viernes, 3 de septiembre de 2010

Confidencias del Hofburg

El trágico primer matrimonio del futuro emperador de Austria, José II (1741-1790), visto desde una perspectiva cuasi-policiaca, a través de los ojos del caballero Gluck, el famoso compositor (1714-1787). Una muestra de que la homosexualidad (en este caso, la femenina) ha tenido un importante y larguísimo recorrido en la gran Historia.



Trabajos de amor sufridos

El caballero Gluck parecía estar en la cima de su talento. Unos días antes, el 5 de octubre de 1762, había estrenado en Viena Orfeo y Eurídice, el primer gran fruto de su nueva forma de entender la ópera. Como le había dicho el conde Durazzo, factótum del teatro de la Corte, “había madurado”. Una afirmación que nada tenía de extraña, si se tomaba en cuenta que el compositor frisaba los cincuenta años y hacía unos diez que había entrado al servicio de la casa real con el cargo de maestro de capilla. La reina María Teresa (emperatriz consorte y sólo un poco más joven que él) le había confiado la formación musical de sus hijas, aquel ramillete numeroso y variopinto de archiduquesas. No todas le habían salido alumnas aventajadas; incluso, diríase que su hermano y príncipe heredero, José, las superaba musicalmente a casi todas. A casi todas, pero no a la totalidad. Ahí estaba María Cristina, la bella y alegre Mimi, para demostrarlo.
Nuestro músico, caballero de la pontificia orden de la Espuela de Oro, no era un novato en eso de tratar –y enamorar- a jovencitas. Su dedicación al itinerante mundillo de las compañías operísticas le había regalado una inestimable experiencia de amoríos y conquistas, la cual incluía el haberse contagiado una enfermedad venérea a través de una prima donna. “Siempre ha habido clases”, se dijo a sí mismo, cuando constató su procedencia. Cambió a una compañía más seria, se sometió a un tratamiento lacerante y, decidido a sentar la cabeza, contrajo matrimonio con una rica heredera vienesa, con influencias en palacio: ¿qué más se podía pedir?

Lo cierto es que sus imperiales discípulas habían ido creciendo. Sin ir más lejos, Cristina había cumplido los veinte años. ¡Quién los pillara!, pensaba Gluck el día, meses atrás, en que había ido a felicitar a la veinteañera por su cumpleaños. Como regalo, en una carpeta de genuino cordobán con cantoneras de plata, la partitura escrupulosamente transcrita de un ballet inédito. La princesa, sin embargo, parecía un poco decaída, como en ocasiones anteriores. Gluck se atrevió a preguntar:

¿Pero cómo, archiduquesa, también hoy estamos con esas?

Querido maestro, lo siento, pero me resulta imposible olvidarle.

Señorita, como vuestro profesor y devoto amigo, me permito recordaros que tenéis el deber de ser feliz y hacer felices a los que os rodean. ¿No hay otro galán a mano para la princesa más bella y divertida de este castillo?

Mimi estuvo a punto de echarse a reír, ante el énfasis y apasionamiento de su viejo maestro. Sintiendo sincero su interés, le confió:

He hablado seriamente con mamá y me ha prometido que podré elegir el pretendiente que yo desee, sin intromisiones por su parte. Sólo exige que sea de la alta nobleza y que no esté “infectado del morbo gálico”, como ella llama a los filósofos y librepensadores del estilo de Rousseau y Voltaire.

Vamos, que de Luis Eugenio, nada de nada, pero en cuanto al resto, libre elección. ¿Sabéis que no es mal panorama, después de todo?

Sí, supongo que otros vendrán, pero sólo yo sé lo que sufro y me devano los sesos, pensando en lo que pudo haber sido y no fue. Le aseguro, querido maestro, que muchas veces he pensado en escaparme con él, si hubiera tenido el valor de pedírmelo.

Líbreos Dios, archiduquesa. Vuestra madre os ama hasta un punto, que yo me atrevo a calificar de favoritismo. Si el de Wattenberg os hubiera hecho la menor insinuación contra vuestro honor, hubiera peligrado su cabeza. Así que disfrutad de este ballet que he compuesto para vos y esperad un poco, que todo llegará.

Quizá tengáis razón. Después de todo, hay en este palacio quienes están mucho peor que yo. Gracias por vuestro regalo: espero que sea del estilo del espléndido Don Juan que compusisteis el año pasado.

Bueno, un poco menos grandioso, pero hecho con mucho más cariño –concluyó Gluck, empezando a pensar en el sentido del “mucho peor que yo” de María Cristina -.

***

El príncipe heredero, José, celebró su vigésimo cumpleaños el año anterior. Unos meses antes, había contraído solemne matrimonio con la princesa Isabel, nieta de Felipe V de España y de Luis XV de Francia. El caballero von Gluck fue llamado prontamente por la princesa, tan bella y distinguida, como excelente conocedora de la música de su tiempo. A sus diecinueve años, no estaba en edad de recibir lecciones de canto y armonía con María Antonieta y las demás archiduquesas niñas, pero el maestro de capilla constató que, tanto como hablar de música, la princesa sentía la necesidad de superar soledad y sufrimiento. Lo primero era comprensible para quien procedía de una pequeña corte ducal y tenía unas vivencias sustancialmente italianas. De lo segundo, Gluck tuvo atisbos, desde el momento en que Isabel le contó ciertas cosas de sus padres, que marcaron su infancia de manera decisiva:

Perdone, maestro, pero me han dicho que tenéis una esposa bastante más joven que vos. ¿Es ello cierto? ¿Sois felices en vuestro matrimonio?

Pues, efectivamente, es cierto. Le llevo a mi esposa unos quince años, pero eso no ha sido óbice para que ella se sienta a gusto conmigo, según creo.

Me alegro mucho y os debo una explicación por mi curiosidad. Me tocó vivir en el seno de una familia desavenida, en mi opinión, por causa de un matrimonio descompensado por la edad. Ciertamente, mi padre sólo era siete años mayor que mi madre, pero la llevaron al altar con apenas doce años y me tuvo a los catorce. Comprenderéis que mi vida girase siempre alrededor de mi madre, siendo ella tan joven y con una relación conyugal que me atrevo a calificar de desastrosa.

Pero, princesa, permitidme el exceso de calificaros de prodigio de belleza y distinción. Vuestra formación es excelente y es lugar común en la corte que vuestro marido –que tiene vuestra misma edad- está profundamente enamorado de vos. No creo, pues, que la infancia os haya marcado tan negativamente como pensáis.

No tenéis ni idea de ello, caballero. Mi madre y yo establecimos una relación tan estrecha, como puede serlo la de una madre con su hija, al menos, hasta que nacieron mis dos hermanos, cuando yo había cumplido ya los diez años de mi edad. El tener que compartir a mi madre, y sus desarreglos de salud, generaron en mí una terrible melancolía y pensamientos recurrentes de una muerte próxima.

He oído en la corte que vuestra madre falleció, aún muy joven, poco antes de que llegaseis para casaros.

Así es, en efecto. Murió a los treinta y dos años, cuando más hubiera yo necesitado de sus consejos y cuidados, ante el paso terrible que estaba a punto de dar o, mejor dicho, de que dieran por mí.

¡No digáis paso terrible! Vuestro esposo es un joven bien parecido, digno y culto y, a lo que se ve, sólo piensa en haceros feliz. Incluso es excelente conocedor de la música, el noble arte que también concita vuestras atenciones.

Sois muy considerado, señor Gluck, pero no todo es música y cariño, para poder llegar a mi corazón. En fin, os suplico olvidéis cuanto os he dicho y no os sintáis mal por mí. De todos modos, acudiré a vos para alimentar mi pasión por la música, que tanto me reconforta.

Estoy a vuestra entera disposición, princesa. Y contad con mi absoluta discreción.

Desde aquel día, la princesa y el compositor no habían vuelto a hacerse confidencias. Parecía, incluso, que ambos sintieran vergüenza de su inicial debilidad. No obstante, la música los unía frecuentemente y Gluck tenía hacia ella consideraciones especiales, fruto de creerla necesitada de atención y cuidados. Las razones de tan peculiar manera de pensar las hallaremos en las enfermizas relaciones entre Isabel y su esposo, que resumiremos a continuación.

***

Pocos matrimonios de conveniencia despertaron pronto tan profundo amor. El príncipe heredero quedó fascinado por la belleza, inteligencia y encanto de Isabel, para no hablar de sus grandes dotes musicales. Por otra parte, toda la corte pensaba como José. La princesita de Borbón-Parma había encantado en el Hofburg vienés. En particular, había hecho muy buena amistad con su cuñada Cristina, de edad casi igual que la suya.

El heredero, que siempre había estado rodeado de féminas, un tanto abandonado de su padre -constantemente preocupado por intereses económicos, más que políticos-, había desarrollado, junto a un carácter severo y laborioso, una forma de trato tímida, sutil y muy cortés, un tanto femenina, no del agrado de su mucho más decidida madre. “Más furor y menos música”, se dice que llegó a decir la gran María Teresa, un día que el príncipe, habiendo recibido una muestra insólita de descortesía del canciller Kaunitz, no respondió de otra forma que retirándose a sus aposentos a componer unas variaciones a la espineta.

Furor y música, aunque amatorios, volcó José en Isabel, construyendo todos los momentos de su vida en torno suyo. A cambio, cuanto mayores y más constantes pruebas de amor le daba, más se encerraba la princesa en sí misma, reaccionando a su presencia y atenciones con distanciamiento y melancolía. El mal correspondido esposo supo pronto, por un medio u otro, de la triste infancia de su amada y de sus premoniciones de dolor y de muerte. José, sin confiar a nadie sus cuitas, perseguía a Isabel por las estancias de palacio, mientras esta le rehuía y buscaba la compañía de sus damas y cuñadas, para evitar quedarse con él a solas. En esta táctica, encontró la cándida cooperación de la archiduquesa María Cristina, desolada entonces por la prohibición parental de sus relaciones con Luis Eugenio de Wattenberg, tan amante de Voltaire como el rey prusiano Federico II, enemigo irreconciliable de María Teresa. ¡Cuántas mañanas de paseos por los jardines, cuántas veladas de dúos musicales, pasaron Cristina e Isabel, para felicidad mutua y desesperación del esposo de esta!

