miércoles, 14 de octubre de 2015

¿QUÉ PASÓ EN SARAJEVO?


¿Qué pasó en Sarajevo?

Por Federico Bello Landrove

     Este es un cuento histórico por su ambiente y verosimilitud pero, sobre todo, un relato literario, al tener como referencia El buen soldado Shveik, obra maestra del escritor checo Jaroslav Hasek[1]. ¿Tienen sentido las guerras? ¿Qué nimiedades pueden desencadenarlas o evitarlas? ¿Cómo vivirlas lo mejor y menos implicadamente posible? Tal vez lo que pasó en Sarajevo apunte respuestas a tales interrogantes[2].




1.  Un periodista camino de la gloria 

     Si ustedes hubiesen ejercido el periodismo en Vermont, allá por 1955, comprenderían con toda facilidad mi estado de ánimo cuando, en el otoño de aquel año, me llamó a su oficina el director del Rutland Herald –mi jefe-. Al entrar en el despacho, contra lo que era en él habitual, me mandó sentar y, tomándose un respiro como para ordenar sus ideas, me explicó la situación:

-          Verás, Freddy, estás ante la oportunidad de tu vida. ¡Qué digo de tu insignificante vida: ante una conjunción astral! Nada menos que la Burlington Free Press, el Brattleboro Reformer y nosotros nos hemos unido para…
-          … ¡Para meter a Vermont en el mapa de la prensa de verdad!, interrumpí, con el humor desconsiderado que usaba a veces.
-          Hombre, yo no quería decir tanto. Me refería a hacer un buen reportaje, de interés nacional. Si, además, te dan el Pulitzer, nos vendrá muy bien para adornar la mancheta.
-          No aspiro a tanto –gruñí-, pero algo tendré cuando las tres abuelas[3] os habéis acordado de mí para una gran ocasión, cualquiera que esta sea.
-          ¡Vaya con el presuntuoso! La única razón de escogerte para el caso es que hablas alemán e hiciste el servicio militar en las tropas de ocupación.

Me vine un poco abajo y, decepcionado, protesté:

-          Si se trata de regresar a Europa, te aseguro que no me interesa, ni aunque me asciendas seguidamente a redactor. Además, estoy a punto de casarme y…
-          Corta el rollo sentimental y presta atención a lo que te ofrezco. Luego, si no te interesa, me lo dices, te despido y en paz. Ya encontraremos a otro que sepa idiomas y que no tenga tanta prisa en que le echen el lazo.

     Comprendí que me convenía contemporizar y mantuve silencio. Deerfield me explicó con cierta ambigüedad la tarea que habían decidido encomendarme. Para abreviar, se la resumiré a ustedes, con algunas notas a pie de página, por si el paso de los años ha borrado el recuerdo de personas y acontecimientos, otrora conocidos y hasta famosos.

      Es el caso, que la ilustre familia von Trapp[4] se había instalado en Vermont, allá por 1942, alcanzando seguidamente fama en todos los Estados Unidos como cantantes a coro. Simultáneamente, al terminar la Segunda Guerra Mundial, habían creado un fondo[5] para ayudar a su país de origen, Austria, mediante alimentos y ropas, con destino a las zonas más devastadas. Se habían convertido, por tanto, en una especie de embajadores de Vermont ante todos los americanos y los austriacos. Y ahora, que acababa de consumarse la retirada militar de los Aliados y la total independencia de  Austria, les había parecido un buen momento a los jerifaltes de la prensa de nuestro Estado, para mandarme a orillas del Danubio azul a escribir un reportaje humano y sentimental sobre el tema, sin olvidar que…

-          … También nosotros, a través del Plan Marshall[6], hemos hecho mucho por aquel País, como asimismo la Virgen María, según cuentan.     
-          ¿Cómo dice, jefe; que la Virgen, qué?  
-          Que Nuestra Señora, gracias al rezo de innumerables oraciones durante años, fue quien tocó el corazón de los soviéticos para que sacasen sus sucias zarpas de Austria, cuando no han soltado hasta ahora ni un pie cuadrado del resto de sus conquistas.
-          Vamos, que ya tengo el título del reportaje, sin haber hecho todavía las maletas para el viaje: Austria, tierra bendita de Dios y de los hombres.
-          Perfecto, Freddy. Déjame escritas un par de cuartillas para presentar ante el público tu futuro trabajo, y a por la gloria. 

     Estaba todo dicho. En fin, todo no, pero no les aburriré con los aspectos monetarios del asunto. A la postre, si Austria aguardaba, libre y bendita, ¿quién era yo para hacerle esperar?



***

     No quise cambiar moneda en las oficinas del aeropuerto vienés –me habían advertido de la excesiva comisión-; de modo que, con todo el equipaje aún en el maletero, ordené al taxista que me llevase hacia el Ring, a cualquier sucursal de un banco acreditado, y esperase a que adquiriese una buena cantidad de schilling, a cambio de mis dólares. No sin protestar que tal cosa era completamente innecesaria –pues en Austria todo el mundo aceptaba encantado la moneda americana-, me llevó hasta una oficina del Erste Bank, donde me atendió una cincuentona, muy amable y con poco que hacer en aquel momento. Después de toda una lección sobre los precios más comunes, en schilling y grossen, se empeñó en averiguar de dónde había sacado mi notable alemán y qué me llevaba a su hermosa ciudad. Respondí con precisión a lo primero –mi abuela materna había nacido cerca de Erfurt y yo había pasado dos años de guarnición en Heidelberg, entre 1948 y 1950- y mentí sobre lo segundo, pues sabía por experiencia lo poco que le gusta a la gente que un sujeto meta profesionalmente las narices en sus asuntos. Así que le respondí lo primero que se me ocurrió:

-          Vengo a estudiar la caída del Imperio Austro-húngaro.

     La señora pareció quedar estupefacta. Luego, como si hubiese conectado aquel Imperio difunto con algo que le viniese a la memoria, preguntó:

-          ¿Ya tiene el caballero un buen lugar donde alojarse?
-          Acabo de llegar. Supongo que buscaré algún hotel barato y céntrico, respondí algo nervioso por el tiempo que llevaba de espera el taxista, con todo mi equipaje en su poder.
-          ¡Huy, barato y céntrico! ¡Imposible de todo punto! ¿No le convendría más una buena habitación, bien situada y en casa de toda confianza? Precisamente, si lo que quiere es estudiar el Imperio, le puedo poner en contacto con la persona adecuada.

     ¡Acabáramos! Resultó que la empleada de banca había sido compañera durante muchos años de un antiguo mayor del Ejército imperial, jubilado poco antes del Erste Bank, el cual ocupaba un piso amplio y céntrico, excesivo en todos los aspectos para un pensionista que vivía solo, con un ama de llaves. Ya sabe usted, las pensiones son casi de miseria y los precios suben y suben…

     Acompañó a sus lamentaciones el ofrecimiento de una tarjeta de visita del Mayor. Yo la cogí mecánicamente y, guardando el dinero en los bolsos más escondidos de mi ropa, salí a toda prisa de la oficina. Aún acerté a oír a lo lejos la voz aguda de mi mentora, que gritaba:

-          ¡Dígale que va de parte de Frau Hofmannsthal!

