domingo, 21 de noviembre de 2010

Una noche que vale una vida

    
¿Pueden enlazarse, de forma medianamente coherente, la vida del famoso amador Casanova (1725-1798), una hermosa novela de Leónidas Andréiev (1871-1919), otra de A.R.G. Solmssen (1928-2018) y los días de la Segunda Guerra Mundial en el País de los Sudetes? Ese es el reto que se propone este relato, que ha contado con el amable apoyo documental de los funcionarios de Turismo de la encantadora localidad de Duchcov (República Checa)

  1. Un preámbulo, tal vez, excesivo

     Nunca olvidaré, mientras viva, la noche del 4 al 5 de mayo de 1945. Yo era entonces un teniente-coronel del Ejército soviético, de 43 años de edad, que había protagonizado semanas atrás un curioso préstamo entre mariscales. Mi amigo y protector, Malinovski, empantanado en el este de Checoslovaquia, me había transferido al Primer Frente de Ucrania, al mando de Kóniev, con estas irónicas palabras:
-          Mijaíl Arónovitch, el Ejército Rojo precisa de tus buenos conocimientos de alemán, más que de los de estado mayor, sin duda inferiores. Te voy a destacar junto a Kóniev, que  necesita de intérpretes, al estar ya combatiendo en suelo alemán. Procuraré arreglármelas sin ti y, en todo caso, la guerra durará ya muy poco. Cuando todo acabe, nos tomaremos una botella de vodka en el bulevar Primorsky.
-          A tus órdenes, Rodión Yakóvlevitch. Y gracias por tu paciencia y tus atenciones.
     Dije estas palabras sin ningún servilismo. La verdad es que admiraba a mi mariscal desde los tiempos en que, aunque apenas dos años mayor que yo, había sido maestro mío en la Academia Frunze. Yo era un alumno ya de edad, voluntarioso pero mediocre, encerrado en mí mismo y con frecuentes jaquecas. No obstante, el paisanaje odesano y la sangre judía habían establecido entre nosotros nexos de aproximación, que terminaron por generar afecto y respeto. Así, al estallar la guerra, Malinovski me reclamó para su estado mayor. Mi coronel del cuarto regimiento de Guardias de la Revolución, de guarnición en Járkov, se quedó de piedra:
-          ¡Qué honor, mayor Orshanski, ser llamado por un general de postín, constelado de condecoraciones!
-          Ya ve, coronel, o yo tengo virtudes ocultas, o el general no es tan inteligente como todos suponen.
     Y así, entre mis conocimientos, modestos, de estrategia y mi relativo dominio del alemán, pasaron casi cuatro larguísimos años de privaciones, combates y sufrimiento moral, que sobrellevé mejor que muchos, gracias a la tutela de Rodión Yakóvlevitch y a mi propia manera de entender la vida. A comienzos de 1943, incluso me llegó un ascenso “por méritos de guerra”, que yo valoré estrictamente como fruto del paso del tiempo. El entonces coronel-general me guiñó el ojo la primera vez que me vio con las insignias del nuevo grado y bromeó:
-          Mijail Arónovitch, si esto dura, nos vemos de mariscales.
-          De uno, por lo menos, no tengo la menor duda -repliqué yo premonitoriamente-.
-          A ver si con tanto entorchado se te olvida Sashka Yegúlev y te buscas una hermosa enfermera para el corazón.
-          Aunque pueda parecer extraño, Rodión Yakóvlevitch, me encuentro mejor entre los soldados de barba y pelo en pecho.
-          Lo sé –sonrió afablemente el general- y eso te ha mantenido firme en campaña, pero la guerra no va a durar siempre.
-          De un modo u otro, para mí, sí.
     No sé por qué lo hice pero, en vez de concluir el diálogo saludando militarmente, le tendí una mano, que él estrechó con calor. Los oficiales presentes se miraron unos a otros, extrañados. Si ellos hubieran conocido a Rodión tan bien como yo, habrían comprendido.
***
     Dos días antes de mi noche mágica, el cuartel general de la 243ª división era un hervidero de rumores y perplejidades. Abandonando la carrera por Berlín que el Primer Frente mantenía con las fuerzas de Yúkov, parte de las tropas de Kóniev habían recibido la orden de girar en redondo a la altura de Dresde y Chemnitz y ocupar la región de los sudetes, en la frontera checa. Poco después, llegué a conocer los motivos del Alto Mando: apoyar y controlar la sublevación de los partisanos y de la población civil contra los ocupantes alemanes en Praga y en otros lugares de Bohemia, y, sobre todo, evitar la expansión de las tropas norteamericanas, que habían penetrado en territorio checo, ocupando Karlsbad [1] y amenazando Pilsen. Eso era algo que Stalin no podía aceptar, al entender esta zona como de influencia soviética. En consecuencia, y aun sin comprender nada, mi división actuó de punta de lanza y, a través de terreno montañoso y embarrado, penetramos en territorio sudete y se nos ordenó a la mayor brevedad posible ocupar la zona bohemia entre el Elba y el Eger, junto a otras dos divisiones. El general Biriutin –cuya consideración tenía, aunque sólo fuese por mi relación con Malinovski- me preguntó:
-          Orhanski, ¿dónde cree usted que podríamos instalar el cuartel general de la división?
-          Sin duda, en Teplitz. Está bien comunicada y tiene excelentes instalaciones, por su brillante pasado como balneario. Las otras dos divisiones pueden ubicarse escalonadamente más al sur.
-          De acuerdo. Adelántese y tome las medidas pertinentes.
     Y así fue como, a la caída de la tarde del 3 de mayo de 1945, invadí Teplitz, entre la indiferencia de sus habitantes y la presurosa retirada de las tropas de guarnición, más deseosas de entregarse a los americanos que de rendirse a nuestros hombres: ellos sabrían por qué.
     Pasamos las veinticuatro horas siguientes dedicados a la intendencia y la ubicación de nuestras tropas. Ya a la caída de la tarde, unos pocos kilómetros al sur de nuestras posiciones, oímos un intenso tiroteo, que las avanzadas interpretaron como enfrentamientos con armas ligeras entre regulares alemanes y partisanos checos. Biriutin me interpeló:
-          ¿Qué diablos cree usted que está pasando?
-          Probablemente, general, alguna escaramuza entre guerrilleros y soldados alemanes en retirada, o con sudetes que tratan de defenderse. Parece que el tiroteo viene de Dux, un pequeño lugar histórico, con castillo y todo eso.
-          Está bien, coja usted un batallón de fusileros y vaya a poner orden y tomar la posición. Una vez afirmado en ella, progrese hacia el sur, pero sin entrar en combate con el enemigo. Mande exploradores y déme cuenta de cuanto averigüe.
-          Mi general, la noche se está echando encima y amenaza lluvia. ¿No sería mejor dejarlo para mañana?
-          De ninguna forma. Vaya usted a ese Dux y acabe con la violencia. De lo que haga luego, será usted responsable, en función de lo que encuentre y observe. Así que apresúrese: a los camiones y con armamento ligero.
-          A sus órdenes. Si no tiene inconveniente, me llevaré el batallón del mayor Nikíforov. Están en Hundorf, a mitad de camino entre Teplitz y Dux.
     En consecuencia, hacia las siete de la tarde del 4 de mayo de 1945, un judío odesano entraba, al frente de quinientos infantes soviéticos, en la población de Dux, famosa otrora por acoger el castillo-palacio de la riquísima y culta familia de Waldstein o Wallenstein, mecenas, entre otros, de Beethoven y Casanova. Ahí es nada.
***
     La llegada de tropas regulares y animosas acabó inmediatamente con la refriega que, en efecto, se desarrollaba entre unas decenas de soldados alemanes, atrincherados en la gran iglesia del palacio, y un grupo más numeroso de partisanos checos, que incluso habían tratado de prender fuego al templo para desalojar a los teutónicos. Estos huyeron de forma dispersa, en la penumbra del atardecer, sin que diera orden de perseguirlos. En cuanto a los guerrilleros, ordené formasen en la explanada frente a la fachada palaciega y me dirigí a sus jefes en alemán, ordenándoles que se retirasen de la población, toda vez que la misma quedaba bajo la exclusiva autoridad armada del ejército soviético. Ellos rezongaron, pero, muy en mis puntos, subí el tono y alegué:
-          Tienen trabajo suficiente en Praga o, si no tienen medios de transporte, acosando a los alemanes en retirada, de aquí hasta el Eger. Todo, menos alterar el orden o importunar a mis tropas. Así que ¡andando!
     Resuelto, mal que bien, el tema militar inmediato, sugerí a Nikíforov que aposentara a sus hombres para cenar y descansar un buen rato. La lluvia empezaba a caer con fuerza y los muros del palacio ofrecían una esperanzadora hospitalidad, tras la gran verja y las estatuas mitológicas protectoras. Algunas personas de mediana edad iban concentrándose en la entrada principal, sin duda, servidores o huéspedes heterogéneos de la casa. Me disponía a dirigirme a ellos para ordenarles los preparativos necesarios, cuando una señora, aproximadamente de mi edad, salió precipitadamente del interior del palacio y requirió  mi atención en un idioma casi incomprensible para mí. Comoquiera que hubiese captado la palabra americans, intuí su pregunta y su equivocación, por lo que le respondí con un “nein, russen”. Ante ello, pareció derrumbarse psicológicamente, pero en seguida dio media vuelta y desapareció tan aprisa como había surgido, aunque no con la suficiente fugacidad, como para no percatarme de la hermosa placa ovalada prendida de su chaqueta oscura: un león rampante coronado, en campo de franjas verticales rojas y negras.  
     Como jefe de operaciones, pero no directo de la tropa, me limité a ordenar a la servidumbre que se pusiera a disposición del mayor y demás oficiales, acatando sus indicaciones. Por mi parte, me instalé en una amplia dependencia que me sugirieron; sin duda, una antigua sala de billar, donde extendí los mapas y planos, departiendo durante unos minutos con Nikíforov y los capitanes. Les invité a cenar conmigo en el palacio, a eso de las nueve, dejando, en principio, para la medianoche el inicio de la tarea de exploración y avance acordada por el general. Seguidamente, acompañado por uno de los veteranos empleados, decidí hacer el recorrido de las estancias más notables del edificio, en verdad muy hermoso, pero casi enteramente despojado de muebles de valor, así como de libros, lámparas y toda clase de adornos. Sin duda, la penuria y el saqueo, hijos inevitables de la guerra, habían dejado su huella. Mi cicerone lo confirmó:
-          Son ustedes los primeros soldados rusos que vemos en Dux, pero con los alemanes y los irregulares hemos tenido bastante.
-          Luego es usted checo. Lo digo por aludir a los alemanes despectivamente y como ajenos.
-          Checo o sudete, no puedo dejar de reconocer que esta tierra está abandonada de la mano de Dios desde la caída del Imperio austriaco, allá por 1918.
    Aceleré el recorrido cuanto pude, pues estaba preocupado por las operaciones nocturnas y lo que veía me causaba cada vez más tristeza. Llegado a un punto, dije a mi acompañante:
-          Vamos a ver las habitaciones de Casanova.
-          ¡Ah, señor militar!, son las dependencias privadas de frau Waldstein.
-          ¿Cómo dice?
-          Es la guía del palacio. Está aquí desde hace casi veinte años. Dicen que lo ordenó el presidente Masáryk. De todas formas, será mejor que sea ella quien le enseñe esa parte de la casa.
     Aunque cada vez más sorprendido, acepté la sugerencia de mi mentor. Así que dejé que se retirara y llamé a la puerta de Casanova, perdón, de la mujer que –según parecía- había convivido con su legado y sus recuerdos durante veinte años. Tras un segundo intento, la puerta se abrió parsimoniosamente y una figura femenina se perfiló en el umbral: era la anhelante señora de la entrada; la placa metálica, apenas visible bajo una luz eléctrica mortecina, la delataba.

