viernes, 7 de abril de 2017

ENTRE LOS PINOS (I). CHRISTOPHER MARLOWE

Entre los pinos (I). Christopher Marlowe

Por Federico Bello Landrove

     Desde finales del siglo XV, Valladolid se rodea de un cinturón de pinares, para compensar la deforestación anterior[1]. A principios del siglo XVII y por cinco años, la Ciudad será capital de la Monarquía hispánica[2]. Es el momento al que se refieren los tres relatos de esta serie, en que transitan por aquellos bosques de pinos ilustres viajeros ingleses. ¿Realidad o fantasía? Diré que me muevo entre lo cierto y lo posible. En este, sobre Marlowe[3], estamos más cerca de la leyenda que de la historia.


1.      Acto primero
    
     Febrero de 1602. Los colegiales de San Albano pasean por el pinar, acompañados de dos jesuitas profesores[4]. Después de rezar en grupo el rosario, se dispersan para hacer meditación. De buena gana, Christopher -alias John, o viceversa- se aleja de sus compañeros y se pierde entre la niebla[5]. No está lejano el momento de ordenarse y los hábitos que ha llevado durante casi tres años le queman en el alma como una túnica de Neso. Nervioso, agitado, camina a zancadas, frotándose las manos, tratando de combatir el helor de esta niebla, tan confusa y sombría como ahora ve su propia vida.
     Fue el fruto de aquella época convulsa, o de las dificultades económicas para seguir los estudios universitarios o, tal vez, la forma de escapar al castigo por sus violencias. El hecho es que había acabado en Francia, en las redes del espionaje inglés, haciendo algo similar a lo de ahora: fingirse católico con ansias de acceder al sacerdocio, para así descubrir a quienes, en los seminarios de Reims o Saint Omer, velaban su vocación de presbíteros para tierra inglesa. Era entonces poco más que un chiquillo que, alegre y afortunado con ese juego, había logrado, en un envite, la licenciatura en Cambridge[6] y el mecenazgo de Walsingham[7]. Tal vez aquellas movedizas y oscuras facilidades habían hecho de él un joven desmesurado y cínico, amoral y descreído, agresivo y lenguaraz. La vida le sonreía y su talento de poeta y dramaturgo le había abierto las puertas de la fama. Protegido y admirado, se creyó por encima del bien y del mal, hasta cansar a los poderosos y ganarse la envidia de sus iguales.  
     Al final, pudo salvar la vida, a costa de perder todo lo demás[8]. Hubo de llevar durante seis años una existencia itinerante y escondida por media Europa, ofreciéndose como escritor para otros[9], a fin de ganarse la vida y no embotar el espíritu. Finalmente, como única salida para volver a su patria y ser él mismo, hubo de vender el alma -como el Fausto de su drama[10]-. ¿A qué se había comprometido? Nada menos que a simular espiritualidad y vocación para aspirar al sacerdocio, y a traicionar así a sus compañeros de Colegio, revelando sus nombres y delatándolos cuando viajasen a Inglaterra.
     En un principio todo había sido fácil. Lo sagrado se le daba un ardite; tanto más, si era católico y jesuítico. No conocía a sus profesores ni compañeros. A fin de cuentas, estos bien sabían lo que arriesgaban y no parecían hacer ascos al martirio. Pero de los comienzos lo separaban más de dos años de estudio, oración y convivencia. Aquellos bultos vestidos de negro tenían ahora rostro, voz, familia, sueños. Católico o anglicano, estaba ligado por un juramento a su comunidad[11]. Y, a mayores, ahora todo está casi a punto para ordenarse, para convertirse en un hombre de Dios, en soldado de Cristo, al decir de Ignacio de Loyola; sacerdote él, que carece de fe, de espíritu de sacrificio, de vocación, de disciplina. Sí, en estos momentos en que ha logrado burlarse de todo y de todos; cuando el diablo está presto a pagarle los réditos de su engaño, el pequeño Kit[12] se desprecia a sí mismo y duda sobre qué hacer, para ante Dios y los hombres.
     El sol rasga lentamente la niebla y las voces de los profesores convocan a los desperdigados seminaristas. Marlowe siente deseos de correr, de ocultarse, de no volver a verlos más, pero puede más la inercia de su vida, la cojera de la pierna, taladrada por la humedad[13]. Renqueando, se incorpora a las filas en que, de dos en dos, los colegiales se ordenan para tomar el camino de vuelta.


