viernes, 8 de febrero de 2013

LA NOVIA DEL TORERO


 

La novia del torero

Por Federico Bello Landrove

     Un paseo por el Madrid de 1959, de la mano de un joven aspirante a juez y una atractiva y experimentada señora. Por diversas razones, el día de su coincidencia resultará muy significativo para ambos. El joven puede ser imaginario, pero la dama es completamente real. A ustedes cumple averiguar su identidad, si les gusta participar en el juego de claves[1].

 
1.  Una dama en apuros
 

     En el día de hoy, uno de tantos de 2004, el excelentísimo señor don Adrián Molpeceres Ibáñez ha cesado como magistrado del Tribunal Supremo para convertirse, a tiempo completo, en un ciudadano de a pie. Quiere decirse que, después del solemne almuerzo homenaje en el Casino de Madrid, ha dejado de ser Su Excelentísima Señoría –o viceversa-, para transformarse en don Adrián, a secas. Claro que él nunca ha sido –o se considera- un juez estirado, de esos que parece que se hubieran tragado la vara de la justicia. Además, su autoestima debió quedar muy debilitada, después de escuchar la salutación por teléfono de su nieto –Adrián, por supuesto-, la noche anterior:

-          ¡Felicidades, abuelo! A partir de mañana te convertirás en un jubilata y, ¡hale!, a darte la gran vida.

     No seré yo quien dude de que don Adrián está en condiciones físicas y mentales que parecen permitirle un razonable disfrute de la condición de pensionista. Lleva la setentena con buenas piernas y mejor cabeza. Aunque cada vez se planta con menos decisión ante el espejo y detesta posar para las fotos, él sigue creyendo que lo que pesa no son los años, sino los kilos, y contempla de soslayo las bellezas del sexo opuesto, con un interés inverso a su edad. No lo digo como reproche: la admiración no sale de su fuero interno y, viudo veterano, no tiene que dar cuentas a nadie. Pasa revisión médica cada semestre y, como él dice, las goteras no han arruinado todavía el edificio.

     Aunque ha rechazado con firmeza la oferta de convertirse, por dos años más, en magistrado emérito, no parece entender su retiro al modo ocioso que le sugería su irrespetuoso descendiente. En el discurso de despedida recalcó:

-          No me siento jubilado, como exagerada y pomposamente me llamarán en España, ni tampoco aposentado, cual dirían los portugueses. Creo hallarme en un término medio: alegre por haber alcanzado el final de mi andadura profesional y dispuesto a seguir haciendo cosas, pero con calma. Mi última tarea urgente y apresurada será la de poner fin a esta perorata, que vosotros, amigos míos, estáis escuchando con tan benevolente atención.

     Lavándose los dientes en uno de los cuatro lavabos de su enorme y solitario caserón, viene en recordar que todavía tiene bastantes cosas que hacer con cierta premura, como corresponde a quien pretenda cobrar la primera mensualidad de pensión y recibir inmediata asistencia médica y farmacéutica, en concepto de jubilado. Pero, antes de nada,…

-          Mañana, sin falta, cojo un taxi y me planto en el cementerio de Hortaleza, a rendir cuentas a Antonia.

    

     ¿Antonia? ¿Tal vez su difunta mujer, o alguna amante abandonada, o quizás una acreedora que se fue a la tumba sin cobrar una deuda? Déjenlo. Por mucho que elucubren, no alcanzarán a encontrar la respuesta correcta; ni siquiera escuchando tras la puerta del dormitorio a don Adrián quien, como de costumbre, murmura sus reflexiones hasta que lo vence el sueño:

 

-          ¡Qué día aquel! Veinticuatro horas, sin duda, pero tan bien aprovechadas…

 

     Aquel día fue el domingo, 13 de septiembre de 1959. Un día muy especial en la vida de Adrián Molpeceres. Si deciden seguirme, sabrán el porqué.

 

***

 

     La oposición, recién superada con éxito, había hecho madrugador a Adrián. A las ocho y media en punto, salía al aire fresco del Paseo de Rosales, en busca del templo recomendado por su patrona:

 

-          Le aconsejo que oiga misa de nueve en los Claretianos. La iglesia es muy amplia y siempre hay confesores.

