miércoles, 15 de septiembre de 2010

El asunto Gógol

     Una orden imperial forzará una investigación sobre las extrañas circunstancias de la muerte de Nicolás Gógol (1809-1852) y de la destrucción por el fuego de parte de sus obras. Bajo la escrutadora mirada de un policía culto y minucioso, pasarán personas y personajes, reales en su mayoría, que irán dando sus propias y peculiares pinceladas al retrato del gran literato. Al final, las dudas iniciales se habrán despejado, pero quedará siempre el gran interrogante: ¿qué puede hacer de un hombre cualquiera un excelente artista? Y, en este caso, ¿por qué el creador de una obra de arte no va a tener la fuerza y el derecho de destruirla?

1.       Órdenes de San Petersburgo
     “A la atención de Su Excelencia el Comisario Principal, Maxim Pétrovich Artamónov, en Moscú.
     “De orden de Su Majestad Imperial, se servirá redactar y enviar a este Ministerio del Interior, en el  plazo máximo de tres meses, un completo informe sobre las causas del fallecimiento en esa Ciudad, el pasado 4 de marzo, del ilustre escritor Nicolái Vasílievitch Gógol. Hará extensivo dicho informe a investigar lo que haya de cierto en los rumores acerca de la destrucción, por esa misma fecha, de alguna o algunas de las obras del citado literato y, en su caso, de las causas de la misma.
     “S.E. dará al informe de referencia la máxima prioridad, empleando para ello los medios materiales y personales que juzgue convenientes.
     En San Petersburgo, a 26 de marzo de 1852.- El Ministro del Interior.”
      S.E. el Comisario Principal de Policía de la Ciudad y Distrito de Moscú, llamado por todos sus subordinados el Jefe o Kutúzov, no era hombre que se asombrase por casi nada. A sus sesenta y tres años de edad y diez como Comisario Principal de Moscú, había recibido numerosas comunicaciones del Ministro del Interior, con los más variados objetos. Incluso el de orden de su Majestad Imperial no era algo insólito. Hasta había llegado a pensar si algunos Consejeros imperiales no se aprovecharían de la buena voluntad del zar para forzar la mano en ciertas investigaciones policiacas. Así que, con su tranquilidad acostumbrada, releyó la orden y anotó en una hoja con membrete oficial aquellas palabras o expresiones que juzgaba más relevantes: “tres meses”, “muerte de Gógol”, “informe de máxima prioridad”. Posó la pluma en el tintero y se disponía a guardar el documento matriz en una carpeta rubricada “Urgente, en curso”, cuando sus ojos fijaron la atención en lo que resultó verdaderamente inusitado para el veterano policía: “destrucción de las obras… y las causas de la misma”.
      Artamónov sintió que un escalofrío recorría su columna vertebral, como aquél histórico día de Borodino, hacía ya cuarenta años, cuando participó en la gloriosa  y mortífera carga de caballería del príncipe Bagration. No era, por supuesto, cobardía ni indisciplina: se trataba de la inseguridad ante lo desconocido, de la desconfianza en llegar a dar cuanto se esperaba de él. Y es que el comisario no se había ganado el glorioso alias de Kutúzov por el mero hecho de que fuera bajo, macizo, cetrino y con unas pobladas cejas que imponían respeto. No, el apodo era fruto también de la similitud de caracteres, de esa manera de ser rocosa, tenaz y casi indestructible, nacida de la paciencia y de la impasibilidad. No vamos a poner en duda que Artamónov hubiera tenido, muchos años atrás, la fama de policía duro e inflexible, pero ahora su credo se resumía, como los mandamientos del decálogo, en dos: Dar tiempo al tiempo y escoger acertadamente a los colaboradores.  El primero de ellos tenía en la deformación profesional de nuestro policía una comparación, ciertamente no muy suave: “La verdad, como los ahogados, aflora a la superficie a su debido tiempo”. Y, en cuanto a la elección de sus subordinados, Artamónov se valía de una estadística casi infalible: cuatro infatigables por uno inteligente. Ello nos pone sobre la pista, no sólo de la manera de opinar del Jefe, sino también de la forma esencialmente rutinaria con que entendía la función policial.   
      Kutúzov recapituló sobre la situación con su estrategia acostumbrada. Dirigiría personalmente la investigación sobre la muerte de aquel Gógol, cuyo nombre le resultaba ligeramente familiar. Pero, ¿a quién diablos iba a confiar la información sobre la hipotética destrucción de sus obras y las causas de la misma? ¿Qué policía podría ser capaz de desentrañar los arcanos de la mente calenturienta de un literato? ¿Alguno de sus inmediatos colaboradores conocería tan a fondo la obra de Gógol como para discernir lo legado y lo destruido? El Jefe releyó, por enésima vez, la orden de San Petersburgo y una sonrisa iluminó su rostro. Su Majestad parecía interesarse directamente por la suerte de las obras de Nicolái Vasílievitch, a quien elogiosamente se calificaba de “ilustre escritor”. Pues bien, encargaría la investigación a aquél de sus inferiores que fuera capaz de explicarle el porqué del interés imperial… Eso, suponiendo que Su Majestad, Nicolás I, estuviera detrás de aquel embrollo.

  1. El Inspector Kuriakin entra en acción
     Dos días más tarde, tras convocatoria por Artamónov de sus seis colaboradores más próximos, se celebraba en la antesala de su despacho la reunión de la que saldría la designación de los policías Gógol. El Jefe tenía muy claro que el comisario Láurov sería su delegado o segundo en la investigación sobre las causas de la muerte. Para escoger al encargado del aspecto literario de la indagación, Kutúzov dejó caer la pregunta preparada:
-          ¿Por qué creen ustedes que Su Majestad se habrá interesado especialmente por la muerte del escritor Gógol?
      Pasó cosa de medio minuto sin que nadie rompiera el silencio. Cuando Artamónov estaba a punto de encargarse, mal de su grado, de la indagación completa, una voz le cortó:
-          Perdone, señor Comisario Principal, supongo que será porque el zar sentía cierta predilección por Nicolái Vasílievitch y su obra. De hecho, le defendió de la Censura en varias ocasiones. Que yo sepa, la decisión de Su Majestad fue determinante para que se autorizara la representación de El Inspector General, que tan gran éxito ha tenido desde entonces. También se dice que la opinión imperial estuvo detrás de la aprobación del título de Las Almas Muertas, que inicialmente tuvo que aparecer con el ridículo nombre de Las Aventuras de Chíchikov.
     Artamónov había ido fijándose en su interlocutor mientras este hablaba. Sí, sin duda se trataba del Inspector de Primera, Kuriakin, subjefe de la sección administrativa  de la Jefatura de Policía moscovita, que asistía a la reunión en sustitución de su superior inmediato, el comisario Ribakovski, quien se encontraba con gripe. El Jefe bendijo mentalmente tan oportuna enfermedad, que le permitía haber encontrado a su hombre. No obstante, la cuestión era peliaguda, y Kutúzov decidió apretar las clavijas:
-          ¿Y qué me dice de los rumores de que Gógol, u otra persona, pudiera haber destruido parte de sus obras?
-          Bueno, no sería la primera vez. Hace muchos años, cuando era poco más que un adolescente, Nicolái Vasílievitch ya recogió de las librerías y quemó todos los ejemplares invendidos de su primera obra –publicada a expensas suyas-, como consecuencia de haber sido causa de irrisión para la mayor parte de los críticos.
     Artamónov quedó tan asombrado de la erudición gogolesca de Kuriakin, que no pudo por menos de soltar un exabrupto:
-          ¿Pero, qué rayos…? ¿Acaso era usted amigo íntimo del escritor?
-          Espero que Su Excelencia no lo diga en serio, pues soy hombre casado y de buenas costumbres –fue la respuesta sibilina del interpelado-.
***
     A la mañana siguiente, Artamónov encargó oficialmente a Kuriakin la información oficial sobre la presunta destrucción de obras de Gógol y sus causas. Seguía sin tenerlas todas consigo, al confiar el encargo regio a un subordinado de segunda categoría. No obstante, el hombre parecía ser un tipo templado, buen conocedor del oficio (su expediente personal lo acreditaba) y notable entendido en el literato y su obra para ser un simple policía, sin concomitancias con la Censura. De todas formas, El Jefe echó el resto:
-          Lleve usted personalmente lo esencial de la investigación y déme cuenta por escrito de la marcha de la misma cada dos semanas.
-          Sí, señor Comisario Principal.   
-          No se eternice usted. Recuerde que no cuenta con más de ocho semanas para rendir el informe definitivo.
-          Sí, señor Comisario Principal.
-          Y  recuerde que  nos la jugamos. Pero, si yo termino de comisario en los Urales, me encargaré personalmente de que usted acabe de policía raso en Siberia.
-          Lo sé, señor; aunque, después de todo, Siberia no es mal sitio. Yo nací en Tobolsk.
-          Retírese, Kuriakin, antes de que acabe con mi paciencia. ¡Ah!, y ya sabe que cuenta con todos los medios legales para llevar a cabo su labor.
-          Gracias, señor. Me bastará con un par de mis hombres y con la ayuda del Ministerio de Exteriores, para algunas averiguaciones, en Roma y otros lugares.
-          ¿Exteriores? ¿Es que el tal Gógol también era diplomático?
-          Desde luego que no, señor, pero pasó buena parte de sus últimos años fuera de Rusia.
-          Lo que faltaba, un mal patriota. ¿Qué habrá visto la Corte en ese individuo para interesarse tanto por él?
     Kuriakin hizo una leve inclinación de cabeza y salió del despacho. Después de todo, ni Artamónov ni él eran nadie para decirle al zar por quien tenía o no tenía que interesarse.

