sábado, 16 de abril de 2011

UNA VIDA EN EL DESVÁN

Por Federico Bello Landrove
     Relato alegórico, en que un desván, y la vida dentro de él, figuran la frecuente y diaria realidad de las personas que se encierran en sí mismas y crean un ambiente del que ya nunca podrán ni querrán salir. Pero, ¿hasta qué punto esa vida ha sido asumida voluntariamente y puede llegar a ser tan rica y real como la exterior? ¿Es posible a los demás penetrar en ese mundo tan personal y sugestivo, o arrancar al cautivo sus cadenas y lanzarlo a la realidad exterior? He aquí algunas sugerencias para responder a estos interrogantes.



     David Rincón nació en una casa con desván. Comunicado interiormente con la vivienda por una escalera de un solo tramo, escrupulosamente pulida y dotada de hermoso pasamanos de torneados balaustres, era todo un lujo para lo que se estila en este tipo de espacios. Levemente abuhardillado, recibía la luz a través de un airoso lucernario central en pirámide y de sendas troneras que daban a las dos fachadas exentas de la casa. El interior, amplio y relativamente desembarazado, era pulcro y claro. La madre de David –que ya había tenido en él vivencias de juego e intimidad- lo había preparado cuidadosamente para su hijo en cuanto nació. Su marido comentaba:
-          Cualquiera diría que vamos a poner el despacho en el trastero.
     La madre siguió a lo suyo. Internamente, algo le decía que aquella dependencia despreciada, tan importante en su infancia y juventud, habría de serlo también para David.
***
     Las primeras visitas al desván fueron en compañía de su madre. La memoria consciente no conservaba recuerdo de ellas. Lo cierto era que la habitación y su contenido tenían para él el aroma conocido y amigo de las cosas captadas cuando bebé, en brazos de su madre, quien le susurraba al oído nombres y llevaba sus manitas hasta los cuadros, los juguetes, los tejidos. Sus ojos, aún torpes, habían desarrollado inusitada adaptación a la oscuridad, cuando ella le acunaba al compás de la chirriante mecedora o le señalaba la luna y las estrellas, al pie de la claraboya de limpios cristales. Las atenciones maternas; los mágicos nombres y texturas de los objetos; el gozo del cielo, de la noche y de la lluvia; los sonidos inciertos y los olores hogareños, todo eso se asoció con el desván en la vida y los recuerdos de David, incluso antes de que pudiera subir solo los peldaños, tras retirar la falleba que aseguraba la portilla puesta por su padre al pie de la escalera, “para evitar accidentes”.
     El tiempo pasa rápido –aunque sólo para los adultos- y el niño pronto no necesitó de ayuda ni compañía para subir al desván, convertido por gracia de su fantasía en selva, barco o castillo. A él llevaba los juguetes más preciados, los objetos más insólitos, los dones más íntimos. Muchas veces no era preciso añadir nada: el desván proveía de armarios, telas, libros ilustrados, juegos de antaño. Su madre marcó con dulzura las reglas: no romper, no correr, ordenar. Paulatinamente, este piso de la casa fue convirtiéndose en posesión particular de David. Los amigos le acompañaban a invitación suya, pero las visitas solían durar poco, por recelo de los visitantes o cautela del invitador. Por otra parte, no tenía hermanos  y la casa era lo suficientemente amplia, como para que los adultos no tuvieran que hacer del desván un uso frecuente.
     Insensiblemente para David, con la edad, el desván se transformó en centro de sus ilusiones y esperanzas. También en refugio para sus disgustos y sus penas. Era su recinto, el territorio propio y exclusivo, que había ido midiendo, definiendo y construyendo paso a paso. Sede de sus retiradas, trampolín para sus energías, luz de sus ensueños. Nada más normal, pues, que se refugiara en él cuando murió su madre. Fueron momentos duros para todos, en los que, más que brotar o crecer un sentimiento solidario, David y su padre se distanciaron definitivamente. Es posible que el desván fuera el detonante. Al menos, recordaba una frase de su progenitor, que le dejó un sabor amargo:
     -  Tú no necesitas el desván para aislarte. Tienes tu propio desván interior, en que no dejas entrar a nadie.

      Fue, más o menos, por aquella época cuando David sufrió sus primeras alucinaciones, que, por supuesto, no comentó. De forma cada vez más nítida, empezó a ver en una de las paredes del desván imágenes desvaídas y a percibir apagados ecos de voces que parecían brotar de ellas. No se inquietó por su causa: nada de lo que aquel habitáculo produjera podía serle ajeno, ni ominoso. Antes al contrario, empezó a buscar deliberadamente las apariciones, sentándose en la mecedora después de cenar, en medio de la oscuridad y del silencio. Cuando la visión o el sonido eran más claros, trataba de establecer contacto y diálogo con el producto de su fantasía. No siempre lo lograba y la experiencia se reducía a un monólogo consigo mismo, en que inquietudes, dolores y esperanzas se mezclaban e invitaban a la reflexión y los proyectos. Acabó por dar insensiblemente la razón a su padre: no sabía hasta qué punto aquellos delirios tenían algo de egoísta y de morboso, o bien, eran un producto razonable y práctico de su mente, ya adolescente.
     Una noche que su padre había salido, a tanto llegó su sinceridad y acercamiento a su primer amor, que la exhortó a subir al desván. La dulce y anhelante joven temía y deseaba a la vez otro tipo de encuentro, pero lo cierto es que David le contó sus sensaciones anteriores y la invitó a sentarse en la mecedora para compartir con ella la vivencia. La chica aguantó cosa de un cuarto de hora y, luego, aparentando un dolor de cabeza, salió del desván y de su vida para siempre. Allí quedó su fotografía, modestamente enmarcada, en que sonreía a la cámara, levemente apoyada en una cómoda adornada con un arbolito de navidad.
     No fue la única en salir bruscamente de su entorno. David llegó también a reparar en la ausencia de su padre. No se hubiera atrevido a jurar sobre el cómo y el cuándo, pero imaginaba el porqué. Eso sucedió por los días en que había conseguido coronar sus estudios con un atractivo trabajo. Retiró el sillón que presidía la mesa del comedor y llevó al desván la foto de boda de sus padres. Así, acompañado de una hermosa joven con un ramo de lirios, el padre ausente adquiría para él un cierto sentido, un tono algo más humano.
***
     El ejercicio profesional no tardó en convertirse en monótona tarea alimenticia. No siempre resultaba fácil atender las exigencias de los usuarios ni convivir con los compañeros. Por lo menos, la oficina quedaba cerca de casa y el despacho individual propiciaba furtivos encuentros con libros literarios o de historia, con música clásica, con láminas artísticas. Los ratos libres eran cada vez más extensos y frecuentes. Su evasión hacia mundos abstractos o pasados era la comidilla de los colegas, que fueron aprendiendo a ignorarlo. El joven David, el adulto señor Rincón, volvía una y otra vez al desván para encontrar la ayuda y la compañía que le permitieran seguir llevando una vida relativamente normal.