   

      Afortunadamente, iba vestido de domingo, con su chaqueta de paño, camisa y corbata, pues la mañana era fresca y el pavimento aún tenía charcos a resultas de la tormenta nocturna. Encontró sin dificultad el gran edificio de ladrillo, cuya torre apuntaba a un cielo todavía nublado, y entró en la iglesia, al tiempo que sacaba de un bolso el misal abreviado que, en aquel entonces, permitía seguir la misa a quienes no dominaran la lengua de Virgilio. Una anciana le ofreció agua bendita con la punta de los dedos. Adrián pensó:

 

-          Acaban de darme la bienvenida a esta nueva comunidad. Esperemos que la estancia curse sin problemas.

 

     Y es que, como provinciano, Madrid le producía un incómodo desasosiego.

 

     Terminada la ceremonia, regresaba a casa, dispuesto a dar buena cuenta del desayuno, cuando una modesta churrería despertó su olfato con el entrañable aroma de las porras. Pensó en tener una atención con doña Asunción y compró media docena de esos gruesos cohombros, gloria de los Madriles: suficiente para obsequiar a su patrona y saciar su propio apetito. Tuvo, por su bisoñez en el nuevo alojamiento, que confirmar la placa numérica del portal: el 62. Entró y observó junto a uno de los ascensores a una señora, aún joven, elegantemente vestida de negro. Saludó y, al llegar el aparato, preguntó:

 

-          ¿Puedo?

 

     La dama lo miró de arriba abajo y sonrió:

 

-          Naturalmente. ¿A qué piso va usted?

 

     Resultó que iban a dos consecutivos. La señora aspiró forzadamente el tufillo de las porras e iba a hacer algún comentario jocoso, cuando se le nublaron los ojos, dobláronsele las piernas y hubo de agarrase a Adrián para no caerse. Este arrojó instintivamente el paquete y la sujetó con ambas manos. En ese crítico momento, el ascensor se detuvo con cierta brusquedad, a la altura del piso de la señora, y ambos pasajeros dieron de rodillas en el suelo. Afortunadamente, el habitáculo no permitía mayores derrumbamientos.

 

     El joven tiró de su acompañante hasta erguirla, abrió como pudo las puertas del ascensor y la sentó en el asiento de rincón del descansillo. A falta de mejor medio, se quitó la chaqueta y abanicó con ella a la dama, que recobró fuerzas. Abrió su bolso, sacó una llave y le rogó:

 

-          Por favor, ábrame la puerta, que tengo la vista todavía un poco nublada.

 

     Adrián hizo lo solicitado. Tomó del brazo a la convaleciente, quien reposó en una góndola del vestíbulo. El joven permaneció en pie, con la puerta aún abierta y sin saber qué hacer. Ya más recuperada, la señora le advirtió:

 

-          ¡Los churros! Vaya por ellos, no sea que llamen el ascensor y se los birlen.

 

     Recuperó indemnes sus porras y retornó, quedándose en el umbral. La mujer, ya de pie, le conminó:

 

-          Pero entre, hombre de Dios. Tal vez su gentileza llegue hasta el extremo de compartir conmigo sus tejeringos.

 

     Adrián no había oído nunca llamar a los churros con esa palabra. Recompuso la envuelta y se los entregó en señal de aceptación. La señora ordenó:

 

-           Siéntese en el comedor. Voy a calentar el chocolate en un santiamén.

 

     En efecto, debía tener ya hecho el brebaje, pues apenas tuvo tiempo Adrián de admirar los objetos de plata y el bodegón, que ornaban la amplia estancia. La voz cantarina de su anfitriona le llegó por el pasillo:

 

-          ¿Le importa que pasemos al office? He dado vacación a la criada este fin de semana y parece que no me encuentro todavía muy firme.

 

 

2.      Confidencias bajo los pinos

 

-          Bien, ya que vamos a compartir mesa y mantel, conviene que nos presentemos antes. Me llamo Antonia y, como ve, soy su doliente vecina de abajo.

-          Adrián Molpeceres. Estoy de patrona en el piso superior, en tanto dure el curso de ingreso en la Escuela Judicial.

-          ¡Córcholis! Las vueltas que da el mundo. Esa bruja de arriba teniendo que recibir huéspedes.

-          Bueno, estoy yo solo y porque he venido recomendado.

 

     Antonia –Antoñita o Toñi para los conocidos- le explicó al punto las razones de su sorpresa. La bruja era viuda de un teniente coronel de Intendencia, que había hecho un capitalito traficando con comestibles del ejército en los tiempos del estraperlo. Con parte de lo mal adquirido habían comprado el estupendo piso en que vivían, a precio de saldo, pues había pertenecido a una familia represaliada después de la Guerra. En fin, que…:

 

-          Habrás notado que no la trago y mis buenas razones tengo, pues ha llegado a mis oídos que me anda poniendo verde entre la vecindad, cotilleando de todo lo que digo o hago. ¿No te ha hablado ya de mí?