2.      Acto segundo


    
     Parece que la suerte está echada. Christophorus Marlerus se ha ordenado sacerdote y, pese a sus razonables intentos por quedarse un tiempo en Valladolid, ha tenido que dejar San Albano a comienzos de la primavera de 1603, con destino Inglaterra[14]. En la ciudad flamenca de Douai, sus compañeros y él han tenido ocasión de conocer la nueva jubilosa del fallecimiento de la reina Isabel[15]. Ya en el barco que lo traslada a Inglaterra, Marlowe -bajo la identidad de John Matthews-, no recata su presencia y pasea por cubierta, con la seguridad de quien va, no a la oculta predicación y al martirio, sino a recobrar su vida y personalidad. Claro que ello será a costa de delatar a esos compañeros sacerdotes que lo acompañan en la travesía y a otros que, en años anteriores, salieron de su Colegio, o desde él habrán de llegar a las Islas.
     Cae la noche y se reúne con los demás presbíteros para compartir la cena, frugal y comunitaria. Se siente un Judas entre todos ellos, quienes ponen en peligro sus vidas y a los que él va a traicionar. Aunque la mar está picada y el viento ulula en las jarcias, se aparta de aquellos cuerpos, vencidos de la fatiga, que se mecen al cabeceo del barco, y se acoge a la protección del bauprés, perforando con la mirada las sombras que celan la ansiada línea de tierra de su patria.
     A la mortecina luz del farol de trinquete, con las nubes de tormenta como telón de fondo, Marlowe retorna al pasado y, entornando los ojos, intenta imaginar el teatro The Rose la noche del estreno de su Doctor Faustus[16]. Mefistófeles tiene el rostro de su mecenas, Walsingham[17]. Por más que lo intenta, la imagen de Edward Alleyn[18] se confunde con la suya. Él es quien se ha vendido para recuperar una vida que, a la postre, tendrá perdida. ¿No es hijo de  Ignacio de Loyola? Pues habrá de recordar la admonición predilecta de éste: ¿De qué te sirve ganar todo el mundo, si pierdes tu alma?[19].
     La duda lo corroe. Aunque desvía la vista del horizonte, no deja de vislumbrar el fantasma de Fausto. Como su personaje, trata de pactar con Dios y regatear sobre el alcance de su castigo. ¿Y si no delata más que a los compañeros del barco? ¿No logrará con ello evitar la condena eterna? ¿Y si excluye a algunos? ¿Y si solo denuncia a quienes hayan sido ya descubiertos? ¿Cuántos años habrá de purgar por cada hermano traicionado? ¿No hallará misericordia si, despojándose de estos sacrílegos hábitos, practica no obstante la caridad y la abstinencia?
     No hay respuesta. Marlowe siente que tendrá que apostar su vida. Eterno Padre, si no hay alternativa a la condena eterna, perdona mi inmenso pecado y, antes que permitir que lleve a término mis crímenes, abre para mí los abismos del mar y que este trague mi cuerpo y ponga mi eternidad en tus manos.
     Es entonces cuando recibe la contestación que esperaba, paternal e incierta:
-          Hijo, esa tempestad que me pides habrá de levantarse en tu alma.


