El catedrático que
tomaba apuntes
Por Federico Bello
Landrove
In memoriam profesor
Ignacio Serrano y Serrano (1908-2005)
La
publicación de los apuntes tomados por Don Ignacio Serrano y Serrano en el
famoso acto del 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de
Salamanca, han originado una revisión del enfrentamiento verbal habido en el
mismo entre el rector Unamuno y el general Millán-Astray. A examinar este tema
destino el presente ensayo, cuya dedicatoria in memoriam es un testimonio del
recuerdo que guardo del profesor Serrano como mi maestro de Derecho civil en
los ya lejanos años de mi licenciatura.
Unamuno y
Millán-Astray
1. Introducción
Las palabras finales de Unamuno -seguramente improvisadas- en el acto
conmemorativo del Día de la Raza[1], 12 de
octubre de 1936, en el paraninfo de la universidad de Salamanca, se han
convertido por unos u otros motivos en un tema clave de la historia de la
guerra civil española[2]. El
problema es que, a falta de documentación suficiente y fidedigna, ni las
palabras que allí pronunció el rector, que presidía el acto[3], ni las
reacciones inmediatas que las mismas produjeron están plenamente acreditadas,
aunque sí se conocen lo suficiente como para tener una idea bastante aproximada
de las mismas. En mi opinión, las mayores disparidades surgen, bien por el
sesgo político de testigos y estudiosos, bien por tratar de cubrir los vacíos o
lagunas del episodio sin tener una base suficiente[4]. En
cualquier caso, el propósito de este ensayo no es el de entrar decididamente en
ese berenjenal histórico y político, sino el de tratar de una parcela
muy concreta de aquel acto académico: la presencia en el mismo del profesor
Ignacio Serrano[5]
y los interesantes apuntes que tomó de lo que allí había sucedido.
Mi
dedicación viene motivada, no solo por el interés que tiene en sí el asunto,
sino por el hecho de que el profesor Serrano lo fue mío en la asignatura de
Derecho Civil en la universidad vallisoletana entre los años 1965 y 1969,
teniendo de ello, en lo que a mí respecta, un grato recuerdo.
Ignacio Serrano y
Serrano
2. Las notas del propio
Unamuno: contenido y limitaciones
Texto esencial para determinar lo que dijo Unamuno en el citado acto del
Día de la Raza y, por reacción a ello, de cuánto enfado pudo
generar con tales palabras, es el guion que a vuelapluma pergeñó el rector de
su puño y letra en el sobre de una carta que obviamente llevaba en el bolsillo
cuando acudió a presidir el evento académico[6].
Ciertamente, se trata de unas palabras deslavazadas, pero que, debidamente
ordenadas, pueden resumir perfectamente lo que Unamuno vertió en su breve
discurso de cierre del acto. De aquí, la enorme importancia de su descubrimiento
y catalogación, a partir del momento en que dicho documento de
circunstancias pasó a la titularidad pública, custodiándose desde 1953 en la
Casa-Museo Unamuno de la universidad de Salamanca. Con todo, ya por desidia, ya
por labor censoria, tales notas manuscritas no fueron editadas de manera
facsimilar hasta 1964[7] y, aun
eso, con el importante borrado de una de las palabras que el original contenía[8].
Actualmente, el guion manuscrito por Unamuno es sobradamente conocido, no
obstante lo cual me permito reproducirlo mediante imagen en este ensayo y -lo
que puede ser más interesante, aunque atrevido- voy a ordenar su contenido, tal
y como mentalmente pudo hacerlo su autor cuando hizo uso de él al dirigirse al
público presente en el paraninfo aquel 12 de octubre de 1936. Mi transcripción
seguirá la colocación por Unamuno: Columna izquierda, de arriba abajo, y
columna derecha, por el mismo orden. Excepcionalmente, cuando el rector enlaza
linealmente unas ideas o palabras con otras, yo las expondré de manera
consecutiva.
Según todo ello, he aquí las notas unamunianas, sin eludir las
reiteraciones originales de frases o ideas y utilizando la letra cursiva para
reproducirlas:
Guerra
internacional occidental cristiana
Independencia
Vencer y convencer
Odio y compasión ni la mujer
Lucha, unidad catalanes y vascos
Cóncavo y convexo
Imperialismo lengua
Rizal
Odio a la inteligencia que es crítica, que es examen, y diferenciadora,
inquisitiva y no inquisidora
Guerra internacional, civilización occidental cristiana
El
nuevo ciudadano
Vencer y convencer
Odio y no compasión
Anti España? [9] Cóncavo y convexo
Descubrir un nuevo mundo
Ramos
Beltrán de Heredia
Maldonado
Pemán[10]
El guion manuscrito
de las palabras unamunianas
***
Como es natural, dado el momento en que fueron redactadas, las notas de
Unamuno no recogen el siguiente punto sobresaliente del acto del Día de la
Raza: la repercusión o reacción inmediata que las palabras unamunianas
provocaron en el público asistente o en personas muy destacadas del mismo[11], como
singularmente lo era el general Millán-Astray[12] quien,
dicho sea de paso, estuvo ubicado en la presidencia del acto, separado del
rector tan solo por el sitial y la persona del obispo de Salamanca, Enrique Pla
y Deniel[13].
Los apuntes del profesor Serrano tienen el interés adicional de que, aunque de
manera escueta, se hacen eco de la reacción del público y, en particular, de la
del general Millán-Astray, como tendré ocasión de exponer en el capítulo 5 del
presente ensayo.
La
indignación in situ de muchos de los presentes puede inferirse de manera
paladina por la que, de forma oficial, se produjo en contra de Unamuno,
la cual aquí solo puedo apuntar, resumiendo lo sucedido en los días siguientes
en un triple ámbito: el municipal, el universitario y el de la Falange. Sus
consecuencias negativas acompañarían a don Miguel hasta su próximo
fallecimiento, acaecido el 31 de diciembre de 1936[14].
·
En
el ayuntamiento de Salamanca, Unamuno ostentaba el 12 de octubre de 1936 la
doble consideración de alcalde honorario y de concejal por elección celebrada
en ese mismo año. Pues bien, como consecuencia de las palabras pronunciadas por
don Miguel en el acto del Día de la Raza, el concejal tradicionalista,
Rubio Polo, presentó al día siguiente, 13 de octubre, una moción que, tras
amplia discusión, acabó siendo aprobada por unanimidad, consistente en revocar
a don Miguel la consideración de alcalde honorario y retirarle la condición de
concejal, acuerdo que se mantendría en secreto hasta ser ratificado y publicado
por la autoridad gubernamental competente[15].
·
En
un claustro extraordinario celebrado en la tarde del 14 de octubre de 1936, los
claustrales de la universidad de Salamanca, en número de treinta y uno -entre ellos,
el profesor Serrano- acordó por unanimidad retirar la confianza a su actual
Rector -es decir, a Unamuno- y considerar el cargo como vacante; y usando de su
facultad de presentación de las autoridades académicas, propuso al Alto Mando
para el cargo de Rector de esta Universidad, al catedrático Don Esteban Madruga
Jiménez, que era vicerrector a la sazón[16].
Aceptando la petición del claustro, el 22 de octubre de 1936 el general Franco
cesó a Unamuno en su cargo de rector perpetuo de la universidad salmantina,
nombrando en su lugar al vicerrector y catedrático de Derecho civil, Esteban
Madruga Jiménez, quien tomaría posesión del cargo el 30 de octubre,
permaneciendo en él hasta septiembre de 1951.
·
En
carta-telegrama que el jefe provincial de Falange en Salamanca, Francisco Bravo[17], envió
a Fernando Unamuno, hijo de don Miguel, a la sazón residente en Palencia, decía lo siguiente: “Me he enterado de un grave incidente
con ocasión del acto del Paraninfo. Tu padre, que no quiere darse cuenta del
ambiente aborrascado propio de la guerra civil en que vivimos, dijo unas cosas
que suscitaron protestas crudas y violentas de los asistentes, con Millán-Astray
a la cabeza […]. Creo, Fernando, que debes irte a Salamanca y convencer a tu
padre de que en tanto duren las circunstancias evite actuaciones públicas que
indignen o alarmen a gentes que andamos metidas en la guerra, entre los cuales
habrá mezquinos y ruines, incapaces de separar sus egoísmos personales del
ideal que guía al pueblo, pero cuya mayoría somos los que pensamos y trabajamos
por España. Sería doloroso que a tu padre pudiera sucederle algún incidente
desagradable”. Quede a criterio del lector la intención del autor del texto y
la plena comprensión del significado de este.
3. Los apuntes del
profesor Serrano: contenido y divulgación
Lógicamente, el profesor Serrano asistió al acto del Día de la Raza del
año 1936 en su condición de miembro destacado -catedrático de Derecho civil- de
la universidad, lo que en buena lógica supondría que ocupase un asiento en
lugar preferente y reservado. Con todo, carecemos -que yo sepa- de información
escrita o gráfica en que se recojan detalles del acto, como el de si los
claustrales tomaron asiento en las sillas y bancos de la platea del
paraninfo o en los estrados adosados al muro, reservados a los doctores, donde
también radica el lugar desde el que los conferenciantes solían dirigir la
palabra al público en los actos académicos. Digo todo esto para manifestar mi
convicción, aunque carente de prueba, de que Serrano tendría una mejor
posibilidad de oír lo que allí se dijo aquella mañana que el común del
auditorio, cosa muy relevante para captar las palabras de los oradores
programados, primero, y de Unamuno y Millán-Astray, a la conclusión del acto,
pese a los gritos diversos, manifestaciones de apoyo o de desagrado y el
guirigay final, que el propio Serrano recoge en sus notas, como más adelante
veremos.
¿Tomó los apuntes el profesor en el mismo acto del paraninfo o lo hizo
en un momento posterior, fiado de su memoria? Tampoco creo que esa pregunta
pueda responderse con seguridad, a tenor de cuanto hasta ahora se ha escrito al
respecto. Sí es seguro que, en el caso de que demorase la confección de las
notas hasta después de concluido el acto, dicho retraso fue muy breve, pudiendo
cifrarse en un mínimo de unas pocas horas del mismo 12 de octubre y un máximo
del siguiente día 13[18]. Explicaré
la razón de esos dos términos, a quo y ad quem, en el capítulo 5,
a la luz de lo que el propio Serrano hizo constar en el párrafo final de sus
apuntes. Aludo a todo esto porque la fidelidad objetiva de la memoria de los
testigos tiene mucho que ver con la proximidad cronológica del documento al
hecho documentado.