La situación de tensión llegó al paroxismo cuando, conforme a lo preceptuado, los jóvenes esposos hubieron de dedicarse a las actividades preparatorias del nacimiento de su primer hijo. Pese a todos los pesares, era llano que José “afrontaba la tarea con la mejor de las disposiciones”, como informó a su padre el propio príncipe, a preguntas del emperador. Por el contrario, Isabel, aunque mentalmente consciente de su deber de dar a luz a un heredero, sentía una aversión ante la probabilidad de quedar embarazada, que acabó volviendo contra su esposo. Sólo ella sabía la repugnancia con la que afrontaba las relaciones íntimas con José, comparable con la intensidad del disimulo o disfraz de pasividad con que actuaba, para no ofender a su esposo más allá de lo tolerable.

La naturaleza no suele entender de sentimientos. A los ocho meses de casados, Isabel quedó encinta. El embarazo fue un calvario de depresión y otros problemas psíquicos, que generaron honda preocupación en la corte. Finalmente, en marzo de 1762, la princesa dio a luz a una niña, que fue bautizada con el nombre de María Teresa, en honor de su augusta abuela. Durante un breve tiempo, pareció como si madre e hija fueran a revivir la honda y exclusiva relación que la propia Isabel había tenido con su madre; pero esta no había tenido que luchar contra el indeseado amor de un marido apasionado. En contra del consejo de su madre, José se apresuró a reanudar las relaciones conyugales, con el pretexto de traer al mundo a un hijo varón. Isabel estaba débil y desesperada. En agosto del citado año de gracia, tuvo un aborto, lo que todavía agravó más sus sufrimientos morales, hasta el punto de perder la ilusión por vivir.

Durante todo este tormento, Isabel trató de apoyarse en Cristina, más que en ninguna otra persona. Su cuñada no dejaba de ayudarla con su presencia, alegre y cariñosa, pero no parecía dispuesta a permanecer constantemente a su lado. Percibía, tanto en José, como en su madre, cierto enojo por tan frecuente intromisión. Además –como ya sabemos-, tenía sus propios problemas y sinsabores. Empezó a buscar disculpas de sus ausencias y a menudear las visitas a los palacios reales de los alrededores de Viena. Pudo comenzar así una copiosa correspondencia, que ha hecho las delicias de historiadores y curiosos; cartas diarias, extensas, sinceras, en las que contrastaba la alegría y esperanza que reflejaba Cristina, con el pesimismo y la creciente obsesión por la muerte de Isabel.

La reina interviene

La reina y emperatriz consorte había seguido muy de cerca, como es natural, cuanto hemos dejado dicho en el capítulo anterior. En su mano estaban casi todos los datos, pero no era capaz de seguir el hilo conductor que le permitiera encajarlos y adoptar una decisión al respecto. Su corazón maternal se acongojaba, más que por aquel hijo en que hasta entonces ni había confiado ni lo comprendía, por la nietecita que llevaba su mismo nombre. Aplazó cualquier decisión drástica, hasta comprobar que el instinto maternal de su nuera resultaba totalmente insuficiente para remontar la situación y hacerse cargo de sus nuevas responsabilidades. Pero, cuando el aborto del mes de agosto llevó a Isabel al borde de la autodestrucción, María Teresa se decidió a actuar, con cautela pero a fondo. El problema era en quién apoyarse y confiar, pues era obvio que habría de ser alguien de toda confianza, ajeno al ámbito de la familia o de la política. La casualidad le dio una acertada elección.

Había mandado llamar a Gluck para felicitarle por su operone, como Durazzo la había calificado, y para encargarle la adaptara para su representación en el teatro imperial. El maestro de capilla tenía un día especialmente sentencioso; de modo que sorprendió a la reina:

Majestad, ningún honor mayor para mí que cumplir vuestro encargo, pero, desde la buena fe y la devoción que os profeso, me permito dudar de que sea una gran idea, al menos, por el momento.

Explicaos, caballero.

Me refiero al argumento, señora. Como sabéis, versa sobre el mito de Orfeo, con cuanto encierra de amor apasionado, hasta más allá de la muerte, pero que acaba en fracaso y tormento para el corazón del esposo.

¿Y bien? ¿No es sobradamente conocido, como para resultar acongojante?

Este es precisamente el anhelo que pretende mi música. Pero, en todo caso, temas de amor, muerte y fracaso me parecen demasiado próximos –y perdonad mi atrevimiento- a sentimientos muy dolorosos que se viven en este palacio.

Por un momento, María Teresa estuvo a punto de responder desabridamente a su empleado. No obstante, prefirió cargarse de razón y dejó explicarse al compositor, mientras ella misma rumiaba la idea que iba surgiendo en su mente:

¿Qué queréis decir? ¿A qué sentimientos dolorosos hacéis referencia?

Majestad, si soy un buen profesor de música, es porque también me intereso por mis alumnos y ellos confían en mí. No me forcéis a entrar en detalles que conocéis mucho mejor que yo. Aludo al triste sino del príncipe heredero –que Dios guarde- y de su fascinante esposa. Si la música puede hacer algo por iluminar sus vidas, no será precisamente la apasionada y trágica de mi Orfeo.

Está bien, trataremos de ello en otro momento. Pero decidme, Gluck, ya que veneráis a vuestra reina y amáis a mis hijos, ¿estaríais dispuesto a hacer algo por nosotros, con toda la reserva de que seáis capaz?

Contad conmigo para lo que decidáis encomendarme, y con mi discreción absoluta.

Está bien, prestad atención.

María Teresa hizo un preciso resumen de los hechos y sentimientos que el maestro conocía ya suficientemente, y nosotros con él. Manifestó la necesidad de saber con seguridad y precisión sus causas y concluyó:

Maestro de capilla, no pido que os convirtáis en un espía, ni en un delator. Se trata de que descubráis, en bien de todos nosotros, el demonio que anida en el paraíso de ese desgraciado matrimonio. Sólo así podremos conjurarlo y expulsarlo. Vuestros esfuerzos serán recompensados y vuestra tarea, ignorada de todos, menos de esta madre y abuela que desde el trono os habla.

Haré cuanto esté en mi mano. Por esta vez pondré mi talento al servicio de un drama humano y de las pasiones cotidianas; la música y las palabras adquirirán parecida importancia. No deja de ser mi ideal operístico; así que se supone que podré complacer a su majestad,… o no mereceré el título de músico de la corte.

Id, maestro, con Dios y con vuestra sabiduría. Y rendidme cuenta de vuestros progresos.

***

No le fue difícil a Gluck integrarse temporalmente en el séquito de la princesa, cada vez más criticada y solitaria en vista de su carácter triste y depresivo. Su mayor acierto fue servirse de la intermediación de la archiduquesa Cristina, en vez de los buenos oficios de su hermano José. La larga mano de la reina hizo el resto, en orden a liberarlo de otras tareas y concitarle el apoyo de las damas más íntimas de Isabel, bien dispuestas en principio hacia el músico, dado su común uso del italiano.

El momento era difícil, pero oportuno en cierto modo. A finales de noviembre, Isabel empezó a notar síntomas de encontrarse nuevamente embarazada. Gluck se ofreció, además de a seguir con sus casi diarios recitales de los más variados instrumentos, a acompañarla en sus paseos, como “la forma más segura de evitar la nostalgia y el aborto”. Apoyada en su brazo, la princesa recorría los interminables pasillos e infinitas estancias del Hofburg, en periplos que el músico hacía gratos contando anécdotas (reales o inventadas) e improvisando juegos y ocultaciones que hacían la desesperación de la servidumbre. En los jardines, pese al frío reinante (en cualquier caso, no mayor que en palacio, pese a las estufas, al decir de Gluck), hacía reposar a Isabel protegida por mantas, y bailaba y cantaba para ella, al estilo de la ópera bufa, o imitando los sonidos de los pájaros. Finalmente, tuvo una idea feliz, que presentó a su acompañante como secreta, aunque hubiese obtenido a regañadientes la venia de la reina. Dos veces por semana, en carruaje de servicio o a pie, sacaba furtivamente a Isabel del palacio y la llevaba de incógnito a visitar los comercios, cafés y mercados más animados o elegantes de Viena. La estrategia (cada vez más sincera y grata para el maestro) iba dando sus frutos. Isabel olvidaba en ocasiones su dolor y asimilaba los aspectos positivos de un nuevo embarazo (“seguramente, el último, si resulta ser un niño”). Cercanas ya las Navidades, a tanto llegó la distracción de la princesa, que, al despedirse el músico de ella a la caída de la noche, Isabel se quedó con la boca abierta, enrojeció y exclamó:

¡Señor!, pero si no he escrito hoy la carta.

¿Qué carta, princesa?

La carta a mi cuñada Cristina. Suelo escribir todos los días, para contarle acerca de mi estado de salud.

Gluck quedó muy sorprendido. Aunque le había llamado bastante la atención que Isabel, por muy deprimida que estuviera, dedicase sus buenas dos horas (generalmente, por las mañanas) a la correspondencia, no sospechaba que la destinataria fuera invariable y, menos todavía, que escribiese a una persona que compartía residencia con ella o la veía con máxima frecuencia. De repente, le vino a la cabeza lo de “en este palacio hay quienes están peor que yo” y supuso que Cristina era el paño de lágrimas de su cuñada, siendo esa la clave del constante intercambio epistolar. En aquel momento, la hija favorita de María Teresa pernoctaba en Schönbrunn. Gluck se ofreció:

Si tan importante es, señora, yo mismo puedo llegarme con un carruaje hasta allí, o encargar a un hombre de confianza que lleve inmediatamente la carta.