-          Pues no. Como solo llevo aquí un par de días…

-          Menos mal. Así me conocerás sin prejuicios.

 

     Adrián se dijo que, por malo que fuese el concepto que de Antonia tuviese su casera, la enjuiciada tenía excelentes argumentos a su favor. Su cabello azabache, corto y con perfecta permanente, enmarcaba un rostro ovalado, de facciones amplias, en el que resaltaban sus grandes ojos verdes y una amplia boca de fácil sonrisa. De armoniosas proporciones, su cuerpo era menudo sin resultar pequeño, de mórbida curvatura, ágil, incluso en su vacilante estado actual. El alevín de juez admiraba aquellos pómulos de estrella de cine y su charla, constante y graciosa, propia de quien posee el dominio de la situación; algo que él admiraba, tímido y poco sociable como se creía, y despertaba en su mente apertura y humorismo, hasta donde era capaz.

 

     Es posible que la señora se diera cuenta de la inspección ocular, pues retocó su melenita y pasó los dedos por entre las perlas del collar. Luego, decidió atacar las porras, sin dejar por ello de hablar hasta por los codos:

 

-          No sé si hago bien tuteándote, cuando estás a punto de convertirte en todo un juez, pero es que eres tan joven…

-          Te lo ruego. En cambio, a mí me cuesta algún trabajo hacer lo mismo.

-          ¡Oye, oye!, que no soy un carcamal. Acabo de cumplir los treinta y nueve[2].

-          No es por la edad; es que te veo tan… tan por encima…

 

     Antonia hubo de taparse la boca con la servilleta para no proyectar el bocado de porra hacia Adrián, de la sonora carcajada:

 

-          Chico –dijo al fin-, qué ocurrencias tienes. Como supongo que no aludirás a mi estatura, he de confesarte que mis padres eran labradores y que sus nueve hijos tuvimos que salir adelante como pudimos. Claro que eran peores tiempos, con la guerra y lo que vino después. Ni estudios nos dieron. En cambio, tú, todo un señor juez. Verás cómo, dentro de nada, serás quien me mire por encima del hombro.

-          De ninguna forma, replicó Adrián enfáticamente. Siempre he tenido muy claro que las profesiones no hacen las categorías, sino la forma de desempeñarlas.

-          Muy bonito, contestó Antonia, con evidente retintín. Eso es lo que ahora crees, pero deja pasar los años y verás. El día que te jubiles, vienes y me cuentas lo que ha quedado de tan noble actitud.

 

     Hubo un silencio tenso, que los comensales aprovecharon para acabar su desayuno. Adrián se levantó a continuación y, en un santiamén, retiró los servicios y se puso a fregarlos, con chaqueta y todo. Antonia protestaba, entre agarrones y risas:

 

-          ¡Pero si ya estoy bien!... ¡Deja, deja, que ya lo hará Nati a la noche!... ¡Qué joya para la chica te cace!

 

     A esto último replicó el joven, sin abandonar el estropajo:

 

-          No todas piensan lo mismo.

-          ¡Huy, que emocionante! Fracaso amoroso tenemos. Cuenta, cuenta, que en eso soy toda una experta.

 

     De lo que menos ganas tenía Adrián era de exponer sus hondas cuitas a una desconocida, aunque fuese atractiva y hubiera cogido un trapo para ayudarle con el secado. Salió por la tangente:

 

-          Aunque parece que ya estás repuesta, no quiero dejarte sola aún. ¿Podría telefonear a doña Asunción para indicarle que no me espere a desayunar?

-          Por supuesto, pero no se te ocurra decirle que estás aquí: podría darle un síncope, o echarte de casa a tu regreso.

 

***

 

     El día avanzaba, despejado y suave. Antoñita sugirió:

 

-          Ya que hemos terminado con el fregado y veo que no voy a poder librarme de ti, ¿qué te parece si salimos a dar un paseo por el parque? Seguro que la bruja ni ver los árboles te deja.

-          ¡Claro! Me ha alquilado una habitación interior, grande pero con vistas a la colada del vecino de enfrente. Tampoco puedo permitirme más, con tres mil pesetas de sueldo al mes. Cuando me destinen, lo subirán a cinco mil.