Los apuntes de Serrano son manuscritos, escritos por él mismo, según
afirman sin dudar quienes conocen la grafía del profesor. Se empleó para
redactarlos una hoja de papel que ha llamado la atención de algunos por la
desproporción entre el largo y el ancho: 32 x 12,5 centímetros[19]. Dicho
papel fue escrito por ambas caras, si bien solo la primera se llenó de
escritura, hasta un total de cuarenta y cuatro renglones, por veintiuno del
envés. El texto está formalmente dividido en tres partes, remarcando el
interlineado por medio de dos pequeños segmentos rectilíneos y paralelos. El
objetivo de esa partición es el de separar lo que constituye sustancialmente
una exposición de hechos, de la opinión o impresión que los mismos generaron en
el autor de las notas. En el caso del breve párrafo final, la cesura se
justifica por aludir a hechos que quedan fuera de lo que acaeció en el
paraninfo universitario.
Los apuntes del
profesor Serrano
Para una mejor comprensión de buena parte de cuanto dejo dicho, me
remito a la imagen incorporada al cuerpo de este ensayo, que reproduce las dos
caras del documento a que vengo refiriéndome. Haciendo un esfuerzo, quizá
podría leerse allí mismo su contenido. Con todo, prefiero transcribir a
continuación el texto, dejando la imagen como testimonio indubitado, para el
caso de que involuntariamente deslizase alguna errata en lo que hago constar en
letra cursiva[20].
Después de un acto magnífico por los discursos de Maldonado y Pemán (los
de Ramos y P. Beltrán de Heredia resultaron menos vibrantes) tomó la palabra D.
Miguel de Unamuno para decir que él era vasco por los cuatro costados y que
había venido a Castilla a enseñan el castellano. Que era preciso imponer[21] una paz porque lo
mismo que las mujeres rojas alardean de todos los crímenes y maldades, hay
también quienes se regodean entre nosotros con el espectáculo de los
fusilamientos.
Hay que darse cuenta que vencer no es convencer y que en último término
eso que se llama la anti España (idea esta superficial) también es España y
advierte contra el riesgo de caer en una unidad en la ramplonería.
Que también era español el filipino Rizal que se despidió de la vida con
unas palabras en español.
Las palabras de Unamuno produjeron impresión e indignación. Íscar hizo
un gesto como diciendo ya va a estropearlo y Unamuno dijo ah sí sí sé lo que me
digo.
Al
terminar Unamuno el general Millán Astray preguntó si podía hablar y aquel
dijo: “Entonces va a hablar todo el mundo”. No obstante habló en términos
enérgicos diciendo que los catalanistas morirán y los que pretendan enseñar
teorías averiadas morirán también. Terminó con varios vivas y mueras, entre
ellos un abajo la intelectualidad… (el adjetivo no se oyó ni el pueblo lo quiso
oír, le bastaba lo que había entendido). Después dio vivas a Franco.
Unamuno llevaba guion escrito de sus palabras y lo consultaba para no
decir más de lo que había pensado. De Millán Astray me cabe la duda de si
llevaba el propósito de hablar porque cuando empezó un legionario que estaba a
su lado le dio un vaso de agua.
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Unamuno fue imprudente e inoportuno y al final antipatriota pero no todo
lo que dijo es censurable, unas cosas porque son verdad (el público que
presencia los fusilamientos) y otras porque son materia opinable (lo de vencer
no es convencer y lo de que hay una unidad en la ramplonería). La afirmación de
que era vasco también podría pasar a pesar de ser inoportuna.
En
cambio es francamente inadmisible la última parte de su discurso, lo referente
a que la anti España es España también y la alusión a Rizal.
Millán Astray estuvo bien pero fue más lejos de lo debido cuando afirmó
que ciertos profesores morirán. Estas afirmaciones viniendo de quien vienen y
dichas delante de un público juvenil excitado a seguir ese camino pueden ser
peligrosas.
======
Me
dicen que el Casino lo ha expulsado de su seno y que en cambio por ahora no
habrá destitución del cargo de Rector.
***
Cualquiera que fuese la intención de Don Ignacio Serrano al redactar
estos apuntes, los mismos estaban llamados a permanecer desconocidos del
público durante más de ochenta años[22].
Fallecido su autor en 2005, comentan algunos que sus hijos los encontraron
inopinadamente entre los papeles privados guardados en el despacho paterno.
Desconozco la fecha de tal hallazgo, pero lo cierto es que -si no me
equivoco- la primera vez en que los apuntes de Serrano fueron citados y
transcritos en una publicación impresa fue en 2019, en la biografía completa de
Unamuno, obra del matrimonio de especialistas franceses, Colette y Jean-Paul
Rabaté[23]. Poco
después -año 2020- los herederos del profesor Serrano hicieron donación del
documento a la Casa-Museo Unamuno de la Universidad de Salamanca[24]. En
junio de 2021, pasó en depósito al Instituto Cervantes, para ser custodiado en
la caja de las letras de Miguel de Unamuno, al menos, hasta el 12 de octubre de
2036, cuando dicha caja se abra para conmemorar el primer centenario del Día
de la Raza de 1936[25].
La
aparición y publicación del documento de Serrano ha tenido una repercusión
sorprendentemente alta para tratarse de una materia que ya contaba con
infinidad de aportaciones, aunque no muchas a cargo de testigos presenciales.
Sin menospreciar su valor intrínseco, me parece que la general estimación de
los apuntes que glosamos se ha podido beneficiar, en primer lugar, de la
circunstancia coyuntural de ser coetánea de la labor documental y del rodaje de
una afamada y prestigiosa película sobre los días salmantinos del
general Franco, titulada Mientras dure la guerra[26] y, a
mayores, de la general impresión de veracidad y objetividad que han sacado los
estudiosos al leer las dos páginas del manuscrito de Serrano. El porqué de esa
impresión procuraré explicarlo cuando trate, más adelante, de los comentarios
que el profesor hizo al final de sus notas, tanto sobre la intervención de
Unamuno como acerca de la de Millán-Astray.
Dicho esto, voy a dedicar los siguientes capítulos de este ensayo a
poner en relación las notas unamunianas y los apuntes del profesor Serrano, a
fin de encontrar las coincidencias, parecidos, disimilitudes y temas que estén
recogidos en aquellas y no en estos. Creo que es una tarea muy interesante para
poner al día la ingente plétora de versiones de lo ocurrido aquel 12 de octubre
en el paraninfo de la universidad salmantina[27], a
tenor de lo que aporten esas anotaciones que durante tanto tiempo han
permanecido desconocidas.
Mesa presidencial del
acto del Paraninfo (de izquierda a derecha, Carmen Polo de Franco, el rector
Unamuno, el obispo Pla y Deniel y el general Millán-Astray)
4. El discurso de
Unamuno según Serrano
En
este capítulo pretendo ante todo enumerar los puntos de las notas de Unamuno
que son recogidos también en los apuntes de Serrano, con el principal objetivo
de justificar que efectivamente el rector se pronunció sobre ellos en su
discurso. De ser posible, aunando el guion unamuniano con los apuntes del
testigo profesor, intentaré apuntar en qué términos pudo haberse expresado el
rector al pasar de las ideas escritas a las palabras pronunciadas. Y en mi
exposición seguiré el orden con que Serrano resumió la alocución de Unamuno,
toda vez que las notas o guion de este no parecen presentar una secuencia
predeterminada.
Vasquismo
y castellanidad. Serrano afirma
literalmente: Tomó la palabra D. Miguel de Unamuno para decir que él era
vasco por los cuatro costados y que había venido a Castilla a enseñan el
castellano. Es una idea que en las notas de Unamuno se recogía así: Lucha,
unidad catalanes y vascos. Seguramente, se trata de una reacción del rector
al precedente discurso de Maldonado de Guevara, que había sido muy crítico con
la actitud independentista de los naturales de Cataluña y del País Vasco y con
su egoísmo a la hora de compartir las cargas económicas precisas para el
sostenimiento de España.
Equiparación
de ambos bandos contendientes en la maldad y la impiedad, incluidas las
mujeres. Serrano recoge lo siguiente: Que era preciso imponer[28] una
paz porque lo mismo que las mujeres rojas alardean de todos los crímenes y
maldades, hay también quienes se regodean entre nosotros con el espectáculo de
los fusilamientos. Por su parte, Unamuno anotaba al respecto: Odio y
compasión ni la mujer. Me adhiero a la opinión de quienes ven en ese mismo
rasero a la hora de describir y juzgar a los dos bandos de la guerra -la alterutralidad
unamuniana[29]-
la corrección del error maniqueo del famoso manifiesto de la universidad de
Salamanca, fechado el 26 de septiembre de 1936 y suscrito, entre otros, por el
rector Unamuno y, tal vez, por el catedrático Serrano[30], cuya
parcialidad pro-sublevados estaba generando en aquel una creciente mala
conciencia.
Vencer
no es convencer. Serrano se limita a recoger: Hay que darse cuenta
que vencer no es convencer. Y Unamuno, en sus notas preparatorias del
discurso, se refiere a este tema de manera aún más escueta: Vencer y
convencer. La redacción de Serrano viene a coincidir con ulteriores
alusiones de Unamuno a sus palabras en el paraninfo y a la comprensión por
otros testigos del acto: Esta frase lapidaria se lanzó erga omnes, como
criterio a seguir por quienes pretendan triunfar racionalmente en la guerra. No
fue, pues, un apóstrofe a los nacionales en particular, del estilo de un
venceréis, pero no convenceréis. Con todo, es lógico que los presentes
se dieran por especialmente aludidos ya que no había entre el público -que se
sepa- ningún político ni militar republicanos.
