sábado, 23 de mayo de 2015

EL SUICIDIO POR AMOR (VII): EL RETORNO DE LAS GOLONDRINAS. CONCLUSIÓN DE LA SERIE




El suicidio por amor (VII):



El retorno de las golondrinas. Conclusión de la serie

 

Por Federico Bello Landrove

 

     Esta tormentosa serie de relatos sobre el suicidio de etiología presuntamente amorosa llega a su fin. En primer lugar, las injerencias paternas y las golondrinas becquerianas llevarán a atormentado final un prometedor idilio juvenil. A continuación, nuestros conocidos Joaquín y Federico –servidor de ustedes- darán sus respuestas u opiniones sobre la identidad de los protagonistas de la serie. Sin ninguna ironía, deseo que hayan disfrutado con estos suicidios, tan reales como literarios.

 

 


1.  El retorno de las golondrinas

 

     No me fue dado conocerlo, pero mi madrina guardaba una añeja fotografía, en la que lucía el porte y la seriedad que resaltaba las pocas veces que de él me habló. Se llamaba Rodolfo, Rodolfo Sigler, y por los días en que empezó esta historia era un muchacho de dieciséis años, buen estudiante, a punto de ingresar en la Universidad de Castellar para cursar la carrera de Derecho. Madrina, llegada a este punto, invariablemente señalaba el retrato que colgaba de su alcoba y recordaba nostálgica:

 

-          Ahí me ves con trece años, una niña. Estudios, los propios de una señorita de buena familia. Ni pensar en licenciarse.

 

     Yo deslizaba la mirada al desgaire hacia el óleo, recorriendo las graciosas cocas; la nariz levemente aguileña; el firme mentón, que el tópico califica de voluntarioso; los ojos, vivos y negrísimos, que me hacían desviar los míos; su busto, levemente alzado, velado apenas por un cendal de seda blanca, que iba a reposar sobre el corpiño turquí. Las encarnaciones de sus antebrazos, asentados sobre la invisible falda, recogían el reflejo del sol de la tarde en el marco, compitiendo con el brillo, artificioso y muerto, de una ajorca que –según ella- nunca llevó.

 

     Madrina –mi tía Lavinia- me miraba de reojo, complacida de mi secreta admiración por quien fue cuando tenía mi edad de entonces, y declamaba el primer verso del famoso poema,

 

Cendal flotante de leve bruma…[1]

 

     Luego, acariciaba mis manos, o alisaba mi rebelde melena, y repetía complacida:

 

-          Te pareces mucho a mí.

 

     Y, entre sarcástica y misteriosa, concluía:

 

-          Ojalá sea solo en lo físico.

 

***

 

 
     Mi abuelo materno –a quien apenas conocí- era uno de los magistrados de la Audiencia Territorial, que los castellarenses de pura cepa todavía llamaban la Chancillería. No se contaba mi ilustre y solemne ancestro entre aquellos, pues era el prototipo de funcionario traído y llevado de acá para allá, a embates de traslados y ascensos. Había llegado a nuestra ciudad ya talludo y en ella vino a matrimoniar con mi abuela Joaquina, mucho más joven que él, y de estirpe lo suficientemente conocida en aquella buena sociedad provinciana, como para que su apellido envolviera a la nueva pareja y sus tres retoños, pasando por encima del patronímico del cabeza de familia. Y así, Lavinia hubo de transigir gustosa con el apelativo Espinosa, dejando el Marcos paterno reducido a una M en las tarjetas de visita.

 

     Si en algo estuvieron de acuerdo el magistrado y su joven esposa fue en abandonar la vecindad en la casona familiar del Corrillo y acoger su hogar a la divisa verde y oro de los edificios de nueva planta, que se estaban construyendo a la sazón en los terrenos del viejo Hospital. Eran ideales para criar a los niños –como premonitoriamente aducía mi abuela-, bañados por el sol y ceñidos de parques y alamedas.