  1. La investigación literaria (primera parte)
     Kuriakin pasó los dos días siguientes repasando las noticias necrológicas de la muerte de Gógol, releyendo algunas de sus mejores obras y ordenando el abundante material que la policía había ido recogiendo sobre él a través de los años. No se preocupó de los aspectos técnicos de la investigación (tales como vigilar el domicilio del escritor y registrar sus pertenencias), dado que Artamónov ya se había encargado de ello. Se trataba, ante todo, de confirmar la supuesta pérdida de parte de las obras inéditas y, de ser así, averiguar las causas y depurar responsabilidades. El inspector tenía muy claro que habría de huir de los prejuicios y hacer un trabajo lo más objetivo posible. Con todo, su olfato profesional y el conocimiento previo que tenía del entorno final del literato, le llevaron a empezar por tres fuentes básicas: los criados que habían atendido a Gógol en sus postreros días, el pope que le había dirigido espiritualmente en los últimos tiempos, y los datos y referencias policiacos más dignos de crédito. Con ese esquema mental y el pie forzado de las ocho semanas, Kuriakin puso manos a la obra. He aquí lo más relevante de su instrucción, según los resúmenes que fue pasando a Artamónov “cada dos semanas”, como imperiosamente el Jefe le había ordenado.  
***
     No encontrará nadie mejor que yo, señoría, para informarle acerca de lo que usted quiere saber. En mi condición de mayordomo del escritor Gógol –que Dios tenga en su gloria, aunque lo dudo- estuve perfectamente enterado de su vida y obras, como ya ha tenido ocasión de comprobar el comisario que me interrogó hace unos días. Y es que yo no soy un criado cualquiera. Pertenezco a la distinguidísima casa del príncipe Iliushin, quien hace dos años me confió la dirección de la del escritor, en cuya sala ahora nos encontramos. No sé qué razones pudiera tener mi señor para ayudar a Nicolái Vasílievitch como lo hizo. Soy persona muy discreta, pero le informaré –como es mi deber- de que, desde que hace cuatro años regresó el señor Gógol a Rusia, el príncipe Iliushin y otros distinguidos caballeros han corrido con los gastos de esta hermosa casa del bulevar Nikitsky en que aquél residió hasta su muerte, así como con los salarios correspondientes a la servidumbre, incluido yo mismo. Supongo que también debían de pasarle una asignación en metálico, pues el tren de vida de su patrocinado, aun sin ser ostentoso, resultaba muy superior a sus magros beneficios literarios y a las escasas rentas de las propiedades que pudo heredar de sus padres en Ucrania.
     No le ocultaré que el señor Gógol, aunque de carácter afable y considerado, me resultó un amo insoportable. En varias ocasiones pedí al príncipe mi retorno a su casa, pero él siempre se negó a mi deseo, entre carcajadas. ¿Que por qué no quería seguir al servicio del señor Gógol?  Hasta hace unos meses, el motivo principal fue el de que llegué a dudar fundadamente de su sexo. Es cierto que pasaba por un hombre y su bigote –entre otras cosas- acreditaba la condición masculina, pero tenía el vestidor lleno de las más diversas y abigarradas prendas de mujer y su baño, de cremas, perfumes y afeites. Vestía al modo femenino cada vez que se ponía a escribir en su gabinete y llegó a recibir de tal guisa a los pocos amigos (casi siempre, escritores y editores) que le visitaban. Rechazaba  la presencia de mujeres entre la servidumbre y tenía miradas y actitudes equívocas hacia los criados y proveedores jóvenes y viriles que le frecuentaban. La verdad, señor, uno no ha nacido ayer y, por otra parte, jamás habría consentido una insinuación procaz de otro hombre. Lo que me inquietaba de mi amo era ese no saber a qué carta quedarme, aunque le aseguro que en su intimidad él parecía sentirse mujer y sufría por no poder expresarse como tal en público.
     En los últimos meses de su vida, el señor Gógol  tuvo un cambio brusco, que parecía cosa del diablo, aunque tuviera que ver con hombres de iglesia. Pasaba gran parte del día en oración, usaba flagelos y cilicios y, finalmente, vino en descuidar su apariencia, velar toda la noche y ayunar brutalmente. Yo pienso, señor, que tales cosas pueden ser buenas con moderación pero, llevadas al extremo, resultan obras de Satanás. Como era inevitable, mi señor perdió la salud en el empeño y, con poco más de cuarenta años, hubo de bajar a la tumba. Y no será por falta de cuidados de quienes le atendíamos, ni de los buenos consejos de sus amigos. En fin, en sus últimos días también ayudaron a llevar su alma a la otra vida los tratamientos médicos consuntivos y los consejos del pope Konstantinovski; de modo que yo no sé si el señor Gógol se dejó morir recluyéndose en su lecho, o le ayudaron a ello con sangrías y vomitivos. En cualquier caso, para mí que ya estaba condenado, en toda la expresión de la palabra.
     Sí, sí, le informaré sobre la quema de sus obras, o de la parte de ellas que fuera. Sucedió en la noche del 24 al 25 de febrero y la vi con mis propios ojos, pues entré en su gabinete de trabajo al percatarme de que el escritor chillaba como un poseso y por la rendija de la puerta salía una claridad extraordinaria. Intenté evitarlo –ya se lo dije al comisario Láurov-, pero me fue imposible. ¿De qué obras se trataba? ¡Qué sé yo, señoría! Ni tampoco puedo decirle por qué lo hizo. Para mí que, entre ayunos, vigilias y otros excesos religiosos, mi señor perdió la razón. De hecho, a la mañana siguiente, por toda explicación decía constantemente “ha sido el Diablo que me engañó; ha sido el Diablo quien me impulsó a hacerlo”. Yo no diría tanto, pero ciertamente su tentación no habrá faltado en ello.
     De todas formas, le diré algo, señor inspector, que, por inadvertencia, pasé por alto en mi declaración anterior. No creo que la pérdida por el fuego sea irreparable. Mi señor tenía la casa llena de borradores y papeles sueltos de sus obras. Yo no soy quién para afirmarlo, puesto que nunca curioseo en las cosas de mis amos, pero creo que el señor Gógol repetía y retocaba una y otra vez pasajes de sus escritos, que luego olvidaba o revolvía, hasta verse obligado a rehacerlos. Al morir y tener que limpiar la casa para las primeras visitas y exequias, llené carpetas y carpetas con sus textos y subí todas al desván de la casa. Allí están guardadas, sin duda, y tal vez Su Señoría pueda  sacar partido de ellas y comprobar si se corresponden, o no, con trabajos ya publicados. Si lo desea, puedo acompañarle hasta el lugar donde deposité todo, un tanto precipitadamente. ¡Ah! Hubo una frase de mi señor que me quedó grabada. La pronunció dos días antes de morir. Dijo, mirando hacia la chimenea de marras, “sufrid y purificaos, almas benditas, en el Purgatorio”. ¿Qué cree usted que querría decir con eso?
***
     Ilya, el mayordomo, habló tanto y de continuo, que me ahorró tomar declaración a los dos criados subordinados a él. Simplemente, me aseguré a través el príncipe Iliushin de que era un hombre de fiar, y  confirmé por el mismo conducto la mayor parte de sus manifestaciones. Y, lo que era aún más importante, descubrí el depósito documental del desván, que había pasado desapercibido a los hombres de Láurov. Más adelante, el hallazgo resultó precioso para reconstruir algunos capítulos de la segunda parte de Almas Muertas y, sobre todo, para captar su espíritu, su esquema y –en mi modesta opinión- su escasa calidad e interés.
     Ilya había resultado accesible y hablador. No sucedió lo mismo con el pope Matvei Konstantinovski, el mentor de los últimos tiempos en la vida de Gógol. El hombre estaba entonces en el cenit de su prestigio religioso, que basaba en una imponente presencia y en su fama de ascetismo y santidad. Puso toda clase de dificultades a mi propósito de interrogarlo, hasta que me vi obligado a esgrimir los plenos poderes de Artamónov, basados en  la existencia de una especie de ukase imperial. Aún así, me forzó a celebrar la entrevista en la sede del Metropolitano, en presencia de un delegado de este. Yo repliqué sometiéndole a un interrogatorio en toda regla, detallado y formalista, que en diversas ocasiones estuvo a punto de hacerle perder los nervios. No cabe duda de que se trataba de una persona firme y serena, pero la soberbia y actitud a la defensiva jugaban en su contra. Resumiré seguidamente el contenido de sus principales respuestas. Las preguntas, lógicamente, se infieren de aquellas.
-          Conocí a Nicolái Vasílievitch hace unos tres años, cuando regresó de un largo viaje a Tierra Santa y se presentó en la sede del Metropolitano para entregarle unas reliquias allí adquiridas. En aquella ocasión, nos saludamos e intercambiamos algunas palabras. Yo apenas había oído hablar de él y, desde luego, él no me conocía de nada. Pero me admiró la devoción con la que se refería a su viaje. Saqué la impresión de que Dios le había inspirado durante el mismo.
-          Hace cosa de seis meses, el señor Gógol me pidió una entrevista, a través de uno de los vicarios del Metropolitano. Habló de la profunda religiosidad que le había inculcado su madre desde niño, así como de la terrible impresión que había sufrido luego de la muerte de su hermano menor, Iván; de su inquietud por haber llevado hasta entonces una vida alejada de Dios y merecedora de la condenación eterna; de sus deseos de conversión, no sólo en bien propio, sino de la regeneración de Rusia.
-          En aquella primera entrevista no entró en detalle de sus pecados, pero me pareció un hombre atormentado por los remordimientos. Se refirió a sus constantes desarreglos mentales y me pidió ayuda y consuelo espiritual. Era un alma sensible y tocada por el Altísimo, pero nunca supuse –como usted parece dar a entender- que fuera homosexual o tuviera cualquier otro pecado de la carne. Yo creí, y sigo creyendo, que su mayor dolor era el de haber llevado una vida ociosa y perdida, dedicada a escribir necedades, sin otras preocupación que la de encontrar la gloria como literato y lo que él llamaba “su perdida inspiración”.
-          Las gentes hablan y hablan del padre Matvei, según lo que su ignorancia les dicta. No soy un santo, sino un religioso que busca agradar a Dios, procurando la salvación de sus hermanos. En sucesivas entrevistas y contactos con Nicolái Vasílievitch le recomendé y sugerí vivamente lo que yo mismo me aplico: una vida ascética, entregada a la oración, el ayuno y el desprecio de las cosas del mundo. En ningún caso le aconsejé llevar esas prácticas hasta el extremo de perder la salud, meterse en la cama y dejarse morir. Él era un alma escogida y apasionada, que tal vez llevó su amor hasta la sin medida en que otrora había situado su ambición y su ligereza. Y no puede olvidarse la incidencia de los pecados de la carne, a los que usted ha hecho antes referencia en sus preguntas.
-          En sus últimas semanas, Gógol me hacía constantes  referencias a algo que convertiría su vida a Dios y haría un gran bien a sus hermanos. Parece que consideraba sus Almas Muertas (obra digna  de indudable reprobación) como un trasunto del infierno. Me dijo que, si Dios le daba vida y fuerzas para ello, le agregaría otras dos partes, Purgatorio y Paraíso, cantando la gloria de Jesucristo y la salvación de las almas, a través del ejemplo de los grandes hombres y de los méritos de Nuestro Señor. Yo juzgué tal propósito como una tentación de Satanás, que, en el fondo, volvía a llevar al escritor por el camino de su vocación mundana, y le exhorté a abandonar sus nefandos propósitos. Recuerdo que, haciendo un símil adecuado al caso, le apostrofé: “Nicolái Vasílievitch, el lugar para las almas del purgatorio es el fuego purificador”. No era mi propósito sugerir que quemara sus obras pero, ahora que usted me lo recuerda, no me arrepiento de ello. Tal vez, gracias al fuego para sus escritos, el autor esté ahora contemplando el rostro de Dios.
-          Hay una última cosa que quiero declarar, aunque usted no me la haya preguntado. Para mí, el mayor pecado de Gógol era el de soberbia: creerse un hombre elegido para la gloria y por encima de las gentes humildes y temerosas del Señor. Pero su muerte fue ejemplar por su piedad y desprendimiento. Recuerdo que me dijo: “Padrecito, no soy digno de esperar cara a cara el juicio de Dios. Quiero que me entierren boca abajo, mirando a la tierra de la que procedo e indigno de contemplar la gloria celeste, si Jesucristo no me toca con su mano misericordiosa”. Así se cumplió y fue muy edificante para mí y cuantos le atendíamos en su tránsito. Que descanse en paz.   
***
          Bucear en los expedientes que la policía y la Censura habían ido recopilando sobre Gógol a través de los años fue, como de costumbre, más laborioso que útil. Puse a mis dos colaboradores a trabajar; recibieron los informes de San Petersburgo, Roma, París y otros lugares visitados por Gógol, o donde este había vivido; ordenaron y seleccionaron lo más relevante y, a punto de cumplirse el mes de investigación, tenía sobre mi mesa cinco gruesos cartapacios, que yo había rotulado anticipadamente “patriotismo”, “censura”, “académica”, “homosexualidad” y “parasitismo”. Acerté con todas ellas (no en vano conocía al personaje y a mis colegas): poco o nada de la vigilancia al escritor quedaba fuera de esos cinco aspectos, de algunos de los cuales ya tienen ustedes referencias anteriores. Procuraré –una vez más- ser escueto, pero sin dejar en el tintero nada que me parezca importante. Vamos allá.
     Patriotismo. Los orígenes de Gógol se prestaban al equívoco. Su madre tenía sangre polaca y, hasta dos generaciones antes, la familia había vivido en tierra cosaca de dudosa soberanía. El escritor había hecho sus primeras armas académicas y literarias en tierra y lengua ucranianas, lo que no estaba entonces bien visto por los rusos de pura estirpe. Bien es cierto que Nicolái Vasílievitch se redimió posteriormente, al convertirse en uno de los grandes escritores en lengua rusa, y residir en Moscú y San Petersburgo. Pero entonces surgió su segundo problema patriótico. Tras el escándalo de su obra teatral El Inspector, en 1836, Gógol había respondido exiliándose voluntariamente en los más diversos países de Europa. Ciertamente, su predilección había recaído en Italia, Roma en particular. Sólo en 1848 retornó a Rusia, tras un largo viaje por Tierra Santa. Por tanto, policialmente hablando, Gógol era un desclasado, un patriota dudoso, un hombre que prefería vivir su obra y su libertad fuera de su tierra. En resumen: un hombre a vigilar.
     Censura. El humor y la sátira cultivadas por Gógol habían inquietado a la Censura, al menos, en dos ocasiones principales. En 1836 –como he dicho- se representó por primera vez en San Petersburgo El Inspector General, y su clara y rigurosa ridiculización de las autoridades provincianas motivó un informe de los censores, contrario a que se siguiera autorizando. Ante mis ojos apareció referenciada la brillante y sorprendente sentencia de Su Majestad, cuando ordenó levantar cualquier prohibición de la obra: todo el mundo ha de pechar con los gajes de su oficio, yo el primero. En 1842, Las almas muertas vio censurado su hermoso título, bajo el pretexto de que era religiosamente equívoco, y nuevamente brotaron las críticas políticas contra su autor: que si era contrario a la servidumbre; que cargaba contra la burocracia, como inepta e indolente; que presentaba una imagen de Rusia deformada y cruel… En resumen, cosas aisladas y en nada excesivas o diferentes de las atribuidas a otros escritores. Yo pienso que el efecto superior en Gógol pudo deberse a su mente atormentada, o bien a su orgullo, intolerante ante cualquier manifestación de crítica o desagrado. En suma: el censor, censurado.
     Académica. Unos expedientes, ya ajados por el tiempo, aludían a los primeros momentos de Gógol como profesor universitario. A cómo, en 1832, había sido rechazada su candidatura como profesor de historia en la universidad de Kiev, pese al apoyo de Pushkin y del ministro de educación, Sergéi Uvárov. Y a cómo, dos años más tarde, nuestro escritor había conseguido su designación como catedrático de historia medieval en la universidad peterburguesa, en los exámenes más divertidamente engañosos que se recordaban, cuando, tras una primera prueba enjundiosa y brillante, Gógol había simulado un terrible dolor de muelas, para hacer por personas interpuestas el resto de los exámenes, poco y mal preparados. El escándalo había sido mayúsculo, impulsando al defraudador a renunciar a su puesto un año más tarde, en 1835. Mi mente provinciana me lleva a sospechar que lo peor admitido del engaño no serían las consecuencias de este en los alumnos, sino que el defraudador, que no había colado en Kiev, hubiera pasado en San Petersburgo. En fin, aquí acabó la anhelada carrera de historiador de Nicolái Vasílievitch, con apenas 26 años de edad.
     Homosexualidad. Nada añadía el informe a lo que yo ya sabía por el mayordomo, como no fuera que la cosa venía de muy antiguo, desde la época de estudiante de secundaria, y de forma ininterrumpida. Los documentos estaban llenos de nombres propios y de anécdotas más o menos escabrosas. Quizás los datos más significativos (únicos que aquí he de verter) fueran dos: que, muy probablemente, Gógol abandonó su querida Ucrania natal por San Petersburgo, no tanto por razones de estudios o literarias, sino siguiendo a un amigo con el que estaba sentimentalmente muy unido; y la de que sus fijaciones afectivas tuvieron mayores consecuencias amistosas que sexuales. En efecto, no aparecían en los expedientes alusiones sólidas a relaciones homosexuales consumadas (de hecho, Gógol no parecía haber sido correspondido en casi ningún caso), pero sí a que las relaciones amistosas pervivían durante muchos años y a que de ellas obtuvo el literato apoyo material y profesional.  
     Parasitismo. ¿De qué había vivido Gógol –y bastante bien, por cierto- durante casi toda su vida? Los informes policiales recogían alusiones a empleos ridículos en la Administración (he ahí el origen de su lúcida visión del ramo), ventas y rentas escasas de tierras de su familia, o beneficios módicos por derechos de edición. Pero resultaba impresionante la lista de benefactores a título gratuito, desde grandes aristócratas, a amigos y editores. Salvo en un caso, todos eran hombres. El escritor había sido socorrido generosamente, tanto en Rusia, como en el extranjero (Francia, Bélgica, Suiza, Italia…). Empecé a pensar que el rasgo más digno de admiración de Nicolái Vasílievitch no había sido su fantasía, o la originalidad de su lenguaje, sino el haber bienvivido a costa de quienes le amaron o respetaron, sin perder él por eso su libertad. Pero mi compromiso es ser objetivo: dejaré mi admiración un tanto irónica para otro momento. Lo cierto es que, con el compendio de todas estas cinco carpetas, mi labor había prácticamente  terminado. Conocía los hechos y contaba con los motivos de los mismos, incluso con demasiados. Pero aún tenía cuatro semanas por delante; así que decidí completar la investigación, contando con la venia de Artamónov. Y la verdad, no me arrepiento de ello. Espero que ustedes tampoco, si siguen adelante con la lectura.

