El abuelo regresó a Teruel, como buenamente pudo, y buscó afanosamente una pensión, a la menguada medida del billete de cien pesetas que Aranda había metido junto al informe de marras. Balbín era una especie de licenciado por mutilación que, además, por amor propio, no quería –ni  nunca quiso- la paga ni los privilegios de caballero mutilado. “Si tengo que pedir a alguien, lo haré al Duce”, afirman que dijo, aludiendo a su ametrallamiento por un Fiat de la Aviazione Legionaria.

     Cansado de recibir negativas, vino a dar con la Pensión Flora, de la calle San Francisco. Doña Flora no se encontraba en aquel momento en casa; así que abrió mi abuela Beatriz, ahijada suya y su huésped, mientras estudiaba piano en Teruel, aunque se examinaba en el Conservatorio de Zaragoza. Beatriz tuvo lástima y surgió en ella la vena de enfermera voluntaria. Lo llevó hasta la única habitación libre y aceptó un adelanto de veinticinco pesetas. De modo que, cuando la dueña regresó, tenía un alojado más, de manera inexorable.

     Beatriz, buena conocedora de la historia musical –y de la dulzura dialogante- fue quien hubo de aclarar a Anselmo, punto por punto, todo lo relativo a Helingenstadt. ¡Cuántas veces, sentados juntos en el cuarto de estar, escucharon la Segunda Sinfonía beethoveniana, en versión de la Filarmónica de Viena, dirigida por Knappertsbusch! Cuando empezaba el larghetto, ambos intercambiaban miradas tiernas y soñadoras: Beethoven, y ellos con él, habían comprendido…

     Un día, cuando Anselmo (lo de Selmo no sonaba bien a los oídos turolenses) ya empezaba a abrirse camino nuevamente con la fotografía y rumiaba alquilar un local para instalarse por su cuenta, Beatriz decidió tomar la iniciativa, de forma sutilmente musical:

-          Anselmo, ya te he hablado muchas veces de lo del testamento de Heiligenstadt, pero creo que no te he contado lo de la Amada Inmortal.
-          No. ¿Qué es ello?
-          Pues que el pobre Beethoven llegó tarde al encuentro con su adorada y, a la mañana siguiente, le escribió una maravillosa carta de amor que, finalmente, no envió y encontraron a su muerte metida en un cajón.
-          Ya. Paréceme a mí que Beethoven se desenvolvía mucho mejor como músico, aun siendo sordo, que como persona.
-          No lo creas. Puestos a ofrendar a la amada un amor eterno, nada mejor que dejar que ella lo ignore. Dicen que el amor imposible es el que más dura.
-          Eso es una tontería. Si yo me fuera a declarar a una mujer…
-          ¿Sí, Anselmo?
-          … Le diría… Beatriz, ¿quieres casarte conmigo?
-          ¿Es un suponer, Anselmo?
-          No, cariño, es lo que vengo pensando decirte desde hace más de un año y demorándolo, hasta tener algo que ofrecerte… y poder permanecer dignamente en pie en la ceremonia de nuestra boda.

     Dicho esto, el abuelo salió pasillo adelante, obviamente, en busca de una pierna ortopédica, que hasta entonces había ocultado. La abuela, aunque sorprendida, todavía acertó a decirle una frase, mientras él se alejaba:

-          ¡Qué detallistas sois a veces los hombres para lo superfluo! A ver si va a resultar que Beethoven llegó tarde a la entrevista con la Amada Inmortal por buscar afanosamente su trompetilla…












   

viernes, 3 de junio de 2011

MORIR EN BADENWEILER

Por Federico Bello Landrove
     Pocos lugares más aptos para ser sede de un argumento literario que los balnearios. El alemán de Badenweiler tiene el dudoso honor de haber fallecido en él, con una diferencia de cuatro años, dos grandes escritores, víctimas ambos de la tuberculosis. El primero fue Stephen Crane (1871-1900). El segundo, Antón Chéjov (1860-1904). Este cuento los pone en inverosímil contacto.

