El gorrión y la
peluquera (Génesis de una canción)
Por Federico Bello
Landrove
A Jesús Mateo y José
Luis Perales, artistas conquenses
De
la hermosa canción del señor Perales que se cita al final del relato surge
este, que seguramente no habría nacido sin el amor y el conocimiento que hacía su Ciudad ha sabido
transmitirme el señor Mateo; uno y otro, mencionados en la dedicatoria. Que
ellos y ustedes tengan a bien perdonar lo modesto de un resultado auspiciado
por nombres tan ilustres.
Un tren expreso
Mientras abría el portón, sintió Roberto las campanadas de la torre
Mangada que anunciaban las dos y media. Comprobó en su reloj lo exacto del
toque; cerró con cuidado la recia puerta y, con un escalofrío, se sumergió de
golpe en la neblina fría y aguanosa de aquella noche otoñal de 197… Con el
maletín de viaje firmemente asido y pisando de plano para no resbalar en los
adoquines, bajó la cuesta de San Pedro, donde radicaba su pensión, desembocó en
la Plaza Mayor, dedicando una breve mirada a la catedral y, bajo los arcos del
ayuntamiento, echó por Alfonso VIII en soledad, sin otro sonido audible que el
de sus propios pasos.
Iniciada la calle, le sorprendió la aparición por la acera opuesta, poco
más allá de la escalera del Carmen, de una joven de falda larga y trenca, que
salía de un portal llevando un bolso de viaje de tamaño medio y dibujo a
cuadros tipo tartán. Sin mirar en derredor ni volver la vista atrás, la
caminante emprendió la bajada de la calle a buen paso, sin que la niebla
pudiera amortiguar la sonora resonancia de sus botas.
Por curiosidad y por deseo de no turbar a la muchacha, Roberto acortó
sus pasos y se ciñó a la sombra de las fachadas. Intuyó, por la hora y el
equipaje que aquella iría, como él, camino de la estación a coger el expreso de
Madrid. Al pasar a la altura de la casa de que había salido la mujer, miró
instintivamente hacia los balcones, como si esperase que alguien se asomara
para despedirla y verla alejarse, pero ni una luz encendida ni siquiera un
visillo descorrido sugirieron la atención de persona alguna. Por su parte, la
presunta viajera en ningún momento volvió la vista atrás, pese a lo cual
Roberto, deseando pasar desapercibido, acompasó su marcha a la de la joven,
siguiéndola a prudente distancia, controlando en todo momento el tiempo que
tenía para coger su tren. Ninguna urgencia había pues, tan pronto alcanzó la
zona llana del recorrido, cruzando el río, la mujer aceleró su marcha, libre ya
de las precauciones aconsejables por la pendiente. Eran las tres menos cinco
cuando la ya indudable viajera alcanzó las puertas de la estación, con Roberto
a unos pasos, y buscó rauda la cafetería. El curioso interventor decidió
interrumpir su pesquisa y, saliendo a andenes, se encaminó a la puerta que
rezaba “circulación”. No le habría venido mal un café con leche bien caliente,
faltando aún media hora para la llegada del expreso, pero optó por no hacerse
notar de la muchacha y fue a departir con sus compañeros, tras firmar la hoja
de incorporación al servicio.
Quien por somnolencia, quien por estar a sus deberes, solo otro empleado
prestó atención a Roberto, ofreciéndole café de un termo y un pitillo, que
aquel rehusó con el clásico gracias, no fumo. El compañero pegó la hebra
con cierto interés, dado que apenas había tenido ocasión de hablar hasta el
momento con el recién llegado, a quien doblaba en edad y apenas conocía:
-
¿Qué?
¿Vas aclimatándote a este poblachón congelado?, le preguntó exagerando
obviamente la crítica de la Ciudad.
-
¡Qué
remedio!, replicó sonriente Roberto, completando la frase con un chascarrillo
heredado de su padre: Ya sabes, o nos aclimatamos o nos aclimorimos.
-
Todo
se andará -trató de animarlo su interlocutor-. Los primeros tiempos en un nuevo
destino y en otra ciudad son difíciles, pero luego uno se acomoda y encuentra
otros más cómodos. Va a salir una promoción nueva de factores e interventores y
pronto serán estos los que tengan que pechar con los servicios nocturnos.
Roberto no contestó, limitándose a encogerse de hombros, mientras
trataba de tragar con buena cara un sorbo del brebaje templado al que le había
invitado el veterano.
-
¿Estás
casado?, inquirió este tomándose alguna confianza. ¿No, eh? Pues entonces no
tienes ningún problema. Si no te gusta el puesto o crees que te tratan mal,
pides el traslado y adiós. ¡Quién pudiera recorrer mundo! Claro que vivir de
pensión también tiene lo suyo…
Roberto esbozó una sonrisa y miró de soslayo el reloj: las tres y
cuarto. La charla le estaba aburriendo y tuvo una idea feliz para ponerle fin:
-
Ahora
que lo pienso -dijo- olvidé afeitarme antes de salir de casa. Voy a darme una
pasada en lo que llega el expreso.
-
Tranquilo,
repuso el compañero. Viene con veinte minutos de retraso.
-
Entonces
me lo tomaré con calma. Pasaré a los servicios y me asearé un poco.
Mientras se afeitaba en soledad, Roberto gruñía ante el espejo,
transformando la precedente conversación en soliloquio:
-
Recorrer mundo… Ya, ya. Primero, Baeza; ahora, esto;
luego, ¡cualquiera sabe! Madrid o Barcelona -bromeó-, seguro que no. Y eso que
esta ciudad no es tan mal sitio como dicen. No deja de ser una capital y, a la
verdad, muy bonita, como lo era Baeza. Lo malo son la soledad y la monotonía.
En parte, será culpa mía, que me cuesta trabajo hacer amistades ¡y no digamos
femeninas! La verdad es que en la pensión me tratan bien, pero el horario
nocturno de mis servicios me descabala la vida y hace que me pase durmiendo el
tiempo que los demás viven. No, si va a acabar teniendo razón el pelmazo
de hace un momento. Mejor será no crearse vínculos aquí y procurar escapar a
otro lugar más aparente. Y, entre tanto, aprovechar el tiempo libre en
algo útil, como preparar las oposiciones a factor o a jefe de estación. El caso
es hacer algo positivo y dejar de haraganear por el parque de San Julián o la
Carretería… o hacer el tonto siguiendo a alguna desconocida, como esta noche.
Terminó su aseo y salió de inmediato al andén. Al pasar ante la oficina
de circulación, asomó la cabeza desde la puerta y se justificó con el
compañero:
-
Voy
a tomar un poco el aire, que estoy medio dormido.
Paseó arriba y abajo el andén. Apenas tres o cuatro viajeros aguardaban
en la dársena la llegada del expreso, entre ellos, la joven del seguimiento.
Hizo por pasar cerca de ella y por delante, aunque mirándola de soslayo. No
cabía duda de que era atractiva y daba la impresión por su acicalamiento de ir
a una fiesta, más que de acabar de levantarse para hacer un viaje en el tren de
la noche. Le llamó la atención que, junto a ella y en el suelo, además del
consabido bolso de viaje de cuadros, reposaba una voluminosa maleta de piel
beis, que a saber de dónde podría haber salido. En aquel momento, un altavoz
difundió el aviso de que el expreso llegaría con veinte minutos de retraso y la
mujer hizo un gesto inequívoco de fastidio, al tiempo que se volvía hacia la
puerta de acceso a andenes, mirando hacia ella atentamente. No parece estar
muy tranquila, se dijo Roberto. No obstante, la mujer no parecía en
absoluto menor de edad, ni había motivo ninguno para suponer que hubiese
abandonado su casa de forma furtiva, como no fuera por la circunstancia de la
hora. ¡Claro que no eran muchas las opciones para viajar a Madrid desde aquella
ciudad!
Al
fin, llegó el tren esperado. Roberto saludó al compañero que había cubierto la
intervención desde Valencia. Nada de particular; que tengas buen servicio, se
limitó a decirle el colega relevado, con muchas ganas, al parecer, de coger
cuanto antes la cama. Como tenía por costumbre, Roberto recorrió el andén, de cola
a cabeza del convoy, comprobando que todos los viajeros subían a este sin
problemas y por el vagón correcto. Era cosa fácil hoy, con tan pocos pasajeros.
Al llegar junto a la bella desconocida, la ayudó gentilmente a subir el
equipaje a la plataforma del vagón de segunda clase al que correspondía su
pasaje. Según lo que se hacía constar en este, viajaría hasta Aranjuez, justo
la estación inmediata anterior a la de Madrid-Atocha.
Empezaba a clarear cuando el expreso, con otros diez minutos de demora
sobre el horario previsto, entraba en la recoleta estación de Aranjuez. Siendo
la muchacha la única viajera que allí debería apearse, Roberto aguardaba en el
pasillo de su coche, por si aquella precisaba de que se la avisara. No fue
necesario. Tan pronto el tren inició su frenada, se abrió la puerta del
compartimento y apareció la joven con el bolso en una mano y arrastrando la
maleta con la otra. Roberto asió esta con ambas manos y la fue sacando a
empellones hasta dejarla en el andén, al pie de la portezuela. La joven le dio
las gracias y Roberto le replicó con una gracieta:
-
Adiós
y que su estancia en Aranjuez le sea más ligera que el equipaje que trae.
