viernes, 28 de marzo de 2025

LOS CINCO CAPÍTULOS ADICIONALES DE "LA REGENTA"

 

Los cinco capítulos adicionales de La Regenta

Por Federico Bello Landrove

 

     Un compañero de Universidad de Leopoldo Alas detecta que este olvidó en “La Regenta” referirse al castigo penal que, con toda lógica, tendría que haber seguido a la muerte en duelo del regente, Víctor Quintanar. Le sugiere enmendar la omisión en la segunda edición de la novela y, para facilitarle las cosas, le ofrece un borrador de lo que podría agregarse. Esos son los cinco capítulos que aquí he recogido, ya que “Clarínno tuvo a bien atender la advertencia de su colega catedrático.



Introducción


     Desde que leí La Regenta por primera vez, siendo estudiante de Derecho, me sorprendió el que su autor hubiese dejado pasar la muerte en duelo del regente, D. Víctor Quintanar, sin la menor reacción punitiva por parte de las autoridades. Es más: Leopoldo Alas refiere literalmente en la novela que “el Gobernador decía en su casa que no se le hablase de aquello, que su deber de autoridad estaba en abierta contradicción con su deber de caballero, que debía tener oídos de mercader, ojos de topo, y los tendría…” Admirado de tan flagrante incumplimiento de los deberes legales, no pude por menos de comentarlo con un profesor de Derecho penal de mi confianza, quien me explicó:

-          En aquellos tiempos, el duelo no solo no estaba mal visto, sino que se juzgaba con desprecio a quien, habiendo sufrido una grave afrenta, la dejaba pasar sin lavarla arma en mano. Y, por supuesto, si se aprobaba que el presunto ofendido retase al ofensor, preciso era admitir que el ofensor se defendiera de la misma guisa. Todo lo más, se aceptaba que el duelo tratara de ser evitado exigiendo y otorgando, respectivamente, lo que la ley llamaba una satisfacción decorosa, concepto tan eufónico como impreciso.

-          Todo eso está muy bien, profesor -admití-. De hecho, es una realidad constante y notoria que, cuando la ley penal se aparta de la común opinión, esta acaba imponiéndose a aquella en la mayoría de los supuestos. Pero observe usted que el duelo de esa novela no es un desafío cualquiera: Concluye nada menos que con la muerte de una persona tan notoria, como lo sería en una ciudad pequeña el antiguo presidente de su Audiencia… En esas circunstancias, se me hace poco verosímil que no se adoptase medida ninguna para evitar el duelo ni para castigarlo, aunque fuese con las moderadas penas resultantes de aplicar algunas atenuantes.

     Mi profesor sonrió y decidió no seguir satisfaciendo mi curiosidad. Replicó:

-          Me parece que olvida usted que se está refiriendo a un supuesto novelesco, no a un hecho real. Concedamos, pues, a Clarín el derecho de acabar su gran libro sin añadir a la diégesis nuevas peripecias, que de seguro estaría ya bastante cansado de tanto escribir.

     Comprendí que llevaba razón, aunque mi vocabulario no alcanzase a la diégesis. Le di las gracias archivando en mi excelente memoria de entonces aquella duda irresuelta. Y, por una de esas insólitas casualidades que hay en la vida, el tiempo acabó por ofrecerme la respuesta, o algo próximo a ella.

***

      Me topé con la solución en una librería de lance próxima a la madrileña Fuente del Berro, cuando ya me había convertido en un abogado de Castellar con cierto prestigio y veteranía, que frecuentaba un hotelito de la calle Hermosilla las veces que acudía a alguna vista en el Tribunal Supremo. Para relajarme o para pensar, paseaba toda la calle, hasta llegar al parque de la Fuente. Allí saludaba a Bécquer, descansando unos momentos junto al monumento, mientras repasaba la cita de su rima, tratando de memorizarla -cosa que nunca conseguí del todo-[1]. Seguidamente, regresaba a mi alojamiento, no sin detenerme en la librería Guiomar, donde bien sabía que me esperaba un aromático café de puchero y la conversación, siempre cordial y amena, de Álvaro, segunda generación de “bibliopolas” -como se me presentó con guasa la primera vez que entré en su santuario-. Luego, entre parrafada y parrafada, me daba a conocer alguna de las novedades que le habían entrado procedentes de reventas y almonedas, acomodándose siempre a mis gustos y modestos posibles. Aquella tarde de 1990, conociendo bien mi admiración por Leopoldo Alas, me tenía reservada una sorpresa, metida en una vieja carpeta de pastas duras aseguradas con cintas, de las que yo todavía había alcanzado a conocer en las clases de dibujo del instituto.

-              Como sé de su interés por Clarín -principió el librero-, le tengo apartado esto. No me ha dado tiempo de revisarlo a fondo ni, menos aún, de identificar a las personas citadas aquí dentro. Solo puedo decirle que se lo compré, junto a un buen montón de libros viejos, a un chaval que acababa de perder a su padre y, como es triste costumbre, trataba de ganar unas pesetas revendiendo un montón de tomos polvorientos que, de otro modo, acabarían en un basurero, pues ya sabe usted que lo de comprar los traperos libros al peso ha pasado a la historia. Le di cuatro perras por todo, ni sin antes interrogarle hábilmente por la procedencia de lo que vendía. Me confesó que su padre no había sido precisamente un buen lector, por lo que la herencia libresca procedía de su abuelo paterno, un viejo republicano -así lo definió- que, tras pasarse seis años en chirona al acabar la guerra, había ejercido de mecánico en los talleres del metropolitano y había muerto de cáncer dos años antes que Franco -supervivencia esta que le había resultado casi tan dolorosa, como su enfermedad-.

     Mientras hablaba Álvaro, yo había desatado la carpeta y repasado al vuelo su contenido. Estaba claramente dividido en dos partes. La más extensa la constituía un buen número de folios, escritos a máquina con cinta azul, salpicados de correcciones manuscritas en tinta negra. El resto estaba formado por una carta ensobrada, con membrete del Tribunal Supremo, dirigida A mi amigo Adolfo, con la cubierta rasgada cuidadosamente con abrecartas, y una nota explicativa redactada, al parecer, por el abuelo republicano aludido por el vendedor, en la que justificaba las circunstancias en que la carpeta había pasado a su poder, así como los motivos por los que la había guardado con esmero mientras había tenido vida. Añadiré que los susodichos folios estaban cuidadosamente unidos por dos tornillos de los llamados de encuadernación y que la primera hoja estaba rotulada del modo siguiente:

“La Regenta”

Capítulos XXXI a XXXV

     Fue lo bastante para que me animase a aceptar la oferta de Álvaro, no sin antes regatear con poco fruto, aduciendo que a mí el Clarín que me encantaba era el de los cuentos, que el de las novelas me resultaba demasiado prolijo y psicológico. Cerramos el trato y la carpeta, y allá que me fui camino del hotel, intrigado y contento, aunque tuviese que controlar mis emociones, dado que tenía el tiempo justo para recoger el equipaje, pagar la cuenta y trasladarme en taxi a la estación de Chamartín, a fin de coger el tren de vuelta a mi casa. Fue, por tanto, en el expreso donde tuve la oportunidad de reabrir el tesoro y constatar hasta qué punto colmaba mis expectativas. Eso es lo que tendré la satisfacción de exponerles seguidamente.

***

     Comencé mi lectura por la carta con el imponente encabezamiento que rezaba: Tribunal Supremo. Magistrado. La misiva no hacía constar el nombre del destinatario, que en cambio figuraba citado en el sobre de la siguiente forma: “A mi amigo Adolfo”, seguido de la conocida abreviatura “E.S.M.”[2]. Estaba datada a 20 de marzo de 1913 y su texto era el siguiente:

     Mi querido Adolfo: No quiero alarmarte, pero llevo unos días bastante pachucho, hasta el punto de haber pedido licencia en el Supremo. Por si fueran pocos los achaques habituales, me he cogido una gripe que va a acabar por sepultarme en la cama… En fin, que, pensando, pensando, me ha dado por recordar que todavía guardo, después de casi treinta años, unos folios que entonces escribí para nuestro común y llorado amigo Leopoldo, con el ridículo y, a la vez, bien intencionado propósito de que le pudieran servir para concluir su Regenta de manera más conforme con la ley penal, sin desmerecer la del arte. ¿Cuál era el motivo de tamaño atrevimiento por mi parte?, te preguntarás. La cosa era tan nimia para el común de los mortales, como relevante para quien, como yo, aún mantenía vivo respeto por la aplicación de las normas que explicaba todos los días en clase. Ni más ni menos, echaba a faltar el condigno castigo para quien había acabado en duelo con la vida de Don Víctor Quintanar, así como para quienes, como padrinos poco pundonorosos, habían arreglado un desafío a muerte sin intentar suavizar sus reglas ni evitar el enfrentamiento mediante “una satisfacción decorosa”, como reza la ley[3]. Opinaba entonces -y sigo pensándolo ahora- que los atentos lectores iban a echar de menos esa reacción punitiva, no solo en términos de justicia, sino también de verosimilitud del relato. Leopoldo pareció mostrar cierto interés por mi observación y, con aquella ironía tan suya, me replicó: “No es costumbre publicar corregida y aumentada la segunda edición de una novela. Con todo, prometo considerar tus indicaciones para el caso poco probable de que haya una segunda edición de mi Regenta”.

     Comoquiera que, a diferencia del autor, yo no tuviese dudas de que la novela alcanzaría el éxito y la reedición, me puse a ratos perdidos a esbozar una continuación de la misma en que se recogiera la investigación, juicio y condena por la muerte del señor Quintanar. Mi propósito era doble: Ofrecer una meditada valoración penal de tal evento, con la profundidad y la perspectiva con que un penalista podía calibrarla, materia en la que llevaba yo una lógica ventaja sobre Leopoldo; y, por otro lado, aportarle una mera sugerencia argumental, para que pudiese enlazar aquella “tarde de octubre en que soplaba el viento sur” -en la que hasta entonces concluía la novela- con la eventual aparición del “deus ex machina” que promoviera la acción de la humana justicia. En esta última faceta era el gran “Clarín” quien tenía que vestir con gracia e ingenio los cuatro palos del armazón que yo me atrevía a facilitarle. Con todo, la tarea me fascinó -a fin de cuentas, uno es también un “literato”, como acostumbra a bautizarme el crítico de “El Carbayón”[4]- y la segunda edición de La Regenta” se hacía esperar… Total, que acabé por convertirme yo mismo en el escritor provisional de la secuela y un buen día de 1895 -creo recordar- me presenté en la Facultad con el rimero de folios que ahora te hago llegar y se los puse a Leopoldo en las manos para que hiciese con ellos lo que tuviese por conveniente. No andaba ya por aquellas calendas nuestro amigo muy “católico”, no obstante lo cual recibió el tocho, leyó su epígrafe, me sonrió y dijo algo parecido a esto: “Gracias, querido colega. Ya se sabe que la justicia llega tarde, pero llega”. La verdad es que nunca esperé que mi atrevimiento tuviese por su parte el pago de leer mi trabajo, pero, a juzgar por los meses que tardó en devolvérmelo, tuvo tiempo sobrado de hacerlo. Y así, a principios del curso siguiente, tras sus consabidas vacaciones en Guimarán, me restituyó la continuación de La Regenta: “Toma -dijo-; agradezco tus desvelos, pero, en lo que a mí respecta, Ana Ozores seguirá sobre el pavimento de la catedral por los siglos de los siglos. No obstante, en recompensa por tu bienintencionado trabajo, tienes mi bendición para publicar por tu cuenta y riesgo cuanto aquí has escrito…, si es que crees que la gentil y sufrida Anita ha de agradecerte el empeño”.

     Así quedaron las cosas. Luego, nuestro amigo falleció, ¡tan joven aún!; yo me vine para Madrid al año siguiente de hacerlo tú y cuanto tocaba a nuestra amada “Vetusta” fue quedando cada vez más lejano y apagado. Mas en estos días, en que me siento tan decaído y me invade una especia de pesimismo vital, me han venido a la memoria estas páginas, signo y recuerdo de un tiempo en que aún éramos jóvenes y trabajábamos unidos por fecundos ideales. ¿En qué mejores manos las pondré para cuando yo ya no esté, que en las tuyas, el más joven y el mejor de los que quedamos de entonces? Vuelen, pues, hacia ti, que bien sé habrás de ser su más celoso custodio. Custodio y legatario, con la misma enigmática carga que Leopoldo me impuso: Publicar mi secuela, pero solo si entiendes que ello ha de serle grato a la regenta…

     Terminaba la carta con las pertinentes protestas de amistad y afecto y el remitente la suscribía con su nombre, que resultaba indescifrable para quien desconociera la identidad del personaje, como era mi caso[5]. Desistí de lograrlo en las circunstancias de escasa luz y de traqueteo del vagón, diciéndome que habría tiempo de tener mejor suerte, investigando sobre los datos que figuraban expuestos en la epístola en cuestión, y pasé sin más a enfrascarme en la lectura de la amplia nota explicativa del abuelo republicano que, aunque manuscrita, resultaba de muy fácil lectura, dado lo claro y regular de la letra del escritor.


***

     La susodicha nota manuscrita decía así:

     En los últimos días de octubre de 1936, los integrantes de las diversas federaciones madrileñas de la C.N.T. recibimos la orden de cooperar con las autoridades civiles para desalojar y fortificar aquellas zonas de Madrid que, por su situación y relieve, serían los puntos por los que los fascistas intentarían el asalto a la capital. A mí me correspondió formar parte de un pelotón que iba a cumplir las citadas órdenes en la Avenida del Valle y otras calles inmediatas de la Colonia Metropolitana, formadas en su mayor parte por agradables hotelitos ajardinados de uso unifamiliar. En la mañana del martes, 27 de octubre, entramos a desalojar el número 22 de la citada avenida, de la forma expeditiva y poco compasiva que exigían aquellas maniobras. Nos atendió personalmente un señor anciano, con gafas y bigote, al que requerimos para que recogiese urgentemente sus pertenencias más básicas, y abandonara la casa, junto con las demás personas de su familia y del servicio, que la verdad es que no nos preocupamos en identificar. Mientras tanto, mis compañeros empezaron a sacar de la casa muebles y cuantos enseres pudiesen servir en su momento para formar barricadas, depositándolos en el jardín. Nos llamó la atención la asombrosa cantidad de libros que aquel señor había reunido, lo que nos hizo pensar que se tratase de algún profesor, ya jubilado. Yo participé en la incautación y amontonamiento de todos aquellos tomos. Cuando llevábamos como una hora de faena, me tropecé en el vestíbulo con el propietario, que bajaba los últimos peldaños de la escalera del piso alto arrastrando penosamente una maleta en cada mano. Temiendo que acabara por tropezar y caerse, me adelanté a ayudarlo con su carga, dejando la mía sobre el piso. El viejo me lo agradeció y, al ver qué era lo que yo me disponía a tirar afuera, me suplicó que respetara una carpeta con documentos, que me aseguró eran recuerdos de un gran valor sentimental para él. Temiendo ser visto y reprendido por alguno de mis compañeros, me negué a entregársela, ante lo cual el anciano me pidió que, al menos, la guardase yo hasta que pudiera devolvérsela cuando acabase la guerra. Aún no sé por qué, al salir al jardín aparté la carpeta y la coloqué apoyada en el muro de cierre, entre unos arbustos. Cuando terminamos la faena, pasé a recoger lo resguardado, con la desfachatez que permitía el que, quien más, quien menos, todos llevábamos algún botín de lo no muy boyante que habíamos birlado en aquella casa. Y, de todas formas, aunque hubiese pensado en devolverle la carpeta a su dueño, habría resultado muy difícil porque ya se había marchado, apremiado por los que dirigían el desalojo. De modo que, acabado el servicio, regresé a mi domicilio, hojeé lo que contenía la carpeta, que fue chino entonces para mí, y la guardé en un armario.

     Pasé toda la guerra en Madrid, habiendo estado a punto de diñarla en más de una ocasión, en particular cuando los anarquistas apoyamos el golpe de Casado y combatimos durante una semana en las calles contra los comunistas. Acabada la contienda, me condenaron a veinte años por ser militante de la Confederación, de los que pasé seis en El Puerto de Santa María. Al salir, como había mucha falta de mano de obra cualificada y yo era un buen mecánico, me coloqué en Manufacturas Metálicas Madrileñas, pasando luego a trabajar en los talleres del Metro, donde actualmente sigo prestando servicio. En este tiempo intenté encontrar al “Adolfo” de la carpeta, logrando saber que había fallecido un año antes de salir yo de la cárcel; visto lo cual y el poco valor del contenido, decidí conservarla como recuerdo.

     Sin dejar de cumplir con mi trabajo manual y de sacar adelante a una familia, he logrado adquirir una cierta cultura, a base de mucho leer, como solían hacer los mejores anarquistas de antaño. Gracias a ello, no hace mucho oí hablar de la novela La Regenta, de la que trataba el contenido de la carpeta, entendiendo por fin todo lo que se decía en ella de continuar la obra y de no publicar lo añadido, si no había de ser para bien de la protagonista. Así que, como tampoco yo tengo la respuesta de si voy a matar o a espantar, decido guardar los papeles y que los que me sucedan hagan con ellos lo que estimen conveniente.

     Dicho lo cual, firmo la presente en Madrid, a 10 de julio de 1968.

     Seguía la firma, perfectamente legible, pero ¡a quién le importa la identidad de un mecánico que no tuvo otros méritos conocidos que el sobrevivir a la guerra y leer La Regenta!

***

     Dicho y sabido lo cual, ahora correspondía a un abogado que viajaba de Madrid a Castellar el tomar la decisión de publicar o no la apócrifa continuación de la gran novela de Clarín. Y la elección no fue dudosa, pues resultó que el letrado viajero, cuando leyó La Regenta, echó mucho a faltar la respuesta penal, como le había pasado, tantos años atrás, al profesor de Derecho penal de Oviedo. En consecuencia, y como más vale que la justicia penal llegue tarde que nunca, ahí va la fiel transcripción de los capítulos XXXI a XXXV de La Regenta. Y espero que mi atrevida resolución sea bien llevada por Ana Ozores… y por cuantos leyeren las páginas que siguen.

 

 

Capítulo XXXI


     Un buen día de mediados de noviembre[6], con casi una hora de retraso, el expreso de Madrid llegaba a la estación de Vetusta, jadeando y con las dos negras locomotoras que tiraban de él parcialmente blanqueadas con las primeras nieves de los fríos otoñales, que no se habían hecho de rogar. Dos docenas de pasajeros encogidos y somnolientos poblaron de golpe el andén, con el apresuramiento de quienes tenían que poner sus personas y equipajes a buen recaudo, antes de que el convoy siguiera de inmediato su marcha, escupiendo vapor y humo, hasta rendir viaje en Gijón. Rompiendo la unanimidad de los viajeros y los maleteros que se apresuraban camino de la salida, un caballero de buena edad, ataviado con redingote y bombín color avellana, aguardó con toda calma junto a un baúl mundo, mientras cotejaba la hora de su reloj con el de la estación y daba unos cortos paseos arriba y abajo para desentumecerse, ayudándose con un bastón de puño dorado para atenuar la ostensible cojera de su pierna izquierda. Por dos veces rehusó el ofrecimiento de sendos mozos de cuerda, hasta ver aparecer por la puerta encristalada que daba al vestíbulo a un sujeto uniformado y con gorra de plato, con lema y leyenda de la empresa para la que trabajaba.

-          Perdone, caballero -dijo dirigiéndose a quien esperaba-. ¿es usted don Joaquín Torres?

-          Así es, repuso el interpelado, secamente. Y supongo que usted será la persona a quien la fonda La Vizcaína habrá comisionado para venir a recibirme a las nueve de la mañana, es decir, hace una hora.

-          Perdone el señor -se disculpó el enviado-, pero estaba en el porche de la estación junto al coche de la fonda, para recibir a los clientes y no abandonar los caballos. Creí que el señor tomaría un maletero para sacar su equipaje hasta la calle.

-          Pues yo pensé que también desempeñaría usted ese trabajo -replicó el viajero, con tono poco amable-. En fin, de un modo u otro, vamos allá, que estoy deseando llegar ya a la habitación.

-          Tiene usted razón, concedió el mozo. Aunque el expreso viene funcionando desde hace más de un año, aún no han ajustado la duración del viaje a las quince horas prometidas. ¡Y eso que aún no estamos en invierno!

-          Pues en lo alto del puerto había ya bastante nieve y no ha dejado de caer hasta Pola de Lena -observó el caballero-. Menos mal que aquí parece hacer buen tiempo.

-          Y que lo diga el señor, ratificó el empleado de la fonda, mientras accedían al exterior de la estación.

     Ante los ojos del viajero se abrió una amplia explanada, que se prolongaba en sentido opuesto al airoso edificio blanco de la estación con una amplia avenida rectilínea bordeada de altos edificios de moderna construcción, hasta perderse de vista; pero apenas tuvo oportunidad de distraerse en la contemplación. Colocado que fue el baúl en la baca del carruaje, fue urgido amablemente a subir al mismo y tomar asiento, pues ya otros dos ocupantes, también pasajeros del expreso, se impacientaban con el retraso. El rezagado subió con alguna dificultad el escalón del estribo, al tiempo que esbozaba una disculpa por la tardanza. Tras él, al cerrar la puerta, aún oyó al auriga decir:

-          Tranquilícense los señores. En cinco minutos llegaremos a La Vizcaína.

     El retraso tuvo su recompensa. Resultó que La Vizcaína -que le había recomendado un colega de Vetusta-, más y mejor que una fonda, resultó un hotel de muy buena presencia, recién inaugurado, que según el folleto que le entregaron en recepción contaba con sesenta habitaciones repartidas en tres pisos, con restaurante y salones en el principal y una gran copia de baños en la planta baja. Para mayor comodidad, la esquina de esta planta estaba ocupada por las oficinas terminales de las diligencias que hacían el servicio a Castilla y a los más variados lugares de la provincia vetustense. Al recién llegado le tenían reservada una amplia habitación exterior en la primera planta, con vistas a una calle lateral, que le fue enaltecida como el antiguo camino de peregrinos a Compostela, que constituía la vía más recta para llegar a la céntrica plaza de la Catedral. El huésped preguntó:

-          ¿Y para llegar a la Audiencia?

     El fondero sonrió con cierta petulancia y respondió:

-          No hay alojamiento mejor para eso: Estamos a dos pasos, subiendo por la misma calle… La justicia ocupa el mejor palacio de la ciudad.

     Lejos de alegrarse por tan ilustre emplazamiento, el caballero -de quien va siendo hora de que volvamos a citarlo por su nombre, don Joaquín Torres- dijo para su coleto:

-          Esperemos que los blasones no se caigan a pedazos sobre nuestras cabezas.

     Ocupado que fue por don Joaquín su aposento, el sufrido cargador de su mundo se ofreció solícito:

-          Si el señor viene cansado del viaje y desea tomar un baño, yo mismo vaciaré el baúl y colocaré debidamente sus pertenencias.

     El señor Torres aceptó de mil amores el ofrecimiento, no sin advertir al servidor:

-          Limítese a sacar ropa y calzado y colocarlo en el armario. El resto lo deja tal cual viene, que ya le buscaré yo el oportuno acomodo.

     Pocos baños había tomado en su vida con más delectación y calma. Inmerso en la amplia bañera, llena de agua humeante hasta el borde, el fatigado viajero cerró los ojos del cuerpo y abrió los de la imaginación. Ante él, como en una procesión bien ordenada, iban desfilando las personas y los momentos que tan atrevidamente lo llevaban de Madrid a Vetusta: El rostro afable y patilludo de don Manuel Silvela, animándolo a aceptar la fiscalía vetustense, como dudoso premio a su colaboración en el opúsculo del ministro acerca del jurado[7]; la imagen de su esposa, entre la ira y el llanto, echándole en cara que destrozaba su felicidad por la ilusión de un discutible ascenso profesional; las caras de sus hijos, al despedirlo la tarde anterior en la estación del Norte, reflejando tristeza y perplejidad. ¿Y ahora qué?, se pregunta, figurándose solo en la habitación de la fonda por largos meses o vagando por esta ciudad insignificante y desconocida, en la que supone con fundamento que no ha de ser bien acogido. Sin salir de la tina, estira el brazo y coge el reloj, comprobando la hora. ¡Las dos menos cuarto! Apenas tiene quince minutos para llegar a tiempo al almuerzo en el comedor de huéspedes. Otro día será. Sube en albornoz a su habitación, que encuentra perfectamente ordenada; incluso los libros y carpetas que había mandado dejar en el baúl ahora lucen en hilera sobre el secreter, por orden de altor. El viajero, mucho más falto de descanso que de alimento, pone en penumbra el cuarto, se zambulle en la cama y muy pronto sus sombríos pensamientos quedan convertidos en un agitado sueño.


***

     Ana regresó de la capilla de la Victoria hasta su casa despaciosamente, aspirando con avidez a través de su tupido velo de luto la tonificante brisa de la mañana. Pocas más habría ya de sol y grato frescor a estas alturas de noviembre en Vetusta. Al aproximarse a la puerta del caserón, vio a Anselmo barriendo el zaguán y la acera contigua, salpicada de hojas muertas. Sorprendida, avistó a Frígilis saliendo tan de mañana por el portón y tomando la dirección de la Encimada sin detenerse a saludarla, seguramente por ir abstraído. Lo llamó y él desanduvo media plaza para acercarse a ella:

-          ¿Adónde va el caballero andante con esas prisas y tan temprano?, le preguntó risueña, levantándose el velo.

     El interpelado, como niño pillado en falta, sonrió bajando los ojos y salió por los cerros de Úbeda:

-          Hermosa mañana -respondió-. ¿Qué tal te encuentras hoy?

-          Bastante mejor que ayer, hasta el punto de que, si esperas a que desayune un bocado, podrías acompañarme a dar un paseo con la fresca hasta El Espolón.

     Frígilis torció el gesto y se disculpó:

-          Me va a ser imposible pues esta mañana he de realizar algunas gestiones ineludibles. Además, Benítez te ha aconsejado salir lo menos posible después del vahído del otro día…

-          ¡Pero si ya estoy prácticamente bien!, replicó Ana. De hecho, he dormido esta noche de un tirón y sin pesadillas… En fin, ve donde tengas que ir y que te vaya bien con los trámites, cualesquiera que sean.

     El bueno de Crespo no dejó de percibir el recelo de Ana, pero, haciendo caso omiso, se despidió con un ademán y retomó su camino, maldiciendo haberse topado con ella en aquel momento. Y eso que era para estar contento de que lo de la catedral de días atrás lo estuviera superando su amiga con tanta rapidez… Un milagro hubo de ser que Ana perdiese el conocimiento y, al despertar, lo hiciera con tal torpor, que no pudiera separar lo vivido y lo imaginado. Así logró el agudísimo Ripamilán -que el Señor bendiga- llevar el incidente por el camino de la fantasmagoría, confundiendo de tal modo a la víctima, que tomara lo sufrido como ilusión de sus emociones y de la fantasía. ¡Si algún día pudiese Ana olvidar todo lo pasado y vivir la felicidad que tanto merece y de la que nunca ha gozado! Ha debido de mascullar esto último de manera audible en exceso, pues una verdulera que arrastraba un carretón ha vuelto la cabeza a su paso, extrañada. En fin, se dice nuestro peripatético pensador, a lo que vamos. Unos pasos más adelante, se detiene ante el imponente pórtico marmóreo del Banco de Vetusta, cuyas puertas acristaladas todavía permanecen cerradas. Frígilis -perdón, en este momento ha de ser el señor Crespo- comprueba en su reloj que aún faltan cinco minutos para las ocho. Entretiene la espera, avanza hasta el final de la calle y se queda mirando la labor de los barrenderos que acicalan la plaza de la Catedral. Quizá sea más correcto llegar unos momentos después de lo acordado, para no agobiar… O no, no sea que lo tomen a descortesía. Retrocede unos pasos y ya ve venir por la acera en sentido contrario a Cuervo. ¡Buena señal!: Le ha hecho un gesto de saludo con la mano. ¡Jesús, cuánto requilorio para que a los cincuenta y tantos años lo readmitan a uno en el banco!

     Entre tanto, Ana se desayuna todo cuanto ha dispuesto Servanda, sin despreciar siquiera ese chocolate que tan bien huele pero que hace tan espeso, que parece engrudo. Mientras lo aligera con un chorrito de leche y espera que se enfríe un poco antes de mojar los picatostes, se acerca a la galería del comedor y se sumerge en la contemplación del jardín, animado todavía con los tonos dorados, rojizos y ocres del follaje, que ya empieza a ralear. Por el sendero de grava bordeado de álamos fue por donde vio llegar como una aparición, hace justamente tres semanas, a su antiguo confesor, don Cayetano Ripamilán, el arcipreste, su guía de tiempos pasados. Después de muchos meses sin recibir otra visita que la del doctor Benítez, hubo de frotarse los ojos para convencerse de que aquel saco de pellejo y huesos, revestido de una sotana con ribetes morados, no era una aparición. Pero no, era don Cayetano, más sonriente y cariñoso que nunca, al que Anselmo hizo pasar al salón mientras Ana recomponía su casero vestido de flores, se atusaba el cabello y se rociaba con una colonia de perfume discreto. El arcipreste no había podido ser más directo: Tras besarle ella la mano y preguntarle él por su salud, le espetó:

-          Anita, ya que no pudiste confesar el otro día en la catedral, como era tu propósito, me he llegado a tu casa para que limpies tu alma. Si no te parece mal, pasemos a la capilla y ve preparándote para el sacramento de la penitencia.

     La joven viuda se levantó a la vez que el canónigo y, como una autómata, encaminó a don Cayetano al pequeño oratorio anejo a su dormitorio. Una vez allí, el sacerdote tomó una silla y se sentó mientras Ana, de rodillas en el reclinatorio, hacía examen de conciencia ante el gran crucifijo que su marido había comprado en la tienda de Barinaga, al volver del viaje de novios. Pasada una media hora, Ripamilán se levantó, la tocó suavemente en un hombro y musitó: Vamos, hija, que ya te ayudaré yo, si fuere necesario.