  1. Trabajos de verano
     Hubo una época en que ningún profesor español de Derecho, que pretendiese hacer carrera, podía evitar una estancia, más o menos dilatada, en una universidad alemana. Si añadía otra italiana, el éxito podía darse por asegurado…, siempre que no asomase la oreja política, ni desairase a su catedrático.
     Si cuento esto –que es de dominio público entre la gente de mi edad-, no es para presumir de mi presencia en tierras germanas, sino para explicar someramente qué me llevó al bellísimo Friburgo de Brisgovia en el curso de 1970-71. La beca de que disfrutaba no me llegó para financiar todos los gastos, por parsimoniosos que ellos fueran, y tuve que sangrar a mi familia, modesta integrante de la clase media de entonces. Aunque nunca he sido muy decidido, el amor propio me impulsó a tomar un trabajo de verano, a fin de saldar las deudas con mis deudos. Mataba con ello varios pájaros de un solo tiro: ganaba un dinerito, terminaba de soltarme en el endiablado idioma de mis homónimos, Schiller y Novalis, y pasaba el estío en una de las zonas europeas más adecuadas para ello. La cuestión era, ¿dónde admitirían la indocta aportación laboral de un estudiante castellano? Pero, gracias a la inestimable ayuda del servicio de empleo de la propia Universidad friburguesa, obtuve colocación para dos meses en una encantadora librería de viejo, en la Dreherstrasse, casi a la vera de la catedral.
     Frau Wegener llevaba a la sazón en exclusiva la marcha del negocio. Su hijo había partido de vacaciones con el resto de la familia y la empleada habitual estaba de baja por alumbramiento. Me dijo la señora que de buena gana hubiera cerrado el establecimiento y escapado a Italia con los nietos, pero con ello hubiese roto la tradición casi secular y desairado a posibles clientes extranjeros, en plena temporada turística. Me dio la impresión de que no estaba muy conforme conmigo, ni por mi mediocre alemán, ni por mi sospechosa procedencia meridional. No obstante, bastó con mostrarle respeto y cumplir escrupulosamente el horario –incluidos ciertos extras sin repercusión en el salario-, para que doña Hedwig adquiriera confianza en mí y me tratase incluso con afabilidad.
     Una tarde calurosa, en que no era probable que entrase ni un alma en el comercio, la dueña me mostró unas cajas y carpetas colocadas al desgaire en la trastienda y me encargó poner cierto orden en lo que parecía ser un conjunto adquirido en almoneda o testamentaría. Recuerdo que comentó:
-          Es uno de los caprichos de mi hijo: comprar cualquier cosa que huela a antiguo, por el simple hecho de que sea barato o conozca al vendedor. Luego, se gasta más en ordenar y expurgar, que lo que puede valer lo adquirido.
     Pasé la media jornada limpiando el polvo a los libros y cuadernos que formaban el acervo, así como poniendo etiquetas e iniciando la catalogación. Al llegar la hora de cierre, me las tenía con una especie de dietarios tamaño holandesa, encuadernados en rojo, que llevaban impreso en el lomo el año en que habían sido utilizados. Algunos también llevaban grabado el nombre de alguna localidad: Freiburg, Mühlheim, Waldkirch… Dejé correr el reloj y me propuse terminar a toda costa la ordenación cronológica de la homogénea colección. Algún volumen tenía que ser el último el surgir de las cajas: rezaba
Badenweiler
1904
     Frau Wegener terminó su sencillísima tarea de reflejar en el libro diario las tres o cuatro ventas realizadas aquella tarde y se llegó hasta mi mesa. Gratamente sorprendida, ya de mi despreocupación cronológica, ya del armonioso espectáculo de los treinta y tantos dietarios colocados verticalmente, sonrió y tomó el que me faltaba por colocar, lo abrió y comentó emocionada:
-          ¡Válgame el Señor! Si son del doctor Schwörer. ¿Cómo habrán ido a parar a manos del sujeto que nos los vendió?
-          ¿Quién es ese doctor Schwörer?, pregunté por decir algo, ya que nunca había oído hablar de él.
-          Pues nada menos que el médico que me trajo al mundo en 1907, contestó Hedwig entre risas. Fue un médico muy famoso en toda esta zona. Murió hace ya un montón de años.
     Me picó la curiosidad. ¿Cómo sería el fichero o archivo de consultas de un galeno de tantos años atrás? No tenía plan para la noche y se me ocurrió pedir a la señora que me dejara llevar a la residencia de estudiantes uno de los tomos.
-          Está bien, contestó. Coge uno y mañana lo devuelves.
     No lo dudé. Tomé el que acababa de tener frau Wegener en sus manos y lo sujeté cuidadosamente contra el pecho hasta llegar a mi alojamiento. Algo me decía que llevaba una cosa que podía ser interesante.