3.      Acto tercero

     Marlowe ha renunciado a sus esperanzas de recobrar lo que un día creyó su vida. Llegado a Inglaterra no se ha puesto en contacto con Walsingham, ni con los oficiales del Rey, como se había convenido. Lejos de ello, el sedicente John Matthews, a las órdenes de Henry Garnett[20], ha misionado y ejercido su salvífico ministerio en el sur de la Isla, hasta ser inexorablemente detenido en Londres, a comienzos de agosto de 1604. En aquel año y cuarto, la tempestad de su alma ha rugido y se ha calmado. Conforme a su conciencia, se ha puesto en las manos de Dios.
     Esa mano divina ha dispuesto que, en sus primeros momentos como rey, Jacobo I esté usando de benevolencia con los sacerdotes católicos descubiertos en sus reinos. A mayores, se anuncia el probable fin del estado de guerra con España. Precisamente, en los días que Marlowe pasa en la prisión de Gatehouse, se reunen en Somerset House las delegaciones de Inglaterra, España y los Países Bajos españoles para fijar los términos del Tratado, que finalmente se firmará en Londres, el 28 de agosto de 1604.
     Tal vez ello haya llegado a oídos de nuestro preso, o tal vez no. Encerrado desde el 3 de agosto de aquel mismo año, nada más contestó a sus carceleros, sino que se llamaba John Matthews y era sacerdote católico. Cualesquiera que fuesen las consecuencias, asumió su incierto destino y ni se le ocurrió aludir a precedentes componendas o pedir entrevistarse con su amigo Walsingham. Con todo, las habilidades del espionaje inglés de la época eran espectaculares, incluso sin usar -como es el caso- de la tortura. Tal vez otros lo delataran, pero el hecho es que, en los libros de cuentas de la prisión, hay un apunte que, literalmente traducido al español, dice:
     Encarcelado por mí, el Lord Chief Justice[21], Christopher Marlowe, alias Mathews, sacerdote católico[22]. Adeuda por siete semanas y dos días, siendo preso bajo estricta vigilancia[23], a razón de 14 chelines por semana, 5 libras y 2 chelines. Por lavandería, 2 chelines y dos peniques. (Total) 5 libras, 4 chelines y 4 peniques.
     En efecto, aquella detención que podría haberle sido fatal, concluyó el 23 de septiembre de 1604, a los cincuenta y un días de iniciada. Tal vez Marlowe bendijo a Dios al volver a la libertad, o quizás habría preferido ofrendar su vida en expiación de sus pecados. En cualquier caso, su Creador no usó con él de una particular benevolencia. Consta que Jacobo I, luego de su plácida subida al trono, se limitó a expulsar de sus reinos a treinta sacerdotes que aguardaban su ejecución. Así siguió sucediendo, hasta la nefasta Conspiración[24].
     Sin duda, el mismo destino de extrañamiento aguardaba a Marlowe. Otro barco lo llevaría de regreso a la seguridad de Flandes, en parecida compañía pero ¡con qué otro ánimo, ahora casi beatífico!
     Ni siquiera altera su calma la confirmación de que Shakespeare ilumina la escena londinense, con la compañía de Los Hombres del Lord Chambelán[25], estrenando hermosas obras, en las que aprovecha y sublima sus enseñanzas. El ilustre predecesor sonríe y musita: Lo que de balde recibisteis, dadlo gratis[26].
     Y, mientras Marlowe se pierde definitivamente en las sombras de la leyenda, su corazón queda en paz.
      