 

-          Sin duda que lo eran –confirmaba Madrina-: Para los niños y también para las golondrinas.

 

     Yo asentía, sin captar el trasfondo de la frase, tan solo imaginando las grandes balconadas, guarnecidas de historiadas molduras y sostenidas por gigantescos atlantes, bajo cuyos perfiles anidaban cientos de aquellas gárrulas avecillas, cuya brusca desaparición otoñal presagiaba el regreso de otras bandadas, igualmente ruidosas, de chiquillos uniformados camino del colegio.  

 

     Es posible que Lavinia y Rodolfo se conocieran de los juegos infantiles en el Campo Umbroso, pues sus familias eran amigas y sus respectivas niñeras lo sabían. En todo caso, llegados a la edad fijada para siempre en la fotografía y el retrato que he dejado descritos, aquella pareja predestinada a la felicidad vivía ese amor sencillo y absorbente que brota del corazón la vez primera. Mi tío Ernesto, coetáneo de Rodolfo y condiscípulo suyo en el Colegio de los Jesuitas, era también su amigo íntimo, lo que facilitaba el acceso casi diario de este a la casa de los Espinosa, así como los ensimismados paseos de la pareja con el hermano de ella como tolerante carabina, presto a desaparecer en cuanto perdían de vista la casa paterna. Y así, frente a aquel mundo pequeño y cerrado en que todos se conocían y se tropezaban, aquellos dos niños vivían su casta y tierna felicidad, a la que alguien comenzó a poner la comprometida etiqueta de noviazgo.

 

     He de confesar mi ignorancia de los detalles, pero no es difícil entender que los padres de ambos, hasta entonces proclives a ver con agrado su relación, se preocupasen por los rápidos avances de la misma, dada la corta edad de los chicos y la cruda severidad del qué dirán. De forma paulatina e inexorable, los Sigler y los Espinosa se concertaron para poner más y más cortapisas a los encuentros de sus hijos, hasta entonces tan francos y abiertos. Muchos años más tarde, Lavinia dejó escrito en su diario:

 

     Hay dos argumentos que los mayores usamos con cinismo para impedir, en vez de orientar, los tiernos y mágicos amores juveniles. No tenéis aún la edad adecuada, reza uno. El amor verdadero vence al tiempo, asegura otro. Y así, matamos el primer amor de nuestros adolescentes, cuando no son ellos mismos los que con sus errores o torpezas le ponen fin. ¡Y todavía nos sentimos satisfechos, por haberles evitado la ocasión de pecar o de sufrir… todavía más!  

 

     Se ve que mi tía respiraba por la herida. Con todo, décadas atrás, al ser fémina y casi niña, tengo para mí que habría de aceptar sin rechistar las imposiciones de sus padres y fiar al mayor y más maduro Rodolfo el tesoro y la custodia de sus mutuos sentimientos.

 

     Desdichadamente para ambos, Rodolfo resultó ser más estudioso que inteligente, menos firme que severo. Al menos, es lo que yo opino, pues Madrina siempre lo justificaba:

 

-          ¡No sabes tú lo que podía llegar a ser entonces la confabulación de las dos familias! Me consta que llegó a discutir ásperamente con su padre. Tal vez yo debí secundarlo desde esta casa, a la que, siempre que podía y de las formas más peregrinas, me hacía llegar una rosa roja. ¡Ah, mi angustia inútil de sentir amor y no expresarlo!

-          ¿Sabes lo que pienso, tía? ... Que tu galán era bueno para el amor fácil, pero no para penar y esperar por ti.

-          ¿Y quién era yo, niña, para que aquel gran muchacho hubiera de sufrir por mí? Además –puntualizaba con ironía-, hubo una buena amiga que...