2.   La huésped de Casanova
-          La señora Waldstein, supongo –pregunté directa y socarronamente-.
-          En efecto –encajó rápida la situación, con una sonrisa-. ¿A quién tengo el honor?
-          Soy el teniente-coronel Orshanski, jefe accidental de las tropas soviéticas en Dux.
     La señora me franqueó la entrada de sus aposentos, que eran tal y como suelen describirse: modestos y reducidos. Apenas tres habitaciones, que el tiempo y la incuria habían despojado del mobiliario original y, al parecer, de los libros y objetos del famoso aventurero, heredados a su muerte por los familiares legítimos más directos. La señora hacía los honores con agrado y profesionalidad, superando nuestro desconocimiento personal y el hecho de que lo que mostraba era, en buena medida, su hogar y sus cosas. Como ya he dejado dicho, la luz, por restricciones o por falta de puntos lumínicos, era de todo punto insuficiente. Se lo comenté, por salir del monotema casanoviano, pero ella no le dio importancia. Ante mi sorpresa, invitó:
-          Me he quedado sin combustible para el hornillo, de forma que no puedo ofrecerle nada caliente. Si se conforma con un coñac… Y siéntese, por favor, está usted en su casa.
-           Muy agradecido. Lo tomaré rebajado con agua, aunque pueda parecer una herejía.
     Iba a sentarme en un sillón de apariencia sencilla y antigua, cuando mi anfitriona rompió a reír de buena gana.
-          ¿Qué sucede? –pregunté posando mi humanidad en el mueble-.
-          Pues que acaba usted de sentarse en el sillón del mismísimo Casanova, donde se dice que falleció.
-          ¡Ah!, no sabía…, repliqué levantándome un poco avergonzado por mi involuntario atentado al respeto histórico.
-          ¡No, no, si ya da lo mismo! –frau Waldstein seguía riéndose francamente-. Basta con un instante para que el sillón produzca su efecto. A partir de ahora –y perdone mi alusión a la leyenda- se decuplicará su capacidad sexual.
-          En fin, si sólo es eso… –repliqué con ironía- Todo depende de la cuantía del factor a multiplicar por diez.
     Los ecos de su risa fresca y cantarina (bastante más eficaz que el sillón de Casanova) se apagaron finalmente. Era la perfecta anfitriona, simpática, servicial y comunicativa. Sin apenas insinuación por mi parte, se sinceró, como si hubiera estado esperando la ocasión de encontrar un interlocutor atento y -¿por qué no decirlo?- exótico y ocasional.
***
-          Pues, en efecto, llevo en Dux dieciocho años, día a día. No quiero decir viviendo siempre aquí, pero sí dedicada a enseñar el palacio a los visitantes y a inventariar y cuidar lo mucho que el edificio guardaba hasta hace relativamente pocos años. Luego llegaron a este remanso las secuelas de la guerra, que para mí comenzó con la ocupación hitleriana en 1938. Ciertamente, yo soy alemana, pero –por razones que no es del caso relatar- viví mucho más libre y feliz bajo la férula de los checos. En fin, por mi seguridad y conveniencia, me recluí aquí hace siete años y no he salido sino a pasear por el parque y los alrededores. Las habitaciones de Casanova habían sido preparadas por él como un pequeño hogar recoleto e independiente, y al convertirse el palacio en sede de la municipalidad, esta las amuebló al estilo de una modesta vivienda del pasado. Me autorizaron a vivir en ella, como conservadora y guía ocasional, y aquí me tiene usted, cual pájaro encerrado en una jaula dorada.
-          ¿Y no está un poco harta de Casanova y de su maléfico influjo?
-          ¡Bah!, eso son paparruchas. Por otra parte, nuestro Giácomo era una figura bastante más compleja y, si me permite, feminista de lo que habitualmente se cree. Sucede que hay que contemplarle con el distanciamiento de doscientos años. En fin, no quiero aburrirle con mis historias. Sólo –si me guarda el secreto- le diré que, de tanto escudriñar entre estas paredes, he llegado a encontrar papeles inéditos y desconocidos de nuestro hombre, que constituyen un epítome de la famosa Histoire autobiográfica, así como algunos esbozos de su continuación a partir de 1774. Algún día, acabada esta guerra interminable, podrán ver la luz. Al menos, yo los he dejado donde él astutamente resolvió esconderlos.
-          Esta guerra interminable –como usted dice- está a punto de acabar. Corren rumores de que Hitler ha muerto y Berlín está a punto de caer en nuestras manos.
-          ¡Pobre Berlín! Es mi ciudad natal, ¿sabe? Hace muchos años que no he vuelto y mucho tiempo que vivo sin noticias de mis familiares.
     Me levanté del famoso sillón y, desde la ventana, constaté que la lluvia había cesado. Eran las ocho y media y decidí de pronto dar un giro al programa. Cancelé por un ordenanza la cena con los oficiales, pretextando una de mis jaquecas, y los cité, conforme a lo previsto, para la medianoche. Seguidamente, ordené a los cocineros del palacio que subieran un refrigerio para dos personas a las habitaciones casanovianas, no sin algunas reticencias por parte de la señora. Para superarlas, le dije:
-          Para no remover en su ignota tumba el espíritu de Casanova, no se dirá que una señora invita a un caballero casi desconocido a cenar en sus habitaciones particulares, sino que el jefe de un ejército de liberación sienta a su mesa a una hermosa dama del país redimido.
-          ¿Y estaría dispuesto ese caballeroso militar a conceder a la dama un honesto favor, si esta se lo pidiere?
-          Por supuesto, si está en su mano y dicha dama le hace la gracia de comunicarle su nombre, ya que sólo conoce el apellido.
-          Por supuesto. Soy Liliana von Waldstein, aunque mis amigos solían llamarme Lili [2].
-          Perdón, yo también me presentaré completamente. Soy Mijaíl Arónovitch Orshanski, de Odesa.
-          ¿Arónovitch? ¿Acaso es usted judío?, y perdone la indiscreción.
-          Por supuesto, y de una ilustre familia oriunda de Yekaterinoslav [3], abundosa en rabinos y hombres de ciencia.
-          Pues ya tenemos algo más en común y para mí muy importante, porque –no sé si lo sabe- los Waldstein somos judíos y ese ha sido en gran parte el motivo de mi destierro y de mi desgracia.
-          No mayor, sin duda, que la mía, aunque esta no haya sido fruto de la raza, sino de la guerra civil.
     Lili miró a Mijaíl como si su rostro reflejara los fantasmas de su pasado. Vaciló unos segundos. Luego sugirió:
-          Si le parece, hagamos de esta velada un trasunto del Decamerón. Contémonos nuestras historias y tal vez de ello surja, no tanto un entretenimiento, como un remedio o, al menos, una buena amistad.
-          De acuerdo, ¿quién ha de empezar?