Afortunadamente, ya se acercaba raudo un mozo con su carretillo. De
hecho, lo último que vio Roberto al arrancar el expreso fue el blusón azul y la
gorra del porteador. La joven, sin soltar en ningún momento el bolso de viaje
lo había precedido y ya habría accedido al vestíbulo neomudéjar de la estación,
donde quién sabe si la esperaría alguno que no se hubiera atrevido a sufrir a
la intemperie la fría caricia del amanecer.
2. El encargo del marido
Es
muy probable que, si el inspector de policía Menéndez hubiese sabido de los
planes de Roberto, habría esbozado una sonrisa irónica y replicado, más o
menos, lo siguiente:
-
Ya,
ya, largarse de esta ciudad lo antes posible… Eso me dije yo una mañanita de
enero de 1954, nada más llegar aquí huyendo de Sabadell, y pronto
cumpliré veinte años subiendo y bajando cuestas y no dejando las toses y los
pañuelos desde octubre hasta mayo.
En
efecto, el inspector, a quien todos llamaban Zacarías -con o sin don, según el
roce-, era de los pocos funcionarios que, superando las ansias de fuga, se
había acomodado a la Ciudad, hasta sentirse y ser reconocido como un natural
más de ella. Los murmuradores podrían afirmar que se había apoltronado, pero
las buenas gentes achacaban su arraigo a la benéfica influencia de su esposa,
miembro de una de las familias bien de la Ciudad. Total, que ahora, en
197…, don Zacarías no se imagina en otra parte que allí, donde su mujer es
feliz y sus hijos crecen a modo, a medio camino entre la libertad y el control
paterno, que es la mejor receta para educar a los adolescentes en esta España
donde, según su mujer, se ha perdido el respeto y prolifera el libertinaje.
En
esta tarde de finales de octubre encontraremos al inspector en la consabida
mesa de esquina del salón de espejos del Círculo La Constancia -institución
cultural y recreativa, fundada en 1848, como reza su publicidad-, del que
don Zacarías Menéndez Urdiales es socio -con la acción número 514 de la
sociedad-, desde que fuera aceptada su solicitud al efecto en el año 1956,
avalado para tan solemne evento por su suegro y el anterior comisario jefe.
Como don Zacarías ha pretendido en todo momento, los otros integrantes de su
tertulia reúnen dos condiciones inexcusables: hablar en voz baja y no
atropellarse al usar la palabra. Una tercera exigencia ha pasado de boca en
boca desde que un tertuliano le pidió confidencias sobre el crimen de la calle
Zapaterías, acaecido mucho tiempo atrás[1]:
-
Aquí
estoy como socio del casino. Como policía puede usted, previa comunicación,
visitarme en la comisaría.
En
diez años, don Zacarías no tuvo necesidad de repetir la admonición. Por ello,
el veterano farmacéutico Abraham Morillas, asiduo del grupo de La Constancia,
se lo pensó dos veces antes de solicitar a Zacarías -sin don, para él- un favor
que tenía que ver con su condición de policía. Por de pronto, aguardó a que
Zacarías se despidiera en el casino hasta el día siguiente, aprovechando el
momento para hacer él lo propio. Apenas habían dado unos pasos por la calle del
Parque, camino de la ciudad antigua, cuando Abraham dijo con cierto rubor a
Zacarías:
-
¿Tendrías
mañana unos minutos que dedicarme en la comisaría? Tengo que exponerte un caso
y pedirte consejo… o, más bien, un favor.
Zacarías se detuvo, lo miró de hito en hito y repuso:
-
Si
de favores se trata, aunque confío en tu prudencia, mejor será no mezclar la
comisaría en el asunto; de modo que, una de dos: o me lo cuentas mientras
caminamos, o entramos en algún café tranquilo y allí te explayas.
-
Prefiero
esta segunda opción -reconoció Abraham-. De hecho, estuve tentado de hacer un
aparte contigo en el Círculo, pero, ya sabes, las paredes oyen.
-
Totalmente
de acuerdo. ¿Qué te parece La Plaza?... Pues vamos para allá, pero te
advierto que a las cinco he quedado con mis alumnos de oposiciones y no puedo
faltar ni retrasarme.
Un
cuarto de hora más tarde, Abraham ya había puesto a su amigo al tanto de la
cuestión que tenía que exponerle. Con la misma brevedad empleada por él, les
haré yo partícipes a ustedes del asunto:
Don Abraham y su familia son clientes inveterados de ultramarinos La
Macaria, conocidísima tienda de comestibles en la calle Alfonso VIII, de
cuya dueña es sobrino y encargado del negocio un tal Artemio Castejón. Dicho
Artemio llevaba casado unos años con una chica, llamada Vicenta Francés, cuyo
matrimonio no había tenido hasta ahora descendencia. Pues bien, de forma y por
razones que Artemio ha revelado al farmacéutico de manera muy imprecisa, la
Vicenta lo ha dejado, al menos, temporalmente, sin motivo especial y sin darle
otra información que la de que probablemente se iría a Madrid en busca de una
nueva vida.
-
Pues
bien -prosiguió don Abraham su relato-, el marido no quiere provocar un
escándalo, denunciando formalmente el hecho a la policía, por lo que ha acudido
a mí, para que hablase con mi amigo, el inspector, para que este realice
algunas gestiones reservadas, a fin de constatar dónde y cómo pueda encontrarse
la Vicenta, que es lo que realmente a él le interesa… Me fastidia molestarte
con estos rollos, pero me da pena de ese muchacho y comprendo que, viviendo
cara al público, no quiera estar en boca de la gente y ser pábulo de
murmuraciones.
Diez o quince años atrás, Zacarías habría mandado a Abraham a freír
espárragos, pero la edad le había ido haciendo más tolerante con los conocidos
y más dado a entender su profesión en términos, no solo de legalidad, sino de
servicio. Con todo, trató de librarse educadamente de intervenir en aquel
asunto, que le daba el tufo de un abandono del domicilio familiar en
toda regla por parte de la mujer:
-
Verás,
Abraham -explicó Zacarías-, el tendero tendría perfecto derecho de denunciar a
la mujer por marcharse de casa, si es que él no lo ha consentido, pero lo que
resulta más que dudoso es que, siendo ella mayor de edad y habiendo acuerdo sobre
la separación, pueda legalmente él tratar de controlarla a distancia e indagar
sobre su vida y su paradero. Por tanto, si yo le ayudo en esa empresa y me
informo acerca de esos datos, estaré perjudicando a la esposa y vete a saber si
propiciando el indeseado encuentro de esta por parte del marido.
-
Estoy seguro -replicó el boticario- de que
Artemio no pretende perseguir a su mujer, ni hacerle la vida imposible. Parece
un muchacho muy tranquilo y que, por lo que yo creo saber, no se ha opuesto a
que su esposa lo abandone en busca de nuevos horizontes. Lo que le mueve es el
deseo de saber de ella y de ayudarla, si lo necesitase. Es la reacción propia
de un marido enamorado, aunque no sea legalista ni posesivo. Creo que, de estar
en su caso, nos comportaríamos lo mismo.
Zacarías estuvo a punto de echarse a reír. No se imaginaba a su santa
esposa ni, menos aún, a la ya casi anciana de Abraham, escapándose de casa
en pos de un amor proscrito, aun con la tentación adicional de los atractivos
de Madrid. Luego, recuperando la seriedad, comprendió que su amigo no iba a
cejar en su petición del favor, sino que él tendría que rechazarlo sin ambages.
De modo que optó por la cortesía y -por qué no admitirlo- la curiosidad
profesional. Tajantemente decidió:
-
Os
espero el próximo lunes a ti y al tendero en este lugar y a esta misma hora.
Quiero tener las cosas claras -se explicó- antes de resolver si me implico en
el caso de la manera reservada e informal que él pretende.
***
La
charla entre Zacarías y Artemio, con Abraham de mero espectador a modo de carabina,
no resultó particularmente esclarecedora por los datos que el tendero trasladó
al policía, pero ¡bueno era Zacarías, como para no extraer todo el jugo posible
de las pistas y los detalles! Claro está que, cuando había que acudir al
comisario o a un juez con las deducciones, era sumamente cuidadoso, pero
tratándose, como ahora, de sacar una impresión verosímil para su coleto, el
inspector de policía tenía alma flaubertiana[2]. Las
confesiones de Artemio las mezcló con su buen conocimiento del mundo ciudadano
y de sus gentes, para extraer el siguiente argumento de lo sucedido:
Vicenta, más joven y mucho más atractiva que Artemio, seguramente se
había casado con él a fin de mejorar de posición. No dejaba de tratarse de una
muchacha de pueblo, que había venido a servir a la Ciudad, donde había conocido
a su futuro yendo a comprar en su tienda. La chica tenía iniciativas y
ganas de progresar también en lo profesional pues había empezado a desempeñarse
de peluquera antes del matrimonio, si bien tenía que hacerlo a domicilio dado
que no tenía lugar ni dinero para establecerse. Artemio era lo que se dice un
buen partido pues se le tenía con fundamento como posible heredero de su tía
Macaria o, cuando menos, de la tienda de su nombre.
Pronto habían empezado las frustraciones de Vicenta -proseguía la
construcción mental de Zacarías-, más que nada porque la tía tenía aún
buena edad y era muy tacaña, de modo que trataba a Artemio como a un empleado
más y le pagaba con cicatería, pretextando que, a fin de cuentas, todo iba
acabar siendo suyo. Vicenta veía así fallidas sus expectativas de mejorar
de vida o, cuando menos, las veía demoradas a muchos años vista. Todo ello
había ido agriando las relaciones en el matrimonio, habiendo sido un
impedimento práctico para que se decidiesen a tener hijos. Incluso, Artemio
llegó a confesar a Zacarías que, en algunas ocasiones, hallándose entre la
espada y la pared, había perpetrado algunas modestas sisas de la caja de
la tienda para satisfacer algunos caprichos de Vicenta.