      Hice un ademán de asentimiento y corrí hasta el taxi. Su conductor fumaba tranquilamente una pipa y sonrió al verme:

-          ¿Ya tiene el señor dinero austriaco? Mucho ha debido cambiar, a juzgar por lo que ha tardado.

     Puse cara seria y, por toda respuesta, leí en voz alta las señas de la tarjeta de marras: Mariahilferstrasse, 18, y añadí:

-          ¿No estará muy lejos?
-          ¡Oh, no! Es aquí cerca: al lado de la Stiftskirche. Es un buen sitio para alojarse, siempre que la casa haya sido respetada por los bombardeos de la Guerra.

     Resultó que la apariencia era impecable. Así que despedí al taxista con una generosa propina -lo que le impulsó a ayudarme con el equipaje hasta el vetusto ascensor-, y subí al tercer piso, donde confiaba encontrar al señor von Knapp, una habitación satisfactoria y, sobre todo, un baño de agua caliente, suprema aspiración de todo viajero de largo recorrido por la Europa central, en noviembre.

***

     Resultó que Herr von Knapp no hacía honor a su apellido, en absoluto[7]. Pese a las escaseces de la posguerra y la magra pensión, su anatomía era oronda y prócer la estatura. Y, en cuanto a su conversación, nada tenía de lacónica. Lo demostró a la primera de cambio:

-          … Así que Frau Hofmannstahl le gritó su apellido, de forma que pudo oírsela en todo el patio de operaciones. No lo habría hecho así hace unos  años, ¿no cree?

      Y reía a carcajadas, bazucando la tripa de una forma tan obscena en la forma, como por el motivo[8]. No había, empero, en su broma nada de personal, aparte el mal gusto, que me hizo no reírla. Luego, poniéndose serio de golpe, prosiguió:

-          La buena de Bertha fue de los pocos compañeros que me apoyaron cuando mi degradación, ¿sabe usted?
-          ¿Cómo? ¿Le rebajaron de mayor a capitán?
-          ¡Oh, no!, replicó sonriendo. De mi vida militar hace ya un siglo. Me refiero al banco, cuando me pasaron de apoderado de caja, a ordenanza. Fíjese, qué enormidad; y todo por decir en un mitin del Partido Social-Cristiano que el canciller Dollfuss era un fascista, capitán de matones[9].
-          Hombre, parece un poco fuerte, aunque le amparara la libertad de expresión.
-          Sí,sí, libertad en Austria, en 1935. En fin, que de aquellos polvos, vienen estos lodos. Veinte años cuesta abajo, con estrecheces y malvendiendo la modesta fortuna familiar. Si hubiese conocido usted esta casa en los buenos tiempos … Por cierto, estoy charlando como una cotorra y todavía no le han mostrado la habitación… ¡Frau Schell!

     A la llamada, reapareció la menuda y silenciosa ama de llaves que me había abierto la puerta y recibido, una hora antes. ¡Ella sí que merecía el apellido Knapp! El señor le ordenó:

-          Acompañe al caballero a ver la habitación de huéspedes y, si fuere de su agrado, lleve hasta ella su equipaje. Por cierto, ¡qué distraído soy!, no le he indicado el precio… En fin, véala y seguro que llegaremos a un buen acuerdo.

     ¡Qué pillo, el señor Knapp! No se trataba de ninguna distracción. Primero había querido mostrar sus encantos y los de su casa –todavía muy numerosos, a pesar de la decadencia familiar-. Después de tal seducción, ¿quién se echaría atrás por unos schilling de más, aunque fuese un modesto periodista de Vermont?

***


     Lo cierto es que, para mí, fue una maravilla el haber encontrado a Karl von Knapp. Pronto las páginas de las sucesivas entregas del reportaje volaron hasta Vermont, con tal facundia y fluidez, que Deerfield hubo de telefonearme, con su amabilidad usual:

-          Freddy, ¿te has vuelto loco? ¿Cuántas páginas crees que podemos dedicarle al maldito reportaje de los Trapp?
-          Pero es bueno: ¿sí o no?
-          Roscoe, el del Reformer, lo encuentra condenadamente atractivo. Me contó que la señora Trapp lloró de emoción cuando leyó el capítulo sobre su marido, que titulaste El héroe de la flota submarina. ¿Cómo diantres te documentas hasta tal punto?
-          Gastando retinas y medias suelas, como dices tú. ¿Acaso hay otra forma?
-          Anda, anda, menos coba y vete acabando. No olvides lo de la Virgen María. ¡Ah!, y sobre el giro de más dinero, recibirás seiscientos dólares –doscientos por cada diario- y no cuentes ni con un centavo más, hasta que vuelvas.

     Colgué, con la convicción de que mi jefe sospechaba de la existencia de una fuente más cómoda y rápida, que el desgaste de las suelas de mis zapatos. Pero, por lo pronto, debería haber recelado de una sospecha más próxima y vehemente: la de que von Knapp, con su excelente oído y buen conocimiento del inglés, pudiera haber escuchado la palabra dólares, por él tan amada. Lo cierto es que, cuando le saqué el tema de la ayuda virginal a Austria, se encogió de hombros y rezongó:

-          Que yo fuese social-cristiano en tiempos, no quiere decir que crea en milagros. Una cosa era monseñor Seipel y otra muy distinta el padre Pavlicek[10].
-          Ande, Karl, écheme una manita con la Virgen de Fátima o, cuando menos, con la de Mariazell[11]. Le invito a comer mañana en Figlmüller.

     Von Knapp comprendió que mi marcha estaba próxima y, por tanto, debía jugar fuerte. Con su habitual mezcla de habilidad y gentileza, me sirvió una copita de schnapps, desapareció camino de la imponente biblioteca –cuyos anaqueles, ¡ay!, ofrecían más huecos que volúmenes- y, a poco, regresó con una cartera de cuero, con cerradura y correas laterales de seguridad, al estilo clásico. En la solapa, el escudo imperial de Austria grabado a fuego, y la inscripción en caracteres aún parcialmente dorados y en idioma alemán: Embajada Imperial en Servia.

-          ¡Caramba, de ayer por la mañana!, comenté jocosamente al leer el membrete.

     Karl sacó del bolsillo una llavecita y abrió con ella la cerradura de la cartera. Aflojó seguidamente las ligaduras de las hebillas y, con una solemnidad que ni a San Agustín habría dejado de sobrecoger, engoló la voz y me dijo:

-          Tolle, lege[12].