     De forma bien distinta de la sentimental y penetrante que habría usado con Don Fermín, si este la hubiese escuchado, Ana volcó en aquel confesor ya casi olvidado sus pecados, sus dudas, su necesidad de un perdón que, pese a los brazos abiertos del Crucificado de la pared, no se atrevía ni a imaginar. Con todo, recibió contrita la absolución que don Cayetano le daba, no sin antes explicarle este con toda claridad que su pecado no era otro que el de adulterio, puesto que nada había sabido de antemano sobre el duelo entre su esposo y Mesía, ni podía en recta doctrina canónica responsabilizarse a las esposas de los desvaríos a los que el pundonor de sus maridos pudiera llevarlos. ¿Que tu conciencia te acusa de la muerte de don Victor? -concluyó el confesor-. Sea. Súfrelo y ofrece tu irremediable aflicción por la salvación de su alma, mas ten bien presente que, ni Dios ni su santa Iglesia te sentencian por ello… ¡Ea! ¿A quién vas a creer, a tu descomedido criterio, o a la voz de tu confesor, que en este momento es la del mismo Cristo?

     La confesión había terminado así, pero habían proseguido los consejos del bueno de don Cayetano, mientras paseaban por el jardín a indicación de este. Contemplando aún el parque, mientras el chocolate se atemperaba, Ana recordaba las palabras del canónigo dichas al oído, al modo que la mollina empapa blandamente la tierra:

-          Muy bien me parece lo que dices de retomar tus prácticas religiosas, abandonando este insano encierro que te has impuesto; pero todo a su tiempo y con medida. ¿Qué es eso de llamar despectivamente vulgar a la religión básica y personal? Misa, sacramentos, oraciones, ofrenda a Dios de tus sufrimientos… Pues ¿qué más quieres? No es, por ahora, el momento de ambicionar más, tentada por una inmodestia que acabará con tu salud y quien sabe si con tu vida, en contra de la voluntad divina. Y no te hagas mucho de ver: Aquí bien cerca tienes la capilla de Nuestra Señora de la Victoria, que ha de servirte para el caso. Por supuesto, nada de misas mayores ni de volver por la catedral, donde la emoción y los nervios te abruman y paralizan por razones que tú sabes y yo me callo. Y no te impongas confesar con nadie en particular, ni buscarte un nuevo director espiritual. Por ahora, con el capellán de la Victoria te basta y sobra. Más adelante, ya te recomendaré yo a algún sacerdote para que te aconseje de modo permanente, cuanto más santo y más maduro, mejor.

-          ¿Y por qué no Su Reverencia para tal labor, puesto que reúne esas cualidades y, además, me conoce tan bien?, le había sugerido, anhelosa de ser escuchada.

-          Porque estoy con un pie en la sepultura y porque, me guste o no, soy miembro del cabildo y me debo a la catedral. Así que no pidas imposibles y acata mis consejos… Con todo, si en algún momento me necesitas, mándame recado reservadamente y vendré a verte en cuanto pueda.

     No había precisado de avisarlo. La calma volvía a su espíritu y, gracias a los consejos de Frígilis y a sus propias ocurrencias, ocupaba el tiempo que otrora habría llenado haciendo y recibiendo visitas, con la lectura de las obras con que Víctor había atestado la biblioteca. ¡Se sentía tan ignorante! Pero, aunque hacía por esforzarse, le era recio enfrascarse en aquellas tiras de versos calderonianos, que tanto le recordaban a su extinto marido. Pasaba luego a hacer cuentas, como su nocturno huésped le aconsejaba, pues la pensión de viudedad daba para poco y la pobre Servanda, con los años y el reuma a cuestas, apenas miraba por el bolsillo de su ama y compraba en los puestos más cercanos al caserón, sin preocuparse del precio. Los cálculos siempre acababan en números rojos y Ana, confusa y enfurruñada, tiraba el lápiz sobre la mesa y le daba por arbitrar las medidas más disparatadas, desde establecer en la casa en una pensión de tono, hasta dedicarse a la costura, con esas manos y ese gusto que sin duda había heredado de su difunta madre.

     A estas alturas, el chocolate se había transformado en una pasta correosa y tibia, que a duras penas se dejaba perforar por los picatostes. Ana optó por mojar estos en el vaso de leche, sin dejar de rumiar la idea que le acababa de venir a la cabeza. ¡La cuadratura del círculo! Economía, paseo y distracción, todo a un tiempo. Coge la bandeja con el servicio de desayuno y se dirige a la cocina, para mejor dorar la píldora a Servanda:

-          Hoy me encuentro mucho mejor -le asegura-. Me apetece salir y ver gente… Voy a acompañarte a hacer la compra.

-          ¡Pero, señora -rezonga la criada-, si solo voy a llegarme a la plaza del Pan por algo de verdura!

-          Tanto mejor, le replica Ana. Tampoco me haría feliz encontrarme con conocidos y tener que andarme parando y dando conversación.

     No tuvo suerte en esto. Apenas habían puesto los pies en la calle cuando se dieron de manos a boca con Obdulia Fandiño. Quedó esta tan asombrada de ver a Anita por la calle, que, de entrada, apenas pudo articular palabra, lo que aprovechó la de Ozores para limitar la conversa a estas irónicas palabras:

-          ¡Amiga Obdulia, tú por aquí! ¿No te encaminarías a casa para darme el pésame, verdad? Mejor, porque Servanda y yo vamos a la compra y enseguida se llena la plaza de gente. Me alegro de verte buena. Hasta más ver.

     Servanda apenas pudo contener la risa. La señora está hoy muy ocurrente, comentó. Y Ana:

-          Tenemos que comprar castañas. En almíbar o con leche están riquísimas y son muy nutritivas.

***

-          ¿Y cómo te da, a los diez años de haberte ido voluntariamente, por volver a pedir trabajo?, preguntaba Cuervo. Ya vas entrado en años y no sabes lo mucho que ha crecido y cambiado el negocio del banco. Eso, por no hablar de la contabilidad, que cada vez nos vienen los auditores con mayores exigencias. ¡Y la competencia! Sabrás que ahora son tres las casas que se disputan la clientela en Vetusta: ¡tres, figúrate!, en una plaza de cuarenta mil almas.

-          No me extraña -repuso Crespo-. Vetusta no crece mucho, pero la provincia se está convirtiendo en un emporio: minas de carbón, siderurgia, fabricación de armas… Yo pienso que hay negocio para todos y, donde hay dinero y el trabajo aumenta, se hace necesario ampliar personal.

-          ¡Huy!, exclamó Cuervo, levantando los brazos. Ya sabes cómo son los jefes de esta santa casa -como los de las demás, por otra parte-. Te ahogan a trabajo antes de contratar a más gente. Yo, sin ir más lejos, estoy saliendo a las ocho o las nueve de la noche, y sin ver una peseta por las horas extra.

     Frígilis empezaba a cansarse de aquella monserga que parecía dirigida a que desistiese de su propósito y marchase por donde había venido. Con todo, optó por ser paciente y explicarse, exagerando su precaria situación económica:

-          No sé si recordarás que abandoné el trabajo a raíz de heredar de mi difunto padre las tierras que me dejó por León. Bien creí que su venta me permitiría vivir de rentas el resto de mis días, pero no ha sido así, amigo Cuervo, y aquí me ves, a mis años, viniendo a pedir trabajo como un mozalbete. Te aseguro que ando muy alcanzado. Escatimo todo lo posible y hasta he llegado a retrasarme en el pago de la pensión. ¡Vergüenza me da solo de contarlo!

     Cuervo estaba al tanto de ciertas interioridades gracias a su esposa, Visitación, que se había hecho eco muy pronto de los chismorreos que corrían por la ciudad, a propósito de que Frígilis pernoctase desde hacía meses en el caserón de los Ozores y del concepto en que lo hacía. Así pues, preguntó con toda la malicia:

-          ¿Te refieres a tu pensión de toda la vida o a la casa de la Regenta?

     Ofendido, Crespo apretó puños y dientes mientras taladraba a su inquiridor con la mirada. Cuervo se echó hacia atrás, incorporándose ligeramente, comprendiendo hasta qué punto había molestado a su interlocutor, cuyos prontos eran conocidos por su vehemencia. Pero en esta ocasión Frígilis, en interés del negocio que le ocupaba, contuvo la ira y, contestando muy despacio, recalcando las sílabas, se limitó a responder:

-          Dejemos el cotilleo para otro lugar y otro momento. En fin, ahora que ya conoces mis motivos, te ruego me anuncies al señor Palma, a quien ya tengo el gusto de conocer de mi época de pagador del banco.

     Cuervo esbozó una sonrisa forzada y replicó:

-          El señor Palma no viene por aquí antes de las once. Si quieres esperarlo…

-          Gracias, repuso Crespo. Tengo que hacer unos recados. Volveré luego.

     Crespo salió de la oficina, pero, lejos de partir para otros mandados, se quedó en las inmediaciones, acechando la llegada del banquero. Después de la conversación con Cuervo, que hemos espiado, barruntaba que este sería capaz de no transmitir al señor Palma su deseo de ser recibido por él. Mientras paseaba, no dejaba de idear lo que le diría para conseguir ser recibido de nuevo en el redil del Banco de Vetusta, después de tantos años de ausencia. Desde luego, lejos de sus propósitos el confesar a ese crápula de Palma, camarada de farras de Mesía, que su repentina afición al trabajo no tenía otro objeto que el de robustecer la claudicante economía de la casa de Ozores, sin necesidad de que Ana -como ya había apuntado- vendiese la casona o prescindiera de alguno de sus dos viejos servidores. Ya tenía él decidido que, de un modo u otro, pagaría generosamente su derecho de pernocta en aquel caserón, aunque lo hiciera en interés de la seguridad y la ayuda que su dueña precisaba. La verdad es que -como alguna vez le había echado en cara el finado Víctor- era más corto que las mangas de un chaleco, y se resistía a trasladarse con armas y bagajes a casa de Anita, como si fuese uno más de la familia, pues no dejaba de ser la de una viuda reciente y apetecible, como se encargaban de recordarle las murmuraciones de la gentecilla. Total, que se sentía obligado a mantener su aposento en la fonda donde había morado los últimos veinte años, yendo allí a yantar, y manteniendo la reserva del cuarto para el momento en que la viuda de su difunto amigo fuese ya capaz de volar sola. No. Desde luego, no le daría el gustazo al banquero de apelar a la estrechez por la que pasaba aquella mujer, a la que no se privaría de galantear cualquier viejo verde de Vetusta, desvergonzado y con dinero…

      Un tílburi embocó la Encimada, viniendo de la Puerta Nueva. Crespo columbró la figura de Palma. Lo saludó destocándose y aceleró el paso, casi corriendo, para llegar a su altura cuando parase a la puerta del banco. Gentilmente, ayudó al pasajero a descender del carruaje, anticipándose al cochero. Palma, inmediatamente, lo reconoció.

-          ¡Caramba, Crespo, qué sorpresa! ¿Qué, a meter o a sacar parné del banco?

-          Nada de eso, señor Palma. Lo estaba esperando porque necesito hablar con usted. Si tuviera un momento…

-          ¡Claro, hombre, vamos para adentro! Un antiguo y fiel empleado, como tú, siempre será bien recibido en esta casa.

     Frígilis escrutó los enrojecidos ojos de Palma y aspiró su aliento, que apestaba a armañac. Dio gracias a Dios por haber llegado en tan buen momento y, tras abrirle la puerta para que pasara, siguió al banquero hasta su despacho en la primera planta, sin dignarse dirigir la vista a Cuervo, puesto en pie ante la llegada de su jefe, a cuyo paso hizo una cumplida reverencia, mientras le deseaba los buenos días a coro con sus colegas del patio de operaciones…

     Es increíble lo de cara que tuvo Frígilis a San Carlos Borromeo, y eso que su fiesta ya había pasado[8]. Aquel día salió del banco con el nombramiento de empleado de ventanilla, para empezar a trabajar días más tarde, concretamente, el primero de diciembre. Las condiciones, como el propio Palma había admitido, no resultaban las más acordes con su edad y su experiencia en el negocio, pero era, por el momento, lo único que podía ofrecerle. Más adelante, si quedaba vacante alguna plaza mejor… Lo que menos complació a Crespo fue la forma ladina en que el banquero se había referido a la Regenta, dejando caer que el favor también la tenía a ella como beneficiaria:

-          Bueno, amigo Crespo -le dijo como despedida-, espero que con esto salgáis adelante, tú y los de tu casa.

***

     En el coqueto despacho del presidente, en el primer piso del casino, con vistas a la travesía de San Juan, se estaba desarrollando una reunión a tres, entre el titular del cargo y de la estancia, Pepe Ronzal, el socio de la entidad y procurador de los tribunales, don Matías, y el vicepresidente y perejil de todas las salsas, Paco Vegallana. El hecho de celebrarse el encuentro a mediodía puede ponernos sobre aviso de que el tema a tratar presentaba visos de relieve y de cierta urgencia. Para comprenderlo, nada mejor que ponernos en antecedentes.

     Ante la fulminante desaparición del anterior presidente, don Álvaro Mesía, a raíz de su duelo mortal con el regente, se había reunido el mes de abril anterior la junta del casino para designar sucesor, recayendo la elección en el diputado señor Ronzal. En calidad de tal, cuando se tuvo noticia de la presencia en Vetusta de un nuevo fiscal, se procedió como era costumbre con las autoridades recién llegadas, a enviarle por un portero el besalamano de salutación, acompañado del título acreditativo de su nombramiento como socio honorario del ilustre casino vetustense. Hasta ahí, todo corriente. Lo que resultó inusual fue que, al día siguiente, un ujier de la Audiencia viniese con la contestación que, más o menos, rezaba así: El fiscal que suscribe agradece la atención de esa entidad, pero se ve en el deber de rehusar su nombramiento como socio de la misma, por la incompatibilidad que pudiere producirse con la persecución de ciertas actividades que suelen llevarse a cabo en instituciones del tipo de la que Usía preside. Ni que decir tiene que la áspera misiva del señor Torres levantó ampollas en la junta directiva de la sociedad, por no hablar de la inquietud por el futuro de los asiduos del gabinete rojo y del cuarto del crimen[9]. Deseoso de dar por el momento a tal situación el menor escándalo posible, Ronzal había encomendado a un socio e inveterado jugador, el procurador don Matías, aprovechando sus relaciones profesionales con el mundillo de la justicia, el encargo de sondear las intenciones del nuevo acusador público. Y hete aquí que ahora se dispone a rendir cuentas de su gestión, no sin la indeseada presencia del joven de los Vegallana, a quien Ronzal no se ha atrevido a mandar salir del despacho al presentarse su informador…

-          … Nada hay que haga presagiar una redada, ni cosa semejante -asevera don Matías, tranquilizadoramente-. La policía no ha recibido indicaciones en tal sentido y, a mayor abundamiento, el gobernador también es un recién llegado, que no habrá tenido tiempo de preocuparse de estas zarandajas.

-          Tienes razón -apoyó Vegallana-. Por otra parte, el gobernador no ha rechazado el nombramiento de socio de honor, aunque lo cierto es que todavía no nos ha distinguido con su presencia.

     Ronzal no parecía compartir aquella despreocupación. Insistió en su desconfianza:

-          Entonces, ¿a qué viene el despreciar nuestra invitación y poco menos que amenazarnos con una investigación penal en toda regla?


     Matías se encogió de hombros y conjeturó:

-          Hay jueces y fiscales de vara tragada, que cuando llegan a un nuevo cargo, se hacen los rígidos y los puritanos. En cualquier caso, me ha asegurado Domiciano Carralejo, el teniente fiscal[10], que el nuevo fiscal viene de Madrid con buenas referencias y que en Vetusta, por el momento, está aclimatándose con prudencia y toda corrección.

     El presidente del casino insistió en sus reticencias:

-          No me fío del criterio de Carralejo -afirmó-. Es hombre intemperante, que se mueve por filias y fobias.

     El procurador, asintiendo, sonrió:

-          Precisamente por eso estoy más cierto de la verdad de cuanto dice. Ya sabes que lleva diez años de teniente y contaba con que ahora lo promocionasen a él. Así que no creo que alabe, así como así, a quien le ha birlado el ascenso. Al contrario, lo tiene muy controlado. De hecho, le he rogado reservadamente que nos informe si emprende algo que pueda afectarnos.

     Paquito terció para satisfacer su curiosidad y, a un tiempo, demostrar que estaba bien informado:

-          Parece que el tal Torres ha venido a Vetusta con el propósito de quedarse entre nosotros un tiempo. Reside en la nueva fonda de Regueral[11], pero me han dicho que anda buscando casa para trasladar aquí al resto de la familia. Ahora bien -agregó bromeando-, yo recelaría de ese fiscal: Es cojo y ya se sabe que los rencos tienen mala intención.

     Matías, lejos de reírle la gracia, aclaró con circunspección el origen del defecto:

-          Le alcanzó la metralla de una bomba durante el cerco de Bilbao del año 74. Él quedó cojo, pero a su esposa la mató. Dicen que lo dejó con dos hijos pequeños y que volvió a casarse con una hermana de su primera mujer.

     Ronzal, que apenas aguantaba el desparpajo y la trivialidad de Vegallana, cortó a Matías y dio por terminada la entrevista con estas palabras:

-          Está bien. Agucemos las orejas. Nada de confiarse; y tú, Paquito, chitón.

***

     De la carta que don Joaquín Torres remitió a su esposa, Herminia, a Madrid desde Vetusta, fechada el 14 de diciembre de 18…:

     Querida esposa:

     Mucho me alegraré, y así lo espero, de que al recibo de la presente os encontréis bien los tres en todos los aspectos. Yo, por mi parte, me hallo perfectamente, aunque os echo muchísimo de menos. La verdad es que estoy ambientándome en esta ciudad con gran rapidez, lo que favorece el pequeño tamaño de la misma -su parte céntrica se conoce en unos días; se puede ir a todas partes a pie, salvo inclemencias del tiempo, y se recorre de parte a parte en media hora-. Y, hablando del tiempo, este ha sido fresco y saludable hasta hace un par de días, en que se ha metido en agua, con la nieve blanqueando las cumbres de los montes que la dominan por mediodía. Te diré lo mismo que me aseguran los colegas de aquí y los huéspedes de la fonda: Que es mucho peor la fama que tiene el clima de Vetusta de lo que realmente soportan sus habitantes. A fin de cuentas, si queremos disfrutar de unas temperaturas suaves y de una tierra permanentemente verde, habrá de ser a cambio de mayor cantidad de lluvia y de neblina de lo que tenemos por Castilla.

     En la fonda -que ya te escribí que es un verdadero hotel-, me encuentro cada vez más a gusto. La dirección me trata con la consideración y atenciones debidas a mi cargo y habitualmente como en una mesa redonda con otros huéspedes habituales, de profesiones distinguidas -incluso un magistrado-, con los que puedo departir de manera muy amena, a la vez que me ponen al día de la vida y costumbres de esta hermosa ciudad. Y digo “hermosa” con todo el convencimiento, pues aúna el empaque y tradición de sus calles céntricas y sus monumentos, con la amplitud y alegría de las nuevas rúas y edificaciones que el progreso y la riqueza están trayendo a Vetusta, hasta el punto de establecer una nueva urbe, llamada la Colonia, como expansión de la antigua. Esto crea en mí la duda de si establecer nuestro futuro hogar en alguna casa castiza, incluso con su jardín circundante, o bien en alguno de los pisos principales de la moderna avenida de Uría[12] o en los coquetos chalés de las calles próximas. Naturalmente, mis indagaciones son solo de carácter inicial, esperando a hablar detenidamente contigo y con los chicos para tomar la resolución definitiva. ¡Cuánto anhelo vuestra visita para mostraros las riquezas que esta desconocida ciudad atesora! Claro que, para eso, habremos de esperar el buen tiempo: quizá en Semana Santa, coincidiendo con las vacaciones en los colegios. Entre tanto, seré yo quien viaje a Madrid dentro de unos días, para pasar con vosotros la Navidad. ¡Cuento los pocos días que quedan ya para abrazaros!

     No te aburriré con las incidencias de mis primeros pasos como fiscal aquí. Puedes imaginarte la diferencia -no diré si para bien o para mal- entre desempeñar el cargo de abogado fiscal[13] en la gran Audiencia de Madrid y ser aquí el jefe de una mínima fiscalía, constituida por mí mismo, el teniente y dos abogados fiscales. El hecho es que me han recibido con cortesía -algunos, con verdadera cordialidad-, como también los magistrados y el propio presidente de la Audiencia, a quien, por cierto, acabo de enterarme de que no le han promovido a plaza en el Tribunal Supremo, como tenía solicitado[14].

     No hace falta que te encarezca, querida mía, la necesidad de que te ocupes constante y personalmente de la buena marcha de los niños -los llamo así con plena intención, pese a que hayan entrado ya en la pubertad-, tanto en sus estudios, como en sus amistades y diversiones. Naturalmente, ello no quita el que tú continúes con las visitas y demás actos de sociedad a los que tienes derecho por tu edad y posición; pero no dejes de lado tu presencia en casa, sobre todo ahora, que yo me encuentro tan lejos.

     De lo que me preguntabas en la tuya, sobre acompañarte al baile de Navidad organizado por la marquesa de Villanueva, prefiero que me disculpes ante esa señora pues seguramente llegaré muy cansado del largo viaje y, por razones bien comprensibles, prefiero pasar la velada en compañía de Quinito y de Luisa, quienes tendrán “hambre atrasada” de la compañía de su padre…

     Todavía continuaba la carta, con unas palabras directamente dirigidas a los hijos, pero baste lo transcrito para mostrar bien a las claras la benevolencia del fiscal para con Vetusta, su clima y el ambiente de la Audiencia. Era la verdad -aunque no toda la verdad, ni solo ella- de un hombre preocupado por la tenaz resistencia de su esposa para no abandonar la capital y sus delicias y por evitar el dolor que podía causar a sus hijos encontrarse en medio de los altercados matrimoniales, como instrumento de ventaja. Tras diez años de casados, sentía afluir a sus labios, a propósito de Herminia, la palabra madrastra. Quizá si hubiese tenido sus propios hijos, en vez de cuidar exclusivamente de los de su hermana… Pero ahora ya era tarde para rectificar lo que los años habían hecho irreversible. Tan solo podía intentar la refundación de su familia en esta ciudad melancólica, tan lejos de los lujos, los despilfarros y las malas compañías de Madrid. Mas su ánimo se ensombrecía mientras afluían a su memoria aquellas palabras imperecederas, que con frecuencia solía repetir en sus informes forenses, cuando algún bien intencionado defensor quería trasladar al tribunal el propósito de enmienda de su protegido con solo que lo dejasen libre para abandonar su mefítico entorno: Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres[15].

***

     Visitación Olías, señora de Cuervo, había vestido su mejor vestido de percal florido, rodeado su esbelto cuello con el collar de perlas falsas de tres vueltas para las grandes ocasiones y arrebozado su cuerpo friolento con el abrigo de paño color zafiro que, a fuer de haber engordado en los últimos años más de lo que le gustaba reconocer, marcaba provocativamente sus posaderas. En honor de la casa de los Vegallana -y de la aguanieve que estaba cayendo- había completado su indumentaria con un cuello de renard despeluzado y una capota a juego con el abrigo. ¡Ahí era nada, ser invitada a tomar el té por la marquesa y, al parecer, en petit comité! Merecía la pena arriesgarse a convertir su catarro actual en una pulmonía pues, con el gris racheado que ululaba afuera, no habría paraguas que pudiera resguardarla.

     El petit comité resultó ser un vis a vis con doña Rufina, la marquesa, en el salón amarillo, donde Pepa les sirvió una opípara merienda, una vez el ama, piadosa ella, hubiese ordenado que desplazasen el velador junto a la chimenea, para que su invitada procurara reponerse de la mojadura. Pocas consideraciones más observó la aristócrata -por matrimonio- con su huésped: Tan pronto se retiró la doncella, la señora cogió una buena porción de bizcocho de chocolate en una mano, la taza de té humeante en la otra, y apremió a Visita con la conocida redundancia: Cuenta, cuenta.

     Ciertamente, la señora de Cuervo -por otro nombre, la del Banco- tenía aquella tarde mucho que contar y, como los buenos narradores, decidió comenzar por lo menos interesante: aquello que su marido, con todo lujo de aderezos y presunciones, le había referido a ella acerca de Frígilis y su reciente vuelta al trabajo en el Banco de Vetusta:

-          Pues nada -fingió insignificancia-, que Crespo ha vuelto a emplearse en el banco de mi marido; según él, porque anda apurado de cuartos.

-          ¡No va a estarlo -exclamó doña Rufina-, tratando de sacar de apuros a Anita Ozores! Dicen que se ha quedado a la cuarta pregunta o poco menos, aunque ha tenido la desfachatez de pedir la pensión de viudedad del marido, cuando fue ella la principal causante de su muerte.

-          Razón tiene usted -convino Visita-, aunque luego haya sido Álvaro quien tuviera que pagar el pato, teniendo que desterrarse a Madrid. El caso es que la Regenta, gracias a la mediación de Frígilis, se ha quedado con el caserón familiar, que le regaló el marido de su peculio cuando se casaron… Solo que ahora, entre los gastos de conservación y mantener a dos sirvientes, apenas tiene para comer. Precisamente, me he enterado de que el otro día, Obdulia…

-          Sí hija, sí -la interrumpió la marquesa, que ya estaba al corriente del encuentro de Ana y la Fandiño, camino del mercado-. Todo se le vuelve aparentar y el pobre Crespo a pagar el pato, simulando que pernocta en la casa para protegerla, aunque, en realidad, debe de pagarle un pico por el alojamiento… y lo demás.

-          Posiblemente -rebatió con poca convicción Visita- se trate de meras habladurías. Crespo siempre ha sido un lila, al que no se le conocen relaciones y ahora, de viejo, no creo…

     Doña Rufina sonrió maliciosamente:

-          Fíate de esa parejita y, sobre todo, de ella, que es una mosquita muerta, con más escuela que la Récamier[16]. Mira tú la de tentaciones y ocasiones propicias que pueden darse entre la joven viuda y su longevo protector, durante meses de dormir prácticamente solos en aquel caserón.

     Visitación no contestó. En el fondo, ella compartía las mismas sospechas. No obstante, la marquesa optó por reforzar la mala opinión que tenía de la viuda de Quintanar:

-          Si es que esa mujer es la tentación con faldas. Sabrás lo de don Fermín, el magistral…

     Doña Rufina quedó silente a la espera de la reacción de Visita:

-          Sí, dijo esta. Ya he oído que Ana jugaba a dos paños y que, de no adelantarse Álvaro, seguramente habría caído en los brazos del señor De Pas.

     La de Vegallana la rectificó con vehemencia:

-          No hija, no. No hablo del pasado, sino de ayer por la mañana, como quien dice… Parece ser que la viudita ya se ha cansado de estar recogida en casa y fue a la catedral a la caída de la tarde para reanudar sus confesiones con el magistral. El bueno de don Fermín sufrió tal espanto, que salió desalado del confesonario y, llevado del apremio, atropelló sin querer a la Regenta, que cayó al suelo y perdió el sentido por unos momentos hasta que la auxilió un sacristán. Vamos, un accidente de mala suerte que, aquí entre nosotras, bien merecido se lo tenía la Ozores por pretender volver a las andadas.

-          De esto que me cuenta no tenía noticia, confesó Visita pesarosa, mientras engullía un pionono y echaba mano a un mojicón.

-          Pero no es eso lo más gordo -prosiguió la marquesa, sorbiendo un buchito de té-. Según nos contó anteayer don Restituto, el arcediano, que acudió a nuestra reunión de los martes, entre el arcipreste y el obispo le prepararon al magistral una trampa, fruto de la envidia que le tienen casi todos en la basílica: Que si falta de respeto en sagrado, que si negativa injustificada a administrar un sacramento… Total, que han mandado a don Fermín a Covadonga por seis meses, de retiro, hasta que se apague el alboroto al que ellos mismos han dado pábulo… Ya ves -concluyó doña Rufina-, una lo provoca y otro lo sufre.

-          Pues algo parecido a lo de Ana y Álvaro. Ella, que es la casada, se deja seducir y aquí sigue, mientras que Mesía ha tenido que salir escopetado para Madrid y a saber cuándo pueda regresar.

     La marquesa entendió que la comparación era un tanto excesiva:

-          No olvides, Visitación, que nuestro donjuán de Vetusta se llevó por delante a don Víctor Quintanar… Demasiado bien librado ha salido, me parece a mí.

-          Era su vida o la del regente -justificó Visita- y, después de todo, fue don Víctor quien lo desafió.

     Lejos de la anfitriona el iniciar una discusión ético-jurídica, máxime con tan acérrima defensora de quien había sido su amante. En consecuencia, dejó pasar los segundos precisos para que la del Banco apurase de un trago el té de la taza. Luego, gentilmente se la rellenó y entró por fin en materia:

-          Bueno, Visita, ahora te toca a ti. Me ha contado un… una pajarita que fuiste a cumplimentar a la viuda de Quintanar para expresarle tus condolencias por el fallecimiento de su marido.

     Visitación sonrió de oreja a oreja y muy ufana de su proeza, se explayó:

-          Ya sabe usted que el día primero de este mes ha empezado a trabajar el señor Crespo, el huésped de noche, en el mismo banco que mi marido. Ello me permitió justificar mi llamativa tardanza en acudir a dar el pésame a Ana, con la explicación de que solo ahora sabía que estaba repuesta del golpe y en condiciones de recibir. Total, que me moría de ganas de hablar con ella, y allá que acudí, no sin que antes anunciara mi marido ese propósito a Frígilis. En un primer momento, se me cayó el alma a los pies al verla: mucho más delgada; demacrado el rostro; ojerosa y con algunas arrugas en las comisuras de la boca y principio de patas de gallo. Hasta me pareció ver que, a la luz del atardecer, le brillaban algunas canas en el moño.

-          ¡Jesús, hija!, exclamó doña Rufina echándose a reír. Cualquiera diría que la venus de Vetusta se ha convertido en unos meses en un esperpento.

     Visita se explicó:

-          Por supuesto que no tanto, pero sí la hallé algo ajada y marchita… Quizá sería porque la escruté a modo y la encontré sin aderezo o afeite alguno, como si acabase de levantarse de la cama.

-          En fin -agregó la dama-, tampoco es moco de pavo por todo lo que ha pasado, por más que el cariño que tenía por su marido, que me lo claven en la frente.

-          Pues precisamente en cuestiones de ánimo -matizó Visitación- es en lo que mejor la hallé. Me habló en todo momento de manera muy consecuente, con amabilidad y bastante detenimiento. Con decirle que la visita duró algo más de una hora…

-          ¿Y qué te dijo durante tan largo rato?

-          En resumidas cuentas, que ha empezado a salir a la calle con cierta frecuencia…

-          Como que se la encontró Obdulia el otro día, como ya te he dicho…, interrumpió la de Vegallana.

-          … Que, tan pronto le dé el visto bueno el doctor Benítez -prosiguió Visita-, empezará a hacerse cargo del gobierno de su casa y a recibir en ella a las amigas y conocidas que se decidan a visitarla después de todo lo sucedido.