  1. El paciente especial
     El dietario del doctor Schwörer, como es habitual, estaba ordenado por fechas. Cada página se correspondía con un día de consultas. Los domingos y festividades estaban en blanco, salvo alguna atención de urgencia. Las últimas hojas del libro estaban recortadas y marcadas con las letras del abecedario: en este índice, el doctor hacía constar los enfermos asistidos, por la inicial de su apellido. A continuación de cada nombre, había una serie de números, que pude comprobar se correspondían con las páginas en que figuraban las consultas que cada paciente hubiera pasado.
     Hojear el tomo, una vez aclarada su metodología, era sencillo y aburrido, a la vez, para alguien –como yo- sin relación con la Medicina. La letra era poco clara y las anotaciones escuetas, con abreviaturas, casi taquigráficas. En general, las referencias se limitaban a síntomas, diagnóstico y tratamiento prescrito.
     En tan árido entorno, había una sola cosa que me llamó la atención. Entre las páginas correspondientes a los días 2 y 3 de julio, figuraba un sobre tamaño cuartilla, pegado seguramente con goma arábiga. Dicho envoltorio permanecía cerrado y, por toda leyenda, figuraban dos grandes iniciales mayúsculas, en refinada caligrafía gótica:
A.C.
     Picado de la curiosidad, repasé el listado de pacientes cuyo apellido comenzase por C: eran diecisiete. De ellos, con nombre empezado con A, la selección se reducía a tres. Y uno de ellos era… Antón Chéjov. Volví a las fechas entre las cuales se intercalaba el sobre. No cabía duda: en la página correspondiente al 2 de julio, constaba una llamada de urgencia en interés del escritor, la aplicación de una inyección de alcanfor y su fallecimiento.
     Con más tiempo y, si el sobre hubiera estado abierto, habría intentado sacar una xerocopia de su contenido. En las circunstancias en que me encontraba, no se me ocurrió mejor cosa que despegar cuidadosamente el atractivo apéndice y guardármelo, en la razonable esperanza de que nadie se hubiese percatado de su preexistencia. ¡Cómo estaría de asustado, que pasé toda la noche sin rasgar la envuelta y pensando qué hacer a la mañana siguiente en la librería de lance! De hecho, durante toda mi estancia en Friburgo respeté tímidamente la virginidad del anexo. Sólo me sentí un poco más tranquilo cuando regresó el hijo de la señora Wegener y, sin respetar los términos del contrato, me despidió ipso facto, por no ser ya necesarios mis servicios. Supongo que tal cosa alivió mi conciencia porque, días después, eché el sobre en la maleta y crucé la frontera franco-alemana, de vuelta a España. De todas formas, sólo cuando me encontré en mi casa de Castellar, osé franquear el paso a los dos folios escritos a máquina por ambas caras, que guardaba la cubierta hasta entonces inviolada. En lo que resta de este capítulo he procurado hacer una traducción fiel y, desde luego, completa del texto del doctor Schwörer. Vamos con ella.
***
     En Mülheim, a 13 de febrero de 1938.
     Hoy he cumplido setenta años. Lógico es pensar que me queden pocos más de vida; eso, sin contar con que no adelanten mi fin los secuaces de Hitler, debido a los orígenes impuros de mi madre. Vuelvo, una vez más, a los últimos días de mi paciente, Antón Chéjov, a quien, según este dietario, atendí en cuatro ocasiones, entre el 11 de junio y el 2 de julio de 1904, fecha ésta última de su fallecimiento, víctima de la tuberculosis. Vuelvo, digo, una y otra vez, sin decidirme a contar ciertos hechos extraordinarios que rodearon sus últimos días y de los cuales obtuve sus confidencias, más como su amigo y marido de una compatriota suya, que como médico. Es probable que mi ligereza a raíz de su muerte, haciendo a un periodista ciertas declaraciones impropias del secreto hipocrático, hayan mantenido mi boca sellada desde entonces, sin salir siquiera al paso de bulos y deformaciones de la realidad de las cosas. Como cuando se ha bromeado con mi decisión de aconsejar al enfermo la ingesta de una pequeña cantidad de alcohol, para potenciar los efectos de la inyección de alcanfor con excipiente oleoso, que le administré momentos antes de su óbito, en calidad de estimulante cardiaco con ligeros efectos relajantes. Es cierto que la bebida alcohólica que nos facilitó el servicio de habitaciones del hotel fue, precisamente, champagne, pero para el caso hubiera servido lo mismo una copa de borgoña o de mosela.
     No es mi propósito, sin embargo, aclarar conceptos médicos, sino exponer objetiva y resumidamente las visiones que el señor Chéjov tuvo en los últimos días de junio de 1904 y que, en mi opinión, le prepararon para su tránsito de manera excelente, hasta el punto de tener una de las muertes más dulces y resignadas que yo recuerdo, en pacientes afectados de su letal enfermedad. Ignoro quién y cuándo leerá estas líneas. A éste, quienquiera que sea, le digo: mi mente está serena y mi memoria sigue siendo excelente. No afirmo ni niego: sólo recuerdo y relato.
     El señor Chéjov llegó a Badenweiler en unas condiciones físicas deplorables, aunque mejores que las esperadas por lo avanzadísimo de su tuberculosis. Mi valoración del caso fue ratificada por el neumólogo, doctor Griffin, médico británico al servicio de la casa de baños. Expuse al paciente y a su esposa, en la segunda consulta, lo preocupante de su estado, pero él se comportó en todo momento con buen ánimo, con jovialidad, incluso. Más por estimularle psicológicamente que por otra cosa, le puse un régimen de vida y alimentación bastante estricto, que queda reflejado con detalle en las páginas correspondientes de este diario. Se trataba, en resumen, de una dieta rica en productos energéticos –para compensar su extrema debilidad- y de fijar un horario rígido, con actividades variadas –a fin de tenerlo entretenido- y masajes acuosos, tipo Vichy, para soltar sus articulaciones y aliviar los dolores externos.
     Por lo que yo supe, a través de su esposa y del personal del hotel (en un principio el de Villa Fredericke; el del Sommer, más tarde), el escritor respetó muy disciplinadamente mis prescripciones y mantuvo sinceras esperanzas de mejoría y relativa recuperación. Esta situación favorable, sin embargo, no duró más de quince días y cambió radicalmente, ya fuese por el progreso del bacilo, ya por el bochornoso calor que comenzó en los últimos días de junio, agravando su proceso asmático y volviendo muy penoso cualquier ejercicio, por moderado que fuese. Yo no lo visité hasta el 30 de junio, pero su esposa Olga encontró en varias ocasiones a mi esposa (moscovita como ella) y le mostró su preocupación por el desánimo de su marido, que se quejaba continuamente y proponía –contra toda lógica- la marcha de Badenweiler, hacia Italia o, incluso, al sur de Rusia. De nada habían servido las atenciones del personal del hotel y del balneario, ni la asiduidad de algunos compatriotas, entre ellos, un tal Lev Rabenek, joven estudiante de la Universidad de Berlín, según creo.
     Preocupado por mi paciente y temiendo que le fuera muy difícil desplazarse hasta mi consulta, decidí tomar yo la iniciativa de visitarlo en el hotel Sommer, en cuya terraza ajardinada lo hallé, recostado en una chaise longue. Se alegró al verme y del contenido estrictamente médico de nuestra entrevista nada diré aquí, pues figura consignado en el dietario. Sí señalaré que su apariencia era satisfactoria, tostado por el sol, con un traje de franela de algodón en color hueso, y con una voz sonora y firme, impropia de una persona en su estado. Aunque nuestro conocimiento de la lengua del otro dejaba, en ambos casos, mucho que desear, no quiso que nadie hiciese de intérprete, pues se le veía inclinado a hacerme algunas confidencias, bajo la debida reserva profesional. Me atreveré a recoger sus palabras, como si él las pronunciase, a fin de dejar bien definido lo que fue manifestación suya y lo que se debe a mis propias impresiones.