Finalmente, tratando de evitar que su esposa se marchara de su lado,
Artemio había contraído, un par de meses atrás, un cuantioso préstamo bancario,
con garantía hipotecaria de la casa en que ambos vivían -propiedad exclusiva
del marido-. Una parte importante del capital había estado guardada en la caja
de caudales del domicilio común, con vistas a invertirla en la instalación y
equipamiento de la soñada peluquería de Vicenta. Finalmente, la esposa había
decidido no esperar a que se cumplieran los sueños y, de forma un tanto
repentina, se había marchado de casa en la madrugada del 10 de octubre, con un
pequeño equipaje, avisando de ello a Artemio apenas la tarde anterior. A poco, el
marido había constatado que la moza había vaciado la caja de las doscientas
cincuenta mil pesetas que contenía, provenientes del préstamo del banco.
En
resumen, Zacarías concluyó que Artemio, aunque paciente y tolerante, tenía muy
buenas razones para encontrar a Vicenta y, si era posible, animarla a
que volviera con él. Con todo, pese a la invitación del policía en ese sentido,
Artemio seguía empecinado en no formular denuncia por el abandono de su mujer
pues, según él, solo serviría para perjudicarle ante su clientela, dando tres
cuartos al pregonero en aquella chismosa ciudad. En consecuencia, nuestro
policía se resignó a tener que investigar el paradero de la Vicenta, no sin
antes requerirle:
-
Hágame
llegar, por conducto de don Abraham todos los datos personales que recuerde de
su mujer, así como un par de fotos recientes en que se la identifique de forma
indubitada. Luego, olvídese de que existo y ni me salude siquiera, caso de que
nos veamos por ahí. Cuando yo tenga algo de lo que informarle, se lo haré saber
a través de nuestro común amigo, aquí presente. Y usted, si se le ofrece alguna
cosa, haga lo propio.
3. Las indagaciones de Zacarías
El
inspector Zacarías y el interventor Roberto estaban condenados a
encontrarse. Conocida por el primero de ellos la hora en que Vicenta se había
marchado de casa, era casi obligado inferir que hubiese empleado el tren
expreso para viajar hasta Madrid, su muy probable punto de destino, a juzgar
por lo que le había manifestado a su marido. Pero, no queriendo el inspector
dar la cara desde el principio en una indagación que tenía carácter informal,
mandó a la estación a uno de los opositores a los que preparaba, como si se
tratara de una práctica de lo que, caso de aprobar, tendría que ejercitar en el
futuro. El muchacho volvió cariacontecido de su encargo:
-
Me
informé de la identidad del interventor del tren de aquella madrugada, como
usted me indicó -explicó a don Zacarías-. Le enseñé la foto de la mujer y me
contestó que no podía asegurar que coincidiese con alguna pasajera, máxime
habiendo transcurrido ya un mes desde que se realizó el viaje. Conforme a lo
acordado previamente con usted, le pregunté si todos los que habían subido al
expreso habían llegado a Madrid o se había quedado alguno en una estación
intermedia. A eso el interventor me contestó que no lo recordaba de memoria y
que esa información podían facilitármela en taquilla, si es que todavía
conservaban los talonarios correspondientes a los billetes vendidos para aquel
expreso.
Su
sexto sentido profesional le hizo sospechar a Zacarías que aquel interventor,
por el motivo que fuese, estaba echando balones fuera; de modo que no le quedó
más remedio que encargarse personalmente de la averiguación. Su alumno había
tenido el acierto de tomar nota del nombre de Roberto, con lo que el inspector
pudo citarse fácilmente con él, haciéndolo en la cafetería de la estación para
no dar al encuentro carácter de diligencia oficial.
-
Por
razones que no vienen al caso -comenzó don Zacarías, tras los saludos y
presentación preliminares-, estamos interesados en averiguar el paradero de
esta señora de la foto. ¿Recuerda usted si tomó su tren en la madrugada
del 10 de octubre pasado y, de ser así, en qué estación se apeó?
Apremiado ahora por todo un inspector de policía, Roberto comprendió que
no tenía más remedio que responder francamente, no fuera que la joven estuviera
mezclada en algún feo asunto y él acabara por resultar también implicado. Por
un momento, le vino a la memoria la imagen de Vicenta mirando recelosa hacia la
puerta de salida a andenes, cuando por los altavoces se avisó del retraso con
el que llegaría su tren. En consecuencia, aunque guardándose los detalles,
contestó a Zacarías:
-
En
efecto. Aunque ha pasado ya un mes y yo no soy buen fisonomista, estoy por
asegurar que esa señora tomó el tren en esta estación el día que usted
dice y que se bajó en Aranjuez.
El
inspector estuvo a punto de enfadarse y preguntarle por qué no lo había
admitido cuando se lo preguntó su enviado unos días antes, pero se contuvo y
pasó a los detalles:
-
¿Viajaba
sola o acompañada? ¿Llevaba equipaje?
-
La señora subió al tren y bajó del mismo sola -contestó
Roberto-. Y creo recordar que llevaba un bolso de viaje y una maleta que yo
mismo…
Temiendo cometer una indiscreción, el interventor calló bruscamente., lo
que no satisfizo a Zacarías:
-
Usted
mismo, ¿qué?
-
Yo
mismo ayudé a subirla y bajarla del vagón pues resultaba muy pesada para las
fuerzas de su dueña.
-
¿Qué
impresión le dio la viajera?, prosiguió Zacarías. ¿Parecía nerviosa, inquieta,
preocupada…?
-
Yo
no detecté en ella nada anormal, replicó Roberto, pero lo cierto es que no
mantuve otro contacto con ella que el de ayudarla con el equipaje y picarle el
billete. Vamos, lo que puedo hacer con cualquier viajero.
-
¿Cómo
iba vestida?
-
De
falda larga y con una trenca clara, precisó Roberto. Si quiere usted aludir a
su apariencia, agregó, era la de una persona que, aunque va de viaje en plena
noche, va bien vestida y arreglada…, vamos, con buen aspecto.
-
¿Alguna
cosa más, que no le haya preguntado pero que usted considere interesante o que
le llamase la atención?, insistió Zacarías.
-
No
se me ocurre nada, mintió Roberto, que no quería revelar más datos que aquellos
por los que se le preguntase. Eso sí, señor inspector -agregó-: Me gustaría
saber a grandes rasgos la razón por la que andan ustedes tras esa joven.
¿Podría satisfacer esta pequeña curiosidad?
-
Lo
siento -rehusó Zacarías-, estas cuestiones son reservadas. No obstante, para
tranquilizarlo, le aseguro que no se trata de ningún motivo grave. Olvide el
incidente y procure no hablar de él con otras personas.
Se
despidieron, insistiendo Zacarías en pagar la consumición de ambos. Si un rato
antes había entrado en la cafetería solo un investigador, ahora salían de ella
dos, aunque tendrían que actuar por separado y, desde luego, por muy diversas
razones: profesionales, las de uno; románticas, las del otro, quien, por
cierto, acaba de hallar en aquella aburrida ciudad un buen motivo de
distracción.
***
Han pasado varios meses de la precedente conversación entre Zacarías y
Roberto. Si hubiera mediado una denuncia oficial del marido de Vicenta, no cabe
duda de que se habría tenido toda la información en un mes o poco menos, pero
el inspector es tan cauto como eficiente y, en este caso, ha preferido pecar de
lo primero en detrimento de lo segundo. Si con ello ha querido forzar a
Artemio para que diera a las gestiones marchamo oficial, es cosa bastante
probable. De hecho, cuando para año nuevo Zacarías y Abraham volvieron por
primera vez sobre el asunto, el policía zanjó la charla con esta conclusión:
-
Estoy
moviéndome con la discreción que tu conocido pide. Si verdaderamente
está tan preocupado por la situación de su mujer, ya sabe lo que tiene que
hacer.
Finalmente, para principios de verano, Zacarías ultimó sus pesquisas y,
tras sesuda reflexión, decidió cuáles de sus averiguaciones se las transmitiría
a Artemio y cuáles otras guardaría en secreto. En efecto, preocupado por el uso
que de la información hiciese el marido y, en particular, de que perturbase a
su esposa con enojosas visitas y requerimientos, el inspector optó por
informarle a efectos, simplemente, de tranquilizarlo. Como a ninguno de ustedes
se le pasaría por la cabeza molestar a Vicenta, los dejaré fuera de las
restricciones informativas y les daré cuenta de todo lo que llegó a averiguar
don Zacarías:
Como era de suponer apeándose en Aranjuez, Vicenta no tenía la intención
en principio de establecerse en Madrid, sino en la localidad de Getafe[3], apoyada
por Gertrudis, una amiga de la infancia en Alarcón, la cual, al conocer las intenciones
de su conocida, la animó a establecerse en la villa getafense, por considerarla
una buena plaza para montar un salón de belleza. Así lo había hecho Vicenta,
gracias al dinero que le había cogido a Artemio[4]. Según
la información que había recibido don Zacarías, el negocio parecía ir bastante
bien, siendo comidilla entre sus próximos la de que la peluquera -perdón, la
esteticista o estéticienne- se entendía con un extranjero, viajante de
la casa Wella[5], que
se hacía llamar Franz. De ser eso cierto, la relación sentimental tenía
también bastante de conveniente para ambas partes, dadas los contactos
profesionales entre ambos. Eso era cuanto habían dado de sí para Vicenta los
pocos meses transcurridos, lo que no era poco, ciertamente. Para su fuero
interno, don Zacarías elogiaba el talento de la muchacha para salirse
exitosamente con la suya, deduciendo de ello que, si el marido seguía tan prudente
-por no decir apocado-, sería tarde cuando volviera a ver por la Ciudad a su
mujer y no digamos su dinero.