El
tema de la anti España. En los apuntes de Serrano se lee: En último
término eso que se llama la anti España (idea esta superficial[31])
también es España. En su guion, Unamuno escribe a este respecto: Anti
España? Cóncavo y convexo. Se constata, pues, que la escueta alusión de
Serrano aclara perfectamente lo que las notas unamunianas presentan de manera
confusa e interrogativa. Incluso la indicación “cóncavo y convexo” recibe así
un sentido claro: España y la llamada anti España serían las dos formas,
inseparables y complementarias, de ser español. Y debemos recordar que, una vez
más, fueron las precedentes palabras de Maldonado de Guevara las que impulsaron
al rector a salir al paso de credenciales de patriotismo fundadas en meras
opiniones personales.
El
ejemplo de Rizal. Serrano aleja cualquier duda sobre la alusión del Unamuno
al filipino y español, José Rizal[32]: Que también era español el filipino Rizal que
se despidió de la vida con unas palabras en español. Ilustra así la nota de
Unamuno que se limita a citar: Rizal. Desde hacía muchos años, Rizal era
una especie de héroe y mártir para Unamuno, modelo de escritor y de patriota
injustamente ejecutado por las fuerzas reaccionarias militares y eclesiásticas[33]. No es,
pues, extraño que se acuerde de él a la hora de presentar un modelo de español
e hispanohablante maltratado y malinterpretado por quienes se arrogan el papel
de la España que abomina y combate en cualquier época contra
compatriotas a quienes tilda de antiespañoles. Se considera muy probable que,
aunque no lo pretendiese, Unamuno zahiriera con su alusión a Rizal al general
Millán-Astray, combatiente en su juventud contra los independentistas filipinos[34], con
los que Rizal tuvo indudables concomitancias.
La
unidad en la ramplonería. Es el único punto recogido en los apuntes de
Serrano que no coincide con notas en el guion de Unamuno. El profesor civilista
lo expone así: Advierte contra el riesgo de caer en una unidad en la
ramplonería. Según el orden en los apuntes, es cuestión que Unamuno ligó
con la de la anti España, hasta el punto de unir ambas con la conjunción y.
Naturalmente, la cita por Serrano hace casi seguro que Unamuno expusiera este
tema, aunque nos quede algo oscuro su sentido. Yo me inclino por que signifique
el rechazo de que, para lograr la unidad del país, se establezca el punto común
de sus ciudadanos en la ordinariez y la mediocridad[35]. En
cualquier caso, me permito recalcar que esta alusión a la unidad basada en la
ramplonería es la única en que las notas de Serrano aportan una cuestión no
apuntada en el guion unamuniano.
A la salida del acto
(1)
***
A
tenor de los apuntes de Serrano, no existen más temas en la exposición de
Unamuno que los seis que acabo de exponer en el precedente epígrafe. Sin
embargo, el rector había preparado en su esquema alusiones para otros temas.
¿Es que Serrano las pasó por alto o es que Unamuno se las guardó para su fuero
interno por los motivos que fueran? Por más que ello suponga censurar a nuestro
profesor como tomador de apuntes, me inclino decididamente por entender que
Unamuno sí habló de tales temas, no solo por su importancia, sino por el
testimonio de otras personas presentes en el paraninfo, que así lo
transmitieron verbalmente o por escrito de una forma relativamente conteste.
Voy a destacar, de entre esos temas, dos:
La
caracterización de nuestra guerra civil. Se trata de una cuestión
verdaderamente clave, tanto en sí misma, como por las reacciones que la opinión
de Unamuno podía despertar en el auditorio. Además, era un tema sacado a
colación por los conferenciantes Maldonado y Pemán, contra cuyas opiniones quería
expresarse Unamuno. Sea como fuere, el guion unamuniano alude a esta materia
con las siguientes palabras: Guerra internacional occidental cristiana y
en otro lugar del documento, Guerra internacional, civilización occidental
cristiana. A falta de una precisión mayor, entiendo que Unamuno trataba de
salir al paso de los oradores precedentes del acto, poniendo en duda o
matizando el que nuestra guerra civil se estuviera ajustando a todos esos
epítetos, que se usaban de manera encomiástica.
El
rechazo del odio a la inteligencia. Al tratar de este tema, debemos evitar
el anacronismo que supondría vincularlo a las palabras que Millán-Astray
pudiera haber vertido en el acto las cuales, en todo caso, fueron posteriores a
la redacción del guion por Unamuno. Si es que el rector se sintió molesto por
alusiones anteriores peyorativas de la inteligencia, las mismas tuvieron que
venir de los oradores que le habían precedido en el uso de la palabra. En
cualquier caso, las anotaciones unamunianas sobre este particular eran las
siguientes: Odio[36]inteligencia
que es crítica, que es examen, y diferenciadora, inquisitiva y no inquisidora.
Para cerrar este capítulo dedicado a establecer la correlación entre las
notas de Unamuno y los apuntes de Serrano, voy a referirme a un tema que ni uno
ni otro recogen en sus respectivos textos, pero que diversas narraciones
publicadas del acto, no solo lo dan por sacado a colación, sino que aportan a
veces todo lujo de detalles. Me refiero a si Unamuno aludió o no a que
Millán-Astray era mutilado de guerra, pero no a la manera amable de
Cervantes, sino a la vengativa y uniformadora, que pretendía también una España
mutilada y no le importaba que una guerra horrenda multiplicase el número de
mutilados de sus resultas. Pese al silencio de las notas de Unamuno y de
Serrano, yo no me atrevo a negar la posibilidad de que, aunque no de forma
premeditada, sí pudiera haberse deslizado alguna alusión por Unamuno a la
mutilación de Millán-Astray, pero no con la extensión, malevolencia e
inferencias sociales de los relatos dramatizados del acto, a los que al
principio me refería.
5. Los apuntes de
Serrano más allá del guion de Unamuno
Las anotaciones del profesor Serrano sobre los hechos del 12 de octubre
de 1936 rebasan los límites del guion unamuniano, toda vez que aluden a hechos
sucedidos inmediatamente después de redactado aquel. Los puntos fácticos en que
los apuntes del citado profesor no tienen ya correlato en las notas de Unamuno
son, por este orden, los siguientes:
Reacción del público que escuchó las palabras de Unamuno. De manera escueta,
aunque recogiendo una anécdota, Serrano escribe: Las palabras de Unamuno
produjeron impresión e indignación. Íscar hizo un gesto como diciendo ya va a
estropearlo y Unamuno dijo ah sí sí sé lo que me digo. Dadas la índole de
la mayoría de los oyentes -militares y legionarios- y las cuestiones planteadas
por Unamuno, no puede extrañar cómo reaccionó el público. Es muy significativa
la anécdota que tiene como protagonistas a Íscar y al rector, en especial por
la réplica tan en sus puntos de Unamuno.
He
procurado identificar al Íscar que tan familiarmente cita Serrano.
Indudablemente se trataría de una persona bien conocida del profesor quien -no
se olvide- solo llevaba alrededor de un año residiendo en Salamanca. Por otra
parte, tendría que ocupar un buen sitio en el paraninfo, como
para que Unamuno, desde la tribuna presidencial, se percatase del gesto y
procurara hacer llegar a su autor una breve réplica contundente. Todas esas
circunstancias concurrían en Miguel Íscar Peira, concejal y primer teniente de
alcalde del ayuntamiento salmantino, cuya alcaldía ejercía en funciones. No
olvidemos que ese 12 de octubre todavía era Unamuno alcalde honorario de
Salamanca y concejal de su consistorio. Ciertamente, había a la sazón otras
personas conocidas en la ciudad salmantina que se apellidaban Íscar, pero ni
siquiera es seguro que estuviesen en ella en aquellos momentos[37].
La
intervención del general Millán-Astray. Serrano se refiere a este
sobresaliente extremo del acto del Día de la Raza, con el siguiente
párrafo: Al terminar Unamuno el general Millán Astray preguntó si podía
hablar y aquel dijo: “Entonces va a hablar todo el mundo”. No obstante habló en
términos enérgicos diciendo que los catalanistas morirán y los que pretendan
enseñar teorías averiadas morirán también. Terminó con varios vivas y mueras,
entre ellos un abajo la intelectualidad… (el adjetivo no se oyó ni el pueblo lo
quiso oír, le bastaba lo que había entendido). Después dio vivas a Franco.
Varios son los puntos destacados que se recogen, o deducen, de los
apuntes de Serrano en este punto, que, globalmente considerados, no se apartan
mucho del núcleo expuesto por otros testigos y narradores del hecho. Claro que,
si descendemos a los detalles o nos remontamos a las versiones extensas y
dramatizadas del episodio, encontramos notables diferencias, como también las
hay entre todos los que han escrito acerca de lo que, según cada uno, dijo
Millán-Astray. Por mi parte, no pretendo otra cosa que recoger los recuerdos
escritos del profesor Serrano, destacando los extremos que me parecen más
dignos de resaltarse: A) El general Millán-Astray esperó a que Unamuno acabase
de hablar para preguntar si podía hacerlo él, a lo que el rector -que, como presidente
del acto, era quien podía conceder el uso de la palabra- contestó de manera
ambigua y displicente, en lo que más bien parecía una denegación, aunque no
explícita, de la que Millán hizo caso omiso, como lo significa el no
obstante empleado por Serrano. B) El general habló en términos enérgicos,
comprensivos -según los apuntes de Serrano- de sendas amenazas de muerte para
los catalanistas y para los que pretendan enseñar teorías averiadas.
C) El discurso -que, a todas luces, debió de ser breve- terminó con varios
vivas y mueras, entre los que Serrano -como casi todos los narradores de
aquel evento- destaca un abajo la intelectualidad que, superando el
eufemismo del profesor, coincidiría con el tan citado “mueran los
intelectuales”. D) Con lo comprendido entre paréntesis, Serrano alude sin duda
a que, de inicio o por corrección inmediata, Millán-Astray añadió un adjetivo,
para matizar o reducir el alcance de su amenaza a los intelectuales[38],
corrección obrada por el general motu proprio o ante las advertencias o
intervención de asistentes de cierto relieve. E) La rectificación parcial del
general -el adjetivo- fue dicha en voz tan baja o entre tanto guirigay
del público, que Serrano asegura con evidente ironía que no se oyó ni el
pueblo lo quiso oír, le bastaba lo que había entendido. F) Las últimas
palabras de Millán-Astray fueron dedicadas a dar vivas a Franco.