[1] Para interesados, Bartolomé Benassar, Valladolid en el Siglo de Oro, edit. Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 1983, págs. 36-42.
[2] Entre enero de 1601 y marzo de 1606.
[3] Christopher Marlowe (1564-1593), gran dramaturgo inglés. La fecha de su muerte es controvertida, pues muchos no aceptan la del 30 de mayo de 1593, en una especie de pelea tabernaria, y prolongan su vida, al menos, hasta 1607.
[4] El Real Colegio de San Albano fue fundado en Valladolid, en 1590, bajo patrocinio de Felipe II, por jesuitas ingleses, a fin de seguir formando sacerdotes católicos de esa nacionalidad y mantener vivo el catolicismo en Inglaterra. Siguió regentado por dicha Orden hasta su expulsión de España, en 1767.
[5] Según los archivos del Real Colegio de San Albano, un Johannes Matheus (John Matthew o Matthews), alias Christophorus Marlerus (apellido tomado de oído y latinizado), natural de Cambridge (Cantabrigensis. Marlowe era de Canterbury, pero había estudiado en el Corpus Christi College de Cambridge), ingresó en dicho Colegio en mayo de 1599, cursó estudios en él hasta su ordenación (septiembre de 1602) y salió con destino a Inglaterra, en la primavera de 1603. El uso de seudónimos era común en aquella época y ambiente, a fin de preservar la seguridad propia y familiar, ante probables pesquisas de los espías de Isabel I de Inglaterra.
[6] Marlowe estuvo a punto de ser rechazado por falta de asistencia a las clases, pero la Reina forzó al claustro a que le otorgara la licenciatura, por los servicios prestados: Carta del Consejo Privado de 29 de junio de 1587.
[7]  Nuestro dramaturgo gozó del apoyo de Thomas Walsingham (1561-1630), primo de Francis Walsingham (1530-1590), influyente Secretario de Estado y jefe de los Servicios de espionaje de Isabel I de Inglaterra.
[8]  De ser cierta la hipótesis del relato, Marlowe tendría que fingir su muerte, expatriarse, adoptar nuevas identidades y hacer pasar por ajenos los frutos de su ingenio; todo ello, para burlar el castigo de sus crímenes (blasfemia, homosexualidad activa, posible traición a la Corona) o, cuando menos, hacerse perdonar por ellos.
[9]  Conocida es la llamada teoría, o leyenda, marloviana, según la cual la mayoría de las obras atribuidas a Shakespeare habrían sido escritas, en realidad, por Marlowe. Lo único que ahora se da por cierto (Canon Shakesperiano de la Universidad de Oxford, de octubre de 2016) es que Marlowe colaboró en las tres partes del drama histórico Enrique VI, escritas hacia los años 1590-1592 y estrenadas en este último año.
[10] The tragical history of the life and death of Doctor Faustus, magno drama en un prólogo coral y catorce escenas, que Marlowe escribió hacia 1592 (fecha probable de su estreno teatral), no conociéndose texto impreso anterior a 1604.
[11] El presunto Marlowe (ver nota 5) prestó juramento de fidelidad ante el Colegio de San Albano el 2 de febrero de 1600.
[12] Marlowe era de baja estatura y comúnmente apodado Kit. El dato de la estatura coincide con el de su trasunto del Colegio vallisoletano; no así el de la edad, nueve años superior en Marlowe, si hubiese vivido en 1599, y suponiendo que el aspirante a colegial hubiese dicho la verdad.
[13] Se da como muy probable este defecto físico del literato, aunque se desconoce su origen.
[14] Según la documentación del citado Colegio, la ordenación sacerdotal se produjo en septiembre de 1602 y la salida con rumbo a Inglaterra, en la primavera de 1603.
[15] Isabel I de Inglaterra falleció el 24 de marzo de 1603. A las pocas horas, el Consejo Privado, efectivamente dirigido por Robert Cecil, confirmaba al monarca escoces, Jacobo VI, como rey de Inglaterra (Jacobo I, reinante entre 1603 y 1625).
[16]  Véase nota 10. La obra presenta dos versiones impresas fundamentales (1604 y 1616). Ambas, así como material complementario, son de fácil acceso en español, por Internet: Doctor Faustus, edición del Dr. Simon Breden (16-02-2012), Fundación Siglo de Oro, www.fundacionsiglodeoro.org.
[17]  Ver nota 7. Algunos han querido ver en este amigo y mecenas de Marlowe a un amante del mismo y, finalmente, a alguien que tuvo que ver con su muerte, o con el simulacro de esta.
[18]  Primer actor de la compañía The Admiral’s Men, que representó el papel del Doctor Fausto en su estreno (1592) y en otras muchas ocasiones.
[19] Advertencia inicialmente hecha al futuro San Francisco Javier (1506-1552), que constituye una paráfrasis del texto evangélico recogido en los Sinópticos (por ejemplo, en Mateo, 16-26).
[20]  Superior de los Jesuítas ingleses en la época a que se contrae el relato. Juzgado por presunta participación en la Conjuración de la Pólvora (1605), fue ejecutado al año siguiente. Fue canonizado por la Iglesia Católica en 1970.
[21] Lo era a la sazón Sir John Popham, en el cargo entre 1592 y 1607.
[22] A la letra, seminarie priest, es decir, sacerdote que había sido formado y ordenado en los seminarios del Continente, a fin de pasar luego subrepticiamente a Inglaterra. Es una muestra más de la completa información de que disponían las Autoridades inglesas acerca de nuestro protagonista.
[23]  Literalmente, close prisoner.
[24]  Intento de un grupo de católicos de matar al Rey y, de paso, al Parlamento reunido, mediante un gran almacenamiento de pólvora en un sótano, bajo las edificaciones de aquel. Todo fue descubierto en la noche del 4 al 5 de noviembre de 1605, apenas horas antes del momento previsto para la explosión. Con bastante fundamento, las Autoridades entendieron que había habido implicación o connivencia de la Embajada española y de los Jesuítas ingleses, produciéndose un gran endurecimiento de la política inglesa hacia sus súbditos católicos, en especial, los sacerdotes.
[25] Al subir al trono Jacobo I (1603), pasó a ser el mecenas de la compañía, llamada a partir de entonces The King’s Men (Los Hombres del Rey).
[26] Frase evangélica (Mateo, 16, 26).

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