De
todo lo que acabamos de saber, don Zacarías informó a Artemio de una mínima
parte, que sirviese para tranquilizarlo, pero no para que tomase ciertas iniciativas.
Nuevamente en el café La Plaza -y juraría que en la misma mesa de
la ocasión anterior-, don Zacarías está explicando a Artemio lo que este debe
saber, en presencia de don Abraham, como la vez pasada:
-
Puede
usted estar tranquilo. Su esposa goza de buena salud; se ha establecido muy
adecuadamente, no lejos de Madrid, y trabaja en una peluquería, como era de
suponer, habida cuenta de sus conocimientos y de las intenciones que le confesó
antes de marchar.
Artemio escuchaba muy atentamente, esperando que lo manifestado por el
inspector fuese el comienzo de un extenso relato. Por tanto, se quedó de piedra
-como también el farmacéutico- cuando Zacarías agregó:
-
Bien,
esto es cuanto tengo que decirle de manera confidencial, es decir, si usted
continúa con la determinación de no denunciar el abandono del hogar por parte
de su esposa[6].
El
tendero quedó boquiabierto y seguidamente miró a don Abraham, como un niño
pidiendo ayuda. El boticario, después de dudarlo unos momentos, decidió terciar
en pro de su recomendado:
-
¿No
podrías darle a Artemio alguna precisión más?
Por ejemplo, la localidad donde se encuentra su mujer.
-
¡Quia!,
rehusó el inspector. Dadas las circunstancias, su mujer tiene pleno derecho de
vivir su vida sin intromisiones… Y yo me excedería en mis atribuciones, si
revelara los datos de una información reservada que no tenía otra finalidad que
la de tranquilizarle sobre el estado y situación de su mujer.
-
¿Entonces?,
dejó caer Artemio, como buscando el consejo del policía.
-
Entonces -recalcó Zacarías- en sus manos está el
reclamar formalmente el retorno de su mujer porque, por lo que yo sé, como esté
esperando que ella regrese por propia decisión, se va a cansar.
Artemio regresó a su casa con la decepción que es fácil colegir de
cuanto ha quedado dicho. Acodado en el alféizar de la ventana de su habitación,
en la que tantos días había visto amanecer desde que se marchó Vicenta,
razonaba en voz alta, tratando de poner orden en sus pensamientos. Era el
momento de tomar la decisión que había estado demorando con la esperanza de que
el policía le facilitase el llegar hasta su mujer de manera amistosa. Pero
ahora ya no tenía otra opción que la de ejercer por las bravas los
derechos legales que tiene como marido, o bien dejar vivir libre a su esposa[7]. Artemio
repasaba objetivamente su vida juntos y llegó a la conclusión de que, con lo
que él era y le podía dar a Vicenta, ni le había sido posible retenerla, ni en
el futuro lograría que ella realmente lo amase. Se lo ha venido a recordar ese despiadado
policía, cuando le ha dicho que puede esperar sentado el retorno de su
mujer. La verdad es que él, en el fondo, sigue soñando -tanto como temiendo-
que, cuando se le acabe el dinero a Vicenta, esta regrese con él. Pero ese
retorno, si bien se mira, es tan improbable como el del gorrión que recogió
herido cuando era niño y mantuvo en una jaula, desde la que imaginaba que el
humilde pájaro, movido de gratitud y de cariño, cantaba precisamente
para él; y así, hasta que le abrió la gayola en la pereda de sus padres para
poder tener la prueba concluyente de que la avecilla lo amaba, lo que el
pajarito aprovechó, como era de razón, para volar más allá de los perales y
desaparecer para siempre.
4. El camino de Roberto
Los “rascacielos”
(dibujo de Isidoro González-Adalid Cabezas)
Mientras Zacarías Menéndez movía a distancia los hilos de la búsqueda policiaca,
el interventor Roberto no había cejado ni por un momento en su esfuerzo por
encontrar a Vicenta, por razones que más atrás califique de románticas.
Ante todo, logró aclarar el misterio de la maleta, que Vicenta no
llevaba consigo al salir de casa y que apareció sorprendentemente en el andén.
La verdad es que la cosa tenía muy poco de llamativa. Tratándose de un bulto
pesado, era lógico que Vicenta lo hubiese consignado antes, para recorrer más
desembarazada el trayecto de su casa a la estación. La dificultad se presentaba
porque el depósito de equipajes cerraba por la noche. Roberto recordó que la
joven, nada más llegar a la estación, se había encaminado a la cantina, de
donde debió de salir con aquella maletona de piel beis, que él ya vio en el
andén junto a la viajera. Hizo las indagaciones oportunas y finalmente dio con
el camarero adecuado:
-
Sí,
sí, me acuerdo de que una mañana vino por aquí una chavala con una maleta como
la que dices. Tomó un café y, al acabarlo, me pidió que le guardásemos el bulto
hasta por la noche, en que pasaría a recogerlo cuando tomase el exprés de
Madrid. Explicó que, dada la hora, no le era posible dejarlo en la consigna. Yo
no le puse muy buena cara, lo reconozco, pues era asumir una responsabilidad y
pasársela a otros compañeros que hubiese aquí por la noche. La chica puso en el
mostrador una moneda de veinticinco pesetas como propina por el servicio
solicitado, diciendo que le hacíamos un favor muy necesario, dado que era
difícil encontrar taxis a las dos de la mañana y que tendría que venir sola
desde casi la plaza Mayor. En fin, me dio pena; lo consulté con Matías, el
encargado, y acabamos quedándonos con la maleta y los cinco duros[8]. Al día
siguiente, cuando me incorporé al trabajo, la maleta ya no estaba; así que
debió de recogerla, como había quedado en hacer.
Aquellas averiguaciones le sirvieron a Roberto para abrir boca,
así como para deducir que la fuga de la muchacha, cualesquiera que
fuesen sus circunstancias, había estado programada con alguna antelación. Nuestro
interventor, por otra parte, tenía poquísima información previa: Zacarías solo
le había asegurado que, aunque interviniese la policía, el motivo no era grave,
aconsejándole seguidamente olvido y discreción. El olvido lo había descartado
por principio, pero la discreción resultaría imprescindible, si quería que se
le abriesen aquellas personas que tuvieran en sus manos el hilo que podría
guiarlo por aquel laberinto.
No
era mucho con lo que contaba para empezar: el portal del que había visto salir
a Vicenta la noche de autos. Desdichadamente para Roberto, aquella casa
era de las que en la Ciudad llamaban rascacielos, es decir que,
aprovechando al máximo el desnivel del terreno, presentaba tres pisos a la
calle, pero con otros seis más hacia atrás, apoyados en las rocas que formaban
la hoz del río. De modo que, de golpe y porrazo, el detective aficionado se
encontró con que el número de viviendas se multiplicaba y, a mayores, con que
toda su especulación basada en las luces apagadas y los postigos cerrados
perdía su sentido. Durante unos días estuvo por abandonar sus pesquisas, no sin
antes dejar abierta la remota posibilidad de reanudarlas en el futuro, para lo
cual decidió anotar los nombres de todos los titulares de las viviendas del
portal de marras. Y en esas estaba cuando se le acercó una señora de mediana
edad, de bata y llevando una gamuza en la mano.
-
¿Se
le ofrece alguna cosa?, le interrogó la mujer, entre inquisitiva y obsequiosa.
-
¿Es
usted la portera?, preguntó Roberto, a su vez, tratando de ganar tiempo
mientras ideaba alguna respuesta inteligente.
-
No
señor, repuso la mujer. Soy la limpiadora. ¿Quiere que avise al portero?
-
No,
déjelo. Se trata tan solo de una rareza que me tiene preocupado desde el mes
pasado. Tal vez usted pudiera…
La
limpiadora pareció bajar la guardia, sustituyendo la sospechosa
advertencia de avisar al portero por un rictus de curiosidad. En vista de ello,
el joven optó por relatarle a su modo lo que le había sucedido y ahora lo tenía
preocupado:
-
Verá
usted, el diez de octubre pasado yo tenía que viajar en el expreso a Madrid,
cosa que hago con cierta frecuencia, pues soy empleado de la Renfe[9].
Coincidió que, al pasar de camino junto a esta casa, salió de la misma una
señora joven cargada de equipaje. Como yo solo llevaba una cartera, me ofrecí a
ayudarla, lo que ella aceptó. De lo poco que hablamos de aquí a la estación,
deduje que su marcha parecía tener bastante de precipitada. Me lo
confirmó el que, días después, la policía me estuvo haciendo preguntas sobre la
susodicha viajera, como si se la estuviese buscando…
La
señora no le dejó continuar, cortando su relato de forma excitada:
-
¡Toma,
y a mí y al portero y a otros tantos! Aunque de forma bastante sigilosa, nos
dieron una buena tabarra. Y total para llegar a lo que todos sospechamos: Que
la tal Vicenta se ha marchado de casa porque no aguantaba la vida que llevaba y
quería irse a Madrid donde, por lo visto, atan los perros con longaniza.
Como en un relámpago, Roberto comprendió la forma particular con que
había actuado Zacarías, la consideración del asunto como no grave y la
petición de que fuese reservado con lo que sabía. ¡Se trataba simplemente de
una mujer que había abandonado a su marido!