  1. La investigación literaria (segunda parte)
     Tenía constancia de que el ilustre literato Dmitri Vasílievitch Grigórovitch había conocido desde fecha temprana a Gógol y compartido con él empresas e inquietudes. En consecuencia, le escribí una carta que hice llegar por correo oficial a su domicilio de San Petersburgo. El destinatario, atendiendo mi súplica de pronta respuesta, me escribió casi a vuelta de correo. La carta me llegó por valija oficial y decía así:
     Estimado señor, etc., etc.: Conocí, en efecto, al difunto escritor Gógol, hace muchos años; en concreto, en 1837, cuando yo estudiaba en la Escuela Superior de Ingenieros de San Petersburgo y fui presentado a él por mi condiscípulo y amigo, Fiódor Mijáilovitch Dostoyevski. En un primer momento, nos sorprendió gratamente a todos por la espiritualidad y lirismo de sus charlas y trabajos, aunque pronto nos diéramos cuenta de que no se soportaban en unos sólidos conocimientos, ni en ideas avanzadas. En aquella época teníamos a Gógol por un romántico nacionalista, aunque tuvieron que pasar muchos años para descubrir en él el fruto de aquel germen: su visión reaccionaria, ególatra e injusta, entreverada de superstición religiosa y loas a cuanto de más arcaico y menos civilizado persiste en nuestra sagrada tierra rusa. Usted me perdonará el tono indignado y, tal vez, excesivo de este pasaje de mi carta, pero yo –como tantos otros- sufrimos una decepción y un agravio gratuito con la publicación por el señor Gógol de sus Pasajes selectos de la correspondencia con mis amigos, que nada tenían, ni de selectos, ni de amistosos. De hecho, su contenido era tan sesgado y vindicativo –como Belinski expuso lapidariamente-, que dudo se correspondiera en muchos casos con cartas reales. De haber sido así, se nos habría caído mucho antes la venda de los ojos.
     Por referencias fidedignas, o por mi propia experiencia, tengo de mi colega escritor la imagen de un hombre atildado (no diré más sobre este asunto), de actitud modesta y amistosa, con escaso bagaje intelectual, aunque notablemente pagado de sí mismo. Poseía esa vitola original y atractiva de su procedencia ucraniana y del ambiente rural y hasta cosaco en que se había criado. En todos nosotros despertó simpatía y cierta admiración, pero más que en nadie, en el gran Pushkin, el hermano mayor y padre espiritual de nuestro grupo de intelectuales. Alexandr Sergéievitch tomó a Gógol bajo su protección, juzgándolo un gran literato en ciernes y tuvo hacia él la generosidad que a otros escatimó: no sólo le hizo de valedor en los círculos intelectuales, sino que le inspiró y dio argumentos para las obras que posteriormente harían su fortuna. De la mente de Pushkin, no de Gógol, brotaron Las Almas Muertas y El Inspector General, a las que su autor material no supo dar el tono personal y grandioso que merecían. En particular, me parece ridículo venerar Las Almas como una obra maestra: tras seis años de trabajo, Nicolái Vasílievitch no supo hacer otra cosa que convertirlas en escenas costumbristas, con una ligazón mediocre y estereotipada. ¡Y qué decir de sus grandes relatos de la vida de oficina o de las calles de Petersburgo o Moscú! Leído uno, leídos todos; y todos nacidos de la misma matriz de burócrata experimentado en los mismos vicios que parecía fustigar. Mi buen y atormentado amigo, Fiódor Mijáilovitch Dostoyevski, ha llegado a escribir que todos nosotros hemos surgido de El Abrigo de Gógol. Mala paternidad sería esa, puesto que el susodicho Abrigo nació, a su vez, de oficinas siniestras y de una literaria mediocridad.
     Parece preguntarme, señor, sobre las causas que pudo tener el escritor investigado para quemar la segunda parte de Las Almas Muertas antes de morir. Pero, ¿está usted seguro de que existía esa segunda parte? Desde 1842, hasta la fecha, ese posible engendro ha sido como aquellos seres fantasmales de Dikanka o Mírgorod, de los que todos hablaban pero nadie había visto. Si me permite la ironía, señor inspector, creo que la causa de la decisión pirómana pudiera haber sido la aparición del espectro de Pushkin, riéndose de Gógol y saboreando a modo su venganza: le dio la idea que pudo haber hecho su gloria, pero el declive creativo del moribundo la había convertido en obsesivo tormento y perpetua imagen de su ineptitud.
     Concluyo ya. Hubo una época en que, en torno a Pushkin en San Petersburgo, floreció una escuela literaria que podía haber sido la gloria de Rusia. El señor Gógol, por motivos de cobardía y de ambición, abandonó primero nuestro país; luego aprovechó su inmerecida fama, para instalarse en el erial de Moscú como cabeza de escuela; finalmente, no contento con esa jefatura, negó la existencia del movimiento literario y se constituyó en solitaria torre de Dios erigida en el mundo de la literatura, con él como único sacerdote. Lo siento, pero no puedo honrar a Gógol por el hecho de que haya muerto. Que sea la Historia quien lo haga, si verdaderamente su obra lo merece tanto como algunos dicen.
***
     El inspector Kuriakin quedó abrumado con la lectura de la carta de Grigórovitch. Aunque le reconociera un punto de razón, su dureza extrema y el desconocimiento de cualquier mérito en Gógol permitían calificarla de ajuste de cuentas entre escritores rivales. De todos modos, nadie sino él era culpable de haber metido –como quien dice- a Dmitri Vasílievitch los dedos en la boca. Afortunadamente para el equilibrio testimonial, una semana más tarde, tuvo ocasión de entrevistarse con el profesor Mijáil Maxímovitch, historiador y naturalista prestigioso, que había conocido a Gógol unos veinte años atrás y cuya amistad –cimentada en su común origen ucraniano- había persistido hasta la muerte del escritor. El inspector, tras sopesar cuidadosamente la cuestión, le había juzgado la persona más digna de confianza, a la hora de aportar una visión íntima de Gógol; tanto más, cuanto que no parecía haber habido en tal intimidad asomo de inclinación sentimental. Maxímovitch era, indudablemente, un científico analítico y objetivo. Diseccionó a su amigo como si se hubiera tratado de una mariposa. Kuriakin le dejó hablar sin apenas interrupciones, tomando abundantes notas, con las cuales construyó acto seguido el siguiente texto, que rotuló, de forma discutible, “Confesión del profesor Maxímovitch”:
     No conocí a Nicolái Vasílievitch Gógol en su infancia, ni tampoco fui –como algunos han dicho- compañero suyo de estudios en Nizhyn. Coincidimos en Kiev, cuando él aspiró infructuosamente a una cátedra de historia, en 1831 ó 1832. Me pareció un joven apasionado y profundamente espiritual, aunque de poca preparación académica y muy vulnerable.
     Yo  creo que todos los problemas de Gógol tuvieron su gestación en los diecinueve años que precedieron a su marcha a San Petersburgo. La muerte de su hermano menor y de su padre; la asfixiante religiosidad, vivida bajo la permanente amenaza del castigo eterno; el internado masculino cuando aún no tenía formada su personalidad sexual… En fin, nada diverso de la iniciación de otros muchos jóvenes, pero Nicolái era muy especial… y su madre también.
     Todo el mundo piensa que Gógol nació escritor y que no quiso ser otra cosa en la vida: que sí su padre era algo poeta; que si su tío representaba pequeñas obritas en el teatro de su casa. ¡Pamplinas! Nicolái se desarraigó de Ucrania y marchó a San Petersburgo detrás de un amigo adorado, un par de años mayor que él. Quiso ser muchas cosas en la vida, o por afición o por razones nutricias: actor, burócrata, historiador, profesor universitario y ¡hasta de colegio de señoritas! En todo fracasó –en mi opinión, por no desearlo lo bastante, o por ambicionarlo todo demasiado aprisa-, como también en sus anhelos de poeta, y ello le convirtió en un ser inseguro y hasta miedoso, inclinado al masoquismo y la mentira. Afortunadamente para él, traía de su tierra ucraniana un bagaje de fantasía fecunda y de lenguaje original y muy rico, que llamó la atención de Pushkin, quien lo encarriló al mundo de lo épico, es decir, del relato y la novela. Luego vendrían las obras de teatro, el reconocimiento literario, el respeto de los grandes, y Nicolái cambió su envoltura con una pátina de ambición y de superioridad. Pero, en el fondo, durante toda su vida fue el mismo ser inseguro y timorato, presto al embuste y a la huida.
     No deja de ser una conjetura, pero veo a Gógol como una víctima de su ambigüedad sexual y de su propio éxito. Pushkin –que pudo haber sido su catalizador para una reacción positiva de autoafirmación- murió de la forma violenta y temprana que todos sabemos, y Nicolái no tuvo ya a quien asirse ni respetar. Tampoco creo le ayudase la reacción virulenta ante sus obras de las fuerzas vivas de nuestra nación –dicho sea con todos los respetos hacia ellas-. El caso es que mi amigo dio en viajar y escapar a sus responsabilidades, aprovechando las facilidades económicas que le brindaban sus amigos aristócratas, pero con ello no hizo sino entregarse a la artificiosidad y la vida equívoca. Yo le sugerí que volviera a tomar en serio su vocación histórica y le ofrecí una plaza de profesor auxiliar en mi cátedra, pero ni siquiera me contestó.
     Y, finalmente, esa explosión religiosa. Una inclinación pausada y amorosa hacia Dios hubiera podido hacerle mucho bien, según creo. Nicolái fue siempre muy creyente. Pero esa inmersión en una religiosidad de fuego y azufre, de ascesis y desprecio personal, de fulminante introspección y conversión vital… No sé, señor inspector, yo no soy conocedor de la catequesis espiritual, pero hacer de un ciclo dantesco la razón de nuestra existencia me parece difícil de digerir para una persona firme y templada. ¡Cuánto más para un alma confusa, atormentada y proclive a las depresiones!
     Me pide unas conclusiones y yo debería ser capaz de darlas, como científico y como conocedor del caso. Pero me puede la amistad y hasta yo mismo me veo convertido en sueños en un trasunto de mi pobre amigo. En fin, allá van, sin orden de prioridad: falta de una verdadera familia; incomprensión social; miedo al fracaso y a la pérdida de la creatividad; excesos religiosos. ¿Debería ya pronunciar el “he dicho”, como en las disertaciones académicas? Pues no lo haré sin antes afirmar que Nicolái Vasílievitch Gógol, el hombre, ha muerto; el amigo, existirá mientras yo aliente; el artista, quiero creer que vivirá eternamente, para gloria de Dios y placer estético de las generaciones. Y muchas gracias, señor inspector, por escucharme con tanta paciencia.
***
          Estaba iniciando el informe final para Artamónov, cuando mi superior, el comisario Ribakovski, ya repuesto de la gripe, me llamó a su despacho y dijo:
-          Kuriakin, creo que, antes de cerrar el asunto Gógol, debería oír el testimonio de una persona que conoció bien al escritor. Se trata de un conocido mío que, sabedor de que existe una investigación, me ha manifestado un vivo interés por exponer su punto de vista.
-          Creo que ya tengo cuanto necesito. No obstante, en atención a usted, escucharé a su conocido en una entrevista informal.
          Tres días después, se encontraba sentado ante mí el honorable Anatoli Akákievitch Vielhorski, miembro del consejo municipal de Moscú, persona de mediana edad y que no me resultó en absoluto simpático, por su actitud severa y llena de prejuicios. No obstante, conforme iba hablando, comprendí su postura y me resultó más y más interesante su testimonio, hasta el punto de informarle de que estaba dispuesto a dar a sus palabras el valor de una declaración en toda regla. Él aceptó, siempre que lo que me dijera tuviese un carácter confidencial. Así se lo aseguré  y he aquí cuanto me manifestó:
     Como comerciante importador-exportador, mantengo relaciones con Italia, de donde traigo excelentes vinos. Por tanto, cuando uno de mis hijos, Iósif, dio muestras de haber contraído la tuberculosis, lo envié a Roma, al cuidado de uno de mis mejores proveedores de caldos. Desgraciadamente, el cambio de clima no dio el resultado apetecido y mi hijo falleció diez meses después de su partida de Moscú.
     Iósif era un buen hijo. A su madre y a mí nos escribía, cuando menos dos veces al mes, extensas cartas que eran nuestra felicidad. Unos seis meses antes de su muerte, empezó a informarnos sobre un joven caballero ruso que había conocido en un parque, persona de gran cultura y simpatía, con la que había congeniado al instante. Paulatinamente, las cartas de mi hijo fueron convirtiéndose en poco más que una narración de sus relaciones con aquel amigo, quien se mantuvo fiel en todo momento a Iósif, administrando su asignación, cuidando de la casa, atendiéndole abnegadamente en la enfermedad y, en fin, siendo para él los padres y los hermanos que estábamos ausentes, entre otras cosas, porque mi hijo nos ocultaba en parte la gravedad de su estado, a fin de evitarnos preocupaciones. En sus últimas cartas, el amigo del alma llegó a tomar la pluma, completando el relato de Iósif y haciéndonos toda clase de protestas de devoción y entrega.
     ¡Qué no habría hecho usted, señor, en nuestro lugar cuando, una vez fallecido Iósif, su amigo y enfermero se presentó en nuestra casa, trayéndonos el recuerdo y las anécdotas del hijo muerto! Compartimos con él nuestro pan y nuestro dolor; le franqueamos el acceso a las pertenencias del difunto; le acogimos casi como a otro hijo. Mi esposa, en particular, pasaba con él muchas tardes, entregados, uno y otro, a una agotadora tarea de rememoración, que yo empezaba a sentir en exceso morbosa, pero que a ella parecía traerle la paz.
     Las confidencias e intimidades del amigo de Iósif parecían no tener fin. Un día, a tanto llegó el conocimiento que aquel hombre evidenciaba del cuerpo de mi hijo, que mi mujer no pudo por menos de alarmarse y le preguntó francamente si  la amistad entre Iósif y él había rebasado los límites de lo espiritual. Y aquel canalla no tuvo el menor rebozo en declarar a mi mujer que él y Iósif se habían querido como marido y mujer y que, como tales, habían vivido y se habían relacionado. Yo sé, señor, que el amor es cosa íntima y que la naturaleza juega malas pasadas; pero le juro que nuestro Iósif no mostró, mientras estuvo entre nosotros, ninguna inclinación homosexual. Y, en cualquier caso, estaba enfermo, sin compañía femenina, entregado a los cuidados de un crápula bastante mayor que él. ¿Qué resistencia podía hacer a sus lascivos requerimientos?
     Ni que decir tiene que echamos inmediatamente de casa a aquel sujeto y que no quisimos volverle a ver. Mi esposa padece desde entonces una intensa hipocondría y yo de buena gana habría tomado medidas más severas, de no ser porque el escándalo podía manchar la honra de mi hijo muerto. Pero ustedes sí pueden hacer algo para que la memoria del corruptor sufra la lacra y el desprecio que se merece. Porque, efectivamente, la persona de que le hablo ha fallecido recientemente, cubierto de gloria y llorado por quienes debían de ignorarlo todo acerca de él.
     ¿Que a quién me refiero? ¡Por Dios, señor inspector, al hombre que están investigando, al moralizador de Rusia, al debelador de la vulgaridad, al sujeto que vendía críticas y consejos que para él no tenía, al escritor por encima del bien y del mal, al malvado que se llamó en vida Nicolái Vasílievitch Gógol!