     Quiero consultarle, doctor, lo que me viene sucediendo en los últimos tres días, pues he llegado a ser incapaz de deslindar lo que pueda ser fruto de la fiebre y la debilidad de mi estado, de lo que efectivamente me esté sucediendo. Usted me dirá si la alucinación o el delirio pueden llegar con la tuberculosis hasta tal punto, que mi mente tome por reales y externas las criaturas de mi imaginación.
     Todo comenzó anteayer. Acababa de concluir, con gran esfuerzo, una carta a mi hermana Masha, quejándome, aunque con tiento, de todo: el calor, el aburrimiento, el asma, la pesadez de estómago. Mi esposa había marchado a Friburgo a comprarme alguna ropa acomodada a la canícula. Me hallaba, solo y desmadejado, donde me ve ahora, cuando hete aquí que se me acercó un individuo joven, de aspecto aventurero o, cuando menos, deportivo, rubio, menudo, de rostro agradable sombreado por un bigote algo más que mediano. Destilaba camaradería y optimismo. Me saludó, llamándome por mi nombre, y me hizo no sé qué alusión a la temperatura, al tiempo que, arrimando una silla, se sentó a mi lado y me pasó un vaso de granizado de limón, que debía haber traído desde la cafetería. Ante mi perplejidad por su amistosa actitud y conocimiento de mi humilde persona, me confesó que era un periodista de postín, corresponsal de guerra de diversos diarios americanos, enamorado de mis relatos y de La gaviota, única de mis obras teatrales que conocía a fondo. De forma aparentemente sincera, elogió mis trabajos literarios, demostrando buen conocimiento de los mismos, deteniéndose en especial en los valores que en ellos creía encontrar, como sensibilidad, piedad, humanitarismo y otros que –según él- hacían la vida más divertida, tierna y agradable a los lectores, inclinándolos a una mayor comprensión y benevolencia hacia sus semejantes.
     Sin apenas dejarme replicar a sus encomios, me invitó a dar un paseo por el jardín, camino del balneario. No sé de dónde sacó una sombrilla; me ofreció su brazo y he aquí que yo, momentos antes postrado y muy débil, tomé el bastón y me sentí con fuerzas para recorrer no menos de media versta, sin temblor de piernas o jadeo alguno. Durante todo el recorrido, no dejó de hablarme, en especial, de sus atrevidas aventuras en la guerra greco-turca y en la de Cuba, producidas ambas hace ya unos años, como usted, doctor, sin duda recuerda. La referencia bélica me hizo recordar la presente contienda de Manchuria con los japoneses, en la que algunos de mis familiares y jóvenes amigos están jugándose la vida, y ello hizo que me pusiera triste. Mi interlocutor, que se había presentado de modo informal como Steve, intentó tranquilizarme y desvió la conversación hacia mi viaje, tantos años atrás, a la isla de Sajalin, próxima al actual escenario de la guerra, y bromeó: Sólo faltaría que los japoneses les arrebatasen la isla. ¿Dónde iba el zar a ubicar sus presidios? Al llegar al balneario, mi acompañante me dejó en manos del personal de baños, aconsejándome tomar uno de aromas y, excusándose por no poder traerme de vuelta al hotel, dejó contratado un tílburi para que me recogiese al concluir la terapia.
     Eso fue anteayer. Ayer, también sin avisar, Steve se presentó en la terraza hacia las ocho y media de la mañana, cuando acababa yo de tomar esa pócima que usted me ha recetado, quiero decir, la bebida caliente a base de cacao con abundante mantequilla emulsionada en ella. Debía conocer mi tratamiento pues me dijo: Amigo Antón –permítame llamarle por su nombre de pila-, olvide hoy las gachas de avena de las diez y aprovechemos lo temprano de la hora para charlar y caminar antes que el sol apriete. Después del grato y sencillo paseo del día anterior, no me resistí en absoluto y lo acompañé sin ningún temor. Nos dirigimos hacia el espléndido mirador que queda a espaldas del arborétum que circunda el balneario. Ni que decir tiene que llegué hasta allí sin disnea ni síntomas serios de fatiga, con ese esfuerzo grato a la mente y que tonifica los músculos, dándole a uno la satisfacción del deber físico cumplido. Sentados frente al verde paisaje sin otros límites que las lejanas montañas de pórfido, Steve me preguntó por la salud, suponiendo que mi estancia en el balneario y los achaques que evidenciaba pudiesen tener por causa alguna enfermedad de mal agüero. Yo le abrí mi corazón, revelándole, no sólo la tuberculosis avanzada, sino lo difícil que me estaba siendo últimamente convivir con ella, sin perder el ánimo y poniendo buena cara ante mi familia y amigos. También en este punto, demostró mi interlocutor ser un compañero admirable. Resulta que también él tiene, o tuvo, el mal del bacilo, no siendo ésta la primera vez que viene a Badenweiler en busca de alivio. Aunque mucho más joven que yo, no mostró desesperanza o desánimo ninguno por su estado. Yo le pregunté por su receta para el alma y él, más o menos, me reconoció que no había ninguna perfecta ni eficaz para todos. Unos ponen la vida en manos de Dios; otros consideran la muerte algo natural, un final y un descanso en medio del dolor; algunos entregan su espíritu al recuerdo de quienes los aman y el cuerpo al Universo que un día les dio la materia. Yo me acojo a que, marcado por una enfermedad irremediable desde mi adolescencia, he vivido plenamente, devorando la vida y a mi antojo. Pero usted, querido amigo, no tiene más que mirarse las manos. ¿Mirarse las manos?, repetí. Desde luego. No hay muerte más dulce que la de quien ha pasado por el mundo haciendo el bien, llenando sus manos de obras buenas que ofrecer al Señor de la vida. Superando todas las adversidades, ha creado para sus hermanos las más bellas historias, los más grandes dramas, por los que, ni será olvidado en este mundo, ni dejará de obtener el premio en el otro. Usted, Antón, no morirá. Sonreirá al despedirse de esta vida frágil y se dormirá dulcemente, para despertar en el Más Allá. Lo miré de hito en hito. Él se atusó el bigote, me pasó el brazo por los hombros y dijo: Créame; no dude de mi palabra; se lo digo por propia experiencia. Y se echó a reír de manera tan contagiosa, que yo también rompí en carcajadas, inconteniblemente.
     Doctor, ya son las cuatro de la tarde y Steve todavía no ha venido hoy. Ignoro si volverá, ¿sabe? Nunca avisa. Pero su tardanza me ha dado tiempo de pensar. ¿Quién es él? ¿De qué experiencia habla? ¿En qué idioma común nos entendemos, siendo así que yo desconozco el inglés y él no tiene motivos para saber ruso? Y, sobre todo, ¿qué fuego habita en su interior, que ha encendido en mí la llama de la confianza absoluta, de la inextinguible esperanza? Y no la nacida de una vana piedad, como la que mi esposa o usted usan conmigo, ocultando el fin que se acerca, sino la que ha transfigurado ese fin en un tránsito a una vida mayor y más intensa.
     Iba a responderle no sé cómo, pero no me dio tiempo. Doctor –me dijo-, yo soy el primero que supuse que todo era un sueño, una visión, nada. Pero, ayer por la noche, en la alcoba, Olga me estaba contando trivialidades para entretener mi insomnio. Hablaba de su visita al dentista, de las compras de ropa en Friburgo. Y añadió:
-          Menos mal que he encontrado a una americana, que ha hecho mis últimos días más llevaderos. Se llama Cora y es la esposa de un periodista americano, que parece que además escribe novelas. ¿Lo conoces? Se llama Steve, bueno, Stephen Crane.
    