     Media hora más tarde, el humilde periodista de Vermont estaba hecho un lío. Aquellos borradores de cartas de Karl von Knapp, dirigidas supuestamente a un corresponsal de Praga, llamado Jaroslav Hasek, eran lo más interesante que había leído en la vida. Si eran auténticos, arrojaban notable luz sobre cuestiones históricas y literarias hasta entonces poco o nada conocidas, y muy interesantes, sin duda. En un momento –y que Dios me perdone- la Virgen quedó atrás y el archiduque Francisco Fernando, Gavrilo Princip y el  buen soldado Shveik jugaban en mi mente al escondite con Robert Musil, y el general Potiorek se marcaba una polka con el almirante Kolchak[13].

     Sentí un carraspeo sobre mí y una mano suave apartó de mi vista el documento que estaba leyendo.

-          Creo que es suficiente, amigo Stevens, para que se haya dado cuenta del valor de lo que aquí se encierra.
-          Del valor, desde luego. Lo que desconozco por ahora es el precio.

     Karl se echó a reír con su acostumbrada potencia. Ironicamente, preguntó:

-          ¿Pero cómo ha podido sospechar que iba a ofrecerle esta maravillosa oportunidad de hacerse famoso?
-          ¡Qué quiere! Uno ya va acostumbrándose a ser un americano en esta Austria, tan pobre en dinero como rica en patrimonio.
-          ¡Y a que un respetable mayor y banquero le ande sableando! –se sinceró-. Crea que a veces me avergüenzo de haber llegado a ser lo que soy, pero, ¡qué quiere!, hay que comer y todos acabamos por vivir de las rentas de nuestro pasado. Con todo, voy a demostrarle mi amistad y el deseo de que este retazo de historia sea conocido y publicado. Se lo ofrezco por la simbólica cantidad de quinientos dólares.   
-          Serían más simbólicas treinta monedas de plata.
-          No pensará usted que este material es tan falso como Judas, replicó indignado mi interlocutor, al escuchar la alusión evangélica.
-          ¡Oh, no era esa mi intención! No obstante, reconocerá que unos borradores de cartas, escritos a máquina y sin firma ninguna se prestan, no diré al fraude, pero sí a la más absoluta incredulidad objetiva.
-          En eso sí le doy la razón –suspiró-. No es usted el primer amigo inteligente a quien acudo. Todos declinaron la compra por ese motivo suyo; todos, menos uno, que luego vio rechazado el original en periódicos y editoriales. Nadie quiso comprometer su buen nombre y jugar a verdadero o falso con tan relevantes personajes.
-          Entonces anda por ahí otra copia, por lo menos.
-          Por lo menos, no: una y no más. Pero no tema que se le adelante. Mi comprador murió hace dos años y a saber en qué chimenea habrán quemado los documentos sus herederos. No hay miedo de duplicidad: Por eso me he animado a ofrecérselo.
-          Supongo que para que siga el mismo camino…
-          No tal. Todos han pensado en publicar con mis documentos un sesudo análisis histórico-literario, formal y académico. ¿Por qué no hacer de él un uso lúdico y divertido, como estoy seguro de que lo aprovechó mi buen corresponsal Hasek, aunque luego no tuviese la gentileza de citarme, ni siquiera a pie de página?
-          Hombre, siendo así… Lo que pasa es que, como divertimento, baja mucho su interés y, por tanto, su valor. Y no digamos, en América, donde dudo que hayan oído hablar de Francisco Fernando o del soldado Shveik, ni siquiera los graduados de Harvard.
-          Sus compatriotas son una caja de sorpresas, muchas veces positivas. Debe de ser cosa de la masiva inmigración de tantos países diversos… En fin, ¿hace o no? Desde luego, por más que lo sienta, no puedo rebajar ni un dólar. Es cuestión de principios.
-          ¡Ah, bueno! Yo creí que era cosa de Princip.

      Von Knapp volvió a estallar en carcajadas, por razones que quedarán aclaradas más adelante.

-          O ha leído usted más de lo que yo quería, o le ha inspirado el mismo Demonio, dijo.

     En fin, uno es débil y con frecuencia cae en la tentación. Esperé el giro telegráfico de los seiscientos dolares, sangré mi cuenta hasta dejarla exangüe y me hice con la cartera imperial. Mejor dicho, con su contenido. El cartapacio, valiosa prueba y recuerdo personal, montaba cien dolares más y no era cosa de volver a la Patria a nado. Así que recogí los documentos en una modesta carpeta de cartón con gomas y, temeroso de perder el equipaje, la coloqué en mi bolso de mano.

-          ¿Algo que declarar?, me preguntaron en la aduana del aeropuerto.
-          Solo las cenizas de un Imperio, respondí ambiguamente.

       Sean las cenizas de un Imperio, o pura y venal fantasía austriaca, es lo que voy seguidamente a desvelar a sus ojos. Juzguen ustedes mismos de su veracidad.




 2.  Las aventuras del buen capitán von Knapp

     El borrador de la primera carta por orden cronológico llevaba grapada una vieja fotografía de grupo –que ilustra este texto- y decía así:

     Viena, 3 de febrero de 1921.

     Sr. Jaroslav Hasek
     Praga.

     Respetado Señor:

     Nuestro común y buen amigo Karel Vanek[14] me hace llegar el propósito de usted, de escribir una extensa novela sobre la vida de un soldado checo en la Gran Guerra y me ruega apoye su empeño con una relación sobre la génesis y primeros momentos del conflicto, de los que dice fui testigo principal y privilegiado. No me juzgo yo tal pero, en cualquier caso, he de aportarle mi grano de arena, en los términos más convenientes para su propósito que –por lo que Karel me cuenta- es el de enfocar su relato de forma realista y satírica. Si así fuese, pocos episodios cuadrarían mejor a su designio que el del magnicidio de Sarajevo, verdadero despropósito que yo estuve a punto de evitar, si no hubiese sido por la devoción sabatina del rezo del Rosario. Me explicaré, aunque ello pueda llevarme demasiado lejos.