-          Lo haré yo, ya que he sido la proponente.
     En ese momento, aparecieron dos servidores con la cena, acompañados por el sargento asistente de Orshanski. Este los despachó, tan pronto depositaron el servicio sobre la modesta mesa de comedor y, al poco, Lili comenzaba su personal historia.
***
-          Nací en Berlín en 1904, en el seno de una familia de banqueros judíos, emparentada con quienes levantaron este castillo y acogieron en él como bibliotecario al impenitente amador. La vida no ha sido fácil en mi país a partir de 1914, pero me protegía un trío invencible: familia, dinero y juventud. Afortunada o desdichadamente, el corazón no puede blindarse y yo lo entregué a los diecisiete años a un pintor americano, que perfeccionaba su técnica en la Atenas del Spree y se hospedaba en casa de unos amigos míos, empleados en nuestro banco. Fue mi primer amor y, dada la ocasión y el momento, me permitirá no entre en detalles sobre su desarrollo y la gran felicidad que a ambos produjo durante poco más de un año. Finalmente, mi amado (al que llamaré Peter) se involucró –o eso dijeron- con grupos anti-nazis y le creyeron sospechoso hasta de espionaje. Tras morir asesinado uno de sus amigos, temimos por su vida y le impulsamos a regresar a su país. Nos despedimos con una tristeza mortal, que apenas paliaba el compromiso de escribirnos con frecuencia y de que yo haría lo posible por ampliar estudios en los Estados Unidos, cuando terminara mi carrera en la Universidad Humboldt. Desgraciadamente, no hubo lugar al reencuentro. Por una parte, Peter abandonó la pintura y se pasó al periodismo gráfico, recorriendo casi todo el mundo libre y escribiéndome cada vez más espaciada y superficialmente. Por otra, los nazis fueron incrementando su poder y su violencia, hasta el punto de que mis padres alejaron de Alemania a sus hijos, en evitación de riesgos por ser judíos. A mí, nada menos que con la colaboración del respetado Tomas Masáryk (condiscípulo de uno de mis abuelos en Viena y buen cliente de la firma Waldstein), me colocaron en el palacio de Dux, como figura decorativa en atención a mi apellido. El tiempo pasaba y tal vez los manes de Casanova me hicieron caer en la tentación: acepté la proposición matrimonial de un profesor de la universidad de Líberec, checo y no judío, con la ilusión de que olvidaría a Peter y alcanzaría las dulzuras de la maternidad. Nada de eso sucedió y aquí regresé cinco años después, estéril y divorciada. Queden los detalles en el arcano de mi memoria. Luego, llegó hasta las puertas la marea nazi. Afortunadamente, como alemana y reliquia histórica, me han respetado; lo del judaísmo, se me perdonaba siempre que “no hiciera ostentación”, según el gauleiter de Aussig. Ni que decir tiene que me recluí en este ayuntamiento-palacio, no bajando al pueblo más que por razones médicas. En fin, amigo mío, sola y aislada, espero el final de una guerra que me parece eterna, sin saber si tal esperanza ha de serme aún más dañina, pues no se me oculta que la mayor parte de mis familiares y amigos habrán muerto en esta vorágine de odio y fuego. ¿Quién sabe si habría un lugar para mí cuando los checos vindicativos retornen al País de los Sudetes? Así que Casanova, que me acogió joven e ilusionada, me verá marchar, con el frío en el alma. 
-          ¿No ha vuelto a saber de Peter, el pintor y fotógrafo?
-          Ha dado usted de lleno en el favor que quiero pedirle. Tengo la corazonada de que la muerte me aguarda si permanezco en Dux y que, por el contrario, voy a ver a Peter de corresponsal de guerra, si me lo propongo. Sé que es una quimera, pero es lo único que mantiene mi energía. Siento una fuerza interior irresistible que me lleva hacia él, aunque sólo sea por verlo de nuevo y que me revele su actual situación y sus sentimientos. Después de tantos años, sigue siendo el hombre de mi vida. ¿Por qué no habría de ser yo la mujer con la que siga soñando?
-          Bien, ya entiendo. Procuraré hacer algunas averiguaciones acerca de los periodistas acreditados en las unidades americanas más próximas y, entre tanto, la protegeré con mis soldados y mi influencia. ¿Cómo se llama realmente su enamorado?
-          Ellis, Peter Ellis [4], pero no es eso lo que quiero pedirle. Se trata de que me haga pasar a las líneas americanas. Sé que están muy cerca de aquí. Cuando llegaron ustedes, creí que se trataba de los americanos. Una vez más, la suerte no estaba de mi parte. Pero ahora, con usted…, si usted quisiera…
-          Lo siento, es imposible. Los americanos están a bastantes kilómetros de Dux, en la zona de Karlsbad y, entre ellos y nosotros, hay partisanos checos, tropas alemanas, desertores, voluntarios sudetes… Y yo no tengo permiso de mis superiores más que para avanzar en descubierta hasta encontrar resistencia. No sé, si espera usted unos días, otras tropas soviéticas ocuparán el territorio intermedio, o tal vez acabe la guerra.
-          No le conozco, teniente-coronel, ni usted me conoce a mí. Quiero decir, que no tiene ni idea de mi fuerza de voluntad y de lo poco que me importa morir, si es tratando de encontrar a Peter. Y, en cuanto a usted, ignoro qué es lo que pueda arrastrarle o animarle a luchar más allá de su comodidad o de las órdenes recibidas. Poco o nada tengo, pero todo está a su disposición: algunas joyas, algo de dinero, los documentos de Casanova… y todo aquello que una mujer puede ofrecer a un hombre. Dicen que tengo buena figura y no soy fea…
     En paralelo a estas últimas frases, Lili se había ido levantando y aproximándose a Mijaíl. Este, abrumado y tierno a la vez, le tomó una mano, que besó, y la empujó suavemente hacia la silla que acababa de dejar. Ella, como en una nube, no sabía si estaba viviendo una ficción, ni si era su propia persona la que daba pasos tan dramáticos. El militar le sirvió un poco de vino, permaneció junto a ella unos momentos, acariciando mecánicamente su cabello; luego retornó a su plaza en la mesa, reflexionó durante algún tiempo, sin dejar de mirarla a los ojos, y, con cierta torpeza inicial, le confesó:
-          Querida amiga, lo que acaba de suceder es para mí un honor y para usted un timbre de gloria: llevar su amor hasta el extremo. En todo caso, resulta de todo punto innecesario. Yo voy a hacer por usted cuanto esté en mi mano, contando con su valor y decisión: ya trataremos de ello a lo largo de la noche. Pero ahora me toca exponer mi historia, a través de la cual verá cómo su vida no ha sido tan miserable como la de otros y hasta qué punto su generosa oferta de entrega resultaba para mí imposible de aceptar. Relájese y escuche.



