viernes, 11 de febrero de 2011

Dos retratos de mujer

Por Federico Bello Landrove
In memoriam Miguel Delibes Setién (1920-2010)

     También vallisoletano, admirador de Delibes, me brotó este cuento a los pocos días de su muerte, en abril de 2010. Uno de los retratos de mujer es, obviamente, el de rojo sobre fondo gris del gran novelista. El otro es uno imaginario, nacido de una manera diversa de vivir la misma -¡nunca es la misma!- tragedia personal. No busquen, sin embargo, biografía: después de todo, escribir es crear o, como mínimo, recrear.
                                                                                

1.      Mil novecientos noventa y dos
     Querido Luis:
     Mucho te agradezco el envío de la novela de Delibes, Señora de rojo sobre fondo gris, y ha llegado a emocionarme la dedicatoria que del mismo me haces: “Para quien ha sufrido algo parecido”. Ciertamente, mi amigo, algo parecido, aunque con una no pequeña diferencia en contra mía –o a favor, ¿quién sabe?-: la de que yo experimenté el mismo lacerante proceso de enfermedad, degradación y muerte de mi esposa, justo con veinte años menos que el escritor. Por lo demás –como tú mismo dices en la carta que acompaña al envío-, ella también era para ti tu mejor mitad, la mujer perfecta, el equilibrio de tu vida, la madre abnegada y comprensiva de tus hijos…
     …Y algo más, amigo Luis, que hasta ahora ignoras. Nacidos al amor en la época de las diapositivas, conservo un retrato de Luz, trasladado al papel fotográfico, en que una señora de rojo, aunque con fondo verde, exhibe entre sonrisas un conejito de goma a una criatura apenas entrevista, que le tiende su manita desde un coche infantil. Su cuello, ya rígido, anuncia dolor y presagia el terrible huésped expansivo, que acabaría con ella un año más tarde. Seguramente el fondo gris tiene para el novelista una connotación de ambigüedad e irrelevancia. El verde del fondo de mi esposa marca el contraste de una naturaleza estival y lujuriante con una vida joven que se marchita irremediablemente.
     Pero tu regalo encierra un ruego envenenado. ¡Cuánto me gustaría –dices- que, sobre tu personal experiencia, valorases las diferencias e, incluso, las verosimilitudes de la obra de ficción, en la que todos quieren encontrar un trasunto de la vida de su autor!  Amigo, ¿quién soy yo para constituirme en paradigma, ni para adentrarme en los entresijos de la realidad y la fantasía de un hombre distinto de mí, con sus particulares vivencias y su peculiar relación amorosa? Sé de tu dedicación literaria, como crítico experto y escritor en ciernes. ¿Qué podría aportar yo a tus empresas académicas, diseccionando mi experiencia o abriéndote de par en par el corazón? Bien, comprendo que te debo mucho, por tu apoyo moral en tiempos difíciles, y ahora no puedo negarte casi nada. Tendré, pues, que darte algo de lo que me pides, con el ruego fervoroso de que no lo utilices como contraste de la realidad, ni como prueba de mi acierto en comprender el mensaje de la novela que me envías, cuya lectura he tenido que hacer –lo comprenderás perfectamente-  con el pudor de quien levanta el velo de lo más sagrado y la urgencia del que desea cuanto antes dejar de compartir el inmenso dolor de un hermano de infortunio.
     ¿Por dónde empezaré? Tal vez, por reconocer que nada une tanto como el amor en el dolor. No es, sólo, el afrontar juntos la debilidad y la amenaza de la muerte. Se trata, ante todo, de acoplarse en la lucha, en la ayuda mutua, en la exaltación del ánimo vacilante, en afrontar la situación ominosa y cambiante de cada día, en hacer proyectos para un futuro cada vez más solitario y más incierto. Curiosamente, la cercanía del fin me hacía sentir más vivo, más perspicaz, más fuerte. Ella me dio en aquel tiempo –como siempre había sucedido- mucho más de cuanto yo le entregué: ejemplo, estoicismo, generosidad, ternura. Y, por encima de todo, aquellas palabras, inmerecidas pero sinceras, que fueron su mayor legado para mí: considerarme el mejor marido que pudo haber tenido nunca, y más, en aquella terrible prueba. ¡Pobrecilla! Sin duda no tenía con quien compararme pero, aún así, ¡qué sensación de satisfacción y de paz!
     Supongo que lo que voy a decirte alude a los aspectos más ficticios de la novela de que tratamos. Me refiero a los celos, a la pérdida de la fuerza creativa, a la sensación de que también mueres por dentro, en paralelo a la amante que se extingue. Mi personal y menguada experiencia es que, cuanto mayor es el amor y más dolorosa la lucha final, más cargas de valor tu alma para combatir, continuar la tarea común (especialmente, con los hijos) y ser digno del cariño y del recuerdo de quien cayó a tu lado por el azar, que no por la falta de afecto o la aparición de rivales, si quieres llamarlos tales, para entendernos.
     ¿Me atreveré a aducir una idea más? El amor así probado y concluso no lo he entendido nunca como el agotamiento de la fuerza de la pasión. El recuerdo hermoso e imborrable, el paso inexorable y difuminador del tiempo, la reflexión ante la soledad y la pérdida, me han sido otras tantas palancas o acicates para sentir que puedo amar y ser feliz de nuevo junto a otra mujer. ¿Es eso infidelidad, herejía o, simplemente, error? Te confesaré que, alcanzada casi la mitad del camino de mi existencia, no me adscribo a la escuela amatoria de la mujer de mi vida. Y, desde luego, en lo más hondo de nuestras confidencias finales, Luz tampoco.
     En fin, querido amigo, releo estas páginas y dudo mucho de que puedan ser útiles para tus secretos propósitos, cualesquiera que ellos sean. De todas formas, eres culpable de haberme hecho reflexionar y recordar. ¡Y quién sabe de qué puede ser capaz una cabeza que empieza a pensar con cierta frialdad en todas estas cosas!
     Pasaremos el verano en esta tierra bendita, entre caminos, que parecen surcos grises u ocres en un mar verde, y mágicos retazos de dorada arenisca, tan humildes y tiernos, que se arropan y duermen en la neblina. Si te decides a acompañarnos, te prometo tibia leche recién ordeñada, manzanas ácidas que nadie sabe cómo se han vuelto rojas y un trío de niños prestos a subirse en tus hombros y a escuchar historias. ¡Cielos!, ahora que caigo, manzanas de rojo sobre fondo de niebla gris.
     Abrazos,
     Agustín.