     El amigo Vanek ya le ha puesto al corriente de que, en mi condición de capitán de Estado Mayor, estaba destinado desde julio de 1913 en la Embajada Imperial de Belgrado, como viceagregado militar. Soltero y no indiferente a los encantos femeninos, intimé enseguida con la señorita Branislava N., eficiente y encantadora secretaria del Encargado de Negocios de nuestra Legación. Ello no estaba bien visto –por no decir que lo teníamos vedado-, ante la razonable probabilidad de que las jóvenes servias nos espiaran, en vez de nosotros a su pequeño y valiente País, como era nuestro deber. Con todo, era tal su atractivo y tantas sus prendas, que decidimos llevar adelante con prudencia nuestro idilio. He dicho decidimos y lo mantengo: también entre los servios estaba muy castigado colaborar o confraternizar con los austriacos. Por qué hicieron una excepción con Branislava –Brana para sus amigos- es cosa fácil de suponer, pero ¿qué se me daba a mí? Mayor riesgo había asumido el segundo jefe de nuestra Embajada, al recibirla como secretaria, y yo ya era mayorcito y estaba bien entrenado para que no se me escapara una confidencia peligrosa, ni en sueños. Quedamos, pues, en que nos hicimos amantes a finales de aquel año 13, observando la lógica cautela de encontrarnos en los lugares más diversos y reservados. Claro está que la cosa no pasó desapercibida al Jefe de Policía y Seguridad de la Embajada, comisario Loeweblind[15], quien, haciéndoseme un día el encontradizo en los pasillos de la Legación, me guiñó el ojo y pronunció una frase tan confusa en la forma, como evidente en su sentido: La señorita N., ¡qué muchacha!; cariñosa y servicial donde las haya. De donde inferí que también él usaba de sus servicios. Brana me aseguró, por la memoria de los mártires de Kosovo, que su relación con él era estrictamente profesional.

     Pues bien, en la mañana del sábado, 27 de junio de 1914, tuve constancia de hasta donde llegaba la profesionalidad de Brana y en donde acababa la de Loeweblind. La noche anterior, ella y yo habíamos estado confraternizando con alguna dificultad en el Hotel Obrenovic, pues mi amada parecía aquejada de una incontenible somnolencia y de una oleada de bostezos, que hacían mis besos particularmente difíciles y enojosos. También para mí había sido un día muy laborioso, atendiendo llamadas telefónicas y respondiendo y enviando despachos telegráficos cifrados, con motivo de la inminente visita a Bosnia de nuestro Archiduque heredero. Harto de la pasividad de Brana, le reproché que no se hubiese echado la siesta, para avivar su ánimo en nuestro previsto encuentro. La zaherí hasta el punto de  hacerle perder los nervios. Se echó a llorar y responsabilizó de su momentánea indisposición al comisario Loewe y a lo mucho que la había hecho trabajar durante toda la tarde. ¡Ya me imagino el trabajito!, repliqué iracundo y salté de la cama, dispuesto a vestirme y marchar del hotel. Brana, al borde de un ataque de nervios y temiendo perderme por mis injustificados celos, gritó indignada: ¡Si tu Imperio secular mandase a espiarnos a alguien que entendiera y leyera nuestro idioma, no pasaría esto…, ni otras cosas peores! Inútil fue que le pidiese aclaraciones adicionales: mi adormilada amante comprendió que ya había hablado suficiente –y hasta de más-; se dio la vuelta en el lecho y, a los pocos minutos, sus sollozos dieron paso a los sonoros ronquidos de quien tiene la conciencia tranquila.

     Como le digo, a la mañana siguiente, antes de enfrascarme en el análisis de las maniobras que el brillante general Gelagen[16] tenía preparadas para entretenimiento de Archiduque y su propio lucimiento personal, hice por encontrarme con Loeweblind y, de manera indirecta y amable, lo sondeé a propósito de su conocimiento del servo-croata. Asombrado, llegué al convencimiento, no solo de que necesitaba el auxilio de terceros para la labor de deletrearlo y traducirlo con precisión, sino de que en su cabeza había un inextricable batiburrillo de nombres y siglas con todas las organizaciones patrióticas, paramilitares y terroristas servias y bosnias. No se preocupe, capitán, tengo todo bajo control, me aseguró. Precisamente, mi buena y paciente Brana había estado la tarde anterior ayudándole a desentrañar los informes de nuestros agentes en la frontera servo-bosnia, donde habían detectado, tres semanas atrás, el paso de unos individuos que iban a dar comienzo a una nueva célula armada en la zona. ¿Está usted seguro de que la palabra clave era comienzo?, le pregunté. Comienzo, principio, inicio, qué más da –respondió el comisario-; ya sabe que Brana no domina el alemán. Perdí los nervios y le repliqué airado: Sin duda, mucho mejor que usted el servio[17]. En aquel momento, ni él ni yo sabíamos de la existencia de un peligroso terrorista de diecinueve años, llamado Gavrilo Princip[18], pero un sexto sentido me hizo presentir el peligro. Acudí acto seguido al domicilio de Brana y, aún a riesgo de provocar un incidente con los vecinos, grité, eché al suelo adornos y muebles y le tiré de los pelos, hasta que le arranqué la confesión de que el principio era un experto tirador, cuyo viaje a Bosnia, en unión de otros dos sujetos, podría tener que ver con la visita archiducal. A toda prisa, retorné a la Embajada y solicité del Secretario de la misma un coche para desplazarme hasta Sarajevo para cumplimentar a los militares del séquito de Su Alteza, disculpa debida a no querer dar explicaciones sobre una mera hipótesis, que podía ridiculizarme a mí y complicar a Brana. Mi solicitud fue recibida con reticencias y la decisión aplazada hasta la tarde, cuando quedaría libre un vehículo idóneo para el caso. Eran casi las seis, cuando recibí el plácet y se me presentó el chófer que había de acompañarme: tiempo justo para poder llegar por la mañana a Sarajevo, tras viajar toda la noche. Pero el hombre propone y Dios dispone, como suele decirse. Solo  que en este caso, no podemos echar la culpa a la divinidad, sino a uno de sus ministros. Le cuento.

     El padre Gottschalk[19] era un furibundo capuchino en tierra de infieles, como él decía. Además de los ortodoxos y los musulmanes, todo el personal de la Embajada –en la que fungía de capellán- entraba en el ámbito de los necesitados de conversión, en la medida en que no participasen de las múltiples rutinas devotas que para nosotros organizaba, de las que el rosario sabatino ocupaba un lugar destacadísimo. Yo era uno de sus catecúmenos más perseguidos, entre otras cosas, porque había llegado al conocimiento de mis relaciones con Brana -vaya usted a saber cómo-. ¡Era el colmo. Un diplomático amancebado con una atea o, como mínimo, una hereje! Una y otra vez, me sermoneaba y urgía de conversión, cosas que oía como la lluvia, sin mandarle a cierto sitio, para que no se fuera de la lengua con mis superiores. El caso es que, según él, le había prometido mi asistencia al rosario de aquel sábado, 27 de junio, y no estaba dispuesto a que me escabullese una vez más carretera adelante, con el pretexto de unas maniobras. Me vi obligado a demorar la marcha, hasta que Nuestra Señora de Mariazell recibiera complacida el perfume floral de mi oración. Total –me dije-, creo recordar que un rosario de los de mi infancia duraba cosa de un cuarto de hora… Sí, sí: el del padre Gottschalk, en la capilla de la Embajada, con la presencia de la señora embajadora y demás ilustres damas –caballeros, muy pocos-, duró más de una hora, pues incluía el rezo de los quince misterios, con su retahíla de padrenuestros por las intenciones de medio mundo, incluido uno por el feliz y fructífero viaje a Bosnia de nuestro Archiduque –se ve que su esposa no era santo de la devoción del Padre-. El caso es que, cuando pude escaparme de las pleitesías y el té que cerraban el acto, eran casi las ocho de la tarde. Pregunté al chófer por la hora aproximada en que llegaríamos a Sarajevo. Su respuesta no fue nada tranquilizadora: Lo ignoro, capitán. Es mi primer viaje a esa ciudad.