-          ¡Qué desfachatez!, censuró la marquesa. Seguro que también estaría dispuesta a corresponder y a aceptar las invitaciones que recibiese para acudir a esta casa y a las demás que le abran sus puertas.

     Visitación se limitó a aclarar, con cierta pesadumbre:

-          Seguro que le agradaría mucho, pero nada me sugirió al respecto. Eso sí, al despedirme, me dio memorias para la señora marquesa y para las demás conocidas que tan escrupulosamente habían respetado su dolor, dejándola a solas con él, sin importunarla.

     Doña Rufina se resintió de la pulla, pero lejos de reaccionar con enfado, dominaron en ella la curiosidad y la malicia. Preguntó por fórmula a Visita:

-          ¿Crees que Ana aceptaría acudir a la fiesta de Navidad que celebraremos aquí, como todos los años? A fin de cuentas, es un acto tierno y caritativo. Ya sabes, una subasta a beneficio de los pobres, regalos para los niños, villancicos…

-          Supongo que sí, que le hará ilusión. Si quiere, le puedo llevar yo misma la invitación y traerle a usted la respuesta.

-          ¡Oh, gracias, querida! Se la mandaré con Bautista, el cochero… Y, por cierto, date por invitada. Será el miércoles, día 23, a las cinco de la tarde. Mira a ver si traes para la subasta alguna prenda que valga la pena.

     Visitación se puso roja como un tomate y se prometió que aquel año llevaría algún lote[17] valioso, aunque para ello tuviera que camelarse a todos los dependientes de la calle del Comercio.

     Y, cuando tres días después, Ana Ozores recibió la invitación de la marquesa, leyó entre líneas y apenas dudó: Tomó la funda de damasco rojo en la que su difunto esposo guardaba la rancia espada de cazoleta, con su vaina y talabarte -aquella que blandía amenazador mientras declamaba a Calderón o a Rojas Zorrilla- y se la hizo llegar a doña Rufina por conducto de Anselmo con una escueta nota de rehúse del siguiente tenor:

     Le ruego excuse mi ausencia a su fiesta de Navidad por entender que, aun siendo su fin de carácter benéfico, el estado de luto me lo impide. No obstante, recordando el cariño con que mi amado esposo contribuía en años pasados a su tómbola, le envío para ella un presente que para mí tiene un alto valor histórico y sentimental.


***

     Los caballeros de la mesa redonda de La Vizcaína celebran su último almuerzo del año. Los miembros de fuera, que eran los más, tienen ya -como quien dice- las maletas en el vestíbulo para emprender el viaje que los llevará hacia la celebración familiar de la Navidad. Entre ellos, por supuesto, se encuentra don Joaquín Torres, que ya guarda en el bolsillo su billete para el tren de la tarde. Con tal motivo, la comida es más espléndida y el vino corre más generosamente que en los días corrientes. Y, sea por ello, sea por la proximidad del fin de año, le ha dado a don Felipe, el ingeniero del Catastro, por proponer un respetuoso brindis por los amigos y conocidos que nos han dejado en el año que está por acabar. De entrada, la sugerencia no ha sido muy bien acogida, pero finalmente es aceptada con la enmienda propuesta por Fraguas, el inspector de Hacienda:

-          Que cada uno de nosotros recuerde a una persona en particular, cuya muerte le haya afectado de un modo especial.

-          Que empiece el más joven, sugiere don Felipe, con general aceptación.

     El benjamín resulta ser el magistrado, Enrique Valero[18], quien formula la siguiente evocación:

-          Por don Víctor Quintanar, antiguo regente de nuestra Audiencia, fallecido en las trágicas circunstancias que todos conocemos y hemos lamentado.

     Valero se equivoca: El fiscal es lo bastante nuevo en Vetusta, como para no haber oído hablar de Quintanar ni, menos aún, de su trágica muerte. No obstante, por respeto hacia la seriedad del momento, decide guardarse la curiosidad para más tarde y, cuando le toca hacer su brindis, pronuncia estas palabras:

-          Por la insigne poetisa, Rosalía de Castro, a quien tuve el honor de conocer en Simancas[19], hace muchos años.

     Acabada la comida, el fiscal procura un aparte con el joven magistrado y le ruega una aclaración sobre las circunstancias de la muerte de ese antiguo presidente de la Audiencia al que ha aludido en su brindis. Valero le explica:

-          … El bueno de Quintanar se había retirado anticipadamente para no tener que marchar de Vetusta por incompatibilidad con la familia de su mujer, una señora estupendísima y mucho más joven que él, que era la admiración y el anhelo de todos los hombres de la ciudad. Es muy probable que su marido no la atendiese como ella se merecía y necesitaba… El caso es que la Regenta -así la llama todo el mundo- cayó en los brazos del tenorio oficial de Vetusta. Al poco, toda la ciudad lo supo, y Quintanar con ella. Total, que el marido desafió al conquistador y este tuvo la buena suerte de librar indemne el trance y la mala ventura de herir de muerte a su retador.

     El señor Torres empezó a echar cuentas:

-          ¿Cuándo fue eso?

-          Me parece recordar que a finales del año pasado… Sí, de cierto, pues fue nada más pasada la Navidad.

-          Es extraño -opinó el fiscal-, no me han comentado nada del caso. ¿Es que se ha celebrado ya el juicio?

     Valero sonrió con sorna:

-          Ese juicio ni se ha celebrado ni creo que se celebre nunca… Ya sabes lo que pasa con los duelos…

     El fiscal pareció no dar crédito a lo que escuchaba:

-          Pero ¡¿cómo que no?! ¡Con un muerto! ¡Y nada menos que un antiguo regente! ¡Y con adulterio con su esposa de por medio! ¡No puedo creerlo!

     El magistrado empezó a lamentar que hubiese salido a cuento el caso por su culpa. Intentó de quitar hierro al asunto, tratando de explicar lo inexplicable:

-          Ya sabes lo que pasa con los duelos de honor… Y el difunto, aunque magistrado, era bastante… especial, un personaje un tanto ridículo, como de comedia de capa y espada del Siglo de Oro. Habrán considerado que era mejor para el honor de su memoria que no saliesen en audiencia pública todos los trapos sucios de un matrimonio tan… tan desigual.

     El fiscal tenía experiencia y no era tonto. Fue al meollo del asunto:

-          Ese donjuán…

-          Se llama Álvaro Mesía.

-          Ese Mesía será un sujeto de cierto ascendiente en Vetusta, me figuro.

-          ¡Bah!, no creas: un solterón tronado, al que cierto tipo de hombres envidian y casi todas las mujeres apetecen.

-          ¿De buena familia?, insistió Torres. ¿Con influencias políticas?

     Valero optó por no ocultar nada. A fin de cuentas, él había sido uno de los pocos que, en su momento, habían opinado que había que hacer algo. Informó a su interlocutor:

-          Hasta que salió pitando para Madrid, era el jefe del partido liberal dinástico. Además, presidía el casino. Fuera de eso, no le conozco otras ocupaciones que gastar el patrimonio heredado y llevar veinte años siendo el terror de los maridos de Vetusta.

     El fiscal parecía haberse tranquilizado, tomándose las cosas en plan profesional:

-          Dices que salió huyendo camino de Madrid. ¿Ha vuelto a saberse algo de él?

-          Lo que es volver por aquí, ni lo ha hecho ni creo que se le ocurra, al menos, por un tiempo. Por otra parte, parece que no le va mal por los Madriles, cuando menos, en asuntos de faldas. Bueno, eso se cotillea por acá.

-          ¿Y la señora?

-          ¿Te refieres a la viuda? Pues, por lo que yo sé, sigue por aquí, metida en su casa y no muy bien de salud.

-          Resumiendo -concluyó el señor Torres- que las consecuencias negativas de este luctuoso evento han sido inversamente proporcionales a la responsabilidad de los partícipes.

     A Valero, pese a la seriedad del momento, le salió la vena andaluza de su origen:

-          ¡Jozú, señor fiscal! ¡Mezcla usté el derecho y las matemáticas que da gloria!

 

 

Capítulo XXXII


     Había hecho el comentario tan solo porque sabía que a Frígilis le interesaban aquellas cosas. De hecho, otros años se lo anunciaba jovialmente a Víctor: el surgimiento de aquel milagro que para ella era significaba el renacer de la primavera:

-          ¿Te has fijado, Tomás? Le han salido las primeras flores al ciclamor del jardín.

     El avezado evolucionista le contestó con una lección de historia, natural y general:

-          Figúrate: una semana antes, por lo menos, que el año pasado. El clima se está volviendo loco y desequilibrando, de paso, a todo bicho viviente. Hoy parece sobrar la chaqueta, cuando el año pasado nevó por estas fechas y se imponía andar de gabán y bufanda. Me acuerdo de que…

     Calló bruscamente y notó que la sangre le afluía impetuosamente al rostro. Había estado a punto de evocar en presencia de Ana aquella maldita mañana gélida en que Víctor había caído mortalmente herido sobre la hierba, blanca de escarcha. La joven no pareció percatarse y Crespo salió del paso ensartando una ristra de refranes:

-          Claro que, como suele decir Anselmo, al iviernu non lu come’l llobu[20]. O, según vaticinaban en León cuando yo era muchacho, “la flor de febrero no llega al frutero”. Así que ya lo sabes: Por más que en febrero busque la sombra el perro, tú no te fíes y, como dicen, abrígate en febrero con dos capas y un sombrero.

     Ana se echó a reír y, de repente, como si viera despejado el momento para unas confidencias que se iban haciendo esperar, le replicó:

-          Pues, si aguardas unos momentos a que me ponga dos capas y un sombrero, podemos dar un paseo hasta Santo Domingo. Me aburre ir todos los días al Espolón, máxime un domingo por la tarde, que estará concurridísimo y nos tocaría andar escondiéndonos o saludar a todo bicho viviente.

     Frígilis accedió de buen grado y no tardaron en llegar a su destino, por más que él insistiera en buscar el sol, siquiera ello supusiese cambiar de acera o tomar algún desvío. Ana se dejaba guiar, marchando a buen paso, sin abrir la boca, rumiando lo que habría de decirle una vez llegados al atrio del convento dominicano, precisamente allí. Tras vencer la resistencia de su acompañante a sentarse sobre la gélida piedra del murete que delimitaba el recinto, Ana le soltó lo que había tenido en secreto durante un buen número de días:

-          No sé si te he referido que, hace cosa de dos semanas, hube de venir a esta iglesia, por indicación de don Cayetano Ripamilán… Resulta que llegó de misión un jesuita muy famoso de Madrid y el arcipreste me aconsejó que viniera a escucharlo y procurara confesarme con él.

-          No me habías dicho nada -aclaró Crespo-, pero algo había leído en El Lábaro. Dicen que el tal padre Suárez tuvo un gran éxito por su elocuencia.

-          ¡Muchísimo! Mira que la iglesia es grande: Pues estaba a rebosar. Como que tuvo que quedarse un día más para confesar a cuantos quisieran hacerlo, y aún bastantes no lo lograron.

     Frígilis hizo un comentario bastante tópico, que impulsó a su interlocutora a no ir más allá con lo de la confesión, si es que no lo tenía decidido ya de antemano:

-          No me extraña -opinó Crespo-. Los jesuitas siempre han tenido la manga muy ancha y no digamos si ejercen su ministerio en una ciudad como Madrid. Y es que una cosa es repartir absoluciones y otra dirigir rectamente las conciencias.

     Ana quedó cortada, temiendo que, de proseguir con su relato, ello supusiera una discusión vehemente con Tomás, que ¡bueno era en cosas de iglesia! En cambio, Frígilis parecía dispuesto a no rehuir la controversia:

-          ¿Y qué? ¿Lograste confesar con el misionero?

-          Al final -mintió la joven-, me abstuve de hacerlo. No me hace gracia abrir mi alma a una persona que ni me conoce+ ni la conozco, por muy buen sacerdote que sea.

     Crespo sonrió satisfecho:

-          ¡Totalmente de acuerdo! Lo que no sé es cómo se le ocurrió al prudente Ripamilán hacerte tal sugerencia… Si algo bueno tenemos en Vetusta es que los jesuitas no hayan abierto casa aquí desde que los echaron hace más de cien años[21].

     Aquella noche, en la intimidad de su cuarto y procurando no hacer ningún ruido -dado que Frígilis seguía pernoctando en el caserón, justo por debajo de su dormitorio- Ana, nerviosa y dando vueltas a su cuerpo y a su mente, recordaba los consejos que el padre Suárez le había dado en el confesonario, sin duda previamente instruido de su situación personal por don Cayetano. Ya en su momento los consideró sabios y a cada día que pasaba los juzgaba más sensatos, aunque nada fáciles de cumplir. Tenía las palabras del jesuita grabadas a fuego en su memoria:

-          Mira, hija, lo que te ha sucedido es demasiado grave como para continuar tu vida como si tal cosa, en esta misma ciudad, pequeña y chismosa, donde de muy pocos recibirás comprensión y ayuda. Necesitas emprender una nueva vida, con el ejemplo y el amparo de la Santísima Virgen y del sacratísimo Corazón de Jesús, y, para conseguirlo, nada será mejor que abandonar Vetusta, donde personas y lugares no harán sino recordarte los malos momentos y los pecados pasados. ¿No tienes familia que te acoja amorosa en otra ciudad o, mejor aún, en el campo, en plena naturaleza?

-          No tengo a nadie en el mundo en quien pueda confiar y encontrar compañía… salvo el mejor amigo de mi difunto esposo, pero es ya mayor y acaba de encontrar un buen trabajo en esta ciudad; de modo que…

-          Y será soltero -apuntó el padre con desagrado-. Nada de eso, hija. No digo que, dada tu edad, no puedas pensar más adelante -bastante más adelante- en un nuevo matrimonio, pero antes de eso, de los hombres vade retro; y cuando digo hombres quiero decir cualquier hombre, viejo o joven, egoísta o magnánimo, seglar o clérigo. ¿Me comprendes?

     ¡Claro que lo comprendía! El indiscreto Ripamilán, aunque con la mejor intención, no había dejado un jirón de su vida sin revelar al jesuita. Se sintió tan avergonzada, que estuvo a punto de escapar del confesonario. Por respeto humano a las conocidas que aguardaban penitencia, permaneció arrodillada y respondió afirmativamente, pero con un resto de indocilidad, replicó al sacerdote:

-          Padre, ¿es necesario para obtener el perdón de mis culpas que me encierre en una aldea a solas con mis pensamientos?

     Lejos de sentirse molesto por la impertinencia de la confesante, el padre Suárez pareció haber estado esperando el momento para llegar al fondo de sus exhortaciones:

-          Nada de eso. Un santo varón, que tú y yo conocemos, me ha informado de cuánto anhelabas tener descendencia y de lo mucho que pudo influir en tu pecado la completa indiferencia de tu marido por conseguirlo. Pues bien, aquí mismo, en esta ciudad, te pone Dios ante el remedio para tus anhelos y el principio de tu nueva vida. Me han dicho que un hermano en el sacerdocio -el padre Rajoy creo que se llama[22]- mantiene con harta estrechez un asilo de huérfanos, procurando buscarles buenas personas que puedan acogerlos en familia… Pues bien, ahí tienes, a un tiempo, la penitencia por tus pecados de la carne y el consuelo de tu soledad. Acoge de corazón a uno de esos niños -de preferencia, una niña lo más pequeña posible- y emprende un nuevo camino, con la ayuda de la Santísima Virgen y mi bendición… Ego te absolvo… En penitencia, oirás misa y comulgarás todos los viernes durante los próximos seis meses, en sufragio por el alma de tu esposo, y leerás la vida de doña Magdalena de Ulloa para tu propia edificación y ejemplo. El señor arcipreste se ha comprometido a prestarte el libro[23] a mi ruego… Ve y en adelante no peques más[24].

***

     La reunión en el despacho del presidente de la Audiencia había terminado como empezó, un par de horas antes. Es posible que los asistentes siguieran discutiendo todavía, si no hubiese zanjado el fiscal la polémica con unas breves palabras de mágico efecto:

-          Llevaré el asunto a la Sala de gobierno[25] y, si hace falta, recurriré al ministro.

     El presidente de la audiencia reaccionó de inmediato, ante la posibilidad de recibir un sofión de Madrid:

-          Señor fiscal -replicó campanudamente-, no hay por qué ponerse así, que estamos conversando entre amigos. ¿Qué quiere Su Ilustrísima acusar? ¡Pues adelante y que los tribunales decidan! A fin de cuentas, esa es su competencia…, su competencia y su responsabilidad.

     El magistrado Saleta, a quien le correspondería presidir en su momento el tribunal que enjuiciaría en primera instancia el caso, apostilló, entre enfadado y admonitorio:

-          No veo la necesidad de montar un tiberio para acabar como el parto de los montes.

     Torres saltó, indignado:

-          ¿Acaso tiene usted ya redactada la sentencia?

-          Señores -avisó el presidente Taladriz, al tiempo que se ponía en pie-, se levanta la sesión.

     Uno a uno fueron despejando el despacho los concurrentes: Saleta, que presidía la Sala de lo criminal; Campofrío, juez de primera instancia e instrucción de Vetusta, y el propio fiscal. Cuando este ya salía por la puerta, Taladriz lo retuvo con sorprendente campechanía:

-          Aguarde un momento, tocayo[26]… No vaya a creer que se las tiene que ver con un rancio gentilhombre que aprueba los lances de honor. Si de mí dependiera, el tal Mesía pudriría su guapeza y su fachenda en la cárcel. Pero ahora, si se empeña en llevar el caso a juicio, ese bribón se defenderá como gato panza arriba y saldrán a relucir todas las memeces y facilitaciones de mi difunto colega y las liviandades de su viuda. Y eso, ¿para qué? Pues para que se revuelva y divida la ciudad, y que los magistrados, tarde y mal de su grado, dicten una sentencia condenatoria, sí, pero de componenda. ¿No ha oído a Saleta? Pues espere y verá, si el asunto llega al Supremo, cómo le dan allá una larga cambiada… Y que conste que los señores de la Audiencia no tuvimos nada que ver con que se echase tierra sobre el suceso, que fue el gobernador que había entonces. ¡Ese sí que no estaba por la labor de perseguir a los responsables, por su deber de caballero, llegó a decir!

-          Pues ya veremos si el ser tan caballero le libra de las responsabilidades penales pertinentes -contestó el fiscal, que empezaba a cansarse de la insistencia del presidente-, por no haber impedido el duelo, teniendo noticia de que se preparaba.

-          ¡Alto, alto!, protestó Taladriz, que yo no lo oí personalmente, sino que fueron otros los que se lo escucharon.

-          No se inquiete, señor presidente, que no me hace falta su testimonio. Tengo el del comisario de policía y le aseguro que es concluyente.    

***

     El magistrado Valero y el fiscal Torres se encontraban arrellanados en sendos butacones del llamado salón rojo de La Vizcaína. Entre ellos, una mesita baja con dos copas de coñac y un cenicero en que, de tiempo en tiempo, depositaba el primero de los citados la ceniza de su habano.

-          No creas que estoy obrando a la ligera, amigo Enrique -aseveraba el fiscal-, que aproveché mi estancia navideña en Madrid para dar más vueltas que un trompo y asegurarme de que tendría agarraderas suficientes para enganchar al tal Mesía.

     Valero movió la cabeza fingiendo disgusto:

-          Eres de lo que no hay. ¡Mira que irte de vacaciones para hacer antesala y sondear a los capitostes! En fin, si tu mujer y tus hijos te lo consienten…

     Torres frunció el ceño por un instante ante el recuerdo de su familia, pero optó por seguir con la narración de sus gestiones casi oficiales:

-          Estuve cumplimentando al fiscal del Tribunal Supremo, pero el buen señor, me advirtió que, por razones de cambio político, había presentado su dimisión y, en consecuencia, tenía los días contados en su puesto[27], por lo que no se atrevía a darme otra orden o consejo que el de que cumpliera con lo que mandaba la ley. Le expliqué el caso y prometió su ayuda, mientras ostentara su cargo, para cuanto redundase en pro del cumplimiento de las normas.

-          Generalidades y buenas palabras -opinó el magistrado-. Aquí el que puede cortar el bacalao es el ministro que, además, es un político de mucha influencia.

     Torres sonrió enigmáticamente y le explicó:

-          Temía pedirle audiencia y entrevistarme con él, habida cuenta de que es liberal, como el conquistador de Vetusta. En fin, me atreví a dar el paso, gracias a que mi padre y él se conocían de cuando el ministro era abogado en Burgos[28] y mi progenitor en Castellar. Y, en cuanto me oyó citar a Mesía y notó mi inquietud porque fuese de su mismo partido, se echó a reír y me espetó: ¡Por mí, como si le pides pena de garrote! ¡Menudo peso nos vas a quitar de encima, si lo encierran durante unos cuantos años! ¡Lo que bien que iban a descansar algunos ministros que yo me sé!

Y es que ese faldero, a poco de llegar a Madrid, se entendió con la mujer de un miembro del gobierno de quien, según luego se ha sabido, estuvo encelada de él antes de casarse. Así que, ya ves…

-          Ya lo veo, ya -convino Valero-. Con eso y con el cese del gobernador que era tan caballero, tienes la vía política expedita… Ahora solo te falta -agregó con sorna- vencer las reticencias de Saleta y de sus dos magistrados del margen[29].

-          Supongo que tu estarás conmigo…, insinuó el fiscal.

-          Dalo por hecho -aseguró Valero-, pero sería uno contra dos. La verdad, Joaquín, es que ni a ellos ni a mí nos parece que sea un asunto como para echar toda la carne en el asador e indisponernos con las fuerzas vivas de la ciudad. Con todo, la ley es la ley y ese sujeto se merece un buen escarmiento. En fin, tú verás lo que haces, pero, en cualquier caso, sé moderado en tus peticiones de pena y procura que el juicio se celebre a la mayor brevedad.

-          Siempre he procurado ser ecuánime más que justiciero -repuso Torres sin acritud-; y, en cuanto a la rapidez, por mi parte no ha de faltar, pues cuento ya con el extenso atestado que el jefe de policía iba a enviar hace meses al juez de instrucción, cuando se lo impidió el antiguo gobernador. Este impresentable se quedó con el documento y a saber lo que haya podido hacer de él. Menos mal que el comisario conservó una copia literal y cuento con ella para preparar mi querella.

-          Ten cuidado con el juez de instrucción -advirtió Valero-. En el trabajo se las da de íntegro e desabrido, hasta llegar a la grosería, pero en su vida privada es un perseguidor de casadas frescas o desconsoladas, de la misma escuela que Mesía, pero con menos clase.

-          Agradezco tu aviso -repuso el fiscal-. No es del único que he de cuidarme, que el teniente fiscal está deseando que tenga un traspiés para derribarme y ocupar mi puesto. Qué ganas no tendrá de que fracase, que se me ha ofrecido para llevar el control de la instrucción.

-          No seas mal pensado -concluyó Valero, espirando una bocanada de humo-. Estará enmendándose de su inveterada pereza, para cumplir así con las mortificaciones de la cuaresma.

***

     Tomás Crespo se había convertido en uno de los hombres más apesadumbrados de Vetusta. Movido por el entrañable recuerdo de su amigo Víctor y por la paternal devoción hacia su viuda, había hecho en aquel año que ahora se cumplía cuanto había estado en sus fuertes manos y en su no tan vigorosa inteligencia por rescatar a Ana de las garras de la muerte y la locura, defendiéndola de la pobreza y de la soledad a que aquella impiadosa ciudad la condenaba. De alguna manera, poco podía satisfacerle más que aquella joven y hermosa planta recobrase su firmeza y lozanía, necesitando cada vez menos de los cuidados del jardinero abnegado y fiel, que había llegado hasta velar sus noches, sacrificando su fama y su costumbre. En ese sentido y aunque sintiera el dolor de la separación, había aceptado y comprendido las palabras de su querida amiga cuando, tan pronto tuvo en sus manos la primera paga del banco, había acudido a hacer cuentas con su gentil casera.

-          Querido Tomás -le había dicho Ana-, no puedo consentir tamaño desatino. ¿De cuándo acá me he convertido en hospedera, o tú en un huésped y no en un abnegado cuidador?

-          Pero, Ana -objetó Frigilis-, lo cortés no quita lo valiente. Yo aquí, más o menos, ocasiono unos gastos, que lógico es que afronte ahora que, gracias al señor Palma, estoy nadando en la abundancia. ¿Qué voy a hacer yo con todo esto? Si la memoria no me falla, no he llevado tanto dinero encima desde que mataron a Prim.

     Ana se había mostrado inflexible:

-          Es inútil, don Tomás -volvió al don en señal de seriedad-. Buena falta le hará para resarcirse por los muchos agujeros que me consta ha tapado en esta casa y que yo, por el momento, no le puedo compensar. Por lo demás, ya sabrá usted que en la ciudad se me afrenta, diciendo que he convertido la centenaria mansión de los Ozores en una posada.

     Crespo había replicado de un modo que creyó insuperable:

-          Como vayamos a prestar atención a habladurías… Si critican mi presencia en esta casa en calidad de huésped, figúrate lo que dirían si permaneciera bajo el mismo techo que tú sin pagar nada, por pura y honesta amistad.

     Fue entonces cuando Tomás recibió de parte de Ana la sugerencia que lo había sorprendido hasta el estupor:

-          A eso quería llegar, amigo mío. Una vez que estoy completamente restablecida, según reconoce hasta el doctor Benítez, no tiene ningún sentido que sigas abandonando el acogedor cuarto de tu pensión y viniendo a dormir a esta casa, en una dependencia acondicionada malamente para dormitorio. Rindamos tributo, a la vez, al sentido común y al qué dirán y, por tu comodidad y mi buen nombre, olvida la costumbre de pernoctar en esta casa que, por lo demás, siempre será la tuya.

     Frígilis, haciendo por esta vez honor a su apelativo[30], se vino abajo. Apenas escuchó las protestas de amistad de Ana y respondió maquinalmente a sus ruegos de que no la dejase de su mano y viniese a acompañarla tantas veces, cuantas quisiese. Esa misma tarde cogió los pocos efectos personales que tenía en el caserón, los embutió en un bolso de viaje que le facilitó Servanda y salió a toda prisa camino de su pensión. Apenas le dio tiempo de salir a la plaza de la Puerta Nueva, cuando las lágrimas brotaron incontenibles y comenzó a sollozar. Solo pudo contenerse cuando, al pasar frente al edificio del Banco de Vetusta, se percató de que todos sus desvelos por colocarse y deslomarse como un jovenzuelo no habían valido de nada, pues Ana lo apartaba de su lado y jamás aceptaría su ayuda, por más espontánea y desinteresada que fuese. Se sonó con fuerza e, indignado, masculló: Mañana va a ir a trabajar al banco la madre de Palma. Pero, en llegando a la fonda, se encerró en su habitación y echó cuentas, con el efectivo de su sueldo desparramado por la colcha…

     A la mañana siguiente, la madre del señor Palma no fue a trabajar al banco, pero sí Crespo, haciendo bueno el dicho de que primero es vivir que “filosofar”.

***

     Habríase dicho que los consejos del padre Suárez obraron en Ana el portento de convertir a una joven convaleciente y desorientada en una mujer segura de sí misma y del camino que debía emprender para dar sentido y alegría a su vida. Y, en la cadena de esta transformación casi milagrosa, había sido un eslabón decisivo el liberarse de la tutela de Tomás, que -pese a su buena intención- había llegado a figurar en aquella casa a su difunto esposo, cuyo constante recuerdo tendría que serle forzoso olvidar, si quería iniciar un nuevo camino. Fue abandonar Frígilis el caserón y empezar su dueña a cumplir a toda prisa, podríamos decir, las etapas que se había marcado para alejarse de Vetusta y de los dolorosos recuerdos de su pasado ligados a la prisión que aquella ciudad había llegado a significar para ella.

     La bruma que aún envolvía la fisonomía de su futuro, más que un embarazo para sus determinaciones, producía en Ana la grata y desconocida sensación de no tener el mañana coartado por sus allegados ni condicionado por un ayer que le había venido impuesto. Abría los ojos cada día, resuelta a laborar por su futuro, a rasgar un poco más el velo que ocultaba el incierto porvenir. Pero no era una insensata. Conocía los riesgos que implicaba un cambio tan drástico y que, pese a sus treinta años, su experiencia de la vida no corría parejas con su edad ni con su inteligencia. Comprendía que aquel gran salto a lo desconocido debía apoyarse en lo mejor de su pasado y hacerse por tramos, conforme los pies se asentaran en terreno firme. Y mucho le había ayudado en tal sentido la buena de Servanda, a quien había concedido en navidades unos días de licencia para que fuera a visitar en Loreto a su hermana, que estaba enferma. La sirvienta había vuelto con una noticia que la conmovió hasta el punto de remover sus más entrañables recuerdos:

-          ¿Sabe, señora, que se vende la quinta que fue de su padre? Los indianos que se la quedaron cuando la subastó el banco se mudan a una villa de los alrededores de Gijón.

-          A saber en qué estado la dejarán -replicó Ana- y cuánto pedirán por ella.

-          De esto último no puedo informar a la señora -admitió Servanda-, pero, en lo tocante a las apariencias, no parece que sea necesario meterse en mucho gasto para entrar a vivir.

-          Mira a ver -rogó Ana- si te informas por tu cuñado del precio… Por pura curiosidad, ¿me entiendes?; de modo que pregunta como cosa tuya, sin mostrar mayor interés.

-          Así lo haré, señora -prometió Servanda-, aunque más de una vez he imaginado lo bien que le iría para su salud dejar este insano poblachón y llenarse de aire puro a la orilla del mar, como en otros tiempos más felices.

     Ana se echó a reír, tratando de disimular que Servanda le había adivinado el pensamiento:

-          Anda, anda, que bien se nota tu deseo de volver al lugar en que naciste.

-          Pues ¿qué tiene de particular querer acabar en donde se empezó?, inquirió la veterana servidora, con bastante gravedad.