     La pared de sus fantasías se había ido poblando de visiones más y más precisas y variadas. Los líderes del pasado, los artistas, los sabios, visitaban a David y entablaban con él un diálogo cada vez más rico y diverso. No dejaba de darse cuenta de que él propiciaba el encuentro, con su fantasía y ansias de saber, pero los invitados se presentaban ya de improviso y tenían su propia personalidad. En vano trataba de programar y ordenar las presencias mediante textos y músicas propiciatorios. Las apariciones brotaban aleatorias, discutían sus asuntos, le forzaban a penetrar en su mundo histórico, si quería intervenir. No dejaba de ser hermoso conversar con Mozart o dormirse con Federico el Grande, pero David comprendía que las ansias de saber y de vivir mil vidas eran a costa de sacrificar su autonomía y ceder de su personalidad.
      La magia de las visiones empezó a orientarse intensamente hacia su propia existencia. Sus padres, sus amores, los amigos del pasado y los compañeros de hoy, aparecían en todo su inicial esplendor para que él les pusiera vida y movimiento, cambiando la realidad, imaginando vivencias, alterando episodios. Entonces, devenía dios y señor de su destino, viviendo mil historias tal y como hubiera deseado que sucedieran o, tal vez, como habrían sucedido si él hubiera sido más sensible, menos acomodaticio; vamos, en el fondo, menos apegado a su desván.
     Una tarde, se percató de que su ámbito estaba cada vez más desordenado y más sucio. La asistenta tenía vedado el acceso, cuidadosamente cerrado con llave. Decidió que había que poner fin a semejante desaseo, que habría avergonzado a su madre. Contrató unas horas suplementarias de limpieza general y decidió estar presente, en evitación de indeseadas alteraciones. Nunca había sentido más que curiosidad hacia la sirvienta, de procedencia lejana, ni joven, ni  hermosa. Pero bajo la luz cenital del lucernario, moviendo su cuerpo al compás de los quehaceres, la mujer le pareció el compendio de todas las gracias. Por unos momentos, el desván se llenó de fuego y de deseo. La ninfa se le abandonó de tal manera, que ni siquiera recordó luego los mil y un nombres que él vertió al oído durante el abrazo, ninguno de los cuales era el suyo propio.
     Nada era igual que en el piso de abajo. David subió al desván la cama de latón del cuarto de huéspedes. La exótica asistenta no tardó en despedirse pero, en honor del galán, hay que reconocer que el lecho conoció más frecuente uso en su nueva ubicación que en su primitivo emplazamiento. No todas las visitas apreciaban favorablemente el lugar del encuentro amoroso, pero la relajación ulterior resultaba espléndida, a la luz de la luna o bajo la cambiante bóveda de nubes y pájaros. El desván llegó a adquirir una cierta notoriedad en ciertos ambientes de la pequeña ciudad. Tras la experiencia inicial, David nunca había sugerido a ninguna chica que se sentara junto a él a contemplar las visiones; quiere decirse, que no pretendía ya compartir con nadie su vida y su futuro. No obstante, un rumor crecía incontenible, alimentado por las bocas que, con conocimiento de causa o sin él, comentaban: Parece otro. ¡Qué bien que David fuera siempre como en el desván! Los compañeros empezaron a aparecer de rondón por su casa y a sugerir tomar la copa en el piso de arriba. El anfitrión rendía tributo a tan tardía como inesperada popularidad con paciencia y buena cara.
Comprendió que la situación se le empezaba a ir de las manos, cuando el párroco lo encontró en la calle y, pese a su conocimiento meramente superficial, le preguntó con impertinencia:
-          ¿Qué tal, amigo David? ¿Cuándo salimos del desván y nos damos una vueltecita por las charlas sobre la Biblia?
-          Lo siento, padre, pero no cambio las experiencias del desván por una clase sobre el Dios del Sinaí.
     Y lo dejó con la palabra en la boca. De haber agotado el tema, David habría tenido que dar una lección de teodicea. En el fondo, su argumento estribaba en entender más consistente, para creer y entender la vida espiritual, la acción en él de una sinfonía del difunto Beethoven, que no el fuego inextinguible de una zarza en versión de un apócrifo Moisés.
***
      Llegó la tercera edad,  prólogo de la vejez, hecho de recuerdos y de olvidos. David se acogió a una jubilación anticipada y sus salidas del desván fueron cada vez más infrecuentes. Apenas leía el periódico o abría su mínima correspondencia, para leer las esquelas, para constatar la acción inexorable de la muerte. Cada familiar, amigo o compañero fallecido era bien recibido entre los muros iluminados por la claraboya, como si hubiese dejado el cuerpo en el cementerio para aposentarse en espíritu en el desván. La pared de las imágenes era ya por completo insuficiente para acoger la plétora de inscritos en el obituario. David no daba abasto a introducir, a presentar, a platicar. Las sombras parecían no hacer caso de él; iban y venían entre los trastos, cada vez más y más mugrientos; tenían su propia vida, al margen del anacronismo y de la simpatía. Como mucho, le dejaban observar, escuchar y meter baza de vez en cuando. Por otra parte, él ya no era el de antes: la incapacidad física, la torpeza mental le iban privando de acciones, de gestos, de nombres. Trataba de recordar penosamente la identidad de las figuras, la autoría de las músicas, la razón de haber conocido a quienes le sonreían desde los retratos.
     Subir los escalones le sofocaba. De tanto asirse y hacer palanca, los balaustres de la baranda se desencolaban y gruñían, advirtiendo del peligro. Decidió instalarse permanentemente en el desván y tratar de poner disciplina en el pandemonio en que se iba convirtiendo. De día, sus habitantes aceptaban sus siseos y se retiraban a los rincones cuando trataba de ordenar y limpiar la estancia. De noche, indisciplinados, gritaban, aullaban y giraban en torno suyo, forzándole a esconderse bajo la ropa de la cama de latón, en postura fetal. Cuando no podía más, buscaba el interruptor de la luz ansiosamente, para comprobar con terror que sólo la luna venía en su ayuda, ya que, al menos, ella se le daba gratis y no necesitaba para lucir del pago de la factura de la electricidad.
     Más tarde o más temprano, sucedió lo que era de esperar. Vecinos alarmados y parientes codiciosos solicitaron el auxilio de las autoridades y entraron en la casa. Lo que vieron les repugnó. David trató de explicarles que estaba viejo y enfermo, que no podía sobreponerse a la miríada de criaturas que poblaban el desván, que tal vez con su ayuda podría expulsarlos o, cuando menos, atenderían a razones. Todo fue en vano. Lo cogieron casi en volandas y allá fue, escaleras abajo, rumbo a una lejana residencia de ancianos, con atención psiquiátrica, habitaciones colectivas y hermosas vistas a la campiña. Tan sólo una chica, hija de unos vecinos, tuvo un gesto de piedad. Tomó del desván dos fotografías y se las entregó cuando esperaba en el recibidor que le hicieran la maleta. Sería casualidad, pero eran las instantáneas de boda de sus padres y de una sonriente quinceañera con un arbolito de navidad tras ella. Por cierto, ¿cómo se llamaba? Con los nervios, se le había olvidado, pero seguro que más adelante recordaría. Tomó los retratos y los escondió bajo la chaqueta de lana. Aún los tenía asidos cuando, tres días más tarde, subió al desván de la residencia y se tiró de allí abajo. Y es que era más moderno que el de su casa y tenía una hermosa terraza, desde la que echarse a volar.


sábado, 9 de abril de 2011

EL TRASPLANTE DE ALMAS

Por Federico Bello Landrove
    
     De vez en cuando, hay que hacer crítica política, guste o no. Este cuento sale al paso del guirigay pseudo-feminista, montado en España para hacer creer que el aborto es  un derecho de la mujer. Como arranque literario –ya que de un relato de este apartado se trata-, el juego de palabras a que se presta con las Almas muertas de Gógol. Por lo demás, comparto el criterio de que no hay mejor forma de acercarse a las cuestiones serias que el humor: es el marchamo de la inteligencia.