Serrano termina su referencia a los hechos de aquella conmemoración
señalando que Unamuno llevaba guion escrito de sus palabras y lo consultaba
para no decir más de lo que había pensado. De Millán Astray me cabe la duda de
si llevaba el propósito de hablar porque cuando empezó un legionario que estaba
a su lado le dio un vaso de agua. Lo que afecta a Unamuno tiene notable
importancia en lo relativo a que consultaba su previo guion para no decir
más de lo que había pensado: Luego parece que será apócrifo todo contenido
del discurso unamuniano que exceda notoriamente de lo reflejado en el guion que
el rector escribió de su puño y letra. Y, en lo referente a Millán-Astray,
opino que la duda de Serrano sobre si llevaba de antemano el propósito de
hablar no resulta coherente con lo de preguntar si podía hacerlo. La
anécdota del legionario adlátere que le dio un vaso de agua no me parece
suficiente por sí misma, como para inferir de ella que Millán-Astray tuviera
previsto perorar, hasta el punto de precisar un vaso de agua. De todas formas,
ahí queda esa curiosidad, aunque solo sea como muestra de la atención con que
Serrano debió de seguir el desarrollo de un acto que -por decirlo de forma
delicada- fue poniéndose cada vez más interesante.
Alusión final a los incidentes del casino y
a la destitución del cargo de Rector. El último párrafo de los apuntes de Serrano se dedica a recoger cosas que
otros le han dicho y que habían sucedido -o no, todavía- muy poco después del
acto del paraninfo. Dice así: Me
dicen que el Casino lo ha expulsado de su seno y que en cambio por ahora no
habrá destitución del cargo de Rector.
En realidad, Unamuno no fue expulsado
nunca del casino, si lo que quiere decirse es que se le retirara la condición
de socio, como tampoco consta documentalmente que se le privase de la
presidencia honoraria de la institución. A la letra, tampoco fue expulsado físicamente.
Lo que sucedió[39] fue
que, al presentarse en el casino para departir con sus contertulios, fue
insultado a gritos por algunos de los circunstantes, originándose un tumulto de
tintes amenazadores, ante lo cual su hijo, Rafael de Unamuno, lo tomó del brazo
y sacó del edificio, llevándoselo a casa en compañía de un conocido[40].
Y, en lo tocante a la destitución del rectorado, Franco la acordó el 22
de octubre de 1936 -como veremos en el apéndice documental-, pero ya en la
tarde del día 14 del mismo mes el claustro de la universidad salmantina decidió unánimemente retirar la confianza a su actual Rector, y considerar el cargo
como vacante; y usando de su facultad de presentar a las autoridades
académicas, propuso al Alto Mando para el cargo de Rector de esta Universidad,
al catedrático Don Esteban Madruga Jiménez[41].
Así pues, la observación de Serrano tuvo apenas una vigencia de pocas horas.
Como ya he dejado indicado, este último
párrafo de los apuntes de Serrano tiene la virtualidad de fijar el término
dentro del cual aquellos fueron redactados, suponiendo -como me parece muy
probable- que lo fuesen una vez terminado el acto académico y fuera del
paraninfo. Dicho término estaría comprendido entre la tarde del mismo día 12
-en que se produjo el incidente en el casino- y la mañana del día 14, en que,
como más tarde, se convocaría el claustro universitario para promover la
destitución de Unamuno como rector. Dentro de esos dos extremos, me inclino por
pensar que los apuntes datarían del 13 de octubre: en todo caso, cuando Serrano
tenía fresco en su joven memoria[42]
todo lo sucedido.
A la salida del acto
(2)
***
Voy a concluir mi análisis de los apuntes de Serrano con su apartado
segundo, en el que, dejando ya de ser una suerte de testigo o alumno que
toma notas de un acto académico, muda de enfoque, transformándose en un
profesor que enjuicia palabras y comportamientos de manera breve, pero tajante.
Es precisamente esta parte del documento la que ha merecido la mayor
aquiescencia por parte de sus comentaristas, juzgando que la crítica de Serrano
parece objetiva o, cuando menos, mesurada, superando en lo posible el belicismo
de la época y la propia ideología y preferencias del autor; de allí extraen la
consecuencia de que las notas de Serrano son perfectamente de recibo y suponen
una sobresaliente aportación para lo sucedido en el acto del Día de la Raza.
En honor a la sinceridad, debo decir que yo valoro mucho más la veracidad del
profesor al narrar los hechos, que no su criterio al enjuiciarlos; pero lo que
yo piense vale poco, comparado con la estimación de mis lectores. Dejo, pues,
aquí la introducción y paso a glosar los diversos puntos en que cabe dividir la
opinión de Don Ignacio Serrano.
Sobre
los discursos previos a las palabras de Unamuno. Serrano no pretende en sus
apuntes hacer esquema ninguno de esos cuatro discursos sino de las palabras
finales de Unamuno y de la réplica de Millán-Astray. Por eso despacha su
valoración con solo estas palabras: Después de un acto magnífico por los
discursos de Maldonado y Pemán (los de Ramos y P. Beltrán de Heredia resultaron
menos vibrantes)… Ciertamente, este preámbulo de los apuntes tiene tanto de
fáctico, como de valorativo, por cuya razón he preferido incluirlo en el
apartado crítico de aquellos. Aquí Serrano asevera que el acto resultó magnífico,
gracias a los discursos pronunciados por los cuatro oradores -Ramos
Loscertales, Beltrán de Heredia, Maldonado de Guevara y Pemán Pemartín-, todos
ellos vibrantes, aunque menos los dos primeros que los dos últimos[43]. A
tenor de la reacción de Unamuno, cabe colegir que la vibración que
sintió Serrano también fue acusada por el rector, aunque no precisamente con
las mismas consecuencias. Ya hemos apuntado que, de no ser por los excesos
verbales de Maldonado y, en menor medida, de Pemán, el alma de Don Miguel
habría sufrido una mucho menor excitación y, por ende, no es probable que
hubiese tomado la palabra, para su desgracia y nuestra conmoción.
Sobre
la valoración y descalificaciones de las palabras de Unamuno. Invirtiendo
el orden de las notas del profesor Serrano, comenzaré por aludir a su
tricotomía de las palabras unamunianas en función de la veracidad o admisibilidad
de lo manifestado con ellas; una diferenciación que, en general, ha sido
bien valorada por sus comentaristas, como expresiva de una reflexión
relativamente imparcial, que se echa a faltar en la casi totalidad de los
testigos y escritores de aquella época. La tripartición de Serrano se expone
literalmente así: … unas cosas porque son verdad (el público que presencia
los fusilamientos) y otras porque son materia opinable (lo de vencer no es
convencer y lo de que hay una unidad en la ramplonería). La afirmación de que
era vasco también podría pasar a pesar de ser inoportuna. En cambio es francamente inadmisible[44] la
última parte de su discurso, lo referente a que la anti España es España
también y la alusión a Rizal.
Ahora bien, del texto
de las palabras unamunianas y del contexto en que fueron pronunciadas, ¿qué
valoración hace Serrano? Leemos en sus apuntes: Unamuno fue imprudente e
inoportuno y al final antipatriota. Ese final antipatriótico queda claro en
el texto: lo referente a que la anti España es España también y la alusión a
Rizal.
Mi
objetivo no es aquí el de hacer una crítica de los apuntes del profesor
civilista sino, si acaso, tomarle como modelo de una persona mesurada y
reflexiva de las que fueron testigos de aquel acto, a la hora de precisar qué
fue, entre todo lo que escucharon a Unamuno, lo que más pudo ofenderlos y
crisparlos. Claro que hay una persona, entre todo el público, que ahora nos
interesa especialmente: el general Millán-Astray. ¿Qué opina Serrano de sus
palabras?
Sobre
la crítica a las palabras de Millán-Astray. Las notas de Serrano al
respecto son las siguientes: Millán Astray estuvo bien pero fue más lejos de
lo debido cuando afirmó que ciertos profesores morirán. Estas afirmaciones
viniendo de quien vienen y dichas delante de un público juvenil excitado a
seguir ese camino pueden ser peligrosas.
De
tan breve comentario, quiero resaltar solo la aseveración inicial -Millán
Astray estuvo bien-. Es mucho decir, habida cuenta de que los apuntes de
Serrano recogen poco más que las amenazas de muerte del general y su truncado ¡abajo
la intelectualidad! Si en ese estar bien Serrano incluía el que
Millán-Astray saliera al paso de lo dicho por Unamuno con una actuación
desmelenada, es bastante probable aunque, dado que esa deducción mía es
puramente especulativa, habrá que conceder al profesor el favor de la duda.
6. Un catedrático en
plena actividad
Si
mi objetivo fuera solo el de relacionar críticamente el guion de Unamuno para
sus palabras del 12 de octubre de 1936 con los apuntes tomados en aquel acto
por Serrano, mi ensayo habría concluido. Pero reitero ahora mi revelación del
principio: El profesor Serrano lo fue mío en la universidad de Valladolid
durante cuatro cursos. Ahora añado el dato de que, hasta el momento, llevo
treinta y cinco años residiendo en Salamanca. Son razones suficientes, a mi
parecer, para completar el trabajo con una referencia a algunas de las más
sobresalientes actividades públicas que ocuparon al profesor Serrano mientras
fue catedrático en Salamanca, entre 1935 y 1940[45]. Nada
de lo que aquí aporte tendrá carácter de inédito, pero sí tendrá el
valor de refundir en un solo texto la alusión a la labor oficial de Don Ignacio
Serrano la cual, en verdad, resulta abundante y variada, evidenciando una
encomiable capacidad de entrega y de trabajo.
Un
profesor bajo las armas. Don Ignacio Serrano, a sus veintiocho años de edad
y ya catedrático desde el año anterior, se incorporó de manera voluntaria a la
tropa del ejército franquista, en el que permaneció durante algo más de
un año. El dato está reflejado en una fuente generalmente digna de crédito, que
dice lo siguiente: Después de alistarse como soldado voluntario en el
ejército franquista, luchó en la guerra civil desde el 18 de diciembre de 1936
hasta el 10 de marzo de 1938, permaneciendo cuatro meses en primera línea de
combate[46].
Entiendo que la precisión de las fechas y del tiempo pasado en el frente
implican la consulta del historial militar u hoja de servicios, que figure
custodiado en el archivo correspondiente.
