viernes, 13 de mayo de 2016

LA VEJEZ DE PETER PAN

La vejez de Peter Pan
Por Federico Bello Landrove

     Muchas veces me he hecho la pregunta de si Peter Pan, el eterno niño, no tendrá tanto de fantasía, cuanto de realidad. Con la ayuda de un grupo escultórico existente en un parque de Oviedo (España), nos asomaremos a los milagros y desventuras de uno de los muchos ciudadanos de Nunca Jamás, que viven entre nosotros.


     
     Pedro Zato había pasado la vida aprendiendo a no comprometerse. No es disciplina sencilla, pero había tenido para ello ciertas facilidades. Unos padres abnegados y curtidos en el sacrificio lo habían preservado de las contrariedades e instilado en su espíritu el sano egoísmo. Una mente despierta y una salud envidiable le ahorraron dolores y franquearon la senda cómoda del estudio. Su cultura y carácter acomodaticio le abrieron las puertas de una pocas y buenas amistades, así como el afecto y adhesión de su familia. Claro que no todo habían sido rosas en el camino de la vida, pero él había aprendido a sacar de tristezas y fracasos la provechosa lección de que la retirada a tiempo es una victoria. Así, cuando sus primeras relaciones sentimentales terminaron en dolorosos tropiezos, Pedro concluyó que él no estaba hecho para tomarse el amor tan en serio; al menos, mientras la edad y la experiencia de la vida no le permitieran estar preparado.
     En eso no le llevaron sus padres la contraria, pero sí cuando, después de licenciarse en Químicas, desechó cualquier idea de colocarse en la industria o ejercer como profesor y aceptó la oferta de un amigo farmacéutico, de colocarlo de mancebo en su establecimiento. Su progenitor puso el grito en el cielo y, durante un tiempo, las relaciones entre ellos se volvieron tirantes. Luego, las aguas volvieron a su cauce y Pedro no tuvo -como había temido- que marcharse de la casa paterna. Después de todo, como argumentaba su madre, el chico gana lo suficiente para vivir bien. A lo que su hermana Silvia maliciosamente añadía: Sobre todo, comiendo la sopa boba.
-          No pretenderás que le cobremos, como si estuviese de pensión en nuestra casa, replicaba la señora.
-          Claro que no, mamá, pero a vosotros no os sobra el dinero. Podía salir de él fijar una cantidad para cubrir gastos, replicaba la hija.
     Luego, los padres fueron envejeciendo y Pedro se convirtió para ellos en lo que todo anciano de salud mediocre anhela: un consultor cercano, relativamente ducho en Medicina; no digamos si, como era el caso, les recetaba sin salir de casa y les llevaba a esta los medicamentos. Mas, con específicos y sin ellos, todos morimos y, en el caso de sus padres, demasiado pronto, en opinión de Pedro. Así, frisando la cincuentena, nuestro amigo quedó solo, en el viejo piso familiar.  
***
     La verdad es que fue poco más que el espacio lo que sus hermanos le consintieron conservar de la casa paterna. Entre la pasividad consustancial a Pedro y las ganas que le tenían de hacerle pagar lo comido durante tantos años, muebles y alfombras, libros y cuadros salieron rumbo a otros domicilios, o se hizo almoneda de ellos. Cuando acabó el expolio, el mancebo se sentó en un sillón desfondado, en el centro de la sala y suspiró:
-          Menos mal que el piso está alquilado, que, si llega a ser en propiedad, me ponen en la calle.
     Sobre un pequeño velador desencolado, lo contemplaba su madre, en la flor de la edad, sosteniendo a un niñito de pololos, jinete en un brioso corcel de cartón piedra, con fondo de frondosa arboleda. Otrora, en el salón poblado de ajuar y de recuerdos, el retrato le pasaba casi inadvertido; pero ahora, náufrago en un mar de vacío, despertó la ternura de una compartida soledad.
-          ¿Qué habrá sido de La Torera?, se preguntó en voz alta, recordando aún el apodo de la fotógrafa de calle, ante la que había posado tanto tiempo atrás.
     Días después repitió la misma pregunta en la farmacia. El boticario se burló:
-          ¡Estás en Babia, Perico! Esa señora murió hace un montón de años. En el Diario ha venido que le van a levantar una estatua en el Campo, justo donde se ponía para sacar las fotos… No tiene el Ayuntamiento mejor cosa en que gastar el dinero.
     Pedro se encogió de hombros y no hizo comentarios. Lo cierto es que a él no debió de parecerle mal la idea pues, a los pocos días de que finalmente se inaugurase el sencillo memorial, lo visitó y tomó unas instantáneas. No le fue fácil evitar que saliera algún chiquillo, caballero en el broncíneo corcel que una vez fue suyo.