 

     ¡Ay, Señor, la mujer –siempre la mujer-  es la culpable! La verdad es que, en este caso, algo de razón se tiene, pues ella, Carolina, era inseparable de la hermana mayor de Lavinia y, en consecuencia, no debió interferir por propio interés en las dificultades que estaba pasando la pareja. Por más que, tal vez fuese Rodolfo quien...  En fin, también en esto salía al paso Madrina con sus disculpas:

 

-          Ella era un año mayor que él y ciertamente más experta. Dadas las circunstancias, era razonable hasta cierto punto que Rodolfo se dejara enredar y aceptase vivir una fácil aventura.

 

     Yo preguntaba maliciosamente, provocando el rubor de mi tía:

 

-          ¿Y cuándo duró aquella aventura?

-          Dos años; los más tristes de mi vida..., hasta entonces.

 

     No era para menos. Lavinia sufría intensamente y en silencio aquel primer desengaño amoroso, sintiéndose culpable, en parte, del desvío de su amado. Su padre callaba también, pero mi abuela, comida del honor familiar, evidenciaba su indignación por el hecho de que su hija hubiese sido postergada ante una chica de cualidades muy inferiores, aunque mayor y más asequible.

 

-          Pues mejor habría hecho la abuela dejándolo estar –protestaba yo-, dado que tenía mucha culpa en lo que había pasado.

-          Ya ves –disculpaba Madrina-. La cegaba el amor de madre pues, lo que es yo, en aquel entonces era el patito feo, frente a los espléndidos diecisiete años de Carolina.

 
 

***

 

    

     A juzgar por el cuento de Andersen, los patitos feos se convierten en cisnes. Eso debió descubrir Rodolfo en el baile anual con que el Círculo de Recreo celebraba la apertura del curso universitario. Dos años habían pasado desde la aciaga intromisión paterna en los amores del estudiante y Lavinia, suficientes sin duda para que el cariño oportunista de Carolina se enfriase y Rodolfo, más capaz de reflexión, llegase a comprender que la jovencita Espinosa era el amor de su vida. Pero, sobre todo, tiempo suficiente para que mi tía se hubiese desarrollado espectacularmente, tanto en lo físico, como en lo espiritual[2]. Ella lo recordaba así:

 

-          Rodolfo acudió al baile con Carolina como pareja. Yo lo hice con mi hermano Ernesto. La situación fue lo suficientemente embarazosa, como para que nos hiciéramos los distraídos y ni nos saludásemos. Yo bailé cuanto pude con todo aquel que anotó su nombre en mi carné. Él –por lo que recuerdo- solo danzó con su novia.

-          ¡Qué fidelidad la suya!, exclamé sarcástica.

 

     Madrina se echaba a reír, pues ella y yo sabíamos lo que seguía:

 

-          Más que fiel, formal –replicaba Lavinia-. Por fas o por nefas, el caso es que, apenas quince días más tarde, tu tía Elisa me dio la noticia de que Carolina y Rodolfo habían roto. Según esta, se había cansado de su galán, estudioso y taciturno hasta decir basta. Yo quiero creer que también Rodolfo pondría bastante de su parte en el adiós, a juzgar por lo que pasó después…

-          ¡Pues claro, tía! Seguro que lo deslumbraste y ya no tuvo ojos más que para ti, desde que la orquesta atacó la Invitación al vals[3].

 

     En fin, volviendo a lo que pasó después, ello fue que, con la complicidad de mi tío Ernesto, Rodolfo empezó a encontrar a Lavinia con sospechosa frecuencia y menudeó sus visitas a casa de los Espinosa, con los propósitos más variados e inocentes. Lo cierto era –por supuesto- que abrigaba la esperanza de que los padres ya no pondrían obstáculo a sus cada vez más evidentes designios, habida cuenta del tiempo transcurrido. Implícitamente, parecía juzgar que su previo alejamiento moral de aquella familia tenía que ser comprendido y olvidado.