     Al cabo de una semana, tenía Ana la respuesta que había encargado. Se la hizo llegar Servanda y, por carta, su cuñado se expresaba así:

     Piden por la finca, que ahora llaman “Villa Leonor”, diez mil duros, pero sé de buena fuente que los vendedores bajarían el precio, si se pagase a tocateja. A mí, y a otros que saben de esto más que yo, nos parece que no sería mala compra… Como sabes, casa y jardín están en buen estado, pero el huerto y los frutales están perdidos, y hórreos, cuadras y la casa de los guardeses, en malas condiciones. Se ve que los señores no quisieron hacer otra cosa con la quinta que vivir en ella, no sacarle partido…

     La Regenta -que empezaba a dejar de serlo, cuando menos, para sí misma- no tenía ni idea de lo que podría valer el caserón de los Ozores, pero expertos habría en Vetusta que pudieran informarle. Lo primero que se le ocurrió fue acudir a un banco que, por supuesto, no fuera el de Frígilis. Puesta a escoger otro, eligió la casa de banca de Herrero y Compañía que, desde hacía bastantes años, mantenía una brava competencia con las huestes del señor Palma. Eso podría asegurarle una cierta confidencialidad, pero no había más remedio que tomar algunas precauciones para no revelar su intención de vender la propiedad. Así pues, disfrazó la venta prevista del deseo de constituir una hipoteca sobre la casona familiar. La simulación era muy creíble, habida cuenta de la precaria situación económica de Ana. Al empleado, un joven recién llegado a Vetusta procedente de La Felguera, no le dijo nada el apellido de la señora, ni el de su difunto esposo, pero sí la belleza de la cliente, que sus prendas de luto parecían realzar. Se tomó mucho interés en despachar el asunto con rapidez, sin airearlo fuera del banco, y pronto pudo enviarle a Ana dos peritos, que revisaron las escrituras de la propiedad y comprobaron el estado de la misma. Al cabo de una semana, le llegó una escueta nota con membrete del banco, en que se decía:

     A meros efectos informativos, este banco tasa su propiedad inmobiliaria en la Plaza Nueva de esta ciudad en la cantidad de cien mil pesetas. De llegar con Vd. a un acuerdo sobre las condiciones, esta Compañía estaría en condiciones de suscribir una primera hipoteca sobre la citada finca por un capital de setenta y cinco mil pesetas, con un interés del cinco por ciento anual y un plazo máximo de devolución de veinte años.

     La joven, al leerlo, se sintió desilusionada, pero hubo de comprender que la propiedad, aunque señorial y céntrica, se hallaba en un deficiente estado de conservación. De no tratarse de algún enamorado de la historia, el eventual comprador probablemente la derribase para levantar sobre el solar una moderna casa de vecindad de dos pisos y ático, como otras que ya hermoseaban la plaza. De cualquier modo, el banco no era sino un agente interesado, que bien podía haber disminuido el valor real de lo peritado. El caso es que ya contaba con una tasación aproximada, que doblaba lo que pedían por la quinta de Loreto. Así pues, no lo dudó más y mandó a Anselmo a la redacción del Alerta con una nota, lo más ambigua posible, para que insertasen su texto en la última página del diario durante una semana. El escrito rezaba así:

     En una de las zonas más céntricas de la población, se vende amplia casa de planta y piso, con jardín. En la administración de este periódico darán razón (referencia 8).

     El anzuelo cebado ya había sido lanzado al agua. Ahora solo quedaba esperar la picada.

***

     No le hizo falta a Ana leer la vida de doña Magdalena de Ulloa para comprender lo que el padre Suárez le había aconsejado con tanto empeño. De todos modos, cuando acudió a casa del arcipreste para que le prestara el libro, don Cayetano se había sonreído con socarronería, mientras se dirigía con paso vacilante a su atestada biblioteca para localizarlo:

-          Estos jesuitas, siempre mirando por lo suyo. No digo yo que doña Magdalena no sea digna de emulación, aunque pocos hijos adoptivos salen como Jeromín[31], pero estoy cierto de que, si el padre Suárez la tiene en tanto aprecio, ha de ser porque fue una gran benefactora de su Orden, inclusive en Vetusta y su provincia. En fin, Ana, toma sus consejos como un ideal de caridad, sugerido por alguien que no te conoce sino por referencias mías. Por lo demás, si decides acoger en tu casa y en tu corazón a un pobre huérfano, me parece de perlas que lo gestiones con el benemérito padre Vinjoy, a quien conozco bien y para el que puedo darte una carta de presentación.

-          Muy agradecida de sus observaciones y ofrecimientos, don Cayetano, repuso Ana. Por ahora, reflexionaré sobre ellos y leeré atentamente esta biografía. Dejaré la visita al padre Vinjoy para cuando esté segura de mis sentimientos.

-          Me parece muy bien, hija -juzgó Ripamilán-. Dios bendice el entusiasmo espiritual, pero desaprueba la precipitación. Me viene ahora a la cabeza -no sé si oportunamente- aquella reflexión de Cristo: “A los pobres siempre los tendréis con vosotros”[32].

     Ana besó devotamente la mano temblorosa que le tendía el arcipreste. Fue entonces cuando se percató de que jadeaba al respirar y de que lo macilento de su rostro no era solo consecuencia de la decadente luz del atardecer. Tuvo el pálpito de que sus bondades para con ella podrían estar llegando a su fin, precisamente cuando más necesitaba de sus consejos de padre afectuoso, que no había tenido otro desliz para con ella que haberla depositado generosamente en las garras del magistral.

     Penosamente cargada con aquel mamotreto[33], Ana recorrió el camino hasta su casa. Al llegar, Servanda le entregó una esquela que acababa de llegar, procedente de La Voz de Vetusta. Su texto era el siguiente:

     Un respetable caballero ha manifestado vivo interés por negociar la compra de la casa de la que Vd. tiene anunciado su propósito de venta en este diario. El interesado, que solo ha querido facilitarnos sus iniciales, J.T., ha quedado en visitar a Vd. en su domicilio el día de mañana, a las cinco de la tarde.

¡Un pez había picado! De ella dependía en buena parte llevarlo hasta la orilla.

***


     El pez resultó ser un señor como de cuarenta años o pocos más, muy bien portado, con buena presencia, no siendo por una evidente cojera, que paliaba con un suntuoso bastón de carey y puño de oro. Por su acento o, más bien, por la falta de él, Ana coligió al punto que se trataba de un forastero, tal vez procedente de Castilla. De la misma manera instintiva, la riqueza y precisión de su vocabulario le hizo imaginar que se las había con una persona de calidad que, además, tenía la virtud de inspirar confianza en su sinceridad. Claro que todo este boceto era fruto de su perspicacia e intuición, pues el caballero persistió en su reserva, presentándose simplemente como Joaquín Torres, persona que estaba interesada en adquirir una buena casa en Vetusta, para trasladarse con su familia a vivir en la ciudad. No aludió para nada a su profesión y cargo.

     Tampoco la apariencia de Ana le resultó indiferente a don J.T. Por coquetería o por no revelar su condición de viuda, por lo que pudiese perjudicar el negocio, la vendedora se había acicalado como cuando vivía don Víctor y, desechando el luto riguroso, se había ataviado con un vestido de corpiño[34] blanco y falda color malva ligeramente acampanada. Su hermoso cabello negro rizado -en el que Visitación había creído descubrir las primeras canas- lo recogía en la nuca, con la ayuda de una cinta del mismo color que la falda y dos sartas de pequeñas perlas. El visitante la encontró, a la vez, natural y fascinante, sin imaginar que aquel encanto formase parte de una escena de seducción mercantil en la que a él le tocaba representar el papel de espectador fascinado…, como a cualquier otro que hubiese acudido al reclamo de la referencia número 8 del Alerta.   

     Una vez hecho el recorrido por toda la casa y su jardín, la negociación se desarrolló de forma rápida y sencilla. A la propietaria, por un prurito de sana coquetería, le habría gustado creer que contribuía a ello su belleza, pero lo cierto y verdad es que ninguna de las partes era ducha en trampas y embustes, ni siquiera en regatear un precio que considerasen razonable. Se ajustaron en los veinte mil duros en que lo habían tasado los peritos del banco, incluyendo en él los muebles y otros enseres que la dueña no pensara en llevarse a su nueva casa, muchísimo más pequeña que este caserón, que ya habrá visto que es un verdadero palacio, aunque venido a menos. Pero dicen que el diablo está en los detalles y fue en ellos donde Ana Ozores y Joaquín Torres tuvieron que explicarse más de lo que habrían deseado. El primer problema fue el del plazo para pagar el precio, tema en el que don Joaquín fue concluyente:

-          Por el momento, me resulta imposible pagarle la totalidad. Tendría que vender de inmediato mi casa en Madrid y eso es imposible por ahora, ya que la ocupan mi esposa y mis hijos, como mínimo, hasta el próximo verano.

-          Pues es una lástima -se lamentó Ana-. Los dueños de la casa en que estoy interesada me urgen a ultimar la compra y me consta que puede haber otras personas pendientes también de adquirirla.

     El fiscal -como sabemos, de riguroso incógnito- ofreció en seguida la solución:

-          Supongo que cualquier banco aceptará una hipoteca sobre esta casa. De esa manera usted recibe casi todo el dinero y yo tendría tiempo para acopiar fondos o vender mi residencia madrileña sin agobios de tiempo.

-          Eso queda de su parte, señor Bravo. Yo no tengo experiencia en estas cosas.

     Nuevo detalle:

-          Lo que sí me urge -confesó don Joaquín- es que usted desocupe esta casa tan pronto reciba el precio. Como comprenderá, no es agradable para mí estar separado de mi familia, a la que no podré traer a Vetusta hasta tener preparada y a plena satisfacción su nueva morada.

-          Lo entiendo -asintió Ana- y voy a hacer todo lo posible por apresurar la compra de mi nueva casa, pero, como comprenderá, no solo depende de mí. Y también habría que contar con el tiempo indispensable para trasladar todo el ajuar doméstico, pues me mudo fuera de Vetusta.

     El caballero torció el gesto, con más pena que disgusto. Ana sintió que brotaba en su seno una sensación de fraternidad y hasta de sana envidia: ¡Cuánto habría deseado ella tener un marido y, sobre todo, unos hijos a los que extrañar y por los que sacrificarlo todo, incluso el sosiego y la placidez de la vida!

-          Todo se andará, señor Torres, que, en recibiendo yo cuanto necesito para salir de mi actual penuria, no dudaré, si fuere preciso, en trasladarme a un alojamiento temporal y permitirle que se reúna lo antes posible con su mujer y con sus hijos… ¿Son niños aún?

     Don Joaquín quedó admirado del rasgo de Ana, como también de su sinceridad al reconocer por fin el verdadero trasfondo de aquella venta. Sin parar mientes en si lo que decía formaba, o no, parte de su intimidad, se confió a aquella hermosa dama, que parecía tener un corazón acorde con su rostro:

-          Ya son mayorcitos: trece años el muchacho y doce la chiquilla -contestó-, pero ya sabe cómo pensamos los padres, que siguen siendo niños y, como tales, tendemos a tratarlos y nos abruma el estar lejos de ellos, aunque sea por unos meses.

     Ana, con triste sonrisa, le aclaró:

-          Yo no tengo hijos, pero coincido totalmente con usted… ¿Y cómo es que han tenido que separarse por un tiempo?

     Antes de que el fiscal tuviera oportunidad de contestar, la vendedora se convirtió en anfitriona y se disculpó:

-          ¡Ay, perdone! Estoy pecando de curiosa y, además, no le he ofrecido ni un bocado. Esto no puede seguir así, agregó con un mohín de disgusto.

     Llamó con la campanilla a Servanda y le ordenó que preparase inmediatamente servicio de té y, susurrando, le indicó que Anselmo fuese a la confitería de Cortés en la Encimada y trajese un surtido de pastas. Al volver a sentarse, su interlocutor echó mano al bolso interior de su chaqueta y le mostró una fotografía, en la que su mujer y sus hijos posaban con un fondo relamido de columna de yeso y telón de jardín y cortinajes. El padre de familia se explicó:

-          Es de las navidades pasadas. La llevo encima pensando en enmarcarla.

     Ana no tuvo necesidad de elogiar por cumplido. Realmente los chicos eran guapísimos. Comentó:

-          Su esposa es hermosa y muy elegante, pero sus hijos son preciosos… El muchacho me parece que sale a usted, pero a la niña no le encuentro parecido con su esposa.

     La cara de Joaquín se ensombreció mientras sacaba a Ana del equívoco:

-          Es que mi mujer no es su madre… Mi primera esposa falleció en el cerco de Bilbao, cuando Luisita tenía un año. Herminia, mi segunda mujer, es la hermana mayor de la madre de mis hijos.

     Ana sintió que se le humedecían los ojos, imaginando a aquellos dos pequeños, privados de madre tan niños, que seguramente no la recordarían, como le había sucedido a ella. Sin querer, su pensamiento voló a los tiempos de su infancia, tan desventurada, en manos de su tía Anuncia y del aya, doña Camila. Aunque sin fundamento, le dio en pensar si aquellos niños, tan bellos como desconocidos, no tendrían también que lamentar el que una hermana de su madre, tal vez por piedad y no por amor, se hubiese hecho cargo de ellos, con el beneplácito de un padre, que habría visto los cielos abiertos por encontrar tan cerca a alguna mujer que compartiese sus deberes y cuidados. Ciertamente, el hombre que tenía frente a ella parecía muy diferente del padre que ella había sufrido, grotesco y desidioso, pero, a decir verdad, su sexto sentido le insinuaba que no era el amor el cimiento que mantenía unida a aquella pareja.

-          … Y así fue como estuve a punto de perder la pierna izquierda -concluía su relato Joaquín, cuando Ana volvió del mundo de la fantasía al cerrado aposento en que había permanecido su cuerpo-. Afortunadamente un cirujano militar me salvó la extremidad, aunque, como frecuentemente lamenta mi mujer, sin posibilidad de ser una buena pareja de baile.

     Ana sonrió de la ocurrencia por compromiso. Al propio tiempo, entraba Servanda con una hermosa bandeja de pastelillos.

-          Disculpe la señora -suplicó-, pero no tenían pastas de té en la confitería.

-          No importa, repuso Ana. Espero que el señor Torres les haga igualmente los honores.

***

     Ya había caído la noche cuando el fiscal abandonó la casa que estaba firmemente decidido a comprar. No le resultaría fácil convencer a Herminia de lo acertado de su personal decisión, aunque campara sobre la balconada un león atravesado por una espada[35] y pudiera hacerse de la habitación principal un comedor de aparato o un salón de baile terciado. Seguro que a los chicos les encantaría el jardín, del mismo modo que a él le resultaba muy conveniente la distancia hasta la audiencia, un corto paseo por calles animadas, contorneando la basílica o la universidad. Pero, según se alejaba de la Plaza Nueva camino de La Vizcaína, la presencia ideal de su mujer se desvanecía y se le clavaba en la memoria la de aquella encantadora mujer con la que había pasado la tarde. Porque eso es lo que había sucedido. Borrábanse precios, hipotecas y plazos, pero no podía olvidar las facciones de su rostro; la voz, acariciadora en ocasiones, cantarina en otras; su armoniosa figura, ceñida según la moda, llena sin perder la gracilidad; aquella conversación, aguda y divertida, sobre la que el tiempo corría en un soplo… ¡Qué pena, su vida solitaria! ¡Y qué afortunado aquel que lograse ocupar su corazón y darle los hijos que tan anhelante parecía aguardar! Su perspicacia, más de fiscal escrutador que de galán avezado, le revelaba que también ella había pasado momentos gratos con su visita, que no era solo el negocio inmobiliario lo que le había hecho decir al despedirse: se sentirá usted muy solo en sus circunstancias; vuelva por aquí cuando quiera. ¡A él! Uno del montón, maduro, cojo, y sin saber ella que era una autoridad. Había ocasiones -muy pocas, la verdad- en que repasaba su vida y habría querido volver al pasado para enmendar los yerros. Aquella noche, sudoroso y desvelado, abrió el balcón de su dormitorio y le dio en desvariar, imaginando que Ana podía estar en aquel mismo momento pensando en él.


***

     Tan pronto se despidió Joaquín, Servanda entró en el salón con el pretexto de retirar el servicio. Ana, todavía ensimismada, le sugirió: anda, coge un par de pastelillos, que casi es ya la hora de cenar. Pero la criada tenía otras preocupaciones:

-          Y bien, señora, ¿hay venta o no la hay? A juzgar por su duración, los tratos deben de haber sido difíciles.

     Ana volvió al momento presente y la tranquilizó:

-          Todavía hay algunos cabos sueltos que atar, pero tengo buenas noticias para ti. Es probable que podamos estar para el verano en Loreto.

-          ¡Qué alegría, señora! Ya me dio a mí que ese señor era formal y pudiente… y que miraba con muy buenos ojos a la señora.

-          ¡Jesús, Servanda! Ese señor es un caballero casado y con hijos. Además, como diría Anselmo, amigos somos, pero la vaquina por lo que val.

-          ¡Y qué guapa se puso la señora para recibirlo!, ponderó Servanda. Quiera Dios que, tan pronto abandone esta Vetusta de nuestros pecados, vuelva la señora a vivir la vida, que buena edad y buen palmito tiene para ello.

-          Anda, anda, concluyó Ana, y no repitas el cuento de la lechera… Por cierto, no me prepares cena, que me han empalagado los pastelillos de Cortés.

     Habiéndose retirado a su estancia, Ana se prosternó ante el crucificado para darle gracias por la buena marcha de la venta de la casa, pero no lograba concentrarse en la oración, ni siquiera posando la cabeza sobre el reclinatorio, con los ojos cerrados. Una especie de zumbido rondaba por su cabeza, trayéndole confusos ecos de voces pasadas, que solo a medias podía discernir. Allí se mezclaban la voz firme y levemente nasal de Joaquín, con la llena e insinuante de Mesía; la ronca de su difunto Quintanar, con la gangosa de don Cayetano; la solemne y campanuda de don Fermín, con la ceceante del desdentado Anselmo. Todas masculinas y todas ininteligibles. Agobiada, Ana irguió el torso y miró fija y suplicante el rostro de Cristo. Las voces fueron disipándose y, como si el Maestro hubiese pronunciado la frase amorosa[36], decenas de niños, formando corro alrededor del crucifijo, y, luego, volviéndose hacía ella, sonrientes, le mostraban sus caritas, que no eran las ignotas y hambrientas de los huérfanos del padre Vinjoy, sino las vivarachas y conocidas de los compañeros de juegos y de escuela de su infancia en Loreto, que iban haciéndose más y más pequeños, hasta gatear por la sala de la vieja quinta que ahora pugnaba por comprar. A lo lejos, desde la ventana del que fue su dormitorio de niña, vio acercarse a un muchacho que agitaba la mano en señal de saludo. ¡Germán!, iba a gritar, pero ahogó la voz al constatar que aquel mozo llevaba una cayada y renqueaba. La silueta cubrió con su sombra la habitación y ella, niña o mujer, permanecía inmóvil, sin decidir qué camino tomar. La sombra fue disipándose y el recinto quedó bañado de un resplandor irisado, que nimbaba su imagen de madre, vestida de blanco y violeta, con una niña en los brazos.

     Ana dio un grito y volvió plenamente en sí. No se hallaba en el oratorio ante el Cristo, sino en su lecho, con el resplandor de la luna llena envolviendo el dormitorio, con su luz blanca y fría. Movida por un resorte hecho de libertad y revelación, se levantó, abrió el balcón y salió a la terraza, como nunca había vuelto a hacer desde los tiempos de su pecado. Pero ahora sentía un júbilo, espiritual y limpio, que estaba llamado a acompañarla en lo sucesivo a todo lo largo del camino: aquel que el padre Suárez le había anunciado, pero solo ella había sido capaz de encontrar.

 

 

Capítulo XXXIII


     Aún duraba el plenilunio que había alumbrado la revelación de Ana Ozores, cuando los dos periódicos de Vetusta dieron la campanada, cada uno a su manera. Así, el liberal Alerta, con el equilibrio político y la flexibilidad informativa que le caracterizaba, había recortado el amplio espacio que reservaba diariamente al folletín titulado El anillo de plata, para insertar sin alarde tipográfico, pero encabezando la “sección local”, la siguiente noticia:

     Ante el juzgado de primera instancia e instrucción de Vetusta la fiscalía de la Audiencia presentó en la mañana de ayer una querella, contra varias personas residentes en esta ciudad o temporalmente ausentes de ella, por su presunta participación criminal en el duelo que, hace aproximadamente un año, acabó con la vida del dignísimo ex regente de la Audiencia Territorial, don Víctor Quintanar.

     De ser admitida dicha acusación, la autoridad judicial procederá a tomar declaración a los querellados y a practicar las demás diligencias que resulten pertinentes.

     Es de suponer que la noticia cause entre nuestros lectores la natural sorpresa y turbación.

     De su parte, El Lábaro, considerado el informativo reaccionario de Vetusta, seguía insertando como información de cabecera la gran mejoría experimentada por su jefe natural, don Alejandro Pidal, tras el accidente de caza padecido en tierras extremeñas; pero acto seguido se metía en harina y abordaba la noticia del día en Vetusta, bajo el siguiente titular: Se imponen la justicia y moral. El texto sustancialmente decía así:

     … Cuando, hace justamente un año, este periódico se hizo eco de aquella luctuosa noticia que todos recordamos, interesando que se aplicaran las leyes de Dios y del Estado, las autoridades y las “fuerzas vivas”, con el apoyo de la llamada prensa liberal, ahogaron nuestra voz y consiguieron que rigiese en Vetusta la ley particular de la impunidad y el honor mal entendido. Afortunadamente ayer tuvimos conocimiento de que todavía hay en España personas que, guiadas por una sana moral, están dispuestas a aplicar el Código penal, promoviendo la persecución de aquel acto nefando que acabó con la vida de una persona que, a más de ser hijo de Dios, era caballero dignísimo, respetado unánimemente por quienes tuvimos el placer de conocerlo…

     El Lábaroespera y confía en que el proceso que ahora comienza sea llevado hasta su fin sin más dilaciones y que en la sentencia que se dicte en su día resplandezca la justicia, no la acepción de personas.

     Apenas un par de días más tarde, La Correspondencia de Madrid se hacía eco de lo que ya llevaba camino de convertirse en un pequeño escándalo judicial. Bajo la habitual rúbrica “Lo de Vetusta”, acogía con algún detalle más lo que “El Corresponsal” copiaba de los diarios de su ciudad. ¿Una tempestad en un vaso de agua? Tal vez, si no hubiera sido porque el matador se había refugiado en Madrid y, lejos de intentar pasar desapercibido, se había dedicado a zumbar por los salones y a picar a más de una señora de la alta sociedad. Naturalmente, el citado diario capitalino recogía el detalle con mucha discreción, pese a su ideología conservadora, opuesta a la de Mesía: El autor del homicidio del señor Quintanar -revelaba- ha sido localizado en esta villa, siendo inminente que tenga que prestar declaración dentro del sumario que acaba de incoarse por dicho delito en el juzgado de instrucción de Vetusta.

***

     La copia del atestado original, que le había entregado el comisario de Vetusta, contenía las indagaciones policiales y las declaraciones suficientes, como para hacerse una convicción firme sobre cómo se habían desarrollado los prolegómenos del duelo y el enfrentamiento entre Quintanar y Mesía. Aunque el Código penal era prolijo y algo confuso en su regulación del delito de duelo, lo investigado hasta entonces era bastante para formular la pertinente querella y señalar a las personas que resultarían implicadas en la misma. Tan solo existía un completo vacío -muy explicable, por otra parte- en un aspecto que la ley juzgaba relevante: la actitud que “la Autoridad” había adoptado al tener conocimiento de que se estaba concertando un desafío. Era un punto en que, tanto la indiscreción de Valero y de Taladriz, como la confesión del jefe de policía, no dejaba lugar a dudas en opinión del fiscal. Pero era este un terreno resbaladizo, en que debería caminarse con pies de plomo. Así pues, Torres pidió audiencia al nuevo gobernador civil de Vetusta, puesto al frente de la provincia por el gobierno liberal[37].

-          Siento vergüenza ajena por la conducta de mi antecesor -reconoció el gobernador-. Es posible que ser tolerante con los duelos pueda tener un pase, pero de eso a retener a la policía y obstaculizar la acción de la justicia, habiendo un muerto de por medio…

-          Ese es también mi punto de vista -reconoció el fiscal-, pero antes de tomar una decisión al respecto, quería conocer su opinión acerca de acusar al anterior gobernador por cuanto hizo y omitió, no impidiendo un grave delito y no promoviendo la persecución y castigo de los culpables.

     El consultado sonrió, entre la benevolencia y la malicia, y replicó:

-          ¿Quiere usted que le conteste como político o como un amigo sincero?

-          Si lo considerase un genuino político -confesó Torres-, no se me habría ocurrido pedirle audiencia ni, menos aún, opinión; pero me consta que me hallo ante un hombre de bien y de gran peso social: catedrático de medicina, escritor de renombre, periodista[38]… Por eso espero que, de la misma manera que he acudido confiadamente a usted, tenga la bondad de darme su parecer en bien de la sociedad de esta provincia, a la que ambos servimos.

-          Agradezco sobremanera la alta consideración en que tiene a mi humilde persona… Me resultaría muy fácil malmeterle a usted respecto de mi antecesor, que es conspicuo político conservador y, por lo mismo, ahora ha quedado sin la protección que suelen proporcionar los cargos públicos de relevancia… ¡Pues no!, no obraré así porque estoy convencido de que, si hay una forma segura de desacreditar y hacer fracasar la labor de usted en este caso, sería la de dar protagonismo al gobernador, que es lo que sucedería tan pronto periodistas y ciudadanos de toda España supieran que aquel iba a sentarse en el banquillo… De hecho, ya ha venido a verme, preocupadísimo, el jefe de policía, llegando a decirme que, antes de jugarse el puesto y la carrera reconociendo su deslealtad para con la justicia, está dispuesto a incurrir en falso testimonio y contar cualquier historia que pueda explicar medianamente la pérdida del atestado o su retraso en entregarlo en el juzgado… En fin, señor fiscal, que así están las cosas.

-          Ya veo, ya, afirmó Torres, con desaliento.

-          Bueno, bueno -lo animó el gobernador, dando por terminada la entrevista-. Mi predecesor, que yo sepa, ha quedado en vía muerta en lo concerniente a la política y, donde no, ya me encargaré yo de exponer donde proceda lo que usted me ha revelado acerca de él… Bastante tiene usted con hacer tragar a esta sociedad bárbara y a sus tribunales que ya no estamos en la Edad Media, haciendo que se castigue al tal Mesía y a los padrinos de tamaño delito.

***

     El fiscal lo estuvo dudando un par de días, mientras daba los últimos toques a los demás aspectos de la querella. Sentía bochorno de no acusar al responsable más distinguido, cuando el propio Código había impuesto un deber especial para la autoridad en estos casos, si bien no había previsto una pena concreta[39]. Pero también compartía la convicción del nuevo gobernador: Si acusaba a su predecesor, todo iba a ponerse en contra suya y el tribunal acabaría por absolver a la autoridad y, por reflejo, a rebajar las penas todo lo que pudiera a los demás procesados. Así que optó por tragarse su orgullo y sacar de ello todo el partido posible; de modo que acudió por deferencia a mostrar la querella al presidente de la Audiencia antes de presentarla formalmente. Taladriz la leyó cuidadosamente y resumió su opinión, de la siguiente forma:

-          Me quita usted un peso de encima al dejar de lado al gobernador. A fin de cuentas, cuando un aragonés[40] de genio vivo y un petimetre soberbio deciden batirse, no creo que pudiera evitarse tal cosa, de no tenerlos detenidos hasta que San Juan baje el dedo. Solo me permito ponerle un pero a su excelente escrito: Describe los hechos de una manera tan fría y poco matizada, que me temo suponga el pedir en su día las máximas penas posibles para todos los acusados. Tal vez un poco de suavización produciría un buen efecto en el tribunal y en la propia ciudadanía.

-          Permítame que disienta, señor presidente -contestó el fiscal-. Si no somos rigurosos en caso de muerte de una persona mayor y respetabilísima, ofendida en lo más profundo de su honor, no sé para cuándo dejaremos las peticiones de máximos.

-          Observe, querido colega -replicó Taladriz-, que el difunto fue el provocador y que, según público rumor, no puede decirse que pusiera dificultades a que el donjuán tuviera con su esposa un trato llamativamente asiduo.

     Torres no estaba dispuesto a que una cortesía suya se convirtiera en motivo de discusión de lo que era tema de su exclusiva competencia. En consecuencia, zanjó la controversia de modo terminante:

-          En fin, señor presidente, dejemos que el juicio y la sentencia resuelvan todas las dudas y las divergencias, como en derecho procede. De todas formas, le agradezco sus observaciones en lo que valen.

***

     ¿Cuáles eran esas peticiones de penas, que Torres formularía más tarde en su calificación y que Taladriz consideraba de antemano un tanto excesivas? Adelantemos que, en efecto, serían ni más ni menos que las máximas que permitía el Código penal, de no concurrir causas legales de agravarlas o atenuarlas. Así, para Álvaro Mesía se solicitaron diez años de prisión mayor. Para los padrinos de los duelistas -Tomás Crespo, por Víctor Quintanar; Bedoya y Fulgosio[41], por Álvaro Mesía-, se pedían cuatro años y dos meses de prisión menor, como cómplices en un duelo que se había concertado a muerte, habida cuenta de que se llevaba a cabo con pistola, sin límite de disparos y con unas condiciones de distancia y tiempo para apuntar, que no podían tener otro objeto que desembocar en la muerte de alguno de los contendientes, o de ambos[42]. Respecto de José Ronzal, nada se pudo pedir, por cuanto su condición de diputado impidió incluso procesarlo, ya que el Congreso no concedió la autorización necesaria[43].


     La presentación de la querella del fiscal en el juzgado de instrucción de Vetusta tropezó, desde el primer momento, con la pasividad en tramitarla del juez Campofrío, buen amigo de Mesía y partidario de haber dejado las cosas como estaban hasta entonces. Cuando menos, Su Señoría fue sincero con Torres cuando, usando de una ironía que le venía grande, le advirtió:

-          En Vetusta no estamos acostumbrados a instruir causas criminales por duelo. Tendrá usted que ilustrarme sobre lo que quiera que haga y la mejor forma de hacerlo.

-          Lo que quiero que se haga -respondió displicentemente el fiscal- se infiere del texto de la ley y de mis peticiones de prueba al final de la querella. De todos modos, no habrá la menor duda porque pienso personarme en el proceso y participar activamente en todas sus diligencias.

     El juez se encogió de hombros y replicó:

-          Como guste, pero también yo me reservo la facultad legal de mantener la investigación dentro de unos límites razonables.

     El roce había acabado aquí, por el momento. Torres regresó a su oficina bastante contrariado, hasta el punto de percatarse de ello el más joven de los abogados fiscales. Le preguntó por la razón del disgusto y, al enterarse, se ofreció de corazón:

-          Resérvese usted para el juicio y déjeme a mí la disputa diaria en el juzgado. Por ahora, la partida debe reducirse a un juego entre peones.