¿Me haríais ese favor? La verdad es que nadie más indicado que vos, tan devoto de Cristina, para cumplir el encargo, dado la avanzado de la hora.

No se hable más, esperaré en la antecámara a que concluyáis la misiva.

Hora y media más tarde, alrededor de las siete y media, Isabel había terminado la carta. Estaba sellada con lacre, pero carecía de cualquier referencia a su destinataria. Gluck la guardó bajo la prenda de abrigo y prometió nuevamente cumplir el encargo acto seguido. Isabel sonrió:

¿No os echará de menos vuestra joven esposa?

No tan joven. Acaba de cumplir los treinta y, aunque me quiere, puede pasarse sin mí unas horas –replicó el compositor, devolviendo la ironía.

No hubieron de pasar horas, sino minutos. El maestro había tomado la decisión de manera fulminante. Los rostros de María Teresa, Cristina e Isabel se habían fundido en su cerebro, como un trío operístico. Algo tenía esa carta que no podía esperar a mañana; algo que podía ser lo que la reina estaba esperando saber para remediar la desgracia de la familia. No se cuidó de que él era el portador oficial, ni de que tenía que quebrantar el sello. Entró en su casa sin apenas saludar a Maria Anna, se recluyó en la sala de música, abrió con cuidado la misiva, arrimó una vela y leyó.

Las palabras cayeron en su mente como plomo derretido; los sentimientos, cual torrente incontenible. Se trataba de una absoluta, apasionada, tremenda carta de amor.

***

Pasó la mayor parte de la noche pensando qué hacer. Nada, desde luego, que fuera completamente bueno, honesto o inocuo: era demasiado tarde. Lo más directo era entregar la misiva a la reina y, seguidamente, alejarse de la corte. Lo más humano, deshacerse de la carta y reconocer el fracaso de la real comisión. Lo más recto, llevar el documento a Cristina, con cualquier disculpa por la rotura del sello, y callar. Lo más astuto, simular un accidente o un asalto y disculparse ante Isabel. El compositor nunca se las había visto más negras: no sólo tenía que crear la música, sino improvisar el libreto, y no había ningún Metastasio o Calzabigi que le sacase del apuro. Finalmente, ya de madrugada y tras leerla por enésima vez, avivó el fuego y echó la carta a la estufa, con una frase que quería ser graciosa:

Esto sí que da calor y no la madera que usan en el Hofburg.

Pasó por palacio al salir el sol y pidió audiencia a la reina, asegurando la urgencia del caso y entregando un escueto billete al gentilhombre de jornada:

Majestad, estoy en condiciones de desvelar el secreto que os aflige

María Teresa lo recibió en privado. Gluck le transmitió la terrible noticia, de la forma más neutra y superficial que supo, sorteando los regios anhelos de llegar hasta el fondo del asunto. La princesa no sentía ninguna atracción por los hombres, incluido el archiduque José. Los traumas de la infancia eran la causa más probable de tal inhibición. Sufría terriblemente por no poder corresponder a los anhelos de su esposo, pero lo más aconsejable era que este conociera la situación y actuara en consecuencia, con respeto y prudencia. De otro modo, Isabel no podría resistir la situación y sus hijos serían los primeros en sufrir las consecuencias.

La reina quiso saber el origen de la información. El maestro de capilla se remitió a las confidencias verbales de la princesa y a ciertas consideraciones que había escuchado de sus damas y a la archiduquesa Cristina –toque sibilino de atención para que esta fuera más prudente, en toda la extensión de la palabra-. Rompiendo con un último resto de pudor, María Teresa insistió:

Si a la princesa no le atraen los hombres, ¿acaso es que siente inclinación por las mujeres?

Lo ignoro, majestad. Sus confesiones no llegaron a tanto.

¿Eso es cuanto teníais que manifestarme?

Así es, señora. A fin de cuentas, para dar buen fin a este trágico asunto, no se trata sólo de saber, sino también de comprender y amar.

Soy reina y soy madre, maestro de capilla. No tenéis que recordarme mis obligaciones.

Gluck encajó la reprimenda, aunque no dejó de pensar que mal irían las cosas si se las enfocaba en términos de obligaciones. Pero bastante tenía él con pechar con las inevitables consecuencias de su propia conducta.

***

Apenas un mes después de la audiencia real, Gluck fue expulsado sin miramientos del séquito de la princesa. Sorprendentemente, no fue debido a su falta de fidelidad para con ella, sino al hecho de haber abortado nuevamente. Como comentó a su mujer, “no es la primera vez que me despiden por no apreciar mi música; pero esta ocasión es la primera en que me echan por haber fracasado como higienista”.



Epílogo al cinematográfico modo

Las páginas precedentes tienen mucho de realidad y bastante de cuento. Lo que sigue, a modo de flashes al final de una película, resume el futuro de nuestros personajes con toda verdad.

***

El caballero Gluck continuó al servicio de María Teresa hasta 1770, en que pasó a París, bajo el patronazgo de su antigua alumna, la archiduquesa María Antonieta, cuando esta contrajo matrimonio con Luis XVI de Francia. Posteriormente, regresó a Viena, en donde vivió retirado hasta su muerte, producida en 1787.

***

María Teresa de Austria continuó gobernando sus Estados y su familia con suerte varia, enviudando en 1765 y pasando a mejor vida en 1780.

***

La princesa Isabel, tras su aborto de enero de 1763, enfermó de viruela y falleció de sobreparto en noviembre del mismo año. El fruto prematuro de este embarazo recibió el nombre de Cristina y falleció a las pocas horas de nacer. Por su parte, la archiduquesita María Teresa falleció a los siete años de edad, a consecuencia de una pulmonía. Su madre había profetizado que la seguiría en el camino de la muerte, poco después que ella.

***

El archiduque heredero, José, fue asociado en el gobierno por su madre en 1765, al fallecer su padre. Entre 1780 y 1790 gobernó en solitario con dedicación y prestigio, bajo el nombre de José II, por el que ha pasado a los anales de la Historia como uno de los más destacados monarcas del Despotismo Ilustrado. Nunca superó la muerte de su primera esposa y su segundo matrimonio con María Josefa de Baviera fue infeliz y no le dio hijos, como esperaba.



***

La archiduquesa María Cristina contrajo matrimonio en 1764 con el duque Alberto de Sajonia, por amor y con felicidad. No tuvieron descendencia, por lo que adoptaron a un familiar, que pasó a ser el archiduque Carlos, vencedor de Napoleón en la batalla de Aspern. María Cristina, Mimi, falleció en 1798, tras una vida rica en responsabilidades políticas.

***

De la correspondencia amatoria entre la princesa Isabel y la archiduquesa Cristina, sólo se han conservado las cartas de Isabel. Las de Cristina fueron confiscadas poco después del fallecimiento de Isabel y se han perdido.

jueves, 2 de septiembre de 2010

El hombre de la motocicleta

El hombre de la motocicleta, es una aproximación a la peculiar vida del frente que supone una ciudad sitiada, donde combatientes y población civil se entremezclan y confunden inextricablemente, permitiendo –como es el caso- la decisiva relación de unos niños con un guerrero avezado, de vuelta de casi todo. Asturias será la gloria, y la tumba, de un poco conocido héroe de dos guerras civiles, que tan sólo quería correr en moto y vivir en paz.



A toda velocidad

Hermann Abel llevaba varios años dando vueltas por Europa, en concreto, desde que los nazis llegaron al poder en Alemania y la sangre semítica se había convertido en algo más que en objeto de análisis clínicos. Mecánico y probador de las motocicletas Zündapp de Núremberg, en abril de 1933 embaló sus tres máquinas más queridas y las facturó por tren a Estrasburgo, con el pretexto de participar en una “demostración de la potencia alemana”. En realidad, sólo dos eran teutónicas, una flamante K-500 de su propia empresa y una BMW R-5, con motor bóxer, de su rival muniquesa. La tercera era una joya italiana de carreras, Benelli 250 c.c., con velocidad tope de 170 kilómetros a la hora, que Hermann había preparado para alcanzar los 190. Le habían costado un ojo de la cara, pero no tenía otro vicio ni afición, aparte alternar los domingos con una administrativa de la fábrica, que no ejercía de aria en los ratos libres. Sacó un billete de ida y vuelta, para disimular. Cuando llegó a la capital de Alsacia, fue a la taquilla de la estación y dijo:
Amigo, mire a ver si puede devolverme algo de lo pagado pues no pienso utilizar la vuelta.

Lo siento, señor, es un billete internacional y tendrá que hacer las gestiones en el consulado alemán.

Ni lo piense. Lo guardaré como recuerdo.
Pasó los tres años siguientes haciendo alardes de pilotaje en los circos y, cuando ganaba algún dinero, compitiendo en las carreras. Daban fe de ello varias cicatrices y fracturas, que le servían de inútil experiencia y para pronosticar el tiempo. En un hospital de Milán, le dijo una enfermera:
¿No es usted demasiado mayor para andar por ahí haciendo locuras?

¡Qué va, signorina! Cada vez que salgo de una de estas, se me hace que he vuelto a nacer y me siento como un niño.

 
La verdad es que exageraba un poco, pero ya se había hecho a la idea: mucho mundo, poco dinero y morir agarrado al manillar de una moto. No sabía hacer otra cosa.
***

 
Tuvo la mala suerte de que San Federico de 1936 le pillase en España. En realidad, había estacionado por aquí sus motocicletas desde abril de dicho año, cuando quedó tercero en una carrera barcelonesa y primero en el corazón de una contorsionista del circo Olympia, que lo sujetó a la Ciudad Condal durante unos meses. No obstante, al llegar el verano, las motos ganaron la partida:

 
Viky, me asfixio en la sala. Me voy a hacer la temporada de carreras del Norte.

Eres un culo de mal asiento, Hermann. En fin, si vuelves por aquí en el otoño, tal vez te dé otra oportunidad.