 

     Si solo hubiese dependido de ella, Lavinia seguramente habría disculpado los pasados desdenes, pues no había dejado de querer al galán, por más que le hubiera apeado del pedestal en que antaño lo colocó. La madurez que generan los desengaños la había convencido de que el amor también está hecho de caídas y perdones. Aquellos dos años de dolor le habían dado la fortaleza que mira con tolerancia la debilidad ajena y la inteligencia, que sabe desechar lo secundario para salvar lo principal.

 

     Curiosamente, mis abuelos –en mi opinión, responsables de lo acaecido, junto a los padres de Rodolfo- reaccionaron a las primeras ternuras de su hija, echándole en cara aquella indigna condescendencia. Lavinia, ya escarmentada, no estaba dispuesta a ceder esta vez o, cuando menos, no a hacerlo sin lucha. Mi abuelo, jurista a fin de cuentas, llevó la discusión por los derroteros de la prueba:

 

-          Ya confiaste una vez en su cariño y saliste escaldada. ¿Por qué crees que ahora va a ser todo distinto? No te pedimos que lo rechaces: A fin de cuentas, no es mal chico, sino un tanto veleta. Se trata de que no cedas inmediatamente a sus requerimientos, de que le pongas algunas dificultades como prueba.

 

     Lavinia seguía terne. Al fin y al cabo, pensaba que los años pasados habrían contribuido a que Rodolfo fuese más firme y sensato. Fue entonces el turno de mi abuela:

 

-          No te entiendo, Lavinia. ¿Qué pensarías si Rodolfo se hubiera comportado así con tu hermana y hubieses tú de aconsejarla? ¿Qué le dirías de un chico que, a las primeras dificultades, la hubiese abandonado y se marchara con una de sus amigas? Un chico que, al cabo de dos años, se cansa de su novia y, a los cuatro días, está llamando a la puerta de nuestra casa, como si se pudiera cambiar de amor como de casaca. Y una chica que, al punto, cae arrobada en sus brazos y no toma la menor precaución, ni por ella misma, ni ante los demás. ¿Qué consejo le darías a Elisa? ¡Di!

-         

-          Callas porque estás pensando lo mismo que yo: que, comportándose así, tu hermana se estaría haciendo pasar por una chica fácil, que, más que perdonar, todo lo olvida. Tú, que eres buena, no le aconsejarías que hiciese sufrir a Rodolfo por su incomprensible veleidad, pero sí le pedirías que no cayese absurdamente en mayores sufrimientos… Él se ha tomado más de dos años para dejar a esa pécora de Carolina y volver a ti. Tomate tú algún tiempo para pensar y hacerle reflexionar a él. Date un respiro y ponlo a prueba; pero –eso sí- como cosa tuya y sin darle a entender que sigue siendo el dueño de tu corazón.

-          Entonces –preguntó Lavinia, casi convencida o, al menos, vencida- ¿habré de dejarlo ir sin una esperanza?

-          Solo si ves que te sigue y suplica, constante y dispuesto a todo por ti. Entonces le darás alguna señal, o un plazo. Y, si todo sale como esperamos –concluyó el magistrado-, lo daremos por bien empleado y, no tardando, brindaremos por vuestra felicidad.

 

 

***

 

      Finalmente, Lavinia aceptó e hizo propias las indicaciones de sus padres y rechazó la petición de Rodolfo de reanudar formalmente las relaciones y salir con él en términos de noviazgo. Júzguese la sorpresa de este, cuando ya se creía perdonado y aceptado. Cualquiera más decidido que él lo habría pasado mal. En su caso, débil como era, quedó hundido anímicamente…

 

-          Yo no diría débil –puntualizaba Madrina-, pues en otros aspectos tenía una notable fuerza de voluntad. Creo más bien que era una persona insegura en lo sentimental, un tanto pesimista en lo concerniente a los motivos de los demás y a sus virtudes como amante, por así decir. Lo cierto es que, sin pestañear ni pedirme una explicación, Rodolfo se tragó su desolación y decidió salir de mi vida con la misma premura con que había reaparecido. Desde luego, ni sospechó que yo actuase por táctica, sino porque no lo quería. O era yo muy convincente interpretando, o él poco sagaz como espectador.