     A los médicos y enfermeras de la clínica abortista La libertad femenina no les llegaba la camisa al cuerpo. Cada vez que practicaban una de sus operaciones, un pequeño penacho de humo blanco se desprendía del feto extraído y, buscando la rendija o abertura más próxima, por sutil que ella fuese, escapaba al aire libre, camino del cielo.
     Alarmados por este hecho y, muy en especial, por el posible escándalo, decidieron ante todo capturar algunos especímenes del huidizo vapor. No les fue difícil: unos simples matraces invertidos, estratégicamente colocados, capturaron el efluvio de los siguientes fetos muertos. Cerraron herméticamente los recipientes e iniciaron la pertinente investigación.
     Los análisis de las muestras resultaron casi increíbles. El blanco vapor resultó integrar un único cuerpo indivisible y sus componentes no coincidían con ninguna de las sustancias químicas descubiertas hasta entonces. Haciendo un esfuerzo económico no aprobado por todos, el director de la clínica solicitó y obtuvo la colaboración del eminente profesor Chíchikov, un ruso especializado en fenómenos científicos paranormales.
    El mentado sabio repitió los análisis, realizó numerosos experimentos físicos y psicológicos, y sometió las muestras a los más diversos cambios de presión y temperatura. Finalmente, concluyó:
-          Señores, su famoso vapor reúne todas las características con las que sacerdotes, filósofos y poetas definen el alma. Sé que les resultará increíble, pero no puedo llegar a otra tesis. Por tanto, se trata de un descubrimiento sensacional que, no obstante, yo no pienso arriesgarme a sostener ante la comunidad científica. Ustedes verán lo que hacen.
     Los directivos y socios capitalistas de La libertad femenina estuvieron unánimemente de acuerdo con mantener el descubrimiento en secreto. Hubo, en cambio, disparidad de opiniones acerca de qué hacer con los famosos penachos de humo blanco. Una parte de los asistentes era partidaria de dejar que los espíritus siguieran volando hacia las alturas. Otros, al contrario, opinaron que su confinamiento era lo más indicado. El director decidió:
-          No podemos correr el riesgo de que cualquiera pueda ver desde la calle el espectáculo de la humareda. ¿Y qué pasaría si el humito decide darse unas vueltas por el quirófano mientras la mamá vuelve en sí de la anestesia? Se impone la captura y encierro de esas supuestas almas. Eso sí, con absoluto secreto y sin que nada haga suponer su procedencia o su presunta naturaleza. Prepararemos a tal fin una habitación cerrada bajo tres llaves y nos referiremos a la cuestión con el nombre en clave de Operación Gógol.
-          ¿Operación qué?, preguntó a una la gran mayoría de los circunstantes.
-          Estos científicos son unos completos incultos-, comentó con su adlátere el director, que, a lo que se ve, era un hombre de estudios, aunque no le valiesen de mucho.

***
     Seis meses después, el número de matraces herméticamente cerrados alcanzaba la cifra de setecientos setenta y siete. La habitación de almacenamiento había tenido que ser ampliada con otras tres dependencias adyacentes y la Operación Gógol corría el riesgo de convertirse en un secreto a voces. El consejo directivo de la clínica se reunió en sesión urgente para tratar tan peliagudo tema. La reunión discurría por cauces de confusión y aguda discrepancia. Llegó a manejarse la opción de tener que clausurar la clínica y convertirla en una residencia de ancianos. Finalmente, el administrador de La Libertad dio con una solución que a todos satisfizo:
-          Señores, no se trata de cerrar el negocio, sino de diversificar la producción. A nosotros nos sobran almas, sencillamente, porque nos faltan cuerpos. ¿Y si ampliamos la clínica a técnicas de reproducción asistida, producción de bebés-medicina y clonación? He leído que tales actividades fracasan un número enorme de veces. ¿No será porque se cuidan los aspectos biológicos pero se prescinde del alma?
     Al director le pareció una interesantísima hipótesis, aunque no se le hubiera ocurrido a él. En cualquier caso, no era lógico ampliar el negocio sin previa y suficiente experimentación. Así que el asunto quedó sobre la mesa, mientras el equipo médico –ampliado con colegas del Instituto Maragato de Infertilidad- realizaba las pruebas necesarias.
     El resultado fue de un éxito sin precedentes. Tan pronto un óvulo fecundado, y no digamos una mórula de tres o cuatro días, se ponía a una distancia de varios metros del matraz entreabierto, el alma salía disparada a integrarse con las células y estas se multiplicaban con tal ritmo y regularidad, que parecían cantar un himno de gloria a la vida y a la Creación.
     Al éxito científico-espiritual sucedió la gratitud de los padres otrora frustrados y de los investigadores de líneas, más o menos legales o santas, de trabajo. Pero lo principal fue “la multiplicación de los ladrillos y de los euros”, como irreverentemente comentó el director del que, a partir de entonces, pasó a denominarse Instituto Europeo de Procesos Animados (IEPA). El Nobel parecía estar a la vuelta de la esquina.
***
     Una de las ventajas de las grandes ideas es que suelen tener casi infinitas aplicaciones. El director ya soñaba con pasar al trasplante de almas. ¿Qué ventajas no reportaría un alma de embrión en el cuerpo de un anciano? ¿Qué decir del poder del alma de un feto engendrado por padres inteligentes y vigorosos, incorporada al cuerpo de un deportista en declive o de un abogado del montón?
     El director podría ser un soñador, pero no carecía por ello de su ramalazo empírico o, cuando menos, de prudencia. Volvió a ponerse en contacto con el profesor Chíchikov y le dio carta blanca en todos los órdenes, para que investigara los efectos del trasplante anímico en animales no humanos. Los resultados, tras un año de trabajo, fueron desalentadores: ni la edad, ni el comportamiento de las ratas, perros y chimpancés experimentaban modificaciones reseñables al cambiar de espíritu. Por otra parte, estaban empezando a producirse airadas manifestaciones de protectores de animales ante la fachada del IEPA, pues había corrido el rumor de que estaban trabajando con animales de especies protegidas.
     Las conclusiones de Chíchikov fueron, literalmente, las siguientes: “1ª. La total falta de efectos del trasplante anímico de feto humano a animal adulto permite suponer que el alma es genuinamente intraespecífica. 2ª. Es muy probable que tal falta de efectos signifique que el alma no tiene relevancia en las funciones estrictamente fisiológicas, ni en la edad o anatomía de las personas. 3ª. En resumen, sugiero que el trasplante de alma en humanos tiene solamente efectos espirituales. 4ª. En todo caso, las conclusiones segunda y tercera habrán de constatarse, previa  experimentación suficiente en seres humanos”.
     El director echó cuentas. Cada palabra de tan imprecisas conclusiones había costado al IEPA la broma de diez mil dólares. Y ahora resultaba que había que iniciar la experimentación en humanos. Aquello rebasaba los términos de la economía del Instituto. Se imponía, pues, solicitar subvenciones estatales. Después de todo, estaban actuando en bien de la Humanidad… y en los ambientes del Ministerio de Sanidad empezaban a estar al cabo de la calle de lo se estaba ensayando en el Instituto.
***
     Lamento que lo que sigue sea tomado por mis amables lectores como un cuento, en el peor sentido de la palabra. Les aseguro que es rigurosamente cierto, como que la realidad supera con creces a la fantasía. La petición de ayuda económica del IEPA, acompañada de la correspondiente memoria científica, cayó en manos del grupo más progre de políticos del Gobierno y se quedaron de piedra. Con mayor o menor exageración, la conclusión de dicha memoria era la de que, o se generalizaban los trasplantes de almas, o el exceso de estas por causa de los abortos iba a convertir al país en el mundo de las almas en pena. “Fíjense –comentó el Gran Jefe-, no nos atreveríamos a salir por las noches y seríamos el hazmerreir del resto de Europa”.
     Como un solo hombre, los ministros y altos cargos políticos más comprometidos con el proabortismo se ofrecieron voluntarios, para aligerar las estanterías de almas sobrantes. Los especialistas del IEPA hicieron horas extras para realizar los trasplantes consiguientes. Las blancas almas de los nonatos fueron a parar a los curtidos cuerpos de los voluntarios, cuyos espíritus originales, más negros que la noche, se deslizaban espontáneamente hacia las calderas de la calefacción.
     En la sala de recuperación, los trasplantados no cabían en sí de gozo. No sólo habían rendido un servicio cívico y progresista, sino que se sentían puros y exultantes. La ministra N. comentó con una colega que reposaba en el diván contiguo:
-          Y ya ves, por si acaso existe la otra vida, tenemos pase para el cielo, y que nos quiten lo bailao.
-          Cierto, querida, y podemos trasplantarnos cuantas veces lo necesitemos. A fin de cuentas, nos sale gratis y contribuimos a la reducción de stocks.
-          Claro –terció un diputado cercano, entre risas- ¡Qué menos que trasplantarse después de cada campaña electoral!
     Al día siguiente, se celebraba pleno del Parlamento. La ministra de la cosa tenía que explicar la política de natalidad del Gobierno. Lo hizo con una sinceridad a la que no acostumbraba desde su más tierna infancia. Concluyó con estas palabras:
-          Así pues, señorías, quede claro que el aborto se mantendrá en tanto nos dé más votos de los que nos quita y tengamos para nuestro partido el apoyo económico de las clínicas especializadas, que se están forrando. No es cuestión de derechos ni de posturas científicas: es que nos viene de fábula, y más para desviar la atención de ciertas cosillas que, si yo les contara…
     Si hubiera sido por la Oposición y por sus correligionarios trasplantados como ella, la locuaz y ahora sincera ministra hubiera largado cuanto tenía dentro. Afortunadamente para ella, el presidente de la Cámara seguía teniendo su prístina alma de adulto y levantó la sesión incontinenti “hasta las cinco de la tarde de un día de estos”. Y es que la verdad nos hace libres pero también muy -pero que muy- vulnerables.