Auditor
de guerra honorífico. La misma ficha biográfica que he utilizado en el
apartado anterior reza literalmente: Mediante orden de 23 de febrero de 1938
fue nombrado oficial primero honorífico del Cuerpo Jurídico Militar, comenzando
a prestar servicios desde el 12 de marzo de 1938[47].
Después de llevar a cabo diversos trabajos en la Auditoría de Guerra de la
Séptima Region Militar[48], fue
vocal ponente de los consejos de guerra celebrados en Salamanca[49].
Posteriormente fue Auditor Delegado de Guerra en esta misma ciudad y miembro de
la Comisión de Examen de Penas de la provincia de Salamanca[50].
Trasladadas las
funciones anteriormente indicadas a los grados en la oficialidad del ejército,
creo que el ser ponente de los consejos de guerra implicaba una graduación
mínima de teniente, mientras que la Auditoria Delegada de Guerra suponía el
ascenso a capitán.
Miembro
del Servicio de Recuperación de Documentos. Dentro del organigrama del
Cuartel del Generalísimo, se había creado en 1937 este servicio, que no era
sino una maquinaria de incautación de toda clase de documentos, con el objetivo
de obtener y procesar las pruebas documentales contra los “enemigos del
Régimen”. Dicho Servicio, que pasó por diversos avatares administrativos,
acabaría por dar lugar al magno Archivo General de la Guerra Civil Española,
radicado precisamente en Salamanca, que actualmente subsiste con el nombre de
Centro Documental de la Memoria Histórica, con muy otros objetivos y despojado
de buena parte de su acervo original por la lógica devolución a sus
propietarios y por el mucho menos admisible trasvase de su posesión a las Comunidades
Autónomas con fuerza política para desmembrarlo.
Pues bien, en fecha para mí indeterminada, pero circa mediados de
1937, el capitán de la Armada, Juan Fontán Lobé, solicitó la cooperación de
personal cualificado, para colaborar en la ímproba labor que suponía el
funcionamiento del Servicio de Recuperación de Documentos. En respuesta a su
petición, se incorporaron a dicho Servicio los catedráticos de la universidad
salmantina, Ignacio Serrano Serrano y Nicolás Rodríguez Aniceto, y el juez de
instrucción Manuel Vázquez Tamames, asimismo destinado a la sazón en Salamanca[51].
Desconozco la fecha en que Serrano se apartaría de su cometido en ese Servicio
que, en todo caso, parece tener una duración ligada, como máximo, a su estancia
en tierras salmantinas.
Tratadista
sobre el Fuero del Trabajo. Dentro de la no muy amplia faceta del profesor
Serrano como publicista[52], ocupan
los puestos más destacados su extensa monografía sobre el Fuero del Trabajo y
la dedicada a la institución jurídica civil de la ausencia[53]. Como
se sabe, dicho Fuero fue promulgado el 9 de marzo de 1938, publicándose al día
siguiente en el Boletín Oficial del Estado, y con el tiempo formaría parte de
las Leyes Fundamentales del régimen político del Movimiento Nacional,
equivalente, en cierto modo, a la Constitución del franquismo. El libro del
profesor Serrano apareció en 1939, lo que hace suponer que su autor trabajó
en él denodadamente para culminar su labor, más o menos, en el plazo de un año.
Se
ha hecho en ocasiones una comparación entre la obra de Serrano y la que el
jesuita, Padre Azpiazu, dedicó al mismo texto legal y en ese mismo año[54],
destacando el carácter estrictamente jurídico del libro del primero, frente al
enfoque de justificación moral y social del Fuero del segundo, deudor -según el
padre- más de la doctrina social de la Iglesia católica, que de textos laicos,
singularmente la Carta del Lavoro (1927) fascista. No entraré en el
camino de las interpretaciones y, mucho menos, si no son matizadas. Solamente
aludiré a que el profesor Serrano, por creencias y estudio, era buen conocedor
del enfoque católico de estas materias, aunque solo fuese por su vinculación
con la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, de cuyo Centro de
Salamanca fue secretario[55].
Profesor
de la Universidad Pontificia de Salamanca. En la ficha sobre el profesor
Serrano tantas veces citada, obra de Manuel Cachón Cadenas, puede leerse: Tras
la guerra impartió también la asignatura de Derecho civil en la Universidad
Eclesiástica de Salamanca. No pondré en duda que Serrano pudo ser nombrado
profesor de dicha universidad, pero sí que ejerciese efectivamente la docencia,
toda vez que la Universidad Pontificia de Salamanca, fundada en septiembre de
1940, inició su andadura en el curso 1940-1941, justamente cuando el susodicho
profesor se trasladó a la Facultad de Derecho de Valladolid, y se me hace muy
extraño que, dadas las comunicaciones de la época, Serrano simultanease las
clases en Valladolid y en Salamanca. En cualquier caso, es mi opinión, la cual,
dado lo colateral del tema para mi ensayo, no he contrastado con otras fuentes
que la ya citada.
Paraninfo de la
Universidad de Salamanca (por gentileza de Alumni-USAL)
Epílogo:
Para una valoración del profesor Serrano en su etapa salmantina. En lo que
puede considerarse una cosa buena, a tantos años vista, parece que la
figura del Serrano de la época de la guerra civil y la inmediata posguerra ha
pasado bastante desapercibida. Habida cuenta de su vinculación a la Auditoría
de Guerra, he hecho un escarceo en la documentación de la llamada memoria
histórica, sin encontrar ningún hecho en que interviniese y que pudiera
generar, hasta ahora, una valoración subjetivamente negativa. Y, en lo
referente a su faceta esencial de profesor universitario, sucede lo propio, por
más que haya sido considerado por algunos como persona de clara adscripción al
bando nacional. De todos modos, no puede olvidarse que Don Ignacio Serrano,
debido a su militarización, estuvo varios años separado de la docencia -cuando
menos, parcialmente-, dando lugar a que su ausencia tuviera que ser cubierta
por otros colegas[56].
De
manera efectista, Javier Infante incluye a Serrano entre los vencedores no
comprometidos con los rebeldes, en un segundo plano o nivel, el de los
profesores menos destacados[57], en
unión, por ejemplo, de Esteban Madruga Jiménez, el otro catedrático de Derecho
civil, con quien recuerdo que, tiempo después, compartió la autoría de un
opúsculo sobre los tribunales tutelares de menores[58]. Como
es lógico, Infante no deja de recordar la obra de Serrano sobre el Fuero del
Trabajo, aportando algunas citas y parte documental de la misma que demuestran,
según él, que Serrano, desde luego, tomaba partido inequívoco.
7. Apéndice literario:
Unamuno versus Millán-Astray, drama y leyenda
El
sentido y el tono de este ensayo han pretendido hasta ahora ser históricos y circunspectos.
Con todo, no me parece amable con los lectores el concluirlo sin hacer una
referencia suficiente a la que podemos llamar versión mítica o dramática del
episodio salmantino del Día de la Raza de 1936, en los términos que se
han ido popularizando, cuando menos, desde el ensayo Unamuno’s last lecture,
aparecido en la revista británica Horizon en diciembre de 1941[59]. Una
refundición actualizada de dicho relato podría ser la que expongo en el resto
de este capítulo[60].
…
El General Millan Astray posiblemente llevado por el ambiente o por los
ánimos enardecidos que en esos momentos inundan el Paraninfo, lanza a la
multitud una más que incendiaria advertencia. Como queda recogido en un periódico de tirada nacional:
Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son cánceres
en el cuerpo de la nación. El fascismo, remedio de España, viene a
exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí. La carne
sana es la tierra, la enferma su gente. El fascismo y el
ejército arrancarán a la gente para restaurar en la tierra el sagrado
reino nacional. Cada socialista, cada republicano y cada uno de ellos sin
excepción y, huelga añadirlo, cada comunista es un rebelde contra el Gobierno
Nacional, que será pronto reconocido por los estados totalitarios que nos
auxilian a pesar de Francia, la democrática Francia, y
la pérfida Inglaterra. Y entonces o incluso
antes, cuando Franco lo quiera y con la ayuda de mis valientes moros,
que, si bien ayer me destrozaron el cuerpo, hoy merecen la gratitud de mi
alma por combatir a los malos españoles. Porque dan la vida por la sagrada
religión de España, escoltan a nuestro Caudillo, prenden medallas y
Sagrados Corazones en sus albornoces.
Unamuno que se había
dedicado a ir tomando notas de todo aquello que posiblemente no le agradaba en
el reverso de una carta que le había enviado Enriqueta Carbonell, mujer
de Atilano Coco, en la que le pedía que intercediera por su
marido, llegó al punto de no poder aguantar más su incomodidad y haciendo
gala de su fuerte personalidad, se levantó de su asiento, casi ya finalizado el
acto y dirigiéndose a todos en general y en algunos en particular, exclamó:
Me conocéis bien y sabéis que soy
incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir,
porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer
algunos comentarios al discurso, por llamarlo de algún modo, del profesor
Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Se ha hablado aquí de guerra
internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras
veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. Vencer no es convencer,
y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar
para la compasión. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina
explosión contra vascos y catalanes llamándolos anti-España; pues bien, con la
misma razón pueden ellos decir lo mismo. El señor obispo, lo quiera o no lo
quiera, es catalán, nacido en Barcelona, y aquí está para enseñar la doctrina
cristiana que no queréis conocer. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao y llevo
toda mi vida enseñando la lengua española.
Millan Astray, cojo, manco y con un más que notable parche negro en su
ojo derecho, que bien pudiera haber sido la reencarnación de que aquel otro
insigne militar, el Almirante Blas de Lezo que diera gloria a España allá por
el siglo XVIII, no daba crédito a que alguien se estuviera revolviendo contra
las ideas establecidas y echara abajo el acto con un discurso no premeditado,
se revuelve en su asiento, se alza y voz en grito exclama: ¡Viva la
muerte!, siendo respondido como por una sola voz por muchos de los allí
reunidos.
Sin dejarse amedrentar por los gritos de Millán y todos sus acólitos,
Unamuno les dio replica, continuando su discurso.