     El caso es que mi reloj de bolsillo marcaba las doce menos veinte de la mañana, cuando entrábamos en Sarajevo. Algo me decía que, pese a los esfuerzos de aquella noche agotadora, era un poco tarde. Pronto tendría la confirmación de mi presagio.

     En fin, señor Hasek, después de todo lo escrito, me encuentro casi tan cansado como el 28 de junio de 1914 a mediodía. ¿Habrá merecido la pena? Eso tendrá que decirlo usted. Si me asegura que el resultado le resulta útil, reanudaré mi relato en una próxima carta. De hecho, aún tengo muchas cosas que contarle de aquellos días, decisivos  para tantas cosas.

     Salude cordialmente en mi nombre al amigo Vanek y usted téngame por su atento y seguro servidor,

     Karl von Knapp

    Mayor del extinto Imperial y Real Ejército.

     Post scriptum. Le adjunto una fotografía de grupo, tomada a comienzos de septiembre de 1915 en el frente de los Balcanes. Yo soy el oficial que posa en primera fila, el segundo por la derecha.  



***

     La carta precedente debió ser contestada casi a vuelta de correo, dado que el borrador de la siguiente estaba fechado solo una quincena más tarde. Decía así:

     Viena, 19 de febrero de 1921.

     Sr. Jaroslav Hasek
     Praga.

     Estimado amigo:

     Mucho le agradezco sus amables palabras sobre mi precedente carta. Lo que de verdad importa es que haya acertado con el registro realista y satírico que usted piensa dar a su obra, cuyos primeros capítulos me dice están a punto de aparecer. Por cierto, si tiene la gentileza de hacérmelos llegar, los leeré con fruición, pues el idioma checo no me es extraño. Nací en la ciudad de Brünn –ahora Brno- y mi abuela materna era una Martinic de pura cepa, emparentada de seguro con el capitoste que en 1618 fue defenestrado en Praga, salvando la vida por haber ido a caer sobre una pila de estiércol. Mi padre regenta todavía la farmacia que, desde hace un siglo, existe en la plaza de la Estación Central, famosa y muy concurrida por un motivo no del todo terapéutico, cual es el de preparar, en pócima y en pomada, un potente afrodisiaco llamado, con toda justicia, Venus Gürtel[20]Tengo para mí que no fue ajeno este cinturón a la concesión a mi padre, Heinrich Knapp, del rango de edel, que nos ha permitido colocar con justicia un von entre nombre y apellido. Por cierto, mi gracia fue inicialmente Karel, en honor de los terratenientes moravos con los que estoy emparentado. Sucedió, no obstante, que mi padre decidió para mí una formación militar a la germánica y consiguió del Gobernador de la provincia –quién sabe si con la colaboración de Venus- la recomendación para que me admitieran en las prestigiosa escuela premilitar de Mährisch-Weissenkirchen. Allí tuve el honor de coincidir con Robert Musil[21], cuyas tribulaciones de entonces no le impidieron más adelante una brillante carrera militar en la Gran Guerra, en la que llegó al grado de coronel. Ahora parece volcado en la literatura, aunque estoy seguro de que sus experiencias en la campaña de Galitzia podrían serle  de utilidad a su heroico soldado checo.

     Le he contado todo esto en reciprocidad de sus amables confidencias, así como para que vea usted que sus picardías con el pedigrí de los perros callejeros de Praga son tortas y pan pintado, comparadas con los excesos sexuales de los viejos rijosos y las jóvenes poco agraciadas de Brno, con los que mi familia amasó prosapia y fortuna. Cada uno sale de apuros como Dios o el Demonio le dan a entender. Y vamos ya con los hechos de Sarajevo, desde donde los habíamos dejado en mi carta anterior.

     Mi llegada a la capital bosnia resultó sincrónica del fallecimiento del Archiduque en el hospital, poco después que su esposa. Como en parte ha llegado a saberse, el éxito de Princip tuvo tanto que ver con su propio arrojo y puntería, cuanto con la casualidad y la torpeza de sus enemigos. Ni Loeweblind lo habría hecho mejor. Se lo resumo por puntos: 1º. El diario local de mayor tirada publicó, no solo el programa de la visita archiducal, sino el itinerario preciso de la comitiva por las calles sarajevinas; algo tan aconsejable para fomentar las aclamaciones de los curiosos, como las oportunidades de los terroristas. 2º. Se dice que la condesa Chotek acompañaba a su marido en tan militar y peligroso viaje por invitación especial del Gobernador de la Provincia, que su esposo le movió a aceptar, como regalo  en el aniversario de su boda. 3º. El inefable señor Gobernador insistió en que la ilustre pareja no se limitase a presenciar las maniobras militares, sino que cursaran una detenida visita a Sarajevo, donde serían recibidos calurosamente (ya se vio: con bombas y a tiros). 4º. La plantilla policiaca de Sarajevo –bien entrenada y conocedora de los riesgos- ascendía a ciento veinte hombres, de los cuales se dio licencia a la mitad, dado que la visita era en domingo, que es día hecho para descansar. 5º. Francisco Fernando era hombre forjado en el honor y la terquedad del Emperador: Se empeñó en visitar a los heridos por la bomba que le iba destinada, y su recorrido hacia el Hospital le fue fatal. 6º. El consiguiente cambio de planes hizo confundirse de itinerario al chófer. Al Gobernador le faltó tiempo para ordenarle frenazo y marcha atrás, con la consiguiente oportunidad pintiparada para el pistolero Princip. 7º. El Archiduque era un fanático de la uniformidad, al punto de hacerse coser la abotonadura de su guerrera, hasta el mismísimo cuello. Además, llevaba un ridículo coselete de tela y guata, idóneo quizá para embotar un cuchillo, pero no parar las balas. Todo ello dificultó hasta el extremo el acceder a la herida y obturar los vasos sanguíneos de los que manaba la sangre a borbotones.