3.   El hombre del libro

     “Las familias de Rebeca y mía se conocían de antiguo. Crecimos juntos y era casi natural que nuestra unión coronase tal amistad. Pero no se trataba tan sólo de una predestinación apoyada por todos, sino de que ambos fuimos alcanzando con la edad los sentimientos y la mutua atracción que nos hacían íntimos e inseparables. Compartíamos fiestas, religión, trabajo, amistades, colegio. Teníamos un mundo propio, al que sólo accedían aquellos a quienes invitáramos a integrarse en él. El camino estaba felizmente marcado y era mera cuestión de tiempo el irlo recorriendo. Pero en ese camino iba a cruzarse un terrible imprevisto: la revolución y la guerra civil.
     “El vendaval revolucionario de 1917 me sorprendió en el último curso del liceo. Como joven y judío, me adherí ideológicamente a los rojos, aunque no di el paso de tomar las armas ni de adscribirme al Partido. Mi familia era relativamente pudiente: me aproveché de ello para iniciar por libre mis estudios de medicina, dado que la Universidad funcionaba esporádica y lamentablemente; incluso practicaba en el hospital, con la tolerancia de médicos y profesores amigos de los Orshanski. Rebeca no tuvo tanta suerte: sus padres regentaban un almacén de productos ultramarinos, que se vino abajo entre la nacionalización y las dificultades comerciales. Hubo de acabar como pudo los estudios secundarios y colocarse de bibliotecaria ayudante en la facultad de Letras. Nos veíamos mucho menos que antes, pero las dificultades acrisolaban nuestro cariño y la hostilidad y la violencia exteriores nos hacían valorar aún más el paraíso afectivo que habíamos creado para nosotros.
     “La guerra civil castigó duramente a nuestra ciudad durante más de dos años. En la primavera de 1920, los blancos y los bolcheviques lucharon en las calles y Odesa fue bombardeada. La vida personal valía poco; muertos y heridos se contaban por centenares. En el hospital apenas dábamos abasto para atender malamente a las víctimas, en medio de un ambiente de tensión y de carencias. Rebeca me fue a buscar allí en algunas ocasiones, para poder vernos e intercambiar apenas unas palabras. La encontraba cada vez más deprimida y con premoniciones más funestas. No sé si creía en ello antes, pero lo cierto es que el 28 de abril de 1920 (me acuerdo como si fuera hoy), me dijo:
-          Querido Mijaíl, te amo tanto que Dios nuestro señor me ha permitido hacerte una promesa, para el caso de que no pueda sobrevivir a esta época cruel. Y es que, si muero sin haber llegado a ser tu esposa, habré de reencarnarme en otra mujer, que te amará y cuidará de ti, con la misma ternura y fidelidad que yo te profeso.
-          Rebeca, por favor, no digas esas cosas. La guerra terminará pronto y reanudaremos nuestra vida normal y sencilla, como antes; mejor dicho, más perfectamente que antes, porque habremos fortalecido y purificado nuestro amor en la adversidad.
-          Ojalá sea así pero, si muero, no olvides mi promesa. Yo seré tuya, si aceptas mi ofrecimiento y sabes encontrarme. De otra manera, mi nueva vida será en vano y purgaré con la infelicidad el que Dios haya aceptado mi ruego.
     “Diez días más tarde, cuando más arreciaban los combates callejeros y los rojos estaban a punto de conquistar totalmente la ciudad, una granada de artillería penetró por una ventana de la biblioteca en que Rebeca trabajaba y estalló a escasos metros de ella. Su cuerpo quedó mutilado y, con un hálito de vida, la llevaron a mi hospital. Sus ojos, fijos en los míos, me dijeron lo que sus labios apenas podían articular. Murió a los pocos momentos. Una enfermera me entregó un libro, manchado de sangre, que Rebeca llevaba entre sus ropas cuando la ingresaron. Era nuestro libro favorito, Sashka Yegúlev, de Andréiev, con el sello de la biblioteca, el cual tal vez estuviera leyendo o manejando en el momento de alcanzarla la metralla. Como comprenderá, era una reliquia demasiado valiosa para devolverla: llevaba su sangre, su calor y, seguramente, su promesa.
     “Yo no creo, por modo general, en la transmigración de las almas, ni tengo la menor idea de cómo puede esta actuar, caso de producirse, pero día a día, año a año, he estado esperando que Rebeca –precisamente Rebeca- cumpla su promesa y se me aparezca para vivir el amor en plenitud que la muerte nos negó. Ella murió el 8 de mayo de 1920; de forma que llegué a convencerme de que su nueva corporeidad –por decirlo así- no podía haber nacido antes, sino, probablemente, por ese mismo momento. No sé cómo ni cuándo se haya de presentar ante mí, pero, desde hace unos diez años, no pienso ni deseo otra cosa. Vivo de recuerdos y de esperanzas, cada vez más solo, más alienado, más delirante. Busco de día y de noche, sufro, me agoto y –que Dios me perdone- dudo y maldigo. Porque yo no puedo detener el avance de mi vida, envejezco, endurezco mi corazón, he llegado a matar, a detestar a las mujeres que han estado más cerca de hacerme olvidar la búsqueda, a ser feliz viviendo entre hombres, sólo porque así no tengo que mirar al fondo de su alma, buscando la de Rebeca. Hasta la guerra me ha sido fraterna: por ello me hice militar, contra toda vocación y sentimiento. Y, por eso, la hubiera odiado a usted por ofrecerme sus encantos, si no fuese porque su edad la pone a salvo de cualquier confusión y porque, como yo, sufre y busca.
     “En mi delirio, he creído encontrar el talismán que me abrirá los cuerpos para descubrir las almas. Es ese libro, esa despiadada novela, esas páginas manchadas por la sangre de Rebeca, esa tinta que corrió su sudor, que vivificó su último hálito. Lo llevo constantemente conmigo y, de forma más o menos sutil, lo pongo ante los ojos de cuantas mujeres me recuerdan a ella, de las jóvenes que pueden tener la edad conveniente. Pienso, ¡cómo no va a revelárseme, a permanecer impasible, a no amarme, quien sea sangre de su sangre! Tal vez no me reconozca a mí (¡he cambiado tanto!), pero el joven Yegúlev enlazará sus dos vidas y conmoverá su corazón. Lo llevo a todas partes, lo poso maliciosamente en todos los veladores, lo muestro al desgaire por las calles. ¡Incluso en la guerra! Mire, está aquí.”
     Mijaíl echó la mano al pecho, abriendo a la vez la guerrera del uniforme, y extrajo la fuente de su esperanza, de su locura, de su dolor. Lili, transida de emoción, se quedó con la mano a mitad de camino entre su persona y el libro. No se atrevió a más. Mijaíl le mostró las manchas de sangre, tan secas y descoloridas, que hubieran podido ser de óxido o de sombra. Acarició levemente la cubierta y volvió a depositarlo junto a su corazón. Aún pudo acabar:
     “Así que ¡menudo par de casanovianos, usted y yo! Constantes, fieles, espirituales, ¡absurdos! Ni en cien años se hubiera podido creer en una coincidencia así… Señora, tiene toda mi adhesión y mi respeto. Yo no tengo nombres, ni edades, ni rostros, pero su Peter Ellis está bien definido e identificado. Esta noche iremos a buscarlo. Mejor dicho, irá usted y yo la ayudaré en lo que pueda. Esté preparada a medianoche en el vestíbulo del palacio. Y, por favor, queme antes los papeles de Casanova. Estamos en guerra, no entre nosotros, sino con él. A perpetuidad.”
     Mijaíl miró su reloj: eran casi las once de la noche. Se levantó, besó a Lili en la frente y salió de sus habitaciones.