  1. Puntualizaciones innecesarias
     Los últimos renglones del texto del doctor Schwörer hacían algunas consideraciones personales, que me parecen innecesarias para el relato. Si acaso, por lo irreproducible de la diligencia, juzgo interesante consignar que el médico, tan pronto falleció Chéjov, realizó una completa indagación acerca de la posible presencia de Cora Crane en alguno de los hoteles de Badenweiler. Ello era poco probable, por supuesto, pero no imposible, dado que dicha señora no falleció hasta años después, concretamente, en 1910. La pesquisa del doctor no obtuvo otro resultado que el negativo. Yo he podido constatar que Cora Crane regresó a los Estados Unidos en 1900, acompañando el cuerpo del autor de La roja insignia del valor y no hay dato alguno de que volviese a Europa durante el resto de su vida. De modo que extraigan ustedes las consecuencias que estimen pertinentes de las susodichas manifestaciones de la mujer de Chéjov.
***
     En un post scriptum que seguía a la firma autógrafa de Schwörer, el doctor impetraba a quien encontrara y abriese el famoso sobre, que no revelara su contenido hasta veinticinco años después de su muerte. No era mi propósito precisar la fecha de tal óbito, ni se me daba un ardite por incumplir su requerimiento. Pero mi reputación de digno profesor de Derecho Procesal sí podía resentirse, si daba la campanada en los ámbitos literarios internacionales y llegaba ello a oídos de la despojada familia Wegener. Así que resolví depositar los dos folios antes transcritos en una notaría de Castellar de toda confianza, con el mandato de que el fedatario no  abriese el sobre sellado que los contenía sino después de mi muerte, dejando constancia en acta de su contenido y confiándolos seguidamente –junto con el presente relato- al secretario de la Real Academia Española, a los efectos oportunos. Así que ya saben ustedes que ha habido un muerto más en el asunto, aunque no haya sido de tuberculosis, ni en Badenweiler. Tal vez, para su gusto, yo haya tardado demasiado en seguir el misterioso camino pero, cuando tantas historias, ocurrencias y patrañas se han escrito sobre la muerte de Chéjov, no creo que otra más, ésta, vaya a importar a nadie.