-          No es mucho, no, pero todos andamos un poco de capa caída. Anda, pasa al salón y pon algo de música mientras me cambio.

 

     Adrián quedó deslumbrado por el tamaño de la pieza, casi cuadrada y con dos balcones abiertos a una enorme terraza sobre el Paseo. Por lo demás, no quiso confesar a Toñi su total ignorancia acerca del funcionamiento del tocadiscos aludido por su anfitriona. Así que, tan pronto hizo esta mutis por el pasillo, empezó a curiosear sobre los mil y un adornos y cachivaches que poblaban mesas, vitrinas y aparadores. Cuando estaba a punto de coger una japonesa de porcelana, le sobresaltó la voz, potente y lejana de Antonia:

 

-          ¡Ponte una copa, si quieres!

 

     El chico consultó el reloj. Las once menos cuarto. ¡Vaya hora para tomar! No respondió y pasó revista a las fotografías, casi todas de una Antonia bastante más joven, bellísima, de melena rizada al viento, en compañía de personas que le resultaban familiares, pero que su escasa afición por las revistas le impedía identificar. Algunas instantáneas le llamaron la atención y lo movieron a preguntar a la dama, cuando reapareció rutilante, al cabo de más de media hora, enfundada en un traje sastre de tweed, con blusa beis:

 

-          ¿Te has dedicado al cine? Lo digo por las fotos.

-          En efecto, querido, al cine y un poco al espectáculo, en general. Pero eso ya pasó. Ahora estoy tratando de sentar la cabeza.

 

     Dijo esto último con tal ironía, que Adrián no pudo menos que sospechar que lo estaba embromando. Se encogió levemente de hombros y filosofó:

 

-          A unos les conviene asentarse. Otros tal vez necesitaríamos un poco más de movimiento.

-          ¿Más Movimiento aún? ¿No crees que ya tenemos bastante en España desde hace veinte años?

 

     Ambos rompieron a reír con el juego de palabras, mientras se dirigían a la salida.

 

***

 

     Antonia caminaba con alguna inseguridad pero, por respeto al qué dirán, no se asió del brazo de Adrián hasta perder de vista su casa. Este, aunque gratamente sorprendido, continuó impasible con la conversación que llevaban:

 

-          Por tu forma de hablar del Movimiento, colijo que no eres muy afín al mismo.

-          No debería hablar de estas cosas con un juez pero, efectivamente, mi familia era de izquierdas y, lo que es yo, me he bandeado bien, pero nada tengo que agradecer al Régimen.

-          Pues los míos sufrieron lo suyo cuando la Guerra, pero nunca han querido hablarme detalladamente del tema. A mí me tiene sin cuidado la política pero tuve bastante miedo de que no me dejaran presentarme a la oposición.

-          Estoy segura de que la habrás sacado con facilidad. No hay más que ver lo joven y despierto que eres.

-          No creas. Me ha llevado tres años, con lo que he cumplido los veinticinco. Eso sí, con buen número, lo que me permitirá elegir algún juzgado decente.

-          Pues, si te toca Pastrana[3], me avisas, que te daré algunas indicaciones.

 

     Adrián se sentía cada vez más caballero. Preguntó:

 

-          ¿Qué tal vas encontrándote? Si te cansas…

-          Gracias, querido. Estoy cada vez mejor. No obstante, vamos a sentarnos. No andamos lejos de mi lugar favorito.

 

     Doblaron por el paseo de Moret y Antonia lo guió por entre los árboles, hasta una glorieta enarenada bordeada de bancos. Se sentaron de espaldas a la avenida, como queriendo otear desde allí la vaguada que apenas dejaba ver el follaje. La señora sacó del bolso una pitillera y le ofreció:

 

-          ¿Fumas? ¿No? ¡Qué suerte tienes de no haberte enviciado! Yo ya he empezado con las toses mañaneras.

 

     Prendió el pitillo con la habilidad de la experiencia. A Adrián le molestaba el humo, pero no quería manifestarlo. Se levantó con un sutil pretexto:

 

-          ¡Caramba, si son pinos piñoneros! El suelo está lleno de piñones.

 

     Y se puso a la faena de recoger las semillas, hasta conseguir un puñado de ellas y tiznarse las manos. Su acompañante, divertida, preguntó:

 

-          ¿Tanto te gustan? Por mi tierra hay muchos pinos, pero no son de esta clase.

