sábado, 15 de febrero de 2014

EL SIMPOSIO DEL PRIMER AMOR


El simposio del primer amor

Por Federico Bello Landrove

Estamos condenados a un primer amor…

Francisco Umbral (“El Mundo”, 14-12-2006)


     ¡Hasta dónde vamos a llegar: Ya hay agencias que buscan y propician encuentros de reviviscencia de quienes vivieron su primer amor, décadas atrás! Y resulta que ello tiene su fundamento científico y –por supuesto- estadístico. Pero no siempre las cosas salen conforme a cálculos de probabilidades ni a lo que las buenas intenciones prevén. Este cuento se acerca, peligrosamente, a todas estas cosas. 


1.  Un suicida de pega


     Debo de ser de los pocos en quienes no se cumple el aforismo amatorio de Francisco Pérez Martínez[1], que encabeza este relato. No quiero decir con esto que no me haya enamorado, sino que no caí en las redes de Venus hasta pasados mis veinte años y de forma tan firme y compartida, que he llegado a considerarla definitiva. Es decir, que ese primer amor de condena, que suele brotar al final de la infancia o en la adolescencia, era para mí desconocido. Y, sin embargo…

     Para seguir el hilo del argumento, habré de decir algo de mi peripecia vital. Como el citado escritor, yo también soy periodista y no ando lejos de los pagos y linotipias en que Paco escribió sus primeras columnas. Mi debut fue en El Noticiero de Castellar, que no era mala palestra hace veinte años. Ahora, centenario y achacoso, va cayendo en las manos inmisericordes de grupos capitalistas, que imponen disciplinas de partido y reducen personal autóctono y secciones inveteradas. Yo mismo, redactor del área de sucesos y tribunales, he llegado a estar en la lista roja de los prescindibles, lo que explica algunos repentinos cambios en mi línea. Ya saben: Estos son mis principios pero, si no les gustan, tengo otros. En fin, a lo que iba, que me estoy yendo por las ramas.

     El periodismo propio y el primer amor ajeno se dieron la mano en mi más conocido éxito profesional, que me catapultó al aplauso de mi barrio y a los bisbiseos admirativos cuando entraba en el Café España. En los pequeños anales de mi profesión, el caso es conocido como El artículo 143[2]. Seguro que muchos de ustedes lo recuerdan. Para quienes no, les haré un resumen de mi genial actuación previa.

***

     Pasa por las afueras de mi ciudad un arroyo, con ínfulas de río en primavera, llamado de San Miguel. En sus aguas recrecidas tenía lugar todos los años, a principios de la estación vernal, un extraño episodio, que ocupaba en discreta vigilancia a guardias y curiosos. Un sujeto de mediana edad, correctamente vestido, pasaba la barandilla a horcajadas, descendía las escaleras del malecón, y se sumergía en las frías aguas del San Miguel, dejándose llevar de la corriente. Aquello, que los primeros años pudo ser un acto de desesperación o de locura, fue convirtiéndose con el paso del tiempo en objeto de instantáneas y comentarios, que indefectiblemente acababa con el individuo envuelto en una manta piadosa y una sanción administrativa por bañarse en lugar no autorizado. Matías, el veterano sargento de los municipales, gruñía y desaprobaba:

-          Esto, en mis tiempos, habría sido una alteración grave del orden público y a chirona. Pero, claro, ahora, con la Constitución…

-          Sargento, le repliqué yo, esto no es un desorden público: esto es un espectáculo de entrada libre. El pobre hombre no convoca a nadie. Aquí solo viene el que quiere pasar el rato.

     Ese diálogo debió de producirse el tercer año en que cubrí la noticia para mi diario. Para entonces, empezaba a estar un poco harto del caballero de las gafas y la corbata a rayas; tan harto, como para desear que algún año le pillara un buen deshielo.

     Pues bien, el primer pálpito para mi gran exclusiva, me vino de una anciana espectadora de primera fila, que dejó caer una frase en mis oídos:

-          A mí, ya no me pilla de sorpresa. Siempre lo hace por estas fechas y en martes.

-          ¿Siempre en martes? ¿Está segura?

-          Segurísima; como que es el día de la semana que voy al cementerio, a rezar en la tumba de mi Anselmo, que en paz descanse.