 

     Tampoco mi tía Lavinia era especialmente hábil en los enredos, ni proclive a dar su brazo a torcer. Si él no tiene nada que decir o hacer, no voy a ser yo quien le abra los ojos –decía-. Así que hubo de ser un tercero quien pusiera al despechado galán en el camino correcto. La joven se enteró de que Rodolfo y Ernesto andaban de cabildeos cuando este, ajeno a los entresijos del distanciamiento, preguntó a su hermana:

 

-          Lavinia, ¿estás interesada por algún muchacho?

-          Quita allá. ¿Por qué me lo preguntas?

-          No sé. Como has dado calabazas a Rodolfo…

 

     Tan breve diálogo fue bastante para hacer comprender a la joven que aquel había dado por supuesto ser esa la causa de lo acaecido entre ellos. Al punto, aprovechó la ocasión y tomó la decisión de la que tanto habría de arrepentirse:

 

-          Mira, Ernesto, puedes decirle a tu amigo que, si tiene algo que preguntar a mi respecto, no se ande con intermediarios.

 

     Eso fue por San Andrés[4]. Rodolfo, vergonzoso y desesperanzado, dejó llegar los días de la Navidad, en que invariablemente acudía a felicitar las Pascuas a la familia Espinosa, cualquiera que fuese la relación actual con su benjamina. Aquel año pareció como si todos se hubieran concitado para proporcionarle la ocasión que había ido a buscar, vale decir, poder hablar con Lavinia a solas. Mi tía, con la relativa frialdad que da el paso de los años, lo contaba así:

 

-          Rodolfo volvió a la carga con que me seguía queriendo y que me rogaba accediese a reanudar nuestras relaciones. Viéndolo más decidido que de costumbre, titubeé por un momento, antes de reiterarle la negativa. Debió de notar él mi vacilación pues se puso muy serio y solemne para pedirme la máxima sinceridad a la hora de responderle a esta pregunta, que recuerdo textualmente: ¿Puedo tener alguna esperanza de que vuelvas a quererme?  Estuve en un tris de echarme en sus brazos, de no ser por sus palabras introductorias, que me parecieron inconvenientes: De una vez por todas… Figúrate, como si yo cambiase de opinión a cada momento, o como si él no estuviese dispuesto a seguir esperando e insistiendo.

-          ¡Menudo brete! Mentir o confesar lo que debía permanecer oculto. ¿Cómo te las arreglaste para encontrar una salida aceptable?

-          Pues poniendo fin a aquel disparatado embrollo que habían tramado mis padres. Entendí que ya había tenido bastante periodo de prueba y, con toda la claridad que juzgué adecuada al caso, le respondí: Te aceptaré cuando vuelvan las oscuras golondrinas.

-          ¡Como en la rima de Bécquer![5]

-          Si, niña mía, sí. ¡En mala hora fui a acordarme del poeta sevillano!

 

     Efectivamente, Rodolfo entendió el plazo que se le daba como una flagrante negativa. ¿Acaso no había escrito el Poeta que las golondrinas que habían visto sus amores, ¡esas no volverán! Así pues, ella nunca lo perdonaría, nunca lo acogería cariñosa, nunca habría de amarlo. Fijó los ojos en el rostro de Leticia y creyó hallar en su mirada el brillo de la malicia, el esbozo de una sonrisa vengativa. Se apartó de ella y, sin una palabra, salió precipitadamente de la sala. Ya en la Acera del Hospital volvió la vista a la casa: los nidos pardos, escamosos, vacíos, esperaban el retorno de la primavera y de sus gráciles heraldos que, lejos de contemplar su dicha y aprender sus nombres, trisarían incesantemente al viento nunca, nunca, jamás.