FANTASÍA O REALIDAD

Por Federico Bello Landrove

     Dicen que la Historia se repite, pero ¿y la fantasía? El presente relato, ambientado en Castellar-Valladolid en los años de la Guerra Civil, parece dar a entender que sí. El argumento de El cazador furtivo de Weber y la vida del soldado Benito, protagonista de mi narración, se dan la mano, en ambos casos con un final feliz, nacido de la compasión y el amor, que nos hace preguntar: ¿fantasía o realidad?  Aunque, a lo mejor, tal interrogante carezca de sentido.

1.      El cazador furtivo
     El verano pasado tomé con mi esposa unas cortas vacaciones en el balneario de C., entre montañas próceres que apenas permitían el paso a un río modesto, de aguas limpias y orillas de tupida vegetación. Hicimos allá coyunturales amigos –como es habitual en tales ocasiones-, entre ellos, una simpática pareja, de edad próxima a la nuestra y oriundos de la misma ciudad en que nosotros vivimos.
     Nuestro vespertino paseo por los alrededores ajardinados del balneario se vio interrumpido una tarde por la típica tormenta de verano, apenas anunciada por el gruñido de los truenos y las ráfagas de viento. A duras penas nos dio tregua el aguacero, hasta llegar a la minúscula cafetería, tanto más pequeña, al lado de los gigantescos árboles centenarios que crujían y aullaban a cada ventolera. Tal vez, la soledad del recinto y nuestro propio empequeñecimiento ante las fuerzas de la naturaleza, desvió la conversación por derroteros un tanto tenebrosos:
-          Por mucho que el progreso avance –filosofaba yo-, no dejamos de sentir fuertes impresiones, y hasta algo de miedo, en tardes tan violentas y oscuras como esta.
-          Ciertamente –apostilló Carlos-; sentimientos que propician reflexiones profundas y pensamientos fantasiosos.
-          Hombre, Carlos –replicó mi esposa-, no nos dejemos llevar hacia terrenos románticos, de corte más o menos becqueriano.
-          ¿Y por qué no? –intervino Lucía-. ¿Acaso ya no creéis en el poder y la acción de lo sobrenatural o lo fantástico?
     Una sonrisa de suficiencia debió de dibujarse en nuestros labios, pues Lucía prosiguió:
-          Bien, no aseguro que lo extraordinario e inexplicable siga vigente a día de hoy; pero, al menos, puedo asegurar que sí campaba por sus respetos hace unas cuantas décadas. Y, si no, ahí tenéis la historia de mi abuelo.
     Escuchar estas palabras y pedirle que relatara lo sucedido a su antepasado, fue todo uno. Repusimos el café en nuestras tazas, nos arrellanamos en el canapé y nos preparamos para oír lo que imaginábamos un simpático cuento o una jácara divertida. Lucía, en todo caso, no se hizo de rogar y narró la siguiente historia.
***
     Mi abuelo materno –comenzó Lucía- era un joven como de veinte años en vísperas de nuestra guerra civil. Poco inclinado a los estudios, estaba predestinado a seguir con el negocio de ultramarinos de su padre, quien había reclamado su ayuda en la tienda, apenas el mozo terminó los días escolares. Benito –que así se llamaba mi abuelo- era un buen muchacho y no hacía ascos al trabajo. Sus dos únicas y grandes aficiones eran las chicas guapas y la música clásica. Lo primero no requiere de más explicación y lo propiciaba con pequeños favores a las agraciadas, tales como una pequeña sobrecarga en el platillo de la balanza, un mínimo descuento en el total de la factura, o llevarles el pedido a casa puntualmente y por propia iniciativa. Ni que decir tiene que criaditas e hijas de familias modestas lo tenían en gran concepto y no hacían ascos a sus invitaciones; todo –como decía la zarzuela- con buen motivo, claro está. A fin de cuentas, se consideraba todavía muy joven para comprometerse y, en cualquier caso, no había dado aún con la chica de su vida. Tal vez, las chicas de la vida de uno no vayan a hacer la compra a la tienda de la calle Alcalleres…
     Lo de la música clásica era un misterio. El abuelo Benito no tenía formación musical, ni buen oído, ni dinero para frecuentar los teatros y salas de conciertos, tan poco abundantes y de tan menguada programación en Castellar. Pero es el hecho que la mayor parte del importe de propinas y sablazos a su padre era sistemáticamente invertido en aquellos discos de pizarra, alimento del espectacular gramófono, que yo aún llegué a conocer: alta base octogonal de madera y metal plateado,  espectacular bocina estriada de latón, con aguja de acero inoxidable y una formidable velocidad de setenta y ocho revoluciones por minuto. En fin, la discoteca del abuelo, por supuesto, era muy modesta, no más de quince o veinte discos. Entre ellos, uno cuyo contenido reproducía una y otra vez, aún a riesgo de rayarlo. Contenía obras de Weber; ignoro cuántas pero, entre ellas –sin ninguna duda-, la Invitación al vals y la obertura de El cazador furtivo.
***
Un día del mes de febrero de 1936, el abuelo Benito vio sobre la valla de un solar el cartel anunciador de una función de ópera. Acercóse a leerlo con detalle y cuál no sería su emoción y sorpresa, cuando pudo constatar que se trataba de su Cazador weberiano. La daban en el principal teatro de la ciudad y hasta allí marchó el joven, demorando por un rato los pedidos. Una vez en el zaguán, se aproximó a la taquilla y escrutó la lista de precios. Las localidades de deficiente visibilidad o acústica estaban casi al alcance de su economía, pero las que verdaderamente merecían la pena doblaban, cuando menos, el importe de sus ahorros. Vacilaba sobre el camino a tomar, cuando hete aquí que se le acercó un caballero, aún joven, bien trajeado, “con sombrero, gafas y bigote” –recordaba el abuelo, mucho tiempo después-, y le dijo, más o menos, lo siguiente:
-          Muchacho, ¿te interesaría una entrada de platea? La había sacado días atrás y ahora resulta que no puedo asistir esta noche.
-          ¡Claro que me gustaría, señor!, pero, si ya al precio legal no puedo permitírmelo, mucho menos al de reventa.
-          ¿Y quién te ha dicho que quiera cobrarte un precio?
-          Entonces, ¿qué es lo que quiere usted a cambio?
-          Todo lo que encuentres dentro del teatro, durante la representación.
     El abuelo Benito no era tonto y desconfió al instante de tan generoso ofrecimiento. Pero la fuerza del Cazador era casi irresistible. Por otro lado, ¿qué podía tener que entregarle? El programa de mano; tal vez, alguna moneda, o un pañuelo que perdieran o dejasen olvidado otros espectadores… En fin, que cedió y se manifestó de acuerdo. El caballero sonrió y le entregó la entrada. Mi abuelo le dio las gracias y, cuando iba a retirarse, se acordó:
-          ¿Cómo podré encontrarle, si es que hallo algo y he de entregárselo?
-          No te preocupes, chico: seré yo quien haga por buscarte.
***
     Con sus mejores galas y un poco discreto tufo de lavanda a granel, el abuelo tomó asiento en la platea, tras saludar colectivamente a los asistentes aledaños. Repasó el programa y fijó por un momento la mirada en el llamativo telón de boca del escenario. Por poco tiempo, pues acababa de llegar y tomar asiento a su lado derecho una verdadera preciosidad, de edad parecida a la suya, que inmediatamente lo deslumbró. Muchos años después, él nos contaba el encuentro, describía al personaje y detallaba su vestuario con todo lujo de detalles, pero con notables variaciones a cada vez que lo relataba. Lo cierto es que Benito no se separó de Aurora en toda la noche, aprovechando los entreactos, la momentánea soledad de la joven y su común conocimiento y amor por aquella ópera. Al concluir la función, la acompañó hasta su casa en la plaza de los Arces y logró de sus labios un tímido compromiso de salir juntos al domingo siguiente:
-          Yo suelo ir a misa de doce a San Miguel, dejó caer la joven, por toda respuesta.
     Los meses siguientes transcurrieron emotivos y veloces. Mi abuelo trabajaba con más seriedad y rapidez que nunca, a lo que contribuía, sin duda, no tener ya que complacer ni dar palique a las bellas compradoras. Y es que no tenía ojos ni palabras más que para su dulce Aurora, quien también se sentía atraída –aunque mucho menos fogosamente- por el oficial de tendero. Mi bisabuela debió de percatarse del cambio y su causa, y le preguntó:
-          Benito, pero ¿quién es esa chica? ¿A qué se dedica? ¿Y su familia?
     Y Benito callaba o simulaba ignorancia. No le hacía mucha gracia tener que confesar que Aurora florecía en una familia de clase media, bastante significada políticamente, y estudiaba Químicas en la Universidad de Castellar. Después de todo –como él decía-, la República pregonaba la igualdad de todos los ciudadanos y la libertad de ideas. Bueno, también se decía algo  de la lucha de clases y el muy mal ambiente de rivalidad política, pero eso no rezaba con ellos.
***
     A primeros de junio, Benito y su bicicleta de pedidos casi atropellan al atildado y generoso caballero de la entrada. Mi abuelo siempre sospechó que el encuentro no fue casual y se hacía de cruces por lo inesperado:
-          ¿Querrás creer que no lo vi hasta que estuvo encima? Como si hubiera aparecido de la nada.
     Sea como fuere, tras unas frases tópicas y un poco tirantes, el encontradizo fue al grano:
-          Bueno, bueno, mi joven amigo,  ¿y qué, encontraste algo en el teatro?
-          Nada, ni un pañuelo, ni un cigarrillo, ni cinco céntimos. Nada. Bueno, como no sea el programa que nos dieron al entrar…
-          No, hombre, no. Yo me refiero a otro tipo de cosas más importantes. No sé, un abrigo, un billetero, alguna persona…
-          ¿Cómo persona? –mi abuelo se pudo en guardia-. No pretenderá que le entregue a alguien, como si fuera un esclavo. Además, yo entendí…
-          Pues creo haber sido muy claro: deberías entregarme cuanto encontrases en el teatro durante la representación. No, desde luego, lo que ya fuera tuyo o conocieses de antes, pero sí lo que hallases de nuevo y retuvieses o quisieras como propio. No hubo distinción entre personas y cosas. Y tú aceptaste de buen grado.
     Mi abuelo creyó habérselas con un chiflado y, en cualquier caso, no estaba de buenas aquel día:
-          Oiga usted, o deja de molestarme pidiendo tonterías, o llamo a un guardia de seguridad.
     El caballero también se remontó y replicó desabridamente:
-          Has de saber, jovencito, que estoy perfectamente al tanto de lo tuyo con esa damisela de los potingues y la alquimia. Así que no te queda más que una alternativa: o me la entregas de la forma que yo te diré, o la dejas, disculpándote conmigo y ofreciéndome alguna otra promesa; esta vez, con propósito ineludible de cumplirla.
-          ¿Ah, sí? ¿Y de qué modo habría de ofrecérsela? ¿Envuelta en celofán, tal vez?
-          No es precisamente su cuerpo lo que yo quiero. A ti cumple corromper su alma. El resto es cosa mía.
     Mi abuelo debió suponer que era víctima de una ensoñación o de los delirios de un vesánico. El caso es que montó nuevamente en su bicicleta y “salió pedaleando como alma que lleva el diablo”. Ignoro si tal comparación la hacía, o no, a propósito. Sí me consta que no volvió a tener noticias del extraño caballero hasta que, mes y medio más tarde, se topó con algo aparentemente más ineludible y peligroso: la guerra civil.