     Se preguntará, mi estimado amigo, cómo actué en tan luctuosas circunstancias. Algo tenía que hacer para explicar mi viaje y, sobre todo, informar a la Embajada de Belgrado, que tan amablemente me había facilitado coche y chófer. Así que salí del paso como buenamente se me ocurrió: Me presenté al séquito militar del Archiduque, como si hubiera sido comisionado por el Agregado militar en Servia para cumplimentar al difunto magnate; permanecí en Sarajevo hasta que la fúnebre comitiva salió por ferrocarril hacia Viena y, seguidamente, retorné a Belgrado, donde no me hicieron otras preguntas que las propias de la curiosidad por los detalles de lo acaecido. Con todo, hubo una persona que me siguió afanosamente, hasta que logró hablar conmigo en privado. En efecto, seguro que ha acertado usted su identidad: el comisario Loeweblind. El pobre diablo ya se veía fusilado, si yo abría la boca acerca de su inutilidad. Lo tranquilicé al respecto, con una ironía que él estuvo lejos de comprender. Es comprensible y disculpable su error –le dije-. Los propios terroristas servios de La Mano Negra habían rechazado a Princip por débil y de corta estatura. Olvidaron que un buen tirador, con una pistola de siete balas en las manos, llega hasta donde no alcanzaría ni Sansón. Como Brana y usted dedujeron, las apariencias engañan, pero nunca los principios.

     Me propongo concluir esta carta como lo hice en la pasada: con el padre Gottschalk. Que su venerada Virgen de Mariazell le haya amparado, aunque tuviera merecida mi venganza. Al día siguiente de la conversación que he dejado dicha, fui yo quien se acercó a un agradecidísimo y propicio Loeweblind, para decirle: Por cierto, comisario, olvidé transmitirle mi vehemente sospecha de que el padre Gottschalk esté implicado en el asesinato del Archiduque. El 27 de junio viajé a Sarajevo con el propósito de alertar al séquito de Su Alteza y habría llegado con tiempo para ello, a no ser porque el Padre me retuvo dos horas en la Embajada con toda clase de argucias. Ignoro lo que sucedería a continuación pues, ni volví a ver al incordiante capuchino, ni me pareció oportuno pedir explicaciones al comisario, tan eficaz para ciertas cosas.

     En fin, señor Hasek, no creo necesite más de una carta, después de esta, para concluir mi modesta aportación a su conocimiento de los hechos de Sarajevo. Que pueda resultarle útil es el ferviente deseo de su seguro servidor y amigo,

     Karl (Karel) von Knapp.

     Post data. Esta vez, le adjunto una fotografía del uniforme que portaba el Archiduque el día de su muerte. Verá el destrozo que tuvieron que hacer en el peto de la guerrera para podérsela quitar. Le recuerdo que la herida mortal la sufrió en el cuello.




***

     El ex mayor von Knapp tuvo que recibir también esta vez una pronta y amplia respuesta de Jaroslav Hasek. El contenido de esta puede inferirse, en parte, de la tercera y última misiva de Karl (Karel). Ciertos detalles, incluso, me inducen a creer que no fui engañado al comprar los borradores por mis añorados quinientos dólares. Sea como fuere, he aquí la tercera carta:

     Viena, a 7 de marzo de 1921.

     Sr. Jaroslav Hasek
     Praga.

     Mi estimado amigo:

     En su última del pasado día 26, responde a mi referencia de la campaña de Galitzia, que también usted estuvo en ese teatro de operaciones y se dio maña para ser pronto hecho prisionero por los rusos. A partir de ahí, alude a una serie de episodios, de lo sublime a lo ridículo, en los que la Legión Checa prestó los mayores servicios a los Rusos Blancos y usted, por el contrario, a los bolcheviques[22]. Como mis ideas políticas están muy alejadas del Comunismo, eludiré polemizar con usted, por más que la piedad y el honor me lleven a protestar de la violencia desatada en aquella terrible guerra civil, así como de la miserable entrega del almirante Kolchak a sus enemigos, con el desastrado fin que hace poco hemos conocido[23]. En fin, amigo mío, regresemos al Belgrado de julio de 1914, a punto de estallar la Gran Guerra. Así pues, decía que…

     Ajustadas cuentas con el padre Gottschalk, sentí que había de hacer lo propio con mi amada Brana, pero aquello resultaba más fácil de decir que de hacer. No solo lo rechazaba mi corazón, sino que la joven se sinceró conmigo y se puso en mis pecadoras manos. Me reconoció su papel de agente doble aunque con una marcada preferencia por su patria servia, lo que le había permitido la tolerancia de los suyos para con su empleo en la Embajada y –no sé si creerlo- su romance conmigo, nacido de un sentimiento verdadero, no del objetivo de sonsacarme información. ¿Acaso crees –me dijo- que habrías durado ni una semana en la ciudad vieja de Belgrado, de no haberte yo protegido con mi vida? ¿Qué amador no justificaría el patriotismo de su bomboncito, ni qué corazón insensible no le pagaría su abnegación con la misma moneda? Deseché, pues, mis turbios propósitos iniciales y, con el ardor y la indiferencia de quienes saben estar viviendo los últimos días de un mundo que se despeña, pasamos aquellos días de julio amándonos tierna y apasionadamente, sin que nos echaran de menos en la Legación, que era a la sazón lo más parecido a un pandemonio. El día del Ultimátum[24] cenamos en casa de Brana y me hizo ver que sus compatriotas nunca aceptarían en su integridad las condiciones austriacas. La guerra entre nuestros dos países era cuestión de días y ella tenía el propósito de abandonar sus veleidades políticas y acompañarme a dondequiera que me trasladase. Te amo y he de seguirte adonde vayas -me dijo-. Casémonos y huyamos hasta el fin del mundo si es preciso, para alejarnos de esta maldita guerra que, en cierto modo y sin quererlo, hemos contribuido a traer. Te juro que mi vida de espía es ya solo un triste recuerdo. Sea así para ti con las armas y los uniformes. Mi sorpresa y mi arrobo no tuvieron límites. Ya soñaba con un ático al cielo de Viena, perdidos entre los dos millones de habitantes de la Capital, o con una granja escondida de Moravia en los campos de los Martinic. Le prometo, amigo Hasek, que sentía el deber patriótico y el honor militar tan poco, como el  valeroso y heroico soldado de su novela nonata, según lo que nuestro común amigo Vanek me ha adelantado. Habíamos contribuido a provocar aquella tormenta gigantesca a punto de estallar. Ahora estábamos prestos a dejarla atrás, para crear un nuevo mundo y alumbrar unas vidas nuevas.

     No llevamos nuestros planes al punto de casarnos, pero sí preparamos ilusionados nuestro cruce del Danubio[25], como si fuera el del Jordán hacia la Tierra prometida. Nos era obligado, dado que Brana nunca habría conseguido el visado o salvoconducto para salir de su país por la aduana y entrar legalmente en el Imperio. Nada podía tampoco hacer yo, pues ¿qué oficial y diplomático austriaco se haría acompañar de una servia, en concepto de amante o de criada? En fin, a toda prisa contratamos dos barcas de remos para cruzar la ancha corriente fluvial al amparo de la noche, con el equipaje necesario. Ni pensar en una sola embarcación, pues se precisaba la sabiduría y los brazos de barqueros experimentados. La contratación quedó encomendada a Brana –más fiable y ducha en el trato con la gente del río-, mientras yo preparaba la cuantiosa suma que habrían de pedir por tan arriesgado cometido. Después de algunas discusiones, el paso del Danubio quedó fijado para las once de la noche del 26 de julio, ya dentro del segundo día del plazo del Ultimátum.