 

     Desesperado por haber perdido estúpidamente a la mujer de su vida, en la Nochevieja de aquel año Rodolfo cogió el frasco del somnífero[6] de su madre y se suicidó ingiriendo la totalidad de su contenido. Sobre la mesita de noche, una esquela manuscrita por él decía:

 

Parto en busca de las golondrinas de antaño

 

     Nadie sino Lavinia comprendió su significado y, por lo que yo sé, a nadie sino a mí lo reveló muchos años después, bajo promesa de guardarle el secreto. Solo el cariño puede explicar que me eligiese como depositaria fiel.

 

***

 

     Cuando Lavinia se hubo enterado de lo sucedido, acudió sola y desolada a la tumba de Rodolfo y, ante ella, prometió solemnemente guardarle la ausencia y desposarlo en la otra vida, si Dios nuestro Señor permitía tal cosa a quienes hubieran desaprovechado en este mundo el don, escaso e inapreciable, de vivir el amor por Él predestinado. Tan solemne voto me pareció incongruente con lo expresado por Lavinia en aquella lejana Navidad, por lo que le pregunté:

 

-          Querida Madrina, si tú lo entendías así, ¿por qué generaste la desesperación de Rodolfo, remitiendo vuestra unión a un momento imposible?

-          Niña mía, has caído en el mismo error que hizo la perdición –espero que no eterna- de Rodolfo. Las golondrinas habrían regresado en apenas tres meses, y solo ese era el tiempo que aún había de durar su penitencia.

-          Pero, tía, las golondrinas de vuestro amor no habrían ya de volver más.

-          ¿Quién hizo tal precisión, querida? ¡Ah, ya, el famoso poeta! Pero ni siquiera habría sido así en nuestro caso, dado que llevábamos dos años de ruptura. ¿Y no sabes que las golondrinas viven cuatro o cinco años? Bien lo sabía yo, que llegué a conocer algunas, a fuerza de contemplarlas desde mi balcón. Así que, en cierto modo, mi desventurado Rodolfo murió…, murió…

-          Por no saber zoología.

-          Mi pequeña Elisa, eres un diablillo juguetón e irreverente… Ojalá no cambies nunca.

 

***

 

     No estoy muy segura de haber cumplido con ese deseo de Lavinia. En cuanto a ella, ya descansa en paz y, en efecto, nunca se casó, ni amó con pasión a nadie, fuera de Rodolfo. Vivió para su recuerdo y para nosotros, sus sobrinos y sobrinos nietos, hasta que la visitó la muerte, a los ochenta y dos años de su edad.

 

     Y aun así, Lavinia permanece viva en mi alma, y sucesivas generaciones de golondrinas siguen llamando a su balcón, rozando levemente los cristales con sus alas albinegras, cual contrastado airón de los primeros amores perdidos.

 

 


2.   Conclusión de la serie[7]



     Seis meses, menos dos días, habían transcurrido desde el reto de Joaquín, que yo había aceptado. Verdaderamente no fue tiempo perdido. Copié –y amplié, he de confesarlo-  los relatos de la desconocida escritora cubana trasplantada a Castellar, puse al día mi modesta erudición sobre los casos de suicidio más famosos y, en suma, preparé una divulgación que ustedes han tenido ahora la oportunidad de paladear. Pero, así y todo, no estaba seguro de aprobar el examen de mi amigo:

 

-          Bien, Federico, vamos con el primer relato. ¿Qué tienes que decirme?

-          Espero superar esta primera pregunta. Con todos los rebozos propios de quien conoció de cerca la guerra de independencia de Cuba, no dudo de que su protagonista es el famoso general Boulanger[8]. Coinciden los datos políticos y, muy especialmente, los referentes a su muerte y epitafio.