-          Pues en la mía la recogida es el deporte local. Luego, se coge un par de piedras planas y a cascar se ha dicho.

 

     Se puso manos a la obra y fue repartiendo con exactitud matemática los dulces piñones. Antonia lo contemplaba con sorna:

 

-          ¿Y si resultan impares? ¿Vencerá la cortesía o el egoísmo?

-          Se hará un sorteo ante notario, replicó muy serio el togado.

 

     Concluida la frugal colación, Antonia le preguntó:

 

-          ¿Dónde quiere comer el señor? Porque, tras las porras y los piñones, ¡qué menos que invitarte a comer!

 

     Adrián enmudeció. Ella prosiguió:

 

-          Si solo llevas unos días en Madrid, todo te resultará nuevo. Buscaremos un sitio que valga por el ambiente tanto y más que por la comida. ¿Qué tal Chicote?

-          Lo dejo en tus manos y te agradezco mucho la invitación.

-          ¡Bah!, no es nada. Comer en Chicote es como si lo hiciéramos en mi propia casa. Solo que habremos de coger un taxi. ¡Mira que es mala suerte! Podría haberte llevado en mi soberbio descapotable: ¡un bólido americano! Pero un amigo me lo estampó el otro día y lo tengo reparando en el taller.

-          ¿Ibas tú dentro, cuando el accidente?

 

     Antonia se puso repentinamente de pie, como sacudida por un latigazo. Dio un gritito y volvió a sentarse. Sus ojos tenían un brillo especial:

 

-          ¡Pues claro! ¡Qué tonta soy! El golpetazo, el dolor de cabeza, los mareos…

 

     El joven no sabía a qué carta quedarse y esperó la explicación, que no tardó en producirse, como si su interlocutora hablase, más bien, para sí misma:

 

-          Un amigo, un buen amigo, ¿sabes? Arturo, un actor joven, brillante y simpatiquísimo. Claro que, conduciendo, un desastre. Se empeñó en poner el coche al máximo y ¡pumba! Para ahorrar escándalo, no fuimos a revisión médica, pero la cabeza… El caso es que ya han pasado seis días. A lo mejor no tiene nada que ver lo uno con lo otro…

 

     Adrián empezaba a comprender:

 

-          Por si sí o por si no, debes consultarlo. Creo que no estamos lejos de la Clínica de la Concepción. ¿Quieres que vayamos ahora mismo?

-          ¡Oh, no, querido! En domingo y por algo tan nimio… Mañana o, mejor, esta noche llamaré a mi médico de cabecera y me someteré a revisión. ¡Cuánto siento haberte inquietado! Anda, arriba. Vamos a buscar un taxi.

 

     Él, al levantarse, la miró de hito en hito, con esa fijeza suya que solía impresionar a las chicas. También Antonia lo acusó:

 

-          ¿Te pasa algo, querido? ¿Algo va mal?

-          Nada. Solo que, para la primera amiga que hago en Madrid, me sabría muy mal que le sucediera algo.

 

     La dama volvió a asirse de su brazo y lo apretó cariñosamente:

 

-          A lo mejor has equivocado tu vocación. Harías un médico estupendo, para el cuerpo y, también, para el espíritu.

-          Por lo pronto, gentil señora, quien nos hace falta es un taxista.

 

 

3.      Sesión de tarde

 

     En efecto, Chicote parecía la segunda casa de Antonia. Todo eran saludos y zalemas por parte de los camareros. Pero ella parecía necesitar a alguien de más nivel:

 

-          ¿No está Perico por aquí?, preguntó a un veterano empleado, que los seguía obsequioso.

-          Ha ido a Chamartín para supervisar el ágape que Bernabéu ofrece a los directivos del Betis[4]. Puede que tarde en regresar.

-          Bien. Vengo a comer con este amigo, que aún no conoce la casa. Así que tomaremos unos cócteles y ábrenos el museo de bebidas, para que podamos visitarlo.

 

     Se sentaron a la barra, por el momento, y Antonia preguntó a Adrián por sus gustos alcohólicos. Este descartó del todo el vermú, manifestando estar abierto a cualquier otra pócima especialidad del local, que no fuera muy fuerte. La señora sentenció:

 

-          Un aviación para mí y un yacaré poco cargado para el señor[5].