PASEO BAJO LOS OLMOS, O LOS RECUERDOS DE PAULINA



Por Federico Bello Landrove
     Hubo un tiempo en que la Malibran y la Viardot fueron las más grandes divas del mundo de la ópera europea. Pocos saben que ambas eran españolas y hermanas, siendo su vida un prodigio de relaciones, aventuras y gloria. Yo siento debilidad por la más joven, cuya vida se prolongó entre 1821 y 1910, con tal brillo y romanticismo que, para pergeñar esta historia he necesitado más de la capacidad de resumir que de la imaginación. ¡Qué mujer!

1.      La señora del sombrerito negro

     Me llamo Paulina Viardot-García. La primavera pasada cumplí ochenta años, pero aún tengo suficiente energía como para recorrer por la tarde, con la ayuda de un bastón, la distancia que separa mi mansión de Bougival de la casa en que habitó Turguéniev. Verdad es que se trata de un recorrido de apenas diez minutos, a través de un camino en suave declive, sombreado por dos filas de olmos centenarios. Hoy se cumple la segunda semana del otoño; las hojas de los árboles tienen un bello tono rojizo y empiezan a alfombrar el sendero, suavizando el roce de mis pies cansados contra la firme y gruesa arena de la vereda. Diez minutos apenas, sí, y me hallaré nuevamente entre los muros de la casa de Iván, acariciando los muebles y ordenando por enésima vez sus papeles y mis recuerdos. Ya se han cumplido dieciocho años de su muerte y me parece que fue ayer cuando partió, enfermo y agotado, camino del hospital y de su destino final. El sol dejará sus últimos rayos en la pared del dormitorio del primer piso y yo sabré que tengo que regresar a mi otra casa: diez minutos, una leve cuestecita que mi corazón va acusando y, de nuevo, el caserón vacío, el piano, las órdenes a la servidumbre y mis recuerdos. También Luis, mi marido, se fue hace dieciocho años, a tiempo de estrechar la mano en señal de despedida al otro hombre de mi vida. Mis hijos andan por esos mundos y –aunque no es que me queje- cada vez me visitan y escriben menos. Los amigos han muerto casi todos y los discípulos me cansan ya, más que otra cosa. Pero ese diablillo de Corinne…
     Corinne es mi nieta, hija de Paul, mi ultimogénito. Tiene trece años y acaba de pasar unos días aquí, en Bougival. Cometí el error de llevarla conmigo en mi diario paseo vespertino y de no recatarme ante ella de palabra ni de obra. Innecesario es decir que tuve que darle toda clase de explicaciones al regreso y en los días siguientes, hasta su marcha. No me importa, ya no me importa casi nada. Por otra parte, se ha dicho y escrito tanto de mí, que soy lo que se dice un libro abierto, para mi familia y para casi todo el mundo. Lo curioso es que, según iba desempolvando recuerdos y buscando respuestas para mi nieta, más dudas y lagunas aparecían en mi memoria. Señor, ¿estaré chocheando? ¿O es que mi vida ha sido tan larga y compleja, que yo misma no tengo una idea clara de los sucesos y, sobre todo, de su causalidad y sentido? ¡Demonio de Corinne, pues no me han trastornado sus preguntas, hasta el extremo de no ser capaz de ordenar y explicar mi existencia! ¿Cómo voy, entonces, a ver llegar mi fin en paz, si no puedo rendir cuentas cumplidas ante el sacerdote, ni ante mi propia conciencia?
     No soy –ni lo fui nunca- amiga de diarios, ni, menos aún, de hacer mis mementos. Pero no puedo permanecer impasible ante el olvido y la incomprensión; no debo llegar a ser una extraña para mí misma. Yo creo que mi vida ha sido plena y generalmente positiva, pero ¡ay!, a lo que se ve, demasiado larga. Es probable que los árboles estén empezando a no dejarme ver el bosque. Tengo que hacer algo, pronto y sencillo. Consultaré con mi hija Luisa o, mejor aún, con Fauré.
***
     Dicho y hecho. Una semana después de lo relatado, Paulina tenía en sus manos la carta de contestación del ilustre compositor quien, con la sensibilidad y prudencia que solía, le aconsejaba: Tiene usted razón, Madame, en eso de que los árboles no dejan ver el bosque. Capturemos, pues, el bosque, reduciendo nuestra vida a un resumen de momentos-clave, que la hayan marcado y, en cierto modo, la compendien. No muchos, en verdad, para no incurrir en el mismo defecto que tratamos de evitar, pero sí los suficientes, como para que cubran todas las estaciones de nuestro tiempo. El suyo es ya felizmente longevo: ¿Qué le parecería contemplar los cinco momentos más importantes de su vida y esquematizar sus principales consecuencias?
     Madame aceptó el reto, sin prisa, pero con constancia. Reflexionó, tomó notas, cambió impresiones y, finalmente, escribió. Lo que sigue son las páginas, de letra menuda y aún firme, que redactó Paulina y fechó a 16 de enero de 1902, tal y como las encontró en un cajón secreto del escritorio de su antecámara su hija Luisa. ¿Qué cómo han llegado hasta mí?  Establezcamos un acuerdo: yo no revelaré mis fuentes y ustedes, amables lectores, me concederán el crédito que les merezca, no por mi palabra, sino por el contenido del texto. Helo aquí.