4.   La búsqueda

     La noche invitaba a la contemplación. Después de la lluvia, había despejado y era estrellada, fresca, límpida. Mijaíl bordeó el edificio y paseó hasta la fachada posterior, donde una escalinata doble descendía hasta un armonioso estanque cuya lámina de agua apenas herían la claridad y el viento. Unos soldados lo reconocieron y se le cuadraron. El teniente-coronel bromeó:
-          Bien, muchachos, un esfuercillo más y la semana que viene, para casa.
-          ¡Quién le oyera, señor! ¿Nos da su palabra?
-          Os doy mi palabra de que todos vosotros volveréis sanos y salvos. Es más de lo que muchos pueden decir.
     Se detuvo unos momentos a fumar un cigarro con un par de tenientes con acento ucraniano y regresó a la sala de billar. Echó un último vistazo a los mapas y se sentó en la oscuridad, solo con sus recuerdos, a esperar la medianoche.
     La reunión con los oficiales fue fulminante. Lo tenía todo programado y estaba deseando reencontrarse con Lili:
-          La compañía del capitán Lermóntov formará con armamento de combate, en cuatro camiones y tres vehículos ligeros. Avanzaremos hasta alcanzar el Eger por Saaz, o hasta que trabemos contacto con tropas alemanas que ofrezcan resistencia. Usted, Nikíforov, quedará aquí al mando, con las otras dos compañías. Espero regresar al alba; en otro caso, vayan en nuestra ayuda y reporten con el general. Saldremos en no más de media hora. Pueden retirarse.
     Lili ya estaba sentada en una silla, al resguardo de la penumbra del zaguán. Junto a ella, una maleta y una niña. Mijaíl llamó a la mujer:
-          Veo que ya estás lista pero, ¿qué significa esa chiquilla?
-          Es Gretchen, la hija del portero. Él ha sido un colaborador muy activo con el gobierno y la policía sudetes y teme graves represalias.
-          Pero, ¿qué te va a ti ni a mi en eso? No puedo convertir la expedición en una caravana humanitaria.
-          Mijaíl, por favor. Su padre me ayudó mucho para que no me molestaran como judía y la niña se llama como mi pequeña y tiene su misma edad.
-          ¿No me dijiste que eras estéril?
-          Te dije que el matrimonio me trajo la esterilidad. Un parto inadecuadamente atendido se llevó la vida de mi niña y las posibilidades de una nueva maternidad.
-          Con todo, no entiendo…
-          ¿Te negarás, después de haber construido toda tu vida en torno a la reencarnación?
     Mijaíl gruñó, pero acabó asintiendo. Sólo le exigió:
-          En el trayecto, hazla pasar por tu hija. Quizás así se entenderá mejor.
***
     El convoy llegó sin percance alguno hasta Most, más o menos, a mitad de camino del trayecto máximo previsto. Unidades alemanas, desorganizadas y en evidente huida hacia el sur casi bloqueaban el camino. Orshanski ordenó parar  los camiones y, tras enarbolar una bandera blanca de circunstancias, avanzó con su vehículo ligero, junto al conductor, Lili, Gretchen y el sargento abanderado.
-          ¿Quién está aquí al mando?, preguntó con voz sonora y su mejor acento alemán.
-          Yo mismo, respondió un mayor de granaderos, avanzando hasta colocarse junto al jeep.
-          Está bien –saludó Mijaíl militarmente-. Tenemos aquí a una señora alemana con su hija, que ha pedido ayuda para pasar a la zona americana, por miedo a los partisanos.
     La frase final surtió un efecto inmediato. Soldados alemanes ayudaron a la señora y a su hija a bajar del vehículo y cargaron con el equipaje. El mayor ordenó que las subieran a uno de los camiones. Lili apenas tuvo tiempo de volverse hacia el teniente-coronel y decir:
-          Gracias por todo y te deseo la mejor suerte del mundo en tu búsqueda.
     Mijaíl sonrió y, con la voz menos audible que pudo, susurró casi a su oído:
-          Escríbeme. Con el nombre y el grado bastará.
     Los jefes de ambas tropas se miraron con curiosidad. Mijaíl le ofreció un cigarrillo:
-          Tome. El tabaco ruso es malo pero no mata.
     El mayor se echó a reír:
-          El americano es mejor; por eso vamos a rendirnos a ellos.
-          ¿Hasta dónde han llegado?
-          Por esta zona, hasta Karlsbad, pero se rumorea que están a punto de entrar en Pilsen.
-          En fin, mayor, todo está consumado. Cuide de ellas. Son muy amigas de un alto cargo americano, un tal Peter Ellis.
-          Y aunque no lo fueran. Ya hemos sufrido todos bastante.
     Mijaíl se quedó inmóvil hasta que la falange alemana desapareció. Luego, volvió a su coche y dijo jubilosamente:
-          Venga, Dmitri, a casita y sin prisas. No es cosa de tener un accidente en una noche como esta.
***
     Un día de enero de 1947, el mariscal Rodión Yakóvlevitch Malinovski, jefe del Distrito militar de Transbaikal-Amur, recibió por reenvío una carta dirigida al teniente-coronel del Ejército Soviético, Mijaíl Arónovitch Orshanski. Le llamó bastante la atención pues se trataba de la primera misiva privada que recibía su compaisano en el último año. La remitía una tal Liliana Waldstein desde Munich y, habida cuenta de que estaba escrita en alemán, nuestro mariscal ordenó traducirla. Esta fue la versión literal que se le entregó:
     Múnich, a 24 de diciembre de 1946.
     Querido Mijaíl: Hoy es mi primera Nochebuena en Europa desde que nos despedimos y no quiero dejar de testimoniarte nuestra gratitud y afecto en fecha tan señalada. Y digo “nuestra” porque Gretchen ha vuelto conmigo, una vez que la Comisión de Refugiados ha comprobado que toda su familia desapareció en el terrible proceso de repatriación de los sudetes del año 45. Así que te debe la vida…, pero yo sólo a medias te debo mi felicidad.
     Pues sí, querido amigo, encontré a Peter, vivo, sano y divorciado. Ni que decir tiene que, tan pronto me autorizaron el ingreso en los Estados Unidos, nos casamos y pasamos a vivir en Nueva York, donde él tenía su trabajo periodístico principal. Nuestra felicidad duró… seis meses. Visto el tema a posteriori, seguramente el desenlace ha sido lógico. No puede pararse el reloj de la vida, ni llenar un vacío de veinte años con imágenes juveniles y recuerdos de un pasado más imaginado o soñado que real. Así que regresé a mi Alemania, busqué a Gretchen… y aquí estoy, como antaño, en la zona americana, que los soviéticos (salvo excepciones) me parecéis muy peligrosos.
     De la  familia, sobreviven mis hermanos, gracias a los desvelos de mis padres. De estos no se han vuelto a tener noticias, desde que los embarcaron en vagones de ganado rumbo a Buchenwald en 1942. Por tanto, aquí me tienes, con Gretchen y sobreviviendo gracias a los capitales que mi familia pudo sacar a Suiza, así como de mis clases de inglés para alemanes y de alemán para americanos. Por cierto, te hice caso y no me traje los papeles de Casanova. Pero tampoco los quemé. Así que supongo seguirán en el ayuntamiento-palacio, esperando alguna víctima cuyo espíritu tentar.
     ¿Y tú, querido, has encontrado lo que buscabas? Casi no me atrevo a escribir lo que deseo decirte, pero ahí va (siempre he sido muy impulsiva). Yo ya me he vacunado del morbo del “hombre/mujer de mi vida”. Si tú también lo has conseguido, o si lo deseas o, simplemente, si quieres que una mujer te ayude y te consuele mientras lo sufres, cuenta conmigo. A veces, una noche, una simple noche, vale por toda una vida de sabiduría y de sentimientos.
     Mi dirección va en el remite. Mi cariño, en este papel.
     Tuya,
     Lili.
***
     Lo que Malinovski tenía que contestar no quería que pasara por las manos de ningún traductor o secretario. De modo que, haciendo uso de su ya oxidado francés –que razonablemente suponía comprensible para la destinataria-, redactó unas líneas, para acompañar un libro considerablemente ajado:
     Chita, a 1 de febrero de 1947.
     Estimada señora Waldstein:
     Ante el inesperado y trágico fallecimiento de mi paisano y compañero de armas, Mijail A. Orshanski, soy yo quien –como albacea suyo- le hago llegar la triste noticia de su muerte, acaecida en la noche del 4 al 5 de mayo del pasado año, así como el ejemplar de Sashka Yegúlev que él llevaba siempre consigo. Fue su voluntad, expresada testamentariamente, que yo cumplo gustoso, tan pronto he sabido el paradero de usted. Habiendo tenido la necesidad y el atrevimiento de leer su carta, he comprendido que el hermoso y trágico legado del coronel Orshanski no podría ir a parar a mejores manos.
     Por lo demás, señora, espero me cuente entre la inmensa serie de soviéticos no peligrosos y, desde ahora, en la más reducida de las personas que le ofrecen el testimonio de su mayor consideración.
     Atentamente,
    Rodión Y. Malinovski
     Mariscal y Héroe de la Unión Soviética.

 

[1]  Por razones históricas, suelo emplear las denominaciones alemanas. Como los mapas posteriores a la guerra utilizan preferentemente las checas, indicaré que Karlsbad equivale a Karlovy Vary; Teplitz, a Teplice; Dux, a Duchcov; Bilin, a Bilina; Hundorf, a Hudcov; Aussig, a Usti nad Labem; Saaz a Zatec; Brüx a Most. Por su parte, la moderna Liberec se corresponde con la Reichenberg de su pasado germanófono. Todas esas localidades figuran citadas en el curso de este relato.
[2] Me permito hacer este guiño onomástico al novelista y abogado americano Arthur R.G. Solmssen (1928-2018), en cuya valiosa y famosa novela Una princesa en Berlín (1980) encontrarán la razón de mi atrevido homenaje.
[3]  Hoy, Dnepropetrovsk, en Ucrania.
[4]  Nuevo (y último) guiño a la novela Una princesa en Berlín, aludida en la nota 2.