Gracias, preciosa. Te escribiré.

El 10 de julio, le tocó correr en La Felguera, en la cuenca minera asturiana. Ganó el segundo premio, cien pesetas y un gocho. No tenía dinero ni para la gasolina; cuanto menos, para el pienso del bicho. Así que se enganchó al circo Feijoo, en “gran tournée por España”. Siguientes paradas, Pola de Siero y Oviedo. En la capital del Principado, levantaron la carpa en el Prado de Maniobras. Tuvo el honor de figurar en tercer lugar del cartel de propaganda:
El gran Abel, el motorista volador.
También participó en la caravana publicitaria y dio unas carreras alrededor del recinto circense, con derrapes incluidos. Un señor de mediana edad, algo fondón y con gafitas, comentó a un acompañante:

 
¡Vaya pilotaje! ¡Menudo enlace haría este, a campo traviesa!

Yo lo vi el otro día correr en La Felguera, mi coronel. Quedó segundo.

Pues el primero debía de ser el mismísimo demonio.

 
El día de la Virgen del Carmen, el concejal Avelino Vallaure, comisionado de ferias y festejos, llevó a toda la familia al circo. No en vano era el santo de la niña. Funcionó el enchufe y don Secundino, el empresario, dijo al jefe de pista:
Que pongan al concejal y su troupe en primera fila central y, como quien no quiere la cosa, que tengan alguna atención con sus hijos.
Así que, concluidos sus espectaculares vuelos y piruetas, El gran Abel ancló a su motocicleta un sidecar de dos plazas, cogió en volandas a Carmencita y a su hermano pequeño, Alberto, y los montó a su lado, bien sujetos por cinturones. Dieron unos giros a la pista, cada vez a mayor velocidad y, como plato fuerte, terminaron con un salto de cinco metros entre dos rampas especiales. Al reintegrarse a la vera de sus padres, estaban colorados, con los ojos como platos y eran incapaces de articular palabra. Al fin, Alberto gritó una frase, que provocó la hilaridad de los circunstantes:
¡Mamá, ese señor es el ángel de la guarda!
Concluido el espectáculo, don Avelino –que era muy detallista- fue a dar las gracias al ángel. Se encontró con la grata sorpresa de que el motorista era alemán. Y es que el concejal era profesor de la Universidad y había ampliado estudios en Tubinga.
¿Y qué se le ha perdido a un nuremburgués por Oviedo?, improvisó don Avelino en alemán un tanto oxidado.

Hitler me puso en marcha hace tres años y no he parado desde entonces.

¿Hitler? ¿Es usted anti-nazi?

Digamos, más bien, que soy judío.
El concejal de festejos cambió inmediatamente la curiosidad por el respeto. Insistió en que conociera a su esposa y en que los niños lo vieran, esta vez, al natural. El motorista aceptó. Saludó a doña Emilia y volvió a tomar en brazos a los niños, tan rubios como su madre. Esta captó un mensaje de su marido al oído y dijo a Hermann:
¿Por qué no se viene a cenar con nosotros? Es el santo de Carmencita y seguro que a los niños les encantaría.

Lo siento mucho, pero hoy tenemos función de noche y acabaremos muy tarde. Tal vez, en otro momento.
El motorista hurgó en sus bolsillos y sacó una brillante moneda, que puso en la manita de Carmen. Era su talismán, que nunca olvidaba:
Este es mi regalo por tu santo. Es una moneda rusa, que trae buena suerte. No la pierdas nunca.

¿Rusa de Rusia?, preguntó inocentemente Carmencita, que aún no estaba al corriente de la geografía universal.
Hermann y sus padres se echaron a reír. Lo cierto es que el sello de la pieza, aunque de 1918, ya era de la URSS.

 
Un encargo muy especial

 
El domingo, 19 de julio, eran las últimas funciones. Ya las del día anterior habían resultado poco concurridas, pues los rumores eran muchos y grupos airados iban y venían por las calles. Don Secundino estaba muy preocupado. A primera hora de la tarde tomó una determinación repentina:
Recojan todo, que nos vamos. A ver si podemos llegar a Galicia sin problemas.
Era demasiado tarde. A las cinco, más o menos, el coronel Aranda declaró el estado de guerra, aunque vitoreando a la República, y se sumó al alzamiento. Los del circo terminaron de cargar y tomaron la carretera de Galicia pero enseguida les detuvo una patrulla militar:
De aquí no sale nadie sin salvoconducto. Además, se encontrarían la carretera cortada más adelante.

Pero somos un circo gallego y Galicia también está por el Movimiento.

A nosotros no nos digan nada. Pidan autorización a Aranda. Entre tanto, retrocedan y estacionen donde estaban antes.

 
A la mañana siguiente, tras una noche de inquietud y sobresaltos, don Secundino pidió audiencia a Aranda. Le acompañaban el jefe de pista y Hermann:
Mi coronel, ¿qué va a ser de nosotros aquí, con todo el tren móvil, los animales y cien personas? Déjenos intentar el viaje, bajo mi responsabilidad.

Estoy yo para esos detalles. En fin, son ustedes muchos, con animales y toda la pesca. Aquí no nos darían más que problemas. Vayan con Dios. Después de todo, también los hermanos proletarios gustan de la diversión circense. Pero se quedarán los hombres entre veinte y treinta años. Mejor movilizarlos donde estamos escasos, que en Galicia, donde hay de sobra.

Si no hay más remedio –suspiró resignadamente el empresario-. Serán una docena. Los demás ahora mismo nos marchamos, antes de que las cosas se pongan peor.

Por cierto, motorista, ¿no querría quedarse aquí y echarnos una mano? Podríamos emplearlo como correo, pues estamos prácticamente sitiados.

Si no le importa, yo seguiré con el circo. No estoy preparado para esa clase de servicios.

¿Está usted seguro, Abel? He hecho algunas indagaciones que me indican todo lo contrario.


Y, además, es usted alemán, fugitivo de Hitler. ¿No cree que le convendría aceptar mi oferta? Después de todo, no pienso que la cosa vaya para largo.

Está bien, coronel. Si no hay más remedio, a sus órdenes.

***
Los primeros días fueron agotadores para Hermann. Habían quedado bolsas de alzados en Trubia y Gijón. También algunos cuarteles de la Guardia Civil mantenían resistencia. El motorista mandó que le pintaran de verde oliva su querida K-500 y la regló para circular por terreno quebrado. Un comandante le preguntó:

¿Quiere que le acompañe uno de mis hombres, que conoce bien el terreno?

Sería mucho peso. No se preocupe, sólo necesito un mapa, una brújula y un máuser.

Sí, hombre, ya. ¿Y unas bombitas de mano?

Que se le dé lo que pida –intervino Aranda-, incluida vestimenta militar o mono adecuado para salidas nocturnas. Le conviene hacer buen uso de ello y regresar. Si no, lo pagarán sus compañeros que se han quedado aquí.

Descuide: volveré, a no ser que me maten.
Las primeras salidas a campo abierto fueron sencillas. El cerco no era aún prieto y había camino franco por muchas sendas y veredas. Hermann sugirió operar de día, para evitar los extravíos. Manipuló el escape de la moto para reducir el ruido. En pocas fechas, era un maestro del enlace, que empezaba a alcanzar tonos míticos, en uno y otro bando. La cosa llegó al culmen, cuando se trajo de paquete a un guardia civil de Posada de Llanera, que andaba fugado y herido. Aranda le ensalzó en público:

A este paso, señor Abel, va a acabar por ganarse la medalla militar.

Mejor, un descanso. La moto ya no me aguanta ni una semana más.
Efectivamente, lo dejó tirado en la Venta del Jamón, cuando trataban infructuosamente de enlazar con la guarnición gijonesa. Hermann besó el faro, cogió el fusil y se encaminó a una casería solitaria.
¿No me podría llevar usted hasta cerca de Oviedo?, le dijo respetuosamente al paisano.

Pues no sé qué decir, contestó este, impresionado por el arma y el acento de su interlocutor.

Podría ganarse veinticinco pesetas llevándome hasta Lugones.

El aldeano aparejó la carreta de bueyes y Hermann se escondió entre la paja y las lonas. A cosa de una legua de camino, encontraron una patrulla de nacionales, que se retiraban ya, desistiendo de ayudar a sus compañeros de Gijón. Hermann surgió de entre el heno, gritó “arriba España” y se dio a conocer:
Has cambiado los caballos por bueyes, bromeó un sargento.

Y, además, me toca pagar, en vez de cobrar, respondió el viajero, abonando puntualmente lo acordado.

 
***
Estrechado el cerco a fondo, de Oviedo no salía ni una rata. Tampoco el motorista, privado de su mejor máquina. Trató de acondicionar para el caso la BMW, pero no era lo mismo. “Estas muniquesas, pesadas y señoritas. Cualquiera las mete por una caleya ”. Empezó a ir por los baluartes y puestos avanzados, a charlar con los soldados y dar consejos a los suboficiales. Uno de estos, un poco molesto, le dijo:
¿Por qué no te dejas de palique y te quedas a pegar tiros?

Tengo cuarenta años y, además, Aranda me contrató de especialista.

Es el hombre de la motocicleta, aclaró un defensor de la trinchera, provocando el silencio respetuoso de los demás.
Una de las veces, se cruzó con el coronel. Aranda, medio en broma, sugirió:
¿Por qué no te unes a mi estado mayor? Creo que sabes bastante de ciudades sitiadas.

Ya llovió, señor. Además, lo están haciendo ustedes muy bien. Bueno, con su permiso, me voy a preparar la otra moto, por si hubiera ocasión de emplearla.


 
En fin, para no dar más ideas, Hermann decidió mantenerse a retaguardia, por decirlo así. El asedio era cada vez más agobiante. Los bombardeos y el hambre redondeaban una situación límite. Se acostumbró a matar el tiempo paseando a horas y por lugares tranquilos, pegado a las fachadas, por si acaso. Una tarde, se encontró en la calle Marqués de Santa Cruz con la rubia mamá de los niños del día del Carmen. Aún recordaba los nombres:
¿Qué tal, doña Emilia? ¿Y los niños?