-          Concuerdo contigo. Por otra parte, el caso es sobradamente conocido, hasta por la Historia general, donde Boulanger se ha hecho con un lugar no pequeño. Vamos, pues, con el siguiente relato: ya sabes, el de Carlos Martín y María Granados. Supongo que tampoco habrás tenido dificultad para identificarlos.

-          En este caso, nuestra amiga escritora nos ha proporcionado una clave muy poderosa, al contar los antecedentes caribeños del protagonista y las razones de su destierro a España. Y, habiendo dado con el amante, resulta fácil hallar a la amada. Concluyo, pues, que se trata de José Martí y de su Niña de Guatemala, que no de Castellar[9].

-          Excelente. Pasando al siguiente relato, no me dirás que su autora no fue transparente en su identificación, aunque no en las localizaciones…

-          Por supuesto. Se diría que, siendo ella misma escritora, no ha querido privar al poeta mejicano de que lo conociesen de primera mano los españoles, aunque no pueda decirse que lo consiguiera. En fin, el autor del Nocturno es Manuel Acuña y su musa fue Rosario de la Peña[10]. Tampoco resulta difícil rastrear los verdaderos nombres de los demás personajes históricos, entre los que volvemos a encontrar a José Martí, con el mismo sobrenombre –Carlos Martín- del relato precedente.

-          Hasta ahora, estás calificado de aprobado alto. Vamos con el enfermero, Manuel Rojo. Supongo que no habrás tenido muchas dificultades para descubrir la novela de la que el cuento pretende ser continuación o, cuando menos, inspirarse.

-          Pues te equivocas, profesor. La novela está hoy casi olvidada y no diré yo que haya sido injusto el veredicto de la posteridad. No obstante, las alusiones regeneracionistas me pusieron sobre una pista segura. Luego, todo fue leer una sinopsis del argumento y comprobar que mi primera impresión había sido cierta. He dado con la respuesta, que espero valides. La novela es La Tierra de Campos y su autor, Ricardo Macías Picavea[11], a quien nuestra autora pudo conocer en Castellar, como es bien sabido.

-          Correcto. Según eso, Manuel Rojo resultaría ser un personaje estrictamente de ficción, frente a los de las precedentes historias.

-          Así lo creo. Si Macías hizo de Manuel Bermejo el arquetipo para una novela de tesis sobre las miserias campesinas, su alter ego, Manuel Rojo resultaría ser modelo o ejemplo de tantos compatriotas que entregaron en Cuba su vida por necesidad o por virtud, o haciendo de aquella esta.

-          Te ruego omitas las opiniones personales, que pueden desmerecer de tus objetivos conocimientos. Pasemos al penúltimo supuesto del examen, el del soldado Ricardo Ferrer y las incidencias casi policiacas que provocó.

-          La benevolencia de la escritora muestra el cabo del hilo por el que he llegado al ovillo. Su fidelidad a los nombres de los periódicos y a la fecha de los sucesos me llevó a la fuente: diario El Globo de Madrid, número de 24 de mayo de 1899. El soldado que se suicidó en Sevilla fue Ricardo Ferreas y su nota explicativa está recogida en el cuento con bastante fidelidad[12]. A partir de ahí, creo que la autora ha construido un relato de ficción, para arrimar el ascua de la realidad a la sardina de sus opiniones; nada diferente, por otra parte, de lo que ella critica en los periodistas acomodaticios.

-          Basta. Si tu respuesta a mi siguiente pregunta es satisfactoria, puedes contar con el sobresaliente[13].

-          Temo que mi contestación no sea sólida. He repasado la hemeroteca de El Noticiero de Castellar y nada he encontrado sobre el suicidio con veneno, o por sobredosis medicamentosa, de un joven estudiante, ni tampoco sobre la escueta nota sobre las golondrinas. Tampoco he hallado nada entre los legajos del Archivo Histórico de la Audiencia. Así pues, he de concluir provisionalmente que la escritora de la familia Zorita inventó el relato y, por tanto, ese suicidio nunca tuvo lugar.