***

     Aquel juego de peones apenas deparó sorpresas. Fulgosio y Bedoya, con la petulancia que les daba el ser militares profesionales, defendieron su posición de padrinos de aquel duelo, sin entrar en componendas o disquisiciones para evitarlo o minorar sus efectos. Habían sido propuestos por Mesía en su condición de oficiales y sin otro objeto que el de aplicar al caso sus buenos conocimientos -decían- de las reglas de los desafíos y de las circunstancias de las armas. Fulgosio todavía quiso hacer alarde de su condición de coronel -aunque desterrado por razones políticas- y, por ende, de grado muy superior al de capitán de Bedoya, y blasonó de bizarría. Dijo:

-          Se pensó primero en una lid a sable, pero no encontramos en toda Vetusta armas adecuadas, ni una sala lo suficientemente amplia y despejada para batirse. Fue por lo que se decidió usar pistolas, aunque no crean que fue sencillo encontrarlas de duelo. Entre dimes y diretes, echamos dos días en los que, si los contendientes hubieran querido, podrían haberse compuesto. No lo hicieron: ¡allá ellos!

-          ¿No comprendió usted que, al pasar del sable a la pistola, la probabilidad de que se mataran aumentaba enormemente?, inquirió el abogado fiscal.

-          ¡Toma, claro! Y, de hecho, me satisfizo el cambio. No soy hombre que apadrine un simulacro de lance de honor, ni que consienta condiciones de tiro que conviertan un duelo entre primerizos en la carabina de Ambrosio.

-          Así pues, con todo conocimiento, los padrinos acordaron condiciones llamadas a tener consecuencias fatales, completó el acusador.

-          Si lo quiere ver usted así…, repuso Fulgosio a la defensiva. Lo cierto es que el primer disparo se concertó a veinticinco pasos, con tres palmadas previas para apuntar. El señor Quintanar disparó el primero y rozó a Mesía en un muslo[44]. El segundo tiro se autorizó a veinte pasos, facultad de la que usó Mesía, que apuntó al son de las palmadas y disparó, alcanzando a su rival en la vejiga. Del resto, nada sé, pues don Álvaro, Bedoya y yo nos ausentamos, tras comprobar que el herido estaba bien ayudado por sus padrinos y dos médicos, de los que el doctor Somoza había acudido a petición nuestra.

     Otra declaración importante había sido la de Mesía. Torres intentó sin fruto que lo detuvieran en Madrid y lo condujesen a Vetusta para que declarase ante él, pero el juez vetustense se cerró en banda, con pleno apoyo de los magistrados de la Audiencia. Enrique Valero había explicado su postura al fiscal, quitando importancia al asunto:

-          Deja que Mesía declare en Madrid por exhorto. Tiempo tendrás de apretarle las clavijas aquí en el juicio.

-          La cosa no es tan sencilla, Enrique -aseguró Torres-. En Vetusta, detenido y en manos de un abogado del montón, se habría sentido inseguro. El Madrid, con plena libertad y la asistencia de algún abogado distinguido, pintará los hechos de color de rosa y vete luego a desmontar su primera manifestación.

-          Eres un cenizo -replicó Valero-. ¿De dónde sacas que va a defender a un crápula así un abogado de postín?

     Pero resultó que el fiscal no era un cenizo. Asumió la defensa de Mesía el letrado Canga-Argüelles, de ancha ejecutoria en la abogacía y la política[45], quien aconsejó a su patrocinado de la manera más favorable para beneficiarse de todas las atenuantes habidas y por haber. Y así, Mesía se presentaba como seducido por la acogida y la lascivia de la Regenta, con el beneplácito, o poco menos, de su marido; manifestaba su prístina intención de marchar a Madrid, para evitar enfrentamientos, tan pronto supo que su relación con la señora de Quintanar era conocida; que su rival le cerró tal escapatoria al poner en la picota su honor ante la sociedad, sin darle explicación ninguna de las razones del desafío, aunque las supuso, dadas las circunstancias; que jamás había disparado con pistola, por lo que fue una verdadera casualidad que acertase a Quintanar a veinte pasos; que no se apresuró a disparar, sino que dejó que su retador disparase primero, habiendo sido levemente herido en una pierna; que, cuando disparó a su vez, lo hizo al bulto, como lo prueba el que, de salir el tiro muy poco más bajo, lo hubiese errado o alcanzado a su rival en las piernas; finalmente, que lamentaba infinito lo sucedido, como había manifestado enseguida por carta a la viuda de Quintanar, enviándole sus condolencias. En fin, de ser cierto todo aquello, Mesía merecería que lo sacasen en hombros de la sala de audiencias, como a los toreros tras una gran faena.

     También había declarado José Ronzal, padrino de Quintanar, de manera voluntaria y sumamente escueta, ya que era diputado en ejercicio por el distrito de Pernueces, lo que le otorgaba el privilegio de no ser detenido ni procesado sin la autorización del Congreso de los Diputados. De manera hinchada, Ronzal había señalado que -como todo Vetusta conocía- él era un escrupuloso cumplidor de la ley y partidario de resolver los temas de adulterio, no mediante el duelo, sino acudiendo a los tribunales. No obstante -se veía obligado a admitir-, había hecho el favor de apadrinar formalmente a Quintanar, aunque quien ejerció efectivamente dicha tarea fue Tomás Crespo, siendo los padrinos de la otra parte quienes se habían preocupado de todo lo concerniente a elegir las armas y a fijar las condiciones del duelo. Por tanto, se sentía casi tan al margen del desafío, como si hubiese sido un mero espectador del mismo; y esperaba que opinase lo mismo el Congreso del que como diputado formaba parte, hasta el punto de no dar su autorización para que un fiscal, excesivamente celoso del cumplimiento de sus deberes persecutorios, pudiese llegar a acusarlo con tan endebles motivos.

     Como era de suponer, el futuro dio la razón a Ronzal. El Congreso de los Diputados no autorizó su procesamiento y el celoso señor Torres se quedó con las ganas de acusarlo…, si es que alcanzaba a tanto su manía persecutoria.

***

     A última hora, el fiscal y el juez instructor convinieron en mudar la condición del doctor Bermúdez, de testigo a perito, a fin de que, en unión del médico forense, informase técnicamente al tribunal de las características de la herida que había sufrido Quintanar en el duelo y del carácter inevitablemente mortal de sus efectos. El doctor Somoza, muy a disgusto, fue mantenido como simple testigo aunque, según él, su diagnóstico había sido certero y decisivo, como también su decisión de no trasladar al agonizante a Vetusta, lo que solo habría servido para acelerar su fallecimiento. Por lo demás, todos los galenos estaban de acuerdo: La herida en la vejiga -y, más aún, estando llena- había causado una peritonitis con envenenamiento de la sangre, mortal de necesidad.

     Torres estaba empeñado en que el sumario se concluyera a la mayor brevedad, considerando, entre otras razones, la de que demasiado retraso había habido ya, no abriéndolo hasta un año después de consumado el duelo. Por tanto, cambió impresiones con su compañero personado en las actuaciones y decidieron que con la declaración del padrino, Tomás Crespo, podría ser suficiente. La habían dejado para el final, confiando en que, por su íntima amistad con el finado, aunque pecase de parcial, por lo menos conocería perfectamente el asunto y podría rebatir lo que en Madrid estaba declarando Mesía.

     Cuando por fin llegó a Vetusta el exhorto de la capital, Torres torció el gesto y confió a su subordinado:

-          Hasta ahora, me inclinaba por ser compasivo y dejar tranquila a la viuda de Quintanar, pero ese rastrero de Mesía la ha puesto a los pies de los caballos. Habrá que llamarla a declarar para que pueda defenderse a sí misma y a su marido de los infundios con los que quieren mancharlos.

     Lo acababa de solicitar la fiscalía del juzgado, cuando se presentó en las oficinas de aquella un señor de edad, rogando ser recibido por el fiscal, para tratar de un asunto de la mayor urgencia. Torres era accesible, pero no solía recibir a ningún desconocido que no pidiera previamente audiencia y precisara los motivos de ello. Con todo, en este caso, hubo algo que le hizo cambiar de hábitos, movido por la curiosidad:

-          ¿Cómo dice que se llama ese caballero?, preguntó al ujier.

-          Tiene un nombre muy raro, respondió el agente. Me ha dicho que es don Tomás Frígilis.

     No sabía de qué, pero aquel apellido tan raro le sonaba.

-          Hazlo pasar, ordenó, pero adviértele que habrá de ser breve porque tengo un juicio dentro de media hora.

     Apenas delante del fiscal, Frígilis puso en claro el subterfugio y pidió perdón por él:

-          En realidad, señor, mi nombre es Tomás Crespo, pero he temido que, de darlo tal cual, usía no me habría recibido.

     El fiscal coincidió con la conjetura del atrevido:

-          Exactamente. No me parece ético recibir en privado a un acusado, máxime antes de que haya declarado ante el juez. Así que haga el favor de salir al punto de mi despacho.

-          Le ruego, señor fiscal -suplicó Crespo-, que me conceda unos momentos pues de lo que quiero hablarle no me afecta a mí, sino a una persona que no tiene ninguna responsabilidad en estos hechos: la viuda de Quintanar.

     A Torres le salió del alma la réplica:

-          ¡Hombre, tanto como ninguna responsabilidad! Tengo para mí que, de haber cumplido esa señora con sus deberes conjugales, su marido seguiría vivo.

     Frígilis optó por no rebatir la palmaria deducción del fiscal, centrándose en lo que lo había llevado hasta él.

-          Como usía conocerá, yo fui el mejor amigo del señor Quintanar y, como tal, conozco de primera mano la grave dolencia psíquica que ha aquejado a su esposa en los últimos tiempos, incluso antes de que se produjera el fallecimiento de su marido. Su médico, el doctor Bermúdez, puede confirmar que ha estado a la muerte en más de una ocasión.

-          Siento mucho que una mujer joven se halle tan afectada por la neurastenia -lamentó el fiscal-, pero no veo de qué modo puede ello influir en mi actuación en este caso.

-          Es muy sencillo, señor -opinó Frígilis-. Gracias a muchos cuidados y a la misericordia divina, la viuda de Quintanar ha ido recobrándose poco a poco en el último año, hasta superar en lo posible el periodo más crítico de su enfermedad. Es casi un milagro cómo ha recuperado su vitalidad en los últimos meses. ¡Pero ahora…!

     El fiscal se encontraba perplejo. A la inesperada novedad de la enfermedad de la viuda, se sumaba la cuestionable reacción de la misma, que parecía mejorar conforme se iba consolidando la impunidad de su antiguo amante. Decidió guardar para sí su desconcierto y dio por supuesto lo que Frígilis parecía pretender:

-          No irá usted a pedirme que olvide mis deberes y mire para otro lado, como hasta ahora habían hecho las autoridades y los vecinos de esta ciudad, incluso quienes, como usted, se decían amigos de don Víctor Quintanar.

     Tomás acusó la dureza de la reprensión que recibía, pero replicar no entraba en sus propósitos. En consecuencia, rectificó respetuosamente a don Joaquín:

-          Comprendo, señor fiscal, sus razones, como también que ya es demasiado tarde para dejar las cosas como han estado hasta ahora. De hecho, aceptaré sin oposición la pena que en su día pudiere corresponderme por haber secundado estúpidamente la ofuscación de mi amigo. Pero yo vengo ahora a usía para rogarle, para suplicarle que evite en todo lo posible a Ana…, a la viuda de Quintanar el trago de volver a Vetusta y exponerse aquí a la vergüenza y el repudio popular, dejándola en manos de personas -honorabilísimas; no lo pongo en duda- que hurguen en lo más íntimo de su ser; que pregunten hasta la saciedad sobre su vida y milagros; que la pongan en vergüenza tratando de librar al mayor de los canallas y, finalmente, que la arrastren en audiencia pública para pasto de chismes y gacetillas… Estoy seguro de que, antes de llegar a tales extremos, es capaz de quitarse la vida, si es que antes no sucumbe de dolor y de humillación.

     Había sido tan vehemente el alegato de Frígilis, que Torres hubo de convencerse de que era sincero; es decir, que no había en él ningún egoísmo y que estaba convencido de que la Regenta podría perder la vida o la cordura, de tratarla como era corriente en vía judicial. Pero bien podría suceder que, aunque de buena fe, Crespo exagerase. Por otra parte, el severo acusador que había en la conciencia del fiscal no hacía sino repetirle que aquella neurasténica -quizá, víctima de histerismos- se merecía moralmente pasar por los tragos que imponía la Ley de Enjuiciamiento[46]. Optó, pues, por lo que creyó más sensato: no comprometer su postura por el momento. Por tanto, despidió a Crespo con estas palabras:

-          Quedo enterado de cuanto me ha revelado y reflexionaré sobre ello. Por lo demás, señor Frígilis, recuerde que, si no estoy confundido, tiene pendiente su declaración en el juzgado, a las diez de la mañana del próximo lunes.

     Tan pronto marchó Crespo, Torres llamó a Marín, su abogado fiscal de confianza, y le preguntó:

-          ¿Obra ya en poder del juez nuestra petición de que declare la viuda de Quintanar?

-          En efecto, aclaró Marín, pero todavía no ha proveído sobre ella.

-          Pues haz lo que puedas para que Su Señoría deje en suspenso su decisión hasta que yo aclare algunos extremos pertinentes.

     Salió Marín y volvió al cabo de un rato, enarbolando un pliego de papel de oficio:

-          Aquí tienes la petición de que declarase la viuda. Campofrío no había ordenado aún incorporarla a los autos y, cuando le pedí que demorase su resolución por unos días, me la devolvió muy aliviado, aunque no dejó de meternos un buen puyazo.

-          ¿Cuál?, inquirió Torres, conteniendo la risa.

-          Que a ver si pensamos mejor lo que solicitamos, que está demasiado ocupado para andar con estos vaivenes.

***

     La declaración de Frígilis fue -como se ha dicho- la última de los querellados. El abogado fiscal Marín se la resumió así a su jefe:

-          Parecería que la cosa no iba con él, estaba como ausente. Asentía sin matices a preguntas de lo más comprometedor, hasta el punto de que, como iba sin abogado[47], me vi obligado a traer a colación cuestiones que pudiesen serle favorables. Fue cuando me dijo que, tratando de evitar que su amigo llegase a retar a Mesía, urgió a este para que marchara de inmediato a Madrid, lo que no le dio tiempo a consumar, dado que no había tren hasta el día siguiente y, en el ínterin, Quintanar le mandó a los padrinos y el duelo en ciernes se divulgó por toda la ciudad. A partir de ahí, el tal Frígilis no vio ya escapatoria y siguió la corriente a su amigo que, dicho sea de paso, tenía la ventaja para un duelo con pistola de ser un consumado cazador.

-          ¿Le preguntaste, como te indiqué, si la Regenta llegó a estar al tanto de lo que se estaba cociendo?

-          No hizo falta que tomase yo la iniciativa pues fue lo único que parecía interesarle a Crespo que se hiciese constar tajantemente: Que hizo jurar a Quintanar que no revelaría a su esposa que conocía su infidelidad ni que iba a retar a su amante. No tiene ninguna duda de que su amigo cumplió el juramento, como tampoco de que su mujer no tuvo ocasión de escuchar rumor alguno, dado que pasó aquellos días en su casa, indispuesta… Pero supongo yo que algo notaría en su marido que la hiciera suponer que este había descubierto el pastel.

Torres permaneció unos segundos en silencio. Marín le preguntó:

-          ¿Pedimos ya que se dicte auto de procesamiento o cree oportuno practicar alguna diligencia más?

     Por primera vez desde que empezó el asunto, el fiscal estaba dispuesto a dar largas de alguna forma medianamente razonable:

-          Creo que el finado tenía parientes próximos en la provincia de Zaragoza… Habrá que ofrecerles las acciones cuanto antes, por si quieren personarse e intervenir en el proceso.

-          No tengo ni idea -admitió Marín- y dudo de que el juez esté muy al tanto del tema.

-          Seguro que Frígilis puede darnos cumplida razón -opinó Torres-. Voy a mandarle recado para que se presente en la fiscalía y nos aclare la cuestión.

     El pretexto estaba bastante bien traído, pero la verdad era que el fiscal convocaba al susodicho con muy otra intención.

***

-          Creo haberle escuchado en su anterior visita -comenzó Torres la conversación- que la viuda de Quintanar, por unos u otros motivos, se ha trasladado fuera de Vetusta.

-          Así es -confirmó Frígilis-, aunque no lejos de aquí. Para mejor cuidar de su salud y evitar la indiscreción de la gente, se encuentra temporalmente en el puerto de pescadores de Loreto, próximo a Avilés.

-          Sin duda -conjeturó el fiscal- conocerá usted la dirección.

-          En aquella aldea no llevan de manera estricta lo de nombres y números en las calles. Todo el mundo allí conoce la casa como la del Gurriato, que es el apodo de su propietario.

-          Si le he mandado venir -aclaró Torres- y le pregunto todo esto es porque, en cierto modo, he decidido acceder a lo que me pidió hace unos días, a saber, no meter en diligencias a esa señora, si puedo conseguir su declaración por otros medios.

     Frígilis dio tal respingo, que casi se puso de pie. Al fiscal le incomodó tal muestra de emoción y, antes de que su interlocutor se repusiera, le explicó en dos palabras su objetivo:

-          Avisará usted a la viuda de Quintanar de que recibirá mi visita el próximo sábado, día 3, a las cinco de la tarde, a fin de recibir cumplida información de su parte acerca de cuanto yo le pregunte y afecte al proceso en curso… Si quedan aclaradas de esa forma las cuestiones dudosas, por mi parte evitaré fatigarla haciéndole venir al juzgado, o ante la Audiencia, en su día… Claro está que este compromiso no incluye a las demás partes del procedimiento… Y otra cosa: Dígale que vaya pensando si quiere intervenir en el juicio con abogado y procurador o si renuncia a ese derecho y deja en manos del fiscal la defensa de sus derechos, incluidos los económicos. ¿Me ha entendido?

-          Perfectamente, señor fiscal.

-          Si desiste de ejercitar la acusación particular, puede hacerlo constar ante notario, en Avilés o donde le resulte más cómodo, encargándose de que llegue a manos del juzgado de instrucción de Vetusta… Se lo detallo a usted porque ignoro el grado actual de lucidez y de cultura jurídica que puede tener esa señora.

-          No tendrá ninguna dificultad en comprenderlo todo por sí misma, aseguró Crespo. Está muy mejorada del sobresalto que le produjo el saber que se abría causa criminal por lo de su marido. Y ahora, la benevolencia de usía seguro que la reconfortará sobremanera.

-          Pues ande -urgió Torres-, vaya y hágale saber cuanto le he dicho, manteniendo al respecto la mayor discreción.

 

 

Capítulo XXXIV


     No le resultó fácil al auriga encontrar un sendero en Loreto que llevase a la casa del Gurriato sin tropezar a cada momento con baches y guardacantones. Finalmente, el fiscal optó por bajarse del carruaje y recorrer los dos pasos que le había asegurado un lugareño que distaba el destino apetecido. Cuando, en efecto, estuvo a dos pasos, vio en medio de la calleja un bulto negro, que parecía hacer señas llamándolo. Cuando la silueta se convirtió en una persona reconocible, a don Joaquín casi le da un pasmo: ¡Era la criada de Ana Ozores, la señora con la que el banco ultimaba las gestiones para venderle a él su casona de la plaza Nueva!

-          ¡Aquí, aquí, señoritu! ¿Ha hecho un buen viaje? Pase, pase, que la señora lo está esperando.

     Como es natural, cuando en el corredor de la casa descubrió que era Ana quien lo aguardaba, el encuentro ya le resultó hasta lógico. Fue entonces la joven quien estuvo a punto de sufrir un desmayo: ¡Jesús!, fue cuanto acertó a decir antes de dejarse caer en la silla más próxima.

-          Jesús, no -repuso el fiscal con guasa-. Me llamo Joaquín, ¿No lo recuerda?

     Un minuto de reposo y un vaso de agua de azahar permitieron a la regenta reponerse y acompañar a Servanda y al fiscal hasta la sala, amplia y amueblada con parquedad. Era su limpieza la nota sobresaliente. Se adivinaba la mano de la fiel sirvienta en toda la morada, que debía de pertenecer a algunos familiares íntimos.

     Servanda tenía una sonrisa de oreja a oreja. Se adivinaba que sentía simpatía por el recién llegado:

-          La señora solo me dijo que esperaba para esta tarde la visita de una persona importante. Si llego a saber que se trata de usted, le habría preparado unas casadielles[48].

-          No se agobie -pidió Joaquín-. El viaje desde Vetusta es un tanto tortuoso y traigo el estómago revuelto.

-          Ya lo oyes, Servanda -concluyó Ana-. Ten preparada una manzanilla para don Joaquín y déjanos solos hasta que te llamemos.

     La criada se retiró y su señora explicó al visitante:

-          Como usted ordenó, no he dicho a nadie que era el fiscal quien iba a venir a verme. Tan solo he rogado al resto de los de la casa que nos dejen solos hasta que terminemos de hablar. La mujer del Gurriato -aclaró- es la hermana menor de Servanda.

     Joaquín, a su vez, quiso dejar claro que la sorpresa de su identidad había sido totalmente involuntaria. En los documentos judiciales, siempre se refieren a usted como la viuda de Quintanar. Ana le contestó con vivacidad:

-          ¡Qué me va usted a decir! A mí me ha pasado exactamente lo mismo. ¿Quién podía pensar que don Joaquín Torres era el fiscal de Vetusta? Claro que, si leyese los periódicos, tal vez… Pero, en fin, aquí estamos y bien que me alegro de que sea un conocido, una persona de su educación y con su cortesía, quien tenga en sus manos mi destino en los próximos meses.

-          ¡Mujer, Ana!, no exagere -repuso Torres-. En lo que se refiere al asunto penal, usted es simplemente una víctima y, como tal, todo lo más podrá sufrir inoportunidades o incordios, pero ya le indiqué a Crespo que, en lo que yo pueda, le evitaré viajes y bochornos. Claro que a mi lado estarán los abogados de los acusados y, por encima, los tribunales… Pero todo se andará. Ahora se trata de que me conteste con precisión y sinceridad a lo que voy a preguntarle.

-          Le doy palabra de ello -repuso Ana- y, si necesario fuere, se lo juro.

-          Nada de eso -rehusó el fiscal-. No estamos en un juicio ni ante la iglesia. Me basta con su compromiso de decir la verdad.

-          Adelante, señor fiscal. Estoy dispuesta.

***

-          Lo mejor será -comenzó el fiscal- que le haga un interrogatorio del estilo que usted sufriría en un juicio. Al menos, tendremos la ventaja de ser aquello a lo que estoy más acostumbrado.

     Ana no respondió y aguardó con cierta preocupación las preguntas que se le formularían.

-          Ante todo, ¿cómo y cuándo cree que su marido tuvo conocimiento de que usted estaba en relaciones con el tal Mesía?

-          Personalmente, lo ignoro, pero Frígilis me ha asegurado que Víctor no se enteró hasta que vio de madrugada a Álvaro que saltaba al jardín desde la ventana de mi alcoba y luego escalaba la valla y marchaba. Todo ello sucedió el último día en que Tomás y mi marido salieron de caza, es decir, un par de fechas antes de que se le ocurriera a este resolver la cuestión con un duelo.

-          Así pues -coligió Torres-, Quintanar tuvo conocimiento por sí mismo de lo que estaba sucediendo muy poco antes de que tomase la decisión de retar a Mesía. Pero, ¿y antes? ¿Dio alguna señal de… tener la mosca detrás de la oreja? ¿No dejó caer algo en su comportamiento o en la conversación que…?

-          Nunca -afirmó con firmeza Ana-. Solo después de que el viera… lo que vio, dio muestras alternativamente de excitación y de abatimiento, pero sin sincerarse conmigo que, por otra parte, me hallaba enferma en cama, no en condiciones de preocuparme por su estado de ánimo y sonsacarle.

-          ¿Y de la decisión de batirse en duelo? ¿Tampoco tuvo usted conocimiento de ella antes de que se llevase a cabo?

-          Puedo asegurárselo. Tomás me ha confesado a posteriori que, entre Víctor y él, medió un compromiso de dejarme en la ignorancia de todo para no agravar mi enfermedad, que el doctor Benítez juzgaba de cuidado. De hecho, en aquellos días me prohibieron las visitas y solo Servanda me atendía, pues la pérfida de Petra[49], mi doncella, ya había abandonado el servicio.

-          Resumiendo -sintetizó don Joaquín-: Usted no tuvo noticia del duelo hasta que este se hubo producido.

-           Y más aún -puntualizó Ana-. Frígilis, Benítez y los criados no me informaron verazmente de lo sucedido y durante dos días me estuvieron embaucando con que Víctor había sufrido un accidente de caza y estaba gravemente herido… y luego, que había muerto de las resultas. Yo, como loca, me levanté del lecho y traté de ir adonde estuviera el cadáver para tener, al menos, el consuelo de verlo, pero me desmayé del esfuerzo y pasé diez días en la cama, inconsciente casi todo el tiempo, no sé si desfallecida o por efecto de los medicamentos que recetaba Benítez. De los pocos momentos de relativa lucidez que tuve, fue aquel en que me llegó a carta del infame asesino.

     El fiscal se sobresaltó: La novedad no era para menos.

-          ¿Dice que recibió una carta de Mesía? ¿Cuándo? ¿Qué decía? ¿La ha guardado usted?

     Ana, mucho más tranquila, fue respondiendo a aquella serie de interrogantes:

-          Antes de nada, déjeme decirle que primero recibí una carta de Mesía en los días en que debía de estar disponiéndose el duelo, en que me tranquilizaba respecto de su ausencia pues -vergüenza me da ahora reconocerlo- raro era el día que no me visitaba-. No creo que partiese de él la idea, pero lo cierto es que me explicaba que había tenido que salir urgentemente de Vetusta para un viaje a su distrito, con fines electorales, cuya duración era imprecisa[50].

-          ¿Y la otra, la que le mandó después de haber matado a su marido?

-          Me la entregó el bueno de Anselmo, con la mejor intención y en ausencia de Frígilis. Según lo que ahora sé, habían pasado solo tres días desde el duelo, pero Álvaro ya la había escrito desde Madrid. ¿Qué quiere que le diga? Hay que leerla fríamente y con el alejamiento de todo el tiempo que ha pasado desde entonces. En resumen, intentaba explicar su crimen como fruto de la ceguera de su pasión y de la inexcusable defensa de su honor. Confesaba sentir remordimientos, así como miedo por la acción de la justicia, razones por las que había decidido alejarse temporalmente de mí y de Vetusta, no obstante lo cual estaba presto a regresar si yo lo creía oportuno, pues era una deuda del amor que por mí sentía. En otro caso, me ofrecía volver a juntarnos, en Madrid o en otra parte… Bueno, todo eso lo he repasado después. El día en que recibí la carta, tan pronto leí lo justo para comprender que Mesía había matado a mi marido, me desmayé y caí en una inconsciencia que me duró varios días, en los que -según me han dicho- no dejé de delirar.

     Joaquín, como buen fiscal que era, comprendió que esta segunda carta de Mesía podía serle en el futuro de mucha utilidad. Por ello, preguntó a Ana:

-          ¿Conserva usted las cartas que me ha referido?

     Ana sonrió:

-          De milagro, dijo. Si de Frígilis hubiese dependido, las habría hecho añicos. De hecho, cuando leyó la segunda la estrujó de tal manera, que me ha costado trabajo plancharla y volverla casi a su estado original. Ahora las tengo bajo llave en mi casa de Vetusta, por consejo médico de Benítez, que es partidario de que sus pacientes asuman sus recuerdos y vivencias, según vayan teniendo fuerzas para ello. No forcemos el olvido: dejemos que lo traiga el tiempo, me dijo. De modo que, si le interesan, le dejaré la llave del secreter y que Anselmo, que está de guardián de la casa, le facilite la entrada. Por mi parte, no pienso volver a Vetusta a no ser indispensable. Aquí estoy de incógnito y cada vez más dichosa; de suerte que le suplico no comunique a nadie mi paradero.

     Torres dio con esto por concluida la diligencia que lo había llevado hasta Loreto, pero Ana no estaba dispuesta a dejarlo marchar, así como así:

-          ¿Está mejor del estómago o mando a Servanda que le prepare la manzanilla?

-          No es necesario -afirmó el fiscal-. Ya me encuentro bien, aunque sigo sin apetito.

-          Siendo así, tenemos todavía tiempo suficiente para dar un paseo por el pueblo. No puedo consentir que haya llegado usted hasta aquí por mí y vaya a irse sin conocer las bellezas de Loreto.

     Tal vez sin proponérselo, Joaquín hizo un gesto admirativo hacia Ana, que la hizo ruborizarse. La verdad es que, aunque ataviada de casa, con una bata azul y blanca, estampada de florecillas rojas, y el cabello enroscado en un sencillo rodete, la joven viuda era, evidentemente, una de las bellezas loretanas que su visitante estaba encantado de conocer. Por un momento, los ojos de Ana y de Joaquín se encontraron y viéronse uno y otra como hombre y mujer, sin distanciamientos ni ataduras. Enseguida, Ana se levantó y previno a Joaquín:

-          Aguarde aquí, que me quite la bata y coja una toquilla. Al atardecer refresca bastante a la orilla del mar.

***

     La primavera parecía haber entrado con fuerza, pese a lo temprano aún de lo estación. Lo acreditaba el rostro atezado de Ana, que ensombrecía con un sombrero de paja, asegurado por una cinta roja. Sentados en unas rocas junto a la arena de la playa, tras un breve recorrido por el pueblo, Joaquín y la Regenta habían cambiado totalmente de tema de conversación. Comprobémoslo:

-          Comprenderá mi punto de vista -explicaba Torres-. Como fiscal de la Audiencia, no puedo implicarme en la compra de una casa propiedad de persona tan ligada a un caso de mi competencia. Cualquier decisión mía hacia usted sería entendida como una forma de beneficiarla o de perjudicarla, para conseguir mejores condiciones de adquisición. Y conste que lo lamento porque me gusta mucho esa propiedad y ya había hablado repetidamente de ella a mi mujer y a mis hijos.

-          Entiendo perfectamente su punto de vista -aceptó Ana-. ¡Imagino lo que se habría cotorreado en Vetusta de haberse sabido que hemos estado en relaciones comerciales! De saber quién era usted, yo misma no hubiera entrado en negociaciones.

-          Siendo así, ¿Qué va a hacer usted con la casa?, inquirió el fiscal.

-          Pues tratar de vendérsela a otro y deprisa, porque ya tengo casi comprometida la compra de Villa Leonor en mil duros menos de lo que inicialmente pedían.