Bien, gracias. Todavía se acuerdan de usted y del tremendo paseo en moto.

A ver si los veo. Supongo que saldrán a jugar al Campo de San Francisco.

No crea, con esta situación casi no salen de casa.

En fin, que acabe todo pronto. Mis saludos a don Avelino.
Doña Emilia aguantó un sollozo, pero los ojos se le llenaron de lágrimas. Ante la sorpresa y el afecto que su interlocutor demostraba, le contó. Habían detenido a su marido, dos meses atrás, por rebelión militar y estaba desde entonces en la cárcel en espera de juicio. Les habían suspendido el pago de su sueldo; de modo que iban saliendo adelante con el de ella, que no sabía por cuánto tiempo más les sería abonado. Los niños estaban aún en edad, más de intuir, que de saber, pero su marido no parecía tener otra preocupación que la de que salieran “de esta cloaca”. ¡Tener familia en Mieres y no poderlos llevar hasta allí!
Hermann escuchó y calló. Dos días más tarde, medio a escondidas, se presentó a la puerta. Abrió el pequeño Alberto, que se le agarró a las piernas, gritando:
¡Mamá, mamá! Ha venido el ángel.
El ángel sin alas depositó en el vestíbulo los paquetones de comida y de juguetes que llevaba, liberando los brazos para alzar a Carmencita al vuelo. Doña Emilia, caminando casi a oscuras, tropezó con uno de los hatos. Alcanzó, por fin, la llave de la luz, y quedó boquiabierta:
Pero, hombre de Dios. ¿Qué es esto? ¿A quién se le ocurre?

Bah, en algo hay que gastar el dinero, antes de que entren los mineros y nos dinamiten a todos.
Pasaron una tarde deliciosa. Doña Emilia preparó un sucedáneo de café en la sala y, mientras los niños jugaban en su cuarto, trató con Hermann de las cosas serias:
Entonces, ¿cree usted que Aranda tiene perdida la partida?

Va a ser cosa de velocidad. Las tropas gallegas acaban de tomar Grado, mientras los defensores de Oviedo están cada día más apurados. Como dicen por aquí, el que primero llega, se lo lleva.

Tengo miedo de que la tomen con los presos. Ya han señalado día para el juicio de mi marido, el 5 de octubre.

Yo no puedo hacer nada por él, pero se me ha ocurrido que sí podría hacer algo por los niños.

¿Los llevaría hasta Mieres?

Lo siento, pero a los dos no me será posible. Tendrá usted que arriesgarse y escoger.

No, no, elija usted. Yo, desde luego, lo dejo en sus manos.

Siendo así, prefiero la niña. Es mayor y controlará mejor el miedo y las emociones. No podré avisar de antemano; así que tenga a mano ropa ceñida de abrigo y un paquete con sus cosas. Valdrá más que no la prevenga, no vaya a ser que nos delate.
Terminado el café, Hermann volvió con los niños, para despedirse.
Adiós, Carmencita. ¿Tienes todavía la moneda de la suerte?

Claro que sí, debajo de la almohada, para que no se me pierda.

Así me gusta. Son muy difíciles de encontrar.


 
El gran viaje

 
Aranda lo mandó llamar:
Abel, nuestras tropas ya están en El Escamplero. ¿Se atreve a llevarles unos mensajes? Es de importancia vital.

Tengo la moto todo lo a punto que me ha sido posible, pero no sé si podré burlar el cerco.

Sería por la noche. Mañana se anuncian lluvias fuertes. Hoy ha llovido por Galicia.

Está bien, mañana por la noche. Voy a preparar todo lo necesario.

 
Recibidos los despachos para las columnas gallegas, Hermann voló a casa de doña Emilia. Dejó la moto temerariamente aparcada en los parterres del Bombé y llamó a la casa. Cogieron en volandas, aún dormida, a Carmencita, la vistieron a toda prisa y doña Emilia entregó al motorista un paquete mediano con las cosas de la niña, que Hermann se ató a la cintura con un bramante. Según le dijo la señora, dentro iba una carta para la familia de Mieres y otra de despedida de Avelino a su hija. Había que estar preparados para todo.
A punto de cerrar la puerta tras de sí, Carmencita recordó:
Mamá, la moneda de la suerte.
Doña Emilia dudó, pero Hermann dijo, con un tono sorprendentemente imperioso:
Haga caso a la niña. Nunca se sabe.
Llegados a la motocicleta, su conductor ató a la niña al asiento trasero, casi tumbada, y colocó por encima una lona con algunos agujeros estratégicamente situados:
Carmen, esto es como el escondite, pero en serio. En cuanto cuente diez, te agarras lo mejor que puedas y no vuelves a moverte ni a hablar, hasta que yo te lo diga.

Te lo prometo. Ya sé que vamos a hacer un viaje muy largo.

Así es, niña. Un viaje al país de la libertad.
Echó la cartera con los despachos a la espalda, cruzada con una correa, y empezó a contar la decena. Como si respondieran a la cuenta, las nubes que cubrían el cielo empezaron a echar agua y los árboles del Campo de San Francisco se agitaron con una fuerte ráfaga del noroeste. “Ya era hora”, pensó Hermann, mientras llegaba a diez y pisaba con fuerza la palanca de la puesta en marcha. La señorita muniquesa arrancó como una seda. Al llegar a los puestos defensivos de la Puerta Nueva, los centinelas le hicieron ademán de seguir adelante: ya lo conocían de sobra.
***
Con la moto al ralentí y por caminos escondidos, Hermann libró los puestos de primera línea de los sitiadores, rebasó el cementerio y tomó caminos secundarios hacia Mieres. La noche se había puesto de perros y el frente parecía tranquilo. Sin más dificultad que la de tener que sacar varias veces la moto del barro, llegó a Mieres a eso de las tres de la mañana. Levantó por enésima vez la lona y preguntó a Carmen qué tal iba. La carita expresaba temor y resolución a la vez, al pronunciar el consabido “bien”. A la entrada de la villa desde La Rebollada, encontró un grupo de semi-uniformados, junto a un camión. Decidió jugarse el todo por el todo. Estacionó la moto en la cuneta, tomó en brazos a la niña y, de forma muy natural, los interpeló:
Camaradas, ¿conocéis al doctor Lafuente, de la quinta La Pocha?

Claro, ¿qué se te ofrece?

Veréis: soy enlace del comandante Carrocera y me ha encargado que le lleve al doctor a esta niña, sobrina suya, que han logrado pasar sus familiares de Oviedo.

¡Toma!, y ¿por qué no la llevas tú? Nosotros estamos aquí de centinela.

Pues porque soy ruso, no conozco el pueblo y el comandante me ha ordenado volver enseguida. Vamos, no os costará tanto.

Está bien, camarada, ve tranquilo.

¡Salud!

Hermann se agachó, tomó la mano de la niña, le entregó el paquete de sus cosas y le dio un beso:
Se acabó el escondite. Ahora, a portarte bien con tus tíos. Y suerte.

Claro, angel, no he perdido la moneda.
Y abrió su mano izquierda, mostrando la pieza. Hermann saludó a los militarizados, levantando el puño, y se dio la vuelta con calma.

 
***
El alemán era terco cumplidor de sus promesas. Detuvo la moto en cuanto se creyó a salvo y ojeó el mapa que le habían facilitado en Oviedo. Por desgracia, el sector de El Escamplero estaba muy apartado de Mieres. De hecho, esta villa quedaba fuera de imagen. Pensó en volverse para la ciudad sitiada y aseverar que se había extraviado, pero lo tenían cogido. ¿Cómo explicar que había salido por un puesto de control del sur, en vez de por el oeste? Se la jugaban él y sus compañeros circenses: Aranda era un hombre tranquilo, pero no bromeaba, y menos, en la situación desesperada en que se encontraba. En fin, habría que arriesgar. Después de todo, tenía su inteligencia y una brújula. Sólo le faltaba la moneda de la suerte.
A golpe de barro y de extravíos, le amaneció no lejos de Trubia. Por fin empezaba a transitar por zona incluida en su mapa. Tal vez se relajara, o quizá le venciera el sueño. Lo cierto es que se dio de manos a boca con una patrulla de la FAI, a juzgar por el rojo y negro de sus pañuelos.
¿A dónde vas, camarada, a estas horas?
Hermann decidió jugársela. Farfulló algo sobre el comandante Carrocera y, acelerando bruscamente la moto, se echó encima de los patrulleros. Entre la sorpresa y la mala puntería, llevaba camino de burlarlos, cuando la moto se levantó de atrás y dio con sus huesos en el suelo. La culpa había sido del barro y de una gruesa rama atravesada en el camino, pero el magullado conductor era de ideas fijas:
¡Maldita BMW! ¡Tenías que hacer una de las tuyas!
Los perseguidores se le echaron encima, no sin que antes Hermann tirara a la espesura la cartera con los despachos que Aranda le había confiado. Le dio igual: el fusil y el intento de huida lo delataban. Estuvieron a punto de matarlo allí mismo, pero prevaleció la sensatez:
Llevémoslo al puesto de mando, para que le saquen todo lo que puedan.
El mando radicaba en la Fábrica de Armas trubieca. El oficial al frente, correctamente uniformado y con las insignias de teniente, no necesitó de muchas indagaciones:
¡Caramba!, si es el hombre de la moto. ¡Cuánto honor!
Resultó que lo había visto actuar en Oviedo, antes de pasarse él a los republicanos. Se sabía toda la historia y lo trató con respeto. Tal vez no hubiera resuelto en su contra, pero el comisario político fue inexorable. Era alemán, irregular y les había burlado muchas veces. ¡Trato de espía y fusilamiento en el acto! El teniente no estaba dispuesto a discutir por él. Así que Hermann jugó la última carta:
Yo que ustedes me andaría con tiento. Soy héroe de guerra de la Unión Soviética y amigo personal de Stalin.
Todos los presentes se echaron a reír. El comisario, además, puntualizó:
Camarada, aquí somos todos anarquistas. Te habría ido mejor si hubieses conocido a Kropotkin o, por lo menos, a Durruti.