Acabo de oír el necrófilo e insensato grito "¡Viva la
muerte!". Esto me suena lo mismo que "¡Muera la vida!". Y yo,
que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que
no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta
ridícula paradoja me parece repelente. Como ha sido proclamada en homenaje al
último orador, entiendo que va dirigida a él, si bien de una forma excesiva y
tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El
general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un
tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los
extremos no sirven como norma. Desgraciadamente en España hay actualmente
demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me
atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de
la psicología de las masas. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual
de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de
sus mutilaciones, un inválido, como he dicho, que no tenga esta superioridad de
espíritu es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se
multiplican los mutilados a su alrededor. El general Millán Astray desea crear
una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por eso
quisiera una España mutilada.
Y
tengo que manifestar mi protesta porque damas españolas que dicen ser
cristianas y que llevan en sus pechos emblemas que acreditan que lo son, se
recreen presenciando fusilamientos en esta zona.
Con la cara desencajada y fuera de sí, realizando más que notables
movimientos nerviosos, el fundador de la Legión, intenta hacerse notar por
encima del griterío general, algo que le resulta imposible, sólo le escuchan
sus voces los más cercanos, entre ellos Unamuno. Parece ser que es en este
momento, porque las diferentes versiones se contraponen, cuando el General pide
la palabra a Unamuno para poder hablar, siendo denegada con un rotundo: "No
hay palabra". Iracundo y fuera de sí, Millán Astray suelta: "Si
esto es inteligencia, muera la inteligencia"
Algunos argumentaron que el dicho fue proferido por José María Pemán- él
siempre lo negó-. Algo que también negó el propio General en una
entrevista publicada en Le Figaro Magazine, acusando
de tal infundio a la "propaganda roja", renunciando de esta
manera a la autoría de tan desafortunado comentario.
Y realizando su alegato final proclama:
Estudiantes Universitarios, los que ahora podéis escucharme y
los que no podéis porque estáis en las trincheras
defendiendo a Dios y a la Patria. Cuando termine la guerra con la victoria
que Dios nos dará, tened mucho cuidado al escuchar la palabra de ciertos
hombres que dominan el léxico y con perversa intención hacen
juegos malabares con las palabras y los conceptos, para llevar a
vuestros corazones el engaño.
Unamuno, que desde el estrado continúa dando réplica al iracundo
General, le responde:
Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote.
Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que
diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, porque tenéis
sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que
persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en
la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España.
Sepelio de Unamuno (1
de enero de 1937)
8. Apéndice documental
Mensaje
de la Universidad de Salamanca a las Universidades y Academias del mundo acerca
de la guerra civil española, datado a 26 de septiembre de 1936[61].
La Universidad de
Salamanca, que ha sabido alejar serena y austeramente de su horizonte
espiritual toda actividad política, sabe asimismo que su tradición
universitaria la obliga, a las veces, a alzar su voz sobre las luchas de los
hombres en cumplimiento de un deber de justicia.= Enfrentada con el choque
tremendo producido sobre el suelo español al defenderse nuestra civilización
cristiana de Occidente, conductora de Europa, de un ideario oriental
aniquilador, la Universidad de Salamanca advierte con hondo dolor que sobre las
ya agudas violencias de guerra civil destacan agriamente algunos hechos que la
fuerzan a cumplir el triste deber de elevar al mundo civilizado su protesta
viril.= Actos de crueldad innecesarios —asesinatos de personas laicas y eclesiásticas—
y de destrucción inútil — bombardeo de santuarios nacionales (tales el Pilar y
la Rábida), de hospitales y Escuelas, sin contar los sistemáticos de ciudades
abiertas—, delitos de lesa inteligencia en suma cometidos por fuerzas
directamente controladas o que debieran estarlo por el Gobierno hoy reconocido
de jure por los Estados del mundo.
De
propósito se refiere exclusivamente a tales hechos la Universidad, silenciando
por propio decoro y pudor nacional los innumerables crímenes y devastaciones
acarreados por la ola de demencia colectiva que ha roto sobre parte de nuestra
patria, porque tales hechos son reveladores de crueldad y destrucción
innecesarios e inútiles, o son ordenados o no pueden ser contenidos por aquel
organismo que, por otra parte, no ha tenido ni una palabra de condenación o de excusa
que refleje un sentimiento mínimo de humanidad o un propósito de
rectificación.= Al poner en conocimiento de nuestros compañeros en el cultivo
de la ciencia la dolorosa relación de hechos que antecede, solicitamos una
expresión de solidaridad, referidos estrictamente al orden de los valores en
relación con el espíritu de este documento.
Este manifiesto fue dado a conocer por la Universidad a la Junta de
Defensa Nacional el 28 de septiembre de 1936, pero no se haría público en los
medios de información hasta el 8 de octubre de dicho año. Fue suscrito por
todos los claustrales presentes, a saber: Unamuno (Rector), Esteban Madruga
Jiménez (Vicerrector), Celso Sánchez y Sánchez (Secretario), Teodoro Andrés
Marcos, Aroca Cena[62], Isidro
Beato y Sala, Ramón Bermejo Mesa, Tomás Cortés Hernández, Manuel García Blanco,
Antonio García Boiza, Gonzalo García Rodríguez, Andrés García Tejado, Manuel
González Calzada, Wenceslao González Oliveros, Leopoldo Juan García, Francisco
Maldonado de Guevara, Arturo Núñez García, José Pérez López-Villaamil, Serafín
Pierna Catalán, Ramos Fernández, José María Ramos Loscertales, Nicolás
Rodríguez Aniceto, Emilio Román Retuerto, Sánchez Salcedo, Isaías Sánchez
Tejerina, Mariano Sesé Villanueva[63].
Suele afirmarse que el documento fue redactado -seguramente por
adelantado- por los catedráticos, José María Ramos Loscertales y Teodoro Andrés
Marcos, haciendo luego Unamuno algunas correcciones.
Acuerdo
del claustro de la Universidad de Salamanca de 14 de octubre de 1936, retirando
la confianza a su actual rector (Miguel de Unamuno) y proponiendo el
nombramiento para dicho cargo de Esteban Madruga Jiménez[64].
El Claustro de la
Universidad de Salamanca, al retirar por unanimidad la confianza a su actual
Rector, considera el cargo como vacante; y usando de su facultad de presentar
las Autoridades académicas, propone al Alto Mando para el cargo de Rector de
esta Universidad, al catedrático D. Esteban Madruga Jiménez.
Los claustrales votantes de dicho acuerdo fueron: Teodoro Andrés Marcos,
Isidro Beato y Sala, Ramón Bermejo Mesa, Bullón Ramírez, Darío Carrasco Pardal,
Tomás Cortés Hernández, Manuel García Blanco, Antonio García Boiza, Gonzalo
García Rodríguez, Andrés García Tejado, García de la Villa, Primo Garrido
Sánchez, Manuel González Calzada (Presidente), Teodoro V. López Jiménez,
Francisco Maldonado de Guevara, Maldonado Íñigo, Arturo Núñez García, Godeardo
Peralta y Miñón, Julio Pérez Martín, Serafín Pierna Catalán, Fermín Querol
Navas, José María Ramos Loscertales, César Real de la Riva, Ignacio Ribas
Marqués, Nicolás Rodríguez Aniceto, Emilio Román Retuerto, Sánchez Salcedo,
Celso Sánchez y Sánchez (Secretario), Isaías Sánchez Tejerina, José Serrano y
Serrano, y Serriá Salvador[65].
A
tenor de lo acordado y propuesto por la Universidad, se promulgaron los siguientes
decretos[66]:
Decreto
número 36.
Vengo en disponer cese en el cargo de rector de la Universidad de
Salamanca Don Miguel de Unamuno y Jugo.
Dado en Salamanca, a 22 de octubre de 1936.
Francisco Franco
Decreto número 37.
Vengo en nombrar rector de la Universidad de Salamanca a Don Esteban
Madruga Jiménez, catedrático de Derecho[67].
Dado en Salamanca, a 22 de octubre de 1936.
Francisco Franco
Cartel anunciador de
la película Mientras dure la guerra (Alejandro Amenábar, 2019), que
recrea hechos recogidos en este ensayo
[1] Con el nombre de Fiesta (o día) de la raza, se instituyó como fiesta nacional el 12 de octubre de cada año, por Real Decreto de 8 de mayo de 1918, manteniéndose tal denominación hasta el Decreto de 10 de enero de 1958, que lo cambió por el de Día de la Hispanidad, confirmado en Real Decreto 3217/1981, de 27 de noviembre. Finalmente, la Ley 18/1987, de 7 de octubre, la ha denominado, sin más, Fiesta Nacional de España, cosa que ya era desde el citado Real Decreto de 1918.
[2] Entre dichos motivos, existe uno general
(presentar en términos dramáticos la brutalidad de los militares sublevados,
personificados en el general Millán-Astray) y otro particular (blanquear la
imponente y polémica figura de Miguel de Unamuno, en una especie de revisión
absoluta de su anterior postura, más bien contraria a la República). Sobre esta
base, innecesario es explicitar que el interés y la relevancia máximos
concedidas a aquel suceso han correspondido a quienes en cada momento han
asumido una postura favorable a la República.
[3] Miguel de Unamuno y Jugo (1864-1936)
era a la sazón rector vitalicio de la universidad de Salamanca por Decreto de
la Junta de Defensa Nacional de 1 de septiembre de 1936 (la República le había
privado de tal título por Decreto de 22 de agosto anterior). No obstante, el
que Unamuno presidiera el acto era debido a que ostentaba en el mismo la
representación del Jefe del Estado, general Franco, por delegación expresa de
este, tal y como el propio Unamuno expresó al comenzar el acto solemne del
paraninfo.
[4] Me remito en este tema, inabarcable
para un ensayo como el presente, al libro de Colette y Jean-Paul Rabaté, En
el torbellino. Unamuno en la Guerra Civil, edit. Marcial Pons, Madrid,
2018, espec. capítulo V. De los mismos autores, Miguel de Unamuno
(1864-1936). Convencer hasta la muerte, edit. Galaxia Gutenberg, Barcelona,
2019, espec. pp. 500-529, en el que se recogen por primera vez los apuntes del
profesor Serrano, principal objeto de interés en este trabajo mío. Hay un
conocido libro posterior a los anteriores, más famoso que bien informado: Luis
García Jambrina y Manuel Menchón, La doble muerte de Unamuno, edit.
Capitán Swing, Madrid, 2021, centrado más bien en la muerte y exequias del
protagonista del libro.