  1. Un informe de ida y vuelta
     El inspector de primera Vladímir Antónovitch Kuriakin se encontraba en su despacho aquella tarde (la quincuagésima de su plazo) ante trescientas cuarenta y cinco hojas de diligencias de investigación, que tenía que reducir a un breve informe que complaciese al comisario Artamónov. La cosa no parecía especialmente complicada. El inspector sabía perfectamente lo acaecido en el gabinete de Gógol en la noche del 24 al 25 de febrero de 1852. Había identificado la obra arrojada al fuego por su autor. Incluso, había recuperado borradores y versiones en cantidad suficiente como para reconstruir lo quemado –Artamónov le había felicitado por ello, en presencia de Láurov, con gran bochorno de este-. Pero quedaba por responder la pregunta clave: ¿por qué? ¿Por qué se destruía una obra literaria por su creador? ¡Vaya pregunta estúpida! ¿Por qué la muerte sucede a la vida, por qué el amor empieza y termina, por qué la gloria es efímera? ¿Por qué el producto de la imaginación iba a ser más digno de respeto para su creador que un mueble, una joya o un perro… o que su propia existencia? Esa no era la pregunta correcta o, cuando menos, la difícil de contestar, sino su contraria: ¿Por qué maravillosos resortes se crea la vida? ¿Por qué y cuándo nace el amor? ¿Qué hace de un pobre hombre un creador, o hace brotar de una mente limitada e incluso enferma mundos de ensueño y fantasía? ¡Esas sí que eran preguntas! Se ve que el inspector tenía esa tarde la cabeza en otro lugar, lejano de su despacho. Había discutido seriamente con su mujer y eso solía convertirle durante unas horas en un incorregible filósofo. ¡Vaya usted a saber por qué!
     En fin -se dijo Kuriakin-, vamos a los motivos de la destrucción de Las Almas Muertas; ¿o, tal vez, habría que decir de la autodestrucción de Gógol? El inspector suspiró, tomó un folio en blanco, fijó la vista en el grueso expediente que prácticamente tenía memorizado y escribió unas palabras sibilinas, que posteriormente habría de desarrollar como conclusiones: santo, falso, loco, sin amor, sin confianza, miedo a fracasar, nada digno de conservar. Iba a anotar una octava causa, cuando retiró bruscamente la pluma del papel y percibió la verdad como una revelación deslumbrante. No te preguntes por las causas que llevaron a Nicolái Vasílievitch a la destrucción: pregúntate, más bien, por las causas que hubiera podido tener para conservar su vida y el fruto de la misma. Ante su mente, pasó como en un relámpago la existencia atormentada del escritor, el fuego apagado de su inspiración, la construcción de un monumento muy superior a sus capacidades, su prodigioso sentimiento de culpabilidad. Luego, el relámpago engendró un trueno muy conocido, casi vulgar: ¿Qué diablos tenía que ver el autor con su obra, la vida de aquel con la grandeza de esta? ¿O es que no llevamos nuestro tesoro en vasijas de barro? ¿Se busca la gloria por egolatría, o sentimos la inexorable necesidad de comunicar a otros nuestra verdad?
     Kuriakin se sentía congestionado y con un fuerte dolor de cabeza. Se acercó al samovar y tomó una taza de té bien cargado. Abrió la ventana de la habitación e inspiró unas bocanadas de aire fresco. Del cajón inferior izquierdo de su mesa sacó un trozo de pastel de manzanas preparado por su esposa para él, tres días antes. Suspiró y se puso manos a la obra. Todo su proceso lógico lo guardaría para sí. ¡Al trabajo! Pero su dignidad y el respeto por Gógol quedarían, al menos en pie. ¡Ni un paso atrás! Decir la verdad, por compleja, incómoda o difícil que fuera. Y Kuriakin empezó a redactar el informe por las conclusiones: una, dos, tres,… las necesarias, aunque le costara acabar en Siberia.
***
     Dos días después de entregar al comisario Artamónov el expediente completo, con sus seis folios de informe final y conclusiones, Kuriakin fue llamado al despacho del Jefe. Se trataba –según este le informó- de que firmara la versión definitiva del informe, ya que en la inicial había tenido que introducir algunas correcciones. El inspector quedó estupefacto. Sus seis folios habían quedado reducidos a uno –y no completo-, que se limitaba a recoger la destrucción del manuscrito de la segunda parte de Las Almas Muertas, el “rapto de locura” sufrido en aquellos momentos por Gógol, por efecto de alucinaciones diabólicas, y la recuperación posterior de todo lo quemado, gracias a los borradores que el escritor conservaba en su propio domicilio. Kuriakin inició una vigorosa protesta:
-          Pero, señor Comisario Principal…
-          Sé lo que me va a decir –interrumpió Artamónov-, pero le recuerdo que el objeto de este informe no es plantear nuevas preguntas o meras hipótesis, sino dar respuestas y soluciones; y, dada la calidad y agobiantes ocupaciones de las personas a las que va destinado, cuantas menos y más sencillas, mejor.
-          Pero, señor Comisario…
-          No tenga cuidado por eso, Kuriakin. Su informe inicial, completito, quedará archivado, junto con el íntegro dossier Gógol. Tal vez, dentro de cien años algún historiador venga a meter La Nariz en nuestros asuntos y quiera saber más de lo que Su Majestad y el Señor Ministro ahora precisan.
-          Gracias, Sr. Comisario, pero…
-          Kuriakin, ha hecho usted un buen trabajo, recuperando lo que podría haberse perdido para siempre. Cuente con que lo mencionaré elogiosamente en mi informe general y le propondré, en su momento, para un ascenso.
-          Agradecido, señor. En fin, por lo que veo, la verdad acaba siempre triunfando –ironizó sutilmente el inspector-.
-          Demos tiempo al tiempo, Kuriakin, demos tiempo al tiempo. Vamos, firme de una vez y retírese.
***
     Tres días antes de cumplirse el plazo trimestral prescrito, Su Majestad Nicolás I, zar de todas las Rusias, recibió la quintaesencia del informe Gógol: medio folio, con membrete del Ministro del Interior y espléndida caligrafía. Pasó la vista por lo escrito y suspiró:
-          ¡Qué informe tan vulgar! El dedo de Dios toca a los artistas cuando crean y el dedo del diablo los toca cuando destruyen su creación. Debo de gobernar un país de lunáticos y de iluminados.
    Kuriakin habría disfrutado oyendo el desilusionado comentario de Su Majestad. 

lunes, 13 de septiembre de 2010

La verdadera historia del hombre-pez



   La Ciencia moderna ha dado un buen bocado al misterio que rodeó al hombre-pez de Liérganes, que vivió y sufrió en la segunda mitad del siglo XVII. Pero no está todo dicho sobre el caso, ni mucho menos. Este cuento de balneario lo prueba sin lugar a dudas. Y es que, aunque no seamos pesimistas, ¡cuántas veces la respuesta está en la crueldad y el dolor!



1. A orillas del Miera

Mi inveterada costumbre de tomar las aguas en algunos de los lugares más pintorescos de España me llevó, el verano pasado, hasta la villa cántabra de Liérganes, generalmente conocida, más que por la belleza de su casco histórico y por las virtudes curativas de su balneario, por las dos colinas, llamadas tetas, que coronan su horizonte, y por la historia del hombre-pez, allí nacido en la segunda mitad del siglo XVII. Bueno, también podría serlo por la especialidad repostera que recibe la apocalíptica denominación de cojones del Anticristo (1) , pero dejémoslo estar, si no queremos convertir esta narración en no apta para menores.
Nada tendría de particular la leyenda –una más- del hombre pez lierganés, si no fuese porque la existencia y buena parte de la historia del susodicho tienen tales visos de autenticidad, que mereció la atención de personajes tan respetables, como el padre Feijoo (2) , don José María Herrán (3) y el doctor Marañón (4) . El bueno de Francisco de la Vega Casar se fue convirtiendo, así, en sujeto de bulos y objeto de estudios científicos, hasta llegar al presente, con su estatua desnuda y sedente que mira con nostalgia las ondas que fluyen hacia el Cantábrico, y su típico centro de interpretación, instalado en un molino no lejos de donde Francisco y sus hermanos vieran la luz primera.
Como es natural, los estudiosos del caso han ido evolucionando en sus análisis y en la porción de verdad que han reconocido a las historias. Del evolucionismo incipiente de Feijoo, hasta el cretinismo invocado por Marañón, pasando por la ictiosis y las intuiciones psicológicas de Herrán, nuestro hombre-pez ha ido perdiendo fantasía y ganando racionalidad. Algo que yo no sabía si aplaudir o lamentar, mientras rumiaba aún en el magín el audiovisual que acababa de ver en el susodicho centro de interpretación; una asimilación ilustrada con un excelente chocolate con churros en la terraza de la cafetería que, para mayor inspiración de los rumiantes (servidor y su señora), tenía el poco imaginativo rótulo de “El hombre-pez”.