Viendo la buena disposición de la limpiadora, el interventor decidió
tirarle de la lengua un poco más:
-
Hay
de todo por el mundo: mujeres que no se conforman con nada, pero también
maridos que no hay quien los aguante.
Su
interlocutora replicó muy tajante:
-
¡De
eso nada! ¡Pobre don Artemio! ¡Pero si es un cacho de pan! La tenía como a una
reina. Hasta estaba dispuesto a montarle una peluquería para que se distrajera
y sacara para sus caprichos… Puede que hasta lo conozca usted. Es el encargado
de ultramarinos La Macaria, en esta misma calle.
-
No
tengo el gusto, contestó Roberto. La verdad es que llevo poco tiempo viviendo
en esta ciudad, pero sí que me suena el nombre de esa tienda. Debe de ser
bastante importante.
-
Ya
lo creo, ratificó la limpiadora. Pero la dueña es una bruja que exprime a
cuantos trabajan para ella, incluido don Artemio. ¡Y eso que es su sobrino!
-
Pues,
siendo así, no le habría sido fácil al marido sacar cuartos para instalar una
peluquería, con el lujo que ahora se gastan en esos establecimientos.
-
Se
cuentan muchas cosas acerca del dinero, afirmó la limpiadora. Parece que el
marido había pedido un préstamo al banco y que ella se lo llevó todo al
marchar.
Roberto estaba encantado, y abrumado, de la cantidad de información que
estaba recibiendo. Su confidente hablaba y hablaba, poniendo de vuelta y media
a la pobre Vicenta. El joven trató de echarle un capote:
-
Mujer,
a lo mejor también la ayudaba su familia. ¿Era de por aquí?
-
De
Alarcón. Y de ayuda de la familia, nanay. Me consta porque soy de Motilla, que
está al lado, como si dijéramos, y sé lo justos que andan. Por cierto, si
llegan a enterarse de la hazaña de la chica -que más pronto o más tarde
llegará a sus oídos-, no les va a hacer ninguna gracia. Ya sabe usted, pobres
pero honrados.
Roberto ya tenía más que suficiente para proseguir sus indagaciones. Se
arrimó al casillero de la correspondencia y preguntó a la limpiadora:
-
¿En
qué piso vivía Vicenta?
-
En
el segundo sótano, mano izquierda.
Roberto echó un vistazo a las tarjetas. Tuvo suerte. En la
correspondiente al piso indicado, figuraban los nombres de marido y mujer,
incluidos los dos apellidos. Retuvo mentalmente con particular interés los de
Vicenta: Francés Mateo. Seguidamente sacó una moneda de cincuenta pesetas y se
la obsequió a la limpiadora:
-
Tome
-le dijo sonriente-, por su amabilidad y por su tiempo.
-
Muchísimas
gracias -repuso la donataria, recibiendo la propina-. Ha sido un gusto hablar
con usted.
-
Lo
mismo digo y -añadió Roberto- le ruego que no le diga nada a don Artemio de mi
visita. Cuanto menos nos metamos entre marido y mujer, mucho mejor.
-
Tiene
razón, señor. Si la moza quiere volver, que vuelva y, si no, mejor para su
marido, aunque a él le resulte duro aceptarlo.
***
El
interventor estaba exultante. En el fondo, seguía sin conocer el paradero de
Vicenta pero un sexto sentido le susurraba que, con todos los datos que le
había proporcionado la limpiadora, encontrarla sería solo cosa de tiempo, de no
mucho tiempo. Se preguntaba si se le habría adelantado el inspector de policía,
cosa que nada habría tenido de extraño, dados los medios y los conocimientos
con que contaba don Zacarías -para él, el inspector Menéndez, que es como se le
había presentado-. Pero, llegase el primero o el segundo a la meta, Roberto se
felicitaba de su tino en llevar el asunto, hasta el punto de tomar seguidamente
una vía algo arriesgada. Lo explicaré.
De
haber comunicado Vicenta a alguien su paradero, tendría que haber sido a sus
íntimos. Dada la edad de la joven, lo más probable era que viviesen sus padres,
con quienes era lógico que, pasados los primeros momentos, la chica se pusiera
en contacto, por correo o telefónicamente. La limpiadora había informado a
Roberto de la localidad en que residía la familia de la fugada. Así pues, todo
era cuestión de localizarlos en Alarcón[10] y sonsacarlos
con algún pretexto sólido y verosímil. Roberto decidió echarle caradura y meter
al policía Menéndez en el ajo, cubriéndose las espaldas en lo posible.
Castillo de Alarcón
(Cuenca)
Un
fin de semana de marzo, Roberto cogió el coche de línea en Cuenca y se plantó
en Alarcón al cabo de hora y media. Aunque no le sobraban tiempo ni dinero,
optó por reservar habitación en un hotel de carretera de tres estrellas,
recientemente inaugurado, que llevaba el cosmopolita nombre de Claridge. El
alojamiento quedaba como a media hora a pie del pueblo, pero ¡qué era eso para
unas piernas jóvenes!
Pidió la guía telefónica, tratando de encontrar la dirección de algún
abonado apellidado Francés, pero el único que había resultó ser un
fontanero, con la suficiente amabilidad como para informarle de que en el
pueblo vivía, en efecto, la madre de Vicenta, ya viuda, en compañía de Gedeón,
su hijo y único hermano de Vicen que residía en la localidad. El
fontanero le dio las señas de la casa y le dijo que no tenía pérdida, dado que
la calle arrancaba de la mismísima Plaza Mayor. También le aseguró que las
personas por las que preguntaba efectivamente estaban en el pueblo en aquel
momento.
Roberto tuvo ocasión de comprobar la eficacia y rapidez del boca a boca
alarconiano. Sin tener siquiera ocasión de presentarse, el individuo que lo
recibió a la puerta -abierta, como es extendida costumbre rural- le espetó:
-
Pase
usted. Ya teníamos noticia de que quería vernos un señor que se hospeda en el
hotel de Auto-Res[11].
Menos mal que Roberto llevaba ya preparado el cuento, porque su
interlocutor, apenas pasaron al amplio vestíbulo, le señaló una silla y
preguntó:
-
¿Qué
se le ofrece?
Y,
de la misma forma expeditiva, en cuanto le contestó que venía de parte del
inspector Menéndez de la Ciudad para preguntar por lo de su hermana,
Gedeón replicó de forma imperativa:
-
Salgamos.
Lo
guio por un dédalo de callejuelas empinadas, hasta dar con la llamada Torre de
Armas, desde la que Roberto, aunque un tanto amoscado, no pudo por menos de
admirar la vista sobre el Júcar. Gedeón le indicó un pretil y, con una media
sonrisa, explicó:
-
Sentémonos,
que parece que lo veo fatigado. La falta de costumbre…
Roberto lo rebatió:
-
Vengo
de Cuenca, de modo que cuestecitas a mí…
-
Aquí
estaremos bien -se justificó Gedeón-. Solo pasan los que van y vienen al
castillo, y esos son turistas que circulan en coche y se hospedan ahí[12].
Roberto comprendió entonces por qué habían salido tan precipitadamente
del pueblo y optó por restar importancia a su visita:
-
La
verdad es que no tengo nada secreto ni importante que decirle. Tenía pensado
desde hace meses venir a conocer estas tierras y pensé que no sería una mala
idea pasar a saludarles a ustedes y, al propio tiempo, preguntarles por su
hermana Vicenta.
-
¿Y
qué le importa a usted lo que sepamos o ignoremos de ella?, inquirió Gedeón,
con cara de pocos amigos.
-
Fui
la última persona que la vio y habló con ella antes de que desapareciera,
contestó Roberto de forma un poco exagerada. El inspector Menéndez lo sabe y me
pidió que le informase de cuanto llegara a saber de ella en lo sucesivo. No es
probable que la vuelva a ver pero, claro, como yo viajo tanto en tren por la
zona…
Al
punto, Gedeón apeó el malhumor y manifestó un vivo interés:
-
¿La
zona? ¿Qué zona? Pues ¿no les consta que esté en Madrid?
Roberto pasó a hacerse el importante, comenzando por revelar su puesto
en el ferrocarril:
-
Es
verdad, no le he dicho hasta ahora quién soy ni qué se me da a mí en todo este
embrollo. Me llamo Roberto Vecilla y soy interventor de Renfe con
destino en la Ciudad. Por tal motivo, casualmente coincidí aquella noche
con su hermana, a la que recuerdo perfectamente porque incluso la ayudé con el
equipaje y cambié algunas palabras con ella. Por eso conozco también al
inspector Menéndez quien me interrogó e hizo el encargo que antes le indiqué…
Me figuro que también les preguntaría a ustedes, como más próximos parientes de
Vicenta.
-
¡En
mala hora vino por aquí!, exclamó Gedeón. Sobre no aclararnos nada, le dio a mi
madre un disgusto de órdago. Figúrese lo que es para una madre chapada a la
antigua que una hija abandone a su marido y se marche de casa con destino
desconocido. Está en un sinvivir desde entonces y ya va para cuatro meses que
lo sabemos, sin que la policía nos haya dado ninguna información más. ¡Maldita
chica!, la Vicen, quiero decir, un culo de mal asiento. Ya ve usted, qué
le faltaría con ese marido, un poco lila, creo yo, pero bien situado y que
bebía los vientos por ella.
Nuestro
interventor dejó que aflojara la indignación de Gedeón, pero este aún tenía
otro motivo de enfado:
-
Y,
luego, el escándalo. Solo se le ocurre a ese Menéndez llegar al pueblo en coche
con matrícula de la policía[13] y
aparcarlo a nuestra puerta. Así que no le extrañe que, en cuanto supe el motivo
de su visita, lo trajera a usted hasta este descampado, para evitar la emoción
de mi madre y las habladurías de los vecinos.