2.  Un tirador infalible
     Dada la edad de mi abuelo, inmediatamente lo llamaron a filas, si es que no fue él quien se presentó voluntario. Apenas tuvo tiempo de despedirse de Aurora, agobiada, a su vez, por la oleada de detenciones y represalias que, por razones políticas, sufría por entonces su familia. La angustia de Benito era grande, pero la camaradería militar y el poner en juego la propia vida dejó pronto en segundo plano todo lo demás. Se alistó en el Regimiento de Infantería número 25, de guarnición en Castellar, y le tocó la sección mandada por un tal teniente Samiel, que, desde un principio, le resultó a mi abuelo extrañamente familiar. Si no hubiera sido por los cambios en el corte de pelo, la supresión del bigote y la desaparición de las gafas, amén de una mayor delgadez y apariencia juvenil,  hubiera dicho que era el famoso caballero de la polémica que os he relatado antes. Sin embargo, el teniente no daba señales de conocer a mi abuelo ni, menos aún, de estar a mal con él. Antes al contrario, lo distinguía especialmente con los mejores servicios de armas y cuartel, y hasta le invitaba a compartir en ocasiones sus viandas. Ni que decir tiene que el soldado le respondía con el mayor de los respetos y correspondía con algún regalo del almacén de su tienda de la calle Alcalleres.
Un día antes de concluir la rapidísima instrucción que recibían los individuos de tropa antes de mandarlos al frente, Samiel llamó aparte a mi abuelo y le dijo:
-          Benito, eres el mejor de los hombres de mi sección y te he tomado un especial afecto. Nada mejor para demostrártelo que hacerte un obsequio que puede salvarte la vida.
     Y, ante la estupefacción de mi abuelo, el teniente sacó de un bolsillo de su guerrera un peine con siete balas de deslumbrante brillo, y prosiguió así:
-          Estas balas, por la calidad de sus materiales y la perfección de su fábrica, tienen el  maravilloso poder de alcanzar cualquier blanco, por pequeño o alejado que esté. Pudiera decirse que se dirigen con la mirada del tirador. Eso sí, tal poder sólo puede ejercerse con seis proyectiles de cada siete. El séptimo, por un defecto del artesano, tiene tan grande y caprichoso índice de desviación, que indefectiblemente fallará en alcanzar su objetivo.
     Samiel tendió el peine a mi abuelo quien lo recibió, entre dubitativo y esperanzado. Antes de guardarlo en la cartuchera, se atrevió a preguntar:
-          Mi teniente, ¿cómo puede distinguirse la mala bala de las perfectas?
-          Por una muesca, apenas visible en el casquillo. Pero no te preocupes, si yo estoy a tu lado cuando la dispares, procuraré que no produzca otro daño que aquél que estuviera escrito que haya de acaecer.
***

     Antes de marchar para el frente, el pelotón de mi abuelo salió a patrullar por las calles de Castellar, en previsión de asaltos de guerrilleros o saqueadores. Era de noche, sin apenas luces por temor a la aviación. En el barrio de las Delicias, oyeron los gritos apagados de una mujer y unos bultos agrupados, que daban a suponer un intento de violación. Las voces de los patrulleros no parecieron impresionar a los agresores, quienes estaban aún a distancia tal, que hacía presumir pudiesen consumar su propósito. Mi abuelo buscó casi a tientas el peine de las balas mágicas, cargó con una de ellas su mosquetón, encaró el arma y la disparó, sin apuntar apenas.
-          ¿Estás loco, soldado?, gritó el sargento comandante. Puedes haber matado a la mujer.
     Pero no. Al llegar al lugar del asalto, el cuerpo sin vida que yacía con la sien atravesada era masculino. Sus compinches habían huido, abandonándolo. La mujer, sollozando, acertó a decir:
-          Ese maldito era un vecino mío. Iban a violarme y él resultó ser el peor de todos.
     Pero casi nadie atendía las razones de la señora. Todos los ojos eran para mi abuelo. El sargento gruñó:
-          En mi vida he visto puntería semejante.
     La hazaña se divulgó por todo el regimiento y llegó a oídos del Gobernador Civil. Todavía por aquellas fechas paqueaban algunos republicanos irreductibles. Aprovechando la noche y su conocimiento de terrazas y tejados, hacían inseguro el tránsito por las calles desde la puesta del sol. Uno de ellos, apodado El Estrecho, tenía especial fama, al haber fijado algunos pasquines jactándose de no dejar vivo a militar o guardia que se aventurara por el barrio de Santa Clara. En fin, que a mi abuelo y dos tiradores más de élite de otras unidades les tocó jugársela en la oscuridad, frente al Estrecho y los suyos. Toda la noche estuvieron saltando de tejado en tejado, intercambiando disparos. A punto de amanecer, apenas una sombra se perfiló junto a una chimenea. Mi abuelo extrajo una bala del peine especial, cargó, apuntó y disparó. Un cuerpo rodó tejas abajo, hasta impactar contra los adoquines del pavimento. Era El Estrecho, con una bala en el corazón. Días más tarde, el coronel del 25º de Infantería condecoró a mi abuelo y le entregó los galones de cabo. No pudo disfrutarlos en Castellar pues, al día siguiente, su regimiento salió camino del frente en la sierra de Madrid.
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     El abuelo recordaba perfectamente la ocasión en que tuvo que emplear la tercera bala maravillosa. Entre riscos de granito y pinos montanos, los milicianos tramaron una avanzada que dejó cercada a la compañía de Benito. Dos cenetistas, con bayoneta calada, se echaron sobre su mejor amigo, Elías, compañero de colegio y ebanista de manos prodigiosas. El abuelo tiró de proyectil mágico y dejó seco a uno de los del pañuelo rojinegro. El otro atacante quedó paralizado por un momento, el que empleó Elías, ya alertado, para mandarlo al otro mundo de un pistoletazo a bocajarro.
     Pero, si inolvidable fue el episodio de la tercera, aún lo fue más el de la cuarta bala. En una avanzada, montaña arriba, Samiel, al frente de sus hombres, cayó en una trinchera y se vio rodeado de una escuadra enemiga. Mi abuelo no lo dudó. Lo siguió como un poseso, gritando y aullando, empleó su mágico proyectil para derribar al cabo que estaba apuntando a Samiel y la emprendió a culatazos con los demás. Lejos de sentirse conmovido, Samiel le preguntó, una vez pasado el peligro:
-          ¿A qué haber empleado una bala en mi defensa? No pretenderás que te agradezca el despilfarro.
-          Hombre, mi teniente, yo pensé que la vida tendría un valor para usted.
-          A veces creo que ya he vivido demasiado. En cualquier caso, en lo sucesivo, cuídate tú, que yo me basto y sobro.
      Ciertamente, en los meses siguientes, mi abuelo tuvo necesidad de cuidarse muchas veces y en dos de ellas gastó las dos balas maravillosas que le quedaban. Él no recordaba muy bien en dónde había sucedido tal cosa: que si en Somosierra, que si en la Ciudad Universitaria o en el Jarama. Ello es que, a las órdenes de Samiel, ya promovido a capitán, luchó mucho y con gran valor, alcanzando el grado de cabo primero y el derecho, allá por mayo del treinta y siete, a un bien ganado permiso de un mes en Castellar.
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     Algunas veces –pocas, la verdad-, el abuelo Benito me recordó la última ocasión en que vio a su Aurora. Fue junto a la iglesia de San Pedro, cuando ella venía de llevar algún alimento a su padre en la Cárcel Nueva. Huidiza, demacrada, sin hablar apenas, diríase que casi no lo reconoció. Él hizo por acompañarla hasta su casa, pero Aurora miraba con aprensión el uniforme caqui, sobre el que resaltaban los galones dorados y las polícromas condecoraciones.
-          Ya no vivimos donde antes –acertó a decir, con un hilo de voz-. Nos han acogido unos amigos en la plaza de San Nicolás. Es que en nuestra casa hubo un pequeño incendio y, entre el fuego y el agua, quedó inhabitable. Ya ves, a perro flaco…
     Mi abuelo le dio cuanta conversación pudo y, ya a la altura de las Brígidas, aprovechando el estar la plaza desierta, atrajo dulcemente, sin resistencia alguna, a Aurora hacia sí y debió de decirle, más o menos, estas palabras:
-          Querida, maldigo esta guerra, que entre todos trajeron pero que sufrimos en especial quienes menos culpa hemos tenido en ello. Soporta el sufrimiento inexorable, pero ten por seguro que no estás sola; que, cuando acabe –como todo en este mundo-, volveré a ti y formaremos una nueva familia, sin miedos y sin bandos.
     Supongo que le daría un beso, pero el abuelo sólo recordaba que ella había posado un brazo en el suyo y que, como una sonámbula, le había acompañado, cada vez más firmemente asida. Llegados que fueron al portal del temporal albergue de Aurora, mi abuelo le pidió verla de nuevo. Ella no contestaba, yerta, inexpresiva, doliente. Su Benito comprendió que podrían haber sido demasiadas emociones para aquella, a quien sólo sostenían la rutina y la impasibilidad. Posó un beso en su frente y le metió un billete de veinticinco pesetas en el bolso del chaquetón. Se quedó como pasmado en la acera mientras la joven era engullida por la semioscuridad del portal e iniciaba penosamente la subida de la escalera. Luego, el apuesto y valiente cabo primero corrió a ponerse al amparo del santo obispo de Myra y, cayendo de rodillas a los pies del templo, rompió a llorar inconteniblemente.