     Hasta aquí, toda la gloria tendría que haber sido para la buena señora, que había puesto patas arriba la general opinión de que el bañista elegía ocasión al tuntún. Pero fui yo –y solo yo- quien dio con la clave para resolver el enigma, con la ayuda de la hemeroteca de El Noticiero. Puesto que el acontecimiento ya llevaba produciéndose cosa de una década, la cuestión era: ¿tenían algo en común los martes de la zambullida? Me costó hora y media constatarlo: todos eran Martes de Pascua. ¡Así que el suicida autocomplaciente no elegía la fecha por el nivel de las aguas, sino por ser el aniversario de algún hecho cuyo recuerdo le quitaba las ganas de vivir! ¿Cuál sería? Desde luego, nada tan decisivo como para tomarse el suicidio en serio. ¿O es que aún concebía alguna esperanza de superarlo?

     Alguien dijo que la paciencia todo lo alcanza. Y otro, que para poder ver, suele ser necesario mirar. Solo que tan buena costumbre me llevó a hacer el ridículo en más de una ocasión:

-          ¡Eh, Miguel!, ¿para dónde miras? ¿No ves que el nadador queda a tu espalda?

     Claro está que me había percatado de lo que asombraba a mi fotógrafo. Solo que yo conocía de memoria la escena y me interesaba más la apariencia y reacción del público que se había congregado. Algo que, al parecer, compartía una señora con paraguas de Chanel que, en la encrucijada de la avenida del Cauce con el paseo del Cementerio, apenas levantaba la vista del suelo, no obstante lo cual y la persistente llovizna, no se escabulló hasta que el suicida fue sacado del agua, sin más detrimento que la pérdida de un zapato.

     Como quiera que aquel paraguas quedase asociado en mi memoria con el anual y monótono suceso, al siguiente martes de Pascua madrugué más de lo habitual y me senté en un banco de espaldas al cauce, con la esperanza de que la dama también se presentara sin el previo aviso de la alarma de los transeúntes y las sirenas policiales. Ello sería prueba de que compartíamos el secreto de la fecha pascual.

     Siendo esto un cuento, no habrá de extrañarles que lo extraordinario se haga realidad. Pero yo, como espectador en vivo de la historia, sentí un escalofrío cuando la vi aparecer entre los árboles del parque fluvial. No había duda posible: aunque el día era radiante, portaba el mismo paraguas negro con ribete blanco, solo que cerrado, ayudándose rítmicamente de él para dar el paso. Al comprobar que el protagonista aún no había decidido que era la hora del remojón, entró en una cafetería junto al parque, sin duda impelida por el gris. La seguí y pegué la hebra lo mejor que supe:

-          ¡Vaya mañanita fresca! Menos mal que, por ahora, el paraguas no es necesario.

     Sorprendida del inesperado comentario, miró alternativamente a su interlocutor y el paraguas, sin responder. Comprendí que tenía que ser más directo:

-          Ya podía haber escogido ese señor para bañarse el día de Santiago, en vez del martes de Pascua.

     La señora dio un respingo, pero recuperó inmediatamente la compostura:

-          ¿Martes de Pascua? –y luego, simulando ignorancia-, ¿de qué baño me habla?

-          Como periodista –respondí-, procuro que no se me escape una. Y una que no se me ha escapado es esta: siempre que hay baño, está usted presente, pero como agazapada.

     Me miró durante unos momentos, con evidentes ganas de escapar de allí. Pienso que, si no lo hizo, fue por la poderosa razón de no haber pagado aún su café con leche. Pareció reflexionar y volver de su primitivo impulso:

-          ¿Me hará usted un favor, si le cuento la toda la verdad de esta historia?

-          Por supuesto –concedí- y hasta le prometo mantener en secreto la fuente y todo aquello no esencial que me pida no publique.

-          Debe ser mi día de suerte –bromeó-. He dado con un gacetillero respetable. En fin, preste atención a lo que voy a contarle pues, en cuanto le vea sacar papel y bolígrafo, mi paraguas y yo desapareceremos de su vista para siempre.



2.  La dama del paraguas




-          No tiene usted razón –inició su relato- cuando dice que he presenciado este triste episodio desde sus inicios. A decir verdad, fue usted, con sus reportajes sobre él, quien despertó mi curiosidad. Vivo en una lejana ciudad y los periódicos de esta, en que viví de joven, me llegan tarde y esporádicamente. Alcancé a leer el de hace cinco años y, aunque tienen ustedes la gentileza de no dar su nombre, la fotografía no me dejó lugar a dudas: aquel hombre envuelto en una manta era Vicente, mi primer amor.