 

     La hora siguiente pasó sin sentir, entre repaso de fotografías y, según iba llenándose de público la sala, un recorrido por el sótano, donde se apilaban ordenadamente miles de botellas. Aunque le afirmaran que era la mayor exposición del mundo en su género y que había algún ejemplar que perteneció a Napoleón, el joven no mostraba gran interés. Seguramente, el estómago ya vacío y su poca asiduidad con la bebida le estaban provocando un mareo incipiente. Antonia se percató de ello y cortó el recorrido, con un tajante: gracias, Paco, es suficiente; pasemos a la comida.

 

     Ya en la planta baja y de regreso de un fugaz viaje a los lavabos, Adrián dejó correr la mirada por las compactas hileras de instantáneas enmarcadas y creyó reconocer en varias de ellas a Antonia. Una, en particular, le llamó la atención: ella estaba junto a otra señora y dos caballeros. El más joven le trajo a la mente la imagen, rojo y sepia, de los periódicos de su adolescencia recién estrenada.

 

     Al volver junto a Antonia, el gentil y oficioso Paco parecía seguir aún entre las vitrinas del museo:

 

-          … Y ya es un poco exagerado, a mi parecer. ¿Querrá creer que, hace unos días, celebraron abajo un acto de propaganda del caldo Gallina Blanca? Y el propio don Pedro estaba allí, de anfitrión y bromeando con la premiada[6]. Esto ya no es lo que era.

-          Hombre, Paco, ni nosotros tampoco. Anda que no ha llovido desde que nos conocimos, antes de la Guerra.

-          La señora era entonces casi una niña. Fíjese lo guapa que está veinte años después.

-          Y lo que he corrido, Paco. ¡Cuánto habría dado por nacer unos cuantos años más tarde! No saben la suerte que tienen estos pipiolos –concluyó como al desgaire, al percatase de que Adrián ya estaba de vuelta-.

 

***

 

     Una de las faltas más notables de Adrián era la de no compatibilizar la comida con la conversación. Devoraba a toda velocidad aquellos exquisitos manjares, como si todavía tuviera que recitar temas a las cuatro de la tarde, ante su preparador de oposiciones. Salía del paso sugiriendo amplias materias a los demás, mediante preguntas directas. Así, tomando pie del diálogo con Paco, inquirió a Antoñita:

 

-          Veinte años viniendo por aquí. ¿Abrieron Chicote nada más acabar la Guerra?

-          Nada de eso, chico. La inauguración coincidió con la República. Como se codea con el Caudillo y demás gente importante, suele creerse que Perico era un don nadie, de camisa azul y brazo levantado. Pues nada de eso. Se fogueó en el Hotel Ritz y en la guerra de Marruecos. Besteiro le nombró encargado del bar del Congreso de los Diputados y por aquí venían artistas de todas las ideologías. Bueno, después de la guerra civil, la cosa se volvió más monótona en ese sentido. Menos mal que la animaban -¡y de qué manera!- contrabandistas, extranjeros, estraperlistas y, por supuesto, las famosas chicas de Chicote.

 

     Adrián estaba ya acabando la ensalada César y lo desconocía todo acerca de esas famosas chicas:

 

-          ¿Chicas Chicote?

-          Sí, hombre: las jovencitas –y no tan jóvenes-, que veníamos por aquí en busca de… emociones. Ya comprendes, desde las que querían codearse con los famosos, hasta las chicas de alterne. Eso sí, por lo general, guapas, bien vestidas y un poco lanzadas.

 

     Nuestro alevín de juez engullía y escuchaba. Toñi continuó con la historia:

 

-          Para evitar enojosas confusiones, se fue generalizando un lenguaje común. Quiero decir que, según a qué horas y en qué mesas, los caballeros tenían claro lo que podían esperar de las chicas y hasta dónde estarían ellas dispuestas a llegar. No exagero si te digo que, en los primeros años de posguerra, contaba el hambre más que la moralidad. Luego vinieron las topolinos, que lo eran por pose y progresía: vamos, un poco las feministas de entonces. Pero aquello yo ya lo viví poco, porque me comprometí.

-          ¿Con ese señor tan delgado que sale en la foto del pasillo?

 

     Antonia se ruborizó y eludió contestar. Adrián se disculpó de su involuntaria falta:

 

-          Lo siento. No he debido preguntar.

-          ¡Bah! Ya supondrás que, a mi edad y en mi ambiente, ha habido unos cuantos hombres, más o menos en serio y con mejor o peor suerte. Ya te irás dando cuenta de que hay mujeres que parece que hemos de tener a alguien al lado, sin que ello nos haga más perversas ni menos independientes.