 

miércoles, 17 de noviembre de 2010

El valor de la poesía

    
Acercamiento al gran Pablo Neruda (1904-1973), a través de su obra España en el corazón y de unas estrofas de muy especial significación de Los versos del capitán. Un españolito ha de sufrir la primera y aprovecharse de las segundas, en un guiño al destino, contradictorio, pero justo al cabo. Grande como la mar o tierna como una violeta que empieza a abrirse; universal y panfletaria, o susurrada al oído del que pasa. ¿Quién puede decir para qué vale la poesía, si es que realmente tiene algún sentido?

1.   El viejo y el cuadro
     En la ciudad en que vivo existe un hospital ya centenario, ni blanco ni azul, cuyas sucesivas ampliaciones y reformas no han logrado ocultar del todo la solemnidad de la piedra franca, ni la alegría del ladrillo rojo de antaño. Una gran capilla neogótica y una botica henchida de madera y cerámica completan sus atractivos para quienes disfrutamos con las antigüedades. Aunque no tanto, naturalmente, como para ingresar por gusto. Quiere decirse, por ende, que mi estancia en él, en mayo de mil novecientos noventa y tantos, tuvo que ver con un tratamiento quirúrgico, cuyos detalles les ahorraré por innecesarios para el relato.
     Por prescripción facultativa, hube de pasear por los pasillos del pabellón y planta de mi habitación tan pronto estuve en condiciones de levantarme y, por costumbre y breve reposo, me entretuve en contemplar los grabados que adornaban las paredes de las galerías. Dos de ellos llamaron especialmente mi atención, por responder al curioso modelo de ilustrar, más o menos alegóricamente, un texto literario que figuraba al pie. Uno correspondía a un literato en lengua inglesa, de cuyo nombre no puedo acordarme. El otro pertenecía a Pablo Neruda y, tal y como estaba transcrito, rezaba así:
Y cuando la soledad quiera que cambies
la sortija en que está mi nombre escrito,
dile a la soledad que hable conmigo,
y que allí donde estoy,
bajo la lluvia o bajo
el fuego,
amor mío, te espero.
Te espero en el desierto más duro
 y junto al limonero florecido,
en todas partes donde esté la vida,
donde la primavera está naciendo,
amor mío, te espero. [1]

Estos versos me dijeron tantas cosas, que a la enésima vez que pasé junto al cuadro lo hice pertrechado de papel y bolígrafo para copiarlos literalmente. Y, en eso estaba, cuando oí tras de mí una voz masculina, baja y cascada:

-          ¿Bonito, eh?

     Sin volverme apenas a mi interpelante, hice un gesto de asentimiento y seguí copiando hasta concluir el texto. Para entonces, el anciano, ayudado de bastón, me había tomado una delantera que no quise, o no pude, superar. Sin duda, se trataba de uno de los acogidos a la residencia aneja e intercomunicada con el hospital, que solían pasear y platicar por los pasillos generales de este. Buena idea, la de los modernos rectores del nosocomio, de completar sus instalaciones con un asilo y unos tanatorios. Así podían prestar a la humanidad dolorida un servicio completo.

     Un par de días más tarde, a punto de recibir el alta, coincidí en uno de mis paseos con el mismo anciano, pero esta vez era él quien contemplaba el cuadro. Me hice el remolón para no perderlo de vista, pues parecía embelesado y hasta, un poco a escondidas, rozaba el marco con los dedos. Decidí devolverle la interrupción ya reseñada:

-          ¿Bonito, eh?, dije con cierto retintín.

     El viejo se volvió, un tanto sorprendido y, reconociéndome, sonrió, no sin cierta solemnidad:

-          Desde luego. Suelo venir todos los días a releerlo y comprobar que sigue aquí. Es muy importante para mí –concluyó misteriosamente.
-          ¿Y eso?, le pregunté sin mucho interés.
-          Son cosas mías. Ya sabe, los viejos… Por cierto, ¿cuando se marcha usted?
-          Mañana mismo, aunque tendré que volver a revisión y a quitar los puntos, la semana que viene.
-          Pues, si quiere conocer mi historia con Pablo Neruda, haga por verme cualquier día y le cuento. No hace falta que me avise; yo suelo estar casi siempre en casa.

     Y llevándose gentilmente la mano a la gorra, se despidió sin más palabras.

***

     Probablemente no hubiera hecho nunca por verle, pero me lo topé con ocasión de una de las consultas médicas ulteriores. Estaba él sentado en un banco del jardín frente a la fachada principal del hospital, tomando el sol mañanero. El veredicto del médico me había sido favorable y me encontraba optimista. Nos saludamos y me vi un poco forzado a sentarme un momento para conversar. Tras unos instantes hablando de salud y del tiempo, me recordó:

-          Tenemos pendiente una charla sobre Neruda. ¿Se acuerda?
-          Pues la verdad es que se me había olvidado. Tal vez, este fin de semana…
-          Excelente. ¿Le gustan las cartas o el dominó?
-          No especialmente.
-          Entonces la cafetería de la residencia, descartada. La biblioteca puede valernos. Por la tarde ya no va casi nadie a leer los periódicos. ¿Le parece el sábado a las cinco?
-          De acuerdo. Deme su número de teléfono, por si me surge algún impedimento.
-          Claro, y mi nombre. ¡Qué tonto estoy! Felipe Menéndez, para servirle.
-          Álvaro del Corral, encantado.
-          Ya lo sabía. He visto varias veces su foto en los periódicos. Por eso me he decidido a contarle mi historia.