-          Se llama Vicente, en efecto. ¿Y cree usted que lo que hace sea consecuencia de su antigua relación con él?

-          Caballero, su seguimiento del caso y la forma afectuosa en que lo hace, me llevan a hacerle depositario de mis confidencias. Claro que, si va a sonsacarme, o a interrumpirme a cada paso, tendré que…

-          Perdone, siga. Cuidaré mis modales.

-          Le contestaré por esta vez: Él nada concreto me ha dicho…, no es su estilo. No obstante, estoy segura de ello. Pues habrá de saber que aquel primer amor acabó mal y no me pregunte por qué. Los expertos ofrecen estadísticas y motivos, pero acaban con la misma cantinela. El tiempo y la exacerbación sentimental llevan a que, cuando los viejos amantes se preguntan qué falló, no sepan a ciencia cierta qué responder y se acojan al consabido remedio de echar la culpa al otro…, o a sí mismo –lo que es todavía mucho peor-.

-          La veo muy enterada del tema. Se diría que…

-          Y diría bien, señor periodista. Una ha aprovechado las pocas oportunidades que le ha dado la vida. Ya sabe, no hay mal que por bien no venga.

     Buscó en el bolso y sacó una tarjeta de visita, que me tendió. En ella podía leerse:


Edelmira Cabiedes González de la Quebrada

Psicóloga Clínica

Consultoría sentimental y sexual


-          Tal vez lo encuentre un poco rimbombante –agregó-, pero ¡qué quiere! De algo hay que vivir.

-         

-          Le recompensaré su silencio con una confidencia que no pensaba hacerle. Soy una auténtica víctima del primer amor, no solo en la forma directa y romántica de la mayoría, sino en esa, larvada y profunda, que mis colegas Martín Alonso y Díaz Loving[3] han descrito tan acertadamente. ¿Le dice a usted algo el patrón de atracción? ¿Y la impregnación sentimental?

-          No sé qué le diga. Algo leí hace muchos años sobre los patitos que, al ver una gata nada más salir del cascarón, la tomaron por su madre y la seguían en fila a todas partes. Y, lo más curioso, es que la felina los adoptó como propios.

-          ¡Justamente! Pues eso es lo que esos autores sostienen: que la experiencia del primer amor nos marca para toda la vida. Reaccionamos y nos comportamos en los nuevos procesos eróticos buscando en el primero la fuente de inspiración o, como en mi caso, la vía de antítesis o repulsión. Pero veo que lo estoy cansando…

-          ¡Oh!, no se trata de eso: Es muy interesante. Lo que pasa es que don Vicente puede aparecer de un momento a otro y no es cosa de hacerle esperar.

-          Claro está, no sea que se acatarre. Abreviaré este triste punto de mi confesión. El hecho es que me casé con un tipo, todo lo contrario que Vicente: divertido, apasionado, un poco brutal[4], y así me fue. Por fuera, yo abominaba del amor sensible y cuadriculado de nuestro bañista pero, en el fondo, él me había marcado para siempre con su seriedad y su discreto romanticismo. Vamos, que mi matrimonio ha sido un desastre, como poco más o menos ha acaecido con los romances o ligues ulteriores. ¡El colmo! Soy una psicóloga especializada, que no ha logrado superar en treinta años la estéril rebeldía, ni la confusión. Bien podría usted decirme como aquel: Médico, cúrate a ti mismo. Y, aun sabiendo cómo hacerlo, no podría.

-          ¿No volvió a ver a nuestro amigo hasta la foto del periódico? Por cierto, el compañero que la sacó es el que está en la barra departiendo con el camarero.

     Hice una seña de saludo al aludido, pero la señora me dio a entender que no quería intromisiones en nuestra plática. Prosiguió:

-          Verlo, lo que se dice verlo, no, pero desde que supo de mí, no ha dejado de escribirme un montón de veces todos los años. Ya sabe, cumpleaños, Navidades, aniversarios de nuestras cosas… Y así, desde que supo de mi paradero, por Internet.

-          Supongo que una de esas fechas señaladas será el martes de Pascua.