No sé si fue por lo alzado de la voz o por el hecho de que la mesa adyacente fuera ocupada por un caballero que compartía con nosotros los tratamientos del balneario. Ello es que don Alejandro Valdivieso –que tal era la gracia de nuestro compañero de aguas- arrimó su silla a nuestra mesa y nos hizo partícipes de una interesante historia, que supone una nueva perspectiva del caso de Francisco de la Vega, basada en una fuente inédita y hasta ahora desconocida. Entre la suspicacia y el interés literario, le pregunté, mientras nos retirábamos a cenar, a través del hermoso parque del balneario:
- Alejandro, ¿de veras que no tiene usted inconveniente en que publique un opúsculo con cuanto acaba de contarnos esta tarde?

- En absoluto, amigo –me respondió-. Ya va siendo hora de que el pobre hombre-pez pueda descansar en paz.
Dicho y hecho; aunque, bien mirado, la paz de los difuntos no creo tenga mucho que ver con las querellas y discusiones de los vivos acerca de su memoria.


2. Las indagaciones de dos hidalgos

Habrán de saber ustedes –dejemos a don Alejandro el uso de la palabra- que estoy emparentado por línea paterna con el famoso hidalgo José María Herrán y Valdivieso, notable político de la época de la Primera República, gobernador y diputado por Santander, que formó parte de la élite del Partido Republicano Federal, acaudillado por Pi y Margall. Se dice de él, también, que fue uno de los accionistas que, en 1876, aportaron su óbolo para la creación de la Institución Libre de Enseñanza.
Pero no es mi propósito aburrirles a ustedes con las glorias de mi ilustre antepasado. Baste con agregar que, en más de una ocasión, se las tuvo tiesas con el obispo y con la prensa reaccionaria. Algo tuvo ello que ver con el interés que tomó por el caso del hombre-pez, a raíz de haber caído en sus manos una así llamada Memoria, que redactó en 1748 un párroco de Liérganes (5) , corrigiendo y aumentando las patrañas que, pocos años antes, había admitido el famoso padre Feijoo, en su Teatro Crítico Universal. El párroco de marras, en su descabellado manuscrito, llevaba la osadía, hasta atribuir la desaparición final del hombre-pez a una maldición de su propia madre.
- ¿Y qué relación puede haber entre los dislates de un párroco mentecato de mediados del siglo XVIII y las querellas de su antepasado con el clero de Santander, más de un siglo después?, inquirí yo.

- Tal vez esté un poco traído por los pelos, pero una y otra cosa tienen su punto de partida en la dudosa credibilidad que para mi pariente merecían las supuestas verdades de sanción eclesiástica, vinieran de quien vinieren. Le recordaré que el enfrentamiento con el obispo fue debido a poner Herrán en solfa la infalibilidad pontificia, en aquel entonces recién dogmatizada.

- De acuerdo y perdone mi interrupción. Siga, por favor.
Pues bien, puso Herrán manos a la obra y, no conforme con desbaratar los datos del dómine, formuló una hipótesis, atrevida y un tanto reduccionista, que implicaba explicar científicamente las indudables peculiaridades del hombre-pez. Tal explicación, consistente en atribuirle deficiencias mentales e ictiosis, ha sido muy posteriormente corroborada por el doctor Marañón, de forma más precisa y detallada.
Hasta aquí, como ven, nada que no pudieran ustedes conocer con la simple lectura de cualquier artículo serio sobre el caso del pobre Francisco de la Vega. De hecho, quedaban, en mi opinión, importantes cabos sueltos, entre los cuales me llamaban poderosamente la atención tres de ellos:
Primero. Si Francisco era un cretino, reconocido como tal, ¿qué sentido tenía que su familia lo mandase solo a Vizcaya a aprender un oficio, cerrajero, según unos, carpintero, al decir de los más?
Segundo. Si es que el muchacho había sido más o menos normal hasta su primera desaparición, ¿qué lo convirtió en un pobre lelo cuando lo pescaron en la bahía de Cádiz y lo reintegraron al seno familiar en su villa natal?

Por último, ¿por qué y en qué circunstancias desapareció finalmente, sin dejar la menor huella de su vida posterior, ni haberse recuperado su cadáver?
Podrían ustedes replicarme: bien, eso, que ni la historia ni la ciencia han podido explicar, es lo que hace atractiva y fantástica la figura del hombre-pez. Tal vez sea así, pero yo me sentía obligado a continuar la labor de mi antepasado, sobre todo, después de caer en mis manos la obra de Marañón, publicada bastante tiempo atrás. Y en esas estaba, cuando en el año 1977 hice una excursión por Asturias, en mi recién adquirido Mercedes, recalando en el pintoresco puertecito de Cantiles. La iglesia parroquial de San Pedro, restaurada tras los ultrajes de la Guerra Civil, reclamó mi interés, siendo atendido en la detenida visita por un afable sacristán, de nombre Máximo, verdadera memoria viva del templo desde muchos años antes y buen conocedor de los documentos de su archivo, desgraciadamente perdidos por el fuego y la rapiña en nuestra incivil contienda.
De pura casualidad, cuando, ya terminada la visita y por invitación mía, dábamos buena cuenta de un centollo y unas botellas de sidra, surgió el tema del hombre-pez. Fui yo quien inició ese tema de conversación:
- Algunos testigos de aquel tiempo manifestaron haberlo visto, tras su desaparición final, en algún puerto asturiano…

- ¡Qué me va a contar a mí!, respondió Máximo. En Cantiles, mismamente, existe esa tradición, como cosa cierta.

- ¡No me diga, qué casualidad! ¿Cuál podrá haber sido el origen de esa leyenda?
Máximo callaba, como quien sabe mucho más de lo que dice. Al cabo, la bebida generosamente consumida hizo su efecto y a mi interlocutor empezó a soltársele la lengua:
- De casualidad, nada: el hermano, que estuvo por aquí de cura hace más de doscientos años.

- Pues, ahora que lo dice, cuentan que el hombre-pez tuvo un hermano sacerdote. ¿No recordará cómo se llamaba?

- ¡No voy a recordar, si he tenido yo en mis propias manos libros y escritos con su nombre? Juan de la Vega Casar se llamaba, sí señor.
Ya comprenderán ustedes que mi interés se disparó, ante tan documentada afirmación; se disparó, hasta el punto de alargar la sabrosa merienda y ofrecerle una generosa propina, si me proporcionaba más información. El anciano recelaba y tuve que asegurarle, una y otra vez, que mi interés era puramente fruto del paisanaje y la curiosidad. Finalmente, pudo más en él el deseo de sincerarse –o de darse importancia- que la cautela y exclamó:
- ¡Qué diantre! Aquello no fue ningún crimen y pasó hace más de cuarenta años. Además –me guiño el ojo, acentuando forzadamente su dicción estropajosa - ¿quién haría caso de las confidencias de un borracho?
Y, lenta y trabajosamente, aunque con precisión y buena memoria, Máximo fue desgranando los pormenores de un relato que acababa con casi todos los misterios del hombre-pez. Sólo que lo hizo en tales términos, que no me he sentido con soporte ni derecho para darlo a la imprenta. De alguna manera, nuestra charla de hoy es para mí una bendición. Usted correrá, si lo desea, con la responsabilidad de la publicación y yo habré hecho por esclarecer el caso del hombre-pez cuanto me ha sido posible, sin afectar con ello mi prestigio como historiador.

3. Triste historia de Francisco de la Vega

El bueno de Máximo –prosiguió don Alejandro, sin interrupción- había simultaneado sus tareas de pescador con las de monaguillo y sacristán, desde la infancia. Heredado de su madre el oficio sacristanesco, se había acogido a él cuando la terrible crisis económica de los años treinta y allí seguía, no por afición sino por necesidad, cuando estalló nuestra guerra y la furia popular la emprendió con los templos, como símbolo de oscurantismo y de opresión. A la parroquial de San Pedro le tocó su parte de fuego y robo, al parecer, a cargo de energúmenos venidos de Gijón y otras localidades alejadas del pueblo.
Máximo y su madre, de forma disimulada, procuraron salvar de la quema cuanto pudieron, ayudados por algunos otros vecinos decididos de Cantiles. Pero a lo que voy: entre los libros y papeles aleatoriamente salvados, iba un folleto manuscrito, cuyo título aún recordaba textualmente su improvisado protector: Extraña y verdadera historia de Francisco de la Vega, contada por su hermano Juan en descargo de su conciencia. Estaba fechado en 1704, data coincidente con la presencia en el pueblo, como párroco, del hermano menor del hombre-pez.
No es mi propósito relatarles a ustedes cuanto Máximo recordaba de aquel relato, en todas aquellas de sus partes que coinciden con lo que fuentes posteriores han hecho público y notorio, pero sí me detendré en los aspectos en que se aparta de las fuentes impresas o incluye detalles contradictorios o pasados por alto en ellas.
El primero, por orden cronológico, es el relativo a las razones y circunstancias por las que Francisco, a edad como de quince años, fue enviado a Bilbao, lejos de sus padres y sus hermanos. Como era de suponer en un cretino evidente, sin más cualidad destacada que sus dotes natatorias, no se trataba mayormente de aprender un oficio, sino de eliminar una boca. Parientes avecindados en la ría del Nervión, más o menos engañados sobre la minusvalía mental del muchacho, lo recibieron en su casa y, una vez conocido, se lo fueron pasando de mano en mano. Esa es la razón por la que las fuentes indistintamente aluden a que intentó aprender el oficio de cerrajero o de carpintero. Ni uno ni otro pudo ejercer, no tanto por inhabilidad natural, cuanto por desinterés de sus maestros y malicia de sus compañeros, que lo empleaban en las tareas más duras y rutinarias, haciéndole objeto de toda clase de chanzas y novatadas.
Francisco estaba acostumbrado desde la infancia a ser víctima de burlas y desprecios pero, cuando menos, en su pueblo podía recibir las migajas de cariño de sus allegados y la paternal acogida del entorno natural en que había nacido. No sucedía así en Vizcaya donde, ridiculizado y desatendido, había incluso de mendigar por las calles el alimento que frecuentemente le negaban. Falto casi en absoluto del don de la palabra, incesantemente salmodiaba la súplica pan, vino, tabaco. Es probable que la referencia a este último tuviera su razón de ser en lograr el intercambio del mismo por ropa o viandas, mucho más precisas que el humo para su cuerpo necesitado.
Lo sucedido el día de San Juan de 1664 no era aclarado por la Memoria del hermano, pero, desde luego, hubo mucho más que el deseo irreprimible de echarse al mar y librarse de un mundo cruel y opresivo. En la instructoria judicial incoada con motivo de la desaparición se reflejaba, entre líneas y medias palabras, que los compañeros de trabajo que invitaron a Francisco a bañarse con ellos en Las Arenas, lo abandonaron en la ría, llevándose todos sus vestidos. Lo que sucedió después no tiene otra base fáctica que la declaración de unos caseros de los alrededores, manifestando a los alguaciles que un joven aparentemente desnudo había sustraído de un tendedero varias piezas de ropa de hombre puestas a secar, marchando con ellas como alma que lleva el diablo.
El hermano párroco intuía que fuera Francisco el autor del hurto y que éste debía haber alterado de tal manera su conciencia que, temiendo un terrible castigo, puso mucha tierra –o agua- por medio. Nadie sabe cómo ni por dónde hubo de llegar hasta Cádiz, pero sí es obvio el interés de los colegas de taller de ocultar su parte de culpa en la decisión y buscar su causa en la manía acuática del expoliado.

¿Dónde y cómo había vivido Francisco los cinco años que transcurrieron luego, hasta ser encontrado en la bahía de Cádiz? Obviamente, no entre las sirenas y los atunes, sino trabajando en lo que mejor conocía. Su hermano, a través de clérigos gaditanos, había podido llegar a saber –y lo recogía en la Historia- que un tal Francisco Pan y Vino figuraba en el libro de matrícula de varias carpinterías de ribera. Es probable que fuera mejor tratado que en Bilbao, o que encontrase en el mar el solaz y lenitivo para sus cuitas. Lo cierto es que se acogió de manera estable a la vecindad gaditana y allí vivió sin estridencias, hasta el día malhadado en que unos pescadores que no lo conocían lo capturaron con sus redes, mientras nadaba en alta mar.
El memorial, por razones comprensibles, pasaba por el incidente de la Inquisición, como sobre ascuas. Nunca sabremos por qué los conocidos de Francisco no dieron la cara por él y no declararon sobre su razonable conducta y humanidad: tal vez, no se enteraron de su captura y detención en el convento de San Francisco. Tampoco podrá aclararse la razón por la que el ya denominado hombre-pez decidió acogerse a un absoluto mutismo ante los oficiales inquisitoriales. Pero cualquiera que esté medianamente familiarizado con el aparato y la tortura de aquellos procedimientos puede colegir el terrible daño que habrían de causar en la mente enferma del pobre cretino quien, al parecer, decidió defenderse con un manto de silencio, ante las interminables sesiones de interrogatorio y conjuro “para hacerle volver de su extravío”.