[5] Profesor Ignacio Serrano y Serrano
(1908-2005), catedrático de Derecho Civil, titular de la segunda cátedra de la
asignatura en la universidad salmantina desde el curso 1935-1936 hasta el
1940-1941, en que pasó por concurso de traslados a la de Valladolid. Breves
resúmenes biográficos: José Luis de los Mozos, In memoriam Ignacio Serrano y
Serrano, Anuario de Derecho Civil, 2005, pp. 1045-1048, accesible en
Internet: revistas.mjusticia.gob.es; Manuel Cachón Cadenas, ficha Ignacio
Serrano Serrano en el Diccionario de catedráticos españoles de Derecho
(1847-1983), accesible en la web, humanidadesdigitales.uc3.es.
[6]
Es probable que Unamuno portara
tal carta como recordatorio para recomendar el caso del preso aludido en
ella a personas que estuvieran presentes en el acto del paraninfo (tal vez a la
propia esposa de Franco). En cualquier caso, los buenos oficios de don Miguel
no tuvieron resultado y el preso, pastor anglicano y maestro, Atilano Coco, fue
paseado el 8 o 9 de diciembre de 1936. La citada carta está reproducida
en forma gráfica en diversas páginas de Internet y su texto ya fue publicado
literalmente en la biografía unamuniana de Emilio Salcedo: Emilio Salcedo, Vida
de Don Miguel, edit. Anaya, Salamanca-Madrid, 1964, págs. 406-407.
[7] Véase: Emilio Salcedo, Vida de Don
Miguel, citada en la nota 6, pág. 408.
[8] Se trataba de la palabra Rizal, a cuya importancia aludiré más adelante. La mayúscula superchería de Salcedo (véase la indudable prueba de la misma en la obra citada en la nota 6, pág. 408) parece responder a exigencias de la censura administrativa de la época -o a autocensura- y solo se subsanó mediante nota a pie de página en ediciones de su obra de 1998 y posteriores, cuando ya había fallecido el autor, quien se llamaba en realidad Emilio Sánchez Arteaga (1929-1992).
[9] El signo de interrogación figura en el
original y solo al final de la pregunta.
[10]
Los apellidos Ramos, Beltrán
de Heredia, Maldonado y Pemán corresponden a los oradores que
intervinieron formalmente en el acto académico: los catedráticos de la
universidad salmantina, José María Ramos Loscertales y Francisco Maldonado de
Guevara, el fraile dominico e historiador, Vicente Beltrán de Heredia, y el ya
afamado escritor, José María Pemán y Pemartín, que fue oficialmente
invitado a participar en el acto por el propio Unamuno, aunque dudo de que lo
hiciera espontáneamente.
[11]
Dadas las limitaciones que me he
impuesto en este ensayo, simplemente me permito apuntar el hecho de que, en
escritos o entrevistas de Unamuno posteriores al acto del 12 de octubre, sí se
realizan alusiones a la impresión que sus palabras produjeron en los
circunstantes, lo que viene a confirmar la opinión de escándalo e indignación
que recogieron varios testigos presenciales. Tal cosa era esperada por el
rector, en vista de lo que había dicho en el cierre del acto. Así lo refleja en
su carta de 21 de octubre de 1936 a su amigo Lorenzo Giusso: He tenido que
oír cosas atroces... No pude más y solté lo que tenía dentro. Dicen que he
tirado una bomba en el Paraninfo; no, han sido dos. Tal vez aludiera al
ataque directo a la fuerza bruta (vencer no es convencer) y a la crítica
de la teoría de la anti-España, defendiendo la unidad de las dos Españas
y la complementariedad (“cóncavo y convexo”) y españolidad de ambas.
[12] José Millán-Astray Terreros (1879-1962) es famoso principalmente por haber creado la Legión en 1920. En 1936 tenía la graduación de general de brigada y, por sus mutilaciones físicas y características mentales, desempeñaba la dirección del Departamento de Prensa y Propaganda del bando sublevado. Dado dicho cargo, se sentó a la mesa presidencial del mismo, junto a Unamuno, Pla y Deniel y doña Carmen Polo de Franco.
[13] Véase la única -y muy deficiente-
fotografía publicada que se conserva de la presidencia del acto, la cual
reproduzco en el texto. Apenas se vislumbra la cabeza de Pla y Deniel entre
Unamuno y Millán-Astray, lo que responde a la mínima estatura del obispo -sin
rebozo alguno, Unamuno lo llamó, en escritos entonces no editados, enano o enanito
gordo-.
[14]
De ser más ambiciosas la
pretensión y la extensión de este ensayo, sería el momento de aludir a la
situación de arresto domiciliario o de confinamiento en su casa
de la calle Bordadores de Salamanca. Conviene no exagerar, confundiendo el
alcance y rigor de la incomunicación unamuniana con el de su repercusión en el
estado moral y físico de Unamuno, que lo llevaría muy pronto a la muerte. Una
muestra de ello: En los dos meses y medio que le quedaban de vida, Unamuno
recibió en su domicilio la visita de no menos de diez personas para
entrevistarle con objetivo periodístico; siete de ellos pertenecían a medios
informativos extranjeros. Véase: Francisco Blanco Prieto, Unamuno y la
guerra civil, Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno, Universidad de
Salamanca, nº 47, 1-2009, pp. 13 a 53 (la referencia a las visitas de
periodistas en la pág. 15).
[15]
Texto literal de la moción y
detalles sobre la discusión y aprobación de la misma en: Francisco Blanco
Prieto, Unamuno y la guerra civil, citado en la nota 14, págs. 44-45.
[16] Transcribe literalmente la oportuna acta, Francisco Blanco Prieto, Unamuno y la guerra civil, citado en la nota 14, pp. 45-46. Por su interés, me he permitido insertarla en el apéndice documental de este ensayo.
[17]
Francisco Bravo Martínez
(1901-1968), que cesó en la susodicha jefatura al trasladarse a principios de
1937 a La Coruña como director del diario La Voz de Galicia.
[18]
Yo me inclino por la tesis de
que las notas se redactaron a posteriori. Es más, entiendo que, si don Ignacio
Serrano no hubiese captado la importancia a futuro de las palabras de Unamuno
y, subsidiariamente, de las de Millán-Astray, no se habría entretenido en
redactar las notas del acto. Obsérvese que no recoge ni una sola palabra de los
cuatro discursos oficiales, fuera de valorar los dos últimos como vibrantes
y de calificar de magnífico el acto celebrado, hasta que intervino
Unamuno para cerrarlo.
[19] Como término de comparación una hoja standard de modelo DIN A-4 tiene unas medidas aproximadas de 30 x 21 centímetros. En realidad, a juzgar por su reproducción fotográfica, la poca anchura parece obedecer a que el papel haya sido recortado longitudinalmente.
[20] Por respeto a la literalidad, me abstengo de toda corrección a la gramática del texto, dado que aquel se entiende perfectamente, aun con sus imperfecciones (sobre todo, omisión de comas pertinentes).
[21]
Algún autor lee aquí suponer,
en lugar de imponer. Dejo a la buena vista y discreción de los lectores
el elegir una u otra palabra.
[22]
Como es natural, las respuestas
a cuestiones tales como el porqué de no publicarlos, si se dieron a conocer
privadamente a ciertas personas o dónde se mantuvieron guardados,
corresponderían a su autor (fallecido el 9 de junio de 2005) y a sus familiares
más allegados.
[23]
Véase Colette y Jean-Paul
Rabaté, Miguel de Unamuno (1864-1936). Convencer hasta la muerte, edit.
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2019, pág. 529, ya citado en la nota 4.
[24]
Todo ello, según referencias de
dicha institución de las que se han hecho eco diversos medios de prensa.
[25]
Según referencias periodísticas
dignas de crédito.
[26]
Película dirigida por Alejandro
Amenábar, estrenada el 27 de septiembre de 2019.
[27] Para una aproximación al tema, a la altura de 2018 y sin utilizar aún los apuntes de Serrano, puede consultarse el siguiente artículo: Severiano Delgado Cruz, Arqueología de un mito. El acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, 2018, 34 pp., accesible en la web, academia.edu. Al año siguiente se editó con el mismo título como libro de más de 500 páginas, por Sílex ediciones, Madrid, 2019.
[28] Recuerdo lo dicho en la nota 21: Algún autor lee aquí suponer, en lugar de imponer. Dejo a la buena vista y discreción de los lectores el elegir una u otra palabra.
[29]
Término este acuñado por Unamuno usando una perfecta etimología latina, que la
Real Academia Española (tan dada, en mi opinión, a admitir en su diccionario
anglicismos y vulgarismos efímeros) no ha aceptado como vocablo oficial de
la lengua española. Sobre la alterutralidad unamuniana, véase: Francisco
Blanco Prieto, Unamuno y la guerra civil, citado
en la nota 14, pp. 28-29.
[30]
Por su fama e importancia,
recojo literalmente dicho manifiesto en el anexo documental de este ensayo.
[31]
Entiendo que el inciso recogido
entre paréntesis responde a la opinión manifestada por Unamuno, no a una
consideración del profesor Serrano.
[32]
Véase: Wenceslao Emilio Reatana
y Gamboa, Vida y escritos del Dr. José Rizal, Librería General de
Victoriano Suárez, Madrid, 1907 (unas 512 páginas).
[33]
Véase el extenso Epílogo unamuniano
al libro citado en la nota anterior, accesible en la web, cervantesvirtual.com.
[34] Luchó en Filipinas en los años 1896 y
1897, siendo condecorado y ascendido por méritos de guerra.
[35] Me permito recordar que el vigente
diccionario de la Real Academia Española considera sinónimos de la voz ramplonería
las siguientes: ordinariez, vulgaridad, zafiedad, chabacanería,
mediocridad.
[36]
Obviamente Unamuno omitió las
palabras a la, entre odio e inteligencia.
[37] Como
Fernando Íscar Peyra -hermano del citado Miguel- y el ayudante de Derecho
civil, Agustín Íscar Alonso, que indudablemente se encontraba en zona
republicana -con toda probabilidad, en Madrid-.