Camino del Castillo
(Alarcón)
La tarde iba de caída y Roberto creyó
llegado el momento de obtener de Gedeón toda la información que tuviera. Para
estimular su locuacidad, le confió el único dato verdaderamente interesante que
sabía, aunque ignoraba si el inspector Menéndez ya se lo había revelado:
-
Su
hermana no se apeó del tren en Madrid, sino en Aranjuez. ¿Tendrá familia o
amigos en esa localidad?
-
No,
que yo sepa, repuso Gedeón. De hecho, me deja usted de piedra pues dábamos por seguro
que andaría por Madrid, desde donde hasta ahora le ha enviado a mi madre las
pocas cartas que ha escrito, una al mes por término medio; ¡ah!, y también el
estuche de maquillaje y el frasco de colonia que le regaló por Reyes.
-
Y
¿qué les cuenta en las cartas?, preguntó Roberto, disimulando su interés.
-
Cuatro
líneas, contestó el hermano con displicencia: Que está bien; que ha encontrado
un trabajo; que no nos preocupemos; que su marcha de la Ciudad ha sido lo mejor
para todos y chorradas por el estilo. El inspector Menéndez nos tiene
ordenado que le enviemos a su dirección los sobres originales y una copia de
las cartas. Puede usted decirle que no hemos tenido noticias en las últimas
tres semanas.
-
Así
se lo haré saber, prometió Roberto, al tiempo que trataba de ponerse en pie,
pese a las piernas entumecidas por el fresco y el tiempo que llevaba sentado.
Gedeón le imitó en el movimiento, emprendiendo seguidamente el camino de
vuelta. Al llegar a las primeras casas del pueblo, el lugareño le explicó:
-
Como
ya conoce usted el camino, será mejor que nos separemos aquí. Le invitaría a
tomar algo, pero a estas horas estará el bar demasiado animado.
-
Lo
entiendo perfectamente -admitió Roberto-. Muchas gracias por su tiempo y, si de
casualidad llego a saber algo de Vicenta, se lo comunicaré.
5. El encuentro
Después
de tantos meses de vivir en la Ciudad, Roberto ya conocía a casi todas las chicas
que atendían al público en la central de la Telefónica. Ciertamente, en la
pensión tenían teléfono para uso de los huéspedes, pero a él le fastidiaba
tener que hablar sin intimidad, desde el pasillo o el saloncito común; de
manera que, durante sus paseos, aprovechaba para llamar a sus padres o amigos
desde los locutorios de las oficinas centrales de la compañía. Más de una vez,
mientras esperaba a que hubiese línea, había pegado la hebra con algunas de las
telefonistas, en especial, con una de Valladolid -de donde era él-, una moza
muy mona, pero a la que -¡oh desgracia!- había visto por la calle del brazo de
un tipo larguirucho, que se desempeñaba como acomodador en el cine Xúcar. En
fin, que cuando a Roberto le dio por tratar de encontrar la dirección de
Vicenta en la guía telefónica de Madrid, esperó a que su conocida vallisoletana
estuviera de servicio. Y es que había un problema, y muy gordo, en opinión del
joven: Vicenta apenas llevaba unos meses en la capital o en la provincia
madrileña, por lo que sería difícil que ya figurase en la última edición
publicada de la lista de abonados.
La
chica, que se llamaba Pili, le confirmó sus malos presagios:
-
En
efecto, la última guía de Madrid que nos ha llegado se cerró en junio del año
pasado, pero no te apures -añadió, al verlo compungido- que las chicas de la
Telefónica podemos con todo. Basta con que me des el nombre y los apellidos de
la persona abonada.
-
Francés
Mateo, Uve, contestó Roberto, tratando de esconder el sexo de la
persona.
-
Dime
el nombre completo, pidió Pili.
-
Vicenta,
aclaró él.
-
¿Conoces
su domicilio?
-
No.
-
¿Y
el municipio en que vive?
-
Tampoco.
No estoy seguro, pero quizá sea en Aranjuez o algún pueblo próximo.
-
Chico,
replicó Pili conteniendo la risa. ¿No me estarás utilizando de detective
privada?
-
Algo
de eso hay, reconoció Roberto, pero por un buen motivo, puedo asegurártelo
-agregó muy serio-.
-
Bueno,
bueno, concedió Pili. Estás en tu derecho de pedir esa información. El uso que
hagas de ella es cosa tuya, en la que no debo entrometerme -dijo, aparentando
tanta seriedad como la evidenciada por Roberto-. Dame unos días para que haga
gestiones. Supongo que podrás esperar una semana sin que se te quite el sueño…
Roberto, molesto con la broma, le soltó lo que podría tomarse por una
inconveniencia:
-
Lo
procuraré y, si la angustia me agobia, iré a ver la película que echan en el Xúcar.
Pili soltó una risotada. La réplica de su paisano había caído en buena
tierra.
***
Oficinas de la
Telefónica en la Ciudad en la época del relato
Las palabras de Pili echaron un jarro de agua fría sobre las esperanzas
de Roberto:
-
Te
cuento. Primero lo intenté por la vía de los suplementos pues, entre guía y
guía, es frecuente que en las grandes ciudades aparezca una actualización de la
del año anterior. Resultado, fracaso al canto: Hasta ahora no ha aparecido
adición ninguna a la guía de Madrid del año pasado. Como última posibilidad,
pasé a los compañeros de allí el nombre de tu amiga, para que la
localizaran en el archivo general de abonados que, como es natural, se
actualiza día a día. Respuesta: Desde que apareció la guía del año pasado, no
se ha registrado ninguna Vicenta Francés Mateo como nueva titular de una línea
telefónica. Claro que, aun así, cabe la posibilidad de que tu Vicenta sí
que se haya dado de alta…
-
¿Cómo?
-preguntó Roberto, desilusionado-, ¿con nombre supuesto?
-
No
le sería posible, replicó Pili. Pedimos el carné de identidad de los
solicitantes de nueva línea, así como algún documento que pruebe su relación
con el domicilio que den como el suyo. Pero lo que sí es posible, por truco o
por tolerancia, es que cuele algún cambio en el orden del nombre y los
apellidos, que haga más difícil la localización, a petición del interesado. Por
ejemplo, cambiar el orden de los apellidos, usar como apellido el nombre y
otras artimañas parecidas.
Al
instante, se le pasó por la cabeza a Roberto que Vicenta pudiese haber hecho
algo así, para dificultar el que Artemio la localizara. La cosa parecía ponerse
imposible, pero Pili había trabajado a conciencia para complacerle:
-
Aquí
tienes la relación de nuevos abonados que tienen esos apellidos y nombre, de
todas las formas posibles. No sabes lo que he tenido que rogar para que me la
facilitaran. Ahí es nada, doscientos cuarenta y nueve abonados, entre capital y
provincia. Te vas a gastar el sueldo de dos meses llamándolos. Claro que, si
tuvieras algún criterio de selección, por aproximado que fuese…
Mientras Roberto, un tanto cariacontecido, recogía las cinco hojas que
Pili en entregaba, esta tuvo una idea que, a la postre, resultó providencial:
-
¿En
qué trabaja tu Vicenta? Lo digo porque a lo mejor podrías encontrarla en
las páginas amarillas[14].
Precisamente las de Madrid acabamos de recibirlas, por lo que Vicenta, si ha
pedido registrarse en ellas, seguro que ya figurará.
A
Roberto se le iluminó el semblante, imaginando a Vicenta de bata blanca,
peinando a una clienta cualquiera.
-
Tengo
una idea, dijo a Pili. Déjame consultar esas páginas, a ver si la encuentro
entre las peluqueras.
-
Anda,
anda -rezongó la chica, al tiempo que le alcanzaba el grueso tomo solicitado-,
pasa para adentro y siéntate a esa mesa, que la que la ocupa no viene por las
tardes.
Cruzar los nombres obrantes en las hojas de nuevos abonados con los de
las peluquerías de señoras de cada municipio resultó tarea lenta y minuciosa.
Por supuesto, nosotros no nos demoraremos en ella. El hecho es que, a la
segunda tarde que se ocupó en ello, Roberto dio, en el municipio de Getafe, con
la siguiente abonada -o abonado-:
Mateo Francés, V.
Toledo, 8
Esa escueta referencia se completaba al pie de la misma página con un
anuncio enmarcado, a dos columnas, que rezaba:
Peluquería Vicen
Salón de belleza
Toledo, 8
Lo
acompañaba, como parte gráfica, el perfil esquemático de una mujer con la
cabellera ondeando al viento. Si Roberto hubiese sido un experto, habría
adivinado la coincidencia con el emblema de la casa Wella[15],
con uno de cuyos viajantes asociaba a Vicenta la policía, como ya hemos
visto. En cualquier caso, perito o no, cerró de inmediato el volumen que estaba
consultando y se lo entregó a Pili, con estas palabras:
-
Ma
parece que ya he dado con ella. Muchas gracias y… ya te contaré.
Salió escopetado de la oficina para no tener que dar más detalles a su
mentora. Tanto así que, ya en la calle, se percató de que no había tomado nota
del número de teléfono ni de la dirección del Salón de belleza Vicen. No
importaba. Las señas las tenía grabadas a buril en su memoria. En cuanto al
teléfono, ¡qué más daba! Ya tenía decidido plantarse en Getafe en cuanto le
fuera posible. Lo menos que podía concederse a cambio de tanto esfuerzo era ver
de nuevo a Vicenta, convertida en lo que siempre había querido ser: una mujer
libre o, en el decir de su hermano Gedeón, un culo de mal asiento.