 

     Adrián asintió por cortesía. Acababa de llegar a la mesa la merluza a la vasca.

 

-          Ahora te toca a ti, pimpollo. ¿Cómo te va con las niñas?

 

     El interpelado aprendía a ojos vistas:

 

-          Pues no muy bien. Eso que ahora, con la mundología que da Madrid y los consejos de algunas buenas amigas, espero progresar ampliamente.

 

     Antonia suspiró. Estaba visto que le tocaba a ella monopolizar la charla. Además, el joven mantenía una feroz contienda con las espinas de su pescado. Cambió de tercio y le preguntó:

 

-          Además de estudiar, ¿a qué te has dedicado en estos años? ¿Cuáles son tus aficiones?

-          Poca cosa. El cine, los domingos. En el buen tiempo, algunas excursiones…

-          Creo haberte dicho ya que yo hice algo de cine. Ahora estoy retirada, aunque mantengo buenas relaciones con mucha gente de los estudios.

-          Como ese galán, tan torpe conduciendo.

 

     Nuevo frenazo de Antoñita y segunda disculpa del comedor de merluza. Esta vez, fue más contundente:

 

-          Disculpa, soy un merluzo. ¿Quieres que vayamos al cine esta tarde? Eso sí: la invitación corre de mi cuenta.

 

***

 

     Un corto paseo, apenas suficiente para bajar la comida, los llevó al Bellas Artes, que tenía la ventaja de sesión continua desde la cinco, en vez de tener que esperar a las siete, como era habitual en los cines de estreno. Esa era, ya digo, una ventaja. Otra, no despreciable, la película que proyectaban: De entre los muertos, de Hitchcock.

 

     Apenas se apagaron las luces, Antonia volvió a notar los síntomas de mareo de la mañana. Suponiendo pudiera tratarse de los efectos de un exceso de bebida, o de comida copiosa, cerró los ojos y, en ademán de asegurarse, volvió a tomar el brazo de su acompañante. Este, correspondiendo cariñosamente, puso su mano derecha sobre la izquierda de la dama y así se pasó toda la película, pese al hormigueo de postura tan prolongada. Años después, don Adrián, ya magistrado, volvió a ver la misma cinta en una reposición con honores de estreno. Para entonces, el título había mudado a Vértigo y el complejo argumento le resultó tan novedoso, como si no la hubiese visto antes. Lo que, en cierto modo, así era.

 

     Mal que bien, la señora soportó toda la sesión. Incluso, al salir al aire fresco de la Gran Vía, recobró su plena lucidez. No obstante, sin explicarse mucho, resolvió:

 

-          Estoy un poco cansada. Regresemos a casa.

 

     Ya en el ascensor, Antonia se impuso:

 

-          Nada de acompañarme. Seguro que está ya Nati de vuelta. Así que continúa viaje, que la bruja estará extrañada de tu tardanza.

 

       Lo besó en la mejilla, añadió un gracias por todo y cerró con vehemencia las puertas del ascensor. En la retina de Adrián se produjo un fundido de la figura de Antoñita con la imagen de Kim Novak. Es lo que tiene el buen cine.  

 

 

4.      Final y principio

 

     Alrededor de las nueve de la noche, Adrián reposaba sobre la cama, vestido ya de casa, recordando los sucesos del día. Hechos de poca monta –es la verdad- pero que en él habían producido una honda impresión. Sonreía: el mismo de siempre. Hasta intentaba imaginar que habría sido de aquel día, si Antonia hubiera tenido quince años menos. Lo contrario, él como hombre maduro, le resultaba más difícil de suponer.

 

     Del patio le llegaron repentinamente unos gritos de mujer, de contenido ininteligible. Abrió ligeramente la ventana y escucho una palabra, repetida y nítida: ¡señorita, señorita! Las voces parecían venir de abajo. Se alarmó; calzó zapatos y salió al pasillo, en busca de noticias. Doña Asun, más decidida, había abierto ya la puerta de la escalera, desde donde seguían llegando lamentos desgarradores. Otros vecinos abrían también sus puertas y se escuchaban ruidos de pasos, bajando los peldaños. Adrián se asomó por la barandilla y confirmó sus sospechas: una mujer de mediana edad –seguramente, la tal Nati- pedía socorro a gritos desde la puerta del piso de Antonia.