-          ¡Ni me lo miente! Según él, ese es el día que se me declaró. Yo, la verdad, no tenía ni idea (nunca he sido muy religiosa), pero él me lo recordaba año tras año. ¡Qué complicado sigue siendo el pobre! ¡Con lo fácil que habría sido fijar el no-sé-cuantos de abril y ya está! En fin, genio y figura…

     Por su forma de sonreír, habría dicho que no le desagradaba tamaña persistencia. Mi colega se había llegado a la puerta y oteaba impaciente el horizonte fluvial. La interrogué:

-          ¿Por qué llegó a convertir el recuerdo en desesperación, celebrando la efeméride con una peligrosa zambullida?

-          ¡Je! Eso tendría que preguntárselo a él. El caso es que, por más que sus misivas fuesen un tanto inocuas y yo le conservara cierto afecto, nunca quise contestarle. ¡Menudo trabajo publicó hace años la doctora Kalish al respecto!

-          No me diga que su caso es objeto de estudio…

     Edelmira suspiró:

-          Tal vez lo merecería, pero no. Mi colega californiana ha evaluado una estadística impresionante. Verá usted: Los amores que llegan al matrimonio solo perduran en un cuarenta por ciento de los casos, y eso, más por tolerancia o indiferencia, que por verdadero afecto. En cambio, los primeros amores que se reanudan al cabo de un montón de años, prosperan ¡en un cincuenta y cinco por ciento de los casos!

-          ¡Pues vaya con los adolescentes, qué pesquis tienen!

-          Y no es eso todo –le salía la vena profesoral, en forma de arrebol y locuacidad-. Digan lo que quieran los aguafiestas, el primer amor no se olvida. Lo han estudiado Iris Zúñiga y Marcia Kesternich: Si hay un amor para siempre, ese es el primero. ¿Sabe usted lo que es la dopamina?

     Tenía alguna idea de esa hormona, pero mi fotógrafo estaba empezando a hacerme señas con el reloj y Edelmira, a elevar algo más de la cuenta el tono de voz. Cambié un poco de tercio:

-          Siendo así, profesora, y no teniendo usted nada que perder, ¿por qué no le siguió la corriente o, al menos, le dio carrete? Mire que es usted mala, dejar que el pobre Vicente se agarrase una depresión con ideas de suicidio.

-          De eso habría mucho que hablar –replicó desabrida-. Los suicidios de Vicen que me los claven a mí en la frente. Lo cierto es que, de una parte, no tengo interés en volver con él al pasado pero, de otra, me preocupa que un día le dé un calambre o una pulmonía y tengamos una desgracia. Y ahí es donde entra usted, amigo gacetillero. He satisfecho su curiosidad y, a poco que se esfuerce, sacará de aquí un buen artículo. Lo menos que puedo pedirle es que me haga un favor a cambio.

-          Usted dirá, contesté preocupado, pues tengo una amarga experiencia de los toma y daca entre el periodista y su fuente.

     Y dijo, pero este capítulo ya va resultando demasiado largo. Dejémoslo, pues, para el siguiente.







3.  Un recado bien cumplido

-          Verá usted, estoy hasta el moño de pasarme el martes de Pascua con el corazón en un puño y el resto del año, poco menos. Cada vez que me asomo a una playa o me meto en una bañera, se me aparece la imagen de Vicente envuelto en una manta, tal como la vi en su periódico. Por supuesto, él nada me ha imputado, ni chantajeado siquiera: Sigue siendo un perfecto caballero. Mas lo cierto es que me siento responsable de lo que pasa y daría todo el oro del mundo por recibir la primavera con el gozo que se supone en toda osteópata, sin tener pesadillas ni tomar el tren para Castellar, incapaz de aguardar en mi casa, o dondequiera que me halle, la improbable noticia de su desgracia.

-          La comprendo, pero no sé qué pueda hacer yo a este respecto mejor que usted.

-          Ya le he dicho que no quiero reaparecer de ninguna manera en su vida. Así que tendrá que hacer por mí aquello para lo que estoy psicológicamente incapacitada. Algo que le disuada definitivamente de seguirse sumergiendo en el San Miguel, o algo peor.

-          ¿Y qué me recomienda? Yo de estas cosas no entiendo nada.

-          Lo que se le ocurra, con tal de que me aparte de su mente. No sé. Dicen que la magia del primer amor está en la idealización, en la fantasía que altera su recuerdo. Tal vez, si me bajara del pedestal de mi perdida juventud y de su perenne romanticismo…

     En esto, Alberto agitó la cámara y gritó:

-          ¡Vamos, Gabriel, que ya viene!