Lo siento, no he tenido el gusto, fueron las últimas palabras de Hermann Abel en este mundo.

 
***
Días más tarde, en vísperas de la rotura del cerco por las columnas gallegas, don Avelino Vallaure fue ejecutado en la cárcel de Oviedo. Si algún consuelo tuvo en aquellos momentos, fue el de saber que Carmencita estaba segura y en manos amigas. Como dijo a su esposa en su última visita:
Y yo que me enfadé con el alcalde por encargarme la concejalía de ferias y fiestas. Si no hubiera sido por eso, no hubiera conocido al hombre de la motocicleta.

Epílogo
En los últimos días de la batalla del Ebro, Aranda charlaba distendidamente con sus ayudantes. Uno de ellos, veterano del cerco y asedio de Oviedo, comentó:
¡Qué tiempos aquellos, en el filo de la navaja! ¿Sabe, mi general, de quién me acuerdo a menudo? De aquel alemán que manejaba la motocicleta como los ángeles. ¿Qué habrá sido de él?

Me llegaron noticias de que lo fusilaron en Trubia. ¿Por cierto, saben que era un héroe de la guerra civil rusa? Así que iba de guerras civiles: Rusia, Alemania y, finalmente, España.
Los contertulios del general quedaron callados, como esperando que este prosiguiera. Así que Aranda, estudioso y buen conversador, les contó:
Abel llegó a sargento del ejército alemán en la Primera Guerra Mundial. En la primavera de 1918 servía en el ejército del este, que acabó con la resistencia rusa y obligó a los soviéticos a abandonar Ucrania. Los alemanes se volvieron entonces todos al frente del oeste, pero el sargento y otros muchos militares de izquierdas no estaban por la labor de continuar la guerra en Francia y dejar a los bolcheviques a merced de polacos, ucranianos y blancos. Así que Abel desertó y se ofreció al Ejército Rojo como instructor. Le mandaron al sector del Volga, donde Stalin y Vorochilov resistían desesperadamente en la ciudad clave de Tsaritsyn, hoy conocida por Stalingrado. Las fuerzas blancas de Denikin los tenían cercados, mientras en el sector del Cáucaso, Egórov y el famoso Budenny se limitaban a limpiar el terreno de los últimos enemigos, empleando en ello tropas evidentemente excesivas. Stalin logró que el mando supremo en Moscú considerara prioritario conservar Tsaritsyn y mover tropas a tal efecto. Pero los blancos se interponían en el camino y era esencial coordinarse. Y ahí es donde entra Abel, gran motorista, de 22 años entonces y en poder de una casi flamante motocicleta Indian de más de 500 caballos (la famosa Powerplus), que habían arrebatado a Denikin del material enviado por los americanos. Entre mayo y agosto de 1918, Abel recorrió incansablemente la estepa, con su moto, a la que había acoplado un depósito adicional de combustible. Llevó despachos, sirvió de enlace, espió los movimientos de tropas y animó a todos con su heroísmo. Hasta se puso precio a su cabeza, pero nadie logró descabalgarlo de su Indian. Por su valerosa conducta, fue condecorado personalmente por Lenin con la Orden de la Bandera Roja. Luego pasó a Alemania, habiendo constancia de que apoyó el movimiento comunista de Berlín, la famosa revuelta de enero de 1919, que acabó en derrota y ejecución de Rosa Luxemburgo y otros. Ahí se perdía la pista de Abel, hasta que apareció por Oviedo, donde volvió a ejercer, como ven, las artes de su juventud, sólo que para muy otras fuerzas políticas.

¡Demonios, mi general, sabe usted de ese tipo más que nadie!

No lo crea, y tampoco sería mérito mío. Hay libros sobre el cerco de Tsaritsyn y Lunacharski escribió sobre Abel una pieza teatral corta, que creo se llamaba El héroe de la motocicleta. De hecho, en cuanto vi el nombre de Abel en la propaganda del circo, me vino la idea a la cabeza,… para desgracia de él, por lo que luego se ha visto.

 
***
El héroe de la motocicleta. Tal vez debiera yo haber cambiado el título de este relato, para acomodarlo al de la obra de Anatoli Vasílievitch, que no he podido encontrar. Pero, después de todo, pienso que a Hermann Abel, a tenor de lo que yo sé de él, le habría gustado más verse valorado como hombre, que no como héroe. De lo de ángel, mejor no hablar, mal que le pesara a Albertito. Si dicen que Lunacharski juzgó y ejecutó a Dios, ¡qué no habría hecho con uno de sus emisarios!

miércoles, 1 de septiembre de 2010

El pistolero de Milwaukee

   Incursión en el relato de humor, con el ambiente salmantino de los cursos de verano para extranjeros. Cuento, con una diáfana moraleja: la inutilidad de ser un por si acaso, ya que nadie puede ser tan previsor como para dominar la fuerza y variedad de la vida

    Nel era un por si acaso. Como probablemente ustedes no sepan, en el viejo Oeste se llamaba así a todo pistolero que montara dos revólveres en su cinturón. Desde luego, Nel no era un matón, ni vivía al oeste del Missisippi, sino en una modesta ciudad española de nuestros días, provinciana y con ciertas ínfulas universitarias, a la que llamaremos S., para que nadie se dé por aludido.
   Quedamos en que Manuel (Nel, para casi todos) era un por si acaso. Por si acaso, iba a misa; por si acaso, trabajaba en dos empresas; por si acaso, se fiaba de muy pocos; por si acaso, no se había casado,… Y, por si acaso, leía de cabo a rabo el periódico local, no fuera a perderse alguna noticia u oferta que pudiera interesarle.
   Un día de junio, Nel estaba de sobremesa en su apartamento de soltero, leyendo con más cuidado que nunca la sección de anuncios breves, pues había sido despedido el 31 del mes anterior de su segunda ocupación. La inmediata llegada del verano condicionaba sobremanera su selección a priori de trabajos posibles. Estaba claro que tendría que prescindir de las vacaciones, por si acaso resultaban demasiado costosas para su precaria posición laboral; pero tampoco era cosa de asumir tareas fatigosas, con lo que agobiaba el calor en la ciudad.
   Una oferta de trabajo le pareció perfecta, para su perfil de persona relativamente culta, relativamente joven y relativamente cansada. Academia de idiomas precisa en julio personas para conversar por horas con estudiantes extranjeros. Horario y emolumentos a convenir. Teléfono…
   Nel esperó a que fueran las cinco de la tarde y llamó. Una voz femenina le contestó de manera lacónica. Tomó sus datos personales básicos y su dirección, comprometiéndose a que, en unos días, lo visitaría una persona de la Academia para valorar su candidatura. Entretanto –le dijo-, no era cosa de informarle sobre la cuantía de los “emolumentos”.
***
   A los tres días, previo mensaje telefónico, Nel recibió la anunciada visita. La persona de la Academia resultó ser una atractiva joven de acento canario o caribeño (el caso es que, a los oídos del rudo peninsular, sonaba dulce y exótico). Durante unos veinte minutos, la bella hizo disimuladamente a Nel un examen general de conocimientos e intenciones. Él respondió lo mejor que pudo, con ofrecimiento de cafetito incluido. La reválida debió de resultar satisfactoria pues concluyó con la firma del contrato de conversación. Por si acaso la señorita lo consideraba de mal gusto, Nel no planteó el tema económico hasta el final. La cantidad ofrecida resultó mucho menos atractiva que la persona oferente, pero ambas partes llegaron a un acuerdo: ¿por qué no conversar con varios alumnos durante un par de horas? Sin duda, resultaría mucho más fácil que una hora con sólo uno, pues así los temas podían ser más variados y los jóvenes superaban más pronto su inicial timidez. Además, el grupo podía ser de la misma lengua y procedencia, con lo que la enseñanza resultaría más sencilla. En fin, Nel calculó mentalmente una cantidad que compensara su esfuerzo: cinco alumnos podían resultar suficientes a tal objeto.
   La joven del dulce seseo se levantó para despedirse. Por si acaso quedaba algo sin concretar, Nel le formuló un par de preguntas, entre la salita y el ascensor. Los alumnos eran de Milwaukee. Y las clases podía darlas donde quisiera, pues la conversación solía ser tanto más fluida, cuanto más variado y acogedor fuera el ambiente. El flamante profesor se dio por satisfecho, aunque su interlocutora se limitara a darle sólo la mano como gesto de despedida.