2.    La poesía es un arma…

     Mi primer contacto con Neruda, quiero decir, con su poesía fue al final de la guerra civil. Pero vayamos por orden. Nací en un pueblo no lejos de aquí, donde aun tengo familia, pero mis padres decidieron trasladarse a Castellar, pues allí había unos grandes talleres ferroviarios en que él obtuvo trabajo como mecánico. Yo no era mal estudiante, pero ni mencionar lo de hacer el bachiller. Así que, terminada la escuela, me coloqué de ayudante de tipógrafo en El Noticiero, el periódico de más tradición en la ciudad. Ello me dio ocasión de ganar unas pesetillas y de leer y conocer a algunos de los escritores e intelectuales más famosos de aquel entonces. Y, aún más importante para mí, de cortejar a mi vecinita Marina con ciertas expectativas de futuro. Ella era hija de maestros y seguía estudios medios en el Instituto Don Juan. ¡Anda que no hice yo horas de verja, esperándola a la salida! Nos llevábamos muy bien –como usted comprenderá-, a pesar de las ínfulas que se gastaba, medio en serio, medio en broma, con sus propósitos de seguir la carrera de Químicas. Yo también la embromaba:
-          ¡Química, química! ¡Nos ha fastidiado la madame Curie! Ya te conformarás con manceba de farmacia.
-          Anda y quítate esa mancha de tinta grasienta que tienes en la mejilla, replicaba ella entre risas.
     Con todo, además de verjas y linotipias, también sacaba tiempo para hacer deporte, pues por naturaleza yo era un buen corredor de fondo. ¡La de quilómetros que me habré hecho por los pinares de los alrededores de Castellar! Los compañeros del periódico lograron, con la ayuda del director, financiar mi inscripción y viaje a la Olimpiada Popular de Barcelona de julio del 36. A mí la política me traía al fresco, pero la posibilidad de correr los mil quinientos en el estadio de Montjuich me cortaba el aliento. Aún recuerdo la despedida en la estación. Mi madre, con mucho tacto, se retiró al acercárseme Marina, que apareció en el último momento:
-          ¿Cómo eres capaz de marchar y dejarme sola, con la que se avecina?
-          Pero, Marina, si no es nada. Ir, correr y volver.
-          Ya veremos. Y, además, dentro de cuatro días es mi santo.
-          ¿Crees que se me ha olvidado?
     Hurgué en el bolso de viaje y saqué su regalo, envuelto en brillante papel satinado rojo. Era la Flor de Leyendas de Casona. Apenas había empezado Marina a desenvolverlo, la locomotora dio el pitido de inicio de la marcha. Besé raudo su cabello y monté en el vagón. Ella no sabía qué hacer, ni yo qué decir. Mi madre, en cambio, dominaba la situación: tomó a Marina del brazo y me dijo a voz en cuello:
-          ¡No pierdas de vista el equipaje!
     El equipaje… Un sencillo bolso, en que la tortilla era compañera de las zapatillas de clavos, y una mente confusa, donde la imagen de las dos mujeres entre el humo era vecina de sueños de gloria olímpica. Luego, el sol de la tarde me hirió en los ojos y fundió en dorado y negro las hermosas vivencias de mi juventud.
***
     Mi juventud… Yo tenía entonces dieciocho años, de modo que me quedaba mucha mocedad por delante, pero la guerra me la robó. Ya sabrá usted que la famosa Olimpiada Popular hubo de suspenderse por el Alzamiento. Castellar quedó muy dentro de la zona nacional, mientras Barcelona pudo mantenerse fiel a la República. Como tantos otros, mi opción bélica consistió en aceptar el bando dominante en donde me encontraba y elegir entre ir voluntario o esperar el llamamiento. En lo que a mí respecta, me empleé en La Vanguardia, aprovechando mis conocimientos y los huecos que dejaban las incorporaciones a filas. Procuré mantenerme al margen de violencias y querellas y llegué al verano de 1938 sin haber disparado un tiro. La batalla del Ebro fue determinante para mi movilización y, durante unos meses, combatí como todos mis compañeros, entre la desmoralización y el heroísmo. No le voy a cansar con la crónica de mi milicia, pues no es ese el objeto de nuestra entrevista. Así que nos trasladaremos a finales del treinta y ocho, cuando estaba a punto de caer Barcelona y los restos de un ejército vencido y desorganizado trataban de establecer el último frente, en la zona montañosa limítrofe con la provincia de Gerona, a lo que me parece, sin más objetivo definido que el de facilitar la huida a Francia de cuantos no quisieran convertirse en esclavos o víctimas de Franco.
     Parecería que la imprenta me persiguiera. Uno de esos días, fríos y húmedos, de aquel difícil otoño, vinieron a pedir voluntarios para una misión patriótica que requería ciertos conocimientos de mi oficio. Aunque sólo fuera por salir de la monotonía y del barro di, con algunos otros, el paso al frente y, en un instante, nos encontramos en un altivo monasterio convertido en abigarrada empresa editorial, donde parecía estar al mando un amable hombre aún joven, soldado de apariencia bohemia, andaluz por más señas, aunque llevara el rotundo apellido vasco de Altolaguirre. En cuanto se enteró de mi currículo, sonrió de oreja a oreja y pareció designarme su ayudante, con el siguiente rasgo de confianza:
-          Déjate de formalismos. Puedes llamarme Manolito o Manoli.
***
     El objetivo de aquella empresa bélico-editorial era dar cima a la publicación de una vitriólica obra poética de un tal Neruda, chileno por más señas, que había ido escribiendo a golpe de episodios y desgracias guerreras. Al parecer, ya divulgada con éxito en Chile, había tratado de editarse en Madrid, pero el caso es que la última oportunidad de darla a la luz era en Cataluña, para así difundirla también por Europa, como propaganda de calidad al servicio de la República. Manolito nos arengó:
-          Hermanos, esta es una batalla tan importante como la del Ebro y, aunque menos sangrienta, no menos trabajosa.
     ¡Y qué razón tenía! Nadie lo ha descrito mejor que el propio Neruda, en sus hermosas y fantásticas Memorias. No le crea usted aquello de que su libro era nuestro orgullo, pero sí en casi todo lo demás: en que improvisamos el papel con todo cuanto pudiera contener celulosa, banderas enemigas y túnicas ensangrentadas de moros incluídas [2]; en que los libros, aún calientes, fueron cargados en sacos a hombros de soldados, como si fueran valioso y mágico equipaje; que muchos quedaron desparramados por los caminos, al bombardear la aviación enemiga; finalmente, que los ejemplares que lograron pasar la frontera fueron requisados y quemados por los gendarmes franceses, cual discípulos de Torquemada. En fin, dicen que de aquella edición, tan pulida y amorosamente compuesta, sobrevivieron cinco ejemplares para dar fe de nuestros afanes. Si cumplieron los objetivos políticos propuestos, sería ante la Historia, pues la guerra ya sabe usted que concluyó enseguida y cómo acabó.
***
     Fue pena que no pudiera conservar los dos ejemplares del libro España en el corazón que guardé un par de semanas bajo los calzoncillos: a estas horas, sería millonario. Pero no me habría sido fácil eludir los registros, habiendo pasado por tantas cárceles y campos de concentración. En fin, la vida sí logré conservarla y, allá por el año cincuenta, volví a Castellar y, con el permiso de la policía y las bendiciones de los antiguos propietarios de El Noticiero, reanudé mi trabajo. Claro que había que represaliarme por desafecto: de cajista pasé a repartidor. Aquí donde me ve, parte de mi encorvadura se debe, no a la edad, sino a cargar con pesados fardos de periódicos y a lanzarlos, si se terciaba, desde el motocarro o la furgoneta. Pero se está haciendo tarde y no quiero que se vaya usted sin una anécdota muy jugosa, para echar el cierre a esta parte de mi historia.
     En 1959, me enteré por la prensa que Manolito Altolaguirre vendría a España, desde Méjico, a presentar en el Festival de San Sebastián, fuera de concurso, una película que había dirigido, nada menos que sobre el Cantar de los Cantares. Me faltó tiempo para ir a esperarle a Barajas. Yo estaba harto de este país y pensaba que algún trabajillo podría tener para mí, a mis cuarenta y un años, en tierras aztecas. La verdad es que estuvo encantador: me reconoció, me invitó a comer y hasta me dio todo un recital sobre los poetas del exilio. Yo, por decir algo, le saqué el tema de Neruda. Manoli se entusiasmó:
-          Ya sabes que ha confirmado lo que esperábamos de él y se ha convertido en uno de los grandes poetas de este siglo; y, lo que es más importante, en conciencia y ejemplo para todos, aficionados a la poesía o no.
No sé si llegóme la hora o si me acordé de aquel soldado muerto junto al camino con un saco de Españas a su lado. El caso es que le repliqué:
-          Sí, ya he leído su elegía a Stalin y los elogios a los barbudos que acaban de hacerse con el poder en Cuba. ¡Pobrecito don Pablo!, lo que habrá sufrido por cuanto ha tenido que callar para que el árbol rojo floreciera.
     Comprenderá usted que mis esperanzas de trabajo en Méjico acabaron aquí. De hecho, me levanté incontinenti, estreché la mano de Altolaguirre y me despedí con una sonrisa:
-          Te deseo lo mejor en el Festival. Después de todo, el cine es más manipulable que la vida.
     ¡Pobre vate malagueño! Días más tarde fallecía, regresando de Donosti, en un accidente de circulación. Verdaderamente, me ratifico en lo de que la vida es menos manipulable… y más frágil.
***
     El bueno de Felipe Menéndez calló por fin e hizo ademán de levantarse. Me incomodé, aunque en tono jocoso:
-          Hombre, don Felipe, no me irá a dejar con la miel en los labios. ¿Qué fue de la dulce Marina? ¿Y de su relación con el cuadro del pabellón de San José?
-          Lo siento, don Álvaro, pero es la hora de la merienda y, por otra parte, la próstata me está reclamando su tiempo. Así que, si quiere conocer el final de esta historia, podemos quedar para el próximo sábado, a la misma hora.


3.   … Cargada de futuro

     Así que el pasado sábado estaba usted muy intrigado con Marina y con el cuadro del pabellón de San José. Lo cierto es que una cosa lleva a la otra, como también que tengo pocas ganas de contarle en detalle mi relación marinera. A fin de cuentas, mi compromiso, y mi interés, es hablarle de la influencia de Neruda en mi vida. Si para eso tienen que salir a colación otras cosas, pues qué le vamos a hacer.
     En sus respuestas a mis cartas, mi madre siempre había sido muy imprecisa, so pretexto de que las abrieran y censuraran. Por otra parte, ¡qué me podía importar a mí, en el exilio, lo que fuera o no fuera de mi vecinita medio novia! Valía más vivir la vida que me tocaba en suerte –y poco fácil, no se vaya usted a creer- y no reconcomerme con lo que había dejado en España. En fin, una vez en Castellar, llegó el momento de indagar con mayor detalle. Pero tampoco es que fuera mucho lo que tenían que decirme.
     Los padres de Marina –maestros, como le dije- lo habían pasado bastante mal. Don Juan había estado incluso en la cárcel y, lógicamente, había perdido la carrera. A la madre la desterraron de Castellar y la mandaron al Burgo de Osma, adonde fue con Marina y su hermano pequeño. Ahí se perdían las noticias directas. Por referencia de unos familiares, mi madre había llegado a saber que la chica se había casado (como era de esperar) y tenía familia. Ignoraba si había terminado sus estudios ni si trabajaba fuera de casa. Con todo ello, tuve bastante para no buscarla ni escribirle. Tampoco es que yo fuera alguien: ¿qué podía yo ofrecerle, caso de que pudieran borrarse de un plumazo quince años?
     Pero la vida da muchas vueltas. La primera, fue tomando un café de madrugada con Salcedo, un redactor de El Noticiero, con el que había charlado varias veces cuando yo iba a cargar fardos de los periódicos que él y tantos otros llenaban de palabras y, con el permiso del talento y la censura, de ideas. Me preguntó:
-          ¿Sigues enfadado con Neruda y su comunismo de opereta?
-          ¡Bah!, es agua pasada. ¿Por qué me lo preguntas?
-          Pues porque me ha llegado un libro de él, algo antiguo ya, pero que es de una gran belleza. Se titula Los versos del Capitán y, si quieres, te lo presto, pero con vuelta, que no ha sido fácil conseguirlo.
    Lo leí y tuve que descubrirme. No era yo muy dado a exaltaciones amorosas, pero la verdad es que era muy bello. Con mi buena memoria de entonces, aprendí diversos pasajes de varios de los poemas. Del último de ellos, muy largo, La carta en el camino, tuve la santa paciencia de copiarlo a mano y pasarlo luego a máquina. De alguna manera, me sentía identificado con el soldado y -¡cómo no!- puse el rostro de Marina a la poética destinataria, aunque nosotros no hubiéramos llegado ni con mucho a tanta intimidad como el poema reflejaba. Lo que no me gustaba era aquello de
que yo debí marcharme
porque soy un soldado,
   