2. Dos mil
     Querido Luis:
     Recibo con ilusión emocionada la novela de tu consagración literaria, Muchacha de blanco sobre fondo sepia. Es inevitable que mi imaginación se remonte a ocho años atrás, cuando aquel curioso episodio de la novela de Delibes, que tanto hemos comentado las pocas veces que hemos estado juntos. ¡Qué parecidos los títulos, pero cuán diversos los contenidos! Y esa dedicatoria tan generosa, en la guarda: “Tu paciencia todo lo alcanza…incluso mi novela mejor”. Dejándome llevar de mi humor destructivo, podría decir que mejor es un mero comparativo. Pero no; ciertamente, tu obra es espléndida, aunque tienes una inclinación muy decidida a hacerme leer de forma inevitablemente rápida los libros que me mandas. ¿Será porque los devoro apasionadamente, o porque me da miedo confrontarme con ellos?
Recorro mentalmente las calles de la ciudad de nuestra infancia, siguiendo a aquellos adolescentes, primerizos y torpes, llamados desde la cuna a un destino común. Sufro con sus errores y con las irrespetuosas interferencias de sus mayores. Me apeno con su desgarro y su mutuo alejamiento, hechos de cobardía y rebelión. Les digo adiós en su partida hacia tierras diversas y lejanas, solos o mal acompañados, tal vez intuyendo ya las trágicas dimensiones de su error. Me centro –como tú lo haces en la novela- en la terrible fractura de la vida y la personalidad de Maribel y en su admirable y laboriosa reconstrucción, tan fuerte y tan dura. Me emociono con sus periplos, en periódica búsqueda de sus raíces, y con sus esperanzas de reencontrar el cariño. Me da un escalofrío percibir la indiferencia de Álvaro, gozando de nuevos afectos en nuevas tierras, insensible a su responsabilidad moral en las desdichas de su primer amor. Cierro el libro, en fin, recorriendo avenidas bordeadas de cipreses y galerías blancas, interminables, desoladas de hospital, donde languidecen los dos protagonistas, tan lejanos en el espacio, tan recíprocamente indiferentes, pero tan iguales, a la postre, en su destino: buscar en vano el amor que desde niños habían encontrado; o mejor aún -¿peor aún?-, que les había sido dado.
     Adoro el epílogo de tu novela: ese final ambiguo, cuando Álvaro regresa al saloncito de antaño, con la catedral como paisaje, para mirar, de manera limpia y franca, el retrato de una Maribel casi niña, con el busto apenas velado por blanco cendal, y se pregunta cuánto quedará ahora de esa muchacha de blanco sobre fondo sepia, con la que él ha llegado a soñar, terne y angustiosamente, sin querer admitir todavía que fue, es y será para siempre la mujer de su vida.
      He vuelto, Luis, a cerrar los ojos, para verlo todo más claro, pero no soy capaz de captar el color del fondo del cuadro. ¿Estás seguro de que te lo describí con ese tono, o me estás jugando a la metáfora, dándome la clave del desenlace del libro? Intento imaginar el fondo sepia, como las viejas fotografías, como las cartas mil veces leídas, como los destellos del topacio de su anillo al sol de la tarde. Color de pasado, de nostalgia, de consunción. Lo intento, pero no lo consigo. ¿Por qué no va a ser del color verde tierno de las hojas de los chopos en primavera, de las violetas otoñales, de la tópica esperanza? ¿O azul de ultramar, como la distancia que nos separa, o como la bahía en que ella deja perder su mirada al atardecer?
     Ayúdame, amigo. Dime que todo ha sido una fantasía tuya, que yo no puse color al fondo del cuadro. Déjame teñir el aire en torno a la amada del matiz que sólo el Cielo conoce, y que ni yo mismo soy capaz por ahora de definir, cuando mezclo el pasado y el presente a la luz, dorada y rosa, del atardecer.
     Un fuerte abrazo,
     Agustín.
      


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