3.  La séptima bala
      Aun cuando el mes de junio hubiese apenas comenzado, la siega iba ya de avanzada, madrugadora y ubérrima. Casi todas las auroras –excluidas las de domingo y fiestas de precepto-, los camiones llevaban, San Isidro arriba, su carga de vida, convertida instantes después en fardos de muerte, entregados a sus familias o tirados de modo inmisericorde en fosas comunes. Así sucedería a la mañana siguiente, como supieron los soldados del Regimiento de Infantería número 25. Y es que había un pequeño problema, del que les informó el comandante Casquero:
-          Muchachos, les tocaba a los de artillería, pero ayer mismo han salido para el frente. Así que nos ordena el Gobernador Militar que formemos nosotros mañana el pelotón de ejecución.
     El sorteo distinguió a la compañía de Samiel. Aunque su graduación le exoneraba de dirigir la operación, pareció muy interesado en hacerlo personalmente y en escoger por sí mismo a los tiradores para tan funesto oficio del amanecer. Como es lógico, uno de los elegidos fue el infalible Benito Montero. Mi abuelo torció el gesto y estuvo a punto de protestar, pero Samiel le cortó en seco:
-          Dentro de un par de días volvemos al frente a seguir matando. No creo que te importe un par de fiambres más o menos. Y –prosiguió muy por lo bajo-, si no quieres mancharte las manos con alguno, ahí tienes la séptima bala.
     En un momento, mi abuelo comprendió la utilidad de la bala defectuosa y pensó que ninguna ocasión mejor para emplearla.
***
     Por cuatro veces, sonaron cerradas descargas de fusilería, seguidas del llamado tiro de gracia. El abuelo había cargado su mosquetón con las balas ordinarias y disparado al bulto, insensible, desganado, procurando dejar la mente en blanco. El quinto y último condenado quedó frente a la boca de las armas. Era un hombre algo mayor, alto, estevado, de pelo casi blanco y con barba. En una de sus manos sujetaba lo que parecía ser un crucifijo. La luz era aún tenue, pero a Benito le pareció que se trataba de una persona conocida. Incluso, diría que podía tratarse del padre de Aurora, a quien, en mejores tiempos, había visto en contadas ocasiones y de lejos. Por si acaso, echó mano de la bala imperfecta y la embutió en la recámara de su máuser. Por casualidad, se cruzaron las miradas de Samiel y suya. Aquél sonreía misteriosamente.
     A la voz de fuego, mi abuelo disparó un poco a la derecha del reo. Una precaución completamente innecesaria, pues la bala tomó una trayectoria mucho más divergente, perdiéndose a fatal velocidad, camino de la ermita del santo patrón de los campesinos. Pero, con las balas de sus compañeros de pelotón fue suficiente para segar la vida de aquel desgraciado. Mi abuelo preguntó:
-          ¿Quién era el último ejecutado?
-          Un concejal de Izquierda Republicana, apellidado Vallecillo.
     Justo: el padre de Aurora.
     Esa misma tarde, empezó a correrse un rumor, que El Noticiero de Castellar confirmó al día siguiente:
     “Trágico accidente en San Isidro.- En la madrugada de ayer, mientras asistía a distancia a la ejecución de su padre, fue alcanzada por una bala (presumiblemente, perdida de uno de los soldados del pelotón) la joven Aurora Vallecillo, de diecinueve años de edad. El accidente ha sido muy comentado, tanto por su trágico efecto, como por lo insólito de que un proyectil se desviara tanto y a tanta distancia. El señor Gobernador Civil ya ha dado las órdenes oportunas para que no vuelvan a repetirse sucesos como el que hoy nos entristece.”
     Afortunadamente para mi abuelo, el rumor no pasó de tal en los dos días que aún faltaban para regresar al frente. Desde luego, no conoció en aquellos momentos la identidad de la joven fallecida. No obstante, otra gran sorpresa estaba a punto de alcanzarle antes de la partida. Tras regresar el pelotón al cuartel, el capitán Samiel había desaparecido sin dejar rastro. Se hicieron numerosas indagaciones con nulo resultado. Nadie le había visto salir del recinto, ni se le conocían domicilio o amistades en la ciudad. El revuelo fue considerable, pero el coronel ordenó reserva, para no afrentar al honor del militar ni menoscabar el ánimo de la tropa a sus órdenes. Se hizo cargo de la compañía el teniente más antiguo y santas pascuas.
     Al hacer el petate para partir, mi abuelo encontró en su taquilla una nota manuscrita de Samiel, que éste debió de meter por una holgura del mueble, antes de desaparecer. Doy fe de su existencia y contenido, porque yo llegué a verla, arrugada y amarillenta, e hice una copia, que guardo en casa y recuerdo casi de memoria:
     Amigo Benito: Creíste burlarte de mí con el lance del teatro, pero olvidaste que el diablo es más listo que nadie y, como en tu querida ópera, te gané por la mano con el truco de las balas mágicas. Bien aprovechaste las seis infalibles (bueno, aprovechaste cinco, pues comprenderás que yo no necesitaba para nada tu ayuda, siendo inmortal), pero yo dirigí la séptima hacia tu perdición. Lamentablemente –algún día puede que lo sepas-, no pude hacerme con el alma de tu amada, pero, a cambio, me haré con la tuya, cuando conozcas lo que has hecho y te desesperes y odies por ello.
    Tu capitán, que te espera allí donde ahora marcha,
   Huberto Samiel Negro.
-          ¿Huberto Samiel Negro?, preguntamos a una mi esposa y yo a Lucía, nuestra infatigable narradora.
-          Claro –nos respondió-. Huberto, por el santo patrón de los cazadores. Samiel, que era el nombre del diablo de El cazador furtivo. Y Negro, por el apodo de  Cazador Negro, que daban a aquél los lugareños, en la misma ópera. Para mi abuelo, la cosa debió estar clarísima, en lo relativo al firmante. Del resto de la misiva hubo de instruirse dos años más tarde, cuando regresó a Castellar al terminar la guerra, convertido en un curtido y desengañado sargento.
***
     Pues bien –prosiguió Lucía-, a las alturas de 1939, Benito ya estaba al tanto del fallecimiento de  Aurora y de sus penosas circunstancias. Es más, no tenía dudas de que su bala hubiese sido la causa de la muerte. Pero estaba lejos de albergar odio o desesperación, como Samiel le había pronosticado. Era dolor lo que abrigaba su alma; dolor y un ansia incontenible de desvelar toda la verdad y ponerse a bien con Dios y con la familia de su inocente víctima. Por lo demás, repasando mentalmente el libreto de El cazador furtivo, ya había recordado el dato maliciosamente ocultado por su particular diablo: que la séptima bala, en realidad, no había seguido un camino aleatorio, sino que tenía que haber sido dirigida a su destino por el propio Samiel.
     Los pasos lo llevaron inconteniblemente hasta la ermita de San Isidro. El ermitaño, con el hábito recogido, preparaba la tierra de su huerto y recibió su presencia con extrañeza:
-          ¡Cuánto bueno, hermano! ¿Qué le trae por aquí?
-          Verá, padre, fui amigo de la chica que murió junto a esta ermita hace dos años y quería saber…
-          No me llames padre, pues no estoy ordenado. Sólo soy un siervo de Dios. Pero, sí, en efecto, aquella santa joven, Aurora, cayó herida de muerte, más o menos, donde tú estás ahora, mientras rezaba de rodillas por el alma de su padre y por las de quienes le quitaban la vida.
     Y, poco a poco, desgranando recuerdos y emociones, el ermitaño le fue revelando los pormenores de aquella madrugada. No había subido Aurora a su calvario para divertirse con el espectáculo –como tantos señoritos de Castellar-, ni para aborrecer y maldecir, como quería y había esperado Samiel, sino para orar cerca de su padre y hacer suya la primera palabra de Cristo en la cruz, de ella bien conocida y practicada: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.
-          Murió compartiendo el sufrimiento de las víctimas y perdonando a los victimarios. No me cabe ninguna duda –que Dios me perdone, si blasfemo-. Murió en su santa gracia y desde aquel día está con él en el Paraíso.
     Mi abuelo, sin disimular la emoción, se arrodilló, besó el suelo y también rezó, lo poco que recordaba después de tres años de muerte y lucha fratricida. Luego, sacó de los bolsillos cuanto dinero llevaba y se lo entregó al ermitaño:
-          Yo fui quien disparó la bala que acabó con su vida. Tenga, para que se digan misas por su alma.
-          Hijo, tú no acabaste con su vida, sino que le abriste la gloria eterna. Ella no precisa de misas, pero, tal vez, haya necesitados en este mundo a quienes ofrecer con provecho tu limosna.
     Y, devolviéndole todo el dinero, puso su mano derecha sobre la cabeza  de mi abuelo y volvió a prestar su amorosa atención al plantel.
***
     Bien –puntualizó Lucía-, la historia podría acabar aquí. No obstante, un final relativamente feliz siempre reconforta, y más, en tarde tan siniestra y con una historia tan triste. Lo cierto es que mi abuelo, inspirado en parte por las palabras del ermitaño, fue a visitar a la familia de Aurora, que ya había regresado –aunque minorada en sus dos varones- a la casa de la plaza de los Arces. Hubo de darse a conocer, como figura borrosa de un casi desconocido pasado. Apenas cerraban la tienda de la calle Alcalleres, Benito se encaminaba al hogar de las de Vallecillo, donde la madre perdía la vista y luchaba contra la artrosis, cosiendo camisas y cortando pantalones, mientras su hija Cecilia la ayudaba, tras volver de la oficina de la Electra, y la benjamina, Francisca, repasaba sus lecciones y hacía los ejercicios de matemáticas, ayudada por mi abuelo. La conversación volvía, una y otra vez, hacia Aurora y los buenos tiempos, llamados antiguos, por más que estuviesen tan próximos.
     Una tarde de otoño, mi abuelo no pudo más y les contó el episodio de la ejecución y la bala maldita. La madre, doña Leonor, estuvo a punto de desmayarse y bien creo yo que no le perdonó nunca a Benito su participación tan especial en los trágicos sucesos. Francisca permaneció todo el tiempo con la boca abierta, mientras las lágrimas rodaban por su rostro. Pero Cecilia pronunció aquellas palabras que guardamos en nuestra familia como el mejor de sus recuerdos:
-          Pobre Benito, ¡cuánto habrás sufrido! Sólo eso faltaba para sentirte uno con nosotras.
     Lo que no habían logrado limosnas, provisiones, compañía, lo había podido la camaradería en el dolor. Cecilia, mi abuela Cecilia, había sabido sublimar el sufrimiento en amor, digna émula y sucesora de su hermana mayor.