    No sé, me parecía como que el tipo se iba voluntario, buscando no sé qué de mejor y más necesario que el amor; aunque, después de todo, el debí marcharme podía ser una imposición de otros. Más o menos, como nos había pasado al noventa por ciento de los soldados que en el mundo hemos sido.
***
      La segunda vuelta de la rueda de la vida se completó un par de años más tarde, allá por el sesenta y cinco. En la Plaza del Campillo, me di de manos a boca con Marina. La mujer había venido a Castellar al entierro de una tía. No crea, que me costó un poco reconocerla, pero ella me identificó al momento. Muchas veces había pensado cómo sería el posible reencuentro y qué tal me portaría en tal caso. La verdad es que todo fue sencillo, como la seda. Tan es así que, después de dar más vueltas que un trompo, charlando por los codos, terminamos en mi cafetería favorita, en la calle Santiago, ante unas cañas y un platillo de gambas:
-          ¿No te descabalará el presupuesto?, me preguntó irónica.
-          Todavía puedo permitírmelo, que estamos a día diez.
     Marina no se explayó sobre el tema, pero me dio a entender que su matrimonio no iba muy allá y que los hijos eran lo que lo mantenían a flote.
-          Ya estarán muy mayores y cada vez tendrás más tiempo libre. ¿Por qué no te buscas algún empleo de no mucho trabajo?
-          No creas que no lo he pensado. Y lo que más me gusta sería colocarme en una de las farmacias del pueblo.
     Nos echamos a reír de buena gana. Después de todo, madame Curie podía acabar despachando aspirinas.
     Era casi la hora de comer y no encontrábamos la forma de despegarnos. La invité a almorzar pero –como me figuraba- ella lo descartó con una disculpa cualquiera. Yo sabía que tenía que decirle algo que me ahogaba, y también conocía su respuesta, para el caso de que me atreviera a tanto. Finalmente, cogí una de las servilletas y, sin dejar de escucharla, escribí el fragmento del poema que figura en el cuadro del pasillo del hospital; así, tal cual, sin la referencia a que el soldado tenía que irse, que ni me gustaba, ni cuadraba para la ocasión. Doblé el papel, se lo entregué, besé su cabello como el día de la estación y salí un tanto acelerado del local. Atrás dejaba toda mi osadía y mi mensaje. Apenas me acordé de parar en la barra y abonar la consumición. ¡Menudo papelón si, al final, hubiera tenido Marina que correr con el dispendio!
***
     La vida siguió dando vueltas y, en una de ellas, me llegó al periódico una carta sin remite, ni falta que hacía, pues el matasellos era del Burgo de Osma. La abrí y casi me da un infarto. Dentro iba la servilleta de marras, sólo que al pie de los versos, figuraba una nota de ella: ¿Nacerá la primavera en nuestra cafetería, el próximo día 10, a la misma hora? No era tan poética como Neruda, pero a mí me emocionó mucho más. Por supuesto que nació la primavera, o tal vez sería mejor decir el otoño. ¿Qué más da? Eso era en mil novecientos ochenta, ya sabe, un poco tarde para casi todo, menos para tomarnos la revancha de la soledad y de la guerra. Después de todo, el famoso Neruda me había devuelto con creces mi dedicación a su obra de tantos años atrás.
     Está visto que tengo que acabar siempre con alguna anécdota divertida. El otro sábado, fue la de Manolito Altolaguirre. Hoy le toca al pobre Salcedo, que en paz descanse; ya sabe, mi compañero en El Noticiero. Como yo había ingresado tan tarde en el periódico, tuve que esperar a jubilarme con setenta años. Eso fue en 1988. Me colocaron de ordenanza en la última época y me convertí en una institución. Bien, el día antes de la comida de despedida, Salcedo me llamó aparte y me dijo:
-          Felipe, estoy a régimen estricto y me revientan los adioses. Así que dame un abrazo y toma mi regalo; un libro, como es de rigor. Verás cómo te gusta.
     No quiso que lo abriera hasta llegar a casa. Era Ardiente paciencia [3]. Lo leí de un tirón. ¡Qué desgraciado, el Salcedo! Me había calado hasta el fondo. Porque, como usted supondrá, nunca le revelé a Marina que yo no era el autor de los versos mágicos. Tal vez no hiciera falta la confesión, pues no me ha llamado nunca Dios por la poesía. Y, ¡qué demonios!, como dijo no sé quién, el arte no es propiedad de quien lo crea, sino de quien lo necesita. Y nadie mejor que el comunistón de Neruda para poder entenderlo.
***
     Como el sábado anterior, Felipe hizo ademán de levantarse. Yo bien sabía que no quería que le preguntara por sus relaciones otoñales con Marina. Le embromé:
-          ¿Qué, don Felipe, la próstata?
     El sonrió con complicidad:
-          Y la merienda.
-          Si es por eso, le invito al mejor chocolate con churros de la ciudad.
-          No me tiente, don Álvaro. Ya está todo dicho.
-          Pero no escrito. Voy a pasar a limpio mis notas y mis recuerdos. Cuando lo tenga listo, volveré a que me dé el visto bueno.
-          No dudo de su pulcritud y buena fe. En todo caso, gracias. Y cuídese esa hernia.


4.   Epílogo
     Muchas cosas más supe de Felipe, y de su relación con Marina, gracias a mi curiosidad insaciable y a la benevolencia de sus compañeros y cuidadores de residencia, con los que aún convivió tres años más. Mas esas cosas las guardaré en mi almario, como mis discrepancias con su relato de los sucesos relativos a la edición o ediciones de España en el corazón durante nuestra guerra incivil. Es probable que la historia de Felipe Menéndez sea poco interesante, pero mi erudición libresca lo sería mucho menos aún. Así que dejemos las cosas como él las quiso.
     Por cierto, volví con el texto de este relato –según lo prometido- para que él lo aprobara. Con toda benevolencia, días después me lo devolvió con sus bendiciones. Sólo planteó una objeción, por el título de los capítulos:
-          La poesía es un arma… cargada de futuro. No me gusta –expresó-, no me gusta nada. Me huele a esos poetas que disfrutan poniendo su talento al servicio de la guerra, o de alguno de los contendientes, que no sé si todavía es peor.
-          No, hombre, no –repliqué-. Es un poema de Gabriel Celaya, que he aprovechado para definir las dos etapas de su relación con la poesía de Neruda. En fin, si no le gusta…
-          No, no, déjelo, don Álvaro. A fin de cuentas, ¿quién soy yo para discutir el valor de la poesía?

[1]  Con la importante omisión de dos versos entre el tercero y el cuarto de los citados (que yo debí marcharme/porque soy un soldado), resultó ser -como más tarde supe- un fragmento del último poema del libro Los versos del Capitán (1952), titulado La carta en el camino.
[2]  Esta y las siguientes referencias coinciden, en efecto, con el texto de Confieso que he vivido. Memorias, de Pablo Neruda. Se ve que mi interlocutor tenía aún buena memoria, aunque no es que el gran poeta sea en esto testigo de referencia fiable como contraste.
[3]   Luego llamada El cartero de Neruda. Conocida novela de Antonio Skármeta, publicada en 1985, que dio lugar, diez años más tarde, al guión de una película, así mismo de gran éxito.