***
     Al quedarse solo en aquel piso despojado, Pedro tuvo que empezar a tomar las pequeñas decisiones cotidianas de todo buen amo de casa. Para librarse de tan pesada carga, decidió trasladarla a los hombros de quienes, por profesión, estaban preparados para asumirla. Una asistenta se encargaría de las tareas de la casa, incluida la comida de mediodía. Unos grandes almacenes correrían con el amueblamiento y puesta a punto de la vivienda, hasta convertirla de nuevo en un hogar confortable. Sus ahorros de toda la vida y lo que de la herencia le repartieron sus hermanos bastó para cubrir gastos.
     Con todo, no fueron pocos los quebraderos de cabeza, de organización y económicos, que le trajo su vida en soledad. Desacostumbrado a tomar decisiones, se le hacía un mundo que, de día, provocaba enojosos olvidos y confusiones en la farmacia y, por la noche, insomnios que lo tenían en vela hasta las tantas. Por si fuera poco, la criada le salió rana, además de respondona, y, sobre saquearle la vivienda, lo demandó luego por despido improcedente. Se puso a buscar alguna ayudante honrada, a más de eficaz, pero el tiempo pasaba y Pedro se encontraba agobiado y desasistido. Llegaba la noche y, después de cenar cualquier cosa, sacaba los abundantes atrasos de las tareas domésticas. Después, agotado, se iba a la cama, para encontrarse con que no había forma de conciliar el sueño. El farmacéutico, un tanto molesto con el creciente desaseo y despistes de su otrora fiabilísimo mancebo, le aconsejaba:
-          Lo que tienes que hacer es casarte. Y no te lo digo por la ayuda que una mujer pueda reportar, sino porque está visto que no eres para vivir solo. No sabes sacar partido a la soltería -concluía con malicia-.
     Pero el aconsejado pensaba para sí que, antes de tomar esposa, convendría explorar otras alternativas. Lo primero tenía que ser el recuperar las horas de sueño y, para ello, aunque no era nada partidario de las píldoras, cogió de la farmacia un somnífero no muy potente. Una vez más, su principal volvió a la carga:
-          Acabarás dependiendo de los medicamentos. Lo mejor es dar un buen paseo antes de irse a la cama. Tú vives bien cerca del Campo. Es el sitio ideal. Hasta es posible que encuentres a alguna buena moza por el Paseo de los Tilos.
-          ¡Qué cosas tienes, Matías! En fin, seguiré tu consejo…, hasta cierto punto.
***
     Los pies lo llevaron inconscientemente hasta el monumento a La Torera. Aunque ya era tarde, estaba cansado y se dejó caer en la silla enrejillada, dejando que la mano izquierda de la fotógrafa le oprimiera el hombro, con un contacto que, lejos de resultarle frío, le pareció reconfortante. Entornó los ojos y se dejó estar, hasta que la pesadez de los párpados devino insuperable. Imágenes de las inquietudes de aquel día fluían en tropel hasta el alero de su memoria y emprendían el vuelo hacia el horizonte del olvido. Los dedos de la retratista tomaban vida e le imbuían un fluido cálido, que poco a poco se repartía por todo el cuerpo. Una voz susurrante, trasunto de la de su madre, lo acunaba con su nana favorita. Y Pedro, sin razón y sin palabras, volaba también en brazos de la fe, con la seguridad de la infancia y una música ya casi olvidada:
All my trials, Lord,
soon be over[1]
     Tanteó en sueños, hasta dar con las enhiestas orejas del caballo de juguete. Como Iris a Morfeo, la voz de su madre lo impulsaba a cabalgar de nuevo el colorido caballo de su infancia. Si la silla encantada de adulto había expulsado sus penosas vacilaciones, ¡qué no haría el fuste de aquel humilde nieto de Pegaso para retornarlo al mundo mágico de la irreflexión y la inocencia! Así pues, aún en sueños, Pedro fue deslizando su cuerpo desde la silla, cuello abajo del cuadrúpedo, hasta quedar malamente a horcajadas, con las rodillas casi en el suelo. Se abrazó al corcel y posó la barbilla sobre las crines. El frío húmedo del bronce le hizo abrir los ojos, cuando a punto estaba de emprender la galopada hacia Neverland[2].
     Una aguda voz femenina que demandaba auxilio acabó por traerlo a Vigilia. Se puso en pie atropelladamente y acudió en defensa de aquella desconocida que estaba siendo agredida por un individuo medio borracho. Se interpuso entre la pareja y recibió la paliza que, de otro modo, habría sufrido la joven. Cuando recobró el conocimiento, uno y otra habían desaparecido. Pedro se puso en pie y, como buenamente pudo, llegó hasta la silla de sus ensoñaciones, tratando de recuperar fuerzas y restañar con el pañuelo la sangre que manaba generosamente de su nariz.
     Josefa, La Torera, meneó la cabeza, al contemplar la ropa embarrada, sus labios tumefactos, el cabello apelmazado de cuajarones. Posó la pesada mano sobre su hombro y le susurró:
-          La próxima vez que vayas a hacer de San Jorge, por lo menos monta en el caballo.






[1]  Versos de un canto espiritual, traducibles así: Todas mis preocupaciones, Señor, / pronto quedarán atrás.
[2]  Es decir, lo que nosotros conocemos como El País de Nunca Jamás.

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