     Alguien debió irse de la lengua, o resultaría llamativo nuestro paso por las calles de Belgrado, en una carreta con abundante equipaje. El caso es que, apenas habíamos embarcado e iniciado la travesía, nos percatamos de un ir y venir de luces en la orilla que acabábamos de dejar y, a poco, del ruido de dos motoras de la marina servia que se nos aproximaban velozmente. Incluso me pareció escuchar voces que gritaban el nombre de Brana. Los barqueros, juzgando más prudente por el momento alcanzar los cañaverales de la margen opuesta y asegurar sus naves y soldadas, bogaban lo más rápido posible, pero era inútil empeño escapar. Apenas habíamos rebasado el centro del cauce y ya las motoras estaban a punto de alcanzarnos. Mas, en este crítico instante, se desataron por vez primera los demonios de aquella guerra.

     Los reflectores de la orilla húngara iluminaron de pronto la escena y los megáfonos conminaron en sonoro alemán a la detención o retirada de los intrusos, so amenaza de inmediato hundimiento. Debían estar en alerta, pues al punto gruñeron los motores de nuestras cañoneras y sonaron los primeros disparos de fusil. Todo sucedió tan rápido… Pese a que las motoras servias iniciaron la retirada, las baterías de Semlin abrieron fuego y, desde las cubiertas de los monitores ladraron las ametralladoras. Mi tripulante y yo nos tiramos al agua y supongo que otro tanto harían Brana y su barquero. Yo, hábil nadador y con la orilla imperial relativamente próxima, me dirigí hacia ella, procurando eludir los disparos, zigzagueando y buceando. Mi última imagen de aquel campo de batalla que iba dejando atrás fue la de una barca volcada y una maleta del equipaje flotando, con su cuero mojado y brillante, en el que rielaba la fría luz de los proyectores que enfocaban desde la ribera. En aquella orgía de violencia y estupidez, perdí de vista a Brana, quien sabe si ahogada, cosida a balazos o a salvo en territorio servio, para acabar sus días fusilada por traidora a su país. No veo llegado el momento de viajar al Reino de los Servios, Croatas y Eslovenos, a completar las gestiones –hasta ahora infructuosas- que vengo haciendo para saber de ella, a través de nuestra Embajada en Belgrado. Pero ya sabe usted que, aunque ahora seamos República y desplumada, no somos bien recibidos en la Yugoslavia, y más, si se trata de un antiguo militar imperial inquiriendo el paradero de una supuesta traidora a su país.

     Dicen que las desgracias nunca vienen solas. Ha llegado el momento de presentarle al temiente coronel de artillería Schiffbruch[26], al mando de las baterías que organizaron aquella tempestad en un vaso de agua danubiana. No tuve forma de convencerle de que las barcas que habían rebasado la línea media del río estaban ocupadas por mí y una civil servia afecta, que trataba de pasarse a nuestro lado. Mucho menos quiso dar su brazo a torcer con la realidad de que las motoras servias no hacían otra cosa que tratar de aclarar la fuga y, si acaso, detener a su compatriota por emigración ilegal. No, el coronel tenía que lucirse ante sus Superiores y, de paso, calentar aún más la caldera de la guerra, a punto de explotar. Como se sabe, envió un telegrama a Viena, aludiendo a un ataque o, cuando menos, una provocación de cañoneras servias, afortunadamente repelida por las tropas a su mando. Dicen que el mensaje fue puesto inmediatamente en conocimiento del Emperador, quien quedó muy impresionado de su contenido –mejor podría decir, indignado-.

     Así que, por segunda vez en poco tiempo, yo había cooperado de forma relevante a espolear a los jinetes del Apocalipsis. Algo que tuve que explicar un par de días después al señor Embajador, cuando abandonó Belgrado al expirar el plazo del ultimátum. Capitán, ¿qué rayos hacía usted hace dos días en medio del Danubio?, preguntó. Espionaje militar, excelencia, repuse. Tal vez debería haberme informado, opinó el ilustre diplomático.

     Bien, amigo Jaroslav, creo que aquí puedo concluir el relato de mi intervención en los prolegómenos de la Gran Guerra. ¿Sacará de ellos alguna enseñanza su buen soldado checo, a punto ya de deleitarnos con sus aventuras? Así lo espero y, en cualquier caso, le deseo felicidad y larga vida, como también a su autor.

     Queda de él buen amigo y servidor para lo que guste mandar,

     Karl von Knapp.


 3.  Epílogo

     Años después de mi serie de reportajes sobre Austria y los von Trapp –que no me consiguieron el Pulitzer, aunque a punto estuvieron de ello-, seguía dudando de la autenticidad de la mercancía de Karl von Knapp. En consecuencia, me resistía a publicarla, ni bajo la ambigua rúbrica de relato verosímil. En esto que, en el verano de 1964, se recibió en la dirección de mi antiguo periódico un paquete procedente de Viena, que Deerfield me hizo llegar convenientemente reexpedido. Al abrirlo, me encontré aquella cartera de cuero, con el escudo imperial grabado y la leyenda de Embajada Imperial en Servia. Dentro había una cuartilla penosamente escrita en alemán, que decía así:

     Cumplo la voluntad del señor von Knapp de hacerle donación de esta cartera, para que guarde en ella los documentos que tal vez nunca debieron salir de ella.

     Karl falleció hace dos meses. Siempre conservó de usted un grato recuerdo, como también esta su servidora, que lo saluda respetuosamente.

     Brana Djoric (conocida en Austria como Therese Schell).

     ¿Comprenden ustedes ahora por qué he decidido a mi vez cumplir la voluntad de Karl von Knapp respecto de sus borradores? Y, si resultaren ser falsos, me encogeré de hombros y diré aquello que me enseñaron en la profesión, a las primeras de cambio: En el periodismo, las historias no son ni verdaderas ni falsas: simplemente son buenas o malas.

     Así que me conformo con que esta les haya gustado.