     Torres corrigió la primera intención de Ana:

-          En su situación y obrando precipitadamente, no me extrañaría que abusaran de sus urgencias. Mi consejo es que hipoteque la casona y, con lo que el banco le preste, pague la villa. Tiempo tendrá de vender luego con calma y liberar la hipoteca. Eso, si el comprador no opta por subrogarse en la deuda… También podría ser que el banco le comprase directamente la finca, si le interesa edificar e instalar en un lugar tan privilegiado unas nuevas oficinas más amplias.

     Ana se echó a reír:

-          ¡Jesús, qué galimatías para una pobre ignorante como yo! Ande, ande, deje de preocuparse del tema que, ahora que ya no tengo secretos para Frigilis, nadie mejor que él para ocuparse de mis asuntos, dado que trabaja en un banco, aunque lo cierto es que su director, el señor Palma, es un viejo verde amigo de Mesía, que no me merece ninguna confianza.

     Quedaron absortos durante un rato, contemplando el oleaje y viendo cómo el disco solar proseguía su inexorable declive camino del horizonte. Fue la joven quien rompió el silencio, reanudando la cuestión de la venta fallida:

-          Ahora deberá buscar otra solución para traer cuanto antes a Vetusta a su familia. Ya tendrán ganas, después de varios meses de separación.

     Sin dejar de perder la vista en la espuma de las olas ni mostrar ninguna emoción al modular la voz, Joaquín resumió la tesitura con estas palabras:

-          Los chicos acabarán el curso en Madrid, pues no conviene cambiarlos de colegio y de ambiente en plena temporada. Y, en lo que toca a mi mujer, ya creo haberle expuesto que está totalmente en contra de dejar la capital y venirse para Vetusta. En algunas cartas se muestra tan exasperada, que hasta llega a hablar de separarse.

     Aun a riesgo de resultar impertinente, Ana se atrevió a apoyar a la desconocida Herminia. Se ve que, como suele decirse, respiraba por la herida: la llaga purulenta que le había abierto la infame Vetusta, a la que consideraba la mayor responsable de su infelicidad:

-          ¿Querrá creer que la comprendo y hasta le doy la razón? Usted solo lleva aquí unos meses, está entregado a los deberes de su profesión y recibe el respeto inherente a su condición de autoridad; aun así, estoy convencida de que Vetusta le aburre y lo irá ahogando en la murmuración y la vulgaridad. Pues imagínese por un momento a su esposa, a la que, por una decisión de su marido, trasplantan del mundo de Madrid, a un poblacho sin vida, en el que no conoce a nadie, ni tiene nada que hacer en todo el santo día: tan solo esperar a su marido y cuidar de unos hijos que -perdóneme que sea tan franca- no son suyos y, debido a su edad, cada vez la necesitarán menos. ¿Separarse, ha dicho usted? ¿No cree que es usted quien está rompiendo la familia, al anteponer su ascenso profesional a la felicidad de quienes le están confiados?

     Según avanzaba la reprimenda de Ana, el fiscal parecía bloqueado: no movía un músculo y tan solo la tensión de su gesto mostraba que aquellas palabras le llegaban a lo más hondo. Dejó pasar un rato en silencio antes de responder a su severa interlocutora:

-          ¡Qué poco me conoce, si piensa que mi progreso en la carrera fiscal se me da un ardite!; tanto menos, cuanto con él pueda dañar a los míos. ¡Claro!, usted y yo nos conocemos de dos tardes y así difícilmente puede acertarse a enjuiciar a una persona ni, menos aún, denostarla… Porque me importa lo que piense de mí más de lo que usted cree, voy a confesarle la razón de haber venido a Vetusta, a condición de que la guarde en secreto.

Yo quería ardientemente a mi primera esposa, que la guerra me arrebató en plena juventud, cuando apenas llevábamos tres años casados. No diré que las circunstancias me obligasen a contraer matrimonio enseguida, pero sí a que escogiera para ello a la mujer que me ofreciese mayores seguridades de amar y cuidar a mis pequeños hijos. Reparé para ello en la hermana mayor de mi difunta mujer, que se le parecía físicamente bastante y tenía buen carácter. Ella aceptó y tengo que reconocer que cumplió dignamente sus deberes de madre mientras mis hijos eran pequeños y ella esperaba tener otros que fueran suyos. Cuando, tras unos años de espera, los médicos le diagnosticaron una esterilidad incurable, su comportamiento hacia nosotros cambió, en el sentido de desentenderse cada vez más del cuidado de la familia y de la casa, así como dándose cada vez más a gastos superfluos para emperejilarse y alternar con otras señoras de clase superior en lo económico, pero ínfima en lo moral. Es posible que, si entre nosotros hubiese existido un amor verdadero, ella no hubiese caído en tales excesos y yo habría actuado con más afecto y comprensión. En cualquier caso, las cosas llegaron hasta el extremo, cuando Herminia se integró en un grupo de mujeres, liderado por una tal Curra de Albornoz[51], que cómo serán sus costumbres, que han dado en llamarlas las malas mujeres de Madrid…

     Joaquín, cansado por tan extensa narración, tosió y carraspeó varias veces, viéndose finalmente obligado a pausar aquella. Ana, por deferencia hacia él o porque adivinase claramente el final del relato, lo ayudó a concluir:

-          Ya comprendo -aseguró-. Intentando de salvar in extremis la unidad de la familia, sobre todo por sus hijos, ha decidido usted sacar a su esposa de aquel ambiente corrompido, tratando de reanudar la convivencia en un lugar muy distinto -yo diría que demasiado-.

-          Así es, confirmó Joaquín. Queriendo escapar de Madrid cuanto antes, me ofrecieron en el Ministerio la fiscalía de Vetusta, que yo acepté sin dudar, no solo porque suponía un ascenso de categoría y de sueldo que podría satisfacer las ínfulas de mi esposa, sino para aparentar ante ella que actuaba por un motivo personal, no para sacarla de aquel antro. Pero, después de un tiempo de titubeos y de exigencias para el traslado, Herminia se está volviendo cada vez más reacia a seguirme y mucho me temo que acabe por negarse, seguramente malmetida por sus compañeras de francachelas.

-          Tal vez se mostrase Herminia más tolerante al cambio -conjeturó Ana-, si la ciudad de destino fuese más atractiva: más grande, más animada… Porque, la verdad, Vetusta desmoraliza a cualquiera… Y, dicho sea de paso, tampoco creo que mi caserón fuese el mejor hogar para una mujer acostumbrada a los alegres salones de la capital.

-          ¡Vaya usted a saber cómo agradarla!, exclamó Joaquín con decaimiento. El caso es que, a estas alturas, no hay más cáscaras: o sigo en Vetusta o me invento alguna excusa para que me dejen volver a Madrid, y vuelta a empezar.

     Ana se percató de que atardecía y aún tenía temas pendientes con Joaquín, que no admitían dilación, por muy abatido que estuviese. Hizo ademán de levantarse y comentó:

-          Creo que nos estamos quedando fríos y entumecidos. ¿Qué le parece si, antes de que marche para Vetusta, le enseño la quinta donde pasé mi niñez? Me encantaría que la conociese… Y, aunque queda un poco apartada del centro del pueblo, podríamos ir allá en el coche de punto en que usted ha venido.

     Joaquín no quedó muy ilusionado del plan de Ana, pero no quería desairarla. Cuanto más mustio se sentía, más quería alargar la estancia a su lado. Asintió, pues, y regresaron a buen paso hasta la casa del Gurriato, donde solo entró Ana, para no tener que andar con presentaciones, pues la familia de Servanda ya había regresado. Salió a los pocos momentos con un manojo de llaves en la mano y explicó a Joaquín:

-          Desde que les di a los dueños un módico anticipo del precio de compra, me he convertido en la guardiana del paraíso.

***

-          ¿Qué pensó usted cuando descubrió que su amiga del caserón de los Ozores era la misma persona que con su infidelidad desencadenó este cúmulo de desgracias?

     Ana le había formulado de sopetón esta pregunta a Joaquín, mientras paseaban por los senderos de Villa Leonor, como trámite previo a entrar dentro de la casa. Pero la respuesta le brotó espontánea al fiscal, pues muchos familiares y amigos se la habían formulado, en análogos términos, a lo largo de su ya dilatada carrera:

-          Nosotros juzgamos exclusivamente los delitos. ¡Aviados estaríamos si nos convirtiésemos en inquisidores de cuanto realizan nuestros semejantes!

-          Entonces -inquirió Ana con picardía- ¿no es delito el adulterio?

     Torres se puso a la defensiva con los recursos que le brindaba el Código penal:

-          No, si el marido no se querella contra su mujer, ya que los fiscales no podemos intervenir en ese tipo de procesos.

     Viendo que con circunloquios no iba a ninguna parte, la joven optó por ser más directa:

-          Hace un rato, me reveló muchas interioridades de su matrimonio porque, según dijo, le importaba lo que yo pensara de usted. Pues bien, ahora soy yo la que le pido que me abra sus pensamientos, porque también a mí me interesa, y mucho, lo que opine de mí.


     Joaquín dudó por unos momentos entre responder como le pedía su pronto de hombre de moral acrisolada y que -no lo olvidemos- estaba inquieto por la vida un tanto libre de su esposa, o bien contestar de forma comedida y amable, habida cuenta de que poca habría de ser la relación que tuviese con Ana en adelante. Optando por esta última alternativa, se expresó así:

-          Mire, Ana, cuanto más la trato, más lamento que haya desperdiciado su vida entre un hombre que pudo ser para usted un buen padre, pero no un marido adecuado, y un desvergonzado que, según he oído, es un conquistador poco menos que irresistible, para el que usted fue un trofeo o un capricho… Y le ruego que no me sonsaque acerca de este enojoso tema pues no diré ni una palabra más.

     Ana sonrió y al tiempo que rozaba levemente su brazo en señal de disculpa, dijo:

-          Perdóneme, Joaquín. Creo que se me van pegando las rústicas costumbres de Loreto y me atrevo a cosas que mi buena crianza no me habría permitido osar en la hipócrita Vetusta.

***

     Sentados en la galería de pino tea que miraba a poniente, habían tenido que correr las vaporosas cortinas para evitar el deslumbramiento del sol que declinaba, multiplicando sus reflejos en los cristales. Parecía ser la última etapa del recorrido por los dos pisos de aquella casa que, remodelada por sus anteriores dueños y vaciada luego de gran parte de su ajuar, despertaba en Ana más tristeza que recuerdos. Quizá por eso, la visita había sido muy poco minuciosa; o acaso es que Ana estaba impaciente por explayarse con Joaquín antes de que cayera la noche y hubieran de regresar. De hecho, el fiscal ya había mirado un par de veces la hora, inquieto por tener que hacer a oscuras el viaje de vuelta a Vetusta. Sea como fuere, la Regenta tomó la palabra y, casi sin permitir que el fiscal la interrumpiese, súbitamente le explicó:

-          Mucho le agradezco su ayuda para evitar que este malhadado juicio no acabe con mi actual sosiego, que tanto me ha costado alcanzar y que, finalmente, he conseguido gracias a un bendito sacerdote que me oyó en confesión y supo señalarme el camino de mi vida futura. Puede parecerle sorprendente, pero, cuanto más lo pienso, más convencida estoy de que sería el inicio de una nueva vida provechosa… Se trata de ser madre; vamos, de tener un hijo, o mejor aún, una hija en la que reflejarme y a la que cuidar.

     Joaquín no estaba seguro de haber entendido correctamente a Ana. Trató de aclararlo:

-          Es un consejo muy pertinente. Usted es aún joven y podría hacer feliz a cualquier hombre. No obstante, en su situación, yo me tomaría con calma el cambio de estado…

-          ¡Oh, no!, exclamó Ana. El confesor no se refirió, de entrada, a que me casara, sino a convertirme en madre.

     El fiscal no daba crédito a lo que escuchaba (la verdad es que Ana, como sabemos, había tergiversado a su antojo el consejo del jesuita Suárez, corregido después por don Cayetano Ripamilán). Tratando de convencerse de no estar soñando, preguntó:

-          ¿Qué sacerdote puede haberle aconsejado poner la maternidad antes que el matrimonio?

-          No uno, sino dos -repuso Ana, muy en sus puntos-: un famoso jesuita y un canónigo de Vetusta, lleno de bondad y de años. Ambos opinan, y yo lo siento en el fondo de mi corazón, que lo que me ha hecho hasta ahora desgraciada y vulnerable es el no haber satisfecho el anhelo de maternidad.

-          Si ellos lo dicen…, admitió Joaquín con escepticismo. No obstante, sacar adelante a un hijo sin padre parece una tarea ardua.

-          ¡Quite, por Dios! ¡Cuánto habría ganado yo si, en lugar de morir mi madre de sobreparto, hubiese sido el tarambana de mi pobre padre quien me hubiese dejado huérfana! ¿Cuántos hombres están preparados y dispuestos para criar a sus hijos con dedicación y amor? Respóndame.

-          No muchos, ciertamente -concedió Joaquín-, pero tampoco puede decirse que muchas mujeres sean buenas madres.

-          Muchísimas más que hombres, aseveró Ana con seguridad. El problema de la maternidad para la mujer, prosiguió, es que…

-          … No se pueda ser madre sin la ayuda de un hombre -concluyó la frase Joaquín-.

     Ana, sofocada y airosa, se mostraba cada vez más atrevida. Su interlocutor, sin tener ni idea de adónde quería llegar, no apartaba la vista de aquella espléndida figura nimbada por la roja luminosidad del crepúsculo.

-          La ayuda del hombre -repitió Ana-. Ese es el quid de la cuestión, aunque para mí, sinceramente, el meollo del problema es otro. Usted, que es un hombre culto, habrá oído hablar de un inglés muy famoso, que defiende a capa y espada la verdad de la herencia biológica… Quiere decir que los hijos, al ser concebidos, reciben de los padres todo lo bueno y lo malo que luego desarrollarán en la vida. Conoce usted a Tomás Crespo, ¿verdad? Pues él es un firme defensor de ese principio, que ensaya constantemente en las plantas -con no mucho éxito, tengo que confesarlo-… Pero, a lo que vamos, lo importante para una madre y para sus hijos no es que estos nazcan del matrimonio, sino que haya escogido a un padre para ellos que reúna las mejores cualidades posibles.

     Joaquín estuvo a punto de echarse a reír, imaginando al tosco de Frígilis tratando de lograr zanahorias de a medio kilo cada una. Esa jocosidad le llevó a emplearla con Ana, con un reboce de seriedad:

-          Veo muy complicadas esas prácticas de eugenesia -dijo-. Las mujeres pasarían su juventud buscando el progenitor adecuado para sus hijos, salvo que se organizasen certámenes del padre perfecto, como se organizan competiciones para elegir a la mujer más hermosa.

-          Tengo que reconocer que en eso tiene usted razón -admitió Ana-, sobre todo, si la mujer que busca pareja no es particularmente hermosa o adinerada. Pero, en mi caso, puedo asegurarle que soy una afortunada.

-          No lo pongo en duda -reconoció Joaquín-. Es usted bellísima y, tan pronto pueda vender el caserón de Vetusta, dispondrá de un capital nada despreciable.

-          No lo digo solo por eso -le rectificó Ana-, sino porque estoy cierta de haber encontrado al hombre perfecto para ser el padre de mi hija.

     Joaquín empezaba a perder interés por aquella disertación seudocientífica y consultó su reloj -esta vez, de modo ostensible-. Ana se percató de ello, pero, no obstante, decidió todavía dar un rodeo.

-          Se va a reír usted de mí -dijo-, pero en quien primero pensé fue en Tomás. Sí, no parece que un señor de casi sesenta años sea lo más apetecible, pero, a fin de cuentas, yo no lo quiero para marido. Si bien se mira, reúne muchas cualidades. Lo conozco bien: Es bueno, robusto, generoso, sano… Estoy convencida de que, si yo se lo propusiera, acabaría por aceptarlo como un gran honor. Con todo, hay una pega muy importante. Frígilis está chapado a la antigua, vive en Vetusta y es soltero. Estoy convencida de que, no aceptaría dejarnos solos al hijo y a mí, sino que pretendería casarse o, al menos, estar constantemente presente en nuestras vidas. Y eso no lo quiero yo, no señor, que ya tuve bastante con un buen hombre, que podía haber sido mi padre y con el que me casé sin amarlo.

Seguidamente, se me ocurrió que podría convenirme el doctor Benítez. Es un hombre encantador y un profesional sabio y abnegado. Nunca me ha imaginado como algo más que una paciente rebelde y difícil, pero no creo que me costase mucho convencerle para colaborar en lo que pretendo… Mas resulta que también está soltero y segura estoy de que pasará toda su vida en Vetusta. Resultado: ¡matrimonio tenemos!, y no es eso lo que yo quiero. Además, no se cumplen en toda su plenitud las reglas del evolucionismo, como lo llama Tomás. De un hombre perfecto puede nacer, por mutación, una criatura deforme o malvada. ¡Hay que precaverse! Para ello, la mejor manera es que el hombre haya tenido previamente descendencia. Si los hermanos son preciosos, es natural que mi niña se parezca a ellos. ¡Hay está el busilis! Benítez, que yo sepa, no ha sido padre hasta ahora.

     Ana hizo una larga pausa, durante la que a Joaquín le pareció notar que resoplaba, pero ya la oscuridad se iba adueñando de la galería a poniente. El hombre permaneció callado, aguardando pacientemente que, al fin, la mujer desvelase quien era para ella el varón perfecto, según las leyes de la herencia.

***

-          Pues bien, mi estimado amigo -permita que lo considere tal-, comenzó Ana: Desde que lo conocí, he pensado que era usted la persona indicada para realizar el sueño sugerido por mis confesores, y el tiempo no ha hecho sino corroborar mi primera impresión.

     Joaquín tragó saliva y decidió ganar tiempo, aunque lo cierto es que el disparate de Ana ya no lo pilló del todo desprevenido:

-          ¡Cómo se le ocurre que yo pueda ser ni de lejos el hombre perfecto, con la pierna que tengo!

-          No le negaré -prosiguió Ana, sin hacer caso de la broma de Joaquín- que he tenido mis dudas. En principio, lo consideraba un fiscal implacable, dispuesto a hacer justicia al precio que fuese, cayera quien cayese. Luego, me habló usted de sus desavenencias con Herminia y pensé que eran fruto de su egoísmo y ganas de ascender al precio que fuese. Finalmente, hoy he tenido el convencimiento de que estaba completamente equivocada. Es usted un hombre justo, que antepone el cumplimiento de la ley a ridículas reglas de honor y respetos sociales. Ha venido a Vetusta tratando de salvar su matrimonio, aunque -la verdad- dudo de que lo consiga, por más que sinceramente se lo desee. Y, por encima de los anhelos y exigencias de la carne, estoy convencida de que usted quiere mi felicidad y ambos nos comprendemos y sentimos placer estando juntos.

     Joaquín se sintió entre la espada y la pared. Compartía en gran parte las afirmaciones de Ana, pero seguía pareciéndole un despropósito el medio del que ella prendía servirse para alcanzar la maternidad. Intentó salir del aprieto de la forma que él creía más digna de tomarse en consideración:

-          Lo que usted me propone con tanta generosidad me es imposible. Soy un hombre casado y tengo a gala exigirme a mí mismo la misma fidelidad que yo reclamo de mi mujer.

     Ana parecía tener respuesta para todo:

-          Pero yo no le pido que cambie a su mujer por mí, ni que se me entregue por placer o amor propio. Esa es precisamente la mejor situación para no establecer un lazo duradero entre nosotros, sino tan solo permitirme emprender una nueva vida. Un favor hecho a una amiga, con la bendición de los sacerdotes, no puede considerarse como pecaminosa infidelidad… Fíjese hasta qué punto la providencia mira con agrado mis ruegos, que usted llevaba consigo una fotografía de sus hijos para enmarcarla el día que nos conocimos y se le ocurrió mostrármela, reforzando así mi inclinación hacia su persona.

-          No soy a entender la relación entre una cosa y otra, protestó el fiscal.

-          Es muy sencillo -opinó Ana-. Gracias al retrato pude constatar que tiene usted unos hijos sanísimos y guapísimos. ¡Vamos, que no ha habido mutaciones!

     Había caído la noche y Ana se levantó para correr las cortinas y recibir la mínima luz que la luna creciente proyectaba en los cristales. Como si el cochero hubiese estado esperando un signo de vida desde el interior de la casa, lanzó a voz en grito este aviso:

-          ¡Caballero, son más de las ocho y el camino hasta Vetusta no es lo que se dice fácil!

     Joaquín dio gracias al cielo por la interrupción. Se levantó también, abrió una de las vidrieras y contestó: Un momento, que ahora mismo bajamos.

     Ana suspiró con desilusión, pero aún no cejó en su empeño.

-          Continuemos la charla en otro momento. Si quiere, puedo regresar unos días a Vetusta, para que no tenga que viajar y entorpecer su trabajo.

     Joaquín, como si hubiese estado pronunciando las últimas palabras de un informe acusatorio, de esos que podrían resumirse con la frase hecha, abandonad toda esperanza, replicó:

-          No será necesario que sigamos discutiendo esta idea suya, que me parece el colmo del egoísmo, pues olvida el amor y los deberes de todo padre hacia sus hijos y la conveniencia -por no llamarla necesidad- de que todo hijo tenga un padre. Yo no puedo aceptar el convertirme en padre según la carne y abandonar todas mis responsabilidades hacia mi hijo y, por extensión, hacia su madre. Esto es lo que creo y no me convencerá usted para obrar de otra manera.

     Tal vez Ana intentara replicar, pero Joaquín, muy decidido, abandonó la galería y entró en la habitación que llevaba a las escaleras. De pronto, miró hacia atrás y vio que Ana seguía de pie, inmóvil, con el rostro vuelto hacia el creciente lunar, que perfilaba su silueta con una luz espectral.

-          ¿No viene?, le preguntó.

-          Gracias, pero voy a quedarme aquí todavía un rato, reflexionando.

     Al llegar abajo, con un pie en el estribo, Joaquín se volvió hacia la casa en ademán de despedida, pero Ana no estaba. Había vuelto a cerrar la cristalera y a correr las cortinas, al tiempo que susurraba con misteriosa firmeza: Volverás.





 

Capítulo XXXV


     El procedimiento adelantó tan rápidamente, que el presidente de lo criminal, Saleta, reunió en su despacho al fiscal y a los abogados de todas las partes para anunciarles que pensaba celebrar el juicio inmediatamente antes de las vacaciones judiciales de aquel año[52]. Aunque a regañadientes, los requeridos aceptaron las prisas, toda vez que el fiscal y el procurador de Mesía se mostraron favorables. A fin de cuentas, ellos ya habían emitido sus escritos de conclusiones provisionales y tenían propuestas las pruebas de que iban a valerse en el juicio. Los demás, con seguir la estela del acusado principal, tenían casi todo hecho. Sí, pero ¿cuál era la postura del abogado del donjuán?

     El fiscal tuvo que reconocer que, aunque Mesía hubiese escogido a un defensor de la crema de los letrados de Madrid, el juicio se iba a plantear en estrictos términos de técnica jurídica. El susodicho abogado, señor Canga-Argüelles, de entrada, basaba su defensa en el hecho de que Mesía había estado decidido en marchar a Madrid para eludir el probable duelo, cosa que finalmente no había hecho ante la conducta intemperante de Quintanar, decidido a seguirlo hasta el fin del mundo, y por el escándalo que se había levantado en Vetusta, que hacía en extremo deshonroso poner pies en polvorosa en señal de cobardía. Todo ello -alegaba Canga- era equivalente a la atenuación legal de ofrecer explicaciones suficientes o satisfacción decorosa y no ser aceptadas[53]. En consecuencia, solicitaba para su defendido una pena de seis años y un día de confinamiento[54] y rechazaba el pago de una indemnización a la viuda del difunto, toda vez que la consideraba moralmente responsable de lo sucedido, por lo que resultaría contrario a la ética que se beneficiase con la muerte de Quintanar. Los abogados de tres de los padrinos -Crespo, Fulgosio y Bedoya-, se acogieron a la tesis de Canga y rebajaron las penas de sus defendidos a tres meses de destierro[55] en el caso de los de Mesía. Para Crespo, su abogado pidió la pena mínima de un mes y un día de destierro, entendiendo que había tratado de evitar el duelo por todos los medios a su alcance[56]. Como es sabido, Ronzal quedó al margen del proceso, al no conceder el Congreso de los Diputados el necesario suplicatorio para juzgarlo.

     Torres comentó con su ayudante Marín los escritos de calificación de los defensores y ambos llegaron a la conclusión de que el juicio estaba llamado a convertirse, no en un asunto de culpabilidad o inocencia, sino en un mero debate sobre la naturaleza y duración de las penas a imponer. Marín, pese a su poca experiencia y al respeto que sentía por su jefe, no pudo por menos de advertirle:

-          Vaya olvidándose de meter en la cárcel a Mesía. Ni en tribunal ni la ciudad están preparadas para esa severidad. Yo que usted, pondría en este caso la menor cantidad posible de carne en el asador. Ya ha hecho bastante despertando a Vetusta de su modorra y demostrando que todavía hay fiscales que tratan de que se cumpla la ley. Lo que no puede pretender es hacer pedagogía, enseñando a gobernadores, magistrados y demás próceres que el honor no se defiende como en otros tiempos.

     La verdad es que Joaquín estaba al cabo de la calle de todo ello. Es más, empezaba a lamentar el haberse tomado tan a pecho aquel asunto, que a nadie parecía importar y que a él le había concitado, nada más llegar, el rechazo de Vetusta. Lo que, en el fondo, lo tenía agitado era cómo conseguir que Ana se viera libre de la tormenta que se le avecinaba. En efecto, como era de esperar, el abogado Canga la proponía como testigo para el juicio[57]. Ya se la imaginaba de pie ante el tribunal, con la sala llena de amigos y conocidos, sometida a un interrogatorio acerca de sus intimidades, con el que el defensor trataría de aniquilar su resistencia, quizá no por sadismo, sino por lograr que disculpara a su antiguo amante, y quién sabe si hasta provocando por piedad un falso testimonio. Porque Mesía estaría allí, a pocos pasos, viéndola, oyéndola, respirando su mismo aire… Eso es lo que él tenía que evitar a toda costa, porque se lo había prometido a Ana y porque era lo menos que como fiscal podía hacer para que ella cumpliera sus deseos de emprender una nueva vida, gozando de la salud y la energía que Dios sabe con cuanto esfuerzo y fortuna había atesorado en los últimos tiempos.

     El letrado Canga residía en Madrid y no era probable que se trasladase a Vetusta hasta vísperas del juicio, cuando podía ser demasiado tarde para introducir cambios en su desarrollo. Torres optó -aunque no le fuese simpático- por dar a través del procurador el encargo para el abogado de los Madriles. Se trataba del mismo don Matías del que Ronzal había usado para velar por los intereses del casino y de quienes jugaban fuerte de dinero en él. El fiscal explicó al procurador su pretensión de esta manera:

-          He observado que el señor Canga, en interés de su cliente, ha propuesto como testigo a la viuda de Quintanar. La verdad, me parece una crueldad que, después de perder a su marido, haya de someterse al público ludibrio. De hecho, ni los demás defensores ni yo hemos pedido su testimonio. Indique de mi parte al letrado que sería muy de agradecer que reconsiderase su decisión.

     Don Matías torció el gesto, pero optó por quedar bien, ya que a nada se comprometía:

-          Me parece muy considerado de su parte. Se lo haré saber a don José María.

     Días más tarde, el procurador avisó al fiscal de que el letrado Canga estaba a punto de pasar unos días en Gijón, lo que le daría la oportunidad de responderle en persona.

     El encuentro entre ambos tuvo lugar en el despacho del fiscal en la Audiencia, cortesía del abogado que, aunque respondiera a la práctica forense, no dejó de agradecer Torres de manera expresa. Canga no se dejó enternecer por las palabras del fiscal, sino que, justificando su rudeza por la urgencia con que tenía que tratar varios asuntos aquella mañana, le espetó a su interlocutor:

-          Matías, el procurador, me ha dicho que usted agradecería mucho que renunciase a una testigo que, como comprenderá, es muy importante para articular la defensa de mi cliente. Pues bien, seamos claros: Ese agradecimiento suyo, ¿en qué se concretaría?

     En fiscal quedó asombrado del cinismo de aquel abogado que, por muy importante que fuese como letrado y como político, iniciaba los tratos con un fiscal desconocido poco menos que como un chalaneo de feria ganadera. Se acordó entonces de Ana y optó por tragarse el orgullo y llevar la conversación de forma más educada:

-          En primer lugar, la viuda de Quintanar ha decidido renunciar a la indemnización que pudiere corresponderle, coincidiendo así con la generosa postura de su cuñada, quien desde Aragón ha escrito manifestando que nada tiene que reclamar por el fallecimiento de su hermano.

     Canga sonrió con suficiencia y cargó nuevamente la mano con socarronería:

-          Veo que empezamos a entendernos -admitió-; solo que ese rasgo que usía llama generosidad yo lo califico como cuestión de mera ética, habida cuenta de la repercusión que tuvo su desarreglada conducta en que se generase el duelo y la consiguiente muerte de su marido.

     Quedaron en silencio, mirándose ambos, esperando que fuese el otro quien reanudase la negociación. Finalmente, fue Torres quien lo hizo:

-          Todo dependerá en definitiva de lo que resulte del juicio oral -advirtió-, pero, tras haber cambiado impresiones con mis compañeros y contrastado este caso con otros similares recogidos en la jurisprudencia, puedo dar por muy probable que rebajaré la pena en conclusiones definitivas, de diez años de prisión, a ocho años y un día.

     El abogado lo miró desdeñosamente y replicó:

-          Todo lo que signifique que el señor Mesía entre en la cárcel es para mí de todo punto inaceptable.

-          Pues lo siento mucho -respondió el fiscal-. Mi criterio es justamente el contrario.

     El señor Canga, a la vez que, por fórmula, preguntaba ¿algo más?, hizo intención de levantarse, pero lo cierto es que era en ese momento cuando, de verdad, iba a empezar la negociación. Torres creía tener una buena carta que jugar.

-          Pues sí hay más, contestó el fiscal. No lo tome a intromisión por mi parte, pero lo cierto es que me gustaría saber qué espera usted de bueno para su cliente del hecho de que declare en juicio la viuda de Quintanar.

     Canga quedó sorprendido de la interrogación, pero inmediatamente contestó con desparpajo:

-          Señor fiscal, tiene usía demasiada experiencia como para que tenga yo que ilustrarle al respecto; de modo que solo le diré una cosa: Nadie tiene más responsabilidad moral en lo sucedido que ella.