***
Santa María Magdalena
(Getafe), hoy catedral
Ciertamente resultaba más sencillo decidir el qué, que no el cómo.
Quiero decir que Roberto había decidido en un santiamén terminar su extraña
investigación del caso Vicenta con una visita a Getafe para comprobar,
cuando menos, si sus pesquisas habían resultado fructíferas. En realidad, si no
lo eran, estaba dispuesto a olvidarse de la fugitiva y pasar el resto de su
estancia en la Ciudad distrayéndose como San Julián y San Mateo le dieran a
entender. Hasta aquí, lo tenía claro y firme; pero ¿y el cómo? ¿Se limitaría a
espiar la peluquería hasta comprobar si la regentaba, o no, Vicenta? ¿Se haría
el encontradizo con la joven, en la esperanza de que ella lo recordase y no se
pusiera a la defensiva? ¿Cómo iba a explicarle la imposible casualidad de haber
dado con ella sin proponérselo? Y, en fin, ¿se despediría con un adiós, muy
buenas, o buscaría algún motivo para mantener con ella nuevos contactos?
Las preguntas se agolpaban de tal modo en su cerebro que, como casi siempre,
optó por dejar que el futuro marcase el camino. Si hasta entonces le había ido
bien con una mezcla de improvisación y medias verdades, ¿a qué cambiar ahora de
táctica?
Escogió un lunes, suponiendo que sería una jornada de poco trabajo para
una peluquería de señoras. Pidió a un compañero el favor de sustituirlo en el
viaje diurno de vuelta, de Madrid a la Ciudad. En las dependencias de la
estación de Atocha cambió su uniforme por un traje gris y una gabardina,
desayunó copiosamente y, pasando a andenes, tomó un cercanías hasta
Getafe. En la explanada de la estación getafense, cogió un taxi y pidió al
conductor que lo llevase hasta el inicio de la calle de Toledo.
Desde la acera contraria, avistó enseguida la peluquería que buscaba. Se
trataba de un establecimiento de dos escaparates, con una puerta de entrada
entre ellos, también de vidriera. Un rótulo dorado, sobre fondo de cristal
color malva, rezaba:
Vicen
Peluquería de
señoras. Salón de belleza
La
consabida imagen del perfil femenino con la cabellera ondulante al viento se
divisaba en la parte inferior derecha del cartel. Una vez que cruzó la calle,
pudo leer que al pie de la figura se advertía: Proveedora de productos
Wella.
Roberto se acercó lo suficiente a los escaparates, como para comprobar
que al fondo de la peluquería estaban siendo atendidas dos clientas por otras
tantas empleadas de bata azul celeste. La más alejada le pareció Vicenta, pero
sin poder afirmarlo con certeza. Un mostrador a la entrada y una mampara blanca
algo más allá eran otros tantos obstáculos, junto al reflejo del escaparate,
para identificar sin duda a las personas del interior.
Yendo y viniendo para disimular la observación, nuestro interventor
no era capaz de mejorar la nitidez de las imágenes. Empezaba a desesperarse,
cuando se percató de que el maldito mostrador le daba la oportunidad de
salir del apuro, pues era indicio bien evidente de que en aquella peluquería se
vendían cosméticos y artículos de perfumería. La bien provista estantería que
se alzaba tras el mostrador así lo acreditaba.
Echándole valor, Roberto franqueó la entrada y llegó hasta el maldito,
acodándose en él con toda la flema del mundo, al tiempo que deseaba los buenos
días a las presentes. La empleada que evidentemente no era Vicenta dejó por
unos instantes de atender a una señora a la que lavaba la cabeza, se aproximó
muy sonriente y le preguntó qué deseaba. El pobre Roberto metió la pata,
aunque muy finamente, como era de esperar:
-
Querría
un frasco de colonia de aroma ligero y fresco, para una dama de mediana edad.
La
chica movió negativamente la cabeza:
-
Lo
siento, caballero, lo que se dice colonias y esencias no vendemos, pero sí
otros productos de belleza de mucho éxito internacional y a muy buen precio. Y
algunos de ellos tienen un aroma que en nada tiene que envidiar el de las
mejores aguas de colonia.
Roberto titubeaba, entre otras cosas, porque la hipotética Vicen, enfrascada
en colocar correctamente el cabello de su clienta bajo el secador y en regular
la temperatura de este, permanecía de espaldas. La empleada, muy servicial e
interesada en la venta, insistía:
-
Si
quiere usted quedar muy bien con la señora del obsequio, nada mejor que un
champú y acondicionador para el cabello. La casa Wella, cuyos productos
distribuimos en la zona, ya sabe usted que es en ese sector una de las mejores
del mundo. Precisamente acaba de llegarnos el producto de moda en Alemania y en
los Estados Unidos…
La muchacha se dio la vuelta y extrajo del
expositor dos sencillos envases cilíndricos de plástico blanco, uno con el
champú y otro con el acondicionador capilar. Roberto preguntó:
-
¿Cuánto
cuestan?
-
Están
a un precio especial como oferta de lanzamiento: cien pesetas cada uno… Y
tienen un tamaño ideal, ni grande, ni pequeño: un cuarto de litro.
Roberto ya no sabía cómo alargar la transacción, a ver si la otra
peluquera se acercaba y daba la cara. Finalmente, ante las protestas de
la señora del lavado de cabeza, la compañera de la infructuosa vendedora se
acercó de buenas formas a aclarar el motivo de una operación tan laboriosa.
Viendo los cielos abiertos, la primera chica se batió ágilmente en retirada:
-
Mire,
aquí está la dueña. Es una verdadera especialista en el tema y le podrá
aconsejar seguramente mejor que yo… Vicen, por favor, atiende al
caballero, que está interesado en los nuevos productos Wella Balsam[16].
Tan pronto escuchó el nombre de la propietaria, a Roberto le dio un
tembleque, que le hizo farfullar una disculpa para escapar él también:
-
No
se moleste, ya su compañera me ha explicado… No acabo de decidirme… No sé si le
gustará a mi madre… Además, me parece un poco caro…
Pero todas esas disculpas se vinieron abajo cuando Vicen, tras
mirar de hito en hito a Roberto, que apenas alzaba la vista hacia ella,
preguntó:
-
¿No
es usted el interventor del tren de Cuenca? ¿Qué le trae por aquí? Porque lo
del regalo para su madre me parece que no cuela.
6. La conversación
Lo
avanzado de la mañana y la nula afluencia de clientes decidieron a Vicenta a
llevar la charla con Roberto a un lugar cercano y más adecuado. Dejó a su
empleada al cargo de la peluquería, se dio un pasavolante estético y ordenó a
su perplejo visitante:
-
Vamos
a un bar, ahí cerca, para hablar con más libertad.
Lo
de la libertad resultó relativo pues el local escogido por Vicenta era el
olimpo de los aperitivos[17] en
aquella hora tan propicia para ello. A duras penas encontraron una mesa con un
par de sillas, así como un servicial camarero a quien Vicen, de forma
muy familiar, como si lo conociera bien, le pidió, sin consultar siquiera a su
acompañante:
-
Sírvenos
una ración de boquerones en vinagre, otra de bravas y un par de cañas.
Roberto parecía extasiado, contemplando de
día y a su gusto a aquella fémina, que tan bien parecía dominar la situación.
Su perfecto acicalamiento -inevitable en una peluquera y esteticista- resaltaba
su natural atractivo, propio ya, no de una chica -como la había catalogado él
tras su visión nocturna-, sino de una mujer hecha y derecha, en la plenitud de
sus treinta años. El deleite de la contemplación le hizo perder el hilo de la
elaboración del cuento con el que procuraría embaucar a Vicenta. Le sacó
de su fascinación la voz de esta, que le urgía, incluso antes de que llegase la
comanda:
-
Y
ahora, señor ferroviario, ¿tendrá la bondad de explicarme qué le ha traído
hasta Getafe, supongo que en mi busca?
Roberto empezó por contarle cómo fue a través de un inspector de policía
como tuvo conocimiento de que se la estaba buscando. Vicenta pareció muy
extrañada de la intervención policial:
-
Me
dejas de piedra -exageró sin duda-. Esta es la fecha que los policías no se han
puesto en contacto conmigo.
-
Será
que todavía no han dado con tu paradero -apuntó Roberto-. Lo que es yo, no les
he informado de mis averiguaciones pues entiendo que tienes perfecto derecho a
decidir si quieres vivir o no con tu marido.
Vicen
sonrió con amargura, meneando la cabeza:
-
Parece
que no conoces el país en que vives. ¿No sabes que en España las mujeres
tenemos que estar sujetas a nuestros maridos, a no ser en condiciones extremas?
Por lo demás -añadió-, te agradezco que guardes el secreto, pero no dudes de
que, de haberlo querido, la policía habría llegado hasta mí mucho antes que tú.
Eso es que el alma de cántaro de mi marido les habrá ido con el cuento,
pero no ha querido llevar las cosas por la tremenda y le basta con tenerme
localizada… Por cierto, ¿cómo te las has arreglado para encontrarme?
-
Muy
sencillo -simplificó Roberto-: por la guía telefónica. Sabiendo tu nombre y
apellidos, gracias a la policía, y tu muy probable estancia en la provincia de
Madrid, fue un juego de niños. ¡Si hasta te anuncias en las páginas amarillas!