  1. La vida sobre el papel (primera parte)

     Nací en una familia en que se respiraba música. No tiene, pues, nada de extraño que mi principal ocupación haya estado siempre relacionada con ella: concertista, cantante, compositora… Y, cuando digo siempre, quiero decir exactamente eso. No me recuerdo a mí misma de niña, alejada del taburete del piano ni de las clases de canto.  Mi padre, Manuel, fue mi maestro hasta que falleció, cuando yo tenía once años. Me acuerdo, sobre todo, de los años felices pasados en Méjico, en los que cimenté mi técnica pianística y vocal. Yo prefería con mucho el piano, pero mi padre, aun respetando las predilecciones, formó mi voz a un nivel de exigencia tal, que ni las óperas más difíciles han alcanzado jamás. Pero, voy al momento decisivo, como Fauré me recomienda.
     Sin duda, ese instante fue propiciado por mi madre. Tenía yo trece años y ya nos habíamos instalado definitivamente en París, mi ciudad natal. Yo soñaba con el teclado y el gran Liszt me hacía temblar como una hoja, de pies a cabeza, cada vez que llegaba la hora de ensayar bajo su dirección. Se me auguraba un brillante porvenir como concertista, que mi progenitora cortó de raíz con una decisión impuesta “en bien de la familia”. Debería entregarme en cuerpo y alma a la ópera, como lo hacía mi hermana mayor, María, a quien todo el mundo –y lo subrayo, como textual- conocía por el apellido de su primer marido, la Malibrán. Yo lloré y supliqué desesperadamente en contra de tal resolución. No sólo rompía mi vocación, sino que potenciaba mi complejo de fealdad y daba lugar a una odiosa y desigual comparación con mi gran hermana, trece años mayor que yo. Todo fue en vano, en especial, cuando aquella fallecía a sus veintiocho años, a consecuencia de una caída del caballo. Ahora tenía que sucederla, por no decir sustituirla, cosa imposible. Estudié intensa y apasionadamente –como he hecho casi todo en la vida-, hasta el punto de recibir de mis familiares el elogioso apodo de la hormiguita. Superé, poco a poco, la pobre valoración de mi físico, por la que yo misma me consideraba una mona, y saqué todo el partido posible de una voz, tal vez no muy brillante, pero de tan amplia tesitura, que, siendo de mezzo soprano, me permitía dignos escarceos con otras tonalidades, de soprano hasta contralto. En fin, “haciendo de tripas corazón” (como dice mi hermano Manuel), adquirí un dominio interpretativo inusual en los cantantes y un encanto, que hizo olvidar a casi todos mi frágil físico y mi rostro de facciones imperfectas aunque, todo hay que decirlo, de grandes y expresivos ojos negros, que algún efecto causaban entre los caballeros.
     En fin, cedí a la imposición familiar, pero no transigí con que me limitaran. Saqué tiempo para seguir estudiando piano y composición y –como más adelante diré- no alargué mi carrera operística. Antes al contrario, me retiré con poco más de cuarenta años, a vivir para mí misma, mis amigos y mis alumnos. Algo es algo…
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     Mi segundo momento decisivo tiene aire de salón romántico y está presidido por un nombre masculino de mujer, George Sand. Creo que fue mi admirador, el poeta de Musset, quien me la presentó. ¡Cielo santo, qué mujer, mi amiga Aurora! La conocí a poco de iniciar mi carrera de diva de la ópera, con apenas dieciocho años. Ella fue para mí la llave del mundo de la cultura y de la sociedad. Cuando yo era poco más que una chiquilla voluntariosa y con una gran voz, ella me modeló en todos los aspectos, desde el vestido, a lo que había de leer o con quien tenía que tratar. Con el tiempo, algunas de las infinitas atenciones que me dispensó las he llegado a juzgar equívocas. No en vano siempre se ha rumoreado que Aurora sentía atracción por ambos sexos. Pero, si mostró por mí un interés muy especial (y algo de ello parece trascender en la novela Consuelo, que me dedicó), tuvo la delicadeza de transfigurarlo en forma de apoyo y dulzuras, que ni ofendían, ni degradaban. Y, en fin, supo aconsejarme siempre con acierto, incluso en el tema de mi matrimonio.
     Sí, de mi matrimonio. No puedo menos que rechazar de corazón los muchos infundios que, a propósito de mi unión con Luis Viardot, se han propalado. Es cierto que yo era casi una niña y que él me doblaba la edad. También lo es que, como director de una gran compañía de ópera, el interés no era ajeno a nuestro acuerdo matrimonial. Pero todo lo demás es falso. Yo llegué a querer a Luis, con quien conviví más de cuarenta años. Mis hijos son suyos, dicho con la seguridad que una madre puede tener sobre estas cosas. Él era un notable hombre de letras, gran hispanista (lo que a mi familia y a mí no dejaba de enorgullecernos).  Nuestra unión, en lo físico, supo respetar la razonable  libertad de ambos, de forma que no hubo ocasión justificada de escándalo, a no ser por mi relación con Iván, de la que luego trataré. Hoy las cosas son muy distintas pero, a la altura de 1840 y años próximos, mi relación con Luis fue acomodada a su época y con niveles de respeto y armonía verdaderamente inusitados. Así que, visto en la lejanía del tiempo, el consejo de Aurora fue acertado, y pocas veces me he arrepentido de haberlo seguido.
     Quede pues fijado ese segundo momento de mi vida en el encuentro con la George Sand y, por derivación, en mi matrimonio conveniente con Viardot. Pero, como madre, tengo que añadir algo más, al hilo de la alusión a mi matrimonio. Me refiero al cuidado y la atención de mis hijos, cuando eran pequeños. He tenido cuatro, sensatamente espaciados en el tiempo. Los he amado –y los quiero- intensamente. He procurado dedicarles todo el tiempo que he podido. Intervine en su formación (y no sólo musical) de manera profunda y prudente. Es verdad que mi profesión y, en especial, los numerosos viajes y estancias en el extranjero me mantuvieron alejada de ellos durante largas temporadas. Pero eso era inevitable y –hasta si se quiere- no lo veo mal para su afirmación personal: ¡cuánto sufrí yo, en ocasiones, por la presencia continua y agobiante de mi familia, interfiriendo en mi vida de adolescente! Quiero decir, por tanto, que no me considero en absoluto una mala madre, ni mis hijos me han tenido nunca por tal. Quede claro para quienes han tratado de atacarme por ese flanco: podré tener muchos otros defectos, pero no el de ser una madre desnaturalizada, como se decía en los folletines de antaño.
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     El tercer gran momento de mi vida tiene aroma ruso y ambiente de gran teatro, la Ópera de San Petersburgo, de la que fui primera figura durante tres años, allá por los veintipocos de mi vida. Rusia y la ópera, mi gloria y el exotismo grandioso de una cultura y una música, que he llegado a amar y a tener como propias. Pero falta el personaje, y no puede ser otro que el escritor Iván Turguéniev. Poco mayor que yo, alto, robusto, bien parecido, hubiera destacado de todas formas entre mis admiradores, aunque no hubiera sido un hombre culto y un verdadero artista. Su carácter parecía paradójico con la intensidad de su pensamiento: tímido, introspectivo, de hablar suave; pero también era firme y de reacciones a menudo incontenidas, lo que le granjeó enemistades tan famosas como las de Tolstoi y Dostoyevski, o amistades entrañables, con Gounod o con Flaubert.
     Yo no había encontrado el verdadero amor, pleno y apasionado, hasta que lo conocí. Durante un tiempo, me debatí entre la voz de mi conciencia y su obstinada persecución. Fueron momentos terribles para él y para mí, tan alejados de la felicidad y, a la vez, tan inmersos en la inspiración. Finalmente, triunfó su constancia y mi anhelo de conocer y vivir la sensualidad amorosa. Durante muchos años, él y yo no hicimos ni dijimos nada para despejar las dudas a este respecto. Ya no las habrá para quien leyere estas líneas. Iván y yo consumamos nuestra unión. Aunque, después de todo, ¿qué significa la consumación? Sin duda, es más grande y completo el amor si no tiene límites ni represiones, pero también puede llegar así antes a la saciedad y el final. De mutuo y tácito acuerdo, Iván y yo contuvimos la frecuencia y duración de nuestra vida en común, de nuestros encuentros, cada vez más espirituales y distanciados. Yo creo que, gracias a ello –fruto de su generosidad y de mi conciencia-, nuestro amor permaneció –para mí, todavía permanece-, evolucionó suavemente con la edad y dio los mejores frutos en la vida y en el arte. Haciendo por una vez un ejercicio de análisis -que detesto-, diría que este amor fue como el choque de dos genios con intereses comunes. Nos amamos, sí, pero hubo mucho más: amistad, colaboración, comunión de amigos y familia, cercanía artística. Aunque fuerza me es reconocerlo: yo fui mucho más el centro de su vida, que él de la mía. Después de todo, Iván dejó Rusia por mí y se integró en mi familia, renunciando a formar la suya propia.
     Y aquí llego al aspecto clave -para los demás- de mi unión con Turguéniev. Al hecho de que, junto a mi marido Luis, formásemos un ménage à trois, llegando a convivir bajo el mismo techo, a participar conjuntamente en multitud de actos sociales y, finalmente, a residir en Bougival, separados, o unidos, por el parque privado de la mansión Viardot. ¿Qué tuve yo que ver en ello? ¿Qué motivos hubo para dar un escándalo social tan notorio? Sinceramente, yo no digo que tal situación no me fuera ventajosa, afectiva y prácticamente, pero lo cierto es que, si mi marido hubiera puesto alguna seria objeción, tal cosa no hubiera sucedido. Supongo que actuó por bondad para con la soledad de Iván, o por deseos de complacerme y miedo a perderme, o porque le agradara después de tantos años la presencia del gran Turguéniev junto a él; o por todas esas razones juntas. También es verdad que nos importaba bien poco la opinión pública; que económica y profesionalmente estábamos por encima de ella; que nuestros verdaderos amigos se desentendían de la cuestión y nuestros hijos lo veían como algo completamente normal e inocente. Finalmente, fue Luis quien, en los últimos años, buscó la presencia de Iván, gestionó la construcción de su casa tan cerca de la nuestra y, en suma, pasó de la tolerancia a la inducción. Y es que Iván tenía algo de magnético, también para los hombres. Líbreme Dios de pensar nada inconveniente (aunque con Gounod hubo ciertas habladurías): simple cuestión de dulzura de carácter, de grandeza de espíritu y, con el tiempo, de rutina de gente mayor.
     En fin, quede dicho lo dicho  sobre ese tercer momento esencial de mi vida. Turguéniev o el amor, el Amor triunfante, al que él y yo cantamos durante cuarenta años de nuestra vida. Y permanezca el resto, para siempre, en el seno de mi alma inmortal.