[38]
Véase, Carlos Rojas, ¡Muera
la inteligencia! ¡Viva la muerte! Salamanca, 1936, Unamuno y Millán-Astray
frente a frente, edit. Planeta, Barcelona, 1995, espec. pp. 80-110; José
María Pemán, Unamuno y Millán-Astray, diario ABC de Madrid, número del
26 de noviembre de 1964 (artículo reproducido, por ejemplo, en el Diario de
Cádiz de 28 de septiembre de 2019, legible en la web, diariodecadiz.es).
Pemán señala que, ante las protestas e incomodidad de algunos de los presentes,
Millán-Astray matizó su prístino ¡mueran los intelectuales!, precisando:
Los falsos intelectuales traidores, señores.
[39]
Está detalladamente explicado
por Emilio Salcedo, Vida de Don Miguel, citado en la nota 6, pp.
410-411, con la precisión del nombre de varios de los presentes en aquellos
sucesos, así como de las invectivas que se profirieron a gritos contra Don
Miguel (rojo, traidor y otras).
[40] Sobre este incidente véase, Emilio
Salcedo, Vida de Don Miguel, citado en la nota 6, pp. 410-411, con una
interesante nota aclaratoria a pie de página (número 29).
[41]
Véase más adelante, Apéndice
documental. También, Francisco Blanco Prieto, Unamuno y la guerra civil, citado
en la nota 14, pp. 45-46.
[42]
En octubre de 1936, Ignacio
Serrano tenía veintiocho años de edad.
[43] Los títulos o materias sobre las que
versaron los cuatro discursos del programa eran los siguientes: El de Ramos
Loscertales, La iniciación de los descubrimientos; el de Beltrán de
Heredia, La aportación de la Iglesia a la civilización americana; el de
Maldonado de Guevara, La Fiesta de la Raza en el momento actual; el de
Pemán y Pemartín, La obra de España en la Historia. Los títulos son
aproximados y, por descontado, dicen poco de los excursos que se
permitieron los oradores -en especial, los dos últimos- y del tono de sus
piezas oratorias. Seguramente, la mejor exposición de este tema es la ofrecida
con el título Gaudeamos igitur. Salamanca, 12 de octubre de 1936, por un
anónimo “Combatiente del Bando Nacional” en sus inéditas Memorias, el
cual estuvo presente en el acto del paraninfo. Su relato está recogido por
Moisés Domínguez Núñez en la página web, desdemicampanario, entrada de
11 de junio de 2018.
[44] Quiero entender que Serrano, al
emplear el término inadmisible, quiere también decir falso o,
cuando menos, inexacto.
[45]
Como ya ha quedado dicho antes,
del expediente académico del profesor Serrano se desprende que, por Orden de 18
de julio de 1935, fue nombrado catedrático de Derecho Civil de la Universidad
de Salamanca, habiendo tomado posesión el 1 de agosto de 1935. Su cese en
Salamanca se infiere de que, por Orden de 27 de noviembre de 1940, fue nombrado
catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Valladolid, en virtud de
concurso de traslados.
[46] Véase Manuel Cachón Cadenas, ficha Ignacio Serrano Serrano en el Diccionario de catedráticos españoles de Derecho (1847-1983), accesible en la web, humanidadesdigitales.uc3.es.
[47]
Poniendo en relación estas
fechas con las del servicio militar como soldado voluntario, se aprecia que no
existe solución de continuidad: Serrano pasó inmediatamente, de individuo de
tropa combatiente, a oficial honorario en el Cuerpo Jurídico Militar.
[48] Dicha Auditoría radicaba en la plaza
de Valladolid, lo que quiere decir que Serrano pasaría por un tiempo a residir
en la ciudad vallisoletana. La citada Auditoría extendía su competencia a las
provincias de Valladolid, Palencia, Segovia, Ávila, Zamora y Salamanca.
[49]
He comprobado su participación
en dos, celebrados en 1939. En ninguno de ellos se impuso pena de muerte.
[50]
Igualmente he constatado en las
fuentes documentales accesibles por Internet un caso de reducción de penas en
el año 1940, en que la decisión correspondió a Serrano.
[51] Véase: Jesús Espinosa Romero y Sofía Rodríguez López, El Archivo de la Guerra Civil de Salamanca. De la campaña la transición, capítulo del libro colectivo Paseo por el Madrid de Antaño, Madrid, 2015, pp. 131 a 155, espec. p. 134, nota 5.
[52]
Véase acerca de esta cuestión la
enumeración de trabajos realizada por Manuel Cachón Cadenas en la ficha citada
antes, en la nota 46. En ella y por su extensión, resalta El Fuero del
Trabajo. Doctrina y comentario, talleres tipográficos Casa Martín,
Valladolid, 1939, unas 520 páginas.
[53] Ignacio
Serrano y Serrano, La ausencia en el Derecho español, edit. Revista de
Derecho Privado, Madrid, 1943, que cuenta con unas 475 páginas.
[54]
Véase:Joaquín Azpiazu, S.J., Orientaciones
cristianas del Fuero del Trabajo, edit. Razón y Fe, Burgos, 1939, unas 208
páginas.
[55]
La propia Asociación recoge en
una ficha accesible en Internet la siguiente referencia a Ignacio Serrano
Serrano: Durante los años veinte perteneció a la Asociación de Estudiantes
Católicos. Ingresó en el Centro de la Asociación Católica Nacional de
Propagandistas de Valladolid en 1926 y pasó a la categoría de socio numerario
en 1947. Socio numerario activo desde 1955, pasó a socio cooperador en 1974.
Fue consejero del Centro de Valencia en 1960, habiéndolo sido del Centro de
Valladolid. Fue secretario de los centros de Salamanca (el subrayado
es mío) y de Valladolid.
[56] Así, Manuel Martínez Neira, La
Facultad de Derecho de Salamanca en la posguerra, en el libro colectivo El
derecho y los juristas en Salamanca (siglos XVI-XX). En memoria de Francisco
Tomás y Valiente, edit. Universidad de Salamanca, Salamanca, 2004, pp.
149-207, en concreto, pp. 153-154. En el trabajo de Javier Infante que cito en
la siguiente nota, se asevera que se reincorporó a la cátedra a finales de
1939.
[57] Véase: Javier Infante Motta, Por el Imperio hacia Dios bajo el mando del Caudillo: Profesores de la Facultad de Derecho de Salamanca durante el primer franquismo, en VV.AA. Cultura, política y práctica del derecho: Juristas de Salamanca, siglos XV-XX, edit. Universidad de Salamanca, Salamanca, 2012, pp. 473-567. He manejado el PDF, siéndome útiles y pertinentes las pp. 15-38, en especial, sobre el profesor Serrano, la p. 26 y, sobre todo, la nota 65, íbidem.
[58]
Esteban Madruga Jiménez e
Ignacio Serrano Serrano, Competencia de los tribunales tutelares de menores
y jurisdicción ordinaria, respecto a medidas previas y provisionales, en caso
de separación y nulidad de matrimonio, edit. Diputación de Salamanca,
Salamanca, 1951, unas 72 páginas.
[59] Véase: Luis Portillo, Unamuno`s
last lecture, en Horizon: A review of Literature and Art, vol. IV, No 24 (diciembre de 1941),
Londres, pp. 394-400. Luis Gabriel Portillo Pérez (1907-1993) era al iniciarse
la guerra civil profesor ayudante de Derecho civil en Salamanca y se exilió por
motivos políticos en el Reino Unido, donde residiría establemente hasta su
muerte. En 1941 no tenía suficiente dominio del inglés como para redactar su
artículo en dicha lengua, por lo que lo hizo en español, contando con el
auxilio de la traductora Ilsa Barea para verterlo al idioma inglés.
[60] Véase: Aquel amargo Día de la
Hispanidad, en “Salamanca paso a paso”, 8 de octubre de 2014, accesible por
Internet en la referencia, salamancapasoapaso,blogspot.com.
[61]
La fuente de referencia tiene
que ser el acta levantada del claustro de dicho día, que figura en el
correspondiente libro oficial: Libro de Actas del Claustro Ordinario,
referencia AUSA/548, fols. 80-83. Yo he manejado solo fuentes
bibliográficas: Emilio Salcedo, Vida de Don Miguel, citado en la nota 6,
pp. 404-405; Antonio Heredia Soriano, Hacia Unamuno con Unamuno (II),
Cuad. Cát. M. de Unamuno, 44, 2-2007, pp. 27-80, en concreto, pp. 55-56.
[62] Las fuentes que he utilizado han leído ese apellido como Ancoechea o Arochacena. Me ha sido imposible aclarar la discrepancia pues no he hallado ningún profesor de Salamanca de la época con uno de esos apellidos.
[63] Esta
es la lista de veintiséis firmantes que recoge Heredia Soriano, Hacia
Unamuno con Unamuno (II), citado, p. 56, nota 94. Emilio Salcedo, Vida
de Don Miguel, citado en la nota 6, p. 404, ofrece una lista de solo
veintitrés firmantes, que solo coincide con la de Heredia en veinte nombres. Lo
que más lamento es que, entre las discordancias, figura la de si el profesor
Serrano firmó o no el susodicho Mensaje, pues su apellido sí figura en
Salcedo, pero no en Heredia. En cualquier caso, de ser cierta la unanimidad del
acuerdo, si el profesor Serrano no lo firmó, tuvo que ser porque no estuvo
presente.
[64]
El acta de dicho claustro figura
en el libro correspondiente al año 1936, ff. 83-86. Véanse: Antonio Heredia
Soriano, Hacia Unamuno con Unamuno (II), citado en la nota 61, pp.
60-61; Emilio Salcedo, Vida de Don Miguel, citado en la nota 6, p. 411.
[65] Acepto esa lista de treinta y un profesores tal y como la recoge Antonio Heredia Soriano en el lugar citado en la nota anterior, p. 61, nota 106, pero me temo que existan algunos errores en los nombres. Sin ir más lejos, al profesor Serrano Serrano se le rebautiza como José, cuando se llamaba Ignacio.
[66]
Tomo su texto de Emilio Salcedo, Vida de
Don Miguel, citado en la nota 6, p. 411.
[67]
El nombramiento de Madruga vino motivado, no solo por la predilección
del claustro, sino porque Manuel Torres López (1900-1987), catedrático de
Historia del Derecho, declinó el ofrecimiento del cargo rectoral hecho por
Franco o sus adláteres.

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