 

     Un vecino, que dijo ser médico, tomó la dirección de las operaciones. Pertrechado de un maletín de primeros auxilios, entró en la vivienda, seguido de algunas otras personas decididas, y realizó la pertinente comprobación. Pronto llegó el resultado de la misma, de boca en boca: la señora está muerta. Luego, una petición: avisar al médico del Registro Civil. Adrián dedujo de ello que no se trataba de una muerte criminal, sino simplemente de causalidad dudosa. Esperó en un segundo plano.

 

     Un par de horas después, todo el vecindario estaba enterado de lo fundamental. A eso de las nueve, al regresar del permiso de fin de semana, la criada había encontrado a Antonia en el baño, con la luz encendida, sin dar señales de vida. Nada indicaba que hubiera mediado violencia o ahogamiento. Adrián acertó a oír el diagnóstico que el médico oficial comunicaba a su colega, el vecino: un derrame cerebral. El otro asintió, agregando:

 

-          Era joven todavía, pero se cuidaba poco, por así decirlo.

 

     Como en un vacío, Adrián emprendió la subida a su departamento. Le invadía una sensación de angustia, cercana al sollozo, pero, por encima de todo, el deseo de no verse complicado, de que nadie lo relacionase con el último día de Antonia. Haciendo de tripas corazón, apareció por el comedor cuando lo llamó a cenar doña Asun. Esta, lógicamente, tenía ganas de hablar con alguien. Y así, se dirigió a su pupilo con estas palabras:

 

-          Ya me maliciaba yo que esa iba a acabar mal, con la vida que llevaba: juergas, borracheras, ¡drogas! Así no hay quien resista.

-          ¿Quién era?, preguntó Adrián, con cobardía manifiesta.

-          Una cualquiera. ¡La novia del torero!

 

***

 

     Al día siguiente, Adrián salió temprano a telefonear al magistrado que lo había preparado para las oposiciones. No quería que su patrona escuchara la comunicación:

 

-          ¡Adrián!, ¿qué tal? ¿Cómo? ¿Muerta en el baño? ¿Un accidente, días antes? ¿Cómo lo sabes? ¡Ah, los periódicos! ¿Qué conducía quién? ¡Cáspita, Arturo F.! El médico del Registro ha certificado… Ya. ¿Hay pruebas de que tuviera síntomas o sufriera mareos en los últimos días? Si, entiendo, cotilleos de vecindad. Y, por lo que me dices, y se comentó en tiempos, una señora de vida poco recomendable. ¿Que qué te aconsejo? Pues que no te metas en camisas de once varas. No hay nada sólido y ese actor es famoso y tiene una gran carrera por delante. Claro, trabajo perdido. Tú a lo tuyo. Mañana, a la Apertura de  Tribunales. No dejes de dar mis saludos a Ruiz-Jarabo[7]. De nada. Un abrazo.

 

***

 

     Año y pico más tarde, el Juez de Entrada, don Adrián Molpeceres, tomaba posesión de su primer destino, como titular del Juzgado de Pastrana. No lo hizo mal, a pesar de no contar con las indicaciones de Antonia. Luego, Pola de Siero, Ponferrada, Soria… En fin, dejémoslo dormir, que mañana tiene que ir a rendir cuentas al cementerio de Hortaleza.

 

     Y ahora ya sabemos, más o menos, el porqué.

 
 

    

 

    



[1]  De todas formas, no quiero provocarles insomnio. Por tanto, procuraré contestar a cuantos mensajes me remitan, solicitando privadamente el nombre y apellidos del personaje femenino real.
[2]  Una edad de conveniencia, que Antonia debía utilizar habitualmente, pues incluso se dio por cierta en notas de prensa. Lo cierto es que ya había alcanzado los cuarenta y dos años.
[3]  El partido judicial de Pastrana desapareció en la reforma de la planta judicial de noviembre de 1965.
[4]  Lo cortés no quita lo valiente. Aquella tarde, el Real Madrid endosó un 7-1 al equipo sevillano…, y eso que no jugó Di Stéfano.
[5]  Son ingredientes del primero, ginebra, zumo de limón y marrasquino; del segundo, curaçao, cherry brandy y ginebra. Queden las proporciones para los expertos.
[6]   Referencia escrita y gráfica al acontecimiento, en Blanco y Negro, 12/09/1959, páginas 48 y 49.
[7]  Francisco Ruiz-Jarabo y Baquero (1901-1990), a la sazón, Presidente de Sala del Tribunal Supremo. Posteriormente, alcanzó la presidencia de dicho Tribunal (1968-1973) y terminó su amplia carrera política como Ministro de Justicia (1973-1975).

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