     Nos levantamos escopetados. Casi olvida el paraguas. Todavía acerté a oír su advertencia:

-          Y, por encima de todo, no le revele que estoy detrás de todo esto, ni vuelva a ponerse en contacto conmigo.

-          ¿Sabe que es usted una señora muy poco sociable?, repliqué con sorna.

     En lo que pagué las consumiciones, Edelmira desapareció de mi vista… hasta ahora.

***

     No sabía cómo hincarle el diente al encarguito. Es posible que lo hubiera archivado en el baúl de las buenas intenciones, a no ser por Anselmo Pruneda, el redactor de temas científicos de El Noticiero. Tomando café un día, se me ocurrió preguntarle:

-          ¿Has oído hablar de una psicóloga especializada en sexología? La conozco algo. Se llama Edelmira Cabiedes…

-          ¡Hombre, claro! Fue Premio Cupido hace unos años. En su concesión nos largó un discurso lleno de tristeza y malos rollos.

-          Tal vez sea que, ni los hombres, ni la vida le han dado muchas satisfacciones.

-          Pues qué pena que no sea escritora. Como alguna vez dijo Borges, las dichas nunca dan para hacer literatura.

     En fin, localicé el paradero de Vicente en una pequeña ciudad de Galicia y, aprovechando para darme –yo, por esta vez- unos baños, allá que me fui, sin avisarlo. En mente llevaba ya el esquema de un reportaje, todavía sin final. Si me pudo el afán de engrandecerlo, o si me comporté como el aprendiz de brujo, es cosa que habrán de juzgar ustedes al final de mi relato.

***

-          En esta ocasión, don Vicente, no vengo como periodista, sino como amigo.

-          Menos mal, porque cada año me trata usted peor.

-          ¡No me diga que se lee mi versión de sus hazañas natatorias!

-          Pues sí. Y la de este año me ha llamado la atención y preocupado, a un tiempo. Parece como supiese algo importante que, por ahora, no quisiera revelar a sus lectores.

-          En efecto, y eso es lo que me ha decidido a venir hasta aquí para distraer su atención. He conocido a Edelmira.

     Su rostro convirtiose en la imagen del estupor. Luego, se fue poniendo lívido, se quitó las gafas y se agarró a la tapa de la mesa, buscando sostén. Finalmente, dejó caer la espalda contra el respaldo del diván y permaneció con la mirada perdida durante unos segundos.

     Todo este drama mudo –que tanto me recordaba la reacción del culpable ante las aplastantes deducciones de Sherlock Holmes- se desarrollaba en la cafetería, solitaria y penumbrosa, de mi hotel, donde habíamos quedado citados a temprana hora matinal. Nunca supe si era casado, ni su dedicación profesional, pero aquella entrevista reunía todas las circunstancias para poder afirmar que lo que menos deseaba Vicente era que se supiese de nuestro encuentro. En lo que a mí respecta, voy a respetar en lo posible esas elusiones.

-          Repóngase, amigo –dije al cabo, ofreciéndole una copa de agua-, no veo qué haya de malo en que haya descubierto su secreto quien, aunque reportero, sabe ser prudente y callar, cuando es menester.

     Todavía algo postrado, Vicen acertó a replicar:

-          Así que ha logrado hablar con Edelmira. ¿Qué le dijo de mí? ¿No será que ella ha ido por Castellar algún martes de Pascua?

-          Calma, vayamos por partes. Naturalmente que hablamos de usted: era nuestro único conocido común. En cuanto a lo otro, se equivoca, caballero. Edelmira no tiene mayor interés por sus zambullidas, como no sea el que se las quite de la cabeza. Coincidimos en el III Simposio del Primer Amor, que se celebró hace meses en la Facultad de Psicología de Castellar. ¡Qué pena que no se enterase usted de su desarrollo! Habría visto a su adorada en plenitud.

-          ¿Estuvo bien? ¿De qué trató?

     Yo ya estaba lanzado por el camino de la fantasía:

-          Disertó sobre un tema peliagudo: Fijación morbosa del primer amor en las personas obsesivas e inmaduras.