***
   Por si acaso los chicos se daban cuenta de su bisoñez académica, Nel pasó los quince días siguientes estudiando a fondo el estado de Wisconsin y, en especial, todo lo relativo a Milwaukee, desde el equipo de los Bucks, hasta los corsés ortopédicos que llevaban su nombre. Repasó sin tregua los datos sociológicos y monumentales de su ciudad de S. y programó itinerarios y visitas en ella dos veces por semana. Solicitó la colaboración de sus sobrinos para completar y enriquecer los temas de conversación de actualidad juvenil. Por último, refrescó sus muy modestos conocimientos de inglés y compró como adorno para la salita una espectacular Harley-Davidson en miniatura, en honor de los dos ilustres milwaukeses que habían dado nombre y lustre a tan fantásticas motocicletas.
   El primero de julio llegó, y con él, el quinteto de Milwaukee. Dos chicos y tres mozas, que inicialmente agradaron a Nel aunque, por si acaso, no fiaba mucho de las primeras impresiones. En particular, quedó prendado de una rubita de cine, que atendía por Pamela, y una negrita (perdón, afroamericanita), llamada Milie, muy simpática y con algunos conocimientos previos de español.
   Desde el principio, una cosa fue evidente. Por razón de número y de temperatura, resultaba imposible dar dos horas de clase en la salita del apartamento, por más que corrieran las coca-colas y cervezas con sorprendente rapidez. En la calle, el número no era problema, pero el calor resultaba aún más agotador. Como se encargó de recordarle el pelirrojo Phil, Milwaukee se encuentra muy al norte de los Estados y ellos no estaban acostumbrados a semejantes bochornos.
   Algo quedó claro enseguida: Los chicos tenían poco de tímidos y nada de interés por las bellezas locales, no siendo las que pululaban por las piscinas a la caída de la tarde. Nel empezó a sufrir en sus carnes la terrible enfermedad del profesor, a saber, la indiferencia de los alumnos hacia lo que sus maestros han de comunicarles. Cada vez eran más frecuentes los bostezos, las charlas entre ellos en el más puro y nasal inglés americano, y las ausencias de Pamela y Jim, la primera de las cuales le llegaba a Nel al corazón.
***
   Por si acaso el incipiente fiasco tenía que ver con su método docente, Nel fue a cambiar impresiones con los titulares de la Academia de idiomas. Una señora de mediana edad, subdirectora de la misma, escuchó educadamente sus cuitas, tranquilizó su conciencia y concluyó con estas palabras:
- No hay remedios mágicos, pero suele dar muy buenos resultados trasladar las clases a un ambiente acogedor y familiar para los alumnos.
   Regresando a casa, un tanto acalorado por la alta temperatura ambiente y por su reciente confesión de fracasos, Nel se sintió abducido por el umbral fresco y penumbroso de un bar en que nunca había entrado. La experiencia fue sencillamente perfecta: local amplio, mesas separadas, refrigeración razonable, servicio esmerado y una cerveza negra que quitaba el hipo. La decoración era estilo pub, sin estridencias de mal gusto, y el precio razonable. Al salir, se fijó en el rótulo: “Tipperary”. Mientras subía, calle arriba, canturreando mecánicamente It’s a long way to Tipperary, su mente empezó a pergeñar el plan de acción.
   Los alumnos acogieron encantados el plan de Nel: media horita menos de clase, para que pudieran disfrutar más relajadamente de la lejana piscina, y conversación todas las tardes restantes en el bello pub irlandés. Sinead, la discípula de ascendencia celta, se sintió particularmente feliz y, en media hora, habló tanto como en los quince días anteriores, tratando de explicar en español a Nel el significado y función de cuanto les rodeaba.
***
   La segunda quincena de aquella estancia mensual fue mucho más tranquila para Nel. Los chicos asistieron a las clases con regularidad y la conversación fue bastante fluida, en especial, tras el segundo café irlandés o la tercera caña. El 27 de julio celebraron con una buena merienda el cumpleaños de Jim, que este solemnizó llevando a otros tres amigos y tocando el banjo. Nel controló con cierta eficacia el consumo de alcohol (“no vaya a ser que os siente luego mal el baño”) y tampoco le fue difícil conseguir el aplazamiento del pago de las consumiciones. Por si acaso, pidió entrevistarse con el dueño del local y le expuso la situación: la Academia se encargaría seguramente de satisfacer el importe, a través de las cantidades adelantadas por los padres para los gastos de estancia y manutención. El propietario le aseguró que no había problema y sus empleados continuaron engrosando la cuenta de “don Manuel, el profesor”. La verdad es que la suma se multiplicaba.
   El 31 de julio llegó, al fin. La fiesta de despedida fue particularmente emocionante. Por si acaso le fallaba la oratoria, Nel llevó escritas unas hermosas líneas, cantando las excelencias de la lengua española, de la amistad entre los pueblos y de la laboriosidad juvenil. El final resultaba particularmente poético: “Y, cuando os sentéis a orillas del lago Michigan a contemplar el atardecer, recordad los ocasos en esta meseta española y recordad: un amigo despide el mismo sol que vosotros y anhela vuestro regreso, como el astro rey retorna cada mañana”. Hermosas palabras, que fueron seguidas de aplausos y silbidos de entusiasmo por los cinco muchachos y los dos camareros presentes, aunque en Milwaukee no se ponga el sol por el lago, sino todo lo contrario. Pero, en fin, la geografía no iba a echar a perder una linda frase.
***
   Unos días después, Nel acudió a la Academia. La subdirectora le felicitó efusivamente por los progresos lingüísticos y el afecto que había conseguido con los muchachos (“no quieren a otro profesor de conversación para el año que viene, si repiten”). Seguidamente, pasaron a la secretaría, donde la señora sacó de la caja de caudales un sobre a su nombre, que le entregó, esperando contar con sus servicios –dijo- en un próximo futuro. El sobre abultaba poco y, por si acaso, el improvisado profesor lo abrió y contó el dinero. No había ni un euro más de lo convenido con la dulce emisaria de fonética caribeña. Lívido, balbuceante, Nel farfulló algo sobre clases en ambiente acogedor, cafetitos y meriendas, al tiempo que mostraba tímidamente la cuenta global de gastos. La subdirectora la ojeó, boquiabierta. Seguidamente buscó y exhibió a su interlocutor el ejemplar firmado del contrato de conversación y le preguntó si no lo había leído, por si acaso, antes de rubricarlo. Pero ¿no podría asignársele algún complemento con cargo a lo pagado por los padres para manutención? No, no se podía: bebidas y meriendas no estaban incluidas. ¿Y podría darle la dirección de los muchachos? Tal vez si les explicara a sus padres... La subdirectora subió el tono de voz y le espetó: “Explicarles, ¿qué? ¿Qué cinco menores recibieron clases de usted en un bar, con generoso acompañamiento de cerveza?”

   Aunque abochornado y un poco iracundo, Nel hizo lo que tenía que hacer. No en vano leía el periódico de cabo a rabo y sabía cómo las gastaban los cobradores de ciertos establecimientos. Así que, por si acaso, pasó por el banco y sacó una cantidad similar a la percibida de la Academia. Se personó en “Tipperary”. Abonó lo adeudado, hasta con una modesta propina. Se despidió y salió. Todavía acertó a escuchar la voz del camarero, deseando su pronto regreso con otro grupo de alumnos. Su respuesta, entre dientes, no se hará constar aquí, por si acaso.

martes, 31 de agosto de 2010

Últimas horas de un compositor


El último día en la vida del gran compositor romántico alemán Carl María von Weber (1786-1826) resume, al mismo tiempo, su vida y su personalidad, al entrar en contacto con los adolescentes puros de la familia que lo acogió en sus últimos momentos.

1. La mañana

Venciendo la pereza y el sufrimiento –como en él era costumbre- Carl María tomó su diario y anotó escuetamente: Muy mala noche. Tos. Opresión en el pecho. Día de mi beneficio. Seguidamente, hizo los honores con escaso apetito al desayuno, preparado con tanto esmero por Lucy, se aseó lo mejor que le permitía el temblor de sus manos y, aún en batín y pantuflas, se sentó al piano Stodart de su habitación y tocó al desgaire algunos motivos de El cazador furtivo. Sus bellas manos, delgadas y níveas, apenas eran capaces de percutir con firmeza el teclado. El menor esfuerzo agitaba su respiración y parecía aumentar la fiebre. Se levantó de la banqueta, volvió a remojarse el rostro y, sentóse al escritorio, para iniciar la cotidiana carta a su amada Lina, mezcla de sentimientos ciertos y de datos inexactos, para tranquilizarla:


“Querida: Por fin ha llegado el día tan anhelado de mi concierto de beneficio. Si mi situación fuera la de antaño, te diría que lo esperaba con ansiedad, porque marca el fin de mi estancia en Inglaterra y el retorno a ti y a los pequeños. Pero Dios ha querido que, quien nunca se inclinó ante la riqueza, haya de estar ahora obsesionado por el dinero. Bien sabes, Lina, que sólo pienso en tu seguridad y la de nuestros hijos. Por lo demás, mi estancia en Londres ha respondido plenamente a las expectativas financieras y personales que pusimos en ella. Lástima que la vida sea aquí tan cara y tu marido, tan considerado con los demás. En fin, espero que mañana pueda escribirte que el concierto ha sido un éxito y que, con sus ganancias, he podido redondear nuestra economía. Los pronósticos no pueden ser más halagüeños. Todos los músicos que son alguien aquí participarán activamente y sir George Smart y su hermano Henry me han augurado un lleno de público.


“¡Qué podré decirte de mi salud! Según avanza la primavera, voy haciendo algunos progresos, aunque las noches son difíciles. Pero esto ya es pasado. Pronto estaremos todos juntos bajo el cielo azul de Hosterwitz y ello hará por mí más que todas las medicinas y cuidados del doctor Kind.


“En cuanto a los detalles de mi viaje de regreso…”


Un fuerte ataque de tos interrumpió bruscamente la redacción de la carta. Carl se levantó precipitadamente para evitar mancharla con sus flujos. El acceso duró varios minutos. Lucy llamó a la puerta –cerrada por dentro, como de costumbre-, seguramente alarmada:

- Señor, ¿se encuentra bien? ¿Necesita alguna cosa?

- Descuide, Lucy, ya va pasando.


Se recostó en la cama, con el torso realzado por las almohadas. La luz del sol penetraba a raudales por la amplia ventana de guillotina de su habitación. Pese a la disnea, sonrió y pronunció entre dientes unas palabras, a la vez, de constatación y de deseo:


- ¡Qué hermoso día! Parece que ya voy encontrándome mejor.


El sopor se fue apoderando de él y, por un breve tiempo, se quedó dulcemente traspuesto.