     Torres esperaba aquella invocación a la ética y así lo admitió:

-          Sí, ya he leído su opinión en el escrito de calificación. Y, entre líneas, me creo capaz de entender su razonamiento: Si la esposa de Quintanar hubiese rechazado las solicitudes de Mesía, aquel no habría provocado el duelo y, por tanto, viviría aún.

     Canga, como esperaba Torres, tragó el anzuelo. Un tanto exaltado, prorrumpió:

-          ¡¿Qué mi cliente andaba detrás de esa señora?! ¡Pero si fue todo lo contrario! Ella con sus zalamerías y el marido con sus… facilidades, hicieron caer al señor Mesía. A fin de cuentas, es un hombre y con merecida fama de gentileza.

-          Me consta, señor abogado, como les consta a un buen número de maridos, aquí y en Madrid, porque su cliente no suele pararse a distinguir entre solteras y casadas… Pero, a lo que vamos: Si yo le dijese que esa víctima de los arrumacos de la señora de Quintanar siguió requiriéndola cuando el cadáver de su marido estaba, como suele decirse, todavía caliente, ¿seguiría usted afirmando del señor Mesía que es un hombre noble, al que se ha hecho caer en la tentación?

     El abogado, con absoluta incredulidad, se atrevió a apostrofar a Torres:

-          Señor fiscal, a lo largo de mi vida profesional, no he escuchado un infundio semejante… Créame, no todo vale para arrancar de un tribunal una condena absolutamente desproporcionada.

     Con gesto teatral, el fiscal abrió lentamente uno de los cajones de su mesa, extrajo una carta ya abierta y la puso sobre el buró, frente a Canga, diciendo: lea, por favor. Era, por supuesto, la carta que Mesía había remitido a Ana desde Madrid, a los tres días del duelo.

     El señor Canga leyó un par de veces su contenido, hasta convencerse de la importancia del mismo para desvirtuar mucho de su argumentario defensivo. Luego, sobreponiéndose al mazazo, empezó a actuar como un experto leguleyo:

-          Sin perjuicio de consultar con mi cliente la certeza de esta carta, entiendo que la misma no podrá usarse como prueba en el juicio, toda vez que Su Señoría no la ha aportado como tal cuando formuló su acusación.

-          Muy cierto, señor letrado, pero sí podré aportarla en el acto de la vista como prueba de corroboración de lo que manifieste la viuda de Quintanar, o de refutación de lo que ose alegar el acusado Mesía o quienes declaren a su favor[58].

     Canga decidió con habilidad batirse en retirada:

-          Claro está que le asiste legalmente la razón. Ahora bien, si Mesía declara respetuosamente en lo tocante a la moral del matrimonio Quintanar, y si la viuda no se viera obligada a declarar, entonces…

     Habían cambiado las tornas. Ahora era el fiscal quien podía mostrarse displicente:

-          En sus manos está, señor abogado. Renuncie al testimonio de la testigo, puesto que solo la ha propuesto usted, y aconseje eficazmente a su cliente que refrene la lengua. Si todo marcha como le digo, es evidente que no tendré posibilidad legal de usar esta carta tan torpe, en toda la extensión de la palabra.

     Días después, el defensor de Mesía presentó un escrito renunciando formalmente a la declaración de la señora viuda de Quintanar, lo que hacía con carácter previo al juicio “para evitarle molestias o preocupaciones innecesarias”. Joaquín, visto que Ana y Servanda seguían fuera de Vetusta, pasó el oportuno aviso a Anselmo, que había quedado en el caserón de los Ozores como guardián y único habitante del inmueble.

***

     Se rumoreaba que el presidente Saleta había cruzado apuestas con algunos de sus compañeros de juego sobre si sería capaz o no de acelerar las oxidadas ruedas de la máquina judicial, hasta el punto de celebrar el juicio del duelo antes de las vacaciones. Para engordar el montante de las posturas en contra, exageraba las dificultades de su empresa. Figúrense ustedes -explicaba-. Un juicio así no se despacha en menos de tres días, y luego hay que redactar la sentencia. ¡Y todo eso de corrido!, que la ley no permite interrupciones de ninguna clase. Bien merecido tendré ganar la apuesta, pues el asunto me está dando un trabajo… Y su colega, Valero, que no había querido arriesgar ni un real so pretexto de que el ser magistrado de la sala de lo criminal era causa de incompatibilidad para apostar, apoyaba en todo a su colega, con su típica hipérbole andaluza:

-          ¡Digo! Cualquier día le da una apoplejía. Además, es el ponente del caso.

-          ¿Ponente?, preguntó Moro, el as del chapó, como si hubiese oído la palabra por vez primera.

-          Quiere decirse que soy la voz cantante en el asunto -explicó confusamente Saleta-. Vamos, que trabajo mucho más que mis otros dos colegas, aunque sus votos valgan tanto como el mío.

     Lo que no aclaró el ponente es que había asumido voluntariamente tal carga, que por turno habría correspondido a Valero. ¡Quita, quita! Este es un asunto peliagudo, que debe controlar el presidente de la sala, no su magistrado más moderno.

     No creo que haya más que explicar. Controlar era un término claro y concluyente.

     Pues bien, el ponente se ganó sus buenos trescientos cincuenta duros al ganar la apuesta. El lunes, 12 de julio, a las diez de la mañana, daba comienzo el juicio, con la sala de audiencias atestada de público. Antes de que se diese la voz de audiencia pública, Saleta requirió a fiscal y abogados para que actuasen con la mayor agilidad y cortesía:

-          Ya comprenderán ustedes que la índole del asunto lo hace especialmente propicio para la excitación y el escándalo. Aténganse a los hechos y a la cortesía forense, respetando las indicaciones que les haga dentro de mi facultad de policía de estrados. Celebraremos sesiones de mañana y tarde, con las suspensiones indispensables para comer y ventilar la sala, que bien se va a necesitar con el calor que hace y la aglomeración de público.

     La verdad fue que los diarios de Vetusta y el único de Madrid que envió un reportero tuvieron poca materia entretenida o picante que ofrecer a sus lectores. La mejor muestra de ello es que, tras dos o tres runrunes en la primera sesión, acallados por el presidente con la advertencia terminante de desalojar la sala, el ruido de los abanicos y de las toses dominó sobre cualquier otro y los incómodos bancos de la Audiencia fueron presentando más y más huecos, conforme avanzaban las sesiones del juicio. Entre los pocos espectáculos que ofrecieron los protagonistas, solo merecieron cierta atención la soflama de Fulgosio en defensa de su padrinazgo, por su calidad de militar -injustamente sancionado por sus ideas republicanas- y la de hombre de honor, y ciertos enfrentamientos verbales entre Frígilis y Mesía, aplacados con los buenos oficios de sus respectivos defensores y la expulsión del primero de ellos de la sesión del juicio en la que se mostró más interruptor y destemplado.

     Llegado el momento de formular conclusiones definitivas, el fiscal -como había anticipado al abogado Canga- rebajó a Mesía la pena de prisión en dos años, recibiendo el gesto unánime de asentimiento de los magistrados. En consonancia con tal reducción, también rebajó las penas solicitadas para Crespo, Fulgosio y Bedoya, hasta los dos años, cuatro meses y un día, ganándose en el caso del segundo de ellos una mirada de desprecio, como si con el honor y la coronelía no sirvieran medias tintas.  Los abogados defensores mantuvieron lo solicitado en sus provisionales, sintiéndose obligado el de Frígilis a manifestar que, si aceptaba una condena para su patrocinado, era porque este así se lo había exigido, “para expiar mínimamente su endeble conducta, al no impedir la muerte de su entrañable amigo”.  De los informes finales que, en conjunto duraron una sesión y media, el madrileño El Imparcial hizo el siguiente resumen, que puede valernos como propio:

     Como de costumbre, el fiscal y los abogados defensores se empeñaron en creer que la justicia y el acierto de sus respectivas posturas han de medirse en términos de reloj, según las horas y los minutos que inviertan en aburrir al público y cansar al tribunal, dado que las disquisiciones jurídicas suenan a chino al común de los ciudadanos, y los magistrados están ya de vuelta del asunto cuando empiezan a perorar las partes acerca de él. Y, si tienen la gentileza de preguntar a este corresponsal sobre el tema, he de confesar a los lectores que la miga de este juicio radica en la irresoluble contradicción entre las leyes penales que condenan severamente al duelo y la común opinión, que lo considera un deber de honor. Algún día se volverán las tornas, pero, por lo que vi y escuché estos días en Vetusta, estamos aún lejos de ello.

     Como se ve, nada recogió el periodista -que firmaba J. Manzanares- acerca del derecho a la última palabra, del que disfrutarían los cuatro acusados. Se ve que, o no hicieron uso de él, o -como suele ser lo habitual- nada dijeron de llamativo o de nuevo.


     El juicio se declaró “visto para sentencia” a las seis y cuarto de la tarde del día 14 de julio. Para poder cumplir con el casi inexcusable deber de fallar dentro de plazo, la sala habilitó los días 15 y 16 de julio, retrasando un par de fechas las vacaciones judiciales, con el visto bueno de Taladriz. Algún apostante se lo echó luego en cara a Saleta, pero este fue inflexible:

-          Las vacaciones -pontificó- no empiezan hasta que lo dice el presidente de la Audiencia, que para eso es tal.

     Y gracias a tan discutible y comprometida teoría, los trescientos cincuenta duros ganados con la apuesta permanecieron en su bolsillo.

***

      A las cinco y media de la tarde del día 16, festividad de la Virgen del Carmen, el presidente Saleta, en su calidad de ponente, leyó en audiencia pública la sentencia, pero, como era bastante larga, hacía mucho calor -y más, entogado- y tan solo se hallaban en la sala los acusados, sus abogados y procuradores y un periodista del Alerta, avisado -mediante propina- por uno de los alguaciles, el magistrado abrevió la diligencia al máximo:

-          Como ya se les ha entregado a ustedes las pertinentes copias, permítanme que limite mi lectura a proclamar el fallo de nuestra sentencia… Al acusado, Álvaro Mesía, la pena de ocho años de confinamiento en la villa de Madrid, con la pena accesoria de inhabilitación absoluta[59] por el mismo tiempo. A los acusados, Tomás Crespo, Fulgosio[60] y Amadeo Bedoya, sendas penas de un año de destierro de esta ciudad de Vetusta, con la prohibición de acercarse a menos de 25 kilómetros de la misma. Así mismo, condenamos a los acusados al pago de las costas procesales, en la proporción de la mitad de las mismas al acusado Mesía, y de un sexto a cada uno de los otros tres acusados… Contra esta sentencia cabe recurso de apelación ante la Sala Segunda del Tribunal Supremo.   

     El avisado periodista presente en la sala traslado al siguiente día a los vetustenses la feliz noticia de que, como destacaban los titulares: Ninguno de los acusados ha sido condenado a prisión. Por su parte, El Lábaro, tratando de casar la aversión al duelo con la opinión general de los vetustenses -que, a fin de cuentas, eran sus suscriptores-, afirmaba a tres columnas en su primera página: Justicia y templanza. Por virtudes cardinales que no quedara…

     Más de uno se acercó a dar el pésame al fiscal por una sentencia tan alejada de sus peticiones. Torres, que ya se lo esperaba desde el principio, contestaba, inexpresivo: Cuatro condenados de cuatro acusados. No es un mal logro. Sin embargo, en la soledad de su cuarto en La Vizcaína, mientras trataba de conciliar el sueño pese al calor reinante, pensaba que, como profesional, no había entrado con buen pie en Vetusta y que aquella sentencia del cuatro de cuatro no era sino la confirmación por la Audiencia de que dejarse caer por allí no había sido una decisión acertada.  

     El magistrado Valero aprovechó la comida del día siguiente en la mesa redonda para abordar a Torres. La mayoría de los comensales habituales habían tomado ya vacaciones, pero quiso hablar con él en un aparte, con el pretexto de tomar café en uno de los salones más frescos. No se trataba de una condolencia más, sino de contarle algunos cotilleos, que seguramente rozaban el secreto profesional:

-          Supongo que no te habrá pillado de sorpresa la rebaja que hemos metido a las penas que solicitabas. Era de esperar, no solo por la índole del delito, sino porque este asunto nació ya retorcido, desde que tuvo que venir un forastero a dar lecciones a toda Vetusta sobre cómo debía haberse comportado ante la muerte del pobre Quintanar. Y los primeros que sufrieron en lo más vivo tu palmetazo fuimos los señores de la Audiencia -como aquí nos llaman-, entre los que no tengo reparo en incluirme porque casi es peor dejar de obrar por apocamiento que no por interés o por convicción.

     El fiscal apenas miraba a su colega, dando vuelta con parsimonia al azúcar en el café, como si la charla no le interesara o no fuese con él. Extrañado de tal reacción, Valero optó por abandonar las disculpas y ofrecer a Torres noticias más enjundiosas:

-          Por cierto, al despedirse de Saleta el defensor de Mesía, le aseguró que había quedado conforme con la sentencia para su cliente, por lo que no tenía intención de discutir su fallo ante el Supremo… ¿Qué te parece?

-          Natural -repuso escuetamente Torres-.

-          Ya te veo por dónde vas -afirmó el magistrado-. Si Mesía ya está viviendo en Madrid y ahora, con su partido en el machito, puede aspirar a alguna prebenda, ¿dónde va a estar mejor en los próximos años que en la capital? ¿Para qué regresar a Vetusta donde, quieras que no, no sería muy bien recibido?

-          Tú lo dices -replicó el fiscal con displicencia-. ¿Para qué recurrir una pena que no tiene nada de aflictiva?

-          Ahí te equivocas -afirmó Valero, con el dejo pícaro de quien pilla a otro en un error-. El confinamiento lleva la accesoria de inhabilitación para cualquier empleo o cargo público durante el tiempo de la condena. Así que, si nuestra sentencia deviene firme, le habremos cortado las alas a ese palomo y no va a poder volar en los próximos ocho años. ¡Anda que no!

     Joaquín no pudo menos de sonreír con la exclamación de Enrique, replicando con un chiste de dudoso gusto:

-          O sea que, si quiere fungir de ministro, será a base de seguir acostándose con  las ministras.   

     El magistrado soltó la carcajada. ¡Estás sembrao!, dijo, cuando superó el atraganto con la infusión.

     Todavía tenía que hacer Valero otra confidencia a Torres:

-          Lo que más discutí de la sentencia fue que condenásemos al bueno de Crespo a la misma pena que a los padrinos de Mesía, que ya me tenían harto con sus hinchadas referencias al honor militar. En cambio, el otro, que al principio hizo todo lo posible por aplacar a Quintanar y sacar de Vetusta a Mesía, ha acabado pagando su sinceridad al declarar y sus malos modos en el juicio. Creo yo que, si le diesen la oportunidad, acabaría lo que empezó su íntimo amigo y quitaría de en medio a Mesía.

-          No lo veo yo haciendo de verdugo -contradijo el fiscal-, al menos, mientras se sienta obligado a velar por la viuda de Quintanar.

-          ¡Ah, la Regenta!, evocó el magistrado. ¡Qué mujer! Recuerdo haberla visto en alguna ocasión paseando con su marido por el parque. Bueno fue que nadie la propusiera como testigo en el juicio…, aunque el ujier asegura que era ella una tapada que estuvo escuchando un buen rato desde la puerta en la tarde del primer día. ¡Vaya usted a saber! Lo que es yo, no he vuelto a verla desde se produjo el duelo.  

     Al parecer, nada más tenía que contar el magistrado. Torres le preguntó:

-          ¿Cuándo te vas para Málaga?

-          Lo tengo difícil -respondió Valero-. Me toca formar parte de la sala de vacaciones.

-          Entonces tengo yo más suerte -aseguró el fiscal-. Entre Carralejo y Marín cubrirán el servicio de la fiscalía durante el verano. Bien me vendrá, que llevo sin ver a mi familia desde Semana Santa.

***

          Jadeante y suduroso, Frígilis se dejó caer, derrengado, sobre un cantal tapizado de musgo a la orilla del Abroño. Se despojó del chaquetón de cazador y echó a un lado la escopeta. Desabrochó el cierre de sus botas y, con un resoplido de alivio, se quedó descalzo, posando los pies en la hierba de la ribera. Pocos lugares se mantenían en pleno verano tan frescos como éste, en el que más de una vez habían quedado al acecho, Víctor y él, atisbando los bandos de tordos de agua, que bajaban en bandos desde las cumbres del Areo. Claro que eso era en pleno invierno; la última vez, el veintisiete de diciembre, va para veinte meses, aquel maldito día en que su amigo le confesó lo de Ana y Mesía.

-          ¡Pobre Víctor!, estaba como alelado, con el arma baja, hasta el punto de que tuve que mandarle: ¡tira, bobo! Aún tengo clavado ese denuesto. Tanto como el que recibí de ese rijoso, de ese usurero, de ese cáncano de Palma, cuando me llamó a su despacho va para tres semanas y me despidió del banco porque la sentencia de destierro le impediría cumplir con su trabajo y porque la buena fama del banco y la tranquilidad de los clientes son incompatibles con que trabaje con nosotros un delincuente. Fue como una bofetada en pleno rostro, más dura que perder el empleo, que ser despedido sin indemnización, dada la causa, que quedarse con el día y la noche a mis cincuenta y seis años… Claro que ha habido algo peor. Alguna lenguaraz o algún ocioso fue con la noticia a Anselmo y, de él, a Anita. Claro, le faltó tiempo para ofrecerme cuanto tiene; para mandarme por su criado un sobre con cinco billetes de mil pesetas, que ahora tiene bastantes gastos y todavía no ha logrado vender su casa. ¡Ahora me entero! Vende la casa que yo conseguí, con harto esfuerzo, que le dejaran como herencia de Víctor la hermana y los sobrinos de La Almunia. Vende y se va al primer sitio que se le ocurre: a Loreto, que no me lo ha dicho ella, sino Anselmo, que todavía me tiene ley. ¡Cinco mil pesetas que se quita de la boca, para dar de comer a este inútil, a este idiota! que, ni fue capaz de evitar la muerte de su mejor amigo, ni ha tenido valor ni conciencia para hacer lo que Víctor no pudo… o no quiso, que a buenas horas no hubiera acertado a veinticinco pasos, si se lo hubiera propuesto. ¡Quinientas pesetas!, sin una palabra de verdadero cariño, sin invitarme a que vaya a visitarla, sin ofrecerme ese cacho de su casa, donde tantas noches pasé velándola. ¡Claro!, se las devolví, ¡vaya que sí! El hijo de mi madre no tiene cara para vivir de limosna y, menos, a cargo de la mujer que Víctor me hubiera confiado en su lecho de muerte, de haber podido hablarme. ¡Y otro día me encuentro con Anselmo y me dice que la señora está muy disgustada de mi actitud, que la hago sufrir con mis melindres! ¡Melindres, yo! ¡Dignidad y vergüenza, que es otra cosa! Bueno, pues se acabó de llorar por lo que no supe evitar, por no poder vivir de mi trabajo, por hacer sufrir a quien más quiero. ¡Se acabó! ¿A quién le importa? Sí, ya me lo imagino, buen amigo. A ti sí que te importaría, si estuvieses aquí. Seguro que tratarías de quitármelo de la cabeza… como yo lo intenté contigo. Aquí, en esta ribera, estuvimos juntos la última vez que salimos de caza; desde aquí voy a tu encuentro, a ese infierno que dicen destinado a los que mueren en duelo o se quitan la vida. ¿La vida? Habría mucho que discutir sobre lo que es vida o solo lo aparenta y yo ya no tengo fuerzas, ni ganas, ni tiempo…

     Frígilis ha atado con un cordel el dedo gordo de su pie derecho al gatillo de la escopeta, ya cargada. Apoya el cañón en la barbilla, en dirección a la sesera y lentamente va tirando de la guita, hasta que se produce el tiro mortal. Su cuerpo se desliza suavemente hacia la madre tierra, mientras en las rocas del Areo resuenan los ecos del disparo, cada vez más lejanos, más apagados.

***

     Vetusta, a 5 de septiembre de …

     Respetado amigo:

     Correspondiendo al encargo que me dejó al marchar a Madrid, de informarle sobre cualquier novedad de importancia que se produjera en el asunto del duelo, lamento comunicarle que hace una semana fue encontrado a orillas del río Abroño, a unos quince kilómetros de esta ciudad, el cadáver de Tomás Crespo, el amigo y padrino del finado Quintanar. El buen señor, según todos los indicios y el resultado de la autopsia, se voló la cabeza de un disparo de su escopeta, cargada con munición de posta. Se ignoran los motivos que pudieron llevarlo a suicidarse, aunque todo apunta que pudo deberse a su condena en el juicio y, por efecto de ella, haber sido despedido del banco en que trabajaba. De todas formas, ya constató usted en diversos momentos de la vista, que se mostraba muy excitado y como fuera de sí. Se dice que la viuda de Quintanar es quien ha corrido con los gastos del entierro y el arriendo de la sepultura que, como corresponde a un suicida, se encuentra en el corralillo del cementerio[61].

     A fortiori he de exponer a usted lo sucedido a propósito del expediente de indulto[62] instruido a favor de don Álvaro Mesía, para el que se solicitó parecer a la Audiencia y a esta fiscalía, que lo han despachado de manera tan rápida y sigilosa, que bien pudiera sospecharse un interés espurio en mantenerlo en secreto. Cuando menos, yo no tuve conocimiento de su tramitación hasta leer en la Gaceta[63] del pasado día 18 de agosto el Real Decreto de concesión de tal gracia, consistente en sustituir la pena de confinamiento por la de destierro a cincuenta kilómetros de Vetusta, con una duración de cuatro años. Al tener noticia de ello, procuré enterarme para, a mi vez, informarle de lo aquí acaecido. Resulta que el Gobierno pidió al tribunal su informe con el carácter de “urgente”, por lo que hubo de evacuarlo la Sala de Vacaciones[64]. Esta, como es procedente, dio audiencia a la fiscalía, siendo el teniente fiscal, quien lo despachó con parecer favorable al indulto. No obstante, la sala, de acuerdo con el dictamen del ponente para el caso, señor Valero, emitió dictamen desfavorable a la concesión de la gracia. Para mejor informar a usted de la cuestión, he preguntado al señor Carralejo por los motivos de su benevolencia, respondiéndome de malas formas que no tenía por qué darme explicaciones y que, de todas formas, resultaba evidente que eso es lo que pretendía e iba a decidir el Gobierno. No he querido insistir, entendiendo que será mejor que lo haga usted, si le parece oportuno, cuando se reincorpore dentro de unos días. En cualquier caso, señor Torres, tengo para mí que el señor Carralejo tiene razón en lo de que la decisión del Gobierno habría sido la misma, aunque el fiscal se hubiese pronunciado de manera contraria…

     Respetuosamente,

     Ángel Marín, abogado fiscal.

***

     La Apertura de Tribunales de aquel año se celebró en la capital de la nación con la solemnidad acostumbrada. No era el primer acto de tal naturaleza al que asistían el Ministro de Gracia y Justicia y el Presidente del Tribunal Supremo entonces en sus cargos, pero sí que lo era para el Fiscal del Tribunal Supremo[65], a quien en un momento dado, aprovechando la amable intervención de otro compañero, se acercó al concluir el acto el fiscal de Vetusta, con el pretexto de saludarlo respetuosamente y expresarle sus mejores deseos en el elevado cargo, aunque ya llevaba en el mismo algo más de medio año. El Fiscal del Supremo, afablemente, tuvo la cortesía de preguntarle qué tal iban las cosas por Vetusta, lo que aprovechó Torres para solicitarle una breve audiencia:

-          La verdad, Excelencia -explicó-, es que necesito exponerle, de manera personal, un caso de importancia. Tan es así que, un tanto arbitrariamente, he demorado mi incorporación al servicio después de las vacaciones, a la espera de que Vuecencia pueda recibirme a la mayor brevedad posible.

     El Fiscal del Supremo se quedó pensativo durante unos momentos y le respondió:

-          Mañana no me será posible, pero le haré un hueco pasado. Vaya por mi despacho a las nueve.

     El fiscal del Supremo era por aquel entonces una persona de edad avanzada, que había cimentado una gran fama académica en campos de la ciencia jurídica que poco tenían que ver con el Derecho penal[66]. Hasta unos meses atrás, no había tenido ningún contacto con el mundo de la fiscalía, pero quizá por eso trataba con especial deferencia a sus nuevos compañeros y escuchaba y se dejaba aconsejar hasta niveles insólitos. Con esa actitud, tras algunas consideraciones generales, escuchó atentamente a Joaquín Torres la exposición que le hizo del caso del duelo, hasta llegar al llamativo indulto de verano. Tal vez por sentirse bien acogido y comprendido por su elevado interlocutor, llegó más allá de lo que en principio se había propuesto, que no era otra cosa que se le aceptase la renuncia a su actual cargo y el retorno a la fiscalía de Madrid.

-          Después de lo sucedido -explicó- considero insostenible mi situación como fiscal de Vetusta, desautorizado por el señor ministro, quien no hace ni un año que me dio vía libre para acusar a Mesía, pese a ser un miembro notorio de su partido. Por ello me siento tan ofendido a título personal que, si no se me concede la salida digna que solicito, estoy dispuesto a abandonar mi carrera y dedicarme al ejercicio de la abogacía.

-          No se precipite en decidir -aconsejó el fiscal del Supremo-. Lo que usted me ha expuesto me mueve a facilitarle esa salida digna a la que se refiere. Sin embargo, no está de más conocer las razones del ministro y, sobre todo, que no vaya a poner dificultades administrativas para su vuelta a Madrid… Por de pronto, no estaría de más indicarle un motivo menos conflictivo por el que usted quiera abandonar Vetusta; alguno que conmueva el ánimo de un político y no ponga en cuestión sus decisiones. Dado que, según me ha dicho, es conocido de su padre, no se preocupará de hacer pesquisas acerca de lo que usted alegue…

     Torres se quedó pensando unos momentos. Dado que Herminia no quería ni a bien ni a mal marchar para Vetusta, podía ser el centro del pretexto:

-          Desde hace algún tiempo mi mujer padece de los bronquios y ya se sabe que el clima del Norte es muy pernicioso para las afecciones respiratorias.

-          ¡Qué me va a decir a mí, que soy gallego y viví en Santiago hasta los treinta años!, repuso el prócer con una sonrisa cómplice… Esta semana despacho con el ministro y aprovecharé para plantearle su caso. Venga a verme el próximo lunes y le informaré. Entre tanto, le autorizo a que continúe en Madrid cuidando de su esposa.

-          Estoy seguro, Excelencia, de que ninguna atención la aliviará más que saber que no tiene que mudarse a Vetusta.

-          No le anticipe nada -advirtió el fiscal del Supremo-. Ya conoce aquello de la piel del oso.

     El fiscal de Vetusta salió tan contento del despacho, que por un momento olvidó las razones que lo habían llevado a él. Más adelante podría alegrarse o lamentar las consecuencias que para su familia iba a traer la permanencia en Madrid; pero, por el momento, solo pensaba en que había sacado un buen rédito al vicio de fumar que había cogido su mujer. Cualquier médico certificaría que le había dejado los bronquios tan débiles, como para no resistir las inclemencias vetustenses.

     El siguiente lunes trajo las buenas nuevas que eran de esperar. El propio fiscal del Supremo estaba extrañado de la reacción tan cariñosa del ministro, que le relató en primera persona, como si fuese él quien estuviese hablando con Joaquín:

-          ¡El hijo de Torres! Se me había olvidado por completo. ¡Menudo patinazo le he hecho dar al pobre! En efecto, cuando vino a verme, ese sinvergüenza de Mejía[67]estaba encelado con la mujer de Palomares y estábamos deseando darle un escarmiento. Luego, al verse con el dogal al cuello, el donjuán plegó velas, pidió perdón al marido y fue a suplicar a Sagasta, jurándole el más acrisolado propósito de enmienda. El confinamiento al que lo condenaron no nos convenía políticamente, porque lo tendríamos por Madrid durante ocho años sin poder ejercer cargo alguno y con el riesgo de que la enmienda se la llevara el diablo. En cambio, si el confinamiento se convirtiera en destierro de Vetusta, podríamos darle alguna sinecura fuera de Madrid y todos contentos, él y nosotros. Total, preparamos el indulto con el carácter de urgente y, a estas horas, ya está el caballerito camino de Ciudad Real para hacerse cargo de la jefatura de Fomento. Pero, volviendo al hijo de Torres, pese al equívoco en que lo metí, se ha portado como un caballero: hasta informó favorablemente el indulto, por el mero hecho de que el expediente venía con el evidente apoyo del ministerio. Así que, ¿dice que quiere volver a Madrid de simple abogado fiscal? Por mi parte, lamento el descenso de categoría, pero que lo dé por hecho. No, si no me extraña: ¡Hay que ser muy sufrido para cambiar Madrid por Vetusta, por mucho ascenso que ello suponga!

-          Entonces, Excelencia…

-          Pues nada, que usted se vuelve para Vetusta, como si tal cosa y guardando secreto de la que aquí hemos acordado. Pero antes, presente usted una instancia en los términos pertinentes, dirigida al ministro y acompañada de un certificado médico de su esposa en que se recojan sus problemas de salud. Yo la informaré favorablemente y remitiré al ministro. Supongo que, de aquí a finales de año, tendrá la orden de traslado en su poder.

     Torres, haciendo las mayores protestas de gratitud, se despidió del fiscal del Supremo, pero este aún tenía alguna consideración que hacerle:

-          Por lo que se ha visto, el ministro está convencido de que fue usted quien emitió el informe de la fiscalía favorable al indulto, pero ambos sabemos que fue obra del teniente fiscal, al estar usted de vacaciones. ¿Cómo se llama ese funcionario tan obsequioso?

-          Domiciano Carralejo, repuso Torres.

-          Muy propio[68], comentó el fiscal del Supremo. Le va a ser difícil pasar de teniente fiscal mientras esté yo detrás de esta mesa.

***

     El último día de noviembre se recibió en la Audiencia de Vetusta la Gaceta de Madrid en que se decretaba el cese de Joaquín Torres, a petición propia, como fiscal de la provincia y, poco más abajo de la misma página, el nombramiento como abogado fiscal de Madrid con carácter provisional, en tanto se convocaba el oportuno concurso de traslado. El revuelo fue grande y numerosas las peticiones al interesado para que aclarase sus motivos. Lógicamente, el cesante respetó la promesa de confidencialidad hecha al fiscal del Tribunal Supremo e insistió en la razón invocada ante el ministro: Todo era debido a que su esposa tenía una dolencia respiratoria para la que estaba contraindicado el clima de Vetusta. Más lo lamento yo, mintió Torres, cuando Taladriz le manifestó que lamentaba su marcha pues, pese a lo corto de la estancia en la ciudad, le había tomado un sincero aprecio. Pero, aparte de la breve tempestad en el vaso de agua de la Audiencia, muy poca gente sintió impresión alguna cuando los dos periódicos de Vetusta dieron la noticia, tomada del diario oficial.