4.  Epílogo
     Como buen físico, puedo ser sensible y apreciar un interesante relato, pero necesito distinguir la verdad de la fantasía, lo cierto de lo dudoso, las voces de los ecos. Así que, tan pronto estuvimos de regreso a Castellar, me puse en contacto con el Regimiento de Infantería número 25 –ahora 32- y solicité una autorización para consultar, en su archivo histórico, los expedientes de oficiales de la guerra civil.
     ¡Y allí estaba! Capitán Huberto (por cierto, sin hache: ¡qué le vamos a hacer!) Samiel Negro. Se había presentado en el cuartel el día 19 de julio de 1936, afirmando ser teniente de una poco conocida unidad de infantería de guarnición en Madrid, adonde no podía incorporarse, por razón de sus ideas de derechas. Intachable hoja de servicios. Acciones de guerra diversas y honorables, hasta el mes de mayo de 1937. Dos condecoraciones y ascenso a capitán por méritos de guerra. Desaparecido en vísperas de reincorporarse al frente, el día 6 de junio de 1937. Apertura de instrucción criminal por posible deserción, archivada provisionalmente dos años después, sin tener noticias de su paradero. Y nada más. ¿Suficiente, no?
     Así que, en lo que a mí respecta, estoy hecho un lío. ¿Fantasía o realidad? Juzguen ustedes mismos.