     Se puso como la grana: Había captado la diatriba. Era mi momento. Afectando indiferencia, procuré abreviar:

-          Verá, no soy quien para darle consejos, ni Edelmira me pidió nada semejante, pero yo que usted dejaría de hacer el ridículo –fueron sus mismas palabras- con esa pantomima de suicidio. Por lo que ella me confesó, jamás sacrificará su tranquilidad y su vida presente por un espectro del pasado, tan molesto e insistente como el tábano de Ío. Así que, si lo que pretende con su ceremonia pascual es llamar su atención o su piedad, va listo.

-          ¿También son esas palabras textuales?, preguntó cariacontecido.

-          Son un fiel resumen de nuestra conversación. Desde luego, el símil del tábano es de su cosecha. La mitología no es mi fuerte.

     Se hizo un silencio espeso. La verdad es que Vicente no tenía ninguna gana de hablar y yo corría el riesgo de hacerlo en demasía. Llamé al camarero pero mi interlocutor se empeñó en pagar: A cambio de una lección inolvidable –dijo-.

-          … La cual deseo fervientemente que le aproveche. No querría tener que cubrir nuevas zambullidas en el San Miguel.

-          Se lo prometo, respondió tras unos momentos de vacilación.

     Sentí la jubilosa satisfacción del deber cumplido.



4.  Epílogo





     Como periodista, tengo la sana costumbre de no fiarme de nadie. Quiere decirse que, al siguiente martes de Pascua –un borrascoso día de marzo-, el fotógrafo y yo montamos guardia en la cafetería de marras, junto al arroyo de San Miguel, a la sazón río respetable. Fue en vano. Ni el suicida de pacotilla, ni la psicóloga del paraguas, hicieron acto de presencia hasta la hora de comer. Decidimos levantar el campo y, a punto de montarnos en el coche, me sonó el móvil:

-          ¿Gabriel? Aquí, Serviliano. Id cuanto antes al río, que acaban de sacar a un ahogado.

-          ¿El río? ¿Qué río?

-          Pues el Fauces, hombre. ¿Qué otro hay en Castellar, que merezca tal nombre? Lo tienen esperando al juez, a la altura del puente de la Academia.

     Le dije a mi colega:

-          Alberto, tío, tira para el puente de la Academia, que tenemos un ahogado.

-          ¿A ver si va a ser…?

     Ni él, ni yo, cruzamos más palabras hasta llegar a la orilla del río, crecido y barroso. Allí reposaba Vicente, tapado por una manta, que esta vez también le cubría el rostro. Al fin había decidido tomarse en serio lo de la eternidad del primer amor.

***

     Aquella misma noche redacté mi famoso El artículo 143. Recordarán ustedes que empezaba diciendo:

     Vicente N. había llegado a ser a nuestros ojos un histrión, un embaucador, un extravagante. Estábamos equivocados. Su drama no había llegado al último acto. Ayer lo representó. Aplaudid, amigos, que –ahora sí- finita es comoedia…

     Y seguía, y seguía: Páginas centrales, a toda plana, con fotografías en color. Todo muy en la línea del famoso estigma de mi profesión: que la verdad no te eche a perder una buena exclusiva. Porque yo, en el hondón de la conciencia, sabía que lo que había matado a Vicente no era el deseo de respetabilidad, ni el anhelo de ofrecer un buen espectáculo. A Vicente lo había matado yo, al arrojar a su amada del pedestal al lodo, haciéndole ver que toda su vida había estado adorando a una entelequia, a una mujer en que anidaban la insensibilidad y el desprecio. Yo había privado de sentido su dolor y su espera. Él, simplemente, había obrado en consecuencia.

        







    


  




[1]  Periodista y literato español, más conocido por el seudónimo de Francisco (o Paco) Umbral (1932-2007).
[2]    Nota del editor: El narrador debe aludir al artº 143 del Código Penal español de 1995, que tipifica en ciertos casos el auxilio y la inducción al suicidio. Baste con esta apostilla, para entender por donde pueden ir los vagos lazos del titular periodístico con lo relatado en esta historia.
[3]  Algunos de los nombres de este relato corresponden a personas reales. El atrevimiento no es mío, sino de la señora Edelmira Cabiedes, su ilustre protagonista.
[4]  De modo reservado y un tanto sibilino, doña Edelmira puso en relación su cojera con alguna violencia marital. Para disimular su leve claudicación era para lo que –según creo- empleaba en ocasiones el paraguas, aun siendo innecesario desde el punto de vista climatológico.

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