4. El hombre-pez aparece y desaparece


Dicen las demás fuentes que el hombre-pez, tras muchas y duras jornadas en manos de la Inquisición, sólo pudo pronunciar la palabra Liérganes, que nada dijo a sus interrogadores, hasta que fue consultado el secretario del Tribunal en Cádiz, Domingo de la Cantolla, feliz y casualmente lierganés. Más cierto fue –según su hermano- que Francisco acertó a reconocer al susodicho secretario durante los interrogatorios e, ignorando o no pudiendo pronunciar su nombre, apeló al reclamo de la patria chica común. A partir de ahí, los cronistas coinciden en el relato, en particular, sobre el traslado del hombre-pez hasta su villa natal y el sorprendido encuentro del monstruo con su madre y dos hermanos aún vivos y residentes en la casa paterna; por cierto, uno de los hermanos era nuestro sacerdote, quien –al decir de Máximo- reproducía el retorno con todo lujo de exagerados detalles emotivos.
Ya saben ustedes –prosiguió don Alejandro- que los textos hasta ahora conocidos abrevian mucho la narración de los nueve años que después pasó Francisco en Cantabria, en compañía de su familia. Apenas aluden al mutismo y frialdad emocional del hijo prodigo (o mejor, prodigio), a su vuelta a la cantinela de pan, vino, tabaco y a sus frecuentes mandados para llevar hasta Santander los encargos que le hacían. La mala conciencia del hermano sacerdote, que trató luego de limpiar con su confesión escrita, deja entrever el infierno que tuvo que volver a pasar el cretino en su tierra. En particular, el memorial dejaba constancia del rechazo de su autor a la petición de la madre de que alejase de ella a Francisco y lo llevase consigo a título de sacristán, o lo asilara en algún centro de misericordia. También ponía en su justo término los absurdos alardes náuticos del hombre-pez que, según la mayoría, cruzaba a nado la bahía santanderina, cuando no llegaba a tiempo de coger la barca para cumplir sus recados. El sentido común nos induce a pensar que era absurda la voluntaria travesía, corriendo el evidente riesgo de echar a perder los objetos que transportaba, sólo por no esperar algún tiempo la embarcación. Antes bien, lo que sucedía era que sistemáticamente la barca se alejaba al ver venir al hombre-pez, o le impedían montar en ella, simplemente por el placer de escuchar sus gruñidos lastimeros, o de cruzar apuestas sobre si llegaría a nado antes que la barca, o sería capaz de pasar sin ahogarse aquellos días en que la mar estaba más revuelta, o los bultos eran más pesados.
Con todo, la mayor revelación del documento era, amigos míos, lo referente al trágico fin de Francisco de la Vega, en el que todos intuían un terrible secreto, que unos vinculaban a la maldición de su madre y otros, a un rapto de locura, a juzgar por el espantoso grito que se oyó en las orillas del Miera, momentos antes de lanzarse por última vez a sus aguas. Los más suspicaces –como era mi caso- veíamos en las patrañas sobre apariciones ulteriores y no probadas del desaparecido (en Asturias, en Inglaterra o en otros lugares) una muestra de vergüenza ajena, algo así como: no estuvo el maltrato de aquel pobre subnormal tan preñado de malas consecuencias ya que, después de todo, sobrevivió y hasta quién sabe si vivió una nueva y mejor vida en otras tierras, o en otras aguas.
Como es natural, no hubo nada de eso. Juan, el hermano ya párroco, no estuvo presente cuando Francisco decidió visitar por última vez las ondas que habían constituido, con la cuna, su único hogar acogedor. Vino en seguida hasta Liérganes desde su vecino curato de Villacarriedo y durante varios días recorrió las orillas del río, temiendo lo peor, a juzgar por las circunstancias de la inmersión (desde lo alto del puente, ahora llamado viejo o romano) y del terrible grito que, como una maldición, la había acompañado. Su madre tenía el convencimiento de que el hijo había querido suicidarse, aunque a todos –salvo a su vástago menor- trató de engañar con la afirmación de que Francisco había partido nadando, camino del mar, como en otras ocasiones precedentes.
Juan, con la sola ayuda del hermano que permanecía a cargo del casal familiar, recorrió incansable las orillas del crecido río, hasta su abra final. Al octavo día, su minuciosa dedicación tuvo éxito. En un remanso a dos leguas del puente de Liérganes, semioculto por juncos y espadañas, apareció el cuerpo, hinchado y lívido, de Francisco. La moral de sus hermanos era intachable: bien sabían ellos que a los suicidas no podía sepultárselos en sagrado. Por tanto, de noche y en secreto, al pie de un aliso escondido, junto al río de sus desventuras, enterraron a solas el cadáver del hombre-pez y volvieron a sus ocupaciones. Por caridad, ni siquiera revelaron el hallazgo a su madre. La historia concluyó; empezaba la leyenda.


5. Aclaraciones, quizás innecesarias

La guerra civil siguió zumbando en Asturias un año más, a partir de la profanación de la parroquia de Cantiles. La familia de Máximo custodió los restos sacados de San Pedro, como Dios les dio a entender. Luego, con la represión de la posguerra, la Guardia Civil llevó a cabo una severa y minuciosa indagación acerca de los partícipes en el incendio y el expolio consiguiente. La madre de Máximo, temiendo que pagaran justos por pecadores, decidió hacer su propio auto de fe con los documentos que custodiaban y un par de objetos litúrgicos salvados de la quema. Y allí fue a parar, para desilusión de don Alejandro, aquel famoso memorial del hombre-pez, fuente imprescindible y única para aclarar definitivamente su verdadera historia. Sólo quedó el recuerdo de Máximo, el buen anciano borrachín, que, en aquella tarde de agosto de 1977, no dejaba de insistir para animarme:
- Le juro, don Alejandro, que le he contado con pelos y señales cuanto decían aquellos papeles. Y, a fin de cuentas, un hombre-pez más o menos, ¿qué se le da al mundo?

- Razón tienes, Máximo –le repliqué, haciendo de tripas corazón-. Si a nadie importó en vida, ¿qué más da lo que sea de él después de muerto?
Dijo así nuestro colega de balneario e hizo ademán un tanto teatral de levantarse. Pero, como suele afirmar mi mujer, siempre quiero ser yo quien diga la última palabra. Así que le chafé al bueno de don Alejandro su mutis por el foro:
- No creo que sea del todo exacto. El hermano pretendió descargar la conciencia contando cuanto sabía. ¿Haremos bien nosotros violando su secreto de confesión?

 
 
(1) Tan escatológica marca comercial tiene precedentes ilustres. Cojón del Anticristo fue el insulto que, en el curso de una pendencia teológica, dedicó Beato de Liébana al arzobispo de Toledo, Elipando, allá por el siglo VIII.
 
(2) Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro (1676-1764), conocido literato español. Trató del hombre-pez de Liérganes en su Teatro Crítico Universal, cuya primera edición data de 1726/1739, según partes. Posteriormente, volvió sobre el tema, de manera más breve en las Cartas Eruditas (primera edición aparecida en 1742/1760, según volúmenes).
 
(3) José María Herrán Valdivieso, político cántabro, gobernador y diputado. Su aportación sobre El hombre-pez de Liérganes vio la luz en Santander, en 1877.
 
(4) Gregorio Marañón y Posadillo (1877-1960), insigne médico, escritor e historiador. Abordó el caso del hombre-pez lierganés en su libro Las ideas biológicas del Padre Feijoo (primera edición, Madrid, 1934).
 
(5) Tratábase del cura, señor Hoyo Venero, cuya Memoria aludida está fechada en 1748, y de la que se conserva una copia en el British Museum, según D. Antonio Gascón Ricao (Al otro lado de la Ciencia, número de septiembre de 2007) en la web http://www.aol2002.com/
 
 
 

jueves, 9 de septiembre de 2010

En busca de un tesoro


  
Pretéritas ambiciones de tesoros ocultos acaban haciéndose realidad en nuestro tiempo, aunque con muy diverso contenido. España y Brasil se dan la mano –y el corazón- en la ciudad paulista de Botucatú, evidenciando que la Historia es maestra de la vida, cuando menos, si el historiador es optimista y tiene los ojos bien abiertos, no sólo para el pasado, sino también para el presente




Los Cabeza de Vaca

   ¿Quién me mandaría a mí proponer al profesor Canales una línea de investigación, ya sugerida por otros historiadores, incluso en internet? Debió de ser el calor del verano en mi Salamanca de España. Lo cierto es que le comenté:

   Profesor, ¿habrá alguna relación entre el Cabeza de Vaca explorador y el obispo que fue de esta diócesis? Podríamos apuntarnos un bonito tanto si lográsemos encontrar alguna conexión entre ellos.
   El ilustre catedrático de Historia Moderna me respondió:
   Excelente ejercicio para este verano. Encárguese usted. Un vistazo a los archivos catedralicios de Salamanca y Palencia sería suficiente, para empezar. Y todavía tendrá tiempo para su habitual estancia estival en Italia.
   Gruñendo para mis adentros, no me cupo más remedio que sepultarme en la inmensa y maravillosa tumba catedralicia salmanticense y vérmelas con todos los documentos relativos al prelado Luis Cabeza de Vaca, que gobernó la diócesis entre 1530 y 1537. Quince días y doscientos diecisiete manuscritos después, volví a presentarme ante el doctor Canales, con las manos vacías. Me exhortó con amabilidad:
   Excelente, hijo. Tanto vale para una investigación el descubrir, como el agotar falsas vías. Así que, ahora, a Palencia.
   Me consta que la catedral palentina es llamada la bella desconocida, por sus abundantes tesoros ignotos. El archivo es uno de ellos: amplio, bien ordenado, servido con prontitud y cuidado. El vice-archivero se sintió halagado al ver mi carné de investigador y profesor contratado de la universidad salmantina. Tuve que aclararle:
   Soy un modesto estudioso, que está empezando aún la profesión académica. De todos modos, ya tengo un libro y media docena de artículos publicados.

   Pues es usted muy joven para haber hecho tanto. Enhorabuena. Me tiene a su entera disposición.
   Diecisiete días y trescientos quince documentos después, me encontraba en 1548, es decir, a punto de concluir con la vida terrenal del obispo Cabeza de Vaca. Pasaba mecánicamente los manuscritos, hastiado y deseoso de iniciar las vacaciones cuando, de pronto, surgió la luz. Tal vez, no me habría percatado, de no ser por la extrañeza de encontrar una carta de 1542 entre escritos de seis años más tarde. Pero ahí estaba, arrugada y pimpante, con la letra del explorador, que yo conocía bien por mis estudios de otros originales existentes en Simancas y El Escorial. Supongo que a ustedes la transcripción literal del documento les resultaría aburridísima. Un resumen del mismo es, por el contrario, indispensable para poder seguir mi relación. Permítanme, pues, ejercer de censor y recoger acto seguido lo esencial del texto, con la oportuna modernización del estilo y del vocabulario:
   En Nuestra Señora Santa María de la Asunción , a los quince días del mes de octubre del año de gracia de mil y quinientos y cuarenta y dos años.

   A don Luis Cabeza de Vaca, Obispo de Palencia.
   Mi muy querido primo:
   Heme aquí de nuevo, en esta villa y fuerte de la Asunción, de regreso de un fatigoso y utilísimo viaje, que me ha llevado desde aquí a los límites del Perú, a través de caminos y trochas sin cuento. Vuestra reverencia, primo mío, sin duda me reprochará el seguir con mis hábitos de aventura y exploración cuando ya he rebasado los cincuenta años de mi edad. Yo creo es mi deber para con el Emperador Carlos, que Dios guarde, y para con el cargo que se ha dignado otorgarme, de Adelantado del Río de la Plata…
   …Es privilegio de los reyes ser olvidadizos y nuestro señor lo es en grado sumo. Esta tierra, fértil y rica, aún no está en condiciones de subvenir a las necesidades de sus pobladores castellanos, que la emprenden contra los indios y sus bienes, de una forma abusiva, que yo no puedo consentir . Temo que llegue el día en que el descontento prenda en unos y otros y yo, con sólo las leyes y mi título, no sea capaz de conservar la paz ni, tal vez, la vida…
   …Así pues, mi querido primo, conocedor de tu desprendimiento de los bienes de este mundo y tu generosidad para con los pobres, me permito hacerte llegar mi demanda de ayuda económica, bien a título personal, bien con cargo al patrimonio de tu Iglesia, en el bien entendido que sería un préstamo a devolver en unos pocos años y con un razonable interés…
   …Con razón me preguntarás cómo pueda devolver tan crecida suma, si reconozco carecer de lo más indispensable. Debo confesarte que tengo fundados motivos para suponer que, no muy lejos de esta villa, se encuentra un rico tesoro, que ha de colmar todas mis esperanzas y permitirme restituir con creces capital e intereses. No es, como antaño sucedió con las Siete Ciudades de Cíbola o con El Dorado, una entelequia lejana, sino una realidad documentada por sólidas tradiciones y testigos…
   … Una caravana inca, tras haber comerciado muy gananciosamente con los indios de las orillas del océano Atlántico, retornaba al Perú por el camino que los indígenas llaman Peabirú, cuando fueron asaltados por unas extrañas criaturas de piel oscura, de tamaño como infantes, que surgían del bosque y se movían con tal rapidez, cual si cabalgaran el viento. Sus ropas eran rojas y sus manos habilísimas. Los incas apenas tuvieron tiempo de enterrar sus mercaderías, en un lugar denominado Buenos Aires, junto al Río de los Cactos, enfrentándose valientemente con sus enemigos, hasta que el último de éstos fue destruido. La lucha fue tan fiera que, temiendo carecer de fuerzas y sufrir nuevos embates de otros indios de la zona, los pocos incas sobrevivientes siguieron camino hacia su tierra y, llegados allá, comunicaron lo sucedido. Parece claro su propósito de regresar y recuperar lo enterrado, pero aquello fue en el año del Señor de 1532, en que el famoso Francisco Pizarro llegó al Cuzco, prendió al Inca Atahualpa y…
   …Por tanto, primo mío, tu préstamo estaría tan seguro como en las arcas de tu casa o de tu Iglesia, sólo que podría fructificar y multiplicarse, haciéndome, al propio tiempo, un favor muy grande… Recibir el dinero y ponerme en marcha hacia Buenos Aires para recoger el tesoro, será una y la misma cosa…
   …Recibe el cariño y la gratitud de tu primo,
   Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Adelantado del Río de la Plata.