     Aprovechando los dos meses que mediaron entre la reincorporación a su puesto tras las vacaciones alargadas y su cese, Torres trató de irse despidiendo de cuanto en Vetusta había provocado en él una impresión grata y duradera. No fue difícil en lo tocante a los entes supuestamente inanimados, como la catedral, cuya inigualable torre divisaba incluso desde la ventana de su despacho -bien que al sesgo-; la universidad que, en cambio, no tenía mucho que ver, pero guardaba una magnífica biblioteca, donde se había pasado muchas tardes documentándose y preparando sus informes; el casino, lindante con la Audiencia, especie de paraíso vedado para él desde que renunció a la prebenda de socio de honor de la forma tajante que en su momento vimos; el Espolón y el Paseo Grande, muy de mañana, cuando los rayos del sol apenas traspasaban el follaje, o a la caída de la tarde, cuando la neblina convertía los troncos y las ramas en sombras fabulosas de un mundo de algodón.

     Los caballeros de la mesa redonda le organizaron de la noche a la mañana una despedida en la que, a ruego suyo, invitaron a Ángel Marín, único compañero, junto con Valero, por el que sentía verdadero afecto. En un último abrazo, el fiel abogado fiscal le echó cariñosamente en cara el abandonarlo en las garras de Carralejo. Torres le confió muy ambiguamente la primicia:

-          Yo que tú, no me preocuparía de tal acaecimiento… Claro que ya sabes aquello de más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer.

     El día 5 de diciembre, víspera de su partida, con todo el equipaje hecho y la cuenta de la fonda liquidada, le dio por darse un paseo después de comer, como el último adiós a Vetusta. Lentamente, subió por La Encimada, camino de la plaza Nueva y de la del Pan. Más o menos a la altura del Banco de Vetusta, se dio de manos a boca con Servanda, que venía en sentido contrario. La criada pareció exultante de encontrárselo:

-          ¡Cuantísimo tiempo sin saber de usted!, exclamó. ¿Está usía bueno? La señora llegó a pensar que hubiera regresado a Madrid.

-          Pues casi acierta -respondió Joaquín, sorprendido de la premonición de Ana-. Precisamente parto mañana para allá.

-          ¿Por mucho tiempo?

-          Pues, en principio, definitivamente.

     Servanda, con atrevimiento nacido, más del afecto, que del descaro, le espetó:

-          ¡Ah, eso no, señorito! ¿Es que va a marcharse sin despedirse de doña Ana?

-          Mujer, replicó el fiscal, no pretenderás que emprenda ahora otro viajecito a Loreto.

-          ¡Ay, no, no hace ninguna falta! La señora y yo estamos aquí desde anteayer. Por fin, se ha vendido la casa y hemos venido para organizar la mudanza.


     Joaquín, envuelto en una barahúnda de sentimientos, no sabía qué camino tomar. Todavía se resistió, contando vanamente con que ayudasen las circunstancias:

-          Siendo como dices, ni la señora ni la casa estarán en condiciones de recibir una visita imprevista. Mejor será que le escriba una carta desde Madrid, explicándole mi marcha.

     Servanda insistió:

-          ¡Quia, no señor! Aquí quedarán para el comprador casi todos los muebles y seguro que a la señora le dará un disgusto de campeonato, si se marcha usted sin decirle adiós. ¡Pues menudo cariño le tiene!

     Joaquín cedió al fin. En verdad, no era justo ni educado rechazar los ruegos de Servanda y portarse tan groseramente:

-          Está bien. Dile a tu señora que pasaré un momento por su casa a eso de las seis, pero que no prepare nada, que la visita será breve pues todavía ando liado haciendo el equipaje.

***

     Conversaban como dos buenos amigos que solo fuesen a separarse por breve tiempo. Y es que, pese a la emotivo e imprevisto de la visita de Joaquín, Ana se había hecho la firme promesa de comportarse de la forma más natural, jurando que no volvería a hacerle la más mínima alusión a su maternidad. En consonancia con todo ello, apenas se había recompuesto el cabello con la ayuda de Servanda, manteniendo el sencillo atuendo con el que venía dedicándose a marcar los objetos que habrían de cargar los mozos de la mudanza un par de días después. Eso sí, refrescó su rostro y esparció generosamente sobre su vestido aquella milagrosa agua perfumada que su tía Águeda había descubierto en casa de un perfumista francés, con boutique abierta en la calle Mayor de Madrid, y de la que ella encargaba nuevas remesas desde entonces. El milagro, en estimación analítica de Frígilis, era simple efecto de una mezcla equilibrada de pachulí, geranio y bergamota, pero lo cierto es que los efectos eran muy incitantes.

     Incluso se tuteaban, como si en la despedida ya estuviera de más cualquier otro distanciamiento. Pese a la admonición recibida, Servanda ha preparado el té, con la consabida bandeja de pastelillos de Cortés. En este momento, Ana le está dando a Joaquín los detalles sobre la venta de la casa:

-          Te va a parecer increíble. Me compra la casa Pepe Ronzal, el diputado. Yo creo que ha sido cosa de su mujer, que tiene aires de grandeza y, al parecer, pretende convertir esta casona en un palacete a la moderna, que rivalice con el de los Vegallana. ¿Te imaginas a la señora de Trabuco[69] recibiendo en estos salones a la flor y nata de los liberales de Vetusta?

-          A estas alturas -repuso el fiscal, con aire de tristeza-, ya estoy curado de espanto, aunque lamente que esta mansión haya de caer tan bajo.

-          Quizá sea buen para ti el marchar de Vetusta -apuntó Ana, cambiando de tema-. Me consta que Ronzal te la tenía jurada por haber intentado acusarlo… Por cierto, gracias, una vez más, por haberme librado de la vergüenza pública, que habría sufrido de tener que presentarme a declarar.

-          Aunque no te vieras forzada a hacerlo-recordó Joaquín entonces la sospecha de Valero-, ¿no estuviste presenciando el juicio en algún momento?

     Ana se ruborizó visiblemente y, bajando la cabeza y el tono de voz, susurró:

-          Mea culpa. No pude resistir la tentación de veros a Mesía y a ti, frente a frente. Me vestí de trapillo con ropas de la hermana de Anselma y estuve un rato a la puerta de la sala. En aquellos momentos estabas interrogando a Bedoya y era difícil entender lo que hablabais, a la distancia en que me encontraba. Le pregunté al ujier y me dijo que la declaración del canalla había sido ya, por la mañana. Me volví para Loreto y eso fue todo.

-          Entonces, ¿no estás al corriente de cómo ha acabado la farsa?, preguntó con amargura Joaquín.

-          Me han dicho que los condenaron a todos, pero que ninguno tendrá que ir a prisión.

-          En efecto -replicó el fiscal-, pero a uno de ellos, el menos culpable, lo hemos mandado al cementerio.

     Ana permaneció muda e inexpresiva. Ya había sufrido y llorado lo bastante por Frígilis en los meses pasados y hubo de ser una persona ignorante quien la sacara del círculo vicioso de culpa y pesadumbre. Anselma había logrado secar la fuente de sus lágrimas:

-          Señora -le dijo- quítese de la cabeza que don Tomás se matase por alejarlo usted de esta casa. La verdad es que ya estaba muerto desde que no pudo evitar la muerte de don Víctor.

     Y ahora resulta que venía Joaquín a recordárselo y a sentirse, también él, responsable del suicidio. Molesta por el recordatorio, reaccionó con vehemencia:

-          Que yo sepa, nadie le ayudó a apretar el gatillo.

     Pero Joaquín pareció no oírla y ensartó una retahíla de infortunios y tropelías:

-          Frígilis, muerto. Ronzal, dueño de esta casa. Mesía, iniciando una carrera política. El ministro, riéndose de magistrados y fiscales. Tú, escondida en una aldea, esperando que vinieran en cualquier momento a exponerte a la vergüenza pública… Y yo, responsable de todo, hazmerreír de mis colegas, ahora agacho las orejas y me vuelvo por donde vine, con un año más y con muchas ilusiones menos.

     Ana, ante tal cúmulo de exageraciones y de autocompasión, no sabía qué decir. Optó por satisfacer su propia curiosidad y ganar tiempo:

-          Mesía… carrera política. Ya se sabe que ese sujeto sin escrúpulos caerá de pie en Madrid o donde se tercie; pero ¿qué novedades hay y qué tienes tú que ver con ellas?

     Con aire, entre indignado y compungido, Joaquín le explicó las diferencias prácticas que había traído el indulto y cómo, aprobado este, las autoridades del partido liberal dinástico habían decidido quitarse de delante al donjuán en la capital de España y lo habían pasaportado a Ciudad Real, en lo que podía ser el comienzo de una exitosa dedicación a la política nacional. Ana sonrió tristemente:

-          Se ve que los maridos de la Mancha merecen menos deferencia que los de la capital…, o que las manchegas son más duras de pelar que las madrileñas. En todo caso, amigo Joaquín, tú no te vas de aquí con el rabo entre las piernas, sino con la cabeza bien alta. No se me dan bien las frases altisonantes, pero recuerdo una que escuché a mi padre más de una vez: El triunfo no está en vencer siempre, sino en nunca desanimarse[70]. Así que regresa a Madrid; sigue luchando por tu familia y tu profesión y, si eso te ayuda, no te olvides de los pocos, pero buenos, amigos que dejas en Vetusta… y sus alrededores.

-          Razón tienes -admitió Joaquín-, y lo curioso es que me habéis distinguido con vuestro afecto sin que yo hiciese nada especial por conseguirlo.

-          Es normal -estimó Ana-. Las amistades se reparten por el mundo como por obra de un sembrador que arroja la semilla al voleo.

-          Ya -insistió Joaquín-, pero ¡cuánto me habría gustado dejar en esta ciudad memoria de algo bien hecho, sentirme complacido por haber realizado algo importante por esos pocos amigos a que te has referido!

     Ana lo miró con esa expresión de ingenuidad y picardía que había logrado tras muchos años de jugar al disimulo en Vetusta, y le insinuó:

-          Todavía tienes tiempo para tener con una amiga un gesto de amor.   

***

     El reloj de la catedral pareció esperar a que Joaquín abriese con especial cuidado el portón de la casa de los Ozores para lanzar lenta, solemnemente, las campanadas de las seis. Apurando en lo posible su marcha claudicante, el fiscal cruzó la plaza y luego acompasó su marcha hasta marcar con el bastón el mismo ritmo que el reloj, tan pronto embocó la Encimada. Con altivez, en él inusitada, dio al balanceo del báculo una elegante amplitud, mientras recorría por última vez la via sacra de Vetusta, apenas desvelada por la niebla: Los Cuatro Cantones, la catedral, el purgatorio y el infierno -como Valero solía referirse a los palacios, tan próximos y tan alejados, de la Audiencia y el casino- y, por fin La Vizcaína, su puerto seguro, que ya empezaba a bullir con los primeros viajeros para la diligencia de Luarca. No tardaría en ser él uno de los ocupantes del carruaje a la estación, una vez más; hoy, la última. Trabajosamente sube los escalones hasta el principal, donde ya tiene avisado que le preparen un buen desayuno hacia las siete, que no quiere prisas para llegar al tren. Conteniendo un bostezo, lo saluda el camarero de las mañanas, que aún está preparando las mesas.

-          Buenos días, don Joaquín. Se madruga, ¿eh? Mucha prisa tiene de dejarnos.

     Joaquín sonríe y le corrige la insinuación con afecto:

-          No a todos, Paco, no a todos, que hay muy buena gente por aquí.

     Buena gente. Como Paco, mismamente. O como Valero y Marín, que se ha empeñado en despedirlo desde el andén y con los que se unirá en estrecho abrazo, con la esperanza de encontrarlos algún día en Madrid, sumidero de vidas y esperanzas, donde casi todos van y muchos menos regresan…

     Las nueve en el reloj de la estación. La misma hora a la que Servanda entra en la alcoba de su señora con la mesita del almuerzo, descorre las cortinas y abre las contraventanas, por las que apenas entra una claridad opalina. Ana rebulle y refunfuña:

-          Llévate el desayuno y deja que me quede un rato más en la cama.

     Servanda, sonriendo maliciosamente, pregunta:

-          ¿No ha dormido bien esta noche la señora?

     Y Anita, quejumbrosa, replica:

-          No es eso, sino que me han empezado las molestias de la regla.

-          Quédese tranquila, le recomienda la criada, de pronto cabizbaja. Voy a prepararle un cocimiento de milenrama.

     Retira el servicio y, desde la puerta del dormitorio, se vuelve a mirar el rostro de Ana contraído por un espasmo. Se muerde los labios y enfila el pasillo, murmurando con rabia:

-          Pa esi viaxe, nun facíen falta alforxes.

 





[1] Este fragmento del texto alude al monumento a Gustavo Adolfo Bécquer, erigido en los jardines de la madrileña Fuente del Berro. Los versos que el narrador no era capaz de aprender de memoria corresponden a la Rima LVI del poeta sevillano, y dicen así: “Hoy como ayer, mañana como hoy / ¡y siempre igual! /Un cielo gris, un horizonte eterno / y andar… andar”. Desde luego, Bécquer los tiene mejores.

[2] Por ser este acróstico mucho menos conocido en nuestros días, aclaro que significa “en sus manos”, significando que la carta se envía por un propio para ser entregada personalmente a su destinatario. En caso de correspondencia oficial, solía sustituirse por “E.S.D.”, queriendo decir “en su despacho”.

[3] Se alude al entonces vigente Código penal de 17 de junio de 1870, que regulaba el delito de duelo en sus artículos 439 a 447. Más adelante se harán cumplidas referencias a los puntos del citado Código que resulten pertinentes a los efectos de comprender bien el relato.

[4] Importante diario de Oviedo, que se publicó entre 1879 y 1936.

[5] Por si ustedes tienen mejores conocimientos o suerte que yo, fotocopio e incorporo como ilustración del relato la firma, que para mí continúa siendo indescifrable.

[6] Para satisfacción de los lectores detallistas, he procurado completar la cronología del relato que transcribo con el año a que se refiere y he llegado a la conclusión de que debe de tratarse de 1885. Espero que me dispensen, si no hago explícitos los indicios que me han llevado hasta esa deducción. En cualquier caso, el continuador de “La Regenta” parece en discordancia con Clarín quien, en los comienzos del capítulo XXIII de la novela dice que “hacía mil ochocientos setenta y tantos años había nacido en el portal de Belén el Niño Jesús”.

[7] Se alude al político y escritor, Manuel Silvela y de Le-Vielleuze (1830-1892), ministro de Gracia y Justicia entre enero de 1884 y noviembre de 1885. Es autor de la obra, Le jury criminel en Espagne, Montpellier, Imprimerie Centrale du Midi, 1884, totalmente contraria a la reimplantación del jurado en nuestro país, donde había funcionado de manera provisional y muy precaria durante el Sexenio revolucionario. Excelente recensión de dicho trabajo a cargo de Arthur Desjardins, Le jury et les avocats, Revue des Deux Mondes, 3ª época, tomo 75 (1886), pp. 610-617 (accesible por Internet, en wikisource.org).

[8] San Carlos Borromeo es el santo patrón de los empleados de banca y de bolsa. Su fiesta se celebra el día 4 de noviembre.

[9] Terminología usada en el capítulo VI y concordantes de La Regenta para referirse a las dependencias del casino donde, de manera más o menos ilegal, se jugaba de dinero, con el conocimiento y general tolerancia de las autoridades competentes para impedirlo y sancionarlo.

[10] Es decir, el segundo jefe de una fiscalía, que sustituye al primero cuando este no puede ejercer su función.

[11] El famoso ingeniero, Salustiano González Regueral (1829-1892), fue el promotor y primer propietario de la fonda La Vizcaína, de Vetusta (Oviedo).

[12] Dicha calle principal de Vetusta conserva su nombre, al menos, desde 1874. Véase, José Tolivar Faes, Nombres y cosas de las calles de Oviedo.1985, Edit. Ayuntamiento de Oviedo, Oviedo, 1986, p. 584.

[13] Nombre que se daba a todos los fiscales de una Audiencia que no ostentasen autoridad en ella, la cual competía al fiscal y al teniente fiscal.

[14] Se trataba de D. Joaquín María Álvarez Taladriz. Véase Gaceta de Madrid de 10 de diciembre de 1885, p. 822.

[15] Palabras finales de la Historia de la vida del buscón, llamado Don Pablos, escrita por Francisco de Quevedo Villegas, editada por primera vez en Zaragoza por Pedro Verges en el año 1626.

[16] Alusión a Juliette Récamier (1777-1849), de la exclusiva responsabilidad de la marquesa de Vegallana.

[17]  Diga lo que quiera el Diccionario de la Real Academia, en términos de subastas un lote puede estar conformado por uno o varios objetos, y no necesariamente por un conjunto de objetos similares entre sí que se agrupan con un fin determinado.

[18] Los magistrados Enrique Valero y Saleta (este último, también citado en otros lugares del relato) son personajes de la novela de Armando Palacio Valdés, titulada El Maestrante (1893), que se desarrolla en la ciudad imaginaria de Lancia, trasunto de Oviedo. Leopoldo Alas y Armando Palacio fueron muy amigos, lo que permite suponer que la inclusión de Valero y Saleta en la continuación de La Regenta no le disgustase al autor de esta. El continuador de “La Regenta” se ha permitido minorar en mucho la edad de Valero.

[19] Rosalía de Castro (fallecida el 15 de julio de 1885) residió en Simancas entre 1868 y 1870, debido a que su esposo, Manuel Murguía, fue destinado a la villa como archivero de su Archivo General. Véase mi relato en este blog, titulado De amor y poesía (II). Madurez de Rosalía de Castro (en “cuentos literarios”, entrada de 9 de julio de 2020).

[20] “Al invierno no se lo come el lobo”; es decir, que acaba llegando, más tarde o más temprano.

[21] Como en toda España, los jesuitas fueron expulsados de Vetusta en 1767 y no retornarían formalmente a dicha ciudad, abriendo un colegio y formando una comunidad, hasta el curso 1921-1922.

[22] El apellido correcto era Vinjoy. Alude al sacerdote, Domingo Fernández-Vinjoy y Pérez de Trío (1828-1897). Un resumen de su vida y obra en el Diccionario Biográfico Español -entrada anónima-, localizable en la web, historia-hispanica.rah.es. Más ampliamente véase: Regino Chiquirrín Aguilar, Don Domingo Fernández Vinjoy, su vida y obra, en Studium Ovetense, 24 (1996), págs. 15-76.

[23] Seguramente, el Padre Suárez aludía a la siguiente obra: Juan de Villafañe, S.J., Relación histórica de la vida y virtudes de la Excma. Sra. Dª Magdalena de Ulloa, Toledo, Ossorio y Quiñones, Salamanca, s.f. (se apunta como probable la de 1723).

[24] Palabras de despedida de Jesús a la mujer adúltera en el Evangelio según San Juan, cap. 8, versíc. 11.

[25] Máximo órgano gubernativo de una audiencia territorial, formado entonces por su presidente, los presidentes de sus diversas salas y el fiscal de la misma. Su secretario formaba parte de ella sin derecho a voto.

[26] Se ve que el presidente de la Audiencia también se llamaba Joaquín, aunque es dato que en el texto que transcribo no figura.

[27] Debía de tratarse del fiscal del Tribunal Supremo, don Santos de Isasa y Valseca (1831-1907), que lo fue entre enero de 1884 y diciembre de 1885. Había presentado su dimisión el 17 de estos mes y año, al producirse el cese voluntario del ministerio conservador, en aras del turno de partidos acordado en el Pacto del Pardo. En cualquier caso, el nuevo fiscal del Tribunal Supremo, don Manuel Colmeiro Penido, no tomó posesión de su cargo hasta febrero de 1886.

[28] Por este y otros detalles, parece colegirse que el ministro de Gracia y Justicia fuese don Manuel Alonso Martínez (1827-1891), quien ejerció el cargo en 1876, entre 1881 y 1883, y entre 1885 y 1888.

[29] Terminología en desuso para referirse a todos los magistrados que no presiden la Sala de la que forman parte.

[30] Frígilis había resultado de una corrupción fonética de fragilis, adjetivo latino equivalente a frágil o débil.

[31] Magdalena de Ulloa fue el aya y, en sentido vulgar, la madre adoptiva de Don Juan de Austria (1547-1578), hijo del emperador Carlos V, al que durante sus primeros años se le dio el nombre ficticio de Jerónimo o Jeromín.

[32] Pensamiento evangélico recogido en Mateo, 26:11, Marcos, 14:7 y Juan, 12:8.

[33] El susodicho libro (véase nota 22) es un in quarto de 464 páginas de texto, más otras 50 de índice. Puede consultarse por Internet en la página web: bibliotecadigital.jcyl.es.

[34] Las acepciones 1 y 2 del diccionario de la Real Academia para la voz “corpiño” son totalmente insuficientes, debiendo completarse con la número 3, pero sin limitarla a su uso en la Argentina. En el vocabulario de la moda, corpiño es la “parte del vestido que cubre el torso”, siendo la falda su complementaria.

[35] Dentro de las complejidades heráldicas, suele aceptarse como blasón del apellido Ozores un león traspasado por una espada, al modo que refleja la ilustración que acompaña al texto.

[36] Alusión a la frase evangélica, dejad que los niños vengan a mí, recogida en Mt., 19:14 y en Mc., 10:14.

[37] Por los datos recogidos en el texto, me inclino por creer que el gobernador cesante sería D. Laureano Casado Mata (que “dimitió” el 3 de diciembre de 1885), siendo sucedido por D. Luis Rodríguez Seoane (véase Gaceta de Madrid, nº 338, de 4 de diciembre de 1885, p. 759). Como es evidente, cuanto se dice de los gobernadores en el relato responde a la imaginación del anónimo continuador de “La Regenta”.

[38] Esos datos confirman la identidad apuntada en la nota 36: Luis Rodríguez Seoane (1836-1902) fue catedrático de Terapéutica, ilustre poeta del Rexurdimento gallego y notable periodista. Véase su nota biográfica, a cargo de María Jesús Fortes Alén, en historia-hispanica.rah.es, en la que creo se confunde en el año de nombramiento como gobernador de la provincia de Vetusta (Oviedo), dando el de 1888, en lugar de 1885.

[39] Torres estaba pensando en el artº 430 del Código penal de 1870: “La Autoridad que tuviere noticia de estarse concertando un duelo procederá a la detención del provocador y a la del retado, si este hubiere aceptado el desafío, y no los pondrá en libertad hasta que den palabra de honor de desistir de su propósito”. Curiosamente, el Código no ponía límite a la duración de tal medida precautoria.

[40] Don Víctor Quintanar lo era; en concreto de La Almunia de Don Godino (sic), según La Regenta.

[41] Aunque Fulgosio y Bedoya fuesen militares, asumió la competencia respecto de ellos en este caso la jurisdicción ordinaria, gracias a la excepción prevista en el artº 11 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal “para las causas por delitos en que aparezcan a la vez culpables personas sujetas a la jurisdicción ordinaria y otras aforadas”. Aquí, junto a los militares Fulgosio y Bedoya, se juzgaba por el mismo delito de duelo a los civiles, Mesía, Crespo y Ronzal, si bien este último se libró por su inmunidad como diputado (véase la nota 43).

[42] En el capítulo XXX de La Regenta se refieren tales condiciones, que yo entiendo perfectamente valoradas por el fiscal Torres como propias de duelo “concertado a muerte”, con la consiguiente aplicación del artº 445, pfo. 2º del Código penal de 1870.

[43] Se trata del conocido como privilegio del suplicatorio, que la Constitución de 1876, vigente a la sazón, concedía a diputados y senadores (artº 47).

[44] Expone Clarín en el capítulo XXX de La Regenta que Quintanar no quería matar a Mesía, sino herirle en una pierna, de forma que lo dejase cojo.

[45] La referencia alude a José María de Canga-Argüelles Villalba (1828-1898), político de ideología integrista. Siendo senador vitalicio (1884-1898), protagonizó en 1895 un debate en el Senado con su colega, Alejandro Groizard y Gómez de la Serna (1830-1919) -el más famoso comentarista del Código penal de 1870- a propósito de la punición del duelo, que este defendía con énfasis, en tanto el senador Canga-Argüelles la reputaba inútil, por impopular. Cuanto se diga de Canga-Argüelles en el texto es totalmente imaginario.

[46] En concreto, la Ley de Enjuiciamiento Criminal de 14 de septiembre de 1882, entonces y, con multitud de reformas, ahora (marzo de 2025) vigente en España.

[47] Práctica perfectamente legal en la época, cuando los inculpados podían declarar sin la presencia de abogado, ni necesitaban nombrar defensor hasta el momento de ser procesados. Es innecesario recordar que actualmente todo ello anularía las actuaciones procesales.

[48] Fruta de sartén con relleno de nueces y, en ocasiones, avellanas, típica de Asturias.

[49] La perfidia de Petra se fundamenta en haber adelantado el despertador de Quintanar para que este se levantara muy temprano y viera escapar a Mesía del dormitorio de Ana. Además, había sido una de las personas que más había difundido por Vetusta la infidelidad de su antigua señora, a fin de provocar la deshonra de esta y le resolución de su marido de provocar en duelo al amante.

[50] Me permito precisar que la idea de la carta partió de Frígilis, a fin de que Ana tuviese una verosímil explicación de la ausencia de Mesía, quien estaba en aquellos momentos dispuesto a marchar a Madrid, a fin de evitar batirse en duelo con Quintanar.

[51] Malvada protagonista de la novela “Pequeñeces”, del padre Luis Coloma, publicada completamente en 1891. Debido a su gran éxito, se ve que el innominado continuador de “La Regenta” la leyó y ha querido introducir este guiño en su trabajo, lo que estoy seguro de que no le gustaría a Clarín.

[52] La Ley Orgánica del Poder Judicial de 1870 señalaba como periodo vacacional para las Audiencias y el Tribunal Supremo el comprendido entre el 15 de julio y el 15 de septiembre (artº 892). En materia penal, la llamada “Sala de vacaciones” debía despachar, no obstante, los asuntos castigados con pena de muerte o de más de doce años de prisión (artº 902-7º), lo que no era el caso del delito de duelo.

[53] Tipo legal atenuado de duelo, previsto en el artº 441-2º del Código penal de 1870.

[54] El confinamiento implicaba no poder salir del lugar o distrito (provincia) fijado por el tribunal, pudiendo moverse por el con libertad y trabajar, a no ser en cargos o funciones públicas. La petición de la pena en su mínima duración obedecía a que, según la defensa, Mesía era un tirador sin ninguna experiencia, que no supuso al disparar que iba a causar una herida mortal a su adversario.

[55] Al pedir a Mesía confinamiento, los padrinos recibirían la pena inferior a esta, es decir, la de destierro. El destierro supone no regresar al lugar del delito ni a los demás fijados por el tribunal, manteniéndose a una distancia de entre 25 y 250 kilómetros de ellos, según lo acordado en la sentencia.

[56] En mi opinión, el abogado, con base en su propia tesis, pudo haber pedido penas de arresto mayor y multa (véase artº 445 del Código penal de 1870), en abstracto menos graves que el destierro, pero que en el caso concreto de Frígilis podían resultarle más aflictivas, entre otras cosas, por llevar aparejado el arresto mayor la pena accesoria de suspensión de profesión u oficio.

[57] En todo lo que sigue no se hace ninguna referencia a la posibilidad legal de que la testigo pudiese declarar a puerta cerrada. Se ve que el continuador de “La Regenta” daba por supuesto que el tribunal no lo autorizaría en este caso y así lo entiende también el fiscal Torres.

[58] La redacción original de la Ley de Enjuiciamiento Criminal de 1882, en efecto, prohibía tener en cuenta en el juicio, con carácter general, pruebas documentales no aportadas o solicitadas en los escritos de calificación; pero, entre las pocas excepciones en que admitía tal cosa, estaban las pruebas que sirvieran para corroborar o para refutar lo que acusados o testigos declarasen en el curso del juicio.

[59] Dicha inhabilitación suponía la privación de cargo público, derecho de sufragio, profesión u oficio que se tuviesen en el momento de la condena, así como de la posibilidad de obtenerlos durante la misma.

[60] Se ve que el continuador de “La Regenta” ha querido respetar al máximo el texto del original de Leopoldo Alas, en el que el autor no da el nombre de pila del personaje citado como el coronel Fulgosio.

[61] Denominación vulgar, común en la época del relato, para referirse a la sección civil que, a partir de mediados del siglo XIX, fue obligatorio que los ayuntamientos mantuviesen, bien de forma independiente, bien como parte separada del cementerio católico.

[62]  La ley reguladora del ejercicio de la gracia de indulto todavía vigente, aunque reformada, es la de 18 de junio de 1870 (“Gaceta de Madrid”, número 175, de 24 de junio de 1870).

[63]  Como es sabido, el actual “Boletín Oficial del Estado” recibía a la sazón el nombre de “Gaceta de Madrid”.

[64] Así lo disponía el artº 902-2º de la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1870.

[65] Véase lo consignado antes, en la nota 27.

[66] El presunto Fiscal del Tribunal Supremo al que se alude en el texto fue -como ya se recoge en la nota 27- Manuel Colmeiro y Penido (1818-1894), quien ejerció el cargo entre 1886 y 1890, en que dimitió. Está considerado el mejor economista español del siglo XIX y uno de los más notables tratadistas de Derecho Político y Derecho administrativo de nuestro país en aquella época. En resumen, véase su nota biográfica en la página de la Real Academia de la Historia (historia-hispánica.rah.es), a cargo de Gonzalo Anes y Álvarez de Castrillón.

[67] El ministro equivoca una letra del apellido, seguramente por subconsciente recuerdo de don Luis Mejía, el personaje de “Don Juan Tenorio”, de Zorrilla, que era tan donjuanesco, como el protagonista de la obra.

[68] Carralejo equivaldría a macho de la carraleja (Meloe sp.), especie de coleóptero que, por su complexión y carencia de alas voladoras, se desplaza por el suelo arrastrando su abdomen al andar.

[69] Apodo por el que, según “La Regenta”, era conocido el personaje de Pepe Ronzal.

[70] La frase original suele atribuirse a Napoleón Bonaparte.