2. La tarde


Le sacó de su duermevela el sonido del piano del salón del primer piso. ¿Realidad o ensueño? Eran las notas de la Invitación al baile, ejecutadas con bravura juvenil, no exenta de finura. Carl María se incorporó y constató que, efectivamente, la música formaba parte del mundo real. Un mundo transfigurado por la luz solar que refulgía en la luna del armario y centelleaba en los mil y un colgantes de cuarzo de la lámpara central de la habitación. El ramo de flores tempranas del búcaro desprendía un suave perfume. La vida perecía renacer, incluso en su cuerpo enfermo. Se levantó, alzó el cristal de la ventana y hasta él subió el bullicio de la calle Great Portland, en alas de una ligera corriente de aire. Nuevo aseo y, esta vez, vistió ropa de calle y calzó con dificultad sus pies tumefactos, decidido a comer en el restaurante de costumbre, para no molestar a la servidumbre. Decididamente, se encontraba mejor y hasta se sentía capaz de dirigir alguna de las piezas del concierto vespertino. Pero era poco más de mediodía y –como bien sabía- el mal podía aún dar muchas vueltas.


Al pasar por el primer piso, se tropezó con Lucy, quien, alarmada por su decisión de salir, le rogó:


- Mister von Weber, por favor, coma usted hoy en casa. Tenemos invitado al sobrino de sir George, que arde en deseos de conocerle.
Iba a declinar la invitación, cuando se abrió la puerta del comedor y apareció en el umbral Margaret Rose, Meg, la encantadora jovencita, hija única del señor de la casa.


- ¡Oh, von Weber, no se marche usted, precisamente hoy, que estará tan atareado ensayando para el beneficio! Mi padre come fuera de casa y mi primo y yo nos sentimos un poco abandonados.


El interpelado sonrió con dulzura. Bien hubiera querido él cultivar el trato de la encantadora personita, que hasta le recordaba a la Lina de su primer encuentro, pero la tisis era contagiosa y había que tomar precauciones. Tácitamente y con toda cortesía, su anfitrión y él habían evitado situaciones frecuentes de coincidencia entre el maestro y la joven. Tres meses de estancia de aquel en la casa no habían impedido que ambos fueran recíprocamente casi perfectos desconocidos. Pero este día, Carl cayó en la tentación:

- Está bien, un ligero refrigerio y así podré saludar a tu primo.
El joven Henry Smart era un esbelto adolescente de trece años. En sus manos y su mirada detectó algo el compositor, que le llevó a suponer en voz alta:
- Así que este es el pianista que, hace un rato, tocaba mi Invitación.
El chico enrojeció y, a duras penas, farfulló unas palabras de salutación y disculpa. Su prima, ejerciendo de anfitriona, invitó a pasar a la mesa, donde Lucy terminaba de colocar un nuevo servicio. La conversación fue pronto fluida, una vez que la simpática sirvienta hubiera roto el hielo, entre las risas de los comensales:
- En honor de mister Weber, poca sopa, mucho cordero y nada de verduras. Así que hoy comerán sus señorías a la alemana.
Carl se sentía feliz. Cualquier tema de conversación contaba con las acertadas consideraciones de Meg y las respetuosas preguntas y apostillas de Henry. Por supuesto, ambos le manifestaron la admiración por su música y el propósito de estar presentes en el concierto de esa tarde. De hecho, este era el motivo de que los dos primos comieran juntos. Carl habló y habló: del beneficio; de sus pequeños, Max y Alexander; de sus progresos con el idioma inglés (que provocaron algunas sofocadas risitas de sus contertulios); de su amor por los animales (¡si hasta había tenido un mono!); del doctor Kind y el horrible sabor de algunas de sus medicinas… Procurando, por cortesía, no ser el centro exclusivo de la conversación, se dirigió a Henry y le dijo:
- Ya conocía las excelencias musicales de tu prima, pero ignoraba que fueses un buen pianista, y tan joven.

- Por favor, maestro, estoy estudiando música, en particular, piano y órgano, pero aún estoy muy lejos de ser un pianista, ni mediano siquiera.

- Pero tu ejecución de la Invitación…

- Ha sido mucho mejor sentado que de pie, interrumpió Meg, entre sonrisas de complicidad.

- ¿Y eso? ¿Acaso el joven Smart no llega al teclado en posición sedente? –siguió la broma Carl-.
El corrido adolescente no tuvo más remedio que explicar la burla de su prima, relativa a su fracaso como bailarín de vals, recientemente evidenciada en un baile en casa de lord Lennox. Carl sintió la vergüenza de Henry como propia y, con desacostumbrada seriedad, explicó:
- Tal vez hayáis pensado, a raíz de mi pieza y del sentido programático que se le ha dado, que yo era un diestro danzante, capaz de enamorar a mi dulce Carolina y de declararme a ella mientras giraba como una peonza. Pues no, jovencitos, no fue así. ¿O es que no os habéis fijado, además de en mi nariz de pavo, en la cojera que trato de disimular, con más dedicación que éxito?
Los dos primos bajaron la cabeza, un tanto avergonzados. Carl prosiguió:
- Yo también soy mejor bailarín sentado que de pie, y no digamos de vals. Pero la música se crea como un acto de amor y se siente de las más diversas formas, como el verdadero idioma universal. Yo compuse la Invitación a la danza para felicidad de mis semejantes, aunque no pudiera disfrutarla con ellos, ni ser el protagonista de sus temas. Y con ella declaré mi amor a Lina –ya mi esposa-, no como efectivamente fue, sino como pudo haber sido, al aceptarme ella tal como soy.
Los chicos escuchaban emocionados, con los ojos muy brillantes. Tanto que, para rebajar la tensión de la escena, Weber prosiguió:
- La verdad es que no sé cómo pude conquistar a Lina. Una colega suya me perseguía a sol y a sombra. Yo no tenía un tálero en aquella época; de hecho, tuvimos que esperar dos años a ganar lo suficiente para casarnos. Mi esposa adoraba el baile, en tanto yo arrastraba mis piernas por los salones. Y, para rematar, Lina era una buena cantante de ópera y yo –que tenía bastante buena voz- acabé graznando como un grajo, cuando me quemé las cuerdas vocales con un producto químico de litografía, que bebí por confusión. En fin, amigo Henry, no pierdas nunca la esperanza, ni de aprender a bailar el vals, ni de llegar a ser el gran músico que anhelas. Y ahora, tomemos los tres, para brindar por el éxito de mi beneficio, un dedito de oporto…, suponiendo que no se trate de matarratas, colocado ahí por equivocación.
Los tres juntaron sus copas y Carl pronunció el brindis: Amor para el hombre y música para la humanidad. Afuera, las nubes eran cada vez más negras y en lontananza gruñían los truenos.


3. La noche

El beneficio fue un éxito musical y un fracaso económico. La lluvia se desplomó sobre Londres aquella tormentosa tarde y el aforo del Covent Garden no se ocupó ni en su mitad. La sala tenía un aspecto desangelado cuando von Weber hizo su aparición entre la emocionada efusión de los presentes. Una sonrisa, mezcla de amargura y de orgullo, apareció en el rostro del compositor, al constatar que la tormenta había podido con la fidelidad del público londinense. Con todo, el concierto se desarrolló conforme a lo previsto. El homenajeado participó cuanto pudo; hasta improvisó una brevísima partitura para ser cantada en la ocasión. Después, triste y agotado, se dejó caer en un sofá y allí fue a recogerlo a la conclusión el pleno de la familia Smart. Apenas se atrevía nadie a pronunciar una palabra y menos en lo referente al fracaso económico. Cuánto menos aludir al motivo de ausencia aportado por mister Ward, miembro del Parlamento por la ciudad de Londres: ¡A quien se le ocurre programar un concierto en el Oaks Day de las carreras de Epsom!
El regreso a casa fue patético. Parecía un funeral y la verdad es que a Weber se le iba la vida por momentos. Subiendo las escaleras, ayudado por sir George, le atacó una tos violentísima. El anfitrión se alarmó por los síntomas de fiebre muy alta, tal vez, fruto de la mojadura al entrar y salir de casa y del teatro hasta los coches. Venciendo la resistencia del músico, le despojaron de su vestimenta y le acostaron. Llamaron al doctor Kind, quien recetó compresas frías para la fiebre y láudano para llamar al sueño. Carl parecía ausente, casi sin conocimiento. El doctor comentó en voz baja con sir George sobre la conveniencia de aplazar sine die el viaje de regreso a Alemania. Como si volviese en sí, el enfermo se sobresaltó y dijo con voz ronca pero clara:
- De ninguna manera. Tengo que ver a mi esposa y a mis hijos. Luego, que Dios haga de mí lo que me tenga reservado.
Sir George le tranquilizó y los presentes fueron retirándose. Lucy se ofreció a velar a su estimado mister Weber, pero este se mostró tranquilo y firme: no era necesario y le privaría de intimidad. El doctor hizo señas como de que no le contrariaran. Todavía, al alejarse, les pareció oír el ruido de la llave al girar en su cerradura. Efectivamente, como todas las noches, el gran autor de óperas había bajado el telón. Y esta vez, para siempre.


4. Amanecer

Dieciocho años más tarde, los restos mortales de Carl María von Weber emprendían, al amanecer, su último y anhelado viaje a Dresde. Bien es verdad que ni su amada Lina ni el pequeño Alexander estarían ya allí para recibirlo. Pero en Londres sí estaban en la despedida nuestros conocidos, sir George Smart, Margaret Rose y su primo Henry, a la sazón afamado organista y notable compositor. La semilla había fructificado.
Y dos días más tarde, en la mansión de sir George, ahora en Bedford Square, se celebró un concierto en recuerdo de Weber. Como puntualizó Margaret al iniciarse la velada, se habían reunido allí no para honrar a Carl María von Weber, sino para honrarse honrándolo. Seguidamente, su primo Henry tomó la batuta y la orquesta atacó la Invitación a la danza, en la brillante versión orquestal de Berlioz. Sorprendentemente, concluidos los apagados acordes de la introducción, Henry dejó la varita al concertino, bajó del estrado, se dirigió a su prima Meg y, con voz clara, preguntó:
- ¿Me concede usted este vals?
Verdaderamente, las cualidades como bailarín de Henry seguían siendo poco brillantes, pero Carl se habría sentido orgulloso de ellas.