   El resultado de esta carta, a la altura de 1542, quedaba patente por la anotación marginal, con toda probabilidad, de mano del señor obispo: La hambruna de 1540 y la poca seguridad de la garantía hacen imposible atenderla. Contéstese así. En cuanto al resultado de la carta, en el año 2005, en que la tuve ante mis ojos, era mucho más positivo. Por una parte, dejaba claro el parentesco próximo entre el conquistador y el obispo. Y, por otra…
   Por otra, actué con una rapidez que hubiera dejado por lentos a los fantásticos asaltantes de los incas de marras. Salí escopetado a hacer una fotocopia del documento y lo devolví a su legajo y carpeta, sin comentar ni una palabra al amable vice-archivero. Tan sólo me despedí de él al finalizar la mañana, asegurándole la terminación de mis pesquisas y mi eterna gratitud.
   ¿Y qué, ha habido suerte?, me preguntó con interés.

   Desde luego, respondí bienhumorado. Después de mes y medio entre Cabezas de Vaca, me voy sin ninguna cornada.



Hacia el camino Peabirú

   No soy egoísta ni avaro, pero reconocerán que tenía ante mi unas expectativas mucho mayores que las que podía proporcionarme el haber descubierto que los dos Cabezas de Vaca eran primos entre sí. De modo que me fui a Italia sin pasar por la Facultad de Historia salmantina y estuve la mayor parte del tiempo ilustrándome acerca del famoso (aunque, para mí, desconocido hasta entonces) camino Peabirú, de la mano de los comentaristas de Sebastián Caboto . Para los efectos, bastará que consigne aquí el hecho de que tal camino –con numerosos ramales, poco perfilado y en parte legendario- ligaba el mundo del Pacífico y el del Atlántico sudamericanos, desde antes de la conquista hispano-portuguesa. Una vez impuesto en las características y circunstancias del camino, repasé la fotocopia de la carta de 1542, estrellándome una y otra vez contra Buenos Aires.

   No había duda de que esa localidad podía coincidir con el asentamiento de Nuestra Señora del Buen Aire, actual capital de Argentina, fundada por Pedro de Mendoza en 1536, cuya existencia había sido conocida sin duda por Cabeza de Vaca, por más que su existencia no llegó más allá de 1541. Tenía, sin embargo, el pálpito de que esos Buenos Aires no eran los aludidos en el documento palentino, ya que la expedición inca que enterró el tesoro se había producido en 1532. Cabía, desde luego, la posibilidad de que Cabeza de Vaca hubiese denominado al lugar de la forma en que lo sería efectivamente años más tarde. Pero había otra dificultad: no parecía probable que el camino Peabirú hubiese tenido un ramal importante tan al sur, en terreno pantanoso y entre indios –los querandíes- poco hospitalarios. Tampoco ayudaba mucho a la identificación bonaerense la proximidad a un llamado Río de los Cactos pues, desde mis pobres conocimientos botánicos, no creía que las cactáceas abundasen por aquellas tierras rioplatenses.

   Abrumado por lo difícil de mi indagación en solitario, decidí ponerme en contacto con algunos investigadores americanos que hubiesen estudiado a fondo el camino indígena del Perú y me llevé bastantes sorpresas. Fue la mayor, la de que el susodicho camino era tomado por muchos como vía de espiritualidad, como la vía a la tierra sin mal, con similitudes explícitas con el europeo de Santiago de Compostela, o Compostela da América do Sul. Hacía introspección y me veía como uno de esos denostados caciques, conquistadores o bandeirantes que, en vez de amor y hermandad, habían derramado por el camino guerras y horrores, buscando diamantes y transportando cañones. Afortunadamente, rechacé la visión masoquista y, con cierto temor, me puse en contacto con sendos colegas de universidades brasileñas, reputados especialistas, y, abusando de su amabilidad, les hice llegar, como llovida del cielo, la siguiente pregunta:

   ¿Conocen alguna localidad en el camino Peabirú, denominada Buenos Aires? En ambos casos, las contestaciones señalaron un mismo punto:
   Con certeza, debe tratarse de la, todavía hoy, conocida como la ciudad de los buenos aires que, en idioma tupi-guaraní se dice ybytu catú. Puede encontrarla en los mapas del Estado de São Paulo con el nombre de Botucatu, a unos 235 kilómetros al noroeste de la capital.
   Es probable que, del mismo modo, me hubieran ilustrado amablemente sobre la ubicación del Río de los Cactos, pero esa baza me la reservaba para mí solo. ¡No quería dar pistas! Así que, comoquiera que el verano boreal estaba concluyendo, y mis vacaciones con él, decidí empaparme de la geografía e historia de Botucatú, sin dejar traslucir mis estudios. El profesor Canales me interpeló:

   Amigo Menéndez, ¿qué tal las indagaciones sobre los Cabezas de Vaca? No sé nada de usted desde hace dos meses.

   Lo siento, nada positivo. Estoy descorazonado.

   Olvídelo por un tiempo y luego vuelva a la carga. Ya sabe, un investigador ha de ser inasequible al desaliento.

   No sé por qué pensé que desaliento rimaba con viento. Un relámpago cruzó mi mente y se hizo una luz brillante. ¿Cómo podía no haberme dado cuenta, después de un mes leyendo cosas sobre Botucatú? La descripción que Cabeza de Vaca hacía de los asaltantes de los incas coincidía, punto por punto, con los sacis. Tal vez, mi contacto con los Vacas, me hubiese convertido, mentalmente, en una cabra, pero los datos son los datos y más, si están avalados por casi quinientos años de historia. Así que, loco o no, la cosa estaba clara. Para mí, el camino Peabirú pasaba por el Estado de São Paulo.

***

   Pero, para llegar a mi Peabirú, era obligado viajar hasta Brasil, con bastante tiempo, y buscarme allá algunos contactos. Afortunadamente, tenía un antiguo amigo español, casado con una brasileña de ascendencia japonesa, que vivía en Campinas. Le escribí:

   Voy a pasar unos días en Botucatú dentro de poco, para hacer unas investigaciones. Infórmame sobre hoteles y ponme en contacto con algún doctor o doctora de la Universidad, que pueda ayudarme en la tarea.
Mi buen amigo, Valentín Rabanillo, se portó como un ángel. Me contestó, casi a vuelta de correo:

   Con la colaboración de un vecino nuestro natural de Itatinga , lo tenemos todo arreglado. Nada de hotel: te alojarás en una pequeña pensión muy céntrica, de excelente cocina. Y te acompañará en lo que necesites la doctora Moraes, que se defiende en español, pues ha estado un par de veces por ahí, ¡precisamente en Salamanca!
   ¿Qué más podía pedir? ¡Ah, sí!: un permiso de dos o tres semanas, pues no quería dejar de pasar las vacaciones oficiales con mi familia. Tuve que contarle las cosas a mi modo al profesor Canales:

   Don Anselmo, necesito pasar unos días en São Paulo, haciendo trabajo de campo sobre Cabeza de Vaca.

   Me alegro mucho, hijo, de que sea usted tan persistente. Tómese una semanita y la une a las vacaciones de Semana Santa. Más no puedo concederle. Ya sabe como estamos de agobiados con las clases.
   En fin, menos da una piedra. Disponía de unos veinte días. Había que prepararlo todo a conciencia, empezando por el aspecto financiero. Mis ahorros eran mínimos. Por un momento, se me ocurrió acudir al banco y pedir un préstamo con la fianza del tesoro inca. Por cierto, ¿qué normativa tendría Brasil respecto de los tesoros ocultos? Sonreí para mí, recordando el cuento de la lechera. En el fondo, aunque me costase la ruina económica, ¿sería eso mucho precio para alcanzar la gloria?

***

   Valentín y su esposa Noriko me recibieron en el aeropuerto de Guarulhos y no pude separarme de ellos durante tres días. Yo me habría quedado todo el tiempo en el parque de Ibirapuera, pero la feliz pareja no tenía más remedio que cuidar de sus dos criaturas en Campinas: así que adiós a los lagos y al Museo de Arte Moderno. Hube de deleitarme con la catedral campineira, realmente muy hermosa, y asistir a un concierto de la notable Sinfónica Municipal. Casi a la rastra, logré desasirme de mi acogedora pareja anfitriona y de sus dos encantadoras crianças y subir al autobús de la empresa Caprioli, que había de llevarme hasta Botucatú. Todavía acerté a oír los consejos de Valentín:

   ¡Acaba pronto con tus historias y, a la vuelta, pasamos unos días juntos! Hay mucho que ver por acá.
Entré en Botucatú con buen pie. Mi compañero de autobús hablaba un portugués muy abierto, con la despaciosidad que requería mi comprensión, y me fue explicando el recorrido con todo detalle. El paisaje era cada vez más hermoso. El taxista que me llevó de la estación de autobuses al centro, resultó prudente y económico. Todo, pues, constituía un esperanzador prólogo a mi presentación ante las dos hadas madrinas, la regente de la pensión y la doctora universitaria.

   Y, en lo que respecta a la primera de ellas, la cosa no pudo ir mejor. La pasadera se llamaba, sin contar el senhora, Lucrécia Magalhães Carneiro da Fontoura; un nombre tan amplio como su corpulencia y –por lo que más tarde experimenté- su corazón. La pousada, sencilla y de inmaculada limpieza, estaba frente a la Biblioteca Municipal, cuyos historiados remates de hierro forjado señalaban incansablemente el cielo azul de abril. La comida excedía con mucho la cabida y fortaleza de mi estómago, lo que hube de explicar al amabilísimo camarero Hipólito, para que no se ofendiera por no hacerle los honores y me denunciara a la patrona. Y, en cuanto a la habitación, la alegría del balcón era un poco ruidosa para mi gusto: así lo dije y me trasladaron al punto a otra interior, recoleta y amplia, con litografías de la sierra, y la recomendación de la señora Lucrecia:

   Don Miguel viene a estudiar el paisaje de Botucatú. Es un honor para nosotros. Necesita silencio para concentrarse y trabajar. Respetemos su tranquilidad.
   Los huéspedes comensales saludaron y asintieron. El que parecía decano de la comunidad de doña Lucrecia tomó la palabra en nombre de todos:
   Sea bienvenido y, si precisa de alguna ayuda, estamos a su disposición.


Los errores de Kepler


   Mi suerte empezó pronto a cambiar; exactamente, desde el momento en que comenté a doña Lucrecia:
¿Está lejos la Universidad? Tengo que presentarme a una profesora.

   Querido señor, que yo sepa, no hay Universidad en Botocatú, pero sí tenemos una famosa Facultad de Medicina y alguna que otra Escuela universitaria.

   Entonces, Facultad de Historia, o de Geografía…

   No, creo que no. ¿A qué profesor viene usted recomendado?

   A la doctora Moraes.

   Moraes, Moraes… ¿No será Tarsício Moraes, que trajo al mundo a todos mis hijos?

   Pues no, se trata de una doctora que se llama Cristiane.

   Don Tarsício tenía varias hijas. A lo mejor es alguna de ellas. Yo que usted, me pasaría por el Hospital Universitario. Es lo más seguro.