  1. La vida sobre el papel (segunda parte)

     Parece que me siento liberada, tras perfilar los tres primeros momentos decisivos en mi vida. Me parecen los más comprometidos y, además, los más alejados en el tiempo. Los que restan, al fin y a la postre, marcan la segunda parte de aquella y, en cierto modo, siguen presentes en mi cotidiano existir, por más que la implacable vejez los vaya recortando día a día. Pero vayamos al grano, que el fin de año está encima y me había prometido a mí misma acabar la tarea en este de mi octogésimo aniversario, cosa que cada vez veo más improbable.
     El cuarto momento crucial tiene una fecha muy precisa, 1863, pero no un personaje determinante, pues me niego a conceder semejante preeminencia al mediocre de Napoleón III. Lo cierto es que se conjugaron varias causas para que yo dejara la ópera y Francia en dicho año: mi cansancio, después de veinticinco años de ser la prima donna; el regreso definitivo de Iván a Occidente, tras la incomprensión en Rusia de su gran novela, Padres e Hijos, y, por supuesto, la oposición de toda mi familia a la actuación errática y asfixiante del Emperador en el mundo de la ópera y de la política. Lo cierto es que nos exiliamos voluntariamente en Baden-Baden y allí reconstruimos paulatinamente el círculo de nuestros amigos y artistas. Luis se sentía un poco perdido, pero Iván era feliz, recordando sus años juveniles de la universidad de Berlín. Y yo, lejos del público y de las imperiosas obligaciones sociales, me encontraba radiante: ¡por fin podía hacer lo que quisiera! Atender a mis hijos, dibujar y pintar, componer música, formar nuevas voces juveniles… y hacer o reanudar amistades, como mis entrañables Meyerbeer y Clara Schumann. No me cabe duda de que, condicionada o no, mi retirada de los escenarios fue un acierto, que me permitió hacer un poco de todo, por mi gusto y con inspiración: era la devolución de la libertad, de la que mi madre me había privado treinta años atrás, como ya he dejado escrito antes.
     ¿Quién es, pues, la persona determinante para este cuarto momento? Creo que yo misma, deseosa de cambiar de vida, de dedicarme en exclusiva a mis seres queridos; de retornar, en cierto modo, a mis orígenes. Cierto es que nunca pensé que la etapa de mi vida iniciada entonces iba a durar tanto. Al paso que vamos, mis cuarenta y dos años de entonces eran la mitad del camino de mi vida, como diría el Dante. Ruego a Dios que no me deje corta en mi apreciación, pero que tampoco se retrase mucho más en llamarme a su seno.
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     Y voy con el quinto y último momento. Yo lo denominaría al servicio de los jóvenes. Se inició en 1871 cuando, tras la terrible convulsión bélica, pudimos instalarnos al fin en Bougival. Poco después, el Conservatorio de París me incluyó a título honorario entre sus profesores, aunque yo no resistí la sujeción más allá de cinco años. ¡Quería libertad!, aunque fuera para hacer lo mismo que allí me encargaban. Era el momento de rendir tributo a la  nueva inteligencia. Chopin, Liszt, Meyerbeer, Berlioz y tantos otros quedaron atrás. Brahms, Massenet, Gounod, Rimski-Kórsakov, Tchaikovski o Fauré constituían la generación siguiente, a quienes ayudar o apoyar con mi influencia y estímulo. Mi enseñanza contribuyó a la gloria de voces como las de Artôt, Lavróvskaia, Panaeva o mi propia hija Luisa. Iván me dio los elementos de juicio y la fuerza para introducir en Francia a la intelligentsia rusa de la época, haciendo un poco de embajadora de su talento. Y así he seguido hasta ahora, aunque el cansancio propio y el olvido ajeno me hayan recluido en el mundo ambivalente de la soledad: grato cuando es elegido, trágico cuando nos viene impuesto. En fin, mis nietos palían un tanto la tristeza, en especial, esa tremenda personita de Corinne, principal responsable de que haya tenido que escribir estas páginas.
     Bien, ¿quién he sido yo? ¿Sé ahora algo más de mí o, al menos, recuerdo algo trascendente, que no supiera antes de iniciar este relato? Leo y releo su contenido y no llego a parte alguna. Es posible que el bosque esté más visible, que haya talado mentalmente algunos árboles que obstaculizaban su vista, pero sigo, más o menos, donde estaba al principio. Tendré que escribir nuevamente a Fauré…
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     Los documentos que Luisa encontró en un cajón secreto del escritorio de su madre no incluyen, ni el borrador de la carta de Paulina a Fauré, ni tampoco la contestación de este. No obstante, tales misivas sin duda existieron (salvo que mediase una conversación directa entre ellos), a juzgar por lo que queda reflejado en el epílogo de mi transcripción, cuyo contenido conocerá quien lo leyere.


  1. Epílogo
     De letra de Paulina, figura una última cuartilla, encabezada por unas palabras crípticas, muy probablemente sugeridas por Fauré: El azar y lo contradictorio. ¿Qué es la felicidad? Lo que queda al final de todo. La recta y el círculo (el “nosos” de Ulises). Pero se ve que la gran Viardot-García fue incapaz de desarrollar estas ideas, o de responder a los interrogantes que encierran, porque el resto de la cuartilla quedó en blanco. ¿Serían ustedes capaces de hacerlo por ella? O mejor aún, ¿están ustedes en condiciones de aplicarlas y contestarlas para su propia vida?