Vicenta se lamentó:
-
¡Qué
querías que hiciera! ¡No iba a montar una peluquería sin anunciarme en la guía!
Intenté ponerlo a nombre de mi amiga Gertrudis, pero ella no se atrevió, no
fuera que eso la comprometiera en la marcha del negocio. ¡Qué estupidez!
-
Bueno,
por lo que observo, te has instalado bien y no te faltan clientas, ni siquiera los
lunes -opinó Roberto-. Claro que supongo que te habrás endeudado para empezar a
funcionar y eso es ponerse en un brete.
La
mujer sonrió con sorna:
-
Endeudarme,
desde luego que sí y por una buena cantidad, pero tengo confianza en que mi
acreedor me conceda un plazo largo para pagar.
Como ya sabemos, Roberto conocía por la limpiadora de la casa de Artemio
que era este el prestamista -por así decir- del dinero invertido por su mujer
en la peluquería, pero se hizo el tonto a fin de no mostrar el largo alcance de
sus conocimientos. En consecuencia, optó por variar un poco el tema de
conversación:
-
Te
veo tan enfrascada con el salón de belleza que, como te resulte bien, me figuro
que no volverás a la Ciudad con tu marido.
-
¡Ni
que me salga bien, ni que me salga mal! Yo a aquel encierro no vuelvo ni atada.
Y no creas que es solo por Artemio, mi marido, que lo peor que tiene es el
dejarse dominar por aquella harpía para la que trabaja. Yo no tengo edad ni
cuajo para vivir cincuenta años con un hombre que no me dice nada,
metida en aquel sótano con vistas a un precipicio que te está invitando
constantemente a despeñarte.
Roberto quitó hierro a la estridencia de Vicen, procurando bien
aconsejarla:
-
Seguro
que llegáis a un ten con ten que no os perjudique a ninguno de los dos. Opino
que lo primero ha de ser que él no se obceque y meta a la policía por en medio.
Podrías mostrarle cierta deferencia haciéndole llegar noticias tuyas, aunque
fuese por intermediarios. Es comprensible que quiera saber de ti, por más que
respete tu decisión de no volver a su lado. Y, en cuanto a la deuda que dices
tener contraída con él…
Vicenta se exaltó, al punto de que los circunstantes fijaron en ella la
atención.
-
¡El
dinero es tan mío como suyo!, exclamó. ¡Bastante he tenido que aguantarlo!
-
Solo
quería hacerte una sugerencia -replicó Roberto, incómodo-. A fin de cuentas, tú
sabrás cómo gestionar tus asuntos.
-
Desde
luego -aseveró Vicen, bajando mucho su tono anterior-. No pretendo ganar
mi libertad aprovechándome de nadie, pero necesito que me den un respiro para
poner en marcha mi futuro.
El
tiempo había pasado raudo y se había echado encima la hora de la comida. Vicen
se lo advirtió a Roberto con estas palabras:
-
¡Uf!,
se ha hecho muy tarde. Tengo que ir a cerrar la peluquería, si no quiero que
Ángeles me eche la bronca por obligarle a hacer horas extra.
-
Ve,
aceptó Roberto, y luego podríamos comer juntos hasta que tengas que volver a la
faena.
-
Gracias,
pero me es imposible. Tengo una comida de trabajo con otros compañeros
organizada por la casa Guerlain para introducir en Getafe -¡no te lo
pierdas!- la técnica del masaje facial de los 19 minutos personalizado según
las características de cada clienta[18].
-
Podríamos
vernos cualquier otro día -insistió Roberto-. Ya sabes, bromeó, que tengo pase
gratis en tren.
Antigua peluquería de
señoras
Vicen comprendió que, si quería
quitárselo de encima, tendría que ser sincera y contundente:
-
Verás,
Roberto, si nos hubiésemos conocido en otras circunstancias, me sentiría muy
halagada por tu interés, pero ahora cualquier relación entre nosotros estaría
viciada por mi fuga de casa y tu buena voluntad de protegerme. Y, además, están
la tozudez de mi marido y la vigilancia de la policía… Mejor te vuelves a la
Ciudad y te olvidas, por ahora, de la pasajera del tren nocturno a la que una
vez ayudaste a llevar su maleta.
Roberto todavía insistió:
-
Me
gustaría, al menos, saber de ti. ¿Puedo telefonearte?
Vicen
sonrió, entre irónica y complacida, y respondió:
-
No
puedo negártelo siendo, como eres, un genio de los teléfonos.
7. Epílogo
Han pasado dos años. Roberto ha ganado las oposiciones de factor de la Renfe
y presta sus servicios en la estación de Alcalá de Henares. Ha seguido siendo un
genio en el campo de la telefonía, hasta el punto de encontrarse
felizmente casado con Pili, la gentil operadora de la central telefónica en la
Ciudad, estando en camino el primer retoño de la pareja.
Un
buen día, Roberto escucha en el transistor que lleva al trabajo una canción,
cuya letra refleja fielmente la ruptura entre Artemio y Vicenta desde el punto
de vista de aquel. Al regresar a casa, lo comenta con Pili, quien trata de
quitarle de la cabeza ese retorno a su obsesión pasada:
-
¡Anda
que no hay parejas que se separan porque, simplemente, no congenian y, de día o
de noche, él o ella cierran tras de sí la puerta y marchan a vivir su vida!
Además, ya me dirás que relación puede haber entre Vicen y Artemio con
el compositor de esa canción.
Roberto no tiene objeción que hacerle. Para darle debida réplica tendría
que haber sabido que nuestro ya casi olvidado don Abraham, el boticario
de la Ciudad y tertuliano del casino La Constancia, se apellidaba
Morillas y tenía un sobrino que se dedicaba a componer canciones, ocupación en
la que empezaba a ser conocido y reconocido.
Pero seamos prudentes y dejemos a Roberto con sus dudas. Por cierto, nos
despedimos de él cuando canturrea a media voz en la ducha ese estribillo que
lleva grabado a fuego en su mente desde que lo oyó esta mañana:
Y tú te vas.
Que seas feliz.
Te olvidarás
De lo que fui.
Y yo en mi ventana
Veré la mañana
Vestirse de gris.[19]
[1]
En concreto, el 28 de enero de
1960. Se trató de un crimen pasional, por el que el asesino fue
condenado a treinta años de reclusión mayor.
[2] Quiere decirse de novelista de un
realismo radical, al modo de Gustave Flaubert (1821-1880).
[3]
A la sazón con una población de
70.000 habitantes, en rápida expansión.
[4]
Conducta que en todo caso no era
punible, dado que no se había empleado violencia o intimidación en las
personas. Para detalles adaptados a la legislación de la época, véase Federico
Bello Landrove, La familia y el Código Penal español, edit. Montecorvo,
Madrid, 1977, pp. 83-96.
[5]
Importante casa alemana de
cosméticos y material de belleza, fundada en 1880, actualmente (2026)
existente.
[6]
He abordado hace cincuenta años
la situación del delito de abandono de familia en los años a que se refiere el
presente relato: véase, la obra citada en la nota 4, páginas 379-403.
[7]
Llegados a este punto del
relato, quizá no esté de más recordar que el divorcio no se reimplantó en
España hasta el año 1981, es decir, unos diez años después de los hechos que
narramos.
[8]
Un duro equivalía a 5 pesetas.
[9]
Conocidas siglas de la compañía Red
Nacional de Ferrocarriles Españoles que, primero en régimen de monopolio
(1941-2005) y después de libre competencia (desde 2005 en adelante), gestiona
los ferrocarriles españoles de ancho ordinario.
[10]
Lo que no parecía difícil
-aunque más que ahora- pues la población de Alarcón en 1970 era de unos 400
habitantes, habiendo descendido actualmente por debajo de los 200.
[11]
En efecto, el hotel Claridge fue
construido por iniciativa de la famosa -y ya desaparecida- empresa de
transporte de viajeros por carretera, llamada Auto-Res, con el objeto de
atender y albergar a sus empleados y a los viajeros de la línea regular de
Madrid a Valencia.
[12] Es
de recordar que el castillo de Alarcón viene funcionando como parador nacional
de turismo desde el año 1966.
[13]
Gedeón exageraba: Los coches oficiales de
policía -que no fueran de la Policía Armada- llevaban entonces las letras PMM,
comunes a todos los vehículos del Parque Móvil de los Ministerios
(Civiles).
[14]
Guía telefónica especial para
negocios y profesionales, ordenados por actividades desarrolladas, que se editó
entre 1967 y 2021, siendo característico el color amarillo de sus páginas. Su
nombre oficial era Sección
Profesional, Mercantil e Industrial y la mera inserción en las mismas fue gratuita para los
abonados a partir de 1971.
[15]
Véase antes, nota 5 e ilustración incluida en
el texto del relato. Dicho emblema viene siendo el de dicha empresa a partir de
1971.
[16]
Famosa línea de productos
cosméticos de la casa Wella, que inició su venta al por menor en 1972.
La capacidad de los envases y su precio aproximado coincidían con los indicados
en este relato.
[17]
Por los datos que se ofrecen en
el relato, debía de tratarse del antiguo Bar Norte, sito en el número 35
de la calle getafense de Madrid.
[18]
La disculpa de Vicen parece
muy verosímil pues dicho masaje facial, fijado por el el doctor Aubiac en 1939
para la casa Guerlain, experimentó hacia 1970 un gran avance: el de
procurar acomodarlo al estado de la piel y demás tejidos de cada persona
afectada por el masaje.
[19] Canción Y te vas, con letra y música
de José Luis Perales, publicada en 1975 por la discográfica Hispavox.