   Paseando por la ciudad, a la caída de la tarde, di con la clave del equívoco. Yo había hablado con Valentín de doctorado en sentido general o académico, mientras que él lo había entendido con el reduccionismo habitual español por médico. Estaba frente a la catedral de Santa Ana, de imponente neogótico de postal. Entré, irritado aún por el fiasco, para encontrarme con un templo amplio, blanco, armonioso, que transmitía paz. Me senté en un banco a medio recorrido de la nave central y fijé la mirada en la imagen de la Santa que presidía el presbiterio. Recompuse la situación, con el optimismo que me ha jugado tantas malas pasadas –y también buenas- en la vida:
   A fin de cuentas, musité, lo único que necesito es una buena conocedora de la zona, que me allane dificultades. Si no sabe historia, mejor que mejor: así no tendré que darle demasiadas explicaciones. Y, si resulta que es médica, podrá cuidarme si enfermo en esta tierra, aunque dicen que es muy sana.
Me sonreí de mi propia humorada. Salí a la calle y entré en la primera cafetería que encontré. Me sentía reconfortado:
   Un café, dije en mi horrible portuñol . Pero amarillo, del de Botucatú .
   Acodado en la barra, con el aroma de la infusión grabándose en mi memoria, me vino a la cabeza lo que había leído, años atrás, sobre el gran Kepler y sus errores. Pensé:
   A ver si me va a pasar como a él, que algunas de sus mejores intuiciones y descubrimientos nacieron de errores de hecho o de cálculos equivocados.
   Claro que Johannes Kepler era un genio y Miguel Menéndez, un simple profesor en busca de tesoros.

***


   La cosa resultó como la señora Lucrecia había vaticinado. Cristiane Moraes era una joven médica adjunta del hospital clínico y, para mi desgracia, mal podía ser yo su paciente, pues era especialista en pediatría. Empezó a caerme bien, desde que vi su bata –es un decir- y su sonrisa. Yo a ella, al parecer, cuando, tras las primeras explicaciones en la cafetería hospitalaria, le dije:
   Después de todo, tenemos algo en común. Tú, como pediatra, investigas la prevalencia en las diarreas infantiles del rotavirus o de la Escherichia coli. Yo, como historiador y explorador de los bosques, puedo investigar la prevalencia en los sacis de los que tienen pierna derecha o pierna izquierda.

   Será divertido –respondió entre risas-. Si encontramos un saci, lo traeremos a Pediatría y seguro que hace más por la curación de los meninos que todos los tratamientos clínicos.
   Cristiane no quiso meterse de golpe en la exploración del Peabirú. Como si tuviese un sexto sentido, me aseguró que tendríamos tiempo de sobra y que bien podíamos pasar un par de días de visita por la ciudad y sus alrededores. Aunque preocupado, no tuve más remedio que ceder:
   Al menos, le dije, infórmate por todos los medios posibles, sobre la existencia de un lugar llamado Río de los Cactos, o algo por el estilo. Es la clave de mi investigación.
   El par de días de asueto se convirtieron en una semana. El doctor Moraes, tocólogo de Lucrecia Magalhães y de medio Botucatú, se sumó gustoso a las expediciones turísticas, ya que, como viudo y jubilado, no tenía cosa mejor que hacer y le encantaba enseñar su ciudad. Les haré gracia de las iglesias y monumentos que pudimos visitar, en sucesión apabullante. Por las mañanas, me recogía don Tarsício con su coche, a la puerta de la pousada –si llegaba a entrar, Lucrecia podía estarse homenajeándole y dándole conversación durante más de una hora-. Las tardes eran el momento mágico de Cristiane, por los parques y plazas más románticos y refrescantes: el paraje, un tanto alejado, de Río Bonito; la plaza Brasil-Japón y, sobre todo, la Fazenda Lageado y su Museo del Café, el sitio de mi predilección.

   ¿Te gusta mi tierra?, preguntó Cristiane una tarde, mientras veíamos anochecer en Río Bonito.

   ¿Que si me gusta? Me quedaría aquí para siempre, haciendo compañía al Gigante Echado .

   Tampoco tu Salamanca está nada mal –concedió mi interlocutora-. Pero, para la primera vez, ya ha bastado. Mañana por la mañana te presentaré a quien aclarará tus dudas y permitirá que vuelvas a España con los deberes hechos.

   ¿Volver, y quién quiere volver?

   Vamos, vamos, doctor Menéndez, que ya es usted mayorcito para pretender estar toda la vida de vacaciones.

   El sol, ya invisible, tornaba en rosa el color de la laguna. Cogí la mano a Cristiane y susurré a su oído:
  
  Vivir a tu lado sería para mí una vacación perpetua.

  Creí notar en ella una suave emoción. Sin embargo, sus palabras no la traslucieron:

   Vayamos despacio. Es largo y peligroso el camino de Peabirú.

***

   José Augusto Vilafranca Júnior, amigo de la familia Moraes, resultó ser un experto en el camino de mis deseos. Me recibió en un despacho de la Prefectura Municipal y se mostró totalmente al corriente de mis pesquisas. Al punto, me tranquilizó:
   El Río de los Cactos sólo puede ser un paraje del Río Pardo, de donde toma su abastecimiento de agua la ciudad de Botucatú. ¿Ha oído usted hablar de un gran cacto, en forma de columna, que tiene el nombre científico de Cereus jamacaru?

   Pues no, pero ¿hay de esos cactos en esta región?

   Son mucho más frecuentes más hacia el norte y el oeste, pero no cabe duda de que abundaron en esta comarca, al menos, en otro tiempo, a juzgar por el topónimo indio.

   ¿Topónimo indio?

   Efectivamente, los indígenas de lengua tupi-guaraní llamaban a ese cacto mandacarú. Y así seguimos llamando nosotros la zona. ¿Está usted interesado en verla?

   Ni que decir tiene que mi respuesta fue positiva. Aunque confuso, mi corazón latía apresuradamente. Subimos a un todo-terreno de la municipalidad y, tras un trayecto de breves minutos, nos encontramos al borde de una zona represada del cauce del Río Pardo, que formaba un modesto embalse. El señor Vilafranca me indicó:
   Con cactos o sin ellos, éste es hoy en día el paraje que los indios bautizaron como Mandacarú. Como verá, está muy alterado, por efecto del embalse construido para abastecer de agua a Botucatú.
   Me quedé de piedra, por razones que ustedes imaginarán, pero que para mi acompañante eran completamente desconocidas:
   ¿Qué?, preguntó, ¿no le gusta el sitio? Ciertamente, es mucho más hermosa la represa de la Cascada del Velo de Novia. Si lo desea, podemos…
   Le contesté algo complemente desacorde con sus preguntas:
   ¿Y todo el paraje de Mandacarú está ahora permanentemente bajo las aguas?
   Prácticamente todo.
   Pues entonces, volvamos. Nada puede hacerse ya.

   Era mi tercer y último fiasco, tras el de la doctora y el de que fuera médica de niños. Para los otros dos había encontrado feliz remedio. Pero ¿qué se me ocurriría para paliar éste?
   Casi no abrí la boca en el viaje de retorno. Comprendí que estaba siendo descortés con el señor Vilafranca; así que, al despedirme, le dije con toda amabilidad:
   Amigo José Augusto, muchas gracias por sus atenciones. Si algún día vacían el embalse, avíseme, y les daré pistas para el hallazgo de un tesoro.

   ¿Tesoro? ¿Le parece que puede haber mayor tesoro que el agua potable?
   ¡Qué grande, el botucatuano! Sin proponérselo, había encontrado el antídoto de mi tristeza.

Y fin


   En vista de que, como historiador, ya no tenía nada que hacer, dediqué mis últimos días a disfrutar de lo más hermoso de Botucatú. Cristiane solicitó un permiso de tres días y nos fuimos a la cercana Avaré, la tierra del agua, el verde y el sol. Al regreso, me dijo doña Lucrecia:

   Miguel, se le ve mucho más moreno y más contento que cuando llegó.

   Debe ser por lo bien que me cuida usted, querida patrona.

   ¿Yo? ¡Pero si casi no para en casa! ¡Alguna garota lo entretiene, y yo bien sé de quién se trata!

   Y, luego, en voz muy baja:
   Es una chica excelente. No la deje usted escapar.
   No fue la última gentileza de la posadera. Cuando fui a pagarle la cuenta, vi que ésta era muy inferior a lo pactado. Sorprendido, pregunté:

    Doña Lucrecia, ¿seguro que no se ha equivocado al hacer la suma?

Probablemente, hijo, pero ya haremos cuentas más exactas cuando vuelvas por aquí.

***

   El día antes de mi partida hacia São Paulo, con todo decidido entre nosotros sin necesidad de palabras, Cristiane y yo nos sentamos en la plaza Rubião Júnior, con las manos enlazadas. No sé por qué me vino a la cabeza, pero empecé a tararear:

Não mais poderei viver longe de ti.
Tu és minha adoração

Con su habitual dulzura, ella me preguntó:
¿Lo dices por mí, Miguel?

Y yo:
¡Oh, no! Sólo estaba recordando la canción oficial de Botucatú.

lunes, 6 de septiembre de 2010

El diamante negro

   Aunque a nadie importe, éste es mi primer cuento, que ya evidenciaba mi amor por las gemas y por los objetos, en función de los sentimientos que pongamos en ellos.



   “Como Vd. sabe, señora C., los diamantes negros se han puesto de moda. Es un caso más de esnobismo, algo verdaderamente ridículo. Su color es el de la noche. No devuelven la luz que reciben. Carecen de reflejos polícromos. No merecen el gasto que supone engastarlos en oro blanco. Pero, si insiste…”

   “Pues sí, insisto en comprarlo y en hacer con él un sencillo anillo de aro y garras. Me consta que los brillantes blancos tienen una transparencia fúlgida incomparable. Pero también tiene su gracia poseer una gema venida del espacio, antigua y severa como una koré griega”.

   “Meteoritos, atmósfera arcaica, porosidad estructural, ¡pamplinas! -gruñó entre dientes el joyero, nada satisfecho de que una clienta saliera de su tienda con una pieza de no mucho precio-. En fin, si se empeña…”

   La señora C., efectivamente, se empeñó. Castigó al insensible vendedor de piedras, llevando el diamante negro a un orfebre. Al cabo de unos días, tuvo en su dedo anular izquierdo un sencillo aro, coronado por el controvertido brillante. Este, henchido de gratitud, parecía agigantar su mediana talla de tres cuartos de quilate, absorbiendo a borbotones la luz del sol y el suave calor de la piel de su dueña y protectora.

***

   Una noche, a principios de mayo, la señora C. tuvo la sorpresa de su vida. De la mesita donde había depositado su anillo al desvestirse, brotaba un círculo de luz que, con la oscuridad ambiente, resultaba deslumbrador. Se incorporó, alargó la mano hacia la fuente de aquella magia y constató que el diamante negro le devolvía, como en un beso, la luz y el calor que había recibido de ella durante el tiempo que habían pasado juntos.

   “Ahora veo claro el sentido de tu gracia, venida de otros mundos, musitó la Sra. C. al oído del diamante. Los demás brillantes reflejan pulcramente la luz, porque, en el fondo, no son capaces de recibirla. Pero tú has guardado en el corazón el cariño que yo te daba y me lo has retornado en la noche, cuando más necesidad sentía.”

Presentación del apartado Crónica Sentimental de la Guerra Civil

   Este apartado consta de una serie de relatos, a modo de cuentos dotados de cierta unidad. Su hilo conductor es la Guerra Civil española. Su carácter distintivo (y de ahí el título) es el de pretender reflejar ante todo los sentimientos, buenos y malos, que la contienda despertó en la gente corriente, que se vio sumida en el vórtice bélico. Su objetivo, rendir recuerdo y tributo a las víctimas de la contienda y a quienes trataron de hacerles su sufrimiento menor o más llevadero. Algunos de sus primeros lectores han visto reflejadas en estas páginas sensibilidad, piedad y fantasía, no para edulcorar u ocultar, sino para ahondar más y mejor en los personajes y en las reacciones que estos puedan despertar en quienes los conozcan.
   Salvo en uno de los cuentos, no es este un libro de anécdotas o biografías reales. Vale decir, aspira a ser literatura, no historia. Con todo, se aproxima muchas veces a lo que efectivamente sucedió, tal y como me lo contaron o yo he llegado a saber. Por eso, no tengo empacho en situar algunos de los cuentos en lugares y tiempos concretos. Valladolid y Oviedo han sido mis referentes espaciales, porque son mis ciudades de la Guerra. Del mismo modo, la mía y otras familias conocidas pueden sentirse con razón aludidas en el curso de los relatos; espero que de manera respetuosa y un poco velada, capaz de despertar menos dolor y más ternura.
   La sucesión de los relatos responde a criterios de mero orden alfabético, por lo cual pueden ser leídos sin problema, conforme al criterio que quiera establecer el lector. Con el fin de orientarlo, cada cuento va encabezado por breves introducciones, a través de la cuales podrá constatarse que la serie abarca los más variados asuntos relacionados con la experiencia bélica y de la posguerra. Algunos de ellos ya han tenido acogida en la página vallisoletana de la Asociación para la Memoria Histórica, gracias a la gentileza de mi amiga Orosia Castán.
   No me atrevo a desear a mis lectores que disfruten con los relatos, dado el terrible cariz de sus temas, pero sí que compartan las sensaciones éticas y estéticas que los han inspirado. En cuanto a la moraleja (indispensable en todo cuento que se precie), que cada cual saque la que quiera: se trata de narraciones para adultos, y estos necesitan verdad y libertad, no mensajes interesados, como aquellos con los que, incluso en nuestros días, nos inoculan politicastros y seudo-historiadores, en lo que constituye el último de los bombardeos de la Guerra Civil; el último pero, desde luego, no el más inocuo ni el menos deshonesto.