    

     



[1]  Literalmente, Las maravillosas aventuras del buen soldado Švejk durante la Gran Guerra (1921 a 1923). Una edición muy cuidada en español es la de Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona (2013), con las ilustraciones prístinas de Josef Lada, traducida y prologada por Monika Zgustova.
[2]  Para los lectores que hayan tenido la suerte de leer O homem que matou Getúlio Vargas (1998), del escritor Jô Soares (Rio de Janeiro, 1938), afirmo que cualquier parecido no es pura coincidencia.
[3] Los periódicos antes citados cuentan entre los más antiguos de Vermont. Burlington Free Press fue fundado como semanario en 1827, pasando a diario en 1848. Rutland Herald apareció semanalmente en 1794 y, como diario, hacia 1861. Brattleboro Reformer surgió en 1876 como semanario y, como diario, en 1913.
[4]  Su fama fue inicialmente musical, con numerosas giras y grabaciones, principalmente con el nombre de The Trapp Family Singers. En 1949 apareció el libro de Maria von Trapp, The story of the Trapp Family Singers. Finalmente, sobre aspectos de la vida de la familia, surgieron las películas, Die Trapp Familie (La familia Trapp, 1956), Die Trapp Familie in Amerika (La familia Trapp en América, 1958) y, con enorme repercusión, The sound of music (Sonrisas y lágrimas o La Novicia rebelde, 1964).
[5]  Dicho fondo llevaba la denominación de Trapp Family Austrian Relief Inc.
[6]  Se calcula que la ayuda del Plan Marshall para Austria ascendió a 488 millones de dólares de aquella época (año 1948 e inmediatamente posteriores).
[7]  Así como no pienso aclararles nada relacionado con la topografía de Viena –es mejor que vayan a conocerla personalmente-, me siento obligado a ilustrarles sobre muchos de los apellidos que uso en el relato, cuando sean ficticios, a fin de respetar las verdaderas identidades de los personajes. En el caso del señor Knapp, dicho apelativo significa, a la letra, ajustado físicamente y conciso en el hablar. 
[8]  Hofmannstahl es un apellido notoriamente judío. Por tanto, el señor Knapp bromeaba con la persecución nazi a los componentes de dicha etnia.
[9]  No digo que en aquella época y país no pudiesen pasar tales cosas pero, en honor a la verdad, he de confesar que el motivo de pérdida de confianza del Banco en el señor Knapp fue su implicación en ciertas operaciones agiotistas con clientas mayores, que pusieron en riesgo sus ahorros cuando la crisis económica de los años 1929 y siguientes. En fin, amicus Plato, sed magis amica veritas, como nos decían en la escuela secundaria.
[10]  Monseñor Ignaz Seipel (1876-1932), líder del partido Social-Cristiano, canciller de Austria entre 1922 y 1924 y, luego, de 1926 a 1929. El capuchino, padre Petrus Pavlicek (1902-1982) fue el promotor y alma de la cruzada de Reparación del Santo Rosario (1948-1955), para la liberación de Austria, en especial, de la amenaza comunista, derivada de su ocupación parcial por la URSS hasta octubre de 1955.
[11]  Santuarios y advocaciones marianas (portuguesa y austriaca, respectivamente) implicadas en la cruzada animada por el Padre Pavlicek, aludida en la nota anterior.
[12]   Consejo que San Agustín refiere haber recibido de un ángel, que resultó decisivo para su conversión. El libro a leer contenía Epístolas de San Pablo.
[13] Si tienen un poco de paciencia, les iré presentando a estos personajes a su tiempo. Así que, como les diría Karl von Knapp, tollete, legite: coged y leed.
[14]  Escritor y periodista checo (1877-1933), especialmente famoso por haber preparado y publicado la última parte de Las aventuras del buen soldado Shveik, tras la muerte de Jaroslav Hasek en enero de 1923. Con todo, la obra quedó inacabada.
[15]  Von Knapp inicia aquí su simpática costumbre de enmascarar las identidades de los personajes, a quienes ridiculiza con alias alusivos a sus reconocidos defectos. En este caso, el improbable apellido Loeweblind se construye con los vocablos loewe (león) y blind (ciego).
[16]  Gelage puede traducirse por juerga o comilona. En este caso resulta evidente la reducción del sosias al personaje histórico, Oskar Potiorek (1853-1933), a la sazón Gobernador de Bosnia y Hercegovina, y futuro mariscal del Imperial y Real Ejército. No me atrevo a afirmar lo apropiado del remoquete.
[17]   Aclaro, de una vez por todas, que von Knapp escribió en todo momento Servia y sus derivadas con uve. Si se molestan ustedes en acudir a documentos de la época constatarán la misma ortografía.
[18]   Princip equivale a “principio” en servo-croata. De Gavrilo Princip (1894-1918), juzgo innecesario y pretencioso aludir a su biografía. Como se sabe, asesinó en Sarajevo, sobre las once de la mañana del 28 de junio de 1914, al Archiduque Francisco Fernando, heredero del trono de Austria, y a su esposa morganática, Sofía Chotek, provocando con ello el estallido de la Primera Guerra Mundial, un mes más tarde aproximadamente.
[19]   En este caso, el apellido existe realmente y puede traducirse por siervo de Dios.
[20]  Es decir, Ceñidor de Venus. Es aconsejable la consulta de cualquier Mitología grecolatina.
[21]  Escritor austriaco (1880-1942), cuya obra maestra es la novela El hombre sin atributos (1930-1933). De su paso por la citada Academia militar nos dejó otra famosa novela, en parte autobiográfica, Las tribulaciones del estudiante Törless (1906), a la que parece hacer alusión von Knapp en el relato.

[22]  La Legión Checa fue una gran unidad militar, formada en Rusia con prisioneros de guerra contrarios al Imperio Austro-Húngaro, que jugó un notable papel durante la Primera Guerra Mundial y, a partir de 1918, a favor de quienes lucharon en los Urales y en Siberia contra el afianzamiento comunista en territorio ruso. Al fin, lograron su repatriación en 1920, contribuyendo decisivamente a la consolidación de la República Checoeslovaca. Como se deduce del texto, Jaroslav Hasek fue de los pocos de dicha Legión que lucharon a favor de los bolcheviques y, una vez de regreso a su patria, mantuvo ideales comunistas, además de los de su anarquismo juvenil.
[23] El almirante Aleksandr Kolchak (1874-1920) fue el líder más destacado de los Rusos Blancos. Gozó primero del apoyo de la Legión Checa y obtuvo notables victorias. Posteriormente, los checos llegaron a un acuerdo con los comunistas, con vistas a facilitar su evacuación de Rusia. A cambio -se cree-, entregaron a Kolchak a sus enemigos, quienes lo fusilaron en Irkutsk, el 7 de febrero de 1920.
[24]  En la tarde del 23 de julio de 1914, el Gobierno austro-húngaro remitió al servio un documento de diez puntos que, de no ser plenamente aceptado en 48 horas, provocaría la guerra entre ambos países. La no aceptación de dos de dichas condiciones provocó la declaración de guerra, el 28 de julio de 1914, primera de las sucesivas que marcaron el inicio de la Gran Guerra.
[25]  Este gran río, que riega Belgrado, formaba frontera en 1914 entre Servia y la Hungría del Imperio.
[26]  Otro apellido alegórico, inventado por von Knapp. Schiffbruch significa naufragio.

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