-          ¿Y si el tal Sigler no hubiese sido castellarense, sino mejicano o guatemalteco, como otros personajes del manuscrito, que la autora transterró a otro continente?

-          Chico, de ser así, encontrar la respuesta segura podría llevar toda una vida, no los pocos meses que me concediste.

 

    Joaquín sonrió:

 

-          Esa es una disculpa de mal estudiante. Lamento no poder concederte la máxima nota.

-          No importa –repliqué, un poco molesto-. De todas formas, estoy seguro de que el profesor tampoco tiene todas las respuestas.

-          Por supuesto, concedió, aunque no sabes lo mucho que he aprendido en el Paseo del Hospital, estudiando el vuelo de las golondrinas[14].             

 
 

 

 



[1]  Perteneciente a la Rima XV (60) de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870).
[2]  Nota del transcriptor. Llegada a este punto, la autora del manuscrito detalla los progresos literarios de Lavinia, que habrían de convertirla con el tiempo en una de las glorias poéticas de Castellar. He decidido omitir este fragmento del relato para mantener incólume el compromiso de secreto que la Autora expone más adelante.
[3]  Bella partitura de Karl Maria von Weber (1786-1826), orquestada por Hector Berlioz (1803-1869), que solía ejecutarse como obertura o intermedio en los bailes de gala, o como primera pieza para abrir estos.
[4]  Es decir, hacia el 30 de noviembre.
[5]  Como es sabido, se trata de la que lleva el número LIII de la edición impresa y el 38 en el manuscrito conocido por El libro de los gorriones.
[6]  En la familia nunca supimos de qué específico se trataba. La frecuencia con que se dispensaba entonces me inclina a suponer que se tratase de láudano. Es más, elucubrando con que la abuela paterna de Rodolfo padecía a la sazón fuertes dolores cancerosos, es probable que ingiriese el analgésico de la anciana, cuya proporción de opiáceos sería mucho más elevada (Nota de la Autora).
[7]  Este capítulo enlaza con el primer relato (I) de la serie El suicidio por amor, que habrá de ser conocido para comprender bien el sentido de lo que sigue.
[8]  Georges Boulanger (1837-1891), militar y político francés, cuyo suicidio por amor se considera prototipo de la exaltación romántica, aunque en El suicidio por amor (II): El bizarro general su autora ponga en duda el tópico.
[9]  José Martí (1853-1895), escritor y político cubano, héroe de la independencia de su país. La Niña de Guatemala, apelativo poético que Martí dio a la joven guatemalteca María García-Granados y Saborío (1860-1878).  Véase El suicidio por amor (III): El desterrado fiel.
[10]  Manuel Acuña Narro, poeta mejicano (1849-1873); Rosario de la Peña y Llerena, mejicana (1847-1924). Véase El suicidio por amor (IV): Una mujer marcada.
[11]  La Tierra de Campos, novela en dos partes, publicadas sucesivamente en Madrid, en 1897 y 1898. Ricardo Macías Picavea (1847-1899), su autor, vivió en Valladolid, de manera casi continua, entre 1874 y 1899, año de su muerte. Véase, El suicidio por amor (V): La oblación.
[12]  La referencia a esta noticia ha sido recogida, entre otros, por el historiador Manuel Tuñón de Lara (1915-1997), en su libro España: la quiebra de 1898 (edit. Sarpe, Madrid, 1986). Véase El suicidio por amor (VI): … Y volvieron cantando.
[13]  Todo lo que sigue hace referencia, además de a la primera entrega de esta serie, al capítulo primero del presente relato: El suicidio por amor (VII): El retorno de las golondrinas.
[14]  Nota del editor –seguramente superflua e innecesaria-: Probable alusión de Joaquín al augurio, tradicional técnica adivinatoria, consistente en deducir expectativas y verdades, entre otras cosas, por la forma y dirección del vuelo de ciertas aves.

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